E11-El fantasma de los libros

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Género: Relato onírico

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Paloma Muñoz. La ilustración es propiedad de Nelle Caver (Noelia de la Torre). Quedan reservados todos los derechos de autor.

E11-El Fantasma de los libros.

UNA VIEJA LIBRERÍA

Había leído mal. Al principio creí que se trataba del fantasma de los libios. Una, que se siente con vista cansada y a veces le cuesta trabajo fijarse en las palabras.

Pero no, se trataba de «El fantasma de los libros». Vi el título en una librería muy antigua de la parte vieja de la ciudad y me quedé contemplando la portada: una bruma que envolvía las tapas de un libro y cuyo título, se hallaba  casi oculto entre los trazos de niebla.

Me acerqué y observé con toda la atención puesta en el curioso libro.

Ilustración de Nelle Caver

Me sentí tan alucinada e intrigada al mismo tiempo que decidí visitar esa librería de aspecto decimonónico.

Al entrar, percibí un extraño olor que no sabría definir. No había nadie.

Los quinqués estaban encendidos y situados en lugares estratégicos para que la luz amarilla diera de lleno en las estanterías y ensombreciera un poco el mostrador.

Me pareció que entraba en otro mundo, en un mundo inquietante, aunque conocido por mí a través de las muchas lecturas y películas que tanto me fascinaban del mundo victoriano.

Los cuadros, cuyos marcos relucían por el pan de oro que los cubría, las estampas del  Londres de finales del XIX, las escribanías de plata que se exhibían en una de las vitrinas del precioso mueble que se encontraba al fondo  junto a una puerta negra medio cubierta por una cortina de terciopelo rojo oscuro, las alfombras que cubrían el suelo de madera barnizada, el sillón de orejeras, los velones encendidos  sobre un pequeño aparador en cuyo centro  se erguía un bonito florero de cristal lleno de flores secas de distintos colores, ofrecían la auténtica estampa de un lugar detenido en el tiempo.

Me fijé en el mostrador y observé que había un timbre muy adornado. No sabía qué hacer, si tocarlo o sencillamente preguntar por el responsable de la librería.

Opté por lo segundo y alcé la voz para preguntar por el encargado del establecimiento. Esperé unos segundos pero nada. Nadie acudió a mi llamada. Miré hacia esa puerta con la cortina roja y esperé un poco más. Dirigí mis ojos hacia el timbre y lo apreté como se supone que haría una dama con la mano enguantada, impaciente por que la atendieran, haciendo ver a las claras que a ella no la hace nadie esperar.

Entonces escuché unos pasos que me  parecieron lentos y la puerta del fondo se abrió rechinando un poco. Confieso que se me pusieron los pelos de punta, pero más me impresionó la figura que surgía del rincón: un tipo con aspecto de hombre viejo, cansado y enfermo, con el cabello blanco, largo y lacio que le caía por los hombros, muy delgado, alto, huesudo y unas manos largas, grandes, enormes, diría yo, que parecían inertes como sus  brazos.

Me recordó a un personaje de cómic de terror muy conocido: el inefable tío Rufus, aunque sin la cara de calavera.

En realidad, me  estremecí porque el tipo se me antojaba la viva imagen de un santo, creo;  de una talla en madera conservada en un horripilante museo de escultura religiosa que me pareció tan horrendo y desagradable que me puse mala de la muerte al contemplarla.

Recuerdo el mal cuerpo que se me quedó.

El extraño y siniestro personaje se acercó lentamente al mostrador y me miró con ojos sin vida alguna, yo tragué saliva y me acerqué a él casi arrastrando los pies.

Disculpe, pero he llamado y como no aparecía nadie, he tocado el timbre y…

Con un movimiento ralentizado de la mano me indicó que aguardara. El anciano, porque era un hombre ya entrado en muchos años, extrajo unas lentes del bolsillo de su batín azul oscuro y las colocó sobre el puente de su huesuda nariz. No imaginaba que la voz que provenía de ese ser tan repulsivo fuera  tan armoniosa.

No importa, señorita. Estaba en el sótano ordenando unas cuantas cosas y he oído  el soniquete del timbre.

Con un nuevo gesto de la cadavérica mano de macilentos tonos, me indicó que me acercara para que pudiera contemplarme a la luz de los quinqués. Colocó uno de ellos cerca del timbre. Yo intenté sonreírle pero tenía unas enormes ganas de salir corriendo de ese  perturbador lugar.

No suele acercarse mucha gente a este rinconcito de la ciudad y pocos curiosean por aquí. Ahora, jovencita ¿podría decirme que es lo que le interesa de la librería?

Respiré hondo. Ese hombre me repelía, pero se mostraba amable y tranquilo. Me pareció que una incipiente sonrisa curvaba sus marchitos labios o ¿acaso lo imaginé?

He visto que tiene en el escaparate un libro que me ha llamado poderosamente la atención. Creo que lleva por título: «El fantasma de los libros» y su cubierta es la más original que he visto nunca.

¡Ah, desde luego!  Se trata de un libro muy singular. Tengo sólo dos ejemplares, el que ha visto usted expuesto en el escaparate y otro que tengo guardado bajo llave en el sótano. Son dos ejemplares muy valiosos ¿sabe?

Acercó el sarmentoso dedo índice hacia mi nariz e instintivamente eché la cabeza hacia atrás. No deseaba herir su sensibilidad, pero no me apetecía de ninguna manera que rozara mi piel con esa uña larga y amarillenta.

¿Quién es el autor? No he podido ver el nombre por la original cubierta de la niebla.

Me miró con curiosidad y me pareció atisbar algo de luz en esas cuencas tenebrosas. Si me preguntaran de qué color eran sus ojos (si es que los poseía), diría que eran vacíos y negros como los de una calavera.

No tiene autor. Nadie sabe quién lo escribió. Es uno de esos libros extraños que aparecen en el mundo como: El Necronomicón, Las nueve puertas del reino de las sombras,  El manuscrito  Voynich, El códice Gigas, El libro de Thoth y otros tantos más. ¿Desea verlo?

Mientras escuchaba su pausada charla, asentí. El anciano salió despacio del mostrador y se dirigió al escaparate. Alargó la mano y agarró el libro igual que si lo hubiera hecho un ave rapaz con su presa.

Con cuidado lo depositó sobre el mostrador.

Aquí lo tiene, joven. Tómese su tiempo. Yo voy al sótano. Me he dejado encendida la luz y no están las cosas para dispendios energéticos.

Echó unas risitas y tosió. Vi como abría la portezuela y la cerraba tras de sí. Creo que la había dejado abierta pero… ¿acaso no le preocupaba que me largara del establecimiento con el raro libro bajo el brazo? Puede que el siniestro vejestorio (que se me antojaba bastante amable y educado) confiara en mí por alguna extraña razón y no le importara dejarme sola en la librería decorada con motivos victorianos.

