Glup

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Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Ciencia Ficción

Rating: Todos los públicos.

Este relato es propiedad de Olga Ruiz. La ilustración es propiedad de Rafa Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Glup.

Me llamo Inés, tengo diez años y os voy a contar la maravillosa historia de Glup.

Glup nació de un huevo. Pero no de un huevo cualquiera, no, fue comprado el día 27 de diciembre de 2016 en los chinos de la esquina de mi colegio. Lo adquirió mi madre como premio a mis buenas notas. Lo elegí yo: era de color azul y tenía motas grises por todo el perímetro excepto en la parte superior, que contaba con una gran mancha blanca. Costó exactamente tres coma setenta y cinco euros. Lo metimos en agua. Después de tres días empezó a crecer más de la cuenta. Mi madre se agobió un poco al principio. Le cambiaba el agua y el recipiente porque crecía y crecía sin parar y siempre le añadía sal y vinagre para quitarle mejor las cáscaras  —si es que en algún momento se le caían—. Como crecía más de lo esperable, se quedaba atascado entre las paredes y teníamos que romper los objetos para extraerlo. Primero usó un táper cuadrado, luego un cubo de fregar cristales, luego un barreño de la ropa y finalmente infló una piscina de plástico de cuando yo era más pequeña y la llenó de agua. Cogió aquel huevo que ya pesaba los cuatro kilos y lo introdujo dentro. El huevo tenía vida, eso nadie podía dudarlo. De vez en cuando se movía un poco y pensábamos que en cualquier momento saldría de allí algún tipo de ser paleolítico. Estábamos alucinando en colores con la situación, lo que nos asustaba y sorprendía a partes iguales. La cuestión es que estuvimos esperando como cosa de un mes hasta que un día, al llegar a casa después del colegio, aquello, fuese lo que fuese, ya había salido.

Mi madre cogió un bate de beisbol, yo el cepillo de barrer y  mi hermana Ingrid una varita mágica. Y nos dedicamos a hacer inspección por toda la casa muertitas de miedo. Tras una revisión exhaustiva de todos los rincones, armarios, el trastero, el garaje, el porche cubierto, etc., mi madre soltó el bate y confirmó lo que todas sabíamos: en la casa no estaba. Y se fue al jardín a buscarlo. Allí estuvo una hora aproximadamente (que es lo que duran dos episodios de Soy Luna) removiendo rosales, subiéndose a los árboles, quitando macetas, retirando maleza, y cuando ya lo daba casi por perdido, desesperada, se fijó en un arriate de la parte trasera y vio moverse algo. Se acercó. Allí estaba: una cosa redondita y un poco aplanada, con dos ojos como canicas y dos cuernecitos incipientes a modo de botones en la parte superior de la cabeza que le miraba con sonrisa graciosa y temerosa al mismo tiempo. Y mi madre dijo:

—¡Hola! ¿Eres tú el pequeño que ha salido del huevo?

—Glup —contestó.

—¿Glup es sí?—preguntó mi madre.

—Glup —repitió.

Mi madre dio un grito para avisarnos.

—¡Chicas, lo he encontrado! ¡Dice «glup, glup»! ¡Está aquí. Venid!

Ilustración de Rafa Mir

Y cuando lo vimos por primera vez nos enamoramos perdidamente de él. Era la mascota más alucinante del universo. Y decidimos llamarlo Glup.

No sabemos por qué sucedió algo así, pero la cuestión es que sucedió.

—Bueno, chicas, ¿y ahora qué hacemos con este? —dijo mamá señalando al curioso ser.

—Mami, pues cuidarlo —respondió Ingrid. Y le acercó su varita mágica que se puso instantáneamente rosa y brillante, lo cual gustó sobremanera a mi hermana.

—No sabemos si puede ser peligroso o contagiarnos alguna enfermedad. Creo que deberíamos llevarlo al veterinario.

—¡Si lo llevas al veterinario nos lo van a quitar. Y lo sabes! —exclamé yo. Además, si es mi regalo, déjame a mí saber lo que quiero hacer con él.

—Perfecto, a partir de hoy la responsabilidad de Glup es tuya, Inés —concretó mi madre.

Vivir con Glup estaba siendo un poco complicado. Le gustaba estar siempre mojado. Y devoraba el chocolate. Mi madre hacía todos los días pasteles, bizcochos, sándwiches de Nocilla. La Nocilla le molaba cantidubi. Abría el frasco con los cuernos telesféricos que actuaban a modo de manitas y relamía todo el vaso de cristal. Y además, si te despistabas, se te subía por las piernas como si fuera una garrapata y te echaba en la cara un chorrito de color azul, que no sabemos de dónde salía, y tenemos claro que no era pis, era como una forma simpática de decirte «te quiero». Glup es muy chistoso. Sí, os lo prometo, le gusta contar chistes. Habla nuestra lengua. Luego nos dijo que nos podía escuchar a través del huevo y que aprendió nuestro sonido. También tiene una habilidad innata para bailar y hacernos reír. Pero eso creo que lo ha sacado de la tele y la Wii.

Todo era perfecto y maravilloso. Hasta que un día del mes de febrero mi madre decidió celebrar el cumpleaños sorpresa de mis primos gemelos Marcos y Pedro en el salón de casa. Pedro nació exactamente diez minutos antes que Marcos y es mucho más pequeño, más feo y el ser menos gracioso del universo, aunque eso ahora es intrascendente. Mi madre lo dejó todo preparado y cogió la camioneta para recoger a mi tía Paqui y a mis primos. Mi tía Paqui sufre una extraña enfermedad que no le permite conducir por miedo. En fin, que siempre tenemos que estar llevándola y trayéndola a todas partes. Así que estuvimos esperando en el porche trasero junto con el resto de niños de la urbanización, poniéndonos los disfraces de superhéroes y superheroínas que cada cual había traído, ayudados por Cristina, nuestra cuidadora. Y cuando abrimos la puerta y les dijimos a mis primos el esperado «¡Sorpresa!» casi nos da un ataque. El salón tenía restos de comida y bebida por todas partes, todo estaba desperdigado por el suelo y las paredes. Y mi madre se puso muy nerviosa y dijo gritando y mirándome:

—¡Inés, hasta aquí hemos llegado! Ve a buscar a Glup y castígalo en un armario.

Y yo, obediente, lo hice. Lo metí en el armario de mi cuarto y le ordené que no se moviera de allí bajo ningún concepto, que buena la había liado, y que mi madre, después de esta, seguro que tomaba alguna medida drástica. Y que las medidas drásticas de mamá son muy muy imprevisibles.

Definitivamente se había pasado tres pueblos. Pero me miró con sus ojitos redonditos, puso carita de sentirlo mucho y me pidió perdón. Entonces lo achuché y le solté un besito en su frente…

—¡Anda, no la vuelvas a liar! Por favor, no salgas del armario.

Sonrió y cerré la puerta sin dejarlo a oscuras, porque la puerta tiene rendijas de ventilación. Además, no le eché la llave, por si necesitaba ir al baño a hacer pis.

Y Glup, sabiendo que abajo había un cumpleaños y que estaba todo lleno de dulces y chocolate, pensó que si se disfrazaba, él también podría pasar desapercibido. Buscó en el armario y encontró un disfraz de tortuga ninja de cuando yo era más pequeña. Y se lo plantó. Entonces bajó a la cocina, abrió  el trasportín de plástico de la tarta de tres chocolates que había preparado la abuela y se la zampó.

En ese momento vio que mi madre se aproximaba a la cocina pasillo adelante con una pila de vasos de plástico sucios y una bandeja de restos, y no se le ocurrió otra cosa mejor que meterse dentro del trasportín de la tarta.

Mi madre lo cogió, cogió el paquete de velas y los dos nombres de cera que había encargado para mis primos, se dirigió al salón con aquello en la mano, sorprendida de que pesara tanto —pero como la abuela era muy burra, seguro que había preparado una tarta de tres pisos—. Y llegó a la mesa, apagó las luces, abrió la caja y ¡sorpresa!

Allí había una cara redonda, con unos ojos abiertos de par en par y con gesto de «me han pillado».

Todos los niños reunidos alrededor de aquella mesa vieron a Glup y lejos de asustarse y salir corriendo, se quedaron callados, mirando, hasta que la pequeña voz chillona de Sonia, la niña coletas, exclamó:

—¡Queeeeeeé moooooono! ¡Yo quiero uno! 

Y todos se abalanzaron sobre el pequeño ser.

Glup se puso tenso. «Pero estos ¿qué quieren hacerme? ¿Qué quieren hacerme? ¿Me quieren tocar, morder, besar, matar? ¡Qué nervioso me estoy poniendo!». Y gritó fuerte:

—¡Glup no tocar. No tocar. No tocar!

Todos querían mimarlo, besarlo, abrazarlo y jugar con él porque era un ser tan achuchable… Pero tuve que establecer turnos y que lo hicieran despacio para no agobiarlo mucho.

Pedro y Marcos, mis primos, dijeron que ese era el regalo de cumpleaños más bonito que podrían haberles hecho. Yo discutí con ellos para explicarles que no era un regalo, que Glup era solo mío y que se fueran olvidando del tema.

Mi madre y yo nos vimos obligadas a  contarles a todos los niños, a mi tía, a mi abuela, a Cristina y al perro de la vecina cómo había nacido y cómo había llegado a ocupar nuestras vidas el pequeño Glup. Y les insistimos hasta que firmaron un pacto de silencio: prometer que no se lo dirían a nadie. A cambio podrían venir a ver a Glup siempre que quisieran.

Por primera vez en mi vida sentí que era la protagonista de algo grande.  Pero aquí el único protagonista será Glup para siempre. Y la suerte que tenemos de compartir un secreto en común gracias a él. Hemos conseguido ser los mejores amigos del barrio. Hasta hemos formado una pandilla y todo: somos Los Superglup. Y tenemos superpoderes. Ya los iréis conociendo. Nos está enseñando muchas cosas mágicas nuestro pequeño amigo. Pero eso será objeto de otro capítulo.

Hoy nos vamos al río con un invitado muy especial en la mochila… a llenar nuestra vida de aventuras. Pero para que no sepáis dónde encontrarnos me he permitido la licencia de omitir cualquier dato relacionado con mi ubicación y como todavía no tengo móvil ni quiero tenerlo, creo que nuestro  secreto estará a salvo mucho tiempo. ¡Feliz verano, astroalmas!

Olga Ruiz

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La melodía eterna

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Corrector@: 

Género: Ciencia Ficción

Rating: Todos los públicos.

Este relato es propiedad de  David Gambero y su ilustración correspondiente es propiedad de Marta Herguedas. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La melodía eterna.

Ese día la dejó comenzar a ella deliberadamente. Y aunque lo habría hecho de todos modos Jennifer lo notó. Para ella los deseos del compositor, las directrices de una partitura o simplemente el más elemental sentido del ritmo no importaban. Su piano siempre cortaba el silencio primero como una cuchilla. Y tras él, un segundo o una eternidad después, siempre la seguía con extrema suavidad el violín de John. Tocasen donde tocasen siempre era así. Uno siempre junto al otro. Acompasados. Armoniosos. Perfectos los días buenos y conmovedores los días que no pretendían vencer sino convencer. Y aquel día, por las lágrimas que comenzaban a correr libres por las mejillas de los soldados que conformaban su sorprendida audiencia, era uno de los segundos. Ella saltaba entre notas con alegría y él construía un tupido manto de melodía sobre el que ella podía caer y alzarse cuantas veces quisiera. Juntos recorrían una vez más aquel camino musical que conocían tan bien como hubiesen deseado conocerse mutuamente. Pero para su desgracia no era así. No era sencillo conocer a alguien a miles de kilómetros de distancia. Pero no imposible. Esa palabra hacía mucho que había perdido su sentido para ellos. La música, por otra parte, sí que lo tenía. Uno tan profundo y apabullante como la placentera sensación que les arrebataba el aire del pecho a su audiencia. Una que estalló antes siquiera que el descendo de salida de Jennifer se desvaneciera en el aire para dar por concluida la pieza. Los silbidos agudos y el clamor de palmas les indicaron que aquella compañía de hombres desaliñados, armados hasta los dientes y preparados para morir, habían olvidado por unos instantes qué era lo que hacían en aquella playa inglesa. Y a qué se iban a enfrentar al día siguiente. Mientras Jennifer bajaba agradecida la cabeza y aprovechaba aquella postura para disfrutar con una sonrisa los halagos de los soldados que eran cada vez más obscenos, John miraba con preocupación el pentagrama musical que tenía ante sí. Entonces, y como sucedía cada vez, las notas comenzaron a desvanecerse como por arte de magia. En menos de un minuto ya no estarían allí. Y ellos tampoco. Pero no le importaba. Había sido una buena actuación. Y habían estado bien. Más que bien.

—Te has escurrido un poco al final —le susurró ella sin dejar de saludar.

—Suele pasar si intentas hacer un sul ponticello a tu ritmo. ¿Me vas a dejar atraparte algún día?

De no haber sido porque en ese momento el aullido agudo de una sirena rompió la magia y la alegría del momento, John habría sabido que ella no tenía una respuesta para esa pregunta. Entonces los soldados saltaron de sus improvisados asientos en la playa y se dirigieron tierra adentro perdiéndose en la niebla. Desapareciendo para siempre. Pasando de certezas a recuerdos.

—La próxima vez me gustaría probar algo nuevo, creo que ya es hora  de que…

Pero de pronto una ráfaga de viento inundó los sentidos de John con un agradable aroma a sal marina y sus ojos de una desagradable bruma espesa. Jennifer trató de domar su rubio cabello que ya comenzaba a danzar salvaje con el viento mientras las hojas de la partitura despegaban hacia el cielo. Aquello, una vez más, se había acabado.

—Mierda… —musitó para sí John un momento después.

El momento en el que ya no estaba en aquella playa. En el que no estaba con ella. Un momento lejano en el tiempo y el espacio. Un momento que John odiaba con toda su alma, pues era su momento. Recogió la sala de música, guardó el violín en su funda y cerró con llave. Fuera los ecos de sus propias acciones le indicaban que estaba solo. Y su reloj que llegaba tarde.

—¿Dónde estabas? —le preguntó Henry nada más verlo entrar en el bar—. O mejor, ¿cuándo estabas?

John tomó asiento en su mesa habitual junto con su amigo. Bufó fuerte por la nariz tratando de expulsar toda su frustración con aquel gesto porque odiaba estar de mal talante cuando entraba en el bar Temperley. Aquel lugar era lo más parecido a su santuario particular. Un refugio donde sentirse seguro después de ser azotado por la tormenta de la vida.

—En la víspera del desembarco.

—¿El de Normandía? —inquirió su amigo con más curiosidad que sorpresa—. ¿Otra vez?

John asintió. Ya iban cuatro seguidas. Aquel lugar y aquel momento concreto parecían atraerlos a él y a Jennifer con una fuerza fuera de toda comprensión. Aunque él tenía su teoría.

—No quiere avanzar…

—¿Quién? ¿Jennifer? —preguntó con el bigote lleno de espuma Henry tras dar un largo sorbo a su cerveza—. ¿Y por qué no va a querer avanzar? Joder, ¿cuántas veces habéis tocado juntos ya?

Ilustración de Marta Herguedas

Habían tocado veintitrés. Y John no había olvidado ninguna. Aunque sí guardaba un lugar especial para la primera. Fue en el tejado de un piso de Nueva York. Él llevaba tocando diez minutos bajo una nevada suave pero severa y sus dedos estaban tan entumecidos que cada nota era un suplicio. Cada nuevo tremolo una odisea y los pizzicatos algo fuera de su alcance. Sabía que no iba a conseguirlo. Era cuestión de tiempo que la melodía se acallase y que las personas, que no podía ver pero cuyas cabezas estaban alzadas hacia el cielo pensando por qué además de blanca nieve el cielo ese día estaba escupiendo música clásica, dejaran de prestarle atención. Pero entonces apareció ella. John miró su rostro angelical sorprendido mientras sus dedos se suspendían ingrávidos sobre las teclas de su piano. Entonces sus miradas se cruzaron un instante e inesperadamente la página de la partitura del violinista apareció ante Jennifer. La muchacha no necesitó más. Recogió un minuendo moribundo, el piano le insufló vida a aquella partitura mágica añadiendo acordes que supliesen al violín. Apenas necesitaron unos instantes para encontrar el tempo adecuado. Apenas una pieza para saber que habían sido llamados allí por una razón.

—No pudo hacerlo sola, ¿sabes? —le susurró ella con un guiño.

Él apretó los dientes y volvió a la lucha. Por primera vez sus melodías se sincronizaron a la perfección. Y tuvieron su primer segundo, ese en el que la música pasa de tocarse a sentirse y luego a formar parte de uno. Ninguno había experimentado esa sensación jamás. Parecidas, pero nunca igual. Pero entonces el final de la canción los despertó. Y el torrente de aplausos les pareció un bálsamo vacío incapaz de acallar el deseo que tenían de volver a repetir esa sensación.

—¿Y ahora qué? —preguntó ella lo único que podía ser contestado.

Rápidamente John metió la mano dentro del estuche de su violín que dormía a sus pies, sacó una partitura y se la lanzó a la chica. Ella la atrapó al vuelo.

—Hay que seguir tocando hasta el final —le dijo él con una sonrisa sincera en el rostro—. Cuando quieras volver a intentarlo solamente tienes que tocar esa partitura.

—Y no fallar ante quien te escuche… —susurró ella convenciéndose que aquello era real—. ¿Y tú?

—¿Yo qué? —repuso él mientras sentía que su momento en aquel lugar expiraba.

—¿Qué tengo que hacer si quiero tocar otra vez más contigo?

—Sólo tienes que desearlo —repitió John en otro tiempo y otro lugar.

Un lugar donde ella ya no estaba. Donde no había ni música ni silencio. Tan sólo un bar, una cerveza y un buen amigo distraído por completo por el trasero de la camarera.

—Joder, qué bonito. ¿De verdad le dijiste eso?

John asintió al tiempo que daba cuenta de su cerveza como si esta fuese capaz de ahogar su frustración. Pero no podía. No había nada en aquel bar que pudiese.

—Y después de haber tocado en el Titanic, delante del zar o antes de la caída del muro de Berlín todavía estás en el mismo punto que donde empezaste.

—No. Ya no estoy donde empecé.

John quiso decir que estaba peor, pues era como se sentía. Pero entonces puso sobre la mesa la hoja de una particella totalmente negra.

—¡No me jodas! —Henry no pudo ocultar su sorpresa y alegría—. ¿De verdad es…?

Este la cogió como si fuese lo más valioso del mundo y la miró desde todos los ángulos. Pero no podía ver nada en ella. John, por el contrario, sí que podía.

—Tienes ante ti la partitura del concierto del fin del mundo —dijo John desprovisto de toda pasión—. Al menos la particella del concertino.

—Sabía yo que eras bueno, pero no cojonudo —le felicitó Henry a su manera devolviéndole la partitura y tragándose fácilmente la frustración de no ser capaz de verla—. Bueno… ¿Cuándo lo vas a hacer?

—No lo voy a hacer…

 —Tenemos que hablar —le dijo nada más materializarse a su lado.

Aquel día iba enfundada en un abrigo negro y llevaba un elegante gorro color crema bajo el que asomaba su preciosa melena rubia. De pronto, un cañonazo lejano la hizo bajar la cabeza, asustada.

—¿Dónde estamos? —preguntó ella alterada.

—En la batalla de Lissa. —Una nueva andanada de cañonazos lejanos obligó a callar a John hasta que estos hubieron pasado—. En 1866, si no me equivoco.

—¡Estamos en un barco! —chilló ella cuando una escuadra de fusileros pasó ante ella a toda prisa.

John le hizo un gesto para tratar de calmarla. Pero Jennifer no parecía estar por la labor. Aquello era demasiado. El temblor de sus manos y su voz la delataban.

—¿Qué vamos a hacer? ¡Aquí no se puede tocar!

Entonces el navío cambió de dirección y el piano resbaló por la cubierta. La pianista se aferró a este en un acto reflejo y de no ser porque John hizo otro tanto, se hubiese estrellado contra algo.

—¡Eh, vosotros! —le gritó el violinista a un par de grumetes—. ¡Traedme algo para asegurar el piano!

Estos se miraron el uno al otro sorprendidos pero salieron a la carrera a cumplir la orden.

—¿Estás bien? —se interesó al momento John por ella.

—No —contestó Jennifer en primera instancia, blanca como la espuma del mar—. ¿Cómo voy a estar bien? ¡Estamos en un barco! ¡La gente se está matando a nuestro alrededor! ¿Cómo se supone que vamos a tocar aquí? ¿Cómo nos vamos a hacer oír?

John sonrió pues aquello significaba que sí que le importaba, que, al igual que él, no quería fallar. No quería que aquella fuese la última vez que se vieran. Al momento sacó de su bolsillo un rollo de cinta adhesiva, dividió la partitura y pegó cada hoja por todo el frontal del piano. Ella le miró sorprendida y preguntándose qué había sido de la suya. Con un gesto de cabeza él le señaló el palo mayor. Allí, clavadas, bailaban las hojas contra el viento de poniente que azotaba la nave.

—No voy a dejar que te ocurra nada, Jennifer. Tienes que confiar en mí. Estamos en el buque insignia del ejército austriaco, el Erzhezog Ferdinand. ¿Qué buque insignia has visto tú que se juegue el cuello en una batalla?

—¡Pero yo no sé qué pasa en esta batalla!

—Qué más da. Nosotros no estamos aquí para ganarla. Ni siquiera estamos aquí de verdad, ¿recuerdas? Sólo somos sombras de música. En eso consiste todo esto. En la música. Sin importar contra qué se enfrente debemos hacernos oír. Nosotros siempre ganar —la animó él mientras se colocaba el violín bajo la barbilla—. Sígueme y todo estará bien.

Y por primera vez desde que se conocieron fue el violín el que comenzó. De pronto todo sonido circundante pareció menguar. Jennifer podía ver las deflagraciones de los barcos cercanos. Las columnas de agua formadas por las balas enemigas al caer cerca de ellos. Los gritos de los heridos. Las órdenes desquiciadas de los marineros. Pero no podía oírlas. Sólo el rasgueo del violín. Fuerte. Decidido. Perfecto. Tan entusiasmada estaba que permitió por completo que la obertura la realizara John. Sólo cuando la concentrada mirada del violinista se apartó del horizonte de muerte y navegó con suavidad para encontrarse con sus ojos aguamarina supo que le había dejado solo. Y eso era lo que menos quería. El piano entró con su fuerza habitual. Pero aquella vez era distinto. Aquella vez ella no era la espada y él el escudo. Aquella vez eran uno. Aquel segundo que habían rozado tantas veces había llegado para quedarse. Aquella compenetración. Aquella seguridad y confort que surgía de la melodía no se desvanecía, sino que crecía cada vez más.

No fue hasta que el barco se sacudió violentamente que ella fue consciente de lo que sucedía. Entonces pudo ver cómo había tres grumetes sosteniendo el piano para que no resbalase. El puente se había convertido en un hervidero de marineros y fusileros que acallaron sus armas para dejar paso a su música. Ni siquiera los cañones del barco cantaban su melodía de muerte. Ni siquiera parecía que había una batalla al alrededor. Parecía que navegaban plácidamente bajo aquella música, una que en ese momento manejaba John con una sonrisa plena en el rostro. Jennifer volvió a entrar justo cuando otro proyectil alcanzó la nave. Sus dedos resbalaron cayendo en las notas equivocadas. Aquello la paralizó, pues sabía que la melodía se había roto por completo. Pero entonces el violín surgió fuera de la partitura. Improvisando. Creando. Salvando. Ella levantó el rostro aterrado y encontró a John con la cara ensangrentada y apoyando la espalda contra el palo mayor donde lo había lanzado el impacto. Pero él no había dejado de tocar. Se negaba a fallar ahora. Incluso aunque tuviese que tocar contra las propias reglas iba a acabar la pieza. Pero sus fuerzas hacía mucho que habían sido sobrepasadas. Sintió el arco pesado. Sus dedos lentos y su mente dormida. Hasta que ella regresó. Y no lo hizo volviendo con maestría a la partitura. Lo hizo siguiéndole a él, empezando desde su error involuntario y enmendándolo con inspiración. Entonces John aprovechó para alzar la mirada. Ya casi estaba a punto de suceder, así que debía darse prisa. El violín tomó el control de la melodía e, inesperadamente, comenzó a tocar un alegre pizzicato como si de una guitarra se tratase. Aquello detuvo a Jennifer por completo. La canción había cambiado y con ella la situación. Sus ojos navegaron preocupados a la partitura y allí vio cómo las notas comenzaban a temblar y a aparecer y desaparecer. Algo iba mal. Pero entonces estallaron los aplausos. Alegres. Despreocupados. Como si la metralla que lloraba el barco con cada nuevo impacto no fuese más que confeti. Entonces vio cómo, junto a John, había aparecido un hombre. Sus largos bigotes prusianos y su elegante casaca le delataron como el capitán del barco. Susurró algo al oído de John y este asintió antes de que sus caminos se separaran.

—¿Qué te ha dicho?

—Que siga tocando hasta el final

El Erzhezog Ferdinand comenzó entonces a virar violentamente desviándose del fuego intenso al que estaba siendo sometido. John perdió pie, pero Jennifer le sujetó presta mientras los grumetes tras ella amarraban el piano con los cabos de proa. Pero a la pianista no le importaba lo más mínimo su instrumento. Le preocupaba John. Su herida era profunda y la sangre no paraba de manar. Aún así el chico, con la mirada ya un poco perdida, no cejaba de mirar al frente.

—¿Por qué has hecho todo esto? —preguntó ella finalmente.

—¿Hacer qué?

—No me tomes por tonta, John. Si todavía estamos aquí es porque has cambiado la canción para poder mantenerla hasta que tú quisieras. Aunque podías haber escogido un escenario un poco menos macabro, ¿no te parece?

—Una canción de paz en un barco austríaco… Tiene gracia, ¿verdad?

Ella miró en derredor tratando de encontrar sentido a las palabras del violinista. Pero a su alrededor no había respuestas. Sólo guerra, miedo y muerte. En su vida había visto nada parecido y aunque sabía que nada les podía suceder, la sangre que ya manchaba sus manos le indicaba lo contrario.

—¡Deja de tocar de una vez, John! ¡Vámonos a casa! —le gritó ella desesperada aunque sus palabras fueron engullidas por una andanada de artillería del Erzhezog. ¡Ya has conseguido lo que buscabas! ¡Ya tienes tu partitura para el concierto del fin del mundo! ¡Ya lo tienes todo…!

—Pero no te tengo a ti.

Aquello enmudeció a todo a su alrededor excepto a un violín que no podía ser silenciado. Jennifer no pudo esconder su sorpresa primero, ni sus lágrimas después. Había temido aquel momento durante mucho tiempo. Y lo había evitado contra su voluntad todo lo que había podido. Pero al final la había alcanzado. Al final nadie puede escapar de la verdad.

—Nunca debí tocar contigo… —susurró dándole la espalda, tratando de esconderle sus sentimientos.

—Pudiste hacerlo. Pudiste dejar de tocar el piano en cualquier momento y en cualquier lugar. Pero no lo hiciste. Ni lo harás. ¿Sabes por qué?

Jennifer negó con la cabeza justo en el momento en el que una bala de cañón pasó a escasos centímetros de ella. Fue tan súbito que no tuvo tiempo ni de sentir terror. Sólo sentir como su pelo se liberaba y su melena rubia volvía a ondear al viento como una bandera más. John sonrió al verla así. Le encantaba su pelo y la manera que ella siempre intentaba que este no se escapara a su control. Como hacía con casi todo lo que podía.

—La primera vez que me sucedió… esto aparecí en mitad de una orquesta. Estaba tan alucinado por lo que estaba pasando, por ser consciente de que la leyenda era real y me había escogido para probar mi habilidad, que apenas pude reaccionar. No sabía dónde estaba, sólo que tenía una audiencia bajo los focos esperándome. Pero no podía moverme. Por más que trataba de alzar el violín este no me respondía. Entonces un piano comenzó a sonar. No tocaba nada sofisticado. De hecho no tocaba nada. Sólo hacía sonar el sol todo el tiempo. Tardé un poco en saber que lo que estaba haciendo era invitándome a comenzar, ayudándome a salir del paso. Y lo hice. Toqué y no me detuve hasta que la última nota del pentagrama hubo desaparecido y los aplausos me indicaron que había superado la primera prueba. Entonces, mientras efectuaba la reverencia más nerviosa de mi vida, vi de reojo al pianista que me había ayudado a seguir adelante. Era una chica preciosa. Con una sonrisa increíble y unos ojos azules y profundos como este mar. Esa chica eras tú, Jennifer. —Ella se volvió entonces sin disimular sus lágrimas y John siguió—. No la Jennifer que eres ahora. Ni siquiera la que puedes llegar a ser. Sólo sé que a partir de ese momento lo único que le pedía a cada nueva partitura era que me llevara a tu lado, que me dejase escuchar lo que los nervios de aquella actuación no me dejaron. Quería escuchar tu melodía. Quería escucharte a ti y solamente a ti.

Jennifer no supo qué decir, pues las palabras fueron engullidas por la declaración de John. Ella no recordaba nada de eso porque sabía que no había pasado todavía. O que no pasaría nunca.

—Precisamente por eso no quiero decirte quién soy. Desde la primera vez que te vi en aquel tejado, temblando y cubierto de nieve, supe que, de alguna manera, ya te conocía pero que no pertenecías a mi mismo tiempo, que las reglas de este juego cósmico eran así. Y me pareció bien… al menos las primeras veces. Luego seguimos tocando… y empecé a echarte de menos. A desear que apareciese la nueva partitura cuanto antes para volver a tocar contigo… para volver a verte. Pensé que me conformaría únicamente con eso. Pero me engañaba. No… no puedo. Porque esto, como una canción, está destinado a acabarse. Y mejor que sea ahora antes de que nos hagamos daño de verdad…

De pronto aquel silencio amortiguado por el poder de la melodía se desvaneció. El Erzhezog había completado su maniobra de distracción tras los buques de escolta y había quedado al descubierto, a merced de los artilleros de los barcos italianos circundantes. Pero el Erzhezog no se amedrentó, sino que se lanzó de frente contra el buque insignia de la armada italiana. La mirada de John se endureció al ver aquello. Se les acababa el tiempo.

