29ª Convocatoria: La Nieve

Guerreros de nieve.

Ilustración de Daniel Camargo

Era mi último día en la Academia de las Nubes. Por fin estaba listo para ir al mundo, pasear por él en lugar de observarlo desde la distancia. Llegó la hora del salto masivo, de la invasión de la tierra para por fin hacer una superficie terrestre adecuada para la vida.

Allá vamos. La misión de mi pelotón es taponar las salidas de los habitáculos de nuestros enemigos los carnosos. Lentamente caemos. Somos la ventisca definitiva. Me posiciono en la formación de ataque y sigilosamente nos acercamos hasta la entrada de madera y cristal. El primer destacamento ya está llegando, yo por el contrario aún estoy a cierta distancia, pero por los puntos de observación veo a los carnosos asomados con una expresión que debe de ser de miedo pues tienen la boca abierta y nos señalan. Un último giro en formación y ahuecamos el cuerpo para el impacto contra la madera. El golpe ha sido duro, pero para ello llevamos preparándonos semanas desde que salimos del lago guardería aún sin habernos enfriado para la guerra. Ocupo mi lugar contra la madera empujando con los compañeros para evitar el contraataque de los carnosos. Somos el muro que recordarán las generaciones venideras.

No sé cuánto tiempo pasó, pero allí estábamos aguantando impasiblemente cuando la madera cedió dejando paso a la guarida. Fue entonces cuando nos lanzamos al ataque contra el sorprendido carnoso que hacia guardia tras la madera. Fue un ataque relámpago y logramos derribar al rival. Todo iba perfecto cuando un nuevo carnoso apareció. Nosotros estábamos cansados y enseguida fuimos conscientes de que íbamos a ser derrotados pues los nuevos carnosos venían armados con una vara de madera con una especie de pequeño muro de metal en la punta. Con cada arremetida del arma miles de los nuestros eran expulsados. El final estaba cerca, sólo cabía esperar que al menos fuera rápido e indoloro.

Estábamos en el aire cuando un carnoso más pequeño que los anteriores dijo: 

—Papá, hagamos personas de nieve.

No sé qué significaba aquello, pero no me gustaba nada. Los carnosos empezaron a atrapar a los nuestros y los apretaban en un claro intento de asfixiarnos. Poco a poco nos capturaban, nos presionaban unos contra otros, y dándonos por muertos nos amontonaban. Yo rodé sobre mis compañeros y hui intentando coger una corriente que me elevara para poder informar al alto mando. Todo fue en vano, me cogieron y noté cómo me apretaban, Tal era la presión que noté cómo mi cuerpo se fusionaba con el de mis compañeros.

Entendí entonces que había sido derrotado. Exhausto y deshecho me limité a resignarme y ocupar mi sitio en la montaña de caídos mientras esperaba exhalar mi última gota de vida.

El sol salió y noté cómo se me escapaban las fuerzas cuando el pequeño carnoso decidió poner fin a mi existencia aplastándonos a unos cuantos con un dolmen anaranjado mientras decía:

—Mira, papi, ahora ya es una persona de nieve.

Sergio Pastrana

Anuncios

La muerte es blanca, fría y acogedora

Autor@: Juan Ramón Lorenzana

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Terror

Rating:+ 16

Este relato es propiedad de Juan Ramón Lorenzana. La ilustración es propiedad de Rafa Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La muerte es blanca, fría y acogedora.

Continuación de “El Miedo”

Soy tan feliz. Sonrío a cada paso y apenas noto el peso de mi cuerpo. Sonrío mientras camino por las blancas calles y los copos de nieve parecen negarse a tocar el suelo creando una escena de cuento donde la protagonista soy yo. Soy feliz porque Nerea está viva. Porque fui yo quien soltó las ligaduras que en sus manos y pies ataban su cuerpo a una mesa de metal en sádica tortura. Porque fui yo quien le quitó la mordaza de la boca que le impedía gritar. Y fui yo también la que cortó el precinto de embalar que selló sus ojos durante aquellos interminables días.

No puedo evitar sonreír mientras extraigo lo que queda de un corazón que parece haber implosionado y lo deposito sobre una pequeña bandeja de metal y recuerdo todo lo que paso.

Esa mañana sonó en mi teléfono la canción de Amy MacDonald This is the life que pocos días antes Nerea me había configurado como tono de llamada entrante. En ese momento me dio un vuelco el corazón y la ansiedad e ilusión de escuchar su voz provocó que mis nerviosas manos apenas acertaran a encontrarlo entre todas las cosas que guardaba en el bolso. Cuando por fin pude cogerlo y ver quien me llamaba, el alma se me cayó a los pies, la angustia asaltó mi corazón y las lágrimas nuevamente tomaron posiciones al borde del abismo de mis ojos. Era el teniente Linares y sólo acierto a pronunciar un casi inaudible <<¿sí?>>. Al otro lado del auricular la voz rota del teniente me dijo con mecánica entonación: <<tu novia está secuestrada en la casa del capitán Cantalapiedra. Él es el asesino de la chica bielorrusa y ahora mismo lo estoy deteniendo en su despacho>>. Después pude oír claramente de la voz del capitán, un <<hijo de puta>> seguido de un disparo, un silencio y un nuevo disparo. Inmediatamente después se cortó la comunicación.

La acompañé todo el día y toda la noche en el hospital. Solo a la mañana siguiente la dejé sola porque el juez de instrucción que lleva el caso quería tomarme declaración urgentemente. No podía ni quería negarme. Al teniente Linares le estaban haciendo muchas preguntas. Pegarle un tiro a un capitán de la Guardia Civil no es nada fácil de explicar, aunque dicho capitán sea un degenerado de mierda y multitud de pruebas indiscutibles le señalen como asesino. Además, Nerea lo identificó perfectamente y así lo declaró en el mismo hospital. La declaración del teniente encaja perfectamente: el capitán iba a ser detenido e intentó matar al teniente con un arma, pero falló el disparo y este sacó su arma reglamentaria, le disparó y lo mató. Así de sencillo. Yo misma fui testigo auricular, se podría decir, de la sucesión de hechos. Todo está tan claro que no creo que tenga problemas. Además, no tienen ganas de más escándalo y quieren que este dramático y bochornoso suceso pase pronto a formar parte de un pasado que a todo el mundo le interesa olvidar.

Nerea apenas estuvo dos días en el hospital después de la semana de cautiverio que padeció. Es una mujer muy fuerte, siempre ha sido muy fuerte, mucho más que yo. Nerea es una superviviente, siempre sale adelante, siempre encuentra una cuerda, un madero a la deriva, un clavo ardiente al que asirse. Y después de que el drama ha pasado, reinicia su vida no como si nada hubiera ocurrido sino con esa actitud tan racional, y a la vez tan sorprendente para los que lo sentimental antecede al pensamiento racional, de no permitir al pasado que se interponga o condicione las enormes posibilidades que ofrece el futuro. Es muy inteligente esta actitud, esa forma de pensar y actuar, pero no puedo negar que para mí, que siempre he sido de la opinión de que no se puede vivir a toda costa, me parece un poco triste esa faceta inteligentemente utilitaria de Nerea porque, si ella me faltara, para mí ya no habría un mañana. Sé que es absurdo porque siempre hay un mañana, la tierra nunca deja de girar, hay hombres y mujeres por doquier amando, trabajando, muriendo, luchando, soñando, viviendo; pero me encontraría vacía, sin sentido mi vida, peor aún, pensaría que ser feliz o tan siquiera vivir sería como reconocer que mi amor no fue tan intenso ni tan de verdad como lo siento. Y por otra parte, si yo faltase, sé que ella lloraría mi ausencia y que de verdad tendría pena, pero también sé que en un tiempo que se podría contar en semanas, quizás días, me dejaría aparcada en su memoria como un bonito recuerdo.

Ya lo estoy haciendo otra vez. Invento mi vida y la de Nerea a partir de sentimientos como los celos, el miedo o la inseguridad y a partir de ellos tengo pensamientos irracionales, llego a conclusiones potencialmente erróneas y estos pensamientos me conducen irremediablemente a sentir más miedo, más celos, más inseguridad. Este círculo vicioso sólo me conduce a la infelicidad y a una tristeza que no tienen relación con mi situación real actual. Me imagino la tristeza, pienso en la tristeza y tengo sentimientos tristes que me conducen inexorablemente a nuevos pensamientos tristes. Es un círculo vicioso y falso que debo romper, y voy a romper. Lo romperé con realidad racional basada en hechos contrastables. No me inventaré una realidad positiva para engañarme. Si los hechos son tristes estaré triste e intentaré superarlos, pero si son alegres seré feliz y disfrutaré de ellos como merezco.

“Orificio de entrada por el globo ocular derecho. Orificio de salida, un enorme boquete de unos diez centímetros de diámetro en el parietal…”.

