32ª Convocatoria: Mujeres

Mujeres.

Ilustración de Ana Carmen Kummerow

Al principio de los tiempos fui venerada como una diosa. Mis pechos caídos, mi vientre abultado y mi capacidad de dar la vida me hicieron poderosa y admirada a ojos de los hombres. Durante siglos permanecí en el panteón de los dioses y fui musa e inspiración de poetas, artistas y cazadores, y se me otorgó el poder de ser la dueña de la noche y la luna. Pero la noche inspira miedo y empecé a ser temida por aquellos que me enaltecían. La oscuridad se convirtió en un símbolo del diablo y la luz en el símbolo divino de un dios masculino que condenaba mi sabiduría ancestral. Fui recelada y señalada con el dedo. El recelo se tornó obsesión y fui perseguida y acusada de bruja por matasanos ignorantes que no entendían mis conocimientos. Me arrestaron bajo el mandato de un dios misógino que permitió que me torturaran y condenaran a morir quemada viva y ahogada. Fueron tiempos oscuros aquellos, que tuvieron un amanecer humanista en el que, bajo los auspicios de la ciencia, fui relegada a un discreto segundo plano, menoscabada y subestimada. Pasé a ser una propiedad, un bien con el que comerciar, una moneda de cambio entre un padre a un esposo concertado, mientras el mundo avanzaba y se industrializaba. No tuve ni voz ni voto. A nadie le importó mi opinión, y tuve que morir para que mis quejas fueran escuchadas. Me llamaron sufragista como palabra peyorativa, aunque yo la llevé con dignidad y agrado. Luego vinieron tiempos modernos que olían a libertad y fui tolerada con resignación, como un mal necesario, pero profundamente desdeñada e ignorada. Los historiadores se esforzaron en borrar mis huellas, en esconder mis logros, mis avances científicos, mis obras literarias. Cuando decidí pisar tan fuerte que dejé una impronta ineludible, me cosificaron y clasificaron como elemento decorativo. Me  convertí en musa de modistos y sex symbol, con la belleza como mi mejor mérito y mi única aliada. Fui tratada de comparsa, de florero, de animadora, de entregadora de premios, de eterna acompañante. Siempre sonriente y preciosa. Siempre con los labios sellados. Porque cuando abrí la boca el mundo me miró con cara de asco mientras me llamaba feminista. Mi valor como persona desde entonces ha consistido en ser hija de, madre de, esposa de, hermana de… como si mi ser fuera la extensión o el aplique de otra persona, siempre más importante que yo. Y he sido manipulada, física y mentalmente, no digamos ya sentimentalmente. Se me ha dicho que debo casarme y tener hijos, porque se supone que yo sola, por mí misma, no puedo sentirme realizada. Y a pesar de todo, me he abierto paso en un mundo laboral de hombres mientras me dicen cómo tengo que ser, qué aspecto debo tener, cómo tengo que actuar, cómo debería pensar, cómo se supone que tengo que sentir y, por supuesto, cómo he de vivir, qué aspiraciones debo tener, y con qué me debo conformar. Me han tenido tan ocupada con todos esos requisitos que ni siquiera he tenido tiempo para ver cómo mis compañeros, muchas veces menos cualificados, son promocionados y ascendidos en sus carreras mientras que yo nunca prospero. Como resultado me he estancado. Me he vuelto indecisa, sumisa y obediente, reflejando sus propios deseos de verme sometida y calificada como sexo débil. Hasta ahora. Hoy me he dado cuenta de que todavía nadie me ha preguntado qué es lo que yo quiero y cuando me he atrevido a explicarlo sin pedir permiso me han llamado feminazi. No importa. He cargado con orgullo con todos y cada uno de los nombres que me han impuesto sobre las espaldas desde que el mundo es mundo; el peso de uno más no me doblegará. Y aunque algunos oídos todavía no están preparados para lo que está por venir, yo les he gritado que basta.

Hoy me he lanzado a la calle para hacer oír mi voz de mujer, y decirle alto y fuerte a todos los hombres de este mundo: “Llamadme como queráis, pero ya no sois mis dueños. Hoy no tenéis ningún derecho sobre mí. Mi vida, mi mente y mi cuerpo son solamente míos y voy a hacer con ellos lo que a mí me dé la gana”.

Olga Besolí
Mayo 2018

Invisible

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Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Relato corto

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Paloma Muñoz. La ilustración es propiedad de Ana Carmen Kummerow. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Invisible.

No se trata de que una mujer se haga invisible ante los ojos de los otros.
No se trata de que una mujer o unas mujeres desaparezcan del panorama cotidiano de otro o de otros.
No se trata de que una mujer o mujeres no den ninguna señal de que están vivas, escondidas, apartadas, desorientadas, encerradas, enclaustradas.
No.
Se trata de una mujer que se desvanece ante los ojos de otra y―en la mayoría de los casos― se aleja desapareciendo de su horizonte para siempre.
Esto suele suceder más a menudo de lo que creemos.
En cierta ocasión escuché una historia sobre celos.
Alguien estaba celoso de otro alguien porque ese alguien acaparaba la atención de la persona por la que sentía una fijación sospechosa. Bastante sospechosa. Muy sospechosa.
Ese alguien era una mujer. La fijación la sentía por otra mujer. Y esa mujer mantenía  una estupenda y enriquecedora relación amistosa con otra mujer.
Esta historia que escuché hace tiempo es una historia muy sencilla.
Los celos hacen daño. Claro que hacen daño. Mucho daño.
Los celos van unidos a la envidia y a la impotencia. Pero sobre todo a las ganas de joder  a la persona  que supone una amenaza.