—¿Por eso estabas tan distante? —inquirió él dando un paso adelante anhelando acortar la distancia que les separaba—. ¿Por miedo a que todo esto se acabase? ¡No tiene que acabar! Ya sabes la promesa que se nos hizo cuando comenzamos esto. Si tocamos en el concierto del fin del mundo…

—¡Ese es precisamente el problema, idiota! —le gritó ella tirando el pañuelo ensangrentado a sus pies—. ¡No hay lugar para mí en ese concierto!

La nota que había tocado John se quedó suspendida en el aire más tiempo de lo debido. El miedo le había paralizado como aquella primera vez. Pero esa vez era un miedo más profundo y aterrador. Era el miedo a perderla para siempre.

—¡Mientras tocábamos el otro día vi tu particella asomando de la funda de tu violín!

—Tú… ¿puedes ver lo que hay escrito en ella? —consiguió articular él junto con la siguiente nota. Ambas sonaron débiles y asustadas.

—¡Claro que puedo verla! —Y la voz se le quebró finalmente a Jennifer al tiempo que bajaba la cabeza, derrotada—. Contigo he tocado mejor de como lo haré jamás. Contigo he podido ver la música. La he sentido dentro de mí… Y también me ha permitido ver y hacer cosas que no creía que fueran posibles. Y sí, también puedo leer las malditas partituras misteriosas aunque no sean mías. Y el concierto del fin del mundo no es un concierto para piano, no es un concierto para mí.

John no pudo seguir mirándola, abrumado por la vergüenza. Tenía razón. Y miedo. El mismo que había sentido cuando descubrió que había sido elegido para tocar en aquel concierto y que iba a tener que hacerlo sin ella. Hubiese dado lo que fuese para poder tener alguien a quien pedirle explicaciones, pero aquel misterioso asunto no tenía hoja de reclamaciones. Igual que la vida.

—No puedes esperarme más, John. Sabes que si no tocas pronto esa partitura y la posibilidad de ser feliz para siempre desaparecerán. Y yo no quiero ser la culpable de eso. Por eso haz callar el violín de una vez y termina con todo esto.

—No sabes cómo acaba esta batalla, ¿verdad? —dijo John.

Ella negó con la cabeza y él le hizo un gesto para que mirase al frente. La figura imponente del buque italiano cada vez se hacía más grande. Entonces John explicó lo que iba a suceder.

—En una maniobra suicida el Erzhezog Ferdinand se lanzará contra el buque insignia italiano, el Re d´Itallia, y se hundirá… a costa de casi toda la tripulación que se encuentre en cubierta…

—¡Estás loco! –gritó ella zarandeándolo mientras veía cómo el Re d´Itallia crecía hasta convertirse en un monstruo de metal aterrador—. ¡Para o vamos a morir!

—No hasta que me digas quién eres en realidad y en que época te encuentras cuando no estás aquí.

—¡Te lo diré! ¡Te juro que la próxima vez que toquemos te lo diré, pero deja de hacer locuras y acaba la música! ¡Por favor, John! ¡John!

Aquella promesa era todo lo que necesitaba. Sus dedos por fin abandonaron aquel mecánico pizzicato y la realidad se volvió tan ruidosa y letal como le correspondía. El capitán del Erzhezog gritó algo a sus espaldas y todo el mundo se lanzó al suelo. Su tiempo se había acabado y la experiencia le decía que no saldrían de allí a tiempo.

—Lo siento —musitó John ya casi sintiendo el inminente choque.

Pero entonces Jennifer se lanzó a sus brazos y le besó. Profunda y desesperadamente. Él sintió las lágrimas de ella rodar por su mejilla mezcladas con el sabor de la sal marina. Ella la pasión del pianista que había arriesgado todo por aquel momento. Entonces sobrevino el silencio, y un latido después el choque que les arrebató de los brazos del otro.

—Y luego nada… —musitó John con amargura.

—Jo-der —enfatizó Henry con los ojos como platos—. Acojonante. Creo que hasta me he empalmado.

—Muy gracioso —gruñó el pianista dándole un nuevo trago a la cerveza a medio terminar que tenía ante sí—. Ahora hazme el favor de decirme para qué me has llamado. Tengo cosas que hacer.

—¿Cómo volverte a meter en una guerra? ¿Tantas ganas tienes de que te maten?

—No nos iba a pasar nada.

—Pues los cuatro puntos que te han tenido que dar en la cabeza me dicen lo contrario. Me parece a mí que esta historia se está poniendo más complicada de lo que me contaste.

A Henry le había contado la versión simple. Que a veces a alguien, si era lo suficientemente bueno tocando un instrumento, una especie de fuerza superior lo ponía a prueba haciendo que tocase diversas piezas a través del tiempo y el espacio hasta que al final, si era digno, era seleccionado para tocar en el mayor recital de todos: el concierto del fin del mundo. John siempre había soñado tocar allí donde todo acababa. Que su música fuese lo último que el mundo escuchase era algo más que un gran honor. Era lo máximo a lo que un músico podía aspirar. Eso y la promesa a cada uno de los músicos de concederles un deseo tras ese recital eran sus motivaciones. La única contrapartida era conseguir siempre encandilar al público tras cada actuación sin importar dónde estuviesen y que tras el último concierto ya jamás podría volver a repetir tal experiencia.

Ella ya había comenzado a tocar cuando él apareció a su lado. Aunque más que tocar lo que hacía era sostener una melodía. Una en clave de sol. John miró en derredor y comprobó que estaban en un bonito jardín con vistas a una playa cercana. El mar estaba en calma y la temperatura era perfecta. Igual que la visión de Jennifer bañada por los rayos del sol. Todo era perfecto.

—A ver lo que dura —masculló para sí mismo el violinista poniendo su pequeño atril ante él y colocando la partitura en posición.

Pero entonces se percató de que la primera hoja estaba incompleta. Las notas se detenían en un punto extraño, abrupto, en un final anticipado.

—¿Listo? —le preguntó ella al ver su cara de sorpresa.

—Para que esto acabe así, no —respondió.

Y aunque Jennifer no supo si se refería a la canción o a ella, arrancó. No iban a ser ni treinta segundos de canción, pero los quería disfrutar junto a él.

—¿Pero para quién estamos tocando? —preguntó John entrando justo a tiempo en la melodía.

Entonces un ladrido tímido llamó su atención. Junto a un árbol, disfrutando de la refrescante sombra, había un cachorro de gran danés moviendo la cola de satisfacción.

—Ahí tienes tu público —añadió ella con una sonrisa franca—. Y más te vale que lo hagas bien porque parece exigente.

Pero aquel perro estaba encantado con la música, así como John, aunque todo aquello lo hubiese cogido de sorpresa. Con el tiempo había conseguido controlar el lugar exacto donde ser enviado por las partituras, y aquel no era el escenario que había construido en la mente para su último encuentro con Jennifer. Y, sin embargo, lo sentía extrañamente familiar. Entonces llegaron al final del pentagrama y el violinista estuvo a punto de detenerse, pero la melodía del piano continuó por su cuenta. Al parecer la improvisación se había convertido en la base de aquellas actuaciones.

—Si quieres saber quién soy, sigue tocando —pidió ella casi como si fuese parte de la canción.

John lo hizo mientras ahogaba una sonrisa al comprender que ella estaba usando el mismo truco al que él había recurrido la actuación anterior.

—¿No es esto mejor que tener a gente matándose a nuestro alrededor?

Lo era. De hecho era el lugar opuesto, pues cuando miró tras de sí, John pudo ver que había una gran cantidad de mesas decoradas con lazos blancos y un poco más allá un arco nupcial.

—¿De quién es esta boda? —preguntó él en voz baja, tratando de que sus palabras no taparan el ritmo.

Pero ella obvió deliberada y juguetonamente la pregunta y siguió tocando con exactitud cada nota que nacía en su corazón y acababa en el piano. John la siguió hasta que la canción se esfumó en el aire.

—¿Todavía quieres una respuesta?

Pero inesperadamente John negó con la cabeza. En su lugar le posó las manos con suavidad en el rostro y la besó. Ambos bebieron el uno del otro como si fuese la última vez.—¿A qué ha venido el beso? —quiso saber ella.

—A que era lo primero que tenía que haber hecho aquel día en Nueva York. Justo cuando acabamos en aquella azotea. No tenía que haber dejado que todo esto fuese tan lejos.

—Yo tampoco. Aunque tampoco lo hemos manejado tan mal, ¿eh?

John difería un tanto de aquella opinión. Por su parte sí que lo había manejado mal. Había dejado que se interpusiera en su camino el deseo de tocar en aquel concierto tan especial. No se había dado cuenta de que lo realmente especial había sido cada instante a su lado. Fuese quien fuese y estuviese en el momento de la historia que estuviese, haber tocado a su lado, haber reído y haber luchado a su lado como no lo había hecho con nadie en toda su vida era lo que realmente había valido la pena. Por eso estaba listo para hacer lo que tenía que hacer.

—¿Eres capaz de tocar mejor? —susurró John mientras sus partículas eran reclamadas en su presente.

—Sólo cuando estoy contigo —contestó ella con sinceridad.

Entonces John la dejó un instante, sacó de la funda de su violín la particella especial por la que tanto había luchado y se la entregó a Jennifer.

—¿Qué quieres que haga con ella?

—Tan sólo sujétala.

Y para sorpresa de la pianista John sacó un encendedor del bolsillo y le prendió fuego.

—¡Estás loco! —le gritó ella yendo a soltarla para apagar el fuego, pero las manos de John se cerraron sobre las suyas—. ¿Qué estás haciendo, John? ¡No puedes hacer esto!

—Claro que puedo —dijo John mientras le apretaba cariñosamente las manos y las llamas seguían creciendo bajo ellas, aunque sin transmitir sensación de calor alguna—. Si no puedo tocar contigo… Da igual el concierto o el lugar donde toque, cada nota que salga de mi violín estará vacía porque no estarás ahí para llenarla.

—¡Pero no puedes renunciar a eso! ¡No puedes hacerlo por mí!

—Eres por la única por lo que lo hago y lo haría un millón de veces. Y aunque este sea el último momento que pasemos juntos…. —el aire abandonó los pulmones de John al mentar aquella posibilidad— … aunque así sea, al menos podré vivir tranquilo el resto de mis días, pues habré podido decirle a la mujer de mis sueños que la amo.

Tras aquellas palabras se hizo el silencio. John porque ya había dicho todo lo que tenía que decir. Y Jennifer porque no encontraba las palabras necesarias para corresponderle. Y aunque estas eran tan sencillas y llevaban tanto tiempo circundando su corazón, su alma tardó en pronunciarlas.

—Yo… yo también te quiero, John. Siempre lo he hecho.

Y la felicidad los inundó. Tanto que no se percataron de que las llamas habían llegado a sus manos y ya habían consumido todas las hojas de aquella partitura, sólo que en lugar de convertirlas en polvo, parecían haberlas purificado. Fue John el primero que consiguió liberarse del hechizo de felicidad y percatarse de lo que había sucedido.

—No puede ser… —tartamudeó asombrado.

—¿Qué sucede? —preguntó ella asustada, pues al semblante de John le había desaparecido el color.

Pero de nuevo un torrente de felicidad nació en el pecho del muchacho y este abrazó de improviso a Jennifer levantándola en el aire. A su alrededor el gran danés ladraba con idéntica felicidad, brincando alrededor de ambos muchachos.

—John… ¡John! —le gritó Jennifer tratando de que este se detuviese—¿Qué es lo que pasa ahora?

—¡El concierto, Jennifer! —bramó con lágrimas de felicidad en los ojos—. ¡El concierto!

La dejó en el suelo y le tendió la partitura a la muchacha.

—¿Qué le pasa al concierto…? —Pero la pregunta de Jennifer murió en sus labios. De pronto se tapó la boca para contener la abrumadora sensación que la había poseído al ver el título de aquella partitura—. No puede… no puede ser. ¿Cómo?

Pero John no tenía respuesta para aquello. Sólo felicidad. Pues el concierto al que había renunciado por ella había sido consumido por las llamas, transformándolo en otra cosa. Una maravillosa.

—Bienvenidos al concierto para piano nº 2 en do menor de Rachmaninov.

Con esas palabras los recibieron a ellos y a más de un centenar de personas que se materializaron al mismo tiempo. Al instante, John y Jennifer se tomaron de la mano para no ser separados por aquella muchedumbre de hombres y mujeres que habían comenzado a hablar unos con otros animadamente. Todos estaban vestidos de gala, incluida la pareja, y sobre ellos una cúpula transparente les enseñaba un espacio preñado de estrellas brillantes. John buscó entre aquel magnífico espectáculo a la Luna, pero en su lugar encontró algo que no esperaba encontrar.

—La Tierra —dijo en voz alta sin quererlo.

Porque allí estaba. El gran orbe azul que les servía de hogar flotando entre aquel cielo estrellado. Aunque era una visión que habían visto miles de veces en fotografías y televisión, su visión en directo sobrecogió a todas aquella personas, que habían alzado al unísono las miradas hacia allí. ¿Acaso estaban en órbita e iban a tocar desde allí? ¿Esa era la Tierra de verdad? Esos y  rumores similares se extendieron por todo el lugar. Hasta que Jennifer hizo la pregunta importante.

—¿Dónde están los instrumentos?

Y tenían razón. Allí sólo estaban ellos. No había nada más. Ni instrumentos, ni público ni nada por el estilo. Sólo un centenar de personas enfundadas en las mejores galas y sin la explicación que merecían. Entonces el escenario que les circundaba comenzó a cambiar. Donde había estrellas y cielo apareció un enorme escenario. Y sobre él, cada uno velando su propio instrumento, estaban todos los presentes vestidos exactamente igual que se encontraban. Y entonces lo comprendieron. No estaban allí para tocar. Estaban allí para ser el público de su propio concierto. Sólo que los intérpretes no eran exactamente ellos. John lo supo al momento. Allí plantado, en la primera fila con un magnífico Stradivarius en la mano, no estaba el John desgarbado cuya herida en la cabeza no se había curado todavía. Allí estaba un John unos cuantos años mayor que desprendía seguridad, madurez y, sobre todo, felicidad, una felicidad que resplandecía junto a la persona que tenía a su lado. Junto a una Jennifer aun más bella y valiente de lo que era. Una Jennifer que saludó a su homónima con un gesto de cabeza y que ella misma, más joven y atónita, le devolvió agitando una mano temblorosa.

—A todos los presentes les damos las gracias por haber hecho esto posible. Por haber luchado por lo que creían. Por haberse esforzado sin importar el tiempo y el lugar. Por haber llegado hasta aquí sin haber perdido la esperanza —comenzó a decir la misma voz que les había recibido—. Puede que muchos se sientan decepcionados pues esperaban participar como parte activa de este concierto. Créanme: lo están haciendo, y lo seguirán haciendo hasta el fin de los tiempos. Las personas que ahora ven ante ustedes son su eco eterno. Son lo mejor de ustedes. Y son el mejor regalo que le pueden hacer a la humanidad. Ellos se mantendrán aquí hasta el final. Tocando algunos días por la victoria y otros por la derrota. Por el amor y el odio. Tocando directamente a los corazones que sepan escuchar. Tocando hasta el final del tiempo mismo. Hasta que sobrevenga el fin del mundo.

Entonces la voz cesó y el director de orquesta entró en escena con aquellos fantasmas. Muchos lo reconocieron al instante. Era el propio Rachmaninov. Saludó a los presentes con una extensa reverencia y dio tres golpecitos con la batuta para prevenir a todo el mundo. El concierto estaba por comenzar. El primero y el último de muchos. El concierto del fin de todas las cosas. Duró un latido para muchos. Una vida para otros. Fue hermoso. Fue conmovedor. Fue intenso. Fue lo que cada uno de los presentes necesitaba. Fue un eco de ellos mismos. Entonces llegó el momento de recibir sus propios aplausos. Todos aplaudieron conmovidos con lágrimas en los ojos y el corazón henchido de felicidad. El concierto había terminado y ellos cambiado para siempre. Y cambiaría a todo aquel que supiera escuchar pues siempre estarían allí luchando contra el silencio.

—¿Qué has pedido? —le preguntó ella mientras trataba de limpiarse las lágrimas de los ojos.

—Nada —contestó él mientras la abrazaba con todas sus fuerzas.

—¿Has llegado hasta aquí y no has pedido nada? —musitó Jennifer entre risas—. ¿Por qué?

—Míranos y lo entenderás.

Entonces ella dirigió la mirada hacia ellos mismos. Ambos estaban allí. El uno junto al otro, besándose con pasión. Pero no fue eso lo que le llamó la atención a la pianista. Fueron los anillos que brillaban en sus dedos. Dos anillos de plata idénticos. Una respuesta inequívoca.

—No puede ser…

—Pero será —dijo él en un susurro—. Hoy, mañana y por siempre. Por eso no he tenido que pedir nada pues ya me lo concedieron hace mucho. Y tú, ¿has pedido algo?

—Sí, sí que he pedido algo.

—¿Qué?

—Seguir tocando. Para siempre. Junto a ti…

Y como siempre y para siempre todo se desvaneció. Como el sueño que sabían que siempre había sido. Como el final de una canción. Pero por primera vez no despertaron solos. Por primera vez el mundo no los envió donde pertenecían sino donde realmente debían estar. El uno junto al otro. Por siempre. Y para siempre.

David Gambero

Timeless

Autor@:  Olga Besolí

Ilustrador@:  

Corrector@: 

Género: Ciencia Ficción

Rating: + 12

Este relato es propiedad de Olga Besolí. La ilustración es propiedad de Jesús Rodríguez. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Timeless.

Vivimos en un mundo cambiante. No en su concepción más metafísica o filosófica, sino en su expresión más real y física. Este planeta se ha convertido en un lugar inestable al que no hay forma humana de adaptarse. «No te arraigues demasiado a tu pasado, pues este puede dejar de ser. No hagas planes de futuro, porque no sabes si lo tienes». Este es el lema con el que convivimos.

Los grandes proyectos de esta sociedad, si es que alguna vez los hubo, se han extinguido. Vivimos a corto plazo y nos limitamos a esperar terminar cada nuevo día sin sufrir cambios demasiado drásticos en nuestro entorno, con el miedo metido en el cuerpo, angustiados por si deja de existir la escuela donde estudian nuestros hijos o por si desaparecen nuestros propios hijos.

Imaginaos la incertidumbre con la que cohabitamos en este mundo en el que, en menos de lo que dura un pestañeo, toda tu familia, incluido tú, podéis desvaneceros en el aire. Uno puede despertar una mañana y notar cómo le falta algún miembro a su cuerpo. Intuirá levemente que antes lo tenía pero, inmediatamente, en su cerebro aflorará un nuevo recuerdo, el recuerdo de cuando lo perdió, quizás hace mucho tiempo, siendo todavía un niño.

Es por culpa del tiempo. Por la rotura del continuo espacio-tiempo. O mejor dicho, por culpa de los viajes en el tiempo. Pero empezaré mi relato por el principio, aunque este no corresponda exactamente al pasado, sino al futuro.

Podría comenzar contando en qué año estamos pero eso ahora es relativo así que, para hacerlo más sencillo, voy a prescindir de las fechas. Es suficiente con decir que, si nada cambia a partir de este momento (cosa improbable, pues los viajeros temporales siguen aterrizando por antes y por después indiscriminadamente, interfiriendo en el entorno y provocando continuas variaciones) dentro de unos siglos se inventará un dispositivo que permite el traslado de la materia a través del tejido espacio-temporal. De hecho, el dispositivo ya está en marcha. Hoy en día existen multitud de sucursales de agencias de viajes temporales, traídas desde el futuro. Si no, los turistas del futuro no podrían regresar de sus vacaciones al pasado. Aunque, con lo cambiante que está todo, es probable que el time transporter se invente hoy mismo o quizás mañana y, con eso, cambie el transcurso de los hechos venideros. O puede que nada de todo esto llegue a suceder nunca si alguien lo evita. En ese último caso, yo no estaré ni aquí ni entonces para verlo. Yo no podré existir.

Pero volvamos al inicio. El transportador espacio-temporal conocido como time transporter fue creado inicialmente en el futuro por un laboratorio científico anexado a una base militar de Canadá cuyas primeras pruebas experimentales provocaron una serie de sucesos catastróficos inexplicables, como la reaparición de enfermedades antiguamente erradicadas, como la peste negra o la viruela. Su uso futuro como arma militar cambia completamente el curso de la historia «para realizar los ajustes sociales necesarios en beneficio del planeta» anunciarán ellos, en una pública y burda mentira.

Sé a ciencia cierta que eso sucederá porque, de momento, nadie se ha preocupado por cambiar ese futuro. Si a alguien le hubiese interesado salvar de la plaga de viruela al millón y medio de personas que morirán, hubiera viajado en el tiempo para evitar que se produjera el brote. Y nunca habríamos oído hablar de él.

No debemos olvidar que el futuro trae consecuencias al pasado. Sabemos que en cada viaje realizado en el tiempo se producen cambios involuntarios e incontrolados pero inevitables. Y, aunque es imposible saber qué ha dejado de existir, sí sucede que el pasado conocido deja de ser para dar paso a un nuevo pasado modificado. Y cuando se altera el pasado, automáticamente, el presente de desdibuja y el futuro se transforma en un proceso llamado paradoja temporal.

Si yo me trasladase a la época en que vivía la abuela de tu madre y la matase, tú dejarías de existir y tus amigos actuales no se acordarían de que una vez, en un tiempo que ya no va a suceder, te conocieron. Tú nunca habrás existido para ellos. Así de simple y así de peligroso.

Y así de incierta es nuestra existencia desde que se creó la compañía Timeling, o mejor dicho, se creará en un futuro. Si robó los planos del time transporter a los militares, o si los consiguió a golpe de talón, es un misterio. Pero es, ha sido y será la empresa que ha comercializado los viajes temporales por todo el mundo, abriendo sucursales en todas las épocas y lugares del planeta.

Timeling se inició como una empresa de élite, fundada para servir y dar rienda suelta a los gustos exquisitos de los clientes más selectos y pudientes. Contaba con fuertes, pero insatisfactorias, medidas de seguridad para impedir que los viajeros interfirieran en las épocas a las que viajaban, cambiando su futuro. ¡Qué tontería! Los grandes magnates que podían pagar el astronómico precio de su billete aprovecharon, por supuesto, para visitarse a ellos mismos y revelarse secretos futuros que aumentarían y mejorarían las finanzas y calidad de vida propia y de los suyos. ¿Si pudieras contarte a ti mismo qué número de lotería saldrá ganador estas navidades, no lo harías? No contestes. Sé la respuesta.

Timeling abrió agencias en los mejores lugares y épocas del planeta, destino de su glamurosa y exigente lista de clientes. El Egipto de los Faraones, el Jerusalén de Jesucristo, la Gran Bretaña del Rey Arturo, el Caribe de la piratería, la Roma de Julio Cesar, el Estados Unidos presidido por George Washington y la China de las grandes dinastías eran algunos de sus destinos más solicitados.

Pero pronto el espionaje industrial hizo que otras compañías mandaran construir copias del transportador temporal original y se lanzaran en una despiadada competencia. Los viajes en el tiempo bajaron el nivel a clase turista, con precios asequibles para todo tipo de veraneantes.

Fue en ese punto del futuro cuando verdaderamente el mundo entró en este vertiginoso y cambiante círculo infernal. Los viajeros, cada vez más descuidados y menos preocupados por las consecuencias de sus acciones, empezaron a interrumpir y modificar todo cuanto les rodeaba. Por su lado, las agencias de viajes, aferrándose a un vacío legal, se desentendían de toda culpa.

Ilustración de Jesús Rodríguez

Ahora el mundo está plagado de miles de agencias temporales en todos los lugares y épocas posibles, por muy lejanas y peligrosas que éstas sean. Imaginad lo que significa eso. Imaginad millones de pasajeros inexpertos de todos los tiempos viajando a través de la historia, cambiando los hechos sucedidos y por suceder en cada ida y venida.

Sé que las agencias de viajes existen  desde siempre, pero solo a partir del momento en que las empresas del futuro decidieron implantarlas atrás en el tiempo. Antes de ocurrir este futuro, ese pasado no existía.

No lo sé porque haya visitado el pasado o el futuro. No lo he hecho nunca, al menos, que yo recuerde. Estoy en contra de los viajes en el tiempo. Todo lo que conozco me lo contó mi madre antes de morir. Ella estará allí para ver el time transporter inicial de Timeling con sus propios ojos. Ella, hija de un gran magnate de la empresa acuífera más importante del mundo se subirá a él con su equipaje de mano, mucha ilusión y una guía turística del siglo XXI.

Sí, soy un hijo del tiempo, de padre coetáneo y madre futura. Soy un engendro, una paradoja temporal viviente. Nosotros, los llamados timeless, los sin tiempo, somos el recuerdo del sinsentido que provocará nuestro futuro sobre nuestro pasado por culpa de los viajes en el tiempo.

Pero incluso esto está cambiando. Antes los timeless como yo gozábamos de pasaporte temporal infinito y teníamos inmunidad diplomática: éramos considerados un capricho del destino. Pero ahora, con el nuevo gobierno al cargo, se ha decretado el exterminio de nuestra existencia, tachada, de la noche a la mañana, de monstruosa. El sistema nos condena a muerte de la forma más fácil.

Será el presidente en persona quien iniciará mañana mismo su viaje oficial al futuro con destino a esa base militar de Canadá, para convencer a sus altos cargos de que destruyan hasta el último boceto del time transporter, y así evitar que caiga en manos comerciales de empresas como Timeling. Si tiene éxito en su empresa, los viajes en el tiempo nunca habrán existido a nivel masivo y yo, y los que son como yo, dejaremos de existir de inmediato.

Pero eso no va a ocurrir si puedo evitarlo. Acabo de comprarme un billete con escala al pasado. Mi primer viaje temporal. Voy a visitar dos épocas y lugares distintos. La primera es para encontrar a una mujer llamada Avelyn, cuya hija Jeanet tendrá un niño llamado Ted. Voy a matarla para evitar que su nieto llegue a presidente. Soy un activista en contra de los viajes en el tiempo, pero si tengo que elegir entre mi vida o la suya, escojo la mía.

La siguiente parada de mi viaje será en mi propia niñez, para decirle a mi madre que ya no quiero que me regale ese fin de semana con dinosaurios por mi cumpleaños, que no acuda a la oficina de Pastravels de enfrente de casa justo en el momento en que ese integrista temporal se inmolará creando la destrucción y el horror.

Así pretendo compensar la muerte con la vida. Eso si ningún acontecimiento pasado, presente o futuro me lo impide. En este mundo cambiante nunca se sabe.

Olga Besolí

Abril 2013

Viaje a destiempo

Autor@: 

Ilustrador@:  Vicente Mateo Serra

Corrector@: 

Género: Relato de Ciencia Ficción

Rating: +14

Este relato es propiedad de Daniel Camargo. La ilustración es propiedad de Vicente Mateo Serra. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Viaje a destiempo.

Ilustración de Vicente Mateo Serra

 “… no hacemos un viaje: es el viaje el que nos hace a nosotros”… “Un viaje es como el matrimonio. La forma segura de equivocarse es pensar que lo controlas”.

JOHN STEINBECK – VIAJES CON CHARLEY

Aquella mañana, Juan de Montepío, joven promesa de la arqueología nacional, se hallaba en casa preparando su artículo habitual para Horadando, la revista mensual de la Asociación de Arqueólogos, cuando el pitido de la agenda de su móvil le recordó que en menos de media hora tenía una reunión clave con el editor de su  primer libro: Túmulos Nimbus, una apasionante investigación sobre enterramientos arcaicos. Lo había olvidado completamente.

Buscando impactar en ese primer encuentro, Juan elige su traje de alpaca gris, el mejor que tiene, recoge el maletín con el original del libro y sale a toda velocidad rumbo al centro.

Después de un trayecto caótico en medio de un tráfico inusual para esa hora, seguido de diez minutos de búsqueda infructuosa de un hueco, consigue aparcar bastante lejos de la editorial y, al bajarse del coche, nota un leve escalofrío recorriendo todo su cuerpo, seguido de una presión creciente en el vientre. Un típico apretón. Trastornos digestivos, piensa, y no le da mayor importancia. Trata de recordar la cena de la noche anterior… Fabada.

Juan sigue caminando muy rápido, ya que iba con retraso, y comprueba cómo el acompasado movimiento de sus piernas hace que la presión inicial se relaje.  Falsa alarma, deduce, esto está controlado. Pero unos metros más adelante, al pararse en el semáforo esperando luz verde para cruzar la avenida, la sensación vuelve. Renovada. Inquietante.

Parece que la cosa va en serio, y Juan nota que el hecho de estar quieto resulta contraproducente. Por eso cuando finalmente hay luz verde se alegra doblemente, porque además llega tarde. Muy tarde.

Retoma sus rápidas zancadas durante un tramo y, al mirar el reloj para comprobar el retraso, llega el tercer embate. Contundente e inexorable. Ya no es molestia ni presión, ya podríamos hablar de dolor, lisa y llanamente. Algo comparable a una apendicitis, una hernia inguinal, a un clavo al rojo vivo en el vientre al punto que casi le obliga a flexionarse en plena calle.

Juan comprende que tiene que buscar un cuarto de baño. Aunque definitivamente llegue tarde a la reunión. Aunque incluso, tal vez, se la pierda. No tiene otra opción.

Joven de una alta capacidad de concentración, trata de aislarse mentalmente para soportar mejor los embates que se repiten cíclicamente, cual insistente oleaje. Recurre a la tabla del seis, a los reyes godos, a la lista de la compra…, pero nada resulta efectivo. La situación es realmente desesperada, necesita un lugar donde dar rienda suelta a su caos interno. Gira la cabeza a ambos lados buscando un bar o restaurante cercano. Algún sitio donde exista un aseo o algo parecido.

