El gato

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Género: Cuento
Rating: Todos los públicos
Este relato es propiedad de Inmaculada Ostos Sobrino. La ilustración es propiedad de Rafa Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor.

El gato.

Ilustración de Rafa Mir

Ilustración de Rafa Mir

—¡Apártate de ahí, so mema!
—¡De eso nada, no voy a consentir que le hagáis más daño! ¿Os gustaría que os apedrearan por diversión? ¡Pues a él tampoco!
—Es solo un bicho. ¡Quítate de ahí!
—¡No!
El muchacho se giró entonces buscando la mirada de su líder, este ladeó la cabeza en un gesto cómplice, y entonces el chico, mostrando una cínica sonrisa, lanzó la piedra con todas sus fuerzas. La chica cayó al suelo dolorida, le había alcanzado el hueso del hombro, y el impacto había sido tan fuerte que la había hecho caer, pero se levantó aguantando las lágrimas, y cogiéndose con la mano el hombro herido se volvió a plantar delante del gato y los miró desafiante.
El muchacho lanzó de nuevo y, esta vez, la piedra fue directa a la cabeza. A la muchacha solo le dio tiempo a alzar el brazo, pero de nuevo el dolor la hizo estremecerse y caer, esta vez incluso se le escapó un gemido mientras un hilo de sangre corría por su piel desnuda.
«¡La piedra tenía punta!», se sorprendió la chica. Y de nuevo se levantó y se interpuso entre el felino y la panda de salvajes. Tenía muchas ganas de llorar, pero no les iba a dar la satisfacción de verlo.
El lanzador miró de nuevo a su jefe con cara divertida. Este negó con la cabeza y observó atentamente a la muchacha que, jadeante, los miraba con furia sin apenas pestañear. Finalmente se adelantó hacia ella manteniéndole la mirada. Normalmente cuando hacía esto la gente solía bajar los ojos hacia el suelo, pero la chica no, esa chica lo miraba entre furiosa y aterrorizada, una mala combinación para iniciar una pelea, aunque en este caso ella estuviera en desventaja. Y además ahora se agachó para coger el gato y lo apretujó contra su pecho. El chico no supo por qué, pero algo en la tenacidad y el coraje de la muchacha hizo que sintiera admiración por aquel diminuto y delgaducho cuerpo. Así que acercándose de forma intimidatoria le dijo dando fin a la tortura:
—Esto no va a quedar así, enana. —Y dicho esto, hizo una seña a sus secuaces y todos se apiñaron a su alrededor. Mientras le daba la espalda el chico sonrió, desde luego que no tenía intención de hacerle daño, pero debía mantener su reputación frente al resto si quería que lo siguieran respetando. Y la pantomima funcionó, pues los chicos lo siguieron mientras dirigían a la chica carcajadas socarronas y miradas de superioridad.
Una vez desaparecida la banda del patio Clara se desplomó en el suelo con el gato aún aferrado a su pecho.
—Tranquilo, bonito, mientras yo esté aquí nada te pasará —le dijo, y por primera vez lo observó con atención.
El gato tenía una gran brecha en la cabeza, exactamente al lado de la oreja derecha, así que ella no se lo pensó y se lo llevó corriendo al único lugar en donde lo podrían aliviar. Al cabo de dos horas llegó a casa. Cuando su madre le abrió la puerta, Clara ni siquiera se molestó en esconder al gato.
—¿Tenemos un nuevo miembro en la familia?
—Solo hasta que mejore.
—Bueno, ya que hemos pagado la factura deberíamos quedárnoslo, ¿no crees? Para que salga rentable la inversión y eso —le dijo su madre señalando la inconfundible venda con dibujitos de peces de la cabeza del animal.
—La factura la pagaré con mis ahorros, no te preocupes.
—No lo dudaba. No obstante… —comenzó a decir su madre dando una significativa vuelta con su dedo anular.
—¡Ni hablar! ¡Es un gato callejero, no está acostumbrado a…!
—Ni aunque fuera de Katmandú y alérgico a la humedad se libraría de esta, es la regla.
—No te conoce, podría arañarte —insistió Clara en un intento de disuadirla. Su madre era una maniática de la limpieza y su Copo, que en paz descansase, lo sufrió una vez al mes durante todos los años de su corta vida.
—Creo que voy a correr el riesgo —le dijo arrebatándole el gato de las manos y después se dirigió al cuarto de baño.
—Entonces, ¿estás segura de que no quieres que desempolve nada de Copo? ¿No se quedará?
La chica negó con la cabeza.
Este es un gato libre. En cuanto pasen los tres días que me dijo la doctora Laura lo soltaré de nuevo.
—¿Estas segura? —le preguntó entonces su madre—. Parece que le caes bien —volvió a decirle mientras miraba al gato que, acurrucado en su regazo, dormía plácidamente—. Si no quieres otro gato es porque no quieres volver a sufrir…
—No, no es eso. A Copo lo cogimos cuando era un cachorro de apenas semanas, era hijo de una gata doméstica. No es lo mismo que este, que es un gato que se ha criado en la calle. No me parecería justo quitarle su libertad. Él debe seguir siendo libre, ya no es un gatito, parece adulto, así que no debemos ser egoístas. El gato, que hacía medio segundo acababa de levantar la oreja derecha, de repente abrió los ojos y se la quedó mirando de forma intensa durante unos segundos, como si hubiese comprendido cada palabra que la muchacha decía, y después se volvió a acurrucar.
—Me parece una buena respuesta —le dijo entonces su madre con una sonrisa de orgullo en su cara—. Así será, pero hasta que lleguen esos tres días le buscaremos una cama blandita en donde dormir, y el arenero también. Además, creo que me quedó un paquete entero de comida, así que lo abriré y lo que sobre lo donaremos a la clínica de Laura, ¿te parece?
Clara aceptó satisfecha y no hubo más que decir. Los tres días pasaron volando, y aunque Clara sabía que echaría de menos aquellas miradas que escondían una inteligencia especial cada vez que ella le hablaba de alguna cosa, no podía echarse atrás. El gato era libre, así que, con todo su pesar, lo devolvió a la calle no sin darle una prolongada caricia y advertirle:
—No te metas en más líos, ¿vale, chaval?
Y después se alejó del parque en donde lo había dejado con un sentimiento contradictorio, pues a la misma vez sentía pena y felicidad. Así pasaron varias semanas en las que Clara no supo nada más del gato, pero un buen día se lo volvió a topar en el callejón de atrás de la pizzería Luigi’s. Estaba encarándose con dos perros de tamaño mediano peleando por unos restos de comida. Los perros lo tenían rodeado, pero él no iba a ceder. Clara no sabía si admirar su valentía o decepcionarse por lo insensato que era. No habría hecho nada si un tercer perro, que estaba escondido y a traición, no hubiese intentado saltar por detrás.
—¡Cuidado! —gritó.
Y entonces el gato, dando un giro veloz, dibujó con sus zarpas un enorme surco en el hocico del can mientras le bufaba de forma salvaje. El resto de perros pareció entender la lección, ya que ninguno se le acercó y huyeron despavoridos. El gato se zampó su botín.
—Sabes que has tenido suerte, ¿verdad? —le dijo Clara—. Si no llega a ser por mí, ese perrazo te hubiese hecho chichina.
El gato la miró algo airado y empezó a lamerse las patas. Estaba más delgado que la última vez que lo vio.
—En fin, me ha encantado verte, pero ten más cuidado, no seas tan temerario y ve a la comida sobre seguro. Luisina suele sacar basura fresca al mediodía y esos tres con los que te has enfrentado a esa hora no suelen estar por aquí, así que tú mismo. —Y diciéndole esto al atento gato, Clara se marchó dirección al parque para merendar. Siempre hacía un alto en el jardín de los rosales antes de regresar a casa. Le encantaba el perfume que desprendían aquellas preciosas y maravillosas flores rojas. Clara se sentó en su banco de siempre, sacó todos sus enseres de merienda, botella de agua, bocadillo y servilletas, cuando de repente el gato apareció y de un salto se colocó a su lado mirándola con ojos suplicantes.
—¿Quieres un poquito de esto? —le ofreció Clara mostrándole su bocadillo de atún. El gato ronroneó primero y luego maulló como si le contestase afirmativamente.
—Está bien, lo comparto contigo, pero no me vayas a marcar como a ese chucho pulposo, ¿eh? — bromeó. El gato soltó un bufido disgustado y le dio la espalda. Clara pudo ver divertida su lomo anaranjado a rayas amarillas—. Era una broma —le dijo entonces, y deshizo en pequeñas porciones un trozo de su bocadillo del que el gato dio cuenta gustoso.
Desde entonces el merendar juntos en el parque se convirtió en una agradable tradición y Clara además podía desahogarse de sus problemas diarios mientras acariciaba el aterciopelado lomo de su amigo.
—Como sigamos así, te voy a tener que poner un nombre, no me gusta no poder identificar a mi mejor amigo.
Y tal vez aquel día fuese el más raro de todos los que Clara compartió con el animalito, ya que de improviso el gato saltó al suelo, la miró, le maulló intentando llamar su atención y se puso en movimiento. Al cabo de unos instantes y al ver que Clara no lo seguía, el gato se paró, volvió a mirarla y maulló desesperado.
—Está bien, ya te sigo.
Y así la llevó hasta la librería en donde se volvió a parar y ya no se movió.
—¿Por qué me has traído aquí?
El gato la miró directamente a los ojos y luego hacia arriba. Parecía que observaba fijamente el cartel de la tienda mientras maullaba.
—Oliver… —leyó la muchacha—. ¿Oliver? ¿Quieres que te llame Oliver? —le preguntó entonces, y el gato hizo algo que a Clara le resultó muy extraño, incluso llegó a pensar que había sido producto de su imaginación, pero lo cierto era que Clara hubiera jurado que el gato asentía.
—Está bien, Oliver pues. Bueno, me tengo que ir ya, supongo que nos veremos.
El gato le dirigió entonces un maullido satisfecho y se marchó calle abajo.
Hubo más encuentros entre Clara y Oliver. Concretamente quedaban cada tarde de los viernes en el que se había convertido su lugar, compartían bocadillo y conversación, y aunque era solo Clara la que hablaba, el gato parecía escucharla siempre con atención, e incluso a veces se permitía hacer algún gesto extraño como de aprobación. Y así pasaron los meses, y el gato iba mejorando su aspecto, estaba más fuerte, más ágil y Clara más feliz. La mutua compañía parecía ser beneficiosa para ambos y lo más importante era que ambos respetaban el espacio del otro, ambos eran libres a su manera.
Un día Clara llegaba tarde a su cita con Oliver, la habían castigado por pegarle a un chico de segundo de bachiller, pero es que este estaba molestando a un chico de su clase que tenía problemas de aprendizaje y ella lo defendió. En fin, el castigo había merecido la pena sobre todo si aquel chico lo dejaba en paz desde ese momento. Lo malo era que Oliver seguro que estaba preocupado, así que Clara pensó en coger un atajo para llegar lo antes posible y cuál fue su mala suerte que, al atravesar el parque de la fuente, los acosadores de Oliver estaban allí, y como era costumbre en los últimos meses, el que parecía el jefe se le acercó para intentar conversar con ella o decirle alguna estupidez, tal como que le gustaría que fuesen amigos y todo ese tipo de sandeces, pero ella siempre tendría la misma respuesta hacia él. Oliver y ella habían conversado muchas veces sobre el extraño interés que ese tipejo parecía tener en ella, pero Clara no podría ser jamás amiga de una persona tan cruel como él. Lo conocía de vista y por desgracia Oliver no había sido su única víctima. Cuando el muchacho se acercó a ella esta vez no habló, pues lo primero que hizo fue cogerla por la cintura y atraerla hacia él.
—Es la hora de mi beso, guapa —le dijo, y se giró con una sonrisa socarrona a los del grupo.
Clara lo miró con odio comprendiendo su cobarde forma de actuar. Cuando estaba solo se comportaba de una manera más respetuosa dentro de su línea, pero cuando se encontraba con los idiotas de sus amigos… Clara lo empujó con fuerza haciendo que este cayera hacia atrás de culo.
—¡Eres idiota o qué! —le espetó.
Y eso no pareció sentarle muy bien a él, pues apretando los dientes se levantó furioso y cogiéndola de la muñeca la zarandeó fuertemente. A un gesto de su líder, el resto de chicos se acercó rodeándola mientras la increpaban, la empujaban e incluso alguno se atrevió a tocarle el trasero sin que ella pudiera hacer nada para evitarlo. Y aquello iría a más, ya que, al parecer, al resto del equipo les había parecido gracioso este acto y empezaron a acercarse a ella peligrosamente.

Clara cerró los ojos aterrorizada, maldiciendo su estúpida decisión de atravesar por aquel lugar. ¡Y todo ¡por ver a un gato!, ¡no se podía creer lo estúpido que sonaba!. Aunque, en el fondo, solo ella sabía ese vínculo tan especial que se había creado, esa complicidad, esa necesidad mutua, esa sensación de tranquilidad y bienestar que sentía cuando estaban juntos, ni siquiera con su mejor amiga había sentido algo así. Pero ahora se le venía encima probablemente el peor momento de toda su vida. Intentó escapar, pero el muchacho la aferraba fuertemente, apretó los dientes y se resignó a esperar, aunque seguía intentando propinar alguna que otra patada en su espera. Y entonces pasó sin apenas poder evitarlo. Clara sintió el dolor aplastante en sus pulmones, en su espalda. El golpe fue brutal. Cayó al suelo como un peso muerto, aunque cuando abrió los ojos el peso muerto era el muchacho que tenía encima. Y entonces entendió. No la habían golpeado a ella. El hecho de haber caído era que su opresor había recibido un fuerte puñetazo que lo había hecho caer y arrastrarla a ella. Lo que Clara no se explicaba era cómo había acabado en aquella postura si hacía un segundo lo tenía frente a ella,  pero no le importó. Lo que imperaba era saber qué demonios estaba pasando. Así que con una fuerza sobrehumana se quitó a ese tiparraco de encima. Lo primero que nuestra amiga vio fue una masa de gente arremolinada en lo que parecía una pelea callejera; y en segundo lugar, a un muchacho de pelo anaranjado entrando y saliendo de ella a una velocidad de vértigo mientras los de la banda iban cayendo como moscas a sus pies. En cuestión de unos minutos todo acabó y el muchacho se abrió paso entre el amasijo de quejumbrosos heridos, acercándose a ella como a cámara lenta.
—¿Estás bien? —le preguntó entonces tendiéndole la mano.
Clara seguía paralizada, aunque pudo asentir mientras el muchacho le cogía la mano y la hacía moverse pacientemente hacia él. Ahora Clara pudo ver que su pelo no era del todo naranja, tenía unos preciosos reflejos dorados que parecían naturales. Lucía despeinado, aunque no le quedaba extraño a su cara, y sus ojos rasgados eran dos centelleantes esmeraldas verdes que la miraban con preocupación.
Clara, sin saber por qué, se dejó abrazar por aquel desconocido e incluso ser llevada de la mano por él hacia otro lugar.
—Creo que debería llevarte a tu casa, no creo que el veterinario tenga un arreglo para ti —le dijo entonces en un intento de hacer una broma. Clara lo miró desconcertada y entonces algo en su cara, en sus gestos y en un no sé qué hizo que todo cobrara sentido como en una mala narración.
—¡¿Oliver?! —balbuceó aún incrédula.
El muchacho hizo un grácil salto felino hacia atrás y después una reverencia, y asintió.
La chica cayó a plomo en el banco que tenía más cerca con la boca abierta de par en par.
—Tenemos mucho de qué hablar —le contestó él con una amplia sonrisa.

