41ª Convocatoria: La ventana

La ventana.

Ilustración de Rosa García

Nos hablan las ventanas de nuestras vidas,
nuestro fluir abarrotado
las relaciones enclaustradas
los gritos de profundos amores.

Respiran los marcos de nuestras entrañas,
cuando germina el deseo de la vida
cuando se anida el caos y el dilema.

Los cristales nos hablan de la transparencia
¿las verdades dichas o enredadas en los dientes ?
Se salta a veces hacia afuera cuando aflora el juicio
llevamos la consciencia a cuestas.

Nosotros, los otros, ellos mismos…

Una cortina, la persiana y el visillo.

Te miro, que no te encuentro.

Pero aún, cuando llega la noche,
la habitación, la trinchera o la salita
ahí volvemos, con nosotros mismos.

Carolina Cohen Polanco

Brisas de noches y días

Autor@:
Ilustrador@: Rafa Mir
Corrector@: Mariola Díaz-Cano Arévalo
Género: Poema en prosa
Rating: Todos los públicos
Este relato es propiedad de Carolina Cohen. La ilustración es propiedad de Rafa Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Brisas de noches y días.

La ventana pone su oído a la escucha cuando alguien grita desde el otro lado su alegría, tal vez su clamor o su silencio blindado.

Pone sus ojos en miradas pasajeras, perennes, perplejas… u otras, tal vez más fijas, cuando se impone la escena sepia o colorida.

De la ventana proceden las esencias primaverales, y la tibieza de la extensa tarde, con sus sabores frutales, de ardua acidez, dulce y amarga… con sus calores vespertinos que no terminan sino con ensueños.

Ciertas mosquillas revolotean con la mañana, y los mosquitos se acercan a quitar la calma, pero sabes que cuando amanece, todo queda extinto, incluso el deseo de que el amante osado se cuele a través de la ventana.

Me parece escuchar las aves, que dejan volar su escándalo y su dicha por el sol que va imponiéndose, las gaviotas, palomas, loras, golondrinas… Y de repente entran recuerdos, y el pensar de un pasado que se ha roto y se ha hecho presente, dejando sin rumbo mis cabellos.

Ilustración de Rafa Mir

Solo me queda escuchar los chillidos de los niños, las familias y sus días, en medio de sus intrincadas normas y rutinas, mientras remojo mis anhelos y me sumo en los deseos que me otorgan el pensar aquellos ojos dejados devorar en intensiones.

Carolina Cohen

 

 

Distancia

Autor@: Jorge Moreno
Ilustrador@: Rosa García
Corrector@:
Género: Drama
Rating: Todos los públicos
Este relato es propiedad de Jorge Moreno. Las ilustraciones son propiedad de Rosa García. Quedan reservados todos los derechos de autor

Distancia.

No recuerdo qué día empezó, solo estoy seguro de que fue en marzo, eso no se nos olvida.

Ese día, abrir la ventana fue un alivio. Asomarnos y oír a nuestros vecinos aplaudir en la oscuridad de la noche, aunque no los viésemos. Saber que no estábamos solos, uniéndonos en un gesto sin intereses, cargado de emoción, con gritos de agradecimiento, con vivas sin colores ni enfrentamientos.

Ilustración de Rosa García

Las ocho se convirtieron en un sinónimo de “ventana”, en un ritual, en darnos cuenta de que no era nuestra película, sino la de todos.

Pasaron unas cuantas “ventanas” cuando cambiaron el horario y se transformó el escenario, como en una obra de teatro cuando tiran de la cuerda y aparece otro fondo. A las ocho de la tarde era de día. Veíamos y nos veían. Nos llenamos de pudor, e incluso algunos nos peinamos.

Fue una explosión de alegría. Oírnos y vernos. Era como decirnos: Era yo, estoy aquí y siempre he estado. Revisaba el edificio de enfrente, recorriendo terraza por terraza, ventana por ventana, como nunca lo había hecho. Hasta entonces, delante de mi casa solo había un edificio. Ahora eran personas. Me sorprendía descubriendo dónde vivía gente que conocía de la calle, y otros a los que no recordaba haber visto nunca.

Enfrente de mi ventana había una familia, una pareja y un niño pequeño. Aplaudían y se movían saludando. ¿A mí? No lo sabía. Eso parecía, pero nos separaban unos cincuenta metros y a esa distancia mi vista no me lo podía asegurar. La cara de él me sonaba, imagino que al igual que la de mucha gente que estuviese tan lejos.

Los días pasaron, asomándome a la ventana a las ocho, recorriendo el edificio de enfrente, encontrando los aplausos de esa familia y… ¿su mirada?

Con los días los aplausos bajaban. La gente ya no se apretujaba en las ventanas, algunas ni siquiera se abrían. Mis vecinos de enfrente estaban siempre, aunque no todos. A veces ella y él, otras, ella y el niño, y otras veces ella sola.

Yo seguía saliendo. Esperaba a las ocho con ilusión, deslizando la ventana para encontrarme con el resto de la gente que salíamos en ese momento.

Un día, la ventana de mis vecinos de enfrente no se abrió. Sentí… ¿pena?, ¿tristeza? Algo así. No sabía por qué todo eso había perdido de repente cualquier sentido.

Pero a las ocho y un minuto, la ventana se deslizó y apareció la mujer, sola, aplaudiendo y mirando hacia mí.

Los siguientes días los aplausos bajaron cada vez más, pero durante cinco minutos, ella y yo aplaudíamos, mirándonos a los ojos. Hubiese deseado que en vez de cincuenta metros hubieran sido dos, para saber si me miraba a mí, o era solo mi imaginación la que lo hacía. Algunos días, aparecía unos momentos el hombre, y otros el niño, pero ella seguía aplaudiendo, con la vista fija… digamos que en mi edificio.

Llegó el calor, cambiaron las ropas. Ya se oía a la gente por las calles, gritando, riendo, y a las ocho de la tarde, al menos dos ventanas se abrían, y aparecían los aplausos y miradas.

No recuerdo cuantos días fueron los que ya solo salíamos los dos, pero sí recuerdo el día de junio en que solo yo abrí la ventana. Aplaudí cinco minutos seguidos, en soledad, con una lágrima que puso fin a la imaginación.

Al día siguiente salí por la tarde a comprar, ya no tenía sentido esperar en casa a las ocho para abrir mi ventana.

Paré en un semáforo, uno de esos en los que ya había que esperar porque habían vuelto los coches. Al otro lado, a unos cinco metros, una pareja y un niño también esperaban.

Si no fuese por la mascarilla, él se podría parecer al vecino de enfrente, aunque al igual que se parecería otra mucha gente que llevase mascarilla.

¿Y ella? ¿Sería ella?
Con la mascarilla no podía saberlo. Incluso, aunque no la llevase, tampoco sabría si era la mujer de la ventana.
La miré a los ojos, con la ingenua esperanza de obtener una respuesta.
Ella me miró.
¿Sería ella? Nunca podría saberlo.
El semáforo se puso verde, pero al contrario del hombre y el niño, ella no se movió. Siguió mirando al frente.

Ilustración de Rosa García

Entonces empezó a aplaudir.
Yo también.
Nadie lo vio, pero los dos sonreíamos.

Jorge Moreno.

Por la noche

Autor@:
Ilustrador@: Rafa Mir
Corrector@:
Género: Relato corto
Rating: Todos los públicos
Este relato es propiedad de Paloma Muñoz. La ilustración es propiedad de Rafa Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Por la noche.

Ilustración de Rafa Mir

Por la noche, antes de acostarme tengo la manía de abrir la ventana y contemplar el edificio de enfrente.

No hay mucha distancia entre mi vivienda y las de los vecinos al otro lado de la piscina comunitaria.

Siempre encuentro algo que me llama la atención: una luz extraña o llamativa, unas sombras tras los visillos, unas figuras que se mueven, algún cotilla que se asoma a la ventana con medio cuerpo fuera cuando es primavera o verano, etc.

En frente tengo unos vecinos muy raros.

La verdad es que no son muy normales, les falta un hervor a todos ellos. Es una familia  desagradable y estúpida que se creen con más pedigrí entre los vecinos y con más derecho a vivir en la urbanización que yo, por ejemplo.

Esta familia de frikis la compone una mujer de edad avanzada, viuda, y dos hijos cuarentones largos que son más feos que un nublado.

Cuando llegué a la urbanización a vivir no debí de caerles muy simpática porque me miraban con un gesto extraño, desagradable y provocador.

La madre, más joven entonces, me cerró la puerta de la finca ante mis propias narices cuando iba con las bolsas de la compra. Me sentó fatal y juré vengarme.

Mi venganza la obtuve al poco tiempo aprovechando que esa loca cretina venía con el perrito de dar un paseo e iba sola.

Le hice lo mismo. ¡Que se joda!.

Desde entonces he visto a esa familia tan peculiar unas cuantas veces. Su mirador da a la piscina y está justo frente a la ventana de una de las habitaciones de mi piso.

Casi todas las noches les oiga charlar o berrear, trastear en la cocina, encender y apagar luces, sobre todo con el buen tiempo.

Con esta complicada movida del Coronavirus apenas veo a nadie y mucho menos a esos vecinos tan desagradables y groseros.

