19ª Convocatoria: Magia y hechicería

Magia y hechicería

Ilustración de Marta Herguedas

Calaveras y diablitos,
como cantan mis pulqueros,
vengan todos a mi encuentro
en el Día de los Muertos.

Postrarme a la Santa Muerte
agradecida y plena
por mis pecados negros
y por los que vengan.

Rendirme a la macumba
con velas, flores y cigarros
y un gallo de muerte herido
que resbala de mis brazos.

Clavar mi espada de costurera
una y mil veces, si quisiera
renacer de mis cenizas
y tomar tu alma entera.

Cortar mi mano hasta hacer sangre
para unirla con la tuya,
ser la voz que te susurra
que te calma, que te arrulla.

Habitar tus pesadillas,
beber todos tus sueños,
saber que solo yo
tengo el control de ellos.

Prometido el paraíso
a cambio de mi condena
una vida que a la tuya
quieras o no se encadena.

Devorado por hormigas
corazón envuelto en seda
es mi alma la que grita
a mi ansia… que no ceda.

Sandra Cuervo

La bruja

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Relato negro

Rating: +13

Este relato es propiedad de Carme Sanchis. La ilustración es propiedad de Nelle Carver. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La bruja.

El cuerpo de una joven pelirroja se consumía entre las llamas, iluminando el cielo de aquella noche sin luna. Sus gritos desgarradores inundaban las calles vacías de la zona industrial.

El humo golpeaba los cristales de la fábrica textil más próxima a la hoguera, y justo delante de la muchacha agonizante, una persona reía y lloraba al mismo tiempo, hipnotizada por la magia del fuego y la presencia de la muerte.

Hacía horas que los trabajadores se habían ido a sus casas, cansados de las largas jornadas de trabajo, deseando abrazar a sus familias o a una buena jarra de cerveza.

A las cinco de la mañana empezarían a llegar de nuevo, en silencio, frotando sus ojos con las manos. Para entonces, la muchacha ya no gritaría, ya no suplicaría ser salvada ni sentiría la lengua del fuego quemando su piel.

Pero seguiría allí, atada a aquel árbol quemado, esperando sin vida a que alguien la rescatase.

Ilustración de Nelle Carver

~***~

Cuando Vincent llegó a la zona industrial una ráfaga de viento le envolvió con un fuerte olor a humo, tan intenso que sintió náuseas. Estaba acostumbrado a ver escenas violentas, tristes, desgarradoras, pero jamás había aspirado un olor tan penetrante.

El agente Tejeda se cubrió el rostro con un pañuelo de tela blanca, para evitar aquel hedor que emanaba de las cenizas. Juntos, avanzaron con la cabeza gacha hasta los restos del árbol, rodeado por decenas de pruebas señaladas y técnicos que seguían rastreando.

Inspector, le estaba esperando, soy el agente Plana –se presentó. Era un hombre bajito, con una barriga muy pronunciada y un espeso bigote grisáceo, que parecía feliz, a pesar de la escena que tenía ante sus ojos–. Tenía muchas ganas de conocerle, señor.

Encantado. Mi compañero y yo hemos hecho un largo viaje para llegar hasta aquí, así que supongo que se trata de un caso importante.

–Sí, inspector. El cuerpo sin vida que tiene a sus espaldas es nada menos que el de una bruja de verdad.

¿Cómo dice? –replicó Vincent, boquiabierto, mirando los ojos grises de aquel desconocido.

Sí, una bruja. Llevaba años alardeando de sus poderes, y sabíamos que tarde o temprano alguien saldría herido. Pero, evidentemente, pensábamos que sería ella la que mataría a algún ciudadano.

¿Me está diciendo que esta persona ha sido quemada en la hoguera por ser una bruja? –preguntó sin salir de su asombro. Aquel no era el caso que esperaba, estaba harto de creencias y fe, tan ligadas al odio y la muerte. El agente asintió, mientras subía con ambas manos su cinturón hasta el centro de su redonda barriga–. ¿Cómo han podido reconocer a la víctima?

–Resulta bastante obvio que es ella. ¿Quién, si no?

El cuerpo está totalmente calcinado, y con la información que nos ha proporcionado, es imposible saber quién es. –Vincent sacó su libreta y siguió–: ¿Podría explicarme con detalle los hechos y las pruebas de que disponemos?

–Por supuesto, inspector. No hay testigos del suceso, pero coincidirá conmigo en que se trata de un asesinato premeditado. Han encontrado el cadáver las trabajadoras de esta fábrica textil, el inmueble más afectado por las llamas. Entran a trabajar a las cinco de la mañana, pero cuando ha llegado la primera ya estaba el fuego apagado. Nos han avisado, pero hasta hace unos veinte minutos no hemos podido empezar a trabajar, no había luz y, es difícil buscar pruebas a oscuras.

–Podrían haber utilizado linternas. Con el viento que hace es posible que algunas pruebas se hayan perdido –advirtió Javier, que seguía sujetando el pañuelo contra su boca.

–Trabajamos cuando las condiciones nos los permiten, agente.

¿Qué pruebas han encontrado por el momento? –pregunto Vincent.

Poca cosa… Entre las cenizas hemos encontrado restos que todavía no hemos identificado. Y lo más curioso que cabe destacar, es que justo delante de la hoguera había un pequeño muñeco medio quemado. Por la distancia que había entre las dos partes, parece que se quemaron por separado, y que éste no llegó a consumirse.

–¿Podría ver ese muñeco?

–Claro. ¡La prueba siete! –grito el hombre, con una sonrisa en los labios finos.

Un joven vestido con un mono azul corrió hacia ellos con una bolsa de plástico transparente en la mano, sorteando los obstáculos apresuradamente. Entregó la prueba a Vincent y volvió a su trabajo con la misma rapidez con la que había iniciado el camino.

En la bolsa había un muñeco cosido a mano, hecho con una tela que en otros días había sido blanca, unos botones que simulaban ojos y una sonrisa bordada. Las piernas se habían consumido por completo, y el fuego había llegado hasta los brazos, aunque seguían enteros. Vincent lo examinó con incredulidad y le pasó el paquete a su acompañante.

¿Crees que se trata de un muñeco vudú? –sugirió el agente Tejeda, mirando al inspector.

–Eso parece, aunque no tiene mucho sentido. No tenemos información en la oficina de este tipo de culto por esta zona.

–¿De qué está hablando, señor? –Preguntó el hombre rechoncho, con curiosidad.

–Este tipo de muñecos están asociados al culto del vudú, y algunos afirman que mediante una serie de rituales pueden ejercer control sobre una persona concreta. Aunque, ya sabe, con este tipo de cosas solo se trata de creencias.

Nunca había escuchado nada parecido, qué tontería. En este pueblo lo único raro que había era esta bruja, y por fin, se ha terminado.

–Debería cuidar su lenguaje, señor Plana. Está usted delante de una persona que ha sido asesinada de una manera atroz. Haga el favor de quedarse al margen. Nosotros nos encargaremos de esta investigación a partir de ahora.

–¿Quedarme a un lado? No puede hacerme eso. Yo soy el encargado de este pueblo.

–Perfecto, se encargará de resolver nuestras dudas, de llevarnos a los sitios y de mover a sus hombres –sacó su pitillera por un impulso, pero la guardó al ver la ceniza a sus pies–. Javi, tú te encargarás de hablar con la mujer que encontró el cuerpo, mientras yo reviso la escena y hablo con los técnicos. Usted, haga una lista de las personas que pueden tener información sobre esta supuesta joven. Si todo el mundo creía que era una bruja, supongo que tendría enemigos. Quiero conocerlos.

~***~

Los días pasaban y Vincent cada vez estaba más perdido. Después de preguntar a los trabajadores de la zona industrial, y no recibir ninguna respuesta reveladora, decidió llamar uno por uno a toda la población. Los sesenta y cuatro ciudadanos pasaron por la pequeña oficina del pueblo.

A simple vista, todos parecían igual de culpables, alegres por la muerte de aquella joven misteriosa. Algunos la culpaban de sus múltiples pérdidas o de su mala suerte, otros juraban haberla visto volar. Unos cuantos hombres declararon haber caído en sus garras alguna noche, y un par de mujeres confesaron lo mismo. ¿Dónde terminaba la leyenda y empezaba la verdad?

–Creo que por hoy no hay más testigos. Si quieres podemos irnos al hostal –anunció Javier, revisando la lista de personas llamadas a declarar.

–¿Cuánto más crees que va a durar esto? Llevamos aquí catorce días y todos parecen culpables.

–Pero tienen coartadas para aquella noche.

–Sí, pero sus coartadas son ridículas, Javi. A esa hora todo el pueblo estaba durmiendo, y evidentemente, cualquiera podría haberse levantado sin ser visto.

–Entonces, ¿qué podemos hacer? Quedan ya muy pocas personas por declarar. ¿De verdad crees que el culpable está entre ellas?

En este pueblo hay un asesino, y antes o después lo atraparemos.

Eso espero, pero ya no sé… –Javier no llegó a terminar la frase. La puerta se abrió de golpe y el agente Plana entró en la diminuta habitación, seguido por un hombre alto y delgado, con cara de asustado.

Se frotaba las manos, nervioso, rastreando con su mirada cada milímetro de la habitación. En su rostro se reflejaba la imagen del cansancio, por las ojeras marcadas y los ojos enrojecidos. Vestía un traje elegante, pero completamente arrugado. Y su cabello, decorado por las canas, necesitaba ser cortado de nuevo. El agente dejó caer una carpeta en la única mesa de la sala, tan pequeña que se tambaleó con el golpe.

El señor Losada, propietario de la fábrica textil Losada, ha venido a prestar declaración –anunció, señalando al hombre encorvado–. Y nos ha traído información bastante interesante.

–Debería haber venido hace días, señor. ¿Por qué no apareció cuando le llamamos?

Perdóneme, señor. Me fue imposible venir. He tenido mucho trabajo reparando los daños que ocasionó la hoguera en mi fábrica, y como soy el único propietario, no podía dejarlo para más tarde.

Pero sí podía hacernos esperar a nosotros –comentó Javier, indignado. Algunas personas creían que la policía era un grupo de héroes encargados de resolver crímenes, velar por la seguridad del ciudadano y ayudar a todo el que lo necesitase. Otros, creían que no servían para nada, y aquello le hacía pensar que todo su esfuerzo, las dificultades y el riesgo, no valían la pena–. Una persona ha sido asesinada y usted se preocupa más por una pared manchada de hollín.

Es la pared de mi fábrica, señor. Si yo no me encargo de ella, nadie se encargará –seguía temblando, y cuando hablaba, miraba fijamente al suelo–. Siento si le parece mal que me importe más la pared que esa persona, pero no la conocía de nada, y no me importa su muerte.

–¿Cómo puede decir algo así? –respondió Javi, irritado.

¡Basta! –Gritó Vincent, mientras hojeaba la carpeta que había traído su nuevo compañero–. Señor Losada, si la policía le llama a declarar, usted debe acudir rápidamente. Si no lo hace, está quebrantando la ley. Obstrucción a la justicia, ¿le suena ese término?

Yo, no sabía nada de eso. Pensaba que… Yo pensaba… –empezó a tartamudear, moviendo las manos para explicarse.

–No importa. Explíquenos lo que ha venido a explicar. La próxima vez estoy seguro de que acudirá rápido.

Sí, señor, lo juro. Yo solo quería explicar lo que sé. Sé quién es el culpable, no solo de la hoguera, sino de todo lo que ha estado pasando en este pueblo.

¿Sabe quién es el asesino? –preguntó el agente Tejeda, incrédulo–. ¿Y se espera catorce días para explicarlo? ¿Es usted estúpido?

–¡Tenía miedo! Estaba asustado por lo que pudiesen hacerme, esa es la verdad.

–¿Pudiesen? Explíquese, por favor –alentó Vincent.

–En mi fábrica hay cinco trabajadores, dos hombres y tres mujeres, que practican el culto al vudú. Hace meses que los observo en su tiempo de descanso confeccionando ese tipo de muñecos. Han sido ellos, estoy seguro.

–Ordenaré a los agentes que rodeen la fábrica y capturen a cinco alimañas.

–Un momento, agente Plana. Que cosan esos muñecos no los convierte en culpables de un asesinato –dictaminó el inspector, frotando su nuca con la mano izquierda–. ¿Tiene más pistas que les culpabilicen?

Sí, señor. Cuando se enteraron de que les observaba, me lanzaron una especie de maleficio. Desde entonces, no puedo dormir bien por las noches, durante el día estoy cansado, he perdido el apetito y me siento observado. Sé que están utilizando uno de esos muñecos conmigo, y me gustaría echarles, pero me da miedo lo que puedan hacerme, y mucho más después de esa hoguera.

¿Tiene ya suficientes motivos, inspector? ¿A qué espera para encerrarlos? –preguntó enfadado el agente rechoncho.

A tener una teoría sólida. Respóndame un par de preguntas, señor Losada. ¿Está su insomnio producido por la preocupación de que sus trabajadores le hiciesen daño con sus poderes?

Por supuesto, no puedo dormir pensando en sus manos cosiendo esos muñecos, sus rostros juiciosos observándome, y esas palabras ininteligibles que me persiguen…

–Y, todo el mundo sabe que si una persona no descansa lo suficiente por la noche, al día siguiente está cansada y no puede hacer las cosas bien.

–Claro, pero yo siento que me observan, y que algo muy fuerte me persigue.

Y no lo dudo, señor. Pero hay algo más fuerte que el vudú, la magia o los poderes. Todas esas cosas por si solas no sirven de nada, la persona debe creer en ellas para sentirlas. Y, en este caso, usted creyó en aquel “maleficio”, por eso le tortura. Es usted el culpable de sus males, si no creyese, no le afectaría.

–Eso es una estupidez –lanzó el agente del pueblo–. Aquí hace tiempo que pasan cosas extrañas, cosas que solo la brujería podría explicar.

Tiene razón, hay cosas que sola la brujería podría explicar… –concluyó Vincent, con una sonrisa en sus labios–. Muchas gracias por su declaración, señor Losada. Puede retirarse.

–¿No piensa ayudarme? ¿No va a arrestar a esa gente?

–Tranquilo, no se preocupe por nada. Pronto recibirá noticias mías. Hasta entonces.

El agente Plana salió de la habitación acompañando al propietario de la fábrica. Aquella declaración le había abierto los ojos. Si todos creían en el poder de la bruja, igual que aquel hombre creía en el poder del vudú, todos tenían un motivo para el asesinarla.

–Este caso parecía conducir a un callejón sin salida, pero podría resolverlo con un poco de magia –bromeó Vincent, encendiéndose un pitillo.

–¿De qué estás hablando?

Todos se mueven por la influencia que ejerce la magia en ellos. Igual que se mueven los católicos por las normas que rige su iglesia. Son normas sociales.

–No puedes compararlo…

–Por supuesto que puedo. Pero ahora vayámonos al hostal, necesito beber un par de copas y preparar la función de mañana.

–¿Necesitarás mi ayuda?

–Todo mago necesitado un ayudante, Javi. Recógelo todo, voy a darle un par de órdenes a nuestro compañero, y nos vamos.

–Perfecto.

~***~

Después de una noche en vela, una botella de orujo, media cajetilla de tabaco y una cafetera, habían conseguido un plan perfecto. Vincent se había puesto en contacto con el alcalde para organizar un comunicado en la plaza del pueblo, y como buenos ciudadanos, todos acudirían para saber qué quería explicarles su gobernador. Era domingo, así que justo después de ir a la iglesia, todos se dirigieron a la plaza que había a su salida, esperando, inquietos, el comunicado de su líder.

La cara de asombro de los espectadores fue evidente cuando vieron subir al escenario de piedra al inspector y su ayudante. Empezaron los susurros, que se convirtieron rápidamente en un murmullo general, repleto de preguntas y quejas.

Cuando el último ciudadano salió de la iglesia, acompañado por un bastón de madera, el agente Plana le hizo una señal a Vincent para que iniciase su discurso.

Todos me conocéis. Habéis estado en la oficina respondiendo mis preguntas, declarando vuestras experiencias y pidiendo ayuda. Ahora es mi turno. En base a todas vuestras respuestas y a los datos que hemos reunido, he llegado a la conclusión de que la joven que fue quemada en la hoguera, era realmente una bruja.

El pueblo enmudeció, observando fijamente al inspector, con la boca abierta. No podían creer lo que oían.

