Eclipsado

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Género: Relato Romántico
Rating: Todos los públicos
Este relato es propiedad de Inmaculada Ostos. La ilustración es propiedad de Paloma Muñoz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Eclipsado.

Ilustración de Paloma Muñoz

Llegó a trompicones hasta su sitio preferido, pero justo cuando le quedaban unos pocos metros para llegar hasta la piedra que, peligrosa, se asomaba hacia el precipicio, y desde la cual se podía contemplar toda la ciudad, se dio cuenta de que no estaba solo. Allí de espaldas al camino por donde él había llegado había una blanca figura que contrarrestaba la oscuridad que poco a poco iba haciéndose dueña del entorno. Parecía ser una mujer, pues su largo cabello blanco ondeaba al compás de la brisa estival que recientemente se había levantado y, además, los contornos que, graciosos, perfilaban la especie de kimono blanco que vestía se ajustaban como un guante a una silueta que solo podía ser femenina. Él se adelantó un poco más para tener un mayor campo de visión de la extraña mujer que allí había, y al hacerlo pisó unos pequeños restos de ramas rotas que había esparcidos por la roca. La mujer entonces se sobresaltó y se giró apenas lo justo para que su perfil se dibujara tras la escasa iluminación de las estrellas, pero solo como una sombra oscura, sus rasgos no se distinguían aún desde aquella distancia.

—¡Lo siento! —se disculpó él con lengua de trapo—. Pensé que estaba solo y he entrado como un elefante en una cacharrería —añadió.

—Parece que tenías ganas de llegar —se limitó a decirle la mujer con una voz atemporal.

—Bueno, la verdad es que sí, he de reconocer que este es mi lugar secreto, suelo venir aquí cuando las cosas van mal…—empezó a parlotear de nuevo él desinhibidamente. Y al darse cuenta de que la lengua se le estaba soltando demasiado en compañía de una extraña, cosa tal vez producida por el alcohol ingerido, se sintió algo avergonzado, así que intentando justificarse antes de que la mujer interviniera añadió:

—…O cuando… como en este caso, hay un evento tan espectacular como el de la luna de sangre de lobo.

La mujer no contestó, se limitó a mantener su postura semigirada aunque, cosa extraña, a él le pareció oírla reír en su cabeza.

—¿Te importa que me quede? —le dijo entonces sentándose a escasos metros de ella—. Te… te prometo que no te molestaré, y si no quieres, tampoco tienes por qué hablarme… No soy ningún tipo raro ni voy a hacerte nada malo, no te preocupes, es que no he tenido un día demasiado bueno, ¿sabes?, y me gustaría quedarme aquí y… bueno, a ti eso no te importa, claro… Yo… —empezó a parlotear nervioso.

Ahora sí que pudo escuchar claramente su risa tintineando como las campánulas de verano. Tenía una risa preciosa y extraña a la vez, pues amortiguada parecía esconderse una risa mucho más vieja o profunda.

—No me hagas mucho caso. Debe de ser el alcohol, que me hace parecer más idiota de lo que suelo ser normalmente.

—Quédate, a mí no me importa, siempre que no te tires por el precipicio y me hagas ir a buscarte.

—¿Tirarme yo por el precipicio? ¡Para nada! No, yo…

—Era broma —se apresuró a decir la mujer cortando sus, de nuevo, atropelladas alegaciones.

—¡Ahhh! —arrastró este las palabras comprendiendo en su enturbiada mente.

—Lo decía porque como dijiste que estabas bebido y que venías cuando algo iba mal… —se justificó— quería darle un poco de humor a la cosa.

—Pero también dije que venía por lo del eclipse.

La mujer quedó entonces en silencio.

—Vale, me has pillado, el eclipse era una excusa, necesitaba llegar a este lugar.

—Siento haberte molestado.

—¡No!, para nada, ¡de verdad!, es solo que no sé si será la borrachera o las vibraciones de este eclipse lunar lo que me impulsa irresistiblemente a sincerarme contigo. Y por supuesto a darte la chapa.

