8ª Convocatoria: El Fin del Mundo.

” INFIERNO
Estoy en el camino de tierra negra,
dando pasos en este oscuro suelo que salpica su polvo en mis pies pequeños.
No sé dónde me dirijo,
y si llegaré a algún lugar tranquilo.
No hay cansancio aún en mi cuerpo maltrecho,
Pero sé que se aproxima el ocaso.
No veo luz alguna,
y mis ojos no distinguen estas manos secas que me duelen de tanto palpar el vacío.
La noche es eterna en este paraje sin sol, sin brillo,
y no veo señas de otros como yo.
Los sonidos se han extinguido por completo,
y puedo sentir la nada que atraviesa mi piel,
como espada de muerte.
Los recuerdos se pierden despedazados,
como destellos fugaces que perecen en la negrura de la soledad infinita.
Los pensamientos pasan sin prisa,
y la incertidumbre domina mis decisiones.
En este mundo olvidado,
me he convertido en un espejismo de mi sombra,
y desesperado,
reposo sobre esta oscura tierra,
deseando que los fieles sirvientes de la vida o de la muerte se presenten,
y reclamen los despojos de mi alma.
( Rafael Toro ) “

He aquí la 8ª Convocatoria de Surcando Ediciona bajo el lema “El fin del mundo”.¿Un final definitivo hacia la “nada”?, o ¿un “exterminio” necesario para empezar de nuevo?, Cada ser humano atisba, cual y como será la “fecha limite” para nuestro mundo, tal y como lo conocemos pero…. ¿realmente estamos preparados para aceptarla? …………………

Esta ilustración pertenece a Laura López . Todos los derechos reservados.

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ANNIHILATION.

Autor@:  Paloma Muñoz

Ilustrador@:   Jesús Rodríguez

Corrector/a:  Mariola Díaz Cano

Género: Relato

Este relato es propiedad de Paloma Muñoz, y su ilustración es propiedad de Jesús Rodríguez . Quedan reservados todos los derechos de autor.

ANNIHILATION.

El doctor Luke Gross estaba sentado frente a su gran mesa de despacho sosteniendo entre las manos una revista: el primer número de la nueva publicación científica, Amazing Century.

            Sus manos  de dedos largos y delgados apretaban con firmeza la revista y la expresión de su rostro era seria y concentrada. Poseía unos ojos intensamente azules que denotaban una clara mirada de preocupación.

            Al parecer, el descubrimiento de un asteroide procedente de la lejana galaxia Alfa Centauro había levantado una ola de expectación entre la comunidad científica por su enorme tamaño y, según los primeros resultados de las investigaciones, el asteroide se dirigía a la Tierra.

            Los medios de comunicación —siempre tan ocurrentes y sin ningún interés alarmista— habían bautizado la gigantesca roca como Annihilation y, aunque un sesudo grupo de científicos compuesto por el propio doctor Gross y otros colegas matemáticos, astrofísicos, geólogos  y astrónomos habían lanzado un comunicado a nivel mundial  para que no cundiera el pánico, las reacciones del público y la prensa no se habían hecho esperar.

            En la Agencia Interespacial de la Organización de Naciones Terrestres (T.N.O), había un gran movimiento de gente que trabajaba sin apenas descanso para determinar el alcance de ese asteroide, que podría chocar contra la Tierra y hacerla desaparecer en miles de millones de fragmentos en el espacio.

            El doctor Gross leía con atención los artículos publicados  cuando oyó el sonido de su móvil. Era su mujer, Dove White Gross, que lo llamaba para recordarle que tenían un almuerzo.

            La señora Gross no tenía nada que ver con la importante ocupación de su marido como científico jefe de la División de Amenazas Interestelares de la Agencia Interespacial, ya que se dedicaba al diseño y decoración de escaparates. Es decir, era escaparatista, una profesión que le encantaba. La señora Gross siempre tenía presente que «un escaparate debe contar una historia al público que se acerca para contemplarlo».

Cuando el doctor Gross se puso el móvil pegado a la oreja, escuchó la sensual voz de su mujer.

            —Hola, cariño. Ya sabes que nos vemos en La Flor de Cactus, ese restaurante de comida mejicana que tanto te gusta. No tardes, mi amor. Tengo hambre.

            —Procuraré llegar a la hora, cielo. Nos vemos. Un beso.

            Gross sonrió. Sin embargo, el nombre del restaurante mejicano le había hecho recordar algo terrible que le sucedió unos años atrás: un grupo terrorista lo secuestró y lo dejó atado y desnudo a un cactus. Esa terrible experiencia lo había traumatizado y, atendiendo a las recomendaciones de los psiquiatras que lo habían tratado, el doctor Gross debía enfrentarse psicológica y anímicamente a esos aciagos momentos en los que recordaba el sudor de todo su cuerpo a causa del horrible calor y del implacable sol del desierto de Mojave, que se mezclaba con la sangre de las heridas abiertas producidas por los espantosos pinchos del cactus gigante; y lo más estremecedor, la tremenda sed que sintió.

            Por lo tanto, el hecho de ir con su mujer a almorzar a una cantina mejicana cuyo nombre le recordaba lo sucedido, era para él una  especie de terapia de choque que podría hacer que sus pesadillas se vieran disminuidas o desaparecieran para siempre. Y la terapia parecía funcionar porque una cosa no quitaba la otra y la comida que ofrecían en La Flor de Cactus era impresionantemente buena.

            Luke Gross llegó con puntualidad británica al restaurante —no en vano era londinense— y su esposa lo esperaba con una preciosa sonrisa en los labios.  La señora Gross se ajustó sus modernas gafas a la nariz y le tendió las manos, Gross las apretó entre las suyas e inclinándose, la besó en los labios.

            —Vamos a pedir, Luke. Estoy hambrienta, cariño.

            El doctor Gross contempló con adoración a su mujer. Era muy feliz con ella. Se entendían muy bien y en la cama funcionaban estupendamente, además coincidían en cuestiones políticas, así que terminaron casándose. Lógico y normal.

            —Estoy muy preocupado, mi amor —dijo Gross a modo de confidencia a su mujer.

            —El asteroide —contestó certeramente la señora Gross.

            —Sí, cielo mío. El asteroide al que los patosos de la prensa han bautizado como Annihilation. Hay pruebas evidentes de que podría pasar muy cerca de la Tierra y eso causaría catástrofes en algunas partes del planeta.

            —¡Bueno, mientras no caiga aquí! —exclamó la señora Gross tan pancha.

            —¡Pero, Dove, no hablarás en serio! ¡Sería una gran catástrofe!

            En ese momento, un joven camarero mejicano con unas patillas alargadas que casi le llegaban a la boca, apareció sonriente y se dispuso a tomar nota.

            —¿Ya saben lo que van a tomar los señores?

            —Sí. Tomaremos una fajitas con gambas, una ensalada azteca, unos nachos y un arroz a la mexicana. —Gross cerró la carta y miró al camarero.

            —¿Y para beber?

            —Dos cervezas bien frías —dijo sonriente la señora Gross.

            Cuando el camarero se daba la vuelta mientras anotaba el pedido, Gross acarició el rostro de su mujer.

            —¿Has pensado alguna vez, mi amor, cómo te gustaría pasar el último día de tu vida,  “el día del fin del mundo”?

            —La verdad es que no se me ha ocurrido pensarlo nunca… hasta ahora. Pero en cualquier caso, me gustaría pasarlo a tu lado, muy pegadita a ti, cariño.

            Gross sonrió y pareció ilusionarse ante tan halagüeña perspectiva de pasar el último día de su vida junto a la mujer que amaba.

            —¿Recuerdas cuando me secuestraron? Entonces pensé que ese día era el último de mi existencia. Mi mente sólo reproducía tu imagen y aunque pasé una sed mortal con unas heridas que me escocían por todo el cuerpo, un dolor insoportable y una desesperación que estaba acabando conmigo, tu rostro, tu voz, tu sonrisa y tu amor me daban fuerzas para no rendirme y para seguir luchando por mi vida.

            Dove se acercó a su marido y le acarició el  cuello y las mejillas.

            —Te quiero, Luke, y nada en el mundo, ni siquiera ese maldito asteroide, podrá  cambiar lo que siento por ti, cariño.

            El camarero llegó con la primera ronda de platos. Los colocó sobre la mesa e hizo lo mismo con las cervezas. También trajo una jarra de agua fría que, aunque no la habían pedido, era costumbre del restaurante ofrecerla a los clientes. Después de servir los platos elegidos, sonrió a la pareja.

            —Buen provecho, señores —dijo en español.

            Gross contestó igualmente en español:

            —Muchas gracias. Es usted muy amable.

            —Estás preocupado, ¿verdad? —dijo la señora Gross.

            —Sí, cariño. Lo estoy, ya te lo he dicho antes. Estamos haciendo grandes esfuerzos para determinar con la mayor exactitud posible la trayectoria de la roca. Sólo queda rezar para los creyentes y, para los expertos, creer en la certeza de los cálculos sobre la trayectoria del asteroide y su desviación.

            Gross se tocó los gemelos de plata antes de comenzar a comer.

            Dove  suspiró:

            —¿Entonces es posible que el meteorito ese se desvíe?

            —No es un meteorito, cielo. Es un asteroide.

            —¿Y qué diferencia hay? —preguntó la señora Gross, evidentemente muy interesada.

            —Pues la diferencia fundamental es que un asteroide es una gran roca de un tamaño algo menor que un planeta y más grande que un meteorito, y los meteoritos son fragmentos de asteroides o de cometas.

            —¿Y qué es mejor que caiga sobre el planeta? ¿Un asteroide o un meteorito?

            —Preferiría que no cayera nada, pero puestos a elegir, es mejor que caiga un meteorito que un asteroide. El primero puede producir daños diversos pero el segundo puede arrasar el planeta.

            —¡Oh, Dios! —exclamó Dove —. Estoy segura de que el asteroide desviará su ruta y pasará de largo.

            —Eso esperamos todos,  cariño.  Anda, come.

            —¿Y qué efectos causaría un asteroide antes, durante y después de caer a la Tierra?

            —Mira, Dove, que estamos comiendo y quiero relajarme un poco, así que hazme el favor.

            La señora Gross comprendió que se estaba poniendo un poco pesada y optó por hacer caso a su paciente marido y seguir con la ensalada azteca, los nachos,  las fajitas y el arroz a la mexicana.

            —¡Qué rico está todo!, ¿verdad, Luke?

            Gross asintió emitiendo una especie de gruñido o maullido similar al de un gato. De repente le sonó el móvil.

            —¡Joder, no me dejan ni comer tranquilo!

            Gross frunció el entrecejo. Era un gesto que Dove conocía muy bien de su marido y eso evidenciaba un problema.

            —No podré quedarme contigo para tomarnos el café, mi amor. Tengo que regresar a la Agencia.

            —No te preocupes, cariño. Esta noche te prepararé un buen capuchino, espumoso, para que te relamas de gusto y quién sabe, si no estás muy cansado, podemos terminar la velada haciendo el amor frente a nuestra chimenea.

            Gross se mordió los labios y miró a su mujer con los penetrantes ojos azules. Acercándose a ella, le susurró al oído en voz baja:

            —Estoy deseando llegar a casa para tomarme ese capuchino. Sonrió con malicia y le guiñó el ojo.

            —Espero que no sea muy importante.

            —Lo es. Parece que hay nuevos datos acerca de la trayectoria del asteroide.

            Gross terminó uno de los platos y llamó al camarero para pedirle la cuenta.  A los pocos minutos, el camarero la trajo y Gross pagó con su tarjeta de crédito. Los gemelos de plata le relucieron al sol del mediodía.

            En la gran sala de control de la Agencia Interespacial, las pantallas iban suministrando datos acerca de la órbita del asteroide y también se seguían los movimientos de algunos meteoritos detectados en las últimas horas que, según los controladores, no parecían muy amenazadores.

            Gross se situó ante la pantalla principal y su ayudante, una mujer joven casi tan alta como él, de pelo largo, negro y ondulado, se colocó a su lado y le entregó una carpeta de color azul. El doctor Gross observaba al mismo tiempo la pantalla principal y las hojas del informe.

            —Parece que hay novedades —dijo dirigiéndose a su ayudante.

            —Así es, doctor Gross. Según los indicadores exteriores de las sondas de avistamiento emitidas por los satélites  Argos  y Vigilante,  la órbita del Annihilation se mantiene, pero se ha detectado una desviación en las últimas cuatro horas. Parece una desviación mínima pero ahí está.

            La ayudante señaló con su fino dedo rematado por una uña larga y roja hacia la gran pantalla, en concreto a las coordenadas que aparecían reflejadas, comprobándose efectivamente un cambio en las mismas.

            —Es una noticia tranquilizadora, Susan. ¡Ojalá que la trayectoria comience a desviarse en las siguientes horas!

            -¡Ojalá, doctor Gross! —Y lo miró con los ojos muy brillantes.

            Susan se fue a su puesto y Gross continuó de pie leyendo el informe y observado tanto la pantalla principal como las de los monitores.

            La doctora Marina Theodoridis, colega y amiga personal de Gross, apareció por detrás y le dio un toquecito en el hombro.

