La viuda del minero

Autor@: Inmaculada Ostos Sobrino

Ilustrador@: Rosa García

Corrector@: Carme Sanchís

Género: Relato

Rating: Adultos.

Este relato es propiedad de Inmaculada Ostos Sobrino. La ilustración es propiedad de Rosa García. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La viuda del minero.

Eran las tres de la mañana de un lunes, e iba deambulando muerto de frío por la  avenida que llevaba a la playa dirección a mi casa. Reinaba un silencio sepulcral, algo inusual teniendo en cuenta que aquel vial, que era como se llamaba comúnmente, era el más concurrido de todo el pueblo. De hecho, incluso estaba pensando poner un doble cristal en mi habitación, para evitar el ruido atronador que producían los motores de los cientos de vehículos que por allí pasaban. Era algo muy molesto, sobre todo por la noche, cuando lo único que querías era relajarte y descansar. Cualquiera diría que estábamos en plena capital, cuando en realidad nos hallábamos en las afueras de un pueblo.

En fin, el caso es que seguro que en cuanto aposentara mi ahora helado trasero, en mi suave y confortable cama, empezarían a salir todos esos coches, motos y demás vehículos cuyos dueños, ahora, dormían plácidamente. Seguro que habían ideado un complot para que el bueno de Juanan, no pudiese descansar una noche más.

Llevaba un rato andando por la desolada avenida sumido en mis pensamientos, cuando de repente advertí, que cada vez que pasaba una farola, esta se apagaba.

¡Genial! Habían decidido ahorrar luz justo la noche más oscura de todo el año. ¿O tal vez era mi energía negativa que se extrapolaba a sus bombillas? Aún me quedaba un buen trecho hasta llegar a mi casa y no me apetecía para nada pasearme a oscuras. Y mucho menos, teniendo los asolados descampados que escoltaban la avenida, como compañeros de ruta.

Pero entonces, un recuerdo vino a mi cabeza, y me llevó hasta aquella mañana en la que discutía con un compañero de trabajo sobre la nueva y fantástica idea que había tenido el alcalde del pueblo para ahorrar energía. El alcalde había gastado un montón de dinero de los contribuyentes para quitar todas las farolas del pueblo y cambiarlas por otras, muchísimo más caras y que habían salido seguramente de las nuevas tasas “fantasma” impuestas en el último año por el ayuntamiento. Habíamos llegado a un límite en el que se pagaba por todo.

Las farolas tenían incorporado un temporizador que actuaba exactamente igual que el de los cuartos de baño, es decir, se activaba al percibir movimiento y se mantenían encendidas durante un tiempo determinado. Así que, en el momento en el que entrabas en su radio de alcance, el temporizador se ponía en marcha y las luces se encendían. Pero a medida que ibas andando y dejabas atrás el alcance del sensor de movimiento, las luces se apagaban. Era un sistema curioso, que además se ponía en marcha a partir de las tres de la madrugada y, con el cual, según el alcalde, se ahorraría mucha energía y el coste de la misma, pues era una manera de que no se quedaran encendidas durante toda la noche.

Para mí, se trataba de una estrategia para llevarse un puñado de votos en las siguientes elecciones; para Daniel, mi compañero, una locura, pues el pueblo no podía estar a oscuras o la desgracia volvería con la oscuridad. La verdad es que no entendí muy bien lo que me quería decir con aquello, pero el quid de la cuestión era que ambos, de una manera o de otra, estábamos de acuerdo en que no se deberían haber puesto.

De repente, una sensación extraña empezó a apoderarse de mí, era una especie de presión en el estómago que conforme iba creciendo, dejaba un desagradable cosquilleo por todo el cuerpo. Conocía esa sensación de sobra, era el miedo. Pero, ¿miedo a qué? Estaba solo, no había nadie más aparte de mí y de las farolas que ahorraban energía.

