Brujas

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Género: Fantasía urbana

Rating: +13

Este relato es propiedad de  Olga Besolí. La ilustración es propiedad de Daniel Camargo. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Brujas.

 —Vale, de acuerdo, lo confieso: soy una bruja. Y, además, tengo otra mala noticia que darte: todo lo que te acaba de suceder no es producto ni de tu imaginación, ni de una alucinación, ni de una pesadilla, sino que tiene una explicación. Estás despierto y totalmente cuerdo, aunque supongo que con la cabeza medio abotargada. Es normal teniendo en cuenta el poderoso hechizo que acabo de echarte. ¿Por qué me miras así? ¿No sabes de qué hablo? Pues te haré memoria. ¿Recuerdas que hace nada has recibido aquí mismo la visita de tu amiguita la rubia? ¿No te preguntas dónde está ahora? ¡Qué curioso! ¿no? ¿que se haya esfumado? Pero jurarías que estuvo aquí ¿verdad? Bueno, pues eso fue solo en parte ¿Recuerdas aquellas extrañas palabras que te susurró al oído en latín? ¿Y cómo, entre suspiros, te pidió que repitieras algunas fórmulas incomprensibles para ti? ¡Ay, hombres, que caéis fácilmente en la más simple de las trampas¡ ¡Cómo os pierde el sexo! ¡Y tú eres el peor de todos! No deberías tener amantes escondidas por ahí; no es moral, ni ético, ni es un buen ejemplo para el pueblo. Pero no te importa un comino ¿verdad? Porque en cuanto la viste acercándose te lanzaste a sus brazos sin dudarlo ¡estabas tan desesperado que ni siquiera te preguntaste cómo era posible que entrase por la ventana! ¿no viste nada anormal en ello? ¡demonios, si estamos en una segunda planta! ¿cómo se supone que subió, escalando con sus zapatos de tacón alto? Pues te tengo reservada una sorpresa: ¡Esa mujer no era ella sino yo! Todo lo que creíste ver, no era cierto. ¡No la viste a ella entrando discretamente por la ventana, sino a mí cabalgando sobre mi escoba! Todas las brujas del mundo podemos hechizar los sentidos y nublar a voluntad las mentes de los incautos para que vean solamente lo que a nosotras nos conviene. Siempre y cuando, por supuesto, la víctima se muestre dispuesta a ello. ¡Y tú te sometiste a mí tan rápidamente que ni siquiera me dio tiempo a disfrutar del engaño! Sí, fui yo bajo la apariencia de esa mujer la que, sentada sobre tu regazo, te arrancó tu consentimiento a ser embrujado. Y ahora tengo tu aprobación. Ya eres un pelele sometido bajo mi influjo. Si digo salta, saltarás; si digo ahógate, dejarás de respirar y, si digo muérete… ¡Eh!, ¡eh!, ¡quieto!, no hagas eso. No intentes levantarte de la silla. ¿Es que no me has escuchado? Atiende y óyeme bien: ¡estás paralizado! ¿Lo comprendes? De cuello para abajo. Si sigues moviendo de lado a lado la cabeza lo único que conseguirás será marearte. Y no querrás vomitar encima de esta maravillosa alfombra de tantos siglos de antigüedad ¿verdad? Sería una pena arruinar este suelo palaciego tan bonito. Aunque, en el fondo, te comprendo. Entiendo que permanecer inmóvil en esta silla pueda resultarte mortificante, pero es culpa tuya por estar demasiado acostumbrado a vivir a cuerpo de rey. La gente normal tiene que poner sus culos sobre asientos peores que ésta silla constantemente, así que no me valen las quejas ¿de acuerdo? Y, por si te lo preguntas, o intentas hacer algo estúpido como tratar de alertar a seguridad, te contaré que tampoco puedes hablar, gracias a la esencia de tritón que te he obligado a inhalar y que creías que era el nuevo y exótico perfume de tu amante. Sí, como ves, soy una obsesionada del control y me tomé mis molestias para que todo el proceso fuese perfecto y sin incidentes. Ligero indicio de trastorno obsesivo-compulsivo, según opina el mequetrefe de mi psicólogo. ¡Qué le vamos a hacer, soy una bruja moderna! ¿Estoy mentalmente enferma porque nunca me hayan apasionado los encantamientos demoledores y sangrientos que mis antecesoras me enseñaron a conjurar? Los tiempos han cambiado mucho desde entonces y la mayor parte de nosotras con ellos. Hace mucho que ya no irrumpimos en los castillos reventando las puertas y matando a cuanto ser viviente se cruza en nuestro camino. Las brujas ya no actuamos de forma tan irascible y salvaje. Ahora formamos parte de la comunidad, convivimos con nuestros vecinos, nos preocupamos por nuestros congéneres mortales, empatizamos con la plebe y entramos educada y silenciosamente por las ventanas sin llamar la atención. Eso no quiere decir que nos hayamos ablandado y no cumplamos con nuestro cometido; lo hacemos, por supuesto que lo hacemos, tanto o más firmemente que en la época medieval, sólo que, por decirlo de alguna manera, de forma diferente, con más discreción y estilo. Vosotros también habéis cambiado una barbaridad en los últimos siglos. Es más que evidente que habéis perdido gran parte de la grandeza y la buena imagen que os precedía. Y es absolutamente comprensible, hace mucho que habéis dejado de cumplir con vuestro deber. Ya no queda ni un atisbo de realeza en ninguno de vuestros actos. Y si no, fíjate en tu propia familia. Tu esposa ni siquiera vive aquí, contigo; tu yerno es un ladrón que ha implicado a tu hija en sus desfalcos; tu otra hija se separó de su marido y crió niños tan listos como para dispararse a sí mismos; y tu hijo, el heredero, está casado con una plebeya divorciada. ¿Qué hay de majestuoso en todo eso? Te lo diré aunque ya sabes de sobra la respuesta: nada, absolutamente nada. No me mires con esos ojos de corderillo degollado, que sé muy bien que tú y los de tu calaña tenéis dientes de lobo. Todo el gremio de brujas y magos lo sabe. Hasta el pueblo ignorante lo sabe. Después de tantos siglos de resignación y sufrimiento la plebe ha abierto los ojos. ¡Quién iba a adivinar que los tiempos cambiarían y con ellos la opinión pública! Míranos a nosotras, las brujas. Los mismos fanáticos que antes nos aborrecían y perseguían hasta la muerte ahora vienen a nuestras consultas a conocer el pobre porvenir que les espera y se gastan una pequeña fortuna llamando a nuestros espacios televisivos. ¡Nos adoran! La muchedumbre ya no pide nuestras cabezas si no las vuestras. ¿Te extraña que sea así? Piénsalo bien, ¿qué peligro representamos nosotras actualmente? ¿Qué mal podemos hacerle a las gentes? ¿que les robemos sus niños y nos los comamos? Hace mucho que abandonamos las prácticas caníbales y hoy en día, con tanta pederastia que hay por ahí… créeme, nosotras constituiríamos un mal menor. ¿O quizás pueden temer que les malogremos las cosechas? ¿cuáles? ¿las transgénicas? ¿y las de quién? ¿aquellas que pertenecen a las corporaciones multinacionales que dominan la mayor parte del grano mundial y matan de hambre a millones de seres? Y no hablemos ya del ganado ¿para qué vamos a echarles ninguna peste si los granjeros ya se encargan de matar a sus propias vacas alimentándolas de piensos hechos con restos de otras reses muertas hasta que las enferman? ¿Y que hay de los pobres inocentes? ¿qué maldición puede superar al cáncer, al SIDA o al ébola? ¿No está haciendo lo propio la radiación a la que exponen a las personas, la contaminación, las bioarmas, los experimentos con seres humanos…? Como ves es imposible que las brujas hagamos algún mal mayor, en este mundo actual, del que ya se está cometiendo. ¡El mundo está podrido por dentro, corrompido en su mismo centro! Y en el centro del poder está la realeza, y eso me lleva otra vez a ti. ¿Entiendes por qué te cuento todo esto? ¿comprendes el alcance de los hechos? ¿asustado? ¿todavía no? Ya lo estarás, te lo aseguro. Porque voy a explicarte la razón de mi visita y lo que va a pasarte a continuación. Como es mi obligación, como la enviada que soy, para castigarte por haber sido un chico malo, muy malo. ¿Me sigues? Una pista, ¿qué le viene ocurriendo desde siempre a los príncipes y reyes malvados que abusan de su poder y que se muestran mentirosos, mezquinos y egoístas con su pueblo? Si sabes la respuesta mueve la cabeza de arriba a abajo. ¿No? No puede ser ¿acaso no has leído en tu vida ningún cuento de hadas y princesas? ¿ninguna leyenda heroica, como la del Rey Arturo? ¿no conoces ninguna fábula tradicional Europea? ¿acaso no sueles leer? No. No me respondas a eso. El primero al que maldije no había leído un libro en su puñetera vida a pesar de tener una gran biblioteca en su palacio y, fue precisamente por eso, y no por no comprarme aquella rosa, que lo convertí en una bestia. Se lo merecía por estúpido e ignorante. Y, aún así, le favoreció la suerte de los tontos porque consiguió lo imposible… el amor de una bella muchacha que rompió el hechizo. ¡Quién lo iba a pensar! Aunque no creo que a ti, con el karma que has ido cosechando, la fortuna te sonría. No es probable que salgas tan bien parado. Por otro lado… no acabo de dar con lo tuyo. ¿Te lo puedes creer? ¡Sólo quedan cinco minutos para la medianoche de Valpurgis y todavía no tengo claro en qué convertirte! En sapo no, por supuesto. Los anfibios están estrictamente reservados para los príncipes melindrosos y botarates y tú eres todo un rey, hecho y derecho aunque cojeante, así que descartado. Además, tiempo atrás estuve a punto de usar esa maldición sobre tu hijo, pero como se rumoreaba que, de todas formas, el chaval ya salió un poquito rana… tú ya me entiendes… decidí que no tenía sentido malgastar una maldición. Pero es que lo tuyo es verdaderamente difícil. Veamos, ¿que nos queda? Lobo no, demasiado obvio; serpiente está muy visto; los insectos y arácnidos siempre terminan muriendo pisoteados por alguien; los pájaros ni hablar, no sirven de castigo, todos se acostumbran demasiado bien a su nueva vida libre de ataduras y se escapan volando; nada de felinos, no me gustan, son traicioneros; peces tampoco, por Dios, con lo aburridos que resultan… ¡ah! pues claro… ¿cómo no se me ocurrió antes? Lo tenía frente a los ojos todo este tiempo y no lo supe ver… ¡Y escucha! Ya suena la primera campanada. ¡Vamos allá, que esto va a quedar precioso! Ejem, ejem… Por hacer un mal uso de tu poder y convertir todo lo sagrado que representas en una farsa circense y por el poder que me otorga la hermandad de brujas perteneciente a la confederación de brujas, magos, hechiceros y nigromantes, yo te maldigo por los siglos de los siglos o hasta que, cosa muy, pero que muy improbable, una acción buena, honesta y desinteresada proveniente de ti o de alguno de tus descendientes rompa el hechizo, a pasar el resto de tus días convertido en un… ta ta ta chan… ¡elefante!

Olga Besolí

Febrero 2014

Ilustración de Daniel Camargo

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Abracadabra

Autor@: 

Ilustrador@: Marta Herguedas

Corrector@: 

Género: Realismo mágico

Rating: +7

Este relato es propiedad de Daniel Camargo. La ilustración es propiedad de Marta Herguedas. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Abracadabra.

 

Las gotas se deslizan por la tubería lenta y rítmicamente…, cayendo a intervalos regulares, como si fueran un metrónomo improvisado. Tac, tac, tac. Y aunque ya no llueve, seguirán así durante un rato, hasta que todas hayan terminado inexorablemente en el suelo gris de baldosas sucias, formando un espejo en el que podrías ver reflejadas las nubes.

Hay poca luz y mucha presbicia, por lo que debes hacer un esfuerzo considerable para llegar a divisarlas en detalle. Bajan por el caño resignada y organizadamente, como hormigas que vuelven al hormiguero, como parados en la cola del INEM.

No debe de ser fácil ser agua, piensas. Por un momento te imaginas que las gotas tienen vida propia y que, mientras recorren ese improvisado tobogán, debido al empuje de la gravedad, desconocen lo que les va a pasar al llegar al final, cuando el brusco cambio de dirección del tubo haga que se acumulen imprevistamente en un punto, y terminen cayendo al vacío, estrellándose contra el suelo. El destino es así de implacable y no perdona ni a una mísera gotita.

Cuando dejas de observarlas, y vuelves a la realidad, notas de pronto todo el cansancio acumulado en tu cuerpo y te sientes como si acabaras de atravesar el desierto de Gobi. Son las nueve de la noche y es jueves. Un jueves como tantos, de derrota. El día no fue fácil, qué va. El año entero tampoco lo está siendo.

El último cliente de la tarde te dejó colgado, después de una hora y media de espera en un bar inmundo. No es el primero que lo hace, ni será el último. Y tú vas a comisión, por lo que esas ausencias te duelen en el corazón y en el bolsillo.

Pero no es sólo eso. Hoy todo ha ido mal. La ducha fría por culpa de la bombona, la discusión con Marta durante el desayuno, la inasumible factura de la luz en el buzón, la rueda pinchada en el aparcamiento… Y además, para completar la racha, anoche perdiste jugando por la Champions en el sofá de tu casa y aún no has podido recuperarte del golpe. Sabías de antemano que es casi imposible ganarle a los alemanes, pero igual te ha tocado en el alma.

Y esta noche, de pronto, te has quedado sin nada que hacer. Se han acabado por hoy los compromisos laborales. Deberías volver a casa, pero no tienes ganas…

Te invade una cierta sensación de insatisfacción. Sabes que necesitas un cambio, romper esquemas, hacer algo distinto, pero te falta práctica. Y la imaginación no es lo tuyo. La rutina se ha cebado en ti, y hasta te cuesta recordar cuáles eran las cosas que te gustaban.

Comienzas a caminar sin rumbo, recorres las calles de Madrid esperando descubrir algo nuevo, algo que te quite esta sensación de mierda, una sorpresa, un golpe de timón, algo que sacuda tu vida. Pero como tantas otras veces, no sabes que hacer para conseguirlo, y prefieres confiar en quesea el cambio el que venga hacia ti.

Y sigues caminando lentamente, pisando los charcos de tu ciudad, con la mente enmarañada, esperando que caiga una ficha, que surja la idea, que pase algo.

De pronto un cartel lejano te llama la atención. “Hoy 21.00 h. Gran Espectáculo de Magia de Dan Garin”. ¿Magia?, piensas, je, je, ¿todavía quedan magos?

Pero algo te hace dudar… ¿Y por qué no una noche de magia? Y empiezas a caminar hacia el cartel. Lo haces instintivamente, casi sin darte cuenta, mientras buscas en tu memoria recuerdos de tu niñez. Tal vez no hayas vuelto a ver un mago en vivo desde los siete u ocho años. Tu infancia, esa época ingenua en la que todo era posible. Cuando aún pensabas que un mago realmente tenía poderes extraordinarios que le permitían hacer cosas increíbles. Cuando la curiosidad y el asombro todavía presidían tu vida. Cuando aún admirabas a tu padre y lo comparabas con Mandrake.

Luego creciste, maduraste, y la propia vida, la dura lucha por la supervivencia, te fue erosionando, empujándote hacia el escepticismo. Ya te costaba más creer, te avergonzaba sentirte ingenuo, lo veías como una debilidad, como una desventaja evolutiva. Y mientras tanto los intentos de engaño se multiplicaban: algunos amigos, muchas mujeres, los políticos de turno, tu jefe de personal, los sucesivos directores de sucursal de tu banco… Todo eso te fue creando una costra protectora y ya no te sientes responsable de tu incredulidad. Ha sido un proceso lento e inexorable, y ha sido en defensa propia.

Pero esta es una noche rara, el capítulo final de un día difícil. Y la magia se ha vuelto a cruzar en tu vida. Casualmente, inesperadamente. Porque ella ha querido. Hoy tienes ganas de dejarte llevar por tus impulsos, como cuando tocabas todos los botones de los telefonillos de los bloques de vivienda en Móstoles y salías corriendo antes de que bajaran los vecinos.

Casi sin darte cuenta has llegado al cartel. Ya estás bajo la marquesina de uno de esos teatros pequeños y cutres que tiene Madrid. Nada del otro mundo. Al menos parece limpio, aunque no le vendría mal una mano de pintura. En una esquina, Dan Garin, el mago en cuestión, sonríe desde un cartel amarillento con una estética muy de los 80. Seguramente el cartel mismo es de esa década. Toda una reliquia.

Sin pensarlo mucho te acercas a la taquilla y sacas una entrada de primera fila porque hoy no te quieres perder nada. Y te quedas un rato fuera fumando, haciendo tiempo, preparándote para lo que va a venir, como hacen los buzos al volver de una inmersión muy profunda, para evitar la embolia. Descompresión lo llaman.

Cuando entras a la sala, oscura y fría, lo primero que notas es el penetrante aroma a desinfectante, y cuando la vista se va acostumbrando a la penumbra ves que sólo hay unas diez personas dispersas en una sala que en sus buenos tiempos albergaría unas doscientas.

Te sientas en tu butaca, incómoda como pocas, y cierras los ojos, mientras suena una música indefinida, como de hipermercado. En un par de minutos la intensidad de las luces aumenta, al igual que el volumen de la música, y finalmente sale el mago

Parece que fuera el padre del de la foto del cartel. Los años para él no han pasado… en vano. Indudablemente lleva una dentadura postiza, algo suelta tal vez, lo que confiere un tono pastoso a su alocución. Y una peluca, de un tono entre naranja y rojizo, como si se le hubiera oxidado el cerebro y ese óxido estuviera chorreando hacia afuera por algunos poros de su cuero cabelludo. Se mueve con aparente soltura bajo su capa dorada, la soltura que te dan años y años repitiendo los mismos trucos. Lo acompaña una ayudante en minifalda, bastante más joven que él, y algo gordita. Seguro que son amantes, piensas.

Durante la primera parte de la rutina te cuesta concentrarte. Todos los trucos son burdos y conocidos, y la verborrea del mago resulta insoportable. Así más o menos durante unos veinte minutos, en los que se alternan trucos malos con chistes malos, en los que comienzas a arrepentirte de tu decisión, y tratas de recordar qué peli había esta noche en Canal Plus.

Y de pronto sucede lo que nunca te hubieras imaginado. Bajan las luces y un único foco alumbra al mago, mientras su ayudante, por detrás, entra al escenario empujando algo así como una mesa con ruedas sobre la que hay una caja alargada.

­Ahora veréis algo increíble, pero para ello necesitamos un voluntario dice Mr. Garin, mientras clava sus ojos en los tuyos, con una sonrisa cómplice.

Al principio no entiendes el mensaje. Das vuelta la cabeza buscando alguien detrás pero no hay nadie. Claro, es que no hay nadie en las diez primeras filas. Eres tú el elegido, el “voluntario”. El único posible.

¿Se anima señor?insiste. No puedes ver tu propia cara, pero te la imaginas. Esta no era precisamente la idea que tenías de tu retorno como “público” al mundo del espectáculo. Ahora comprendes la magnitud del error cometido al elegir la fila uno. No te gusta el protagonismo, no es lo tuyo, pero una vez más, como en tantas ocasiones, alguien ha decidido por ti.

Corina…, ayude al señor a subir al escenario— dice Mr. Garin. Y ves asombrado cómo tus piernas, aparentemente desconectadas de tu intelecto, suben los seis escalones que te llevan hacia Corina.