Inmaculada Ostos

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22ª Convocatoria: Batman

Batman.

 

Ilustración de Marta Herguedas

Con alas de piel

Érase una vez un feudo de acero y hormigón en el que reinaba la paz. Sus gentes construían un futuro prometedor, los líderes gobernaban con decisión, los obreros manejaban la maquinaria, los economistas dirigían la banca, los chicos jugaban y aprendían, los agentes de seguridad hacían respetar la ley,… en general, el trabajo abundaba y la felicidad era una plato que todos compartían.

Sin embargo, poco a poco la estabilidad del feudo se fue colapsando. No de forma inmediata, pues una semilla pútrida florece con paciencia, como un cáncer que va avanzando bajo tierra y pudre todo lo que toca a su alrededor. Pero, para cuando todos se dieron cuenta, era demasiado tarde: los líderes realizaban tratos con el Diablo, los obreros comenzaron a despedazarse entre ellos, los economistas guardaban en sus bolsillos parte de las ganancias, los jóvenes se drogaban y prostituían, los señores de la ley se dejaban comprar e imponían su autoridad de forma desmedida… las huestes del Mal se hicieron con cada rincón del territorio, y este, fue llamado Gotham: el reino del caos y el pecado.

Mientras aquello ocurría un joven de sangre hidalga vivía alejado del pueblo, en una torre de cristal y de acero. Dicho joven no era otro que el joven Bruce, hijo de la noble casa de los Wayne. Su padre, era legendario en todo el Reino. Un campeón que con la fuerza de su voluntad y la filantropía más pura había mantenido en jaque al Mal que asolaba al territorio. Hombre de letras y de ciencias por igual, se había dedicado a la medicina, llegando incluso a convertirse en un caballero que luchaba armado con su pluma, la razón y las palabras, que utilizaba sus recursos en grandes fundaciones y había incluso tenido el honor de convertirse en el médico del Rey. Sus ojos eran de un brillo imbatible, una decisión que lo hacía merecedor de su título. Mas por desgracia, las fuerzas del Caos acabaron por devorarlo junto con su amada esposa, dejando al pobre heredero de los Wayne solo y aislado en lo más alto de su torre cristalina.

Un día, observando desde el techo el viejo cielo algo viciado, una criatura de origen diabólico aunque de ojos vidriosos, cayó herida e indefensa. La bestia era un cachorro que no había crecido, una idea engendrada bajo el sino corrupto y maléfico de una ciudad maldita. Con alas de piel rasgadas no podía volar, pues el Mal que le dio la vida lo había traicionado dejándolo caer en medio de la fría noche. El niño observó con curiosidad a la criatura, no podía evitar sentir un halo de miedo y repugnancia ante su figura jorobada, peluda y grotesca. Mas en el fondo de su corazón, había admiración, esperanza,… pues ¿no eran nobles los intentos de regresar y combatir el negro corazón de los cielos? Venciendo a su timidez, se acercó lentamente ante aquella bestia. Su cabeza giró, sus fauces se abrieron, un grito que parecía una maldición en la noche llenó el vacío del espacio, la criatura alzaba las garras: estaba herida, aunque no indefensa. Apenas escuchó el chico aquel canto de guerra, y se escondió en el interior de la torre sin atreverse a salir ni a mirar al exterior. Por primera vez vio a uno de los vástagos del Mal; sintió miedo, dolor y odio al mismo tiempo. Notaba como algo crecía en su interior… incapaz de saber la razón de aquella existencia. Las horas se sucedieron hasta que finalmente la curiosidad venció al temor, aquel ser seguía insistiendo en sus intentos de regresar al infinito. La compasión fue más fuerte que la repulsión. El chico llenó un cuenco de frutos secos, y por una abertura, se la ofreció al cachorro. Receloso, aunque hambriento, la pequeña bestia se acercó. Aceptó el regalo y comenzó así una relación que se fue cimentando con el tiempo. Ambos, criatura y niño, crecían mientras la ciudad se pudría en el exterior. En los ojos del ser, el joven noble encontraba algo que lo diferenciaba de otras muchas criaturas del exterior: un brillo que le resultaba del todo familiar, el reflejo invencible de un ente que nunca se rendía. Con el tiempo las alas del animal se hicieron grandes, diabólicas. Se curaron rápidamente, por lo que el chico lo llevó al tejado.

—Vuela, muerciélago —le dijo—. Vuela y piérdete en la noche.

Mas la bestia no podía obedecer a la petición, pues ya no formaba parte del Mal. En su interior no se sentía preparada para volar, veía ahora a las huestes como enemigos a combatir: aquellos que lo abandonaron y lo dejaron morir en medio de la nada.

El muchacho asintió y aceptó; todavía no estaba listo. Pasó el tiempo, el cachorro se convirtió en un concepto; un hecho contradictorio destinado a enfrentar con las mismas armas a aquello que lo engendró. El chico se convirtió en hombre, se dio cuenta de que nada conseguiría encerrado en aquella torre de cristal. Regresaron a los tejados, las alas se alzaban majestuosas, la lluvia era un bautizo.

—No podemos quedarnos aquí —exclamó el noble— . Hay que combatir contra toda esta podredumbre, debemos vencer al Mal cueste lo que cueste: el reino tendrá ahora un nuevo campeón.

Un chillido de guerra sonó aún más fuerte, el feudó tembló al darse cuenta de que había forjado la llave de su perdición. Wayne cabalgó sobre la bestia, la criatura alzó el vuelo; ambos eran leyenda.

—Somos uno, murciélago —dijo—. Somos el corazón de Gotham, somos el remedio que acabará con toda la corrupción, somos Batman.

Axel A.Giaroli

Un sitio para Gala

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Género: Cuento

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de  Yolanda Aller. La ilustración es propiedad de Vicente Mateo Serra. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Un sitio para Gala.

Gala tenía miedo a los ladrones… Y a la oscuridad…. Y a quedarse sola….

La pequeña Gala era racional para sus pocos años. El pelo rubio, a la par que oscuro, para pasar desapercibida. El habla silenciosa para poder observar. La mente, brillante. Hacía las cosas de su edad. Habilidosa con sus manos, tenaz en sus intentos, reflexiva, lista, muy lista. Aprendía y cogía del mundo lo que éste le enseñaba. Apenas lo veía, lo interiorizaba. Y los números se metían a operar en su cabeza, las letras a crear, y la música a viajar en violines por territorios ya conocidos.

 Pero, a veces, tenía miedo. Su cabecita se arriesgaba tanto que la llevaba de aquí para allá en nubarrones negros, corcheas que corrían descontroladas, hadas perdidas y cientos de vidas con principio y fin. Gala sufría sus pensamientos enroscándolos y alimentándolos de oscuridad. Se asía, de puro miedo, a una pequeña lamparita a fin de buscar un poco de luz que le dijera que lo que sus ojos veían era cierto. Pero, al final, su alma se imponía y la llevaba consigo a un libre albedrío de sustos y temores.

 Gala tenía miedo a los ladrones. A que vinieran a buscarla.

 Por la noche, dentro de su cama, los esperaba pacientemente. Nunca fallaban. Generalmente, la pequeña solía dormirse antes. Luego, siempre había algún ruido inesperado que la avisaba de que ya habían llegado y que deambulaban en su paseo diario por la casa. Acechándola y acompañándola. Pero ellos nunca la veían…

 Afinaba el oído y no respiraba para alcanzar a escucharlo todo.

 Sentía su presencia en la cocina. A veces, gritaban, y otras sentía un ligero murmullo. Oía música y un tintineo de cubiertos. Arrastraban las sillas y andaban con pasos irregulares. Los pasos que Gala lograba acompasar con el latido de su corazón: primero dos corcheas, luego una negra y otra negra, dos corcheas…, negra y negra… Gala se tapaba los oídos para no quedarse enganchada al ritmo que se repetía y se repetía.

 Por las noches se preguntaba qué hacían allí. Estaba convencida de que, en algún momento, llegarían a por ella. Pero, para eso… tenían que verla.

 Los oía en su habitación. Sobre la estantería de su cama colocaban sus manos, hacían crujir la madera y pasaban las hojas de los libros. Proyectaban los personajes de los cuentos y relatos sobre la pared en destellos intermitentes. Un cinemaxín de imágenes equívocas que hacían a Gala estremecer. Por debajo de las sábanas era capaz de percibir los colores como luces luminosas. A veces, incluso le llegaban olores de otros tiempos: olores a otoño mojado, a agua, a madera. Las imágenes la cautivaban en la pared pistacho. Privada de voluntad, se lanzaba hacia ellas para fundirse con los personajes.

 Y, mientras tanto, tenía miedo, miedo a los ladrones.

 Ellos estaban allí y Gala era capaz de sentirlos. Giraban alrededor de su atrapasueños. Lo atravesaban sin miramiento alguno y rompían su protección. Gala decía que eso ocurría porque no estaba colgado del cabecero de la cama, como debía ser. La red nunca lograba atrapar sus pesadillas y al final se deslizaban, sutilmente, como los grandes sueños buenos, por el centro del círculo. Y por el círculo con diferentes acrobacias se colaban también los ladrones.

Ilustración de Vicente Mateo Serra

Los ladrones, a veces, osaban llegar más allá y ella parecía sentir que llegaban a tocarle la cara. Su cara plácida. Con un pequeño roce, apenas una caricia, Gala sentía el contacto de unas manos suaves sobre su piel temprana. La sensación era tan real y sutil a la vez que la llevaba a caer, poco a poco, en un sollozo tembloroso al que siempre seguían el llanto y los gritos de una realidad que no entendía. Llamaba a su madre, a su padre, y para que la creyéramos se dormía reteniendo con su mano el roce de aquella otra suave mano, con la tranquilidad de que no la habían visto.

 Gala temía ir hacia otras vidas. Que los ladrones se la llevaran a una vida distinta y con otra familia, en otro lugar. Conocía la lección.

 Cada noche acudíamos cuando nos llamaba. Nos metíamos en su cama y la abrazábamos hasta que ni ella ni nosotros podíamos respirar. Era incapaz de levantar la vista. Temía que la vieran ver… Nunca oímos nada, nunca vimos nada. Pero resultaba imposible no creerla.

 Allí debían de estar. No había forma de terminar con el desfile de imágenes que Gala describía sobre la pared. Con la luz encendida la proyección finalizaba pero, en plena oscuridad, era Gala la que narraba los relatos de todo lo que iba viendo. Sin conexión. Una cabalgata de seres y personas que parecían provenir de libros y de fuera de ellos, de antes y de ahora.

 Yo estaba cerca pero en vano. Me levantaba, nerviosa, encendía la luz de la lamparita para ver con los ojos. Abría y cerraba los libros con fuerza a fin de aplastarles, de encerrarlos a todos ellos y de que no pudieran salir. Sacudía una y otra vez el atrapasueños haciendo correr el aire por sus hilos para que, con el polvo, se fueran ellos.

 Y Gala me miraba hacer, como si me equivocara, con la convicción de que no estaban allí, cautivos en los libros o liberados de las redes.

 La acompañaba a la cocina, cuando los oía allí, la colgaba a mis espaldas como a un pequeño cachorro y bien sujeta, la llevaba por el pasillo. Al llegar, siempre se imponía el silencio.

 —Cariño, ¿no ves? No hay nadie.

 Ella abría los ojos levemente y buscaba el desorden que en su mente habían causado. Todo estaba en su lugar. Nada se había movido. Y entonces lloraba y gritaba, convenciéndose de que no se podía equivocar tanto.

 —¡Me van a llevar! ¡Me van a llevar! ¡Es que todavía no me han visto!

 La acercaba a mí, al calor de mi cuerpo, la arropaba para no perderla, sintiendo el miedo de que me la fueran a arrancar, de que las palabras fueran capaces de provocar que se la llevaran.

 —No están, cariño, ya no están.

 Se confundía. Podía casi leer sus pensamientos que me decían que tal vez se hubieran ido. Y los míos que decían que tal vez nunca habían estado.

 Con firmeza le rogaba:

 —Ya, Gala, suéltalos, mi niña.

 —Pero… ¡sí que entran, mamá!. Los ladrones entran en cualquier sitio.

Pero ellos quieren cosas, tesoro, cosas para ellos. Quieren las cosas que quitan a los demás.

 Y Gala seguía queriendo entender. Pero había oído que podían romper cristales, que podían tirar puertas, y que además todo podía pasar sin que nadie hiciera nada. Los ladrones actuaban con total impunidad. Dentro de su mundo y en el nuestro no encontrábamos razones para convencerla. Era vulnerable, porque tal vez lo fuera, como todos nosotros. Y si la vieran…

 Gala tenía miedo a los ladrones.