Vuelvo al trabajo después de tomarme unas semanas de vacaciones y lo primero que hago es leer el informe del forense que se encargó de hacer la autopsia del cadáver del degenerado que destruyó la vida de esa pobre chica e intentó lo mismo con el amor de mi vida. Pero pronto cierro el informe, no quiero que malos recuerdos empañen este momento tan feliz.

Pienso. Y pienso en los maravillosos días que hemos pasado en Florencia. Cuando Nerea estaba todavía en el hospital, le propuse que nos fuéramos de la ciudad unos días para descansar, hablar y olvidar los acontecimientos que habían trastocado de forma horrible nuestras vidas. <<Nos marcharemos a París o Londres e iremos de compras, nos besaremos en todos los puentes, nos acostaremos siempre tarde con unas copas de más y haremos el amor hasta que el amanecer o hasta que el hambre nos obligue a levantarnos de la cama. Pero si lo prefieres podemos irnos a la playa a tomar tranquilamente el sol recostadas en unas tumbonas mientras nos sirven daiquiris con sombrillitas de colores>>. Me dijo que sí con una dolorosa sonrisa y luego me dijo que, si no me importaba, le gustaría ir a Florencia. Por supuesto le dije que sí y… El teléfono me despierta de nuevo de la ensoñación. Me avisan de un cadáver que bajan en el ascensor y que el juez de instrucción quiere el informe forense lo antes posible.

Me pongo la bata verde y me enfundo los guantes. ¡Cuánto antes empiece, antes terminaré!

Hombre de cuarenta y dos años fallecido hace dos horas en el Hospital General por fallo multiorgánico. Víctima de un atropello. El conductor se dio a la fuga y poco después fue detenido, resultando ser la presunta homicida su esposa. ¡Joder, qué sorpresa! Seguro que es otra de esas mujeres que son maltratadas, torturadas y vejadas durante años por su marido hasta que un día se les va la cabeza y le dan su merecido al muy cabrón.

En cuanto veo su cuerpo desnudo sobre la mesa de metal de la sala de autopsias algo llama mi atención. Me acerco sorprendida y con el dedo índice de la mano derecha cuento: uno, dos, tres, cuatro…, hasta veinticinco. Me alejo un poco del cadáver y enciendo el potente foco cenital de la sala para que mi cerebro se crea lo que mis ojos le han contado apenas hace unos segundos a media luz. La escena me deja anonadada. Un hombre de mediana estatura y de una complexión normal que, por la cantidad de cicatrices de su cuerpo, parece que se ha ganado la vida como mercenario en algunas esas guerras que por el mundo hay. Pero me consta en el informe que es comercial farmacéutico, y no digo que no sea una profesión difícil pero no es para esto. Después de lavar el cuerpo vuelvo a contar las marcas de forma sistemáticamente, empezando por la cabeza, continuando después por delante y luego por detrás, y ahora he contado cincuenta y tres. ¡Increíble! Su cuerpo es un verdadero mapa del dolor. Se pueden distinguir cicatrices de al menos quince años de antigüedad, al lado de otras que no tendrán más de dos o tres meses. Esto no es normal, parece como si este hombre hubiera sido torturado durante años.

Dejo por un momento mi trabajo y hago un par de llamadas de teléfono. En pocos minutos llega a mi ordenador los informes médicos de toda la vida del paciente. Desde la infancia, donde tan sólo constan las vacunaciones obligatorias, hasta el día que ingresó tras el atropello y dos días después el certificado de defunción. No hay nada anormal en su expediente, ni siquiera una operación de apendicitis o amígdalas. Todo normal hasta hace aproximadamente quince años, cuando empieza a sufrir ingresos y asistencia en los servicios de urgencias de varios hospitales y centros de salud. En total, doce ingresos por causas como:

Rotura de tibia de la pierna derecho.

Fractura del humero y radio brazo izquierdo.

Cinco costillas también fracturadas, dos de ellas en dos ocasiones.

Rotura parcial del bazo.

Perforación de un pulmón.

Rotura del tímpano de la oreja izquierda.

Luxación de Lisfranc

Amputación parcial del vértice lingual.

¡Dios Santo! Y la lista continúa.

Repaso cada lesión especificada en el informe médico y cuando termino me doy cuenta de que no voy ni por la mitad de las que en realidad ha padecido el cuerpo de este hombre. La lista de abrasiones, laceraciones, avulsiones y mordeduras es verdaderamente increíble. Me llama la atención sobremanera un agujero por el que puedo introducir mi dedo meñique y que atraviesa de lado a lado la palma de la mano izquierda. Vuelvo a examinar su informe médico y… no hay constancia de esta lesión. ¡Sorprendente!

Estoy en plena faena. Corto con la sierra el pecho de este hombre cuando, ¡maldita sea!, un apestoso olor a tabaco irrita mi pituitaria y mi ánimo. El muerto no era fumador, tiene los pulmones reventados pero sonrosados como los de un niño. A mi espalda oigo cómo se acercan los pesados pasos del teniente Linares. El humo de su Ducados le precede y cuando ya noto su presencia, justo tras de mí, me doy la vuelta con la sierra circular en marcha en la mano.

—Me habías prometido dejar de fumar.

—Y tú que te acostarías conmigo si lo conseguía. Los dos somos muy mentirosos. ¿Por qué no dejas a este tipo descansar un poco y te vienes conmigo a comer? Hoy es mi último día de servicio, mañana seré un hombre jubilado.

—Eso es fantástico, pero mira primero el caso de este hombre. Resulta que le atropelló su mujer y…

—Algo haría, seguro. Además, yo ya estoy retirado y el único muerto que me interesa soy yo. ¿Vamos a comer?

—Sí, dame diez minutos para coserlo y cerrar el informe. He quedado con Nerea muy cerca de aquí en una pequeña tasca.

—Otra vez Nerea en medio de lo nuestro. Tú sabes que yo a ella sólo la quiero para el sexo, en cambio contigo es amor. Sería fantástico que un día mezcláramos el sexo y el amor ¿verdad? Igual os gusta y me queréis para siempre en vuestra vida y entre vuestras piernas. ¿Qué te parece?

—Me parece que eres un cerdo y que no serías capaz de seguir nuestro ritmo.

—Lo de cerdo me parece una obviedad y lo segundo es mi problema… Ya puedo leer en mi esquela:Vivió un infierno, murió en la gloria.

—Qué tonto eres. Ya está. Déjame meter al muerto a la nevera, me quito la bata, me lavo un poco y nos vamos.

La muerte es blanca, fría y acogedora.

Liviana y suave. Tenía los pechos pequeños y la sonrisa amplia. Se dormía en cualquier parte en cuanto su oreja derecha alcanzaba una almohada, cojín o mi hombro. Conseguí catalogar dieciséis de sus sonrisas y para qué o cuándo las usaba. Sin embargo sólo tenía dos maneras de enfadarse y ambas terminaban de la misma manera, ella llorando. Una era de silencio, con la boca formando una perfecta línea recta donde habían desaparecido completamente los labios. Yo sabía entonces que debía darle un poco de espacio y de tiempo para rumiar su pena, pero no demasiado. La espera finalizaba en cuanto detectaba que se quebrantaba la delgada línea recta dibujada en su cara. A veces era una simple vibración en el lado izquierdo del labio superior o un leve arqueamiento de su boca en algo parecido a una extraña sonrisa invertida. En ambos casos no había que esperar demasiado. Era necesario acercarse a ella con tacto y sin pausa, sin esperar una rendición. Tan solo era necesario abrazarla o decirle un “te quiero” para que se desbordaran sus ojos, abriera sus brazos y soltara la pena que le atenazaba el corazón. La segunda manera de enfadarse me la temía más que caer en un pozo lleno de alacranes y toda esa clase de bichos asquerosos, y lo peor de todo es que este tipo de enfados se producían con una regularidad temporal aterradora. Cada tres meses, semana arriba, semana abajo, una explosión de ira acumulada durante ese tiempo se expandía arrasando con todo lo que encontraba a su paso, y como yo siempre estaba a su lado era por tanto lo primero que encontraba al alcance de su desbordada ira. Esto me ha traído dolorosas consecuencias emocionales difíciles de explicar y sobrellevar, y también consecuencias físicas que más o menos rápidamente se curan pero que dejan un recordatorio perenne sobre la piel como, por ejemplo, una cicatriz en la frente sobre el ojo derecho que a punto estuvo, por dos centímetros, de costarme la pérdida de ese globo ocular. En otra ocasión fue un mordisco que puedo recordar perfectamente cada vez que paso el dedo índice por el trapecio izquierdo, pues allí han quedado marcados para la posteridad los pequeños y afilados dientes de mi amada.

