La melodía eterna

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Género: Ciencia Ficción

Rating: Todos los públicos.

Este relato es propiedad de  David Gambero y su ilustración correspondiente es propiedad de Marta Herguedas. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La melodía eterna.

Ese día la dejó comenzar a ella deliberadamente. Y aunque lo habría hecho de todos modos Jennifer lo notó. Para ella los deseos del compositor, las directrices de una partitura o simplemente el más elemental sentido del ritmo no importaban. Su piano siempre cortaba el silencio primero como una cuchilla. Y tras él, un segundo o una eternidad después, siempre la seguía con extrema suavidad el violín de John. Tocasen donde tocasen siempre era así. Uno siempre junto al otro. Acompasados. Armoniosos. Perfectos los días buenos y conmovedores los días que no pretendían vencer sino convencer. Y aquel día, por las lágrimas que comenzaban a correr libres por las mejillas de los soldados que conformaban su sorprendida audiencia, era uno de los segundos. Ella saltaba entre notas con alegría y él construía un tupido manto de melodía sobre el que ella podía caer y alzarse cuantas veces quisiera. Juntos recorrían una vez más aquel camino musical que conocían tan bien como hubiesen deseado conocerse mutuamente. Pero para su desgracia no era así. No era sencillo conocer a alguien a miles de kilómetros de distancia. Pero no imposible. Esa palabra hacía mucho que había perdido su sentido para ellos. La música, por otra parte, sí que lo tenía. Uno tan profundo y apabullante como la placentera sensación que les arrebataba el aire del pecho a su audiencia. Una que estalló antes siquiera que el descendo de salida de Jennifer se desvaneciera en el aire para dar por concluida la pieza. Los silbidos agudos y el clamor de palmas les indicaron que aquella compañía de hombres desaliñados, armados hasta los dientes y preparados para morir, habían olvidado por unos instantes qué era lo que hacían en aquella playa inglesa. Y a qué se iban a enfrentar al día siguiente. Mientras Jennifer bajaba agradecida la cabeza y aprovechaba aquella postura para disfrutar con una sonrisa los halagos de los soldados que eran cada vez más obscenos, John miraba con preocupación el pentagrama musical que tenía ante sí. Entonces, y como sucedía cada vez, las notas comenzaron a desvanecerse como por arte de magia. En menos de un minuto ya no estarían allí. Y ellos tampoco. Pero no le importaba. Había sido una buena actuación. Y habían estado bien. Más que bien.

—Te has escurrido un poco al final —le susurró ella sin dejar de saludar.

—Suele pasar si intentas hacer un sul ponticello a tu ritmo. ¿Me vas a dejar atraparte algún día?

De no haber sido porque en ese momento el aullido agudo de una sirena rompió la magia y la alegría del momento, John habría sabido que ella no tenía una respuesta para esa pregunta. Entonces los soldados saltaron de sus improvisados asientos en la playa y se dirigieron tierra adentro perdiéndose en la niebla. Desapareciendo para siempre. Pasando de certezas a recuerdos.

—La próxima vez me gustaría probar algo nuevo, creo que ya es hora  de que…

Pero de pronto una ráfaga de viento inundó los sentidos de John con un agradable aroma a sal marina y sus ojos de una desagradable bruma espesa. Jennifer trató de domar su rubio cabello que ya comenzaba a danzar salvaje con el viento mientras las hojas de la partitura despegaban hacia el cielo. Aquello, una vez más, se había acabado.

—Mierda… —musitó para sí John un momento después.

El momento en el que ya no estaba en aquella playa. En el que no estaba con ella. Un momento lejano en el tiempo y el espacio. Un momento que John odiaba con toda su alma, pues era su momento. Recogió la sala de música, guardó el violín en su funda y cerró con llave. Fuera los ecos de sus propias acciones le indicaban que estaba solo. Y su reloj que llegaba tarde.

—¿Dónde estabas? —le preguntó Henry nada más verlo entrar en el bar—. O mejor, ¿cuándo estabas?

John tomó asiento en su mesa habitual junto con su amigo. Bufó fuerte por la nariz tratando de expulsar toda su frustración con aquel gesto porque odiaba estar de mal talante cuando entraba en el bar Temperley. Aquel lugar era lo más parecido a su santuario particular. Un refugio donde sentirse seguro después de ser azotado por la tormenta de la vida.

—En la víspera del desembarco.

—¿El de Normandía? —inquirió su amigo con más curiosidad que sorpresa—. ¿Otra vez?

John asintió. Ya iban cuatro seguidas. Aquel lugar y aquel momento concreto parecían atraerlos a él y a Jennifer con una fuerza fuera de toda comprensión. Aunque él tenía su teoría.

—No quiere avanzar…

—¿Quién? ¿Jennifer? —preguntó con el bigote lleno de espuma Henry tras dar un largo sorbo a su cerveza—. ¿Y por qué no va a querer avanzar? Joder, ¿cuántas veces habéis tocado juntos ya?

Ilustración de Marta Herguedas

Habían tocado veintitrés. Y John no había olvidado ninguna. Aunque sí guardaba un lugar especial para la primera. Fue en el tejado de un piso de Nueva York. Él llevaba tocando diez minutos bajo una nevada suave pero severa y sus dedos estaban tan entumecidos que cada nota era un suplicio. Cada nuevo tremolo una odisea y los pizzicatos algo fuera de su alcance. Sabía que no iba a conseguirlo. Era cuestión de tiempo que la melodía se acallase y que las personas, que no podía ver pero cuyas cabezas estaban alzadas hacia el cielo pensando por qué además de blanca nieve el cielo ese día estaba escupiendo música clásica, dejaran de prestarle atención. Pero entonces apareció ella. John miró su rostro angelical sorprendido mientras sus dedos se suspendían ingrávidos sobre las teclas de su piano. Entonces sus miradas se cruzaron un instante e inesperadamente la página de la partitura del violinista apareció ante Jennifer. La muchacha no necesitó más. Recogió un minuendo moribundo, el piano le insufló vida a aquella partitura mágica añadiendo acordes que supliesen al violín. Apenas necesitaron unos instantes para encontrar el tempo adecuado. Apenas una pieza para saber que habían sido llamados allí por una razón.

—No pudo hacerlo sola, ¿sabes? —le susurró ella con un guiño.

Él apretó los dientes y volvió a la lucha. Por primera vez sus melodías se sincronizaron a la perfección. Y tuvieron su primer segundo, ese en el que la música pasa de tocarse a sentirse y luego a formar parte de uno. Ninguno había experimentado esa sensación jamás. Parecidas, pero nunca igual. Pero entonces el final de la canción los despertó. Y el torrente de aplausos les pareció un bálsamo vacío incapaz de acallar el deseo que tenían de volver a repetir esa sensación.

—¿Y ahora qué? —preguntó ella lo único que podía ser contestado.

Rápidamente John metió la mano dentro del estuche de su violín que dormía a sus pies, sacó una partitura y se la lanzó a la chica. Ella la atrapó al vuelo.

—Hay que seguir tocando hasta el final —le dijo él con una sonrisa sincera en el rostro—. Cuando quieras volver a intentarlo solamente tienes que tocar esa partitura.

—Y no fallar ante quien te escuche… —susurró ella convenciéndose que aquello era real—. ¿Y tú?

—¿Yo qué? —repuso él mientras sentía que su momento en aquel lugar expiraba.

—¿Qué tengo que hacer si quiero tocar otra vez más contigo?

—Sólo tienes que desearlo —repitió John en otro tiempo y otro lugar.

Un lugar donde ella ya no estaba. Donde no había ni música ni silencio. Tan sólo un bar, una cerveza y un buen amigo distraído por completo por el trasero de la camarera.

—Joder, qué bonito. ¿De verdad le dijiste eso?

John asintió al tiempo que daba cuenta de su cerveza como si esta fuese capaz de ahogar su frustración. Pero no podía. No había nada en aquel bar que pudiese.

—Y después de haber tocado en el Titanic, delante del zar o antes de la caída del muro de Berlín todavía estás en el mismo punto que donde empezaste.

—No. Ya no estoy donde empecé.

John quiso decir que estaba peor, pues era como se sentía. Pero entonces puso sobre la mesa la hoja de una particella totalmente negra.

—¡No me jodas! —Henry no pudo ocultar su sorpresa y alegría—. ¿De verdad es…?

Este la cogió como si fuese lo más valioso del mundo y la miró desde todos los ángulos. Pero no podía ver nada en ella. John, por el contrario, sí que podía.

—Tienes ante ti la partitura del concierto del fin del mundo —dijo John desprovisto de toda pasión—. Al menos la particella del concertino.

—Sabía yo que eras bueno, pero no cojonudo —le felicitó Henry a su manera devolviéndole la partitura y tragándose fácilmente la frustración de no ser capaz de verla—. Bueno… ¿Cuándo lo vas a hacer?

—No lo voy a hacer…

 —Tenemos que hablar —le dijo nada más materializarse a su lado.

Aquel día iba enfundada en un abrigo negro y llevaba un elegante gorro color crema bajo el que asomaba su preciosa melena rubia. De pronto, un cañonazo lejano la hizo bajar la cabeza, asustada.

—¿Dónde estamos? —preguntó ella alterada.

—En la batalla de Lissa. —Una nueva andanada de cañonazos lejanos obligó a callar a John hasta que estos hubieron pasado—. En 1866, si no me equivoco.

—¡Estamos en un barco! —chilló ella cuando una escuadra de fusileros pasó ante ella a toda prisa.

John le hizo un gesto para tratar de calmarla. Pero Jennifer no parecía estar por la labor. Aquello era demasiado. El temblor de sus manos y su voz la delataban.

—¿Qué vamos a hacer? ¡Aquí no se puede tocar!

Entonces el navío cambió de dirección y el piano resbaló por la cubierta. La pianista se aferró a este en un acto reflejo y de no ser porque John hizo otro tanto, se hubiese estrellado contra algo.

—¡Eh, vosotros! —le gritó el violinista a un par de grumetes—. ¡Traedme algo para asegurar el piano!

Estos se miraron el uno al otro sorprendidos pero salieron a la carrera a cumplir la orden.