Siento haber dudado de sus palabras. Todo este tiempo han estado viviendo con una bruja. Compartiendo sus calles, sus tiendas, sus vidas. Pero alguien le hizo pagar por sus pecados, y por fin pueden vivir en paz. Al principio buscábamos a un asesino, pero nos hemos dado cuenta de que realmente estamos buscando a un héroe.

¡Sí, es un héroe! –gritó una anciana, apoyada en su hija.

–¡Nos ha salvado a todos! –gritó un niño, desde el fondo.

Las voces se fueron uniendo, hasta que toda la plaza aplaudió contenta por la liberación. Ya no tendrían que preocuparse por aquella bruja que hacía sus vidas difíciles. Ya podrían salir sin miedo.

Escúchenme, por favor –pidió Vincent, elevando su voz–. Si alguien conoce al héroe que salvó el alma de esa joven, condenando a la bruja a morir en la hoguera, que le señale. Que señale al héroe que les ha salvado a todos.

–Señalad al héroe –acompañó Javier.

Los aplausos terminaron, y los brazos empezaron a señalar a los responsables. Seis personas estaban siendo señaladas, cinco hombres y una mujer, que sonreían, orgullosos de ser los héroes. Saludaban al resto de la plaza, aceptando los cumplidos que gritaba la multitud.

Por favor, suban. Explíquennos cómo consiguieron reunir el valor para salvar al pueblo, poniendo sus vidas en peligro. Suban –continuó Vincent, interpretando su papel, mientras subían los peldaños de piedra–. Explíquele al pueblo cómo lo hicieron, señora –propuso, dando la palabra a la única mujer del grupo.

Vecinos, todos me conocéis –empezó la mujer, con los ojos brillantes y la respiración acelerada–. Hace meses que todos hablamos de cómo terminar con los problemas que esa bruja nos ocasionaba. Pero nadie hacía nada por ayudarnos, ni la policía, ni nosotros mismos. Así que, nos reunimos en casa de Juan para resolver, de una vez por todas, este problema. Y entre todos, nos organizamos para coger a la bruja y quemarla a las afueras. Pensábamos que nos acusaríais de asesinato, pero lo hicimos por el bien de todos –la gente asentía su discurso, mostrando su aprobación entre ovaciones–. Fuimos a su casa y la golpeamos. La llevamos hasta la zona industrial, donde habíamos preparado la hoguera, y esperamos a que recuperase la conciencia para poder juzgarla.

Se declaró inocente –continuó uno de los hombres, reclamando el protagonismo que pensaba merecer–. Se declaró inocente una y otra vez. Suplicó clemencia, nos pidió que la dejásemos escapar. Pero los hechos eran evidentes, era una bruja, y tenía que enfrentarse a la hoguera.

Encendimos el fuego con uno de esos muñecos esotéricos que vende aquella anciana rara–continuó la mujer–. Todos se fueron cuando empezó a gritar, pero yo me quedé hasta el final, observando su purificación. Se consumió entre gritos, y cuando ya no podía chillar, sentí que algo salía de su cuerpo. Su alma ascendía al cielo en busca de perdón.

El alcalde subió hasta el escenario, con una sonrisa agradable, y estrechó las manos de aquellos héroes.

Os doy las gracias en nombre de todo el pueblo. Nos habéis salvado. Declaro como alcalde, que el día en que fue quemada en la hoguera aquella bruja, será recordado como el Día de la Salvación de nuestro pueblo.

Un momento, señor –interrumpió Vincent–. Hace quince días la señorita María Miralles fue asesinada con tan solo veintitrés años. Acusada de brujería, promiscuidad, incitadora al adulterio y pecadora a los ojos de dios –regresaron los murmullos–. Así es como todos ustedes la han descrito, demostrándose que merecía ser quemada en una hoguera, por ser una bruja. No obstante, debajo de todas esas supuestas acusaciones, yo he encontrado a una joven como cualquier otra. Apartada por ser diferente, por venir de otro lugar y por seguir unas costumbres diferentes a las suyas. Estudiaba mecanografía en su casa, y preparaba ungüentos y medicinas naturales.

–¿De qué está hablando? –gritó la mujer del escenario, con una gesto de pánico en el rostro.

Todos ustedes son culpables, todas las personas de este pueblo son culpables de ese asesinato. Pensaban tan firmemente que se trataba de una bruja, que fueron incapaces de ver que era solo una muchacha triste, abandonada por todos. Su familia había muerto años atrás, por eso se refugió en este pueblo, intentando pasar página. Pero ustedes, la señalaron como bruja, y terminaron con su vida.

–Era una bruja, ¡usted mismo lo ha dicho! –exclamó Juan, uno de los culpables.

Solo porque era lo que querían oír. Desde el principio ha sido culpa suya creer en una bruja, porque no sabían cómo explicar los fallos de sus vidas. Era mucho más fácil pensar que había una bruja entorpeciendo su alegría que asumir que no eran felices. Creyeron en ella, la consideraron realmente una bruja, y dejaron que cargase con todas sus penas. Pero todo llegó tan lejos que tenían que pararle los pies. ¿Cómo se sienten ahora? Espero que se odien por lo que le han hecho a la joven María Miralles, porque todos son responsables de su destino. Sé que algunos luchaban por abrir los ojos de la gente, porque veían que toda esta historia era absurda. Aunque no llegaron a conseguirlo, pueden sentirse orgullosos por defender la verdad. El resto me dan lástima, porque si no asumen sus errores, jamás llegaran a ser nada –suspiró, observando el horror en la cara de los espectadores–. Agente Plana, ya puede llevarse a los culpables. Si realmente creen en esas cosas, piensen que su alma sí debería ser purificada –escupió las palabras, dirigiéndose a los asesinos–, y no creo que su dios los vaya a perdonar.

~***~

Después de medio mes compartiendo el ridículo despacho de la oficina de policía, y una húmeda habitación en el único hostal del pueblo, con su único amigo y compañero en aquel lugar, Vincent tenía ganas de llegar a casa. El caso estaba cerrado, y los ciudadanos seguían sus vidas, pensativos, avergonzados por su manera de actuar. Los seis detenidos serían trasladados al día siguiente a la comisaría más cercana, donde se encargarían de continuar el proceso penal.

El inspector decidió pasar una noche más en el pueblo, para asegurarse de que todo seguía su curso. Ya bien entrada la noche, esperaba a su compañero, sentado en una de las butacas de piel oscura del bar del hostal, totalmente vacío. En su mano sujetaba un vaso bajo, con tres cubitos y un chorrito de licor.

–Otro caso cerrado. Esta debe ser una de las confesiones más impresionantes que he podido escuchar nunca, Vincent.

Pues tú tienes parte del mérito. El plan fue organizado por los dos, así que, ven aquí. Te mereces una copa –le señaló el vaso que había en su mesa–. Y, no te olvides de llamar esta noche a tu mujer, estará preocupada.

Ya he hablado con ella. Se preocupa más por ti que por mí… No sé si eso debería perturbarme –bromeó su ayudante.

Es una mujer muy creyente, como la gente de este pueblo. A veces creo que ese tipo de personas son las más vulnerables, porque son capaces de creerse cualquier cosa, si se la dice alguien en quien confían –se encendió un cigarrillo, y reanudó el hilo de sus pensamientos–. Pasó lo mismo con el caso del párroco asesino, nadie quería creer que era el culpable, todos hubiesen jurado que era inocente, y todos se hubiesen equivocado. En este caso, el pueblo creyó estar bajo el dominio de una bruja, y aplaudieron a los asesinos de esa pobre joven, porque los consideraron realmente héroes. ¿Cómo es posible que el ser humano se deje llevar de ese modo, ignorando la racionalidad?

La mayoría de ellos todavía no puede creer que les engañaras en la plaza esta mañana. Pasarán días hasta que despierten de su engaño.

Y lo mismo le pasará al señor Losada. Creyó que sus trabajadores le hacían vudú, y simplemente cosían muñecos para ganar un dinero extra. ¿No es absurdo? Quien cree en esas cosas, termina afectado por ellas.

–Le dijiste que te pondrías en contacto con él, ¿qué le dirás?

–La verdad. Que sus trabajadores buscan un segundo empleo para llegar a fin de mes, y que no tienen poderes, solo hambre.

¿Crees que al comisario le gustará saber cómo hemos resuelto este caso? –se carcajeó Javier.

Supongo que no, pero a ese hombre no le parece bien nada. Así que, vamos a disfrutar de esta botella, y mañana ya nos preocuparemos si hace falta –levantó la copa, y sonrió–. Salud, compañero.

Carme Sanchis

El conquistador de la Fuente de la Eternidad

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Pulp/ Magia y hechicería

Rating: +13

Este relato es propiedad de Axel A. Giaroli. La ilustración es propiedad de Jordi Ponce. Quedan reservados todos los derechos de autor.

El conquistador de la Fuente de la Eternidad.

Sábado, 25 de octubre de 1941:

La búsqueda sigue sin traernos ningún resultado favorable, y ya hemos recorrido prácticamente todo el norte de Sudamérica. 

Soy consciente de que para servir al Tercer Reich y al Führer —al que Dios ilumine y guíe en su extensa gloria— no existe ninguna tarea demasiado grande o pequeña. Sin embargo, esto es ridículo. Supersticiones y estupideces: en eso nos basamos para montar una búsqueda en estas frondosas selvas, desperdiciando tropas y una parte importante de nuestras fuerzas para supervisar las ruinas de una cultura netamente inferior a la nuestra.

Este no es el lugar adecuado para el hijo de un héroe de guerra.

Estoy harto…

Diario personal de Hans von Schönfeld,

General de las fuerzas de la SS.

El sol golpeaba con fuerza en sus nucas rasuradas. Los mosquitos, hambrientos y seguramente llenos de enfermedades, no hacían más que revolotear para intentar encontrar un palmo de piel en el que posarse y alimentarse. Una gota de sudor cayó por su mejilla mientras observaba como aquellos hombres de tez oscura excavaban sin descanso ante la vigilancia de los amenazantes uniformes grises. Su porte destacaba en medio de todos ellos, recto y rígido; más como un noble que como un auténtico soldado. A pesar de que su barba, que hacía días que le crecía desordenada, le daba un aspecto de vagabundo, en sus candentes ojos azules se escudriñaba la representación de la autoridad. Era el único que había decidido rehusar a quitarse el uniforme por pura cuestión de orgullo y honor, muy a pesar de que el calor resultaba del todo sofocante. Nadie, ni siquiera su más cercano compañero, se atrevía a cuestionar aquella decisión que había tomado.

Compañero que ahora se acercaba hacia él con motivo de su llamada. Un hombre muchísimo mayor que aquel otro de gran porte y mirada desafiante subía una colina con aire cansado y doliente. Sus manos delicadas, junto con sus pequeñas y redondas gafas, sus arrugas y espalda algo encorvada, le identificaban como un académico muy poco acostumbrado al trabajo de campo. Y finalmente, su piel más tostada y sus cabellos aunque algo canosos, de color entre pelirrojo y castaño, evidenciaban su nacionalidad austriaca.

¿Algún resultado? —inquirió el individuo de mayor rango.

Su interlocutor sacó un pañuelo ya algo sucio de su bolsillo y comenzó a limpiar sus gafas. Cuando terminó, volvió a colocárselas en la sudorosa nariz.

—Fascinante. Sin duda, todo esto es fascinante.

Impaciente, el militar apretó los puños y tensó los dientes.

—Déjese de monsergas, profesor Leisser. ¿Han encontrado ya la puerta hacia El Dorado o no?

El Dr. Manfred Leisser frunció el entrecejo, luego cerró los ojos y comenzó a suspirar mientras negaba con su cabeza lleno de decepción.

—Discúlpeme, señor. Pero por mucho que me haga salir de las excavaciones y me siga insistiendo con la pregunta, no va a provocar que la puerta aparezca por arte de magia. Tendrá que seguir esperando.

Aquella insolencia le provocó unas enormes ganas de aplastar de un puñetazo su arrogante rostro pero, por desgracia, no podía permitirse aquel lujo. Era un hombre que cumplía con su deber para con el Reich, y el único que podía hablar e interpretar lo que decían los nativos que estaban cavando en todas aquellas ruinas precolombinas.

Sin duda, odiaba todo aquel lugar. Le enfurecía haber sido enviado a perder el tiempo entre unos cuantos escombros a los que a nadie le importaba y le llenaba de ira perderse toda la guerra. Su espíritu joven y sus deseos de lucha se desperdiciaban entre la mierda y el polvo. Un castigo demasiado excesivo para un hombre que solamente se había acostado con la mujer de Heinrich Himmler… claro que, también había cometido la estupidez de hacerlo en su casa y haber sido cazado por éste.

Si lo pensaba bien, tenía suerte de no haber terminado fusilado.

—¿Por qué están tardando tanto? ¡Quizás deberían darles a esos sucios monos más latigazos y menos agua para conseguir lo que necesitamos! ¿No tenéis el mapa de ese famoso conquistador italiano?

—Español —corrigió el profesor —.Hernán Cortés era español.

—¡¿A quién le importa de dónde era?! ¡No me toque las narices! Tiene el mapa ¿no? ¡¿Por qué no tenemos ningún resultado?!

Cansado, aquel hombre maduro se secó el sudor de la frente con bastante pereza.

—Tenga en cuenta que hay muchos factores. El mapa fue elaborado en una época en la que no eran del todo conscientes de la existencia de un nuevo continente, por no hablar de los incontables movimientos que convirtieron en escombros todas esas ruinas precolombinas y las innumerables culturas que fueron modificando el terreno. A todo esto se le suma el hecho de que tenemos que descifrar un idioma ya prácticamente extinto, y que apenas podemos interpretar en cada una de las ruinas para conseguir encontrar el lugar exacto.

—¿Al menos ha podido conseguir algo? Alguna pista o… ¡lo que sea!

—Lo único que tenemos son unos textos que hemos logrado traducir. Al parecer, La Fuente de la Eterna Juventud está ligada a un cuenco que los textos describen con poderosas propiedades y dicen que éste, tiene la forma de la cabeza de una criatura serpiente que está emplumada; la representación de un dios de la muerte y de la vida que, al beber sobre él, se vence así al tiempo y se consigue el atributo de la eternidad. Sin duda es fascinante, general Schönfeld…

Hans von Schönfeld casi sentía que se atragantaba con la rabia. De nuevo cuentos y supersticiones baratas allí por donde avanzaban. Comprendía que quizás iba a pasarse toda la guerra muriéndose de calor, asco y pudriéndose con los mosquitos.

—Señor, creo que se impacienta demasiado. Quizás debería aprovechar su estancia e intentar aprender todo lo que pueda de esta cultura. ¿No está contento de poder servir bien al Führer? Si tenemos éxito podríamos llegar a hacer historia.

Amargado, el general observó con asco todas las piedras y los mineros que excavaban a sus alrededores. Toda aquella situación le parecía una pesadilla demasiado increíble como para creérsela. El idiota del profesor… ¿realmente se tragaba lo de la dichosa fuente?

—Escarbar entre los escombros no es mi principal idea de servir al Führer, profesor Leisser —contestó —.De momento eso es todo. Si tiene alguna novedad importante, no dude en comunicármela.

—Por supuesto, señor. Sólo vivo para servir, como todos —respondió el académico.

—Puede retirarse.

Jueves, 30 de octubre de 1941:

Los días han pasado con extrema lentitud asándonos en un calor que sería capaz de competir contra el mismísimo infierno. Hasta ahora no ha ocurrido absolutamente nada interesante. Los mismos accidentes con lo mineros, la misma desidia de siempre, las mismas rocas,… y casi ninguna pista que nos lleve a nuestro objetivo.

Hasta ahora.

Esta mañana el profesor Leisser me ha despertado en mi tienda de campaña. Me ha dicho que al parecer nuestro guía y el resto de los nativos que están excavando han encontrado una vieja y antigua entrada entre todas las ruinas. Parece ser que a diferencia de otras, esta está lacrada en oro… 

La Puerta hacia El Dorado.

¿Es posible que ese estúpido viejo tuviera razón?

¿Podría ser que por fin nuestra búsqueda haya concluido?

Diario personal de Hans von Schönfeld,

General de las fuerzas de la SS.

