Ellos

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Género: Microrrelato

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Daniel Camargo. La ilustración es propiedad deSergio “Gan” Retamero. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Ellos.

Es difícil describir el horror.

Están ahí. Lo sé, a pesar de la oscuridad impenetrable que me impide ver mi propia mano a centímetros de mi cara.

Sí, ellos están ahí, estoy segura. Lo noto por el olor. Por ese tufo penetrante y fétido, tan característico. Un olor a organismo podrido, a animal muerto. Al principio me provocaba un rechazo casi imposible de superar, hasta el punto de hacerme vomitar, pero poco a poco me he ido acostumbrando.

Avanzo lentamente, en medio de esa negrura pestilente. A tientas, con riesgo a tropezarme, presintiendo lo peor. Mi sentido común me impulsa a retroceder y marcharme, pero tengo que hacerlo… Es mi obligación.

Sé que el suelo está lleno de trampas, por eso voy tan lenta, cuidando cada movimiento en ese laberinto, temerosa de tropezar y caer. Como un ciego en medio de una mudanza o un comando atravesando un campo minado.

Ahora escucho un sonido grave, acompasado, rítmico. Como el ronquido de una fiera dormida. Y ese sonido me estremece, me transporta al pasado, me recuerda otros momentos… Trato de usarlo como referencia para orientarme en la oscuridad, pero no lo consigo. El ambiente enrarecido dificulta la respiración, y la falta de oxígeno en mi cerebro me impide pensar con claridad.

Pero poco a poco, a medida que avanzo, mis ojos se van acostumbrando algo a esa pertinaz oscuridad. Creo detectar formas múltiples, diversas y abigarradas, como bultos acumulados, un caos absoluto. En realidad, no tengo claro hasta qué punto es real lo que veo, o si es mi mente la que me está jugando una mala pasada. Me restriego los ojos y vuelvo a mirar. En medio de esas sombras fantasmagóricas intento divisar algún movimiento, alguna señal de vida. Pero no consigo descifrar el enigma.

Y ese olor, mezcla de almizcle y sudor, que tal vez nunca consiga eliminar de mi recuerdo.

Tengo que avanzar, no puedo distraerme, tengo un objetivo, más allá de mi curiosidad. De pronto piso algo, algo orgánico, blando, pegajoso. En mi mente se disparan mil asociaciones, pero me esfuerzo por salir de ese bucle y sigo adelante. Me pongo a rezar para tener la mente entretenida. Prefiero no saber de qué se trata.

Y continúo. Lenta, torpe, temerosa… Continúo.

El ronquido es cada vez más cercano y persistente, y el hedor más intenso, lo que me indica que voy en la dirección correcta.

No es la primera vez que entro, qué va, ya son muchas. Muchas más de las que hubiera querido. Ni tampoco será la última, claro. Pero nunca es igual. Siempre es distinto. Siempre es peor.

Ellos tienen esa extraña capacidad de sorprenderme siempre de algún modo. De aumentar mi ansiedad y mi angustia.

Al avanzar, algo me roza la pierna. Algo fláccido. Creo detectar un movimiento pendular, como si fuera la cabeza de un pollo muerto. Qué asco…

Dios mío, como tantas otras veces, estoy a punto de abandonar, de dejarlo, de retroceder. Pero la responsabilidad puede más. Tengo que hacerlo. Si no lo hago yo, no lo hará nadie.

Y sigo, muy a mi pesar, sigo. A pesar del olor, ese olor repugnante que se mete en mi nariz como un cuchillo impregnado en orín de zorrino.

El avance es lento, pero ya falta poco. No podría calcular cuánto he caminado, ni cuánto tiempo ha pasado desde que entré, pero sé que falta poco.

Ya los tengo cerca, muy cerca. No llego a verlos, pero lo noto. El calor y la humedad son sofocantes. Y el zumbido se ha detenido.

Ahora oigo su respiración, profunda, acompasada. Y noto más que nunca ese hedor fétido.

Estiro el brazo y toco la pared, caliente y húmeda. Voy palpando esa superficie lisa hasta que la encuentro. Toco la cuerda, vertical y tensa como una serpiente cobra a punto de atacar.

La rodeo con mano y la aprieto con fuerza. Como otras veces. Respiro hondo y tiro hacia abajo, en un único movimiento rápido y preciso.

Y la persiana sube…

—¡¡Mamá!! ¡¡Baja esoooo!! ¿No ves que estamos durmiendo, coño?

—¡Que no! ¡Que ya es hora de comer! ¡Se acabó! ¡Se levantan y se duchan! ¡Y a ordenar la habitación, que es un caos!

Ilustración de Sergio “Gan” Retamero

Daniel Camargo

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29ª Convocatoria: La Nieve

Guerreros de nieve.

Ilustración de Daniel Camargo

Era mi último día en la Academia de las Nubes. Por fin estaba listo para ir al mundo, pasear por él en lugar de observarlo desde la distancia. Llegó la hora del salto masivo, de la invasión de la tierra para por fin hacer una superficie terrestre adecuada para la vida.

Allá vamos. La misión de mi pelotón es taponar las salidas de los habitáculos de nuestros enemigos los carnosos. Lentamente caemos. Somos la ventisca definitiva. Me posiciono en la formación de ataque y sigilosamente nos acercamos hasta la entrada de madera y cristal. El primer destacamento ya está llegando, yo por el contrario aún estoy a cierta distancia, pero por los puntos de observación veo a los carnosos asomados con una expresión que debe de ser de miedo pues tienen la boca abierta y nos señalan. Un último giro en formación y ahuecamos el cuerpo para el impacto contra la madera. El golpe ha sido duro, pero para ello llevamos preparándonos semanas desde que salimos del lago guardería aún sin habernos enfriado para la guerra. Ocupo mi lugar contra la madera empujando con los compañeros para evitar el contraataque de los carnosos. Somos el muro que recordarán las generaciones venideras.

No sé cuánto tiempo pasó, pero allí estábamos aguantando impasiblemente cuando la madera cedió dejando paso a la guarida. Fue entonces cuando nos lanzamos al ataque contra el sorprendido carnoso que hacia guardia tras la madera. Fue un ataque relámpago y logramos derribar al rival. Todo iba perfecto cuando un nuevo carnoso apareció. Nosotros estábamos cansados y enseguida fuimos conscientes de que íbamos a ser derrotados pues los nuevos carnosos venían armados con una vara de madera con una especie de pequeño muro de metal en la punta. Con cada arremetida del arma miles de los nuestros eran expulsados. El final estaba cerca, sólo cabía esperar que al menos fuera rápido e indoloro.

Estábamos en el aire cuando un carnoso más pequeño que los anteriores dijo: 

—Papá, hagamos personas de nieve.

No sé qué significaba aquello, pero no me gustaba nada. Los carnosos empezaron a atrapar a los nuestros y los apretaban en un claro intento de asfixiarnos. Poco a poco nos capturaban, nos presionaban unos contra otros, y dándonos por muertos nos amontonaban. Yo rodé sobre mis compañeros y hui intentando coger una corriente que me elevara para poder informar al alto mando. Todo fue en vano, me cogieron y noté cómo me apretaban, Tal era la presión que noté cómo mi cuerpo se fusionaba con el de mis compañeros.

Entendí entonces que había sido derrotado. Exhausto y deshecho me limité a resignarme y ocupar mi sitio en la montaña de caídos mientras esperaba exhalar mi última gota de vida.

El sol salió y noté cómo se me escapaban las fuerzas cuando el pequeño carnoso decidió poner fin a mi existencia aplastándonos a unos cuantos con un dolmen anaranjado mientras decía:

—Mira, papi, ahora ya es una persona de nieve.

Sergio Pastrana

Ladrón de sangre fría

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Género: Microrrelato

Rating: + 18

Este relato es propiedad de Sergio Pastrana. La ilustración es propiedad de Daniel Camargo. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Ladrón de sangre fría.

Ilustración de Daniel Camargo

La nevada era intensa y allí estábamos tirados sobre la nieve, yo y la sangre que escapaba de mi cuerpo, y quizás os preguntaréis cómo llegué a esta situación. Pues os lo contaré mientras las fuerzas me aguanten.

El día empezó como casi todos los de mi vida en estos últimos años. Me preparé una tostada con paté de jamón y un té negro, me di una ducha porque ante todo uno debe salir limpio a la calle para no molestar a la gente con malos olores corporales. Elegí la ropa que ponerme, algo cómodo que me permitiera moverme fácilmente y preparé mi equipo de trabajo, una riñonera, una navaja automática y una sonrisa pícara que demuestra que me encanta mi trabajo.

Sin pensarlo más salí a la calle y me dirigí a la parada de metro más cercana. Allí esperando al tren de la línea uno había una chica que era mi tipo: pelirroja, buen cuerpo y un bolso grande. Sin duda, a ella acudirían los salidos en busca de roce y junto a ellos estaría yo con mis ágiles dedos para dejarle un mal recuerdo de esa experiencia, sobre todo cuando haya tenido que pagar algo.

Diez minutos de trayecto en los que mi pronóstico se cumplió y con creces, la cartera de la chica y dos de los salidos.

Decidí no seguir en el metro y aproveché que aquella parada daba a una zona turística para ejercer varias de mis técnicas de trabajo. Al salir por la boca de metro una ráfaga fría traspasó mi cuerpo y al elevar la vista vi cómo los primeros copos de nieve caían de un cielo que se había oscurecido muy rápido. Sin duda eso iba a dificultar mi trabajo.

La nevada empezaba a arreciar cuando vi a mi siguiente “cliente”, un joven delgado con ropa cara y claramente más previsor que yo, pues llevaba puesto un chaquetón de plumas. Él se encaminaba hacia un callejón y yo iba detrás. Llamé su atención pidiéndole ayuda. Él, confiado, se acercó y empezó a explicarme cómo se llegaba a la dirección por la que le había preguntado. En un momento mientras explicaba se giró para reforzar sus indicaciones, y ese fue el momento que yo aproveché para sacar la navaja y ponérsela en el cuello. Le pedí su cartera, su móvil y su chaquetón porque la nevada se estaba convirtiendo en ventisca y después le indiqué que corriera si no quería quedarse allí tirado para siempre. Qué irónico que ahora yo esté en esa situación.

El individuo corrió como alma que lleva el diablo, yo por el contrario me lo tomé con calma. Me puse el chaquetón y revisé la cartera. Me quedé solo con el dinero, bueno, y con un preservativo. Quién sabía qué podía deparar el día. Quité la tarjeta al móvil y la tiré sobre la cada vez más blanca calle, tras lo cual me encaminé de nuevo por la vía principal en busca de una nueva víctima.

La tarea era cada vez más complicada pues el temporal arreciaba. La nevada se estaba convirtiendo en ventisca y cada vez era menos y más difícil de ver la gente por la calle, aunque claro, eso también facilitaba hacer cambiar de dueño las posesiones de aquellos a los que encontrara.

A unos doscientos metros vislumbré una silueta y me dirigí hacia ella. Caminar ya no era tan fácil como antes, pues los pies comenzaban a enterrarse en la nieve, pero ella estaba allí, inmóvil, quizás esperaba a alguien. Era una mujer esbelta pero no delgada, el cabello moreno movido por el aire le tapaba la cara. Apenas me separaban de ella diez metros cuando giró la cabeza y sonrió. Era una sonrisa increíble, casi parecía que había salido el sol. Nada hacía presagiar lo que sucedió a continuación.

