Y ellos querían ir a Viena

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Género: Relato

Rating: +12 años

Este relato es propiedad de Olga Ruiz. La ilustración es propiedad de Paloma Muñoz . Quedan reservados todos los derechos de autor.

Y ellos querían ir a Viena.

Ilustración de Paloma Muñoz

Paula y yo nos conocimos en el primer curso de Medicina en la Ciudad Universitaria de Madrid en el año 1998. Conectamos muy bien desde el principio. Los dos pertenecíamos a una clase media con ganas de progresar y podíamos permitirnos algunos lujos. Éramos inteligentes, jóvenes y guapos. Aunque creo que con lo de ser inteligentes habría bastado para nosotros, que nos hacíamos el amor con el cerebro en cualquier sitio.

Yo era de un pueblo de Toledo pero vivía junto con dos compañeros en un piso de alquiler en Moncloa y, algunas mañanas, ambos nos saltábamos las clases y retozábamos hasta el almuerzo en mi cama. Éramos amantes de la literatura, de la poesía, y nos emocionaba el auge social de las redes. Un día, en el puente de diciembre, se nos ocurrió organizar el primer viaje por Europa juntos. Tras duras negociaciones con nuestros padres por el tema económico, finalmente conseguimos reunir el dinero suficiente y organizarnos: ida el día quince  de diciembre y vuelta, el treinta, con la intención de pasar la navidad en Viena.

El Gran Tour: París – Bruselas – Ámsterdam – Frankfurt – Viena nos esperaba. Era fácil ir conectando destinos a través del Interrail Youth universitario. Salimos de la estación de Chamartín en Madrid y fuimos haciendo escalas en Barcelona, Carcasona, Toulouse, donde visitamos algunos palacetes del Siglo de Oro, el Capitolio y la Basílica de San Sernín, y nos hicimos muchas fotos con una cámara que tenía Paula que llevaba incorporado un disquete y tenía el tamaño de un sándwich. A mí aquello me llamaba mucho la atención porque se podían desechar en el momento, la era digital estaba entrando en nuestras vidas. Desde allí salimos a Montpellier y perdimos el tren con destino Nimes.

Si no llegábamos al siguiente destino a tiempo, ya habríamos perdido las conexiones que tan cabalísticamente habíamos hecho para que todo fuera programado. Así que, ante la adversidad, no se nos ocurrió otra cosa mejor que hacer autostop.

Eran las siete de la tarde, hacía bastante frío y caminábamos con la esperanza de que alguien nos recogiera. Un señor de unos ochenta años paró y nos animó a subir a su coche. Enseguida nos habló en español. Resultó ser un profesor universitario que había impartido clases de lengua y literatura hispana y que vivía relativamente cerca. Tras una media hora de coche en un increíble jaguar rojo de asientos de cuero blancos llegamos al sitio más inesperado donde nos invitaba a pasar la noche. Su casa era un castillo.

Nos contó la historia de aquel lugar de ensueño. La primera parte, bastante evidente: señores, familias nobles incluso un chambelán del rey Luis XI, una etapa de auge intelectual gracias al Marqués de Chandoiseau, en 1650, incluso un poeta llamado Léonard Frizon que visitó el castillo en 1650 y que hizo una descripción preciosa en uno de sus poemas, titulado Motha Candeneria, del sitio. Luego un rico empresario parisino, François Hennecart, lo compró en 1809 y restauró el castillo y sus aledaños, donde se excavaron canales, se trazaron avenidas y se plantó un viñedo. Vamos, que urbanizó el sitio.  En 1870 se produjo una nueva reconstrucción de gusto romántico​ que terminó en un castillo rodeado de agua. A principios de 1932 se produjo un incendio inmenso cuando se estaba instalando la calefacción central. Los bomberos, venidos de toda la región, no pudieron evitar el desastre y solo se salvaron la capilla, las dependencias y el palomar. Las pérdidas fueron tales que los propietarios no pudieron reconstruirlas. La biblioteca contenía libros muy escasos, tapices de Gobelins, muebles antiguos y cuadros de gran valor que se perdieron. En 1963, después de la guerra de Argelia, el industrial retirado Jules Cavroy compró la propiedad (dos mil hectáreas de las que mil doscientas son bosque y ochocientas eran tierra agrícola) a la viuda del barón Lejeune. Repatriados de Argelia, explotan las tierras de la Mothe (quinientas hectáreas en torno a las ruinas del castillo) hasta que a principios de los años ochenta el Crédit Lyonnais compró los bosques para después venderlos en diferentes lotes a varios dueños.

Escuchamos toda la historia como pasmarotes durante la cena. Lo narró divinamente, pero nosotros teníamos bastante hambre y sueño y la verdad es que hicimos de pésimos huéspedes.

El último propietario fue nuestro hospitalario profesor, el señor Claude-Alain Demeyer.

Paula se sintió incómoda desde el primer momento. Le notaba demasiado educado, demasiado cortés, desconfiaba.

—Carlos, macho, a mí esto no me gusta… —me dijo—. ¿Por qué vive aquí solo?

—Venga, venga, no empieces…

Nos dio de cenar como si nos conociera de toda la vida, nos enseñó nuestra habitación y se retiró a dormir a eso de las ocho y media de la noche.

Cuando llegamos a la habitación Paula no quería quedarse allí. Me amenazó incluso con marcharse sola.

— ¡Paula, por Dios, no digas majaderías! ¿Estás mal de la cabeza o qué? Sé inteligente. Vamos a cerrar la puerta por dentro, vamos a amarnos un ratito y vamos a despertar mañana descansados y tranquilos para continuar nuestro viaje a Viena, ¿de acuerdo?

—No, de verdad, no puedo… estoy asustada. Se me han pasado por la cabeza mil cosas mientras cenábamos y veía cómo cortaba la carne y cómo chupaba el cuchillo. Era espantoso. Estaba disfrutando de cada bocado, del vino, y nos miraba con ojos extraterrestres.

La abracé fuerte y la besé mucho aquella noche. Hicimos el amor salvajemente, lo recuerdo, después me levanté, abrí la ventana y me fumé un cigarro. Se puso a llorar. Realmente estaba asustada. Me acerqué a ella y la envolví con mis brazos.

—Nena, venga, ¿qué te pasa?

—¿No te has parado a pensar por qué tenía la mesa puesta para tres?

—No, no le he dado ninguna importancia, el hombre lo ha explicado. Siempre tiene la mesa puesta porque casi siempre tiene invitados, aunque tú estabas detrás viendo los tapices y puede que no te enterases.

—¿Y por qué no tiene servicio viviendo en un sitio tan gigantesco?

—Yo creo que no se lo puede permitir. Es mayor y es posible que esto le haya superado un poco.

—¿Y su familia, sus hijos, su gente?

—No ha dicho nada de eso. Supongo que mañana se lo podríamos preguntar en el desayuno. Ayer casi ni abrimos la boca. Estábamos demasiado impactados por el encuentro con este sitio tan increíble.

—¿Y todos esos gatos…? ¿Por qué habrá más de veinte gatos aquí en este castillo? Maúllan como bebés demandantes y enfermos. Es insoportable.

La abracé nuevamente y conseguí calmarla con cariños en la frente, tocándole el pelo y acariciándole la espalda. Dormimos poco por la noche, pero nos sorprendió un mediodía radiante y desconocido.

—Creo que es muy tarde, Paula, vamos a levantarnos —le dije besándole la mejilla. ¡Buenos días, amor!

—Sí. Efectivamente, son las dos de la tarde, lo acabo de ver en el reloj. No puede ser… ¿Y este hombre no nos ha despertado? Anda, dame un besito, tesoro. ¡Buenos días! Finalmente hemos conseguido descansar.

—Sí. Lo mismo está trabajando en la parte incendiada del castillo. Yo no he oído nada en toda la mañana. Pero dijo que tenía que ponerse en serio ya con los deshollinados de las piedras. A saber dónde estará…

—Anda, vistámonos y bajemos a despedirnos de él. Si no le parece muy mal, podría acercarnos con el coche a la estación de tren.

—De acuerdo, pero no te vayas, yo me ducho y salimos juntos.

—No hay agua caliente, ya lo he comprobado, y encima tiene un color arcilloso terrible. Estas tuberías no se han usado en años. Así que tendrás que conformarte.

—Ok. No me ducho entonces. No lo soportaría…

Nos vestimos, cogimos los abrigos y las mochilas ya preparadas para partir. Hacía mucho frío en los pasillos, pero no se veía a los gatos ni se oían sus maullidos. Buscamos al profesor por el castillo: pasillos, cocinas, salones, biblioteca… Le llamamos a grito pelado, pero no contestaba. Al menos recorrimos las tres plantas del castillo dos veces. El lugar, de día, era mucho más hermoso y cálido. Pero no había señales de él. No podíamos irnos sin despedirnos, así que decidimos esperar un poco más porque ya eran casi las tres y al menos tendría que ir a comer estuviera donde estuviera. Y también porque no sabíamos ni dónde estábamos, lo que nos devolvía una realidad poco atractiva de nuestra situación. Y no queríamos empezar a enfadarnos entre nosotros. Observamos que el coche estaba aparcado y entendimos que el profesor no andaría muy lejos. Llegadas las cuatro de la tarde, y tras haber comido un bocado de pan, chorizo y queso de camembert, decidimos entrar en su habitación, por si tuviera allí un teléfono de línea fija que no habíamos encontrado en ninguna parte y algún número de contacto que nos permitiera preguntar dónde castañas estábamos.

Llamamos a la puerta. No contestó y decidimos abrirla. Cuando entramos, una luz cenicienta se colaba por la cortina y millones de motas de polvo revoloteaban en el espacio. Allí se encontraba el profesor, tumbado en la cama. Nos acercamos cada uno por un lado y le vimos con la boca y los ojos entreabiertos en un tránsito extraño. En la mesilla había un montón de envoltorios médicos y dos frascos vacíos de pastillas. Se había suicidado clarísimamente. Sin articular palabra, le cogimos la mano y estaba ya rígida. En ella dos notas: una nota escrita en español y otra en francés —idioma que desconocíamos—. La escrita en español era para nosotros. Una carta muy larga y llena de amor y buenos consejos que guardé durante mis ocho mudanzas. En resumen explicaba lo que había aprendido durante su vida, exponía que no podía marcharse solo al otro lado y argumentaba que de morirse solo en el castillo, se lo terminarían comiendo los gatos y nadie le echaría en falta. Que lo sentía por nosotros, que lo sentía tremendamente, porque tendríamos que pasar alguna dificultad para explicar la situación. Que únicamente pedía que no le dejásemos solo, que lo enterrásemos en el jardín, bajo un chopo, y que después fuésemos a la policía con las dos notas para que les quedase muy clara la situación. Que a todos los efectos, ya éramos propietarios de su coche y que hiciésemos con él lo que quisiéramos.

Paula vomitó y yo estuve a punto de hacerlo.

Cogimos la llave del coche. Menos mal que yo me había sacado el carnet justo el verano antes de empezar la universidad, y tenía cierta destreza en conducir porque iba de Madrid a mi pueblo varias veces al mes. Nos fuimos de allí para cursar la denuncia y que fuese un juez quien levantase el cadáver. Ni Paula ni yo nos atrevíamos a un acto así que podría ser considerado como ocultamiento de pruebas.

Aquello tuvo una repercusión bestial: en menos de dos horas había un despliegue de medios atosigándonos y preguntándonos de todo. Nuestras imágenes dieron la vuelta al mundo junto con el titular: Y ellos querían ir a Viena…

Yo me había olvidado por completo de este suceso extraño que nos truncó las vacaciones de Navidad de aquel año si no hubiera sido porque el destino quiso que, justo hace un año, leyese un titular de la prensa donde se animaba a los ciudadanos a comprar un castillo por un sistema de multipropiedad. El precio de compra de salida alcanzaba la suma de quinientos mil euros y estaba en perfecta ruina. Y pensé si tal vez, por esas concordancias del azar, fuese ese el castillo…

Días después recibí un mensaje de Paula, que me había localizado a través de Facebook. Debo aclarar que Paula y yo no pasamos más que unos meses juntos tras el incidente, y que ahora era una mujer de éxito, casada y con dos hijos, que me buscó y me animó a hacer aquella locura. Su llamada me sorprendió mucho más que la compra del castillo, la verdad. Ahora, por estas cosas de la vida, somos propietarios junto a otros trescientos dos románticos gilipollas de un castillo y de las múltiples derramas que tendremos que pagar hasta que aquello se recupere. Y cómo  no, somos propietarios también de una nueva aventura. Nunca se sabe…

Olga Ruiz

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Arreglos de costura

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Género: Relato

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Olga Ruiz. La ilustración es propiedad de Rafa Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Arreglos de costura.

Los lunes y los miércoles por la tarde de siete a ocho damos la vuelta al valle. Es un recorrido de hora y cuarto, pero si aprietas el paso en una hora puedes hacerlo.  En ese camino ves el río Tajo, los árboles, mogollón de gente deportista, los patos, el parque, aprecias Toledo desde fuera de la ciudad, puedes disfrutar de uno de los atardeceres más bonitos del mundo y respiras. Pero lo que siempre nos pone los pelos de punta es acercarnos a la casa de los arreglos de costura. María y yo no tenemos miedo a casi nada. Vamos, creo que somos unas mujeres bastante valientes en general. Pero esta casa es una de esas casi nadas que se salen de nuestro entendimiento.

Hablaré de María primero. Ella es TTV (que significa que es de Toledo de toda la vida y a mucho orgullo). Conoce a otros muchos TTV y muchas leyendas de la ciudad. Es jovial, vivaracha y muy leal. Con ella doy esos dos paseos a la semana llueve o nieve, y son una buena dosis de alegría. Yo, por el contrario, soy de fuera, pero tengo un carácter extrovertido y curioso y me resultó muy fácil adaptarme al medio.

Para centrar la historia, explicaré que todo empezó hace un año o así. Uno de esos  días ella me obligó a fijarme en una casa que antes había pasado inadvertida. Era de piedra, de una sola planta, con una puerta central y dos ventanas ridículas a ambos lados, casi siempre cerradas a cal y canto y en un estado ruinoso de las cubiertas que cualquier día iban a vencerse. Estaba ubicada cerca del Puente de Alcántara, un poco camuflada a los pies de la muralla. María la señaló y me animó:

—Venga, tía, acércate ahí —dijo apuntando a la puerta que tenía unas contraventanas de madera abiertas hacia dentro.

Desde fuera se podía ver un pequeño cartel blanco con el título: Arreglos de costura. Pero no ponía ni un teléfono, ni un horario, sólo eso. Un cartel hecho de madera, pintado con pintura Titán blanca y serigrafiado en negro, adosado al cristal de la ventana por dentro.

—Voy —le contesté obedientemente. Pero ante su distancia, le pregunté—: ¿Pero qué te pasa?

—Nada… —pronunció un tanto nerviosa—. Acércate y pega la cabeza al cristal —me ordenó. ¿Qué ves?

Y yo, nada prudente, me arrimé y posé la nariz en el cristal para acomodar la vista al interior que estaba más oscuro que la realidad exterior. Contesté relajada:

— Pues veo un salón.

—¿Qué más ves? ¡Carajo! —dijo alzando la voz y con un tono malhumorado.

—Pues un espacio antiguo. A la izquierda de la estancia hay una máquina de coser Singer con una silla de enea y un cojín de lunares desgastado. Al fondo veo un sillón de madera con tapicería de flores y delante una mesa camilla con una faldilla verde oscura y un tapete de ganchillo. En las paredes unos cuadros de ángeles, poca cosa. Al fondo a la derecha, también una cortina de rayas de acabado castellano sensiblemente recogida sobre una silla.

Ilustración de Rafa Mir

—¿Sólo eso? Y la mujer… ¿no hay una mujer?

—No. Sólo un espacio digno de una película de Almodóvar de una casa manchega de los años sesenta. —Y me retiré—. Venga, ¡mira tú! —La animé.

—Yo la vi muchas veces cuando era pequeña.

—Pero ¿a quién?

—A la costurera, ¡coña! No te enteras. Siempre me arreglaba los uniformes del colegio.

—¡Ostras!, pero de eso ya ha pasado mucho tiempo. Que ya vas camino de los cincuenta.

