27ª Convocatoria: Animales imaginarios

Animales imaginarios.


Ilustración  de Ana Carmen Kummerow

Vuelo nocturno.

Leyendo  el libro de Jorge Luis Borges “Manual de zoología fantástica” podemos hacernos una idea de la cantidad de seres extraños y criaturas ideadas por nuestra imaginación.
Este manual nos cuenta que, en  ocasiones,  ciertas culturas comparten ideas muy similares sobre seres imaginarios, algunos de ellos, muy conocidos, admirados y temidos.
Precisamente de los miedos, los sueños y pesadillas, y los deseos surgen estas criaturas que pueblan nuestro universo interior.
El animalito que contemplo se posa en el alféizar de mi ventana.
Es feo, pero curioso. Es tímido, pero observador. Es cauteloso, pero simpático.
Su vuelo nocturno lo hace desde el profundo azul oscuro del cielo hacia mi ventana.
Tengo que intentar entablar una relación con él.
Es mi compañero nocturno.

Paloma Muñoz
Madrid, 21 agosto 2017

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Aragecko

Aragecko.

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Drama

Rating: + 18

Este relato es propiedad de Juan Ramón Lorenzana. La ilustración es propiedad de Rosa García. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Continuación de “Mucho más que Rojo”

El Amor
Soy feliz. Soy tan feliz que creo que voy a morir. En una explosión de flores me convertiré y de semillas de margaritas, amapolas y rosas llenaré el mundo entero de amor, de amor del bueno, de ese que cantan los poetas, del que hace escribir versos tontos al camarero, al ceñudo funcionario y a las niñas en sus cuadernos de colegio.
Cuadernos de colegio… Poemas en cuadernos de colegio. Junto a las fotos de actores y cantantes famosos se escriben poemas pensados con los dedos, poemas como aquel que Mila le escribió a su novio aquella fría mañana de invierno:
Tu sonrisa.
Tus ojos a medio despertar.
Los besos soñados que mañana quizás volverán.
Tu boca y la mía sin saber por dónde empezar.
Los dedos, nerviosos, que no paran de buscar
y encuentran su destino
en mi puerto, en tu faro y con el mar.
Las ganas, el tiempo de esperar.
No deseo otra cosa que volver a zarpar.

Quién le iba a decir a Mila que pocos minutos después de escribir los versos de amor más entregados y bellos que aquel papel cuadriculado pudo aguantar, que después de descubrir las palabras más tiernas que de tinta se podían crear, después sorprendería al guapísimo de su novio comiéndole la boca al putón de la clase.
No estaban escondidos en algún rincón a salvo de miradas, gozando con el pecado traicionero, no, pues en la misma puerta de la clase se manoseaban y besaban. No pudo ser mayor la humillación de Mila, pero aguantó. Aguantó toda la clase sin rechistar, sin agachar la cabeza, sin llorar. Sentada en su silla obligó a sus pies a no despegarse ni un solo instante del suelo. Sabía que si cedía en el empeño, sus pies y después todo el cuerpo saldrían corriendo para quizás nunca más poder detenerlos, porque sin duda tendrían miedo de que la vergüenza le escupiera su pútrido aliento. Hasta el final de la clase aguantó sentada soportando cuchicheos y las risas de los simios que siempre corean las hazañas del jefe de la manada. Podía oír a la muy puta reírse, pero ella aguantó en clase hasta el final, y cuando ya su exnovio salía le preguntó: <<¿Por qué me haces esto?>>. El muy imbécil le dijo: <<Mira, bonita, nadie sabe cuándo nos vamos a morir, soy joven y voy a aprovechar todas las oportunidades, por si acaso>>. Mi amiga lo miraba como si fuera una figura que lentamente se difumina para luego desaparecer completamente. Ya no veía a aquel chico del que se enamoró de la manera que sólo se puede una enamorar cuando se tienen quince años. El caso es que Mila sólo le contestó: <<Yo no lloraré cuando tú mueras>>. Se dio media vuelta y nos fuimos.
¡Soy tan feliz! Soy tan feliz que temo que no me dejen subir al avión con el ruido tan ensordecedor que hace mi corazón, pues parece un reloj, gigante reloj con carrillón incluido que podría hacer sospechar a la seguridad del aeropuerto que soy una terrorista suicida chechena o algo así. Cuántas explicaciones tendría que dar, qué apuro pasaría mi papá. Y lo peor es que esta situación podría hacerme perder el vuelo a Madrid. Tardaría horas en explicar que es mi exaltado corazón el causante de ese rítmico sonido de viejo reloj. Y más tardaría si me viera obligada a contar el porqué de mi fervoroso deseo de ir a España.