Giró el resto de su cuerpo y me preguntó:

—¿Aún tienes la cartera de mi amiga?

Yo quedé sorprendido sin saber qué decir. Ella continuó:

—Sí, una pelirroja esta mañana en el metro.

La situación comenzaba a asustarme. ¿Quizás ella me vio o su amiga me identificó? Era imposible, así que decidí negarlo de pleno.

Al hacerlo su sonrisa desapareció, su mirada se volvió perforante y empezó a caminar hacia mí. Me apetecía huir, pero mis piernas no respondían. Ella metió la mano bajo su chaqueta a su espalda y sacó una daga grande, casi una espada, y sin mediar palabra la clavó bajo mis costillas. Noté cómo la giraba y me desgarraba por dentro y cómo la sacaba tirando brutalmente de mi carne. El dolor fue indescriptible. Ella me sujetó unos segundos mientras me decía:

—Es lo malo de robarle a las buenas personas, que a veces tienen un ángel de la guarda como yo.

Después me soltó, y yo caí sin resistencia alguna sobre la nieve, justo en la postura en la que estoy ahora esperando, mientras me cubre la nieve, a que me falte sangre suficiente como para morir.

Sergio Pastrana

Rojo, como la sangre de los héroes

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Género: Narrativa

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Conchita Ferrando de la Lama. La ilustración es propiedad de Daniel Camargo. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Rojo, como la sangre de los héroes.

Bajo el sol abrasador de la llanura del Garet, cerca del fuerte de Monte Arruit, un sencillo pero impactante monumento recuerda, en su lápida de mármol, esta inscripción:

En este lugar del Garet se cubrió de gloria, ofrendando heroicamente su vida por la patria, el Capitán Ayudante Mayor del Regimiento África 68 Don José de la Lama y de la Lama.

Modelo de caballeros sucumbió aquí con 27 héroes más, protegiendo la retirada de la Columna Navarro a Monte Arruit. El 29 de Julio de 1921.

¡Españoles, inspiraos en su ejemplo!

El silencio y la desidia han acumulado olvido por quienes no han sabido honrar a sus héroes, reduciendo la gesta de muchos valientes al ofensivo titular de “Desastre” de Annual – Monte Arruit lo que fue una GUERRA y un baño de sangre de tantos españoles que murieron por su patria.

Ningún país hubiera permitido echar tierra, como se hizo, sobre una guerra en la que se luchó con medios casi tercermundistas, faltos de material moderno, apoyo, provisiones, armamento, ayudas de refuerzos y presupuesto que nunca llegaban, mil veces pedidos al gobierno y a las juntas militares que, desde lejos, desde la península, miraban hacia otro lado, mientras su ejército luchaba en el norte de África, desangrándose, sin cielo ni quien cuidase de ellos.

Aquella fue una guerra en toda regla, que pasó a la historia con la mala imagen de “Desastre”, fruto de la inoperancia de quienes deberían haberla apoyado, abastecido, dotado de buen armamento y medios.

Sobre ella se echó tierra, aplastando y silenciando los muchos hechos heroicos que hubo, con el barro de la mala actuación de quienes no dieron la talla en momentos tan críticos e históricos, tanto desde las juntas militares como desde el Gobierno e incluso la Corona…

No son afirmaciones gratuitas, pues la documentación histórica y juicios posteriores los pusieron de relieve después.

¿Qué hazaña heroica conmemoraba ese monolito, de más de dos metros de altura, en medio del Garet, dedicado a la memoria del capitán ayudante mayor del Regimiento África 68, don José de la Lama?

Nacido en Cádiz en 1885, hijo de un teniente coronel de infantería, ingresó en el ejército y en la Academia Militar de Toledo.

En 1908 ya está destinado en Melilla y de servicio en el Rif, donde aprende que el mando debe hacerse con firmeza y proporcional a la ofensa.

Sus lugares de intervención son frentes incendiados de batallas como el Barranco del Lobo, Ait Aixa, vertientes del Gurugú, Hamed el Hach, Pico Basbel, Sidi Musa, y muchos más donde ya obtiene dos Cruces al Mérito Militar con distintivo rojo, en sitios de máximo peligro.

Asciende a teniente y en 1911 conoce al coronel Aizpuru (luego teniente general), del que aprende cómo manejar las tropas sin agotarlas y cómo conducirlas en la batalla, enfrentándose a Mohammed Amezzian.

En el Kert cae herido gravemente al salir, por falta de mensajeros, para transmitir unas órdenes a la Policía Indígena. Por centímetros, la bala en el pecho no le seccionó la carótida. Le visitan en el hospital los jefes militares de su regimiento y el general Aizpuru, que le tiene en gran estima. Es ascendido a capitán. En 1913 se reincorpora y conoce Monte Arruit.

Se casa con Concha, hija de un coronel de Ingenieros, una novia que temía por sus puestos de gran peligro y que había rechazado la boda varias veces por temor al riesgo en que se desenvolvía su vida.

En 1915 nace su primer hijo.

Es considerado apto para ascenso a comandante. Le conceden su tercera Cruz al Mérito Militar también con distintivo rojo.

En 1916 nace su segundo hijo.

El coronel Baños le propone para ayudante mayor del Regimiento África 68.  Tiene treinta y un años y prácticamente ejerce como coronel con sus tropas en todo tipo de misiones, pues Baños tiene cincuenta y nueve años. El Regimiento África 68 se convierte en una unidad esencial de primera línea.

En 1917 gana su cuarta Cruz al Mérito Militar con distintivo rojo, “pensionada”.

En 1918 nace su tercer hijo, una niña: Conchita.

El coronel Baños, con quien se había entendido muy bien, pasa a la reserva y le sustituye Jiménez Arroyo, muy engreído por proceder de las Juntas de Defensa, que tienen un enorme poder. Jiménez Arroyo  será primer jefe en Melilla.

Sus actuaciones en el Kert continúan y las posiciones se conquistan. El coronel Jiménez Arroyo notifica al general Aizpuru:

«Este capitán, en sus funciones de ayudante de la columna, a falta de un jefe de Estado Mayor, desempeña el cargo con gran acierto en la organización y desarrollo de operaciones».

Con esta nota el capitán De la Lama es reconocido ya como jefe de Estado Mayor a falta del nombramiento, hecho que queda escrito en su expediente.

En 1920 Aizpuru es ascendido a teniente general y le sustituye en Melilla el general Fernández Silvestre, la cara opuesta. Su fama le precede como deslumbrante estrella de la guerra. En pocos meses toma la decisión de atravesar el río Kert y toma Drius. Su objetivo es avanzar hasta Alhucemas.

El capitán De la Lama obtiene su quinta medalla al Mérito Militar con distintivo rojo.

El general Silvestre solicita al alto comisario, general Berenguer, dinero, artillería y municiones para el avance que ha iniciado que tiene como meta Alhucemas. Hay que terminar el ferrocarril desde Tistutin a Drius. Sin todo esto no puede subsistir un ejército activo. Negativa. No hay dinero ni artillería ni se terminará el ferrocarril tan necesario.

Al general Silvestre nada le arredra y sin los refuerzos necesarios emprende su avance. Primero Abarrán, alargando una línea de ejército que no cuenta con provisiones ni con suficientes puntos de aguadas, al que no le llegan armamentos buenos, ni más artillería, ni consolida apoyos de provisiones en retaguardia.

El avance irrita a las harcas de los rifeños, que lo ven como una provocación dentro de su territorio. Por primera vez se unen, se congregan furiosos y caen sobre Abarrán. Silvestre se hace fuerte primero en Igueriben y, acosado por los rifeños, tiene que retroceder a Annual. Cada vez las cabilas reúnen más gente y están sedientos de sangre.

El 22 de julio, totalmente cercados en Annual, el general Silvestre se dispara un tiro con su pistola. Sus tropas, desalentadas, sin una buena estrategia de sus jefes, se repliegan acribilladas por las harcas de los rifeños, que ya son una multitud imparable.

Los puestos de la línea de avance que dejaron escasamente guarnecidos son masacrados y el repliegue ya es un horror.

Se intenta agrupar a la tropa en retirada, a veces con heroicos comportamientos y otras veces con desorden y desesperación. Los rifeños pasan a cuchillo a cualquiera que encuentren en las posiciones que ocupan y se hacen con el armamento que allí queda.

El general Navarro llega a Drius donde se encuentra con ese caos y con el repliegue de toda la línea que había establecido el general Silvestre. Hay tropas de todos los regimientos, pero los máximos responsables, los coroneles, no están allí para dar las órdenes. Navarro recoge esa cosecha de desaciertos y todos esos hombre de tropa que necesitan un mando, ayuda, comida, agua y refuerzos que ya no les quedan.

Se sienten huérfanos y horrorizados.

Al menos hay dos unidades todavía enteras para luchar: la de caballería del Regimiento Alcántara, y la de infantería del San Fernando, que serán vitales en la batalla que se avecina.

23 de julio, de madrugada: Llamada a casa del coronel Jiménez Arroyo en Melilla. Orden del general Navarro desde Drius para que vaya a Batel y allí espere instrucciones. El coronel avisa de inmediato a su capitán ayudante De la Lama y al teniente coronel Piqueras. Suben los tres en un “coche ligero” del mando y llegan a Batel. Navarro sigue en Drius. La pista que lleva a Melilla se llena de coches con jefes militares camino de su salvación. El coronel Jiménez Arroyo no continúa a Drius. Se queda y llama al general Navarro. Nada se decide. La pista que lleva a Drius está siendo atacada. Jiménez Arroyo contesta que hagan lo que puedan, o sea, que no va a ayudarles, y con eso les condena a morir.

Jiménez Arroyo decide ir a Tistutin, que es la última estación del tren, y busca a su hijo, que es alférez. Pasa el tiempo y no regresa a Batel. El monte Usuga, que domina Tistutín, está ya hostilizado por los rifeños. Si ocupan Usuga, Tistutin estará perdido.

Por fin aparece el coronel Jiménez Arroyo en el coche con su hijo. La tardanza ha sido excesiva y su ayudante, el capitán De la Lama, está irritado. El general Navarro vuelve a llamar y pide medios de transporte para trasladar lo que se pueda. La conversación es surrealista. Jiménez Arroyo se recrea en narraciones mientras sus hombres están esperando a quien les tiene que mandar. Se corta la comunicación.

Por la tarde, en Batel, las harcas siguen hostigando cada vez más. El general Navarro no tiene dónde trasladar a los restos de tropa y se tienen que valer como pueden. Los jinetes del Regimiento Alcántara cargan contra los rifeños y rompen su flanco derecho, mueren muchos de ambos lados. Los supervivientes llegan a Batel. No tienen ya ni armas, ni ropas ni agua. La sed del desierto es una tortura. En ese tumulto de los que llegan desesperados el coronel Jiménez Arroyo se inhibe, y su capitán ayudante De la Lama se esfuerza en poner orden. Necesitan las indicaciones  de su jefe y no las reciben. Es un caos.

Los soldados del Regimiento África que todavía quedan, piden órdenes a su capitán. A su lado, el corneta, un jovencito de tierra de labranza, vive aquello sin saber si morirá en cualquier momento, pero no se aparta de su capitán.

