¿Puedes hacerlo tú?

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Género: Relato

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Conchita Ferrando. La ilustración es propiedad de Rafa Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor.

¿Puedes hacerlo tú?

Esto no es un relato de mujeres, sino un relato donde hay mujeres y para todo tipo de lectores.

Nunca me gustaron los “apartados”, ni de mujeres, ni de hombres, ni de nada… Para mí el mundo es variado y ese es su principal atractivo.

Seas quien seas, SI SUEÑAS, SE PUEDE CUMPLIR.

Esta historia va de subir escaloncito por escaloncito, sin pretender metas inalcanzables, de una ilusión que un grupo de amigas, con formación, cultura y mucha decisión, pusieron un día sobre la mesa, sin saber muy bien dónde llegarían o dónde se quedarían: publicar una revista, de ámbito local, en la zona donde vivían. Algo inalcanzable en teoría, sin mecenas, sin apoyos de instituciones, sin una financiación segura. Todo un reto, pero sin dramas si no lo conseguían. ¡Tranquilas! ¡Un intento es bueno y si no sale a la primera, ya se verá!

No tenían ni local como sede de sus reuniones para armar el proyecto, pero se las arreglaron para que les prestasen un despacho en una Caja de Ahorros mientras se organizaban.

Iban contra reloj, pero con una energía enorme.

Lo primero fue crear las secciones básicas:  Arte, Actualidad, Cultura, Literaria, Anécdotas, Historia y Cocina Internacional. Todas a medida de cada una de las organizadoras y creadoras, en las que eran expertas de algún modo.

Diseño de una bonita portada, a cargo de una de ellas que era pintora con exposiciones.

Un nombre sonoro y de amplio espectro.

Una imprenta de amigos que maquetaba, ponía papel cuché y los pagos con facilidades.

Todo listo y… ¡A escribir!

Todo era actividad desbordante en aquellas reuniones en el despacho prestado, que daba una enorme impresión de “profesionales importantes”.

La primera revista iba a salir con muy pocas páginas porque no había para más. Los acuerdos se hacían como pactos entre todas y, a pesar de algunos contrastes de pareceres, siempre íbamos avanzando “en grupo”.

Mi página sería la dedicada a Literatura: comentario de libros, anécdotas sobre escritores, fotos, algunas poesías de las que yo escribía y, si tenía material para apoyar las secciones de mis compañeras, se los pasaría.

Ya estaba la portada y era una preciosidad. Aquello crecía y nos empujaba a todas.

De repente, en una de las reuniones, cuando ya estaba cerca el plazo de lanzar la primera revista, alguien sugirió la conveniencia de poner una entrevista a alguien conocido de aquella zona para darle más atractivo.

A todas nos encantó esa idea, pero la mayoría no se atrevían, o no tenían muchos contactos, o no tenían tanto empuje y tanto tiempo para dedicarle, ya que eso lleva muchos enlaces, llamadas, etc. Y se me quedaron mirando ante mi horror.

—¡Podrías hacerlo tú! Todas te ayudaremos para los contactos, buscaremos información, amistades, familiares, lo que sea. Lo lograremos y la entrevista la harás tú, que dominas muy bien la comunicación con la gente.

Dicho y hecho. Ese día salí nombrada para hacer entrevistas.

Nuestras amistades comunes nos sugirieron nada menos que la visita de la directora de la revista Telva, que vendría a nuestra ciudad a un evento.

Había que lograr llegar hasta ella y una buena amiga hizo de intermediaria, llevándole  la pequeña presentación del proyecto que redacté: una Revista hecha por un grupo de mujeres-amigas que fuese muy atractiva a todo el mundo sin casi medios para publicarla: UN RETO.

Siempre he agradecido la generosidad de Covadonga O’Shea que aceptó que la entrevistase, con fotos y todo, y que me ayudó a encontrar los titulares de más impacto.

Y salió nuestra primera revista, con poquitas páginas, pero muy bien presentada y con una distribución a cargo de otras amigas que tenían modo de llevarlas a muchísima gente de la zona. Una ilusión que ya era realidad puesta en marcha.

Mi sección de entrevistas se llamó GENIO Y FIGURA, en recuerdo al refrán español.

Llegó a manos del Papa, a quien se la presentó Covadonga O’Shea en el avión en que viajaba como directora de Telva acompañando el viaje papal. ¡Ya habíamos saltado fronteras desde el número uno de publicación!

Ilustración de Rafa Mir

Había que seguir con los escaloncitos, y ahora con una seguridad enorme en nuestro proyecto. Nuevas reuniones en aquel despacho prestado, incluso con felicitaciones de la Caja de Ahorros que nos lo facilitó. Y ahora con el propósito de aumentar alguna página, más fotos y ampliación de todos los temas.

Mi obsesión cada día era buscar a quién entrevistar, con mayor tirón si era posible, para la siguiente revista que era mensual. El teléfono de casa echaba humo. Comprendo que abusaba descaradamente de mis amistades, familiares e incluso inventaba modos de llegar a alguien interesante casi al asalto.

Y así fue.  Casi al asalto telefónico pude contactar con una gran persona, mujer culta, importante periodista y autora de una serie de televisión, que era Natalia Figueroa. ¡Sí, la famosa periodista que hizo los guiones de la serie Si las piedras hablasen!

No nos conocíamos de nada, pero mi explicación por teléfono del proyecto de nuestra recién nacida revista le gustó y accedió a que la entrevistase. Aquello fue para mí como entrar al Paraíso. Grabé la conversación durante una hora, y ella fue encantadora. Al final, cuando le di las gracias, me dijo algo: “Yo le agradezco a usted que me haya hecho una entrevista muy completa SIN preguntarme en ningún momento por Raphael, mi marido. Eso ha sido lo mejor”.

Aquel número dos de nuestra querida revista nos puso ya en circulación con un éxito que nunca imaginamos. La radio nos llamó para entrevistarnos, la gente por la calle me preguntaba por Natalia y por Covadonga. Todo el mundo quería tener nuestra revista. Y no sabíamos cómo atender tanta demanda porque no teníamos distribuidor.

Para la siguiente entrevista logré contactar con el Cronista Oficial de la ciudad, gracias a que era compañero de uno de mis tíos, y me dio un material interesantísimo sobre dichos y habla de la zona, costumbres curiosas, tradiciones, y además cintas magnetofónicas con publicaciones suyas que podría usar en las secciones de Local.

Aquello gustó mucho. La radio se hizo eco de aquella entrevista con el Cronista, que era muy valorado allí.

La gente ya nos conocía y había demanda de revistas que no lograba cubrir la tirada de la imprenta amiga.

Esa misma semana recibimos una llamada de una empresa de publicidad, que nos ofrecía hacerse cargo de todos los gastos de edición y distribución, y la ampliación a más páginas, si aceptábamos que ellos pusieran algunos anuncios en la revista.

Lo sopesamos bien, con la seguridad de que podría ser algo estupendo, y aceptamos con la única condición de que supervisaríamos los anuncios, por si alguno no lo considerásemos adecuado. Y aceptamos.

Así, pasito a pasito, avanzábamos y llegábamos más lejos. Ahora teníamos ya presupuesto, ¡dinero!, y los medios nos hacían caso, relativamente, pero sobre todo, teníamos un distribuidor que no nos cobraba nada y llevaba nuestra revista a todos sus clientes.

Era tiempo de Navidad, así que incluimos una sección especial con trabajos sobre la Navidad, de todo tipo, con muchas fotos, incluso con ideas que nos daban a pie de calle, como el concurso de Belenes, cuyo ganador fotografié para sacarlo en primer plano y que estaba hecho todo con herramientas vestidas con chapa metálica. Muy original.

El Destino iba a nuestro favor, y otro imposible se puso ante nuestra vista: el nombramiento de la primera mujer Académica de la Lengua de España. Carmen Conde, nacida en la ciudad donde nosotras estábamos, aunque lejana en distancia, ya que vivía en Madrid. ¡Aquello sería más que difícil! Pero nada nos parecía imposible. Movimos cielo y tierra para acceder a ella, que tenía fama de un carácter terrible y estaba tan solicitada, pero el Destino quiso que tuviese un evento importante cerca, y sin tener cita previa, casi a puerta gayola, me presenté en su hotel con el único mérito de venir de su tierra con un proyecto humilde, hecho por mujeres, para poder llevar a nuestra revista sus opiniones sobre su tierra y algunas preguntas. Di en el blanco porque me recibió esa tarde en el hotel, en exclusiva, y grabé más de hora y media de conversación agradabilísima con aquella gran escritora. Me contó anécdotas de su infancia, sus preferencias navideñas, sus miedos, sus salidas de su tierra, sus recuerdos más preciados… Mujeres en comunicación que llegaría muy lejos.

De esa conversación salieron tres entrevistas que llevé a los tres periódicos más importantes de la zona, con fotos regaladas por la propia Carmen Conde, y la más entrañable fue para nuestra revista.

Esa fue la guinda del pastel de nuestra querida revista. Los directores de los periódicos de la zona ya me conocían. Sabían que éramos capaces de muchas cosas y de gustar a muchos lectores.

Nueva ampliación con nuevas secciones, una de las cuales también fue mía y la titulé  Cartagena de los mil nombres, con ocho capítulos que salían mensualmente, para lo que me documenté intensamente con la ayuda de muchos conocidos sobre historia antigua, arqueología y riquezas mineras de más de dos mil años de aquella zona.

Cada día sacaba más horas de las que tenía la jornada, pero con unas fuerzas que desconocía tener. Era la ilusión que se hacía real para todas nosotras.

De allí para adelante todo fue crecer, soñar, cumplir sueños y disfrutar.

¡Ojo! ¡Si sueñas, se puede cumplir!

Conchita Ferrando (Jaloque)

Circo y Fantasía

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Género: Microrrelato

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Conchita Ferrando de la Lama. La ilustración es propiedad de Rafa Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Circo y fantasía.

 Nunca me gustó el circo en mi infancia.
Mi abuela siempre nos llevaba porque, en su opinión, era un espectáculo infantil y era bueno para los niños.
Tal vez a ella le gustaba pero a mí, la verdad, nada. No me parecía apropiado para los niños: miedo, bromas de casi maltrato, peligro…
Lloraba porque me daba pena que le pegasen al pobre payaso. Tampoco me gustaba aquel “gracioso” disfrazado de lobo que venía a la grada a asustar a los niños, al que yo hubiera disparado seguro si hubiese tenido una escopeta.
Me angustiaba ver a los equilibristas sobre el alambre, por si se caían; o a los trapecistas… ¡Qué gente más loca! Saltando y dando volteretas en el aire, sin red. Pensaba que cualquier día se matarían.
Y no digamos cuando armaban las jaulas para las fieras… ¡Uf! Es que apestaba a fiera todo el circo y, para mí, ese era el olor del miedo. En medio de aquel círculo, el domador, pequeñito e indefenso, vestido de raso bordado, tal vez para que aquellos “bichitos” pensaran que si se lo comían, se les podía indigestar.
Cuando salían los caballos ya me atrevía a mirar a la pista sin taparme los ojos. Ellos eran bonitos, elegantes, nobles y obedientes. Me gustaban.
Ahora, al recordar todo esto, siento que me voy alejando de esa realidad de mi infancia, donde no logré que el circo me hiciese feliz.
Un pequeño movimiento me llama la atención. Miro a mi lado y veo con sorpresa y alegría la carita azul de mi querido dragoncito Dragüi.
¡Caramba! Ha salido de mi cuento Dragüi, el dragoncito ilustrado y me mira recordándome lo bien que lo pasamos en la Torre de la princesita de los “calentadores de colores”, subiendo y bajando por la tirolina para poder ayudarle.
Realmente aquella Torre del cuento era casi un circo… Sonreímos y me coge de la mano.

Ilustración de Rafa Mir

De pronto, nos encontramos bailando en lo alto de las almenas, llenos de alegría, dando vueltas por el cielo rojo y malva del atardecer. Bajo mis pies veo el alambre del equilibrista, y los trapecistas que ahora están muy abajo y también bailan en sus trapecios.
Miro al dragoncito y ¡ha crecido! Ahora es aquel aventurero “lobo de mar” que me contaba mil historias de viajes en el Café del Faro del Fin del Mundo. Lleva su pipa y su gorra de marino y baila conmigo sonriente, hacia el horizonte, sobre las olas azul oscuro.
Debajo sigo viendo el circo, muy pequeñito.
Un caballo se sitúa en el centro tras un salto y lo reconozco: es Furia, el caballo cárdeno, noble, esbelto y obediente en el que siempre monté de joven. ¡Por eso me gustaban los caballos! Monto sobre Furia y me va trayendo, impulsado por el viento del atardecer que lleva a los barcos a tierra firme.
Comprendo ahora que todo aquello es mío. Forma parte de mi ilusión. Es bonito y no está lejos.
Noto en el brazo que alguien me toca…
¡Niña! ¡Cierra la boca y los ojos que los tienes como platos, que la función va a terminar! ¡Menudo te lo has pasado hoy en el circo! ¡Y eso que no te gustaba!
Es mi abuela, que se ríe al ver la cara que tengo desde hace un rato. Y es que ella no sabe toda la magia que he vivido esta tarde: ¡la ilusión y la magia del circo!

  Conchita Ferrando de la Lama (Jaloque)

 

La torre de los monstruos

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Género: Narración

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Conchita Ferrando de la Lama. La ilustración es propiedad de Paloma Muñoz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La torre de los monstruos.

Toc, toc…

—¿Viven aquí los monstruos?

—¿Quién va? Decid vuestra contraseña.

—Frankenstein.

Silencio tras la poterna de la altiva Torre de Sola, aislada tras el puente levadizo que la selló hace ya mucho, mucho tiempo…

¡Sshhhhrrisshhhh! Los goznes oxidados de la recia poterna chirrían al ser abierta por el jorobado portero de la Torre.