Breve historia de Bibiana
Mi padre, honorable y fiel diplomático de carrera, había desempeñado sus funciones en multitud de lugares defendiendo los intereses de la extinta Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Tras la caída del muro y posterior disolución de las repúblicas, mi padre pasó a ser un simple funcionario en el Ministerio de Asuntos Exteriores de Bielorrusia. No le perdonaron que hubiera sido una personalidad destacada del antiguo régimen. Lo curioso era que los que le vituperaban e ignoraban habían sido los más baboseantes y serviles con los amos rusos. Mi padre lo sabía, ellos sabían que mi padre lo sabía y eso aún azuzaba más su rencor. Pero un día todo cambió. Después de diez años sorpresivamente le daban la jefatura de la embajada en España. Mi padre ya tenía cincuenta y dos años y la pena por la muerte de mi madre, al poco de mi nacimiento, había marcado su rostro con una sombra indeleble. Mi padre, hombre profundamente católico, se aferró a su fe para soportar su pérdida y conseguir sacar fuerzas para criar a su hija. Mi padre, hombre bueno y predispuesto a sonreír, acarreaba el peso de una pena que le atenazaba el alma.
Y ahora estaba en el aeropuerto esperando el vuelo a Madrid, con mi padre y mi amiga Mila, a la que había conseguido arrastrar en esta aventura tras convencer a sus padres de que una temporada en España le vendría de miedo para poder olvidar a su último novio, que, como casi siempre, la había engañado con otra. La verdad es que Mila tiene muy mala suerte con los chicos, pero no es menos cierto que parece sentirse atraída de una forma fatal hacia cualquiera que le prometa amor eterno, hacia cualquiera que le diga que la quiere, aunque sólo sea en el fragor de un rápido encuentro. Y es que Mila está falta de amor y no sé por qué. Sus padres la quieren, tiene amigos que la quieren, su simpatía y dulzura hace que todo el que la conozca la quiera. Y yo la adoro como a una hermana, o más. Sin embargo, no es capaz de aceptar que una persona no la quiera, le hace sufrir que a alguien pueda resultarle antipática o simplemente no le guste. Para Mila, quien no la quiere es que la odia, y eso la hace sufrir. No existe la posibilidad de que la quieran sólo un poquito, o que les caiga un poco mal. Mila es para todo o para nada, no hay término medio. Y esto que puede ser en ocasiones virtud y en otras debilidad, se convierte en fatal error cuando los chicos —que tanto le gustan— se dan cuenta de que no puede soportar el rechazo y utilizan esa debilidad para sacar de ella cuanto quieren y, como cuanto quieren se acaba más bien pronto que tarde, se queda hecha un trapo viejo tirado al contenedor. Y se queda acurrucada en su habitación durante días sin querer saber nada de nadie. La consuelo hablándole del amor verdadero, de ese desinteresado y libre de miedos, de amor del bueno, del que se entrega por entero y nunca te falla: amor de Dios. Ella como yo es católica, pero a mí siempre Él me llena, siempre me acompaña y me reconforta. Sin embargo, para ella sólo es refugio en los momentos de tristeza y abandono. En estos busca el consuelo en su fe en las Sagradas Escrituras y en la poesía, siempre la poesía. Ella me enseñó a leer el amor en palabras escritas en español. Su padre fue uno de esos niños de la Guerra Civil española que salieron de su país huyendo de la muerte para refugiarse en la antigua Unión Soviética. Allí creció, allí se enamoró y de ese amor nació Mila. Ella me enseñó español, mi padre me enseñó a Dios y Santa Teresa de Jesús el amor con Dios.
Asistimos juntas al curso de literatura en la facultad de Filología de Madrid. Mila y yo estamos como locas, sobre todo ella, y es que le gustan todos y no para de coquetear con este y con aquel, pues siempre es del último que ve del que dice <<segurísima de verdad de la buena que este es mi amor verdadero>>. Aquí siempre hace sol, la gente es muy amable y nos ayudan en todo lo que necesitamos, sobre todo ayudan a Mila, que entre los chicos tiene un éxito increíble. Yo le digo que no se enamore de todos a la vez, que se controle y no haga ningún disparate, que piense esta vez un poquito las cosas antes de hacerlas. Ella me ha prometido que esta vez va a esperar a que el hombre perfecto aparezca y que está segura de que encontrará el amor de sus sueños. Yo sé que no miente cuando me cuenta todo esto, pero no puede evitar distraer sus convicciones entre los brazos de hombres que a sus oídos susurran palabras que hablan de amor.

Bibiana se enamora
No sé cuándo me enamoré de él. Es odiosa esa obsesión por determinar con exactitud cuándo un corazón se arrebata de improviso henchido de amor. Qué importancia puede tener si me enamoré cuando con palidez enfermiza empezó a leer aquellos versos de amor del Padre Berenguer.

Te ofendo, me amas;
me alejo, me amas;
me pierdo, me amas;
te hago sufrir:
me amas, me amas.
Si yo te flagelo,
si espinas te pongo,
te lleno de injurias,
te cargo la cruz,
te ato con clavos,
te hiero el costado:
me abres la puerta
de tu corazón
y la tromba que arrasa
me inunda tu Amor.

O quizás fue cuando oí su voz pronunciando mi nombre al leer la lista de los veinticinco que formábamos parte del curso de Poesía Española. No pudo ser mi imaginación, pues sentí claramente cómo acariciaba mi nombre, cómo cada sílaba se le escapaba de la boca en forma de besos y, alocados estos, se precipitaban atolondrados sobre mi boca, en los ojos, en los senos. Pero la verdad es que… siempre he estado enamorada de él. Mi vida hasta ahora sólo era un esperar para encontrarlo. El mundo era un escenario donde los actores se movían muy lentamente, de manera casi imperceptible. Sólo después de largo rato me daba cuenta del cambio de posiciones relativas de los personajes en un decorado que sólo muy de cuando en cuando cambiaba. Sin embargo, ahora todo se mueve a gran velocidad: las personas, las cosas y el escenario. Tengo que hacer un gran esfuerzo para no perderme el argumento de este cuento donde, esta vez, la protagonista soy yo.
Apenas hemos intercambiado unas pocas palabras. Me cuesta horrores acercarme a él y hablarle con naturalidad. Yo siempre he sido muy extrovertida, sociable y sin ninguna dificultad para relacionarme con otras personas, ya fueran estas hombres o mujeres, conocidos o extraños. Pero él no es una persona más y cada vez que intento un acercamiento me da la impresión de que, saliendo de no sé donde, aparece de repente sobre mí un enorme letrero luminoso que dice: «Te Quiero». Y claro, con tanta luz fluorescente se me suben los colores y también los calores. Se me pega la blusa al cuerpo y… ¡Dios mío! Pero si hasta tartamudeo, que creo que babeo y parezco tonta de remate y… Me quedo siempre la última en clase a ver si consigo decirle algo coherente, medianamente inteligente, quizás enseñarle algunos de los versos de amor que escribo mientras sueño su cuerpo y… No sé si he dicho que se llama Carlos, que es el profesor de literatura más guapo que jamás alumna alguna haya soñado, que además es escritor, que escribe relatos, cuentos y poemas… poemas de amor. Ha publicado dos libros: Cuentos Invertebrados y Poemas Imposibles. Como él dice de sí mismo: <<No he vendido mucho, pero es que a mí me va el rollo ese de ser un escritor maldito. La otra posibilidad es aún peor, y es que sea otro mediocre maldito escritor>>. Al oír esto me dan ganas de lanzarme a sus brazos, de cubrirle de besos y decirle que… que su poesía me emociona e ilumina, que es precisa, preciosa y emotiva, y es este mundo distraído en miserias y falsos dioses el que no tiene tiempo ni ganas de leer hermosas palabras que elevan el corazón y el alma. Pero no se lo digo, sólo acierto a sonreír e imaginar su respuesta a mi halago.
Cojo lápiz y papel con la decisión entre los dedos y el corazón buscando más espacio en mi pecho anhelante y, como soy incapaz de encontrar el valor o el momento, me conjuro con el amor que siento para llegar a su corazón y me prometo que le escribiré los más hermosos versos de amor que sus ojos amazónicos hayan podido leer. Y entonces, saeteado su corazón por las letras escritas desde el amor, no tendrá más remedio que pedir, suplicar, rogar más amor, pues sólo con más y más amor se alivia ese delicioso dolor. Y ya entre mis manos, lo cubriré de besos, de caricias. Y su boca en la mía, y su lengua atrevida que mi sexo alivia, y su peso que me abriga, que me hace temblar y no es de miedo ni de frío, que estoy prendida a su cuerpo y no quiero caerme. Me agarro con los dientes, con los brazos, con las piernas y… y si sigo soñando nunca terminaré de escribirle los versos de amor más bellos que jamás hayan leído sus ojos amazónicos.

