Rezagos rojos

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Género: Poesía

Rating: +18

Este relato es propiedad de Carolina Cohen. Las ilustraciones son propiedad de Rosa García. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Rezagos rojos.

Me cuesta discernir entre el recuerdo, la piel, la imagen del sueño
Aunque me sigue la sangre aterrorizando sin remedio.
Las calles vienen y pasan cargadas
los hedores, las fragancias, el aire perfumado de siluetas de manzana
deslumbran asimismo sus miradas, su esencia… las manos rítmicas y flamencas de ese traje rojo que luego desangra
y me aterroriza sin remedio…

He intentado convencerme que todo fue un ensueño
repitiendo,
una vez y otra,
el cúmulo volátil de palabras cansadas
que me han impregnado en boca de todos,
allegados, especialistas y amigos
enrojeciendo mi garganta,
hirviéndome la ira
pero sigo viendo esa sangre que me infringe un terror que me desgarra.

Rojo labios,
de carmín-mate aderezando fonemas que ensalzan
con la tibieza del engaño,
como espada en las espaldas,
y en la oportunidad se enganchan al cuello en virtud de su mordaz desenfreno
como al corazón
entre los glúteos
las mucosas que derraman los fluidos del cuerpo.

La vi cruzar el umbral aquella noche
casi, como si me mirara fijamente
entre copas y deshonras abatidas en la alfombra,
de aquel sitio lúgubre,
de sangre entre las luces
convertido en mi refugio de terror en los últimos meses.

La invisibilidad y poca valía eran continuos en mis días
aunque humanamente, a pesar de mis juegos, todos ellos subyacentes,
estaba ahí para aliviar mis soledades.

Ilustración de Rosa García

Ella se acercó, preguntándome cualquier cosa
y aunque no estoy seguro qué le respondí en su momento,
poco después la vi sentarse cerca, a mi lado, sonriendo
con sus manos insinuándole caricias a mi rostro.

Me sorprendió lo embriagado que estuve de repente
pero siendo una mujer hermosa,
de aquellas que sólo se merecen una vez en la existencia
y sabiendo de mi disposición y entusiasmo
no me molesté en nada, porque la noche prometía gran revancha.

Es poco lo que logro, a partir de ahí, recuperar de mis recuerdos:
Un vino rojo embebido entre sus venas,
de imperante fuerza como el fuego de su vulva;
Un rostro joven,
que murmura por las noches,
vasos vacíos, la plegaria misericorde;
Un grito inerte que me asusta y que me anima
la sangre de un hombre derramada en su vestido
Cabellos sueltos, los chillidos que no cesan
la bruma espesa y el olor a cigarrillo
¿Dónde me encuentro?
“No te preocupes, que has venido para esto.
Será sólo un minuto, y seremos felices para siempre”
La herida intencionada, que conduce a la muerte,
y una risa turbia, codiciosa, de frenética afluencia.

Ilustración de Rosa García

A veces creo que me abdujo entre su vientre
para liberar sus penas como madre y como esposa
cuando me veo desbocado acuchillar sobre sus cuerpos
carne rojiza de animal envestido
que encuentra inminente la caída de la muerte.

Me pregunto si fui yo o un doble de mi mente,
un error del sistema
una fuga de la Matrix,
tal vez fui escogido,
parte activa de un experimento
o en una realidad paralela, roto en mil fragmentos.

¿Quién soy y fui realmente?
¿El obrero de ocho horas,
El hombre que, de una forma u otra, decidió ceder su cordura?
Y a ella, que habiéndome prometido su amor, desde aquella noche no volví a verle…
Aunque la sangre y los recuerdos me siguen aterrorizando sin remedio.

Carolina Cohen Polanco.

Niebla, Hiedra… Tiembla

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Género: Poesía

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Paloma Muñoz. La ilustraciones son propiedad de Rosa García. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Niebla, Hiedra… Tiembla.

 

Ilustración de Rosa García

Niebla que envuelve la hiedra,
Siento que mi corazón tiembla.
Niebla que se vuelve densa,
Siento que mi corazón se tensa.
Niebla que oculta el palacio,
Hace que mis pies caminen despacio.
Niebla que evoca un recuerdo
Hace que mi corazón lo sienta muy dentro.
Niebla que brilla sobre un sauce llorón,
Hace que cante una canción.
Niebla que borra todo alrededor,
Hace que ni siquiera encuentre una flor.
Niebla que no has de querer
Déjala caer.
Niebla que fascina mis sentidos,
Hace que la añore cuando se ha desvanecido.
Niebla que cubre la hiedra,
Oculta todo y aterra.
Niebla misteriosa que hace empalidecer a una rosa.

Ilustración de Rosa García

Niebla que hechiza,
Niebla que aterroriza.
Niebla blanca y suave,
Niebla sombría con alas de ave.
Niebla de madrugada,
Niebla algodonada.
Niebla turbadora,
Niebla fascinadora.
Niebla poderosa,
Niebla morbosa.
Niebla nebulosa,
Niebla pavorosa.
Niebla que cubre los campos,
Niebla que compone un canto.
Niebla que cubre la ciudad.
Niebla que esconde maldad.

Paloma Muñoz
Madrid, 27 de marzo de 2017

Tras la niebla

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Género: Drama

Rating: + 18 años

Este relato es propiedad de Jesús Cernuda. La ilustración es propiedad de Ana Carmen Kummerow. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Tras la niebla.

• ¿Alguna vez se ha sentido sola, sumida en unos pensamientos que sabe que no la llevarán a ningún sitio, dejando pasar el tiempo, sin que el tiempo le importe lo más mínimo? Así me siento yo todas las mañanas cuando me despierto, rodeada de la oscuridad en la que se ha convertido mi vida, con el único deseo de no despertar jamás, pero con la extraña esperanza de que el nuevo día traiga con él buenas noticias.

Silvia se recostaba en el cómodo sillón mientras, sin mirar a ningún sitio, le hablaba a aquella mujer, hasta hace unos meses una total desconocida, pero que se había convertido en la única persona a la que poderle confiar todos sus más íntimos secretos.

•Aún recuerdo la primera vez que entré a tu consulta: Me miraste a los ojos y me sonreíste. En ese momento supe que estaba haciendo lo correcto, que aunque nunca pudiera dejar de sentir miedo, ese miedo me mantendría con vida.

•Perdóname, Silvia. Hace ya un par de meses que vienes todos los jueves a hablar conmigo. Hoy te has presentado sin avisar. Sabes que es martes, que mi secretaria no viene a la consulta, y me pides que te escuche por última vez. Empiezo a creer que no fue casualidad que vinieras a verme, que tal vez me conocías de algo, y empiezo a estar un poco cansada de todo.

•Hay quienes dicen que todo en la vida sucede por casualidad — Silvia se levantó del sillón recorriendo despacio la sala—, como esa persona que deja pasar a otra en la cola del supermercado, sin saber que esos pocos segundos que ha retrasado su rutina, harán que alguien no vuelva a ver salir el sol, o que con una simple búsqueda en Internet, fueras tú quien apareciera…

•¿Pero qué dices? Realmente me asustas. Como bien has dicho, ésta será la última vez que te atienda. No tengo tiempo para tonterías, que empiezo a darme cuenta de que no nos llevarán a ningún lado. Así que ya puedes aprovechar esta hora que tengo libre.

•Shhhhhhhhhhh— dijo Silvia haciéndole un gesto para que se callara, acercándose a la foto en la que la doctora parecía posar feliz con su marido—. ¿Le quieres? Estoy segura que sí, que muchas noches te has acostado viendo cómo duerme, sintiendo que sin él tu rumbo no tendría un norte, que despertarte sin el tacto de su piel no tendría sentido, y aun así… aun así, seguro que no sabes apreciar lo que tienes. Ojalá nunca te acuestes sintiendo que no es más que un desconocido para ti, con miedo a no volver a tenerle a tu lado porque alguna, más guapa y delgada que tú, decidiera ser su putita…

•No voy a aguantar más tus estupideces. Estos dos meses lo he hecho porque realmente pensaba que necesitabas ayuda. ¿Pero sabes?, lo que necesitas es darte cuenta de una vez de que tu matrimonio no funciona, y que posiblemente lo mejor que puedes hacer es pasar página y olvidarte de él.

•Y tú… ¿serías capaz de hacerlo, de olvidarte de él para siempre? No me hagas reír— Silvia se volvió a sentar en el sillón, contemplando el viejo parque que podía ver a través de la ventana—. Todas las mañanas me despierto con el mismo miedo, la soledad. Es esa niebla, esa maldita niebla que cubre mi casa, la que me atormenta una y otra vez. Apenas puedo dormir, y cuando lo hago, no dejo de verla, ahogándome por momentos. Creo que incluso me habla, que me dice lo que tengo que hacer. Me susurra al oído con una voz esquiva que yo no merezco morir, que no soy la culpable de todo, pero no puedo evitar llorar. He estado a punto de cometer una locura, pero no, no merece la pena darles esa satisfacción.

•Silvia, de verdad, ¿no has pensado en dejar a tu marido? Por todo lo que me has contado, no creo que ni siquiera le quieras, sólo te aferras a esa vida cómoda que él te da. No debes tener miedo. Esa niebla no es más que tu subconsciente que se niega a dejarlo todo atrás, que trata de hacer que no veas con claridad tu vida, o mejor dicho, lo que podría ser si tuvieras el valor suficiente de afrontarla. Si te soy sincera, no creo que sea conmigo con quien tengas que hablar.

•Qué equivocada estás. Si algo sé, es que quiero a mi marido con toda mi alma, y que estoy dispuesta a hacer todo lo que esté en mi mano para que siga a mi lado, por seguir despertándome con su olor entre las sábanas. Eres la única persona con quien quiero hablar, y la única que podrá ayudarme. No te quepa la menor duda que en estos sesenta minutos te darás cuenta de que tengo razón. Pero no es de ti de quien quiero hablar — poco a poco empezó a respirar más fuerte, mientras se tocaba la frente y se daba pequeños golpes—. Este dolor de cabeza me va a matar. Siento como si algo taladrara mi mente, y no puedo dejar de pensar que es esa puta niebla, que vino esa tarde para quedarse en mi vida atormentándome con aquella imagen, pero para enseñarme a la vez lo que tengo que hacer. Por fin voy a dejar de tener miedo, por fin he visto con claridad lo que hay tras esa niebla, y sé de verdad que no le va a gustar.

•Mira, ya está bien. Lo mejor es que te vayas.

•Esta mañana, cuando esa niebla me ha vuelto a visitar, no he sentido miedo, ni dolor. Por un instante me he sentido mejor que nunca, sabía que hoy era el día, el día en que el viento soplaría lo suficientemente fuerte como para quitármela de encima. No lo he podido evitar y me he masturbado, me he tocado hasta correrme pensando en ti…

•Estás mal de la cabeza, Silvia. Está mal que yo lo diga, pero es así…

•¿Alguna vez te has masturbado pensando en alguien que no fuera tu marido? ¿No te has sorprendido a ti misma, tocándote mientras piensas en otra persona, en lugar de Marco, al que seguro le dices que estás muy cansada para tener sexo con él?

•Un momento, ¿cómo sabes…?

•Seguro que sí. Seguro que muchas veces has dejado que tu imaginación te lleve a la intimidad de otras personas, o quizá lo has hecho, engañando así a tu marido. ¿Alguna vez te has follado a alguien en este sillón?— Silvia dejó escapar una pequeña sonrisa—. Esa cara, ese mirar a todo lo que nos rodea para acabar posando tu vista en el sofá. Te gustó hacerlo en él, ¿verdad? Y sin embargo, soy yo la que está mal de la cabeza… ¡Dios!, mi cabeza, no sé si podré aguantarlo más. Creía que esta mañana se había acabado todo, pero al entrar aquí… al entrar he vuelto a notar cómo esa niebla me rodeaba sin dejarme apenas respirar, y he recordado aquella tarde, escondida tras ella por casualidad. Ya ves, de nuevo esa maldita casualidad, justo después de que aquella muchacha me dejara pasar en la cola del supermercado, tres simples minutos que fueron suficientes para permitirme coger el autobús que todos los días perdía en el último segundo.

•¡Qué cojones estás diciendo! Vete de mi consulta ahora mismo. Si no lo haces, llamaré a la policía, y espero que sepas explicarles por qué conoces el nombre de mi marido.

•Mmmmmmmm, Marco, pobre inocente. Ajeno a todos tus momentos de lujuria, acariciándote cada noche antes de dormir, y susurrando al oído cuánto te quiere antes de despertarte. No puedo evitar verle arrodillado frente a mí, llorando mientras me suplicaba que te perdonara.

La doctora sacó el móvil de su bolsillo, buscó el nombre de Marco y, nerviosa, se dispuso a llamar. De pronto, el tono del teléfono de su marido sonó dentro del bolso de Silvia.

•No insistas— dijo tirando el móvil en el sillón— Marco no te lo va a coger.

•¿Pero qué has hecho? ¡Estás loca!

•Seguro que ahora te arrepientes de haber discutido con él antes de venir a trabajar, pero sobre todo, de haberlo hecho en la puerta de la casa donde todos tus vecinos lo vieron. Me gustaría ver cómo le dicen a la policía que os despedisteis con un sonoro: “Será lo último que hagas”. ¡Joder!, menuda satisfacción sentí al escuchar eso, al ver cómo vosotros mismos poníais sobre la mesa el motivo perfecto. Yo no lo quería hacer, pero esa niebla estaba acabando conmigo, igual que tú quisiste acabar con mi vida.

•Pero… yo no te conozco de nada. Estás confundida por algo, y yo no tengo nada que ver— dijo la doctora al ver que Silvia parecía culparla de algo.

•Nunca he estado tan segura de mí como lo estoy en este momento. El día que nos conocimos, me dijiste que tú podrías ayudarme. De eso hacen ya dos meses y no has hecho nada por remediarlo. Tan sólo te has sentado ahí, haciendo que me escuchabas, pero de haberlo hecho, te habrías dado cuenta de muchas cosas. Puede que hasta te hubiera perdonado, pero no, seguías con tu actitud de médico prepotente que todo lo sabe, intentando ayudarle con la vida a otras personas sin mirar la tuya, sin ver lo jodidamente perdida que estabas. No has hecho desaparecer la niebla, esa que se apartó mostrándome tu cara sonriente, o este dolor de cabeza que me hace gritar todas las mañanas. Ni siquiera me has reconocido, porque no me has mirado a la cara. Para ti sólo era una paciente más, anotaciones en una libreta que pronto olvidarías. Pero no voy a dejar que lo hagas.