—¿Estás bien? —se interesó al momento John por ella.

—No —contestó Jennifer en primera instancia, blanca como la espuma del mar—. ¿Cómo voy a estar bien? ¡Estamos en un barco! ¡La gente se está matando a nuestro alrededor! ¿Cómo se supone que vamos a tocar aquí? ¿Cómo nos vamos a hacer oír?

John sonrió pues aquello significaba que sí que le importaba, que, al igual que él, no quería fallar. No quería que aquella fuese la última vez que se vieran. Al momento sacó de su bolsillo un rollo de cinta adhesiva, dividió la partitura y pegó cada hoja por todo el frontal del piano. Ella le miró sorprendida y preguntándose qué había sido de la suya. Con un gesto de cabeza él le señaló el palo mayor. Allí, clavadas, bailaban las hojas contra el viento de poniente que azotaba la nave.

—No voy a dejar que te ocurra nada, Jennifer. Tienes que confiar en mí. Estamos en el buque insignia del ejército austriaco, el Erzhezog Ferdinand. ¿Qué buque insignia has visto tú que se juegue el cuello en una batalla?

—¡Pero yo no sé qué pasa en esta batalla!

—Qué más da. Nosotros no estamos aquí para ganarla. Ni siquiera estamos aquí de verdad, ¿recuerdas? Sólo somos sombras de música. En eso consiste todo esto. En la música. Sin importar contra qué se enfrente debemos hacernos oír. Nosotros siempre ganar —la animó él mientras se colocaba el violín bajo la barbilla—. Sígueme y todo estará bien.

Y por primera vez desde que se conocieron fue el violín el que comenzó. De pronto todo sonido circundante pareció menguar. Jennifer podía ver las deflagraciones de los barcos cercanos. Las columnas de agua formadas por las balas enemigas al caer cerca de ellos. Los gritos de los heridos. Las órdenes desquiciadas de los marineros. Pero no podía oírlas. Sólo el rasgueo del violín. Fuerte. Decidido. Perfecto. Tan entusiasmada estaba que permitió por completo que la obertura la realizara John. Sólo cuando la concentrada mirada del violinista se apartó del horizonte de muerte y navegó con suavidad para encontrarse con sus ojos aguamarina supo que le había dejado solo. Y eso era lo que menos quería. El piano entró con su fuerza habitual. Pero aquella vez era distinto. Aquella vez ella no era la espada y él el escudo. Aquella vez eran uno. Aquel segundo que habían rozado tantas veces había llegado para quedarse. Aquella compenetración. Aquella seguridad y confort que surgía de la melodía no se desvanecía, sino que crecía cada vez más.

No fue hasta que el barco se sacudió violentamente que ella fue consciente de lo que sucedía. Entonces pudo ver cómo había tres grumetes sosteniendo el piano para que no resbalase. El puente se había convertido en un hervidero de marineros y fusileros que acallaron sus armas para dejar paso a su música. Ni siquiera los cañones del barco cantaban su melodía de muerte. Ni siquiera parecía que había una batalla al alrededor. Parecía que navegaban plácidamente bajo aquella música, una que en ese momento manejaba John con una sonrisa plena en el rostro. Jennifer volvió a entrar justo cuando otro proyectil alcanzó la nave. Sus dedos resbalaron cayendo en las notas equivocadas. Aquello la paralizó, pues sabía que la melodía se había roto por completo. Pero entonces el violín surgió fuera de la partitura. Improvisando. Creando. Salvando. Ella levantó el rostro aterrado y encontró a John con la cara ensangrentada y apoyando la espalda contra el palo mayor donde lo había lanzado el impacto. Pero él no había dejado de tocar. Se negaba a fallar ahora. Incluso aunque tuviese que tocar contra las propias reglas iba a acabar la pieza. Pero sus fuerzas hacía mucho que habían sido sobrepasadas. Sintió el arco pesado. Sus dedos lentos y su mente dormida. Hasta que ella regresó. Y no lo hizo volviendo con maestría a la partitura. Lo hizo siguiéndole a él, empezando desde su error involuntario y enmendándolo con inspiración. Entonces John aprovechó para alzar la mirada. Ya casi estaba a punto de suceder, así que debía darse prisa. El violín tomó el control de la melodía e, inesperadamente, comenzó a tocar un alegre pizzicato como si de una guitarra se tratase. Aquello detuvo a Jennifer por completo. La canción había cambiado y con ella la situación. Sus ojos navegaron preocupados a la partitura y allí vio cómo las notas comenzaban a temblar y a aparecer y desaparecer. Algo iba mal. Pero entonces estallaron los aplausos. Alegres. Despreocupados. Como si la metralla que lloraba el barco con cada nuevo impacto no fuese más que confeti. Entonces vio cómo, junto a John, había aparecido un hombre. Sus largos bigotes prusianos y su elegante casaca le delataron como el capitán del barco. Susurró algo al oído de John y este asintió antes de que sus caminos se separaran.

—¿Qué te ha dicho?

—Que siga tocando hasta el final

El Erzhezog Ferdinand comenzó entonces a virar violentamente desviándose del fuego intenso al que estaba siendo sometido. John perdió pie, pero Jennifer le sujetó presta mientras los grumetes tras ella amarraban el piano con los cabos de proa. Pero a la pianista no le importaba lo más mínimo su instrumento. Le preocupaba John. Su herida era profunda y la sangre no paraba de manar. Aún así el chico, con la mirada ya un poco perdida, no cejaba de mirar al frente.

—¿Por qué has hecho todo esto? —preguntó ella finalmente.

—¿Hacer qué?

—No me tomes por tonta, John. Si todavía estamos aquí es porque has cambiado la canción para poder mantenerla hasta que tú quisieras. Aunque podías haber escogido un escenario un poco menos macabro, ¿no te parece?

—Una canción de paz en un barco austríaco… Tiene gracia, ¿verdad?

Ella miró en derredor tratando de encontrar sentido a las palabras del violinista. Pero a su alrededor no había respuestas. Sólo guerra, miedo y muerte. En su vida había visto nada parecido y aunque sabía que nada les podía suceder, la sangre que ya manchaba sus manos le indicaba lo contrario.

—¡Deja de tocar de una vez, John! ¡Vámonos a casa! —le gritó ella desesperada aunque sus palabras fueron engullidas por una andanada de artillería del Erzhezog. ¡Ya has conseguido lo que buscabas! ¡Ya tienes tu partitura para el concierto del fin del mundo! ¡Ya lo tienes todo…!

—Pero no te tengo a ti.

Aquello enmudeció a todo a su alrededor excepto a un violín que no podía ser silenciado. Jennifer no pudo esconder su sorpresa primero, ni sus lágrimas después. Había temido aquel momento durante mucho tiempo. Y lo había evitado contra su voluntad todo lo que había podido. Pero al final la había alcanzado. Al final nadie puede escapar de la verdad.

—Nunca debí tocar contigo… —susurró dándole la espalda, tratando de esconderle sus sentimientos.

—Pudiste hacerlo. Pudiste dejar de tocar el piano en cualquier momento y en cualquier lugar. Pero no lo hiciste. Ni lo harás. ¿Sabes por qué?

Jennifer negó con la cabeza justo en el momento en el que una bala de cañón pasó a escasos centímetros de ella. Fue tan súbito que no tuvo tiempo ni de sentir terror. Sólo sentir como su pelo se liberaba y su melena rubia volvía a ondear al viento como una bandera más. John sonrió al verla así. Le encantaba su pelo y la manera que ella siempre intentaba que este no se escapara a su control. Como hacía con casi todo lo que podía.

—La primera vez que me sucedió… esto aparecí en mitad de una orquesta. Estaba tan alucinado por lo que estaba pasando, por ser consciente de que la leyenda era real y me había escogido para probar mi habilidad, que apenas pude reaccionar. No sabía dónde estaba, sólo que tenía una audiencia bajo los focos esperándome. Pero no podía moverme. Por más que trataba de alzar el violín este no me respondía. Entonces un piano comenzó a sonar. No tocaba nada sofisticado. De hecho no tocaba nada. Sólo hacía sonar el sol todo el tiempo. Tardé un poco en saber que lo que estaba haciendo era invitándome a comenzar, ayudándome a salir del paso. Y lo hice. Toqué y no me detuve hasta que la última nota del pentagrama hubo desaparecido y los aplausos me indicaron que había superado la primera prueba. Entonces, mientras efectuaba la reverencia más nerviosa de mi vida, vi de reojo al pianista que me había ayudado a seguir adelante. Era una chica preciosa. Con una sonrisa increíble y unos ojos azules y profundos como este mar. Esa chica eras tú, Jennifer. —Ella se volvió entonces sin disimular sus lágrimas y John siguió—. No la Jennifer que eres ahora. Ni siquiera la que puedes llegar a ser. Sólo sé que a partir de ese momento lo único que le pedía a cada nueva partitura era que me llevara a tu lado, que me dejase escuchar lo que los nervios de aquella actuación no me dejaron. Quería escuchar tu melodía. Quería escucharte a ti y solamente a ti.

Jennifer no supo qué decir, pues las palabras fueron engullidas por la declaración de John. Ella no recordaba nada de eso porque sabía que no había pasado todavía. O que no pasaría nunca.

—Precisamente por eso no quiero decirte quién soy. Desde la primera vez que te vi en aquel tejado, temblando y cubierto de nieve, supe que, de alguna manera, ya te conocía pero que no pertenecías a mi mismo tiempo, que las reglas de este juego cósmico eran así. Y me pareció bien… al menos las primeras veces. Luego seguimos tocando… y empecé a echarte de menos. A desear que apareciese la nueva partitura cuanto antes para volver a tocar contigo… para volver a verte. Pensé que me conformaría únicamente con eso. Pero me engañaba. No… no puedo. Porque esto, como una canción, está destinado a acabarse. Y mejor que sea ahora antes de que nos hagamos daño de verdad…

De pronto aquel silencio amortiguado por el poder de la melodía se desvaneció. El Erzhezog había completado su maniobra de distracción tras los buques de escolta y había quedado al descubierto, a merced de los artilleros de los barcos italianos circundantes. Pero el Erzhezog no se amedrentó, sino que se lanzó de frente contra el buque insignia de la armada italiana. La mirada de John se endureció al ver aquello. Se les acababa el tiempo.