Ya estás arriba, y el potente foco te deslumbra, impidiéndote ver las butacas de la sala. La situación te supera y tu enorme timidez te ha bloqueado. No sabes cómo actuar, estás algo mareado, y un zumbido en los oídos te impide escuchar lo que dice el mago, a tu izquierda. Sólo consigues descifrar algunas palabras sueltas: único, sorprendente, cortaremos su cuerpo en dos, volveremos a unirlo…

Mientras habla, y para recuperar tu autocontrol, tratas de concentrarte en su ayudante, Corina, cuya celulitis, ahora que estás más cerca, puedes apreciar en detalle. Ella, experta en estas lides, se muestra amable y simpática, y mientras te lleva hacia la mesa alargada en la que descansa la caja, te murmura al oído Tranquilo, no te preocupes, no tengas miedo que no pasa nada, es todo un truco Y tú querrías creerla, más que a nadie en el mundo, confiar en ella ciegamente, pero tu corazón galopa desbocado, y tu párpado izquierdo tiembla, como aquella vez en la que el guardia civil te quitó los puntos.

Te hacen acostar dentro de la caja horizontal, roja y dorada, que se nota que ha sido repintada unas cuantas veces y tiene unas ranuras marcadas en distintos sitios. Te cuesta hacerlo, porque ya no eres tan ágil como antes y además el miedo agarrota tus músculos. De hecho, Corina debe esmerarse en un par de oportunidades para evitar que caigas al suelo. Mientras tanto, el mago habla, y habla, y habla. No para de hablar, aunque tú ya hace un rato que has dejado de intentar comprender qué es lo que dice. Y antes de cubrirte con una tapa, alcanzas a ver cómo el mago muestra al público, al escasísimo público, un impresionante serrucho de metro y medio de longitud cuyo filo brilla a la luz del foco.

Ilustración de Marta herguedas

Una vez que estás dentro, y con la tapa puesta, la claustrofobia te lleva a recordar textos de Poe leídos en tu adolescencia. Comprendes que no te puedes bajar de este asunto como de un autobús, y tratas de rebobinar la última hora de tu vida, buscando desesperadamente entender cómo es que has llegado a ese sitio, a esa situación, a esa posición (decúbito supino). Cómo carajo fue que se produjo esa transición desde un cliente ausente, a un mago presente y provisto de una portentosa arma blanca. Tu hemisferio derecho, más intuitivo, trata de calmarte, argumentando que esto es un truco muy manido, que probablemente tenga siglos de antigüedad, y que si el espectáculo se repite en ese teatro regularmente, es porque, de momento, no han tenido víctimas. Mientras tanto, tu hemisferio izquierdo, más racional y pragmático, te dice que no puedes confiar en un desconocido, y menos si está armado, y que no hay a la vista elementos de escape viables…

Desesperado, miras a tu alrededor, dentro de la caja, y ves las rajas, previstas para alojar la hoja del serrucho, pero no ves ningún dispositivo que pueda desviarla para proteger tu cuerpo. Tampoco ves una puerta secreta que te permita escapar ante una señal de Corina. Ella tampoco te ha explicado nada al respecto en el breve momento en el que te ayudaba a subir a la caja. No entiendes lo que está pasando, pero la cosa no tiene buena pinta. En absoluto.

En medio de tu creciente desesperación, notas que el mago finalmente se ha callado y escuchas algo así como un redoble de tambor, que te indica que ha llegado el momento de la verdad. La impotencia y el miedo te llevan a cerrar los ojos. Aprietas los puños y rezas. Si, tú, precisamente tú, rezas para que todo salga bien…

Pero va a ser que no. Segundos después sientes la hoja del serrucho desgarrando tu vientre. Una punzada de dolor inimaginable te atraviesa de la cabeza a los pies y notas un líquido caliente que chorrea por tus manos.

En un instante desfila ante tus ojos una catarata de imágenes de tu pasado. Antiguas novias, tu primer coche, algunos amigos, tu madre preparándote el desayuno, algún partido del Atleti… Es un torbellino que parece arrastrar todo aquello que alguna vez fue tuyo. Como si se te hubiera caído el móvil al inodoro y el maldito remolino de agua arrastrara con él a todos tus contactos, tu agenda, tu vida. Para siempre.

Y te olvidas de todo. Del mago, del público, de este jueves de mierda, tan igual a tantos otros y tan distinto. Piensas que el dolor es ahora lo único que te ata a la vida y que mientras lo sientas significará que aún tienes alguna posibilidad. Pero en el fondo sabes que ya te queda poco y que, de un modo inesperado, ridículo, te ha llegado el momento. Que una maldita carambola te llevó al punto en el que un absoluto desconocido te ha quitado lo poco que tenías. Y una extraña lucidez sobrevenida te hace comprender que ya nada se puede hacer, y es hora de soltar ese cuerpo que alguien te alquiló hace ya tantos años y nunca te preocupaste de cuidar…

Y con la resignación llega la calma. La calma total.

Ya no sientes nada. Absolutamente nada. No hay dolor, ni recuerdos, ni preocupaciones. Estás como flotando. Y te invade una gran paz.

Sientes una agradable tibieza, y una luz muy blanca y muy intensa te deslumbra, impidiéndote descifrar donde te encuentras. No tienes miedo. Sientes el impulso de dirigirte hacia la luz, un impulso incontenible.

Poco a poco tus ojos se van acostumbrando a ese resplandor, y ves unas sombras, unas figuras conocidas que se recortan contra la luz. Son tres siluetas familiares, que parecen conocerte, que te hacen gestos amistosos.

Que parecen dirigirse a ti. Que te hablan…

Papá, papá. Nos vamos a jugar en las olas con los primos.

Y dice mamá que cuides el bolso, y que si vas a seguir durmiendo al sol, al menos te pongas algo de protector solar.

 

Daniel Camargo. 2014

 

La tragedia de Jose Juan

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Relato humorístico

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Paloma Muñoz. La ilustración es propiedad de Daniel Camargo. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La tragedia de Jose Juan.

―  ¡José Juan qué tienes las albóndigas puestas en el plato!

― ¡No quiero comer albóndigas! No me gustan. ¡Me dan asco!

― ¡Siéntate inmediatamente a la mesa que va a venir tu padre!

Ante la orden de su madre, José Juan bajó la cabeza y se acercó a la mesa. Se sentó y comenzó a contar hasta cien. Los brazos caídos sobre el regazo y la mirada perdida en un punto indeterminado del ventanal del comedor como no dándose por enterado.

El padre acababa de llegar y se quitó la gabardina. La señora de la casa la colocó sobre  el respaldo de una silla. Después de saludar cariñosamente a José Juan y a su hermano pequeño, Antonio que acababa de sentarse, el padre esperó a que la mujer sirviera la comida.

Las albóndigas de José Juan permanecían en el plato mientras el chico jugueteaba con el tenedor indolentemente. La madre miraba de reojo a José Juan y le tocó el brazo haciendo un gesto de contrariedad ante su falta de apetito.

― Cómete las albóndigas. No te lo repito más veces.

― No me gustan. ¿No hay otra cosa para comer?

― ¡Te comes las albóndigas!

Así estuvieron un rato hasta que el padre terció.

― Bueno, mujer. Si al chico no le gustan las albóndigas, ponle otra cosa.

La esposa miró con disgusto al marido.

― ¡Qué se las coma! No tengo por qué hacerle otra comida al niño. Las albóndigas son buenas y con este frío que hace le vienen muy bien, así de calentitas.

Al final, José Juan tuvo que hacer de tripas corazón y zamparse las albóndigas de su madre si quería tener la fiesta en paz.

En lo único que pensaba era en terminar de comer lo antes posible para irse a su habitación y leer algún libro de aventuras que lo ayudara a distraerse y a no pensar en las dichosas albóndigas que su madre le había obligado a comer. Solía ponerse bastante malo antes, durante y después de tenérselas que ver con las indeseables albóndigas.

 Pero si quería salir con sus amigos y hacer las cosas que le gustaban, tenía que obedecer a su implacable madre y portarse como un ‹‹ hombre valiente›› frente a esa comida que tanto detestaba.

Una vez digeridas las albóndigas, tras haber suavizado la situación con un  poco de fruta, y después de ayudar a su madre a recoger la mesa,  el chico se retiró.

 El padre se recostó un rato en su sillón favorito y su hermano pequeño se entretenía con sus juguetes.

José Juan era un buen chico. En realidad era un chico estupendo: aplicado, generalmente obediente,  estudioso, ordenado; hacía las cosas concienzudamente y quería mucho a sus padres.

Todo le parecía bien y en cuestión de comidas, el chico era un tragón impresionante porque comía a cuatro carrillos. Pero había algo que se le atragantaba. Y ese algo era todo o casi todo lo que tuviera que ver con la casquería y más que nada las jodidas albóndigas.

Lo curioso es que,  aunque la carne picada no la podía ver ni en pintura, sí que se tragaba los filetes rusos tan compactos y frititos que su diligente madre en su afán de dar sustanciosas y buenas comidas a sus dos hijos, preparaba con todo el amor del mundo.

Los filetes rusos llenos a rebosar con salsa de tomate, volvían loco a José Juan.

Y no sólo los filetes rusos: el chico se zampaba en un abrir y cerrar de ojos, toda una ración de boquerones rebozados fritos  con chocolate. Así, sin más y sin cortarse ni un pelo. Un pelo  que por cierto era rubio como el de un dios vikingo.

La mamá de José Juan estaba muy orgullosa de sus dos niños.  José Juan con once años y Antonio con cinco. Porque ambos hijos eran buenos y estudiosos y estaban muy bien educados. Todo podía resultar de color de rosa para la señora madre si exceptuamos las fobias de los chicos a ciertas comidas.

El peor sin duda era Antonio. José Juan era un bendito que sólo se ponía enfermo con las albóndigas y la carne picada en general.

 Antonio comía fatal y su madre se ponía mala de la muerte cada vez que tenía que hacerle la comida.

Antonio era un capullo para comer. No le gustaba nada. Ponía pegas a todo. Y la pobre señora que se desesperaba lo indecible, se las veía y traía para que su hijo pequeño comiera algo decentemente.

Mientras el mayor era un hambrón que no tenía hartura el pobre, el segundo era un melindres al que daban ganas de arrearle dos hostias de cuarenta duros cada una por cortarle el rollo a su santa madre con la comida y acabar con su divina paciencia.

Bueno, pues como no voy a estar dando la vara con las albóndigas de José Juan y el martirio de su madre con las comidas del hermano, voy a saltar en el tiempo y me voy a situar en la actualidad con un José Juan casado, que sigue sin poder digerir las albóndigas.

Ilustración de Daniel Camargo

Su mujer ─que come de todo─  suele tener cierto reparo en prepararse unas albóndigas, porque sólo su simple visión en el plato tan humeantes, calentitas con su salsita, oliendo maravillosamente bien, a José Juan le sentaba como un tiro.

Su mujer, que es una cachonda mental, le soltaba:

― Oye que si tu madre te hacía la vida imposible, obligándote a zamparte las putas albóndigas a la fuerza, no es culpa mía. La culpa es de tu madre. No me extraña que tengas un complejo freudiano con  esa comida. Además porque tú no las puedas soportar, yo no voy a dejar de comerlas. ¡Estaría bueno!

La evidente ‹‹comprensión››  de la mujer de José Juan ante el rechazo que manifestaba a la vista de las albóndigas, dejaba bastante fuera de juego al pobre hombre que hacía grandes esfuerzos por no mirar el plato que tan divinamente comía su mujer mojando el pan y soltando hasta gemiditos de placer de lo bien que le habían salido las albóndigas.

Hay que aclarar que la mujer, muy pocas veces, se servía albóndigas. Alguna que otra vez las pedía cuando comían fuera de casa. Lo hacía porque le quería mucho y porque se solidarizaba con él, no siempre claro, pero sí casi siempre.

Le daba pena y pensaba en lo mal que lo pasaría de pequeño, obligado a comer algo que tanto aborrecía. Desde luego, la madre de su marido debía haber sido una mujer temible.

Por supuesto que ella no era así porque, ante todo deseaba que el hogar de José Juan y su repertorio culinario fuera siempre  agradable para su marido.

Después de muchos años de convivencia y estando de acuerdo en casi todo de las cosas de la vida, la comida no iba a ser una excepción. Y la mujer prefirió tomar como un asunto intocable el hacer albóndigas, una bechamel con carne picada, unos macarrones o espaguetis rociados con carnecita y sí prepararle unos suculentos y macizos filetes rusos cubiertos de espesa salsa de tomate.

Todo por amor a José Juan.

Dedicado a mi marido  (aunque él no lo sepa) y también a mi suegra.

Madrid, 26 de diciembre de 2013

El otro lado

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Humor

Rating: +16

Este relato es propiedad de Daniel Camargo. La ilustración es propiedad de Daniel Camargo. Quedan reservados todos los derechos de autor.

El otro lado.

Cuando Amalia me lo contó, me costó creerlo. Yo ya había escuchado algún comentario sobre lo del abuelo en conversaciones familiares, de esas que se tienen los domingos por la tarde mientras uno hace la digestión de la paella. Y me había llamado la atención, claro. El abuelo de Amalia era todo un personaje, de esos que a uno le hubiera gustado conocer personalmente. Un tipo singular. Pero nunca se me hubiera podido ocurrir que llegara a pasar lo que pasó.

Nuestro noviazgo, si es que se lo puede llamar así, era muy reciente, y todavía estábamos recorriendo esa fase de la pareja en la que uno intenta descubrir los secretos del otro. Esa etapa maravillosa en la que  todo, absolutamente todo, es una novedad que enriquece la relación. Sin ir más lejos, la semana anterior ella se había decidido a contarme lo de su prótesis dental y sus implantes mamarios, cosa sobre la que yo aún estaba reflexionando. Pero la historia del abuelo superó mis expectativas.

Conocí a Amalia en una de esas reuniones del grupo de asistencia psicológica en el que me había apuntado para superar mi adicción a las redes sociales.  Amalia iba allí para intentar resolver el tema de su bulimia. Al principio su avance era muy lento, porque se obstinaba en sentarse al fondo, en una zona alejada y sombría de la sala, para entregarse a la ingesta de sándwiches de mortadela que llevaba ocultos en un bolso Louis Vuitton, de piel de leopardo y generosas dimensiones. Luego, poco a poco, y gracias a la insistencia de los coordinadores, se fue aproximando al resto, conectando más con el grupo, acercándose al núcleo del debate. Aún así, en los breves momentos en los que, venciendo su timidez, se decidía a hablar, era difícil entenderla, dado que normalmente lo hacía con la boca llena.

Pero a pesar de esa barrera aparente, de ese obstáculo que su interés por los alimentos significaba para nuestra relación, haciéndome sentir siempre en un segundo plano, ella me fue cautivando poco a poco. Con cosas sencillas, pequeños detalles, como cuando  me regaló el Rolex. Indudablemente era una gran mujer, y no sólo por sus 154 kilos de peso. Con el tiempo aprendí a valorarla, a quererla, y gradualmente fui entrando en su vida. Y en la de su familia, claro.

Amalia tenía una hermana: Aurora, la mayor de las dos, una mujer ya madura, bella pero pérfida. De un egoísmo  a toda prueba, pero que, a pesar de todo, parecía mantener una buena relación con su hermana.

Y claro, además estaba el abuelo…, don Atanasio Górgoles, un hombre de origen humilde, que había amasado una enorme fortuna a partir del reciclaje de residuos. Ata, como familiarmente lo llamaban sus nietas, era el dueño de una próspera empresa, mezcla de chatarrería y vertedero, en las afueras de la ciudad. Un auténtico self-made man, autodidacta, y de una gran capacidad de trabajo.

El abuelo había acogido en su casa a sus nietas años atrás, luego del lamentable accidente en el que murieron los padres, Arturo y Ana, debido a una terrible explosión en el yate “Fimosis II” (que recientemente había comprado don Ata al multimillonario armador griego Aristóteles Eroskis), mientras disfrutaban de unos días de descanso en la costa del Peloponeso. Todo un dracma familiar del que les costó mucho reponerse. El abuelo se convirtió en el tutor y apoderado de Aurora y Amalia, y supo brindarles un buen pasar.

Más adelante, al involucrarme más en la familia, y durante charlas íntimas con Amalia, me enteraría de que en realidad el inicio de su fortuna se debió al hallazgo, tan afortunado como macabro, de un bolso deportivo con cinco millones de euros en billetes de quinientos, en el maletero de un BMW serie 5, de color negro, a punto de desguazarse. En un segundo bolso estaba el cuerpo descuartizado de un hombre corpulento y de raza caucásica. “Ajuste de cuentas”, pensó don Ata que, con la discreción propia de la gente sencilla y el sentido práctico de todo hombre de negocios, guardó el dinero, quemó y enterró el cadáver, compró el silencio de un par de empleados que habían presenciado la escena, y a partir de ese momento se dedicó a blanquear y multiplicar ese patrimonio hasta límites insospechados.

Las nietas se criaron, por lo tanto, a la sombra del abuelo, que aunque mantenía con ellas una actitud fría y distante, totalmente exenta de cariño, les brindó una infancia y juventud doradas, rodeadas de lujo y glamour, en la finca “La Marbellesa”, en plena Costa del Sol.

Todo parecía transcurrir con cierta calma en la finca de los Górgoles, en la que las nietas vivían de fiesta en fiesta, del golf al spa, con la tranquilidad propia de los millonarios. Y yo, discretamente, trataba de sumarme al grupo y disfrutar de ciertas prerrogativas que mi humilde origen jamás me había permitido. Consciente en todo momento de que, en el fondo, lo que realmente me impulsaba a ello era el cariño profundo y sincero que profesaba por Amalia.

Hasta que una noche, una fatídica noche de tormenta, la desgracia golpeó a su puerta.

Un SMS, lacónico y brutal, llegó al móvil de Aurora, enviado desde el “Luxury & Tropical Inn”, un carísimo hotel del Caribe: “Terrible accidente. Abuelo muerto. Sentido pésame”.

Tras el shock brutal por la noticia, y el caos familiar que lo sucedió, se consiguió aclarar algo la situación. El abuelo había muerto en circunstancias extrañas. Una muerte horrible, según parece, al ser atacado por un cocodrilo americano, o cocodrilo narigudo (cocodrilus acutus), de más de siete metros de largo, mientras recorría los manglares de Chiriquí, durante un viaje turístico a Panamá. Pero no terminaba allí la cosa, claro, además de la necesidad de  superar el dolor, quedaban algunos trámites pendientes. Aurora tuvo que viajar de urgencia al istmo, para asumir la infausta tarea de reconocer el cadáver. Y al presentarse allí, en el Instituto Anatómico Forense “Ocaso”, la recibió el mismísimo director del centro, el doctor Renzo Lambrusco della Emilia.

—¿La señora Aurora? La hermosa nieta del brillante empresario don Atanasio Górgoles, supongo.

—Sí. la misma.

—¿La descendiente del creador del sistema “Vertical Bullshit” que triplicó la capacidad de almacenamiento de los vertederos de todo el mundo?

—Sí, sí…

—¿Del ganador de la Medalla de Oro del “American Rotten Club” a la excelencia empresarial?

—Sí, hombre, sí.

—¿Del mismísimo autor del libro…?

—¡Basta ya, por favor! —gruñó Aurora—, no tengo tiempo que perder. Debo volver a casa a consolar a mi hermana. Además, el avión privado que me trajo, y me está esperando para la vuelta, cobra 1.500 euros la hora.

—Lo siento mucho. Deberá usted estar preparada para lo peor. Su abuelo está… un tanto cambiado.

—Soy una mujer fuerte. No se preocupe.

—Adelante, señora.

