31ª Convocatoria: El Circo

Con tu vida de circo.

 

Ilustración de Rafa Mir

Se me olvidó que eres salvaje
y me has dado un zarpazo
cuando solo quise darte
mimos y comida.
Por eso he decidido no compadecerte
al verte en tu jaula cansado
con tu vida de circo y bambalinas;
león viejo que saltas el aro de fuego
cuando el domador lo solicita.
Hay heridas que no las justifica
ni la condición salvaje.

Milagros Morales

 

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¡Ya llegó el circo!

Autor@: 

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Género: Fantasía urbana

Rating: +13

Este relato es propiedad de Olga Besolí. La ilustración es propiedad de Paloma Muñoz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

¡Ya llegó el circo!

Los habitantes de la pequeña ciudad de Statonsville no cabían en sí de gozo. En esta pequeña comunidad creyente y creciente, afincada en tierras otrora salvajes, nunca solía ocurrir nada especial, aunque era indudable que se había convertido en un lugar próspero.

Fundada por un antiguo misionero cuyo apellido no podía ser otro que Staton, la ciudad fue construida sobre una zona semidesértica, limitada al oeste con un valle coronado por escarpadas montañas, cuyo deshielo en primavera constituía la única provisión de agua anual, y al este por un vasto horizonte de polvo y tierra yerma que no parecía tener límites, y donde era mejor no adentrarse si no querías morir.

Nadie hacía incursiones a las montañas por miedo a perder su cabellera, pues allí fue donde se refugiaron los indios salvajes que huyeron de la masacre llevada a cabo en la conquista de las tierras, aunque hacía ya más de un siglo que no se divisaba ningún piel roja sobre su montura en la loma de la montaña, o eso aseguraban los viejos del lugar en sus historias contadas a la luz de la lumbre. Según ellos, hacía ya mucho que deberían haber fallecido los descendientes de los pocos indios que quedaron con vida, quién sabe si de inanición, de frío o de alguna otra enfermedad, y sus almas ya estarían a buen recaudo ardiendo por siempre en el fuego eterno del infierno por sus fechorías, robos, raptos y otros acercamientos e intentos de acabar con la civilización que este poblado improvisado sufrió durante los primeros años de asentamiento, mucho antes de convertirse en una ciudad próspera, en un burdo intento de vengarse y recuperar las tierras y convertirlas de nuevo en un salvaje paraje donde practicar los ritos paganos de sus ancestros.

Al atardecer, cada vez que uno de los ancianos se acercaba al calor una de las múltiples hogueras a encender su pipa, se encontraba con varios ojillos curiosos y muchos oídos dispuestos a escuchar sus relatos. Y uno de esos ancianos era el viejo Joe, que cruzaba la ciudad renqueante con un enorme saco de paja en las espaldas, seguido de cerca por un grupo de muchachitos.

—¿Nos contarás esta noche una historia de cuando eras pequeño, Joe?

—No, niños. Hoy es sábado y mañana hay misa. Si queremos que Dios escuche nuestras plegarias y nos mande esa lluvia que tanto nos hace falta, debemos recogernos en nuestras casas y rezar para despertarnos al alba.

—¡Bah! ¡Qué fastidio! —contestó uno de ellos con indignación.

—Tú eres el primero que debería saberlo, Lewis —replicó el viejo.

Lewis era un niño precioso, rubio y con una sonrisa angelical con la que conseguía todo aquello que deseaba. Eran pocos los que se resistían a su encanto, que nunca hizo mella en el áspero y rudo Joe.

—O quizás no puedes contarnos una porque te empieza a fallar la memoria —contestó rápidamente. Los demás niños soltaron una risita.

Lewis lo tenía claro: lo que no conseguía por las buenas, lo hacía por las malas. Ya a sus ocho años se veía a la legua que había heredado la determinación de su padre, el pastor, que no era otro que el mismísimo tataranieto de Staton. Y eso, en Statonsville, en donde se vivía en paz y acorde con las leyes del mundo civilizado y los mandamientos del Señor, significaba mucho. Por eso eran pocos los ciudadanos que se atrevían a llevarle la contraria. No era así en el caso de Joe.

—¿Qué modo es ese de hablarle a un viejo? ¡Vete a casa, mocoso, antes de que te envíe yo de una patada en el culo!

La mirada furtiva que Lewis le dirigió destilaba un odio fulminante, pero enseguida entornó los ojos y la transformó en la más dulce de sus sonrisas. El pastor se acercaba.

—¡Ah! Aquí estás, Lewis. Tu madre te busca, dice que hoy toca baño.