Ilustración de Ana Carmen Kummerow

Cuando me contaron esta historia me hablaron de celos y de maquinaciones.
Las maquinaciones de  una mujer obsesionada con otra que va cavilando, diseñando, preparando un plan para acabar con esa relación que la estorba.
¿Problema de competitividad? Pudiera ser según lo que deduje  después.
Pero había otras cuestiones más complejas.
Tal vez problemas de identidad sexual.
Por la pinta de los hechos tiene mayor posibilidad de que fuera un asunto de enamoramiento lésbico.
Me comentaron que era un asunto de celos amorosos.
Pregunté por las características de esas dos personas y de la tercera en discordia y me hice una composición de lugar.
Lo vi claro.
La celosa era como una araña que iba tejiendo su red poco a poco a lo largo de los años y con una inteligencia, astucia y falsedad magistrales fue haciendo que esa relación se intoxicara poco a poco.
Intervino en voluntades ajenas.
Se hizo la comprensiva, la amistosa, la generosa y la bondadosa.
Sabía muy bien  que al final lo conseguiría. Conseguiría separar a las dos mujeres. Acabar con su amistad.
Claro que según me contaron intervinieron más factores.
Suele suceder así casi siempre.
La amenaza había que hacerla desaparecer y para ello se necesita ser paciente, perseverante, astuta. Una excelente manipuladora en definitiva.
Hay que conocer muy los puntos débiles de las personas. Estudiar el carácter o temperamento  de los actores del drama y seguir maquinando la mejor forma de acabar con esa relación preocupante que odias.
La celosa patológica que sólo quiere compartir con el objeto de su fijación todo lo que se puede compartir no va a tolerar que alguien le haga sombra.
Esto suena a toxicidad porque la conclusión es que esa celosa patológica y aduladora hasta la náusea podría engañar a cualquiera excepto a la persona a la que quería fastidiar.
Y eso es el retrato de una persona tóxica.
Ese término me lo repitieron y yo estuve totalmente de acuerdo.
Y así llegamos al quid de la cuestión.
Mientras me lo contaban,  comprendía el porqué de ciertos comportamientos  y las reacciones hacia alguien que está de más en una relación: dos son pareja y tres, multitud.
Al final todo se fue al carajo.
La imagen de la amistad y la complicidad desapareció para siempre.
Se hizo invisible.
Quien me contó esta historia terminó añadiendo:
No hay lealtad entre las mujeres como no la hay en una manada de lobos.
Eso creo que lo dijo Conan, el bárbaro en una de sus momentos filosóficos.

Paloma Muñoz
Madrid, 27 de mayo  2018

27ª Convocatoria: Animales imaginarios

Animales imaginarios.


Ilustración  de Ana Carmen Kummerow

Vuelo nocturno.

Leyendo  el libro de Jorge Luis Borges “Manual de zoología fantástica” podemos hacernos una idea de la cantidad de seres extraños y criaturas ideadas por nuestra imaginación.
Este manual nos cuenta que, en  ocasiones,  ciertas culturas comparten ideas muy similares sobre seres imaginarios, algunos de ellos, muy conocidos, admirados y temidos.
Precisamente de los miedos, los sueños y pesadillas, y los deseos surgen estas criaturas que pueblan nuestro universo interior.
El animalito que contemplo se posa en el alféizar de mi ventana.
Es feo, pero curioso. Es tímido, pero observador. Es cauteloso, pero simpático.
Su vuelo nocturno lo hace desde el profundo azul oscuro del cielo hacia mi ventana.
Tengo que intentar entablar una relación con él.
Es mi compañero nocturno.

Paloma Muñoz
Madrid, 21 agosto 2017

La maldición

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Género: Fantasía urbana

Rating: + 13

Este relato es propiedad de Olga Besolí. La ilustración es propiedad de Ana Carmen Kummerow. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La maldición.

El cielo y el infierno no existen. Os lo digo yo que llevo milenios pasando de una vida a otra. Y en todo este tiempo no he encontrado consuelo en ningún paraíso, ni Nirvana, ni Valhala. No existe ningún lugar de reposo tras la muerte, sino otra vuelta de espiral que te lleva al mismo lugar, al punto de partida: otra vez sometido a las inclemencias y debilidades de un cuerpo latente atado a una vida. Sí, la reencarnación sí que existe, y es la única teoría que puede dar una explicación a lo que soy desde los principios de los tiempos, un alma perdida que vaga de cuerpo en cuerpo, de existencia a existencia.

¿Qué sentido tiene la eternidad? Los siglos pasan, las grandes civilizaciones desaparecen, los imperios se derrumban y en su lugar nacen nuevas naciones que, como sus antecesoras, prometen grandes avances para la humanidad que pronto se convierten en nuevas formas de esclavitud y dominio de los pueblos. No importa si se llama imperio romano, nacional socialismo o estado de derecho. Lo que llamáis civilización es una pirámide cuyo peso aplastante descansa sobre la multitud de pequeñas piedras que a duras penas resisten en su base. La he visto con muchos nombres, defendiendo muchas banderas y órdenes nuevos, pero al hacer cuentas siempre acaba siendo más de lo mismo.

Estoy harto. Harto de mi propia existencia que llena de hastío mi paso por este mundo sin sentido. Me acuesto, me levanto, vago por mi casa, como, bebo. La pereza domina mis días y mi cuerpo ha perdido flexibilidad y ha ganado peso. ¿Acaso importa? ¿Qué es lo peor que puede pasarme, que me muera? Volveré a renacer, y gozaré de un cuerpo nuevo, más ágil y joven. Al menos durante unos años, aunque me temo que irremediablemente terminaré atrapado en un cuerpo viejo, ajado y malhumorado de nuevo.