No quiero hacer una larga lista de todos los quebrantos físicos que del amor arrebatado y la ira incontrolable han marcado mi cuerpo, pues podría parecer que he soportado por amor tantos años de dolor, quince para ser más exacto. Nada más lejos de la realidad y de mi intención al destacar estos breves sucesos un tanto escabrosos en la enormidad del tiempo de amor apacible que disfruté junto a ella. No quiero parecer, porque no lo soy, un hombre maltratado o tan siquiera mal querido. Creer eso sería un verdadero disparate, además de mentira. Tan solo lo cuento porque sería engañoso esconder la verdad de lo que sucedió hasta llegar a este momento.

Además, nunca me hizo daño con mala intención, solamente que yo estaba en el lugar incorrecto en el momento más inoportuno, y esto lo puedo demostrar con multitud de sucesos, como por ejemplo aquella vez que estando ella recogiendo los platos del lavavajillas, sorpresivamente empezó, sin previo aviso, a lanzarme platos y vasos uno tras otro presa de un furor iracundo.  Ninguno de los seis o siete platos que me lanzó me dio de lleno en la cabeza, que era donde parecía que disparaba, tan sólo un vaso me rozó el hombro derecho dejándome un poco dolorido durante apenas una semana. Esta escena demuestra que nunca fue su intención dañarme, pues yo estaba apenas a cuatro metros de ella y si de verdad hubiera querido hacerme daño, yo no hubiera tenido escapatoria posible. Estoy convencido de que ella falló los lanzamientos a posta. No cabe otra explicación.

Y ya hecha esta salvedad, permítanme, telegráficamente, que haga un resumen de mis daños corporales a los solos efectos del buen fin de esta historia.

1.Rotura del tímpano de la oreja derecha.

Quizá no sea del todo justo adjudicar a mi amada aquel desgraciado accidente que acabó dejándome sordo de un oído porque, aunque fue su codo el que impactó con toda su fuerza ósea, no es menos cierto que yo era consciente de que habían pasado los noventa días de rigor en dos o tres amaneceres más y que esto debería de haber acentuado mi prudencia. Ella estaba acostada de lado dándome la espalda y la tensión de su cuerpo se trasmitía a través del colchón y me impedía dormir. Sin embargo, hice caso omiso de las señales y de mi experiencia e imbuido de ilusiones románticas creí poder calmarla con caricias, mimos y besos. Pero en cuanto mis dedos rozaron su espalda, soltó como un resorte el brazo con tal mala suerte que impactó su codo contra mi oreja y un crujido y la sangre me advirtieron de que algo había ido mal.

No es menos cierto que fui solo a Urgencias esa misma noche a pesar de que los dolores y mareos apenas me dejaban conducir, y también que el tratamiento fue largo, doloroso e infructuoso. Pero sería miserable por mi parte no reconocer que al volver del hospital a la mañana siguiente mi amada desconsolada y rota en llanto se derramó en mis brazos y cubrió de besos mi rostro cansado, aliviando mis quejas con caricias, con lo sientos y con más besos. En el suelo hicimos el amor, amor rápido, intenso y liberador. Aún abrazados sobre el frío terrazo me hizo prometerle amor eterno. Y yo se lo juré.

  2. Orificio de entrada y salida en mano derecha.

En esta ocasión no puedo decir que fuera un accidente sin querer o fruto de la maléfica casualidad. Todo lo contrario, pues fue ella quien me lo advirtió en al menos dos ocasiones, que yo recuerde, aunque puede que fueran tres según me dijo después. El caso es que faltaban pocos días para cumplir el trimestre desde la anterior explosión, que no quiero equivocarme al recordar, pero creo que fue aquella en la que me fracturó por segunda vez el tabique nasal al azotarme con precisión el despertador. Esa vez le fue imposible errar porque estaba dormido y no pude ayudarla esquivando el dichoso aparato. Como digo, habían pasado casi los noventa días de rigor y el incidente con el despertador ya formaba parte de un pasado remoto que no quería recordar. Era domingo por la mañana después de una noche de amor donde no faltó un solo beso por dar, y los cuerpos exhaustos descansaron abrazados hasta que nos despertó el tenue sol que atravesaba las cortinas e inundaba la habitación con un estereoscópico mundo de colores. Me sentía tan feliz y ella dormía tan plácidamente que me levanté, cogí agua, harina, levadura y sal, y me puse manos a la obra a hacer un buen pan artesano. Apenas había mezclado los ingredientes cuando ella me sorprendió por detrás, me abrazó y me besó en la nuca y empezamos a jugar con los ingredientes, a pintarnos de blanco la cara, a besarnos mientras la incipiente masa se nos pegaba los dedos. Después, a ella se le ocurrió que ya que teníamos masa de sobra, iba a intentar por enésima vez preparar las sabrosas galletas que hicieran famosa a su abuela por todos los pueblos de la Ribera del Órbigo. Galletas que su abuela enseñó a hacer a su hija, que esta con igual maestría aprendió a hacer, y con el mismo cariño y mimo enseñó a su hija querida, que es mi amada esposa. Pero por alguna extraña razón jamás conseguía que ni de lejos sus galletas se parecieran a las que hiciera antaño su abuela y, todavía hoy, su octogenaria madre prepara y saboreo al menos una vez al año. Esta incapacidad de mi amada para hacer las famosas galletas produjo en ella un serio trauma que no pocas veces la hizo llorar desconsolada. Sin embargo, su tenacidad y fuerza de voluntad la llevaban a intentarlo en cuanto las circunstancias, el tiempo y su ánimo se lo permitían. Y así llegamos otra vez a aquel domingo por la mañana.

Mi amada que amasa. Mi amada que corta y da forma de personas a las galletitas. Mi amada que sonríe y me besa, feliz ante su convencimiento de que esta vez logrará su objetivo. Mi amada que dibuja en las personitas de galleta los ojos y la boca con un pequeño punzón. Mi amada que coloca cuidadosamente las galletas sobre una bandeja metálica, las introduce en el horno precalentado a doscientos veinte grados y a esperar apenas quince minutos, me dice. Qué maravillosos quince minutos. Pocas veces la vi tan feliz, radiante y ligera, tan suave, húmeda y tierna. La alarma del horno nos avisó de que los quince minutos habían pasado. Se bajó de mí, enfundó sus manos en sendos guantes y abrió el horno. Un delicioso olor inundó la cocina. Sacó la bandeja y la depositó sobre la mesa de la cocina. Los dos nos quedamos en silencio contemplando las galletas. Éramos como dos niños retrasando el momento de disfrutar de los regalos de Navidad. En un instante el silencio se rompió cuando con la voz más dulce y amorosa me dijo: <<Prueba una, sólo una y dime qué tal están>>. En ese mismo instante todo mi mundo perdió el color. Fui consciente del tiempo transcurrido, de lo transcendente de la ocasión, de lo dramático de mi situación. Debía decirle la verdad, mi amada no es estúpida y además probaría las galletas después. Si mentía, no me lo perdonaría porque quizá no seamos la pareja perfecta, pero la sinceridad siempre ha sido el eje de nuestra relación y si faltara yo a ese principio básico de nuestro amor ella jamás me lo perdonaría. Y ahí estaba yo, mirando aterrorizado la caliente bandeja depositaria de mi inminente destino. Y ella que insiste: <<Coge una galleta, amor, que ya no queman y calentitas están mejor>>. Y allá voy yo con mi mano derecha describiendo una lenta y exagerada parábola queriendo aparentar humor, cuando lo cierto era que el más pavoroso miedo punzaba en mi estómago. Y alcanzan los dedos la tostada galleta. Y la miro y soplo y resoplo. Y la muerdo.

Y me mira ansiosa esperando mi reacción y yo… El mundo otra vez se ilumina con todo su color, pues la galleta es deliciosa, tanto como las que hacía su abuela y su madre, quizá más, y así se lo digo. Pero ella no se fía del todo. No es que desconfíe de mi sinceridad, más bien es falta de confianza en sí misma lo que la hace torcer el gesto. Por eso le digo: <<Coge una y compruébalo tú misma>>, y así lo hizo. Sus ojos se abrieron en amplia sonrisa. Jamás la vi tan bella como en aquel instante, nunca fui más feliz que contemplando el gozo de su boca entreabierta intentando retener, entre risas, las migas que saltaban por doquier. Y cogí su mano en mi diestra. Y besé su boca llena mientras con la izquierda así otra galleta y… mi mano vi atravesada y clavada en la mesa por el certero punzón. <<¡Sólo una!  —gritó— <¡siempre lo tienes que estropear todo!>>. Esas fueron sus palabras entre lágrimas desesperadas. Salió de la cocina dando un portazo y dejándome a mí allí sin poder dejar de mirar cómo salía por debajo de mi mano un riachuelo de sangre y sin ser capaz de asir con la derecha el punzón y extraerlo, sin poder gritar, ni siquiera hablar. La verdad es que estaba acojonado.