—Tranquilo, no me importa, me gusta escuchar. Y además no tengo nada mejor que hacer hasta que se produzca el eclipse, así que…

—Bueno, la verdad es que, pensándolo mejor ahora, me parece una tontería…

Ella se acomodó en su posición y con un gesto de la cabeza, que movió de forma grácil su melena, le instó a que continuará.

—Verás, todo ha empezado por una gilipollez, pero es que yo ya estoy harto, y hoy no he podido más y he hecho la mayor estupidez de mi vida: beberme de un solo trago, y te juro que ha sido así, una litrona de cerveza, cuando yo de normal nunca bebo. Que aunque me veas aquí con mis diecisiete años, no soy muy amigo de esas cosas, no me llaman, raras veces me he emborrachado, pero hoy… mi hermano se ha pasado tres pueblos y me he tenido que largar de casa como alma que lleva el diablo. Y es que estábamos en una comida familiar charlando y pasándolo tan bien que se me ocurrió la idea de hacer un juego de karaoke, ¿sabes?, para animar la fiesta y jugar los chicos contra las chicas enlazando canciones. Y entonces mi hermano en mitad del juego se ha puesto burro y ha empezado a decir que ya estaba yo con mis gilipolleces de nuevo para llamar la atención, que como siempre quería ser el centro de atención y que aquella reunión no se había hecho por mí, sino porque mi prima se tenía que ir a estudiar fuera e íbamos a tardar en verla mucho tiempo. Y entonces todos se han callado y veía a mi madre tan apurada que, por no discutir, he cogido y me he largado. Mi hermano siempre me está haciendo la puñeta, siempre se mete conmigo y no logro entender por qué me odia tanto. ¿A que es una gilipollez?

Ella negó con la cabeza.

—No, para nada, te entiendo perfectamente, todos tenemos hermanos mayores en algún sentido. Y lo peor es que los necesitamos.

—Tú no pareces necesitar a nadie. Sumida en ese aura de misterio y belleza que te envuelve, pareces… hasta sobrenatural.

Entonces ella se giró del todo poniéndose frente a él, pero aun así, él no pudo ver su rostro probablemente a causa de la sombra que proyectaba su propia figura a contraluz con la luna, que ahora, magnífica, brillaba intensamente en el cielo.

—¡Belleza dices! Ahora sí que empiezo a pensar que estás borracho. ¿Cómo puedes saberlo si ni siquiera puedes verme? —le contestó con amargura.

—Pues muéstrate.

—¿Seguro que quieres verme?

Él la observó extrañado, la conversación había tomado un rumbo extraño que no supo muy bien cómo definir. Y entonces, la mujer, acercándose a él y al rayo de luz que ahora inesperadamente se ponía en medio de ellos, se apartó el pelo que hasta ahora le cubría la cara y le enseñó su rostro. Ahora entendió el porqué de aquel malestar que había mostrado ella, aunque aun así seguía pareciéndole preciosa. Él mismo se asombraba de cómo habían aparecido esos extraños y anhelantes sentimientos por una desconocida. Era como si alguien hubiese obrado una extraña magia, pero tampoco se quería plantear el porqué de lo que sucedía, así que, como llevado por un extraño instinto, le contestó:

—Preciosa, como yo decía.

Después de esto la misteriosa mujer se volvió a girar y quedaron sumidos en un profundo silencio que duró unos minutos eternos. Y mientras esto ocurría, él sentía cómo se ahogaba en un pozo de desesperada tristeza por no poder seguir escuchando su voz, y lo peor de todo era que no podía evitar esos encantados sentimientos. Hasta entonces la conversación había fluido entre ambos sin necesidad de forzar la situación —pensó—, aunque en realidad había sido él el que hasta entonces la estaba guiando, y ella se limitaba a contestar como si ya supiera las respuestas o esperara justamente lo que él iba a decir en cada momento. Daba la sensación de ser como un diálogo pactado, como ese tipo de diálogo que te aprendes cuando vas a realizar una obra de teatro. «Pero claro… —se volvió a decir a sí mismo—, probablemente lo que me está hablando en este momento no sea la sensatez, sino el alcohol». Y fue entonces cuando también descartó esa incesante sensación de pensar que en el fondo la extraña mujer y él no eran del todo desconocidos.

