Huida de Nibiru

Autor@: Paloma Muñoz

Ilustrador@: José Vicente Santamaría

Corrector/a:  Elsa Martínez Gómez

Género: Relato de ciencia ficción

Este relato es propiedad de Paloma Muñoz, y su ilustración es propiedad de  José Vicente Santamaría. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Huida de Nibiru.

Hace muchos miles de años existió un planeta que se apoderó de la imaginación de los hombres hasta tal punto que lo reverenciaron como un planeta divino y maldito a la vez.

Ese planeta era Nibiru.

Al transcurrir los siglos, los científicos identificaron a Nibiru como el “planeta X” o el planeta que traería la fatalidad cósmica a todos los planetas y cuerpos astrales de su órbita.

Existía una predicción que  compartían  las distintas civilizaciones  con  un mismo  origen cosmogónico. Y esa predicción significaba: muerte y destrucción.

I

Luna Wald estaba ensimismada ante la pantalla de su cuadro de mandos. Era la responsable de “Astrea”, la nave  que comandaba con  cariño y una gran dedicación,  semejante a los cuidados que una madre prodiga a su hijo.

Junto a Luna, el robot Rusty accionaba palancas y apretaba botones atendiendo a las indicaciones del ordenador matriz. Rusty  era un eficiente compañero de  trabajo que navegaba junto a Luna y procesaba todas las órdenes precisas para funcionar como un correcto piloto, mecánico y conversador ya que poseía una asombrosa capacidad para contar historias, para jugar y para entretener. Todo ello a pesar de su hermético aspecto.

Rusty hacía su trabajo a la perfección y Luna no podía pedir más al robot: calidad mecánica y calor humano. Una perfecta conjunción.

La misión que les llevaba a través de los insondables mares del espacio era muy importante: viajar al planeta Nibiru.

Todo cuanto se había escrito a cerca  de ese misterioso planeta, Luna lo había leído y tenía una información muy exhaustiva sobre Nibiru y sobre sus supuestos habitantes: los anunnakis, una raza de alienígenas con una poderosa fuerza mental y una gran sabiduría.

La misión de Luna y de Rusty era contactar con los anunnakis con la finalidad de intercambiar información y conocimientos entre la Tierra y Nibiru para así poder beneficiarse ambos planetas.

El mensaje de Luna, en nombre de la Tierra, era pacífico. La respuesta de los anunnakis -si llegara a contactar con ellos- ¿sería igual?

Luna leyó y releyó en la pantalla de su monitor la historia de los anunnakis y la relación de esta raza extraterrestre con la Tierra. La llegada por primera vez en busca de oro para que su planeta pudiera sobrevivir a la extinción y la interacción de los extraterrestres con los humanos.

Todo cuanto había leído o escuchado a cerca de Nibiru le había entusiasmado aunque no creyera muchas de las cosas que se decían sobre el planeta y sus habitantes.

Las teorías universales sobre el hecho de que en el universo, no sólo existían la raza de los humanos sino otras muchas razas desconocidas,  habían cobrado un auge evidente en los últimos decenios.

La existencia o no de Nibiru tenía que ser corroborada y los argumentos de intercambio entre las dos razas era algo que no convencía mucho a Luna.  Los científicos habían supuesto hipotéticamente que la composición del planeta poseía un elemento primordial para el sustento de la alta tecnología que la Tierra había desarrollado.

Ese elemento era el Galactium”.

Este argumento era el que Luna encontraba más válido y añadió en su diario de bitácora que la ambición camuflada de buenas intenciones andaba detrás del gran proyecto.

Si era cierto que los anunnakis gobernaban el planeta, sería  de vital importancia que los máximos responsables del Organismo Interespacial de la Federación Terrestre lo supieran e intentarannegociar” con los alienígenas  el suministro de dicho elemento, tal y como- según cuentan las leyendas y las teorías más modernas sobre la visita de extraterrestres a la Tierra- hicieron sus antepasados, buscando el oro terrestre.

 Por eso y por la alta tecnología que la Tierra desplegaba, Luna estaba a bordo de Astrea junto a Rusty navegando a través de los océanos del eterno cosmos.

La preparación de Luna Wald era perfecta: excelente piloto,  dominaba la tecnología como nadie, era concienzuda, responsable, profesional y curiosa.

 Había trabajado mucho y se había esforzado por demostrar a sus superiores que ella era la más indicada para viajar durante un  período de tiempo prolongado siguiendo las cartas estelares hasta dar con el planeta buscado.

 Rusty era el mejor de su serie y después de muchas pruebas, los responsables del proyecto aseguraron que sería el compañero más idóneo para Luna.

Los cartas estelares, las coordenadas exactas y todos los detalles de la ruta que Astrea debía seguir estaban en los monitores. Las rutas utilizadas y las alternativas, Luna las guardaba en su cabeza y Rusty mantenía el rumbo en dirección a la órbita en la que el llamado Planeta Doce”se movía.

La Estrella de Marduk ¡Qué nombre tan romántico! Con ese nombre se me antoja un  annunaki alucinantemente guapo.-

-Pues a mí me parece que son alucinantemente feos los anunnakis esos.-  Respondió Rusty con su voz enlatada.

-No lo sabemos, Rusty. Bueno, he visto las fotos y las ilustraciones de esos alienígenas y son verdaderamente horribles, pero ¡quién sabe! A lo mejor nos encontramos con sorpresas.

-Las sorpresas serán para ti. A mí me da lo mismo con tal de que si los encontramos nos reciban en son de paz-

-¡Qué anticuado eres Rusty! Hablas como los indios de las películas cutres.-

-¿Sabes quién era Marduk?-

-¡Pues claro que sé quién es Marduk! Marduk es el dios supremo de la mitología babilonia.

-Y también el nombre de una banda de heavy que me mola cantidad.-

Luna no hizo mucho caso del comentario del robot y siguió a lo suyo.

En los mapas que le habían proporcionado en la Federación, lógicamente se señalaban rutas alternativas a la órbita de Nibiru. Estas rutas no estaban exentas de complicaciones ya que existía la posibilidad de que se encontraran con un cinturón de asteroides que deberían evitar a toda costa o intentar navegar entre las inmensas rocas con el gran riesgo que conllevaría y si seguían la ruta trazada por los expertos, también encontrarían obstáculos diversos como radiaciones, vacío, largas distancias… A pesar de que Nibiru está considerado como el planeta número doce del sistema solar la misión se podría  prolongar en el tiempo indefinidamente.

Lo esencial era encontrar la ruta perfecta y no desviarse de ella bajo ningún concepto.

Luna analizaba todos estos datos y escribía el cuaderno de bitácora a través de su ordenador personal al que dictaba sus impresiones y comentarios sobre los aconteceres del vuelo.

La conexión con la Federación desde el Astrea se activó y recibió la imagen y el sonido del ingeniero jefe de la misión, el doctor  Armstrong.

 Rusty activó su pantalla para estar atento a la conversación.

-Señorita Wald, ante todo, deseo que se encuentren usted y Rusty en buenas condiciones físicas, ambientales y psicológicas para continuar con la misión.-

Luna contestó seria al doctor Armstrong:- Nos encontramos perfectamente, doctor Armstrong. Rusty y yo estábamos repasando las coordenadas de las orbitas solares y escribía en mi  bitácora unas impresiones.-

-¿Impresiones sobre qué?.-

-Pues impresiones sobre “la Estrella de Marduk”, por ejemplo.

-¡Ah la famosa Estrella Negra!-

-Yo prefiero llamarla por el nombre del dios babilonio. Es más romántico y evocador si me lo permite.-

-Bueno, señorita Wald no voy a discutir sobre la forma de nombrar al planeta X. Vamos al grano. A estas alturas del viaje, pasará por la estación espacial  “Celestia” para aprovisionarse.

-Sí, señor.-

-Bien, pues,  aparte de las provisiones,  recogerá a  dos compañeros más que se unirán a la misión.-

-¿Los conozco?-

-Supongo que sí, aunque no ha trabajado nunca con ellos. Son los comandantes  Carter y Popovich. Llevan demasiado tiempo en Celestia y necesitan un poco de acción. Además le serán muy útiles. No está bien que una mujer viaje sola.-

Rusty intervino:- ¡Oiga que no viaja sola, que viaja conmigo!-

-Le saludo teniente Rusty 7464.  No es que pretenda menospreciar su compañía, pero es una fase de la expedición que se tiene que completar con éxito. Es el protocolo, Rusty.-

-Sí. Ya veo que todo es cuestión de protocolo.  Pero a mí me parece que el comentario que ha hecho respecto a la comandante Wald es un poco machista.-

-Les aseguro a ambos que nada más lejos de mi intención. Comandante Wald, las instrucciones las tiene en el sector 001-A-002/MCETPM. S i no nos equivocamos en los cálculos, llegará a Celestia dentro de dos semanas terrestres. De modo que los comandantes Carter y Popovich subirán a bordo del Astrea y usted como comandante en jefe de la nave les pondrá al corriente de los detalles de la misión.-

-De acuerdo, señor. Seguiremos el protocolo.Y no se preocupe por el comentario, los he oído menos graciosos.-

-Bien. Si no tienen ninguna pregunta que hacer, me despido de ustedes hasta una próxima conexión.-

-No, señor. Eso es todo-

-¡Ciao!- Rusty se despidió del doctor Armstrong y cuando la imagen desapareció del monitor, hizo un gesto obsceno con el dedo de hojalata.

– Los comandantes Carter y Popovich son buenos tipos  y aunque no he tenido el placer de formar equipo con ellos, hemos hablado en varias ocasiones cuando estaba en la estación   orbital  Helios. Espero que todo vaya bien, Rusty, voy a echar un vistazo a las instrucciones.-

II

A través del inmenso espacio, la oscuridad insondable envolvía a la nave Astrea. Los comandantes de la estación Celestia ya estaban a bordo y el protocolo se había cumplido.

Indagaron sobre el Galactium, el elemento primordial que según los físicos espaciales era imprescindible para continuar con el mantenimiento del alto nivel tecnológico del que gozaba la Tierra desde hacía unas cuantas décadas.

A la nave Astrea se había acoplado una especie de “remolque” para que los comandantes Carter y Popovich pudieran desarrollar su labor sin estrecheces de ningún tipo. Cuando la misión se diera por finalizada, regresaría a la estación Celestia y allí dispondrían de un laboratorio interespacial para analizar las muestras y suministros encontrados.

Después Luna y Rusty a bordo de la nave, regresarían a la Tierra.

Los dos comandantes y Luna discutían a cerca de la ruta más adecuada para entrar en la órbita de Nibiru. Hasta el momento se habían topado con asteroides que vagaban por el espacio, con sacudidas temporales que debían sortear por la velocidad con la que los fragmentos de roca espacial viajaban, pero habían tenido suerte en los cálculos. No tardarían mucho en divisar la órbita.

-Los informes científicos también aseguran que Nibiru es un planeta oculto que se encuentra en nuestro sistema solar y que llegado el caso puede provocar graves disturbios geomagnéticos.-

El que habló fue el comandante Ian Carter. Su compañero, el comandante Popovich, estaba atento a los monitores. Luna suspiró algo cansada, cosa que notó Carter.

-Supongo que estarás deseando encontrar ese planeta. Simplemente con saber que existe y que puede ser abordado, puedes asegurar tu nombre entre las estrellas doradas de la Federación.-

-Esta misión no la hago por la gloria, Carter, la hago porque me la han confiado y porque siento una curiosidad que no me deja ni un solo momento.-

-¿Y qué es?-

-Saber si existen los anunnakis.-

-Yo estoy convencido de que eso es una patraña. Ese planeta será un planeta yermo como la mayoría de los planetas que conocemos de nuestro sistema solar.-

-Pero, si los anunnakis viven en Nibiru ¿Qué haríamos? ¿Qué harías?-

-Pues no lo sé, pero desde luego  no intentaría contactar con ellos para echar una partida al ajedrez.-

La estridente risa de Rusty se escuchó desde la cabina. El robot había entablado una cordial relación con ambos comandantes.:- La comandante Wald piensa que tal vez encuentre a un anunnaki guapo.-

Se echaron unas risitas.- ¿Y tú que piensas, Rusty?- Preguntó Carter.

-A lo mejor, son los anunnakis los que me consideran atractivo.-

Después de las bromas que se gastaron para distender el ambiente, el monitor principal detectó una señal que provenía de la órbita de Nibiru.

-¡La señal que esperábamos!- Exclamó Luna.

Popovich verificó la señal junto con el robot y revisaron una y otra vez los datos y las coordenadas aparecidas en pantalla.

-Puede ser lo que buscamos… o no.- Dijo Popovich frunciendo las cejas.

-¡Sí, pero también estamos entrando en un campo de radiación electromagnética y hay que tomar precauciones o perderemos el rumbo!- Exclamó la comandante Wald.

Efectivamente. Las radiaciones electromagnéticas envolvieron la nave como una brillante cascada de luz y haces de rayos y la dejó inmovilizada.

Luna y el resto del equipo protegieron sus cuerpos con los cinturones de seguridad para mantenerse en sus puestos y poder reaccionar ante cualquier eventualidad que surgiera.

-¡No, no se trata de un campo electromagnético en el espacio sin más! ¡Es un agujero negro!- Exclamó Carter.

-¡Oh no! ¡Hay que salir inmediatamente de su campo de acción!-  Dijo Luna Wald alarmada.

-Protegeremos la nave al generar nuestra propia fuerza magnética y será como una especie de blindaje.- Luna dio las ordenes al ordenador central y accionó una interminable serie de botones y palancas.

-Para eso hay que moverse más ligeros y el remolque interestelar nos estorba. Nos desharemos de él e intentaremos buscar un túnel para salir fuera de su radio de acción. Los agujeros negros poseen túneles que son la esperanza de salida para los cuerpos atrapados. Si no encontramos un túnel, estamos perdidos.- Aclaró el comandante Carter.

Luna Wald asintió y ordenó a Rusty que separara el remolque de la nave.

-¡Un momento! Dame un momento para rescatar el monitor principal del remolque. Contiene datos importantísimos para nuestra misión.- Intervino el comandante Popovich.

-¡Apenas hay tiempo, Yuri!- Carter miró a su compañero suplicante.

-¡Tengo que hacerlo! ¡Tengo que intentarlo!-

Yuri Popovich fue hacia la cabina de salida que conectaba la nave con el remolque a través de un pasillo.

A pesar del blindaje de la nave, una tremenda sacudida hizo que se tambalease y Yuri Popovich que acababa de entrar en la cabina del remolque quedó atrapado sin poder salir. Lo intentó todo para que la cabina se abriera y pudiera acceder por el pasillo de vuelta la nave pero era inútil. Consiguió contactar con Carter.

-¡Dios mío, está atrapado! ¡Está intentando por todos los medios desactivar la orden de emergencia de la cabina y no puede! Estoy seguro de que las ondas electromagnéticas han dañado los sensores y las órdenes que recibe el ordenador central no se pueden ejecutar.-

-¡Hay una forma de desbloquear al ordenador desde nuestro puesto! ¡Rusty, da la orden a la matriz de que envíe las coordenadas de emergencia para desactivar los sensores al ordenador del remolque!-

Rusty hizo todo lo que la comandante Wald ordenó pero era inútil. La respuesta de Matriz era la misma: No se puede ejecutar la orden. Matriz no puede acceder a los protocolos de seguridad del remolque interespacial de Celestia.-

-Da una razón matemática.- Ordenó el robot.

-Por el blindaje de la nave. Hay que desactivar el blindaje.-

-Alternativas.-

-Ninguna.-

-Resultados.-

-Catastróficos.-

-Explicación precisa.-

-Si el blindaje de  la nave es desactivado, las ondas electromagnéticas generadas desde el agujero negro se unirán a las ondas generadas desde la nave y Astrea será engullida en el agujero.-

-¡Oh Dios mío, no puede ser!- Exclamó desesperado el comandante Carter.

-¿Acción a ejecutar?.- Preguntó directamente el robot.

-Soltar el remolque. Así se evitará que la nave sufra turbulencias que la arrastren al agujero.

-¿Y después?-

-Buscar la salida del túnel con las coordenadas que conservo en mi base de datos-

Carter se dirigió a la comandante Wald:- Comandante, no podemos abandonar a su suerte a Popovich.

Luna miró a Carter con una terrible ansiedad y preocupación. Los ojos castaños brillaron.

-Rusty, desconecta la red electromagnética de la nave. Tenemos muy poco tiempo para intentar abrir la escotilla y sacar a Popovich de ahí.

-Comandante, si me das permiso, iré yo.- Habló Carter.

-Sabes el peligro que corres, ¿verdad?-

Carter asintió:- Es la única solución a nuestro alcance. Pero si no consigo hacerlo. El remolque debe separarse de Astrea, tal vez podamos entrar en un túnel de baja densidad magnética y salir de ese terrible laberinto.-

-Adelante comandante Carter. Solo contamos con treinta minutos terrestres que en el espacio es apenas nada.-

Luna y Rusty se aferraron a sus mandos y vigilaron el panel de control.

Carter iba intentar prácticamente lo imposible. Mientras que el agujero negro se abría ante los ojos de Luna, la muchacha dijo algo en voz muy baja tal vez una plegaria.

Todo transcurrió a una velocidad vertiginosa. Carter consiguió llegar ante la escotilla en el momento que el campo electromagnético abandonaba la nave.

Al cabo de unos minutos, el remolque se soltó de Astrea y se perdió en medio del laberinto de ondas electromagnéticas.

-Tal vez hayan conseguido huir a través de un pozo gravitatorio. ¡Ojalá Dios mío que lo hayan conseguido en el último minuto!-

Cuando la pantalla amplió la visión del agujero negro y todos los campos electromagnéticos convergieron en un punto central, el lado visible de lo que parecía una gran masa de roca emergió. Las características de ese enorme cuerpo astral eran muy similares a las del planeta Nibiru.

-¡Rusty, es posible! ¡Nibiru! ¡Desde aquí puede apreciarse en color plateado de su superficie!-

-Puede que sea alguna de sus tres lunas. No lo sabemos con seguridad.-

-¡Tiene que ser Nibiru! ¡Debemos seguir la trayectoria de los túneles y salir de este horrible lugar inmediatamente!-

La nave tomó la dirección del túnel más cercano que aparecía en las pantallas de los monitores y en las grandes ventanas de Astrea en la popa dos enormes agujeros como dos ojos amenazantes se abrían ante ellos lanzando rayos cósmicos.

 Las coordinadas eran las correctas para adentrarse en el oscuro sendero que podría llevarles a una muerte segura o a la libertad fuera del campo gravitatorio de Nibiru.

Luna Wald gritó sintiendo como la adrenalina corría desbocada por todo su cuerpo y Rusty se mantenía firme al timón de la nave.

Ilustración de José Vicente Santamaría

Detrás, los dos inmensos agujeros que chisporroteaban rayos y liberaban energía electromagnética se abrían detrás de la nave como si fueran  laberintos en espiral dispuestos a engullir la nave.

La Astrea se elevó y, aumentando la velocidad a su máxima potencia,  se alejó de los dos ojos mortales que se habían formado junto a los remolinos de ondas eléctricas que parecían envolverlos como una fatal mortaja.

III

La comandante Luna Wald leía con lágrimas en los ojos  el informe que había preparado para exponerlo ante la Federación cuando tuviera que comparecer ante el tribunal ordinario que iba a emitir un veredicto oficial sobre lo que había acontecido en la misión a Nibiru de la nave Astrea y de su tripulación.

Uno de los miembros del tribunal era el doctor Armstrong.

