El nombre de la Cosa

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Género: Relato corto

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Paloma Muñoz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

El nombre de la Cosa.

Hace muchos años que vi una película horripilante cuyo título, La Cosa, me produjo una sensación de terror, asco, desasosiego y mal rollo impresionantes.

Nunca antes me había sentido tan mal. Bueno, me ocurrió algo parecido cuando vi Alien, el octavo pasajero, aunque no salí de la sala tan afectada.

Recuerdo que salí con las piernas que no me sostenían como Rambo.

Cuando vi Alien iba con unos amigos.

Durante  la proyección de La Cosa iba acompañada del que hoy es mi marido.

¡Pobre hombre, vaya tardecita que pasó!

Los dos salimos cagándonos en todo lo inimaginable después de asistir a ese espectáculo abominable de efectos especiales a cada cual más grotesco, espantoso, repulsivo y abyecto.

El director de esa “película de culto” según los expertos en la materia,  John Carpenter, dio el do de pecho con esa asquerosa película que copiaba la historia de la célebre El enigma del otro mundo de los años cincuenta.

Para nada se parecía.

Muy al contrario: el terror más deleznable y vomitivo se adueñaba de la historia que no escatimaba en escenas tan sumamente desagradables que herían cada dos por tres la sensibilidad del más pintado.

No voy a entrar en describir tales escenitas, basta con decir que en una ocasión me enviaron por el Facebook una publicación en la que, precisamente, se exhibían escenas de tan horrenda película pero hechas con ¡plastilina!

Pues aunque estuvieran hechas con plastilina seguían produciéndome un mal rollo indescriptible.

Recuerdo al presentador Florencio Solchaga presentando en la tele la película y diciendo muy serio y profesional:

‹‹ Las imágenes que van a presenciar son altamente violentas y terroríficas y pueden herir la sensibilidad de los telespectadores››  o algo así.

El bueno de Florencio Solchaga le hizo un gran favor a La Cosa porque la gente fue a verla a mansalva.

Además se presentó en el Festival de Sitges en el año 1982.

Pero a lo que voy, esta película me produjo mucho miedo y mucho asco.

Recuerdo que hubo gente que se salía de la sala. No me extraña. Yo casi salgo corriendo despavorida y ¡mira que me gustan las películas de terror y ciencia ficción! pero esta espeluznante “Cosa” me hizo odiar a John Carpenter.

No se trataba de lo que me hizo sentir Alien y su claustrofobia de peligrosos giros con esos pasillos y rincones tenebrosos de la nave Nostromo a la espera de que salga el jodido extraterrestre.

Porque  a pesar de lo repelente que era el  bicho, era eso… un bicho.

Pero esta cosa era un ser proteico que adoptaba  forma o formas terroríficas de pesadilla.

Y no quiero seguir dando más explicaciones que mala de la muerte me pongo.

Mucho miedo y mucho asco.

No volví a verla.

Eso me ahorré.

Por cierto, casi me alegro de que mi relato no tenga ilustración.

Gracias.

Paloma Muñoz

Madrid, 4 Octubre 2017

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El Señor del Miedo

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Género: Melancolía/Microrrelato

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Axel A. Giaroli. Quedan reservados todos los derechos de autor.

El Señor del Miedo.

Un sol seco y anaranjado recortaba un horizonte lleno de quietud. Bajo este, como si fuera en una pintura de trazo borroso, y desarrollada por la mano de una mente insana, se mecían hectáreas de espigas de maíz amarillentas y enfermizas. Apenas puedo oír unos graznidos en la lejanía, perdiéndose en el maizal, más allá de cualquier tipo de atisbo de humanidad, calor y amor posible. Y eso, cuando tengo suerte. Por norma es el silencio el que es soberano en aquellas tierras que me castigaban con la eterna soledad. Es un cuadro que siempre veo en otoño, condenado a observar, callar, esperar…

Sin duda, soy un maestro en mi arte. Y mi maestría sólo es superada por la pena que me produce el ejercerla. El desprecio que siento ante este, el… odio que termina embargándome.

Nadie merece ser el mejor en lo que más desprecia…

Pero no hay seres a los que culpar, el amo simplemente se limitó a crear un instrumento que pudiera servirle. Y en el proceso, le dio todo lo que era necesario para su ejercicio: tengo piernas largas y grotescas para aparentar una altura amenazante, brazos delgados que apenas pueden sujetar un oxidado tridente para mi ejercicio, un mono viejo, decrépito y desgarrado que simboliza mi condición de espuria y contranatura, y también, un rostro anaranjado y monstruoso con el que siempre consigo cumplir con mi labor.

No soy más que la parodia de un hombre, un monigote clavado eternamente para una única función: el guardián del maizal, el Señor del Miedo…

Es trágico, pues siempre he querido conocer a los pájaros que tanto se afanan a alejarse de mí: «No te acerques a él; es el Señor del Miedo. Si lo haces, tu sangre ayudará a limpiar las capas de oxido que se acumula en las puntas de su fisga».

Eso me convierte en el mejor en lo mío, pero me condena a una soledad eterna…

Axel A. Giaroli

28/10/17

22ª Convocatoria: Batman

Batman.

 

Ilustración de Marta Herguedas

Con alas de piel

Érase una vez un feudo de acero y hormigón en el que reinaba la paz. Sus gentes construían un futuro prometedor, los líderes gobernaban con decisión, los obreros manejaban la maquinaria, los economistas dirigían la banca, los chicos jugaban y aprendían, los agentes de seguridad hacían respetar la ley,… en general, el trabajo abundaba y la felicidad era una plato que todos compartían.

Sin embargo, poco a poco la estabilidad del feudo se fue colapsando. No de forma inmediata, pues una semilla pútrida florece con paciencia, como un cáncer que va avanzando bajo tierra y pudre todo lo que toca a su alrededor. Pero, para cuando todos se dieron cuenta, era demasiado tarde: los líderes realizaban tratos con el Diablo, los obreros comenzaron a despedazarse entre ellos, los economistas guardaban en sus bolsillos parte de las ganancias, los jóvenes se drogaban y prostituían, los señores de la ley se dejaban comprar e imponían su autoridad de forma desmedida… las huestes del Mal se hicieron con cada rincón del territorio, y este, fue llamado Gotham: el reino del caos y el pecado.

Mientras aquello ocurría un joven de sangre hidalga vivía alejado del pueblo, en una torre de cristal y de acero. Dicho joven no era otro que el joven Bruce, hijo de la noble casa de los Wayne. Su padre, era legendario en todo el Reino. Un campeón que con la fuerza de su voluntad y la filantropía más pura había mantenido en jaque al Mal que asolaba al territorio. Hombre de letras y de ciencias por igual, se había dedicado a la medicina, llegando incluso a convertirse en un caballero que luchaba armado con su pluma, la razón y las palabras, que utilizaba sus recursos en grandes fundaciones y había incluso tenido el honor de convertirse en el médico del Rey. Sus ojos eran de un brillo imbatible, una decisión que lo hacía merecedor de su título. Mas por desgracia, las fuerzas del Caos acabaron por devorarlo junto con su amada esposa, dejando al pobre heredero de los Wayne solo y aislado en lo más alto de su torre cristalina.

Un día, observando desde el techo el viejo cielo algo viciado, una criatura de origen diabólico aunque de ojos vidriosos, cayó herida e indefensa. La bestia era un cachorro que no había crecido, una idea engendrada bajo el sino corrupto y maléfico de una ciudad maldita. Con alas de piel rasgadas no podía volar, pues el Mal que le dio la vida lo había traicionado dejándolo caer en medio de la fría noche. El niño observó con curiosidad a la criatura, no podía evitar sentir un halo de miedo y repugnancia ante su figura jorobada, peluda y grotesca. Mas en el fondo de su corazón, había admiración, esperanza,… pues ¿no eran nobles los intentos de regresar y combatir el negro corazón de los cielos? Venciendo a su timidez, se acercó lentamente ante aquella bestia. Su cabeza giró, sus fauces se abrieron, un grito que parecía una maldición en la noche llenó el vacío del espacio, la criatura alzaba las garras: estaba herida, aunque no indefensa. Apenas escuchó el chico aquel canto de guerra, y se escondió en el interior de la torre sin atreverse a salir ni a mirar al exterior. Por primera vez vio a uno de los vástagos del Mal; sintió miedo, dolor y odio al mismo tiempo. Notaba como algo crecía en su interior… incapaz de saber la razón de aquella existencia. Las horas se sucedieron hasta que finalmente la curiosidad venció al temor, aquel ser seguía insistiendo en sus intentos de regresar al infinito. La compasión fue más fuerte que la repulsión. El chico llenó un cuenco de frutos secos, y por una abertura, se la ofreció al cachorro. Receloso, aunque hambriento, la pequeña bestia se acercó. Aceptó el regalo y comenzó así una relación que se fue cimentando con el tiempo. Ambos, criatura y niño, crecían mientras la ciudad se pudría en el exterior. En los ojos del ser, el joven noble encontraba algo que lo diferenciaba de otras muchas criaturas del exterior: un brillo que le resultaba del todo familiar, el reflejo invencible de un ente que nunca se rendía. Con el tiempo las alas del animal se hicieron grandes, diabólicas. Se curaron rápidamente, por lo que el chico lo llevó al tejado.

—Vuela, muerciélago —le dijo—. Vuela y piérdete en la noche.

Mas la bestia no podía obedecer a la petición, pues ya no formaba parte del Mal. En su interior no se sentía preparada para volar, veía ahora a las huestes como enemigos a combatir: aquellos que lo abandonaron y lo dejaron morir en medio de la nada.

El muchacho asintió y aceptó; todavía no estaba listo. Pasó el tiempo, el cachorro se convirtió en un concepto; un hecho contradictorio destinado a enfrentar con las mismas armas a aquello que lo engendró. El chico se convirtió en hombre, se dio cuenta de que nada conseguiría encerrado en aquella torre de cristal. Regresaron a los tejados, las alas se alzaban majestuosas, la lluvia era un bautizo.

—No podemos quedarnos aquí —exclamó el noble— . Hay que combatir contra toda esta podredumbre, debemos vencer al Mal cueste lo que cueste: el reino tendrá ahora un nuevo campeón.

Un chillido de guerra sonó aún más fuerte, el feudó tembló al darse cuenta de que había forjado la llave de su perdición. Wayne cabalgó sobre la bestia, la criatura alzó el vuelo; ambos eran leyenda.

—Somos uno, murciélago —dijo—. Somos el corazón de Gotham, somos el remedio que acabará con toda la corrupción, somos Batman.

Axel A.Giaroli

A través del espejo y lo que Batman encontró ahí

Autor@: 

Ilustrador@: Carolina Cohen

Corrector@: 

Género: Fantasía/Cómic/Pulp

Rating: +13

Este relato es propiedad de Axel A. Giaroli. La ilustración es propiedad de Carolina Cohen Polanco. Quedan reservados todos los derechos de autor.

A través del espejo y lo que Batman encontró ahí.

«…A veces creo que el asilo es una cabeza. Estamos dentro de una gran cabeza y existimos porque alguien nos sueña. Quizás sea tu cabeza, Batman. Arkham es un espejo. Nosotros somos tú.»

Arkham Asylum: A Serious House on Serious Earth, pág. 47, viñ. 6

El Sombrerero Loco

Bruce Wayne avanzaba con decisión a lo largo del pasadizo, los kilométricos corredores del manicomio eran como los de un gigantesco laberinto en el que hacía tiempo que se había perdido la razón. El justiciero conocía muy bien aquellos pasillos; los había atravesado en más ocasiones de las que le hubiera gustado para asegurarse de que algún paciente llegara sin inconvenientes hasta su celda de destino. Se conocía el lugar de arriba a abajo, ya ni siquiera tenía que plantearse hasta donde caminar: un cruce en la derecha llevaba a Tratamiento Intensivo, en la izquierda, la sala de espera, dirigiéndose hacia el centro la zona del jardín. Seguía avanzando, de nuevo a la izquierda podía girar hasta la sala de los más peligrosos: sin duda Killer Croc estaba tranquilo ese día, porque nada se estaba escuchando desde donde marchaba. A la derecha esperaba la Zona de Aislamiento…

No, ahí no estaba.

En su lugar, un enorme espejo del tamaño de una puerta aguardaba enfrente, con su reflejo observándolo de forma fija. El traje de cuero del hombre murciélago era una herramienta destinada a amedrentar a todos aquellos utilizaban el miedo con el fin de imponer su poder, aquellos que irónicamente se comportaban como cobardes y supersticiosos. La primera de todas esas criaturas era Bruce Wayne, el mayor cobarde y supersticioso de todos. Por fortuna, ya hacía tiempo que consideraba su traje como su figura principal, su personalidad se escondía por medio de su auténtica piel; en lugar de esconderse en el traje de Batman. Se vio los brazos, por segunda vez la sorpresa le recorrió la espina dorsal. De los pies a la cabeza Wayne se encontraba desnudo, no tenía nada puesto encima. La pálida piel se iluminaba en el único foco que tintineaba en el techo del pasillo. Sin embargo, ahí seguía delante suyo su álter ego: Batman, el Señor de la Noche. El Caballero Oscuro de una ciudad que estaba condenada antes incluso de ser contruida.

Wayne comenzó a preguntarse la razón de aquellos sucesos, sin duda Arkham era un lugar en el que lo extraño podía llegar a darse pie en cualquier momento, pero no por ello se dejaba de sujetar bajos las reglas de la física y la lógica. Preguntándose estas cuestiones comenzó entonces una nueva serie de dudas: ¿qué razón lo había llevado a recorrer los pasillos del manicomio? ¿qué podía ser aquello que buscaba? ¿recordaba algo anterior al recorrido que había realizado?