Ilustración de Rafa Mir

No estoy muy seguro de cuánto tiempo me quedé en ese estado catatónico, pero sí recuerdo que salí del trance en el momento en que ella sacó de un tirón el maldito punzón. Después le pedí a mi amada que me llevara al hospital, que la mano tenía muy mala pinta y me dolía un horror. Pero ella me dijo que no era para tanto y que moviera los dedos para comprobar si estaba dañado algún hueso o tendón. Con la cabeza le dije varios veces que no, pero ella insistió y me dijo que no me llevaría al hospital hasta que no hiciera lo que me mandaba. Ante su insistencia y que el ensangrentado punzón continuaba sobre la mesa hice lo que me indicaba y moví lentamente dedo a dedo experimentando uno de los mayores dolores que he tenido en toda mi vida. Entonces ella me dijo: <<Ves, los mueves perfectamente así que no hace falta que vayas al hospital. Con un buen vendaje en unos días estarás perfectamente>>. Y la verdad es que tuvo razón.

Creo que este incidente ya lo he explicado con suficiente detalle, tan sólo añadir que sus cuidados fueron tan esmerados que no me quedó ninguna secuela aparte de un pequeño agujero que me impide en los días de sol hacer ese gesto tan socorrido de taparme con la mano la cara para que no me deslumbre el sol.

No quiero entretenerme en este suceso con más palabras que no aportan nada y me distraen de relatar la verdad de lo que pasó. Es necesario que lo cuente, ella lo necesita y todos deben darse cuenta de lo mucho que nos hemos amado, del sincero y entregado acompañamiento que nos hemos dado. Tienen que comprender que, como muchas otras parejas, yo diría incluso todas, hemos tenido nuestros momentos de gloria y tiempos de tristeza y melancolía, pero siempre hemos estado juntos sorteando las adversidades del destino o los accidentes del camino han puesto en el devenir de nuestra vida en común.

Pero me queda poco tiempo. Me doy cuenta de que me cuesta largo tiempo y mucho esfuerzo pensar con claridad, los recuerdos parecen desdibujarse como si mi memoria se deslizara por una blanca colina cada vez a más velocidad y mis más lejanos recuerdos se alejaran tirando a su vez de los contiguos y deformando estos también, y así ininterrumpidamente hasta mis recuerdos más cercanos, que ya noto como son estirados por los bordes, desfigurando su apariencia hasta casi no ser reconocibles. Me saltaré por esta causa el hacer referencia al motivo y circunstancias de mis otras lesiones corporales y me centraré en la última, causante de mi penosa posición actual, y la equívoca e injusta, a todas luces, situación de mi amada esposa.

Hoy exactamente hace tres meses. Noventa días de amor apacible, compartido y entregado. Hoy mi amada ha tenido un día complicado en el trabajo. Me di cuenta en cuanto entró por la puerta de casa. Su gesto serio, la camisa empapada en sudor y ni un rápido “hola” antes de cerrar de un portazo la puerta de casa y precipitarse directamente al cuarto de baño. Ya sé que no hace falta ser un prodigioso entendido en psicología femenina para que con esos detalles llegue uno a la conclusión de que no estaba de buen humor. Pero tengan en cuenta que hacía ya varios días que notaba el irremediable y periódico cambio de humor de mi amada y que los nervios y el miedo ante esa certidumbre me abotargaban los sentidos. El caso es que me quedé sentado en el sofá con más miedo que vergüenza por lo que podría suceder en los siguientes minutos.

Si habitualmente sus explosiones de ira eran imprevistas o inmediatamente después de momentos de placidez y sosiego, la idea de que pudiera coincidir el final del trimestre con un día de esos malos que todos de vez en cuando tenemos, me hacía temer el peor de los resultados posibles y mi natural instinto de conservación, que no la falta de valor, me hizo ovillarme bajo una manta protectora, después de sigilosamente apagar la televisión, bajar la intensidad de la iluminación y colocar en su viejo y querido magnetofón un disco con el Adagio de Albinoni. Echada ya la suerte, esperé un indicio que me permitiera salir de mi refugio.

Puede parecer en una primera impresión, que no ha lugar a justificación alguna o explicación racional que permita entender por qué mi amada esposa no detuvo el coche cuando mis indicaciones así se lo decían a viva voz y con evidentes aspavientos con los brazos. Y que después de romperme las dos piernas por el impacto sorpresivo del parachoques del vehículo y al oír mis gritos angustiados, ella frenara y alejara el vehículo de mí, liberando así las fracturadas rótulas de la presión de nuestro nuevo y flamante monovolumen. Después de esto, al no poder mis quebrantadas piernas soportar el peso de mi cuerpo, me caí como un fardo sobre la acera, con tan mala suerte que… Sé que parece todavía  más difícil de explicar lo que sucedió después, pero haré entender lo imposible, haré comprender las circunstancias que en horrible combinación provocaron que mi amada esposa fuera capaz de volver a meter la marcha atrás y arremeter contra mí. Esta vez fue el pecho lo que quedó a la altura del resistente parachoques trasero y fue en definitiva el culpable de las graves lesiones que me condujeron a ser trasladado con urgencia al hospital más cercano.

Qué fácil es escuchar esto desde una posición de superioridad moral, como si nunca nosotros hubiéramos cometido ningún error. Y sí, fue un simple error ayudado por la mala suerte y mi poco tacto. Quizá haya alguien que diga: «¡Imposible!, ¿cómo van a ser un error la concatenación de hechos tan clara y brevemente expuestos?». Pues puedo hacerlo y lo haré, simplemente teniendo un poco de empatía, una pizca de modestia y bajando de la columna de mármol donde nos solemos subir para juzgar a los demás cuando en verdad lo que queremos es que el mundo vea lo justos y decentes que somos. ¡Puro cinismo, falsedad y autosuficiencia!

A lo largo de este relato creo que he explicado suficientemente los arrebatos de ira incontrolada de mi amada, y que estos se producen con una casi perfecta regularidad temporal. También he dado cuenta de algunos de los sucedidos a los que me he enfrentado durante esas explosiones incontroladas de cólera de la que, excepto en estas contadas ocasiones, es la mujer más cariñosa y entregada que jamás un hombre pudo abrazar. Cualquiera medianamente inteligente, sensato y con un mínimo de capacidad analítico-crítica se habrá percatado de mi incapacidad no sólo de prever de forma fehaciente cuándo van a surgir esos estados coléricos sino, y lo que es más grave, mi nula capacidad para desarrollar una táctica, por no decir un tratamiento adecuado para desactivar o al menos mitigar en gran medida la incontrolable irascibilidad de mi amada. Además, mi grado de culpa e incompetencia resulta intolerable a sabiendas de que he tenido quince largos años para aprender de mis errores

Me estoy dispersando un poco. Me cuesta concentrarme con ese sonido metálico que no me puedo sacar de la cabeza y este acogedor frío que me abraza. Pero tengo que centrarme y acabar de contar esta historia de amor.

Creo haber dejado la historia a medio contar, con mi amada en el cuarto de baño y yo acurrucado:

Después de una serie de sonidos y golpes que creí reconocer como sus zapatos azotados contra la puerta, el grifo de la bañera y las lágrimas de mi amada, no aguanto más tapado en el sofá y me decido a entrar. Abro la puerta y lentamente mis pasos me guían hasta la mujer amada que, ensimismada en su llanto, no se percata de mi presencia y sigue abrazada a sus rodillas. Aparto la niebla con la mano y un beso nunca olvidado se me escapa de los labios. Se me escapa de los labios y se queda prendido en los suyos que tiemblan y ruegan ayuda sin hablar.

Y le digo que la quiero sin dejar de besar.

Y le digo que jamás la dejaré de amar, que nunca nunca nunca me cansaré de besar.

Ella se ríe con esa sonrisa que solo sus labios pueden dibujar mientras alguna lágrima olvidada se desprende sin mirar y yo la bebo porque sabe a mar, a amor y a verdad. Lavo su pelo y froto su espalda, las piernas también lavo y me entretengo separando, mordiendo y estirando cada dedo. Y se nos va el amor del cuerpo. Después, rítmicas olas de espuma blanca, besos y amor desbordado.

Nunca he sido más feliz. Nunca he sido tan feliz como esa tarde de invierno en que de la bañera nos fuimos al suelo y de ahí a la cama. Sólo fue un momento, el instante más bello, y luego me dijo un montón de mentiras sin cuento. Que si a los cuarenta estoy más bueno que a los treinta y que si sigo así a los cincuenta volveré locas a las quinceañeras. Que si me ama como jamás creyó que se pudiera amar y si hasta parezco más alto, más fuerte y hasta parece que me ha crecido esa parte de mí que… Miente y se ríe, y yo no la paro de besar. Me dice que está agotada, que no puede más y que necesita dormir un poco. <<Léeme un cuento>>, me pide. Y se lo leo.