            —Hola, Marina. Por fin hay una buena noticia.

            —No te hagas excesivas ilusiones, Luke. Tú sabes como yo que puede haber una nueva desviación a lo largo del día o en los días siguientes, y seguir con la casi seguridad de tener la espada de Damocles sobre nuestras cabezas.

            —Confiemos en que las coordenadas se mantengan y que conforme vayan pasando las horas y el tiempo, la desviación en la trayectoria orbital  del asteroide —me niego a llamarlo Annihilation, ya sabes lo mal que me caen los periodistas—  se vaya alejando cada vez más de la Tierra.

            La doctora  Theodoridis sonrió y le arregló el nudo de la corbata.

            —Hablando de periodistas, nuestro enlace asesor con los medios está aquí. Tienes una rueda de prensa  exactamente… —Theodoridis miró su bonito reloj dorado de pulsera— dentro de una hora.

            El enlace asesor con la prensa era una mujer rubia de unos cuarenta y pocos años, más o menos de la edad de Gross. Era delgada y menuda, y de pequeña estatura, muy elegantemente vestida con traje de chaqueta gris perla y unos zapatos de tacón con plataforma.

            —Hola, doctor Gross. Creo que ya nos conocemos. Soy Evangelina  Morgan. —Le tendió la mano. Gross la estrechó despacio.

            —Sí, la recuerdo, pero hace tiempo que no la veía en el staff de la Agencia.

            —Sí, es cierto. Estuve ocupada con otros asuntos y ahora he regresado. ¿Comenzamos?

            Gross asintió un poco sorprendido. El enlace asesor con la prensa no perdía ni un minuto.

            —Mire, profesor Gross, ¿o prefiere que lo llame doctor? A mí me parece más interesante profesor.

            —Llámeme profesor o doctor. Me encuentro a gusto con cualquiera de los dos términos —sonrió él con los labios apretados.

            —Muy bien. Todo aclarado. Supongo que los periodistas acreditados  en esta rueda de prensa esperan claridad y contundencia a la hora de contestar a las preguntas, así que le sugiero que sea lo más breve posible ya que no disponemos de total seguridad en cuanto a la trayectoria del meteorito.

            —Asteroide, señorita Morgan.

            —Claro, asteroide. Disculpe. Estas son las preguntas más probables que le harán.

            Gross las leyó y asintió.

            —Supongo que alguno tendrá que romper el hielo con la cuestión de la supuesta destrucción de la Tierra, ¿no?

            —Por supuesto. Para eso están informando a través de la rueda de prensa. Pero no podemos permitirnos que nos pisen terreno. Hay que decir la verdad acerca de los últimos datos y ofrecer una imagen de seriedad, confianza y profesionalidad, pero al mismo tiempo dejando entrever que nada es definitivo… aún.

            —Entiendo. De acuerdo. Una pregunta: ¿voy a comparecer yo solo o estará conmigo algún otro colega o representante de la Agencia o de la T.N.O.?

            —Para apoyar sus declaraciones estarán un paso por detrás de usted la doctora Theodoridis y el señor Linnemayer, que es el supervisor jefe de la Agencia Internacional de Satélites Artificiales  I. A. A. S.

            —Muy bien. En estos casos, siempre me gusta saber a quién le doy la espalda. —Se rió y la señorita Morgan lo imitó.

            Antes de comenzar la rueda de prensa en la sala preparada para los eventos informativos, Gross llamó a su mujer para decirle que encendiera la tele, que iba a salir en el programa de noticias 24 Horas ofreciendo la rueda de prensa.

            —Claro que lo haré, cariño. ¡Siempre sales tan guapo en las ruedas de prensa! Procura que se te vean los gemelos, que los luces maravillosamente.

            —¡Eres increíble, mi vida! Hasta en momentos como estos en los que no sabemos aún si nos vamos a quedar aquí o nos vamos a ir a hacer puñetas, tienes sentido del humor.

            —¿Y de qué sirve amargarse antes de tiempo? Ya te dije que el asteroide iba a pasar de largo.

            El doctor Gross compareció ante los periodistas, acompañado por la doctora Theodoridis y por el señor Linnemayer después de ser presentados ante los medios por la profesional señorita Morgan.

            —Estamos haciendo todo lo que está en nuestras manos como científicos y al mismo tiempo estamos colaborando con las centrales espaciales y astrofísicas de todo el mundo, tanto en Europa como en China, en Australia, en Japón y en la Antártida. Por lo que estamos comprobando, es un hecho evidente que la trayectoria del asteroide puede verse desviada lo suficiente para no acercarse peligrosamente a nuestro planeta e incluso para evitar que algún trozo de roca que pueda desprenderse caiga sobre la Tierra.

            —¿De qué porcentaje de seguridad estamos hablando, doctor Gross?

            Era la pregunta de una periodista bastante cañera y pesada del  Global Gazette llamada Sheena Fox, que siempre iba por delante de lo que el informante iba a aclarar.

            —Estamos hablando, señorita Fox, de un porcentaje de aproximadamente un 70 por ciento, lo cual es bastante alto, muy alto para considerar que el asteroide no dañaría ni al planeta ni a su atmósfera.

            —¿Entonces por qué tanta alarma? Todo el mundo está muy preocupado y en todas partes hay una evidente psicosis de que se acerca el fin del mundo.

            —Yo creo que eso se lo tendría que preguntar a usted misma o a sus compañeros de profesión que han bautizado al asteroide con el poético y tranquilizador nombre de Annihilation.

            —Si eso ha sido de esa forma es porque ustedes los científicos han sido los primeros alarmistas y…

            Evangelina Morgan interrumpió a la periodista.

            —Bueno, señoras y señores, creo que debemos volver a la cuestión técnica, si les parece bien, y dejar al doctor Gross las explicaciones que sean más sencillas para que todos ustedes entiendan de qué se trata cuando se habla de órbitas de asteroides y coordenadas espacio-temporales. Siguiente pregunta.

            —Sí, por favor. Soy Christian Ronald, del Star News and Informations,  y  pregunto al doctor Gross si las últimas noticias sobre el asteroide  y su trayectoria pueden clarificar en qué parte del mundo se sentiría su paso cuando eso suceda.

            —Bueno, según los cálculos y las coordenadas que manejamos, el asteroide pasaría cerca del océano Pacífico, aunque a una distancia lo suficientemente amplia como para no producir apenas cambios en los cursos de las mareas y el oleaje.

            —Y si eso es así, ¿no se debería trasladar a la población de las costas del Pacífico aun sabiendo que no se provocarían inundaciones o tsunamis?

            —Estamos seguros de que, si se mantienen las mismas coordenadas y la medida matemática de la desviación continúa como hasta ahora, no será necesario ningún traslado de población.

            —Doctor Gross, a veces las matemáticas pueden fallar.

            El doctor Gross miró al periodista con una evidente cara de cabreo, pero como tenía que parecer y aparecer ante los medios, cordial y dispuesto a aclarar todas las dudas que surgieran durante la rueda de prensa, se tuvo que contener.

            -No las matemáticas y los cálculos que manejamos mi equipo y yo mismo. Bueno, señoras y señores, si no tienen más preguntas…

            -Aún no he terminado, doctor Gross.

            El periodista estaba de pie, muy tieso y rígido como un palo. Parecía que tenía muchas ganas de que todo el mundo lo viera perfectamente bien.

            —Adelante. —Intentó sonreír Gross.

            —Doctor, estamos hablando de fallos y está muy seguro de sus cálculos junto con su equipo, pero hace unos años usted sufrió una terrible experiencia cuando fue secuestrado por los terroristas  de  La Unión de los Musulmanes Anti Occidentales, Los Hijos de Alá. ¿Es posible pensar que su trabajo pueda verse afectado por tan tremenda circunstancia?

            La señorita Morgan se hizo con el micrófono aupándose un poco debido a su escasa estatura, y eso que llevaba unos tacones de plataformas descomunales.

            —Creo que nos estamos desviando del asunto. El doctor Gross está perfectamente  capacitado  para desarrollar su cometido con toda la profesionalidad y la fiabilidad que ha demostrado como director de la Agencia de Amenazas Interestelares. Sacar a relucir en esta sala la desgraciada circunstancia de su secuestro es, cuanto menos, inadmisible.

            —Gracias, señorita Morgan, pero voy a contestar al señor Ronald.

            Gross la miró y comprobó que le llegaba casi por el sobaco.

            —Mire, señor Ronald, efectivamente sufrí mucho durante mi secuestro y los psiquiatras me están tratando. Los resultados de los análisis y las pruebas a las que me someto son muy positivos, por no decir óptimos. Creo que desempeño mi función al cien por cien de mis capacidades, así que se lo repito: mi equipo y yo estamos sobradamente cualificados  para hacer nuestro trabajo con un margen de error mínimo.

            —Sí, pero existe el error mínimo. —El periodista seguía a lo suyo.

            Gross pasó de él olímpicamente.

            -Una última pregunta —solicitó Evangelina Morgan.

            -Sí, doctor Gross. —Era la voz de una mujer madura de cabello ondulado y canoso y grandes gafas con montura de concha—. Soy Helen Thatcher, del Sunday News, y me gustaría preguntar si el fin del mundo está próximo a juzgar por la posibilidad de que un asteroide o cuerpo astral se dirija hacia la Tierra no ahora, sino dentro de unos años, unas décadas o quizás el próximo siglo.

            La profundidad de la pregunta de la señorita Thatcher dejó un poco en suspenso la privilegiada mente del doctor Gross.

            -Señorita Thatcher, esa pregunta se la han hecho los científicos cientos y miles de veces, y no sólo los de ahora, sino los de hace cientos de años y los que están por venir, porque la Tierra aún tiene cuerda para rato. Así que, a lo mejor, lo que hay que plantearse es si la amenaza puede venir desde fuera o por el contrario desde el propio planeta si seguimos tratándolo como hasta ahora.

            Los comentarios sobre la declaración ecologista de Gross al finalizar la rueda de prensa continuaban en los corrillos entre los periodistas. Gross salió junto con Linnemayer y Theodoridis, precedidos por Evangelina Morgan, con una rotunda expresión de satisfacción porque Gross había conseguido plenamente los objetivos de la reunión informativa.

            El doctor Gross se sentía cansado y pensó en su mujer y en ese capuchino que le esperaba cuando terminara la jornada, si es que no había ningún problema que resolver y que requiriera su presencia en la gran sala de control.

            Caminó hacia su despacho situado en la antepenúltima planta del gran edificio de la Agencia Interespacial y entró cerrando la puerta. Se deshizo el nudo de la corbata y se sentó. Tomó su móvil y marcó el número de su casa mientras contemplaba las magníficas vistas al puente, al río, a los rascacielos, al gran parque, y un inmenso horizonte que se extendía azul y límpido ante sus ojos cansados y algo enrojecidos, y volvió a pensar en Dove y en el mundo en el que le había tocado vivir. Se sintió afortunado por tener un trabajo que amaba y por el que había luchado y se había esforzado durante mucho tiempo, y por tener una mujer como ella. No todos los hombres eran o tenían tanta suerte como él.

            Sonrió cuando sonó la acariciadora voz de su mujer.

            —Hola, cariño —dijo en voz baja—. ¿Me has visto en la rueda de prensa?

            -Sí, mi amor. Te he visto y he disfrutado muchísimo viendo lo bien que lo haces todo y cómo que te explicas. Tus contestaciones a las preguntas, tu aplomo cuando ese mamón de periodista sacó a relucir lo de tu secuestro, tu forma de contestarle, de acercarte al micrófono, tu manera de apoyar las manos en el atril, cómo sujetas el micro y cómo se te han visto tus preciosos gemelos de plata. ¡Has estado sensacional! Eres el científico más guapo y más sexy del mundo.

            Una sonrisa abierta y franca se dibujó en el rostro de Gross al escuchar a Dove.

            —Estoy deseando llegar a casa, ponerme cómodo y tomarme ese capuchino que me vas a preparar. Te necesito, cariño, te necesito. Está siendo un día muy largo.

            Se hizo un silencio entre ambos que a veces era relajante o tranquilizador sabiendo que estaban uno junto al otro aunque les separaran kilómetros de distancia. Sabían que se tenían mutuamente y que si al final el dichoso asteroide rozara la Tierra y todo se derrumbara, al menos estarían juntos. Juntos para toda la eternidad.

            —Te quiero, cariño. —Gross lo dijo emocionado.

            —Yo también te quiero, mi amor. —Dove suspiró.

            Gross apartó el móvil y lo depositó sobre la mesa. Se desabrochó los puños de la camisa y observó las cicatrices producidas por las heridas de los pinchos del cactus en el que estuvo atado hasta que lo rescataron. Sintió un escalofrío que convulsionó todo el cuerpo. Sintió que se ahogaba. Fue hasta el cuarto de baño a beber agua y a refrescarse la cara. Se miró al espejo y se vio extraño. Tenía la sensación de que no se reconocía a sí mismo. Unos suaves golpes en la puerta le devolvieron a la realidad. Abrió y encontró a su amiga, la doctora Theodoridis.

            —¿Es un buen momento, Luke?

