Otro día mas

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Género: Relato corto

Rating: Todos los públicos.

Este relato es propiedad de Carme Sanchis. La ilustración es propiedad de Jordi Ponce. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Otro día mas.

Otro día más, sentado junto a la ventana esperando la inevitable visita de la parca. Monotonía, aburrimiento y desespero acompañados por un café con leche frío, con sacarina, que el azúcar lo tengo prohibido.

El sol se levanta y se acuesta, pero yo sigo aquí, sin nada mejor que hacer. Y lo peor es que siempre ha sido así, o al menos, yo no recuerdo nada antes de esto.

Tengo setenta y cinco años y hace unos meses me diagnosticaron una demencia neurodegenerativa, una de esas noticias que asusta y desmorona. Al principio me obsesioné, me horrorizaba pensar que esas pequeñas lagunas se convertirían en mi día a día. Pero en el fondo sabía que no podría hacer nada por evitarlo. Escribí mis momentos más especiales en libros en blanco. Qué difícil es resumir toda una vida… El problema es que ya no soy capaz de distinguir lo que realmente viví de lo que mi imaginación creó.

Hay días que todo se ve claro, la neblina desaparece y, de un momento a otro, simplemente ya no soy capaz de hacer las cosas más sencillas.

Lo peor es cuando estoy con mi nieto… Me habla cada día de sus amigos, de las clases, de las actividades extraescolares que ha elegido este curso, pero no consigo acordarme de todo lo que me ha ido explicado. Siempre que puedo intento que no se note, pero sé que llegará el día en que no seré capaz de fingir.

Como os decía, paso la mayor parte del día sentado en mi viejo sillón, escuchando el bullicio de esta increíble ciudad. A veces, siento que los años no han pasado, que soy joven de nuevo y que algo me llama. Miro por la ventana a la espera de una señal, de algún signo que desvele el misterio que mi memoria no es capaz de resolver. Pero no hay nada. Solo esos extraños pajarracos oscuros, que vuelan alrededor de la farola de mi calle al anochecer.

–¡Abuelo! –grita una voz infantil, que se acerca corriendo desde la puerta.

–María, ¿eres tú? ¿Por qué llevas el pelo tan corto?

–No, abuelo… Soy yo, Dani.

Así es mi vida. Ni siquiera puedo reconocer a mi propio nieto, confundiéndole constantemente con mi hija cuando tenía seis años.

–Pásale al abuelo su café y la pastilla roja, ¿quieres? Estas malditas piernas hoy no quieren trabajar.

Con una mueca engullo la pastilla, parece que mi garganta está de vacaciones.

–Hoy he tenido clase de pintura y te he hecho un dibujo. ¿Te gusta? –me pregunta, mientras me ofrece con los ojos brillantes un papel.

–Es muy bonito, Daniel. Es un… ese pájaro negro, no me sale el nombre… Ayúdame, hijo…

–Es un murciélago, abuelo. Siempre te han gustado, ¿lo recuerdas?

–¡Murciélagos! Como el de mi taza, y los de la ventana. Parece que me persiguen, ¿verdad?

Mi nieto suelta una carcajada sonora, mientras me mira con asombro. Siempre pasa por mi casa a esa misma hora, y al parecer, siempre tenemos conversaciones muy similares. Pero a él no le importa, le gusta pasar el tiempo a mi lado, y a mí todavía más.

Así que, esta es mi vida. Aburrida, ¿verdad? En el fondo, al llegar a cierta edad, a todos nos hacen a un lado, y debemos buscar la manera de entretenernos. Yo seguiré mirando por la ventana, con la tele de fondo, tomando pastillas para sobrevivir un día más, y con esa sensación chispeante de que alguna vez fui alguien que ya no recuerdo.

Carme Sanchis

Ilustración de Jordi Ponce

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Batman, el alter ego

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Género: Relato

Rating: +18

Este relato es propiedad de Inmaculada Ostos. La ilustración es propiedad de Marta Herguedas. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Batman, el alter ego.

Ilustración de Marta Herguedas

Ser Bruce Wayne nunca fue fácil. Nací en mayo de 1939, trayendo una dura competencia de cola, Clark Kent. Mis inicios fueron algo difusos, ya que jamás me sentí cómodo con la personalidad asignada. Ni siquiera nací de una idea original en sí misma como aquí mi compañero, sino más bien de un cúmulo de influencias de éxitos pasados tales como: la leyenda del zorro, al que debo mi rostro enmascarado y las magníficas acrobacias de las que hice gala durante todo mi estrellato; o la leyenda de Superman, de la que heredé sus botas rojas, ese traje entallado y una doble identidad. Y ni siquiera esa identidad secreta era pura en esencia, ya que mi nombre y apellidos se debieron a la fusión de dos personajes destacados, Robert Bruce, el gran patriota escocés y, Mad Anthony Wayne,  un reconocido aristócrata.

Mis padres, Bob Kane y Bill Finger, trabajaron duro para afianzar mi éxito, hicieron muchos cambios en los diseños originales, cambiaron mi edad, mi complexión e incluso el desarrollo de la historia; aunque el cambio que más me dolió fue el que le hicieron a Robin, mi adorada y preciosa Robin, nunca tuve la oportunidad de decirle lo que sentía, lo mucho que me importaba.

En principio ella iba a ser mi chica maravillas, compañera de aventuras y amada, pero al equipo directivo no le gustó la idea. Así que hacia 1940 decidieron crear su alter ego masculino, una estrategia de marketing que conseguiría atraer a los lectores más jóvenes, puesto que se sentirían identificados. Después de aquella suplantación colorista de lo que fue mi socia, el equipo creativo decidió desvelar mi identidad secreta y contar mi verdadera historia, aquella que me llevó a ser aquel superhéroe obcecado con acabar con el crimen de Gotham City. Y por supuesto crearon infinidad de villanos contra los que tendría que luchar, a cada cual más peculiar. Fue esto lo que me hizo subir en el ranking de ventas, los números de las revistas se multiplicaron, así como el número de fieles seguidores. Pero nada de esto me satisfacía, hacía tiempo que me sentía vacío, olvidado, relegado, no era yo. Jamás comprendí por qué mi creador se vendió por dinero, jamás entendí por qué prefirió gustar a centenares de personas traicionándose a sí mismo.

Y es que la historia de mi nacimiento surgió de una bonita colaboración junto con la adolescente que se convertiría en su esposa. En una aburrida tarde de verano, en la que descubrieron que no solo se compenetraban escribiendo y dibujando. Todas las creaciones tenemos algo de nuestros padres, digamos que vierten sentimientos escondidos, miedos incontrolados y deseos de ser capaces de vivir emociones que de otra forma no vivirían. Pero supongo que las ganas de luchar por sus propios ideales, las ganas de defender lo que le era genuino, se fueron en el mismo instante en que ella murió, y mi Robin desapareció como el fantasma del amor que había atormentado el corazón del escritor que una vez soñó su historia. Me sentí abatido y descorazonado, y cuando los dibujos animados y el cine hicieron su aparición y la gente dejó de interesarse por los cómics, me sentí muy perdido, abandonado, y pasé a ser una simple reliquia guardada en un polvoriento cajón.

Un buen día, algo pasó. La tienda de cómics donde descansaban centenares de ejemplares, incluso los números inauditos,se incendió dejando reducido a polvo todo aquello que fuimos. Pensé que había llegado el fin, pero por alguna extraña razón todos los personajes que habitaban en los cómics cobraron vida, y corrieron despavoridos y desconcertados entre las voraces llamas. En menos de cinco minutos, todos habían atravesado la puerta, perdiéndose entre la multitud. Yo tampoco esperé demasiado, no me apetecía mucho sufrir la agonía que producían las quemaduras en aquella nueva y humana piel. Así que, seguí el camino de lobezno, atravesé el maltrecho escaparate cuyos cristales habían reventado a causa del calor, me escondí en la ciudad y esperé. Tras una media hora de navegar a contracorriente en un estado de inopia e incertidumbre absoluta, la salvación me vino a buscar en forma de Albert, mi mayordomo. Al parecer, no solo nuestros poderes y nuestra persona había cobrado vida, sino también las historias y aquellos que las compartían con nosotros. Así que afortunadamente seguía siendo Bruce Wayne, un huérfano heredero asquerosamente rico.

Albert me ayudó a recomponerme y me hizo asimilar todo lo que había sucedido. Él pensaba que todo aquello debía tener una razón de ser, no había que desaprovechar aquel maravilloso tiempo que nos habían regalado intentando buscar explicaciones lógicas a lo que no las tenía. Ni siquiera aquel loco mundo pareció darse cuenta de las irregularidades causadas, a pesar de las similitudes que nuestro nuevo resurgir tuviese con la literatura ficticia del mundo de los cómics. Además, Albert tenía la teoría de que aquel renacer podría ser debido al hecho de que el coleccionista, que también fue mi creador, nos transfirió toda su energía vital antes de morir entre las voraces llamas del descomunal incendio, regalándonos lo poco que quedaba de su vida. El caso era que allí estaba yo, una versión imberbe del héroe en el que me convertí, o más bien del héroe que diseñaron. De nuevo era yo, la primera versión de mí, pero a pesar de estar tremendamente feliz por volver a ser  aquel joven de dieciocho años de grandes ojos oscuros y alborotado pelo castaño, estaba más asustado y perdido si cabe que cuando llegué a la cúspide de mi estrellato.

Después de recomponerme, mi primera labor en aquel nuevo mundo fue recuperar todas las cámaras existentes en un par de kilómetros a la redonda. Necesitaba comprobar que no sólo los que vi salimos de allí, necesitaba saber hacia dónde habían huido, por si aquello me podía dar alguna pista sobre dónde encontrarlos. Además, me inquietaba la idea de no haber visto a ningún villano en la huida, así que tras estudiar detenidamente las cámaras de seguridad de la propia tienda, pude comprobar que ninguno había sobrevivido o más bien revivido, ya que se convirtieron en cenizas junto al papel y la tinta que tantas veces los había mostrado. Después de asegurarme de todo aquello y entender que nunca más vería a mi Robin, empecé a inquietarme por el papel que se supone que debíamos jugar en aquel alocado mundo lleno de guerras, de maldad y de corrupción. ¿Cómo podríamos luchar contra todo eso, si miraras donde miraras, en todos los rincones se respiraba el egoísmo y la ambición?

Alfred me veía tan abatido que un buen día me animó a encontrarme a mí mismo, me dijo que me despojase de todas mis ataduras, que desnudase mi alma y que mirase en mi interior. Y me lo tomé de forma literal, pues me fui al prado que estaba en una de mis propiedades de veraneo, me quité toda la ropa, me puse mi máscara y me tumbé entre las amapolas. Necesitaba hacer una locura, fundirme con la naturaleza, encontrar mi lugar en el mundo y, que mejor manera que fusionarme con la tierra, con el viento, con el universo.

A solas, en el prado, respiré hondo, cerré los ojos y escuché como el viento mecía las hojas de las amapolas muy suavemente. Poco a poco el zumbido que hacían las alas de los insectos al moverse y la brisa que acariciaba dulcemente mi cuerpo, hicieron que experimentara un estado de relajación y quietud como nunca había experimentado. Y entonces supe quién era realmente yo, y qué era lo que quería hacer con aquella, mi nueva vida. Entendí que aún podía hacer algo por esta sociedad  que estaba abocada al desastre. Decidí que si no podía luchar contra los criminales, no quería decir que no pudiera hacer algo para facilitarle las cosas a los menos afortunados. De hecho, habían  otros campos que explorar, campos que estaban abandonados, faltos de recursos y que necesitaban desesperadamente un padrino que ofreciera unas buenas inversiones o, en su defecto, a un tahúr cuya mente extraordinaria ayudará a buscar una ingeniosa solución para aquello que no la tenía. El mundo de la investigación, de la tecnología, de la sanidad, estaban faltos de recursos y esos serían mis objetivos. La investigación había sido mi vida y nunca se me había dado mal, así como la capacidad de crear avanzada tecnología, lo cual me había solucionado más de un problema. ¿Por qué no poner todos estos atributos a merced de la civilización?

Sí, yo era el verdadero Bruce Wayne, el joven soñador defensor de lo justo, el nuevo vengador, el Da Vinci de su época, aquel personaje de dieciocho años que se creó para luchar contra el mal de una manera distinta, aquel proyecto que se quedó en el cajón de su creador, aquel proyecto que evolucionó en el Batman que todos conocían. Aquel proyecto que era mucho mejor que todo aquello que fue  estipulado,  pues nacía de las más bellas y nobles intenciones. Andaba perdido en mis propias tribulaciones cuando, de repente, algo turbó mi paz sacándome de mi ensimismamiento. Una sombra había tapado los reconfortantes rayos de sol que calentaban mi rostro, así que abrí los ojos bastante molesto, esperando ver una nube cerrándole el paso al sol que regeneraba mi espíritu. Pero lo que ante mí se mostraba no era ninguna inoportuna nube sino una preciosa melena rubia que ondeaba al viento, mientras unos intensos ojos verdes me miraban con un extraño fulgor.

–¡Robin! exclamé, sin ni siquiera ser consciente de mi desnudez. Estaba nervioso, agitado, tremendamente feliz de verla allí a mi lado.

Me quité rápidamente y de un manotazo la vieja máscara de murciélago que había llevado para tener algo con lo que me pudiera definir. Mientras me incorporaba torpemente, ella me dedicó una  preciosa sonrisa, y se precipitó sobre mí dejándome a medio camino sentado sobre mis nalgas. Arrodillada, sujetó mi hombro con una mano y con la otra hizo un gesto que reclamó mi silencio.

Por fin te he encontrado, esta oportunidad no la voy a dejar escapar. Ha sido un largo camino y, no me refiero al que me ha llevado por fin hasta aquí…–me dijo.

Yo no entendí qué era lo que me quería decir hasta que se acercó a mí y me besó tenuemente en los labios. Entonces comprendí que ella también quiso siempre mucho más de mí y que nunca se le brindó la oportunidad de poder desarrollar lo que empezaba a sentir. No quería perder el tiempo, necesitaba reescribir su propia historia, nuestra propia historia. En aquel momento de sinceridad me sentí tremendamente feliz, y fui consciente por primera vez de mi desnudez y el rubor acudió a mi rostro como un torrente desbocado, sobre todo cuando me di cuenta de lo que aquel beso había provocado en partes que ahora mismo no deberían mostrarse. Robin debió de leer mis pensamientos puesto que su mirada se dirigió durante unos segundos de mi rostro sonrojado hacia aquello que provocaba mi  turbación, después dejó escapar una carcajada y se mordió el labio de forma coqueta, cómplice. Empezó a desnudarse muy lentamente mientras mis ojos hipnotizados y extasiados a un tiempo no podían dejar de mirar. Al cabo de unos minutos nuestros cuerpos se abrazaron dejando que los sentimientos afloraron desbocados, nuestras bocas hambrientas se buscaron y se deshicieron en besos voraces que recorrieron nuestros cuerpos sin prisa pero sin pausa. Nuestras manos, frenéticas, recorrieron cada íntimo recodo que nuestros preciosos seres guardaban, fundiendo de tal manera nuestras almas en una sola, que incluso fuimos capaces de emular el acompasado baile que desde hacía tiempo estaba interpretando el viento junto con la hierba y las amapolas, a las cuales deshojaba con el mismo cuidado y pasión, con la que se despojaba la soledad nuestros mutilados corazones.