—¿Por eso estabas tan distante? —inquirió él dando un paso adelante anhelando acortar la distancia que les separaba—. ¿Por miedo a que todo esto se acabase? ¡No tiene que acabar! Ya sabes la promesa que se nos hizo cuando comenzamos esto. Si tocamos en el concierto del fin del mundo…

—¡Ese es precisamente el problema, idiota! —le gritó ella tirando el pañuelo ensangrentado a sus pies—. ¡No hay lugar para mí en ese concierto!

La nota que había tocado John se quedó suspendida en el aire más tiempo de lo debido. El miedo le había paralizado como aquella primera vez. Pero esa vez era un miedo más profundo y aterrador. Era el miedo a perderla para siempre.

—¡Mientras tocábamos el otro día vi tu particella asomando de la funda de tu violín!

—Tú… ¿puedes ver lo que hay escrito en ella? —consiguió articular él junto con la siguiente nota. Ambas sonaron débiles y asustadas.

—¡Claro que puedo verla! —Y la voz se le quebró finalmente a Jennifer al tiempo que bajaba la cabeza, derrotada—. Contigo he tocado mejor de como lo haré jamás. Contigo he podido ver la música. La he sentido dentro de mí… Y también me ha permitido ver y hacer cosas que no creía que fueran posibles. Y sí, también puedo leer las malditas partituras misteriosas aunque no sean mías. Y el concierto del fin del mundo no es un concierto para piano, no es un concierto para mí.

John no pudo seguir mirándola, abrumado por la vergüenza. Tenía razón. Y miedo. El mismo que había sentido cuando descubrió que había sido elegido para tocar en aquel concierto y que iba a tener que hacerlo sin ella. Hubiese dado lo que fuese para poder tener alguien a quien pedirle explicaciones, pero aquel misterioso asunto no tenía hoja de reclamaciones. Igual que la vida.

—No puedes esperarme más, John. Sabes que si no tocas pronto esa partitura y la posibilidad de ser feliz para siempre desaparecerán. Y yo no quiero ser la culpable de eso. Por eso haz callar el violín de una vez y termina con todo esto.

—No sabes cómo acaba esta batalla, ¿verdad? —dijo John.

Ella negó con la cabeza y él le hizo un gesto para que mirase al frente. La figura imponente del buque italiano cada vez se hacía más grande. Entonces John explicó lo que iba a suceder.

—En una maniobra suicida el Erzhezog Ferdinand se lanzará contra el buque insignia italiano, el Re d´Itallia, y se hundirá… a costa de casi toda la tripulación que se encuentre en cubierta…

—¡Estás loco! –gritó ella zarandeándolo mientras veía cómo el Re d´Itallia crecía hasta convertirse en un monstruo de metal aterrador—. ¡Para o vamos a morir!

—No hasta que me digas quién eres en realidad y en que época te encuentras cuando no estás aquí.

—¡Te lo diré! ¡Te juro que la próxima vez que toquemos te lo diré, pero deja de hacer locuras y acaba la música! ¡Por favor, John! ¡John!

Aquella promesa era todo lo que necesitaba. Sus dedos por fin abandonaron aquel mecánico pizzicato y la realidad se volvió tan ruidosa y letal como le correspondía. El capitán del Erzhezog gritó algo a sus espaldas y todo el mundo se lanzó al suelo. Su tiempo se había acabado y la experiencia le decía que no saldrían de allí a tiempo.

—Lo siento —musitó John ya casi sintiendo el inminente choque.

Pero entonces Jennifer se lanzó a sus brazos y le besó. Profunda y desesperadamente. Él sintió las lágrimas de ella rodar por su mejilla mezcladas con el sabor de la sal marina. Ella la pasión del pianista que había arriesgado todo por aquel momento. Entonces sobrevino el silencio, y un latido después el choque que les arrebató de los brazos del otro.

—Y luego nada… —musitó John con amargura.

—Jo-der —enfatizó Henry con los ojos como platos—. Acojonante. Creo que hasta me he empalmado.

—Muy gracioso —gruñó el pianista dándole un nuevo trago a la cerveza a medio terminar que tenía ante sí—. Ahora hazme el favor de decirme para qué me has llamado. Tengo cosas que hacer.

—¿Cómo volverte a meter en una guerra? ¿Tantas ganas tienes de que te maten?

—No nos iba a pasar nada.

—Pues los cuatro puntos que te han tenido que dar en la cabeza me dicen lo contrario. Me parece a mí que esta historia se está poniendo más complicada de lo que me contaste.

A Henry le había contado la versión simple. Que a veces a alguien, si era lo suficientemente bueno tocando un instrumento, una especie de fuerza superior lo ponía a prueba haciendo que tocase diversas piezas a través del tiempo y el espacio hasta que al final, si era digno, era seleccionado para tocar en el mayor recital de todos: el concierto del fin del mundo. John siempre había soñado tocar allí donde todo acababa. Que su música fuese lo último que el mundo escuchase era algo más que un gran honor. Era lo máximo a lo que un músico podía aspirar. Eso y la promesa a cada uno de los músicos de concederles un deseo tras ese recital eran sus motivaciones. La única contrapartida era conseguir siempre encandilar al público tras cada actuación sin importar dónde estuviesen y que tras el último concierto ya jamás podría volver a repetir tal experiencia.

Ella ya había comenzado a tocar cuando él apareció a su lado. Aunque más que tocar lo que hacía era sostener una melodía. Una en clave de sol. John miró en derredor y comprobó que estaban en un bonito jardín con vistas a una playa cercana. El mar estaba en calma y la temperatura era perfecta. Igual que la visión de Jennifer bañada por los rayos del sol. Todo era perfecto.

—A ver lo que dura —masculló para sí mismo el violinista poniendo su pequeño atril ante él y colocando la partitura en posición.

Pero entonces se percató de que la primera hoja estaba incompleta. Las notas se detenían en un punto extraño, abrupto, en un final anticipado.

—¿Listo? —le preguntó ella al ver su cara de sorpresa.

—Para que esto acabe así, no —respondió.

Y aunque Jennifer no supo si se refería a la canción o a ella, arrancó. No iban a ser ni treinta segundos de canción, pero los quería disfrutar junto a él.

—¿Pero para quién estamos tocando? —preguntó John entrando justo a tiempo en la melodía.

Entonces un ladrido tímido llamó su atención. Junto a un árbol, disfrutando de la refrescante sombra, había un cachorro de gran danés moviendo la cola de satisfacción.

—Ahí tienes tu público —añadió ella con una sonrisa franca—. Y más te vale que lo hagas bien porque parece exigente.

Pero aquel perro estaba encantado con la música, así como John, aunque todo aquello lo hubiese cogido de sorpresa. Con el tiempo había conseguido controlar el lugar exacto donde ser enviado por las partituras, y aquel no era el escenario que había construido en la mente para su último encuentro con Jennifer. Y, sin embargo, lo sentía extrañamente familiar. Entonces llegaron al final del pentagrama y el violinista estuvo a punto de detenerse, pero la melodía del piano continuó por su cuenta. Al parecer la improvisación se había convertido en la base de aquellas actuaciones.

—Si quieres saber quién soy, sigue tocando —pidió ella casi como si fuese parte de la canción.

John lo hizo mientras ahogaba una sonrisa al comprender que ella estaba usando el mismo truco al que él había recurrido la actuación anterior.

—¿No es esto mejor que tener a gente matándose a nuestro alrededor?

Lo era. De hecho era el lugar opuesto, pues cuando miró tras de sí, John pudo ver que había una gran cantidad de mesas decoradas con lazos blancos y un poco más allá un arco nupcial.

—¿De quién es esta boda? —preguntó él en voz baja, tratando de que sus palabras no taparan el ritmo.

Pero ella obvió deliberada y juguetonamente la pregunta y siguió tocando con exactitud cada nota que nacía en su corazón y acababa en el piano. John la siguió hasta que la canción se esfumó en el aire.

—¿Todavía quieres una respuesta?

Pero inesperadamente John negó con la cabeza. En su lugar le posó las manos con suavidad en el rostro y la besó. Ambos bebieron el uno del otro como si fuese la última vez.—¿A qué ha venido el beso? —quiso saber ella.

—A que era lo primero que tenía que haber hecho aquel día en Nueva York. Justo cuando acabamos en aquella azotea. No tenía que haber dejado que todo esto fuese tan lejos.

—Yo tampoco. Aunque tampoco lo hemos manejado tan mal, ¿eh?

John difería un tanto de aquella opinión. Por su parte sí que lo había manejado mal. Había dejado que se interpusiera en su camino el deseo de tocar en aquel concierto tan especial. No se había dado cuenta de que lo realmente especial había sido cada instante a su lado. Fuese quien fuese y estuviese en el momento de la historia que estuviese, haber tocado a su lado, haber reído y haber luchado a su lado como no lo había hecho con nadie en toda su vida era lo que realmente había valido la pena. Por eso estaba listo para hacer lo que tenía que hacer.

—¿Eres capaz de tocar mejor? —susurró John mientras sus partículas eran reclamadas en su presente.

—Sólo cuando estoy contigo —contestó ella con sinceridad.

Entonces John la dejó un instante, sacó de la funda de su violín la particella especial por la que tanto había luchado y se la entregó a Jennifer.

—¿Qué quieres que haga con ella?

—Tan sólo sujétala.

Y para sorpresa de la pianista John sacó un encendedor del bolsillo y le prendió fuego.

—¡Estás loco! —le gritó ella yendo a soltarla para apagar el fuego, pero las manos de John se cerraron sobre las suyas—. ¿Qué estás haciendo, John? ¡No puedes hacer esto!

—Claro que puedo —dijo John mientras le apretaba cariñosamente las manos y las llamas seguían creciendo bajo ellas, aunque sin transmitir sensación de calor alguna—. Si no puedo tocar contigo… Da igual el concierto o el lugar donde toque, cada nota que salga de mi violín estará vacía porque no estarás ahí para llenarla.

—¡Pero no puedes renunciar a eso! ¡No puedes hacerlo por mí!