Estas noches, durante la duración de la pandemia sigo mirando y observo  las ventanas, miradores y alrededores del edificio.

Personas como yo que siguen adelante con todo.

Unos llevan objetos y libros de un lado a otro o ven la televisión, charlan animadamente con la familia o los amigos y se asoman a que les dé el aire fresco de la noche.

Yo hago lo mismo antes de dormir.

Me acuerdo de las películas que he visto sobre este tema de mirar desde la ventana lo que acontece.

La ventana indiscreta, por ejemplo.

Series como el CSI de Nueva York en la que el eficaz e íntegro teniente Mac Taylor de la Policía Metropolitana de Nueva York en Manhattan  se ve metido en un buen fregado al observar a un sujeto en actitud sospechosa mientras el policía está sentado en su sillón sin poder moverse porque está con el brazo en cabestrillo.

Hay otros ejemplos de películas y series en los que el protagonista se ve envuelto en serios problemas por utilizar prismáticos, catalejo o un telescopio casero.

Lo cierto es que resulta apasionante el mirar, el ver, el observar qué hacen otras personas que no conoces de nada o que son tus vecinos pero como si nada.

En la ficción, a más de uno o una le ha resultado caro ese entretenimiento.

Espero que no me pase nada.

Tengo prismáticos. Pero casi no los uso.

Pero sigo mirando. No por cotillear, sino por saber que hay gente viva en frente como esa familia Munster de la que he comentado antes.

Ojalá que esta situación pase con el mejor de los resultados y podamos salir a la ventana, no ya a cotillear o a observar sino a saludarnos y echarnos unas sonrisas.

Pero no con esa familia de frikis.

 

Paloma Muñoz
Madrid, 26 de mayo 2020

Rezagos rojos

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@:  

Género: Poesía

Rating: +18

Este relato es propiedad de Carolina Cohen. Las ilustraciones son propiedad de Rosa García. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Rezagos rojos.

Me cuesta discernir entre el recuerdo, la piel, la imagen del sueño
Aunque me sigue la sangre aterrorizando sin remedio.
Las calles vienen y pasan cargadas
los hedores, las fragancias, el aire perfumado de siluetas de manzana
deslumbran asimismo sus miradas, su esencia… las manos rítmicas y flamencas de ese traje rojo que luego desangra
y me aterroriza sin remedio…

He intentado convencerme que todo fue un ensueño
repitiendo,
una vez y otra,
el cúmulo volátil de palabras cansadas
que me han impregnado en boca de todos,
allegados, especialistas y amigos
enrojeciendo mi garganta,
hirviéndome la ira
pero sigo viendo esa sangre que me infringe un terror que me desgarra.

Rojo labios,
de carmín-mate aderezando fonemas que ensalzan
con la tibieza del engaño,
como espada en las espaldas,
y en la oportunidad se enganchan al cuello en virtud de su mordaz desenfreno
como al corazón
entre los glúteos
las mucosas que derraman los fluidos del cuerpo.

La vi cruzar el umbral aquella noche
casi, como si me mirara fijamente
entre copas y deshonras abatidas en la alfombra,
de aquel sitio lúgubre,
de sangre entre las luces
convertido en mi refugio de terror en los últimos meses.

La invisibilidad y poca valía eran continuos en mis días
aunque humanamente, a pesar de mis juegos, todos ellos subyacentes,
estaba ahí para aliviar mis soledades.

Ilustración de Rosa García

Ella se acercó, preguntándome cualquier cosa
y aunque no estoy seguro qué le respondí en su momento,
poco después la vi sentarse cerca, a mi lado, sonriendo
con sus manos insinuándole caricias a mi rostro.

Me sorprendió lo embriagado que estuve de repente
pero siendo una mujer hermosa,
de aquellas que sólo se merecen una vez en la existencia
y sabiendo de mi disposición y entusiasmo
no me molesté en nada, porque la noche prometía gran revancha.

Es poco lo que logro, a partir de ahí, recuperar de mis recuerdos:
Un vino rojo embebido entre sus venas,
de imperante fuerza como el fuego de su vulva;
Un rostro joven,
que murmura por las noches,
vasos vacíos, la plegaria misericorde;
Un grito inerte que me asusta y que me anima
la sangre de un hombre derramada en su vestido
Cabellos sueltos, los chillidos que no cesan
la bruma espesa y el olor a cigarrillo
¿Dónde me encuentro?
“No te preocupes, que has venido para esto.
Será sólo un minuto, y seremos felices para siempre”
La herida intencionada, que conduce a la muerte,
y una risa turbia, codiciosa, de frenética afluencia.

Ilustración de Rosa García

A veces creo que me abdujo entre su vientre
para liberar sus penas como madre y como esposa
cuando me veo desbocado acuchillar sobre sus cuerpos
carne rojiza de animal envestido
que encuentra inminente la caída de la muerte.

Me pregunto si fui yo o un doble de mi mente,
un error del sistema
una fuga de la Matrix,
tal vez fui escogido,
parte activa de un experimento
o en una realidad paralela, roto en mil fragmentos.

¿Quién soy y fui realmente?
¿El obrero de ocho horas,
El hombre que, de una forma u otra, decidió ceder su cordura?
Y a ella, que habiéndome prometido su amor, desde aquella noche no volví a verle…
Aunque la sangre y los recuerdos me siguen aterrorizando sin remedio.

Carolina Cohen Polanco.

Niebla, Hiedra… Tiembla

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Poesía

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Paloma Muñoz. La ilustraciones son propiedad de Rosa García. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Niebla, Hiedra… Tiembla.

 

Ilustración de Rosa García

Niebla que envuelve la hiedra,
Siento que mi corazón tiembla.
Niebla que se vuelve densa,
Siento que mi corazón se tensa.
Niebla que oculta el palacio,
Hace que mis pies caminen despacio.
Niebla que evoca un recuerdo
Hace que mi corazón lo sienta muy dentro.
Niebla que brilla sobre un sauce llorón,
Hace que cante una canción.
Niebla que borra todo alrededor,
Hace que ni siquiera encuentre una flor.
Niebla que no has de querer
Déjala caer.
Niebla que fascina mis sentidos,
Hace que la añore cuando se ha desvanecido.
Niebla que cubre la hiedra,
Oculta todo y aterra.
Niebla misteriosa que hace empalidecer a una rosa.

Ilustración de Rosa García

Niebla que hechiza,
Niebla que aterroriza.
Niebla blanca y suave,
Niebla sombría con alas de ave.
Niebla de madrugada,
Niebla algodonada.
Niebla turbadora,
Niebla fascinadora.
Niebla poderosa,
Niebla morbosa.
Niebla nebulosa,
Niebla pavorosa.
Niebla que cubre los campos,
Niebla que compone un canto.
Niebla que cubre la ciudad.
Niebla que esconde maldad.

Paloma Muñoz
Madrid, 27 de marzo de 2017

Tras la niebla

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Drama

Rating: + 18 años

Este relato es propiedad de Jesús Cernuda. La ilustración es propiedad de Ana Carmen Kummerow. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Tras la niebla.

• ¿Alguna vez se ha sentido sola, sumida en unos pensamientos que sabe que no la llevarán a ningún sitio, dejando pasar el tiempo, sin que el tiempo le importe lo más mínimo? Así me siento yo todas las mañanas cuando me despierto, rodeada de la oscuridad en la que se ha convertido mi vida, con el único deseo de no despertar jamás, pero con la extraña esperanza de que el nuevo día traiga con él buenas noticias.

Silvia se recostaba en el cómodo sillón mientras, sin mirar a ningún sitio, le hablaba a aquella mujer, hasta hace unos meses una total desconocida, pero que se había convertido en la única persona a la que poderle confiar todos sus más íntimos secretos.

•Aún recuerdo la primera vez que entré a tu consulta: Me miraste a los ojos y me sonreíste. En ese momento supe que estaba haciendo lo correcto, que aunque nunca pudiera dejar de sentir miedo, ese miedo me mantendría con vida.

•Perdóname, Silvia. Hace ya un par de meses que vienes todos los jueves a hablar conmigo. Hoy te has presentado sin avisar. Sabes que es martes, que mi secretaria no viene a la consulta, y me pides que te escuche por última vez. Empiezo a creer que no fue casualidad que vinieras a verme, que tal vez me conocías de algo, y empiezo a estar un poco cansada de todo.

•Hay quienes dicen que todo en la vida sucede por casualidad — Silvia se levantó del sillón recorriendo despacio la sala—, como esa persona que deja pasar a otra en la cola del supermercado, sin saber que esos pocos segundos que ha retrasado su rutina, harán que alguien no vuelva a ver salir el sol, o que con una simple búsqueda en Internet, fueras tú quien apareciera…

•¿Pero qué dices? Realmente me asustas. Como bien has dicho, ésta será la última vez que te atienda. No tengo tiempo para tonterías, que empiezo a darme cuenta de que no nos llevarán a ningún lado. Así que ya puedes aprovechar esta hora que tengo libre.