Bancos, sólo ve bancos. A un lado y a otro. En ambas aceras. La maldita burbuja financiera vuelve a cebarse en su persona. Siente las gotas de sudor, un sudor helado, cayendo por su frente. Trata de apurar el paso, pero dentro de ciertos límites. No debe arriesgarse a tener una eclosión en la vía pública.

De pronto divisa un cartel lejano, pequeñito, de color rojo. Una publicidad de Coca Cola, seguramente. O al menos eso parece. Un bar, piensa Juan, tiene que tener un aseo. Necesita llegar hasta allí como sea.

Armándose de valor, recorre esos doscientos metros en el límite de sus posibilidades.  Cada paso es un desafío. Emulando a algunos faquires, busca poner su cuerpo bajo el control total de su mente, anulando el dolor. Pero no puede. Trata al menos de pensar en otra cosa, algo relajante como puestas de sol en playas paradisíacas.  Imposible. Su mente, esquiva y juguetona, se centra en recordar riadas, tsunamis, erupciones volcánicas, la rotura del dique de Yakarta en el año 2009, o el estallido de la Central de Chernóbyl…

Pero lo consigue, a pesar de todo logra aguantar hasta llegar al cartelito. Se trata de un sitio indefinido llamado Cronos. No está claro que sea un bar, es más bien un tugurio, tal vez una antigua discoteca, quizás un puticlub, con una pinta infame. Sucio y maloliente, parece salido de un cuento de Bukowsky. En condiciones normales no entraría allí ni loco, pero en algunos momentos no se puede elegir.

Entra buscando los aseos pero no ve ningún cartel indicador, ni encuentra a nadie a quien preguntar. Está en un lugar sombrío, con paredes desconchadas y un solitario mostrador de madera que se cae a pedazos. Al fondo, una estantería de espejos rotos, botellas semivacías y una máquina de café oxidada. Pero no puede detenerse a pensar. Como si estuviera desactivando una bomba de tiempo, el reloj corre en su contra. Debe tomar decisiones rápidas y no puede equivocarse. A la izquierda una escalera parece llamarlo. Es abajo, se dice, seguro que es abajo.

Un nuevo apretón lo precipita escaleras abajo, donde encuentra un vestíbulo y en él  una puerta negra con una letra “T” de color rojo. Claro, toilette, piensa Juan, que intenta abrirla pero no puede. Alguien la bloquea por dentro. Ocupado. Acerca la oreja y escucha ruidos indescifrables. Tanto que prefiere alejarse un poco para no oír. Y así trata de aguantar un rato más, juntando las piernas, respirando hondo, flexionando todo lo flexionable. Juan no sabe si podrá lograrlo, en estas condiciones unos segundos de espera parecen siglos.

Finalmente la puerta se abre y se lanza desesperado llegando casi a derribar a la persona que sale.

Una vez dentro, comprueba que el espacio es mínimo y el suelo está totalmente cubierto por un líquido indefinido. No hay un miserable gancho donde colgar la chaqueta, por lo que se la debe levantar, recogiéndola a modo de acordeón entre los codos, cuidando que al hacerlo no caigan la multitud de tonterías que lleva en los bolsillos. Como no se anima a apoyar el maletín en el suelo, decide ponerlo también debajo del brazo izquierdo, mientras con la mano derecha se suelta el cinturón y se baja los pantalones, sosteniéndolos  a media altura.

Es entonces cuando flexiona las piernas y procede a resolver su problema, evitando tocar la taza del inodoro con alguna parte de su anatomía, so pena de contagiarse instantáneamente de alguna de las más temibles enfermedades.

En ese momento, en ese preciso momento de máxima concentración mental e intestinal, alguien pretende entrar al asqueroso cubículo. Claro, tampoco hay pestillo. Juan grita “¡ocupado!” sin efecto aparente, ya que la puerta se sigue abriendo, e instintivamente trata de bloquearla con la mano derecha, lo que hace que sus pantalones caigan al suelo húmedo e infecto (¡su querido traje gris!). Tras un breve forcejeo, el intruso cede y aparentemente se retira.

Juan trata de retomar la tarea donde la había dejado, y es entonces cuando nota cómo las piernas comienzan a temblarle. Lo incómodo de la posición, con el trasero suspendido en el aire, las rodillas flexionadas, los codos apretados contra los costados para sostener la chaqueta, y un maletín de unos ocho kilos de papeles (el maldito borrador del libro) sostenido por el antebrazo izquierdo, hacen que ese equilibrio inestable resulte difícil de mantener para un ser escuálido, sin entrenamiento, en definitiva, una rata de biblioteca como él.

La tentación de sentarse, de relajarse dejándose caer sobre la taza, es enorme, pero es en circunstancias como ésta en las que los grandes hombres ponen a prueba sus convicciones, y decide resistir. Contra viento y diarrea. Por eso aguanta, y como nunca hay B sin A, Juan va notando cómo un chorro muy fino le moja las piernas,  debido a una endiablada combinatoria entre el ángulo de flexión de sus articulaciones, el ángulo de incidencia del líquido y, probablemente, los vientos dominantes.

Instantes después, cuando el proceso ha concluido y la tensión se ha aliviado, habiéndose relajado, y asumiendo que lo peor ya pasó, Juan recupera la tranquilidad mental necesaria para tomar conciencia del sitio en el que está. Entonces descubre algo que lo sorprende y lo impresiona. Algo que, por la escasa luz y los problemas sobrevenidos, no había llegado a advertir hasta ese momento.

Sobre las cuatro paredes de ese inmundo lugar, se acumulan una serie de inscripciones que cubren casi todo el espacio disponible. Esto no es para él ninguna novedad, ya había leído en algún baño público pintadas del cariz de “mee feliz, mee contento, pero por favor, mee adentro”, y mil tonterías semejantes. Pero las inscripciones que Juan tiene ahora delante son absolutamente diferentes, y mucho más interesantes, al menos desde su punto de vista. Hay textos en latín, griego antiguo, en arameo, frases escritas en caracteres cuneiformes, algunas runas, jeroglíficos (tanto egipcios como mayas). Hasta existe un sector pequeño cubierto por pictogramas rupestres. Sí, rupestres, como los de la cueva de Altamira. Todos ellos prolijamente pintados en el alicatado de las paredes.

Sus conocimientos arqueológicos no son suficientes para descifrar los textos completos, pero sí le permiten comprender ciertos fragmentos, o algunos conceptos, y comprobar que todos, absolutamente todos, tienen un idéntico hilo conductor. Se refieren a un acontecimiento extraordinario, a un evento inusual ocurrido a sus protagonistas, a una jornada, a un tipo de viaje muy especial. Un viaje en el tiempo. ¿Podría acaso ser que en ese sitio hubieran conseguido…?

En eso está Juan, abstraído en la lectura, cuando cae en la cuenta de la hora que es, y el retraso que lleva acumulado. Se incorpora para solventar la última parte del trámite y comprueba con azoramiento y preocupación que… no hay papel.  Miles de textos escritos frente a sus ojos y ni un trozo de papel. El portarrollo, ubicado casi frente a su cara, permanece vacío, exhausto, como un símbolo de las carencias de la sociedad actual y, por qué no decirlo, del triunfo de los grupos ecologistas en su lucha por evitar la tala de bosques destinada a la producción de celulosa.

Juan trata de tantear los bolsillos buscando un kleenex, una servilleta, un ticket de aparcamiento. Algo que lo ayude a terminar de una vez con esa agonía. Pero no hay NADA que le resulte útil para ese fin. Y enfrentado a una situación límite, como hombre de amplios recursos que es, toma una decisión drástica. Abre el maletín y saca unas cuantas hojas del original del libro (concretamente el Capítulo 8, sobre las víctimas del Vesubio), y procede a resolver el problema, hecho lo cual, exhausto, sucio, arrugado, mojado…, cierra el maletín de un golpe, se sube los pantalones y sale sin mirar atrás.

Unos días después, ya en la tranquilidad del hogar, las imágenes y los textos vistos en ese extraño retrete, no dejan de darle vueltas en la cabeza. Un observador externo  podría creer que Juan está obsesionado, abducido, pero él está convencido de haber descubierto una pista de algo muy gordo, y sabe que lo que lo mueve es una fuerte intuición. Una voz en su interior le dice que la casualidad lo ha guiado hasta encontrar un vórtice, un punto singular de confluencia entre dos universos paralelos. Lo que en física se denomina “agujero de gusano”, y que no es otra cosa que un atajo a través del espacio/tiempo. Tal vez eso sea lo que había permitido a gentes de otras épocas y otras culturas pasar por allí y dejar los mensajes que él ha visto. Juan está convencido de que, por disparatado que parezca, tal vez exista una red de extraños retretes en distintos puntos del universo que actúan como portales y permiten este tipo de viajes, como si se tratara de una red de metro. Y, lo más interesante para él: tal vez pueda volver a ese sitio, e intentar hacer él mismo un viaje en el tiempo. Fascinante.

Una vez que esta idea le cruza por la cabeza, ya no puede pensar en otra cosa. Dedica todo su tiempo a estudiar sobre el tema, y a analizar posibles riesgos y ventajas. Deja de dar clases. Visita bibliotecas, consulta a científicos y amigos. Suspende sus colaboraciones con la revista. Abandona la escritura del libro. También a su novia. Descuida su aseo personal. Casi deja de comer, literalmente. Y finalmente toma la decisión.

Una mañana, bien temprano, armado de valor, Juan se viste con su chándal favorito, el de su equipo de toda la vida, el Rayo, y se dirige a Cronos, el tugurio infame.  Baja las escaleras y abre la puerta con la letra “T” roja dispuesto, esta vez sí, a cumplir dos requisitos que no había concretado en la oportunidad anterior: sentarse en la taza y tirar de la cadena. Sus detallados análisis daban como resultado que estos factores eran los que probablemente habían impedido que se activara el dispositivo, y que él mismo hubiera viajado en el tiempo en la ocasión anterior.

Una vez dentro, cierra la puerta, desinfecta convenientemente el WC (esta vez llevaba un kit de limpieza) y se sienta, eso sí, con los pantalones bajados. Aunque su imagen en esas circunstancias no sea tal vez la que querría conservar para la posteridad, se trata de un momento histórico, y Juan reconoce que se halla algo nervioso. Un pequeño alivio para un hombre, pero un gran salto para la humanidad.

Plenamente consciente de la decisión que toma, y de sus posibles consecuencias, levanta lentamente la mano izquierda hasta asir la argolla que pende en el extremo de la cadena (es un WC de los antiguos, con depósito elevado), cierra los ojos y jala hacia abajo con fuerza. Entonces escucha “fssssshhhhh…” y siente como si el remolino de agua originado en el inodoro se hubiera magnificado en una reacción en “cadena”, arrastrando tras de sí los átomos vecinos hasta absorber todo lo que había en ese pequeño cuarto, incluido él.

Lo que sigue a ese momento es difícil de explicar. Parece que todas sus moléculas se han separado y giran en forma de espiral vertiginosamente.  Es como si en realidad el inodoro lo hubiera succionado y estuviera cayendo por una tubería infinita, cada vez a mayor velocidad. Una sensación nada agradable, sumada a la incógnita del desenlace final.

Juan no puede evaluar si se trata de segundos o minutos. De pronto, parece que la montaña rusa se ha detenido. Él aún está acurrucado con los ojos cerrados pero ya no siente nada. O sí…, siente miedo. Sabe que el “viaje” se ha acabado finalmente y que ha llegado a alguna parte. ¿Dónde?

Cuando abre los ojos ve todo negro, pero sabe que está sentado en otro retrete. Y mientras se acostumbran a la oscuridad, trata de recurrir a los otros sentidos para decodificar información. Al estirar la mano toca el suelo que está húmedo y frío. El olor…, el olor le resulta levemente familiar y lo retrotrae a la infancia. Concretamente a las contadas oportunidades en las que su padre, su querido padre,  lo llevaba al zoológico. Más específicamente le recuerda a la jaula de los osos.

Pero las pupilas avanzan en su proceso de dilatación (inversamente proporcional al del esfínter, que se contrae por el miedo a lo desconocido), y Juan ya va viendo algo frente a él: una pared de bloques de piedra a poco más de un metro de distancia. Abajo, en una esquina, una bola negra, peluda, se mueve. Dirige la mano hacia ella y la muy hija de puta intenta morderlo. Era una rata.

Gira la cabeza a su derecha y comprende todo. Está en una celda, no muy grande, de unos tres metros de ancho y aproximadamente cinco de fondo. Es como en las películas. El retrete en el que está aún sentado ocupa uno de los ángulos del fondo, semioculto tras un pequeño pretil. El frente, que da a la galería que comunica a todas las celdas, lo forma la típica reja corrida de suelo a techo, y junto a ella, de un lado un catre y del otro una pequeña mesita y un taburete.

Aunque no hay ventanas Juan sabe que es de noche. Lo puede deducir por la escasa iluminación general, por el ambiente de calma reinante y, sobre todo, porque en el catre duerme un preso del tamaño de un ropero de dos cuerpos cuyos ronquidos le recuerdan al despegue de un Airbus A380.

Se pone de pie subiéndose los pantalones y camina sigilosamente hacia la reja tratando de descubrir algo que le permita saber la fecha, o al menos la época aproximada a la que ha viajado. Ve múltiples anotaciones en la pared, la mayoría procaces, y un póster de Bettie Page pegado justo sobre la mesa. “Playmate del mes de enero – 1955”.

Como cree notar que el preso se ha movido, se gira y lo ve desde cerca. Es un oso, una auténtica bestia. Duerme de cara a la pared y sólo tiene puestos los típicos pantalones de rayas, por lo que Juan puede apreciar su espalda, que es verdaderamente impresionante. Músculos y más músculos formando cordilleras, como en esos mapas de Eurasia de plástico con relieve que se pusieron de moda en los ochenta. Y además tiene todo tipo de tatuajes: los nombres de varias mujeres, un corazón atravesado por una flecha, cuatro hachas formando una esvástica, la palabra mamá, algún tipo de enredadera con espinas que trepa por los brazos, un triángulo con un ojo dentro en la nuca, e imágenes de unos cuantos animales mitológicos. A Juan le recuerda a un suplemento del National Geographic.

Está atrapado en una celda apestosa con un delincuente peligroso que lo triplica en tamaño y no ve una escapatoria posible. Esta no es la imagen romántica que tenía sobre experimentos relativos a viajes en el tiempo. Tampoco esperaba en sus sueños llegar a entrevistar a Napoleón, o presenciar la construcción de las pirámides, pero esto…

Se hubiera quedado horas mirando los tatuajes, pero de pronto siente un dolor agudo en la pantorrilla. El artero roedor, del que se había olvidado completamente, le ha clavado los dientes y Juan, instintivamente, mueve la pierna, volteando el taburete que cae al suelo haciendo el ruido suficiente para despertar a “su” preso. Éste primero mueve la cabeza, una cabeza del tamaño de una olla exprés de las grandes, luego se gira y lo mira, aparentemente sin comprender lo que ocurre. Duda un segundo…, varios. O está saliendo de un profundo letargo, o su cerebro no es precisamente su punto fuerte. Pero poco a poco comienza a levantarse.

Juan, mientras tanto, retrocede instintivamente hacia el fondo de la celda. Su cabeza va a mil, pero no tiene muchas opciones. Y, una vez más, tampoco tiene tiempo para pensar. Descartados el diálogo disuasorio, el enfrentamiento directo y el suicidio, recorre desesperado el par de metros que lo separa del retrete y en un único movimiento inusual y acrobático se deja caer en él, mientras con la mano derecha tira de la cadena.

Justo antes de que el torbellino desintegre nuevamente sus moléculas, llega a ver cómo el oso se acerca a él, amenazante, mientras se va desabrochando la bragueta.

Luego…, la oscuridad, otra vez. Esa incómoda sensación de expandirte, girar, y caer. Y la duda, la enorme duda sobre el dónde y el cuándo.

Finalmente todo acaba. El carrusel se detiene y Juan se quita las manos de la cabeza y se queda un rato acurrucado esperando lo peor. No sabe con qué se va a encontrar. Repasa mentalmente las posibilidades: puede que haya vuelto al sucio retrete del primer viaje, o que aún esté en la celda, a punto de ser violado, o… Comprende que las posibilidades son infinitas. Como siempre. Como en la vida. La duda y el temor lo paralizan y permanece quieto, impávido, como un perro al que lo están bañando, sin animarse a abrir los ojos.

Después de un par de minutos, cuando finalmente los abre, aún con miedo, descubre que está en el medio de un campo, de una hermosa pradera, que le recuerda a los Teletubbies. Mira hacia atrás para confirmar que el oso tatuado no lo ha seguido en este extraño viaje. No, no está, definitivamente no está. Menos mal.

La imagen es idílica y Juan se relaja. Completamente, incluido el esfínter. Ve el sol en lo alto y colinas a lo lejos. Ve nubes muy blancas recortándose en el cielo azul. Ve unos cipreses movidos por el viento, que también mueve la hierba, muy alta, que lo rodea.

¿Viento? A pesar de su confusión (la típica confusión de alguien que acaba de viajar en el tiempo), llega a notar algo extraño. Ve el viento, ve sus consecuencias (las hojas y las nubes moviéndose), pero no lo siente. Tampoco siente el calor del sol. No hay viento, ni calor, ni nada…, esta intemperie es muy rara. ¿Dónde carajo está?

Mira hacia abajo y comprueba que, en lugar de estar sentado en el inodoro original, su culo, que sigue sumando experiencias,  se apoya ahora en una especie de anillo metálico, del grosor de una botella de vino y color dorado, sólido, muy sólido, pero que parece flotar en el aire. Se levanta, subiéndose los pantalones una vez más, y se aleja algo para apreciarlo mejor. Escupe dentro del anillo y el líquido es instantáneamente succionado hacia los bordes hasta desaparecer. ¿Magia? ¿Tecnología? Lo intenta otra vez. Efectivamente, no se equivocó, es un “inodonut”, pero… ¿dónde carajo está?

Comienza a buscar detalles a su alrededor. Cualquier tontería que le permita comprender. Y descubre una pequeña bola luminosa a un metro de distancia, una especie de botón que parece flotar en medio del paisaje. ¿Lo toca o no lo toca? Sí, lo toca, claro.

Y de pronto, el paisaje que lo rodeaba desaparece y descubre la realidad. Está en una habitación pequeña y rectangular, otro cuarto de baño, y la maravillosa pradera no era más que una proyección en las paredes, que son gigantescas pantallas de leds. Todo era virtual. Verdaderamente impresionante. Los hermanos Lumiére se cagarían si visitaran este baño y vieran esto, piensa Juan.

A cada toque de la bola la imagen vuelve y se va. Ahora está, ahora no. Juega así un rato hasta que intenta girarla y entonces se desplaza un panel, y surge un hueco, una puerta, que da a algo parecido a un espacio mayor. Un salón.

El lugar es alargado, muy profundo, y completamente blanco, casi sin muebles. Delante un piano de cola, también blanco. Un poco más allá, un sofá que “flota” a unos treinta centímetros del suelo. Juan no ve a nadie, ni escucha nada. Hay una extraña calma, pero no se siente cómodo. Hay luz, mucha, pero no llega a entender de dónde sale.

Al fondo, el extremo opuesto del salón remata en una especie de caja de cristal. Paredes, suelo y techo se continúan en una superficie transparente continua, sin perfiles ni divisiones. Juan piensa en la pobre persona a la que le toque limpiar eso, y se queda un rato como paralizado, mirándolo todo, escudriñando ese extraño espacio ajeno. Pero poco a poco la curiosidad se va imponiendo al miedo y avanza hacia el cristal.

A medida que lo hace va percibiendo lo que existe “fuera” de esta habitación. Ve a lo lejos un cielo oscuro de tormenta y un perfil de rascacielos destruidos, como ruinas futuristas. Camina un poco más y contempla estupefacto las imágenes de una ciudad muy avanzada, pero decadente, deteriorada y abandonada. No llega a identificar en qué ciudad está, y aunque hay carteles en inglés, sabe que eso hoy en día tampoco significa nada. Modernidad y destrucción. Óxido y cristales rotos.

No sabe el año en el que está, pero le resulta evidente que se trata del futuro, un futuro indeterminado. Un futuro de mierda. A medida que se sigue acercando al cristal, se amplía su ángulo de visión y puede ver cómo abajo, muy abajo, hordas de zombies siembran la destrucción. Atacan todo, absolutamente todo, con una densidad de violencia excesiva, indiscriminadamente.

El comportamiento desaforado de estos grupos le resulta a Juan vagamente familiar. A medio camino entre una despedida de soltero y una hinchada de fútbol. Se queda un rato abstraído observando, cautivado por esa extraña fascinación que tiene el caos, cuando está a una distancia prudencial.  Algunos del grupo miran hacia arriba, hacia la caja acristalada y señalan con los dedos. Juan nota una gran efervescencia. Saltan y, aparentemente, gritan. Lo han visto. Y salen corriendo hacia la zona donde aparentemente debe de estar la entrada del edificio. Van a subir…, van a por él. Tardarán en subir, pero es inexorable…, y son miles.

Juan comprende que debe huir una vez más. Piensa hasta cuándo se verá obligado a seguir rebotando en el tiempo. En esta sucesión de carambolas sin sentido. Retrocede hasta el aseo, ese extraño aseo minimalista, se baja los pantalones y duda… duda sobre cómo accionarlo. No hay cadena, ni botón, ni dispositivo visible alguno, aparentemente es automático y virtual y se acciona cuando alguna sustancia lo atraviesa. Juan reflexiona y se sienta, sin conectar la pantalla de leds. Cierra los ojos, y con un pequeño esfuerzo pone otra vez en funcionamiento el torbellino. Sus moléculas ya están viajando otra vez. ¿Pasado o futuro?

Esta vez le parece más corto el trayecto, tal vez sea que se está acostumbrando. Cuando todo acaba está de nuevo en un retrete, como era de esperar. Pero no ve a nadie a su alrededor. Se levanta y sale a un espacio indeterminado, amplio pero muy oscuro. Juan no sabe si sus limitaciones de visión se deben al normal proceso de adaptación, tras el esfuerzo que implica el viaje, o a que realmente falta luz. El ambiente es denso, muy denso, y el olor penetrante. Una mezcla de sudor acre y algún tipo de producto químico que no llega a reconocer. Le cuesta respirar. Al pisar nota algo blando que se le enreda en los pies pero prefiere no averiguar, al contrario, acelera el paso hacia un hueco que ha visto en la pared. Y mientras camina nota un rumor sordo que viene desde fuera, como si fuera el rugido de un extraño animal.

El hueco da a un túnel, estrecho y ascendente, del cual no se llega a ver el final. Juan duda, hasta ahora no ha tenido mucha suerte y, sobre todo, es consciente de que en este viaje no controla absolutamente nada. Finalmente decide seguir avanzando.

El túnel parece estrecharse por momentos y el ruido, ese extraño sonido, va aumentando, cada vez más, a medida que avanza. Se resbala, nota que el suelo está encharcado, pero Juan está decidido a seguir adelante, a pesar de todo. Ahora nota que le cuesta más caminar, aparentemente porque la pendiente del suelo ha aumentado y la tenue luz casi ha desaparecido. Avanza tanteando, con el lógico temor a lo desconocido, mientras el rugido se hace insoportable. Juan busca un pañuelo que lleva en el bolsillo del chándal, lo rasga en dos trozos y los usa para improvisar un par de tapones para los oídos.

De pronto, ve algo diferente, una tenue luminosidad hacia al final que le insinúa una posible salida. ¿Una salida o una trampa? Como las polillas, Juan avanza hacia la luz, sin prever las consecuencias y a pesar del cansancio apura el paso más y más, hasta llegar a correr con desesperación. Sólo tiene un objetivo, llegar, aunque no sabe dónde. A medida que acelera, la luz del final se va agigantando y su tamaño crece y crece. A pesar de los tapones, Juan cree oír el sonido. Más bien nota cómo una vibración de baja frecuencia lo envuelve y le hace vibrar la osamenta al unísono con todo lo que le rodea, como si fuera un diapasón. Esa misma vibración es la que hace que algunas piedras se desprendan del techo del túnel. Pero Juan no se detiene, avanza, y mientras avanza, comprueba cómo la pendiente aumenta cada vez más, al igual que el ancho del túnel. Ya puede ver la salida, pero no llega a descifrar lo que hay fuera porque la luminosidad exterior lo enceguece.

En un último impulso, en un sprint final, Juan sale al exterior. La combinación del ruido ensordecedor y la luz deslumbrante le impiden comprender exactamente dónde se halla, pero ya está lanzado y no para de correr. Cuando, unos segundos después, relaja un poco el ritmo y su cerebro consigue descodificar algo de la información que le ofrecen sus sentidos, ve una corona de luces a su alrededor y un rectángulo blanco, vacío, delante. Precisamente ubicado en el sitio al que, aleatoriamente, ha dirigido su carrera. También ve seres que lo rodean y corren como él, y comienza a sospechar que, por algún extraño accidente, los zombies lo hayan acompañado en su viaje.

De pronto, en medio de la bacanal de luces, imágenes y sensaciones que lo envuelven, observa con el rabillo del ojo cómo se le aproxima un objeto blanco, esférico, luminoso, perfecto. Juan se siente magnéticamente atraído por él, pero ya casi lo tiene encima y no puede evitar que le golpee la cabeza y salga en dirección al rectángulo blanco. Luego tropieza y cae. Y muchos de esos seres que lo seguían caen sobre él. Extrañamente no lo atacan, parecen felices, lo abrazan, lo besan.

Es la noche del sábado 22 de mayo de 2032 en el estadio Atatürk de Estambul, y Juan de Montepío acaba de marcar, en el último minuto de la prórroga, el gol que da la victoria al Rayo Vallecano frente al Celtic de Glasgow, en la final de la Champions League. Ya no regresará jamás a nuestra época.

Daniel Camargo 2013

La reina del Rock and Roll

Autor@: 

Ilustrador@:  

Corrector@: 

Género: Ciencia Ficción

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de David Gambero. La ilustración es propiedad de Jordi Ponce. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La reina del Rock and Roll.

Hasta el último ser humano merece ser recordado. No importa lo cruel o ruin que sea en vida. No importa cuánto mal destile o cuán irracional sea. Todos merecen tener un lugar en la eternidad.

—¿Y quién coño os recordará ahora a vosotros? —se preguntó en voz alta Red 08.

Pero no esperaba respuesta, pues los cadáveres entre los que flotaba eran unos seres tremendamente silenciosos. La muerte se había colado como inesperado polizón en aquel carguero y, por lo que podía apreciar Red, había efectuado un trabajo excelente. Por todos lados flotaban silenciosos una docena de cuerpos. Hombres jóvenes en la flor de la vida. Mujeres bellas y vigorosas. Red rió al pasar entre ellos. Polos de carne. Inservibles y estúpidos polos de carne. Un poco de descompresión combinada con una pizca de espacio exterior y en eso se convertían.

Red flotó con maestría por la sala de mandos esquivando cuantos cuerpos se le interponían y se pegó a uno de los paneles maestros de la misma. La nave estaba tan fría y muerta como sus moradores, pero el ordenador era harina de otro costal. Las IAs eran duras. Testarudas. Y, al contrario que aquellos cadáveres, tenían algo que las hacía inmensamente especiales: la voz de los muertos.  Ecos de programación. Trazas de personalidad latentes que tal vez tuviesen aún algo que decir. Pero para ello se necesitaba a alguien capaz de escucharlo. Y ese alguien era Red. Se deshizo del guantelete de presión con el que cubría su mano derecha y se la quedó mirando maravillado. No había ninguna diferencia con aquellas manos que flotaban a su alrededor. Mismo color y pigmentación. Misma sensibilidad. Todo igual y a la vez tan diferente, pues la suya seguía latiendo. La suya no le temía al espacio o a la muerte. La suya incluso podía atravesar el titanio de la consola, que se dobló como una hoja de papel ante la presión aplicada por esta. Una vez dentro Red escarbó en el interior de aquel mar de circuitos como si tuviese ojos en los dedos hasta que encontró un módulo de memoria lo suficientemente sano tanto como charlatán. Le aplicó una leve presión y corriente subatómica y al segundo las holo-pantallas volvieron a brillar con un fulgor verdoso que otorgó sombras fantasmagóricas a los cuerpos que flotaban ingrávidos a su alrededor. Sin embargo, los ojos de Red brillaban con aquel mismo fulgor. Satisfechos. Maliciosos. Y llenos de preguntas.

—Identificación.

—090712 Aterhon —relató con una voz suave y melodiosa la nave moribunda—. Carguero de la Federación Terrana…

Red miró con media sonrisa colgada del rostro al agujero por el que había penetrado. Sobre las capas del blindaje había varias de pintura. Verde militar, añil, negra y, por último, granate. Todas antirradiación. Todas caras. Todas mentiras.

—No soy ninguna IA de Espacio Puerto, cariño —le dedicó Red refrenando las ganas de freír aquel módulo de memoria—. Primer destino y primer capitán. Luego puedes contarme un cuento para dormir si quieres.

Red notó cómo los protocolos de seguridad de la nave se resistían a su requerimiento. Alguien había gastado mucho esfuerzo y bucles de memoria tratando de cubrir la procedencia de aquella nave. Pero también alguien había gastado mucho de muchas cosas en él y no era de los que aceptaba una mentira por respuesta… A menos que eso fuese lo que buscase.

—001001 Thule. Capitán Robert Maydana. Corbeta Interceptora de los Caminantes del Espacio…

Aquello era otra cosa. Además de la verdad era interesante pues, fuese quien fuese, le había cortado las alas a un pájaro muy rápido para convertirlo en una mascota doméstica. Y una mascota nada fiel a sus amos nada menos.