 En ocasiones su miedo afloraba también durante los días, en escenas cotidianas. Paseaba por la calle y se aferraba férreamente a mi mano. Miraba hacia los lados. Y si veía a alguien acercarse, le observaba detenidamente, trataba de averiguar si se adecuaba a su perfil de ladrón. Paralizada, esperaba hasta que finalmente se cruzaban con nosotras y se iban. Yo la oía respirar. Y también yo lograba acompañar mi corazón al suyo. Al ritmo acelerado.

 II

 Un noche decidí pasarla entera con ella. Me dormí hasta que un ruido inesperado me avisó. Y las dos nos despertamos. La cogí de la mano y nos fuimos a la cocina. La senté en su silla alta y empezó a contarme.

 Érase que se era una niña con muchas vidas. Había sido, campesina, náufraga, violinista, y no sé cuántas cosas más, y había vivido ahora, hace mil años, hace cien y hace cincuenta. Pero siempre la robaban… Gala se veía, como alguien robado que estaba de paso y trataba de contar, con sus palabras, lo que sabía.

 —Mamá, es que me llevan… —sollozaba.

 Su madre le calentaba un vaso de leche con cacao y ponía sobre un plato dos galletas. Trataba de traerla al presente. Revolvía con la cucharilla el cacao sin parar para que Gala no se desprendiera de ese momento a su lado.

 —¿Quién te lleva, Gala? ¿Dónde te llevan?

 —Con otras mamás a veces, y otras veces yo soy la mamá…

Y me contó de sus mañanas de campesina. Sus manitas rotas y resquebrajadas en las heladas. Sin pan. Vivía en una casa de adobe, arena y cañas, con una única habitación. Su mamá tejía sus ropas cada año. A su padre sólo le veía por la noche. En esa vida perdió el apetito para siempre. Se puso malita y le subió la fiebre. Entonces se la llevaron.

 Y me contó de cuando ya no pudo respirar más. De cómo llegó la tormenta y las olas desorientadas la mareaban y la sobrepasaban. Recordaba un mundo blanco y azulado alrededor, neblinoso y difuminado, y que se hundía y se hundía. Y que no tenía aire. A su alrededor agua, agua turbulenta, agua con arena, agua encima y agua debajo. Y tomó el agua como quien respira. Y se la volvieron a llevar. Con ello se quedó la angustia, los infinitos catarros… y el miedo al agua. Pero no alcanzaba a decir más. No podía comprobar nada.

 Y cuando fue mamá junto a un papá. Y vivía en una enorme casa con un gran jardín. Vestía largos vestidos y sombreros. A veces llevaba paraguas para el sol. Era capaz de verla como en un cuadro impresionista. Tuvo dos niños. Pero con el tercero, vinieron y se la llevaron.

 La escuchaba aturdida, maravillada y angustiada, con su lenguaje infantil y su narración desordenada, llena de saltos en el tiempo.

 —Así que volverán ahora también —reafirmaba.

 Ahora estaba conmigo, con su mamá de ahora. La que la había engendrado. De la que tenía su forma de cara, su pelo, su espíritu enérgico y triste. Esta vida era para nosotras. No dejaría que nadie entrara. Ella era mi Gala. Y esta vida era nuestra. Esta vida era nuestra, me repetía. ¿Dónde estaban ellos?

Y Gala se zambullía en sus historias mágicas que adornaba con tal realismo que lograba atraparme y absorberme en ellas. En cada historia me dejaba caer para estar a su lado, para que no estuviera sola en esos mundos, que empezaban y acababan.

Totalmente imbuida en cada nueva realidad, contaba que incluso tuvo vida de hada. Cantarina entre los árboles, cantarina sobre las hojas de los ríos, cantarina en los cantos rodados. Le encantaban los arándanos y el trigo, y la música, y tenía un violín. Y adivinaba melodías que nunca había escuchado. Sus dedos se movían rápidos salpicando las cuerdas. Y esa vida de hada terminó un día que se alejó y llegó a la ciudad. Con luces como estrellas y farolas como lunas. Cautiva entre cemento y cristal se perdió y alguien se la llevó.

Tu voz, niña Gala, tu violín —comprendía su madre, reticente a aceptar que todas las vidas contenían partes de su pequeña.

¿A que un día me verán? ¿A que me van a encontrar? ¿A que sí? —insistía nerviosa—. Y me llevarán a otro lado durante mucho tiempo. Y luego otra vez. ¡Y yo no quiero que me lleven más! ¡No quiero que me lleven más!

Ahora estás conmigo, Gala, no hay nadie. No es cierto que sean ellos. No son ellos… son ruidos… sólo ruidos…ruidos de casa, ruidos de ciudad.

 —¿Dónde me van a llevar, mamá?

Al final el sueño la podía. Derrotada sobre la mesa, con el vaso de cacao sin beber y las galletas intactas, se abrazaba y se colgaba nuevamente de mi cuello.

 —¿Puedo dormir contigo?

 Su madre se la llevaba consigo, como quien portaba una parte más de su cuerpo.

En la cama, su padre dormía. Gala se hacía un hueco entre los dos. Y, atada a ellos, con brazos y piernas, se ataba a la vida que tenía.

Ellos vendrían otra vez, y otra más. Hubo muchas más noches en las que Gala siguió recordando otros sitios a los que la habían llevado y lo que había hecho.

Resultaba difícil ir entendiendo y situando cada una de las vidas que muchas noches me describía. Pero siempre fuimos de capaz de localizarla en un mundo que cabía en la historia, y que había sido. De cada una de sus existencias se había quedado con algo.

III

Y un día los ladrones la vieron. Tal vez esa noche no se había tapado. Tal vez nadie vino cuando llamó. Tal vez la luz de la lamparita se apagó. Tal vez el tiempo había pasado.

IV

Gala ya llevaba una larga temporada sin despertarse por las noches. Habían pasado meses. Dormía en su habitación pistacho de siempre, con sus cosas de siempre. Nada había cambiado: su pelo rubio oscuro, su habla silenciosa, su mente brillante. Seguía tocando el violín cada vez con mejor sonido. Aprendía rápido. Era capaz de reproducir las melodías apenas las escuchaba. Decía que tenía un maestro, por dentro, que la enseñaba.

Y su madre empezó a buscar al maestro.

Gala veía su atrapasueños y sonreía. Lo hacía girar mientras le cantaba. Soplaba sus plumas. Ya no lo quería en el cabecero de la cama. Le gustaba colgado de la lámpara de su habitación porque decía que así el aire corría mucho mejor y todos podían pasar por él.

Y su madre empezó a buscar a los que atravesaban el círculo.

La lamparita, que en otro tiempo iluminaba sutilmente la cama de la niña, no se había vuelto a encender. Gala confesó que un día le había ordenado a la bombilla que se durmiera y se tapara bien.

No volvió a sentir ningún roce en su cara. Pero a veces todavía se despertaba con sus manos sobre su cara como si intentara retener algo.

Y su madre se las abría para comprobar qué no retenían nada.

Gala pasaba las hojas de los libros. Sus estanterías de madera ya no crujían. Tampoco oía el tintineo de cubiertos ni ruidos en la cocina. Cuando oía pasos sonreía pícaramente mientras aclaraba que era el vecino de arriba. Ya no acompasaba su corazón a ellos, sino que jugaba a adivinar qué ritmos hacían y marcaba con sus palmas el compás.

Y su madre descifraba: corchea, silencio, corchea…

Las proyecciones sobre la pared dieron paso a un buen uso de lápices de colores con los que Gala creaba dibujos fantásticos a los que ponía nombres.

Empezó a tener un gran apetito. Desayunaba su vaso de leche con cacao y algunas galletas, pero lo que más le gustaba era el pan con mermelada de arándanos que tomaba en la merienda. Ya hacía mucho que no se ponía malita con sus catarros.

Y su madre decía que era por lo bien que comía.

Gala ya no se enroscaba en la oscuridad. Jugaba a lo hábil que era en no chocar con juguetes ni muebles cuando ya no había luz. Había también dejado de tener miedo al agua. Nadaba sin ayuda y le encantaba deslizarse por los aros sumergidos de la piscina.

Su madre iba hilando el cambio que veía. La observaba feliz,…pero empezó a cerrar la puerta de casa por las noches con llave. Poco a poco empezó a inquietarse. Empezó a oír ruidos. Y detrás de los ruidos intuía presencias. Se despertaba y cogía las manos de su marido para agarrarse.

Gala no tenía miedo, pero su madre empezó a esperarlos. Escondía sus cosas en cajones porque llegarían a por ellas. Bajaba las persianas apenas anochecía. Cerraba los armarios. Y los libros.

Salía a la calle con Gala agarrada de la mano. La pequeña notaba cómo su madre la cogía con fuerza cuando se cruzaban con alguien. El bolso bien asido.

Gala la miraba hacer y una noche que estaba encendida la lamparita de su madre se levantó. Y, con su pelo rubio oscuro, su habla silenciosa y su mente brillante la abrazó y le dijo:

No van a venir, mamá.

¿Quién, Gala, quién no va a venir? —dijo su madre, aturdida.

Los ladrones, mami, ya no van a volver.

¿Volver adónde? ¿Dónde están, Gala?

La madre se sentó en la cama, alarmada, para escucharla otra vez más. Temía que volvieran los cuentos.

Un día me vieron, mami. Seguro que no me tapé o que la lamparita se apagó. Eran muchos, pero eran buenos. Yo ya los conocía de otras veces, cuando estuve con ellos. También estabas tú. Pero no eras mi mamá. Ellos me han dicho que ahora tengo que aprender mucho, como cuando tengo que hacer deberes. —Entre risitas añadió—. Voy a estar muy ocupada. —Adivinó la cara confundida de su madre—. Pero mamá ¿tú no te acuerdas? —insistía.

¿De qué, Gala? ¿De qué me tengo que acordar?

De cuando fuiste otra mamá y eso… de los otros sitios. Los ladrones se han quedado allí.

No, cariño…, yo no he sido más mamá que ahora.

Gala se hizo la interesante y sonrió como si fuera a desvelar un secreto.

Eso te crees tú. En una vida hay muchas vidas.

Los ladrones se quedaban en algún lugar, a la espera.

Gala reía con su risa cantarina, su pelo rubio, a la par que oscuro, y su mente brillante.

No puedes montar dos veces en el mismo tiovivo, mami —bromeó.

 Pero yo me quedo aquí.

Toda esta vida.

Contigo.

 Gala se acercó a su madre y le dio un sonoro beso y un abrazo de esos que dan los niños cuando aprietan.

Yolanda Aller

Diciembre 2013

Fóbica y Bestial: Cacofobia

Autor@:  

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Bestiario / Microcuento

Rating:  Todos los públicos

Este relato es propiedad de Victor Mosqueda. La ilustración es propiedad de Paloma Muñoz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Fóbica y bestial: Cacofobia.

Se le suele encontrar en zonas oscuras, donde las sombras traicionan a la vista y distorsionan los contornos de las cosas. En esos escenarios suele hacer una aparición lenta, consciente, como la metamorfosis de un animal alado. Pasa de lo luminoso a lo lóbrego, de lo sutil a lo grotesco, de lo forme a lo informe, a velocidad de cortejo fúnebre. En el primer nivel, su apariencia es dulce y fresca. Los pómulos lucen rosados y redondos como toronjas recién caídas, los ojos brillantes y francos como una noticia alegre, los dedos sedosos y delgados, los labios virginales e impolutos, con una sonrisa que invita a dormir la siesta sobre ellos y soñar con un futuro más amable. Pero es allí, en esa sonrisa, donde comienza la transformación, donde comienza la deformación. Los labios se congelan y el gesto pierde naturalidad, gana plasticidad, se vuelve una mueca. Pasa de la risa al estupor, del estupor al pasmo, del pasmo al pánico, de allí al embotamiento y luego a la enajenación absoluta. Se instala en la mirada un odio profundo, un anhelo de sangre, de muerte, de fealdad, de destruirlo todo para dejar al mundo tan salvajemente desmantelado, tan tétricamente recompuesto, como una máscara hecha de pieles muertas, cosidas sin destreza alguna y mal puesta sobre un rostro al que le han arrancado toda posible facción, toda posible gracia. Los pómulos, entonces, parecen frutos ennegrecidos y reducidos. No es de extrañar que salgan de ellos gusanos gordos, que corrompan el aire con sus virulentos gases, infectando cada cosa viva, inoculando su bacteria sobre cada cosa en la que aún habite la belleza, para devolverle la atrocidad, la monstruosidad, que cada una tiene dentro de sí. Y entonces, ya completamente transformada, suelta palabras horrendas, malsonantes, viciadas, incómodas, destructivas, desde sus labios curtidos como el más árido de los desiertos, y los oídos sangran como ojos de Magdalena.

Se dice que la única forma de protegerse de este engendro es arrancándose los ojos de sus cuencas, y clavando agujas de tejer dentro de los oídos, hasta que ya ninguna imagen pueda ser procesada y ningún sonido se cuele dentro de nosotros. La fealdad de la que se intenta proteger con este medio es también la consecuencia directa del mismo, pero no es distinta al proceso requerido para deshacerse de cualquier virus o enfermedad. De cualquier forma, el único sentido que podría dar cuenta de esta degradación de la belleza propia sería el tacto, y es algo que se evitaría, sencillamente, cercenándose las manos.

Hay enemigos contra los cuales no es viable la contemplación. Este es uno de esos.

Victor Mosqueda

Ilustración de Paloma Muñoz

La mesa

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Cuento-Drama

Rating: +14

Este relato es propiedad de Victor Mosqueda Allegri. La ilustración con propiedad de Marta Herguedas. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La mesa.

I

Menos de diez años han pasado desde la última vez que María Elisa pisó la casa de su madre, y tiene la impresión de que toda la humedad del mundo ha ido a caer a sus pisos de madera. Las tablas parecen paletas de helado ensalivadas y mordidas, hasta el punto de haber quedado como masas blandas y elásticas. Han dejado de crujir bajo los pies y, al caminar sobre ellas, los zapatos resbalan sobre el moho acumulado. El papel tapiz de las paredes ha perdido su diseño y ahora parece un maquillaje corrido tras años de llanto débil pero sin consuelo, justo como se imagina ella que ha sido el llanto de su madre durante todos esos años de abandono autoinfligido. Justo como lo fue el suyo durante todo el tiempo que vivió allí.

