2ª Convocatoria: Nos invaden los dragones

Decía G.K. Chesterton que los cuentos de hadas son bien ciertos; no porque nos digan que existen los dragones, sino porque nos enseñan que podemos vencerlos.

Seguro que hay, en las palabras de este ezine muchos dragones a los que deberemos vencer, pero también otros a los que merecerá la pena salvar, cuidar e incluso tener muy cerca, porque nunca se puede juzgar un libro por la cubierta, ni a un dragón por sus escamas.

Ilustración de presentación a cargo de Jessica Sánchez, todos los derechos reservados.

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Dragüi, el dragón ilustrado

Autor: Conchita Ferrando de la Lama (Jaloque)

Ilustradores: Virginia Berrocal y Laura Vazval.

Corrección: Elsa Martínez

Género: Cuento Infantil

Este cuento es propiedad de Conchita Ferrando de la Lama, y sus ilustraciones correspondientes son propiedad de Virginia Berrocal y Laura Vazval. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Dragüi. El dragón ilustrado

Dragüi era un cachorrito de dragón.

Habitaba en una imponente Torre medieval donde sus padres dragones defendían sus muros y fosos de invasores, asaltantes y ocupas.

La Torre estaba en medio de un cerro en el páramo castellano, tal como debe estar una torre medieval.

Drago, el padre de Dragüi había llegado allí siglos antes, atraído por una oferta de trabajo para dragones, desde una tierra lejana, cubierta de flores tropicales, perros y árboles enormes que lanzaban sangre, porque fueron antes bravos dragones.

Tenía la ilusión de ver a su cachorrito convertido en su digno sucesor.

Tan fuerte era Drago, el defensor de torres que, cuando se enfadaba, lanzaba un chorro de fuego tan grande que tenía amedrentados a todos los enemigos de alrededor y, cuando tocaba ir a guerrear, preferían desviar su camino hacia otra torre enorme cercana, llamada Central Nuclear, en la que se estrellaban sus pancartas, ballestas y torres de asalto y les zurraban de lo lindo.

Todos en la Torre medieval eran felices y vivían su papel con entusiasmo, para poner contenta a la joven “Dama del cucurucho”, que pasaba la vida en las almenas con una gran bocina megáfono, dando órdenes a todo el mundo.

Nadie le hacía caso, pero disimulaban para verla feliz.

Un día la damita decidió llenar las arcas, que estaban medio vacías, y firmó un contrato con una Editorial Medieval de Cuentos.

Ganarían muchos “doblones” dando vida a una historia que un “autor” escribiría para ellos.

La damita se puso sus mejores galas para recibir en la Torre a los “creativos” de la historia.

Se puso su largo vestido de seda con larga cola; su refajo bordado en oro; sus zapatos de tacón, y sus “calentadores” rojos de lana.

Por último, su cucurucho rosa de los días de fiesta, rematado con velos azules y amarillos.

La reunión con los “creativos” de la Editorial, en el “Salón de Armas Tomar” fue un éxito, y se sirvieron refrescos sin burbujas y sándwiches de huevo frito con chorizo y nata.

Tenían que seguir con su vida normal de siempre, pero la “puesta en escena” y algunos detalles del vestuario para las aventuras que escribiría el “autor” enviado por la Editorial, estarían a cargo de los “ilustradores”.

Lo que no habían logrado los ejércitos enemigos lo consiguieron aquellos invasores del “diseño creativo”.

Se dispersaron por toda la Torre en busca de inspiración.

Al llegar al foso descubrieron a Dragüi, jugando con los patos.

Era un hallazgo perfecto para crear al protagonista de la historia y “el autor” accedió a modificar el original para sacar más provecho de aquel cachorro gordito de dragón.

Los “ilustradores” le miraron como a un pichón en bandeja de horno, y comenzaron a discutir para ver quién de ellos creaba la ilustración para el protagonista de la historia.

Como eran tantos, propusieron que cada día uno de ellos trabajase en su diseño para el dragoncito.

Al final elegirían entre todos el mejor diseño.

A Dragüi aquello le asustó bastante y se vio como un conejillo de indias en los experimentos de los “ilustradores”, que eran seis y todos con sus ideas propias y diferentes.

¡Qué suplicio comenzó para Dragüi!

El primer día, su barriguita recibió horas de masaje para que adelgazase, y luego le metieron a presión en unas mallas de color berenjena.

Se miró en el agua del río del foso y hasta los peces se reían de él.

Por la tarde estaba molido de los ensayos.

Cuando la damita se asomó a las almenas se llevó tal susto que se le cayó el megáfono de órdenes al ver a su pequeño Dragüi con esas trazas.

Al día siguiente tocó un ilustrador clásico, y el dragoncito se vio pintado y maquillado a lo Cyrano de Bergerac, con la cara de rojo y negro y con unas espinas de metal pegadas a la espalda, para darle aspecto más terrible.

¡Qué picores en la cara y qué pinchazos en la espalda, por las espinas postizas!

La damita estaba atenta, en lo alto de las almenas, y sintió compasión del dragoncito protagonista, lleno de ronchas rojas por un ataque de alergia y mortificado por aquellas espinas tan feroces.

Le llamó y le dijo que no se preocupase, que bajaría a ayudarle.

Pero resultó que los ilustradores, en su afán de crear el mejor personaje para el dragón, olvidaron dibujar unas escaleras para bajar de la Torre.

La damita tuvo que pensar… y pensar cómo bajar desde allí hasta el foso.

Finalmente envió a sus guardabosques a coger todas las “lianas” que colgaban de los árboles y, bien atadas, las lanzó desde las almenas hasta el foso.

Para bajar, se recogió la cola de seda y la falda de brocados hasta la cintura. Subió los “calentadores” hasta la rodilla, para no rozarse con la piedra de la Torre, y metió dentro del cucurucho todos los botes de crema que encontró en su “tocador”.

Cuando llegó abajo, el dragoncito discretamente se había vuelto de espaldas, para no ver todo lo que iba enseñando la damita con las faldas remangadas.

Se dejó limpiar todo el tinte rojo y negro.

Luego la damita le embadurnó de cremas calmantes y, con unos alicates, le fue quitando las espinas de su espalda..

Antes de que amaneciera, le dio un beso en la frente para consolarle, y subió a la Torre por las lianas.

Al día siguiente llegó el “ilustrador” de turno, decidido a simbolizar en Dragüi la lucha por la igualdad de sexos, y le atavió mitad de dragón y mitad de dragona, pintando en tonos malva y arco iris todo su cuerpo.

¡Eso si que escocía su piel tan delicada!

Su depresión era tan grande que el “ilustrador”, al ver su gesto feroz, se fue de cacería y le dejó en paz.

Así fueron pasando hasta seis “ilustradores”, cada uno con sus ideas para el protagonista de aquella historia de una Torre medieval.

La damita había quedado relegada a un papel secundario en la historia, pero era mejor así, porque podía dedicar más tiempo durante la noche a bajar por las lianas, bañar al dragoncito con agua de rosas, darle unos buenos masajes relajantes, aplicarle todas sus cremas y las que consiguió “tomar prestadas” de sus damas de compañía, y dejar dormido al dragoncito totalmente descansado y sonriente.

Cuando el Director de la Editorial vio reunido todo el material, con el guión de la historia que había escrito “el autor”, y los bocetos de los “ilustradores” para el protagonista Dragüi, quedó tan satisfecho que decidió utilizar todo aquel material, sumamente creativo, de bocetos del dragoncito.

Como en la historia solo podían ir dos o tres ilustraciones, las otras las cedió para anuncios de cosméticos y ropas de diseño, y con ello aún ganaron más dinero para las arcas de la Dama del cucurucho, que se puso muy contenta al ver que podría construir también una escalera de mármol rosa para subir y bajar desde las almenas.

Todos fueron muy felices a celebrar el estreno de la historia, con toda la prensa y la “tele” dando publicidad al “evento”.

Todos…. Menos Dragüi, que se logró escapar, por si acaso, escondido en la mochila de acampada de la damita, trepando por aquellas lianas que salvaron su cuerpo de tantas pinturas y tanto “diseño”, a pesar de que, en su interior, se había dado cuenta de que, con alguna de ellas, estaba tan atractivo y tan “rompedor” como un Brad Pitt…

Al menos es lo que él oyó decir por ahí.

Draco Paper

Autor: Begoña Callejón
Ilustradores: Fernando Halcón y Pilar Puyana
Corrección: Elsa Martínez
Género: Poema en Prosa (a partir de 9 años)
Este poema es propiedad de Begoña Callejón, y sus ilustraciones correspondientes son propiedad de Fernando Halcón y Pilar Puyana. Quedan reservados todos los derechos de autor.