Aurora entra entonces en una sala fría y oscura, apenas iluminada por una solitaria lámpara que cuelga del techo. El penetrante olor a formol la golpea en la cara como un cachetazo, pero sigue andando. Sabe que no puede permitirse el más mínimo desfallecimiento. En el centro, justo debajo de la lámpara, hay una camilla en la que yace un bulto cubierto por una sábana. Aurora avanza hacia ella, mientras el doctor la sigue en silencio, unos pasos por detrás. Al llegar, duda un segundo. Aunque lleva horas preparándose mentalmente para este momento, ahora toca lo peor: enfrentarse a la cruda realidad. Levanta la sábana de un tirón y ve un zapato. Sólo un zapato. O más bien una bota, una bota deportiva color camel, de caña alta, marca “Cumberland”, modelo Skorpio, de la talla 42, manchada de barro. Aurora se acerca y entonces ve que la bota tiene un pie dentro, cortado al ras a la altura del borde superior del calcetín blanco de algodón natural 100 %. Un corte limpio, más propio de un escualo que de un cocodrilo, pero vaya usted a saber…

Ilustración de Daniel Camargo

—¿Es él? —preguntó el doctor.

—Sin ninguna duda —respondió Aurora—. Estas botas eran sus favoritas y aún conservan en la punta las marcas de los colmillos que nuestro perro Sultán le hiciera el día que las estrenó, empecinado como estaba en confundir las botas con Emilse, la antipática gata de Angora de mi hermana. Además, se puede apreciar en su pantorrilla…, bueno, en lo que queda de ella, un fragmento del tatuaje de un lince Ibérico, que mi abuelo se hiciera el día que cumplió los ochenta años.

A partir de ese momento, nada volvió a ser igual. La muerte del abuelo tuvo un gran impacto sobre las nietas. Se las veía desorientadas, como ausentes, y con el gesto adusto. Mantenían reuniones secretas entre ellas, o cuchicheaban por los rincones. Era evidente que corrían días difíciles en la La Marbellesa.

Un mediodía, Amalia, mientras trinchaba una pierna de cerdo de considerables dimensiones en la amplia cocina de la mansión, a modo de aperitivo, me dice que habían quedado muy impactadas por la muerte del abuelo, que les estaba costando mucho superarlo, y que necesitaban contactar con él, del modo que fuera. Algo así como una última charla…, una despedida, o como se la quiera llamar. Habían pensado en contratar para ello a una médium: Etérea, una mujer exótica que tenía un cierto prestigio en la zona por haber resuelto algunos casos difíciles.

Etérea (o Fidedigna Rojas, que ése era su nombre real) siempre había tenido dotes para lo espiritual, para lo esotérico, pero a partir de la huída de su marido se vio obligada a buscar algún modo de sustento. Y decidió dedicarse al estudio de fenómenos paranormales, y al espiritismo. Cobraba una módica suma y, al parecer, obtenía buenos resultados.

Finalmente, las hermanas organizaron la sesión en la casa de Etérea para un viernes por la noche, y decidieron invitarnos tanto a mí, como al abogado que, a la sazón, era la pareja de Aurora, el Negro Etcheverry, conocido en ciertos círculos como “Black Berry”. Un hombre de pasado oscuro y físico exuberante, que probablemente estaba allí no sólo como asesor legal, sino también a modo de guardaespaldas familiar, por si las cosas se torcían y era necesario pasar a la acción, (incluso con algún espíritu).

La casa de Etérea, en un pueblo cercano, era humilde pero digna y no evidenciaba para nada el tipo de actividad que se realizaba dentro. Al llegar, golpeamos la puerta de madera, ante la ausencia de timbre. En un par de minutos la puerta se abrió.

—Hola —dijo una mujer alta y delgada, vestida con una túnica dorada que tenía la figura de un ave Fénix estampada en el pecho—. Pasen, pasen…, los estaba esperando.

Nos condujo hacia el salón a través de un pasillo. El interior era, como mínimo, raro. Una extraña mezcla entre las cosas cotidianas, habituales en una casa, y ciertos objetos  esotéricos, probablemente puestos allí para otorgarle un cierto carácter ante los clientes. Los cuadros estaban tapados con telas blancas, y también algunos sillones. Y había poca luz, muy poca. Y entramos al salón, con una mesa redonda estilo Luis XV en el centro, bajo una antigua lámpara con  brazos de bronce y tulipas de cristal.

—¿Eso que hay junto a las paredes son bolsas de basura?  —preguntó Aurora.

—Bueno…, sí y no —contestó Etérea, ambigua—. A usted pueden parecerle las típicas bolsas negras de residuos, pero en realidad son estímulos, disparadores…, es una escenografía. Necesitamos que, de algún modo, el espíritu convocado se sienta cómodo y se anime a manifestarse. Y en el caso de vuestro abuelo, después de estudiar cuidadosamente sus antecedentes empresariales, hemos pensado que esto era lo mejor. Encontrarán en la mesa pañuelos impregnados en perfume para atenuar el olor.

En una esquina oscura, un loro enorme nos miraba sin decir nada, desde su jaula dorada.

Etérea nos distribuyó en torno a la mesa, explicando que debíamos tomarnos de las manos.

—Hacedlo con naturalidad —nos dijo— sin demasiada presión. Relájense. Lo importante ahora es ser receptivos.

Así, sentados en torno a la mesa, tomados de las manos y en silencio, estuvimos los cinco durante un rato. Se podía escuchar el parloteo de una radio, a lo lejos, seguramente en uno de los dormitorios. Amalia hizo un amago de soltarme la mano, con la clara intención de buscar algo de comida en su bolso, que había dejado disimuladamente en el suelo junto a su silla, pero la retuve con firmeza.

Poco a poco, el escepticismo inicial fue dejando paso a una cierta intranquilidad, una sensación de respeto, o tal vez temor ante lo desconocido. La médium murmuraba algo incomprensible, que poco a poco se fue convirtiendo en una letanía. Monótona e inquietante.

De pronto Etérea, que había bajado la cabeza como para aislarse del entorno y mejorar su concentración, la levantó bruscamente y fijó la vista en Aurora, que estaba sentada justo frente a ella.  Aurora le devolvió la mirada, esperando alguna clase de instrucciones.

Fue entonces cuando se escuchó la voz de don Ata. Su tono aguardentoso y su dicción pastosa eran inconfundibles.

—¿Qué pasa…? ¿Qué pasa, Aurora?

—¿Cómo qué pasa?

—Sí, ¿qué pasa?,  ¿para qué me buscan? ¿Qué significa todo esto?

—Bueno, abuelo…, cómo explicártelo. Lo tuyo fue tan inesperado, tan brutal, que nos quedamos todos descolocados. Y queríamos… no sé, despedirnos de ti, hacer un último contacto, saber cómo estás.

—Saber cómo estoy…

—Sí, claro, cómo estás, qué es lo que pasa allí, donde tú estás ahora. Si estás bien, sin sufrimiento. Si te duele el pie…

—Ajá… Saber cómo estoy… ¿Ustedes quieren ahora saber como estoy? —La voz del anciano sonaba  escéptica, como con sorna—. Qué bien, qué bien… Pues no estoy mal, aquí hay una cierta… tranquilidad. Y el pie no me duele nada, ya no. Aquí no hay prisas, no hay presiones, uno sabe que tiene toda la eternidad por delante.

—O sea, que tienes paz —recalcó Aurora.

—Sí, sí…, digamos que sí. Que tengo cierta paz. Bueno, hasta luego y gracias por vuestra preocupación.

—Espera, espera, no te vayas…, hay otra cosa. Como comprenderás, ahora a nosotras nos ha quedado un problema de… digamos mantenimiento. Tú sabes perfectamente lo grande que es la casa y podrás imaginarte los gastos que tenemos que afrontar ahora. Una verdadera barbaridad.

—¿Y?

—Bueno, no sé. Cuando fuimos al banco la semana pasada, no quedaba casi dinero en la cuenta. Es raro, ¿no?

—No, raro no es. Me lo gasté.

—¿Cómo que te lo gastaste? —El gesto de Aurora se tensó.

—Sí. Con Lucy…, viajando. Bueno, también le hice algunos regalos.

—Lucy, ¿qué Lucy? ¿La cubana que te iba a poner las inyecciones?

—Sí, Lucy. Un encanto de chica. Y ya es española, ¿eh? Le dieron la nacionalidad hace dos meses.

—Perdón, no entiendo. ¿Me estás diciendo que le diste todo el dinero de la familia a esa tipa?

—No la llames tipa. Era mi novia, la única que se ocupaba de mí en los últimos tiempos. Y el dinero era mío, no de la familia.

—¡Cómo que tu novia! ¿Cómo se te ocurre llamar novia a la negra esa? —Aurora, muy nerviosa, ya estaba levantando el tono de su voz.

—¡Eh, eh, un momentito! Más respeto con ella.  Lucy era una muchacha maravillosa.

—¡Por favor! Novia la llama… A esa buscavidas, a esa reventada, la llama novia —Aurora miraba a su alrededor buscando complicidades en el enfrentamiento—. Si te escuchara la abuela…

—No metas a Dolores en esto, por favor.

—Una mulata que se dedicaba a pasearlo por las discotecas mientras se fumaba su fortuna. ¡Novia!

—Aurora, te pido un poco de respeto, al fin y al cabo era mi vida…

—¡Claro, ahora con el Viagra, los señores de cierta edad se vuelven locos por buscar una jovencita, por buscar un sitio donde ponerla!

—¡Y tú, precisamente tú, me vas a criticar! —estalló finalmente el abuelo—. Tú, que te liaste con aquel senegalés en Santillana del Mar y se terminó escapando con el Mini que yo te había regalado.

—¡Eso no es comparable a esto! ¡Para nada!

—Perdón, Ata, perdón —terció Amalia que, desbordada por la ansiedad del momento, ya le había metido mano a una empanadilla de atún que sacó del bolso—. ¿ Tú estás diciendo que ya no queda más dinero? ¿Que te lo gastaste todo?

—Efectivamente. Aunque yo no usaría el término gastar, yo diría que lo invertí en mi propia persona. Con Lucy aprendí muchas cosas. A su lado entendí que era mejor vivir intensamente, disfrutar el momento. Carpe Diem, me decía siempre…

—No puede ser que estemos escuchando esto, no puede ser —Aurora, de pronto, se giró hacia Etérea—. Esto es una broma, ¿no? ¿Dónde está la cámara oculta?

Etérea, desconcertada, levantó los hombros en señal de impotencia.

—Por favor, señora, no dude de mi profesionalidad… A veces pasan estas cosas. Hay espíritus rebeldes, gente que no asimila bien la transición hacia el otro lado. En estos casos solemos…

—¡Que se calle esa charlatana! —terció el abuelo que parecía haber perdido ya definitivamente la paciencia—. No les alcanzó con haber vivido a mi costa toda su vida, no, qué va. Después de muerto tienen que juntarse y contratar a esa para convocarme y tratar de rascar lo que queda. ¡Hay que joderse!

Un silencio incómodo invadió el salón. Aurora, crispada, apretaba los puños sobre la mesa hasta poner blancos los nudillos. Y Amalia, para tratar de calmar su ansiedad, consumía compulsivamente unas croquetas de espinaca y bechamel, que sacaba del bolsillo derecho de su chaqueta de terciopelo gris, marca “Herpes Boyantes”.

—¡Cállate, borracho! —se escuchó con claridad—. Cierra el pico. Y a ver si sueltas la botella de una vez…

—¿Cómo? —exclamó el abuelo—. ¿Pero se puede saber quién es el maleducado que…?

—No, no, no. Disculpe, don Ata… Ése fue Ludovico, el loro —aclaró Etérea—. Usted sabrá comprender, estos bichos repiten las cosas que oyen. No es fácil controlarlo, es su hora de la cena y lleva ya demasiado tiempo aquí dentro y en silencio…

—Pero vamos a ver, don Atanasio —interrumpió Etcheverry que, como yo, había permanecido callado hasta ese momento, tratando de volver a introducir un argumento racional—. El concepto de herencia está muy extendido en el Derecho Occidental, y además…

—Tú cállate. Yo no estoy hablando contigo. Tú limítate a vegetar, y a vivir de mi nieta, ¿eh? ¿O acaso me has dirigido la palabra alguna vez para otra cosa que para pedirme dinero? Se fue a buscar un abogado Aurorita, seguro que para que la asesorara cuando llegara este momento.

—Pero, Ata, abuelito querido —trató de tranquilizarlo Amalia—. ¿Y el dinero B? ¿Y la cuenta de Suiza?

Detrás de la pregunta de Amalia hubo un silencio significativo, como si el abuelo estuviera calibrando exactamente lo que quería decir.

—Quiero que sepan que lo de Suiza está en otro lado, con una clave diferente… Y que hay un testamento. —Esa última frase de don Ata, cargada de significado, congeló la discusión—. Ustedes no están incluidas —remató—. He repartido mis bienes entre Lucy, el Atlético Marbellí y las Hermanitas de la Caridad. Mi abogado ya os llamará. Y entiendan que les estoy haciendo un favor, es hora de que se pongan a trabajar de una vez. Adiós, adiós para siempre —concluyó Ata.

El silencio invadió el salón. Un silencio incómodo, de derrota, de oportunidad perdida. Y el final de la discusión entre Ata y sus nietas, que me había mantenido en tensión durante un rato, hizo que notara, por primera vez, el espantoso hedor reinante, debido a las bolsas de basura que nos rodeaban.

Aurora, con la mirada perdida, se secaba la frente con un pañuelo, mientras Amalia masticaba algo que no alcancé a identificar. Etcheverry miraba el suelo, abatido.

—¿Quieren que intentemos un nuevo contacto? —preguntó Etérea—. No digo ahora, claro,  sino… no sé, ¿tal vez la semana próxima?

—No, no,  gracias, no vale la pena. Y en cuanto a su factura…

—No, déjelo por ahora. No se preocupe, ya buscaremos una forma. Entiendo perfectamente vuestras circunstancias actuales.

—Parece mentira, parece mentira… —reiteraba Aurora, como ida, mientras salíamos de la casa—. Que nos haya hecho esto a nosotras. ¡Sus propias nietas!

Al poco tiempo rompí con Amalia, por una discusión de esas típicas que tienen las parejas, nada importante. La verdad es que para mí, ya no era la misma. Se había vuelto muy pesada…

Ahora estoy saliendo con una enfermera, cubana para más datos. Una tal Lucy…

Daniel Camargo 2013

El cuerpo

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Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Fantasía urbana

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Este relato es propiedad de Olga Besolí. Las ilustraciones son propiedad de Daniel Camargo. Quedan reservados todos los derechos de autor.

El cuerpo.

Dicen que la materia se descompone pero que la energía ni se crea ni se destruye, solo se transforma. Es verdad. Cuando aquel skater se dio de bruces contra mis restos putrefactos en el fondo del callejón, mi yo inmaterial fue testigo presencial del accidente.

Llevaba bastante separado de mí mismo, aunque permanecía cerca, vigilando aquel despojo mugriento y vacío que una vez fui yo. No sé porqué. Quizás por respeto a ese cuerpo que una vez poseí. O, tal vez, por miedo a que el tiempo inclemente llegase a desintegrarlo hasta hacerlo desaparecer. O, quizás, sentía añoranza del pasado. Sea lo que fuese lo que me desgarraba por dentro, la parte liberada de mi ser se obligaba a aferrarse a esa bocacalle de la que no pensaba moverme hasta que alguien encontrase mi cadáver.

Pero mientras eso no sucedía, me mantenía suficientemente lejos de él como para no presenciar con todo lujo de detalles la corrupción lenta a la que eran sometidos los tejidos y que me dolía profundamente, no de forma física, sino a mi orgullo interior. ¿Cómo podía yo haber acabado así, tirado sobre el frío suelo de un callejón sin salida, en un barrio mísero y anónimo de la capital? ¿Es que mis restos no iban a encontrar el descanso de un oficio solemne y de una buena sepultura? ¿Ese era el infame destino que aguardaba a un hombre de bien como yo?

Y allí estaba lo que antes fui, oculto por la húmeda oscuridad de ese rincón al que nadie miraba, en el cegado callejón del que todos rehuían entrar. Y allí permanecía también mi otro yo, aquello en lo que me había convertido, ese ente incorpóreo y translúcido que resistía al pie del cañón, invisible bajo los rayos solares de la calle incansablemente transitada durante el día, y más aún a la luz las farolas nocturnas ocupadas por prostitutas y a las que se acercaban escasos clientes.

En todo el tiempo que permanecí como guardián y custodio a la entrada del callejón nadie me vio, ni me oyó, ni me sintió. Ni a mí, ni a mi cuerpo que yacía semienterrado bajo los desperdicios que los vecinos tiraban por las mohosas y estrechas oberturas que hacían de ventanas. ¡Qué indiferentes se han vuelto los humanos a todo! Las manadas de transeúntes pasaban continuamente a mi lado, algunos hasta me habían traspasado, sin más secuelas que el repentino escalofrío que les recorría fugazmente las espaldas. Como si yo no fuera nada más que una ráfaga de aire frío. Hecho del mismo material que el aire.

Pero yo era mucho más que energía intangible. Conservaba la identidad. Tenía fuerza y movimientos. Poseía voluntad. Aunque carecía de un cuerpo que sostuviera todo lo anterior ¿Cómo quería que alguien me viese? ¿Cómo hacer que supieran que a unos metros de distancia, allí entre esa montaña de escombros, se estaba corrompiendo otra parte de mí? ¿Cómo pretendía que alguien alertase a las fuerzas del orden y de la ley para que vinieran en mi búsqueda? Sencillamente, no podía. Al menos por el momento.

Pronto me di cuenta que lo único que delataba mi existencia era un ápice de viento gélido que desataba con cada uno de mis movimientos. Podía crear pequeñas ráfagas que removían la hojarasca, papeles y demás basura del suelo y los esparcía siguiendo la dirección que yo le imprimía a mi brazo. Si giraba la cabeza bruscamente, conseguía una especie de remolino que se deshacía en cuanto cesaba el movimiento. Si pegaba una patada fuerte al aire, levantaba una estela de polvo y mugre. Si giraba sobre mí mismo, aparecía un tornado ascendente a pequeña escala en mitad de la acera.

Ilustración de Daniel Camargo

Fui practicando los efectos de mis vientos sobre los transeúntes, no porque les viese ninguna utilidad, sino porque me divertía hacerlo. Los cegaba echándoles tierra a la cara. Les hacía cambiar su rumbo para evitar mis ventiscas improvisadas en la acera. Los despeinaba. Les arrancaba los pañuelos de sus cuellos. Les levantaba las faldas. Y, por supuesto, los asustaba. En todas y cada una de las ocasiones. Irónicamente, la gente se estremecía por la aparición de un inesperado viento rachado. ¡Cómo si eso fuese la cosa más increíble del mundo cuando a unos pocos metros tenían un apestoso cadáver plagado de insectos! ¿En qué mundo vivimos?

El mundo seguía avanzando inexorable pese a que yo ya no estaba entre los vivos. Siempre pensé que a mi muerte el mundo se detendría. No fue así. Mi andar por el mundo de los vivos había sido tan banal como el de cualquier otro. En mi muerte, a pasos lentos, aprendí que con mi único poder sobre la materia, ese viento que creaba, podía mover pequeños objetos, hacerlos rodar y que chocasen unos con otros. Y aunque no le vi utilidad alguna a eso, la tendría.

Todo es relativo, dijo Albert Einstein. Eso también es cierto. El tiempo pasa muy lento cuando uno no tiene nada que hacer porque ha dejado de existir tal y como era. Todo lo que antes era primordial para mí, ahora carecía de importancia. Ya no quedaba nada del hombre tan sumamente atareado que fui, del mandamás de la oficina de carácter áspero y malas maneras que no desperdiciaba ni un solo segundo en memeces y que ni siquiera tenía un momento para dedicarle a los suyos. De ese hombre que siempre iba colgado del teléfono y de la agenda. Por ironías de la vida, o de la muerte, ahora ese hombre era un espectro callejero que merodeaba por una de las zonas más pobres de la ciudad sin nada que hacer, salvo esperar.