Después de aquella muestra de amor, pasamos largo rato tumbados y abrazados el uno junto al otro, charlando y programando cual sería nuestro siguiente movimiento, ahora sí que nada ni nadie nos podría separar jamás. Robin estuvo de acuerdo conmigo en que si no podíamos luchar contra el villano en sí, al menos deberíamos poder mejorar la situación de aquellos que fuesen menos afortunados. Sin embargo, había una cosa en la que no estaba de acuerdo, y era que esto no podíamos hacerlo solos. Así que se le ocurrió una gran idea, crear una universidad para héroes en la que aprendieran a controlar sus poderes en aquella nueva vida y se dedicaran a encontrar la manera en que los mismos nos serían útiles para la causa. También trabajarían en sus identidades secretas y buscarían su lugar.

El primer día de universidad, el campus era un hervidero de adolescentes tremendamente hormonados y descontrolados, por desgracia todos ellos existían en sus versiones más jóvenes y primitivas. Además poseían un ego bastante subido debido a que sabían los poderes que cada uno poseía y no había nadie que intercediera en su lugar. Al parecer la naturaleza sólo había sido sabia conmigo, pues me había dotado de una inusual madurez. Así que, miré aterrado a mi alrededor arrepintiéndome sobremanera de haberme ofrecido a llevar a cabo todo aquello.

La escena que observaba desde mi posición era dantesca. Spiderman escalaba por las columnas del antiguo claustro de Oxford, Hulk intentaba aporrear al chico que le había roto las gafas llevándose unas cuantas columnas a su paso y dejando al descubierto sus desmesurados atributos.

–¡Bendita dotación! Seguro que la futura señora Hulk algún día se sentirá afortunada le susurré a Robin con sarcasmo. Esta me pegó un cariñoso puñetazo en el hombro a modo de reproche, aunque no pudiese ocultar su sonrisa divertida. Después se dirigió hacia Tony Stark, que había provocado una trifurca a propósito entre lobezno y superman para poder ganar el dinero que se había apostado.

De momento, las mujeres no habían llegado allí, así que siendo Robin la única fémina cercana y con autoridad en la zona, aparte de poseer un cuerpo escultural, se pueden imaginar el revuelo que se organizaba cada vez que ella se acercaba a alguno de los estudiantes para comunicarles el funcionamiento de nuestra organización secreta o, qué era lo que se escondía tras aquella facultad.    Afortunadamente los sabía manejar, pero yo no podía dejar de pensar en todo aquello que me llegaba a preocupar. Después de mirar más de cien veces a mi alrededor y reconocer casi a un centenar de súper héroes no encontré a ninguno que estuviese sano mentalmente, al menos era lo que parecía a simple vista. Aquella vuelta a sus inicios más viscerales, a aquella juventud perdida que había desatado la anarquía en su propia identidad, era tremendamente peligroso. Ni siquiera noté cuando Robin volvió a acercarse a mí y me besó dulcemente en el cuello mientras me susurraba:

No es tan malo como parece, lo podremos solucionar.

Pero ni siquiera esa aseveración consiguió convencerme, sabía que aún quedaba mucho por pelear e iba a ser más difícil de lo que alguna vez pude imaginar

Inmaculada Ostos Sobrino

Nunca jamás

Autor@: 

Ilustrador@: 

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Género: Relato Corto

Rating:+13

Este relato es propiedad de Mª Cristina Salvans. La ilustración es propiedad de Verónica López. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Nunca jamás.

Ilustración de Verónica Lopez

Como cada mañana, Clarisse se levantaba temprano y preparaba el desayuno para los tres, el suyo, el de su marido, Mark, y el de su hijo, James.

Se frotaba las manos en el blanco delantal y se recolocaba el escote de su vestido de cuadros rojos y blancos de vichy. Tenía que estar preciosa para su marido.

Él hacía lo mismo todas las mañanas. Se peinaba, se afeitaba y suspiraba justo antes de entrar a la cocina.

–¿Vamos a tener la misma escena todos los días? –Preguntaba Mark, con el semblante asqueado frente a los huevos fritos con beicon–. ¿Cada día lo mismo?

–Querido, tienes que coger fuerzas. Hoy va a ser un duro día en la oficina, tienes que comer bien.

Él volvía a suspirar, boqueaba, intentando decir algo que siempre moría en el camino entre sus pensamientos y sus labios. Cada día lo mismo.

Y como siempre, después de suspirar, cogía las llaves de su flamante automóvil y se marchaba al trabajo.

Mientras canturreaba una canción, Clarisse despertaba al niño.

–Buenos días cielo, ¿cómo has dormido? –le besaba la frente y le ayudaba a incorporarse.

–Hoy he viajado al país de los cuentos otra vez, mamá. Ese que aparece en el libro que me lees antes de ir a dormir; el de los niños perdidos y los piratas.

–¿Nunca Jamás? –preguntó ella, divertida–. Así, ¡has estado con Peter Pan!

–¡Cómo todas las noches, mamá!

Lo ayudaba a vestirse y a acicalarse. Le encantaba sentir como sus tiernos bracitos se escurrían por las mangas de la camiseta interior y ese olor a niño, siempre tan dulce. Le peinaba y fijaba el pelo, le abotonaba la camisa y le ponía los zapatitos.

Cuando el niño llegaba al comedor tenía el aún humeante desayuno servido, y comía con voracidad bajo la atenta mirada de su amante madre.

Después salía a jugar al jardín. Nunca le habían obligado a ir al colegio, por lo que disfrutaba del canto de los pájaros y el olor de las flores bajo la suave brisa estival.

Después que ella acabara sus quehaceres matutinos, salían a comprar al mercado, siempre productos frescos, pues su marido no toleraba otros. El pequeño, siempre atento a los cuchicheos de aburridas amas de casa, era el perfecto confidente con el que tener charlas chismosas de camino de vuelta al hogar.

–He oído que los O’Neil están pasando por una mala situación –comentaba él, esperando la aprobación de su madre.

–Esos siempre están pasando apuros, jamás creas nada de lo que dicen –sonreía ella–. Sin embargo, los Davidson tienen problemas con su asistenta…

Y así discurrían las mañanas, con ambos cuchicheando en la cocina mientras ella preparaba el suculento almuerzo.

La hora de la comida era una delicia, aunque no estaba establecida como un festín, sino más bien un tentempié, ella vivía, a partes iguales, para cocinar y cuidar de su familia.

A su hijo le encantaba el pollo al horno y por eso era lo que cocinaba prácticamente a diario, variando un poco las recetas.

Por la tarde ella le dejaba dormir la siesta y lo observaba embelesada, sintiendo dentro de sí esa mezcla de inocencia y propiedad que le producía un gran sosiego. Su hijo, su pequeño, por tanto tiempo deseado, dormía con la tranquilidad de los ángeles.

En cuanto despertaba merendaban leche con galletas y se preparaban para salir a dar una vuelta por el parque.

El sitio era enorme y contaba con infinidad de distracciones para los pequeños. Siempre se acercaban al lago, donde unos solícitos patos les saludaban cuál perritos, esperando su ración diaria de pan duro. Notaba las miradas de soslayo de los paseantes al escuchar el tintineo de la risa infantil de su pequeño, y ella se erguía con el orgullo que le proporcionaba el ser la mejor madre del mundo.

Pasaban juntos todo el día, era su pequeño, su tesoro, su ángel.

A menudo, al volver a casa y si aún era temprano para el regreso de Mark, preparaban tartas o galletas para el postre. Posteriormente, había que empezar a cocinar la cena, intentaba hacer menús variados y equilibrados, de modo que no repetía casi nunca.

El pequeño no solía estar despierto cuando su padre llegaba, no podía permitir que se acostara tan tarde. Así que sobre las 6 de la tarde, las 7 como muy tarde, le daba la cena y el postre, lo bañaba con agua caliente y le ponía el pijama limpio con sus iniciales. Le abría la cama, siempre con la temperatura perfecta, y le leía un libro para que se durmiera, siempre el mismo; Peter Pan.

–Mamá, ¿dónde está exactamente Nunca Jamás? –preguntaba James, bostezando, justo antes de dormirse.

–La segunda estrella a la derecha, y luego recto hasta el alba.

–¿Podré ir algún día? –murmuraba en sus sueños.

–Ya estás allí.

Le besaba la frente y le acariciaba el pelo, después lo arropaba y bajaba al comedor, oyendo la suave respiración de su hijo aun cuando estaba demasiado lejos para hacerlo.

Cuando su marido llegaba ya le tenía el baño preparado. Él aparcaba el automóvil, entraba en casa suspirando, se quitaba los zapatos y se metía en el cuarto de baño.

Ella aprovechaba ese rato que le quedaba libre para ensimismarse en sus pensamientos mientras arreglaba la colada y planchaba la ropa para el día siguiente.

Cuando él salía del baño cenaban entre suspiros. Él boqueaba, siempre al borde de decir algo, pero ella no le dejaba hablar, concentrada como estaba en contarle su fantástico día con el pequeño, que cada día se parecía más a él.

–Clarisse –decía él de vez en cuando, para pedir turno de palabra.

–¡Deberías haber visto los patos, desesperados por un trozo de pan! –reía ella–. Las carcajadas de James han atraído las miradas de todos los que estaban por allí.

–Clarisse…

–Y después, ese que está más gordo, el marrón, se ha subido encima de uno de los pequeños, ¡y lo ha hundido!

–¡Clarisse! –gritó finalmente.

–¡Dime, Mark! –respondió ella, irritada.

–Ya está bien, Clarisse… Esto que estás haciendo con el niño no es normal.

–¿Por qué no es normal? –estalló – ¿Ya estamos otra vez con que no puede pasar tanto tiempo conmigo? ¿Me vas a decir que tiene que ir a la escuela? ¿Me quieres decir que lo estoy malcriando?

–No es eso…

–Entonces, ¿qué es? ¡Maldita sea! ¿Qué pasa? –lloró.

–Clarisse, tienes que aceptarlo…

–¿Aceptar el qué?

–Ya no está aquí.

El silencio cayó sobre ellos más pesado que una losa. Ya no estaba allí. Su pequeñito ya no estaba con ella.

Lo recordaba. Recordaba que un día habían ido a pasear, que habían estado jugando con los patos y habían estado cocinando. Recordaba que lo había bañado y que lo había acostado, y que después ella y su marido habían cenado. Recordaba que había apagado todas las luces de la casa y se había acercado a la habitación de James a verlo dormir. Recordaba que se había acercado a él y lo había oído respirar. Recordaba que había pensado en la fragilidad de la vida y en cómo de delgado era el hilo del destino. Recordaba que había querido comprobarlo, que, como ya había hecho otras veces, había sentido la necesidad de cuidar de su tesoro más preciado. Recordó cómo le había acercado las manos a la garganta y había apretado, sin ninguna mala intención, solamente para comprobar como de delgados eran esos huesecitos. Y apretó, y oyó que el aire dejaba de salir por la boca y la naricita de su pequeño querubín. Recordó que pensó en dejarlo y notó que el pequeño convulsionaba, pero seguía con las dudas. Ella era la mejor madre del mundo, debía serlo y, por eso, siguió apretando hasta que el pequeño dejó de moverse y la miró, con su profundo azul, que se había ido apagando a medida que dejaba este mundo para viajar, para siempre, a Nunca Jamás.

–¿Por qué, Clarisse? ¿Por qué? –preguntó él, mirándola fijamente por primera vez en mucho tiempo.

–Porque soy la mejor madre del mundo, Mark –sonrió ella, secándose una solitaria lágrima silenciosa que le recorría la mejilla.

Se levantó y recogió la mesa, lavó los platos y fue a acostarse.

Antes de apagar la luz, ambos tumbados en la cama, Clarisse dijo, después de un profundo suspiro:

–James aún está esperando que le des su beso de buenas noches.

María Cristina Salvans

Sé lo que hicisteis el último verano

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Relato corto

Rating: Todos los públicos.

Este relato es propiedad de Carme Sanchis. La ilustración es propiedad de Daniel Camargo. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Sé lo que hicisteis el último verano.

Con el ánimo bajo, después de unas semanas de inactividad que le habían dejado demasiado tiempo para pensar, Vincent intentaba hacer frente a un nuevo día de papeleo. Desde que el comisario le había informado del retraso de los informes, había destinado a dos de los agentes más veteranos a realizar los trámites más simples, a cambio de la comodidad de no tener que salir a vigilar las calles. Por eso motivo, pasaba el día corrigiendo y confirmando datos, y grabando su firma en cientos de hojas mecanografiadas.

Dormía poco, pues al permanecer todo el día sentado en su cómoda butaca, apenas tenía sueño cuando llegaba a la cama. Se acarició su corta barba con la mano derecha, notando como ya raspaba un poco.

–Ha llegado un hombre bastante inquieto que pide ayuda –indicó Javier abriendo la puerta del despacho–. Tartamudeaba tanto que el pobre Ramón me ha llamado desesperado. –El inspector trazó en su rostro una risa torcida, por fin había llegado la acción–. Creo que debería hablar directamente contigo. Parece que está un poco trastornado.

–¿Has conseguido entenderle algo?

–Habla de una sombra que lo observa. En serio, ve con cuidado que está muy alterado.

–Venga, no te preocupes tanto. Hazle pasar y sigue con tus cosas. Ya me encargo yo.

Retiró los documentos ya terminados, listos para viajar hasta otras manos. Los depositó dentro de una caja y le dio permiso para entrar a su visitante, que golpeaba levemente la puerta entreabierta. El aspecto de aquel hombre era deplorable. Se veía a simple vista que llevaba la misma ropa desde hacía tiempo, que no se había aseado desde el mismo y que necesitaba muchas horas de sueño. Un olor intenso, mezcla de colonia fresca y sudor, inundó la habitación.

–Siéntese, por favor –ordenó, una vez el señor cerró la puerta–. Soy el inspector Vincent Barrett. Mi compañero me ha comentado que solicita nuestra ayuda. Así que, me gustaría que se calmase, respirase hondo y me explicase todo lo que usted crea necesario.

–Muchas gracias por atenderme, inspector –respondió precipitadamente, sentándose en la silla vacía, mirando fijamente al sombrero que llevaba en la mano–. Yo, yo no quiero molestar a nadie, a nadie, pero ya, ya no soporto más está situación.

–Bueno, haga lo que le pido. Cuanto antes empiece antes terminará. Preséntese, explíqueme qué le ha pasado y cómo puedo ayudarle.

–Está bien –afirmó, levantando la vista–. Me llamo Iván Saldaña, tengo ya cuarenta y siete años y trabajo en la misma fábrica desde los treinta. Vivo solo, en el bloque de pisos de la calle de la Cruz, en el 4º A. –Guardó silencio por unos segundos, intentando organizar sus ideas antes de seguir–. Sé que lo que le explicaré le resultará… bueno, difícil de creer. Pero le aseguro, le juro, que todo es cierto –inspiró profundamente, y continuó–. Hace un par de semanas, me levanté por la noche a beber un vaso de agua, hacía mucho calor. Cuando entré en la cocina, lo hice a oscuras, nunca enciendo la luz por la noche, para no desvelarme. Cogí la botella fría del frigorífico, un vaso del fregadero y… allí estaba él…

–¿Quién? –preguntó Vincent, intrigado.

–Una sombra, justo en la ventana de delante, inmóvil, observándome. –La voz le volvió a titubear, pero se recuperó para lanzar su acusación–. El señor Julio Moran, mi vecino de enfrente, más conocido como el vigilante. Esa fue la primera vez que lo vi, pero no ha sido la única. Desde entonces, cada vez que paso por la cocina allí está él, su sombra inerte mirándome fijamente, esperando… ¡pero no sé qué quiere de mí!