—¿Quién sois, señora?

—La creadora de una historia de mucho mucho miedo, récord Guiness de horrores y pesadillas.

—¡Bah! No será para tanto, noble dama.

—¡Sí, sí!  Gané con mi criatura monstruosa un reto de miedo y terror en un importante grupo de escritores, con una historia que no solo daba miedo, sino mucho mucho miedo.

—¿Sois entonces Mary Shelley, la creadora de Frankenstein, hecho con retales de cadáveres?

—Sí, y busco lugar adecuado para que mi hijo se sienta bien acompañado, pues su aspecto es monstruoso, pero su corazón es reflejo del mÍo, bondadoso y un poco hippy.

Mientras atraviesan el recinto de zonas amuralladas, una voz en off va relatando la historia de la abandonada Torre de Sola.

Se cuenta que una bella dama vivió aquí hace muchos años y que el viento susurra al atardecer poemas de antiguos guerreros que la custodiaron.

La dama, con su cucurucho medieval rematado por velos azules y fucsias, bordó junto a sus damas de honor gualdrapas y estandartes para sus paladines, que lucieron en batalla, en justas y palenques, con los escudos de la Torre de Sola sobre sedas, terciopelos y brocados refulgentes al sol.

Un día los caballeros tuvieron que marchar a la batalla. Ella los despidió desde lo alto de las almenas de la torre, pero jamás volvieron.

Allí quedó la dama silenciosa y triste, en su torre cercada por los fosos, perdida en el horizonte malva, cerrado el puente levadizo para siempre.

Cuentan que, a veces, desde lejos se ven los velos del cucurucho de la dama asomar por las almenas , y el ulular del viento trae sonidos extraños, como de música estruendosa, risas y gritos. Sobre las almenas aparecen monstruosas figuras de jorobados, demonios  y momias rodeando una gran marmita negra fuegos fatuos.

—¡Vale! Cortad el rollo y avisad a vuestra dama.

—¡Voy! ¡Quasimodo!, anda a pedir permiso a nuestra dama a ver si hay sitio para un monstruo más, aunque sea en las mazmorras.

La figura de una brujita surca el cielo acercándose a dar la bienvenida a la visitante. Monta una escoba-vaporetta y va vestida con pantaloncito corto, botines rojos y un gran gorro de copa picuda, dejando en el cielo una estela donde se lee «La Torre de Sola».

Ilustración de Paloma Muñoz

—Venid conmigo, noble señora. Os guiaré al comedor de la torre donde se reúnen los habitantes para cenar. Nuestro cocinero, Momia Desvendá, prepara deliciosos menús franceses en su gran marmita negra. Hoy toca sopa de gusarapos y chuleta de diplodocus. Es un poco desgarbado, con las vendas que le cuelgan rotas por el paso de los siglos, pero en Francia no hubo otro mejor y su alma destila belleza, rara, pero belleza.

Llegan al gran comedor de muros de piedra, en cuyo centro hay una antigua mesa redonda donde doce monstruos dan cuenta del menú.

En la presidencia, la dama de la Torre de Sola, con su singular cucurucho, recibe cordialmente a la visitante.

—¡Atención, queridos caballeros monstruitos! Os presento a la «mamá» de Frankenstein, que busca alojamiento entre nosotros para su «criatura».

Aquí, gentil señora Mary Shelley, todos volcarán sus nobles corazones para acoger a vuestro Frankenstein. Y si necesitáis más piezas de recambio para él, las encontrareis en nuestras mazmorras, donde se almacenan enemigos vencidos en otras épocas. Compartid nuestra cena y brindemos por vuestro gran éxito en el reto de crear el personaje de más miedo y horror que venció a tantos ilustres literatos de vuestro grupo.

»¡Alcemos nuestras copas con la mejor sangre Gran Reserva! y luego danzaremos todos en una gran Rueda Chospona.

Aquí todo el mundo baila, ríe y se divierte, muy al contrario de lo que pasa al otro lado de la poterna de esta Torre. Nuestros monstruos tienen todos pedigrí.

»A vuestro lado está Satancillo, un demonio caballeroso y muy ligón, que cuida de que ningún humano farsante y buscapleitos traspase esa puerta. Como veis, luce falda plisada escocesa, por su origen, y un gran espadón por si alguien se sobrepasa.

»Al otro lado Quasimodo, Quasi para los amigos, cuya sola apariencia es capaz de hacer desistir al más pintado de venir a incordiar con agresiones mundanales. Es jorobado, feo y con voz de trueno, pero vigila y cuida de todos nosotros como el mejor guerrero. Incluso mantiene a raya a los dragones del foso, cuyo fuego usamos para encender los leños de las hogueras que circundan las almenas y que tanto miedo dan a los tontos de allá fuera.

»La gente desconoce todo de los monstruos, pero realmente están en el interior de cada humano, y toman de este apariencias según las circunstancias. Rara vez afloran aspectos feroces, aunque ocurre, pero siempre hay corazones luminosos en todo humano que se encierran dentro de cada apariencia monstruosa. Y aquí las pueden exhibir con toda libertad y alegría.

»Esperaremos encantados a vuestra criatura, cuyo corazón tierno ya conocemos. Aquí se sentirá como en casa porque, noble señora, ¡AQUÍ VIVEN LOS MONSTRUOS!

Conchita Ferrando (Jaloque)

Nieve gris plata

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Corrector@: 

Género: Narración-relato

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Conchita Ferrando de la Lama. La ilustración es propiedad de Paloma Muñoz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Nieve gris plata.

Ilustración de Paloma Muñoz

Curiosos, asombrados, pero sobre todo llenos de alegría por lo que sus ojos están viendo, las sencillas gentes del pueblo se arremolinan fuera de sus casas.

Ante ellos la gran nevada de la noche anterior ha traído un adelanto en las fechas, pues solo es Octubre, y una buena noticia: Un reguero de líquido  y barro corriendo sobre la blanca nieve de la mañana brillando al sol en color gris plomo con destellos de plata.

Respiran aliviados porque aquello significa que se han salvado del inminente cierre de la antigua mina que les da trabajo, seguridad de futuro y sustento a todas sus familias.

¿Qué ha pasado? ¿ Cómo ha podido cambiar el panorama de preocupación y pesimismo durante una  noche de nevada?

¿De dónde proviene ese reguero que se desliza sobre el  blanco manto de la nieve?

Mientras tanto un coche zigzaguea por la carretera que bordea el pantano, encajada entre montes, mal asfaltada y llena de curvas, camino de la pequeña mina  situada en el valle de Alcudia, ante un paisaje idílico frente a las estribaciones de Sierra Morena y Sierra Madrona.

Entre unas suaves lomas cuajadas de encinas y almendros, el pueblo minero se ha volcado a la calle para celebrar lo ocurrido… casi con el susto de semanas anteriores en que toda la explotación vivió momentos de angustia  al comprobar los ingenieros y los técnicos la desaparición imprevista del “filón” de rico mineral de galena argentífera que ha dado fama y prosperidad a la mina “ El Angosto” desde tiempos inmemoriales..

Fenicios, romanos y otros pueblos que por allí pasaron habían extraído durante siglos el mineral, rico en galena de plomo, útil para la guerra y la industria,  con una elevada “ley” de plata que hace rentable su explotación actualmente, a pesar de los altos costos de un laboreo muy tecnificado.

Era un filón estrecho y serpenteante, difícil de explotar, que siglo tras siglo había penetrado hacia las profundidades, pero continúa siendo la riqueza de aquel pueblito, pese haber tenido que cerrar varios pozos más antiguos salpicados por los cerros cercanos, que ahora se reciclan para usos de ventilación y de almacenajes.

“El Angosto”,  con la altiva torre de hierro negro del  pozo principal, junto al lavadero del mineral y las oficinas, centra ahora la actividad minera, y junto a su base se ha formado una montañita artificial de los desechos del estéril.

Habrá que retroceder solo unas horas para comprender como puede cambiar todo en tan breve tiempo….

Unas semanas antes , los ingenieros y lo  técnicos que llevaban la explotación se habían reunido para comunicar que el “filón” había desaparecido en uno de sus habituales quiebros de dirección y, si no aparecía pronto,  las pérdidas harían peligrar la continuidad de la mina y del pueblo al que daba trabajo.

Geólogos, investigadores y expertos pasaron por allí buscando soluciones, pero el filón seguía invisible.

El pueblo, tan blanco y alegre, se volvió sombrío. Pensaban que sin trabajo en la mina perderían su jornal, sus casitas blancas con  pequeños patios y tapias con enredaderas, su Escuela, su Casino, su Economato, su Cine, su Iglesia de piedra dedicada a la Virgen de las Minas…. No se hablaba de otra cosa en el pueblo.

Don Julio era el Ingeniero de Explotación y llevaba allí unos años. Era joven pero con conocimientos muy avanzados de técnicas mineras, y no se daba por vencido con esa desaparición. Bajaba constantemente al frente de extracción en el pozo principal, a 470 metros de profundidad, equipado con todo el material necesario para estar allí horas buscando… Casi no veía el cielo y no se fijada en nada del exterior.

La gran nevada comenzó de madrugada de modo inesperado, pues no eran todavía fechas de nieve.

-“ Mira Julio, que bonito está el campo con la nieve. Hay muchas rosas todavía en el jardín, que asoman, rojas o salmón, bajo sus gorritas blancas de nieve.  El cerro que tenemos delante, lleno de encinas,  parece un tapete blanco con manchas verdes y marrones. Es como una gran paleta de pintor, hasta el pie de la sierra Madrona, con todos sus picos blancos.”

Lorena hablaba entusiasmada con su marido sin darse cuenta de que él apenas la escuchaba.

-“Lorena, cariño, tengo que volver a la mina y no podré acompañarte a la visita médica que teníamos programada hoy en la ciudad para la revisión de tu embarazo. Ya sabes el problema que tenemos con el filón,  y yo me voy ahora mismo. Te mandaré un coche con el chofer de servicio para que te lleve y te traiga. Siento muchísimo no poder acompañarte, pero….. Ve tranquila que Santos es un buen chofer y aunque haya algo de nieve en la carretera irá muy prudente.  Como tú dirías, hoy tenemos un paisaje blanco lleno de pinceladas de colores como la paleta de un pintor”.

Cuando bajaron los mineros del relevo de las 8, los 2 peritos del turno iban preocupados por el ingeniero, que llevaba días y días sin parar ni descansar probando de un sitio a otro con su martillo minero, para localizar el filón desaparecido.

La “jaula” les dejó en la galería principal, que se ramificaba en otras secundarias y allí se fueron separando con los grupos de trabajo.

Una voz les alertó desde una de las galerías secundarias un poco apartada. Era don Julio que les llamaba.

Estaba agotado pero exultante de alegría, con su martillo en la mano con el que había marcado una de las paredes con unos golpes que sacaron a la luz el brillante mineral de plomo que indicaba la presencia del filón. Todos le felicitaron con entusiasmo, y ya volvían hacia la galería principal  cuando un ruido les hizo parar.

-“Alberto, Juan, avisen a los tres que han entrado en esta galería con ustedes que se reúnan aquí enseguida. Está entrando agua y el nivel sube cortándonos el paso hacia la galería principal. Hay que salir de aquí cuanto antes. Vamos a intentar subir por unas escaleras entre dos cortes para que el agua no nos atrape. Alberto, usted delante conmigo, que conoce bien las zonas más antiguas. Juan, hágase cargo de que los tres mineros sigan nuestros pasos y ponga detrás al “montañero” para cerrar la marcha. No se preocupen que vamos a salir. Iremos por una larga galería que comunica bajo tierra con el Pozo 4, el del cerro del Almendro, que es ahora el de ventilación. Iremos a contra marcha, pero no nos atrapará la subida del agua.”

El conocimiento que tenían, tanto el ingeniero como los peritos, dio confianza al grupo para adentrarse por un desvío que no se solía utilizar, que iba a parar al pozo de ventilación. Las luces de sus cascos les iluminaban el camino para no resbalar ni caer en alguna poza que pudiese haber. El agua seguía subiendo, a pesar de que habían subido al nivel lateral, y el suelo no se veía bajo el líquido oscuro y helado. Al menos se respiraba bien al  avanzar por el tortuoso camino. Los mineros más jóvenes precedidos por Juan, uno de los peritos, no perdían de vista dónde pisaban don Julio y Alberto, el otro perito, y la confianza en ellos evitaba que se angustiasen demasiado.

Llegaron a una encrucijada, sin que dejase de subir el agua, empapados y ateridos de frío.

Don Julio mandó parar y les explicó la situación. Les quedaba por delante un trozo malo, fuera de servicio, y había que tantear el suelo antes de avanzar porque no sabía lo que podían encontrar, pero llegarían al pozo de ventilación y ya en él podrían salir al exterior. Solo la confianza y el buen hacer les podía ayudar.

-“¿Alguno de ustedes lleva unos cigarrillos?”

— “Si, don Julio, Pedro suele llevar, y seguro que no se han mojado”

Don Julio repartió los cigarrillos con gesto tranquilo y les animó a fumarlos para darse ánimos antes de emprender la última fase del camino que era bastante complicada. Se tendieron las manos unos a otros para desearse suerte.

No pudo evitar recordar a su joven esposa, tan ilusionada cogiendo las rosas rojas en el jardín esa mañana , con la nieve formando mantos sobre ellas. Seguramente ya estaría volviendo en el coche, con el chofer, por la carretera del pantano, feliz con la ilusión de su primer hijo.

Cogió fuerza e inició la marcha delante del grupo, con esfuerzo y cansancio pero con seguridad.  Una bocanada fuerte de aire les anunció la cercanía de la salida y respiraron a pleno pulmón el vientecillo puro y helado….

¡ En qué poco tiempo puede cambiar la vida entera ¡….

Ya son las 3 de la tarde. El pueblo entero se ha enterado de que don Julio, el ingeniero, ha encontrado el filón, y que han logrado salir con bien los cinco atrapados por el agua en una galería.