            —Sí, sí, claro. Siéntate. ¿Quieres tomar algo?

            —Me apetece un poco de whisky. ¿Me acompañas? Creo que nos lo merecemos.

            Gross preparó dos vasos de whisky sin hielo y brindó con Theodoridis.

            —Por nosotros y por este final de día o de jornada.

            Gross levantó el vaso y lo chocó despacio con el de la doctora.

            —Deberías irte a casa con tu mujer. Yo me quedaré un poco más. Tengo que  terminar unos informes.

            —Si quieres, te echo una mano.

            —No, no es necesario. Quería decirte que has estado estupendo en la rueda de prensa. Siento que hayan tenido que peguntarte por lo de tu secuestro. ¡Son unos carroñeros de mierda! Me alegro de que estés conmigo, Luke. Es un placer y un  privilegio trabajar a tu lado.

            —El privilegio y el placer es mío, doctora. No te preocupes por lo del secuestro. Siempre me preguntarán sobre eso. Lo tengo asumido. Sólo deseo que esto acabe pronto y que podamos tener la seguridad de que el Annihilation se olvida de nosotros y pasa de largo.

            —No se atreverá a presentarse sobre nuestro planeta sin haber sido invitado. —La doctora Theodoridis se rió de su ocurrencia, Gross también.

            —Bueno, me voy a lo mío y tú regresa a casa. Si hay alguna novedad te llamaré.

            —Gracias. Te acompaño a la puerta.

            —Luke… —Marina Theodoridis puso una mano sobre el pecho de Gross—. Sabes que el peligro no ha desaparecido. No ha remitido del todo.

            —Lo sé, Marina, lo sé. Pero ahora no podemos hacer más que esperar y si hubiera un movimiento que indicara lo contrario, movilizaríamos todas las armas de los satélites de todo el mundo para hacer estallar a ese mal bicho.

            La doctora se alejó por el pasillo circular y Gross le  dio un sorbo al whisky y se abrochó de nuevo los puños; comprobó que los gemelos que tanto le gustaban a su mujer estaban en su sitio, se colocó la americana y tomó las llaves de su coche junto con su móvil. La acreditación la llevaba colgada del cuello.

            El doctor Gross llegó a su casa, un bonito dúplex con jardín, situado en lo alto de una zona residencial de la ciudad con vistas a la desembocadura del río. Dejó el coche en el garaje y entró en la casa a través de una puerta que comunicaba directamente con el vestíbulo.

            Dove estaba sentada frente al ventanal trabajando en su nuevo diseño de escaparate para unos grandes almacenes. Las luces del puente, del paseo y de los edificios se veían desde los cristales y la señora Gross perfilaba unos bocetos. Sintió el suave sonido de unas pisadas. Era su marido que, sonriente, se acercó a ella y la abrazó por la espalda.

            En el confortable estudio se escuchaba la portentosa y envolvente voz de Tony Hadley, cantante de Spandau Ballet, que interpretaba I´ll fly for you.

            —Ya estoy en casa, cariño. Ummm, una de mis canciones favoritas. —Besó a su mujer en la frente y le rozó con los dedos el borde de los labios.

            —El café está preparado. —Dove dejó su cuaderno sobre la mesa de trabajo y le rodeó el cuello con los brazos—. Te ayudo a quitarte la corbata. Ven, ponte cómodo. Cuando hayamos tomado nuestros capuchinos, te enseño lo que estoy preparando para la temporada primavera-verano en los almacenes Good Sales.

            Gross dejó la corbata y la americana sobre una silla y se sentó junto a su mujer en el sofá frente a la chimenea.  Ella preparó los cafés y los tomaron tranquilamente sin comentar nada, hasta que Dove rompió el silencio.

            —¿Estás muy cansado?

            —Un poco, pero ahora me encuentro más relajado. Haces muy bien el capuchino. Está muy bueno.

            —Gracias, cariño. —Dove reclinó la cabeza sobre el hombro de Gross.

            Cuando terminaron sus cafés, Dove le acercó los bocetos que estaba haciendo.

            —Mira, Luke, el asteroide me ha inspirado.

            En el boceto se veían unos maniquíes masculinos y femeninos  con la ropa interior puesta mirando con expresión de asombro hacia una ventana a través de la cual se recortaba una masa luminosa que cubría buena parte del cielo.

            Dove miró a su marido con expresión risueña.

            —El mensaje podría ser el siguiente: “Disfruta de tu ropa interior de la marca… lo antes posible”.

            Gross se quedó con una cara de alucinado impresionante. Su mujer tenía un curioso sentido del humor. No sabía qué decir. Miró a Dove e intentó sonreír. No sabía si le había hecho gracia la inspiración de su mujer o si le había sentado como una patada en el culo. Carraspeó:

            —Creo que te has pasado un poquito, nena.

            —Y yo creo que se van a vender de maravilla los sujetadores, las bragas y los calzoncillos.

—¿Estás segura?

Dove sonrió y abrazó a su marido. Ambos se dirigieron a la ventana. Ya había anochecido y las estrellas relucían con un fulgor intenso. Los ojos de Luke Gross también brillaron y suspiró. De nuevo se hizo un silencio entre ellos. Esta vez fue Gross quien lo interrumpió.

Ilustración de Jesús Rodríguez

—Puede que tengas razón. Quién sabe si el Annihilation no es más que una historia para contar junto a una chimenea. Pero de cualquier manera, de lo que sí estoy seguro es   de   que el día del fin del mundo quiero pasarlo a tu lado.

Dove sonrió, se acurrucó entre los brazos de Luke y susurró:

            —Yo también estoy segura de eso, Luke.

Madrid, 11 de febrero

Paloma Muñoz

El principio del fin.

Autor@: Carme Sanchis

Ilustrador@:  Laura López

Corrector/a: Carme Sanchis

Género: Relato

Este relato es propiedad de Carme Sanchis, y su ilustración es propiedad de Laura López. Quedan reservados todos los derechos de autor.

El principio del fin.

Sabíamos que tarde o temprano este día llegaría. Ya habíamos recibido muchos avisos, y los habíamos ignorado. Nuestra única manera de sobrevivir era la adaptación, pero, ya era demasiado tarde.

Los polos se fundían mientras nosotros seguíamos malgastando energía y tirando a la basura miles de objetos contaminantes. Seguíamos tirando residuos al mar. Seguíamos pensando que éramos los dueños del mundo. Hasta que el mundo se cansó de aguantarnos.

En todos los puntos de nuestro planeta empezaron a aparecer casos de una nueva enfermedad. Saltó la alarma para los medios de comunicación, siempre encantados de tratar el drama. En todos los hospitales del mundo, los médicos y enfermeros se preparaban para la llegada en masa de esta nueva epidemia. Los más escépticos decían que sería como la Gripe A, mucho caos al principio y después tranquilidad. Qué equivocados estaban.

La primera muerte se produjo una semana después de que apareciese el primer caso. Una niña de solo 6 añitos, la noticia dio la vuelta al mundo. Cientos de laboratorios investigaban día y noche la vacuna, dispuestos a salvar muchas vidas y embolsarse muchísimo dinero.

Mientras todo esto pasaba, los grandes glaciales del mundo empezaron a quebrarse. Los científicos no podían entender cómo era posible que estuviesen viviendo esa situación, sus estudios decían que faltaban cientos de años para que eso pasara. Más errores.

Debido a los movimientos del planeta, decenas de volcanes despertaron, algunos después de varias décadas. El nivel del mar empezó a subir más rápidamente, y millones de personas tuvieron que dejar sus casas y ser redistribuidos a otro lugar, pero el plan de evacuación se salía de lo que se había visto hasta ese momento. La mayoría de islas quedaron inundadas, y las ciudades más cercanas al mar pronto yacerían en el fondo del mar.

Las relaciones diplomáticas internacionales, ya quebradas por la crisis mundial, se rompieron por completo. Unos países echaban la culpa a otros por haber contaminado demasiado, algunos por no haber tomado medidas hasta el momento, y el resto echaban en cara no haber intentado solucionarlo antes.

Un temblor destrozó ciudades enteras por el este oriental, apenas tuvieron tiempo de calmarse cuando por el horizonte se levantaba una gran ola que destrozaría de nuevo todo lo que se encontrase a su paso. Como poco más de un año atrás.

Miles de personas estaban muriendo y nadie podía hacer nada por solucionarlo. Los más creyentes se reunían en sus lugares de credo para pedirles a sus dioses ayuda. Ninguno respondió.

Sabíamos que no éramos inmortales, sabíamos que no éramos dioses, pero nos comportábamos como tal.

Los líderes de cada país empezaron a dar sus mensajes de alerta al pueblo. Algunos seguían negando la evidencia, otros intentaban enmascararla y unos pocos dijeron la verdad.

“El mundo se acaba. Pasen sus últimas horas con los seres que más aprecian. Olviden todas las disputas y disfruten de lo poco que nos queda”.

Si hubiésemos sido capaces de controlar nuestro consumo. Si hubiésemos respetado la naturaleza, el mar, la Tierra. Si hubiésemos terminado las guerras y hubiésemos unido fuerzas para crear un cambio… el fin del mundo no hubiese llegado.

Ilustración de Laura López

 Pero, lo mejor de todo, es que todavía estamos a tiempo.

 Pensad en todo lo que podemos hacer cada uno de nosotros por mejorar este mundo, en todas las pequeñas cosas diarias que pueden significar una vida mejor en el futuro. Debemos dejar a nuestros hijos un planeta sano y verde.

Nunca olvides que la naturaleza es nuestro mayor aliado, y cuando perezca, nosotros pereceremos junto a ella.

Los invasores.

Autor@: Roberto del Sol

Ilustrador@:  Rafa Mir

Corrector/a:  Mariola Díaz Cano

Género: Ciencia ficción

Este relato es propiedad de Roberto del Sol, y su ilustración es propiedad de Rafa Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Los invasores.

El acorazado estelar salió del agujero de gusano envuelto en cúmulos de gas cósmico y detuvo sus impulsores de inercia. En ese momento el tiempo comenzó a latir de nuevo en el interior, provocando una onda que recorrió la brillante armadura de su casco como una ola.

En la penumbra del puente de mando, el Líder estudió los datos que le ofrecían los navegantes y comprobó que el trayecto había sido calculado sin margen de error, pero no felicitó a los prácticos por ello. Nunca se debía felicitar a alguien por hacer bien su trabajo. La tripulación guardó silencio mientras el Líder se recreaba contemplando el hermoso mundo que aparecía en los hologramas. Al fin los informes habían resultado ciertos y el riesgo que habían asumido al navegar por nudos temporales desconocidos, atravesando galaxias remotas, había merecido la pena. El Líder dio las órdenes oportunas para que el Devastador de Mundos se escondiese en la sombra del único satélite de aquel planeta, como un depredador acechando a su presa. El camuflaje de invisibilidad de la nave era muy eficaz, pero, en la cruenta batalla que había precedido a la destrucción del último sistema estelar, habían quedado inservibles sistemas que los técnicos todavía estaban reparando y el Líder no quería correr el mínimo riesgo de ser descubierto y perder así el factor sorpresa. De inmediato, el Líder convocó a sus Señores de la Guerra para estudiar el plan de conquista. Cuando su imponente figura salió del puente de mando, el nivel de tensión disminuyó entre los que estaban presentes en la sala.

El responsable del Cuerpo de Prácticos respiró aliviado. Desde el inicio de la campaña, el Líder había ejecutado a tres responsables por errores que ni siquiera se les podían achacar a ellos y que únicamente habían supuesto pequeños retrasos en cada una de las misiones. El Líder era implacable con los fallos y gobernaba de forma tiránica su astronave, pues sólo de esa forma se podía mantener la disciplina entre una tripulación tan numerosa y diversa. Además, y a pesar de la perfecta maquinaria de navegación que poseían, el espacio profundo escondía secretos que aún para ellos, una raza acostumbrada a vivir entre las estrellas, constituían incógnitas que podrían poner en peligro su supervivencia. Había que estar siempre alerta y ofrecer lo mejor de sí mismos durante el servicio.

El Líder había llevado al Devastador de Mundos hasta esas coordenadas guiado por la confesión de unos sabios apresados en el último planeta conquistado. En sus informes, aquellos sabios decían conocer la localización de un hermoso mundo azul y verde cuyos habitantes enviaban continuamente llamadas al espacio profundo en busca de más vida inteligente. El Líder había hecho desaparecer los informes y también a los científicos, que ya no podrían contárselo a nadie más, salvo que alguien fuese capaz de leer el polvo cósmico en el que se había convertido su planeta tras la partida del Devastador de Mundos. Sin saberlo, con sus mensajes de paz y buena voluntad viajando a través del cosmos, los ingenuos habitantes del mundo cuya imagen ahora recibía en sus pantallas habían firmado su sentencia de muerte.

Los Analistas de Sistemas comenzaron a recoger datos del planeta. La información llegaba con cierta dificultad porque la telemetría analítica de la nave era uno de los sistemas que los técnicos todavía estaban reparando, pero ya habían averiguado que aquel mundo estaba recubierto por una mezcla de gases venenosos, que no parecían muy difíciles de transformar en algo respirable una vez liberados los sembradores de aulonio que transportaban en las bodegas.