La harca ya está muy cerca. En el coche ligero están ya el hijo de Jiménez Arroyo y otros militares. Jiménez Arroyo le ordena a su capitán ayudante que suba de inmediato para marcharse a Melilla. De la Lama mira los restos de su regimiento, allí desorientados, y se acerca al coche con el corneta a su lado. Su coronel está fuera de sí por la prisa de marcharse. Con toda calma y energía el capitán De la Lama le responde:

«Mi coronel, siento desobedecer su orden, pero yo me quedo aquí. Alguien tiene que ocuparse de nuestros soldados».

Al ver sentado en el coche al hijo de Jiménez Arroyo, ha comprendido el motivo de tanta tardanza, y también ahora la prisa del coronel por salir de allí lo antes posible y ponerse a salvo en Melilla.

Jiménez Arroyo se siente ofendido por el plante de su ayudante y no va a recibir lecciones de nadie. Malhumorado, da orden al chófer de arrancar. Cuando el coche se aleja, muy cerca del capitán De la Lama hay un grupo de soldados y el corneta, que han escuchado lo ocurrido y se dan cuenta del valor que se necesita para quedarse allí, para morir seguro, pudiendo haber obedecido la orden de huir y salvarse. Rodean al capitán De la Lama los poquísimos soldados que quedan del África 68 dispuestos a seguirle en la batalla que ya tienen encima.

Cuando llega el general Navarro con su columna en retirada, se queda perplejo al comprobar que de los 1 600 soldados del África 68 no quedan más que un capitán, un grupo de ocho soldados y un corneta. Navarro queda dolido y atónito al saber que Jiménez Arroyo no se ha quedado a esperarle, no se ha hecho cargo del mando de su regimiento y ha huido a Melilla.

La columna de Navarro resiste a la desesperada cuatro días en Batel. Las harcas les están acosando sin tregua. El 27 de julio se repliegan a Tistutín, donde al menos hay agua. Resisten bajo un fuego escalofriante todo el día y parte de la noche.

29 de julio. De madrugada, sin hacer ruido, amparados por la poca luz, va saliendo toda la columna bajo el fuego cruzado de los fusiles de los rifeños, formados en cuadro de batalla. Su única oportunidad es llegar al fuerte de Monte Arruit.

Son alrededor de 3 000 hombres, pero formados en cuadro son un blanco compacto sobre el que las harcas disparan a placer. Son un blanco perfecto y los rifeños se ensañan disparando sobre ellos. Tres harcas rodean la Columna de Navarro. La matanza es encarnizada y el cuadro se va rompiendo. Hay muertos por todas partes y terror. La cuesta de entrada a Monte Arruit es un duro reto para la tropa exhausta. Suben casi a la carrera los que aún tienen fuerza.

El capitán De la Lama comprende que necesitan tiempo para entrar al fuerte y también que sus familias, sus hijos y sus esposas están muy cerca, en Melilla, y al paso que va la batalla pueden incluso llegar todas esas hordas allí. Caen los soldados y el cuadro ya está roto, NO queda tiempo. Es una lucha encarnizada y un baño de sangre de soldados españoles.

Toma su pistola y grita: «¡Conmigo los de mi regimiento! ¡Hay que detener al enemigo!».

Ha vuelto de cara a los atacantes y un pequeño grupo de veintisiete hombres más el corneta están a su lado. Están situados en el flanco izquierdo de la columna, el que da al llano del Garet, sin escapatoria posible.

Ilustración de Daniel Camargo

Una masa de cabileños ataca desde el norte. Otra masa se acerca desde Drius para hacer la tenaza sobre la columna. Otra harca cerca Arruit por la espalda. Es una carnicería. El general Navarro siente que todos van a morir y necesita un respiro y tiempo para que entren sus hombres por la puerta abierta de Monte Arruit. Solo le quedan tres piezas de artillería, que son las que pueden hacer algo de daño al enemigo, y hay que defenderlas como sea. Los soldados son envueltos y mueren incluso entre los cañones, matados y destrozados por las harcas rifeñas en una auténtica orgía de sangre.

El capitán De la Lama ve de lejos todo aquello y ordena a sus hombres una estrategia desesperada pero eficaz: formar un triángulo, ya que con tan pocos no se puede formar un cuadro. Nueve hombres por lado del triángulo y en el centro él, pistola en mano, con el corneta a su lado para transmitir las órdenes mientras vivan.

El vértice del triángulo hacia la cuesta de Arruit, donde aún resisten los cañones. Los dos lados para defenderse de los rifeños que les atacan sorprendidos de esta maniobra de plantarles cara tan escaso grupo de hombres. Y la base del triángulo para detener a los que vienen por el norte.

El capitán De la Lama ordena: «¡Rodilla en tierra, cargad rápido, apuntad con calma y disparad con puntería!».

Los cabileños no aciertan a comprender esa maniobra del triángulo, pero se dan cuenta de que es efectiva y está causando muchas bajas en las harcas. No logran romperla. El capitán De la Lama ve la eficacia de su gente, que está respondiendo con un valor y precisión admirables. Sigue en el centro disparando y dando las órdenes.  No dejan hueco para que los cabileños pasen. En la cuesta de Arruit los hombres están entrando en oleada para salvarse. La figura tan conocida para él del capitán Arenas, frente a sus cañones, aún resiste en la cuesta.

Se vuelve justo para ver de frente algo que hiela las venas. Un gran grupo de jinetes rifeños, al galope, se lanza sobre ellos. Son los temibles “jinetes pardos”, los Metalzis, la mejor caballería del Rif. Una aparición fantasmal entre la bruma del polvo y el calor sofocante del desierto. Son la presencia de la muerte.

Solo le quedan once hombres. Ya solo queda un lado del triángulo y el corneta a su lado. Solo podrán disparar dos veces. No habrá tiempo para más.

«¡Todos al suelo! ¡Separados, con los codos apoyados! ¡Apuntad al pecho de los caballos y disparadles cuando os pasen por encima!».

Después de la embestida de aquellos fantasmales y crueles “jinetes pardos”, todavía el capitán De la Lama puede disparar su pistola unos segundos, en pie, con el corneta a su lado, hasta que una descarga le impacta en el pecho, la cabeza y algún otro sito mortal, cayendo a tierra en aquel llano rojo ardiente.

Y allí quedó, al sol del desierto, durante el tiempo que duró esa guerra. Muerto con honor y excepcionalmente respetado por sus enemigos, que no profanaron su cuerpo, ni robaron sus insignias, bien a la vista, de ayudante mayor del Regimiento África 68. Es posible que por el respeto que los valientes inspiran incluso a sus enemigos.

Murieron por su patria, orgullosos de defender su honor de soldados, a sus familias, que estaban indefensas en Melilla, y a muchos compañeros que pudieron entrar en Arruit para intentar salvarse.

Y de ese modo heroico dieron sus vidas para defender la entrada en Monte Arruit de la Columna Navarro.

Nota: Basado en hechos reales- El capitán José de la Lama y de la Lama fue admirado y su gesta conocida en todo Melilla.

Su cadáver fue recogido en el lugar donde cayó muerto, sin señales de haber sido profanado y con todos sus distintivos. El corneta fue el único superviviente, aunque se ignora cómo lo logró, pero en cuanto pudo fue a decir a la viuda del capitán De la Lama cómo había sucedido todo y el lugar donde había caído.

En el juicio contradictorio para la concesión de la Laureada de San Fernando constan las declaraciones de varios testigos, incluido el corneta, y sobre todo la declaración del propio general Navarro, destacando la valentía del capitán De la Lama y su actuación siempre en los lugares de mayor peligro, defendiendo la Columna en su retirada a Monte Arruit.

La Laureada fue otorgada por todos esos méritos en la batalla por el general instructor de dicho proceso, pero la intervención cobarde e infame y las presiones del coronel Jiménez Arroyo en la junta militar hicieron que se dejase sin entregar a la viuda de De la Lama, con un silencio culpable que aún espera se haga justicia.

El coronel Jiménez Arroyo fue juzgado y condenado por abandono de su puesto en la batalla y huida ante el enemigo. De poco le valió intentar tapar su cobardía quitando el mérito y heroicidad de su ayudante mayor, el capitán De la Lama.

Se construyó un monumento de piedra, con una lápida de mármol con la dedicatoria en honor del capitán José de la Lama en el sitio exacto donde cayó con sus hombres, promovido por el cronista de Melilla, Rafael Fernández de Castro, presente en el levantamiento del cadáver en el llano del Garet. Hay fotografías de dicho monumento y era conocido por muchas personas de esa zona de Melilla. Fue destruido cuando España cedió esa zona del Protectorado a Marruecos, en el año 1956, sin exigir que se respetasen esos recuerdos importantes, y no queda ya nada de él.

Su medida era algo más de dos metros y estaba en terrenos de la empresa La Colonizadora, que se estableció cerca de Monte Arruit.

AGRADECIMIENTO: A toda la documentación y publicaciones del historiador y periodista Juan Pando Despierto en sus libros sobre esta guerra de África del 21. Historia secreta de Annual (Colección Historia – Temas de Hoy), El Protectorado español en Marruecos (Colección Páginas de historia) y datos del archivo del cronista de Melilla, Rafael Fernández de Castro.

Conchita Ferrando de la Lama

Dedicado en homenaje a mi abuelo, el capitán José de la Lama- muerto en Monte Arruit- 29-julio-1921

Puta niebla

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Género: Relato

Rating: + 16 años

Este relato es propiedad de Daniel Camargo. La ilustración es propiedad de Jordi Ponce. Quedan reservados todos los derechos de autor.

 

Puta niebla.

Rigamonti estaba sentado junto a la ventana, mirando hacia fuera con la mirada perdida, como hipnotizado. Los brazos cruzados sobre la mesa, el traje gris, gastado y bastante arrugado pero limpio, los hombros caídos.

Había pedido un café a las ocho y cuarto y ya eran las diez.

Ilustración de Jordi Ponce

Manolo llevaba un rato largo pendiente de él, era un martes flojo y no había muchas mesas que atender.

De pronto recordó que el domingo había leído en internet un artículo sobre cómo mejorar el nivel de satisfacción de los clientes mediante la empatía personal. «Vamos a intentarlo», pensó, «total… no perdemos nada», y movido a partes iguales por el márketing y el aburrimiento, se acercó al viejo.

—Qué niebla, ¿no? Impresionante. Para cortarla con un cuchillo, no se llega a ver ni la acera de enfrente… Los que saben dicen que si hay niebla después el día será bueno. Lo raro es que cuando amanece así suele levantar a eso de las nueve, nueve y cuarto, pero parece que hoy va a ir para largo.

—Nunca se sabe —dijo Rigamonti sin quitar los ojos de la ventana—, nunca se sabe, Manolo. La niebla…, la niebla es muy traicionera… No, no —se corrigió—, traicionera no, lo que es la niebla es muy hija de puta.

—Bueno, hombre, no se ponga así, tampoco es para tanto.

Rigamonti frunció la nariz y miró al camarero durante unos segundos como midiéndolo. Parecía haberse despertado de su letargo y ahora evaluaba si Manolo se merecía profundizar en el tema. Finalmente decidió que sí.

—Yo sé por qué lo digo. Tengo mis razones…, poderosas razones, para pensar así —le dijo—. Uno ha vivido tanto que… ¿Nunca te conté lo que me pasó en el Congo?