Hay un reguero sobre la nieve que baja cargado del plomo con plata que les espera en el fondo de la mina. El sol hace destellar como hilos finos la plata mezclada con el gris del plomo.

Sin tener ni idea de lo que han pasado allí abajo, las familias abrazan a los que han salido y les ofrecen mantas para combatir el frio que les cala.

Don Julio llega a su casa empapado, sucio de barro de plomo,  pero contento. Antes de entrar, corta un par de rosas rojas del jardín y, con nieve y todo, se las entrega a Lorena, que acaba de llegar y le anuncia que será un niño….

La vida vuelve a ser una paleta de colores sobre la blanca nieve… aunque podría haber sido un rio gris oscuro y embarrado que hubiese arrastrado a los cinco atrapados en la galería de la  mina….

Conchita Ferrando de la Lama

Luchar como los hombres

Autor@: Conchita Ferrando de la Lama

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Género: Poesía

Rating: Todos los públicos

Esta poesía es propiedad de Conchita Ferrando de la Lama. La ilustración es propiedad de Paloma Muñoz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Luchar como los hombres.

Ilustración de Paloma Muñoz

Déjame luchar, Señor,
como lo hacen los hombres,
contra la furia enloquecida de tus olas.

Son tuyas, como lo soy yo
y como lo es el viento.

Formamos parte
de la grandeza del mar,
de su infierno y de su miedo…
Nacemos con el sol y la sal dulce
de las playas en calma.

Abrimos el pecho,
curtido de esencias y risas de faros
al volver a puerto.

Y cuando Tú decides «¡basta!»,
nos precipitamos
como bolas de acero pavonadas,
sin freno, allí donde la tempestad es
el arco que dispara
el valor de los más hombres…
¡Señor, el valor de los más hombres!

Junto a ellos estoy yo,
muy lejos de la costa,
lleno de miedo.

Y la mar, en lo más duro de la angustia,
nos arrebata el cielo
y lo tritura.

Los más hombres, Señor.
Los hombres.
Mas no olvides
que solo tengo doce años.

Que ayer jugaba entre las rocas,
en el puerto, en la playa,
y hoy he salido a la mar, lleno de miedo,
en busca de la aurora.

¡Señor, los hombres!
Mas no olvides
que tengo doce años
y… todavía soy un niño.

Conchita Ferrando (Jaloque)

Rojo, como la sangre de los héroes

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Género: Narrativa

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Conchita Ferrando de la Lama. La ilustración es propiedad de Daniel Camargo. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Rojo, como la sangre de los héroes.

Bajo el sol abrasador de la llanura del Garet, cerca del fuerte de Monte Arruit, un sencillo pero impactante monumento recuerda, en su lápida de mármol, esta inscripción:

En este lugar del Garet se cubrió de gloria, ofrendando heroicamente su vida por la patria, el Capitán Ayudante Mayor del Regimiento África 68 Don José de la Lama y de la Lama.

Modelo de caballeros sucumbió aquí con 27 héroes más, protegiendo la retirada de la Columna Navarro a Monte Arruit. El 29 de Julio de 1921.

¡Españoles, inspiraos en su ejemplo!

El silencio y la desidia han acumulado olvido por quienes no han sabido honrar a sus héroes, reduciendo la gesta de muchos valientes al ofensivo titular de “Desastre” de Annual – Monte Arruit lo que fue una GUERRA y un baño de sangre de tantos españoles que murieron por su patria.

Ningún país hubiera permitido echar tierra, como se hizo, sobre una guerra en la que se luchó con medios casi tercermundistas, faltos de material moderno, apoyo, provisiones, armamento, ayudas de refuerzos y presupuesto que nunca llegaban, mil veces pedidos al gobierno y a las juntas militares que, desde lejos, desde la península, miraban hacia otro lado, mientras su ejército luchaba en el norte de África, desangrándose, sin cielo ni quien cuidase de ellos.

Aquella fue una guerra en toda regla, que pasó a la historia con la mala imagen de “Desastre”, fruto de la inoperancia de quienes deberían haberla apoyado, abastecido, dotado de buen armamento y medios.

Sobre ella se echó tierra, aplastando y silenciando los muchos hechos heroicos que hubo, con el barro de la mala actuación de quienes no dieron la talla en momentos tan críticos e históricos, tanto desde las juntas militares como desde el Gobierno e incluso la Corona…

No son afirmaciones gratuitas, pues la documentación histórica y juicios posteriores los pusieron de relieve después.

¿Qué hazaña heroica conmemoraba ese monolito, de más de dos metros de altura, en medio del Garet, dedicado a la memoria del capitán ayudante mayor del Regimiento África 68, don José de la Lama?

Nacido en Cádiz en 1885, hijo de un teniente coronel de infantería, ingresó en el ejército y en la Academia Militar de Toledo.

En 1908 ya está destinado en Melilla y de servicio en el Rif, donde aprende que el mando debe hacerse con firmeza y proporcional a la ofensa.

Sus lugares de intervención son frentes incendiados de batallas como el Barranco del Lobo, Ait Aixa, vertientes del Gurugú, Hamed el Hach, Pico Basbel, Sidi Musa, y muchos más donde ya obtiene dos Cruces al Mérito Militar con distintivo rojo, en sitios de máximo peligro.

Asciende a teniente y en 1911 conoce al coronel Aizpuru (luego teniente general), del que aprende cómo manejar las tropas sin agotarlas y cómo conducirlas en la batalla, enfrentándose a Mohammed Amezzian.

En el Kert cae herido gravemente al salir, por falta de mensajeros, para transmitir unas órdenes a la Policía Indígena. Por centímetros, la bala en el pecho no le seccionó la carótida. Le visitan en el hospital los jefes militares de su regimiento y el general Aizpuru, que le tiene en gran estima. Es ascendido a capitán. En 1913 se reincorpora y conoce Monte Arruit.

Se casa con Concha, hija de un coronel de Ingenieros, una novia que temía por sus puestos de gran peligro y que había rechazado la boda varias veces por temor al riesgo en que se desenvolvía su vida.

En 1915 nace su primer hijo.

Es considerado apto para ascenso a comandante. Le conceden su tercera Cruz al Mérito Militar también con distintivo rojo.

En 1916 nace su segundo hijo.

El coronel Baños le propone para ayudante mayor del Regimiento África 68.  Tiene treinta y un años y prácticamente ejerce como coronel con sus tropas en todo tipo de misiones, pues Baños tiene cincuenta y nueve años. El Regimiento África 68 se convierte en una unidad esencial de primera línea.

En 1917 gana su cuarta Cruz al Mérito Militar con distintivo rojo, “pensionada”.

En 1918 nace su tercer hijo, una niña: Conchita.

El coronel Baños, con quien se había entendido muy bien, pasa a la reserva y le sustituye Jiménez Arroyo, muy engreído por proceder de las Juntas de Defensa, que tienen un enorme poder. Jiménez Arroyo  será primer jefe en Melilla.

Sus actuaciones en el Kert continúan y las posiciones se conquistan. El coronel Jiménez Arroyo notifica al general Aizpuru:

«Este capitán, en sus funciones de ayudante de la columna, a falta de un jefe de Estado Mayor, desempeña el cargo con gran acierto en la organización y desarrollo de operaciones».

Con esta nota el capitán De la Lama es reconocido ya como jefe de Estado Mayor a falta del nombramiento, hecho que queda escrito en su expediente.

En 1920 Aizpuru es ascendido a teniente general y le sustituye en Melilla el general Fernández Silvestre, la cara opuesta. Su fama le precede como deslumbrante estrella de la guerra. En pocos meses toma la decisión de atravesar el río Kert y toma Drius. Su objetivo es avanzar hasta Alhucemas.

El capitán De la Lama obtiene su quinta medalla al Mérito Militar con distintivo rojo.

El general Silvestre solicita al alto comisario, general Berenguer, dinero, artillería y municiones para el avance que ha iniciado que tiene como meta Alhucemas. Hay que terminar el ferrocarril desde Tistutin a Drius. Sin todo esto no puede subsistir un ejército activo. Negativa. No hay dinero ni artillería ni se terminará el ferrocarril tan necesario.

Al general Silvestre nada le arredra y sin los refuerzos necesarios emprende su avance. Primero Abarrán, alargando una línea de ejército que no cuenta con provisiones ni con suficientes puntos de aguadas, al que no le llegan armamentos buenos, ni más artillería, ni consolida apoyos de provisiones en retaguardia.

El avance irrita a las harcas de los rifeños, que lo ven como una provocación dentro de su territorio. Por primera vez se unen, se congregan furiosos y caen sobre Abarrán. Silvestre se hace fuerte primero en Igueriben y, acosado por los rifeños, tiene que retroceder a Annual. Cada vez las cabilas reúnen más gente y están sedientos de sangre.

El 22 de julio, totalmente cercados en Annual, el general Silvestre se dispara un tiro con su pistola. Sus tropas, desalentadas, sin una buena estrategia de sus jefes, se repliegan acribilladas por las harcas de los rifeños, que ya son una multitud imparable.

Los puestos de la línea de avance que dejaron escasamente guarnecidos son masacrados y el repliegue ya es un horror.

Se intenta agrupar a la tropa en retirada, a veces con heroicos comportamientos y otras veces con desorden y desesperación. Los rifeños pasan a cuchillo a cualquiera que encuentren en las posiciones que ocupan y se hacen con el armamento que allí queda.

El general Navarro llega a Drius donde se encuentra con ese caos y con el repliegue de toda la línea que había establecido el general Silvestre. Hay tropas de todos los regimientos, pero los máximos responsables, los coroneles, no están allí para dar las órdenes. Navarro recoge esa cosecha de desaciertos y todos esos hombre de tropa que necesitan un mando, ayuda, comida, agua y refuerzos que ya no les quedan.

Se sienten huérfanos y horrorizados.

Al menos hay dos unidades todavía enteras para luchar: la de caballería del Regimiento Alcántara, y la de infantería del San Fernando, que serán vitales en la batalla que se avecina.

23 de julio, de madrugada: Llamada a casa del coronel Jiménez Arroyo en Melilla. Orden del general Navarro desde Drius para que vaya a Batel y allí espere instrucciones. El coronel avisa de inmediato a su capitán ayudante De la Lama y al teniente coronel Piqueras. Suben los tres en un “coche ligero” del mando y llegan a Batel. Navarro sigue en Drius. La pista que lleva a Melilla se llena de coches con jefes militares camino de su salvación. El coronel Jiménez Arroyo no continúa a Drius. Se queda y llama al general Navarro. Nada se decide. La pista que lleva a Drius está siendo atacada. Jiménez Arroyo contesta que hagan lo que puedan, o sea, que no va a ayudarles, y con eso les condena a morir.

Jiménez Arroyo decide ir a Tistutin, que es la última estación del tren, y busca a su hijo, que es alférez. Pasa el tiempo y no regresa a Batel. El monte Usuga, que domina Tistutín, está ya hostilizado por los rifeños. Si ocupan Usuga, Tistutin estará perdido.

Por fin aparece el coronel Jiménez Arroyo en el coche con su hijo. La tardanza ha sido excesiva y su ayudante, el capitán De la Lama, está irritado. El general Navarro vuelve a llamar y pide medios de transporte para trasladar lo que se pueda. La conversación es surrealista. Jiménez Arroyo se recrea en narraciones mientras sus hombres están esperando a quien les tiene que mandar. Se corta la comunicación.

Por la tarde, en Batel, las harcas siguen hostigando cada vez más. El general Navarro no tiene dónde trasladar a los restos de tropa y se tienen que valer como pueden. Los jinetes del Regimiento Alcántara cargan contra los rifeños y rompen su flanco derecho, mueren muchos de ambos lados. Los supervivientes llegan a Batel. No tienen ya ni armas, ni ropas ni agua. La sed del desierto es una tortura. En ese tumulto de los que llegan desesperados el coronel Jiménez Arroyo se inhibe, y su capitán ayudante De la Lama se esfuerza en poner orden. Necesitan las indicaciones  de su jefe y no las reciben. Es un caos.

Los soldados del Regimiento África que todavía quedan, piden órdenes a su capitán. A su lado, el corneta, un jovencito de tierra de labranza, vive aquello sin saber si morirá en cualquier momento, pero no se aparta de su capitán.

La harca ya está muy cerca. En el coche ligero están ya el hijo de Jiménez Arroyo y otros militares. Jiménez Arroyo le ordena a su capitán ayudante que suba de inmediato para marcharse a Melilla. De la Lama mira los restos de su regimiento, allí desorientados, y se acerca al coche con el corneta a su lado. Su coronel está fuera de sí por la prisa de marcharse. Con toda calma y energía el capitán De la Lama le responde:

«Mi coronel, siento desobedecer su orden, pero yo me quedo aquí. Alguien tiene que ocuparse de nuestros soldados».

Al ver sentado en el coche al hijo de Jiménez Arroyo, ha comprendido el motivo de tanta tardanza, y también ahora la prisa del coronel por salir de allí lo antes posible y ponerse a salvo en Melilla.

Jiménez Arroyo se siente ofendido por el plante de su ayudante y no va a recibir lecciones de nadie. Malhumorado, da orden al chófer de arrancar. Cuando el coche se aleja, muy cerca del capitán De la Lama hay un grupo de soldados y el corneta, que han escuchado lo ocurrido y se dan cuenta del valor que se necesita para quedarse allí, para morir seguro, pudiendo haber obedecido la orden de huir y salvarse. Rodean al capitán De la Lama los poquísimos soldados que quedan del África 68 dispuestos a seguirle en la batalla que ya tienen encima.

Cuando llega el general Navarro con su columna en retirada, se queda perplejo al comprobar que de los 1 600 soldados del África 68 no quedan más que un capitán, un grupo de ocho soldados y un corneta. Navarro queda dolido y atónito al saber que Jiménez Arroyo no se ha quedado a esperarle, no se ha hecho cargo del mando de su regimiento y ha huido a Melilla.