No era un juicio, sino una comparecencia de la comandante Wald y de su copiloto, el capitán Rusty 7464.

El destino de los comandantes Carter y Popovich era incierto y una comisión de seguimiento de la Federación estaba intentando por todos los medios posibles saber el paradero de la nave remolque.

Cuando todo acabó, Luna pidió la palabra ante el tribunal y rogó que la permitieran ir en busca de sus dos compañeros.

-Tal vez,  en esta ocasión, doctor Armstrong encuentre a los comandantes Carter y Popovich y podamos aterrizar en Nibiru.-

-Sabe a lo que se expone, comandante Wald ¿no es así?-

-Lo sé. Pero creo que es mi deber intentarlo. Ahora cuento con la ventaja de las rutas exactas para dar con la órbita de Nibiru y  saber que no se oculta y que está en el lugar que está.-

-Si me permiten intervenir, señores miembros del tribunal, lo que es evidente es que Nibiru existe y tal vez los comandantes Carter y Popovich ya hayan aterrizado allí y también puede  que hayan contactado con los seres alienígenas llamados anunnakis-

Rusty habló con un cierto tono ampuloso.

-Eso que usted dice, capitán Rusty no son más que meras conjeturas. También es probable que hayan desaparecido tragados por el agujero negro.- Intervino la presidenta del tribunal, la coronel McCafrey.

-Debemos sopesar estas consideraciones, pero cuanto antes, y hay que tomar una decisión inmediatamente.-

Armstrong parecía mostrarse más flexible por el tono de su voz y la actitud, detalles que para Luna no pasaron desapercibidos.

La decisión fue tomada: Luna Wald y Rusty 7464 comandarían de nuevo la nave Astrea en busca de la nave-remolque y de sus tripulantes y tanto si los encontraban como si no, volverían a intentar acercarse a Nibiru pero, en esta ocasión, tal vez Luna y Rusty no huirían del planeta.

1 de septiembre de 2012

Paloma Muñoz

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En la noche más oscura.

Autor@: Roberto del Sol

Ilustrador@: Verónica López

Corrector/a:  Mariola Díaz Cano

Género: Fantástico con defunciones

Este relato es propiedad de Roberto del Sol, y su ilustración es propiedad de  Verónica López. Quedan reservados todos los derechos de autor.

En la noche más oscura.

El doctor Thomas G. Pynn se esforzó por observar a la mujer que se sentaba frente a él con interés puramente profesional. Al veterano doctor le costaba abstraerse de aquel par de pechos que amenazaban con desbordar el ajustado traje de Armani, y sus ojos se desviaban como si tuviesen vida propia cada vez que aquellas piernas increíblemente largas se cruzaban y descruzaban. El hombre intentaba impresionarla con su conversación repleta de términos científicos, pero a veces su subconsciente lo traicionaba y no encontraba las palabras adecuadas, con lo que las frases quedaban inconclusas, atrapadas en un callejón sin salida, o el tono de voz perdía su cadencia de seguridad y oscilaba como el de un tímido adolescente. El doctor Pynn estaba seguro de que una mujer como aquella no necesitaba de sus bochornosos momentos de ridículo para crecerse, pero era consciente de que su posición se debilitaba cada vez que abría la boca y no podía evitar preguntarse qué pensaría Freud de todo eso.

            —¿Acaso, doctor Pynn, no le parece suficiente la enorme cantidad de dinero que la fundación que presido destina a su institución de salud mental? —Vera pronunció la frase muy despacio, para que el hombre fuese capaz de captar la magnitud de su amenaza.           Después apagó su cigarrillo en la barriga de un pequeño Buda de alabastro que el doctor tenía sobre el escritorio de caoba.

El hombre se apresuró a responder, y al hacerlo tartamudeó.

            —No-no-no… No-no-no… –El doctor pensó que si volvía a decir otra vez “no” tendría que abofetearse, pero afortunadamente su lengua de desencasquilló—. No se trata de eso. En absoluto, señora Ratcliffe. Como usted bien sabe, ésta es la institución más seria del país y una de las diez más importantes del mundo. Los doctores que han tratado a su hija coinciden en que, si alguna vez sufrió algún tipo de ataque psicótico, ahora está perfectamente curada y…

            —Johannsen —le dijo la mujer sin dejar que terminase.

            —¿Co-co… cómo dice? —cacareó el doctor.

            —He vuelto a adoptar mi apellido de soltera. Es Johannsen. Creo que a Henry, que en paz descanse, le gustaría que yo comenzase una nueva vida, lejos del dolor y el sufrimiento ocasionado por su pérdida. Y qué mejor cosa que empezar por cambiar el apellido, ¿no le parece, doctor?

            Al doctor lo único que le parecía es que el mayor sufrimiento de aquella mujer, fría y calculadora debía de ser astillarse una uña al abrir la pitillera, pero, incapaz de resistirse a su caída de ojos, asintió una y otra y otra vez, como un corderillo.

            —Y en lo que respecta a nuestra… a la hija de mi difunto marido —continuó Vera— es imposible que en tan corto periodo de tiempo, teniendo en cuenta la gravedad de su dolencia, haya podido recuperarse por completo. Preferiría que permaneciese un tiempo más bajo su cualificada observación, hasta que todos pudiésemos estar seguros de que jamás volverá a ser un peligro para la sociedad, pero sobre todo para ella misma. Nunca me perdonaría que algo malo le sucediese a la pequeña.

            La mujer pronunció la última frase con un tono de pena excesivamente falso que no se molestó en disimular.

            —Bueno, quizás podamos prolongar su estancia entre nosotros por un tiempo. Digamos, quizás… un par de semanas más.

            El doctor tranquilizó su conciencia mientras hablaba, al pensar que quizás no fuese tan mala idea que la pequeña se quedase un tiempo lejos de aquella mujer.

            —Esa es la actitud que me gusta, doctor. Pero que sean mejor un par de años.

            El doctor pensó que tal vez no había procesado adecuadamente la frase debido a que su atención se había desviado de nuevo a aquellas piernas sin fin, pero cuando se dio cuenta de la proposición que le estaban haciendo, se removió molesto en el sillón de cuero. Su primer impulso fue el de protestar enérgicamente, pero la parte racional de su cerebro se impuso de inmediato y suavizó las palabras que salieron de su boca.

            —¡Por Dios, señora Johannsen! ¡Lo que me pide es absolutamente imposible!

            Thomas G. Pynn se levantó y comenzó a pasear nervioso por la habitación mientras intentaba que Vera comprendiese, de la forma más educada posible, lo inmoral de la propuesta, pero su discurso sobre la ética terminó cuando cayó en la cuenta de que  la mujer sabía muy bien con quién estaba hablando. En la cara de Vera se dibujó la sonrisa de la Mona Lisa. Había esperado con paciencia a que el hombre enfundado en su impecable traje de tweed rebajase su tono de profesional ofendido y ahora era su turno. Lentamente y con la seguridad de alguien que está acostumbrada a que las cosas se hagan según disponga, extrajo de su Vuitton una chequera, la apoyó sobre la mesa y se dedicó a cubrir con trazo firme uno de los documentos.

            —El mes que viene mi fundación tiene que tomar la decisión de valorar entre varios proyectos, todos ellos muy interesantes. Nuestros recursos no son ilimitados, doctor Pynn, y nos han presentado un proyecto bastante interesante de National Geographic. Claro que, al final, todo depende de mi voto, y por mi parte encuentro que su institución está realizando unos avances muy significativos en el terreno de la salud mental. Estoy convencida de que, a pesar de los difíciles momentos económicos, todos debemos  esforzarnos para aportar nuestro granito de arena y que las cosas puedan funcionar como hasta ahora. ¿Con dos millones de dólares adicionales tendría suficiente para continuar con su encomiable labor?

            Vera arrancó el documento de la chequera y lo deslizó sobre la mesa hacia el hombre, después volvió a reclinarse en el sillón. La parálisis del doctor hizo que la mujer continuase hablando.

            —No quiero ni imaginarme lo costoso que debe de ser mantener esta institución sin la desinteresada ayuda de personas como yo.

            Thomas Gordon sabía que personas como aquella eran las que movían los hilos del mundo. Si él decía “no” a la propuesta, habría ganado una batalla, pero no la guerra. Con su influencia, aquella mujer podría cambiarlo por alguien más proclive a aceptar sus proposiciones o, como tutora de la pequeña, podría llevársela de su instituto a otro más manipulable, así que se convenció de que lo mejor para todos, incluida la niña, era que permaneciese bajo su custodia antes de que cayese en las garras de alguien con menos escrúpulos. Además también sería fácil contar con la ayuda de los doctores que la estaban tratando. Robert acababa de comprarse una casita en el lago y Brian… bueno, a Brian eran mujeres como Vera las que hacían que precisase ingentes cantidades de dinero continuamente.

            No fue necesario que Gordon dijese una palabra. Quien calla, otorga. Vera se levantó, estiró y ajustó el vestido en torno a sus caderas, se dio la vuelta y salió del despacho después de despedirse del doctor sin volver la vista atrás.

            Thomas Gordon Pynn sintió como si acabase de vender su alma al diablo, pero como estaba seguro de que todo el mundo tenía un precio, recogió el cheque y lo guardó en su pequeña caja fuerte, detrás de un cuadro que representaba una escena de caza.

 ***

            La habitación estaba decorada para intentar esconder la realidad, pero a sus trece años Alexandra sabía que no era más que una celda lujosa. La puerta no se abriría si intentase girar el pomo, y tampoco la ventana, por la que se colaban los últimos rayos del sol del día. La niña estaba segura de que, si las fuerzas volvían a su menudo cuerpo algún día e intentaba arrojar una de aquellas sillas tapizadas de flores contra el cristal, éste ni siquiera se astillaría. Los ojos de la niña se movieron con pesadez en sus órbitas. Estaba tan cansada. Las pastillas que la había obligado a tomar aquel hombre de bata blanca y cara de bombilla la empujaban con suavidad hacia el sueño, pero no quería dormirse. No quería hacer nada a lo que la obligasen. Nunca más.

            Tic, tac; tic, tac.

            —¡Alexandra, despierta!

            —¿Papá?

            ¿Alguien la había llamado?

            Alexandra hizo un esfuerzo y abrió los ojos. Se había dormido. ¿Cuánto había dormido? Las sombras se habían hecho espesas en la habitación, al igual que en su vida. Era muy doloroso recordar cómo era todo cuando su padre vivía. Apenas había transcurrido un mes desde su muerte, pero parecía que hubiese pasado una eternidad. Se había visto a sí misma en los periódicos, y en las portadas de las revistas de sociedad. Pobre niña rica, decían los titulares; pero aquella no era ella. Tan grande como el golpe de la muerte repentina de su padre fue descubrir que Vera, la mujer que había considerado su amiga y que había llegado a llenar el enorme hueco dejado por la temprana muerte de su madre, la había traicionado. ¿Cómo podían haber estado todos tan ciegos?

            La niña intentó levantar un brazo y descubrió con sorpresa que podía hacerlo. Su cabeza, aún entumecida, empezaba a funcionar con normalidad. Mientras pensaba en cómo salir de allí para poder contarle al mundo la traición de aquella mujer que se hacía llamar madre, instintivamente llevó su mano al bolsillo del vaquero y sacó un pañuelo, el  único recuerdo que tenía de su padre. Olía a su colonia, olía a él. Como había hecho en varias ocasiones durante el último mes, Alexandra se anudó el pañuelo sobre los ojos. Había descubierto que sin la vista le resultaba mucho más fácil huir de la realidad y volver al pasado, a los momentos de felicidad.

La niña apenas tenía recuerdos de su madre, que los había dejado cuando ella era casi un bebé, pero los de su padre eran tan intensos que hasta podía oler la brisa, que acariciaba su cara, despeinaba su pelo escarlata y le traía la dulce fragancia de los galanes de noche.

Alexandra se incorporó muy despacio, porque sentía que sus miembros todavía no respondían como debían a sus órdenes, extendió las manos delante de ella para no tropezar con el mobiliario de la habitación y se arrodilló en el suelo de madera. Debía ser muy cuidadosa. En el silencio de la noche el más mínimo ruido podría hacer que la oyesen. En un rato el celador la despertaría sin contemplaciones para darle sus pastillas, que la llevarían de nuevo a un estado de letargo hasta la mañana siguiente, así que se dispuso a disfrutar de aquel momento que era sólo suyo y que nadie podía robarle. Gracias a haberse privado del sentido de la vista todo era tan real que a sus oídos llegaba el sonido de la brisa soplando entre los arces. Incluso creyó distinguir el cristalino transcurrir de las aguas del arroyo, donde solía jugar con su padre a que la corriente se llevase pequeños barcos de cáscara de nuez. La niña ahuecó las manos, se las llevó a los labios y bebió agua que refrescó su garganta seca y se llevó el sabor de las medicinas. Después se inclinó y tocó el suelo delante de ella, y no se sorprendió cuando sus manos acariciaron una hierba que no podía estar allí. Alexandra levantó la cara al cielo oscuro de la noche que su imaginación había creado para huir de la realidad.

            —Muy bien, Alex, sigue así. Si te esfuerzas —escuchó la voz de su padre en la distancia—, podrás conseguir cualquier cosa que desees.

            —Si me esfuerzo, seré capaz de ver en la noche más oscura —continuó ella en voz baja, mientras acariciaba la hierba a su alrededor y ésta, obedeciendo sus órdenes, se mecía formando extrañas ondas que dibujaban un laberinto en forma de espiral sin fin.

            Y entonces fue cuando empezaron a brillar. Primero lo hizo una, con timidez, sólo una mota de luz en una oscuridad perfecta. A la primera se le sumó otra, y otra más, hasta que el brillo de las estrellas hizo que la pequeña sonriese, como cada noche.

Ilustración de Verónica López

­            —Si me esfuerzo, si me esfuerzo de verdad… Yo sólo quiero estar contigo, papá.

            Entonces una silueta con forma humana que sólo ella podía ver comenzó a tomar forma mientras se aproximaba. Alexandra no sentía miedo, sólo felicidad. La silueta extendió una mano hacia la niña.

  ***

            Mario encontraba su trabajo muy aburrido, pero no estaban las cosas como para andar despreciando los trabajos. Además era muy sencillo. Llegaba cada noche al loquero, estudiaba la hoja del parte y administraba las pastillas a cada enfermo. A cada uno lo suyo, sin errores ni olvidos. Por la mañana entregaba las llaves y ya estaba, hasta la noche siguiente. En los cuatro años que llevaba trabajando de celador jamás había sucedido una crisis, como las denominaba el estirado doctor Pynn. Allí todo el mundo dormía a pierna suelta. A Mario no le extrañaba, porque todas las noches robaba algunas de las pastillas azules de la vieja señora Sullivan y se las llevaba a su casa para poder descansar hasta la siguiente guardia, y por los clavos de la cruz de nuestro Señor que eran mejores que la mierda que le vendía Billy Ray a dos pavos la pastilla. Pero aquella noche, cuando introducía la llave en la puerta de la habitación de la niña para darle su medicación, escuchó algo que no dejaría de repetir una y otra vez a los incrédulos doctores. Algo que no tenía sentido alguno. Como tampoco lo tenía lo que vio a continuación, cuando encendió las luces de la habitación.

***

            Cuando Vera accionó el contacto de su Lamborghini, la oscuridad le estaba ganando la partida a la luz del día. Estaba satisfecha. Podría haber dejado todo el asunto de la niña en manos de sus abogados, pero había cosas que era mejor hacer en persona, como lo de ayudar a Henry a encontrar la paz eterna, y cuanta menos gente supiese de ese tipo de negocios, pues mejor. Las luces perforaron la noche hasta encontrarse con la muralla de árboles del bosque que rodeaba Serenity, el simpático nombre que aquellos petulantes le habían puesto a la institución de salud mental. La mujer dedicó un instante a recrearse con su reflejo en el espejo y sonrió. ¡Qué previsibles y fácilmente manejables eran los hombres si se contaba con las herramientas adecuadas! Genética y dinero, y ella disponía de ambas cosas a raudales. Cualquier puerta que no pudiese abrir con sus pechos las derribaría con un jugoso cheque.

            Vera introdujo en el GPS la posición de su hotel y se relajó escuchando las notas de Panic Open String. Después, como firma de despedida, aceleró el coche para que dejase una profunda marca en la gravilla del camino y se adentró en la profundidad del bosque. Era un camino tortuoso, pero conduciendo con cuidado en una hora saldría al asfalto de la carretera general, y en media hora más estaría dándose un baño de sales en el hotel. Luego pediría una ensalada y un mojito de Jaggermaister y, antes de darse cuenta, sería de día otra vez y estaría de camino a casa, con tiempo suficiente para prepararse para el cóctel de la embajada. Y asunto cerrado. Nadie, ni siquiera ella, podría tener a la niña encerrada para siempre, pero ahora disponía de tiempo más que suficiente para arreglar todos los temas de la herencia, y encargarse de esconder la fortuna de la familia de tal forma que aquella mocosa nunca pudiese encontrar un dólar.

Algo llamó su atención en el borde de la carretera. Era extraño, pero juraría haber pasado por delante de aquel árbol caído antes. No sin cierto fastidio, pues eso retrasaba el momento del baño de sales, Vera disminuyó la velocidad y fijó su vista en el GPS, que permanecía en silencio. La posición del coche era una flecha en un mar verde, y la carretera, si es que a aquello se le podía llamar carretera, era una senda estrecha que se curvaba ligeramente a la derecha. Vera detuvo el coche. No recordaba muy bien el trayecto que la había llevado hasta el sanatorio, pero estaba segura de que no había cruces de caminos en los que poder perderse. Además, el GPS no le había dicho que estuviese equivocada en ningún momento. Quizás la noche lo cambiase todo tanto como para que resultase tan extraño. Amplió la imagen de la zona en la pantalla del GPS y se quedó helada al descubrir que la carretera se cerraba sobre sí misma en una espiral que terminaba en el medio del bosque, justo en ninguna parte. Eso era ridículo, pensó.  Absolutamente imposible. Ante las luces del coche una sombra cruzó rauda y la asustó. Vera tomó su teléfono Prada del bolso de mano y, al hacerlo, vertió su contenido sobre el asiento del acompañante. Estaba nerviosa y asustada. No estaba acostumbrada a verse envuelta en situaciones que no pudiese controlar. Todo esto no podía pasar en el siglo veintiuno, con tantos satélites y tanta tecnología, pero sobre todo no podía pasarle a ella. Sus ojos buscaron con desesperación el nivel de señal en la pantalla del teléfono.

            —Gracias a Dios —se oyó a sí misma susurrar— hay señal.

            Se prometió a sí misma no arriesgarse nunca más allá de la luces de la civilización y marcó el número de emergencias. Un pitido un tanto extraño sonó un par de veces y luego escuchó una voz serena y muy parecida a la de su difunto Henry.

            —Lo siento, señora Ratcliffe, pero me temo que usted no tiene cobertura aquí, en el laberinto.

            Y después el teléfono se apagó.

            Vera se quedó mirando el pequeño aparato muerto, incapaz de creer lo que estaba sucediendo. El pánico se apoderó de ella, y pensó que lo mejor sería salir de allí por el mismo sitio por el que había venido. A la mierda el baño de sales, a la mierda el mojito. Volvería al hospital y pediría una cama para pasar la noche. Como si tenía que follarse al melindroso doctor Nosequépynn para conseguirlo. En su vida se había visto obligada a hacer cosas peores para llegar hasta su posición.