—… Nave asignada al regimiento Kobold para la conquista de Nueva Io en marzo de 2189 y su posterior defensa. Captu… Captu…

Obviamente capturada por alguien durante la “Defensa Imposible”, pensó para sí Red. Conocía aquella campaña. La había vivido en ambos bandos hasta que se hubo quedado sin ninguno. Así pues aquella nave no sólo tenía una historia sino que además era interesante. Bien. El paseo por el momento estaba compensando. Sólo faltaba saber si aquel pedazo de chatarra herido de muerte podría darle una nueva vida a él. Trató de rodear los sectores defectuosos de la memoria de la IA, que eran muchísimos, en busca de algo más que balbuceos.

—… lo siento mucho, señor —dijo de pronto una voz distinta desde el centro de la sala.

De pronto apareció la imagen virtual de un soldado. Sobre sus hombros el rango de teniente. Sobre su rostro unos cuantos más. Red ahondó en aquel mensaje tratando de recuperarlo hasta que consiguió una imagen clara del mismo. Era joven. Treintena pasada. Rostro curtido y lampiño. Nariz aplastada. Cicatriz en mejilla izquierda. Un guerrero. De los que se enfundaban los trajes de asalto y salían a morir en el espacio en soledad y silencio. Red había conocido a demasiados y respetado a muy pocos. Aquel hombre tenía el porte de ser de los segundos.

—… Cuando conocimos las verdaderas órdenes del capitán Andrews nos fue imposible acatarlas. —En ese punto del mensaje el rostro del teniente pasó de tenso a furioso. Su cuerpo se puso rígido. Su voz se agravó. Y su mirada ardió de puro odio—. Nadie tiene derecho a pedirnos eso, señor. Ella fue utilizada al igual que nosotros. Todos fuimos marionetas de sombras que aún nos siguen acechando. Lo sé. Ahora lo sé. Por eso no podemos entregarla a la Federación. No podemos pedirle que pague por los pecados de todos. Eso acallaría las mentiras con más mentiras. Y es hora de que se sepa la verdad…

El mensaje volvió a fallar y la imagen fluctuó. Red apretó los dientes y utilizó todo lo aprendido para rescatar hasta el último segundo de aquel mensaje. Ese “ella” que había mencionado el teniente… No podía ser. El Universo no solía gastar bromas tan pesadas.

—… La Reina del Rock & Roll permanecerá con nosotros y esta nave y toda su tripulación se declara independiente de cualquier facción conocida —volvió el teniente aún más circunspecto—. No puedo decir que ha sido un placer servir bajo su mando, señor… Lo único que puedo decir para finalizar es que vengan a buscarnos si se atreven. Vengan a por nosotros. Les esperaremos agazapados en el olvido…

El hombre holograma fue a despedirse realizando un saludo marcial pero en el último momento cambió de parecer y lo hizo únicamente con el dedo corazón extendido. A Red aquello le hubiese parecido hilarante de no ser porque la transmisión se interrumpió y las luces del puente de mando volvieron a morir.

—Mierda… —gruño entre dientes Red.

Había forzado demasiado aquel eco de los muertos y había frito a la IA más allá de un punto recuperable. Extrajo la mano del panel y volvió a guardarla dentro del guante de presión.

—La Reina del Rock & Roll… —musitó en voz alta casi para poder creerlo—. No puede ser ella. No puede estar en esta nave.

Tantos años vagabundeando. Tantos años rebotando entre las estrellas y justo ahora, en aquel preciso momento, aquella mujer volvía a aparecer. No era posible. Y, sin embargo…

—Temperley —dijo conectándose con un enlace sináptico directo a su propia nave que flotaba dispuesta en el exterior de aquel carguero—. Cifra y envía el mensaje que acabo de ver a todos y diles dónde estamos…

—¿Con “a todos” se refiere usted a todos los habitantes de esta galaxia? —resonó Temperley en su cabeza—. ¿O más bien se refiere a todos… todos?

Su voz, grave y con un punto picante al final, no ocultó la desconfianza y el miedo que sentía ante aquel requerimiento. Red le gruñó como primera respuesta. Había construido aquella nave de la nada. Con sus propias manos y aquel tiempo prestado que vivía. Incluso se había permitido el lujo de crear a una IA como Temperley. Capaz de cuestionar sus órdenes. Capaz de sentir miedo. Capaz de parecerse a él y llenar levemente el vacío de su existencia.

—A todos —sentenció Red mientras escaneaba por sí mismo las entrañas de la nave—. Sé lo que te prometí después de la última vez, pero hay promesas que se pueden mantener y otras que no. La tuya puedo mandarla al infierno. La que les hice a ellos…

—Si tuviese corazón, me lo habrías roto —respondió Temperley—. Y si tuviese con qué, te patearía el culo. A veces odio ser una nave, Red.

—Yo siempre odio ser yo, pero llevo así toda la vida, así que no me toques los cojones. Utiliza todos los medios y energía que necesites. Como si tenemos que quedarnos varados aquí, pero que llegue tan alto y lejos como sea posible; y sugiere a esos desgraciados que reboten el mensaje. Los quiero a todos aquí. Y con cierta prisa. Llevamos una eternidad esperando esto y no quiero pasar otra teniendo que esperarlos a ellos.

El eco de la sonda de la Temperley le sacudió por dentro en cuanto la nave dejó de resistirse y obedeció. Red no podía culparla. Tenía motivos para temer salir de las sombras y formar parte de una reunión como aquella. Red también, pero no por ello podía dejar de faltar a su palabra. Aquella había sido dada en un momento en el que todo lo dicho y pasado se clavaba a fuego en su interior. Tiempos interesantes. Tiempos que los días malos echaba de menos. Sin embargo, ya no podía contener más la urgencia que le acuciaba. Dejó de impulsarse a la antigua y activó los servo motores de aire de su traje espacial para recorrer las entrañas de aquella nave a toda velocidad. Tenía que encontrar algún área que no estuviese tan dañada. Algún lugar donde poder esconder algo tan valioso como aquella mujer. Aquella reina sin reino.

—A la derecha, 08 —dijo una voz de pronto. Su propia voz—. No pensarás que el área más segura de este pedazo de chatarra son los barracones de la tripulación, ¿verdad?

Red se detuvo en seco, activó las botas magnéticas del traje y se posó en el suelo. Iba armado, como siempre, pero contra aquella voz no había defensa posible más allá de sus manos. De pronto una sombra se separó de la penumbra reinante y se interpuso en su camino. Cualquiera le hubiera dicho que le habían colocado un espejo ante sí. Ambos hombres eran exactamente iguales. Altos. Fuertes. Rostros perfectos, bellos y atemporales. Y ojos tan azules como crueles. De mirada vieja. De odios inolvidables.

—02 —susurró Red al hombre que tenía delante, que, a diferencia de él, iba únicamente vestido con un simple mono de piloto—. ¿Cómo diablos has llegado tan rápido?

—Llevo aquí un buen rato —le comunicó este al tiempo que le daba la espalda y comenzaba a caminar por el corredor—. Mientras tú te dedicabas a juguetear en el puente de mando yo he estado haciendo cosas más útiles como rebuscar entre la basura.

—Un momento… ¿Cómo que llevas aquí un buen rato? ¿Cómo has llegado aquí?

Aquel Red no respondido a su pregunta, sino que se perdió en la oscuridad, a lo que este hubo de seguirlo. El eco de sus pasos lo guiaba hasta que al fin pudo volver a enfocarlo con la potente linterna del traje espacial. 02 estaba detenido ante una cámara de seguridad que Red no había visto en su vida. Parecía una esfera de hielo sólo que rodeada por cientos de campos de éxtasis entretejidos cual tela de araña. Una obra de suma complejidad. Tanto que su autoría sólo podía ser atribuida a una única persona.

—El último regalo de un padre amantísimo —declaró 02 extendiendo la mano hacia los múltiples haces de luz que rodeaban aquella esfera que fulguraba con una luz fantasmal—. La caja perfecta para el juguete perfecto.

Red 08 se acercó a su homónimo y se concentró en discernir qué había en el interior de aquel mar de azules caprichosos que no cesaban de bailar de tonalidad en tonalidad. Allí dentro había algo. O más bien alguien. Su figura se podía intuir como una sombra caprichosa detenida en el corazón de aquel engendro. No necesitó cotejar aquella silueta con nada más que sus recuerdos para afirmar que era ella. Al momento quiso abalanzarse contra aquella esfera. Romperla con sus manos desnudas y sacarla de allí a rastras. No sabía siquiera si le permitiría hablar. O si él mismo diría algo. Sólo sabía que quería su sangre. Siempre la había querido. Luego tendría toda la eternidad para saber qué diablos quería de verdad.

—Nos reconoce… —susurró 02 dando un paso lateral y tapando el ángulo de salto que pensaba efectuar Red—. La maldita prisión nos reconoce. ¿Notas eso, Red? Por encima de ese odio que te está gritando que no pienses y actúes hay algo cantando nuestra perdición. ¿Lo oyes?

Red parpadeó un segundo y desvió sus sentidos hacia ese algo. Era una transmisión. Una llamada de auxilio. A gran escala. Una luz en la oscuridad. Miel para atraer a las moscas.

—¡Temperley! —le gritó a su nave a través del enlace sináptico—. ¡Bloquea de inmediato lo que sea que esté transmitiendo esta cosa!

—Red, eso ya…

—Gab y Ton se han encargado de ello —los interrumpió 02 con una enigmática sonrisa en el rostro—. Contactaron con ese pedazo de chatarra que llamas nave nada más bajarte de la misma.

—¿Es eso cierto, Temperley? ¿Por qué diablos no me dijiste que 02 estaba en la zona? Te juro que voy a ir a desmontarte pieza por pieza en cuanto salga de aquí.

—No ha sido culpa de tu IA, Red. De hecho consiguió bloquear a mi Gab cuando la atacó, pero dos cabezas piensan mejor que una y Ton se le coló reprogramando ciertos parámetros insignificantes… como usar tu propia nave de amplificador para tratar de bloquear la señal de esta desgraciada, lo cual ha sido una total pérdida de tiempo.

—¿Qué quieres decir?

—Que no hemos podido parar la señal de auxilio por ningún medio a nuestro alcance, Red —le dijo Temperley a su amo—. Sea lo que sea esa cosa, se ha reído de tres IAs, y permíteme que alardee un poco, jodidamente sofisticadas, y ha lanzado el mensaje hasta el último rincón del espacio conocido. A estas horas debe de haber varias flotas trazando rutas de salto para llegar aquí.

Red gritó de rabia y golpeó el suelo con el puño, horadándolo. Sintió todo el golpe bajo el guante de presión pero aún así no le pareció suficiente. Quería romper algo más que el suelo. Quería romperle el alma a esa maldita reina que se escondía tras aquella maldita esfera rutilante.

—¿Y qué hacemos ahora?

—Esperar —susurró 02 mientras se cruzaba de brazos—. Lo mismo que hemos estado haciendo todos estos años. Esperamos a que lleguen los demás y decidiremos entre todos cómo actuar.

—¿Y qué hacemos con los miles de destructores que tienen que estar a punto de llegar?

—Nada. Absolutamente nada… —le dijo 02 mientras le mostraba una sonrisa de lobo—. He enviado nuestra propia señal indicándoles a todos que también nos encontrábamos aquí y que cualquiera que se atreva a fisgonear se tendrá que enfrentar a todos nosotros. A todos nosotros…

—¡Estás loco de remate! —le gritó Red—. ¿Crees que no vendrán? ¿Crees que seguimos siendo una amenaza tal que no van a querer reclamar el premio definitivo? Todo el mundo sabe lo que les pasó a 05 y 06…

—Que eran unos imbéciles egoístas que se van a perder este momento.

Una nueva voz, idéntica a las de Red y 02, irrumpió en el lugar con fuerza. Al igual que su portador. Este no se parecía tanto a 02 o a Red. Su rostro mostraba sutiles diferencias como el color del pelo o de los ojos.  Pero era sobre todo una sonrisa torva, demente, lo que le caracterizaba.

—Hola, John —le dijo 02 con hostilidad—. ¿O prefieres que te llame 03? Sigo sin entender por qué quisisteis tener nombres, la verdad…

—No se te ocurra llamarme jamás por un número o te juro que te arrancaré tus maldita tripas sintéticas y se las meteré a Red por el culo para que cada vez que se ventosee parezca que está tirando confeti —le dijo este al tiempo que sacaba una pistola de plasma de su cinto y apuntaba a la esfera—. ¡Quitaos de en medio!

A Red le dio el tiempo justo de apartarse antes de que un haz de luz violeta impactara de lleno contra la esfera. 02, por su parte, se quedó muy quieto y aquel disparo le pasó a escasos centímetros del rostro. Sin embargo, no ocurrió nada. No hubo ni una detonación ni nada. El rayo se estrelló contra la superficie azul y desapareció. Como si no hubiese existido jamás. Aquel que se hacía llamar John no cejó en su empeño y disparó hasta que su pistola no tuvo nada que arrojar. Y cada uno de los disparos se disipó al igual que le primero.

—¡Hija de puta! —gritó este lanzando la propia pistola que se desintegró igual que los disparos—. ¡Sal de ahí y da la cara! ¡Sal para que pueda arrancártela y llevarla puesta como una máscara de aquí hasta el final del Universo!

—¿Quieres calmarte, John, maldito loco? —le espetó Red alzando las manos—. ¿Acaso no te das cuenta de dónde está?

—¡Me la suda! —le gritó John apartando de un empujón a Red, que no pudo evitar caer de bruces rodando varios metros por lo inesperado y fuerte del golpe—. ¡Medea, cañones de fusión a toda potencia! ¡Vuela esta puta nave!

Red fue a lanzar una orden telepática para que Temperley tratara de abortar aquello cuando se dio cuenta de que 02 estaba totalmente tranquilo respecto a las amenazas de John. Este se quedó mirando hacia todos lados, con los ojos muy abiertos y babeando. Ansioso por que llegara la destrucción que había pedido. Una destrucción que nunca llegó.

—¿Qué cojones te pasa, Medea? —le preguntó por su enlace sináptico a la que era su nave—. ¡Te ordeno que nos vueles a todos ya!

—La Medea a la que llama está desconectada o fuera de cobertura. Por favor, trate de contactar con ella más tarde —fue la única respuesta que recibió con la voz de la Temperley—. ¿Desea que le trate de poner en contacto con otro número?

Red sonrió. Temperley se había adelantado, probablemente con la ayuda de las IAs de 02. Aquello no hizo que se le pasara el enfado pero sí que diera gracias por haberle concedido una libertad a su propia creación mucho mayor que la que se le había dado a él. Como un resorte se levantó, activó los servos de su traje espacial y propinó un puñetazo a toda potencia a John. Este se dobló como una hoja hacia atrás pero no cayó. Solamente se quedó en un ángulo de 90 grados con los ojos en blanco. En aquella postura imposible Red esperó a que 02 se acercara a paso lento y medido y le susurrara al oído.

—Todos queremos a la reina, John. Con la misma intensidad. Con el mismo odio. Sólo que no todos queremos matarla del mismo modo, así que por una vez en tu vida cálmate, guárdate los cojones en los pantalones y espera. Tan sólo espera. Luego tendrás tu oportunidad de exponer tus deseos tanto como los demás. Pero si Red aquí presente tiene que volver a alzar la mano contra ti, ten por seguro que le seguirá la mía. Y nunca has tenido el valor de enfrentarte a dos de nosotros a la vez.

—Nunca he querido tanto algo como a esta zorra, así que tal vez hoy sea el día de los nunca —repuso este aún en aquella posición—.Pero si quieres que espere, esperaré. Tengo ganas de verle el careto a 04. Si es que se ha procurado uno desde la última vez.

—No lo he hecho —musitó un recién llegado con voz mecánica—.Prefiero ver la realidad en el espejo siempre que la miro.

Red admiró la figura inconfundible de 04. Allí, de pie a escasos metros del grupo, había un hombre sin rostro. Sin ojos, nariz, orejas o boca. Era como la faz de un maniquí. Como si a alguien se le hubiese olvidado que la gente debe tener una cara que amar u odiar. Este, enfundado en una suerte de túnica parda cuyos hilos se iluminaban con haces verdes cada vez que hacía el más mínimo movimiento, caminó lentamente hasta situarse frente a la esfera. La observó unos segundos en completo silencio con las manos ocultas dentro de la túnica.

—La cámara del infinito… —expresó sin un atisbo de emoción el sin rostro—.Al final la construyó… Al final demostró que lo imposible no era más que una palabra para él…

—Me alegra verte, Null —le dijo 02, que mostró algo parecido a alegría al dirigirse a este—.No estaba seguro de que recibieras el mensaje.

—Eran palabras que hasta los sordos pueden escuchar, 02 —contestó este girándose—.Hacía mucho que había perdido la esperanza de encontrarla. Incluso llegué a pensar que era un fantasma que yo mismo había creado en mi mente. Pero ahora me doy cuenta de que he estado esperando con ansia este momento. Son muchas las preguntas que he estado guardando. Y mucho el odio también. No es bueno vivir tanto tiempo con eso dentro. Aunque tampoco es bueno vivir tanto tiempo como lo hemos hecho nosotros.

—Bueno, al final ha valido la pena, ¿no? —preguntó Red.

—Como casi siempre, mi querido Red, será ella la que decida eso.

—¿Y cómo la sacamos de ahí?

La pregunta de John vino a ser la de todos. Conocían la teoría de la cámara de infinito. De hecho, sus esencias mismas eran la base con la que se había creado ese engendro. Pero no sabían cómo abrir la prisión perfecta. El escudo impenetrable. La última maravilla de su creador.

—Tengo un plan —dijo de pronto 02 con la seguridad colgada por sonrisa—.Probablemente acabemos creando un agujero negro en el proceso, pero tampoco es que tengamos mucho que perder, ¿no?

—Un momento… —alzó mano y voz Red al tiempo que atraía todas las miradas—. ¿Qué pasa con Alpha? ¿Acaso no vamos a esperar a 01? La promesa valía para todos.

Un silencio pesado se apoderó de la estancia. La mera mención de 01, del primer modelo de los Red, casi siempre provocaba aquel efecto en ellos. Era mucho lo que le debían a su hermano mayor. Su libertad, para empezar, y Red no tenía intención de arrebatar una oportunidad como aquella a aquel hombre.

—No va a venir —dijo de pronto Null dándoles la espalda—.Hace décadas que renunció a ella.

—¿De qué cojones estás hablando, cara de huevo? ¡Alpha era el que más motivos tenía para cargarse a esta puta! ¡Ni de coña dejaría pasar esta oportunidad!

Los gritos de John hicieron pensar a 02 y a Red que este estaba a punto de descontrolarse de nuevo, pero Null se le encaró, o más bien se puso frente a él con el consiguiente desconcierto para John de no tener un rostro al que gritar, y de pronto unos pequeños hilos blancos nacieron en el rostro de Null. Se enroscaron sobre sí mismos formando algo en aquella tabla rasa que era su rostro. Y ese otro no era otra cosa que una cara. Una imposible de olvidar. La de Alpha.

—He aprendido a lidiar con la Reina del Rock & Roll a mi manera, Null —dijo aquel rostro—. Sé lo que nos quitó a todos ese día. El día que destruyó aquel nodo de salto, que abrió un agujero negro que engulló toda la vía láctea. Pero no fuimos nosotros los que más perdimos ese día. Fue el Universo entero. Esa mujer robó un tiempo que no era suyo a tantos millones de vidas que lo único que merece es el olvido. Merece que viva una vida lejos de todo donde resuene su nombre. Donde nadie conozca quién es y que ha hecho. Así es el lugar donde quiero morar. Donde quiero permanecer hasta el final de mis días. Y así habremos ganado. Así nos habremos vengado. No dándole muerte o sufrimiento, sino viviendo lejos de su memoria, viviendo lejos de su música infernal.

Dicho esto, el rostro de Null volvió a estremecerse y se borró para quedar tan plano y liso como había estado. John no podía ocultar su estupor y desconcierto ante aquellas palabras. 02 y Red tampoco.

—Fue la última conversación que tuve con él antes de que desapareciera —les comunicó Null—. Y os aseguro que desapareció de verdad. Por lo que al universo concierne no está vivo ni muerto. Simplemente no está. Y este era su deseo para lo concerniente a ella. Por ello creo que tenemos todo el derecho a decidir qué vamos a hacer al respecto con esta criatura que se mofa de nosotros por última vez tras esos vastos muros azules.

—¿Y qué hay de ti, Null? —preguntó 02 al momento—. Siempre fuiste el más parecido a Alpha. ¿Por qué tú sí quieres venganza?

—La venganza es un sentimiento complejo, 02. O se tiene o no se tiene. Alpha tenía muchas cosas. Tantas que le envidiaba por ello. Por ser un reflejo tan claro de nuestro creador… Pero no soy Alpha. Ninguno somos Alpha. Y si estamos aquí es porque no hemos olvidado.

—Pues que no se nos olvide a lo que hemos venido. 02, ¿cómo propones abrir esta cosa para sacar a esa zorra de ahí dentro?

La pregunta estaba en el aire. Y el tiempo comenzaba a acabárseles a unos seres que tenían todo el del universo para ellos. Pronto flotas enteras se pelearían por un trozo de estrellas. Pronto habría hombres que no les tendrían miedo. Pronto los tratarían de borrar del cielo por conseguir el arma más poderosa del cosmos: una mujer.

—Esta cosa resuena con la misma esencia que nos impulsa —comenzó a explicar 02—. Canta la misma canción que nuestras almas y eso nos da una ligera ventaja con respecto al resto del Universo, ya que cada uno de nosotros somos llaves vivientes de esta caja…

—Seguís siendo cachorros —dijo de pronto una voz potente e indeterminada que provenía de la esfera.

Todos se volvieron hacia un fulgor cegador que parecía preceder a cada una de aquellas inesperadas palabras que salían de la esfera. Red compartió una mirada de incredulidad con 02. Con Null habría hecho otro tanto, pero no había nada que compartir. Y John seguía inmerso en su locura ahora mezclada con una furia sin par.

—Padre no os creó para la venganza —continuó la voz al tiempo que la silueta en su interior bailaba al son de aquella luz azul—. Íbais a ser ocho faros que guiaran a una humanidad herida por sí misma hacia un futuro mejor. Íbais a ser mejores que ellos. ¿Y en esto os habéis convertido? ¿En perros en pos de una presa eterna? Sois patéticos. No me extraña que Padre acabara creándome cuando vio en qué os convertisteis. Cuando le fallasteis tan estrepitosamente. Cuando necesitó que se os detuviese.

—No debió tratar de quitarnos la libertad. Debió saber que lucharíamos por conservarla.

—No debió dárosla en primer lugar —le respondió la voz a 02, que era el que había hablado—. Os creó. Os educó. Os dio el propósito más noble que se puede otorgar a nadie… ¿Y qué hicisteis vosotros? Huir. Luchar. Matar… Debíais ser mejores que los humanos y conseguisteis ser peor que el más bajo de ellos. Os faltó humildad. Os falto comprender el poder que se os había otorgado. Os faltó querer ayudar a alguien que no fueseis vosotros mismos. Y ahora os veis reducidos a meros perros vagabundos que le ladran a la eternidad unas desdichas que vosotros mismos os habéis buscado. ¿Y queréis hacerme a mí responsable de ello?

—¡Cállate ya! —no aguantó más John—. Ese cabrón al que llamas padre nos utilizó como a meras herramientas. Durante años hicimos cosas horribles por él en nombre de la lealtad… e incluso del amor. ¡Yo quería a ese cabrón! ¡Era mi padre! Cuando Null se metía conmigo… Cuando Alpha no quería compartir sus juguetes , él siempre estaba ahí para mí. Pero cuando llegó el momento no dudó en enviarme a matar por él, a impartir una justicia que sabía que estaba mal… Pero lo hice igualmente. Quería honrar a mi padre, no a mi creador. ¡Quería ser como él! Hasta que mis manos estuvieron tan manchadas de sangre que no había forma de limpiarlas…

—¿Sabes cuán patéticos suenan tus lloros para alguien que se vio forzada a acabar con la Vía Láctea? ¿O cuán vacías suenan vuestras palabras cuando disfrutáis de una libertad que no os merecéis? ¿Que Padre os utilizó? Y qué. A mí me creó para ser utilizada. Para ser un arma. Me dio lo mismo que os dio a vosotros, sólo que se le olvidó añadir una pizca de amor al asunto. Yo no vi la luz del sol hasta que no fue para engullirlo.

—Tú fuiste la que escogiste hacer eso… —replicó Red.

—Escogí acabar con una guerra, maldito desagradecido. ¿O acaso no sabes lo que iba a pasar? ¿Lo que hubiese sucedido si no hubiese colapsado ese quasar y provocado aquel agujero negro?

—Las tensiones entre las federaciones coloniales y el propio imperio terráqueo estaban tan tensas que una guerra planetaria era inevitable —musitó Null—. No habría habido confín humano al que no hubiese afectado. Alpha y yo tratamos de impedirlo, de influir en los dirigentes. Pero no había nada que hacer. Fuimos hechos para cimentar una paz donde siempre hubo tensión, miedo y envidias. Padre nos lo explicó y nos dio a cada uno una misión. Quería pacificar un futuro imposible. Que predicáramos con el ejemplo. Pero no nos hizo con voces lo suficientemente potentes para ello… Por eso fallamos. Éramos perfectos. Los humanos definitivos. Pero la humanidad no busca evolucionar más. No busca ocho seres perfectos. Busca ser ella misma.

—Red –interrumpió la voz de Temperley a su amo de manera telepática— .Acaban de abrirse doce nodos de salto. Varias facciones se acercan a toda potencia hasta nuestra posición. Y el número de naves es alarmante.

—02…

—Lo sé –le dijo este a Red pues estaba claro que conocía lo que le acababa de comunicar su IA —.Mira niña, no me importa nada de lo que digas. Todos los de esta sala salimos del mismo laboratorio. Las mismas máquinas nos dieron a luz y el mismo hombre nos dio un propósito.  El nuestro crear. El tuyo destruir. Y por lo que se únicamente tú has cumplido con tu propósito. Cuando naciste nos separaste. Destrozaste nuestra familia. Y luego destrozaste el universo. Y por lo que se ve has seguido destruyendo todo a tu paso. ¿O acaso niegas que fuiste tú la que convenciste a la tripulación de esta nave de que era inocente?

—Soy inocente. Ellos lo sabían. 02 lo sabe. Y cuando la venganza deje de cegaros lo sabréis también.

—¿De qué diablos está hablando 02?

Por primera vez desde que se lo encontraron en aquella nave, el semblante de 02 cambió radicalmente. Ya no había tranquilidad ni seguridad. Ahora había dudas. Y horror.

—Fui yo el que derribó esta nave un segundo antes de que alguien la hiciera saltar… —dijo este a Red—. Por eso llegué antes que tú. No sé qué diablos hizo que apareciera en tu sector…

—Fui yo, Red. Aquí tu buen 02 quería la venganza para sí mismo —contestó la voz de la esfera—. En ningún momento pensó en llamaros. A ninguno. Ser el segundo en todo tiende a crear seres envidiosos, ¿no es así, 02? Nunca fuiste Alpha y siempre quisiste serlo. Por eso me perseguiste cuando todos dejaron de hacerlo. Para conseguir lo que el resto no pudo. Por eso arrasaste Universos enteros buscándome, siguiendo mi canción. Bien, pues ya me tienes. Y vosotros una verdad más.

—Me da lo mismo lo que quisiera 02 —terció John mirando con desprecio a su hermano—. Yo habría hecho lo mismo. Y el resto igual. No somos buenas personas. De hecho, somos las peores.

L os sensores de proximidad de Red comenzaron a vibrar en su muñeca. Las naves estaban cerca, pronto lo suficiente como para que escapar fuese una utopía.

—Hemos de hacer algo ya…

—Claro —medió la mujer de la esfera—. Matadme ya. Lo merezco. Pero decidme: ¿cuál de vosotros se sacrificará para que el resto tenga su venganza?

Miradas de circunstancia se compartieron en ese momento. Todos sabían que querían aquello con la misma intensidad. Y qué estaban dispuestos a hacer para conseguirla. Por eso el silencio fue la única respuesta que consiguieron.

—Lo sabía. Sabía que ninguno sería capaz de dar su vida por sacarme de aquí. ¿Y sabéis por qué? Porque mi canción fue lo único que os llevó a seguir viviendo después de matar a Padre. Me convertí en vuestra razón de ser, de seguir matando, explorando… viviendo. Por eso ahora todos dudáis. Por eso os atraje hasta aquí. Quería que uno de vosotros me liberase para siempre. Pero me equivoqué. Pensé que seríais más valientes. Y únicamente sois unos cobardes. Tal vez no obtenga mi libertad, pero al menos obtendré mi venganza.

—Mierda…

El gruñido de Null iba por todos. Los habían cogido. Como a idiotas. No era momento de buscar culpables. Eran momentos de soluciones. Y ninguno las tenía.

—¡Alguien tiene que morir! —gritó 02 fuera de sí—. ¿Null? ¿Red?

Pero estos habían bajado las miradas ya. Eran demasiado humanos para el suicidio. Demasiado cobardes. Mientras que John… John únicamente maldecía mesándose los cabellos.

“¡Ataque inminente!”, gritó para todos la Temperley. Aquello se acababa y todos acabarían sepultados por las dudas y el miedo.

—No pienso morir aquí —dijo John abandonando la nave—. No pienso morir por ella. Quédate con tus humanos, zorra. Quédate con ellos y hazlos bailar a tu son. Llegará un momento en el que no lo hagan más, y entonces ten por seguro que estaré riéndome de ti desde mi tumba.

Null fue el siguiente. Sin decir nada se marchó. No miró a nadie ni dijo nada. Una derrota sin rostro. Una derrota para todos.

—¿Y vosotros? —preguntó la reina—. Aún podéis salir de aquí con vida…

—No —dijo Red de pronto—. No volveré a dejar que hagas lo que se te venga en gana. Ya destruiste una galaxia. Ya tuviste a un Universo en jaque. Ya nos tuviste bailando a tu son. No. Nunca más. Alpha tenía razón. No debimos perseguirte. Debimos buscar una vida y no venganza…

Entonces se introdujo la mano en el pecho, destrozándoselo. Hurgó en su interior mientras un dolor indescriptible le atenazaba y encontró lo que andaba buscando. Su corazón. Su alma. Su núcleo de energía. Lo extrajo de un tirón y este, una esfera palpitante del mismo azul que la enorme prisión que tenía delante, comenzó a resonar con esta.