Bajó con tanta precipitación a través de las excavaciones que prácticamente estuvo a un tris de desnucarse. Se había afeitado y arreglado esa mañana, pues si era lo que antaño habían esperado encontrar quería salir en la foto con el mejor aspecto posible. El Dr. Manfred se dio cuenta de que a causa de su excitación se había llegado a realizar dos pequeños cortes con su navaja que por fortuna para él, apenas se notaban. Con rostro boquiabierto y la vista contraída de asombro, el general Schönfeld no podía apartar su mirada de las iconografías que formaban aquellos textos precolombinos que decoraban inteligentemente aquella puerta labrada en metales preciosos.

—¿Puede traducir lo que pone, profesor?

Manfred se ajustó las gafas y, entrecerrando los ojos, observó con atención cada uno de los detalles de aquel lenguaje iconográfico.

—Es bastante difícil… aunque se parecen mucho a los tipos de texto que he estudiado, esto que estamos viendo es muy anterior. Intentar su traducción sería como traducir al alemán cuando solo se habla chino.

—Pero puede hacerlo ¿no? —inquirió —Es su especialidad, ¡tiene que conseguirlo!

Tras unos minutos observando, minutos en los cuales solo se podía oír los murmullos de los nativos y en los que Hans, particularmente, escuchaba los latidos de su corazón, el viejo profesor terminó y dijo:

—Creo que dice, más o menos: “He aquí, noble viajero, la entrada a la ciudad del Dorado. Ciudad de riqueza y poder para el pueblo elegido por el gran Señor Sol y hogar en el que yacen con eterno sufrimiento los enemigos de sus hijos”.

Ante semejante confirmación el general comenzó a reír de alegría. Sus carcajadas se unieron al júbilo de todos sus hombres.

—¡Por fin lo hemos conseguido! —comentó triunfante.

Viernes, 31 de octubre de 1941:

La noche anterior todos los hombres bebimos como cosacos, no podíamos creer que por fin hubiéramos encontrado la entrada a la mítica ciudad. Debo decir que solo la visión avanzada del Führer fue capaz de concebir la posibilidad de su existencia. Este diario es testigo directo de mi escepticismo, del cual en estos momentos me retracto abiertamente. Después de confirmar nuestro descubrimiento, realizamos el protocolo básico: fotos, recogida de datos, elaboración de informes… y, tras culminar con todo lo que aquello conllevaba, fuimos a celebrarlo alegremente por la noche.

Hoy vamos a abrir esa puerta y yo, personalmente, voy a encabezar esta expedición.

Diario personal de Hans von Schönfeld,

General de las fuerzas de la SS.

Con las botas recién limpias y el cuello de su uniforme bien arreglado, el general se dirigió hacia la entrada acompañado del fiel profesor y un grupo bastante amplio de sus soldados. Frente a esta, el capataz y los nativos observaban desde una distancia relativamente corta.

Hans se dirigió a su compañero.

—Ordénele al Sr. Sebastián que abran la puerta.

Manfred se acercó al capataz y le dijo unas cuantas palabras españolas que el general no entendió. Sin embargo, comprendió que algo no andaba bien. La conversación que estaban teniendo resultaba demasiado larga como para ser una simple aceptación de órdenes. Por no hablar del tono algo agresivo y apresurado que delataba cierta angustia y ansiedad por parte del nativo. Finalmente, el profesor se giró y con un rostro lleno de extrañeza se dirigió al militar.

—Dice que por ahí no va a pasar. Ni él ni ninguno de sus hombres van a abrir esa puerta para entrar en la ciudad.

Schönfeld se quedó extrañado. Casi, diríase, catatónico.

—¿Qué? —inquirió retóricamente. —¿Por qué?

—Al parecer están convencidos de que una magia o hechizo poderoso protege la ciudad del Señor Sol. Dicen que si entramos ahí estaremos condenados.

De nuevo la furia hizo gala en el rostro afilado del general. Las venas comenzaron a marcarse en su frente, las pupilas se estrecharon llenas de ira. Desenfundó su Luger y apuntó directamente al cráneo de Juan Sebastián Reynaldo, que sorprendido y aterrorizado, se había quedado congelado frente al cañón del arma sin poder creerse que aquella situación se estaba dando. Los nativos comenzaron a gritar y el resto de los soldados los apuntaron con sus fusiles. La tensión se notaba como el continuo <<tic-tac>> de una bomba de relojería.

Ilustración de Jordi Ponce

—Escúcheme con atención, profesor Leisser. Dígale a este mono de mierda que tiene exactamente diez segundos para cumplir la orden que le he dado. Diez segundos y, si no obedece, le volaré la tapa de los sesos.

—Señor, esto no es necesario. Piense que…

—¡Dígaselo! —interrumpió Schönfeld.

Lentamente y con muy buena entonación, el austriaco hizo aquello que Hans le había demandado. Conforme le decía una serie de palabras pudo ver como la tez del indígena se iba volviendo poco a poco plateada y como su rostro temblaba de terror. Luego comenzó a hablar rápido, tanto que Manfred apenas podía entender lo que le decía.

—Dice que no puede hacerlo, que por favor le ordene cualquier otra cosa, pero no eso.

—¡Uno! —comenzó el alemán.

Mientras Sebastián temblaba y hablaba con increíble velocidad, el doctor se acercó al lateral del general y le sugirió calma.

—Señor, si le mata podemos tener problemas. Son los únicos que conocen la zona. Si quiere tenemos la posibilidad de ir a la ciudad más cercana y contratar a otros, no es necesario derramar sangre…

—¡Cinco! ¡Seis!…

—…utilice la cabeza, por favor…

—¡Nueve!…

Justo cuando decía este último dígito, el indígena se agachó en el suelo. Llorando y con las manos unidas en señal de oración, fue la primera vez que Hans lo escuchó hablando en alemán.

—¡Por favor, señor! ¡No me mate!

La Luger escupió un sonido sorpendentemente sordo. Su elegante cañón comenzó a exhalar un vapor post mórtem. Durante unos segundos, un agujero bastante pequeñito comenzó a derramar la vida de un hombre. Al morir, apenas tardó un segundo antes de caer como un muñeco de trapo en el suelo, manchando así la bota del general. Una muerte silenciosa para una vida aún más silenciosa.

—Diez —culminó. Posteriormente, se restregó los ojos y se dirigió al académico. —Profesor, le confieso que ya estoy hasta las narices de toda esta mierda supersticiosa. Hemos encontrado nuestro objetivo y, para cavar yo ya tengo a mis hombres, para entender las traducciones, a usted. Así que voy a poner punto y final a toda esta patochada.

Se giró hacia uno de sus capitanes, y señalando a los nativos que temblaban más que nunca, no tuvo reparos en dar aquella orden.

—Matadlos a todos.

Mientras los gritos de soldados y víctimas apenas era ensordecido por la inmensa explosión de la pólvora de sus fusiles, Manfred vio con repugnancia como Hans von Schönfeld limpiaba una salpicadura de sangre de su bota abrillantada en la ropa del cadáver del capataz.

Hoy, más tarde:

Tras retirar los cuerpos de aquellos nativos, conseguimos abrir la puerta y avanzar. Llevamos todo el día recorriendo la ciudad. El ambiente es muy distinto al de las anteriores ruinas. Ahí dentro pudimos ver que los colores antaño vivos permanecen en sus paredes. Figuras que representan ritos brutales y primitivos, máscaras de dioses antiguos y paganos… sin duda, si este no es El Dorado, entonces yo soy Leni Riefenstahl.

Después de un tiempo recogiendo algunas de las antiguas joyas y buscando entre todas las traducciones, encontramos por fin una habitación en la que vemos las figura de la fuente, que los antiguos textos portugueses y españoles describían con total detalle: 

<<Una gran estructura con adornos y joyas del que mana un líquido incoloro e inodoro que trae a aquel que lo bebe los efectos de la eternidad.>>

Encima de éste, pude ver un cuenco parecido al que los textos que había leído previamente el profesor hace tan solo unos pocos días, habían descrito. La figura de una cabeza de serpiente alada.

Sin duda, esta tiene que ser la fuente.

Y yo seré el primer hombre moderno que la probará.

Diario personal de Hans von Schönfeld,

General de las fuerzas de la SS.

Se acercó embelesado por la belleza de aquel recipiente. Tomó el cuenco y notó que este, realizado en madera con un cubrimiento de oro, era, sin duda, la pieza más hermosa que había visto en su vida. Observó la estructura funcional de la fuente y, tras recoger un poco del líquido que descansaba en aquel receptáculo, acercó lentamente el envase a sus labios.

—Señor, —interrumpió repentinamente el Dr. Manfred —Creo que no debería bebérsela.

—¿Por qué debería hacerle caso?

El austriaco comenzó a acercarse a aquel sujeto de espíritu bélico.

—Hay algo que debo mostrarle, algo muy importante que tiene que ver antes de que decida hacer nada.

De repente, a Hans se le ocurrió una idea desagradable. Aquellos movimientos del profesor eran demasiado mesurados. ¿Acaso él quería quitarle la posibilidad de vivir eternamente?

Sin pensárselo dos veces, el general volvió a desenfundar su Luger por segunda vez aquel día y apuntó directamente a su compañero austriaco.

—De eso nada, profesor. Le diré lo que vamos a hacer: primero beberé de este recipiente y comprobaré que todas aquellas leyendas absurdas que usted me contaba eran realmente ciertas. Después, si tengo ganas, iré a observar cualquiera de sus estúpidas ruinas que tanto le apasionan. ¿Ha quedado claro?

Con las manos levantadas, el académico se encogió de hombros y esbozó una temblorosa sonrisa.

—Como usted quiera, señor.

—Perfecto —contestó. 

El líquido fue deslizándose por su garganta y, cuando se lo tomó entero, comenzó a sentir un calor interno que poco a poco crecía. Un vigor que no recordaba poseer formó parte de sus músculos y articulaciones. Ni siquiera durante la época de su instrucción militar académica y siendo uno de los jóvenes más destacados por su portento físico, había sentido toda esa energía emanando de su cuerpo. Sus ojos brillaban puros e incandescentes. Su fuerza, era la de un dios.

—¡Sí! ¡Ya noto como mi cuerpo rejuvenece! ¡Ya noto la eternidad!

De repente, algo empezó a ir mal. La energía se tornó en un fuego interior incapaz de ser asimilado. Todos sus centros de dolor comenzaron a encenderse y con él, el fuego fatuo de su interior. Tal fue la agonía, que soltó la pistola y el cuenco, en donde la cabeza de serpiente alada, comenzó a llorar sangre. 

—¡No!¡es demasiada energía!

Un grito fantasmagórico se hizo eco en la habitación y, junto a él, un haz de luz que estalló en toda la sala, haciendo desaparecer finalmente al general Hans von Schönfeld y tirando al suelo con su onda expansiva al Dr. Manfred Leisser y a los soldados que en aquellos instantes se encontraban cerca.

Un humo sustituyó posteriormente el lugar en donde antes estaba el general, en cuyo suelo quedaban tanto la pistola como el decorativo envase.

El profesor Manfred se colocó bien las gafas y se levantó.

Ilustración de Jordi Ponce

Fecha desconocida:

No sé cuantos días estuve dormido, ni como diablos llegué hasta aquí. Pero en cuanto desperté estaba acostado y desnudo en un lecho de plantas exóticas y frutas. Dos mujeres de una raza eminentemente inferior —aunque igualmente atractivas— estaban acostadas a mi lado. Al despertarse, ninguna de las dos esbozó palabra alguna. Me dediqué a complacerlas como solo un hombre de verdad puede hacerlo. Sin embargo, no estaba tranquilo. Aquella situación, aunque sólo un idiota sería capaz de desaprovecharla, no era para nada normal. Pude notar que la juventud y la energía que conseguí después de beber de aquella maravillosa fuente no había desaparecido. Tras terminar, un viejo chamán vestido con unas ridículas plumas, se acercó a mí y me llevó fuera de aquella habitación. Pude notar que las imágenes de las paredes eran como las ruinas de la ciudad de El Dorado, solo que estas parecían recién pintadas y nuevas. Fui capaz de ver una enorme ciudad construida con una arquitectura tan fantástica como imposible. Todos sus habitantes se giraron hacia mí y se agacharon ante mi figura, por lo que no pude evitar sonreír.

Para estos salvajes soy todo un dios.

Eran ciertas las palabras de Nietzsche, la raza Aria está condenada a dominar al resto de las razas inferiores.

Desde aquí pienso gobernar como todo un visionario. Construiré un imperio que será tan legendario y más absoluto que el del Tercer Reich.

Este es sin duda mi destino.

Diario personal de Hans von Schönfeld,

Emperador y dios.

Manfred leía cada hoja de aquel viejo diario que llevaba siglos cerca de una de las muchas habitaciones del palacio de la antigua Ciudad de El Dorado. Las hojas se hacían pedazos en sus manos, pero aún así, todavía la tinta resultaba del todo legible. Era sin duda la letra del general.

Continuó leyendo con tranquilidad las últimas notas que encontraba en el libro.

Siete días después del suceso:

Han aprendido muy rápidamente el idioma alemán, parece ser que estos seres son lo bastante listos como para poder enseñarles tareas mecánicas como hablar o expresarse. Aún así estoy seguro de que por dentro son tan estúpidos como parecen. Veo tecnología arcaica, magia y supuesta hechicería, pero lo mejor es seguirles plácidamente el juego. El gran chamán me ha dicho que me tienen preparada una sorpresa, una ceremonia en la que yo voy a ser el protagonista absoluto.

Sin duda un gran dios venido del cielo como yo no puede rechazar semejante honor. Espero con ansias el banquete del que tanto me han hablado.

Diario personal de Hans von Schönfeld,

Emperador y dios.

Dejando de leer, el Dr. Leisser negó lentamente con su cabeza y suspiró.

—Estúpido… —dijo.

Observando cada una de las paredes podía ver escenas en las que un grupo de indígenas muy cuidadosamente dibujados en el estilo que caracterizaba a esta cultura, le arrancaban el corazón a una figura alta, rubia y de ojos azules en un gigantesco altar muy decorado. Un altar que ya había visto en la misma habitación llena de sangre seca y en la que se representaba aquellas imágenes. Otras ilustraciones, en las que figuras oscuras comían en un gran banquete partes humanas, precedían a esa brutal ilustración.

Sin duda, representaciones históricas grabadas para ser testigos eternos de aquella liturgia salvaje.

—Sin embargo, no concibo a una persona que pueda merecerse más ese destino  —reflexionó —.Enhorabuena, general Schönfeld. Es usted el conquistador de la Fuente de la Eternidad.

Kokoro

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Rojo casi negro

Rating: +18

Este relato es propiedad de Juan Ramón Lorenzana. La ilustración es propiedad de Rosa García. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Kokoro.

¡Bang, bang! Las balas surcaban el espeso aire del salón pronunciando nombres que solo podían entender los desafortunados receptores del ardiente plomo.

¡Bang, bang! Yo la llamaba Lolita en la intimidad porque era incapaz de decir su nombre de verdad sin que me diera la risa al pensar que imitaba torpemente el canto de un gallo. También porque a ella le gustaba juguetear en la cama como una chiquilla, y a mí, morderle la boca y verla gemir y suspirar.

¡Bang, bang! Era ella. La veía ahí de pie, con una Beretta U22 plateada en cada mano. ¡Joder!, yo soy policía y estaba completamente paralizado, y no era miedo, no; otras veces, muchas veces, había sentido esa sensación mordiéndome el estómago y, sin embargo, había actuado como se esperaba de mí, pero esta vez, ver a Kokoro, mi… digamos, novia, vestida como a mí más me gustaba que se vistiera en nuestros nocturnos encuentros: con la falda de colegiala con cuadros verdes y rojos, una camisa blanca de manga corta, cuyos botones debían de estar cosidos con hilo de bramante para conseguir no salir, ellos también, disparados; los zapatos negros sin cordones y los calcetines blancos con un ribete de cuadrados con los mismos colores de la falda y esas dos coletas, una a cada lado de su angelical carita de luna llena, que yo, a modo de riendas, sujetaba con fuerza y poco acierto para tratar de sosegar un poco  su bravura.

Ilustración de Rosa Garcia

¡Bang, bang! No me podía mover. Tenía mi arma al alcance de la mano pero era incapaz de cogerla; solo podía mirar a Kokoro. Y la miré, y también la escuché, cuando se acercó a mí e introdujo el cañón en mi boca para después decirme con una maliciosa sonrisa: ¿Has visto lo que me obligas a hacer…?”, ¡bang, bang!