DRACO PAPER

No son reptiles, no son de sangre fría, ni dulces, ni perversos, ni todos arrojan fuego. Cabeza de lobo y cola de serpiente. Un pulso entre el intelecto y la fuerza. No sé si pasan años sin comer ni si yacen en el fango los sábados. No veo ni cuernos ni espinazo que se erice, pero hablan. Hablan. Hablan. A veces son de papel, lentos e inmóviles como los cocodrilos. Cállate. Sé que hace tiempo que no los veo. Si volvieran los dragones a poblar las avenidas de un planeta que se suicida. Si volvieran los dragones. Si volvieran. Dicen que se ocultan en volcanes submarinos. Se alían y hacen contratos de paz. Observo los huesos en el suelo que marcan la antigüedad, los ritos, la arrogancia del hombre, las visiones colectivas, los relatos inventados. La luna escupe balas. Las esquivas. Vuelas. Un emblema militar para los griegos, un símbolo de destrucción para los hebreos, garras con cuatro uñas para los cazadores, escamas para mí. Buscaré sus colillas tras los géiseres. He soñado que en el cuello de un dragón está la piedra de los deseos. Yo tengo una perla en la garganta. O un huevo. Una última petición: Qué nadie lo compruebe.

El dragón perdido

Autora: Chus Díaz

Ilustradores: Benjamín Llanos y Julio Roig

Corrector: Federico G. Witt

Género: cuento infantil

Este cuento es propiedad de Chus Díaz, y sus ilustraciones correspondientes son propiedad de Benjamín Llanos y Julio Roig. Quedan reservados todos los derechos de autor.

EL DRAGÓN PERDIDO

Cada sábado por la mañana ocurría lo mismo. Mateo se acercaba a la biblioteca del barrio en busca de algo para leer durante la semana, pero nunca sabía qué escoger. Pasaba largo tiempo ante las estanterías repletas, revisando cada libro con gran atención. Todos le parecían interesantísimos y tardaba una eternidad en decidirse por uno.

Aquel sábado, Mateo dudaba entre una aventura espacial con ataques alienígenas o una historia de piratas cojos, mares embravecidos y tesoros enterrados. Ya casi se había decidido por los piratas cuando otro libro llamó su atención: en la imagen de portada, un caballero valiente luchaba contra un fiero dragón. Mateo hojeó el libro y descubrió más ilustraciones en su interior. En algunas aparecían de nuevo el dragón y el caballero; en otras, una bonita princesa. La historia prometía, así que no lo pensó más. Se llevaría aquella novela.

Después de mostrar el libro a la bibliotecaria para que lo apuntara, Mateo lo guardó en su mochila y salió de la biblioteca. Hacía una mañana espléndida, perfecta para jugar un partido de fútbol en el parque. Supuso que sus amigos estarían allí. Y no se equivocó.

—¡Ven a jugar con nosotros! —le gritaron, cuando le vieron acercarse.

Mateo lanzó su mochila a un rincón y se unió al partido. Se divirtió con sus amigos durante un buen rato. Cuando se cansó del juego, recogió la mochila y se despidió. Como el parque no estaba lejos de casa de su abuela, decidió pasar a saludarla. La encontró en el jardín, llenando un cuenco de leche fría para su gato. Al verle, la anciana sonrió.

—Tengo algo para ti —le dijo, con aire misterioso.

Entró en la casa y no tardó en volver con una bolsa llena de galletas recién horneadas. A Mateo le encantaban aquellas galletas. Eligió una y se la zampó en un santiamén; el resto, las guardó en su mochila. Después dio un beso a su abuela y continuó su camino a casa.
Lo primero que hizo al llegar a su habitación fue sacar de su mochila el libro de caballeros y dragones. Iba a abrirlo para empezar a leerlo cuanto antes, pero notó algo extraño: él hubiera jurado que en la portada había visto dibujado un dragón lanzando fuego a un caballero, aunque allí sólo aparecía un caballero en actitud guerrera… Pensó que debía de haberse confundido. Probablemente, el dragón que recordaba estaba en el interior.

Cuando hojeó el libro, su sorpresa fue aún mayor. En muchas páginas faltaban palabras; a veces, incluso frases enteras. Y casi todas las ilustraciones tenían borrones. A Mateo no le dio tiempo a buscar una explicación a todo aquello porque alguien le interrumpió:

—¡Psst! ¡Sácame de aquí!

El niño no podía creerlo: ¡aquella voz ahogada provenía del libro! Fijó la mirada en la doble página abierta ante él y entonces la vio. Una figurita asomando entre líneas. Era el caballero de las ilustraciones, que extendía una mano solicitando su ayuda.

Sin entender nada de lo que estaba ocurriendo, Mateo agarró al caballero y tiró de él hasta sacarlo de la página. Del impulso, el caballero rodó libro abajo y cayó sobre la cama. El niño lo observó con atención. No medía más de medio palmo, pero era de carne y hueso.

De repente, aquella figurita empezó a crecer. Alcanzó la estatura de un adulto en cuestión de segundos. Entonces se quitó el yelmo y lanzó un largo suspiro de alivio.

Mateo miraba al caballero como si acabase de contemplar a un mago sacar un regimiento de conejitos blancos de su chistera.

—¿Cómo has salido del libro? —apenas atinó a preguntarle.

—Todos los personajes pueden salir de sus libros. Otra cosa es que dejemos que los lectores nos descubran… Eso sólo ocurre en casos de emergencia. Como éste.

—¿Una emergencia? —Mateo seguía sin comprender nada.

—Nuestro dragón se ha escapado. ¿Has visto todos esos huecos en las frases y los espacios vacíos en las ilustraciones? Si el dragón no está en el libro, nuestra historia queda incompleta y nadie puede leerla. Así que tienes que ayudarme a encontrarlo.

Mateo se asustó. ¿Un dragón suelto? ¡Qué peligro! El caballero le tranquilizó. Le aseguró que los dragones no eran tan feroces como los pintaban; simplemente interpretaban un papel. El de aquel libro podía ser algo travieso, pero era incapaz de hacer daño a una mosca.

Algo más calmado, el niño pensó que lo mejor sería echar un vistazo a su mochila por si el dragón se había quedado dentro. Pero no estaba allí. De hecho, no estaban ni el dragón ni las galletas que le había dado su abuela, de las que sólo quedaban las migas. Para el caballero, no había duda: su dragón, goloso empedernido, había acabado con las existencias galleteras. Y no podía hacer demasiado tiempo de aquello… Mateo descubrió un descosido en el fondo de su mochila. Seguro que el fugitivo había huido por ahí.

Siguiendo la técnica de un detective cuyas aventuras había leído semanas antes, el niño propuso desandar el recorrido desde la biblioteca hasta su habitación para localizar al dragón. La primera parada debía ser, por tanto, la casa de su abuela.

Así que Mateo guardó el libro de la biblioteca en su mochila y emprendió el camino en busca de su primera pista, seguido de cerca por el caballero. Llegaron a casa de la abuela tan rápido como pudieron. La anciana todavía estaba en el jardín: ahora regaba sus flores.

—Abuela, ¿has visto pasar un dragón por aquí?

—¡Qué tonterías dices! —la anciana rompió en carcajadas—. ¡Los dragones no existen!

Mateo no pudo evitar ponerse rojo. Bien pensado, aquella pregunta era ridícula… Cuando dejó de reír, la abuela siguió hablando:

—El único animal extraño que ha pasado por aquí es un gato enorme. ¡Nunca había visto uno tan grande! Pobrecito, tenía mal aspecto: su piel estaba verdosa.

El caballero y Mateo intercambiaron miradas en silencio. Tenía que ser él.

—¿Qué ha pasado con ese gato, abuela?

—Me ha parecido hambriento, así que le he traído leche y galletas. Se ha bebido la leche de un trago y se ha relamido con las galletas. Después se ha alejado en dirección al parque.

El niño dio las gracias a su abuela y echó a correr hacia el parque. El caballero, avanzando con dificultad por culpa de la armadura, se esforzaba en seguir su ritmo.

Mateo confiaba en que sus amigos supieran algo del dragón. Pero el partido había acabado y en el parque ya no quedaba ninguno de ellos. Entonces el niño se acercó al rincón donde había dejado la mochila mientras jugaba al fútbol. Allí tampoco había nada.

—Hemos perdido el rastro del dragón —anunció, dándose por rendido.

—¿Te refieres a un dragón muy simpático, alto como un autobús y algo patoso al andar?

Quien acababa de hablar era una niña que les observaba desde los columpios. Mateo y el caballero se acercaron a ella con interés y la animaron a seguir hablando:

—Ese dragón ha estado empujando mi columpio durante un rato. Ha sido genial, ¡nunca me había columpiado tan alto! Después ha dicho que tenía que volver a casa y se ha ido.

—¿A casa? ¡Claro, habrá vuelto a la biblioteca! —exclamó el caballero.

Sin tiempo que perder, Mateo corrió hasta la biblioteca. Dio por hecho que el caballero le seguía; pero, cuando llegó a la puerta y se volvió hacia él, se sorprendió al comprobar que allí no había nadie. Justo entonces notó que algo le tiraba de la pernera del pantalón: era el caballero, que volvía a medir medio palmo.

—¡Aquí todos recuperamos nuestro tamaño original! —explicó, a gritos, desde el suelo.

Mateo y el caballero comenzaron su búsqueda en la biblioteca. No iba a ser fácil localizar a un dragón de bolsillo entre tantos libros. Recorrieron pasillo tras pasillo, prestando atención a cualquier posible pista, pero no hubo suerte. Por fin, oyeron algo: era un llanto desconsolado que parecía provenir de algún lugar apartado. Guiados por aquel llanto, llegaron hasta la última estantería. ¡Allí estaba el dragón! Acurrucado en un rincón, terriblemente asustado.

—¿Dónde está mi libro? ¿Y ahora cómo vuelvo a casa? —sollozaba.

