13ª Convocatoria: Rock and Roll

Rock and Roll

Ilustración de Jordi Ponce

En la quietud de la noche, escucho el sonido del trueno romper el silencio como si media mitad del mundo se resquebrajara.
En la quietud de la noche, contemplo como la luz del rayo rasga la oscuridad azul del cielo mientras a lo lejos un sensual e inquietante solo de guitarra hiere mi alma.
En la quietud de la noche, siento el deseo con desesperación, igual que el rayo descarga su energía y se expande en el aire, así mis entrañas están a punto de estallar.
En la quietud de la noche, mi sangre comienza a hervir como si se quemase sobre el cráter de un volcán.
En la quietud de la noche, el dolor que siente mi corazón se hace insoportable y la espera, eterna.
En la quietud de la noche, sé que ella se acerca lentamente, pero con paso decidido a mi encuentro.
En la quietud de la noche, los peligros acechan, pero mi corazón late con tanta fuerza que se confunde con el sentido lamento de una balada de rock.
En la quietud de la noche, sé que mi destino está tan sólo a unos pasos. El cuerpo me arde, el corazón me tiembla.
En la quietud de la noche, el frío rayo de luna ilumina mi frente bañada por el sudor, las sombras se alargan y un irresistible perfume me envuelve.
En el calor de la noche, nuestros cuerpos se unen bajo las alas de cuervo de un amenazante firmamento.
En la quietud de la noche mientras nos devoramos mutuamente, en mis sienes martillea incesantemente una endiablada canción de rock: “Still of the night”.
Nada me importa ahora. Nada de lo que ocurra, porque todo puede suceder en la quietud de la noche.

Dedicado a David Coverdale

Paloma Muñoz
Febrero 2013

Sangre de Rock and Roll

Autor@: 

Ilustrador@:  

Corrector@: 

Género: Relato

Rating: + 14

Este relato es propiedad de Jesús Rodríguez Redondo y sus ilustraciones correspondientes son propiedad de Vicente Mateo Serra. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Sangre de Rock and Roll.

Querida amiga: el rock está en mi sangre y solo con sus letras puedo hablar, de otra forma, no me sabría expresar.

Ya estás harta de tantas dudas, de tantas preguntas sin respuesta. Yo ya me canso de hacer las preguntas buscando las opiniones del viento. Tú me preguntas dónde conocí a la luna, mientras yo me pregunto en qué coño estoy ocupando el tiempo.

Insistes en hacerme cambiar y yo no quiero olvidar el viejo rock and roll.

Ahora sí, parece que ya empiezo a entender. Las cosas importantes son las que están detrás de la piel y todo lo demás empieza donde acaban mis pies. Mucho tiempo pasé sin entender, muchos días dudando por ti, pero después aprendí que hay muchas cosas que no quiero saber.

Fui de colegio en colegio, pero de ellos nada bueno saqué. En esos libros no se aprende a coger el cielo con las manos, coser el alma rota; reír y llorar al sentir lo que canto, o a perder el miedo a quedar como un idiota. Soy de los que comienzan la casa por el tejado, dejando los cimientos a un lado. No me importa que me digan que vivo en la casa del pecado.

Menos mal que fui un poco granuja, todo lo que se me lo enseñó una bruja.

El rock lo siento dentro de mi cuerpo, es una llama que no se puede apagar. Me hace saltar, desmadrarme y vibrar. Estoy listo para resistir todos sus mordiscos y preparado para todos sus pecados. Tú me habías dejado el corazón adormecido y separado del pecado y con tus besos, el paladar anestesiado. Me rebelo y no cambio, soy un hijo del rock and roll. La locura nunca tuvo maestro para los que vamos a bogar sin rumbo en cualquier dirección. Nunca dejaré que nadie dome los caballos de mi exaltación.

Puedo ver el rock escondido entre las luces y los focos, mezclado con anuncios comerciales. Hay quien lo repudia como a un virus contagioso, lo manchan con rumores infundados, lo olvidan como a un viejo en un asilo, lo chupan sanguijuelas de otros ritmos buscando poseer sus dominios. Se pierde como el humo de los bares tras las normas de los nuevos comensales. Mi rock and roll no muere, vuelve a despertarse, aún recién dormido.

Pongo esos discos viejos. ¿Qué hay ahí que me hace sentirme bien? No encuentro el alma en la música de hoy, me gusta el buen y viejo rock and roll. Tú quieres que vaya a una disco y que a la pista salga a bailar. Estoy diez minutos, no más, y ya me tengo que marchar. Me parte en dos el pensar que hubo un pasado mejor, con ese buen rock and roll. No quiero verlos tocar tango; prefiero el blues, el funky o el viejo soul… ¿No hay un sitio donde ir a escuchar un buen rock and roll? Llámame anticuado, fuera de onda o lo que quieras, pero yo no encuentro el alma en tu música, me gusta el viejo y buen rock and roll.

Escucha bien, mi querida amiga. No sé si recordarás aquellos tiempos ahora perdidos por las calles de esta ciudad. Leímos juntos libros prohibidos, creímos que nada nos haría cambiar, vivimos siempre esperando una señal entre el límite del bien y del mal. Al principio fue solo bailar, todos alrededor de un reloj. Nadie pudo adivinar que sería el mejor idioma. Cuando oigo tocar rock and roll, me olvido del mundo exterior. Siento todo, todo es mejor, la energía se va al corazón. Cuando quiero decir rebelión, en nombre de mi generación, grito: ¡LARGA VIDA AL ROCK AND ROLL!

Piensas que ya se acabó, manifiestas un claro desprecio por lo que representa el rock and roll. Escuchas comentar a las gentes del lugar:

—Los rockeros no son buenos. Si no te portas bien, te echarás a perder y caerás en el infierno. Si vas a vivir en el rollo del rock, te alcanzará la maldición, nunca tendrás reputación.

<<¿Qué más da? Mi rollo es el rock>>.

Me hice amigo de cuatro que aman el rock. Nos llaman tipos raros, melenudos… ¡Qué sé yo! De mil formas tú lo intentas, pero nada cambiará.

Todos los genios buscaron la felicidad con música y sueños de paz. Los Beatles fueron gente muy especial. Los Rolling Stones, macarras de su actualidad. Hendrix fue un espíritu irreal y yo soy un rockero actual. ¡¡LOS ROCKERS SOMOS LOS DIOSES DE LA CIUDAD!! Somos locos que queremos vibrar.

Seguiré en mi mundo hasta que la artrosis de los dedos me impida tocar. Quiero estar contigo. Tú decides. Ya sabes el camino que he decidido tomar.

Es sólo rock and roll pero me gusta.

 Jesús Rodríguez

Ilustración de Vicente Mateo Serra

Alma de Blues

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Género: Relato

Rating: Todos los públicos.

Este relato es propiedad de Olga Besolí. La ilustración es propiedad de Sonia del Sol. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Alma de Blues.

El viejo bluesman dejó su trompeta sobre la cama.

Por primera vez en mucho tiempo sentía algo parecido a la felicidad. Eran la plenitud y la tranquilidad que solo se alcanzan cuando uno recoge los frutos del trabajo bien hecho. Por eso se reía para sus adentros.

Se quitó su sombrero y lo colgó en el perchero de pie.

Lo había conseguido. Había logrado lo imposible. ¡Qué éxito! ¡Qué noche! Toda esa gente lo había escuchado a él. Él, un simple granjero de un pueblecito de Alabama.

Se quitó la chaqueta y la apartó a un lado.

La actuación había sido memorable, única, inigualable. Con su música había doblegado los exigentes oídos de los peces gordos de la ciudad. Era el blues, su alma de blues, la que les hizo temblar en sus asientos.

Tanteó el bolsillo de su pantalón.

El sonido de las monedas le tranquilizó. Tenía unos cuantos chelines sueltos. Los periódicos de la mañana seguramente hablarían de él y de su éxito sin precedentes. Tan pronto como amaneciese tendría que hacerse con un ejemplar.

Se quitó los tirantes y los dejó colgar cintura abajo.

¡Ni más ni menos que en el local de Di Franco, el Big Tap Toe! Nunca antes otro hombre de color había tocado en uno de los mejores locales para blancos de la ciudad.

Cogió la maleta del suelo y la depositó sobre el colchón.

Recordaba la calidez de ese foco que le iluminaba la cara, las velas en las mesas, los blancos rostros observándole, los ojos llorosos. Recordaba esas manos pálidas aplaudiendo sometidos al  mágico influjo de sus notas ¡Eso bien se merecía un trago!

Descorrió las hebillas y abrió la maleta.

Su ropa estaba colocada en perfecto orden, como si esa vieja maleta de trotamundos no lo hubiese acompañado en su recorrido de cientos de kilómetros, miles de kilómetros, los que separaban un pueblo de otro, un condado del siguiente, un estado de otro.

Soltó las gomas que sujetaban la ropa

Todo lo que poseía estaba en esa maleta que nunca deshacía completamente. Todo su mundo en aquella habitación de hotel. No necesitaba más. Apartó una vieja camisa y descubrió la pequeña petaca metálica que también lo acompañaba siempre en sus viajes y le daba calor en las noches frías.

Tomó un trago.

¡Por el éxito conseguido! Había hechizado a la audiencia con la calidez de su música, sobre todo con las notas candentes de Why the shadow of the moon is over me. Rememoró ese momento, no podía resistirse. Se sentó sobre la cama y acercó la trompeta a sus labios, con el mismo respeto y reverencia con la que uno besaría la frente de su madre anciana, con el mismo sentimiento que lo hizo durante el concierto, hasta que los tres, hombre, trompeta y blues, se fusionaron en uno solo.

Ilustración de Sonia del Sol

Empezó a tocar un blues.

La triste melodía impregnó el aire de la habitación, llenando el alma del bluesman de gozo. Unos golpes en la pared le recordaron que en la habitación contigua había gente que quería descansar, aunque el chirriante sonido acompasado de unos muelles indicara lo contrario.

Dejó de tocar.

Quienquiera que fuese ese oyente involuntario, tenía razón. ¡Diablos! una habitación sin cuarto de baño a altas horas de la noche no era el sitio apropiado para una pieza de tal calibre. Ni los clientes casados que alquilan por horas una cochambrosa habitación de motel para acostarse con sus amantes, eran su público. El jazz es puro sentimiento y el blues es el alma triste del jazz.

Sacó el tabaco y se lió un cigarrillo.

Mientras aspiraba el humo pasaba lista a todas las canciones que habían desfilado por su trompeta aquella noche: Sad Winter, The blue in me, All I can’t get. ¿Cuáles escogería para la grabación?  Soul of sorrow, seguramente, pues el tipo de la tarjeta le había remarcado que quería esa pieza. ¿Dónde había puesto la tarjeta? Quizás estaría en el bolsillo de la chaqueta.

Dejó la trompeta a un lado y se levanto de la cama.

No, en el bolsillo interno del abrigo, recordó. El lugar más cercano a su corazón, ahí la puso. “Los que somos de Nueva York ya casi ni notamos el frío” le había dicho el tipo cuando los presentaron y le invitó a tomar una copa para hablar de negocios. Era un tipo extraño, hablador, con aires de haber visto mucho mundo y maneras de gran empresario. Él, en cambio, era reservado. No, él no era de muchas palabras, él se comunicaba mejor con su música, a través de las notas, los silencios, los compases. Tampoco era hombre de mundo, aunque había recorrido muchas carreteras para llegar hasta allí.

Rebuscó en el bolsillo del viejo abrigo.

 Había andado muchos caminos polvorientos y esperado su oportunidad en muchos cruces de caminos. Y a cada trecho, a cada encrucijada, su blues iba tomando forma junto al dolor que se arraigaba en su alma, junto a la soledad, el cansancio y la tristeza. Esa noche había mirado a los ojos de un hombre que parecía haber vivido treinta años y lo tenía todo en el mundo. Él sentía que había vivido trescientos y todavía no tenía nada. Tras seis tandas de copas, esos dos hombres opuestos habían establecido un contrato verbal.

Apagó el cigarrillo en el cenicero de cristal.

¡Lo había conseguido! ¡Su primer contrato con una discográfica!  Nunca antes ningún estudio había grabado música negra. Eso estaba reservado para los blancos. El jazz y el blues se tocaban en pequeños locales para gente de color situados normalmente en las afueras de los pueblos, lejos de la mirada racista de los ciudadanos. Y él, con ese apretón de manos, había sellado un acuerdo gracias al cual su música sonaría en todos los hogares blancos norteamericanos.

El viejo músico miró la tarjeta roja.

J.W. Records” decían las letras grandes y negras impresas en la tarjeta que sostenía en la mano. Bajo ellas, en letra pequeña, los dígitos de un número telefónico. En el reverso, anotado a mano, con una letra ancha y clara, que prometía seguridad y ofrecía confianza, se leía “voy a hacerle famoso y rico”.

Empezó a deshacer la maleta.

Había pensado pasar solo una noche en la gran ciudad pero, tras el imprevisto del contrato, debería quedarse unos cuantos días más, los suficientes para la grabación. Luego probaría suerte en el camino, otros locales, otras ciudades, otros condados. “La vida de un bluesman es la carretera y no puede alejarse de ella por mucho tiempo, o su blues se desvanece” pensaba mientras el armario se iba llenando con su ropa. “Nunca deshagas completamente tu maleta. Nunca permanezcas demasiado tiempo en el mismo lugar”.

Vació la vieja maleta completamente.

Al quitar la última pieza de ropa, los pantalones marrones anchos del fondo, lo vio. ¿Tantos años habían pasado que se había olvidado de eso? ¿Era tanto el polvo del camino recorrido que ya ni se acordaba de aquel papel amarillento y viejo que un día firmó? Con la mano temblorosa tiró del papel doblado, medio oculto entre los pliegues del forro. Lo desplegó con la paciencia que solo se adquiere tras muchos años de fracasos, manteniendo la respiración, dilatando el inevitable momento de leer lo que en él estaba escrito ¿Sería capaz de leerlo?

Leyó el papel.

“Yo, Joseph Conrad Jones, conocido como Snooper, en este cruce de caminos y bajo la sombra de este árbol, en el caluroso día de hoy, dieciocho de agosto de 1876, acepto este contrato por el que obtendré el éxito con mi música a cambio de mi alma inmortal, que entregaré como pago al demonio abajo firmante al amanecer siguiente de recibir mi recompensa. Para dar validez a este contrato, firmo con mi propia sangre. Fdo.: Mephistopheles.& Joseph Conrad Jones, alias Snooper. 

 Soltó el papel.

El papel planeó hasta llegar al suelo, mientras el primer rayo de sol entraba por la ventana de la habitación y una mano firme golpeaba la puerta por tres veces consecutivas. “Hooola” se oía a través de la puerta “Sabes quién soooy. Y he venido a buscar lo que es mííío”

El viejo bluesman no dijo nada.

“Vamos, Snooper, viejo amigo, ábreme la puerta, que tengo prisa. Ya te he esperado demasiados años. Incluso estuve a punto de pensar que nunca lo lograrías. Pero hoy es el gran día. Tú has tenido lo tuyo y yo vengo a cobrar mi parte. Sé bueno y ábreme. Además, no hubieses tenido muchos más éxitos, créeme. Tu carrera está acabada, amigo. Los tiempos cambian. El blues se muere, ya estamos en los años veinte”.

Cerró los ojos.

“Míralo de esta forma, dentro de nada nadie va a acordarse de ti. Te lo digo en serio. Mira, voy a contarte un secreto. En unos diez años un joven músico empezará a tocar algo nuevo llamado “Rock & Roll” y te aseguro que eso sí va a ser la bomba. Lo sé porque está en mi lista y tengo un contrato para él. El blues, bah, es demasiado triste. ¿Y quién quiere escuchar música triste? Vamos, no seas testarudo y déjame pasar.”

Abrió la puerta.

Olga Besolí

Febrero 2013

Me llamaban Perro Negro

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Género: Negro

Rating: + 13

Este relato es propiedad de Mariola Díaz-Cano Arévalo. La ilustración es propiedad de Verónica Mercader Vera. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Me llamaban Perro Negro.

Ilustración de Verónica Mercader

Me llamaban Perro negro por mi pelo y ojos oscuros. Vivía en la carretera, viajando de un sitio a otro, quizás porque muchas veces deseaba notar la lluvia cayendo sobre mí, sentir el agua bendita o púrpura del cielo, o me quedaba el tiempo que fuera esperando un día soleado cuando me cansaba de esa lluvia, sobre todo la de noviembre. Pero en especial porque me gustaba conducir entre interminables campos de fresas y oro. Además, casi todas las ciudades por las que cruzaba parecían decirme “bienvenido a la jungla” e, instintivamente, me veía de vuelta al pasado, a aquella suave nana que me susurraba mi madre. Apenas recuerdo los ojos de mi padre.

Me marché muy joven con el firme propósito de que otro mordiera el polvo si me iban mal las cosas y tratar de no pisar jamás la prisión de Folsom. Decidí también que, donde el destino me llevara, las calles no tendrían nombre, las escuelas serían de calor y solo habría coches y chicas. Y si las luces de la ciudad lograban deslumbrarme, entonces sí me detenía una temporada y me convertía en el hombre del piano en cualquier local donde hubiera uno.

Una noche conocí a Roxanne y sé que llamé a las puertas del cielo. Pero no terminé de fiarme porque ya me creía el rey del dolor en cuanto a lecciones de amor. Sin embargo, cuando los corazones se meten en problemas, no atienden a la razón y no importa nada más.

—¿Crees que soy sexy? —me había preguntado con la voz de terciopelo y el cuerpo de una diosa.

Se vino conmigo hasta Santa Mónica, se confundió con aquellas hermosas chicas de California, y con mi música y su voz conseguimos todo el dinero para quemar en mil y una fiestas, pero también en demasiado alcohol y cocaína. Porque, embriagados de aquella locura, pensamos que quién quería vivir para siempre si no era así de intensamente, aunque fuera recorriendo una autopista hacia el infierno. Así que aquella simpatía por el diablo y sus brillantes disfraces nos acompañó durante algún tiempo hasta que se terminó el dinero y, con él, los días de gloria. Y también porque Jeremy me encontró.

Jeremy, un antiguo socio y amigo de la infancia, fue uno de los que mordieron el polvo cuando nos quisimos convertir en soldados de fortuna de manera poco ortodoxa y nada legal. Nos perdió una ocasión inesperada: que Janie tuviera aquella pistola y que el amor que le profesábamos ambos cortara como un cuchillo. Jeremy acabó en la cárcel cuando ella lo traicionó por preferirme a mí. Y un hombre con el corazón agujereado puede ser muy peligroso. Pero al principio, cuando Janie y yo huímos juntos, pensamos que nuestro túnel de amor no tendría fin. Lo que uno piensa cuando se cree joven para siempre hasta que crece o se da cuenta de que realmente lo que siente está cargado de veneno.

Durante un largo tiempo, y con el calor del momento, Janie y yo nos perdimos por mil sitios. Se subía al coche, «pon la radio bien alta», decía, y tarareaba cualquier canción. Yo conducía y la escuchaba a ella. Toda la costa oeste, una larga estancia en la Baja California tocando en el Cabo Wabo, un enorme local casi en la frontera con México. «Bajemos hasta Panamá o ¿por qué no nos vamos a Europa? Lleguemos a Amsterdam, saltemos hasta la India, volemos a Cachemira», fantaseaba cada día. Lo mío eran desvaríos más que palabras: «Me hicieron para amarte, seré tu hombre para siempre…». Y así docenas de noches locas, amor en ascensores, en camas de rosas, e infinitas cosas salvajes más. Libertad era la única palabra que nos importaba y nos ataba al mismo tiempo.

Pero un día, colgada a mis caderas, me susurró que se había cansado, que yo no quería más que vagabundear, que me faltaba la ambición que le sobraba a ella, que solo me conformaba con la satisfacción de un piano, de guitarras o de aquel sexo desenfrenado que a veces me hacía parecer más un animal que un hombre. Y me dejó. El único alivio fue que al menos no me traicionó. Nunca más supe de ella. El remedio fue de nuevo la larga carretera hasta encontrar aquel refugio para corazones rotos donde conocí a Roxanne.

