24ª Convocatoria: Crimen Imperfecto

Crimen Imperfecto.

Ilustración de José Vicente Santamaría

 

Errare humanum est, dijeron los clásicos.

Durante años he compartido tertulias durante las comidas con un investigador de la Guardia Civil.  Siempre me ha sorprendido la serenidad con la que hablaba de las cosas hasta el punto donde el secreto sumarial le permitía. Había días que llegaba especialmente contento. Imposible no intuir que  habrían cerrado un caso. Entonces,  se sentaba a la mesa satisfecho y nos narraba el hecho criminal de forma sencilla y la reconstrucción del o de los posibles escenarios. A mí los crímenes sexuales me producían especial interés, por ser mujer, supongo: dónde la raptó, donde la torturó, dónde la mató y donde la escondió. Cómo entrevistaba a las personas para valorar su fiabilidad y veracidad. La psicología de la investigación criminal al servicio de la justicia… —yo ni parpadeaba,  me producía interés y admiración—. Pero también pensaba: «¡Para esto hay que valer!». Es como lo de ser cirujano. En nuestro país hay gente que hace cosas tan extraordinarias…

Allí, entre ensaladillas rusas y bacalao con tomate (plato estrella de los miércoles) empecé a oír hablar de la ciencia forense, de la criminalística, de cómo se procesa una escena del crimen o delito, de las miradas panorámicas y de lo que hay detrás de las decisiones de un criminal. Entre un pásame el pan y déjame la sal se hablaba de las variedades de criminales, del estudio del modus operandi, de las huellas, del placer del sádico, de los asesinos por venganza o de los pactos de sangre como si tal cosa.

Un día le pregunté por el caso que más repulsa le había causado. «Todos los de niños», me respondió. Y concretó que un tal Alexander Pichushkin les dijo a los jueces que había perpetrado 62 asesinatos y mi amigo lo recordaba por una frase que no pudo quitarse de la cabeza: «El primer asesinato nunca se olvida, es como el primer amor». «Fíjate el desorden mental que tenía el sujeto para mezclar dos cosas tan dispares», apuntó. Pichushkin fue un asesino en serie que buscaba notoriedad. Estaba obsesionado por descubrir vislumbrar a los más inteligentes utilizando la sed de poder y control como leitmotiv de su vida.

Los asesinos en serie ahora usan las redes sociales, internet y en concreto Youtube como elemento amplificador. También cuentan con los móviles, ya al alcance de cualquiera, y se graban y envían datos de forma instantánea. Por triangulación se puede saber dónde está una persona en un determinado momento. Así es que si el asesino lleva el móvil encima y el cuerpo del delito existe, será fácil demostrar que esa persona estaba allí a una hora determinada y que, cruzada con la hora en la que murió la víctima, puede involucrarle en el asesinato. Lo malo es cuando no aparece el cuerpo.

—Asesinar no es fácil —me explicaba el guardia—. Existe lo que llamamos “Ley de transferencia”. Nadie puede cometer un crimen con la intensidad y fuerza que la acción requiere sin dejar ni llevarse nada de la escena. Eso a cualquier asesino debería ponerle los pelos de punta. Hay pruebas que permiten esclarecer todo: huellas dactilares, huellas de pisadas, vehículos, ADN localizado en sangre, residuos, cigarros, etc. Por muy limpio que quiera dejarse todo, la ciencia está al servicio de la ley. Pero la verdad siempre sale.

—¿Sabes?, hace tiempo empecé un relato diciendo que los muertos hablan…

—Sí, así es… y muy fuerte —puntualizó—. Lo curioso es que a veces llevamos tapones y obviamos cosas, y aunque lo tenemos delante no lo vemos.

—¿Qué te parece el libro de Borges titulado Morir no es para tanto?

—Literario, profundísimo. Sí, lo conozco, pero no tiene que ver con esto. Si quieres leerte un libro sobre el tema, te recomiendo cualquiera del doctor Maples, un antropólogo forense que examinando un solo cráneo es capaz de saber la edad, el género, la etnia de la persona, si murió asesinado y quién pudo ser el asesino. Increíble, ¿verdad?

Llegados a los postres, y conocedores de que se acababa el tiempo de tertulia, rotábamos el tema hacia lo cómico: de cómo se delataban los testigos, de por qué habían hecho las cosas mal, de la ignorancia, la imprudencia, o la lealtad extrema, que a veces también resultaba cómica.

Lo cierto es que querría escribir un libro con todas esas historias que fui escuchando durante tantos miércoles. Y creo que lo haré. Pero, por el momento, os presento esta edición de Surcando Ediciona, tan cargada de crímenes imperfectos que no os dejará indiferentes. Y os dejo con una reflexión final de Buda: «Solo hay  tres cosas que no se pueden ocultar por mucho tiempo: el sol, la luna y la verdad».

A disfrutar.

Olga Ruiz Trinidad

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Izaskun

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Negro

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Jesús Cernuda. La ilustración es propiedad de Carolina Cohen. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Izaskun.

El silencio de la noche aún reinaba en el parque tecnológico de Zamudio. Era una pequeña ciudad fantasma cercana  de Bilbao esperando a que los primeros rayos de sol la hicieran ponerse en funcionamiento.

Aquella paz relativa solo se veía rota por un grupo de personas vestidas con la típica bata blanca, que hacían un corrillo en la puerta de uno de los edificios; cada uno de ellos llevaba una chapita en el pecho con su nombre y el extraño logotipo de la empresa donde trabajaban, DNA BLOOD.

Cuchicheaban entre ellos con cara de asombro o, incluso, más bien de miedo.

—Joder, dos infartos en quince días…Vosotros decís que no, pero es para preocuparse.

No hacía ni dos semanas que habían ido al funeral de una de sus compañeras y aquella misma mañana otra había aparecido muerta en su puesto de trabajo. Dos cadáveres en tan poco tiempo habían hecho que se pusieran en contacto con la policía y allí estaban, muertos de frío, esperando.

Justo cuando el sol empezaba a calentar la mañana, un fuerte ruido hizo que todos callaran. Una moto que parecía haber salido de la nada, paró frente a la entrada.

Una enorme Yamaha R6, de un negro mate adornado con letras doradas, apagó el motor. Cuando su dueño bajó de ella, todos quedaron sorprendidos al ver que aquella silueta pertenecía a una mujer.

Se acercó sin quitar el casco, vestida con unos vaqueros ajustados a las piernas, unas enormes botas de cuero y una cazadora de piel. Pasó entre ellos sin decir nada, como si ni siquiera estuvieran ahí y se quitó el casco para dejar ver una enorme melena cobriza y unos ojos verdes que de una pasada miraron a todos por igual.

Se paró un instante, colocó el casco bajo el brazo y se puso unas gafas de sol que sacó de su bolsillo.

—Soy la detective Carlota y no he venido a que me hagáis perder el tiempo.

Siguió caminando como si esperara que todos la siguieran.

—Por un momento pensé que iba a decirnos que buscaba a Jacqs—. Se escuchó entre risas en el grupo de empleados.

Dentro del edificio, un hombre vestido de traje, se acercó a la detective para darle la bienvenida.

—Egunon  —dijo alargando su mano hacia ella—. Siento que haya tenido que venir para nada, pero los jefes de Barcelona lo han creído apropiado, ya les he dicho que ha sido otro infarto. Supongo que son cosas que pasan.

—Si alguien tiene que decir si merece la pena o no, soy yo  —dijo Carlota mientras lo dejaba ahí con el brazo estirado.

—Yo solo quiero ayudar —contestó él con cierto enfado, dándose cuenta de que la atractiva detective desprendía un olor extraño—. Seguro que preferiría usted seguir tomándose un whisky, pero como ya le he dicho, si fuera por mí, ni siquiera tendría que haberla conocido.

Carlota dejó escapar una sonrisa que no parecía ir acorde a lo que su imagen transmitía.

—Pues deje de hacer el gilipollas y empieza por enseñarme el lugar donde ha aparecido el cadáver —hizo una pausa para mirarle directamente a los ojos—. Y sí, preferiría estar tomándome un bourbon, que es lo que estaba haciendo cuando tú decidiste molestarme.

                                           ……………………………………………….

A pesar de estar de vacaciones, Izaskun llevaba un par de horas levantada cuando  sonó el teléfono.

—A ver Patri, son las ocho de la mañana y sabes que estoy de vacaciones, espero que sea para algo importante.

—Ya sé que es temprano Izas, pero no te vas a creer lo que ha pasado. Es Monika —hizo una breve pausa—.  La han encontrado muerta en el laboratorio.

—¡Pero qué dices, no puede ser! —exclamó Izaskun, que parecía no creer lo que le estaba diciendo su amiga.

—Como lo oyes. Dicen que ha sido otro infarto, igual que Ana. He querido ser yo quien te avisara; se lo bien que te llevabas con Monika.

—Joder, Patri, ¿qué cojones está pasando? … ayer mismo hablé con ella.

—Lo sé, es todo muy raro. Incluso han mandado una detective para investigar lo que ha pasado. Deberías de verla, menudo pibón, más bien parece una modelo.

— ¿Una detective? ¿Pero qué quieren investigar si se sabe que fue un infarto?

—Supongo que es solo rutina, no te preocupes, aunque seguro que tendrás que venir, porque al parecer quiere vernos a todos.

— ¿Preocupada? Ni que tuviera que estarlo. Tengo cosas que hacer, cuando acabe me pasaré por ahí. Gracias por avisarme —. Izas colgó sin dar tiempo a que Patricia se despidiera.