Vera arrancó de nuevo el poderoso motor de su coche e intentó desplazarlo hacia atrás para girar, pero chocó con un grueso tronco de árbol sin apenas haberse movido. El árbol había aparecido en el camino mientras hacía la llamada. Sus ojos se movieron hasta el GPS y descubrió que la carretera continuaba siendo un laberinto, sólo que ahora su posición aparecía marcada el centro de la espiral. Entonces fue cuando los faros del coche se apagaron. La aterrorizada cara de Vera, iluminada por las luces rojas del cuadro de mando, mostró unos ojos desorbitados cuando leyeron el mensaje intermitente que destellaba en la pantalla del GPS.

            “Abandone toda esperanza de regresar al hotel, señora Ratcliffe. No saldrá jamás del laberinto”.

            Una explosión sorda la sobresaltó y sacudió el coche, inclinándolo bruscamente en la dirección del sonido. A la primera la siguieron otras tres, hasta que el coche se quedó de nuevo nivelado. Algo había reventado las ruedas. La oscuridad se movía afuera. A la débil luz del interior del coche le pareció ver zarcillos arrastrándose por encima del capó, chirriando  al arañarlo con espinas duras como el acero, mientras abrazaban con fuerza la carrocería y la comprimían. El esqueleto del coche se quejaba por el esfuerzo que estaba soportando. La estructura no aguantaría la presión.

Vera decidió entonces arriesgarse a salir. Cualquier cosa sería mejor que morir aplastada. Abrió la guantera, tomó el pequeño revólver y comprobó que estuviese cargado. Se sorprendió de la facilidad con la que pudo abrir la puerta y salir al exterior. Los tacones de los zapatos se hundieron en la espesura, así que se los quitó y los arrojó lejos. Apenas se veía y una cacofonía de ruidos amenazantes la rodearon de inmediato. A ciegas, Vera giraba sobre sí misma mientras apuntaba con el revólver a la oscuridad, y entonces fue cuando vio la senda iluminada por una luz espectral, como producida por luciérnagas. La nube luminosa comenzó a alejarse entre la espesura y Vera decidió correr para seguirla. Por nada del mundo se quedaría sola, envuelta por aquella oscuridad viva. Vera incrementó el ritmo de carrera, porque sentía que el bosque se cerraba a su paso y la empujaba a seguir adelante. Sus largas piernas se despellejaban en cada zancada, y en un par de ocasiones tropezó y cayó entre la maleza, pero no se detuvo. Aquello se había convertido en una lucha por la supervivencia y ella estaba en buena forma. Incluso llegó a sonreír cuando pensó que lo primero que haría al día siguiente sería contratar a alguien para que incinerase cada puto árbol y ardilla de aquel bosque. No sabían con quién estaban jugando. La venganza se servía fría, y ella se la comería con un buen Chianti.

            Después de lo que le pareció una eternidad, y cuando sus piernas estaban a punto de rendirse por el esfuerzo, la luz se detuvo en un claro del bosque. Vera estaba exhausta. Una vez que sus pulmones recibieron todo el aire que necesitaban, se dio cuenta de que la extraña luminosidad descubría formas que no encajaban en la escena. Vera se acercó más a la luz y comprobó aturdida que se trataba de los restos aplastados de su coche. El bosque se había movido. No dejarían que saliese jamás de aquel laberinto. En su desesperación giró la cabeza a su alrededor tratando de buscar una salida, pero lo único que sus ojos asustados vieron fueron dos siluetas que se acercaban hacia ella despacio y sin hacer ruido. El silencio en ese momento era espeso, irreal, como si el bosque entero aguardase algo importante.

            –Hola, Vera.

            Las voces de Henry y Alexandra salieron de todas partes y de ninguna. Los árboles, el viento, la tierra, los animales escondidos en la espesura, todos ellos habían pronunciado su nombre.

            Eso fue más de lo que el cerebro de Vera pudo soportar y acabó por empujarla más allá del límite de la cordura. Un estampido seco siguió a un breve destello de luz. El eco del disparo se quedó para siempre enterrado entre los árboles. Después, el bosque comenzó a recuperar la calma mientras cerraba para siempre el laberinto.

***

            En el cuarto se respiraba ese tipo de olor acre que producía el miedo. Mario, sin embargo, estaba muy tranquilo. Esta vez no serían capaces de endosarle el marrón. Había visto muchas películas y sabía que los hombres estaban detrás del cristal, observándolo. Esperando a que se derrumbase. Los inspectores lo habían interrogado día y noche, y no habían sido muy amables. Nadie se creía que no tuviese que ver con la desaparición de la niña, sobre todo después de descubrir lo de sus problemas económicos con las apuestas deportivas. Pero esta vez tan sólo se trataba de un caso de mala suerte. El lugar y el momento equivocados, algo que estaba empezando a convertirse en una desgraciada constante en su vida. No ayudó mucho que don Oportuno Pynn hubiese elegido precisamente aquella noche para morirse de una forma un tanto extraña, porque no se podía definir de otra manera el que hubiese aparecido sentado en su despacho, con los pulmones encharcados y la ropa totalmente seca, o que hubiesen encontrado un cheque de dos millones de machacantes en su caja fuerte. Tampoco le hizo ningún bien el que no apareciese por ningún lado la zorra de la madre de la niña.

            En principio sólo le acusaban de secuestro, aunque alguno de los inspectores había insinuado cosas de mayor calado, pero, aunque quisiera, no podía responder a preguntas como “Dóndelatienesescondidachicanodemierda”y otras lindezas por el estilo porque, por increíble que pareciese, les había dicho lo único que sabía. Aquella noche, al abrir la puerta de la habitación, tan sólo oyó a la niña decir “Hola, papá”, y luego a una voz masculina que le respondía “Ven, Alex. Es hora de que nos vayamos”.

            Y nada más.

            Bueno, nada no, porque cuando encendió las luces de la habitación, allí estaban aquellas malditas hojas de arce y el extraño olor a flores, como si alguien se hubiese fumado el mayor peta del mundo, pero ni rastro de la niña.

Los visitantes.

Autor@: Olga Besolí

Ilustrador@: Verónica Mercader Vera

Corrector/a: Elsa Martínez

Género: Cuento infantil

Este relato es propiedad de Olga Besolí, y su ilustración es propiedad de  Verónica Mercader Vera. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Los visitantes.

Mi casa tiene algo especial y único: todo el mundo parece ansioso por entrar en ella y recorrer sus pasillos, salas y salones, que son incontables, porque mi casa, más que grande, es enorme. Creo que hay pocos lugares tan excepcionales como este en el mundo. Y no me refiero solo a mi casa, que ya de por sí es espectacular, sino también al paisaje que la rodea. Un pequeño río de aguas cristalinas y frescas bordea rebosante de peces coloreados el único camino que lleva hasta el arco de hierro forjado que sirve de entrada al patio de mi casa, delimitado por un antiguo muro que nadie sabe a ciencia cierta cuándo fue construido ni quién lo mandó construir. Lo mismo ocurre con el resto de la edificación, levantada con viejos bloques de piedra que aguantarían hasta un tornado o un huracán, aunque lo diga solo por decir. Todo el mundo sabe que esta no es zona de vendavales ni de grandes tormentas. No, yo vivo en un lugar de clima templado, perfecto para que mi prole y yo, pues tengo familia, podamos vivir y crecer a gusto, con ligeras lluvias otoñales que riegan la hierba sobre el campo y alimentan el musgo sobre las rocas y con una suave brisa primaveral que esparce el polen de las flores y fecunda los frutales. Tendríais que ver lo bello que es este lugar. Además, una hermosa colina corona el lado oeste de mi casa, allí donde el sol se pone todos los atardeceres dejando destellos rojizos sobre el cielo oscurecido.

Todo este conjunto, como ya he dicho, hace de mi casa un lugar único y especial, y por eso recibe tantos visitantes. Pero no llego a entender a las visitas. Cualquiera diría que soy un mal anfitrión, aunque sé que, en el fondo, eso no es cierto. Yo intento ser amable y discreto, tal como me enseñaron de pequeño, y soy ambas cosas, pero ellos no se dan ni cuenta. Casi nunca me dan la oportunidad de entrar en contacto con ellos. Y digo casi nunca porque hubo dos ocasiones especiales en que lo hice y, en ambas, me lo agradecieron aunque en una de ellas tardó mucho, muchísimo tiempo en hacerlo. ¿Veis como no debo ser tan mal anfitrión? Pero es inútil ante la mayoría de mis visitantes: o nadie les ha enseñado a comportarse en casa ajena, o bien nunca antes salieron de sus propias casas. Me explico, primero se pasean tranquilamente por todas y cada una de las estancias, posando sus manos sobre mis figuras y adornos, y de vez en cuando descansan sus posaderas sobre mis bancos. Yo les dejo hacer sin decirles nada, para que se sientan cómodos y se habitúen al lugar, antes de entrar en conversación. ¡Que les voy a decir! ¿Eh, no toques eso? ¿Niño, deja de jugar con mi pared, que la estás manchando? Eso sería de mala educación y a mí me enseñaron que sí no puedes decir nada agradable, entonces mejor permanecer callado. Y callado como una tumba, me limito a ir por delante de ellos en su visita, a modo de guía y sin que noten que les acompaño, comprobando que todo esté limpio y en orden, vigilando sobre todo que no quede ni una sola mota de polvo sobre los asientos. ¡Me satisface tanto ver a mis invitados sonrientes! Que alaben la construcción del edificio, el tacto de mis objetos, el gusto en la decoración, ¡todo! Me quedaría eternamente embobado mirándoles, sin saber que decir ni atreverme a romper ese instante de dicha. Pero esos momentos de deleite acaban pronto y de forma brusca. Alguien se levanta de repente y grita a los demás “Pronto oscurecerá y tenemos que salir de aquí”.

Luego le siguen las correrías y las prisas, primero acompañadas de risas y juegos, luego sollozos y choques. Y aparecen los nervios y con ellos los gritos, mientras corren como alma que lleva el diablo por las bellas estancias y los cuidados pasillos, sin prestarles atención, tropezando y trastabillándose de vez en cuando por no mirar al suelo. Algunas veces visitan hasta tres y cuatro veces una misma sala y dejan las otras de lado ¿Por qué? Creo que ni ellos mismos lo saben. Andan perdidos y desorientados. Pero, llegados a este punto ya no me importa lo que hagan: son incapaces de fijarse en las maravillosas filigranas esculpidas en los asientos y las delicadas estatuas que decoran las salas situadas en el corazón de mi casa. Pueden, incluso, llegar a pasar por delante de la fuente y no verla. Sí, tengo una fuente espectacular en la sala central, la más grande de todas, pero que conste que no es una fuente de esas falsas, sino una de las buenas, con agua de verdad que sube y baja, fresca y que apaga la sed. Pero ellos, sedientos y sudorosos como están, no se dan cuenta que podrían saciar sus necesidades en ella.

Cuando finalmente el cansancio de dar tantas vueltas hace mella en ellos, parecen zombis. Deambulan arrastrando los pies con los ojos extremadamente abiertos. Parece que vean pero no es así. El terror que sienten les ha cegado y son incapaces de mirar lo que antes habrían admirado sin lugar a dudas. ¡Qué curiosa y qué cambiante que es la gente! En esos momentos, yo podría excusarme por el mal trago que están pasando bajo mi hospedaje y pedirles disculpas alegando que no era esa mi intención y que solo pretendía que pasásemos una buena velada juntos pero ¿de qué serviría? ¿es que acaso me oirían? Claro que también podría intentar guiarles amablemente hasta la entrada y despedirles hasta otra ocasión más propicia pero, después de una larga experiencia tras muchos intentos que han terminado en desastre, he resuelto que lo mejor es no hacer absolutamente nada, tan solo retirarme tranquilamente y esperar a que encuentren su ansiada salida, cosa que suelen hacer, unos más pronto y otros mucho más tarde, pero todos de la misma forma, usando las últimas fuerzas que les quedan en correr hacia el portal de la entrada, por el que se filtran ya los últimos rayos del día, gritando, gimiendo y, a su vez, dando gracias a Dios por seguir vivos, tirándose al suelo, arrastrándose sobre él y besándolo en cuanto pisan el patio exterior. ¡No creo que sea para tanto! Pero ya veis, ya os avisé de que mis visitantes se comportan casi siempre de forma extraña. Y repito que casi, porque en dos ocasiones ya sabéis que no fue así. Claro que esas dos visitas fueron excepcionales.

La primera de ellas ocurrió hace muchos, muchísimos años. Llegó solo a mi puerta, con los ojos llorosos y los mocos colgando. En vez de traspasar tranquilo la entrada a la casa y salir de ella corriendo y asustado, como hacen todos, él lo hizo al revés. El pequeño de pelo y pantalones cortos entró hecho un verdadero vendaval. Corría a toda prisa y en su desesperada carrera, iba tropezando contra el suelo y sus propios pies, chocando contra las paredes a cada esquina. Nada paró su huída (pues tienes que huir de algo para correr como él lo hacía), ni siquiera cuando cayó a tierra y se golpeó en la rodilla tras tropezar con una raíz que sobresalía. Corrió y corrió, y no paró hasta llegar al mismo centro de la casa. Una vez allí, se quedó quieto un instante, inmóvil, para luego romper a llorar como no he visto hacerlo en toda mi existencia. Estuvo horas y horas sollozando hasta que, al ver que su desconsuelo no acababa nunca, le hable con la delicadeza que tengo guardada para las visitas especiales:

– Te vas a mojar la espalda entera si sigues sentado sobre el borde de la fuente- le dije con mi voz susurrada de hojas y ramas.- Estarás mejor en ese banco de ahí.

Se asustó. Dio un respingo y gritó:

– ¿Quién hay ahí? No te veo ¿Quién eres? ¿Eres un monstruo? ¿El Monstruo del laberinto?

– Soy yo -le respondí moviéndome un poco.

Entonces él se acercó. Tuvo que frotarse con las manos varias veces sus ojos empañados en lágrimas antes de poder dar crédito a lo que veía.

– ¿Eres… una planta? ¿De verdad, lo eres?

– Sí, ya ves que no soy ningún monstruo. Soy un ser vivo como tú. El “laberinto” como tú dices, es mi casa.

– ¿Y… también… hablas?

– Sí, claro. Igual que tú. ¿O es que acaso tú no hablas? ¡Menuda novedad! ¿Qué hay de nuevo en ello?

– Bueno… supongo que visto así… nada.

El chico pareció tranquilizarse momentáneamente así que, como soy bastante curioso, aproveche para preguntar, mientras él estiraba su mano y empezaba a rozar con sus pequeños dedos mis hojas, suavemente, lo que me provocaba un agradable cosquilleo. Reconozco que me gustó.

– ¿Quién eres tú? – le pregunté.

– Soy Pepín, -contestó- Pepín Portillo.

– Encantado de conocerte, Pepín. Yo me llamo Ficus Pumila, pero todos me ponen motes: que si “enredadera”, otros que “enamorada del muro”. ¡Con lo bonito que es mi nombre! Así que llámame Ficus, o Fic, si lo prefieres.

– A mí también me ponen motes, como enano… y también molestoso. A veces, apestoso. Otras, mofeta. Y también cara de rata. Todos me los pone mi hermano. A cada rato se inventa uno.

– Vaya, vaya. Son peores que los míos. Y dime ¿por qué corrías?

– Me he escapado.

– Ya lo pensaba. ¿Y de quién?

– De todos y todo. Estoy harto. Harto. Mi madre no me hace caso y me dice que la deje, que está cansada de trabajar porque mi padre nos  abandonó. Mi hermano me odia; se aprovecha porque es mayor que yo y me dice a cada momento: piérdete, mocoso enano, vete de aquí y no vuelvas… Pues bien, ya me harté. Si quieren que desaparezca para siempre de sus vidas, eso es lo que voy a hacer…

– ¿Y por eso has venido hasta aquí? ¿Para desaparecer?

– Claro, ¿no es un laberinto el mejor lugar donde perderse?

Eso me hizo reflexionar. Los demás visitantes se alteraban sobremanera cuando se perdían. Pepín era la primera persona que voluntariamente quería perderse. Y no me pareció mal la idea hasta que pensé en mis pequeños brotes y me pregunté cómo me sentiría sin ellos.

– Quizás hay alguien allá afuera preocupado por ti.

– No lo creo, y no pienso volver. Me quedo contigo. Nadie me echará de menos.

– Ya veremos si es así –le dije mientras, con esfuerzo, desenterraba el extremo de una de mis raíces subterráneas y lo envolvía con ella suavemente por la cintura. El niño revoloteaba y se quejaba, suspendido como estaba en el aire y hasta me propinó un puntapié que me dolió.

– ¡Déjame ir! ¡Déjame! –gritaba Pepín, enfurruñado.

Ilustración de Verónica Mercader Vera

Pero no le solté y seguí levantando nubes de polvo mientras en el suelo se abría una gran herida al paso de esa raíz que recorría la casa entera, de pasillo a pasillo, sala a sala, salón a salón, hasta llegar al umbral mismo del laberinto, lugar donde lo deposité suavemente sobre la hierba.

– Ahora no puedes entenderlo, pero sé que algún día me agradecerás lo que acabo de hacer por ti. ¡Corre a tu casa! -le dije –y si en verdad nadie ha notado tu ausencia, ni está preocupado por ti, entonces te doy permiso para volver y quedarte conmigo.

– Está bien- dijo de mala gana-. Verás como en menos de una hora estaré aquí de nuevo.

No regresó. Yo ya lo sabía. Era de esperar. Seguramente lo recibieron con los brazos abiertos y los ojos inundados en lágrimas.

Tras esa visita yo volví a mis días normales y a mis visitas de costumbre, que se sucedieron unas tras otras de forma monótona y aburrida mientras unas estaciones sucedían a otras, hasta que un día inesperado, al cabo de mucho tiempo, alguien volvió a adentrarse en mi casa con esa misma intención de quedarse.

Era un hombre que andaba de forma cansada y triste, solo, apoyado en un bastón de madera, tanteando el suelo abultado de una herida mal cicatrizada donde sobresalían algunas viejas raíces. Sus pasos eran diminutos y su espalda estaba torcida y encorvada. Tosía y respiraba con dificultad, y se paraba a cada momento, a cada minuto en su lento avance, obligado a sentarse para  tomar aliento en cada banco de cada sala. Cada vez que se paraba jadeante a descansar, yo creía que no se levantaría ya más, pero me equivocaba: su fuerza de voluntad parecía ser más firme que sus piernas. No cesó en su empeño hasta recorrer todo el trecho hasta que, tras un par de horas, llegó al corazón de mi hogar. Allí mismo, delante de la preciosa fuente, se quedo inmóvil por un instante y, repentinamente, empezó a llorar. Su reacción me dejó sin palabras y enmudecí. Permanecí callado mientras se relajaba, se secaba las lágrimas con un pañuelo y se sentaba tranquilamente sobre el mármol blanco del banco del que nunca más se levantaría. Perplejo, oí su voz que me llamaba:

– Psiii, psiii, Fic ¿eres tú? ¡Dime que no estuve soñando y que eres real! Soy yo, Pepe, Pepe Portillo.

– ¿Pepín? –exclamé con sorpresa- ¿Eres… eres tú?

– Pe…pin… Pepín… sí… Pepín… ese era mi nombre de niño. ¡Hace tanto que me llaman señor Pepe que ya ni me acordaba! ¡Pepín! ¡Ja, ja!- empezó a reír para terminar tosiendo.

– ¿Estás bien? –pregunté preocupado.

– Sí… ejem… todo lo bien que se puede estar cuando uno se está muriendo. Ha llegado mi hora. Y, como te prometí, he vuelto para quedarme.