—Y tanto… Lo curioso es que siempre que paso miro por si la viese, pero soy incapaz de arrimar la cabeza como has hecho tú. Tenía un moño blanco y llevaba batas negras de luto riguroso. Era menuda y casi transparente. O al menos así la recuerdo.

—Y ¿por qué no llamas y la saludas?

—Me da miedo.

—¡Ah, venga! Arrima aquí la cabeza. No está. —La animé señalando el cristal.

—¡Te he dicho que no! —puntualizó molesta—. Es que no puedo…

—Pues sigamos entonces.

Llegamos al final del recorrido y cada una se marchó a su casa. No sé por qué se había puesto tan tensa. Ya no éramos niñas para películas de terror. Pero por alguna razón, ella vivía aquello con cierto respeto y miedo. En el tiempo que llevaba en la ciudad nunca había oído nada de esa casa, ni siquiera recordaba haber leído nada en periódicos locales o revistas de barrio, ningún suceso que me hiciera pensar que aquella casa estaba encantada o guardaba algún secreto. Entonces, se disparó algo dentro, como una necesidad de saber más al respecto. Una curiosidad malsana sobre una vida ajena.

Pasaron los días y los meses y siempre que pasábamos al lado de la casa era como si un silencio se hiciera a propósito y se produjese un efecto de eso que llaman una bajada de temperatura. No me gustaba mucho pasar por esa acera de piedra y sentir la humedad de las paredes y la sombra de las dudas.

Una tarde, cuando estábamos casi a la altura de la vivienda, vimos a una mujer entrar con una bolsa de plástico. Llamó a la puerta y la abrieron desde dentro. Ya tuvimos el primer indicio de que alguien habitaba allí todavía. Estuvimos fuera esperando a que saliese, pero pasaban los minutos y aquella mujer de camisa rosa de rayas y pantalones vaqueros de unos treinta años no salió. Entonces pensamos que si había ido a dejar un arreglo de costura tardaba mucho en salir. Pero no nos importó porque en ese tiempo estuvimos hablando de la vida y cómo mejorar el mundo. Pero tuvimos que marcharnos, no merecía la pena esperar tanto.

Imaginamos cómo sería la vida de aquella mujer, si vivía sola, si la ayudaban, si realmente recibía alguna pensión, si malvivía con los arreglos de costura, en fin…

Un día se me ocurrió la brillante idea de coger una falda y decirle a María que iba a llamar a la puerta con la excusa de que me arreglase el bajo, que prefería hacerla más corta. Ella se puso furiosa. No podía soportarlo. Dijo que bajo ningún concepto iba a ver a esa mujer mayor cuyo recuerdo le horripilaba. Y que si quería, que ella me la arreglaba y gratis. Así que se me cortó la ilusión de plan.

Otro día estuve buscando en la guía de teléfonos local por si fuera capaz de saber si tenía fijo y llamarla para ofrecerle algún tipo servicio a domicilio, comida, acompañamiento, etc. Sí, sí, era una excusa, pero es que me moría de ganas de saber quién vivía allí. Pero no tuve suerte. No aparecía en la guía amarilla nadie en esa dirección.

A finales de septiembre me pasé por el archivo regional en busca de algún periódico o alguna noticia antigua que tuviera que ver con esa casa. Pero tampoco encontré nada realmente vinculante. Una licencia de obras para construirla y poco más.

Así que, por más que me esforcé, no conseguí nada al respecto. Y María, pese a mi necesidad de conocer, no tenía la misma necesidad compartida, y no colaboraba dando luz a mis elucubraciones, con lo que desistí en el intento. Dejamos pasar los días y los meses. Siempre con un respeto extraño al pasar por la puerta de esa casa y con una curiosidad todavía más insana de mirar por la ventana. Era imposible no caer en la tentación de hacerlo. Vimos su casa en primavera, verano y otoño, a veces con las puertas entreabiertas, otras con todo cerrado.

Soñé incluso que una mujer menuda sacaba el brazo y nos pedía explicaciones de por qué observábamos su casa y qué pretendíamos con eso. Y es que, lo reconozco, se había convertido en una obsesión.

Una tarde me llamó María. Estaba en el tanatorio. Me dijo que fuera allí, que se encontraba muy triste y que no podía ni hablar por teléfono. Era un día soleado de principios de noviembre y yo acababa de salir del trabajo. Recuerdo perfectamente este detalle absolutamente intrascendente porque contesté a la llamada desde el bluetooth del coche y aproveché el camino que casi era el camino a casa, para acerarme a verla. Cuando llegué no podía creérmelo. Me presentó a su abuela fallecida. Estaba en el ataúd, con el cartelito de los arreglos de costura delante.

Me quedé pensando por un rato y en silencio. Luego me dirigí a ella furiosamente y le increpé:

—Me has estado tomando el pelo todo este tiempo. Eres una mala persona.

Y ella me contestó:

—No. Era la única forma de que contaras esta historia. Hazlo por ella. En su memoria. No tuvo una vida de película, pero gracias a ti, su recuerdo permanecerá entre nosotras.

Respiré, reflexioné y la abracé.

—¡Dios, eres la bomba en verso! Tienes razón, María. Nunca habría escrito esta historia. Lo siento por tu abuela, ya me darás detalles, o no… pero seguiremos pasando por esa casa cuando demos la vuelta al valle, y pensaré en lo capulla que fuiste por el engaño y en cómo activaste mi imaginación casi a partes iguales.

—Perdóname. Sé que lo entenderás.

—Te acompaño en el sentimiento, amiga. Lo entiendo.

Y aquí estoy contando esta historia: una historia de mujeres llena de empatía y complicidad. Y porque también hay en mí una necesidad de recordar mi  infancia entre ceras, pinturas y telas. Una infancia en la que vi a mi madre compartir horas de costura con sus vecinas y reír. Y ellas sí cambiaban el mundo con sus dedales.

Olga Ruiz

¿Puedes hacerlo tú?

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Género: Relato

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Conchita Ferrando. La ilustración es propiedad de Rafa Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor.

¿Puedes hacerlo tú?

Esto no es un relato de mujeres, sino un relato donde hay mujeres y para todo tipo de lectores.

Nunca me gustaron los “apartados”, ni de mujeres, ni de hombres, ni de nada… Para mí el mundo es variado y ese es su principal atractivo.

Seas quien seas, SI SUEÑAS, SE PUEDE CUMPLIR.

Esta historia va de subir escaloncito por escaloncito, sin pretender metas inalcanzables, de una ilusión que un grupo de amigas, con formación, cultura y mucha decisión, pusieron un día sobre la mesa, sin saber muy bien dónde llegarían o dónde se quedarían: publicar una revista, de ámbito local, en la zona donde vivían. Algo inalcanzable en teoría, sin mecenas, sin apoyos de instituciones, sin una financiación segura. Todo un reto, pero sin dramas si no lo conseguían. ¡Tranquilas! ¡Un intento es bueno y si no sale a la primera, ya se verá!

No tenían ni local como sede de sus reuniones para armar el proyecto, pero se las arreglaron para que les prestasen un despacho en una Caja de Ahorros mientras se organizaban.

Iban contra reloj, pero con una energía enorme.

Lo primero fue crear las secciones básicas:  Arte, Actualidad, Cultura, Literaria, Anécdotas, Historia y Cocina Internacional. Todas a medida de cada una de las organizadoras y creadoras, en las que eran expertas de algún modo.

Diseño de una bonita portada, a cargo de una de ellas que era pintora con exposiciones.

Un nombre sonoro y de amplio espectro.

Una imprenta de amigos que maquetaba, ponía papel cuché y los pagos con facilidades.

Todo listo y… ¡A escribir!

Todo era actividad desbordante en aquellas reuniones en el despacho prestado, que daba una enorme impresión de “profesionales importantes”.

La primera revista iba a salir con muy pocas páginas porque no había para más. Los acuerdos se hacían como pactos entre todas y, a pesar de algunos contrastes de pareceres, siempre íbamos avanzando “en grupo”.

Mi página sería la dedicada a Literatura: comentario de libros, anécdotas sobre escritores, fotos, algunas poesías de las que yo escribía y, si tenía material para apoyar las secciones de mis compañeras, se los pasaría.

Ya estaba la portada y era una preciosidad. Aquello crecía y nos empujaba a todas.

De repente, en una de las reuniones, cuando ya estaba cerca el plazo de lanzar la primera revista, alguien sugirió la conveniencia de poner una entrevista a alguien conocido de aquella zona para darle más atractivo.

A todas nos encantó esa idea, pero la mayoría no se atrevían, o no tenían muchos contactos, o no tenían tanto empuje y tanto tiempo para dedicarle, ya que eso lleva muchos enlaces, llamadas, etc. Y se me quedaron mirando ante mi horror.

—¡Podrías hacerlo tú! Todas te ayudaremos para los contactos, buscaremos información, amistades, familiares, lo que sea. Lo lograremos y la entrevista la harás tú, que dominas muy bien la comunicación con la gente.

Dicho y hecho. Ese día salí nombrada para hacer entrevistas.

Nuestras amistades comunes nos sugirieron nada menos que la visita de la directora de la revista Telva, que vendría a nuestra ciudad a un evento.

Había que lograr llegar hasta ella y una buena amiga hizo de intermediaria, llevándole  la pequeña presentación del proyecto que redacté: una Revista hecha por un grupo de mujeres-amigas que fuese muy atractiva a todo el mundo sin casi medios para publicarla: UN RETO.

Siempre he agradecido la generosidad de Covadonga O’Shea que aceptó que la entrevistase, con fotos y todo, y que me ayudó a encontrar los titulares de más impacto.

Y salió nuestra primera revista, con poquitas páginas, pero muy bien presentada y con una distribución a cargo de otras amigas que tenían modo de llevarlas a muchísima gente de la zona. Una ilusión que ya era realidad puesta en marcha.

Mi sección de entrevistas se llamó GENIO Y FIGURA, en recuerdo al refrán español.

Llegó a manos del Papa, a quien se la presentó Covadonga O’Shea en el avión en que viajaba como directora de Telva acompañando el viaje papal. ¡Ya habíamos saltado fronteras desde el número uno de publicación!

Ilustración de Rafa Mir

Había que seguir con los escaloncitos, y ahora con una seguridad enorme en nuestro proyecto. Nuevas reuniones en aquel despacho prestado, incluso con felicitaciones de la Caja de Ahorros que nos lo facilitó. Y ahora con el propósito de aumentar alguna página, más fotos y ampliación de todos los temas.

Mi obsesión cada día era buscar a quién entrevistar, con mayor tirón si era posible, para la siguiente revista que era mensual. El teléfono de casa echaba humo. Comprendo que abusaba descaradamente de mis amistades, familiares e incluso inventaba modos de llegar a alguien interesante casi al asalto.

Y así fue.  Casi al asalto telefónico pude contactar con una gran persona, mujer culta, importante periodista y autora de una serie de televisión, que era Natalia Figueroa. ¡Sí, la famosa periodista que hizo los guiones de la serie Si las piedras hablasen!

No nos conocíamos de nada, pero mi explicación por teléfono del proyecto de nuestra recién nacida revista le gustó y accedió a que la entrevistase. Aquello fue para mí como entrar al Paraíso. Grabé la conversación durante una hora, y ella fue encantadora. Al final, cuando le di las gracias, me dijo algo: “Yo le agradezco a usted que me haya hecho una entrevista muy completa SIN preguntarme en ningún momento por Raphael, mi marido. Eso ha sido lo mejor”.

Aquel número dos de nuestra querida revista nos puso ya en circulación con un éxito que nunca imaginamos. La radio nos llamó para entrevistarnos, la gente por la calle me preguntaba por Natalia y por Covadonga. Todo el mundo quería tener nuestra revista. Y no sabíamos cómo atender tanta demanda porque no teníamos distribuidor.

Para la siguiente entrevista logré contactar con el Cronista Oficial de la ciudad, gracias a que era compañero de uno de mis tíos, y me dio un material interesantísimo sobre dichos y habla de la zona, costumbres curiosas, tradiciones, y además cintas magnetofónicas con publicaciones suyas que podría usar en las secciones de Local.

Aquello gustó mucho. La radio se hizo eco de aquella entrevista con el Cronista, que era muy valorado allí.

La gente ya nos conocía y había demanda de revistas que no lograba cubrir la tirada de la imprenta amiga.

Esa misma semana recibimos una llamada de una empresa de publicidad, que nos ofrecía hacerse cargo de todos los gastos de edición y distribución, y la ampliación a más páginas, si aceptábamos que ellos pusieran algunos anuncios en la revista.

Lo sopesamos bien, con la seguridad de que podría ser algo estupendo, y aceptamos con la única condición de que supervisaríamos los anuncios, por si alguno no lo considerásemos adecuado. Y aceptamos.

Así, pasito a pasito, avanzábamos y llegábamos más lejos. Ahora teníamos ya presupuesto, ¡dinero!, y los medios nos hacían caso, relativamente, pero sobre todo, teníamos un distribuidor que no nos cobraba nada y llevaba nuestra revista a todos sus clientes.

Era tiempo de Navidad, así que incluimos una sección especial con trabajos sobre la Navidad, de todo tipo, con muchas fotos, incluso con ideas que nos daban a pie de calle, como el concurso de Belenes, cuyo ganador fotografié para sacarlo en primer plano y que estaba hecho todo con herramientas vestidas con chapa metálica. Muy original.

El Destino iba a nuestro favor, y otro imposible se puso ante nuestra vista: el nombramiento de la primera mujer Académica de la Lengua de España. Carmen Conde, nacida en la ciudad donde nosotras estábamos, aunque lejana en distancia, ya que vivía en Madrid. ¡Aquello sería más que difícil! Pero nada nos parecía imposible. Movimos cielo y tierra para acceder a ella, que tenía fama de un carácter terrible y estaba tan solicitada, pero el Destino quiso que tuviese un evento importante cerca, y sin tener cita previa, casi a puerta gayola, me presenté en su hotel con el único mérito de venir de su tierra con un proyecto humilde, hecho por mujeres, para poder llevar a nuestra revista sus opiniones sobre su tierra y algunas preguntas. Di en el blanco porque me recibió esa tarde en el hotel, en exclusiva, y grabé más de hora y media de conversación agradabilísima con aquella gran escritora. Me contó anécdotas de su infancia, sus preferencias navideñas, sus miedos, sus salidas de su tierra, sus recuerdos más preciados… Mujeres en comunicación que llegaría muy lejos.

De esa conversación salieron tres entrevistas que llevé a los tres periódicos más importantes de la zona, con fotos regaladas por la propia Carmen Conde, y la más entrañable fue para nuestra revista.

Esa fue la guinda del pastel de nuestra querida revista. Los directores de los periódicos de la zona ya me conocían. Sabían que éramos capaces de muchas cosas y de gustar a muchos lectores.

Nueva ampliación con nuevas secciones, una de las cuales también fue mía y la titulé  Cartagena de los mil nombres, con ocho capítulos que salían mensualmente, para lo que me documenté intensamente con la ayuda de muchos conocidos sobre historia antigua, arqueología y riquezas mineras de más de dos mil años de aquella zona.

Cada día sacaba más horas de las que tenía la jornada, pero con unas fuerzas que desconocía tener. Era la ilusión que se hacía real para todas nosotras.

De allí para adelante todo fue crecer, soñar, cumplir sueños y disfrutar.

¡Ojo! ¡Si sueñas, se puede cumplir!

Conchita Ferrando (Jaloque)

Idilio en la nieve

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Género: Relato

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Paloma Muñoz. La ilustración es propiedad de Rosa García. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Idilio en la nieve.

En 2017, concretamente en el mes de marzo, hubo una nevada en Madrid.

No era la gran nevada al estilo siberiano, ni mucho menos, pero, aunque cayó más hielo que nieve, sirvió para mi propósito de ir al Retiro y hacer unas cuantas fotos con la capa blanca de hielo-nieve  que tanto encanto y fascinación produce a propios y foráneos.

Y así hice.

Me fui al Retiro a fotografiarlo de blanco.

La experiencia no pudo ser más gratificante.

Mucha gente que me conoce ―y conocía― sabe de mi idilio con el Retiro.

Yo lo considero un idilio.

Un idilio perdurable.

El idilio no tiene porqué atribuirse a los amantes o a los enamorados. No.

El idilio puede ser por la naturaleza, las cosas hermosas, el Retiro o la nieve.