—Va a empezar el eclipse. Creo que deberías ponerte cerca de mí, ya sabes que cuando observas esta maravilla sueles quedarte dormido —dijo entonces ella rompiendo el silencio.

Y de repente, y como si fuera una especie de autómata, su cuerpo reaccionó levantándose y acudiendo al lugar donde ella le llamaba, se sentó a su lado y puso la cabeza en su regazo, justo donde ella lo guiaba, y entonces sintió que estaba irremediablemente enamorado y que era el día más feliz de toda su vida. Después se durmió.

Cuando ella abrió los ojos se encontraba en la cama de la residencia, de nuevo el maravilloso sueño había acabado, y además esta sería la última vez. Su hijo pequeño, postrado en la cabecera de la cama, la miraba dulcemente entre preocupado y aliviado.

—Por fin despiertas, mamá, es la una del mediodía. Siento no haber podido acompañarte anoche en tu… misión, hubo una cancelación de última hora y el vuelo se retrasó.

La mujer le dio un par de palmaditas tranquilizadoras en la mano mientras le decía:

—Tal vez fue mejor así. Al menos, de esta manera me he podido despedir.

—¿Cómo que despedir, mamá? ¿Qué quieres decir?

—Carlos, ya no me queda mucho tiempo…

—Chssss, no digas eso, mamá, por favor… —la cortó el muchacho mientras sus ojos se inundaban de lágrimas—. Estás cansada por el esfuerzo que hiciste anoche, es solo eso.

La mujer le puso un dedo en los labios para silenciarlo.

—Créeme, hijo mío, lo sé y es mejor así. No sé cuánto tiempo podría haber soportado más ver a tu padre en ese estado, me estaba destrozando por dentro, de verdad. Llámame egoísta pero que mi mal se haya extendido tan rápido ha sido una bendición. ¿Entiendes ahora por qué decía que el que no hubieras venido anoche era mejor?

—Creo que en cierto modo sí.

—Verás, como sabes, la enfermedad de papá es un extraño caso de demencia senil que además empezó a una edad temprana. Fue un caso inusual, y haciendo honor a esa inusualidad, su cerebro decidió escoger el día que tal vez fuera el más feliz de su vida para recordarle de vez en cuando quién es él. Y para mí, que ese día sea el mismo que nos conocimos con diecisiete años tiene un valor muy especial. Por eso este último esfuerzo por recrear ese momento del eclipse lunar es el único momento en que mi marido vuelve a ser él, aunque sea en una pequeña muestra. Ya sabes que el resto del tiempo solo sufre y yo sufro con él, es por eso que esta es una buena despedida.

—Mamá, yo…

—Lo sé, amor, yo también te amo más que a mi vida y nunca te voy a dejar de querer aunque este último episodio de mi vida me lleve a un lugar de donde no podré regresar. Lo único que me pesa es dejarte solo con esta carga, pero me gustaría que en los peores momentos de la enfermedad de tu padre no te olvides de quién es él, y que le ayudes todo lo que puedas sin destrozar o malgastar tu vida, porque, hijo, en el fondo sabes que tu padre pocas veces está ya aquí. No quiero que te sientas culpable, en ningún momento de tu vida, aquí es donde tenemos que estar porque los profesionales son los únicos que nos pueden atender en esta etapa de nuestra vida, y tú bastante hiciste ya con entregarnos tu amor incondicional. Y solo me gustaría pedirte una última cosa, amor. Dile a tu padre que siempre lo quise, cuéntale todo lo que hemos hecho por ese amor que le profesamos y dile que me ha hecho la mujer más feliz que ha existido en la tierra y que siempre le querré. Aunque a lo mejor eso nunca llegue a racionalizarlo…

—Claro que lo hará, mamá, recuerda que eres su pensamiento alegre y también el mío. ¿Recuerdas cuando nos leías a ambos Peter Pan?¿Y qué era lo que nos decía entonces papá y luego corroboraba yo? —le dijo el muchacho inundado en lágrimas sin poder contener más la emoción.