•Shhhhhhhhhhh— dijo Silvia haciéndole un gesto para que se callara, acercándose a la foto en la que la doctora parecía posar feliz con su marido—. ¿Le quieres? Estoy segura que sí, que muchas noches te has acostado viendo cómo duerme, sintiendo que sin él tu rumbo no tendría un norte, que despertarte sin el tacto de su piel no tendría sentido, y aun así… aun así, seguro que no sabes apreciar lo que tienes. Ojalá nunca te acuestes sintiendo que no es más que un desconocido para ti, con miedo a no volver a tenerle a tu lado porque alguna, más guapa y delgada que tú, decidiera ser su putita…

•No voy a aguantar más tus estupideces. Estos dos meses lo he hecho porque realmente pensaba que necesitabas ayuda. ¿Pero sabes?, lo que necesitas es darte cuenta de una vez de que tu matrimonio no funciona, y que posiblemente lo mejor que puedes hacer es pasar página y olvidarte de él.

•Y tú… ¿serías capaz de hacerlo, de olvidarte de él para siempre? No me hagas reír— Silvia se volvió a sentar en el sillón, contemplando el viejo parque que podía ver a través de la ventana—. Todas las mañanas me despierto con el mismo miedo, la soledad. Es esa niebla, esa maldita niebla que cubre mi casa, la que me atormenta una y otra vez. Apenas puedo dormir, y cuando lo hago, no dejo de verla, ahogándome por momentos. Creo que incluso me habla, que me dice lo que tengo que hacer. Me susurra al oído con una voz esquiva que yo no merezco morir, que no soy la culpable de todo, pero no puedo evitar llorar. He estado a punto de cometer una locura, pero no, no merece la pena darles esa satisfacción.

•Silvia, de verdad, ¿no has pensado en dejar a tu marido? Por todo lo que me has contado, no creo que ni siquiera le quieras, sólo te aferras a esa vida cómoda que él te da. No debes tener miedo. Esa niebla no es más que tu subconsciente que se niega a dejarlo todo atrás, que trata de hacer que no veas con claridad tu vida, o mejor dicho, lo que podría ser si tuvieras el valor suficiente de afrontarla. Si te soy sincera, no creo que sea conmigo con quien tengas que hablar.

•Qué equivocada estás. Si algo sé, es que quiero a mi marido con toda mi alma, y que estoy dispuesta a hacer todo lo que esté en mi mano para que siga a mi lado, por seguir despertándome con su olor entre las sábanas. Eres la única persona con quien quiero hablar, y la única que podrá ayudarme. No te quepa la menor duda que en estos sesenta minutos te darás cuenta de que tengo razón. Pero no es de ti de quien quiero hablar — poco a poco empezó a respirar más fuerte, mientras se tocaba la frente y se daba pequeños golpes—. Este dolor de cabeza me va a matar. Siento como si algo taladrara mi mente, y no puedo dejar de pensar que es esa puta niebla, que vino esa tarde para quedarse en mi vida atormentándome con aquella imagen, pero para enseñarme a la vez lo que tengo que hacer. Por fin voy a dejar de tener miedo, por fin he visto con claridad lo que hay tras esa niebla, y sé de verdad que no le va a gustar.

•Mira, ya está bien. Lo mejor es que te vayas.

•Esta mañana, cuando esa niebla me ha vuelto a visitar, no he sentido miedo, ni dolor. Por un instante me he sentido mejor que nunca, sabía que hoy era el día, el día en que el viento soplaría lo suficientemente fuerte como para quitármela de encima. No lo he podido evitar y me he masturbado, me he tocado hasta correrme pensando en ti…

•Estás mal de la cabeza, Silvia. Está mal que yo lo diga, pero es así…

•¿Alguna vez te has masturbado pensando en alguien que no fuera tu marido? ¿No te has sorprendido a ti misma, tocándote mientras piensas en otra persona, en lugar de Marco, al que seguro le dices que estás muy cansada para tener sexo con él?

•Un momento, ¿cómo sabes…?

•Seguro que sí. Seguro que muchas veces has dejado que tu imaginación te lleve a la intimidad de otras personas, o quizá lo has hecho, engañando así a tu marido. ¿Alguna vez te has follado a alguien en este sillón?— Silvia dejó escapar una pequeña sonrisa—. Esa cara, ese mirar a todo lo que nos rodea para acabar posando tu vista en el sofá. Te gustó hacerlo en él, ¿verdad? Y sin embargo, soy yo la que está mal de la cabeza… ¡Dios!, mi cabeza, no sé si podré aguantarlo más. Creía que esta mañana se había acabado todo, pero al entrar aquí… al entrar he vuelto a notar cómo esa niebla me rodeaba sin dejarme apenas respirar, y he recordado aquella tarde, escondida tras ella por casualidad. Ya ves, de nuevo esa maldita casualidad, justo después de que aquella muchacha me dejara pasar en la cola del supermercado, tres simples minutos que fueron suficientes para permitirme coger el autobús que todos los días perdía en el último segundo.

•¡Qué cojones estás diciendo! Vete de mi consulta ahora mismo. Si no lo haces, llamaré a la policía, y espero que sepas explicarles por qué conoces el nombre de mi marido.

•Mmmmmmmm, Marco, pobre inocente. Ajeno a todos tus momentos de lujuria, acariciándote cada noche antes de dormir, y susurrando al oído cuánto te quiere antes de despertarte. No puedo evitar verle arrodillado frente a mí, llorando mientras me suplicaba que te perdonara.

La doctora sacó el móvil de su bolsillo, buscó el nombre de Marco y, nerviosa, se dispuso a llamar. De pronto, el tono del teléfono de su marido sonó dentro del bolso de Silvia.

•No insistas— dijo tirando el móvil en el sillón— Marco no te lo va a coger.

•¿Pero qué has hecho? ¡Estás loca!

•Seguro que ahora te arrepientes de haber discutido con él antes de venir a trabajar, pero sobre todo, de haberlo hecho en la puerta de la casa donde todos tus vecinos lo vieron. Me gustaría ver cómo le dicen a la policía que os despedisteis con un sonoro: “Será lo último que hagas”. ¡Joder!, menuda satisfacción sentí al escuchar eso, al ver cómo vosotros mismos poníais sobre la mesa el motivo perfecto. Yo no lo quería hacer, pero esa niebla estaba acabando conmigo, igual que tú quisiste acabar con mi vida.

•Pero… yo no te conozco de nada. Estás confundida por algo, y yo no tengo nada que ver— dijo la doctora al ver que Silvia parecía culparla de algo.

•Nunca he estado tan segura de mí como lo estoy en este momento. El día que nos conocimos, me dijiste que tú podrías ayudarme. De eso hacen ya dos meses y no has hecho nada por remediarlo. Tan sólo te has sentado ahí, haciendo que me escuchabas, pero de haberlo hecho, te habrías dado cuenta de muchas cosas. Puede que hasta te hubiera perdonado, pero no, seguías con tu actitud de médico prepotente que todo lo sabe, intentando ayudarle con la vida a otras personas sin mirar la tuya, sin ver lo jodidamente perdida que estabas. No has hecho desaparecer la niebla, esa que se apartó mostrándome tu cara sonriente, o este dolor de cabeza que me hace gritar todas las mañanas. Ni siquiera me has reconocido, porque no me has mirado a la cara. Para ti sólo era una paciente más, anotaciones en una libreta que pronto olvidarías. Pero no voy a dejar que lo hagas.

Quiero que me mires a los ojos y veas esa niebla, que sientas todo ese dolor que provocó en mí, que mi mirada sea lo último que recuerdes antes de morir.

La doctora se acercó despacio a Silvia y le miró a los ojos. Durante unos segundos, sus recuerdos olvidados pasaron por su mente, y llegaron a aquella tarde, esa en la que, con una sonrisa y un beso en los labios, se despedía de Luis.

•¡Dios mío, eras tú, la chica que se bajó de aquel autobús!

•Ahora lo entenderás todo. Recuerdo que miraste hacia mí, sin ni siquiera verme, sin saber que con esos besos estabas robando mi vida. ¡Parecías tan feliz, tanto como yo debería serlo! Cómo me gustaría poder sonreír de esa manera, sentirme querida sin ninguna otra preocupación. Tú quisiste serlo, pero no pensaste en las consecuencias que traería a los demás.

•Marco… ¡No puede ser, él no tiene culpa de nada; yo le quiero, tienes que creerme!— dijo antes de ponerse a llorar.

•Claro que te creo, tanto como tú deberías creerme a mí cuando te digo que quiero a Luis, que no lo voy a perder, que voy a dejar de tener miedo y que, aunque por un instante lo pensé, yo no quiero morir. Te veo llorar y me das pena. Siento lástima por ti, porque lo tenías todo pero quisiste lo de los demás. Estoy aquí sentada y siento el olor de Luis en el sillón— Silvia se levantó despacio, acercándose a la doctora para susurrarle al oído—. ¿Tanto te gustaba follarte a mi marido?

•De verdad estás loca. No sé lo que has hecho pero le contaré todo a la policía. Me da igual eso del secreto profesional; que me retiren la licencia o que hagan lo que quieran. Eres una psicópata y no vas a poder escapar de esto.