Tampoco sé exactamente qué esperaba. Quizás a que un accidente fortuito pusiese en movimiento la maquinaria legal para rescatar lo que quedaba de mi cuerpo antes de que las ratas acabaran con su festín. O que algún vecino se asomara a su minúscula ventana para algo más que no fuera tirar otra bolsa de basura encima de mí. O que algún olfato desdichadamente agudo oliera el nauseabundo olor que desprendía el fondo del callejón y que su dueño, convencido de que había encontrado un perro muerto, alertase a la policía. Pero tanto unos pensamientos como otros convergían en lo único que todavía parecía importarme: salvar la poca dignidad que me quedaba del gran hombre que había sido en vida.

Esperaría en el callejón el tiempo que fuera necesario. Ni el cielo ni el infierno me habían reclamado todavía y todo apuntaba a que tenía toda la eternidad por delante ¿Estarían los de arriba leyendo con lupa la letra pequeña de mi vida? ¿Revisaban los de abajo las cláusulas del contrato de mi alma? ¿Estarían sospesando unos y otros mi entrada a sus lares? De ser así, no lo tendrían fácil. Ni yo mismo podía asegurar cuál era el destino del que era merecedor.

En mi vida supe dar grandes ilusiones a muchas personas: alegrías, soluciones y facilidades. Apoyé sus iniciativas empresariales por muy descabelladas que estas fueran. Les alargué el tiempo de estancia en sus vacaciones y mejoré sus destinos. Les di acceso a sus casas de ensueño aunque su sueldo fuera ínfimo. Les ofrecí préstamos y líneas de crédito. Hipotecas, acciones y bonos. Pero también les arrebate sus sueños con la misma facilidad con que se los entregué. Les hice pagar con intereses todo aquello que les ofrecí y me desentendí de sus quejas. Les abarroté de letras, impagos y demandas. Les embargué sus hogares, les manipulé con cláusulas engañosas y les timé con preferentes.

Sí, fui banquero. Considerado lo mejor por la sociedad, con acceso permitido a los clubs y restaurantes más restringidos y selectos de la ciudad, condecorado con mil y un honores, asistente honorífico de numerosas cenas benéficas y uno de los hombres que consiguió triplicar los beneficios en los últimos años, enriqueciendo con ello a muchos accionistas. Pero también supe ser lo peor, desleal con todos, mi esposa, mi familia, mis amigos, mis clientes y todo aquel que pusiera su confianza en mí y sus ahorros en mi mano. Si con ello se saca provecho económico, entonces la transacción es positiva, solía decir en vida. Eso mismo fue lo que me mató.

El ladrón de poca monta que me empujó hasta el fondo del callejón con intención de robarme la cartera y el reloj parecía basar sus principios en el mismo lema que yo. Dame todo lo que tengas, cabrón, dijo con dificultad mientras me apuntaba con una navaja manchada de sangre seca. Él ni siquiera podía creer lo que vieron sus ojos cuando abrió el maletín de piel genuina y encontró todos esos fajos de billetes color violeta perfectamente ordenados. Eso significó un increíble golpe de suerte para él y una cuchillada del infortunio para mí. Me dejó desangrándome y medio muerto al final del callejón y voló con el dinero de las comisiones. Con eso se aseguró que no hubiera testigos del robo con violencia que acababa de perpetrar y que le permitiría pagar todas las curas de desintoxicación que necesitaba. Los involuntarios testigos que pudo haber del crimen cometido se excluyeron de la ecuación bajando las chirriantes persianas de sus ventanas cochambrosas al primer grito de auxilio que emití.

No puedo culpar a la gente por ser desconfiada y egoísta. Yo también lo fui. En incontables ocasiones cerré la persiana de mi oficina para hacer opaco el cristal que me separaba de las súplicas de aquellos que, a punto de perderlo todo, venían al banco en busca de humanidad, aún a sabiendas que un banco es una identidad sin alma. ¿Cómo puedo señalar con el dedo a alguien que actuó como yo había hecho siempre? Sería un acto de hipocresía.

La culpa de todo lo que sucedió fue entera y absolutamente mía. Yo no debería haber estado allí. No a altas horas de la noche y vestido como solía para ir a trabajar. Pero no supe encontrar ni otra forma ni otro lugar más discretos y alejados de mi ámbito para entregar personalmente al ministro de economía lo acordado por su gran contribución a que el rescate de mi entidad financiera se hiciera efectivo. Claro que nunca me llegué a reunir con él. Nunca le di lo suyo. Da lo mismo, él nunca admitiría haberme conocido ni aunque mi vida dependiera de ello.

Inevitablemente me pregunté qué sería de aquellos que me conocieron verdaderamente. ¿Habrían hecho saltar la alarma sobre mi desaparición? ¿Me estarían buscando? ¿Habrían alertado a la policía?

Y entonces, salvándome de tener que reconocer que la respuesta a esas preguntas era bastante incierta y perturbadora, apareció la solución a todos mis problemas. ¡Por fin iba a tener el descanso que merecía!

Lo vi acercarse vadeando la acera, haciendo alarde de su profesionalidad sobre el monopatín. Evitaba atropellar a los peatones derrapando y haciendo eses, giros y trombos. No tendría más que unos quince años y parecía un pandillero de película, con su gorra ladeada y su mochila a la espalda, su camiseta enorme y sus pantalones cortos caídos. «Vamos coge más velocidad» pensaba yo, mientras veía complacido como el chaval se impulsaba con un pie sobre la acera. Y llegó mi oportunidad de oro. Cuando se acercó a más velocidad de la debida agité ambos brazos como si fuese un águila intentando levantar el vuelo. Un montón de tierra y polvo voló sobre la cara del skater mientras le pegaba un patadón al aire, justo donde se apoyaba la rueda izquierda trasera. El pobre skater, cegado sobre su monopatín, entró aceleradamente en el callejón para chocar contra mi pierna y estamparse sobre la montaña de basura que me cubría, que se desmoronó y dejó al descubierto la totalidad de mi cadáver.

Mi treta tuvo el efecto deseado. Ante la escabrosa visión, el joven creó tal alboroto que, al cabo de media hora, la energía que una vez dio vida a esa maquinaria que era mi ser físico, fue testigo de cómo una secuencia de agentes pululaban alrededor de mis restos. Unos lo taparon con una sábana, los siguientes lo destaparon, unos lo fotografiaron, otros tomaron muestras y los últimos lo subieron a la furgoneta y se lo llevaron. Supongo que otros se dedicarían luego a quitar de ahí todos esos desperdicios y a limpiar los pegotes de sangre negruzca del suelo para combatir el hedor del callejón. No sé si tuvieron éxito en su empresa, yo ya no estaba allí para verlo.

Acompañé a mi cuerpo en la ambulancia que se me llevó con el alivio que le embarga a uno cuando siente que un mal trago está llegando a su fin. ¡Había dejado atrás el callejón! Aunque tuve que hacer acopio de toda mi  paciencia para soportar lo que aún estaba por venir. En los días que se sucedieron, aguardé en la cámara frigorífica hasta que llegó mi turno. Siempre cerca de mi cuerpo, estuve presente mientras el forense me practicaba la autopsia. Vi cómo me estudiaban, me analizaban y, por fin, me lavaban y me vestían. Acudí a mi propio funeral, que no era tan ostentoso como imaginaba ni  tan triste como hubiera querido. Puse especial atención en el rostro serio de aquella rubia que una vez fue mi esposa, seco de lágrimas y de sentimientos. Y me despedí sin palabras de aquellos niños que eran mis hijos y que crecerían sin mí, pero que tendrían una gran compensación económica por ello, en cuentas repartidas entre Suiza y las Islas Caimán, en propiedades en España, en obras de arte valoradas en cientos de miles de euros y en unas cuantas pertenencias más que había sabido ocultar convenientemente al fisco.

Reconozco que me sentí complacido conmigo mismo. Sí, la vanidad ha sido siempre uno de mis defectos. Así que, con todo el orgullo del mundo, miré al cielo encapotado que, a modo de presagio, se partía en dos por un rayo que cayó sobre la lápida de mi tumba. Inmensos nubarrones devoraron las luces del día y en el cementerio no quedó más que soledad. Ya es mi hora, grité enérgicamente esperando a que una puerta de luz me abriera la entrada del paraíso celestial.

Nada sucedió.

Bueno, pensé resignado. Tal vez había apuntado demasiado alto. Quizás debía mirar para el otro lado y esperar a que un pozo lleno de negrura se abriera paso entre la tierra fértil del cementerio para llevarme a las profundidades infernales.

Pero eso tampoco ocurrió.

Francamente, estaba desconcertado. Si me quedé atrapado en la tierra de los vivos porque mi alma tenía algunos asuntillos pendientes por arreglar, ya podía ir olvidándome de ello. Muchas de las personas a las que había decepcionado se lo tenían bien merecido. Además, los había borrado, tanto de mi agenda como de mi memoria. Y si se trataba de los clientes a los que mi banco defraudó, yo, como directivo de la sede central, nunca conocí ni sus identidades, ni sus direcciones. ¡No eran más que clientes, por Dios! Y yo solo cumplía con mi obligación. Solo era uno de sus muchos altos cargos, un engranaje más de aquella maquinaria bien engrasada que movía los hilos del sistema económico. ¿Qué culpa tenía yo de que el sistema estuviera corrompido, de que los bancos fueran entidades sin alma? ¿Es que acaso yo había perdido la mía por servir a una entidad financiera? ¿Era esa la razón por la que seguía allí?

De haber tenido un cuerpo, se me hubiera calado hasta los huesos. La intensa lluvia que cayó repentinamente convirtió el cementerio en un lodazal en cuestión de minutos mientras yo, o aquella parte energética que todavía vivía de mí, me acurrucaba sobre la tumba donde yacía mi cuerpo.

Era todo cuanto me quedaba.

Olga Besolí

Agosto 2013

Aquella casita de chocolate

Autor@: 

Ilustrador@: 

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Género: Relato

Rating: + 16

Este relato es propiedad de Daniel Camargo. La ilustración es propiedad de Paloma Muñoz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Aquella casita de chocolate.

UNO

Podríamos comenzar esta historia diciendo que resulta imposible jubilarnos de nuestro pasado y que todo lo enterrado termina finalmente buscando la luz.

Otra forma de comenzar sería describiendo una lánguida tarde de otoño en Aburronia, con un sol tibio y lejano, y hojas amarillas y rojas tapizando los caminos  de piedras blancas.

Aburronia era en aquellas épocas un reino como casi todos los otros, en el que el tiempo transcurría de forma plácida y monótona. Un gran castillo junto al río, donde vivía el Rey con su lujosa Corte, rodeado por un foso muy profundo,  y un grupo de casas humildes en las que vivían las familias que a duras penas conseguían mantener al Rey con sus impuestos. Y en el centro, justo en el centro, un bosque muy denso en el que pocos se aventuraban a entrar. Muchas historias, cuya veracidad nunca pudo ser demostrada, se contaban sobre el bosque y las desventuras sufridas por los que alguna vez osaron atravesarlo.

En una de esas casas junto al bosque, algo mayor que las otras,  vivían dos hermanos, María José y José María, lista ella y curioso él, rubia y moreno, soñadora y práctico, doce y nueve.

Su padre, estricto y trabajador, pensaba que la infancia era una pérdida de tiempo y que ese período debía servir, al menos, para iniciar a los niños en sus futuras obligaciones y responsabilidades como mayores. Contaba con sus hijos para regentar su próspera tienda en un futuro. No sin esfuerzo había conseguido tener como clientes a varios miembros de la Corte Real, y eso le generaba ciertos recursos presentes y muchas expectativas futuras. Por eso, poco después  de enviudar, contrató a una institutriz para que “enderezara” a sus hijos, enseñándoles el camino recto de la responsabilidad y el sacrificio.

DOS

Heraclio Van Persie había sido designado fiscal general del reino sólo unos meses después de la revolución que derrocó al Rey, aunque ya llevaba muchos años como ayudante y mano derecha del anterior Fiscal. Durante todo ese tiempo fue un funcionario ejemplar y responsable. Por sus manos habían pasado prácticamente todas las investigaciones de los delitos y crímenes ocurridos en Aburronia.

Los años, y algunas decepciones, lo habían convertido en un viejo escéptico y desconfiado y ahora era más fácil verlo desnudo que sonriente. Había visto de todo y había decidido callar. Si algo había aprendido en su trabajo es que la realidad pende de un hilo muy delgado. Y que la Señora Justicia no es tan ciega como dicen y la mayoría de las veces se termina acostando con el más poderoso.

Ahora, ya mayor y cercano a su retiro, cansado y algo frustrado, dedicaba sus noches a ajustar cuentas con su pasado, a rememorar antiguos casos y a veces (sólo a veces), a estudiarlos de nuevo a la luz de su experiencia actual. En muchas oportunidades lo invadía la amargura de comprender que tal vez no se había hecho todo lo posible y que algunos errores habían causado mucho daño.

Pero había un tema, sobre todo uno, que desde hace muchos años le rondaba por la cabeza, como una mosca inoportuna y cargosa a la que no conseguía espantar… Al fin y al cabo, todos tenemos alguna asignatura pendiente.

TRES

Una tarde, castigados en la buhardilla después de una discusión con su padre, los hermanos MJ y JM deciden darle un escarmiento y escapan por una ventana entreabierta, descolgándose hasta el suelo mediante un par de sábanas atadas entre sí. Una vez en el suelo corren hacia el bosque cercano para ocultarse allí y esperar que su padre, angustiado al comprobar su desaparición, salga en su búsqueda.

El plan les parecía perfecto, pero una vez en el bosque algo los distrae. Descubren maravillados un nuevo mundo que jamás habían imaginado. Coloridas mariposas, animales  juguetones y plantas exóticas los cautivan y hacen que, olvidando el plan inicial, se adentren cada vez más en ese espacio desconocido y seductor.

Así pasan la tarde, recogiendo hermosas flores o alimentando con bayas a las ardillas hasta que, de pronto, María José se da cuenta de que han avanzado demasiado y ya no tienen referencias para volver a casa. Están perdidos. El bosque es demasiado denso y oscurece rápidamente, por lo que la situación se agrava cada vez más.

—Marijo, tú sabes cómo volver a casa, ¿no? —preguntó el niño.

—Sí, Josema, no te preocupes, yo controlo… —mintió su hermana.

Pero era demasiado tarde ya y la noche en el bosque es oscura y profunda, lo que hace casi imposible la orientación. Los sonidos de todo tipo de animales tomaban otra dimensión en la oscuridad y los niños estaban aterrados. No se animaban a caminar, aunque quedarse quietos tampoco les parecía una buena idea. La temperatura había bajado mucho y se mantenían juntos para darse calor.

De pronto, a Marijo le pareció ver una luz a lo lejos, algo así como un resplandor difuso, que se reflejaba en las copas de los árboles más distantes.

Comenzaron a caminar hacia la luz, muy despacio, tanteando en la oscuridad. Con mucho miedo, pero también algo de esperanza…

CUATRO

Esa noche, Heraclio se había quedado solo en su despacho ordenando papeles.  La claridad de una débil luz que colgaba del techo no era suficiente para desnudar tanto desorden. En un alarde de responsabilidad para con su futuro sucesor, trataba de mitigar algo el caos habitual de una oficina que había funcionado siempre a golpe de intuición y decisiones personales, pero que carecía de toda organización.

Necesitaba irse de allí, cambiar de aire, pero también sabía cuánto le iba a costar adaptarse a una nueva vida. Hombre solitario, amaba su trabajo y se aferraba a él como quien  abraza a un oso.

Fuera, la lluvia castigaba a Aburronia como si fuera la última vez.

Miró la amplia estantería de madera de boj. Demasiadas carpetas, demasiados recuerdos. Toda una vida encapsulada en estuches de cartón.

En eso estaba cuando ocurrió lo que era de esperar. Su vista se dirigió hacia la caja negra del estante más alto. En medio del silencio, podía escuchar cómo la caja le gritaba: ¡Estoy aquí! ¿Es que acaso no me ves? ¿Por qué sigues disimulando?

Finalmente, de un modo mecánico, como si alguien controlara sus movimientos, arrimó una pesada silla negra a la estantería y bajó la caja. Estaba llena de papeles, pero lo que le pesaba era otra cosa.

CINCO

Cuando los niños, cansados ya por la caminata, pero sobre todo por la tensión y el miedo, lograron superar la última ondulación la vieron. Estaba en un montículo que asomaba en un claro del bosque. Era una casa extraña, su forma y sus proporciones no tenían nada que ver con la casa en la que ellos vivían, o con las de sus amigos. Sus paredes oscuras tenían un extraño brillo satinado y sus techos agudos como pirámides les recordaban a una cordillera.

Ilustración de Paloma Muñoz

A lo lejos, brillaba una extraña luna rojiza.

Los niños comprobaron, mientras se acercaban, el tenue resplandor que escapaba por las ventanas, que era el origen de la luminosidad que los había llevado hacia allí. Pero ahora, ya mucho más cerca, lo que más atraía a sus sentidos era el aroma que provenía de la casa, un perfume dulzón e hipnótico.

—Marijo, ¿las casas pueden ser buenas o malas?

—No creo, las casas son normales, ¿por?

—No sé, me parece que esa casa es mala…

—No digas tonterías, Josema. Necesitamos un sitio donde pasar la noche.

Se acercaron más, sigilosamente, y cuando estaban a escasos cinco metros de la entrada, y sin que ellos hubieran tocado nada, se abrió la puerta…

SEIS

Estaba a punto de amanecer y aún continuaba dando vueltas en la cama, sin haber conseguido pegar un ojo. Los tenía demasiado abiertos, como un dos de oros, y los segundos pasaban lentos, pidiendo permiso. Su mente seguía recordando los documentos que sólo unas horas antes había devuelto a la vida, al abrir la caja.

Sabía que en su momento, muchos años atrás, no había hecho lo suficiente. Algunas presiones lo habían obligado a cerrar el caso, a archivarlo.

La desaparición de aquellos niños nunca fue explicada y pesaba sobre su conciencia como una losa de granito. Tampoco el padre pareció en su momento demasiado interesado en aclararlo. Le pareció notarlo sospechosamente tranquilo, liberado, como si se hubiera sacado una responsabilidad de encima.

Lo más sencillo fue entonces vincular todo al incendio que se produjo en aquellos días. El incendio de una casa que nadie conocía, junto en el centro del bosque, y en la que la leyenda contaba que, alguna vez, había vivido una bruja.

Un accidente, se dijo. Los niños, después de varios días perdidos, encontraron a la casa abandonada y, ateridos de frío, entraron y trataron de hacer un fuego para calentarse. Su inexperiencia hizo el resto. Era evidente para todos, menos para él. Caso cerrado.

Los pasquines de la época se habían encargado de difundir convenientemente esa versión. Y a él, por si aún le quedaba alguna duda y pretendía seguir investigando, decidieron darle unas vacaciones, las vacaciones que llevaba años acumulando.

SIETE

Los niños se asomaron hacia el interior donde una señora  de cabello blanco y túnica dorada parecía esperarlos.

—¡Bienvenidos a mi casa! —les dijo.

El miedo y el frío desaparecieron al instante. El lugar era asombroso…, nunca habían visto nada igual. Todo, absolutamente todo, era de chocolate. Desde el suelo de brillantes losetas marrones hasta los sofás de donuts, desde las paredes forradas de Lacasitos hasta las escaleras de Toblerone.

Estuvieron un buen rato observando en silencio. Chocolate negro y con leche. Chocolate blanco… Todo tipo de dulces y galletas. No podían creer que ese bosque frío y oscuro pudiera albergar tal paraíso.

—¿Os gusta? Es todo vuestro. Podéis daros un atracón —dijo la señora.

Y tanto MJ como JM, que venían de una casa incómoda y austera, en la que lo habitual era irse a la cama sin postre, se lanzaron a engullir todo lo que pudieron. Sin límites.

Parecía el sitio ideal para unos niños, pero como usted, amigo lector, ya estará imaginando, encerraba una sorpresa.