Tampoco tiene  que ser un idilio que dure, dure, dure. No.

Yo he tenido algunos idilios que duraron lo que tenían que durar.

Finalizaron en el  2016 exactamente.

Año bisiesto.

Ya se sabe:   año bisiesto, las tonterías al cesto.

Bueno, voy a dejarme de idilios y voy a mi aventura en el Retiro.

Nada más entrar por la puerta del Ángel Caído, los copos de nieve se hacían más contundentes. Y a medida que subía por el Paseo de Fernán Núñez iban cayendo con más fuerza e insistencia.

El hielo se iba espesando  cada vez más y más,  y el Ángel Caído, o sea Lucifer, harto de sol, se cubría con la mano para evitar que los copos cubrieran sus ojos.

Me detuve a hacerle unas cuantas fotos.

Estaba imponente.

La figura de bronce brillaba por el agua-nieve que la cubría y los copos caían vertiginosamente en remolinos movidos por un viento helado.

Me paré cerca de La Rosaleda.

Ilustración de Rosa García

Continué hasta el Palacio de Cristal.

Al llegar tuve que contener la respiración.

Era una gozada ver el Palacio casi completamente blanco, la escalinata, la balaustrada y los árboles.

Una pareja se abrazaba y besaba en la escalera.

Puro idilio en la nieve―pensé―Y continué mi camino como Bing Crosby.

Creo que involuntariamente  la pareja salió en una de mis fotografías.

Era complicado hacer las fotos con el móvil. Las manos se me helaban y no podía utilizar los guantes.

Pero conseguí  hacer unas cuantas.

El Palacio de Cristal lucía brillante, radiante, blanco, fascinante, ensoñador, lleno de magia.

No suele nevar ya en Madrid como antaño.

¡Qué pena!

Pero aun así tuve la suerte de poder llevarme en el corazón y en el móvil,  fotografías que ―no es por darme  pisto― me salieron preciosas, y en condiciones un tanto adversas.

Continué hacia el Estanque y el Monumento al rey Alfonso XII,  El Pacificador. No me gusta mucho. Quiero decir que no es lo que más me gusta de los jardines de El Retiro.

Pero sí que me gusta el estanque con el agua entre verdosa y plateada.

Ya había dejado de nevar.

Los alrededores del Palacio de Cristal y del Gran Estanque estaban casi blancos.

Caminé hacia los Jardines del Parterre. Preciosos jardines de diseño francés. El hielo y la nieve cubrían las copas de los árboles.

Me detuve un poco para contemplar con cierta tranquilidad el espectáculo.

Anduve hacia el Jardín del Recuerdo construido en memoria de las personas asesinadas por el fanatismo islámico.

Los cipreses aguantaban el vendaval.

Como campeones.

Gigantes mudos formados  de lágrimas y suspiros. Subí hacia la colina para fotografiarlos más de cerca.

El contraste del verde de las hojas y el blanco del hielo y la nieve formaban una combinación elegante, hermosa e imperecedera.

En los huecos de los árboles y en el suelo se amontonaban las hojas y el hielo.

Ofrecían una imagen del invierno que acababa de dar  la bienvenida a la primavera.

Esto sucedió un 23 de marzo. Ya no era un idilio de invierno, sino un idilio de primavera. ¿No creéis?

María Paloma Muñoz
Madrid, 1 de diciembre 2017
Dedicado a mis paseos fotográficos por el Retiro.

Puta niebla

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Relato

Rating: + 16 años

Este relato es propiedad de Daniel Camargo. La ilustración es propiedad de Jordi Ponce. Quedan reservados todos los derechos de autor.

 

Puta niebla.

Rigamonti estaba sentado junto a la ventana, mirando hacia fuera con la mirada perdida, como hipnotizado. Los brazos cruzados sobre la mesa, el traje gris, gastado y bastante arrugado pero limpio, los hombros caídos.

Había pedido un café a las ocho y cuarto y ya eran las diez.

Ilustración de Jordi Ponce

Manolo llevaba un rato largo pendiente de él, era un martes flojo y no había muchas mesas que atender.

De pronto recordó que el domingo había leído en internet un artículo sobre cómo mejorar el nivel de satisfacción de los clientes mediante la empatía personal. «Vamos a intentarlo», pensó, «total… no perdemos nada», y movido a partes iguales por el márketing y el aburrimiento, se acercó al viejo.

—Qué niebla, ¿no? Impresionante. Para cortarla con un cuchillo, no se llega a ver ni la acera de enfrente… Los que saben dicen que si hay niebla después el día será bueno. Lo raro es que cuando amanece así suele levantar a eso de las nueve, nueve y cuarto, pero parece que hoy va a ir para largo.

—Nunca se sabe —dijo Rigamonti sin quitar los ojos de la ventana—, nunca se sabe, Manolo. La niebla…, la niebla es muy traicionera… No, no —se corrigió—, traicionera no, lo que es la niebla es muy hija de puta.

—Bueno, hombre, no se ponga así, tampoco es para tanto.

Rigamonti frunció la nariz y miró al camarero durante unos segundos como midiéndolo. Parecía haberse despertado de su letargo y ahora evaluaba si Manolo se merecía profundizar en el tema. Finalmente decidió que sí.

—Yo sé por qué lo digo. Tengo mis razones…, poderosas razones, para pensar así —le dijo—. Uno ha vivido tanto que… ¿Nunca te conté lo que me pasó en el Congo?

—¿En el Congo? Je, je… ¿Usted? ¿Estuvo en el Congo? ¿Cuándo?

Sin saberlo, Manolo acababa de abrir una compuerta en la cabeza de Rigamonti. Una que llevaba mucho tiempo cerrada.

—Sí, estuve, aquí donde me ves. En el Congo estuve. Hace mucho tiempo, una eternidad. Estuve cuando viajar al Congo era una aventura y un riesgo, y no la mariconada de los viajes de ahora. ¿Te cuento?

Manolo echó una visual al resto de las mesas confirmando lo flojo de la mañana, apoyó el repasador sobre la mesa y se sentó junto a Rigamonti, dispuesto a escuchar la historia.

—Dele, dele, Riga, soy todo oídos.

—Manolo, tú sabes que además de trabajar en el banco yo siempre fui fotógrafo, ¿no?

El camarero asintió con la cabeza.

—Algo me han contado…

—Te hablo de la década de los setenta, cuando era joven y tenía ciertas pretensiones artísticas. Lo normal, paisajes, algún retrato…, bodas y comuniones los fines de semana para sacar algún dinero. Pero además de eso, esporádicamente, trabajaba para el National Geographic. Trabajos sueltos, reportajes puntuales, pero que me venían muy bien para tener un dinero extra. Y me daban un cierto prestigio entre los colegas.

»Bueno, resulta que un día me llama a su oficina el jefe de redacción nacional y me dice que le tengo que hacer un favor. Me cuenta que Sidney Somerville, el australiano, uno de los fotógrafos estrella de la revista, había caído con paludismo después de hacer un reportaje sobre el mosquito tigre en los basurales de Bangalore. Que el tío estaba mal de salud y había un tema urgente en el que lo tenía que reemplazar.

»Entonces va y me cuenta algo extraordinario. Me habla del Congo y de un proyecto que me va a llevar a la fama. «Te va a tocar fotografiar una de las aves más bellas e indescifrables que hayan existido nunca», me dijo. Y también me dijo que en un valle perdido de las montañas Rwenzori, bastante cerca del nacimiento del río Nilo, en un ámbito paradisíaco, existía un pájaro casi desconocido que sólo habían visto unos pocos aborígenes del lugar, los Binga, una tribu de pigmeos enanos que…

—¿Pigmeos enanos? —Se sorprendió Manolo.

—Sí, sí, no me interrumpas, eran chiquitos, muy chiquititos. Algo así —Y Rigamonti extendió la palma de su mano paralela al suelo, un poco por debajo de la rodilla, como acariciando un perro, para dar una idea de tamaño. —¿Viste los muñecos de Playmobil? Bueno, un poco más grandes, solo un poco, y bastante más negros.

»Los pigmeos esos eran los únicos que habían visto al bicho, pero estaban en medio de la selva, totalmente aislados de la civilización. Y mi jefe me comentó que un explorador alemán perdido, un científico, también lo había visto, pero que nadie le había creído.  Entonces, Manolo, el tipo me miró a los ojos y puso sobre la mesa un ejemplar de la revista Cats & Birds, en la que, en tono burlón, se habla de este pájaro como de una leyenda urbana, una patraña, mofándose de Nat Geo, que había mencionado al ave en un ejemplar de 1972.

—¡Gilipollas! —me dice el jefe, visiblemente alterado—. ¡Existe! Nosotros sabemos que existe, pero necesitamos una foto. Y la necesitamos ya.

»Y sacó un sobre del cajón de su escritorio, lo abrió y me mostró su contenido: una pluma, una plumita chiquita, como de un pichón, de varios colores y muy brillante.

—¿Ves? —me dice—, pruebas tenemos, pero necesito una foto del pájaro vivo lo antes posible. Y se nos enfermó el australiano.

—¿Cómo se llama?

—¿El australiano?

—¡No, no! El ave…

—Ah, sí, claro, no te lo dije. Marabú, se llama marabú alicorto tornasolado.

»Salí de la reunión nervioso, ansioso, y me fui directamente a una biblioteca a investigar sobre el bicho ese. Toda la noche…

Después de mucho buscar descubrí que el renombrado etólogo alemán Franz Beckenbücher había sacado a la luz la existencia del ave años atrás, en una conferencia en el aula magna de la famosa Ecole des Oiseaux de Estrasburgo, en la que describió su colorido y variado plumaje como una mezcla entre el rojo intenso de la casaca del Bayern Leverkussen y el azul profundo del Hertha de Berlín, con toques aurinegros en las alas propios del Borussia Dormunt, y un degradado hacia el verde en la cola idéntico a la tercera equipación del Schalke 04. Esta exuberante policromía sólo se daba en el macho, ya que la hembra, mucho más pequeña y discreta, era de color negro, como la vestimenta de los árbitros de la Bundesliga.

—Los árbitros van de colores —terció Manolo, deseoso de aportar algo.

—Eso es ahora, y yo te estoy hablando de los años 70, Manolo, ¡no interrumpas!

»Lamentablemente, por la prolongada huelga de los trabajadores de la empresa Agfa, el científico teutón no contaba con fotos y sólo pudo aportar unos toscos dibujos realizados por su hija Greta, a la sazón en segundo de la Grundschule, que no hacían justicia al exótico animal.

»Pero más allá de su sorprendente colorido, el marabú se caracterizaba por un llamativo y sofisticado ritual de apareamiento, que sólo ejecutaba durante un breve lapso en el amanecer posterior a la séptima luna llena de los años bisiestos. Tan escasa actividad sexual, que el científico atribuía a la muy limitada belleza de la hembra, hacía que este pájaro estuviera a punto de extinguirse, lo que ponía, si eso fuera posible, una mayor carga de responsabilidad y urgencia a mi misión.

»Según se comentaba, este ritual combinaba la acrobacia aérea y la cadencia rítmica de la danza dodecafónica con el desenfreno sexual más desinhibido.

»Entonces, a medida que iba leyendo ese artículo, caí en la cuenta de la urgencia real y absoluta de mi misión. Estábamos a fines de junio de 1976, año bisiesto, y la séptima luna nueva sería en julio, ¡el once de julio!

»No podía perder tiempo, así que me puse manos a la obra, solicité un permiso sin goce de sueldo en el banco y comencé a gestionar el tema del viaje, con ansiedad y una gran expectativa ante el desafío. No podía imaginar en ese momento cómo se iban a desarrollar los acontecimientos.  El primer golpe fue enterarme de que tenía que pagar yo los gastos del viaje y que ya luego, más adelante, la revista me los reembolsaría.

—Qué ratas los del Geografic ese, ¿no?

—Bueno, Manolo, para mí fue un palo muy duro, pero tenía cierta lógica. No era un momento fácil, piensa en el contexto, los años 70, crisis del capitalismo, despidos masivos, subida de los combustibles, tensión en Oriente Próximo, corrupción política…

—¡Igual que ahora!

—Y además, National Geographic venía de un revés importante por la denuncia que Caring Mums, una asociación de madres solteras de Texas había hecho contra la revista por sacar animales desnudos en las portadas. Tú sabes, Manolo, lo de siempre, los rednecks, la América profunda. Las ventas habían bajado  mucho, y ellos debían afrontar los gastos de un largo proceso judicial.  En fin, que el gerente de Nat Geo había decidido no adelantar dinero de gastos para expediciones, sino reembolsarlos meses después de la presentación de las facturas, por lo que tuve que destinar mis escasos ahorros a hacer frente al billete de avión.

»Para ahorrar, le pedí su tienda de campaña a un buen amigo mío, compañero del banco, el  portugués Joâo Couto, que la había utilizado por última vez en la una cacería en la frontera entre Évora y Badajoz.

»La tienda, pequeña y antigua, no era fácil de montar, pero lo peor era que tenía unos cuantos agujeros debidos a que en aquella cacería un jabalí, perseguido por la partida, tuvo la desafortunada idea de tratar de ocultarse en la carpa de Joâo, donde fue acribillado. La verdad es que no era gran cosa, pero la necesidad y lo inminente de mi partida no me dejaron otra opción.

»El viaje fue complicado. Para abaratar había elegido a Ubuntu Airways, una línea oriunda de Tanzania cuyos aviones eran pequeños y de escasa autonomía, por lo que terminé haciendo escala en Argel, Trípoli, Niamey, Uagadugú, Abuya, Yaoundé, Bangui, y Brazzaville, antes de llegar a Kinshasa.

»Una vez allí, aún quedaba un largo e incómodo recorrido por tierra hasta llegar al valle de Kwala, hábitat natural del marabú. Afortunadamente los Binga, avisados de mi llegada, habían enviado al aeropuerto a Yomvi Obembe, aborigen nativo, para recibirme y acompañarme hasta la tribu. Aunque contaba con su llegada me llevó horas dar con él, ya que su escasa estatura y su color negro intenso hacían que se mimetizara perfectamente con el suelo de granito negro Zimbabwe del aeropuerto.  Cuando finalmente conseguí encontrarlo, comprobé  que, si bien Yomvi hablaba español con fluidez (lo había aprendido durante su estancia lavando copas en el restaurante de comida española Paquito, en Lubango), a veces me resultaba difícil entenderlo, por su bajo tono de voz, la velocidad con la que hablaba y su fuerte acento bantú. Para facilitar las cosas, y evitar tener que agacharme todo el tiempo para oírlo, opté por cogerlo en brazos durante el tiempo que duraban nuestras conversaciones, lo que terminó dando un cierto tinte paterno-filial a nuestra relación.

»El recorrido hasta la tribu fue, digamos, incómodo. Mis medios eran escasos y los de los Binga directamente inexistentes, por lo que hicimos dedo desde Kinshasa, siguiendo aproximadamente el recorrido del río Congo hasta las proximidades de los montes Mitumba, en el otro extremo del país. Unos 1 600 km en los que recurrimos a coches destartalados, camiones, furgonetas, motos, patinetes, hasta llegar a un punto en el que lo denso de la selva nos obligó a seguir andando. A partir de allí las dificultades crecieron exponencialmente. Un recorrido abrupto y  escarpado, en el que a las propias dificultades que planteaba el sinuoso y empinado camino de montaña y lo intrincado del follaje se sumaban la presencia de mosquitos y otros coleópteros, así como de todo tipo de alimañas, insectos y reptiles que salían a nuestro encuentro y que, ignorando totalmente la presencia de Yomvi, se concentraban en atacarme a mí.

»Como la dificultad en descifrar el sendero correcto aumentaba, y dado mi cansancio, lo  cerrado de la vegetación y la gran velocidad de movimientos de mi guía, muchas veces perdía su rastro, así que opté por cargar a Yomvi en mi mochila para que me fuera dando las instrucciones al oído.

»Finalmente llegamos a nuestro destino. Lo supe inmediatamente por la actitud de Yomvi, a quien la alegría por finalizar el trayecto y, probablemente, la emoción por llegar a lo que para los Binga era un reducto sagrado, lo hizo mearse en mi mochila.

»Habíamos llegado al valle de Kuala. A pesar del enorme esfuerzo, lo indescriptible del paisaje me hizo comprender que todos los sacrificios estaban justificados.