Algo se rompe dentro de Bibiana
Esta noche nos vamos de fiesta, pero no del tipo que a mí me gustaría darme. Es una recepción que el Ministerio de Asuntos Exteriores español organiza todos los años para el cuerpo diplomático acreditado en España. Es un evento muy importante, incluso asistirán los Reyes de España, además de personalidades de la economía, de la política y de las altas instituciones del Estado. Mila está emocionadísima con la idea de codearse con los Reyes, además, dice que es el lugar perfecto para encontrar el hombre de sus sueños, y para estar a la altura de la ocasión se ha comprado un precioso y llamativo vestido. La verdad es que está espectacular, parece una estrella de cine. Yo también me he comprado un bonito vestido de color frambuesa con escote halter que recuerda un poco a aquel que llevó Marilyn cuando lució sus piernas sobre las rejillas de ventilación del metro de Nueva York.
Yo no consigo pensar en otra cosa que no sea Carlos. Mila dice que es normal, que como es la primera vez que me enamoro de un hombre de carne y hueso, de un ser terrenal y no de un dios espiritual, pues claro, todo para mí es nuevo y me parece extraordinario, pero que con el tiempo todo pasará. No me gusta que hable así porque parece como si me dijera que lo que siente mi corazón es algo falso, un engaño con el que mi propio cuerpo, no sé con qué intención, quiere someter a la razón. ¡Normal!, normal me suena a vulgar, corriente, sin importancia. No me gusta que hable así.
Pero antes voy a dar un salto a las estrellas, de hoy no pasa. Voy a lanzarme sin miedo, le miraré directamente a sus selváticos ojos y le diré todo lo que siento. Lo tengo todo preparado, todo.
Le digo a Mila que tengo que ir a hacer unas compras de última hora: unos encargos de mi papa, —en cuanto pueda iré a clase, aunque seguramente llegaré un poco tarde—. Tengo que hacer esto sola, sin nada que me distraiga de mi objetivo. Estoy segura de que Mila me comprenderá y no se va a enfadar por no contarle mis planes.
Me pongo guapa. Me cambio tres veces de vestido, luego unos pantalones vaqueros y una camiseta me parecen más adecuados, al final me decido por una falda de tablas por encima de la rodilla y una camisa blanca. Me maquillo con dificultad, pues el pulso me traiciona y me cuesta horrores pintarme los labios. Estoy tan nerviosa como una colegiala enamorada, ¡qué tontería! Soy una universitaria enamorada.
Me dirijo al despacho de Carlos una media hora antes de empezar las clases. Recorro los largos y vacíos pasillos donde no escucho otra cosa que mi acelerado corazón. Camino muy deprisa y, cuando al fondo veo la puerta de su despacho, me doy cuenta de que estoy sudando. Sudo por la frente, por los brazos, por el pecho resbalan gotas empapando mi camisa blanca que se pega al cuerpo y marca con evidente obscenidad mis senos. Creo que me va a dar un ataque de nervios. ¡Cómo voy a entrar con esta pinta si parece que vengo de jugar un partido de futbol! ¿Por qué me pondría esta camisa? ¿Seré tonta? ¿Y ahora qué hago? «Tranquilízate, tranquilízate, por favor», me digo mientras respiro profundamente. A mi derecha se encuentran unos aseos y allí entro. Me quito la camisa, me echo agua en la nuca, en los brazo y me miro en el espejo. No puedo evitar echarme a reír cuando me veo reflejada en el espejo. Seco la camisa en el secador de manos, me paso una toallita húmeda por los sobacos, arreglo los desperfectos producidos en mi maquillaje y me vuelvo a pintar los labios. Me vuelvo a mirar en el espejo y ¡conseguido! En apenas cinco minutos he podido recuperar mi autoestima y la compostura. Ya estoy lista.
Apenas diez pasos me separan de su puerta. Ya no estoy nerviosa. Sé lo que quiero, tengo el valor necesario para tomar la vida en mis manos y no me da miedo, no me da miedo nada, nada. Ni siquiera pienso en la posibilidad del rechazo. Sé que es mi amor verdadero, que este amor que siento no es ningún invento de la mente, ni una debilidad del cuerpo. Sé que es amor del bueno y seguro que él lo siente como yo recorriendo su organismo, buscando una salida, un lugar común de encuentro donde fluya y el único cauce sea mi cuerpo.
Apenas tres pasos y… ¿Y si no está? Este pensamiento echa por tierra toda la seguridad tan precipitadamente construida. Me tranquilizo de inmediato al ver la puerta ligeramente abierta y oír como un susurro. Pero esta tranquilidad apenas dura una fracción de segundo. De repente se agolpan en mi cerebro multitud de situaciones que pueden hacer fracasar mis planes. ¿Y si está reunido con otros profesores o con otros alumnos? Y si… Me acerco sigilosa como una espía, acerco el ojo a la pequeña hendidura que separa el marco de la puerta y… solo consigo ver una librería que ocupa toda la pared. En ese momento oigo cómo caen algunos objetos al suelo y el arrastrar de una silla. Con mucho cuidado abro un poquito más la puerta y lo primero que veo es un amplio ventanal por el que el sol de verano penetra sin compasión. De nuevo algo se arrastra, pero esta vez debe de ser algo mucho más pesado, como una mesa o un armario; después, un quejido dolorido. El miedo inunda mi cuerpo, pienso que quizás un infarto, quizás un robo y los ladrones le han malherido, quizás… Abro la puerta precipitadamente y…