—Pero, papá…

Lewis no soportaba a su madre. Sólo tenía carácter para obligarle a lavarse y a comer esas gachas de maíz apestosas que le hacía por la mañana. Aparte de eso, era una completa idiota durante la mayor parte del tiempo, o una pusilánime (como la llamaba su padre) que hacía todo cuanto se le ordenaba, temerosa de recibir una paliza de las buenas en caso de oponerse. Si fuera por Lewis, esa misma tarde la habría ahogado dentro de la tina de agua jabonosa y le hubiera metido el cepillo garganta adentro. Pero, por desgracia, eso tampoco ocurrió.

Fue al amanecer del día siguiente, cuando todos los feligreses, limpios y con ropas nuevas, se dirigían a la iglesia, que vieron la nube de polvo que se levantaba en el desierto, en la lejanía, bajo los rayos del sol naciente, y el gozo anidó en sus corazones.

En poco ya se vislumbraba un hilo negro serpenteante sobre las arenas desérticas medio tapado por las oleadas de polvo ascendente, que parecía acercarse a toda velocidad. Pero entonces la campanada que anunciaba el inicio de la misa les recordó que tenían obligaciones que hacer, y la mitad de los habitantes que se habían detenido a contemplar el acercamiento tuvieron que echar a correr hacia la iglesia, engalanados como estaban con sus mejores vestiduras.

Esa mañana casi nadie atendió a las palabras del pastor, plagadas de retórica y de las acostumbradas amenazas para los impíos, intrigados como estaban todos por descubrir quién o qué se dirigía a la ciudad desde las llanuras del desierto. Todos excepto Rolan, el alcalde, que con su soberbia habitual yacía repantigado sobre el banco, ocupando dos plazas debido a su enorme panza y a su gran trasero, con la cabeza echada para atrás y el sombrero hacia adelante ocultándole los ojos, para disimular lo que todos ya sabían. Se estaba echando la siestecita habitual en plena misa. Nunca el pastor le dijo nada, pues si él representaba la ley de Dios, el otro representaba la ley de los hombres, pero le odiaba con toda su alma (todo lo que le está permitido odiar a un hombre de Dios, por supuesto).

Tras más de dos horas de sermón, que a la mayoría le pareció dos años de tortura (muchos pensaban que estaba alargando el sermón a posta) y que el alcalde vivió como cinco minutos en los que había cerrado los ojos, sonó el “id en paz” que los liberó a todos del yugo de la palabra de Dios.

Muchos salieron en avalancha de la iglesia y como el pastor desaprobó totalmente esa espantada, corrió tras ellos para ver qué ocurría y por qué esa mañana su rebaño parecía tan desbocado.

Y allí estaban, once carromatos pintados con vivos colores, detenidos a las mismas puertas de la ciudad y con unas personas ataviadas con ropas extrañas y coloridas sujetando las bridas de unos caballos sudados.

—No seréis forajidos, ¿verdad? —preguntó el alcalde con su gran capacidad de deducción.

—¿Tenemos acaso pinta de pistoleros? ¿Nos veis acaso portar armas? ¿O es que no sabéis leer lo que pone en el carro, señor? —contestó el hombre de espaldas anchas y bigote fino en tono irónico.

—No le haga caso —dijo un hombre menudo que salió de detrás del anterior—. Mi amigo es todo fuerza y bravuconería. Por eso le llaman el hombre forzudo. No, no somos delincuentes, y no nos escondemos de la justicia. Somos artistas. Artistas de circo. Y nos gustaría establecernos, y por supuesto actuar, en esta ciudad durante unos días, ya que hemos atravesado todo un desierto para llegar hasta aquí.

Un ¡ohhh! de asombro a muchas voces se oyó proveniente de la muchedumbre. Incluso hubo quien aplaudió de alegría. Era el pequeño Lewis, repeinado y embutido en un traje oscuro que picaba un montón y unos zapatos que le venían estrechos.

—Pero hoy es domingo —se quejó repentinamente el pastor, cortando toda esperanza—. Hoy no puede haber ni actuaciones, ni bailes, ni nada pecaminoso. Hoy es el día del Señor. Un día de recogimiento y arrepentimiento.

—No se preocupe, buen hombre —dijo el bajito—. Tenemos que montar nuestro campamento y no estaremos listos hasta mañana.

—Pero es que esta buena gente vive en paz, y no queremos que foráneos ruidosos se entrometan…

—¡Sed bienvenidos a nuestra comunidad! —de pronto la voz gruesa del alcalde que, jadeante, se abría paso entre la gente cortó el discurso del pastor—. Yo, Rolan Edmund, alcalde de la próspera ciudad de Statonsville, os invito a quedaros.