– Ha pasado mucho de eso –fue lo único que acerté a responder, atónito como estaba todavía.

– Sí, bueno… me he retrasado un poco. Dije una hora ¿verdad? Bueno… no podía dejar a todos, después de lo preocupados que estaban… pero ahora han pasado más de setenta años y ya no queda nadie. Todos han muerto o se han ido lejos. Hace mucho que estoy solo… y enfermo. Ya nadie me va a echar de menos, ni a preocuparse por mí y he pensado en pasar contigo lo que me quede, si no te importa.

No conteste. No hacía falta. Por primera vez en mi vida despegué mis ramas repletas de hojas del muro que me da sustento y las arrastré por el suelo hasta subir por sus piernas y trepar para darle un tierno abrazo vegetal. Sentí el toque suave de su piel floja y arrugada y se me escapó una risita recordando las cosquillas que me hacía de niño.

– Gracias –me dijo relajándose sobre mis hojas mullidas.

– ¿Por qué? –le pregunté desconcertado.

– Por sacarme aquel día del laberinto. Te estoy agradecido por la vida plena que he vivido. Y gracias de nuevo por este día, por el calor de tu abrazo. Estoy tan cansado…

Y mientras hablaba se durmió con el sueño eterno del que nadie despierta. Y yo estiré y estiré mis tallos hasta despegarme totalmente del muro de piedra, del que nunca antes me había separado, para poder atarme fuertemente a él. La fina lluvia otoñal llegó y no cesó en semanas. Nuevos brotes míos nacieron y crecieron enredándose sobre él, mientras nuevas hojas emergían sobre las ramas que se entrecruzaban cubriéndolo enteramente. No sé cuánto tiempo estuve así, pero sé que fue deshaciéndose en polvo, desapareciendo lentamente, dejando su huella en mí.

Ni que decir tiene que, en ningún momento, los visitantes han dejado de venir a mi casa, adentrándose, a veces, hasta la sala de la fuente, pero nunca nadie se ha fijado en él. Y eso tiene una explicación: todos llegan tan nerviosos y apresurados al corazón de mi casa que son incapaces de distinguir nada entre sus gritos y llantos.

Pero quizás alguno de vosotros sea diferente. Quizá uno de vosotros pueda convertirse en una tercera visita especial. Así que, estad atentos. Tal vez un día os encontréis con un paisaje de lo más bello, con una colina y un río que cruza el único camino que lleva a un arco de hierro forjado que sirve de entrada a un laberinto. Si cruzáis el umbral y veis una enredadera verde conocida como la “enamorada del muro” que cubre todas y cada una de las paredes de los pasillos, salas y salones, será que habréis encontrado mi hogar. Hacedme el favor de visitarlo, pero recordad que mi casa es especial y única. No corráis ni busquéis prontamente la salida. Debéis hacer todo lo contrario. Dirigíos hacia el corazón mismo del laberinto y allí podréis descubrir algo que todavía nadie ha visto jamás: que los muros de esa sala muestran la piedra totalmente desnuda, que hay una bonita fuente de agua limpia y fresca, y que, sobre un banco de mármol blanco, descansa una enredadera con forma de hombre sentado.

OLGA BESOLÍ

Septiembre 2012

El destino era verdad.

Autor@: Miguel Ángel Rodrigo Jiménez

Ilustrador@: Verónica López

Corrector/a: Elsa Martínez

Género: Relato

Este relato es propiedad de Miguel Ángel Rodrigo Jiménez, y su ilustración es propiedad de  Verónica López. Quedan reservados todos los derechos de autor.

El destino era verdad.

«Ven», insistes. Llevas insistiendo desde que has llegado. Ven, vamos, sígueme… ¡Joder! ¿es que no sabes decir otra cosa? Te detienes, te vuelves y me miras. Te pregunto qué miras. «Sígueme», respondes. Qué locura. Vale, genial, sí, está bien, de acuerdo; te sigo, pero no voy a ir contigo, te digo como queriendo avisarte de que no resulto tan dócil, que estoy ahí y que pinto algo; sólo un trecho, ¿entiendes? Y empiezo a caminar detrás de ti. La noche es azul. El sonido del camino es el sonido del camino al pisar las piedras. Cuántas veces lo habré escuchado. Es un sonido que me gusta; así suena la soledad buscada en los senderos de montaña; así suena el silencio que no me asusta. Siempre lo he necesitado; torcer a derecha e izquierda, desoír los consejos de mi brújula, esquivar, romper, fintar. Dejar atrás los muros de humanidad y largarme lejos. Solo. Sólo un camino sin demasiadas opciones y el crujido de la tierra bajo mis pies. Pero ahora estás tú, delante mío, andando despacio, llevándome a no sé dónde. Me detengo. Lo has notado. «Vamos, ven» dices sin dejar de caminar. El caso es, te digo mientras trato de recordar por qué es que no puedo seguirte, que hay algo, continúo diciendo, vacilando, dando una vuelta de más porque me distraigo con la lámpara que sostienes o más bien con su luz que escapa de manera tan extraña como si en vez de luz fuera algodón, pues, el caso es, te decía, te digo, que no puedo seguirte; no recuerdo por qué, pero hay algo que tengo que hacer.  «Tú ven», es todo lo que respondes. Y yo no quiero, pero voy.

Esta mañana, en el espejo, me he quedado absorto contemplando mi rostro. Parecía fijo, inmutable, congeladas sus facciones. Pero no es así, lo sé bien; el tiempo lo cambia. He intentado evocar los otros rostros de mi rostro, los anteriores. Han tenido que ser muchos, tantos que seguramente me haya  dejado la mayoría en la cuneta del recuerdo. Porque los rostros previos, los que ya no podemos confirmar en el espejo, están asociados a recuerdos que lo son por haber sido fotografías: carita de bebé durmiendo en cuna azul y blanca; el entusiasmado soplido sobre las cinco velas de una tarta;  como marinero de agua bendita; de prepubescente saltarín en la función de algún fin de curso; los cinco largos años que hay que aguantarse el acné del primer DNI; entre amigos y fiestas, para el carnet de conducir, las vacaciones, el altar, la foto de perfil… Todos y cada uno rostros míos, sí, pero no todos mis rostros. Trato de imaginar el resto, los rostros perdidos o no registrados. Y así desfilan en mi mente versiones borrosas de cada uno. Mi rostro ante la pantalla del ordenador, en la cola del mercado, al volante; mi rostro a gritos, a lágrimas; mi rostro enfermo, mi rostro dormido. O mi rostro exhalando el éxtasis muy cerca de otro rostro. Nadie tomó fotografías de esos otros rostros míos.

La noche es azul y sigo caminando detrás de ti. Lo hago porque me gusta el sonido de las piedras que piso. Te lo digo. Aseguraría que no hemos dejado de ir en línea recta, pero estoy demasiado concentrado en recordar por qué es que no puedo seguirte. No hace frío o calor ni huele a nada. ¿Vamos a tardar mucho en llegar?, pregunto.  Responden las piedras del suelo, no tú. ¿Y en volver?, dime, ¿cuándo volveremos? Continúas ofreciéndome la espalda. Desnuda hasta el grito. Tintada de azul por la noche. Sobre ella, sobre tu espalda, acostada, una trenza. No veo tus pies al final del vestido. De hecho, el vestido parece no tener final y tú, pareces caminar sobre el aire. Tu andar es etéreo, suave, flotante. También tu piel. La piel que cubre tus tangencias y medias elipses. Me detengo para contemplarte. Tu cuerpo se aleja. «No te detengas. Sígueme», dices en la, cada vez mayor, distancia. Entonces me acuerdo. ¡No puedo! Ahora sé por qué no puedo. Te detienes. Esperas. Ya debe ser la hora, te explico, las pastillas, no puedo saltármelas.

Continúas quieta. Medio vuelta. Mirándome. No sé decir qué dicen tus ojos. Qué cuentan o qué quieren de mí; para mí. Si compasión o rutina o hasta deseo. Tal vez un poco de todo ello. Continúas ahí  y yo me aproximo. Te siento cerca. Respiro hacia ti. ¿No vas a decir nada?, pienso. Una cesta de luz en tu mano y la luz como agua cayendo.  Agrupándose en diminutas nebulosas de algodón que salpican tu órbita. Te revolotean. Cortejándote o protegiéndote. ¿De mí?, pienso. Me hago esclavo de tus labios cerrados y, poco a poco, voy  sintiendo que estoy rendido a ellos. A ti. Perdido. Las pastillas… murmuro. Tú me miras o no dejas de hacerlo. Yo respiro. Sí, para ti ya siempre. Y es entonces que comprendo quién eres.

Ilustración de Verónica López

Seguimos andando. No ha hecho falta que me digas nada, que me ordenes «Ven» o  «Sígueme». Y te lo digo. Intuyo que sonríes pero no puedo asegurarlo. Había oído hablar de ti antes. Había leído mucho sobre cómo eras y cómo lo hacías. Desde luego, no te pareces a lo que me habían hecho creer. ¿Puedo llevar un libro conmigo?, te pregunto por probar, sin albergar esperanza alguna. «No». Lo suponía. Y tu cuerpo de diosa se sigue alejando envuelto en vapor. Y cada vez me atraes más. Supongo que ése es el truco; porque hay truco, ¿verdad?; si no, nadie andaría este camino. Me sorprende mi propia calma, si es que se le puede llamar así: calma. En todo caso la lógica dice que debería estar aterrado. Nada más lejos. Lujuria y deseo son mis guardianes; tu hechizo, mi prisión. Así me siento, creo. Tú andas flotando. Mi imaginación vuela andando; desnuda tus hombros y me imagina imaginando tu vestido caer con la densidad de un gas. Despierto sueño que pienso tu pecho y tu vientre y tu sexo. Y no me atrevo a fabular darte la vuelta y enfrentar la hermosura infinita de tu rostro, porque me da miedo robarte un beso. ¿Sabes?, te pregunto, podría enamorarme de ti. Tu cuello se tensa. Y un instante. «Hazlo», dicen sin voz tus labios. No juegues conmigo, hace un rato que sé quién eres. «Sé que lo sabes». Ah, sabes que lo sé; bien; entonces dímelo tú, ¿quién eres? «Una mantis». No. Niego en voz alta y me río. ¡Maldita sea! Te he reconocido, sí, a pesar de que hayas cambiado la túnica negra por el vestido blanco, la guadaña por la lámpara. Ya no van a regalarme otro día esas pastillas, ¿no es cierto?, tan cierto como que tú eres la misma Muerte y has venido para llevarme. «Y ¿podrías?», me preguntas. ¿Qué?, ¿qué dices?, ¿si podría qué? «Enamorarte de mí». No lo sé, ¿acaso puede alguien? «¿Te atraigo?». Como nunca nadie me había atraído. En el horizonte la noche azul se hace más clara.  Parece ese horizonte el final del camino. Una salida a ningún sitio. «¿Qué libro habrías elegido?». Me desconciertas. No lo sé, te digo, alguno apropiado para la ocasión, supongo. Lo pienso. Ya lo tengo. Y te cuento: Del inconveniente de haber nacido. «Ciorán». Sí, Ciorán. Qué te parece, ¿es lo bastante apropiado? «No», niegas. ¿Por? «No hay tiempo». Tiene gracia, ¿es que acaso hay mucho que hacer allí? «El tiempo ha dejado de existir desde que nos hemos encontrado». Ah. Y sólo digo “Ah” y entiendo que esto va muy en serio. Que estoy fuera del tiempo. Siempre me han atraído irremediablemente las mujeres complicadas, digo con voz trémula que pretende resultar cómica, y comprometidas, añado con idéntica intención. No te ríes, es lógico. Y caminamos hacia la luz.

¿Qué es la vida?, te pregunto. «Una pausa en la eternidad. La excepción de un camino». Siempre pensé que la vida era un camino de caminos vivos, capaces de cruzarse y alejarse entre sí. Un laberinto. «No puedes definir la vida como un camino de caminos vivos. No vivos precisamente. Pues ¿qué son caminos vivos? Caminos dotados del beneficio de la vida. Y ¿qué es la vida, según tú? Un camino de caminos vivos. ¿Lo ves?, no puedes explicar algo finito con una lógica que no tiene fin». Comprendo. Entonces, si los caminos no están vivos, todo está escrito. Determinado. El destino era verdad. «Algo así. Para vosotros, la vida es un laberinto, en eso aciertas. Pero yo, desde aquí, lo entiendo más como un entramado de un solo recorrido y una única salida; para cada cual, un camino prescrito, aunque parezca cierta esa percepción de poder elegir mientras se anda». Me alegro de no haberlo sabido hasta ahora. Suspiro. Pienso. Continúo deseándote. Se me ha ocurrido otro libro. «¿Cuál?» En busca del tiempo perdido. «Proust». Sí, Proust; respondo. Pero esta vez no pregunto si es adecuado para llevarlo allí, hasta donde tú me llevas.

«¿Recuerdas algo o a alguien de tu vida?». No, estoy en blanco. O puede que en negro, no sabría decirte. Vuelvo a intuir una sonrisa tuya. Pero vuelve a ser sólo eso, una intuición. «Tranquilo. El tránsito agota los recuerdos». Gracias. Por tranquilizarme, digo. «No hay de qué». ¿Siempre te tomas tantas molestias?, quiero decir, al principio apenas has abierto la boca, en cambio, cuando te he dicho qué sentía por ti, eso ha cambiado. Te has abierto,  te has interesado y hasta me has dejado jugar a seducirte. Lo has hecho. ¿Siempre es así? ¿Hablas con toda la gente a la que te llevas? «No». Mientes. «No miento». Ya. «Apenas hablo con nadie. Ya sabes quién soy». Lo sé. Y podría. «¿El que?» Enamorarme de ti. Poco a poco el final se acerca, haciendo blanca la noche azul. La luz de tu lámpara se apaga y ahora es de mí de donde empiezan a escapar pequeños haces. Diminutas esferas de luz que se desprenden de la materia que me forma, de lo que soy o de lo que fui. Y voy dejando de serlo. Me miras. Miras cómo me oscurezco. Y una lágrima tuya me cubre de miedo porque no sé qué significa. Ahora es cuando debería ver pasar la vida en un segundo; todos mis rostros a la vez: los registrados y los que se perdieron. Pero sólo veo uno, un sólo rostro, el mismo que vi esta mañana y que es mi único recuerdo. Un rostro que se ha detenido. Ya no conoceré su muda en otros rostros más envejecidos. Aquí termino. Entonces te vuelves. Desnuda. Bañada en luz. Tus brazos me apresan, tus muslos me acogen, tu cuerpo me absorbe. «Bésame». Y mi luz estalla. Se dispersa. Es nada. Me siento extinguir. Si pudiese recordar algo de este no-tiempo, lo último que recordaría es como, dulcemente, besé a la muerte en los labios.

«La muerte era desafío. La muerta era un intento de comunicarse, ya que la gente siente la imposibilidad de llegar al centro que, místicamente, se les escapa […]. Había una abrazo en la muerte».

Virgina Woolf, La señora Dalloway.

Miguel Ángel Rodrigo Jiménez

Navàs, 3, 4, 6, 14, 15, 16 de septiembre de 2012

Escarabajeando en el laberinto.

Autor@: Montse Augé

Ilustrador@: Rosa García

Corrector/a: Mariola Díaz Cano

Género: Cuento

Este relato es propiedad de Montse Augé, y su ilustración es propiedad de  Rosa García. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Escarabajeando en el laberinto.

Ilustración de Rosa García

Se quedó impresionado cuando vio aquel enorme tapiz que daba la bienvenida a los visitantes del Museo Egipcio de El Cairo. Él lo veía todo muchísimo  más grande, claro. Allí estaban, sobre aquel fondo verde y libre en el que siempre habían vivido. Y allí estaban también, atrapados en aquellas líneas que habían trazado la cárcel de sus vidas. Si hubiese sabido leer, habría entendido perfectamente el título que acompañaba a aquel dibujo: “Escarabajeando en el laberinto”. Parecía imposible el cambio que experimentaron sus vidas en poco tiempo. El mismo ser que lo adoró lo condenó.

        Avanzó entre las salas del museo, primero por el suelo y después por las paredes: cientos de figuras de escarabajos tallados en piedra, basalto, granito, piedras preciosas e incluso en oro ocupaban las vitrinas de la exposición. Cuando llegó a la última sala quedó petrificado. Igual que los falsos escarabajos, no estaba preparado para ver aquello: las vitrinas encerraban de nuevo los cuerpos de escarabajos. Pero estos, aunque no lo pareciesen, eran reales: no estaban tallados en ningún material, eran cadáveres, las víctimas del sacrificio. Se armó de valor y aceleró el ritmo, sólo deseaba huir de allí, había sido testigo de aquella masacre y lo único que deseaba era olvidarla. Algo imposible. ¿Cómo borrar el recuerdo de una amistad, de aquellos que habían formado parte de tu vida? En la última sala había una pantalla gigante donde se proyectaba una película sobre la exposición.  La voz en off que relataba los acontecimientos le hizo recordar…

“Scar avanzaba rápidamente escondido y protegido por la maleza del bosque. Los había visto justo a tiempo para escapar. Tenía  que esperar para no ser descubierto y para que no hallasen el escondite del resto de sus compañeros. Esperaba que no lo pisaran. Eso sería terrible, aunque supondría un empate: él moriría pero tampoco sería útil para el enemigo. Lo necesitaban entero, sin ninguna deformación. Suspiró aliviado cuando los vio pasar de largo. La próxima vez tal vez no tendría tanta suerte. Reanudó la marcha hasta llegar a aquella especie de madriguera que servía de refugio a su enorme comunidad de escarabajos. Estaba perfectamente disimulada para que los hombres no la descubriesen. Al principio de su destierro bajo tierra fueron víctimas una y otra vez de masacres en las que el hombre destruía sus refugios para conseguirlos.

Todo empezó cuando la suerte abandonó a la especie humana, las catástrofes se sucedían sin cesar, las épocas de malas cosechas, de falta de alimentos, de incesantes guerras. Pero en aquella tierra de dioses no tardó en aparecer una explicación divina que justificase la cadena de trágicos acontecimientos. Y los más indefensos fueron usados de cabeza de turco y, al mismo tiempo ,de solución al problema: el “scarabeus sacer” egipcio, venerado casi como un dios, usado como amuleto de vida y poder, símbolo de la resurrección, del sol naciente, protector contra el mal, usado en jeroglíficos, en inscripciones para honrar la memoria de los faraones. El hombre creyó recibir el mensaje de los dioses: ellos os seguirán protegiendo, pero ahora no basta con crear una imagen a su semejanza, ahora es necesario obtener el poder de su propio cuerpo, poseer su vida, transmisora de aquello que era necesario para que la suerte volviera a aliarse con el hombre e instaurase un nuevo período de prosperidad.

Los escarabajos ancianos contaban que aquello estaba escrito, que tenía que suceder. Los más jóvenes los acusaban por no haber sido capaces de evitarlo. La codicia del hombre hizo que emprendiese una caza salvaje de escarabajos. Eran apresados en vida y se les practicaba un agujero en el cuerpo para luego ser engarzados en una cuerda que lucían en sus cuellos. Pero la suerte no llegaba. Algo no funcionaba, los dioses se habían equivocado. Pero no podían equivocarse, tal vez no habían entendido bien el mensaje.