El libro no era muy grande. Podía sujetarlo fácilmente con ambas manos. No pesaba apenas. Los bordes de las tapas eran duros, la encuadernación suave como si  estuviera forrada de un terciopelo de color granate algo desgastado. El dibujo de la niebla cubría buena parte de la tapa y efectivamente  el título se dejaba entrever.

Era sin duda un libro alucinante que me producía una sensación desconocida o al menos, una sensación que mezclaba la fascinación, la curiosidad, la inquietud y el rechazo porque podía tratarse de un libro embrujado: el  anacrónico anciano repulsivo, la atmósfera morbosa y decadente, el olor indefinido a algo que está fuera del tiempo y de lugar.

 Me daba la sensación que ese libro guardaba secretos y  lo abrí.

Mis sentidos se embotaron, me sentí mareada. Un extraño olor se esparció por toda la sala y la cabeza comenzó a darme vueltas. Instintivamente me apoyé en el sofá cercano al mostrador. El libro resbaló de mis manos y caí al suelo, profundamente dormida.

Cuando abrí los ojos, me encontraba sentada en el sillón de orejas con la cabeza ladeada y frente a  mí el repelente anciano que me observaba como quién contempla un ejemplar curioso y desconocido en una vitrina de un viejo museo.

Me tranquilizó poniendo su mano sobre mi hombro.

Ha sufrido un desvanecimiento, jovencita. Afortunadamente no ha sido nada serio. Subí y la encontré sobre la alfombra sosteniendo aún el libro en las manos.

¿Ha podido levantarme usted? No es que pese demasiado pero no soy un alfeñique y usted es…bueno, parece frágil.

El anciano sonrió, pero su expresión era de ansiedad.

Hubo un tiempo en que yo era joven y agraciado y ahora me veo viejo, decrépito y sabedor de que mi presencia es rechazada por todo el mundo. No se preocupe, aún tengo fuerzas para alzar a una bella joven y colocarla en ese sillón.

La cabeza me da vueltas. Creo que debería marcharme.

¿Ha abierto el libro?

Me preguntó acercándose aún más, dejándome sentir su aliento nauseabundo.

No lo sé. No lo recuerdo.  Puede que sí. ¿Por qué lo pregunta?

Bueno, no ocurre nada. Tranquila. ¿Se marea con asiduidad?

Negué con la cabeza, aunque aclaré:

Suelo tener la tensión baja. Necesitaría tomar algo fuerte, un café algo cargado o un licor.

Puedo prepararle un té, si lo desea.

No me fiaba de ese hombre para nada. Pero hasta ahora se había mostrado inofensivo  conmigo. ¿Inofensivo?  Tendría que salir de esa librería tan extraña, de ese ambiente tan enrarecido. Me preguntaba por qué me había mareado de esa forma.

Creo que debería irme. Gracias por sus atenciones. No voy a molestarlo más.

Si no ha abierto el libro aún, tal vez pueda regresar en otro momento y verlo con más tranquilidad. Prometo que en ese momento no me ausentaré como he hecho hoy.

¡Qué insistencia con lo de abrir el libro! Pensé.

¿Qué se supone que me podría ocurrir o qué podría ocurrir si lo abriera?

Miré al anciano e intenté aparentar calma. Hasta creo que le sonreí.

¿Por qué insiste tanto en si he abierto el libro? ¿Qué tienen sus páginas de particular?

El anciano se acercó a mí tanto que me eché hacia atrás. Me daba la impresión de que su respuesta no iba a gustarme en absoluto.

Es un libro muy, muy especial. Usted misma ha podido comprobarlo porque le ha llamado la atención desde que lo vio por primera vez. Tal vez piense que ha sido  casual su visita a la librería, pero no es así. Este libro se nutre de seres humanos, o mejor dicho de su espíritu ¿Ha oído usted hablar del Ka? Es la fuerza  vital de las personas. Los antiguos egipcios así lo entendieron.

Me estremecí.

 No entiendo lo que quiere decir. ¿Por qué no es casual que haya llegado hasta  este rincón de la ciudad y haya deparado en ese libro tan extraño?

Me miró con una fijeza que me sobresaltó. Deseaba salir corriendo pero mi curiosidad pudo más que mi prudencia.:

Porque usted es una de las elegidas.

ALMAS GUARDADAS ENTRE AMARILLENTAS PÁGINAS

Hace cientos, incluso miles de años, existieron espíritus vitales: kas que  vivían en  ciertos seres humanos, aunque muchos de ellos no lo sabían o no lo conocían y que conformaron página tras página este libro tan especial y único: no hay otro como él en el mundo. Sólo yo poseo los dos únicos ejemplares. Aparece y desaparece de la historia por diversos motivos. Ahora está aquí junto a usted querida y lo ha tocado y acariciado con sus jóvenes y suaves manos. Pero este libro, antes que usted, fue tocado por otras manos, manos de personajes  conocidos y relevantes para la historia de la humanidad.  Desde los papiros egipcios hasta el papel impreso en fábricas de la era victoriana. Todo un recorrido de existencias que han llenado las páginas de «El fantasma de los libros». Usted, por alguna razón que yo desconozco, ha visto el libro y se ha sentido subyugada por él, porque el libro la ha elegido de entre otros que se han acercado a esta librería y han contemplado el ejemplar pero no han sido capaces de entrar y preguntar por él. ¿Por qué? Quién sabe.  Miedo, desconfianza,  ignorancia, cobardía, desinterés, prisas, escepticismo o sencillamente que sus kas no eran fuertes, limpios o armoniosos. Si supiera las manos que acariciaron la esencia de este libro y los espíritus que poblaron sus páginas, créame querida: se sentiría muy orgullosa de pertenecer a esa curiosa comunidad.

¿Quiénes fueron? ¿Personajes históricos relevantes, tal vez? Por favor, continúe. No me importa si es una fábula lo que me está contando, pero me resulta tan fascinante que no me importaría pasarme toda la tarde junto a usted en este lugar tan turbador.

¿A pesar de mi repelente aspecto? Sonrió y yo me estremecí de nuevo.

Supongo que usted no siempre tuvo este aspecto. Seguro que de joven fue un hombre interesante.

Me sonrojé.

En eso tiene razón señorita. Yo realmente soy un vigilante, un… guardián del libro aunque hubo otros antes que yo y habrá otros después.

¿Otros? ¿Cómo usted?

Asintió y tomó un poco de té sujetando con firmeza la taza. Sus manos huesudas y  macilentas, tan desagradables asían la taza y sus ojos me miraban con un indescriptible brillo demoníaco. Sin embargo, la calidez de su voz hizo que me contuviera sin dejar de mantener alerta todos mis sentidos.