Quiero que me mires a los ojos y veas esa niebla, que sientas todo ese dolor que provocó en mí, que mi mirada sea lo último que recuerdes antes de morir.

La doctora se acercó despacio a Silvia y le miró a los ojos. Durante unos segundos, sus recuerdos olvidados pasaron por su mente, y llegaron a aquella tarde, esa en la que, con una sonrisa y un beso en los labios, se despedía de Luis.

•¡Dios mío, eras tú, la chica que se bajó de aquel autobús!

•Ahora lo entenderás todo. Recuerdo que miraste hacia mí, sin ni siquiera verme, sin saber que con esos besos estabas robando mi vida. ¡Parecías tan feliz, tanto como yo debería serlo! Cómo me gustaría poder sonreír de esa manera, sentirme querida sin ninguna otra preocupación. Tú quisiste serlo, pero no pensaste en las consecuencias que traería a los demás.

•Marco… ¡No puede ser, él no tiene culpa de nada; yo le quiero, tienes que creerme!— dijo antes de ponerse a llorar.

•Claro que te creo, tanto como tú deberías creerme a mí cuando te digo que quiero a Luis, que no lo voy a perder, que voy a dejar de tener miedo y que, aunque por un instante lo pensé, yo no quiero morir. Te veo llorar y me das pena. Siento lástima por ti, porque lo tenías todo pero quisiste lo de los demás. Estoy aquí sentada y siento el olor de Luis en el sillón— Silvia se levantó despacio, acercándose a la doctora para susurrarle al oído—. ¿Tanto te gustaba follarte a mi marido?

•De verdad estás loca. No sé lo que has hecho pero le contaré todo a la policía. Me da igual eso del secreto profesional; que me retiren la licencia o que hagan lo que quieran. Eres una psicópata y no vas a poder escapar de esto.

•De nuevo sigues sin escuchar. Llevas dos meses hablando conmigo y ya te he dicho que hoy será el último día— Silvia sacó una pistola de su bolso—. ¿La reconoces? Seguro que sí. Es la de Marco, tu maridito. Tenías que ver lo fácil que me resultó que se la metiera en la boca, y más aún, que apretara el gatillo después de prometerle que te dejaría en paz… ¡Joder!, de verdad que te quería. En cierto modo, hasta te envidio. Supongo que él te quería tanto como yo a mi marido. Estoy segura de que te hubiera perdonado, de que hubiera olvidado que te follabas a otro. Yo también perdonaré a Luis… pero no a ti.

•No podrás huir. La policía te encontrará y sabrá lo que hiciste. Verán que contactaste conmigo y has estado viéndome dos meses. Está claro que se darán cuenta.

•En algo tienes razón: Se darán cuenta de que una tal Silvia ha estado viéndote todos los jueves de los últimos dos meses. ¿No pensarás que ese es mi nombre? De todos modos, tú lo has dicho antes: Hoy es martes, tu secretaria no está, y por esta consulta no ha pasado absolutamente nadie. Bueno, sí, Marco, que después de discutir esta mañana al enterarse de que le estabas engañando, ha venido para matarte justo antes de suicidarse en vuestra casa. Y Luis, hablará con la policía, lo confesará todo y me pedirá que le perdone. Follaremos como locos, y puedes estar contenta, creo que los dos pensaremos en ti.

•No, por favor, no lo hagas— gritó la doctora.

•Ya lo has hecho tú hace tiempo, sólo que no te habías dado cuenta todavía.

Ilustración de Ana Carmen Kummerow

El sonido del disparo retumbó en todo el edificio. El humo que salía del cañón de la pistola llenó la habitación al momento. De nuevo una niebla espesa rodeó a Silvia que, a pesar de todo, no pudo dejar de sentir ese horrible dolor de cabeza que le golpeaba una y otra vez. Al menos, ahora, sería ella quien sonreiría.

………………………………………………………….

Tres días después de aquello, Luis recibió una visita en su casa.

•Buenos días. Supongo que ya sabrá por qué estoy aquí.

•La verdad que puedo imaginármelo. Mi mujer y yo hemos visto las noticias. Aún no puedo creérmelo. Pero no entiendo qué hace usted aquí. Yo no sé nada, más allá de lo que he leído en los periódicos.

•Ya. No se preocupe, entra dentro de la rutina. Simplemente hemos visto en el teléfono de la doctora que le llamaba a usted con cierta frecuencia. No nos ha sido difícil descubrir que ella y usted… bueno, ya sabe. ¿Se lo ha dicho a su mujer?

•¡Joder!, no me siento orgulloso de ello. Mi mujer ya lo sabe, lo hemos hablado. La quiero demasiado como para perderla, y lo ha entendido. Sé que le costará pero me ha perdonado. Ahora mismo está tumbada en la cama. Siento si no sale a hablar con usted. Lleva varios días con migraña. La pobre está que no se aguanta de dolores.

•No pasa nada. Déjela descansar. Espero que entienda que era mi obligación hablar con usted, después de enterarnos que mantenía una relación con la víctima. Sólo hay algo que quería preguntarle, y es si usted conocía al presunto culpable del crimen, el marido de la doctora.

•En persona, no. Pude verlo alguna vez con ella, pero es evidente que no nos conocíamos. Ha dicho presunto, y no lo entiendo. Por lo que han dicho las noticias, se sabe que fue él quien lo hizo.

Bueno, parece bastante claro que fue un crimen pasional, llevado por los celos al enterarse de que su esposa le estaba engañando. Pero si algo me han enseñado los años de experiencia es que las cosas no siempre son como parecen. En el escenario del crimen, encontramos el móvil de Marco. No acabo de comprender muy bien por qué lo tenía su mujer, y menos aún por qué, minutos antes de que la matara, ella utilizó el suyo para llamarle. Un poco extraño, si ella tenía su teléfono. Pero en fin, seguro que tarde o temprano habrá una explicación para eso.

No le entretengo más. Si en algún momento usted o su mujer se dan cuenta de algo que pudiera servirnos de ayuda, no dude en contactar conmigo. Sólo tiene que llamar a Comisaría.

•Puede estar segura de que lo haremos, aunque dudo que mi mujer quiera saber nada de todo esto. De todos modos, si puede usted decirme su nombre, estaré encantado de llamarla si sé algo.

•Por supuesto. Sólo tiene que llamar y que le pongan con el Departamento de Homicidios; y preguntar por mí. Soy la detective Carlota.   

Jesús Cernuda

                        

Izaskun

Autor@: 

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Género: Negro

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Jesús Cernuda. La ilustración es propiedad de Carolina Cohen. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Izaskun.

El silencio de la noche aún reinaba en el parque tecnológico de Zamudio. Era una pequeña ciudad fantasma cercana  de Bilbao esperando a que los primeros rayos de sol la hicieran ponerse en funcionamiento.

Aquella paz relativa solo se veía rota por un grupo de personas vestidas con la típica bata blanca, que hacían un corrillo en la puerta de uno de los edificios; cada uno de ellos llevaba una chapita en el pecho con su nombre y el extraño logotipo de la empresa donde trabajaban, DNA BLOOD.

Cuchicheaban entre ellos con cara de asombro o, incluso, más bien de miedo.

—Joder, dos infartos en quince días…Vosotros decís que no, pero es para preocuparse.

No hacía ni dos semanas que habían ido al funeral de una de sus compañeras y aquella misma mañana otra había aparecido muerta en su puesto de trabajo. Dos cadáveres en tan poco tiempo habían hecho que se pusieran en contacto con la policía y allí estaban, muertos de frío, esperando.

Justo cuando el sol empezaba a calentar la mañana, un fuerte ruido hizo que todos callaran. Una moto que parecía haber salido de la nada, paró frente a la entrada.

Una enorme Yamaha R6, de un negro mate adornado con letras doradas, apagó el motor. Cuando su dueño bajó de ella, todos quedaron sorprendidos al ver que aquella silueta pertenecía a una mujer.

Se acercó sin quitar el casco, vestida con unos vaqueros ajustados a las piernas, unas enormes botas de cuero y una cazadora de piel. Pasó entre ellos sin decir nada, como si ni siquiera estuvieran ahí y se quitó el casco para dejar ver una enorme melena cobriza y unos ojos verdes que de una pasada miraron a todos por igual.

Se paró un instante, colocó el casco bajo el brazo y se puso unas gafas de sol que sacó de su bolsillo.

—Soy la detective Carlota y no he venido a que me hagáis perder el tiempo.

Siguió caminando como si esperara que todos la siguieran.

—Por un momento pensé que iba a decirnos que buscaba a Jacqs—. Se escuchó entre risas en el grupo de empleados.

Dentro del edificio, un hombre vestido de traje, se acercó a la detective para darle la bienvenida.

—Egunon  —dijo alargando su mano hacia ella—. Siento que haya tenido que venir para nada, pero los jefes de Barcelona lo han creído apropiado, ya les he dicho que ha sido otro infarto. Supongo que son cosas que pasan.

—Si alguien tiene que decir si merece la pena o no, soy yo  —dijo Carlota mientras lo dejaba ahí con el brazo estirado.

—Yo solo quiero ayudar —contestó él con cierto enfado, dándose cuenta de que la atractiva detective desprendía un olor extraño—. Seguro que preferiría usted seguir tomándose un whisky, pero como ya le he dicho, si fuera por mí, ni siquiera tendría que haberla conocido.

Carlota dejó escapar una sonrisa que no parecía ir acorde a lo que su imagen transmitía.

—Pues deje de hacer el gilipollas y empieza por enseñarme el lugar donde ha aparecido el cadáver —hizo una pausa para mirarle directamente a los ojos—. Y sí, preferiría estar tomándome un bourbon, que es lo que estaba haciendo cuando tú decidiste molestarme.

                                           ……………………………………………….

A pesar de estar de vacaciones, Izaskun llevaba un par de horas levantada cuando  sonó el teléfono.

—A ver Patri, son las ocho de la mañana y sabes que estoy de vacaciones, espero que sea para algo importante.

—Ya sé que es temprano Izas, pero no te vas a creer lo que ha pasado. Es Monika —hizo una breve pausa—.  La han encontrado muerta en el laboratorio.

—¡Pero qué dices, no puede ser! —exclamó Izaskun, que parecía no creer lo que le estaba diciendo su amiga.

—Como lo oyes. Dicen que ha sido otro infarto, igual que Ana. He querido ser yo quien te avisara; se lo bien que te llevabas con Monika.

—Joder, Patri, ¿qué cojones está pasando? … ayer mismo hablé con ella.

—Lo sé, es todo muy raro. Incluso han mandado una detective para investigar lo que ha pasado. Deberías de verla, menudo pibón, más bien parece una modelo.

— ¿Una detective? ¿Pero qué quieren investigar si se sabe que fue un infarto?

—Supongo que es solo rutina, no te preocupes, aunque seguro que tendrás que venir, porque al parecer quiere vernos a todos.

— ¿Preocupada? Ni que tuviera que estarlo. Tengo cosas que hacer, cuando acabe me pasaré por ahí. Gracias por avisarme —. Izas colgó sin dar tiempo a que Patricia se despidiera.

                                         …………………………………………………

Hacía más de media hora que Carlota permanecía sentada en la silla en la que habían encontrado a Ana, la primera en sufrir el infarto.

Durante todo ese tiempo, Íñigo, con su traje impoluto y su cara de pocos amigos, había intentado hablar con ella sin encontrar ninguna respuesta, ni una simple mirada que pareciera indicar que la detective estaba escuchándole.

—Me gustaría ver a los trabajadores de la empresa  —dijo Carlota rompiendo el incómodo silencio—. Estaría más que encantada de que me dijeras quiénes estaban aquí cuando ocurrió todo.

Íñigo, al igual que ella, se dio la vuelta sin decir nada, se acercó a su despacho y regresó con una hoja en la mano.

—Aquí tiene el nombre de todos los que trabajan en este departamento, si necesita algo sobre otra gente de la empresa, deberá hablar con mis jefes.

En la parte superior de la hoja se podía leer: Departamento de I+D-Desarrollo de nuevos fármacos a través del estudio genético de grupos sanguíneos.

Durante la siguiente hora, Carlota se paseó por el laboratorio sin hablar con nadie, tan solo hacía alguna anotación en la misma hoja que Íñigo le había dado. Poco después se acercó a su despacho y entró sin llamar.

Carlota se disponía a decir algo justo cuando él la cortó —. Pase. Pase, sin problema.

Ella, por primera vez, se quitó la cazadora dejando al descubierto una camiseta más ceñida aún que el pantalón. Se sentó en la silla que había frente a él y, posando sus manos sobre la mesa, susurró.

—Espero que entiendas que, si alguien puede tener algún problema aquí, eres tú. Y que por llevar un traje más caro aún de lo que puedes pagar, no vas a intimidarme. Dicho esto, me gustaría saber quién encontró los cuerpos, y porque aquí, donde pone Jefe de Departamento, se ha tachado el nombre de Ana para escribir a boli el de Izaskun. Una chica que, además, no he visto por aquí hoy.

—Pues mire. Ana, nuestra anterior jefa de departamento, falleció hace quince días, cosa que usted ya debería saber, e Izaskun fue quien ocupó su lugar y quien casualmente la encontró sin vida. Si no está por aquí es porque pocos días después de aquello y como exigencia de su nuevo puesto, tuvo que irse a Colombia al congreso anual de hematólogos durante una semana. Por detrás de la hoja tiene los datos de ese congreso.

—Entiendo —dijo Carlota—, pero si eso fue hace quince días, ¿por qué Izaskun aún no se ha reincorporado al trabajo?

—No sé si conoce usted el término “vacaciones” —dijo él, guiñándole un ojo—. Quizá debería hacer uso de él, la noto cansada. Y, como ya sabrá, hoy mismo Ainhoa encontró sin vida a Monika. Por extraño que parezca, el segundo infarto en la empresa en quince días.

Carlota hizo alguna anotación en la hoja.

—Y esa tal Izaskun, ¿has sabido algo de ella?

—La verdad  es que no acostumbro a llamar a los trabajadores cuando están de vacaciones. Pero sí le puedo decir que hace unos minutos, una de sus compañeras me comentó que había hablado con ella e Izaskun le ha dicho que vendrá por aquí esta mañana. Supongo que tiene que estar bastante afectada: Monika era una de sus mejores amigas por aquí.

Carlota dio vuelta a la hoja, sacó su teléfono y se dispuso a marcar justo cuando Íñigo le avisó de que Izaskun era la que acababa de entrar al laboratorio. La detective esperó a que sus miradas se cruzasen y le hizo un gesto para que se acercara mientras contestaba al teléfono.