El hombre comenzó a razonar lentamente; se dio cuenta de lo obvio: aquel sitio no era el Asilo Arkham. No al menos en el sentido formal de la palabra. Lo que estaba viviendo bien podía ser un suceso que ocurría en un plano onírico de la realidad, algo que no tenía porque tener sentido desde una perspectiva racional. Aquello alertó sus sentidos, pues las dos únicas posibilidades que podían llevarle a esa situación era que o bien, estaba soñando (cosa que normalmente no tenía la costumbre suceder) o tal vez, alguno de sus múltiples enemigos le había atrapado en una de sus variopintas trampas convencionales (el razonamiento más probable de todos).

Comenzó a indagar mentalmente, ¿quién de todos podía ser aquel que lo había retenido?  Era bien sabido que a lo largo de los años Batman había cimentado de forma involuntaria una galería de villanos inmensa. Tantos que incluso sus compañeros de la Liga de la Justicia le habían llegado a decir que no comprendían como podía soportar una semejante presión encima de sus hombros. De todos aquellos, algunos tenían un modus operandi que se limitaban en ataques directos, pero otros utilizaban tácticas que fácilmente podía llevarlo a aquella circunstancia. ¿Era el Espantapájaros? Jonathan Crane estaba obsesionado con los efectos del miedo, una de sus mayores ambiciones era atrapar a Batman en una pesadilla eterna. Lo cierto es que el aspecto onírico de la situación lo hacía lógico a la hora de sospechar sobre su posible participación, aunque por otra parte, de haber sido así, habría comenzado a sentir la adrenalina desde el mismísimo momento en que recorría los pasillos. Bruce se sentía inquieto, pero no tenía miedo. No podía ser él. Y ¿qué tal Enigma? La patología obsesiva compulsiva de Edward Nigma lo habían llevado en ocasiones a diversos quebraderos de cabeza contra el murciélago. Siempre buscaba la forma más perversa de desafiar su mente, siempre había querido encontrar aquel acertijo que fuera incapaz de resolver el Caballero Oscuro. Sin duda, aquello explicaría lo simbólico del espejo, pero desde luego no formaba parte de su metodología los recursos que se alejaban de la lógica y se acercaban a lo psicotrópico. Por no hablar de que cuando exponía un acertijo, siempre estaba bien claro al principio. Tampoco era él.

¿Quién entonces?

El espejo… Wayne recordaba perfectamente los símbolos que transmitían a muchas culturas. En ocasiones, eran alusiones a un autodescubrimiento, muchos consideran que es una puerta que lleva a una ingente cantidad de conocimiento que…

Espera, una puerta…

El espejo es también un elemento muy destacable en una obra antigua, una considerada importante en la historia universal de la literatura. ¿Qué obra sería? Bruce no hacía más que maldecir para sus adentros el hecho de que la situación onírica lo empujara a ser menos lúcido de lo común, debía realizar un pulso mental para conseguir vencer aquella situación. Un espejo,… una obra importante de la literatura… ¿A-Alicia? ¡Sí! ¡Alicia a través del espejo! Sota, caballo y rey: ya sabía quien era aquel que debía de estar jugando con su mente.

Jervis… —susurró Wayne.

Sin duda tenía que ser él: Jervis Tetch, conocido en toda la ciudad de Gotham por su otro yo: el Sombrerero Loco. Era el único en el que encajaba con todos los elementos. Modus operandi, motivaciones, capacidades para llevar a cabo dicha tarea,… Jervis había sido un neurocirujano con recursos muy avanzados a la hora de controlar la mente de cualquier persona. Un hombre con un cerebro muy privilegiado que se había hecho experto no sólo en neurocirugía sino también en las más avanzadas técnicas informáticas. Con sus conocimientos, sus dotes de superdotado y sus ideas de vanguardia había conseguido un puesto importante en las empresas de la Wayne Tech, una posición que echó a perder debido a su obsesión por una mujer y a la obra del inmortal escritor Lewis Carroll. Jervis deseaba tomar venganza contra Batman, quería encerrarlo en un mundo de fantasía y delirio muy parecido al que Alicia había tenido que enfrentar en su obra.

Bruce Wayne apretó los dientes, había descubierto el juego del villano muchísimo antes de que la trampa se cerrase del todo. Pero aquello no importaba porque ya estaba en medio del juego. La única forma de salir era aceptar el reto de el Sombrerero y cruzar el umbral. La figura de Batman que se reflejaba delante de sí comenzó a reír. Wayne acercó la mano hacia el espejo, el brazo atravesó el cristal como si fuera un simple líquido transparente. Bruce suspiró, debía avanzar hasta ver aquello que lo aguardaba al otro lado.

***

Bruce surgió en medio de un lago, alrededor suyo había una inmensa vegetación. Avanzó desnudo a través de los páramos de un gran bosque. Las plantas tenían el cuádruple de su tamaño original, las flores parecían edificios que tapaban la luz del medio día, sus tallos eran gruesos, verdes y espesos como los de una jungla. A lo lejos consiguió divisar un mandoble insertado en una roca. El hombre se acercó lentamente, observó con detalle el cuero de la empuñadura…

—Sólo con esa espada conseguirás vencerlo.

Wayne giró sobresaltado, aquella voz femenina había sonado demasiado cerca. Lo que divisó a poca distancia no le sorprendió en absoluto.

—Pamela —contestó. Sus músculos se tensaron preparándose ante una posible respuesta hostil—. O quizás… una proyección mental mía de ella.

—Estás aquí para liberarnos, salvarnos del yugo que nos somete aquí dentro…

—¿Dónde está Jervis, Pamela? —interrumpió—. Se oculta cerca, ¿verdad?

La mujer pelirroja enarcó una ceja, apretó los labios molesta.

—Mi nombre no es Pamela, Libertador.

Wayne negó con la cabeza, suspiró lentamente.

—No estoy para juegos, Hiedra. Sólo quiero salir de aquí.

—Tampoco soy Hiedra Venenosa —contestó—, ella está donde la dejaste la última vez, en el Asilo Arkham. Yo soy La Reina Roja.

Bruce Wayne cruzó los brazos, observó con autosuficiencia al espejismo que tenía en frente.

—Entonces… ¿eso significa que no estamos en el Asilo?

Los ojos de la villana brillaron con intensa furia.

—No te hagas el idiota, sabes perfectamente que esto no es Arkham —exclamó— . Has venido aquí para salvarnos a todos. Lo has hecho porque no sabes hacer otra cosa. El mundo que ves a tu alrededor está controlado por él. Lo único que puedes hacer es escapar salvándonos a todos o muriendo en el intento.

—Y, ¿qué ocurrirá en caso de que no quiera seguir tus jueguecitos? ¿y si simplemente me quedo aquí y espero?

—Entonces nunca saldrás.

Bruce Wayne se mantuvo en silencio. Frente a él, aquel ser parecido a Pamela Isley hizo exactamente lo mismo. Finalmente, Bruce accedió.

—¿Qué tengo que hacer para liberaros?

La Reina de Corazones sonrió.

—Fácil, sólo debes tomar esa espada y jurar lealtad ante mi escudo de armas. Después de eso lo único que resta es que te nombre mi caballero y avances hasta la octava casilla dejando en jaque mate al Dictador.

—¿Octava casilla? ¿Jaque mate? —inquirió Wayne—. ¿Cómo en una partida de ajedrez?

No obtuvo respuesta, en su lugar el mandoble esperaba en medio de la roca. Él lo aferró con fuerza, empuñando a través de su voluntad aquel hierro que descansaba en el interior del granito. Tiró con vigor, lo sacó. Sintió como todo el poder recorría sus brazos, tal vez un efecto secundario derivado a la idea de acceder a aquel juego. Leyó la inscripción que había en la hoja.

—Vorpal… —susurró—. No me lo digas: debo destruir al Jabberwocky.

—Lo llames como lo llames, no es otro que el Dictador —aclaró—. Continúa a través de las colinas, encontrarás a otros que te ayudarán a acceder al castillo donde deberás enfrentarlo y derrotarlo.

Tras decir aquellas palabras, poco a poco ella se transformó en un Lirio. Nada había que decir al respecto, sólo quedaba avanzar y terminar con aquella locura.

***

El bosque se iba tornando en un lugar ascendente y oscuro, uno en el que avanzar se hacía más y más difícil. La noche sorprendió a Wayne, no quedaba más remedio que hacer un alto antes de seguir continuandoSe detuvo e hizo un fuego. Reflexionó brevemente sobre aquella situación. Fuera lo que fuera aquello que Jervis había planeado, en esa ocasión se había esmerado realmente. De repente, una risa comenzó a escucharse. Bruce alzó la espada ante la idea de que tendría que enfrentar una amenaza. La risa se fue transformando en una carcajada, una que le resultaba terriblemente familiar…

—Joker…

Bruce sintió el estómago revuelto, una sonrisa flotaba en el aire encima de una rama. Poco a poco la figura del payaso Príncipe del Crimen se fue materializando en un hecho normal. Sentado encima de la rama lo observaba con un gesto obsceno y una risa dantesca.

—¡Vaya, vaya, vaya! ¿qué es lo que tenemos aquí? —preguntó retóricamente—. ¿No es gracioso que nos encontremos en una situación tan peculiar como esta?

Batman se apoyó en su espada, sus ojos transmitían una furia imposible de competir.

—Aún siendo una simple proyección, no puedo sino sentir un enorme desprecio ante tu persona.

—O… cálmate, «Señor de la Noche» —respondió. Luego, una leve risa fue escupida como una cascada—. Para ser considerado el mejor detective del mundo te está costando mucho deducir que es lo que está sucediendo.

—¿A qué has venido? ¿Eres un guía o un enemigo a batir?

El Joker se limitó a encogerse de hombros.

—Quizás ambas cosas, o tal vez ninguna —contestó—. Puede que sea un simple habitante más de este reino impuesto con un supuesto control en el que me conformo en generar algún caos de vez en cuando.

—Estás tan loco como el auténtico…

—¡Todos estamos locos! —exclamó histriónico—. ¡Incluído tú! ¡tú eres el más loco de todos!

Aquello le enfureció, era evidente que no podía evitar llevar a cabo la acción que realizaba. Lo único que hacía era su papel de Gato de Chesire, pero también le hervía la sangre que le quedará tan bien la interpretación a un maníaco como aquel.

—Sólo dime hacia donde debo avanzar —exigió.

—Eso depende, ¿hasta donde quieres llegar?

—Hasta el castillo de aquel ente conocido como el Dictador… y lo más lejos que pueda de ti —añadió—. Es la única forma de conseguir mantener sano tu registro dental.

El Joker volvió a reír, lo hizo tan fuerte que estuvo a punto de caerse de la rama del árbol. Cuando se detuvo señaló un camino oscuro y espeso.

—Avanza a través de esa senda, leeeeejos, muy lejos, chico. Entonces, sólo entonces, encontrarás al Sombrerero Loco… ¡el único que sabe como salir de aquí!

Bruce Wayne sonrió; ya no tenía escapatoria. La figura del Joker fue transparentándose, dejando la risa en el aire…

—Y, recuerda: ¡tú eres la clave para lograr escapar!

El desagradable sonido de la carcajada fue perdiéndose en un eco pegajoso, la sonrisa desapareció junto con un sonido sacado de las pesadillas más terribles que había anidado en una ciudad. Bruce recogió su espada, observó el camino. Era el momento de continuar.

***

La mesa estaba preparada, las distintas tazas de té listas para ser servidas. En el extremo el Sombrerero Loco no hacía más que sorber lentamente su bebida favorita, una que bebía en unas eternas cinco en punto. Bruce Wayne avanzó sigilosamante hasta la espalda de su adversario. Cuando estuvo lo bastante cerca, lo agarró del cuello de la camisa y lo amenazó con la punta de su espada.

—El juego ha terminado, Jervis —profirió—. Devuélveme a la realidad.

Jervis Tech temblaba ante la mano de aquel hombre furioso.

—¡No me hagas daño, por favor! ¡Yo no soy aquel que buscas!

Wayne estaba confundido, se suponía que debía observarlo indiferente, decirle que él realmente no estaba ahí, exclamarle el objetivo de su juego. Debía admitir que el villano parecía realmente sincero. El cuadro era distinto al de la obra original: la mesa estaba ordenada, no había señal de ninguna fiesta. Por no hablar de un aspecto muy importante…

—¿Dónde está la Liebre de Marzo? —preguntó Bruce—. Este es tu pasaje favorito del libro, es imposible que no esté perfectamente representado.

El Sombrerero Loco observó al héroe con un semblante triste.

—Arrestado —confesó—, su locura lo llevó a infringir las leyes. Está recluido en el interior del castillo a la espera de ser decapitado.

Wayne soltó a Jervis, no había razón para seguir sujetándolo. Todo parecía apuntar a que se trataba de otro extraño aliado.

—Está bien, haré todo lo posible para salvarlo. Dime, ¿cómo accedo al castillo?

—No puedes, está resguardado día y noche —respondió con completo pesimismo—. El Dictador es muy desconfiado, no deja de vigilar nunca. Sabe que estás aquí para matarlo, no parará hasta detenerte.

Bruce Wayne sonrió, sujetó la espada con fuerza.

—A menos, por supuesto, de que obtenga aquello que desea.

El Sombrerero Loco enarcó una ceja.

—¿Qué quieres decir? —preguntó confundido.

—Nos acercaremos al castillo y dejaremos que me detengan.

—¡¿Estás loco?! —clamó—. ¡Si haces eso te expondrás ante él! ¡Te matará seguro!

—Es una jugada arriesgada del ajedrez, sacrificamos a la reina para dejar vulnerable al rey rival. Es de una partida clásica: la Partida Inmortal.

—¿Cómo sabes que no te destruirá cuando te tenga en sus manos?

—No lo hará, por lo que he podido ver mantiene su reino bajo un orden enfermizo. Es un maníaco del control, necesita demostrar que puede dominarme. No estará satisfecho hasta que me tenga en sus manos y consiga demostrarlo.

Jervis Tetch dirigió su vista hacia el suelo, suspiró.

—Esperemos que tengas razón.