Kokoro siempre me pareció rara, y esto no se podía achacar a que fuera oriental porque podría haber sido de cualquier otro sitio y seguiría siendo rara. Kokoro es rara porque no es normal que una chica tan joven y guapa se líe con un viejo policía sobrado de kilos y falto de todo esas cosas que se supone que gustan a las mujeres. Rara porque se acostó conmigo la primera noche que nos conocimos y ya no salió (que yo supiera), ni de día ni de noche, de mi casa. Rara porque, aunque decía que había venido a Sevilla a estudiar Bellas Artes, no la vi jamás coger un libro ni por supuesto ir a las clases de la facultad o visitar los monumentos y museos de la ciudad. Y, sobre todo, era rara porque se pasaba todo el tiempo vegetando, viendo telenovelas, echada en el sofá, hasta que al caer la noche despertaba de su melancólico letargo y, poco a poco, se transformaba… Entonces, todo en aquel pequeño piso de impenitente soltero se transformaba en un caótico frenesí de ruidos, colores y olores: Kokoro estaba cocinando.

Ya he dicho que Kokoro es rara, por eso no es de extrañar que solo fuera vestida con la lividez de su piel mientras hervía en una olla cosas que parecían querer escapar, y machacaba en un mortero pequeñas ramas y hojas que parecía aullar mientras, entre dientes, rezaba o maldecía con palabra extrañas para mí. Nunca la interrumpí mientras realizaba estas tareas porque tampoco la importunaba cuando estaba ovillada en el sofá bajo una gruesa manta; y no lo hacía porque tenía miedo: miedo porque la deseaba, miedo porque quería que desapareciera de mi vida y que nunca se marchara, miedo porque era lo único que merecía la pena de mi existencia y sabía que me estaba matando, miedo porque cada noche era diferente y los días pasaban deseando el momento en el que ella me diera a beber la pócima que con tanto esmero preparaba en mi cocina. Y entonces, era cuando Kokoro era auténticamente rara y totalmente Kokoro.

Kokoro tenía tatuada una pequeña serpiente en el tobillo izquierdo y una pulsera de flores azules engarzadas por sus tallos alrededor de la muñeca derecha. Kokoro me encontraba como cada noche, esta última también, tirado en la cama intentando dormir. Pero ocurrió lo mismo que las otras treinta y tres noches desde que la conocí: se acercaba silenciosa como un gato, me olía como un perro y me lamía como me imagino que debe lamer el néctar de las flores la más hermosa de entre todas las mariposas; después, me ofrecía con sonrisa maliciosa el borboteante brebaje y me decía al oído: ¿Has visto lo que me obligas a hacer para que se te ponga la polla dura?”. Se reía, se reía y… los lirios de sus muñecas cobraban vida y trepaban por sus brazos hasta llegar a su garganta, desde donde tras dar varias vueltas y ganar en grosor, brincaban hasta mi cuello para luego entrar en mí por la boca, nariz y orejas. La víbora negra de su tobillo también abandonaba su reposo y tras mordisquearme los dedos de los pies comenzaba un sinuoso deslizar alrededor de nuestras piernas. Yo ya me había rendido cuando acepté de sus manos el humeante bebedizo que me ofrecía cada noche (Kokoro dominaba mi corazón, mi mente y mi alma), por eso no dije nada cuando la serpiente se introdujo por donde ningún hombre absolutamente heterosexual y educado en el más estricto catolicismo dejaría que nadie le metiera nada de nada.

Las treinta y tres noches que he pasado con Kokoro han sido treinta y tres historias llenas de violencia, de sexo, de amor; historias de oníricas aventuras preñadas de personajes malignos, tiernos, hermosos, despiadados, disparatados; historias donde siempre está Kokoro, donde siempre soy yo.

Las treinta y tres noches que he pasado con Kokoro siempre han comenzado igual, y siempre han terminado igual: Kokoro que se desvanece como el humo de una vela cuando los primeros rayos de sol inundan la habitación. Yo no quiero que se vaya y trato de retenerla, pero estoy demasiado agotado y ella es demasiado tenue, demasiado liviana y suave, y se escabulle de mí para esconderse nuevamente bajo la manta del sofá.

Apenas una docena de horas me separan de otra noche con Kokoro.

Juan Ramón Lorenzana

La vecina

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Terror

Rating: +15

Este relato es propiedad de Jesús Cernuda. La ilustración es propiedad de Paloma Muñoz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La vecina.

Eran las diez de la mañana cuando el doctor Froy, en su pequeño despacho, empezaba a escuchar al que sería su nuevo paciente: un joven que atendía al nombre de Billy y que hacía una semana había ingresado por orden expresa de la policía.

Había sido una semana difícil en la que el joven parecía sumido en una especie de coma; no hablaba con nadie y parecía estar continuamente asustado. Sin embargo, aquella mañana cuando Froy había ido a verle, por primera vez desde que había llegado al hospital, Billy le miró a los ojos, se abalanzó a la puerta de su improvisada celda y le gritó:

— Tiene que creerme doctor Froy, yo no los maté.

Como aquel chico podía conocer el nombre del doctor era una incógnita, ya que era la primera vez que se veían y Froy ni siquiera llevaba puesto su distintivo. Eso hizo que sin pensárselo dos veces, les pidiera a los enfermeros que lo llevaran a su despacho lo antes posible. Nadie sabía por qué, pero Billy parecía dispuesto a romper su silencio.

La luz del sol entraba por la ventana marcando más aún el pálido rostro de Billy. Tenía la cara de una persona que realmente está diciendo la verdad y esa expresión que solo el miedo puede dejar grabado. Cerró los ojos como buscando en su mente el preciso instante en que comenzó todo y, de forma pausada, empezó a hablar con la mirada fija en una figurita de mármol que adornaba la mesa del despacho.

 — — — — — — — — — — — — — —

“Hoy hace justo tres semanas que la vi por primera vez. Mis padres y yo vivíamos en una pequeña casa al lado del lago, rodeados por un bosque y, hasta aquel día, nuestra única compañía era una vieja cabaña al otro lado del lago que hacía ya muchos años que estaba deshabitada.

Recuerdo que aquel lunes me pareció ver movimiento en aquella vieja cabaña. Sin embargo no había visto ningún coche acercarse, ni nada que me indicara que teníamos vecinos nuevos. Se lo dije a mis padres pero ellos no habían visto ni oído nada raro. Supongo que tampoco me extrañó, ellos siempre estaban ocupados con su trabajo. Digamos que, la mayoría de los días, era como si viviera yo solo en la casa.

No quiero que piense que soy de esas personas que va por la vida espiando a los demás, pero por algún motivo, sentía curiosidad, así que agarré a Sultán, mi perro, un pastor alemán que hasta entonces creía el más fiero del mundo, y fui dando un paseo por el bosque hasta acercarme a la cabaña sin que nadie pudiera haberme visto.

He de reconocer que aquel sitio daba bastante miedo y eso que muchas veces, de niño, había pasado horas jugando en sus jardines. Ahora no era más que una vieja cabaña que el paso del tiempo había dejado en muy malas condiciones.

Llevaba alrededor de diez minutos jugando con Sultán en las inmediaciones de la cabaña y todo parecía indicar que mis padres tenían razón. No se apreciaba nada que me hiciera pensar que alguien podría estar viviendo allí.

Y fue justo en el momento en que decidí irme cuando Sultán se puso más nervioso de lo habitual. Daba saltitos mientras ladraba como si quisiera irse de ese lugar. De pronto, y aunque el cielo estaba totalmente despejado, una especie de trueno resonó en el cielo haciendo que Sultán saliera corriendo en dirección a casa.

Quise salir tras él, pero un ruido llamó mi atención y me di la vuelta. Toda mi sangre se heló al darme cuenta que una joven de largo cabello oscuro, me observaba a través de una de las ventanas. Reculé asustado y caí al suelo. Cuando me levanté y dirigí la mirada a la casa… nada, en aquella ventana parecía no haber nadie. Salí corriendo en busca de Sultán, que desde el interior del bosque ladraba asustado.”

El doctor interrumpió a Billy:

— Supongo que esa es la chica misteriosa que mencionaste a la policía cuando te arres… cuando te encontraron.

Froy quiso evitar la palabra arrestaron, por miedo a que eso pudiera alterar a Billy.

— Tú lo has dicho.

Dijo Billy levantando la vista y mirando a los ojos a Froy.

— Pero eso fue solo el principio…

“Cuando llegué a casa Sultán ya estaba en la puerta esperando. Miraba hacia el interior y daba vueltas sobre sí mismo, del mismo modo que hacía cuando alguien venía a visitarnos.

Entré en casa y pude escuchar que mi madre estaba hablando con alguien en el salón.

— Hombre hijo, menos mal que has venido a presentarte.

No podía creer lo que estaba viendo, sentada en el salón, con una taza de café en la mano, estaba la misma chica que había visto antes en la ventana de la vieja cabaña.

— Al final tenías razón— dijo mi madre –Esta es Linda y ha venido a pasar dos semanas al lago, a la vieja cabaña.

No sé el tiempo que estuvo en casa, para mí parecía haberse detenido en la imagen de aquella chica, que pocos minutos antes me miraba desde la ventana.

Recuerdo que durante ese tiempo no vi nada especial en ella, sin embargo, cuando se fue, pasó algo que me hizo cambiar de opinión.

Puede ver mientras se alejaba, como se daba la vuelta, me miraba fijamente y hacía un gesto con su brazo para después agacharse y escribir algo en el suelo. Justo después, cogió un puñado de tierra y lo lanzó hacia donde yo estaba.

En ese momento sentí que tenía ante mí a la mujer más hermosa que había visto jamás. Sus enormes ojos verdes y su bonita sonrisa me enamoraron de repente, algo que hasta entonces nunca me había pasado ni pensaba que me pudiera pasar jamás.

Me recordaba a toda esa gente que dice que existen los flechazos, pero en mi interior yo solo pensaba en una cosa: parecía cosa de brujería.”

Billy se quedó en completo silencio, se levantó de la silla y se despidió del doctor:

— Mañana seguiremos hablando, si usted quiere.

Y se fue guiñándole un ojo. Froy ni siquiera tuvo oportunidad de decir nada, solo pudo ver como el chico se marchaba.

Aquella mañana tenía algo de tiempo, así que decidió leer el informe de la policía para ver si podía averiguar más sobre Billy. Empezó a ojearlo sin apenas creer lo que estaba viendo.

Costaba incluso detenerse en las fotos del fatídico día. Froy no entendía como un joven de tan solo veinte años podía haber cometido aquellos crímenes tan atroces.

En las fotos se podían ver los restos de lo que parecían los padres de Billy. Estaba todo lleno de sangre y escrito en un rojo brillante, que parecía ser esa sangre, un extraño dibujo en una de las paredes, con la palabra “ella” escrita debajo.

Según el informe, había sido el propio Billy quien había llamado a la policía para informar de los crímenes, repitiendo una y otra vez que había sido su nueva vecina quien los había cometido.

Al final del informe, una nota escrita por el primer policía que había llegado a la casa:

“Asusta la frialdad del sospechoso ante el asesinato de sus padres.”

Y en un papel que parecía haberse añadido después, dejaban claro que la supuesta vecina no existía. La vieja cabaña del lago seguía tan vacía como los últimos ochenta años.

A la mañana siguiente, cuando Froy llegó a su despacho, Billy ya estaba esperándole rodeado de los dos policías que no le dejaban ni un momento solo.

— Buenos días Billy, veo que has madrugado hoy.

— Dicen que al que madruga Dios le ayuda.

Y soltó una carcajada mientras seguía al doctor por el despacho para sentarse de nuevo en la silla.

— Espero que al menos usted si me crea.

Dijo antes de empezar de nuevo con la historia que le había llevado a estar allí detenido.

“Como ya le dije ayer, aquella chica que se hacía llamar Linda, hizo con solo mirarme que me enamorara de ella.

Sé que es difícil de creer ya que en las siguientes dos semanas tan solo conseguí verla una vez más. Yo mismo no me lo creería si no lo hubiera vivido.

La misma noche en la que la conocí, empecé a tener unos sueños extraños, en los que ella se aparecía con formas de diferentes animales, llamándome sin decir nada, como si tuviera telepatía.

Al principio no le di importancia, hasta que me di cuenta, que fue desde aquel día cuando empecé a encontrarme mal. Casi no comía y los sueños eran ya pesadillas que apenas me dejaban dormir. En ellos, Linda se colaba en mi casa y hacía algo que parecían extraños rituales alrededor de la cama de mis padres, mientras yo asistía a ellos sin decir nada. Incluso, en uno de aquellos sueños, pude ver como los atacaba y los mataba en mi presencia, para después seducirme y hacerme el amor al lado de sus cuerpos.

Empecé a creer que me estaba volviendo loco. No podía dejar de pensar en ella y sufría terribles dolores de cabeza que me hacían estar enfadado con todo el mundo. Recuerdo que incluso en una discusión con mi madre, le grité deseándole que se muriera.

Ojala nunca lo hubiera hecho, tal vez ahora ella y mi padre estarían vivos.

A la semana de aquello, me di cuenta que me habían salido unas manchas rojizas por el cuerpo. Me asusté, pero no quería ir al médico. Busqué por Internet y acabé encontrando algún caso muy parecido al mío.

Gente con dolores de cabeza, extraños sueños y manchas por el cuerpo, que decían estar sufriendo algún tipo de trabajo de brujería. No quería admitirlo, pero eso mismo ya lo había pensado yo el día que conocí a Linda.

Ilustración de Paloma Muñoz

Busqué todo tipo de cosas relacionadas con el tema y fue entonces cuando encontré un libro. Al parecer era de los más conocidos y antiguos sobre el tema, se titulaba Malleus Maleficarum, pero se le conocía como El martillo de las brujas.

No encontré nada que realmente me asegurara que estaba siendo objeto de brujería o algo parecido. Pero sí un dibujo antiguo que me impactó bastante, en el que hablaban de una antigua bruja muy poderosa que se llamaba Linda. Al parecer, hacía ya varios siglos, aquella muchacha había matado a los padres de su novio por negarse a su relación. Después la habían acusado de ser una bruja y la habían quemado delante de todo el pueblo. Quedé impresionado al ver a mi vecina reflejada en aquel dibujo.”

Froy cortó al muchacho al escucharle decir eso.

— Un momento, dices que viste a Linda en un viejo libro de brujería. ¿No dijo nada la policía al respecto?

— La policía… nadie me cree, dicen que lo he imaginado todo. Por eso espero que usted sí lo haga.

El doctor no dijo nada, estaba acostumbrado a tratar con pacientes que decían ver cosas. Incluso, en una ocasión, uno le dijo que el mismísimo Jesucristo se le había aparecido pidiéndole que se suicidara, aunque, por suerte, no lo había conseguido. Si algo sabía Froy es que la mente humana puede ser capaz de muchas cosas. Como siempre le decía su hijo: “no le des más vueltas papá, simplemente están locos”. Ojala fuera todo tan fácil.

Habían pasado casi dos semanas cuando me decidí a volver a la cabaña del lago, tenía que encontrar a Linda para poder hablar con ella. No soportaba más los dolores de cabeza que estaba seguro que eran cosa suya.

La cabaña parecía vacía. Conseguí colarme por una de las ventanas, pero no pude ver nada. Estaba todo medio en ruinas.

Al asomarme a la misma ventana desde la que Linda me había mirado el primer día, me di cuenta que se podía distinguir mi casa al otro lado del lago. Y, lo peor de todo, a Linda mirando hacia mí, justo antes de entrar en mi casa.

Me fui corriendo pensando en un principio que quizá había ido a ver a mis padres para despedirse, ya que había dicho que estaría en el lago solo dos semanas.

Cuando llegué, la puerta estaba abierta. Me extrañó no ver a Sultán por ninguna parte, así que entre despacio. Estaba todo en silencio y una especie de olor a incienso cubría toda la casa.

Sin saber por qué, me dirigí directamente hacia la habitación de mis padres y justo desde el pasillo pude ver a Linda que me decía entrando en su cuarto:

— Ellos tienen la culpa.

Me acerqué despacio, con miedo. Y pude ver el cuerpo de mis padres entre toda aquella sangre. El último recuerdo que tengo es que llamé a la policía y una semana después, desperté aquí.

— Un momento, ¿y Linda?

— Linda no estaba, supongo que saltó por la ventana. Sigo soñando con ella pero no la he vuelto a ver.”