—02… -susurró Red antes de aplastar su corazón.

Ilustración de Jordi Ponce

Un fulgor azul inundó la sala. Cuando este se apagó lo único que quedaban eran el cuerpo sin vida de Red, un 02 lleno de preguntas y una mujer bellísima en el centro de la estancia. Su larga melena brillaba con el mismo azul que la había servido de prisión y todo su cuerpo era pura energía. Su sonrisa, maliciosa, chisporroteaba de felicidad.

—Al final lo hizo… —dijo esta acercándose a 02 a paso lento y medido—. Al final uno fue lo suficientemente humano como para sacrificarse por los demás. Tiene sentido que fuese Red. Tiene sentido que fuese el último…

02 trató de arremeter contra la mujer pero cuando se hubo percatado, esta se movió en un parpadeo y pasó de estar en su rango de ataque a tenerla justo delante, aferrándolo del cuello y levantándolo del suelo.

—Libertad por fin… —le dijo a 02—. Gracias ,02. Gracias por sacarme de aquí.

—Pero… La flota…

—¿No lo entiendes? Fui yo la que los llamó. Fui la que os obligó a tomar decisiones apresuradas. Fui la que os provocó para que uno, al final, se sacrificara. Siempre fui yo, 02. Siempre. ¿O acaso crees que Padre me creó para tener otra función que rectificar su trabajo?

02 lo entendió todo. Ella no quería seguir huyendo. Quería su venganza a toda costa, igual que ellos. Y la consiguió. Lo que fuese a hacer para seguir libre ya no era su problema, pues en un segundo ella lo extinguió. Absorbió su vida y refulgió con ella.

Cuando los comandos tomaron la nave sólo encontraron a una niña asustada en un rincón de la nave. Su pelo azul no les llamó la atención, pues ellos esperaban encontrar a la Reina del Rock and Roll y no aquella criatura rodeada de los dos seres más peligrosos del universo muertos a sus pies. Su error les costó muchos Universos. Su error les costó demasiadas canciones de muerte. Su error sigue, a día de hoy, oculto entre las estrellas consumiéndolas poco a poco.

David Gambero 2013

No me puedes creer.

Autor@: David Gambero

Ilustrador@: Rosa García

Corrector/a: Carme Sanchís

Género: Ciencia Ficción

Este relato es propiedad de David Gambero , y su ilustración es propiedad de Rosa García . Quedan reservados todos los derechos de autor.

No me puedes creer.

El espectáculo era sobrecogedor. Ni siquiera él podía negarlo. Aunque quizás fuese el que menos tuviese que hacerlo. No todos los días se presencia la extinción de una raza. No todas las vidas pueden provocar el final de un planeta. Y sin embargo, contra todo y contra todos allí estaba. Presenciando el final de los finales. Y casi deleitándose con el mismo.

-Hasta nunca.

Se lo dijo a sí mismo, a la nave y al orbe azul que estallaba en llamas en el gigantesco proyector holográfico de la sala de mandos. La imagen era tan realista que incluso sintió el vanidoso deseo de tocarla con sus manos. Pero se refrenó. La Tierra, la de verdad, estaba ardiendo a miles de kilómetros de distancia. Lo suficientemente lejos como para no poder escuchar los gritos de muerte de sus millones de habitantes. Muertes que eran su responsabilidad.

Ilustración de Rosa García

-Detectada nave desconocida aproximándose a nuestra posición.

La impersonal voz de la inteligencia artificial que dominaba su nave le arrancó de golpe de aquel dulce ensimismamiento. No podía ser. Era imposible. Nadie podía haber escapado de la Tierra. Nadie poseía ese conocimiento. Nadie excepto él. Él y únicamente él debía ser el último descendiente de aquella civilización corrupta y malvada. Y aún así…

-Muéstramela.

Su orden resbaló entre la concisión y la impaciencia. No era propenso a perder el control. Ni a perder. Y, sin embargo, aquella presencia indicaba que había sido derrotado. Que su objetivo final quedaba inconcluso. Mientras el escáner de larga distancia compilaba los datos de la nave desconocida, nacieron en su mente diversas ideas, cada cual más disparatada. Desde la posibilidad de que extraterrestres hubiesen esperado el momento de la destrucción total de la Tierra a intervenir, hasta que algún gobierno estaba preparado de antemano para tal contingencia y había logrado huir antes del desastre total, y ahora iban a reclamar su justa venganza. Imaginó un batallón de naves de batalla alineadas en formación cerrada, dispuestas a lanzar una descarga mortal que acabase con él y todos sus esfuerzos de una vez por todas. Pero en su lugar lo que se materializó fue una única nave. Tenía una forma extraña. Como la de una hormiga sin patas. Pequeña en su cabeza. Enorme y redondeada en su final. Y, aunque distinta por completo de la suya, había algo en su diseño que le resultaba enormemente familiar. Esa curiosidad fue la que contuvo su orden de armar los cañones de plasma y disparar contra ella sin dilación alguna. Pero era un hombre curioso. Inquisitivo. Y sobre todo vengativo. Y ese ardor que le había permitido sufrir lo indecible hasta llegar a ese momento se reavivó con suma facilidad. Con varios gestos en el aire realizó su propio examen de la nave intrusa. La escudriñó como había escudriñado casi todo en su vida. Con tranquilidad y precisión. Sin dejar ningún ángulo a un segundo vistazo. Sin dejar de buscar una explicación a cada pequeño detalle. Pero aquel era un detalle demasiado grande como para que pudiese dar con una razón desde donde se encontraba.

-Señal de comunicación entrante.

Sus cejas se alzaron al unísono al escuchar aquello. No podía creerlo. Había alguien dentro de aquel prodigio capaz de sincronizarse con los algoritmos de datos que él mismo había inventado. Alguien, algo o lo que fuese que, además de sumamente inteligente, deseaba entablar conversación antes que batalla. Rió. Descargó un torrente de risa ahogada y corta cuando su mente le indicó que iba a ser el ser humano con menos derecho a tener contacto con otra vida inteligente la que la tuviera. Que cruel y desconcertante es el destino a veces. E inoportuno.

-¿Puedes procesar lo que dicen? –precisó al momento al ordenador de su nave.

-Afirmativo. Sus códigos de comunicación son idénticos a los nuestros.

-¿Qué son iguales? –preguntó con voz estrangulada al tiempo que un sudor frío comenzaba a perlar su frente.

-No señor. Idénticos. De hecho podían haberme anulado y estar en estos momentos hablando con usted sin que yo hubiese podido hacer nada para impedirlo. Sin embargo, me están requiriendo permiso con fórmulas más que corteses.

La intriga fue devorada por el miedo y la inquietud y, después de mucho miedo, se reencontró con un viejo amigo al que creía desterrado: El horror. Sus códigos, que habían sido fruto del trabajo de toda una vida de ira y odio habían demostrado ser tan eficientes como para que nada ni nadie hubiese interferido con sus planes en la Tierra. Sin embargo allí fuera, en la enormidad del espacio, había sido degradado a uno más. Y uno más en la eternidad equivalía casi a ser nada.

-Bien –trató de recuperar el control al tiempo que ordenaba respiración y pensamientos–. Veo que aún no voy a ser capaz de descansar. Concédeles permiso y ponlos en el monitor secundario.

La Tierra se hundió bajo enormes ondas de estática. No comprendió nada hasta que el indicador de “Voice Only” apareció sobre impresionado en aquellas olas de grises, blancos y negros que se mezclaban sin llegar nunca a formar un todo concreto.

-Tenemos que hablar…

Se quedó sin habla al escuchar aquello. El espacio le hablaba con voz de mujer. Una voz clara y fuerte que únicamente le reveló género, pero no edad o procedencia. Una voz que habría cuadrado en cualquier parte de ese planeta que seguía retorciéndose de agonía a las puertas del olvido. Tomando el mando completo de la nave hizo que la IA tratase de abrir el canal completo. Quería ver a quien se creía con la potestad de hablarle con palabras que rallaban las órdenes. En un parpadeo la computadora le respondió que no le era posible hacerlo. Algo seguía interfiriendo en todas las comunicaciones salientes. Alguien tenía la batuta de aquel concierto y no era él. Eso lo enfureció. No mucho. Lo suficiente como para recordarle tiempos donde la furia era todo lo que comía, bebía y respiraba. Lo suficiente como para querer destruir al instante aquella enorme nave que mancillaba su obra. Pero se contuvo. La curiosidad de nuevo. La venganza siempre.

-¿Quién eres?

-Nadie.

Quería jugar. Con una pregunta y una respuesta él ya lo sabía. Lo mismo que sabía que quería apretar su cuello entre los dedos y verla morir ante sus ojos. Tal vez eso compensaría todos los que no había visto perecer. Sí. Tal vez eso lo aliviase un poco.

-¿Y qué haces en mitad de la vía láctea, Nadie? –decidió seguir el único juego al que jugaría en mucho tiempo.

-Buscarte. Por suerte, hace unos cuantos minutos has facilitado mi tarea.

Una sonrisa de lobo vino a quedarse en su rostro ante aquella alusión. Quedaba claro que aquel encuentro no había sido fortuito. Y él era lo suficientemente inteligente para saber que había gato encerrado tras ello. Y ya era hora de saber de que color era el gato.

-¿Dónde sugieres que nos veamos? –preguntó con los brazos en jarras como si quisiera impedir que la tranquilidad abandonase su atribulado pecho.

-En tu nave.

Aquello le sorprendió y agradeció que la comunicación no le hubiese permitido a aquella desconocida regodearse con su cara de desconcierto.

-¿Por qué en mi nave?

-¿Acaso hay otro lugar cercano donde te sientas seguro?

Tenía razón. Si había que jugar, prefería jugar en casa. En el hogar de titanio que él mismo había construido. Su último refugio. Su única morada.

-Tienes permiso para acoplarte. ¿He de recalcar la obviedad que nada de armas?

-No las necesito.

La comunicación se cortó tan brusca como había llegado. De pronto sintió una leve sacudida. Apenas perceptible pero sus nervios estaban tan tensos que no le pasó desapercibida. Con un pálpito volvió a tratar de explorar aquella astronave que se acercaba lentamente a la suya. La computadora no tardó demasiado en devolverle sorprendentes ecos de la suya propia. Especificaciones. Materiales. Motor. Diseño. Todo. Un fallo que no sabía si calificar de común o no. Era su primera vez en el espacio. La primera que un ser humano llegaba tan lejos. Que él llegaba tan lejos. Y le enojaba enormemente albergar la duda de no ser el pionero. Se sentía traicionado y humillado por aquella autoritaria voz femenina que, sin escudos y sin miedo, se aproximaba a su encuentro. No necesitó mucho para estar preparado para el mismo. Se colocó el traje espacial reforzado, que le daba aspecto de un blanquecino y reluciente caballero medieval, y tomó dos pistolas de proyectiles para su protección. Una la dejó a la vista, dormitando amenazadora en la pistolera de su cadera. La otra oculta en caso de que la cosa se torciera. Se dio cuenta de cuan ridículo resultaba aquel gesto pues se había prometido a sí mismo no demorar demasiado su final una vez acabado su cometido y, aquella podía ser una excusa como cualquier otra para encontrarse con el final. Sin embargo no quería dejar pasar la oportunidad de saciar su curiosidad, y con un poco de suerte, otros sentimientos menos peregrinos y sí más dañinos. Todo a su alrededor se sacudió con virulencia en el abrazo de metal entre ambas naves. Lógicamente no había diseñado la suya para tal eventualidad. Aún así resistió con entereza. Se puso en marcha mientras el proceso de igualación de presión se llevaba en marcha. Iban a encontrarse en el hangar de carga donde lo poco que había querido salvar de la Tierra descansaba. La esperó con la mano descansando en la empuñadura del arma. Como un viejo cowboy que no sabe que va a bajar de la diligencia recién llegada al pueblo. Y, en cierto sentido, así era.

-Presión igualada –indicó la IA–. Solicitan permiso para abordar la nave ¿He de concedérselo?

-¿Has escaneado qué hay tras la puerta?

-Por supuesto –de haber sido él el ordenador se habría ofendido con la pregunta-. ¿Desea verlo en imagen?

-No. Tan solo dime qué hay en términos sencillos –Quiso conservar aquel último misterio hasta el final.

-Una mujer.

Se mordió la sonrisa ante la respuesta más sencilla y más compleja que había recibido en su vida. Una mujer. Había conocido demasiadas. Y había amado, sufrido e ido demasiado lejos por ellas. Pero aquello era su pasado. Ahora el presente le reclamaba con impaciencia. Dio un paso adelante mientras su mano libre indicaba por gestos que abriese la puerta. Ni ceremonias ni ruidos de película de ciencia ficción siguieron a la apertura lenta y metódica de esta. Con el corazón encogido y la respiración ausente, contempló el rostro que había adoptado el misterio. La identidad de lo imposible. Hubo de reconocer para sí que era una cara agradable aunque pareciera que hubiese desterrado la sonrisa años atrás. Tenía la nariz pequeña, los ojos grandes, verdes y profundos, y el cabello de un rubio apagado recogido con poco esmero. El resto era un secreto bien oculto tras un ingenioso Biotraje que se ceñía a cada curva y recodo del cuerpo de la mujer.

-¿Puedo? –le requirió ella con un leve ademán.

-Adelante, aunque no se sienta como en casa.

Hizo un gesto para corresponder la petición de la mujer que no tardó en ir a su encuentro. Su paso era firme aunque algo torpe. No parecía estar acostumbrada a caminar dentro de aquella piel necesaria para sobrevivir en el espacio. Aquella involuntaria debilidad le hizo sentirse más seguro y relajó instantáneamente el gesto y la mano del arma. La dejó acercarse lo suficiente como para poder contemplarla bien. Le hizo detenerse alzando la mano y esta lo hizo como si ya hubiese esperado aquel ademán. Se contemplaron el uno al otro. Él como si no hubiese visto una mujer en su vida. Ella como si le hubiese visto desde siempre. Así estuvieron hasta que las miradas encontraron la forma de dejar paso a las palabras.

-Bonita nave.

-Gracias –contestó él, el gesto de cortesía con menos entusiasmo que esfuerzo había derrochado en construirla–. Me la hice yo mismo.

-Lo sé.

Él la seguía contemplando. Ya no con los ojos de un hombre. Sino con los de un depredador. Su postura era firme y orgullosa. Sin miedo. Una postura que siempre tenían las personas que le sacaban de quicio. Una postura que estaba seguro que ella no aguantaría cuando llegase el final. Y ya estaba planeándoselo con sumo cuidado.

-Supongo que te lo dirán mucho por ahí pero no tienes para nada el aspecto de una Nadie –le dedicó él con seguridad–. Así que dime preciosa ¿Quién eres en realidad?

-¿Desde cuando le importan a un hombre como tú las etiquetas sociales?

-Supongo que desde que la sociedad ha estallado en mil pedazos –escondió su sorpresa ante la altivez de la mujer y se preparó para seguir adelante–.También soy de los que escoge el momento para el cambio. Y supongo que este es el mío para interesarme por los nombres. Así que, si no te importa, me gustaría saber qué nombre poner a tu recuerdo.

-He tenido muchos…

-¿Y cuál ha sido el que más te ha molestado que te llamasen? –atacó él, que comenzaba a sentirse a gusto en aquel juego.

-Idina.

Soltó aquel dato como si no significase nada para ella. Por eso supo que no le mentía. Extraño. Lo suficiente como para tentarle a seguir un poco más.

-¿Y que haces aquí, Idina? El espacio es bastante vasto como para dar lugar a demasiadas casualidades.

-He venido a matarte –respondió esta con una extraña naturalidad–. Pero no puedes creerme.

-Ya veo. Igual que veo que, por tu aspecto, eres humana.

-A ninguno de los dos se nos debería aplicar ese término. Pero si te refieres a la raíz significativa de este, la respuesta es sí. Nací y viví en la Tierra. La misma que ahora se desgaja ahí fuera gracias a ti.

Escucharlo en palabras de otro le hizo sentir una suerte de extraño orgullo. Sí. Aquella era su obra. Una por la que sentía la misma proporción de orgullo y amargura. Pero no arrepentimiento. No. Eso jamás.

-¿Cómo me has encontrado?

-Sabía donde estabas, pero, como ya te he dicho, no puedes creerme.

-Ya –musitó para sí mientras se rascaba la barbilla.

Ella paseó la mirada por el hangar con una desconcertante familiaridad. Aquel detalle no le pasó desapercibido a él, que seguía estudiándola tan profundamente como trataba de calmar sus ganas de dispararle allí mismo.

-¿Puedo hacerte yo una pregunta? –inquirió ella de repente dándole la espalda.

-Qué clase de anfitrión sería si no lo permitiese…

-Uno armado y sin interés en lo que hago aquí –contestó ella mirando de reojo el arma que pendía de su cinto–. Sin embargo, creo que en el fondo, no eres de ese tipo. ¿Así pues…?

-Di lo que hayas venido a decir.

Podía permitirle eso, pues sabía que sería la última en hacerlo libremente. Ella se removió un poco, incómoda de la prisión de su traje. Fue en ese momento en el que él se percató que había venido sin casco o nada que la protegiese. Se tragó la sonrisa al imaginarse activando su casco y despresurizando la estancia. Verla morir lanzada contra las paredes y luego flotando en el espacio sin vida no sería mal final. Un poco teatral, pero un final con el que poder regodearse el tiempo que le quedase. Si aquella conversación rozaba el aburrimiento lo consideraría seriamente. Aunque el placer de dispararle a bocajarro era uno contra el que se sentía tentado a no luchar.

-He venido a decirte que la nave en la que he venido duermen dos millones de personas que conseguí rescatar antes de que hicieras lo que hiciste –inmediatamente aquello le atrajo como la gravedad a los objetos sujetos a su fuerza–. Quería que supieses que tu plan ha fracasado. No has extinguido ni conseguirás acabar con toda la humanidad. Solamente la has empujado a dar un paso definitivo hacia su expansión. Nada más.

-Muy graciosa –gruñó él desechando aquel farol al instante.

-Esto si puedes creerlo.

Entonces Idina acercó la palma de su mano hacia él, donde pudo contemplar como de un punto del guante se creaba una imagen tridimensional de un espacio enorme, similar al de una colmena. Una colmena donde dormían en lechos criogénicos un sinfín de personas. No podía creerlo. Aquellos lechos eran exactamente como el suyo propio. Como el que había diseñado hasta más allá de la enfermedad y la desesperación. El que le preservaría hasta el final de los tiempos. El que le serviría de descanso eterno en un peregrinaje hasta el infinito. Sin embargo todo el valor de su esfuerzo parecía menguar inmensamente ante la producción en masa. En aquella imagen lo que él había considerado un trono para la posteridad no eran más que pequeñas cápsulas para el descanso de los perezosos. Aquello lo sacó de sus casillas. Su mano actuó bajo tal sentimiento y desenfundó con rapidez. Idina no se inmutó lo más mínimo al ver su vida amenazada por aquel arma que subía y bajaba presa de un pulso inestable y furioso.

Ilustración de Rosa García

-Si es verdad… -se detuvo al ser consciente por primera vez que aquella posibilidad podía ser real–. Si de verdad has tenido la audacia y el valor de hacerlo, acabas de cometer un error gravísimo porque voy a matarte y luego voy a lanzar al sol esa maldita nave tuya.

-Lo harías. Estoy segura que lo harías y sería poca cosa para el hombre que destruyó la Tierra.

-¡Lo haré! ¡Te juro que lo haré y disfrutaré con ello! –la amenazó de acto y palabra-. ¡Les despertaré antes de hacerlo! ¡Les obligaré a ser conscientes de su destrucción mientras tu cadáver preside la escena!

-No. No lo harás. No puedes creerme, pero no vas a tener esa oportunidad.

-No entiendo de que hablas –el gatillo ya había recorrido la mitad del camino–. Pero no necesito entenderlo. Lo único que necesito es pegarte un tiro.

Pero aunque la amenaza era más que real Idina no se inmutó lo más mínimo. De hecho lo miró con pena, como si él mismo fuese la víctima y no ella. Como si el que estuviese indefenso y en territorio hostil fuese él. Aquello lo enfureció aún más.

-Sí que lo necesitas –le interrumpió ella encarándosele con un gesto entre el valor y la inconsciencia-. Toda tu vida has necesitado entender lo que sucedía a tu alrededor. La misma vida que has desperdiciado buscando, peleando, perdiendo…

Hablaba como si le conociera. No. Había en sus palabras algo más que comprensión. Había compasión. Entendimiento. Empatía. Era como si ella hubiese recorrido su camino junto a él. Pero eso no era verdad. Él sabía que no. Sabía que de haber tenido a alguien a su lado… de haber estado para él en los momentos más críticos de su vida, quizás todo aquello no habría sucedido. Y en la Tierra seguirían aplaudiendo las nuevas posibilidades de expansión de esta. Celebrando la nueva oportunidad que lo que su mente había creado daría a la humanidad. Pero no había sido así. La Tierra todavía ardía en algún lugar fuera de aquella nave. Y con ella todo lo esta le había negado.

-No debieron haberte hecho lo que te hicieron –continuó Idina acercándose más y más–. No tenían motivos y aun así lo hicieron.

-¡Tú no sabes lo que me hicieron! –le gritó agitando el arma tratando que amedrentarla. Aunque al único al que amedrentó fue a él mismo.

-Te equivocas. Lo sé todo. He visto cada movimiento en el tablero de tu futuro hasta la posición en la que te encuentras ahora. He visto miles de vidas ir y venir. Brillar y apagarse. Y la tuya era de las más brillantes. La tuya era excepcional…

-Eso es imposible… -balbuceó él mientras le ponía el arma en el pecho a la mujer. Un pequeño golpe metálico hizo la amenaza más real aun. Y, sin embargo, el único al que devoraba el pánico era a él mismo.

-También lo eran los viajes espaciales y mira donde estamos. Si hay una persona que no puede hablar de imposibles eres tú.

-¡Cállate! –Su dedo deseaba cada vez más acabar aquella conversación–. Eres una maldita estúpida que ha venido a morir a esta nave y que únicamente dice sinsentidos.

Idina sonrió. Aquel gesto pareció transformarla. Era como si aquella leve demostración de sentimientos la hubiese tornado en otra persona. Una que no correspondía a las palabras y mirada que tenía ante él.

-Eso no puedo discutírtelo. Soy una estúpida. Una desdichada sin valor. Una inútil. Pero también sé que soy la única persona a la que escucharías en estos momentos. La única a la que no matarías en el mismo instante que apareciese ante ti. Y por ello estoy aquí. Porque, al igual que tú, he aceptado mi papel en este juego. He tardado toda una vida en hacerlo. He luchado contra él. Y casi me consumo al hacerlo. Pero ahora estoy aquí. Ante ti. Ante un planeta que arde y su verdugo. Ante ti…Robert.

Su nombre. Aquel nombre que el mundo y él mismo habían olvidado renació en aquellos labios. Y sus fuerzas flaquearon devoradas por su miedo. Por una verdad olvidada.

-¿De qué papel hablas? –preguntó Robert entonces, cuando su voz y arma vacilaban. Cuando la debilidad le comenzaba a arrebatar todo lo que era.

Idina le bajó el arma con suavidad. No encontró resistencia alguna y aun así no se la arrebató. En su lugar volvió a accionar otro mecanismo en su guante y de pronto toda la estancia fue devorada por una imagen holográfica de la Tierra. No la que ya había perecido, sino la Tierra. Una llena de vida. Azul y verde. Llena de gente y esperanza. De pronto, miles de personas, etéreas y de todos los credos y razas, comenzaron a caminar por el enorme hangar. Ajenos a todo les atravesaban mientras sus caminos se entrecruzaban. Algunos reían. Otros lloraban. Pero todos seguían adelante. Desapareciendo en el espacio y volviendo a aparecer nuevas imágenes.

-Todos estos destinos… -comenzó a relatar Idina-. Hubiese cambiado mi destino por cualquiera de los suyos. Poder labrarme el mío propio. Pero no pude pues a veces el destino elige por uno. Y es cuando luchar contra él se vuelve totalmente inútil –las imágenes seguían fluyendo atrapando a Robert sin que pudiese entender nada de aquello hasta que la mirada de Idina se tornó oscura y le atrapó-. No has sido tú el que has acabado con la humanidad. Siento decepcionarte si eso te hacía sentir especial, pero he sido yo.

Ahora si que no pudo refrenarse y fue él el que estalló en carcajadas. Se dobló sobre sí mismo sin control y se regodeó en su propio humor. Por fin quedaba claro. Aquella tal Idina estaba loca de remate. El último bastión de la humanidad era aquella penosa hembra trastornada. No se lo podía creer. No solo había logrado su propósito y venganza, sino que había logrado algo más que ni él mismo se había propuesto. Aquello le hizo sentir mucho mejor. Tanto que pensó en dejarla vivir. En dejar que su locura acabase contra cualquier sol cercano. Sin embargo, cuando consiguió alzarse nuevamente la mirada dura de ella seguía allí. Mirándolo sin miedo. Sí. Debía estar loca para no tenerle miedo.

-¿Y cómo has acabado con la humanidad, si puede saberse?

Idina dudó. Por primera vez desde que había pisado aquella nave la duda asomó antes que sus palabras. Era como si articular la siguiente frase fuese un acto titánico difícil de realizar. Robert no lo entendió. Y ella sabía que no podía entenderlo.

-Porque estoy maldita. No sé de donde viene pero poseo del don de la clarividencia. Puedo ver los sucesos más horribles que le van a pasar a la humanidad… -su voz decayó unos instantes junto con su cabeza–. Pero no puedo hacer nada para detenerlos porque nadie puede creerme.

Entonces fue algo lo que cambió en el interior de Robert al escuchar aquella confesión. Era como si hubiese abierto los ojos después de haberse esforzado en tenerlos cerrados mucho tiempo. Era como si la luz le molestase y su cerebro anduviese con pereza y descoordinación.

– Sólo estás diciendo tonterías…

-Es la misma respuesta que he recibido toda mi vida. Cada vez que trataba de advertir a alguien de lo que le iba a ocurrir este nunca me creía. Era como si no me escuchase. Como si yo no existiese. Como si mis palabras no pudiesen ser oídas.

-¿Y qué? Si yo hubiese sido tú, me hubiese olvidado de los demás y hubiese tratado de cambiar las cosas yo mismo. No se puede confiar en la gente, Idina. A veces no se puede confiar ni en uno mismo. Pero al final del día y cuando más lo necesitas, sólo puedes fiarte del tipo que vive en el espejo…

Ella le sonrió con franqueza aunque Robert no entendió aquel gesto. Ni siquiera entendía muy bien por qué había hablado de aquella manera. Como si lo que le decía le importase.

-Tampoco funciona así. Nunca puedo hacer nada para cambiar lo que va a suceder. Tan sólo consumirme en el conocimiento de este y en el remordimiento de no poder hacer nada.

-¿Pretendes que sienta pena por ti?

-No pretendo nada. Tú sabes quien eres y yo sé quien soy. Ambos lo hemos aprendido por las malas y hemos acabado donde menos lo esperábamos.

-Y dime, ¿qué es lo que pretendes conseguir con todo esto? Porque sabes que no vas a salir con vida de esta nave.

Entonces la estancia tembló como si hubiese estornudado. Ambos se tambalearon buscando un equilibrio que encontraron el uno en el otro. Se quedaron enzarzados en una mirada extraña sin saber qué hacer o qué decir. Fue cuando la calma volvió cuando Robert, tratando de recobrar lo que era, la soltó. Aunque no lo hizo con maldad. Más bien con desgana.

-¿Qué diablos ha sido eso? –preguntó Robert a la IA de la nave mirando hacia arriba, como si esta fuese un ser superior.

-La nave desconocida acaba de desacoplarse sin previo aviso –respondió aquella voz electrónica-. Estimando los daños causados en el casco…

-¿Qué?

Robert no daba crédito a lo que escuchaba. Pero sí a lo que sentía en sus entrañas. La furia volvió por el mismo camino que se había escondido y volvió a encañonar a la mujer. Ya no sentía reparos en mancharse de sangre. De hecho lo deseaba.

-¿Qué has hecho?

-Lo que tu nave ha dicho –contestó ella con tranquilidad.

-¿Cómo?

No la había visto accionar nada ni comunicarse con su nave de modo alguno. Y sabía que la comunicación telepática era imposible, pues era lo único que no había podido desentrañar él mismo. Su único fallo. Uno menor e innecesario. Pero que escocía como una vieja herida y en ese momento dolía como una reciente.

-No te alteres. Ya sabía que esto iba a pasar y por ello di las órdenes oportunas de alejarnos.

-¿Qué diablos es lo que pretendes?

-Redimirme por un pecado no cometido, supongo. Estoy cansada de vivir sabiendo lo que no puedo detener. Sintiéndome el objeto de una broma cósmica que no entiendo. He sabido desde siempre lo que ibas a hacerle a la Tierra. He seguido cada movimiento tuyo antes siquiera que lo hicieses. Pero no he podido detenerte. Y créeme que lo he intentado. Lo he perdido todo en ello. Pero no podía. Y cuando llegué a esa conclusión decidí hacer que si podía hacer: fabricar el siguiente paso del destino. Y eso es precisamente lo que estoy haciendo.

Deseó no entender lo que le decía. Seguir creyendo que la locura era lo que la movía. Pero sabía que decía la verdad. De algún modo lo sabía. Y eso removió las brasas de su rabia. Pero también le retuvo. Había cometido el pecado más imperdonable de todos los tiempos. Pero ella había tenido que vivir sabiéndolo sin poder hacer nada al respecto. De pronto, se sintió demasiado cercano a aquella mirada profunda, triste y verde que le enfrentaba sin miedo.