***

Bruce Wayne fue llevado al interior del Salón del Trono, sus manos estaban sujetas por esposas inoxidables. En ambos lados, le escoltaban Tweedlecara y Tweedledent. En un caso, un soldado que parecía la versión completa del lado oscuro de Dos Caras. En el otro, un guardia con el aspecto de Harvey Dent, un fiscal del distrito al que una vez Wayne llegó a llamar amigo. Los dos lo dejaron en el centro de la estancia, único lugar iluminado de la habitación.

Dejadnos.

Aquella voz oscura se proyectaba desde el trono. La falta de luz impedía vislumbrar al ente que la poseía. Los hermanos se marcharon del lugar, cerraron la puerta. El trono se iluminó y la sorpresa fue reflejada en el rostro del Libertador.

Bienvenido a mi castillo, Bruce —exclamó Batman—. Bienvenido a mi hogar.

Wayne no podía creer aquello que observaba sus ojos, la imagen que había considerado siempre su auténtica naturaleza esperaba allí, sentado como un tirano ante su presencia.

—No, esto no es posible…

Sabes que sí, lo has sabido desde el principio… sólo que no te atrevías a pensarlo. La última vez que nos vimos eras sólo un niño, fue cuando me pediste la fuerza suficiente como para evitar que otros muchos niños como tú se convirtieran en huérfanos.

Bruce Wayne negó lentamente, la revelación era difícil de creer.

En aquel momento hicimos un trato, firmaste un acuerdo en el que me dabas el control de tu cuerpo a cambio de esa fuerza: me vendiste tu alma.

El hombre se acercó hasta el trono.

—¿Qué es lo que quieres? ¿por qué me has hecho venir?

El murciélago lo observó con completa seriedad, era aquella mirada de la que Bruce Wayne se había servido en muchísimas ocasiones para conseguir inspirar miedo en sus enemigos.

Porque quiero formalizar de todo el trato. Verás, formas parte del pasado. El niño que fuiste antaño murió aquella noche en ese lúgubre callejón. Es tiempo de que me des el control absoluto que me he ganado a lo largo de los años.

Bruce Wayne observó con atención hacia el fondo posterior del trono. Vio los pies del sillón, el suelo que pisaba, las paredes que les cubrían… todo estaba compuesto de cráneos humanos.

—Hasta ahora has funcionado porque yo te controlaba… si te dejo solo nada podrá detenerte. Convertirás a Gotham en una versión exacta de tu grotesco reino: la sangre de la venganza teñirá las calles…

Sangre de criminales, de escoria humana —interrumpió—. De personas que no merecen vivir ni tampoco compasión.

—No —exclamó—, eso no va a pasar. No continuarás así, sin mí no vales nada…

Por primera vez en su vida Wayne escuchó la carcajada del murciélago. Jamás había pensado que podría llegar a oír un sonido más desagradable que la risa del payaso… hasta ese momento.

Yo soy mucho más de lo que jamás serás tú —afirmó—. Cuando mueras, alcanzarás el olvido. Yo… simplemente no puedo morir. Soy leyenda, soy el espíritu de Gotham. Me he forjado hasta convertirme en un ser mucho más poderoso de lo que cualquier otro habría incluso soñado. Ya nada puede deternerme,…

Dos espadas salieron del interior de la Tierra. Una oscura, la otra brillante. Las esposas se soltaron, Bruce Wayne sujetó con fuerza la Vorpal. Preparó con ambas manos la carga contra la criatura.

…ni siquiera tú —culminó el tirano.

—Tendrás que demostrarlo, monstruo —contestó—. Quien gana se lo lleva todo, quien pierda, nada.

Los dos mandobles chocaron, un grito de guerra sonó en medio de la estancia.

***

Bruce Wayne observaba el espejo con el traje de Batman puesto, se había quitado la capucha. Al otro lado un reflejo de su rostro que no había alcanzado a ver desde hacía por lo menos diez años lo observaba inquisitoriamente. Las ojeras estaban bien marcadas, había sido una noche horrible. Agarró la capucha con fuerza, la observó sintiendo como sus dudas crecían enormemente. Batman miraba con atención hacia su máscara confundida. Finalmente, tomó una decisión.

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Axel A. Giaroli

Ilustración de Carolina Cohen

La reina del terror underground

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Ilustrador@: 

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Género: Terror/Thriller

Rating: +18

Este relato es propiedad de Axel A. Giaroli. La ilustración es propiedad de Jordi Ponce. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La reina del terror underground.

Ella estaba muy sorprendida. No podía creerse la acogida que había conseguido. En medio de aquella sala de conferencias pudo observar una multitud de fanáticos que, seguramente, habían decidido venir desde más allá del estado, algunos incluso, del país, tan sólo para poder verla a ella. Como ameritaba este tipo de reuniones organizadas, muchos estaban disfrazados representando a sus monstruos favoritos del mundo del terror, sean estos del cine, del cómic o incluso, representaciones de algunas de sus novelas. Había unos cuantos que habían decidido disfrazarse de aquellos que le habían atemorizado cuando sólo era una adolescente. Allí, a lo lejos, había como quince Freddy Krueger’s, unos pocos Jason Voorhees, otros Hannibal Lecters e incluso, algunos cuantos zombies o monstruos de la época clásica como momias, vampiros u hombres lobo. Jamás se habría esperado que tantas personas hubiesen querido acudir a escucharla a ella. Si bien sabía que con los años había conseguido adquirir cierto éxito como una especie de autora de culto, jamás podría haber creído que tendría semejante capacidad de convocatoria. Lo cierto era que se sentía muy abrumada, estaba nerviosa porque no quería defraudarlos.

Su viejo amigo amigo Mike Wallace le estaba presentando. Para no desentonar, había decidido vestir como su asesino en serie cinematográfico favorito: Benjamin Willis, el villano principal de la película ‘Sé lo que hicisteis el último verano’. Aquel impermeable de pescador le quedaba como un guante.

Una elección muy adecuada teniendo en cuenta la situación en la que actualmente se encontraban.

—Para mayor deleite de todos ustedes, aquí la tenéis: Esther Morales, más conocida por el sinónimo literario de L.H. Shelley. Identificada mundialmente con el título de ‘La Reina del Terror Underground’. ¡Un fuerte aplauso para ella!

La aclamación general se extendió como una ola a través de las paredes. Morales se acercó al atril y no dejó de sonreír mientras saludaba al gentío que la vitoreaba tan acaloradamente. Convencida de que si se esperaba demasiado iba a quedarse totalmente muda, decidió darle un par de toques al micrófono con el fin de comprobar el volumen, para después hablar directamente.

—No me esperaba semejante participación —introdujo—. Estaba convencida de que era la única friki a la que le gustaba lo que yo escribía.

Las risas de la sala fueron un aliciente para relajarse poco a poco. Sin embargo, ella comenzó a analizar lo que acababa de decir casi sin pensar. Aquello había sonado bastante presuntuoso, como si mirase por encima del hombro a sus seguidores. Esa no había sido su intención, los nervios comenzaban a manifestarse de nuevo. Buscó entre sus tarjetas y la leyó en silencio. Sonrió, lo que acaba de encontrar era perfecto para recuperar su seguridad.

—A mí me gusta comenzar este tipo de charlas con un chiste. Quise guardar algo entre mi repertorio para poder… romper el hielo. En este caso he conseguido unos pocos que se relacionan con la temática que estamos tratando —contestó. Luego se dirigió hacia su tarjeta y volvió a acercarse al micrófono—. ¿Qué hace un asesino en serie para poder entretenerse?: Matar el tiempo.

Continuó una retaila de carcajadas y una serie de nuevos aplausos que propiciaron que por fin se tranquilizara del todo. El chiste había sido malísimo. Estaba segura de que casi todos se habían reído por mero compromiso, pero aquello había sido suficiente como para comprobar que tenía al público de su parte. Por fin podía empezar a entrar en materia.

—Aunque no lo parezca en eso consiste la labor de escribir una buena historia de terror: en matar el tiempo. Siempre creí que lo importante era lograr que, desde la primera hasta la última línea, se sepa administrar muy bien el tiempo del lector. Para ello no sólo es necesario disponer de un control perfecto del ritmo, si no que también hay que conseguir que estos tengan interés en ponerse en el lugar de las víctimas y en aquello a lo que se tienen que enfrentar. En la ponencia de hoy os voy a explicar las fórmulas que utilizo para escribir no solamente mis obras terror en general, sino también, como sé que muchos de ustedes esperan, bien porque sean fanáticos de mi particular estilo o aspirantes a escritor en ciernes, la manera en que elaboro mis historias más leídas y aceptadas: los thrillers protagonizados por asesinos en serie.

Inmediatamente después, Esther se agachó hacia una pequeña bolsa colocada justo detrás del atril. De allí retiró un volumen de tapa dura con una asombrosa portada en la que una figura con traje de pescador era reflejada por un rayo que impactaba a sus espaldas. Su rostro estaba tapado por las sombras que generaba el ala ancha de su sombrero. El amarillo ceniciento de su traje contrastaba con las manchas de sangre que violentamente habían impactado en su impermeable. En su mano derecha, el gancho brillaba bajo la luz de ese momento que había querido ser capturado en aquella ilustración. Sin duda, un personaje que se había basado en aquel del que había decidido disfrazarse su anfitrión.

—Para ello utilizaré como ejemplo la nueva novela que he publicado a partir de la semana pasada: ‘La sangre más allá de la bruma’, la séptima novela de la saga del Sr. Garfio, mi particular asesino en serie ficticio —exclamó—. Ruego que me disculpéis por el hecho de que aproveche para hacerme algo de publicidad, pero ya sabéis… tengo muchas facturas que pagar.

El público se rió una tercera vez, aunque en esa ocasión lo habían hecho de forma más suave. Esperaba que aquello fuera porque le prestaban tanta atención que habían decidido dejar de adularla y no por una repentina pérdida de interés. Tras una breve pausa, sonrió y continuó con presentación:

—En cualquier caso, quiero que sepáis que sois libres de interrumpirme cuando así lo dispongáis. Prefiero que vosotros conduzcáis la charla hacia donde queráis. Si tenéis una duda o deseáis que repita algo, levantad la mano y pedídmelo. De todas formas os aviso de que, cuando terminemos, dejaré algo de tiempo para que todos podáis hacerme preguntas y que, finalmente, realizaré una firma de libros para todos ustedes. ¡Esta noche promete ser muy completa!

***

—¡Mike! —exclamó Esther sorprendida—. ¡No te había visto desde la universidad! ¿Qué tal estás? ¿Qué te ha traído hasta Los Ángeles?

—Principalmente trabajo, pero después me dije: ¡qué demonios! ¿Por qué no aprovecho para ir a visitar a una vieja amiga?

Desde la entrada de su casa Morales pudo ver la figura de su antiguo camarada. No sólo había cambiado físicamente, sino también el carácter que reflejaba y su porte. Y lo había hecho para mejor. Iba vestido como un auténtico triunfador. Un estilo clásico que sin embargo, también se adaptaba muy bien a los tiempos actuales. Corbata roja, traje gris, un sombrero tipo fedora bajo el brazo derecho, maletín en el izquierdo y una sonrisa en sus labios. Sin duda, se había transformado en todo un galán.

—¿Te importa si paso? —inquirió Mike timidamente.

—¡Oh, claro! ¿Dónde están mis modales? —preguntó—. ¿Te apetece un vaso de…? ¡Creo que tenemos zumos!

—No, gracias. Estoy bien —contestó. Echó un vistazo a lo largo de las paredes del salón. Estaban decoradas con una modesta estantería de libros de artistas muy dispares y tomos de psicología y filosofía. También había unos pocos cuadros al estilo naíf y algunas cortinas de colores claros—. Tienes una casa preciosa. ¿La has decorado tú?

—Bueno, sí. Me gusta tener un ambiente relajado para cuando me pongo a escribir. La principal ventaja de mi oficio es que puedo llevarlo a cabo desde la calidez de mi hogar.

Ambos se sentaron en un sillón frente a frente. Morales dio un pequeño sorbo a su zumo de piña y luego miró a los ojos de su interlocutor.

—¿Qué hay de ti? ¿A qué te dedicas hoy en día? —inquirió.

—Poca cosa, en general viajo de un lado a otro y organizo eventos que requieren una alta suma de dinero. Soy lo que se dice un… promotor de grandes acontecimientos.

—Oh, eso suena interesante. Y dime, ¿tienes familia?

Wallace se encogió de hombros y, sin perder la sonrisa, contestó.

—A parte de mis padres, nada. Tengo que confesar que mi profesión es demasiado inquieta como para poder permitirme el lujo de compartir mi vida con otra persona. Ninguna mujer sería capaz de aguantar el que estuviera viajando constantemente, eso genera demasiadas preguntas: a dónde fuiste con aquel cliente, quien es esa fulana… —contestó. Luego volvió a mirarla a los ojos—. ¿Y tú qué? ¿Estás casada?

La mirada de la escritora se tornó nostálgica, dirigiéndose directamente en el contenido de su vaso.

—No… bueno, sí. Lo estuve pero aquello no funcionó —respondió—. A pesar de que no me obligan a ir a ningún sitio, mi trabajo no tenía un horario fijo y me absorbía demasiado. Al final nos separamos, pero nos llevamos estupendamente.

—Cielos, siento haber sacado eso…

—No te preocupes, es agua pasada —dijo—. Por lo menos conseguí algo bueno de esa unión. A parte de mi trabajo mi segundo gran amor son mis dos hijos.

El rostro del viejo compañero de facultad se iluminó de repente.

—¿Niños? ¡Jamás lo habría creído de ti! ¿Te gustaría presentármelos?

Esther contestó con una sonrisa, si había algo por lo que ella se sentía orgullosa era por sus hijos.

—¡Por supuesto que sí! —afirmó. Luego se dirigió hacia la escaleras de su casa y colocó una de sus manos en el lateral de sus labios para poder proyectar mejor la voz—. ¡Eva! ¡Jan! ¿Podéis bajar un momento? ¡Quiero presentaros a un viejo amigo mío!