—Cómo olvidarlo. Era mi momento preferido del día, sobre todo cuando te veía dormir tan dulce, tan tranquilo… mi niño precioso… Pero ahora creo que el que va a tener que dormirme vas a ser tú. ¿Lo harás, mi príncipe?

El chico asintió y apretó sus manos con más fuerza y las besó, después se puso a relatarle su cuento preferido mientras la madre cerraba los ojos y su respiración se tornaba regular. Y poco a poco, como cuando exhalas el aire que antes has recogido, la luz se apagó, la voz se alejó y los sueños siguieron su curso interminable.

Inmaculada Ostos Sobrino

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La cara sin rostro

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Género: Relato romantico-misterio

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Jorge Pérez Rivero. La ilustración es propiedad de Olga Ruiz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La cara sin rostro.

Querido diario:

Hace tiempo que no nos sentamos tú y yo a charlar durante un rato y espero que no estés molesto por ello; soy consciente y te pido disculpas. Barcelona da para mucho y normalmente dedico unos minutos de mi tiempo, antes de dormir, para contarte mis penas o mis pensamientos, aunque esta vez se haya alargado demasiado nuestro reencuentro.
No quisiera aburrirte con estúpidos comentarios sobre problemas personales que no interesan a un ente como tú y por ello, para salvar estas semanas de ausencia y sufrimiento por tu supuesta parte, voy a regalarte uno de mis secretos mejor guardados y que supondría un gran descubrimiento si alguna vez llegase a ser un escritor mundialmente conocido.
Sí… Ya sé que lo he soñado muchas veces pero, aunque vaya con algo de retraso en mis escritos, aún tengo tiempo para alcanzar la cima si bien lo que vaya a relatarte ahora no tenga mucho que ver con mi futuro éxito y fortuna.
¿Preparado?
Todo comenzó hace ya muchos años, catorce creo recordar, y quizás lo que hago ahora sea un pequeño homenaje por aquella maravillosa época. Realmente no fueron los mejores de mi vida pero tuvieron algo de sentido a la hora de convertirme en escritor.
¿Qué? ¿Por qué llegué a decidirlo? Esa es una buena pregunta y has hecho muy bien en plantearla, ya que es parte fundamental en este relato; sin ello, nada de esto hubiera ocurrido.
Mi profesora de Historia había escrito varios libros y nadie en la clase tenía conocimiento sobre aquello: algunos versaban sobre la Guerra Civil española y otros abarcaban, también, el ámbito histórico. Aquello me impactó gratamente pues nunca antes había conocido a un escritor en persona, de mayor o menor nivel, pero seguía siendo mi primera vez. La conversación que mantuvo con nosotros sobre ello me dejó impresionado y, a mis catorce años de edad, comencé a reflexionar sobre el tema, pues mil y una historias rondaban en mi cabeza y descubrirlo quizás hubiera sido la acción que necesitaba para darme cuenta de que podía compartirlas con el resto del mundo igual que otros así lo había hecho ya.
Sí, esto no es ningún secreto, lo sé. Pero para que haya misterio, primero debía hablarte sobre esta parte o no lo habrías entendido. Dame unos minutos para pensar cómo contártelo y verás.
Iba a la misma clase que yo y así lo hizo hasta que acabé el instituto. Sí, estamos hablando de una compañera, aunque te sorprenda, pero había algo en ella que me marcó para siempre. ¿Amor? Quién sabe. Yo era joven e inexperto en esos temas y ni sabía siquiera lo que realmente me gustaba pero allí estaba, cada día, cada recreo, cada examen. Esperando que levantase la mano para escucharla hablar o que saliera a la pizarra y así verla más de cerca. Era de las más listas de la clase, ¿sabes?, y ello me fascinaba, pero yo era muy tímido y nunca dije nada. Qué podría decir, bastante traumas tenía ya y no me apetecía llamar la atención más de lo debido.
¿Que si ella tiene que ver con el secreto? Para ser un libro inanimado eres más listo de lo que pensaba. Sí, ella es realmente el secreto.
La última vez que la vi fue hace ocho años, creo recordar, y realmente nada cambió para con nuestra relación. Simplemente un saludo amable que no tornó en nada más. Es cierto que intenté de alguna forma acercarme más a ella durante nuestra etapa estudiantil en alguna de las fiestas que se organizaron, pero de poco sirvieron las breves conversaciones que mantuvimos. No existiría este secreto si todo hubiese ido a mejor, ya me entiendes.
Ya, ya, que vaya al grano, no me presiones más que terminaré en breve.
Como muy bien sabes, en 2011 publiqué mi primer libro pero, realmente, no fue el primero que escribí. Mi obra magna, que algún día verá la luz, la inicié justo el año en que mi profesora de Historia nos reveló su segunda profesión. Aquel momento, ya con quince años, y todas aquellas sensaciones revoloteando en mi cabeza, me llevó a recrear la única forma posible de poder estar con ella. Un personaje se enamoraba del actor principal y era algo muy puro que, en algún momento, le salvaría la vida. No, no voy a revelarte nada. Ya lo verás cuando se publique de aquí a unos años. Lo importante es el hecho de que esta relación no es tan ficticia y surgió por una razón real y ello me dio que pensar cuando tuve la oportunidad de publicar mi primer libro. Y ahora, con el segundo en camino y el tercero finalizándolo, todos tendrán algo en común.
¡Vaya! Sigues dejándome sin habla. ¡Muy bien! Lo has adivinado, aunque he de reconocer que te lo he puesto bien fácil.
Si alguna vez soy un escritor conocido y lees varias de mis obras, búscala entre mis páginas pues ella participará en cada una de las historias. Ya fuere de actor principal, secundario o un mero caminante que pasaba por allí y no sea piedra angular en momento alguno. Da igual si los libros tratan sobre ciencia ficción, policiacas, históricas o una mezcla de géneros, su simple recuerdo las hace importantes. Al releerlas aún tengo la sensación de que realmente sí que sabía que yo existía y que pudiera haber hecho algún movimiento tratando de ponerme en contacto con ella. Quién sabe, puede que se convierta en una fan y lo descubra por sí misma. Mientras tanto, su cara tendrá muchas descripciones, pero su rostro será único e invisible para todo el mundo menos para mí.