–¿Está seguro que es su vecino? Si se trata de una sombra, ¿cómo sabe que le está mirando?

Iván empezó a temblar. Sentía la mirada acusadora del inspector, que le observaba juzgando su historia, como si no creyese lo que le estaba contando. Tenía que demostrar que lo que decía era verdad, que estaba viviendo en una pesadilla.

–Ese hombre está loco, lo juro. Antes, ¡antes gritaba continuamente! –exclamó, y cambió el tono de voz para imitarle, gesticulando estrambóticamente–: ¡Niños! ¡Ya está bien, niños! ¡Callaos ya! ¡Me estáis volviendo loco! –Los gritos llamaron la atención de los agentes de la comisaria. Siguió imitándole y, cuando terminó, permaneció en silencio, a la espera de una réplica.

–Me ha parecido escuchar que su vecino gritaba… En pasado. Es decir, que ya no lo hace –señaló Vincent.

–¡Exacto! Ya no grita, ya no se le oye nunca. Excesivamente silencioso…

–Y, ¿qué podemos hacer por usted?

–Investigar la verdad.

–Entiendo… –Parpadeó un par de veces, mientras intentaba comprender el motivo por el que aquel hombre estaba en su despacho–. A ver si me ha quedado claro. Su vecino le molestaba con los gritos, pero ya no lo hace y, usted, quiere que investigue por qué ya no grita y, por qué se queda parado delante de la ventana.

–Sí, por favor. Tiene que ayudarme.

El silencio invadió de nuevo la habitación, hasta que el inspector se echó a reír.

–Lo siento, señor Saldaña, pero su vecino no está haciendo nada malo. No puedo entrar en su casa porque esté todo el día en silencio. ¿Qué hago? ¿Abro su puerta y le acuso de ser demasiado silencioso? –Abrió su pitillera y se puso un cigarrillo entre los labios–. Y en cuanto a la sombra, seguramente tiene una buena explicación.

–¡Usted no lo entiende! ¡Él me observa desde su casa, inmóvil, en silencio, juzgando cada uno de mis actos! ¡Él! –Las palabras se le amontonaban en la garganta, pero el recuerdo de aquella figura lo enmudeció. Empalideció en el acto, segregando aquel sudor frío que Vincent observaba tanto en su despacho. Todo su cuerpo temblaba, y solo podía repetir una y otra vez aquella palabra: ¡Él!

El inspector Barrett se levantó después de un largo suspiro. Dejó el cigarro sobre la mesa, se acercó al pequeño mueble que había tras él y sacó dos vasos y una jarra de agua. Si aquel hombre seguía por aquel camino terminaría sufriendo un infarto. Resultaba evidente que algo le perturbaba, una idea iba creciendo en su interior, y su obligación, en cierto modo, era ayudarle.

Le ofreció el vaso repleto de agua a su visitante y se bebió el suyo de un trago.

–Sus luces están siempre apagadas. Menos cuando aparece esa figura. Sé que lo hace para asustarme, me observa desde su casa –hablaba sin apenas mover los labios, como delirante, con los ojos cerrados–. Se queda mirándome, en silencio, esperando que lo admita. Lo sabe, él lo sabe todo. Por eso está allí. ¡Quiere que me vuelva loco!

–Está bien, cálmese. Le diré lo que vamos a hacer –empezó, dejándose caer en su butaca. Apoyó los codos en la mesa y entrelazó sus manos. Iván levantó la mirada y selló sus labios–. Mi compañero y yo nos pasaremos por su bloque de pisos. Visitaremos a su vecino con alguna excusa relacionada con la nueva ley ciudadana, y después le visitaremos a usted, para explicarle lo que hayamos podido averiguar. –Cogió una hoja de su bloc de notas y se la entregó al señor, junto con un lápiz–. Aunque le advierto que si no está haciendo nada malo, daremos el misterio por finalizado, ¿está claro?

–Muchas gracias, inspector –respondió, mientras escribía con una letra cursiva, producida por su temblores–. De verdad, gracias por ayudarme, me siento tan desesperado…

–Espérenos en su casa, pasaremos esta tarde. Y no haga ninguna tontería –advirtió Vincent, levantándose de su butaca, invitando a su visitante a que hiciese lo mismo–. Gracias por su visita.

–Gracias, gracias a usted por su atención. Buenos días.

El hombre menudo salió del despacho después de hacer una corta reverencia, con el sombrero en la mano. Parecía satisfecho con la propuesta de Vincent pero, ¿cuánto le duraría la tranquilidad? El inspector se encendió el cigarrillo mientras su compañero regresaba a la habitación con ojos curiosos.

–¿Qué? ¿Has conseguido entender algo? –preguntó Javier, de pie frente a la mesa.

–Pues sí, hombre; si no, no se hubiese ido con esa sonrisa en la cara –respondió entre risas. Expulsó el humo despacio, observando cómo se expandía por toda la habitación, matando el olor de sudor de aquel hombre angustiado–. Al parecer se ha obsesionado con su vecino, dice que le observa. No sé si tendrá motivos para hacerlo o si sufre algún tipo de delirio, pero le he dicho que pasaremos esta tarde.

–¿En serio? Y, ¿qué se supone que vamos a hacer?

–Visitamos al vecino, vemos si es un tipo normal, y si no vemos nada sospechoso, nos vamos de allí. No nos cuesta nada, Javi.

–Está bien, pero hoy invitas tú a comer.

–Espero que este caso valga la pena –bromeó el inspector–, no quiero haberte invitado por las alucinaciones de un chiflado.

Los dos compañeros se echaron a reír, mientras la comisaria seguía su curso, llena de agentes asistiendo a ciudadanos, acusados y culpables. El verano avanzaba sin llamar demasiado la atención, pero pronto llegarían las altas temperaturas.

~***~

La calle de la Cruz estaba repleta de edificios altos, todos con tonos entre el blanco y el crudo. Era una de las zonas más ricas de la ciudad. Un hombre pasó por el lado de los dos agentes y los observó con asombro, saludándoles cortésmente. Justo al lado del edificio que deberían visitar, encontraron un pequeño jardín coronado con una diminuta cruz, aquella que le daba nombre a la calle.

Vincent se acercó hasta el portal y golpeó la puerta, a la que acudió inmediatamente un hombre curvado con la barba blanquecina y los ojos grisáceos. Sonrió con el encanto de un chiquillo, y les dio pasó con palabras de admiración:

–Estoy a su servicio, mis señores. Es un honor recibir una visita tan memorable. Sus hazañas son bien conocidas, señor Barrett.

–Encantado de conocerle, señor –respondió Vincent, con alegría. Era difícil encontrar a personas tan amables por el mundo, y había que aprovechar aquellos encuentros–. Somos nosotros los que estamos al servicio de los ciudadanos. Venimos a visitar al señor Moran.

–Oh, por supuesto. Está ahora mismo en su casa. Les acompañaré hasta su puerta.

–No, no será necesario. Quédese usted en el portal, continúe con su trabajo –añadió el inspector.

–Como guste, señor.

El hombre agachó la cabeza con gesto obediente y se dirigió hacía su silla de madera, encendiendo antes de sentarse la radio que tenía a su lado. La música viajó por las ondas hertzianas hasta aquel edificio, invadiendo la habitación con el sonido de un saxofón. Subieron hasta el cuarto piso acompañados por los jadeos de Javier, que sentía sus piernas temblar con cada nuevo peldaño de madera.

Vincent golpeó la puerta con los nudillos y esperó una respuesta. Pasados unos minutos, insistió. A pesar de que el portero había afirmado que debía estar en casa, nadie les abría la puerta.

–Puede que esté en el baño –resopló Javier–. Quizá no nos puede atender en este momento.

–Tal vez… Visitaremos primero a nuestro amigo…

El señor Iván Saldaña abrió inmediatamente la puerta, asomando la cabeza primero para confirmar que no había nadie más en el rellano esperando para poder colarse en su hogar. Parecía tan nervioso como cuando acudió a la comisaria, pero al ver cómo tenía la casa, se incrementó la preocupación de los agentes.

El olor a comida en mal estado y basura en general penetró en los poros de los dos hombres, que se llevaron la mano a la nariz, al borde de las náuseas. Desde la puerta se podía ver una pequeña parte del salón, gracias a la poca luz que se adentraba en la oscuridad de aquella casa. Algo iba mal, no esperaban una situación como aquella.

–Pasen, pasen, ¡rápido! –Tenía un tic en el ojo que hacía que le temblase cada pocos segundos–. Debo cerrar la puerta, él está ahí…

Cuando la cerró tras ellos, la oscuridad absoluta les rodeó. Javier llevó una mano a la pistola mientras buscaba a Vincent con la izquierda, apretando con fuerza su brazo al encontrarlo. El inspector siguió caminando, en busca de un interruptor, mientras sentía temblar a su compañero asustado. Bajo sus pies crujían a cada paso lo que parecían montones de papeles. Escuchaba la respiración entrecortada de su compañero, y el respiro profundo de Iván.

–Encienda la luz –ordenó el inspector, con un tono brusco. Pero nadie cumplió su petición.

–Él está ahí, ahí, mirándome, ahí…

–Señor Saldaña, si no hace lo que le pido tendré que detenerle, y no creo que quiera pasar la noche en una celda.

–Él me verá. Quiere que le mire a los ojos, ¡quiere que lo cuente! –gritó, junto a Javier. Cuando esté intentó atraparle, ya no estaba allí–. ¡Yo no he hecho nada! ¡Nada!

Tenían que ser más rápidos que él, la situación era peligrosa. Si aquel hombre sentía que podían ser una amenaza, ¿quién sabe cómo reaccionaría? Vincent sacó su pitillera del bolsillo y encendió su mechero, llenando de luz la estancia. Al principio solo veía sombras, pero rápidamente comprobó que Iván no estaba allí. Saltó para cubrir a Javier y sacó su arma con agilidad.

–Intenta abrir la puerta, Javi. Tenemos que salir de aquí.

–Está cerrada, ¡no consigo abrirla! –chilló con nerviosismo, después de probarlo varias veces–. Tampoco se enciende la luz, Vincent.

–Tranquilo, compañero. Podemos hacerlo, lo hemos hecho otras veces. Saca tu arma y sígueme.

Sobre uno de los muebles encontraron velas medio consumidas. Vincent encendió una de ellas con su mechero y permaneció en silencio, a la espera del mínimo sonido que revelase la posición de aquel hombre. Recordó la historia que le había contado, la silueta en la ventana de la cocina, y decidió buscarla. Tal vez estaría allí, mirándola.

Avanzaron con cuidado por el corto pasillo, con la vela en una mano y la pistola en la otra, directos hasta la única habitación que albergaba un poco de luz. Y allí estaba aquella sombra, parada en la ventana del vecino.

–¡Se lo dije! –gritó Iván–. ¡Le dije, le dije que la sombra me observaba! Ahí la tienen…

Señaló a la figura inmóvil, que seguía impasible en su sitio habitual. Resultaba absurdo que no se moviese a pesar de los gritos, a pesar de haber llamado a su puerta minutos antes. Era imposible ver más que una mancha negra, una forma humana rígida, pero nada más. Las dos pistolas señalaban al señor Saldaña, iluminado por la tenue luz que desprendía la vela. Las gotas de cera resbalaban por ella hasta la mano de Vincent, derritiéndose precipitadamente, quemando levemente su piel.

–No es más que una sombra, ¿acaso no lo ve? No tiene ojos que le observen ni dedos que le señalen –espetó el inspector, intentando hacer entrar en razón al hombre delirante–. Debe entenderlo, esto es obra de su imaginación.

–¡No! Sé perfectamente lo que quiere. Quiere, quiere, quiere que admita la verdad.

–¿Qué verdad? –preguntó Vincent, siguiendo su juego.

–Él sabe lo que hice, lo que quise hacer. En realidad no llegué a hacerlo, pero –Miraba hacia los agentes un segundo y redirigía la mirada hacia la sombra, continuamente, con el tic en su ojo–, pero lo iba a hacer. Pensarlo es igual que hacerlo, eso dicen. Soy igual de culpable.

Ilustración de Daniel Camargo

Se acercó hacia la ventana y estiró en brazo, como si pudiese llegar hasta la casa del vecino. Algunas personas asomaban su cabeza por la galería, que daba a las cocinas de todo el edificio. Los gritos habían llamado la atención de unos pocos, que susurraban de una parte a otra preguntas sin respuesta.

–Si es usted culpable –expuso Javier–, declare como un hombre, exponga los hechos.

–¿Hechos? Todos conocen los hechos. El hecho es, es que ese hombre nos vuelve a todos locos. Siempre con gritos, siempre con los niños correteando por la casa. Tengo suerte de no vivir bajo su piso, me volvería loco.

–El señor Moran gritaba, pero, ¿por qué le hace eso culpable? –preguntó Vincent.

–Llevaba días sin poder dormir… Trabajo por la noche, empiezo, empezaba a trabajar a las once y, cuando llegaba a las siete de la mañana me acostaba. Pero esos niños, ese desgraciado, empezaban a gritar de inmediato. –Agitaba las manos erráticamente, como si no controlase los movimientos–. Aquel día no había podido dormir. Después de horas dando vueltas en la cama, me levanté. Los niños jugaban aquí mismo, donde está la sombra. Les grité, llamé su atención, les enseñé unos caramelos… y vinieron corriendo a mi casa. Pensé en secuestrarles, envenenarles, matarles, hacerlos desaparecer, venderlos… Pensé cientos de manera de deshacerme de ellos para conseguir el silencio, pero eran, eran niños. Solo eran niños que querían jugar.

La galería estaba repleta de cabezas que intentaban escuchar la historia, con medio cuerpo asomado por la ventana.

–¿Qué les hizo? –exigió el inspector, enfurecido–. ¿Qué les hizo a esos niños?

–Yo, yo… No les hice nada, no, no pude hacerles nada –respondió entre lágrimas–. Ellos me, me miraban con esos ojos tan grandes, tan oscuros. Y yo, les di los caramelos y les dejé marchar. No puede hacerles daño pero, pero lo tenía planeado, lo había pensado tantas veces. Y él lo sabe, por eso me observa cada segundo, ahí, desde la ventana donde les llamé.

–Nadie le observa, Iván. Es usted quien juzga sus actos, nadie más. Si ese señor conociese esa historia, hubiese venido directamente a la comisaria, le hubiese denunciado y le hubiésemos encerrado por secuestro.

–¡Prefiere torturarme! Y, ¡me lo merezco! –sollozó, apoyándose sobre el marco de la ventana, dándoles la espalda.

Vincent aprovechó el momento para lazarse sobre él e inmovilizarle, colocando los brazos del hombre en la espalda para ponerle las esposas. Opuso resistencia entre gritos de socorro, pero estaba tan débil que no hizo falta mucho esfuerzo para bloquearlo.

Con la vela todavía en la mano, a punto de consumirse, Vincent observó que uno de los cerrojos de la puerta estaba cerrado, por eso su compañero no había podido abrirla antes, en la oscuridad. Una vez fuera, con la luz de las ventanas de la escalera iluminando de nuevo sus vidas, el inspector sopló la vela y la dejó caer al suelo.

–Llévale al portal, Javi. Llama a la comisaria y que vengan dos agentes para tomarle declaración a los vecinos que puedan decirnos algo. Este hombre necesitará estar en observación hasta que deje de ser un peligro. Yo intentaré de nuevo entrar en casa del señor Moran, debemos saber qué sabe él de todo esto.