Me giré hacia atrás instintivamente, quería comprobar si esa sensación que crecía rápidamente en mí, y que estaba a punto de salirme por la boca, solo era fruto de mi imaginación desbocada. Pues mi mente se había puesto en marcha, y cuando  mi mente se ponía en marcha era muy peligrosa. Las ideas pasaban una detrás de otra a una velocidad de vértigo, era como un ordenador de última  generación al máximo rendimiento; lo cual era bueno a la hora de trabajar o desarrollar la capacidad lógica, pero no, cuando esos pensamientos giraban en torno a películas o libros de terror sobre seres demoníacos que se ocultaban en la noche acechando incansables a su presa.

Zombis, vampiros, hombres lobo, espíritus; leyendas urbanas como la de la chica de la curva, la casa de los espejos, verónica, etc., se arremolinaban atropellándose en mi mente, mientras mis pasos cada vez adquirían mayor velocidad. Y detrás de mí, solo oscuridad, solo oscuridad…

Aceleré de nuevo la marcha con los nervios a flor de piel, incluso parecía que el frío había aumentado. Aumento del frío, olor peculiar, signo de que una presencia anda cerca. Ya estaba ahí mi mente de nuevo jugándome malas pasadas.

Oscuridad, formas fantasmagóricas, sombras, acecho…

¡Basta! me dije a mi mismo, y me obligué a cantar una canción de los Rolling, “I can´t get no, satisfaction…”

Pero ni eso conseguía distraer la maraña terrorífica que se había creado para entonces dentro de mi atormentado cerebro. Pues cuanto más intentaba concentrarme en cantar, más nervioso me ponía. Mi sensatez decía: mira de nuevo hacia atrás y verás como no pasa nada. Pero mi corazón, que latía en mi pecho alocado, pregonaba: Ni se te ocurra, ni se te ocurra…

Miedo, mucho miedo en mí, traté una vez más, ser lógico.

–Es tan solo sugestión –dije en voz alta–, solo la jodida sugestión que se está apoderando de ti. Pero, ¿acaso no había muerto gente por la fuerza de la misma?

Gente muerta, verde, hinchada, enterrada viva, uñas desgarradas a la mañana siguiente en la tapa de un ataúd semiabierto…

–¡Vale ya, Juanan! –le dije con un grito exasperado no sé realmente a quién. Y entonces lo hice, me giré y lo vi.

Primero solo había oscuridad, como la primera vez. Pero luego, algo grotesco y extraño apareció trepando por las paredes que formaban ese túnel descolorido de campos, cielo y tierra acercándose a mí. Era como una sombra vaga, tenue, algo menos oscura que el resto del paisaje, pero que se movía sin cesar tras cada retazo de oscuridad que escupían las farolas que se iban apagando.

Grité y me puse a correr, no sabía bien lo que era pues no tenía forma, pero lo que sí sabía era el malestar que “aquello producía en mí”. Y entonces las palabras de mi compañero Daniel resonaron de nuevo en mi mente: “volverá la  desgracia con la oscuridad…”, a la vez que la última leyenda urbana se abría paso en mi cabeza.

Y entonces entendí, entendí el por qué era tan importante mantener con luz el pueblo.

Se decía que muchos años atrás en el pueblo había una mina. Un día hubo un gran derrumbamiento a la entrada de la misma y quedaron atrapados diez mineros. Estaban vivos, pues por lo visto la zona en la que estuvieron trabajando la apuntalaron bastante bien. Pero nadie se atrevió a bajar por si se producía un nuevo desprendimiento. Solo hubo un hombre que se ofreció; un compañero minero que tenía el día libre. Les dijo a todos que él conocía una galería por la cual podrían acceder, pero que necesitaría la ayuda de más hombres.

Nadie se ofreció. Tenían miedo, así que él solo se encaminó en busca de los suyos y consiguió abrirse paso hasta donde estaban sus compañeros por una antigua galería abandonada, que estaba en la falda de la montaña. Pudieron salir todos, pero cuando iba a salir él, el techo se vino abajo atrapándolo en la oscuridad a solo quinientos metros de la salida. Y de nuevo la gente se negó a entrar, ni siquiera los rescatados. Solo su mujer que gritaba y lloraba desesperada buscando la compasión de los demás. Les imploró, les dijo que su marido había arriesgado su vida por salvar a los demás, pero  la cobardía y el egoísmo fue más fuerte que el deber.