—Joder Íñigo, me ha dicho Patricia lo que ha pasado. He venido en cuanto he podido — dijo Izas al entrar por la puerta.

—Ya, ninguno lo podemos creer. Esta es la detective Carlota, creo que quiere hablar contigo.

Izas se acercó, pero la detective le hizo un gesto con la mano para que se detuviera, se dio la vuelta y se le pudo escuchar:

— ¿Dice que era la misma de siempre? Muchas gracias, si necesito algo más, volveré a llamar.

Carlota guardó su teléfono y se acercó a Izaskun.

—Tengo entendido que está usted de vacaciones. Qué oportuno… justo ahora cuando dos de sus compañeras han fallecido —. La detective parecía querer intimidarla.

—Pues la verdad es que aún no me lo creo, cuando me ha llamado Patricia y me ha dicho que Monika también había muerto, me he quedado de piedra. Pobre, tan joven y que le diera un infarto…

—Eso si es que fue un infarto —insinuó Carlota, pasando su mano por la espalda de la chica.

—Bueno, a mí es lo que me han dicho que, al igual que Ana, había tenido un paro cardiaco. ¿Cree usted que no ha sido así?

—Lo que crea yo no es de su incumbencia. De todos modos, seguramente el forense no tardará en llamar y sacarnos de dudas. Ya me han dicho que ha estado en Colombia por un congreso, ¿qué tal lo ha pasado? —preguntó la detective.

—Hombre, teniendo en cuenta que no he tenido tiempo de nada al estar todos los días en charlas o reuniones, qué quiere que le diga.

—Bueno, algo de tiempo habrá tenido para conocer aquello.

Íñigo se metió en la conversación.

—A ver… era un viaje por trabajo, no de placer. Lo más fácil es que no solo no tuviera tiempo de nada, sino que acabara agotada. No se imagina como son esos congresos.

—Sé perfectamente como son. Yo también he viajado por trabajo y no veas lo bien que me lo he pasado, así que déjate de tonterías. Siempre se encuentra tiempo para ir a tomar algo por ahí. No me diga que no, Izaskun—. Carlota la miró esperando que le dijera que sí.

—¡Qué va! No hice más que dedicarme a cosas de la empresa.

—Seguro que en otros viajes a Colombia sí pudo disfrutar un poco más.

—Ya quisiera, pero era la primera vez que iba.

Carlota volvió a hacer una anotación en la hoja, mientras negaba con la cabeza.

—Supongo que estará usted encantada de haber podido ocupar el puesto de Ana. Ascender en la empresa, mejor sueldo, viajecitos a Colombia… vaya, lo que cualquier empleada hubiera querido.

—¡Pero qué narices está diciendo! —contestó, mirando a su jefe, que agachaba la cabeza mientras negaba, sin dar crédito a lo que la detective podría estar insinuando—. Cualquiera diría que me alegro de la muerte de alguien…

—No solo alguien, una compañera, y por lo que he visto esta mañana parece que todos se llevan muy bien aquí… porque es así, ¿no?

—Pues claro que sí, no tenemos por qué llevarnos mal.

Lo que Izaskun no sabía, era que en el poco tiempo que Carlota había estado en el laboratorio, había podido hablar con los trabajadores, y todos coincidían en que Izaskun y Ana no se llevaban muy bien, que era bastante habitual que discutieran por asuntos de trabajo y que, además, la anterior jefa de departamento siempre se salía con la suya, esgrimiendo que allí era ella la que mandaba.

—Ya , entiendo que diga eso. ¿ Por qué iba a admitir que Ana y usted no se caían bien? Incluso he visto en sus fichas que llevaba mucho más tiempo que ella en la empresa. Seguro que siempre ha creído que era usted la que debería estar en su puesto…  Perdón, ahora ya lo está.

Izaskun se acercó a la detective de forma desafiante.

—No, no lo voy a negar, Ana y yo no se puede decir que fuéramos precisamente amigas. Y que incluso haya pensado siempre que se equivocaba en muchas cosas, pero de ahí a insinuar que me alegré de su muerte…usted está loca, menuda tontería.

—Yo no he insinuado que te alegraras, al menos no solo eso.

—Esto es lo que me faltaba por oír —dijo Izaskun mirando a su jefe—, no voy a consentir que …

—Si necesito algo más la llamaré — le cortó Carlota impidiendo que dijera nada más

—No me queda más remedio, así que cuando quiera, si puedo ayudarle en algo estaré encantada.

Izas se estaba despidiendo ya de Íñigo cuando Carlota volvió a dirigirse a ella.

—Una última cosa, ¿cuándo habló por última vez con Monika?

Ilustración de Carolina Cohen

—Pues la verdad es que ayer me llamó para preguntarme cosas del trabajo y para saber si era ella la que tenía que venir a abrir — contestó—.  Monika y yo sí somos muy buenas amigas, puedo decir que más que compañeras.

— ¿Notó algo raro en ella?

—Que va, estaba igual que siempre.

Izaskun ya se había ido cuando sonó el teléfono de Carlota. Estuvo hablando varios minutos mientras Íñigo esperaba.

—He visto en la entrada del laboratorio un panel en la pared con el horario y los trabajos a realizar esta semana—.  La detective señaló hacia fuera, justo donde se encontraba el panel.

—Sí, siempre tenemos todo muy organizado. Los lunes hacemos una reunión en la que designamos el trabajo que tiene que hacer cada uno esa semana, es el mejor modo de que todo funcione correctamente y todos sepan lo que tienen que hacer.

—Entiendo. De ese modo nadie tiene que preguntar nada ni molestarte por tonterías.

—Sí, más o menos es para eso.

—Si no te importa, antes de irme, voy a echar un vistazo al lugar de trabajo de Izaskun—.

Carlota se puso de nuevo la cazadora.

—No hay ningún problema. He notado que se ha extrañado usted de algo que le han dicho por teléfono, ¿ya sabe algo de Monika?

—Parece ser que su empleada ha muerto de un paro cardiaco — dijo, mientras se ponía de nuevo las gafas de sol.

—Ya se lo decía yo — Íñigo sonrió con cierta ironía.

—Ya, veo que es usted un lumbreras — por primera vez, Carlota, lo había tratado de usted.

La cara de satisfacción de Íñigo mientras la detective salía por la puerta de su despacho, lo decía todo.

Durante poco más de media hora, Carlota estuvo sentada en la mesa de Izaskun. Revisó todos los papeles que había en los cajones y miró el ordenador, pero no hizo ninguna anotación.

Íñigo se acercó cuando vio que la detective se disponía a irse.

—Déjeme que la acompañe a la puerta, al menos que se vaya con una buena imagen de nosotros, ya que ha tenido que venir para nada —sonrió de nuevo, sintiéndose en cierta manera superior a la detective—.  En fin, seguro que nunca ha tenido usted un caso tan fácil de resolver.

—Es curioso, es la única vez en toda la mañana que ha tenido usted razón, puede que haya venido para nada.

Carlota, que estaba considerada una de las mejores detectives del país, parecía no llevar bien todo aquello; el hecho de que alguien pareciera reírse de ella le hacía sentirse inferior, algo que en muy contadas ocasiones le había pasado.

—Aunque supongo que no se puede decir que haya resuelto nada, porque ni siquiera había caso —comentó ella dirigiéndose ya a su moto—. Eso sí, yo que tú, tendría cuidado, no sea que un día de estos le dé un infarto y la nueva jefa de departamento ocupe su puesto.

—No tema por mí, me cuidaré —contestó Íñigo a la vez que ella arrancaba su moto.

Si algo tenía Carlota, era que en poco tiempo se olvidaba de los casos en los que trabajaba. En cuanto a los dos infartos de DNA BLOOD, había necesitado solo de unas horas para quitárselo de la cabeza. Eso y un par de bourbon  mientras se fumaba uno de esos cigarros con mezcla que la ayudaban a dormir.

Dos semanas después de aquello, Carlota entraba en el mismo bar al que iba todas las noches, se sentaba en la misma esquina de la barra que todos los días y le hacía un gesto al camarero para que le sirviera lo de siempre.

— ¿Sabes Carlota? —le dijo el joven camarero mientras llenaba un vaso de Fourour Roses—. No entiendo cómo puedes meterte este veneno todas las noches y seguir igual de guapa.

—Iker—sonrió ella — ¿cuándo dejarás de intentar ligar conmigo? nunca vas a conseguir llevarme a la cama.

—Que equivocada estás, serás tú quien se muera por llevarme a mí — los dos se rieron, mientras él se daba la vuelta para atender a otra persona.

—Además —continuó Carlota—. Esto no es ningún veneno.

Cuando Iker volvió a dirigirse a la detective, tan solo vio su vaso lleno y cómo ella salía por la puerta.

                                             …………………………………………..

Era la una de la mañana: Izaskun cerraba la ventana de su pequeño apartamento con vistas al Guggenheim dispuesta a irse a dormir cuando alguien llamó a la puerta. Se acercó despacio pensando que se habrían equivocado, echó un vistazo por la mirilla y no se creía lo que veía. Enfadada, abrió la puerta.

—Pero qué cojones haces tú aquí, en mi casa. Tengo mejores cosas que hacer que aguantarte a ti. Justo ahora me iba a la cama y no tengo nada que hablar contigo.

Carlota la miró de arriba abajo, hizo un gesto de afirmación con la cabeza y entró en casa de Izas apartándola con la mano.

—Veo que nunca tienes nada que decir, tan callada y modosita ella. La nueva jefa de departamento, ahí es nada. Eso sí, sin lugar a dudas, por méritos propios.

—No creo haberte invitado a entrar — pero la detective no parecía escucharla.

—No te preocupes, voy a ser rápida. Sólo quiero saber por qué mentiste y no dijiste que sí habías estado anteriormente en Colombia, aunque es una pregunta bastante absurda, teniendo en cuenta que de nuevo me volverás a contar alguna milonga extraña, así que te ahorro la tontería. El otro día, cuando llegaste al despacho de Íñigo, justo estaba hablando con el hotel que la empresa había escogido para la conferencia. Hotel que supongo que tú misma recomendarías, algo estúpido por tu parte, sabiendo que allí podrían reconocerte.

—No sé de qué me estás hablando — exclamó Izaskun.

—Ya. Su dueño me dijo algo que, tonta de mí, interpreté mal. Según él, en otros viajes ya habían escogido su hotel. Mi error fue creer que se refería a la empresa, pero esta noche he llamado a Íñigo, que no veas cómo se ha puesto por despertarlo, y me ha dicho que este es el primer año que la empresa asiste a esa conferencia. Es curioso que su dueño me dijera que tenías asignada la misma habitación de siempre.

—A ver… es verdad, ya había estado en Colombia, pero no quería que Íñigo lo supiera. He ido varias veces para estudiar la fauna, por un posible trabajo al que podría acceder. Soy bióloga y estoy ya cansada de estar todo el santo día analizando muestras de sangre; si hay algo que me encanta son los animales y, en concreto, los de esa zona. Tienes que entender que no quisiera que él lo supiera. De todos modos, es una tontería, ¡qué más dará que yo hubiera estado ya o no en Colombia! Yo no pedí que me mandaran. No me quedaba más remedio al ser la nueva jefa de departamento.

—Gracias a la muerte de Ana, no lo olvides —le recordó la detective— y sí, ya comprobé al echar un vistazo a tu ordenador, que te encantan los animalitos raros. En el historial de búsqueda, había varias páginas sobre insectos, arañas… ranas, algo que tampoco tendría importancia siendo bióloga como dices.

—Exacto, si puedo ser culpable de algo es de estudiar esos animalitos raros, como tú los llamas. Nada más.

—Tengo que decir que de tonta no tienes nada, todo lo contrario. Incluso a mí me parecía todo muy lógico, hasta que hoy, mi buen amigo Iker, me sirvió un vaso de ese veneno que él dice que me tomo todos los días. Eso fue lo que me hizo pensar… veneno.

—Y eso qué tiene que ver con que yo sea bióloga o haya estado en Colombia —hizo un gesto como si invitara a la detective a irse de su casa—.  Mira de verdad, no tengo ganas de tonterías. Hace un par de semanas que he enterrado a una de mis mejores amigas, Monika, por si no lo recuerdas. Ya está bien.

— ¿Sabes? Eso me despistó más aún. Podría llegar a pensar que fueras tan ingenua de envenenar a Ana para poder quedarte con su puesto y quitarte de encima a esa jefa que no aguantabas, pero a Monika, que de verdad era tu amiga, no tenía sentido. Recordé entonces ese panel donde dejáis anotado el trabajo que tenéis que realizar toda la semana. Y lo estúpido que sería entonces que tu amiga te llamara para preguntarte algo que estaba allí escrito. Dime una cosa… Monika te había descubierto, ¿verdad?

—No sé qué quieres decir con eso pero, o te vas o acabaré llamando a la policía —Izaskun parecía estar poniéndose nerviosa.

—No mujer, no hace falta. Primero porque yo soy la policía y segundo, porque ya he llamado yo; no creo que tarden en llegar.

—Yo no he hecho nada, no tienes pruebas, así que no intentes tirarte un farol conmigo.

Justo en ese momento, dos policías de uniforme entraron en la casa de Izaskun. Se acercaron a ella y sin mediar palabra le dijeron:

—Señorita Izaskun, queda usted arrestada por el asesinato de Ana y Monika.

—¡Pero qué están diciendo! No le hagan caso a esta loca. La ha tomado conmigo y ahora les hará creer que soy una asesina.

—Más bien lo demostraré. Deberías saber que no existe el crimen perfecto, guapa — dijo la detective guiñando un ojo—. Mejor que estés calladita. Ya sabes eso de que todo lo que digas bla bla bla. No hace falta que diga más.

                                             …………………………………………………………..

A la mañana siguiente, en DNA BLOOD, nadie sabía aún lo que había pasado, cuando pudieron escuchar de nuevo el ruido de la moto de Carlota parándose frente al edificio. Todos vieron como entraba al laboratorio con unas hojas en la mano y, sin decir nada, entraba al despacho de Íñigo.

—Pero bueno… no sé qué hace usted aquí, pero va siendo hora de que aprenda a llamar antes de entrar.

—Así es como se resuelve un asesinato por infarto — dijo irónicamente tirándole unos papeles sobre la mesa.

Durante varios minutos Íñigo miró los papeles sin creerse lo que estaba leyendo. En ellos venían todos los detalles de lo que había ocurrido: los anteriores viajes de Izaskun a Colombia, su llamada a Monika el día antes de su muerte, todo su interés por esos animales exóticos, y una captura de pantalla de una de las búsquedas que ella había hecho en el ordenador. La página de una rana típica de Colombia, la Phyllobates terribilis, más conocida como la rana dardo dorado, de la que se podía extraer un fuerte veneno llamado batracotoxina.