Dos semanas atrás había recibido una llamada de su madre. María Clara siempre había sido una mujer parsimoniosa, de un humor acuoso y grueso, pero esa mañana le habló rápido, pues sabía que María Elisa podía colgarle en cualquier momento. Le aseguró que le quedaban no más de seis semanas de vida, y le pidió que se mudara con ella, para compartir sus últimos días.

María Elisa sabía que su madre era hipocondríaca desde siempre, y que sentía la necesidad continua de predecir su muerte, que nunca llegaba. También sabía que el verdadero propósito detrás de esa petición era tenerla en casa el tiempo suficiente para legarle aquella maldita mesa, que María Elisa había jurado no volver a mirar. Así que la ignoró y colgó el teléfono.

Tres días después le llegó una carta donde su madre le repetía el mensaje. La quemó hasta su última fibra. Esa noche bajó la niebla a su casa por primera vez desde que el invierno había empezado. A la mañana siguiente Emily correteó entre los pasillos llenos de nubes bajas y se fue a la escuela. María Elisa aprovechó la ausencia de Emily para acostarse en el piso, quedándose dormida casi al momento de apoyar la cabeza sobre el suelo. Al despertar, media hora más tarde, llamó a su madre por primera vez en más de cinco años y le confirmó que se mudaría con ella al final de la siguiente semana.

Cuando se levantó del suelo y subió a su habitación, el calor le fue regresando de a poco al cuerpo, y ya no se sintió tan segura de lo que había hecho. En la tarde, cuando el sol había disipado hasta el último rastro de la niebla, pensó que había tomado la peor decisión de su vida. Ahora, entrando de nuevo en ese lugar que representaba todo lo que no quería, no puede dejar de pensar que esa mudanza terminará de destruir el vínculo entre ella y Emily y acabará con sus vidas.

A diferencia de la casa de María Elisa, aquí el calor es sofocante y todo parece siempre estar a punto de bullir, y en la piel descubierta se siente un vapor húmedo y caliente que se mezcla con el sudor y se pega como grasa, volviendo a los días lentos y pesados.

Sin María Elisa trabajando todo el día para mantener la casa viva, como antaño, y con su madre cada vez más desorientada y desolada, aquel lugar se estaba cayendo a pedazos. Ya no le extrañaba que su madre hablara de una muerte próxima. Si no era María Clara la que moría, sería la casa la que exhalaría su último aliento en cualquier instante, dejando al que estuviera adentro aplastado por una tonelada de basura podrida.

No bien pone el primer pie en la casa, María Elisa se promete que no se quedará allí más de un mes y se promete que no se dejará permear por los delirios de su madre. Se acaricia el vientre, rogando poder escapar, poder regresar a su propia casa, antes de que su nuevo hijo nazca. Aún faltan un par de semanas para sumar siete meses de embarazo, pero le aterra la idea de un parto prematuro. No puede permitir que María Clara le vea al menos una sola vez la cara. Su hijo nunca la conocerá. Nunca permitirá que su madre le augure una muerte temprana. Al menos no una vez que estuviese vivo.

Cierra los ojos desde el umbral de la puerta y casi puede ver a su mamá acostada encima de la mesa, abrazándola como si fuera los hijos que perdió, el esposo que perdió, la vida que perdió, noche tras noche, envuelta en un sopor que no le permite pasar más de dos horas despierta ni más de una dormida. María Elisa intenta jurarse a sí misma que una vez muera su madre, incendiará la mesa hasta sus cimientos. Es un juramento que ha empezado mil veces desde niña, pero siempre le ha faltado la convicción para completarlo.

María Elisa finalmente cruza el umbral, con Emily tomada fuertemente de la mano. Su madre apenas las había mirado al llegar y se había largado, con su paso lento, al piso superior, evadiendo sus preguntas sobre la gestión de la mudanza. María Elisa atraviesa el corto pasillo del recibidor, entra a la cocina y sale al comedor por la segunda puerta. Allí se encuentra frente a frente con la mesa, intacta, como un sueño mórbido que regresa cada noche, en medio de una casa que se doblega por la humedad y el calor. Los miedos de María Elisa permanecen intactos, y Emily, que siente el sudor y el temblor de las manos de su madre, sube la mirada para encontrarse con sus ojos, y al verlos rojos y húmedos, también teme.

II

Las primeras dos semanas las pasa limpiando la casa y tratando de rescatarla de la humedad. No es una tarea sencilla y ello le permite evitar lo más posible a María Clara. Aunque también descuida a Emily, que se la pasa, igual que su abuela, la mitad del día durmiendo, la otra tratando de vencer al calor y al aburrimiento, en una casa donde correr no es una opción y donde imaginar mundos mejores tampoco resulta posible.

La televisión no funciona muy bien y de cualquier forma no tiene los canales que Emily suele mirar. La radio funciona perfectamente, pero es algo que la niña no puede siquiera sospechar, pues permanece guardada en un armario dentro del cuarto de María Clara, quien tiene al menos unos tres años sin encenderla. Los juguetes que se ha traído desde su casa han absorbido la humedad en menos de una semana y ya Emily no siente demasiadas ganas de utilizarlos. Por la mudanza han dejado a medias el año escolar y María Elisa decide no inscribirla en colegio alguno, para no sentir tentación de quedarse más tiempo del que sea estrictamente necesario.

Después de dos semanas de trabajar en su limpieza y reparación, la casa luce un poco más presentable y el olor a humedad se ha disipado en buena medida. La madera del piso sigue peligrosamente blanda, pero María Elisa ha reforzado al menos los lugares más riesgosos. El calor, sin embargo, sigue igual de fuerte y la humedad, ya lejos de las paredes, se pega con más presteza a la piel. María Elisa debe bañarse al menos unas tres veces al día, y aun así se acuesta sintiendo que su cuerpo es pega sólida. Emily ha empezado a sentirse más en ambiente y ahora se la ve dando trotes ligeros por la casa y jugando a atrapar mariposas en el jardín. Todo, en aquel lugar, luce menos deprimente que a su llegada. Pero el reparar y limpiar la casa, el tener a Emily contenta un tercio del día lo único que consigue es volver más evidente el estado de abandono de María Clara.

Podía pasar hasta cuatro días con el mismo vestido, acumulando sudores y malos olores sobre un cuerpo tan delgado y pobre de fuerzas que ahora María Elisa empezaba a creer que su madre realmente tenía la muerte cerca. Su rostro lucía demacrado y sus ojos miraban fatigada y lentamente las cosas, como si ya no quisieran volver a mirar nada más jamás. María Elisa le servía la comida tres veces al día, y tres veces al día apenas la probaba. Casi no habían hablado desde que llegaron y eso extrañaba a María Elisa.

Ella esperaba que su madre intentara venderle todos sus delirios no bien hubiera puesto la primera maleta sobre su piso mohoso, pero la verdad es que María Clara apenas las había saludado al llegar. Parecía haber olvidado que su hija venía a vivir con ella y que traía consigo a su única nieta, a quien no había conocido, y que en su vientre llevaba al que sería su nieto, a quien probablemente no conocería, si sus cálculos sobre lo que le  quedaba de vida eran correctos. Cuando el camión de la mudanza se había marchado de la casa y María Elisa terminó de arreglar sus cajas y maletas en la que antes fuera su habitación, fue al cuarto de su madre esperando encontrarla en disposición para convencerla de cualquier cosa. No la encontró y bajó las escaleras, solo para descubrirla durmiendo encima de la mesa, con un pie y un brazo sobre ella y los otros colgando en el piso. A lo largo de los siguientes días María Clara llegó a dormir sobre su propia cama apenas un puñado de veces. El resto del tiempo se la veía sobre la mesa, primero orando y luego completamente dormida con los labios pegados a la madera y los músculos tensos en un intento de no soltarla.

 

Ilustración de Marta Herguedas

Llevan dos semanas en aquel lugar y Emily ha tenido el tiempo suficiente de observar a su abuela. Esa noche le pregunta a su madre por qué la abuela nunca le dirige la palabra y en cambio siempre habla con la mesa hasta quedarse dormida. Por qué nunca la besa a ella, pero sí a la mesa. Por qué no la dejan usar la mesa para dibujar, por qué nadie come sobre la mesa, por qué la abuela llora sobre la mesa todo el día y luego camina triste y callada por la casa.

María Elisa siente el temor subirle a la garganta, tal como si de nuevo fuera una niña. Se atraganta en un intento de improvisar justificaciones falsas para la abuela. No logra decir nada coherente y se muerde la lengua para no decir lo que sucede en realidad. Piensa en el daño que le haría a Emily saber sobre el linaje de mujeres obsesionadas con aquella mesa que le corría por la sangre.

Cientos de mujeres habían custodiado aquella mesa si María Clara decía la verdad. Cientos de mujeres se habían legado entre sí aquella mesa a través de una línea estrictamente matriarcal, porque todos los hombres que acompañaban a esas mujeres tenían como destino inevitable la muerte, que debía ser, por demás, trágica y dolorosa. Era parte de la maldición de aquella mesa, aunque usar esa palabra se considerase herético para cualquiera de ellas. Todas las mujeres sabían que el legado de aquella mesa era una bendición, muy a pesar de las muertes que la rodeaban.

La razón era sencilla. La primera mujer que tuvo en su poder aquella mesa había sido María, la madre de Cristo, pues precisamente había sido Jesucristo quien había tallado el álamo de donde la mesa salió. María Elisa había escuchado esa historia un centenar de veces y todavía no sabía qué pensar sobre ella. Nunca conoció a su padre, pues murió poco antes de que ella naciera y nunca conoció a ninguno de sus tres hermanos, pues todos murieron también muchos años antes de su nacimiento. Cuatro hombres de su pasada familia habían muerto de forma atroz por factores que ella siempre quiso pensar fortuitos, por factores que ella siempre se negó a creer que tenían que ver con ese pedazo viejo de madera. Pero ahora también su esposo estaba muerto y ella llevaba en su vientre a un varón, y la acosaban las ideas de que el embrujo de la mesa fuera real, y no pudiera verlo crecer sano y feliz, o cuando menos enfermo y triste.

En medio de esas reminiscencias, de esas dudas, de esos augurios, María Elisa rompe a llorar, muy suavemente, conteniendo la respiración, abriendo de más los ojos, la sonrisa, para fingir que nada pasa, tratando de ocultar de los ojos de Emily el terror que la congela. Su hija, sin embargo, entiende que no es buena idea preguntar por la abuela o por aquella mesa, y deja a su madre sola, para que llore sin sentir vergüenza. Se va a correr al pasillo que lleva al recibidor, uno de los pocos espacios que todavía no parecen estar a un mal paso de derrumbarse.

El corazón de María Elisa, en cambio, está absolutamente derrumbado. Con los ojos llenos de lágrimas, y sin darse demasiada cuenta, toma una de las sillas de la mesa, se sienta y empieza a orar.

III

Esa noche, María Elisa sueña que es una niña nuevamente y que su padre, del que no guarda ningún recuerdo, aún está vivo. El hombre que debía de ser su padre luce idéntico a Jesucristo y María Elisa lo ve tallando un tronco gruesísimo para hacer una mesa. La niebla cubre toda la casa y un frío inusitado se siente en las paredes, cuyo papel tapiz ha vuelto a mostrar su diseño original.

María Elisa le pregunta a su padre si todas las historias que su mamá le ha contado sobre aquella mesa son ciertas. Su padre se quita la franela, llena de aserrín y sudor, y en su pecho se ven veinte agujeros de bala. Metiendo el dedo en uno de ellos le pregunta si a ella le parece que eso luce como un simple cuento o como algo real. María Elisa no puede evitar llorar. Se lanza al piso boca abajo, para ocultarse en la niebla, y en el fondo escucha a su padre y a su madre discutir. El sonido le llega como un hilo desgastado y tiene que poner todo su empeño en descifrar los susurros.

María Clara le reclama a su padre no tener fe suficiente para la encomienda que le fue puesta. El hombre se queja diciendo que a él le ha tocado la parte más difícil. Seguir viviendo en esa familia, a sabiendas de que le esperaba una muerte dolorosa, era una muestra de su absoluta entrega, pero creía que ya tenían demasiado con dos hijos varones muertos como para intentar concebir otro.

María Clara le recuerda que no pueden parar hasta no tener una mujer. El mensaje es claro. Cada mujer legará la mesa a su primera hija, hasta que alguna de ellas dé a luz al varón donde el alma de Cristo volverá a nacer para la salvación de la humanidad. Mientras no nazca un varón lo suficientemente puro, todos los hombres que rodeen a esa mesa deben morir, dolorosamente, como Cristo. Si no intentan tener un nuevo hijo, si no se aseguran de tener una niña, la cadena se romperá y el mundo estaría condenado.

El padre le grita, desesperado, que no pretende arriesgarse a que ella vuelva a quedar embarazada de un varón y ver cómo muere a los pocos años. Le muestra sus heridas de bala y le pregunta si eso es lo que quiere para sus hijos. María Clara vuelve a recriminarle su falta de fe, y María Elisa no lo soporta más. Se levanta del suelo exigiéndole a ambos que se callen, para encontrarse en el medio de su propia casa, sin ninguno de sus padres presentes. Al fondo, en dirección a la cocina, ve al feto de su futuro hijo, clavado en una cruz, con la cabeza coronada de espinas. María Elisa se despierta atragantada con su propia saliva. Tarda más de un minuto en darse cuenta de que se ha quedado dormida sobre la mesa.

Va a la cocina con el corazón acelerado para buscar algo con qué secar la saliva que ha dejado caer sobre la tabla de la mesa. Piensa en lo que le haría su madre si sabe que la ha ensuciado y empieza a temblar. Su cuerpo sigue hundido a medias en el sopor y de pronto recuerda lo que ha soñado.

Se toca el vientre y encuentra a su bebé todavía allí, descansando tranquilamente. De pronto se siente estúpida. Nada la obliga a limpiar aquella mesa. Ya no es una niña y no tiene por qué seguir las órdenes de su mamá, ni mucho menos creer sus historias. Cuando salió de esa casa, casi diez años atrás, lo hizo con la convicción de borrar todas sus antiguas creencias.