El pastor, apretando los dientes, hizo una reverencia y, tirando del brazo de Lewis, se retiró en silencio, llevándose el niño a empujones mientras el alcalde se giraba hacia los ciudadanos y, recuperado ya el resuello, gritaba con todas sus fuerzas:

—Habitantes de Statonsville, ¡el circo ha llegado a la ciudad!

Una gran ovación siguió a las palabras del alcalde.

Ilustración de Paloma Muñoz

El domingo transcurrió como cualquier otro domingo normal, salvo el ruido de fondo de los martillazos y las divertidas canciones que los habitantes escuchaban desde sus casas y que los distraían de sus rezos y plegarias.

Joe era el único que vio cómo se armaban la gran tienda de circo, la de las actuaciones, seguida de otras dos más pequeñas, una totalmente oscura, la de la galería de los monstruos y otra que haría las veces de camerino y de vivienda. También era el único que no iba a misa nunca, y que trabajaba los domingos, a pesar de las muchas recriminaciones que le hacía el pastor.

“No eres un buen cristiano, Joe, y ya estás muy mayor. Deberías pensar en el futuro y hacer un acto de contrición si quieres que el Señor te reciba en su seno celestial cuando mueras. Y deberías empezar por acudir a los servicios los domingos”, le había dicho la última vez que se encontraron en plena calle. A lo que Joe le contestó después de escupir al suelo: “Cuando muera no quiero ir al cielo; está plagado de beatos como tú”. Después de eso el pastor decidió dejarle en paz, pero solamente por un tiempo antes de encontrar una nueva ocasión para restregarle la Biblia y los Mandamientos (siempre lo hacía).

Ese día Joe gozaba de ese breve espacio de tiempo en el que el reverendo lo dejaba en paz, así que ese día se lo pasó colaborando con los artistas y ayudándoles en el montaje de sus tiendas sin más preocupación. Mientras lo hacía, se imaginaba qué cara pondría el pastor si lo pillaba de acá para allá, hablando con un equilibrista que negaba la existencia de Dios, o con la mujer barbuda, que era la prueba viviente de los errores de su plan divino. Pero eso no ocurriría, porque el pastor no saldría de su casa en domingo, tal como exigen las Escrituras, ni aunque ésta estuviera ardiendo.

En cambio, el lunes a primera hora de la mañana la ciudad ya bullía de movimiento y una larga cola se apostaba a la puerta de la carpa principal con las entradas en las manos. Algunos decían haber estado ahí desde el alba, otros contaban que habían pasado la noche entera a la intemperie, porque querían tener un buen asiento. Y uno de ellos, el primero de la fila, aseguró que tuvo que llamar a todas las puertas, carromato a carromato, para encontrar al que le vendiera el primer tique. La historia debía de ser cierta, porque el pobre hombre de las entradas estaba sentado en una silla al lado de la puerta, custodiándola, y bostezando sin parar. Solamente parecía despejarse cuando tenía que convencer a los más rezagados de que la actuación del día ya estaba completa, que ya no le quedaban entradas y debían intentarlo al día siguiente.

Casi al mediodía, cuando solamente faltaban cinco minutos para que se abrieran las cortinas y el público pudiera acceder al recinto, llegó el alcalde con su esposa, tan oronda como él. Avanzaban sin miramientos ni pudor por el lado izquierdo de la cola, saludando y sonriendo a los ciudadanos, que veían con indignación (y las piernas cansadas de tanta espera) cómo se colaban. Llegaron hasta la puerta sonrientes y pagados de sí mismos, y el hombre de las entradas, tras hacerles una reverencia, les dejó pasar sin más, cerrando de nuevo el cortinaje ante las quejas del público impaciente.

Media hora más tarde, cuando por fin la gente pudo entrar, se encontró con el alcalde sentado en la parte central de la primera fila, justo delante de la tarima cuadrada que hacía las veces de escenario, ocupando dos asientos. Otros dos más los ocupaba su esposa. Así que los primeros de la fila fueron sentándose a su alrededor, por considerar que si esos asientos eran buenos para el alcalde también lo serían para ellos.

Cuando el circo se hubo llenado, antes de empezar la actuación, el alcalde miró alrededor en busca de su archienemigo. No había ni rastro del pastor, que ni se interesó por el espectáculo ni permitió que su hijo Lewis se acercara a él. Tampoco había rastro del viejo Joe.

Lo cierto es que mientras el pastor se recogió en su iglesia y, a modo de autosacrificio, se dedicaba a orar por las almas de todos los que habían acudido a ver el inmundo espectáculo pagano e inspirado por el mismísimo demonio, su hijo Lewis aprovechaba el momento en que la ingenua de su madre salió a lavar la colada al río para abrir el tarro de las monedas y coger prestadas unas cuantas (y unas cuantas más por si acaso), antes de escabullirse en dirección al circo.