En la suspensión ingrávida de su cubículo, el Líder movía las pinzas de sus poderosas extremidades superiores, abriéndolas y cerrándolas, mientras pensaba cual sería su siguiente paso. La excitación que le producía la posibilidad de una nueva conquista inyectaba una estimulante corriente de energía en su sistema linfático. Había más depredadores como él, buscando joyas como aquélla a las que someter y, aunque no había compartido los algoritmos de su recién descubierta ruta estelar con el Consejo de Sabios, algún robot espía podría haber rastreado su salto y no quería tener que repartir el botín y la gloria de la conquista con los demás acorazados de la flota, así que decidió reclamar aquel mundo en su nombre, sin esperar a que los técnicos acabasen de reparar los sistemas. Seguro del inmenso poder destructivo que portaba en su nave de combate, ordenó el descenso a nivel cero.

Los escudos deflectores resistieron sin problemas las fricciones de las capas más altas de la atmósfera. Después, la nave atravesó con facilidad las turbulencias gaseosas inferiores y se estabilizó sobre un paisaje que se estaba cubriendo rápidamente con una blanca capa esponjosa. Habían tenido suerte, no necesitaron buscar mucho. Delante de ellos se dibujaba una monumental construcción que confirmaba los datos del informe: el planeta estaba habitado por seres inteligentes. Bien. El Líder estaba cansado de mundos estériles y sabía que la gloria solo se alcanzaba en las campañas militares más difíciles. Podía imaginarse a los bardos recitando durante eones los épicos poemas de sus conquistas a lo largo y ancho de los cien mundos sometidos. Arrasaría el planeta y luego lo reclamaría para los suyos. Volvería a su hogar como un héroe. El armamento que portaba en su nave era suficiente como para reducir a cenizas un mundo diez veces mayor que aquél.

Después de localizar tres entradas en la parte superior de la construcción, que suponían que eran puertos de atraque para naves espaciales, el Líder ordenó a los Prácticos que dirigiesen el Devastador de Mundos al interior de la misma. Tras atravesar un laberinto de inmensas cámaras, la nave llegó a lo que parecía el corazón de la edificación. Un enorme géiser de vapor surgía de un depósito cilíndrico hecho de un material desconocido y fabricado para soportar las altas temperaturas a las que estaba siendo sometido. Debajo de él, los habitantes de aquel planeta habían llevado una enorme cantidad de material fósil hasta la combustión con alguna misteriosa finalidad. Aquellos seres parecían inteligentes, pues conocían los principios fundamentales de máquinas y energía, pero todo lo que los invasores habían visto hasta ahora era tan rudimentario que no parecía suponer peligro alguno para su integridad.

El Líder ordenó que la nave aterrizase a corta distancia de la fuente de energía, sobre un blanco altiplano salpicado de diminutos restos orgánicos, con la intención de investigar y conocer más acerca de los habitantes de aquel mundo antes de aniquilarlos. Después se desplazó hasta las cápsulas de criogenia y despertó de su sueño al centenar de feroces guerreros Khuz´lish, que siempre permanecían en animación suspendida hasta que llegaba el momento de entrar en combate. Aquellos demonios eran temidos y odiados por el resto de la tripulación a partes iguales, pero estaban genéticamente ligados al Líder y su lealtad hacia él estaba fuera de toda duda. Acto seguido organizó una expedición que él mismo comandaría.

En el interior de la nave se quedaron solamente aquellos servidores de los sistemas de artillería que tenían potencia de fuego suficiente para devastar el planeta, a la espera de una orden de su Líder para desencadenar el apocalipsis. El pequeño ejército salió de la nave y se desplegó en formación cerrada, con los miembros del cuerpo técnico embutidos en sus exoesqueletos de supervivencia en el centro, y los sanguinarios Khuz´lish rodeándolos con sus pesadas armaduras de combate.

Ilustración de Rafa Mir

De improviso los detectores de movimiento arrojaron urgentes datos de alerta. Algo se acercaba muy rápidamente a su posición.  Quizás se tratase de uno de los seres que habían levantado aquella construcción. El Líder ordenó a su tropa el estado de máxima alerta. Una bestia de tamaño descomunal apareció prácticamente de la nada. Los invasores ajustaron sus módulos de visión a la penumbra de la cámara y dieron energía a sus cuásares desintegradores. La bestia se movía con gracilidad sobre sus cuatro extremidades en un plano inferior al que ellos se encontraban, y emitía unos sonidos roncos y lastimeros muy difíciles de interpretar por el experto en lenguas de la tripulación.

Sin mediar amenaza alguna, y con un impulso que puso al descubierto la poderosa musculatura del animal, la bestia saltó casi sin esfuerzo al altiplano en el que ellos se encontraban. Los técnicos dispusieron la sensibilidad de sus máquinas al máximo nivel y los guerreros apuntaron el armamento pesado hacia el recién llegado. Todos esperaban una orden de su Líder, que parecía disfrutar con aquellos momentos de tensión, pues no en vano pertenecía a una raza cuyos miembros alcanzaban la pubertad después de matar un momwak sólo con la ayuda de sus pinzas. La bestia ajustó sus pupilas para adaptarse a la penumbra de la sala y fijó sus enormes ojos en ellos. El grueso pelaje que recubría su cuerpo brilló con tonos rojizos cuando el animal pasó cerca de la fuente de combustión mientras se aproximaba inquisitivo hacia los invasores. Un nuevo gemido del titán les permitió ver unos colmillos descomunales brillando dentro de unas fauces enormes.

Una vez reducido a un tamaño razonable, aquel coloso luciría espléndido en su sala de trofeos, pensó el Líder mientras ordenaba que ajustasen la intensidad de sus armas a un nivel que no fuese letal, y planificaba con Logística la forma de capturarlo. Cuando más atentos estaban todos a las evoluciones del coloso, una brillante luz se hizo en la cámara cegando por un instante la visión de la tropa e interfiriendo seriamente en la telemetría, en los delicados instrumentos de comunicación y también en aquellos otros que transportaban para recabar información, dejándoles ciegos, sordos y mudos por un angustioso instante.

Después de accionar el interruptor, y que la blanca luz de los fluorescentes bañase la cocina y cegase a los invasores, doña Blasa entró con paso rápido en la estancia. Afuera nevaba copiosamente.

Estaba siendo un invierno muy crudo y la anciana acostumbraba a calentar las sábanas de la cama con una bolsa de agua caliente antes de acostarse, pero había permanecido tan absorta leyendo un libro de misterio que le habían regalado los nietos por su ochenta y cinco cumpleaños, que se había olvidado por completo de la cacerola que había puesto a calentar sobre la chapa de la cocina de carbón. Se dio prisa en retirarla del fuego antes de que se le evaporase todo el agua, con tan mala suerte para los invasores que, con el movimiento con el que depositaba la cacerola con agua hirviendo sobre el blanco mármol, aplastó sin proponérselo a más de doscientos sorprendidos alienígenas, con sus armaduras de combate, sus cuásares y sus instrumentos de medida; además, una buena cantidad de agua hirviendo se derramó como un tsunami por la meseta de la cocina, penetrando por las escotillas abiertas de la nave y vaporizando a todos aquellos que se habían quedado en el interior.

Doña Blasa todavía llevaba puestas las gafas de cerca, y gracias a ello cayó en la cuenta de que, sobre el mármol blanco y a una cuarta de la cacerola, había un hermoso objeto plateado con el que jugaba su gata Lola, que habría jurado que una hora antes no estaba allí. Pero doña Blasa no le dio más importancia al asunto porque, a su edad, eran muchas las cosas que escapaban a su atención y había desistido ya de hacerse mala sangre con los olvidos. Lo más probable sería que fuese alguno de esos modernos juguetes a pilas de sus nietos, así que lo tomó con cuidado entre sus manos y lo depositó en una balda de la estantería, en donde lo dejaría hasta el fin de semana, cuando volviesen a visitarla.

¿Qué pasaría entonces con el inmenso poder encerrado en la nave y con su sofisticado armamento en estado de alerta, a la espera de que alguien introdujese una orden que pudiese reducir a cenizas todo un planeta? Pues eso es algo a lo que ahora mismo no podemos responder, de la misma forma que tampoco sabemos si doña Blasa llegará algún día a darles a sus nietos el juguete, pues muy a menudo olvidaba donde ponía las cosas. De hecho, en este mismo instante rebusca por toda la sala porque no sabe dónde ha dejado el mando a distancia del televisor, mientras lamenta profundamente que el Señor se haya llevado tan pronto a Pepe de su lado, ya que, desde que falta su marido, no tiene a nadie a quien echarle la culpa de sus olvidos.

El calendario del fin del mundo

Autor@: Ángeles Mora

Ilustrador@:  Jesús Prieto

Corrector/a: Carme Sanchis

Género: Microrrelato

Este relato es propiedad de Ángeles Mora, y sus ilustraciones son propiedad de Jesús Prieto. Quedan reservados todos los derechos de autor.

El calendario del fin del mundo.

Dedicó toda su vida al fin del mundo, a crear un calendario que predijese el momento exacto en el que todo dejaría de ser.

Se alejó de la sociedad que le había visto nacer para abstraerse de cualquier cosa que no fuera la soledad de su aislamiento, de cualquier voz que le alejara de la suya propia, de cualquier motivo que pudiera distraer su mente del objetivo que había impuesto a su voluntad.

Se rodeó de ausencias para concentrarse sólo en su tarea. Pasó años tomándole el pulso a las estrellas, transcribiendo el latido de las constelaciones; descifrando la crecida de las mareas, interpretando la danza de los mares bajo el influjo de la luna llena. Traduciendo el susurro cambiante de los vientos, anotando cada soplo, cada tempestad; trasladando el silencio estático de las rocas, desentrañando el lenguaje de la madre tierra.

Se volvió sabio en el transcurso de aquellas décadas pero malgastó cada minuto de su presente en pronosticar los minutos futuros… cada segundo de su vida en vaticinar el segundo del fin.

Cuando sus ojos repararon en la visión de la obra completada, el peso de una certeza se hundió sobre sus hombros. Nunca vería su ciencia convertida en verdad y, por muy obvio que esto pudiera parecer a ojos ajenos, era la certeza más dolorosa que había adquirido nunca.

Su tiempo se acababa y después de toda una vida dedicada al fin del mundo, no lo vería porque su propio mundo, ese del que había llegado a olvidarse, alcanzaba su fin y comenzaba a dejar de respirar.

Por primera vez se paró a pensar en él, en todo lo que había sido… en todo lo que no había sido… en todo lo que ya no podría ser.

Fue consciente de que las generaciones venideras olvidarían su nombre y la Historia no recordaría al sabio que, tras averiguar en qué fecha acabaría el mundo, murió siendo consciente de que se lo perdería.

Su último parpadeo de despedida le llegó con la idea de que el polvo de sus huesos se mezclaría con la duda eterna de si su ciencia llegaría a convertirse en certeza.

Ilustración de Jesús Prieto

Regeneración.

Autor@: Olga Besolí

Ilustrador@:  Vicente Mateo Serra (Tico)

Corrector/a: Elsa Martínez

Género: Ciencia-ficción

Este relato es propiedad de Olga Besolí, y su ilustración es propiedad de Vicente Mateo Serra (Tico). Quedan reservados todos los derechos de autor.

Regeneración.

Después del fin, el mundo pareció renacer. Resucitaba como el ave fénix lo hacía de sus propias brasas. Al extinguirse ya los últimos fuegos de la reducida zona seca, el suelo cubierto de cenizas apenas se vislumbraba bajo las columnas de humo tóxico.  El nivel de las aguas que inundaba las otras nueve décimas partes del planeta descendía en algunos puntos de la geografía, lentamente, mostrando el emergente suelo chamuscado y salpicado por los extraños restos arquitectónicos de materiales fundidos por el calor atómico.

A plena luz del día, un pequeño pez boqueaba sobre el suelo de un lago recientemente evaporado que más bien se asemejaba a una charca seca en medio de una llanura desértica escarbada entre rocas. Ya sin agua donde respirar, el pez se removía agonizante. Había sobrevivido al calentamiento de los fondos marinos, cuyas temperaturas oscilantes habían rozado, en ciertas ocasiones, el punto de ebullición. También había superado los tsunamis producidos por la repentina subida del nivel de las aguas, cuando los mares se unieron a los océanos para tragarse y engullir los antiguos continentes, lo que convirtió el planeta en un mundo acuático plagado de cementerios submarinos. Había aguantado el arrastre de las fortísimas corrientes marinas que cruzaban la superficie entera del planeta y lo transportaron hasta aquí, el recóndito polo sur. Moriría, ahora, abrasado bajo el insoportable calor emitido por las últimas erupciones solares, embarrancado en medio de un paraje desconocido que había emergido de las aguas en receso. Su cuerpo deshidratado se secaría junto al lodo en una única masa compacta, formando un fósil que sería hallado por una futura especie que dominaría el planeta millones de años después. El análisis científico que se realizaría sobre sus restos atestiguaría lo sucedido: que un meteoro había colisionado con el sol, lo que produjo fuertes explosiones que provocarían turbulencias en la superficie del astro y que llegarían a la tierra en forma de radiaciones extremas que elevarían las temperaturas, provocando deflagraciones y el consecuente estallido de las miles de centrales nucleares de todo el planeta. Los estudios que se practicarían sobre los estratos del suelo a su alrededor confirmarían que el calor desprendido por la fusión nuclear habría derretido los hielos del Ártico y del Antártico, lo que produciría cambios en las corrientes marinas que provocarían inundaciones a gran escala y la transformación de la configuración de la superficie terrestre. Era lo que se llamaba un cambio climático a escala mundial. Civilizaciones posteriores denominarían esta época de destrucción masiva con el nombre de La era del fuego.