Ha habido otros antes que yo, naturalmente. Igual que otras personas antes que usted. Ahora permítame continuar. Me ha preguntado por los personajes conocidos que tocaron el libro y cuyos kas impregnaron las amarillentas páginas. Desde la linda reina Nefertari, «por la que el brilla el sol» según su brioso marido, Ramsés II, (bueno, comprenderá que ella no conoció el libro tal y como usted lo ve ahora. Era un papiro de la época) hasta  ese irlandés  revolucionario del mundo de la literatura fantástica llamado Bram Stoker, pasando por el gran Rafael, el divino Rafael o por el magnífico orador y filósofo que fue Denis Diderot. Ya ve mi querida joven, el repertorio es amplio y además muy democrático Se rió, quebrándosele la voz.

Yo estaba tan maravillada y fascinada con el relato que casi se me escurrió la taza de los dedos.

Entiendo por qué dice lo de «democrático» porque en la sucesión de kas especiales hay  reinas, filósofos, escritores y una pléyade de personajes desconocidos, supongo.

Se movió y tomó el libro entre las manos. No estaba segura de haberlo abierto. Pero él me miraba como si supiera lo que pensaba hacer en todo momento.

Tanto si ha llegado a abrir las páginas del libro como si no lo ha hecho, usted le pertenece, es decir su ka, su espíritu joven, inquieto y valiente propio de su tiempo y puede formar parte de esa pléyade de espíritus especiales de los que el libro se nutre.

¿Y qué ventajas puede acarrearme el que mi ka pertenezca a «El fantasma de los libros», si es que posee alguna?

¿No le parece la inmortalidad la mayor ventaja?

¿La inmortalidad? ¿Está diciéndome que al pertenecer a esa curiosa cofradía, me convierto en inmortal?

No, usted no. Su espíritu. Su ka.

Está bien. Y ahora ¿qué me va a suceder? ¿No me convertiré en alguien tan tenebroso como usted, verdad?

Se rió siniestramente frunciendo la boca.

Ya le comenté que  no siempre fui así. Cuando era joven era un hombre imponente.

¿De verdad? ¿Tiene alguna fotografía de aquella época? Debió de ser una época muy lejana entonces a  juzgar por los años que debe tener.

Ciertamente, hermosa joven, ciertamente. Una época muy lejana y casi olvidada.

Sus ojos parecieron iluminarse como una llama que aparecía cada vez más viva dentro de las insondables cuencas negras.

Se levantó despacio y lo imité. Anduve unos pasos y apoyé las manos sobre el mostrador.

Espere aquí un momento, por favor. No tardaré mucho. Quiero que vea algo. Le pediría que me acompañase al sótano, pero comprendo que no lo desee. Aunque una parte de usted arda en ganas de saber qué es lo que escondo allá abajo, ¿no es cierto? Sin embargo, su natural rechazo hacia mi persona le impide moverse de la librería. La salida está muy cerca y el sótano muy hundido dentro de la tierra.

Al cabo de un rato, sentí las pisadas de este extraño personaje que tan alucinada me tenía. Llevaba una especie de baldosa, apenas cubierta por un paño blanco. Parecía de barro.  No sabía qué iba a pasar y tampoco lo que debía hacer. Me mantuve en tensión hasta que acercándose a mí me sonrió débilmente y me indicó que me sentase.

De nuevo, frente «al tío Rufus», (al pensar en ese horrible ̶ pero simpático ̶ personaje), me invadió la fascinación de lo desconocido, de lo sorprendente, de lo increíble.

Desenvolvió la baldosa y contemplé  con estupefacción ¡qué se trataba de una pequeña estela de barro egipcia!

A juzgar por su expresión, parece que conoce algo sobre el arte egipcio.

Es una estela, desde luego. Estudié Bellas Artes y participé en varios seminarios sobre arte y arquitectura del antiguo Egipto.

¿Es posible que conozca al personaje que está representado en este relieve?

Observé la estela. No parecía muy desgastada por el tiempo. Al contrario, daba la impresión de que había sido secada al sol no hacía tanto. Suspiré y toqué el borde del relieve con los dedos temblorosos.

Imagino que el personaje  es alguien importante: un guerrero o un faraón o ambas cosas a la vez. No sé… por los jeroglíficos, la posición del personaje, desde luego era alguien importante.

Lo era. Lo fue. Era el príncipe  Amenhirjopshef, primogénito del gran faraón Ramsés II. La pequeña estela pertenece al templo de Luxor.

Abrí los ojos de par en par. Me quedé sin respiración. ¿Cómo un tipo tan espeluznante, un vejestorio tan raro y tan siniestro poseía semejante tesoro escondido en el sótano de esa extraña librería? ¿Y todo lo que me había contado a cerca del libro? Sin duda, fantasías de un viejo solitario que se entretenía en inventar historias para que alguien le hiciera compañía una  fría tarde de otoño.

Reaccioné: el primogénito de Ramsés II, el gran faraón ni más ni menos.

¿Cómo está tan seguro de que ese personaje es el heredero de Ramsés II?

Se acercó a mí y yo me tambaleé. Sentí miedo y algo que me atenazaba la garganta y no me dejaba respirar con normalidad. Las gotas de sudor comenzaron a empapar mi ropa interior.

Me miró y los ojos sin vida se iluminaron de tal forma que me dio la sensación de que su rostro iba a transformarse en otro muy diferente.

Con su habitual voz armoniosa me dijo bajando el tono:

Porque el príncipe Amenhirjopshef soy yo.

Lancé una exclamación y sentí como mis ojos se nublaban y como la consciencia me iba abandonando progresivamente, mientras unos fuertes y fríos brazos me sujetaban. Después todo se volvió gris, gris muy oscuro, negro azulado para finalmente convertirse en un profundo negro que me sumergió en un tibio y delicioso estado de placidez desconocido.

AQUEL RINCÓN DE LA VIEJA CIUDAD

La novela que estaba a punto de finalizar, me había hecho entrar en un estado de sopor en el que el sueño se adueñó de mi voluntad de tal manera que me fue imposible reincorporarme para saber cómo terminaba una de las más deleznables novelas de Anne Rice que llevaba el siniestro y manido título de «La momia» aunque el original era «La momia de Ramsés, el maldito». Y me preguntaba ¿cómo se le había ocurrido a esa juntaletras oportunista imaginar a un personaje tan glorioso como Ramsés el Grande montárselo con Cleopatra como si tal cosa para cientos de años después tirarse a una pija inglesa en la época eduardiana?