•De nuevo sigues sin escuchar. Llevas dos meses hablando conmigo y ya te he dicho que hoy será el último día— Silvia sacó una pistola de su bolso—. ¿La reconoces? Seguro que sí. Es la de Marco, tu maridito. Tenías que ver lo fácil que me resultó que se la metiera en la boca, y más aún, que apretara el gatillo después de prometerle que te dejaría en paz… ¡Joder!, de verdad que te quería. En cierto modo, hasta te envidio. Supongo que él te quería tanto como yo a mi marido. Estoy segura de que te hubiera perdonado, de que hubiera olvidado que te follabas a otro. Yo también perdonaré a Luis… pero no a ti.

•No podrás huir. La policía te encontrará y sabrá lo que hiciste. Verán que contactaste conmigo y has estado viéndome dos meses. Está claro que se darán cuenta.

•En algo tienes razón: Se darán cuenta de que una tal Silvia ha estado viéndote todos los jueves de los últimos dos meses. ¿No pensarás que ese es mi nombre? De todos modos, tú lo has dicho antes: Hoy es martes, tu secretaria no está, y por esta consulta no ha pasado absolutamente nadie. Bueno, sí, Marco, que después de discutir esta mañana al enterarse de que le estabas engañando, ha venido para matarte justo antes de suicidarse en vuestra casa. Y Luis, hablará con la policía, lo confesará todo y me pedirá que le perdone. Follaremos como locos, y puedes estar contenta, creo que los dos pensaremos en ti.

•No, por favor, no lo hagas— gritó la doctora.

•Ya lo has hecho tú hace tiempo, sólo que no te habías dado cuenta todavía.

Ilustración de Ana Carmen Kummerow

El sonido del disparo retumbó en todo el edificio. El humo que salía del cañón de la pistola llenó la habitación al momento. De nuevo una niebla espesa rodeó a Silvia que, a pesar de todo, no pudo dejar de sentir ese horrible dolor de cabeza que le golpeaba una y otra vez. Al menos, ahora, sería ella quien sonreiría.

………………………………………………………….

Tres días después de aquello, Luis recibió una visita en su casa.

•Buenos días. Supongo que ya sabrá por qué estoy aquí.

•La verdad que puedo imaginármelo. Mi mujer y yo hemos visto las noticias. Aún no puedo creérmelo. Pero no entiendo qué hace usted aquí. Yo no sé nada, más allá de lo que he leído en los periódicos.

•Ya. No se preocupe, entra dentro de la rutina. Simplemente hemos visto en el teléfono de la doctora que le llamaba a usted con cierta frecuencia. No nos ha sido difícil descubrir que ella y usted… bueno, ya sabe. ¿Se lo ha dicho a su mujer?

•¡Joder!, no me siento orgulloso de ello. Mi mujer ya lo sabe, lo hemos hablado. La quiero demasiado como para perderla, y lo ha entendido. Sé que le costará pero me ha perdonado. Ahora mismo está tumbada en la cama. Siento si no sale a hablar con usted. Lleva varios días con migraña. La pobre está que no se aguanta de dolores.

•No pasa nada. Déjela descansar. Espero que entienda que era mi obligación hablar con usted, después de enterarnos que mantenía una relación con la víctima. Sólo hay algo que quería preguntarle, y es si usted conocía al presunto culpable del crimen, el marido de la doctora.

•En persona, no. Pude verlo alguna vez con ella, pero es evidente que no nos conocíamos. Ha dicho presunto, y no lo entiendo. Por lo que han dicho las noticias, se sabe que fue él quien lo hizo.

Bueno, parece bastante claro que fue un crimen pasional, llevado por los celos al enterarse de que su esposa le estaba engañando. Pero si algo me han enseñado los años de experiencia es que las cosas no siempre son como parecen. En el escenario del crimen, encontramos el móvil de Marco. No acabo de comprender muy bien por qué lo tenía su mujer, y menos aún por qué, minutos antes de que la matara, ella utilizó el suyo para llamarle. Un poco extraño, si ella tenía su teléfono. Pero en fin, seguro que tarde o temprano habrá una explicación para eso.

No le entretengo más. Si en algún momento usted o su mujer se dan cuenta de algo que pudiera servirnos de ayuda, no dude en contactar conmigo. Sólo tiene que llamar a Comisaría.

•Puede estar segura de que lo haremos, aunque dudo que mi mujer quiera saber nada de todo esto. De todos modos, si puede usted decirme su nombre, estaré encantado de llamarla si sé algo.

•Por supuesto. Sólo tiene que llamar y que le pongan con el Departamento de Homicidios; y preguntar por mí. Soy la detective Carlota.   

Jesús Cernuda

                        

Izaskun

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Negro

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Jesús Cernuda. La ilustración es propiedad de Carolina Cohen. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Izaskun.

El silencio de la noche aún reinaba en el parque tecnológico de Zamudio. Era una pequeña ciudad fantasma cercana  de Bilbao esperando a que los primeros rayos de sol la hicieran ponerse en funcionamiento.

Aquella paz relativa solo se veía rota por un grupo de personas vestidas con la típica bata blanca, que hacían un corrillo en la puerta de uno de los edificios; cada uno de ellos llevaba una chapita en el pecho con su nombre y el extraño logotipo de la empresa donde trabajaban, DNA BLOOD.

Cuchicheaban entre ellos con cara de asombro o, incluso, más bien de miedo.

—Joder, dos infartos en quince días…Vosotros decís que no, pero es para preocuparse.

No hacía ni dos semanas que habían ido al funeral de una de sus compañeras y aquella misma mañana otra había aparecido muerta en su puesto de trabajo. Dos cadáveres en tan poco tiempo habían hecho que se pusieran en contacto con la policía y allí estaban, muertos de frío, esperando.

Justo cuando el sol empezaba a calentar la mañana, un fuerte ruido hizo que todos callaran. Una moto que parecía haber salido de la nada, paró frente a la entrada.

Una enorme Yamaha R6, de un negro mate adornado con letras doradas, apagó el motor. Cuando su dueño bajó de ella, todos quedaron sorprendidos al ver que aquella silueta pertenecía a una mujer.

Se acercó sin quitar el casco, vestida con unos vaqueros ajustados a las piernas, unas enormes botas de cuero y una cazadora de piel. Pasó entre ellos sin decir nada, como si ni siquiera estuvieran ahí y se quitó el casco para dejar ver una enorme melena cobriza y unos ojos verdes que de una pasada miraron a todos por igual.

Se paró un instante, colocó el casco bajo el brazo y se puso unas gafas de sol que sacó de su bolsillo.

—Soy la detective Carlota y no he venido a que me hagáis perder el tiempo.

Siguió caminando como si esperara que todos la siguieran.

—Por un momento pensé que iba a decirnos que buscaba a Jacqs—. Se escuchó entre risas en el grupo de empleados.

Dentro del edificio, un hombre vestido de traje, se acercó a la detective para darle la bienvenida.

—Egunon  —dijo alargando su mano hacia ella—. Siento que haya tenido que venir para nada, pero los jefes de Barcelona lo han creído apropiado, ya les he dicho que ha sido otro infarto. Supongo que son cosas que pasan.

—Si alguien tiene que decir si merece la pena o no, soy yo  —dijo Carlota mientras lo dejaba ahí con el brazo estirado.

—Yo solo quiero ayudar —contestó él con cierto enfado, dándose cuenta de que la atractiva detective desprendía un olor extraño—. Seguro que preferiría usted seguir tomándose un whisky, pero como ya le he dicho, si fuera por mí, ni siquiera tendría que haberla conocido.

Carlota dejó escapar una sonrisa que no parecía ir acorde a lo que su imagen transmitía.

—Pues deje de hacer el gilipollas y empieza por enseñarme el lugar donde ha aparecido el cadáver —hizo una pausa para mirarle directamente a los ojos—. Y sí, preferiría estar tomándome un bourbon, que es lo que estaba haciendo cuando tú decidiste molestarme.

                                           ……………………………………………….

A pesar de estar de vacaciones, Izaskun llevaba un par de horas levantada cuando  sonó el teléfono.

—A ver Patri, son las ocho de la mañana y sabes que estoy de vacaciones, espero que sea para algo importante.

—Ya sé que es temprano Izas, pero no te vas a creer lo que ha pasado. Es Monika —hizo una breve pausa—.  La han encontrado muerta en el laboratorio.

—¡Pero qué dices, no puede ser! —exclamó Izaskun, que parecía no creer lo que le estaba diciendo su amiga.

—Como lo oyes. Dicen que ha sido otro infarto, igual que Ana. He querido ser yo quien te avisara; se lo bien que te llevabas con Monika.

—Joder, Patri, ¿qué cojones está pasando? … ayer mismo hablé con ella.

—Lo sé, es todo muy raro. Incluso han mandado una detective para investigar lo que ha pasado. Deberías de verla, menudo pibón, más bien parece una modelo.

— ¿Una detective? ¿Pero qué quieren investigar si se sabe que fue un infarto?

—Supongo que es solo rutina, no te preocupes, aunque seguro que tendrás que venir, porque al parecer quiere vernos a todos.

— ¿Preocupada? Ni que tuviera que estarlo. Tengo cosas que hacer, cuando acabe me pasaré por ahí. Gracias por avisarme —. Izas colgó sin dar tiempo a que Patricia se despidiera.

                                         …………………………………………………

Hacía más de media hora que Carlota permanecía sentada en la silla en la que habían encontrado a Ana, la primera en sufrir el infarto.