Roberto, su esposo, había aparecido allí una tarde. María Elisa estaba cerca de sus treinta años y ya había perdido toda esperanza de formar una pareja, y se resignaba a morir sin salir de aquel lugar. Roberto era ingeniero, pero los fines de semana caminaba junto a sus hermanos mormones, tocando puerta por puerta, en búsqueda de algún alma con ánimos de escuchar su mensaje. María Elisa estaba tan urgida de creer en cualquier cosa diferente que no opuso la menor resistencia. Tras dos años de una relación, tensa por el control que María Clara todavía ejercía sobre su hija, María Elisa y Roberto se casan y se van a vivir juntos a un estado diferente. Dos años después conciben a Emily, y a poco más de seis años de su nacimiento, conciben al bebé que ahora María Elisa lleva en su vientre. Cuatro meses más tarde Roberto muere calcinado por una fuga de vapor de una caldera que reparaba. María Elisa decide, en ese momento, que no creerá en nada más jamás.

Ahora, de pie frente a los estantes de la cocina, con la mano sobre el vientre, siente un soplo de esperanza y recuerda su convicción. No le importa si su saliva destruye aquella mesa. Tampoco le importa si la hace sobrevivir cuatro siglos más. No necesita destruir algo en lo que no cree. Tampoco necesita protegerlo. Se siente estúpida por la ansiedad que ha mostrado todos esos días. Se siente estúpida por haber orado esa noche después de tanto tiempo sin hacerlo. Se siente estúpida por las pesadillas que le propina su cerebro. Pero sabe que no es más que el efecto de una mala administración emocional, y no va a permitir que eso la continúe dominando.

Sube a su habitación y encuentra a Emily dormida en su cama. Se agacha para cambiarla a la de ella, pero se detiene y prefiere acostarse a su lado. No tarda en quedarse dormida y el resto de la noche la termina sin soñar en nada. Se levanta convencida de que todo estará mejor.

IV

María Elisa había olvidado por completo que tres días atrás tenía una cita programada con su obstetra para el seguimiento de su embarazo. Es la primera mañana que se despierta con un humor sanguíneo y ello le permite olvidarse por un momento del moho, la madera del piso y el grado de deterioro de su madre. En ese estado flotante de tranquilidad recuerda la cita y la llama para disculparse y reprogramar otra. La doctora le dice que ese mismo día puede atenderla si llega a mediados de tarde.

Llegar a su clínica, a la ciudad donde María Elisa ha vivido los últimos años, toma unas tres horas, de modo que acepta. No bien ha colgado la llamada con la doctora, se comunica con una línea de taxis para que vengan por ella al mediodía.

Emily está jugando con una muñeca algo llena de humedad cuando llega su madre para informarle del viaje que tendrán ese día. La niña se niega. No quiere ir y María Elisa no puede entender por qué, pues desde que llegaron a ese sitio Emily no ha hecho más que preguntarle cuándo regresan a casa. María Elisa le recalca que no es algo opcional y Emily vuelve a negarse, ahora con más intensidad, y sube corriendo a su cuarto. María Elisa va detrás de ella y se encuentra con su madre en el pasillo que da a las habitaciones.

María Clara le dice que puede cuidar de su nieta mientras ella va a la clínica. María Elisa se ríe y le recuerda que desde su llegada ni siquiera ha mirado a Emily. Le asegura que no la dejará a su cargo y abre la puerta del cuarto donde ha entrado la niña, pero ahora se ha desconcentrado. Tiene la mente dividida entre la confusión de por qué su hija se niega a viajar con ella y la indignación de que su madre le ofrezca ayuda después de dos semanas sin intercambiar más que las palabras necesarias. Emily ha escuchado la conversación y le pide a su madre quedarse con su abuela.

El resto de confusión de María Elisa se torna también en indignación y siente que su hija la traiciona al pedirle algo como eso. Sin reflexionarlo un solo segundo, toma su cartera, sale del cuarto, baja las escaleras, sale de la casa y camina dos cuadras hasta encontrarse con un taxi, al que le da la dirección de la clínica. Toma camino, más de dos horas antes de lo planificado, a la ciudad de donde no debió salir.

El viaje se hace rápido y María Elisa llega a la hora del almuerzo. Come algo en el cafetín, pero ahora que está en ese lugar no puede dejar de pensar en su casa, que ha estado vacía las últimas semanas. Sabe que todavía cuenta con cuatro horas antes de que sea el momento de su consulta, así que decide ir a casa. Si pasa antes por un supermercado, allí podría cocinar algo más nutritivo que lo que ha encontrado en el cafetín. También podría descansar un poco y regresar a tiempo a la clínica.

Una vez llega a casa, siente el frío acumulado, y aunque no hay rastros de niebla en ninguna parte, se acuesta en el piso para relajarse e inmediatamente se queda dormida. Cuando despierta, llueve a cántaros y todo está oscuro. Mira su reloj y nota que han pasado dos horas desde la medianoche. El primer pensamiento que le cruza por la mente es Emily y teme por lo que le puede haber pasado estando al cuidado de su madre. Se le hace un nudo en el estómago y toma el teléfono para llamar un taxi, que diez minutos más tarde está parado frente a la puerta de su casa. Llega a donde su mamá cuando ya el día está empezando a aclarar.

Tiene la boca seca, el hambre la retuerce y todas esas sensaciones vienen a unirse a un terror de encontrar a su hija muerta por inanición o desangrada por alguna estaca de madera del piso clavada en su abdomen. Cruza el pasillo del recibidor, entra en la cocina por la primera puerta y sale por la segunda para quedar de frente al comedor. Allí encuentra a su hija, dormida sobre la mesa, y a su madre dormida sobre una silla junto a ella. María Elisa empieza a respirar muy agitada y siente un grito atorado en el cuello, que no logra sacar.

Se acerca a María Clara y la bate fuertemente por los hombros sin decir palabra alguna. Su madre se despierta sobresaltada y María Elisa le señala a su hija dormida sobre la mesa, mientras le hace ademanes recriminatorios. No quiere despertar a su hija, pero sabe que si intenta confrontar a su madre terminará gritando en algún momento. En silencio, le da la espalda a su mamá y empieza a cargar a Emily para llevarla a su cama. Cuando por fin logra levantarla por completo, Emily abre los ojos. Se aprieta con fuerza a los hombros de su mamá, dispuesta a dormirse de nuevo, cuando termina de notar que es su madre quien la lleva en brazos, y va volviendo poco a poco a la consciencia. Al despertarse, mira a los lados y sus ojos se tropiezan con los de su abuela y luego con la mesa. Apenas la mira, Emily empieza a llorar desconsoladamente y su pecho se contrae y dilata rápidamente, mientras respira sin control y señala asustada la mesa, como si la viera incendiarse.

María Elisa trata de consolarla al tiempo que la interroga, pero Emily no puede pronunciar nada inteligible ahora que el llanto ha arreciado. María Clara mira a su hija y a su nieta con el ceño fruncido y le confiesa a María Elisa, en pocas palabras, que el llanto de Emily se debe a que, en su ausencia, ella le contó toda la verdad sobre la mesa. Le había dicho que su padre, su abuelos, sus tíos habían muerto por el designio de la mesa, de la misma forma que el hermano que su madre llevaba en el vientre lo haría. No escatimó en detalles y cuando el temor de Emily se manifestó en forma de llanto, María Clara no encontró otra manera de calmarla que enseñándole a orar sobre la mesa. Después de más de una hora de llanto Emily se había quedado dormida acostada sobre ella hasta el momento en que su madre la levantó de allí.

María Clara se afirma a sí misma que ha hecho lo correcto y que lo volvería a hacer de ser necesario. María Elisa siente ganas de obligarla a masticar la mesa, pero en ese momento el llanto de su hija ocupa la mayor parte de su atención. Se lleva a Emily al piso superior y allí trata de calmarla sin demasiado éxito. Lo último que se le ocurre es decirle que aquella mesa no las lastimará, porque ese mismo día la volverían trizas.

María Elisa deja a Emily cambiándose de ropa en su cuarto y baja para encontrarse a su madre orando sobre la mesa. Con la voz baja, pero con ademanes de grito, la insulta y le jura que en ese mismo momento saldrá con Emily a una ferretería para comprar un hacha o cualquier cosa con la que puedan volver pedazos aquella mesa y así acabar con su maldición de una vez por todas. María Clara le ruega que se detenga, que piense bien las cosas, pero María Elisa está decidida. Una vez su hija se ha vestido, sale con ella a la calle. La certeza de que destruirán la mesa juntas la tiene en tensa calma, pero Emily no deja de preguntarle, cada cinco minutos, alguna nueva cosa sobre el maleficio de aquella mesa. María Elisa le jura que una vez la destruyan, su hermano vivirá para siempre y ella no deberá temer nada.

Dos horas más tarde regresan a la casa con un serrucho, una segueta, un hacha, keroseno, encendedores, dispuestas a tomar el asunto en sus manos. Al cruzar la segunda puerta de la cocina encuentran a María Clara muerta sobre la mesa.

V

Es la noche después del funeral y la última que pasarán María Elisa y Emily en ese lugar. Ya tienen sus cajas y maletas recogidas para regresar a su hogar y a la mañana siguiente solo les queda esperar al camión de la mudanza. María Elisa deberá volver un par de veces más a aquel lugar para gestionar todos los trámites sucesorales y vender la casa de su mamá. Una vez cumpla con todos los procedimientos, podrá olvidarse para siempre de ese sitio. Espera tener la voluntad para deshacerse de la mesa antes de que llegue ese último día. Pero no se engaña. Probablemente termine contratando a alguien para destruirla, o la regale a cualquier incauto.

Han sido agotadores los últimos días y Emily los ha sobrellevado con una inusitada madurez. María Elisa la lleva a su habitación y la deja sobre su cama. Cuando ve que se ha dormido, baja al comedor.

Se sienta en una de las sillas y trata de rehacer los eventos de los últimos días. No deja de pensar que su madre ha muerto a voluntad para llenarla de culpa y hacerle más dura su tarea de acabar con el legado de sus delirios. Pero sabe que no es posible detener el cuerpo a voluntad y entonces siente que no aprovechó esos últimos días para propiciar una reconciliación. Ahora ella es mucho más madura emocional e intelectualmente de lo que era antes de irse a vivir con Roberto. Pudo haber usado esos años de aprendizaje para convencer a su madre de abandonar sus ideas, por lo menos antes de morir. Pero no lo intentó siquiera.

Todos los caminos la llevan a la culpabilidad. Se le aguan los ojos, pero María Elisa los enjuga antes de que puedan derramarse. No quiere llorar más pensando en su madre y no quiere continuar con los mismos círculos viciosos ahora que ha muerto.

Entra al lavandero y saca de allí el hacha que compró días atrás. Se dirige con convicción a la mesa, dispuesta a sacarla para siempre de su vida. Ya frente a ella levanta el hacha lo más que puede y la deja caer sobre la tabla en un solo y certero golpe, que suena como un disparo ahogado por la distancia. Le sobreviene una fuerte taquicardia al ver el hacha clavada sobre la mesa y se siente en medio de un sueño. Cientos de recuerdos pasan frente a sus ojos y no puede contenerlos ni entenderlos. Cae arrodillada al piso, llorando y, desde allí, trata de sacar el hacha de la madera.

Se levanta y pasa la mano sobre la herida en la mesa, como si la acariciara. Se acuesta de medio lado sobre la mesa, y con los ojos nublados por las lágrimas empieza a golpearse el vientre con todas sus fuerzas, una y otra vez, una y otra vez. A medio camino de las escaleras, Emily, enfundada en sus piyamas, la mira sin poderse mover.

Victor Mosqueda

El legado de la sirenita

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Cuento

Rating: + 13

 Este relato es propiedad de Olga Besolí. La ilustración es propiedad de Rafa Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor.

El legado de la sirenita.

La apesadumbrada sirenita miraba con ojos vidriosos la superficie del inmenso océano que era su hogar y que sostenía al navío. Escondida tras unas rocas, contemplaba cómo el lujoso yate se acercaba suavemente, bordeando la costa. Era todo cuanto había estado esperando.

La sirenita se aclaró la voz mientras dejaba escapar al aire unas pocas notas de su embrujado cantar que las olas y los vientos alisios esparcieron sobre el mar. Inmediatamente, unos ruidos que procedían del barco rompieron la armonía de ese momento. El joven patrón y su capitán subían atropelladamente a la cubierta del barco, a trompicones, empujándose el uno al otro en una carrera sin escrúpulos en dirección a la proa. Allí, se pelearon por pegarse a la barandilla que les separaba del mar, con las cabezas apuntando hacia las rocas del arrecife, allí donde permanecía oculta la sirenita. Uno arremetió contra la barra metálica que le impedía acercarse a aquella voz que les atrapaba, que les aturdía los sentidos, golpeándola con las manos desnudas. El otro levantó la pierna dispuesto a saltar por encima de cualquier barrera y tirarse por la borda.

La sirenita selló entonces sus labios y no emitió más sonido que un silencioso llanto que se confundió con el susurro del mar. Los dos marinos, alterados, recorrían fuera de sí la cubierta en un ir y venir desesperado por escudriñar el mar en todas direcciones, por encontrar un viento favorable que les trajese de vuelta las notas de aquella melodía maravillosa que atrapaba sus almas y cuya esencia se evaporaba como lo hacen los sueños. Con las mentes todavía enturbiadas por la magia de la sirenita y los oídos hechizados por el recuerdo de aquella canción extraordinaria. Con los corazones agitados y una tristeza inmensa que de pronto les invadía.

La misma tristeza que oprimía el corazón de la sirenita. Y ni ella entendía por qué. Llevaba toda la vida esperando ese momento, que prometía ser el más feliz de toda su existencia, el que la sacase de la pobreza del fondo marino y la encumbrase en la mejor de las vidas terrestres. Con un buen par de piernas como complemento. Con una propuesta de matrimonio y un anillo de compromiso en su dedo. Con una bonita mansión, con árboles y caminos. Con sirvientes, ayudantes y criados. Con joyas relucientes, diamantes, rubíes y oro. Montones de oro y de dinero. Con un armario repleto de vestidos, complementos y zapatos. Con todas esas pequeñas delicias que la vida humana concede y que ella pronto iba a descubrir. ¡Había esperado tanto tiempo a tener su oportunidad! Y, en cambio, ahora que lo tenía todo al alcance de su mano, no pudo evitar sentirse tremendamente desdichada.