—No puedes entrar. La actuación ha empezado y podrías provocar un accidente.

—Pero mira —le dijo Lewis al hombre de las entradas—. Tengo todo este dinero.

—Si quieres, puedes pagar la entrada para ver la galería de los monstruos. Son tres peniques solamente, y ya hay unos cuantos críos como tú dentro.

—¿Pero son monstruos de verdad?

—Niño, en el circo todo lo que ves es verdad —le contestó el hombre de forma suspicaz.

—Pues entonces dame una entrada.

En la oscuridad de la tienda, alumbrada solamente por unas pocas luces, un farolillo por acá, una vela por allá, Lewis fue siguiendo en la penumbra el pasillo creado con una empalizada de madera hasta llegar a un pequeño recinto circular en el que se podía ver a un hombre acostado de piel escamosa y piernas deformes, como a medio hacer. “El hombre serpiente” rezaba el cartel.

—Joer, ¡pero mira que eres feo! —gritó el niño sin pudor. Al instante se oyeron unas risitas lejanas.

—Lewis, ¿eres tú? —dijo una voz infantil.

—Sí, chicos, ¿dónde estáis?

—Aquí, con la mujer barbuda. ¿Y tú?

—Yo estoy con el hombre serpiente, que más que el hombre serpiente debería llamarse el hombre moco, porque da asco. —Tras esas palabras se oyeron un par de carcajadas claras entre un murmullo de risitas.

—Vente para acá, sigue el camino, para por delante del gigante y el enano y sigue adelante. En la siguiente parada estamos nosotros.

Lewis corrió por el pasillo serpenteante. Tal como le habían anunciado, pasó por delante de un hombre al que despreció por no ser mucho más alto que su padre y luego, a unos metros de allí, por delante de un enano deforme al que le pidió que hiciera el mono y al que le ofreció el trabajo de ser su mascota personal. Enseguida llegó a donde estaban sus amigos y pudo echar su mirada a la horrorosa mujer barbuda, una vieja gorda a la que le faltaban algunos dientes y que lucía una prominente barba gris que le llegaba hasta el vestido de flores. Evidentemente, Lewis no escatimo en los insultos y desprecios:

—¡Pareces un hombre con vestido! ¡Vaya adefesio! No me extraña que estés en un circo… ¡eres un monstruo! ¡Un verdadero monstruo! Seguro que tu madre te abandonó al nacer porque… ¡Ay!

De pronto, desde la oscuridad remota de la tienda había aparecido una mano vieja y nudosa que había atrapado la oreja de Lewis y tiraba de ella con ganas. Era la mano del viejo Joe.

—Lo siento, Betty. ¿Quieres que los eche a patadas?

—No, tranquilo, Joe —le contestó la mujer barbuda—. Estoy más que acostumbrada a todo tipo de comentarios, no me hacen daño. Acércame al muchacho, que lo vea bien.

Joe, tirando de la oreja del niño, abrió una pequeña portezuela disimulada en la pequeña valla y lo llevó hasta ella. Cuando se levantó de su silla resultaba que era una mujer enorme, mucho más corpulenta de lo que parecía en un principio.

—¿Cómo te llamas? —le preguntó.

—Lewis —contestó el niño.

—¿Dónde te has dejado la educación? —le preguntó Joe mientras le daba otro tirón de oreja.

—¡Ay! Lewis. Me llamo Lewis, señor… digo señora.

—Bien, puedes soltarlo, Joe. Y tú, rubito, acércate y mírame bien. ¿Ves bien mi barba? ¿Ves bien mi talla? ¿Ves mi cara? ¡Mírame bien! Porque de entre los dos yo no soy el monstruo, el monstruo eres tú. —Lewis no cabía de asombro y no supo cómo reaccionar, así que se limitó a mirar al suelo—. Sí, tú, con tu pelito rubio y con tu carita de no haber roto nunca un plato. Porque tú eres precioso por fuera, pero feo por dentro. Pero a mí el envoltorio no me engaña. He conocido a demasiados niñatos malcriados como tú, que sois pura maldad e ignorancia. Y ¿sabes qué? Que dais pena. Tú das pena, porque eres un monstruo y ni siquiera lo sabes. Así que lárgate de mi vista, ¡largo! ¡Y llévate a tus patéticos amigos!

Lewis corrió tan rápido que ni siquiera vio si sus amigos le seguían o no. Y mientras corría las lágrimas empezaron a brotar y no pararon hasta que llegó a la iglesia, en donde encontró a su padre de rodillas ante el crucifijo.