—¿En el Congo? Je, je… ¿Usted? ¿Estuvo en el Congo? ¿Cuándo?

Sin saberlo, Manolo acababa de abrir una compuerta en la cabeza de Rigamonti. Una que llevaba mucho tiempo cerrada.

—Sí, estuve, aquí donde me ves. En el Congo estuve. Hace mucho tiempo, una eternidad. Estuve cuando viajar al Congo era una aventura y un riesgo, y no la mariconada de los viajes de ahora. ¿Te cuento?

Manolo echó una visual al resto de las mesas confirmando lo flojo de la mañana, apoyó el repasador sobre la mesa y se sentó junto a Rigamonti, dispuesto a escuchar la historia.

—Dele, dele, Riga, soy todo oídos.

—Manolo, tú sabes que además de trabajar en el banco yo siempre fui fotógrafo, ¿no?

El camarero asintió con la cabeza.

—Algo me han contado…

—Te hablo de la década de los setenta, cuando era joven y tenía ciertas pretensiones artísticas. Lo normal, paisajes, algún retrato…, bodas y comuniones los fines de semana para sacar algún dinero. Pero además de eso, esporádicamente, trabajaba para el National Geographic. Trabajos sueltos, reportajes puntuales, pero que me venían muy bien para tener un dinero extra. Y me daban un cierto prestigio entre los colegas.

»Bueno, resulta que un día me llama a su oficina el jefe de redacción nacional y me dice que le tengo que hacer un favor. Me cuenta que Sidney Somerville, el australiano, uno de los fotógrafos estrella de la revista, había caído con paludismo después de hacer un reportaje sobre el mosquito tigre en los basurales de Bangalore. Que el tío estaba mal de salud y había un tema urgente en el que lo tenía que reemplazar.

»Entonces va y me cuenta algo extraordinario. Me habla del Congo y de un proyecto que me va a llevar a la fama. «Te va a tocar fotografiar una de las aves más bellas e indescifrables que hayan existido nunca», me dijo. Y también me dijo que en un valle perdido de las montañas Rwenzori, bastante cerca del nacimiento del río Nilo, en un ámbito paradisíaco, existía un pájaro casi desconocido que sólo habían visto unos pocos aborígenes del lugar, los Binga, una tribu de pigmeos enanos que…

—¿Pigmeos enanos? —Se sorprendió Manolo.

—Sí, sí, no me interrumpas, eran chiquitos, muy chiquititos. Algo así —Y Rigamonti extendió la palma de su mano paralela al suelo, un poco por debajo de la rodilla, como acariciando un perro, para dar una idea de tamaño. —¿Viste los muñecos de Playmobil? Bueno, un poco más grandes, solo un poco, y bastante más negros.

»Los pigmeos esos eran los únicos que habían visto al bicho, pero estaban en medio de la selva, totalmente aislados de la civilización. Y mi jefe me comentó que un explorador alemán perdido, un científico, también lo había visto, pero que nadie le había creído.  Entonces, Manolo, el tipo me miró a los ojos y puso sobre la mesa un ejemplar de la revista Cats & Birds, en la que, en tono burlón, se habla de este pájaro como de una leyenda urbana, una patraña, mofándose de Nat Geo, que había mencionado al ave en un ejemplar de 1972.

—¡Gilipollas! —me dice el jefe, visiblemente alterado—. ¡Existe! Nosotros sabemos que existe, pero necesitamos una foto. Y la necesitamos ya.

»Y sacó un sobre del cajón de su escritorio, lo abrió y me mostró su contenido: una pluma, una plumita chiquita, como de un pichón, de varios colores y muy brillante.

—¿Ves? —me dice—, pruebas tenemos, pero necesito una foto del pájaro vivo lo antes posible. Y se nos enfermó el australiano.

—¿Cómo se llama?

—¿El australiano?

—¡No, no! El ave…

—Ah, sí, claro, no te lo dije. Marabú, se llama marabú alicorto tornasolado.

»Salí de la reunión nervioso, ansioso, y me fui directamente a una biblioteca a investigar sobre el bicho ese. Toda la noche…

Después de mucho buscar descubrí que el renombrado etólogo alemán Franz Beckenbücher había sacado a la luz la existencia del ave años atrás, en una conferencia en el aula magna de la famosa Ecole des Oiseaux de Estrasburgo, en la que describió su colorido y variado plumaje como una mezcla entre el rojo intenso de la casaca del Bayern Leverkussen y el azul profundo del Hertha de Berlín, con toques aurinegros en las alas propios del Borussia Dormunt, y un degradado hacia el verde en la cola idéntico a la tercera equipación del Schalke 04. Esta exuberante policromía sólo se daba en el macho, ya que la hembra, mucho más pequeña y discreta, era de color negro, como la vestimenta de los árbitros de la Bundesliga.

—Los árbitros van de colores —terció Manolo, deseoso de aportar algo.

—Eso es ahora, y yo te estoy hablando de los años 70, Manolo, ¡no interrumpas!

»Lamentablemente, por la prolongada huelga de los trabajadores de la empresa Agfa, el científico teutón no contaba con fotos y sólo pudo aportar unos toscos dibujos realizados por su hija Greta, a la sazón en segundo de la Grundschule, que no hacían justicia al exótico animal.

»Pero más allá de su sorprendente colorido, el marabú se caracterizaba por un llamativo y sofisticado ritual de apareamiento, que sólo ejecutaba durante un breve lapso en el amanecer posterior a la séptima luna llena de los años bisiestos. Tan escasa actividad sexual, que el científico atribuía a la muy limitada belleza de la hembra, hacía que este pájaro estuviera a punto de extinguirse, lo que ponía, si eso fuera posible, una mayor carga de responsabilidad y urgencia a mi misión.

»Según se comentaba, este ritual combinaba la acrobacia aérea y la cadencia rítmica de la danza dodecafónica con el desenfreno sexual más desinhibido.

»Entonces, a medida que iba leyendo ese artículo, caí en la cuenta de la urgencia real y absoluta de mi misión. Estábamos a fines de junio de 1976, año bisiesto, y la séptima luna nueva sería en julio, ¡el once de julio!

»No podía perder tiempo, así que me puse manos a la obra, solicité un permiso sin goce de sueldo en el banco y comencé a gestionar el tema del viaje, con ansiedad y una gran expectativa ante el desafío. No podía imaginar en ese momento cómo se iban a desarrollar los acontecimientos.  El primer golpe fue enterarme de que tenía que pagar yo los gastos del viaje y que ya luego, más adelante, la revista me los reembolsaría.

—Qué ratas los del Geografic ese, ¿no?

—Bueno, Manolo, para mí fue un palo muy duro, pero tenía cierta lógica. No era un momento fácil, piensa en el contexto, los años 70, crisis del capitalismo, despidos masivos, subida de los combustibles, tensión en Oriente Próximo, corrupción política…

—¡Igual que ahora!

—Y además, National Geographic venía de un revés importante por la denuncia que Caring Mums, una asociación de madres solteras de Texas había hecho contra la revista por sacar animales desnudos en las portadas. Tú sabes, Manolo, lo de siempre, los rednecks, la América profunda. Las ventas habían bajado  mucho, y ellos debían afrontar los gastos de un largo proceso judicial.  En fin, que el gerente de Nat Geo había decidido no adelantar dinero de gastos para expediciones, sino reembolsarlos meses después de la presentación de las facturas, por lo que tuve que destinar mis escasos ahorros a hacer frente al billete de avión.

»Para ahorrar, le pedí su tienda de campaña a un buen amigo mío, compañero del banco, el  portugués Joâo Couto, que la había utilizado por última vez en la una cacería en la frontera entre Évora y Badajoz.

»La tienda, pequeña y antigua, no era fácil de montar, pero lo peor era que tenía unos cuantos agujeros debidos a que en aquella cacería un jabalí, perseguido por la partida, tuvo la desafortunada idea de tratar de ocultarse en la carpa de Joâo, donde fue acribillado. La verdad es que no era gran cosa, pero la necesidad y lo inminente de mi partida no me dejaron otra opción.

»El viaje fue complicado. Para abaratar había elegido a Ubuntu Airways, una línea oriunda de Tanzania cuyos aviones eran pequeños y de escasa autonomía, por lo que terminé haciendo escala en Argel, Trípoli, Niamey, Uagadugú, Abuya, Yaoundé, Bangui, y Brazzaville, antes de llegar a Kinshasa.

»Una vez allí, aún quedaba un largo e incómodo recorrido por tierra hasta llegar al valle de Kwala, hábitat natural del marabú. Afortunadamente los Binga, avisados de mi llegada, habían enviado al aeropuerto a Yomvi Obembe, aborigen nativo, para recibirme y acompañarme hasta la tribu. Aunque contaba con su llegada me llevó horas dar con él, ya que su escasa estatura y su color negro intenso hacían que se mimetizara perfectamente con el suelo de granito negro Zimbabwe del aeropuerto.  Cuando finalmente conseguí encontrarlo, comprobé  que, si bien Yomvi hablaba español con fluidez (lo había aprendido durante su estancia lavando copas en el restaurante de comida española Paquito, en Lubango), a veces me resultaba difícil entenderlo, por su bajo tono de voz, la velocidad con la que hablaba y su fuerte acento bantú. Para facilitar las cosas, y evitar tener que agacharme todo el tiempo para oírlo, opté por cogerlo en brazos durante el tiempo que duraban nuestras conversaciones, lo que terminó dando un cierto tinte paterno-filial a nuestra relación.

»El recorrido hasta la tribu fue, digamos, incómodo. Mis medios eran escasos y los de los Binga directamente inexistentes, por lo que hicimos dedo desde Kinshasa, siguiendo aproximadamente el recorrido del río Congo hasta las proximidades de los montes Mitumba, en el otro extremo del país. Unos 1 600 km en los que recurrimos a coches destartalados, camiones, furgonetas, motos, patinetes, hasta llegar a un punto en el que lo denso de la selva nos obligó a seguir andando. A partir de allí las dificultades crecieron exponencialmente. Un recorrido abrupto y  escarpado, en el que a las propias dificultades que planteaba el sinuoso y empinado camino de montaña y lo intrincado del follaje se sumaban la presencia de mosquitos y otros coleópteros, así como de todo tipo de alimañas, insectos y reptiles que salían a nuestro encuentro y que, ignorando totalmente la presencia de Yomvi, se concentraban en atacarme a mí.

»Como la dificultad en descifrar el sendero correcto aumentaba, y dado mi cansancio, lo  cerrado de la vegetación y la gran velocidad de movimientos de mi guía, muchas veces perdía su rastro, así que opté por cargar a Yomvi en mi mochila para que me fuera dando las instrucciones al oído.

»Finalmente llegamos a nuestro destino. Lo supe inmediatamente por la actitud de Yomvi, a quien la alegría por finalizar el trayecto y, probablemente, la emoción por llegar a lo que para los Binga era un reducto sagrado, lo hizo mearse en mi mochila.

»Habíamos llegado al valle de Kuala. A pesar del enorme esfuerzo, lo indescriptible del paisaje me hizo comprender que todos los sacrificios estaban justificados.