–Sí, señor –respondió, empujando al detenido hacia las escaleras.

~***~

Nadie sabía nada del horrible plan de aquel hombre. Todos coincidían en que habían escuchado los gritos de los niños, incluso de su abuelo, sus juegos se expandían por todo el edificio, pero eran buenos y muy educados.

El señor Moran no podía creer lo que Vincent le explicaba. No tenía ni idea de que Iván había tenido a sus nietos encerrados en casa, ni mucho menos con la intención de hacerles nada malo. Lo único que él hacía era pasar las horas escuchando la radio, esperando que pasasen los días para que sus nietos volviesen del campamento de verano, para volver a alegrar la casa con sus sonrisas.

–Permanecía allí sentado –le explicó a Javier, mientras conducía–, justo bajo la ventana por la que le entraba un poco de fresco, para luchar contra el calor del verano. Llevaba puesto unos auriculares, un aparato que se pone en la cabeza para escuchar la radio… Por eso no nos escuchaba.

–Lo que hay que ver. Este hombre se ha vuelto loco porque unos niños gritaban, es absurdo.

–Bueno, dicen que todos necesitamos dormir unas horas mínimas al día, y si no cumplimos con esas condiciones, las consecuencias son evidentes. Pasará una temporada encerrado, hasta que recupere la cordura.

–Gracias, Vincent –susurró el agente, mirando el perfil de su compañero. Su nariz estilizada, sus labios carnosos, su barba incipiente–. Si no hubiese sido por ti, quién sabe qué hubiese pasado allí dentro.

–Venga, amigo. No le des más vueltas. Ahora relájate, iremos al bar La Morena a tomar algo. Hace tiempo que no paso por allí.

Carme Sanchis

La niebla

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Relato misterio

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Inmaculada Ostos Sobrino. La ilustración es propiedad de Paloma Muñoz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La niebla.

Ilustración de Paloma Muñoz

Sé lo que hicisteis el último verano”, ese era el encabezamiento de la carta que Christian tenía en la mano, el mismo encabezamiento de todas las cartas que día tras día, durante esa semana, aparecían misteriosamente en la mesita que había al lado de su cama. Al principio, le desconcertó y asustó un poco el hecho de que hubiese alguien que supiera con tanto detalle, las cosas que había hecho aquel verano junto con su mejor amiga, Miriam, pues sólo ellos dos estuvieron en ese momento que de manera tan explícita se describía en la carta. Al principio pensó que tal vez Miriam hubiese vuelto de Londres para visitarlo y darle una sorpresa, y le estaba tomando el pelo con lo de la cartita, o a lo mejor, quería hacer su vuelta más interesante y divertida, por eso, lo de inventarse aquel jueguecito.

Además, no era la primera vez que Miriam hacia algo así. Christian recordó uno de sus cumpleaños, en el que nada más llegar al garaje de su trabajo, encontró una nota que le decía que si quería conseguir su regalo debía seguir las pistas, y así lo hizo. Fue siguiendo las pistas y recogiendo las notas que alguna persona misteriosa”, le había dejado durante todo el trayecto que diariamente hacía desde el garaje hasta la puerta de su trabajo, y de allí, hasta el cuarto donde se cambiaba de ropa y donde finalmente, dentro de su taquilla, encontró el nuevo CD de Britney Spears envuelto en papel de regalo. Lo curioso fue, que el papel de regalo era un collage con fotos de él y de Miriam.

Pero esta vez, Miriam no había sido. Llevaba un año en Londres trabajando frenéticamente en su centro de masajes, negocio que empezó de una manera clandestina pero que término con una cadena de diez franquicias repartidas entre España, París y Londres. No, Miriam no podía ser, estaba demasiado ocupada, y además, en el resto de cartas, lo que se describía eran diferentes momentos, con distintas personas y que sucedían en distintos veranos, así que, era imposible que Miriam supiera con tanto detalle  cada uno de aquellos recuerdos, puesto que ella, a pesar de saber lo que Christian le contaba, no había estado en ninguna de aquellas recopilaciones de íntimos secretos. Así pues, pensó en un complot secreto de todas aquellas personas que habían sido partícipes de aquellas historias, de aquellos veranos. Su cumpleaños estaba cerca, y tal vez se hubiesen unido para realizar este remake conjunto. Pero de inmediato lo descartó, porque entre esas personas no había el mínimo contacto y además, algunas, ni siquiera se llevaban bien después de tantos años. Así que, finalmente dejó tanto el miedo como la curiosidad atrás y se limitó a disfrutar, ya que fuese quién fuese su misterioso amigo, no le hacía el menor daño, más bien le hacía feliz, lo estaba animando y día tras día se sentía mucho más alegre y con muchas más ganas de seguir con la rehabilitación.

Johnny llamó a la puerta despacio, con miedo, temía que fuera muy temprano y que Christian estuviese descansando. Por desgracia, después del accidente, Christian no solía dormir demasiado bien, aún le seguían molestando las contusiones. La verdad es que, Jhonny se sentía tremendamente culpable, porque fue él quien le convenció para coger la moto y salir. A Christian, siempre le habían dado respeto aquellos trastos”, como él los llamaba, pero a Jhonny le encantaba la velocidad, notar la moto deslizándose sobre la carretera, notar el viento en su cara, notar toda esa potencia fundirse con su persona, luchando contra los elementos como un solo ser. Pero los elementos pudieron más esta vez, alguien se saltó un stop y Jhonny no lo pudo esquivar. Acabaron arrastrándose por el suelo, con tan mala suerte que Christian se golpeó la cabeza contra un bordillo, y a pesar de llevar el casco, se llevó un buen golpe. Johnny, que tan sólo tenía quemaduras debido a la fricción que le produjo el contacto contra el asfalto, se llevó un buen susto.

Estás despierto– le dijo aliviado al verlo sentado en el sillón junto a la ventana.

Sí –le dijo sonriendo–, quería haberme despertado más pronto para ver quién es la persona que me está dejando estas cartas, pero la medicación ha podido conmigo.

Aún estas así.

Pues claro, sabes que si no consigo averiguarlo reviento, porque… tú no tendrás nada que ver ¿verdad?

Por enésima vez, ¡no! ¿Te has fijado en la letra, la reconoces?

Pues eso no lo había pensado, la verdad es que me resulta familiar pero no sé por qué.

Entonces, ¿no la reconoces? –Le preguntó el muchacho un tanto desesperado.

Pues no, ¿por?

No, por nada, para ver si se podía resolver de una maldita vez todo este embrollo y las cosas volvían a la normalidad.

Bueno, en cuanto acabe con la rehabilitación todo volverá a ser igual, y no creo que tarde mucho, ya puedo mover el brazo y la pierna, lo que no entiendo es por qué me siguen reteniendo aún aquí.

Te pegaste un golpe muy fuerte en la cabeza.

Llevaba casco.

Pero se quieren asegurar, estuviste inconsciente mucho tiempo. –Le dijo el chico con un hilo de voz.

Johnny, estoy bien –le dijo cogiéndole de la mano– Las radiografías que me hicieron de la cabeza están bien también, y lo más importante es que subí a la moto porque quise, deja de sentirte culpable.

El muchacho lo miró triste pero agradecido, aun así no podía dejar de estar preocupado, había sido un mes muy duro, a pesar de que en esta última semana hubiera mejorado bastante. Y además, había cosas que aún no le podía decir, como por ejemplo el por qué seguía estando allí. Conforme iba pasando la tarde, el muchacho comenzaba a estar más lúcido, era lo normal, le pasaba siempre, así que lo único que le quedaba por hacer era esperar, esperar a que esta vez no olvidase, esperar a que volviera a recordar.

Chris… –empezó a decirle Jhonny forzando un poco la situación– ¿Ya sabes quién ha podido escribirte? ¿Has reconocido ya la letra?

¡No! Pero, ¿a qué viene esto ahora? –le dijo el muchacho molesto– ¿ Jhonny, me estás ocultando algo?

No, yo…sólo…

Sí, me ocultas algo, te conozco bien, ¡ya me lo estás diciendo! –le espetó enfadado.

–¿No ves que no puedo? Por favor, cariño, haz un esfuerzo, tienes que recordar… –le dijo desesperado. Normalmente a aquella hora de la tarde, la niebla que parecía envolver su cerebro impidiéndole saber que pasaba, se solía disipar, pero hoy estaba tardando más de lo normal.

No hay quién te entienda, me estás poniendo de los nervios, ¿por qué no me lo dices de una vez? Me estoy empezando a asustar, ¿recordar el qué? –le dijo bastante alterado el muchacho.

Y entonces, la niebla se disipó, algo en su cara cambió, y tras unos segundos de silencio que parecieron eternos, Christian habló:

Lo he vuelto a hacer, ¿verdad? Me he vuelto a perder…

Y enterrando el rostro entre sus manos, Christian se puso a llorar. Jhonny se acercó y le abrazó, y dándole un beso le dijo:

No llores cariño, no ha sido tan terrible, ¿recuerdas ya de quién es la letra? ¿Entiendes por qué es tan importante que lo recuerdes?

Sí, por supuesto, esa letra es mía, esas cartas las escribo yo, yo soy esa persona omnisciente, yo soy quién escribo para no olvidar, por eso se describen tan bien todos esos secretos, porque yo siempre estuve allí, porque soy yo quien los hace reflejar. No es Miriam quién lo escribe, no hay complot, no hay nadie más, sólo mi desesperación por regresar. Pero no sirve de nada… No me voy a curar jamás…

El chico no sabía qué decir, se limitó a abrazarlo y dejarlo llorar. Mientras respiraba hondo e intentaba pensar, dejando atrás todo el dolor que a él mismo le embargaba. La verdad es que, desde que Christian empezó a escribir la cartas, había mejorado muchísimo. Al principio de mes ni siquiera recordaba a las personas que tenía alrededor, ni aun cuando no estaba la niebla, entonces, los médicos les dijeron que aquello podía remitir en cualquier momento, que quizás se tratase de una amnesia pasajera por la pérdida de conocimiento, que en un par de días pasaría pues, según las pruebas que le habían hecho en el cerebro, todo parecía normal. Pero no remitió. Tuvieron que hacerle muchas más pruebas, mientras tanto, su madre y él iban a visitarle todos los días y le hablaban de cosas que solía hacer, le hablaban de la gente que conocía y muchos otros temas más. Y poco a poco, fue recordando esa parte de su vida que parecía perdida, y todo volvió a la normalidad o, al menos, casi todo. Al poco tiempo, los profesionales que le trataban detectaron que había una pequeña parte del cerebro que aparecía en el electroencefalograma manchada. A causa del golpe, el cerebro había sufrido una pequeña hemorragia y lo habían intentado drenar, pero al realizar las pruebas con más detalle, habían observado que una parte seguía manchada. Las operaciones de cerebro son muy complicadas así que, esperaron a ver si esa pequeña mancha se reabsorbía, pues no merecía la pena volver a abrir simplemente por aquel nimio resto de sangre que acababan de observar. Sólo podían esperar a que el propio cuerpo empezara a reaccionar.

A la semana siguiente, se dieron cuenta de que algo andaba mal, a pesar de que la mancha parecía haberse reabsorbido, y a pesar de que ya era capaz de reconocer a la gente y recordar cada etapa de su vida, cuando la tarde avanzaba, de repente, dejaba de recordar y se sumergía en un estado vegetativo del que no despertaba hasta la madrugada del día siguiente. Lo primero que hacia su cerebro era poner en orden pensamientos y recuerdos y, por eso, podía reconocer físicamente tanto a las personas como los lazos que les unían, pero era incapaz de recordar sus experiencias pasadas, al menos aquellas que no eran recientes. Esto asustó mucho a los médicos, que pensaron que lo mejor era dejarlo en observación,  ya que esta especie de memoria a corto plazo no aventuraba nada bueno, no les resultaba nada normal ese reseteo que realizaba el cerebro a diario. Una de sus hipótesis era, que tal vez esta extraña conducta se debiera a que el cerebro estaba un poco inflamado después de la operación y que cuando se desinflamara todo volvería a cuadrar. Por ello necesitaban estudiar desde más cerca el foco del problema, así que decidieron hablar con Christian, en una de sus momentos de lucidez para explicarle su afección. Necesitaban toda la colaboración posible para comenzar con el proceso de recuperación del cerebro, incluida la colaboración del paciente, quizás la más importante de todas. Le explicaron todo cuanto había sucedido hasta el momento de detectar este inusual problema que les estaba volviendo locos, pues no habían tenido ningún caso igual. El comportamiento de esta afección se movía entre un Alzheimer inicial y una pérdida de memoria reiterativa inusual, pues la memoria en sí no estaba perdida, simplemente, iba y venía y necesitaban encontrar el porqué. Pues el mayor miedo que tenían era que, en algún momento dado la memoria, o bien volviera a la normalidad, o bien se perdiera en su totalidad. Esto quería decir que si poco a poco iba olvidando sus recuerdos, el reconocimiento de las personas e incluso el de su propia identidad, a largo plazo acabaría dejando de saber cómo comer, cómo dormir e incluso cómo respirar. Christian se asustó mucho al recibir aquel hachazo en su corazón, pero gracias al mismo empezó a reaccionar, al menos a su manera. Empezó a aprovechar aquellas lagunas episódicas en las que era consciente y podía recordar y empezó a escribirlo todo. Primero los nombres junto con los parentescos, hasta que dejó de olvidar a las personas que quería, y ahora, llevaba unas semana escribiendo sus recuerdos, en especial los más importantes para él, las cosas que habían hecho mella en su vida, justo lo que le había acontecido en algunos de sus veranos. Y por el momento, había recuperado la alegría y la ilusión. Pero tal vez estaba haciendo trabajar demasiado a su deteriorado cerebro, puesto que aún no retenía lo suficiente. Todos los días se escribía una carta relatándose cosas, que tan sólo él sabía, para así poderlas fijar, pero cuando se levantaba, sólo veía una nota contando sus anécdotas en tercera persona. Era incapaz de reconocer una parte de sí mismo y, tal vez, una de las pocas que mejor lo pudiera identificar, su propia escritura. Estaba perdiendo lo más importante que podía perder en aquel problema de identificación de algo tan personal, estaba perdiendo su ser, estaba dejando de reconocerse a sí mismo.

Los médicos seguían buscando a tientas una solución que nunca llegaba y probaban distintos tipos de  programas de rehabilitación una y otra vez sin ningún resultado. Este hecho les preocupaba mucho más, se sentían impotentes al estar totalmente a ciegas ante un problema que se les iba de las manos, un problema que no podían solucionar. Lo único que podían seguir haciendo era observar y esperar, lo habían probado todo y andaban desesperados. Y eso, a la familia, la hundía mucho más. Sin embargo, Jhonny confiaba mucho en la fuerza de voluntad de Christian, confiaba en que lo iba a lograr.