La columna de Navarro resiste a la desesperada cuatro días en Batel. Las harcas les están acosando sin tregua. El 27 de julio se repliegan a Tistutín, donde al menos hay agua. Resisten bajo un fuego escalofriante todo el día y parte de la noche.

29 de julio. De madrugada, sin hacer ruido, amparados por la poca luz, va saliendo toda la columna bajo el fuego cruzado de los fusiles de los rifeños, formados en cuadro de batalla. Su única oportunidad es llegar al fuerte de Monte Arruit.

Son alrededor de 3 000 hombres, pero formados en cuadro son un blanco compacto sobre el que las harcas disparan a placer. Son un blanco perfecto y los rifeños se ensañan disparando sobre ellos. Tres harcas rodean la Columna de Navarro. La matanza es encarnizada y el cuadro se va rompiendo. Hay muertos por todas partes y terror. La cuesta de entrada a Monte Arruit es un duro reto para la tropa exhausta. Suben casi a la carrera los que aún tienen fuerza.

El capitán De la Lama comprende que necesitan tiempo para entrar al fuerte y también que sus familias, sus hijos y sus esposas están muy cerca, en Melilla, y al paso que va la batalla pueden incluso llegar todas esas hordas allí. Caen los soldados y el cuadro ya está roto, NO queda tiempo. Es una lucha encarnizada y un baño de sangre de soldados españoles.

Toma su pistola y grita: «¡Conmigo los de mi regimiento! ¡Hay que detener al enemigo!».

Ha vuelto de cara a los atacantes y un pequeño grupo de veintisiete hombres más el corneta están a su lado. Están situados en el flanco izquierdo de la columna, el que da al llano del Garet, sin escapatoria posible.

Ilustración de Daniel Camargo

Una masa de cabileños ataca desde el norte. Otra masa se acerca desde Drius para hacer la tenaza sobre la columna. Otra harca cerca Arruit por la espalda. Es una carnicería. El general Navarro siente que todos van a morir y necesita un respiro y tiempo para que entren sus hombres por la puerta abierta de Monte Arruit. Solo le quedan tres piezas de artillería, que son las que pueden hacer algo de daño al enemigo, y hay que defenderlas como sea. Los soldados son envueltos y mueren incluso entre los cañones, matados y destrozados por las harcas rifeñas en una auténtica orgía de sangre.

El capitán De la Lama ve de lejos todo aquello y ordena a sus hombres una estrategia desesperada pero eficaz: formar un triángulo, ya que con tan pocos no se puede formar un cuadro. Nueve hombres por lado del triángulo y en el centro él, pistola en mano, con el corneta a su lado para transmitir las órdenes mientras vivan.

El vértice del triángulo hacia la cuesta de Arruit, donde aún resisten los cañones. Los dos lados para defenderse de los rifeños que les atacan sorprendidos de esta maniobra de plantarles cara tan escaso grupo de hombres. Y la base del triángulo para detener a los que vienen por el norte.

El capitán De la Lama ordena: «¡Rodilla en tierra, cargad rápido, apuntad con calma y disparad con puntería!».

Los cabileños no aciertan a comprender esa maniobra del triángulo, pero se dan cuenta de que es efectiva y está causando muchas bajas en las harcas. No logran romperla. El capitán De la Lama ve la eficacia de su gente, que está respondiendo con un valor y precisión admirables. Sigue en el centro disparando y dando las órdenes.  No dejan hueco para que los cabileños pasen. En la cuesta de Arruit los hombres están entrando en oleada para salvarse. La figura tan conocida para él del capitán Arenas, frente a sus cañones, aún resiste en la cuesta.

Se vuelve justo para ver de frente algo que hiela las venas. Un gran grupo de jinetes rifeños, al galope, se lanza sobre ellos. Son los temibles “jinetes pardos”, los Metalzis, la mejor caballería del Rif. Una aparición fantasmal entre la bruma del polvo y el calor sofocante del desierto. Son la presencia de la muerte.

Solo le quedan once hombres. Ya solo queda un lado del triángulo y el corneta a su lado. Solo podrán disparar dos veces. No habrá tiempo para más.

«¡Todos al suelo! ¡Separados, con los codos apoyados! ¡Apuntad al pecho de los caballos y disparadles cuando os pasen por encima!».

Después de la embestida de aquellos fantasmales y crueles “jinetes pardos”, todavía el capitán De la Lama puede disparar su pistola unos segundos, en pie, con el corneta a su lado, hasta que una descarga le impacta en el pecho, la cabeza y algún otro sito mortal, cayendo a tierra en aquel llano rojo ardiente.

Y allí quedó, al sol del desierto, durante el tiempo que duró esa guerra. Muerto con honor y excepcionalmente respetado por sus enemigos, que no profanaron su cuerpo, ni robaron sus insignias, bien a la vista, de ayudante mayor del Regimiento África 68. Es posible que por el respeto que los valientes inspiran incluso a sus enemigos.

Murieron por su patria, orgullosos de defender su honor de soldados, a sus familias, que estaban indefensas en Melilla, y a muchos compañeros que pudieron entrar en Arruit para intentar salvarse.

Y de ese modo heroico dieron sus vidas para defender la entrada en Monte Arruit de la Columna Navarro.

Nota: Basado en hechos reales- El capitán José de la Lama y de la Lama fue admirado y su gesta conocida en todo Melilla.

Su cadáver fue recogido en el lugar donde cayó muerto, sin señales de haber sido profanado y con todos sus distintivos. El corneta fue el único superviviente, aunque se ignora cómo lo logró, pero en cuanto pudo fue a decir a la viuda del capitán De la Lama cómo había sucedido todo y el lugar donde había caído.

En el juicio contradictorio para la concesión de la Laureada de San Fernando constan las declaraciones de varios testigos, incluido el corneta, y sobre todo la declaración del propio general Navarro, destacando la valentía del capitán De la Lama y su actuación siempre en los lugares de mayor peligro, defendiendo la Columna en su retirada a Monte Arruit.

La Laureada fue otorgada por todos esos méritos en la batalla por el general instructor de dicho proceso, pero la intervención cobarde e infame y las presiones del coronel Jiménez Arroyo en la junta militar hicieron que se dejase sin entregar a la viuda de De la Lama, con un silencio culpable que aún espera se haga justicia.

El coronel Jiménez Arroyo fue juzgado y condenado por abandono de su puesto en la batalla y huida ante el enemigo. De poco le valió intentar tapar su cobardía quitando el mérito y heroicidad de su ayudante mayor, el capitán De la Lama.

Se construyó un monumento de piedra, con una lápida de mármol con la dedicatoria en honor del capitán José de la Lama en el sitio exacto donde cayó con sus hombres, promovido por el cronista de Melilla, Rafael Fernández de Castro, presente en el levantamiento del cadáver en el llano del Garet. Hay fotografías de dicho monumento y era conocido por muchas personas de esa zona de Melilla. Fue destruido cuando España cedió esa zona del Protectorado a Marruecos, en el año 1956, sin exigir que se respetasen esos recuerdos importantes, y no queda ya nada de él.

Su medida era algo más de dos metros y estaba en terrenos de la empresa La Colonizadora, que se estableció cerca de Monte Arruit.

AGRADECIMIENTO: A toda la documentación y publicaciones del historiador y periodista Juan Pando Despierto en sus libros sobre esta guerra de África del 21. Historia secreta de Annual (Colección Historia – Temas de Hoy), El Protectorado español en Marruecos (Colección Páginas de historia) y datos del archivo del cronista de Melilla, Rafael Fernández de Castro.

Conchita Ferrando de la Lama

Dedicado en homenaje a mi abuelo, el capitán José de la Lama- muerto en Monte Arruit- 29-julio-1921

La muerte sí avisó

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Relato de misterio

Rating: Adultos

Este relato es propiedad de Conchita Ferrando de la Lama. La ilustración es propiedad de Rafa Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La muerte si avisó.

El tiempo “de la melonera” siempre fue soleado, cálido y bonancible en casi todas las zonas de España. Tras el final de un verano un poco revuelto, para preparar la llegada del otoño, “la melonera” solía ser un remanso de días soleados en el mes de octubre que estimulaban la alegría de salir y disfrutar de buenas temperaturas.

 Ese verano hubo una climatología estupenda, en un lugar donde el calor no solía apretar ni en pleno agosto, y las salidas habían sido muy bien aprovechadas por Santiago y Lorena, que veían su vida bastante limitada por las circunstancias de la enfermedad de Santi y apenas podían ya salir de vacaciones como antes.

Lo más sensato, a juicio de los médicos, era no alterar las costumbres de Santi con el cansancio de los viajes y mantenerse en el lugar más confortable y seguro de su casa, donde tenía todo lo que necesitaba, además disfrutaba de una situación óptima cerca de la asistencia médica que pudiera necesitar. Su casa era fresquita en verano y cálida en invierno, rodeada de zonas ajardinadas, sin ruido y con mucho arbolado que refrescaba su vista, al no poder ir mucho más lejos como en otras épocas.

 Santi se sentía mucho mejor ese verano. Iban a la piscina para que Lorena se bañase e hiciese sus ejercicios de natación y aquaeróbic; tomaban allí su aperitivo, bajo los árboles y, a veces, comían también allí, con algunos amigos o simplemente solos, entre charlas y comentarios de las cosas agradables de su vida.

 Habían podido aceptar nuevamente la invitación a las “cenas de grupo” que se rotaban en las casas de los amigos que componían el grupo, para participar y pasar buenos ratos cada cierto tiempo en cenas informales que siempre resultaban alegres y gratas.

Tuvieron que limitar su asistencia cuando Santi pasó por largos periodos muy enfermo, con hospitalizaciones graves y continuas, pero ese verano incluso se había animado a volver a asistir a las cenas de amigos, con el compromiso de celebrar la que les correspondía en su casa.

 Lorena estaba contenta y celebraron la cena en su casa en julio, con una renovada alegría al ver que Santi estaba tan animado. Todo fue perfecto: un bufete en el salón de su casa con bandejas de canapés de todas clases, que Lorena preparó con tiempo. Todo sencillo pero abundante y bien presentado en una mesa alargada desplegada en el salón, ante el gran ventanal desde donde se podía ver la pinada que daba paz y verdor frente a su casa.

Santi adoraba aquel montecillo de abetos y pinos que para él simbolizaban siempre la cercanía de la paz en su casa y que añoraba tanto cuando tenía que estar lejos en alguna hospitalización.

Ilustración de Rafa Mir

Aquel mes de octubre tan soleado, al que Lorena tantas veces nombraba como “el tiempo de la melonera”, que siempre es luminoso y caluroso, todo respiraba tonos de sol.

Esa noche Lorena se acostó tranquila y con todo bien organizado, como siempre, para que su marido tuviese a su alrededor lo necesario en perfectas condiciones para descansar.

Al acostarse, como siempre hacía, alargó su mano para tocar a Santi que ya dormía tranquilo. Era algo instintivo, pues tantos sustos anteriores le hacían comprobar que todo estaba bien antes de dormirse.

El sueño llegó suavemente y fue soltando despacio la mano de Santi para colocar su almohada y quedar dormida. La casa entera respiraba en silencio y parecía que nada podría interrumpir aquella paz.

Unos gritos desgarradores rompieron la oscuridad de la noche, espantados, aterrorizados. 

Lorena se despertó empapada en sudor y pálida del terror.

Santi la retuvo para que no se cayese de la cama, sobresaltado. Ella temblaba como una hoja y no podía apenas ni respirar ni hablar.

“¡Por dios cariño!— preguntaba Santi— ¿Qué te pasa? Tranquila, tranquila, estás conmigo. Despierta. Dime qué te pasa. Tienes una pesadilla; por favor tranquilízate que te va a dar un infarto.”

Lorena no dejaba de temblar y se abrazó a Santi buscando su protección, pero sin dejar de mirar hacia la puerta del dormitorio con terror.

“Había alguien en la puerta, había alguien espantoso en la puerta. Era una figura negra que venía a algo malo. Era alguien que nos quería hacer daño — repetía Lorena una y otra vez sin dejar de temblar.

“Mira, no hay nadie. He encendido la luz y ya ves que era una pesadilla. No hay NADIE —Santi abrazaba con dulzura a Lorena y le intentaba hacer comprender que todo había sido producto de un mal sueño. Todo estaba bien y nadie había intentado entrar en la habitación.

Seguramente Lorena esa noche se habría acostado un poco nerviosa y había tenido una pesadilla que le había asustado, pero nada tenía que temer de ella.

Lorena se iba calmando poco a poco y miraba hacia la puerta de la habitación como si no reconociese la misma que había visto en su sueño.

“Ya veo, ya. No hay nadie, lo sé, pero yo he visto perfectamente a alguien allí. Estaba oscuro, pero yo veía la puerta abierta. Era real. Alguien entraba. Era espantoso, todo de negro, y yo sabía que venía a hacernos algún mal. LO SÉ.”

Poco a poco Lorena volvió a tumbarse, sin soltar para nada la mano de Santi, y se acurrucó fuertemente apoyada en su pecho.

Su respiración se hizo más acompasada poco a poco y dejó de temblar.

Santi mantuvo su mano cogida toda la noche y la cuidó para que se tranquilizase hasta que se quedó de nuevo dormida, aunque no relajada y serena como siempre, sino con pequeños estrechones que indicaban que seguía con la impresión de algo tan terrible como había visto en su pesadilla.

Por la mañana todo pareció volver a la normalidad y Lorena se levantó la primera, como siempre, para preparar lo necesario y ayudar a Santi para que se levantara y fuese al baño a asearse.

El día era tan soleado que Santi le gastó una broma:

“Mira cariño, otro día “de la melonera” como tu dices”, y todo está perfectamente.