                                         …………………………………………………

Hacía más de media hora que Carlota permanecía sentada en la silla en la que habían encontrado a Ana, la primera en sufrir el infarto.

Durante todo ese tiempo, Íñigo, con su traje impoluto y su cara de pocos amigos, había intentado hablar con ella sin encontrar ninguna respuesta, ni una simple mirada que pareciera indicar que la detective estaba escuchándole.

—Me gustaría ver a los trabajadores de la empresa  —dijo Carlota rompiendo el incómodo silencio—. Estaría más que encantada de que me dijeras quiénes estaban aquí cuando ocurrió todo.

Íñigo, al igual que ella, se dio la vuelta sin decir nada, se acercó a su despacho y regresó con una hoja en la mano.

—Aquí tiene el nombre de todos los que trabajan en este departamento, si necesita algo sobre otra gente de la empresa, deberá hablar con mis jefes.

En la parte superior de la hoja se podía leer: Departamento de I+D-Desarrollo de nuevos fármacos a través del estudio genético de grupos sanguíneos.

Durante la siguiente hora, Carlota se paseó por el laboratorio sin hablar con nadie, tan solo hacía alguna anotación en la misma hoja que Íñigo le había dado. Poco después se acercó a su despacho y entró sin llamar.

Carlota se disponía a decir algo justo cuando él la cortó —. Pase. Pase, sin problema.

Ella, por primera vez, se quitó la cazadora dejando al descubierto una camiseta más ceñida aún que el pantalón. Se sentó en la silla que había frente a él y, posando sus manos sobre la mesa, susurró.

—Espero que entiendas que, si alguien puede tener algún problema aquí, eres tú. Y que por llevar un traje más caro aún de lo que puedes pagar, no vas a intimidarme. Dicho esto, me gustaría saber quién encontró los cuerpos, y porque aquí, donde pone Jefe de Departamento, se ha tachado el nombre de Ana para escribir a boli el de Izaskun. Una chica que, además, no he visto por aquí hoy.

—Pues mire. Ana, nuestra anterior jefa de departamento, falleció hace quince días, cosa que usted ya debería saber, e Izaskun fue quien ocupó su lugar y quien casualmente la encontró sin vida. Si no está por aquí es porque pocos días después de aquello y como exigencia de su nuevo puesto, tuvo que irse a Colombia al congreso anual de hematólogos durante una semana. Por detrás de la hoja tiene los datos de ese congreso.

—Entiendo —dijo Carlota—, pero si eso fue hace quince días, ¿por qué Izaskun aún no se ha reincorporado al trabajo?

—No sé si conoce usted el término “vacaciones” —dijo él, guiñándole un ojo—. Quizá debería hacer uso de él, la noto cansada. Y, como ya sabrá, hoy mismo Ainhoa encontró sin vida a Monika. Por extraño que parezca, el segundo infarto en la empresa en quince días.

Carlota hizo alguna anotación en la hoja.

—Y esa tal Izaskun, ¿has sabido algo de ella?

—La verdad  es que no acostumbro a llamar a los trabajadores cuando están de vacaciones. Pero sí le puedo decir que hace unos minutos, una de sus compañeras me comentó que había hablado con ella e Izaskun le ha dicho que vendrá por aquí esta mañana. Supongo que tiene que estar bastante afectada: Monika era una de sus mejores amigas por aquí.

Carlota dio vuelta a la hoja, sacó su teléfono y se dispuso a marcar justo cuando Íñigo le avisó de que Izaskun era la que acababa de entrar al laboratorio. La detective esperó a que sus miradas se cruzasen y le hizo un gesto para que se acercara mientras contestaba al teléfono.

—Joder Íñigo, me ha dicho Patricia lo que ha pasado. He venido en cuanto he podido — dijo Izas al entrar por la puerta.

—Ya, ninguno lo podemos creer. Esta es la detective Carlota, creo que quiere hablar contigo.

Izas se acercó, pero la detective le hizo un gesto con la mano para que se detuviera, se dio la vuelta y se le pudo escuchar:

— ¿Dice que era la misma de siempre? Muchas gracias, si necesito algo más, volveré a llamar.

Carlota guardó su teléfono y se acercó a Izaskun.

—Tengo entendido que está usted de vacaciones. Qué oportuno… justo ahora cuando dos de sus compañeras han fallecido —. La detective parecía querer intimidarla.

—Pues la verdad es que aún no me lo creo, cuando me ha llamado Patricia y me ha dicho que Monika también había muerto, me he quedado de piedra. Pobre, tan joven y que le diera un infarto…

—Eso si es que fue un infarto —insinuó Carlota, pasando su mano por la espalda de la chica.

—Bueno, a mí es lo que me han dicho que, al igual que Ana, había tenido un paro cardiaco. ¿Cree usted que no ha sido así?

—Lo que crea yo no es de su incumbencia. De todos modos, seguramente el forense no tardará en llamar y sacarnos de dudas. Ya me han dicho que ha estado en Colombia por un congreso, ¿qué tal lo ha pasado? —preguntó la detective.

—Hombre, teniendo en cuenta que no he tenido tiempo de nada al estar todos los días en charlas o reuniones, qué quiere que le diga.

—Bueno, algo de tiempo habrá tenido para conocer aquello.

Íñigo se metió en la conversación.

—A ver… era un viaje por trabajo, no de placer. Lo más fácil es que no solo no tuviera tiempo de nada, sino que acabara agotada. No se imagina como son esos congresos.

—Sé perfectamente como son. Yo también he viajado por trabajo y no veas lo bien que me lo he pasado, así que déjate de tonterías. Siempre se encuentra tiempo para ir a tomar algo por ahí. No me diga que no, Izaskun—. Carlota la miró esperando que le dijera que sí.

—¡Qué va! No hice más que dedicarme a cosas de la empresa.

—Seguro que en otros viajes a Colombia sí pudo disfrutar un poco más.

—Ya quisiera, pero era la primera vez que iba.

Carlota volvió a hacer una anotación en la hoja, mientras negaba con la cabeza.

—Supongo que estará usted encantada de haber podido ocupar el puesto de Ana. Ascender en la empresa, mejor sueldo, viajecitos a Colombia… vaya, lo que cualquier empleada hubiera querido.

—¡Pero qué narices está diciendo! —contestó, mirando a su jefe, que agachaba la cabeza mientras negaba, sin dar crédito a lo que la detective podría estar insinuando—. Cualquiera diría que me alegro de la muerte de alguien…

—No solo alguien, una compañera, y por lo que he visto esta mañana parece que todos se llevan muy bien aquí… porque es así, ¿no?

—Pues claro que sí, no tenemos por qué llevarnos mal.

Lo que Izaskun no sabía, era que en el poco tiempo que Carlota había estado en el laboratorio, había podido hablar con los trabajadores, y todos coincidían en que Izaskun y Ana no se llevaban muy bien, que era bastante habitual que discutieran por asuntos de trabajo y que, además, la anterior jefa de departamento siempre se salía con la suya, esgrimiendo que allí era ella la que mandaba.

—Ya , entiendo que diga eso. ¿ Por qué iba a admitir que Ana y usted no se caían bien? Incluso he visto en sus fichas que llevaba mucho más tiempo que ella en la empresa. Seguro que siempre ha creído que era usted la que debería estar en su puesto…  Perdón, ahora ya lo está.

Izaskun se acercó a la detective de forma desafiante.

—No, no lo voy a negar, Ana y yo no se puede decir que fuéramos precisamente amigas. Y que incluso haya pensado siempre que se equivocaba en muchas cosas, pero de ahí a insinuar que me alegré de su muerte…usted está loca, menuda tontería.

—Yo no he insinuado que te alegraras, al menos no solo eso.

—Esto es lo que me faltaba por oír —dijo Izaskun mirando a su jefe—, no voy a consentir que …

—Si necesito algo más la llamaré — le cortó Carlota impidiendo que dijera nada más

—No me queda más remedio, así que cuando quiera, si puedo ayudarle en algo estaré encantada.

Izas se estaba despidiendo ya de Íñigo cuando Carlota volvió a dirigirse a ella.

—Una última cosa, ¿cuándo habló por última vez con Monika?

Ilustración de Carolina Cohen

—Pues la verdad es que ayer me llamó para preguntarme cosas del trabajo y para saber si era ella la que tenía que venir a abrir — contestó—.  Monika y yo sí somos muy buenas amigas, puedo decir que más que compañeras.

— ¿Notó algo raro en ella?

—Que va, estaba igual que siempre.

Izaskun ya se había ido cuando sonó el teléfono de Carlota. Estuvo hablando varios minutos mientras Íñigo esperaba.

—He visto en la entrada del laboratorio un panel en la pared con el horario y los trabajos a realizar esta semana—.  La detective señaló hacia fuera, justo donde se encontraba el panel.

—Sí, siempre tenemos todo muy organizado. Los lunes hacemos una reunión en la que designamos el trabajo que tiene que hacer cada uno esa semana, es el mejor modo de que todo funcione correctamente y todos sepan lo que tienen que hacer.

—Entiendo. De ese modo nadie tiene que preguntar nada ni molestarte por tonterías.

—Sí, más o menos es para eso.

—Si no te importa, antes de irme, voy a echar un vistazo al lugar de trabajo de Izaskun—.

Carlota se puso de nuevo la cazadora.

—No hay ningún problema. He notado que se ha extrañado usted de algo que le han dicho por teléfono, ¿ya sabe algo de Monika?

—Parece ser que su empleada ha muerto de un paro cardiaco — dijo, mientras se ponía de nuevo las gafas de sol.

—Ya se lo decía yo — Íñigo sonrió con cierta ironía.