Scar recordaba el momento del cambio: de la caza salvaje se pasó a la selectiva. Fue peor. Ahora eran los escarabajos los que tenían que ofrecerse a ellos, sólo los mejores, los ejemplares más bellos. Ello motivó la creación del laberinto, más tarde llamado laberinto de la muerte. Era el modo de seleccionar a las víctimas. Se elegía un grupo de escarabajos y se dividían en parejas .El laberinto tenía varias entradas y sólo una salida. El primero que conseguía llegar al final se salvaba, retrasaba su ejecución porque sabía que algún día perdería. El otro era entregado al hombre. El mayor problema era cuando los dos alcanzaban la salida al mismo tiempo: entonces una lucha entre ellos decidía el destino de ambos. Y Scar sabía que la fecha de su elección se acercaba.

Era uno de los mejores ejemplares, eso decían. Podía haber huido pero hubiese sido peor, fuera de su escondrijo era todo más difícil y su destino hubiese sido el mismo. Los humanos no cumplían del todo aquel pacto y si encontraban algún escarabajo perdido lo apresaban. Cada semana había una entrega de escarabajos sacrificados. A principio eran entregados vivos, pues tenían que estar en las mejores condiciones para lucir en el cuello de los humanos. Pero para ahorrarles la humillación y el dolor y como muchos no sobrevivían a la lucha final decidieron que serían ejecutados antes, una muerte rápida que dejase la menor marca posible.

           Scar aborrecía a su especie por su cobardía , por no haberse enfrentado al humano, por haber cedido ante él, por haberse convertido en su esclavo, por ofrecerse en bandeja en vez de defenderse. Sus antepasados habían vivido en alianza con el hombre. Pero ahora la especie dominante no era ni mejor ni más inteligente que ellos: ante la incapacidad de resolver sus problemas  habían optado por ofuscar sus mentes y buscar una explicación en lo irracional, cegados totalmente e intransigentes; era mejor eso que intentar comprender qué sucedía y pensar que tal vez la culpa era de ellos mismos, que la solución elegida no era la correcta. El dolor y la muerte no eran necesarios. Aquella religión que los había iluminado en sus épocas más esplendorosas los estaba sumiendo en una total oscuridad.

          Y el tiempo avanzó. Y los días se sucedieron hasta que el reloj de la vida ralentizó su ritmo y empezó la cuenta atrás para alguien. El anciano pronunció su nombre: Scar formaba parte del siguiente grupo. Su contrincante era uno de sus mejores amigos, salieron de sus larvas en el mismo momento y ahora les tocaba librar una batalla contra la muerte. No se imaginaron que tanto su nacimiento como su muerte irían de la mano. 

        Y la noche más negra empezó a devorar los últimos rayos de sol. Los más tristes y oscuros presagios se apoderaron de Scar. Miraba sus patas delanteras que mañana tal vez se convertirían en las garras que acompañarían a la caprichosa e inevitable muerte .Tenía miedo y lo único que deseaba era poder escapar de allí, de su fatal destino. Porque tarde o temprano la víctima sería él, salir victorioso no significaba conseguir la inmunidad, volvería a ser elegido para luchar. Era algo tan absurdo e injusto. Se preguntaba por qué no se habían rebelado contra los ancianos. Las víctimas eran superiores en número a los verdugos. Tal vez todavía quedaba alguna esperanza.  Sus pensamientos lo llevaron delante del laberinto, el límite hasta el cual era permitido acercarse. Custodiado por dos enormes escarabajos era imposible franquearlo, violar aquella ley suponía entregar su cuerpo en bandeja. ¿Y si él fuera capaz de borrar las líneas de aquel destino que decían que ya estaba escrito?

         Y de nuevo regresó el día, vencido durante unas horas por la noche, volvía a dominar el mundo y la vida. En las galerías subterráneas algunos osados rayos de sol devoraron a las sombras y dieron unas tímidas pinceladas de luz sobre el color negro con el que estaba pintado aquel mundo bajo tierra. Era la señal esperada. Podían empezar los sacrificios del laberinto. Los elegidos esperaban a las puertas del mismo. Scar y su compañero eran los últimos, tendrían que soportar el dolor de sus compañeros durante aquella agónica espera. Tenía que elegir la entrada correcta y ser muy rápido, llegar al final y escapar. Si su compañero llegaba antes que él, le estaría esperando la muerte. Había diversas entradas al laberinto pero sólo una salida. Y más de una entrada llevaba al final. Si los dos llegaban al mismo tiempo…tendrían que luchar.

           Poco a poco el resto de elegidos fue desapareciendo. Ya no quedaba nadie más, sólo ellos. Los guardias les indicaron que podían acceder al interior. Allí estaba aquella confusión de caminos, aquel acertijo del que dependían sus vidas. Y la primera incógnita se desveló: cinco entradas aparecieron ante ellos. Scar no lo dudó y eligió justo la del medio. Tal vez creer en el equilibrio le ayudase. La cuenta atrás había empezado, ya no había nada que evitase aquella carrera de obstáculos.

         Se lanzó como un loco al interior. La suerte empezó a sonreírle pues su contrincante había elegido la misma entrada pero Scar fue más rápido. Lo primero que llamó su atención al entrar fue un olor especial. Era el suelo cubierto de hierba, parecía un tapiz verde. Al principio parecía todo fácil, sólo debía seguir el camino marcado. Sabía que tarde o temprano tendría que elegir. Y así fue. La primera intersección, derecha o izquierda. Izquierda. Izquierda. Derecha. Siguió adelante, adelante, ya quedaba menos, lo intuía, cuando el color verde desapareciese…. habría vencido al laberinto. Y antes de lo que esperaba dejó de pisar la hierba. Y apareció también él, su contrincante, su amigo, al final de aquella maraña de caminos.

         Pero nadie podía imaginar que justo cinco minutos antes de acceder al interior, aquellos dos amigos habían urdido un plan. Se conocían tanto que sin apenas hablar lograron comunicarse sin ser descubiertos. Nadie en aquella comunidad escarabájica había pensado nunca en una rebelión. El terror los tenía dominados y cualquier muestra de desobediencia los hubiese pillado por sorpresa, sin poder reaccionar. Y aquellos dos caparazones negros se enfrentaron a aquel mundo de injusticia, de miedo, de dolor, que los estaba aniquilando. En memoria de todos sus antepasados que fueron venerados como dioses, en honor de los cuales se alzaron estatuas en templos, que fueron protectores de los mismísimos faraones. Por ellos y sobre todo en honor a su sagrada amistad empezó aquella lucha.

Ilustración de Rosa García

          La seguridad era mínima allí dentro, sólo dos guardias les esperaban al final. Ésa fue la única información que se les desvelaba antes de entrar. La necesaria. “Cuando oigas mi señal ataca al que tengas más cerca”. Scar dio la señal y la lucha empezó. Los dos eran tan fuertes como los guardias. Tenían que vencer y huir. Scar estaba eufórico y luchaba con todas sus fuerzas. El factor sorpresa jugaba a su favor y su oponente fue derrotado en pocos minutos cuando las patas delanteras de Scar se clavaron en él como auténticos cuchillos. Su cuerpo dejó de moverse al mismo tiempo que el de Scar emprendía la huida hacia el exterior. Ésa era la segunda parte del plan: una vez eliminado el objetivo huir sin mirar atrás. Pero a medio camino no pudo resistir la tentación y volvió la vista, tenía que saber si su compañero también había vencido. Pero nadie le seguía. Los escarabajos que había encontrado a su paso se habían apartado asustados. De pronto empezaron a escucharse gritos y reconoció perfectamente la voz de los ancianos. No podía quedarse parado más tiempo. Y huyó…”.

          De nuevo volvió la prosperidad y la paz. La suerte se alió nuevamente con los humanos y estos dieron las gracias a los dioses. El día de su huida marcó un antes y un después: sin saberlo se convirtió en líder y su acción sirvió para alentar al resto de escarabajos, que no dudaron en imitarlo y en sublevarse contra aquel laberinto que decidía su destino. Ahora el hombre, para lavar su conciencia, honraba a su especie elevándola a obra de arte y llenando con ellos todo el Museo de El Cairo.

          Para Scar aquello era una especie de cementerio, los restos de un holocausto. Casi los habían aniquilado. Había bastado poco, prácticamente nada, para pasar de la adoración a la destrucción. La especie más poderosa, el hombre, tenía el privilegio adquirido de decidir sobre el resto. Era evidente a quién le tocaba siempre perder. Scar ya no confiaba en ellos. Su comunidad se dispersó y nunca supo si su amigo había sobrevivido o no. Y él deambulaba sin rumbo, buscando algo, alguna señal, algún motivo para seguir viviendo, para creer en algo.

        Y sumido en estos pensamientos no se dio cuenta de que la proyección había acabado. Se había quedado solo en la sala. Las luces se habían apagado. Algo llamó su atención: la pantalla conservaba una última instantánea congelada, el cadáver de un escarabajo, uno de los últimos vestigios encontrados por el hombre que confirmaban el horror en el que habían vivido. Le resultaba extrañamente familiar. Se fue acercando por el suelo y trepó  situándose sobre aquella imagen. Reconoció al instante el fondo verde de las calles del laberinto. Y reconoció también la figura rodeada de sangre que aparecía: si hubiese sido un humano, habría dado saltos de alegría. Ahora sabía que su amigo había sobrevivido. Dos detalles se lo confirmaron: el caparazón y las antenas. La coraza de los guardias era diferente, carecía de aquel dibujo en forma de círculos que caracterizaba al resto. El rival de Scar perdió las dos antenas durante el combate. El que estaba contemplando conservaba las dos antenas. Fue todo muy rápido pero recordaba perfectamente las dos antenas desprendidas por el suelo. ¡Los guardias nunca eran ofrecidos en sacrificio! No dudaba en absoluto de la identidad de aquel cadáver. Y aquel recuerdo hizo que por fin encontrase la salida al laberinto en el que realmente había caído desde su huida: encontró la paz que buscaba y un motivo para seguir su viaje por la vida. Abandonó el museo y siguió su camino en completa libertad.

Ilustración de Rosa García

Laberinto de humo.

Autor@: Inmaculada Ostos Sobrino

Ilustrador@: Paloma Muñoz

Corrector/a: Carme Sanchis

Género: Relato

Este relato es propiedad de Inmaculada Ostos Sobrino, y su ilustración es propiedad de  Paloma Muñoz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Laberinto de humo.

-¡Silencio en la sala, vamos a comenzar! -anunció el alguacil.

Saqué mi espejo y observé la imagen que en él se reflejaba. Ambas de las alusiones que se habían hecho a mi persona en la primera parte de la audiencia podían ser ciertas, ambas podían encajar. El rostro que aparecía en ese espejo era bastante grotesco.

Ojos azules, vacíos, hundidos en una oscura sombra morada que me daba un aspecto frio, cansado, viejo. Un rebelde pelo de color azabache pasado de moda, que aportaba a su propietaria, o sea, a mí, un desaliñado “look” de “madame de burdel”.

Ilustración de Paloma Muñoz

Una madame demasiado vieja para que nada le importase, una madame demasiado vieja para ponerse al día en cuanto a estilismos se tratase. Y la guinda que colmaba todo este conjunto de desfavorecedores atributos la ponía ese color carmesí que acostumbraba a poner en mis labios, el cual les daba un aspecto de rosa marchita, apagada.

El pitillo, por supuesto, colgando ligeramente en la boca mientras un laberinto de humo recorría la estancia.

Sí, también podría haber sido una ex-actriz, hundida y desechada después de haber pasado un infierno en un intento alocado de conseguir fama. Una fama que nunca llegó y que destrozó mi personalidad por completo. Como decía, dos alusiones muy certeras de un tipo de clase social que para nada pertenecía a mi mundo.

Si supieran que en realidad se trataba solo de un disfraz, si supieran que de no ser por el mismo no podría haber hecho lo que hice, si supieran que provenía de una clase social alta y que me costó horrores integrarme en ese mundo tan sórdido. Entonces, se darían cuenta de lo bien que había representado mi papel, mi papel de “madame de burdel”. Se darían cuenta de lo duro que había tenido que trabajar para llegar hasta mi objetivo final, la venganza.

-Señoría, por favor, ¿es que nadie va a decirle nada? -dijo la abogada defensora con un tono histérico en su voz.

Ya estaba otra vez esa rubita estilo muñeca Barbie, dando la lata. La verdad es que la había hecho sufrir bastante en la primera parte de la vista, probablemente su estado de nervios fuera por mí. Sonreí victoriosa, no tanto por la agitación que había conseguido instaurar en ella, como por el hecho de que ciertamente nadie, y digo nadie, se percató de que había colado un pitillo en la sala de un tribunal.

-¡Por favor, señora Lawrence! No abuse de mi benevolencia -me instó el alguacil.

-¡En pie! -rugió el mismo en cuanto entró el juez-. La sesión va a comenzar.

-Veamos… -empezó a aullar la abogada retomando la palabra tras la pausa de la vista anterior.

-Tenemos cintas de vídeo que demuestran que usted asesinó a sangre fría a este hombre, Thomas Leinstein -dijo señalando la foto que estaba pegada en el panel de la acusación-. ¿Cómo se declara usted? -preguntó con una triunfal sonrisa.

Y el hecho de que nada más salir del nido se la rifaran los mejores bufetes de todo el estado, y que además hubiese ganado un par de casos importantes, no ayudaba demasiado a que se le bajasen los humos.

-Esquizofrénica. -contesté muy seria.

La Barbie puso el grito en el cielo, de su boca salió un aullido a modo de exclamación mientras gesticulaba con los brazos y miraba al juez como diciendo: ¿Ha escuchado  eso? En la sala hubo de todo, desde risas divertidas y gritos desaprobatorios, hasta gente que se había quedado sin palabras. Y como no, el volumen de  los murmullos creció en tal medida que acabaron incordiando al juez y, este, tuvo que llamar la atención a toda la sala.

-¿Disculpe? -me preguntó la rubia en tono reprobatorio, no para recibir una respuesta sino para agravar lo absurdo de mi contestación.

-Que yo sepa, uno es culpable o inocente, ¡no esquizofrénico!

-¿Acaso no se libran así del trullo la mayoría de asesinos de este país? A mí me parece bastante normal teniendo en cuenta que mucha gente ha sido absuelta tras declarar su “enfermedad”. –le dije resaltando lo de enfermedad en tono irónico.

 -¡Habrase visto! ¿Es que acaso es usted psiquiatra?

-No.

-Entonces, ¿en qué basa su afirmación?

-Pues recalco lo que dijo usted en la primera parte. Tras una acusación dijo algo así como: ¿Acaso no es obvio por su aspecto…? Pues eso mismo digo yo, ¿acaso no tengo cara de loca? -Le dije desafiante. Conseguí mi propósito, pues la saqué de sus casillas una vez más.

-¡Por Favor, señoría! Esto es una pantomima, acabemos ya, tenemos pruebas en su contra. ¡Ni siquiera tiene abogado, se está defendiendo ella misma! Y está cometiendo desacato ante el tribunal. Todos sabemos que es culpable. ¿Por qué seguimos aquí perdiendo el tiempo?

Tras este alegato triunfal lleno de sensatez, lo normal hubiese sido que el juez le hubiese dado la razón y me hubieran concedido la pena de muerte, pero por fortuna para mí, el juez era perro viejo y le intrigaba mi comportamiento.

-Señorita Thompson, permítame que le diga que agradezco la buena fe con la que quiere realizar mi trabajo, pero usted es la abogada y yo soy el juez. Sólo hay dos cosas que me sacan de mis casillas, una es la intolerancia y otra que alguien venga a decirme cómo tengo que hacer mi trabajo. ¿Acaso duda de mi buen juicio?

-Lo siento, señoría -dijo perpleja y con el rabo entre las piernas tras la amonestación.

-Prosigamos -rugió el juez-. Por favor acérquese la acusada.

Me levanté aproximándome al estrado.

-¿Me podría decir lo que se propone? Desde mi punto de vista lo tiene bastante crudo y no lo arregla para nada con este comportamiento tan inusual. Le recuerdo que como siga por ese camino sin más preámbulos la llamaré a desacato y, se acabara la vista y no tendrá opción a más. Por ley tiene derecho a una defensa, pero una defensa real. Encuentro divertida su forma de hacer rabiar a la abogada pero, no se sobrepase o este juicio acabará pronto y muy mal parado para usted.

-Señoría -le dije firme- Sólo estoy haciendo uso de mi libertad de expresión, probablemente es lo único que me quede.

No sé si fue mi mirada clavada en la suya, la firmeza de mis palabras o la amargura que notó en las mismas lo que compadeció al juez, el hecho es que me permitió seguir torturando un poco más a la abogada.

-Pido la palabra -dije dirigiéndome a la sala.

-No me parece ninguna pantomima ni tontería lo que estoy diciendo. Solo reclamo mi derecho de libertad de expresión. Y lo que ofrezco es mi punto de vista o mi vivencia, si lo quieren ver así. El caso es que no he dicho ninguna mentira. ¿Culpable, inocente? ¿Qué es lo que significa realmente esto en este país? Quiero decir, cuando a un asesino en serie lo dejan en libertad por declararlo esquizofrénico y enfermo, vean sino el caso de Stevenson contra la familia Kramer de 2008. Se le juzgó con pruebas irrefutables pero se le declaró una enfermedad mental y, al cabo de dos años lo soltaron en la calle y volvió a matar. ¿Existe entonces la justicia? ¿Es justo que tengan que compartir los mismos años en prisión un robo y un asesinato?

-¡Protesto! -dijo la rubita-. No viene al caso.

-Aceptada -rugió el juez-. Señorita Lawrence, ¿a dónde quiere ir a parar?

-Pues a que el hombre al que se supone que yo maté…

-Al hombre que asesinó -apuntó la abogada agresivamente.

-Era un asesino…-Terminé sin hacerle caso.

-¡También era una persona!

-No, era un animal. No sé si recuerdan ustedes un caso que sucedió hace diez años en Finlandia, en una isla de Finlandia en particular. Se le acusó de matar a 27 personas, se le juzgó y se le declaró culpable. Pero las leyes tanto allí como aquí son demasiado benévolas, ya que se le condenó a veintiún años de prisión. ¡Tiempo máximo estipulado! ¡Ohhhh! Y miren por donde, diez años después le sueltan, lo deportan aquí y vuelve a intentar matar y, nada menos que a dos niñas.

-¡Protesto! No se está juzgando ya a mi cliente, se le juzgó en su día. No hay indicios o pruebas que demuestren que él intentara asesinar a ese par de niñas.

-Claro, porque no le dio tiempo, ya me encargué yo -contesté sabiendo muy bien que cavaba mi propia fosa. Todo iba viento en popa, estaba cerca de mi propósito aunque la gente nunca lo entendiera.

-¿Es usted consciente de que acaba de confesar un asesinato? -rugió con una sonrisa triunfal en la cara la rubia.

-No, solo soy consciente de que estoy reivindicando que actué en defensa propia.

-¿Insinúa que esas niñas, eran sus futuras víctimas?, ¿Acaso eran familia o conocidas suyas?

-No , no las conocía -declaré solemne.

-Señoría, llamo su atención ante esta afirmación. Entonces, ¿Por qué se declaró inocente, por qué dijo que actuó en defensa popia?

La miré impasible, era obvio que tenía al jurado en el bote, pero solo podía callar y esperar.

-Señorita Lawrence, le repito la pregunta y es obvio que ya sé su respuesta -me dijo el juez-. ¿Cómo se declara usted?

-Culpable -bramé-. Lo maté porque tenía que morir, porque era un animal que no tenía derecho a estar en la calle, lo maté porque tanto a mí como a muchos otros inocentes se nos condena a la muerte cuando a los verdaderos asesinos se les suelta. Culpable por no haberlo hecho el día que allá en Finlandia mató a mi hijo y me lo arrebató todo.