Durante todo ese tiempo, Íñigo, con su traje impoluto y su cara de pocos amigos, había intentado hablar con ella sin encontrar ninguna respuesta, ni una simple mirada que pareciera indicar que la detective estaba escuchándole.

—Me gustaría ver a los trabajadores de la empresa  —dijo Carlota rompiendo el incómodo silencio—. Estaría más que encantada de que me dijeras quiénes estaban aquí cuando ocurrió todo.

Íñigo, al igual que ella, se dio la vuelta sin decir nada, se acercó a su despacho y regresó con una hoja en la mano.

—Aquí tiene el nombre de todos los que trabajan en este departamento, si necesita algo sobre otra gente de la empresa, deberá hablar con mis jefes.

En la parte superior de la hoja se podía leer: Departamento de I+D-Desarrollo de nuevos fármacos a través del estudio genético de grupos sanguíneos.

Durante la siguiente hora, Carlota se paseó por el laboratorio sin hablar con nadie, tan solo hacía alguna anotación en la misma hoja que Íñigo le había dado. Poco después se acercó a su despacho y entró sin llamar.

Carlota se disponía a decir algo justo cuando él la cortó —. Pase. Pase, sin problema.

Ella, por primera vez, se quitó la cazadora dejando al descubierto una camiseta más ceñida aún que el pantalón. Se sentó en la silla que había frente a él y, posando sus manos sobre la mesa, susurró.

—Espero que entiendas que, si alguien puede tener algún problema aquí, eres tú. Y que por llevar un traje más caro aún de lo que puedes pagar, no vas a intimidarme. Dicho esto, me gustaría saber quién encontró los cuerpos, y porque aquí, donde pone Jefe de Departamento, se ha tachado el nombre de Ana para escribir a boli el de Izaskun. Una chica que, además, no he visto por aquí hoy.

—Pues mire. Ana, nuestra anterior jefa de departamento, falleció hace quince días, cosa que usted ya debería saber, e Izaskun fue quien ocupó su lugar y quien casualmente la encontró sin vida. Si no está por aquí es porque pocos días después de aquello y como exigencia de su nuevo puesto, tuvo que irse a Colombia al congreso anual de hematólogos durante una semana. Por detrás de la hoja tiene los datos de ese congreso.

—Entiendo —dijo Carlota—, pero si eso fue hace quince días, ¿por qué Izaskun aún no se ha reincorporado al trabajo?

—No sé si conoce usted el término “vacaciones” —dijo él, guiñándole un ojo—. Quizá debería hacer uso de él, la noto cansada. Y, como ya sabrá, hoy mismo Ainhoa encontró sin vida a Monika. Por extraño que parezca, el segundo infarto en la empresa en quince días.

Carlota hizo alguna anotación en la hoja.

—Y esa tal Izaskun, ¿has sabido algo de ella?

—La verdad  es que no acostumbro a llamar a los trabajadores cuando están de vacaciones. Pero sí le puedo decir que hace unos minutos, una de sus compañeras me comentó que había hablado con ella e Izaskun le ha dicho que vendrá por aquí esta mañana. Supongo que tiene que estar bastante afectada: Monika era una de sus mejores amigas por aquí.

Carlota dio vuelta a la hoja, sacó su teléfono y se dispuso a marcar justo cuando Íñigo le avisó de que Izaskun era la que acababa de entrar al laboratorio. La detective esperó a que sus miradas se cruzasen y le hizo un gesto para que se acercara mientras contestaba al teléfono.

—Joder Íñigo, me ha dicho Patricia lo que ha pasado. He venido en cuanto he podido — dijo Izas al entrar por la puerta.

—Ya, ninguno lo podemos creer. Esta es la detective Carlota, creo que quiere hablar contigo.

Izas se acercó, pero la detective le hizo un gesto con la mano para que se detuviera, se dio la vuelta y se le pudo escuchar:

— ¿Dice que era la misma de siempre? Muchas gracias, si necesito algo más, volveré a llamar.

Carlota guardó su teléfono y se acercó a Izaskun.

—Tengo entendido que está usted de vacaciones. Qué oportuno… justo ahora cuando dos de sus compañeras han fallecido —. La detective parecía querer intimidarla.

—Pues la verdad es que aún no me lo creo, cuando me ha llamado Patricia y me ha dicho que Monika también había muerto, me he quedado de piedra. Pobre, tan joven y que le diera un infarto…

—Eso si es que fue un infarto —insinuó Carlota, pasando su mano por la espalda de la chica.

—Bueno, a mí es lo que me han dicho que, al igual que Ana, había tenido un paro cardiaco. ¿Cree usted que no ha sido así?

—Lo que crea yo no es de su incumbencia. De todos modos, seguramente el forense no tardará en llamar y sacarnos de dudas. Ya me han dicho que ha estado en Colombia por un congreso, ¿qué tal lo ha pasado? —preguntó la detective.

—Hombre, teniendo en cuenta que no he tenido tiempo de nada al estar todos los días en charlas o reuniones, qué quiere que le diga.

—Bueno, algo de tiempo habrá tenido para conocer aquello.

Íñigo se metió en la conversación.

—A ver… era un viaje por trabajo, no de placer. Lo más fácil es que no solo no tuviera tiempo de nada, sino que acabara agotada. No se imagina como son esos congresos.

—Sé perfectamente como son. Yo también he viajado por trabajo y no veas lo bien que me lo he pasado, así que déjate de tonterías. Siempre se encuentra tiempo para ir a tomar algo por ahí. No me diga que no, Izaskun—. Carlota la miró esperando que le dijera que sí.

—¡Qué va! No hice más que dedicarme a cosas de la empresa.

—Seguro que en otros viajes a Colombia sí pudo disfrutar un poco más.

—Ya quisiera, pero era la primera vez que iba.

Carlota volvió a hacer una anotación en la hoja, mientras negaba con la cabeza.

—Supongo que estará usted encantada de haber podido ocupar el puesto de Ana. Ascender en la empresa, mejor sueldo, viajecitos a Colombia… vaya, lo que cualquier empleada hubiera querido.

—¡Pero qué narices está diciendo! —contestó, mirando a su jefe, que agachaba la cabeza mientras negaba, sin dar crédito a lo que la detective podría estar insinuando—. Cualquiera diría que me alegro de la muerte de alguien…

—No solo alguien, una compañera, y por lo que he visto esta mañana parece que todos se llevan muy bien aquí… porque es así, ¿no?

—Pues claro que sí, no tenemos por qué llevarnos mal.

Lo que Izaskun no sabía, era que en el poco tiempo que Carlota había estado en el laboratorio, había podido hablar con los trabajadores, y todos coincidían en que Izaskun y Ana no se llevaban muy bien, que era bastante habitual que discutieran por asuntos de trabajo y que, además, la anterior jefa de departamento siempre se salía con la suya, esgrimiendo que allí era ella la que mandaba.

—Ya , entiendo que diga eso. ¿ Por qué iba a admitir que Ana y usted no se caían bien? Incluso he visto en sus fichas que llevaba mucho más tiempo que ella en la empresa. Seguro que siempre ha creído que era usted la que debería estar en su puesto…  Perdón, ahora ya lo está.

Izaskun se acercó a la detective de forma desafiante.

—No, no lo voy a negar, Ana y yo no se puede decir que fuéramos precisamente amigas. Y que incluso haya pensado siempre que se equivocaba en muchas cosas, pero de ahí a insinuar que me alegré de su muerte…usted está loca, menuda tontería.

—Yo no he insinuado que te alegraras, al menos no solo eso.

—Esto es lo que me faltaba por oír —dijo Izaskun mirando a su jefe—, no voy a consentir que …

—Si necesito algo más la llamaré — le cortó Carlota impidiendo que dijera nada más

—No me queda más remedio, así que cuando quiera, si puedo ayudarle en algo estaré encantada.

Izas se estaba despidiendo ya de Íñigo cuando Carlota volvió a dirigirse a ella.

—Una última cosa, ¿cuándo habló por última vez con Monika?

Ilustración de Carolina Cohen

—Pues la verdad es que ayer me llamó para preguntarme cosas del trabajo y para saber si era ella la que tenía que venir a abrir — contestó—.  Monika y yo sí somos muy buenas amigas, puedo decir que más que compañeras.

— ¿Notó algo raro en ella?

—Que va, estaba igual que siempre.

Izaskun ya se había ido cuando sonó el teléfono de Carlota. Estuvo hablando varios minutos mientras Íñigo esperaba.

—He visto en la entrada del laboratorio un panel en la pared con el horario y los trabajos a realizar esta semana—.  La detective señaló hacia fuera, justo donde se encontraba el panel.

—Sí, siempre tenemos todo muy organizado. Los lunes hacemos una reunión en la que designamos el trabajo que tiene que hacer cada uno esa semana, es el mejor modo de que todo funcione correctamente y todos sepan lo que tienen que hacer.

—Entiendo. De ese modo nadie tiene que preguntar nada ni molestarte por tonterías.

—Sí, más o menos es para eso.

—Si no te importa, antes de irme, voy a echar un vistazo al lugar de trabajo de Izaskun—.

Carlota se puso de nuevo la cazadora.

—No hay ningún problema. He notado que se ha extrañado usted de algo que le han dicho por teléfono, ¿ya sabe algo de Monika?