»El paisaje era alucinante. Un amplio valle formado por dos muros de piedra de fuerte pendiente que formaban una profunda V y se asemejaban en mi imaginación, alterada por el agotamiento y el calor, y excitada por la emoción del descubrimiento, a las piernas semiabiertas de una mujer. Y al fondo, en la confluencia de ambas laderas, precisamente allí en el extremo, se encontraba la oscura cueva en la que habitaba el marabú de la que solo salía excepcionalmente para su danza de apareamiento y, a veces, para mear.

»Como el tiempo era escaso, a pesar de mi enorme cansancio, y mientras Yomvi se dedicaba a torturar algunas lagartijas, me puse a montar la tienda, que sería mi centro de operaciones. »Analizadas las diferentes vistas y perspectivas posibles, me decidí por establecer mi punto de observación en un sector elevado, cerca del camino por el que habíamos llegado y sobre un promontorio que sobresalía de la ladera, asomándose directamente sobre el vacío.

El montaje no fue fácil, ya que faltaban algunas piezas: postes que debí reemplazar con pequeñas ramas rectas y alguna cuerda que cambié por lianas. Con eso y todo la dificultad radicaba en tener que hacer todas estas maniobras asomado al vacío con la rodilla apoyada en una piedra y aferrándome con la mano izquierda a unas ramitas de garcinia.

»Finalmente, hacia la puesta del sol, luego de horas de esfuerzo, conseguí dar por montada la tienda. La camuflé adecuadamente con hojas de helecho gigante y diversas ramas amalgamadas mediante excrementos de okapi y entonces, sólo entonces, comenzó la espera.

»Había terminado un largo y difícil recorrido, durante el cual no había podido sacarme de la cabeza al maldito marabú, obsesionado, imaginándolo sin conocerlo, como si del comandante Kurtz se tratara. Pero todo eso ya había acabado. Estaba en el lugar sagrado y en poco tiempo, tal vez sólo unas horas, estaríamos frente a frente.

—¿Sabes cuál es la principal virtud de un fotógrafo, Manolo?  —espetó Rigamonti al camarero. Una pregunta retórica sin duda, que solo buscaba lograr un énfasis en la narración.

Manolo no parecía saberlo, y como toda respuesta enarcó las cejas subiendo a la vez los hombros en señal de la más absoluta ignorancia. El viejo entonces continuó el relato con un cierto tono de superioridad.

—La principal virtud de un fotógrafo, querido Manolo, no es tener una vista aguzada como un águila, ni un pulso de acero, ni tampoco una extrema percepción del color. Ni siquiera una depurada comprensión espacial o una gran inteligencia. No, señor, no. La principal virtud de un buen fotógrafo es la paciencia. Porque es la paciencia la que te permite esperar y esperar hasta que la imagen definitiva aparezca ante tus ojos.

»Y entonces me dispuse a acechar hasta que el marabú decidiera aparecer.

»Me acomodé en la carpa y comprobé inmediatamente lo incómodo de mi hábitat. El calor era brutal y el riesgo de deshidratación aumentaba continuamente. Y el pestilente olor del estiércol de okapi ponía, si cabe, las cosas aún más difíciles. Además, los animales de la zona, que llevaban un tiempo mirándome, parecían haber perdido su timidez natural, reconociéndome como parte del paisaje, lo que hizo que sapos, culebras, alacranes, escarabajos y todo tipo de arañas pugnaran por entrar en mi limitado refugio, lo que me obligaba a hacer grandes esfuerzos para ahuyentarlos.

»Mientras preparaba el trípode, hambriento, alargué el brazo para tomar algunas provisiones de mi mochila y entonces comprobé que Yomvi había dado buena cuenta de ellas durante nuestro recorrido. Y yo, que había pensado ingenuamente que su silencio se debía, tal vez, a momentos de introspección religiosa, tan habituales entre los binga, adoradores del dios Bangú, personificado en un enorme gorila dorado. Pero no, ¡estaba masticando!

»Además, los pocos restos que Yomvi había dejado en el fondo de la mochila estaban impregnados de su orín, por lo que decidí arrojar la mochila al vacío. Y comenzó mi espera…

»Horas y horas quieto, en silencio, escudriñando hacia la boca de la cueva por un pequeño agujero de la carpa, que tenía varios. Esperando algo, un mínimo movimiento, un reflejo iridiscente que me demostrara que el marabú estaba dispuesto a empezar su vuelo de apareamiento. El calor era insoportable y hacía que se intensificara el olor de la boñiga de okapi. Yo tenía el cuerpo cubierto de picaduras de las distintas variedades de insectos que rondaban mi carpa. Mi cansancio y malestar iban en aumento, pero tenía clara mi misión y no podía desfallecer. Es en los momentos difíciles donde se ven los hombres, pensé, y eso me hizo redoblar el esfuerzo. Durante la noche utilizaba mi filtro infrarrojo intentando atisbar alguna señal de su presencia, pero nada, absolutamente nada. Hasta que, en un amanecer, en el que una extraña luz amarilla teñía el cielo y el aire parecía más fresco, miro a lo lejos, hacia una de las laderas y noto algo extraño.

»Una masa informe y blancuzca, bajaba lentamente por la falda del monte. Lenta pero inexorable, como un animal deforme y herido, aplastado contra el suelo, pero vivo, de movimientos lentos pero persistentes. Como una serpiente de doble ancho que venía hacia mí.

»Vi a Yomvi correr a lo lejos. Huía, sin duda. Lo oí gritar, por lo bajo, claro. Y como en tantas otras oportunidades, no lo entendí. Pero comprendí que a partir de ese momento estaba solo, en manos de la providencia, y supe en ese instante que iba a ocurrir algo ominoso. A propósito, Manolo, ¿tú sabes qué coño quiere decir ominoso?

Manolo estaba absorto en el relato y le hizo a Rigamonti una señal inequívoca para que continuara.

—Entonces, justo entonces, noto un movimiento en la boca de la cueva. Enfoco el teleobjetivo de la Hasselblad hacia allí y veo aparecer al pájaro. El magnificente marabú… No parece demasiado grande, y todavía lo tengo muy lejos, pero incluso a esa distancia se distingue su belleza y colorido. Se lo ve nervioso, inquieto, entiendo que es la clara señal de que va a comenzar su histórico vuelo nupcial.

»Giro la cabeza y por el hueco de entrada a la tienda noto cómo un pequeño pájaro negro se acerca desde atrás, en dirección a la cueva. Es la hembra, que va a su encuentro.

»El marabú despliega sus alas y entonces es cuando puedo apreciar su indescriptible colorido. Salta al vacío, bueno, en realidad se deja caer replegando las alas y empieza a dar vueltas en tirabuzón. Cuando está por llegar al fondo del valle aletea enérgicamente dos o tres veces para recuperar altura y comienza a ascender en dirección a la hembra, que mientras tanto vuela en círculos. Yo estoy extasiado ante el espectáculo, pero mi sentido del deber me empuja, así que apunto el objetivo en su dirección y acerco el ojo al visor de la cámara, para hacer foco, llevando mi índice al disparador.

»Y entonces, en ese preciso momento, veo todo blanco. De un blanco lechoso. Instintivamente paso la mano por el objetivo, sin quitar el ojo del visor, por si se hubiera empañado con el frescor matinal, pero nada. Me retiro de la cámara y miro por el reducido hueco de avistamiento de mi carpa. Nada. No veo absolutamente nada. Todo blanco, como si de pronto hubieran desaparecido los colores.

»Asomo la cabeza fuera de la tienda, y es entonces cuando comprendo todo.

Niebla. Lo que bajaba por la montaña era niebla. Blanca y espesa. Y ha llegado hasta el fondo del valle ocupándolo todo. Justo en este momento…

»Intento, desesperado, buscar con la cámara un punto de visibilidad, pero nada. Por un momento creo ver una sombra que se mueve zigzagueante, pero no estoy seguro de si es el marabú o tan sólo mi imaginación. Mi desesperación me impulsa a buscar una solución, pero la impotencia triunfa. No, es imposible, no se ve nada. Estoy jodido.

»No lo puedo asimilar. No puedo creer que la niebla, la puta niebla, haya tirado por tierra todo mi esfuerzo. Como le pasa a los que van a morir veo pasar ante mí a toda velocidad imágenes de los últimos días, el dinero gastado, las peripecias del viaje, los bichos… Y lloro, lloro como un niño, lloro como hace tiempo no lloraba.

»Luego de un rato, derrotado, salgo de la tienda con sumo cuidado, para no caer en el vacío. No se ve nada, absolutamente nada. Tanteando meto las cámaras en el bolso, doy por perdida la tienda, y emprendo la retirada, mecánicamente, como hipnotizado. Pienso que la misteriosa conducta del marabú alicorto tornasolado seguirá sumida en el misterio por varias generaciones y que los Binga continuarán custodiando su leyenda, como una guardia imperial.

»Un poco más adelante, en un recodo del sendero encuentro a Yomvi, meando en el lomo de una tortuga sulcata. Me mira y me habla.

«Ukuthi inkungu ngakho isindindwa», me dice en su lengua materna, y no le falta razón…

THE END

Daniel Camargo

Batman, el alter ego

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Relato

Rating: +18

Este relato es propiedad de Inmaculada Ostos. La ilustración es propiedad de Marta Herguedas. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Batman, el alter ego.

Ilustración de Marta Herguedas

Ser Bruce Wayne nunca fue fácil. Nací en mayo de 1939, trayendo una dura competencia de cola, Clark Kent. Mis inicios fueron algo difusos, ya que jamás me sentí cómodo con la personalidad asignada. Ni siquiera nací de una idea original en sí misma como aquí mi compañero, sino más bien de un cúmulo de influencias de éxitos pasados tales como: la leyenda del zorro, al que debo mi rostro enmascarado y las magníficas acrobacias de las que hice gala durante todo mi estrellato; o la leyenda de Superman, de la que heredé sus botas rojas, ese traje entallado y una doble identidad. Y ni siquiera esa identidad secreta era pura en esencia, ya que mi nombre y apellidos se debieron a la fusión de dos personajes destacados, Robert Bruce, el gran patriota escocés y, Mad Anthony Wayne,  un reconocido aristócrata.

Mis padres, Bob Kane y Bill Finger, trabajaron duro para afianzar mi éxito, hicieron muchos cambios en los diseños originales, cambiaron mi edad, mi complexión e incluso el desarrollo de la historia; aunque el cambio que más me dolió fue el que le hicieron a Robin, mi adorada y preciosa Robin, nunca tuve la oportunidad de decirle lo que sentía, lo mucho que me importaba.

En principio ella iba a ser mi chica maravillas, compañera de aventuras y amada, pero al equipo directivo no le gustó la idea. Así que hacia 1940 decidieron crear su alter ego masculino, una estrategia de marketing que conseguiría atraer a los lectores más jóvenes, puesto que se sentirían identificados. Después de aquella suplantación colorista de lo que fue mi socia, el equipo creativo decidió desvelar mi identidad secreta y contar mi verdadera historia, aquella que me llevó a ser aquel superhéroe obcecado con acabar con el crimen de Gotham City. Y por supuesto crearon infinidad de villanos contra los que tendría que luchar, a cada cual más peculiar. Fue esto lo que me hizo subir en el ranking de ventas, los números de las revistas se multiplicaron, así como el número de fieles seguidores. Pero nada de esto me satisfacía, hacía tiempo que me sentía vacío, olvidado, relegado, no era yo. Jamás comprendí por qué mi creador se vendió por dinero, jamás entendí por qué prefirió gustar a centenares de personas traicionándose a sí mismo.

Y es que la historia de mi nacimiento surgió de una bonita colaboración junto con la adolescente que se convertiría en su esposa. En una aburrida tarde de verano, en la que descubrieron que no solo se compenetraban escribiendo y dibujando. Todas las creaciones tenemos algo de nuestros padres, digamos que vierten sentimientos escondidos, miedos incontrolados y deseos de ser capaces de vivir emociones que de otra forma no vivirían. Pero supongo que las ganas de luchar por sus propios ideales, las ganas de defender lo que le era genuino, se fueron en el mismo instante en que ella murió, y mi Robin desapareció como el fantasma del amor que había atormentado el corazón del escritor que una vez soñó su historia. Me sentí abatido y descorazonado, y cuando los dibujos animados y el cine hicieron su aparición y la gente dejó de interesarse por los cómics, me sentí muy perdido, abandonado, y pasé a ser una simple reliquia guardada en un polvoriento cajón.

Un buen día, algo pasó. La tienda de cómics donde descansaban centenares de ejemplares, incluso los números inauditos,se incendió dejando reducido a polvo todo aquello que fuimos. Pensé que había llegado el fin, pero por alguna extraña razón todos los personajes que habitaban en los cómics cobraron vida, y corrieron despavoridos y desconcertados entre las voraces llamas. En menos de cinco minutos, todos habían atravesado la puerta, perdiéndose entre la multitud. Yo tampoco esperé demasiado, no me apetecía mucho sufrir la agonía que producían las quemaduras en aquella nueva y humana piel. Así que, seguí el camino de lobezno, atravesé el maltrecho escaparate cuyos cristales habían reventado a causa del calor, me escondí en la ciudad y esperé. Tras una media hora de navegar a contracorriente en un estado de inopia e incertidumbre absoluta, la salvación me vino a buscar en forma de Albert, mi mayordomo. Al parecer, no solo nuestros poderes y nuestra persona había cobrado vida, sino también las historias y aquellos que las compartían con nosotros. Así que afortunadamente seguía siendo Bruce Wayne, un huérfano heredero asquerosamente rico.

Albert me ayudó a recomponerme y me hizo asimilar todo lo que había sucedido. Él pensaba que todo aquello debía tener una razón de ser, no había que desaprovechar aquel maravilloso tiempo que nos habían regalado intentando buscar explicaciones lógicas a lo que no las tenía. Ni siquiera aquel loco mundo pareció darse cuenta de las irregularidades causadas, a pesar de las similitudes que nuestro nuevo resurgir tuviese con la literatura ficticia del mundo de los cómics. Además, Albert tenía la teoría de que aquel renacer podría ser debido al hecho de que el coleccionista, que también fue mi creador, nos transfirió toda su energía vital antes de morir entre las voraces llamas del descomunal incendio, regalándonos lo poco que quedaba de su vida. El caso era que allí estaba yo, una versión imberbe del héroe en el que me convertí, o más bien del héroe que diseñaron. De nuevo era yo, la primera versión de mí, pero a pesar de estar tremendamente feliz por volver a ser  aquel joven de dieciocho años de grandes ojos oscuros y alborotado pelo castaño, estaba más asustado y perdido si cabe que cuando llegué a la cúspide de mi estrellato.

Después de recomponerme, mi primera labor en aquel nuevo mundo fue recuperar todas las cámaras existentes en un par de kilómetros a la redonda. Necesitaba comprobar que no sólo los que vi salimos de allí, necesitaba saber hacia dónde habían huido, por si aquello me podía dar alguna pista sobre dónde encontrarlos. Además, me inquietaba la idea de no haber visto a ningún villano en la huida, así que tras estudiar detenidamente las cámaras de seguridad de la propia tienda, pude comprobar que ninguno había sobrevivido o más bien revivido, ya que se convirtieron en cenizas junto al papel y la tinta que tantas veces los había mostrado. Después de asegurarme de todo aquello y entender que nunca más vería a mi Robin, empecé a inquietarme por el papel que se supone que debíamos jugar en aquel alocado mundo lleno de guerras, de maldad y de corrupción. ¿Cómo podríamos luchar contra todo eso, si miraras donde miraras, en todos los rincones se respiraba el egoísmo y la ambición?

Alfred me veía tan abatido que un buen día me animó a encontrarme a mí mismo, me dijo que me despojase de todas mis ataduras, que desnudase mi alma y que mirase en mi interior. Y me lo tomé de forma literal, pues me fui al prado que estaba en una de mis propiedades de veraneo, me quité toda la ropa, me puse mi máscara y me tumbé entre las amapolas. Necesitaba hacer una locura, fundirme con la naturaleza, encontrar mi lugar en el mundo y, que mejor manera que fusionarme con la tierra, con el viento, con el universo.