—Eres por la única por lo que lo hago y lo haría un millón de veces. Y aunque este sea el último momento que pasemos juntos…. —el aire abandonó los pulmones de John al mentar aquella posibilidad— … aunque así sea, al menos podré vivir tranquilo el resto de mis días, pues habré podido decirle a la mujer de mis sueños que la amo.

Tras aquellas palabras se hizo el silencio. John porque ya había dicho todo lo que tenía que decir. Y Jennifer porque no encontraba las palabras necesarias para corresponderle. Y aunque estas eran tan sencillas y llevaban tanto tiempo circundando su corazón, su alma tardó en pronunciarlas.

—Yo… yo también te quiero, John. Siempre lo he hecho.

Y la felicidad los inundó. Tanto que no se percataron de que las llamas habían llegado a sus manos y ya habían consumido todas las hojas de aquella partitura, sólo que en lugar de convertirlas en polvo, parecían haberlas purificado. Fue John el primero que consiguió liberarse del hechizo de felicidad y percatarse de lo que había sucedido.

—No puede ser… —tartamudeó asombrado.

—¿Qué sucede? —preguntó ella asustada, pues al semblante de John le había desaparecido el color.

Pero de nuevo un torrente de felicidad nació en el pecho del muchacho y este abrazó de improviso a Jennifer levantándola en el aire. A su alrededor el gran danés ladraba con idéntica felicidad, brincando alrededor de ambos muchachos.

—John… ¡John! —le gritó Jennifer tratando de que este se detuviese—¿Qué es lo que pasa ahora?

—¡El concierto, Jennifer! —bramó con lágrimas de felicidad en los ojos—. ¡El concierto!

La dejó en el suelo y le tendió la partitura a la muchacha.

—¿Qué le pasa al concierto…? —Pero la pregunta de Jennifer murió en sus labios. De pronto se tapó la boca para contener la abrumadora sensación que la había poseído al ver el título de aquella partitura—. No puede… no puede ser. ¿Cómo?

Pero John no tenía respuesta para aquello. Sólo felicidad. Pues el concierto al que había renunciado por ella había sido consumido por las llamas, transformándolo en otra cosa. Una maravillosa.

—Bienvenidos al concierto para piano nº 2 en do menor de Rachmaninov.

Con esas palabras los recibieron a ellos y a más de un centenar de personas que se materializaron al mismo tiempo. Al instante, John y Jennifer se tomaron de la mano para no ser separados por aquella muchedumbre de hombres y mujeres que habían comenzado a hablar unos con otros animadamente. Todos estaban vestidos de gala, incluida la pareja, y sobre ellos una cúpula transparente les enseñaba un espacio preñado de estrellas brillantes. John buscó entre aquel magnífico espectáculo a la Luna, pero en su lugar encontró algo que no esperaba encontrar.

—La Tierra —dijo en voz alta sin quererlo.

Porque allí estaba. El gran orbe azul que les servía de hogar flotando entre aquel cielo estrellado. Aunque era una visión que habían visto miles de veces en fotografías y televisión, su visión en directo sobrecogió a todas aquella personas, que habían alzado al unísono las miradas hacia allí. ¿Acaso estaban en órbita e iban a tocar desde allí? ¿Esa era la Tierra de verdad? Esos y  rumores similares se extendieron por todo el lugar. Hasta que Jennifer hizo la pregunta importante.

—¿Dónde están los instrumentos?

Y tenían razón. Allí sólo estaban ellos. No había nada más. Ni instrumentos, ni público ni nada por el estilo. Sólo un centenar de personas enfundadas en las mejores galas y sin la explicación que merecían. Entonces el escenario que les circundaba comenzó a cambiar. Donde había estrellas y cielo apareció un enorme escenario. Y sobre él, cada uno velando su propio instrumento, estaban todos los presentes vestidos exactamente igual que se encontraban. Y entonces lo comprendieron. No estaban allí para tocar. Estaban allí para ser el público de su propio concierto. Sólo que los intérpretes no eran exactamente ellos. John lo supo al momento. Allí plantado, en la primera fila con un magnífico Stradivarius en la mano, no estaba el John desgarbado cuya herida en la cabeza no se había curado todavía. Allí estaba un John unos cuantos años mayor que desprendía seguridad, madurez y, sobre todo, felicidad, una felicidad que resplandecía junto a la persona que tenía a su lado. Junto a una Jennifer aun más bella y valiente de lo que era. Una Jennifer que saludó a su homónima con un gesto de cabeza y que ella misma, más joven y atónita, le devolvió agitando una mano temblorosa.

—A todos los presentes les damos las gracias por haber hecho esto posible. Por haber luchado por lo que creían. Por haberse esforzado sin importar el tiempo y el lugar. Por haber llegado hasta aquí sin haber perdido la esperanza —comenzó a decir la misma voz que les había recibido—. Puede que muchos se sientan decepcionados pues esperaban participar como parte activa de este concierto. Créanme: lo están haciendo, y lo seguirán haciendo hasta el fin de los tiempos. Las personas que ahora ven ante ustedes son su eco eterno. Son lo mejor de ustedes. Y son el mejor regalo que le pueden hacer a la humanidad. Ellos se mantendrán aquí hasta el final. Tocando algunos días por la victoria y otros por la derrota. Por el amor y el odio. Tocando directamente a los corazones que sepan escuchar. Tocando hasta el final del tiempo mismo. Hasta que sobrevenga el fin del mundo.

Entonces la voz cesó y el director de orquesta entró en escena con aquellos fantasmas. Muchos lo reconocieron al instante. Era el propio Rachmaninov. Saludó a los presentes con una extensa reverencia y dio tres golpecitos con la batuta para prevenir a todo el mundo. El concierto estaba por comenzar. El primero y el último de muchos. El concierto del fin de todas las cosas. Duró un latido para muchos. Una vida para otros. Fue hermoso. Fue conmovedor. Fue intenso. Fue lo que cada uno de los presentes necesitaba. Fue un eco de ellos mismos. Entonces llegó el momento de recibir sus propios aplausos. Todos aplaudieron conmovidos con lágrimas en los ojos y el corazón henchido de felicidad. El concierto había terminado y ellos cambiado para siempre. Y cambiaría a todo aquel que supiera escuchar pues siempre estarían allí luchando contra el silencio.

—¿Qué has pedido? —le preguntó ella mientras trataba de limpiarse las lágrimas de los ojos.

—Nada —contestó él mientras la abrazaba con todas sus fuerzas.

—¿Has llegado hasta aquí y no has pedido nada? —musitó Jennifer entre risas—. ¿Por qué?

—Míranos y lo entenderás.

Entonces ella dirigió la mirada hacia ellos mismos. Ambos estaban allí. El uno junto al otro, besándose con pasión. Pero no fue eso lo que le llamó la atención a la pianista. Fueron los anillos que brillaban en sus dedos. Dos anillos de plata idénticos. Una respuesta inequívoca.

—No puede ser…

—Pero será —dijo él en un susurro—. Hoy, mañana y por siempre. Por eso no he tenido que pedir nada pues ya me lo concedieron hace mucho. Y tú, ¿has pedido algo?

—Sí, sí que he pedido algo.

—¿Qué?

—Seguir tocando. Para siempre. Junto a ti…

Y como siempre y para siempre todo se desvaneció. Como el sueño que sabían que siempre había sido. Como el final de una canción. Pero por primera vez no despertaron solos. Por primera vez el mundo no los envió donde pertenecían sino donde realmente debían estar. El uno junto al otro. Por siempre. Y para siempre.

David Gambero

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La reina del Rock and Roll

Autor@: 

Ilustrador@:  

Corrector@: 

Género: Ciencia Ficción

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de David Gambero. La ilustración es propiedad de Jordi Ponce. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La reina del Rock and Roll.

Hasta el último ser humano merece ser recordado. No importa lo cruel o ruin que sea en vida. No importa cuánto mal destile o cuán irracional sea. Todos merecen tener un lugar en la eternidad.

—¿Y quién coño os recordará ahora a vosotros? —se preguntó en voz alta Red 08.

Pero no esperaba respuesta, pues los cadáveres entre los que flotaba eran unos seres tremendamente silenciosos. La muerte se había colado como inesperado polizón en aquel carguero y, por lo que podía apreciar Red, había efectuado un trabajo excelente. Por todos lados flotaban silenciosos una docena de cuerpos. Hombres jóvenes en la flor de la vida. Mujeres bellas y vigorosas. Red rió al pasar entre ellos. Polos de carne. Inservibles y estúpidos polos de carne. Un poco de descompresión combinada con una pizca de espacio exterior y en eso se convertían.

Red flotó con maestría por la sala de mandos esquivando cuantos cuerpos se le interponían y se pegó a uno de los paneles maestros de la misma. La nave estaba tan fría y muerta como sus moradores, pero el ordenador era harina de otro costal. Las IAs eran duras. Testarudas. Y, al contrario que aquellos cadáveres, tenían algo que las hacía inmensamente especiales: la voz de los muertos.  Ecos de programación. Trazas de personalidad latentes que tal vez tuviesen aún algo que decir. Pero para ello se necesitaba a alguien capaz de escucharlo. Y ese alguien era Red. Se deshizo del guantelete de presión con el que cubría su mano derecha y se la quedó mirando maravillado. No había ninguna diferencia con aquellas manos que flotaban a su alrededor. Mismo color y pigmentación. Misma sensibilidad. Todo igual y a la vez tan diferente, pues la suya seguía latiendo. La suya no le temía al espacio o a la muerte. La suya incluso podía atravesar el titanio de la consola, que se dobló como una hoja de papel ante la presión aplicada por esta. Una vez dentro Red escarbó en el interior de aquel mar de circuitos como si tuviese ojos en los dedos hasta que encontró un módulo de memoria lo suficientemente sano tanto como charlatán. Le aplicó una leve presión y corriente subatómica y al segundo las holo-pantallas volvieron a brillar con un fulgor verdoso que otorgó sombras fantasmagóricas a los cuerpos que flotaban ingrávidos a su alrededor. Sin embargo, los ojos de Red brillaban con aquel mismo fulgor. Satisfechos. Maliciosos. Y llenos de preguntas.