—Como puede leer ahí, esa especie de rana no genera el veneno si es criada en cautividad, y solo se puede conseguir en las que se encuentran en la propia selva. No lo hemos comprobado aún, pero estoy segura de que, en ese viaje a Colombia, cuando investiguemos un poco, veremos que su querida Izaskun hizo algún viajecito a la selva para poder traer más de ese veneno, que como sabrá, ya que es tan listo, puede producir la muerte por paro cardiaco a quien lo ingiera en una mínima dosis.

La cara de Íñigo era todo un poema. Se reclinó en la silla dejando caer las hojas sobre sus piernas, frotándose la cara con las manos antes de mirar a Carlota.

—La verdad,  que no sé qué decir.

—Con esa cara ya lo ha dicho todo — dijo la detective dándose la vuelta y abriendo la puerta de su despacho para irse y asegurándose que todos los que estaban en el laboratorio pudieran escucharla—. Ya puede decirles a todos por qué su gran compañera no ha venido hoy a trabajar, ni lo hará por mucho tiempo.

                                              …………………………………………….

Aquella noche, Carlota se bebió un par de bourbon más de lo habitual, charlando con Iker como solía hacer.

—Hoy pareces más animada que ayer —dijo sirviéndose una copa para él—. Hasta te voy a acompañar tomándome un veneno de estos. De todos modos, ya es tarde y tengo que cerrar , no pasa nada porque me tome uno y le haga compañía a la detective más guapa de la ciudad.

—Iker, Iker. Nunca vas a cambiar.

Carlota bebió lo que le quedaba de un trago, sacó un bolígrafo del bolso y agarró una servilleta de la barra para escribir algo y se fue mirando al camarero a los ojos.

El camarero giro la servilleta justo en el momento que ella salía por la puerta, escrito con una perfecta caligrafía, pudo leer una dirección y dos palabras que jamás pensó que escucharía decir a la detective: “No tardes”.

Al final tenía razón, y sería ella quien lo llevaría a la cama.

Jesús Cernuda

Crimen Imperfecto

Autor@: 

Ilustrador@: 

Correctora: Mariola Díaz-Cano

Género: Fantasía urbana

Rating: +13

Este relato es propiedad de Olga Besolí. La ilustración es propiedad de Carolina Cohen Polanco. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Crimen Imperfecto.

Te creías que habías cometido el crimen perfecto, ¿verdad? ¡Pues casi! Pero no. Te quedaste a las puertas y de poco que lo consigues, pero, ya ves, como es evidente no te has salido con la tuya, al menos no totalmente. ¡Pasaste un gran detalle por alto! Y, por suerte o desgracia, en esta vida la justicia sí que existe y se cierne sobre todos nosotros sin piedad para otorgarnos lo que nos merecemos. Sí, tú ríete todo lo que quieras. Por supuesto que me merezco de sobra el haber terminado en este estado, no lo niego. No soy un ángel ni lo he sido nunca. Y la verdad es que, mirado bien, mi estado tampoco es tan lastimoso. De momento sigo aquí. Pero tú… oh… tú te mereces lo peor, porque eres el ser más despreciable y mezquino que ha pisado la faz de la tierra; un maldito lobo con piel de corderito. Lo que me has hecho merece el castigo más cruel que exista y yo voy a procurar dártelo.

Y si te preguntas si voy a matarte, te diré que no, no pienso hacerlo. Además, no puedo. Soy incapaz de coger un arma y apuntarte con ella, pero eso es lo de menos: hay otros modos de morir, y así, a bote pronto, se me ocurre… a ver… el suicidio. ¿Cómo vas de ánimos últimamente? Sí, claro, hasta hace unas horas divinamente, supongo, pensando en disfrutar de tu botín. Pero seguro que ahora lo ves todo un poquito más negro. ¿Me equivoco? Ay, es tan fácil caer en la depresión y, en un momento de locura transitoria, quitarse uno la vida… Eso podría pasarle a cualquiera, ¿por qué no a ti? ¡Ah! Ya me lo imaginaba. Todavía no te sientes preparado, ¿verdad? Aún veo un rayo de esperanza en tus ojos… ¡Ay, esos ojos de perdición! ¿Es posible que pienses que esto acabará de un momento a otro? ¿De verdad crees que yo me esfumaré sin más y te dejaré tranquilo? Supongo que también estarás convencido de que llegará un día en que te reirás de lo ocurrido, ¿no? ¡A eso lo llamo yo optimismo! Pues créeme si te digo que ese día no va a llegar nunca. No hay forma humana de deshacerse de mí… otra vez.

De momento, tu nuevo intento de librarte de mí de hace una hora —y tengo que anunciarte que tu recién adquirido hábito empieza a irritarme— te ha llevado a un callejón sin salida, encerrado en esta habitación, nuestra habitación, conmigo y sin una escapatoria posible. ¿Cómo se te ocurrió tirar la llave por la ventana? ¿Es que acaso crees que una puerta cerrada es un obstáculo para mí ahora? ¿Quieres huir de mí definitivamente? ¡Pues salta por esa ventana y sigue la caída de tus llaves! ¡Bah! No seas miedica, son sólo unos pocos metros de agonía y, cuando te estrelles contra el suelo, te prometo que será tan rápido que casi ni te dolerá. Es mucho mejor que morir ahogado lentamente, ¿no crees?

¿Y ahora qué haces? ¿Qué, vas a dispararme? Claro que entiendo tu desesperación. He llegado demasiado pronto y sin avisar. ¡Qué poca educación la mía, presentarme así, de sopetón! ¡Aish! ¡Pobrecito mío! ¿No te he dejado tiempo suficiente para disfrutar plenamente de todo lo que la ley dice que ahora te pertenece? ¡Oh! ¡Pues quizás es porque no te lo mereces! ¡Nada de todo esto es tuyo, sino mío! Yo conseguí todo lo que ves a tu alrededor. Y lo peor de todo es que no dudé en compartirlo contigo. Sí, perdí la cabeza por ti. Fui más generosa contigo que con nadie en este mundo. Pero tú lo querías todo para ti solo, ¿no? No tenías suficiente con lo que yo te daba, las compras, los regalos, las tarjetas, los viajes… No, querías disfrutar de todo esto sin necesidad de aguantarme, ¿verdad? ¿Por qué no dices nada ahora, eh?  ¡Yo te quería! Sí, oyes bien. ¿Y así me lo hiciste pagar? ¿Matándome? ¡Eres un gran hijo de p…! ¡Eso, sí, venga, vacía todo el cargador! ¡Y dale con la manía! ¿Qué pretendes con eso, destrozar todos los muebles? ¡Entérate, no puedes matarme otra vez!  ¡Ya tuviste tu crimen perfecto! Pero, mira por donde, te salí rana. Sigo aquí… ¿Ya está? ¿Ya has terminado el numerito? ¿Ya no hay más balas? No te habrás reservado ninguna para ti, ¿verdad? ¡Lástima! Porque ahora que ya no puedes volarte la tapa de los sesos de un tiro no te queda más remedio que sentarte y escucharme. Y tengo mucho que decirte…

Estabas avisado. Te lo dije. Un millón de veces. No es nada que en mi familia se haya mantenido oculto. Pero tú, con tu juventud, tu arrogancia —y, por supuesto, tu estupidez, que no te contraté precisamente por listo, sino por guapo—, no me escuchabas —o no quisiste entenderme— cuando te contaba que mi abuela fue una médium famosa en sus tiempos, y que yo, al igual que mi madre, heredé su don, que de niña veía muertos y me comunicaba con el más allá. ¡Estúpido! Si lo hubieses tenido en cuenta ahora no nos encontraríamos en esta situación. Porque, ¡mira tú por dónde!, resulta que tampoco tengo ningún problema en comunicarme con el más acá ahora que estoy en el más allá gracias a tu empujoncito a las preciosas cataratas del Iguazú. Que vaya poca vergüenza que tienes. ¡Lanzarme a mí al vacío de esa manera el primer día de luna de miel! Que podías haberme dado, aunque solo fuera por compasión, una noche de amor apasionado en Argentina, que para eso te pagué el viaje enterito y la estancia en la suite nupcial del hotel. Que me enviaste al otro lado con las ganas. Pero ya que no tuve ocasión de una noche de bodas, viudo mío, tampoco tú vas a tener una noche de descanso después de matarme y heredar todo mi patrimonio, que veo que ya has empezado a lapidar.

¿Cuánto dinero gastaste con el forense para convencerlo de que pusiera las palabras resbalón accidental bien grande en el informe de mi muerte? No me pongas esa cara de sorprendido, que aunque en ese instante no estaba presente —para tu información me encontraba debajo del agua, y demasiado tenía ya con verme toda ahogada y aceptar que estaba muerta y fuera de mi cuerpo—, no nací ayer y conozco de lejos el poder de los sobornos, que para algo me metí en política. ¿Y qué les dijiste a todos los demás para que firmaran como testigos? ¿Que a la pobre ancianita que llevabas del brazo le fallaron las piernas y que no pudiste sostenerla? ¿Hiciste una buena actuación? ¿Les lloraste y les miraste con esos ojitos tuyos de no haber roto nunca un plato? Y, cuéntame, ¿qué les dijiste que eras, un familiar, quizás, puede que mi nieto? ¿No les contaste la verdad, que eras mi recién estrenado marido? Doy por sentado que no, aunque dudo si por vergüenza o por no levantar sospechas innecesarias ¿Tuviste que untarlos, también, a ellos? Como si no, ibas a salirte de rositas, matándome a plena luz del día en un lugar atestado de turistas. ¡El dinero lo consigue todo! Eso lo aprendiste rápido de mí. Con dinero te compré yo a ti a base de regalos y agasajos. ¡Todos tenemos un precio, cariño! Y, mira tú por dónde, que hubo un tiempo absurdo en el que creí ver en ti algo que no se compra con dinero. Fuiste mi acompañante especial, mi favorito. Creí en ti… pero tú, como recompensa, me has llevado a la tumba. ¡Qué estúpido por mi parte! Has sido mi único error y me has costado la vida. ¡Traidor! Pero no toda la culpa es tuya. Debería haberme dado cuenta. Debería haber abierto los ojos ante la evidencia: que treinta años de diferencia son muchos y que un chaval joven y guapo como tú no ve en una mujer madura y rica como yo sino el poder, el dinero, la fama o las tres juntas. Nunca debí enamorarme de ti; tenía que haberte mantenido solamente como un capricho caro, mi juguete personal desechable, de usar y tirar a gusto. ¡Pero tú fuiste el responsable! ¡Oh, sí! Tú me empujaste. Yo no caí sola al precipicio. Tú me llevaste hasta el borde, me incitaste a intimar, a contarte mi vida. Tú me cerraste los ojos y me obligaste a bajar la guardia con mentiras hasta que acabé en tus manos. ¡Por Dios, si hasta te conté mis secretos más íntimos! ¡Eres la única persona en el mundo que sabe cómo amasé mi gran fortuna gracias al terrible accidente que se cobró la vida de mi desgraciado primer marido, el barón, que en paz descanse! Y mira tú qué ironía. ¡Quién iba a pensar qué ibas a ser tan ruin como para utilizar el mismo método conmigo!

Pero ¿sabes?, hay una diferencia bien grande entre lo tuyo y lo mío. Lo mío fue un crimen perfecto —mi marido era un vejestorio sin alma, un ser anodino, insensible y tremendamente obtuso y, por lo tanto, con un espíritu incapaz de llegar a ningún lado— y lo tuyo ha sido más bien una chapuza. ¡Oh, sí! Un crimen perfecto hablando técnicamente —¿o debería decir terrenalmente? —, pero un fiasco si tenemos en cuenta la razón por la que me mataste, que no era otra que deshacerte de mí y disfrutar de todo lo mío: mis propiedades, mi fortuna y del estatus que proporciona el título de barón, del que no eres merecedor en absoluto. Pero sigo aquí… y tus objetivos ni se han cumplido ni se van a cumplir.

¡Oh, vamos! ¡Ni se te ocurra ir por esos derroteros! ¡No me vengas de arrepentido ahora, porque ya no me creo ninguna de tus palabras! Que aunque te he querido —y mucho, tengo que admitir—, te aseguro que mi amor se ha enfriado bastante después de morirme en las turbulentas aguas de la cascada ¿Sabes lo que se siente cuando te ves arrastrada por la corriente contra las rocas? ¿Sabes lo agónico que es querer respirar y no poder? ¡Oye, perdona, que es mi cuerpo el que yace irrecuperable en el fondo del agua por siempre jamás! ¡Y soy yo la que puede que acabe devorada por los peces! Así que no me vengas con esas, que yo no salté, fuiste tú quien traspasó la barrera y me empujó al abismo ¡Es por tu culpa que nos encontramos en esta situación!

¡Eso, tú ríete! ¿Se puede saber qué narices encuentras tan gracioso? ¿Que esta es qué? ¿Nuestra primera pelea de enamorados? ¡Genial! ¡Y ahora me sales con esas! Todavía piensas que vas a salir airoso de esta usando tu gracia y tu palique como en Argentina, ¿verdad? No podrás. Ni hoy, ni mañana, ni nunca. Te lo voy a explicar muy clarito para que lo entiendas y borres esa estúpida sonrisa de tu cara. Así que atiende. Tratar con un muerto no es tan fácil como hacerlo con un vivo. Los muertos no dormimos, ni tenemos hambre, ni la necesidad de ir al aseo. Los muertos no nos cansamos, ni sentimos debilidad o frío. Y no somos sobornables. Vas a tenerme a tu lado, todos y cada uno de los instantes de tu, a partir de ahora, mísera vida, hablándote cuando pretendas descansar, mortificándote a cada minuto hasta que quieras deshacerte de tu espantosa existencia, avasallándote día y noche hasta que abraces la locura, amargándote con mi presencia tanto en soledad como en compañía hasta que decidas arrancarte los ojos y desees no tener oídos, y reprochándote la cabronada que me has hecho las veces que haga falta hasta que revientes.