Quiero verte alegre y contenta como siempre ¿vale? Todo está bien y yo estoy a tu lado para cuidarte. No pasa nada.”

Pasados un par de días desde aquel maldito sueño, Lorena casi lo había logrado olvidar. Santi le contaba constantemente cosas bonitas de sus viajes, de las veces que habían ido a sitios que les gustaron, de lo maravillosa que había sido su vida juntos.

Lorena se sentía cada vez mejor de ánimo y se entretenía colocando en el salón unos silloncitos nuevos que había comprado para tener más sitios cuando celebrasen la siguiente cena del grupo de amigos. Estaba ilusionada porque le encantaba su casa, mejorar cosas, adornarla, y esos nuevos silloncitos que había comprado en un anticuario le parecían perfectos. Así estarían más cómodos todos sus amigos en la siguiente cena, porque en la anterior habían faltado sillas y tuvo que añadir unas que estaban ya retiradas.

Lorena se sentía feliz con la idea de poder salir a más sitios, aunque solo fuesen cercanos y con todas las precauciones necesarias con Santi.

“Cariño ¿recuerdas qué día es mañana? —Santi le preguntaba con una enorme sonrisa.

“¡Claro que me acuerdo! Mañana es nuestro aniversario. Un día precioso, seguro, con sol y buen tiempo para celebrarlo”

“Así es Lorena. ¿Qué te parece si invitamos a los amigos a un aperitivo por el centro, y después nos vamos tú y yo a comer a un sitio romántico?”

Lorena se quedó sorprendida por tanta vitalidad y por la ilusión que transmitían las palabras de su marido. Se sintió totalmente feliz. Sería un aniversario inolvidable, aunque no pudiesen ir de viaje como en los buenos momentos, pero una comida los dos juntos en un sitio bonito tenía, en ese momento, un significado muy importante.

El día del aniversario de Santi y Lorena amaneció con un cielo azul como el cristal. Hacía un poco de vientecillo, pero todo estaba precioso.

En el desayuno Santi fue a por algo.

Lorena sabía que su marido había estado “conspirando” por teléfono, y se esperaba cualquier sorpresa. Él era así. Siempre tenía unos detalles preciosos con ella incluso aunque ahora ya no pudiera salir el día anterior a recorrer tiendas para traerle algo bonito.

Llamaron a la puerta y Lorena salió a abrir. Sus ojos se llenaron de luz al recibir un enorme y precioso centro de flores con una tarjeta. Era de Santi y, como siempre, su dedicatoria era tierna y cariñosa.

Cuando llegó al comedor donde él esperaba con una enorme sonrisa, casi se le saltaron las lágrimas. ¡Qué lejana quedaba ya la pesadilla de la otra noche! Todo iba perfectamente y ese aniversario iba a ser uno de los mejores de los últimos años, en los que siempre surgía algún problema médico y apenas podían celebrar nada.

Santi cogió las manos de Lorena y le miró a los ojos con una expresión de ternura enorme.

“Sabes que eres la mujer más bonita del mundo para mí, que siempre he vivido para ti y que por mucho que lo intente no podré darte suficientemente las gracias por lo maravillosa que has sido y que eres conmigo” —Santi besaba una y otra vez las manos de Lorena, que estaba tan sorprendida por aquel arranque que casi se sentía avergonzada por aquella lluvia de besos en sus manos.

“¡Quita loco! ¡no me beses las manos como si yo fuese un obispo! —Lorena incluso se ruborizaba al decir esto.

“¡Bueno, faltaría que después de tantos años de casados te vaya a dar vergüenza que te bese las manos! —replicó él, muerto de risa —Si quieres te puedo besar otros muchos sitios ¡ehhh!, jajaja.”

Lorena terminó de arreglarse y salieron a tomar el aperitivo con sus amigos, que les felicitaron por su aniversario.

A la hora de comer ya tenían reservada mesa en un pequeño restaurante que les gustaba, de modo que se prepararon para ir a coger el coche que estaba aparcado al otro lado del paseo donde ellos se encontraban.

El día tan soleado había invitado a salir sin de ropa de abrigo, pues hacía muy buena temperatura, pero al salir para cruzar el paseo, un viento más bien frío sorprendió al matrimonio. No esperaban ese cambio de tiempo, con un cielo tan azul, pero el viento se había levantado de repente y daba escalofríos.

No estaban lejos del coche, pero Lorena sintió no haber traído algún pañuelo de cuello para Santi, dado su estado de salud tan delicado.

Llegaron al coche y fueron a comer al restaurante donde habían reservado mesa.

Algo preocupaba a Lorena que no dejaba de mirar con disimulo a Santi por si hubiese cogido frío.

Él disfrutó de la comida y estuvo recordando un montón de viajes en los que comieron en sitios preciosos. Se notaba que era un buen gourmet pues relataba detalles que Lorena no hubiese recordado en absoluto.

Volvieron a casa pronto para que Santi descansara y tomaron un té a media tarde que entonó bastante a ambos.

A la hora de acostarse ya todo parecía en orden y Lorena se quedó un buen rato poniendo al día los correos que no había podido atender.

El sueño la vencía, junto al cansancio por un día lleno de actividad y novedades.

Necesitaba dormir y descansar con todo relax para reponer la actividad y las emociones de ese día tan bonito de su aniversario.

Se quedó profundamente dormida sin darse cuenta. Profundamente dormida….

Entre sueños empezó a escuchar una tos. Se repetía a ratitos y se fue despertando. Santi tosía con fuerza y no dejaba de toser. Lorena se levantó rápidamente y le trajo una pastilla suavizante para la garganta. Eso le calmaría la tos.

Respiraba con cierta dificultad y eso alarmó a Lorena. Le puso la mascarilla de oxígeno que siempre tenía cerca pero no mejoraba. En menos de quince minutos Lorena le tomó todas las constantes y, aunque no tenía fiebre alta, aparecían unas décimas, aparte de un nivel bajo de oxígeno. No esperó más y llamó al servicio de emergencias que ya conocía tan bien de otras muchas veces.

Santi le pedía que subiera el oxígeno, que no podía respirar bien. Lo hizo, poco a poco, con precaución, después de tomar los niveles con el aparato que tenían.

Llegó la ambulancia con un médico y una enfermera. Tomaron todas las constantes a Santi y decidieron el traslado urgente al hospital.

Lorena ya sabía que ella no podría ir en esa ambulancia de emergencias y le dijo al conductor que subiría a casa, después de instalar a Santi en la ambulancia, a cerrar la puerta, apagar las luces, coger las llaves y que llamaría un taxi para ir al hospital. Eran las 4 de la mañana. Siempre las emergencias parecían elegir esas horas y ella lo sabía.

Santi había estado hospitalizado muchas veces y muchas veces había llegado en muy malas condiciones a Urgencias, pero ella sabía que, dijeran lo que dijeran los médicos, él era una roca y lo superaría todo. Llevaban así ya mucho tiempo y siempre había logrado salir adelante y “burlar a lo inexorable”.

Esta vez sería una más, pensó Lorena.

El médico le dijo que cogiera las llaves de casa y una chaqueta pero que viajase en la ambulancia con ellos.

Eso no era lo habitual y ella se quedó algo sorprendida.

Cogió rápidamente una chaqueta, las llaves y subió al lado del conductor.

En Urgencias estaban esperando ya varios médicos a los que el de emergencias había informado del traslado.

En el box principal ya estaba preparada una cama, en lugar de una camilla, rodeada de aparatos. Conectaron de inmediato el oxígeno con la mascarilla y subieron la cabecera para dejar al enfermo casi sentado y que respirase.

Lorena se quedó fuera, sola, esperando.

Pensó que, como siempre, en poco rato recuperaría la respiración y que, si había que ingresarle como otras veces, sería cuestión de unos días con antibióticos.

Los médicos entraban y salían sin apenas hacerle caso, y sin comentarios.

Ella estaba acostumbrada a verles tantas veces con caras largas y pesimistas pero Santi siempre superaba las crisis más graves y salía adelante.

Pasado un tiempo, uno de los médicos salió y se acercó para informarle de que Santi tenía una neumonía bilateral y que eso era muy grave.

Lorena dio un paso atrás y se quedó paralizada. No podía ser tanto. Seguro que Santi superaría esta neumonía como ya había superado en otros momentos neumonías víricas de hospital y había salido de ellas. Los médicos siempre exageran. Santi es una roca. Esto se repetía Lorena una y otra vez, mientras trasladaban a Santi a ingresar y le comunicaban que tendrían que hacer algunas cosas de inmediato para intentar salvarle.

Lorena le acompañó, sin quitar su mano del brazo de su marido, cuando se lo llevaron a una sala de diálisis para intentar salvarle. Sus ojos se cruzaron unos segundos con angustia.

“Santi, estaré aquí, como siempre. No te preocupes, estaré cerca, tranquilo. Estaré cerca. Te quiero.”

A las dos horas una doctora comunicó a Lorena que ya no había nada que hacer, que habían luchado todo lo posible y que a Santi no le quedaban más que un par de horas de vida.

Lorena no lo podía creer. Era imposible. Todo estaba bien hacía unas horas… ¿Y ahora qué? No podía ser. Él siempre vencía a la muerte. Siempre vencía a la muerte….

Ante sus ojos, Santi, ya dormido, se fue yendo, poco a poco, en un par de horas, sin un gesto de dolor… solo dejando poco a poco de respirar.

Lorena mantuvo todo el tiempo la mano sobre su brazo, suavemente para no sobresaltarle, pero, sabiendo que se moría, que se moría sin remedio…

Ella luchaba contra la razón… luchaba contra no sabía qué… ¿contra la muerte?

Recordó la pesadilla de solo dos días antes… Ahora estaba segura de que realmente había visto a La Muerte. Estaba segura. Sin embargo La Muerte sí que había avisado y les había permitido tener esos días felices para despedirse. Seguramente se lo merecían, por eso la muerte les había avisado.

(Basado en hechos reales)

 Original de Conchita Ferrando de la Lama

El viento del loco

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: Elsa Martínez

Género:  Relato de misterio

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Conchita Ferrando de la Lama. La ilustración es propiedad de Paloma Muñoz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

El viento del loco.

El sol era tibio en febrero.
Para aprovechar la hora de la siesta, Teresa daba una cabezadita en la hamaca del jardincillo trasero de la casa, en un pueblecito de la zona del Mar Menor.
Teresa ya no era tan joven como cuando llegó a aquella preciosa casa, grande y lujosa, con un jardín lleno de plantas y arbolado, que llevaba por nombre en su fachada “La Casa del General”.

El frío le calaba ahora los huesos con el viento desagradable y racheado del norte. Se metió dentro de la casa y encontró un periódico en la consola de la entrada con un titular que la dejó inmóvil:

“Aparece ahorcado un famoso constructor de la zona
en una casa del campo medio derruida”

Teresa buscó con afán el nombre de ese constructor y una multitud de recuerdos le llenaron la memoria.

¡Cómo puede ser que la vida dé tantas vueltas!
El viento parecía haber hecho una anónima justicia tras muchos años… La vida siempre nos sorprende.

***********************

En la zona costera mediterránea los vientos marcan la vida y las actividades de las gentes, que ya los conocen.
Les dan nombres tan poéticos como viento levante, viento maestral, viento leveche o viento jaloque por la orientación de donde soplan y por los beneficios o destrucciones que provocan cuando soplan con furia.
Las consultas de los médicos de los pueblos de la costa saben de pacientes con dolores intensos de cabeza, mareos, cambios de humor, accesos de ira etc… cuando soplan algunos de ellos, como el leveche o el maestral.

Cuenta la historia que uno de estos vientos, en la época en que soplaba con furia, lograba unos fuertes reflujos que retiraban el agua de algún mar interior y que, de los pescadores que los conocían, aprendió Escipión la época y momento oportunos en que este reflujo dejaba poco profundo el mar interior de Mandarache, que protegía por la espalda la ciudad de Carthago Nova, lo que permitía durante unas horas vadearlo sin perder pie. Esto facilitó su ataque inesperado a la ciudad a través de ese mar de Mandarache y poder conquistarla por sorpresa.

Alguno de estos vientos es muy benigno y buscado por los navegantes, como el viento de jaloque, que es fresco y sopla suavemente al atardecer, de procedencia sudeste, por lo cual ayuda a los navegantes a llegar a puerto.
Dicen, y esto es leyenda, que el jaloque con su suavidad fresca y dulce inspira a los poetas, pero esto es leyenda… o tal vez no solo leyenda.

El viento maestral, por el contrario, sopla procedente del noroeste, y siempre es bronco.
Cuando sopla siempre ocurren desgracias, sobre todo en las mentes que están un poco desequilibradas, provoca su delirio, incluso su locura, por lo que los crímenes y los suicidios no son raros en esos momentos. Al maestral por allí le llaman “el viento de los locos”
Eso lo saben muy bien los jueces que tienen que ir a “levantar” los cadáveres, incluso de dos en dos o de tres en tres en el mismo día, cuando sopla el maestral.

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Era una época muy conflictiva y complicada, de transición del boom del ladrillo, cuando las construcciones crecían como setas en las playas de esa zona, con toda la especulación y los negocios opacos, sucios e incluso delictivos que llevaban consigo estas urbanizadoras salvajes, que nacían, construían y desaparecían tras sus negocios opíparos sin dejar más que amontonamientos de casas y destrucción de parajes naturales.