Ilustración de Olga Ruiz

Buf, creo que ya ha estado bien por hoy. No te quejarás de todo lo que te he contado. Valdrá para compensar todo lo que no he escrito durante estas semanas.
No me mires así, sabes que mis palabras son ciertas y convencerían a cualquier tribunal que las juzgara. Ahora bien, solo tú y yo lo sabemos, así que mantén las cubiertas cerradas y no lo airees por ahí o se terminará la magia.
Bueno, es hora de dormir. Hablamos mañana, ¿vale?
Descansa y coge fuerzas para mis encontronazos del día.
Buenas noches.

Jorge Pérez Rivero
Barcelona, 13-02-2018

 

Ya lo sabes

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Género: Relato Romántico

Rating: +13 años.

Este relato es propiedad de Olga Ruiz. La ilustración es propiedad de Rosa García. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Ya lo sabes.

Estábamos en el quinto pino. Bailábamos. Ya no éramos  adolescentes, entre la cuarentena y la cincuentena, más bien. Tampoco teníamos obligaciones más allá de volver a casa lo suficientemente lúcidos para no tropezar con las escaleras. Pero al menos ya no daríamos el  cante delante de una madre controladora. Había muchísima gente allí. Olía a sudorcillo de fiesta y se apreciaba a gente animada por todas partes. Los bailarines marcaban el ritmo desde el escenario y tenían incluso un presentador. Daba igual que hubiéramos estado en África bailando zulú o en Irlanda en agrupaciones de danzas céilís. Estábamos en la feria del pueblo; reíamos, bailábamos, bebíamos y hacíamos fotos sin parar. Creo que ese fue un momento de felicidad. Seguro.

A eso de las cinco nos fuimos a dormir a su casa. Todavía no vivíamos juntos, sólo compartíamos algunas noches. Éramos mucho más que novios y mucho menos que esclavos de rutinas. No sabría decir… En un punto intermedio entre lo uno y lo otro. Caímos rendidos  al primer minuto. Teníamos el alma molida.