No puedes pararme, nada puede. No hay pared, puerta o materia que no pueda traspasar; no hay obstáculo que me impida el paso. No importa donde vayas, te seguiré. El tiempo no discurre de igual forma a este lado. En un segundo puedo aparecer donde quiera y cuando quiera. Por tu culpa yo no estoy entre los vivos y tú dejarás de vivir. ¿Verdad que el hueco de la ventana ahora parece más tentador? ¿Verdad que te incita a saltar? ¡Mira tus llaves! Allí abajo, junto a ellas, estarás mucho mejor. ¡Es tu única salida, no hay otra escapatoria posible! ¿No quieres huir de mí, de mi presencia y acabar con esta tortura eterna de una vez por todas? Porque yo seguiré aquí, contigo, hasta el fin de los tiempos, hasta que lo que quede de ti solamente sea un despojo que no se asemeje en nada a lo que eres ahora. Y te aseguro que tengo todo el tiempo del mundo para conseguirlo.

Eso es. Siéntate en el borde. Deja de llorar, las lágrimas no solucionan nada. Vi que no derramabas ninguna en mi funeral. Y no, no acepto tus disculpas. Ahora que puedo moverme por las dependencias de la mansión sin ser vista ni oída he descubierto lo tuyo con la sirvienta ¡Tranquilo, no temas amor mío, que ya me ocuparé luego de ella! ¡Céntrate en lo tuyo! Sí, mira abajo. Ya sabes lo que hay que hacer, vas a darte ese empujoncito tú mismo… Eso es… Acércate más adelante… Inclínate… Respira hondo… Cierra los ojos y… salta… ¡Ahora!

Ilustración de Carolina Cohen

¡Bien hecho, cariño! No esperaba menos de ti. Y ahora que solamente eres un amasijo de sangre y huesos manchando mi jardín esperaré a que te despegues de tu cuerpo para recibirte con mis brazos amorosos. Porque… ¡Ups! ¿No te lo había comentado? ¡Qué cabeza la mía! Tengo una noticia para ti, que puede ser mala o peor, según te lo tomes. Resulta que si estando vivo has sido capaz de verme y oírme estando yo muerta, eso significa que también tienes un don, seguramente proveniente de tus ancestros cubanos. ¿No te pasaba, de niño, que veías sombras u oías voces? ¿No tuviste nunca contacto con algún allegado recientemente fallecido? Seguro que sí, aunque no lo recuerdes. Pero eso no es todo, no, hay mucho más. Porque ahora eres oficialmente un suicida. Y ya sabes lo que se comenta por ahí… que los suicidas no tienen cabida ni en el cielo ni en el infierno. Una pena, ¿no? ¿Ignorabas ese pequeño detalle, mi amor? Bueno, pues nada, en fin, que nos vemos al otro lado.

Olga Besolí

Enero 2017

La máscara nocturna

Autor@: Carolina Cohen

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Poema

Rating: +18

Este relato es propiedad de Carolina Cohen Polanco. La ilustración es propiedad de Verónica R. López. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La máscara nocturna.

Dejaba entrever sus ojos,

la máscara nocturna,

                ausencias marcadas como cicatrices,

                              soledades,

                                           el ensueño de los años abatido.

Expoliada la noche,

                  el sentir,

la ebullición violenta,

el hombre intentando expiar sus remotas penas.

Un refugio de reivindicación aunada.

                Venganza.

Ligero el andar en el caos de la constancia.

             De los retos tóxicos, el ácido y el diluir el rostro de la risa,

             entre infamia y débiles agravios, la mano puesta sobre el Jocker y el volante.

La doble vida.

             Entre polos relativos:

                            La verdad y la justicia.

                            Lo bueno y lo malo.

                            Lo oculto y lo mostrado.

            La digresión de la línea de secuencia entre el amor y el odio.

El disfraz se deslíe y persiste el hombre,

               apesadumbrado,

                            derruido en su intensión malsana.

               La admiración que corroe en la ambivalencia,

                           el espasmo y el orden,

                                 La fábula de quien sacrifica su intencionada realidad por el bien común.

                                 La franca esencia transformada,

                                                de la búsqueda reiterativa que cae sobre el punto, obsesionado.

Dejaba entrever su boca,

              de sonrisas, comentarios, el alimento que recorre el tracto,

              el discurso leve que convence y aminora,

el sentido del innumerable recuento, de la vida, la persecución y el ánimo,

             la búsqueda incontrolada por el cierre definitivo de la historia.

Carolina Cohen Polanco

Ilustración de Verónica Lopez

A través del espejo y lo que Batman encontró ahí

Autor@: 

Ilustrador@: Carolina Cohen

Corrector@: 

Género: Fantasía/Cómic/Pulp

Rating: +13

Este relato es propiedad de Axel A. Giaroli. La ilustración es propiedad de Carolina Cohen Polanco. Quedan reservados todos los derechos de autor.

A través del espejo y lo que Batman encontró ahí.

«…A veces creo que el asilo es una cabeza. Estamos dentro de una gran cabeza y existimos porque alguien nos sueña. Quizás sea tu cabeza, Batman. Arkham es un espejo. Nosotros somos tú.»

Arkham Asylum: A Serious House on Serious Earth, pág. 47, viñ. 6

El Sombrerero Loco

Bruce Wayne avanzaba con decisión a lo largo del pasadizo, los kilométricos corredores del manicomio eran como los de un gigantesco laberinto en el que hacía tiempo que se había perdido la razón. El justiciero conocía muy bien aquellos pasillos; los había atravesado en más ocasiones de las que le hubiera gustado para asegurarse de que algún paciente llegara sin inconvenientes hasta su celda de destino. Se conocía el lugar de arriba a abajo, ya ni siquiera tenía que plantearse hasta donde caminar: un cruce en la derecha llevaba a Tratamiento Intensivo, en la izquierda, la sala de espera, dirigiéndose hacia el centro la zona del jardín. Seguía avanzando, de nuevo a la izquierda podía girar hasta la sala de los más peligrosos: sin duda Killer Croc estaba tranquilo ese día, porque nada se estaba escuchando desde donde marchaba. A la derecha esperaba la Zona de Aislamiento…

No, ahí no estaba.

En su lugar, un enorme espejo del tamaño de una puerta aguardaba enfrente, con su reflejo observándolo de forma fija. El traje de cuero del hombre murciélago era una herramienta destinada a amedrentar a todos aquellos utilizaban el miedo con el fin de imponer su poder, aquellos que irónicamente se comportaban como cobardes y supersticiosos. La primera de todas esas criaturas era Bruce Wayne, el mayor cobarde y supersticioso de todos. Por fortuna, ya hacía tiempo que consideraba su traje como su figura principal, su personalidad se escondía por medio de su auténtica piel; en lugar de esconderse en el traje de Batman. Se vio los brazos, por segunda vez la sorpresa le recorrió la espina dorsal. De los pies a la cabeza Wayne se encontraba desnudo, no tenía nada puesto encima. La pálida piel se iluminaba en el único foco que tintineaba en el techo del pasillo. Sin embargo, ahí seguía delante suyo su álter ego: Batman, el Señor de la Noche. El Caballero Oscuro de una ciudad que estaba condenada antes incluso de ser contruida.

Wayne comenzó a preguntarse la razón de aquellos sucesos, sin duda Arkham era un lugar en el que lo extraño podía llegar a darse pie en cualquier momento, pero no por ello se dejaba de sujetar bajos las reglas de la física y la lógica. Preguntándose estas cuestiones comenzó entonces una nueva serie de dudas: ¿qué razón lo había llevado a recorrer los pasillos del manicomio? ¿qué podía ser aquello que buscaba? ¿recordaba algo anterior al recorrido que había realizado?

El hombre comenzó a razonar lentamente; se dio cuenta de lo obvio: aquel sitio no era el Asilo Arkham. No al menos en el sentido formal de la palabra. Lo que estaba viviendo bien podía ser un suceso que ocurría en un plano onírico de la realidad, algo que no tenía porque tener sentido desde una perspectiva racional. Aquello alertó sus sentidos, pues las dos únicas posibilidades que podían llevarle a esa situación era que o bien, estaba soñando (cosa que normalmente no tenía la costumbre suceder) o tal vez, alguno de sus múltiples enemigos le había atrapado en una de sus variopintas trampas convencionales (el razonamiento más probable de todos).

Comenzó a indagar mentalmente, ¿quién de todos podía ser aquel que lo había retenido?  Era bien sabido que a lo largo de los años Batman había cimentado de forma involuntaria una galería de villanos inmensa. Tantos que incluso sus compañeros de la Liga de la Justicia le habían llegado a decir que no comprendían como podía soportar una semejante presión encima de sus hombros. De todos aquellos, algunos tenían un modus operandi que se limitaban en ataques directos, pero otros utilizaban tácticas que fácilmente podía llevarlo a aquella circunstancia. ¿Era el Espantapájaros? Jonathan Crane estaba obsesionado con los efectos del miedo, una de sus mayores ambiciones era atrapar a Batman en una pesadilla eterna. Lo cierto es que el aspecto onírico de la situación lo hacía lógico a la hora de sospechar sobre su posible participación, aunque por otra parte, de haber sido así, habría comenzado a sentir la adrenalina desde el mismísimo momento en que recorría los pasillos. Bruce se sentía inquieto, pero no tenía miedo. No podía ser él. Y ¿qué tal Enigma? La patología obsesiva compulsiva de Edward Nigma lo habían llevado en ocasiones a diversos quebraderos de cabeza contra el murciélago. Siempre buscaba la forma más perversa de desafiar su mente, siempre había querido encontrar aquel acertijo que fuera incapaz de resolver el Caballero Oscuro. Sin duda, aquello explicaría lo simbólico del espejo, pero desde luego no formaba parte de su metodología los recursos que se alejaban de la lógica y se acercaban a lo psicotrópico. Por no hablar de que cuando exponía un acertijo, siempre estaba bien claro al principio. Tampoco era él.

¿Quién entonces?

El espejo… Wayne recordaba perfectamente los símbolos que transmitían a muchas culturas. En ocasiones, eran alusiones a un autodescubrimiento, muchos consideran que es una puerta que lleva a una ingente cantidad de conocimiento que…

Espera, una puerta…

El espejo es también un elemento muy destacable en una obra antigua, una considerada importante en la historia universal de la literatura. ¿Qué obra sería? Bruce no hacía más que maldecir para sus adentros el hecho de que la situación onírica lo empujara a ser menos lúcido de lo común, debía realizar un pulso mental para conseguir vencer aquella situación. Un espejo,… una obra importante de la literatura… ¿A-Alicia? ¡Sí! ¡Alicia a través del espejo! Sota, caballo y rey: ya sabía quien era aquel que debía de estar jugando con su mente.

Jervis… —susurró Wayne.

Sin duda tenía que ser él: Jervis Tetch, conocido en toda la ciudad de Gotham por su otro yo: el Sombrerero Loco. Era el único en el que encajaba con todos los elementos. Modus operandi, motivaciones, capacidades para llevar a cabo dicha tarea,… Jervis había sido un neurocirujano con recursos muy avanzados a la hora de controlar la mente de cualquier persona. Un hombre con un cerebro muy privilegiado que se había hecho experto no sólo en neurocirugía sino también en las más avanzadas técnicas informáticas. Con sus conocimientos, sus dotes de superdotado y sus ideas de vanguardia había conseguido un puesto importante en las empresas de la Wayne Tech, una posición que echó a perder debido a su obsesión por una mujer y a la obra del inmortal escritor Lewis Carroll. Jervis deseaba tomar venganza contra Batman, quería encerrarlo en un mundo de fantasía y delirio muy parecido al que Alicia había tenido que enfrentar en su obra.

Bruce Wayne apretó los dientes, había descubierto el juego del villano muchísimo antes de que la trampa se cerrase del todo. Pero aquello no importaba porque ya estaba en medio del juego. La única forma de salir era aceptar el reto de el Sombrerero y cruzar el umbral. La figura de Batman que se reflejaba delante de sí comenzó a reír. Wayne acercó la mano hacia el espejo, el brazo atravesó el cristal como si fuera un simple líquido transparente. Bruce suspiró, debía avanzar hasta ver aquello que lo aguardaba al otro lado.

***

Bruce surgió en medio de un lago, alrededor suyo había una inmensa vegetación. Avanzó desnudo a través de los páramos de un gran bosque. Las plantas tenían el cuádruple de su tamaño original, las flores parecían edificios que tapaban la luz del medio día, sus tallos eran gruesos, verdes y espesos como los de una jungla. A lo lejos consiguió divisar un mandoble insertado en una roca. El hombre se acercó lentamente, observó con detalle el cuero de la empuñadura…

—Sólo con esa espada conseguirás vencerlo.

Wayne giró sobresaltado, aquella voz femenina había sonado demasiado cerca. Lo que divisó a poca distancia no le sorprendió en absoluto.

—Pamela —contestó. Sus músculos se tensaron preparándose ante una posible respuesta hostil—. O quizás… una proyección mental mía de ella.

—Estás aquí para liberarnos, salvarnos del yugo que nos somete aquí dentro…

—¿Dónde está Jervis, Pamela? —interrumpió—. Se oculta cerca, ¿verdad?

La mujer pelirroja enarcó una ceja, apretó los labios molesta.

—Mi nombre no es Pamela, Libertador.

Wayne negó con la cabeza, suspiró lentamente.

—No estoy para juegos, Hiedra. Sólo quiero salir de aquí.

—Tampoco soy Hiedra Venenosa —contestó—, ella está donde la dejaste la última vez, en el Asilo Arkham. Yo soy La Reina Roja.

Bruce Wayne cruzó los brazos, observó con autosuficiencia al espejismo que tenía en frente.

—Entonces… ¿eso significa que no estamos en el Asilo?

Los ojos de la villana brillaron con intensa furia.

—No te hagas el idiota, sabes perfectamente que esto no es Arkham —exclamó— . Has venido aquí para salvarnos a todos. Lo has hecho porque no sabes hacer otra cosa. El mundo que ves a tu alrededor está controlado por él. Lo único que puedes hacer es escapar salvándonos a todos o muriendo en el intento.

—Y, ¿qué ocurrirá en caso de que no quiera seguir tus jueguecitos? ¿y si simplemente me quedo aquí y espero?

—Entonces nunca saldrás.

Bruce Wayne se mantuvo en silencio. Frente a él, aquel ser parecido a Pamela Isley hizo exactamente lo mismo. Finalmente, Bruce accedió.

—¿Qué tengo que hacer para liberaros?

La Reina de Corazones sonrió.

—Fácil, sólo debes tomar esa espada y jurar lealtad ante mi escudo de armas. Después de eso lo único que resta es que te nombre mi caballero y avances hasta la octava casilla dejando en jaque mate al Dictador.

—¿Octava casilla? ¿Jaque mate? —inquirió Wayne—. ¿Cómo en una partida de ajedrez?