OCHO

Ahora que Van Persie se había dado permiso para romper el dique que muchos años atrás había impuesto a sus recuerdos, éstos se agolpaban en su mente, como los obreros en una huelga general. Se sentó en su silla favorita y encendió su pipa para fumar lentamente mientras las neuronas, las pocas que aún estaban a su servicio, se encargaban de organizar esa extraña manifestación.

Nunca había estado de acuerdo con el enfoque que el entonces Fiscal de la Corte había dado al caso. Pura rutina que no llegó siquiera a rasgar la superficie de los hechos. Tampoco entendía las prisas para darlo por cerrado.

Había muchas cosas oscuras circulando por allí abajo, como un mar de fondo lleno de pulpos o calamares gigantes.

El caso había tenido bastante repercusión popular, lo cual tenía cierta lógica: incendio en una casa abandonada, cadáveres de niños calcinados, y el bosque, el mismo al que todos rehuían, como protagonista.

Se comentaba que el lugar estaba maldito, que todo el bosque era un sitio peligroso y que mejor no meterse en problemas… Y de pronto se acabó. Un buen día ya nadie volvió a hablar del tema. ¿Superstición popular?

No. Él sabía que la orden había venido de arriba, de muy arriba. Era evidente. Pero ¿por qué? ¿Qué interés podían tener en ocultar algo así?

Lo de las presiones políticas podía llegar a imaginarlo, aunque no lo entendiera, pero aun para él, que no tenía hijos, lo más incomprensible era que el mismísimo padre le hubiera insinuado que no era buena idea seguir removiendo las cosas. Que él ya había asimilado la pérdida y que ahora estaba muy ocupado y, al fin y al cabo, con la ausencia de los niños tenía una cosa menos de qué preocuparse.

Tantas veces había rumiado su teoría al respecto. Pero nunca había encontrado el momento para defenderla adecuadamente. Ni el lugar. Ni el interlocutor. Y se le había pasado el arroz. Ya estaba a punto de jubilarse.

NUEVE

Varias horas más tarde del atracón, Marijo y Josema aún vomitaban por los rincones. La señora del pelo blanco ya no se preocupaba por ellos. Había bajado al sótano de la casa y parecía ocupada con otras actividades. Aprovechando su ausencia los niños, que ya deseaban regresar a su casa, intentaron abrir la puerta para escapar. Pero estaba cerrada y no se veía la llave por ninguna parte.

Cuando la señora subió, su carácter había cambiado. Ya no era la amable anfitriona de la noche anterior. Sus rasgos se había endurecido y también el tono de su voz. Ahora las invitaciones habían sido reemplazadas por órdenes. Los obligó a limpiar sus propios vómitos y, de paso, el resto de la casa.

Ese fue el final de la dulzura y el comienzo de la pesadilla.

DIEZ

Había dejado de llover y por la ventana entraba aún una claridad sucia. Casi sin darse cuenta se le había escurrido el día libre, inmerso en sus cavilaciones. Ni desayuno ni almuerzo. Volvió a meter los papeles en la caja, de a uno, como quien guarda una pistola sin haber llegado a disparar.

El veterano estaba decidido, iba a retomar al caso. Por su cuenta, en los ratos libres, como pudiera. Le daba igual todo, ya era casi un hombre libre.

Pero necesitaba saber la verdad.

Cogió su chaqueta, de un color gris indefinido, y casi tan gastada como su espíritu, y salió. Esto no estaba terminado, de ningún modo. Esto empezaba ahora.

Salió rumbo al bosque y cerró la puerta tras de sí, como quien corre el telón a una etapa de su vida.

ONCE

La época de los dulces había terminado y los niños ya llevaban mucho tiempo bajo la tutela de la Bruja, obligados a ejecutar “tareas” infames.  Vivían inmersos en una rutina de lo anormal. Cosas terribles que difícilmente entraban en la mente de un niño, pero que una vez dentro, ya no podrían salir. Nunca. Escapar de un padre excesivamente estricto para caer en manos de la “bruja”, eso sí que era mala suerte.

Al menos comían razonablemente bien, no por sensibilidad o comprensión, sino porque a la propia bruja  le interesaba que estuvieran fuertes y saludables para sus propios fines.

Sólo ahora llegaban a comprender la magnitud de su error. Experiencia llaman a esto los mayores. Un peine que te dan cuando ya estás calvo.

Y como la tensión crecía, los roces con la bruja eran cada vez más frecuentes. A medida que pasaba el tiempo y los niños crecían, las amenazas surtían menos efecto. Ya no era tan fácil controlarlos. Y un día Marijo, harta ya de tanta humillación, se enfrentó a su carcelera. La discusión entre ambas fue muy fuerte.  Josemari  nunca había visto a su hermana tan enfadada y temió lo peor. Pero se quedó corto.

DOCE

Dejó su coche de caballos a unos cuantos metros de distancia y se acercó andando al claro en el que había vivido la “bruja”. La noche había caído sin oposición, aunque había luna llena.

La casa no se había derrumbado completamente, algunas columnas y vigas de la estructura original de madera aún permanecían en su sitio, luchando contra la ley de la gravedad. A Van Persie la tétrica silueta que se recortaba contra el cielo le recordó al esqueleto de un dinosaurio maligno que se disponía a atacarlo. La hierba crecida y húmeda, después de la lluvia, llenaba el aire de olores fuertes y ruido de bichos.

Estuvo un tiempo dando vueltas a su alrededor, tratando de aclarar sus ideas. Era un impulso lo que lo había llevado allí más que una decisión meditada y racional. Y a esas horas, sin luz, difícilmente podría recoger ninguna prueba ni aclarar alguna duda. Por eso dejó vagar su mente, dándole espacio al inconsciente para que se explayase. Y en eso estaba cuando de pronto notó un movimiento entre las sombras. Un bulto agazapado entre la maleza.

Van Persie sintió miedo, para qué negarlo, pero conservó una cierta dignidad. O tal vez fuera una  mezcla del cansancio que sentía con la rigidez que se había impuesto.

El extraño volvió a moverse. Con rapidez. Y cuando Heraclio giró para seguir su trayectoria metió el pie en un pozo, cayendo al suelo. Desde allí, vencido y desorientado, vio cómo el extraño se le acercaba, girando a su alrededor como un obstinado dentista a punto de hacer una extracción. Entonces le gritó: _

—¡José María! ¿Eres tú?

La silueta se quedó paralizada. La luz de la luna le daba en la cara y, a pesar de la oscuridad, el veterano pudo verlo bien. Tenía aún la cara de un niño, pero su mirada era la de un viejo. Su cabello era una pincelada oscura. Se mantuvo unos segundos frente a Van Persie, amenazante, como dispuesto a combatir. Al final bajó los brazos, se sentó en el suelo y se puso a llorar.

Cuando se tranquilizó, comenzó la charla.

TRECE

—La vieja, la supuesta bruja, no era otra cosa que la encargada de un antro dedicado a la pedofilia… Trata de niños, ¿me entiende? Pederastia, chulería, proxenetismo, alcahuetería…

—Sí, ya vale, te entendí. No necesito más sinónimos.

—Lo del chocolate en la casa era más bien una metáfora que una forma de atraernos. Lo nuestro fue un caso aislado, pero no era lo habitual. En esos momentos nadie se aventuraba a hacer una excursión por el bosque. Tenía muy mala fama.

»De todos modos, se llegaron a juntar allí más de una docena de niños. No sé cómo llegaban, tal vez los secuestraban, o sus padres los vendían. Nunca me lo dijeron. Teníamos prohibido hablar entre nosotros. Y los clientes venían todos de muy arriba. Gente poderosa, cercana al Rey, ¿me entiende? Y pagaban muy bien. A la “bruja”, claro. A nosotros sólo nos daban a veces algunos dulces, como propina.

»Todo funcionaba en los sótanos de la casa, a los que se entraba por una rampa que había detrás. Allí había unas habitaciones pequeñitas, decoradas con dibujos infantiles. Parece que a estos tipos eso los “motivaba”. Además, en esas fiestas corría la droga. La propia vieja se encargaba de preparar los “after eight”, en los que la almacenaba y distribuía con el mismo chocolate con el que decoraba la casa.

»Aunque nosotros éramos chicos, enseguida nos dimos cuenta de todo. Pero no podíamos hacer nada. Hasta que una noche mi hermana se rebeló y se enfrentó a la vieja. Discutieron junto a la chimenea y Marijo la empujó, haciendo que cayera dentro, justo sobre la leña encendida. Salió inmediatamente, aullando de furia y de dolor, como una loba, pero con sus ropas ardiendo. No hizo más que esparcir el fuego por toda la casa. Abrazó a mi hermana y ambas rodaron por el suelo, convertidas en una enorme bola de fuego… Pobre Marijo.

»En pocos segundos la casa entera ardía y cuando el calor hizo estallar los cristales, logré saltar por una ventana. Los otros no tuvieron tanta suerte, la escalera de bajada al sótano, que era de madera, se derrumbó y quedaron atrapados. Todavía tengo grabados en la memoria sus gritos de dolor.

»Me mantuve escondido en la espesura y desde allí pude ver todo, desde la llegada tardía de los grupos de vecinos para tratar de apagar el fuego hasta la visita de los investigadores, con usted a la cabeza. Duró muy poco, una o dos semanas, y ya no volvió a pasar nadie por aquí.

»Yo decidí no volver con mi padre, al que odiaba, y me instalé en la pequeña cabaña donde se guardaba la leña, a unos veinte metros por detrás de la casa. Me alimenté exclusivamente de bayas y raíces durante bastante tiempo hasta que, poco a poco, conseguí rehacer mi vida.

—¿Rehacer tu vida? ¿Cómo?

—Hice llegar unos mensajes a la Corte proponiendo la “continuidad del negocio”. Ellos fueron receptivos y desde entonces lo manejo yo. Obviamente no le voy a decir dónde, pero es por aquí, en el bosque.

—Pero la Corte ya no existe… Al Rey lo decapitaron hace tiempo.

—Es verdad, pero ahora tenemos un Consejo de Ministros. El nombre ha cambiado. Y algunas caras. Pero le sorprendería saber lo parecidas que son las costumbres… Precisamente la semana que viene tengo un encargo de su jefe, el Ministro de Justicia.

El fiscal vaciló. Podría haber dicho algo definitivo, pero no dijo nada. Miró a José María y esbozó una sonrisa cansada y sucia.

Se dio media vuelta y comenzó a caminar hacia el sitio en el que había dejado su carruaje. Cuando llegó, los caballos estaban tranquilos. Le pareció que lo miraban con condescendencia, como perdonándole la vida. Sabiduría equina lo llaman.

Decidió dejarlos allí y volver caminando. Tenía toda la noche por delante. Tenía toda la vida por delante…, al menos la poca que le quedaba. Ya sabía todo, o casi todo. Adiós incertidumbre, hola decepción. Finalmente, si uno insiste, descubre cuanta verdad es capaz de soportar.

Miró a su alrededor. Bajo la luz de la luna el bosque le parecía una reunión de fantasmas.

Daniel Camargo  2013

Caperucita, el lobo y la abuelita

Autor@: 

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Género: Relato Fantástico

Rating: + 18

 Este relato es propiedad de Roberto del Sol. La ilustración es propiedad de Daniel Camargo. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Caperucita, el lobo y la abuelita.

Era la primera vez que acudía al Full Moon y, si todo sucedía tal y como había previsto,  también sería la última. El hombre extendió la mano mientras caminaba y entregó al solícito chico de la entrada la tarjeta del deslizador y una buena propina para que se lo aparcase. Lo hizo sin mirarlo a la cara; no tenía ganas de perder tiempo respondiendo al “gracias, señor” del muchacho, y tampoco le apetecía crear un efímero vínculo entre ambos ofreciéndole una sonrisa diplomática. Le desagradaban ese tipo de “obligaciones sociales” con alguien que quizás fuese a morir entre sus manos poco tiempo después.

Comenzó a sentir apetito, y no era el tipo de hambre que se podía saciar al llenar el estómago con comida. Era algo más primitivo, algo que estaba escrito a fuego en los genes de cada especie desde el principio de los tiempos: la necesidad que tenían los animales de aparearse.

Tenía que darse prisa, la luz de la luna llena tiraba de él y no tardaría en caer rendido bajo su hechizo, así que permitió que le abriesen la puerta y entró en el local dejando atrás el lacerante frío de febrero.

El Full Moon era de los locales más elegantes de la ciudad. No podía recordar quién se lo había recomendado, pero le habían dicho que merecía la pena cada dólar gastado entre aquella lujosas paredes de terciopelo. El olor no tenía nada que ver con el de esos otros antros que apestaban a sudor y a ambientador barato, y que acostumbraba a visitar cuando sus negocios lo llevaban a México. Y no era que esto último le desagradase especialmente. Al contrario, le satisfacía porque hacía del juego sexual algo diferente.

Al final, lo único importante era que las chicas no lo defraudasen. Y eso, hasta ahora, nunca había sucedido. Ni en Chicago, ni en México. Las mujeres siempre eran hermosas, cada una a su manera. Por lo menos las que le gustaban a él, que eran aquellas que no tenían muchos años más que los necesarios para no llamar la atención de la policía.

Siguió a una voluptuosa camarera a través de un pequeño laberinto y pasó por delante de una barra atendida por varias mujeres de curvas insinuantes. Todas iban vestidas con prendas ceñidas y diseñadas para enseñar aún más de los hermosos cuerpos al menor movimiento.

Cuando llegó a la sala en la que tenía lugar el espectáculo, escogió una pequeña mesa escondida en la penumbra y alejada del escenario. No precisaba verlo todo en primera fila. Su vista era excelente y deseaba disfrutar tanto de la actuación como de las reacciones del público. Además, necesitaba un poco de intimidad. El hambre aumentaba y no podría retrasar el proceso durante mucho más tiempo. Aunque todavía soportaba el dolor, sentía su piel arder con la fiebre y el sudor ya había empapado por completo la ropa. Extendió los dedos de las manos delante de él y vio cómo los pequeños espasmos musculares los hacían temblar de forma incontrolable. La bestia no estaba siendo amable con él, como en cada cambio, y pugnaba por salir al exterior para verlo todo con sus propios ojos.

En el escenario, una chica bailaba al compás de una música exótica. Tenía mucha clase. Parecía poco más que una jovencita, pero se veía a la legua que estaba acostumbrada a moverse de una forma que hacía que aflorase el lado más primitivo de cada hombre. Conocía la reacción que sus movimientos despertaban en un público ávido de sexo como el que la observaba, y disfrutaba de la situación.

El hombre sonrió ante lo oportuno que le pareció que la joven estuviese disfrazada con una pequeña capa roja que apenas cubría una pequeña parte de su cuerpo.

La camarera que lo había conducido hasta la mesa se acercó y dejó un bourbon delante de él con una sonrisa. Parecía no percatarse de la evidente transformación que estaba sufriendo aquel hombre escondido en el rincón y, si lo hizo, no dio muestra alguna de sorprenderse. Al inclinarse, la mujer acercó sus generosos pechos y hasta él llegó el dulce perfume de ella. No la burda y artificial mezcla de esencias por la que los hombres podían llegar a pagar miles de dólares, sino aquel que latía de forma casi imperceptible sobre la piel: el dulce aroma de la juventud, el de los delicados compuestos químicos que las glándulas liberaban cuando anunciaban que una hembra estaba dispuesta. Era un crimen intentar enmascarar esa fragancia, pero hacía siglos que las mujeres insistían en disfrazarlo y preferían oler como plantas en flor.

Decidió que ya no sujetaría por más tiempo a la bestia. El hambre se había convertido en algo incontrolable, en un río caudaloso que amenazaba con desbordar los cauces de la cordura. Las manos del hombre apretaron los reposabrazos de la butaca con tal fuerza que los astillaron. La fase final del proceso sucedió en un instante. No había nada en el mundo tan gratificante como el placer que sucedía al dolor de la transformación.

Sus ropas se rasgaron cuando su ADN defectuoso obligó a los músculos a multiplicarse hasta alcanzar varias veces el volumen normal. Ya no podía recordar qué lo había llevado hasta allí, o al hombre que había sido apenas unos segundos antes.

Ahora el lobo había tomado por fin el control, y tenía mucha hambre.

Ilustración de Daniel Camargo

Ninguno de los presentes pareció molestarse por los ruidos que provenían del rincón del fondo. La enorme bestia se irguió sobre sus patas traseras y arrojó con gran estrépito la mesa contra la pared. A unos pocos metros, la chica continuaba moviéndose alrededor de una barra vertical, ajena a lo que sucedía en el rincón oscuro. El lobo avanzó lentamente con sus ojos negros como un pozo sin fondo clavados en la frágil figura de la mujer. Ella pareció reparar en su presencia pero, lejos de asustarse, comenzó a deslizar las manos por su cuerpo de una forma turbadora, incitándolo, excitándolo.

Un gruñido ronco eclipsó la música por un instante y la bestia saltó sobre aquellos que estaban más próximos, derribando sillas y mesas. No tuvo piedad. El hambre era muy fuerte y lo dominaba por completo. Romperlos en mil pedazos fue tan fácil como arrebatarle el muñeco a un niño. Cuando terminó, la sala estaba cubierta de trozos de carne más o menos reconocibles. La sangre cubría los delicados dibujos con motivos eróticos de las paredes en oleaginosas manchas oscuras y el dulce olor de la muerte saturaba sus sentidos.

Lo sorprendente había sido que ninguno de los presentes había opuesto resistencia. Ni siquiera habían llegado a girar la cabeza para preguntarse qué era lo que sucedía detrás de ellos, o habían llegado a emitir un grito de sorpresa o dolor cuando había comenzado a desmembrarlos.

Y eso no le agradaba en absoluto.

Nada podía compararse con el sabor de la carne cuando estaba regada con la adrenalina que producía el miedo.

Aunque el olor de la sangre embotaba sus sentidos y le impedía razonar con claridad, el lobo se dio cuenta de que algo extraño estaba sucediendo. Mientras tanto, la muchacha seguía bailando, ahora solo para él, y los movimientos hipnóticos de sus caderas lo mantenían paralizado, como en trance. La música acabó y con ella la actuación. Ahora la mujer estaba de espaldas a él y le mostraba su hermoso cuerpo desnudo sin ningún tipo de rubor o miedo a lo que pudiese sucederle. Tras un interminable instante, ella giró la cara y le guiñó un ojo con picardía mientras humedecía los labios con la punta de la lengua en un gesto que no necesitaba traducción. Eso fue más de lo que la bestia pudo soportar. El gran lobo se abalanzó sobre el escenario dispuesto a reclamar para sí a aquella joven de carne tierna y sonrosada.

De repente todo se esfumó. La chica, el escenario, la carne, la sangre, todo.

Victor abrió los ojos desorientado, incapaz de determinar en qué lugar se encontraba. Una agradable luz de color ámbar fue creciendo en intensidad hasta que el hombre alcanzó a ver qué era lo que lo rodeaba. Entonces lo recordó todo.

La entrevista.

Intentó incorporarse, pero no pudo. Estaba suspendido ingrávido en posición horizontal, y los pies y las manos estaban sujetos por unas ligaduras invisibles. En una de las paredes se deslizó una puerta. Una enfermera entró en la sala y comenzó a retirar la delicada maquinaria que lo envolvía y con la que le habían hecho el examen. Víctor no pudo evitar sentir un poco de vergüenza cuando comprobó que mantenía una enorme erección que no podía disimilar.

—No se preocupe —comentó ella sin darle demasiada importancia al asunto, mientras tecleaba en una consola traslúcida para liberar las sujeciones—. Las fantasías son demasiado reales y la mayoría de las veces el cuerpo nos traiciona. Prácticamente veo algo así todos los días, aunque la verdad es que casi nunca de esas dimensiones —y la mujer sonrió con picardía.

—¿Y bien, Anna? ¿He pasado la prueba?— preguntó él mientras se incorporaba.

—Acompáñeme, por favor, señor Ionescu. En unos segundos conoceremos la respuesta a esa pregunta.