»El paisaje era alucinante. Un amplio valle formado por dos muros de piedra de fuerte pendiente que formaban una profunda V y se asemejaban en mi imaginación, alterada por el agotamiento y el calor, y excitada por la emoción del descubrimiento, a las piernas semiabiertas de una mujer. Y al fondo, en la confluencia de ambas laderas, precisamente allí en el extremo, se encontraba la oscura cueva en la que habitaba el marabú de la que solo salía excepcionalmente para su danza de apareamiento y, a veces, para mear.

»Como el tiempo era escaso, a pesar de mi enorme cansancio, y mientras Yomvi se dedicaba a torturar algunas lagartijas, me puse a montar la tienda, que sería mi centro de operaciones. »Analizadas las diferentes vistas y perspectivas posibles, me decidí por establecer mi punto de observación en un sector elevado, cerca del camino por el que habíamos llegado y sobre un promontorio que sobresalía de la ladera, asomándose directamente sobre el vacío.

El montaje no fue fácil, ya que faltaban algunas piezas: postes que debí reemplazar con pequeñas ramas rectas y alguna cuerda que cambié por lianas. Con eso y todo la dificultad radicaba en tener que hacer todas estas maniobras asomado al vacío con la rodilla apoyada en una piedra y aferrándome con la mano izquierda a unas ramitas de garcinia.

»Finalmente, hacia la puesta del sol, luego de horas de esfuerzo, conseguí dar por montada la tienda. La camuflé adecuadamente con hojas de helecho gigante y diversas ramas amalgamadas mediante excrementos de okapi y entonces, sólo entonces, comenzó la espera.

»Había terminado un largo y difícil recorrido, durante el cual no había podido sacarme de la cabeza al maldito marabú, obsesionado, imaginándolo sin conocerlo, como si del comandante Kurtz se tratara. Pero todo eso ya había acabado. Estaba en el lugar sagrado y en poco tiempo, tal vez sólo unas horas, estaríamos frente a frente.

—¿Sabes cuál es la principal virtud de un fotógrafo, Manolo?  —espetó Rigamonti al camarero. Una pregunta retórica sin duda, que solo buscaba lograr un énfasis en la narración.

Manolo no parecía saberlo, y como toda respuesta enarcó las cejas subiendo a la vez los hombros en señal de la más absoluta ignorancia. El viejo entonces continuó el relato con un cierto tono de superioridad.

—La principal virtud de un fotógrafo, querido Manolo, no es tener una vista aguzada como un águila, ni un pulso de acero, ni tampoco una extrema percepción del color. Ni siquiera una depurada comprensión espacial o una gran inteligencia. No, señor, no. La principal virtud de un buen fotógrafo es la paciencia. Porque es la paciencia la que te permite esperar y esperar hasta que la imagen definitiva aparezca ante tus ojos.

»Y entonces me dispuse a acechar hasta que el marabú decidiera aparecer.

»Me acomodé en la carpa y comprobé inmediatamente lo incómodo de mi hábitat. El calor era brutal y el riesgo de deshidratación aumentaba continuamente. Y el pestilente olor del estiércol de okapi ponía, si cabe, las cosas aún más difíciles. Además, los animales de la zona, que llevaban un tiempo mirándome, parecían haber perdido su timidez natural, reconociéndome como parte del paisaje, lo que hizo que sapos, culebras, alacranes, escarabajos y todo tipo de arañas pugnaran por entrar en mi limitado refugio, lo que me obligaba a hacer grandes esfuerzos para ahuyentarlos.

»Mientras preparaba el trípode, hambriento, alargué el brazo para tomar algunas provisiones de mi mochila y entonces comprobé que Yomvi había dado buena cuenta de ellas durante nuestro recorrido. Y yo, que había pensado ingenuamente que su silencio se debía, tal vez, a momentos de introspección religiosa, tan habituales entre los binga, adoradores del dios Bangú, personificado en un enorme gorila dorado. Pero no, ¡estaba masticando!

»Además, los pocos restos que Yomvi había dejado en el fondo de la mochila estaban impregnados de su orín, por lo que decidí arrojar la mochila al vacío. Y comenzó mi espera…

»Horas y horas quieto, en silencio, escudriñando hacia la boca de la cueva por un pequeño agujero de la carpa, que tenía varios. Esperando algo, un mínimo movimiento, un reflejo iridiscente que me demostrara que el marabú estaba dispuesto a empezar su vuelo de apareamiento. El calor era insoportable y hacía que se intensificara el olor de la boñiga de okapi. Yo tenía el cuerpo cubierto de picaduras de las distintas variedades de insectos que rondaban mi carpa. Mi cansancio y malestar iban en aumento, pero tenía clara mi misión y no podía desfallecer. Es en los momentos difíciles donde se ven los hombres, pensé, y eso me hizo redoblar el esfuerzo. Durante la noche utilizaba mi filtro infrarrojo intentando atisbar alguna señal de su presencia, pero nada, absolutamente nada. Hasta que, en un amanecer, en el que una extraña luz amarilla teñía el cielo y el aire parecía más fresco, miro a lo lejos, hacia una de las laderas y noto algo extraño.

»Una masa informe y blancuzca, bajaba lentamente por la falda del monte. Lenta pero inexorable, como un animal deforme y herido, aplastado contra el suelo, pero vivo, de movimientos lentos pero persistentes. Como una serpiente de doble ancho que venía hacia mí.

»Vi a Yomvi correr a lo lejos. Huía, sin duda. Lo oí gritar, por lo bajo, claro. Y como en tantas otras oportunidades, no lo entendí. Pero comprendí que a partir de ese momento estaba solo, en manos de la providencia, y supe en ese instante que iba a ocurrir algo ominoso. A propósito, Manolo, ¿tú sabes qué coño quiere decir ominoso?

Manolo estaba absorto en el relato y le hizo a Rigamonti una señal inequívoca para que continuara.

—Entonces, justo entonces, noto un movimiento en la boca de la cueva. Enfoco el teleobjetivo de la Hasselblad hacia allí y veo aparecer al pájaro. El magnificente marabú… No parece demasiado grande, y todavía lo tengo muy lejos, pero incluso a esa distancia se distingue su belleza y colorido. Se lo ve nervioso, inquieto, entiendo que es la clara señal de que va a comenzar su histórico vuelo nupcial.

»Giro la cabeza y por el hueco de entrada a la tienda noto cómo un pequeño pájaro negro se acerca desde atrás, en dirección a la cueva. Es la hembra, que va a su encuentro.

»El marabú despliega sus alas y entonces es cuando puedo apreciar su indescriptible colorido. Salta al vacío, bueno, en realidad se deja caer replegando las alas y empieza a dar vueltas en tirabuzón. Cuando está por llegar al fondo del valle aletea enérgicamente dos o tres veces para recuperar altura y comienza a ascender en dirección a la hembra, que mientras tanto vuela en círculos. Yo estoy extasiado ante el espectáculo, pero mi sentido del deber me empuja, así que apunto el objetivo en su dirección y acerco el ojo al visor de la cámara, para hacer foco, llevando mi índice al disparador.

»Y entonces, en ese preciso momento, veo todo blanco. De un blanco lechoso. Instintivamente paso la mano por el objetivo, sin quitar el ojo del visor, por si se hubiera empañado con el frescor matinal, pero nada. Me retiro de la cámara y miro por el reducido hueco de avistamiento de mi carpa. Nada. No veo absolutamente nada. Todo blanco, como si de pronto hubieran desaparecido los colores.

»Asomo la cabeza fuera de la tienda, y es entonces cuando comprendo todo.

Niebla. Lo que bajaba por la montaña era niebla. Blanca y espesa. Y ha llegado hasta el fondo del valle ocupándolo todo. Justo en este momento…

»Intento, desesperado, buscar con la cámara un punto de visibilidad, pero nada. Por un momento creo ver una sombra que se mueve zigzagueante, pero no estoy seguro de si es el marabú o tan sólo mi imaginación. Mi desesperación me impulsa a buscar una solución, pero la impotencia triunfa. No, es imposible, no se ve nada. Estoy jodido.

»No lo puedo asimilar. No puedo creer que la niebla, la puta niebla, haya tirado por tierra todo mi esfuerzo. Como le pasa a los que van a morir veo pasar ante mí a toda velocidad imágenes de los últimos días, el dinero gastado, las peripecias del viaje, los bichos… Y lloro, lloro como un niño, lloro como hace tiempo no lloraba.

»Luego de un rato, derrotado, salgo de la tienda con sumo cuidado, para no caer en el vacío. No se ve nada, absolutamente nada. Tanteando meto las cámaras en el bolso, doy por perdida la tienda, y emprendo la retirada, mecánicamente, como hipnotizado. Pienso que la misteriosa conducta del marabú alicorto tornasolado seguirá sumida en el misterio por varias generaciones y que los Binga continuarán custodiando su leyenda, como una guardia imperial.

»Un poco más adelante, en un recodo del sendero encuentro a Yomvi, meando en el lomo de una tortuga sulcata. Me mira y me habla.

«Ukuthi inkungu ngakho isindindwa», me dice en su lengua materna, y no le falta razón…

THE END

Daniel Camargo

Crimen Imperfecto

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Poesía

Rating: Adultos

Este relato es propiedad de Milagros Morales García. La ilustración es propiedad de Daniel Calamargo. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Crimen imperfecto.

Ilustración de Daniel Camargo

Sentí el filo penetrante de la indiferencia
en mi carne
y me desangré en silencios
lacerantes y oscuros,
sin comprender el por qué
de tu daga.

Cuando moría, lentamente
recordaba tus besos
mientras te retirabas exultante.

Pero tu crimen ha sido imperfecto
porque no han podido
con mi alma
y en ella grabadas quedan para siempre
tus pérfidas huellas.

Milagros Morales García

Setentaycinco

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Microrrelato

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Daniel Camargo. La ilustración es propiedad de Paloma Muñoz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Setentaycinco.

Aunque lo veíamos todos los fines de semana, nunca le habíamos prestado demasiada atención.  Era evidente que, dentro de su desorientación, se esforzaba por pasar inadvertido, como si tuviera algo que ocultar.

María me dijo una vez que se notaba que, en sus años mozos, había sido un hombre muy guapo. Era alto, aunque no lo pareciera porque caminaba encorvado, de ojos azules y cabello muy blanco. Y esa tarde, en el habitual rato de espera mientras aguardábamos a que la enfermera trajera  a mamá desde su habitación, lo vimos revolotear por el salón, como distraído, pero aferrando una Nintendo entre las manos.

Definitivamente fue ese contraste lo que me atrajo aquel día, lo que me hizo prestarle atención. Un anciano con un gadget  propio de  niños, o adolescentes.  Y su actitud, mezcla de avidez y entusiasmo, ya que no quitaba los ojos de la pantalla mientras tocaba las teclas con fruición. Como si le fuera la vida en ello.

Me quedé pensando cuál sería el juego que lo apasionaba. O si acaso se trataba de alguna de esas típicas aplicaciones para ejercitar la memoria, ya que era probable que a un señor de edad avanzada, con una evidente demencia (como casi todos los que compartían aquella institución), algún familiar cercano le hubiera regalado el aparatito para tratar de ayudar, retrasando en lo posible el deterioro.

Pero también podía ser que fuera un adicto, que estuviera enganchado a los videojuegos…

¿O acaso no es posible que a uno le queden ganas de jugar en la recta final de la vida?