A solas, en el prado, respiré hondo, cerré los ojos y escuché como el viento mecía las hojas de las amapolas muy suavemente. Poco a poco el zumbido que hacían las alas de los insectos al moverse y la brisa que acariciaba dulcemente mi cuerpo, hicieron que experimentara un estado de relajación y quietud como nunca había experimentado. Y entonces supe quién era realmente yo, y qué era lo que quería hacer con aquella, mi nueva vida. Entendí que aún podía hacer algo por esta sociedad  que estaba abocada al desastre. Decidí que si no podía luchar contra los criminales, no quería decir que no pudiera hacer algo para facilitarle las cosas a los menos afortunados. De hecho, habían  otros campos que explorar, campos que estaban abandonados, faltos de recursos y que necesitaban desesperadamente un padrino que ofreciera unas buenas inversiones o, en su defecto, a un tahúr cuya mente extraordinaria ayudará a buscar una ingeniosa solución para aquello que no la tenía. El mundo de la investigación, de la tecnología, de la sanidad, estaban faltos de recursos y esos serían mis objetivos. La investigación había sido mi vida y nunca se me había dado mal, así como la capacidad de crear avanzada tecnología, lo cual me había solucionado más de un problema. ¿Por qué no poner todos estos atributos a merced de la civilización?

Sí, yo era el verdadero Bruce Wayne, el joven soñador defensor de lo justo, el nuevo vengador, el Da Vinci de su época, aquel personaje de dieciocho años que se creó para luchar contra el mal de una manera distinta, aquel proyecto que se quedó en el cajón de su creador, aquel proyecto que evolucionó en el Batman que todos conocían. Aquel proyecto que era mucho mejor que todo aquello que fue  estipulado,  pues nacía de las más bellas y nobles intenciones. Andaba perdido en mis propias tribulaciones cuando, de repente, algo turbó mi paz sacándome de mi ensimismamiento. Una sombra había tapado los reconfortantes rayos de sol que calentaban mi rostro, así que abrí los ojos bastante molesto, esperando ver una nube cerrándole el paso al sol que regeneraba mi espíritu. Pero lo que ante mí se mostraba no era ninguna inoportuna nube sino una preciosa melena rubia que ondeaba al viento, mientras unos intensos ojos verdes me miraban con un extraño fulgor.

–¡Robin! exclamé, sin ni siquiera ser consciente de mi desnudez. Estaba nervioso, agitado, tremendamente feliz de verla allí a mi lado.

Me quité rápidamente y de un manotazo la vieja máscara de murciélago que había llevado para tener algo con lo que me pudiera definir. Mientras me incorporaba torpemente, ella me dedicó una  preciosa sonrisa, y se precipitó sobre mí dejándome a medio camino sentado sobre mis nalgas. Arrodillada, sujetó mi hombro con una mano y con la otra hizo un gesto que reclamó mi silencio.

Por fin te he encontrado, esta oportunidad no la voy a dejar escapar. Ha sido un largo camino y, no me refiero al que me ha llevado por fin hasta aquí…–me dijo.

Yo no entendí qué era lo que me quería decir hasta que se acercó a mí y me besó tenuemente en los labios. Entonces comprendí que ella también quiso siempre mucho más de mí y que nunca se le brindó la oportunidad de poder desarrollar lo que empezaba a sentir. No quería perder el tiempo, necesitaba reescribir su propia historia, nuestra propia historia. En aquel momento de sinceridad me sentí tremendamente feliz, y fui consciente por primera vez de mi desnudez y el rubor acudió a mi rostro como un torrente desbocado, sobre todo cuando me di cuenta de lo que aquel beso había provocado en partes que ahora mismo no deberían mostrarse. Robin debió de leer mis pensamientos puesto que su mirada se dirigió durante unos segundos de mi rostro sonrojado hacia aquello que provocaba mi  turbación, después dejó escapar una carcajada y se mordió el labio de forma coqueta, cómplice. Empezó a desnudarse muy lentamente mientras mis ojos hipnotizados y extasiados a un tiempo no podían dejar de mirar. Al cabo de unos minutos nuestros cuerpos se abrazaron dejando que los sentimientos afloraron desbocados, nuestras bocas hambrientas se buscaron y se deshicieron en besos voraces que recorrieron nuestros cuerpos sin prisa pero sin pausa. Nuestras manos, frenéticas, recorrieron cada íntimo recodo que nuestros preciosos seres guardaban, fundiendo de tal manera nuestras almas en una sola, que incluso fuimos capaces de emular el acompasado baile que desde hacía tiempo estaba interpretando el viento junto con la hierba y las amapolas, a las cuales deshojaba con el mismo cuidado y pasión, con la que se despojaba la soledad nuestros mutilados corazones.

Después de aquella muestra de amor, pasamos largo rato tumbados y abrazados el uno junto al otro, charlando y programando cual sería nuestro siguiente movimiento, ahora sí que nada ni nadie nos podría separar jamás. Robin estuvo de acuerdo conmigo en que si no podíamos luchar contra el villano en sí, al menos deberíamos poder mejorar la situación de aquellos que fuesen menos afortunados. Sin embargo, había una cosa en la que no estaba de acuerdo, y era que esto no podíamos hacerlo solos. Así que se le ocurrió una gran idea, crear una universidad para héroes en la que aprendieran a controlar sus poderes en aquella nueva vida y se dedicaran a encontrar la manera en que los mismos nos serían útiles para la causa. También trabajarían en sus identidades secretas y buscarían su lugar.

El primer día de universidad, el campus era un hervidero de adolescentes tremendamente hormonados y descontrolados, por desgracia todos ellos existían en sus versiones más jóvenes y primitivas. Además poseían un ego bastante subido debido a que sabían los poderes que cada uno poseía y no había nadie que intercediera en su lugar. Al parecer la naturaleza sólo había sido sabia conmigo, pues me había dotado de una inusual madurez. Así que, miré aterrado a mi alrededor arrepintiéndome sobremanera de haberme ofrecido a llevar a cabo todo aquello.

La escena que observaba desde mi posición era dantesca. Spiderman escalaba por las columnas del antiguo claustro de Oxford, Hulk intentaba aporrear al chico que le había roto las gafas llevándose unas cuantas columnas a su paso y dejando al descubierto sus desmesurados atributos.

–¡Bendita dotación! Seguro que la futura señora Hulk algún día se sentirá afortunada le susurré a Robin con sarcasmo. Esta me pegó un cariñoso puñetazo en el hombro a modo de reproche, aunque no pudiese ocultar su sonrisa divertida. Después se dirigió hacia Tony Stark, que había provocado una trifurca a propósito entre lobezno y superman para poder ganar el dinero que se había apostado.

De momento, las mujeres no habían llegado allí, así que siendo Robin la única fémina cercana y con autoridad en la zona, aparte de poseer un cuerpo escultural, se pueden imaginar el revuelo que se organizaba cada vez que ella se acercaba a alguno de los estudiantes para comunicarles el funcionamiento de nuestra organización secreta o, qué era lo que se escondía tras aquella facultad.    Afortunadamente los sabía manejar, pero yo no podía dejar de pensar en todo aquello que me llegaba a preocupar. Después de mirar más de cien veces a mi alrededor y reconocer casi a un centenar de súper héroes no encontré a ninguno que estuviese sano mentalmente, al menos era lo que parecía a simple vista. Aquella vuelta a sus inicios más viscerales, a aquella juventud perdida que había desatado la anarquía en su propia identidad, era tremendamente peligroso. Ni siquiera noté cuando Robin volvió a acercarse a mí y me besó dulcemente en el cuello mientras me susurraba:

No es tan malo como parece, lo podremos solucionar.

Pero ni siquiera esa aseveración consiguió convencerme, sabía que aún quedaba mucho por pelear e iba a ser más difícil de lo que alguna vez pude imaginar

Inmaculada Ostos Sobrino

La costa del amor

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Género: Relato

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Paloma Muñoz. La ilustración es propiedad de David Aguilar. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La costa del amor.

Estaba escuchando una canción que siempre me ha gustado mucho: The cost of loving de The Style Council y, sin darme apenas cuenta, asocié el título de la canción a unas vacaciones veraniegas de hace muchos años cuando me enamoré por primera vez de un chico inglés que pasaba unos días con sus padres en el mismo pueblo al que mi familia y yo íbamos en el mes de julio.

El calor, el agua calentorra del mar, el olor a sardinas asadas muy cerca de la lonja de pescado, los helados y batidos que nos tomábamos por las tardes mis padres y mi hermano pequeño cuando salíamos a dar una vuelta por el paseo marítimo, las chorradas y chucherías que nos comprábamos todo el grupo de chicos y chicas que nos juntábamos para ir al cine de verano los viernes por la noche después de la cena; los bocatas, las pipas, los cigarrillos encendidos cuyas brasas brillaban en la oscuridad al aire libre que se llenaba de los miles de olores de la noche de verano. Todas y cada una de esas sensaciones las conservo muy dentro de mí y, por supuesto, la imagen de mi primer gran amor: el muchacho inglés de inmensos y luminosos ojos azules que se azoraba cuando intentaba entablar una conversación conmigo sobre cualquier cosa, motivo o detalle que nos había llamado la atención en la playa mientras nos bañábamos.

Se llamaba Reginald. Sí, un hombre muy sajón. Sus padres lo llamaban “Reg” y a mí, que me gustaba tomarle el pelo de vez en cuando, lo llamaba “Reginaldo”. Así, tal cual, en castellano.

A Reginald le parecía bien. En realidad le parecía bien todo lo que yo hacía o decía porque a decir verdad era tan encantador y caballeroso que aunque hubiera miles de Reginalds iría directamente a por él. Además estaba muy enamorado de mí y yo de él. Para qué me voy a engañar, tanto era así que nos regalamos como prenda de amor unas caracolitas en las que  grabamos las iniciales de nuestros nombres con cierto esfuerzo.

La pandilla que nos juntábamos en la playa recibió bien a Reg, entre otras cosas, porque como era un “guiri”, y muy guapo además, a las niñas les encantaba que participara en el grupo y los chicos se acercaban a él con una curiosidad bienintencionada porque lo consideraban uno más de los muchachos que pasaban las vacaciones con los padres y que deseaba escaquearse de su control.

La primera vez que nos miramos a los ojos supimos que nos amaríamos siempre. Y así fue, al menos durante esas vacaciones que para mí fueron las más maravillosas de mi vida.

Había una casa antigua muy cerca del paseo marítimo rodeada por árboles muy altos, palmeras y mucha vegetación desordenada que daba la sensación de estar abandonada por completo a no ser por la tenue luz que, por las noches, iluminaba una de las ventanas que daba al paseo.

Un muro de cemento coronado por cráteras con flores secas plantadas, le daba a la casona la imagen de un lugar siniestro, sobre todo cuando iba atardeciendo y el sol se escapaba entre  las nubes violetas.

Entonces toda la pandilla se acercaba con cierto sigilo a la vieja casa y lanzábamos piedras que resonaban con chasquidos mientras los gatos que dormitaban en el descuidado jardín emitían quejidos histéricos.

El viejo se asomó en más de una ocasión con un puño cerrado de forma amenazadora y los chicos se reían mientras el anciano nos insultaba y afirmaba que se lo iba a decir a nuestros padres.

Reginald y yo nos manteníamos en un  segundo plano. Yo creo que a Reginald no le hacía mucha gracia que nos metiéramos con ese viejo y mucho menos con los gatos que por cierto eran bastante antipáticos. A fin de cuentas era inglés y ya se sabe que, para ellos, con los animales domésticos había que tener cuidado y no asustarlos ni inquietarlos por nada.

Una noche de viernes después del cine de verano, quedamos en vernos frente a “la casa siniestra´´, que, así la habíamos apodado para darle un buen susto al anciano.

Yo les dije que lo dejaran en paz, a ver si le iba a dar un infarto o algo así, pero los chicos y algunas de las chicas estaban tan empeñados en darle la brasa al viejo que no me hicieron mucho caso, así que se dedicaron a preparar una bromita pesada. Y la bromita pesada consistía en ponerle unos petardos de los gordos y sonoros cuando saliera al caótico jardín.

Mi hermano pequeño estaba loco por participar en la aventura pero yo no quería que tuviera problemas, así que decidí que nos siguiera “de carabina´´ a Reginald y a mí.

Pero fue inútil porque mi hermanito se escabulló y se largó con el resto del grupo a montar el número frente a la casona.

Reginald y yo no queríamos distanciarnos mucho porque nuestros padres nos habían  dejado muy clarito que no querían líos. Así que con “la paguita´´ nos compramos unos helados y nos fuimos  pasear junto a la orilla sin quitar la vista de mi hermano.

Lo hicieron ¡vaya que si lo hicieron! El dueño de la casa se llevó un susto de muerte y por lo que sucedió después ( fué al hostal en dónde nos alojábamos la mayoría de los chicos y chicas de la panda) y habló con el encargado para que le comunicara a nuestros padres que lo habíamos asustado de tal manera con los petardos que estuvo a punto de morirse.

Reginald no quería malos rollos con sus padres  y era pragmático, así que aseguró a mis padres que mi hermano sólo estaba de “comparsa´´ de los muchachos y que no le quitamos la vista de encima para que no ocurriera ningún contratiempo. Pero lo cierto es que mi hermanito deseaba participar en la movida y lanzó un petardillo dentro del jardín con una agilidad pasmosa para lo joven que era, por lo tanto también había  contribuido al “jamacuco´´ de vejete.

A parte de los jaleos que se traían en el grupo de colegas, nuestro amor seguía adelante  apurando el tiempo de las vacaciones.

Reginald me prometió que volvería al año siguiente. Nos dimos nuestras direcciones de correo. Había conseguido que Reginald hablara un poquito castellano y yo darle al inglés.

Nunca olvidaré la expresión de sus ojos azules cuando nos despedimos. Me dijo que me quería y me lo dijo en inglés. También le dije yo en castellano que lo quería. Acordamos escribirnos y guardar las caracolitas con nuestras iniciales apenas dibujadas en el caparazón.

Ilustración de David Aguilar

Las cartas fueron llegando al principio y nos contábamos nuestras cosas con el diccionario al lado sobre la mesa.

Tenía la seguridad de que volvería a verlo. No me había sido posible ir a Londres ni él ir a Madrid, pero teníamos el pueblecito costero de playa de suaves arenas y mar azul con el calor tórrido del mes de julio en la ribera mediterránea y esa caracolita que mirábamos siempre por las tardes mientras contemplábamos las últimas luces en el cielo.

Pero aquel último verano Reginald no apareció. Lo busqué en el hotel en el que se alojó el verano anterior y pregunté. No. No habían venido. Estaba muy triste porque deseaba verlo con toda mi alma. Él me había asegurado que volvería por vacaciones. Pero no fue así.

Escribí muchas cartas y no recibí ninguna respuesta. Estuve algunos veranos más con mi familia en el pueblecito ribereño pero ya no era lo mismo.

La casona siniestra y el desagradable viejo seguían en pie y el mar tan calmo y azul seguía reflejaba el color del cielo.

Algo cambió dentro de mí. El recuerdo de Reginald nunca lo perdí. Y deseé con todas mis fuerzas que estuviera bien y que nada malo le hubiera ocurrido.

Mi hermano alguna vez me habla de él y sabía que nos íbamos paseando de la mano entre los palmerales y que nos sentábamos sobre el pequeño embarcadero de madera para contemplar el movimiento del agua.

He ido a Londres varias veces y pregunté por la dirección que tenía de Reginald, pero nadie supo darme razón de  la familia.

Un amor de verano que lo sentía tan auténtico y que llenaba mi corazón más que cualquier otra cosa en el mundo.  Y una casona que en la noche daba escalofríos y que volví a contemplar al cabo de los años aún en pie pero completamente vacía.

23 de junio 2014

Paloma Muñoz

La carta número 13

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Género: Relato

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Paloma Muñoz. Las ilustraciones son propiedad de Jesus Rodríguez. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La carta número 13.