Juan era uno de estos especuladores que, de ser un simple albañil de chapuzas, pasó a ser un contratista constructor y promotor de casas en las playas cercanas, y luego a ser un afamado hombre de negocios basados en dinero negro, trampas, engaños y fraudes con los materiales de las casas que fue construyendo acá y allá.
Todo pareció sonreírle. Se hizo rico y comenzó a hacer ostentación de su riqueza, aunque cada vez era peor persona.
Construyó sin permisos, en terrenos prohibidos pero que estaban cerca del mar y se vendían fácilmente a incautos.
Las costas del sur y el Levante español han sido y son una buena muestra de este modo de actuar.
Su casa, un chalet al estilo Hollywood, enorme, de varios pisos, con jardines, césped con regadores (en un sitio donde escaseaba el agua), tenía habitaciones enormes donde los invitados entraban y salían sin casi conocerle y donde su familia gastaba y gastaba sin preocuparle el día de mañana.
Cada casa donde se mudaba a vivir era mayor y más lujosa que la anterior.
En ellas no podía faltar una gran piscina, con adornos bien horteras alrededor y, siempre, con un trampolín. En cada nueva casa el trampolín era más y más alto. Como decía él: “para llegar al cielo”.
Las gentes de los alrededores, que le conocieron de albañil de chapuzas, le llamaban Manolo “el trampolín”.

Sus deudas iban siendo cada vez mayores que sus ganancias, pero él se sentía superior a todos los bancos y sus avisos de embargos, a sus acreedores, a quienes ya no se fiaban de él, a quienes le denunciaban por fraudes y delitos… a todos.

Llegaron los embargos, los juicios, la caída de la época del boom del ladrillo, la pérdida de todos esos bienes mal adquiridos… y se fue quedando solo, cada vez en sitios menos lujosos.
Su carácter se hizo irascible, sobre todo los días en los que el cielo se ponía gris y el viento racheado le susurraba en la cabeza malos pensamientos.
Su familia le abandonó. Ya no le aguantaban los malos tratos, la violencia y las amenazas…

Desapareció un buen día de su última casa, una de las primeras que construyó, y nadie sabía donde había ido a esconderse de la justicia, que le reclamaba muchísimo dinero por fraude.
La justicia buscó sin resultado a aquel constructor que había dejado detrás santísimas deudas, y un montón de edificios y casas al borde del mar construidas con materiales malos, que se llenaron de grietas por la humedad en poco tiempo, y que, poco a poco, se irían viniendo abajo, para desesperación de quienes las compraron.
Teresa había envejecido también, lejos de aquellas casas junto al mar que fueron orgullo de la costa cuando se llenaron de nuevas familias e ilusiones fallidas.
Ella seguía en su casona, ahora con el techo algo desvencijado, tras años de lluvias de “gota fría” y vientos cada vez más irregulares. Las escaleras mostraban la falta de algunos trozos de la barandilla de forja, pero el letrero de la fachada, un poco agrietado y medio borroso, seguía indicando: “La casa del general”.
Sus recuerdos no se habían agrietado y ahora le trajeron a la memoria aquel día en el que unos albañiles vinieron a restaurar unas losas del suelo del recibidor de la casa que se habían levantado por la humedad y las filtraciones de las lluvias de aquel año.

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Ella entonces era joven. Sus hijos estuvieron jugando con las losas que fueron sustituyendo los albañiles, hasta la hora de comer.
Cuando volvieron, algo había aparecido allí, debajo de las losas.
Los niños la avisaron entre juegos y risas. Encuadrado por unos trozos metálicos parecidos a restos de cuchillos largos, había un trozo alargado de madera negra, labrada, con una empuñadura sucia, ennegrecida, pero que brillaba a la luz del sol con destellos dorados.
Estaba colocado cuidadosamente, como en una posición estratégica especial, mirando hacia occidente.
Teresa lo sacó con cuidado y lo limpió un poco para investigar luego lo que podría ser.
Parecía un bastón de madera negra muy tallada, con un pasador que parecía de oro y una empuñadura muy labrada y cincelada; pesada y gruesa que parecía de oro.

¿Por qué alguien habría enterrado allí ese bastón tan precioso?

Dejó todo sobre la consola del recibidor, la misma donde ahora había encontrado el periódico con esa noticia, y se fue con sus niños al jardín mientras los albañiles terminaban el trabajo.
Al volver ya habían acabado la obra y los albañiles se habían marchado.
Fue a coger aquel raro bastón para enseñárselo a su marido, pero no estaba. Buscó por todas partes, pero había desaparecido.
Le explicó a su marido el hallazgo, el modo en que estaba colocado, el aspecto y su sorpresa de que estuviese enterrado allí, en el hall de su casa.

Su marido le contó que aquella casa había pertenecido a un general que estuvo en la guerra de Cuba y que volvió a su tierra de nacimiento, inmensamente rico, para retirarse allí.
En aquella lujosa casa se dieron fiestas fabulosas y el general era conocido y admirado por todos en la época en que vivió allí.
Se fue haciendo viejo… hasta que un día murió y la casa fue vendida.
Es posible que, al sentirse viejo, el general celebrase un último acto protocolario simbólico: enterrar su bastón de mando en la cabecera de su hogar, el recibidor, con la orientación hacia occidente de la ceremonia de “arriar la bandera” cada tarde en Capitanía. Con la vista al sol que se pone en occidente. Así permanecería su bastón durante años y años, en secreto homenaje al general.

Pero ¿Quién se lo había llevado?
Era una joya que podría valer mucho dinero, pues el puño y los adornos seguramente eran de oro.
Teresa pensó que las únicas personas que allí habían estado eran los albañiles, pero no se atrevió a decirlo a su marido.
Poco a poco, al no encontrarlo por ningún lado, se fueron olvidando todos, menos Teresa.
Siempre recordaba aquel hermoso bastón de mando.

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Ilustración de Paloma Muñoz

En la noticia del periódico decían que el ahorcado había aparecido en una casa derrumbada y casi vacía.
Solo se encontró un camastro, donde parecía que había dormido el hombre ahorcado durante las últimas noches en las que había soplado un inclemente y furioso viento maestral; una silla que utilizó para encaramarse y colgarse de una de las vigas del techo que el viento había dejado al aire al llevarse parte del tejado, y un extraño bulto escondido bajo unos cascotes, que contenía un trozo de palo de madera negra tallada, y los restos de algún mango metálico que faltaba, del que solo quedaban unos restos de metal dorado muy deteriorados.

Teresa releyó aquella noticia y pensó en aquel precioso bastón de mando que tuvo en sus manos.
Había sido un objeto símbolo del honor de un general, robado con deshonor por alguien que utilizó el dinero que obtuvo por él con muy poca conciencia.

Los vientos a veces hacen una justicia anónima y, tal vez, este había sido el caso en aquellas últimas noches de furioso viento racheado, ese que llamaban “viento del loco” por aquella zona.

¡Adiós para siempre al general!

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Cuando sepas
porqué la mar espera quieta,
silenciosa y mansa,
será tarde para ti.

Cuando sepas
cómo juegan las olas florecientes,
agazapadas y verdes,
ya no estarás.

Esperé,
sentada como el agua.
Tu barca vino loca,
embriagada en el gozo de pescar.
Red
fluorescente de jaloque,
levante,
maestral…

Los vientos
se encargaron de apresarte.
Separaron mis brazos,
sin mirar
cómo tu barca se hundía
lentamente,
sellada
por las redes eternas
de la mar.

Cuando sepas
porqué la mar espera quieta,
sabrás
qué tempestad es
ESPERAR.

Poema de Conchita Ferrando del libro “Homenaje a Neruda”
(Pegaso Ediciones)

Conchita Ferrando

 

Scheherezade

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: Elsa Martínez

Género:  Relato de aventuras

Rating: Todos los públicos

 Este relato es propiedad de Conchita Ferrando de la lama. La ilustración es propiedad de Jesús Rodríguez. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Sheherezade.

El tema de Cuentos es tan amplio que puede dar pie a tomar como ejercicio cuentos ya escritos por sus autores, que son propiedad intelectual solo suya y nadie debe cambiar ni una coma de ellos. Yo respeto tanto esos derechos, fundamentados en su tradición, calidad y autoría, que he preferido tomar y entrecomillar solo alguna frase sobradamente conocida del gran libro de cuentos que me ha inspirado este relato, pero sin tomar ningún cuento en particular. Así he creído que debía hacer y lo he hecho.

Suelen tener los cuentos para niños, además de su candor, ternura y colorido de situaciones, una finalidad “modélica” que influye mucho en ellos. A veces con advertencias envueltas en entretenidas historias, para que las recuerden; a veces mostrando lo que son el mal y el bien, para que lo tengan presente. En general todo esto marca mucho la primera conducta de los niños y es bueno cuidar muy mucho lo que se considera cuentos para niños porque son también su primera escuela.

He tomado en mis manos un libro de Cuentos para mayores, pues los cuentos de niños son solo para niños, aunque les encanten a los mayores.

Ilustración de Jesús Rodríguez

Las Mil Noches y Una Noche es un antiquísimo libro de  historias tan universales que, aún sacadas de su contexto histórico de tiempo, lugar y circunstancia, siguen teniendo el valor incalculable del “poder de la palabra”, combinada con la inteligencia, discreción y saber estar de quien la utiliza, sobre todo si es para algo positivo.

Los cuentos que se narran en Las Mil Noches y Una Noche transmitidos casi únicamente por tradición oral han sido conocidos en occidente como obras sueltas e inconexas desde tiempos muy remotos.

Realmente todos ellos están unidos por el nexo común de pertenecer a un gran libro manuscrito encontrado en Siria, seguido de otros en El Cairo, Bagdad, Estambul. Túnez etc. con un fondo de leyendas, relatos y variantes de los mismos cuyo origen antiquísimo está en la tradición oral, redactados sobre ellos en árabe desde el siglo VIII al XVI.

La imaginación exuberante del Islam los ha dotado de escenarios y situaciones llenas de colorido, pero sus fuentes son mucho más antiguas, leyendas hindúes y persas narradas por los rapsodas de esas épocas.

Es indiscutible el misterio de pervivencia y hechizo de su valor humano. Son historias intemporales sobre la belleza, el amor, el misterio, el poder, el ingenio y la discreción.

Entonces, tal como ahora, el poderoso era también caprichoso y no conocía límites, pues tenía a su disposición todos los recursos, pero al igual que ahora, ni el tener todos los recursos y el mundo a sus pies, le resultaban suficientes para lograr eso tan etéreo que se llama “la felicidad”, o tal como dicen ahora “estar completamente realizado”.

El exceso de facilidades le aburre.

La repetición de sus actos de poder le agota.

Las contrariedades le irritan.

La sumisión le enerva.

En todos los tiempo de la historia, los remotos o los modernos, hay veces en que este “encefalograma plano” se rompe. Surge algo o alguien. No tiene por qué ser sublime, ni extraño, ni extraordinario.  Puede ser algo sencillamente diferente y apropiado a la situación… y provoca una revolución invisible, silenciosa  que mueve todo a su alrededor, como ocurre en Las Mil Noches y Una Noche cuando Schehrezade llega, como una doncella más, para dar compañía y disfrute a un rey poderoso, insomne por su propio aburrimiento de poder, que solo disfruta una noche de cada doncella y al llegar el día las manda matar sin que se le mueva la mínima fibra.

[..]Scheherezade sabía que el rey la reclamaba a su lado para pasar una sola noche y que su destino sería el de todas… morir de madrugada. 

Eso era lo rutinario, pero ella supo alterar esa rutina con ingenio, carisma, sencillez, prudencia y belleza.[…]

Pidió al rey que su hermana estuviese con ella cuando acabase la noche.

Cuando el rey hubo disfrutado los favores de Scheherezade, como había hecho con tantas otras, y llegó el nuevo día en que su vida se acabaría, su hermana solicitó al rey el favor de permitir a Scheherezade contar una de esas bellas historias que tan bien  sabía contar y que entretenían tanto a quienes las escuchaban.

Puso al rey ante un reto de curiosidad o novedad… y el rey aceptó y le pidió que contase una de esas historias.

La vida de Scheherezade se había salvado, al menos por una noche… y ese reto a la curiosidad del aburrido rey le valdría para salvarla durante muchas noches más… Y para ganarse al rey con su dulzura, prudencia, inteligencia y belleza.

Un coctail infalible hace siglos, hoy, mañana y dentro de otros mil años…

[…]He llegado a saber ¡Oh rey afortunado!… Que hubo una vez…

Así comienzan todos los cuentos de Las Mil Noches y Una Noche

Y siempre terminan con una lección de sabia prudencia:

[…] Scheherezade vio que llegaba el día… y guardó silencio discretamente…

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La sala de prensa del diario La Voz rebosaba actividad.

Acababa de abrir nueva delegación en una importante capital de provincia, emergente en actividades culturales, industria alimentaria, exportaciones internacionales, nudo de comunicaciones y centro estratégico.

Absorbió todas las instalaciones de un antiguo diario.  Su nuevo director, joven pero con gran experiencia, había decidido renovar todo el equipo: las instalaciones y las maquinarias, poniendo muy por delante de los demás diarios sus dotaciones técnicas y humanas.

Se descargaba sin interrupción tanto mobiliario moderno como sofisticados aparatos, o se cambiaban espacios para hacerlos más operativos y se transformaban otros para darles mayor prestancia de imagen.

Todo funcionaba como un reloj.

La radio y la televisión habían entrevistado unos días antes al nuevo director, que llegaba rodeado de una aureola de triunfos en otros medios de comunicación, acrecentados por el incidente ocurrido nada más llegar a la ciudad al escapar de modo casi milagroso de una persecución en la que todo indicó que era objetivo de terroristas para quitarle la vida…..

Su valor y la suerte evitaron que le alcanzaran y, aunque se trató de quitar importancia al hecho, casi todos los medios intuyeron que alguien tan “perseguido por lo que sabía y valía” habría de ser alguien con muchos méritos, contactos e información.

A media tarde todo estaba casi terminado de organizar y de colocar en la nueva redacción de La Voz, y el director junto al subdirector, daban los últimos toques a la labor del equipo para que funcionase sin un solo fallo.

Era muy exigente, pero el respeto de quienes le rodeaban se lo ganaba día a día, y todos se sentían privilegiados de trabajar allí con él.