Ilustración de Rosa García

Es un monstruo, un extraño animal imposible de imaginar. Sus ocho extremidades y el pelaje negro que recubre gran parte de su cuerpo me recuerdan a una araña, pero otra parte de su cuerpo contradice mi primera impresión, pues es brillante y, además, sus dedos se pegan como ventosas a todo lo que tocan.Me ha costado un poco, pero no me estoy volviendo loca. Sé lo que ven mis ojos, aunque mi mente se niegue a entenderlo: unas piernas peludas, un culo calvo abrazado por unas piernas de mujer se balancea rítmicamente mientras su dueño resopla como si sus pulmones no resistieran el esfuerzo que realiza. Sobre la mesa una mujer arquea su espalda mientras de su boca salen obscenas incitaciones y gemidos. No reconozco en ese monstruo repugnante al hombre del que me he enamorado, pero a ella sí la reconozco.

Bibiana se equivoca
Estoy sentada en mi silla esperando que empiece la clase. Todavía faltan cinco minutos y… el amor de mi vida, el único hombre al que he amado aún no ha llegado. Mila, mi mucho más que amiga, mi hermana querida, tampoco está aquí.
Me está pasando algo raro, soy consciente de ello pero no puedo evitarlo. Tengo el cuerpo bloqueado, no puedo moverme de mi sitio, un peso gigantesco me oprime todo el cuerpo hasta el punto de que creo que voy a implosionar. No oigo los sonidos con claridad, sólo un tumulto de voces indescifrables. Alguien me saluda e intento contestar, pero no puedo abrir la boca, tengo la mandíbula agarrotada y me doy cuenta en ese instante de que me duele y que tengo sabor a sangre en la boca. Creo que voy a morir, me falta la respiración y un sudor frío se desliza por mi frente, por la espalda y el pecho. Todo mi cuerpo se deshace, pronto seré sólo un charco en el suelo. Lanzo una mirada de socorro a un chico que ni siquiera me mira, entretenido como está en concentrarse en mantener la lengua dentro de su boca abierta. Mila acaba de entrar en la clase, está deslumbrante, sonriendo y seduciendo a todos. Es feliz y no la perturban sentimientos ajenos. Estoy a punto de vomitar cuando sus ojos me miran y casi corriendo me abraza y me dice: <<Soy tan feliz, tan feliz, estoy segura de que hoy es mi gran día, seguro que esta noche, en la fiesta, encuentro al hombre de mi vida>>. Llena de… Me siento llena de odio, de ese odio que todo lo cubre con su olor pestilente y se derrama sobre el cuerpo como lluvia de cristales rotos. Y mi mano que aprieta con todas sus fuerza un bolígrafo. Y mis ojos que ven su yugular inflamada. Y los diente que crujen, los labios que aprietan sin poder evitar dejar escapar un hilo de sangre y… La puerta que se abre dejando pasar al repugnante fornicador que comienza inmediatamente a recitar un poema de amor, amor, ¡repugnante amor de mierda! Y se ríe y gesticula como un bailarín borracho. Y oigo risas que se me clavan en el alma; sin duda se burlan de mí. Soy tan ridícula, tan grotescamente idiota. Siempre se han reído de mí, he necesitado esta bofetada de realidad para darme cuenta de la verdad.
Al acabarse la clase se produce un pequeño tumulto alrededor de la puta que sonríe enamorada como está de sí misma, encantada de su poder sobre la tropa. Otros y otras se arremolinan en torno al miserable cabrón y yo aprovecho el caos para huir de allí, para escapar a no sé dónde y esconderme de esta repugnante gente que me revuelve el estómago.
Sola en mi habitación me miro en el espejo y no me reconozco. No es que lo que me ha ocurrido haya modificado las facciones de mi rostro. Tampoco es que no reconozca en la persona que me mira del otro lado del espejo a la misma chica que muchas otras veces se peinaba o maquillaba ante él. Lo que ocurre es que ¡no recuerdo mi cara! Me miro en el espejo y sé que soy yo, pero, apenas aparto la vista la imagen de mí misma se desvanece de inmediato. Así una y otra vez. Corro hacia la cama y me escondo bajo sus sábanas. Lloro aferrada a la almohada y sé que voy a morir.
Me despierta mi padre, ya bien entrada la tarde, con bromas sobre mi afición a dormir, que si soy una marmota, que si ya estamos en verano y tengo que abandonar la hibernación, que ya es muy tarde y… En ese momento entra Mila con su vestido nuevo, excitada, casi enloquecida, y cogiéndome de las manos me urge a levantarme, pues apenas queda una hora para ir a la fiesta.
Ella ya lleva puesto su llamativo vestido de noche, está maquillada y peinada, y sólo le falta por ponerse los zapatos de tacón. Por eso se pone de puntillas para jugar con mi padre, en mi habitación, a que bailan un vals en el Palacio Real. Papá se pone colorado y la mira deslumbrado. ¡Mataré a esta hija de puta, la mataré!
Estamos en la fiesta y yo no entiendo nada, gente desconocida pasa a mi lado y me saluda. Yo les sonrío, creo. He perdido a mi padre entre alguno de los corrillos que se han formado. No puedo dejar de mirar a Mila. Sólo puedo mirarla a ella. Mis pies están clavados al suelo mientras ella baila, ella coquetea, ella se ríe. Lleva más de una hora hablando con un tipo vestido de militar, juega con él, lo toca discretamente y se ríe, se ríe sin parar. De repente me ve y sale corriendo en mi dirección. Me abraza, me besa y me cuenta que ha encontrado al hombre de su vida, que esta vez sí que es el amor verdadero, y me pide que le dé suerte y un poco de dinero. Además, quiere que le cuente a mi padre que se quedará a dormir con unas amigas o algo así, que esta noche será especial, muy especial. Le doy el dinero, pero no le deseo suerte. La verdad es que ninguna palabra sale de mi boca, pero ella no se da cuenta porque ya está corriendo en busca de su amor verdadero. Le da un beso discreto y le dice algo al oído, después, se va corriendo. Aprovecho el momento: yo también sé hacerlo. Le pagaré con la misma moneda. Quiero que ella pase mis mismos tormentos.