Billy sonrió y miró al doctor.

— Espero que usted me crea y pueda ayudarme.

En ese momento, Froy notó esa frialdad de la que hablaba el informe. Se podría decir que incluso sintió miedo.

— No te preocupes, todo se solucionará.

A la mañana siguiente, Froy estaba deseando volver a hablar con Billy, pero cuál fue su sorpresa cuando le dijeron que de nuevo el muchacho parecía haber entrado en una especie de coma. Se había pasado toda la noche cara a la pared sin hablar con nadie.

Froy no estaba dispuesto a dejarlo así, con lo que fue a hablar con la policía. Lo único que pudieron decirle es que en la habitación del muchacho habían encontrado todo tipo de libros sobre brujería y hechizos. E incluso un diario en el que se quejaba del trato de sus padres, que estaba cansado de ellos y que algún día lo pagarían caro.

— No hay mucho más que estudiar sobre el caso— le dijo el policía. — ese muchacho está como una cabra.

— Puede que tenga razón. Solo una cosa más. Me comentó algo sobre un libro, El martillo de las brujas o algo así.

— ¡Ah, sí! No lo encontramos por ningún lado. Aunque si sabemos que existe realmente. Está claro que Billy estaba obsesionado con esos temas.

Aunque todo parecía indicar que realmente Billy estaba enfermo. El doctor sentía cierta curiosidad. Antes de volver al hospital, pasó por la biblioteca y empezó a buscar en una zona donde había libros sobre brujería.

Ya estaba a punto de irse cuando encontró un viejo libro en el fondo de una de las estanterías. Era como si aquel libro le hubiera llamado para que lo encontrara.

Entre sus manos tenía el libro al que había hecho referencia Billy, Malleus Maleficarum.

Lo primero que vio, fue el mismo dibujo que había visto escrito con sangre en la foto de la habitación donde los padres del muchacho habían sido asesinados.

Estaba claro que era de ese libro de donde había sacado todo. Cerró el libro con la idea de que no había nada más que hacer. Pero al intentar devolverlo a su sitio, se le escurrió y cayó al suelo.

Al recogerlo, se dio cuenta que se había abierto por una página que hablaba de una bruja tan poderosa que podía volver de entre los muertos para llevarse a los vivos. Y su nombre no era otro que Linda.

Froy respiró hondo, paso la página y ante sus ojos vio el dibujo de la supuesta bruja. Se dio cuenta enseguida que era igual que la descripción que Billy había hecho de su vecina.

No podía ser. Froy no creía en esas cosas. La única explicación posible, era que Billy hubiera visto también aquel dibujo y se lo hubiera inventado todo.

De pronto, alguien golpeó en la espalda del doctor. Se dio la vuelta con el libro entre las manos y la vio…

— ¡¡¡TÚ¡¡¡ ¿cómo es posible?

———————–

Diez minutos tardó la policía en llegar, alertados por la bibliotecaria, que asustada les había llamado diciendo que había un cadáver en la biblioteca.

Froy se encontraba en el suelo, con los ojos abiertos como si lo último que hubiera visto fuera un fantasma.

Según la autopsia, había tenido un infarto. Todos sabían que hacía años que sufría del corazón.

— Seguro que quería buscar algo relacionado con ese paciente suyo que mató a sus padres.

Dijo uno de los policías al reconocer al doctor, que poco antes había estado en comisaría.

Nunca nadie pudo encontrar ese libro que les mostraría toda la verdad de lo que había pasado, si es que realmente había ocurrido… Y Billy nunca volvió a hablar. Tan solo era un loco más, como decía el hijo de Froy.

Hay quienes cuentan en el pueblo, que han visto en alguna ocasión a una joven morena merodeando por el hospital, como si buscara a alguien. Quién sabe si Billy no está tan loco. Pero eso, es otra historia.

Jesús Cernuda.

Resurrección

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Terror

Rating: +18

Este relato es propiedad de Roberto del Sol. Las ilustraciones son propiedad de Sonia del Sol. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Resurrección.

En un último y desesperado intento por liberar a la mujer del abrazo mortal del zombi, Lohmú saltó sobre la espalda del monstruo y tiró de su cabeza hacia atrás con todas las fuerzas que fue capaz de reunir. A primera vista, Lohmú no parecía más que un viejo deforme que se movía con dificultad y arrastraba una pierna debido a una tara de nacimiento, pero la realidad era que aquel cuerpo torpe en apariencia escondía una musculatura de fuerza sobrehumana y que la naturaleza, para equilibrar un poco más la balanza, también le había dotado de un organismo incapaz de sentir dolor. Lohmú hubiese podido destrozar a cualquier hombre en un combate cuerpo a cuerpo, pero nunca había tenido la más mínima posibilidad en aquella lucha desigual. No había fuerza en el mundo que pudiese rivalizar con el hambre de la criatura. La pelea apenas duró un instante, justo el tiempo que el zombi tardó en sacudírselo de encima. A partir de ese momento, el jorobado quedó a su merced. Aplastado contra la tarima por aquella fuerza sobrenatural, sentía con impotencia cómo la bestia desgarraba su carne y podía oír los chasquidos de los huesos al desencajarse. Ya no le quedaba más que esperar el fin. Sin dolor no habría agonía, y el daño apagaría su cuerpo poco a poco, hasta que la bestia llegase a un órgano vital. Hasta entonces sería el testigo mudo de su desmembramiento, como cuando alcanzó a ver sobre el suelo, y sin ningún tipo de emoción, la pequeña y sanguinolenta esfera que antes había sido su ojo derecho.

Ella, que había sido la dueña de un poder sin igual y había llegado a pactar con el mismísimo rey de los demonios, yacía solo a unos pasos de distancia, con el cuerpo roto y la cara cubierta por su melena roja como el fuego. Enormes manchas de color escarlata manchaban la piel de su espalda, desgarrada allí donde el monstruo había clavado los dientes. Lohmú rogó a los antiguos dioses a los que tan bien había servido que fuesen misericordiosos y permitiesen que esa fuese la última imagen que pudiese llevarse en su último viaje al infierno. Pero entonces, cuando todo parecía perdido, el monstruo perdió el interés en ellos.

De repente la criatura elevó la cabeza como si hubiese podido escuchar una invisible nota musical, como si la brisa del pantano hubiese susurrado su nombre. El muerto viviente caminó con determinación hacia a la ventana y comenzó a arrancar con violencia las maderas de la pared. Lo siguiente que Lohmú alcanzó a oír fue el sonido de un cuerpo al arrojarse al agua. Entonces el jorobado se arrastró hasta el cuerpo de la mujer y tocó la suave piel del cuello con sus dedos encallecidos. Todavía estaba caliente. Aún podía salvarla.

Lohmú se levantó con dificultad y evaluó los daños que había sufrido. Lo que peor aspecto presentaba era el brazo izquierdo, que colgaba inerte al costado, pero por lo menos no parecía que estuviese roto. El resto de las heridas eran más o menos profundas y le hacían perder bastante sangre, pero eso no lo mataría. Por lo menos no de momento. Así que buscó un apoyo entre los escasos muebles donde poder encajar el brazo y, con un certero y rápido movimiento, lo volvió de nuevo a su sitio. Solo se demoró un instante para abrir y cerrar la mano y comprobar que de nuevo funcionaba como debiera. Tenía que darse prisa, no había tiempo que perder.

Barrió con la mano todo lo que había sobre la mesa y arrojó frascos y redomas al suelo sin importarle lo valioso que pudiese ser el contenido. Ninguno de aquellos compuestos que se mezclaban y se filtraban entre las maderas del suelo y que acabarían cayendo a las pútridas aguas del pantano le servían por ahora. Lohmú tomó a la mujer y la depositó con delicadeza sobre la mesa. Por un instante contempló aquel hermoso cuerpo desnudo sin bajar avergonzado la vista, como cuando ella reparaba en su mirada. Con mucho cuidado para no tocar las profundas heridas que habían acabado con su vida, recorrió su piel tibia desde los tobillos hasta el cuello y apartó con devoción el pelo enmarañado y tieso por la sangre seca para dejar a la vista unos ojos negros como la pez. Nunca habría osado tocar a la mujer en vida, solo ahora que estaba muerta se atrevía a expresar todo el amor que sentía por ella.

Ilustración de Sonia del Sol

Algo lo despertó de su ensueño e hizo que apartase rápidamente la mano de la mujer. Le parecía haber oído a alguien susurrar. Miró a su alrededor. ¿Había sombras que intentaban alcanzarlo, o era solo el temblor de la luz de las velas? Aquel cuerpo podía estar muerto, pero estaba seguro de que su espíritu aún no se había ido. Podía sentir su presencia vagando por el pantano. Si todo salía bien, ella seguramente lo castigaría por haber osado tocarla, pero no le importaba. Siempre lo castigaba.

Tomó un libro del estante y lo hojeó en busca de un pasaje concreto. Lohmú era consciente del peligro que corría al intentar invocar aquellas fuerzas demoníacas, pero estaba desesperado y eso le impedía tener miedo. No tenía nada que perder. Su alma, si es que había llegado a tenerla alguna vez, hacía mucho tiempo que estaba condenada. Y la vida ya no le pertenecía. No desde que ella lo había liberado de la soga la noche en la que lo habían dejado por muerto, colgando de un roble en un cruce de caminos. Desde aquel momento él le había prometido obediencia para siempre, y no pensaba faltar a su palabra le costase lo que le costase.

Sabía que no poseía el don y que su cerebro simple y primitivo era incapaz de comprender cosas complejas, como los misteriosos conjuros que ella manejaba con soltura, pero la había visto traer a tantos hombres de regreso de la muerte que conocía las palabras casi de memoria. Si solo se trataba de eso, si las palabras por sí solas tenían el poder, todavía tenía una oportunidad.

Colocó el libro allí donde pudiese consultarlo y comenzó a recitar el salmo de la protección. Después tomó la arcilla ceremonial y empezó a cubrir el hermoso cuerpo de la mujer con los signos que alguien había dibujado en aquellas páginas hacía más de doscientos años. Cuando terminó, se arrodilló y comenzó a canturrear mientras se mecía levemente adelante y atrás.

Según ella, las fuerzas sobrenaturales fluían por el mundo como las aguas de un río y no todos podían verlas, pero había personas especiales que habían nacido con el don de poder manejarlas a su antojo. A Lohmú no le cabía duda alguna de que la mujer que reposaba sobre aquella mesa era una de ellas. La mujer también le había dicho que había lugares mágicos en los que esas fuerzas se manifestaban con más intensidad, portales en los que la frontera entre este mundo y el infierno era más frágil. Por eso se habían establecido en aquella vieja cabaña, en el corazón del pantano. Lohmú estaba seguro de que oirían sus plegarias, y había demonios ancestrales que les debían favores, criaturas innombrables que no los dejarían abandonados a su suerte.

En el pantano, el calor húmedo y pegajoso era algo tan natural e inevitable como la muerte. Por eso Lohmú se sorprendió cuando comenzó a sentir frío. Pero no dejó de cantar ni cuando una brisa helada como la mano de la muerte apagó las velas y dejó la habitación iluminada únicamente por la luz de la luna, que se filtraba entre las maderas de la techumbre. Casi al instante comenzó a escuchar susurros que acompañaban su cántico. Ya no estaba solo. Sombras más oscuras que la noche rodearon el cuerpo roto de la mujer y dibujaron siluetas de pesadilla en las paredes de la cabaña. Lohmú cerró los ojos y empezó a cantar con más fervor. En aquel momento juró que no se detendría hasta que ella lo llamase de nuevo por su nombre.

El rugido de un trueno todavía lejano lo sacó de su éxtasis y lo devolvió al mundo real, y abrió los ojos solo para comprobar que una luminosidad sobrenatural bañaba el cuarto. No era consciente de haberse dormido y sin embargo le daba la impresión de haber vivido una pesadilla tan nítida que todavía tenía la piel perlada por el sudor del miedo. Estaba confundido, lo mismo podría haber pasado un suspiro que toda una eternidad. El cuerpo de la mujer ya no reposaba sobre la mesa, sino que flotaba un palmo por encima de ella, con los brazos colgando a los costados, como si algo o alguien que no alcanzaba a ver la estuviese sosteniendo en el aire. Una enorme criatura sin forma definida que parecía haber salido del más profundo pozo del infierno recorría con cientos de tentáculos su cuerpo y ella parecía responder a los estímulos. Lohmú se asustó cuando reparó en que un líquido oscuro y denso como la sangre salía de las heridas y se derramaba sobre la mesa, pero se tranquilizó cuando se dio cuenta de que no era más que una ilusión óptica, en realidad era la savia del pantano la que nutría el cuerpo de ella mientras cerraba las heridas abiertas.

Ilustración de Sonia del Sol

Y de repente todo terminó.

Un suspiro sobrenatural hizo que la cabaña temblase. Lohmú vio cómo aquellas fuerzas invisibles volvían a depositar con delicadeza el cuerpo de la mujer sobre la mesa y la criatura infernal que se retiraba deslizándose con pereza sobre el suelo de madera hacia la seguridad de las aguas del pantano.

Algo había salido mal. No cabía duda de que el vínculo se había roto, pero era imposible que todo acabase tan rápido. Todavía se estaba preguntando en qué había fallado cuando oyó los primeros gritos.

¡Sal de tu guarida, bruja! ¡Esta vez has llegado demasiado lejos!

Lohmú se asomó a la destrozada ventana para ver con asombro que la orilla del pantano estaba iluminada por un río de antorchas que se acercaba a la cabaña. Una veintena de hombres del pueblo gritaban enardecidos con el valor de la multitud y quizás también animados por el calor del alcohol. Algo muy grave tenía que haber sucedido para que se atreviesen a llegar hasta aquellos parajes en plena noche.

Ilustración de Sonia del Sol

El sheriff Gordon encabezaba la comitiva y parecía que le estaba costando mucho trabajo mantener a aquellos hombres bajo control.

¡Esta noche una criatura que no estaba ni viva ni muerta acabó con la familia Monatrie! —gritó por encima de las voces de la multitud—, y otros cinco buenos hombres cayeron antes de que pudiésemos detenerlo. Queremos saber qué es esto y si habéis tenido algo que ver con ello.

Y el hombre de la ley levantó una cabeza que mantenía sujeta por la cabellera para que todos pudiesen verla. No había duda, se trataba del zombi que esa misma noche ella había traído de vuelta de la muerte.

¡Marchaos de aquí! —La voz de Lohmú salió de entre las sombras de la cabaña—. ¡Ella está a punto de regresar y os matará a todos! ¡Si os vais ahora, puede que todavía salvéis vuestra vida y la de vuestras familias!

Lohmú había mencionado a propósito a los que habían dejado en casa. El alcohol podía hacer que uno arriesgase la vida por una causa que considerase justa, pero era algo muy diferente poner en peligro a los seres que amaban. Un murmullo de temor recorrió las filas de los hombres, que retrocedieron unos pasos pero, cuando el miedo a la venganza de la bruja parecía que comenzaba a hacer mella en el ánimo de la gente, el sonido seco de un disparo hizo que todos se encogiesen.

La bala arrancó un trozo de astilla de la ventana.

¡Alto! ¿Quién ha disparado? —preguntó el sheriff—. Las cosas han de hacerse de acuerdo a la ley. No somos bestias. Todo el mundo tiene derecho a un juicio justo.

Un hombre alto que llevaba un rifle apartó a los hombres que estaban en primera fila y se enfrentó al sheriff.

Tú viste lo que quedó de aquellos chicos. ¿Qué habrías hecho si se tratase de tu Luci, Gordon? Esta noche tendremos justicia, lo quieras tú o no, así que puedes echar una mano o mirar hacia otra parte, pero no te metas en medio.

Parecía evidente que aquel hombre había asumido el papel de líder de la manada. El rugido de la gente dejó al sheriff con la boca abierta y sin respuesta. Esa noche la estrella que colgaba en su pecho no le daría la autoridad que necesitaba para detenerlos.

Dentro de la cabaña, Lohmú apretó los dientes en un gesto de rabia e impotencia. Eran demasiados. No solo habían roto el pacto, sino que además habían interrumpido el ritual sin que estuviese acabado. Presa de la desesperación, cogió el cuerpo inerte con sus fuertes brazos y salió con ella al hombro por una trampilla que daba a la parte de atrás de la cabaña. Con un poco de suerte, el agua oscura que le llegaba por las rodillas confundiría a los sabuesos si se atrevían a perseguirlo.