Pues es cierto. Decidí no finalizar la novela por respeto a los personajes históricos y por respeto al buen gusto del que esa supuesta escritora carece por completo, sobre todo en esta novela que me dieron ganas de quemar en la chimenea.

Ummm, momias, faraones, libros antiguos, ritos olvidados, amores inmortales y las típicas descripciones de sexo en la historia de  esta novelista yanqui que hablaba  de la primera vez que un hombre, en este caso un faraón reconvertido en un playboy que baila el vals y fuma puros, le hace el amor a una niñata pijolandia del Londres de principios de siglo y cuya «puerta de su virginidad es derrumbada por su potente embestida».

Bueno, si tenemos en cuenta que Ramsés era denominado  ̶ entre otros epítetos ̶   «El toro poderoso», podemos hacernos una idea de la descripción. Pero claro, cuando lees disparates semejantes y te entra la indignación para finalizar con un ataque de risa; después te calmas e intentas entrar en otra historia, en otra aventura que sea más reconfortante y no tan mortalmente aburrida como la historia de la momia de Ramsés, el maldito.

Por eso, sugestionada me dormí y cuando desperté, era sábado. No tenía que ir a ningún sitio especial, tal vez a echar un vistazo a las librerías antiguas de la parte vieja de la ciudad.

Por la tarde en noviembre con tan poca luz, vi el letrero de una antigua librería de la que no tenía idea de que existiese y me acerqué.

Tenía la sensación de haberla visto antes ¿en sueños, tal vez?  Daba la sensación de que en el interior del establecimiento no había nadie. Sentí una especie de «déjà-vu».

Pero sí que me fijé en un libro sobre la historia de un príncipe egipcio que era el heredero de un importante faraón. Recordaba vagamente algo referido a cierto personaje real del que alguien me habló.  Entonces lo comprendí: el sueño producido por el aburrido y bochornoso libro de Anne Rice del que había decidido deshacerme.

Intenté recordar el complicado nombre del personaje. No importa.

Pero sí que me vino a la memoria el título del libro misterioso con el que comenzó mi aventura onírica: «El fantasma de los libros». Un título muy sugestivo, sin duda, pero que no encontré en ese establecimiento.

Tal vez existiera en cierta librería antigua de la parte vieja de alguna ciudad.

Ninguno de los libros que estaban expuestos tenían nada que ver con el título y el curioso y  original aspecto que presentaba en mi sueño.

 También recordé algo sobre kas y elegidos. Espíritus que vivían eternamente y asuntos de índole fantástica.

Y desde luego espero que al pobre Ramsés II no le metan en ningún otro asunto lamentable y vergonzoso para vender libros como rosquillas y encima convertirlo en un objeto de best-seller en un libro con una ínfima calidad literaria.

Sin embargo, hay algo que deseo recordar: el nombre del príncipe y sobre todo lo que sucedió después de perder la consciencia y entrar en ese sopor tan maravilloso en el que me vi envuelta.  Todas las sensaciones más deliciosas las experimenté en una décima de segundo y aún conservo en una parte muy profunda de mi recuerdo algo único que sólo yo fui capaz de experimentar.

¿El tío Rufus? ¡Claro! No me gustaría encontrarme con un personaje así. Voy recordando poco a poco. Haciendo esfuerzos por vislumbrar su aspecto, pero no lo logro. ¿El príncipe? La imagen del guerrero en una descripción de un famoso templo egipcio. ¿Habría alguna conexión con ambos personajes?

Lo dejé estar y me calé aún más mi gorro de lana, apretando la bufanda en torno a mi cuello.  Comenzaba a refrescar. Estuve unos minutos más ante el escaparate antes de seguir por la calle para encontrar un café y tomarme una buena taza caliente.  ¡La hora de los sueños! únicos momentos en los que vivimos más que en el resto del día.

                                                            …………………………………………………

Ella caminaba hacia el café, mientras iba avanzando, alguien con el cabello blanco, largo que parecía una figura fantasmal, la observaba sonriente desde la ventana interior del escaparate de la vieja librería.

Paloma Muñoz

Madrid, 3 de mayo 2014

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Las madres de Sara

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Corrector@: 

Género: Relato Onírico

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Yolanda Aller. La ilustración con propiedad de Paloma Muñoz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Las madres de Sara.

Celia apoyó la mano encima de la sábana. Un fuerte dolor se instaló en su pecho. El de siempre. Se entregó a él como una rendición. Amanecía. En su inconsciencia prefería recibir más el calor que la luz.

 Oyó los pasos acercarse. La puerta se abrió con decisión y los pasos llegaron a su lado. Abrió los ojos y sonrió. La escena se repetía diariamente. La joven, con determinación, sustituyó la botella de calmante y le dio un sorbo de agua. Después sólo había que esperar para seguir entendiendo. Quedaban escasas horas para que todo continuara.

 Atrajo hacia sí, como una orden a su cerebro, el sueño que le entregó el testigo, cuando hacía más de veinte y cinco años, concebida y no nacida, Sara, en su vientre, empezaba a ser.

 Las imágenes se sucedieron. Había una gran montaña. Un grupo formado por mujeres se agrupaba en una de sus laderas. Podía ser algún tipo de evento. Había una gran expectación. Noche clara. Y una luna en cuarto creciente. Las mujeres celebraban algo en lo que Celia se iniciaba como muchas más jóvenes.

 En la parte baja de la montaña, entre unos arbustos, Celia se veía a sí misma, joven y fértil, agachada tomando el tesoro, algo así como una joya, tal vez un símbolo religioso que la gran maga le entregaba. Era de plata antigua y colgaba de una cinta de cuero vieja con un pequeño agujero a modo de anillo. La reliquia tenía forma de mujer con unos grandes pechos y una gran vulva. Unas amplias caderas ladeaban un acogedor abdomen. La maga venía de un cuento de hadas: era fea, desdentada y con el pelo desordenado. Pero era maga, y vieja y sabía lo que hacía. Celia estaba convencida de que la reliquia contenía un gran tesoro, algo esencial totalmente invisible que tenía que descubrir.

Ilustración de Paloma Muñoz

Con la entrega del tesoro estalló un grito, un grito largo que se quedó vibrando, que cortó ese instante y separó el futuro del pasado. Celia subió montaña arriba, confundida, con la reliquia enganchada entre sus dedos. Observaba a su alrededor para entender. Lo que iba a venir ponía fin a lo que había sido. Y la escena desapareció.

En la siguiente Celia se encontraba dentro de un edificio blanco. Parecía un antiguo hospital con enfermeras de cofias blancas que no se veían pero se intuían. Y vibrando, el grito de la entrega: recorriendo los pasillos, chocando contra las ventanas y los baldosines. Celia corría. Algo llegaba a su fin inexorablemente.