Continuará…

Juan Ramón Lorenzana

El bosque de los sueños

Autor@: Raquel Bonilla

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Micro relato

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Raquel Bonilla. La ilustración es propiedad de Paloma Muñoz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

El bosque de los sueños.

Ilustración de Paloma Muñoz

Cuando al anochecer le doy las buenas noches y apago su lamparita, su imaginación comienza a florecer.
Su pequeña habitación blanca, en unos minutos se convierte en un autentico bosque encantado. Unicornios de colores, loros dorados navegando en barcos de papel, culebras peludas y osos con alas forman una gran banda de música, que animados entonan las canciones más divertidas que mi pequeño conoce.
Si una risita se escucha tras la puerta en media noche, será que esos patos plateados su truco de magia ha terminado o que un calamar saltarín una intrépida acrobacia ha hacho a los pies de su cama.
Cuando mi pequeño está cansado cierra sus claros ojazos y los animales uno a uno se van despidiendo con cariñosos abrazos.
Quizá mañana le visite un hipopótamo que hable francés, un koala verde que sepa leer, una gaviota divertida que cuente chistes tronchantes o un elefante tan pequeño que viaje a lomos de un mosquito.
Grandes, pequeños o luminosos, seguro que mi pequeño recibe sus visitas para poder iniciar un dulce sueño.
Me gustaría poder ver ese bosque lleno de hermosos colores y divertidos animales que no podemos observar en el zoo ni en ninguno de los parques.
Plasmados en sus dibujos están esos fantasticos animales y decorando la pared de mi cocina para recordarme cada mañana, que yo también fui niña “alguna vez”.

Raquel Bonilla

Calavera mexicana

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Fantástico

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Paloma Muñoz. La ilustración es propiedad de Beatriz Albir. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Calavera mexicana.

Ilustración de Beatriz Albir

Durante mi viaje a México, el primero que hice, estuve visitando un mercadillo artesanal muy concurrido y repleto de objetos fantásticos.

Me detuve frente a un puesto en el que se exhibían unas coloridas y llamativas calaveritas pintadas y decoradas con flores. La chica que vendía las calaveritas era una joven muy agradable que me explicó el proceso de creación de esos objetos tan llamativos y fascinantes.

La calaverita que elegí estaba  adornada con una diadema de flores rosas y  de parte de su esqueleto, de las dos clavículas, salían dos hojas de color verde.

Confieso que me llamó mucho la atención este detalle porque las calaveras sólo se presentan decoradas y adornadas y sin ninguna parte del esqueleto como  las vértebras cervicales o las clavículas, como era este caso.

La chica me dijo que era una pieza única en el puesto y, probablemente, en el mercadillo, así que la compré muy ilusionada porque me llevaba algo especial.

Antes de despedirme, la vendedora me contó la historia de esa pieza.

Por lo visto, se trataba de un trabajo muy poco realizado por los artesanos.

La historia de esa calavera tenía relación con una leyenda en la que una joven princesa mexicana se había convertido en mariposa por una siniestra maldición y  sólo se había conservado su cráneo, parte de sus vértebras cervicales,  y las clavículas de las que habían brotado hojas y tallos con flores.

Pensé en el maleficio y en el extraña criatura que debió de ser aquella princesa.

La chica me contó que un príncipe, enamorado de la joven, había desobedecido a su padre, un importante cacique de una poderosa tribu fomentando un odio cerril entre las dos familias que se enfrentaron  como en la historia de Romeo y Julieta.

El príncipe al no poder consumar su amor con la bella joven pidió ayuda a Tlazelteotl, una diosa que tenía, entre otras atribuciones, la consecución de la consumación sexual y amorosa.

La diosa le pidió a cambio que se aparease con él. El príncipe accedió con un juramento de sangre. Pero las cosas se torcieron y, adivinando las intenciones de príncipe antes de que se uniera a la princesa, la diosa convirtió en mariposa a la chica y el príncipe se quedó sin su princesa.

El final de esta historia fue desolador.

Sin embargo, su romanticismo no dejó de llamarme poderosamente la atención.

Las historias muy románticas suelen acabar muy desastrosamente.

Y aquí finaliza mi relato.

Me llevé la calaverita a mi casa y la conservo con mucho cariño.

Después de todo, se trata de la calavera de una princesa mexicana.

Paloma Muñoz
Madrid, 27 agosto 2017

La maldición

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Género: Fantasía urbana

Rating: + 13

Este relato es propiedad de Olga Besolí. La ilustración es propiedad de Ana Carmen Kummerow. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La maldición.