Una de las enfermeras, que me vio abstraído observándolo, me dijo:

—Mañana cumple setenta y cinco, y él no lo sabe. No lo recuerda.

—¿Setenta y cinco años? Pensé que serían más.

—No, no, son setenta y cinco —me confirmó—, lo que pasa es que está un poco averiado. Según dicen, tuvo una juventud muy  intensa. Y esas cosas se notan, ¿sabe?

—¿Deportista? —pregunté.

—No, qué va, por aquí cuentan otra cosa, pero no se lo voy a decir porque estoy segura de que no me lo creería. De hecho, ni yo misma sé si creerlo. Pero en este antro la rutina es la reina, y las semanas se hacen muy largas, así que cualquier historia que le ponga a esto un poquito de emoción es bienvenida.

Y se fue a atender a una señora que acababa de mearse en su silla de ruedas, dejándome sumido en una enorme perplejidad.

¿Quién sería ese señor?

Durante la conversación con mamá no pude sacarme de la cabeza la incógnita de la identidad del viejo, y al final, después de la despedida, cuando ya la enfermera la llevaba por el pasillo hacia su habitación, sucumbí a la tentación de acercarme a hablar con Berta.

Berta, la cotilla oficial, era la central de informaciones del geriátrico, la persona por la que pasaban todos los comentarios.

—Oye, Berta…,  ¿quién es ese señor?, ese, el de la bata gris, el de la Nintendo.

—No sé muy bien, pero parece que este hombre tuvo un pasado oscuro del que prefiere no hablar. Hay quien dice que tenía una gran fortuna, y una mansión enorme en el Barrio Gótico, con mayordomo y todo, pero que llevaba una doble vida… Comentan que no podía resistirse a salir por las noches y a relacionarse, de un modo u otro, con la peor escoria de la ciudad.

—¿Eso comentan?

—Sí, sí. Otros dicen que era amigo del alcalde, y que lo asesoraba en temas de seguridad… Y usted sabe lo que pasa con los amigos de los políticos, ¿no?  Nada bueno se puede esperar de esa gente. Parece que tenía un coche de esos estrafalarios, ¿vio? No sé si sería un Ferrari o alguno de esos, de color negro, y que lo usaba para sus correrías nocturnas. No era trigo limpio, evidentemente. Y ahora mírelo ahí, si parece que fuera incapaz de matar una mosca. Todo el día recordando su pasado en esa maquinita.

»Algunos domingos viene a verlo un amigo algo más joven que él. Uno con pinta de mariquita, pero muy digno, ¿vio? Se ve que tiene pasta, si hasta usas camisas con monograma, con una “R” bordada junto al corazón. Se sientan fuera, en el jardín, y recuerdan historias en voz baja. Es increíble, parece que con él recuperara la memoria. A veces no pueden parar de reír.

Pero Berta me abandonó y se fue a escuchar la conversación entre la enfermera y el jardinero, preocupada como siempre estaba por actualizar su base de datos.

La curiosidad me consumía, necesitaba profundizar en la investigación y fingiendo que iba a recoger el Marca que estaba sobre la tele, me acerqué al viejo y pasé por detrás de su silla para ver la pantalla del aparatito.

Se veía una imagen inquietante. Un fondo urbano, nocturno, chimeneas humeantes y algún relámpago…, y en el centro el logo de… ¡Batman! La típica llamada de auxilio que uno vio tantas veces en el cine.

Ilustración de Paloma Muñoz

La visión de la pantalla, sumada a la charla con Berta, me sacudió. ¿Acaso este hombre sería…?

Seguí caminando despacio, como si tal cosa. No podía creer que eso que me estaba imaginando fuera verdad. Pero tampoco podía negar que todos los datos y las sospechas coincidían en un punto.

Al llegar a la puerta del salón me giré y lo vi, inclinado sobre la pantalla, con su enorme bata color gris oscuro cubriendo su cuerpo, como si se tratara de una capa. En ese instante levantó la cabeza, me miró, y sonrió con complicidad.

Debajo del pijama apenas asomaba una camiseta raída con el famoso logo del murciélago en negro y amarillo.

Al día siguiente falté a la reunión de la comunidad y le llevé una tarta para festejar el cumple.

Daniel Camargo – 2014

 

Sé lo que hicisteis el último verano

Autor@: 

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Corrector@: 

Género: Relato corto

Rating: Todos los públicos.

Este relato es propiedad de Carme Sanchis. La ilustración es propiedad de Daniel Camargo. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Sé lo que hicisteis el último verano.

Con el ánimo bajo, después de unas semanas de inactividad que le habían dejado demasiado tiempo para pensar, Vincent intentaba hacer frente a un nuevo día de papeleo. Desde que el comisario le había informado del retraso de los informes, había destinado a dos de los agentes más veteranos a realizar los trámites más simples, a cambio de la comodidad de no tener que salir a vigilar las calles. Por eso motivo, pasaba el día corrigiendo y confirmando datos, y grabando su firma en cientos de hojas mecanografiadas.

Dormía poco, pues al permanecer todo el día sentado en su cómoda butaca, apenas tenía sueño cuando llegaba a la cama. Se acarició su corta barba con la mano derecha, notando como ya raspaba un poco.

–Ha llegado un hombre bastante inquieto que pide ayuda –indicó Javier abriendo la puerta del despacho–. Tartamudeaba tanto que el pobre Ramón me ha llamado desesperado. –El inspector trazó en su rostro una risa torcida, por fin había llegado la acción–. Creo que debería hablar directamente contigo. Parece que está un poco trastornado.

–¿Has conseguido entenderle algo?

–Habla de una sombra que lo observa. En serio, ve con cuidado que está muy alterado.

–Venga, no te preocupes tanto. Hazle pasar y sigue con tus cosas. Ya me encargo yo.

Retiró los documentos ya terminados, listos para viajar hasta otras manos. Los depositó dentro de una caja y le dio permiso para entrar a su visitante, que golpeaba levemente la puerta entreabierta. El aspecto de aquel hombre era deplorable. Se veía a simple vista que llevaba la misma ropa desde hacía tiempo, que no se había aseado desde el mismo y que necesitaba muchas horas de sueño. Un olor intenso, mezcla de colonia fresca y sudor, inundó la habitación.

–Siéntese, por favor –ordenó, una vez el señor cerró la puerta–. Soy el inspector Vincent Barrett. Mi compañero me ha comentado que solicita nuestra ayuda. Así que, me gustaría que se calmase, respirase hondo y me explicase todo lo que usted crea necesario.

–Muchas gracias por atenderme, inspector –respondió precipitadamente, sentándose en la silla vacía, mirando fijamente al sombrero que llevaba en la mano–. Yo, yo no quiero molestar a nadie, a nadie, pero ya, ya no soporto más está situación.

–Bueno, haga lo que le pido. Cuanto antes empiece antes terminará. Preséntese, explíqueme qué le ha pasado y cómo puedo ayudarle.

–Está bien –afirmó, levantando la vista–. Me llamo Iván Saldaña, tengo ya cuarenta y siete años y trabajo en la misma fábrica desde los treinta. Vivo solo, en el bloque de pisos de la calle de la Cruz, en el 4º A. –Guardó silencio por unos segundos, intentando organizar sus ideas antes de seguir–. Sé que lo que le explicaré le resultará… bueno, difícil de creer. Pero le aseguro, le juro, que todo es cierto –inspiró profundamente, y continuó–. Hace un par de semanas, me levanté por la noche a beber un vaso de agua, hacía mucho calor. Cuando entré en la cocina, lo hice a oscuras, nunca enciendo la luz por la noche, para no desvelarme. Cogí la botella fría del frigorífico, un vaso del fregadero y… allí estaba él…

–¿Quién? –preguntó Vincent, intrigado.

–Una sombra, justo en la ventana de delante, inmóvil, observándome. –La voz le volvió a titubear, pero se recuperó para lanzar su acusación–. El señor Julio Moran, mi vecino de enfrente, más conocido como el vigilante. Esa fue la primera vez que lo vi, pero no ha sido la única. Desde entonces, cada vez que paso por la cocina allí está él, su sombra inerte mirándome fijamente, esperando… ¡pero no sé qué quiere de mí!

–¿Está seguro que es su vecino? Si se trata de una sombra, ¿cómo sabe que le está mirando?

Iván empezó a temblar. Sentía la mirada acusadora del inspector, que le observaba juzgando su historia, como si no creyese lo que le estaba contando. Tenía que demostrar que lo que decía era verdad, que estaba viviendo en una pesadilla.

–Ese hombre está loco, lo juro. Antes, ¡antes gritaba continuamente! –exclamó, y cambió el tono de voz para imitarle, gesticulando estrambóticamente–: ¡Niños! ¡Ya está bien, niños! ¡Callaos ya! ¡Me estáis volviendo loco! –Los gritos llamaron la atención de los agentes de la comisaria. Siguió imitándole y, cuando terminó, permaneció en silencio, a la espera de una réplica.

–Me ha parecido escuchar que su vecino gritaba… En pasado. Es decir, que ya no lo hace –señaló Vincent.

–¡Exacto! Ya no grita, ya no se le oye nunca. Excesivamente silencioso…

–Y, ¿qué podemos hacer por usted?

–Investigar la verdad.

–Entiendo… –Parpadeó un par de veces, mientras intentaba comprender el motivo por el que aquel hombre estaba en su despacho–. A ver si me ha quedado claro. Su vecino le molestaba con los gritos, pero ya no lo hace y, usted, quiere que investigue por qué ya no grita y, por qué se queda parado delante de la ventana.

–Sí, por favor. Tiene que ayudarme.

El silencio invadió de nuevo la habitación, hasta que el inspector se echó a reír.

–Lo siento, señor Saldaña, pero su vecino no está haciendo nada malo. No puedo entrar en su casa porque esté todo el día en silencio. ¿Qué hago? ¿Abro su puerta y le acuso de ser demasiado silencioso? –Abrió su pitillera y se puso un cigarrillo entre los labios–. Y en cuanto a la sombra, seguramente tiene una buena explicación.

–¡Usted no lo entiende! ¡Él me observa desde su casa, inmóvil, en silencio, juzgando cada uno de mis actos! ¡Él! –Las palabras se le amontonaban en la garganta, pero el recuerdo de aquella figura lo enmudeció. Empalideció en el acto, segregando aquel sudor frío que Vincent observaba tanto en su despacho. Todo su cuerpo temblaba, y solo podía repetir una y otra vez aquella palabra: ¡Él!

El inspector Barrett se levantó después de un largo suspiro. Dejó el cigarro sobre la mesa, se acercó al pequeño mueble que había tras él y sacó dos vasos y una jarra de agua. Si aquel hombre seguía por aquel camino terminaría sufriendo un infarto. Resultaba evidente que algo le perturbaba, una idea iba creciendo en su interior, y su obligación, en cierto modo, era ayudarle.

Le ofreció el vaso repleto de agua a su visitante y se bebió el suyo de un trago.

–Sus luces están siempre apagadas. Menos cuando aparece esa figura. Sé que lo hace para asustarme, me observa desde su casa –hablaba sin apenas mover los labios, como delirante, con los ojos cerrados–. Se queda mirándome, en silencio, esperando que lo admita. Lo sabe, él lo sabe todo. Por eso está allí. ¡Quiere que me vuelva loco!