Se sentía tan infeliz como la sirenita de la historia que tantas veces le contó su madre para apaciguar sus miedos de niña, cuando la oscuridad del océano nocturno la asustaba tanto que la hacía soñar con tiburones hambrientos y medusas urticantes. “Voy a contarte un cuento—oía mientras la arropaban en su camita de nácar—de la primera sirenita que logró salir del océano. Ella estuvo triste hasta que se casó con un humano y consiguió un par de piernas. “¿Entonces fue feliz, madre?” —preguntó la sirenita con su voz de pececillo la primera vez que escuchó el cuento—. “Claro, hija, ¡quien no va a ser dichosa teniendo todas esas cosas! Ariel, que así se llamaba la sirenita, consiguió toda la felicidad del mundo. ¿Quieres que te cuente toda la historia?”. 

La sirenita creció escuchando atentamente el relato, noche tras noche, con los ojos abiertos como platos, agarrada fuertemente a su esponja de mar conforma de pez payaso. “Y dentro de unos años, —le decía su madre— cuando seas mayor, tú también podrás conseguir tu marinero que te saque del mar y que te ofrezca todo cuanto puedas desear. Y por eso debes cuidarte. ¿Te has lavado ya los dientes y cepillado el pelo?”

Y lo había hecho. Millones de veces. Su esplendorosa melena rubia resplandecía brillante y espesa desde sus cinco años. Jamás se la cortaría. Sus manos lucían suaves y sus dedos cuidados. Sus dientes eran blancos como las perlas y su piel fina y pálida, casi cristalina, como el cuerpo de una medusa; su cuerpo esbelto y proporcionado como el de una gamba, su rostro redondo y agraciado como el pez luna. Se había esforzado tanto en cuidarse que casi no había tenido tiempo de hacer otra cosa en su vida. Y con ello había desaprovechado la posibilidad de experimentar un millón de vivencias bajo el mar, en espera de escapar de sus lindes.

La sirenita había pasado la infancia entera apartada de los rayos solares que tanto manchan y afean la piel, mientras otros disfrutaban de su calidez; se había mantenido alejada de los cortantes arrecifes donde otros jugaban al escondite por no rasguñarse las escamas y había evitado merodear por el lugar donde yacía el viejo barco hundido, por temor a herirse con algún hierro sobresaliente, mientras algunos compañeros le contaban las aventuras emocionantes que allí les habían sucedido.

Su adolescencia pasó entre acicalamientos y desidia. Esperando que llegara la edad que le permitiera salir a la superficie en busca de su futuro amado, se mataba de hambre para conservar la hermosa silueta que dejaría prendado al primer marinero que le echara los ojos encima. Su dieta, básicamente, había consistido en montones de algas y unos pocos puñados de pepinos de mar. No se llevó jamás a la boca ninguna de las otras delicias que el mar ofrecía, aunque alguna vez se había permitido el lujo de zamparse algún que otro pequeño crustáceo a escondidas. Pero era preferible no comer el pescado grasiento a tener que introducirse los dedos en el gaznate para vomitarlo tras cada ingesta, como hacían muchas otras sirenitas, comida tras comida, festín tras festín, hasta que les dolía la garganta y se les quebraba la voz.

La voz de una sirena es como el sable del guerrero, o el oro del banquero. Es su todo, el lugar donde reside su belleza y su magia ancestrales. Ninguna precaución era exagerada si se trataba de proteger la voz. Así que la sirenita hablaba muy poco y muy bajito, casi en susurros. Había desterrado de su vida los griteríos de júbilo y las exclamaciones de sorpresa, los cantos con colegas y las conversaciones de amigas a altas horas de la madrugada, las risas contundentes y los llantos desmesurados.

Pero todo sacrificio era válido por pagarse el viaje de ascenso a tierra seca. Un viaje que no todas las sirenas podían permitirse. Solo las mejores alcanzarían su objetivo. El pasaporte era su belleza, su cuerpo, su voz. En definitiva, su capacidad de enamorar a un marinero, a poder ser el capitán o, si era verdaderamente afortunada, un patrón de barco joven y apuesto como aquel que observaba en la lejanía.

La sirenita que lograba tomar tierra en brazos de su marinero era feliz para siempre, pues la vida terrestre está cargada de lujos. O, al menos, eso decía desde tiempos inmemoriales la tradición que transmitían las madres a sus hijas, de generación en generación, desde que esa primera sirena llamada Ariel cambiara el destino de todas con su hazaña. ¿Por qué malvivir bajo las aguas, compartiendo espacio con cangrejos y anguilas eléctricas si puedes poseer un trozo de mundo con solo enamorar a un hombre?

Tras esa reveladora verdad, el mundo bajo el mar cambió. Todas las sirenitas querían sus propias piernas, su marinero, su mansión en tierra firme. Despreciaban a los de su propia especie. Competían entre ellas. Y la competencia era muy dura, a veces cruel. Las más bellas, las más rápidas, las más despiadadas, ganaban su marinero. Las otras perdían, volvían a sus hogares con las manos vacías, obligadas a renunciar a su sueño seco. Descendían de nuevo a las profundidades de su cárcel de agua heridas y exhaustas, en cuerpo y alma, para reencontrase con aquellos compañeros de juegos y especie con los que compartían secretos de infancia. Con suerte quizá crearían junto a ellos una vida humilde en su guarida oceánica. Como su madre, cuya herida en la mejilla izquierda, causada por aquel trozo de coral que mantuvo en su mano firme la despiadada sirena que compitió con ella por ese soldado del navío de guerra, cicatrizó dejando una marca imborrable en su rostro y en su orgullo. Ambos no sanaron jamás. Como todas las demás madres, quienes después de haber vivido esclavizadas en el cuidado de sus cuerpos persiguieron una oportunidad que no obtuvieron y que empujaban a sus hijas a ser las mejores, en un intento de redimir su propio fracaso.

La madre de la sirenita se habría sentido orgullosa de ella. Hoy tenía todas las de ganar. Había apostado fuerte. Se había arriesgado a dañarse la piel nadando entre los arrecifes de coral, a sabiendas que ninguna otra sirenita se acercaría a un lugar tan peligroso como aquel. Y el riesgo tuvo su recompensa. Se encontraba sola, completamente aislada del resto de sus congéneres, cara a cara con ese navío y sus dos marineros, que seguían sobre la cubierta, dispuestos a arrojarse al mar y a competir por su amor. Lo demás sería pan comido: volver a cantar hasta que ambos se zambullesen en las aguas, elegir con tiento a cuál de los dos salvar, llevarlo a la playa, esperar a que recuperara la consciencia, embrujarlo con la mirada, ir rápidamente hasta el próspero negocio de la hechicera para cambiar la cola por un buen par de piernas, pagar el precio, estipulado y abusivo, de mil cien perlas, reaparecer ante el amado de nuevo y dejar que la belleza y la magia hicieran el resto. Todo siguiendo los pasos de Ariel, la sirena que abrió el camino a las demás en la conquista del suelo firme.

Pero algo no iba bien en el interior de la sirenita. Sentía un profundo pesar. Miró al horizonte, a la línea que separa el cielo del mar, y se preguntó qué había vivido ella de las profundidades oceánicas, qué secretos le quedaban todavía por desvelar, qué recuerdos se llevaría consigo a su nueva vida en tierra seca. Un escalofrío recorrió su cuerpo y le erizó las escamas cuando un rayo de sol se filtró entre las nubes y le acarició la piel suavemente. ¿Tan valioso era ese sueño de princesas, de castillos y de piernas para despreciar su propia vida?

Ilustración de Rafa Mir

La sirenita miró por última vez a los dos hombres sobre la cubierta del precioso yate blanco. Seguían con los ojos fijos en la lejanía, con una expresión ceñuda, buscando, añorando aquel sonido que les dejó el alma vacía. Entonces, un par de chicas en bikini aparecieron de la nada sobre la cubierta. Con sus espectaculares cuerpos, sus tintineantes risas y sus poses estudiadas trataron desesperadamente de llamar la atención de los dos hombres. Eran unas humanas muy bonitas. Sus cuerpos secos y delgados adquirían un tono dorado bajo los rayos de sol. Probablemente llevaban toda la vida sacrificándose por tener ese aspecto. Seguramente también habían tenido que competir duramente con otras humanas, peleando con uñas y dientes para estar allí, junto al dueño y el capitán de ese palacio flotante. Con toda certeza sus madres les contarían de niñas miles de historias parecidas a las que había escuchado tantas veces la sirenita: cuentos de princesas, de castillos y de piernas. La sirenita sintió una gran compasión por ellas.

Uno de los dos marineros, el joven patrón, apuntó en dirección a las rocas cuando la sirenita, dando un enorme coletazo, se hundió en las profundidades marinas que ya no le parecían una cárcel acuática sino un mundo lleno de posibilidades.

Lo primero que hizo fue calmar los rugidos de su estómago, saciando su hambre con un suculento pescado que le supo a gloria. Luego, buceó por primera vez entre los restos del Reina Isabel, aquel antiguo galeón español hundido por su propio capitán para evitar que los piratas se llevaran su botín: el enorme cargamento de oro y piedras preciosas procedente del nuevo mundo que permanecía en su bodega y que nadie había visto hasta que la sirenita posó sus ojos sobre él, pues ningún otro ser marino había reunido antes el valor suficiente para adentrarse en las mismísimas entrañas de aquel navío naufragado.

Olga Besolí

Julio 2013

La Bella y la Bestia

Autor@: 

Ilustrador@: Pilar Puyana

Corrector@: Carme Sanchis

Género: Cuento para adultos

Rating: Adultos

Este relato es propiedad de Inmaculada Ostos Sobrino. Las ilustraciones son propiedad de Pilar Puyana. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La Bella y la Bestia.

Noticia en un periódico: …Se encuentra a un bebé con cinco días dentro de una tubería, los vecinos se quejaron de los extraños maullidos que se repetían cada noche, cuando los bomberos sacaron al bebé quedaron asombrados, la madre una joven…

–¿Por qué lo hiciste? Una chica bella, joven como tú y con un brillante porvenir podría haberse apañado con el bebé.

 

Ilustración de Pilar Puyana

–La bestia despertó.
–¿Qué bestia?
–La que todos escondemos dentro, todo el mundo alardea de fijarse en el interior de las personas y no en su físico y todos ellos se engañan, pretenden ser personas que no son, se hacen los interesantes, los humildes, los buenos; creyéndose los protagonistas del cuento la bella y la bestia. ¿Me sigue? Ese cuento que predica que la belleza está en el interior. Pues bien, déjeme decirle una cosa, en el interior solo hay oscuridad y, dentro de esa oscuridad duerme una bestia que nos alcanza a todos tarde o temprano.
–Y esa bestia… ¿Es quién te dijo lo que tenías que hacer?
–¡No, por Dios! Creo, doctor, que se ha equivocado en su diagnóstico. Yo no oigo voces, solo intento ser coherente.
–¿A qué te refieres?
–A que cada uno ha de ser consciente de la bestia que lleva en su interior y, saber si será capaz de dominarla o no. Una vez lo tengas claro, aceptarlo sin más.
–Y en tu caso ganó la bestia, ¿verdad?
–Permítame que le ofrezca esta sonrisa un tanto cínica, pero la verdad es que la bestia nunca se marchó.
–Creo que está usted algo aturdida, tal vez esté viviendo en una fantasía y crea ser alguien que nunca fue; un personaje de un cuento, de una película o quizás, algún asesino del que haya oído hablar. Puede que sea un trastorno de su personalidad producido por alguna crisis durante el embarazo, o incluso una depresión post parto. .
–¿Y qué le hace pensar eso?
–Pues que jamás tuvo ningún episodio como este, su vida es intachable.
–Le vuelvo a dedicar otra de mis sonrisas, se la ha ganado otra vez, aunque esta es de simpatía. Creía que no podía haber nadie tan inocente y, mucho menos, siendo psicólogo de profesión.
–¿Qué quieres decir con ser psicólogo de profesión?
–Pues que ustedes son los peores, los más cínicos, los más reprimidos, y sus bestias son las más crueles cuando salen al exterior. He conocido muchos así. Y de nuevo se equivoca, ha habido más muertes en mi vida.
–Pero no hay ningún antecedente policial, ni consta en su vida personal ningún caso que pueda hacernos llegar a tales conclusiones.
–Digamos que he sido hábil.
–¿Y por qué decidió reconocer sin más que es usted la parricida de su bebé?
–La verdad, me sorprendió que el bebé sobreviviera. Tengo curiosidad por llegar a ver la bestia en la que se va a transformar. Ningún bebé normal hubiese soportado estar cinco días sin comer, tal vez haya heredado mi verdadera naturaleza, por eso lo admiro.
–¿Lo admiras o lo quieres?
–Solo soy capaz de querer a una persona, siempre ha sido así, si no hubiese sido de esa manera jamás hubiese llegado hasta esta situación.

Pero contestaré a su pregunta, digamos que lo admiro porque en cierta manera es como si yo fuese la misma muerte y, mi engendro, eso que llevé en mi vientre, la peor de las pesadillas que sufrirá la humanidad.