Cuando me dijeron que tenía un don especial, no me lo creía. Nunca me tomé en serio esa afirmación y más si venía de una mujer casi analfabeta y supersticiosa. Pero aun así me picó la curiosidad y un día en que la encontré, le pregunté en qué consistía ese supuesto don del que me hablaba. Ella me dijo que se trataba de la adivinación y que sabía lo que decía porque ella misma echaba las cartas, las cartas de tarot.
Yo, francamente no le di importancia porque no creo en esas cosas. Pero como me sentí intrigada, comencé a leer a cerca de la adivinación a través las cartas: la cartomancia. Y me empecé a interesar sobre el fascinante mundo de lo que simbolizaban.
Adquirí una baraja de tarot conocida como la baraja de Marsella y leí sobre las diversas formas de exponer las cartas sobre un tapete de seda (porque por lo visto ha de ser de seda) y lo que significaban una vez colocadas.
Confieso que lo encontré entretenido desde el principio y que las cartas que manejaba se movían en mis manos como si lo hubiera hecho desde hacía mucho tiempo.
Todas y cada una de ellas me hablaban y me decían cosas.
Así por ejemplo, La torre golpeada por el rayo me decía que, en algún momento, la ira divina podría entrar en juego, claro está, si la posición sobre el tapete así lo atestiguaba.
La torre es la ira de Dios y la Torre de Babel tan célebre por la soberbia humana. Pero también se podría tratar de una torre de marfil desde la que la persona contempla el mundo.
O bien, esa misma ira divina de la que hablaba, podría transformarse en algo positivo para que la persona pudiera afrontar cualquier tipo de inconveniente que se le pusiera por delante.
Cada una de las cartas significaba por sí sola algo bueno, apropiado, beneficioso o desconcertante y desolador.
Una carta aparentemente inquietante era la dedicada al terrible diablo.
La carta de El Diablo estaba asociada a los vicios, a la degradación moral y espiritual. Pero según lo que leía, ocurría como algunas otras cartas que podría representar la parte libre del ser humano: su alma no sujeta a los dictados de la moral y de la rectitud.
El planteamiento filosófico de las cartas debía dejarlo un tanto descartado dependiendo de a quien se las leía. No le iba a soltar un rollo filosófico a una persona que lo único que le interesaba era que satisficiera su curiosidad en forma de preguntas ante casos tan comunes, vulgares y corrientes como: ¿Cuándo me va a tocar la lotería? ¿Me aceptarán en ese nuevo trabajo? ¿Llegaré a salir con ese chico tan guapo?
Confieso que cuando salía esa carta (El Diablo), lógicamente había expectación, preocupación y mosqueo. Mucho mosqueo. Pero un buen profesional echador de cartas debe esclarecer ciertos términos y procurar un ambiente relajado y tranquilo que invite a la colaboración entre echador y escuchante.
Esto lo comento porque había decidido comenzar a echar las cartas a familiares, amigos y conocidos y así, sí veía que me iba bien, podría intentarlo a un nivel “más profesional”.
Así se inició mi aventura con las cartas del tarot y podría contar muchas anécdotas. Pero hubo una, una en concreto, que me hizo reflexionar sobre las cartas y el destino de las personas.
Una vez un chico, al que había conocido en una biblioteca (yo trabajaba como bibliotecaria), me solicitó que le echara las cartas.
Habíamos iniciado una conversación a la salida y salió el tema. Yo asentí y quedamos en mi casa para la sesión.
Por aquel entonces, había adquirido cierta destreza y soltura y el chico parecía muy emocionado mientras esperaba lo que tuviera que contarle ante la mano de tarot.
Lo hice en varias ocasiones y siempre que echaba las cartas sobre el tapete, aparecía la carta número trece en una posición que no ofrecía muchas dudas sobre lo que podría ocurrirle.
En el tarot, generalmente, la carta número trece no existe como tal debido a la superstición desatada contra dicho número, pero en el tarot marsellés, la carta número trece es La Muerte.
Y la muerte aparecía al final del ciclo, en el que veía problemas graves, conflictos y una situación negativa en general. Dicha carta siempre salía invertida.
Yo no sabía qué hacer ni cómo decirle o expresarle lo que sentía al leerle las cartas.
Creo que él lo intuyó porque me preguntaba constantemente sobre la carta. Yo le decía que normalmente, esa carta tan sólo posee mala fama porque la carta número trece que representa a la muerte no es una carta tan nefasta o la más nefasta de los arcanos mayores del tarot sino que puede significar renovación, cambio o transformación y poseer un signo positivo.
Pero lamentablemente le salía al lado de La Torre y de La luna, una carta de ambiguo significado pero que está relacionada con los enigmas, los secretos, el mundo oculto, las ensoñaciones, lo onírico. Y con lo lúgubre, en contraposición con la esplendorosa carta de El Sol.
Generalmente, aquellos que echan las cartas se conducen por un “Código Deontológico”, como ocurre con los médicos por el que si se aprecia en la lectura de las cartas, que el resultado es altamente negativo o grave, hay que tratar el asunto con discreción y cuidado.
Le previne sobre su salud y sobre las formalidades propias de su edad como el tener cuidado al volante, no hacer o cometer acciones irresponsables que le acarrearan complicaciones importantes y ese tipo de advertencias.
El chico, que se llamaba Oscar y que iba todos los viernes por la tarde a verme a la biblioteca, dejó de aparecer.
Esperé un tiempo prudencial y después comencé a preguntar y a hacer mis pesquisas para saber qué era lo que le había ocurrido.
Alguien en la biblioteca me dijo que se había puesto enfermo y que estaba ingresado en un hospital. Me quedé helada.
Pasaron unos meses y seguía sin aparecer. Me enteré de que continuaba enfermo, pero en su casa. No sabía si ir a visitarlo o no. Me decidí a hacerlo. Le dije a su madre que era una amiga de la biblioteca. Deseé que no supiera que era la que en una ocasión le había echado las cartas.

Ilustración de Jesús Rodríguez

Oscar me reconoció. Su aspecto era lamentable. Estaba muy pálido y en los huesos. No quiero nombrar la enfermedad que lo estaba consumiendo. Me sonrió y le tomé de la mano. Apenas hablamos. No sabía qué hacer. Me sentía fatal: triste, compungida y muy alarmada.
Era cierto que estaba muy enfermo. Oscar falleció en menos de un mes.
Lo que había empezado como un interés de esparcimiento se había convertido en una terrible realidad a presenciar con mis propios ojos.
Fui a mi casa y llorando, profundamente afectada, quemé las cartas y me juré a mí misma que jamás volvería a sacarlas de su escondrijo.
Han pasado unos cuantos años y sigo recordando a Oscar.
Para agravio mío, volví a la lectura del tarot. Rompí mi juramento. Pero esta vez todo lo que he leído y para quienes lo he leído ha sido bueno y positivo. Me alegro.
Pero las cartas (otras que compré en un anticuario en Francia y que me costaron un ojo de la cara) las tengo en una preciosa caja de madera de sándalo, más como una reliquia que como una afición con la que una vez intuí que podía ganarme la vida, aunque no fue así.
Me han preguntado muchas veces si yo me he echado las cartas en algún momento.
Sonrío y eludo la respuesta.
Las cartas tienen su cometido. Las cartas son muy serias y no se debe acercar uno a ellas con frivolidad.
Yo lo hice al principio y ahora las guardo el mayor de los respetos.

Paloma Muñoz
Madrid, 17 de Octubre de 2013

Aquella casita de chocolate

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Género: Relato

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Este relato es propiedad de Daniel Camargo. La ilustración es propiedad de Paloma Muñoz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Aquella casita de chocolate.

UNO

Podríamos comenzar esta historia diciendo que resulta imposible jubilarnos de nuestro pasado y que todo lo enterrado termina finalmente buscando la luz.

Otra forma de comenzar sería describiendo una lánguida tarde de otoño en Aburronia, con un sol tibio y lejano, y hojas amarillas y rojas tapizando los caminos  de piedras blancas.

Aburronia era en aquellas épocas un reino como casi todos los otros, en el que el tiempo transcurría de forma plácida y monótona. Un gran castillo junto al río, donde vivía el Rey con su lujosa Corte, rodeado por un foso muy profundo,  y un grupo de casas humildes en las que vivían las familias que a duras penas conseguían mantener al Rey con sus impuestos. Y en el centro, justo en el centro, un bosque muy denso en el que pocos se aventuraban a entrar. Muchas historias, cuya veracidad nunca pudo ser demostrada, se contaban sobre el bosque y las desventuras sufridas por los que alguna vez osaron atravesarlo.

En una de esas casas junto al bosque, algo mayor que las otras,  vivían dos hermanos, María José y José María, lista ella y curioso él, rubia y moreno, soñadora y práctico, doce y nueve.

Su padre, estricto y trabajador, pensaba que la infancia era una pérdida de tiempo y que ese período debía servir, al menos, para iniciar a los niños en sus futuras obligaciones y responsabilidades como mayores. Contaba con sus hijos para regentar su próspera tienda en un futuro. No sin esfuerzo había conseguido tener como clientes a varios miembros de la Corte Real, y eso le generaba ciertos recursos presentes y muchas expectativas futuras. Por eso, poco después  de enviudar, contrató a una institutriz para que “enderezara” a sus hijos, enseñándoles el camino recto de la responsabilidad y el sacrificio.

DOS

Heraclio Van Persie había sido designado fiscal general del reino sólo unos meses después de la revolución que derrocó al Rey, aunque ya llevaba muchos años como ayudante y mano derecha del anterior Fiscal. Durante todo ese tiempo fue un funcionario ejemplar y responsable. Por sus manos habían pasado prácticamente todas las investigaciones de los delitos y crímenes ocurridos en Aburronia.

Los años, y algunas decepciones, lo habían convertido en un viejo escéptico y desconfiado y ahora era más fácil verlo desnudo que sonriente. Había visto de todo y había decidido callar. Si algo había aprendido en su trabajo es que la realidad pende de un hilo muy delgado. Y que la Señora Justicia no es tan ciega como dicen y la mayoría de las veces se termina acostando con el más poderoso.

Ahora, ya mayor y cercano a su retiro, cansado y algo frustrado, dedicaba sus noches a ajustar cuentas con su pasado, a rememorar antiguos casos y a veces (sólo a veces), a estudiarlos de nuevo a la luz de su experiencia actual. En muchas oportunidades lo invadía la amargura de comprender que tal vez no se había hecho todo lo posible y que algunos errores habían causado mucho daño.

Pero había un tema, sobre todo uno, que desde hace muchos años le rondaba por la cabeza, como una mosca inoportuna y cargosa a la que no conseguía espantar… Al fin y al cabo, todos tenemos alguna asignatura pendiente.

TRES

Una tarde, castigados en la buhardilla después de una discusión con su padre, los hermanos MJ y JM deciden darle un escarmiento y escapan por una ventana entreabierta, descolgándose hasta el suelo mediante un par de sábanas atadas entre sí. Una vez en el suelo corren hacia el bosque cercano para ocultarse allí y esperar que su padre, angustiado al comprobar su desaparición, salga en su búsqueda.

El plan les parecía perfecto, pero una vez en el bosque algo los distrae. Descubren maravillados un nuevo mundo que jamás habían imaginado. Coloridas mariposas, animales  juguetones y plantas exóticas los cautivan y hacen que, olvidando el plan inicial, se adentren cada vez más en ese espacio desconocido y seductor.

Así pasan la tarde, recogiendo hermosas flores o alimentando con bayas a las ardillas hasta que, de pronto, María José se da cuenta de que han avanzado demasiado y ya no tienen referencias para volver a casa. Están perdidos. El bosque es demasiado denso y oscurece rápidamente, por lo que la situación se agrava cada vez más.

—Marijo, tú sabes cómo volver a casa, ¿no? —preguntó el niño.

—Sí, Josema, no te preocupes, yo controlo… —mintió su hermana.

Pero era demasiado tarde ya y la noche en el bosque es oscura y profunda, lo que hace casi imposible la orientación. Los sonidos de todo tipo de animales tomaban otra dimensión en la oscuridad y los niños estaban aterrados. No se animaban a caminar, aunque quedarse quietos tampoco les parecía una buena idea. La temperatura había bajado mucho y se mantenían juntos para darse calor.

De pronto, a Marijo le pareció ver una luz a lo lejos, algo así como un resplandor difuso, que se reflejaba en las copas de los árboles más distantes.

Comenzaron a caminar hacia la luz, muy despacio, tanteando en la oscuridad. Con mucho miedo, pero también algo de esperanza…

CUATRO

Esa noche, Heraclio se había quedado solo en su despacho ordenando papeles.  La claridad de una débil luz que colgaba del techo no era suficiente para desnudar tanto desorden. En un alarde de responsabilidad para con su futuro sucesor, trataba de mitigar algo el caos habitual de una oficina que había funcionado siempre a golpe de intuición y decisiones personales, pero que carecía de toda organización.

Necesitaba irse de allí, cambiar de aire, pero también sabía cuánto le iba a costar adaptarse a una nueva vida. Hombre solitario, amaba su trabajo y se aferraba a él como quien  abraza a un oso.

Fuera, la lluvia castigaba a Aburronia como si fuera la última vez.

Miró la amplia estantería de madera de boj. Demasiadas carpetas, demasiados recuerdos. Toda una vida encapsulada en estuches de cartón.

En eso estaba cuando ocurrió lo que era de esperar. Su vista se dirigió hacia la caja negra del estante más alto. En medio del silencio, podía escuchar cómo la caja le gritaba: ¡Estoy aquí! ¿Es que acaso no me ves? ¿Por qué sigues disimulando?

Finalmente, de un modo mecánico, como si alguien controlara sus movimientos, arrimó una pesada silla negra a la estantería y bajó la caja. Estaba llena de papeles, pero lo que le pesaba era otra cosa.

CINCO

Cuando los niños, cansados ya por la caminata, pero sobre todo por la tensión y el miedo, lograron superar la última ondulación la vieron. Estaba en un montículo que asomaba en un claro del bosque. Era una casa extraña, su forma y sus proporciones no tenían nada que ver con la casa en la que ellos vivían, o con las de sus amigos. Sus paredes oscuras tenían un extraño brillo satinado y sus techos agudos como pirámides les recordaban a una cordillera.

Ilustración de Paloma Muñoz

A lo lejos, brillaba una extraña luna rojiza.

Los niños comprobaron, mientras se acercaban, el tenue resplandor que escapaba por las ventanas, que era el origen de la luminosidad que los había llevado hacia allí. Pero ahora, ya mucho más cerca, lo que más atraía a sus sentidos era el aroma que provenía de la casa, un perfume dulzón e hipnótico.

—Marijo, ¿las casas pueden ser buenas o malas?

—No creo, las casas son normales, ¿por?

—No sé, me parece que esa casa es mala…

—No digas tonterías, Josema. Necesitamos un sitio donde pasar la noche.

Se acercaron más, sigilosamente, y cuando estaban a escasos cinco metros de la entrada, y sin que ellos hubieran tocado nada, se abrió la puerta…

SEIS

Estaba a punto de amanecer y aún continuaba dando vueltas en la cama, sin haber conseguido pegar un ojo. Los tenía demasiado abiertos, como un dos de oros, y los segundos pasaban lentos, pidiendo permiso. Su mente seguía recordando los documentos que sólo unas horas antes había devuelto a la vida, al abrir la caja.

Sabía que en su momento, muchos años atrás, no había hecho lo suficiente. Algunas presiones lo habían obligado a cerrar el caso, a archivarlo.

La desaparición de aquellos niños nunca fue explicada y pesaba sobre su conciencia como una losa de granito. Tampoco el padre pareció en su momento demasiado interesado en aclararlo. Le pareció notarlo sospechosamente tranquilo, liberado, como si se hubiera sacado una responsabilidad de encima.

Lo más sencillo fue entonces vincular todo al incendio que se produjo en aquellos días. El incendio de una casa que nadie conocía, junto en el centro del bosque, y en la que la leyenda contaba que, alguna vez, había vivido una bruja.

Un accidente, se dijo. Los niños, después de varios días perdidos, encontraron a la casa abandonada y, ateridos de frío, entraron y trataron de hacer un fuego para calentarse. Su inexperiencia hizo el resto. Era evidente para todos, menos para él. Caso cerrado.

Los pasquines de la época se habían encargado de difundir convenientemente esa versión. Y a él, por si aún le quedaba alguna duda y pretendía seguir investigando, decidieron darle unas vacaciones, las vacaciones que llevaba años acumulando.

SIETE

Los niños se asomaron hacia el interior donde una señora  de cabello blanco y túnica dorada parecía esperarlos.

—¡Bienvenidos a mi casa! —les dijo.