Solamente el descanso me libera. En mis sueños mi Ba se despoja de las limitaciones del cuerpo transitorio y despliega sus alas. Allí, en la otra cara del espejo, en el mundo verdadero y cierto que no es este horrible mundo real y físico, soy realmente yo. Allí permanezco cuando estoy entre vidas, en el Duat, donde no existe el tiempo ni la gravedad ni el espacio.  Allí es donde mi Ba y mi Ka se funden en la oscuridad, cuando el cuerpo se adormece y desata el nudo que lo liga al alma. Pero las visitas son cortas. Mis sueños son rápidos y mi dormir es ligero. Cualquier ruido tira del cordón invisible que me une al cuerpo y a la tierra que estoy harto de transitar, en una terrible maldición de la que no hay escapatoria posible.

Y lo digo con conocimiento de causa, porque mi pobre existencia ha terminado de multitud de formas diferentes. Que yo recuerde he sido momificado, apedreado, ensartado con una flecha, ahogado, quemado, desmembrado, devorado, me he caído, me han disparado, me han estrangulado y en multitud de ocasiones me he muerto de viejo, frío o hambre. Pero en todo esto siempre ha habido un hecho inamovible. Tras una muerte siempre renazco a la vida en un nuevo cuerpo.

Y cuando llevas milenios haciéndolo, terminas más que harto. Ya nada me alegra la vista, lo he visto todo; ya nada deleita mis oídos, ya lo que oído todo; ya nada puede sorprenderme, lo conozco todo. Ese es el precio que pagas por subirte al tren de la eternidad, del que no puedes bajarte, a no ser que descubras el contrahechizo del que te maldijo con la vida eterna.

Y el mío fue a mi primera muerte, cuando el imperio al que pertenecía erigía grandes pirámides funerarias y enormes templos a sus dioses. Yo no morí de forma natural ni accidental, fue totalmente premeditado. Mi amo sí lo hizo de manera casual, al caerle un gran bloque de piedra encima, cuando ayudaba a erigir la cúpula de la gran pirámide de Keops.

Mi amo no era un simple obrero, no, sino uno de los capataces encargados de la construcción. De hecho conocía personalmente al faraón, pues fueron amigos de infancia. Al menos eso me contaba él. Pero yo fui su más fiel amigo y sirviente; él siempre fue atento y buen compañero conmigo. Nunca se casó. No amaba a las mujeres, todo su cariño fue para mí. Pero el día en que murió cambió mi suerte. Como hombre de confianza del faraón, fue embalsamado y enterrado junto con todas sus propiedades, entre las que me encontraba yo, su humilde servidor. Me momificaron en vida y mientras lo hacían leían los versos mágicos del Libro de los Muertos y cantaban cantos fúnebres a la diosa Bastet. Fui enterrado junto a mi amo en una de las salas menores de Keops, por orden directa del faraón y eso es todo lo que sé. Porque allí, en la húmeda oscuridad de esa sala, al lado del frío cuerpo momificado de mi amo, expiré el último aliento de mi primera vida.

Si mi amo transita como yo, de una vida a otra, lo desconozco; nunca nos hemos reencontrado. Al principio lo busqué, vida tras vida, convencido de que el poder de Anubis, que lo ampara a él, es tan fuerte como el de Bastet, mi diosa. Pero o no es así o Ra decidió separar definitivamente nuestros caminos. Ahora, después de tanto tiempo, ya ni lo intento. Ya no me escapo por las noches, ni me convierto en un callejero que recorre calles y callejuelas sin descanso hasta que termina muerto en una cuneta.

Ahora me limito a esperar en la comodidad de un hogar. Esperar la comida. Esperar mi ratito de descanso. Esperar un nuevo día tras otro. Esperar a vivir un día más. Esperar a morir al siguiente. Y esperar pacientemente que mi joven compañera encuentre entre esos libros de magia ancestral que tanto estudia un antiguo maleficio que deshaga el que me ata a la vida. Si lo hace, ella será mi última dueña y no me arrepentiré de ello. He sobrepasado con creces las siete vidas que me correspondían.

Ilustración de Ana Carmen Kummerow

Ella entiende mi tristeza y mi desazón. Sabe de mi tránsito de mil vidas por este mundo porque ha caminado junto a mí en el Duat de los sueños. Allí nos hemos mostrado retazos de nuestras existencias pasadas, los mejores y los peores. Allí nos hemos contemplado tal como somos en realidad. Yo he desplegado mis alas ante ella sin pudor y he sido testigo de su verdadera y poderosa alma de hechicera, casi tan vieja como la mía. Por eso también espero que quizás encuentre un fin a la maldición que me persigue.

Mientras tanto, me limitaré a ronronear cuando me rasque la cabeza, a sentarme a su lado cuando me necesite, a comer la comida que me prepare, a soñar junto a ella en su cama llena de amuletos y a vigilar atentamente las energías que despliega cuando practica uno sus rituales mágicos.

Y a esperar el fin de la maldición, de mis días o de los suyos.

Olga Besolí
Agosto 2017

Rojo

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Poema infantil

Rating: +18

Este poema es propiedad de Raquel Bonilla. La ilustración es propiedad de Ana Carmen Kummerow. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Rojo.

Ilustración de Ana Carmen Kummerow

Me llaman colorado
cuando coloreo tu carrillo,
si estas avergonzado.
Doy color a la manzana,
a los tomates
y a la camiseta de España.
Del arcoíris soy el primero,
y después de llover
salgo rápido como un jilguero.
Dicen que soy el color de la pasión,
porque conmigo coloreas
tu propio corazón.
Soy amigo de la cereza,
pues doy brillo
a su pequeña cabeza.
A la sandia doy frescura
cuando llegado el verano,
está por fin madura.
Al pimiento doy alegría,
que junto al clavel,
al hortelano alegran el día.
De mi presume la mariquita,
que risueña canta y baila
de ramita en ramita.

Raquel Bonilla

Separados

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Fantasía urbana

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Olga Besolí. La ilustración es propiedad de Ana Carmen Kummerow. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Separados.