Pero la gran bola de fuego que se había prendido y yo había querido olvidar dio con nosotros. Jeremy me alcanzó justo en la costa, donde Roxanne y yo gastábamos los últimos billetes, a la vez que se desataba un huracán y 5150 relámpagos iluminaban el cielo. Los veleros sobre la superficie del mar casi se partieron en dos y yo sentí las alas rotas cuando comprendí que aquel era un viento de cambio o tal vez el fin, yo que me había creído invencible. Y como si Roxanne lo hubiera presentido mucho antes, también se esfumó como humo en aquella agua tan revuelta.

—¿Qué harías si hoy fuera tu último día? —fue lo que me dijo Jeremy cuando apareció a mi espalda junto a otros dos fieros rostros. Él, sin embargo, tenía ojos tristes.

Yo respondí encogiéndome de hombros:

—Antes de que me acuses de algo, sabes que yo no te traicioné. Pero si has venido para ajustarme las cuentas, adelante, termina lo que empezaste.

—¡Yo no empecé nada!

—Es verdad, fue Janie, pero también me abandonó a mí. Y ahora acaban de dejarme otra vez.

—No me das ninguna pena.

—Ni lo estoy pretendiendo.

Entonces Jeremy pareció reflexionar un momento y luego dijo:

—Bien, compartamos lo que sabemos y a quienes conocemos, escarbemos en su suciedad, y así, quizás, tengas otra oportunidad. O no. De cualquier modo creo que no te queda otra alternativa o, mejor dicho, sí te queda una: la bala que aún puedo meterte justo entre los ojos.

Así que no tuve elección.

—De acuerdo, allá vamos otra vez.

Y los chicos volvieron a la ciudad, regresaron los planes hasta el amanecer, la previsión de encrucijadas de escape, la impresión de tocar el techo del mundo de la oscuridad. Quizás no merecía la pena salvarme, pensé entre pistolas y rosas, unas rosas sin muchas espinas que nos dieron Keighly, Sarah, Jane, Amanda, Carrie… Cómo me sentí caer libre sobre ellas sin preocuparme por nada más que disfrutar. «Sí, no haré del amor una condena. Además, nunca lo he estado buscando y ya he visto que cuanto más profundamente lo he sentido, más fuertes han sido también la emoción y el dolor», fue mi mantra. Así que solo me dediqué a buscar la erupción del placer, regresar a lo más negro de una existencia que nunca había tenido colores. Pero al mismo tiempo, e inconscientemente, también me sorprendí en algunos momentos viviendo en una oración que a veces pronunciaba en susurros descuidados. Entonces me rebelaba y me gritaba en silencio: es mi vida, aunque pueda estar al principio del final de la cuenta atrás. ¿Pero y si existiera una escalera hacia el cielo?, ¿y si pudiera volar como un águila hasta ella?, ¿y si pudiera encontrar lo mejor de ambos mundos o un equilibrio?

Y entonces aquel pensamiento se fue haciendo cada vez más urgente. Sin embargo, la amenaza de Jeremy, el sabor del riesgo, de la aventura, de las amantes fáciles, del dinero para nada más que caprichos, eran motivos demasiado poderosos como para pensar en abandonar.

«Bah, deja que sea así, sueña, cabalga hasta la extenuación mientras tengas suerte. Ya dormiré cuando esté muerto», me repetía sin descanso cada nuevo día con una nueva promesa de excitación ante lo desconocido por muy peligroso que se presentara. Y así lo hice. O lo intenté. Hasta aquel día.

Verano del 69. Un golpe planeado casi a la perfección. Yo al volante, como siempre. Un Mustang azul metalizado robado tres días antes, margen suficiente de tiempo y distancia para que no pudieran seguirnos la pista. Sin miedo, solo adrenalina pura y dura corriendo por las venas, aunque mantuviéramos la sangre fría. Confianza por los últimos éxitos. Gastos cubiertos por una buena racha la noche anterior en una partida amañada en un tugurio conocido de la zona. Con muy poca suerte, el botín sería espectacular; con mala, nos caerían muchos años, pero imposible parar de vivir al límite.

Mañana templada y nervios controlados. Un último repaso al plan. Yo me sabía de memoria las rutas de escape y todas las salidas a la interestatal. Calibradas las posibilidades de imprevistos o errores, desechados los imponderables.

Mediodía. La calle no era principal, la sucursal era pequeña, la del barrio. La habíamos estudiado bien durante días. Cuatro empleados, el director, seguridad mínima. No tardaríamos ni diez minutos. Pistolas cargadas, pero aún no las habíamos tenido que usar. Jeremy, Joe y Bryan se bajaron del coche y entraron. Me di cuenta de que los nudillos se me habían puesto blancos de la fuerza con la que agarraba el volante. Me sorprendí. Había estado en aquella situación suficientes veces como para saber controlarme, así que ¿por qué se me agarrotaban las manos?, ¿una intuición? Me quise olvidar, me puse las gafas de sol, pero no me equivoqué. Miradas rápidas al frente, al fondo de la calle, al tráfico tranquilo y fluido, a los peatones, al espejo retrovisor, a los laterales. Nada inhabitual. Entonces una chica, o mejor dicho, aquel ángel de pelo color miel y ojos como el cielo, apareció por la esquina con prisa, se miró el reloj de pulsera e hizo un gesto de alivio antes de llegar a la puerta. No sé cómo fui capaz de distinguirle un tatuaje en el dorso de la mano. Y al mismo tiempo que maldije entre dientes, mi corazón había contestado a la pregunta de cuándo es amor de verdad, así, sin más, en aquel único instante. Eso y no pensarme en absoluto bajar del coche para evitar que abriera fue todo uno.

Sujetarla por el hombro tan firme como suavemente fue como abrir el séptimo sello ante aquellos ojos sorprendidos pero que chispearon por un momento con ese tipo de magia que solamente se ve una vez. Entonces me sentí como un hombre en una misión desconocida e irresistiblemente poderosa.

—Acaban de cerrar —musité, pero supe que ella, por mi tono grave y la electricidad que transmitieron mis dedos, me entendió. Yo me asombré más porque podía leerle el pensamiento y adelantarme a su pregunta—. Será mejor que vengas conmigo.

Entonces se oyó el disparo y se desencadenó el caos. Su grito se ahogó cuando tiré de ella. En dos segundos la había metido en el coche para arrancar y quemar rueda al acelerar después de decirle que se sujetara. Otros dos segundos y por el retrovisor vi salir corriendo a Jeremy y Joe, desconcertados cuando no encontraron el coche. Me descubrieron al girar bruscamente y enfilar la calle opuesta a la prevista de escape. Aceleré más y la chica volvió a gritar cuando nos dispararon. Pero yo ya miraba al frente y me parecía que las ruedas no tocaban el asfalto.

—No te asustes. —Sé que dije.

—¡Eres uno de ellos! —Me chilló el ángel con los ojos desorbitados.

—No te asustes, por favor, no voy a hacerte nada.

—¡Déjame, déjame bajar!

La miré en un pestañeo.

Lo siento, perdóname, pero es que he visto el cielo en medio del infierno. Acabo de salir de allí. Tú me has sacado. No te haré ningún daño. No sé qué ha pasado, qué has desencadenado. Creía tener nueve vidas pero no tengo nada. Soy un mentiroso, pero sé que tú no tienes miedo ni me lo tendrás.

Todo eso dije sin palabras en ese instante y ella lo vio. Se calló y estuvo así hasta que la ciudad se convirtió en hierba y el cemento en montañas y rosas del desierto. También el aire dejó de tener color.

—¿Cómo te llamas? —me atreví a preguntar cuando estuvimos lo suficientemente lejos.

—Layla —murmuró—. ¿Y tú?

—Dame el nombre que quieras.

—Eric.

Y en Eric me convertí.

Layla también perdió una existencia que ocultaba después de haber huido de su casa hacía dos años, con su familia de padre alcohólico y madre que no había sabido luchar contra él, un hermano desaparecido en Vietnam y un exnovio hijo de puta que le había levantado la mano y la seguía buscando. Había ido a parar allí, muy lejos de todo. Vivía en un pequeño apartamento y daba clases a niños de primaria en una escuela de barrio donde también había hecho algunas amigas. Y poco más. Entonces se le cruzaba un malnacido como yo, pero, más que asombrada, efectivamente no se asustó porque ya había sentido más que suficiente miedo. La cuestión fue que el exnovio había dado con ella aquella misma mañana. Layla solo había cogido su bolso y había corrido hacia el banco para sacar el poco dinero ahorrado en ese tiempo.

—No te faltará nada y estaré dos pasos detrás —fue la única frase con la que concluí su relato.

Nos detuvimos al fin cuando la noche fue lo único que nos dio caza. Un motel sin nombre donde los ángeles no se atreven a aventurarse salvo aquél conmigo.

—Creo que he estado esperando a una chica como tú toda la vida —le dije nada más entrar en la habitación. Y a pesar de mi mala experiencia pasada, sentí verdaderas aquellas palabras—. No sé cómo pero para ti, lo creas o no, sí estoy preparado.

Layla no me dejó seguir y el después fue asombroso, así que ¿por qué eso así, tan repentino y tan intenso, no podía ser amor?, ¿qué más da que durase una noche o una eternidad si nos dimos todo?

Y con lo que era más que un sentimiento viajamos por el país. Cada vez que respiró, Layla me hizo mantener la fe en que quizás sí podía existir ese milagro de amor.

Fuimos Layla y Eric, Alison y Elvis, Angela y Richard, Maggie y Rod. El ayer no importó y se lo llevó el viento. Siempre quise cogerle la mano y dejé de ser un hombre de hierro, un perro de caza nacido solamente para correr o caminar por el lado más salvaje. Nos convertimos en uno cada vez que nos amamos y me lo dio cada vez que le pedí refugio. Cruzamos todos los puentes sobre los ríos más peligrosos y borró siempre los rastros de mis lágrimas. El tiempo que estuvimos juntos fue como una canción de redención. Olvidé las supersticiones aunque a veces quisimos viajar en trenes misteriosos donde los sonidos del silencio nos ensordecieron hasta casi aturdirnos. La quietud de la noche siempre nos protegió cuando pudimos sentir temor.

Layla no dejó de ser un ángel pero también lo fue terrenal. «¿Sabes? Nunca he querido a un hombre del modo que te amo a ti», me dijo un día en que nos habíamos convertido en fuego y lluvia al mismo tiempo y el mundo realmente pareció maravilloso y todas las ciudades el Paraíso.

Nunca supe qué fue de Jeremy y los demás, tampoco me importó y acabé por olvidarlos. Tampoco nos encontró el exnovio que perseguía a Layla. Los mil nombres que tuvimos y nos escondieron nos los dio la música que me salvó y que ya no dejé de tocar para demostrarle a Layla que tampoco dejaría de adorarla. Así que lo que sí sé bien es que en el cielo solo debe de haber lágrimas por habérmela llevado.

Mariola Diaz-Cano Arévalo

¡Oh, querida!

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Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Drama

Rating: Todos los públicos.

Este relato es propiedad de Paloma Muñoz. La ilustración es propiedad de Marta Herguedas. Quedan reservados todos los derechos de autor.

¡Oh, querida!.

Estaba tan desesperado que ya no sabía qué hacer, ni a donde mirar y mucho menos a donde ir. Todo me parecía monocromático.

No existía  nada que infundiera luz a mi alma. Todo lo veía gris acerado. No tenía ilusión ni ganas de levantarme por la mañana para seguir con mi vida.

¿Qué iba a hacer ahora que ella me había dejado?

¿Cómo iba a afrontar la vida sin tenerla a mi lado?

Ha sido todo para mí. Nunca encontraré otra mujer que me haga sentir lo que me hizo sentir. Es imposible. ¡Nunca, nunca!

Querida, voy a escribirte mi última carta de amor. Es posible que sientas algo de compasión y vengas a buscarla. Yo no puedo enviártela porque no sé la dirección.

Puede que con un poco de suerte, alguien que nos conozca, se ponga en contacto contigo y esta carta llegue a tus manos, algún día.

─” ¡Oh querida! Debes creerme si te digo que nunca quise a nadie como te quiero a ti. Que nunca necesité mirar a otra mujer como te miro a ti. Que nunca deseé a una mujer como te deseo a ti.

Ya ves, hablo en primera persona como si estuvieras frente a mí y, tal vez, por la remota esperanza de que en algún momento aparezcas y me digas que todo fue un error y que vuelves a mi lado.

Cuando veo en la calle parejas que se toman de las manos, se abrazan y besan,  se acercan y sonríen mirándose con la luz del amor más radiante en los ojos, me siento morir.

Cuando alguien llama a su pareja y, la voz le tiembla al pronunciar su nombre, mis ojos se inundan de lágrimas.

Ilustración de Marta Herguedas

Son tantos momentos y tantos detalles que casi he perdido la cuenta de todos y cada uno de los instantes que estuvimos pendientes el uno del otro, hasta del más simple de los detalles.

Todo lo que vivimos juntos no puede esfumarse. No puede desaparecer así como así. No puedes abandonarme de esa manera,  diciéndome:−` Me voy. Lo nuestro se ha acabado´.−

Eso no puedes hacerlo y sin embargo lo has hecho. No podía creerlo.  Era imposible que te marcharas. Estaba seguro de que eras feliz a mi lado, pero está claro que algo falló entre nosotros.

Ahora no puedo pensar. ¡No quiero pensar! Sólo quiero que vuelvas, querida. Empezar otra vez. ¿Por qué no? Darnos otra oportunidad.

Pronto será San Valentín y aunque no me gusta estar pendiente de este tipo de celebraciones, podríamos aprovechar para vernos. ¿Qué te parece?”

No, no, no. ¡Estoy soñando, delirando! Ella no va a volver.

 Nunca llamará a mi puerta. Se ha ido y no tengo el valor de ir a buscarla. ¿Qué me ocurre? ¿Por qué no puedo hacerlo? ¿Por qué los pies no me obedecen quedándose adheridos al suelo? ¿Qué me ocurre?

-“¡Oh, querida! No dejes que me hunda en la desesperación. No dejes que el dolor que siento atosigue mi alma. Querida, no puedes ser tan cruel.

 En algún rincón de tu corazón debe de encontrarse algo de piedad. Por favor, búscalo en tu interior. Ahí está. No lo has perdido. Todavía lo conservas. Estoy seguro.

Recuerdo una canción. Una canción que nos encantaba. ¿Sabes a qué canción me refiero?

Sí. “Oh, Darling!” de Los Beatles.

 Paul McCartney desgarraba la voz para implorar a su amada que no lo abandonase.

¡OH QUERIDA! POR FAVOR, CRÉEME
NUNCA TE HARÉ DAÑO
CRÉEME CUANDO TE DIGO
QUE NUNCA TE HARÉ DAÑO
¡OH QUERIDA! SI ME DEJAS
NUNCA LO CONSEGUIRÉ SOLO
CRÉEME CUANDO TE RUEGO
QUE NUNCA ME DEJES SOLO
CUANDO ME DIJISTE QUE YA NO ME NECESITABAS
 CASI ME DERRUMBO Y ME ECHO A LLORAR
CUANDO ME DIJISTE QUE YA NO ME NECESITABAS
 CASI ME DERRUMBO Y ME MUERO.

Esa súplica te la hago ahora, querida.

¡No me dejes! Si no vuelves, todo habrá acabado. Te habrás llevado lo mejor de mí.

Me abandonarás en un mundo de tinieblas.

Me condenarás a estar eternamente solo.

Me conducirás a una pesadilla de la que no podré despertar.

Me arrastrarás a una vida oscura, en la que ni siquiera el más potente rayo de luz puede iluminar un momento de mis días.

Me llevarás a un desesperado y frustrante  desconsuelo que poco a poco marchitará mi corazón.

Por todo ello, te suplico que leas esta carta y que vuelvas a mí.

¡No me dejes!

 ¡Por favor, regresa! ¡Oh, querida!”-

Paloma Muñoz

Madrid, 14 de febrero 2013

Queen of Rock

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Género: Biografía

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Este relato es propiedad de Olga Ruiz Trinidad. La ilustración es propiedad de Daniel Camargo. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Nota: Es importante explicar que esta entrevista es mezcla de ficción y realidad. Para evitar confusiones, si se quiere hacer uso de algún dato concreto, se debe contrastar con biografías oficiales.

Queen of Rock.

—Me llamo Anna Mae Bullock y nací en Nutbush, Tenessee, en el año 1939. Mi familia cultivaba algodón, recogía algodón, dormía y vivía por y para el algodón. Y yo lo odiaba: el sol picándome la piel, los labios agrietados, las manos arañadas, las hileras interminables de la plantación, y las extenuantes jornadas recolectando las malditas borras blancas. Acres pateados durante catorce horas diarias para conseguir la materia prima más limpia, a mano. En medio de todo, cantaba con la furia de una guerrera, gritaba a la tierra fértil y al cielo, a ratos, incluso aullaba. Así fue como comenzó todo: desde el fondo y con la rabia por bandera. Una mañana llené una maleta diminuta y subí a un carromato que circulaba por la antigua autopista 19. Había pensado tanto en ello que cuando me marché  no sentí el más mínimo remordimiento. Me hice una promesa: nunca más volvería a pisar esos campos pasara lo que pasara.

»Mi primer destino fue San Luis. Allí no tardé en matricularme en el Summer High School y comencé a cantar en pequeñas cafeterías y clubes nocturnos, de esos en los que de vez en cuando un negro le da un botellazo en la cabeza a otro. Lugares donde se gestaban leyendas urbanas como aquella que explicaba cómo a uno le habían cortado el pescuezo mientras meaba. ¿Sabes de qué hablo?

Moví la cabeza y seguí apuntando todo.

—Trabajar de noche en los clubes era peligroso, y sobre todo si vendían alcohol después del cierre, que era en la mayoría de los casos, intentaba que me escoltara a casa algún compañero de la banda. De San Luis no recuerdo mucho más que el ambiente nocturno. Cuando llegué era una ciudad en expansión, con rascacielos y gente viviendo en eso que llamaban manzanas de pisos. Muy ortogonal en cuanto a planeamiento urbanístico, muy evidente para pasear y situarse. Pero sobre todo, con unas maravillosas puestas de sol. Eso sí que lo recuerdo de una forma muy especial.

»Sucedieron muchas cosas en aquellos primeros años: contratos como cantante, compositora, bailarina y actriz. En general, espectáculos de poca monta, lo justo para empezar. Fue precisamente en el Club Imperial donde conocí a mi futuro marido Ike, con el que empecé a cantar a los dieciocho años en nuestro propio dúo. Éramos tan jóvenes y teníamos tanta vitalidad que no era extraño que actuáramos todos los días a cambio de un alojamiento lo suficientemente digno. Cuestión de ilusión y de amor, porque en aquellos días nos amábamos de lo lindo; podíamos pasarnos todo el tiempo debajo de las sábanas, sin comer, abandonándonos  locamente… En fin —gesto resignado—. Ike era muy temperamental y, sobre todo, mucho más decidido que yo, y eso ya era mucho decir. En el año 1960 presentamos nuestro primer sencillo, A fool in love, que fue un éxito de ventas en el mercado estadounidense y europeo. A partir de ahí, todo parecía sonreírnos. Éramos jóvenes y ganábamos mucho “money”. —Se ríe y ladea la cabeza atusándose el pelo.  Entonces coge una fotografía en blanco y negro con la mano derecha—.  Guapos, lo que se dice guapos, no éramos, pero lo compensábamos con nuestra puesta en escena  y el espectáculo rítmico de nuestras actuaciones. Nadie que nos conociera en aquella época podría decir lo contrario. ¿Sabías que en los primeros conciertos la gente estaba sentada?

—No, no tenía ni idea.

—Pues sí, pero cuando empezamos nosotros, no podían reprimirse y terminaban sobre las sillas de madera gritando, saltando, sudando, y algunos, los del fondo, incluso metiéndose mano. Madre mía, ¡qué tiempos!