—Ya, veo que es usted un lumbreras — por primera vez, Carlota, lo había tratado de usted.

La cara de satisfacción de Íñigo mientras la detective salía por la puerta de su despacho, lo decía todo.

Durante poco más de media hora, Carlota estuvo sentada en la mesa de Izaskun. Revisó todos los papeles que había en los cajones y miró el ordenador, pero no hizo ninguna anotación.

Íñigo se acercó cuando vio que la detective se disponía a irse.

—Déjeme que la acompañe a la puerta, al menos que se vaya con una buena imagen de nosotros, ya que ha tenido que venir para nada —sonrió de nuevo, sintiéndose en cierta manera superior a la detective—.  En fin, seguro que nunca ha tenido usted un caso tan fácil de resolver.

—Es curioso, es la única vez en toda la mañana que ha tenido usted razón, puede que haya venido para nada.

Carlota, que estaba considerada una de las mejores detectives del país, parecía no llevar bien todo aquello; el hecho de que alguien pareciera reírse de ella le hacía sentirse inferior, algo que en muy contadas ocasiones le había pasado.

—Aunque supongo que no se puede decir que haya resuelto nada, porque ni siquiera había caso —comentó ella dirigiéndose ya a su moto—. Eso sí, yo que tú, tendría cuidado, no sea que un día de estos le dé un infarto y la nueva jefa de departamento ocupe su puesto.

—No tema por mí, me cuidaré —contestó Íñigo a la vez que ella arrancaba su moto.

Si algo tenía Carlota, era que en poco tiempo se olvidaba de los casos en los que trabajaba. En cuanto a los dos infartos de DNA BLOOD, había necesitado solo de unas horas para quitárselo de la cabeza. Eso y un par de bourbon  mientras se fumaba uno de esos cigarros con mezcla que la ayudaban a dormir.

Dos semanas después de aquello, Carlota entraba en el mismo bar al que iba todas las noches, se sentaba en la misma esquina de la barra que todos los días y le hacía un gesto al camarero para que le sirviera lo de siempre.

— ¿Sabes Carlota? —le dijo el joven camarero mientras llenaba un vaso de Fourour Roses—. No entiendo cómo puedes meterte este veneno todas las noches y seguir igual de guapa.

—Iker—sonrió ella — ¿cuándo dejarás de intentar ligar conmigo? nunca vas a conseguir llevarme a la cama.

—Que equivocada estás, serás tú quien se muera por llevarme a mí — los dos se rieron, mientras él se daba la vuelta para atender a otra persona.

—Además —continuó Carlota—. Esto no es ningún veneno.

Cuando Iker volvió a dirigirse a la detective, tan solo vio su vaso lleno y cómo ella salía por la puerta.

                                             …………………………………………..

Era la una de la mañana: Izaskun cerraba la ventana de su pequeño apartamento con vistas al Guggenheim dispuesta a irse a dormir cuando alguien llamó a la puerta. Se acercó despacio pensando que se habrían equivocado, echó un vistazo por la mirilla y no se creía lo que veía. Enfadada, abrió la puerta.

—Pero qué cojones haces tú aquí, en mi casa. Tengo mejores cosas que hacer que aguantarte a ti. Justo ahora me iba a la cama y no tengo nada que hablar contigo.

Carlota la miró de arriba abajo, hizo un gesto de afirmación con la cabeza y entró en casa de Izas apartándola con la mano.

—Veo que nunca tienes nada que decir, tan callada y modosita ella. La nueva jefa de departamento, ahí es nada. Eso sí, sin lugar a dudas, por méritos propios.

—No creo haberte invitado a entrar — pero la detective no parecía escucharla.

—No te preocupes, voy a ser rápida. Sólo quiero saber por qué mentiste y no dijiste que sí habías estado anteriormente en Colombia, aunque es una pregunta bastante absurda, teniendo en cuenta que de nuevo me volverás a contar alguna milonga extraña, así que te ahorro la tontería. El otro día, cuando llegaste al despacho de Íñigo, justo estaba hablando con el hotel que la empresa había escogido para la conferencia. Hotel que supongo que tú misma recomendarías, algo estúpido por tu parte, sabiendo que allí podrían reconocerte.

—No sé de qué me estás hablando — exclamó Izaskun.

—Ya. Su dueño me dijo algo que, tonta de mí, interpreté mal. Según él, en otros viajes ya habían escogido su hotel. Mi error fue creer que se refería a la empresa, pero esta noche he llamado a Íñigo, que no veas cómo se ha puesto por despertarlo, y me ha dicho que este es el primer año que la empresa asiste a esa conferencia. Es curioso que su dueño me dijera que tenías asignada la misma habitación de siempre.

—A ver… es verdad, ya había estado en Colombia, pero no quería que Íñigo lo supiera. He ido varias veces para estudiar la fauna, por un posible trabajo al que podría acceder. Soy bióloga y estoy ya cansada de estar todo el santo día analizando muestras de sangre; si hay algo que me encanta son los animales y, en concreto, los de esa zona. Tienes que entender que no quisiera que él lo supiera. De todos modos, es una tontería, ¡qué más dará que yo hubiera estado ya o no en Colombia! Yo no pedí que me mandaran. No me quedaba más remedio al ser la nueva jefa de departamento.

—Gracias a la muerte de Ana, no lo olvides —le recordó la detective— y sí, ya comprobé al echar un vistazo a tu ordenador, que te encantan los animalitos raros. En el historial de búsqueda, había varias páginas sobre insectos, arañas… ranas, algo que tampoco tendría importancia siendo bióloga como dices.

—Exacto, si puedo ser culpable de algo es de estudiar esos animalitos raros, como tú los llamas. Nada más.

—Tengo que decir que de tonta no tienes nada, todo lo contrario. Incluso a mí me parecía todo muy lógico, hasta que hoy, mi buen amigo Iker, me sirvió un vaso de ese veneno que él dice que me tomo todos los días. Eso fue lo que me hizo pensar… veneno.

—Y eso qué tiene que ver con que yo sea bióloga o haya estado en Colombia —hizo un gesto como si invitara a la detective a irse de su casa—.  Mira de verdad, no tengo ganas de tonterías. Hace un par de semanas que he enterrado a una de mis mejores amigas, Monika, por si no lo recuerdas. Ya está bien.

— ¿Sabes? Eso me despistó más aún. Podría llegar a pensar que fueras tan ingenua de envenenar a Ana para poder quedarte con su puesto y quitarte de encima a esa jefa que no aguantabas, pero a Monika, que de verdad era tu amiga, no tenía sentido. Recordé entonces ese panel donde dejáis anotado el trabajo que tenéis que realizar toda la semana. Y lo estúpido que sería entonces que tu amiga te llamara para preguntarte algo que estaba allí escrito. Dime una cosa… Monika te había descubierto, ¿verdad?

—No sé qué quieres decir con eso pero, o te vas o acabaré llamando a la policía —Izaskun parecía estar poniéndose nerviosa.

—No mujer, no hace falta. Primero porque yo soy la policía y segundo, porque ya he llamado yo; no creo que tarden en llegar.

—Yo no he hecho nada, no tienes pruebas, así que no intentes tirarte un farol conmigo.

Justo en ese momento, dos policías de uniforme entraron en la casa de Izaskun. Se acercaron a ella y sin mediar palabra le dijeron:

—Señorita Izaskun, queda usted arrestada por el asesinato de Ana y Monika.

—¡Pero qué están diciendo! No le hagan caso a esta loca. La ha tomado conmigo y ahora les hará creer que soy una asesina.

—Más bien lo demostraré. Deberías saber que no existe el crimen perfecto, guapa — dijo la detective guiñando un ojo—. Mejor que estés calladita. Ya sabes eso de que todo lo que digas bla bla bla. No hace falta que diga más.

                                             …………………………………………………………..

A la mañana siguiente, en DNA BLOOD, nadie sabía aún lo que había pasado, cuando pudieron escuchar de nuevo el ruido de la moto de Carlota parándose frente al edificio. Todos vieron como entraba al laboratorio con unas hojas en la mano y, sin decir nada, entraba al despacho de Íñigo.

—Pero bueno… no sé qué hace usted aquí, pero va siendo hora de que aprenda a llamar antes de entrar.

—Así es como se resuelve un asesinato por infarto — dijo irónicamente tirándole unos papeles sobre la mesa.

Durante varios minutos Íñigo miró los papeles sin creerse lo que estaba leyendo. En ellos venían todos los detalles de lo que había ocurrido: los anteriores viajes de Izaskun a Colombia, su llamada a Monika el día antes de su muerte, todo su interés por esos animales exóticos, y una captura de pantalla de una de las búsquedas que ella había hecho en el ordenador. La página de una rana típica de Colombia, la Phyllobates terribilis, más conocida como la rana dardo dorado, de la que se podía extraer un fuerte veneno llamado batracotoxina.

—Como puede leer ahí, esa especie de rana no genera el veneno si es criada en cautividad, y solo se puede conseguir en las que se encuentran en la propia selva. No lo hemos comprobado aún, pero estoy segura de que, en ese viaje a Colombia, cuando investiguemos un poco, veremos que su querida Izaskun hizo algún viajecito a la selva para poder traer más de ese veneno, que como sabrá, ya que es tan listo, puede producir la muerte por paro cardiaco a quien lo ingiera en una mínima dosis.

La cara de Íñigo era todo un poema. Se reclinó en la silla dejando caer las hojas sobre sus piernas, frotándose la cara con las manos antes de mirar a Carlota.

—La verdad,  que no sé qué decir.