-Tu nave… Tu nave es mi nave…

-Tus diseños e ideas. Los mismos que yo veía cada noche, cada día. Los mismos que tú ni siquiera habías inventado yo ya los tenía en mi interior. Por eso, mientras tú crecías en el odio y la venganza yo preparaba mi futuro. He dirigido tu esfuerzo en mi beneficio. En beneficio de una humanidad que nos dio de lado.

-¿Por qué? –Robert no lo entendía y quería tirarse de los cabellos por ello-. ¿Por qué lo hiciste?

-Esperaba que este momento me lo dijese. Pero si te soy sincera no lo está haciendo. Lo único que siento es un miedo tan nuevo y espantoso que estoy tentada a pedirte que me pegues un tiro en este momento.

-Pero…

-Estoy harta. Harta de no poder vivir en paz. De no poder hacer ningún bien. Así que decidí hacer lo único que sí que podía: sacrificar mi vida para que la humanidad no acabase donde mi mente me decía que iba a hacerlo. Lo siento. Te he jodido el plan. Pero alégrate, tú has hecho más que yo para que eso sucediese.

Lo entendió. En el mismo momento que ella retrocedía un poco y comenzaban a caer sus lágrimas, lo entendió. Claro como la luz del sol. Terrible como un planeta que estalla. Lo entendió.

-Yo… Yo no quería esto.

-Ninguno de los dos lo quería. Pero prefiero que ambos ganemos algo a que todos perdamos.

-¿Eso es todo? ¿Eso es a lo que has venido? ¿A decirme que he fracasado? ¿A burlarte de mí en persona como el mundo se burló de ti?

-No –le dijo sin ocultar la tristeza que ya la embargaba–. He venido a decirte que la humanidad seguirá adelante. Pero que tú y yo no lo haremos.

-No te creo.

Las alarmas de la nave se encendieron en ese momento como un torrente de luz cegadora que hicieron desaparecer todos aquellos fantasmas etéreos. Como si estos hubiesen vuelto a su lugar. Al sitio al que realmente pertenecían. Al lecho criogénico de la nave de Idina. Robert recibió informes de su IA que bramaban algo sobre impactos inminentes y la imposibilidad de esquivarlos. Incrédulo la miró buscando una respuesta. Una explicación. Algo que le dijese qué estaba pasando. Ella simplemente le miró. Con compasión. Con ternura. Con un amor que nadie le había dado jamás.

-Te dije cuando nos vimos a qué había venido –el impacto era inminente. Ahora lo veía. Ahora lo sabía. Y era el único que tenía miedo por ello, pues Idina solamente cerró los ojos y le enseñó el semblante de alguien que estaba en paz consigo mismo. Alguien que no sería él. Y entonces se lo susurró. Una vez más. Una última vez–. No podías creerme…

David Gambero 2012

El azul perdido.

Autor: David Gambero

Ilustrador: Mannfred Salmon

Género: Ciencia Ficción

Este relato es propiedad deDavid Gambero, y su ilustración es propiedad de Mannfred Salmon. Quedan reservados todos los derechos de autor.

El azul perdido.

-¿Primera vez? –preguntó Matthew “Cuatrodedos” a su acompañante nada más abordar la nave de exploración “Auricom”.

Ella asintió al tiempo que se colocaba torpemente en el asiento del copiloto. Caroline Ashby había desarrollado muchas funciones para la Temperley Inc. Y la de astrofísica, aunque no le resultaba desconocida, sí que parecía resultarle incómoda.

-Odio esta compra –fue su respuesta.

Cuatrodedos sonrió para sí. Desde que abandonase la Federación se había dedicado a uno de los nuevos y más prósperos negocios del Universo: la compra-venta de planetas. Pues a aquello se dedicaban en la Temperley. A comprar planetas colonizados y agotados para luego tratar de sacarles un poco más de lo que fuese. Recursos. Tierras. Posiciones estratégicas. Todo valía cuando los colonos ya deseaban echar raíces en otro lado.

-Henry dice que nos ha tocado un planeta inservible.

-Henry es el inservible –gruñó Cuatrodedos al tiempo que seguía comprobando la nave que usarían para el reconocimiento superficial del planeta-. Además este planeta está totalmente fuera de las rutas conocidas. A saber dónde lo habrá comprado…

Entonces una sacudida inesperada zarandeó la nave. Y no sólo la Auricom sino la nave nodriza de la Temperley. Aquello no podía ser puesto que aún no debían abandonar el nodo de salto que les transportaba al sistema donde estaba aquel planeta comprado. Y aún así todos y cada uno de los sistemas electrónicos de la nave se encendieron al unísono. Matthew trató de establecer comunicación con el puente de mando pero entonces una mano invisible y negra destrozó la cubierta que había ante ellos y los arrojó con fuerza a un estómago oscuro y estrellado. El explorador a punto estuvo de perder la consciencia como Caroline por la violencia del golpe pero aún quedaba algo del soldado que había sido en él. Viendo blanco sobre negro encendió los motores mientras la Auricom daba vueltas sin control sobre sí misma, y dio las gracias más sinceras cuando el sistema respondió y los estabilizadores pararon aquel maremagno demencial. Buscó con la mirada la nave de la Temperley y la encontró sobre sí con uno de sus laterales arrugados como una hoja de papel. La suavidad e indolencia de su movimiento le cortaron la respiración. No podían comunicarse con ellos y la nave de la Temperley parecía gravemente dañada. Con un millar de preguntas que amenazaban por desbordarse de la nave un problema mayor atrajo toda su atención. La Auricom también había resultado dañada y probablemente aquellas estrellas indolentes que brillaban a miles de años luz fuesen las últimas que vieran. Buscó una ruta de salvación a toda prisa. Un planeta pequeño y gris cercano al planeta que había adquirido la Temperley fue la respuesta a unas oraciones apresuradas. Dirigió la poca potencia que les quedaba hacia allí y se interesó por una Caroline cuya melena rubia había caído cual cascada escondiendo su rostro. Le hizo a un lado el cabello y le buscó los signos vitales. El pulso respondió al momento. Tranquilo. Regular. Un pulso que le habría cambiado en aquel preciso momento pues el suyo estaba a punto de salirse de la escala. Buscó en los mapas estelares datos de aquella estrella de salvación que crecía ante sus pantallas, pero aquel sector había sido abandonado tanto tiempo atrás que hasta los nombres se había llevado la civilización consigo. Envió un pulso con las coordenadas a la nave de la Temperley e hizo que el único motor de aquella lanzadera se hiciese valer. Mientras buscaba qué equipo de emergencia había en la nave observó cómo la nave de la Temperley encendía motores también y se dirigía hacia la órbita del planeta más lejano. Matthew sonrió aliviado. No trabajaba para gente estúpida al fin y al cabo. Iban a aprovechar la monstruosa fuerza gravitatoria de aquel sistema solar para dar la vuelta y lanzarse impulsado hacia el nodo de salto al tiempo que conseguía un respiro para paliar los daños o pedir auxilio. Bien, pensó Cuatrodedos, por qué lo iban a necesitar.

-¡Mamá! –gritó Caroline cuando volvió en sí.

Matthew suspiró aliviado al tiempo que veía cómo las pupilas plateadas de la muchacha relucían con un brillo inestable. Estaban a pocos minutos de entrar en la atmósfera del planeta y había conseguido despertarla justo antes de un aterrizaje que presumía no iba a ser nada elegante.

-Bienvenida a su día de mierda –le dedicó este -¿Quiere su realidad sola o con leche?

Caroline se sentía totalmente entumecida. Aún así sonrió al saberse viva.

-¿Qué ha pasado?

-Versión corta: Estamos jodidos pero vivos –dio este ayudándola a incorporarse un poco hacia delante-. La versión larga incluye muchas caras de miedo mías y palabras inadecuadas para menores de dieciocho años. Pero dejando eso en un aparte nos dirigimos a un planeta a esperar a que nos rescaten…

-¿A qué planeta?

Cuatrodedos se hizo a un lado y tras él una enorme esfera de distintos tonos de gris se hizo imposible de obviar para la astrofísica. Tras ella, juguetón y escurridizo, la sombra del planeta rojo se hizo visible.

-Ese no es el que hemos comprado…

-Es eso o quedarnos aquí varados a jugar a cual de los dos se queda sin oxígeno antes –replicó él-. Y te advierto que aguanto la respiración muy bien.

-¿Crees que vendrán por nosotros? –preguntó Caroline sin poder ocultar su miedo.

-A por mí no van a venir… Pero a por una astrofísica cualificada, diseñadora de rutas espaciales y rubia maciza seguro que vienen –respondió Cuatrodedos enseñando una pequeña pistola láser de baja potencia-. En otro orden de cosas esto es lo único que hay de utilidad además de mi traje completo de exploración. El resto mucho me temo que no lo he cargado pues no esperaba que el nodo de salto nos expulsase como a una mala comida.

-Sólo un hombre encontraría un arma de utilidad en estos momentos –rezongó ella mientras se ajustaba el cinturón de seguridad del asiento- ¿De verdad te parezco atractiva?

-Preocúpate de si se lo pareces a Henry –contestó fijando su atención en los mandos de la Auricom-. Ahora agárrese a lo que sea. Nos vamos de excursión.

La atmósfera les recibió con la hostilidad de alguien no invitado ni esperado. Nave y piloto tuvieron que hacer su mejor esfuerzo por encontrar un precario equilibrio que les permitiera sobrevivir hasta llegar a la superficie. Una superficie que estaba oculta bajo un manto de condensación atmosférica tan espeso como el propio espacio exterior que abandonaban. El motor de la nave dio su último coletazo cuando hizo un agujero en esta atravesándola a toda velocidad. Bajo ellos un enorme mar gris y sin vida se extendía allí donde les llegaba la vista. Por suerte la nave veía más lejos y no tardó en encontrar tierra donde aterrizar. Cuatrodedos se dirigió hacia allí de inmediato a aquel erial que pasaba a toda velocidad bajo ellos.

-¡Hay una cosa que creo que no he comentado, doctora! –gritó el improvisado piloto entre las sacudidas que estaban amenazando con partir la nave en dos.

-¿Qué no tiene retromotores? –preguntó ella con una mirada de abandono-. ¡Si es eso estréllate con dignidad Cuatrodedos!

Hubo más suerte que dignidad en aquel aterrizaje disfrazado de fiasco. El explorador apagó el motor y trató de frenar con los servos de la nave tanto como pudo hasta que no le quedó más que entregarse al suelo. El golpe fue brutal, pero la experiencia y la pericia de este evitaron que fuese definitivo. Con el corazón a flor de piel y la nave detenida y enterrada a medio palmo en la tierra se miraron como si hubiesen descubierto la vida por primera vez.

-Este tipo de cosas se me dan mejor con dos motores y una nave sin tantas lucecitas rojas –afirmó Cuatrodedos al tiempo que ayudaba a desalojar su asiento a Caroline-. ¿Qué quieres hacer ahora?

Esta, jadeante y dolorida, meditó un segundo su respuesta.

-Salgamos a explorar –dijo con seguridad-. Me remordería la conciencia si sobrevivimos a esto y resulta que en este planeta hay Kelium o cualquier otro recurso valioso.

Cuatrodedos sonrió para sí y le pasó el casco del traje de exploración a la astrofísica.

-No… No estoy cualificada para llevar este tipo de trajes…

-Déjese de tonterías, doctora. Si está cualificada para hacer un protocolo de seguridad que nos mande a este agujero está cualificada para llevar un traje de exploración –expuso Cuatrodedos al tiempo que desenroscaba el grueso y reforzado mono naranja que completaba el traje-. Además según los cálculos de la nave el aire ahí fuera es tolerable.

-Pero no respirable a largo plazo.

-Estoy seguro de que he respirado cosas peores –dijo con seguridad el explorador-. Además eres la única cualificada para dictaminar sobre qué nos hemos estrellado por si Henry decide volver a por nosotros…

Cuatrodedos aún notó algo reticente a la astrofísica mientras la ayudaba a enfundarse el traje de exploración que la hacía parecer un muñeco orondo y torpe. Sabía que contra condiciones extremas su biotraje nada podría hacer por protegerlo. Sin embargo aquel aire saturado de dióxido de carbono y algunos gases que seguro se le repetirían en los pulmones durante no le matarían. Diez minutos después y con los rudimentos y bondades del traje de exploración aprendidos por Caroline, salieron de la nave. Fuera, una niebla espesa y fría les recibió con su desagradable abrazo. Cuatrodedos se mareó al instante que tomó la primera bocanada de aire, aunque soportó con estoicismo los primeros pasos antes de detenerse a esperar a Caroline, que avanzaba con paso lento pero con los reflectores de su casco encendidos a máxima potencia dándole un aspecto de luciérnaga enorme.

-¿Está seguro que ha respirado cosas peores? –dijo ella comprobando las lecturas de su casco.

-Sinceramente… No –aceptó él mientras rezaba por dejar de ver doble- ¿Algo que destacar?

-Lo esperado –sonó la voz de Caroline a través del altavoz del casco-. Un yermo gris y aburrido… ¡Pero qué!

Cuatrodedos se volvió alarmado pensando que algo le sucedía a la doctora. Pero esta sólo se había quedado perpleja ante una lectura de su casco que no paraba de repetirse.

-Esto debe estar mal…

-¿Qué sucede?

-Litio… Hay un depósito de litio a tres kilómetros al norte. Pero no puede ser… El escáner de profundidad de este traje debe estar averiado.

Matthew no entendía nada. Nunca había escuchado hablar del litio ni tenía ni idea de lo que podía ser. Entonces su pie derecho se removió y encontró algo que si que sabía lo que era.

-Espero que no hayas pensado todavía nombre para bautizar el planeta… No somos los primeros en estar aquí.

El explorador alzó una calavera a la que le faltaba todo el maxilar derecho ante los ojos horrorizados de la astrofísica. Esta ahogó un grito aunque mantuvo una extraña determinación en la mirada.


Ilustración de Mannfred Salmon

-Tenemos que seguir adelante… -musitó esta señalando el norte-. Hay que saber qué es este planeta.

-Bien –asintió Cuatrodedos al tiempo que preparaba su arma-. Asegúrate de lanzar pulsos de exploración cada quince segundos y de avisarme si se mueve algo. Los muertos son como los problemas: nunca vienen solos.

Fue una caminata de las más aterradoras que recordaba haber tenido Caroline mientras que los pálpitos largo tiempo olvidados para Matthew salían de los recuerdos a su realidad. Aquel ambiente no era tan hostil como el de un campo de batalla, pero caminar por él le hacía reavivar una sensación de pérdida similar a cuando su mano no echaba de menos su dedo anular. Pronto encontraron más huellas de civilización. Primero un camino asfaltado. Luego estructuras de edificios arrancados de cuajo. Todo bajo un manto neblinoso bajo el que dormían para siempre centenares de huesos sin historia que contar. Los escáneres no detectaban una huella de ADN descifrable en los huesos dejándoles sin pistas de a qué peregrinación o colonia podían haber pertenecido. Aquello no tenía sentido alguno para ninguno de los dos. Cada mota de polvo que levantaban descubría bajo ella más mano del hombre. Ropas extrañas. Utensilios. De todo… Hasta que llegaron a los pies de una enorme formación de hierro y acero derrotada hacia su derecha que tenía todo el aspecto de monumento tosco y antiguo que se había marchitado junto con el planeta.

-Torre Eiffel –dijo con un hilo de voz Caroline mientras el traductor de su casco desentrañaba el significado de un papel parcialmente abrasado que había encontrado a los pies de esta.

-Más bien lo que queda de ella –dijo Cuatrodedos a quien le empezaban a arder los pulmones y a fallarle las fuerzas. -¿Está por aquí tu depósito de litio?

-Justo bajo ella. Dios… Si tuviésemos un simple equipo de perforación o un par de bots…

-Lo que tienen son un par de horas para volver a la atmósfera –dijo de pronto la voz conocida de Henry, comandante de la Temperley, a través de sus comunicadores-. Veo que no eres capaz de distinguir el rojo del gris, Cuatrodedos…

-Tienes una curiosa forma de preguntar si seguimos vivos Henry –recriminó el explorador a su jefe aunque se sentía aliviado de que siguiesen vivos- ¿Qué ha sucedido?

-Aún no sé lo que nos ha sacado antes de tiempo del nodo de salto pero ha afectado casi exclusivamente a la nave y a todo lo que hiciera pip pip. Es un milagro que sigamos vivos y si queréis poder decir lo mismo más os vale que estéis en órbita pronto porque no tengo frenos ni intención de esperaros.

-¿Y el planeta rojo?

-¡Que le den al planeta rojo! –repuso Henry-. En cuanto me vaya de aquí pienso borrar este nodo de salto de todas las rutas de la compañía. A menos, claro, que haya algo interesante ahí abajo.

-¡No! –gritó Caroline sin querer-. Quiero decir que hasta el momento todo indica que este planeta está muerto…

-Bueno, ya lo decidiré cuando revise los datos del traje de exploración que llevan. Sean puntuales pareja, que aquí no se espera a nadie. Corto y cierro.

Apresuradamente Caroline bloqueó las comunicaciones de golpe alarmando a Matthew. Este no entendía que era lo que estaba pasando, pero estaba claro que no era nada bueno.

-¿Hora de decirme qué está pasando?

Caroline desvió la mirada que fue a parar a la enorme estructura que tenían frente a ellos. La niebla la envolvía con armonía y se colaba entre sus recovecos mientras que el sol mortecino de lo que parecía un lento atardecer tornaba el cielo de un gris más benevolente.

-Algo que es imposible –susurró ella justo cuando una extraña interferencia irrumpió en su comunicador.

Al momento aquella estática invasora también tomó el comunicador de muñeca de Matthew. Trató de aislar la frecuencia pero no había forma. Fuese lo que fuese lo que la estaba causando utilizaba un sistema que escapaba de su entendimiento.

-Estar aquí… -dijo una voz masculina entre la ruidosa niebla.

Matthew rastreó la fuente de aquellas palabras. Se encontraba justo entre aquellos hierros retorcidos y olvidados. Desoyendo el grito de advertencia de Caroline este salió en su busca. Atravesó las rendijas y se hizo camino a duras penas hasta que encontró lo que no pudo describir más que como un búnker metálico redondeado y hermético. No tenía más de diez metros de diámetro y por más que buscaba no conseguía encontrar una puerta de acceso. Palpó la superficie fría del mismo y una sensación inexplicable le recorrió el cuerpo provocándole una tos incontrolable. Doblado sobre sí mismo sufrió la rebelión de sus pulmones hasta que estos le concedieron un pequeño respiro. Cuando se incorporó un par de ojos tan abiertos como negros le escudriñaban a través del cristal de una rendija que antes no había existido. Sobresaltado retrocedió al tiempo que esgrimía su arma contra aquella mirada prisionera. Otro súbito ruido a su espalda le hizo virarse encañonando a una sorprendida Caroline. El explorador suspiró de alivio e hizo la pistola a un lado.

-No deberíais estar aquí… -repitió la voz que, de nuevo, tomó posesión de sus comunicadores.

-Dígame que no es verdad… -musitó Caroline mientras avanzaba desoyendo los consejos de Cuatrodedos y se aproximaba a la superficie del búnker-. Dígame que nada de esto es real.

-Oh, sí que es real… -musitó aquel desconocido-. Bienvenidos a la Tierra.

Caroline dejó caer los brazos a los lados abatida. Como si aquellas palabras le hubiesen robado algo más que las fuerzas mientras que Cuatrodedos la miraba de hito en hito. Ninguno podía dar crédito a aquella situación. Era totalmente imposible. Aquello no era el sistema solar. Y aún así el corazón de Caroline había comenzado a galopar a la velocidad de la locura. El explorador la vio temblar dentro de un traje que contra su voluntad la sostenía en pié, sufriendo una pesadilla que a Cuatrodedos le estaba alanceando el estómago. Sólo que a él no le atormentaban las mismas sensaciones que a la astrofísica. Había comenzado a encontrarse realmente mal. Y aún así su ordenador le indicaba que debía estar perfectamente.

-¿No es lo que esperaban? –preguntó la voz con una neutralidad casi perfecta.

-¡Cállese! –gritó Caroline llevándose las manos al casco en un vano intento de taparse los oídos- ¡Cállese!

-Lo único que puedo guardar aquí es silencio. Pídeme lo que quieras pero es más que bien recibido hablar con alguien para variar.

Cuatrodedos apretó los dientes y avanzó hasta el búnker golpeándolo con el dorso del puño, justo bajo donde aquellos ojos seguían mirándolos con una expresión petrificada entre la curiosidad y la locura.

-No deberíais estar aquí.

-No… No. Lo que no debería estar aquí es la Tierra, ¿me oyes? –balbuceó Caroline como si despertase de un mal sueño mientras caminaba vacilante hacia el búnker-. Nada de esto puede ser. Eso de ahí no es la torre Eiffel. Y tú… tú no deberías existir.

De pronto Caroline hizo a un lado a Matthew, le arrebató el arma de las manos con una rapidez y decisión que hizo inútiles los esfuerzos del hombre por conservarla y apuntó directamente a la abertura del búnker donde aquellos ojos, ahora bañados de oscuridad, les seguían escudriñando.

-¡Dígame que es una broma! ¡Que todo esto es mentira! –gritó mientras sacudía su cabeza y los datos fantasmales de su casco se desvanecían con el movimiento.

-Claro que miento. Todos mentimos, muchacha –respondió este tras las paredes del búnker sin atisbo de miedo alguno-. El ser humano es especialista en mentiras. Especialmente cuando se trata de perpetrarlas para sí mismo… Pero dígame una cosa. ¿Miente su corazón acaso? ¿Están sus pies pisando una mentira? No, muchacha… Si se viera como yo la veo ahora no se atrevería a decir eso…

La respuesta de Caroline se estrelló en forma de rayos de plasma contra el búnker. La deflagración lanzó a un lado a un desprevenido Cuatrodedos que no podía dar crédito a la acción de la astrofísica. Cayó con un golpe seco al suelo pero se rehizo en seguida solo para ver como una Caroline, que no estaba habituada a las armas de plasma, el retroceso de disparo la había hecho caer de espaldas. Sólo que no había alcanzado el suelo pues los sistemas de estabilización del traje de exploración se habían activado y los pequeños motores de aire comprimido de la espalda evitaban que cayese al suelo. Así que allí estaba aquella mujer, sollozando dentro de una prisión de vida que no dejaba caer un cuerpo que ya lo había hecho un minuto atrás. Cuatrodedos recogió el arma del suelo justo cuando se percató que ni búnker ni extraño habían sufrido daño alguno. El explorador ayudó a volver a la vertical a Caroline que apenas ponía de su parte. Aquella exploración se había convertido en algo que no sabía manejar. Y peor aún es que se estaban quedando sin tiempo.

-Caroline –trató con suavidad que volviese en sí la astrofísica-. Por favor, deja de llorar. Esto no puede ser la Tierra.  Tú sabes cómo es. Cielo y mares azules. Las ciudades flotantes… Pero esto no es más que un erial gris y seco.

-La Tierra, pues… -interrumpió el habitante del búnker.

-¡Métete la lengua en el culo! –le gritó de vuelta Cuatrodedos -¡Eres un jodido loco prisionero! ¡No sabes lo que estás diciendo!

Una risa seca inundó ambos comunicadores. Matthew se sintió tentado a silenciarlo pero entonces Caroline recuperó las fuerzas justas para no necesitar el brazo del hombre para sostenerla.

-¿No sé qué es lo que digo? ¿Y qué os dice a vosotros el planeta?

-Me dice que es la Tierra –balbuceó Caroline que había dejado de llorar pero no de sufrir-. Cada dato que cruzo de este lugar con los registros de la Tierra coincide a la perfección. Masa. Gravedad. Superficie. Recursos…

-Sólo has encontrado litio, Caroline.

-Y sólo lo había en la Tierra… De hecho era de las pocas cosas que no habíamos agotado antes de lanzarnos en el peregrinaje de la Federación…

Cuatrodedos había escuchado y visto la recreación de aquella historia en infinidad de holovideos. Un planeta Tierra que brillaba con cegadora intensidad estaba amenazado por consumirse demasiado deprisa si no se hacía nada al respecto. Entonces comenzó la investigación de los nodos de salto para hacerse al único sitio que podía albergar a la raza humana: el espacio. Costó años y un trabajo inconmensurable pero finalmente el ser humano pudo alcanzar las estrellas. Mucho se ganó y se perdió con aquello. Pero desde luego la Tierra no había sido una de aquellas cosas.

-Todo lo que sabe o cree saber es mentira, soldado. Los colores abandonaron la Tierra mucho antes que usted naciese –intervino la voz-. Sólo un recuerdo conveniente de un pasado que no puede volver permaneció.

-¡No! –bramó Caroline apartando a un lado a Cuatrodedos- ¡La Tierra no puede haber acabado así!

-¿Y cómo lo sabe? ¿Acaso alguna vez la pisó? ¿Acaso alguien de sus conocidos estuvo allí alguna vez? Yo responderé por usted: no.

-Le juro que como no se callé… -un acceso de violenta tos impidió a Cuatrodedos seguir con la amenaza. Aquel oxígeno viciado le estaba rompiendo en dos- Mierda…

Caroline no entendía cómo aquel hombre se marchitaba ante sus ojos, pero no podía prestarle la atención debida. Su mente sólo trabajaba ya en una única dirección.

-¿Quién es usted? –preguntó la astrofísica al tiempo que le tendía una mano al soldado que este rechazó con demasiada brusquedad.

-Robert Albright.

-Robert Albright  fue uno de los inventores de los nodos de salto –dijo ella al instante.

-De nada –fue su contestación que dejó atónita a Caroline.

Sin embargo la astrofísica no podía concebir aquello. Robert Albright había sido uno de los científicos más brillantes de la Tierra. El hombre que había conseguido domeñar las rutas estelares y acercar distancias imposibles gracias a los nodos de salto. Sus avances prácticamente habían salvado a la raza humana de la extinción.

-¿Aún siguen llamándome criminal? –inquirió este por primera vez con genuina curiosidad.

-No puede ser el tipo que destruyó Marte –masculló Cuatrodedos cuando consiguió dominar su irregular respiración-. Esto es una locura…

Entonces la astrofísica miró al cielo conteniendo el aliento. La figura del planeta rojo que había comprado la Temperley apenas era visible tras aquel manto de niebla perpetúa. Pero allí estaba. Sostenido del cielo como una verdad incómoda. Musitó un comando al ordenador del traje de exploración y este terminó de encajar una pieza más de aquel imposible rompecabezas.

-Hemos comprado Marte –susurró ella al tiempo que la risa de Robert volvía a salpicar sus comunicadores-. Es verdad… Todo es verdad.

-Teníamos que asegurarnos que podría hacerse –dijo Robert con una voz que parecía estar a un mundo de recuerdos de allí-. Tenía que saber si podía salvar lo más importante en caso de necesidad. Jamás imaginé que pasaría esto…

Fue en ese momento cuando Cuatrodedos pegó su rostro a aquel indestructible vidrio que le separaba de la presencia de Robert. La ira que emanaban sus ojos amedrentó a aquel hombre que retrocedió arrepentido.

-¡Les mató! –gritó el soldado- ¡Cien mil millones de personas! ¡Usted destruyó el primer planeta terraformado de la Federación! ¡Usted inició la Primera Guerra del Destierro! ¡Por su culpa dejamos de avanzar al unísono como raza y nos dispersamos por el universo en una jodida carrera que no podíamos ganar! ¿Cómo pudo hacerlo?

Caroline no podía dejar de mirar Marte. De mirar como algo tan grande había desaparecido de la noche en la mañana en una tormenta estelar sin dejar rastro. Todo el mundo creyó que había sido un ataque de una de las muchas facciones que amenazaban con escindirse de la Federación y por culpa de aquello comenzó una guerra fratricida que sólo consiguió la pérdida de incontables vidas y la segregación de la humanidad en pos de un espacio tranquilo. Si era verdad que aquel hombre había hecho aquello se encontraban ante el mayor criminal de la historia de la humanidad.

-¿Cómo lo hizo? –preguntó Caroline.

-Con la mejor de las intenciones y el peor de los resultados, muchacha. Quería salvar la Tierra de… de esto que ahora pisáis. Con la Federación y sus miras puestas en el espacio esta temía que, con sus recursos desperdigados, alguien utilizase aquella debilidad para tomar la Tierra. Así que requirieron mi colaboración para un nuevo proyecto de nodo de salto mayor y más seguro que permitiese trasladar enormes flotas a través de un solo agujero negro. Me dieron recursos ilimitados convenciéndome que todo se hacía por el bien de la humanidad. Acepté. Así las mejores mentes del momento nos pusimos manos a la obra. Pero por desgracia las mejores mentes no siempre son las mejores personas y todo acabó saliendo mal. El nodo que creamos se volvió inestable. Hambriento. Perdimos el control del mismo y me quedó una solución que tomar: Perder la Tierra o perder Marte. La historia sabe que decisión tomé…

-Usted y su equipo desaparecieron aquel día… La investigación nunca dejó claro si fue el único responsable.

-Si ha de ponerle nombre a la pérdida de vidas de todo un planeta ese debe ser el mío. Nadie de la superficie había sobrevivido cuando el universo nos expulsó a este extremo de la galaxia. Había matado a todo un planeta y sólo yo y los que me acompañaban en el módulo del nodo de salto sobrevivimos. Y no sólo habíamos trasladado a un planeta de un lugar a otro…

-También habían bloqueado el nodo de salto que iba a la Tierra –completó Caroline.

-¿Qué? –le gritó Cuatrodedos- ¿De qué estás hablando?

-No se pueden establecer dos nodos de salto a menos de medio año luz de distancia si no se quiere correr el riesgo de crear una discordancia dimensional…

-Demasiado joven y demasiado inteligente, muchacha. Y demasiado desafortunada por haber acabado aquí.

Una señal luminosa se encendió en el traje de Cuatrodedos y al segundo en el de Caroline. El tiempo para la recogida de la nave de Henry se estaba acabando.

-Eso no explica por qué está aquí la Tierra… Y por qué sigue habiendo una Tierra idéntica a la que conocíamos en el sistema solar.