Mientras tanto, la tormenta crecía en intensidad a medida que avanzaba sobre el corazón del pantano. Los relámpagos rasgaban la noche con mayor frecuencia y el ruido de los truenos ahogaba cualquier otro. El viento agitaba las ramas de los árboles como si un titiritero loco tirase de las cuerdas. Las más secas se desgajaban del tronco y se convertían en peligrosos proyectiles difíciles de esquivar. El sheriff hizo un último intento por controlar a aquellos hombres, pero era incapaz de hacerse oír por encima del creciente estruendo de la tormenta. Algunos habían emprendido el camino de vuelta, quizás convencidos de que las cosas no podían hacerse de ese modo, quizás asustados por lo que pudiera suceder a sus familias o avergonzados por lo que creían que estaba a punto de ocurrir. Pero uno de los más atrevidos, quizás temeroso de que los ánimos de la gente se enfriasen y todo se quedase solo en un aviso, arrojó una antorcha que nada más tocar el tejado de la cabaña convirtió la construcción en una bola de fuego.

Cuando Lohmú echó la vista atrás, la cabaña no era más que una pira de fuego que crepitaba e iluminaba el paraje con una luz infernal. Enormes y grotescas sombras jugaban al escondite entre los árboles del manglar. Los hombres que se habían quedado lanzaban enfervorecidos vítores con los que festejaban el final del reinado de terror de la bruja. Estaban sedientos de venganza y no se detendrían ante nadie. De repente los perros comenzaron a ladrar y a tirar de las correas de una forma salvaje.

«Huelen mi sangre», pensó el jorobado.

Todavía les llevaba una importante ventaja y nadie conocía aquellas aguas mejor que él, y quizás no tardasen en perder su rastro o los hombres no se atreviesen a internarse en el pantano sin la seguridad de la luz del día, pero no podía confiarse.

La tormenta estaba casi encima de ellos y las primeras gotas gruesas rompieron la superficie del pantano.

A la luz intermitente de los relámpagos, Lohmú alcanzó el árbol milenario que crecía deforme en el corazón de la ciénaga y lo rodeó para buscar la entrada escondida entre las retorcidas ramas. Protegido en la oscuridad del escondite, dejó a la mujer con delicadeza sobre una especie de altar natural y se dispuso a rezar a demonios más antiguos que la humanidad. Solo pedía un poco más de tiempo para ella, para que pudiese completar el ritual. Pero sus esperanzas se desvanecieron cuando, tras el fragor de un trueno, pudo oír con claridad la voz de un hombre:

¡Salid de vuestro escondite, monstruos! Ni siquiera esta mierda de tormenta va a impedir que os demos vuestro merecido. Es hora de que paguéis por vuestros pecados.

Se acabó. Era el fin. El cualquier otro momento se hubiese enfrentado a ellos y hasta hubiese podido salir victorioso, pero no esa noche. Aunque las heridas no le dolían, había perdido demasiada sangre y eso le había robado todas las fuerzas. ¡Qué podía importar la forma de morir! Todo estaba perdido. Tomó por última vez la mano de la mujer entre las suyas y se levantó para hacer frente a su destino.

Cuando Lohmú salió del escondite, una cortina de lluvia lo empapó por completo. Podía imaginar lo que representaba para aquellos hombres, pues su sola presencia, aún herido, era suficiente para que casi todos retrocediesen unos pasos. Pero eran demasiados. El viento soplaba y agitaba la superficie del pantano y los bañaba a todos en agua putrefacta hasta la cintura.

Los perros entrenados para matar tiraban de las correas con sed de sangre. De su sangre. Lohmú vio a cámara lenta cómo el hombre reía de forma demencial mientras abría la mano que sujetaba las correas y permitía que las tres bestias se abalanzasen sobre él. También pudo ver su cara de sorpresa ante lo que sucedió después. La tormenta había crecido en intensidad, pero ya no los alcanzaba. Era como si estuviesen protegidos por una burbuja que la tempestad no podía atravesar. Los perros frenaron su alocada carrera a escasos metros de donde se encontraba el jorobado y regresaron a toda prisa para esconderse entre las piernas de su amo, aullando y gimiendo de terror. Los mismos hombres que un instante antes se habían mostrado tan valientes comenzaron a retroceder. Sus caras de pavor lo decían todo.

Lohmú se volvió y lo que vio hizo que se arrodillase en aquellas aguas cenagosas. Una niña caminaba lentamente hacia ellos sobre el agua. Apenas podía ver sus rasgos, porque detrás de ella los relámpagos solo recortaban la silueta, pero no podría olvidar jamás el fuego infernal que iluminaba sus ojos.

Ilustración de Sonia del Sol

¡Ama Mohana! —gritó al tiempo que bajaba la mirada en señal de obediencia.

Aparta, fiel Lohmú. Deja que estos hombres y sus bestias puedan acercarse a mí. Quiero escuchar sus exigencias.

El agua cenagosa borboteaba a su alrededor, y Lohmú pudo ver el lomo de las bestias infernales cortando el agua rápidamente en dirección a los aterrorizados hombres.

Ninguna de las personas que componían aquella partida de caza volvió a sus casas. Aunque, de haber podido hacerlo, tampoco hubiesen salvado la vida. La tempestad que azotó el pantano con una violencia que nadie recordaba en siglos, pronto se convirtió en un huracán que se tragó varios pueblos de los alrededores. Cientos de hombres, mujeres y niños perecieron aquella noche y nunca se pudo recuperar sus cuerpos. Los viejos dicen que la bruja se los llevó, que visitó cada una de las casas para robar sus almas y enterrar sus cuerpos aún con vida en el pantano. Y que los hará regresar de la muerte cuando el oscuro demonio al que sirve los necesite.

Martin Wormwood guardó silencio durante un instante para que la historia que acababa de contar calase hasta los huesos de aquellos jóvenes como una ducha de agua fría.

Y eso es todo lo que mi padre me contó sobre la leyenda de la bruja, muchachos.

El anciano envolvió con parsimonia la caja de cebo vivo en papel de periódico amarillento y colocó el paquete en la bolsa de papel, junto al resto de las compras. No tenía prisa, porque por aquellas tierras nadie la tenía. Cuando uno se adentraba en el condado de Ponniegough, tenía que olvidarse del reloj, esa era la primera norma.

Los había dejado impresionados. No había más que mirar sus caras. Llevaba sesenta años contando una historia que conocía mejor que la suya propia, y ponía tal pasión al hacerlo que pocos de los que salían de la pequeña tienda se tomaban el asunto a broma. Algunos incluso llegaban a cancelar la excursión por el pantano para volver a la seguridad de sus casas en la ciudad. Pero aquellos chicos eran diferentes. Podía ver el veneno de la adicción al peligro en sus miradas. A aquellos lobos de ciudad, con sus enormes y brillantes todoterrenos y sus caros relojes, les encantaba presumir de quién la tenía más larga. Martin sabía que, cuando acabasen con la mitad de la provisión de cervezas que habían comprado y fumasen un poco de aquello a lo que olían, necesitarían emociones más fuertes que los siluros que decían que habían venido a pescar. Les dijese lo que les dijese.

Por si todavía os queda alguna duda, chicos, nadie ha vuelto a ver a la bruja después de aquella noche y, si hablas con alguno de los lugareños que volvieron a establecerse en el pantano atraídos por la abundancia de langostas, se reirán en tu cara si les mencionas lo de la leyenda, pero ninguno se ofrecerá a llevarte hasta el corazón del pantano, donde las aguas cambian de color y se vuelven más oscuras. Todos se encogerán de hombros mientras te dicen que allí no se les ha perdido nada.

Pero todas esas personas perdidas… —dijo el que parecía más preocupado mientras el resto se burlaba de su gesto serio.

Sí, es cierto, hay bastantes desaparecidos. Pero si tenéis la oportunidad de preguntar al sheriff por esos casos, se limitará a contar la versión oficial y te dirá que ese porcentaje no es mayor que el de cualquier otro estado y que es difícil hacer de ángel de la guarda de todos los tontos que se acercan hasta el pantano atraídos por esa absurda leyenda. También te dirá que aquellas aguas son realmente peligrosas y que hace falta conocerlas muy bien para poder moverse por ellas por la noche. Y si lo invitas a un trago en el local de Mou, puede que incluso te cuente lo que él piensa, que a veces, los curiosos se encuentran por casualidad con los alambiques de los lugareños, y que a los de allí no les gusta que nadie se meta en sus asuntos. Pero nunca te contará lo que mi amigo de la infancia, el viejo Virgil Hankock, al que tuvimos que ingresar en el sanatorio mental de Mountreux, dice que vio. Tan solo te advertirá de que, de una forma u otra, si te pierdes en el manglar lo más probable será que nadie te encuentre, porque todo el mundo por allí sabe que hay caimanes de cien años y del tamaño de varios hombres que ya han probado la carne humana; y esas bestias, créeme, amigo, no dejarán de ti ni un solo hueso al que poder dar sagrada sepultura.

Roberto del Sol

Brujas

Autor@: 

Ilustrador@: 

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Género: Fantasía urbana

Rating: +13

Este relato es propiedad de  Olga Besolí. La ilustración es propiedad de Daniel Camargo. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Brujas.

 —Vale, de acuerdo, lo confieso: soy una bruja. Y, además, tengo otra mala noticia que darte: todo lo que te acaba de suceder no es producto ni de tu imaginación, ni de una alucinación, ni de una pesadilla, sino que tiene una explicación. Estás despierto y totalmente cuerdo, aunque supongo que con la cabeza medio abotargada. Es normal teniendo en cuenta el poderoso hechizo que acabo de echarte. ¿Por qué me miras así? ¿No sabes de qué hablo? Pues te haré memoria. ¿Recuerdas que hace nada has recibido aquí mismo la visita de tu amiguita la rubia? ¿No te preguntas dónde está ahora? ¡Qué curioso! ¿no? ¿que se haya esfumado? Pero jurarías que estuvo aquí ¿verdad? Bueno, pues eso fue solo en parte ¿Recuerdas aquellas extrañas palabras que te susurró al oído en latín? ¿Y cómo, entre suspiros, te pidió que repitieras algunas fórmulas incomprensibles para ti? ¡Ay, hombres, que caéis fácilmente en la más simple de las trampas¡ ¡Cómo os pierde el sexo! ¡Y tú eres el peor de todos! No deberías tener amantes escondidas por ahí; no es moral, ni ético, ni es un buen ejemplo para el pueblo. Pero no te importa un comino ¿verdad? Porque en cuanto la viste acercándose te lanzaste a sus brazos sin dudarlo ¡estabas tan desesperado que ni siquiera te preguntaste cómo era posible que entrase por la ventana! ¿no viste nada anormal en ello? ¡demonios, si estamos en una segunda planta! ¿cómo se supone que subió, escalando con sus zapatos de tacón alto? Pues te tengo reservada una sorpresa: ¡Esa mujer no era ella sino yo! Todo lo que creíste ver, no era cierto. ¡No la viste a ella entrando discretamente por la ventana, sino a mí cabalgando sobre mi escoba! Todas las brujas del mundo podemos hechizar los sentidos y nublar a voluntad las mentes de los incautos para que vean solamente lo que a nosotras nos conviene. Siempre y cuando, por supuesto, la víctima se muestre dispuesta a ello. ¡Y tú te sometiste a mí tan rápidamente que ni siquiera me dio tiempo a disfrutar del engaño! Sí, fui yo bajo la apariencia de esa mujer la que, sentada sobre tu regazo, te arrancó tu consentimiento a ser embrujado. Y ahora tengo tu aprobación. Ya eres un pelele sometido bajo mi influjo. Si digo salta, saltarás; si digo ahógate, dejarás de respirar y, si digo muérete… ¡Eh!, ¡eh!, ¡quieto!, no hagas eso. No intentes levantarte de la silla. ¿Es que no me has escuchado? Atiende y óyeme bien: ¡estás paralizado! ¿Lo comprendes? De cuello para abajo. Si sigues moviendo de lado a lado la cabeza lo único que conseguirás será marearte. Y no querrás vomitar encima de esta maravillosa alfombra de tantos siglos de antigüedad ¿verdad? Sería una pena arruinar este suelo palaciego tan bonito. Aunque, en el fondo, te comprendo. Entiendo que permanecer inmóvil en esta silla pueda resultarte mortificante, pero es culpa tuya por estar demasiado acostumbrado a vivir a cuerpo de rey. La gente normal tiene que poner sus culos sobre asientos peores que ésta silla constantemente, así que no me valen las quejas ¿de acuerdo? Y, por si te lo preguntas, o intentas hacer algo estúpido como tratar de alertar a seguridad, te contaré que tampoco puedes hablar, gracias a la esencia de tritón que te he obligado a inhalar y que creías que era el nuevo y exótico perfume de tu amante. Sí, como ves, soy una obsesionada del control y me tomé mis molestias para que todo el proceso fuese perfecto y sin incidentes. Ligero indicio de trastorno obsesivo-compulsivo, según opina el mequetrefe de mi psicólogo. ¡Qué le vamos a hacer, soy una bruja moderna! ¿Estoy mentalmente enferma porque nunca me hayan apasionado los encantamientos demoledores y sangrientos que mis antecesoras me enseñaron a conjurar? Los tiempos han cambiado mucho desde entonces y la mayor parte de nosotras con ellos. Hace mucho que ya no irrumpimos en los castillos reventando las puertas y matando a cuanto ser viviente se cruza en nuestro camino. Las brujas ya no actuamos de forma tan irascible y salvaje. Ahora formamos parte de la comunidad, convivimos con nuestros vecinos, nos preocupamos por nuestros congéneres mortales, empatizamos con la plebe y entramos educada y silenciosamente por las ventanas sin llamar la atención. Eso no quiere decir que nos hayamos ablandado y no cumplamos con nuestro cometido; lo hacemos, por supuesto que lo hacemos, tanto o más firmemente que en la época medieval, sólo que, por decirlo de alguna manera, de forma diferente, con más discreción y estilo. Vosotros también habéis cambiado una barbaridad en los últimos siglos. Es más que evidente que habéis perdido gran parte de la grandeza y la buena imagen que os precedía. Y es absolutamente comprensible, hace mucho que habéis dejado de cumplir con vuestro deber. Ya no queda ni un atisbo de realeza en ninguno de vuestros actos. Y si no, fíjate en tu propia familia. Tu esposa ni siquiera vive aquí, contigo; tu yerno es un ladrón que ha implicado a tu hija en sus desfalcos; tu otra hija se separó de su marido y crió niños tan listos como para dispararse a sí mismos; y tu hijo, el heredero, está casado con una plebeya divorciada. ¿Qué hay de majestuoso en todo eso? Te lo diré aunque ya sabes de sobra la respuesta: nada, absolutamente nada. No me mires con esos ojos de corderillo degollado, que sé muy bien que tú y los de tu calaña tenéis dientes de lobo. Todo el gremio de brujas y magos lo sabe. Hasta el pueblo ignorante lo sabe. Después de tantos siglos de resignación y sufrimiento la plebe ha abierto los ojos. ¡Quién iba a adivinar que los tiempos cambiarían y con ellos la opinión pública! Míranos a nosotras, las brujas. Los mismos fanáticos que antes nos aborrecían y perseguían hasta la muerte ahora vienen a nuestras consultas a conocer el pobre porvenir que les espera y se gastan una pequeña fortuna llamando a nuestros espacios televisivos. ¡Nos adoran! La muchedumbre ya no pide nuestras cabezas si no las vuestras. ¿Te extraña que sea así? Piénsalo bien, ¿qué peligro representamos nosotras actualmente? ¿Qué mal podemos hacerle a las gentes? ¿que les robemos sus niños y nos los comamos? Hace mucho que abandonamos las prácticas caníbales y hoy en día, con tanta pederastia que hay por ahí… créeme, nosotras constituiríamos un mal menor. ¿O quizás pueden temer que les malogremos las cosechas? ¿cuáles? ¿las transgénicas? ¿y las de quién? ¿aquellas que pertenecen a las corporaciones multinacionales que dominan la mayor parte del grano mundial y matan de hambre a millones de seres? Y no hablemos ya del ganado ¿para qué vamos a echarles ninguna peste si los granjeros ya se encargan de matar a sus propias vacas alimentándolas de piensos hechos con restos de otras reses muertas hasta que las enferman? ¿Y que hay de los pobres inocentes? ¿qué maldición puede superar al cáncer, al SIDA o al ébola? ¿No está haciendo lo propio la radiación a la que exponen a las personas, la contaminación, las bioarmas, los experimentos con seres humanos…? Como ves es imposible que las brujas hagamos algún mal mayor, en este mundo actual, del que ya se está cometiendo. ¡El mundo está podrido por dentro, corrompido en su mismo centro! Y en el centro del poder está la realeza, y eso me lleva otra vez a ti. ¿Entiendes por qué te cuento todo esto? ¿comprendes el alcance de los hechos? ¿asustado? ¿todavía no? Ya lo estarás, te lo aseguro. Porque voy a explicarte la razón de mi visita y lo que va a pasarte a continuación. Como es mi obligación, como la enviada que soy, para castigarte por haber sido un chico malo, muy malo. ¿Me sigues? Una pista, ¿qué le viene ocurriendo desde siempre a los príncipes y reyes malvados que abusan de su poder y que se muestran mentirosos, mezquinos y egoístas con su pueblo? Si sabes la respuesta mueve la cabeza de arriba a abajo. ¿No? No puede ser ¿acaso no has leído en tu vida ningún cuento de hadas y princesas? ¿ninguna leyenda heroica, como la del Rey Arturo? ¿no conoces ninguna fábula tradicional Europea? ¿acaso no sueles leer? No. No me respondas a eso. El primero al que maldije no había leído un libro en su puñetera vida a pesar de tener una gran biblioteca en su palacio y, fue precisamente por eso, y no por no comprarme aquella rosa, que lo convertí en una bestia. Se lo merecía por estúpido e ignorante. Y, aún así, le favoreció la suerte de los tontos porque consiguió lo imposible… el amor de una bella muchacha que rompió el hechizo. ¡Quién lo iba a pensar! Aunque no creo que a ti, con el karma que has ido cosechando, la fortuna te sonría. No es probable que salgas tan bien parado. Por otro lado… no acabo de dar con lo tuyo. ¿Te lo puedes creer? ¡Sólo quedan cinco minutos para la medianoche de Valpurgis y todavía no tengo claro en qué convertirte! En sapo no, por supuesto. Los anfibios están estrictamente reservados para los príncipes melindrosos y botarates y tú eres todo un rey, hecho y derecho aunque cojeante, así que descartado. Además, tiempo atrás estuve a punto de usar esa maldición sobre tu hijo, pero como se rumoreaba que, de todas formas, el chaval ya salió un poquito rana… tú ya me entiendes… decidí que no tenía sentido malgastar una maldición. Pero es que lo tuyo es verdaderamente difícil. Veamos, ¿que nos queda? Lobo no, demasiado obvio; serpiente está muy visto; los insectos y arácnidos siempre terminan muriendo pisoteados por alguien; los pájaros ni hablar, no sirven de castigo, todos se acostumbran demasiado bien a su nueva vida libre de ataduras y se escapan volando; nada de felinos, no me gustan, son traicioneros; peces tampoco, por Dios, con lo aburridos que resultan… ¡ah! pues claro… ¿cómo no se me ocurrió antes? Lo tenía frente a los ojos todo este tiempo y no lo supe ver… ¡Y escucha! Ya suena la primera campanada. ¡Vamos allá, que esto va a quedar precioso! Ejem, ejem… Por hacer un mal uso de tu poder y convertir todo lo sagrado que representas en una farsa circense y por el poder que me otorga la hermandad de brujas perteneciente a la confederación de brujas, magos, hechiceros y nigromantes, yo te maldigo por los siglos de los siglos o hasta que, cosa muy, pero que muy improbable, una acción buena, honesta y desinteresada proveniente de ti o de alguno de tus descendientes rompa el hechizo, a pasar el resto de tus días convertido en un… ta ta ta chan… ¡elefante!