Llegó a una amplia sala completamente blanca. En el centro había una gran bañera antigua de porcelana con cuatro patas. No había nada que adornara y que pudiera acompañarla. El grito daba vueltas como un torbellino sobre el techo.

Se quedó inmóvil.

Allí estaba, con la cabeza apoyada en el borde de la bañera, su madre muerta. Descansando. Con su piel cobriza e hidratada. Con su olor a jabón y a crema. Su cuerpo suave y desnudo yacía como lo que ya no volvería. El agua la cubría arropándola. Ya no sería más.

Celia lo entendió nada más verla.

Abrió su mano. Contempló la reliquia femenina y miró a su madre.

Como una esencia de perfume inestimable respiró la figura para inhalar la sabiduría y el legado que recibía. Y recorrió mil vidas antes que ella hacia arriba, de ovario en ovario, de su madre a su abuela y de su abuela a su bisabuela…Y continuó subiendo y subiendo. Todas ellas se encontraban presentes y a través de un cordón umbilical se deslizaban hacia Celia.

Recibió los sueños no realizados de sus antepasadas y la salud de aquellas que habían sanado el espíritu. Los padecimientos y las frustraciones. Recibió la dureza de las que se impusieron y el egoísmo de las que se creyeron importantes. La fuerza de las guerreras que innovaron y la sabiduría de las cosechadoras que transmitieron las enseñanzas. Recibió el silencio de las que escuchan y concentró, en aquel pequeño objeto, el amor de todas las madres que había tenido. Y la música que se quedó sonando por debajo, uniéndolas, a la espera de continuar.

Celia cumpliría su parte. Recogió todo deprisa para después ordenarlo y se erigió en una gran Loba: nadie más feroz para defender su tesoro, ni más fiel para conservarlo, ni más madre para transmitirlo.

Sara entró en la habitación a la hora de más luz. El pelo recogido en una gran trenza y su vestido vaporoso le conferían una imagen de otra época. Se sentó al lado de su madre y le cogió la mano. Celia la acercó al vientre de su hija y giró negando con la cabeza. Aún no había vida allí, pero el cordón umbilical se extendía y se extendía a través del cuerpo de Sara desde miles de años atrás. Y allí se quedó. A la espera.

Celia retiró su mano y con la palma abierta se dio tres suaves golpes en el pecho.

—¿A que ya lo sabes? —le dijo.

Sara asintió. Así, con la voz baja y el corazón grande como la Loba la había enseñado. Ya no quedaba tiempo.

Sara permaneció con ella toda la tarde. Celia escuchaba. La oyó leer durante horas con su tono de voz musical y envolvente. Con los ojos cerrados para retener las palabras y no soltarlas. Casi inaudible, su mente y su recuerdo reprodujeron las negras, blancas y fusas de la sonata que tenía reservada en su memoria para hacerla sonar una última vez.

Sara llegó a casa de su madre. Tranquila y perdida. Entró en la habitación. Sobre su cama vio un pequeño objeto. Tenía forma de mujer con grandes pechos y una gran vulva.

Todas estaban allí, a su alrededor, como una gran manada de lobas cerrando el círculo.

Yolanda Aller

¿La vida es sueño?

Autor@: Daniel Camargo

Ilustrador@: Alex Femenias

Corrector/a: Mariola Díaz Cano

Género: Relato onírico

Este relato es propiedad de Daniel Camargo, y su ilustración es propiedad de Alex Femenias. Quedan reservados todos los derechos de autor.

¿La vida es sueño?

_Bueno Fernández, y este sería su nuevo despacho… ¿Qué tal?  ¿Le parece bien?  ¿Está conforme?

Alberto asiente sonriendo y mira a su alrededor sin poder creerlo. Lo impactan las dimensiones de la oficina,  revestida en madera, con una mesa de reuniones elíptica de caoba, lámparas de diseño, sofá de cuero negro y unas espectaculares vistas de Madrid. Al fin, piensa, después de tantos años en la empresa, su esfuerzo se ve recompensado con el tan ansiado ascenso.  “Alberto Fernández – Director General”, ponía junto a  la puerta, en la flamante chapa de acero inoxidable que había visto como de refilón al entrar.

_ Lo dejo, que tendrá que organizar sus cosas. Recuerde que mañana tenemos Consejo a las doce.  Y por la noche me gustaría que viniera a cenar a mi casa.

Cuando Benavídez sale de “su” despacho ya son las diez en punto, según su Rolex Daytona.

¿Rolex? Alberto no consigue recordar haber comprado uno…  Se sienta en la butaca, muy mullida,  y se reclina mientras lleva las manos a la cabeza y entrelaza los dedos por detrás de la nuca.  Está a punto de apoyar los pies sobre el escritorio, pero se contiene.

Se queda un rato así, mirando el cielo de su ciudad a través del cristal, y disfrutando de ese momento triunfal. Se siente el amo del mundo, como el rubio ese de Titanic. Pero sabe que él no va a terminar hundiéndose con el barco, no. Su empresa es una de las mejores  de España, y acaban de triplicarle el sueldo.  Sonríe mientras su mente divaga. Piensa en cambiar de casa, en aprender a jugar al golf, en cómo estará de buena su futura secretaria, cosas así. Y mientras tanto comprueba, mecánicamente, el contenido de los cajones: una agenda de cuero, un brillante Cross dorado, un pin del PP, un Ipad blanco (¡al fin un Ipad!), una cajita de tarjetas con su nombre, la biografía de Steve Jobs…

Sobre el escritorio, libre de papeles y reluciente, destaca el típico juego ese de las bolitas de metal colgadas que se chocan entre sí. Acerca su mano para tomar la primera bolita de la derecha, alejarla del resto y soltarla, e iniciar así ese simulacro cutre de movimiento perpetuo, cuando escucha sonar el teléfono fijo. Sí, el de su mesa.

_¿Quién me puede llamar aquí? Es todo tan reciente que no creo…

La campanilla continúa sonando insistente, porfiada, recalcitrante. Pero Alberto decide no atender. Que esperen hasta mañana, piensa. Este es el momento de paladear la gloria. Y de cobrar facturas pendientes. Recuerda al imbécil de Ramón, que desde que lo nombraron jefe de ventas lo miraba por encima del hombro, y no hacía más que hablar de su nuevo coche, o de los costosos viajes de vacaciones que hacía con su familia. Ahora, ahora se iba a enterar  ese cretino de quién era él. Y así, poco a poco, acuden a su mente otras alimañas, y va haciendo un repaso mental de futuros cortes de manga o pequeñas venganzas personales, descubriendo las enormes posibilidades potenciales de su nuevo cargo.