»Un poco más tarde compusimos temas mucho más rockeros como Come Together, Honky Tonk Woman y I Want to Take You Higher. En general, el público no estaba acostumbrado a nuestros directos. Eran orgásmicos, incluso obscenos (según algunos medios conservadores y algo reprimidos). Yo sí creo, y viéndolo ahora con cierta perspectiva, que traspasaban la barrera del erotismo. Tuvimos muchas críticas en esa sociedad todavía un poco inhibida pero en rápida progresión —afortunadamente para mí—. Perdía totalmente el control cuando me subía a un escenario. Era una cuestión de sinergias y ahora no sabría decir quién arrastraba a quién. Ike estaba rebosante de testosterona en aquellos años y durante un viaje a Tijuana (México) en el año 1962, me pidió matrimonio y acepté. Con él tuve dos hijos: Michael y Craig. Y no recuerdo que fuera ni buena ni mala madre. Lo fui en la medida que la vida me enseñó. No podría ponerme buena nota, pero puede que ellos no piensen igual. Tal vez esa pregunta deberían contestarla ellos. ¿No te parece?

Yo afirmo con la cabeza. Llegado a este punto, Tina se sirve un poco de agua en uno de los vasos de cristal de la mesita de fumador, bebe y contesta una llamada de teléfono, para lo cual sale de la sala y se excusa. Al cabo de tres minutos vuelve y continuamos con su biografía.

—¿Por dónde íbamos? —se pregunta—. Ah, sí… En 1971, tras hacer una nueva versión de Proud Mary —¡qué temazo, chico!—, canción originalmente grabada por la banda Creedence Clearwater Revival, ganamos un “Premio Grammy” premio Grammy a la Mejor interpretación de un dúo o grupo de R&B.  Recuerdo la emoción cuando lo recogimos y las palabras nerviosas de una voz que nunca me había temblado. Pero después, sin saber muy bien por qué, las cosas se estancaron. Trabajé en algunas películas e incluso intenté una primera escapada en solitario con mi álbum de debut titulado Tina Turns the Country On en 1974. Intentando recuperar la popularidad también acepté interpretar el papel de la Reina del Ácido  en la película Tommy. Gracias a las críticas derivadas de esta película, mi segundo álbum como solista se tituló  Acid Queen y vio la luz en 1975. No fue mal. Pero, quizás, fue un detonante para Ike: los celos y las drogas le habían ido devorando por dentro. A veces me espetaba: ¡eh, tú, seguro que ya andas por ahí con algún tío que te pellizca los pezones y te saca la minga para que se la chupes!

»Inconfundible… A las malas era un ser cruel y machista. Yo quería que se muriese, lo deseé muchas veces por su propio bien, pero Dios nunca me hizo caso… Habíamos quemado tantas mechas juntos que poco a poco nos estábamos destruyendo. No podía ser de otra manera, todo estalló y nos fuimos a la mierda, eso sí, cada uno por su lado. Fue en el verano de 1976. Casi no hablábamos; sólo una serie de gruñidos en respuesta a mis discretos intentos. Ike fue protagonista de un escándalo público cuando me golpeó y eso derivó en nuestra ruptura y separación legal. Lo cierto es que no era la primera vez, pero hacerlo tan en público y por todo lo alto fue la última. Respecto a nuestras carreras, suspendimos todos los conciertos que estaban previstos para los siguientes meses y, después, yo me lancé al vacío más sola que nunca sobre el escenario, pero a la vez muy arropada por un público fiel. Así que comencé mi carrera en solitario de verdad, no sé si corriendo en dirección a algo o huyendo de algo. Nunca lo tuve muy claro. Pero seguir cantando era mi única opción.

»Luego me dio un poco de nostalgia por mi tierra natal y compuse  —ahora no tengo claro si antes o después del incidente mediático de Ike— Nutbush City Limits (Los Límites de Nutbush), que versionaría de nuevo también en 1991. Una canción —para mí— de las más importantes de mi vida. Quizás fue a raíz de aquello, un poco antes o después, tampoco lo recuerdo muy bien, cuando alguien decidió renombrar la autopista 19 como Autopista Tina Turner en mi honor.

»Repasar una vida en una sola tarde es complejo. Soy consciente de que me olvidaré de cosas importantes que después tú tendrás que reordenar tirando de otras entrevistas, libros y películas, pero vamos, que tienes material suficiente para este pequeño curriculum que quieres presentar a tus compañeros de Ediciona; merecerá la pena el intento, ya verás. Pero realmente no me has contado algo vital: ¿en qué consiste tu proyecto?

Y ahora el entrevistador se ruboriza y es entrevistado ni más ni menos que por Tina Turner… En fin, veamos.

—Ediciona es un proyecto donde se dan cita dos disciplinas: la literatura y la ilustración. Cada dos meses, y a votación de los interesados en participar en la convocatoria, se propone un tema y se realiza el trabajo de la escritura. Trascurridas tres semanas se somete a corrección de puntuación, estilo, forma, etc., y finalmente el ilustrador —en función de la extensión del relato— decide si incorporar una o dos ilustraciones. Después, con todo montado, se cuelga en red para que la gente vea los trabajos y juzgue si merecen la pena o no. Lo cierto es que hay mucha ilusión detrás.

—Mucha ilusión y pocos medios.  Eso me suena… ¿Y os pagan?

—No, por el momento todo se hace por amor al arte. Pero es cuestión de tiempo, todo se andará. Tina, perdona que te tutee, pero, si no te importa, es vital para mí terminar esta entrevista para presentar mi trabajo en plazo y forma.

—No te preocupes, disfruta con todo lo que hagas.

—Sí, pero… es que estamos a 28 de febrero  y no he terminado, y estoy fuera de plazo.

—Bueno, ¿y qué más quieres que te cuente?

—Pues lo más grande que te ha pasado nunca como cantante.

Durante cinco segundos Tina se queda mirando el suelo y retira una pelusa de su botín acharolado. Entonces recuerda:

—¡Sí!, vale. Una cosa para mí muy emocionante. En el año 1990 —lo veo como si fuera ahora mismo y se me ponen los pelos de punta— la imagen del estadio de Maracaná en Río de Janerio con más de 180 000 personas. Creo que superé algún record Guiness, ¡qué más da eso ahora! ¡Qué estupidez!

—No, no fue ninguna estupidez —apunto—, fue glorioso.

—Lo mejor de las actuaciones es el vértigo de poner el pie derecho en el escenario y avanzar hacia el centro para mirar a tu público y sentir su calor. Eso es electrizante. Mira, ¿ves? —Y estira el brazo para que pueda observar su piel de gallina.

Ilustración de Daniel Camargo

—Bueno, si te parece, ya para ir rematando añadiré también que has vendido más de 200 millones de álbumes.Durante 2008 y 2009 abandonaste tu semi retiro para recorrer el mundo con tu gira Tina!: 50th Anniversary Tour, que se convirtió en uno de los más rentables de la historia del espectáculo.

—Efectivamente.

—Tus composiciones, grabaciones e interpretaciones te han hecho acreedora de diversos galardones y reconocimientos, entre ellos nueve  “Premios Grammy” premios Grammy. Tu nombre se halla en el  Paseo de la Fama de Hollywood. Fuiste nombrada por la revista Rolling Stone como «una de las más grandes intérpretes de todos los tiempos», y te colocaron en el puesto número 17, superando a músicos como Michael Jackson y Prince, entre muchos otros.

—¿Sí? Eso no lo sabía. Vaya, gracias por el dato, pero sé que Michael y Prince son grandes entre los grandes. Lo cierto es que sí quiero añadir algo ya para finalizar. Sólo espero que me recuerden por mis energéticas actuaciones en vivo, mis estrafalarios atuendos, la fuerza de mi voz y mi trayectoria musical. Y por encima de todas las cosas, quiero que me escuchen cantar con la misma furia con la que lo hacía con tan sólo quince años en los ya lejanos campos de algodón. —Y mirándome muy fijamente a los ojos añade—: No importa de dónde vienes, chico, sino a dónde quieres ir.

Y hasta aquí. Se levanta, se quita el micrófono, la petaca, los lanza sobre el sofá y me pregunta:

—¿Nos tomamos una cola Royal Crown con un chispazo de whisky?

No tengo ni idea de qué es eso ni de dónde lo pudo adquirir, pero contesto: afirmativo.

Olga Ruiz Trinidad

Starway to hell

Autor@: 

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Corrector@: 

Género: Negro

Rating:+14

Este relato es propiedad de Roberto del Sol. La ilustración es propiedad de Rosa García. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Starway to hell.

¡Malcom!, ¡Malcom!, ¡Malcom!

Mientras caminaba hacia el camerino, podía sentir el hormigón vibrando bajo los pies con la energía de las sesenta mil personas que coreaban su nombre. Suplicaban que volviese al escenario. Lo querían, lo adoraban. Y querían más. Siempre querían más. La comunión con el público había sido una experiencia solo comparable al mejor de los orgasmos. En su retina todavía permanecía la imagen congelada de miles de almas haciendo los coros de Love you till death. Pero ya no habría más por esa noche. Estaba cansado. Se había vaciado, como en cada concierto. Ahora cada una de las maltrechas células de su cuerpo pedía a gritos algo con lo que poder silenciar el dolor. Necesitaba acallar los gritos, esconderse de la luz, dormir un poco quizás. Aguardaría escondido en la oscuridad del camerino hasta que los fans hubiesen desaparecido de los alrededores del estadio. Después Vinnie lo llevaría al hotel, en donde lo esperaba alguna de las chicas a las que había firmado autógrafos antes del concierto. Vinnie siempre se encargaba de arreglarlo todo. Las escogía por él. Conocía sus gustos, sus manías. Después las haría desaparecer con sigilo antes de que llegase la luz del nuevo día. Malcom no soportaba despertar y tener que hablar con alguien, y mucho menos con alguna de aquellas ninfas que lo veneraban como a un dios.

Vinnie se cruzó en su camino. Malcom no necesitaba nada de él ni de ninguna otra persona en ese momento. Solo quería alcanzar la agradable oscuridad del camerino y tomar unas cuantas pastillas. Seguramente le diría que el concierto había sido cojonudo, que era el mejor. Para eso era su manager. Pero ahora mismo solo necesitaba silenciar las voces de su cabeza.

Eres el mejor, Malcom. —Sonrisa falsa—. Nunca trabajé con alguien como tú.

Mentira, Vinnie nunca trabajaba. Era una especie de sanguijuela que vivía del esfuerzo de los demás. ¿Qué perdería Vinnie en todo esto si alguna vez las cosas salían mal? Nada. Siempre podría encontrar a otro Malcom al que poder engatusar con sus palabras de encantador de serpientes.

Este concierto ha sido cojonudo, Malcom. Sin duda el mejor de tu carrera.

Malcom sonrió cansado. Estaba aburrido de oír las mismas frases un día tras otro. Con la tajada que se llevaba de todo, Vinnie podía por lo menos esforzarse en ser un poco más original.

Me gustaría que vieses a alguien, Malcom. Se trata de un viejo amigo… Solo quiere hablar contigo acerca de su propuesta, aquella de la que hablamos la semana pasada, ¿te acuerdas? —Vinnie leyó el disgusto en los cansados ojos de Malcom—. Sabes que siempre quiero lo mejor para ti, Malcom. Nunca haría algo que fuese en contra de tus intereses. Yo personalmente he estudiado su oferta y creo que es muy generosa —le dijo Vinnie mientras caminaba a su lado y tropezaba una y otra vez con los trastos acumulados en los estrechos pasillos.

Otra mentira. Nadie quería solo hablar con él. Todo el mundo quería un trozo suyo. Malcom se detuvo y miró a los ojos del que una vez pensó que era su amigo. En la penumbra del pasillo Vinnie parecía nervioso. Dentro de la cabeza de Malcom las voces estaban elevando el volumen y amenazaban con desbordar los diques de la cordura. Estaba a punto de decir algo desagradable, pero se dio cuenta de que Vinnie tan solo era otra pieza más en una maquinaria que los manejaba a todos a su antojo mientras les vendía que eran libres. No tenía sentido gritarle. Dar voces a aquel guiñapo de hombre excesivamente entrado en carnes y adicto a la cocaína no haría que las voces desapareciesen.

Mañana, Vinnie. Hoy no puedo. Necesito descansar.

Malcom puso la mano en el hombro de su manager para dejar bien claro que la decisión no era negociable. Vinnie lo conocía bastante bien como para saber que no era una buena idea ir más allá, así que dejó que Malcom diese media vuelta y continuase su camino hacia el camerino.

Media hora después, las voces eran solo un pequeño murmullo. Las pastillas milagrosas y media botella de tequila Herradura eran una combinación que no fallaba nunca, aunque era consciente de que cada vez necesitaba más de esas pequeñas pastillas para encontrar la paz.

Malcom estaba tumbado en el diván, vestido solo con unas pulseras de plata que brillaban débilmente en su muñeca. La organización había convertido el camerino en un pequeño santuario iluminado por diecinueve velas rojas. Esa era una de las peticiones que siempre realizaban a la hora de firmar un contrato. Vinnie decía que las estrellas de rock se medían por la cantidad y la extravagancia de sus exigencias.

El plan era tan sencillo como necesario. Descansar con los ojos cerrados hasta acabar la botella de tequila que sostenía por el bocal; hasta que bajase la marea. Alguien llamó a la puerta tres veces. El sonido llegó hasta él amortiguado por los tranquilizantes y el alcohol, pero fue suficiente para hacer que volviese a la realidad.

¿Acaso no le había dejado bien claro a Vinnie que no quería ser molestado?

Malcom se incorporó y se miró al espejo, y no le gustó lo que vio. ¿Qué quedaba del pequeño niño que jugaba al escondite con sus amigos en los campos de trigo? Parecía que hacía mil años que su familia se había visto obligada a emigrar a la ciudad, cuando el banco embargó la granja y se quedó con todo: las tierras, los amigos, los recuerdos, la esperanza… A veces todavía despertaba por la noche empapado en sudor y tenía que obligarse a recordar que la pesadilla no era real, que ya no tendría que preocuparse nunca más por la posibilidad de perder su casa.

¿Hola? ¿Señor Haeskell? —Una voz de hombre sonó al otro lado de la puerta.

¿Señor Haeskell? Nadie le llamaba así desde hacía muchos años, probablemente desde la escuela. Quizás se tratase de alguno de esos estirados periodistas cuyo único contacto con el rock era el que tenía al apagar el estéreo de sus hijos los fines de semana. Lo cierto era que, fuese quien fuese, por lo menos había demostrado suficiente arrojo e inteligencia como para burlar al equipo de seguridad, pero no empezaba con buen pie. Malcom no tenía precisamente buenos recuerdos de su etapa escolar.

Quizás si permanecía en silencio el tiempo suficiente, el hombre pasase de largo.

La puerta se abrió sin su permiso, algo que podría haberlo enfadado de no ser porque las pastillas lo habían sumido en un estado de tranquilidad en el que era imposible exaltarse. Sentía curiosidad por ver el rostro del intruso cuando lo viese desnudo. Con seguridad balbucearía mil disculpas y se retiraría pensando si quizás ese fallo habría acabado con su carrera en el periódico. O quizás le sacase una foto para la portada del Rolling Stone. A Malcom no le importaba. Quienquiera que fuese no saldría de allí con todos los huesos en su sitio si acababa por disgustarlo.

El hombre entró en la habitación sin dudar un instante y no se mostró azorado por lo que vio. Parecía saber lo que iba a encontrar allí adentro. Era muy delgado, con el pelo milimétricamente peinado hacia atrás, y en su cara destacaban una nariz aguileña que le daba un aspecto de ave rapaz y dos ojos oscuros en los que casi no había blanco. Iba vestido de una forma que a Malcom se le antojó pasada de moda, como un inglés de esas películas antiguas al que solo le faltaba una chistera, con mucha clase, y se movía con la elegancia de esas personas que se creen superiores. Malcom odiaba a ese tipo de personas. Habían sido individuos como aquel los que los habían dejado sin casa, los que habían empujado a su padre al suicidio y a su hermana a la prostitución y, al final, a las drogas.

Malcom no hizo gesto alguno por cubrirse. Estaba en su reino, y allí podría obligar al extraño a desnudarse si quisiera… Tomó otro trago de tequila.

¿Quién coño eres y cómo has llegado hasta aquí? —preguntó sin rodeos.

El hombre sonrió y enseñó unos dientes blanquísimos. Ahora su cara se había transformado en la de un lobo.

Hola, señor Haeskell. No es necesario que se ponga a la defensiva conmigo. Mi nombre es Lucer Heylel, y estoy aquí para hacerle una propuesta que no podrá rechazar.

Esa sonrisa que no se borraba de su cara irritaba profundamente a Malcom, pero la seguridad que mostraba en sus gestos y en su forma de hablar, con ese lenguaje tan estirado, picó su curiosidad. Todos los días se acercaba algún tío raro, acudían como las polillas a la luz, pero pocas veces mostraban tanta seguridad en su presencia. Bien, dejaría que intentase venderle el paraíso antes de mandarlo a la mierda.

Tienes toda mi atención. Dispara.

Hoy he podido ver su concierto, señor Haeskell, y ahora puedo decir que todo lo que me contaban de usted se queda corto. Nunca he visto nada igual.

Sí. Creo que no ha estado mal del todo.

Es hora de que pase a jugar en las grandes ligas, señor Haeskell. He venido para ofrecerle la oportunidad de crecer, de hacerse una leyenda…

Otra vez su apellido. En los labios de aquel hombre chirriaba como una uña arañando una pizarra. Malcom conocía muy bien a las personas como Lucer: ejecutivos sin escrúpulos que venderían a sus madres por una posición en las listas de ventas. Demonios que ponían el mundo a tus pies y pesadas cadenas de oro en las manos. Versiones corregidas y aumentadas de Vinnie. Adiós a la libertad, bienvenida esclavitud.

Llámame Malcom. Y, para tu información, ya estoy donde quiero estar —le espetó, y dejó que algo de bilis impregnase sus palabras—. Ya soy la leyenda que quiero ser. Si de verdad has estado en el concierto, habrás oído a sesenta mil personas gritar mi nombre.

No es necesario que se enfade conmigo… Malcom. Está muy cansado y quizás no sea consciente de todo lo que puedo ofrecerle. Usted me habla de una batalla, yo le hablo de la guerra. Usted me habla de un día, yo le ofrezco la eternidad. Estoy poniendo a su disposición la maquinaria necesaria para que millones de personas coreen sus canciones como himnos sagrados por toda la eternidad. Pida lo que necesite: compositores, músicos, arreglistas… Usted figurará como el único autor de todo ello. Habrá un antes y un después de su firma en este contrato —sacó unos papeles del bolsillo interior de su americana, los desdobló y se los acercó a Malcom—. Y créame, sé de lo que hablo. He dedicado toda mi existencia a construir los ídolos que las masas adoran. Por mis manos han pasado todos los mitos que el hombre venera desde el principio de los tiempos.

Malcom dejó la botella de tequila en el suelo y hojeó los papeles. Estaban escritos a mano, con letra muy apretada y una caligrafía propia de los documentos antiguos. Era increíble lo que la gente desesperada era capaz de hacer para conseguir una firma suya. Esto era más de lo que estaba dispuesto a soportar. Como juego había sido divertido, pero las voces dentro de su cabeza estaban volviendo y la situación estaba empezando a perder la gracia.

Mira, como te llames, no me gusta tu cara, ni tu propuesta, ni la forma en la que te has colado en el camerino. Y estás loco si piensas que voy a firmar esto —y arrojó los papeles con violencia hacia el hombre, que acabaron en el suelo—. Ahora sal de aquí o llamaré a seguridad.

El que está loco eres tú, Malcom, y quizás por eso me gustas tanto. —El hombre pronunció lentamente las palabras mientras recogía los papeles del suelo. Sus ojos brillaban de una forma peligrosa—. Este contrato no es de los que necesitan ser leídos, hijo. Muchos artistas, mil veces mejores que tú, matarían por poder firmarlo y que su nombre pasase a la eternidad. Nadie desprecia una propuesta así. Pregúntale a Vinnie, él sabe muy bien de lo que estoy hablando. Porque me caes bien, y en cierta manera me recuerdas a mí hace mucho tiempo, te voy a dar la oportunidad de que lo pienses un día más.

A pesar del embotamiento, Malcom detectó una velada amenaza en las palabras de Lucer.

Me parece que no quieres entender la realidad de la situación, amigo.

Piensa bien lo que vas a decir, muchacho, no vaya a ser que te arrepientas toda la vida de tus próximas palabras.

En los ojos de Malcom podía leerse con claridad que su decisión ya estaba tomada.