El cielo y el infierno no existen. Os lo digo yo que llevo milenios pasando de una vida a otra. Y en todo este tiempo no he encontrado consuelo en ningún paraíso, ni Nirvana, ni Valhala. No existe ningún lugar de reposo tras la muerte, sino otra vuelta de espiral que te lleva al mismo lugar, al punto de partida: otra vez sometido a las inclemencias y debilidades de un cuerpo latente atado a una vida. Sí, la reencarnación sí que existe, y es la única teoría que puede dar una explicación a lo que soy desde los principios de los tiempos, un alma perdida que vaga de cuerpo en cuerpo, de existencia a existencia.

¿Qué sentido tiene la eternidad? Los siglos pasan, las grandes civilizaciones desaparecen, los imperios se derrumban y en su lugar nacen nuevas naciones que, como sus antecesoras, prometen grandes avances para la humanidad que pronto se convierten en nuevas formas de esclavitud y dominio de los pueblos. No importa si se llama imperio romano, nacional socialismo o estado de derecho. Lo que llamáis civilización es una pirámide cuyo peso aplastante descansa sobre la multitud de pequeñas piedras que a duras penas resisten en su base. La he visto con muchos nombres, defendiendo muchas banderas y órdenes nuevos, pero al hacer cuentas siempre acaba siendo más de lo mismo.

Estoy harto. Harto de mi propia existencia que llena de hastío mi paso por este mundo sin sentido. Me acuesto, me levanto, vago por mi casa, como, bebo. La pereza domina mis días y mi cuerpo ha perdido flexibilidad y ha ganado peso. ¿Acaso importa? ¿Qué es lo peor que puede pasarme, que me muera? Volveré a renacer, y gozaré de un cuerpo nuevo, más ágil y joven. Al menos durante unos años, aunque me temo que irremediablemente terminaré atrapado en un cuerpo viejo, ajado y malhumorado de nuevo.

Solamente el descanso me libera. En mis sueños mi Ba se despoja de las limitaciones del cuerpo transitorio y despliega sus alas. Allí, en la otra cara del espejo, en el mundo verdadero y cierto que no es este horrible mundo real y físico, soy realmente yo. Allí permanezco cuando estoy entre vidas, en el Duat, donde no existe el tiempo ni la gravedad ni el espacio.  Allí es donde mi Ba y mi Ka se funden en la oscuridad, cuando el cuerpo se adormece y desata el nudo que lo liga al alma. Pero las visitas son cortas. Mis sueños son rápidos y mi dormir es ligero. Cualquier ruido tira del cordón invisible que me une al cuerpo y a la tierra que estoy harto de transitar, en una terrible maldición de la que no hay escapatoria posible.

Y lo digo con conocimiento de causa, porque mi pobre existencia ha terminado de multitud de formas diferentes. Que yo recuerde he sido momificado, apedreado, ensartado con una flecha, ahogado, quemado, desmembrado, devorado, me he caído, me han disparado, me han estrangulado y en multitud de ocasiones me he muerto de viejo, frío o hambre. Pero en todo esto siempre ha habido un hecho inamovible. Tras una muerte siempre renazco a la vida en un nuevo cuerpo.

Y cuando llevas milenios haciéndolo, terminas más que harto. Ya nada me alegra la vista, lo he visto todo; ya nada deleita mis oídos, ya lo que oído todo; ya nada puede sorprenderme, lo conozco todo. Ese es el precio que pagas por subirte al tren de la eternidad, del que no puedes bajarte, a no ser que descubras el contrahechizo del que te maldijo con la vida eterna.

Y el mío fue a mi primera muerte, cuando el imperio al que pertenecía erigía grandes pirámides funerarias y enormes templos a sus dioses. Yo no morí de forma natural ni accidental, fue totalmente premeditado. Mi amo sí lo hizo de manera casual, al caerle un gran bloque de piedra encima, cuando ayudaba a erigir la cúpula de la gran pirámide de Keops.

Mi amo no era un simple obrero, no, sino uno de los capataces encargados de la construcción. De hecho conocía personalmente al faraón, pues fueron amigos de infancia. Al menos eso me contaba él. Pero yo fui su más fiel amigo y sirviente; él siempre fue atento y buen compañero conmigo. Nunca se casó. No amaba a las mujeres, todo su cariño fue para mí. Pero el día en que murió cambió mi suerte. Como hombre de confianza del faraón, fue embalsamado y enterrado junto con todas sus propiedades, entre las que me encontraba yo, su humilde servidor. Me momificaron en vida y mientras lo hacían leían los versos mágicos del Libro de los Muertos y cantaban cantos fúnebres a la diosa Bastet. Fui enterrado junto a mi amo en una de las salas menores de Keops, por orden directa del faraón y eso es todo lo que sé. Porque allí, en la húmeda oscuridad de esa sala, al lado del frío cuerpo momificado de mi amo, expiré el último aliento de mi primera vida.

Si mi amo transita como yo, de una vida a otra, lo desconozco; nunca nos hemos reencontrado. Al principio lo busqué, vida tras vida, convencido de que el poder de Anubis, que lo ampara a él, es tan fuerte como el de Bastet, mi diosa. Pero o no es así o Ra decidió separar definitivamente nuestros caminos. Ahora, después de tanto tiempo, ya ni lo intento. Ya no me escapo por las noches, ni me convierto en un callejero que recorre calles y callejuelas sin descanso hasta que termina muerto en una cuneta.

Ahora me limito a esperar en la comodidad de un hogar. Esperar la comida. Esperar mi ratito de descanso. Esperar un nuevo día tras otro. Esperar a vivir un día más. Esperar a morir al siguiente. Y esperar pacientemente que mi joven compañera encuentre entre esos libros de magia ancestral que tanto estudia un antiguo maleficio que deshaga el que me ata a la vida. Si lo hace, ella será mi última dueña y no me arrepentiré de ello. He sobrepasado con creces las siete vidas que me correspondían.