Al día siguiente, al despertar, alargué la mano y consulté el teléfono. Dormíamos desnudos, abrazados, sonrientes, escuchando nuestros ronquidos, nuestro respirar sobre el pecho. Abrí la nueva convocatoria de Surcando Ediciona: Miedo. «¡Madre, qué título tan trascendental!». Y como soy de espíritu optimista, pensé que algo tendría que aprender yo de esto. Así que me quedé mirando el techo dos o tres minutos.

Después, me giré  hacia él y le acaricié la nuca. Cuando él estaba abriendo los ojos, le miré, le sonreí y le pregunté:

—Señor amor, ¿qué crees que es el miedo?

—¿Miedo? ¿Qué es eso? Me acabo de despertar… A ver… Déjame que piense… Lo primero: ¡Buenos días! Bien —carraspeó—, es lo que nos impide ser felices, o al menos eso dice Jorge Bucay. Espera, que recuerdo el pensamiento. Algo así: «las personas no son felices porque sienten miedo, culpa, o vergüenza, o en combinaciones de a dos, o  todo a la vez».

—No estoy segura, pero puede que tenga razón Jorge Bucay. Lo estudiamos, sí, es un tema muy interesante. Creo que nos ayudará a compartir algo más, a conocernos todavía más si cabe. ¡Buenos días, cielo! —contesté.

—¿Cómo te sientes tras los gintónics y la fiesta de anoche?

—Bien, tranquila, me gusta despertar a tu lado. Me gusta verte sonreír y necesito sentirte aquí, siempre, conmigo.

—Gracias, te digo lo mismo. Hoy estás cariñoso. Sí, lo noto.

—Sí, amor, hoy estoy cariñoso —me respondió cogiéndome de la cintura.

Y entonces nos apretamos con fuerza y nos hicimos el amor, como si fuera la primera vez y la última: mezcla de respeto e inocencia al principio y de locura al final. Luego nos duchamos y nos preparamos para desayunar cerca de la una de la tarde. Sin prisa. Seguro que la comida llegaría a las seis o más. No había prisa nunca, cuando estábamos juntos llevábamos nuestro propio ritmo.

En el desayuno, sentados con las tostadas de tomate y aceite y el café descafeinado, volví a preguntarle por el miedo. Estuvimos largo rato revisando los míos y los suyos, cosas bastante normales. Por mi parte tenía miedo a las serpientes, a las arañas, a los huesos que sobresalen más de un centímetro de la piel, a que pierda los dientes, a la enfermedad que te incapacite, al Alzehimer por ejemplo, también a que me roben con intimidación, a que se injurie mi persona, pero sobre todo, a la mentira. Ese es mi miedo más horrible. Que se construyan mentiras a mi alrededor.

Por su parte, miedo a quedarse calvo, miedo a los ruidos en la noche que no se pueden justificar, miedo a que le pase algo a su hija o no tenga un futuro digno, miedo a vivir situaciones extremas de dolor y enfermedad entre sus seres queridos, miedo a que le engañe y le deje, miedo a la soledad. Y aquí le brilló un recuerdo en el fondo del ojo, algo que ya había dolido antes. Lo vi.

Lo cierto es que había escuchado durante días la palabra miedo muchas veces. A veces tengo la sensación de que escribo cosas que de una manera o de otra forman parte activa de mi vida. Mi hija tenía pesadillas por la noche y no quería dormir sola, mi madre tenía miedo de operarse de la rodilla porque no había una garantía total de la recuperación, mi padre tenía miedo del examen médico para renovar el carnet de conducir porque de un tiempo a esta parte sentía que estaba peor de la vista y de los reflejos, y claro, no renovar el carnet era un varapalo a su autoestima. En fin, que de algún modo el miedo se instala en nuestras vidas, se instala y come a bocaditos la zona de confort y hace un agujero negro por donde se escapan la seguridad, la autoestima y la valentía de las personas. Miedo es lo contrario a vivir.

Empecé a escribir esto a las tres de la tarde, después de comer, en su ordenador, con una camiseta de Ávila puesta, unos calcetines y el pelo sujeto con un bolígrafo. Loco y despeinado.