Solía aislarse algunos ratos en su despacho, tras su enorme mesa nueva de madera de raíz de diseño ergonómico, con la espalda bien apoyada en el respaldo de su sillón de pura piel color cereza oscuro, mientras repasaba en su mente, con los ojos medio cerrados, todo lo que se había hecho y lo que faltaba por hacer.

La jefa de redacción le comunicó por el interfono:

—D. José Antonio, ha llegado una noticia algo extraña. Se la paso. Es sobre un posible intento de atentado en el arsenal y es muy confusa….Está ya preparada para salir mañana, pero muy escueta porque es contradictoria y hay muy poca información sobre ella.

El director se incorporó y con gran interés pidió todo el informe sobre la extraña  noticia.

En cuanto lo tuvo sobre la mesa comprendió que era de lo más inverosímil, pues una alarma de emergencia por bomba en el arsenal, supuestamente de origen terrorista, suele llevar un desarrollo con sospechas, filtraciones de confidentes… operativos de vigilancia… pero así, tan repentina, era muy rara. Habría que ser muy cautos, dada la naturaleza militar del arsenal.

Dio las órdenes en ese sentido y volvió a sus papeles sobre la mesa.

Su secretaria entró con algunos documentos y le comunicó que había llegado una señorita que, por lo visto, él había citado allí para esa tarde.

El director recordó de inmediato y pidió a la secretaria que hiciese pasar a la señorita pues la había llamado él para concretar su posible incorporación al equipo, ya que conocía su trabajo en el antiguo diario que había absorbido La Voz.

Se levantó para recibir a la recién llegada, con la que había coincidido alguna vez en su antiguo periódico y que recordaba sobre todo por su buen trabajo como especialista en entrevistas.

La recordaba delgada sin exceso, con una bonita figura aunque discreta,  pelo suelto en melena de suaves ondas color caoba oscuro, ojos muy oscuros, algo rasgados, con chispas vivaces y una sonrisa que siempre la adornaba y daba la impresión de que todo lo podía sin apenas esfuerzo y lo contagiaba a su alrededor.

Esta vez ella había cambiado un poco su aspecto, más sofisticado, y había recogido su pelo bajo una gorrita tipo francés, de punto grueso en color cereza oscuro, de la que escapaba un flequillo rebelde sobre su frente. Llevaba una falda clásica color perla y una chaquetita corta del mismo color cereza que la gorrita.

Entró sonriente, relajada y ambos se dieron la mano.

Él la invitó a sentarse en los sillones que había en el despacho, con una mesa redonda delante, en cuya pared del fondo lucía el anagrama nuevo de La Voz sobre una gruesa cristalera moderna de hormigón, vidrio y acero.

—Encantado de volver a verte, Schery, y de tenerte aquí para que formes parte de este nuevo equipo en el que espero sigas realizando el trabajo de entrevistas que ya he conocido de ti, y que quisiera que comentásemos si estás dispuesta a participar con nosotros.

—Encantada, José Antonio. He viajado al recibir tu llamada a mi casa, y he tenido que solventar algunos pequeños problemas que surgieron casi a la hora de salir para poder llegar a tiempo. Ha sido algo relacionado con el arsenal militar… y ya sabes el control que existe allí para todo lo relacionado con la seguridad, de modo que pensé que iba a tener que dejar mi viaje para mañana, pero al final todo se ha arreglado y aquí estoy, dispuesta a escuchar tus proyectos y tu propuesta.

—¡Caramba, precisamente me acaban de pasar una noticia relacionada con eso! — los ojos de José Antonio, el director, se abrieron interesados— ¿Sabes algo de esto?

Schery se acomodó con naturalidad en el sillón, miró al director un momento, se inclinó levemente hacia delante y asintió

He llegado a saber…………………

—Supe casualmente que hubo una emergencia en el arsenal. Estaba en casa de una amiga y se oyeron las sirenas de alarma. Ella vive muy cerca… ¿te interesa que te cuente lo que ha pasado?

El director se inclinó un poco hacia ella, con gran interés por escuchar lo que le podía contar de primera mano.

Ella parpadeó unos segundos, discretamente, para poner en orden sus ideas y poder resumir todo lo que había vivido aquel mismo día, que era mucho aunque por fortuna no había resultado nada grave.

—Parece ser que alguien (cuyo nombre me permitirás omitir por prudencia) entró de visita esta mañana al arsenal. Pasó por el  servicio de seguridad de la puerta, que rastrearon con el escáner por debajo de su coche, lo revisaron, le pidieron su identificación  y le dieron una tarjeta de control para acceder al interior, pues iba de visita a casa de unos amigos que viven allí. Como nunca había estado en esas instalaciones, se dirigió a casa de sus amigos, estuvo un rato y luego volvió a la puerta de salida con algo de prisa, pues tenía algo urgente que hacer.

—Delante de su coche había una furgoneta que le tapaba la vista de la puerta y de los soldados de seguridad que había en ella. La furgoneta salió directamente sin parar… por lo cual esta persona la siguió y salió también sin que le hiciesen parar.

Con la prisa no volvió a pensar más y fue a la gestión urgente que debía hacer, muy cerca de allí.

—En esa reunión estaba yo también.

—De pronto  se oyeron las sirenas de alarma dentro del arsenal y alguien comentó que aquello significaba que algo importante estaba pasando.

—Esta persona, al oír eso, se puso pálida y de pronto se dio cuenta de que llevaba todavía la tarjeta de control que le habían dado al entrar. A toda prisa llamó desde allí por teléfono a sus amigos del arsenal para decirlo. De este modo todo quedó en una alarma, falsa claro, pero provocada por la falta de dos tarjetas de control que no se entregaron al salir: la de la furgoneta de limpiezas que salió delante y la de esta persona, que no sabía que debía haber parado para entregarla al salir.

—El lío fue grande, porque parece ser que había unos submarinos allí fondeados que se sabía que podían ser “objetivos” de terroristas… y todo coincidió en pocos minutos. Incluso se avisó a los buceadores de la Armada para rastrear  alrededor de esos submarinos, por si había alguna bomba puesta… Pero al final, con la llamada que hicimos desde casa de esa amiga, todo se aclaró. Llevamos la tarjeta y yo salí de inmediato para venir aquí.

Los ojos del director demostraban una sorpresa enorme y al tiempo un gran interés por lo que la joven Schery le iba contando.

—Bueno, pues alarma lógica pero con final feliz. ¡Si que estabas en el sitio oportuno en el momento oportuno Schery! Me gusta pensar que vas a estar así de cerca de la noticia y que voy a tener la primicia siempre para nuestro periódico.

—Ahora mismo voy a pedir que rectifiquen lo que se iba a publicar, y creo que lo mejor es pasar por alto esa alarma y que el arsenal siga con su actividad de siempre sin crear preocupaciones. Ha sido muy eficaz tu explicación Schery.

—Si tienes tiempo, podemos ir a tomar un café y que redacten mientras un contrato para ti, con todas las cláusulas bajo tu conformidad. Si deseas que haya algo que se especifique, no tienes más que decírmelo y lo veremos juntos. Ya sé que en el otro periódico donde trabajaste en el tiempo en que yo también estuve allí, pediste algunos puntos especiales. No te preocupes que aquí también los tendrás y serás dueña y señora de todo lo que firmes.

—Estaré encantada de trabajar aquí contigo. Creo que eres un director muy eficaz y con mucho tacto para todo. Me parece bien que charlemos de más cosas mientras tomamos un café tranquilos y ya te comentaré la exclusiva que tengo prácticamente confirmada, que va a abrir página con seguridad…  Eso  lo hablaremos el próximo día, pues ya sabes que tengo que viajar para volver a mi casa y me gustaría poderte exponer todo con detalle… sin prisa.

—Perfecto, vamos a tomar algo. Le dejaré a mi secretaria todos tus datos. Tendremos un rato para hablar y, desde luego, te espero el próximo día con todas esas ideas y esa exclusiva que me llena de curiosidad e interés ¡vamos!

Y schehrezade vio llegar la primera luz del día, y guardó silencio discretamente…

Schery volvió a su casa sonriente y contenta de cómo había sido la entrevista de trabajo y, cómo la casualidad o tal vez su facilidad para estar siempre en el lugar adecuado en el momento adecuado, le habían puesto casi en bandeja la firma de su nuevo contrato.

Pasarían muchos días y muchas reuniones en su nuevo periódico en las que siempre era capaz de traer la primicia de la noticia adelantándose a los demás, a base de su trabajo constante en el anonimato, sin horarios y sin cansancio.

El director siempre reservaba unos momentos tranquilos cuando ella acudía con su carpeta de suave piel color cereza bajo el brazo, llena de novedades y con la “gran sorpresa” de su entrevista para abrir página, en la que tenía plena libertad para elegir, contactar y realizar, siempre a punto para entrar en rotativas con los titulares más atractivos, con fotografías bien hechas por el fotógrafo de su confianza que ella llevaba siempre y, sobre todo, con una exclusiva que era capaz de sacar al entrevistado solo para su periódico. Nadie lograba saber cómo lograba meterse dentro de la propia piel de cada personaje, ni cómo su hechizo discreto mantenía sus métodos y fuentes a salvo de quienes intentaban descubrirlos.

Hubo una vez cierta ocasión…

Con ocasión de la inauguración de la Expo de Sevilla, la avalancha de medios de comunicación y el propio desorden que superaba los acontecimientos hacía difícil coordinar la presencia del periódico La Voz de modo importante y cercano a las ceremonias de ese día…

Había nervios por parte de todos porque la fecha ya estaba encima y faltaban las acreditaciones principales.

Schery acababa de llegar de Madrid y traía varios proyectos importantes en su carpeta para ver con el director tal y como solían hacer.

Encontró a José Antonio preocupado y nervioso pero, tal como era su costumbre, calló discretamente sin dar muestras de notarlo.

Durante la conversación, ella comentó su visita al embajador de un país hispanoamericano en Madrid, pues mantenía con él una buena relación al ser los dos escritores. Fruto de esta visita había resultado el que la invitase a la ceremonia de inauguración, con una acreditación especial de la Embajada.

José Antonio se centró totalmente en sus palabras, y su gesto pasó de ser preocupado a ser de atención e interés.

Mi idea —comentó Schery — Es aprovechar esa invitación para estar cerca de tantas personalidades en la ceremonia de inauguración y cerrar algunas posibles entrevistas con ellos, pero sobre todo me interesa  hacer un trabajo sobre El Oro de América, que ya sabes que ocupará un ala del pabellón de América, aunque he oído que tienen dificultades con la seguridad por la cantidad de valiosas joyas, ídolos y arte que van a traer … pero ya veré allí cómo lograrlo.

El gesto de José Antonio se había relajado y ahora sonreía mientras escuchaba lo que Schery le contaba. Podría ser una solución a todas sus preocupaciones. Habría dos “delegaciones” de La Voz en la Expo: Una del equipo directivo, con José Antonio y Luis, el subdirector,  como representantes y otra con salvoconducto diplomático y libertad total de movimiento para Schery, que nadie sabía si podría finalmente hacer su reportaje sobre El Oro de América, pero que los hados protegerían como siempre y lo lograría…..

Llegó el gran día. Schery puso su tarjeta diplomática bien visible y acompañó durante un rato a José Antonio en los actos de apertura.

Las distancias allí eran enormes y el trenecito que el día anterior les había trasladado por el interior cómodamente, no funcionaba por seguridad ante la presencia de los Reyes.

Invitados y autoridades vagaban cansados y desorientados, pero sin perderse nada del evento.

La llegada de los Reyes fue el momento cumbre y José Antonio, el director, junto con Luis, el subdirector, se dirigieron al lugar señalado para los medios de comunicación.

Schery quedó en reunirse allí, después de algunas gestiones que quería hacer. Tendrían después tiempo de contar informar de muchas cosas interesantes que podrían ocurrir…

Cansada, con sus bonitos zapatos de tacón empolvados de la tierra seca de un día de calor sofocante, con su vestido de coctel estampado en cachemir amarillo oro sobre negro, que no le permitía correr como hubiese querido, se dirigió al pabellón de América que en ese momento estaba bastante tranquilo por la aglomeración de todos en las cercanías de los Reyes, en el pabellón de España.

Examinó el terreno y vio que la mayoría de zonas tenían  letreros de prohibición, acotados con postes y cordones con borlas para impedir el paso.

Era un contratiempo para su plan, pues el ala del Oro de América estaba en un piso alto y el ascensor de subida clausurado por seguridad de la zona.

Había guardias y nadie podía ir por libre. Tenían que ir con el guía de acompañamiento y eso era lo último que Schery quería.

En el grupo de invitados vio de pronto a uno de los profesores de historia que había conocido en la Embajada. Era muy joven y amable y vino a saludarla. Schery se había quedado un poco detrás del grupo y el guía iba delante con todos. El ascensor lateral no estaba lejos y tal vez funcionaba, pero había que traspasar la línea de cordones con borlas que impedía pasar.

Los soportes de los cordones eran fuertes y debían tener peso.

En un momento dado Schery cogió el cordón y lo bajó un poco. Sin pensarlo dos veces se apoyó en el joven profesor de historia e intentó saltar.

¡Ayyy! Su vestido de coctel tenía la falda estrecha y se enganchó. El soporte cayó al suelo y el guía volvió la cabeza por el ruido a ver qué pasaba.

Schery con cara de inocencia estaba ya lejos disimulando, guardando papeles en su bolso.

El pobre profesor, al que había cogido todo de improviso, no sabía ni qué hacer, pero el guía no se fijó en él.

El grupo siguió su camino y en ese momento el guía se puso a explicar lo que recorrían, así que Schery se apoyó de nuevo con fuerza en el brazo del profesor, y esta vez pudo saltar la línea de cordones y postes, doblando la esquina rápidamente hasta el otro ascensor que, por fortuna, estaba abierto y funcionaba…

¡Pista libre hacia el Oro de América!

Pero.¡los designios de Dios son inescrutables!