No obtuvo respuesta, en su lugar el mandoble esperaba en medio de la roca. Él lo aferró con fuerza, empuñando a través de su voluntad aquel hierro que descansaba en el interior del granito. Tiró con vigor, lo sacó. Sintió como todo el poder recorría sus brazos, tal vez un efecto secundario derivado a la idea de acceder a aquel juego. Leyó la inscripción que había en la hoja.

—Vorpal… —susurró—. No me lo digas: debo destruir al Jabberwocky.

—Lo llames como lo llames, no es otro que el Dictador —aclaró—. Continúa a través de las colinas, encontrarás a otros que te ayudarán a acceder al castillo donde deberás enfrentarlo y derrotarlo.

Tras decir aquellas palabras, poco a poco ella se transformó en un Lirio. Nada había que decir al respecto, sólo quedaba avanzar y terminar con aquella locura.

***

El bosque se iba tornando en un lugar ascendente y oscuro, uno en el que avanzar se hacía más y más difícil. La noche sorprendió a Wayne, no quedaba más remedio que hacer un alto antes de seguir continuandoSe detuvo e hizo un fuego. Reflexionó brevemente sobre aquella situación. Fuera lo que fuera aquello que Jervis había planeado, en esa ocasión se había esmerado realmente. De repente, una risa comenzó a escucharse. Bruce alzó la espada ante la idea de que tendría que enfrentar una amenaza. La risa se fue transformando en una carcajada, una que le resultaba terriblemente familiar…

—Joker…

Bruce sintió el estómago revuelto, una sonrisa flotaba en el aire encima de una rama. Poco a poco la figura del payaso Príncipe del Crimen se fue materializando en un hecho normal. Sentado encima de la rama lo observaba con un gesto obsceno y una risa dantesca.

—¡Vaya, vaya, vaya! ¿qué es lo que tenemos aquí? —preguntó retóricamente—. ¿No es gracioso que nos encontremos en una situación tan peculiar como esta?

Batman se apoyó en su espada, sus ojos transmitían una furia imposible de competir.

—Aún siendo una simple proyección, no puedo sino sentir un enorme desprecio ante tu persona.

—O… cálmate, «Señor de la Noche» —respondió. Luego, una leve risa fue escupida como una cascada—. Para ser considerado el mejor detective del mundo te está costando mucho deducir que es lo que está sucediendo.

—¿A qué has venido? ¿Eres un guía o un enemigo a batir?

El Joker se limitó a encogerse de hombros.

—Quizás ambas cosas, o tal vez ninguna —contestó—. Puede que sea un simple habitante más de este reino impuesto con un supuesto control en el que me conformo en generar algún caos de vez en cuando.

—Estás tan loco como el auténtico…

—¡Todos estamos locos! —exclamó histriónico—. ¡Incluído tú! ¡tú eres el más loco de todos!

Aquello le enfureció, era evidente que no podía evitar llevar a cabo la acción que realizaba. Lo único que hacía era su papel de Gato de Chesire, pero también le hervía la sangre que le quedará tan bien la interpretación a un maníaco como aquel.

—Sólo dime hacia donde debo avanzar —exigió.

—Eso depende, ¿hasta donde quieres llegar?

—Hasta el castillo de aquel ente conocido como el Dictador… y lo más lejos que pueda de ti —añadió—. Es la única forma de conseguir mantener sano tu registro dental.

El Joker volvió a reír, lo hizo tan fuerte que estuvo a punto de caerse de la rama del árbol. Cuando se detuvo señaló un camino oscuro y espeso.

—Avanza a través de esa senda, leeeeejos, muy lejos, chico. Entonces, sólo entonces, encontrarás al Sombrerero Loco… ¡el único que sabe como salir de aquí!

Bruce Wayne sonrió; ya no tenía escapatoria. La figura del Joker fue transparentándose, dejando la risa en el aire…

—Y, recuerda: ¡tú eres la clave para lograr escapar!

El desagradable sonido de la carcajada fue perdiéndose en un eco pegajoso, la sonrisa desapareció junto con un sonido sacado de las pesadillas más terribles que había anidado en una ciudad. Bruce recogió su espada, observó el camino. Era el momento de continuar.

***

La mesa estaba preparada, las distintas tazas de té listas para ser servidas. En el extremo el Sombrerero Loco no hacía más que sorber lentamente su bebida favorita, una que bebía en unas eternas cinco en punto. Bruce Wayne avanzó sigilosamante hasta la espalda de su adversario. Cuando estuvo lo bastante cerca, lo agarró del cuello de la camisa y lo amenazó con la punta de su espada.

—El juego ha terminado, Jervis —profirió—. Devuélveme a la realidad.

Jervis Tech temblaba ante la mano de aquel hombre furioso.

—¡No me hagas daño, por favor! ¡Yo no soy aquel que buscas!

Wayne estaba confundido, se suponía que debía observarlo indiferente, decirle que él realmente no estaba ahí, exclamarle el objetivo de su juego. Debía admitir que el villano parecía realmente sincero. El cuadro era distinto al de la obra original: la mesa estaba ordenada, no había señal de ninguna fiesta. Por no hablar de un aspecto muy importante…

—¿Dónde está la Liebre de Marzo? —preguntó Bruce—. Este es tu pasaje favorito del libro, es imposible que no esté perfectamente representado.

El Sombrerero Loco observó al héroe con un semblante triste.

—Arrestado —confesó—, su locura lo llevó a infringir las leyes. Está recluido en el interior del castillo a la espera de ser decapitado.

Wayne soltó a Jervis, no había razón para seguir sujetándolo. Todo parecía apuntar a que se trataba de otro extraño aliado.

—Está bien, haré todo lo posible para salvarlo. Dime, ¿cómo accedo al castillo?

—No puedes, está resguardado día y noche —respondió con completo pesimismo—. El Dictador es muy desconfiado, no deja de vigilar nunca. Sabe que estás aquí para matarlo, no parará hasta detenerte.

Bruce Wayne sonrió, sujetó la espada con fuerza.

—A menos, por supuesto, de que obtenga aquello que desea.

El Sombrerero Loco enarcó una ceja.

—¿Qué quieres decir? —preguntó confundido.

—Nos acercaremos al castillo y dejaremos que me detengan.

—¡¿Estás loco?! —clamó—. ¡Si haces eso te expondrás ante él! ¡Te matará seguro!

—Es una jugada arriesgada del ajedrez, sacrificamos a la reina para dejar vulnerable al rey rival. Es de una partida clásica: la Partida Inmortal.

—¿Cómo sabes que no te destruirá cuando te tenga en sus manos?

—No lo hará, por lo que he podido ver mantiene su reino bajo un orden enfermizo. Es un maníaco del control, necesita demostrar que puede dominarme. No estará satisfecho hasta que me tenga en sus manos y consiga demostrarlo.

Jervis Tetch dirigió su vista hacia el suelo, suspiró.

—Esperemos que tengas razón.

***

Bruce Wayne fue llevado al interior del Salón del Trono, sus manos estaban sujetas por esposas inoxidables. En ambos lados, le escoltaban Tweedlecara y Tweedledent. En un caso, un soldado que parecía la versión completa del lado oscuro de Dos Caras. En el otro, un guardia con el aspecto de Harvey Dent, un fiscal del distrito al que una vez Wayne llegó a llamar amigo. Los dos lo dejaron en el centro de la estancia, único lugar iluminado de la habitación.

Dejadnos.

Aquella voz oscura se proyectaba desde el trono. La falta de luz impedía vislumbrar al ente que la poseía. Los hermanos se marcharon del lugar, cerraron la puerta. El trono se iluminó y la sorpresa fue reflejada en el rostro del Libertador.

Bienvenido a mi castillo, Bruce —exclamó Batman—. Bienvenido a mi hogar.

Wayne no podía creer aquello que observaba sus ojos, la imagen que había considerado siempre su auténtica naturaleza esperaba allí, sentado como un tirano ante su presencia.

—No, esto no es posible…

Sabes que sí, lo has sabido desde el principio… sólo que no te atrevías a pensarlo. La última vez que nos vimos eras sólo un niño, fue cuando me pediste la fuerza suficiente como para evitar que otros muchos niños como tú se convirtieran en huérfanos.

Bruce Wayne negó lentamente, la revelación era difícil de creer.

En aquel momento hicimos un trato, firmaste un acuerdo en el que me dabas el control de tu cuerpo a cambio de esa fuerza: me vendiste tu alma.

El hombre se acercó hasta el trono.

—¿Qué es lo que quieres? ¿por qué me has hecho venir?

El murciélago lo observó con completa seriedad, era aquella mirada de la que Bruce Wayne se había servido en muchísimas ocasiones para conseguir inspirar miedo en sus enemigos.

Porque quiero formalizar de todo el trato. Verás, formas parte del pasado. El niño que fuiste antaño murió aquella noche en ese lúgubre callejón. Es tiempo de que me des el control absoluto que me he ganado a lo largo de los años.

Bruce Wayne observó con atención hacia el fondo posterior del trono. Vio los pies del sillón, el suelo que pisaba, las paredes que les cubrían… todo estaba compuesto de cráneos humanos.

—Hasta ahora has funcionado porque yo te controlaba… si te dejo solo nada podrá detenerte. Convertirás a Gotham en una versión exacta de tu grotesco reino: la sangre de la venganza teñirá las calles…

Sangre de criminales, de escoria humana —interrumpió—. De personas que no merecen vivir ni tampoco compasión.

—No —exclamó—, eso no va a pasar. No continuarás así, sin mí no vales nada…

Por primera vez en su vida Wayne escuchó la carcajada del murciélago. Jamás había pensado que podría llegar a oír un sonido más desagradable que la risa del payaso… hasta ese momento.

Yo soy mucho más de lo que jamás serás tú —afirmó—. Cuando mueras, alcanzarás el olvido. Yo… simplemente no puedo morir. Soy leyenda, soy el espíritu de Gotham. Me he forjado hasta convertirme en un ser mucho más poderoso de lo que cualquier otro habría incluso soñado. Ya nada puede deternerme,…

Dos espadas salieron del interior de la Tierra. Una oscura, la otra brillante. Las esposas se soltaron, Bruce Wayne sujetó con fuerza la Vorpal. Preparó con ambas manos la carga contra la criatura.

…ni siquiera tú —culminó el tirano.

—Tendrás que demostrarlo, monstruo —contestó—. Quien gana se lo lleva todo, quien pierda, nada.

Los dos mandobles chocaron, un grito de guerra sonó en medio de la estancia.

***

Bruce Wayne observaba el espejo con el traje de Batman puesto, se había quitado la capucha. Al otro lado un reflejo de su rostro que no había alcanzado a ver desde hacía por lo menos diez años lo observaba inquisitoriamente. Las ojeras estaban bien marcadas, había sido una noche horrible. Agarró la capucha con fuerza, la observó sintiendo como sus dudas crecían enormemente. Batman miraba con atención hacia su máscara confundida. Finalmente, tomó una decisión.

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Axel A. Giaroli

Ilustración de Carolina Cohen

Venganza.

Autor@: Carolina Cohen Polanco

Ilustrador@: Verónica Lopez

Corrector/a:

Género: Microrrelato

Este relato es propiedad de Carolina Cohen Polanco, y su ilustración es propiedad de  Verónica Lopez. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Venganza.

Una gota de amargura se desliza por el techo, y yo, cansada, la siento caer sobre mi sien. Me ha despertado, con un mal sabor de boca, de un letargo que parecía no acabar. Aún no entiendo cómo, pero se cuela entre mis poros, y luego, derramándose sobre mi sangre, a mi torrente sanguíneo se ha dejado arrastrar. Mas luego invade mis órganos, mis sentidos, mi alma y mi pensar. Se va apoderando, en un influjo constante y confuso de todo cuanto pienso, y siento, de todo lo que fui alguna vez, y tal vez, de lo que seré… y entre odio, miedo y coraje me voy experimentando en aquello, en una criatura insólita que sin ideas, sin pensar y sin sentir, sin vida propia, ahí, precisamente ahí, se da cabida y me transforma.

La mente y el cuerpo se vuelven uno solo, y como madeja de hilos se articula un pensamiento. Me invisibilizo, y desaparezco, más gobierna la criatura. Se fija un objetivo, y resplandece la intensión suicida, la anomia, la asincronía. Se entreteje la venganza. Y el cuerpo se posa sobre la carne trémula, decadente y mortesina de aquel que ha herido, lastimado el orgullo y el ego, disfrazando su intensión baldía en sentimiento, en el amor maltrecho de los amantes que, afligidos, se desbocan en su mórbida pasión“.

Ilustración de Verónica Lopez

Esencias.

Autor@: Mariola Díaz-Cano Arévalo

Ilustrador@: Carolina Cohen Polanco

Corrector/a: Mariola Díaz-Cano Arévalo

Género: Aventuras

Este relato es propiedad de Mariola Díaz-Cano Arévalo, y su ilustración es propiedad de  Carolina Cohen Polanco. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Esencias.

Rumbo sur suroeste. Destino: la India.

            No iríamos de vacío porque la red de clientes y socios se extendía hasta Bombay. Pero primero tocamos Da Nang y Saigón. Luego, James quiso bordear el golfo de Tailandia hasta Bangkok. No había estado allí desde su primer trabajo como socio del tío Tejón y su amigo Xiu Chi. Y es que aparte de los Jun, del único que nos despedimos fue de él en la última vez en Lantau desde la aciaga noche en que perdimos al tío.

            Xiu Chi fue quien se ocupó de sus exequias y su casa. James había enrolado a Seng, su hijo, el más joven de la tripulación del Old Oak, como agradecimiento a la ayuda que le prestó Chi al embarcarlo él primero en su pequeño mercante que operaba en las costas tailandesas. Seng era tres años mayor que yo y su tarea más exclusiva había sido vigilarme cuando no habían estado el tío Tejón ni el capitán, sobre todo desde que también embarqué. Se había convertido en mi mejor amigo a bordo y ahora era el más triste.

            Pobre Seng. Yo aún le estaba pidiendo perdón por darle esquinazo en Hong Kong aquel terrible día, pero no había podido evitar que él también se sintiera mal y se disculpara mil veces por haberme perdido la pista. James jamás se lo había tenido en cuenta. Después, Seng también se había quejado por no acompañarnos en la búsqueda de Sarah Constable. Estaba seguro de que, de haber ido, Huo no se habría atrevido a tendernos aquella trampa. Pero eso ya no importaba y ahora se sentía muy apenado.