Así que, la mujer sola, se adentró en la mina maldiciéndolos. Les dijo que si su marido y ella morían en aquella oscuridad eterna, más les valía no alejarse de la luz porque regresaría y los haría suyos. Jamás encontró a su marido; en aquella entrada habían varias bifurcaciones de galerías, solo los que trabajaban en ella las conocían. La mujer se perdió y murió en la mina.

Desde entonces, empezaron a pasar cosas extrañas cuando llegaba la noche. Al principio eran horribles pesadillas, luego gente que se levantaba con heridas y, finalmente, personas que morían si al caer la noche no estaban en casa. Siempre cuando el sereno, la persona que se encargaba de apagar los faroles de gas, apagaba el último.

Ilustración de Rosa García

Justo cuando llegaba al patio tropecé y caí, quedándome uno segundos atontado. En mi imaginación ya podía ver a la mujer del minero persiguiéndome con un vestido negro, hecho jirones, el pelo color azabache recogido en una especie de moño ensortijado, y su tez blanca mirándome a través de esos ojos profundos que parecían pintados con demasiado rímel. Aunque lo peor de todo, eran esos sobrecogedores labios que se movían llamándome a lo lejos. Sacudí la cabeza intentando así quitar la imagen de mi mente, pero cuando miré hacia la avenida, había tomado forma y venía hacia mí, corriendo.

Quería apartar los ojos de ella pero no podía ni moverme, tal vez la viuda me tuviera atrapado con su magia negra. Sin duda era la aparición más espantosa que jamás había visto, pero cuando su cara estuvo a medio metro de la mía, me di cuenta de que era Lore, mi vecina gótica del quinto.

Cuando al fin reaccioné, me entró la risa mientras mi antigua compañera de juegos se agachaba para intentar incorporarme. De pequeños, éramos uña y carne, luego vino el instituto y mientras yo acababa mis estudios y empezaba la facultad, ella por problemas familiares, lo tuvo que dejar y ponerse a trabajar. Desde entonces parecía odiarme profundamente.

–¿Qué pasa, tarao? –me espetó– ¿Qué haces ahí tirado en medio de esta niebla?

–No sabes cuánto me alegro de verte.

–Sí seguro, igual que todos estos años en los que me has ignorado. ¡Menuda cogorza llevas! Anda, ven que te eche un cable si no quieres que tu viejo, el madero, te encierre en una celda.

–No, no estoy borracho, para nada. Solo me he caído tontamente y me he hecho daño en el tobillo.

–Venga, cógete a mí –me dijo pasando mi brazo por su cuello, mientras me sujetaba por el torso–. Yo no sé para qué me meto en estos fregaos, si ni siquiera me caes bien.

Nuestras caras estaban muy cerca, así que cruzamos las miradas. Y de nuevo pude ver aquella chispa de complicidad que siempre habíamos tenido, me di cuenta de que nada había cambiado. Solo se había descuidado un poquito, nada más. Y en ese momento, ambos nos pusimos a reír a carcajada limpia.

–Más vale que otro día me invites a un café y me cuentes lo que ha pasado, porque si no, me convertiré en la peor de tus pesadillas.

–Sin duda –pensé, y empecé a reírme de nuevo mientras recordaba una frase de mi escritor favorito:

“La sugestión es un arma poderosa, te atrapa y te enloquece, hasta el punto de borrar la lógica y crear realidades…”

Inmaculada Ostos Sobrino

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Pantano

Autor@: Roberto del Sol

Ilustrador@: Veronica Mercader Vera

Corrector@: Mariola Díaz-Cano Arévalo

Género: Terror

Rating: + 13 años.