Yo no te necesito, tío. Eres tú quien ha venido a rogarme que firme tus jodidos papeles… Era mi nombre el que aclamaba la gente ahí afuera, y eso no me lo has dado tú. Más bien creo que lo que quieres es aprovecharte de mí, como todos los demás. Ahora sal de este cuarto. No quiero verte nunca más.

El hombre se levantó.

Hasta las flores más bellas se marchitan.

¡Que te follen!

Malcom tomó la botella del suelo y la esgrimió como un arma. El hombre levantó una mano para tranquilizarlo mientras dibujaba de nuevo la sonrisa de lobo en su cara.

Tranquilo, Malcom, eso no será necesario. No quiero ensuciar mi traje. Hay más formas, y tengo todo el tiempo del mundo. ¡Ah, el ímpetu de la juventud! —comentó divertido—. Sangre nueva que hierve. Un defecto del hombre que en ocasiones la vida no le permite corregir.

Lucer salió del camerino y cerró la puerta tras él. Vinnie lo estaba esperando afuera y lo tomó del brazo. Una sola mirada del hombre bastó para que lo soltase.

Yo he hecho mi trabajo, señor Heylel.

Como solía decir tu madre —dijo él con voz afectada—, un trabajo puede hacerse de muchas formas, mi buen Vinnie. Quizás debieras haberte esforzado un poco más. Sabes mejor que nadie que siempre acabo por conseguir aquello que quiero. Solo existen dos posibilidades: o me entregan su alma o les robo la vida. Pero aquel que me traiciona bien puede acabar perdiendo ambas cosas…

No, por favor —dijo Vinnie mientras le besaba la mano.

No lloriquees. No soporto los lloriqueos. Todavía me eres útil, Vinnie, pero no me falles otra vez —amenazó Lucer mientras se alejaba—. Por cierto, recuerdos de tu madre. Dice que te echa de menos.

Pues yo a ella no, pensó Vinnie mientras veía al hombre desaparecer entre las sombras. Aunque al final acabase por ir al infierno, como todo el mundo, por lo menos esperaba no tener que hacerlo hasta dentro de muchos años. Abrió la puerta del camerino y vio la imagen de Malcom reflejada en el espejo.

¿Qué es lo que has hecho?

Trae el coche hasta el callejón y llévame al hotel.

Esa noche, Malcom estaba en la habitación del hotel, desnudo, de pie ante una cama enorme en la que dos hermosas mujeres, también desnudas, se besaban y reían mientras le tendían la mano para invitarlo a unirse a la fiesta. Vinnie había acertado de pleno con su elección. No parecían las típicas chiquillas a las que había que enseñar quién era el que mandaba en la cama, y que en ocasiones acababan llorando porque pensaban que habían venido a otra cosa.

Ven, Malcom, deja que te enseñemos una cosa —le dijo la pelirroja, y él sonrió como si algo en el juego que estaba a punto de comenzar pudiese sorprenderlo todavía.

Pensó que sería interesante dejarse seducir. No recordaba haber puesto música, pero dentro de su cabeza, todavía espesa por el alcohol y las pastillas, sonaban las notas de una música embriagadora.

Malcom se dejó caer sobre la cama, extendió los brazos, cerró los ojos y se rindió. Las mujeres se acercaron hasta él con movimientos sensuales, deslizando su piel desnuda sobre las sábanas de seda. Malcom sintió el calor de sus cuerpos duros, la presión de sus pechos, el cálido aliento que se escapaba entre sus labios, el suave roce de unos dedos que buscaban en cada rincón de su cuerpo. Todavía con los ojos cerrados, permitió que la lengua de una de las chicas le separase los labios y se enredase con la suya; adentro, cada vez más adentro, hasta que comenzó a faltarle el aire…

Malcom abrió los ojos asustado e intentó incorporarse, pero sus músculos respondían a cámara lenta a las órdenes que impartía su espeso cerebro. Parecía que estuviese buceando en una piscina de gelatina. Los párpados pesaban demasiado y los ojos recibían las imágenes desdibujadas. La mujer que estaba sobre él escondía los rasgos de la cara entre su melena pelirroja, y la mezcla de todo lo que había tomado debía de estar jugándole una mala pasada, porque por un instante creyó ver cómo una lengua demasiado larga como para ser humana se escondía en la boca de la chica. Los ojos de la mujer, semiocultos entre la cascada de pelo rojizo, brillaban con un fulgor extraño, antinatural.

Ilustración de Rosa García

Malcom no podía pensar con claridad, alguien tenía que haber puesto algún tipo de droga en su copa. No lograba que se fuese de la boca el sabor de aquellos labios, tan dulces. Trató de luchar, intentó resistirse al juego que proponían aquellas mujeres, pero los brazos y las piernas pesaban demasiado, y además algo en su interior no estaba tan seguro de querer que todo aquello acabase. La sensación de placer era indescriptible. Nada ni nadie lo había llevado nunca hasta esos límites o le había hecho sentir algo parecido. A pesar de no poder verlo, Malcom sintió cómo las manos de la otra mujer guiaban con suavidad su erección al húmedo interior de la pelirroja, que comenzó a moverse de una forma que hizo que arquease su cuerpo. La mujer bajó su cabeza hasta la de él, acariciándolo con un cabello que parecía tener vida propia.

¿Ves, Malcom, todo lo que has perdido? —le susurró al oído.

Y cuando la mujer se incorporó, sonreía, y esa sonrisa dejó al descubierto unos delgados colmillos que daban a su cara el aspecto de un lobo.

En ese momento Malcom sintió que los músculos se estiraban y comenzaban a romperse, como cuerdas de guitarra demasiado tensas, pero no tuvo tiempo de gritar, porque un instante después también se rompió su corazón.

No soy adivino. Pero me jugaría la paga de un mes a que se trata de una sobredosis. —El forense levantó la vista del cuerpo desnudo, se quitó las lentes y fijó los pequeños ojos porcinos en su amigo, el teniente Bruce O’Malley.

¡Joder, Ambrose, parece que te alegras de que el muchacho haya acabado así!

En absoluto. Desde que TMZ anunció la muerte de este mozalbete, he recibido sesenta y siete llamadas perdidas de mi hija mayor, a razón de una por minuto. Te aseguro que esta noche, durante la cena, lo pasaré tan mal como si lo hubiese asesinado yo mismo.

Bueno, supongo que eso te descarta como sospechoso, por lo menos de momento —dijo Bruce sonriendo.

A su alrededor los hombres del departamento de homicidios ponían la suite patas arriba sin ningún tipo de piedad. El alcalde lo había llamado en persona. No todos los días moría un ídolo del rock de talla mundial en su ciudad.

¿Qué piensas de todo esto, Bruce?

Hummmm… No lo sé, amigo, pero hay muchas cosas que no encajan.

¿En la versión de los guardaespaldas?

En todo. Por un lado tenemos a ese par de hormonados sin cerebro que aseguran haber metido a dos chicas, que no ha visto nadie más, en esta habitación ayer por la noche, pero que hoy, al ir a ponerlas de patitas en la calle, ya no había ni rastro de ellas. Evaporadas. ¡Puffff!

¿Crees que pudieron haber sido ellos?

Lo dudo. No ganan nada con su muerte. Al contrario, a partir de este momento están oficialmente sin trabajo. ¿Quién demonios iba a querer contratarlos ahora con semejante mancha en su currículum? Durmiendo la mona mientras alguien se cargaba a la persona que vigilaban… Gracias, Donnie —le dijo al agente que les acercó un par de cafés del Starbucks de la esquina.

Me obligarás a mentir de nuevo a Marsha la próxima vez que me invites a cenar a tu casa —comentó divertido Ambrose, mientras observaba a su amigo poner dos sobres de azúcar en el café.

Soy incapaz de superar mi adicción al café, pero odio esa porquería de sacarina —suspiró el teniente mientras terminaba de revolver el café y tomaba un primer sorbo que le quemó la lengua—. Necesito azúcar para poder pensar con claridad, amigo. Me pagan para usar el cerebro, no para ponerme unas mallas. Además, tú siempre puedes mirar hacia otro lado y hacer la vista gorda…

¿Por qué crees que no se trata de una sobredosis? —cambió de tema Ambrose.

No hay carta, con lo que no parece un suicidio. Su manager dijo en la declaración que el chico no tomaba nada más fuerte que esas pastillas que te llevas al laboratorio y alcohol y, aunque de momento no descarto nada, no parece que ese sea un cóctel capaz de dejar las venas de alguien como si por ellas fluyese tinta china. Tú mismo dices que no hay pinchazos…

Por lo menos a simple vista. Te sorprendería saber la cantidad de sitios por donde la gente se mete esa mierda. Y que no sepa de lo que se trata no es nada extraño… Todos los días me encuentro con alguna nueva droga de diseño creada a medida para estos nuevos ricos. Los chicos se meten cualquier cosa que les prometa experiencias nuevas, aun a riesgo de hacer de conejillos de indias y poner en peligro su vida. Están de vuelta de todo. ¿Cuántos años tiene? ¿Veinticinco, treinta…?

Bruce abrió la carpeta con el informe.

Veintiséis.

Los jóvenes de ahora viven en veinte años lo que nosotros en cincuenta. Tienen prisa por hacerlo todo cuanto más rápido, más alto y más fuerte mejor.

¡Joder, como en las olimpiadas!

¿Cómo dices?

Nada, olvídalo. Solo era un chiste malo.

A los treinta años ya son viejos. Están cansados. Y ahora imagina lo mismo, pero con el mundo a tus pies, sin nadie que te controle. —Los dos hombres miraron el cadáver de la cama—. Temo por mis hijas…

Vamos, hombre, tú y yo hacíamos lo mismo que ellos a su edad, solo que ya no te acuerdas.

¡Ah, Bruce! —dijo mirando a su amigo a los ojos—. Creo que me estoy haciendo mayor.

No te ofendas, pero tenemos más de cincuenta y cinco años. Para este mundo estamos pasados de moda.

Ya, ya. ¿Por dónde vas a empezar a investigar?

¿Para qué quieres que te lo diga?, ¿para filtrarlo al TMZ?

¡Vete a la mierda! —le dijo su amigo mirándolo con seriedad.

Perdona, era solo otro chiste malo. Necesito encargarme del capullo que filtró la foto a esos buitres. Respondiendo a tu pregunta, pues me imagino que empezaré por apretarle las clavijas al tal Vinnie. Está claro que era su camello y que él mismo es adicto a algo. Espero que su adicción lo obligue a cantar durante el tiempo que lo tengamos retenido en comisaría.

Ese es mi Bruce. Siempre rozando la legalidad.

Ambrose, demasiado a menudo me veo obligado a recordarte que somos los buenos —respondió el teniente mientras los dos abandonaban la habitación del hotel.

Vinnie se sentía tan desasistido como un talibán en Guantánamo. Llevaba tantas horas sentado en aquella silla de mierda, soportando las tonterías de los polis, que tenía el culo tieso y dolorido como si se lo hubiesen rociado con nitrógeno líquido.

Malcom estaba muerto.

Nadie jugaba con Lucer Heylel. Nadie jugaba con Lucifer. ¡Qué tonto había sido el chico al no hacerle caso! ¿Qué te pedían a cambio del éxito y la inmortalidad? Algo tan absurdo como el alma. ¡Y a quién coño le importaba eso! Todo el mundo quería un trozo del pastel: la mafia con sus extorsiones, el gobierno con los impuestos… y el diablo con el alma. ¿Y para qué servía el alma si al final todos iban a ir al infierno por una u otra causa?

Se sujetó las manos para intentar detener el temblor producido por la abstinencia. Tenía que pararlo. No debía mostrar debilidad. Nadie le había dicho todavía si estaba detenido. Solo le habían preguntado una y otra vez por el origen de las malditas pastillas. Hasta ahora había aguantado, pero sentía que los muros que rodeaban su castillo de seguridad comenzaban a derrumbarse. No soportaría un nuevo interrogatorio.

La puerta se abrió y dejó entrar la insoportable algarabía de la comisaría y a una mujer joven, vestida de impecable traje pantalón, que cerró la puerta tras ella haciendo que regresase el bendito silencio. La mujer se sentó frente a él.

Buenos días, Vinnie. Soy la capitana Selma Kendrick —le dijo mientras abría una carpeta y hojeaba unos documentos, y con la otra mano levantaba ligeramente la placa que colgaba del cuello para corroborar sus palabras. La mujer levantó la vista y fijó sus ojos en Vinnie—. Para empezar te aclararé que no por el hecho de ser mujer vas a tener más suerte que con mis compañeros.

No sé nada más que lo que ya he dicho a los demás polis… Quiero marcharme a casa. Mis abogados van a destrozar el departamento de policía de esta ciudad.

Bien, Vinnie Dacosta, me gusta que pongamos las cosas claras desde el principio. —Selma sonrió, y su sonrisa le trajo a Bruce el vago recuerdo de algo que no acababa de ubicar, pero que no le agradaba—. Por lo que se ve, no le gusta que se metan en sus negocios, o tiene miedo de lo que pueda pasarle si habla demasiado.

Si supiese algo no tendría problema alguno en decírselo. Estoy enfermo, muy enfermo, y no estoy en disposición de sufrir por proteger a nadie…

¿Ves, Vinnie, como todo es más fácil de lo que parece? Eso es justamente lo que quería oír —la mujer amplió su sonrisa y eso hizo que su cara adquiriese el aspecto de un lobo—. A nosotros tampoco nos gusta que se entrometan en nuestros negocios —le dijo mientras se levantaba de la silla y rodeaba despacio la mesa, acariciando con sus dedos el contorno.

Espera un poco. No… No puedes estar hablando en serio. —La voz del hombre se convirtió en un hilo en el que se reflejaba el terror que sentía al darse cuenta de quién era la persona que estaba encerrada con él en la habitación—. Siempre te he sido fiel…

Pero acabas de decir que no podrías resistir la tentación de hablar de nuestro acuerdo si presionasen de la forma adecuada. Eres débil, Vinnie, esa adicción tuya te hace muy vulnerable —le susurró Selma en el oído.

Vinnie sintió la punta de la lengua de la mujer pasearse por su oreja y luego desplazarse sin prisa por su cara hasta llegar a la boca. Sus labios se abrieron incapaces de resistirse al perfume embriagador que lo envolvía.

¿A qué nunca te han besado así, Vinnie? —preguntó satisfecha la mujer al cuerpo inerte de Vinnie, que tenía los ojos muy abiertos, clavados en el techo.

Repíteme otra vez eso de que no habéis visto a nadie entrar aquí, y que no sabéis quién coño es la pelirroja del video, Frank, porque no acabo de creérmelo.

Es la verdad, Bruce, nadie recuerda haber visto a una mujer, y menos con esas curvas… No entiendo cómo ha podido pasar.

Muy bien, muy bien. Ahora déjanos solos, por favor. —Bruce se volvió hacia su amigo, que se quitaba los guantes de látex después de haber terminado la exploración preliminar—. Necesito que me des alguna buena noticia, Ambrose.

Pues, por el momento, lo único que puedo asegurar es que está muerto y que, cuando se enteren los abogados de su familia, tendremos que dar muchas explicaciones acerca de qué demonios era lo que estábamos haciendo con él aquí, encerrado, sin acusarle de nada. Por lo demás, y si creyese en Dios, estaría dispuesto a afirmar que parece obra del mismísimo diablo.

Una mañana, dos fiambres con las venas tatuadas en negro bajo la piel, cero pistas… Estoy dispuesto a creer en cualquier cosa. Incluso en que fuese el mismísimo diablo que tú mencionas el que se los hubiese cargado por no firmar con sangre su contrato de fama a cambio del alma.

¿Tú firmarías?

Seguro. Me gustaría ver a ese viejo chivo buscando mi alma… Ya sabes lo que dice Marsha al respecto…

Sí, que los hombres no tenemos corazón… Ni alma. —Esa frase hizo que los dos sonriesen.

Bueno, me temo que ya no podemos hacer nada más por nuestro amigo Vinnie. Te invito a comer. Necesito azúcar. Tenemos mucho trabajo por delante.

Roberto del Sol

La reina del Rock and Roll

Autor@: 

Ilustrador@:  

Corrector@: 

Género: Ciencia Ficción

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de David Gambero. La ilustración es propiedad de Jordi Ponce. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La reina del Rock and Roll.

Hasta el último ser humano merece ser recordado. No importa lo cruel o ruin que sea en vida. No importa cuánto mal destile o cuán irracional sea. Todos merecen tener un lugar en la eternidad.

—¿Y quién coño os recordará ahora a vosotros? —se preguntó en voz alta Red 08.

Pero no esperaba respuesta, pues los cadáveres entre los que flotaba eran unos seres tremendamente silenciosos. La muerte se había colado como inesperado polizón en aquel carguero y, por lo que podía apreciar Red, había efectuado un trabajo excelente. Por todos lados flotaban silenciosos una docena de cuerpos. Hombres jóvenes en la flor de la vida. Mujeres bellas y vigorosas. Red rió al pasar entre ellos. Polos de carne. Inservibles y estúpidos polos de carne. Un poco de descompresión combinada con una pizca de espacio exterior y en eso se convertían.

Red flotó con maestría por la sala de mandos esquivando cuantos cuerpos se le interponían y se pegó a uno de los paneles maestros de la misma. La nave estaba tan fría y muerta como sus moradores, pero el ordenador era harina de otro costal. Las IAs eran duras. Testarudas. Y, al contrario que aquellos cadáveres, tenían algo que las hacía inmensamente especiales: la voz de los muertos.  Ecos de programación. Trazas de personalidad latentes que tal vez tuviesen aún algo que decir. Pero para ello se necesitaba a alguien capaz de escucharlo. Y ese alguien era Red. Se deshizo del guantelete de presión con el que cubría su mano derecha y se la quedó mirando maravillado. No había ninguna diferencia con aquellas manos que flotaban a su alrededor. Mismo color y pigmentación. Misma sensibilidad. Todo igual y a la vez tan diferente, pues la suya seguía latiendo. La suya no le temía al espacio o a la muerte. La suya incluso podía atravesar el titanio de la consola, que se dobló como una hoja de papel ante la presión aplicada por esta. Una vez dentro Red escarbó en el interior de aquel mar de circuitos como si tuviese ojos en los dedos hasta que encontró un módulo de memoria lo suficientemente sano tanto como charlatán. Le aplicó una leve presión y corriente subatómica y al segundo las holo-pantallas volvieron a brillar con un fulgor verdoso que otorgó sombras fantasmagóricas a los cuerpos que flotaban ingrávidos a su alrededor. Sin embargo, los ojos de Red brillaban con aquel mismo fulgor. Satisfechos. Maliciosos. Y llenos de preguntas.

—Identificación.

—090712 Aterhon —relató con una voz suave y melodiosa la nave moribunda—. Carguero de la Federación Terrana…

Red miró con media sonrisa colgada del rostro al agujero por el que había penetrado. Sobre las capas del blindaje había varias de pintura. Verde militar, añil, negra y, por último, granate. Todas antirradiación. Todas caras. Todas mentiras.

—No soy ninguna IA de Espacio Puerto, cariño —le dedicó Red refrenando las ganas de freír aquel módulo de memoria—. Primer destino y primer capitán. Luego puedes contarme un cuento para dormir si quieres.

Red notó cómo los protocolos de seguridad de la nave se resistían a su requerimiento. Alguien había gastado mucho esfuerzo y bucles de memoria tratando de cubrir la procedencia de aquella nave. Pero también alguien había gastado mucho de muchas cosas en él y no era de los que aceptaba una mentira por respuesta… A menos que eso fuese lo que buscase.

—001001 Thule. Capitán Robert Maydana. Corbeta Interceptora de los Caminantes del Espacio…

Aquello era otra cosa. Además de la verdad era interesante pues, fuese quien fuese, le había cortado las alas a un pájaro muy rápido para convertirlo en una mascota doméstica. Y una mascota nada fiel a sus amos nada menos.

—… Nave asignada al regimiento Kobold para la conquista de Nueva Io en marzo de 2189 y su posterior defensa. Captu… Captu…

Obviamente capturada por alguien durante la “Defensa Imposible”, pensó para sí Red. Conocía aquella campaña. La había vivido en ambos bandos hasta que se hubo quedado sin ninguno. Así pues aquella nave no sólo tenía una historia sino que además era interesante. Bien. El paseo por el momento estaba compensando. Sólo faltaba saber si aquel pedazo de chatarra herido de muerte podría darle una nueva vida a él. Trató de rodear los sectores defectuosos de la memoria de la IA, que eran muchísimos, en busca de algo más que balbuceos.