Se quedó dormida apenas transcurrieron dos minutos, pero no paré de leer porque sé que la cabrea mucho que no termine lo que empiezo aunque ella no lo esté escuchando, y bien que hice porque fue pronunciar la palabra fin y que ella abriera los ojos.

Me dice entonces que estaría bien ir a un bonito sitio a cenar, que le han hablado de un sitio nuevo y que me va a llevar allí.

Conduce el coche hasta el centro de la ciudad y pasamos tres veces por delante del famoso restaurante porque es imposible aparcar en los alrededores. A la cuarta ocasión veo un hueco entre dos enormes todoterrenos que llevan una estrella en el frontal y le digo: <<Ahí  puedes aparcar. date prisa antes de que alguien se adelante y nos lo quite>>. Pero ella no lo ve claro, dice que es muy estrecho y que nuestro monovolumen no entra ahí ni de casualidad. Pero yo insisto y para convencerla le explico que yo saldré antes del coche para guiar su maniobra. Ella acepta intentarlo.

Me coloco primero enfrente del coche para que ella me pueda mirar directamente y yo poder ver los laterales del vehículo, pues es la maniobra más delicada librar las esquinas de los parachoques de los dos lujosos todoterrenos. Comienza la maniobra, mete la marcha atrás y yo la voy guiando lo mejor que puedo: que si un poco a la derecha, gira un poco el volante a tú izquierda, no mi izquierda, vamos para allá y ahora despacio hacia atrás y… ¡Crash! El piloto trasero izquierdo se ha roto al chocar contra las defensas cromadas de uno de los coches. Le digo que no se preocupe, que no ha sido nada, que lo vamos a volver a intentar. De nuevo desde delante la guío, pero ella está cada vez más nerviosa y cuando parece que ya entra, que está a punto de encajar… ¡Crac! Esta vez ha sido la puerta trasera derecha la que se ha abollado al impactar contra el parachoques del otro todoterreno. Y ella no me habla, aprieta el volante como si lo fuera a doblar e intento calmarla diciendo que eso no es nada, que ese bollo se quita con un par de golpes y ya está. Decido entonces colocarme detrás para guiarla mejor, y le digo que avance un poco hacia adelante y luego dé marcha atrás. La verdad es que me obedeció a la primera. En cuanto le dije que metiera la marcha atrás y retrocediera lo hizo inmediatamente y a tanta velocidad que no me dio tiempo a decir nada más. Qué mala suerte tuvo porque encajó a la perfección. Lo malo es que no paró hasta que el parachoques trasero chocó contra la pared del restaurante y justo delante de donde estaba yo.

El resto de lo que pasó ya lo conté anteriormente, tan sólo añadir que por si no ha quedado todavía lo suficientemente claro es que fue un accidente, y sólo a la impresión y al miedo se explica que mi amada esposa se fuera sin mirar atrás dejándome sobre la blanca, fría y acogedora nieve.

Fin

Juan Ramón Lorenzana

Mis primeros copos

Autor@: Raquel Bonilla

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Poema infantil

Rating: Infantil

Este relato es propiedad de Raquel Bonilla. La ilustración es propiedad de Paloma Muñoz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Mis primeros copos.

Ilustración de Paloma Muñoz

Por primera vez mis ojos
han visto nevar.
De la emoción mis piernas
se han puesto a temblar.

Al mirar tras la ventana
mis pupilas no podían creerlo,
algo maravilloso
estaba pasando en el cielo.

Copos blancos caían despacio,
parecían algodón.
El suelo del colegio se ha convertido
en un esponjoso colchón.

El frío helaba mis manos
y mis dientes sentía chascar
pero una gran aventura,
estaba a punto de comenzar.

Risas, gritos y alboroto,
bolas de nieve volando,
canciones navideñas
todos acabaron entonando.

Dos grandes bolas heladas
para hacer un muñeco,
con una sonrisa de piedras
y de lana un moderno chaleco.

Al pisarla con mis botas,
bajo mis pies crujía,
y un escalofrío
por todo el cuerpo sentía.

Formará parte de mi recuerdo
como una mañana diferente.
Para siempre en mi memoria
como un día emocionante.

Raquel Bonilla

El último superviviente

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Fantasía urbana

Rating:+ 13

Este relato es propiedad de Olga Besolí. La ilustración es propiedad de Rafa Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor.

El último superviviente.

 El último superviviente de su especie proyectaba una sombra oscura sobre el blanco impoluto a medida que avanzaba hacia las sempiternas tierras nevadas del sur. No era casualidad que se dirigiese en dirección contraria a donde apunta la aguja de la brújula. Huía. Lejos, muy lejos, todo lo lejos que le llevaran sus miembros doloridos y su cuerpo lacerado. Y en su huida había cruzado tierras y mares en busca del único continente que su enemigo nunca dominaría. Nunca traería sus pertenencias a un lugar yermo como ese, ni establecería sus castillos, ni sus poblados. Allí no había pastos donde sembrar, ganados que criar o territorios que defender, solamente el infinito y llano horizonte salpicado por unas pocas montañas cubiertas de nieves eternas. El constante frío glaciar y la ventisca acabarían con cualquier persona que se atreviese a poner un pie sobre aquellas tierras inhóspitas, atravesando sin dificultad la barrera de su fina piel lampiña para convertirlo en una estatua de hielo en cuestión de horas. Eso si los icebergs de las aguas heladas no destrozaban sus embarcaciones de madera unas cuantas leguas antes de tocar tierra y las armaduras que portaban no los hundían hasta el fondo oceánico.
Desde el aire, y con el sol a la cola, el blanco del suelo resplandecía y ofrecía la visión de un paraje ideal y bucólico, idóneo para morir. Quizás por eso nadie le seguía ya su rastro. O tal vez fuera por aquel pavor ancestral que dominaba tanto a reyes como vasallos frente a lo desconocido y que los llevaba a destruirlo todo. Generación tras generación los humanos habían atacado a los suyos, persiguiéndolos, masacrándolos, extinguiéndolos.
Por eso se habían inventado una montaña de leyendas y fábulas sobre tierras nevadas como aquellas y sus monstruosos habitantes. Por el miedo. Un miedo irrefrenable que se apoderaba de ellos y los obligaba a matarse, también, entre ellos: por temor a los robos, a la hambruna, a la pérdida de poder. Un miedo que heredaban de sus ancestros y transmitían a sus descendientes, insólito y poderoso que dominaba sus vidas. Nunca se aventurarían hasta allí, ni siquiera para perseguirlo a él, al que odiaban a muerte y achacaban todas sus desgracias y males. No, no lo harían ni aunque no estuviese herido de muerte.
Miró de soslayo la lanza que llevaba clavada en el costado y con ese imperceptible vaivén su vuelo se volvió inestable. Tuvo que esforzarse por equilibrar sus alas. La herida sangraba abundantemente y la punta de la lanza le provocaba pequeños desgarros a cada movimiento de batida de alas, acompañados de un dolor punzante y agudo, en una especie de quemazón totalmente diferente a la del fuego, que siempre acostumbraba a ser un picor agradable y placentero que le nacía en el fondo la garganta.
Y esa picazón era mucho más placentera cuando se trataba de escupir fuego ardiente para arrasar ese maldito reino empeñado en destruirlos a todos. ¡Cómo había disfrutado con aquello! Verlos a todos esos hombres diminutos e indefensos, que hacía un segundo estaban armando esos artilugios de madera y metal construidos expresamente para matarlo a él y a sus semejantes, convertidos en una pira ardiente, fue un alivio. No es que fuera especialmente cruel, pero la muerte en sus manos de toda su prole le dio la fuerza suficiente para entender que no había escapatoria a la muerte, que era su vida o la de ellos, hasta que sintió esa punzada fría en su costado y se dio cuenta de que el precio a pagar sería la vida de todos. Mientras su aliento ardiente arrasaba a todos los humanos del frente y sus artilugios, otro grupo de hombres que había permanecido oculto lo atacó desde el flanco derecho, y aunque los destripó con sus garras en un giro de vuelo rasante, al sentir la lanzada, tuvo que alzar el vuelo y emprender la huida, no de la muerte, sino de aquel lugar maldito.
No moriría allí, en medio de los pastos bajo el castillo, para que su cuerpo yaciese entre un puñado de hombres malheridos y una multitud de cadáveres humanos. O para que un rey cobarde, como todos los reyes, que había enviado a todos sus hombres a luchar contra una muerte segura mientras él se refugiaba bajo la seguridad de las paredes de palacio, saliera de su escondrijo ahora que ya no había peligro alguno y se hiciera un trofeo con su cabeza, como un cazador diestro. No permitiría que sus juglares inventaran gestas de cómo ese rey venció al dragón y creó un reino próspero. Nunca dejaría que eso sucediese. Antes preferiría morir en solitario, lejos de su depredador, y que las nieves vírgenes que nunca fueron pisadas por un humano engullesen su cuerpo sin vida.
Un pequeño vahído le nubló la vista. Temió perder el sentido antes de tocar suelo y en una grácil maniobra posó sus garras afiladas sobre el terreno frío. El reflejo de la luz del sol sobre su piel escamosa avivaba sus colores: azul cobalto, amarillo ocre y verde botella. Pero pronto la paleta blanca sobre la que se asentaba se volvió rojo carmesí; la sangre salía a borbotones de su herida abierta. Tras unos latidos acelerados, su corazón empezó a palpitar más lentamente, ralentizándose. Una sensación de sopor se apoderó de él. Supo que había llegado el momento, su momento. Le fallaron las patas y su cuerpo quedó tendido sobre la nieve, con la cola espinada enroscada a su alrededor. Le empezó a faltar el aliento y, con lo que le quedaba de resuello, abrió sus fauces para escupir fuego una vez más, en círculo, alrededor de sí mismo. La nieve que lo rodeaba se fundió en agua y poco a poco su cuerpo moribundo fue descendiendo hasta las capas más profundas del hielo azulado que cubría el continente de la Antártida.
Su último pensamiento antes de perecer fue que los humanos lo habían conseguido, habían exterminado a la raza de los dragones. Y los maldijo, deseando su propia extinción. Casi inmediatamente unos nubarrones negros y espesos cubrieron el cielo y taparon el sol. La nieve que cayó durante ese día, y durante los muchos que le siguieron, llenó por completo el foso donde yacía el cuerpo muerto del último dragón sobre la tierra, ocultando su existencia durante milenios.