La respuesta devino en un vago “ya voy”, junto con unos pasos rápidos que se dirigía hacia las escaleras. De repente se manifestó una joven de once años que llevaba el pelo largo y unas pocas pecas en sus mejillas. Para Wallace era la viva imagen de su madre.

—¿Dónde está tu hermano? —preguntó Morales—. También le he llamado a él.

La niña contestó rápidamente.

—Creo que se ha ido con sus amigos a jugar al béisbol.

—¡Creí haberle dicho que primero tenía que terminar con los deberes! En fin, estos niños… —se acercó junto con la pequeña hacia el hombre trajeado—. Este de aquí es Mike Wallace, un amigo de tu madre de la época de la universidad. Consiguió aprobar la carrera de psicología gracias a los apuntes que yo le pasaba. Sé buena y salúdalo.

—Hola señor. ¿Es usted escritor como mi madre?

—No pequeña, sólo un gran admirador de su trabajo —contestó—. ¿Has leído algo de lo que ella ha hecho?

Eva lo miró muy seriamente. Luego, comenzó a negar con su cabeza poco a poco.

—No, dice que todavía soy demasiado pequeña para poder leer lo que escribe. De todas formas no me importa, tampoco me llama mucho la atención.

—Pues eso es una pena, porque es una de las mejores artistas de su tiempo.

La niña perdió repentino interés en aquel hombre. Se giró hacia su madre y le replicó:

—Mamá, ¿puedo irme arriba y seguir hablando por teléfono con mis amigas? Sophie me quería contar una cosa que sucedió ayer en el colegio.

—Puedes ir tranquila —respondió.

Tras marcharse, ella volvió a colocarse en el puesto que estaba. Mike Wallace volvía a estar frente a ella.

—Es muy simpática, estoy seguro de que eres una madre formidable. —dijo él.

—Gracias —contestó—. Lo cierto es que es muy difícil educarlos estando yo sola. Por suerte, siempre consigo hacer malabares con mi trabajo y logro algo de tiempo para estar con ellos.

—Aunque lo cierto es que jamás habría pensado que tu vida se hubiera desarrollado así. Creía que una famosa escritora de suspense y terror tendría las paredes forradas de periódicos con los artículos de Sucesos y las Esquelas de los muertos. Sobre todo, un tono un poco más tétrico en la decoración.

Morales comenzó a reír. Después, sonrió de nuevo a su amigo.

—Prefiero reservar todo eso para la ficción. En cualquier caso, se supone que un buen asesino en serie se guarda su parte más pérfida en el interior de su mente. Siempre parece que su vida es perfecta para poder integrarse como uno más de la sociedad y así, cazar con mucha más facilidad a sus víctima.

—En eso estamos de acuerdo, por eso es difícil pillar esos tipos —secundó.

—No te creas —reclamó la escritora—. Lo cierto es que de forma frecuente sus impulsos y su vanidad los traicionan. En general, son personas que a pesar de que suelen tener un coeficiente mental bastante alto, suelen creerse que están por encima del resto de los mortales. Normalmente piensan que son más inteligentes e, irónicamente, eso los lleva a hacer cosas muy estúpidas. Pienso que por esa razón ocurre lo contrario: siempre terminan siendo cazados.

—¿Eso crees?

—Eso creo.

El hombre la señaló con cierto deje jactancioso.

—¿Y qué me dices de ‘Jack El Destripador’? ¿Y ‘Zodiac’?

—Bueno… en aquellos momentos no existían los recursos con los que hoy en día contamos. Quizás por eso ellos tuvieron la oportunidad y el lujo de que, a pesar de que cometían errores, pudieran evitar ser capturados.

Repentinamente, Wallace extrajó de su maleta un libro bastante nuevo. Ella lo reconoció al instante. Era un volumen de ‘El pescador silencioso’, la primera novela de la saga del Sr. Garfio. Fijándose un poco más se dio cuenta de que se trataba de una de las primeras ediciones sin corregir. Aquella que realizó sin apenas experiencia. En la actualidad, ese tomo debía valer una fortuna.

—Me gustaría que me lo firmaras —comentó—. Me encantó, y también la posterior actualización que hiciste. Aquella que te granjeó la fama en aquello que hacías. Leyendo ambas obras, se nota que quien las escribió, era en realidad dos mujeres muy distintas.

—No me esperaba nada de esto…

—Esta es la versión que tú redactaste antes de visitar la prisión de Sing Sing, ¿no? —interrumpió—. Antes de aquella que realizaste tras aprovecharte de lo que aprendiste al ir a hablar con Robert Hamiltton, el famoso ‘Destripador de Kentucky’. ¿Cómo fue aquella experiencia?

Morales estaba asombrada, no se había esperado nada de eso.

—¿A qué has venido realmente, Mike? ¿Qué es lo que buscas?

Wallace guardó el libro y, con el rostro algo más serio, sacó del bolsillo interior de su americana un pequeño folleto que entregó inmediatamente a la escritora. A primera vista, se podía leer con letras gigantes la palabra ‘HorrorCon’.

—Lo cierto es que no te mentí, no del todo al menos —confesó—. Sí es verdad que he venido por razones de trabajo. En estos momentos estoy representando a la HorrorCon, la más famosa Convención de Fantasía y Terror de toda América. Quería conseguir un puntazo logrando que tú presentaras una conferencia y, quizás, publicitaras la nueva novela escrita por ti que salió hace un par de días.

Esther miró hacia otro lado, siempre le costaba dar negativas pero aquella idea no le hacía mucha gracia.

—No me gusta mucho las aglomeraciones de gente, por eso decidí dedicarme a la escritura…

—¡Vamos, será sensacional! ¡Podrás conocer de cerca a todos aquellos hombres y mujeres que admiran tu trabajo! ¡Influirás a muchos jóvenes para que sigan tus pasos! ¡Conseguirás ver lo alto que has llegado! —exclamó—. Y lo más importante: ¡Posiblemente puedas aprender algo destacable de la experiencia!

Ella fue moviendo de izquierda a derecha su cabeza en señal de negativa.

—No creo que haya tanta gente tan interesada en mi trabajo. Además, no sabría que decir…

Mike agarró los hombros de su interlocutora y observó directamente hacia sus retinas. Luego, lentamente, fue pronunciando las siguientes palabras:

—Escúchame bien, Esther. Porque esto es importante —comenzó—. Soy un gran fanático de tu obra. Y esto es así porque conozco la calidad de tus textos. Cuando escribes, parece que te metes perfectamente en la cabeza de uno de esos tipos. Si no estuviera seguro de tus aptitudes no me habría molestado en venir desde tan lejos. Créeme, habrá mucha gente interesada en escucharte, que querrá conocer tus opiniones y aprender de ti. Un grupo dispuesto a recibir el apoyo de una magnífica escritora como tú y también de expresar el eterno agradecimiento por haber metido en sus vidas tus increíbles obras. Y entre ellos, estoy yo. Ya lo he preparado porque creía,… no, sabía de antemano que ibas a decir sí. No rechaces esta oportunidad, puede venirte muy bien en el futuro. Piensa en mí, tu viejo amigo. Piensa en tus hijos. Después de esa noche, te juró que tendrás mucho más tiempo para ellos. ¡Venga! ¿Qué me dices a eso?

Durante unos instantes no sabía que contestar. Empezaba a sentirse culpable ante la idea de negarse. También sentía un enorme agradecimiento por poder publicitar más su trabajo. Ser algo más que ‘La Reina del Terror Underground’.

¿Cómo negarse ante semejante experiencia?

***

Morales acercó el vaso de agua hacia sus labios y bebió tranquilamente. El miedo y la inseguridad que había sufrido en los primeros minutos había desaparecido totalmente. En su lugar, se sentía satisfecha y muy segura de sí misma. Los aplausos de los oyentes eran una muestra de esa respuesta positiva ante la lección que había impartido aquel día. Hasta esa noche, ella no había creído que pudiera ser capaz de dar clases o enseñar, pero ahora se estaba planteando incluso si dedicar parte de su tiempo a  crear cursos de escritura creativa o especializaciones basadas en la literatura fantástica y de terror. Por no hablar, por supuesto, de la publicidad que aquello iba a traer a su trabajo. Y se sentía eternamente agradecida a su viejo camarada. Tuvo el impulso de mirarlo de reojo.

“Quizás debería invitarlo a cenar después de la charla —pensó—. O, tal vez, la semana que viene.”

Cuando, poco a poco, el auditorio se tornó en silencio, ella aprovechó para acercarse una vez más al micrófono.

—Bueno, supongo que con esto que hemos finalizado podríamos comenzar a abrir el turno de preguntas y respuestas. ¿Alguien quiere comenzar?

De entre la multitud surgió repentinamente un brazo que se alzó sobre el resto.

—¿Srta. Shelley? —exclamó una voz algo rasgada.

Cuando Esther se fijó vio que se trataba de un fanático disfrazado de “Maniac Cop”. Con una sonrisa en los labios lo señaló y dijo:

—¿Sí? ¿Cuál es tu duda?

—¿Me das fuego, por favor? Me gustaría poder fumarme un buen cigarrillo.

Al oír aquella frase poco a poco la sonrisa de la escritora fue decayendo. Su iris se contrajo a causa del terror. Su piel se volvió blanquecina como el papel. El miedo comenzó a hacerse dueño de ella…

***

Las paredes de la famosa prisión se veían gruesas. A causa de la humedad estaban llenas de moho, por no hablar de lo insípidas que parecían. No creía que aquel sitio pudiera considerarse un lugar que conllevará a mantener el estado de salud tanto de sus residentes como de todos sus trabajadores. El ambiente parecía un infierno incluso para los vigilantes, pues las normas estrictas que tenían que acatar, casi los mantenía en la misma situación en la que estaban los prisioneros. Esto desembocaba en que llevaran una actitud muy malhumorada casi todo el tiempo. De todas formas, aquel entorno depresivo no fue tan contagioso para Esther. En su lugar estaba emocionada, pues aquellas paredes habían hecho historia. Fueron testigo directo de la ejecución de Albert Fish, el asesino en serie conocido por muchos como ‘El Vampiro de Brooklyn’. También fue donde encerraron a la mano derecha de Al Capone, Lucky Luciano. Y ella, formaría parte de esa historia entrevistando al ‘Destripador de Kentucky’.

No había sido sencillo conseguir tan ansiado privilegio. Lo primero que tuvo que hacer fue, durante la época en la que estuvo escribiendo la primera versión de su ópera prima, intentar cartearse con el homicida. Una labor complicada teniendo en cuenta que ella estaba segura de que recibiría muchísimas cartas de amor de otras fanáticas desesperadas y algunas de odio de los familiares de sus víctimas. Destacar entre toda esa marea de correspondencia no era fácil. Sin embargo, algo de ella debió atraerle, pues cuando le envió un volumen gratuito de su primer escrito, él le respondió dándole muchas sugerencias para que lo corrigiera. Después de aquello, siguió manteniendo el contacto. A lo largo de los meses se dio una sucesión de envíos que fue confirmada con multitud de respuestas. Su siguiente movimiento fue contactar con su editor y arreglar con él la posibilidad de poder ir en persona para poder entrevistarlo. El tirón comercial de una obra de esas características era tal, que no dudó en tirar de sus contactos para conseguir que aquel encuentro se produjese.

Y ahora estaba ahí, esperando en una sala silenciosa en la que un cristal blindado aguardaba, como si de un acuario se trataba, a que trajeran a aquel espécimen tan peligroso desde más allá de la locura.

Sobre su mesa descansaba un ficha con una foto del asesino. Junto a ella, una breve biografía de su vida y los detalles técnicos de los asesinatos que había cometido. Sin embargo, el individuo en sí, todavía resultaba ser un misterio.

¿Con qué clase de persona iba a encontrarse? ¿Sería acaso un bruto despiadado tal y como lo había descrito la prensa? ¿O en su lugar se encontraría con una persona encantadora y atrayente tal y como solían mostrarse ese tipo de personalidades?

De repente, la puerta se abrió.

Encadenado de pies y manos, un hombre con un mono anaranjado se fue acercando hasta el asiento contiguo a la vitrina de cristal. Era delgado y algo escuchimizado, casi con la cabeza agachada, parecía más bien un ser inofensivo. Pero al fijarse bien, notó que en realidad tenía una musculatura elástica con la que podía moverse, aún a pesar de que los grilletes limitaban su movilidad, con bastante agilidad. Era un lobo con piel de oveja. Su rostro se veía muy humano, incluso diríase civilizado. Unas gafas delataban una posible hipermetropía y la limpieza de sus mejillas un cuidado, hasta cierto punto, envidiable. Lo único que lo delataba como un residente de la prisión —a parte de las cadenas y el uniforme— era que venía despeinado, y unos ojos que brillaban tan faltos de empatía emocional como los de un tiburón blanco.

Durante unos instantes estuvieron viéndose cara a cara. Hasta que finalmente, él mismo decidió romper el silencio.

—Hola, pelirroja ¿eres la Srta. Shilley? ¿la que escribió el libro y las cartas?

Lentamente ella fue afirmando con su cabeza. El homicida le contestó con una sonrisa que no sabía como catalogar: macabra o cordial.

—¡Estupendo! —exclamó—. Dime una cosa, ¿habías entrado alguna vez en algún sitio como este? Es guay, ¿verdad? ¡Aquí tú y yo sentados y hablando como si fuéramos amigos de toda la vida! ¿Qué tal si le pides a los guardias que me traigan un vaso de agua? Así podré contarte cómodamente todo lo que necesitas saber.

—No he venido aquí para socializar —respondió—. Se suponía que me ibas a dar unos cuantos consejos para mejorar mi novela y, a cambio, yo trataría de contar tu historia de la forma más fiel posible.

—¡Oh! Veo que hablas —contestó—. ¿Alguna vez te han dicho que tenías una voz preciosa?

Morales se levantó furiosa.

—Creo que esto ha sido un error.

Justo cuando iba a marcharse, Robert Hamiltton levantó un brazo en señal de espera.