Él la siguió sin poder apartar los ojos de aquel cuerpo, lo que lo transportó de nuevo a aquella parte de la fantasía en la que iba tras la camarera por el pasillo de terciopelo. Mientras caminaba, Víctor hacía esfuerzos por colocar la palpitante hinchazón de su entrepierna de una forma en la que llamase menos la atención, pero todo intento era inútil. La moda que había llevado a las mujeres a vestir aquellos trajes desechables de una pieza, que se ajustaban al cuerpo como una segunda piel, eran un fastidio para un momento como aquel, en el que necesitaba con urgencia transferir sangre de sus partes bajas a otras zonas del cuerpo menos delatoras. Sobre todo si la mujer que lo llevaba puesto poseía una silueta de escándalo como la de Anna.

La mujer pulsó una luz en la pared. A su derecha se deslizó una puerta por la que entraron a una habitación amueblada con una mesa de cristal y una reliquia de estantería estilo Ikea. Víctor silbó impresionado al verla. La fabricación de ese tipo de muebles estaba prohibida desde que había entrado en vigor la Ley Mundial de Protección de la Madera, y su presencia era un símbolo de ostentación que solo las más poderosas personas o corporaciones se podían permitir. Si vendiese aquella pieza en el mercado negro, podría vivir holgadamente durante varios años.

Las delicadas manos de Anna teclearon algo en la pequeña consola y el contorno de unas sillas se dibujó en el aire. Después se sentó detrás de la mesa transparente y lo invitó a hacer lo mismo frente a ella.

—Bien —comentó mientras volvía a teclear—. Veamos cuál es el análisis de MTVac.

Al instante ambos fueron capaces de ver el resultado de la prueba en la holopantalla. En ella se podía leer el puesto de trabajo para el que se había examinado, la fecha, 25 de enero de 2152, su nombre, Víctor Ionescu, y el veredicto: RECHAZADO.

—¿Rechazado? No entiendo. ¿Qué es lo que ha salido mal esta vez?

Ella acomodó su cuerpo en la silla transparente de una forma que lo puso aún más nervioso.

—Sólo MTVac tiene acceso al archivo de la prueba, señor Ionescu. La LPD protege ese informe de la vista de cualquiera que no esté cualificado. Pero, por lo que puedo ver, se trata de algo relacionado con el sexo. Al parecer, el nivel de violencia con el que se ha desenvuelto en la prueba está dentro de unos límites aceptables según los estándares definidos en la Convención de los Derechos del Mutante, pero usted sabe tan bien como yo que todos aquellos que estamos modificados genéticamente no podemos tener relaciones sexuales con humanos. La mezcla de ADN es inaceptable. Según MTVac, ese es el motivo por el que no ha superado la prueba.

—Pero si me estaba examinando para un puesto de conductor en un transbordador.

—Le recuerdo que este no es un transbordador espacial cualquiera, señor Ionescu. Se trata de una prueba para un puesto de copiloto en el GaneMed, el vehículo que transporta en cada viaje a más de cinco mil mujeres mineras que trabajan en Fobos. Tres meses encerrado en una lata de sardinas con todas esas mujeres —la enfermera le guiñó un ojo—. Me temo que todo eso estaba perfectamente especificado en las bases de la convocatoria.

El hombre hundió su mentón, decepcionado. Era la enésima vez que lo descartaban por su tara genética. Estaba seguro de que ya nadie le daría trabajo. Él no podía evitar ser como era. No podía arrancar la bestia de su cuerpo. No sin acabar con él mismo. Quizás fuese eso precisamente lo que buscaban, que todo acabase. Sintió cómo la ira comenzaba a crecer en su interior y luchó para intentar evitar que se desbocase.

—¿Para qué demonios tenemos los chivatos entonces? —Y señaló el pequeño dispositivo que los mutantes de clase dos y tres estaban obligados a llevar en un lugar visible, y que avisaba del cambio inminente—. Se supone que este aparato protege a los “normales” de los seres como nosotros.

—Usted sabe tan bien como yo que eso no es suficiente. Eso de poco serviría en un entorno tan reducido como el del GaneMed.

No había nada que pudiese decir o alegar para tratar de rebatir la decisión. Ellos ponían las reglas y siempre tenían la sartén por el mango. Víctor se sentía víctima de una conspiración.

—No es justo. Me han manejado a su antojo desde el primer momento.

—Bueno, señor Ionescu, usted conoce el procedimiento. Cerberus estudia las debilidades del sujeto y construye una fantasía en lo que lo coloca en una situación extrema para calibrar sus reacciones. Nunca una situación de estrés es igual a otra. Sabe que puede alegar lo que desee al juicio de MTVac, pero no le servirá de mucho —contestó ella con el cansancio propio de la rutina—. Todo nuestro instrumental está perfectamente calibrado.

—¡Y una mierda! —gritó Victor fuera de sí a la vez que se levantaba y lanzaba un manotazo que arrancó de la mano el módulo de control a la enfermera—. Ahora resulta que mi tara no es aceptable en esta sociedad edulcorada, pero bien que nos fue a todos cuando yo, y otros muchos como yo, luchamos durante diez años en las Guerras del Agua y utilizamos nuestras habilidades para derrotar a los alienígenas, ¿verdad? Me imagino que lo mejor para todos hubiese sido que no sobreviviésemos…

Víctor se dio cuenta de que no tenía sentido pelear en aquella sala. Anna no tenía la culpa. La guerra, su guerra, estaba perdida. La sociedad a la que había salvado el culo en tantas ocasiones lo rechazaba. Las bestias como él no tenían cabida.

—Víctor, cálmese o me veré obligada a llamar a seguridad.

—Está bien —aceptó el derrotado mientras volvía a sentarse—. Discúlpeme, Anna, no volverá a suceder. —La enfermera le dio la espalda y se agachó para alcanzar el módulo de control, que se había colado bajo el mueble de madera. Los ojos mejorados genéticamente de Víctor se recrearon con la vista de cada pequeño pliegue de la exuberante anatomía de la mujer. Disfrutó de la vista de cada colina, de cada pequeño valle, mientras ella intentaba alcanzar el módulo, ajena al peligro—. Anna, ¿me permite preguntarle algo?

—Por supuesto —respondió ella con voz de esfuerzo.

—Antes utilizó el plural al referirse a los genéticamente modificados.

—Así es —dijo ella sin volverse. Casi podía acariciar el módulo de control con la punta los dedos.

—Podría decirme cuál es su “habilidad”. No puedo ver su chivato.

—¡Oh, sí! Por supuesto. No tengo inconveniente. No llevo chivato porque soy un mutante tipo uno. Absolutamente inofensiva. Aquí donde me ve, tengo ciento setenta y dos años. Mis genes, por suerte o por desgracia para mí, hacen que envejezca a cámara lenta.

—¡Caramba! —dijo él con voz zalamera—. Ciento setenta y dos años. Nadie lo diría.

Víctor comenzó a sentir el mismo tipo de hambre que había sentido en la prueba de la que acababa de despertar, y con un gesto premeditado se desprendió del chivato y lo dejó sobre la mesa de cristal.

«No me han dejado tener a Caperucita, pero quizás todavía pueda tener a la abuelita», pensó mientras un velo rojo sangre le nublaba la vista. Ya no era capaz de razonar, la transformación había comenzado. La sangre comenzó a acumularse de nuevo en sus músculos hipertrofiados y en la entrepierna. Era muy difícil encauzar el caudal de aquel río desbordado. Sintió cómo los brazos se convertían en gruesos postes y sus músculos palpitaban con la llegada de la adrenalina. El volumen que estaba adquiriendo su cuerpo gracias al ADN modificado hizo que se rasgase la ropa y en un instante el enorme animal quedó desnudo. De su boca colgaba un delgado hilo de saliva producto de la excitación.

La mujer se dio la vuelta muy despacio.

Lo primero que vio fue al lobo. Una bestia enorme de pelo largo y negro que brillaba bajo la luz artificial. Después vio el chivato sobre la mesa y entonces comprendió cómo Víctor había conseguido transformarse sin llamar su atención. El animal era mucho más grande de lo que hubiese podido imaginar, pero ella no se asustó. Estaba acostumbrada a manejar situaciones parecidas. En su mano apareció, como por arte de magia, una frágil varita plateada. Al verla y entender qué era lo que iba a suceder a continuación, el lobo aulló de forma lastimera. Un instante después un rayo cegador golpeó al animal con fuerza. Anna era muy buena utilizando el descargador. En un mundo tan extraño como aquel en el que vivía, en el que nada era lo que parecía, tenías que serlo para sobrevivir si ibas por la calle luciendo un cuerpo como el suyo, moldeado con innumerables sesiones de cirugía, y que además adoraba enseñar. Anna se había tomado su tiempo y había sido muy cuidadosa a la hora de escoger aquella parte de la anatomía del animal a la que aplicar el doloroso voltaje del descargador. Por eso había elegido los testículos. Casi sentía pena por aquella bestia que se retorcía en el suelo aullando de dolor, con la mitad del cuerpo debatiéndose entre permanecer como un lobo o volver a ser humano.

Anna se permitió disfrutar un instante más del sufrimiento del hombre, después llamó a seguridad. En seguida llegaron dos hombres que se lo llevaron a rastras. Ahora, además de haber sido rechazado, Víctor tendría que responder ante la justicia por haberse quitado el chivato para evitar que diese la alarma durante la transformación. Sería condenado, y sin lugar a dudas encerrado durante mucho tiempo. Todas las entrevistas se grababan por motivos de seguridad y ningún juez tendría dudas acerca de sus intenciones.

Cuando se quedó sola en la habitación, la mujer comenzó a teclear unas órdenes para cerrar de forma definitiva el expediente de Víctor Ionescu y preparar a MTVac para la siguiente entrevista, pero al instante se detuvo y levantó la cabeza a la vez que arrugaba su pequeña nariz con desagrado. A pesar del olor acre a pelo quemado, su delicado y mejorado olfato todavía podía oler el rastro de feromonas que había liberado de forma intencionada en cuanto Víctor había comenzado la prueba. De no ser por el agente inhibidor que se había inyectado esa misma mañana, a ella misma le hubiese sido muy difícil resistirse al cambio. Al principio no había estado del todo segura de que Víctor no pudiese descubrirla, porque los lobos podían olerse aún como humanos, y había estado a punto de echarlo todo a perder al reconocer que ella misma era una mutante. Pero desde el primer momento el hombre había estado más preocupado por la entrevista que por ella. Y ese había sido su gran error, pensó mientras sacaba del Ikea el chivato que la identificaba como una loba mutante de nivel tres, y se lo volvía a colocar en un lugar visible.

Él solo quería pasar la prueba y ella eliminar competencia en la manada.

Pobre Víctor, nunca había tenido la más mínima oportunidad. ¿Cómo iba aquel pobre hombre a adivinar que lo que a ella le gustaban en realidad no eran los lobos, sino las tiernas caperucitas?

Anna sonrió mientras ponía en marcha el reciclador de aire de la sala para continuar con su tarea.

Roberto del Sol

De lira ire

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Relato

Rating: +14

Este relato es propiedad de  María Cristina Salvans y su ilustración correspondiente es propiedad de Daniel Camargo. Quedan reservados todos los derechos de autor.

De lira ire.

Le disgustaba mucho la época en la que le había tocado vivir, donde todo estaba inventado y las mejores historias ya habían sido narradas. La sociedad ya no se revolucionaba y sus gentes vivían y morían como meros espectadores de una época aburrida y sin sobresaltos. La realidad se había adueñado de las fantasías de los soñadores; la corrupción, de los poderosos; y la injusticia, de los débiles que encerrados en una falsa democracia, se sentían seguros.

Quería despertar consciencias, desvelar enigmas y resucitar sueños; ver como las gentes volvían a sentir mariposas en el estómago al emocionarse con una historia nueva.

Solo necesitaba un pretexto, y el contexto parecía estar cercano, pues parecía avecinarse una época turbulenta para gobiernos y pueblos. El ritmo que esa vida aburrida exigía era económicamente inestable, la crisis, económica y social, estaba cerca y era su momento para deslumbrar. Si conseguía su objetivo, el mundo entero estaría a sus pies y él lo convertiría todo en algo más emocionante, de ese modo, su tiempo en la tierra sería vertiginoso, y más allá… quien sabía qué encontraría más allá.

Sin más demora, decidió sentarse en su viejo escritorio de roble, tomar entre sus dedos una pluma oxidada y un bloc de notas magullado por los años. Las musas lo visitaron, como de costumbre, después de su tercera copa de whisky.

Quería escribir sobre el tiempo, y si lo pensaba bien, lo primero a lo que querría volver sería a su infancia, esa época de despreocupada diversión.

 Pero… ¿Y si pudiera viajar más lejos? ¿Y si pudiera cruzar el tiempo hasta cualquier momento que quisiera? Podría ser la mano derecha de Robespierre, capitán en las carabelas de Colón, el decimotercer discípulo de Cristo, e incluso, robarle el corazón a la mismísima Cleopatra.

Y quizá, solo quizá… Si pudiera vivir para siempre dentro de las fotografías, ella seguiría viva. El motivo de su felicidad y su razón de ser. Ella, que murió al poco de su nacimiento y que siempre le miraba, con sus eternos ojos de ternura, desde más allá de las sombras de su atestada habitación. Si pudiera dar marcha atrás en el tiempo aún cabría la posibilidad de salvarla, o eso se decía en los momentos de más febril desolación.

Por ella tenía que hacerlo, para devolverle la vida. Tenía que escribir su historia.

___

Su madre había sido paciente de una clínica mental, un sanatorio, un manicomio. Allí, había conocido a su padre, un brillante médico recién salido de la facultad, el primero de su curso, el mejor que se recordaría en la universidad.

Le gustaría escribir que en el momento en que se vieron se enamoraron, pero no fue así. Su padre se enamoró de ella, no así su madre que, viviendo en un mundo paralelo, vio en el doctor la cara del mismísimo Lucifer. Y cualquiera pensaría que eso era algo malo, pero para ella era el éxtasis del placer, en tanto que las monjas de tan ilustre institución la trataban de endemoniada, pues se dejaba llevar en demasía por la lujuria y se decía que tenía algún tipo de enfermedad relacionada con las ninfas –o lo que hoy definiríamos como ninfomanía-.

Se decía que todo aquel que se acercaba a ella acababa padeciendo el mismo mal. Y como no, el joven doctor más aventajado de su promoción, no iba a ser el único que no sucumbiría a sus encantos.

La mujer se permitía con el médico unas confianzas que no gustaban a nadie, excepto al joven, que sentía que su paciente tenía cierta predisposición para aceptar sus cuidados.

Después de un tiempo trabajando en el sanatorio, nuestro joven erudito ya no era capaz de discernir entre el bien y el mal y sus encuentros con la paciente pasaron de ser puramente médicos a convertirse en algo carnal. Ella lo había conseguido, él había hallado la perdición.

No lo supo hasta el momento en que ella le anunció que estaba embarazada. En ese momento, juntos decidieron que debían escapar. Huir a un lugar mejor, lejos de paredes acolchadas y monjas desaprobadoras.

Pero eso no fue posible.

Con un parto cercano, la vigilancia alrededor de la celda de su madre se había doblado y el joven médico había sido expulsado de la institución, con la explícita prohibición de acercarse al recinto so pena de perder su derecho a ejercer.

La mujer parió sola, entre gritos de dolor y paredes insonorizadas. Se le permitió quedarse con el bebé el tiempo suficiente para tomarse una única fotografía y cuando volvió a la celda con el niño, se suicidó cortándose las venas a base de mordiscos. Los encontraron al día siguiente, el pequeño en brazos de su madre, llorando buscando su pezón para alimentarse, cubierto de sangre rojiza y seca.

Poco después, el infante fue mandado con su padre, junto con la fotografía y una nota que rezaba “un niño tiene derecho a conocer a sus padres, aunque sean unos pecadores”.

Y esa fue la última vez que vio a su madre.

___

Releyó el relato de la historia de la mujer que le dio la vida. Horrible, monstruoso; lo arrugó, lo tiró al suelo y sumido en un odio insano hacia sí mismo, escupió.

La historia era buena… ¿Por qué no era capaz de narrarla cómo merecía?

Y qué era él, sino un mediocre escritor con ínfulas de grandeza, que se creía Homero y no llegaba a Polidori. No sería nunca nadie, pues la grandeza estaba destinada a Shakespeares y Voltaires.

Todo lo que necesitaba era tiempo, pero parecía que la trama con la que había estado soñando se cernía sobre él como una sombra oscura y pestilente.

¿Cuánto tiempo llevaba encerrado en ese sopor que no le había permitido ver pasar, a través de la ventana, las estaciones del año?

Allí estaba su crisis, su contexto, y él no había acabado el relato de su madre.

Solo pedía un poco de tiempo. Y mientras tanto, el inexorable reloj seguía su camino por la esfera del reloj de pared “Tic-Tac”.

Sentía que los latidos de su corazón se sincronizaban con ese horroroso sonido; se ahogaba, su tiempo se acababa. Moriría en un suspiro del tiempo y nada quedaría de él, ni huesos, ni polvo, ni páginas amarillentas salpicadas por palabras inmortales.

Su cuerpo se tensaba y la mecánica que permitía a sus articulaciones el movimiento, chirriaba dolorosamente; lo oía, mientras sentía la presión de los músculos al contractarse y los huesos al dislocarse.

La sangre le subió a la boca y probó el sabor del cobre oxidado. Su cuerpo se oxidaba, como su talento, incapaz de sobresalir más allá de sí mismo. Se mordió la lengua.

Sobre la raída alfombra de su habitación, se desangraba, se asfixiaba en su propia sangre, se atragantaba con su propia lengua.

Y al fin y al cabo ¿No era eso lo que le había pasado realmente a su madre?

Murió como ella, de status epilepticus.

Horas más tarde su cadáver fue encontrado por el ama de llaves, tendido en el polvoriento suelo enmoquetado.

La mañana siguiente, el niño que vendía los periódicos gritaba el titular “¡Hallado muerto el escritor arruinado de Broom Street! Su última obra será editada en los próximos meses”.

Ironías de la vida y del tiempo, que dan a las personas tras su muerte, lo que siempre desearon en vida.

Maria Cristina Salvans

23/4/2012

Ilustración de Daniel Camargo

Viaje a destiempo

Autor@: 

Ilustrador@:  Vicente Mateo Serra

Corrector@: 

Género: Relato de Ciencia Ficción

Rating: +14

Este relato es propiedad de Daniel Camargo. La ilustración es propiedad de Vicente Mateo Serra. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Viaje a destiempo.

Ilustración de Vicente Mateo Serra

 “… no hacemos un viaje: es el viaje el que nos hace a nosotros”… “Un viaje es como el matrimonio. La forma segura de equivocarse es pensar que lo controlas”.

JOHN STEINBECK – VIAJES CON CHARLEY

Aquella mañana, Juan de Montepío, joven promesa de la arqueología nacional, se hallaba en casa preparando su artículo habitual para Horadando, la revista mensual de la Asociación de Arqueólogos, cuando el pitido de la agenda de su móvil le recordó que en menos de media hora tenía una reunión clave con el editor de su  primer libro: Túmulos Nimbus, una apasionante investigación sobre enterramientos arcaicos. Lo había olvidado completamente.

Buscando impactar en ese primer encuentro, Juan elige su traje de alpaca gris, el mejor que tiene, recoge el maletín con el original del libro y sale a toda velocidad rumbo al centro.

Después de un trayecto caótico en medio de un tráfico inusual para esa hora, seguido de diez minutos de búsqueda infructuosa de un hueco, consigue aparcar bastante lejos de la editorial y, al bajarse del coche, nota un leve escalofrío recorriendo todo su cuerpo, seguido de una presión creciente en el vientre. Un típico apretón. Trastornos digestivos, piensa, y no le da mayor importancia. Trata de recordar la cena de la noche anterior… Fabada.