Pero la madre tierra sabe auto-curarse. Tal y como sucedió con otras hecatombes similares en el pasado, como la era de la glaciación o la del deshielo, no todas las especies sucumbirían en medio este holocausto de agua y fuego. La vida siempre encuentra la forma de abrirse camino. Y tan pronto como la superficie solar se estabilizó de nuevo, los seres más resistentes a los vientos nucleares empezaron a mostrar señales de vida.

La esfera anaranjada y radiante empezaba a desaparecer en el cielo raso. Una pequeña cucaracha aprovechó el descenso de las temperaturas y se aventuró a salir de su escondrijo, pasó por delante del cuerpo momificado de un pequeño pez perteneciente a una especie ya extinta. Corría con sus patitas diminutas de insecto y con el duro exoesqueleto humeante bajo la luz. Tuvo el tiempo justo de llegar hasta una pequeña abertura que se abría entre las rocas circundantes a la llanura de suelo resquebrajado. Allí, en la oscuridad de esa pequeña cavidad natural, escarbó en la tierra reseca y fría, desenterrando una pequeña semilla, un manjar más que preciado en esos tiempos de escasez extrema. La cucaracha, exhausta por el esfuerzo realizado, no llegaría a tiempo para ingerir la semilla encontrada y murió allí mismo de inanición.

Meses de calor extremo en el eterno día polar habían evaporado grandes masas de agua que flotaban en el aire a modo de niebla. Las acumulaciones de vapor se condensaban formando grandes nubarrones que quedaban suspendidos en el aire. Estos cuerpos celestes se interponían entre la tierra y los rayos mortíferos del sol, actuando como un filtro e impidiendo que su poder dañino llegara hasta la superficie del planeta. Como consecuencia, las temperaturas bajaron. El ardor extremo del aire dejó paso a un clima cálido y húmedo que dominaba el ambiente. Un gran estruendo anunció el chaparrón. Las enormes gotas de lluvia radioactiva caían pesadamente sobre el suelo, rellenando los surcos y grietas, que se convirtieron en improvisados canales fangosos. El agua pronto se filtró entre las rocas, llegando al subsuelo. En una de las pequeñas cuevas formadas por las grietas,  un pequeño cuerpo de insecto, muerto recientemente, yacía medio descompuesto por la humedad y, con ello, fertilizaba la tierra que rodeaba una semilla milenaria de helecho gigante. Después de permanecer en letargo desde tiempos inmemoriales, atrapada en un puñado de tierra congelada y oculta bajo los dos kilómetros y medio de espesor del antiguo hielo Antártico, la pequeña espora despertó flotando en una especie de barro ceniciento a pocos centímetros de la superficie.

Un tenue y oblicuo rayo del sol moribundo del atardecer logró traspasar las nubes y penetrar en la cavidad. La cáscara de la semilla humedecida eclosionaba mientras sus diminutas raíces se adherían a las paredes de la roca. Pronto, ese pequeño brote vegetal se convertiría en una planta adulta, una más de los miles de ejemplares que brotaban al unísono y que marcarían el nacimiento de la mayor selva tropical que el planeta conocería en un futuro.

Y se hizo la noche, la larga noche Antártica. El frío quebraba fragmentos de piedra que, recalentados durante el día, se volverían saltarines por la noche para descubrir los pequeños secretos vegetales y animales que se ocultaban bajo ellas.

Ilustración de Vicente Mateo (Tico)

Y con la cálida luz de la luna se despertaría la vida en toda su extensión. Centenares de pequeños seres alados saldrían en bandada de la protección de sus cuevas, que les habían mantenido con vida durante el cataclismo y su periodo posterior. En las profundas cavernas que agujereaban la superficie terrestre habían encontrado refugio y alimento, mientras convivían en compañía de serpientes, escorpiones, arañas, e insectos. Ahora, libres de su cautiverio, volaban y ensombrecían el cielo, manchado de inquietos puntos negros a la caza de pequeños roedores y otros animales supervivientes de la radiación.

Su vuelo en círculos y sus bajadas en picado para abatir a sus presas hicieron de esos seres, tiempo atrás, dignos habitantes nocturnos de las pesadillas humanas más terribles. Pero ningún ojo humano podría ya asustarse ante semejante visión. El homo sapiens estaba extinto. El planeta había sobrevivido después de que él intentara arrasar con todo. La tierra ahora empezaba a germinar de nuevo. Había llegado el tiempo de la regeneración. Y con ella, la pugna por el dominio del ecosistema. Las pocas especies que no sucumbieron durante el mandato humano, luchaban por la pervivencia libres ya de su mayor depredador. Algunas lo lograrían. Otras no.

Pero solo una familia de una de las especies existentes, la de los desmodontinae, sería la afortunada que se alzaría por encima de todo el reino animal para distinguirse de sus semejantes. Los sujetos pertenecientes a esta naciente colonia mutarían con éxito, como antaño lo hicieran los simios, hasta asumir el poder mundial y la explotación de sus recursos, tal como hicieran sus antecesores bípedos. Su éxito tendría lugar gracias a su capacidad de reproducción, a su extrema fortaleza, a sus hábitos nocturnos que nunca abandonarían y a la asimilación de los cambios que la radioactividad produciría en su cuerpo durante generaciones.

En millones de años estos seres evolucionarían hasta aumentar su volumen en un quinientos por cien, a aumentar su capacidad craneal y por tanto su cerebro, a sufrir modificaciones físicas que les permitirían andar erguidos sobre sus patas traseras y verían mejorados el diseño de sus alas y su agudeza visual, en un principio casi inexistente. También desarrollarían la capacidad del habla y de la conciencia individual y social, edificando ciudades y empezando una nueva civilización parecida a la que antaño perteneció al ser humano. También descubrirían su mismo poder destructor y, milenios después de la culminación de su reinado, sucumbirían a una nueva hecatombe planetaria. Pero eso ocurriría mucho después de que este nuevo depredador de la tierra levantara su emporio espectral desde la oscuridad de las tinieblas, de ciudades techadas y cuevas sombrías, apartados por siempre jamás de la luz diurna, a la que nunca se adaptarían. El nombre latín por el que los humanos conocieron a sus emparentados antepasados sería el Desmodus rotundus, aunque familiarmente, en sus peores pesadillas, los humanos ya habían soñado con la temida evolución de esos pequeños seres hematófagos, a los que en su tiempo llamaron vampiros.

El profeta.

Autor@: Ricardo González Filgueira

Ilustrador@:  Alex Femenías

Corrector/a: Carme Sanchis

Género: Suspense

Este relato es propiedad de Ricardo González Filgueira, y su ilustración es propiedad de Alex Femenías. Quedan reservados todos los derechos de autor.

El profeta.

Al Profeta los párpados le pesan de una forma terrible, no cejan en su empeño independiente por cerrarse. En realidad todo él pesa como si habitase un planeta que triplicara la gravedad terrestre. Cada célula de su cuerpo es un clamor por desplomarse allí mismo y dormir. Sumergirse en un sueño oceánico al que solo ponga fin el sueño mismo, cuando por aburrimiento deje de mecerlo en sus olas y lo deposite con líquida suavidad en alguna tranquila playa de la consciencia.

Pero, El Profeta ya ha pasado antes por aquello. No en vano es ya su tercer fin del mundo y sabe de forma precisa lo que debe hacer. Ha estudiado los complejos mecanismos del agonista y su antagonista y, conoce el secreto del veneno y su antídoto. Sabe de la oxycodona y del naloxone. También del flunitrazepam, de la aminofilina y del flumazenilo. De sus dosis y de sus pautas.

El sueño le está vedado por ahora. El Profeta trepa al piso de arriba, aferrado al pasamano, ganando altura a cada peldaño a la manera de un exhausto alpinista. Gira un grifo dorado, llena la bañera y luego trastabilla hasta la habitación. De una pequeña caja extrae una jeringuilla y se inyecta a sí mismo el turbio contenido de una pequeña ampolla marrón. Al instante todo empieza a pesar menos. Vuelve al baño, se despoja de la túnica y se sumerge en el agua fría.

Transcurren un par de horas. El Profeta se siente mejor. Se toma una pequeña pastilla azul, idéntica a la que se administró antes de comenzar la ceremonia. Sus músculos siguen laxos, blandos, como de algodón, pero ahora ya ha pasado el peligro. El Profeta se tumba y descansa.

Cuando El Profeta se levanta es ya mediodía. Se viste con ropa informal y baja al inmenso salón. Hace mucho calor y hay moscas zumbando y posándose en los cuerpos rígidos. Algunos están desnudos, otros no llegaron a despojarse de las inmaculadas túnicas de lino con las que el sueño del Grial los ha atrapado para siempre. El Profeta mira con indiferencia a niños, jóvenes, hombres y mujeres. Su expresión de placidez y abandono es la misma de las otras veces. El fin del mundo es siempre igual.

El Profeta lleva una bolsa de mano, grande y recia. Se acerca al extremo de la estancia donde todos han hecho su ofrenda. La noche anterior han desfilado ceremoniosos hasta el improvisado altar. Han depositado las pertenencias materiales que les ataban a un mundo a punto de expirar. Joyas y dinero se han acumulado formando un túmulo, que ahora El Profeta guarda cuidadosamente.

Todos han bebido después del Grial de La Felicidad Eterna, antes de postrarse a orar. El Profeta también ha bebido de aquel cáliz, pero antes ha tomado sus precauciones. Si todos han despertado en el Mundo Nuevo Prometido pueden esperarle allí. El Profeta está llamado a conducir nuevas almas por aquel sendero. Pero no ahora.

El Profeta arranca el coche y abandona la mansión sin mirar atrás. Cruza la campiña entre prados y choperas, y sale a la autopista. Repasa sus planes. Debe cruzar la frontera en pocas horas. Llegar a Ámsterdam. Comprar una nueva identidad y visitar a un cirujano. Desaparecer, con nuevos documentos y nuevo rostro. Hay una hermosa isla esperándole. Un lugar donde ver pasar la vida emborrachando los sentidos de sol, de mar y de pereza. Salir del letargo solo para gozar de la pasión y del natural voluptuoso de las nativas, para retomar la dulce modorra con la lujuria ya saciada. Así una y otra vez, ciclos que se repiten como espiras de un muelle que se estira en el tiempo.

El Profeta conduce y la tarde se vuelve oscura al otro lado del parabrisas, donde comienzan a estrellarse gruesas gotas de agua. Pocas al principio, hasta que un látigo de luz quiebra el gris del horizonte. Al relámpago le sigue otro, y luego otros más. Ve cómo la tormenta de verano se desencadena en toda su intensidad, tornando la tarde casi en noche. La lluvia se desata violenta y pronto anega el asfalto. Pasan los minutos y el diluvio no quiere amainar. Al Profeta le gustan las tormentas porque todas tienen algo de apocalíptico. Pero aquella le retrasa y eso le molesta. Se impacienta.

Es entonces cuando ve delante unas luces que parecen moverse de su sitio, no están donde deben, van de lado a lado hasta que terminan por cruzarse definitivamente. Un camión ha perdido adherencia, el conductor no logra dominarlo y termina por detenerse cruzándose en la autopista. El Profeta dosifica la frenada, pisa el pedal con suavidad y consigue evitar el impacto por solo unos centímetros. Ha faltado poco, piensa, y entonces ve por el retrovisor unas nuevas luces que crecen y se acercan imparables, y ya no puede pensar en nada más. El coche de El Profeta se convierte en un amasijo de hierros en medio de los dos camiones.

La tormenta amaina, la lluvia cesa y el olor a ozono y a tierra mojada inunda el atardecer. La radial despide un chorro de chispas diabólicas y anaranjadas a la vez que grita su lamento metálico cuando unos bomberos excarcelan al Profeta. Mientras, un gendarme llama a sus superiores. Como si fueran sellos puestos en un sobre negro, la lluvia ha pegado al asfalto docenas de billetes empapados. También hay muchas joyas esparcidas, mezcladas con los fragmentos verdosos del cristal de las lunas. Brillan bajo las luces espasmódicas de la ambulancia, dándole un aire irreal a la escena.

Un juez tiene que determinar qué hacer. ¿Debe ir El Profeta a la cárcel? En realidad ya está allí, aunque oficialmente permanezca en un centro para grandes lesionados medulares. El Profeta es ahora tetrapléjico. Anclado en una silla de ruedas, imposibilitado para moverse ni sentir de su cuello para abajo, su cuerpo es ahora su cárcel, paredes y barrotes de carne y hueso de los que nunca podrá huir. Puede hablar, pero El Profeta se ha sumido en un mutismo inquebrantable. Ansioso e impaciente, se limita a desear con todas sus fuerzas la llegada del fin del mundo.