Se acercó por detrás y leyó. Le gustaba mucho hacer eso. Y me sujetó la nuca y me besó en donde nace el pelo y detrás del lóbulo de la oreja. Y me arqueé hacia atrás. Ya no había forma de seguir escribiendo. Volvimos a hacer el amor.

Ilustración de Rosa García

A eso de las cinco de la tarde, mientras yo me daba otra ducha, recibió una llamada en su móvil. Entonces noté en el tono de su voz la incomprensión. Y un no, no puede ser…  ¿Cómo? ¿Dónde? ¿Cuándo? Y millones de kilos de tristeza resbalarle encima.

Me sequé corriendo. Era consciente de que algo malo acababa de pasar. Bajé la escalera del dúplex. Él estaba temblando con el teléfono en la mano.

—¿Qué ha pasado?

Inmóvil, con la mirada perdida en el infinito blanco de la pared, no podía ni contestar.

—¿Qué pasa? Venga, di algo, me estás poniendo nerviosa —le zarandeé el brazo.

Entonces tiró con furia el teléfono sobre el sofá y se giró hacia mí. Me abrazó. Me abrazó con fuerza y desesperación y me dijo:

—Cris ha tenido un accidente. Está muy mal… La llevan al hospital. No saben si va a salir de esta.

Permanecimos así, fundidos, en silencio, pensando que aquello no era verdad. Que esa noticia no podía ser verdad. Si habíamos estado juntos hasta las cinco de la madrugada, si estábamos llenos de vida, de amor, de alegría… Ese cuento no iba con nosotros. Nos acababan de contar algo ajeno. No podría ser. Lloramos en silencio. Sin poder hablar. No hacía falta tampoco.

Puede que pasaran cinco, diez, quince minutos, ¿quién sabe? Entonces sucedió algo. Algo inesperadísimo. Me cogió la cara con las manos, me levantó la cabeza, me ordenó:

—Mírame.

Y yo le obedecí sin casi ganas. De la tristeza que sentía…

—Creo que ya sé cuál es el miedo más grande. Amor, el miedo más horrible que no podría soportar, ese que no había tenido en cuenta por evidente y presente, es algo tan necesario en mi vida como respirar o comer. No he tenido en cuenta algo que puede pasar en cualquier momento. El miedo a perderte para siempre. No perderte porque me dejes y sepa que estás viva en otra parte del mundo, brindando o soñando o simplemente escribiendo lo que te hace tan feliz. No. Es el miedo a que desaparezcas de la faz de la tierra para siempre, a que la muerte te abrace y te lleve con ella.

—No pienses en eso. Somos jóvenes todavía. Tenemos mucha vida por delante.

—Sí, acabo de verlo. Es una revelación. Quiero cuidarte, quiero estar contigo siempre. Déjame, nena. Déjame disfrutarte y que me disfrutes. La muerte puede llegar en cualquier momento.

—Yo me cuido, ya ves. Como bien, hago deporte, no fumo —le animo.

—Pero que puede pasar en cualquier momento —repite.

—De acuerdo, pero no puedes vivir con ese miedo.

—No, no vivo con ese miedo. Vivo con la tranquilidad de haber disfrutado el día al cien por cien contigo. Y te diré todo lo que quiera decirte en cada momento, y te besaré y te abrazaré y te haré el amor siempre que quiera, y tú a mí.

—De acuerdo, así viviremos, con más alegría, supongo. —Y le di un beso largo y bonito.

—Te quiero, vida, así viva. No hagas tonterías. Piensa que aquí hay un hombre que se preocupa por ti, piensa antes de hacer las cosas. Eres demasiado impulsiva, demasiado osada. Y estás muy loca.

En la radio sonaba una canción de Marta Soto que escuchamos en silencio. Decía algo así:

Y estoy corriendo en dirección contraria a tu vivir

Y tú, que sabes bien que no hay final,

que no hay  final sino verdad que logré hablar,

y proponernos un vuelo libre sin ningún miedo (…)

Y me acordé de Cris. Y ahora sí, abrazados, lloramos de furia y de tristeza. Juntos. No creo que hubiera en el mundo otra pareja más enamorada y cómplice que nosotros en ese momento. Ni creo que la habrá jamás.

Olga Ruiz