El miedo y el frío desaparecieron al instante. El lugar era asombroso…, nunca habían visto nada igual. Todo, absolutamente todo, era de chocolate. Desde el suelo de brillantes losetas marrones hasta los sofás de donuts, desde las paredes forradas de Lacasitos hasta las escaleras de Toblerone.

Estuvieron un buen rato observando en silencio. Chocolate negro y con leche. Chocolate blanco… Todo tipo de dulces y galletas. No podían creer que ese bosque frío y oscuro pudiera albergar tal paraíso.

—¿Os gusta? Es todo vuestro. Podéis daros un atracón —dijo la señora.

Y tanto MJ como JM, que venían de una casa incómoda y austera, en la que lo habitual era irse a la cama sin postre, se lanzaron a engullir todo lo que pudieron. Sin límites.

Parecía el sitio ideal para unos niños, pero como usted, amigo lector, ya estará imaginando, encerraba una sorpresa.

OCHO

Ahora que Van Persie se había dado permiso para romper el dique que muchos años atrás había impuesto a sus recuerdos, éstos se agolpaban en su mente, como los obreros en una huelga general. Se sentó en su silla favorita y encendió su pipa para fumar lentamente mientras las neuronas, las pocas que aún estaban a su servicio, se encargaban de organizar esa extraña manifestación.

Nunca había estado de acuerdo con el enfoque que el entonces Fiscal de la Corte había dado al caso. Pura rutina que no llegó siquiera a rasgar la superficie de los hechos. Tampoco entendía las prisas para darlo por cerrado.

Había muchas cosas oscuras circulando por allí abajo, como un mar de fondo lleno de pulpos o calamares gigantes.

El caso había tenido bastante repercusión popular, lo cual tenía cierta lógica: incendio en una casa abandonada, cadáveres de niños calcinados, y el bosque, el mismo al que todos rehuían, como protagonista.

Se comentaba que el lugar estaba maldito, que todo el bosque era un sitio peligroso y que mejor no meterse en problemas… Y de pronto se acabó. Un buen día ya nadie volvió a hablar del tema. ¿Superstición popular?

No. Él sabía que la orden había venido de arriba, de muy arriba. Era evidente. Pero ¿por qué? ¿Qué interés podían tener en ocultar algo así?

Lo de las presiones políticas podía llegar a imaginarlo, aunque no lo entendiera, pero aun para él, que no tenía hijos, lo más incomprensible era que el mismísimo padre le hubiera insinuado que no era buena idea seguir removiendo las cosas. Que él ya había asimilado la pérdida y que ahora estaba muy ocupado y, al fin y al cabo, con la ausencia de los niños tenía una cosa menos de qué preocuparse.

Tantas veces había rumiado su teoría al respecto. Pero nunca había encontrado el momento para defenderla adecuadamente. Ni el lugar. Ni el interlocutor. Y se le había pasado el arroz. Ya estaba a punto de jubilarse.

NUEVE

Varias horas más tarde del atracón, Marijo y Josema aún vomitaban por los rincones. La señora del pelo blanco ya no se preocupaba por ellos. Había bajado al sótano de la casa y parecía ocupada con otras actividades. Aprovechando su ausencia los niños, que ya deseaban regresar a su casa, intentaron abrir la puerta para escapar. Pero estaba cerrada y no se veía la llave por ninguna parte.

Cuando la señora subió, su carácter había cambiado. Ya no era la amable anfitriona de la noche anterior. Sus rasgos se había endurecido y también el tono de su voz. Ahora las invitaciones habían sido reemplazadas por órdenes. Los obligó a limpiar sus propios vómitos y, de paso, el resto de la casa.

Ese fue el final de la dulzura y el comienzo de la pesadilla.

DIEZ

Había dejado de llover y por la ventana entraba aún una claridad sucia. Casi sin darse cuenta se le había escurrido el día libre, inmerso en sus cavilaciones. Ni desayuno ni almuerzo. Volvió a meter los papeles en la caja, de a uno, como quien guarda una pistola sin haber llegado a disparar.

El veterano estaba decidido, iba a retomar al caso. Por su cuenta, en los ratos libres, como pudiera. Le daba igual todo, ya era casi un hombre libre.

Pero necesitaba saber la verdad.

Cogió su chaqueta, de un color gris indefinido, y casi tan gastada como su espíritu, y salió. Esto no estaba terminado, de ningún modo. Esto empezaba ahora.

Salió rumbo al bosque y cerró la puerta tras de sí, como quien corre el telón a una etapa de su vida.

ONCE

La época de los dulces había terminado y los niños ya llevaban mucho tiempo bajo la tutela de la Bruja, obligados a ejecutar “tareas” infames.  Vivían inmersos en una rutina de lo anormal. Cosas terribles que difícilmente entraban en la mente de un niño, pero que una vez dentro, ya no podrían salir. Nunca. Escapar de un padre excesivamente estricto para caer en manos de la “bruja”, eso sí que era mala suerte.

Al menos comían razonablemente bien, no por sensibilidad o comprensión, sino porque a la propia bruja  le interesaba que estuvieran fuertes y saludables para sus propios fines.

Sólo ahora llegaban a comprender la magnitud de su error. Experiencia llaman a esto los mayores. Un peine que te dan cuando ya estás calvo.

Y como la tensión crecía, los roces con la bruja eran cada vez más frecuentes. A medida que pasaba el tiempo y los niños crecían, las amenazas surtían menos efecto. Ya no era tan fácil controlarlos. Y un día Marijo, harta ya de tanta humillación, se enfrentó a su carcelera. La discusión entre ambas fue muy fuerte.  Josemari  nunca había visto a su hermana tan enfadada y temió lo peor. Pero se quedó corto.

DOCE

Dejó su coche de caballos a unos cuantos metros de distancia y se acercó andando al claro en el que había vivido la “bruja”. La noche había caído sin oposición, aunque había luna llena.

La casa no se había derrumbado completamente, algunas columnas y vigas de la estructura original de madera aún permanecían en su sitio, luchando contra la ley de la gravedad. A Van Persie la tétrica silueta que se recortaba contra el cielo le recordó al esqueleto de un dinosaurio maligno que se disponía a atacarlo. La hierba crecida y húmeda, después de la lluvia, llenaba el aire de olores fuertes y ruido de bichos.

Estuvo un tiempo dando vueltas a su alrededor, tratando de aclarar sus ideas. Era un impulso lo que lo había llevado allí más que una decisión meditada y racional. Y a esas horas, sin luz, difícilmente podría recoger ninguna prueba ni aclarar alguna duda. Por eso dejó vagar su mente, dándole espacio al inconsciente para que se explayase. Y en eso estaba cuando de pronto notó un movimiento entre las sombras. Un bulto agazapado entre la maleza.

Van Persie sintió miedo, para qué negarlo, pero conservó una cierta dignidad. O tal vez fuera una  mezcla del cansancio que sentía con la rigidez que se había impuesto.

El extraño volvió a moverse. Con rapidez. Y cuando Heraclio giró para seguir su trayectoria metió el pie en un pozo, cayendo al suelo. Desde allí, vencido y desorientado, vio cómo el extraño se le acercaba, girando a su alrededor como un obstinado dentista a punto de hacer una extracción. Entonces le gritó: _

—¡José María! ¿Eres tú?

La silueta se quedó paralizada. La luz de la luna le daba en la cara y, a pesar de la oscuridad, el veterano pudo verlo bien. Tenía aún la cara de un niño, pero su mirada era la de un viejo. Su cabello era una pincelada oscura. Se mantuvo unos segundos frente a Van Persie, amenazante, como dispuesto a combatir. Al final bajó los brazos, se sentó en el suelo y se puso a llorar.

Cuando se tranquilizó, comenzó la charla.

TRECE

—La vieja, la supuesta bruja, no era otra cosa que la encargada de un antro dedicado a la pedofilia… Trata de niños, ¿me entiende? Pederastia, chulería, proxenetismo, alcahuetería…

—Sí, ya vale, te entendí. No necesito más sinónimos.

—Lo del chocolate en la casa era más bien una metáfora que una forma de atraernos. Lo nuestro fue un caso aislado, pero no era lo habitual. En esos momentos nadie se aventuraba a hacer una excursión por el bosque. Tenía muy mala fama.

»De todos modos, se llegaron a juntar allí más de una docena de niños. No sé cómo llegaban, tal vez los secuestraban, o sus padres los vendían. Nunca me lo dijeron. Teníamos prohibido hablar entre nosotros. Y los clientes venían todos de muy arriba. Gente poderosa, cercana al Rey, ¿me entiende? Y pagaban muy bien. A la “bruja”, claro. A nosotros sólo nos daban a veces algunos dulces, como propina.

»Todo funcionaba en los sótanos de la casa, a los que se entraba por una rampa que había detrás. Allí había unas habitaciones pequeñitas, decoradas con dibujos infantiles. Parece que a estos tipos eso los “motivaba”. Además, en esas fiestas corría la droga. La propia vieja se encargaba de preparar los “after eight”, en los que la almacenaba y distribuía con el mismo chocolate con el que decoraba la casa.

»Aunque nosotros éramos chicos, enseguida nos dimos cuenta de todo. Pero no podíamos hacer nada. Hasta que una noche mi hermana se rebeló y se enfrentó a la vieja. Discutieron junto a la chimenea y Marijo la empujó, haciendo que cayera dentro, justo sobre la leña encendida. Salió inmediatamente, aullando de furia y de dolor, como una loba, pero con sus ropas ardiendo. No hizo más que esparcir el fuego por toda la casa. Abrazó a mi hermana y ambas rodaron por el suelo, convertidas en una enorme bola de fuego… Pobre Marijo.

»En pocos segundos la casa entera ardía y cuando el calor hizo estallar los cristales, logré saltar por una ventana. Los otros no tuvieron tanta suerte, la escalera de bajada al sótano, que era de madera, se derrumbó y quedaron atrapados. Todavía tengo grabados en la memoria sus gritos de dolor.

»Me mantuve escondido en la espesura y desde allí pude ver todo, desde la llegada tardía de los grupos de vecinos para tratar de apagar el fuego hasta la visita de los investigadores, con usted a la cabeza. Duró muy poco, una o dos semanas, y ya no volvió a pasar nadie por aquí.

»Yo decidí no volver con mi padre, al que odiaba, y me instalé en la pequeña cabaña donde se guardaba la leña, a unos veinte metros por detrás de la casa. Me alimenté exclusivamente de bayas y raíces durante bastante tiempo hasta que, poco a poco, conseguí rehacer mi vida.

—¿Rehacer tu vida? ¿Cómo?

—Hice llegar unos mensajes a la Corte proponiendo la “continuidad del negocio”. Ellos fueron receptivos y desde entonces lo manejo yo. Obviamente no le voy a decir dónde, pero es por aquí, en el bosque.

—Pero la Corte ya no existe… Al Rey lo decapitaron hace tiempo.

—Es verdad, pero ahora tenemos un Consejo de Ministros. El nombre ha cambiado. Y algunas caras. Pero le sorprendería saber lo parecidas que son las costumbres… Precisamente la semana que viene tengo un encargo de su jefe, el Ministro de Justicia.

El fiscal vaciló. Podría haber dicho algo definitivo, pero no dijo nada. Miró a José María y esbozó una sonrisa cansada y sucia.

Se dio media vuelta y comenzó a caminar hacia el sitio en el que había dejado su carruaje. Cuando llegó, los caballos estaban tranquilos. Le pareció que lo miraban con condescendencia, como perdonándole la vida. Sabiduría equina lo llaman.

Decidió dejarlos allí y volver caminando. Tenía toda la noche por delante. Tenía toda la vida por delante…, al menos la poca que le quedaba. Ya sabía todo, o casi todo. Adiós incertidumbre, hola decepción. Finalmente, si uno insiste, descubre cuanta verdad es capaz de soportar.

Miró a su alrededor. Bajo la luz de la luna el bosque le parecía una reunión de fantasmas.

Daniel Camargo  2013

Alfredito y la máquina del tiempo

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Ilustrador@:  

Corrector@: 

Género: Relato

Rating: Todos los públicos.

Este relato es propiedad de Ricardo González y su ilustración correspondiente es propiedad de David Aguilar. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Alfredito y la máquina del tiempo.

Terminaban su andadura los ochenta, teníamos todos veintitantos, el pelo y las ilusiones casi intactos, novieta y una cuenta vivienda de aquellas en las que ibas metiendo el sueldo para comprarte un piso. A veces nos juntábamos para jugar un partido de fútbol-sala, cenar en algún sitio barato o tomar unas copas. Y siempre, los viernes a mediodía, nos reuníamos en torno a unas cañas de cerveza. La única costumbre de entonces que aún mantenemos.

Alfredito era rechoncho y rizoso. Usaba unas gafas de cristales gruesos, de esos que cuando miras a su través te parece que se comen un trozo de la cabeza. Era, y sigue siendo a pesar de su triste estado presente, ingeniero industrial. Y debía de ser de los buenos, porque la empresa lo había fichado antes de terminar, cuando estaba haciendo el proyecto de fin de carrera. Trabajaba en algún recóndito rincón de los sótanos, pero nunca supimos exactamente en qué. Jamás hablaba de ello, aunque le preguntamos. Los hábitos comunicativos de Alfredito eran extraños, como lo era –al menos entonces así nos lo parecía, y el tiempo nos dio la razón– el resto de su vida.

–Alfredito, ¿qué vas a hacer el fin de semana?

–Trabajar en el desarrollo de un proyecto.

–¿De la empresa?

–No, mío.

Y entonces se comía una patata al alioli y le daba un trago a la cerveza. Eso daba la conversación por terminada en lo tocante a sí mismo. Fabricaba una ancha sonrisa y nos miraba alternativamente a unos y otros, invitándonos a seguir hablando de lo que fuera. Nos escuchaba con interés, pero siempre encerrado en su sonriente mutismo. Pronto aprendimos acerca de lo inútil y contraproducente de volver a preguntarle nada. La incomodidad que le producía ser interrogado más allá de lo que él mismo quería contarnos parecía hacer saltar, súbita y enérgicamente, algún tipo de mecanismo en virtud del cual se le disparaba un apetito voraz. Empuñaba palillo, tenedor, cuchara, lo que se terciase aquel día; y solo descomponía la sonrisa para engullir cuantos pinchos quedaban a su alcance, con una avidez que nos recordaba al monstruo de las galletas. Sordo ante nuestras protestas airadas y justas recriminaciones. Al fin, hartos de no sacarle ni palabra y de que una y otra vez nos dejara sin tapas, optamos por dejar que fuera él mismo quien dosificara la información que cada viernes tenía a bien proporcionarnos.

Luego nos marchábamos y nada sabíamos de él hasta la siguiente semana. Alfredito no jugaba al fútbol, no tenía novia, no salía a cenar ni a tomar copas. Alfredito se iba a su casa –suponíamos entonces que vivía con su familia– y ya no le veíamos más hasta el viernes siguiente. Porque de lunes a viernes era el primero en llegar y encerrarse en su sótano, y era también el último en marcharse. Por eso no coincidíamos ni tan siquiera en el aparcamiento.

Alfredito fue el primero de todos en comprar. Lógico –pensamos. Alfredito no gastaba ni bromas, excepción hecha de las cañas de los viernes. Por fuerza debía tener el calcetín más abultado que todos nosotros. Fiel a sí mismo, nos dejaba saber de su vida lo justo y necesario.

–Me he comprado una vivienda.

–Hombre, Alfredito, te has animado a un piso.

–No, es una casa en las afueras.

–¿Y para qué quieres una casa para ti solo, Alfredito?

–Quiero tener un garaje grande donde trabajar en mi proyecto.

Y entonces se comía un champiñón al ajillo, le daba un trago a la cerveza y componía su sonrisa. Nosotros mirábamos con aprensión a los pinchos que quedaban sobre la barra y cambiábamos de tema.

Recién estrenada la nueva década, Alfredito declinó amable y lacónicamente asistir a la primera boda, que fue una juerga por todo lo alto. Un auténtico despiporre. Nos encontramos al viernes siguiente.

–¿Qué tal va tu proyecto, Alfredito?

–Muy bien, casi terminado.

–¿Y en qué consiste, Alfredito?

–Una máquina del tiempo.

Y sin más se embuchó una gamba a la gabardina y un buen trago. Desplegó otra vez su sonrisa. Hubo que esperar unas semanas para averiguar algo más de su invento.