—Con esa cara ya lo ha dicho todo — dijo la detective dándose la vuelta y abriendo la puerta de su despacho para irse y asegurándose que todos los que estaban en el laboratorio pudieran escucharla—. Ya puede decirles a todos por qué su gran compañera no ha venido hoy a trabajar, ni lo hará por mucho tiempo.

                                              …………………………………………….

Aquella noche, Carlota se bebió un par de bourbon más de lo habitual, charlando con Iker como solía hacer.

—Hoy pareces más animada que ayer —dijo sirviéndose una copa para él—. Hasta te voy a acompañar tomándome un veneno de estos. De todos modos, ya es tarde y tengo que cerrar , no pasa nada porque me tome uno y le haga compañía a la detective más guapa de la ciudad.

—Iker, Iker. Nunca vas a cambiar.

Carlota bebió lo que le quedaba de un trago, sacó un bolígrafo del bolso y agarró una servilleta de la barra para escribir algo y se fue mirando al camarero a los ojos.

El camarero giro la servilleta justo en el momento que ella salía por la puerta, escrito con una perfecta caligrafía, pudo leer una dirección y dos palabras que jamás pensó que escucharía decir a la detective: “No tardes”.

Al final tenía razón, y sería ella quien lo llevaría a la cama.

Jesús Cernuda

El silencio se paga: pacto de sangre

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: Mariola Díaz-Cano Arévalo

Género: Relato corto

Rating: + 18

Este relato es propiedad de Olga Ruiz. La ilustración es propiedad de Paloma Muñoz.

Quedan reservados todos los derechos de autor.

El silencio se paga: pacto de sangre.

En la planta novena de un edificio ubicado al norte de Madrid, dedicado a la gestión del grupo Trip Hotels Blue, la mañana del diez de febrero de 2017 va a determinar el futuro de varios hombres malos. Y el que avisa no es traidor.

Define malo:

Adjetivo. De valor negativo, falto de las cualidades que cabe atribuirle por su naturaleza, función o destino// nocivo para la salud//que se opone a la lógica o a la moral, de mala vida y comportamiento//desagradable, doloroso// dicho de una cosa deteriorada o estropeada// Inhábil, torpe, especialmente  dirigido a su profesión// desfavorable// coloquialmente malvado.

—¿Algún nombre propio?:

—Muchos. Por ejemplo, el señor J., mi cuñado.

—¿Qué piensas hacer?

—No lo sé, dame un whisky doble y por el camino lo pienso.

—Aquí lo tienes.

*****************

—Señor  J. Donaldson, acaba de llegar su cuñado. —Avisa por el intercomunicador la eficiente secretaria Marisa. Una mujer de rictus serio, cetrino, extremadamente pálida con la piel transparente que muestra el lado más terrible en las venas de las manos. Allí está la fiel secretaria portando cincuenta primaveras tristísimas al Servicio de la Compañía.

—Cinco minutos. Termino de preparar unos papeles —apunta con voz tranquila desde el otro lado del intercomunicador el señor J.

—Perfecto.  Bueno, ya le ha escuchado —indica la secretaria dirigiéndose al familiar para añadir con un tono más conciliador—: Espere ahí un momento. Si le apetece puede sentarse en ese sofá, señor Nobody.

Son las siete y cinco y se abre la puerta del despacho principal.

—Adelante, puede pasar ya.

—¿Qué tal? ¿ Cómo se encuentra hoy mi cuñado preferido? —dice el señor Donaldson—. Venga, pasa…

El cuñado está desaliñado y huele a tabaco, alcohol y sudor en una mezcla insoportable. Ese olor hediondo de los mendigos que llevan días sin lavarse. Aunque lleve una camisa de Armani y un traje de Valentino impecable su aspecto es inmundo.

—Me siento muy mal —confirma.

—Ya, ya te veo… ¿Pero qué te pasa? —pregunta el señor Donalson.

—¿Qué me pasa? ¿Qué me pasa? ¿Qué me pasa…? —grita in crescendo.

—¡Ey! ¡Ey! Relax… —El señor Donalson le invita a calmarse con un gesto de palmas hacia el suelo y una sonrisa. Añade—: Con esa pinta no puedes ir a casa. Menuda se pondría mi hermana. Además, ahora mismo te pasas por el hotel del grupo, duermes, te aseas, te afeitas y vuelves a casa como si hoy hubiéramos estado todo el día juntos. Yo te cubro. Que para eso somos cuñados. Venga, arriba ese corazón y esa cabeza. —Anima a su cuñado dándole palmaditas en el hombro izquierdo y apretándole la mano con firmeza—: Pero, macho, ¿por qué estás así?

—Han reabierto el caso. Han aparecido nuevas pruebas. Creo que la Guardia Civil me está pinchando el teléfono. Me vigilan.

—Pero ¿de qué hablas? ¿Estás neurótico o qué?

—No, no estoy neurótico. Estoy agotado. No puedo quitarme toda esta mierda de la cabeza.

—Venga, hombre del norte. ¿Qué coño te está pasando? Tú eres el señor Nobody, no existes. ¿Sabes? No tengo que recordarte nada. Nobody else, nobody knows, nobody cares.

—Aquello fue una mierda. No estuvo bien. No tenía que haber participado en la barbarie.

—Oye, venga, ya, tío, ¡cállate! —le grita—. Este no es el sitio ni la hora. Estás empezando a preocuparme. Hay que mantener el pico cerrado. Tú deberías saberlo. No me comprometas, ¿eh?

El señor J. maneja perfectamente las situaciones de estrés, se levanta, se acerca al mueble bar y retira un vaso con hielos para servirse un café solo. A continuación saca un cigarrillo y lo enciende.

—¿Quieres uno? —Le ofrece.

—No, gracias. Estoy saturado de nicotina. He fumado más en este mes que en el último año —dice el cuñado, y con bastante enojo le reprocha—: Tú estás muy tranquilo… Tú sí. Siempre estás tranquilo. Controlando toda la situación.

—No me jodas. ¿Pero a ti qué te pasa?

—Los avances científicos han mejorado las técnicas de identificación por huella. No teníamos que haber dejado los guantes allí. Todos los tiramos encima de las chicas. Me han filtrado que están trabajando con ellos en Criminalística. Que a través de un pequeño fragmento incrustado en la parte interior de los guantes pueden identificarnos a todos. Nuestras huellas palmares ensangrentadas también están en las puertas, en las sillas, por todas partes del escenario del crimen. Sin contar el ADN. Están usando otra vez cámaras de alta resolución con no se qué productos químicos. Se lo llevaron todo. Tú lo sabes… Puertas, mesas, sillas, hay huellas por todas partes.

—¿Pero de qué coño hablas?

—Eres un cacho cabrón. Un cacho cabrón hijo de puta. Si tus empleados supieran lo que has hecho, si supieran quién eres realmente, te vomitarían en la cara. Y tu mujer, y tus encantadoras hijas.

—Y cállate ya que me estás poniendo negro.

El acaudalado empresario se acerca al cuñado y le propina un puñetazo en la cara, más o menos entre el pómulo derecho y el labio. El cuñado aterriza en el sofá de cuero azul. Le mira aterrorizado. Siente el miedo. Siente la ira del asesino, pero saca una pequeña sonrisa maliciosa y se dirige nuevamente a él.

—No me vas a acobardar… ya no.

—Mira, macho… —El señor J. se sienta a su lado, y en tono conciliador le dice—:  Aquello fue en un invernadero. Tú deberías saber ya que aunque las huellas permanecen en el tiempo, las condiciones medioambientales determinan su grado de conservación. La cresta en la humedad se expande y se pierde información. Deberías estar tranquilo. Y callado. El poder y el silencio se pagan. Deberías saberlo. 

Ilustración de Paloma Muñoz

—No. No lo sabía cuando llegué a esta familia. Yo era un hombre de pueblo, un tío normal y feliz con sus galgos y su ganado. Y me has convertido en una marioneta de tu empresa. No estoy tranquilo. Todo me supera.

—¡Venga ya! ¡Vas a comparar tu vida de mierda con la vida que tienes ahora! Puedes viajar todo lo que quieras, tienes a tu disposición todas las putas que quieras, tienes dinero, hoteles, coches, motos, casas por medio mundo, amigos, y la seguridad del poder. Ahora ya perteneces a un clan donde nos ayudamos y nos protegemos todos. Nunca lo olvides.

—Pero es que han vuelto a interrogarme. Han vuelto. Y han salido en las noticias nuevas pruebas. La sargento Juanito no para de salir en las noticias apuntando el tema de las huellas, que si hay muchísimas, que si todos los muertos hablan, que si su equipo está procesando nuevamente los datos y cotejándolos con las nuevas bases del SAID (un sistema automático de identificación dactilar). Y un tal sargento Domínguez, que asegura que se conseguirá la reconstrucción total de las huellas de las chicas. Y otro tal brigada Raúl que trabaja con los objetos y lo coteja con las palmares.

—No tienen ni idea. La Guardia Civil sabe que no hay nada de dónde tirar. Ninguno de nosotros está en su base de datos. No somos delincuentes. Por eso queman los cartuchos e intentan cerrar el cerco y lo publican en la prensa, para acojonar, para que alguno se vaya de la lengua, pero nadie se va a ir de la lengua. Estate seguro.

—Y eso del tratado Prum… Comparten huellas con otros catorce países…

—Ya está bien. Le das demasiadas vueltas a las cosas. Relájate ya de una puta vez.

—No estuvo bien. Cada vez que veo a mis hijas me acuerdo de aquello. De aquellas dos chicas, de lo que les hicimos. No era necesario.