Entonces Cuatrodedos lo vio claro. Tan claro como la sangre que escupió en un nuevo acceso de tos y que ocultó a Caroline cuya estupefacción ayudó a tal fin.

-Eso no es ningún búnker, ¿verdad? –preguntó a Robert-. Es una prisión. Los que iban con usted trataron de volver a través del nodo que usted creó… Sólo que sabían que volvería a suceder lo mismo. Aunque esta vez no había un Marte que absorber… Sería la Tierra.

-¡Traté de impedirlo! –gritó Robert y se le escuchó golpear de rabia en el interior del búnker-. Pero a veces un solo hombre no es más que eso…

-Sin embargo de alguna manera lograron estabilizarlo, o de lo contrario no habríamos acabado nosotros aquí…- argumentó la astrofísica.

-Me temo que sí… Para la desgracia del universo no trabajaba con personas faltas de inteligencia o escrúpulos. Usaron la Tierra como si fuese el propio nodo y escaparon a través del mismo de vuelta al sistema solar…

Un silencio pesado que ni la estática consiguió llenar inundó todo a su alrededor. Aquello era demasiado para procesar. Era, simplemente, demasiado. Y aún así había sucedido.

-Así que le dejaron a usted aquí confinado para que no destapase el pastel.

-Atrapado, sólo y condenado para mucho tiempo, soldado. Dentro del planeta que quería salvar y que acabé destrozando. El maldito nodo trastocó mi tiempo y el de la Tierra. Ahora ambos estamos moribundos pero no sabemos cómo morirnos.

Cuatrodedos no podía imaginarse la deuda temporal que había contraído aquel hombre o cuanto tiempo llevaría allí dentro cuando colocó su mano ensangrentada y manchó el cristal de aquel búnker con ella. Sentía las fuerzas abandonarle de manera inexplicable pero estaba demasiado cerca del final como para detenerse aunque le costase la vida.

-¿Quién fue? –preguntó con un hilo de voz- ¿Quiénes eran los que le ayudaron en su investigación?

Entonces la mirada de Robert esquivó el rostro del explorador y fue directamente al pecho del traje de Caroline. Ninguno necesitó más. Todo estaba demasiado claro ya.

-No… -retrocedió espantada Caroline-. No pueden haber sido ellos.

La astrofísica comenzó a correr torpemente entre los escombros de aquello que antaño fuese la torre Eiffel. Temperley. Habían sido ellos. Con la ayuda de la Federación habían comprado un planeta igual a la Tierra y de alguna manera lo habían sustituido por el original aprovechando los conflictos estelares y aquel hambriento nodo. Y el resultado había sido perfecto. Un crimen perfecto del que ella, aún sin serlo, se sentía culpable sólo por portar aquel emblema en su pecho. Fuera de sí no supo detener su torpe huida hasta que la silueta de la Auricom se recortó en el horizonte. Sin embargo no era lo único que había ante ella.

-No sabes correr dentro de ese trasto –le dijo Cuatrodedos con una sonrisa cansada-. Cualquiera te podría haber alcanzado.

El hombre sostenía la pistola de plasma de manera descuidada y la balanceaba junto a su cadera. Algo en aquella postura puso aún más nerviosa a la astrofísica que se quedó clavada en el sitio de puro terror.

-Qué… ¿qué vas a hacer? –balbuceó ella.

A paso lento y fatigoso el explorador se acercó a ella mientras tecleaba algo en el panel de muñeca de su biotraje. De pronto el casco de exploración de Caroline hizo un ruido extraño que esta no supo reconocer. Cerró los ojos a la espera de lo peor pero nada sucedió. Cuando reunió valor para volver a abrirlos Cuatrodedos estaba ante ella.

-He bloqueado los cierres de tu traje, Caroline –le dijo este-. Lo siento muchísimo…

-¿Qué? ¿Por qué?

-Para que no cojas un resfriado –contestó este justo cuando le sacudía un nuevo acceso de tos.

Caroline no entendía nada. Nunca había oído aquella palabra ni sabía qué significaba. El ordenador del traje la sacó de su ignorancia justo cuando Cuatrodedos dominaba aquella tos tan dañina.

-No… No puedes estar así por un resfriado…

-Llevamos demasiado tiempo en el espacio. Tanto que nuestros cuerpos se han olvidado de protegernos contra las cosas más insignificantes… como este jodido resfriado –le explicó él-. Robert me ha contado lo que me pasaba. ¿Qué te parece? Los de la Temperley y los que fuesen todavía tuvieron la decencia de aislarlo de las enfermedades nativas de la Tierra para que estas no lo matasen… Tanto mirar hacia delante, tanto alcanzar las estrellas que nos olvidamos de mirar atrás y aprender de los que nos precedieron.

-No… -trató de decir algo Caroline pero las palabras no consiguieron pasar de ahí.

Cuatrodedos negó con la cabeza. Se sentía contento que el azar le hubiese permitido cederle el traje a la astrofísica. Al menos ella tendría una oportunidad.

-¡No! –gritó de pronto Caroline y comenzó a tirar de su casco de manera frenética- ¡No voy a dejarte aquí! ¡No puedes morir por mi culpa! ¡No puedes!

Él entonces se abalanzó hacia ella y la cogió de las manos para que se detuviese. Sabía que no podía vencer al cierre sin su código, pero sí hacerse daño. Hacer daño a ambos. Las lágrimas de la mujer salpicaron toda la superficie del casco volviendo borrosos los datos que se reflejaban en su interior. Cuatrodedos trató de sonreírle para que se calmara pero hacía demasiado tiempo que se le había olvidado cómo hacerlo de manera apropiada.

-¡Suéltame! ¡No puedes hacerme esto! –gritó ella al tiempo que sentía como se sofocaba.

De pronto lo entendió… El suministro de aire de su casco había sido interrumpido. De repente todo se volvió borroso a su alrededor. Todo comenzó a desvanecerse excepto aquel dolor que le mordía el alma. Aquella sensación inexplicable de culpabilidad y remordimientos.

Despertó dentro de la Auricom. Ya no llevaba el traje de exploración y un manto estrellado bañaba la cabina de una nave que abandonaba la atmósfera gris del planeta. Miró a su lado pero no encontró a Cuatrodedos por ningún lado. El piloto automático gobernaba su vida en esos momentos.

-Perdóname, Caroline.

La voz de Cuatrodedos inundó la cabina. La astrofísica buscó la procedencia de la comunicación y casi se le traba el corazón al descubrir que procedía de aquella Tierra que dejaba tras de sí.

-¿Por qué? –preguntó entre nuevas e incipientes lágrimas.

-Porque nada podías hacer por mí y porque es la única manera de sacar algo bueno de todo esto –contestó el explorador con voz ahogada-. Alguien debe hacer algo al respecto…

-¿Yo? ¡Sólo soy una astrofísica, Cuatrodedos! ¿Qué pretendes que haga yo?

-Descubrir la verdad. Estoy seguro de que alguien introdujo los datos del nodo de salto a Marte de manera deliberada y los alteró para provocar el accidente. Alguien quería que la Tierra fuese hallada. Tienes que encontrar a ese alguien. Tienes que averiguar qué hay detrás de todo esto.

– ¿Y qué pasa contigo?

-Si hubiese subido contigo me hubiesen puesto en cuarentena nada más llegar y lo que resultaría peor aún: habrían enviado más equipos de investigación al planeta para utilizar este maldito virus como arma biológica. Ya conoces cual es la política de beneficios de la Temperley. Y prefiero diñarla antes que darles esa jodida satisfacción –la tos volvió a interrumpir a Matthew-. Además sabes perfectamente que Henry nunca hubiese enviado un equipo de rescate a por mí. Sin embargo si hubieses sido tú la que te hubieses quedado cabía la posibilidad de que lo hubiese hecho. Y si ese idiota no tiene ni idea de nada de esto intuyo que pocos en la Temperley sabrán la verdad. Y los que lo sepan querrán tapar este asunto cuanto antes. Por eso los datos, el traje de exploración y la verdad se quedan conmigo aquí abajo…

-Volveré… -susurró Caroline entre lágrimas-. Volveré a por ti.

-Vuelve por algo que lo merezca, Caroline. Vuelve por la Tierra y por la verdad. Robert te ayudará cuando lo hagas. Yo le haré compañía el tiempo que me quede…

-¡No te atrevas a morirte! –le gritó ella cuando la comunicación se desvanecía- ¡Cómo te mueras, yo…!

-Caroline… En mi vida he hecho pocas cosas decentes. Ni trabajar en la Temperley ha sido una de ellas. Así que, por una vez, déjame hacer una. Sólo una… Haz tú lo propio.

La comunicación se perdió justo cuando dentro del alcance del radar de la Auricom la figura maltrecha de la nave de la Temperley apareció. Sin embargo Caroline no tenía más ojos que para aquel planeta gris y marchito donde sabía quedaba un hombre que había dado lo poco que tenía por una justicia que nadie había pedido. Una que ella pediría. Costase lo que costase.

David Gambero 2012

Evolución

Autora: Montse Augé

Ilustradora: Susana Rosique

Correctora: Mary Esther Campusano

Género: microrrelato,ciencia ficción.

Este cuento es propiedad de Montse Augé, y su ilustración es propiedad de Susana Rosique. Quedan reservados todos los derechos de autor.

EVOLUCIÓN

Noé se despertó. Sus ojos se abrieron con dificultad, atisbando tan sólo a ver visiones borrosas. Blanco. El color blanco. Paredes blancas, sábanas blancas, manos blancas. Sentía náuseas y un extraño sabor en la boca. Intentó moverse pero comprobó que no podía: tenía los brazos atados a ambos lados de la cama. Sí. Estaba en una cama. Poco a poco sus ojos recuperaron la visión: parecía la habitación de un hospital. Pero la percepción inicial del color blanco cambió a un gris azulado. Había ventanas redondas y fuera… agua. Entonces la puerta se abrió: dos personajes vestidos también de blanco (¿o era gris azulado?) entraron. Podría decirse que eran un médico y una enfermera.

Ilustración de Susana Rosique

Ilustración de Susana Rosique

– Buenos días. ¿Cómo está hoy nuestro náufrago?<strong></strong>

Noé intentó responder. No podía. Sentía un dolor espantoso en la garganta.

– No, ya sé que no puedes hablar. Es el primer paso a la adaptación. Todo va bien.

Noé se miró las cuerdas que le impedían moverse. Los miró a ellos, interrogándoles con la mirada.

– Es por tú bien. Cuando llegáis aquí estáis desorientados. Hay que volver a empezar, a reinventarse. Pero al final todos acabáis aceptándolo.

La enfermera y el doctor cruzaron una forzada sonrisa entre ellos y miraron hacia las ventanas. Acercaron una silla y se sentaron a su lado. La proximidad de aquellos cuerpos hizo que Noé empezará a sentir una oleada de olores imposible de asimilar por su olfato.

– Ya ha empezado-dijo el doctor dirigiéndose a la enfermera-.Al principio molesta, ¿verdad? Es tu sentido del olfato, cada vez más agudo. Empezaré… por contestar todas las preguntas que me estás haciendo con tus ojos. El cambio climático ha cumplido con sus amenazas y ha hecho imposible la vida fuera del mar. Los últimos supervivientes tuvisteis, tuvimos, que huir en barcos, buscando un nuevo futuro, un nuevo mundo que nos perpetuase. La única salida era el mar. Pero pronto nos dimos cuenta de que la superficie se había convertido también en un medio hostil para el hombre. Nuestra última esperanza era la vida bajo el mar. La historia nos ha demostrado que el hombre adapta su cuerpo a los cambios: la teoría de la evolución.

El doctor desató las cuerdas de sus brazos y le ayudó a incorporarse.

– Mira por la ventana. No hace falta que te levantes.

Noé observó a través de una ventana justo al lado de la cama. Estaban bajo el mar. Peces enormes surcaban el mar. Peces… observó detenidamente, abriendo la boca en señal de asombro y con el pánico dibujado en su rostro: ¡eran humanos convertidos en peces! ¿Qué era aquella aberración? Los miró a ellos, moviendo la cabeza de un lado a otro, queriendo negar la evidencia de aquel horror al que estaba asistiendo.

– ¿Te preguntas por qué nosotros seguimos siendo totalmente humanos? Somos los encargados de empezar y acabar con el proceso de transformación. Nosotros seremos los últimos. Cuando la nueva especie empieza a reproducirse entonces todo sucederá de forma natural… no harán falta más manipulaciones genéticas ni experimentos.

Noé entonces, con las manos libres, levantó poco a poco la sábana que le cubría las piernas. Ahogó un grito silencioso.

– Tranquilízate, tu proceso ha empezado. La pérdida de tu voz, tus piernas…pronto estarás ahí fuera, con los demás, en tu nuevo mundo.

La puerta se abrió y apareció una enfermera con una bandeja.

– Tu primera comida. Deliciosa…

Antes de saber qué había en aquella bandeja, su olfato hizo que las náuseas se volvieran a apoderar de él. Aquello era… repugnante: una mezcla de sangre, carne, restos de peces…Lo apartó violentamente haciendo caer la bandeja al suelo.

– Bueno, nadie te ha dicho que vaya a ser fácil. Pronto te parecerá un manjar suculento. Lo devorarás, ni tan solo lo masticarás. ¿Te fijaste en el color de tu cola? Ese gris azulado tan hermoso. Has tenido suerte. Serás uno de los más temidos del mar: un tiburón. Hasta mañana. Que sueñes con las sirenas.

Bajo el mar de la verdad

Autor: David Gambero

Ilustrador: Vicente Mateo Serra

Correctora: Mary Esther Campusano

Género: Ciencia ficción

Este cuento es propiedad de David Gambero, y su ilustración es propiedad de Vicente Mateo Serra. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Ilustración de Vicente Mateo Serra (Tico)

Ilustración de Vicente Mateo Serra (Tico)

BAJO EL MAR DE LA VERDAD

La explosión le arrancó de los piadosos brazos del sueño de éxtasis. Mientras la neblina etérea se disipaba a su alrededor trató de recuperar el aliento y borrar aquella terrible imagen de su mente. Consiguió lo primero. Lo segundo estaba seguro que no iba a lograrlo en mucho tiempo. Se encontraba en algún lugar bajo la constelación del Mar Carmesí. Y seguía llamándose Jonathan Campbell. Pero el resto no estaba nada claro. Cuando se dispuso a abandonar su lecho la nave le mostró automáticamente la figura gris y solitaria de un planeta de aspecto moribundo. Optó por hacerle caso omiso mientras se enfundaba su Biotraje de combate y estudiaba aquel mundo que era el destino final de su misión. Contra todas las normas militares, y casi el sentido común, envió un barrido de comunicaciones buscando el más mínimo signo de vida. Silencio y frustración recibió de vuelta lo cual no hizo sino enojarlo mucho más. No tenía más remedio: Iba a tener que bajar al planeta para completar su misión.

Todo se torció en cuanto entró en la atmósfera. De pronto una tormenta de arena se cernió sobre él. Campbell aferró los mandos con manos de desesperación y activó el radar holográfico para tratar de aterrizar lo mejor posible. Odiaba pilotar a ciegas. Confiando por completo su vida ya no a su habilidad, sino a los increíblemente precisos y poco humanos sensores de la nave. Maldiciendo por lo bajo resistió los envites de aquel viento que habría desgajado a naves menores y desesperado a pilotos peores y buscó un lugar donde posarse. Cualquiera le valía. Y cualquiera le ofreció la nave. Una enorme explanada al pie de una irregular cadena montañosa le acogió cuando realizó su aterrizaje más penoso desde que fuera un bisoño cadete enla Tierra.

Tras el aterrizaje Jonathan dedicó los siguientes cinco minutos a establecer un plan de acción. Y lo hizo sentado frente a frente con el pequeño cilindro que tenía gran parte de la culpa de encontrarse en aquel lugar. Desconocía lo que guardaba dentro pues su negra superficie opaca no dejaba pasar ni el más mínimo escáner. Nunca había visto nada igual. Y necesitaba respuestas. No. Necesitaba saber que lo que había hecho. Lo que había visto y lo que no había podido evitar eran actos con un fin específico. Lo necesitaba no por su misión sino porque de no ser así temía no volver a ser capaz de ser él mismo nunca más. De pronto una nueva pantalla holográfica nació ante sus ojos mostrándole un punto biológico en el radar. Campbell no podía dar crédito a sus ojos. Ahí fuera había alguien o algo vivo. No se explicaba cómo pero cuando pidió confirmación a la nave esta le dio un nuevo positivo. Diminuto en comparación con la superficie que dominaban los escaners de larga distancia de la nave pero claro como la luz del día. Sin dudarlo tomó el cilindro en sus manos, hizo que su Biotraje desplegara su casco protector y su escudo personal que lo envolvió en un aura magenta y ordenó a la nave que abriese la compuerta trasera para que pudiese salir. La tormenta le recibió con crueldad y hubo de necesitar de toda su fuerza nada más salir para no perder pie. Caminó dando traspiés con el cilindro bajo un brazo y el otro aferrado a su cadera donde dormitaba su pistola de plasma. Hubiese lo que hubiese ahí fuera estaría preparado para el encuentro. Pero para lo que no estaba preparado fue para la aparición de un centenar de brillantes puntos color fuego ante él. Asustado el piloto trató de averiguar lo que sucedía pero ni su radar ni su com-link con la nave estaban disponibles. Con el miedo naciendo en sus entrañas trató de escrutar más allá de lo que le permitía el aluvión de arena que le azotaba inmisericorde. De buscar siluetas para aquellos ojos.

-Ya iba siendo hora.

La voz, incluso amplificada por los sensores del casco de su Biotraje, le llegó amortiguada y lejana a Campbell. Pero humana. Entonces un par de aquellos fuegos esféricos avanzó hacia él y pudo comprobar que lo que había creído ojos no eran más que el iris de unas gafas de visión extrema tan antiguas que él sólo las había visto en museos. Y tras ellas no se movía ningún fantasma, sino un hombre.

-Me envía Hugo –dijo escuetamente Jonathan.

Entonces aquel desconocido hizo algo que este no esperaba. Lentamente se quitó las gafas protectoras y unos ojos esmeralda escudriñaron entornados tanto al piloto como al cilindro. Campbell pudo adivinar una sonrisa bajo aquella enorme bufanda.

-Ya le ha encontrado soldado.

-¿Cómo dice? –preguntó Jonathan de inmediato.

-A Robert Temperley. Al dueño de eso que sostiene en sus manos. Le tiene delante. Ahora déme eso. Ya ha cargado con ello demasiado tiempo.

Campbell entonces dio un paso atrás. Algo en su interior le decía que aquel hombre era exactamente a quien decía. Y algo mucho más en su interior e inexplicable le decía que no debía entregarle aquel cilindro.

-Voy a necesitar algo más que su palabra…

Y entonces la tormenta arreció. Lo suficiente como para poder apreciar los matices en la profunda mirada de aquel hombre. En descubrir cuan cansada parecía. Y como no dejaba de mirar a la mano del piloto en la que sostenía el cilindro.

-La cagó, ¿verdad?

-¿Quién?

-Hugo. Al final, cuando todo se vino abajo, cuando te entregó eso, te reconoció que la cagó, ¿verdad?

Campbell se quedó anonadado. No necesitaba recordar cada una de las palabras que el tal Hugo le había dicho. Todavía resonaban en su cabeza. Igual que explosión. Y los gritos que no había podido oír de ninguna manera pero que de todas maneras reverberaban en su cabeza.

-Ya es hora que dejes de cargar con los pecados de otros soldado.

-Tengo que volver… -susurró Jonathan y por primera vez desde hacía mucho tiempo no reconoció su propia voz –.Ha pasado mucho tiempo…

-Seguirá ahí soldado. Se lo aseguro. La guerra no se ha ido a ningún lado. Todavía seguimos seguros bajo el Mar Carmesí. No puedo asegurarle por cuanto tiempo pero si prometerle que mañana sus amigos seguirán matando amigos de otras personas.

De pronto se percató que una mano enérgica se había alzado ante él. Campbell suspiró hondo. Por fin había sucedido. Las fuerzas habían terminado de menguar. Ya no le quedaba nada. Hubiese deseado desplomarse. Dejarse caer y descansar incluso bajo aquel infierno de arena. Pero en su lugar le entregó el cilindro junto con las últimas palabras de Hugo.

-No cometa el mismo error que él.

-¿Eso te dijo Hugo? – preguntó Temperley todavía compartiendo el tacto del cilindro con el piloto -.Tranquilo muchacho, tengo por costumbre cometer mis propios errores.

En menos de media hora Jonathan quedó libre de aquella eterna tormenta de arena, a buen resguardo en una base subterránea y, lo más importante, al día de boca de otro ser humano. La guerra de la que Campbell era parte activa seguía desarrollándose por los derroteros habituales. Planetas se perdían y planetas se recuperaban cada día. Lo que si se perdía y nunca se recuperaban eran las vidas que habitaban dichos planetas. Temperley le dibujó en un mapa estelar los movimientos de ambas flotas, al menos de los que estaba al tanto, y Campbell no pudo más que dar la información como cierta. Como siempre la línea que separaba ambos imperios espaciales seguía siendo el Mar Carmesí. Una larga combinación de sistemas solares ricos en recursos naturales y en planetas terraformados que formaban per se un cinturón de defensa prácticamente inexpugnable. Y con ellos la mayoría de los cuarenta y dos nodos de saltos descubiertos.

-Ahora son cincuenta y ocho –indicó Robert mientras le servía un café recién hecho. Jonathan se preguntó de donde había sacado el grano -.En los últimos seis meses ha habido mucho movimiento en esa dirección.

-Eso sin contar los extra-oficiales…

Robert le guiñó el ojo cuando dijo aquello y alzó su taza metálica ante sus palabras. Nunca se contaban los extra-oficiales. Mayormente porque eran inestables, la deuda temporal que se adquiría al viajar por ellos solía ser más alta y, sobre todo, porque estos siempre daban a lugares del espacio poco transitados o desconocidos. Como aquel lugar. Como Dirac.

-¿Por qué no lo pregunta ya?

El piloto aguantó la respiración ante la pregunta de Temperley. Era la segunda vez que lo hacía. Que se anteponía a sus acciones o le leía el pensamiento. Y aquello le inquietaba. Y mucho.

-¿Qué hay ahí dentro?

Temperley arrastró con dos dedos el recipiente y lo interpuso entre los dos como si quisiera que esta fuese también testigo de la conversación. Entonces posó su agrietada mano sobre la superficie de este de pronto hubo un destello cegador. Cuando Campbell recobró la visión al completo no daba crédito a lo que estaba viendo.

-Una gota de agua –musitó Robert describiendo con exactitud lo que tenía ante sí -.La Flota quiere terraformar este planeta por completo muchacho. Colonizarlo como Dios manda y una vez lo hagan oficializar el nodo de salto por el que has venido para, seguidamente, lanzar un ataque a los Caminantes del Espacio que les coja por sorpresa. ¿Para qué tanto esfuerzo si no?

Tenía sentido. No era la primera vez que se hacía y siempre había acabado con una victoria segura para el atacante. Además el nodo que había atravesado era lo suficientemente grande como para que la integridad molecular de los destructores de masa pudiesen atravesarlos sin problemas. Y aún así…

-¿Y esto es la clave de todo? –señaló Campbell con la cabeza a la gota.

-Hasta el momento ningún planeta que no contuviese previamente reservas de H2o ha sido terraformado. Es la base de la conversión planetaria usar el agua para desarrollar el resto de elementos.

-Ya… ¿Acaso quiere convertir la arena en agua?

Temperley asintió con seguridad. Y Campbell le creyó. No conocía lo suficiente de la ciencia de la terraformación como para poder rebatir aquella aseveración. Sólo que no creía que fuese posible tal cosa. Sonaba más a alquimia que a ciencia.

-Ahora si me disculpas creo que tengo que ponerme a trabajar –dijo Temperley señalando a la gota -¿Por qué no vas a hacerles una visita a los mineros? Les alegrará ver una cara nueva. He cargado las coordenadas de cada punto importante en tu sistema y mi localizador personal. Hasta que recibas nuevas órdenes considérate un invitado de la colonia de Dirac.

Jonathan se levantó suspirando. Como se imaginaba apenas había obtenido nada útil de aquella charla y estaba seguro que no sacaría mucho más de aquel hombre.

-¿Qué es lo que están excavando? –fue la última pregunta que le hizo Campbell a un Temperley que le había dado ya la espalda y se alejaba a las entrañas de su complejo de investigación.

-Kelium. ¿O ya no se acuerda por qué empezamos a matarnos todos?

Ahora todo estaba un poco más claro. El material del que estaban hechos los milagros. El que hizo ganar el pulso a la humanidad contra el espacio. Claro.La Flotano se arriesgaría a montar aquella operación de no haber algo importante que ganar además de una batalla.

-Vamos muchacho, admítelo ¿dos minutos más y te habrías cagado de miedo dentro de ese elegante Biotraje, verdad?

El que preguntaba se llamaba Henry. Y lo suyo era la minería y no los modales. Estaba al mando de la colonia minera que no era más que una enorme y tosca nave que hacía las veces de transporte espacial, barracones para los trabajadores y punta de lanza para la excavación. Una vez se posaba en tierra jamás volvía a despegar. Sólo podía ir hacia abajo.

-Eso nunca lo sabremos – desvió el tema Campbell -¿Hace mucho que estáis aquí?

-Dos añitos y medio llevamos tragando arena y mierda a partes iguales… pero el viejo creo que lleva más.

-¿Cómo lo sabes? –inquirió Campbell mientras Henry sacaba la taladradora de la pared.

-Cuando aterrizamos ya estaba aquí esperándonos con una bonita atmósfera respirable, una jodida gravedad suave como la seda y una órbita de lo más estable. El tipo es un genio. Un poco solitario pero en un planeta lleno de maromos la verdad es que yo también escogería esa opción.

Aquello no le cabía en la cabeza a Campbell. ¿Un solo hombre consiguiendo todos aquellos logros sin ayuda de nadie? Aquel Temperley debería ser una eminencia en el campo de la terraformación y sin embargo el no había escuchado hablar de él en su vida.

-¿Y vosotros que ganáis con todo esto? –preguntó mientras le pasaba una cantimplora al minero.

-Principalmente un lugar donde hacernos viejos. No somos tan tontos como parecemos, ¿sabes chaval?

todos los de aquí estábamos hasta los cojones de sacarle lo mejor al planeta de turno, verlo florecer y hacernos ilusiones con una vida de señoritos hasta que un buen día nos despertábamos con el cielo lleno de naves enemigas y la mierda hasta el cuello. Por eso cuando nos enteramos que nos iban a enviar fuera del radar, a un mundo a tomar por culo y con Kelium casi todos los de aquí nos apuntamos con los ojos cerrados. Extrae Loenio y no tendrás una maldita patrulla para cuidarte las espaldas. Pero saca Kelium y habrá más destructores que nubes en el cielo cuidando el planeta.

Henry tenía toda la razón. El valor del Kelium era incalculable. Los motores sub-lumínicos se alimentaban de él y lo que era más importante: los nodos de salto. No sabía que tenían aquellas piedras toscas de color azul cobalto pero si había algo que reaccionaba apropiadamente con las normas del espacio tiempo era el Kelium.

-A propósito chaval. ¿Tú has venido a través de un nodo de salto, no? ¿Cuántos años gastas?

-Veintitrés y medio –dijo con seguridad, aunque añadió por lo bajo -.Reales… unos setenta.

-¡Ja!, pues te conservas bien para ser un abuelote. Una curiosidad, ¿Cómo es verle las barbas a la verdad esquiva? ¿Cómo es hacerle trampa al espacio?

-Una putada…

Ni siquiera de noche la tormenta arreciaba. Unos cuantos mineros con los que había hablado le habían dicho que no se hiciera ilusiones. Mientras observaba la furia de la arena dentro del refugio en el que se había tornado su nave esta le advirtió que tenía una conexión entrante. Campbell creyó que debía ser Robert que quería comentarle algo, pero se sorprendió cuando el que apareció ante él fue el rostro adusto y serio de un Comandante. Lo reconoció en seguida y algo se removió en su interior. Era Edgar Christopher. Un piloto más que competente cuando ambos estudiaban enla Tierra. Ahoraera un condecorado cuarentón que parecía haber perdido la sonrisa.

-Ha pasado mucho tiempo –dijo Christopher sin el menor atisbo de sentimiento.

-Para algunos más que para otros… señor.

-Tiene buen aspecto… capitán.

-Disculpe señor, pero no soy capitán –le corrigió a sabiendas de lo que se jugaba.

-Ahora lo es Campbell. Felicidades por haber llegado a Dirac.

-Creo que se olvida de felicitarme por lo de Nueva Io, señor.

Christopher alzó una ceja algo molesto por la mención de aquel planeta. Pero Jonathan necesitaba mencionarlo. Y sacárselo de la cabeza de alguna manera.

-Nueva Io fue una tragedia capitán, de la cual usted no sólo no tuvo culpa alguna sino que contribuyó a que su sacrificio no fuese en vano.

-¡Me mandaron a un mundo a punto de desintegrarse sin decirme lo más mínimo! –comenzó a gritarle como si estuvieran en la cantina de la academia después de que este le robase la novia -¡Y yo hube de aterrizar no para ayudar a sus habitantes a escapar, sino para recoger una jodida gota de agua!

-Temíamos que no lo hubiese logrado –suspiró Christopher mientras se recolocaba el cuello del uniforme -El planeta estaba condenado Campbell. No había nada que pudiésemos hacer más que lo que hicimos. Además Hugo estuvo más que de acuerdo de quedarse y pagar por su fallo.

-¿Qué? ¿Me está diciendo que aquel hombre fue el causante de todo?

-Eso es información clasificada Campbell. Igual que la que le voy a dar en este momento. Cumpla con su cometido y a la vuelta le estará esperando el mando de una corbeta de asalto y dentro de dos años su propia flota. Será el hombre más joven en alcanzar tales logros.

-No soy joven Christopher y lo sabes.