Este relato es propiedad de Roberto del sol. La ilustración es propiedad de Verónica Mercader Vera. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Pantano

Ezequiel detuvo su penoso caminar. El agua le llegaba por encima de las rodillas y necesitaba ver dónde pondría el pie para dar el siguiente paso. La luna salió entre las nubes e iluminó de nuevo el pantano. El chico miró hacia atrás y vio a Louis, que le observaba tumbado en la balsa, y a Thomas, que le hacía señas con las manos para que avanzase. A pesar de las sombras, le pareció distinguir una sonrisa maligna en las caras de los hermanos. Ezequiel reanudó la marcha. Ya era tarde para volver atrás. En el pantano o estabas con los hermanos Monatrie o te convertías en su presa, y ya tenía bastantes problemas en su vida como para añadir uno más.

La prueba que le habían propuesto para entrar en la pandilla era una putada. Acercarse hasta la cabaña de Mama Mohana y traer una prueba de que lo había hecho era algo que sólo se le podría ocurrir al retorcido cerebro de Thomas. Si por lo menos hubiesen dejado que lo hiciese de día… El reto parecía mucho mas fácil de realizar con la claridad filtrándose a través del manglar que a la luz de la luna. Aunque prefería esta prueba a la de su amigo Pierre, al que habían obligado a pasar la noche encerrado en uno de los panteones del viejo cementerio francés. Todo el mundo sabía que no se debía molestar a los muertos, y tampoco se debía tentar a la suerte. Pierre no habló con nadie de aquella noche, pero no hacía falta que lo hiciese, nunca volvió a ser el mismo. Algo había cambiado en su interior. Quizás hubiese visto alguno de los espíritus perdidos de los que hablaban los abuelos, aquellos que vagaban entre este mundo y el otro buscando a alguien que les acompañase al más allá; quizás algo peor. Al pensar en ello, a Ezequiel se le erizó el pelo de la nuca y no pudo evitar que un escalofrío recorriese su espalda. El chico giró nervioso sobre sí mismo mientras imaginaba oscuros terrores acechándole entre las raíces del manglar. Su mano apretó con fuerza el amuleto que colgaba de su cuello y comenzó a recitar el salmo contra el mal de ojo que le había enseñado su abuela.

Tenía que tranquilizarse. Ezequiel recordó todas las ocasiones en las que había ido con su padre a pescar cangrejos por la noche. Nunca se habían tropezado con espíritu o demonio alguno, y además conocía el pantano como la palma de su mano. Su padre siempre le decía que no había nada que temer del pantano, que sólo los hombres podían hacer daño a otros hombres.

El chico echaba de menos a su padre, al que habían encerrado seis meses atrás por traficar con whisky. En casa todo estaba más tranquilo desde que faltaba, sin esos arranques de ira que la mayoría de las veces acababan con morados en el cuerpo de los chicos o de su madre, pero no era lo mismo. Al final las personas acababan acostumbrándose a todo, hasta a la violencia. Era como la humedad del pantano, que siempre estaba ahí, pegada a tu cuerpo. Cuando no se conocía otra cosa, ¿por qué iba a preguntarse qué hubiese sido de su vida sin ello? Y Ezequiel necesitaba a su padre. Además, esas tormentas siempre duraban poco tiempo. Tan sólo había que apretar los dientes y aguantar un rato. Después, cuando los vapores del whisky desaparecían, su padre hacía lo imposible por expiar sus pecados y les pedía perdón por casi todo. En alguno de esos momentos, Ezequiel casi había llegado a ser feliz. Ahora su madre estaba borracha casi siempre y lloraba todo el día. Con el arresto, el sheriff le había dejado al mismo tiempo sin padre y sin madre.

Para evitar que el terror volviese a apoderarse de él, todo lo que tenía que hacer era mantenerse alejado de sitios como el viejo cementerio.

O la cabaña de la bruja, pensó mientras recordó cuál era el reto que le habían propuesto.