Ilustración de Pilar Puyana

–¿Se arrepiente?
–¿De lo que hice? Jamás. Disfrute con todas y cada una de las muertes que produje, aunque me da rabia no haber consumado esta última, me resultó la más dulce de todas, la verdad. Cuando lo creí muerto sentí un placer especial.
–Intento seguirla, pero no encuentro su móvil, a lo largo de la historia la belleza ha sido motivo de cuentos, leyendas y crímenes. Es obvio que su belleza es poco habitual, además usted ha insinuado que solo se quiere a sí misma, y dando por hecho que con la belleza hoy en día se puede llegar a cualquier lugar, incluso como usted muy bien apuntó, hasta el punto de esconder sus crímenes, todo esto apuntaría a que es la misma belleza la causa de toda su discapacidad funcional. Pero, me resulta increíble que la causa real pueda ser algo tan simple y tan efímero.
–Sigue siendo usted un ingenuo. Claro que podría ser, el placer es el arma más poderosa que existe y la belleza el mayor regalo que te puedan conceder; con ella alcanzas la invisibilidad, y te ofrece la oportunidad de poder vivir tu verdadero yo.
–Seguimos hablando de la bestia, ¿verdad?
–De la misma. La belleza es la fachada perfecta. Con ella eres libre, te creen tan superficial que piensan que más allá de la misma no hay nada más que te pueda interesar. No se molestan en buscar al ser real, si lo hicieran, descubrirían a esa bestia que hace y deshace a su voluntad, que es libre, que no tiene miedo y que derrocha maldad.
–Entonces, ¿se confiesa usted culpable de este y otros crímenes?
–Sabe bien que sí, ya les puede decir a los que hay detrás del espejo que vengan a por mí.
–Sigo sin comprender. ¿Por qué? ¿Por qué ahora?
–Ya le contesté, curiosidad, tal vez…
La muchacha le dedicó otra de sus maliciosas sonrisas y esta vez, al psicólogo se le heló la sangre en las venas. .
–Dígame, ¿a que conclusión le ha hecho llegar? –le preguntó uno de los detectives cuando el psicólogo abandonó la sala de interrogatorios.
–No sé cómo explicárselo, detective. Estoy tan aturdido como usted, déjeme que le exponga mis conjeturas de una manera sencilla.
>>Érase una vez una niña tan bella que era agasajada por todos aquellos que tenía alrededor. Acostumbrada a conseguir todo aquello que quería, el dulce espíritu de la niña se fue desmaterializando hasta transformarse en un negro carbón. Al no encontrar placer en nada, comenzó a torturar la mente de los desafortunados que la creyeron buena. Pero nunca tenía bastante y, empezó a experimentar hasta que finalmente emergió la bestia y la arrastró a su interior. Cuentan que un día esa misma fealdad llegó a exteriorizarse y fue repudiada por todos los que una vez la amaron. La encerraron en un castillo y esperaron a que la tierna flor de su juventud se fuera deshojando en la más oscura intimidad. Era la única manera de mantener a todo el mundo a salvo de sus atrocidades. Y colorín colorado este cuento se ha acabado.
–¿Acaso me acaba de contar un cuento? ¿Piensa usted que soy estúpido?
–No, por supuesto que no. Pero, ¿lo entendió? –el detective asintió.
–No entendí muy bien la idea, pero sí el contexto.
–Justo eso es lo que nos mostraban los cuentos, la manera de captar ese ápice de maldad suficiente para poder alejarse uno a tiempo. Digamos que siempre hubo pacientes psiquiátricos a lo largo de la historia y que los diagnósticos han evolucionado. Los cuentos siempre se han usado para decir o denunciar de una manera metafórica algo que ocurría en la realidad, incluso de manera didáctica para prevenir a la gente contra el mal. Por desgracia, siempre ha habido bestias y siempre las habrá. Por eso hay cosas que no se pueden explicar y que simplemente hay que aceptar, aunque no tengan cabida en tu forma de pensar. En eso, desgraciadamente, aquella “bestia” tenía razón.

Inmaculada Ostos Sobrino

Escarabajeando en el laberinto.

Autor@: Montse Augé

Ilustrador@: Rosa García

Corrector/a: Mariola Díaz Cano

Género: Cuento

Este relato es propiedad de Montse Augé, y su ilustración es propiedad de  Rosa García. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Escarabajeando en el laberinto.

Ilustración de Rosa García

Se quedó impresionado cuando vio aquel enorme tapiz que daba la bienvenida a los visitantes del Museo Egipcio de El Cairo. Él lo veía todo muchísimo  más grande, claro. Allí estaban, sobre aquel fondo verde y libre en el que siempre habían vivido. Y allí estaban también, atrapados en aquellas líneas que habían trazado la cárcel de sus vidas. Si hubiese sabido leer, habría entendido perfectamente el título que acompañaba a aquel dibujo: “Escarabajeando en el laberinto”. Parecía imposible el cambio que experimentaron sus vidas en poco tiempo. El mismo ser que lo adoró lo condenó.

        Avanzó entre las salas del museo, primero por el suelo y después por las paredes: cientos de figuras de escarabajos tallados en piedra, basalto, granito, piedras preciosas e incluso en oro ocupaban las vitrinas de la exposición. Cuando llegó a la última sala quedó petrificado. Igual que los falsos escarabajos, no estaba preparado para ver aquello: las vitrinas encerraban de nuevo los cuerpos de escarabajos. Pero estos, aunque no lo pareciesen, eran reales: no estaban tallados en ningún material, eran cadáveres, las víctimas del sacrificio. Se armó de valor y aceleró el ritmo, sólo deseaba huir de allí, había sido testigo de aquella masacre y lo único que deseaba era olvidarla. Algo imposible. ¿Cómo borrar el recuerdo de una amistad, de aquellos que habían formado parte de tu vida? En la última sala había una pantalla gigante donde se proyectaba una película sobre la exposición.  La voz en off que relataba los acontecimientos le hizo recordar…

“Scar avanzaba rápidamente escondido y protegido por la maleza del bosque. Los había visto justo a tiempo para escapar. Tenía  que esperar para no ser descubierto y para que no hallasen el escondite del resto de sus compañeros. Esperaba que no lo pisaran. Eso sería terrible, aunque supondría un empate: él moriría pero tampoco sería útil para el enemigo. Lo necesitaban entero, sin ninguna deformación. Suspiró aliviado cuando los vio pasar de largo. La próxima vez tal vez no tendría tanta suerte. Reanudó la marcha hasta llegar a aquella especie de madriguera que servía de refugio a su enorme comunidad de escarabajos. Estaba perfectamente disimulada para que los hombres no la descubriesen. Al principio de su destierro bajo tierra fueron víctimas una y otra vez de masacres en las que el hombre destruía sus refugios para conseguirlos.

Todo empezó cuando la suerte abandonó a la especie humana, las catástrofes se sucedían sin cesar, las épocas de malas cosechas, de falta de alimentos, de incesantes guerras. Pero en aquella tierra de dioses no tardó en aparecer una explicación divina que justificase la cadena de trágicos acontecimientos. Y los más indefensos fueron usados de cabeza de turco y, al mismo tiempo ,de solución al problema: el “scarabeus sacer” egipcio, venerado casi como un dios, usado como amuleto de vida y poder, símbolo de la resurrección, del sol naciente, protector contra el mal, usado en jeroglíficos, en inscripciones para honrar la memoria de los faraones. El hombre creyó recibir el mensaje de los dioses: ellos os seguirán protegiendo, pero ahora no basta con crear una imagen a su semejanza, ahora es necesario obtener el poder de su propio cuerpo, poseer su vida, transmisora de aquello que era necesario para que la suerte volviera a aliarse con el hombre e instaurase un nuevo período de prosperidad.

Los escarabajos ancianos contaban que aquello estaba escrito, que tenía que suceder. Los más jóvenes los acusaban por no haber sido capaces de evitarlo. La codicia del hombre hizo que emprendiese una caza salvaje de escarabajos. Eran apresados en vida y se les practicaba un agujero en el cuerpo para luego ser engarzados en una cuerda que lucían en sus cuellos. Pero la suerte no llegaba. Algo no funcionaba, los dioses se habían equivocado. Pero no podían equivocarse, tal vez no habían entendido bien el mensaje.

Scar recordaba el momento del cambio: de la caza salvaje se pasó a la selectiva. Fue peor. Ahora eran los escarabajos los que tenían que ofrecerse a ellos, sólo los mejores, los ejemplares más bellos. Ello motivó la creación del laberinto, más tarde llamado laberinto de la muerte. Era el modo de seleccionar a las víctimas. Se elegía un grupo de escarabajos y se dividían en parejas .El laberinto tenía varias entradas y sólo una salida. El primero que conseguía llegar al final se salvaba, retrasaba su ejecución porque sabía que algún día perdería. El otro era entregado al hombre. El mayor problema era cuando los dos alcanzaban la salida al mismo tiempo: entonces una lucha entre ellos decidía el destino de ambos. Y Scar sabía que la fecha de su elección se acercaba.

Era uno de los mejores ejemplares, eso decían. Podía haber huido pero hubiese sido peor, fuera de su escondrijo era todo más difícil y su destino hubiese sido el mismo. Los humanos no cumplían del todo aquel pacto y si encontraban algún escarabajo perdido lo apresaban. Cada semana había una entrega de escarabajos sacrificados. A principio eran entregados vivos, pues tenían que estar en las mejores condiciones para lucir en el cuello de los humanos. Pero para ahorrarles la humillación y el dolor y como muchos no sobrevivían a la lucha final decidieron que serían ejecutados antes, una muerte rápida que dejase la menor marca posible.

           Scar aborrecía a su especie por su cobardía , por no haberse enfrentado al humano, por haber cedido ante él, por haberse convertido en su esclavo, por ofrecerse en bandeja en vez de defenderse. Sus antepasados habían vivido en alianza con el hombre. Pero ahora la especie dominante no era ni mejor ni más inteligente que ellos: ante la incapacidad de resolver sus problemas  habían optado por ofuscar sus mentes y buscar una explicación en lo irracional, cegados totalmente e intransigentes; era mejor eso que intentar comprender qué sucedía y pensar que tal vez la culpa era de ellos mismos, que la solución elegida no era la correcta. El dolor y la muerte no eran necesarios. Aquella religión que los había iluminado en sus épocas más esplendorosas los estaba sumiendo en una total oscuridad.

          Y el tiempo avanzó. Y los días se sucedieron hasta que el reloj de la vida ralentizó su ritmo y empezó la cuenta atrás para alguien. El anciano pronunció su nombre: Scar formaba parte del siguiente grupo. Su contrincante era uno de sus mejores amigos, salieron de sus larvas en el mismo momento y ahora les tocaba librar una batalla contra la muerte. No se imaginaron que tanto su nacimiento como su muerte irían de la mano. 

        Y la noche más negra empezó a devorar los últimos rayos de sol. Los más tristes y oscuros presagios se apoderaron de Scar. Miraba sus patas delanteras que mañana tal vez se convertirían en las garras que acompañarían a la caprichosa e inevitable muerte .Tenía miedo y lo único que deseaba era poder escapar de allí, de su fatal destino. Porque tarde o temprano la víctima sería él, salir victorioso no significaba conseguir la inmunidad, volvería a ser elegido para luchar. Era algo tan absurdo e injusto. Se preguntaba por qué no se habían rebelado contra los ancianos. Las víctimas eran superiores en número a los verdugos. Tal vez todavía quedaba alguna esperanza.  Sus pensamientos lo llevaron delante del laberinto, el límite hasta el cual era permitido acercarse. Custodiado por dos enormes escarabajos era imposible franquearlo, violar aquella ley suponía entregar su cuerpo en bandeja. ¿Y si él fuera capaz de borrar las líneas de aquel destino que decían que ya estaba escrito?

         Y de nuevo regresó el día, vencido durante unas horas por la noche, volvía a dominar el mundo y la vida. En las galerías subterráneas algunos osados rayos de sol devoraron a las sombras y dieron unas tímidas pinceladas de luz sobre el color negro con el que estaba pintado aquel mundo bajo tierra. Era la señal esperada. Podían empezar los sacrificios del laberinto. Los elegidos esperaban a las puertas del mismo. Scar y su compañero eran los últimos, tendrían que soportar el dolor de sus compañeros durante aquella agónica espera. Tenía que elegir la entrada correcta y ser muy rápido, llegar al final y escapar. Si su compañero llegaba antes que él, le estaría esperando la muerte. Había diversas entradas al laberinto pero sólo una salida. Y más de una entrada llevaba al final. Si los dos llegaban al mismo tiempo…tendrían que luchar.

           Poco a poco el resto de elegidos fue desapareciendo. Ya no quedaba nadie más, sólo ellos. Los guardias les indicaron que podían acceder al interior. Allí estaba aquella confusión de caminos, aquel acertijo del que dependían sus vidas. Y la primera incógnita se desveló: cinco entradas aparecieron ante ellos. Scar no lo dudó y eligió justo la del medio. Tal vez creer en el equilibrio le ayudase. La cuenta atrás había empezado, ya no había nada que evitase aquella carrera de obstáculos.

         Se lanzó como un loco al interior. La suerte empezó a sonreírle pues su contrincante había elegido la misma entrada pero Scar fue más rápido. Lo primero que llamó su atención al entrar fue un olor especial. Era el suelo cubierto de hierba, parecía un tapiz verde. Al principio parecía todo fácil, sólo debía seguir el camino marcado. Sabía que tarde o temprano tendría que elegir. Y así fue. La primera intersección, derecha o izquierda. Izquierda. Izquierda. Derecha. Siguió adelante, adelante, ya quedaba menos, lo intuía, cuando el color verde desapareciese…. habría vencido al laberinto. Y antes de lo que esperaba dejó de pisar la hierba. Y apareció también él, su contrincante, su amigo, al final de aquella maraña de caminos.

         Pero nadie podía imaginar que justo cinco minutos antes de acceder al interior, aquellos dos amigos habían urdido un plan. Se conocían tanto que sin apenas hablar lograron comunicarse sin ser descubiertos. Nadie en aquella comunidad escarabájica había pensado nunca en una rebelión. El terror los tenía dominados y cualquier muestra de desobediencia los hubiese pillado por sorpresa, sin poder reaccionar. Y aquellos dos caparazones negros se enfrentaron a aquel mundo de injusticia, de miedo, de dolor, que los estaba aniquilando. En memoria de todos sus antepasados que fueron venerados como dioses, en honor de los cuales se alzaron estatuas en templos, que fueron protectores de los mismísimos faraones. Por ellos y sobre todo en honor a su sagrada amistad empezó aquella lucha.