Cuando caballero y dragón se encontraron, se dieron un abrazo de los que hacen historia. El caballero se sentía feliz por haber recuperado a su compañero de aventuras. El dragón respiró tranquilo al saber que por fin podría regresar a casa. Y Mateo, que les observaba satisfecho, dudó que hubiera una amistad más bonita que aquélla en el mundo real.

Llegó el momento de despedirse. El niño sacó el libro de su mochila y lo abrió por una página cualquiera. Tras prometer que no volvería a escaparse, el dragón saltó a su interior. Después el caballero estrechó la mano de Mateo con su manita y dijo, visiblemente emocionado:

—Nunca olvidaré tu ayuda. Para agradecértelo, te prometo que haremos todo lo posible ahí dentro para que disfrutes leyendo esta historia.

Dicho esto, el caballero también saltó al libro. Al instante, las palabras perdidas reaparecieron y las ilustraciones volvieron a quedar completas. En la portada, de nuevo, caballero y dragón compartían una escena de lucha. Entonces Mateo cerró el libro y volvió a casa para empezar a leerlo cuanto antes. Y, realmente, disfrutó como nunca con aquella historia.

Desde entonces, cada sábado por la mañana, Mateo sigue yendo a la biblioteca a buscar su lectura semanal. Pasa horas ante las estanterías, revisando cada libro con atención, hasta que elige uno. Después vuelve a casa con el deseo secreto de abrirlo y encontrar huecos entre palabras o borrones en las ilustraciones.

Por ahora, no ha vuelto a pasar. Pero él no pierde la esperanza de que, algún sábado, un personaje vuelva a salir de su libro… Sólo en caso de emergencia, claro.

Un dragón con miedo al fuego

Autora: Ester Salguero Amaya
Ilustrador: Susana Rosique
Corrector: Federico G. Witt
Género: Relato fantástico
Este relato es propiedad de Ester Salguero y su ilustración pertenece a Susana Rosique. Todos los derechos reservados.
UN DRAGÓN CON MIEDO AL FUEGO
La madre dragón lanzó una llamarada de ardiente fuego que envolvió al huevo en un abrazo cálido y acogedor. De esta forma se aseguraba de que su pequeño se sintiera protegido y reconfortado por las llamas, el elemento natural de los dragones. En el nido se encontraban, además de Esmeralda, la hermosa madre dragón de brillantes escamas verdes, sus otros dos vástagos, Vulcano y Bestor, reunidos en su lugar de nacimiento, para presenciar el momento en el que el pequeño dragón comenzaría a resquebrajar el huevo y abrirse  paso hacia el mundo exterior. El nacimiento de un dragón siempre era un gran acontecimiento.
Mientras, en el interior del huevo, ajeno a lo que pasaba fuera, la criatura se movía inquieta. El fuego que calentaba el huevo le reconfortaba, pero por alguna razón perturbaba su sueño. Con pequeños movimientos, perezoso, intentaba acomodarse de nuevo. Esmeralda lanzó una nueva bocanada de fuego para reavivar las llamas y recordar al pequeño dragón que le esperaban en el exterior. El infante se asustó de este incremento de la temperatura, y en su nerviosismo comenzó a romper el huevo desde dentro.—¡Oh!, mira, madre, ya empieza a intentar salir —señaló Vulcano, impaciente.

—Quizá necesite ayuda. Podríamos… —empezó a comentar Bestor, que fue rápidamente interrumpido por su madre:

—No. Debe salir por sí solo. Esta es la primera de las pruebas que tiene que superar para llegar a ser un gran dragón, como vosotros hicisteis en su momento.

Dicho esto, la dragona volvió a avivar el fuego por tercera vez, justo en el momento en que el pequeño conseguía por fin desprender una parte de la cáscara lo suficientemente grande para poder avistar el exterior. Y lo primero que vio fue… fuego. Una inmensa llamarada dirigiéndose hacia él.

—Vamos, pequeño. Ven con nosotros —le animaba Esmeralda, deseando conocer a su nuevo hijo.

—Parece que es algo tímido —se burló Bestor, observando cómo el dragón los miraba desde el interior del huevo por la abertura que acababa de hacer en la cáscara—. Y está temblando.

—Qué dragón más raro. ¿No será que tienes miedo del fuego? —insinuó despectivamente Vulcano.

—Vamos, muchachos, dejadle en paz. Solo necesita un poco más de tiempo para salir —intentó apaciguarles su madre, aunque también estaba algo decepcionada con el pequeño, tímido y asustadizo dragón.

Lo cierto es que todos ellos tenían razón. El pequeño estaba aterrorizado. Un dragón que tenía miedo del fuego. Era algo impensable, inaudito, y sin embargo había ocurrido y les había tocado a ellos. Los dragones eran criaturas asombrosas, poderosas, orgullosas de ellas mismas y del temor que infundían en los otros seres. ¿Cómo podría sobrevivir un dragón con miedo al fuego? ¿Qué imagen daría mostrando semejante debilidad nunca antes vista?

Vieka, que así fue llamado el pequeño e inusual dragón, salió finalmente del huevo cuando las llamas se hubieron extinguido. Fue recibido en una familia que se avergonzaba de él. Esmeralda, quien a pesar de todo quería a su hijo como a los demás, lo protegió de los comentarios y le hacía esforzarse para superar el miedo que sentía a lo que debería ser su principal arma. Sin embargo, Vieka creció junto a las burlas de sus hermanos, que, orgullosos de sí mismos, no podían aceptar a un dragón temeroso del fuego y evidentemente incapaz de escupir violentas llamaradas como ellos.

En sus incesantes juegos los tres hermanos desarrollaban todas sus habilidades de dragón. Hacían carreras volando, para ejercitar sus vigorosas alas; luchaban entre sí, para entrenar las fuerzas de sus garras y colmillos; resolvían juegos de ingenio que ellos mismos inventaban, para agudizar su inteligencia. En todo esto, Vieka era comparable a sus hermanos, aunque siempre inferior. Demostraba grandes aptitudes de velocidad, fuerza, resistencia y agudeza, no obstante haber tenido que esforzarse el doble que ellos le hizo estar a su altura y que le permitieran participar en sus prácticas. Sin embargo, siempre quedaba rezagado y era menospreciado por su insuperable temor al fuego. De hecho, él mismo era consciente de esto y se avergonzaba por ser como era. Pero por mucho que lo intentara no podía hacer nada para cambiar y ser como el resto de los admirables dragones. No podía luchar contra el fuego.

Una tarde soleada, en uno de sus juegos, Vieka intentaba ganar una pelea contra sus hermanos. Por primera vez estaba logrando alcanzar el ritmo de Bestor, pero Vulcano lanzó pequeñas llamaradas para despistar a Vieka y hacerle perder la competición.

—Sois unos tramposos —les reprendió, cuando las llamas se hubieron extinguido al cabo de un rato.

—Vamos, ¿quién dice que un dragón no puede usar fuego para obtener ventaja? No seas mal perdedor.

—Anda, no te enfades. Hagamos ahora una carrera. El primero que llegue al nido gana.

Los tres hermanos dragones desplegaron sus hermosas alas y levantaron rápidamente el vuelo. A pesar de lo que pueda parecer, los dragones son criaturas ágiles y veloces. No obstante, no pudieron esquivar la trampa en la que Bestor quedó atrapado. Vieka trató de romperla con sus garras, pero fue totalmente inútil. Vulcano no dudó en lanzar fuego para quemarla, consciente de que este elemento no haría daño a su hermano, como tampoco logró hacérselo a la red que lo tenía apresado. Bestor les gritó que se marcharan:

—¡Marchaos! Es una trampa fabricada por cazadores de dragones y no podremos destruirla. Estos hombres nos han estudiado durante mucho tiempo y, aunque no saldrían victoriosos enfrentándose a nosotros directamente, si caemos en una trampa estamos perdidos. Avisad a madre; ella sabrá qué hacer.

Los dos dragones se elevaron en el cielo siguiendo las indicaciones de su hermano preso. Pero tras un instante, Vieka se detuvo de golpe llamando la atención de Vulcano.

—¿Qué haces? ¡Tenemos que avisar a nuestra madre!, ¡rápido!

—¿Pero no te das cuenta? Tenemos que seguir a esos hombres.

—Aún no estamos preparados para luchar contra ellos. Somos demasiado jóvenes, podrían capturarnos a todos. ¿Es eso lo que quieres, Vieka?

—Claro que no. No soy estúpido. Pero tenemos que saber a dónde se lo llevan, para poder rescatarle cuando sepamos qué hacer.

—Está bien. Síguelos, pero no dejes que te vean. Yo, avisaré a madre. Nos reuniremos en el claro al que vamos a jugar por la noche.

Vulcano siguió volando raudo hacia el nido. Mientras, por su parte, Vieka emprendió su camino con una ligera sonrisa en su rostro, pues aunque Vulcano no lo había reconocido de ese modo, no había tenido más remedio que darle la razón en su planteamiento. Se le presentaba una gran ocasión para demostrar que también era digno de ser un dragón. No les defraudaría.