Mientras todos andaban locos estudiando la manera de curarlo, sin ningún resultado, Christian, por sí mismo, lo estaba consiguiendo, a pasos pequeños y a su manera, pero consiguiéndolo al fin y al cabo. Al menos ya era capaz de fijar en su mente, con ese método suyo de recolección de recuerdos, a toda la gente que amaba. ¿Por qué no podría conseguir con un poco más de tiempo recordar todo lo demás? Christian era muy tenaz cuando quería, por eso él prefería esperar, y le apoyaba de la única manera que podía, estando a su lado y animándole a recordar. A pesar de todos los progresos, el tiempo acuciaba y Jhonny era consciente, sabía que si Christian no conseguía acelerar el proceso de fijación, el próximo paso de los médicos sería volver a operar, y todos sabían las consecuencias de otra intervención en el cerebro, al saber que daños irremediables le podrían ocasionar. Jhonny se empezaba a desesperar y mantenía una lucha interior consigo mismo, pues por un lado, sabía que el tiempo era primordial para su recuperación, pero por otro, y paradójicamente, ese tiempo se estaba agotando. No podía presionar por temor a deshacer todo el camino andado, pero tampoco podía quedarse de brazos cruzados, por miedo a que lo vetaran, a que no dejarán a Christian continuar y, que jamás volviera a ser el mismo. Lo único que Jhonny quería y anhelaba era que Christian  lograra a tiempo el grado de bienestar que le permitiera salir del hospital, para así, poder seguir luchando, sin necesidad de que lo tuvieran de conejillo de indias. Por eso era por lo que Jhonny, insistía todos los días en que revisara las cartas y lo animaba a investigar, haciendo hincapié siempre, en el reconocimiento de la letra cuando veía que Chris no avanzaba. Era muy duro, pues había días que todo marchaba según las pautas previstas, aquellas pautas que había trazado su cerebro como algo normal. Pero había otros días, como el de hoy, que todo se descolocaba  tanto en su cerebro, como en su pauta de normalidad y costaba mucho más encajar las piezas del maldito puzzle en su sitio.

Jhonny, pensando esto, se dio cuenta de algo, Christian lo estaba logrando, no lo rápidamente que ambos quisieran, pero sí paso a paso, y más valía eso, que aletargarse encerrándose en uno mismo, y dejando  pasar el tiempo, así que se lo dijo:

Amor, no te rindas, has avanzado mucho.

Christian dejó de llorar y le miró con la desilusión grabada en sus ojos.

–¿Cómo puedes decir eso, Jhonny? No soy capaz ni de reconocer lo que escribo.

Antes, no nos reconocías a nosotros, y ahora lo haces, además, mientras escribes recuerdas, y lo vas fijando, y eso es muy bueno, tal vez necesites algo más de tiempo.

Pero, ¿y si me pierdo?

Sabes que no te dejaría, y tú, no puedes dejarme a mí, así que a luchar.

Christian cambió su expresión y apareció en su rostro una tenue sonrisa, tan sólo por mantener a esa persona a su lado merecía la pena el esfuerzo, así que, enjugándose las lágrimas y tras darle un beso, le dijo:

Tienes razón, lucharé, y ya se cómo. Esta vez voy a recordar,  la carta que voy a escribir hará su función, voy a contar en ella algo que jamás podría olvidar, mañana lo conseguiré, amor, te lo prometo.

A Jhonny le emocionó sobremanera aquella determinación, pero no podía dejar de estar inquieto y aterrado. No podía evitar que se le partiera el corazón en mil pedazos una y otra vez, sobre todo cuando leyó la última historia que Christian había dejado sobre la mesa antes de dormir y, que decía así:

Sé lo que hicisteis el último verano. La fiesta estaba llegando a su fin, al menos para ti. Todos se divertían menos tú, estabas cansado, aburrido, tus amigas estaban de caza y tú de celestina, como siempre. Y encima, más sólo que la una apartado en una esquina de la barra del bar, bebiéndote un cubata de vodka de caramelo. Mientras tanto, el chico que te gustaba, aquel que tanto te hacía reír y que derretía tu corazón con tan sólo una mirada, estaba hablando con tu amiga, y no una amiga cualquiera, sino la devora hombres”. No había quién se le resistiera, así que en breve verías como el hombre de tus sueños caía en las redes de aquella arpía que sólo creía en los hombres de usar y tirar. Nada peor para tu destrozado corazón  que haber sido la celestina que le había presentado aquel chico increíblemente guapo, nada peor que haberle cedido a aquel ser sin escrúpulos a tu amor platónico. Llevabas una semana conociéndole, y te habías enamorado perdidamente, tan sólo hacía un mes que habías descubierto tu mayor secreto, y él era la prueba que lo confirmaba. Pero nada se podía hacer si el otro no te correspondía, o al menos eso creías, porque aquella noche, aquel verano, fue el mejor verano de toda tu vida. ¿Quién te iba a decir que aquel a quien no parecías interesar, aquel con quien compartiste tantas conversaciones, sonrisas y noches de fiesta, iba a ser el amor de tu vida?

Christian dormía, así que Jhonny no se tuvo que controlar, lloró desconsoladamente a sabiendas de lo que ambos se jugaban en aquella partida. El dolor que atenazaba su pecho era imposible de soportar, y si aquello salía mal, su alma se resquebrajaría y no sería capaz de volver a juntar aquellos jirones que una vez la hubieron formado, no sería capaz de poder seguir adelante mucho más…

Inmaculada Ostos Sobrino

E01-El fantasma de los libros

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Relato misterio

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de María Cristina Salvans. La ilustración es propiedad de Daniel Camargo. Quedan reservados todos los derechos de autor.

E01-El fantasma de los libros.

Su inmensa biblioteca era considerada como una de las más completas del país y, siendo justos una de las más maravillosas del mundo. Para Louis, lo que realmente representaba era la puerta de entrada a muchos más mundos, todos ellos distintos y misterioso, únicos y hermosos.

No era un coleccionista de primeras ediciones, o de antiguos y polvorientos libros, ni siquiera coleccionaba un género en concreto. Él no hacía distinciones, todos y cada uno de los libros que abarrotaban las estanterías de su biblioteca tenían un punto en común: Había entrado en esos mundos formados por letras, los había leído.

Durante los más de 80 años con los que contaba, había guardado todos los libros que alguna vez había leído. En la biblioteca un curioso visitante podía encontrar desde un libro de ilustraciones infantil con no más de diez páginas, a otro bélico o erótico de más de mil.

Su vista ya no era lo que había sido, y pese a contar con esa enorme colección de toda una vida, había una temática a la que no se había acercado demasiado. El terror. Pues en su vida ya había visto suficientes horrores.

Sin embargo, sus nietos adoraban la temática y le insistían en que incluyera algo tenebroso en los estantes de su santuario.

Y la respuesta de Louis siempre era la misma: No.

Como él siempre les recordaba, su colección tenía una particularidad y solo una: había leído todos los libros. Si incluía algo que no había leído, el trabajo de toda una vida se iría a pique, y eso era algo que no podía permitir.

Por eso, un día, decidió rebuscar entre los estantes y comprobar si sus nietos habían escondido obras prohibidas entre sus tesoros. Y así fue.

Montó en cólera el día que lo descubrió, y les mandó todos esos libros profanos en un arcón, junto con la prohibición de volver a acercarse a su biblioteca nunca jamás.

Desde aquel día la vida pareció dejar de sonreírle.

Le costaba mucho conciliar el sueño y cuando conseguía dormirse, caía en un pozo de negrura y desesperación. Se encontraba inmerso en una persecución, huyendo de los fantasmas de todos esos libros que aún le quedaban por leer; se le aparecían aquellos de los que aún no conocía la historia y le apremiaban para que aprovechara el tiempo que le quedaba y lo invirtiera en adentrarse en su mundo.

Cuándo se despertaba, sintiendo como de golpe su cuerpo aterrizaba contra el colchón de la cama, oía las voces de todos aquellos autores terroríficos que le llamaban, estuvieran aún vivos o no, con una horrible voz de ultratumba, y le recriminaban por no haber leído sus novelas y cuentos.

Las noches eran muy largas y los días demasiado cortos.

Aprovechaba las horas de sol para pasear por su biblioteca y perderse entre el aroma a polvo e imprenta que impregnaba el aire. Le gustaba tocar con la punta de los dedos aquella sucesión de joyas que había guardado durante toda su vida y redescubrir los mundos que cada uno de ellos encerraba.

En uno de esos días en que sus blancos y largos dedos recorrían la estancia, oyó unas voces que procedían de detrás de las paredes y descubrió lo que parecía ser una oxidada bisagra de una puerta olvidada. Quedaba completamente camuflada en la pared con relieve y, aunque siempre había sabido que estaba allí, ya lo había olvidado.

Buscó en el cajón del antiguo canterano las llaves de todas esas misteriosas puertas que inundaban su casa; no tardó en dar con ella, la pequeña y oxidada era sin duda la de la habitación olvidada. Sin dilación, abrió aquella puerta que le conduciría a un nuevo mundo, o al menos, esa era la invitación de las extrañas voces.

Sus ojos tardaron en acostumbrarse a la poca luz de la estancia pero cuando lo hicieron pudo ver un arcón. Era el viejo baúl que contenía los libros de terror que no había leído nunca y que alguno de sus nietos se había empecinado en mantener en su biblioteca.

Ilustración de Daniel Camargo

Lo abrió con enfado, y dentro descubrió una breve nota “Todos estos libros merecen ser leídos y deben estar guardados en la biblioteca del abuelo”.

Nunca antes le habían interesado los libros sobre fantasmas y, de hecho, poco había leído desde que enviudó hacía dos años. Aun así, el hecho de haber descubierto aquel pequeño tesoro guardado bajo llave, en un baúl en su biblioteca, había hecho que se despertara en él una curiosidad morbosa y, si alguno de sus nietos creía que esos libros podían ser importantes para su biblioteca ¿por qué no leerlos?

No podía cargar con el arcón, y no quería incorporar los libros a su biblioteca sin haberlos leído antes, así que decidió instalar una pequeña zona de lectura, consistente en una silla mecedora y una lámpara de pie, en aquella oscura habitación.

Leía despacio, pero seguro y sus ojos repasaban interminables frases que se convertían en párrafos y capítulos, de modo que saltaba de libro en libro, de mundo en mundo, como tantas veces lo había hecho antes.

En esos cuentos y novelas de fantasmas, a menudo las historias no eran lo que parecían ser en un principio y eso le inquietaba y fascinaba a partes iguales.

Si cerraba los ojos y se concentraba lo suficiente, oía la llamada de Susan Hill, que se llevaba a tantos niños ataviada como la dama de negro; también podía revivir momentos de su vida gracias a unos fantasmas que le guiaban por distintas Navidades; navegaba por los mares a bordo de un barco maldito; enseñaba canto a una joven doncella a quien amaba, pese a que ella nunca le correspondería al esconder su rostro y su alma tras una máscara; incluso podía ser un jinete sin cabeza en un pueblo llamado Sleepy Hollow; u escuchar el graznido de un fantasmagórico cuervo que revoloteaba sobre su cabeza gritando “Nunca Más”.

Y precisamente ese cuento, “El Cuervo” de Edgar Allan Poe, fue el último que leyó, el último en caer en sus manos, el único que quedaba en el arcón.

Louis falleció con una sonrisa en el rostro, pues lo horroroso del relato de tan célebre autor no resultó negativo para él, al contrario. Entre las líneas de esa bella prosa poética, descubrió que su amada le estaba esperando, y que ese había sido el auténtico motivo de que los libros de fantasmas aparecieran en su  biblioteca.

Efectivamente, no habían sido los nietos los que habían introducido las novelas en su colección, sino su propia esposa, que antes de morir, había querido que su marido se sumergiera en esos mundos que tanto la habían fascinado a ella y en los que él aún no se había adentrado.

Cuando Louis murió, sus nietos colocaron todos los libros en la biblioteca, pues ya cumplían con el requisito para formar parte de la colección, y él fue enterrado junto a la abuela, Leonor, ambos mirando hacia la biblioteca, aquella puerta a tantos mundos secretos, misteriosos y extraordinarios, que aguardan a ser descubiertos por nuestros ojos y nuestras almas.

María Cristina Salvans

E03-El fantasma de los libros

Autor@: Inmaculada Ostos Sobrino

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Terror

Rating: +18

Este relato es propiedad de Inmaculada Ostos Sobrino. La ilustración es propiedad de Jordi Ponce. Quedan reservados todos los derechos de autor.

E03-El fantasma de los libros.

El hombre se había pasado la mayor parte de la noche enterrado en libros. Su cabeza colgaba de medio lado sobre una pila interminable. Las letras parecían revolotear sobre su cabeza como si de un enjambre de mariposas se tratase, en una especie de intento de formar palabras o escritos en el aire. Incluso el último libro que tenía en posición vertical parecía susurrarle algo, pero él, no era capaz de encontrar la solución  a pesar de todo lo que se había esforzado. Y allí, rendido, entre aquel duermevela, de pronto las palabras se hicieron más fuertes y creyó, por una milésima de segundo, que la solución había llegado de nuevo hasta su agotada conciencia como tantas otras veces. Pero no, lo único que vislumbró a través de sus vidriosos ojos fue una gran boca que se formaba en la página que tenia abierta, y le decía: Por favor, un poco de orden. ¿Por favor un poco de orden? Eso no era lo que él esperaba oír y, entonces todo cuadró y se dio cuenta de dónde estaba. Despertó por completo en la biblioteca más antigua y más grande de aquella ciudad.

Ilustración de Jordi Ponce

–Hay espacio suficiente para todos. Por favor, no empujen, todos tienen su sitio reservado –dijo la voz de nuevo, y Pablo la ubicó unas cuantas estanterías más atrás, probablemente en la sala  principal. Se dispuso a cerrar el libro que tantas ilusiones o pesadillas había creado esa noche en su mente y, cuando lo hizo, la misma cara que había visto en su duermevela seguía observándolo, pronunciando unas palabras que no lograba escuchar. El ser, o lo que fuera, parecía cada vez más angustiado, pues era consciente de que no se podía comunicar.

–Pablo, ¿aún estás aquí? –dijo una voz a su espalda sobresaltándolo. Y entonces oyó un susurro mientras la cara se esfumaba en la nada: “sálvala

–Venga, espabila que dentro de una horita vamos a cerrar.

–¿Dentro de una hora? ¿Ya son las dos?

–No, hombre. Son las diez, pero hoy tenemos una firma de libros. Mira, ¡igual te interesa! Es una escritora nueva y creo que sus historias son igual de raras que los libros que lees.

Pablo miró al bibliotecario divertido, el cuál le estaba guiñando un ojo mientras le dedicaba una gran sonrisa. Era un hombre mayor, y el mejor amigo que Pablo tenía, el único que no le juzgaba y estaba siempre dispuesto a ayudarle con sus raras peticiones. Además, estaba seguro de que nadie más en el mundo sería tan eficiente como él, pues era capaz de encontrar en la sección de esoterismo cualquier cosa que se le preguntará, aunque fuese lo más raro que pudieses pensar. Así que, como estaba despierto y le picó la curiosidad, se acercó hasta la sala principal a escuchar.

Mientras se iban acercando Manuel le ponía al día. La escritora era una muchacha joven que había sido víctima de un accidente en el que había muerto toda su familia, sólo sobrevivió ella- Después de aquello cayó en un estado de depresión en el que se puso a escribir, alguien la descubrió por casualidad en un concurso literario al que la apuntaron las enfermeras del centro dónde estaba recluida y, desde entonces, el éxito llamó a su puerta y un año después seguía manteniéndolo. A pesar de que la muchacha era muy buena escribiendo historias de terror, (le dijo esto último recalcándolo y con mirada cómplice a Pablo), lo que más llamaba la atención en ella, era su extraña y excéntrica personalidad. Habitualmente vestía con ropa de hombre holgada y demasiado grande para ella y nunca se miraba a un espejo, de hecho, pedía que las salas de las firmas estuviesen desprovistas de los mismos. Y, si podía, siempre intentaba visitar las bibliotecas más emblemáticas del mundo y se encerraba durante un día entero en las mismas en busca de un libro que nunca encontraba.