—Sí, sí lo era. Era una prueba de lealtad. Era una prueba para que tú hicieras lo que nosotros te dijimos. Para que lo hicieras, sin rechistar. Para saber hasta dónde podrías llegar para estar a nuestro lado. Las chicas fueron daños colaterales. Hay miles de chicas.

—Sí, pero eran chicas normales, como tus hijas, con toda una vida por delante.

—No digas majaderías. Eran unas pequeñas delincuentes. Carne de cañón. Carnaza de embarazos prematuros y vida entre drogas y churumbeles.

—Ya nunca lo sabremos.

—Oye, de verdad, o te callas de una vez o voy a tener que tomar medidas.

Entonces el señor J. se levanta, se dirige a su mesa de trabajo, pulsa el intercomunicador y dice:

—Marisa, por favor, dígale al doctor Perezuela, de la Clínica Mistral, el responsable de la vigilancia de la salud de nuestra empresa, que tengo una urgencia código 1, y que tiene que venir lo más rápido posible con el equipo.

Al otro lado se escucha:

—De acuerdo. Ahora mismo le digo que venga.

El señor J. se dirige a su cuñado, se pone a su altura, le mira a la cara y con cierto aire paternal le comenta:

—Mira, en serio, no estás bien. No puedes estar diciendo tantas tonterías a estas horas de la mañana. Te inventas cosas, te estás empezando a volver loco…

—No, no me invento nada. Tú sabes que no.

—De acuerdo. Vamos a hacer una cosa. Ahora cuando llegue el doctor Perezuela, te vas a ir con él unos días, a su casa, al campo, a respirar aire puro, ¿de acuerdo? Y después, a la vuelta, ya veremos si cursamos una baja laboral o seguimos adelante con tu internamiento.

—¿A mí?

—Sí, a ti. Es por tu bien —puntualiza el señor J.—. No debes hablar con nadie. No debes hablar simplemente…

El hombre delgado, el señor Nobody, casi cadavérico, se levanta, se quita la chaqueta, se remanga, se afloja aún más el nudo de la corbata, se desabrocha los dos botones superiores de la camisa, comienza a sudar, un sudor frío, un sudor de mierda que le corta la nuca… Algo va mal. Y apunta:

—Esto no es lo que esperaba de ti. ¿Me vas a internar en un manicomio? ¿En serio?

—Sí. No cabe otra… O eso, o te tiras ahora mismo por la ventana. O puede que mañana aparezcas muerto en tu Porsche descapotable por sobredosis. Pero no podemos permitir que un panoli como tú nos denuncie a todos. Porque eres un flojo de mente y de corazón. Y me avergüenzo. No debería haber contado contigo. No tienes cojones.

—¿Puedo irme? Necesito respirar, me ahogo —pregunta el señor Nobody dirigiéndose a la puerta. Entonces el gran hombre se interpone en su camino y le frena en seco.

—No. De aquí ya no sales a no ser acompañado y bajo supervisión médica. Siéntate en el sofá, abre las piernas, coloca la cabeza entre ellas, respira. Y si te mareas, túmbate.

—Pareces una buena persona pero eres un monstruo —bufa el señor Nobody y recula hacia el sofá nuevamente. Muy triste, con la mirada perdida en el gran ventanal desde la que se divisa todo Madrid añade—: Todavía puedo verte devorando los dedos de los pies de esas chicas, uno a uno, mientras lloraban desesperadas y gritaban de dolor, todavía vivas. Las chicas de Socuellamos, ¿lo recuerdas? Y a tu gran amigo, el Perezuela, arrancándole los pezones, y a todos los bárbaros destrozándolas por dentro y por fuera. De eso no me voy a olvidar nunca.

—No sé qué te has tomado, de verdad, cabrón, pero deja de decir todas esas gilipolleces o te daré otro puñetazo.

—Voy al baño, necesito lavarme la cara.

—Sí, por supuesto, pasa aquí, al aseo, y si quieres, en la estantería hay un poco de coca. Creo que necesitas relajarte. Tómate una rayita.

Entonces, el flojo, el débil, el poca cosa, el señor Nobody se arrastra hacia ese minúsculo cubículo llamado aseo, se mira en el espejo, observa lo poco que queda de aquel hombre que fue, no puede ni sonreír a su reflejo, saca su teléfono móvil Samsung S7 y pulsa la tecla roja con un cuadrado negro. Stop. Y para la grabación. Acto seguido la comparte en su Facebook. Millones de usuarios en red la escuchan y la comparten. Su mujer, sus hijas, sus amigos, sus empleados, todos perplejos.

Y después, después abre la ventana de aquel aseo minimalista y se tira al vacío.

*********

*Esta historia es pura ficción. Cualquier coincidencia con la realidad será un despropósito del  azar.

Olga Ruiz Trinidad.

Crimen Imperfecto

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Poesía

Rating: Adultos

Este relato es propiedad de Milagros Morales García. La ilustración es propiedad de Daniel Calamargo. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Crimen imperfecto.

Ilustración de Daniel Camargo

Sentí el filo penetrante de la indiferencia
en mi carne
y me desangré en silencios
lacerantes y oscuros,
sin comprender el por qué
de tu daga.

Cuando moría, lentamente
recordaba tus besos
mientras te retirabas exultante.

Pero tu crimen ha sido imperfecto
porque no han podido
con mi alma
y en ella grabadas quedan para siempre
tus pérfidas huellas.

Milagros Morales García

La amenaza del pasado

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: Mariola Díaz-Cano Arévalo

Género: Negro

Rating: Adultos

Este relato es propiedad de Rosy martínez. Las ilustraciones son propiedad de Rosa García. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La amenaza del pasado.

Observó la pizarra con detenimiento, veintiséis fotos estaban allí colgadas, todas con imágenes exactamente iguales, pero con distintas protagonistas.

No había un patrón declarado en referencia a las víctimas, no tenían nada en común, eran de diferente raza, edad, color de pelo y ojos. Había mujeres de complexión fuerte y delgada.

Tras repasar esas veintiséis fotos, alargó la mano hasta el escritorio y abrió el primer cajón. Sin mirar localizó enseguida lo que buscaba. Sacó una carpeta marrón y lo cerró. Con la carpeta entre las manos volvió a contemplarlas.

Abrió la carpeta, arrancó una foto que se encontraba grapada a un solitario folio y se puso en pie. Tiró con desdén la carpeta sobre el escritorio, sin importarle lo más mínimo dónde caía, y colocó la foto al lado de las anteriores.

El cuerpo estaba situado en la misma posición que los otros, boca abajo, desnudo, con la cabeza apoyada en el asfalto y el pelo completamente retirado del rostro, que dejaba ver perfectamente su expresión de horror. La forense había sido muy clara. Todas las víctimas seguían vivas cuando él o la asesina las habían abandonado, los labios estaban pintados con la sangre de sus propias heridas. La única diferencia entre las víctimas era la situación de la firma.

Ilustración de Rosa García

Lo habían apodado el Asesino del Abecedario, porque en cada una de sus víctimas había dejado como firma una letra del mismo, pero en dieciséis cuerpos había colocado las letras en la espalda, no en el rostro. Además, había repetido letras. Habían buscado conexiones entre las víctimas que contaban con las mismas letras, pero había sido en vano.

Eran cincuenta años arrastrando aquel caso y veintiséis cuerpos a sus espaldas que la estaban volviendo loca. Hacía apenas tres días se había descubierto el número veintisiete, que en realidad era el primero, algo que no encajaba, pues la fecha límite se suponía que era ese mismo día.

Los crímenes se habían sucedido cada dos años en la misma fecha, como si quisieran impedir que llegase a olvidar ese caso. Algo innecesario, porque ella jamás podría olvidarlo.

Lo más extraño del cuerpo recién encontrado era que, pese a la descomposición, la letra en el cuerpo estaba escrita con sangre fresca y, según el informe que le habían dejado encima de la mesa unas horas antes, la sangre pertenecía a la víctima. Algo incomprensible, pues tras cincuenta años era imposible que existiera una gota de sangre del cuerpo. Entonces ¿cómo?

—¡Maldita sea! —Lanzó furiosa la foto al suelo y se giró mientras se tiraba del pelo frustrada.

Aquello no tenía ningún sentido. Sabía que ese primer crimen no había sido cometido por la misma persona que había llevado a cabo los veintiséis siguientes. También sabía que esa letra jamás había sido escrita en la espalda. Entonces ¿por qué sacar ese cuerpo a relucir ahora? Habían pasado cincuenta malditos años. ¿Cómo había podido burlarse de ella durante tanto tiempo?

Ilustración de Rosa García

Recogió el condenado informe de la forense y repasó lo escrito. Otra vez la letra “E” grabada. Alargó la mano hacia las quince carpetas apiladas en la derecha, el montón que se centraba en las víctimas que tenían la firma en la espalda.

Se sentó en la silla y volvió a repasarlas una por una. Cogió un trozo de papel y apuntó las letras sueltas. O, P, V, E, T, Y, É, R, I, O, M, A, R, S, P, E. Con paciencia se dispuso a ordenarlas de diferentes formas. Estaba segura de que tenían que tener un significado. Su instinto se lo decía a gritos.

Y había algo más que le gritaba con fuerza desde que apareció el primer cuerpo, pero había preferido ignorarlo. Sin embargo, ante ese hallazgo ya no podía seguir acallándolo por más tiempo.

Durante tres horas de reloj se pasó intentando encontrar algo coherente. En el último intento consiguió algo. Al escribir la última letra observó lo que decía y se quedó helada.

Una sacudida la obligó a levantarse con rapidez y observó a su alrededor. Estaba completamente sola en la comisaría. Buscó el reloj de la pared y descubrió que eran las cuatro y media de la noche.