Al sobrevolar la zona donde habían capturado a Bestor tuvo un mal presentimiento que se confirmó al no encontrarle. Sin duda los hombres se habían dado prisa en llevarse su presa a su refugio. Un tanto alarmado, Vieka sobrevoló en círculos la zona, escudriñando todos los rincones en busca de alguna pista que indicara el paradero de su alado hermano. Al cabo de unos instantes, se percató de unas marcas de rueda en el suelo. Muy alerta, siguió su trayectoria con la esperanza de estar siguiendo la pista correcta, aunque no tardó mucho tiempo en pasar volando sobre los hombres que transportaban a Bestor en una carreta.

—Este dragón nos va a dejar una fortuna. Tiene unos colmillos magníficos.

—Y fijaos en estas escamas tan brillantes. Se nota que es un dragón muy sano. Y joven.

—Llevamos tiempo observando a esos estúpidos dragones. Al menos hemos podido capturar a uno de ellos. Será suficiente.

Los hombres caminaban lentamente, ralentizados por la carga que transportaban. A pesar de que Bestor no era un dragón adulto ya había desarrollado un considerable peso y tamaño. A intervalos constantes, forcejeaba contra sus ataduras, incapaz de romperlas. Con cada sacudida, los hombres se mostraban inquietos. Habían logrado anular sus habilidades de dragón con las trampas que habían desarrollado, habían fabricado materiales inmunes al fuego, con los que se cubrían; sin embargo, un dragón nunca podía tomarse a la ligera: si conseguía liberarse podían darse todos por perdidos aunque se tratara de un dragón adolescente, como era el caso de Bestor.

Tras varias horas de pesado avance, consiguieron llegar a una cueva semioculta en la ladera de una montaña. Penetraron en ella en sumo silencio. Bestor estaba agotado y aterrorizado, todos sus esfuerzos y prácticas para desarrollarse como un temible dragón se habían visto truncados por estos insignificantes hombres, ante los que se encontraba a su total merced. Vieka entró discretamente, caminando por el techo de la cueva, camuflándose con su superficie para no ser visto. Observando con atención la estancia, uno podía darse cuenta de que lo que pretendían hacer con su hermano no podía ser nada bueno.

En un lugar algo más alejado, Vulcano había encontrado a Esmeralda y le había informado de todo lo ocurrido. Ambos habían iniciado juntos el viaje de regreso hasta el lugar donde debían reunirse con Vieka para ir a rescatar al aterrorizado Bestor. Sin embargo, el joven Vieka tenía otros planes. No podía abandonar a su hermano a su suerte, debía actuar. Y pronto.

Observó con atención los preparativos de los hombres. Desconocía por completo qué estaban organizando y no quería averiguar cuál era el papel de Bestor en esos trámites en los que se encontraban tan ocupados. El asustado dragón, ahora encadenado en una tarima de extraño material oscuro, lanzó bocanadas de fuego y humo para asustar y alejar a los hombres, consciente de que no podía hacerles daño usando su elemento. Lo que nunca hubiera pensado es que ese mismo fuego le haría daño a él.

—El material sobre el que te encuentras absorbe tus llamas y las transforma en energía capaz de dañar tu dura piel —explicó uno de los hombres, observando divertido al dragón dolorido—. Ahora ya no pareces tan valiente, dragoncito.

Bestor gruñó violentamente, lo cual hizo retumbar las paredes de la cueva y cogió a todos los hombres desprevenidos. No esperaban que el dragón hiciera algo así, no lo tenían todo tan bien previsto. Vieka puso su mente a trabajar, analizando todo lo que veía para elaborar una estrategia de rescate. Aun siendo cazadores de dragones, temían a estas criaturas y, como todos los hombres, desconfiaban de aquello que no podían ver y desconocían. Esa sería su gran arma. No usaría el fuego, esta vez un dragón usaría armas no previsibles.

Durante unos instantes recordó con añoranza los juegos con sus hermanos, especialmente aquellos en los que frecuentemente le lanzaban pequeños brotes de fuego para asustarlo y reírse de él, gracias a los cuales había desarrollado una gran capacidad pulmonar que le permitía apagarlos con rapidez para protegerse. Esta habilidad, nada propia de los dragones, sería de especial utilidad ahora para dejar a esos detestables hombres a oscuras.

Una a una, fue apagando las antorchas que iluminaban la estancia. Al principio los hombres lo asociaban a una ráfaga de viento, pero pronto descubrieron el motivo.

—¡Hay otro dragón! —gritaron unos.

—¿Dónde está? —preguntaron otros, con los arcos preparados.

—Arriba, en el techo. Camuflado entre las sombras y la piedra. ¡Disparad!

El caos reinante en aquellos momentos era notable. Los hombres estaban nerviosos, disparaban afiladas flechas de acero hacia el techo, pero Vieka se movía con agilidad esquivándolas y apagando a su vez más antorchas. Mientras recuperaba el aliento, uno de los cazadores más fieros apuntó certeramente su flecha y disparó, hiriendo al dragón en su ala derecha. Vieka perdió el equilibrio y cayó dando vueltas, impactando con fuerza en el suelo. Bestor, que lo había visto todo atónito, aprovechó la confusión para recobrarse de sus heridas y volver a gruñir de forma violenta, lo cual produjo un fuerte estremecimiento en las paredes seguido de un repentino desprendimiento de algunas piedras.

Algunos de los hombres huyeron despavoridos, incapaces de enfrentarse a la vez a dos dragones y a la montaña. Vieka, algo aturdido por el reciente golpe, unió sus fuerzas a las de su hermano, y ambos bramaron de tal manera que la montaña entera tembló, sacudiendo a los asustados cazadores, que salieron corriendo horrorizados y temerosos de perder la vida en el inminente derrumbe de la cueva.

—Tranquilo, hermano, te sacaré de aquí. —Vieka mordía insistentemente las ataduras que tenían aún inmovilizado a Bestor. El dolor del ala y de los golpes recibidos por las piedras que ellos mismos habían desprendido no importaba ahora. Tenía que liberar a su hermano y salir de allí rápido.

—Vieka, tienes que usar esa palanca para liberarme. Antes vi cómo me ataban; no podemos romper estas ataduras antidragones.

Vieka miró unos instantes extrañado, sin comprender lo que tenía que hacer. Bestor le explicó el funcionamiento del mecanismo que lo liberaría, tras lo cual Vieka entendió y procedió a ponerlo en marcha torpemente con sus robustas garras.

Al cabo de un rato los dos hermanos abandonaron la peligrosa cueva. Una vez en el exterior unieron de nuevo sus rugidos para provocar el derrumbamiento. Esos hombres no volverían a usar aquellas viles herramientas con ningún otro dragón.

Pausadamente, puesto que a Vieka le costaba volar con el ala herida, llegaron al encuentro de Esmeralda y Vulcano, que les esperaban preocupados. La dragona inspeccionó a los dos dragones recién llegados y prestó especial interés a la curación del ala dañada.

—Has conseguido escapar, Bestor. No podía ser de otra forma —comentó Vulcano, satisfecho de su hermano.

—Sí. Gracias a la ayuda de Vieka. Sin él no lo habría conseguido. —Bestor se mostraba ahora realmente orgulloso e impresionado por su hermano Vieka, y transmitió a los demás estas sensaciones.

Vieka y Bestor relataron lo que habían vivido en el interior de la cueva de los humanos, haciendo especial hincapié en cómo lograron salir victoriosos sin necesidad de usar ninguna de las técnicas características de los dragones.

—No hemos usado fuego, no hemos volado, ni peleado con nuestras garras, colmillos y cola —repetían una y otra vez a lo largo del relato.

Al finalizar su historia, Vulcano estaba sorprendido, orgulloso de sus dos hermanos. Esmeralda, igualmente impresionada y satisfecha de sus vástagos, se dirigió a ellos:

—Habéis empleado la mejor de las habilidades que posee todo dragón, vuestra inteligencia, demostrando que sois dignos de ser llamados dragones. Todos. Vulcano, has buscado ayuda cuando la situación te superaba; Bestor, no te has rendido en ningún momento y has seguido luchando por tu libertad; y en especial tú, Vieka, quien a pesar de tus limitaciones has sido capaz de encontrar una solución, y no como necesidad de salvarte a ti mismo, sino para conseguir salvar a tu hermano.

Los cuatro dragones volvieron a su nido, donde crecieron y siguieron defendiéndose los unos a los otros. Ya nadie se avergonzó del dragón con miedo al fuego, sino que lo aceptaron tal como era. Se dice que siglos más tarde, cuando los dragones se hubieron extinguido, aún perduraban ciertos reptiles con temor al fuego, o ¿de dónde creéis que vienen las lagartijas?

Amigos entrañables

Autor: Rosina Peixoto
Ilustradores: David Hernando y Jorge Luis Torres
Corrector: Federico G. Witt
Género: Narrativa, cuento
Este cuento es propiedad de Rosina Peixoto, y sus ilustraciones correspondientes son propiedad de David Hernando y Jorge Luis Torres. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Amigos entrañables

Era un niño como los demás, pero tenía una capacidad de observación y una vivacidad exacerbadas.

Samot siempre quiso tener una mascota, pero por un motivo u otro nunca había podido. Sus padres decían que un departamento no era el mejor lugar para que viviera, que los animales eran muy sucios, que después los niños se encariñaban con sus mascotas y era un duelo real cuando estas morían. Muchas excusas, algunas irracionales, pero excusas al fin.