–Tal vez sea un reto que tú puedas superar –le dijo esta vez Pablo a Manuel con una sonrisa cómplice, mientras ambos llegaban por fin al lugar del gran acontecimiento.

La sala principal estaba abarrotada, los periodistas y los fotógrafos hablaban entre ellos entusiasmados, eran los primeros afortunados que tendrían la posibilidad de preguntar sobre el último libro de la escritora, “no existe el paraíso”, que tanto desconcierto e inquietud había causado, pues era una novela de corte pesimista que hablaba de una manera frívola sobre la inexistencia de ese paraíso prometido que tantas religiones proclamaban y, dónde de una manera cruel y desoladora, nos contaba las vivencias de alguien que estuvo allí y jamás lo encontró. Alguien que sólo sufría por todo aquello que había perdido y jamás podría recuperar, alguien que vagaba sin rumbo fijo en un “no mundo” lleno de peligros y las más terroríficas situaciones. Además no sólo era buena escritora, sino también su propia ilustradora. Las imágenes tenían una fuerza visual que captaba tu atención desde el primer momento en el que posabas la vista en ellas.

La ronda de preguntas comenzó. Un muchacho muy joven de cara agradable fue el primero en levantar la mano.

–¿Cuándo fue la primera vez que tuvo contacto, no se cómo definirlo la verdad, con el mundo esotérico? Si es que lo ha tenido alguna vez, si es que no ha salido todo de esa increíble imaginación que usted posee.

–Sí, lo tuve –empezó a decir la muchacha con una amplia sonrisa al abochornado muchacho. Se había puesto colorado nada más terminar la última frase, se notaba que era uno de sus fervientes fans.

–Solíamos jugar a Adelaida, el típico juego en el que utilizas un libro con unas tijeras clavadas dentro, lo atas todo y lo dejas pender al final del hilo. ¿Sabes cuál te digo?

El muchacho negó con la cabeza. La preciosa sonrisa de la escritora inundó la sala.

–A veces olvidó que los años pasan, y nosotros nos llevamos unos cuantos, ¿verdad? Al menos diez. –El muchacho asintió–  Bien, existía una leyenda urbana sobre una chica llamada Adelaida que se suicidó por amor. Se dice que el chico al que amaba se fue con otra y, la encontraron con unas tijeras clavadas en el corazón para no poder sentir más y un diario en las manos dónde contaba su trágica historia. Las jovencitas solíamos acudir a ella para que nos diera consejos de amor o para cotillear sobre su verdadera historia, a veces simplemente por morbo para saber si de verdad el libro se movía cada vez que alguien hacia una pregunta. Las reglas eran sencillas, el sí era hacia la derecha y el no hacía la izquierda. La invocaban llamándola por su nombre tres veces y ya está. Ese juego y, la típica ouija garabateada en una hoja de libreta cuadriculada bajo un vaso de café. Esos fueron mis únicos contactos.

Otra mano se alzó, esta vez pertenecía a una mujer de unos treinta y cinco años de aspecto cuidado.

–¿Tuviste alguna experiencia sobrenatural en aquellos juegos? Es decir, ¿ocurrió algo que provocase que escribieras sobre ello?

–No, en realidad no.

–Entonces, ¿cómo nació tu interés por los libros, por escribir? –Esta vez la mano alzada y la nueva intervención pertenecían a un chico de pelo largo y gafas, con aspecto descuidado, que sostenía en sus manos un iPad mini y un boli para tablets, en vez de un bloc de notas.

–El fantasma de los libros llego a mí por primera vez aquella noche de verano en la que mi hermano y yo mirábamos las estrellas. Me contó una historia increíble sobre un niño que estaba gordito como yo y que vivía aventuras increíbles a través de un libro mágico. Mi mente se llenó de bellas imágenes y, desde entonces, los libros fueron mi obsesión. Quería poder mostrarle al mundo todas aquellas maravillosas imágenes que se arremolinaban en mi imaginación como un torbellino, y empecé a interesarme por las portadas, los interiores, las ilustraciones. De hecho, ahorraba la paga del fin de semana para comprarme lápices, rotuladores, pinturillas, acuarelas…

–¿Y cuándo surgió el amor a la escritura? –preguntó un hombre calvo de unos cincuenta años que se encontraba al fondo.

–Nunca –Recorrió la sala un murmullo de sorpresa.

–Sin duda esta chica sabe cómo mantener la intriga, ahora entiendo por qué vende tantos libros– le dijo Manuel a Pablo.

–Disculpe… ¿eso quiere decir que es vocacional?

–No, simplemente que no soy yo la que escribo –De nuevo el murmullo de asombro. Pablo notó un frío gélido en su espalda y la visión se le nubló.

–¿Nos está diciendo que tiene un escritor negro, alguien que escribe por usted?

–¡No, por supuesto que no! ¡todas las historias salen de su puño y letra, de su creatividad! ¡Lo puedo asegurar! –La intervención desesperada de su editora creó una nueva oleada de inquietud y de murmullos.

–¿Es cierto lo que dice su editora, señorita Alonso, o realmente como bien dijo mi compañero hay un escritor negro detrás de todo esto? Y de ser así, ¿de quién se trata? –La editora la miró desconcertada y algo preocupada, un mal rumor podía echar por tierra el futuro de toda una brillante carrera. La escritora observó al periodista con tranquilidad a través de sus grandes ojos verdes.

–Es cierto lo que dice mi editora y, no sé si la palabra escritor negro lo definiría, yo lo llamo fantasma.

De nuevo los murmullos recorrieron la sala, pero esta vez de una forma diferente, mucho más alegre y distendida.

–Por un momento nos había asustado –dijo de nuevo el primer periodista que preguntó, el joven Rubio de mejillas sonrojadas–i Eso se llama inspiración!

–No, es un fantasma real, lo puedo sentir, intuir… Jamás me interesó la literatura, de hecho, nunca se me dio bien escribir.

–Pues para no saber escribir es el número uno en ventas, y el éxito de sus historias se ha extendido más allá del mercado europeo –le reprochó una chica pelirroja que estaba sentada en la primera fila, provocando la risa cómplice de todos los presentes.

–Bueno, llámenlo como quieran, pero para mí es un fantasma que me susurra palabras en mis momentos más bajos –Contestó la muchacha derrotada. Seguramente aquellos periodistas pensarían que su comentario estaba estudiado para mantener el aura de misterio que parecía invadir su vida, su universo literario. Pero no era así, ella lo pensaba de verdad y no era la única que lo hacía. Pablo hacía rato que miraba anonadado una sombra que se encontraba situada a su derecha. Al principio fue un foco de luz, y poco a poco se fue tornando niebla,que a su vez, tomó forma humana. Para ser más exactos, la forma de un chico joven de aproximadamente treinta años, que tenía los mismos ojos verdes que Celia Alonso.

Sálvala –le dijo mirándole fijamente a los ojos y poniendo una mano sobre el hombro de la muchacha, que dio un respingo y se puso inmediatamente la chaqueta.

Así que aquel era el fantasma de los libros, el que le despertó aquella mañana. Era él quién se materializó en la hoja del libro sobre espíritus que estaba ojeando, tan sólo por un segundo creyó que podría haber sido su mujer la que se había manifestado. Llevaba años buscando la manera de hacerse con ella, pues sabía que no descansaba en paz. Incluso de vez en cuando, podía sentirla, su don no fue elegido, lo tenía de nacimiento. A lo largo de toda su vida había ayudado a muchos a entender o comprender lo que les aferraba a este mundo, digamos que curaba sus mentes rotas. Pero con Julia era distinto, no lograba llegar, era incapaz de mantener la conexión y no entendía el por qué. El caso era que le esperaba un día mucho más largo de lo que pensó en un principio.

–Y yo que pensaba que ya me iba a descansar -pensó en voz alta.

–Ya te dije que esto te podía interesar –apuntó sarcásticamente Manuel, brindándole un guiño de ojo.

Pablo esperó pacientemente a que todo el mundo se marchase. Conforme fue pasando la entrevista y la firma de libros, la muchacha se fue apagando, sus ojos habían perdido el brillo y Pablo intuyó que algo andaba mal. Cuando finalmente pudo acercarse a ella, no supo por dónde empezar, así que tomando aire y aprovechando un descuido de la editora a la que le sonó el teléfono, le dijo:

–Yo sí creo en lo de tu fantasma y, te puedo ayudar. –La tristeza que reflejaron aquellos mares verdes que eran sus ojos llegó hasta lo más profundo del corazón del muchacho.

–Ya he tenido suficiente frikismo por hoy, me voy a descansar. Lo siento, no dispongo de más tiempo –Y sin mediar más palabra cogió su bolso, echó una furtiva mirada a su editora que seguía hablando por teléfono y, de forma escurrida, se escabulló entre el resto de la gente sin más. Pablo la siguió preocupado, la sombra le apremiaba y susurraba a su oído: “No la pierdas de vista o morirá”.

La escritora salió rápidamente de la biblioteca, giró la esquina y se dirigió hacia el parque. Una vez allí se acercó a la cueva que había junto al lago, dónde tanta veces se había escondido con su hermano. Sacó la botella de vodka, un frasco lleno de pastillas y se dispuso a acabar con su vida.

–Jorge, pronto estaremos juntos. Llegaré hasta ti y te ayudaré a escapar. Celia siempre había sido consciente de quién era el verdadero genio en esta historia, conocía muy bien su forma de escribir, pero eran tan inquietantes aquellas confesiones, todo aquello que le contaba, que ya no podía soportarlo más. Ya no era tan sólo el dolor que sentía por la pérdida de aquellos a los que tanto quería, sino el saber que no se encontraban en un lugar mejor, al menos uno de ellos y, la impotencia y soledad que la invadían al no poder hacer nada para evitarlo. Era Jorge quien tenía que haber vivido esa vida y no ella. Si no le hubiera obligado a desanclarse el cinturón para colocar el de ella con la estúpida broma de siempre, tal vez él hubiese sobrevivido.

Con el corazón hundido y lágrimas en los ojos, Celia puso una buena cantidad de pastillas en una mano y con la otra desenroscó la botella, dentro de poco tiempo todo habría terminado. Pero Pablo fue más rápido y, siguiendo las indicaciones de Jorge, llegó rápidamente allí, justo a tiempo de poder golpear su mano, dejando caer en el suelo el montón de pastillas.

–¡Celia, detente! Jorge no quiere esto.

–¿Tú?

–Tengo que contarte una cosa.

Pablo ayudó a levantarse a la sorprendida muchacha, la asió por la cintura y la sacó de allí. Horas más tarde en un café, ambos hablaron tranquilamente, se contaron sus respectivas historias y, dado que Jorge estaba agotado, decidieron quedar para el día siguiente. Celia parecía mucho más tranquila, al menos su mirada era serena y tenía un nuevo brillo de esperanza dibujado en el iris de sus ojos.

–No te suicides hasta mañana, por favor. No soportaría tener un fantasma tan tozudo como tú rondándome día y noche –bromeó Pablo a modo de despedida.

–Te lo prometo, necesito saber que quiere de mí, si está… Bien, sólo quiero decirle… Bueno, mejor que esperemos hasta mañana o el que no lo contará vas a ser tú. Ambos rieron y, finalmente, se despidieron con la promesa de verse en aquel mismo bar a las diez de la mañana del día siguiente. Jorge se materializó una vez más para la tranquilidad de Pablo, le dedicó una sonrisa y, poniendo una mano en el hombro de su hermana y haciéndole un gesto con la cara de que todo marcharía bien, se desvaneció de nuevo.

Al día siguiente, Pablo y Celia se encontraron en el bar y, como no, Jorge estaba con ellos. Celia le pasó unas hojas arrugadas, escritas a mano.

–Esto es lo que escribí anoche, después de mirarme al espejo como me dijiste le confesó esto último ruborizada –Que sepas que tenías razón, me cerraba a él, me cerraba a mí. No quería ver mi reflejo porque era su reflejo, ¡es lo que tiene ser la gemela de un fantasma! Aunque no quiera, siempre sabré cómo hubiese sido en cada etapa de su vida.

–Y eso le hizo volver con más fuerza a ti y poderse expresar.

La muchacha asintió y una lágrima surcó su mejilla.

–Me habló, ¿sabes? Nunca pude imaginar lo que añoraba tan sólo eso, su voz, y escribí todo lo que decía para no olvidar ni una palabra –Pablo cogió sus manos animándola a continuar, además de darle apoyo emotivo –No existe un mal final, todas esas historias de angustia y dolor no eran las que vivía en su mundo real o irreal, no sé muy bien cómo llamarlo. Eran simples historias que alguna vez quiso contar, las historias que quería escribir para mí, ambos soñábamos con trabajar juntos algún día. Él sería el escritor, yo su ilustradora y, lo ha conseguido. Me dijo que ya no tiene historias que contar, que la última me la deja a mí, aquella que habla sobre el amor de hermanos que traspasa fronteras.

La muchacha dejó escapar una tímida sonrisa y miró a Pablo directamente a los ojos.

–Te aseguro que si consigo escribirla, ya sabes que nunca se me dio bien, hablaré de un loco que se acercó una vez a mí y me salvó la vida. Ahora fue Pablo el que sonrió.

–No hace falta que lo escribas, la historia se puede contar con imágenes, y eso sí se te da muy bien, o eso me han dicho.

–Sí, no es mala idea. En fin, esto es la despedida, supongo. Gracias por…todo.

–De nada, fue un placer. No todo el mundo es capaz de escuchar mi historia de una manera relajada y hacerme sentir que no soy un bicho raro y, demostrarme que cree en mí. Que sepas que siempre estaré ahí.

–Gracias, pero antes de irte me gustaría hacer algo por ti, algo de lo que tú no has podido darte cuenta y yo sí. ¿Recuerdas lo que me dijiste sobre mi miedo a los espejos? ¿Lo de que no quería verme porque en el fondo no quería hacerle venir a mí?

–Sí, lo recuerdo.

–Pues algo parecido te sucede a ti con Julia. ¿Cuánto dolor estás dispuesto a sufrir para saber esa verdad que ella te quiere decir?

Pablo la miró perplejo y su corazón empezó a latir de una forma desorbitada. Se dio cuenta entonces, de que Celia tenía razón, él en realidad no quería sufrir el miedo a la decepción, a que le dijera algo que no quería escuchar, y eso impedía a Julia venir. Había tantas cosas que habían quedado pendientes… Aquella tarde acababan de discutir y ella se fue, como tantas otras veces cuando se enfadaban, a pasear y reflexionar. Pero no volvió jamás. Tal vez la fuerte lluvia no le dejó escuchar el claxon del coche que la atropelló.

–Y sobre todo, Pablo, te debes perdonar.

Pablo estalló en lágrimas y empezó a convulsionar. Esta vez fue Celia la que le consoló. Después se despidieron con un sincero abrazo y Pablo se dispuso a enfrentarse a su propio fantasma, aquel que no quería olvidar.

Inmaculada Ostos Sobrino

E10-El fantasma de los libros

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Relato corto

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Carme Sanchis. La ilustración es propiedad de Paloma Muñoz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

E10-El fantasma de los libros.

Los pájaros empezaban a cantar por la llegada de un nuevo día. La brisa que acariciaba la piel de Vincent se tornaba, poco a poco, más cálida. Sentía sus ojos secos, cansados por una noche más en vela. Parpadeó varias veces, intentando enfocar mejor las letras de sus archivos, que bailaban ante él, riéndose de su cansancio.