Olga Besolí

Febrero 2014

Ilustración de Daniel Camargo

Colette

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Relato corto

Rating: +13

Este relato es propiedad de Sandra Cuervo. La ilustración es propiedad de Verónica López. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Colette.

Mientras se llevaba la taza de café bien cargado a los labios, M. ojeó el calendario. Pronto se cumplirían tres meses desde su llegada a la ciudad. Recordó su alegría cuando encontró aquel pequeño local a pie de calle, frente al puerto, rodeado de tiendas, restaurantes para turistas y bares de mala muerte.

La anterior inquilina, una joven pintora, había arreglado la trastienda como si de un diminuto apartamento se tratara. Según el dueño, la chica, alegre y despreocupada, había llegado con el firme propósito de quedarse, y rápidamente se había ganado el afecto de los lugareños, a los que a menudo retrataba en sus cuadros.

Pero algo, posiblemente que el negocio no fuera bien como aparentaba, había hecho que la joven se fuera de forma repentina, sin pagar, dejando allí los cuadros y sus propios enseres. El propietario intentó localizarla, sin éxito; así que repartió algunos cuadros entre el vecindario. Los retratos en los que aparecían personas que no conocía, los dejó apilados en la trastienda, no fuera que algún día se los pudieran reclamar.

Es entonces cuando M. aparece en escena. Después de muchos años siguiendo a su madre por varias ciudades, con mejor o peor fortuna, de aprender de ella primero y de cuidarla y enterrarla después, se dio cuenta de que lo único que le apetecía era partir de cero en una pequeña ciudad costera, dedicándose a lo que mejor sabía: predecir el futuro.

M., la hija de la nigromante, la echadora de cartas, la bruja, la adivina, la vidente. La hija de una mujer que se había atrevido a cambiar el futuro de sus clientes y que, a cambio, parecía haber absorbido el mal que había desviado de los otros. La misma mujer que durante sus últimos años había encadenado una enfermedad tras otra, aparentemente sin relación entre sí, acabando sus días entre desvaríos y haciendo prometer a su hija, en sus escasos momentos de lucidez, que jamás recurriría a la magia negra para cambiar el destino de nadie. Eso, y que nunca consultaría su propio futuro, para evitar la tentación de querer cambiarlo. A M., que había asistido desde bien pequeña a los rituales de su madre, aterradores y atrayentes por igual, no le costó en absoluto cumplir su promesa.

Tres meses que se le habían hecho largos…, infinitos. Adaptarse a una vida tranquila y ordenada en ocasiones puede ser difícil, sobre todo en soledad. Pero M. estaba decidida, y aunque las primeras semanas no hablaba con nadie y notaba el recelo de sus vecinos, poco a poco iban llegando los primeros saludos y presentaciones, las conversaciones sobre el tiempo y hasta algún chismorreo.

No tenía amigos y hasta entonces tampoco los había echado en falta. La presencia de su madre lo había llenado todo. Pero ahora, que ya no estaba, se daba cuenta de que quizás, solo quizás, el mundo exterior y algunas de las personas que lo poblaban, despertaban en ella una curiosidad hasta entonces desconocida.

Como toda médium, era plenamente consciente del estado de sus facultades desde que se levantaba. Por supuesto, no podía decírselo a nadie. Se trataba de sacar adelante un negocio, y de paso, su vida.

Desde hacía unos días, venía notando una falta de sensibilidad y concentración como pocas veces había sentido. El don de la clarividencia, como le había explicado su madre y, mucho antes, su abuela, era caprichoso: se debilitaba, desaparecía… o volvía de forma abrupta en el momento más impredecible. Ellas le habían enseñado que, en esos momentos de ceguera, lo mejor que podía hacer era seguir con su vida, con sus clientes, sacando su parte más observadora y amable, para ganarse la confianza del consultante y así obtener un poquito de información que le ayudara a dar forma a ese tan anhelado futuro. No le resultaba difícil, pero prefería las imágenes claras y precisas que acudían a su mente con la sola visión de una carta cuando estaba en plenas facultades.

La mañana discurría tranquila, con el calor sofocante de julio abriéndose paso, inexorable, minuto a minuto. A la tienda sólo se habían acercado tres mujeres: dos, para consulta, y otra para comprar hojas secas de damiana y bayas de enebro. M. le sugirió no dejarlas hervir, enfriar y servirlas mezcladas con un poquito de vino tinto. La mujer, una cincuentona de buen ver, entrada en carnes y embutida en un vestido floreado, esgrimió entonces una sonrisilla entre cómplice y avergonzada, le dio las gracias y salió por la puerta con paso firme y decidido.

M. empezó entonces a alinear las velas. Estaban dispuestas según su finalidad, en una estantería alejada del escaparate. Al primer vistazo parecían un alegre decorado de manchas grandes de todos los colores, pero al acercarse llamaban más la atención las formas sugerentes de algunas de ellas. Apenas trabajaba con ellas, ni con las pócimas, hierbas y aceites que llenaban su escaparate, pero le daban un aire de misterio a la tienda que a la gente le gustaba, y a menudo, ganaba más vendiéndolas que con las cartas.

Se hallaba ensimismada en sus pensamientos cuando la puerta se abrió. Lo hizo tan rápido que la campanilla apenas tuvo tiempo a tintinear. Se trataba de un hombre alto, de unos cuarenta años, limpio y bien vestido. Cada vez que un hombre acudía a ella, debía agudizar especialmente su capacidad de observación. Solían ser más parcos en palabras que las mujeres y aun cuando las cartas, a veces, hablaban de más, M. se quedaba a menudo con la sensación de no saber realmente qué habían ido a buscar allí.

—Buenos días, señorita… —dijo el hombre, irrumpiendo en los pensamientos de M.

—Buenos días. ¿Qué desea? —contestó M. echándole un segundo vistazo para seguir obteniendo información. Tenía sus dudas.

—En realidad…, he venido por curiosidad. Conocía a Colette, la pintora. Y me ha llamado la atención ver en qué se ha convertido su tienda. No es que yo crea en estas cosas, nada de eso. Pero ya que estoy aquí, me gustaría que, si fuera posible, me contara cosas de mi futuro. ¡Le prometo que si acierta, empezaré a creer! — comentó el desconocido con una sonrisa.

—Muy bien. Pues si le parece acompáñeme y siéntese —le indicó M. mientras caminaba hacia un rincón en una esquina de la tienda. Una mesa con dos sillas. Sobre la mesa, un tapete de seda roja, y a su derecha, un porta incienso con tres varillas humeantes que, unido a su aroma, conferían un ambiente ligeramente hipnótico a la estancia.

Ilustración de Veronica Lopez

Se sentaron uno enfrente del otro. M. abrió el cajón y observó las barajas. Tenía varias, cuidadosamente ordenadas. Pensó durante unos segundos y finalmente se decidió por una en concreto. Antigua, con los bordes desgastados, pero su favorita. A su lado, dentro del cajón, también guardaba un abrecartas de su madre, que conservaba a modo de talismán.

—Usaremos el Tarot de Marsella. Ahora le ruego silencio, voy a barajar. Empezaremos con una tirada general. A partir de ahí, nos centraremos en lo que a usted más le preocupe.

Mientras barajaba y mezclaba las cartas, se fijó en el hombre con más detalle. Llevaba una camisa blanca impoluta, bien planchada, con el primer botón desabrochado. Estaba bastante bronceado, así que se fijó en las marcas más claras de un anillo y de un reloj que en ese momento no estaban. El hombre pareció darse cuenta y le sonrió. Sus dientes eran blancos, bien alineados. Al gesticular, pequeñas arrugas se asentaban alrededor de sus ojos claros.

Posó las cartas sobre la mesa en una pila y le pidió a su cliente que la dividiera en tres montones con la mano izquierda. Le dio a elegir uno. Él eligió el del centro.

M. empezó a repartir las cartas boca arriba sobre la mesa. Dieciséis cartas: cuatro filas por cuatro columnas. Se tomó un momento para interpretarlas. Era una tirada extraña, con muchas cartas invertidas. Intentó tranquilizarse, mostrarse serena. Que el consultante no apreciara su nerviosismo. No estaba segura de conseguirlo.

—¿Por qué aparece la muerte, señorita? ¿Voy a morirme? —preguntó el hombre, abriendo más los ojos. Estaba claro que aunque no creyera, la sola visión de esa carta le incomodaba.

—No. Tranquilo —se apresuró a responder M. en tono templado—. El arcano XIII, la Muerte, aparece muchas veces como un símbolo de cambio, de renovación. Ese es su caso. Si le parece, comenzaré hablándole de su presente. Así podrá comprobar si voy por el buen camino…

—Me parece… bien.

—Veamos —prosiguió M. sin siquiera mirarle. Estaba notando que las cartas volvían a revelarle sus secretos—. La Luna indica que es un navegante, el Rey de Copas, que es conocedor de leyes y comercio. Carismático, ambicioso…

—Si sigue así conseguirá que me sonroje —interrumpió el desconocido.

—No, hay más. Aparecen dos mujeres: una es su esposa; la otra, una joven desgraciada. Debe tener cuidado si desea salir airoso de la situación. La carta de la joven aparece invertida. Eso indica desolación por promesas incumplidas. Un punto de no retorno… Al final aparece un breve encuentro con una tercera mujer…

— ¡Basta ya! ¡Suficiente! No quiero saber más. Ha sido una mala idea venir aquí —volvió a interrumpir él, esta vez visiblemente contrariado.

M. notó cómo el hombre hacía esfuerzos por controlarse. ¿Ira? ¿Nerviosismo? Aún no lo tenía claro.

Rápidamente, el desconocido sacó un par de billetes del bolsillo de su pantalón y los arrastró encima de las cartas, moviéndolas. Al segundo ya se había ido, dejando a M. tan descolocada como su baraja.

La tranquilidad de la mañana se había visto interrumpida en apenas unos minutos. M. se levantó, le vio alejarse y volvió a su mesa. Las cartas mezcladas hacían imposible que pudiera seguir leyéndolas. Sin embargo, sabía que una tirada jamás debe quedar inconclusa. Así que volvió a barajar mientras la imagen de la mujer joven acudía a su mente cada vez con mayor claridad.

Esta vez la tirada era aún más reveladora: la carta de la joven, la Sota de Copas, aparecía rodeada de cartas fatales, todas ellas invertidas. El Mago, los Enamorados, la Torre, el As de Espadas, la Muerte… Nunca en su vida se había encontrado con una combinación semejante.

La Sota de Copas. Quizá una artista, pero con toda seguridad una mujer joven, enamorada, que toma decisiones equivocadas, obsesiva. Seducida y arrojada a la Muerte por el Mago. Agua.

Casi sin pensar, M. se dirigió corriendo a la trastienda con el abrecartas en la mano. En una esquina, en una caja que nunca ha desprecintado, estaban apilados algunos trabajos de la anterior inquilina. Rompió la cinta con el abrecartas y sacó un par de óleos y un montón de láminas. Tal vez bocetos que nunca llegaron a convertirse en cuadros. Animales, barcos, el mar, personas en la lejanía… Una joven de pelo negro y ojos grandes y oscuros se repite. La mayoría de las veces aparecía seria; otras, acurrucada. M. se dio cuenta de que eran autorretratos. En otra, la misma mujer, esta vez abrazada a un hombre al que no se le ve la cara, solo el torso desnudo y una mano con anillo. En todos, una firma: Colette. Siguió revisando. Había también retratos de un hombre. En color, en carboncillo. No era difícil darse cuenta de que todos eran el mismo: en la playa, en un barco, sentado en una cama…, algunas veces emborronados; un hombre aún joven, de ojos claros, con unos rasgos familiares. Tanto que le había tenido enfrente hacía unos minutos.

M. se llevó la mano a la boca para ahogar el grito que se escapaba desde su garganta.

La Sota de Copas… ¡Colette!

Recordó la tercera mujer aparecida en la tirada, la Sota de Espadas que no había tenido tiempo de interpretar. Corrió hacia la mesa para averiguar más. En solo unos segundos la puerta de la tienda volvía a abrirse.

Era el mismo hombre, con la cara desencajada. Se le acercaba, pero M. no podía retroceder más; la mesa, a su espalda, se lo impedía.

—¿Qué es lo que sabes? —le pregunta acercando su rostro a escasos centímetros de M.

—Todo —responde ella, con la mirada fija en aquellos ojos verdes que habían enloquecido a Colette.

El hombre le rodea el cuello con las dos manos. Aprieta tan fuerte que M. apenas puede respirar. De repente, el hombre lanza un gemido y la suelta. Se lleva la mano al costado derecho, ensangrentado, donde M. le ha clavado el abrecartas. Da un par de pasos hacia atrás y de desploma.