Sus amigos compartían esa felicidad de la mascota propia: perros, gatos, hamsters, peces, conejos, loros y canarios, hasta una tortuga.

Llegó Navidad y Samot soñaba con la mascota que le traería Papá Noel: un dragón. Era lo que había pedido en su carta. Como no sabía escribir había calcado las letras de “Papá Noel”, pegado un recorte de un dragón y hecho un garabato como firma.

La tradición en su pueblo era que Papá Noel entraría por la ventana (no tenía chimenea por vivir en un departamento) y dejaría los regalos en las medias colgadas o abajo del árbol de Navidad, a la medianoche. Al otro día todos se levantarían ávidos por saber qué les había traído de regalo.

Samot se acostó temprano para que las horas de sueño pasaran rápido, así podría levantarse a ver su regalo. En su intimidad soñó con su anhelado dragón, al que había bautizado Nogard.

Temprano en la mañana se levantó y fue corriendo a buscar su paquete. Había varios y tuvo que descifrar su nombre, ya que no sabía leer, únicamente recordaba de memoria las letras enlazadas armoniosamente.

Era una caja grande y cuadrada. Rasgó el papel con entusiasmo, abrió la tapa y, para su sorpresa, encontró un dragón, pero de juguete. Se sintió tan desgraciado, tan descreído, tan indignado, que se fue a su cuarto y se encerró con llave.

Horas más tarde sus padres lo obligaron a salir de su cuarto para tomar el desayuno, luego el almuerzo, el té y la cena. Fue el día más triste de su corta niñez. Sus padres dejaron que descargara esa desazón en soledad, ya que habían tratado por todos los medios de explicarle que el dragón era un animal mitológico que no existía, que era una fábula, que estaba en la imaginación de la gente. Toda explicación fue en vano.

Samot se acostó temprano dejando su regalo tirado debajo del árbol, en la sala. Decidió mirar la televisión, esas aventuras fantásticas que le alegraban su vida. Cuando se durmió, después de que sus padres le dieran el beso de las buenas noches, la puerta de su habitación se abrió y Nogard se deslizó silenciosamente, ubicándose al lado de su cama.

Samot sintió una mirada fuerte, un calor que le traspasaba los párpados y le hacía abrir los ojos.

—Nogard, Nogard, sabía que eras de verdad. No podías ser inerte. Sabía que estabas vivo.

—Mi querido amiguito, claro que estoy vivo. Quiero que me acompañes a lugares fantásticos que nunca olvidarás. Todas las noches volaremos a diferentes ciudades y disfrutaremos cada día (será de día en los lugares que visitemos).

—Nogard, ¿mis padres se enterarán?

—No, mi amiguito. Será un secreto entre tú y yo. Este secreto lo guardaremos hasta que dejes de ser niño. Algún día contarás a tus hijos tus lindas aventuras por el mundo volando en la espalda de este dragón aventurero.

—¿Cuándo empezaremos nuestro viaje? ¿Hoy?

—Mira, déjame organizar el itinerario y mañana partimos para… Bueno, será sorpresa. Mañana lo sabrás

—¡Yuppppiiiiiii, soy el niño más feliz del mundo!

Samot se durmió, la excitación lo había dejado exhausto. Nogard dormía a su lado.

Cuando su familia se levantó, les sorprendió ver que Nogard había desaparecido del lugar donde Samot lo había tirado, debajo del arbolito en la sala. Pensaron lo peor, que lo habría tirado a la basura y que su dueño estaría con un humor de perros.

Se asomaron desde la puerta para ver hacia adentro del dormitorio de Samot. ¡Qué sorpresa! Samot y Nogard estaban durmiendo abrazados. Al menos el regalo que habían comprado servía para algo. Y se retiraron del brazo, sonriendo.

Más tarde Samot llegó saltando a la mesa del comedor; la alegría se le reflejaba en su cara, cantaba y hablaba hasta por los codos. Sus padres se miraron y no entendían nada, pero decidieron que era mejor no indagar.

Esa noche empezó el viaje. La primera ciudad que eligió Nogard fue Madison, Wisconsin. Era invierno y los lagos Monona y Mendota estaban congelados. Fue así que pudieron patinar hasta el cansancio, rodeados de árboles nevados en los fantásticos bosques de esa zona agrícola y ganadera que queda aquietada durante los meses de invierno.

—¿Te parece ir a comer unos brats con refrescos a Great Dane? Debes de tener mucha hambre.

—Todo lo que propongas me parece bien. Nunca me he divertido tanto en mi vida. ¿Mañana conoceré otro lugar tan magnífico como este?

—Claro, eso es lo que te prometí.

Al día siguiente, Samot comentaba, a la hora del desayuno, sobre lugares nevados de América del Norte; hablaba de lagos y de bosques. Sus padres estaban asombrados porque nunca le habían mencionado esos lugares a su hijo. Pensaron que el dragón de juguete era muy buena compañía.

Llegó la noche y partieron para Santa Agustina, Florida, una ciudad que se considera la más antigua de los Estados Unidos. Visitaron el Castillo de San Marcos, típica construcción española, caminaron por sus calles de adoquines en la parte colonial de la ciudad. Nogard le contó sobre las luchas entre ingleses y españoles y le habló de los esclavos. Fue una visita fascinante.


Pasaron los años y Samot cada vez sabía más. En la escuela era el primero de la clase. A todo lo que la maestra preguntaba sobre Geografía e Historia, Samot era el que respondía. Fue igual en el liceo. Además sus padres se admiraban por el cambio de su hijo: ahora era un chico alegre, extrovertido y amable. Ataron cabos y se dieron cuenta de que el cambio se había producido en el momento en que el dragón de juguete llegó a su casa.

Cuando Samot cumplió diez años, Nogard se despidió y le dijo que iría a repetir la historia con otro niño que quisiera tener un dragón como mascota. Él no tendría problema porque viviría por siempre y estaba dispuesto a alegrar la vida a muchos niños.

Samot no lloró ni se puso triste, porque había vivido muchos años disfrutando y conociendo lugares que de otra forma no hubiera podido disfrutar ni conocer. Aprendió que, gracias al increíble poder de la mente, se pueden lograr cosas imposibles.

Draco Custos

Autor: Begoña Callejón
Ilustradores: Jesús Prieto y Ester Salguero
Corrector: Elsa Martínez
Género: Prosa poética
Este poema en prosa es propiedad de Begoña Callejón y sus ilustraciones pertenecen a Jesús Prieto y Ester Salguero.DRACO CUSTOS
Golpean las puertas del Inframundo. Tierra. Mar. Aire. Las raíces de Yggdrasil en sus estómagos. La proa de la nave te esculpe. Una constelación asume tu nombre. No tengas miedo, escupe a los espíritus. Tierra. Mar. Aire. Bajo los pies de los santos, de los mártires. Me unto con tu sangre. ¿Protección? No. Me acerco al mal. Tierra. Mar. Aire. Obstáculo del héroe. Princesas en sus castillos. Es necesario volver al hogar. Dragón de fuego. Vuela. El viento lanza dardos. Verde turquesa. Un tocado de plumas. Tierra. Mar. Aire. Un guardián que devora plumas, que asusta a los barcos enemigos. Cierra los ojos y llévame con los vikingos, rasga mi alma. Mi corazón se desliza por el filo de tu párpado. Tierra. Mar. Aire. Me hundo en la canción de esta plaga. Me renuncio, me silencio, me recuerdo. Me corto de raíz. Naufragando en mi misma. Juegas a los acertijos, hablas en latín, tus escamas son fuertes y brillantes, articulas palabras y acumulas tesoros. Tierra. Mar. Aire. Autofertilización a través de tu vientre de molusco, tus alas de pez y garras de águila. Nos tumbamos al sol y descubro que tienes tantas costillas como días tiene el año. Tierra. Mar. Aire. Mudas la piel y rejuveneces.

La sangre del dragón

Autora: Anna Morgana Alabau

Ilustradoras: Solange Cabrino y Ana Menéndez

Corrección: Federico G Witt

Género: Fantasía, Espada y Brujería, Épica (a partir de 13 años)

Este cuento es propiedad de Anna Morgana Alabau, y sus ilustraciones correspondientes son propiedad de Solange Cabrino y Ana Menéndez. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La sangre del Dragón

La aurora nació roja entre el intenso verde de las montañas que rodeaban el poblado, y Aodhamair supo que algo terrible iba a suceder. Su padre había salido con la partida del klannsman para pactar una tregua con los hombres del sur. Se habían marchado con los mejores guerreros del clan dejando un pequeño destacamento como guardia, y al consejo de druidas y sacerdotisas para hacerse cargo de los suyos hasta que regresaran. Sin embargo, algo decía a Aodha que aquello no iba a bastar para protegerles.

Tenía una sensación en la piel, en los huesos, y el mismo cosquilleo incesante en la sangre que cuando invocaba la presencia de la diosa. Intentó explicárselo a su madre, prevenirla de algún modo, pero ella sólo parecía interesada en convencer a su hija de que tomara esposo. Aodha sabía que ninguna de sus antecesoras había sido sacerdotisa antes de perder a su hombre en la batalla. Sin embargo, ella sentía algo diferente correr por sus venas, algo impetuoso e incontrolable, que jamás podría compartir con nadie.