Ezequiel respiró profundamente y reanudó su marcha. Los cánticos de los animales nocturnos le envolvían y disimulaban los chapoteos de su avance. Cada paso que daba era una sorpresa. A veces el agua le llegaba por los tobillos y en ocasiones se hundía hasta casi la cintura. La humedad hacía que sudase copiosamente y pegaba la camisa a su pecho como una segunda piel. Había decidido que lo mejor sería avanzar por la orilla del pantano, arropado por el ramaje del manglar. Las lianas le servirían de apoyo y le protegerían de las nubes de insectos y de los murciélagos. Además, los caimanes, cuyos ojos flotaban en el agua como pequeñas estrellas, no se atreverían a atacarle en aguas poco profundas. La luz de la luna volvió a iluminar con claridad el pantano y le confirmó algo que ya sabía: que su sentido de la orientación era extraordinario. A un centenar de metros pudo ver luz en la ventana de la cabaña. Unos pequeños vahos neblinosos flotaban alrededor de la construcción y desdibujaban el contorno, envolviéndola en un halo de misterio. Escondida entre las sombras de la noche, la pequeña y retorcida cabaña parecía aguardarlo agazapada.

Nunca se había acercado tanto a la cabaña de Mama Mohana y no conocía a nadie que lo hubiese hecho. Nadie estaba interesado en aquellas tierras envenenadas por el mal, o en comprobar si las leyendas que contaban sobre magia negra y vudú eran ciertas. Había un acuerdo no escrito entre las gentes del pantano y la bruja. Ninguna de las dos partes se entrometería en los asuntos de la otra, y así había sido desde mucho antes que Ezequiel naciese. Es cierto que habían desaparecido animales, e incluso algún niño, en los poblados de los alrededores, y que había quienes apuntaban con el dedo acusador a Mama Mohana, pero nunca se había podido demostrar nada.

El pantano cambió. El agua se volvió más densa y el fondo más cenagoso. A Ezequiel le costaba trabajo dar nuevos pasos porque el lodo intentaba atrapar sus pies descalzos. El aire, excesivamente húmedo, se volvió casi irrespirable y un olor a podrido hizo que arrugase la nariz. En el pueblo contaban historias que decían que el vudú mantenía aquella parte del pantano muerta para las criaturas de Dios. Y por lo que Ezequiel veía en su avance, bien podía ser cierto. Ya no se escuchaban los cánticos de los sapos. Sucias telas de araña colgaban de las ramas muertas de los árboles y el chico se veía obligado a avanzar con las manos extendidas por delante para apartarlas de su camino.

A pesar de la suciedad de los cristales, Ezequiel vio una silueta moviéndose a la luz de las velas. El chico buscó con urgencia a su alrededor. No quería estar en aquellas aguas más tiempo del necesario. Aliviado, encontró su objetivo. Esa misma mañana, mientras planeaban la prueba, los chicos se habían acercado a una distancia prudencial de la cabaña con los prismáticos que los gemelos habían tomado “prestados” a sus padres. Desde su escondite habían visto al jorobado introducir unos enormes cangrejos en una jaula de madera como las que usaban los pescadores para guardar las capturas. En eso consistía la prueba: Ezequiel tan solo tenía que robar los cangrejos de la bruja y llevárselos a los gemelos. Algo tan sencillo como eso.

Ilustración de Verónica Mercader Mora

La jaula flotaba medio oculta en el agua, no muy lejos de donde se encontraba. Era ahora o nunca. La adrenalina aguzó sus sentidos. Ezequiel aguantó la respiración y abandonó la seguridad del manglar para sumergirse hasta la barbilla en el agua pútrida. No quería que pudiesen verle si se asomaban a la ventana. Después avanzó con cuidado para no llamar la atención. Cuando llegó a la jaula, encontró con rapidez el cierre y cortó las cuerdas con una pequeña navaja. El chico miraba nervioso las luces de las ventanas mientras desenrollaba el saco que llevaba atado a la cintura. Después, y con la pericia de alguien que está acostumbrado a manejarlos, sacó uno a uno los cangrejos de la jaula y los introdujo en el saco. Al cerrarlo se alegró de que todo hubiese sido tan fácil.

Días después, al volver la vista atrás hasta ese momento, no podría recordar qué fue lo que pasó por su cabeza para empujarle a dar el siguiente paso. Lo único cierto era que la euforia desatada por haber logrado su objetivo nubló su razonamiento. Ni siquiera la leyenda de la bruja del pantano hizo mella en su valor. Quizás no hubiese bruja después de todo, pensó, y se dijo que, después de haber llegado tan lejos, no podía irse sin echar un vistazo al interior de la cabaña. Cuando contase a los demás lo que había hecho, sin duda merecería más respeto por parte de los gemelos.