Pero está visto que no hay manera de disfrutar plenamente del momento. Algo lo molesta. Otra vez. Es ese teléfono de mierda que vuelve a sonar… ¿quién carajo será?  Alberto lo mira reticente, piensa en arrancar el cable, pero finalmente cede, estira el brazo, y atiende…

_¿Señor Fernández?

_¿Si?

_Escuchemé, caradura, ya son cuatro los meses de alquiler que me debe y no lo pienso aguantar más. O me paga esta misma semana, o lo denuncio. ¿Me entendió,  hijodelagranpú….?

Alberto, confuso, aleja el teléfono de su oreja sin llegar a comprender lo que pasa. A pesar de ello, los insultos de su interlocutor se siguen escuchando con nitidez. Intenta analizar la situación pero nota, mientras tanto, cómo “algo” ha cambiado en su despacho. Todo su entorno se ha oscurecido, ahora el espacio le parece bastante más pequeño, y un penetrante olor, mezcla de aceite quemado y sudor, llega a su nariz. Mira a su alrededor y descubre un caos de ropa sucia en las sillas, revistas y periódicos esparcidos por el suelo, botellas vacías, manchas indescifrables en la alfombra…

Ilustración de Alex Femenias

Se pregunta dónde está y duda, hasta que, finalmente, comprende que se halla en la cama de su mísero apartamentito de la calle Arévalo, que se acaba de despertar, que son las siete de la mañana, y que todo lo anterior no había sido más que un sueño.

Su primera sensación es de una enorme decepción. Lo siguiente es la bronca y la habitual angustia matinal. No es la primera vez, no, que le ocurre algo así: una situación largamente deseada, una expectativa cumplida, el triunfo hinchándole el pecho… y el brusco despertar.

Se da cuenta de que aún tiene el teléfono en la mano. Lo cuelga mecánicamente, y se queda mirando a la nada. Uno, cinco, diez minutos.

Decide salir a la calle para despejarse. Salta de la cama y, sin ducharse, se pone los vaqueros, sus raídas All Star, una camisa cualquiera, y se va.  No tiene rumbo fijo, sólo quiere olvidar esa sensación de desencanto. Tal vez tome un café, piensa, y rumbea para la plaza.

Mientras camina por la calle ve pasar un gato por delante de él, un gato común, negro, intrascendente, bastante flaco, como la mayoría de los que hay en el barrio. El gato se para junto a un contenedor de basura y empieza a mordisquear algo oscuro que hay por debajo, pegado a una de las ruedas. Alberto se lo queda mirando, aunque sin saber bien porqué… Hay algo en el gato que le atrae, algo misterioso, aunque se trate de un gato de mierda, de esos callejeros, sucio, y probablemente portador de más de una enfermedad terriblemente contagiosa. Sin embargo se acerca al animal, camina hacia él, como impulsado por algún extraño magnetismo. Y al acercarse descubre lo que el gato estaba mordiendo con insistencia: un objeto negro, aparentemente rectangular,  que está como encajado debajo del plástico gris del contenedor. Parece un maletín, piensa Alberto, que se arrodilla en el suelo, mete la mano en medio de toda la repugnante inmundicia que suele rodear los contenedores, y empieza a tirar de él. Mientras tanto el gato se aleja, habiendo perdido, aparentemente, todo interés en el asunto.

Después de un rato de forcejeo, consigue desencajar el maletín y sacarlo hacia afuera. Es de los caros, marca Piquadro, de cuero negro, bastante sucio pero intacto… y cerrado.  Tiene una cerradura de combinación, de esas con cuatro ruedecitas dentadas y números correlativos. Alberto piensa un rato, duda, mientras trata de evaluar el peso del maletín que, evidentemente, no está vacío.  Y entonces, en un rapto de imaginación, empieza a girar las ruedecitas copiando la combinación que utilizó para la caja fuerte en su última visita al hotel de la playa: 1, 2, 3, 4… Tras un momento de tensa espera, aprieta el pequeño botón dorado y “plin”, el maletín se abre. ¡Bingo!, piensa.  Mira hacia los lados, ansioso, creyéndose el objeto de todas las miradas. Sin embargo la gente, como hipnotizada, sigue caminando mecánicamente por la acera de la avenida sin siquiera percatarse de su presencia.

Entreabre el maletín, muy poco, apenas un centímetro o dos. Lo suficiente para llegar a apreciar el inconfundible color morado de su contenido. ¿Morado?  ¿Billetes de quinientos, acaso?

Alberto no lo puede creer. Vuelve a mirar, y es verdad. Transpira, las manos le tiemblan, y debe hacer un gran esfuerzo para que el maletín no caiga a la calle, abriéndose definitivamente y esparciendo su contenido entre la basura.  Arrimándose un poco más al contenedor, de modo de que su propio cuerpo bloquee la visión desde la acera, abre la tapa unos diez centímetros y mira dentro.  Desplaza los primeros billetes con el dedo índice para comprobar que todos son iguales… Es verdad, es un milagro, y le ha tocado a él.  No hay duda, el maletín está lleno de billetes de quinientos euros!

El olor pestilente de la basura no disminuye su sensación de felicidad. El color y la textura de los billetes lo han conseguido hipnotizar, y esa imagen queda fijada en su retina como un tatuaje, mientras trata de calcular de algún modo cuánta pasta puede haber en el dichoso maletín. Pero en ese momento no tiene la claridad mental suficiente para eso. Tal vez nunca la haya tenido.

Está ansioso. No puede creer que él, precisamente él, sea el  destinatario providencial de semejante fortuna. Piensa en un futuro mejor, viajes alrededor del mundo, un loft en Manhattan, la Harley tan deseada y,  claro,  hermosas mujeres.

Pero se siente intranquilo, y aunque no sabría explicar porqué, a medida que le da vueltas al tema, lo va invadiendo una extraña mezcla de alegría y temor. Está claro, reflexiona, que se trata de una fortuna evidentemente poco limpia, y no precisamente por la proximidad del contenedor. Nadie deja por error algo así en la basura. Esto…, este regalito, seguramente proviene del crimen organizado.  De un ajuste de cuentas.  Alguien, un ladrón o estafador perseguido, no tuvo más remedio que arrojarlo aquí. Tal vez su propietario original ya esté muerto.

A medida que Alberto avanza en el análisis, la alegría y la sorpresa iniciales cambian a preocupación. En un instante, como le pasa a los que van a morir, cruzan por su mente una infinidad de imágenes de ladrones, criminales de todo tipo, mafiosos, narcos, venganzas y asesinatos…  Y en medio de ese aluvión, propio de una película de Scorsese, cree llegar a ver nítidamente cómo su propio meñique es cortado limpiamente con un cuchillo de cocina por un miembro de la Yakuza con su cuerpo totalmente tatuado…

Alberto mira instintivamente su mano, el dedo todavía está ahí, pero comprende que no puede permanecer más tiempo en ese lugar, algún sicario aparecerá en cualquier momento a buscar el maletín. Su vida corre peligro, y debe actuar ya.