—Parece ser que su empleada ha muerto de un paro cardiaco — dijo, mientras se ponía de nuevo las gafas de sol.

—Ya se lo decía yo — Íñigo sonrió con cierta ironía.

—Ya, veo que es usted un lumbreras — por primera vez, Carlota, lo había tratado de usted.

La cara de satisfacción de Íñigo mientras la detective salía por la puerta de su despacho, lo decía todo.

Durante poco más de media hora, Carlota estuvo sentada en la mesa de Izaskun. Revisó todos los papeles que había en los cajones y miró el ordenador, pero no hizo ninguna anotación.

Íñigo se acercó cuando vio que la detective se disponía a irse.

—Déjeme que la acompañe a la puerta, al menos que se vaya con una buena imagen de nosotros, ya que ha tenido que venir para nada —sonrió de nuevo, sintiéndose en cierta manera superior a la detective—.  En fin, seguro que nunca ha tenido usted un caso tan fácil de resolver.

—Es curioso, es la única vez en toda la mañana que ha tenido usted razón, puede que haya venido para nada.

Carlota, que estaba considerada una de las mejores detectives del país, parecía no llevar bien todo aquello; el hecho de que alguien pareciera reírse de ella le hacía sentirse inferior, algo que en muy contadas ocasiones le había pasado.

—Aunque supongo que no se puede decir que haya resuelto nada, porque ni siquiera había caso —comentó ella dirigiéndose ya a su moto—. Eso sí, yo que tú, tendría cuidado, no sea que un día de estos le dé un infarto y la nueva jefa de departamento ocupe su puesto.

—No tema por mí, me cuidaré —contestó Íñigo a la vez que ella arrancaba su moto.

Si algo tenía Carlota, era que en poco tiempo se olvidaba de los casos en los que trabajaba. En cuanto a los dos infartos de DNA BLOOD, había necesitado solo de unas horas para quitárselo de la cabeza. Eso y un par de bourbon  mientras se fumaba uno de esos cigarros con mezcla que la ayudaban a dormir.

Dos semanas después de aquello, Carlota entraba en el mismo bar al que iba todas las noches, se sentaba en la misma esquina de la barra que todos los días y le hacía un gesto al camarero para que le sirviera lo de siempre.

— ¿Sabes Carlota? —le dijo el joven camarero mientras llenaba un vaso de Fourour Roses—. No entiendo cómo puedes meterte este veneno todas las noches y seguir igual de guapa.

—Iker—sonrió ella — ¿cuándo dejarás de intentar ligar conmigo? nunca vas a conseguir llevarme a la cama.

—Que equivocada estás, serás tú quien se muera por llevarme a mí — los dos se rieron, mientras él se daba la vuelta para atender a otra persona.

—Además —continuó Carlota—. Esto no es ningún veneno.

Cuando Iker volvió a dirigirse a la detective, tan solo vio su vaso lleno y cómo ella salía por la puerta.

                                             …………………………………………..

Era la una de la mañana: Izaskun cerraba la ventana de su pequeño apartamento con vistas al Guggenheim dispuesta a irse a dormir cuando alguien llamó a la puerta. Se acercó despacio pensando que se habrían equivocado, echó un vistazo por la mirilla y no se creía lo que veía. Enfadada, abrió la puerta.

—Pero qué cojones haces tú aquí, en mi casa. Tengo mejores cosas que hacer que aguantarte a ti. Justo ahora me iba a la cama y no tengo nada que hablar contigo.

Carlota la miró de arriba abajo, hizo un gesto de afirmación con la cabeza y entró en casa de Izas apartándola con la mano.

—Veo que nunca tienes nada que decir, tan callada y modosita ella. La nueva jefa de departamento, ahí es nada. Eso sí, sin lugar a dudas, por méritos propios.

—No creo haberte invitado a entrar — pero la detective no parecía escucharla.

—No te preocupes, voy a ser rápida. Sólo quiero saber por qué mentiste y no dijiste que sí habías estado anteriormente en Colombia, aunque es una pregunta bastante absurda, teniendo en cuenta que de nuevo me volverás a contar alguna milonga extraña, así que te ahorro la tontería. El otro día, cuando llegaste al despacho de Íñigo, justo estaba hablando con el hotel que la empresa había escogido para la conferencia. Hotel que supongo que tú misma recomendarías, algo estúpido por tu parte, sabiendo que allí podrían reconocerte.

—No sé de qué me estás hablando — exclamó Izaskun.

—Ya. Su dueño me dijo algo que, tonta de mí, interpreté mal. Según él, en otros viajes ya habían escogido su hotel. Mi error fue creer que se refería a la empresa, pero esta noche he llamado a Íñigo, que no veas cómo se ha puesto por despertarlo, y me ha dicho que este es el primer año que la empresa asiste a esa conferencia. Es curioso que su dueño me dijera que tenías asignada la misma habitación de siempre.

—A ver… es verdad, ya había estado en Colombia, pero no quería que Íñigo lo supiera. He ido varias veces para estudiar la fauna, por un posible trabajo al que podría acceder. Soy bióloga y estoy ya cansada de estar todo el santo día analizando muestras de sangre; si hay algo que me encanta son los animales y, en concreto, los de esa zona. Tienes que entender que no quisiera que él lo supiera. De todos modos, es una tontería, ¡qué más dará que yo hubiera estado ya o no en Colombia! Yo no pedí que me mandaran. No me quedaba más remedio al ser la nueva jefa de departamento.

—Gracias a la muerte de Ana, no lo olvides —le recordó la detective— y sí, ya comprobé al echar un vistazo a tu ordenador, que te encantan los animalitos raros. En el historial de búsqueda, había varias páginas sobre insectos, arañas… ranas, algo que tampoco tendría importancia siendo bióloga como dices.

—Exacto, si puedo ser culpable de algo es de estudiar esos animalitos raros, como tú los llamas. Nada más.

—Tengo que decir que de tonta no tienes nada, todo lo contrario. Incluso a mí me parecía todo muy lógico, hasta que hoy, mi buen amigo Iker, me sirvió un vaso de ese veneno que él dice que me tomo todos los días. Eso fue lo que me hizo pensar… veneno.

—Y eso qué tiene que ver con que yo sea bióloga o haya estado en Colombia —hizo un gesto como si invitara a la detective a irse de su casa—.  Mira de verdad, no tengo ganas de tonterías. Hace un par de semanas que he enterrado a una de mis mejores amigas, Monika, por si no lo recuerdas. Ya está bien.

— ¿Sabes? Eso me despistó más aún. Podría llegar a pensar que fueras tan ingenua de envenenar a Ana para poder quedarte con su puesto y quitarte de encima a esa jefa que no aguantabas, pero a Monika, que de verdad era tu amiga, no tenía sentido. Recordé entonces ese panel donde dejáis anotado el trabajo que tenéis que realizar toda la semana. Y lo estúpido que sería entonces que tu amiga te llamara para preguntarte algo que estaba allí escrito. Dime una cosa… Monika te había descubierto, ¿verdad?

—No sé qué quieres decir con eso pero, o te vas o acabaré llamando a la policía —Izaskun parecía estar poniéndose nerviosa.

—No mujer, no hace falta. Primero porque yo soy la policía y segundo, porque ya he llamado yo; no creo que tarden en llegar.

—Yo no he hecho nada, no tienes pruebas, así que no intentes tirarte un farol conmigo.

Justo en ese momento, dos policías de uniforme entraron en la casa de Izaskun. Se acercaron a ella y sin mediar palabra le dijeron:

—Señorita Izaskun, queda usted arrestada por el asesinato de Ana y Monika.

—¡Pero qué están diciendo! No le hagan caso a esta loca. La ha tomado conmigo y ahora les hará creer que soy una asesina.

—Más bien lo demostraré. Deberías saber que no existe el crimen perfecto, guapa — dijo la detective guiñando un ojo—. Mejor que estés calladita. Ya sabes eso de que todo lo que digas bla bla bla. No hace falta que diga más.

                                             …………………………………………………………..

A la mañana siguiente, en DNA BLOOD, nadie sabía aún lo que había pasado, cuando pudieron escuchar de nuevo el ruido de la moto de Carlota parándose frente al edificio. Todos vieron como entraba al laboratorio con unas hojas en la mano y, sin decir nada, entraba al despacho de Íñigo.

—Pero bueno… no sé qué hace usted aquí, pero va siendo hora de que aprenda a llamar antes de entrar.

—Así es como se resuelve un asesinato por infarto — dijo irónicamente tirándole unos papeles sobre la mesa.

Durante varios minutos Íñigo miró los papeles sin creerse lo que estaba leyendo. En ellos venían todos los detalles de lo que había ocurrido: los anteriores viajes de Izaskun a Colombia, su llamada a Monika el día antes de su muerte, todo su interés por esos animales exóticos, y una captura de pantalla de una de las búsquedas que ella había hecho en el ordenador. La página de una rana típica de Colombia, la Phyllobates terribilis, más conocida como la rana dardo dorado, de la que se podía extraer un fuerte veneno llamado batracotoxina.