–¿Ya tienes tu máquina del tiempo, Alfredito?

–Ya está terminada.

–¿Y funciona bien, Alfredito?

–Estoy con los últimos ajustes.

Atacó un pequeño cuenco de callos con garbanzos y hubimos de aguardar siete días para saber más detalles. Alfredito continuó declinando la invitación a nuevas bodas y fueron pasando los meses. Supimos que ya viajaba en el tiempo y disfrutaba mucho con ello. Era el año del Quinto Centenario y los fastos del noventaidós.

–¿Vas a ir a la Expo, Alfredito?

–He hecho algo mejor, he estado allí.

–¿Allí dónde, Alfredito?

–Con Colón, el día del Descubrimiento.

Y se lanzó a por una loncha de jamón ibérico. Estaba exquisito, veteado y cortado muy fino. Una vez más, renunciamos a seguir preguntando ante la perspectiva de verlo desaparecer, total, para nada.

Corría veloz el calendario y Alfredito continuaba su triunfal periplo histórico. Porque de lo poco que nos contaba dedujimos que era un apasionado de la historia, saltando de siglo en siglo como quien va enlazando estaciones de metro.

–¿Irás a Barcelona a ver las olimpiadas, Alfredito?

–He hecho algo mejor que eso.

–¿Qué has hecho, Alfredito?

–He visto las olimpiadas en la Grecia Antigua.

Y ensartó un chorizo al vino recién hecho, aún caliente. Luego le dio un buen tiento a la caña y volvió a sonreír.

Semanas, meses, años. Bodas, bautizos, hipotecas. Cambios de trabajo. Algún funeral, algún divorcio. Estrenamos milenio. Ya nunca jugábamos al futbol-sala, no cenábamos juntos ni salíamos de copas. En realidad si nos manteníamos unidos era gracias a Alfredito, sus prodigiosos viajes en el tiempo y las cervezas de los viernes. Íbamos de vacaciones a Benidorm, a los Picos de Europa, a Eurodisney con los niños, a la Ribera Maya o a un balneario de fin de semana. Mientras tanto, Alfredito cruzaba los Alpes con Aníbal. Contemplaba la toma de La Bastilla. Compartía la Noche Triste con Cortés o veía morir a Custer en Little Big Horn.

Un buen día, la pregunta surgió con la contundencia de lo inevitable.

–¿Podemos viajar nosotros en tu máquina del tiempo, Alfredito?

–No.

–¿Por qué, Alfredito?

–Porque cederíais a la tentación de cambiar la historia.

Estuvimos a punto de seguir preguntando, pero el lomo embuchado estaba de muerte y no era plan de que nos dejara a dos velas. Total, lo que sobraba eran viernes para averiguar más cosas. Volvimos a la carga llegado el momento.

–¿Qué pasaría si cambiáramos la historia, Alfredito?

–Algo muy malo.

–¿El qué, Alfredito?

–Que no estaríamos aquí tomando unas cervezas.

Ilustración de David Aguilar

El argumento parecía de peso, y las croquetas de jamón eran caseras, con lo que dimos la contestación por buena y cambiamos de tema. Alfredito se conformó con comerse tan solo la suya, darle un buen trago a la birra y curvar lo labios beatífico. Así se fue desgranando la década, y así nos fuimos haciendo todos un poco más viejos, enfrentando problemas nuevos con los ánimos más gastados y los colmillos más retorcidos, como corresponde a quien abandona definitivamente la juventud para encarar de lleno la madurez. Alfredito, por contra, no parecía acusar el paso del tiempo, apasionado por sus viajes temporales con la misma intensidad que al principio. Vio arder la ciudad de Roma y vio arder también a Juana de Arco. Vomitar el Vesubio sobre Pompeya. Explotar el Krakatoa. Abrir los canales de Suez y Panamá.

–¿Has ido a ver Parque Jurásico, Alfredito?

–No me hace ninguna falta.

–¿No te interesan los dinosaurios, Alfredito?

–Los he visto al natural, mucho mejor que en el cine.

Ensartó un pimiento del piquillo que descansaba encima de una patata frita, paladeó la rubia y en su cara se dibujó la eterna sonrisa. Supimos otros viernes que había visto a los cruzados tomar Jerusalén, a los tercios morder el polvo maldito de Rocroi y a los marines izar la bandera en Iwo Jima. Eso sí, su parquedad en palabras era la de siempre y, a veces, nos costaba varias semanas conocer determinados detalles de la historia. Cleopatra no era tan hermosa como afirma la leyenda, Isabel la Católica no olía tan mal como se cuenta y la Maja Desnuda estaba mucho mejor vista al natural.

No mostraba nunca apasionamiento alguno acerca de los acontecimientos y situaciones que había vivido en sus viajes a través del tiempo. Hablaba con el mismo tono neutro y aséptico de la Capilla Sixtina recién pintada o de los horrores de Dachau. Se documentaba previamente acerca de los hitos del pasado que iba a visitar para luego forjarse su propia opinión. Después de tantos años, le suponíamos una enorme cultura histórica, pero nosotros estábamos preocupados por temas más prosaicos y problemas más acuciantes. Tuvimos la genial idea de insistir en viajar con él al pasado, si finalmente accedía a nuestra petición. Tan solo dos días atrás. Llevándonos, eso sí, los números del euromillón del jueves. No había prisa, podíamos esperar a una semana en que el bote fuera muy abultado, y así empleamos varios viernes en intentar convencerle de lo acertado de nuestro plan. Intentamos hacerlo con tacto y persuasión, pero sin atosigarle. Al final todo fue inútil.

–¿ Entonces viajaremos al miércoles pasado, Alfredito?

–No.

–¿Por qué, Alfredito?

–Porque pretendéis cambiar la historia.

–Pero la cambiaremos solo para nosotros y será un cambio bueno, Alfredito. ¿Iremos?

–Ya he dicho que no.

Y en un minuto vimos desaparecer la fuente entera de calamares. Un dolor, porque eran frescos y estaban tiernísimos. Lo dimos por imposible y nos resignamos a seguir toreando nuestros problemas como lo veníamos haciendo hasta la fecha. Pero con reducciones de sueldo, paro, negocios a medio gas, hijos en la universidad y pensiones a exmujeres, la cosa se nos ponía muy cuesta arriba.

–¿Has viajado alguna vez al futuro, Alfredito?

–No, nunca.

–¿Puede llevarte allí tu máquina, Alfredito?

–En teoría, sí.

Saboreó con deleite un trozo de tortilla de patatas recién hecha, jugosa y templada, con mucha cebolla. Trago de cerveza y sonrisa. Atacamos nosotros el resto de la tortilla y aguardamos al viernes siguiente.

–¿Por qué no has ido nunca al futuro, Alfredito?

–Me da miedo.

–¿Miedo de qué, Alfredito?

–Miedo de cambiar el presente.

El ritual de siempre, esta vez con un trozo de chistorra que nadaba en un delicioso aceite anaranjado. Siete días más.

–Todos podemos cambiar el presente, Alfredito.

–El presente no existe.

–¿Cómo que no existe, Alfredito?

–Cuando mencionas el presente, inmediatamente ya ha dejado de serlo, ya es pasado.

La reflexión era muy profunda y nos dejó perplejos. Él, tan tranquilo, nos miraba masticando unas mollejas en su justo punto de picante a las que no quisimos renunciar e hicimos lo propio. Volvimos a la carga en su momento.

–Al menos, podrías ir al futuro tú solo, Alfredito.

–¿Para qué quiero ir al futuro?

–Para contarnos cuando se acabará la crisis.

–No me parece buena idea.

Al menos esta vez la respuesta no era una negativa rotunda y además, no era plan que se comiera él solo todos los mejillones. Después de tantos años, semana arriba o abajo no suponía nada, y ya habíamos aprendido a fabricar paciencia para todo cuanto tenía que ver con Alfredito. Acordamos esperar a la siguiente.

Lo cierto fue que no hubo lugar a plantearle nada más. Aquel viernes, por primera vez, Alfredito no compareció a la cita cervecera. No le dimos importancia, supusimos que después de todo, era tan humano como nosotros y tenía derecho a ponerse enfermo o marchar a atender cualquier asunto propio como los demás. Pero no vino al viernes siguiente, ni al otro. Pasado un mes, comenzamos a indagar y supimos que tampoco había acudido al trabajo en todo ese tiempo, sin dejar ninguna razón ni motivo de su absentismo. Nadie había conseguido localizarle. Averiguamos su dirección y fuimos allí, pero la casa estaba cerrada a cal y canto, sin ningún signo de vida aparente. Seriamente preocupados, pusimos el caso de su desaparición en manos de un detective privado, un tal Anselmo Guijarro.

–¿Tienen una foto de su amigo?

Reparamos entonces en que no teníamos foto alguna de Alfredito. Se lo describimos lo mejor que pudimos.

–Y ese amigo suyo, es de suponer, que aparte de su trabajo tenga alguna afición.

–Los fines de semana se dedica a viajar en su máquina del tiempo, es un apasionado de la historia y le gusta presenciar los momentos más importantes –contestamos, conscientes de lo inusual de los hábitos de ocio de Alfredito.

–Comprendo –dijo, y nos miró pensativo durante un buen rato, poniendo lo que supusimos era su mejor cara de póker–. Entenderán que puedo incluso buscar a alguien a quien se haya tragado la tierra. Pero no podré encontrar a nadie a quien se haya tragado el tiempo.

–Haga lo que pueda –asentimos, compungidos.

–Bien, pondré a mi personal tras la pista de su amigo. Recibirán mis noticias y, por supuesto, también mis honorarios.

Al viernes siguiente nos reunimos en torno a las cervezas de siempre, por si fuera a darse el milagro de que Alfredito apareciera, pero no hubo tal. Los chipirones estaban deliciosos, aunque de buena gana hubiéramos dejado que se los comiera todos con tal de tenerle allí. Conjeturamos acerca de su paradero y no pudimos evitar sentirnos un tanto culpables. Tal vez le habíamos enviado a espiar el futuro y su máquina no funcionaba bien a la hora de traerle de vuelta, Alfredito siempre había recorrido el camino inverso.

Por eso fue un alivio que unos días después el detective Guijarro nos convocara a su despacho para darnos noticia de su paradero.

–Tengo la satisfacción de comunicarles que hemos encontrado a su amigo Alfredito y está aquí.

–¿Aquí en su oficina? –preguntamos incrédulos.

–No, aquí en el presente, quería decir.

–El presente no existe. Cuando mencionas el presente inmediatamente ya ha dejado de serlo, ya es pasado –le explicamos sesudos–. En cuanto al futuro inmediato, inmediatamente se transforma en presente, que como tal, ya es pasado en cuanto se menciona. El tiempo no es más que una entelequia, señor Guijarro.

Anselmo Guijarro nos contempló ceñudo durante unos instantes, tratando de digerir aquella tontería. Se levantó y sacó de una vitrina una botella y un vaso. Nos volvió a mirar y supusimos que evaluaba la posibilidad de invitarnos a un trago, pero debió de rechazar tal posibilidad. Quizás pensó, con buen criterio, que el licor podía llevarnos por el camino de más deposiciones mentales como aquella, y seguramente consideraba su propio tiempo demasiado importante como para perderlo de una forma tan estúpida. Se sirvió una cantidad generosa y paladeó un buen sorbo.

–Créanme si les digo que mis dos exmujeres son cosa del pasado, pero tengo bien presente que en un futuro inmediato y no tan inmediato, tendré que seguir pagándoles dos jugosas pensiones, y eso no es una entelequia –dijo, y se llevó de nuevo el vaso a los labios–. Pero no nos apartemos del objeto de su visita. Por cierto, ¿han traído el dinero?

–Por supuesto –repusimos un tanto avergonzados.

–Bien. Supimos que su amigo abandonó su trabajo y su casa, y por espacio de varias semanas, se dedicó a la vida de vagabundo, deambulando por toda la ciudad con la mirada perdida, hurgando en las basuras y sin querer hablar con nadie. En un estado ciertamente lamentable, fue acogido en una institución psiquiátrica y allí continúa. Esta es la dirección –dijo alargándonos una cuartilla con una mano y bebiendo otro buen trago con la otra–. Mi secretaria les cobrará mis honorarios a la salida. Y ahora, si son tan amables y me disculpan…

Nos despedimos agradecidos y acudimos sin más dilación a la clínica que nos había indicado. Era un caserón desvencijado fuera de la ciudad, solitario en lo alto de un cerro. Aquello y el hecho de que acogieran a vagabundos de forma altruista, nos dio que pensar, e hicimos votos por llevarnos de allí a Alfredito con la excusa que fuera y cuanto antes.

–Su amigo está sumido en un permanente estado de shock que pensamos está motivado por algún tipo de experiencia traumática, tal vez la visión de algo desacostumbradamente horripilante –nos explicó un médico alto, flaco y bizco. Tenía las carnes tan chupadas y los ojos tan hundidos que tal vez por eso uno de ellos se había soltado de sus anclajes y se dirigía a la ventana mientras el otro nos miraba con fijeza–.  Estamos aplicándole una terapia reactiva que yo mismo he desarrollado para intentar forzar un ataque de ira, que constituya el revulsivo suficiente para sacarle de su estado actual.

–¿En qué consiste la terapia, Doctor? –preguntamos intrigados y un punto aprensivos.

–Escucha, durante veinticuatro horas al día, canciones de la nueva trova cubana. Calculo que tiene que estar a punto de surtir efecto en cualquier momento- contestó, y en su ojo estrábico apareció un brillo especial.

–¿Podemos verle, Doctor?

–No me parece apropiado, dado su estado actual.

–Debe dejar que le veamos, somos las únicas personas a quienes tiene en el presente –argüimos, y no nos pareció buena idea volver a elucubrar con la inconsistencia semántica de lo temporal.

–Está bien, avisaré para que les acompañen –pulsó el botón de un interfono–. Pero no deben hablar con él, ni mucho menos interrumpir el curso de su terapia

Nos precedió por un pasillo largo y oscuro una enfermera coja, que en su momento, no había debido cotizar lo suficiente, porque excedía en muchos años la edad de jubilación. Abrió un ventanuco en la puerta de una celda. Sonaba una canción que hablaba de un unicornio azul. Alfredito vestía un chándal raído y lleno de lamparones y unas zapatillas de cuadros, de esas que llaman modelo Inserso. Nos pareció que nos miraba sin vernos a través del pequeño rectángulo. Jadeaba y su rostro brillaba sudoroso mientras intentaba taparse los oídos con las manos. Desazonados, volvimos al despacho del médico.

–Vamos a llevarnos a nuestro amigo Alfredito. Lo pondremos en contacto con las situaciones cotidianas que le eran familiares para hacerle regresar a su estado previo al shock.

–Comprenderán que eso es de todo punto imposible. Mi terapia no puede ser interrumpida ahora que está a punto de surtir efecto –su ojo rebelde iba de esquina a esquina de la habitación mientras que el disciplinado parecía echar chispas–. Repito, no puede ser, bajo ningún concepto.

–Lo que usted diga, Doctor –repusimos–. Por cierto, déjenos ver si es tan amable su Registro Sanitario, su título y su certificado de colegiación.

Salimos de allí con Alfredito antes de un cuarto de hora. Más o menos el tiempo que le llevó recorrer el pasillo de ida y vuelta a la enfermera. Dejar de oír aquella música pareció ejercer en él un efecto beneficioso, porque sin abandonar por completo su expresión ausente, al menos reparó en nosotros  y su respiración se hizo más acompasada. Corrimos con él a pedir unas cervezas.

–¿Qué tal te encuentras, Alfredito?

–Un poco mejor.

–¿Qué fue lo que te pasó, Alfredito?

–Vi el futuro.

–¿Cómo es el futuro, Alfredito?

Tal vez no fuera más que un acto reflejo, fruto de la repetición a lo largo de tantos años. Devorando cuan rápido era capaz, casi sin respirar, Alfredito vació por completo una fuente llena de empanadillas de atún. Se bebió la caña de un trago y en su rostro se dibujó fugaz algo parecido a una sonrisa. Luego, al igual que el presente que se esfuma de nuestras vidas,  tan veloz como inatrapable, así desapareció también para siempre la sonrisa de Alfredito.

Ricardo González