La cabaña estaba construida sobre unos postes que se enterraban en el lodo del pantano, así que Ezequiel se encaramó al entramado de madera y escaló hasta llegar a una de las ventanas. El chico asomó la cabeza con precaución. La estancia estaba abarrotada de estanterías con frascos de muchos tamaños y colores, y del techo colgaban abalorios y plantas secas a diferentes alturas, lo que dificultaba la visión y convertía la habitación en una especie de bosque invertido. Pero cuando la mujer se movió, los asombrados ojos de Ezequiel se abrieron hasta casi salirse de las órbitas. Había esperado encontrase con una vieja horrible y fea, pero aquella mujer era hermosa, muy hermosa. Y estaba desnuda.

Ezequiel nunca había visto a una mujer desnuda, porque la prima de Thomas, a la que habían espiado mientras se apartaba para hacer sus necesidades en el bosque, no contaba. Además en aquella ocasión apenas había visto nada. Esto era diferente.

La mujer se movía con la seguridad de alguien que conocía a la perfección la tarea que estaba realizando, y no prestaba atención a nada que no fuese lo que tenía dispuesto sobre las mesas. Mezclaba sustancias en morteros y líquidos en vasijas, y se movía con rapidez por la habitación. Su piel caoba brillaba con el sudor. Su cuerpo, joven y hermoso, contrastaba con la suciedad y la herrumbre de todo lo que la rodeaba. Ezequiel notó que algo crecía contra su voluntad en la entrepierna. La mujer cambió de lugar y el chico la perdió de vista, así que se arriesgó a cambiar de posición para continuar observándola. Pero al hacerlo, la madera podrida a la que estaba sujeto se deshizo entre sus dedos. El chico, aterrorizado, perdió el equilibrio y se cayó de espaldas al agua del pantano.

Empapado por completo, Ezequiel recogió del agua el saco con los cangrejos y nadó para esconderse entre los postes que formaban los cimientos de la cabaña. Justo en el momento en el que las sombras lo envolvían, escuchó con claridad cómo se descorrían unos postigos y el chirriar de unas bisagras. Sobre su cabeza sonaron los pasos irregulares de alguien que arrastraba un pie, seguramente el jorobado. La luz de un farol se derramó a su alrededor y descubrió un agua verdosa y en calma. Después la luz iluminó la jaula de madera y, tras un instante que pareció interminable, desapareció junto con los pasos irregulares de nuevo al interior de la cabaña. Ezequiel tenía muchos defectos pero, afortunadamente para él, uno de ellos no era el desorden. Eso era lo que le había salvado cuando decidió cerrar de nuevo la jaula con los trozos de cuerda que había cortado. El chico decidió no tentar más a su suerte y avanzó con esfuerzo hacia la salvación de la barcaza, en donde lo esperaban los hermanos Monatrie.

***

Mama Mohana dejó el herrumbroso cuchillo sobre la mesa e interrogó a su lacayo con la mirada.

—Quizás alguna rama. O una pelea de caimanes… —contestó el jorobado mientras cerraba la puerta.

—Alcánzame el sacaojos —ordenó la mujer.

La bruja dio por buena la respuesta, confiada en que nadie osaría acercarse a la cabaña y menos aún de noche, así que mojó las manos desnudas en un ungüento blanquecino y aceitoso, y comenzó a pintar el cuerpo del hombre muerto que reposaba sobre la mesa con las runas del renacimiento. Era la fase más delicada del proceso y no podía dejar que nada la interrumpiese.

***

Mientras se acercaba al lugar de reunión, por la cabeza de Ezequiel pasó la idea de que los hermanos lo hubiesen abandonado en el pantano. Eran capaces de eso y de más, pero se tranquilizó al ver la forma familiar de la balsa unos metros más adelante.