Ilustración de Rafa Mir

Dos mil quinientos años después el último hombre superviviente de la tierra caminaba sin rumbo sobre las eternas nieves que cubrían completamente el planeta. Visto desde la estación espacial, el antiguo planeta azul ahora era totalmente blanco, de un blanco impoluto sin manchas, sin sombras, sin mares y sin tierra. Pero hacía ya siglos que ningunos ojos vigilaban desde la MIR. El proyecto espacial fue uno de los primeros abandonados cuando se produjo la quinta glaciación en la Tierra cientos de años atrás. Por aquel entonces los humanos dejaron de mirar hacia el cielo, demasiado ocupados en intentar salvar su propio planeta y devolver el clima destruido por las emisiones de CO2, la contaminación y el cambio climático provocado por la sociedad de aquel entonces —según decían unos—, o por los caprichos de la naturaleza y los ciclos normales atmosféricos —según decían otros.
Fuera cual fuera la verdadera causa, la civilización que se autodenominaba avanzada, pese a toda su tecnología, había sucumbido al frío extremo que se inició un día y que perduró durante años de interminables nevadas que acabaron por sepultar ciudades y pueblos enteros, montañas y valles, desiertos y mares. Las urbes y poblaciones se convirtieron en cementerios subterráneos de hierro, piedra, madera y cristal donde quedaron atrapados sus habitantes bajo metros y metros de nieve en cuestión de poco tiempo.
Y aunque millones de personas no sucumbieron a la catástrofe, la población se redujo rápidamente en los años siguientes, pues había poco que comer, nada con lo que construir y un frío que calaba hasta los huesos y del que no había escapatoria posible. La enfermedad y el asesinato se llevaron a la mayor parte de los supervivientes. Los pocos que pervivieron, aislados unos de otros por miedo a ser atacados, se convirtieron en vagabundos que avanzaban sin rumbo por la nieve desde hacía siglos y que se resistían a morir, al igual que hicieron los pequeños animales que pronto se acostumbraron a las condiciones extremas. Los humanos no. La esperanza de vida media de un caminante era de unos quince años, tiempo suficiente para crecer, procrear y tener un único hijo, por lo que la población quedaba reducida a la mitad a cada generación que pasaba.
La civilización había desaparecido por completo. Y con ella la costumbre de enterrar a los muertos, que yacían expuestos a la intemperie, eternamente convertidos en pequeñas estatuas de hielo que destacaban sobre la nieve por aquí y por allá, como muñecos de cera de poses y facciones grotescas.
Y con la civilización se perdió también todo atisbo de humanidad. La comunicación dejó de tener sentido y, con la soledad, los humanos perdieron la capacidad del habla. Los conocimientos adquiridos durante milenios fueron quedando olvidados. La única capacidad que quedó intacta y que diferenciaba a los hombres de las bestias era la de caminar erguido, sobre dos piernas, recorriendo milla tras milla, siempre en una única dirección, marcada por las estrellas.
Los hijos seguían la dirección de los padres, que estos habían seguido de sus abuelos. Así, los ancestros del último superviviente habían tomado la Cruz del Sur como guía y, tras quinientos años de generaciones, su último descendiente llegó a un lugar recóndito donde sorprendentemente la capa de nieve era delgada y quebradiza. Nunca había visto un hielo así, frágil y cristalino, que se deshacía en las manos, y dudaba que algún humano lo hubiese visto nunca. Llevaba años andando sin que ninguna estatua humana flanqueara su camino, y hacía ya mucho —no sabía exactamente cuánto, porque la concepción del tiempo se perdió junto con los otros conocimientos— que se había topado con una enorme mole animal de hielo cuyo pelaje blanco se confundía con la nieve. Estaba pisando terreno virgen. Y aunque él no entendía nada, si hubiera tenido una brújula en la mano —o hubiese sabido lo que es una brújula— la aguja se hubiese vuelto loca, pues estaba en el polo sur magnético de la tierra.
Solamente se le ocurrió cavar con sus manos de uñas rotas. Pronto sus dedos ensangrentados tocaron tierra a unos veinte centímetros de profundidad. Cuando sacó un puñado de barro marrón se asustó. Entonces unas nubes que cubrían el cielo se desplazaron y apareció un claro por el que el sol emitía débiles haces de luz que traspasaban la niebla. Él acercó la mano a la luz y su calidez le resultó agradable y diferente a todo lo que había sentido en su vida.
Soltó un gruñido de satisfacción y corrió hacia lo que parecía una montaña escamosa y cuya cobertura de hielo se resquebrajaba por momentos, bajo los rayos solares recién nacidos. Parecía que no llegaba nunca a ella, y se apresuraba más y más. Empezó a notar el calor y a sudar. Se sintió mareado, pero aun así siguió adelante.
Colores que no había visto nunca, un azul intenso manchado de verde y amarillo, cubrían esa forma desconocida y maravillosa que, cuando por fin la tuvo delante, quiso abarcar con su propio cuerpo jadeante y sin resuello, y con los brazos extendidos en un gesto espontáneo. En ese instante el cansancio por el esfuerzo realizado y la inanición durante semanas hicieron mella en su corazón castigado, que fue apagándose y espaciando sus latidos, en un dulce abrazo que le aletargaba los sentidos. Había llegado la hora, su hora. No hubo dolor, sino una calma placentera, como quien ajusta cuentas con sus deudores. Y de ese modo el último superviviente humano sobre la faz de la tierra se durmió en el sueño del que no es posible despertar.

Olga Besolí
Noviembre 2017

Nieve gris plata

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Narración-relato

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Conchita Ferrando de la Lama. La ilustración es propiedad de Paloma Muñoz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Nieve gris plata.

Ilustración de Paloma Muñoz

Curiosos, asombrados, pero sobre todo llenos de alegría por lo que sus ojos están viendo, las sencillas gentes del pueblo se arremolinan fuera de sus casas.

Ante ellos la gran nevada de la noche anterior ha traído un adelanto en las fechas, pues solo es Octubre, y una buena noticia: Un reguero de líquido  y barro corriendo sobre la blanca nieve de la mañana brillando al sol en color gris plomo con destellos de plata.

Respiran aliviados porque aquello significa que se han salvado del inminente cierre de la antigua mina que les da trabajo, seguridad de futuro y sustento a todas sus familias.

¿Qué ha pasado? ¿ Cómo ha podido cambiar el panorama de preocupación y pesimismo durante una  noche de nevada?

¿De dónde proviene ese reguero que se desliza sobre el  blanco manto de la nieve?

Mientras tanto un coche zigzaguea por la carretera que bordea el pantano, encajada entre montes, mal asfaltada y llena de curvas, camino de la pequeña mina  situada en el valle de Alcudia, ante un paisaje idílico frente a las estribaciones de Sierra Morena y Sierra Madrona.