Hubo una época, hace mucho, tanto que su recuerdo se pierde en la niebla de los tiempos, en que nuestros mundos estaban únicamente separados por un fino velo invisible, pero fácil de cruzar en ambos sentidos para aquellos caminantes que no temían adentrarse en lo desconocido y que cumplían con los tres requisitos indispensables: tener un corazón valiente, una mente abierta y unos ojos que supieran ver.

Un corazón valiente porque quien teme a los peligros no desea, en el fondo, adentrarse en lo desconocido y sin deseo no hay camino que lleve a ninguna parte. Una mente abierta porque una mente cerrada rechaza todo aquello que no forme parte ya de ella y aunque tuviese delante las puertas que le abren paso a otro mundo, negaría lo evidente y se excusaría en una insolación o el producto de una alucinación. Y unos ojos que supieran ver porque el velo invisible que nos separaba solamente se levantaba ante aquellos ojos que lo reconocen, que ven más allá de esas pequeñas ondulaciones en el aire que indican el lugar exacto donde se halla el punto de conexión entre ambos mundos.

Ni falta hace decir que hace mucho, muchísimo tiempo, seres de ambos mundos transitaban libremente en ambos sentidos. De vuestro mundo aparecían todo tipo de gentes, de alto rango y gentes comunes. Todos por igual cumplían con los tres requisitos. Nobles y plebeyos, damas y caballeros, reyes, reinas o mendigos, todos tuvieron su oportunidad de viajar. Del mío, todo tipo de seres elementales, mágicos y mitológicos, de la luz y de la oscuridad, tanto aéreos como terrestres, acuáticos e ígneos.

Podéis imaginaros la cantidad de tráfico que había entre nuestros mundos; una marabunta de transeúntes que iban de un mundo al otro con la misma facilidad con la que hoy un humano de Occidente se sube al metro o espera su tren en el andén de la estación. Claro que por aquel entonces no existían aún los trenes ni los metros. Hablo de hace mucho, muchísimo tiempo atrás. Hablo de caminantes que se desplazaban por sus propios medios o en carretas tiradas por animales o entes mágicos, según la procedencia. Hablo de seres con curiosidad y sin prisas que establecían contacto, hablaban entre sí con interés y aprendían los unos de los otros. Hablo de respeto, tolerancia y conocimiento, de saber escuchar y de hablar con sentido. Hablo de un tiempo lejano en el que existía una comunicación real y veraz. ¡Qué tiempos aquellos!

Fueron buenos tiempos para las mentes creativas, los corazones apasionados y las almas curiosas; para el arte y la imaginación, las leyendas y las fábulas; para los cuentos de hadas y sus encuentros con humanos, los tapices de doncellas abrazando unicornios y los retratos de caballeros galopando en búsqueda de gestas. Fueron tiempos en los que lo mágico y lo terrenal se integraban y fundían creando objetos híbridos que pertenecen a ambos mundos, como el pentáculo, el grial, la varita mágica o la piedra filosofal. Buenos tiempos para el conocimiento de las artes y el aprendizaje de las artes ocultas; para la música, el teatro y la alquimia; para las ciencias, la sabiduría y las artes curativas. Para los seres de luz, los seres oscuros y, por supuesto, los humanos.

¿Que cómo lo sé? Yo estaba allí y lo vi todo. Es mi trabajo. Observar. Vigilar. Soy el guardián que, desde tiempos inmemorables, ha impedido el paso a todo aquel intruso que pretendiera destruir vuestro mundo, el mío o ambos. No han sido pocos los que lo han intentado en el transcurso de la historia. Y la única razón por la que no sabéis de su existencia es porque yo los detuve a tiempo.

¡El tiempo! A veces pensamos que lo que tenemos durará para siempre, que todo es inmutable e inamovible. Pero no lo es. Todo es cambiante con el paso del tiempo. Hasta nosotros, los seres eternos, somos finitos. Pero el desgaste que sufrimos, comparado con el vuestro, es tan lento, tanto que para vosotros supone una eternidad. ¡El tiempo! El tiempo es un compañero de viaje cruel e incompasivo que arrasa inexorablemente con todo aquello que se cruza en su camino.

Y el tiempo a vosotros, seres volubles por naturaleza, os ha doblegado con su paso firme. He visto cómo a través de los siglos la humanidad ha ido degenerando. Muchos ojos se han ido cerrando, muchas mentes se han ido obcecando, muchos corazones se han adormecido. Habéis ido perdiendo capacidades y la intuición, los sentidos y las sensaciones han sido sustituidas por el sopor.

Fuisteis olvidando quienes eráis hasta tal punto que, hace unos siglos, aquellas pocas personas que mantenían intactas sus capacidades y todavía cumplían con los tres requisitos empezaron a asustaros y los señalabais con el dedo. “Brujas, hechiceros y nigromantes”, los llamabais; “los que quedan despiertos”, eran para nosotros. Los temíais por sus dones. Y el miedo es un pésimo consejero y un peligroso compañero de viaje. Entonces empezaron las acusaciones, las persecuciones y las hogueras. No os juzgo por ello. No estoy aquí por eso. Sé que fue vuestro propio miedo a aquellos que conservaban una capacidad cuya comprensión se os escapaba quien os obligó a intentar exterminarlos. Por suerte, no lo lograsteis. Fue parte de mi trabajo impedir que destruyerais la poca humanidad que os quedaba.

En esos tiempos oscuros, como cabía esperar, las incursiones de humanos a nuestro mundo menguaron drásticamente. Muchos no podían acercarse, los otros no lo hacían por miedo. Luego, la nueva ciencia y la nueva medicina que nacían se apoderaban del nuevo mundo floreciente y negaban nuestra existencia. El delgado velo que nos separaba adquirió grosor, mientras perdíais la certeza de que alguna vez hubiera existido algo tras él. ¡Pobres humanos, tan ciegos, sordos e ignorantes!