—… lo siento mucho, señor —dijo de pronto una voz distinta desde el centro de la sala.

De pronto apareció la imagen virtual de un soldado. Sobre sus hombros el rango de teniente. Sobre su rostro unos cuantos más. Red ahondó en aquel mensaje tratando de recuperarlo hasta que consiguió una imagen clara del mismo. Era joven. Treintena pasada. Rostro curtido y lampiño. Nariz aplastada. Cicatriz en mejilla izquierda. Un guerrero. De los que se enfundaban los trajes de asalto y salían a morir en el espacio en soledad y silencio. Red había conocido a demasiados y respetado a muy pocos. Aquel hombre tenía el porte de ser de los segundos.

—… Cuando conocimos las verdaderas órdenes del capitán Andrews nos fue imposible acatarlas. —En ese punto del mensaje el rostro del teniente pasó de tenso a furioso. Su cuerpo se puso rígido. Su voz se agravó. Y su mirada ardió de puro odio—. Nadie tiene derecho a pedirnos eso, señor. Ella fue utilizada al igual que nosotros. Todos fuimos marionetas de sombras que aún nos siguen acechando. Lo sé. Ahora lo sé. Por eso no podemos entregarla a la Federación. No podemos pedirle que pague por los pecados de todos. Eso acallaría las mentiras con más mentiras. Y es hora de que se sepa la verdad…

El mensaje volvió a fallar y la imagen fluctuó. Red apretó los dientes y utilizó todo lo aprendido para rescatar hasta el último segundo de aquel mensaje. Ese “ella” que había mencionado el teniente… No podía ser. El Universo no solía gastar bromas tan pesadas.

—… La Reina del Rock & Roll permanecerá con nosotros y esta nave y toda su tripulación se declara independiente de cualquier facción conocida —volvió el teniente aún más circunspecto—. No puedo decir que ha sido un placer servir bajo su mando, señor… Lo único que puedo decir para finalizar es que vengan a buscarnos si se atreven. Vengan a por nosotros. Les esperaremos agazapados en el olvido…

El hombre holograma fue a despedirse realizando un saludo marcial pero en el último momento cambió de parecer y lo hizo únicamente con el dedo corazón extendido. A Red aquello le hubiese parecido hilarante de no ser porque la transmisión se interrumpió y las luces del puente de mando volvieron a morir.

—Mierda… —gruño entre dientes Red.

Había forzado demasiado aquel eco de los muertos y había frito a la IA más allá de un punto recuperable. Extrajo la mano del panel y volvió a guardarla dentro del guante de presión.

—La Reina del Rock & Roll… —musitó en voz alta casi para poder creerlo—. No puede ser ella. No puede estar en esta nave.

Tantos años vagabundeando. Tantos años rebotando entre las estrellas y justo ahora, en aquel preciso momento, aquella mujer volvía a aparecer. No era posible. Y, sin embargo…

—Temperley —dijo conectándose con un enlace sináptico directo a su propia nave que flotaba dispuesta en el exterior de aquel carguero—. Cifra y envía el mensaje que acabo de ver a todos y diles dónde estamos…

—¿Con “a todos” se refiere usted a todos los habitantes de esta galaxia? —resonó Temperley en su cabeza—. ¿O más bien se refiere a todos… todos?

Su voz, grave y con un punto picante al final, no ocultó la desconfianza y el miedo que sentía ante aquel requerimiento. Red le gruñó como primera respuesta. Había construido aquella nave de la nada. Con sus propias manos y aquel tiempo prestado que vivía. Incluso se había permitido el lujo de crear a una IA como Temperley. Capaz de cuestionar sus órdenes. Capaz de sentir miedo. Capaz de parecerse a él y llenar levemente el vacío de su existencia.

—A todos —sentenció Red mientras escaneaba por sí mismo las entrañas de la nave—. Sé lo que te prometí después de la última vez, pero hay promesas que se pueden mantener y otras que no. La tuya puedo mandarla al infierno. La que les hice a ellos…

—Si tuviese corazón, me lo habrías roto —respondió Temperley—. Y si tuviese con qué, te patearía el culo. A veces odio ser una nave, Red.

—Yo siempre odio ser yo, pero llevo así toda la vida, así que no me toques los cojones. Utiliza todos los medios y energía que necesites. Como si tenemos que quedarnos varados aquí, pero que llegue tan alto y lejos como sea posible; y sugiere a esos desgraciados que reboten el mensaje. Los quiero a todos aquí. Y con cierta prisa. Llevamos una eternidad esperando esto y no quiero pasar otra teniendo que esperarlos a ellos.

El eco de la sonda de la Temperley le sacudió por dentro en cuanto la nave dejó de resistirse y obedeció. Red no podía culparla. Tenía motivos para temer salir de las sombras y formar parte de una reunión como aquella. Red también, pero no por ello podía dejar de faltar a su palabra. Aquella había sido dada en un momento en el que todo lo dicho y pasado se clavaba a fuego en su interior. Tiempos interesantes. Tiempos que los días malos echaba de menos. Sin embargo, ya no podía contener más la urgencia que le acuciaba. Dejó de impulsarse a la antigua y activó los servo motores de aire de su traje espacial para recorrer las entrañas de aquella nave a toda velocidad. Tenía que encontrar algún área que no estuviese tan dañada. Algún lugar donde poder esconder algo tan valioso como aquella mujer. Aquella reina sin reino.

—A la derecha, 08 —dijo una voz de pronto. Su propia voz—. No pensarás que el área más segura de este pedazo de chatarra son los barracones de la tripulación, ¿verdad?

Red se detuvo en seco, activó las botas magnéticas del traje y se posó en el suelo. Iba armado, como siempre, pero contra aquella voz no había defensa posible más allá de sus manos. De pronto una sombra se separó de la penumbra reinante y se interpuso en su camino. Cualquiera le hubiera dicho que le habían colocado un espejo ante sí. Ambos hombres eran exactamente iguales. Altos. Fuertes. Rostros perfectos, bellos y atemporales. Y ojos tan azules como crueles. De mirada vieja. De odios inolvidables.

—02 —susurró Red al hombre que tenía delante, que, a diferencia de él, iba únicamente vestido con un simple mono de piloto—. ¿Cómo diablos has llegado tan rápido?

—Llevo aquí un buen rato —le comunicó este al tiempo que le daba la espalda y comenzaba a caminar por el corredor—. Mientras tú te dedicabas a juguetear en el puente de mando yo he estado haciendo cosas más útiles como rebuscar entre la basura.

—Un momento… ¿Cómo que llevas aquí un buen rato? ¿Cómo has llegado aquí?

Aquel Red no respondido a su pregunta, sino que se perdió en la oscuridad, a lo que este hubo de seguirlo. El eco de sus pasos lo guiaba hasta que al fin pudo volver a enfocarlo con la potente linterna del traje espacial. 02 estaba detenido ante una cámara de seguridad que Red no había visto en su vida. Parecía una esfera de hielo sólo que rodeada por cientos de campos de éxtasis entretejidos cual tela de araña. Una obra de suma complejidad. Tanto que su autoría sólo podía ser atribuida a una única persona.

—El último regalo de un padre amantísimo —declaró 02 extendiendo la mano hacia los múltiples haces de luz que rodeaban aquella esfera que fulguraba con una luz fantasmal—. La caja perfecta para el juguete perfecto.

Red 08 se acercó a su homónimo y se concentró en discernir qué había en el interior de aquel mar de azules caprichosos que no cesaban de bailar de tonalidad en tonalidad. Allí dentro había algo. O más bien alguien. Su figura se podía intuir como una sombra caprichosa detenida en el corazón de aquel engendro. No necesitó cotejar aquella silueta con nada más que sus recuerdos para afirmar que era ella. Al momento quiso abalanzarse contra aquella esfera. Romperla con sus manos desnudas y sacarla de allí a rastras. No sabía siquiera si le permitiría hablar. O si él mismo diría algo. Sólo sabía que quería su sangre. Siempre la había querido. Luego tendría toda la eternidad para saber qué diablos quería de verdad.

—Nos reconoce… —susurró 02 dando un paso lateral y tapando el ángulo de salto que pensaba efectuar Red—. La maldita prisión nos reconoce. ¿Notas eso, Red? Por encima de ese odio que te está gritando que no pienses y actúes hay algo cantando nuestra perdición. ¿Lo oyes?

Red parpadeó un segundo y desvió sus sentidos hacia ese algo. Era una transmisión. Una llamada de auxilio. A gran escala. Una luz en la oscuridad. Miel para atraer a las moscas.

—¡Temperley! —le gritó a su nave a través del enlace sináptico—. ¡Bloquea de inmediato lo que sea que esté transmitiendo esta cosa!

—Red, eso ya…

—Gab y Ton se han encargado de ello —los interrumpió 02 con una enigmática sonrisa en el rostro—. Contactaron con ese pedazo de chatarra que llamas nave nada más bajarte de la misma.

—¿Es eso cierto, Temperley? ¿Por qué diablos no me dijiste que 02 estaba en la zona? Te juro que voy a ir a desmontarte pieza por pieza en cuanto salga de aquí.

—No ha sido culpa de tu IA, Red. De hecho consiguió bloquear a mi Gab cuando la atacó, pero dos cabezas piensan mejor que una y Ton se le coló reprogramando ciertos parámetros insignificantes… como usar tu propia nave de amplificador para tratar de bloquear la señal de esta desgraciada, lo cual ha sido una total pérdida de tiempo.

—¿Qué quieres decir?

—Que no hemos podido parar la señal de auxilio por ningún medio a nuestro alcance, Red —le dijo Temperley a su amo—. Sea lo que sea esa cosa, se ha reído de tres IAs, y permíteme que alardee un poco, jodidamente sofisticadas, y ha lanzado el mensaje hasta el último rincón del espacio conocido. A estas horas debe de haber varias flotas trazando rutas de salto para llegar aquí.

Red gritó de rabia y golpeó el suelo con el puño, horadándolo. Sintió todo el golpe bajo el guante de presión pero aún así no le pareció suficiente. Quería romper algo más que el suelo. Quería romperle el alma a esa maldita reina que se escondía tras aquella maldita esfera rutilante.

—¿Y qué hacemos ahora?

—Esperar —susurró 02 mientras se cruzaba de brazos—. Lo mismo que hemos estado haciendo todos estos años. Esperamos a que lleguen los demás y decidiremos entre todos cómo actuar.

—¿Y qué hacemos con los miles de destructores que tienen que estar a punto de llegar?

—Nada. Absolutamente nada… —le dijo 02 mientras le mostraba una sonrisa de lobo—. He enviado nuestra propia señal indicándoles a todos que también nos encontrábamos aquí y que cualquiera que se atreva a fisgonear se tendrá que enfrentar a todos nosotros. A todos nosotros…

—¡Estás loco de remate! —le gritó Red—. ¿Crees que no vendrán? ¿Crees que seguimos siendo una amenaza tal que no van a querer reclamar el premio definitivo? Todo el mundo sabe lo que les pasó a 05 y 06…

—Que eran unos imbéciles egoístas que se van a perder este momento.

Una nueva voz, idéntica a las de Red y 02, irrumpió en el lugar con fuerza. Al igual que su portador. Este no se parecía tanto a 02 o a Red. Su rostro mostraba sutiles diferencias como el color del pelo o de los ojos.  Pero era sobre todo una sonrisa torva, demente, lo que le caracterizaba.

—Hola, John —le dijo 02 con hostilidad—. ¿O prefieres que te llame 03? Sigo sin entender por qué quisisteis tener nombres, la verdad…

—No se te ocurra llamarme jamás por un número o te juro que te arrancaré tus maldita tripas sintéticas y se las meteré a Red por el culo para que cada vez que se ventosee parezca que está tirando confeti —le dijo este al tiempo que sacaba una pistola de plasma de su cinto y apuntaba a la esfera—. ¡Quitaos de en medio!

A Red le dio el tiempo justo de apartarse antes de que un haz de luz violeta impactara de lleno contra la esfera. 02, por su parte, se quedó muy quieto y aquel disparo le pasó a escasos centímetros del rostro. Sin embargo, no ocurrió nada. No hubo ni una detonación ni nada. El rayo se estrelló contra la superficie azul y desapareció. Como si no hubiese existido jamás. Aquel que se hacía llamar John no cejó en su empeño y disparó hasta que su pistola no tuvo nada que arrojar. Y cada uno de los disparos se disipó al igual que le primero.

—¡Hija de puta! —gritó este lanzando la propia pistola que se desintegró igual que los disparos—. ¡Sal de ahí y da la cara! ¡Sal para que pueda arrancártela y llevarla puesta como una máscara de aquí hasta el final del Universo!

—¿Quieres calmarte, John, maldito loco? —le espetó Red alzando las manos—. ¿Acaso no te das cuenta de dónde está?

—¡Me la suda! —le gritó John apartando de un empujón a Red, que no pudo evitar caer de bruces rodando varios metros por lo inesperado y fuerte del golpe—. ¡Medea, cañones de fusión a toda potencia! ¡Vuela esta puta nave!

Red fue a lanzar una orden telepática para que Temperley tratara de abortar aquello cuando se dio cuenta de que 02 estaba totalmente tranquilo respecto a las amenazas de John. Este se quedó mirando hacia todos lados, con los ojos muy abiertos y babeando. Ansioso por que llegara la destrucción que había pedido. Una destrucción que nunca llegó.

—¿Qué cojones te pasa, Medea? —le preguntó por su enlace sináptico a la que era su nave—. ¡Te ordeno que nos vueles a todos ya!

—La Medea a la que llama está desconectada o fuera de cobertura. Por favor, trate de contactar con ella más tarde —fue la única respuesta que recibió con la voz de la Temperley—. ¿Desea que le trate de poner en contacto con otro número?

Red sonrió. Temperley se había adelantado, probablemente con la ayuda de las IAs de 02. Aquello no hizo que se le pasara el enfado pero sí que diera gracias por haberle concedido una libertad a su propia creación mucho mayor que la que se le había dado a él. Como un resorte se levantó, activó los servos de su traje espacial y propinó un puñetazo a toda potencia a John. Este se dobló como una hoja hacia atrás pero no cayó. Solamente se quedó en un ángulo de 90 grados con los ojos en blanco. En aquella postura imposible Red esperó a que 02 se acercara a paso lento y medido y le susurrara al oído.

—Todos queremos a la reina, John. Con la misma intensidad. Con el mismo odio. Sólo que no todos queremos matarla del mismo modo, así que por una vez en tu vida cálmate, guárdate los cojones en los pantalones y espera. Tan sólo espera. Luego tendrás tu oportunidad de exponer tus deseos tanto como los demás. Pero si Red aquí presente tiene que volver a alzar la mano contra ti, ten por seguro que le seguirá la mía. Y nunca has tenido el valor de enfrentarte a dos de nosotros a la vez.

—Nunca he querido tanto algo como a esta zorra, así que tal vez hoy sea el día de los nunca —repuso este aún en aquella posición—.Pero si quieres que espere, esperaré. Tengo ganas de verle el careto a 04. Si es que se ha procurado uno desde la última vez.

—No lo he hecho —musitó un recién llegado con voz mecánica—.Prefiero ver la realidad en el espejo siempre que la miro.

Red admiró la figura inconfundible de 04. Allí, de pie a escasos metros del grupo, había un hombre sin rostro. Sin ojos, nariz, orejas o boca. Era como la faz de un maniquí. Como si a alguien se le hubiese olvidado que la gente debe tener una cara que amar u odiar. Este, enfundado en una suerte de túnica parda cuyos hilos se iluminaban con haces verdes cada vez que hacía el más mínimo movimiento, caminó lentamente hasta situarse frente a la esfera. La observó unos segundos en completo silencio con las manos ocultas dentro de la túnica.

—La cámara del infinito… —expresó sin un atisbo de emoción el sin rostro—.Al final la construyó… Al final demostró que lo imposible no era más que una palabra para él…

—Me alegra verte, Null —le dijo 02, que mostró algo parecido a alegría al dirigirse a este—.No estaba seguro de que recibieras el mensaje.

—Eran palabras que hasta los sordos pueden escuchar, 02 —contestó este girándose—.Hacía mucho que había perdido la esperanza de encontrarla. Incluso llegué a pensar que era un fantasma que yo mismo había creado en mi mente. Pero ahora me doy cuenta de que he estado esperando con ansia este momento. Son muchas las preguntas que he estado guardando. Y mucho el odio también. No es bueno vivir tanto tiempo con eso dentro. Aunque tampoco es bueno vivir tanto tiempo como lo hemos hecho nosotros.

—Bueno, al final ha valido la pena, ¿no? —preguntó Red.

—Como casi siempre, mi querido Red, será ella la que decida eso.

—¿Y cómo la sacamos de ahí?

La pregunta de John vino a ser la de todos. Conocían la teoría de la cámara de infinito. De hecho, sus esencias mismas eran la base con la que se había creado ese engendro. Pero no sabían cómo abrir la prisión perfecta. El escudo impenetrable. La última maravilla de su creador.

—Tengo un plan —dijo de pronto 02 con la seguridad colgada por sonrisa—.Probablemente acabemos creando un agujero negro en el proceso, pero tampoco es que tengamos mucho que perder, ¿no?

—Un momento… —alzó mano y voz Red al tiempo que atraía todas las miradas—. ¿Qué pasa con Alpha? ¿Acaso no vamos a esperar a 01? La promesa valía para todos.

Un silencio pesado se apoderó de la estancia. La mera mención de 01, del primer modelo de los Red, casi siempre provocaba aquel efecto en ellos. Era mucho lo que le debían a su hermano mayor. Su libertad, para empezar, y Red no tenía intención de arrebatar una oportunidad como aquella a aquel hombre.

—No va a venir —dijo de pronto Null dándoles la espalda—.Hace décadas que renunció a ella.

—¿De qué cojones estás hablando, cara de huevo? ¡Alpha era el que más motivos tenía para cargarse a esta puta! ¡Ni de coña dejaría pasar esta oportunidad!

Los gritos de John hicieron pensar a 02 y a Red que este estaba a punto de descontrolarse de nuevo, pero Null se le encaró, o más bien se puso frente a él con el consiguiente desconcierto para John de no tener un rostro al que gritar, y de pronto unos pequeños hilos blancos nacieron en el rostro de Null. Se enroscaron sobre sí mismos formando algo en aquella tabla rasa que era su rostro. Y ese otro no era otra cosa que una cara. Una imposible de olvidar. La de Alpha.

—He aprendido a lidiar con la Reina del Rock & Roll a mi manera, Null —dijo aquel rostro—. Sé lo que nos quitó a todos ese día. El día que destruyó aquel nodo de salto, que abrió un agujero negro que engulló toda la vía láctea. Pero no fuimos nosotros los que más perdimos ese día. Fue el Universo entero. Esa mujer robó un tiempo que no era suyo a tantos millones de vidas que lo único que merece es el olvido. Merece que viva una vida lejos de todo donde resuene su nombre. Donde nadie conozca quién es y que ha hecho. Así es el lugar donde quiero morar. Donde quiero permanecer hasta el final de mis días. Y así habremos ganado. Así nos habremos vengado. No dándole muerte o sufrimiento, sino viviendo lejos de su memoria, viviendo lejos de su música infernal.

Dicho esto, el rostro de Null volvió a estremecerse y se borró para quedar tan plano y liso como había estado. John no podía ocultar su estupor y desconcierto ante aquellas palabras. 02 y Red tampoco.

—Fue la última conversación que tuve con él antes de que desapareciera —les comunicó Null—. Y os aseguro que desapareció de verdad. Por lo que al universo concierne no está vivo ni muerto. Simplemente no está. Y este era su deseo para lo concerniente a ella. Por ello creo que tenemos todo el derecho a decidir qué vamos a hacer al respecto con esta criatura que se mofa de nosotros por última vez tras esos vastos muros azules.

—¿Y qué hay de ti, Null? —preguntó 02 al momento—. Siempre fuiste el más parecido a Alpha. ¿Por qué tú sí quieres venganza?