La sala estalló en murmullos, gritos de asombro… Llantos por parte de mi gente, de quien realmente sabía que era inocente.

-¡Silencio!

-Ustedes no me pueden quitar nada más, me voy feliz a mi destino. Contenta de salvar vidas. Si no, ya lo verán.

La expresión de la rubia era para plasmarla en un cuadro. Por primera vez en todo el juicio se quedó sin palabras. Los móviles sonaron, los flases estallaron mientras el juez dictaba sentencia con tez apesadumbrada y el policía me llevaba a mi celda, hacia mi viaje final.

Antes de salir de la sala me acerqué a la abogada rubia y le di un sobre.

–  No lo abras ahora, sólo ábrelo si quieres saber la verdad.

En el sobre había instrucciones de cómo conseguir los datos que durante todo un año de investigación había estado recopilando. Pruebas incriminatorias sobre el tipo, un listado de sus próximos movimientos e incluso las llaves de su casa real, no la casa en la que encontraron el cadáver… Sus próximas víctimas, dos niñas de Oregón de mirada risueña y toda una vida por delante.

Toda mi fortuna, desapareció, buscando pistas, pagando silencio, comprando gente.

La mente de un asesino es un laberinto del que no se puede escapar, está lleno de recobecos y rincones escalofriantes que ójala nadie pudiese ver jamás.

Te atrapa, te sobrecoge y crea una extraña adicción de querer  conocer más, no se si por autodefensa o por paradójica empatía. El caso es, que no lo puedes dejar, te absorbe sin más. Es muy difícil no caer en ses mundo de tentaciones, sórdido lleno de inmundicias.

Y eso lo sé porque durante años yo había estado navegado por su mente, la mente de mi asesino que era como un laberinto de humo. Etéreo, frío, borroso, duro, vejatorio, desconcertante y repito, adictivo si te dejas llevar.

Pero ya nada importa, conseguí mi objetivo, lo único que me dejará descansar en paz,

después del dolor y el vacío sufrido tras el asesinato de mi pequeño George, quién con diecisiete años dejó de respirar.

Laberintos de la mente.

Autor@: Carme Sanchis

Ilustrador@: Verónica Mercader Vera

Corrector/a: Carme Sanchis

Género: Relato corto

Este relato es propiedad de Carme Sanchis, y su ilustración es propiedad de  Verónica Mercader Vera. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Laberintos de la mente.

Ilustración de Verónica Mercader Vera

El suelo desgastado estaba cubierto de palabras borrosas. Palabras que hablaban de sueños, deseos pedidos a las estrellas… Sin saber por qué, aquel lugar me hacía recordar momentos felices, momentos vividos o que podían estar por llegar. El cielo rosado empapaba el ambiente de reflejos color pastel, y aun así, sentía terror dentro de mí.
Todo aquello que me había hecho sentir bien ahora bailaba sin control, chocando contra lo que hallaba a su paso.
Las palabras medio borradas que estaban en el suelo empezaron a girar alrededor de mis pies, mientras yo intentaba mantenerme serena. Libertad, prohibición, calma, desesperación…
Todas ellas luchaban por subir por mis piernas, intentando derribarme, intentando quebrar mi interior.
Escuché un susurro a lo lejos, un grito desesperado, un llanto incontrolado. Sentí que perdía el control de mi cuerpo. Aunque suplicaba por dentro salir corriendo, mis músculos burlones se empeñaban en ir en busca del ser que emitía aquellos sonidos.
-¡Basta! –exclamé desesperada. El grito retumbó en mi cabeza y un par de gotas de sudor
resbalaron por mi frente.
Las palabras se unieron formando frases. “Jamás llegará mañana”, “Ayer terminó todo”, “Empieza el final”. Rápidamente las frases fueron amontonándose en un pequeño montículo de letras, unas más grandes que otras, todas giraban inquietas. El montículo se convirtió en una montaña descolorida, y justo en la cima apareció una preciosa flor de color púrpura.
De nuevo escuché aquella voz, pero esta vez era dulce. “Ven, eres libre, ya puedes descansar…”
Todavía no controlaba mi cuerpo pero no opuse resistencia, tenía curiosidad por saber qué me esperaba, quería oler aquella flor. Las letras me marcaban el camino, me miraban desde el suelo y parecían sonreírme.
-¿Quién eres? –pregunté casi sin emitir sonido. Estaba a punto de llegar arriba.
Un destello de luz me nubló la vista por unos segundos, y al recuperar la visión pude ver aquel púrpura maravilloso, brillante, casi imposible. Acerqué mi rostro a sus aterciopelados pétalos, inhalé su olor… repugnante, putrefacto, totalmente desagradable. Sentí el infierno descomponiéndose en mis fosas nasales. El horrible hedor consiguió marearme, una arcada hizo temblar mi estomago y de mis ojos saltaron lágrimas. Unas pequeñas venas en mi cara estallaron por la fuerza que hacía, intentaba no respirar, y convirtieron mi rostro en un mapa rojizo de desesperación.
De la temible flor salió un brazo tenebroso, de color sombrío, recubierto por un líquido viscoso que resbalaba de forma nauseabunda. Sus dedos eran largos y huesudos. Sus uñas afiladas estaban llenas de mugre, y rasgaban el aire para llegar hasta mí.
Sentí como el cielo me caía encima, como si el mundo entero se volcase sobre mi cabeza, derramando en mi pelo nubes y estrellas.
Y así día tras día, soñando despierta y viviendo dormida. La ansiedad de ver como el futuro se escapaba entre mis dedos, como las decisiones que tenía que tomar me alejaban siempre de mis deseos, aquella desesperación al ver que nada ni nadie podía salvarme. Seguí sintiéndome en un laberinto de preguntas sin respuesta, de decisiones sin tomar y charlas silenciosas. Así me sentiría hasta que encontrase la salida del laberinto de la vida.

En busca de la conciencia.

Autor@: Jorge Moreno

Ilustrador@: Jordi Ponce

Corrector/a: Mariola Díaz-Cano

Género: Humor

Este relato es propiedad de Jorge Moreno, y su ilustración es propiedad de  Jordi Ponce. Quedan reservados todos los derechos de autor.

En busca de la conciencia.

—No sé, quizá me he pasado, no debería haberlo hecho —le digo a Juan poniendo cara compungida—. ¡Tendría que haberlo hecho mucho antes! —continuo, cambiando radicalmente mi gesto y acompañándolo de una sonora carcajada.

—Desde luego, Pepe, no tienes remedio, me lo haces a mí y te mato. No sé cómo sigo siendo tu amigo. Es más, no sé cómo te quedan amigos. ¡Que Luis es tu compañero de trabajo!

—Venga, Juan, la culpa es vuestra, por tener unas mujeres tan macizas. Todos, menos tú. No, no, no digo que Marta no esté buena, sino que tú eres mi amigo de verdad y nunca te haría algo así.

Este chico es de lo más tonto. Si su Martita hace tiempo que le regaló unos preciosos cuernos. Pero el pobre es un poco corto.

—Más te vale, porque si no, te mato. Anda, termínate la copa y te llevo a casa.

Quizá debería llamar a Marta, hace mucho que no quedo con ella. De esta noche no pasa, aprovecharé cuando Juan me deje en casa para asegurarme de que esté sola.

Creo que he bebido demasiado. El bar se mueve a mi alrededor y esa camarera parece que se ríe de mí. No sé por qué, ya le avisé de que no era de comprometerme. ¡Uf menos mal!, ya se para, pero su imagen se desvanece.

—Juan , Juan, me caigo —intento gritarle, pero apenas me escucho.

¿Por qué no me coge? Parece que sus labios quieren dejar escapar una pequeña sonrisa. Intento extender los brazos pero todo se apaga, creo que me estoy desmayando.

¡Ah no! Estoy consciente, ¡qué susto! Tengo que beber menos. Pero, ¿por qué no veo? ¿Me he quedado ciego? Ya empiezo a acostumbrarme a la oscuridad. ¿Dónde estoy? ¿Esto qué es? ¿Y ese olor? Enciendo el mechero y puedo ver algo mejor. ¡Qué asco! Menuda masa repugnante. ¿Cómo habré llegado a esta cueva? ¿Y esa peste? Marea solo de olerlo. Espero no desmayarme de nuevo. He debido de perder el conocimiento y me han traído aquí. No puedo pensar. Estoy empezando a ponerme nervioso. Y encima esa masa… Sí, sí, se está moviendo. Viene hacia mí.

Salgo corriendo. Mis pies se hunden en el suelo viscoso y mis zancadas se ralentizan. La masa asquerosa está cada vez más cerca. Veo un agujero y no dudo, salto por él. Siento mi cuerpo caer hasta que un golpe me frena.

Enciendo de nuevo el mechero. Veo unas cúpulas y un extraño tubo. Lo tengo claro. No sé la razón, pero ahora puedo pensar mucho mejor. Todo está claro. Incluso me sale la tabla del siete sin tener que contar con los dedos. Nunca había tenido tanta facilidad para pensar, es como estar dentro de tu propio cerebro.

Pero no, no es mi cerebro. Estoy dentro de mi propio cuerpo, el sitio de la masa asquerosa era mi estómago. Dudo. Creo que estoy en un sueño, pero no sé si es temporal o si es el sueño eterno. O quizá esté en el purgatorio. Aquí lo veo claro, aquel olor del estómago era cianuro. Nunca lo he olido, pero aquí todo es tan nítido, se piensa tan bien.

Me han asesinado. O al menos lo han intentado. No estoy seguro. No sé si esta es mi condena o quizá todavía no esté muerto. Pero tengo que descubrirlo. Quizá debería salir de aquí, moverme y buscar respuestas. Pero, ¡se está tan a gusto aquí! Pero no hay otra opción, sé que en otro lugar no podré pensar con tanta claridad pero me decido, busco un orificio y abandono, con pena, mis genitales.

Me he introducido en lo que creo que es un vaso sanguíneo, por lo viscoso y lo rojo. Hay zonas que se estrechan y apenas puedo pasar. Estoy hecho un asco. Prometo que si salgo de esta, me pondré a dieta y mejoraré mi alimentación.

Al fin desemboco en un sitio diferente. Ahora pienso peor, pero ese olor es inconfundible: Alcohol. Deshecho mi idea de encender el mechero, esto podría volar por los aires. Cuando llevo un rato, mi vista se acostumbra y distingo otros olores aparte del etílico, que me recuerdan a las comidas de mi niñez. Sin lugar a dudas, estoy en mi hígado. Miro hacia arriba y veo unas zonas negras espeluznantes. Instantáneamente prometo que si salgo de esta, dejaré la bebida. Aquí tampoco tengo respuestas. Debería ir más arriba, a la boca, o a los ojos, para echar un vistazo al exterior, si es que hay exterior.

Me introduzco de nuevo en el torrente sanguíneo y me dejo llevar, hasta que llego al corazón y sin darme cuenta salgo impulsado violentamente. Echo un ojo hacia afuera y veo dos grandes masas ennegrecidas. Prometo que si salgo de esta dejaré de fumar, pero los pulmones no me interesan en este momento, así que nado contracorriente y vuelvo a introducirme en el corazón esperando mayor fortuna en el lanzamiento.

Y la tengo. Tras un tiempo indeterminado a la deriva, la claridad me invade y veo las montañas nacaradas que deben ser mis dientes. Las repaso y veo que no son tan nacaradas y prometo ir al dentista si salgo de todo esto. Pero siento frío y un viento huracanado. Miro hacia la boca y veo un tubo que lanza aire hacia el interior.

Aunque hace tiempo que no pienso con nitidez, deduzco que mi cuerpo, en el que no sé cómo me he introducido, está en un hospital, que todavía sigo con vida y que todo esto debe de ser por algo, alguien me está dando una oportunidad de vivir. Pero tengo que descubrir cómo.

El oxígeno que entra por el tubo termina lanzándome al vacío hasta que encuentro otra vena donde introducirme.

Temeroso, vuelvo a salir. Aquí parece que puedo pensar de nuevo algo mejor, pero no puedo haber llegado tan rápido hasta mis genitales. Además, no se parecen en nada. Esto parece un bosque, extraño, con tallos de los que cuelgan trozos de cuerpos, brazos, piernas, orejas. Oigo murmullos y conversaciones. He debido de llegar a la parte del cerebro que sueña. Pero tanto ruido es insoportable. Me tapo los oídos y corro, pero tropiezo una y otra vez con esos restos de cuerpos. Las voces siguen. Sentado en el suelo me desplazo de espaldas, con las manos apretando con fuerza las orejas, hasta que una pared me detiene. Me giro y lo observo. Es mi cerebro. Siempre pensé que sería algo más grande.

Allí, tan cerca de él, parece que recupero algo de lucidez, no es como cuando estaba en los testículos, pero no me puedo quejar.

Si todo esto tiene un porqué y una explicación, tiene que ser en aquel lugar. Me armo de valor y empiezo a caminar entre esos despojos, fijándome en cada uno. Los restos de cuerpo no me son desconocidos. Veo las piernas de Marisa, mi secretaria, ¿cómo no reconocerlas? Me acerco y escucho. Distingo su voz, quejándose de que no le he vuelto a hacer caso desde que me acosté con ella y que la trato con desprecio. ¿Qué quiere, que le regale rosas?

Sigo avanzando y distingo la inconfundible nariz de Paco, ese tío tan gracioso de la sexta planta que hace tanto que no veo, con su peculiar verruga. Le escucho y me enteró que se pegó un tiro hace tiempo, cuando se arruinó con unas acciones y descubrió que su mujer se la había pegado. Vale, el consejo se lo di yo, pero solo para disimular una vez que me encontró en su casa y le dije que había ido para darle un soplo seguro. ¡Nunca pensé que fuese tan tonto!

Sigo caminando y veo partes del cuerpo de amigos, conocidos y desconocidos a los que escucho y a los que, al parecer, de una manera u otra les he arruinado la vida. Me siento un poco mal.

A lo lejos veo algo diferente. Un destello me hace descubrir un óvalo. Me acerco despacio. Cuando estoy a unos cuantos metros lo veo perfectamente. Es un espejo.

Quizá sea el final de todo. Me acerco con miedo y miro. Doy un salto hacia atrás y caigo de culo. No puede ser. Me levanto y vuelvo a mirar despacio. La imagen refleja a un hombre, pero no puedo ser yo. Ese hombre es feo y repugnante, es calvo, arrugado, repulsivo, lleva por ropa un traje elástico negro, como si fuese un mimo. Yo no soy así, soy guapo, encantador, y tengo estilo, jamás me pondría esa ropa. Aparto la mirada del espejo y la dirijo a mis brazos. Allí está esa tela elástica negra. La toco para confirmarlo y me llevo las manos a la cabeza. Miro al espejo y grito. Me quiero morir, aunque quizá ya esté muerto.

El pánico me invade, las voces aumentan su volumen. Prometo que si salgo de esta, cambiaré, seré una buena persona. Prometo que no volveré a acostarme con ninguna mujer. Prometo, incluso, que echaré monedas a los mimos del parque.

Vueltas, otra vez. Todo da vueltas. Todo se desvanece.

Abro los ojos y la luz me ciega. Oigo unos pitidos y noto la boca seca. Aparece una enfermera. Una chica muy atractiva, con unas caderas preciosas que me muestra oscilantes al salir. Instantes después vuelve a entrar acompañada de un médico.

Me quitan el tubo de la boca y me miran los ojos. Me hablan y me preguntan si les oigo. Digo que sí, pero apenas escucho mi voz.

Me dejan solo. Cada vez estoy más consciente. Creo que lo he conseguido, he superado la prueba. Estoy vivo. Me asquea el olor a hospital, pero pronto podré salir y empezar una nueva vida.

Más tarde vuelve el médico y soy capaz de contestar sus preguntas. Cuando termina el interrogatorio, apoya el trasero en la cama.

—Amigo, has tenido mucha suerte, es raro que alguien pueda sobrevivir a una dosis tan elevada de cianuro. Tiene  usted enemigos que le quieren ver bien muerto.

—No se me ocurre nadie, soy una persona muy querida.

El doctor echa una ojeada por la habitación vacía y continúa.

—Ya. Bueno, eso se lo dejaremos a la policía.

Y se va dejándome a solas con la enfermera. Me mira con una mirada tierna y separa ligeramente sus sensuales labios.

—José, eres muy fuerte. Hay que ser positivo. Yo soy de la opinión de que las cosas pasan por algo y estoy segura de que si tú has pasado por esto es por algún motivo.

—Desde luego que sí. He aprendido la lección.

Le respondo mientras se gira y sale de la habitación y pienso para mí: si alguna vez piensas que has muerto, no prometas cosas que sabes que no vas cumplir.

Ilustración de Jordi Ponce

Esencias.

Autor@: Mariola Díaz-Cano Arévalo

Ilustrador@: Carolina Cohen Polanco

Corrector/a: Mariola Díaz-Cano Arévalo

Género: Aventuras

Este relato es propiedad de Mariola Díaz-Cano Arévalo, y su ilustración es propiedad de  Carolina Cohen Polanco. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Esencias.

Rumbo sur suroeste. Destino: la India.

            No iríamos de vacío porque la red de clientes y socios se extendía hasta Bombay. Pero primero tocamos Da Nang y Saigón. Luego, James quiso bordear el golfo de Tailandia hasta Bangkok. No había estado allí desde su primer trabajo como socio del tío Tejón y su amigo Xiu Chi. Y es que aparte de los Jun, del único que nos despedimos fue de él en la última vez en Lantau desde la aciaga noche en que perdimos al tío.

            Xiu Chi fue quien se ocupó de sus exequias y su casa. James había enrolado a Seng, su hijo, el más joven de la tripulación del Old Oak, como agradecimiento a la ayuda que le prestó Chi al embarcarlo él primero en su pequeño mercante que operaba en las costas tailandesas. Seng era tres años mayor que yo y su tarea más exclusiva había sido vigilarme cuando no habían estado el tío Tejón ni el capitán, sobre todo desde que también embarqué. Se había convertido en mi mejor amigo a bordo y ahora era el más triste.

            Pobre Seng. Yo aún le estaba pidiendo perdón por darle esquinazo en Hong Kong aquel terrible día, pero no había podido evitar que él también se sintiera mal y se disculpara mil veces por haberme perdido la pista. James jamás se lo había tenido en cuenta. Después, Seng también se había quejado por no acompañarnos en la búsqueda de Sarah Constable. Estaba seguro de que, de haber ido, Huo no se habría atrevido a tendernos aquella trampa. Pero eso ya no importaba y ahora se sentía muy apenado.

            Xiu Chi nos deseó todos los parabienes y luego nos llevó donde descansaba el tío Tejón. Entonces James y yo nos permitimos compartir por fin un llanto desconsolado por Chang Wei Hu, el hombre que había salvado nuestras vidas y dio la suya también por nosotros. No solo no lo olvidaríamos nunca, sino que ya no dejaríamos de echarlo de menos.

            Después, zarpamos en un día gris y la pena se me fue disipando ante la ilusión por el futuro más inmediato y todos los sitios que veríamos. Me di cuenta de que pese a mi vida poco convencional navegando los últimos tres años por casi todo el mar de China, en realidad no conocía más mundo que el de mis libros.