Ilustración de Ana Carmen Kummerow

Ella entiende mi tristeza y mi desazón. Sabe de mi tránsito de mil vidas por este mundo porque ha caminado junto a mí en el Duat de los sueños. Allí nos hemos mostrado retazos de nuestras existencias pasadas, los mejores y los peores. Allí nos hemos contemplado tal como somos en realidad. Yo he desplegado mis alas ante ella sin pudor y he sido testigo de su verdadera y poderosa alma de hechicera, casi tan vieja como la mía. Por eso también espero que quizás encuentre un fin a la maldición que me persigue.

Mientras tanto, me limitaré a ronronear cuando me rasque la cabeza, a sentarme a su lado cuando me necesite, a comer la comida que me prepare, a soñar junto a ella en su cama llena de amuletos y a vigilar atentamente las energías que despliega cuando practica uno sus rituales mágicos.

Y a esperar el fin de la maldición, de mis días o de los suyos.

Olga Besolí
Agosto 2017

Animal imaginario

Autor@: 

Ilustrador@: Marta Herguedas

Corrector@: 

Género: Poesía

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Milagros Morales. La ilustración es propiedad de Marta Herguedas Quedan reservados todos los derechos de autor.

Animal imaginario.

Ilustración de Marta Herguedas

Si te aceptaras como eres
no te sentirías un animal imaginario
con una identidad indefinida
ni pasearías por un bosque con corbata.

Tu piel dejaría de ser verde
y no te sentirías fuera de lugar;
no librarías batallas que no te perteneces
y tendrías  a la paz como compañera.

Si realmente te conocieras
no dejarías que nadie te apartara o invadiera
ni te hiciera sentir mal.

Milagros Morales

Glup

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Ciencia Ficción

Rating: Todos los públicos.

Este relato es propiedad de Olga Ruiz. La ilustración es propiedad de Rafa Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Glup.

Me llamo Inés, tengo diez años y os voy a contar la maravillosa historia de Glup.

Glup nació de un huevo. Pero no de un huevo cualquiera, no, fue comprado el día 27 de diciembre de 2016 en los chinos de la esquina de mi colegio. Lo adquirió mi madre como premio a mis buenas notas. Lo elegí yo: era de color azul y tenía motas grises por todo el perímetro excepto en la parte superior, que contaba con una gran mancha blanca. Costó exactamente tres coma setenta y cinco euros. Lo metimos en agua. Después de tres días empezó a crecer más de la cuenta. Mi madre se agobió un poco al principio. Le cambiaba el agua y el recipiente porque crecía y crecía sin parar y siempre le añadía sal y vinagre para quitarle mejor las cáscaras  —si es que en algún momento se le caían—. Como crecía más de lo esperable, se quedaba atascado entre las paredes y teníamos que romper los objetos para extraerlo. Primero usó un táper cuadrado, luego un cubo de fregar cristales, luego un barreño de la ropa y finalmente infló una piscina de plástico de cuando yo era más pequeña y la llenó de agua. Cogió aquel huevo que ya pesaba los cuatro kilos y lo introdujo dentro. El huevo tenía vida, eso nadie podía dudarlo. De vez en cuando se movía un poco y pensábamos que en cualquier momento saldría de allí algún tipo de ser paleolítico. Estábamos alucinando en colores con la situación, lo que nos asustaba y sorprendía a partes iguales. La cuestión es que estuvimos esperando como cosa de un mes hasta que un día, al llegar a casa después del colegio, aquello, fuese lo que fuese, ya había salido.

Mi madre cogió un bate de beisbol, yo el cepillo de barrer y  mi hermana Ingrid una varita mágica. Y nos dedicamos a hacer inspección por toda la casa muertitas de miedo. Tras una revisión exhaustiva de todos los rincones, armarios, el trastero, el garaje, el porche cubierto, etc., mi madre soltó el bate y confirmó lo que todas sabíamos: en la casa no estaba. Y se fue al jardín a buscarlo. Allí estuvo una hora aproximadamente (que es lo que duran dos episodios de Soy Luna) removiendo rosales, subiéndose a los árboles, quitando macetas, retirando maleza, y cuando ya lo daba casi por perdido, desesperada, se fijó en un arriate de la parte trasera y vio moverse algo. Se acercó. Allí estaba: una cosa redondita y un poco aplanada, con dos ojos como canicas y dos cuernecitos incipientes a modo de botones en la parte superior de la cabeza que le miraba con sonrisa graciosa y temerosa al mismo tiempo. Y mi madre dijo:

—¡Hola! ¿Eres tú el pequeño que ha salido del huevo?

—Glup —contestó.

—¿Glup es sí?—preguntó mi madre.

—Glup —repitió.

Mi madre dio un grito para avisarnos.

—¡Chicas, lo he encontrado! ¡Dice «glup, glup»! ¡Está aquí. Venid!

Ilustración de Rafa Mir

Y cuando lo vimos por primera vez nos enamoramos perdidamente de él. Era la mascota más alucinante del universo. Y decidimos llamarlo Glup.

No sabemos por qué sucedió algo así, pero la cuestión es que sucedió.

—Bueno, chicas, ¿y ahora qué hacemos con este? —dijo mamá señalando al curioso ser.

—Mami, pues cuidarlo —respondió Ingrid. Y le acercó su varita mágica que se puso instantáneamente rosa y brillante, lo cual gustó sobremanera a mi hermana.

—No sabemos si puede ser peligroso o contagiarnos alguna enfermedad. Creo que deberíamos llevarlo al veterinario.

—¡Si lo llevas al veterinario nos lo van a quitar. Y lo sabes! —exclamé yo. Además, si es mi regalo, déjame a mí saber lo que quiero hacer con él.

—Perfecto, a partir de hoy la responsabilidad de Glup es tuya, Inés —concretó mi madre.