-Yo tampoco, pero al menos tú todavía no tienes canas. ¿Ahora vas a dejar de quejarte como un infante de marina y escuchar a tu superior?

Campbell le dio la espalda con los brazos en jarras tratando de contener su rabia pero asintió. No le quedaba más remedio. Todo el mundo luchaba por alguna razón y la suya siempre había sido llegar lo más lejos posible tanto en el espacio como en el ejército. Y lo primero ya lo había logrado con creces.

-Le escucho señor.

-Temperley nos remitió informes hace años acerca de sus progresos de terraformación y de cuanto avanzaría en cuanto tuviera la muestra que necesitaba, así de cuanto Kelium consideraba que había realmente en el planeta. Y es mucho capitán. Tanto como para dar un golpe definitivo en la guerra y ahogar en el Mar Carmesí a los Caminantes del Espacio. Pero hay voces discordantes entre los altos mandos. Personas que no confían en Temperley.

-¿Y en que se fundamentan tales sospechas?

-En que no sabemos quién es en realidad. Hay sospechas de su verdadera identidad, pero nada concluyente…

-¿La Confederaciónteme que sea en realidad un espía de los Caminantes?

Christopher asintió. Si aquello era verdad entonces todo aquello podía tornarse de una victoria definitiva en algo mucho más aterrador.

-¿Qué quieren que haga?

-Si Temperley no es quién dice que es. Si tiene la más mínima sospecha de que está jugando a dos bandas queremos que lo elimine en el acto.

-Soy un piloto, no un asesino.

-Uno no sabe lo que es hasta que llega el momento adecuado de averiguarlo Campbell. Y usted se quedará en ese planeta hasta que lo descubra. Si no lo hace, no se moleste en volver.

-¿Debo entender eso por una orden, señor?

-Más bien por una realidad. Me gustaría poder enviar a alguien para hacer el trabajo pero por desgracia no viajamos tan rápido como la información Campbell. Y no puedo permitirme esperar meses hasta que alguien llegue a través de un nodo de salto. Y menos que Temperley no sospeche de ello. Así pues necesito saber que llegado el momento hará lo necesario.

Campbell no contestó. No había una respuesta correcta para ello. No después de lo que había pasado.

-Haré lo correcto señor.

Y cortó la comunicación quedándose nuevamente con aquella incansable tormenta como compañera de pensamientos. Campbell era un soldado. Sabía hacia que dirección había encaminado su vida. O al menos creía haberlo sabido. Pero lo que había pasado la última semana. La semana que era real para él y no los meses y casi años desde que saliera a cumplir con su misión atravesando aquellos nodos de salto, le pesaba demasiado. Y no estaba seguro si tendría fuerzas para cargar con aquel peso. Entonces, y más como rutina que para interrumpir su línea de sufrimiento más que de pensamiento, la nave le indicó que a los pies de la misma había alguien. El soldado hizo que la nave iluminara aquella sección y al momento distinguió una silueta conocida sentada en una piedra en mitad de aquella tormenta.

-Bonita noche –dijo un Campbell enfundado con su Biotraje a plena potencia cuando se acercó a la figura de Temperley cuya atención parecía robada por algún punto del horizonte.

A su lado descansaba el cilindro en cuyo centro orbitaba aquella gota de agua que brillaba como si fuese una luciérnaga.

-Lo es. Casi puedo ver la superficie –contestó este alzando la cabeza.

El soldado hizo un tanto y se encontró con la densa capa de la tormenta de arena impidiéndole ver nada que no fuera oscuridad.

-Somos como peces en el océano. Sabemos que hay un mundo inmenso ahí arriba. Soñamos con él, incluso algunos lo recorren, peor al final acabamos aquí. Bajo nuestro propio mar.

-Mi mar son las estrellas Robert.

-El mío también lo fue antaño –siguió melancólico el científico sin dejar de escrutar el cielo -.Y el de todos en algún momento. Pero ahí fuera hay demasiadas corrientes. Demasiadas encrucijadas. Y al final acabas nadando o contra corriente o peor, a favor de esta.

Campbell no entendía del todo las palabras de aquel hombre. No podía dejar de alternar su mirada entre el cielo encapotado de arena y aquella pequeña lágrima de agua que tanta importancia parecía tener.

-Te debo una disculpa muchacho.

-¿Una disculpas?

-Te había tomado por uno más. Por alguien traído aquí más por la suerte que por tu propia fuerza. Pero ahora se que eres alguien importante. O al menos lo serás. Dime, ¿Qué te han dicho?

A Campbell se le hizo un nudo en la garganta. ¿Cómo podía saber aquel hombre que acababa de recibir una transmisión del alto mando?

-No me contestes a eso si no quieres. Estás en tu derecho. Pero concédeme algo, ¿quieres? ¿Qué pasó al final en Nueva Io?

Si había algún rincón de su memoria donde no quería ahondar Campbell era aquel precisamente. Pero para su desgracia no encontró razón alguna para negarle aquel favor a aquel hombre.

-No lo sé a ciencia cierta. Recuerdo que mientras abandonaba el planeta era como si todo este se desgajara por mil lugares distintos. Como si la gravedad… la esencia misma de este dejase de existir hasta que al final no pudo más. Luego vino la implosión…

-¿Y Hugo? ¿Qué tal estaba él?

-Cuando llegué a él su Biotraje apenas podía contener las hemorragias. Parecía como si su cuerpo estuviese sufriendo lo mismo que el planeta. Y aún así tuvo la entereza de entregarme esa gota para usted y negarse a recibir cualquier tipo de ayuda. De hecho de no haber sido por él probablemente no estaríamos teniendo esta conversación.

Entonces Robert se levantó, cogió el cilindro y se encaminó hacia la tormenta, de vuelta a su laboratorio.

-Las guerra vienen y van Campbell, no vayas tu tras ellas. No vale la pena –viajó la voz del científico en el viento.

-¿Y qué vale la pena?

Entonces Robert se detuvo en seco y se giró brindándole una mirada severa.

-Todo aquello que sacrificamos muchacho. Dime, ¿qué has sacrificado tú para llegar hasta aquí? ¿Familia, mujer, hijos?

Campbell sonrió para sí mismo. No. No había sacrificado nada de eso pues nunca lo había tenido. Al menos no lo suficiente como para sentirlos reales. Ya ni sus nombres recordaba.

-Sólo mi tiempo Temperley –contestó el piloto.

-Entonces lo has sacrificado todo. Entonces… entonces has sacrificado demasiado. Nadie tiene el derecho de sacrificar tanto.

Y dicho eso se marchó, dejando con un amargo sabor de boca al piloto de la flota que se quedó viendo como la tormenta de arena volvía a engullir al científico borrando al instante sus huellas como si este nunca hubiese existido.

Al día siguiente volvió con los mineros. No se sentía con ánimos para seguir vigilando a Temperley. Encontró a Henry y a varios de sus compañeros dando grandes voces de júbilo mientras dejaban correr aquel sucedáneo de cerveza que les servía de válvula de escape.

-¿Qué sucede? –preguntó al minero cuando consiguió llegar hasta él.

-¡Kelium chaval! ¡A raudales! Eso sucede.

Campbell miró en una de las pantallas físicas que había repartidas por el lugar buscando respuestas. Y las encontró aunque no palabras para expresar su estupor por lo que se quedó con la boca abierta largo rato. Dirac no poseía una vasta veta de Kelium sino que el manto del planeta estaba compuesto en un 89% de Kelium convirtiéndolo en la mayor fuente conocida en todo el Universo de aquel material. De un futuro enclave estratégico aquel lugar se había convertido casi en la piedra angular del espacio humano.

-¡Somos ricos! –gritaban todos mientras se abrazaban y brindaban con sus copas -¡Somos puñeteramente ricos!

Campbell se apresuró a llevar a Henry a un aparte. Este se debatió lo justo pero ya iba lo suficientemente ebrio de cerveza y alegría como para resistirse.

-Henry escúchame… ¿qué es lo que vais a hacer ahora?

-¿Con ahora quieres decir hasta que me haya bebido hasta la última gota de todo lo que parezca cerveza?

-Quiero decir con respecto ala Confederación¿No estáis obligados a comunicarles el descubrimiento?

-Hablando de descubrimientos –desvió intencionadamente la conversación el minero con un brillo de cordura extraño en los ojos -¿Quieres ver algo que te va a dejar patidifuso?

Henry le hizo un gesto para que le acompañara. El minero abordó su exoesqueleto con más destreza de la que en esos momentos poseía y cogió a Jonathan con su mano mecánica subiéndolo al hombro de esta. En una ruidosa y caótica carrera recorrieron una suerte de túneles hasta que llegaron a un nuevo ramal de nuevo cuño. Estos brillaban con el fulgor del Kelium de manera casi hipnótica.

-Ahí lo tienes –señaló con la mano del taladro Henry.

Campbell bajó de un salto y se dirigió hacia donde apuntaba. Sus ojos no daban crédito. Ante él había una nave destrozada por completo en lo que debía haber sido un aterrizaje de emergencia pero lo suficientemente entera como para distinguir su enseña y diseño. Limpió con fruición la suciedad que se había adherido al emblema y casi se le paró el corazón. Era el dibujo del planeta Tierra.La Tierraoriginal. De cuando no existíanla Confederación Terranao los Caminantes del Espacio. De cuando no había disensiones sino sueños de exploración. Aquella nave debía tener más de trescientos años. Campbell buscó la manera de entrar pero las compuertas estaban totalmente destrozadas.

-¡Henry, haz un boquete en este cacharro! –gritó casi fuera de sí al minero.

-¿Seguro? Yo diría que ese trasto debería estar en un museo.

-¡Hazlo y tienes mi palabra que no diré nada a la flota del Kelium!

El minero tiró la cerveza a un lado y se secó con la mugrienta manga la comisura de los labios. En sus ojos chisporroteantes y vivarachos se podía leer la lucha interna que estaba librando.

-Como quieras. Pero que sepas que pensábamos matarte para que no dijeras nada –dijo con demasiada sinceridad.

El blindaje arrugado de la nave no fue rival para el taladro y en menos de treinta segundos Campbell había abordado la nave. Dentro las cosas estaban peor de lo que se había imaginado. Trató de conectarse con el ordenador de abordo pero alguien había borrado hasta el último bit de datos. Y el que lo había hecho debía ser la misma persona que faltaba en todo aquel desastre.

-¿Dónde diablos está el piloto? –se preguntó.

Entonces fue a buscarlo en el lugar donde debería encontrarse: En el lecho de éxtasis. Pero allí tampoco estaba. Pero en su lugar encontró algo que sólo había visto en los libros de historia. El A-01. El primer prototipo de lecho de éxtasis que se había construido para los viajes a través de los nodos de salto. El primero que permitía al ser humano sobrevivir a dicho viaje.

-¡Ostia puta! –blasfemó el ebrio minero que se había aventurado también dentro de la nave -¿Qué coño es esto? ¿La nave de los soñadores?

Campbell le miró sorprendido que alguien como aquel hombre supiera de aquello, aunque tampoco le extrañaba tanto. El primer vuelo tripulado por seres humanos a través de un nodo de salto se había convertido poco a poco y con el tiempo en una leyenda para asustar a los exploradores. Cuenta como la tripulación dela Ithiliense aventuró a través del primer nodo estabilizado sin nichos de éxtasis. Y cómo llegaron al otro lado aunque ninguno consciente. Todos habían caído en un coma irreversible y lo que era más curioso y aterrador: sus ojos habían quedado blancos y vacíos. Aquel sacrificio de pilotos y científicos sentó las bases del viaje interestelar moderno dejando claro que el ser humano podía atravesar grandes distancias entre nodos de salto a cambio de una considerable deuda temporal. Pero además sus conciencias no sobrevivían al viaje. Estas se perdían entre la antimateria generada por el vórtice de los nodos. Por eso se hubo de inventar el lecho de éxtasis. El útero protector del alma humana. Entonces algo se iluminó en la mente de Campbell. Algo demasiado extraño para ser verdad y que podía explicar todo aquello. Buscó en la base de aquella enorme cúpula de éxtasis y lo encontró.

-Hugo Pereyra… No… No puede ser…

-¿Qué te pasa ahora? Te has puesto blanco como un fantasma –dijo preocupado Henry.

Pero precisamente fantasmas es a lo que se estaba enfrentado Campbell. O mitos. O peor todavía: la verdad. Salió de allí a toda prisa con el corazón apuñalándole el pecho y la mente bulléndole a toda prisa. Llamó a su nave por control remoto y en cuanto salió de la instalación minera la abordó para ir a toda prisa al lugar donde se encontraba el bunker de Robert. Pero un barrido de su escáner le localizó mucho más lejos. En el corazón del desierto. Luchando contra las corrientes, pues no quería ascender por miedo a perder su señal, llegó justo al lugar donde este se encontraba rodeado de una cantidad ingente de maquinaria.

-Usted no es Robert Temperley –le dijo nada más plantase ante él apuntándolo con su pistola.

El científico, como parecía costumbre en él, le siguió dando la espalda. A su lado el cilindro yacía desechado. La gota ya no se encontraba en su interior. De hecho la descubrió flotando al lado de Robert entre dos enormes émbolos que desprendían una energía azul cobalto. Energía de Kelium.

-Me alegro que estés aquí muchacho.

Robert accionó algo en el control de su muñeca y toda la arena que había ante él comenzó a brillar con un fulgor fantasmagórico. Campbell no se dejó impresionar y avanzó hacia aquel hombre.

-¿Qué es lo que está tratando de lograr Hugo? –preguntó el piloto. -¿Para quién trabaja?

-Trabajar… Yo siempre he trabajado para ella.

Entonces el resplandor comenzó a intensificarse al tiempo que la tormenta perpetua arreciaba hasta desaparecer por completo. Fue en ese instante cuando la vio. Atrapada en un lecho de éxtasis y flotando sobre sus cabezas a gran distancia. Gracias a la visión aumentada de los sensores de su casco distinguió perfectamente a quién se refería pues dentro de aquel lecho había tendida una mujer. Descansaba con los ojos abiertos, las manos cruzadas sobre su pecho y una expresión de paz plena.

-Hubo un tiempo en que nos habrían confundido a ambos Campbell. Ambos obsesionados por el espacio. Por la conquista y la gloria. Ambos dispuestos a sacrificar lo que fuera por alcanzar nuestros sueños… pero los sueños son lugares solitarios si no dejamos a los demás entrar en ellos. Mi error y mi salvación fue dejarla entrar a ella.

Sabía a quién se refería. Igual que sabía quién debía ser aquella mujer. Erika Snow. La capitana dela Ithilien. ErikaS. Snow. La esposa del científico que descubrió los nodos de salto. Hugo Snow. El mismo hombre que debería llevar muerto ya más de una centuria. El mismo hombre que tenía ante sí Campbell.

-Ese era mi día. Debí haber sido yo el que atravesara el nodo de antimateria. El que debería haberse perdido en él, y no ella. Pero ella sabía lo de la deuda temporal. Dijo que me volvería loco si tenía que esperarla. Que no la querría cuando la viera vieja y arrugada. Cuanta razón tenía. Y cuan equivocado estaba yo.

Entonces Hugo hizo un gesto y dejó caer la gota. Esta se hundió en la arena y un estallido azul les envolvió. Pareciera que el recién despejado cielo se hubiese reflejado en el suelo. Pero no era así. El cielo seguía siendo el cielo. Y el suelo… el suelo ya no era de arena. Era agua. Un enorme mar de un azul puro y profundo se extendía ante ellos. Campbell bajó el arma maravillado. Aquel prodigio era impresionante. Y era seguro que había sido uno de los pocos que lo había contemplado.

-Campbell, ¿sabe como funcionan de verdad los nodos de salto? ¿Qué es realmente la antimateria?

El piloto sabía lo básico. Y lo básico equivalía a nada. Y por eso negó con la cabeza cuando llegó a la altura del científico. Este, por primera vez le dedicó una sonrisa amable.

-La antimateria no es más que una sombra de la materia misma. Es lo que hay tras el espejo de lo que somos.

-Creía que era algo más complicado que eso –reconoció Campbell mientras se agachaba y sentía la tibieza de un agua que se le escurría entre los dedos de la mano.

-Y lo es. Muchísimo más complicado. Infinitamente más pues tiempo y espacio también influyen en ella. Por eso cada vez que la atravesamos nos regala espacio a cambio de nuestro tiempo.

-La deuda temporal…

-Así es. Desde el día del desastre del vuelo de los soñadores no he dejado de buscar la verdad dentro de los nodos. De encontrar la manera de vencerlos. De domeñarlos para nuestros fines y no ser sus esclavos. Y de traerla de vuelta.

-¿Así es como acabó aquí?

-Hace mucho que acabé aquí. Asumo que, de alguna manera, ha visto mi nave, ¿no es cierto?

Campbell asintió. Hizo replegarse el casco de su Biotraje para que la cristalina agua dejase de mostrarle el reflejo de aquel monstruo del espacio y le enseñase a sí mismo. Lo que el azul le devolvió finalmente apenas le reconoció. Si. Al final tenía razón. Si que había sacrificado demasiado.

-Los mineros la encontraron al igual que el Kelium. Pero usted ya sabía que tarde o temprano descubrirían que estaban excavando en el planeta más valioso del universo. ¿Por qué todo esto entonces? ¿Por qué ellos? ¿Por qué yo?

-Necesitaba que alguien me trajese el material que precisaba para mi investigación. Por eso contacté conla Confederacióny camuflé mi pedido dentro del material de Terraformación con la promesa de Kelium y un nodo de salto seguro. Mientras llegaban sólo tuve que alterar las condiciones del planeta y crear una tormenta de arena que ocultara mis secretos el tiempo suficiente como para que la gota llegase aquí.

-¿Entonces quién diablos era aquel Hugo?

-Alguien que deseaba que esta empresa tuviera éxito. Alguien dispuesto a hacer creer a los pocos

escépticos dela Confederaciónque finalmente me había vuelto loco y había perecido junto con Nueva Io. Alguien que todavía recordaba como éramos antes que todo cambiara.

Entonces señaló con el dedo a Erika y la cúpula del lecho de esta se abrió por completo. De pronto el lecho al completo cayó al agua quedando el cuerpo de la mujer suspendido en el aire. Campbell se enderezó por completo. El agua había comenzado a agitarse. El planeta entero lo estaba haciendo. Y una sensación familiar le vino a la mente llenándola de un temor que ni siquiera había tenido tiempo de hacerse viejo en él.

-¿Qué es lo que pretende Hugo? –le gritó mientras alzaba de nuevo su arma plantándosela a menos de un palmo del científico.

-Traerla de vuelta. Y para eso necesitaba una gota. Un infinitesimal pedazo de pasado que no conseguí conservar. Aunque algo cambiado. Una gota de un mar de antimateria…

-¡De qué está hablando!

-De sus ojos muchacho. Para sumergirla en la antimateria necesito que esté exactamente igual que cuando entró en ella por primera vez. Pero ya no recordaba como eran sus ojos. En algún punto dejé de mirarlos y empezar a mirar hacia otro lado. Pero había alguien que si los recordaba. Su tono exacto. Su profundidad. “Son como el mar de Nueva Io”, me dijo. Y me prometió que me traería el mar hasta mí. Y cumplió…

Ahora todo estaba claro para Campbell. Aquel descabellado plan que iba a sumergirlos en un mar de antimateria para tratar de traer de vuelta la conciencia de aquella mujer. Pero…

-Eso hará inestable el planeta…. –susurró Campbell – ¡Va a suceder lo mismo que en Nueva Io!

Hugo entonces asintió con tranquilidad mientras su mirada estaba fija en el cuerpo de Erika que había descendido hasta casi rozar con sus pies el agua.

-No. Será mucho peor. Cuando ella entre en el agua el Kelium comenzará a resonar al unísono con la antimateria y probablemente resquebraje la esencia del espacio. No será como en Nueva Io. Aquí no habrá explosiones ni gritos. Sólo el nodo de salto más grande de toda la galaxia. Lo suficientemente como para que una armada pase de un solo salto.La Confederaciónpodrá ganar su guerra de un definitivo golpe y sin siquiera disparar un láser. Los Caminantes tendrán que rendirse y acabar con el conflicto. Y tú serás el héroe que hará eso posible. Sólo necesito que me prometas una cosa.

-¿Qué os saque de aquí a ti y a ella?

-No. Sólo a ella. Yo sólo la necesito unos segundos entre mis brazos. Pero ella merece la vida que mi error le arrebató. Prométeme que la llevarás lejos y no le contarás lo que hice.

Era un trato justo. Más que eso. Campbell sería el artífice de una paz que tanto se clamaba entre ambos bandos. Pero quedaba una cosa más. La más importante de todas.

-No tiene derecho a sacrificarlos –susurró Campbell entonces -.A los mineros. Al planeta. A usted. No tiene derecho a sacrificar tanto por tan poco.

Entonces Hugo cerró los ojos y bajó los brazos.

-Algún día lo comprenderás muchacho. Algún día encontrarás algo por lo que sacrificarlo todo…

Pero el disparo interrumpió su despedida. Los temblores. El futuro. Todo.

Con el tiempo le felicitaron. Le condecoraron. Le ascendieron. Pero nadie le preguntó por la verdad. Nadie era capaz de mirar más allá de aquel mar de Kelium. Nadie era capaz de ver más allá del sacrificio de un hombre que nadó, hasta el fin de sus días, bajo su mar de la verdad. Tratando de no ahogarse en él. Tratando de nadar contra la corriente de su destino.

David Gambero 2011

Segunda Era

Autora: Olga Besolí

Ilustradores: Verónica del Rocío López Pachón y Jordi Ponce Pérez

Correctora: Elsa Martínez

Género: ciencia-ficción (a partir de 13 años)

Este cuento es propiedad de Olga Besolí, y sus ilustraciones correspondientes son propiedad de Verónica del Rocío López Pachón y Jordi Ponce Pérez. Quedan reservados todos los derechos de autor.
A Verónica del Rocío López y Jordi Ponce Pérez,

sin cuyas aportaciones e ideas

este relato nunca hubiera existido.

SEGUNDA ERA

La guerra entre los dragones y los hombres está tocando a su fin. Está noche se librará la última batalla, la nuestra, pues ya no quedan más reinos por destruir. Nuestras murallas ofrecen la última resistencia por franquear. Nuestro bastión es el único que todavía permanece en pie. Nuestro ejercito, la última formación militar armada que queda con posibilidad de afrontar la lucha cuerpo a cuerpo, cosa que temo no vaya a suceder. En cuanto oscurezca, seremos aniquilados por el fuego devastador de las bestias. Nuestras esperanzas de sobrevivir bajo sus llamas son nulas. No queda ni un álito de vida tras un ataque suyo. Y estan cerca, demasiado. Anoche nuestros vigías descubrieron movimientos en la lejanía, luces sobre las cumbres nevadas que bordean este valle. Y el día de hoy ha traído consigo el olor acre a carne abrasada. Eso solo puede significar que los habitantes de la costa han perecido, pues las bestias han logrado penetrar hasta el interior. Han llegado hasta los poblados nómadas que vivian al otro lado de las montañas. Y ocultos en ellas, en esas montañas, estarán ahora nuestros verdugos. Y serán cientos de ellos, quizás miles, los que aguardarán escondidos; usando las formaciones cavernosas de la misma roca como guarida; esperando a que el sol descienda; impacientes por caer sobre nosotros como si de un enjambre de abejas se tratara. Y nos aniquilarán. Por completo. No existirá un nuevo amanecer para nosotros. Así es como ha ocurrido en todas y cada una de las partes del mundo. De esa forma perecieron las tribus de america durante la primera oleada de ataques.  Así fuimos todos testigos de la desaparición de los pieles rojas, y de nuevas oleadas de ataques que se expandían por todo el hemisferio norte, convirtiendo el dominio de los blancos en una masa de tierra negruzca y humeante. Luego fue cayendo todo el sur, hasta que también la raza negra fue extinguida por completo. Y ahora es el continente asiático el que ha sido enteramente reducido a cenizas. Ya solo quedamos nosotros. Solo queda nuestra isla. De nada sirvió la cumbre y el pacto de razas por la conservación. De nada sirvió el esfuerzo invertido; en aunar nuestras potencias; en ignorar nuestras diferencias políticas, sociales, religiosas; en unir nuestras banderas, nuestras armas, nuestros intereses. De nada. Las bestias arrasan con todo en todos los rincones del mundo. Y en consecuencia, nuestra civilización, tal y como la hemos conocido hasta ahora, está a punto de perecer. Las grandes capitales han sido reducidas a escombros. Los pueblos y villas han desaparecido pasto de las llamas. Los habitantes de todo el planeta han sido masacrados. Las bestias son muchas, demasiadas. Son una plaga. Procrean como ratas y, al igual que ellas, sobreviven escondiéndose en cuevas y viviendo bajo tierra. Llevan varios milenios haciéndolo. Por eso la luz del sol les daña las pupilas; les quema la piel. Por esta razón se ocultan en las sombras y atacan siempre de noche. Surgen de las entrañas de la tierra, del horizonte celeste, de las profundidades marinas. Y en esas salidas destruyen todo a su paso. Son animales salvajes y sangrientos que se comen a nuestros muertos y a los suyos, sin distinción; con los que no puede haber parlamento posible, ni tregua, ni rendición. Y esta guerra no terminarà hasta que nos hayan exterminado a todos. Y hoy, por fin, lo conseguirán. En cuando anochezca. Moriremos todos. O casi todos. Vosotros no lo haréis. Por eso os he mandado llamar. A vosotros nueve. Os he elegido por que sois los individuos más sanos y fuertes de nuestra comunidad. Esa es la razón por la que os obligo a abandonar vuestros puestos en la lucha y os doy la orden de huir. Vais a formar parte de un plan de emergencia. Aquí, dentro de este sobre que os entrego, escritos del puño y letra del mismísimo emperador de Asia, están tres de los cinco destinos escogidos por los evacuados de los otros continentes, lugares que no debéis revelar a nadie y adonde debéis dirigiros de inmediato. A vosotros os hago entrega de nueve huevos de dragón. Ese será vuestro éxodo y vuestra carga. Y este será vuestro cometido: intentad sobrevivir a toda costa, ocultaros de las bestias, id cambiando de destino continuamente, hasta alcanzar los mismísimos confines de la Tierra si hace falta. El mundo nunca debe saber de vuestra existencia. Mientras tanto, perpetuad el conocimiento del que sois testigos, de cómo caímos víctimas de las bestias, pero también de cómo fuimos responsables de su proliferación. Haced sabed que nuestro mayor error fue recuperar su especie. Debimos abortar todos los ensayos, los proyectos, las investigaciones en cuanto tuvimos la posibilidad. Debimos cerrar los laboratorios, sacrificar a los científicos implicados en los experimentos. Debimos hacerlo cuando todavía estábamos a tiempo ¿Una especie que llevaba extinguida millones de años? No. Eso no. Nunca. No siendo la única del planeta que se autodestruyó a si misma. Nunca debimos reimplantar a los humanos dentro del ecosistema. Debimos haber prestado más atención a las leyendas sobre la antediluviana Era de los hombres. Debimos haber aprendido de ellos, de sus fósiles, de los síntomas bélicos que prescribían y de los cráteres que habían dejado sus armas explosivas. Debimos mirar con más atención a aquellos paleógrafos que defendían el haber hallado antiguos escritos y que aseguraban haber descifrado fragmentos de relatos sobre la posible existencia de humanos parlantes que daban muerte a nuestros ancestros primigenios, los dragónidos, de forma indiscriminada. Ahora estoy seguro de que los mitos son ciertos. ¡Estuvimos ciegos tanto tiempo! Pero aún así debimos haber escuchado a nuestros sabios. No lo hicimos. Queríamos progreso. Pues aquí lo tenemos. ¿Y qué hemos conseguido con ello? Ponerle fecha al fin de nuestra Era. Porque la Era de los Dragones sobre la Tierra termina en cuanto acabe este día de hoy. Mañana será el primer día de la Segunda Era de la bestia humana.


¿Tomas nota de todo lo que digo,  buen escriba? Pues redacta también que en estos momentos yo, Gorg Draken, último rey descendiente de la orden de Draculea, alto mandatario de la raza de los dragones verdes, doy por terminada esta asamblea general, la última celebrada en la Sala de plenos del Castillo Real, en la capital de los Emiratos Unidos de la isla de Draconia. Y lo hago organizando la partida de estos jóvenes dragones en un intento desesperado por evitar que las bestias nos borren por completo de la faz de la tierra. Y escribe también que, tras despedirme de ellos, me dirijo a Lilith, mi pequeña mascota humana única de entre los de su especie, para encomendarle la custodia del libro del escriba, al que estoy a punto de dar por terminado, y que contiene los anales de esta guerra con todos sus entresijos, así como también desvela los secretos del poder destructor que han adquirido las bestias humanas. Esas armas que vienen desarrollando desde hace más de un milenio, y que elaboran con ese material que extraen de las entrañas de la propia tierra y que, al contacto con el aire, producen un fuego que quema la tierra, y mata y enferma a todo ser viviente.

A ti, pequeña Lilith, te cargo con la responsabilidad de buscarle un lugar seguro, porque este libro contiene toda la verdad. Y la verdad siempre debe de ser preservada. Dreyne, nuestro sumo sacerdote, te llevará en volandas hasta donde desees, y una vez ocultado este tesoro, deberás volver a convivir con tus congéneres, como las bestias, despojándote de todo lo que te hace civilizada, olvidándote de la lengua que te he enseñado y de todos los demás conocimientos que hayas adquirido. Pero tu labor no acaba aquí. Quiero que transmitas la ubicación exacta del escondrijo de este libro a tus descendientes, cuando los tengas. Porque a partir de mañana, ésta será la única prueba escrita existente de lo que una vez fuimos, pues generaciones de humanos venideras se encargarán de borrar nuestro rastro. Bien es sabido que son los vencedores quienes relatan la história a su antojo. Escriba, pon por último que así he dicho, firmo y rubrico yo, el último rey dragón con vida, cuando ya solo faltan tres horas para la última puesta de sol del mundo civilizado.

Olga Besolí