Estiró sus brazos, al mismo tiempo que movía las piernas, desperezándose. Una lágrima cayó por su mejilla mientras bostezaba. Cuando intentó rellenar su taza, comprobó que la cafetera estaba vacía, igual que su pitillera.

Resopló indignado, demasiado cansado para emitir palabra, demasiado agotado para maldecir.

Su compañero siempre decía que todos los casos eran pesados pero reconfortantes, pero se le olvidaba añadir que algunos te llegan tan hondo, que te acaban destruyendo por dentro.

Con el paso de los años había reunido una gran colección de libros repletos de casos. Allí tenía copias de los datos más básicos, pero también añadía todo aquello que al resto se le escapaba. Los pequeños detalles que realmente llevan a revelar un misterio.

Aquella noche le había tocado el turno a un pequeño caso, resuelto hacía ya dos meses, que la policía había considerado insignificante. Pero, el inspector era incapaz de aceptar que la tortura, el engaño y el asesinato estuviesen aceptados, que la sociedad continuase tranquilamente sus vidas mientras en las calles del mundo cientos de personas eran asesinadas cada día.

Empezó con la colección tan pronto entró a formar parte de la policía, cuando solo era un pequeño recadero que preparaba cafés, empujado por sus ganas de aventuras y su entusiasmo. Al principio solo escribía detalles generales en su libreta, pero poco a poco empezó a perfeccionar la técnica, pasando a limpio esos datos en un libro en blanco. Era asombroso como la mayoría de los casos tenían aspectos que siempre coincidían. Y, cuando empezó a llegar a la escena del crimen como policía, a pesar de ser novato, lo veía todo mucho más claro.

Menudos tiempos, cuando el paso de los años todavía no había afectado a su entusiasmo, cuando un nuevo caso era una nueva aventura, y no un nuevo golpe, una muerte más en aquella larga lista.

Contempló la estantería a sus espaldas, con las manos entrelazadas detrás de su cabeza. Esa habitación albergaba tantos casos, que algunos días le hacían temblar de impotencia.

«¿Se podrían haber evitado? ¿Podríamos adelantarnos a los hechos? ¿Algún día terminaran los asesinatos a sangre fría, las venganzas, las mentiras, la tortura y los engaños?»

Pero todas esas preguntas tenían la misma respuesta, el mismo monosílabo devastador. No. El ser humano era cruel, lo había sido y lo seguiría siendo. Por más que una parte de la sociedad se esfuerce por conseguir la paz, la otra parte siempre buscará la guerra. Por más que uno ceda, el otro siempre pedirá más.

Y así, día a día, la estantería se llenará con nuevos casos. Nuevos fantasmas que suplicaran que se les recuerde, que se guarde su historia, para no pasar a ser otro caso insignificante.

Carme Sanchis

Ilustración de Paloma Muñoz

La bruja

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Relato negro

Rating: +13

Este relato es propiedad de Carme Sanchis. La ilustración es propiedad de Nelle Carver. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La bruja.

El cuerpo de una joven pelirroja se consumía entre las llamas, iluminando el cielo de aquella noche sin luna. Sus gritos desgarradores inundaban las calles vacías de la zona industrial.

El humo golpeaba los cristales de la fábrica textil más próxima a la hoguera, y justo delante de la muchacha agonizante, una persona reía y lloraba al mismo tiempo, hipnotizada por la magia del fuego y la presencia de la muerte.

Hacía horas que los trabajadores se habían ido a sus casas, cansados de las largas jornadas de trabajo, deseando abrazar a sus familias o a una buena jarra de cerveza.

A las cinco de la mañana empezarían a llegar de nuevo, en silencio, frotando sus ojos con las manos. Para entonces, la muchacha ya no gritaría, ya no suplicaría ser salvada ni sentiría la lengua del fuego quemando su piel.

Pero seguiría allí, atada a aquel árbol quemado, esperando sin vida a que alguien la rescatase.

Ilustración de Nelle Carver

~***~

Cuando Vincent llegó a la zona industrial una ráfaga de viento le envolvió con un fuerte olor a humo, tan intenso que sintió náuseas. Estaba acostumbrado a ver escenas violentas, tristes, desgarradoras, pero jamás había aspirado un olor tan penetrante.

El agente Tejeda se cubrió el rostro con un pañuelo de tela blanca, para evitar aquel hedor que emanaba de las cenizas. Juntos, avanzaron con la cabeza gacha hasta los restos del árbol, rodeado por decenas de pruebas señaladas y técnicos que seguían rastreando.

Inspector, le estaba esperando, soy el agente Plana –se presentó. Era un hombre bajito, con una barriga muy pronunciada y un espeso bigote grisáceo, que parecía feliz, a pesar de la escena que tenía ante sus ojos–. Tenía muchas ganas de conocerle, señor.

Encantado. Mi compañero y yo hemos hecho un largo viaje para llegar hasta aquí, así que supongo que se trata de un caso importante.

–Sí, inspector. El cuerpo sin vida que tiene a sus espaldas es nada menos que el de una bruja de verdad.

¿Cómo dice? –replicó Vincent, boquiabierto, mirando los ojos grises de aquel desconocido.

Sí, una bruja. Llevaba años alardeando de sus poderes, y sabíamos que tarde o temprano alguien saldría herido. Pero, evidentemente, pensábamos que sería ella la que mataría a algún ciudadano.

¿Me está diciendo que esta persona ha sido quemada en la hoguera por ser una bruja? –preguntó sin salir de su asombro. Aquel no era el caso que esperaba, estaba harto de creencias y fe, tan ligadas al odio y la muerte. El agente asintió, mientras subía con ambas manos su cinturón hasta el centro de su redonda barriga–. ¿Cómo han podido reconocer a la víctima?

–Resulta bastante obvio que es ella. ¿Quién, si no?

El cuerpo está totalmente calcinado, y con la información que nos ha proporcionado, es imposible saber quién es. –Vincent sacó su libreta y siguió–: ¿Podría explicarme con detalle los hechos y las pruebas de que disponemos?

–Por supuesto, inspector. No hay testigos del suceso, pero coincidirá conmigo en que se trata de un asesinato premeditado. Han encontrado el cadáver las trabajadoras de esta fábrica textil, el inmueble más afectado por las llamas. Entran a trabajar a las cinco de la mañana, pero cuando ha llegado la primera ya estaba el fuego apagado. Nos han avisado, pero hasta hace unos veinte minutos no hemos podido empezar a trabajar, no había luz y, es difícil buscar pruebas a oscuras.

–Podrían haber utilizado linternas. Con el viento que hace es posible que algunas pruebas se hayan perdido –advirtió Javier, que seguía sujetando el pañuelo contra su boca.

–Trabajamos cuando las condiciones nos los permiten, agente.

¿Qué pruebas han encontrado por el momento? –pregunto Vincent.

Poca cosa… Entre las cenizas hemos encontrado restos que todavía no hemos identificado. Y lo más curioso que cabe destacar, es que justo delante de la hoguera había un pequeño muñeco medio quemado. Por la distancia que había entre las dos partes, parece que se quemaron por separado, y que éste no llegó a consumirse.

–¿Podría ver ese muñeco?

–Claro. ¡La prueba siete! –grito el hombre, con una sonrisa en los labios finos.

Un joven vestido con un mono azul corrió hacia ellos con una bolsa de plástico transparente en la mano, sorteando los obstáculos apresuradamente. Entregó la prueba a Vincent y volvió a su trabajo con la misma rapidez con la que había iniciado el camino.

En la bolsa había un muñeco cosido a mano, hecho con una tela que en otros días había sido blanca, unos botones que simulaban ojos y una sonrisa bordada. Las piernas se habían consumido por completo, y el fuego había llegado hasta los brazos, aunque seguían enteros. Vincent lo examinó con incredulidad y le pasó el paquete a su acompañante.

¿Crees que se trata de un muñeco vudú? –sugirió el agente Tejeda, mirando al inspector.

–Eso parece, aunque no tiene mucho sentido. No tenemos información en la oficina de este tipo de culto por esta zona.

–¿De qué está hablando, señor? –Preguntó el hombre rechoncho, con curiosidad.

–Este tipo de muñecos están asociados al culto del vudú, y algunos afirman que mediante una serie de rituales pueden ejercer control sobre una persona concreta. Aunque, ya sabe, con este tipo de cosas solo se trata de creencias.

Nunca había escuchado nada parecido, qué tontería. En este pueblo lo único raro que había era esta bruja, y por fin, se ha terminado.

–Debería cuidar su lenguaje, señor Plana. Está usted delante de una persona que ha sido asesinada de una manera atroz. Haga el favor de quedarse al margen. Nosotros nos encargaremos de esta investigación a partir de ahora.

–¿Quedarme a un lado? No puede hacerme eso. Yo soy el encargado de este pueblo.

–Perfecto, se encargará de resolver nuestras dudas, de llevarnos a los sitios y de mover a sus hombres –sacó su pitillera por un impulso, pero la guardó al ver la ceniza a sus pies–. Javi, tú te encargarás de hablar con la mujer que encontró el cuerpo, mientras yo reviso la escena y hablo con los técnicos. Usted, haga una lista de las personas que pueden tener información sobre esta supuesta joven. Si todo el mundo creía que era una bruja, supongo que tendría enemigos. Quiero conocerlos.

~***~

Los días pasaban y Vincent cada vez estaba más perdido. Después de preguntar a los trabajadores de la zona industrial, y no recibir ninguna respuesta reveladora, decidió llamar uno por uno a toda la población. Los sesenta y cuatro ciudadanos pasaron por la pequeña oficina del pueblo.

A simple vista, todos parecían igual de culpables, alegres por la muerte de aquella joven misteriosa. Algunos la culpaban de sus múltiples pérdidas o de su mala suerte, otros juraban haberla visto volar. Unos cuantos hombres declararon haber caído en sus garras alguna noche, y un par de mujeres confesaron lo mismo. ¿Dónde terminaba la leyenda y empezaba la verdad?

–Creo que por hoy no hay más testigos. Si quieres podemos irnos al hostal –anunció Javier, revisando la lista de personas llamadas a declarar.

–¿Cuánto más crees que va a durar esto? Llevamos aquí catorce días y todos parecen culpables.

–Pero tienen coartadas para aquella noche.

–Sí, pero sus coartadas son ridículas, Javi. A esa hora todo el pueblo estaba durmiendo, y evidentemente, cualquiera podría haberse levantado sin ser visto.

–Entonces, ¿qué podemos hacer? Quedan ya muy pocas personas por declarar. ¿De verdad crees que el culpable está entre ellas?

En este pueblo hay un asesino, y antes o después lo atraparemos.

Eso espero, pero ya no sé… –Javier no llegó a terminar la frase. La puerta se abrió de golpe y el agente Plana entró en la diminuta habitación, seguido por un hombre alto y delgado, con cara de asustado.

Se frotaba las manos, nervioso, rastreando con su mirada cada milímetro de la habitación. En su rostro se reflejaba la imagen del cansancio, por las ojeras marcadas y los ojos enrojecidos. Vestía un traje elegante, pero completamente arrugado. Y su cabello, decorado por las canas, necesitaba ser cortado de nuevo. El agente dejó caer una carpeta en la única mesa de la sala, tan pequeña que se tambaleó con el golpe.

El señor Losada, propietario de la fábrica textil Losada, ha venido a prestar declaración –anunció, señalando al hombre encorvado–. Y nos ha traído información bastante interesante.

–Debería haber venido hace días, señor. ¿Por qué no apareció cuando le llamamos?

Perdóneme, señor. Me fue imposible venir. He tenido mucho trabajo reparando los daños que ocasionó la hoguera en mi fábrica, y como soy el único propietario, no podía dejarlo para más tarde.

Pero sí podía hacernos esperar a nosotros –comentó Javier, indignado. Algunas personas creían que la policía era un grupo de héroes encargados de resolver crímenes, velar por la seguridad del ciudadano y ayudar a todo el que lo necesitase. Otros, creían que no servían para nada, y aquello le hacía pensar que todo su esfuerzo, las dificultades y el riesgo, no valían la pena–. Una persona ha sido asesinada y usted se preocupa más por una pared manchada de hollín.

Es la pared de mi fábrica, señor. Si yo no me encargo de ella, nadie se encargará –seguía temblando, y cuando hablaba, miraba fijamente al suelo–. Siento si le parece mal que me importe más la pared que esa persona, pero no la conocía de nada, y no me importa su muerte.

–¿Cómo puede decir algo así? –respondió Javi, irritado.

¡Basta! –Gritó Vincent, mientras hojeaba la carpeta que había traído su nuevo compañero–. Señor Losada, si la policía le llama a declarar, usted debe acudir rápidamente. Si no lo hace, está quebrantando la ley. Obstrucción a la justicia, ¿le suena ese término?

Yo, no sabía nada de eso. Pensaba que… Yo pensaba… –empezó a tartamudear, moviendo las manos para explicarse.

–No importa. Explíquenos lo que ha venido a explicar. La próxima vez estoy seguro de que acudirá rápido.

Sí, señor, lo juro. Yo solo quería explicar lo que sé. Sé quién es el culpable, no solo de la hoguera, sino de todo lo que ha estado pasando en este pueblo.

¿Sabe quién es el asesino? –preguntó el agente Tejeda, incrédulo–. ¿Y se espera catorce días para explicarlo? ¿Es usted estúpido?

–¡Tenía miedo! Estaba asustado por lo que pudiesen hacerme, esa es la verdad.

–¿Pudiesen? Explíquese, por favor –alentó Vincent.

–En mi fábrica hay cinco trabajadores, dos hombres y tres mujeres, que practican el culto al vudú. Hace meses que los observo en su tiempo de descanso confeccionando ese tipo de muñecos. Han sido ellos, estoy seguro.

–Ordenaré a los agentes que rodeen la fábrica y capturen a cinco alimañas.

–Un momento, agente Plana. Que cosan esos muñecos no los convierte en culpables de un asesinato –dictaminó el inspector, frotando su nuca con la mano izquierda–. ¿Tiene más pistas que les culpabilicen?

Sí, señor. Cuando se enteraron de que les observaba, me lanzaron una especie de maleficio. Desde entonces, no puedo dormir bien por las noches, durante el día estoy cansado, he perdido el apetito y me siento observado. Sé que están utilizando uno de esos muñecos conmigo, y me gustaría echarles, pero me da miedo lo que puedan hacerme, y mucho más después de esa hoguera.

¿Tiene ya suficientes motivos, inspector? ¿A qué espera para encerrarlos? –preguntó enfadado el agente rechoncho.

A tener una teoría sólida. Respóndame un par de preguntas, señor Losada. ¿Está su insomnio producido por la preocupación de que sus trabajadores le hiciesen daño con sus poderes?

Por supuesto, no puedo dormir pensando en sus manos cosiendo esos muñecos, sus rostros juiciosos observándome, y esas palabras ininteligibles que me persiguen…

–Y, todo el mundo sabe que si una persona no descansa lo suficiente por la noche, al día siguiente está cansada y no puede hacer las cosas bien.

–Claro, pero yo siento que me observan, y que algo muy fuerte me persigue.

Y no lo dudo, señor. Pero hay algo más fuerte que el vudú, la magia o los poderes. Todas esas cosas por si solas no sirven de nada, la persona debe creer en ellas para sentirlas. Y, en este caso, usted creyó en aquel “maleficio”, por eso le tortura. Es usted el culpable de sus males, si no creyese, no le afectaría.