Se sentó en la silla y se aferró a los apoyabrazos, tratando de decidir qué hacer. Tenía que buscar una maldita solución cuanto antes. No abandonaría la comisaría en todo el día y cuando tuviera que marcharse tendría que buscar la forma de ganar esa maldita partida.

—¿Quién? —susurró acercándose al ordenador y encendiéndolo.

Con prisa buscó un archivo que mantenía oculto y lo abrió. En la pantalla apareció una foto de un cuerpo en la misma posición que el resto, con una equis grabada en la mejilla derecha. Pasó de la foto y revisó todo lo escrito en ese informe, buscando algo, una mínima pista que se le hubiera pasado por alto. Pero no había nada, no existía ni un pequeño resquicio que quedara fuera de la ecuación. La víctima no tenía hijos, no tenía familiares, no había relación alguna, había sido escogida al puñetero azar. No había huellas, ADN, pelo, nada.

Todo parecía estudiado al dedillo, con una pulcritud exquisita, incluso hasta el lugar donde ocultar el cuerpo. Tanto era así que si no lo hubiesen desenterrado, posiblemente no lo habrían encontrado. Golpeó con el puño el escritorio y durante el resto del día permaneció en el despacho pensando.

Ilustración de Rosa García

Cuando el reloj dio las diez de la noche, recogió sus cosas y revisó su arma, comprobó su cargador y salió. Era hora de atar los cabos sueltos. Existía un testigo del crimen, que lo convertía en imperfecto, además de ser la causante de crear a un asesino en serie, y ahora era su deber subsanar ese error. Al cerrar la puerta, el pequeño trozo de papel voló cayendo al suelo, cerca de la foto de la primera víctima. En él rezaba el siguiente mensaje:

“Voy a por ti, espérame.”

Rosy Martínez

CSI

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector/a: 

Género: Ficción

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Paloma Muñoz. La ilustración es propiedad de José Vicente Santamaría. Quedan reservados todos los derechos de autor.

 CSI.

Luna Wald había dejado el servicio activo como comandante de naves interestelares y había regresado a la Tierra a vivir la buena vida que le ofrecía una propuesta surgida de los altos jefazos del CSI, o sea, el Cosmology Scientific Institute como consejera adjunta del staff del Instituto en cuestión.
Luna había aparcado su nave Astrea y se había llevado a su querido robot, Rusty 7464, a vivir cona ella.
Había tomado una sabia decisión.
Después de la trepidante aventura con la que alcanzó una fama cosmológica y sideral (nunca mejor dicho) decidió cambiar de aires, cambiar de vida, y tomarse un descanso bien merecido.
El descanso se prolongó y Luna tuvo una interesante y productiva charla con su jefe, el general McConanghey, de nombre Avitzedek, tan sencillo y fácil de pronunciar como el apellido.
En la charla estaba también presente –entre otros– el doctor Armstrong, director científico de la última misión de Luna.
Llegaron a un acuerdo y Luna sería relevada de su responsabilidad como comandante y entraría a formar parte del equipo del CSI.
El Instituto se hallaba en un imponente edificio acristalado de forma circular de 101 plantas desde el que se dominaba todo el skyline de Megalópolis.

Ilustración de José Vicente Santamaría

En su despacho amplio y espacioso, Rusty se afanaba por ordenar unos volúmenes muy preciados para Luna.
Formaban parte de su equipaje profesional y sentimental.
Eran las incidencias de su viaje a Nibiru.
Todo lo acontecido. Y como regalo especial para ella y para el robot Rusty, los responsables de la misión habían decidido crear en papel la aventura espacial que había finalizado con éxito al rescatar a los comandantes Carter y Popovich.
Hay que decir que Luna y Carter habían vivido una corta pero apasionada relación y que eso había puesto muy celoso a Rusty.
No tragaba al comandante Carter ni en pintura.
Siempre le había caído fatal.
A Luna le daba mucho la lata, y no porque el pobre Rusty pareciera un bote de espinacas, sino porque le decía que Carter era un capullo narcisista y soplagaitas.
Al final rompieron su relación y cada uno por su lado, lo que alegró mucho a Rusty.
Pero Rusty no era tonto. Sabía que más tarde o más temprano encontraría a un hombre digno de ella y él se quedaría para servirles el té y anunciarles las visitas.
A Luna le encantaba una vieja, viejísima serie de televisión; una antigualla que precisamente se llamaba   CSI como el instituto para el que trabajaba.
En concreto, le molaba mucho el jefe de los investigadores del Laboratorio Criminalístico, un tal Gil Grissom que, según Rusty, andaba arrastrando las piernas, que encima tenía arqueadas.
El caso era dar por saco con los hombres que le interesaban a Luna.
En una pantalla reluciente, Luna disfrutaba de uno de sus episodios favoritos de la serie CSI.
En ese episodio, Grissom tenía su primer encuentro con lady Heather, una exuberante y misteriosa mujer que regenta un club de sadomaso.
A Luna siempre le había gustado mucho más Lady Heather que la desgarbada Sara Siddel.
Enseguida hubo química entre ambos, y eso le encantaba a Luna porque en el capítulo titulado: ‘Esclavas de Las Vegas’, Grissom y lady Heather se miraban de una forma muy especial.
― Siempre pensé que el Grissom y la Lady Heather se enrollarían a tope en la serie.
― Yo también. Menudo morbazo que tiene la señora esa con el top negro y esa cara de vicio…
Rusty colocó la taza de café de Luna sobre la mesita.
― ¡Qué mal me sentó que volviera con la dentona de la Siddel! Exclamó Luna, sorbiendo un poco del delicioso café que le había preparado Rusty.
― A mí también, la verdad. El Grissom me decepcionó mucho. No solo me decepcionó, es que pensé en ese momento que era un gilipollas.
― Fíjate, Rusty, que entre los dos podrían haber terminado con muchos crímenes imperfectos ¿no crees?
― ¿Por qué crímenes imperfectos?
― Pues porque crimen perfecto no hay ninguno.
― Yo sí que podría cometer un crimen perfecto.
Luna miró a Rusty con los ojos muy abiertos.
― ¿Tú? ¿Y cómo?
― Bueno, no voy a entrar en detalles, pero me cargaría perfectamente a la ‹‹pataslargas›› de la Siddel. Hay muchas maneras de cometer un crimen perfecto, aunque sea  con técnicas imperfectas.
― ¿Y por qué no un crimen imperfecto con técnicas perfectas?
― Porque entonces no sería un crimen perfecto.
Rusty parecía estar un poco impaciente por acabar la conversación ya que estaba loco por ver aparecer en la pantalla a Lady Heather.
― ¿Y no vas a hablarme de algunas de esas técnicas perfectas?
― No. Ahora vamos a ver a lady Heather y al Grissom, que echan chispas en la pantalla.
Luna tomó el mando, paró la imagen, se levantó y encendió unas velas.
― Es para dar más ambiente.
― Justo lo que yo estaba pensando. Seguro que te gustaría ver el episodio con un tipo como el Grissom.
― ¿Y a ti no te gustaría verlo con alguien como lady Heather?
― Oye, no vamos a empezar otra vez. ¡Mira, mira, cómo baja las escaleras para abrir la puerta! ¡Qué pedazo de tía!
Lady Heather, de negro, le echa un vistazo a Gil Grissom.
La atmósfera se transforma.

Nota de la autora:
Los principales personajes de esta historia, Luna Wald y el Robot Rusty 7464, aparecen en el relato Huida de Nibiru de la 10 convocatoria de Surcando Ediciona.

Paloma Muñoz
23 enero 2017

El rebaño mal avenido

Autor@: 

Ilustrador@: Jordi Ponce Perez

Corrector/a: Mariola Díaz-Cano Arévalo

Género: Poesia

Rating: Adultos

Este relato es propiedad de Ainhoa Ollero Naval. La ilustración es propiedad de Jordi Ponce Perez. Quedan reservados todos los derechos de autor.

El rebaño mal avenido.

Ilustración de Jordi Ponce

Las ovejas blancas afilaron las garras
sobre alfombras de papel de lija
y cimientos de prejuicios,
ensayaron dentelladas asesinas
en campos de tiro escondidos,
en universos paralelos,
en medios de comunicación,
en misas de gallo, en corrillos.
Inventaron, con la productividad
inagotable de mentes calenturientas
con las neuronas encerradas al vacío,
argumentos para autojustificarse,
indultándose del genocidio.
Rezaron a la supervivencia
de las buenas costumbres,
al sentido común,
al bien de la especie,
a la economía de libre mercado,
santa y mil veces santa
por poner cada cosa en su sitio,
ahorrando decisiones complicadas
a sus lindos borreguitos que,
por siempre libres de pecado,
mirarán con empañados ojos limpios.

Las ovejas blancas, en violento rebaño,
montaron una batida en el prado,
olisquearon, ávidas, el rastro,
de la congénere enemiga,
de esa que osaba distinguirse,
mirar hacia arriba además de
pacer hierba de praderas lejanas,
saltar, a veces, un poco más alto
en busca de brotes tiernos
de trébol de cuatro hojas,
de nubes en forma de corderito
a las que perseguir en sueños
dejando volar los pájaros sobre su cabeza
de mirada despierta y oscuros rizos,
dejando escapar, en susurros,
la promesa de viajar en un triste balido.