—La venganza es un sentimiento complejo, 02. O se tiene o no se tiene. Alpha tenía muchas cosas. Tantas que le envidiaba por ello. Por ser un reflejo tan claro de nuestro creador… Pero no soy Alpha. Ninguno somos Alpha. Y si estamos aquí es porque no hemos olvidado.

—Pues que no se nos olvide a lo que hemos venido. 02, ¿cómo propones abrir esta cosa para sacar a esa zorra de ahí dentro?

La pregunta estaba en el aire. Y el tiempo comenzaba a acabárseles a unos seres que tenían todo el del universo para ellos. Pronto flotas enteras se pelearían por un trozo de estrellas. Pronto habría hombres que no les tendrían miedo. Pronto los tratarían de borrar del cielo por conseguir el arma más poderosa del cosmos: una mujer.

—Esta cosa resuena con la misma esencia que nos impulsa —comenzó a explicar 02—. Canta la misma canción que nuestras almas y eso nos da una ligera ventaja con respecto al resto del Universo, ya que cada uno de nosotros somos llaves vivientes de esta caja…

—Seguís siendo cachorros —dijo de pronto una voz potente e indeterminada que provenía de la esfera.

Todos se volvieron hacia un fulgor cegador que parecía preceder a cada una de aquellas inesperadas palabras que salían de la esfera. Red compartió una mirada de incredulidad con 02. Con Null habría hecho otro tanto, pero no había nada que compartir. Y John seguía inmerso en su locura ahora mezclada con una furia sin par.

—Padre no os creó para la venganza —continuó la voz al tiempo que la silueta en su interior bailaba al son de aquella luz azul—. Íbais a ser ocho faros que guiaran a una humanidad herida por sí misma hacia un futuro mejor. Íbais a ser mejores que ellos. ¿Y en esto os habéis convertido? ¿En perros en pos de una presa eterna? Sois patéticos. No me extraña que Padre acabara creándome cuando vio en qué os convertisteis. Cuando le fallasteis tan estrepitosamente. Cuando necesitó que se os detuviese.

—No debió tratar de quitarnos la libertad. Debió saber que lucharíamos por conservarla.

—No debió dárosla en primer lugar —le respondió la voz a 02, que era el que había hablado—. Os creó. Os educó. Os dio el propósito más noble que se puede otorgar a nadie… ¿Y qué hicisteis vosotros? Huir. Luchar. Matar… Debíais ser mejores que los humanos y conseguisteis ser peor que el más bajo de ellos. Os faltó humildad. Os falto comprender el poder que se os había otorgado. Os faltó querer ayudar a alguien que no fueseis vosotros mismos. Y ahora os veis reducidos a meros perros vagabundos que le ladran a la eternidad unas desdichas que vosotros mismos os habéis buscado. ¿Y queréis hacerme a mí responsable de ello?

—¡Cállate ya! —no aguantó más John—. Ese cabrón al que llamas padre nos utilizó como a meras herramientas. Durante años hicimos cosas horribles por él en nombre de la lealtad… e incluso del amor. ¡Yo quería a ese cabrón! ¡Era mi padre! Cuando Null se metía conmigo… Cuando Alpha no quería compartir sus juguetes , él siempre estaba ahí para mí. Pero cuando llegó el momento no dudó en enviarme a matar por él, a impartir una justicia que sabía que estaba mal… Pero lo hice igualmente. Quería honrar a mi padre, no a mi creador. ¡Quería ser como él! Hasta que mis manos estuvieron tan manchadas de sangre que no había forma de limpiarlas…

—¿Sabes cuán patéticos suenan tus lloros para alguien que se vio forzada a acabar con la Vía Láctea? ¿O cuán vacías suenan vuestras palabras cuando disfrutáis de una libertad que no os merecéis? ¿Que Padre os utilizó? Y qué. A mí me creó para ser utilizada. Para ser un arma. Me dio lo mismo que os dio a vosotros, sólo que se le olvidó añadir una pizca de amor al asunto. Yo no vi la luz del sol hasta que no fue para engullirlo.

—Tú fuiste la que escogiste hacer eso… —replicó Red.

—Escogí acabar con una guerra, maldito desagradecido. ¿O acaso no sabes lo que iba a pasar? ¿Lo que hubiese sucedido si no hubiese colapsado ese quasar y provocado aquel agujero negro?

—Las tensiones entre las federaciones coloniales y el propio imperio terráqueo estaban tan tensas que una guerra planetaria era inevitable —musitó Null—. No habría habido confín humano al que no hubiese afectado. Alpha y yo tratamos de impedirlo, de influir en los dirigentes. Pero no había nada que hacer. Fuimos hechos para cimentar una paz donde siempre hubo tensión, miedo y envidias. Padre nos lo explicó y nos dio a cada uno una misión. Quería pacificar un futuro imposible. Que predicáramos con el ejemplo. Pero no nos hizo con voces lo suficientemente potentes para ello… Por eso fallamos. Éramos perfectos. Los humanos definitivos. Pero la humanidad no busca evolucionar más. No busca ocho seres perfectos. Busca ser ella misma.

—Red –interrumpió la voz de Temperley a su amo de manera telepática— .Acaban de abrirse doce nodos de salto. Varias facciones se acercan a toda potencia hasta nuestra posición. Y el número de naves es alarmante.

—02…

—Lo sé –le dijo este a Red pues estaba claro que conocía lo que le acababa de comunicar su IA —.Mira niña, no me importa nada de lo que digas. Todos los de esta sala salimos del mismo laboratorio. Las mismas máquinas nos dieron a luz y el mismo hombre nos dio un propósito.  El nuestro crear. El tuyo destruir. Y por lo que se únicamente tú has cumplido con tu propósito. Cuando naciste nos separaste. Destrozaste nuestra familia. Y luego destrozaste el universo. Y por lo que se ve has seguido destruyendo todo a tu paso. ¿O acaso niegas que fuiste tú la que convenciste a la tripulación de esta nave de que era inocente?

—Soy inocente. Ellos lo sabían. 02 lo sabe. Y cuando la venganza deje de cegaros lo sabréis también.

—¿De qué diablos está hablando 02?

Por primera vez desde que se lo encontraron en aquella nave, el semblante de 02 cambió radicalmente. Ya no había tranquilidad ni seguridad. Ahora había dudas. Y horror.

—Fui yo el que derribó esta nave un segundo antes de que alguien la hiciera saltar… —dijo este a Red—. Por eso llegué antes que tú. No sé qué diablos hizo que apareciera en tu sector…

—Fui yo, Red. Aquí tu buen 02 quería la venganza para sí mismo —contestó la voz de la esfera—. En ningún momento pensó en llamaros. A ninguno. Ser el segundo en todo tiende a crear seres envidiosos, ¿no es así, 02? Nunca fuiste Alpha y siempre quisiste serlo. Por eso me perseguiste cuando todos dejaron de hacerlo. Para conseguir lo que el resto no pudo. Por eso arrasaste Universos enteros buscándome, siguiendo mi canción. Bien, pues ya me tienes. Y vosotros una verdad más.

—Me da lo mismo lo que quisiera 02 —terció John mirando con desprecio a su hermano—. Yo habría hecho lo mismo. Y el resto igual. No somos buenas personas. De hecho, somos las peores.

L os sensores de proximidad de Red comenzaron a vibrar en su muñeca. Las naves estaban cerca, pronto lo suficiente como para que escapar fuese una utopía.

—Hemos de hacer algo ya…

—Claro —medió la mujer de la esfera—. Matadme ya. Lo merezco. Pero decidme: ¿cuál de vosotros se sacrificará para que el resto tenga su venganza?

Miradas de circunstancia se compartieron en ese momento. Todos sabían que querían aquello con la misma intensidad. Y qué estaban dispuestos a hacer para conseguirla. Por eso el silencio fue la única respuesta que consiguieron.

—Lo sabía. Sabía que ninguno sería capaz de dar su vida por sacarme de aquí. ¿Y sabéis por qué? Porque mi canción fue lo único que os llevó a seguir viviendo después de matar a Padre. Me convertí en vuestra razón de ser, de seguir matando, explorando… viviendo. Por eso ahora todos dudáis. Por eso os atraje hasta aquí. Quería que uno de vosotros me liberase para siempre. Pero me equivoqué. Pensé que seríais más valientes. Y únicamente sois unos cobardes. Tal vez no obtenga mi libertad, pero al menos obtendré mi venganza.

—Mierda…

El gruñido de Null iba por todos. Los habían cogido. Como a idiotas. No era momento de buscar culpables. Eran momentos de soluciones. Y ninguno las tenía.

—¡Alguien tiene que morir! —gritó 02 fuera de sí—. ¿Null? ¿Red?

Pero estos habían bajado las miradas ya. Eran demasiado humanos para el suicidio. Demasiado cobardes. Mientras que John… John únicamente maldecía mesándose los cabellos.

“¡Ataque inminente!”, gritó para todos la Temperley. Aquello se acababa y todos acabarían sepultados por las dudas y el miedo.

—No pienso morir aquí —dijo John abandonando la nave—. No pienso morir por ella. Quédate con tus humanos, zorra. Quédate con ellos y hazlos bailar a tu son. Llegará un momento en el que no lo hagan más, y entonces ten por seguro que estaré riéndome de ti desde mi tumba.

Null fue el siguiente. Sin decir nada se marchó. No miró a nadie ni dijo nada. Una derrota sin rostro. Una derrota para todos.

—¿Y vosotros? —preguntó la reina—. Aún podéis salir de aquí con vida…

—No —dijo Red de pronto—. No volveré a dejar que hagas lo que se te venga en gana. Ya destruiste una galaxia. Ya tuviste a un Universo en jaque. Ya nos tuviste bailando a tu son. No. Nunca más. Alpha tenía razón. No debimos perseguirte. Debimos buscar una vida y no venganza…

Entonces se introdujo la mano en el pecho, destrozándoselo. Hurgó en su interior mientras un dolor indescriptible le atenazaba y encontró lo que andaba buscando. Su corazón. Su alma. Su núcleo de energía. Lo extrajo de un tirón y este, una esfera palpitante del mismo azul que la enorme prisión que tenía delante, comenzó a resonar con esta.

—02… -susurró Red antes de aplastar su corazón.

Ilustración de Jordi Ponce

Un fulgor azul inundó la sala. Cuando este se apagó lo único que quedaban eran el cuerpo sin vida de Red, un 02 lleno de preguntas y una mujer bellísima en el centro de la estancia. Su larga melena brillaba con el mismo azul que la había servido de prisión y todo su cuerpo era pura energía. Su sonrisa, maliciosa, chisporroteaba de felicidad.

—Al final lo hizo… —dijo esta acercándose a 02 a paso lento y medido—. Al final uno fue lo suficientemente humano como para sacrificarse por los demás. Tiene sentido que fuese Red. Tiene sentido que fuese el último…

02 trató de arremeter contra la mujer pero cuando se hubo percatado, esta se movió en un parpadeo y pasó de estar en su rango de ataque a tenerla justo delante, aferrándolo del cuello y levantándolo del suelo.

—Libertad por fin… —le dijo a 02—. Gracias ,02. Gracias por sacarme de aquí.

—Pero… La flota…

—¿No lo entiendes? Fui yo la que los llamó. Fui la que os obligó a tomar decisiones apresuradas. Fui la que os provocó para que uno, al final, se sacrificara. Siempre fui yo, 02. Siempre. ¿O acaso crees que Padre me creó para tener otra función que rectificar su trabajo?

02 lo entendió todo. Ella no quería seguir huyendo. Quería su venganza a toda costa, igual que ellos. Y la consiguió. Lo que fuese a hacer para seguir libre ya no era su problema, pues en un segundo ella lo extinguió. Absorbió su vida y refulgió con ella.

Cuando los comandos tomaron la nave sólo encontraron a una niña asustada en un rincón de la nave. Su pelo azul no les llamó la atención, pues ellos esperaban encontrar a la Reina del Rock and Roll y no aquella criatura rodeada de los dos seres más peligrosos del universo muertos a sus pies. Su error les costó muchos Universos. Su error les costó demasiadas canciones de muerte. Su error sigue, a día de hoy, oculto entre las estrellas consumiéndolas poco a poco.

David Gambero 2013

Rock and Blood

Autor@: 

Ilustrador@:  

Corrector@: 

Género: Relato

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Daniel Camargo. La ilustración es propiedad de Vicente Mateo Serra. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Rock and Blood.

Cuando vi por primera vez a Larry, no me pareció un tipo demasiado llamativo, aunque tenía algo que logró captar mi atención. Tal vez fuera que la combinación de ropa que llevaba no era la habitual para alguien de su edad. Vaqueros muy gastados combinados con una chaqueta gris de rayas que caía con la elegancia de una toalla húmeda olvidada en un vestuario. Debajo asomaban unos tirantes rojos y una camiseta de algún grupo de heavy metal (no recuerdo si Iron Maiden o Black Sabbath). Las All Stars negras completaban el cuadro, como la aceituna completa un martini.  Un friki de libro. Su larga melena trasera contrastaba con su calvicie frontal. Era ya bastante mayorcito y se le notaba, pero usaba el desaliño como camuflaje, y trataba de moverse entre la gente con una estudiada espontaneidad.

Nos habíamos cruzado casualmente en el lobby del “Heartbreak Hotel”, donde yo llevaba un par de días aburriéndome a la espera de que me avisaran que el coche estaba listo para seguir el viaje. En realidad, me encontraba allí por una combinación de capricho y mala suerte. Una vez enviados a la editorial los originales de mi último cómic de 2012, y como celebración de cumpleaños, me entusiasmé con la idea de volar a Estados Unidos y cobrarlo directamente en metálico, en lugar de esperar como siempre la transferencia bancaria, con el añadido de poder alquilar luego un coche y viajar por carretera hasta Nueva York.

Desde Houston hasta Nueva York. Unos dos mil seiscientos kilómetros, mi road movie personal. Un viaje tranquilo, en cuatro o cinco días, parando en sitios exóticos, disfrutando el paisaje, para después pasarme una semanita en Manhattan viendo exposiciones y comprando libros. No parecía un mal plan.

Pero a veces la tentación se hace presente. Contundente. Sensual. Y la mejor manera de librarse de una tentación es caer en ella. Estaba yo buscando un coche de alquiler en Houston, cuando un Ford Thunderbird del 56 color rojo me miró desafiante, insistentemente. Y ya sabemos cómo son estas cuestiones, la carne es débil y no me pude resistir. Fue amor a primera vista. El rojo es el color de la pasión y ya no pude pensar en otra cosa. Ni en las ventajas de los coches japoneses, ni en los kilómetros que el pobre tenía acumulados, ni en el consumo…, simplemente me monté y me lo llevé.

Y en eso estábamos, amándonos por la interestatal 59 cuando, llegando a Tuscaloosa, el maldito embrague empezó a dar problemas. Sí, Tuscaloosa (Alabama)… Ni sabía que existía un sitio así.  Con el coche chillando de dolor empecé a dar vueltas buscando un taller mecánico y finalmente encontré uno: una antigua nave en las afueras, en una zona bastante deprimente, rodeada de desguaces y vertederos. Estaba pintada de un brillante color amarillo y tenía la puerta abierta. Al entrar lentamente en medio del caos de piezas, restos de motores y torres de neumáticos, el mecánico (un negro enorme de mucho músculo y pocas palabras que me esperaba al fondo de la nave) me miró desde su metro noventa y pico y señaló el coche.

Dis car is kaput —le dije. Y después de usar el viejo recurso de la onomatopeya, tratando de imitar el ruido que hacía el embrague, y de tocar la palanca de cambios con la mano, me quedé tan tranquilo, esperando su reacción, como quien acaba de revelar la verdad a sus discípulos.

El muchacho estuvo un rato dando vueltas alrededor del coche en silencio, luego lo puso en marcha, lo miró por debajo. Finalmente dijo, imperturbable:

Fucking bad luck, brother… The clutch is broken.

Me arriesgué a preguntarle en mi limitado inglés:

Jaulón gonabí the car hier?

Me miró fijamente, parecía que me había entendido, pero no hablaba. Sus pobladas cejas eran su único instrumento expresivo. Las elevó al máximo desprotegiendo unos ojitos negros y redondos como perdigones, mientras levantaba los enormes hombros de quarterback y ofrecía las rosadas palmas de sus manos hacia mí.

Como lo mío es la imagen entendí inmediatamente su mensaje implícito: ”Ni puta idea. Ya veremos cuánto tardo. No me jodas, brother”.

OK,  man,  siyiuleiter… —le dije, y me fui silbando bajito.

Ante la adversidad, me vi obligado a buscar un hotel. Mis pobres neuronas eran las de siempre, pero las incógnitas se multiplicaban: no conocía la ciudad, no sabía cuánto tiempo iba a quedarme allí… Me costaba creerlo, pero de pronto la road movie se convertía en un documental sobre Tuscaloosa. Y así fue como descubrí a Larry.

Elegí el Heartbreak Hotel por el nombre, que obviamente tiene su significado para los que ya tenemos un pasado, y por su aspecto decadente y un diner delante, que se conectaba directamente con la recepción del hotel. Me encantan los diners, más por su aspecto tan fotogénico y su presencia en toda la cultura indie americana que por su gastronomía. Por lo demás, el hotel era bastante normalito, humilde diría, de tamaño no muy grande. Las habitaciones eran estrechas y hacía bastante tiempo que no las visitaba la brocha del pintor, pero al menos estaba limpio, digamos que no desentonaba con la ciudad.

Días después, al bajar para tomar un café, me encontré a Larry en el mostrador de recepción tratando de entregar un frasco blanco con una E roja al encargado, que no parecía muy dispuesto a aceptarlo. Él, algo nervioso, pareció enojarse al principio pero luego se contuvo al ver más gente alrededor y se fue por uno de los pasillos.

A la mañana siguiente volvimos a coincidir desayunando y me sorprendió que, al verme con un ejemplar de El País en la mano, se dirigiera a mí y me preguntara, en un muy correcto español:

—¿Eres del Real Madrid? Qué mala leche que tiene Mourinho, ¿eh?

Curioso comentario. No sólo hablaba español, sino que manejaba ciertas claves cotidianas que uno supone que el americano medio no controla. Allí nos presentamos y tuvimos una charla intrascendente (y sumamente breve) sobre los atractivos turísticos de Tuscaloosa.

Así se sucedían los días, lentos como una manada de elefantes, y sin novedades. Yo me sentía atrapado en el tiempo y cada tarde me pasaba por el taller esperando una alegría, deseando que ese armario de dos cuerpos de color negro hubiera puesto el huevo y yo pudiera seguir viaje. A falta de otra opción me tiraba horas haciendo croquis de rincones de la ciudad con vistas a alguna futura historieta.

Volviendo al hotel de una de esos paseos, ya muy tarde, derrotado, el diner era una pecera iluminada en medio de la noche. De pronto, pensé en la posibilidad de pasar un rato “dentro” de un cuadro de Hopper, y esa imagen le ganó el pulso al cansancio acumulado. Decidí entrar, y apenas lo hice vi a Larry. Estaba de espaldas, pero su melena era inconfundible. Acodado en la barra, la cantidad de vasos usados y la cara de fastidio del camarero me demostraban que llevaba un rato muy largo allí.

Esta vez, Larry había reemplazado la camiseta de heavy metal por una camisa de calaveras igual de elegante y arrugada que la chaqueta de rayas que, por otra parte, era la misma que llevaba puesta mañana, tarde y noche.

Al girarse y verme pareció alegrarse.

— ¡Mi amigo español! —dijo.

Se sirvió otro whisky, le pidió uno para mí y más hielo al camarero y se levantó de la barra para invitarme a compartir una mesa con él. Se le veía bastante cargado, pero comunicativo.  Se notaba que tenía muchas historias para contar…

Ante su interés, en dos palabras le resumí el porqué de mi estancia en esa extraña ciudad. Me contó que él tampoco era de allí, que también estaba de paso.

—¿Y se puede saber cómo es que hablas tan bien el español? —le pregunté.

—Porque estuve una temporada viviendo en Madrid, hace ya unos cuantos años…

—¿Por  turismo? ¿Trabajo?

—Trabajo, en realidad por trabajo… raro, pero trabajo. No suelo hablar de eso, pero te lo voy a contar porque pareces alguien en quien se puede confiar  —dijo en medio de un tufo insoportable a alcohol—. Total, ya pasó tanto tiempo que no creo que pueda afectar a nadie. Estuve organizando un secuestro en Madrid.