—Aguarda, pelirroja. No tienes porque enfadarte. ¡Vamos, por favor, siéntate! —reclamó.

La escritora se quedó durante unos minutos en pie. Finalmente, decidió hacer caso.

—Dime —comenzó el asesino—, ¿qué es lo qué quieres saber?

—Todo —contestó la mujer—. Quiero que me diga lo que significa para usted cada vez que realiza un asesinato. Por qué el hacerlo de esa manera, lo que siente cuando rasga la carne, cuando oye los gritos de sus víctimas. Quiero saberlo todo.

Poco a poco su interlocutor comenzó a reírse. La risa fue evolucionando hasta una carcajada y, al final, dicha carcajada lo llevó a que se inclinara hacia adelante. Tras unos minutos incómodos, se colocó bien las gafas y volvió a recuperar la compostura.

—¡Eso es algo que puedes preguntarle a los psicólogos que me han atendido! Pídeles mis fichas y ellos te las darán.

—No he venido hasta aquí para leer unas cuantas hojas.

—Entonces, ¿a qué has venido? ¿quieres jugar, pelirroja? ¿es eso lo que deseas? —inquirió—. ¿Has venido pensado que yo era Hannibal Lecter y tú Clarice Starling? Porque en ese caso puedo complacerte muy fácilmente: dejaré pasar mi polla a través de los barrotes y tú me la chuparás ¿estamos?

Ilustración de Jordi Ponce

Morales observó directamente a los ojos del asesino. El brillo con el que lo observaba era muy significativo. Se estaba burlando de ella, pensaba que era una chica fácil y estúpida que había ido hasta allí por simple ambición. Qué equivocado estaba. Tras haber visto todo lo que necesitaba, se levantó y comenzó a marcharse.

—¿Ya te vas? —preguntó— ¿tanto te he ofendido?

Ella se detuvo durante unos instantes y, sin girarse siquiera, le contestó.

—No. Lo que pasa es que ya no te necesito.

El asesino se quedó extrañado. La mujer se giró y lo vio una vez más a los ojos.

—Ya sé quién eres, hijo de puta —continuó la mujer—, sé lo que te motiva a hacer lo que haces: lo realmente patético que eres.

Poco a poco Hamiltton comenzó a sentir como su ira crecía.

—No deberías enfurecerme, pelirroja.

Fue el turno de la escritora de carcajear.

—¿O si no qué? ¿qué vas a hacer desde ahí? —inquirió— ¿insultarme?

Durante unos instantes el hombre se quedó rígido y en silencio.

—Te voy a decir lo que va a pasar: tú vas a estar encerrado durante quizás, otros veinte años. A lo largo de ese tiempo te irás pudriendo hasta que en algún momento, llegue la hora de tu ejecución. Me han dicho que piensan encender la silla eléctrica de nuevo sólo para ti. Ese día, cuando llegue, yo seré la primera que irá a observar, en primera fila, como te fríes. Mientras tanto, publicaré la versión de un libro con la nueva información que adquirido simplemente al mirarte. Porque no sé si tú lo sabes, eres todo un libro abierto. Pero de todas formas, no importa qué es lo que haga, simplemente con decir que vine a hablar contigo será suficiente como para que venda todas las copias como si fueran churros. Irónicamente, yo sí habré cumplido mi parte del trato. Crearé un personaje mítico y muy icónico basado en ti.

El asesino sonrió.

—Me has intrigado, así que vamos a hacer un trato: cuando reescribas la novela, me las arreglaré para hacerme con un volumen y comprobaré si realmente me has comprendido. En cualquier caso, te juro que si un día consigo salir de aquí, iré a buscarte —contestó. Luego, le lanzó un beso desde el cristal.

Morales se giró y volvió a dirigirse hacia la puerta.

—Espera, pelirroja —llamó—, sólo una cosa más.

Ella se volteó una última vez.

—¿Me das fuego, por favor? —pidió—. Me gustaría poder fumarme un buen cigarrillo.

***

La escritora estaba paralizada por el terror. Tenía frente a ella al rostro de la muerte. Comenzó a balbucear sin saber que decir…

—Te dije que iría a buscarte, pelirroja —contestó el maníaco—. Te lo había jurado.

En ese momento, ella reaccionó.

—¡Detengan a ese hombre! —exclamó mientras lo señalaba—. ¡Es un psicópata y un asesino!

Pero para su sorpresa ninguno de los presentes en la conferencia movió un sólo músculo. Simplemente se quedaron allí, mirándola en silencio. Poco a poco comenzaron a reír, a aplaudir.

—¡Hablo en serio! —gritó— ¡detenedlo! ¡es peligroso!

Desesperada, y viendo como todos reían, se acercó a Wallace y lo abrazó desesperada.

—¡Por favor, Mike! ¡sácame de aquí! ¡ese hombre ha venido a matarme!

Por desgracia para ella, nada hizo en el momento. Ni siquiera hubo un afán de devolverle el abrazo. Poco a poco separó la distancia que tenían entre los dos y esbozó una perversa sonrisa blanquecina.

—Lo sé, Esther —contestó fríamente—, fui yo quien le invitó.

La revelación era un jarro de agua fría, ¿qué podría haberle llevado a su viejo amigo a realizar un acto tan atroz? Antes de que ella pudiera reaccionar, su antiguo compañero de la universidad desenfundó una pistola y la apuntó. No había forma de escapar.

—¿Por qué no te fijas un poco mejor en el público? —le ofreció—. ¡te darás cuenta de que esta noche va a llenarse de sorpresas!

Morales se apoyó en el atril para evitar que el shock la desequilibrara. Obedeció más por miedo al arma que por una auténtica curiosidad. En el escenario estaban los mismos monstruos disfrazados que continuaban vitoreándole a ella y a Robert Hamiltton. Al prestar más atención, se dio cuenta de una horrible realidad. Si su mente no la engañaba, aquel hombre disfrazado de Freddie Krueger no era otro que Dash García, el ‘Violador de Bostón’. Y el que llevaba el gracioso traje de la versión zombie de Bob Esponja no era otro que Joe Glatman, ‘El Carnicero de Texas’. Más al fondo podía ver un Candyman que se parecía muy sospechosamente a Oliver Freeman, el ‘Pirómano de Nueva Orleáns’. No había duda: el público, todos ellos eran…

—No puede ser, esto no está pasando —lamentó—. Todos ellos son…

—Sí —interrumpió su ex-camarada—, tus mayores fans. Y están aquí para honrarte como lo mereces.

El éxtasis de la sala se tradujo en una agonía para Esther Morales. Lo único que deseaba era estar fuera de allí, en cualquier otro sitio. Bajo los gritos de júbilo de todo el escenario, Robert Hamiltton se acercó hasta el atril y, levantando las manos, indicó a todo el mundo que estuviera en silencio. Después, acercó su rostro al micrófono.

—Hace unos cuantos años tuve el placer inesperado de leer la obra de una auténtica artista. En el momento que la vi, me di cuenta de algo maravilloso. Aquella escritura estaba en realidad muy verde, pero detrás de esas líneas había una mente maravillosa que era muy capaz de comprenderme. Sentí curiosidad al pensar que quien iba a venir a verme era una auténtica idiota que no sabía donde se metía. No sabéis como me alegro de haber estado equivocado.

El público gritó y aplaudió ante tan cortés halago. El destripador se dio la vuelta y, con sus penetrantes y alegres ojos, observó directamente a la mujer.

—Recuerdo muy bien esa noche, pelirroja. Temerosa pero decidida, tuviste los ovarios suficientes como para enfrentarme. Pero además, vi algo más que me atrajo inmediatamente —aclaró—: tú y yo no somos tan distintos. Lo supe cuando me miraste a los ojos y me dijiste que estarías en primera fila cuando fueran a freírme en la silla… lo disfrutabas de verdad, porque, en el fondo eres como todos nosotros. Eso fue lo que vi, nena. Y posteriormente, en la saga que estuviste escribiendo a lo largo de los años, se confirmaron mis sospechas. Es por eso que no te vamos a hacer daño. En su lugar, te dejaremos ir por donde has venido para que sigas escribiendo esa magnífica saga.

El público volvió a aplaudir, para alivio de ella, todos parecían compartir el mismo parecer que aquel maníaco. Una sala entera llena de asesinos la alababan por el trabajo que hacía. De todas formas, ¿sería buena idea acudir a las autoridades para informar de…? ¡¿una convención llena de asesinos?! ¿Quién la iba a creer?

—Mu-muchas… gracias, chicos —respondió temblequeante—. Os prometo que después de esta experiencia no voy a llamar a la policía. De todas formas sería muy estúpido, ¿no? Me comprometo a que seguiré escribiendo para todos vosotros.

A su espalda su amigo comenzó a reír. Dicha risa contagió a Hamiltton y al resto del auditorio.

—Estoy seguro de ello —exclamó el asesino—. Sin embargo tampoco te he dicho que iba a ser así de fácil. Comprenderás que tenemos que asegurarnos de que realmente eres uno de los nuestros.

Uno de los asistentes trajo repentinamente a dos chicos hacia la tribuna. Al principio estaba demasiado asustada como para darse cuenta de quienes eran, pero cuando les quitaron los sacos de la cabeza, la escritora se horrorizó al comprobar de que se trataban de sus queridos Eva y Jan. El corazón le dio un vuelco.

—¡No les hagáis nada! —exclamó—. ¡Ellos no tienen nada que ver!

—Ninguno de nosotros los va a tocar —contestó Robert—. ¡Michael!

Mike Wallace respondió a la llamada quitándose el traje de Benjamin Willis y colocándoselo a Esther. Cuando estuvo del todo vestida, le entregó un garfio en sus manos.

—Tú mueves, pelirroja —declaró el destripador—. Tú fuiste la creadora del Sr. Garfio. Por tanto, tú decides: te conviertes en él y eliminas con tus propias manos a tus hijos, o por el contrario, os mataremos a todos vosotros. Pocas veces la vida nos da este tipo de oportunidades. Es tu elección.

Morales observó en sus manos el garfio. Vio el rostro de terror de sus queridos hijos.

—En cualquier caso —afirmó Wallace mientras la apuntaba—, quiero que sepas que, escojas lo que escojas, siempre seremos tus mayores admiradores.

Axel A. Giaroli

E05-El fantasma de los libros

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Terror-Misterio

Rating: +16

Este relato es propiedad de JAxel A. Giaroli. Las ilustraciones son propiedad de Rafa Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor.

E05-El fantasma de los libros.

Supongamos que el individuo que escribió estas líneas se llama Estanislao Johnson. Sí, es un buen nombre. Muy anglosajón, pero con algunas reminiscencias europeas. Tiene además un toque bastante corriente, aunque también posee cierto carácter extraordinario. Un nombre que, a todas luces, nos sirve tan bien como cualquier otro para contar las vivencias de un sujeto común que se vio arrastrado hacia un destino tan insólito como tenebroso.

Durante años he sido lo que se suele describir como un bala perdida. Abandoné en Londres mis estudios de derecho para intentar probar suerte con la literatura en París. Allí, pude presenciar todo tipo de influencias y movimientos artísticos. Estuve cerca de los centros en donde los grandes impresionistas del siglo XIX exhibieron sus artes. También, donde el vanguardismo consiguió asentar sus bases en toda Europa, pudiéndome permitir visitar las gigantescas bibliotecas en donde muchas de estas importantes obras podían servirme de inspiración para cimentar mi propio camino. Por desgracia, bien sea debido a que nací de forma muy tardía, o a la razón de que, según los editores, mi lírica no conseguía funcionar, no tuve más remedio que desistir.

El hecho fue el siguiente: escribí una obra en el que intente basarme todo lo posible en el dadaísmo, lo que dio como resultado una novela que me convirtió en un fracaso como autor novel. Las críticas llegaron incluso a ser más crueles de lo que ameritaban. La tacharon de excéntrica, absurda y de ser una exhibición pretenciosa de mi actual ignorancia del movimiento. No sin sentir una gran humillación, no tuve más remedio que volver a Inglaterra. Durante un par de años conseguí sobrevivir realizando todo tipo de trabajos de poca monta en el barrio de Brixton. Me sentía vacío y estúpido. Había lanzado los dados y perdido la partida antes de empezar. Entonces, mientras limpiaba los lavabos de una discoteca de mala muerte, se me ocurrió que quizás debía intentarlo una vez más. Aunque esta vez, tendría que hacer un esfuerzo mayor y muy distinto al que había efectuado anteriormente.

Trabajé duro e intenté hacer uso de mis viejos contactos de las editoriales francesas. No me sorprendió en absoluto el hecho de que ninguno mostrara interés alguno. Por lo que hice uso de mis capacidades naturales y me ofrecí como traductor y corrector de muchos de sus libros. Casi todos sin talento, pero con una visión muy comercial que se acercaba bastante al gusto del público actual. Claro, ninguna era una obra que en el futuro sería recordada, pero conseguían dinero fácil inmediatamente, algo que siempre atrae a las editoriales. Habían aceptado mi ofrecimiento porque yo tenía la suerte de hablar de forma nativa el inglés y el checo gracias a que mi madre me lo enseñó desde que era un niño, y el francés como segundo idioma debido a mi larga estancia en París. Esto fue derivando a trabajos que tenían poco interés para mí, pero me acercaban a mi objetivo. Estudié las grandes obras surrealistas de Kafka y decidí que lo tomaría como maestro para realizar mi segundo intento. Poco tiempo después, surgió mi oportunidad.

Un día como otro cualquiera, tras terminar una de mis muy tediosas traducciones, el Sr. Laverne en persona, dueño de la editorial en la que estaba trabajando, me llamó a su despacho. Aquello sólo podía significar dos cosas: o se había leído mi nueva obra y le había gustado, o quería despedirme.

No me avergüenza admitir que entré nervioso. Aunque no sé si fue debido a la excitación que sentía ante la posible idea de que volvieran a publicarme algo, o lleno de miedo, por la posibilidad de ser expulsado. Me lo encontré, como siempre, en su escritorio. No sabía a qué atenerme, pues su satisfactoria sonrisa de cocodrilo podía deberse a que mi trabajo realmente le gustó o a que muy pronto me vería de patitas en la calle. Cuando llegué me ofreció un asiento y no perdió el tiempo en formalidades.