Tras eso llegó la modernidad que cubrió el velo que nos separaba con una espesa capa de niebla impenetrable. “Contaminación”, la llamáis vosotros. “Podredumbre”, es el nombre que utilizamos nosotros. Vuestro mundo se convirtió en una vasija humeante y apestosa de ruidos, repleta de aparatos, cachivaches y utensilios fabricados por vosotros mismos a expensas de los recursos del planeta, supuestamente para facilitaros la vida, aunque sólo os la llene de complicaciones. “Necesarios”, decís vosotros; “inútiles”, pensamos nosotros. Si tienes solamente dos pies, ¿para qué necesitas veinte pares de zapatos? A mi entender os habéis rodeado de objetos porque en realidad os sentís vacíos. El hueco que antes llenaban las sensaciones, la intuición y los sentidos os deja tan fríos por dentro que tenéis la necesidad imperiosa de cubriros la piel con montones de cosas.

Ilustración de Ana Carmen Kummerow

Hace mucho, muchísimo tiempo que ningún humano traspasa nuestras puertas ni se acerca al camino. Los últimos que lo hicieron decidieron quedarse exiliados en nuestro mundo, porque ya no comprendían el vuestro. Nosotros los acogimos con tristeza, sabiendo que los demás ya no desharíais los pasos andados. Ya no podéis, ni aunque quisierais. La niebla impenetrable lo cubre todo. Pero nosotros os seguimos visitando, más a menudo de lo que creéis, aunque ya no pretendemos establecer contacto. Es inútil, ya no os entendemos. Vuestro mundo es una pocilga, el nuestro es un vergel luminoso; vuestra parte del camino se ha desdibujado, la nuestra sigue bien visible para nosotros. Por eso, a pesar de todo, yo he seguido ocupando mi lugar. Vigilando. Observando.

Después de tantos milenios observando creía haberlo visto todo, pero no es así. Últimamente vuestra situación es preocupante, muy preocupante. Y he transmitido mi preocupación a mis superiores, que me han dado la razón. He observado que, en los últimos tiempos, se han obrado en vuestro mundo cambios vertiginosamente rápidos. Y con ellos han llegado las prisas que os ahogan. Vivir, para vosotros, se ha convertido en una pura carrera, sin parada ni descanso. Correr, avanzar, llegar ¿adónde? ¿Y de qué sirve apresurarse si no puedes disfrutar del camino que te lleva a tu destino?

De todas las correrías y carreras, la tecnológica es la peor. “Conectados”, lo llamáis vosotros; “apagados”, decimos nosotros. Ciegos y sordos a lo que ocurre alrededor, ignorantes a vuestro propio mundo e insensibles a lo que os pasa por dentro, vivís, si a eso puede llamársele vida, enganchados a una pantalla que os alimenta como una sonda nutre a un enfermo. ¡La humanidad ha enfermado y como mantiene los ojos cerrados, la mente ausente y el corazón dormido, no se ha dado cuenta! ¡Pobres humanos zombificados!

Estoy aquí para comunicaros que, después de mi informe, el concilio de seres mágicos se ha reunido y ha acordado por unanimidad que, por primera vez en milenios, abandone mi puesto de trabajo para deciros que, en estos tiempos en que toda la comunicación que establecéis es a través de artefactos digitales y tanto vuestra mente como vuestro corazón y ojos ya no diferencian entre lo real y lo virtual, un fino velo invisible se ha cernido sobre todos y cada uno de vosotros, aislándoos de los de vuestra propia especie. Se trata del mismo velo que hace mucho, muchísimo, en los albores del tiempo, separaba nuestros mundos.

Y tengo el desagradable deber de anunciaros que, de seguir así, solamente es una cuestión de tiempo que este velo que ya os separa se cubra de una espesa niebla impenetrable.

Olga Besolí
Abril 2017

Tras la niebla

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Drama

Rating: + 18 años

Este relato es propiedad de Jesús Cernuda. La ilustración es propiedad de Ana Carmen Kummerow. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Tras la niebla.

• ¿Alguna vez se ha sentido sola, sumida en unos pensamientos que sabe que no la llevarán a ningún sitio, dejando pasar el tiempo, sin que el tiempo le importe lo más mínimo? Así me siento yo todas las mañanas cuando me despierto, rodeada de la oscuridad en la que se ha convertido mi vida, con el único deseo de no despertar jamás, pero con la extraña esperanza de que el nuevo día traiga con él buenas noticias.

Silvia se recostaba en el cómodo sillón mientras, sin mirar a ningún sitio, le hablaba a aquella mujer, hasta hace unos meses una total desconocida, pero que se había convertido en la única persona a la que poderle confiar todos sus más íntimos secretos.

•Aún recuerdo la primera vez que entré a tu consulta: Me miraste a los ojos y me sonreíste. En ese momento supe que estaba haciendo lo correcto, que aunque nunca pudiera dejar de sentir miedo, ese miedo me mantendría con vida.

•Perdóname, Silvia. Hace ya un par de meses que vienes todos los jueves a hablar conmigo. Hoy te has presentado sin avisar. Sabes que es martes, que mi secretaria no viene a la consulta, y me pides que te escuche por última vez. Empiezo a creer que no fue casualidad que vinieras a verme, que tal vez me conocías de algo, y empiezo a estar un poco cansada de todo.

•Hay quienes dicen que todo en la vida sucede por casualidad — Silvia se levantó del sillón recorriendo despacio la sala—, como esa persona que deja pasar a otra en la cola del supermercado, sin saber que esos pocos segundos que ha retrasado su rutina, harán que alguien no vuelva a ver salir el sol, o que con una simple búsqueda en Internet, fueras tú quien apareciera…

•¿Pero qué dices? Realmente me asustas. Como bien has dicho, ésta será la última vez que te atienda. No tengo tiempo para tonterías, que empiezo a darme cuenta de que no nos llevarán a ningún lado. Así que ya puedes aprovechar esta hora que tengo libre.