—¡Papá, papá!

—Por Dios, ¿qué pasa, hijo?

—Lo siento, he ido al circo y allí… allí una mujer gorda y barbuda me… me ha llamado monstruo… a mí.

—¡Lo sabía! ¡Sabía que el circo sólo traería problemas a esta ciudad! Pero voy a solucionarlo enseguida.

—¿Qué harás? —preguntó Lewis entre lágrimas.

—Lo que debería haber hecho desde un principio.

Una sonrisa se dibujó en la cara empañada de lágrimas mientras su padre, en un acto de furia (que posteriormente él calificaría de justicia divina), salió corriendo de la iglesia.

Cuando llegó delante de la carpa estaba tan enfurecido que sin mediar palabra le propinó un guantazo al hombre de las entradas cuando éste intentó impedirle el paso. Abrió el pesado cortinaje que hacía las veces de puerta y vociferó a la sala repleta de gente:

—¡Basura! ¿Qué demonios le habéis hecho a mi hijo, malditos hijos de Satanás?

Con tan mala suerte que sus palabras despistaron al equilibrista que se mantenía sobre un solo pie en la cuerda floja que en todo lo alto cruzaba de la carpa de lado a lado y que, por muchos aspavientos que hizo con los brazos para recuperar el equilibrio, no lo consiguió. Su pie se resbaló hacia su derecha saliendo del apoyo de la cuerda. Un grito a muchas voces sonó mientras el hombre se precipitaba al vacío desde una altura considerable hasta los asientos centrales de la carpa. Muchas personas del público reaccionaron levantándose de sus asientos de inmediato, entre ellos la mujer del alcalde. No lo hizo así el señor alcalde, que dormía placenteramente en otra de sus siestas matutinas. Por fortuna, su gran cuerpo amorfo amortiguó la caída del artista, que salió ileso del accidente. No le ocurrió lo mismo al alcalde que, según el diagnóstico del doctor (que estaba presente en la sala y disfrutando del espectáculo como un niño con zapatos nuevos) casi muere por aplastamiento.

La noticia voló por la ciudad como la pólvora y en cuestión de horas todas las esquinas estaban atestadas de gente comentando el suceso. “Es culpa del circo”, afirmaba uno. “Nunca debieron venir”, contestaba otro. Y acto seguido se santiguaban y alzaban sus miradas al cielo.

Aquella misma tarde todo el mundo encontró algún recado por hacer que le servía como excusa para salir a la calle y averiguar más detalles de lo ocurrido, con una curiosidad morbosa. Algunos merodeaban disimuladamente y se hacían los encontradizos con aquellos de los que pensaban que habían asistido al espectáculo; otros directamente iban preguntando: “¿Sabes algo? ¿Estabas allí? ¿Sabes qué ocurrió?”; e incluso hubo algunos que se encontraron indispuestos y aprovecharon su visita al doctor para que les contara de primera mano lo sucedido. Pero ni un solo feligrés acudió a la iglesia, en donde les esperaba el pastor con las puertas y las manos abiertas, y que terminó cerrándolas de un golpetazo.

Al día siguiente el alcalde malherido y el pastor herido en su orgullo se miraron a los ojos y asintieron a la vez. No hacían falta las palabras. Acababan de establecer una tregua silenciosa.

Todo el mundo fue convocado a las puertas de la iglesia y allí, con el pastor a su diestra, el alcalde les habló:

—Ciudadanos de Statonsville, ya habéis visto lo que ha ocurrido. Nos hemos equivocado. Yo me he equivocado. Debimos hacer caso del pastor, que en su buen hacer por la comunidad ya sospechaba que la mano del Demonio se escondía tras las gentes paganas del circo. Él, de forma juiciosa, e inspirado por el Altísimo, intentó avisarnos, pero no le escuchamos. Pero ahora sí le vamos a oír.

La muchedumbre empezó a ovacionar al pastor que, con las palmas de la mano en alto, como símbolo de una humildad mal disimulada, se dirigió a su comunidad.

—Hermanos, el Maligno se esconde tras muchas formas y colores para deslumbrarnos. Y esas gentes paganas del circo son su instrumento. Y nos han deslumbrado con sus acrobacias y sus aires paganos. Pero yo os digo que son unos monstruos —al oír esa palabra el pequeño Lewis aplaudió con ganas y su aplauso fue seguido por muchos otros—, unos engendros de la Naturaleza que hay que echar del reino de Dios. Así que os digo ¡alcémonos y echémoslos de de nuestra comunidad! ¡Que se vayan al infierno del que provienen!