M. se le acerca, inexplicablemente tranquila. Se agacha y susurra al herido, que yace en el suelo y respira cada vez con más dificultad:

—No me dejó decirle que yo soy la tercera mujer. La desconocida que irrumpirá en la vida del Mago para unirle de nuevo a Colette.

M. se levanta y gira en dirección a la nada.

—El futuro está escrito. No seré yo quien lo cambie.

Sandra Cuervo

La sirena caprichosa

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Poesía

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Yolanda Aller. La ilustración es propiedad de Jesús Rodríguez. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La sirena caprichosa.

Para quedarme contigo te hice del mar.

Como sirena que era

dirigí tu timón

¡A babor! ¡A estribor!

Soplé el aire turbio y desaliñado

sobre tus velas rotas a la deriva.

Y hasta te traje una gaviota con un trozo de pan.

Como sirena que era

entre cantos y llantos

revolví la ávida marea sobre tu navío

y derribé los mástiles de madera

para hacerte perecer.

Me maldijeron mis hermanas,

me robaron las caracolas,

desaparecieron mis corales…

y hasta hubo un momento en el que,

de tristeza,

casi me ahogué.

Renací en una gran ola

que llené de espuma,

y, altiva y caprichosa,

te envolví en la red de esparto

que, en un pasado, me alimentó.

 

¡Cómo no quedarme entonces con tu esencia marina impregnada de sal!

¡Cómo hacerte olvidar el barro de la playa de la que viniste!

¿No te quedas conmigo?

¿No te seduce mi canto divino

ni mi templo de nácar

ni el poder sobre el mar?

Hace días que no te encuentro.

No te he visto en la playa

y he mirado en la bahía.

¿Acaso han embebido las mujeres

tus ansias de vida inmortal

y te has ido con ellas?

Yo me he quedado sola.

¡Oh, aguas mías!

Revolviendo la arena del muelle.

¡Oh, malecón impasible!

Aguardando tu naufragio venidero,

tu alma perdida,

tu voz encallada,

tu piel infinita.

Todo es espera a esta hora,

a esta hora,

enredada entre las algas rojas,

a cada estrella de mar

le pregunto

sin esperanza

si te ha visto.

Ilustración de Jesús Rodríguez

Yolanda Aller

Febrero 2014

Abracadabra

Autor@: 

Ilustrador@: Marta Herguedas

Corrector@: 

Género: Realismo mágico

Rating: +7

Este relato es propiedad de Daniel Camargo. La ilustración es propiedad de Marta Herguedas. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Abracadabra.

 

Las gotas se deslizan por la tubería lenta y rítmicamente…, cayendo a intervalos regulares, como si fueran un metrónomo improvisado. Tac, tac, tac. Y aunque ya no llueve, seguirán así durante un rato, hasta que todas hayan terminado inexorablemente en el suelo gris de baldosas sucias, formando un espejo en el que podrías ver reflejadas las nubes.

Hay poca luz y mucha presbicia, por lo que debes hacer un esfuerzo considerable para llegar a divisarlas en detalle. Bajan por el caño resignada y organizadamente, como hormigas que vuelven al hormiguero, como parados en la cola del INEM.

No debe de ser fácil ser agua, piensas. Por un momento te imaginas que las gotas tienen vida propia y que, mientras recorren ese improvisado tobogán, debido al empuje de la gravedad, desconocen lo que les va a pasar al llegar al final, cuando el brusco cambio de dirección del tubo haga que se acumulen imprevistamente en un punto, y terminen cayendo al vacío, estrellándose contra el suelo. El destino es así de implacable y no perdona ni a una mísera gotita.

Cuando dejas de observarlas, y vuelves a la realidad, notas de pronto todo el cansancio acumulado en tu cuerpo y te sientes como si acabaras de atravesar el desierto de Gobi. Son las nueve de la noche y es jueves. Un jueves como tantos, de derrota. El día no fue fácil, qué va. El año entero tampoco lo está siendo.

El último cliente de la tarde te dejó colgado, después de una hora y media de espera en un bar inmundo. No es el primero que lo hace, ni será el último. Y tú vas a comisión, por lo que esas ausencias te duelen en el corazón y en el bolsillo.

Pero no es sólo eso. Hoy todo ha ido mal. La ducha fría por culpa de la bombona, la discusión con Marta durante el desayuno, la inasumible factura de la luz en el buzón, la rueda pinchada en el aparcamiento… Y además, para completar la racha, anoche perdiste jugando por la Champions en el sofá de tu casa y aún no has podido recuperarte del golpe. Sabías de antemano que es casi imposible ganarle a los alemanes, pero igual te ha tocado en el alma.

Y esta noche, de pronto, te has quedado sin nada que hacer. Se han acabado por hoy los compromisos laborales. Deberías volver a casa, pero no tienes ganas…

Te invade una cierta sensación de insatisfacción. Sabes que necesitas un cambio, romper esquemas, hacer algo distinto, pero te falta práctica. Y la imaginación no es lo tuyo. La rutina se ha cebado en ti, y hasta te cuesta recordar cuáles eran las cosas que te gustaban.

Comienzas a caminar sin rumbo, recorres las calles de Madrid esperando descubrir algo nuevo, algo que te quite esta sensación de mierda, una sorpresa, un golpe de timón, algo que sacuda tu vida. Pero como tantas otras veces, no sabes que hacer para conseguirlo, y prefieres confiar en quesea el cambio el que venga hacia ti.

Y sigues caminando lentamente, pisando los charcos de tu ciudad, con la mente enmarañada, esperando que caiga una ficha, que surja la idea, que pase algo.

De pronto un cartel lejano te llama la atención. “Hoy 21.00 h. Gran Espectáculo de Magia de Dan Garin”. ¿Magia?, piensas, je, je, ¿todavía quedan magos?

Pero algo te hace dudar… ¿Y por qué no una noche de magia? Y empiezas a caminar hacia el cartel. Lo haces instintivamente, casi sin darte cuenta, mientras buscas en tu memoria recuerdos de tu niñez. Tal vez no hayas vuelto a ver un mago en vivo desde los siete u ocho años. Tu infancia, esa época ingenua en la que todo era posible. Cuando aún pensabas que un mago realmente tenía poderes extraordinarios que le permitían hacer cosas increíbles. Cuando la curiosidad y el asombro todavía presidían tu vida. Cuando aún admirabas a tu padre y lo comparabas con Mandrake.

Luego creciste, maduraste, y la propia vida, la dura lucha por la supervivencia, te fue erosionando, empujándote hacia el escepticismo. Ya te costaba más creer, te avergonzaba sentirte ingenuo, lo veías como una debilidad, como una desventaja evolutiva. Y mientras tanto los intentos de engaño se multiplicaban: algunos amigos, muchas mujeres, los políticos de turno, tu jefe de personal, los sucesivos directores de sucursal de tu banco… Todo eso te fue creando una costra protectora y ya no te sientes responsable de tu incredulidad. Ha sido un proceso lento e inexorable, y ha sido en defensa propia.

Pero esta es una noche rara, el capítulo final de un día difícil. Y la magia se ha vuelto a cruzar en tu vida. Casualmente, inesperadamente. Porque ella ha querido. Hoy tienes ganas de dejarte llevar por tus impulsos, como cuando tocabas todos los botones de los telefonillos de los bloques de vivienda en Móstoles y salías corriendo antes de que bajaran los vecinos.

Casi sin darte cuenta has llegado al cartel. Ya estás bajo la marquesina de uno de esos teatros pequeños y cutres que tiene Madrid. Nada del otro mundo. Al menos parece limpio, aunque no le vendría mal una mano de pintura. En una esquina, Dan Garin, el mago en cuestión, sonríe desde un cartel amarillento con una estética muy de los 80. Seguramente el cartel mismo es de esa década. Toda una reliquia.

Sin pensarlo mucho te acercas a la taquilla y sacas una entrada de primera fila porque hoy no te quieres perder nada. Y te quedas un rato fuera fumando, haciendo tiempo, preparándote para lo que va a venir, como hacen los buzos al volver de una inmersión muy profunda, para evitar la embolia. Descompresión lo llaman.

Cuando entras a la sala, oscura y fría, lo primero que notas es el penetrante aroma a desinfectante, y cuando la vista se va acostumbrando a la penumbra ves que sólo hay unas diez personas dispersas en una sala que en sus buenos tiempos albergaría unas doscientas.

Te sientas en tu butaca, incómoda como pocas, y cierras los ojos, mientras suena una música indefinida, como de hipermercado. En un par de minutos la intensidad de las luces aumenta, al igual que el volumen de la música, y finalmente sale el mago

Parece que fuera el padre del de la foto del cartel. Los años para él no han pasado… en vano. Indudablemente lleva una dentadura postiza, algo suelta tal vez, lo que confiere un tono pastoso a su alocución. Y una peluca, de un tono entre naranja y rojizo, como si se le hubiera oxidado el cerebro y ese óxido estuviera chorreando hacia afuera por algunos poros de su cuero cabelludo. Se mueve con aparente soltura bajo su capa dorada, la soltura que te dan años y años repitiendo los mismos trucos. Lo acompaña una ayudante en minifalda, bastante más joven que él, y algo gordita. Seguro que son amantes, piensas.

Durante la primera parte de la rutina te cuesta concentrarte. Todos los trucos son burdos y conocidos, y la verborrea del mago resulta insoportable. Así más o menos durante unos veinte minutos, en los que se alternan trucos malos con chistes malos, en los que comienzas a arrepentirte de tu decisión, y tratas de recordar qué peli había esta noche en Canal Plus.

Y de pronto sucede lo que nunca te hubieras imaginado. Bajan las luces y un único foco alumbra al mago, mientras su ayudante, por detrás, entra al escenario empujando algo así como una mesa con ruedas sobre la que hay una caja alargada.

­Ahora veréis algo increíble, pero para ello necesitamos un voluntario dice Mr. Garin, mientras clava sus ojos en los tuyos, con una sonrisa cómplice.

Al principio no entiendes el mensaje. Das vuelta la cabeza buscando alguien detrás pero no hay nadie. Claro, es que no hay nadie en las diez primeras filas. Eres tú el elegido, el “voluntario”. El único posible.

¿Se anima señor?insiste. No puedes ver tu propia cara, pero te la imaginas. Esta no era precisamente la idea que tenías de tu retorno como “público” al mundo del espectáculo. Ahora comprendes la magnitud del error cometido al elegir la fila uno. No te gusta el protagonismo, no es lo tuyo, pero una vez más, como en tantas ocasiones, alguien ha decidido por ti.

Corina…, ayude al señor a subir al escenario— dice Mr. Garin. Y ves asombrado cómo tus piernas, aparentemente desconectadas de tu intelecto, suben los seis escalones que te llevan hacia Corina.

Ya estás arriba, y el potente foco te deslumbra, impidiéndote ver las butacas de la sala. La situación te supera y tu enorme timidez te ha bloqueado. No sabes cómo actuar, estás algo mareado, y un zumbido en los oídos te impide escuchar lo que dice el mago, a tu izquierda. Sólo consigues descifrar algunas palabras sueltas: único, sorprendente, cortaremos su cuerpo en dos, volveremos a unirlo…

Mientras habla, y para recuperar tu autocontrol, tratas de concentrarte en su ayudante, Corina, cuya celulitis, ahora que estás más cerca, puedes apreciar en detalle. Ella, experta en estas lides, se muestra amable y simpática, y mientras te lleva hacia la mesa alargada en la que descansa la caja, te murmura al oído Tranquilo, no te preocupes, no tengas miedo que no pasa nada, es todo un truco Y tú querrías creerla, más que a nadie en el mundo, confiar en ella ciegamente, pero tu corazón galopa desbocado, y tu párpado izquierdo tiembla, como aquella vez en la que el guardia civil te quitó los puntos.

Te hacen acostar dentro de la caja horizontal, roja y dorada, que se nota que ha sido repintada unas cuantas veces y tiene unas ranuras marcadas en distintos sitios. Te cuesta hacerlo, porque ya no eres tan ágil como antes y además el miedo agarrota tus músculos. De hecho, Corina debe esmerarse en un par de oportunidades para evitar que caigas al suelo. Mientras tanto, el mago habla, y habla, y habla. No para de hablar, aunque tú ya hace un rato que has dejado de intentar comprender qué es lo que dice. Y antes de cubrirte con una tapa, alcanzas a ver cómo el mago muestra al público, al escasísimo público, un impresionante serrucho de metro y medio de longitud cuyo filo brilla a la luz del foco.

Ilustración de Marta herguedas

Una vez que estás dentro, y con la tapa puesta, la claustrofobia te lleva a recordar textos de Poe leídos en tu adolescencia. Comprendes que no te puedes bajar de este asunto como de un autobús, y tratas de rebobinar la última hora de tu vida, buscando desesperadamente entender cómo es que has llegado a ese sitio, a esa situación, a esa posición (decúbito supino). Cómo carajo fue que se produjo esa transición desde un cliente ausente, a un mago presente y provisto de una portentosa arma blanca. Tu hemisferio derecho, más intuitivo, trata de calmarte, argumentando que esto es un truco muy manido, que probablemente tenga siglos de antigüedad, y que si el espectáculo se repite en ese teatro regularmente, es porque, de momento, no han tenido víctimas. Mientras tanto, tu hemisferio izquierdo, más racional y pragmático, te dice que no puedes confiar en un desconocido, y menos si está armado, y que no hay a la vista elementos de escape viables…

Desesperado, miras a tu alrededor, dentro de la caja, y ves las rajas, previstas para alojar la hoja del serrucho, pero no ves ningún dispositivo que pueda desviarla para proteger tu cuerpo. Tampoco ves una puerta secreta que te permita escapar ante una señal de Corina. Ella tampoco te ha explicado nada al respecto en el breve momento en el que te ayudaba a subir a la caja. No entiendes lo que está pasando, pero la cosa no tiene buena pinta. En absoluto.

En medio de tu creciente desesperación, notas que el mago finalmente se ha callado y escuchas algo así como un redoble de tambor, que te indica que ha llegado el momento de la verdad. La impotencia y el miedo te llevan a cerrar los ojos. Aprietas los puños y rezas. Si, tú, precisamente tú, rezas para que todo salga bien…

Pero va a ser que no. Segundos después sientes la hoja del serrucho desgarrando tu vientre. Una punzada de dolor inimaginable te atraviesa de la cabeza a los pies y notas un líquido caliente que chorrea por tus manos.

En un instante desfila ante tus ojos una catarata de imágenes de tu pasado. Antiguas novias, tu primer coche, algunos amigos, tu madre preparándote el desayuno, algún partido del Atleti… Es un torbellino que parece arrastrar todo aquello que alguna vez fue tuyo. Como si se te hubiera caído el móvil al inodoro y el maldito remolino de agua arrastrara con él a todos tus contactos, tu agenda, tu vida. Para siempre.

Y te olvidas de todo. Del mago, del público, de este jueves de mierda, tan igual a tantos otros y tan distinto. Piensas que el dolor es ahora lo único que te ata a la vida y que mientras lo sientas significará que aún tienes alguna posibilidad. Pero en el fondo sabes que ya te queda poco y que, de un modo inesperado, ridículo, te ha llegado el momento. Que una maldita carambola te llevó al punto en el que un absoluto desconocido te ha quitado lo poco que tenías. Y una extraña lucidez sobrevenida te hace comprender que ya nada se puede hacer, y es hora de soltar ese cuerpo que alguien te alquiló hace ya tantos años y nunca te preocupaste de cuidar…

Y con la resignación llega la calma. La calma total.

Ya no sientes nada. Absolutamente nada. No hay dolor, ni recuerdos, ni preocupaciones. Estás como flotando. Y te invade una gran paz.

Sientes una agradable tibieza, y una luz muy blanca y muy intensa te deslumbra, impidiéndote descifrar donde te encuentras. No tienes miedo. Sientes el impulso de dirigirte hacia la luz, un impulso incontenible.

Poco a poco tus ojos se van acostumbrando a ese resplandor, y ves unas sombras, unas figuras conocidas que se recortan contra la luz. Son tres siluetas familiares, que parecen conocerte, que te hacen gestos amistosos.

Que parecen dirigirse a ti. Que te hablan…

Papá, papá. Nos vamos a jugar en las olas con los primos.

Y dice mamá que cuides el bolso, y que si vas a seguir durmiendo al sol, al menos te pongas algo de protector solar.

 

Daniel Camargo. 2014