            Xiu Chi nos deseó todos los parabienes y luego nos llevó donde descansaba el tío Tejón. Entonces James y yo nos permitimos compartir por fin un llanto desconsolado por Chang Wei Hu, el hombre que había salvado nuestras vidas y dio la suya también por nosotros. No solo no lo olvidaríamos nunca, sino que ya no dejaríamos de echarlo de menos.

            Después, zarpamos en un día gris y la pena se me fue disipando ante la ilusión por el futuro más inmediato y todos los sitios que veríamos. Me di cuenta de que pese a mi vida poco convencional navegando los últimos tres años por casi todo el mar de China, en realidad no conocía más mundo que el de mis libros.

            Bangkok, la Ciudad de los Ángeles, con sus canales y sus templos me maravilló. Y eso que aún se apreciaban en algunas zonas los estragos de los bombardeos de los aliados en la guerra porque Tailandia pagó cara su alianza con Japón. De allí partimos con un flete de madera con destino a Singapur, la Ciudad de los Leones, que también me gustó mucho. Nos quedamos tres días y al cuarto estibábamos un cargamento de caucho y zarpábamos hacia Ceilán. Y en Colombo, tras pasear por el mercado de Pettah, supe que aquellos olores y colores se me quedarían impregnados para siempre en la piel y la retina, sobre todo cuando después entramos en el mar Arábigo para bordear la costa oeste de la India, donde se multiplicaron en cada puerto que tocamos desde Mangalore hasta Goa.

            Estuvimos cinco días en la bonita ciudad aún bajo dominio portugués, con sus larguísimas playas y su antiguo barrio que me recordó al de Macao. Tuve emociones encontradas al evocar la desafortunada experiencia con los Gonzalves, pero, en especial, por lo que había leído en el diario de James sobre su estancia apenas unos meses antes. Las aumentaron sus palabras de la primera noche atracados, que escuché estremecida por saberlas tan ciertas.

            —Pensé mucho en ti. Estaba muy confundido, sin entender que pudieras mirarme así y…

            Yo le había puesto los dedos sobre los labios.

            —Y han ocurrido muchas cosas después, ¿verdad?

            —Pero no buenas.

            —¿No? ¿Ninguna? —Me había inclinado sobre él, en su litera, donde me dejó quedarme siempre que lo busqué en la larga travesía.

            James había sonreído, me había echado en su pecho y yo me había dormido con el olor único de su piel, que allí parecía saberle a canela y sal al mismo tiempo.

            Pero al marcharnos de Goa el buen ánimo me abandonó durante el último tramo de navegación hasta Bombay. No había querido pensar en la despedida más importante que nos aguardaba: la de la tripulación. Seng me encontró en cubierta el día antes de arribar. Me saludó con una apagada sonrisa y un vistazo al cielo completamente azul.

            —Por fin ha desaparecido la bruma. Hace demasiado calor en este país.

            —¿No te gusta?

            —Oh, sí, mucho, pero… Yi, he hablado con tu padre —dijo con gesto más compungido que grave.

            —¿Qué pasa?

            —Nada, es que quería insistirle en acompañaros, y si ahora no puede ser, pues más adelante, cuando llevéis un tiempo en Inglaterra. Sé que nos agradeció que todos estuviéramos dispuestos a llegar hasta allí, y entiendo que no pueda ser por todo el tiempo más que tardaríamos, sino por el que pudiésemos pasar tan lejos sin que él esté seguro de qué hará. Y lo comprendo más para los hombres con familia, pero otros no la tenemos.

            —¿Y tus padres y hermanos?

            —Sabes lo que quiero decir —desvió la mirada y yo asentí sonriendo—. Pues por eso él podría llamarme si necesitara a alguien como yo. Aunque si se incorporase de nuevo a la Armada…

            Era verdad que James podría volver a la Armada. Francis Constable le había dicho que trataría de conseguir que así fuera. James se había negado a pensarlo. Si se había decidido a regresar a Inglaterra, había sido únicamente por sus padres y por mí. Suspiré.

            —Estoy segura de que te llamará si te necesita —dije con un guiño.

            —También le he hablado de ti. —Bajó la cabeza. Por un momento me sorprendí, pero enseguida supe que lo que vi ya lo había imaginado aunque no había querido darle importancia—. Debería haberlo hecho antes porque somos amigos y creo que sabes cuánto te… aprecio.

            Entonces le cogí la mano.

            —Lo sé, y yo también te aprecio y seguro que él te ha dicho que por supuesto cuidarías de mí aún mejor. Pero no debes preocuparte, ¿o es que se te ha ocurrido pensar que dejaremos de ser amigos aunque estemos lejos?

            Lo empeoré, pero al intentar rectificar él habló:

            —No, claro, pero… Bueno, lo entiendo también. No soy muy extraordinario y tú eres única.

            —Seng, por favor…

            —No, al menos habré tenido el valor de decírtelo como a él: que mi… afecto es sincero y lo mantendré. Debes saberlo para que no lo olvides, porque yo no lo haré.

            —Yo tampoco, Seng, créelo.

            —Pues eso me sirve. —y la voz se le recompuso al igual que la sonrisa. Yo se la devolví procurando que no notara lo mal que me sentía y lo mucho que admiré ese valor. También sentí que veía otro momento atrás en el tiempo, pero que permaneció tácito en miradas como aquélla. Con un escalofrío creí ser mi madre cruzándola con unos mudos ojos claros. En otro segundo maldije aquel silencio que ya no se rompió y sus consecuencias, y al siguiente me angustiaba por entender que, de no haberse mantenido, quizás yo no existiría ni tampoco mis sentimientos por esos mismos ojos. ¿Habría sentido ella también la profunda punzada de pesar por no poder ponerse en su lugar? Los de Seng eran oscuros y limpios, y distinguieron mi ausencia—. ¿Estás bien? Has temblado. Vamos dentro.

            —No, no pasa nada. —Y entonces lo abracé, sorprendiéndolo y sintiéndome afortunada por ahuyentar silencios—. Siempre serás el mejor amigo que habré tenido. Eso es lo que no debes olvidar tú. Y te llamaré cuando te necesite, pero prometo no meterte en más aprietos.

            —Pues mientras tanto, ten la mejor vida y sé feliz.

            —Tú también, Seng.

            —Yo siempre estaré a las órdenes de los Lung.

            Esa noche fue la última navegando en el Old Oak. James no me dijo nada porque sus silencios solían expresar millones de palabras.

            Entramos a Bombay por Colaba para ver la Puerta de la India, el magnífico monumento erigido para la visita del rey Jorge V a principios de siglo y por el que —en una simbólica imagen— hacía solo dos años antes habían abandonado el país las tropas británicas después de tanto tiempo y graves conflictos. El lujoso hotel Taj Mahal al fondo también me impresionó. Entonces, uno de los múltiples prácticos del inmenso y congestionado puerto se abarloó al Old Oak para indicarnos que lo siguiéramos. La maniobra habría sido normal de no ser porque pareció haber estado esperándonos especialmente a nosotros.

            Recordé las palabras de Francis Constable a James: «Sea cuando sea, simplemente llegue hasta Bombay y allí no se preocupe por nada más. Si todavía puede creer en la palabra de un hombre, confíe en mí, por favor. Si le fallo, no solo no me lo perdonaré jamás, sino que habré perdido la fe en la justicia y lo más importante, mi honor». De modo que seguimos al práctico hasta un muelle de posiblemente la más lejana sección del gran puerto, atestado de barcos de toda condición y bandera.

            Yo estaba acostumbrada al aparente caos de los puertos, pero en los de la India ese caos sí parecía real. En aquella extensa bocana el tráfico marítimo me resultó tan incesante como abrumador, solo comparable al del Shanghai desbordado durante la invasión japonesa, aunque allí la presencia de navíos de guerra no era mucha y se concentraba en una zona restringida. No sé por qué me sentí tan intimidada pero un nudo me apretó la garganta tras el atraque. Cuando el Old Oak partiera otra vez, lo haría sin nosotros.

            Apenas colocábamos la pasarela para desembarcar, vimos acercarse a dos agentes aduaneros que flanqueaban a un hombre alto con aire distinguido, de unos cincuenta y algunos años y vestido con un impecable traje. Tenía la mirada translúcida y cuando James apareció, sonrió con afabilidad y se adelantó.

            —¿Capitán James Lung? Mi hermano me dijo que usted no confiaría en nadie que hubiera venido en mi nombre. Soy Robert Constable —y le extendió la mano—. Sea bienvenido a Bombay.

            —Gracias, pero ¿cómo ha sabido que llegábamos?

            —Francis me informó cuando hicieron escala en diciembre. Comentó que posiblemente usted no tardara en regresar a Inglaterra, así que me pidió que estuviera pendiente. Con un hermano vicealmirante y los datos de su barco, nos ha sido relativamente fácil seguirle el rastro en cuanto ha tocado costas indias. Francis me insistió mucho en que me encargara de ustedes personalmente. Estaba agradecido de verdad por su ayuda en la exitosa búsqueda de mi sobrina.

            —Pues le agradezco que haya venido, pero ahora debo ocuparme de la carga que traemos y sus trámites.

            —Por supuesto. Pero no se preocupe por esos trámites porque estos caballeros ya los han resuelto. Yo regresaré esta tarde para llevarlos a la embajada. ¿Le parece a las tres?

            Desde el portalón noté cómo la sincera disposición de Robert Constable hizo vacilar a James de la misma forma que su hermano le había agrietado la dura coraza de protección. Dio el paso nuevamente.

            —De acuerdo. Gracias otra vez.

            Robert era el mediano de los tres hermanos Constable y un alto funcionario del consulado británico. «Con el mayor en la Armada y el pequeño en la RAF, alguno tenía que quedarse en tierra, y desde luego puse mucha de por medio», había comentado jocoso cuando volvió más tarde.

            Llegó a Bombay con su familia en los años veinte. Los problemas con el movimiento de independencia encabezado por su carismático líder, Mahatma Ghandi, habían empeorado después de la segunda guerra mundial hasta las conversaciones de hacía tres años, de las que Robert había sido testigo por su trabajo al servicio de Lord Mountbatten. Cuando la independencia de la India se hizo efectiva, se retiraron las tropas coloniales y la mayoría del funcionariado civil, salvo el oficialmente necesario. Él decidió quedarse. «Este país es un avispero. Demasiadas religiones, lenguas e intereses. Y nosotros, claro. Pero también es mágico. He tratado de hacer mi cometido de la mejor forma en estos difíciles años y tengo una posición que me permite vivir bastante bien». Así que allí seguía.

            —Ocupándome de asuntos parecidos al suyo aunque no tan particulares —había dicho cuando entramos en su despacho.

            James me había llevado. Esos asuntos también eran míos. Robert Constable por supuesto aceptó mi presencia.

            —Siéntense, por favor. Seré breve. Por una parte, mi hermano me contó lo necesario sobre su especial situación legal que deberá resolverse en Londres. Así que desde aquí actuaremos como con todo ciudadano británico con un problema con su documentación, proporcionándosela de nuevo con independencia de la que poseen del gobierno chino. Por otra, las indicaciones más personales son asegurarle también el desplazamiento a Inglaterra desde aquí, como él le sugirió. De modo que en una semana, saldrán en un vuelo a Estambul y desde allí tomarán otro hasta Londres. —Entonces Robert alzó una mano ante el gesto de James—. He contactado ya con mi hermano y ahora él le dirá personalmente que no ponga esa cara.

            Y descolgando un teléfono a su izquierda, establecía una conferencia con Londres y le extendía el auricular a James. Yo lo observé sonreír, expresar un único saludo y luego ir asintiendo con aquel brillo en sus ojos que nunca le había visto tan de seguido, igual que las emociones tan intensificadas que ahora mostraba tan plenamente. Acababa con una afirmación y un nuevo agradecimiento.

            —Pues ya lo ha oído —dijo Robert al colgar—. Así que tómese el tiempo que necesite con los asuntos de su barco y volveré a por ustedes cuando me digan.

            Dos días después Robert Constable nos invitó a su casa. Nos había ofrecido alojamiento allí, pero James había querido permanecer en el Old Oak y yo también quise seguir haciendo mi trabajo hasta el momento de despedirnos. Pero aceptamos aquella invitación a cenar y vino a recogernos el mismo chófer de la embajada. La casa de los Constable era una de las varias que la rodeaban, en el barrio del Fuerte, y tenía un pequeño jardín delante.

            Robert se admiró mucho al verme con uno de mis más bonitos quipaos de color rojo y mi pelo en un recogido. Al igual que a su hermano, también le había resultado llamativo que yo me considerara un tripulante más.

            —Sin duda que ha educado usted a su hija con insólita libertad y los resultados son inmejorables —le dijo a James cuando entramos—. Ojalá yo pudiese convencer a mi esposa para que la mía fuese más independiente, pero me temo no llegar a lograrlo nunca.

            —A veces son las circunstancias —contestó él— y yo me temo que las mías han sido excepcionales.

            —Bueno, yo espero que con su presencia, hoy pueda conseguir algo. Alice se impresionó mucho con el relato sobre el rescate de su prima y está deseando conocerlos.

            Nos llevó hasta un gran salón con una mesa exquisitamente preparada para cenar y nos presentó a su esposa Elizabeth, una mujer muy delgada, elegantemente vestida, con pelo dorado y ojos color miel, que nos saludó con una sonrisa que sin embargo no ocultó un gesto distante.

            Como contraste, el entusiasmo de Alice Constable fue genuino y rápidamente quiso preguntarnos por todo. Tenía diecinueve años, pero por su aspecto y maneras parecía más joven, una niña mimada que posiblemente no había querido ser. Por último, apareció Edward, el hijo mayor, que se disculpó con fingido embarazo por su retraso. Tenía veinticuatro años y era un espejo de su padre, con quien compartía la mirada y el porte de los Constable, pero como comprobamos también pronto, el carácter era el materno mientras que el de Alice era igual al de Robert. Tuve una incómoda sensación ante la mirada que me dedicó y que ya no me apartó en toda la noche. Edward traía a su prometida, la hija de uno de los banqueros más importantes de Bombay. Se casarían en breve y el ajetreo de los preparativos había sido la causa de la tardanza.

            Robert Constable fue un magnífico anfitrión y la cena transcurrió agradablemente. Yo había estado nerviosa: la última velada parecida terminó muy mal. Aunque era una tontería, me tranquilizó no haber soñado con búhos. En realidad, era solo la falta de costumbre a esa vida social tan especialmente británica. Y aunque lo supiera por James, él tampoco había frecuentado mucho un ambiente como aquél. Sin embargo, Robert actuó como si nos conociera de siempre y Alice era tan espontánea y curiosa por todo que también ayudó a no sentirnos como peces fuera del agua. «Porque quizás ya nos hemos convertido en eso», me había susurrado James al sentarnos, haciéndome sonreír. Estaba especialmente atractivo y su dragón asomaba por el cuello de la camisa blanca bajo la chaqueta del traje atrayendo todas las miradas. Alice, ignorando una mirada reprobatoria de su madre, le preguntó por él y James le contestó sin ningún problema, y también respondió con una media sonrisa a un más capcioso Edward sobre si su tío Francis lo había contratado como mercenario.