•Shhhhhhhhhhh— dijo Silvia haciéndole un gesto para que se callara, acercándose a la foto en la que la doctora parecía posar feliz con su marido—. ¿Le quieres? Estoy segura que sí, que muchas noches te has acostado viendo cómo duerme, sintiendo que sin él tu rumbo no tendría un norte, que despertarte sin el tacto de su piel no tendría sentido, y aun así… aun así, seguro que no sabes apreciar lo que tienes. Ojalá nunca te acuestes sintiendo que no es más que un desconocido para ti, con miedo a no volver a tenerle a tu lado porque alguna, más guapa y delgada que tú, decidiera ser su putita…

•No voy a aguantar más tus estupideces. Estos dos meses lo he hecho porque realmente pensaba que necesitabas ayuda. ¿Pero sabes?, lo que necesitas es darte cuenta de una vez de que tu matrimonio no funciona, y que posiblemente lo mejor que puedes hacer es pasar página y olvidarte de él.

•Y tú… ¿serías capaz de hacerlo, de olvidarte de él para siempre? No me hagas reír— Silvia se volvió a sentar en el sillón, contemplando el viejo parque que podía ver a través de la ventana—. Todas las mañanas me despierto con el mismo miedo, la soledad. Es esa niebla, esa maldita niebla que cubre mi casa, la que me atormenta una y otra vez. Apenas puedo dormir, y cuando lo hago, no dejo de verla, ahogándome por momentos. Creo que incluso me habla, que me dice lo que tengo que hacer. Me susurra al oído con una voz esquiva que yo no merezco morir, que no soy la culpable de todo, pero no puedo evitar llorar. He estado a punto de cometer una locura, pero no, no merece la pena darles esa satisfacción.

•Silvia, de verdad, ¿no has pensado en dejar a tu marido? Por todo lo que me has contado, no creo que ni siquiera le quieras, sólo te aferras a esa vida cómoda que él te da. No debes tener miedo. Esa niebla no es más que tu subconsciente que se niega a dejarlo todo atrás, que trata de hacer que no veas con claridad tu vida, o mejor dicho, lo que podría ser si tuvieras el valor suficiente de afrontarla. Si te soy sincera, no creo que sea conmigo con quien tengas que hablar.

•Qué equivocada estás. Si algo sé, es que quiero a mi marido con toda mi alma, y que estoy dispuesta a hacer todo lo que esté en mi mano para que siga a mi lado, por seguir despertándome con su olor entre las sábanas. Eres la única persona con quien quiero hablar, y la única que podrá ayudarme. No te quepa la menor duda que en estos sesenta minutos te darás cuenta de que tengo razón. Pero no es de ti de quien quiero hablar — poco a poco empezó a respirar más fuerte, mientras se tocaba la frente y se daba pequeños golpes—. Este dolor de cabeza me va a matar. Siento como si algo taladrara mi mente, y no puedo dejar de pensar que es esa puta niebla, que vino esa tarde para quedarse en mi vida atormentándome con aquella imagen, pero para enseñarme a la vez lo que tengo que hacer. Por fin voy a dejar de tener miedo, por fin he visto con claridad lo que hay tras esa niebla, y sé de verdad que no le va a gustar.

•Mira, ya está bien. Lo mejor es que te vayas.

•Esta mañana, cuando esa niebla me ha vuelto a visitar, no he sentido miedo, ni dolor. Por un instante me he sentido mejor que nunca, sabía que hoy era el día, el día en que el viento soplaría lo suficientemente fuerte como para quitármela de encima. No lo he podido evitar y me he masturbado, me he tocado hasta correrme pensando en ti…

•Estás mal de la cabeza, Silvia. Está mal que yo lo diga, pero es así…

•¿Alguna vez te has masturbado pensando en alguien que no fuera tu marido? ¿No te has sorprendido a ti misma, tocándote mientras piensas en otra persona, en lugar de Marco, al que seguro le dices que estás muy cansada para tener sexo con él?

•Un momento, ¿cómo sabes…?

•Seguro que sí. Seguro que muchas veces has dejado que tu imaginación te lleve a la intimidad de otras personas, o quizá lo has hecho, engañando así a tu marido. ¿Alguna vez te has follado a alguien en este sillón?— Silvia dejó escapar una pequeña sonrisa—. Esa cara, ese mirar a todo lo que nos rodea para acabar posando tu vista en el sofá. Te gustó hacerlo en él, ¿verdad? Y sin embargo, soy yo la que está mal de la cabeza… ¡Dios!, mi cabeza, no sé si podré aguantarlo más. Creía que esta mañana se había acabado todo, pero al entrar aquí… al entrar he vuelto a notar cómo esa niebla me rodeaba sin dejarme apenas respirar, y he recordado aquella tarde, escondida tras ella por casualidad. Ya ves, de nuevo esa maldita casualidad, justo después de que aquella muchacha me dejara pasar en la cola del supermercado, tres simples minutos que fueron suficientes para permitirme coger el autobús que todos los días perdía en el último segundo.

•¡Qué cojones estás diciendo! Vete de mi consulta ahora mismo. Si no lo haces, llamaré a la policía, y espero que sepas explicarles por qué conoces el nombre de mi marido.

•Mmmmmmmm, Marco, pobre inocente. Ajeno a todos tus momentos de lujuria, acariciándote cada noche antes de dormir, y susurrando al oído cuánto te quiere antes de despertarte. No puedo evitar verle arrodillado frente a mí, llorando mientras me suplicaba que te perdonara.