—Identificación.

—090712 Aterhon —relató con una voz suave y melodiosa la nave moribunda—. Carguero de la Federación Terrana…

Red miró con media sonrisa colgada del rostro al agujero por el que había penetrado. Sobre las capas del blindaje había varias de pintura. Verde militar, añil, negra y, por último, granate. Todas antirradiación. Todas caras. Todas mentiras.

—No soy ninguna IA de Espacio Puerto, cariño —le dedicó Red refrenando las ganas de freír aquel módulo de memoria—. Primer destino y primer capitán. Luego puedes contarme un cuento para dormir si quieres.

Red notó cómo los protocolos de seguridad de la nave se resistían a su requerimiento. Alguien había gastado mucho esfuerzo y bucles de memoria tratando de cubrir la procedencia de aquella nave. Pero también alguien había gastado mucho de muchas cosas en él y no era de los que aceptaba una mentira por respuesta… A menos que eso fuese lo que buscase.

—001001 Thule. Capitán Robert Maydana. Corbeta Interceptora de los Caminantes del Espacio…

Aquello era otra cosa. Además de la verdad era interesante pues, fuese quien fuese, le había cortado las alas a un pájaro muy rápido para convertirlo en una mascota doméstica. Y una mascota nada fiel a sus amos nada menos.

—… Nave asignada al regimiento Kobold para la conquista de Nueva Io en marzo de 2189 y su posterior defensa. Captu… Captu…

Obviamente capturada por alguien durante la “Defensa Imposible”, pensó para sí Red. Conocía aquella campaña. La había vivido en ambos bandos hasta que se hubo quedado sin ninguno. Así pues aquella nave no sólo tenía una historia sino que además era interesante. Bien. El paseo por el momento estaba compensando. Sólo faltaba saber si aquel pedazo de chatarra herido de muerte podría darle una nueva vida a él. Trató de rodear los sectores defectuosos de la memoria de la IA, que eran muchísimos, en busca de algo más que balbuceos.

—… lo siento mucho, señor —dijo de pronto una voz distinta desde el centro de la sala.

De pronto apareció la imagen virtual de un soldado. Sobre sus hombros el rango de teniente. Sobre su rostro unos cuantos más. Red ahondó en aquel mensaje tratando de recuperarlo hasta que consiguió una imagen clara del mismo. Era joven. Treintena pasada. Rostro curtido y lampiño. Nariz aplastada. Cicatriz en mejilla izquierda. Un guerrero. De los que se enfundaban los trajes de asalto y salían a morir en el espacio en soledad y silencio. Red había conocido a demasiados y respetado a muy pocos. Aquel hombre tenía el porte de ser de los segundos.

—… Cuando conocimos las verdaderas órdenes del capitán Andrews nos fue imposible acatarlas. —En ese punto del mensaje el rostro del teniente pasó de tenso a furioso. Su cuerpo se puso rígido. Su voz se agravó. Y su mirada ardió de puro odio—. Nadie tiene derecho a pedirnos eso, señor. Ella fue utilizada al igual que nosotros. Todos fuimos marionetas de sombras que aún nos siguen acechando. Lo sé. Ahora lo sé. Por eso no podemos entregarla a la Federación. No podemos pedirle que pague por los pecados de todos. Eso acallaría las mentiras con más mentiras. Y es hora de que se sepa la verdad…

El mensaje volvió a fallar y la imagen fluctuó. Red apretó los dientes y utilizó todo lo aprendido para rescatar hasta el último segundo de aquel mensaje. Ese “ella” que había mencionado el teniente… No podía ser. El Universo no solía gastar bromas tan pesadas.

—… La Reina del Rock & Roll permanecerá con nosotros y esta nave y toda su tripulación se declara independiente de cualquier facción conocida —volvió el teniente aún más circunspecto—. No puedo decir que ha sido un placer servir bajo su mando, señor… Lo único que puedo decir para finalizar es que vengan a buscarnos si se atreven. Vengan a por nosotros. Les esperaremos agazapados en el olvido…

El hombre holograma fue a despedirse realizando un saludo marcial pero en el último momento cambió de parecer y lo hizo únicamente con el dedo corazón extendido. A Red aquello le hubiese parecido hilarante de no ser porque la transmisión se interrumpió y las luces del puente de mando volvieron a morir.

—Mierda… —gruño entre dientes Red.

Había forzado demasiado aquel eco de los muertos y había frito a la IA más allá de un punto recuperable. Extrajo la mano del panel y volvió a guardarla dentro del guante de presión.

—La Reina del Rock & Roll… —musitó en voz alta casi para poder creerlo—. No puede ser ella. No puede estar en esta nave.

Tantos años vagabundeando. Tantos años rebotando entre las estrellas y justo ahora, en aquel preciso momento, aquella mujer volvía a aparecer. No era posible. Y, sin embargo…

—Temperley —dijo conectándose con un enlace sináptico directo a su propia nave que flotaba dispuesta en el exterior de aquel carguero—. Cifra y envía el mensaje que acabo de ver a todos y diles dónde estamos…

—¿Con “a todos” se refiere usted a todos los habitantes de esta galaxia? —resonó Temperley en su cabeza—. ¿O más bien se refiere a todos… todos?

Su voz, grave y con un punto picante al final, no ocultó la desconfianza y el miedo que sentía ante aquel requerimiento. Red le gruñó como primera respuesta. Había construido aquella nave de la nada. Con sus propias manos y aquel tiempo prestado que vivía. Incluso se había permitido el lujo de crear a una IA como Temperley. Capaz de cuestionar sus órdenes. Capaz de sentir miedo. Capaz de parecerse a él y llenar levemente el vacío de su existencia.

—A todos —sentenció Red mientras escaneaba por sí mismo las entrañas de la nave—. Sé lo que te prometí después de la última vez, pero hay promesas que se pueden mantener y otras que no. La tuya puedo mandarla al infierno. La que les hice a ellos…

—Si tuviese corazón, me lo habrías roto —respondió Temperley—. Y si tuviese con qué, te patearía el culo. A veces odio ser una nave, Red.

—Yo siempre odio ser yo, pero llevo así toda la vida, así que no me toques los cojones. Utiliza todos los medios y energía que necesites. Como si tenemos que quedarnos varados aquí, pero que llegue tan alto y lejos como sea posible; y sugiere a esos desgraciados que reboten el mensaje. Los quiero a todos aquí. Y con cierta prisa. Llevamos una eternidad esperando esto y no quiero pasar otra teniendo que esperarlos a ellos.

El eco de la sonda de la Temperley le sacudió por dentro en cuanto la nave dejó de resistirse y obedeció. Red no podía culparla. Tenía motivos para temer salir de las sombras y formar parte de una reunión como aquella. Red también, pero no por ello podía dejar de faltar a su palabra. Aquella había sido dada en un momento en el que todo lo dicho y pasado se clavaba a fuego en su interior. Tiempos interesantes. Tiempos que los días malos echaba de menos. Sin embargo, ya no podía contener más la urgencia que le acuciaba. Dejó de impulsarse a la antigua y activó los servo motores de aire de su traje espacial para recorrer las entrañas de aquella nave a toda velocidad. Tenía que encontrar algún área que no estuviese tan dañada. Algún lugar donde poder esconder algo tan valioso como aquella mujer. Aquella reina sin reino.

—A la derecha, 08 —dijo una voz de pronto. Su propia voz—. No pensarás que el área más segura de este pedazo de chatarra son los barracones de la tripulación, ¿verdad?

Red se detuvo en seco, activó las botas magnéticas del traje y se posó en el suelo. Iba armado, como siempre, pero contra aquella voz no había defensa posible más allá de sus manos. De pronto una sombra se separó de la penumbra reinante y se interpuso en su camino. Cualquiera le hubiera dicho que le habían colocado un espejo ante sí. Ambos hombres eran exactamente iguales. Altos. Fuertes. Rostros perfectos, bellos y atemporales. Y ojos tan azules como crueles. De mirada vieja. De odios inolvidables.

—02 —susurró Red al hombre que tenía delante, que, a diferencia de él, iba únicamente vestido con un simple mono de piloto—. ¿Cómo diablos has llegado tan rápido?

—Llevo aquí un buen rato —le comunicó este al tiempo que le daba la espalda y comenzaba a caminar por el corredor—. Mientras tú te dedicabas a juguetear en el puente de mando yo he estado haciendo cosas más útiles como rebuscar entre la basura.

—Un momento… ¿Cómo que llevas aquí un buen rato? ¿Cómo has llegado aquí?

Aquel Red no respondido a su pregunta, sino que se perdió en la oscuridad, a lo que este hubo de seguirlo. El eco de sus pasos lo guiaba hasta que al fin pudo volver a enfocarlo con la potente linterna del traje espacial. 02 estaba detenido ante una cámara de seguridad que Red no había visto en su vida. Parecía una esfera de hielo sólo que rodeada por cientos de campos de éxtasis entretejidos cual tela de araña. Una obra de suma complejidad. Tanto que su autoría sólo podía ser atribuida a una única persona.

—El último regalo de un padre amantísimo —declaró 02 extendiendo la mano hacia los múltiples haces de luz que rodeaban aquella esfera que fulguraba con una luz fantasmal—. La caja perfecta para el juguete perfecto.

Red 08 se acercó a su homónimo y se concentró en discernir qué había en el interior de aquel mar de azules caprichosos que no cesaban de bailar de tonalidad en tonalidad. Allí dentro había algo. O más bien alguien. Su figura se podía intuir como una sombra caprichosa detenida en el corazón de aquel engendro. No necesitó cotejar aquella silueta con nada más que sus recuerdos para afirmar que era ella. Al momento quiso abalanzarse contra aquella esfera. Romperla con sus manos desnudas y sacarla de allí a rastras. No sabía siquiera si le permitiría hablar. O si él mismo diría algo. Sólo sabía que quería su sangre. Siempre la había querido. Luego tendría toda la eternidad para saber qué diablos quería de verdad.

—Nos reconoce… —susurró 02 dando un paso lateral y tapando el ángulo de salto que pensaba efectuar Red—. La maldita prisión nos reconoce. ¿Notas eso, Red? Por encima de ese odio que te está gritando que no pienses y actúes hay algo cantando nuestra perdición. ¿Lo oyes?