La multitud exaltada estalló en gritos que proferían a los cuatro vientos:

—¡Sí, sí, que se vayan!

—¡Quememos sus carpas!

—¡Hagámosles…!

—No, hermanos, no. ¡Silencio! ¿Somos o no somos buenos cristianos? ¿Somos o no somos gente de bien? ¡Dejémosles irse en paz! ¡Démosles un día para recoger sus cosas y que se vayan!

Mientras todo esto ocurría, el viejo Joe, en una esquina de la plaza, se limitó a escupir al suelo y a murmurar entre dientes:

—Menuda panda de catetos.

Nadie le oyó, ocupados como estaban en vitorear tanto al alcalde como al pastor, antiguos enemigos acérrimos y ahora estrechamente unidos por una misma causa.

El martes se llenó de ruidos de martillazos, de tablones al caer y de las mismas canciones divertidas que se habían escuchado la tarde del domingo. El viejo Joe se despidió de los feriantes uno por uno, dándoles un cálido abrazo a cada uno de ellos. Ningún habitante de Stantonsville lo vio, porque los que no estaban recluidos en sus casas lo estaban en la iglesia, con las rodillas hincadas en el duro suelo y pidiéndole clemencia a Dios todopoderoso, para regocijo del pastor, que había recuperado el control sobre su rebaño.

Pero el control duró solamente hasta que, por la tarde, el crujir de muchas carretas a la vez y el relinchar de varios caballos se unieron a los “arres”, en un signo claro de que el circo emprendía su marcha. Entonces los ciudadanos abandonaron sus escondrijos a todo correr, dejando los hogares y la iglesia vacíos. Querían ver cómo el culpable de todos sus males desaparecía de sus vidas. Por supuesto el pastor, que encontró este comportamiento indigno de buenos cristianos, corrió tras ellos, no para ver qué ocurría, sino para abochornarles por increpar y escupir a los feriantes (aunque a él, en el fondo, esa situación lo convirtió en el hombre más feliz sobre la tierra).

Por supuesto, el alcalde fue el último que se unió al grupo y lo hizo cuando el circo ya había emprendido su marcha. El pobre estaba sin resuello, cojeando y maltrecho, y se apoyaba en el hombro de su rolliza mujer.

Nadie vio ni rastro del viejo Joe, que estaba desaparecido y que seguiría desaparecido por mucho tiempo más.

Cuando el día tocaba ya a su fin y la retahíla de carretas coloradas se alejaba al galope de la ciudad dejando tras de sí una estela de polvo rojizo a la luz del sol crepuscular los corazones de las buenas y cristianas gentes de Statonsville por fin se sintieron liberados y en paz. Cuando ya sólo eran un hilo negro zigzagueante bajo una nube de polvo que desaparecía en el horizonte desértico para no volver, no cabían en sí de gozo.

Olga Besolí
Marzo 2018

Mi vida se ha convertido en puro circo

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Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Poesía

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Milagros Morales. La ilustración es propiedad de Rosa García. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Mi vida se ha convertido en puro circo.

Ilustración de Rosa García

Errante de feria en feria
transcurren mis días,
mientras mis penas a la luz de los focos
se esconden entre bambalinas.
No hay más estrellas que las de mi vestido
siempre en la cuerda floja,
y hago equilibrios con mis ilusiones
por la alfombra roja.
Y sonrío:
La alegría es mi lema.
Mi vida se ha convertido en puro circo,
aunque cada actuación me consuela
cuando veo caras infantiles
que sonríen y sueñan.

Milagros Morales

Un circo en la ciudad

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Poesía

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Raquel Bonilla. La ilustración es propiedad de Rafa Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Un circo en la ciudad.

Ilustración de Rafa Mir

 

¡Mamá, mamá!
Un gran circo ha llegado a la ciudad.
Seguro que tienen animales.
¿Veremos un elefante de verdad?

Nos saludará un divertido payaso,
con su nariz colorada
y seguro que con sus bromas,
reinos a carcajadas.

¡Mamá quiero ir al circo!
Me gustan los malabares,
que sin parar lazan al aire,
sus bolas de mil colores.

Si miras hacia arriba,
verás al equilibrista,
que para no caerse,
tiene que tener muy buena vista.

¡Qué nervios!
¡Qué emoción!
Tengo muchas ganas,
de que empiece la función.

¡Corre,corre mamá !
Compremos palomitas
y vayamos a la puerta
que las luces ya están encendidas.

Raquel Bonilla Santander

No me gusta el circo

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Corrector@: 

Género: Relato corto

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Paloma Muñoz. La ilustración es propiedad de Olga Ruiz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

 

No me gusta el circo.