La doctora sacó el móvil de su bolsillo, buscó el nombre de Marco y, nerviosa, se dispuso a llamar. De pronto, el tono del teléfono de su marido sonó dentro del bolso de Silvia.

•No insistas— dijo tirando el móvil en el sillón— Marco no te lo va a coger.

•¿Pero qué has hecho? ¡Estás loca!

•Seguro que ahora te arrepientes de haber discutido con él antes de venir a trabajar, pero sobre todo, de haberlo hecho en la puerta de la casa donde todos tus vecinos lo vieron. Me gustaría ver cómo le dicen a la policía que os despedisteis con un sonoro: “Será lo último que hagas”. ¡Joder!, menuda satisfacción sentí al escuchar eso, al ver cómo vosotros mismos poníais sobre la mesa el motivo perfecto. Yo no lo quería hacer, pero esa niebla estaba acabando conmigo, igual que tú quisiste acabar con mi vida.

•Pero… yo no te conozco de nada. Estás confundida por algo, y yo no tengo nada que ver— dijo la doctora al ver que Silvia parecía culparla de algo.

•Nunca he estado tan segura de mí como lo estoy en este momento. El día que nos conocimos, me dijiste que tú podrías ayudarme. De eso hacen ya dos meses y no has hecho nada por remediarlo. Tan sólo te has sentado ahí, haciendo que me escuchabas, pero de haberlo hecho, te habrías dado cuenta de muchas cosas. Puede que hasta te hubiera perdonado, pero no, seguías con tu actitud de médico prepotente que todo lo sabe, intentando ayudarle con la vida a otras personas sin mirar la tuya, sin ver lo jodidamente perdida que estabas. No has hecho desaparecer la niebla, esa que se apartó mostrándome tu cara sonriente, o este dolor de cabeza que me hace gritar todas las mañanas. Ni siquiera me has reconocido, porque no me has mirado a la cara. Para ti sólo era una paciente más, anotaciones en una libreta que pronto olvidarías. Pero no voy a dejar que lo hagas.

Quiero que me mires a los ojos y veas esa niebla, que sientas todo ese dolor que provocó en mí, que mi mirada sea lo último que recuerdes antes de morir.

La doctora se acercó despacio a Silvia y le miró a los ojos. Durante unos segundos, sus recuerdos olvidados pasaron por su mente, y llegaron a aquella tarde, esa en la que, con una sonrisa y un beso en los labios, se despedía de Luis.

•¡Dios mío, eras tú, la chica que se bajó de aquel autobús!

•Ahora lo entenderás todo. Recuerdo que miraste hacia mí, sin ni siquiera verme, sin saber que con esos besos estabas robando mi vida. ¡Parecías tan feliz, tanto como yo debería serlo! Cómo me gustaría poder sonreír de esa manera, sentirme querida sin ninguna otra preocupación. Tú quisiste serlo, pero no pensaste en las consecuencias que traería a los demás.

•Marco… ¡No puede ser, él no tiene culpa de nada; yo le quiero, tienes que creerme!— dijo antes de ponerse a llorar.

•Claro que te creo, tanto como tú deberías creerme a mí cuando te digo que quiero a Luis, que no lo voy a perder, que voy a dejar de tener miedo y que, aunque por un instante lo pensé, yo no quiero morir. Te veo llorar y me das pena. Siento lástima por ti, porque lo tenías todo pero quisiste lo de los demás. Estoy aquí sentada y siento el olor de Luis en el sillón— Silvia se levantó despacio, acercándose a la doctora para susurrarle al oído—. ¿Tanto te gustaba follarte a mi marido?

•De verdad estás loca. No sé lo que has hecho pero le contaré todo a la policía. Me da igual eso del secreto profesional; que me retiren la licencia o que hagan lo que quieran. Eres una psicópata y no vas a poder escapar de esto.

•De nuevo sigues sin escuchar. Llevas dos meses hablando conmigo y ya te he dicho que hoy será el último día— Silvia sacó una pistola de su bolso—. ¿La reconoces? Seguro que sí. Es la de Marco, tu maridito. Tenías que ver lo fácil que me resultó que se la metiera en la boca, y más aún, que apretara el gatillo después de prometerle que te dejaría en paz… ¡Joder!, de verdad que te quería. En cierto modo, hasta te envidio. Supongo que él te quería tanto como yo a mi marido. Estoy segura de que te hubiera perdonado, de que hubiera olvidado que te follabas a otro. Yo también perdonaré a Luis… pero no a ti.

•No podrás huir. La policía te encontrará y sabrá lo que hiciste. Verán que contactaste conmigo y has estado viéndome dos meses. Está claro que se darán cuenta.

•En algo tienes razón: Se darán cuenta de que una tal Silvia ha estado viéndote todos los jueves de los últimos dos meses. ¿No pensarás que ese es mi nombre? De todos modos, tú lo has dicho antes: Hoy es martes, tu secretaria no está, y por esta consulta no ha pasado absolutamente nadie. Bueno, sí, Marco, que después de discutir esta mañana al enterarse de que le estabas engañando, ha venido para matarte justo antes de suicidarse en vuestra casa. Y Luis, hablará con la policía, lo confesará todo y me pedirá que le perdone. Follaremos como locos, y puedes estar contenta, creo que los dos pensaremos en ti.

•No, por favor, no lo hagas— gritó la doctora.

•Ya lo has hecho tú hace tiempo, sólo que no te habías dado cuenta todavía.

Ilustración de Ana Carmen Kummerow

El sonido del disparo retumbó en todo el edificio. El humo que salía del cañón de la pistola llenó la habitación al momento. De nuevo una niebla espesa rodeó a Silvia que, a pesar de todo, no pudo dejar de sentir ese horrible dolor de cabeza que le golpeaba una y otra vez. Al menos, ahora, sería ella quien sonreiría.

………………………………………………………….

Tres días después de aquello, Luis recibió una visita en su casa.