—Sr. Johnson, Acabo de ver su manuscrito —comenzó—. Debo decir que usted apunta maneras.

Estaba ansioso, ¿habría conseguido escribir la obra de mi vida?

—Sin embargo, no podemos aceptarlo. En lo personal creo que le queda un largo camino antes de componerlo como es debido. Como he dicho antes, apunta maneras, pero esto que me ha traído es sumamente imperfecto. Estaría bien si estuviéramos viviendo una época en la que se demande el género surrealista y kafkiano pero en la actualidad, a lo único que puede aspirar es a atraer a un público objetivo. Y con unos conocimientos tan poco profundos del movimiento… sin duda, le despedazarían.

Eso me destrozó. No había nada peor que recibir unas altas expectativas, para después, en el punto más álgido de la emoción, confirmar un completo desengaño. Sin embargo, aquello era extraño. ¿Por qué me había llamado en ese caso? Como si me estuviera leyendo el pensamiento, el Sr. Laverne comenzó a contestar:

—La razón por la que le he hecho llamar es debido a que tengo un trabajo perfecto para usted. Podría ser la oportunidad de mejorar en estas carencias, rehacer su obra y terminarla con broche de oro. ¿Está interesado?

¿Qué podía decir? Una ocasión como esa no se presentaba dos veces. Sería todo un estúpido si decidía desaprovecharla.

Me explicó en que consistía el cometido: al parecer, la editorial había hecho un trato sustancial con el Monasterio Strahov, en Praga. Ellos querían contratar a un restaurador, vigilante y bibliotecario para sus valiosos tomos incunables de su muy famosa biblioteca, el llamado Salón teológico Strahov. A cambio, a parte de un salario sustancioso, muchos de sus textos serían ofrecidos en exclusividad para la editorial, si se aceptaban una serie de requisitos, claro está.

Estos consistían en los siguientes puntos:

En primer lugar, debía estar dispuesto a presentar un servicio, a lo largo de tres meses, de veinticuatro horas al día durante toda la semana.

El segundo, no abandonar la zona de la biblioteca hasta que hubiese terminado mi período de oficio.

Tercero, no hablar ni realizar ruido alguno durante el tiempo en el que estuviera dentro de la zona de lectura. Lo que suponía, a grandes rasgos, un voto de silencio hasta que mi contrato hubiese expirado.

Cuarto, responsabilizarme no sólo del estado de las obras, sino de que éstas no abandonaran en ningún momento el salón.

Por último, una última regla de la que sería informado si aceptaba realizar el trabajo.

A grandes rasgos una serie términos que desde la distancia, ya se veían muy exigentes. Debido a ello, se había ofrecido realizar la contratación a una editorial que pudiese estar interesada en ganarse el puntazo de las obras que podían ofrecer. Ellos, no dudaron en ofrecérmelo a mí no sólo por mis conocimientos de la lengua, sino porque ya había tenido experiencia trabajando en bibliotecas ya sea como vigilante, administrador y restaurador de obras que, por supuesto, no eran nada comparada con esas piezas de arte de las que muy pronto iba a responsabilizarme.

—Es una oportunidad única —comentó el Sr. Laverne—. Desde ahí puede estudiar las obras auténticas de Franz Kafka en su idioma original, junto con todo aquello en lo que él se basó para poder crearlas. Podrá ver escritos inéditos de los que, si es audaz, tendrá la posibilidad de aprovecharse para construir una creación única que se podría poner muy por delante de sus competidores. Y lo más importante: la editorial y le apoyaríamos al cien por ciento, incluyendo no sólo la publicación, sino también en la publicidad de su nombre y de sus obras futuras. Piénselo, podría ser el nuevo literato de esta década, quizás, del siglo.

Acepté encantado el trabajo. Estaba tan emocionado con la oportunidad que no me molesté en hacer las preguntas adecuadas. Por ejemplo, ¿por qué se molestarían en acordar aquello con una editorial y no le habían ofrecido ese puesto a cualquier profesional de la servidumbre y la restauración? ¿Por qué contratar a alguien que vivía tan lejos, en lugar de colocar a alguna persona de la localidad, y ahorrarse así, el precio del viaje del futuro empleado?

Independientemente de todo esto, a mí lo que me interesaba era que iba poder viajar gratuitamente, vivir una experiencia única y tener la ocasión y el tiempo para reescribir mi proyecto, publicándolo con toda seguridad en la editorial francesa.

***

Ilustración de Rafa Mir

Me di cuenta del encanto de Praga nada más llegar. Muchas veces mi madre me había hablado de ella, pero sus palabras no hacían justicia a la hermosa ciudad que estaba viendo. Cuando finalmente llegué al famoso monasterio, no pude evitar el quedarme boquiabierto. Ante mis ojos tenía una pieza arquitectónica digna de una poema del mismísimo Lord Byron. Su aspecto denotaba ese fuego apasionado de la época del romanticismo. Cuando entré, mi impresión fue incluso más extraordinaria. Era una pieza del pasado perfectamente conservada en nuestros días a la que casi me daba vergüenza ponerle los pies encima. Todo muy recargado, limpio, cuidado… debía de costar su buena pasta. Uno de los monjes se presentó y me dio a conocer todo el lugar. Fue muy amable, incluso, me contó la historia la Orden de los Premonstratenses, de los logros que habían conseguido y de como se ganaban la vida. Repentinamente, llegamos a la biblioteca, y en ese momento me di cuenta de la responsabilidad en la que me había comprometido.

Quizás la zona más hermosa del Monasterio, que ya de por sí, destacaba. Las estanterías se alzaban como un gigantesco arca del conocimiento. Una belleza que era capaz de competir contra el mismísimo paraíso. Los frescos del techo evocaban tranquilidad, elegancia y magnificencia. Por mucho que hable del lugar, me temo que me quedaría corto.

En el momento en que entré, el abad estaba ocupado analizando algunos textos de origen religioso para anotarlos en un cuaderno a parte. Más tarde me enteré de que se trataban de unos ensayos franciscanos que recopilaba para poder trabajar en una tesis teológica que se esforzaba en completar para enviársela al mismísimo Vaticano, pero en aquellos instantes, dejó todo cuanto estaba haciendo y se presentó con un anillo en su mano que no dudé en besar. Era un tipo exigente, que consideraba el orden y la pulcritud como valores inamovibles. En definitiva: un capullo estirado. De todas formas, se esperaba de mí la máxima profesionalidad, y creo que conseguí darle, en general, una muy buena impresión. Se encargó personalmente de explicarme las tareas que tendría que cumplir. Luego, me indicó que habían montado una habitación al lado en la biblioteca y, que con una llamada de campana, tendría todo lo que necesitaría. En general, tendría que estar dentro de la zona exceptuando a las horas de comer y cuando necesitara ir al baño. Podía suponer algo duro, pero ¿qué eran tres meses a cambio del ansiado premio?

Sin embargo, no pude evitar preguntarle el por qué se habían molestado en contratar a un extranjero en lugar de encargarle la tarea a alguno de los monjes de su orden. Todos se me quedaron viendo como si hubiese abierto la caja de Pandora. Parecían mudos y temerosos.

—Últimamente han proliferado una serie de historias en torno al Salón teológico… —exclamó el abad—. En realidad, son más bien unas antiguas leyendas del Monasterio. Piense que éste existe desde hace casi un milenio, es lógico que sus viejas paredes den mucho de que hablar. Resulta que mis… compañeros, por decirlo de algún modo, son muy supersticiosos. Hablan de unas voces que se escuchan en el ala prohibida del salón, y piensan que puede deberse a una fuerza sobrenatural que la protege. Una fuerza diabólica con horribles intenciones.

—¡Es el Fantasma de los Libros! ¡Si se queda aquí su alma estará condenada! —interrumpió uno de los monjes.

El abad negó lentamente su cabeza, suspiró y luego, como si aquel inciso no hubiese sucedido, continuó:

—A pesar de este hecho no puedo ofrecerle semejante tarea tan importante a cualquiera, y yo, debido a las responsabilidades inherentes a mi cargo, no dispongo del tiempo suficiente para encargarme de ello personalmente. Así que pensé, ¿qué mejor que una editorial que pueda desear hacerse con la exclusividad de algunos de los tomos? —comentó—. De hecho, esto me viene perfecto para decirle cual será la quinta norma: sin importar las circunstancias, no debe ir al ala prohibida de la biblioteca ni permitir que nadie más entre. Sólo yo puedo acceder a ese lugar. ¿Ha quedado claro?

Le respondí que cristalino, para luego retirarme a desempacar todas mis cosas en mi habitación. Más tarde me permitieron descansar de mi viaje, y no les vi hasta la hora de comer. Después de cenar, presencié algunas de sus misas y me marché a mi habitación. A la mañana siguiente comenzaría mi primer día.

***

La jornada de la mañana y la tarde había sido dura. Catalogar aquella inmensa biblioteca, vigilar que ni monjes, estudiantes o turistas robaran alguno de los tomos, encuadernar, restaurar, reescribir,… desde luego, nadie podía negar que uno se ganaba el sueldo. Por fortuna, después de cenar, tuve todo el tiempo del mundo para mí. Esa noche estaba muy cansado, pero me obligué a mí mismo a permanecer en el salón, encender una pequeña vela, y comenzar a esforzarme en mi trabajo de documentación para ir recomponiendo mi obra. Después de un par de horas, comencé a suspirar. En ese momento, fue cuando lo escuché.

Era un sonido macilento y perdido que, en principio, parecía oírse en todas partes y ninguna. Comenzó débil, pero poco a poco fue aumentando la intensidad de tal forma que sentí como los cabellos de mi nuca se erizaban. Parecían unos lamentos perdidos, como el quejido de una mujer o un niño que estaba pidiendo auxilio. Intenté prestarle atención, pero el techo abovedado estaba tan bien construido, que era difícil percibir de donde venía exactamente. Finalmente, conseguí percatarme desde donde venía y fui andando poco a poco… hasta que llegué a las puertas del ala prohibida.

En ese instante el sonido cesó.

Durante unos minutos estuve quieto, preguntándome si aquello había sido real o producto de una reacción psicosomática producida por la historia contada por el abad, y la reacción del resto de los monjes. Decidí que todo aquello era ridículo, quizás se trataba del viento y de una mezcla del cansancio que tenía por aquellas horas de trabajo a las que había sido expuesto. Entonces, me retiré lentamente a mi habitación para poder descansar.

***

Pasaron semanas en las que tuve la oportunidad de adaptarme del todo a mi trabajo. A pesar de que las largas horas de silencio de alguna forma afectaban a mi ánimo, por otra parte me venían muy bien a lo largo de las noches, cuando finalmente pude componer algo de mi obra. De alguna forma sentía que gracias a mis experiencias y mi situación psicológica, por fin, salía algo auténtico de mis esfuerzos. Posiblemente, el Sr. Laverne tenía razón. El trabajo me ayudaba a madurar mis ideas. El tiempo a lo largo de esas paredes era largo, pero nada extraño había vuelto a producirse.

Hasta que llegó el segundo mes…

Nuevamente estaba en medio de mis quehaceres y volví a oírlo. Aunque en esta ocasión, había algo más. No era algo físico, pero me parecía muy real. Notaba un aura que, con un ánimo corrompido y quizás, levemente sofocante, parecía cargado con todo atisbo de negatividad. Detectaba un hálito peligroso de hostilidad que se cernía de alguna forma sobre mí. Mi primer instinto habría sido escapar para no volver jamás a aquel edificio, pero yo nunca hago caso a ese tipo de estímulos. Era irracional, ridículo. Me quedaban dos meses y desperdiciar mi oportunidad por un presentimiento… lo habría considerado estúpido. Seguramente me lo reprocharía toda la vida, jamás sería capaz de perdonarme. Lo segundo que me planteé, fue dirigirme nuevamente hacia la sala. Sin duda algo debía haber allí. Alguna cosa que… o alguien, que emitiera aquellos ruidos. Esta vez, conforme me acercaba, el sonido iba acrecentándose, y aquella sensación, como la de una tijera cortando carne viva, seguía acompañándome. Una vez más, cuando llegué hasta el ala prohibida, el sonido cesó.

Me giré lentamente y, de repente, encontré una figura espectral que, con ojos ausentes y la quijada deformada, proyectó un pestilente chillido de miseria. Apenas pude oír en medio de mi terror las palabras: “¡Márchate!”.

Perdí mis papeles y comencé a gritar. Detrás mía una mano me sacudía fuertemente, me giré, y vi al abad.

—¿Qué le sucede? ¿Está loco? —inquirió—. ¿Por qué grita de esa manera?

Me volteé hacia donde había visto a aquella figura. Nada había en los alrededores. Los mismos libros, las mismas estanterías, los mismos frescos…

—¿Ha visto…? —pregunté, pero incapaz de emitir sonido alguno me auto interrumpí.

Mis ojos estaban abiertos como platos y no me atrevía a cerrar mis párpados, no fuera a ser que la figura, a través de mi memoria, volviera a visitarme.

—¿Qué? ¿Qué es lo que tendría que haber visto? ¡Sr. Johnson, compórtese y contésteme de una buena vez!

Comencé a pensar que la soledad me estaba afectando. Avergonzado, me disculpé y me excusé diciendo que quizás, se había debido al cansancio.

Con una mirada inquisitorial, aquel representante eclesiástico comenzó a estudiarme.

—Por casualidad no habrá entrado en el ala prohibida ¿verdad? —me interrogó—. Recuerde lo que le dije: si quiere conservar el trabajo cumpla con las normas y con sus obligaciones.

—Por nada del mundo estaría dispuesto a perder mi oportunidad por ver una ridícula sala.

—Una decisión inteligente. Váyase a acostar de una vez Sr. Johnson, y recuerde que mientras permanezca en el Salón teólogico debe cumplir un voto de silencio —me recordó—. No vuelva a armar otro escándalo parecido éste.