Vivir con Glup estaba siendo un poco complicado. Le gustaba estar siempre mojado. Y devoraba el chocolate. Mi madre hacía todos los días pasteles, bizcochos, sándwiches de Nocilla. La Nocilla le molaba cantidubi. Abría el frasco con los cuernos telesféricos que actuaban a modo de manitas y relamía todo el vaso de cristal. Y además, si te despistabas, se te subía por las piernas como si fuera una garrapata y te echaba en la cara un chorrito de color azul, que no sabemos de dónde salía, y tenemos claro que no era pis, era como una forma simpática de decirte «te quiero». Glup es muy chistoso. Sí, os lo prometo, le gusta contar chistes. Habla nuestra lengua. Luego nos dijo que nos podía escuchar a través del huevo y que aprendió nuestro sonido. También tiene una habilidad innata para bailar y hacernos reír. Pero eso creo que lo ha sacado de la tele y la Wii.

Todo era perfecto y maravilloso. Hasta que un día del mes de febrero mi madre decidió celebrar el cumpleaños sorpresa de mis primos gemelos Marcos y Pedro en el salón de casa. Pedro nació exactamente diez minutos antes que Marcos y es mucho más pequeño, más feo y el ser menos gracioso del universo, aunque eso ahora es intrascendente. Mi madre lo dejó todo preparado y cogió la camioneta para recoger a mi tía Paqui y a mis primos. Mi tía Paqui sufre una extraña enfermedad que no le permite conducir por miedo. En fin, que siempre tenemos que estar llevándola y trayéndola a todas partes. Así que estuvimos esperando en el porche trasero junto con el resto de niños de la urbanización, poniéndonos los disfraces de superhéroes y superheroínas que cada cual había traído, ayudados por Cristina, nuestra cuidadora. Y cuando abrimos la puerta y les dijimos a mis primos el esperado «¡Sorpresa!» casi nos da un ataque. El salón tenía restos de comida y bebida por todas partes, todo estaba desperdigado por el suelo y las paredes. Y mi madre se puso muy nerviosa y dijo gritando y mirándome:

—¡Inés, hasta aquí hemos llegado! Ve a buscar a Glup y castígalo en un armario.

Y yo, obediente, lo hice. Lo metí en el armario de mi cuarto y le ordené que no se moviera de allí bajo ningún concepto, que buena la había liado, y que mi madre, después de esta, seguro que tomaba alguna medida drástica. Y que las medidas drásticas de mamá son muy muy imprevisibles.

Definitivamente se había pasado tres pueblos. Pero me miró con sus ojitos redonditos, puso carita de sentirlo mucho y me pidió perdón. Entonces lo achuché y le solté un besito en su frente…

—¡Anda, no la vuelvas a liar! Por favor, no salgas del armario.

Sonrió y cerré la puerta sin dejarlo a oscuras, porque la puerta tiene rendijas de ventilación. Además, no le eché la llave, por si necesitaba ir al baño a hacer pis.

Y Glup, sabiendo que abajo había un cumpleaños y que estaba todo lleno de dulces y chocolate, pensó que si se disfrazaba, él también podría pasar desapercibido. Buscó en el armario y encontró un disfraz de tortuga ninja de cuando yo era más pequeña. Y se lo plantó. Entonces bajó a la cocina, abrió  el trasportín de plástico de la tarta de tres chocolates que había preparado la abuela y se la zampó.

En ese momento vio que mi madre se aproximaba a la cocina pasillo adelante con una pila de vasos de plástico sucios y una bandeja de restos, y no se le ocurrió otra cosa mejor que meterse dentro del trasportín de la tarta.

Mi madre lo cogió, cogió el paquete de velas y los dos nombres de cera que había encargado para mis primos, se dirigió al salón con aquello en la mano, sorprendida de que pesara tanto —pero como la abuela era muy burra, seguro que había preparado una tarta de tres pisos—. Y llegó a la mesa, apagó las luces, abrió la caja y ¡sorpresa!

Allí había una cara redonda, con unos ojos abiertos de par en par y con gesto de «me han pillado».

Todos los niños reunidos alrededor de aquella mesa vieron a Glup y lejos de asustarse y salir corriendo, se quedaron callados, mirando, hasta que la pequeña voz chillona de Sonia, la niña coletas, exclamó:

—¡Queeeeeeé moooooono! ¡Yo quiero uno! 

Y todos se abalanzaron sobre el pequeño ser.

Glup se puso tenso. «Pero estos ¿qué quieren hacerme? ¿Qué quieren hacerme? ¿Me quieren tocar, morder, besar, matar? ¡Qué nervioso me estoy poniendo!». Y gritó fuerte:

—¡Glup no tocar. No tocar. No tocar!

Todos querían mimarlo, besarlo, abrazarlo y jugar con él porque era un ser tan achuchable… Pero tuve que establecer turnos y que lo hicieran despacio para no agobiarlo mucho.

Pedro y Marcos, mis primos, dijeron que ese era el regalo de cumpleaños más bonito que podrían haberles hecho. Yo discutí con ellos para explicarles que no era un regalo, que Glup era solo mío y que se fueran olvidando del tema.

Mi madre y yo nos vimos obligadas a  contarles a todos los niños, a mi tía, a mi abuela, a Cristina y al perro de la vecina cómo había nacido y cómo había llegado a ocupar nuestras vidas el pequeño Glup. Y les insistimos hasta que firmaron un pacto de silencio: prometer que no se lo dirían a nadie. A cambio podrían venir a ver a Glup siempre que quisieran.

Por primera vez en mi vida sentí que era la protagonista de algo grande.  Pero aquí el único protagonista será Glup para siempre. Y la suerte que tenemos de compartir un secreto en común gracias a él. Hemos conseguido ser los mejores amigos del barrio. Hasta hemos formado una pandilla y todo: somos Los Superglup. Y tenemos superpoderes. Ya los iréis conociendo. Nos está enseñando muchas cosas mágicas nuestro pequeño amigo. Pero eso será objeto de otro capítulo.

Hoy nos vamos al río con un invitado muy especial en la mochila… a llenar nuestra vida de aventuras. Pero para que no sepáis dónde encontrarnos me he permitido la licencia de omitir cualquier dato relacionado con mi ubicación y como todavía no tengo móvil ni quiero tenerlo, creo que nuestro  secreto estará a salvo mucho tiempo. ¡Feliz verano, astroalmas!

Olga Ruiz