La gran Sala del Oro de América estaba a medio preparar, con todos los enormes objetos de oro cubiertos por telas blancas y, lo peor de todo, con vigilantes armados que no perdían de vista a aquellos dos intrusos que acababan de aparecer…

El joven profesor, que había seguido a Schery dispuesto a no perderse aquella loca aventura, se quedó también algo indeciso, pero Schery recompuso su atuendo, colocó su acreditación distintiva bien a la vista y entró decidida.

El vigilante no sabía bien qué hacer: ¿detener a aquella señorita con una credencial diplomática? ¿ponerse a su disposición?

Optó por preguntar qué deseaban e informar de que la sala todavía no se podía visitar.

Schery, con su gesto de máxima inocencia y desconsuelo, explicó al guarda:

—Por favor, mi  legación confía en que  haga un estudio sobre lo expuesto en El Oro de América, He dejado a mi legación camino de la comida con los Reyes y me reuniré allí con ellos.  Me va a resultar terrible no poder llevar NADA sobre El Oro de America… por favor… me voy a sentir fatal con ese fracaso.

El guarda estaba perplejo, miró a su compañero y decidió:

—Bueno señorita, solo puedo dejarle que vea un par de objetos, pero solo eso, y enseguida se tienen que marchar.

—Muchas gracias. Me salva usted este momento tan malo. Solo un par de objetos y nos vamos.

Ilustración de Jesús Rodríguez

Diciendo esto, Schery cogió el borde de una de las telas, lo levantó un poco y miró aquella maravilla.

Tomó su máquina de fotos y le hizo señas al profesor para que distrajese al guarda. Mientras hablaban, ella levanto dos o tres telas más, y disparó su máquina tan rápido como pudo…

Luego dieron las gracias a los amables guardianes y salieron.

Schery se despidió con todo el agradecimiento del mundo de aquel joven y lanzado profesor que la había acompañado y emprendió el camino hacia el pabellón de España, donde se celebraba la comida con los Reyes.

Iba radiante, con los zapatos más sucios de polvo que nunca, con el pequeño chal de adorno, a juego con su vestido, colgando y enredado en la carpeta, con el sudor pegado a la frente rizando su flequillo y medio despeinada, pero radiante.

Cerca ya de la entrada al Pabellón, dos soldados le salieron al paso. Sus armas le quedaban muy cerca de la cara.

—¿Qué ocurre, guardias? Llevo mi credencial para la comida en el pabellón de España.

—Ya, ya lo vemos señorita, pero se ha retrasado usted mucho. Se  ha hecho tarde y han mandado sellar la entrada. Lo sentimos. Usted no va a poder entrar a esa comida.

Y Scheherezade vio como el sol recorría sus últimos momentos del día… y guardó silencio discretamente…

Hubo muchas más historias reunidas por Schery para írselas contando al exigente director, que cada vez que ella llegaba con su carpeta de piel bajo el brazo, su gorrita rojo cereza y su sonrisa confiada, vivía todos esos momentos relajado e interesado y  deseaba siempre que llegase la próxima historia, exclusiva o proyecto de Schery.

¿Qué diferencia puede haber entre los cuentos que Scheherezade contaba al Rey afortunado, hace más de mil años, y estas otras?

El substrato del alma huma funciona  del mismo modo ahora que hace mil años:

El poder de la palabra combinado con la inteligencia, la cultura, la discreción y la belleza.

La información es poder, y solo hay que saber utilizarla, que no es poco. 

Las referencias bibliográficas, nombres de títulos, etc suele ir en cursiva. En ocasiones se puede utilizar la negrita, pero nunca ambos recursos.

(Muy a mi pesar) está admitido por la RAE.

Conchita Ferrando

Verboten

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Género: Relato

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Conchita Ferrando de la Lama. Las ilustraciones son propiedad de Paloma Muñoz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Verboten.

Fue difícil saber porqué aquel joven alemán, alto, rubio y fuerte, se había convertido en un apasionado fan del rocanrol de los años 60.

Igualmente difícil imaginar que ese mismo muchacho, pocos años después, cuando todo parecía indicar que elegiría para su futuro la música rock o el deporte de competición, desaparecería de nuestro entorno de amigos, enviado a Alemania para estudiar y convertirse en Ingeniero Nuclear… pero es que todo en la historia de nuestro amigo Jens era así de especial, contradictorio, e incluso bastante misterioso.

Nos conocimos en la infancia, casi adolescencia, con 11 años. Todos los veranos los pasábamos en un bonito pueblo de la sierra de Madrid.

Sus padres tenían allí un chalet de estilo alpino que llamaría la atención de cualquiera si no fuera porque quedaba semioculto tras un pequeño bosque de abetos de su jardín.

Como éramos casi niños, nuestros primeros contactos fueron cuando jugábamos en una zona abandonada, intrincada, semisalvaje, de difícil acceso que separaba los chalets de la colonia de veraneo del resto del pueblo.

Formábamos un grupo de amigos veraneantes que año tras año pasábamos allí las vacaciones, deseando que llegase el verano para jugar juntos y vivir  “excitantes aventuras”  en esa zona relativamente cercana a nuestras casas, pero tan diferente que permitía imaginar que todo podía ocurrir allí, entre aquella vegetación tupida, descuidada, con enramadas que se entrecruzaban entre senderos intransitables, con zarzas y arbustos recrecidos, que  parecía un laberinto donde apenas el sol traspasaba el túnel de vegetación, donde la emoción era el riesgo de extraviarse, el de posibles picaduras de escorpiones y otros bichos, pero eso era lo que lo hacía tan atractivo para nosotros.

Nos reuníamos entre 10 o 12 amigos, que fuimos creciendo desde los 10 años hasta los 18, transformándonos de niños en adolescentes. Allí nos llamaban cariñosamente, “la pandilla de los biberones”.

Jens era el mayor, con poca diferencia. Tenía otros tres hermanos, pero eran todavía pequeños para venir en el grupo y solo uno de ellos, Klaus, se nos uniría años después.

Jens era alto, rubio, de ojos azul muy intenso, serio y de pocas palabras. Tenía una bien ganada fama de “soso” y cuando nos fuimos haciendo mayores y comenzaron nuestras primeras reuniones caseras, en las terrazas o jardines de las casas de unos y otros, para aprender a bailar, le pusimos el mote de “el pararrayos”, por su estilo tan teutónico que solo era capaz de defenderse con el vals.

Hasta que un día llegó aquella ola imparable a nuestro país, llamada ROCK AND ROLL.

Nuestro amigo pareció despertar de su letargo musical y se convirtió, en solo tres meses, en un auténtico entendido y fan de aquella revolución musical, sobre todo en su versión menos dura y más melódica, llegó a dominar los estilos, biografías y discografía de los grandes ídolos, empezando por Elvis hasta Freddy y Los Diamonds.

Ilustración de Paloma Muñoz

Su carácter se hizo más accesible y menos hermético. Se unía a todas las excursiones del grupo; era amable y protocolariamente educado con las chicas; nos sacaba de apuros cuando, en alguna excursión, alguna se quedaba enganchada entre las zarzas y espinos de nuestro pasadizo salvaje, al que llamábamos “el bosque del miedo”, donde seguíamos buscando aventuras y no se sabe qué tesoros fruto de nuestra desbocada imaginación, deseosa de emociones, a la espera de que alguna fiera terrible surgiese de allí el día menos pensado.

Pero… había algo que no había cambiado en absoluto en esos años: El misterio que rodeaba su casa, aquel precioso chalet alpino semejante a un “nido de águilas” al que nunca éramos invitados por sus padres, procedentes de Alemania, donde la guerra había dejado una dramática huella, como país hundido, dividido y en ruinas, que nunca doblegó su orgullo ante los vencedores.

Sus padres eran un misterio para nosotros. Nunca supimos en qué bando estuvieron y tampoco las circunstancias de su venida a España ni el motivo.

Nunca salían a pasear por el pueblo, ni se relacionaban con los otros veraneantes. Eran tan serios y herméticos como Jens….

Alguien comentaba que el padre había sido piloto de las fuerzas aéreas en Alemania, y otros que había tenido una importante industria allí… pero nada era seguro.

Era inútil tratar de sondear a Jens ni a su hermano Klaus, que se unió a nuestro grupo unos años después.

Entre nosotros nos inventábamos toda clase de historias imaginarias sobre la familia de Jens: Persecuciones, huídas a veces con los nazis detrás, otras como oficial de las SS, otras como espía amenazado y buscando refugio lejos de su país…Todo sin datos fiables, solo influidos por el misterio de aquellos padres que se mantenían siempre aislados, sin buscar amistades entre los demás veraneantes, desde hacía años, sin que nunca nadie fuese invitado a aquel precioso “nido de águilas” estilo alpino.

Jens fue ganando puntos con su afición apasionada por el rock, y se fue implicando en esa nueva filosofía de vida que llegaba con esa música fuerte y vibrante.

A los 16 años le regalaron una guitarra y eso le hizo feliz totalmente. Ahora podía tocar y emular a sus ídolos del rock.

Se convirtió en la cara opuesta de lo que siempre había sido. Ahora “el pararrayos” era el ídolo de todas las niñas veraneantes.

En los guateques que se organizaban en casa de los amigos del grupo y de otros grupos que se habían unido al nuestro, Jens era la estrella indiscutible, adorado por sus fans, que ya eran muchas.

Lo curioso era que nunca solía bailar aquel ritmo vibrante que a todos nos enloquecía, a pesar de que él era capaz de dominarlo e incluso recrear con su guitarra versiones propias. Se quedaba siempre  un poco distante, rasgueando su guitarra, cantando, casi en trance para sí mismo… o para quien él eligiese.

En su grupo de siempre, más bien pequeño, le podíamos encontrar siempre cercano, feliz, con una sonrisa que casi nadie más podía ver. Incluso las chicas del grupo tuvimos la suerte de que nos dedicase alguna de sus composiciones de rock con nuestro nombre.

Se estaba convirtiendo en un compositor selectivo y eso le hacía aún más atractivo.

Al verle allí, tan cercano, tan gentil, en alguna ocasión intentamos que se abriese y nos hablase de su origen, de su familia, de su país…

Entonces todo cambiaba. Se ponía muy serio, cogía su guitarra y le arrancaba las notas más emotivas y sentidas que nunca habíamos escuchado, cantando con su voz “teutónica” la célebre canción de Elvis Verboten  (prohibido). Era casi un lamento, rasgado en un rock lento y profundo.

Ilustración de Paloma Muñoz

Al oírla, todavía, pasados tantos años, se nos viene a la memoria aquel tiempo de adolescentes y aquel “bosque del miedo” que cruzábamos, como en un camino iniciático, todos cogidos de la mano para no desorientarnos ni extraviarnos, con la sensación del paso por lo desconocido, entre aquellas ramas que crecían impidiéndonos el paso, con zarzas que nos arañaban brazos, piernas y caras, pero siempre sin soltarnos de la mano.

En varias ocasiones nos sorprendieron tormentas, de esas tan propias de la sierra, con gran aparato eléctrico de truenos y rayos. Si nos encontrábamos a medio camino de ese bosque, no había otro remedio que seguir hasta la salida, pues había la misma distancia en ambas direcciones.

Una vez cayó un rayo tan cerca que nos tiró al suelo. El peligro era real y  “el bosque del miedo” nos lo recordaba en cada momento.

En una ocasión en que se desencadenó una de esas terroríficas tormentas, Jens nos fue guiando por un atajo que él conocía, que llegaba hasta una pradera al final del pueblo, pero una vez que llegamos a ese punto, al descubierto, nos mandaba que siguiésemos solos, muy deprisa, hacia nuestras casas, pues pensábamos todos que como era tan alto,  “el pararrayos” atraería alguna “chispa” de la tormenta y moriríamos todos si íbamos junto a él.

Nunca supimos si aquello era científico, pero él nos mandaba alejarnos y aguardaba a que estuviésemos a salvo,  en aquella zona de de vegetación silvestre, donde nadie sabía lo que podía pasar.

Aquellos veranos vimos caer muchos rayos muy cerca, incuso hasta acostumbrarnos y perderles el pánico que nos daban, pero siempre imaginábamos la figura alta, rígida, erguida de nuestro amigo “el pararrayos”.

Era tan contradictorio, con aquella figura y, sin embargo, con esa voz tan comunicativa y arrolladora cuando cantaba, cien por cien roquero, que todos dimos por seguro que su futuro estaría en esa música, y que llegaría, como él deseaba, a emular al gran Elvis, en Estados Unidos, cuando fuese allí a estudiar como él pensaba.

Difícil imaginar entonces que un verano Jens no estaría, como siempre, en nuestro pueblecito de la sierra.

Su hermano Klaus se encargó de confirmar que lo habían enviado sus padres a Alemania a estudiar Ingeniería Nuclear.

¡Nos quedamos de piedra!

¿Y su amor por el rock?Klaus zanjó la cuestión y todas nuestras extrañezas e interrogantes diciendo:

“¡Verboten!

Era lo decidido desde siempre.”

Siempre esperamos saber algo de nuestro amigo “el pararrayos” superestrella del rock, pero no logramos saber de él.

Tal vez, en los viajes espaciales que tanto revolucionaron al mundo…. sonaría música de rock para los astronautas.. Tal vez, solo tal vez, compuesta para ellos por nuestro amigo Jens,el ingeniero nuclear rokero,  tal y como compuso algunas de esas canciones especialmente para nosotras, sus amigas del grupo del “bosque del miedo”.

Al fin y al cabo, el espacio también es un “bosque del miedo”, y la música de rock un buen modo de relajar ese miedo y ver las estrellas como algo tan hermoso como nuestras reuniones de juventud oyendo a nuestro rokero tocar sus composiciones, a pesar de las tormentas, los truenos y los rayos…. Pero eso sigue siendo Verboten para nosotros.

Relato original de Conchita Ferrando de la Lama