•Buenos días. Supongo que ya sabrá por qué estoy aquí.

•La verdad que puedo imaginármelo. Mi mujer y yo hemos visto las noticias. Aún no puedo creérmelo. Pero no entiendo qué hace usted aquí. Yo no sé nada, más allá de lo que he leído en los periódicos.

•Ya. No se preocupe, entra dentro de la rutina. Simplemente hemos visto en el teléfono de la doctora que le llamaba a usted con cierta frecuencia. No nos ha sido difícil descubrir que ella y usted… bueno, ya sabe. ¿Se lo ha dicho a su mujer?

•¡Joder!, no me siento orgulloso de ello. Mi mujer ya lo sabe, lo hemos hablado. La quiero demasiado como para perderla, y lo ha entendido. Sé que le costará pero me ha perdonado. Ahora mismo está tumbada en la cama. Siento si no sale a hablar con usted. Lleva varios días con migraña. La pobre está que no se aguanta de dolores.

•No pasa nada. Déjela descansar. Espero que entienda que era mi obligación hablar con usted, después de enterarnos que mantenía una relación con la víctima. Sólo hay algo que quería preguntarle, y es si usted conocía al presunto culpable del crimen, el marido de la doctora.

•En persona, no. Pude verlo alguna vez con ella, pero es evidente que no nos conocíamos. Ha dicho presunto, y no lo entiendo. Por lo que han dicho las noticias, se sabe que fue él quien lo hizo.

Bueno, parece bastante claro que fue un crimen pasional, llevado por los celos al enterarse de que su esposa le estaba engañando. Pero si algo me han enseñado los años de experiencia es que las cosas no siempre son como parecen. En el escenario del crimen, encontramos el móvil de Marco. No acabo de comprender muy bien por qué lo tenía su mujer, y menos aún por qué, minutos antes de que la matara, ella utilizó el suyo para llamarle. Un poco extraño, si ella tenía su teléfono. Pero en fin, seguro que tarde o temprano habrá una explicación para eso.

No le entretengo más. Si en algún momento usted o su mujer se dan cuenta de algo que pudiera servirnos de ayuda, no dude en contactar conmigo. Sólo tiene que llamar a Comisaría.

•Puede estar segura de que lo haremos, aunque dudo que mi mujer quiera saber nada de todo esto. De todos modos, si puede usted decirme su nombre, estaré encantado de llamarla si sé algo.

•Por supuesto. Sólo tiene que llamar y que le pongan con el Departamento de Homicidios; y preguntar por mí. Soy la detective Carlota.   

Jesús Cernuda

                        

Crimen en el bosque

Autor@: Raquel Bonilla Santander

Ilustrador@: 

Corrector@: Mariola Díaz-Cano

Género: Micro relato

Rating: Infantil

Este relato es propiedad de Raquel Bonilla. La ilustración es propiedad de Ana Carmen Kummerow. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Crimen en el bosque. 

Aquella mañana se iba a celebrar una gran fiesta para dar la bienvenida a la primavera en el bosque. Miles de guirnaldas de colores estaban preparadas para decorar todos los árboles del bosque; los ruiseñores calentaban sus voces para entonar las más bonitas melodías y los topos y conejos recogían los últimos frutos secos para la merienda.

La fiesta de la primavera es uno de los momentos más importantes en el bosque, los animales salen de su letargo y las flores nacen con fuerza y color para dejar el más puro de los aromas.

Fue Mika la ardilla la que dio el primer aviso. Entre espasmos y voz entre cortada dijo a los habitantes del bosque que unas grandes máquinas amarillas se acercaban hacia ellos.

No tardaron en oír el estruendo y todos huyeron despavoridos  a buscar refugio. Nadie se atrevía a salir, solo se oían ruidos y un humo negro se apoderaba del bosque.

Estaba ya anocheciendo cuando el ruido cesó y los animales pudieron salir de nuevo.

Fue en ese momento cuando la tristeza y la impotencia se adueñó del bosque. Todos los árboles habían sido talados. Las ardillas no podrían subir a los arboles a por alimento, los pájaros habían perdido sus nidos, no tendrían sombra en verano…. ¡Era horrible!  ¡El más espantoso de los sucesos!.

¿Pero quién?, ¿por qué?, ¿para qué? …..

Todos se hacían preguntas entre sollozos, pero fue Rino el zorro más valiente del bosque quien decidió buscar respuestas.

Formó un grupo de animales fuertes y rápidos dispuestos a seguir las pistas que les llevasen hasta los que habían destrozado el bosque. Juntos olfatearon el rastro de todos los objetos que se habían dejado en la zona del desastre.

Anduvieron durante horas pero finalmente llegaron hasta ellos. El piar de el pequeño Coti, un alegre canario que se había quedado en su nido, les terminó de dar la última pista.

Allí estaban, unos hombres con grúas y un montón de herramientas. Los animales observaron muy tristes cómo montaban los troncos de sus amigos los árboles en una camioneta. Oyeron cómo iban dispuestos a vendérselos a un hombre que fabricaba muebles en su casa.

Ilustración de Ana Carmen Kummerow

Los animales no podían dejar que aquellos hombres se salieran con la suya y ganaran dinero sucio.

Se unieron formando un gran círculo que los dejó en el centro. Aullaron, piaron y ladraron durante un largo tiempo hasta llamar la atención de todos los habitantes del pueblo más cercano.

Estos no tardaron en llegar y ver lo que estaba pasando. Se enfadaron muchísimo porque les habían destrozado su bonito bosque  que ellos tanto cuidaban.

Los echaron de allí esperando no volverlos a ver nunca más.

Aquel año la bienvenida de la primavera no fue feliz, pero entre todos se encargaron de que nunca jamás ese crimen volviera a ocurrir en sus bosques.

Fin

Raquel Bonilla Santander