Las palabras de su madre fluían a su alrededor sin acabar de llegarle; en su interior, algo parecía empezar a despertar, una angustia ardiente en la boca del estómago que le decía que algo terrible estaba acercándose.

—Silencio, madre —ordenó de repente con voz áspera.

Su madre calló, sorprendida por la brusquedad de la interrupción. Quiso protestar, pero vio algo en la expresión de Aodha que la turbó profundamente. Un brillo rojizo destelló un instante en sus iris mientras su hija husmeaba el aire como un perro de caza.

—Es una trampa —susurró—. ¡Están aquí!

Aodha se abalanzó sobre la vieja espada de su padre justo cuando los tambores empezaron a resonar por el valle. El sol todavía estaba a medio camino de su cénit cuando las sombras comenzaron a descender por la ladera en dirección al poblado. Las antorchas ardían con violencia en sus manos, y sus flechas encendidas volaban hacia las quinchas de los tejados.

—¡Corre! —gritó Aodha a su madre antes de salir como una exhalación de la casa.

Los guardias apostados en la empalizada que protegía el pueblo habían cerrado el portón y subido a las torretas de madera para disparar a los asaltantes, pero las flechas del enemigo habían alcanzado a muchas de ellas, de manera que era imposible frenar el fuego. Aodha pasó corriendo junto a un círculo de druidas que trataban de invocar la protección de los dioses. Sabía que era su única manera de contraatacar antes de que salvaran la empalizada, del mismo modo que sabía que no iba a servir de nada.

Algunos de los muchachos del clan, hijos de los guerreros que habían partido aquella mañana, se hallaban en las puertas del muro de madera, espada y escudo en mano, dispuestos a hacer frente a las hordas del sur. Todos eran conscientes de que, si contaban sólo con sus aceros, el clan estaba condenado; sin embargo, el favor de los dioses se ganaba luchando y la rendición no formaba parte de su naturaleza. Aodha se plantó entre ellos, sosteniendo en alto la espada de su padre. Algunos la miraron sorprendidos, pero en sus rostros no había sino agradecimiento por su sacrificio.

—¿No tendrías que invocar a la diosa? —le preguntó el único que no se encogía a cada golpe que los hombres del sur daban a la empalizada para derribarla.

—Por si no te habías dado cuenta, Mordred, todavía no he sido ordenada —respondió ella, no sin cierta irritación.

Ser sacerdotisa de la Morrighan era todo lo que le había importado en esta vida, y ahora iba a morir sin llegar a conseguirlo. Ojalá supiera más sobre la diosa; ojalá supiera cómo finalizar la invocación que tantas veces había practicado.

—Voy a hacerlo —le susurró a Mordred cuando las primeras maderas empezaban a quebrarse—. Voy a invocar a la diosa.

—¿No has dicho que…? —balbuceó él frunciendo el ceño—. ¿Crees que te hará caso?

—No lo sé —respondió con sinceridad—. Pero si vamos a morir ahora, prefiero intentarlo.

Mordred asintió con la cabeza y dirigió su mirada a la empalizada, mientras asía con más fuerza el acero. Las palabras de Aodha eran un sibilante susurro en su oído. La miró de soslayo y una sonrisa se ensanchó en sus labios al ver que, aun con los ojos cerrados en plena invocación, seguía sosteniendo en alto la espada de su padre.

Cuando la empalizada se rompió y los hombres del sur invadieron el poblado, Aodha ya había terminado su cántico, y no parecía haber surtido ningún efecto. Los druidas tampoco habían conseguido reforzar la madera con la protección de los dioses, de modo que habían empuñado también las espadas y se habían unido a los chicos que pretendían defender al clan hasta la muerte.

El rugido atronador de la batalla se alzó desde la tierra misma y ambos bandos corrieron al encuentro del enemigo. Durante un instante, lo único que Aodha pudo sentir fue el choque de los aceros, el hedor de la sangre y la tenaza del miedo. Los hombres que les atacaban eran tan grandes que le parecía luchar en la sombra, segura de que cada golpe que paraba con la espada iba a ser el golpe final.

Y de repente, claro como el día, oyó el graznido de un cuervo sobre la batalla. Se volvió excitada, buscando a Mordred entre el tumulto de cuerpos y aceros que danzaban a su alrededor, y se encontró de pleno con su mirada.

—Es la Morrighan —le susurró. Y entonces, una espada la atravesó de parte a parte.

Pudo ver sorpresa, incertidumbre y pánico en la mirada de Mordred antes de desplomarse sobre el suelo. Sentía frío y fuego a la vez, algo que la paralizaba y le quemaba las entrañas. Giró sobre sí misma, consiguió arrodillarse sobre el barro húmedo y se llevó las manos al estómago, pero no había nada allí. Desconcertada, observó su cuerpo intacto mientras sentía cómo unos dientes de fuego la consumían por dentro.

Una sombra se detuvo encima de ella, levantando la espada sobre su cabeza. Aodha lanzó un grito de dolor, al sentir que algo desgarraba la piel de su espalda. Su respiración era un resuello cada vez más grave y las lágrimas le quemaban los ojos, ahora rojos como su pelo. Levantó la mirada hacia el hombre de la espada, pero algo extraño ocurrió, porque al verle la cara éste retrocedió, aterrorizado.

Otro grito de dolor emergió de su garganta entonces, mientras escupía llamas y en su espalda su piel se rasgaba por completo y liberaba unas enormes alas tan verdes como lo habían sido sus ojos.

Todos aquellos, amigos o enemigos, que se encontraban en la batalla se detuvieron un instante mientras Aodha se erguía sobre sus patas, extendía las alas y gruñía de dolor al abrirse su carne para mostrar unos huesos puntiagudos que se extendían desde su frente y por toda la columna hasta su recién aparecida cola. Los cuervos descendieron en círculos a su alrededor y se unieron ante ella, formando por un momento la figura de una mujer. Nunca hubo en el mundo silencio mayor que cuando ella pronunció aquellas palabras:

—La sangre del dragón ha despertado para proteger a su gente. Éste es el regalo de la Morrighan para ti y para tu estirpe.

La figura de la diosa desapareció cuando los cuervos se dispersaron, y una bocanada de fuego barrió las primeras filas del ejército del sur. Aodha batió sus alas y se elevó en el cielo mientras su clan gritaba su nombre al volver a la carga y los hombres del sur, aterrorizados, emprendían la huida por la misma ladera por la que habían descendido horas antes. Pero ninguno de ellos llegó a la cima.
***
Alba aguantó el dolor mientras el fuego tatuaba en su piel la marca del Dragón.

—Éste es tu legado —pronunció de nuevo la voz de la suma sacerdotisa—: el legado de Aodhamair, hija del fuego, y Mordred, rey de los keltoi; el regalo de la gran diosa a la que aún servimos. Tu destino es proteger a tu gente, como ella protegió a los suyos. Levántate.

Su piel desprendía un fino velo de humo allí donde las llamas de la suma sacerdotisa la habían marcado. Ahora sabía qué hacer con su poder, y a quién agradecérselo.

Se puso la sudadera y la capucha de nuevo, se despidió de la sacerdotisa con un gesto de la cabeza y salió de la finca, en dirección al metro. Lo bueno de esta época, pensó, era que podía mostrar su marca sin que nadie imaginase que no era más que lo que realmente había en su interior.

Segunda Era

Autora: Olga Besolí

Ilustradores: Verónica del Rocío López Pachón y Jordi Ponce Pérez

Correctora: Elsa Martínez

Género: ciencia-ficción (a partir de 13 años)

Este cuento es propiedad de Olga Besolí, y sus ilustraciones correspondientes son propiedad de Verónica del Rocío López Pachón y Jordi Ponce Pérez. Quedan reservados todos los derechos de autor.
A Verónica del Rocío López y Jordi Ponce Pérez,

sin cuyas aportaciones e ideas

este relato nunca hubiera existido.