Nunca me ha gustado el circo.

Siempre me ha parecido un lugar triste y desdichado.

Desde pequeña he tenido la sensación de que los que trabajaban en el circo eran desgraciados, y no podían sobrellevar su tristeza en otro lugar que no fuera el jodido circo.

Porque ―al fin y al cabo― en el circo, los artistas adoptaban un personaje, una ficción, una máscara.

Cuando veía una película ambientada en el circo siempre me encontraba con una tragedia griega, con una historia tremebunda, con unas vidas desesperadas.

En la película “El mayor espectáculo del mundo” del año 1952 hay una historia muy triste, la de un payaso encantador y muy risueño que esconde tras su maquillaje el inmenso dolor de tener que abandonar a su queridísima madre para esconderse de la justicia ya que antes de payaso fue un reputado médico que por una negligencia causó la muerte de un paciente y la policía lo busca para enchironarlo.

James Stewart daba vida al payaso-médico o al médico-payaso que salía haciendo sus gracias entre número y número circense.

Pero lo que verdaderamente me hacía llorar y que se me saltaran las lágrimas era cuando el pobre payaso se acercaba a las gradas y se sentaba junto a una encantadora ancianita con sombrerito y la abrazaba y besaba con gran ternura mientras  la señora se secaba las lágrimas.

Claro, era su madre que  seguía al circo  de ciudad en ciudad para poder  ver a su querido hijo  y estar junto a él aunque sólo fuera unos momentos.

James Stewart estaba sublime en esa película.

Y más sublime aún estaba cuando durante  un terrible accidente de tren  el circo queda destrozado,  y  tiene que atender a los heridos viéndose su pericia como cirujano descubriéndose el pastel.

Los amores contrariados y trágicos y los “menage a trois”, en esa película también ofrecen su espectáculo de tristeza y lágrimas.

Total, que la película es maravillosa pero sigo pensando que el circo me resulta detestable.

Un circo en plena meseta castellana con la trágica historia de amor entre Puck, el payaso, y Cecilia, guapa y ambiciosa también me hizo llorar mucho.

No por las artimañas de la zorra de Cecilia que le tiene al pobre Puck al borde del colapso mental y del otro sino por el papelón de la pobre Lina, la buena muchacha, que siempre ha amado a Puck y ve como Cecilia intenta arrebatárselo.

Se trata de la célebre zarzuela Las golondrinas.

De nuevo a llorar y a acordarme de los ancestros de los que inventaron el circo.

Es muy posible que exagere.

El circo tiene sus cosas buenas también.

Pero los payasos siempre me han dado pavor. Y no hablo de los payasos psicópatas y asesinos que tan de moda están ahora, sino por las trazas de los susodichos.

Cuando era  muy niña, mi padre me llevaba al famoso Circo Price a una gala de Reyes y me hacían fotografías con los payasos ― que serían muy buenas personas― pero a mí me daban mucho miedo.

Precisamente, tengo una fotografía en la que se me ve pequeña, muy mona, con una carita de susto impresionante junto a un payaso sonriente y paciente que está intentando hacerme reír pero que no lo consigue del todo.

Ilustración de Olga Ruiz

Volviendo a la actualidad de mi vida, los célebres Payasos de la tele me caían bastante mal.

Las canciones que cantaban como La gallina Turuleta, Susanita tiene un ratón, Mi barba tiene tres pelos, Feliz, feliz en tu día, etc, se me atragantaban.

Bueno, tal vez las canciones, no, pero ellos sí.

Ni Fofó, ni Miliki, ni Milikito, ni Gaby,  ni ninguno.

No era una niña porque ya tenía más años que el hilo negro cuando televisaban a los dichosos payasos, pero  no los tragaba. ¡Qué le vamos a hacer!

Cuando escuchaba a Fofó preguntar  ¿cómo están ustedes? me piraba.

Hay otras películas, historias, novelas y cuentos.

Uno de ellos era Martita en el circo, uno de mis preferidos.

Siempre que iba con mi padre a la biblioteca de la Telefónica en  el Centro Cultural Deportivo que la Compañía poseía en la Gran Vía de Madrid pasaba las horas muertas leyendo los libros de la colección de la cursi de Martita.

Entonces, tal vez, no odiaba tanto el circo, jajajajajaja.

En el fascinante y “espeso” mundo de la ópera, Pagliacci se lleva mi aplauso soberano porque es un dramón muy mediterráneo.

El lugar de la acción es un pueblecito de la Calabria italiana durante una fiesta religiosa, La Asunción, y a mediados del siglo XIX.

Total, drama asegurado por celos y cuernos.