Juan sigue caminando muy rápido, ya que iba con retraso, y comprueba cómo el acompasado movimiento de sus piernas hace que la presión inicial se relaje.  Falsa alarma, deduce, esto está controlado. Pero unos metros más adelante, al pararse en el semáforo esperando luz verde para cruzar la avenida, la sensación vuelve. Renovada. Inquietante.

Parece que la cosa va en serio, y Juan nota que el hecho de estar quieto resulta contraproducente. Por eso cuando finalmente hay luz verde se alegra doblemente, porque además llega tarde. Muy tarde.

Retoma sus rápidas zancadas durante un tramo y, al mirar el reloj para comprobar el retraso, llega el tercer embate. Contundente e inexorable. Ya no es molestia ni presión, ya podríamos hablar de dolor, lisa y llanamente. Algo comparable a una apendicitis, una hernia inguinal, a un clavo al rojo vivo en el vientre al punto que casi le obliga a flexionarse en plena calle.

Juan comprende que tiene que buscar un cuarto de baño. Aunque definitivamente llegue tarde a la reunión. Aunque incluso, tal vez, se la pierda. No tiene otra opción.

Joven de una alta capacidad de concentración, trata de aislarse mentalmente para soportar mejor los embates que se repiten cíclicamente, cual insistente oleaje. Recurre a la tabla del seis, a los reyes godos, a la lista de la compra…, pero nada resulta efectivo. La situación es realmente desesperada, necesita un lugar donde dar rienda suelta a su caos interno. Gira la cabeza a ambos lados buscando un bar o restaurante cercano. Algún sitio donde exista un aseo o algo parecido.

Bancos, sólo ve bancos. A un lado y a otro. En ambas aceras. La maldita burbuja financiera vuelve a cebarse en su persona. Siente las gotas de sudor, un sudor helado, cayendo por su frente. Trata de apurar el paso, pero dentro de ciertos límites. No debe arriesgarse a tener una eclosión en la vía pública.

De pronto divisa un cartel lejano, pequeñito, de color rojo. Una publicidad de Coca Cola, seguramente. O al menos eso parece. Un bar, piensa Juan, tiene que tener un aseo. Necesita llegar hasta allí como sea.

Armándose de valor, recorre esos doscientos metros en el límite de sus posibilidades.  Cada paso es un desafío. Emulando a algunos faquires, busca poner su cuerpo bajo el control total de su mente, anulando el dolor. Pero no puede. Trata al menos de pensar en otra cosa, algo relajante como puestas de sol en playas paradisíacas.  Imposible. Su mente, esquiva y juguetona, se centra en recordar riadas, tsunamis, erupciones volcánicas, la rotura del dique de Yakarta en el año 2009, o el estallido de la Central de Chernóbyl…

Pero lo consigue, a pesar de todo logra aguantar hasta llegar al cartelito. Se trata de un sitio indefinido llamado Cronos. No está claro que sea un bar, es más bien un tugurio, tal vez una antigua discoteca, quizás un puticlub, con una pinta infame. Sucio y maloliente, parece salido de un cuento de Bukowsky. En condiciones normales no entraría allí ni loco, pero en algunos momentos no se puede elegir.

Entra buscando los aseos pero no ve ningún cartel indicador, ni encuentra a nadie a quien preguntar. Está en un lugar sombrío, con paredes desconchadas y un solitario mostrador de madera que se cae a pedazos. Al fondo, una estantería de espejos rotos, botellas semivacías y una máquina de café oxidada. Pero no puede detenerse a pensar. Como si estuviera desactivando una bomba de tiempo, el reloj corre en su contra. Debe tomar decisiones rápidas y no puede equivocarse. A la izquierda una escalera parece llamarlo. Es abajo, se dice, seguro que es abajo.

Un nuevo apretón lo precipita escaleras abajo, donde encuentra un vestíbulo y en él  una puerta negra con una letra “T” de color rojo. Claro, toilette, piensa Juan, que intenta abrirla pero no puede. Alguien la bloquea por dentro. Ocupado. Acerca la oreja y escucha ruidos indescifrables. Tanto que prefiere alejarse un poco para no oír. Y así trata de aguantar un rato más, juntando las piernas, respirando hondo, flexionando todo lo flexionable. Juan no sabe si podrá lograrlo, en estas condiciones unos segundos de espera parecen siglos.

Finalmente la puerta se abre y se lanza desesperado llegando casi a derribar a la persona que sale.

Una vez dentro, comprueba que el espacio es mínimo y el suelo está totalmente cubierto por un líquido indefinido. No hay un miserable gancho donde colgar la chaqueta, por lo que se la debe levantar, recogiéndola a modo de acordeón entre los codos, cuidando que al hacerlo no caigan la multitud de tonterías que lleva en los bolsillos. Como no se anima a apoyar el maletín en el suelo, decide ponerlo también debajo del brazo izquierdo, mientras con la mano derecha se suelta el cinturón y se baja los pantalones, sosteniéndolos  a media altura.

Es entonces cuando flexiona las piernas y procede a resolver su problema, evitando tocar la taza del inodoro con alguna parte de su anatomía, so pena de contagiarse instantáneamente de alguna de las más temibles enfermedades.

En ese momento, en ese preciso momento de máxima concentración mental e intestinal, alguien pretende entrar al asqueroso cubículo. Claro, tampoco hay pestillo. Juan grita “¡ocupado!” sin efecto aparente, ya que la puerta se sigue abriendo, e instintivamente trata de bloquearla con la mano derecha, lo que hace que sus pantalones caigan al suelo húmedo e infecto (¡su querido traje gris!). Tras un breve forcejeo, el intruso cede y aparentemente se retira.

Juan trata de retomar la tarea donde la había dejado, y es entonces cuando nota cómo las piernas comienzan a temblarle. Lo incómodo de la posición, con el trasero suspendido en el aire, las rodillas flexionadas, los codos apretados contra los costados para sostener la chaqueta, y un maletín de unos ocho kilos de papeles (el maldito borrador del libro) sostenido por el antebrazo izquierdo, hacen que ese equilibrio inestable resulte difícil de mantener para un ser escuálido, sin entrenamiento, en definitiva, una rata de biblioteca como él.

La tentación de sentarse, de relajarse dejándose caer sobre la taza, es enorme, pero es en circunstancias como ésta en las que los grandes hombres ponen a prueba sus convicciones, y decide resistir. Contra viento y diarrea. Por eso aguanta, y como nunca hay B sin A, Juan va notando cómo un chorro muy fino le moja las piernas,  debido a una endiablada combinatoria entre el ángulo de flexión de sus articulaciones, el ángulo de incidencia del líquido y, probablemente, los vientos dominantes.

Instantes después, cuando el proceso ha concluido y la tensión se ha aliviado, habiéndose relajado, y asumiendo que lo peor ya pasó, Juan recupera la tranquilidad mental necesaria para tomar conciencia del sitio en el que está. Entonces descubre algo que lo sorprende y lo impresiona. Algo que, por la escasa luz y los problemas sobrevenidos, no había llegado a advertir hasta ese momento.

Sobre las cuatro paredes de ese inmundo lugar, se acumulan una serie de inscripciones que cubren casi todo el espacio disponible. Esto no es para él ninguna novedad, ya había leído en algún baño público pintadas del cariz de “mee feliz, mee contento, pero por favor, mee adentro”, y mil tonterías semejantes. Pero las inscripciones que Juan tiene ahora delante son absolutamente diferentes, y mucho más interesantes, al menos desde su punto de vista. Hay textos en latín, griego antiguo, en arameo, frases escritas en caracteres cuneiformes, algunas runas, jeroglíficos (tanto egipcios como mayas). Hasta existe un sector pequeño cubierto por pictogramas rupestres. Sí, rupestres, como los de la cueva de Altamira. Todos ellos prolijamente pintados en el alicatado de las paredes.

Sus conocimientos arqueológicos no son suficientes para descifrar los textos completos, pero sí le permiten comprender ciertos fragmentos, o algunos conceptos, y comprobar que todos, absolutamente todos, tienen un idéntico hilo conductor. Se refieren a un acontecimiento extraordinario, a un evento inusual ocurrido a sus protagonistas, a una jornada, a un tipo de viaje muy especial. Un viaje en el tiempo. ¿Podría acaso ser que en ese sitio hubieran conseguido…?

En eso está Juan, abstraído en la lectura, cuando cae en la cuenta de la hora que es, y el retraso que lleva acumulado. Se incorpora para solventar la última parte del trámite y comprueba con azoramiento y preocupación que… no hay papel.  Miles de textos escritos frente a sus ojos y ni un trozo de papel. El portarrollo, ubicado casi frente a su cara, permanece vacío, exhausto, como un símbolo de las carencias de la sociedad actual y, por qué no decirlo, del triunfo de los grupos ecologistas en su lucha por evitar la tala de bosques destinada a la producción de celulosa.

Juan trata de tantear los bolsillos buscando un kleenex, una servilleta, un ticket de aparcamiento. Algo que lo ayude a terminar de una vez con esa agonía. Pero no hay NADA que le resulte útil para ese fin. Y enfrentado a una situación límite, como hombre de amplios recursos que es, toma una decisión drástica. Abre el maletín y saca unas cuantas hojas del original del libro (concretamente el Capítulo 8, sobre las víctimas del Vesubio), y procede a resolver el problema, hecho lo cual, exhausto, sucio, arrugado, mojado…, cierra el maletín de un golpe, se sube los pantalones y sale sin mirar atrás.

Unos días después, ya en la tranquilidad del hogar, las imágenes y los textos vistos en ese extraño retrete, no dejan de darle vueltas en la cabeza. Un observador externo  podría creer que Juan está obsesionado, abducido, pero él está convencido de haber descubierto una pista de algo muy gordo, y sabe que lo que lo mueve es una fuerte intuición. Una voz en su interior le dice que la casualidad lo ha guiado hasta encontrar un vórtice, un punto singular de confluencia entre dos universos paralelos. Lo que en física se denomina “agujero de gusano”, y que no es otra cosa que un atajo a través del espacio/tiempo. Tal vez eso sea lo que había permitido a gentes de otras épocas y otras culturas pasar por allí y dejar los mensajes que él ha visto. Juan está convencido de que, por disparatado que parezca, tal vez exista una red de extraños retretes en distintos puntos del universo que actúan como portales y permiten este tipo de viajes, como si se tratara de una red de metro. Y, lo más interesante para él: tal vez pueda volver a ese sitio, e intentar hacer él mismo un viaje en el tiempo. Fascinante.

Una vez que esta idea le cruza por la cabeza, ya no puede pensar en otra cosa. Dedica todo su tiempo a estudiar sobre el tema, y a analizar posibles riesgos y ventajas. Deja de dar clases. Visita bibliotecas, consulta a científicos y amigos. Suspende sus colaboraciones con la revista. Abandona la escritura del libro. También a su novia. Descuida su aseo personal. Casi deja de comer, literalmente. Y finalmente toma la decisión.

Una mañana, bien temprano, armado de valor, Juan se viste con su chándal favorito, el de su equipo de toda la vida, el Rayo, y se dirige a Cronos, el tugurio infame.  Baja las escaleras y abre la puerta con la letra “T” roja dispuesto, esta vez sí, a cumplir dos requisitos que no había concretado en la oportunidad anterior: sentarse en la taza y tirar de la cadena. Sus detallados análisis daban como resultado que estos factores eran los que probablemente habían impedido que se activara el dispositivo, y que él mismo hubiera viajado en el tiempo en la ocasión anterior.

Una vez dentro, cierra la puerta, desinfecta convenientemente el WC (esta vez llevaba un kit de limpieza) y se sienta, eso sí, con los pantalones bajados. Aunque su imagen en esas circunstancias no sea tal vez la que querría conservar para la posteridad, se trata de un momento histórico, y Juan reconoce que se halla algo nervioso. Un pequeño alivio para un hombre, pero un gran salto para la humanidad.

Plenamente consciente de la decisión que toma, y de sus posibles consecuencias, levanta lentamente la mano izquierda hasta asir la argolla que pende en el extremo de la cadena (es un WC de los antiguos, con depósito elevado), cierra los ojos y jala hacia abajo con fuerza. Entonces escucha “fssssshhhhh…” y siente como si el remolino de agua originado en el inodoro se hubiera magnificado en una reacción en “cadena”, arrastrando tras de sí los átomos vecinos hasta absorber todo lo que había en ese pequeño cuarto, incluido él.

Lo que sigue a ese momento es difícil de explicar. Parece que todas sus moléculas se han separado y giran en forma de espiral vertiginosamente.  Es como si en realidad el inodoro lo hubiera succionado y estuviera cayendo por una tubería infinita, cada vez a mayor velocidad. Una sensación nada agradable, sumada a la incógnita del desenlace final.

Juan no puede evaluar si se trata de segundos o minutos. De pronto, parece que la montaña rusa se ha detenido. Él aún está acurrucado con los ojos cerrados pero ya no siente nada. O sí…, siente miedo. Sabe que el “viaje” se ha acabado finalmente y que ha llegado a alguna parte. ¿Dónde?

Cuando abre los ojos ve todo negro, pero sabe que está sentado en otro retrete. Y mientras se acostumbran a la oscuridad, trata de recurrir a los otros sentidos para decodificar información. Al estirar la mano toca el suelo que está húmedo y frío. El olor…, el olor le resulta levemente familiar y lo retrotrae a la infancia. Concretamente a las contadas oportunidades en las que su padre, su querido padre,  lo llevaba al zoológico. Más específicamente le recuerda a la jaula de los osos.

Pero las pupilas avanzan en su proceso de dilatación (inversamente proporcional al del esfínter, que se contrae por el miedo a lo desconocido), y Juan ya va viendo algo frente a él: una pared de bloques de piedra a poco más de un metro de distancia. Abajo, en una esquina, una bola negra, peluda, se mueve. Dirige la mano hacia ella y la muy hija de puta intenta morderlo. Era una rata.

Gira la cabeza a su derecha y comprende todo. Está en una celda, no muy grande, de unos tres metros de ancho y aproximadamente cinco de fondo. Es como en las películas. El retrete en el que está aún sentado ocupa uno de los ángulos del fondo, semioculto tras un pequeño pretil. El frente, que da a la galería que comunica a todas las celdas, lo forma la típica reja corrida de suelo a techo, y junto a ella, de un lado un catre y del otro una pequeña mesita y un taburete.

Aunque no hay ventanas Juan sabe que es de noche. Lo puede deducir por la escasa iluminación general, por el ambiente de calma reinante y, sobre todo, porque en el catre duerme un preso del tamaño de un ropero de dos cuerpos cuyos ronquidos le recuerdan al despegue de un Airbus A380.

Se pone de pie subiéndose los pantalones y camina sigilosamente hacia la reja tratando de descubrir algo que le permita saber la fecha, o al menos la época aproximada a la que ha viajado. Ve múltiples anotaciones en la pared, la mayoría procaces, y un póster de Bettie Page pegado justo sobre la mesa. “Playmate del mes de enero – 1955”.

Como cree notar que el preso se ha movido, se gira y lo ve desde cerca. Es un oso, una auténtica bestia. Duerme de cara a la pared y sólo tiene puestos los típicos pantalones de rayas, por lo que Juan puede apreciar su espalda, que es verdaderamente impresionante. Músculos y más músculos formando cordilleras, como en esos mapas de Eurasia de plástico con relieve que se pusieron de moda en los ochenta. Y además tiene todo tipo de tatuajes: los nombres de varias mujeres, un corazón atravesado por una flecha, cuatro hachas formando una esvástica, la palabra mamá, algún tipo de enredadera con espinas que trepa por los brazos, un triángulo con un ojo dentro en la nuca, e imágenes de unos cuantos animales mitológicos. A Juan le recuerda a un suplemento del National Geographic.

Está atrapado en una celda apestosa con un delincuente peligroso que lo triplica en tamaño y no ve una escapatoria posible. Esta no es la imagen romántica que tenía sobre experimentos relativos a viajes en el tiempo. Tampoco esperaba en sus sueños llegar a entrevistar a Napoleón, o presenciar la construcción de las pirámides, pero esto…

Se hubiera quedado horas mirando los tatuajes, pero de pronto siente un dolor agudo en la pantorrilla. El artero roedor, del que se había olvidado completamente, le ha clavado los dientes y Juan, instintivamente, mueve la pierna, volteando el taburete que cae al suelo haciendo el ruido suficiente para despertar a “su” preso. Éste primero mueve la cabeza, una cabeza del tamaño de una olla exprés de las grandes, luego se gira y lo mira, aparentemente sin comprender lo que ocurre. Duda un segundo…, varios. O está saliendo de un profundo letargo, o su cerebro no es precisamente su punto fuerte. Pero poco a poco comienza a levantarse.

Juan, mientras tanto, retrocede instintivamente hacia el fondo de la celda. Su cabeza va a mil, pero no tiene muchas opciones. Y, una vez más, tampoco tiene tiempo para pensar. Descartados el diálogo disuasorio, el enfrentamiento directo y el suicidio, recorre desesperado el par de metros que lo separa del retrete y en un único movimiento inusual y acrobático se deja caer en él, mientras con la mano derecha tira de la cadena.

Justo antes de que el torbellino desintegre nuevamente sus moléculas, llega a ver cómo el oso se acerca a él, amenazante, mientras se va desabrochando la bragueta.

Luego…, la oscuridad, otra vez. Esa incómoda sensación de expandirte, girar, y caer. Y la duda, la enorme duda sobre el dónde y el cuándo.

Finalmente todo acaba. El carrusel se detiene y Juan se quita las manos de la cabeza y se queda un rato acurrucado esperando lo peor. No sabe con qué se va a encontrar. Repasa mentalmente las posibilidades: puede que haya vuelto al sucio retrete del primer viaje, o que aún esté en la celda, a punto de ser violado, o… Comprende que las posibilidades son infinitas. Como siempre. Como en la vida. La duda y el temor lo paralizan y permanece quieto, impávido, como un perro al que lo están bañando, sin animarse a abrir los ojos.

Después de un par de minutos, cuando finalmente los abre, aún con miedo, descubre que está en el medio de un campo, de una hermosa pradera, que le recuerda a los Teletubbies. Mira hacia atrás para confirmar que el oso tatuado no lo ha seguido en este extraño viaje. No, no está, definitivamente no está. Menos mal.

La imagen es idílica y Juan se relaja. Completamente, incluido el esfínter. Ve el sol en lo alto y colinas a lo lejos. Ve nubes muy blancas recortándose en el cielo azul. Ve unos cipreses movidos por el viento, que también mueve la hierba, muy alta, que lo rodea.

¿Viento? A pesar de su confusión (la típica confusión de alguien que acaba de viajar en el tiempo), llega a notar algo extraño. Ve el viento, ve sus consecuencias (las hojas y las nubes moviéndose), pero no lo siente. Tampoco siente el calor del sol. No hay viento, ni calor, ni nada…, esta intemperie es muy rara. ¿Dónde carajo está?

Mira hacia abajo y comprueba que, en lugar de estar sentado en el inodoro original, su culo, que sigue sumando experiencias,  se apoya ahora en una especie de anillo metálico, del grosor de una botella de vino y color dorado, sólido, muy sólido, pero que parece flotar en el aire. Se levanta, subiéndose los pantalones una vez más, y se aleja algo para apreciarlo mejor. Escupe dentro del anillo y el líquido es instantáneamente succionado hacia los bordes hasta desaparecer. ¿Magia? ¿Tecnología? Lo intenta otra vez. Efectivamente, no se equivocó, es un “inodonut”, pero… ¿dónde carajo está?

Comienza a buscar detalles a su alrededor. Cualquier tontería que le permita comprender. Y descubre una pequeña bola luminosa a un metro de distancia, una especie de botón que parece flotar en medio del paisaje. ¿Lo toca o no lo toca? Sí, lo toca, claro.