–Está bien, cálmese. Le diré lo que vamos a hacer –empezó, dejándose caer en su butaca. Apoyó los codos en la mesa y entrelazó sus manos. Iván levantó la mirada y selló sus labios–. Mi compañero y yo nos pasaremos por su bloque de pisos. Visitaremos a su vecino con alguna excusa relacionada con la nueva ley ciudadana, y después le visitaremos a usted, para explicarle lo que hayamos podido averiguar. –Cogió una hoja de su bloc de notas y se la entregó al señor, junto con un lápiz–. Aunque le advierto que si no está haciendo nada malo, daremos el misterio por finalizado, ¿está claro?

–Muchas gracias, inspector –respondió, mientras escribía con una letra cursiva, producida por su temblores–. De verdad, gracias por ayudarme, me siento tan desesperado…

–Espérenos en su casa, pasaremos esta tarde. Y no haga ninguna tontería –advirtió Vincent, levantándose de su butaca, invitando a su visitante a que hiciese lo mismo–. Gracias por su visita.

–Gracias, gracias a usted por su atención. Buenos días.

El hombre menudo salió del despacho después de hacer una corta reverencia, con el sombrero en la mano. Parecía satisfecho con la propuesta de Vincent pero, ¿cuánto le duraría la tranquilidad? El inspector se encendió el cigarrillo mientras su compañero regresaba a la habitación con ojos curiosos.

–¿Qué? ¿Has conseguido entender algo? –preguntó Javier, de pie frente a la mesa.

–Pues sí, hombre; si no, no se hubiese ido con esa sonrisa en la cara –respondió entre risas. Expulsó el humo despacio, observando cómo se expandía por toda la habitación, matando el olor de sudor de aquel hombre angustiado–. Al parecer se ha obsesionado con su vecino, dice que le observa. No sé si tendrá motivos para hacerlo o si sufre algún tipo de delirio, pero le he dicho que pasaremos esta tarde.

–¿En serio? Y, ¿qué se supone que vamos a hacer?

–Visitamos al vecino, vemos si es un tipo normal, y si no vemos nada sospechoso, nos vamos de allí. No nos cuesta nada, Javi.

–Está bien, pero hoy invitas tú a comer.

–Espero que este caso valga la pena –bromeó el inspector–, no quiero haberte invitado por las alucinaciones de un chiflado.

Los dos compañeros se echaron a reír, mientras la comisaria seguía su curso, llena de agentes asistiendo a ciudadanos, acusados y culpables. El verano avanzaba sin llamar demasiado la atención, pero pronto llegarían las altas temperaturas.

~***~

La calle de la Cruz estaba repleta de edificios altos, todos con tonos entre el blanco y el crudo. Era una de las zonas más ricas de la ciudad. Un hombre pasó por el lado de los dos agentes y los observó con asombro, saludándoles cortésmente. Justo al lado del edificio que deberían visitar, encontraron un pequeño jardín coronado con una diminuta cruz, aquella que le daba nombre a la calle.

Vincent se acercó hasta el portal y golpeó la puerta, a la que acudió inmediatamente un hombre curvado con la barba blanquecina y los ojos grisáceos. Sonrió con el encanto de un chiquillo, y les dio pasó con palabras de admiración:

–Estoy a su servicio, mis señores. Es un honor recibir una visita tan memorable. Sus hazañas son bien conocidas, señor Barrett.

–Encantado de conocerle, señor –respondió Vincent, con alegría. Era difícil encontrar a personas tan amables por el mundo, y había que aprovechar aquellos encuentros–. Somos nosotros los que estamos al servicio de los ciudadanos. Venimos a visitar al señor Moran.

–Oh, por supuesto. Está ahora mismo en su casa. Les acompañaré hasta su puerta.

–No, no será necesario. Quédese usted en el portal, continúe con su trabajo –añadió el inspector.

–Como guste, señor.

El hombre agachó la cabeza con gesto obediente y se dirigió hacía su silla de madera, encendiendo antes de sentarse la radio que tenía a su lado. La música viajó por las ondas hertzianas hasta aquel edificio, invadiendo la habitación con el sonido de un saxofón. Subieron hasta el cuarto piso acompañados por los jadeos de Javier, que sentía sus piernas temblar con cada nuevo peldaño de madera.

Vincent golpeó la puerta con los nudillos y esperó una respuesta. Pasados unos minutos, insistió. A pesar de que el portero había afirmado que debía estar en casa, nadie les abría la puerta.

–Puede que esté en el baño –resopló Javier–. Quizá no nos puede atender en este momento.

–Tal vez… Visitaremos primero a nuestro amigo…

El señor Iván Saldaña abrió inmediatamente la puerta, asomando la cabeza primero para confirmar que no había nadie más en el rellano esperando para poder colarse en su hogar. Parecía tan nervioso como cuando acudió a la comisaria, pero al ver cómo tenía la casa, se incrementó la preocupación de los agentes.

El olor a comida en mal estado y basura en general penetró en los poros de los dos hombres, que se llevaron la mano a la nariz, al borde de las náuseas. Desde la puerta se podía ver una pequeña parte del salón, gracias a la poca luz que se adentraba en la oscuridad de aquella casa. Algo iba mal, no esperaban una situación como aquella.

–Pasen, pasen, ¡rápido! –Tenía un tic en el ojo que hacía que le temblase cada pocos segundos–. Debo cerrar la puerta, él está ahí…

Cuando la cerró tras ellos, la oscuridad absoluta les rodeó. Javier llevó una mano a la pistola mientras buscaba a Vincent con la izquierda, apretando con fuerza su brazo al encontrarlo. El inspector siguió caminando, en busca de un interruptor, mientras sentía temblar a su compañero asustado. Bajo sus pies crujían a cada paso lo que parecían montones de papeles. Escuchaba la respiración entrecortada de su compañero, y el respiro profundo de Iván.

–Encienda la luz –ordenó el inspector, con un tono brusco. Pero nadie cumplió su petición.

–Él está ahí, ahí, mirándome, ahí…

–Señor Saldaña, si no hace lo que le pido tendré que detenerle, y no creo que quiera pasar la noche en una celda.

–Él me verá. Quiere que le mire a los ojos, ¡quiere que lo cuente! –gritó, junto a Javier. Cuando esté intentó atraparle, ya no estaba allí–. ¡Yo no he hecho nada! ¡Nada!

Tenían que ser más rápidos que él, la situación era peligrosa. Si aquel hombre sentía que podían ser una amenaza, ¿quién sabe cómo reaccionaría? Vincent sacó su pitillera del bolsillo y encendió su mechero, llenando de luz la estancia. Al principio solo veía sombras, pero rápidamente comprobó que Iván no estaba allí. Saltó para cubrir a Javier y sacó su arma con agilidad.

–Intenta abrir la puerta, Javi. Tenemos que salir de aquí.

–Está cerrada, ¡no consigo abrirla! –chilló con nerviosismo, después de probarlo varias veces–. Tampoco se enciende la luz, Vincent.

–Tranquilo, compañero. Podemos hacerlo, lo hemos hecho otras veces. Saca tu arma y sígueme.

Sobre uno de los muebles encontraron velas medio consumidas. Vincent encendió una de ellas con su mechero y permaneció en silencio, a la espera del mínimo sonido que revelase la posición de aquel hombre. Recordó la historia que le había contado, la silueta en la ventana de la cocina, y decidió buscarla. Tal vez estaría allí, mirándola.

Avanzaron con cuidado por el corto pasillo, con la vela en una mano y la pistola en la otra, directos hasta la única habitación que albergaba un poco de luz. Y allí estaba aquella sombra, parada en la ventana del vecino.

–¡Se lo dije! –gritó Iván–. ¡Le dije, le dije que la sombra me observaba! Ahí la tienen…

Señaló a la figura inmóvil, que seguía impasible en su sitio habitual. Resultaba absurdo que no se moviese a pesar de los gritos, a pesar de haber llamado a su puerta minutos antes. Era imposible ver más que una mancha negra, una forma humana rígida, pero nada más. Las dos pistolas señalaban al señor Saldaña, iluminado por la tenue luz que desprendía la vela. Las gotas de cera resbalaban por ella hasta la mano de Vincent, derritiéndose precipitadamente, quemando levemente su piel.

–No es más que una sombra, ¿acaso no lo ve? No tiene ojos que le observen ni dedos que le señalen –espetó el inspector, intentando hacer entrar en razón al hombre delirante–. Debe entenderlo, esto es obra de su imaginación.

–¡No! Sé perfectamente lo que quiere. Quiere, quiere, quiere que admita la verdad.

–¿Qué verdad? –preguntó Vincent, siguiendo su juego.

–Él sabe lo que hice, lo que quise hacer. En realidad no llegué a hacerlo, pero –Miraba hacia los agentes un segundo y redirigía la mirada hacia la sombra, continuamente, con el tic en su ojo–, pero lo iba a hacer. Pensarlo es igual que hacerlo, eso dicen. Soy igual de culpable.

Ilustración de Daniel Camargo

Se acercó hacia la ventana y estiró en brazo, como si pudiese llegar hasta la casa del vecino. Algunas personas asomaban su cabeza por la galería, que daba a las cocinas de todo el edificio. Los gritos habían llamado la atención de unos pocos, que susurraban de una parte a otra preguntas sin respuesta.

–Si es usted culpable –expuso Javier–, declare como un hombre, exponga los hechos.

–¿Hechos? Todos conocen los hechos. El hecho es, es que ese hombre nos vuelve a todos locos. Siempre con gritos, siempre con los niños correteando por la casa. Tengo suerte de no vivir bajo su piso, me volvería loco.

–El señor Moran gritaba, pero, ¿por qué le hace eso culpable? –preguntó Vincent.

–Llevaba días sin poder dormir… Trabajo por la noche, empiezo, empezaba a trabajar a las once y, cuando llegaba a las siete de la mañana me acostaba. Pero esos niños, ese desgraciado, empezaban a gritar de inmediato. –Agitaba las manos erráticamente, como si no controlase los movimientos–. Aquel día no había podido dormir. Después de horas dando vueltas en la cama, me levanté. Los niños jugaban aquí mismo, donde está la sombra. Les grité, llamé su atención, les enseñé unos caramelos… y vinieron corriendo a mi casa. Pensé en secuestrarles, envenenarles, matarles, hacerlos desaparecer, venderlos… Pensé cientos de manera de deshacerme de ellos para conseguir el silencio, pero eran, eran niños. Solo eran niños que querían jugar.

La galería estaba repleta de cabezas que intentaban escuchar la historia, con medio cuerpo asomado por la ventana.

–¿Qué les hizo? –exigió el inspector, enfurecido–. ¿Qué les hizo a esos niños?

–Yo, yo… No les hice nada, no, no pude hacerles nada –respondió entre lágrimas–. Ellos me, me miraban con esos ojos tan grandes, tan oscuros. Y yo, les di los caramelos y les dejé marchar. No puede hacerles daño pero, pero lo tenía planeado, lo había pensado tantas veces. Y él lo sabe, por eso me observa cada segundo, ahí, desde la ventana donde les llamé.

–Nadie le observa, Iván. Es usted quien juzga sus actos, nadie más. Si ese señor conociese esa historia, hubiese venido directamente a la comisaria, le hubiese denunciado y le hubiésemos encerrado por secuestro.