            Bangkok, la Ciudad de los Ángeles, con sus canales y sus templos me maravilló. Y eso que aún se apreciaban en algunas zonas los estragos de los bombardeos de los aliados en la guerra porque Tailandia pagó cara su alianza con Japón. De allí partimos con un flete de madera con destino a Singapur, la Ciudad de los Leones, que también me gustó mucho. Nos quedamos tres días y al cuarto estibábamos un cargamento de caucho y zarpábamos hacia Ceilán. Y en Colombo, tras pasear por el mercado de Pettah, supe que aquellos olores y colores se me quedarían impregnados para siempre en la piel y la retina, sobre todo cuando después entramos en el mar Arábigo para bordear la costa oeste de la India, donde se multiplicaron en cada puerto que tocamos desde Mangalore hasta Goa.

            Estuvimos cinco días en la bonita ciudad aún bajo dominio portugués, con sus larguísimas playas y su antiguo barrio que me recordó al de Macao. Tuve emociones encontradas al evocar la desafortunada experiencia con los Gonzalves, pero, en especial, por lo que había leído en el diario de James sobre su estancia apenas unos meses antes. Las aumentaron sus palabras de la primera noche atracados, que escuché estremecida por saberlas tan ciertas.

            —Pensé mucho en ti. Estaba muy confundido, sin entender que pudieras mirarme así y…

            Yo le había puesto los dedos sobre los labios.

            —Y han ocurrido muchas cosas después, ¿verdad?

            —Pero no buenas.

            —¿No? ¿Ninguna? —Me había inclinado sobre él, en su litera, donde me dejó quedarme siempre que lo busqué en la larga travesía.

            James había sonreído, me había echado en su pecho y yo me había dormido con el olor único de su piel, que allí parecía saberle a canela y sal al mismo tiempo.

            Pero al marcharnos de Goa el buen ánimo me abandonó durante el último tramo de navegación hasta Bombay. No había querido pensar en la despedida más importante que nos aguardaba: la de la tripulación. Seng me encontró en cubierta el día antes de arribar. Me saludó con una apagada sonrisa y un vistazo al cielo completamente azul.

            —Por fin ha desaparecido la bruma. Hace demasiado calor en este país.

            —¿No te gusta?

            —Oh, sí, mucho, pero… Yi, he hablado con tu padre —dijo con gesto más compungido que grave.

            —¿Qué pasa?

            —Nada, es que quería insistirle en acompañaros, y si ahora no puede ser, pues más adelante, cuando llevéis un tiempo en Inglaterra. Sé que nos agradeció que todos estuviéramos dispuestos a llegar hasta allí, y entiendo que no pueda ser por todo el tiempo más que tardaríamos, sino por el que pudiésemos pasar tan lejos sin que él esté seguro de qué hará. Y lo comprendo más para los hombres con familia, pero otros no la tenemos.

            —¿Y tus padres y hermanos?

            —Sabes lo que quiero decir —desvió la mirada y yo asentí sonriendo—. Pues por eso él podría llamarme si necesitara a alguien como yo. Aunque si se incorporase de nuevo a la Armada…

            Era verdad que James podría volver a la Armada. Francis Constable le había dicho que trataría de conseguir que así fuera. James se había negado a pensarlo. Si se había decidido a regresar a Inglaterra, había sido únicamente por sus padres y por mí. Suspiré.

            —Estoy segura de que te llamará si te necesita —dije con un guiño.

            —También le he hablado de ti. —Bajó la cabeza. Por un momento me sorprendí, pero enseguida supe que lo que vi ya lo había imaginado aunque no había querido darle importancia—. Debería haberlo hecho antes porque somos amigos y creo que sabes cuánto te… aprecio.

            Entonces le cogí la mano.

            —Lo sé, y yo también te aprecio y seguro que él te ha dicho que por supuesto cuidarías de mí aún mejor. Pero no debes preocuparte, ¿o es que se te ha ocurrido pensar que dejaremos de ser amigos aunque estemos lejos?

            Lo empeoré, pero al intentar rectificar él habló:

            —No, claro, pero… Bueno, lo entiendo también. No soy muy extraordinario y tú eres única.

            —Seng, por favor…

            —No, al menos habré tenido el valor de decírtelo como a él: que mi… afecto es sincero y lo mantendré. Debes saberlo para que no lo olvides, porque yo no lo haré.

            —Yo tampoco, Seng, créelo.

            —Pues eso me sirve. —y la voz se le recompuso al igual que la sonrisa. Yo se la devolví procurando que no notara lo mal que me sentía y lo mucho que admiré ese valor. También sentí que veía otro momento atrás en el tiempo, pero que permaneció tácito en miradas como aquélla. Con un escalofrío creí ser mi madre cruzándola con unos mudos ojos claros. En otro segundo maldije aquel silencio que ya no se rompió y sus consecuencias, y al siguiente me angustiaba por entender que, de no haberse mantenido, quizás yo no existiría ni tampoco mis sentimientos por esos mismos ojos. ¿Habría sentido ella también la profunda punzada de pesar por no poder ponerse en su lugar? Los de Seng eran oscuros y limpios, y distinguieron mi ausencia—. ¿Estás bien? Has temblado. Vamos dentro.

            —No, no pasa nada. —Y entonces lo abracé, sorprendiéndolo y sintiéndome afortunada por ahuyentar silencios—. Siempre serás el mejor amigo que habré tenido. Eso es lo que no debes olvidar tú. Y te llamaré cuando te necesite, pero prometo no meterte en más aprietos.

            —Pues mientras tanto, ten la mejor vida y sé feliz.

            —Tú también, Seng.

            —Yo siempre estaré a las órdenes de los Lung.

            Esa noche fue la última navegando en el Old Oak. James no me dijo nada porque sus silencios solían expresar millones de palabras.

            Entramos a Bombay por Colaba para ver la Puerta de la India, el magnífico monumento erigido para la visita del rey Jorge V a principios de siglo y por el que —en una simbólica imagen— hacía solo dos años antes habían abandonado el país las tropas británicas después de tanto tiempo y graves conflictos. El lujoso hotel Taj Mahal al fondo también me impresionó. Entonces, uno de los múltiples prácticos del inmenso y congestionado puerto se abarloó al Old Oak para indicarnos que lo siguiéramos. La maniobra habría sido normal de no ser porque pareció haber estado esperándonos especialmente a nosotros.

            Recordé las palabras de Francis Constable a James: «Sea cuando sea, simplemente llegue hasta Bombay y allí no se preocupe por nada más. Si todavía puede creer en la palabra de un hombre, confíe en mí, por favor. Si le fallo, no solo no me lo perdonaré jamás, sino que habré perdido la fe en la justicia y lo más importante, mi honor». De modo que seguimos al práctico hasta un muelle de posiblemente la más lejana sección del gran puerto, atestado de barcos de toda condición y bandera.

            Yo estaba acostumbrada al aparente caos de los puertos, pero en los de la India ese caos sí parecía real. En aquella extensa bocana el tráfico marítimo me resultó tan incesante como abrumador, solo comparable al del Shanghai desbordado durante la invasión japonesa, aunque allí la presencia de navíos de guerra no era mucha y se concentraba en una zona restringida. No sé por qué me sentí tan intimidada pero un nudo me apretó la garganta tras el atraque. Cuando el Old Oak partiera otra vez, lo haría sin nosotros.

            Apenas colocábamos la pasarela para desembarcar, vimos acercarse a dos agentes aduaneros que flanqueaban a un hombre alto con aire distinguido, de unos cincuenta y algunos años y vestido con un impecable traje. Tenía la mirada translúcida y cuando James apareció, sonrió con afabilidad y se adelantó.

            —¿Capitán James Lung? Mi hermano me dijo que usted no confiaría en nadie que hubiera venido en mi nombre. Soy Robert Constable —y le extendió la mano—. Sea bienvenido a Bombay.

            —Gracias, pero ¿cómo ha sabido que llegábamos?

            —Francis me informó cuando hicieron escala en diciembre. Comentó que posiblemente usted no tardara en regresar a Inglaterra, así que me pidió que estuviera pendiente. Con un hermano vicealmirante y los datos de su barco, nos ha sido relativamente fácil seguirle el rastro en cuanto ha tocado costas indias. Francis me insistió mucho en que me encargara de ustedes personalmente. Estaba agradecido de verdad por su ayuda en la exitosa búsqueda de mi sobrina.

            —Pues le agradezco que haya venido, pero ahora debo ocuparme de la carga que traemos y sus trámites.

            —Por supuesto. Pero no se preocupe por esos trámites porque estos caballeros ya los han resuelto. Yo regresaré esta tarde para llevarlos a la embajada. ¿Le parece a las tres?

            Desde el portalón noté cómo la sincera disposición de Robert Constable hizo vacilar a James de la misma forma que su hermano le había agrietado la dura coraza de protección. Dio el paso nuevamente.

            —De acuerdo. Gracias otra vez.

            Robert era el mediano de los tres hermanos Constable y un alto funcionario del consulado británico. «Con el mayor en la Armada y el pequeño en la RAF, alguno tenía que quedarse en tierra, y desde luego puse mucha de por medio», había comentado jocoso cuando volvió más tarde.

            Llegó a Bombay con su familia en los años veinte. Los problemas con el movimiento de independencia encabezado por su carismático líder, Mahatma Ghandi, habían empeorado después de la segunda guerra mundial hasta las conversaciones de hacía tres años, de las que Robert había sido testigo por su trabajo al servicio de Lord Mountbatten. Cuando la independencia de la India se hizo efectiva, se retiraron las tropas coloniales y la mayoría del funcionariado civil, salvo el oficialmente necesario. Él decidió quedarse. «Este país es un avispero. Demasiadas religiones, lenguas e intereses. Y nosotros, claro. Pero también es mágico. He tratado de hacer mi cometido de la mejor forma en estos difíciles años y tengo una posición que me permite vivir bastante bien». Así que allí seguía.

            —Ocupándome de asuntos parecidos al suyo aunque no tan particulares —había dicho cuando entramos en su despacho.

            James me había llevado. Esos asuntos también eran míos. Robert Constable por supuesto aceptó mi presencia.

            —Siéntense, por favor. Seré breve. Por una parte, mi hermano me contó lo necesario sobre su especial situación legal que deberá resolverse en Londres. Así que desde aquí actuaremos como con todo ciudadano británico con un problema con su documentación, proporcionándosela de nuevo con independencia de la que poseen del gobierno chino. Por otra, las indicaciones más personales son asegurarle también el desplazamiento a Inglaterra desde aquí, como él le sugirió. De modo que en una semana, saldrán en un vuelo a Estambul y desde allí tomarán otro hasta Londres. —Entonces Robert alzó una mano ante el gesto de James—. He contactado ya con mi hermano y ahora él le dirá personalmente que no ponga esa cara.

            Y descolgando un teléfono a su izquierda, establecía una conferencia con Londres y le extendía el auricular a James. Yo lo observé sonreír, expresar un único saludo y luego ir asintiendo con aquel brillo en sus ojos que nunca le había visto tan de seguido, igual que las emociones tan intensificadas que ahora mostraba tan plenamente. Acababa con una afirmación y un nuevo agradecimiento.

            —Pues ya lo ha oído —dijo Robert al colgar—. Así que tómese el tiempo que necesite con los asuntos de su barco y volveré a por ustedes cuando me digan.

            Dos días después Robert Constable nos invitó a su casa. Nos había ofrecido alojamiento allí, pero James había querido permanecer en el Old Oak y yo también quise seguir haciendo mi trabajo hasta el momento de despedirnos. Pero aceptamos aquella invitación a cenar y vino a recogernos el mismo chófer de la embajada. La casa de los Constable era una de las varias que la rodeaban, en el barrio del Fuerte, y tenía un pequeño jardín delante.

            Robert se admiró mucho al verme con uno de mis más bonitos quipaos de color rojo y mi pelo en un recogido. Al igual que a su hermano, también le había resultado llamativo que yo me considerara un tripulante más.

            —Sin duda que ha educado usted a su hija con insólita libertad y los resultados son inmejorables —le dijo a James cuando entramos—. Ojalá yo pudiese convencer a mi esposa para que la mía fuese más independiente, pero me temo no llegar a lograrlo nunca.

            —A veces son las circunstancias —contestó él— y yo me temo que las mías han sido excepcionales.

            —Bueno, yo espero que con su presencia, hoy pueda conseguir algo. Alice se impresionó mucho con el relato sobre el rescate de su prima y está deseando conocerlos.

            Nos llevó hasta un gran salón con una mesa exquisitamente preparada para cenar y nos presentó a su esposa Elizabeth, una mujer muy delgada, elegantemente vestida, con pelo dorado y ojos color miel, que nos saludó con una sonrisa que sin embargo no ocultó un gesto distante.

            Como contraste, el entusiasmo de Alice Constable fue genuino y rápidamente quiso preguntarnos por todo. Tenía diecinueve años, pero por su aspecto y maneras parecía más joven, una niña mimada que posiblemente no había querido ser. Por último, apareció Edward, el hijo mayor, que se disculpó con fingido embarazo por su retraso. Tenía veinticuatro años y era un espejo de su padre, con quien compartía la mirada y el porte de los Constable, pero como comprobamos también pronto, el carácter era el materno mientras que el de Alice era igual al de Robert. Tuve una incómoda sensación ante la mirada que me dedicó y que ya no me apartó en toda la noche. Edward traía a su prometida, la hija de uno de los banqueros más importantes de Bombay. Se casarían en breve y el ajetreo de los preparativos había sido la causa de la tardanza.

            Robert Constable fue un magnífico anfitrión y la cena transcurrió agradablemente. Yo había estado nerviosa: la última velada parecida terminó muy mal. Aunque era una tontería, me tranquilizó no haber soñado con búhos. En realidad, era solo la falta de costumbre a esa vida social tan especialmente británica. Y aunque lo supiera por James, él tampoco había frecuentado mucho un ambiente como aquél. Sin embargo, Robert actuó como si nos conociera de siempre y Alice era tan espontánea y curiosa por todo que también ayudó a no sentirnos como peces fuera del agua. «Porque quizás ya nos hemos convertido en eso», me había susurrado James al sentarnos, haciéndome sonreír. Estaba especialmente atractivo y su dragón asomaba por el cuello de la camisa blanca bajo la chaqueta del traje atrayendo todas las miradas. Alice, ignorando una mirada reprobatoria de su madre, le preguntó por él y James le contestó sin ningún problema, y también respondió con una media sonrisa a un más capcioso Edward sobre si su tío Francis lo había contratado como mercenario.

            —Solo soy un marino mercante que conoce bien las costas del mar de China. Tu tío había oído hablar de mí por ser inglés, nada más.

            —¿Pero no arriesgó mucho llevando a su hija? Me refiero a que sabían que habría peligro y de hecho resultó usted herido —intervino Elizabeth, con cierto deje crítico que no me gustó.

            —Señora Constable, él no quiso que fuese pero yo creí poder ayudar —respondí directamente—. Y lo hice, aunque sin duda lo que más lamenté fue esa herida.

            —Oh, mamá, si pensáramos en las veces que podemos estar en peligro voluntaria o involuntariamente, nunca saldríamos de casa, ¿no? —dijo Alice antes de dirigirme una cálida sonrisa—. Yo creo que fuiste muy valiente y usted también, señor Lung.

            —Desde luego tu prima te contagió su inconsciencia, pero ahora nos faltaba esto —comentó Elizabeth.

            —Querida, esta vez estás en minoría —dijo Robert oportunamente—. Me parece que todos alabamos la valerosa acción aunque fuera arriesgada.

            —Y la inconsciencia es un concepto bastante relativo —dijo entonces James, manteniendo la desdeñosa mirada de Elizabeth antes de añadir—: Por mi experiencia, la consciencia en actos o palabras suele ser más peligrosa y dañina.

            —Pero la inconsciencia suele denotar estupidez —contestó ella—, y no me gustaría que mi hija la desarrollara. Ni tampoco el descaro.

            —Cierto, pero para eso está la confianza que tenga usted en ella. Es difícil porque siempre queremos estar pendientes, ¿verdad? —James sonrió abiertamente—. Pero le aseguro que si se la demuestra, ella le responderá igual, como Yi a mí, y aunque sea con ese descaro.

            Elizabeth ya no respondió. Fue Robert quien, cuando nos marchábamos, nos detuvo un momento.

            —Por favor, disculpe si los comentarios de mi esposa han podido contrariarlo. Temo que no se haya adaptado a estar aquí pese a los años, y siempre que coincide con quienes regresan a Inglaterra se muestra disgustada.

            Pero James solamente insistió en agradecerle la invitación y Robert me pidió que aceptara la proposición de Alice para enseñarme la ciudad con más detenimiento al día siguiente. Edward nos acompañaría porque debía hacer gestiones de su trabajo también en la embajada. Yo pretexté tener que terminar el mío, pero James me animó a ir.

            —¿Por qué me has obligado a aceptar?

            —¿Cuándo te he obligado yo a algo?

            —Alice es muy agradable pero Edward y su madre no me han gustado, ni a ti tampoco.

            —¿También te he hecho tan desconfiada además de descarada?

            —Pero eso sí te gusta.

            James se rió en la penumbra del camarote mientras me acoplaba a su costado. Nos quedaban dos días en el Old Oak porque queríamos desembarcar antes para no prolongar la despedida. Una mañana nos ocurrió tener la sensación de que cuando dejáramos de respirar el aire de sus mamparos, cámaras y pañoles, quizás nos asfixiaríamos con los intensos olores de aquel país, o con los nuevos, o con los del pasado.

Por primera vez los ojos de James habían temblado por miedo al porvenir. Yo había querido quitárselo con besos que necesitaba más que el aire de ninguna parte, pero sabía que eso aún le preocupaba más y que cuanto más me daba, más me los buscaba. «Dios… Intentar no amarte solamente me hace amarte más», me había susurrado una de esas noches, echado sobre mí, con sus dedos delineándome el cuerpo, trazando un camino imaginario de donde decía no poder salirse nunca ni perderse. «Porque es el laberinto perfecto, sin principio ni final, con los desniveles más hermosos». Y me había rodeado los pechos y el pubis con los labios. «Sí, el camino a lo esencial». Después, todas las sombras siempre las extinguía la luz de sus ojos.

Ilustración de Carolina Cohen Polanco

—Como ahora —evoqué en voz alta.

            —¿Qué?

            —Que sí, que soy descarada.

            Se rió otra vez apretándome más contra él.

            La visita por Bombay me fascinó por el impactante contraste entre la opulencia y la pobreza más extremas, pero también por la sonrisa perenne y la belleza incomparable de sus habitantes. Olores, colores, sabores, sonidos de lenguas y música, caos y orden al mismo tiempo. Allí parecían infinitos.

            Alice también hablaba con admiración y compartía la diplomática postura de su padre sobre la independencia del pueblo indio. Pero Edward solo mostraba interés en mantener la posición social y mejorarla con su matrimonio con la hija de aquel importante banquero.

            —Pero no la ama, yo lo sé —me dijo Alice cuando él se quedaba en la puerta de un comercio de telas donde entramos—. Te darías cuenta de que apenas sí sabe hablar aunque sea tan guapa. Y no es por timidez, es que no la sacarás nunca de su ropa o la inmensidad de las tierras de su familia en Surrey. Pero para mi madre es ideal: hija única con esa dote, la excusa perfecta para regresar a Inglaterra, porque su padre quiere enviarla allí cuando se case. Mi hermano tendrá un puesto en la central del banco en Londres. Bueno, pues aquí nos quedaríamos mi padre y yo. A mí sí me gusta su trabajo —había concluido con una mezcla de desdén y determinación.

            —Pues hazlo —comenté sin pensar y me apresuré a precisar—: Quiero decir que podrías hacerlo, ¿no? Como secretaria o ayudante.

            —¿Como tú con tu padre?

            —Algo así —sonreí ante su gesto sorprendido, pero ella terminó frunciendo el ceño.