Lo cierra y comienza a caminar por la avenida, con paso rápido (correr no haría más que llamar la atención). Gira en la primera bocacalle, mientras disimuladamente intenta limpiar la mugre del maletín con la manga de su camisa.  Pero a medida que se aleja del lugar del hallazgo, la ansiedad lo lleva a acelerar el paso, cada vez más, hasta comenzar a correr, casi con desesperación. No sabe dónde va, pero no le importa. El tema es alejarse de allí lo antes posible.

Alberto corre sin parar, como Forrest Gump, y tras cada zancada su mente va dando forma a la idea de un futuro mejor. Sin deudas, sin agobios, libre al fin. Pero hay momentos malos para la introspección. Tan ciega es su carrera que no advierte que un gato (¿el mismo gato de mierda?), se cruza en su camino haciéndolo trastabillar. Cae aparatosamente, como en cámara lenta, y en su larga caída empuja, arrastra, destroza, el carrito de la compra de una vieja que estaba saliendo  de la panadería.

Cuando la inercia finaliza su trabajo y todo se detiene, Alberto está en el suelo, dolorido y confuso. A su alrededor, como el resultado de una gran onda expansiva, se ven trozos de mollete, algunas verduras,  un yogur de coco reventado, restos de mozzarella, una lata de atún, aceitunas, un bote de ketchup. El gato, indiferente, un poco más allá, olisquea un trozo de secreto ibérico envuelto en papel de estraza. Y la señora (la vieja, bah), que ha resultado milagrosamente ilesa, que aún no ha acabado de comprender la irrupción de Alberto en su vida, pero que está muy, pero muy cabreada, arremete contra él pateándole la espalda con sus zapatones negros, a la vez que lo insulta.

Alberto finalmente reacciona, toma conciencia de la situación, y mientras trata de defenderse  de las patadas, comienza a tantear desesperado las baldosas buscando el maletín. Estira su brazo hacia atrás y cree tocar algo de cuero. Lo aferra y tira de él, pero inmediatamente comienza a recibir una doble ración de patadas de la vieja, también dueña del bolso que Alberto tiene ahora en sus manos.

_ ¡Ladrón, ladrón! Policía! _ grita la señora, sin dejar de ejercer la agresión física.

Alberto suelta el bolso, se incorpora y se aleja unos pasos.  Mira alrededor, desesperado, buscando “su” fortuna, pero no ve el maletín por ningún lado. No hay nadie cerca, además de la vieja y el gato, que se aleja una vez más. Nadie ha presenciado el incidente. Nadie se lo puede haber llevado. De pronto cae en la cuenta… ¡No por Dios! ¡No, otro sueño, joder!

No queda otra opción. Ha vuelto a soñar. Otra vez se ha repetido el autoengaño. Una vez más lo aparentemente real era falso. Ya le parecía raro a él semejante hallazgo aunque, claro, uno nunca deja de alimentar un rayito de esperanza.

                Alberto sabe, lo admite,  que a veces el límite entre realidad y fantasía resulta algo confuso, borroso. Su vecino Luis, sin ir más lejos, le juraba hace unos meses que había visto a Elvis vivo,  paseando por el Rastro con unas Ray-Ban de aviador y pantalones de camuflaje.  Sin embargo, él cree que su caso supera todos los límites…

                Trata de consolarse. Un mal día lo tiene cualquiera, se dice. Trata de encontrar alguna excusa, pero está a punto de llorar.  No comprende cómo su inconsciente, su propia psique, que ha crecido junto a él, lo pueda engañar con esa facilidad.  Ha visto neurólogos, psicólogos…, incluso ha leído a Punset, sin obtener resultados favorables. Nunca. La sensación de falta de control sobre su vida, de ausencia de rumbo, de fracaso al fin y al cabo, lo inunda por momentos.

Desorientado, decide llamar a su hermano, tratando de buscar algún consejo.

_Vicente, soy yo, Alberto…, me volvió a pasar. Si, hoy.  Dos veces.

                _Vente para casa y hablamos.

                Y aún titubeante, tal vez algo resignado, se dirige a la parada del autobús.

                Cuando media hora más tarde llega a lo de su hermano, una modesta casa suburbana con un escuálido limonero en el jardín delantero, la que abre la puerta es María, su cuñada.

                _Vicente tuvo que salir de urgencia, lo llamó un cliente, pero me dijo que lo esperes, que no va a tardar mucho. Pasa.

                Despeinada, con cara de sueño, como recién levantada, pero hermosa como siempre, lo acompaña hasta el salón. Alberto, avanzando por el pasillo detrás de ella, comprueba cómo  al caminar descalza, sus movimientos son extremadamente sensuales, casi felinos.

                _Siéntate allí, en el sofá. ¿Estás cómodo? ¿Quieres un café?

                _No,  gracias.

                María  se sienta en la otra punta del sofá, y al hacerlo, el albornoz, generoso, deja entrever su turgente anatomía.  Es evidente que debajo no lleva nada, lo que hace que el ritmo cardíaco de Alberto  se acelere. Él nunca la había visto así. No por falta de ganas, obviamente…

                Ella sin embargo, no parece percatarse, o tal vez no le importa. Mientras tanto un rayo de sol casi horizontal que atraviesa la persiana resalta el brillo dorado del  vello de sus piernas.   Unas piernas duras pero suaves, compactas, como de deportista.

                _Así que tienes sueños…¿raros?  Vicente me contó algo.

                _El problema no es que los sueños sean raros. Supongo que todo el mundo sueña cosas así.

                Alberto duda sobre hasta qué punto profundizar en el análisis. Hasta dónde darle a ella más datos de los estrictamente necesarios. Mientras tanto, su mente no consigue despegarse de la visión del cuerpo de su cuñada. Sus ojos, enormes, lo observan con curiosidad y algo de malicia. O al menos eso cree él.

                 _La cuestión es no poder distinguir bien entre lo que son sueños y lo que es realidad. Eso es lo que me preocupa. Me pregunto cómo puede ser que un sueño, que no es más que un invento de mi propia mente, pueda originar percepciones tan fuertes, que llegan a engañar a todos mis sentidos.

                _ Ahá _responde ella mientras se va desplazando en el sofá, acercándose a él,

                _ ¿Y qué sueñas? ¿cosas pecaminosas? ¿Soñaste alguna vez conmigo?

                Alberto traga saliva y no consigue articular una respuesta coherente, mientras ve cómo ella se le aproxima, juguetona y provocadora.