Y de pronto, el paisaje que lo rodeaba desaparece y descubre la realidad. Está en una habitación pequeña y rectangular, otro cuarto de baño, y la maravillosa pradera no era más que una proyección en las paredes, que son gigantescas pantallas de leds. Todo era virtual. Verdaderamente impresionante. Los hermanos Lumiére se cagarían si visitaran este baño y vieran esto, piensa Juan.

A cada toque de la bola la imagen vuelve y se va. Ahora está, ahora no. Juega así un rato hasta que intenta girarla y entonces se desplaza un panel, y surge un hueco, una puerta, que da a algo parecido a un espacio mayor. Un salón.

El lugar es alargado, muy profundo, y completamente blanco, casi sin muebles. Delante un piano de cola, también blanco. Un poco más allá, un sofá que “flota” a unos treinta centímetros del suelo. Juan no ve a nadie, ni escucha nada. Hay una extraña calma, pero no se siente cómodo. Hay luz, mucha, pero no llega a entender de dónde sale.

Al fondo, el extremo opuesto del salón remata en una especie de caja de cristal. Paredes, suelo y techo se continúan en una superficie transparente continua, sin perfiles ni divisiones. Juan piensa en la pobre persona a la que le toque limpiar eso, y se queda un rato como paralizado, mirándolo todo, escudriñando ese extraño espacio ajeno. Pero poco a poco la curiosidad se va imponiendo al miedo y avanza hacia el cristal.

A medida que lo hace va percibiendo lo que existe “fuera” de esta habitación. Ve a lo lejos un cielo oscuro de tormenta y un perfil de rascacielos destruidos, como ruinas futuristas. Camina un poco más y contempla estupefacto las imágenes de una ciudad muy avanzada, pero decadente, deteriorada y abandonada. No llega a identificar en qué ciudad está, y aunque hay carteles en inglés, sabe que eso hoy en día tampoco significa nada. Modernidad y destrucción. Óxido y cristales rotos.

No sabe el año en el que está, pero le resulta evidente que se trata del futuro, un futuro indeterminado. Un futuro de mierda. A medida que se sigue acercando al cristal, se amplía su ángulo de visión y puede ver cómo abajo, muy abajo, hordas de zombies siembran la destrucción. Atacan todo, absolutamente todo, con una densidad de violencia excesiva, indiscriminadamente.

El comportamiento desaforado de estos grupos le resulta a Juan vagamente familiar. A medio camino entre una despedida de soltero y una hinchada de fútbol. Se queda un rato abstraído observando, cautivado por esa extraña fascinación que tiene el caos, cuando está a una distancia prudencial.  Algunos del grupo miran hacia arriba, hacia la caja acristalada y señalan con los dedos. Juan nota una gran efervescencia. Saltan y, aparentemente, gritan. Lo han visto. Y salen corriendo hacia la zona donde aparentemente debe de estar la entrada del edificio. Van a subir…, van a por él. Tardarán en subir, pero es inexorable…, y son miles.

Juan comprende que debe huir una vez más. Piensa hasta cuándo se verá obligado a seguir rebotando en el tiempo. En esta sucesión de carambolas sin sentido. Retrocede hasta el aseo, ese extraño aseo minimalista, se baja los pantalones y duda… duda sobre cómo accionarlo. No hay cadena, ni botón, ni dispositivo visible alguno, aparentemente es automático y virtual y se acciona cuando alguna sustancia lo atraviesa. Juan reflexiona y se sienta, sin conectar la pantalla de leds. Cierra los ojos, y con un pequeño esfuerzo pone otra vez en funcionamiento el torbellino. Sus moléculas ya están viajando otra vez. ¿Pasado o futuro?

Esta vez le parece más corto el trayecto, tal vez sea que se está acostumbrando. Cuando todo acaba está de nuevo en un retrete, como era de esperar. Pero no ve a nadie a su alrededor. Se levanta y sale a un espacio indeterminado, amplio pero muy oscuro. Juan no sabe si sus limitaciones de visión se deben al normal proceso de adaptación, tras el esfuerzo que implica el viaje, o a que realmente falta luz. El ambiente es denso, muy denso, y el olor penetrante. Una mezcla de sudor acre y algún tipo de producto químico que no llega a reconocer. Le cuesta respirar. Al pisar nota algo blando que se le enreda en los pies pero prefiere no averiguar, al contrario, acelera el paso hacia un hueco que ha visto en la pared. Y mientras camina nota un rumor sordo que viene desde fuera, como si fuera el rugido de un extraño animal.

El hueco da a un túnel, estrecho y ascendente, del cual no se llega a ver el final. Juan duda, hasta ahora no ha tenido mucha suerte y, sobre todo, es consciente de que en este viaje no controla absolutamente nada. Finalmente decide seguir avanzando.

El túnel parece estrecharse por momentos y el ruido, ese extraño sonido, va aumentando, cada vez más, a medida que avanza. Se resbala, nota que el suelo está encharcado, pero Juan está decidido a seguir adelante, a pesar de todo. Ahora nota que le cuesta más caminar, aparentemente porque la pendiente del suelo ha aumentado y la tenue luz casi ha desaparecido. Avanza tanteando, con el lógico temor a lo desconocido, mientras el rugido se hace insoportable. Juan busca un pañuelo que lleva en el bolsillo del chándal, lo rasga en dos trozos y los usa para improvisar un par de tapones para los oídos.

De pronto, ve algo diferente, una tenue luminosidad hacia al final que le insinúa una posible salida. ¿Una salida o una trampa? Como las polillas, Juan avanza hacia la luz, sin prever las consecuencias y a pesar del cansancio apura el paso más y más, hasta llegar a correr con desesperación. Sólo tiene un objetivo, llegar, aunque no sabe dónde. A medida que acelera, la luz del final se va agigantando y su tamaño crece y crece. A pesar de los tapones, Juan cree oír el sonido. Más bien nota cómo una vibración de baja frecuencia lo envuelve y le hace vibrar la osamenta al unísono con todo lo que le rodea, como si fuera un diapasón. Esa misma vibración es la que hace que algunas piedras se desprendan del techo del túnel. Pero Juan no se detiene, avanza, y mientras avanza, comprueba cómo la pendiente aumenta cada vez más, al igual que el ancho del túnel. Ya puede ver la salida, pero no llega a descifrar lo que hay fuera porque la luminosidad exterior lo enceguece.

En un último impulso, en un sprint final, Juan sale al exterior. La combinación del ruido ensordecedor y la luz deslumbrante le impiden comprender exactamente dónde se halla, pero ya está lanzado y no para de correr. Cuando, unos segundos después, relaja un poco el ritmo y su cerebro consigue descodificar algo de la información que le ofrecen sus sentidos, ve una corona de luces a su alrededor y un rectángulo blanco, vacío, delante. Precisamente ubicado en el sitio al que, aleatoriamente, ha dirigido su carrera. También ve seres que lo rodean y corren como él, y comienza a sospechar que, por algún extraño accidente, los zombies lo hayan acompañado en su viaje.

De pronto, en medio de la bacanal de luces, imágenes y sensaciones que lo envuelven, observa con el rabillo del ojo cómo se le aproxima un objeto blanco, esférico, luminoso, perfecto. Juan se siente magnéticamente atraído por él, pero ya casi lo tiene encima y no puede evitar que le golpee la cabeza y salga en dirección al rectángulo blanco. Luego tropieza y cae. Y muchos de esos seres que lo seguían caen sobre él. Extrañamente no lo atacan, parecen felices, lo abrazan, lo besan.

Es la noche del sábado 22 de mayo de 2032 en el estadio Atatürk de Estambul, y Juan de Montepío acaba de marcar, en el último minuto de la prórroga, el gol que da la victoria al Rayo Vallecano frente al Celtic de Glasgow, en la final de la Champions League. Ya no regresará jamás a nuestra época.

Daniel Camargo 2013

Queen of Rock

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Género: Biografía

Rating: + 18

Este relato es propiedad de Olga Ruiz Trinidad. La ilustración es propiedad de Daniel Camargo. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Nota: Es importante explicar que esta entrevista es mezcla de ficción y realidad. Para evitar confusiones, si se quiere hacer uso de algún dato concreto, se debe contrastar con biografías oficiales.

Queen of Rock.

—Me llamo Anna Mae Bullock y nací en Nutbush, Tenessee, en el año 1939. Mi familia cultivaba algodón, recogía algodón, dormía y vivía por y para el algodón. Y yo lo odiaba: el sol picándome la piel, los labios agrietados, las manos arañadas, las hileras interminables de la plantación, y las extenuantes jornadas recolectando las malditas borras blancas. Acres pateados durante catorce horas diarias para conseguir la materia prima más limpia, a mano. En medio de todo, cantaba con la furia de una guerrera, gritaba a la tierra fértil y al cielo, a ratos, incluso aullaba. Así fue como comenzó todo: desde el fondo y con la rabia por bandera. Una mañana llené una maleta diminuta y subí a un carromato que circulaba por la antigua autopista 19. Había pensado tanto en ello que cuando me marché  no sentí el más mínimo remordimiento. Me hice una promesa: nunca más volvería a pisar esos campos pasara lo que pasara.

»Mi primer destino fue San Luis. Allí no tardé en matricularme en el Summer High School y comencé a cantar en pequeñas cafeterías y clubes nocturnos, de esos en los que de vez en cuando un negro le da un botellazo en la cabeza a otro. Lugares donde se gestaban leyendas urbanas como aquella que explicaba cómo a uno le habían cortado el pescuezo mientras meaba. ¿Sabes de qué hablo?

Moví la cabeza y seguí apuntando todo.

—Trabajar de noche en los clubes era peligroso, y sobre todo si vendían alcohol después del cierre, que era en la mayoría de los casos, intentaba que me escoltara a casa algún compañero de la banda. De San Luis no recuerdo mucho más que el ambiente nocturno. Cuando llegué era una ciudad en expansión, con rascacielos y gente viviendo en eso que llamaban manzanas de pisos. Muy ortogonal en cuanto a planeamiento urbanístico, muy evidente para pasear y situarse. Pero sobre todo, con unas maravillosas puestas de sol. Eso sí que lo recuerdo de una forma muy especial.

»Sucedieron muchas cosas en aquellos primeros años: contratos como cantante, compositora, bailarina y actriz. En general, espectáculos de poca monta, lo justo para empezar. Fue precisamente en el Club Imperial donde conocí a mi futuro marido Ike, con el que empecé a cantar a los dieciocho años en nuestro propio dúo. Éramos tan jóvenes y teníamos tanta vitalidad que no era extraño que actuáramos todos los días a cambio de un alojamiento lo suficientemente digno. Cuestión de ilusión y de amor, porque en aquellos días nos amábamos de lo lindo; podíamos pasarnos todo el tiempo debajo de las sábanas, sin comer, abandonándonos  locamente… En fin —gesto resignado—. Ike era muy temperamental y, sobre todo, mucho más decidido que yo, y eso ya era mucho decir. En el año 1960 presentamos nuestro primer sencillo, A fool in love, que fue un éxito de ventas en el mercado estadounidense y europeo. A partir de ahí, todo parecía sonreírnos. Éramos jóvenes y ganábamos mucho “money”. —Se ríe y ladea la cabeza atusándose el pelo.  Entonces coge una fotografía en blanco y negro con la mano derecha—.  Guapos, lo que se dice guapos, no éramos, pero lo compensábamos con nuestra puesta en escena  y el espectáculo rítmico de nuestras actuaciones. Nadie que nos conociera en aquella época podría decir lo contrario. ¿Sabías que en los primeros conciertos la gente estaba sentada?

—No, no tenía ni idea.

—Pues sí, pero cuando empezamos nosotros, no podían reprimirse y terminaban sobre las sillas de madera gritando, saltando, sudando, y algunos, los del fondo, incluso metiéndose mano. Madre mía, ¡qué tiempos!

»Un poco más tarde compusimos temas mucho más rockeros como Come Together, Honky Tonk Woman y I Want to Take You Higher. En general, el público no estaba acostumbrado a nuestros directos. Eran orgásmicos, incluso obscenos (según algunos medios conservadores y algo reprimidos). Yo sí creo, y viéndolo ahora con cierta perspectiva, que traspasaban la barrera del erotismo. Tuvimos muchas críticas en esa sociedad todavía un poco inhibida pero en rápida progresión —afortunadamente para mí—. Perdía totalmente el control cuando me subía a un escenario. Era una cuestión de sinergias y ahora no sabría decir quién arrastraba a quién. Ike estaba rebosante de testosterona en aquellos años y durante un viaje a Tijuana (México) en el año 1962, me pidió matrimonio y acepté. Con él tuve dos hijos: Michael y Craig. Y no recuerdo que fuera ni buena ni mala madre. Lo fui en la medida que la vida me enseñó. No podría ponerme buena nota, pero puede que ellos no piensen igual. Tal vez esa pregunta deberían contestarla ellos. ¿No te parece?

Yo afirmo con la cabeza. Llegado a este punto, Tina se sirve un poco de agua en uno de los vasos de cristal de la mesita de fumador, bebe y contesta una llamada de teléfono, para lo cual sale de la sala y se excusa. Al cabo de tres minutos vuelve y continuamos con su biografía.

—¿Por dónde íbamos? —se pregunta—. Ah, sí… En 1971, tras hacer una nueva versión de Proud Mary —¡qué temazo, chico!—, canción originalmente grabada por la banda Creedence Clearwater Revival, ganamos un “Premio Grammy” premio Grammy a la Mejor interpretación de un dúo o grupo de R&B.  Recuerdo la emoción cuando lo recogimos y las palabras nerviosas de una voz que nunca me había temblado. Pero después, sin saber muy bien por qué, las cosas se estancaron. Trabajé en algunas películas e incluso intenté una primera escapada en solitario con mi álbum de debut titulado Tina Turns the Country On en 1974. Intentando recuperar la popularidad también acepté interpretar el papel de la Reina del Ácido  en la película Tommy. Gracias a las críticas derivadas de esta película, mi segundo álbum como solista se tituló  Acid Queen y vio la luz en 1975. No fue mal. Pero, quizás, fue un detonante para Ike: los celos y las drogas le habían ido devorando por dentro. A veces me espetaba: ¡eh, tú, seguro que ya andas por ahí con algún tío que te pellizca los pezones y te saca la minga para que se la chupes!

»Inconfundible… A las malas era un ser cruel y machista. Yo quería que se muriese, lo deseé muchas veces por su propio bien, pero Dios nunca me hizo caso… Habíamos quemado tantas mechas juntos que poco a poco nos estábamos destruyendo. No podía ser de otra manera, todo estalló y nos fuimos a la mierda, eso sí, cada uno por su lado. Fue en el verano de 1976. Casi no hablábamos; sólo una serie de gruñidos en respuesta a mis discretos intentos. Ike fue protagonista de un escándalo público cuando me golpeó y eso derivó en nuestra ruptura y separación legal. Lo cierto es que no era la primera vez, pero hacerlo tan en público y por todo lo alto fue la última. Respecto a nuestras carreras, suspendimos todos los conciertos que estaban previstos para los siguientes meses y, después, yo me lancé al vacío más sola que nunca sobre el escenario, pero a la vez muy arropada por un público fiel. Así que comencé mi carrera en solitario de verdad, no sé si corriendo en dirección a algo o huyendo de algo. Nunca lo tuve muy claro. Pero seguir cantando era mi única opción.

»Luego me dio un poco de nostalgia por mi tierra natal y compuse  —ahora no tengo claro si antes o después del incidente mediático de Ike— Nutbush City Limits (Los Límites de Nutbush), que versionaría de nuevo también en 1991. Una canción —para mí— de las más importantes de mi vida. Quizás fue a raíz de aquello, un poco antes o después, tampoco lo recuerdo muy bien, cuando alguien decidió renombrar la autopista 19 como Autopista Tina Turner en mi honor.

»Repasar una vida en una sola tarde es complejo. Soy consciente de que me olvidaré de cosas importantes que después tú tendrás que reordenar tirando de otras entrevistas, libros y películas, pero vamos, que tienes material suficiente para este pequeño curriculum que quieres presentar a tus compañeros de Ediciona; merecerá la pena el intento, ya verás. Pero realmente no me has contado algo vital: ¿en qué consiste tu proyecto?

Y ahora el entrevistador se ruboriza y es entrevistado ni más ni menos que por Tina Turner… En fin, veamos.

—Ediciona es un proyecto donde se dan cita dos disciplinas: la literatura y la ilustración. Cada dos meses, y a votación de los interesados en participar en la convocatoria, se propone un tema y se realiza el trabajo de la escritura. Trascurridas tres semanas se somete a corrección de puntuación, estilo, forma, etc., y finalmente el ilustrador —en función de la extensión del relato— decide si incorporar una o dos ilustraciones. Después, con todo montado, se cuelga en red para que la gente vea los trabajos y juzgue si merecen la pena o no. Lo cierto es que hay mucha ilusión detrás.

—Mucha ilusión y pocos medios.  Eso me suena… ¿Y os pagan?

—No, por el momento todo se hace por amor al arte. Pero es cuestión de tiempo, todo se andará. Tina, perdona que te tutee, pero, si no te importa, es vital para mí terminar esta entrevista para presentar mi trabajo en plazo y forma.

—No te preocupes, disfruta con todo lo que hagas.

—Sí, pero… es que estamos a 28 de febrero  y no he terminado, y estoy fuera de plazo.

—Bueno, ¿y qué más quieres que te cuente?

—Pues lo más grande que te ha pasado nunca como cantante.

Durante cinco segundos Tina se queda mirando el suelo y retira una pelusa de su botín acharolado. Entonces recuerda:

—¡Sí!, vale. Una cosa para mí muy emocionante. En el año 1990 —lo veo como si fuera ahora mismo y se me ponen los pelos de punta— la imagen del estadio de Maracaná en Río de Janerio con más de 180 000 personas. Creo que superé algún record Guiness, ¡qué más da eso ahora! ¡Qué estupidez!

—No, no fue ninguna estupidez —apunto—, fue glorioso.

—Lo mejor de las actuaciones es el vértigo de poner el pie derecho en el escenario y avanzar hacia el centro para mirar a tu público y sentir su calor. Eso es electrizante. Mira, ¿ves? —Y estira el brazo para que pueda observar su piel de gallina.

Ilustración de Daniel Camargo

—Bueno, si te parece, ya para ir rematando añadiré también que has vendido más de 200 millones de álbumes.Durante 2008 y 2009 abandonaste tu semi retiro para recorrer el mundo con tu gira Tina!: 50th Anniversary Tour, que se convirtió en uno de los más rentables de la historia del espectáculo.

—Efectivamente.

—Tus composiciones, grabaciones e interpretaciones te han hecho acreedora de diversos galardones y reconocimientos, entre ellos nueve  “Premios Grammy” premios Grammy. Tu nombre se halla en el  Paseo de la Fama de Hollywood. Fuiste nombrada por la revista Rolling Stone como «una de las más grandes intérpretes de todos los tiempos», y te colocaron en el puesto número 17, superando a músicos como Michael Jackson y Prince, entre muchos otros.

—¿Sí? Eso no lo sabía. Vaya, gracias por el dato, pero sé que Michael y Prince son grandes entre los grandes. Lo cierto es que sí quiero añadir algo ya para finalizar. Sólo espero que me recuerden por mis energéticas actuaciones en vivo, mis estrafalarios atuendos, la fuerza de mi voz y mi trayectoria musical. Y por encima de todas las cosas, quiero que me escuchen cantar con la misma furia con la que lo hacía con tan sólo quince años en los ya lejanos campos de algodón. —Y mirándome muy fijamente a los ojos añade—: No importa de dónde vienes, chico, sino a dónde quieres ir.

Y hasta aquí. Se levanta, se quita el micrófono, la petaca, los lanza sobre el sofá y me pregunta:

—¿Nos tomamos una cola Royal Crown con un chispazo de whisky?

No tengo ni idea de qué es eso ni de dónde lo pudo adquirir, pero contesto: afirmativo.

Olga Ruiz Trinidad