Entre unas suaves lomas cuajadas de encinas y almendros, el pueblo minero se ha volcado a la calle para celebrar lo ocurrido… casi con el susto de semanas anteriores en que toda la explotación vivió momentos de angustia  al comprobar los ingenieros y los técnicos la desaparición imprevista del “filón” de rico mineral de galena argentífera que ha dado fama y prosperidad a la mina “ El Angosto” desde tiempos inmemoriales..

Fenicios, romanos y otros pueblos que por allí pasaron habían extraído durante siglos el mineral, rico en galena de plomo, útil para la guerra y la industria,  con una elevada “ley” de plata que hace rentable su explotación actualmente, a pesar de los altos costos de un laboreo muy tecnificado.

Era un filón estrecho y serpenteante, difícil de explotar, que siglo tras siglo había penetrado hacia las profundidades, pero continúa siendo la riqueza de aquel pueblito, pese haber tenido que cerrar varios pozos más antiguos salpicados por los cerros cercanos, que ahora se reciclan para usos de ventilación y de almacenajes.

“El Angosto”,  con la altiva torre de hierro negro del  pozo principal, junto al lavadero del mineral y las oficinas, centra ahora la actividad minera, y junto a su base se ha formado una montañita artificial de los desechos del estéril.

Habrá que retroceder solo unas horas para comprender como puede cambiar todo en tan breve tiempo….

Unas semanas antes , los ingenieros y lo  técnicos que llevaban la explotación se habían reunido para comunicar que el “filón” había desaparecido en uno de sus habituales quiebros de dirección y, si no aparecía pronto,  las pérdidas harían peligrar la continuidad de la mina y del pueblo al que daba trabajo.

Geólogos, investigadores y expertos pasaron por allí buscando soluciones, pero el filón seguía invisible.

El pueblo, tan blanco y alegre, se volvió sombrío. Pensaban que sin trabajo en la mina perderían su jornal, sus casitas blancas con  pequeños patios y tapias con enredaderas, su Escuela, su Casino, su Economato, su Cine, su Iglesia de piedra dedicada a la Virgen de las Minas…. No se hablaba de otra cosa en el pueblo.

Don Julio era el Ingeniero de Explotación y llevaba allí unos años. Era joven pero con conocimientos muy avanzados de técnicas mineras, y no se daba por vencido con esa desaparición. Bajaba constantemente al frente de extracción en el pozo principal, a 470 metros de profundidad, equipado con todo el material necesario para estar allí horas buscando… Casi no veía el cielo y no se fijada en nada del exterior.

La gran nevada comenzó de madrugada de modo inesperado, pues no eran todavía fechas de nieve.

-“ Mira Julio, que bonito está el campo con la nieve. Hay muchas rosas todavía en el jardín, que asoman, rojas o salmón, bajo sus gorritas blancas de nieve.  El cerro que tenemos delante, lleno de encinas,  parece un tapete blanco con manchas verdes y marrones. Es como una gran paleta de pintor, hasta el pie de la sierra Madrona, con todos sus picos blancos.”

Lorena hablaba entusiasmada con su marido sin darse cuenta de que él apenas la escuchaba.

-“Lorena, cariño, tengo que volver a la mina y no podré acompañarte a la visita médica que teníamos programada hoy en la ciudad para la revisión de tu embarazo. Ya sabes el problema que tenemos con el filón,  y yo me voy ahora mismo. Te mandaré un coche con el chofer de servicio para que te lleve y te traiga. Siento muchísimo no poder acompañarte, pero….. Ve tranquila que Santos es un buen chofer y aunque haya algo de nieve en la carretera irá muy prudente.  Como tú dirías, hoy tenemos un paisaje blanco lleno de pinceladas de colores como la paleta de un pintor”.

Cuando bajaron los mineros del relevo de las 8, los 2 peritos del turno iban preocupados por el ingeniero, que llevaba días y días sin parar ni descansar probando de un sitio a otro con su martillo minero, para localizar el filón desaparecido.

La “jaula” les dejó en la galería principal, que se ramificaba en otras secundarias y allí se fueron separando con los grupos de trabajo.

Una voz les alertó desde una de las galerías secundarias un poco apartada. Era don Julio que les llamaba.

Estaba agotado pero exultante de alegría, con su martillo en la mano con el que había marcado una de las paredes con unos golpes que sacaron a la luz el brillante mineral de plomo que indicaba la presencia del filón. Todos le felicitaron con entusiasmo, y ya volvían hacia la galería principal  cuando un ruido les hizo parar.

-“Alberto, Juan, avisen a los tres que han entrado en esta galería con ustedes que se reúnan aquí enseguida. Está entrando agua y el nivel sube cortándonos el paso hacia la galería principal. Hay que salir de aquí cuanto antes. Vamos a intentar subir por unas escaleras entre dos cortes para que el agua no nos atrape. Alberto, usted delante conmigo, que conoce bien las zonas más antiguas. Juan, hágase cargo de que los tres mineros sigan nuestros pasos y ponga detrás al “montañero” para cerrar la marcha. No se preocupen que vamos a salir. Iremos por una larga galería que comunica bajo tierra con el Pozo 4, el del cerro del Almendro, que es ahora el de ventilación. Iremos a contra marcha, pero no nos atrapará la subida del agua.”

El conocimiento que tenían, tanto el ingeniero como los peritos, dio confianza al grupo para adentrarse por un desvío que no se solía utilizar, que iba a parar al pozo de ventilación. Las luces de sus cascos les iluminaban el camino para no resbalar ni caer en alguna poza que pudiese haber. El agua seguía subiendo, a pesar de que habían subido al nivel lateral, y el suelo no se veía bajo el líquido oscuro y helado. Al menos se respiraba bien al  avanzar por el tortuoso camino. Los mineros más jóvenes precedidos por Juan, uno de los peritos, no perdían de vista dónde pisaban don Julio y Alberto, el otro perito, y la confianza en ellos evitaba que se angustiasen demasiado.

Llegaron a una encrucijada, sin que dejase de subir el agua, empapados y ateridos de frío.

Don Julio mandó parar y les explicó la situación. Les quedaba por delante un trozo malo, fuera de servicio, y había que tantear el suelo antes de avanzar porque no sabía lo que podían encontrar, pero llegarían al pozo de ventilación y ya en él podrían salir al exterior. Solo la confianza y el buen hacer les podía ayudar.

-“¿Alguno de ustedes lleva unos cigarrillos?”

— “Si, don Julio, Pedro suele llevar, y seguro que no se han mojado”

Don Julio repartió los cigarrillos con gesto tranquilo y les animó a fumarlos para darse ánimos antes de emprender la última fase del camino que era bastante complicada. Se tendieron las manos unos a otros para desearse suerte.

No pudo evitar recordar a su joven esposa, tan ilusionada cogiendo las rosas rojas en el jardín esa mañana , con la nieve formando mantos sobre ellas. Seguramente ya estaría volviendo en el coche, con el chofer, por la carretera del pantano, feliz con la ilusión de su primer hijo.

Cogió fuerza e inició la marcha delante del grupo, con esfuerzo y cansancio pero con seguridad.  Una bocanada fuerte de aire les anunció la cercanía de la salida y respiraron a pleno pulmón el vientecillo puro y helado….

¡ En qué poco tiempo puede cambiar la vida entera ¡….

Ya son las 3 de la tarde. El pueblo entero se ha enterado de que don Julio, el ingeniero, ha encontrado el filón, y que han logrado salir con bien los cinco atrapados por el agua en una galería.

Hay un reguero sobre la nieve que baja cargado del plomo con plata que les espera en el fondo de la mina. El sol hace destellar como hilos finos la plata mezclada con el gris del plomo.

Sin tener ni idea de lo que han pasado allí abajo, las familias abrazan a los que han salido y les ofrecen mantas para combatir el frio que les cala.

Don Julio llega a su casa empapado, sucio de barro de plomo,  pero contento. Antes de entrar, corta un par de rosas rojas del jardín y, con nieve y todo, se las entrega a Lorena, que acaba de llegar y le anuncia que será un niño….

La vida vuelve a ser una paleta de colores sobre la blanca nieve… aunque podría haber sido un rio gris oscuro y embarrado que hubiese arrastrado a los cinco atrapados en la galería de la  mina….

Conchita Ferrando de la Lama

Idilio en la nieve

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Relato

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Paloma Muñoz. La ilustración es propiedad de Rosa García. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Idilio en la nieve.

En 2017, concretamente en el mes de marzo, hubo una nevada en Madrid.

No era la gran nevada al estilo siberiano, ni mucho menos, pero, aunque cayó más hielo que nieve, sirvió para mi propósito de ir al Retiro y hacer unas cuantas fotos con la capa blanca de hielo-nieve  que tanto encanto y fascinación produce a propios y foráneos.

Y así hice.