            —Solo soy un marino mercante que conoce bien las costas del mar de China. Tu tío había oído hablar de mí por ser inglés, nada más.

            —¿Pero no arriesgó mucho llevando a su hija? Me refiero a que sabían que habría peligro y de hecho resultó usted herido —intervino Elizabeth, con cierto deje crítico que no me gustó.

            —Señora Constable, él no quiso que fuese pero yo creí poder ayudar —respondí directamente—. Y lo hice, aunque sin duda lo que más lamenté fue esa herida.

            —Oh, mamá, si pensáramos en las veces que podemos estar en peligro voluntaria o involuntariamente, nunca saldríamos de casa, ¿no? —dijo Alice antes de dirigirme una cálida sonrisa—. Yo creo que fuiste muy valiente y usted también, señor Lung.

            —Desde luego tu prima te contagió su inconsciencia, pero ahora nos faltaba esto —comentó Elizabeth.

            —Querida, esta vez estás en minoría —dijo Robert oportunamente—. Me parece que todos alabamos la valerosa acción aunque fuera arriesgada.

            —Y la inconsciencia es un concepto bastante relativo —dijo entonces James, manteniendo la desdeñosa mirada de Elizabeth antes de añadir—: Por mi experiencia, la consciencia en actos o palabras suele ser más peligrosa y dañina.

            —Pero la inconsciencia suele denotar estupidez —contestó ella—, y no me gustaría que mi hija la desarrollara. Ni tampoco el descaro.

            —Cierto, pero para eso está la confianza que tenga usted en ella. Es difícil porque siempre queremos estar pendientes, ¿verdad? —James sonrió abiertamente—. Pero le aseguro que si se la demuestra, ella le responderá igual, como Yi a mí, y aunque sea con ese descaro.

            Elizabeth ya no respondió. Fue Robert quien, cuando nos marchábamos, nos detuvo un momento.

            —Por favor, disculpe si los comentarios de mi esposa han podido contrariarlo. Temo que no se haya adaptado a estar aquí pese a los años, y siempre que coincide con quienes regresan a Inglaterra se muestra disgustada.

            Pero James solamente insistió en agradecerle la invitación y Robert me pidió que aceptara la proposición de Alice para enseñarme la ciudad con más detenimiento al día siguiente. Edward nos acompañaría porque debía hacer gestiones de su trabajo también en la embajada. Yo pretexté tener que terminar el mío, pero James me animó a ir.

            —¿Por qué me has obligado a aceptar?

            —¿Cuándo te he obligado yo a algo?

            —Alice es muy agradable pero Edward y su madre no me han gustado, ni a ti tampoco.

            —¿También te he hecho tan desconfiada además de descarada?

            —Pero eso sí te gusta.

            James se rió en la penumbra del camarote mientras me acoplaba a su costado. Nos quedaban dos días en el Old Oak porque queríamos desembarcar antes para no prolongar la despedida. Una mañana nos ocurrió tener la sensación de que cuando dejáramos de respirar el aire de sus mamparos, cámaras y pañoles, quizás nos asfixiaríamos con los intensos olores de aquel país, o con los nuevos, o con los del pasado.

Por primera vez los ojos de James habían temblado por miedo al porvenir. Yo había querido quitárselo con besos que necesitaba más que el aire de ninguna parte, pero sabía que eso aún le preocupaba más y que cuanto más me daba, más me los buscaba. «Dios… Intentar no amarte solamente me hace amarte más», me había susurrado una de esas noches, echado sobre mí, con sus dedos delineándome el cuerpo, trazando un camino imaginario de donde decía no poder salirse nunca ni perderse. «Porque es el laberinto perfecto, sin principio ni final, con los desniveles más hermosos». Y me había rodeado los pechos y el pubis con los labios. «Sí, el camino a lo esencial». Después, todas las sombras siempre las extinguía la luz de sus ojos.

Ilustración de Carolina Cohen Polanco

—Como ahora —evoqué en voz alta.

            —¿Qué?

            —Que sí, que soy descarada.

            Se rió otra vez apretándome más contra él.

            La visita por Bombay me fascinó por el impactante contraste entre la opulencia y la pobreza más extremas, pero también por la sonrisa perenne y la belleza incomparable de sus habitantes. Olores, colores, sabores, sonidos de lenguas y música, caos y orden al mismo tiempo. Allí parecían infinitos.

            Alice también hablaba con admiración y compartía la diplomática postura de su padre sobre la independencia del pueblo indio. Pero Edward solo mostraba interés en mantener la posición social y mejorarla con su matrimonio con la hija de aquel importante banquero.

            —Pero no la ama, yo lo sé —me dijo Alice cuando él se quedaba en la puerta de un comercio de telas donde entramos—. Te darías cuenta de que apenas sí sabe hablar aunque sea tan guapa. Y no es por timidez, es que no la sacarás nunca de su ropa o la inmensidad de las tierras de su familia en Surrey. Pero para mi madre es ideal: hija única con esa dote, la excusa perfecta para regresar a Inglaterra, porque su padre quiere enviarla allí cuando se case. Mi hermano tendrá un puesto en la central del banco en Londres. Bueno, pues aquí nos quedaríamos mi padre y yo. A mí sí me gusta su trabajo —había concluido con una mezcla de desdén y determinación.

            —Pues hazlo —comenté sin pensar y me apresuré a precisar—: Quiero decir que podrías hacerlo, ¿no? Como secretaria o ayudante.

            —¿Como tú con tu padre?

            —Algo así —sonreí ante su gesto sorprendido, pero ella terminó frunciendo el ceño.

            —No, para mi madre eso sería impensable. También espera que me case bien y cuanto antes.

            —Claro, eso también, ¿por qué no?

            Me había mirado con mayor interés, pero ya no dijo nada más aunque pareció quedarse meditando en ello el resto del tiempo.

            Cuando regresamos al anochecer, les agradecí el paseo y el almuerzo al que nos había invitado Edward, que quiso llevarme al puerto. No evité un reparo ante la molesta sensación de haber estado siendo observada constantemente por aquellos ojos translúcidos que si en su tío Francis o en su padre lucían limpios, en Edward tenían un fondo inquietante. Pero negarme habría sido descortés. A la entrada de los muelles detuvo el coche y, solícito, se bajó para abrirme la puerta, pero cuando me ayudaba a salir, me retuvo cogiéndome la mano.

            —Conocerte ha sido un inesperado placer—dijo en un tono suave y apretándomela.

            —Eres muy amable —dije también suavemente pero tensando el brazo.

            —Podría serlo mucho más, sobre todo con chicas con una vida tan interesante navegando como un marinero. No lo pareces en absoluto, tan bonita y exótica. —Se me acercó más.

            —Sí, pero las apariencias pueden engañar y te agradecería que me soltaras —dije tranquila, aunque miré a mi oscuro alrededor.

            —Eh, seguro que estás muy acostumbrada a los hombres —siseó entonces.

            —A los que saben comportarse, sí.

            —¿Es que estoy haciendo algo incorrecto?

            —¿Quieres hacerlo?

Se rió.

            —Sí, lo mejor es que hablas así de bien. ¿Es esa mezcla? En realidad, soy como tu padre, también me gustan las mezclas y la tuya es extraordinaria.

            Entonces se me puso a unos centímetros de la cara y pude sentir su aliento casi en la boca que retiré.

            —¿Yi? ¿Eres tú?

            Edward se apartó liberándome al instante cuando ambos miramos hacia la voz en cantonés. Seng se acercaba con paso tranquilo pero firme.

            —Estaba de guardia y he visto el coche. —Tenía un gesto muy serio.

            —Sí. El señor Constable se despedía. —Y dirigiéndome a Edward le dije en inglés—. Muchas gracias otra vez… Ah, y algo más: nunca vuelvas a compararte con mi padre.

            Y pasando por delante de él, sonreí a Seng y nos alejamos. El coche derrapó tras arrancar. No se me ocurrió decirle nada a James porque pensé que todavía podía haber reacciones que no quería verle. Tampoco vi ya más a Edward Constable.

            Li Ming, Zhong, Lao, Wang el cocinero… Los abracé a todos con un cariño y gratitud que jamás podría devolverles. James ya se había despedido y permaneció apartado con el gesto más que abatido. Junto con Tejón, aquellos leales hombres habían sido lo más parecido a una familia durante más de diez años. James había dispuesto que Ming se quedara al mando del Old Oak. No variarían las rutas ni los negocios y lo más importante era que nos fuera bien, sobre todo a James después de tanto tiempo lejos de su hogar.

Cuando me despedí de Seng, lo besé nuevamente recordándole sus palabras pero él ya no pudo hablarme. Al desembarcar, no quise mirar atrás por miedo a no ser capaz de continuar. James tampoco lo hizo y nos metimos en el coche que nos envió Robert Constable y que nos llevó, por cortesía de la embajada, al hotel Taj Mahal. Y esta vez Robert no permitió que nos negáramos.

Al entrar en la habitación y dejar el equipaje en el suelo alfombrado, me aproximé al ventanal del balcón que miraba a la Puerta de la India y el mar, como si desde allí pudiese ver al Old Oak cuando pasara. Cuando me giré suspirando, James se había sentado al borde de la cama y abría una carpeta que le había entregado Robert. De ahí, sacó unos documentos: los pasaportes. Me senté a su lado. Él me dio uno, pero me estremecí más al verle los ojos fijos en el suyo donde un nombre por fin también salía del fondo del mar.

James Thomas Bates, nacido en Bristol el día de Navidad de 1906, regresaba a la vida quizás porque el espíritu del capitán Lung quería quedarse en su barco. El primero no había llegado a tener nada y el segundo ahora le cedía el laberinto de dos existencias entre las que me mecía yo.

No sé cuánto tiempo estuvimos en silencio hasta que apoyé la cabeza en su hombro y le dije:

—No eres ninguno de ellos. Simplemente eres tú.

—Sí, ahora lo sé —contestó con la voz tan rota y grave y miró alrededor—. Ahora que no estoy en ningún sitio y no tengo más que esas maletas y a ti.

—Tienes lo que eres y eso, para mí, es todo.

            No salimos de aquella habitación en un día. Quiso perderse en mi laberinto y me pidió que yo también fuese siempre solo Yi y que cada vez que dudáramos en la nueva vida que venía, recordáramos aquel momento que ya siempre sería nuestro. Yo únicamente obedecí a mi padre, me reí y lloré con mi amigo y amé el cuerpo que contenía mi corazón. Y él, los tres, todos, me hablaron y me amaron como nunca transformándome en las esencias que nos rodeaban.

            —¿Te asusta volar? —le pregunté al siguiente amanecer.

            —No, ¿por qué? Llevo media vida sin poner los pies en la tierra.

            El día que Robert Constable y Alice nos llevaron al aeropuerto el húmedo calor de Bombay sirvió de filtro para matizar la emoción. Ahora los vientos y las corrientes no tendría forma, aunque las derrotas del cielo también están marcadas, y yo no sé si estaba más excitada por poder acercarme un poquito a las estrellas que por la travesía a otro mundo.

            Nos despedimos de ellos verdaderamente agradecidos y Robert entregó a James más cartas y documentos para su hermano. Alice nos deseó buena suerte y Robert nos acompañó hasta la misma aduana, donde se aseguró de que no hubiera ningún problema. Ya en tierra de nadie y con una sensación extraña al no poder dirigir el rumbo con nuestras manos, decidimos desaparecer en aquella marea de pasajeros, europeos en su gran mayoría.

            Después, el cielo no se apagó y no pude ver más estrellas que el sol entre nubes de sueño y silencio. Volar fue otra inmensa experiencia que compartí con James, aunque tal vez fue un sueño de verdad. Pero todo fue quedando atrás: la India, la guerra, los búhos, el coral, el bambú, China.

            —Te traeré aquí, te lo prometo —me dijo cuando cruzábamos la zona de tránsito en el aeropuerto de la milenaria ciudad de Estambul para enlazar el vuelo a Inglaterra. Ningún retraso, ninguna dificultad, ninguna duda. Como si lleváramos una brújula dentro del cuerpo. James sabría guiarse hasta sin tiempo—. Verás el Mediterráneo, te lo enseñaré también. —Y poco a poco se fue haciendo más niño y yo dejé volver a William.

            No sé si fue por la mañana o por la tarde cuando el cielo quiso abrir en vano las densas nubes que vi debajo. El brazo de James me rodeaba los hombros y su mirada perdida también era gris.

            —Quizás tengas frío —le oí besándome el pelo antes del suspiro irónico pero teñido de emoción, con el corazón saliéndole por la boca, y el mío con él—. Llueve sobre Londres. Qué raro…

Mariola Díaz-Cano Arévalo

Septiembre 2012

Absurda existencia.

Autor@: Carolina Cohen Polanco

Ilustrador@: Rafael Mir

Género: Microrelato

Este relato es propiedad de Carolina Cohen Polanco, y su ilustración es propiedad de  Rafael Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Absurda existencia.

“Parecía sencillo. Pero no lo era. Había tardado días, semanas, años. Años completos que parecieron décadas. Décadas completas que parecieron siglos. Le había costado la vida y aún así, le resultaba difícil darse cuenta, ver más allá de las murallas, encontrar su tesoro más preciado, superarse a sí misma y anular las voces que iracundas desconfiaban de ella. Se empeñó en la vida pasajera. Y pereció, murió sin dejar huella. Aunque su cuerpo deambulaba entre los vivos, de ella no quedaba nada, nada de lo que era, nada de lo que fue, nada de lo que pudo haber sido. Hasta que un día, la enfermedad la puso de cara ante la muerte, y pensó en los sueños que de niña había tenido. La infancia… la gran maestra, la artista, la sanadora de espíritus, la dadora de sueños. Se sintió vacía, vacía en su existencia y se vio absorta en lo absurda de su vida. Sin embargo, ya nada quedaba, en ella, ya todo iba muriendo. Ya todo, en ella, se había extinguido. Sus sueños, sus anhelos, los temores a la muerte, la profecía que se había cumplido. La profecía que ella misma se había encargado de darle vida en su existencia”.

Ilustración de Rafa Mir