–¡Prefiere torturarme! Y, ¡me lo merezco! –sollozó, apoyándose sobre el marco de la ventana, dándoles la espalda.

Vincent aprovechó el momento para lazarse sobre él e inmovilizarle, colocando los brazos del hombre en la espalda para ponerle las esposas. Opuso resistencia entre gritos de socorro, pero estaba tan débil que no hizo falta mucho esfuerzo para bloquearlo.

Con la vela todavía en la mano, a punto de consumirse, Vincent observó que uno de los cerrojos de la puerta estaba cerrado, por eso su compañero no había podido abrirla antes, en la oscuridad. Una vez fuera, con la luz de las ventanas de la escalera iluminando de nuevo sus vidas, el inspector sopló la vela y la dejó caer al suelo.

–Llévale al portal, Javi. Llama a la comisaria y que vengan dos agentes para tomarle declaración a los vecinos que puedan decirnos algo. Este hombre necesitará estar en observación hasta que deje de ser un peligro. Yo intentaré de nuevo entrar en casa del señor Moran, debemos saber qué sabe él de todo esto.

–Sí, señor –respondió, empujando al detenido hacia las escaleras.

~***~

Nadie sabía nada del horrible plan de aquel hombre. Todos coincidían en que habían escuchado los gritos de los niños, incluso de su abuelo, sus juegos se expandían por todo el edificio, pero eran buenos y muy educados.

El señor Moran no podía creer lo que Vincent le explicaba. No tenía ni idea de que Iván había tenido a sus nietos encerrados en casa, ni mucho menos con la intención de hacerles nada malo. Lo único que él hacía era pasar las horas escuchando la radio, esperando que pasasen los días para que sus nietos volviesen del campamento de verano, para volver a alegrar la casa con sus sonrisas.

–Permanecía allí sentado –le explicó a Javier, mientras conducía–, justo bajo la ventana por la que le entraba un poco de fresco, para luchar contra el calor del verano. Llevaba puesto unos auriculares, un aparato que se pone en la cabeza para escuchar la radio… Por eso no nos escuchaba.

–Lo que hay que ver. Este hombre se ha vuelto loco porque unos niños gritaban, es absurdo.

–Bueno, dicen que todos necesitamos dormir unas horas mínimas al día, y si no cumplimos con esas condiciones, las consecuencias son evidentes. Pasará una temporada encerrado, hasta que recupere la cordura.

–Gracias, Vincent –susurró el agente, mirando el perfil de su compañero. Su nariz estilizada, sus labios carnosos, su barba incipiente–. Si no hubiese sido por ti, quién sabe qué hubiese pasado allí dentro.

–Venga, amigo. No le des más vueltas. Ahora relájate, iremos al bar La Morena a tomar algo. Hace tiempo que no paso por allí.

Carme Sanchis

E01-El fantasma de los libros

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Relato misterio

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de María Cristina Salvans. La ilustración es propiedad de Daniel Camargo. Quedan reservados todos los derechos de autor.

E01-El fantasma de los libros.

Su inmensa biblioteca era considerada como una de las más completas del país y, siendo justos una de las más maravillosas del mundo. Para Louis, lo que realmente representaba era la puerta de entrada a muchos más mundos, todos ellos distintos y misterioso, únicos y hermosos.

No era un coleccionista de primeras ediciones, o de antiguos y polvorientos libros, ni siquiera coleccionaba un género en concreto. Él no hacía distinciones, todos y cada uno de los libros que abarrotaban las estanterías de su biblioteca tenían un punto en común: Había entrado en esos mundos formados por letras, los había leído.

Durante los más de 80 años con los que contaba, había guardado todos los libros que alguna vez había leído. En la biblioteca un curioso visitante podía encontrar desde un libro de ilustraciones infantil con no más de diez páginas, a otro bélico o erótico de más de mil.

Su vista ya no era lo que había sido, y pese a contar con esa enorme colección de toda una vida, había una temática a la que no se había acercado demasiado. El terror. Pues en su vida ya había visto suficientes horrores.

Sin embargo, sus nietos adoraban la temática y le insistían en que incluyera algo tenebroso en los estantes de su santuario.

Y la respuesta de Louis siempre era la misma: No.

Como él siempre les recordaba, su colección tenía una particularidad y solo una: había leído todos los libros. Si incluía algo que no había leído, el trabajo de toda una vida se iría a pique, y eso era algo que no podía permitir.

Por eso, un día, decidió rebuscar entre los estantes y comprobar si sus nietos habían escondido obras prohibidas entre sus tesoros. Y así fue.

Montó en cólera el día que lo descubrió, y les mandó todos esos libros profanos en un arcón, junto con la prohibición de volver a acercarse a su biblioteca nunca jamás.

Desde aquel día la vida pareció dejar de sonreírle.

Le costaba mucho conciliar el sueño y cuando conseguía dormirse, caía en un pozo de negrura y desesperación. Se encontraba inmerso en una persecución, huyendo de los fantasmas de todos esos libros que aún le quedaban por leer; se le aparecían aquellos de los que aún no conocía la historia y le apremiaban para que aprovechara el tiempo que le quedaba y lo invirtiera en adentrarse en su mundo.

Cuándo se despertaba, sintiendo como de golpe su cuerpo aterrizaba contra el colchón de la cama, oía las voces de todos aquellos autores terroríficos que le llamaban, estuvieran aún vivos o no, con una horrible voz de ultratumba, y le recriminaban por no haber leído sus novelas y cuentos.

Las noches eran muy largas y los días demasiado cortos.

Aprovechaba las horas de sol para pasear por su biblioteca y perderse entre el aroma a polvo e imprenta que impregnaba el aire. Le gustaba tocar con la punta de los dedos aquella sucesión de joyas que había guardado durante toda su vida y redescubrir los mundos que cada uno de ellos encerraba.

En uno de esos días en que sus blancos y largos dedos recorrían la estancia, oyó unas voces que procedían de detrás de las paredes y descubrió lo que parecía ser una oxidada bisagra de una puerta olvidada. Quedaba completamente camuflada en la pared con relieve y, aunque siempre había sabido que estaba allí, ya lo había olvidado.

Buscó en el cajón del antiguo canterano las llaves de todas esas misteriosas puertas que inundaban su casa; no tardó en dar con ella, la pequeña y oxidada era sin duda la de la habitación olvidada. Sin dilación, abrió aquella puerta que le conduciría a un nuevo mundo, o al menos, esa era la invitación de las extrañas voces.

Sus ojos tardaron en acostumbrarse a la poca luz de la estancia pero cuando lo hicieron pudo ver un arcón. Era el viejo baúl que contenía los libros de terror que no había leído nunca y que alguno de sus nietos se había empecinado en mantener en su biblioteca.

Ilustración de Daniel Camargo

Lo abrió con enfado, y dentro descubrió una breve nota “Todos estos libros merecen ser leídos y deben estar guardados en la biblioteca del abuelo”.

Nunca antes le habían interesado los libros sobre fantasmas y, de hecho, poco había leído desde que enviudó hacía dos años. Aun así, el hecho de haber descubierto aquel pequeño tesoro guardado bajo llave, en un baúl en su biblioteca, había hecho que se despertara en él una curiosidad morbosa y, si alguno de sus nietos creía que esos libros podían ser importantes para su biblioteca ¿por qué no leerlos?

No podía cargar con el arcón, y no quería incorporar los libros a su biblioteca sin haberlos leído antes, así que decidió instalar una pequeña zona de lectura, consistente en una silla mecedora y una lámpara de pie, en aquella oscura habitación.

Leía despacio, pero seguro y sus ojos repasaban interminables frases que se convertían en párrafos y capítulos, de modo que saltaba de libro en libro, de mundo en mundo, como tantas veces lo había hecho antes.

En esos cuentos y novelas de fantasmas, a menudo las historias no eran lo que parecían ser en un principio y eso le inquietaba y fascinaba a partes iguales.

Si cerraba los ojos y se concentraba lo suficiente, oía la llamada de Susan Hill, que se llevaba a tantos niños ataviada como la dama de negro; también podía revivir momentos de su vida gracias a unos fantasmas que le guiaban por distintas Navidades; navegaba por los mares a bordo de un barco maldito; enseñaba canto a una joven doncella a quien amaba, pese a que ella nunca le correspondería al esconder su rostro y su alma tras una máscara; incluso podía ser un jinete sin cabeza en un pueblo llamado Sleepy Hollow; u escuchar el graznido de un fantasmagórico cuervo que revoloteaba sobre su cabeza gritando “Nunca Más”.

Y precisamente ese cuento, “El Cuervo” de Edgar Allan Poe, fue el último que leyó, el último en caer en sus manos, el único que quedaba en el arcón.

Louis falleció con una sonrisa en el rostro, pues lo horroroso del relato de tan célebre autor no resultó negativo para él, al contrario. Entre las líneas de esa bella prosa poética, descubrió que su amada le estaba esperando, y que ese había sido el auténtico motivo de que los libros de fantasmas aparecieran en su  biblioteca.

Efectivamente, no habían sido los nietos los que habían introducido las novelas en su colección, sino su propia esposa, que antes de morir, había querido que su marido se sumergiera en esos mundos que tanto la habían fascinado a ella y en los que él aún no se había adentrado.

Cuando Louis murió, sus nietos colocaron todos los libros en la biblioteca, pues ya cumplían con el requisito para formar parte de la colección, y él fue enterrado junto a la abuela, Leonor, ambos mirando hacia la biblioteca, aquella puerta a tantos mundos secretos, misteriosos y extraordinarios, que aguardan a ser descubiertos por nuestros ojos y nuestras almas.

María Cristina Salvans

E06-El fantasma de los libros

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Microrrelato

Rating: +14

Este relato es propiedad de Daniel Camargo. La ilustración es propiedad de Rosa García. Quedan reservados todos los derechos de autor.

E06-El fantasma de los libros.

Ya está, se acabó… Qué pena, pensó, mientras comprobaba que la tarde se empezaba a transformar en noche.

Sentado en su precaria cama de cartón, escuchaba el monótono ruido de los coches que cruzaban el puente, justo sobre su cabeza.

Allá a lo lejos, desde un anuncio, un actor sonriente trataba inútilmente de convencerlo de que el puto banco del logotipo rojo se desvivía por todos nosotros.

Era incapaz de recordar cuántos meses llevaba sin trabajar, desde aquella tarde en la que lo echaron de la fábrica. Aquella tarde extraña, que había marcado una raya en su destino. Desde entonces su vida se había convertido en una sucesión de derrumbes, a cual más doloroso. Poco a poco había perdido su coche, su casa, su esposa, sus amigos…

Todo.

Ilustración de Rosa Garcia

Sin embargo, hoy no se sentía mal. Estaba sereno y lúcido, y lo invadía un cierto optimismo, una renovada confianza en sus posibilidades.

Acababa de ganar una apuesta, para lo cual había tenido que recorrer el mundo y enfrentarse a mil desafíos y acertijos, resolviéndolos.

Apoyó con delicadeza el ajado ejemplar de Verne junto a su improvisada manta, y se puso de pie. Le costaba mantener la vertical, como a un árbol castigado por el viento durante demasiado tiempo. Luego se fue andando, débil e inestable, a refrescarse en una fuente cercana.

El Fantasma de los Libros había vuelto a actuar.

DC 2014