Red parpadeó un segundo y desvió sus sentidos hacia ese algo. Era una transmisión. Una llamada de auxilio. A gran escala. Una luz en la oscuridad. Miel para atraer a las moscas.

—¡Temperley! —le gritó a su nave a través del enlace sináptico—. ¡Bloquea de inmediato lo que sea que esté transmitiendo esta cosa!

—Red, eso ya…

—Gab y Ton se han encargado de ello —los interrumpió 02 con una enigmática sonrisa en el rostro—. Contactaron con ese pedazo de chatarra que llamas nave nada más bajarte de la misma.

—¿Es eso cierto, Temperley? ¿Por qué diablos no me dijiste que 02 estaba en la zona? Te juro que voy a ir a desmontarte pieza por pieza en cuanto salga de aquí.

—No ha sido culpa de tu IA, Red. De hecho consiguió bloquear a mi Gab cuando la atacó, pero dos cabezas piensan mejor que una y Ton se le coló reprogramando ciertos parámetros insignificantes… como usar tu propia nave de amplificador para tratar de bloquear la señal de esta desgraciada, lo cual ha sido una total pérdida de tiempo.

—¿Qué quieres decir?

—Que no hemos podido parar la señal de auxilio por ningún medio a nuestro alcance, Red —le dijo Temperley a su amo—. Sea lo que sea esa cosa, se ha reído de tres IAs, y permíteme que alardee un poco, jodidamente sofisticadas, y ha lanzado el mensaje hasta el último rincón del espacio conocido. A estas horas debe de haber varias flotas trazando rutas de salto para llegar aquí.

Red gritó de rabia y golpeó el suelo con el puño, horadándolo. Sintió todo el golpe bajo el guante de presión pero aún así no le pareció suficiente. Quería romper algo más que el suelo. Quería romperle el alma a esa maldita reina que se escondía tras aquella maldita esfera rutilante.

—¿Y qué hacemos ahora?

—Esperar —susurró 02 mientras se cruzaba de brazos—. Lo mismo que hemos estado haciendo todos estos años. Esperamos a que lleguen los demás y decidiremos entre todos cómo actuar.

—¿Y qué hacemos con los miles de destructores que tienen que estar a punto de llegar?

—Nada. Absolutamente nada… —le dijo 02 mientras le mostraba una sonrisa de lobo—. He enviado nuestra propia señal indicándoles a todos que también nos encontrábamos aquí y que cualquiera que se atreva a fisgonear se tendrá que enfrentar a todos nosotros. A todos nosotros…

—¡Estás loco de remate! —le gritó Red—. ¿Crees que no vendrán? ¿Crees que seguimos siendo una amenaza tal que no van a querer reclamar el premio definitivo? Todo el mundo sabe lo que les pasó a 05 y 06…

—Que eran unos imbéciles egoístas que se van a perder este momento.

Una nueva voz, idéntica a las de Red y 02, irrumpió en el lugar con fuerza. Al igual que su portador. Este no se parecía tanto a 02 o a Red. Su rostro mostraba sutiles diferencias como el color del pelo o de los ojos.  Pero era sobre todo una sonrisa torva, demente, lo que le caracterizaba.

—Hola, John —le dijo 02 con hostilidad—. ¿O prefieres que te llame 03? Sigo sin entender por qué quisisteis tener nombres, la verdad…

—No se te ocurra llamarme jamás por un número o te juro que te arrancaré tus maldita tripas sintéticas y se las meteré a Red por el culo para que cada vez que se ventosee parezca que está tirando confeti —le dijo este al tiempo que sacaba una pistola de plasma de su cinto y apuntaba a la esfera—. ¡Quitaos de en medio!

A Red le dio el tiempo justo de apartarse antes de que un haz de luz violeta impactara de lleno contra la esfera. 02, por su parte, se quedó muy quieto y aquel disparo le pasó a escasos centímetros del rostro. Sin embargo, no ocurrió nada. No hubo ni una detonación ni nada. El rayo se estrelló contra la superficie azul y desapareció. Como si no hubiese existido jamás. Aquel que se hacía llamar John no cejó en su empeño y disparó hasta que su pistola no tuvo nada que arrojar. Y cada uno de los disparos se disipó al igual que le primero.

—¡Hija de puta! —gritó este lanzando la propia pistola que se desintegró igual que los disparos—. ¡Sal de ahí y da la cara! ¡Sal para que pueda arrancártela y llevarla puesta como una máscara de aquí hasta el final del Universo!

—¿Quieres calmarte, John, maldito loco? —le espetó Red alzando las manos—. ¿Acaso no te das cuenta de dónde está?

—¡Me la suda! —le gritó John apartando de un empujón a Red, que no pudo evitar caer de bruces rodando varios metros por lo inesperado y fuerte del golpe—. ¡Medea, cañones de fusión a toda potencia! ¡Vuela esta puta nave!

Red fue a lanzar una orden telepática para que Temperley tratara de abortar aquello cuando se dio cuenta de que 02 estaba totalmente tranquilo respecto a las amenazas de John. Este se quedó mirando hacia todos lados, con los ojos muy abiertos y babeando. Ansioso por que llegara la destrucción que había pedido. Una destrucción que nunca llegó.

—¿Qué cojones te pasa, Medea? —le preguntó por su enlace sináptico a la que era su nave—. ¡Te ordeno que nos vueles a todos ya!

—La Medea a la que llama está desconectada o fuera de cobertura. Por favor, trate de contactar con ella más tarde —fue la única respuesta que recibió con la voz de la Temperley—. ¿Desea que le trate de poner en contacto con otro número?

Red sonrió. Temperley se había adelantado, probablemente con la ayuda de las IAs de 02. Aquello no hizo que se le pasara el enfado pero sí que diera gracias por haberle concedido una libertad a su propia creación mucho mayor que la que se le había dado a él. Como un resorte se levantó, activó los servos de su traje espacial y propinó un puñetazo a toda potencia a John. Este se dobló como una hoja hacia atrás pero no cayó. Solamente se quedó en un ángulo de 90 grados con los ojos en blanco. En aquella postura imposible Red esperó a que 02 se acercara a paso lento y medido y le susurrara al oído.

—Todos queremos a la reina, John. Con la misma intensidad. Con el mismo odio. Sólo que no todos queremos matarla del mismo modo, así que por una vez en tu vida cálmate, guárdate los cojones en los pantalones y espera. Tan sólo espera. Luego tendrás tu oportunidad de exponer tus deseos tanto como los demás. Pero si Red aquí presente tiene que volver a alzar la mano contra ti, ten por seguro que le seguirá la mía. Y nunca has tenido el valor de enfrentarte a dos de nosotros a la vez.

—Nunca he querido tanto algo como a esta zorra, así que tal vez hoy sea el día de los nunca —repuso este aún en aquella posición—.Pero si quieres que espere, esperaré. Tengo ganas de verle el careto a 04. Si es que se ha procurado uno desde la última vez.

—No lo he hecho —musitó un recién llegado con voz mecánica—.Prefiero ver la realidad en el espejo siempre que la miro.

Red admiró la figura inconfundible de 04. Allí, de pie a escasos metros del grupo, había un hombre sin rostro. Sin ojos, nariz, orejas o boca. Era como la faz de un maniquí. Como si a alguien se le hubiese olvidado que la gente debe tener una cara que amar u odiar. Este, enfundado en una suerte de túnica parda cuyos hilos se iluminaban con haces verdes cada vez que hacía el más mínimo movimiento, caminó lentamente hasta situarse frente a la esfera. La observó unos segundos en completo silencio con las manos ocultas dentro de la túnica.

—La cámara del infinito… —expresó sin un atisbo de emoción el sin rostro—.Al final la construyó… Al final demostró que lo imposible no era más que una palabra para él…

—Me alegra verte, Null —le dijo 02, que mostró algo parecido a alegría al dirigirse a este—.No estaba seguro de que recibieras el mensaje.

—Eran palabras que hasta los sordos pueden escuchar, 02 —contestó este girándose—.Hacía mucho que había perdido la esperanza de encontrarla. Incluso llegué a pensar que era un fantasma que yo mismo había creado en mi mente. Pero ahora me doy cuenta de que he estado esperando con ansia este momento. Son muchas las preguntas que he estado guardando. Y mucho el odio también. No es bueno vivir tanto tiempo con eso dentro. Aunque tampoco es bueno vivir tanto tiempo como lo hemos hecho nosotros.

—Bueno, al final ha valido la pena, ¿no? —preguntó Red.

—Como casi siempre, mi querido Red, será ella la que decida eso.

—¿Y cómo la sacamos de ahí?

La pregunta de John vino a ser la de todos. Conocían la teoría de la cámara de infinito. De hecho, sus esencias mismas eran la base con la que se había creado ese engendro. Pero no sabían cómo abrir la prisión perfecta. El escudo impenetrable. La última maravilla de su creador.

—Tengo un plan —dijo de pronto 02 con la seguridad colgada por sonrisa—.Probablemente acabemos creando un agujero negro en el proceso, pero tampoco es que tengamos mucho que perder, ¿no?

—Un momento… —alzó mano y voz Red al tiempo que atraía todas las miradas—. ¿Qué pasa con Alpha? ¿Acaso no vamos a esperar a 01? La promesa valía para todos.

Un silencio pesado se apoderó de la estancia. La mera mención de 01, del primer modelo de los Red, casi siempre provocaba aquel efecto en ellos. Era mucho lo que le debían a su hermano mayor. Su libertad, para empezar, y Red no tenía intención de arrebatar una oportunidad como aquella a aquel hombre.

—No va a venir —dijo de pronto Null dándoles la espalda—.Hace décadas que renunció a ella.

—¿De qué cojones estás hablando, cara de huevo? ¡Alpha era el que más motivos tenía para cargarse a esta puta! ¡Ni de coña dejaría pasar esta oportunidad!