Nunca pensó en esconderse
porque ese era también su sitio,
pero al verlas llegar de lejos
no pudo evitar lamentar
lo trágico de su destino
que iban a segar con guadañas,
con acusaciones falsas,
con suspicaces delirios.
La pequeña oveja negra,
en su incomprendida soledad,
esperó a sus hermanitas blancas
que desfilaban a paso ligero
como el más profesional ejército,
con las garras preparadas,
con los caninos rechinando,
con la fuerza de un huracán colectivo
que habría de barrerla bien lejos.
Intentó plantarles cara,
diciéndoles que no tenía miedo.
Y ellas, sordas, ciegas, mudas,
consumaron eficientes
su horrible crimen imperfecto.

Quedó el mudo testigo escondido
detrás de las alambradas que,
salpicadas de sangre,
contendrían los enfrentamientos.
Quedó alguien que un día osaría hablar,
huyendo del juicio colectivo,
con las tripas en la mano
y el corazón, medio muerto,
ahogando un fugaz suspiro.
Quedó la mirada de culpa
de una infeliz oveja blanca
que nunca entendió qué tramaban
sus despiadadas hermanas
pero que, por supervivencia,
nunca contaría nada.
Quedaron los balidos de agonía al viento,
quedaron las huellas de metralla
en la tapia del cementerio.
Quedó una piel de oveja negra
que nos protegerá del frío
de nuestros crudos inviernos.

Ainhoa Ollero Naval

Crimen en el bosque

Autor@: Raquel Bonilla Santander

Ilustrador@: 

Corrector@: Mariola Díaz-Cano

Género: Micro relato

Rating: Infantil

Este relato es propiedad de Raquel Bonilla. La ilustración es propiedad de Ana Carmen Kummerow. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Crimen en el bosque. 

Aquella mañana se iba a celebrar una gran fiesta para dar la bienvenida a la primavera en el bosque. Miles de guirnaldas de colores estaban preparadas para decorar todos los árboles del bosque; los ruiseñores calentaban sus voces para entonar las más bonitas melodías y los topos y conejos recogían los últimos frutos secos para la merienda.

La fiesta de la primavera es uno de los momentos más importantes en el bosque, los animales salen de su letargo y las flores nacen con fuerza y color para dejar el más puro de los aromas.

Fue Mika la ardilla la que dio el primer aviso. Entre espasmos y voz entre cortada dijo a los habitantes del bosque que unas grandes máquinas amarillas se acercaban hacia ellos.

No tardaron en oír el estruendo y todos huyeron despavoridos  a buscar refugio. Nadie se atrevía a salir, solo se oían ruidos y un humo negro se apoderaba del bosque.

Estaba ya anocheciendo cuando el ruido cesó y los animales pudieron salir de nuevo.

Fue en ese momento cuando la tristeza y la impotencia se adueñó del bosque. Todos los árboles habían sido talados. Las ardillas no podrían subir a los arboles a por alimento, los pájaros habían perdido sus nidos, no tendrían sombra en verano…. ¡Era horrible!  ¡El más espantoso de los sucesos!.

¿Pero quién?, ¿por qué?, ¿para qué? …..

Todos se hacían preguntas entre sollozos, pero fue Rino el zorro más valiente del bosque quien decidió buscar respuestas.

Formó un grupo de animales fuertes y rápidos dispuestos a seguir las pistas que les llevasen hasta los que habían destrozado el bosque. Juntos olfatearon el rastro de todos los objetos que se habían dejado en la zona del desastre.

Anduvieron durante horas pero finalmente llegaron hasta ellos. El piar de el pequeño Coti, un alegre canario que se había quedado en su nido, les terminó de dar la última pista.

Allí estaban, unos hombres con grúas y un montón de herramientas. Los animales observaron muy tristes cómo montaban los troncos de sus amigos los árboles en una camioneta. Oyeron cómo iban dispuestos a vendérselos a un hombre que fabricaba muebles en su casa.

Ilustración de Ana Carmen Kummerow

Los animales no podían dejar que aquellos hombres se salieran con la suya y ganaran dinero sucio.

Se unieron formando un gran círculo que los dejó en el centro. Aullaron, piaron y ladraron durante un largo tiempo hasta llamar la atención de todos los habitantes del pueblo más cercano.

Estos no tardaron en llegar y ver lo que estaba pasando. Se enfadaron muchísimo porque les habían destrozado su bonito bosque  que ellos tanto cuidaban.

Los echaron de allí esperando no volverlos a ver nunca más.

Aquel año la bienvenida de la primavera no fue feliz, pero entre todos se encargaron de que nunca jamás ese crimen volviera a ocurrir en sus bosques.

Fin

Raquel Bonilla Santander

Crimen Imperfecto

Autor@: 

Ilustrador@: 

Correctora: Mariola Díaz-Cano

Género: Fantasía urbana

Rating: +13

Este relato es propiedad de Olga Besolí. La ilustración es propiedad de Carolina Cohen Polanco. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Crimen Imperfecto.

Te creías que habías cometido el crimen perfecto, ¿verdad? ¡Pues casi! Pero no. Te quedaste a las puertas y de poco que lo consigues, pero, ya ves, como es evidente no te has salido con la tuya, al menos no totalmente. ¡Pasaste un gran detalle por alto! Y, por suerte o desgracia, en esta vida la justicia sí que existe y se cierne sobre todos nosotros sin piedad para otorgarnos lo que nos merecemos. Sí, tú ríete todo lo que quieras. Por supuesto que me merezco de sobra el haber terminado en este estado, no lo niego. No soy un ángel ni lo he sido nunca. Y la verdad es que, mirado bien, mi estado tampoco es tan lastimoso. De momento sigo aquí. Pero tú… oh… tú te mereces lo peor, porque eres el ser más despreciable y mezquino que ha pisado la faz de la tierra; un maldito lobo con piel de corderito. Lo que me has hecho merece el castigo más cruel que exista y yo voy a procurar dártelo.

Y si te preguntas si voy a matarte, te diré que no, no pienso hacerlo. Además, no puedo. Soy incapaz de coger un arma y apuntarte con ella, pero eso es lo de menos: hay otros modos de morir, y así, a bote pronto, se me ocurre… a ver… el suicidio. ¿Cómo vas de ánimos últimamente? Sí, claro, hasta hace unas horas divinamente, supongo, pensando en disfrutar de tu botín. Pero seguro que ahora lo ves todo un poquito más negro. ¿Me equivoco? Ay, es tan fácil caer en la depresión y, en un momento de locura transitoria, quitarse uno la vida… Eso podría pasarle a cualquiera, ¿por qué no a ti? ¡Ah! Ya me lo imaginaba. Todavía no te sientes preparado, ¿verdad? Aún veo un rayo de esperanza en tus ojos… ¡Ay, esos ojos de perdición! ¿Es posible que pienses que esto acabará de un momento a otro? ¿De verdad crees que yo me esfumaré sin más y te dejaré tranquilo? Supongo que también estarás convencido de que llegará un día en que te reirás de lo ocurrido, ¿no? ¡A eso lo llamo yo optimismo! Pues créeme si te digo que ese día no va a llegar nunca. No hay forma humana de deshacerse de mí… otra vez.

De momento, tu nuevo intento de librarte de mí de hace una hora —y tengo que anunciarte que tu recién adquirido hábito empieza a irritarme— te ha llevado a un callejón sin salida, encerrado en esta habitación, nuestra habitación, conmigo y sin una escapatoria posible. ¿Cómo se te ocurrió tirar la llave por la ventana? ¿Es que acaso crees que una puerta cerrada es un obstáculo para mí ahora? ¿Quieres huir de mí definitivamente? ¡Pues salta por esa ventana y sigue la caída de tus llaves! ¡Bah! No seas miedica, son sólo unos pocos metros de agonía y, cuando te estrelles contra el suelo, te prometo que será tan rápido que casi ni te dolerá. Es mucho mejor que morir ahogado lentamente, ¿no crees?

¿Y ahora qué haces? ¿Qué, vas a dispararme? Claro que entiendo tu desesperación. He llegado demasiado pronto y sin avisar. ¡Qué poca educación la mía, presentarme así, de sopetón! ¡Aish! ¡Pobrecito mío! ¿No te he dejado tiempo suficiente para disfrutar plenamente de todo lo que la ley dice que ahora te pertenece? ¡Oh! ¡Pues quizás es porque no te lo mereces! ¡Nada de todo esto es tuyo, sino mío! Yo conseguí todo lo que ves a tu alrededor. Y lo peor de todo es que no dudé en compartirlo contigo. Sí, perdí la cabeza por ti. Fui más generosa contigo que con nadie en este mundo. Pero tú lo querías todo para ti solo, ¿no? No tenías suficiente con lo que yo te daba, las compras, los regalos, las tarjetas, los viajes… No, querías disfrutar de todo esto sin necesidad de aguantarme, ¿verdad? ¿Por qué no dices nada ahora, eh?  ¡Yo te quería! Sí, oyes bien. ¿Y así me lo hiciste pagar? ¿Matándome? ¡Eres un gran hijo de p…! ¡Eso, sí, venga, vacía todo el cargador! ¡Y dale con la manía! ¿Qué pretendes con eso, destrozar todos los muebles? ¡Entérate, no puedes matarme otra vez!  ¡Ya tuviste tu crimen perfecto! Pero, mira por donde, te salí rana. Sigo aquí… ¿Ya está? ¿Ya has terminado el numerito? ¿Ya no hay más balas? No te habrás reservado ninguna para ti, ¿verdad? ¡Lástima! Porque ahora que ya no puedes volarte la tapa de los sesos de un tiro no te queda más remedio que sentarte y escucharme. Y tengo mucho que decirte…

Estabas avisado. Te lo dije. Un millón de veces. No es nada que en mi familia se haya mantenido oculto. Pero tú, con tu juventud, tu arrogancia —y, por supuesto, tu estupidez, que no te contraté precisamente por listo, sino por guapo—, no me escuchabas —o no quisiste entenderme— cuando te contaba que mi abuela fue una médium famosa en sus tiempos, y que yo, al igual que mi madre, heredé su don, que de niña veía muertos y me comunicaba con el más allá. ¡Estúpido! Si lo hubieses tenido en cuenta ahora no nos encontraríamos en esta situación. Porque, ¡mira tú por dónde!, resulta que tampoco tengo ningún problema en comunicarme con el más acá ahora que estoy en el más allá gracias a tu empujoncito a las preciosas cataratas del Iguazú. Que vaya poca vergüenza que tienes. ¡Lanzarme a mí al vacío de esa manera el primer día de luna de miel! Que podías haberme dado, aunque solo fuera por compasión, una noche de amor apasionado en Argentina, que para eso te pagué el viaje enterito y la estancia en la suite nupcial del hotel. Que me enviaste al otro lado con las ganas. Pero ya que no tuve ocasión de una noche de bodas, viudo mío, tampoco tú vas a tener una noche de descanso después de matarme y heredar todo mi patrimonio, que veo que ya has empezado a lapidar.