Ilustración de Alex Femenías

Colorín, colorado.

Autor@: Montse Augé

Ilustrador@: Vicente Mateo Serra (Tico)

Corrector/a: Mariola DCA

Género:

Este relato es propiedad de Montse Augé, y su ilustración es propiedad de Vicente Mateo Serra (Tico). Quedan reservados todos los derechos de autor.

Colorín, colorado.

A través de la ventana de su habitación contemplaba la parte del mundo que eran capaces de retener sus ojos. Sintió algo parecido a la emoción en su interior. Sintió miedo al mismo tiempo. Poseía el presente, pero desconocía el futuro. Volvió a mirar al exterior y se preguntó a quién le llegaría antes el fin: a ella o a él, al mundo.

             Alba miraba fijamente la pantalla del televisor: hacía días que algo grave estaba sucediendo. Sus padres hablaban continuamente en voz baja: le ocultaban algo. Sus rostros reflejaban una evidente preocupación. Estaba claro que no preparaban un viaje sorpresa, ni una fiesta, ni un regalo deseado. No. La estaban intentando proteger de algo, es lo que hacían los mayores, la ignorancia era el mejor remedio contra el dolor. ¿Por qué apagaban el televisor cuando hablaban de aquello? Aquello… No tenía nombre pero había alterado la vida de prácticamente todo el planeta.

            Ahora estaba sola en casa. «Volvemos en una hora». Se sentó en el sillón simulando que leía El principito, regalo de su abuelo. Era su libro preferido del que nunca se separaba: le fascinaba la historia de aquel pequeño príncipe que vivía en un planeta. A ella también le hubiese gustado emprender un viaje para descubrir nuevos planetas, como hacía el protagonista del libro de Saint – Exupéry. Sobre todo le gustaba cuando hablaba de la estupidez de los mayores: al crecer perdían la sabiduría que poseían en la niñez. Bien cierto era, sus padres pensaban que ella vivía en una plácida burbuja de felicidad, ajena a cualquier problema.

            – Las desapariciones se siguen produciendo por todo el planeta. Se ha perdido el rastro de familias enteras. Lo único destacable que ha encontrado la policía en los domicilios de los desaparecidos han sido libros esparcidos por toda la casa. También han empezado a aparecer los primeros cadáveres. La muerte parece ser por causas naturales. No hay signos de violencia…

            Alba escuchaba casi sin pestañear a la locutora. Libros, desapariciones, cadáveres… Daba la impresión de que la gente había huido de sus casas precipitadamente. « ¡No te separes nunca de este libro, Alba, prométemelo!». Las palabras del abuelo cuando le regaló el libro vinieron a su mente en ese momento. Tenía que hablar con él. Tal vez sabía algo más sobre aquel misterio. Él lo sabía todo, era un verdadero pozo de sabiduría, tenía respuestas para todas sus preguntas. El fin de semana lo visitarían como siempre. Vivía con la abuela, en una casa junto al mar, a pocos kilómetros de la suya. Era un placer perderse en su biblioteca y poder contemplar a la vez el mar desde la ventana.

            La historia de los abuelos había empezado ya en su niñez. La casualidad hizo que se sentaran juntos durante una representación teatral de Peter Pan y Wendy. Y hasta hoy siguen sentados juntos, viviendo eternamente en el País de Nunca Jamás,  instalados en una infancia sin fin. Habían mantenido intacta la magia de la niñez, precisamente aquella que tanto gustaba al Principito. Peter Pan y el Principito deberían ser amigos: uno no deseaba crecer para evitar responsabilidades y poder vivir fabulosas aventuras y el otro para conservar la sabia visión del mundo que sólo poseían los niños.

            Casi sin darse cuenta llegó el fin de semana. Antes de salir de casa se quedó mirando fijamente su imagen reflejada en el espejo: sus largos cabellos dorados, aquella dulce expresión de su rostro, sus ojos brillando a través de los cristales de sus gafas. Era la misma de siempre pero sentía una extraña sensación que la inquietaba. Sus padres no supieron que Alba por fin había descubierto el secreto que intentaban ocultar. Tampoco advirtieron el nerviosismo de ella durante el viaje a casa de los abuelos. Necesitaba llegar cuanto antes. Aferrada a su libro intentaba ocultar su ansiedad. Todo parecía tranquilo. «Demasiado tranquilo. Siempre salen a recibirnos». Echaba de menos su saludo junto a su sonrisa desde el porche de la casa.

            – No nos habrán oído, estarán preparando la comida-. Su madre intentó encontrar una explicación lógica, pero su tono de voz indicaba que también pensaba que algo no iba bien. Algo sucedía.

            La puerta estaba abierta, como siempre. No se oían ruidos desde el exterior, sólo el rumor lejano de las olas del mar. Alba se giró, deseando verlos llegar de un paseo por la playa. El día era frío y el viento soplaba con violencia, no era el día ideal para pasear. Oyó las voces de sus padres en el interior.

            – Aquí no están. La casa está vacía.

            Alba fue directamente a la habitación de sus abuelos. Encima de la cama había un libro. El favorito del abuelo. Y también de la abuela. Lo habían leído y releído juntos muchísimas veces. Libros y desapariciones. Recordó las palabras que escuchó por la televisión. Sus padres entraron en la habitación: cuando vieron el libro cruzaron una mirada entre ellos y después la miraron a ella.

            – ¿Qué ha pasado? Vosotros lo sabéis, ¿verdad?- preguntó Alba.

            – ¿Nosotros? Los abuelos no están, no pasa nada. Estarán fuera, comprando… No te preocupes.

            – El abuelo no se mueve de casa. Apenas puede andar. Y ahora no me digas que se ha ido de viaje. Él nunca lo abandonaría –.  Alba señaló el libro sobre la cama.

            Sus padres se miraron. Su madre salió de la habitación. El padre de Alba se sentó en la cama, junto al libro. Bajó la cabeza. Parecía cansado, derrotado. La miró y extendió sus manos, buscando las de Alba. Ella se acercó. Se abrazaron en silencio.

            – Papá, ¿estás llorando?

            – No te preocupes. Todo irá bien. Los abuelos están bien, confía en mí.

            – Sé lo que está pasando. El otro día lo vi por la televisión.

            – Sí, algo pasa. Algo pasará. Ya está empezando. Pensaba que tardaría más en llegar hasta nosotros. Pero ha llegado.

            – No te entiendo. ¿Qué ha llegado?

            – El fin, Alba. Nuestro planeta agoniza. El abuelo lo sabía hacía tiempo. Tanto tiempo…Me lo contó cuando yo tenía tu edad. Yo pensaba que era una de sus historias fantásticas. Nunca me lo acabé de creer. Hasta hace poco. Se está cumpliendo del mismo modo en que me lo contó.

            – ¿Una profecía?

            – Bueno, llámalo como quieras. Veo que llevas tu libro. ¿Qué te dijo el abuelo cuando te lo regaló?

            – Que no me separase nunca de él.

            – Los libros siempre han tenido un poder especial sobre el abuelo. Decía que eran nuestro futuro, que algún día dominarían el mundo. Yo me reía y me los imaginaba con brazos y piernas, librando batallas, apoderándose del planeta. Él me acompañaba con sus risas, pero al final siempre notaba aquella seriedad en su rostro. No bromeaba. A mí no me gustaba mucho leer, pero él consiguió que mi primer amor fuese un libro. Y me hizo prometer lo mismo que a ti, que me acompañaría siempre.

            – La historia interminable de  Michael Ende.

            – Sí. El segundo amor fue tu madre. El primer regalo que le hice fue…

            – Un libro, ¿no?

            – Mamá te lo ha contado muchas veces, lo sé. A ella le gustaban también las historias fantásticas.

            – Se sabe de memoria Alicia en el País de las Maravillas.

            – Cuando abrió el regalo y lo vio me di cuenta de que me había equivocado. Ya lo tenía. Lo sacó de su bolso. ¡Cómo nos reímos!

            – ¿Y por qué me cuentas todo esto? Yo sólo quiero saber dónde están mis abuelos.

            – Están aquí- y su padre puso la mano encima del libro.

            Alba lo miró atónita, interrogándole con la mirada.

            – ¿Aquí dónde, papá?

            – Alba, están en su libro. ¿No lo entiendes?

            – Evidentemente no lo entiendo. ¿Quieres hacerme creer que se han metido dentro de un libro?

            Su padre asintió con la mirada. Alba permaneció unos segundos con la vista fija en el libro, intentando comprender, intentando creer. Libros, desapariciones… No podía ser. Su padre se había vuelto loco.

            – Alba…

            Su madre la miraba desde la puerta. Sus ojos estaban llenos de lágrimas.

            – Es cierto, hija. Tu padre te está diciendo la verdad, ya sé que es difícil creerlo. También yo pensé que se había vuelto loco cuando me lo contó. Familias desaparecen en su propia casa, sólo quedan libros. Y aquellas que no pueden cobijarse dentro de algún libro, aquellas que no poseen un libro favorito en el que refugiarse…

            – Aquellas mueren, ¿verdad?- la propia Alba se asustó al escucharse pronunciar aquellas palabras.

            – La vida en la Tierra desaparecerá dentro de poco. Sólo quedarán ellos.

            Alba acercó la mano al libro que yacía sobre la cama. Temblaba. Finalmente lo cogió. Se disponía a abrirlo.

            – No podrás abrirlo. Cuando alguien consigue entrar en el libro, pasa a convertirse en uno de sus personajes, para siempre. Nadie más podrá poseerlo. Nunca más. Es lo que te sucederá si intentas habitar un libro en el que ya ha conseguido entrar alguien. Por eso debes darte prisa en ser el primero. Los abuelos han tenido suerte. Han conseguido entrar a la vez en su libro. La propia naturaleza se ha vuelto en contra del hombre, le arrebata lo que le dio. Se ha sentido traicionada. Pero ella es más poderosa. El hombre lo olvidó.

            – Los árboles también amenazaban el planeta del principito. Es curioso. Hubiesen acabado con la rosa, el amor del principito. Tenía que protegerla de cualquier mal. Entonces tenía razón: los niños son sabios, en cambio los adultos no, aunque nos lo quieran hacer creer.

            Alba suspiró. Miro de nuevo a través de la ventana con el libro entre sus manos.

            El viaje de vuelta fue triste y sin palabras. Parecía que aquel pacto de silencio era un homenaje hacia sus abuelos: los tres los recordaban y ya empezaban a sentir su vacío. Alba tenía muchas preguntas por hacer, pero no era el momento adecuado. Esperaría a que estuviesen de nuevo en casa.

            La entrada en la ciudad fue igual de silenciosa: apenas circulaban coches, las calles estaban prácticamente desiertas, sin señales de actividad humana. Desde el coche observaban aquel panorama sobrecogedor.

            -¡Dios mío!

            La madre de Alba observaba aterrorizada a través de la ventanilla del coche. Su padre había ralentizado la marcha, casi sin darse cuenta. Las librerías por las que pasaban habían sido destruidas, saqueadas. El aspecto de la biblioteca era igualmente lamentable: los libros destrozados se acumulaban en la escalera de entrada.

            – Ya no hay marcha atrás. La gente ya ha empezado a sentir la necesidad de refugiarse en un libro, ha comprendido que es la única salvación, tal como dijo el abuelo. Pero no todos serán afortunados. La suerte está echada.

            – ¿Por qué?- Alba estrechó el libro de El Principito contra su pecho, parecía querer protegerlo de cualquier peligro.

            – No se puede improvisar en un día el amor, y menos el amor a la lectura.

            – Sí, papá. Puede producirse un flechazo, como con las personas ¿no? A mí me pasó con El principito.

            – Pero el tiempo ya se ha acabado.

            La última frase cayó sobre ellos como una losa, aplastando cualquier esperanza, cualquier vía de salida a aquel destino inevitable y tan difícil de creer. Alba se decidió finalmente a hacer aquella pregunta que había quedado suspendida en sus labios desde que abandonaron la casa de sus abuelos.

            –  ¿Cuánto tiempo nos queda a nosotros, papá?

            Su padre se giró y la miró dulcemente.

            – No te preocupes, tesoro. Confía en mí. Pronto llegaremos a casa.

            El silencio siguió siendo su compañero. Incluso en el edificio donde estaba la casa de Alba. Allí también había pasado… aquello. Se sintieron a salvo cuando finalmente entraron en casa. Al cerrar la puerta el olor de su hogar les hizo sentir a la vez una mezcla de alivio y tristeza. Alba recordó entonces a su amigo literario, su principito: él regresaba al final a su planeta, pero aquel regreso simbolizaba la muerte. Tal vez si ella conseguía entrar en el libro podría cambiar el final, ¿por qué no? Sería un nuevo personaje, viviría en ese mundo… ¿Qué le sucedería entre las páginas del libro? Alba se sorprendió ensimismada en estos pensamientos, le parecía una locura lo que estaba pensando, totalmente increíble. Aquella historia era muy difícil de creer. Pero si su padre y su madre, que eran personas mayores, se la creían, tal vez fuese verdad. ¿O tal vez era otra de sus mentiras? La tristeza de sus padres no era fingida, nunca los había visto así. Papá se convertiría también como Bastian, el protagonista de La historia interminable, en otro personaje de su libro. ¿Era casualidad que hubiese elegido un libro en el que un humano pasa a ser personaje de un libro? Algo tuvo que ver el abuelo en esa elección, seguro. Y mamá  quién sabe si acabaría siendo la mejor amiga de Alicia.