Los gritos de John hicieron pensar a 02 y a Red que este estaba a punto de descontrolarse de nuevo, pero Null se le encaró, o más bien se puso frente a él con el consiguiente desconcierto para John de no tener un rostro al que gritar, y de pronto unos pequeños hilos blancos nacieron en el rostro de Null. Se enroscaron sobre sí mismos formando algo en aquella tabla rasa que era su rostro. Y ese otro no era otra cosa que una cara. Una imposible de olvidar. La de Alpha.

—He aprendido a lidiar con la Reina del Rock & Roll a mi manera, Null —dijo aquel rostro—. Sé lo que nos quitó a todos ese día. El día que destruyó aquel nodo de salto, que abrió un agujero negro que engulló toda la vía láctea. Pero no fuimos nosotros los que más perdimos ese día. Fue el Universo entero. Esa mujer robó un tiempo que no era suyo a tantos millones de vidas que lo único que merece es el olvido. Merece que viva una vida lejos de todo donde resuene su nombre. Donde nadie conozca quién es y que ha hecho. Así es el lugar donde quiero morar. Donde quiero permanecer hasta el final de mis días. Y así habremos ganado. Así nos habremos vengado. No dándole muerte o sufrimiento, sino viviendo lejos de su memoria, viviendo lejos de su música infernal.

Dicho esto, el rostro de Null volvió a estremecerse y se borró para quedar tan plano y liso como había estado. John no podía ocultar su estupor y desconcierto ante aquellas palabras. 02 y Red tampoco.

—Fue la última conversación que tuve con él antes de que desapareciera —les comunicó Null—. Y os aseguro que desapareció de verdad. Por lo que al universo concierne no está vivo ni muerto. Simplemente no está. Y este era su deseo para lo concerniente a ella. Por ello creo que tenemos todo el derecho a decidir qué vamos a hacer al respecto con esta criatura que se mofa de nosotros por última vez tras esos vastos muros azules.

—¿Y qué hay de ti, Null? —preguntó 02 al momento—. Siempre fuiste el más parecido a Alpha. ¿Por qué tú sí quieres venganza?

—La venganza es un sentimiento complejo, 02. O se tiene o no se tiene. Alpha tenía muchas cosas. Tantas que le envidiaba por ello. Por ser un reflejo tan claro de nuestro creador… Pero no soy Alpha. Ninguno somos Alpha. Y si estamos aquí es porque no hemos olvidado.

—Pues que no se nos olvide a lo que hemos venido. 02, ¿cómo propones abrir esta cosa para sacar a esa zorra de ahí dentro?

La pregunta estaba en el aire. Y el tiempo comenzaba a acabárseles a unos seres que tenían todo el del universo para ellos. Pronto flotas enteras se pelearían por un trozo de estrellas. Pronto habría hombres que no les tendrían miedo. Pronto los tratarían de borrar del cielo por conseguir el arma más poderosa del cosmos: una mujer.

—Esta cosa resuena con la misma esencia que nos impulsa —comenzó a explicar 02—. Canta la misma canción que nuestras almas y eso nos da una ligera ventaja con respecto al resto del Universo, ya que cada uno de nosotros somos llaves vivientes de esta caja…

—Seguís siendo cachorros —dijo de pronto una voz potente e indeterminada que provenía de la esfera.

Todos se volvieron hacia un fulgor cegador que parecía preceder a cada una de aquellas inesperadas palabras que salían de la esfera. Red compartió una mirada de incredulidad con 02. Con Null habría hecho otro tanto, pero no había nada que compartir. Y John seguía inmerso en su locura ahora mezclada con una furia sin par.

—Padre no os creó para la venganza —continuó la voz al tiempo que la silueta en su interior bailaba al son de aquella luz azul—. Íbais a ser ocho faros que guiaran a una humanidad herida por sí misma hacia un futuro mejor. Íbais a ser mejores que ellos. ¿Y en esto os habéis convertido? ¿En perros en pos de una presa eterna? Sois patéticos. No me extraña que Padre acabara creándome cuando vio en qué os convertisteis. Cuando le fallasteis tan estrepitosamente. Cuando necesitó que se os detuviese.

—No debió tratar de quitarnos la libertad. Debió saber que lucharíamos por conservarla.

—No debió dárosla en primer lugar —le respondió la voz a 02, que era el que había hablado—. Os creó. Os educó. Os dio el propósito más noble que se puede otorgar a nadie… ¿Y qué hicisteis vosotros? Huir. Luchar. Matar… Debíais ser mejores que los humanos y conseguisteis ser peor que el más bajo de ellos. Os faltó humildad. Os falto comprender el poder que se os había otorgado. Os faltó querer ayudar a alguien que no fueseis vosotros mismos. Y ahora os veis reducidos a meros perros vagabundos que le ladran a la eternidad unas desdichas que vosotros mismos os habéis buscado. ¿Y queréis hacerme a mí responsable de ello?

—¡Cállate ya! —no aguantó más John—. Ese cabrón al que llamas padre nos utilizó como a meras herramientas. Durante años hicimos cosas horribles por él en nombre de la lealtad… e incluso del amor. ¡Yo quería a ese cabrón! ¡Era mi padre! Cuando Null se metía conmigo… Cuando Alpha no quería compartir sus juguetes , él siempre estaba ahí para mí. Pero cuando llegó el momento no dudó en enviarme a matar por él, a impartir una justicia que sabía que estaba mal… Pero lo hice igualmente. Quería honrar a mi padre, no a mi creador. ¡Quería ser como él! Hasta que mis manos estuvieron tan manchadas de sangre que no había forma de limpiarlas…

—¿Sabes cuán patéticos suenan tus lloros para alguien que se vio forzada a acabar con la Vía Láctea? ¿O cuán vacías suenan vuestras palabras cuando disfrutáis de una libertad que no os merecéis? ¿Que Padre os utilizó? Y qué. A mí me creó para ser utilizada. Para ser un arma. Me dio lo mismo que os dio a vosotros, sólo que se le olvidó añadir una pizca de amor al asunto. Yo no vi la luz del sol hasta que no fue para engullirlo.

—Tú fuiste la que escogiste hacer eso… —replicó Red.

—Escogí acabar con una guerra, maldito desagradecido. ¿O acaso no sabes lo que iba a pasar? ¿Lo que hubiese sucedido si no hubiese colapsado ese quasar y provocado aquel agujero negro?

—Las tensiones entre las federaciones coloniales y el propio imperio terráqueo estaban tan tensas que una guerra planetaria era inevitable —musitó Null—. No habría habido confín humano al que no hubiese afectado. Alpha y yo tratamos de impedirlo, de influir en los dirigentes. Pero no había nada que hacer. Fuimos hechos para cimentar una paz donde siempre hubo tensión, miedo y envidias. Padre nos lo explicó y nos dio a cada uno una misión. Quería pacificar un futuro imposible. Que predicáramos con el ejemplo. Pero no nos hizo con voces lo suficientemente potentes para ello… Por eso fallamos. Éramos perfectos. Los humanos definitivos. Pero la humanidad no busca evolucionar más. No busca ocho seres perfectos. Busca ser ella misma.

—Red –interrumpió la voz de Temperley a su amo de manera telepática— .Acaban de abrirse doce nodos de salto. Varias facciones se acercan a toda potencia hasta nuestra posición. Y el número de naves es alarmante.

—02…

—Lo sé –le dijo este a Red pues estaba claro que conocía lo que le acababa de comunicar su IA —.Mira niña, no me importa nada de lo que digas. Todos los de esta sala salimos del mismo laboratorio. Las mismas máquinas nos dieron a luz y el mismo hombre nos dio un propósito.  El nuestro crear. El tuyo destruir. Y por lo que se únicamente tú has cumplido con tu propósito. Cuando naciste nos separaste. Destrozaste nuestra familia. Y luego destrozaste el universo. Y por lo que se ve has seguido destruyendo todo a tu paso. ¿O acaso niegas que fuiste tú la que convenciste a la tripulación de esta nave de que era inocente?

—Soy inocente. Ellos lo sabían. 02 lo sabe. Y cuando la venganza deje de cegaros lo sabréis también.

—¿De qué diablos está hablando 02?

Por primera vez desde que se lo encontraron en aquella nave, el semblante de 02 cambió radicalmente. Ya no había tranquilidad ni seguridad. Ahora había dudas. Y horror.

—Fui yo el que derribó esta nave un segundo antes de que alguien la hiciera saltar… —dijo este a Red—. Por eso llegué antes que tú. No sé qué diablos hizo que apareciera en tu sector…

—Fui yo, Red. Aquí tu buen 02 quería la venganza para sí mismo —contestó la voz de la esfera—. En ningún momento pensó en llamaros. A ninguno. Ser el segundo en todo tiende a crear seres envidiosos, ¿no es así, 02? Nunca fuiste Alpha y siempre quisiste serlo. Por eso me perseguiste cuando todos dejaron de hacerlo. Para conseguir lo que el resto no pudo. Por eso arrasaste Universos enteros buscándome, siguiendo mi canción. Bien, pues ya me tienes. Y vosotros una verdad más.

—Me da lo mismo lo que quisiera 02 —terció John mirando con desprecio a su hermano—. Yo habría hecho lo mismo. Y el resto igual. No somos buenas personas. De hecho, somos las peores.

L os sensores de proximidad de Red comenzaron a vibrar en su muñeca. Las naves estaban cerca, pronto lo suficiente como para que escapar fuese una utopía.

—Hemos de hacer algo ya…

—Claro —medió la mujer de la esfera—. Matadme ya. Lo merezco. Pero decidme: ¿cuál de vosotros se sacrificará para que el resto tenga su venganza?

Miradas de circunstancia se compartieron en ese momento. Todos sabían que querían aquello con la misma intensidad. Y qué estaban dispuestos a hacer para conseguirla. Por eso el silencio fue la única respuesta que consiguieron.

—Lo sabía. Sabía que ninguno sería capaz de dar su vida por sacarme de aquí. ¿Y sabéis por qué? Porque mi canción fue lo único que os llevó a seguir viviendo después de matar a Padre. Me convertí en vuestra razón de ser, de seguir matando, explorando… viviendo. Por eso ahora todos dudáis. Por eso os atraje hasta aquí. Quería que uno de vosotros me liberase para siempre. Pero me equivoqué. Pensé que seríais más valientes. Y únicamente sois unos cobardes. Tal vez no obtenga mi libertad, pero al menos obtendré mi venganza.