SEGUNDA ERA

La guerra entre los dragones y los hombres está tocando a su fin. Está noche se librará la última batalla, la nuestra, pues ya no quedan más reinos por destruir. Nuestras murallas ofrecen la última resistencia por franquear. Nuestro bastión es el único que todavía permanece en pie. Nuestro ejercito, la última formación militar armada que queda con posibilidad de afrontar la lucha cuerpo a cuerpo, cosa que temo no vaya a suceder. En cuanto oscurezca, seremos aniquilados por el fuego devastador de las bestias. Nuestras esperanzas de sobrevivir bajo sus llamas son nulas. No queda ni un álito de vida tras un ataque suyo. Y estan cerca, demasiado. Anoche nuestros vigías descubrieron movimientos en la lejanía, luces sobre las cumbres nevadas que bordean este valle. Y el día de hoy ha traído consigo el olor acre a carne abrasada. Eso solo puede significar que los habitantes de la costa han perecido, pues las bestias han logrado penetrar hasta el interior. Han llegado hasta los poblados nómadas que vivian al otro lado de las montañas. Y ocultos en ellas, en esas montañas, estarán ahora nuestros verdugos. Y serán cientos de ellos, quizás miles, los que aguardarán escondidos; usando las formaciones cavernosas de la misma roca como guarida; esperando a que el sol descienda; impacientes por caer sobre nosotros como si de un enjambre de abejas se tratara. Y nos aniquilarán. Por completo. No existirá un nuevo amanecer para nosotros. Así es como ha ocurrido en todas y cada una de las partes del mundo. De esa forma perecieron las tribus de america durante la primera oleada de ataques.  Así fuimos todos testigos de la desaparición de los pieles rojas, y de nuevas oleadas de ataques que se expandían por todo el hemisferio norte, convirtiendo el dominio de los blancos en una masa de tierra negruzca y humeante. Luego fue cayendo todo el sur, hasta que también la raza negra fue extinguida por completo. Y ahora es el continente asiático el que ha sido enteramente reducido a cenizas. Ya solo quedamos nosotros. Solo queda nuestra isla. De nada sirvió la cumbre y el pacto de razas por la conservación. De nada sirvió el esfuerzo invertido; en aunar nuestras potencias; en ignorar nuestras diferencias políticas, sociales, religiosas; en unir nuestras banderas, nuestras armas, nuestros intereses. De nada. Las bestias arrasan con todo en todos los rincones del mundo. Y en consecuencia, nuestra civilización, tal y como la hemos conocido hasta ahora, está a punto de perecer. Las grandes capitales han sido reducidas a escombros. Los pueblos y villas han desaparecido pasto de las llamas. Los habitantes de todo el planeta han sido masacrados. Las bestias son muchas, demasiadas. Son una plaga. Procrean como ratas y, al igual que ellas, sobreviven escondiéndose en cuevas y viviendo bajo tierra. Llevan varios milenios haciéndolo. Por eso la luz del sol les daña las pupilas; les quema la piel. Por esta razón se ocultan en las sombras y atacan siempre de noche. Surgen de las entrañas de la tierra, del horizonte celeste, de las profundidades marinas. Y en esas salidas destruyen todo a su paso. Son animales salvajes y sangrientos que se comen a nuestros muertos y a los suyos, sin distinción; con los que no puede haber parlamento posible, ni tregua, ni rendición. Y esta guerra no terminarà hasta que nos hayan exterminado a todos. Y hoy, por fin, lo conseguirán. En cuando anochezca. Moriremos todos. O casi todos. Vosotros no lo haréis. Por eso os he mandado llamar. A vosotros nueve. Os he elegido por que sois los individuos más sanos y fuertes de nuestra comunidad. Esa es la razón por la que os obligo a abandonar vuestros puestos en la lucha y os doy la orden de huir. Vais a formar parte de un plan de emergencia. Aquí, dentro de este sobre que os entrego, escritos del puño y letra del mismísimo emperador de Asia, están tres de los cinco destinos escogidos por los evacuados de los otros continentes, lugares que no debéis revelar a nadie y adonde debéis dirigiros de inmediato. A vosotros os hago entrega de nueve huevos de dragón. Ese será vuestro éxodo y vuestra carga. Y este será vuestro cometido: intentad sobrevivir a toda costa, ocultaros de las bestias, id cambiando de destino continuamente, hasta alcanzar los mismísimos confines de la Tierra si hace falta. El mundo nunca debe saber de vuestra existencia. Mientras tanto, perpetuad el conocimiento del que sois testigos, de cómo caímos víctimas de las bestias, pero también de cómo fuimos responsables de su proliferación. Haced sabed que nuestro mayor error fue recuperar su especie. Debimos abortar todos los ensayos, los proyectos, las investigaciones en cuanto tuvimos la posibilidad. Debimos cerrar los laboratorios, sacrificar a los científicos implicados en los experimentos. Debimos hacerlo cuando todavía estábamos a tiempo ¿Una especie que llevaba extinguida millones de años? No. Eso no. Nunca. No siendo la única del planeta que se autodestruyó a si misma. Nunca debimos reimplantar a los humanos dentro del ecosistema. Debimos haber prestado más atención a las leyendas sobre la antediluviana Era de los hombres. Debimos haber aprendido de ellos, de sus fósiles, de los síntomas bélicos que prescribían y de los cráteres que habían dejado sus armas explosivas. Debimos mirar con más atención a aquellos paleógrafos que defendían el haber hallado antiguos escritos y que aseguraban haber descifrado fragmentos de relatos sobre la posible existencia de humanos parlantes que daban muerte a nuestros ancestros primigenios, los dragónidos, de forma indiscriminada. Ahora estoy seguro de que los mitos son ciertos. ¡Estuvimos ciegos tanto tiempo! Pero aún así debimos haber escuchado a nuestros sabios. No lo hicimos. Queríamos progreso. Pues aquí lo tenemos. ¿Y qué hemos conseguido con ello? Ponerle fecha al fin de nuestra Era. Porque la Era de los Dragones sobre la Tierra termina en cuanto acabe este día de hoy. Mañana será el primer día de la Segunda Era de la bestia humana.


¿Tomas nota de todo lo que digo,  buen escriba? Pues redacta también que en estos momentos yo, Gorg Draken, último rey descendiente de la orden de Draculea, alto mandatario de la raza de los dragones verdes, doy por terminada esta asamblea general, la última celebrada en la Sala de plenos del Castillo Real, en la capital de los Emiratos Unidos de la isla de Draconia. Y lo hago organizando la partida de estos jóvenes dragones en un intento desesperado por evitar que las bestias nos borren por completo de la faz de la tierra. Y escribe también que, tras despedirme de ellos, me dirijo a Lilith, mi pequeña mascota humana única de entre los de su especie, para encomendarle la custodia del libro del escriba, al que estoy a punto de dar por terminado, y que contiene los anales de esta guerra con todos sus entresijos, así como también desvela los secretos del poder destructor que han adquirido las bestias humanas. Esas armas que vienen desarrollando desde hace más de un milenio, y que elaboran con ese material que extraen de las entrañas de la propia tierra y que, al contacto con el aire, producen un fuego que quema la tierra, y mata y enferma a todo ser viviente.

A ti, pequeña Lilith, te cargo con la responsabilidad de buscarle un lugar seguro, porque este libro contiene toda la verdad. Y la verdad siempre debe de ser preservada. Dreyne, nuestro sumo sacerdote, te llevará en volandas hasta donde desees, y una vez ocultado este tesoro, deberás volver a convivir con tus congéneres, como las bestias, despojándote de todo lo que te hace civilizada, olvidándote de la lengua que te he enseñado y de todos los demás conocimientos que hayas adquirido. Pero tu labor no acaba aquí. Quiero que transmitas la ubicación exacta del escondrijo de este libro a tus descendientes, cuando los tengas. Porque a partir de mañana, ésta será la única prueba escrita existente de lo que una vez fuimos, pues generaciones de humanos venideras se encargarán de borrar nuestro rastro. Bien es sabido que son los vencedores quienes relatan la história a su antojo. Escriba, pon por último que así he dicho, firmo y rubrico yo, el último rey dragón con vida, cuando ya solo faltan tres horas para la última puesta de sol del mundo civilizado.

Olga Besolí

Eva, la mujer dragón

Autor: Irene Moreno Jara

Ilustradores: Ernesto Lovera y Ana Salguero

Corrector: Federico G. Witt

Género: Relato fantástico

Este relato es propiedad de Irene Moreno, y sus ilustraciones correspondientes son propiedad de Ana Salguero y Ernesto Lovera. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Eva, la mujer dragón

Dios hizo el mundo en siete días. De ahí los errores que tiene. El Paraíso lo creó en dos horas. De ahí que fuera un desbarajuste. Si nos metemos en la descripción de la creación de los dos seres humanos podemos afirmar que empleó en uno más tiempo que en otro. Y si ya contamos con la presencia de cierto reptil lo que podremos decir es que en su creación Dios no hizo otra cosa que perder el tiempo, o al menos eso pensó Eva durante años.
Cuando Dios hubo creado el mundo volvió al Paraíso y se sentó a la sombra de su última creación, un manzano, para valorar el trabajo realizado. Pensó que, ante tal desbarajuste, estaría bien la presencia de una mente capaz de razonar y de llevar al orden todo lo que Él, por cansancio, había sido incapaz de conseguir. En dos días había creado un Paraíso desordenado y en siete había construido un mundo basado en la nada y que, estaba seguro, no tendría buen final.
Dios estaba cabizbajo, pero sabía que tenía que esforzarse en una última creación, la de un ser que arreglara sus errores. Se levantó, dejó atrás el manzano y comenzó a andar descalzo por la hierba fresca.

—¡Un reptil! —dijo, sorprendido de su propia idea.

El Todopoderoso pensó que un reptil daría vida a tanto espacio solitario y que, gracias a su forma de moverse, identificaría los errores cometidos por Él, desde el más pequeño y escondido hasta el más escurridizo. Así, y como era y es de ideas fijas, creó un reptil, una serpiente larga y verde cuya mirada lo cautivó. Pero hasta esto le salió mal. Dios bautizó a su criatura con el nombre de Luci, pero enseguida la rebeldía brotó de ella y se autonombró Demon. Tras comunicarle esta decisión a su creador, la serpiente se perdió entre la hierba y desapareció. Nunca más fue vista por Dios, así que Este decidió volver al manzano en busca de una idea mejor.

—¡Crearé algo a mi imagen y semejanza! —dijo, pegando un respingo sobre la hierba.