            Unas lágrimas escaparon de los ojos de Alba. Cayeron sobre las hojas del libro. Miró de nuevo hacia el exterior. Todo seguía igual.

            Alba observó cómo sus padres se dirigían al salón, cogidos de la mano, con sus libros. Ella los siguió. Se sentaron en el sofá, como cuando los tres veían películas delante del televisor. Le hicieron un hueco en medio de ellos y Alba se sentó, sintiendo aquel calor que siempre la había reconfortado, aquella seguridad que le daban cuando estaban cerca: nada malo le podía suceder. Y ahora tampoco iban a permitir que nada la lastimase. Sin mirarse tan siquiera se dieron las manos, dejando fluir a través de ellos los recuerdos de un pasado feliz, de atardeceres en la playa, de risas, de inocentes mentiras… de aquel mundo que llegaba a su fin.

            Y en ese mismo momento, por todo el planeta Tierra, abandonando aquel mundo que tanto les había dado y al que tanto le habían quitado, millones de personas empezaban el mismo ritual que la familia de Alba. Mientras unos conseguían la salvación, otros agonizaban desesperados y emprendían aquel último viaje sin retorno, sabiendo el nombre del lugar al que iban y del que ya era imposible volver. Alguien pensó que no sólo era la Tierra la que se vengaba, también los libros, enojados por no haber sido leídos. Ellos eran ahora la única salvación.

            El salón de la familia de Alba estaba vacío. Encima del sofá  había ahora tres  libros: donde antes había estado sentado su padre se hallaba ahora La historiainterminable, el lugar de su madre lo ocupaba Alicia en el país de las maravillas y entre ellos  El principito. En una casa cerca de la playa yacía sobre una cama  Peter Pan y Wendy. La vecina del cuarto consiguió zambullirse junto con su última conquista en  La isla del tesoro. Finalmente encontró a alguien tan aventurero como ella. La mejor amiga de Alba logró adentrarse en el interior del libro igual que los protagonistas de su historia favorita cruzaban el armario y se internaban en el fabuloso mundo de  Las crónicas de Narnia. Los  cuerpos de sus padres yacían sin vida en su habitación.

            “Colorín, colorado, este mundo se ha acabado”. Alba cerró el libro. Le había atraído desde un principio aquella historia en la que la protagonista se llamaba como ella, Alba. Nunca había creído en las simples coincidencias: creía en la magia. Y aquel encuentro entre ellas había sido, sin duda, mágico.  Se había identificado de inmediato con  aquella joven lectora, sintiéndose  atrapada por aquel relato fascinante que la había hecho perderse entre las páginas del libro. Miraba de nuevo por la ventana, pensaba si tal vez aquella historia fantástica  que acababa de leer sucedería realmente algún día. ¿Qué libro elegiría ella?

            Katherina se enredó entre sus piernas, maullando y reclamando su atención. Alba la acarició y la tomó en sus brazos. Sus largos cabellos negros se confundían con el lomo también negro y aterciopelado de la gata. «No sería mala idea decidirse por algún título», tendría que estar preparada. Volvió la vista al libro que tenía entre sus manos: El fin del mundo.

Ilustración de Vicente Mateo Serra (Tico)

Fin del mundo.

Autor@: Juan Ramón Lorenzana Fernendez

Ilustrador@:  Enric Valenciano

Corrector/a: Mariola DCA

Género: Drama

Este relato es propiedad de Juan Ramón Lorenzana Fernendez , y su ilustración es propiedad de Enric Valenciano. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Fin del mundo.

Dicen que este año se acaba todo. Las radios y las televisiones lo repiten constantemente: al parecer los mayas lo calcularon hace unos cuantos cientos de años y, según su calendario, el fin del mundo será este dos mil doce. ¡Tonterías! Para mí todo se acabó hace hoy dos años.

Me equivocaba. Me decía a mí mismo que sería cuestión de dejar pasar un poco de tiempo, un mes, quizá dos, o tal vez un año, pero no mucho más. ¡Siempre he sido tan racional! A otros les ocurrió antes que a mí y el mundo siguió girando como siempre, la gente siguió enamorándose y matando, comiendo, yendo al cine y participando en concursos de la tele. Conmigo no podía ser diferente, pero lo fue.

Me equivocaba. Creía que sería un instante y después, nada. Primero se fueron apagando los colores: poco a poco se iba atenuando su intensidad, después fueron desapareciendo los más alegres y vivaces, empezando por tu favorito (el azul), al que no tardó en seguir el verde y el amarillo, hasta que tan solo sobrevivió el negro y una interminable escala de grises. Los olores desaparecieron casi al instante, aunque yo me di cuenta mucho más tarde, cuando al entrar una mañana en la que fue nuestra casa, ya no respiraba tu olor en cada rincón, en cada estancia, en los cajones y armarios, y entre las sábanas de nuestra cama. La comida no sabía a nada, la engullía lo más aprisa posible para que no me dieran arcadas y… nunca nunca lloraba, no porque lo evitara, era simplemente que las lágrimas no podían brotar de un cuerpo tan vacío… tan consumido, agotado y seco.

Después fueron los ansiolíticos y los antidepresivos, los amigos que te dicen que debes salir, conocer gente, pensar en otra cosa. La suegra que no hace más que llorar en cuanto te ve e intenta ayudarte a su manera: que si os hubierais casado antes, que si hubieseis tenido un hijo ahora al menos…

No tardé mucho en esconderme en la casa que había sido nuestro hogar, y solo de allí me logró sacar “otra vez” mi suegra. Un día vino a verme angustiada porque llevaba una semana sin saber nada de mí. Me encontró tumbado en la cama, bajo una infinita capa de mantas; en coma. Me recuperé rápidamente en el hospital. Sólo había sufrido un shock debido a una seria deshidratación que se resolvió en cuanto me enchufaron por la vena unas cuantas botellas de no sé qué disolución.

En el mismo hospital tuve mi primer encuentro con la psiquiatría. El doctor me dio otras pastillas y me recomendó a un psicólogo amigo suyo que, sin duda, me ayudaría mucho a salir de mi estado de total postración, pues según sus mismas palabras, “era una eminencia”. Fui a una docena o dos de sesiones, en las que me impelía a hablar y expresar con total libertad mis sentimientos e ideas. Él, por su parte, escucharía y escribiría sus impresiones en un cuaderno. «Y al final de estas sesiones» me dijo, «tú mismo  darás con la solución a tu problema y te sorprenderás al comprobar que coincide con mis conclusiones». Yo no tenía nada clara su argumentación, pero me pareció oportuno hacerle caso; sin embargo, como a mí no se me ocurría nada que decir y él no paraba de hacerme toda clase de preguntas, y las sesiones se sucedían sin ser yo capaz de encontrar la solución, un día le pedí que me la diera él.

No sé si fue su fuerte acento argentino, o los circunloquios y palabras técnicas que utilizó o, lo más probable, que yo simplemente no le entendiera ya que, para qué nos vamos a engañar, nunca he sido el más listo de la clase. El caso es que me pareció que culpaba de mi estado a mi madre que, según él, había sido en extremo protectora y había castrado mi masculinidad y no sé cuántas cosas más. Le escuché todo lo atentamente que pude y, después, le pagué otros cien euros y me fui. La verdad es que no me atreví a preguntarle qué debía hacer después de esa extraña revelación. Temí que me pidiera que matara a mi madre (psicológicamente, se entiende), y, además de que vive a más de mil kilómetros de distancia, en Palma de Mallorca, con mi hermana mayor, creo que con los ochenta y siete años que tiene, no me cuesta nada dejarla tranquila hasta que llegue su momento final, que ya mucho no puede tardar. Y aún más miedo me daba que el eminente psicólogo me hubiera dicho alguna otra guarrada de esas que no se deben hacer —ni siquiera pensar— con las madres. ¡Hice bien no preguntando!

Hubo después dos o tres psicólogos más, cada uno con sus manías, complejos y obsesiones, tan evidentes que a veces pensé que podían, por una vez, pagarme ellos a mí. Pero no voy a decir que fueron inútiles todas aquellas sesiones. Gracias a ellos casi me convencí de la necesidad de vender el piso que fue nuestro nido, nuestro refugio…, nuestro. Pero al final tampoco me decidí: no me hubiera quedado otro remedio que irme a Mallorca con mi hermana y mi madre, pues tal como está ahora mismo el mercado inmobiliario, tendría que malvenderlo tan sólo para pagar lo que queda de hipoteca. Además, aquello está tan lejos y tú aquí tan sola… Ya sé que tu madre viene a verte todos los días, pero… no es lo mismo.

Uno de aquellos psiquiatras, creo recordar que el único que no era argentino, me recomendó que tuviera relaciones con otras mujeres. Ni se me había pasado por la cabeza, el deseo había sido sin duda lo primero que desapareció en mí, pero hasta ese momento no me había dado cuenta: el deseo de compañía de otro ser humano, de contacto físico, de otra mujer, de vivir. Se lo comenté a mi suegra, no sé por qué, quizá porque era la única persona que venía a verme a nuestra casa. Me dijo que era buena idea, que tenía que reiniciar mi vida, seguir adelante y… se echó a llorar.

Lo intenté. Como no era capaz de salir con amigos e ir a un bar a ver si ligaba, o algo parecido (demasiado esfuerzo), me decidí a empezar con un polvo pagado: las muchas luces del exterior provocaron que mi vista tardara unos minutos en acostumbrase a la oscuridad, salpicada solamente por unas lamparillas en la barra y unas dispersas lucecitas en un techo negro que, quiero suponer, querían imitar un cielo estrellado. ¡No lo conseguían!  Cuando por fin me acostumbré a la semioscuridad, ya tenía a mi lado a una chica de largos cabellos que rozaba sus pechos contra mi brazo mientras me decía si la invitaba a una copa. Nos fuimos directamente a la habitación, ¡para qué perder el tiempo! En cuanto entramos empezó a desnudarse y en seguida terminó, solo tuvo que dejar caer el vestido y quitarse las bragas mientras me decía «lávate en el bidé». Le hice caso aunque yo ya venía duchado de casa —otra cosa no seré, pero limpio sí—, aunque no le iba a poner pegas a la chica, sobre todo porque fue ella quien con sus manos lavó mi pene poniendo en ello todo su empeño.

No pude evitarlo, sé que es una guarrada, pero el vómito me salió de improviso, sin arcadas previas que me advirtieran del peligro. Del bidé pasé a arrodillarme en el váter, donde seguí con las nauseas aunque sólo echaba bilis entreverada con hilillos de sangre. Cuando por fin pude levantarme, la chica ya se había vestido, y un tipo negro que ocupaba toda la anchura y altura de la puerta del aseo, me miraba con una mezcla de pena y desprecio. No me dio una paliza ni me sacó a empellones del más o menos lujoso prostíbulo, sino que esperó pacientemente hasta que me puse los pantalones y recuperé un poco mi dignidad, y después verme pagar los servicios no prestados de aquella chica, me acompañó hasta la puerta.

No entiendo lo que me pasó: podría decirme a mí mismo que aún te guardo respeto, o algo así, pero no conseguiría convencerme. Sabías que me gustaban mucho las mujeres, mucho. Digo más, creo que mi personalidad y autoestima se han construido basándose en lo que yo creo que ellas piensan de mí, y por eso, con cierta regularidad necesitaba convencerme otra vez de que les gustaba, que me deseaban; y qué mejor manera de comprobarlo que llevándomelas a la cama. Pero cuando te conocí prometí que serías la última, que no necesitaba ninguna otra, y lo dije de verdad. En no menos de tres ocasiones te fui infiel, nada serio, sólo que surgía una oportunidad que me decía que no podía dejar pasar, y no la dejaba. No voy a negar que sentía arañazos en el corazón (llámalos remordimientos), pero apenas me duraban dos o tres días. Me convencía de que cada uno es como es, que un despiste lo tiene cualquiera y… hasta la próxima.

Hoy es veintiuno de septiembre del dos mil doce. Se oyen chistes sobre el fin del mundo, dicen que algunos venden sus propiedades y se esconden en refugios, pero la mayoría sigue su vida como si nada. ¡Tonterías! El MUNDO se terminó hace hoy dos años y desde entonces todo está muriendo poco a poco, pero nadie excepto yo parece darse cuenta.

Te he traído unas flores: la chica de la floristería me ha dicho que son muy bonitas y huelen muy bien. ¡No sé!

He sorprendido a tu madre limpiando la lápida, nunca me había visto aquí. Me ha dejado a solas contigo, pero la oigo llorar a mis espaldas, escondida entre los sauces.