—Como puede leer ahí, esa especie de rana no genera el veneno si es criada en cautividad, y solo se puede conseguir en las que se encuentran en la propia selva. No lo hemos comprobado aún, pero estoy segura de que, en ese viaje a Colombia, cuando investiguemos un poco, veremos que su querida Izaskun hizo algún viajecito a la selva para poder traer más de ese veneno, que como sabrá, ya que es tan listo, puede producir la muerte por paro cardiaco a quien lo ingiera en una mínima dosis.

La cara de Íñigo era todo un poema. Se reclinó en la silla dejando caer las hojas sobre sus piernas, frotándose la cara con las manos antes de mirar a Carlota.

—La verdad,  que no sé qué decir.

—Con esa cara ya lo ha dicho todo — dijo la detective dándose la vuelta y abriendo la puerta de su despacho para irse y asegurándose que todos los que estaban en el laboratorio pudieran escucharla—. Ya puede decirles a todos por qué su gran compañera no ha venido hoy a trabajar, ni lo hará por mucho tiempo.

                                              …………………………………………….

Aquella noche, Carlota se bebió un par de bourbon más de lo habitual, charlando con Iker como solía hacer.

—Hoy pareces más animada que ayer —dijo sirviéndose una copa para él—. Hasta te voy a acompañar tomándome un veneno de estos. De todos modos, ya es tarde y tengo que cerrar , no pasa nada porque me tome uno y le haga compañía a la detective más guapa de la ciudad.

—Iker, Iker. Nunca vas a cambiar.

Carlota bebió lo que le quedaba de un trago, sacó un bolígrafo del bolso y agarró una servilleta de la barra para escribir algo y se fue mirando al camarero a los ojos.

El camarero giro la servilleta justo en el momento que ella salía por la puerta, escrito con una perfecta caligrafía, pudo leer una dirección y dos palabras que jamás pensó que escucharía decir a la detective: “No tardes”.

Al final tenía razón, y sería ella quien lo llevaría a la cama.

Jesús Cernuda

Crimen Imperfecto

Autor@: 

Ilustrador@: 

Correctora: Mariola Díaz-Cano

Género: Fantasía urbana

Rating: +13

Este relato es propiedad de Olga Besolí. La ilustración es propiedad de Carolina Cohen Polanco. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Crimen Imperfecto.

Te creías que habías cometido el crimen perfecto, ¿verdad? ¡Pues casi! Pero no. Te quedaste a las puertas y de poco que lo consigues, pero, ya ves, como es evidente no te has salido con la tuya, al menos no totalmente. ¡Pasaste un gran detalle por alto! Y, por suerte o desgracia, en esta vida la justicia sí que existe y se cierne sobre todos nosotros sin piedad para otorgarnos lo que nos merecemos. Sí, tú ríete todo lo que quieras. Por supuesto que me merezco de sobra el haber terminado en este estado, no lo niego. No soy un ángel ni lo he sido nunca. Y la verdad es que, mirado bien, mi estado tampoco es tan lastimoso. De momento sigo aquí. Pero tú… oh… tú te mereces lo peor, porque eres el ser más despreciable y mezquino que ha pisado la faz de la tierra; un maldito lobo con piel de corderito. Lo que me has hecho merece el castigo más cruel que exista y yo voy a procurar dártelo.

Y si te preguntas si voy a matarte, te diré que no, no pienso hacerlo. Además, no puedo. Soy incapaz de coger un arma y apuntarte con ella, pero eso es lo de menos: hay otros modos de morir, y así, a bote pronto, se me ocurre… a ver… el suicidio. ¿Cómo vas de ánimos últimamente? Sí, claro, hasta hace unas horas divinamente, supongo, pensando en disfrutar de tu botín. Pero seguro que ahora lo ves todo un poquito más negro. ¿Me equivoco? Ay, es tan fácil caer en la depresión y, en un momento de locura transitoria, quitarse uno la vida… Eso podría pasarle a cualquiera, ¿por qué no a ti? ¡Ah! Ya me lo imaginaba. Todavía no te sientes preparado, ¿verdad? Aún veo un rayo de esperanza en tus ojos… ¡Ay, esos ojos de perdición! ¿Es posible que pienses que esto acabará de un momento a otro? ¿De verdad crees que yo me esfumaré sin más y te dejaré tranquilo? Supongo que también estarás convencido de que llegará un día en que te reirás de lo ocurrido, ¿no? ¡A eso lo llamo yo optimismo! Pues créeme si te digo que ese día no va a llegar nunca. No hay forma humana de deshacerse de mí… otra vez.

De momento, tu nuevo intento de librarte de mí de hace una hora —y tengo que anunciarte que tu recién adquirido hábito empieza a irritarme— te ha llevado a un callejón sin salida, encerrado en esta habitación, nuestra habitación, conmigo y sin una escapatoria posible. ¿Cómo se te ocurrió tirar la llave por la ventana? ¿Es que acaso crees que una puerta cerrada es un obstáculo para mí ahora? ¿Quieres huir de mí definitivamente? ¡Pues salta por esa ventana y sigue la caída de tus llaves! ¡Bah! No seas miedica, son sólo unos pocos metros de agonía y, cuando te estrelles contra el suelo, te prometo que será tan rápido que casi ni te dolerá. Es mucho mejor que morir ahogado lentamente, ¿no crees?

¿Y ahora qué haces? ¿Qué, vas a dispararme? Claro que entiendo tu desesperación. He llegado demasiado pronto y sin avisar. ¡Qué poca educación la mía, presentarme así, de sopetón! ¡Aish! ¡Pobrecito mío! ¿No te he dejado tiempo suficiente para disfrutar plenamente de todo lo que la ley dice que ahora te pertenece? ¡Oh! ¡Pues quizás es porque no te lo mereces! ¡Nada de todo esto es tuyo, sino mío! Yo conseguí todo lo que ves a tu alrededor. Y lo peor de todo es que no dudé en compartirlo contigo. Sí, perdí la cabeza por ti. Fui más generosa contigo que con nadie en este mundo. Pero tú lo querías todo para ti solo, ¿no? No tenías suficiente con lo que yo te daba, las compras, los regalos, las tarjetas, los viajes… No, querías disfrutar de todo esto sin necesidad de aguantarme, ¿verdad? ¿Por qué no dices nada ahora, eh?  ¡Yo te quería! Sí, oyes bien. ¿Y así me lo hiciste pagar? ¿Matándome? ¡Eres un gran hijo de p…! ¡Eso, sí, venga, vacía todo el cargador! ¡Y dale con la manía! ¿Qué pretendes con eso, destrozar todos los muebles? ¡Entérate, no puedes matarme otra vez!  ¡Ya tuviste tu crimen perfecto! Pero, mira por donde, te salí rana. Sigo aquí… ¿Ya está? ¿Ya has terminado el numerito? ¿Ya no hay más balas? No te habrás reservado ninguna para ti, ¿verdad? ¡Lástima! Porque ahora que ya no puedes volarte la tapa de los sesos de un tiro no te queda más remedio que sentarte y escucharme. Y tengo mucho que decirte…

Estabas avisado. Te lo dije. Un millón de veces. No es nada que en mi familia se haya mantenido oculto. Pero tú, con tu juventud, tu arrogancia —y, por supuesto, tu estupidez, que no te contraté precisamente por listo, sino por guapo—, no me escuchabas —o no quisiste entenderme— cuando te contaba que mi abuela fue una médium famosa en sus tiempos, y que yo, al igual que mi madre, heredé su don, que de niña veía muertos y me comunicaba con el más allá. ¡Estúpido! Si lo hubieses tenido en cuenta ahora no nos encontraríamos en esta situación. Porque, ¡mira tú por dónde!, resulta que tampoco tengo ningún problema en comunicarme con el más acá ahora que estoy en el más allá gracias a tu empujoncito a las preciosas cataratas del Iguazú. Que vaya poca vergüenza que tienes. ¡Lanzarme a mí al vacío de esa manera el primer día de luna de miel! Que podías haberme dado, aunque solo fuera por compasión, una noche de amor apasionado en Argentina, que para eso te pagué el viaje enterito y la estancia en la suite nupcial del hotel. Que me enviaste al otro lado con las ganas. Pero ya que no tuve ocasión de una noche de bodas, viudo mío, tampoco tú vas a tener una noche de descanso después de matarme y heredar todo mi patrimonio, que veo que ya has empezado a lapidar.