No voy a contar la historia de celos, pasión y muerte de esta afamada ópera porque parece algo repetitivo pero el momento, momentazo del tenor lírico cantando y llorando Vesti la giubba es algo sublime y llorar se llora como un descosido.

Yo siempre he llorado al escuchar esta aria tan trágica.

Un pobre payaso que sólo sirven para que se rían de él como su mujer, Nedda, que se la pega con Silvio.

En fin que  aparte de los dramas, las tragedias, las lágrimas, y las emociones que despierta el circo y las alegrías de los payasos, los malabaristas, trapecistas y domadores, a pesar de que los circos con animales están en el entredicho y están empezando a prohibirlos, el circo es el mayor espectáculo del mundo.

Y no porque lo diga Cecil B. De Mille, es que lo digo yo aunque no me guste.

Paloma Muñoz
Dedicado al Circo Price
Madrid, 9 de abril 2018

Circo y Fantasía

Autor@: 

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Corrector@: 

Género: Microrrelato

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Conchita Ferrando de la Lama. La ilustración es propiedad de Rafa Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Circo y fantasía.

 Nunca me gustó el circo en mi infancia.
Mi abuela siempre nos llevaba porque, en su opinión, era un espectáculo infantil y era bueno para los niños.
Tal vez a ella le gustaba pero a mí, la verdad, nada. No me parecía apropiado para los niños: miedo, bromas de casi maltrato, peligro…
Lloraba porque me daba pena que le pegasen al pobre payaso. Tampoco me gustaba aquel “gracioso” disfrazado de lobo que venía a la grada a asustar a los niños, al que yo hubiera disparado seguro si hubiese tenido una escopeta.
Me angustiaba ver a los equilibristas sobre el alambre, por si se caían; o a los trapecistas… ¡Qué gente más loca! Saltando y dando volteretas en el aire, sin red. Pensaba que cualquier día se matarían.
Y no digamos cuando armaban las jaulas para las fieras… ¡Uf! Es que apestaba a fiera todo el circo y, para mí, ese era el olor del miedo. En medio de aquel círculo, el domador, pequeñito e indefenso, vestido de raso bordado, tal vez para que aquellos “bichitos” pensaran que si se lo comían, se les podía indigestar.
Cuando salían los caballos ya me atrevía a mirar a la pista sin taparme los ojos. Ellos eran bonitos, elegantes, nobles y obedientes. Me gustaban.
Ahora, al recordar todo esto, siento que me voy alejando de esa realidad de mi infancia, donde no logré que el circo me hiciese feliz.
Un pequeño movimiento me llama la atención. Miro a mi lado y veo con sorpresa y alegría la carita azul de mi querido dragoncito Dragüi.
¡Caramba! Ha salido de mi cuento Dragüi, el dragoncito ilustrado y me mira recordándome lo bien que lo pasamos en la Torre de la princesita de los “calentadores de colores”, subiendo y bajando por la tirolina para poder ayudarle.
Realmente aquella Torre del cuento era casi un circo… Sonreímos y me coge de la mano.

Ilustración de Rafa Mir

De pronto, nos encontramos bailando en lo alto de las almenas, llenos de alegría, dando vueltas por el cielo rojo y malva del atardecer. Bajo mis pies veo el alambre del equilibrista, y los trapecistas que ahora están muy abajo y también bailan en sus trapecios.
Miro al dragoncito y ¡ha crecido! Ahora es aquel aventurero “lobo de mar” que me contaba mil historias de viajes en el Café del Faro del Fin del Mundo. Lleva su pipa y su gorra de marino y baila conmigo sonriente, hacia el horizonte, sobre las olas azul oscuro.
Debajo sigo viendo el circo, muy pequeñito.
Un caballo se sitúa en el centro tras un salto y lo reconozco: es Furia, el caballo cárdeno, noble, esbelto y obediente en el que siempre monté de joven. ¡Por eso me gustaban los caballos! Monto sobre Furia y me va trayendo, impulsado por el viento del atardecer que lleva a los barcos a tierra firme.
Comprendo ahora que todo aquello es mío. Forma parte de mi ilusión. Es bonito y no está lejos.
Noto en el brazo que alguien me toca…
¡Niña! ¡Cierra la boca y los ojos que los tienes como platos, que la función va a terminar! ¡Menudo te lo has pasado hoy en el circo! ¡Y eso que no te gustaba!
Es mi abuela, que se ríe al ver la cara que tengo desde hace un rato. Y es que ella no sabe toda la magia que he vivido esta tarde: ¡la ilusión y la magia del circo!

  Conchita Ferrando de la Lama (Jaloque)