—¿Secuestro? ¿De un político? ¿Eras terrorista?

—No, no. El secuestro de un rockero…, de Rosendo, el de Leño.

—¿De Rosendo? Perdona pero no entiendo nada. ¿Para qué ibas a querer secuestrar a Rosendo?

—Sí, mira… Yo pertenezco a la FARO.

—¿Cómo la FARO? ¿Qué es la FARO?

—Sí, la FARO: Fight Against Rock Office. Una agencia creada en su momento por la CIA para realizar labores de espionaje e “inteligencia” contra las principales figuras del rock internacional.

—¿Cómo? No me lo puedo creer. ¿Qué has estado tomando?

—Comprendo que te cueste creerlo, pero es totalmente cierto. Y te lo puedo demostrar.

—Dame más datos.

—Mira, si lo analizas bien, tiene una lógica aplastante. A ti te gusta el rock y lo disfrutas, ¿no? Y por lo tanto, sabes que un buen rock es capaz de llegar a lo más profundo, de disparar tus más bajos instintos, ¿no? Pues mira, está demostrado que el poder del rock como fuerza movilizadora de las masas no debe ser subestimado. Sus principales figuras siempre han sido contraculturales y muy reivindicativas. Y han amenazado al poder establecido de un modo que es absolutamente inadmisible. De hecho, si no se hubiera actuado en su momento, vete a saber cómo estaría el mundo ahora. No quiero ni pensarlo.

—¿Cómo que si no se hubiera actuado en su momento? ¿Qué me quieres decir?

—Que nosotros, desde la FARO, hemos realizado acciones “quirúrgicas” de carácter preventivo para proteger a la sociedad occidental y cristiana. Si no hubiera…

—¿Cómo? ¿Proteger? ¿A qué te refieres exactamente?

—Sí, hombre, desapariciones, ahogamientos, sobredosis, suicidios… ya sabes. Gente joven y despreocupada. Viven al límite. Cometen errores y…

—No entiendo.

—Mira, te contaré mi historia. Yo era muy joven y estaba destinado en Vietnam, ya sabes, plena década de los 60. Hacía un calor del demonio y esos chinos sólo querían matarnos. Al poco tiempo fui herido en una emboscada de los malditos “charlies” y dejé de combatir. Me pasaron a la retaguardia, a Inteligencia, y una vez allí un coronel con el que hice amistad me preguntó si me interesaba involucrarme en proyectos “culturales” y me empezó a hablar de FARO, que en ese momento era sólo una idea. Poco a poco la idea fue creciendo y…  —Mientras contaba su historia, Larry, entusiasmado, seguía sirviéndose un whisky tras otro y tenía la cara cada vez más enrojecida—. Durante un tiempo funcionamos en el Pentágono, en una oficinita del subsuelo. Luego nos trasladaron al Área 51, ¿la conoces?, en Nevada, cerca de Las Vegas. Puro desierto, bah.

»Mi madre seguramente hubiera preferido que me dedicara a otra cosa. —Su mirada se entristeció de pronto—. Le ilusionaba que yo condujera un yellow cab, como lo hizo mi padre hasta lo de la explosión de la gasolinera. Pero yo no tengo pasta para eso, es muy duro, no valgo para autónomo…

—Pero… ¿es verdad todo esto que me estás diciendo?

—Absolutamente. ¿Te crees que se puede inventar algo así?

—¿Entonces eres militar?

—Claro.

_-¿Y la ropa? ¿Cómo es que vas vestido de medio rockero?

—Es un uniforme, nada más, como cualquier otro. Un medio para lograr un fin. Puro camuflaje. Si me tengo que mezclar con ellos, lo normal es tratar de pasar desapercibido. Ahora ya me he acostumbrado. Al principio me jodía un poco, pero ya pasó. Ni lo noto.

—Pero… ¿has atacado o matado a rockeros?

—Sólo he cumplido una misión. Prefiero que lo veas así. Si no lo hubiera hecho yo, lo habría hecho otro. Y siempre ha sido por el bien común. ¿Te acuerdas de Jim Morrison ahogándose en la bañera de su hotel de París? ¿Y de Brian Jones ahogado en la piscina? Pues eso… Mi especialidad en esa época eran los ahogamientos. Y no creas que fue fácil. El maldito Jim tenía un pico de oro y estuvo a punto de convencerme para que no lo hiciera.

—¿Cómo? Joder, tío, no lo puedo creer. Yo era fan de los Doors. Y también de los Rolling. Cómo se puede ser tan hijo de…

—Bueno, tampoco es para tanto. Piensa que así le dimos la oportunidad de destacar a Jagger, que era mucho más simpático e inofensivo que el otro.

—¡Nooo! Pero entonces, todos los demás… Jimi…

—Sí, Hendrix también, y Joplin. Con ellos fue sencillo, se les cambió el proveedor habitual y listo.  Con  Bob Marley, en cambio, fue algo más complicado, porque hubo que sobornar a algunos médicos de Jamaica para que le recomendaran tratamientos no convencionales. Allí fue cuando empezamos a envenenar con isótopos radiactivos.

—No sé, estoy aturdido, me cuesta muchísimo creer que eso pueda ser verdad, que yo pueda estar en este momento sentado frente a la persona que asesinó a la mayoría de los ídolos de mi juventud. Es demasiado fuerte. Eres un verdadero…

—No lo tomes a mal, trata de ver el lado positivo. ¿Recuerdas la frase “vive rápido, muere joven y deja un bonito cadáver”? Pues eso. Ellos de algún modo lo estaban buscando.

—¿Cómo puedes ser tan cínico?

—Soy práctico. Un rockstar de estos es, al fin y al cabo, un predicador, un líder de masas, que arenga a miles de descerebrados que no sólo lo adoran  y se aprenden todas sus letras de memoria, sino que además se suelen drogar, por lo que su capacidad de autocontrol queda completamente anulada. Son sólo herramientas en sus manos esperando recibir la orden adecuada en el momento justo, ¿lo captas? Bombas de tiempo, células durmientes… Ríete de Al Qaeda. Pero, increíblemente, muy poca gente es consciente de ese peligro. Por eso nuestro trabajo nunca será valorado y, siendo tan necesario, debe mantenerse en secreto.

—No sé, no sé. En este momento mi cabeza da vueltas pensando en todos los nombres… Lennon, Elvis…

—¡Claro! Con Lennon usamos algo parecido al vudú para… digamos hipnotizar a Chapman. Con Elvis… con Elvis fue distinto. Él era especial. Todo con él era distinto. Él negoció un pacto a último momento y se salvó. En realidad, todos los de FARO lo respetábamos mucho y aunque la orden venía de arriba y era clara, clarísima, con él buscamos una salida “alternativa”.

—¿Se salvó? ¿Cómo se salvó? ¿Elvis está vivo?

—No, hombre, no te pongas ansioso que te subirá la tensión. Déjame que te cuente: a Elvis lo “secuestramos” al final de un concierto en Indianápolis. Nos lo llevamos en una limusina al aeropuerto y de allí tomó un vuelo directo a Buenos Aires, donde le hicieron una serie de operaciones de cirugía plástica. Luego vivió muy tranquilo en la ciudad de Venado Tuerto hasta los setenta y siete años, cuando murió de un infarto. Incluso llegó a formar un grupo llamado Hound Dogs en la década de los noventa con el que… ¡imitaba a Elvis Prestley!

—Es… es… No, no lo puedo creer. Se ha escrito tanto sobre…

—La realidad siempre supera la ficción.

—Espera… ¿Dices que murió a los setenta y siete años? Pero Elvis había nacido en el  treinta y pico, ¿no?

—Sí, amigo, en el treinta y cinco. Sé lo que quieres decir… Lo has pillado. Elvis murió la semana pasada. Y yo precisamente soy el portador de sus cenizas. Estoy aquí de camino a Memphis desde Miami… Fue su última voluntad que las lleváramos allí. Y me viste con el bote blanco con la letra “E” en la recepción. Los muy cabrones no me dejaron guardarlas en la caja fuerte del hotel.

—Es… es… abrumador. Las… las cenizas de Elvis aquí, hoy, en esta ciudad de mierda. No sé. No puedo creerlo. Me supera tanta información.

—Te comprendo, por eso no suelo contarlo. Además, la coincidencia…, tu ruta hacia Nueva York y la mía de Miami a Memphis…, y Tuscaloosa como crossroads. Entiendo que estés desorientado, je, je. Pero hoy estaba aburrido y me he relajado charlando con el camarero. Luego llegaste tú y… ya sabes.

Ilustración de Vicente Mateo Serra

Y se quedó mirándome a los ojos, como esperando mi reacción, con su sonrisa tan americana, tan llena de dientes… Tenía los ojos completamente enrojecidos y la cara hinchada. No había parado de beber durante toda la conversación, y yo tenía la sensación de que era el alcohol acumulado en la parte baja de su cuerpo lo que lo mantenía estable y vertical, como si se tratara de un muñeco hinchable de esos que regalan en las tómbolas y sirven como punching ball. Y no estaba dispuesto a parar su confesión.

—Hubo también algunos fakes, je, je. Y en tu tierra sin ir más lejos. Me reí mucho cuando por un error tipográfico en un telegrama un compañero mío secuestró y “suicidó” a Camilo Sesto, je, je. Obviamente, él no tenía nada que ver con eso. Menos mal que luego se pudo corregir.

—¿Corregir? ¿Cómo se corrige un asesinato?

—Muy sencillo, lo reemplazamos por su hermana. Lo que no entiendo es cómo nadie lo nota…

—Joder, tío, pues ya voy empezando a creerte.

—Y lo de Kurt. Bueno, tal como se comenta por allí el suicidio fue inducido, lo volvimos loco con la ayuda de…, supongo que ya sabes quién. En realidad, ella tenía más ganas que nosotros, no costó mucho convencerla.

—¿Pero aún ahora seguís actuando?

—Sí. Todavía funcionamos. Lo último fue lo de Amy… Ella no tenía capacidad de liderazgo, pero estaba dando un ejemplo terrible a la juventud y había que hacer algo. Me dio algo de pena, se ve que estoy poniendo viejo y sensible. No parecía mala chica, pero se había ido al carajo… muy mal… Una vida completamente desenfocada. En fin, lo primero es el deber, querido amigo.

Y Larry cruzó los dedos sobre la mesa. Diez salchichas. En ese momento, algo en él me recordó a un cura. Sacudí la cabeza para quitarme esa imagen. Pero él seguía con el discurso.

—Aunque ya son casos aislados. Ahora, en estos días que corren, con la decadencia que ha habido, ya no surgen rockeros con verdadera garra. Los viejos dinosaurios se ven obligados a volver a la escena (generalmente a buscar dólares) y ya no pueden con su alma. Y los nuevos… los nuevos dan ganas de llorar. Ya cualquiera saca un disco. Son nenas de mamá, y es una pena porque desde nuestra posición sería mucho mejor enfrentarnos a un rival de fuste. Ya no sale un Lou Reed o un Iggy Pop. ¿Tú serías capaz de comparar a los hermanos Gallagher con los Ramones, por poner un ejemplo?

—Bueno, creo que en eso te voy a tener que dar la razón.

—Pero eso no es todo, amigo. Hay algo más, y muy importante. Sobre todo hay un motivo, una razón última y fundamental para que no podamos desmontar aún la FARO… Pero me estoy meando. Espérame un poco que voy al aseo y te lo cuento. No te vayas.

Y levantándose de la silla, se sacudió la chaqueta como si se la hubiera cagado una paloma, y se fue para los aseos, tambaleándose, con paso vacilante y acomodándose torpemente  los faldones de la camisa por dentro del pantalón.

Yo, mientras tanto, me quedé aturdido, alucinado, con una sensación que oscilaba entre el descreimiento y la bronca, tratando a la vez de recomponer mentalmente todo lo que Larry me había contado, de evaluar su verosimilitud, de comprender su alcance exacto y de imaginar cuál era la revelación que aún estaba pendiente de escuchar.

Así estuve un rato, no sé, cinco minutos, diez… Cuando noté que tardaba mucho, empecé a preocuparme pensando que tal vez había tenido un desmayo, dado su estado de embriaguez.

En el diner hacía ya un rato largo que no quedaba nadie, salvo el camarero que, detrás de la barra, hojeaba una revista sin prestar demasiada atención.

Después de mirar varias veces hacia la puerta que daba a los baños sin novedad, y ya muy impaciente, me levanté y fui hacia la barra, y en mi torpe inglés le comenté al camarero que Larry había ido al baño y que me temía que pudiera haberle pasado algo. El camarero se acercó a mirar. Lo lógico era que fuera él, ya que mi relación con Larry era superficial, y tampoco iba a rebajarme yo a entrar para atender a semejante personaje.

Un rato después volvió el camarero y me explicó, mitad con palabras y mitad con gestos, que en el aseo no había nadie. Le indiqué, también con gestos, que Larry estaba bastante borracho y que podía haber entrado por error al aseo de señoras (“leidis bassrum” le dije, orgulloso).

Yes, yes, I also checked that possibility —me contestó.

Nada, no estaba… Y sin decir una palabra más, el camarero se giró y volvió a la barra.

Yo me quedé absolutamente desconcertado. Volví a mi asiento, con la cabeza trabajando a mil revoluciones por minuto tratando de descubrir qué había pasado. Quizás Larry había subido a su habitación para buscar algo o para recuperarse de la borrachera… Estuve unos veinte minutos así, sin saber qué hacer, mientras sentía en mi espalda la mirada del camarero, como si fueran dos rayos láser. Yo era en ese momento, a las tres de la madrugada, la única persona que quedaba en el diner (y probablemente en todo Alabama) y ese muchacho esperaba que me fuera a dormir para poder hacer lo mismo. A las tres y cuarto me levanto, pensé, pero a las tres y cinco fue él el que se acercó a mi mesa y depositó la cuenta junto a mi mano.

We need to close, sir… I’m very sorry —me dijo, y entonces comprobé algo en lo cual no había caído hasta el momento. Entonces y sólo entonces miré la cuenta, fijé mis ojos —ya cansados por lo avanzado de la hora, los vapores del alcohol y el humo del tabaco— en ese diminuto papelito amarillo que se extendía junto a mi mano… ¡Doscientos veinticinco dólares!

—¡Coño! —grité—. ¿Cómo pueden ser más de doscientos dólares?

El camarero me miraba atónito y me señalaba con el dedo botellas vacías y tickets acumulados en la barra que evidentemente Larry había consumido a lo largo de la tarde, antes de mi llegada.

—¡Pero esto lo bebió él, no yo!

He’s your friend, isn’t it?… Friends are forever —me dijo el muy cabrón, ya con sorna.

Al mismo tiempo que crecía mi cabreo, iba comprendiendo que, en realidad, no sabía nada de ese hombre con el que había estado conversando durante horas. Ni su apellido, ni el número de su habitación, ni nada de nada…  En medio de mi desesperación, traté de explicarle al camarero que quería hablar con el director del hotel, y él me señaló el reloj y juntó las palmas de las manos llevándolas debajo de una de sus mejillas, como para indicarme que ese buen señor estaba durmiendo.

We have a police station six blocks from here, in case you want to file a police report.

Me ofrecía la posibilidad de hacer una denuncia policial. Me quedé unos segundos mirando por la ventana hacia la negrura de la noche americana, desolado, sin llegar a creer  que eso me pudiera estar pasando a mí, precisamente a mí. Y finalmente me di por vencido… Saqué mi tarjeta VISA y se la entregué al camarero.

Al día siguiente, por la tarde, me entregaron el coche y seguí mi camino hacia Nueva York. Por supuesto, no volví a coincidir con Larry en el tiempo previo a mi salida en el que aún estuve en el hotel, aunque fue imposible quitarlo un segundo de mis pensamientos.

La carretera, la bendita carretera, me dio la oportunidad de poner la mente en blanco y muchas millas de distancia entre mi persona y ese nefasto lugar y hoy, ya mucho más tranquilo y casi llegando a Nueva York, disfruto de un atardecer espectacular por el enorme espejo retrovisor del Thunderbird. Alguien dijo alguna vez que el atardecer es la única cursilería que se permite la naturaleza, y probablemente sea así. Pero  la combinación de este marco incomparable y la soledad del coche durante kilómetros y kilómetros me han permitido reflexionar sobre lo ocurrido con Larry.

Tal vez el golpe que este hombre ha dado a mi credulidad sea tan brutal que me haya convertido en un escéptico para el resto del camino. Tal vez sea razonable pensar que, al hacer desaparecer a nuestros ídolos de juventud, la FARO conseguía un objetivo práctico, pero a su vez, como un efecto colateral, lograba agigantar su dimensión, volviéndolos inmortales para nosotros, sus fans, que de ese modo evitamos ser testigos de su decadencia. Tal vez sea cierto que sólo poseemos de verdad aquello que hemos perdido para siempre, porque de ese modo vive eternamente en nuestro recuerdo.

Y tal vez la FARO haya optado por adaptar su estrategia a la crisis, y esos doscientos veinticinco dólares sean un golpe más, y seguramente no el último, a la cultura del rock.

Daniel Camargo 2013

Bichos raros

Autor@:  

Ilustrador@:  Clara Gomes

Corrector@: 

Género: Relato

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Inma Ostos Sobrino. La ilustración es propiedad de Clara Gomes. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Bichos raros.

Ilustración de Clara Gomes

Me desperté sobresaltado. ¡Otra vez esa estúpida pesadilla! Yo cayendo al vacío desde la terraza de mi moderno ático y, otro yo visualizándolo todo con una sonrisa cínica en la cara. Era curioso, pero ese sueño siempre era el preludio de algún tipo de crisis existencial. Y además, acababa de pelearme con mi última conquista, ella se había enfadado porque había descubierto que anoche le había mentido sobre la supuesta pastilla de última generación que le ofrecí. Había descubierto en el suelo un envoltorio de los caramelos escalofríos, así que se marchó indignada dando un estruendoso portazo que arremetió de forma dolorosa contra los marcos de diseño de mi nuevo loft.
En vez de sentirme mal o frustrado por haberla engañado o por perder la oportunidad de empezar a salir con un pivón de los que hacían época, me sentí tremendamente satisfecho, y divertido. Y como mi cabeza tiene una especie de defecto musical que relaciona cualquier experiencia siempre con alguna canción, no pude evitar que en este caso, me viniera a la mente una estrofa de una canción de Loquillo: “Hace un momento que me ha dejado aquí en la ladera del tividavo, la última rubia que vino a ocupar el asiento de atrás.” Aunque en mi caso no dejó el asiento sino la cama.

Aun no entiendo por qué sigo acostándome con ese tipo de tías; tías con cuerpos espectaculares, de mente frívola y fingida intelectualidad. Pero es una simple fachada, pues acechando y escondido en lo más profundo de su perfecta apariencia, se esconde el monstruo despiadado, feo y degenerado que se vende por dos gramos de coca.

La conocí anoche, en el local de siempre, la sala donde nos juntábamos todas las estrellas del momento: actores, presentadores, “famosillos” de programas basura y cómo no, y esto me atañía a mí, futuras promesas del mundo del Rock.

Al principio me engañó, pues a pesar de ser guapísima y estar dentro del prototipo de caza fortunas, tenía algo diferente, o eso creí hasta que cometió un error en su impecable interpretación. Dejó al descubierto su gran vicio, las drogas. Y lo peor de todo es que ni siquiera esperó hasta llegar a la cama, pues tras los primeros besos subidos de tono me dijo:

–¿Nos hacemos algo antes del polvo? Porque está claro que siendo tú quien eres tienes que comprar lo mejor de lo mejor…

Lo mejor de lo mejor… Siendo tú quien eres… Una vez más aparecía ese miserable monstruo que solo quería conseguir fama y poco más en esta vida.

Hice lo que hacía siempre, fui al cajón secreto de mi mesilla de noche y saqué un cuarto de pastilla.

–Toma, esto es mejor. No se corta, tienes que meterla directamente en la boca, pegarla al paladar con la lengua y dejar que se deshaga.

La chica cogió la pastilla con avidez, con una amplia sonrisa de satisfacción.

–¿Qué es?

–Pues, lo mejor de lo mejor, nena, confía en mí –Le dije, devolviéndole la sonrisa, amplia y de medio lado, mi marca natural que no sé muy bien por qué las volvía locas. Y dejé que disfrutara del momento.