–Eso es una estupidez –lanzó el agente del pueblo–. Aquí hace tiempo que pasan cosas extrañas, cosas que solo la brujería podría explicar.

Tiene razón, hay cosas que sola la brujería podría explicar… –concluyó Vincent, con una sonrisa en sus labios–. Muchas gracias por su declaración, señor Losada. Puede retirarse.

–¿No piensa ayudarme? ¿No va a arrestar a esa gente?

–Tranquilo, no se preocupe por nada. Pronto recibirá noticias mías. Hasta entonces.

El agente Plana salió de la habitación acompañando al propietario de la fábrica. Aquella declaración le había abierto los ojos. Si todos creían en el poder de la bruja, igual que aquel hombre creía en el poder del vudú, todos tenían un motivo para el asesinarla.

–Este caso parecía conducir a un callejón sin salida, pero podría resolverlo con un poco de magia –bromeó Vincent, encendiéndose un pitillo.

–¿De qué estás hablando?

Todos se mueven por la influencia que ejerce la magia en ellos. Igual que se mueven los católicos por las normas que rige su iglesia. Son normas sociales.

–No puedes compararlo…

–Por supuesto que puedo. Pero ahora vayámonos al hostal, necesito beber un par de copas y preparar la función de mañana.

–¿Necesitarás mi ayuda?

–Todo mago necesitado un ayudante, Javi. Recógelo todo, voy a darle un par de órdenes a nuestro compañero, y nos vamos.

–Perfecto.

~***~

Después de una noche en vela, una botella de orujo, media cajetilla de tabaco y una cafetera, habían conseguido un plan perfecto. Vincent se había puesto en contacto con el alcalde para organizar un comunicado en la plaza del pueblo, y como buenos ciudadanos, todos acudirían para saber qué quería explicarles su gobernador. Era domingo, así que justo después de ir a la iglesia, todos se dirigieron a la plaza que había a su salida, esperando, inquietos, el comunicado de su líder.

La cara de asombro de los espectadores fue evidente cuando vieron subir al escenario de piedra al inspector y su ayudante. Empezaron los susurros, que se convirtieron rápidamente en un murmullo general, repleto de preguntas y quejas.

Cuando el último ciudadano salió de la iglesia, acompañado por un bastón de madera, el agente Plana le hizo una señal a Vincent para que iniciase su discurso.

Todos me conocéis. Habéis estado en la oficina respondiendo mis preguntas, declarando vuestras experiencias y pidiendo ayuda. Ahora es mi turno. En base a todas vuestras respuestas y a los datos que hemos reunido, he llegado a la conclusión de que la joven que fue quemada en la hoguera, era realmente una bruja.

El pueblo enmudeció, observando fijamente al inspector, con la boca abierta. No podían creer lo que oían.

Siento haber dudado de sus palabras. Todo este tiempo han estado viviendo con una bruja. Compartiendo sus calles, sus tiendas, sus vidas. Pero alguien le hizo pagar por sus pecados, y por fin pueden vivir en paz. Al principio buscábamos a un asesino, pero nos hemos dado cuenta de que realmente estamos buscando a un héroe.

¡Sí, es un héroe! –gritó una anciana, apoyada en su hija.

–¡Nos ha salvado a todos! –gritó un niño, desde el fondo.

Las voces se fueron uniendo, hasta que toda la plaza aplaudió contenta por la liberación. Ya no tendrían que preocuparse por aquella bruja que hacía sus vidas difíciles. Ya podrían salir sin miedo.

Escúchenme, por favor –pidió Vincent, elevando su voz–. Si alguien conoce al héroe que salvó el alma de esa joven, condenando a la bruja a morir en la hoguera, que le señale. Que señale al héroe que les ha salvado a todos.

–Señalad al héroe –acompañó Javier.

Los aplausos terminaron, y los brazos empezaron a señalar a los responsables. Seis personas estaban siendo señaladas, cinco hombres y una mujer, que sonreían, orgullosos de ser los héroes. Saludaban al resto de la plaza, aceptando los cumplidos que gritaba la multitud.

Por favor, suban. Explíquennos cómo consiguieron reunir el valor para salvar al pueblo, poniendo sus vidas en peligro. Suban –continuó Vincent, interpretando su papel, mientras subían los peldaños de piedra–. Explíquele al pueblo cómo lo hicieron, señora –propuso, dando la palabra a la única mujer del grupo.

Vecinos, todos me conocéis –empezó la mujer, con los ojos brillantes y la respiración acelerada–. Hace meses que todos hablamos de cómo terminar con los problemas que esa bruja nos ocasionaba. Pero nadie hacía nada por ayudarnos, ni la policía, ni nosotros mismos. Así que, nos reunimos en casa de Juan para resolver, de una vez por todas, este problema. Y entre todos, nos organizamos para coger a la bruja y quemarla a las afueras. Pensábamos que nos acusaríais de asesinato, pero lo hicimos por el bien de todos –la gente asentía su discurso, mostrando su aprobación entre ovaciones–. Fuimos a su casa y la golpeamos. La llevamos hasta la zona industrial, donde habíamos preparado la hoguera, y esperamos a que recuperase la conciencia para poder juzgarla.

Se declaró inocente –continuó uno de los hombres, reclamando el protagonismo que pensaba merecer–. Se declaró inocente una y otra vez. Suplicó clemencia, nos pidió que la dejásemos escapar. Pero los hechos eran evidentes, era una bruja, y tenía que enfrentarse a la hoguera.

Encendimos el fuego con uno de esos muñecos esotéricos que vende aquella anciana rara–continuó la mujer–. Todos se fueron cuando empezó a gritar, pero yo me quedé hasta el final, observando su purificación. Se consumió entre gritos, y cuando ya no podía chillar, sentí que algo salía de su cuerpo. Su alma ascendía al cielo en busca de perdón.

El alcalde subió hasta el escenario, con una sonrisa agradable, y estrechó las manos de aquellos héroes.

Os doy las gracias en nombre de todo el pueblo. Nos habéis salvado. Declaro como alcalde, que el día en que fue quemada en la hoguera aquella bruja, será recordado como el Día de la Salvación de nuestro pueblo.

Un momento, señor –interrumpió Vincent–. Hace quince días la señorita María Miralles fue asesinada con tan solo veintitrés años. Acusada de brujería, promiscuidad, incitadora al adulterio y pecadora a los ojos de dios –regresaron los murmullos–. Así es como todos ustedes la han descrito, demostrándose que merecía ser quemada en una hoguera, por ser una bruja. No obstante, debajo de todas esas supuestas acusaciones, yo he encontrado a una joven como cualquier otra. Apartada por ser diferente, por venir de otro lugar y por seguir unas costumbres diferentes a las suyas. Estudiaba mecanografía en su casa, y preparaba ungüentos y medicinas naturales.

–¿De qué está hablando? –gritó la mujer del escenario, con una gesto de pánico en el rostro.

Todos ustedes son culpables, todas las personas de este pueblo son culpables de ese asesinato. Pensaban tan firmemente que se trataba de una bruja, que fueron incapaces de ver que era solo una muchacha triste, abandonada por todos. Su familia había muerto años atrás, por eso se refugió en este pueblo, intentando pasar página. Pero ustedes, la señalaron como bruja, y terminaron con su vida.

–Era una bruja, ¡usted mismo lo ha dicho! –exclamó Juan, uno de los culpables.

Solo porque era lo que querían oír. Desde el principio ha sido culpa suya creer en una bruja, porque no sabían cómo explicar los fallos de sus vidas. Era mucho más fácil pensar que había una bruja entorpeciendo su alegría que asumir que no eran felices. Creyeron en ella, la consideraron realmente una bruja, y dejaron que cargase con todas sus penas. Pero todo llegó tan lejos que tenían que pararle los pies. ¿Cómo se sienten ahora? Espero que se odien por lo que le han hecho a la joven María Miralles, porque todos son responsables de su destino. Sé que algunos luchaban por abrir los ojos de la gente, porque veían que toda esta historia era absurda. Aunque no llegaron a conseguirlo, pueden sentirse orgullosos por defender la verdad. El resto me dan lástima, porque si no asumen sus errores, jamás llegaran a ser nada –suspiró, observando el horror en la cara de los espectadores–. Agente Plana, ya puede llevarse a los culpables. Si realmente creen en esas cosas, piensen que su alma sí debería ser purificada –escupió las palabras, dirigiéndose a los asesinos–, y no creo que su dios los vaya a perdonar.

~***~

Después de medio mes compartiendo el ridículo despacho de la oficina de policía, y una húmeda habitación en el único hostal del pueblo, con su único amigo y compañero en aquel lugar, Vincent tenía ganas de llegar a casa. El caso estaba cerrado, y los ciudadanos seguían sus vidas, pensativos, avergonzados por su manera de actuar. Los seis detenidos serían trasladados al día siguiente a la comisaría más cercana, donde se encargarían de continuar el proceso penal.

El inspector decidió pasar una noche más en el pueblo, para asegurarse de que todo seguía su curso. Ya bien entrada la noche, esperaba a su compañero, sentado en una de las butacas de piel oscura del bar del hostal, totalmente vacío. En su mano sujetaba un vaso bajo, con tres cubitos y un chorrito de licor.

–Otro caso cerrado. Esta debe ser una de las confesiones más impresionantes que he podido escuchar nunca, Vincent.

Pues tú tienes parte del mérito. El plan fue organizado por los dos, así que, ven aquí. Te mereces una copa –le señaló el vaso que había en su mesa–. Y, no te olvides de llamar esta noche a tu mujer, estará preocupada.

Ya he hablado con ella. Se preocupa más por ti que por mí… No sé si eso debería perturbarme –bromeó su ayudante.

Es una mujer muy creyente, como la gente de este pueblo. A veces creo que ese tipo de personas son las más vulnerables, porque son capaces de creerse cualquier cosa, si se la dice alguien en quien confían –se encendió un cigarrillo, y reanudó el hilo de sus pensamientos–. Pasó lo mismo con el caso del párroco asesino, nadie quería creer que era el culpable, todos hubiesen jurado que era inocente, y todos se hubiesen equivocado. En este caso, el pueblo creyó estar bajo el dominio de una bruja, y aplaudieron a los asesinos de esa pobre joven, porque los consideraron realmente héroes. ¿Cómo es posible que el ser humano se deje llevar de ese modo, ignorando la racionalidad?

La mayoría de ellos todavía no puede creer que les engañaras en la plaza esta mañana. Pasarán días hasta que despierten de su engaño.

Y lo mismo le pasará al señor Losada. Creyó que sus trabajadores le hacían vudú, y simplemente cosían muñecos para ganar un dinero extra. ¿No es absurdo? Quien cree en esas cosas, termina afectado por ellas.

–Le dijiste que te pondrías en contacto con él, ¿qué le dirás?

–La verdad. Que sus trabajadores buscan un segundo empleo para llegar a fin de mes, y que no tienen poderes, solo hambre.

¿Crees que al comisario le gustará saber cómo hemos resuelto este caso? –se carcajeó Javier.

Supongo que no, pero a ese hombre no le parece bien nada. Así que, vamos a disfrutar de esta botella, y mañana ya nos preocuparemos si hace falta –levantó la copa, y sonrió–. Salud, compañero.

Carme Sanchis

La fobia del narrador

Autor@: 

Ilustrador@: Rosa García

Corrector@: 

Género: Relato corto

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de María Cristina Salvans. La ilustración es propiedad de Rosa García. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La fobia del narrador.

Les contaré mi triste historia y lo único que podrán hacer es llorar. Porque no es que sea triste… Lo que la hace triste es lo patética que es.

Resulta que tengo fobia a escribir. Y es necesario en mi oficio, de hecho, imprescindible… Bueno, soy escritor.

No ha sido fácil reconocerlo, pero es así. Le tengo una fobia horrible a las letras, a esas uniones que forman palabras y con espacios, puntos y comas, frases. Odio los signos de interrogación, los de exclamación y las tildes. Y, por encima de todo… Los párrafos.

¿Y los géneros? ¿Qué hay que decir sobre los géneros? Fantástico, ciencia ficción, romántico, histórico, negro, policial, terror… ¡O todos a la vez!

Entonces, no es tan chocante pensar que hay escritores que tienen fobia a escribir… ¿O sí?

Parece que a eso se le llama grafofobia.

Mi grafofobia empezó cuando era un alumno de primaria que aprendía las letras y cómo escribirlas. Concretamente, vino determinada porque no entendía lo del maldito bigotito que se pone sobre la “n” para crear una nueva letra, una que le da un significado completamente distinto a la palabra “ano”. Nunca lo he entendido, pues creo que por el contexto ya se sobreentiende lo que quieres decir, por ejemplo, la frase “¡Feliz ano nuevo!” se refiere a ese periodo de tiempo compuesto por 365 días, no al esfínter que se encuentra al final del tracto digestivo; eso no puede ser nuevo más que en el momento del nacimiento.

En fin, que con el tiempo, mi “enefobia” (agreguen un bigote a esa “n”) se convirtió en una grafofobia. Este pobre escritor le teme a todo lo que tenga que ver con escribir. Incluso, a veces, a que le llamen escritor.

De hecho, yo prefiero que me llamen narrador. Porque aquí aparece una parte interesante de ésta, mi minibiografía; evidentemente, yo no escribo.

Uso un programa informático que convierte mi voz en texto. Es terriblemente molesto, porque no capta mis pausas como debería y mis relatos parecen carecer de ese carácter académico que es solicitado entre los círculos de grandes escritores y críticos. Y por eso, nunca me van a dar el Novel de literatura; ya lo tengo asumido, pero ¡qué injusto!

Después de desarrollar ese terror a escribir palabras con la “n” bigotuda, empecé a tenerles miedo a todas. Eso de poner los puntos sobre las “i”, el rabo de la “o”, la larguirucha “l”, la camella “m” y la dromedaria “n” y, sobretodo, lo de “ga”, “go”, “gu”, “gue”, “gui”… ¿¡Qué demonios hace esa “u” ahí en medio!?

Ilustración de Rosa García

Escribir no me gustaba y, a decir verdad, sigue sin gustarme. Pero dista mucho ese odio a una fobia. Me da miedo que todas esas formas salten del papel y me ataquen ¿¡qué quieren que les diga!? ¡Esa “s” parece una serpiente a punto de morder!

Porque en mis pesadillas, imagino que me equivoco, que escribo una palabra mal y, de repente, las letras se unen formando una figura monstruosa y me destrozan entero. Y aquí me encuentran, dos meses después, cuando los vecinos del piso de al lado se quejan porque mi cadáver apesta. Y eso no lo voy a consentir.

Así que para evitar esa muerte horrible, no escribo y otro lo hace por mí. Siempre ha funcionado, por eso no veo la diferencia entre hacerlo o no.

Imagínense como funciona mi mente que, a veces, ni siquiera tengo un tema pensado, ¡empiezo a hablar y sale solo! Además, me han publicado algún que otro bestseller, ¡así, sin escribir! Y la verdad es que no me puedo quejar. ¿Ven? ¡Todo es positivo! ¡Solo me comporta beneficios!

Excepto por las alucinaciones, claro.

En definitiva, he decidido que no voy a cambiar; todo está perfecto tal y como está.

Voy a dejar que sean los demás los que busquen el tono académico en sus relatos, que se centren en géneros y temas variopintos e incluso que rimen en asonante o consonante, si así lo prefieren.

Mi escritura es narrativa; mi determinación inequívoca y, mi grafofobia, apasionante.

Mª Cristina Salvans