Ilustración de Rosa García

          La seguridad era mínima allí dentro, sólo dos guardias les esperaban al final. Ésa fue la única información que se les desvelaba antes de entrar. La necesaria. “Cuando oigas mi señal ataca al que tengas más cerca”. Scar dio la señal y la lucha empezó. Los dos eran tan fuertes como los guardias. Tenían que vencer y huir. Scar estaba eufórico y luchaba con todas sus fuerzas. El factor sorpresa jugaba a su favor y su oponente fue derrotado en pocos minutos cuando las patas delanteras de Scar se clavaron en él como auténticos cuchillos. Su cuerpo dejó de moverse al mismo tiempo que el de Scar emprendía la huida hacia el exterior. Ésa era la segunda parte del plan: una vez eliminado el objetivo huir sin mirar atrás. Pero a medio camino no pudo resistir la tentación y volvió la vista, tenía que saber si su compañero también había vencido. Pero nadie le seguía. Los escarabajos que había encontrado a su paso se habían apartado asustados. De pronto empezaron a escucharse gritos y reconoció perfectamente la voz de los ancianos. No podía quedarse parado más tiempo. Y huyó…”.

          De nuevo volvió la prosperidad y la paz. La suerte se alió nuevamente con los humanos y estos dieron las gracias a los dioses. El día de su huida marcó un antes y un después: sin saberlo se convirtió en líder y su acción sirvió para alentar al resto de escarabajos, que no dudaron en imitarlo y en sublevarse contra aquel laberinto que decidía su destino. Ahora el hombre, para lavar su conciencia, honraba a su especie elevándola a obra de arte y llenando con ellos todo el Museo de El Cairo.

          Para Scar aquello era una especie de cementerio, los restos de un holocausto. Casi los habían aniquilado. Había bastado poco, prácticamente nada, para pasar de la adoración a la destrucción. La especie más poderosa, el hombre, tenía el privilegio adquirido de decidir sobre el resto. Era evidente a quién le tocaba siempre perder. Scar ya no confiaba en ellos. Su comunidad se dispersó y nunca supo si su amigo había sobrevivido o no. Y él deambulaba sin rumbo, buscando algo, alguna señal, algún motivo para seguir viviendo, para creer en algo.

        Y sumido en estos pensamientos no se dio cuenta de que la proyección había acabado. Se había quedado solo en la sala. Las luces se habían apagado. Algo llamó su atención: la pantalla conservaba una última instantánea congelada, el cadáver de un escarabajo, uno de los últimos vestigios encontrados por el hombre que confirmaban el horror en el que habían vivido. Le resultaba extrañamente familiar. Se fue acercando por el suelo y trepó  situándose sobre aquella imagen. Reconoció al instante el fondo verde de las calles del laberinto. Y reconoció también la figura rodeada de sangre que aparecía: si hubiese sido un humano, habría dado saltos de alegría. Ahora sabía que su amigo había sobrevivido. Dos detalles se lo confirmaron: el caparazón y las antenas. La coraza de los guardias era diferente, carecía de aquel dibujo en forma de círculos que caracterizaba al resto. El rival de Scar perdió las dos antenas durante el combate. El que estaba contemplando conservaba las dos antenas. Fue todo muy rápido pero recordaba perfectamente las dos antenas desprendidas por el suelo. ¡Los guardias nunca eran ofrecidos en sacrificio! No dudaba en absoluto de la identidad de aquel cadáver. Y aquel recuerdo hizo que por fin encontrase la salida al laberinto en el que realmente había caído desde su huida: encontró la paz que buscaba y un motivo para seguir su viaje por la vida. Abandonó el museo y siguió su camino en completa libertad.

Ilustración de Rosa García

El villancico antiguo

Autora: Conchita Ferrando de la Lama

Ilustrador: Jordi Ponce Pérez

Género: Cuento

Este cuento es propiedad de Conchita Ferrando de la Lama, y su ilustración es propiedad de Jordi Ponce Pérez. Quedan reservados todos los derechos de autor.

El Villancico antiguo

Manuel, el pastorcillo,  cuidaba sus ovejas en un cerro cercano a un pueblo pequeño de la sierra. La tarde era fría, pero el sol todavía alumbraba los campos.

Manu era un chico muy alegre y se entretenía jugando con su perro de raza ovejera, de pelo brillante muy negro y pecho muy blanco, puro nervio, observador y saltarín. Le tiraba palitos para que Boro corriese a cogerlos.  Con él se encontraba muy bien acompañado en aquel paraje solitario.

El cielo se iba poniendo rojizo, luego morado y, en pocos minutos, la luz desapareció como si un lobo se la hubiese tragado.

El perro fue a acurrucarse cerca del chico y le miró con sus ojos húmedos, cálidos y profundamente oscuros que indicaban absoluta nobleza hacia su amo: amor sin fronteras de un “Collie de la Frontera” (Border Collie)

El frío era ya intenso. Manu puso en marcha el rebaño, con la ayuda de Boro, que ladraba y corría en círculos, controlando a las ovejas para conducirlas al redil, situado junto a la pequeña cabaña que dominaba el cerrillo.

Soplaba, frío y oscuro el viento Norte, profundo y desolado como el páramo castellano.

Envolvía con su mano de cristal añil toda la pureza del vacío, al filo de la noche, y traspasaba el alma.

Ilustración de Jordi Ponce Pérez

Ilustración de Jordi Ponce Pérez

Mientras caminaban hacia allí se oyeron, lejanas pero muy claras a través del aire limpio y transparente, las notas del carillón de campanas del pueblecito cercano. Era la melodía de un viejo Villancico castellano…..

         “Ya se van los pastores a la Extremadura,

          Ya se queda la sierra triste y oscura

          Ya se queda la sierra triste y oscura.”……

 

Mensaje directo al corazón  de pastores castellanos.

Gentes del invierno, unidas al paisaje, que aun guardaban restos de polvo del camino trashumante, llevando sus rebaños en busca de pastos, a través de la muy ancha Castilla.

Tiempo frío en que se añoraban los afectos.

Tiempo en el que el clima adverso aislaba en un paisaje duro y solitario, privado de luces y festejos.

Silencio….

Sin saber por qué, Manu pensó en aquellos pastores.

–          La Navidad se acerca- pensó en voz alta el pastorcillo- y ese Villancico dice que ellos se marchaban lejos de sus casas, en esas fechas…

–         ¿Tal vez yo tendré que marcharme cuando sea algo más mayor?

El tañido de campanas del reloj carillón seguía desgranando las notas de aquel desolado y antiguo Villancico.

Manu sintió un escalofrío.

El contraste de los símbolos reavivaba el rescoldo.

Era la llamada a los seres queridos que el pastor dejó atrás, a resguardo durante sus marchas invernales, para poder volver con provisiones que aliviasen sus carencias.

Para ellos era el acorde, oscuro como la noche, frente al chisporroteo de la hoguera, para espantar el frío de la sierra.

Un poco de calor humano junto al fuego, evocando el olor y el sabor de los dulces caseros o el gozo de la infancia lejana.

No hay sentimiento de unión más antiguo y más fuerte que el de encontrar unas manos que coger en medio de la soledad.

Poder llevar el muérdago de bienvenida, la leña del hogar, los cantos del aguinaldo o la luz de la Navidad, ocultos, muy apretados contra el pecho, como una candela bajo el fanal, haciendo de ellos un tesoro único y personal.

El sonido de un canto popular vibrando en el carillón, hundiendo sus raíces en lo más profundo del alma, abrazando lo que de eterno tiene el hombre.

Silencio….

El perro inclinó la cabeza hacia un lado y levantó un poco una de sus orejas sin perder de vista a su amo que se había puesto serio de pronto.

Intentó darle con la patita en la pierna para llamar su atención.

Ya había dejado las ovejas bien guardadas en el redil, y esperaba una caricia de aprobación junto a la hoguera que Manu había encendido en una esquina de la cabaña, sobre una piedra grande y plana, para calentar la cena.

–         ¡No pasa nada, Boro! – reaccionó animoso Manu al ver la expresión del perro- ¡Tranquilo!  Nosotros estamos bien, cerca de nuestro pueblo, aunque no podamos ir a comprar turrones ni a cantar con los otros chicos por las calles en Nochebuena.

El perro movió la cola con gran fuerza y velocidad. Sabía que su amo no se encontraba solo estando con él. Algo se le ocurriría para pasarlo bien los dos juntos en Navidad.

Ilustración de Jordi Ponce Pérez

Ilustración de Jordi Ponce Pérez

–         Mira- le explicó Manu- Esta cajita que me trajo mi hermano Toño cuando vino con permiso de la mili, es un teléfono móvil, por si me ocurriese alguna emergencia.

Boro miró aquella “cosa oscura”, olfateándola sin comprender qué interés podía tener algo que no se comía.

¿Sabes lo que vamos a hacer?- preguntó el chico mientras Boro inclinaba más y más su cabeza de lado, concentrado en su gesto interrogante- ¡Mira!

Manu tecleó algunos números en el aparatito.

Unos sonidos misteriosos acompañaban cada cifra que pulsaba.

Aquello tenía un aspecto extraordinario porque a su amo se le habían puesto los ojos chispeantes, y el perro le imitó de inmediato.

Su mirada cálida y húmeda se iluminó.

¡Oiga! – habló  Manu por el aparatito- ¿Es la emisora de radio? Soy Manu, el pastor. Tengo 10 años y estoy en mi cabaña con mi perro, al cuidado de las ovejas. Me gustaría que, en Nochebuena, dijeran ustedes por la radio que me llamen otros chicos a mi móvil, para contarnos cosas divertidas. Así me sentiré más acompañado… ¡Vale, muchas gracias!

Boro movió el rabo con fuerza.

Le gustaba ver a Manu tan animado, aunque no entendiese muy bien qué geniecillo del bosque encerraba aquella cajita oscura y alargada.

El asunto era que su dueño estuviese feliz, porque de ese modo él también lo estaba, y no había que buscar más explicaciones.

–         ¡Ven aquí Boro!- llamó el pastorcillo, acariciando la cabeza de suave pelo del perro- Vamos a tomar un poco de sopa caliente, que mañana con el alba tenemos que salir con las ovejas.

La noche era fría, oscura y desapacible presagiando la nevada.

Al fondo se oía balar a las ovejas en el redil.

El viento soplaba fuera racheado, pero en la cabaña calentaba el fuego.

Manu compartía con su perro un jarrillo de caldo caliente y espeso, una buena porción de pan de hogaza y unos trozos de queso fresco. La vida era maravillosa para los dos amigos.

 

La Nochebuena traería muchas, muchas voces de aliento, risas, sorpresas y compañía. De eso estaban seguros Manu, el pastor, y su perro Boro.

A las doce de la noche, cuando el silencio cubría los campos y caían los primeros copos de nieve, el carillón volvió a tintinear en la torre de la iglesia del pueblo las notas del viejo Villancico.

……” Ya se queda la sierra triste y oscura,

         Ya se queda la sierra

         triste y oscura…….”

Ahora, sin saber por qué, el eco de aquella música traía unos sonidos muy dulces.

Reflejaban en el canto navideño toda una carga de promesas para aquel niño que dormía, sonriendo, en la cabaña de piedra cubierta por el manto de la nieve, mientras su perro ovejero vigilaba en su puerta, atento a cualquier peligro que pudiera acechar a su dueño y sus ovejas.

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Original de Conchita Ferrando de la Lama (Jaloque)

La Navidad. ¡Qué vida tan perra!

 
 
 
Género: Microrrelato
 Este cuento es propiedad de Inmaculada Ostos Sobrino, y su ilustración es propiedad de Vicente Mateo Serra. Quedan reservados todos los derechos de autor.

LA NAVIDAD. ¡Qué vida tan perra!

Me encanta la Navidad.

La gente sale de casa respirando alegría. Sus caras tienen un nuevo brillo, una nueva ilusión, y sus pensamientos los ocupan sus seres queridos y esos regalos que tanta ilusión les harán. La calle se impregna de olores: castañas asadas, maíz, chocolate…Y todas las tiendas se visten de gala con esos adornos tan bonitos. Todo es un despliegue de luces y colores intensos, que se apoderan de la ciudad dándole un aspecto más acogedor, más vivo. Desde mi puesto privilegiado, puedo observarlo todo tremendamente feliz, y es que ¡alguna ventaja tendría que tener el trabajar a pie de calle!

Muchas veces, cuando veo a la gente pasar frente a mi, me imagino como serán sus vidas. Si tendrán hijos, padres, hermanos, y fantaseo con situaciones y cenas maravillosas entre ellos. Aunque también me da un poco de pena esa gente solitaria, que pasa con rostro serio sumida en sus pensamientos, y me pregunto si serán felices así.

Ilustración de Vicente Mateo Serra

Ilustración de Vicente Mateo Serra

Si que es cierto que hay algunas cosillas que no me gustan de la Navidad como, por ejemplo, que mi piel reacciona de una manera un tanto radical al frío. Y es que una vez que lo siente ya no vuelve a ser la misma, jamás entra en calor. Otra de ellas es que la gente parece relajarse y se vuelve un poco más descuidada con sus mascotas. Sacan a pasear a sus perros y no les importa en lo más mínimo que hagan sus necesidades por doquier. A veces creo que padecen una extraña enfermedad invernal, que hace que sus miembros se atrofien y eso les impida agacharse a recoger el regalito que tan a gusto nos dejan sus bebés. Me resulta bastante desagradable el verme rodeada de sus olores y suciedad. Pero, ¡claro!, estamos en Navidad, la época de la paz y el amor, y estas pequeñas anécdotas se pueden disculpar.

No piensan del mismo modo mis compañeras, que cada vez que se acercan estas fechas se ponen a temblar. Temen, sobre todo, los días señalados, pues dicen que las calles se llenan de gente borracha que no respeta a los demás. Pero yo no pienso que sea realmente así, también  tienen derecho a disfrutar un par de días, después de todo un año de duro trabajo; necesitan desconectar.

—¡Mirad, alguien viene!, ¡se acercan a mí! Tal vez quieran adornarme con un espumillón o colgarme algún adorno navideño. ¡Qué guapa me voy a ver!

—¡Dolor, oscuro dolor! Mi cuerpo se dobla y se estremece. Me han arrancado el pie del asfalto, abollado mi cuerpo y roto mi único ojo (el cristal que protege mi bombilla). Quedo a la intemperie y mis tripas, que son los cables, quedan esparcidas en el frío suelo, ultrajadas, marchitas. Por fin entiendo ese miedo que tantas veces me describieron mis compañeras, por fin lo siento y jamás lo volveré a sentir. Por desgracia para mí, ya no hay arreglo.

¡Y es que hay que ver que vida tan perra tenemos las farolas que vivimos en una de las principales avenidas de Valencia!