            —No, para mi madre eso sería impensable. También espera que me case bien y cuanto antes.

            —Claro, eso también, ¿por qué no?

            Me había mirado con mayor interés, pero ya no dijo nada más aunque pareció quedarse meditando en ello el resto del tiempo.

            Cuando regresamos al anochecer, les agradecí el paseo y el almuerzo al que nos había invitado Edward, que quiso llevarme al puerto. No evité un reparo ante la molesta sensación de haber estado siendo observada constantemente por aquellos ojos translúcidos que si en su tío Francis o en su padre lucían limpios, en Edward tenían un fondo inquietante. Pero negarme habría sido descortés. A la entrada de los muelles detuvo el coche y, solícito, se bajó para abrirme la puerta, pero cuando me ayudaba a salir, me retuvo cogiéndome la mano.

            —Conocerte ha sido un inesperado placer—dijo en un tono suave y apretándomela.

            —Eres muy amable —dije también suavemente pero tensando el brazo.

            —Podría serlo mucho más, sobre todo con chicas con una vida tan interesante navegando como un marinero. No lo pareces en absoluto, tan bonita y exótica. —Se me acercó más.

            —Sí, pero las apariencias pueden engañar y te agradecería que me soltaras —dije tranquila, aunque miré a mi oscuro alrededor.

            —Eh, seguro que estás muy acostumbrada a los hombres —siseó entonces.

            —A los que saben comportarse, sí.

            —¿Es que estoy haciendo algo incorrecto?

            —¿Quieres hacerlo?

Se rió.

            —Sí, lo mejor es que hablas así de bien. ¿Es esa mezcla? En realidad, soy como tu padre, también me gustan las mezclas y la tuya es extraordinaria.

            Entonces se me puso a unos centímetros de la cara y pude sentir su aliento casi en la boca que retiré.

            —¿Yi? ¿Eres tú?

            Edward se apartó liberándome al instante cuando ambos miramos hacia la voz en cantonés. Seng se acercaba con paso tranquilo pero firme.

            —Estaba de guardia y he visto el coche. —Tenía un gesto muy serio.

            —Sí. El señor Constable se despedía. —Y dirigiéndome a Edward le dije en inglés—. Muchas gracias otra vez… Ah, y algo más: nunca vuelvas a compararte con mi padre.

            Y pasando por delante de él, sonreí a Seng y nos alejamos. El coche derrapó tras arrancar. No se me ocurrió decirle nada a James porque pensé que todavía podía haber reacciones que no quería verle. Tampoco vi ya más a Edward Constable.

            Li Ming, Zhong, Lao, Wang el cocinero… Los abracé a todos con un cariño y gratitud que jamás podría devolverles. James ya se había despedido y permaneció apartado con el gesto más que abatido. Junto con Tejón, aquellos leales hombres habían sido lo más parecido a una familia durante más de diez años. James había dispuesto que Ming se quedara al mando del Old Oak. No variarían las rutas ni los negocios y lo más importante era que nos fuera bien, sobre todo a James después de tanto tiempo lejos de su hogar.

Cuando me despedí de Seng, lo besé nuevamente recordándole sus palabras pero él ya no pudo hablarme. Al desembarcar, no quise mirar atrás por miedo a no ser capaz de continuar. James tampoco lo hizo y nos metimos en el coche que nos envió Robert Constable y que nos llevó, por cortesía de la embajada, al hotel Taj Mahal. Y esta vez Robert no permitió que nos negáramos.

Al entrar en la habitación y dejar el equipaje en el suelo alfombrado, me aproximé al ventanal del balcón que miraba a la Puerta de la India y el mar, como si desde allí pudiese ver al Old Oak cuando pasara. Cuando me giré suspirando, James se había sentado al borde de la cama y abría una carpeta que le había entregado Robert. De ahí, sacó unos documentos: los pasaportes. Me senté a su lado. Él me dio uno, pero me estremecí más al verle los ojos fijos en el suyo donde un nombre por fin también salía del fondo del mar.

James Thomas Bates, nacido en Bristol el día de Navidad de 1906, regresaba a la vida quizás porque el espíritu del capitán Lung quería quedarse en su barco. El primero no había llegado a tener nada y el segundo ahora le cedía el laberinto de dos existencias entre las que me mecía yo.

No sé cuánto tiempo estuvimos en silencio hasta que apoyé la cabeza en su hombro y le dije:

—No eres ninguno de ellos. Simplemente eres tú.

—Sí, ahora lo sé —contestó con la voz tan rota y grave y miró alrededor—. Ahora que no estoy en ningún sitio y no tengo más que esas maletas y a ti.

—Tienes lo que eres y eso, para mí, es todo.

            No salimos de aquella habitación en un día. Quiso perderse en mi laberinto y me pidió que yo también fuese siempre solo Yi y que cada vez que dudáramos en la nueva vida que venía, recordáramos aquel momento que ya siempre sería nuestro. Yo únicamente obedecí a mi padre, me reí y lloré con mi amigo y amé el cuerpo que contenía mi corazón. Y él, los tres, todos, me hablaron y me amaron como nunca transformándome en las esencias que nos rodeaban.

            —¿Te asusta volar? —le pregunté al siguiente amanecer.

            —No, ¿por qué? Llevo media vida sin poner los pies en la tierra.

            El día que Robert Constable y Alice nos llevaron al aeropuerto el húmedo calor de Bombay sirvió de filtro para matizar la emoción. Ahora los vientos y las corrientes no tendría forma, aunque las derrotas del cielo también están marcadas, y yo no sé si estaba más excitada por poder acercarme un poquito a las estrellas que por la travesía a otro mundo.

            Nos despedimos de ellos verdaderamente agradecidos y Robert entregó a James más cartas y documentos para su hermano. Alice nos deseó buena suerte y Robert nos acompañó hasta la misma aduana, donde se aseguró de que no hubiera ningún problema. Ya en tierra de nadie y con una sensación extraña al no poder dirigir el rumbo con nuestras manos, decidimos desaparecer en aquella marea de pasajeros, europeos en su gran mayoría.

            Después, el cielo no se apagó y no pude ver más estrellas que el sol entre nubes de sueño y silencio. Volar fue otra inmensa experiencia que compartí con James, aunque tal vez fue un sueño de verdad. Pero todo fue quedando atrás: la India, la guerra, los búhos, el coral, el bambú, China.

            —Te traeré aquí, te lo prometo —me dijo cuando cruzábamos la zona de tránsito en el aeropuerto de la milenaria ciudad de Estambul para enlazar el vuelo a Inglaterra. Ningún retraso, ninguna dificultad, ninguna duda. Como si lleváramos una brújula dentro del cuerpo. James sabría guiarse hasta sin tiempo—. Verás el Mediterráneo, te lo enseñaré también. —Y poco a poco se fue haciendo más niño y yo dejé volver a William.

            No sé si fue por la mañana o por la tarde cuando el cielo quiso abrir en vano las densas nubes que vi debajo. El brazo de James me rodeaba los hombros y su mirada perdida también era gris.

            —Quizás tengas frío —le oí besándome el pelo antes del suspiro irónico pero teñido de emoción, con el corazón saliéndole por la boca, y el mío con él—. Llueve sobre Londres. Qué raro…

Mariola Díaz-Cano Arévalo

Septiembre 2012

Al final del hilo me encontrarás.

Autor@: Juan Ramón Lorenzana Fernández

Ilustrador@: Marta Herguedas

Corrector/a: Mariola Díaz Cano

Género: Drama

Este relato es propiedad de Juan Ramón Lorenzana Fernández, y su ilustración es propiedad de  Marta Herguedas. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Al final del hilo me encontrarás.

Ilustración de Marta Hergueras

No creas todo lo que te cuentan, sobre todo si te has enamorado de tu profesor de griego.

Estaba desnuda junto a la ventana, y él me decía que no me moviera. Yo le obedecí.

Dos o tres minutos estuve mirando las luces de la ciudad, los coches que pasaban, dos o tres aviones que surcaban el cielo y… la luna llena que por entera me bañaba. Tenía miedo (creo), porque me temblaba todo el cuerpo, y, aunque intentaba portarme bien y no hacer el más mínimo gesto, a veces las rodillas me flaqueaban, el cuello se arqueaba, espasmos en el vientre me advertían… que él pronto llegaría.

Lo sentí antes de que me tocara; quizá fuera su olor, los pesados pasos en el entarimado, su aliento en mi despejada nuca o… quizás mis muslos, por los que ahora corría el deseo que mi sexo derramaba. Me mordió en el cuello y me hizo daño, pero no suficiente como para, agarrándole por el pelo, impedirle que me soltara. Sus manos acudieron a mis pechos y… me preguntó mi nombre.

El primer día de clase fue… sorprendente. Esperaba mucho de aquel profesor que, con aire cansado, entró en la clase y se colocó dando la espalda a la pizarra para mirarnos durante más de diez minutos sin decir ni media palabra. En ese tiempo fue como si su cuerpo se achicara, sus facciones se desdibujaron hasta casi hacer desaparecer sus ojos, nariz y boca. Los hombros caídos, los brazos abandonados a su suerte a ambos lados de un cuerpo que parecía exhausto, y, cuando el silencio se convirtió en estruendoso murmullo, comenzó a llorar.

Poco a poco los alumnos se fueron marchando del aula sin que él hiciera el menor gesto por huir de allí, por esconderse, por limpiarse las lágrimas que a duras penas conseguían saltar las arrugas de su cara, por… Y de repente dijo: “Hoy hablaremos del mito de Ariadna”. Los cinco alumnos que todavía quedábamos en la clase nos miramos entre confundidos y asombrados. Cuarenta y cinco minutos más tarde se marchó sin decir adiós, hasta mañana o cualquier otra cosa.

Lo seguí precipitadamente en cuanto salió del aula. Rondaba los cincuenta años, aunque parecía que tenía unos cuantos miles más. Yo conocía su historia; todo lo que él había escrito sobre la Grecia mitológica y los filósofos presocráticos: Mileto, Aristóteles, Heráclito y Parménides;  sobre los sofistas y Sócrates; sobre Platón y la filosofía helenística; sobre los peripatéticos, escépticos, cínicos, epicúreos y estoicos. Me tenía rendida, desde hacía mucho tiempo, a su conocimiento, ingenio y destreza.

Eminente y prestigioso maestro, era respetado por sus iguales a pesar de su juventud; pues, al parecer, para ganarse algo de consideración en ese mundo, es necesario ser casi tan viejo como los personajes y textos objeto de estudio. Pero él consiguió saltar esa barrera impuesta por la endogámica élite académica gracias al éxito de publicaciones como “Pitágoras: La Filosofía Matemática”. Cuando digo “éxito”, me refiero entre los círculos académicos de prestigiosas universidades extranjeras. Y esa combinación mágica de extranjera y universidad fue la llave que le abrió las puertas a la cátedra de Filosofía. Inmediatamente después llegó el escándalo con la publicación de “Desde la Grecia clásica al clásico griego”, libro que le trajo fortuna y fama entre el público general no especializado en estos temas, debido a lo escandaloso que, para muchos, supuso la mezcla de sexualidad y filosofía en el tratamiento de marmóreos personajes históricos como Aristóteles, Sócrates, etc. Y, cuando parecía tenerlo todo, que tanto honores como dinero y fama no le eran esquivos, la “Desgracia” se presentó como siempre generosa para hundir su afilada daga en el corazón del ilustre profesor.

Tan sólo llevaba tres meses de casado cuando su esposa murió, o quizá sería mejor decir que apareció sujeta por el cuello al extremo de una cuerda mientras el otro extremo estaba firmemente atado a una viga maestra de la bonita casa que su esposo había comprado para vivir con ella el amor de su recientemente estrenado matrimonio. Todo fueron condolencias, pésames, abrazos y lágrimas para el joven profesor trágica e inesperadamente enviudado hasta que, pasados unos días del doloroso suceso, llegó el informe del médico forense que, con toda rotundidad, calificaba la muerte no como suicidio, como todo el mundo había supuesto, sino como “HOMICIDIO”. Al parecer, en el cuello de la desafortunada víctima aparecieron dos marcas de sendas estrangulaciones de su frágil cuello. La primera, la que le produjo la muerte, con pequeños hematomas en toda la periferia. Por encima de esta, una segunda y más profunda abrasión sin ningún hematoma, señal inequívoca, según el forense, de que la víctima ya estaba muerta cuando fue ahorcada.

El joven profesor de griego fue condenado a veinte años de cárcel, aunque sólo cumplió diez. La causa de su anticipada excarcelación no fue la buena conducta, que la tuvo, ni que su abogado reclamara un nuevo juicio o una revisión de la sentencia, que ni lo hubo ni la pidió. Simplemente fue que apareció el verdadero asesino. Y digo apareció, porque no fue la “hábil” labor policial la que logró sacar a la luz la verdadera identidad del asesino, sino un sacerdote, que de improviso se presentó ante la policía para hacer una declaración, por mandato de un hombre, que le contó el pecado que cometió hacía diez años, él creía por amor, y sólo ahora, que la muerte lo tenía agarrado por el pecho con un cáncer de pulmón, reconocía que sólo fue por celos, odio y rencor. Y así lo contó:

“Tres años juntos, a hurtadillas compartiendo besos, caricias, confidencias y amor. Ella profesora de literatura e hija de un famoso escritor, yo, un simple operario encargado del mantenimiento de las instalaciones de la universidad. Nos conocimos cuando se estropeó el aire acondicionado de su despacho y… surgió el amor. Pero llegó él, con sus aires de superioridad y su verbo fácil, y le habló de todos esos griegos con sus ininteligibles divagaciones sobre la vida, el ser y todas esas paparruchas. De improviso un día me dijo que lo nuestro se había acabado, que había estado bien pero que todo empieza y acaba y que surgen, casi a diario, nuevos caminos en la vida que uno ha de tomar si no quiere empobrecerse y… no sé cuantas tonterías más. A la semana siguiente supe de su inminente boda con el eminente profesor. Creí morir, pero no fue así. Viví rodeado de fantasmas que me escupían su ponzoñosa verdad: ¡Eres poca cosa para ella! ¡Se ha reído de ti! ¡Sólo has sido un entretenimiento para ella! ¡Pero tú quién te creías! ¡Ahora le besa a él!, ¡abre sus piernas para él!, ¡se arquea y gime con él! Y no lo pude soportar. Sabía que estaba sola en su casa y no me fue difícil entrar sin ser visto. Después… después intentó suplicar, sus ojos me miraban sin creer lo que pasaba; incluso más tarde, cuando su cuerpo lacio ya no protestaba, sus ojos continuaban mirándome sin entender nada; incluso ahora, siento que me mira esperando una respuesta que… pronto llegará”.

La noticia de su excarcelación y la causa de la misma saltó a los medios de comunicación, que se echaban las manos a la cabeza ante la tragedia personal y el fracaso del sistema policial y judicial. Por supuesto, no criticaron su propia actitud en aquellos momentos en los que exigían a los tribunales una sentencia ejemplarizante ante el continuo goteo de casos de violencia contra la mujer. Tampoco se celebró ningún acto de reconocimiento o desagravio tras su vuelta a la universidad. Pero no era de extrañar, ninguno de sus “colegas” estuvo a su lado cuando el mundo se hundió bajo sus pies; de hecho, muchos rencores que esperaban ovillados en oscuros rincones de envidiosos corazones, aprovecharon la oportunidad para salir a la luz disfrazados de justicieros oradores, cuando no heroicos salvadores de honras, dignidades y derechos. Ni los que hablaron, ni los que callaron; tampoco los que se hicieron a un lado, ni los que en primera fila gritaron; ni siquiera los que fingieron no conocerlo o los que realmente mintieron. Ninguno, ninguno de ellos fue a recibirlo cuando llegó a su aula de la universidad después de diez años de difamante reclusión.

No caminaba solo, arrastraba consigo su pesada sombra, que al llegar a la iluminada entrada de su casa también lo abandonó; y en ese preciso instante él se volvió, me miró, y sin mediar palabra alguna, de nuevo comenzó su perezoso caminar, dejando tras de sí una inabarcable tristeza, y la puerta abierta.

Sus suaves y temblorosas manos sujetan mis pechos como si tuvieran miedo de romperlos, y debo ayudarlo con las mías para que apriete y dé satisfacción a mi deseo. Siento su trémulo sexo, su respiración entrecortada, cómo me huele, y…, apoyando su frente en mi espalda, parece llorar. Es justo en ese momento cuando siento el deslizar rasposo de la cuerda por mi cuello y… ¡Tengo tanto miedo…! Mis ganas de gritar se asfixian sin llegar a ver jamás, cómo ahora son mis lágrimas las que no paran de brotar y se deslizan hasta la cuerda que, como serpiente, ahora sisea por mis brazos haciendo un nudo aquí y allá, para acabar en un lazo firmemente apretado a mi espalda. Deja caer pesadamente al suelo el resto de la áspera soga y en un desesperado y último intento, consigo suplicar un <<¡por favor!>>. Y me pregunta nuevamente mi nombre, y yo, que no puedo moverme, ni gritar, ni parar de temblar, se me escapa de la garganta un quejido, con forma de mujer, que parece brotar de lo más profundo de la tierra y que resuena en mi cabeza con los fonemas del nombre de una mujer ahorcada: A-R-I-A-D-N-A.

Ahora es él el que dice “Ariadna” una y otra vez. Lo dice cuando sus besos amargos besan mi boca. Lo dice después de lamer entretenido cada uno de mis ojos, besar mi barbilla y morderme las orejas. Lo dice sonriendo después de lamer mi nariz y… rozando sus labios con los míos, decir muy despacio “¡cuánto te he echado de menos, Ariadna, Ariadna, Ariadna!”. Y repite su nombre, que ahora es el mío, cuando me coge en sus brazos, y ya en la cama, esconde sus besos entre mis piernas. Me convierto en una muñeca de trapo, después en una figura de porcelana, más tarde en una cajita de música que él hace sonar a su antojo. No tengo voluntad, ni deseo de terminar. Siento dentro de mí cómo su deseo se derrama, mientras su boca, confundida con la mía, me repite una vez más: “Ariadna, Ariadna. Ariadna, te quiero contar que he pasado algún tiempo enfadado contigo. Me tienes que reconocer que no está bien desaparecer así de repente sin decir dónde vas o qué vas a hacer, o al menos dejando una nota diciendo cuándo vas a volver. Pero no quiero perder el tiempo con eso; además, enseguida me di cuenta de que no podía encerrarte entre mis brazos y que debía dejarte volar libre, pues estaba seguro, que un día regresarías. Y ahora que he conseguido escapar de ese laberinto de cemento y de metal, no te volveré a perder nunca jamás; he hecho un ovillo bien grande que nunca se acabará y que no me dejará perderte, ni a ti olvidar.

“Te tengo que contar que tengo planes, y en todos estás tú, pero, principiemos por el final. Dime otra vez tu nombre, que me gusta escuchar cómo suena en tu boca la conjugación del verbo amar”.

Recuerdo que hasta seis veces le dije el nombre que yo era para él y… nada más. No sé en qué momento me quedé dormida, tan sólo sé que desperté, estiré brazos y piernas, me rasqué la nariz y… me sentí feliz: la luz del sol entraba alegre por la ventana excitando un universo de diminutos planetas brillantes, una pareja de verderones coqueteaba sobre el tallo seco de una orquídea, una sombra se balanceaba levemente sobre la pared donde estaba situado el cabecero de mi cama… Sólo tuve que darme media vuelta para verlo allí perfectamente vestido con su aburrido y encantador traje gris.

FIN