No dejaré pasar otros dos años sin venir a verte, te lo prometo. Mañana volveré con flores nuevas, a no ser que el SOL definitivamente se apague y tan solo permanezca tu recuerdo.

Ilustración de Enric Valenciano

FIN

Underworld.

Autor@: Daniel Camargo

Ilustrador@: Alex Femenías

Corrector/a: Mariola Diaz-Cano

Género: Relato

Este relato es propiedad de Daniel Camargo, y sus ilustraciones son propiedad de Alex Femenías. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Underworld.

No recuerdo mi nombre, no sé si alguna vez lo tuve. Aquí, en este mundo lúgubre y decadente, donde la luz y el alimento escasean, hace tiempo que no existen los nombres. Ni las caras. Nos reconocemos por el olor. ..

Tampoco consigo recordar el tiempo que llevamos sobreviviendo en esta enorme cueva.  Los más ancianos cuentan que alguien les dijo que hace muchos siglos los monstruos nos obligaron a huir de la superficie y descender bajo tierra por nuestra propia seguridad.   Poco a poco, tras muchas generaciones y no sin esfuerzo, se ha ido conformando una sociedad aparentemente avanzada, pero sin alma. Entre todos hemos construido este refugio, que a la vez nos protege y nos aísla. Y el propio refugio, con el paso del tiempo, se ha convertido en nuestra única razón de ser. Trabajamos para mantenerlo, y vivimos para protegerlo. Él es nuestro mundo, nuestro Alfa y Omega.

Inexorablemente, el contenedor ha mutado en entraña. La cáscara, devenida en esencia.

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Sé que muy pronto todo esto ha de acabar…, de la peor manera. Lo sé, no me pregunten cómo, hay cosas que simplemente nos son reveladas, sin más.

Saberlo conlleva una responsabilidad que no estoy dispuesto a asumir. No tengo pasta de héroe, ni nadie está dispuesto a escucharme. Prefiero seguir así, invisible entre la chusma, aunque la angustia aumente día a día.

Por eso, además de la oscuridad, en este sitio me acompaña el miedo.

Sólo el miedo.

Siempre el miedo. 

Un miedo denso y viscoso, que está por todas partes y se te pega en la piel.

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Somos miles aquí dentro, tal vez millones.  En permanente actividad.  No podemos ni debemos estar quietos… No nos dejan.

Garantizar el funcionamiento de nuestro hábitat, absolutamente artificial en un medio hostil, mantener unos ciertos niveles de equilibrio y control de la temperatura y la ventilación, y asegurar que la población esté alimentada, requiere de todo el tiempo disponible. Del tiempo de todos…, o de casi todos, porque además de los “obreros” existe una minoría que se encarga de controlar al resto para que cumpla su función.

La necesidad de trabajo es constante, siempre hay algo que hacer, y si no hay se lo inventa. Y trabajar tanto te permite tener la mente ocupada. Centrada en el momento actual.  Sin pasado ni futuro…

Sólo existe hoy. Y si el trabajo implica un cierto sufrimiento, si se convierte en un esfuerzo que te lleva al límite y te deja exhausto, tanto mejor.

Nos mueve la responsabilidad, el sacrificio colectivo. Después de tanto tiempo aquí dentro, no existe atisbo alguno de  individualidad ni de libre albedrío. El protagonista es la masa.  Absolutamente. Como en una gran maquinaria perfectamente engrasada, cada pieza debe encajar, y nuestros  movimientos son medidos, codificados y cronometrados para lograr el máximo rendimiento y, por lo tanto, el “bien común”.

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Hace tiempo que presiento lo peor. El fin está cerca, lo sé. Hay datos objetivos que apoyan mi razonamiento, pero es más que nada una intuición. Un presentimiento sólido como una roca, que me cierra toda posibilidad de futuro.

Otros aquí dentro también piensan como yo. Muchos, tal vez la mayoría, pero nadie hace nada. Nunca. Anestesiados y enajenados,  continuamos empujando esta enorme rueda y sólo vivimos  para trabajar.

Desapareceremos.  Desapareceré. Pero, al fin y al cabo, ¿qué es lo que desaparecerá conmigo?  Aún mantengo a duras penas mi existencia física, pero mi existencia espiritual, moral, o racional ha sido demolida sistemáticamente por este lugar siniestro.

Pienso en el reposo que me espera.  En el final del sufrimiento.

Pero no consigo eludir el miedo.  No, hoy tampoco.

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Este sitio es difícil de describir. Una cueva de enormes dimensiones, cuyos límites reales no se llegan a apreciar, y cuyo techo ondulante se apoya en una multitud de toscas columnas de distribución irregular. Fémures de piedra extrañamente torcidos. Una sala hipóstila.  Un bosque petrificado.

Y la oscuridad que todo lo cubre, como un manto espeso y gris. Siempre.

La “nave” central  se desgrana lateralmente en túneles con múltiples ramificaciones que a su vez conectan con otras cuevas, vinculadas también a otras, y así sucesivamente. El laberinto es interminable y nadie nunca lo ha llegado a recorrer completo.

El suelo es accidentado, con grietas como heridas, y algunos agujeros dejan entrever la existencia de los niveles inferiores.

Un líquido oscuro cae permanentemente desde el techo.  Todo son texturas.  Y perfumes o, mejor dicho, olores.

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Cada día que pasa es un día menos. Y la certeza del final me lleva a cuestionarme muchas cosas.  Cuando sientes la presencia de lo inevitable, cuando ya no ves futuro posible, todo pierde sentido y el presente se convierte en un puente hacia la nada…

 Hace un cierto tiempo que percibo  vibraciones, intensas pero lejanas. Como un zumbido ronco que por momentos cambia de tono y de intensidad. Es difícil, en mi estado  actual, llegar a saber si se trata realmente de un sonido exterior o de una alucinación auditiva producida por mi propia mente, pero lo cierto es que la extraña letanía parece muy real. Lejana pero real…

Es la señal que nos anuncia el fin. No sobreviviremos. Ninguno. Lo sé.

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Nuestra relación con el exterior es casi nula, aunque existen grupos de expedicionarios que salen regularmente a la superficie en busca del necesario sustento.

Asumen grandes riesgos y no siempre vuelven, pero actúan para el beneficio de la colonia. Su sacrificio es necesario para mantener el status quo.

Las cantidades de alimento que se recolectaban inicialmente eran más o menos proporcionales a las bocas que se tenían que alimentar, pero luego un  crecimiento vegetativo desproporcionado hizo que reinara el hambre durante mucho tiempo, hasta que se descubrió la forma de reelaborar el alimento básico que entraba a la cueva multiplicando sus cualidades nutritivas y logrando como resultado una pasta de sabor desagradable, pero muy alimenticia.

Comer es necesario para que el engranaje siga girando, pero tampoco obtenemos placer alguno con ello.

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Ayer las vibraciones se convirtieron en  temblores, cada vez más intensos y cercanos. Ya no son un presagio, son una realidad, y es evidente que el fin se aproxima, aunque nadie parece notarlo. Un desenlace inevitable y lógico, y a la vez una purificación.

Aunque llegué a suponer que la proximidad inexorable del final me  permitiría asumirlo y relajarme, noto que cada  vez me cuesta más dominar el miedo y pensar con claridad. Lamentablemente creo que el dolor y el caos serán infinitos.

Tanto desvarío será castigado. Mucho tiempo de destrucción del individuo, de alienación, de glorificación de unos conceptos abstractos e intangibles como el “bien común”, o el “progreso de nuestra especie…”

 Si existe un ser superior, todopoderoso y omnisciente, alguien o algo que verdaderamente nos conoce y está en condiciones de juzgarnos, no habrá piedad.

Es nuestro  Apocalipsis. Nos lo hemos ganado.

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La enorme población con la que convivo, a duras penas consigue subsistir.  Pero aquí no existe la rebeldía, la ausencia de expectativas nos lleva a la conformidad.  El individuo vegeta diluido en la masa y sujeto a una rutina demoledora.

                Nuestro infinito laberinto, oscuro  e inabarcable, es recorrido permanentemente por miles de seres frenéticos, incapaces de pensar por sí mismos. Pero a veces, muy pocas, surge alguna reacción.

Los escasísimos desesperados que, una vez  superado el límite de su cordura, se salen de madre y adoptan posiciones extremas, los que explotan mediante reacciones violentas, son brutalmente reprimidos.

Su rebelión no sirve de nada. Una vez reducidos, son castigados a la vista de todos.  Para evitar nuevos intentos.

La violencia extrema como ejemplo y símbolo. Siempre ejercitada desde el poder, por la necesidad de control sobre la masa.

Mientras tanto nuestra líder, encerrada en su recinto y protegida por su guardia personal,  se dedica exclusivamente al placer. Hace tiempo que ha roto los puentes que la unían con sus súbditos, y ya no hay marcha atrás.

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Otra vez el temblor. Más intenso que nunca.

No son los monstruos de arriba, conozco bien sus incursiones. Esta vez es algo distinto. Y peor, infinitamente peor. Esta vez es el fin. Y supongo que lo merecemos. El castigo nos será aplicado, sin contemplaciones.

Hemos desbordado todos los límites de crecimiento. Hemos dado la espalda a nuestra propia libertad. O simplemente nos hemos dejado llevar…

¿Justicia?  En realidad no lo sé…  Una cierta sensación de justicia, aunque tardía e incomprensible, supone un barniz de racionalidad, y creo que esto es diferente.

Sé que la profundidad a la que nos encontramos y el aparente aislamiento no servirán de nada. Él conoce nuestra existencia y sólo está esperando el momento adecuado para actuar. …………………………………………………………………………………………………..

Ayer soñé con el fin de nuestro mundo.

Acostumbrado al constante frenesí que nos domina, he imaginado el  final de todoloquexiste como la ausencia de movimiento… Ni destrucción ni dolor, solo quietud.  La quietud marmórea de la muerte presente en cada rincón.

Desperté sobresaltado y dominado por una claustrofobia menos vinculada a nuestra naturaleza subterránea que a la ausencia de futuro.

La vida de nuestra comunidad, como la de todo mecanismo, requiere de esa sensación de movimiento perpetuo, que necesariamente se ancla en el futuro. Sin él no somos nada.

Y no hablo del futuro como utopía, como posibilidad de cambio, me refiero a la repetición mecánica de lo mismo proyectada en el tiempo.

Una y mil veces.  Músculo sin cerebro.
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¡¡Oh, no!! ¡¡Ya está aquí !!

La vibración aumenta hasta límites insostenibles, las convulsiones son brutales…  Parte del techo se desprende y  ha surgido una fisura en el centro de la cúpula principal. Hay  desprendimientos y las columnas caen, chocando unas contra otras.

A mi cabeza llegan reminiscencias de relatos de antiguas tragedias, pero la realidad actual los supera.  La fisura se convierte en grieta y, por primera vez, entra algo de luz en nuestro mundo, precisamente ahora, a escasos segundos del final.

La grieta no soporta la presión, se abre violentamente y, como la boca de un siniestro animal, comienza a vomitar hacia nosotros una catarata de piedras, una lava espesa de color gris que en pocos instantes arrasa con todo.  En segundos, la cúpula central ha desaparecido, pero la lluvia de piedras que continúa cayendo es de tal intensidad que me impide ver el cielo, privilegio que hasta ahora nunca tuve y ya nunca tendré.

Desde la posición elevada que ocupo puedo apreciar, espantado, la magnitud de la tragedia. Miles de compañeros son arrastrados, ya sin vida, como hojas secas, por la violencia de la corriente que, a su paso, destruye pilares, muros divisorios, bóvedas, contrafuertes… Nuestra perfecta máquina de habitar, la razón de nuestras vidas, ha desaparecido en un momento.

Pienso en huir, pero estoy paralizado por el dantesco  espectáculo.  Nadie sobrevivirá, nada quedará en pie.

Creo que voy a enloquecer. El río de lava gris viene hacia aquí, ¡ ya nada puedo hacer! Esto es el fin.

El horror…

Ilustración de Alex Femenías

EPÍLOGO

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Un sol de justicia brilla en el cielo, y la leve brisa mece los álamos del jardín.  La temperatura es muy agradable para un mediodía de verano.

El zumbido de la mezcladora ronronea a lo lejos.

De pronto se oye un grito…

—     ¡Oiga arquitecto!  ¿Ha visto esto?

—     ¿Que si he visto qué, Manuel?

—     Esto…, lo que ha pasado.

—     ¿Y qué ha pasado?

—     Que al echar el hormigón, en el zuncho que va debajo del muro de la fachada, se ha abierto un agujero enorme

—     Coño, es verdad.  Fíjate,  parece que fuera un hormiguero,… ¿pero de los grandes, eh?

—     Sí, se ve que era enorme.   Jeje, el hormiguero hormigonado…  ¿Esto nos puede traer problemas?

—     No, no creo. Afortunadamente el hormigón ha llenado prácticamente todo el hueco sin dejar resquicios.  Y ya se ha endurecido. No te preocupes, yo creo que el muro va a quedar bien asentado.

—     Bueno, entonces podemos decir que ha sido una desgracia con suerte, ¿no?

—     Sí, Manuel, tú lo has dicho. Ha habido suerte. Mucha suerte.

 Daniel Camargo