                _ A ver, a ver, vamos a jugar a los sueños, ¿vale?_ dice ella con fingida inocencia. Hagamos de cuenta que yo soy la enfermera y tú estás saliendo de la anestesia…

                El momento es tenso, pero prometedor. La proximidad absolutamente perturbadora de María, no lo deja pensar con claridad. Las hormonas se imponen por goleada a las neuronas.

                De pronto él consigue capturar un segundo de lucidez. Es un sueño,  evidentemente es  otro sueño, piensa.  No puede ser realidad que María, justamente María, se me ofrezca de este modo.

                No volverá a caer en esa trampa. De ninguna manera. Alberto respira hondo, y mira rápidamente a su alrededor tratando de descubrir algo fuera de contexto, algún contorno borroso, lo que sea para poder confirmar que se trata de otro engaño de su mente. Toca la tela del sofá, y nota la textura en sus dedos. Todo es tan real.  Además  ese perfume, como de cítricos, tan penetrante e hipnótico.  Como si de un sabueso Bloodhound se tratara, intenta atesorar ese aroma para poder recordarlo en un futuro. No sabe si alguna vez se llegará a repetir una oportunidad igual.

                Alberto siempre tuvo ganas de apretar a su cuñada. Siempre la había visto como muy… apetecible, aunque claro, jamás se le había pasado por la cabeza proponerle nada. Al fin y al cabo es su cuñada. Pero ahora que ella ha asumido claramente la iniciativa, y se muestra así, voluptuosa y decidida, estando los dos solos…

                Ella continúa con su maniobra de aproximación en el sofá mientras, como fondo, se oye una extraña letanía que Alberto cree reconocer.  ¿Son los vecinos? ¿Es María que tararea? ¿Es un gemido?  Coño, ¿qué canción era esa? Le recuerda vagamente a algo, pero su mente  en plena ebullición, bombardeada por mil pensamientos y sensaciones, oscilante entre la culpa y el placer, no puede procesar ya más datos.

                Vacila entre actuar o no actuar, entre seguirle la corriente o no. ¡Es la mujer de su hermano!  Pero… ¿y si finalmente se tratara de otra ensoñación? En ese caso no hay culpa ¿no? Plantearse esa opción lo libera, en principio, de toda responsabilidad, aunque la duda continúa penetrando en su cerebro como una termita, y lo carcome por dentro.

                Mientras piensa en todo eso, retrocede instintivamente ante el empuje inexorable de María, recostándose cada vez más en el sofá, y pasando a una posición casi horizontal. Las expertas manos de ella recorren su cuerpo, centímetro a centímetro, y Alberto, ya definitivamente superado por los acontecimientos, decide no oponer más resistencia. Debería haberse duchado esta mañana, pero a esta altura de las cosas, ya da igual.

                Los labios de ella, carnosos y húmedos, se aproximan lentamente a los suyos, mientras el perfume, destinado a vencer cualquier atisbo de autocontrol, es cada vez más intenso y se introduce en sus fosas nasales como un bisturí.  Las venas de su cuello están tensas como las cuerdas de un remolcador.  Alberto siente la consistente redondez de sus senos en el pecho mientras la pelvis de María presiona su masculinidad. Con la cara de ella a unos diez centímetros de su nariz, y ya jadeando, admite que esto ya no puede ser una ilusión, y  definitivamente excitado la abraza apasionadamente, apretándola contra su cuerpo.

                Su sexo está a punto de explotar. Imposible ya de dominar, y como si tuviera vida propia, lucha desesperadamente  por rasgar la tela del vaquero.  Alberto dirige su mano hacia la bragueta para liberarlo de esa insoportable tensión, cuando en ese momento, precisamente en ese momento, escucha una voz familiar que viene desde la puerta.

                _¿Alberto? ¿Estás ahí?

                ¡Es Vicente!  Su hermano…

                Alberto se incorpora de un salto y, ya sentado pero aún confuso y jadeante, consigue distinguir la figura de Edema, la asistenta de su hermano, un auténtico tapir malayo si la comparamos con la belleza felina de María. Una gorda sebosa con bigote, algún que otro grano en la cara y pelos como de estropajo, que lo mira con asco y lo señala con su índice acusador mientras sostiene la fregona con la otra mano.

                _¡Señor, señor! El guarro ese me quiso meter mano…

                Mientras tanto continua sonando en la radio la voz de… Bisbal  ¡Era Bisbal!

                Alberto no lo puede soportar, su cabeza está a punto de estallar. No, no puede ser, otra vez un sueño!  Lo sabía, en el fondo lo sabía… pero se dejó llevar.

                Aún desorientado, comprende que no puede quedarse ni un segundo más allí. Se levanta abruptamente del sofá y huye del salón como despedido por una catapulta. Atraviesa el pasillo corriendo y sale de la casa avergonzado sin siquiera despedirse de su hermano.  No mira hacia atrás. Sólo quiere huir, correr para siempre… otra vez más.

                Al salir a la calle el aire frío de la mañana le da en la cara y lo despeja.  Sencillamente no puede creer lo que ha pasado. Pero corre. Poco a poco, el cansancio le hace bajar el ritmo de la huída. Y entonces camina. Camina  sin rumbo, buscando reorganizar sus ideas. Aún le duran la excitación, la humillación, y el cabreo.

                Tengo que hacer algo al respecto, piensa. No es normal vivir en el límite entre la realidad y la fantasía. Está visto que no puede controlar la conflictiva relación entre lo real y lo virtual, o como coño se llame el mundo de los sueños. Una vez más, se enfrasca en los mismos pensamientos de siempre.

                Y entonces, de pronto, al levantar la vista, ve venir hacia él por el centro de la acera a una odalisca. Una morena espectacular, semidesnuda, y muy apetecible, que sólo está cubierta por una túnica translúcida y que, insinuante, le sonríe mientras hace gestos lascivos con las manos. A medida que se le acerca, nota cómo emana de ella un aroma muy sensual, afrodisíaco, algo así como almizcle, tal vez con unas notas de madera y lima.

                Alberto se detiene y la mira, la observa detenidamente. Pero cansado, humillado, abrumado por las evidencias, decide ignorarla. Se da media vuelta y, como si fuera el portero de un equipo que acaba de perder por goleada, se mete por la boca del Metro con la cabeza gacha. Y corre.

                Corre escaleras abajo, huyendo de sí mismo, sin llegar a ver el enorme cartel publicitario junto al acceso, en el que un señor calvo, vestido de negro, lo mira fijamente y lo señala con el dedo mientras sonríe.

                Esa cara me suena… ¿no es el tío del anuncio de Loterías?

                Y entonces desperté.

DANIEL CAMARGO