—No me lo puedo creer. El cagón lo hizo, robó los cangrejos de la bruja. ¿Qué te parece, Louis?

Thomas alzó uno de los cangrejos. A la luz de la luna se podían ver con claridad unos extraños símbolos escritos en el lomo de los animales.

—Lo que me parece es que hoy cenaremos cangrejo, hermano. ¿Cuántos has traído?

—Pues… Creo que son cuatro —respondió Ezequiel orgulloso.

—Muy bien, muchacho. Ya eres de los nuestros. Serán dos para mí y dos para Louis. Nada más llegar a casa los coceremos y nos los comeremos a tu salud.

Ezequiel estaba a punto de protestar, pero el cansancio hizo que se callase. Además, ¿de qué le hubiese servido? Los Monatrie conseguían siempre todo lo que querían. Por lo demás, estaba seguro de que cumplirían su palabra y lo admitirían en el grupo, y eso era lo único que importaba. Bueno, eso y la visión de la mujer de la cabaña, algo que jamás contaría a nadie porque no quería que la bruja supiese que él la había espiado.

***

Mama Mohana terminó el cántico y se sorprendió al ver que los espasmos recorrían el brazo del hombre antes de lo esperado. Se trataba de un cuerpo fuerte, y esta vez no estaba tan deteriorado como entras ocasiones. Tenía que darse prisa.

—Rápido, Lohmú. Ve a por los cangrejos.

El jorobado salió raudo de la cabaña dispuesto a cumplir la orden de la bruja.

Antes de obligar a un cuerpo muerto a volver a la vida, era necesario capturar cuatro espíritus, uno por cada una de las extremidades, y encerrarlos en algún ser vivo. Ese era un proceso extenuante que en el mejor de los casos duraba varios meses, y que requería del uso de poderosos sortilegios cuyo origen se perdía en la noche de los tiempos. Cuando el zombi despertase animado por un hambre insaciable, era preciso que lo primero que devorase fuesen aquellos animales en los que estaban atrapados los espíritus. Después obedecería todas sus órdenes como si fuese una marioneta.

—¡No están, señora! ¡Han desaparecido! —gritó el lacayo aterrorizado.

Al oír a su sirviente, la mujer se giró lentamente y dio la espalda a la mesa. Sus ojos destellaban odio, sus pechos temblaban por la ira contenida.

—¡Cómo dices, imbécil! Eso es imposible.

Ahora la bruja tenía miedo. Había desatado una fuerza demasiado poderosa como para no poder controlarla. Pero ella todavía podía salvarse. Solo tenía que alcanzar el círculo de sal dibujado en el suelo de la habitación y esperar a que el peligro pasase. El zombi hambriento devoraría todo a su paso, y no encontraría la paz hasta que diese con los cangrejos a los que estaba vinculado por los signos pintados en su cuerpo. Caminaría incansable hasta que diese con aquellos que se los habían llevado. Los encontraría en el mismísimo infierno. La bruja dio el primer paso hacia el círculo protector, pero no pudo avanzar más. Una mano férrea sujetó su brazo y unos músculos poderosos envolvieron su espalda, rompiéndola al instante. Su cuerpo se derrumbó sobre las tablas del suelo. Los dientes del zombi se clavaron en su cuello y arrancaron la carne. No dolía. Desde su posición pudo ver cómo el lacayo se abalanzaba sobre el zombi para intentar separarlo de ella, pero el viejo jorobado no tenía la más mínima posibilidad. Mama Mohana no pudo evitar pensar en lo gracioso de la situación. Durante doscientos cincuenta años había logrado sobrevivir a los indios, a los cazadores de brujas y a la peste, y al final moriría devorada por su propio hijo.

Ilustración de Verónica Mercader Vera

***

El zombi obedecía órdenes más viejas que el pantano. Tenía hambre y podía oler que la comida estaba cerca. Los pequeños caimanes se apartaban a su paso mientras avanzaba incansable. Sus ojos opacos permanecían fijos en el pequeño embarcadero al que estaba amarrada la balsa, al pie de la casa de los Monatrie.

Roberto del Sol