¿Cuánto dinero gastaste con el forense para convencerlo de que pusiera las palabras resbalón accidental bien grande en el informe de mi muerte? No me pongas esa cara de sorprendido, que aunque en ese instante no estaba presente —para tu información me encontraba debajo del agua, y demasiado tenía ya con verme toda ahogada y aceptar que estaba muerta y fuera de mi cuerpo—, no nací ayer y conozco de lejos el poder de los sobornos, que para algo me metí en política. ¿Y qué les dijiste a todos los demás para que firmaran como testigos? ¿Que a la pobre ancianita que llevabas del brazo le fallaron las piernas y que no pudiste sostenerla? ¿Hiciste una buena actuación? ¿Les lloraste y les miraste con esos ojitos tuyos de no haber roto nunca un plato? Y, cuéntame, ¿qué les dijiste que eras, un familiar, quizás, puede que mi nieto? ¿No les contaste la verdad, que eras mi recién estrenado marido? Doy por sentado que no, aunque dudo si por vergüenza o por no levantar sospechas innecesarias ¿Tuviste que untarlos, también, a ellos? Como si no, ibas a salirte de rositas, matándome a plena luz del día en un lugar atestado de turistas. ¡El dinero lo consigue todo! Eso lo aprendiste rápido de mí. Con dinero te compré yo a ti a base de regalos y agasajos. ¡Todos tenemos un precio, cariño! Y, mira tú por dónde, que hubo un tiempo absurdo en el que creí ver en ti algo que no se compra con dinero. Fuiste mi acompañante especial, mi favorito. Creí en ti… pero tú, como recompensa, me has llevado a la tumba. ¡Qué estúpido por mi parte! Has sido mi único error y me has costado la vida. ¡Traidor! Pero no toda la culpa es tuya. Debería haberme dado cuenta. Debería haber abierto los ojos ante la evidencia: que treinta años de diferencia son muchos y que un chaval joven y guapo como tú no ve en una mujer madura y rica como yo sino el poder, el dinero, la fama o las tres juntas. Nunca debí enamorarme de ti; tenía que haberte mantenido solamente como un capricho caro, mi juguete personal desechable, de usar y tirar a gusto. ¡Pero tú fuiste el responsable! ¡Oh, sí! Tú me empujaste. Yo no caí sola al precipicio. Tú me llevaste hasta el borde, me incitaste a intimar, a contarte mi vida. Tú me cerraste los ojos y me obligaste a bajar la guardia con mentiras hasta que acabé en tus manos. ¡Por Dios, si hasta te conté mis secretos más íntimos! ¡Eres la única persona en el mundo que sabe cómo amasé mi gran fortuna gracias al terrible accidente que se cobró la vida de mi desgraciado primer marido, el barón, que en paz descanse! Y mira tú qué ironía. ¡Quién iba a pensar qué ibas a ser tan ruin como para utilizar el mismo método conmigo!

Pero ¿sabes?, hay una diferencia bien grande entre lo tuyo y lo mío. Lo mío fue un crimen perfecto —mi marido era un vejestorio sin alma, un ser anodino, insensible y tremendamente obtuso y, por lo tanto, con un espíritu incapaz de llegar a ningún lado— y lo tuyo ha sido más bien una chapuza. ¡Oh, sí! Un crimen perfecto hablando técnicamente —¿o debería decir terrenalmente? —, pero un fiasco si tenemos en cuenta la razón por la que me mataste, que no era otra que deshacerte de mí y disfrutar de todo lo mío: mis propiedades, mi fortuna y del estatus que proporciona el título de barón, del que no eres merecedor en absoluto. Pero sigo aquí… y tus objetivos ni se han cumplido ni se van a cumplir.

¡Oh, vamos! ¡Ni se te ocurra ir por esos derroteros! ¡No me vengas de arrepentido ahora, porque ya no me creo ninguna de tus palabras! Que aunque te he querido —y mucho, tengo que admitir—, te aseguro que mi amor se ha enfriado bastante después de morirme en las turbulentas aguas de la cascada ¿Sabes lo que se siente cuando te ves arrastrada por la corriente contra las rocas? ¿Sabes lo agónico que es querer respirar y no poder? ¡Oye, perdona, que es mi cuerpo el que yace irrecuperable en el fondo del agua por siempre jamás! ¡Y soy yo la que puede que acabe devorada por los peces! Así que no me vengas con esas, que yo no salté, fuiste tú quien traspasó la barrera y me empujó al abismo ¡Es por tu culpa que nos encontramos en esta situación!

¡Eso, tú ríete! ¿Se puede saber qué narices encuentras tan gracioso? ¿Que esta es qué? ¿Nuestra primera pelea de enamorados? ¡Genial! ¡Y ahora me sales con esas! Todavía piensas que vas a salir airoso de esta usando tu gracia y tu palique como en Argentina, ¿verdad? No podrás. Ni hoy, ni mañana, ni nunca. Te lo voy a explicar muy clarito para que lo entiendas y borres esa estúpida sonrisa de tu cara. Así que atiende. Tratar con un muerto no es tan fácil como hacerlo con un vivo. Los muertos no dormimos, ni tenemos hambre, ni la necesidad de ir al aseo. Los muertos no nos cansamos, ni sentimos debilidad o frío. Y no somos sobornables. Vas a tenerme a tu lado, todos y cada uno de los instantes de tu, a partir de ahora, mísera vida, hablándote cuando pretendas descansar, mortificándote a cada minuto hasta que quieras deshacerte de tu espantosa existencia, avasallándote día y noche hasta que abraces la locura, amargándote con mi presencia tanto en soledad como en compañía hasta que decidas arrancarte los ojos y desees no tener oídos, y reprochándote la cabronada que me has hecho las veces que haga falta hasta que revientes.

No puedes pararme, nada puede. No hay pared, puerta o materia que no pueda traspasar; no hay obstáculo que me impida el paso. No importa donde vayas, te seguiré. El tiempo no discurre de igual forma a este lado. En un segundo puedo aparecer donde quiera y cuando quiera. Por tu culpa yo no estoy entre los vivos y tú dejarás de vivir. ¿Verdad que el hueco de la ventana ahora parece más tentador? ¿Verdad que te incita a saltar? ¡Mira tus llaves! Allí abajo, junto a ellas, estarás mucho mejor. ¡Es tu única salida, no hay otra escapatoria posible! ¿No quieres huir de mí, de mi presencia y acabar con esta tortura eterna de una vez por todas? Porque yo seguiré aquí, contigo, hasta el fin de los tiempos, hasta que lo que quede de ti solamente sea un despojo que no se asemeje en nada a lo que eres ahora. Y te aseguro que tengo todo el tiempo del mundo para conseguirlo.

Eso es. Siéntate en el borde. Deja de llorar, las lágrimas no solucionan nada. Vi que no derramabas ninguna en mi funeral. Y no, no acepto tus disculpas. Ahora que puedo moverme por las dependencias de la mansión sin ser vista ni oída he descubierto lo tuyo con la sirvienta ¡Tranquilo, no temas amor mío, que ya me ocuparé luego de ella! ¡Céntrate en lo tuyo! Sí, mira abajo. Ya sabes lo que hay que hacer, vas a darte ese empujoncito tú mismo… Eso es… Acércate más adelante… Inclínate… Respira hondo… Cierra los ojos y… salta… ¡Ahora!

Ilustración de Carolina Cohen

¡Bien hecho, cariño! No esperaba menos de ti. Y ahora que solamente eres un amasijo de sangre y huesos manchando mi jardín esperaré a que te despegues de tu cuerpo para recibirte con mis brazos amorosos. Porque… ¡Ups! ¿No te lo había comentado? ¡Qué cabeza la mía! Tengo una noticia para ti, que puede ser mala o peor, según te lo tomes. Resulta que si estando vivo has sido capaz de verme y oírme estando yo muerta, eso significa que también tienes un don, seguramente proveniente de tus ancestros cubanos. ¿No te pasaba, de niño, que veías sombras u oías voces? ¿No tuviste nunca contacto con algún allegado recientemente fallecido? Seguro que sí, aunque no lo recuerdes. Pero eso no es todo, no, hay mucho más. Porque ahora eres oficialmente un suicida. Y ya sabes lo que se comenta por ahí… que los suicidas no tienen cabida ni en el cielo ni en el infierno. Una pena, ¿no? ¿Ignorabas ese pequeño detalle, mi amor? Bueno, pues nada, en fin, que nos vemos al otro lado.

Olga Besolí

Enero 2017