¿Cuánto dinero gastaste con el forense para convencerlo de que pusiera las palabras resbalón accidental bien grande en el informe de mi muerte? No me pongas esa cara de sorprendido, que aunque en ese instante no estaba presente —para tu información me encontraba debajo del agua, y demasiado tenía ya con verme toda ahogada y aceptar que estaba muerta y fuera de mi cuerpo—, no nací ayer y conozco de lejos el poder de los sobornos, que para algo me metí en política. ¿Y qué les dijiste a todos los demás para que firmaran como testigos? ¿Que a la pobre ancianita que llevabas del brazo le fallaron las piernas y que no pudiste sostenerla? ¿Hiciste una buena actuación? ¿Les lloraste y les miraste con esos ojitos tuyos de no haber roto nunca un plato? Y, cuéntame, ¿qué les dijiste que eras, un familiar, quizás, puede que mi nieto? ¿No les contaste la verdad, que eras mi recién estrenado marido? Doy por sentado que no, aunque dudo si por vergüenza o por no levantar sospechas innecesarias ¿Tuviste que untarlos, también, a ellos? Como si no, ibas a salirte de rositas, matándome a plena luz del día en un lugar atestado de turistas. ¡El dinero lo consigue todo! Eso lo aprendiste rápido de mí. Con dinero te compré yo a ti a base de regalos y agasajos. ¡Todos tenemos un precio, cariño! Y, mira tú por dónde, que hubo un tiempo absurdo en el que creí ver en ti algo que no se compra con dinero. Fuiste mi acompañante especial, mi favorito. Creí en ti… pero tú, como recompensa, me has llevado a la tumba. ¡Qué estúpido por mi parte! Has sido mi único error y me has costado la vida. ¡Traidor! Pero no toda la culpa es tuya. Debería haberme dado cuenta. Debería haber abierto los ojos ante la evidencia: que treinta años de diferencia son muchos y que un chaval joven y guapo como tú no ve en una mujer madura y rica como yo sino el poder, el dinero, la fama o las tres juntas. Nunca debí enamorarme de ti; tenía que haberte mantenido solamente como un capricho caro, mi juguete personal desechable, de usar y tirar a gusto. ¡Pero tú fuiste el responsable! ¡Oh, sí! Tú me empujaste. Yo no caí sola al precipicio. Tú me llevaste hasta el borde, me incitaste a intimar, a contarte mi vida. Tú me cerraste los ojos y me obligaste a bajar la guardia con mentiras hasta que acabé en tus manos. ¡Por Dios, si hasta te conté mis secretos más íntimos! ¡Eres la única persona en el mundo que sabe cómo amasé mi gran fortuna gracias al terrible accidente que se cobró la vida de mi desgraciado primer marido, el barón, que en paz descanse! Y mira tú qué ironía. ¡Quién iba a pensar qué ibas a ser tan ruin como para utilizar el mismo método conmigo!

Pero ¿sabes?, hay una diferencia bien grande entre lo tuyo y lo mío. Lo mío fue un crimen perfecto —mi marido era un vejestorio sin alma, un ser anodino, insensible y tremendamente obtuso y, por lo tanto, con un espíritu incapaz de llegar a ningún lado— y lo tuyo ha sido más bien una chapuza. ¡Oh, sí! Un crimen perfecto hablando técnicamente —¿o debería decir terrenalmente? —, pero un fiasco si tenemos en cuenta la razón por la que me mataste, que no era otra que deshacerte de mí y disfrutar de todo lo mío: mis propiedades, mi fortuna y del estatus que proporciona el título de barón, del que no eres merecedor en absoluto. Pero sigo aquí… y tus objetivos ni se han cumplido ni se van a cumplir.

¡Oh, vamos! ¡Ni se te ocurra ir por esos derroteros! ¡No me vengas de arrepentido ahora, porque ya no me creo ninguna de tus palabras! Que aunque te he querido —y mucho, tengo que admitir—, te aseguro que mi amor se ha enfriado bastante después de morirme en las turbulentas aguas de la cascada ¿Sabes lo que se siente cuando te ves arrastrada por la corriente contra las rocas? ¿Sabes lo agónico que es querer respirar y no poder? ¡Oye, perdona, que es mi cuerpo el que yace irrecuperable en el fondo del agua por siempre jamás! ¡Y soy yo la que puede que acabe devorada por los peces! Así que no me vengas con esas, que yo no salté, fuiste tú quien traspasó la barrera y me empujó al abismo ¡Es por tu culpa que nos encontramos en esta situación!

¡Eso, tú ríete! ¿Se puede saber qué narices encuentras tan gracioso? ¿Que esta es qué? ¿Nuestra primera pelea de enamorados? ¡Genial! ¡Y ahora me sales con esas! Todavía piensas que vas a salir airoso de esta usando tu gracia y tu palique como en Argentina, ¿verdad? No podrás. Ni hoy, ni mañana, ni nunca. Te lo voy a explicar muy clarito para que lo entiendas y borres esa estúpida sonrisa de tu cara. Así que atiende. Tratar con un muerto no es tan fácil como hacerlo con un vivo. Los muertos no dormimos, ni tenemos hambre, ni la necesidad de ir al aseo. Los muertos no nos cansamos, ni sentimos debilidad o frío. Y no somos sobornables. Vas a tenerme a tu lado, todos y cada uno de los instantes de tu, a partir de ahora, mísera vida, hablándote cuando pretendas descansar, mortificándote a cada minuto hasta que quieras deshacerte de tu espantosa existencia, avasallándote día y noche hasta que abraces la locura, amargándote con mi presencia tanto en soledad como en compañía hasta que decidas arrancarte los ojos y desees no tener oídos, y reprochándote la cabronada que me has hecho las veces que haga falta hasta que revientes.

No puedes pararme, nada puede. No hay pared, puerta o materia que no pueda traspasar; no hay obstáculo que me impida el paso. No importa donde vayas, te seguiré. El tiempo no discurre de igual forma a este lado. En un segundo puedo aparecer donde quiera y cuando quiera. Por tu culpa yo no estoy entre los vivos y tú dejarás de vivir. ¿Verdad que el hueco de la ventana ahora parece más tentador? ¿Verdad que te incita a saltar? ¡Mira tus llaves! Allí abajo, junto a ellas, estarás mucho mejor. ¡Es tu única salida, no hay otra escapatoria posible! ¿No quieres huir de mí, de mi presencia y acabar con esta tortura eterna de una vez por todas? Porque yo seguiré aquí, contigo, hasta el fin de los tiempos, hasta que lo que quede de ti solamente sea un despojo que no se asemeje en nada a lo que eres ahora. Y te aseguro que tengo todo el tiempo del mundo para conseguirlo.

Eso es. Siéntate en el borde. Deja de llorar, las lágrimas no solucionan nada. Vi que no derramabas ninguna en mi funeral. Y no, no acepto tus disculpas. Ahora que puedo moverme por las dependencias de la mansión sin ser vista ni oída he descubierto lo tuyo con la sirvienta ¡Tranquilo, no temas amor mío, que ya me ocuparé luego de ella! ¡Céntrate en lo tuyo! Sí, mira abajo. Ya sabes lo que hay que hacer, vas a darte ese empujoncito tú mismo… Eso es… Acércate más adelante… Inclínate… Respira hondo… Cierra los ojos y… salta… ¡Ahora!

Ilustración de Carolina Cohen

¡Bien hecho, cariño! No esperaba menos de ti. Y ahora que solamente eres un amasijo de sangre y huesos manchando mi jardín esperaré a que te despegues de tu cuerpo para recibirte con mis brazos amorosos. Porque… ¡Ups! ¿No te lo había comentado? ¡Qué cabeza la mía! Tengo una noticia para ti, que puede ser mala o peor, según te lo tomes. Resulta que si estando vivo has sido capaz de verme y oírme estando yo muerta, eso significa que también tienes un don, seguramente proveniente de tus ancestros cubanos. ¿No te pasaba, de niño, que veías sombras u oías voces? ¿No tuviste nunca contacto con algún allegado recientemente fallecido? Seguro que sí, aunque no lo recuerdes. Pero eso no es todo, no, hay mucho más. Porque ahora eres oficialmente un suicida. Y ya sabes lo que se comenta por ahí… que los suicidas no tienen cabida ni en el cielo ni en el infierno. Una pena, ¿no? ¿Ignorabas ese pequeño detalle, mi amor? Bueno, pues nada, en fin, que nos vemos al otro lado.

Olga Besolí

Enero 2017

La máscara nocturna

Autor@: Carolina Cohen

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Poema

Rating: +18

Este relato es propiedad de Carolina Cohen Polanco. La ilustración es propiedad de Verónica R. López. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La máscara nocturna.

Dejaba entrever sus ojos,

la máscara nocturna,

                ausencias marcadas como cicatrices,

                              soledades,

                                           el ensueño de los años abatido.

Expoliada la noche,

                  el sentir,

la ebullición violenta,

el hombre intentando expiar sus remotas penas.

Un refugio de reivindicación aunada.

                Venganza.

Ligero el andar en el caos de la constancia.

             De los retos tóxicos, el ácido y el diluir el rostro de la risa,

             entre infamia y débiles agravios, la mano puesta sobre el Jocker y el volante.

La doble vida.

             Entre polos relativos:

                            La verdad y la justicia.

                            Lo bueno y lo malo.

                            Lo oculto y lo mostrado.

            La digresión de la línea de secuencia entre el amor y el odio.

El disfraz se deslíe y persiste el hombre,

               apesadumbrado,

                            derruido en su intensión malsana.

               La admiración que corroe en la ambivalencia,

                           el espasmo y el orden,

                                 La fábula de quien sacrifica su intencionada realidad por el bien común.

                                 La franca esencia transformada,

                                                de la búsqueda reiterativa que cae sobre el punto, obsesionado.

Dejaba entrever su boca,

              de sonrisas, comentarios, el alimento que recorre el tracto,

              el discurso leve que convence y aminora,

el sentido del innumerable recuento, de la vida, la persecución y el ánimo,

             la búsqueda incontrolada por el cierre definitivo de la historia.

Carolina Cohen Polanco

Ilustración de Verónica Lopez