Me fui al Retiro a fotografiarlo de blanco.

La experiencia no pudo ser más gratificante.

Mucha gente que me conoce ―y conocía― sabe de mi idilio con el Retiro.

Yo lo considero un idilio.

Un idilio perdurable.

El idilio no tiene porqué atribuirse a los amantes o a los enamorados. No.

El idilio puede ser por la naturaleza, las cosas hermosas, el Retiro o la nieve.

Tampoco tiene  que ser un idilio que dure, dure, dure. No.

Yo he tenido algunos idilios que duraron lo que tenían que durar.

Finalizaron en el  2016 exactamente.

Año bisiesto.

Ya se sabe:   año bisiesto, las tonterías al cesto.

Bueno, voy a dejarme de idilios y voy a mi aventura en el Retiro.

Nada más entrar por la puerta del Ángel Caído, los copos de nieve se hacían más contundentes. Y a medida que subía por el Paseo de Fernán Núñez iban cayendo con más fuerza e insistencia.

El hielo se iba espesando  cada vez más y más,  y el Ángel Caído, o sea Lucifer, harto de sol, se cubría con la mano para evitar que los copos cubrieran sus ojos.

Me detuve a hacerle unas cuantas fotos.

Estaba imponente.

La figura de bronce brillaba por el agua-nieve que la cubría y los copos caían vertiginosamente en remolinos movidos por un viento helado.

Me paré cerca de La Rosaleda.

Ilustración de Rosa García

Continué hasta el Palacio de Cristal.

Al llegar tuve que contener la respiración.

Era una gozada ver el Palacio casi completamente blanco, la escalinata, la balaustrada y los árboles.

Una pareja se abrazaba y besaba en la escalera.

Puro idilio en la nieve―pensé―Y continué mi camino como Bing Crosby.

Creo que involuntariamente  la pareja salió en una de mis fotografías.

Era complicado hacer las fotos con el móvil. Las manos se me helaban y no podía utilizar los guantes.

Pero conseguí  hacer unas cuantas.

El Palacio de Cristal lucía brillante, radiante, blanco, fascinante, ensoñador, lleno de magia.

No suele nevar ya en Madrid como antaño.

¡Qué pena!

Pero aun así tuve la suerte de poder llevarme en el corazón y en el móvil,  fotografías que ―no es por darme  pisto― me salieron preciosas, y en condiciones un tanto adversas.

Continué hacia el Estanque y el Monumento al rey Alfonso XII,  El Pacificador. No me gusta mucho. Quiero decir que no es lo que más me gusta de los jardines de El Retiro.

Pero sí que me gusta el estanque con el agua entre verdosa y plateada.

Ya había dejado de nevar.

Los alrededores del Palacio de Cristal y del Gran Estanque estaban casi blancos.

Caminé hacia los Jardines del Parterre. Preciosos jardines de diseño francés. El hielo y la nieve cubrían las copas de los árboles.

Me detuve un poco para contemplar con cierta tranquilidad el espectáculo.

Anduve hacia el Jardín del Recuerdo construido en memoria de las personas asesinadas por el fanatismo islámico.

Los cipreses aguantaban el vendaval.

Como campeones.

Gigantes mudos formados  de lágrimas y suspiros. Subí hacia la colina para fotografiarlos más de cerca.

El contraste del verde de las hojas y el blanco del hielo y la nieve formaban una combinación elegante, hermosa e imperecedera.

En los huecos de los árboles y en el suelo se amontonaban las hojas y el hielo.

Ofrecían una imagen del invierno que acababa de dar  la bienvenida a la primavera.

Esto sucedió un 23 de marzo. Ya no era un idilio de invierno, sino un idilio de primavera. ¿No creéis?

María Paloma Muñoz
Madrid, 1 de diciembre 2017
Dedicado a mis paseos fotográficos por el Retiro.

Ladrón de sangre fría

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Microrrelato

Rating: + 18

Este relato es propiedad de Sergio Pastrana. La ilustración es propiedad de Daniel Camargo. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Ladrón de sangre fría.

Ilustración de Daniel Camargo

La nevada era intensa y allí estábamos tirados sobre la nieve, yo y la sangre que escapaba de mi cuerpo, y quizás os preguntaréis cómo llegué a esta situación. Pues os lo contaré mientras las fuerzas me aguanten.

El día empezó como casi todos los de mi vida en estos últimos años. Me preparé una tostada con paté de jamón y un té negro, me di una ducha porque ante todo uno debe salir limpio a la calle para no molestar a la gente con malos olores corporales. Elegí la ropa que ponerme, algo cómodo que me permitiera moverme fácilmente y preparé mi equipo de trabajo, una riñonera, una navaja automática y una sonrisa pícara que demuestra que me encanta mi trabajo.

Sin pensarlo más salí a la calle y me dirigí a la parada de metro más cercana. Allí esperando al tren de la línea uno había una chica que era mi tipo: pelirroja, buen cuerpo y un bolso grande. Sin duda, a ella acudirían los salidos en busca de roce y junto a ellos estaría yo con mis ágiles dedos para dejarle un mal recuerdo de esa experiencia, sobre todo cuando haya tenido que pagar algo.

Diez minutos de trayecto en los que mi pronóstico se cumplió y con creces, la cartera de la chica y dos de los salidos.

Decidí no seguir en el metro y aproveché que aquella parada daba a una zona turística para ejercer varias de mis técnicas de trabajo. Al salir por la boca de metro una ráfaga fría traspasó mi cuerpo y al elevar la vista vi cómo los primeros copos de nieve caían de un cielo que se había oscurecido muy rápido. Sin duda eso iba a dificultar mi trabajo.

La nevada empezaba a arreciar cuando vi a mi siguiente “cliente”, un joven delgado con ropa cara y claramente más previsor que yo, pues llevaba puesto un chaquetón de plumas. Él se encaminaba hacia un callejón y yo iba detrás. Llamé su atención pidiéndole ayuda. Él, confiado, se acercó y empezó a explicarme cómo se llegaba a la dirección por la que le había preguntado. En un momento mientras explicaba se giró para reforzar sus indicaciones, y ese fue el momento que yo aproveché para sacar la navaja y ponérsela en el cuello. Le pedí su cartera, su móvil y su chaquetón porque la nevada se estaba convirtiendo en ventisca y después le indiqué que corriera si no quería quedarse allí tirado para siempre. Qué irónico que ahora yo esté en esa situación.

El individuo corrió como alma que lleva el diablo, yo por el contrario me lo tomé con calma. Me puse el chaquetón y revisé la cartera. Me quedé solo con el dinero, bueno, y con un preservativo. Quién sabía qué podía deparar el día. Quité la tarjeta al móvil y la tiré sobre la cada vez más blanca calle, tras lo cual me encaminé de nuevo por la vía principal en busca de una nueva víctima.

La tarea era cada vez más complicada pues el temporal arreciaba. La nevada se estaba convirtiendo en ventisca y cada vez era menos y más difícil de ver la gente por la calle, aunque claro, eso también facilitaba hacer cambiar de dueño las posesiones de aquellos a los que encontrara.

A unos doscientos metros vislumbré una silueta y me dirigí hacia ella. Caminar ya no era tan fácil como antes, pues los pies comenzaban a enterrarse en la nieve, pero ella estaba allí, inmóvil, quizás esperaba a alguien. Era una mujer esbelta pero no delgada, el cabello moreno movido por el aire le tapaba la cara. Apenas me separaban de ella diez metros cuando giró la cabeza y sonrió. Era una sonrisa increíble, casi parecía que había salido el sol. Nada hacía presagiar lo que sucedió a continuación.

Giró el resto de su cuerpo y me preguntó:

—¿Aún tienes la cartera de mi amiga?

Yo quedé sorprendido sin saber qué decir. Ella continuó:

—Sí, una pelirroja esta mañana en el metro.

La situación comenzaba a asustarme. ¿Quizás ella me vio o su amiga me identificó? Era imposible, así que decidí negarlo de pleno.

Al hacerlo su sonrisa desapareció, su mirada se volvió perforante y empezó a caminar hacia mí. Me apetecía huir, pero mis piernas no respondían. Ella metió la mano bajo su chaqueta a su espalda y sacó una daga grande, casi una espada, y sin mediar palabra la clavó bajo mis costillas. Noté cómo la giraba y me desgarraba por dentro y cómo la sacaba tirando brutalmente de mi carne. El dolor fue indescriptible. Ella me sujetó unos segundos mientras me decía:

—Es lo malo de robarle a las buenas personas, que a veces tienen un ángel de la guarda como yo.

Después me soltó, y yo caí sin resistencia alguna sobre la nieve, justo en la postura en la que estoy ahora esperando, mientras me cubre la nieve, a que me falte sangre suficiente como para morir.

Sergio Pastrana