Me dirigí a mi habitación y me acosté. Esa noche, me fue completamente imposible dormir.

***

Otras noches como la anterior volvieron a sucederse. Aunque en esas ocasiones, decidí ignorar las voces. El tercer mes llegó y conseguí por fin completar mi obra. Me dije a mí mismo que no volvería a salir de mi habitación cuando entrará la noche. Sin embargo, una fuerza poderosa me atraía y, en ocasiones, me veía de nuevo escuchando esos sonidos en la zona de lectura del monasterio. Aquel sitio parecía estar a punto de volverme loco. En dos ocasiones, recogí mis cosas y me planteé seriamente marcharme para no volver jamás. Sólo con una extrema fuerza de voluntad, y recordándome constantemente que únicamente me quedaba un mes, logré mantenerme firme. Así fue hasta esa aciaga noche…

Como todos los días del tercer mes, al ponerse el sol, me dediqué a organizarlo todo, recogerlo y dirigirme directamente a mi habitación. Había desistido de cenar con los demás con la idea de no pasar por la biblioteca por la noche. Esa noche, vi que me había dejado en mi habitación un libro. Según las normas estipuladas por el Salón teológico, yo tenía la obligación de dejar al anochecer, el libro en su estantería correspondiente. Si no quería perder mi trabajo, no tenía más remedio que llevar a cabo aquella acción. Me armé de valor y llevé el libro hasta donde tenía que dejarlo. Sorprendentemente, a lo del trayecto no sucedió absolutamente nada, pero al llegar, me fijé que estaba justo al lado de las puertas del ala prohibida.

Una extraña inquietud se apoderó de mí. ¿A qué se debía tanto secretismo? ¿Por qué nadie podía acceder aquella zona?

Sin duda lo  que ocultaban ahí tenía que ser muy importante como para que sólo pudiera entrar el abad del monasterio. ¿Y si todos aquellos extraños sucesos de la biblioteca se debían a aquella sala? Era muy extraño que los sonidos que siempre escuchaba, se acercaran a un mismo sitio. En aquellos instantes, bien sea por una locura transitoria, o quizás debido a un impulso del momento, decidí entrar.

La puerta tenía las bisagras oxidadas. Al abrirse, el sonido de estas se extendió a lo largo de la abovedada habitación. A lo largo vi un laberinto de estanterías llenas de libros empolvados que parecían no haber sido abiertos desde hacía siglos. Al lado de la entrada había un pequeño candil que conseguí encender para luego ir observando cada uno de los volúmenes. Eran libros de autores de los que nunca había oído hablar. Escritores de diversas lenguas que, sin embargo, a primera vista, parecían tener un estilo único. Cogí uno de aquellos al azar; comencé a leerlo. Era una novela inglesa cuya estructura era muy propia del siglo XIX. Era fantástica, una obra única que se adelantaba a su época. El tiempo pasó volando, y me di cuenta de que tenía que volver. Pero entonces, noté que aquel laberinto de libros nunca terminaba. Entré en pánico. No había forma de escapar de aquella sala. Viendo que no conseguía llegar y, asumiendo que al no cumplir mis funciones, vendrían a buscarme, comencé a leer más de aquellos maravillosos libros. Pero la noche llegó y no me habían buscado.

Entonces apareció.

Aquel ser espectral se presentó ante mí. Ya no se veía tan desgarrado y tenebroso como antes. En su lugar, vi a una joven que se acercaba a mí, con un rostro triste y melancólico.

—Te lo advertí —dijo—. Te dije que te marcharas cuando tenías la oportunidad.

Le pregunté quien era y que hacía en la biblioteca. También la razón por la que deseaba echarme de allí.

—¿Echarte? —inquirió asombrada—. No, sólo deseaba salvarte, pero ahora es demasiado tarde. Yo fui como tú una encargada de biblioteca. Entré por razones muy parecidas: deseaba conseguir escribir una obra magnífica y por ello, acepté un empleo con unos libros únicos como otros. Entré como tú en esta oscura sala, y no conseguí salir. Desde entonces mi obra esta aquí, junto con la de otros muchos que formaron este oscuro centro de maldad y cultura, y me encargo ahora de custodiarlos y de formar, durante la eternidad, otras historias como estas.

—¿Cómo puedo salir de aquí? —pregunté—. ¿Hay alguna manera de escapar?

Su inquietante voz fina y nostálgica, me atravesó como un cuchillo cuando escuché aquellas horribles palabras:

—Nadie sale del ala prohibida. Tu destino ahora no es otro que el de componer tu magnífica obra hasta que llegue el ansiado día de tu muerte. Y cuando ocurra, la custodiarás hasta que llegue el día del juicio final.

Esa fue mi historia. La de un individuo cualquiera que sólo quiso encontrar su oportunidad y finalmente la consiguió. Supongamos que el individuo que escribió estas líneas se llama Estanislao Johnson. Sí, es un buen nombre. Y esto que estás leyendo, es el esfuerzo que dediqué durante el resto del tiempo que me quedó. Un nombre que, a todas luces, nos sirve tan bien como cualquier otro para contar las vivencias de un sujeto común que se vio arrastrado hacia un destino tan insólito como tenebroso. Por desgracia, no puede servir como advertencia. Porque si ahora mismo lo estás leyendo, significa que también es demasiado tarde para ti.

Es la hora, lector. La hora de que compongas un texto magnífico, y que formes parte del grupo que ha quedado atrapado en la diabólica ala prohibida del Salón teológico del Monasterio Strahov.

La hora de que tú también seas el Fantasma de los Libros.

Axel A. Giaroli

Ilustración de Rafa Mir

El conquistador de la Fuente de la Eternidad

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Pulp/ Magia y hechicería

Rating: +13

Este relato es propiedad de Axel A. Giaroli. La ilustración es propiedad de Jordi Ponce. Quedan reservados todos los derechos de autor.

El conquistador de la Fuente de la Eternidad.

Sábado, 25 de octubre de 1941:

La búsqueda sigue sin traernos ningún resultado favorable, y ya hemos recorrido prácticamente todo el norte de Sudamérica. 

Soy consciente de que para servir al Tercer Reich y al Führer —al que Dios ilumine y guíe en su extensa gloria— no existe ninguna tarea demasiado grande o pequeña. Sin embargo, esto es ridículo. Supersticiones y estupideces: en eso nos basamos para montar una búsqueda en estas frondosas selvas, desperdiciando tropas y una parte importante de nuestras fuerzas para supervisar las ruinas de una cultura netamente inferior a la nuestra.

Este no es el lugar adecuado para el hijo de un héroe de guerra.

Estoy harto…

Diario personal de Hans von Schönfeld,

General de las fuerzas de la SS.

El sol golpeaba con fuerza en sus nucas rasuradas. Los mosquitos, hambrientos y seguramente llenos de enfermedades, no hacían más que revolotear para intentar encontrar un palmo de piel en el que posarse y alimentarse. Una gota de sudor cayó por su mejilla mientras observaba como aquellos hombres de tez oscura excavaban sin descanso ante la vigilancia de los amenazantes uniformes grises. Su porte destacaba en medio de todos ellos, recto y rígido; más como un noble que como un auténtico soldado. A pesar de que su barba, que hacía días que le crecía desordenada, le daba un aspecto de vagabundo, en sus candentes ojos azules se escudriñaba la representación de la autoridad. Era el único que había decidido rehusar a quitarse el uniforme por pura cuestión de orgullo y honor, muy a pesar de que el calor resultaba del todo sofocante. Nadie, ni siquiera su más cercano compañero, se atrevía a cuestionar aquella decisión que había tomado.

Compañero que ahora se acercaba hacia él con motivo de su llamada. Un hombre muchísimo mayor que aquel otro de gran porte y mirada desafiante subía una colina con aire cansado y doliente. Sus manos delicadas, junto con sus pequeñas y redondas gafas, sus arrugas y espalda algo encorvada, le identificaban como un académico muy poco acostumbrado al trabajo de campo. Y finalmente, su piel más tostada y sus cabellos aunque algo canosos, de color entre pelirrojo y castaño, evidenciaban su nacionalidad austriaca.

¿Algún resultado? —inquirió el individuo de mayor rango.

Su interlocutor sacó un pañuelo ya algo sucio de su bolsillo y comenzó a limpiar sus gafas. Cuando terminó, volvió a colocárselas en la sudorosa nariz.

—Fascinante. Sin duda, todo esto es fascinante.

Impaciente, el militar apretó los puños y tensó los dientes.

—Déjese de monsergas, profesor Leisser. ¿Han encontrado ya la puerta hacia El Dorado o no?

El Dr. Manfred Leisser frunció el entrecejo, luego cerró los ojos y comenzó a suspirar mientras negaba con su cabeza lleno de decepción.

—Discúlpeme, señor. Pero por mucho que me haga salir de las excavaciones y me siga insistiendo con la pregunta, no va a provocar que la puerta aparezca por arte de magia. Tendrá que seguir esperando.

Aquella insolencia le provocó unas enormes ganas de aplastar de un puñetazo su arrogante rostro pero, por desgracia, no podía permitirse aquel lujo. Era un hombre que cumplía con su deber para con el Reich, y el único que podía hablar e interpretar lo que decían los nativos que estaban cavando en todas aquellas ruinas precolombinas.

Sin duda, odiaba todo aquel lugar. Le enfurecía haber sido enviado a perder el tiempo entre unos cuantos escombros a los que a nadie le importaba y le llenaba de ira perderse toda la guerra. Su espíritu joven y sus deseos de lucha se desperdiciaban entre la mierda y el polvo. Un castigo demasiado excesivo para un hombre que solamente se había acostado con la mujer de Heinrich Himmler… claro que, también había cometido la estupidez de hacerlo en su casa y haber sido cazado por éste.

Si lo pensaba bien, tenía suerte de no haber terminado fusilado.

—¿Por qué están tardando tanto? ¡Quizás deberían darles a esos sucios monos más latigazos y menos agua para conseguir lo que necesitamos! ¿No tenéis el mapa de ese famoso conquistador italiano?

—Español —corrigió el profesor —.Hernán Cortés era español.

—¡¿A quién le importa de dónde era?! ¡No me toque las narices! Tiene el mapa ¿no? ¡¿Por qué no tenemos ningún resultado?!

Cansado, aquel hombre maduro se secó el sudor de la frente con bastante pereza.

—Tenga en cuenta que hay muchos factores. El mapa fue elaborado en una época en la que no eran del todo conscientes de la existencia de un nuevo continente, por no hablar de los incontables movimientos que convirtieron en escombros todas esas ruinas precolombinas y las innumerables culturas que fueron modificando el terreno. A todo esto se le suma el hecho de que tenemos que descifrar un idioma ya prácticamente extinto, y que apenas podemos interpretar en cada una de las ruinas para conseguir encontrar el lugar exacto.

—¿Al menos ha podido conseguir algo? Alguna pista o… ¡lo que sea!

—Lo único que tenemos son unos textos que hemos logrado traducir. Al parecer, La Fuente de la Eterna Juventud está ligada a un cuenco que los textos describen con poderosas propiedades y dicen que éste, tiene la forma de la cabeza de una criatura serpiente que está emplumada; la representación de un dios de la muerte y de la vida que, al beber sobre él, se vence así al tiempo y se consigue el atributo de la eternidad. Sin duda es fascinante, general Schönfeld…

Hans von Schönfeld casi sentía que se atragantaba con la rabia. De nuevo cuentos y supersticiones baratas allí por donde avanzaban. Comprendía que quizás iba a pasarse toda la guerra muriéndose de calor, asco y pudriéndose con los mosquitos.

—Señor, creo que se impacienta demasiado. Quizás debería aprovechar su estancia e intentar aprender todo lo que pueda de esta cultura. ¿No está contento de poder servir bien al Führer? Si tenemos éxito podríamos llegar a hacer historia.

Amargado, el general observó con asco todas las piedras y los mineros que excavaban a sus alrededores. Toda aquella situación le parecía una pesadilla demasiado increíble como para creérsela. El idiota del profesor… ¿realmente se tragaba lo de la dichosa fuente?

—Escarbar entre los escombros no es mi principal idea de servir al Führer, profesor Leisser —contestó —.De momento eso es todo. Si tiene alguna novedad importante, no dude en comunicármela.

—Por supuesto, señor. Sólo vivo para servir, como todos —respondió el académico.

—Puede retirarse.

Jueves, 30 de octubre de 1941:

Los días han pasado con extrema lentitud asándonos en un calor que sería capaz de competir contra el mismísimo infierno. Hasta ahora no ha ocurrido absolutamente nada interesante. Los mismos accidentes con lo mineros, la misma desidia de siempre, las mismas rocas,… y casi ninguna pista que nos lleve a nuestro objetivo.

Hasta ahora.

Esta mañana el profesor Leisser me ha despertado en mi tienda de campaña. Me ha dicho que al parecer nuestro guía y el resto de los nativos que están excavando han encontrado una vieja y antigua entrada entre todas las ruinas. Parece ser que a diferencia de otras, esta está lacrada en oro… 

La Puerta hacia El Dorado.

¿Es posible que ese estúpido viejo tuviera razón?

¿Podría ser que por fin nuestra búsqueda haya concluido?

Diario personal de Hans von Schönfeld,

General de las fuerzas de la SS.

Bajó con tanta precipitación a través de las excavaciones que prácticamente estuvo a un tris de desnucarse. Se había afeitado y arreglado esa mañana, pues si era lo que antaño habían esperado encontrar quería salir en la foto con el mejor aspecto posible. El Dr. Manfred se dio cuenta de que a causa de su excitación se había llegado a realizar dos pequeños cortes con su navaja que por fortuna para él, apenas se notaban. Con rostro boquiabierto y la vista contraída de asombro, el general Schönfeld no podía apartar su mirada de las iconografías que formaban aquellos textos precolombinos que decoraban inteligentemente aquella puerta labrada en metales preciosos.