Enseguida se puso a trabajar. Como por arte de magia surgió de entre sus manos un ser al que denominó hombre. Le gustó, lo aceptó y lo bautizó bajo el nombre de Adán. Este no rechistó, a diferencia de Demon, pero pronto vio el Sabelotodo que a ese hombre le haría falta compañía, algo o alguien con quien compartir el inmenso jardín, algo o alguien que le diera valor, fuerza e inteligencia para saber adaptarse a los errores del Paraíso o, en el mejor de los casos, saber corregirlos.

Esta creación le costó más trabajo y concentración. Consiguió unir en su mente el fuego con el coraje, dio volumen a las zonas planas del hombre, hizo curvo lo recto y perfiló con armonía y sutileza cada rincón de lo que llamaría mujer.

Una vez creado dicho ser, al que bautizó con el nombre de Eva, Dios los contempló. Estaba contento y satisfecho de su trabajo, pero en cuanto los vio desenvolverse en la inmensidad del Paraíso supo que algo volvía a estar mal. Sin embargo, esta vez no quiso quedarse para ver las consecuencias y con las mismas suspiró, alzó la mirada al cielo y, como si de una paloma mágica se tratara, ascendió a las Alturas dejando a Adán y Eva en la tierra.
Con el paso del tiempo, las dos criaturas divinas aprendieron a desenvolverse en el mundo que les había tocado vivir. Claro está, cada uno a su forma y modo de entender las cosas a pesar de ser del mismo padre y de la misma madre.
La admiración que Adán sentía por Eva no le era suficiente para ponerse a su altura. Desde el primer momento de soledad que vivieron los dos Adán se mostró como una persona frágil, miedica; inseguro y holgazán vivía a la sombra de Eva. Eso sí, amaba con todas sus fuerzas a su compañera, la cuidaba y mimaba siempre que sus enfermedades constantes se lo permitían, e intentaba halagarla con alguna flor cada vez que ella le reñía por su comportamiento. Eva, en cambio, era una mujer con coraje, valiente e individualista a la que nada le asustaba. Se desenvolvía a la perfección en la inmensidad paradisiaca, siempre estaba buscando ideas con las que mejorar y, aunque a menudo regañaba a Adán por su vagancia, en su interior reconocía que no podría vivir sin él. Había una sola cosa, un único inconveniente, que hacía que Eva no fuera la mujer perfecta: perdía los nervios cada vez que hacía acto de presencia Demon.
Sí, el reptil creado por Dios había desaparecido a los pocos minutos de ser creado y autobautizado, pero en cuanto descubrió que en el Paraíso existían dos seres más volvió a las cercanías del manzano para encontrar el rastro de ambos.
Adán y Eva habían construido su hogar bajo un gran árbol de copa ancha y verde que lucía con majestuosidad cerca de un pequeño lago. Demon pronto los descubrió y empezó a merodear por las cercanías sin dejarse ver. Las dos criaturas humanas supieron de su existencia por el olor a azufre que se respiraba de vez en cuando y, sobre todo, por la serie de altercados que se sucedían sin explicación aparente: destrozos en el huerto, árboles quemados, pajaritos lisiados, peces flotando en el lago… Cuando Demon reptaba por los alrededores Adán y Eva comenzaban a discutir, se planteaban la fuga del Paraíso, sentían vergüenza de ir desnudos y maldecían a su creador por no haberles proporcionado más felicidad. En cuanto la cola de la serpiente desaparecía, el bien y la felicidad volvían  a reinar entre los dos.

Gracias a su inteligencia y poder de observación, Eva fue consciente de todo esto el día que vio a Demon trepar al árbol más alto del Paraíso. Su rapidez, su fuerza y, sobre todo, la mirada que le dedicó, le hicieron pensar que aquella no era una serpiente normal sino que tenía que ser la reencarnación del Mal. Todas las sospechas de Eva se confirmaron cuando vio que el reptil llegaba a lo más alto del árbol, se giraba, le dedicaba la sonrisa más pícara y siniestra que jamás viera nadie, y le enseñaba su lengua: un tridente rojo pasión, pero puntiagudo como el más afilado de los cuchillos.

Eva entendió que tenía que hacer algo para acabar con aquel bicho, pero pronto fue consciente de que ella sola no podría hacerlo desaparecer. Sin embargo, Adán, que se dormía cada noche contemplando la belleza y sabiduría de Eva, sabía que existía algo que inquietaba a su compañera. Por eso, cuando un día fue al manzano a recapacitar sobre su condición de hombre y vio la manzana azul, supo que era un regalo especial para Eva, un presente de parte de aquel hombre vestido de blanco y con barba larga que hacía tiempo lo había mirado con disconformidad y resignación.
Contento por el descubrimiento, el único hombre del Paraíso corrió con la manzana azul en la mano en busca de su compañera. La encontró como siempre: alterada, de un sitio para otro, en busca de alguna pista que la llevara a descubrir la forma de aniquilar a Demon. Cuando vio aparecer a Adán enseguida pensó que una nueva enfermedad acontecía al hombre y con gesto de cansancio paró de inmediato su búsqueda.
—¡Es para ti! — dijo orgulloso el varón—. Es un regalo del hombre de las barbas blancas que subió al cielo, ¡estoy seguro! Es una manzana para ti, tiene el color del pajarito que más te gusta: azul.

Eva era mujer de pocas palabras. Del color de su pajarillo preferido o siendo un regalo del hombre de las barbas, Eva lo que vio en aquella manzana fue un bocado exquisito; y por eso, casi sin dejar a Adán terminar su hipótesis, mordió la fruta con ansia. Lo que vino después debió de ser un milagro divino. Al final Adán llevaba razón: el señor de las barbas blancas estaba detrás de todo.
Cuando el primer bocado de la manzana abultó el blanco y delicado cuello de Eva, el cielo del Paraíso se tiñó de negro. Un fuerte viento sopló por todos los rincones, los pajarillos desaparecieron, las flores agacharon su tallo para no poder ver lo que iba a suceder, los animalitos corrieron despavoridos en busca de un lugar donde esconderse, el lago cercano a la morada de Adán y Eva se enfureció hasta formar altas olas y un fuerte olor a azufre comenzó a reinar en el ambiente. El Mal estaba cerca.
En la hierba comenzó a abrirse un surco, un pasillo de tierra por donde se abrió paso la serpiente verde de cinco metros. Sus ojos, más amarillos que nunca, descubrían lo terrible que sería la batalla; su lengua, en forma de  pinchos ardientes, generaba el silbido de la guerra; y su cola, cascabel inquieto, vibraba al ritmo del tic-tac de la muerte.
A pesar de lo tenebroso de toda esta historia, lo que ocurrió finalmente es que Demon fue sorprendido por las características de su rival, tal y como ocurre en todas las historias que generan expectación. Él estaba acostumbrado a ganarle la batalla al más feroz de los leones, al más todopoderoso de los dioses… A su contrincante la había visto y estudiado desde lejos, desde lo alto del árbol, pero nunca se había enfrentado a ella. A Eva, la mujer dragón.
La manzana azul había hecho de la mujer un nuevo ser. Su melena pelirroja se había conservado intacta, pero su rostro había sufrido una metamorfosis. Ahora su piel era amarillenta y dura, su nariz y boca habían adquirido tintes de hocico, y aunque se mantenía de pie gracias a sus dos piernas, sus brazos habían desaparecido para dejar paso a unas enormes alas que le permitirían despegarse del suelo.
Adán, en cuanto vio que algo extraño le pasaba a la mujer, sintió miedo. Pensó que, tal vez por su culpa, Eva había dejado de ser humana para convertirse en un temido dragón. Corrió y corrió a pesar del cielo negro y el fuerte viento en busca de un lugar seguro, mientras Eva, que no había dejado de visualizarlo en ningún momento, dirigía ahora su mirada a su presa: Demon.

La batalla duró poco.

Antes de dar un paso en vano, Eva practicó con su nueva condición. Intentó gritar para atemorizar a la serpiente, pero en lugar de un rugido lo que salió de su hocico fue una extraña llamarada. De un color rojo intenso, comenzaron a buscar la luz una hilera de corazones. Al salir del calor interno del dragón y tomar contacto con la atmósfera, los corazones se inflaban y comenzaban a flotar en el aire. Cientos… ¡miles de corazones rojos, gordos y mullidos, llenaron el campo de batalla! A Eva le entraba tos de vez en cuando y, por cada agitación que sufría, un vocablo en forma de nube esponjosa se abría paso entre los corazones. AMOR, FELICIDAD, PAZ. La mujer fue consciente de que esas iban a ser sus armas.

Pero Eva pensó que desperdiciar algo tan bonito en matar a un ser rastrero no era justo. Así que por esto, y dando fin a un batalla que nunca debería haber comenzado si Dios hubiera hecho las cosas bien, el ser inteligente hizo uso de su hambre atroz y, aprovechando un giro torpe de Demon, se precipitó sobre él y… ¡ÑAM!, lo engulló enterito.

En ese momento el sol comenzó a brillar, las aguas se calmaron y el fuerte viento guardó silencio. Los animalitos volvieron a campar a sus anchas por todo el Paraíso y las flores empinaron sus tallos para ver a Adán regresar brincando por la hierba.

Todo volvió a la normalidad. En el Paraíso imperó de nuevo la rutina y, aunque a Eva el bocado le provocó pesadez de estómago, vivió orgullosa, por los siglos de los siglos, de saber que sería la única mujer capaz de comerse un plato tan pecaminoso.  O, al menos, eso fue lo que pensó durante años…