Después le describí la situación que iba a vivir dentro de su boca. Le dije que notaría un sabor ácido que se intensificaría a medida que la lengua fuera deshaciendo la pastilla y, que experimentaría un gran gozo, una alegría desbocada y que eso haría que disfrutase mejor del sexo. Y lo mejor de todo era que no dejaría molestias como el resto de “mierda” que por ahí se vendía.

Mi placebo conseguía que mi rollo psicológico se hiciera verosímil. La gente vivía la experiencia como si fuese real, como si le estuviese ofreciendo la mejor droga del mundo cuando lo que realmente le estaba ofreciendo era un “escalofrío”. Como bien sabrán los empedernidos consumidores de chucherías de los años noventa, se trataba de una golosina de color blanco en forma de pastilla tamaño goma de borrar y la cual tenía una mezcla de sabor ácido y a limón que te refrescaba tremendamente la boca, de ahí su nombre.

¿Estupefactos? Aunque os parezca increíble, jamás en toda mi carrera profesional tomé drogas, no me gustaban, no me gustaba ese estilo de vida, pero siempre se me había dado bien hacer teatro. Así que fingía, y hasta ahora nadie me había descubierto.

A veces, me molestaba tremendamente vivir en esa ilusión, que nadie quisiera realmente conocerme a mí, que nadie estuviera realmente enamorado de mí, que nadie se interesase por saber quién era yo. Pero luego pensaba que esa fachada, ese personaje que yo representaba me hacía feliz, pues era la única manera de seguir dedicándome a lo que más deseaba y amaba en este mundo: la música.

Y de todos modos, tampoco me podía quejar; tenía sexo cuando quería y que te lloviesen “pivones” todos los días me enorgullecía, hinchaba ese ego masculino cavernícola que todos los tíos compartimos. ¿O tal vez en mi caso no? Tal vez mi verdadero yo ansiaba otra cosa, y nunca lo había reconocido por miedo a atravesar la fachada que él mismo había creado.

Cogí el móvil mecánicamente y como todos los días abrí twitter; por supuesto siempre se encargaba de responder los mensajes mi agente o incluso alguien que se contrataba específicamente para ello. Era como lo de firmar autógrafos, siempre había alguien detrás de ti, siempre el maldito teatro…

Había más de mil tweets, que proferían desde cochinadas en un intento desesperado de llamar mi atención, hasta versos de amor. Normalmente solía leer tres o cuatro porque pronto perdía el interés, pero hoy, por alguna extraña razón, mi interés me permitió leer un tweet más, y fue eso lo que cambiaría mi vida para siempre.

Lo escribía una tal Lyra. Me llamó la atención porque era muy simple pero a la vez intrigante, decía así:

“No sé si realmente serás tú quien lea esto, pero si eres tú, me gustaría felicitarte por tu anterior trabajo. Gracias a ti, mi hija me ha dejado dormir”.

No sé explicar el motivo por el cual me pillé el cabreo del siglo, tal vez fuese el destino el que estuviese moviendo los hilos de su juego trazado, ese juego que nos impone la dirección que debemos seguir. El caso es que entre improperios cargados de palabrotas, aporreé las teclas de mi iPhone hasta encontrar el perfil de la muchacha.

-¡Que mi música la hace dormir! Mi música, ¿la música de la nueva promesa Rock? Esta chica está delirando.

Mientras gritaba al vacío e intentaba entrar en su perfil, no sé qué narices toqué, pero de repente apareció el tweet que seguía al primero y, que decía:

“Seguro que tendrás miles de fans, pero te aseguro que mi hija es la más joven de todas, empezó a seguirte con tres días de vida”.

Me golpeé la frente y empecé a reír, pues de repente todo había cambiado. Hay que ver el poder que tienen las palabras. Y no solo quedé aliviado sino que también sentí un gran interés por saber más cosas de la persona que había conseguido en un segundo hacer que pasara de un estado de ira extrema a un estado de completa simpatía.

Indagué y conseguí entrar en su blog, busqué la foto en busca de una mujer como mi madre o algo así. No os imagináis las extrañezas que los hombres imaginamos de una mujer cuando se le etiqueta con la palabra madre. Pero en vez de encontrarme a una señora con rulos, me encontré mirando la foto de una chica de mi edad, rellenita, de pelo negro y ondulado, con unos ojos oscuros como jamás había visto. Eran unos ojos vivos, expresivos, luminosos, bonitos, únicos…

Quedé impresionado y atrapado por esas oscuras breas. Encontrar unos ojos claros bonitos era fácil, pero encontrar unos ojos oscuros que eclipsaran la intensidad y la profundidad que tenían por naturaleza los ojos claros, era muy difícil.

“Ella tiene la mirada…”

De nuevo mi defecto musical, la canción de Roxette de su disco The Look Sharp, sonó con tal intensidad que sentí estar escuchándola realmente en ese momento. Y, entonces entendí por primera vez y después de haberla escuchado al menos cien veces, lo que esa estrofa significaba en toda su amplitud.

Desde ese instante me obsesioné, leí su blog, seguí sus tweets e incluso vi las fotos que había hecho de todos sus viajes; eran muy buenas, nunca había personas, solo lugares. Al final, llegué a la conclusión de que cuanto más sabía de ella más quería conocer. Otra rareza de las mías, mi romanticismo empedernido me llevaba a hacer auténticas locuras.

Así que me tomé un tiempo de expansión personal como yo lo llamaba, tiempo de desconexión en el cual desaparecía mezclándome con la gente. Y aunque parezca paradójico era real, pues era capaz de volverme invisible. Me camuflaba, recurría a disfraces e incluso a extremados cambios de look y, nunca jamás nadie me reconoció. Esto me permitía ser normal aunque fuese por un corto periodo de tiempo.

El primer día que la vi con su rollo alternativo y su anillo de casada, iba con su pequeña de dos años, su “mini yo”. Jamás pensé que esos ojos brujos pudieran duplicarse, pero ahí estaban, dibujados en una preciosa carita sacada seguro de algún cuento Disney. Estaban en el parque, yo simulaba que leía; una pelota llegó rodando hasta mis pies, era de la pequeña, se la devolví y me sonrió, y cuando lo hizo algo dentro de mí se estremeció. En aquel momento decidí tener contacto con ella.

Pero, ¿cómo hacerlo sin parecer un pederasta o un maníaco obseso? Pensé decirle “vi tu tweet y te he estado siguiendo y observando” pero luego decidí que no quedaba demasiado bien, aunque fuese la verdad y lo hubiese hecho de una forma inocente. Finalmente, y después de machacarme la cabeza durante horas, le mandé el siguiente tweet :

“Respondiendo a tu último tweet y aunque parezca increíble, te diré que sí soy yo realmente quien te escribe, y además me gustaría conocerla”.

Su respuesta no tardó en llegar.

“¿A mi hija? No era esa mi intención, no me va demasiado el rollo público, ¿sabes? Además escribí ese tweet en un impulso de esos que te dan a veces. Nada serio, de verdad.”

Y la breve conversación que surgió fue:

–“Esto es increíble, ¿me crees a la primera? ¿No dudas que sea yo ni aun estando en el mundo en el que estamos?”

–“Siempre doy una oportunidad a la gente, soy así de ingenua ¿qué le vamos a hacer? Creer a muerte hasta que se demuestre lo contrario.”

–“Quiero conocerte, ¿podemos vernos? Da la casualidad que estoy en tu ciudad.”

-“He de decirte una cosa, no me gusta demasiado tu música. Me he acostumbrado a ella por mi hija.”

-“Gracias por tu sinceridad, pero ¿te importaría que nos viésemos? Tranquila sé que estás casada, no habrá peligro por mi parte, además no eres mi tipo.”

-“Touché, tú tampoco lo eres, demasiado engreído para mi gusto.”

-“Me estás juzgado mal, ¿dónde quedó lo de darle una oportunidad a la gente? El verte solo es por tener una conversación normal, estoy cansado de esto, la fama duele.”

-“Está bien, mañana en el café “el rinconcito”, a las cuatro y media.”

-“Genial porque no me pilla muy lejos. Por favor, no me vendas a tus locas o histéricas amigas.”

-“Descuida, me tienes demasiado intrigada para ello, pero llevaré guardaespaldas. Y no es un guardaespaldas cualquiera pertenece a los X-Men y su llanto podría penetrar en tu cerebro y destruirlo en cuestión de segundos.”

Recuerdo que sonreí como un bobo leyendo aquellas últimas líneas. Realmente me sorprendió haber disfrutado de aquel primer contacto y estar tan suelto, era como conversar con mi mejor amiga, a pesar de estar haciéndolo con una desconocida.

Viví con Lyra una realidad mágica que podría estar sacada de cualquier película romántica de Hollywood, con la pequeña diferencia de que en este caso no era un amor pasional, sino más bien filial; no sé muy bien como describirlo. Lo que quiero decir es, que existía una extraña complicidad que además estaba ávida de nuestra mutua compañía.

Me encantaba pasar tiempo con ella, hablar de cosas triviales e incluso de estar presente en cada adelanto que la pequeña hacía, cada palabra nueva que balbuceaba, cada centímetro que crecía. Pero ella estaba casada, y lo peor de todo, muy enamorada. Eso es lo que yo deducía. A pesar de que no hablaba mucho de su marido, y de que él nunca aparecía. ¿Sabría que su mujer estaba viéndose desde hacía unos meses con una estrella del Rock? Y de ser así, ¿cómo lo llevaría?

Había mil cosas que no entendía, había veces que sin pensar, ella hablaba de los viajes que le había organizado su marido, cada cual más sorprendente que otro, con un brillo inusual en sus ojos brujos. Otras veces, y sobre todo cuando yo intentaba profundizar un poco más en el estado en el que se encontraba su relación, ella se cerraba en banda y me decía que prefería no hablar. Y esto me volvía loco, pues no era capaz de tener claro si seguía casada o no. Pobre imbécil, en aquellos meses estuve ciego.

Al final, bien por alusiones o bien porque a mí inconscientemente me interesaba, decidí que estaba divorciada. Me resultó, en aquel entonces, muy extraño que después de tres meses su marido no hubiese aparecido y, que además, no importaba el momento en el que se encontrase el día, ella siempre estaba sola con María. Si hubiese prestado atención a los pequeños indicios las cosas hubiesen ido mucho más deprisa, habría aprovechado mucho mejor el tiempo, hubiese ido a buscarlas mucho antes.

Como os decía, fui un imbécil, pues la mayor pista de todas, la clave de lo que pasaba realmente con su matrimonio estaba en los domingos. Recuerdo que todos los domingos de aquellos tres meses solía llegar tarde a nuestra cita matinal en el parque y, cuando le preguntaba el motivo, siempre me contestaba lo mismo mientras miraba a María de forma distante:

–Lo siento, es que hemos ido a ver a su padre.

Nunca jamás me pregunté por qué, craso error. Solía pensar que si yo hubiese estado en el lugar de su ex marido jamás las hubiese dejado escapar. Seguía erróneamente pensando que mi hipótesis sobre el divorcio era la respuesta al gran enigma que me quemaba vivo por dentro, enigma que me quemaba porque me había dado cuenta de que no podía vivir sin ella. Sin ella y sin su pequeña, y constantemente me hacía las mismas preguntas: ¿Por qué las habría dejado escapar ese tipo? ¿Qué extraña fuerza le hacía mantenerse tan alejado?

Lo único que creía tener claro en aquella época era que fue él quien las dejó, ella seguía demasiado enamorada como para haberle dejado y haberse marchado con su hija tan lejos de su familia y amigos. Creí que su huida había sido solo para olvidar, ¿y que otra explicación le podía dar entonces, estando yo tan ciego como estaba?

Recuerdo también que en mi cabeza le llamaba estúpido, ¡qué gracioso e irónico! Le llamaba estúpido cuando el estúpido, el que no entendía, el que no leía entre líneas, era yo mismo. Y me mosqueaba el hecho de que ese estúpido no viera lo que había dejado, ese ser dulce, divertido y comprensivo que era Lyra.

Aunque he de reconocer que lo que siempre destaqué de entre todas las virtudes que encontré en Lyra fue el hecho de que al igual que yo, ella era un bicho raro, el mismo tipo de bicho raro que siempre había anidado en mi alma.

Era alguien atípico, desconocido para mí; esa era una de mis frustraciones más grandes, pues no encajaba para nada con el tipo de gente que hasta ahora había conocido. Gente interesada, en busca de fama y dinero fácil, es decir, ella podría haber sacado provecho de la excéntrica obsesión que yo sufría hacia su familia, podría haberse asustado y jamás haber accedido a conocerme. Pero era valiente, discreta y ante todo, humilde.

Jamás, en los meses en los que estuvimos viéndonos se relacionó con nadie a parte de mí y nadie supo que me veía. Tampoco me hizo preguntas, nunca intentó sonsacarme nada, simplemente me escuchaba, escuchaba lo que quisiera decirle en cada momento.

Tal vez esa era su magia… No, definitivamente su magia eran sus ojos.

Otra cosa que me encantó de ella fue la capacidad que tenía para sintetizarlo todo y hacerlo sencillo. Siempre tenía una frase célebre a mano que tiraba por el suelo cualquier intento de objeción que se te ocurriese hacer. Un día le confesé que el mundo de las estrellas no era mi mundo, le dije que estaba cansado de aparentar, que odiaba tener que comportarme como me decían que me tenía que comportar. Siempre atento a lo que me aconsejara el manager, siempre intentando no defraudar. Y su respuesta fue simple:

–Pues entonces plántate ya, se tú mismo.

–No es tan fácil, hay muchos miedos y frustraciones detrás.

–Qué es lo peor que te puede pasar, ¿tener dos mil fans en vez de tres mil? ¿Volver a ser feliz haciendo lo que te gusta? ¿Que te deje tu manager? Mira, sinceramente, si tu manager te dejase no creo que te fuese mal. Eres un artista que tiene mucho que dar, lo tuyo es vocacional, siempre fue así. Tú tienes esa esencia innata que te hace brillar sobre los demás. No solo compones, si no que tienes la capacidad de adaptarte a cualquier estilo y, esa voz que tienes tan peculiar es lo único que necesitas para que el éxito siempre te acompañe.

Recuerdo que le sonreí verdaderamente sorprendido, incapaz de refutarle.

–Vamos, sorpréndeme. ¿De qué personaje célebre has sacado ese discursito?

Ella se tornó seria y contestó enormemente triste:

–De mi marido. Él te adoraba, te siguió desde el principio, aunque en los últimos trabajos muchas veces me decía que te estabas volviendo muy comercial. Y que era una pena porque a pesar de serlo seguías brillando con luz propia. Pero te estabas perdiendo, negando tu esencia. Esa esencia que te hacía ser tan especial. Fue él quien descubrió que si le ponía tu música a María cuando se ponía burra, la conseguía calmar, y así nos dejaba dormir por las noches.

Ahí estaba otra vez el fantasma de su marido, aquel día me enfadé, ¿por qué no era capaz de olvidarlo?

Pasaron seis meses, y a pesar de que nuestros encuentros cada vez eran más frecuentes y fructíferos en lo relativo al estrechamiento de nuestra amistad, se acabó mi tiempo de expansión personal y tuve que volver al trabajo. Otra rareza, no hubieron reproches ni promesas de nuevos encuentros. Aunque yo noté, supe, que ella también disfrutó de mí. Y María, la pequeña María me conquistó por completo, yo era suyo al cien por cien.

Inmerso como estaba en mi nuevo trabajo, estuve mucho tiempo sin saber de ella. La verdad es que la culpa de esto era de la misma Lyra y su pequeña, pues me habían dado miles de ideas para mis canciones, me habían inspirado.

También he de reconocer que tres meses después de la despedida tenía miedo, miedo de que todo hubiese sido un sueño, miedo de no volver a experimentar la magia. Pero solo el simple hecho de pensar en ellas me sacaba una sonrisa. ¡Qué cabrón! ¡Qué suerte tuvo su marido al conocerla! Y, qué pobre diablo era por dejarla escapar. Pero lo más jodido de todo era la envidia que en mí producía el que la tuviese tan enganchada, a pesar del divorcio, a pesar de la magia…

Oírle hablar de él fue fascinante, y a la vez hiriente, pues envidiaba también esa desinteresada devoción que ella le profería. No cabía duda de que el tipo se lo había currado antes de dejarla, pues sabía que gracias a él, ella había recorrido medio mundo e incluso terminado sus estudios como profesora, aunque jamás me dijo de qué. No importaba, lo descubriría seguro, en nuestra próxima conversación.

Pero un día, el vacío me invadió y, esa necesidad, esa avidez por estar con ella se hizo más palpable que nunca. Dejé de engañarme, no era una amistad perfecta e hice lo que cualquier hombre en su sano juicio hubiera hecho. Compré un billete de avión y, nada más pagarlo, como si el destino se hubiese convertido en mi cómplice, recibí un mensaje en mi móvil privado con una foto de María, acababa de cumplir tres años. Y ya no pude más, siendo Lyra siempre tan discreta y precavida como era, resultaba anormal haber recibido aquel mensaje, con la foto, sin texto, el cual a mí me decía mucho.

Por eso ahora estoy aquí, subido en este avión y contándoos mi historia, camino de esa felicidad que tanto anhelo porque al fin lo he descubierto, y esa luz me ha venido de la manera más tonta, escuchando una conversación que mantenía una señora de mediana edad que hablaba por teléfono con algún familiar.

Estaba sentada detrás de mí y hacía unos diez segundos me acababa de preguntar por el número de terminal.

–No te preocupes, yo limpiaré la lápida de los papás. Sabes que de todas formas voy a ir a cambiarles las flores, como cada domingo.

Esa última aseveración “como cada domingo”, hizo que algo en mí se resquebrajase, era una mezcla de alegría, alivio y reproche. Alegría por darme cuenta de que Lyra siempre había sido mía, alivio por saber que ya no había nada que se interpusiera entre nosotros, y reproche por no haberme dado cuenta antes de la angustia que ella sufría. Estúpido me dije, ¿recordáis? Y mirad por donde sale mi estupidez. Nunca hubo divorcio y siempre hubo magia. Su marido no las había dejado voluntariamente, no había tenido más remedio, por eso ella seguía tan enamorada. Su marido había muerto, por eso ella huyó para alejarse del dolor y empezar de nuevo.

Ahora estoy marcando con dedos temblorosos su número de teléfono, no sé si ella me contestará aunque deseo fervientemente que lo haga. Pero eso, lo que a partir de ahora pase, será el trabajo de otro narrador, otro tendrá que encargarse de contar mi presente.

–Hola, Chris –contesta una voz de mujer feliz y a la vez sorprendida.

–Yo también os echo de menos –le responde él con ternura.

–Ha pasado mucho tiempo. Me alegra oírte –la voz de ella se resquebraja por la emoción.

–Lo siento.

–¿Cómo?

–Debí darme cuenta de por qué no hablabas de tu marido.

–Yo también lo siento, no debí utilizar a María para llamar tan desesperadamente tu atención –dijo la chica desmoronándose, por primera vez desde que le conociera–. Siento no haber sido sincera contigo, no decirte por qué estaba allí realmente contigo. Siento haberle buscado en ti, pues te escuchaba anhelando encontrar algún pequeño matiz suyo en tu personalidad, eras su ídolo. Siento haber sido tan egoísta y dejar que solo tú te dieras a conocer, buscar la manera fácil, no hablar, solo escuchar. Pero no lo hice con mala intención, la soledad te juega malas pasadas y, mi obsesión por revivir aquel amor era mucho más fuerte que yo. Aunque no me arrepiento, descubrí más de lo que esperaba y me gusto más allá de cuanto pudiera imaginar.

–Ya no tendrás que buscarle más, debes dejarle ir en paz y vivir tu nuevo amor junto a mí. No debes sentirte culpable y si de verdad hay algo de él en mí, creo que es la manera sincera de quererte y de buscar tu felicidad. Ya no tendremos que luchar nunca más con la soledad porque estábamos predestinados. María es para mí como la lluvia fresca en un día caluroso de verano, la adoro tanto como te adoro a ti. No sufras más, estoy de camino, amor. Y, te prometo que nada nos podrá separar.

Inma Ostos Sobrino