—¿Puede traducir lo que pone, profesor?

Manfred se ajustó las gafas y, entrecerrando los ojos, observó con atención cada uno de los detalles de aquel lenguaje iconográfico.

—Es bastante difícil… aunque se parecen mucho a los tipos de texto que he estudiado, esto que estamos viendo es muy anterior. Intentar su traducción sería como traducir al alemán cuando solo se habla chino.

—Pero puede hacerlo ¿no? —inquirió —Es su especialidad, ¡tiene que conseguirlo!

Tras unos minutos observando, minutos en los cuales solo se podía oír los murmullos de los nativos y en los que Hans, particularmente, escuchaba los latidos de su corazón, el viejo profesor terminó y dijo:

—Creo que dice, más o menos: “He aquí, noble viajero, la entrada a la ciudad del Dorado. Ciudad de riqueza y poder para el pueblo elegido por el gran Señor Sol y hogar en el que yacen con eterno sufrimiento los enemigos de sus hijos”.

Ante semejante confirmación el general comenzó a reír de alegría. Sus carcajadas se unieron al júbilo de todos sus hombres.

—¡Por fin lo hemos conseguido! —comentó triunfante.

Viernes, 31 de octubre de 1941:

La noche anterior todos los hombres bebimos como cosacos, no podíamos creer que por fin hubiéramos encontrado la entrada a la mítica ciudad. Debo decir que solo la visión avanzada del Führer fue capaz de concebir la posibilidad de su existencia. Este diario es testigo directo de mi escepticismo, del cual en estos momentos me retracto abiertamente. Después de confirmar nuestro descubrimiento, realizamos el protocolo básico: fotos, recogida de datos, elaboración de informes… y, tras culminar con todo lo que aquello conllevaba, fuimos a celebrarlo alegremente por la noche.

Hoy vamos a abrir esa puerta y yo, personalmente, voy a encabezar esta expedición.

Diario personal de Hans von Schönfeld,

General de las fuerzas de la SS.

Con las botas recién limpias y el cuello de su uniforme bien arreglado, el general se dirigió hacia la entrada acompañado del fiel profesor y un grupo bastante amplio de sus soldados. Frente a esta, el capataz y los nativos observaban desde una distancia relativamente corta.

Hans se dirigió a su compañero.

—Ordénele al Sr. Sebastián que abran la puerta.

Manfred se acercó al capataz y le dijo unas cuantas palabras españolas que el general no entendió. Sin embargo, comprendió que algo no andaba bien. La conversación que estaban teniendo resultaba demasiado larga como para ser una simple aceptación de órdenes. Por no hablar del tono algo agresivo y apresurado que delataba cierta angustia y ansiedad por parte del nativo. Finalmente, el profesor se giró y con un rostro lleno de extrañeza se dirigió al militar.

—Dice que por ahí no va a pasar. Ni él ni ninguno de sus hombres van a abrir esa puerta para entrar en la ciudad.

Schönfeld se quedó extrañado. Casi, diríase, catatónico.

—¿Qué? —inquirió retóricamente. —¿Por qué?

—Al parecer están convencidos de que una magia o hechizo poderoso protege la ciudad del Señor Sol. Dicen que si entramos ahí estaremos condenados.

De nuevo la furia hizo gala en el rostro afilado del general. Las venas comenzaron a marcarse en su frente, las pupilas se estrecharon llenas de ira. Desenfundó su Luger y apuntó directamente al cráneo de Juan Sebastián Reynaldo, que sorprendido y aterrorizado, se había quedado congelado frente al cañón del arma sin poder creerse que aquella situación se estaba dando. Los nativos comenzaron a gritar y el resto de los soldados los apuntaron con sus fusiles. La tensión se notaba como el continuo <<tic-tac>> de una bomba de relojería.

Ilustración de Jordi Ponce

—Escúcheme con atención, profesor Leisser. Dígale a este mono de mierda que tiene exactamente diez segundos para cumplir la orden que le he dado. Diez segundos y, si no obedece, le volaré la tapa de los sesos.

—Señor, esto no es necesario. Piense que…

—¡Dígaselo! —interrumpió Schönfeld.

Lentamente y con muy buena entonación, el austriaco hizo aquello que Hans le había demandado. Conforme le decía una serie de palabras pudo ver como la tez del indígena se iba volviendo poco a poco plateada y como su rostro temblaba de terror. Luego comenzó a hablar rápido, tanto que Manfred apenas podía entender lo que le decía.

—Dice que no puede hacerlo, que por favor le ordene cualquier otra cosa, pero no eso.

—¡Uno! —comenzó el alemán.

Mientras Sebastián temblaba y hablaba con increíble velocidad, el doctor se acercó al lateral del general y le sugirió calma.

—Señor, si le mata podemos tener problemas. Son los únicos que conocen la zona. Si quiere tenemos la posibilidad de ir a la ciudad más cercana y contratar a otros, no es necesario derramar sangre…

—¡Cinco! ¡Seis!…

—…utilice la cabeza, por favor…

—¡Nueve!…

Justo cuando decía este último dígito, el indígena se agachó en el suelo. Llorando y con las manos unidas en señal de oración, fue la primera vez que Hans lo escuchó hablando en alemán.

—¡Por favor, señor! ¡No me mate!

La Luger escupió un sonido sorpendentemente sordo. Su elegante cañón comenzó a exhalar un vapor post mórtem. Durante unos segundos, un agujero bastante pequeñito comenzó a derramar la vida de un hombre. Al morir, apenas tardó un segundo antes de caer como un muñeco de trapo en el suelo, manchando así la bota del general. Una muerte silenciosa para una vida aún más silenciosa.

—Diez —culminó. Posteriormente, se restregó los ojos y se dirigió al académico. —Profesor, le confieso que ya estoy hasta las narices de toda esta mierda supersticiosa. Hemos encontrado nuestro objetivo y, para cavar yo ya tengo a mis hombres, para entender las traducciones, a usted. Así que voy a poner punto y final a toda esta patochada.

Se giró hacia uno de sus capitanes, y señalando a los nativos que temblaban más que nunca, no tuvo reparos en dar aquella orden.

—Matadlos a todos.

Mientras los gritos de soldados y víctimas apenas era ensordecido por la inmensa explosión de la pólvora de sus fusiles, Manfred vio con repugnancia como Hans von Schönfeld limpiaba una salpicadura de sangre de su bota abrillantada en la ropa del cadáver del capataz.

Hoy, más tarde:

Tras retirar los cuerpos de aquellos nativos, conseguimos abrir la puerta y avanzar. Llevamos todo el día recorriendo la ciudad. El ambiente es muy distinto al de las anteriores ruinas. Ahí dentro pudimos ver que los colores antaño vivos permanecen en sus paredes. Figuras que representan ritos brutales y primitivos, máscaras de dioses antiguos y paganos… sin duda, si este no es El Dorado, entonces yo soy Leni Riefenstahl.

Después de un tiempo recogiendo algunas de las antiguas joyas y buscando entre todas las traducciones, encontramos por fin una habitación en la que vemos las figura de la fuente, que los antiguos textos portugueses y españoles describían con total detalle: 

<<Una gran estructura con adornos y joyas del que mana un líquido incoloro e inodoro que trae a aquel que lo bebe los efectos de la eternidad.>>

Encima de éste, pude ver un cuenco parecido al que los textos que había leído previamente el profesor hace tan solo unos pocos días, habían descrito. La figura de una cabeza de serpiente alada.

Sin duda, esta tiene que ser la fuente.

Y yo seré el primer hombre moderno que la probará.

Diario personal de Hans von Schönfeld,

General de las fuerzas de la SS.

Se acercó embelesado por la belleza de aquel recipiente. Tomó el cuenco y notó que este, realizado en madera con un cubrimiento de oro, era, sin duda, la pieza más hermosa que había visto en su vida. Observó la estructura funcional de la fuente y, tras recoger un poco del líquido que descansaba en aquel receptáculo, acercó lentamente el envase a sus labios.

—Señor, —interrumpió repentinamente el Dr. Manfred —Creo que no debería bebérsela.

—¿Por qué debería hacerle caso?

El austriaco comenzó a acercarse a aquel sujeto de espíritu bélico.

—Hay algo que debo mostrarle, algo muy importante que tiene que ver antes de que decida hacer nada.

De repente, a Hans se le ocurrió una idea desagradable. Aquellos movimientos del profesor eran demasiado mesurados. ¿Acaso él quería quitarle la posibilidad de vivir eternamente?

Sin pensárselo dos veces, el general volvió a desenfundar su Luger por segunda vez aquel día y apuntó directamente a su compañero austriaco.

—De eso nada, profesor. Le diré lo que vamos a hacer: primero beberé de este recipiente y comprobaré que todas aquellas leyendas absurdas que usted me contaba eran realmente ciertas. Después, si tengo ganas, iré a observar cualquiera de sus estúpidas ruinas que tanto le apasionan. ¿Ha quedado claro?

Con las manos levantadas, el académico se encogió de hombros y esbozó una temblorosa sonrisa.

—Como usted quiera, señor.

—Perfecto —contestó. 

El líquido fue deslizándose por su garganta y, cuando se lo tomó entero, comenzó a sentir un calor interno que poco a poco crecía. Un vigor que no recordaba poseer formó parte de sus músculos y articulaciones. Ni siquiera durante la época de su instrucción militar académica y siendo uno de los jóvenes más destacados por su portento físico, había sentido toda esa energía emanando de su cuerpo. Sus ojos brillaban puros e incandescentes. Su fuerza, era la de un dios.

—¡Sí! ¡Ya noto como mi cuerpo rejuvenece! ¡Ya noto la eternidad!

De repente, algo empezó a ir mal. La energía se tornó en un fuego interior incapaz de ser asimilado. Todos sus centros de dolor comenzaron a encenderse y con él, el fuego fatuo de su interior. Tal fue la agonía, que soltó la pistola y el cuenco, en donde la cabeza de serpiente alada, comenzó a llorar sangre. 

—¡No!¡es demasiada energía!

Un grito fantasmagórico se hizo eco en la habitación y, junto a él, un haz de luz que estalló en toda la sala, haciendo desaparecer finalmente al general Hans von Schönfeld y tirando al suelo con su onda expansiva al Dr. Manfred Leisser y a los soldados que en aquellos instantes se encontraban cerca.

Un humo sustituyó posteriormente el lugar en donde antes estaba el general, en cuyo suelo quedaban tanto la pistola como el decorativo envase.

El profesor Manfred se colocó bien las gafas y se levantó.

Ilustración de Jordi Ponce

Fecha desconocida:

No sé cuantos días estuve dormido, ni como diablos llegué hasta aquí. Pero en cuanto desperté estaba acostado y desnudo en un lecho de plantas exóticas y frutas. Dos mujeres de una raza eminentemente inferior —aunque igualmente atractivas— estaban acostadas a mi lado. Al despertarse, ninguna de las dos esbozó palabra alguna. Me dediqué a complacerlas como solo un hombre de verdad puede hacerlo. Sin embargo, no estaba tranquilo. Aquella situación, aunque sólo un idiota sería capaz de desaprovecharla, no era para nada normal. Pude notar que la juventud y la energía que conseguí después de beber de aquella maravillosa fuente no había desaparecido. Tras terminar, un viejo chamán vestido con unas ridículas plumas, se acercó a mí y me llevó fuera de aquella habitación. Pude notar que las imágenes de las paredes eran como las ruinas de la ciudad de El Dorado, solo que estas parecían recién pintadas y nuevas. Fui capaz de ver una enorme ciudad construida con una arquitectura tan fantástica como imposible. Todos sus habitantes se giraron hacia mí y se agacharon ante mi figura, por lo que no pude evitar sonreír.

Para estos salvajes soy todo un dios.

Eran ciertas las palabras de Nietzsche, la raza Aria está condenada a dominar al resto de las razas inferiores.

Desde aquí pienso gobernar como todo un visionario. Construiré un imperio que será tan legendario y más absoluto que el del Tercer Reich.

Este es sin duda mi destino.

Diario personal de Hans von Schönfeld,

Emperador y dios.

Manfred leía cada hoja de aquel viejo diario que llevaba siglos cerca de una de las muchas habitaciones del palacio de la antigua Ciudad de El Dorado. Las hojas se hacían pedazos en sus manos, pero aún así, todavía la tinta resultaba del todo legible. Era sin duda la letra del general.

Continuó leyendo con tranquilidad las últimas notas que encontraba en el libro.

Siete días después del suceso:

Han aprendido muy rápidamente el idioma alemán, parece ser que estos seres son lo bastante listos como para poder enseñarles tareas mecánicas como hablar o expresarse. Aún así estoy seguro de que por dentro son tan estúpidos como parecen. Veo tecnología arcaica, magia y supuesta hechicería, pero lo mejor es seguirles plácidamente el juego. El gran chamán me ha dicho que me tienen preparada una sorpresa, una ceremonia en la que yo voy a ser el protagonista absoluto.

Sin duda un gran dios venido del cielo como yo no puede rechazar semejante honor. Espero con ansias el banquete del que tanto me han hablado.

Diario personal de Hans von Schönfeld,

Emperador y dios.

Dejando de leer, el Dr. Leisser negó lentamente con su cabeza y suspiró.

—Estúpido… —dijo.

Observando cada una de las paredes podía ver escenas en las que un grupo de indígenas muy cuidadosamente dibujados en el estilo que caracterizaba a esta cultura, le arrancaban el corazón a una figura alta, rubia y de ojos azules en un gigantesco altar muy decorado. Un altar que ya había visto en la misma habitación llena de sangre seca y en la que se representaba aquellas imágenes. Otras ilustraciones, en las que figuras oscuras comían en un gran banquete partes humanas, precedían a esa brutal ilustración.

Sin duda, representaciones históricas grabadas para ser testigos eternos de aquella liturgia salvaje.

—Sin embargo, no concibo a una persona que pueda merecerse más ese destino  —reflexionó —.Enhorabuena, general Schönfeld. Es usted el conquistador de la Fuente de la Eternidad.