—Mierda…

El gruñido de Null iba por todos. Los habían cogido. Como a idiotas. No era momento de buscar culpables. Eran momentos de soluciones. Y ninguno las tenía.

—¡Alguien tiene que morir! —gritó 02 fuera de sí—. ¿Null? ¿Red?

Pero estos habían bajado las miradas ya. Eran demasiado humanos para el suicidio. Demasiado cobardes. Mientras que John… John únicamente maldecía mesándose los cabellos.

“¡Ataque inminente!”, gritó para todos la Temperley. Aquello se acababa y todos acabarían sepultados por las dudas y el miedo.

—No pienso morir aquí —dijo John abandonando la nave—. No pienso morir por ella. Quédate con tus humanos, zorra. Quédate con ellos y hazlos bailar a tu son. Llegará un momento en el que no lo hagan más, y entonces ten por seguro que estaré riéndome de ti desde mi tumba.

Null fue el siguiente. Sin decir nada se marchó. No miró a nadie ni dijo nada. Una derrota sin rostro. Una derrota para todos.

—¿Y vosotros? —preguntó la reina—. Aún podéis salir de aquí con vida…

—No —dijo Red de pronto—. No volveré a dejar que hagas lo que se te venga en gana. Ya destruiste una galaxia. Ya tuviste a un Universo en jaque. Ya nos tuviste bailando a tu son. No. Nunca más. Alpha tenía razón. No debimos perseguirte. Debimos buscar una vida y no venganza…

Entonces se introdujo la mano en el pecho, destrozándoselo. Hurgó en su interior mientras un dolor indescriptible le atenazaba y encontró lo que andaba buscando. Su corazón. Su alma. Su núcleo de energía. Lo extrajo de un tirón y este, una esfera palpitante del mismo azul que la enorme prisión que tenía delante, comenzó a resonar con esta.

—02… -susurró Red antes de aplastar su corazón.

Ilustración de Jordi Ponce

Un fulgor azul inundó la sala. Cuando este se apagó lo único que quedaban eran el cuerpo sin vida de Red, un 02 lleno de preguntas y una mujer bellísima en el centro de la estancia. Su larga melena brillaba con el mismo azul que la había servido de prisión y todo su cuerpo era pura energía. Su sonrisa, maliciosa, chisporroteaba de felicidad.

—Al final lo hizo… —dijo esta acercándose a 02 a paso lento y medido—. Al final uno fue lo suficientemente humano como para sacrificarse por los demás. Tiene sentido que fuese Red. Tiene sentido que fuese el último…

02 trató de arremeter contra la mujer pero cuando se hubo percatado, esta se movió en un parpadeo y pasó de estar en su rango de ataque a tenerla justo delante, aferrándolo del cuello y levantándolo del suelo.

—Libertad por fin… —le dijo a 02—. Gracias ,02. Gracias por sacarme de aquí.

—Pero… La flota…

—¿No lo entiendes? Fui yo la que los llamó. Fui la que os obligó a tomar decisiones apresuradas. Fui la que os provocó para que uno, al final, se sacrificara. Siempre fui yo, 02. Siempre. ¿O acaso crees que Padre me creó para tener otra función que rectificar su trabajo?

02 lo entendió todo. Ella no quería seguir huyendo. Quería su venganza a toda costa, igual que ellos. Y la consiguió. Lo que fuese a hacer para seguir libre ya no era su problema, pues en un segundo ella lo extinguió. Absorbió su vida y refulgió con ella.

Cuando los comandos tomaron la nave sólo encontraron a una niña asustada en un rincón de la nave. Su pelo azul no les llamó la atención, pues ellos esperaban encontrar a la Reina del Rock and Roll y no aquella criatura rodeada de los dos seres más peligrosos del universo muertos a sus pies. Su error les costó muchos Universos. Su error les costó demasiadas canciones de muerte. Su error sigue, a día de hoy, oculto entre las estrellas consumiéndolas poco a poco.

David Gambero 2013

Una canción de ida y vuelta

Autor@:

Ilustrador@:

Corrector@:

Género: Aventuras

Rating: Para todos los públicos.

Este relato es propiedad de David Gambero. La ilustración es propiedad de Miguel Carrasco. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Una canción de ida y vuelta.

Ilustración de Miguel Carrasco

Nunca esperé llegar a viejo. No con mis ambiciones. No con mis vivencias. No con mis errores. Y aun así aquí estoy. Con el paso del tiempo escrito a fuego en mi piel y la pillería de un niño que se cuela donde no debe. Y ese sitio es, precisamente, el Teatro Real de Londres.

—Espero que valga la pena —me dice mientras aviva su lámpara de aceite—. Y has prometido contarme esa loca historia que te tiene obsesionado. Pero dime, ¿por qué nos hemos tenido que colar en el concierto privado de año nuevo para el rey de Inglaterra?

—Porque Alemania nos acaba de declarar la guerra… otra vez. Ese enano bigotudo y su maldito Tercer Reich creen que van a triunfar donde otros fracasaron. Y en tiempos de guerra se suspenden los conciertos. Por eso nos estamos colando. Remmington-Smith, ese condenado director de orquesta, me prometió que me daría mi canción.

Helen asiente apesadumbrada. Lleva cuidando de este loco anciano casi seis años. No se lo he hecho pasar precisamente bien. Pero aun así ha accedido a ayudarme a colarme en el teatro a través de unas obras que su novio, que pronto acabará en el frente como todos los jóvenes que tengan el dedo del gatillo sano, estaba efectuando junto con su cuadrilla en uno de los palcos. Por eso estamos aquí tras una fatigosa subida: para escuchar el último concierto antes que la guerra termine. Si es que alguna vez lo hace. Nos acomodamos ante una enorme pared de ladrillo, a la luz de la lámpara. Escuchando los susurros de un concierto que no es para mí.

—Me dijo que la usaría para cerrar el concierto, así que tenemos tiempo para la dichosa historia. Trata de interrumpir lo menos posible, ¿de acuerdo?

Mis palabras capturan la mirada juvenil de Helen, que asiente esperanzada. Diecisiete años. Los mismos que tenía yo cuando me embarqué en mi loco sueño. Alzo las manos ante mi rostro y no las reconozco. Una vez estos dedos fueron capaces de crear magia de la nada. De coger al mundo por el cuello y zarandearlo hasta que soltara algo para mí. Mi historia empieza con estas manos. O mejor dicho, con un apretón de las mismas. Se las estreché a Lord Cardigan en un mercado apestoso en Constantinopla allá por 1854. A nuestro alrededor un puñado de jamelgos, flacos, encorvados y con una alarmante falta de dientes, relinchaban por el calor sofocante.

—¿Así que usted es el loco de la caja? —me dijo mientras sus ojos tan azules como fríos se clavaban en el enorme cajón que colgaba de mi espalda—. El alto mando me dio pocas instrucciones acerca de usted.

—Creo que a ambos nos dio las suficientes para que este encuentro fuera posible —le respondí mientras miraba a nuestro alrededor buscando ojos y, sobre todo, oídos indiscretos que pudieran estar escuchando nuestra conversación—. He oído que han tenido una travesía horrible.

Las medallas que pendían de su pecho tintinearon cuando se cuadró, tratando inútilmente de ocultar aquella verdad que llevaba circulando por la ciudad varios días. El hombre era una sombra de sí mismo. Bigote descuidado, uniforme apestoso y con varias manchas de vómito que ya nunca podría quitar. Un militar de pantomima en una guerra demasiado seria.

—Intuyo que la suya ha sido mucho mejor —me replicó mientras un rocín le lanzaba una dentellada a su espalda que falló por poco el blanco—. Los espías suelen tener mejores vidas que las de los soldados de verdad.

—Y más cortas. ¿Cuándo pretende su destacamento reemprender la marcha?

—Tan pronto entregue estos caballos a la caballería ligera. Hemos tenido ciertos… percances con nuestros propios caballos y ahora andamos algo cortos de ellos.

Aquellos ciertos percances habían incluido la muerte de casi la mitad de los caballos del regimiento por culpa de un viaje por mar fatigoso y casi inhumano. Los barcos de vela empleados, más económicos y necesitados de menor tripulación experta que los de vapor, se habían cobrado su precio merced a las olas y la desdicha del mar turco. De todo ello me enteré después. Y de mucho más. Y te puedo asegurar que esa travesía fue mucho más fatigosa que cualquier batalla que afrontamos después. Bueno, tal vez no de cualquier batalla, pues no hubo una batalla como la de Balaclava. Ni nunca la habrá si Dios tiene algo de misericordia aún para con su creación.

—Entonces debemos darnos prisa. Hay algo que deben saber.

—Puede entregarme el mensaje a mí —me dijo extendiendo la mano—. No hay necesidad de que me acompañe.

—¿Es porque no soy inglés o porque no soy un soldado?

—Es porque no me fío de usted —me contestó entornando la mirada, acerándola aún más—. La descripción que me fue dada coincide con lo que tengo delante. Pero el corazón me dice que usted no debería estar aquí.

—Haga caso a lo que quiera que tenga dentro del pecho si quiere, pero un soldado obedece antes las órdenes que a su corazón. Así que ahora le rogaría que me prestase uno de esos caballos para poder cargarlo con esto —me señalé la caja a mi espalda—. Puede no parecerlo, pero pesa como una vida de pecado y me lleva matando desde que el alto mando me mandara en su búsqueda.

Estoy seguro de que no quedó para nada convencido por mis palabras. Pero aun así obedeció. Con nuestra carga equina y uniéndonos al resto del destacamento enviado a Constantinopla a reabastecerse de caballos de guerra tomamos el camino hacia donde estaba asentada la tropa inglesa. El resto de oficiales hicieron la marcha un tanto tediosa. Pocos se dignaron a dirigirme la palabra y todos le dedicaban miradas golosas a mi misteriosa carga. Al final fue el propio Cardigan el que trató de saciar la curiosidad general.

—¿Qué lleva ahí dentro?

—A la reina de Inglaterra.

Un sable encontró mi cuello con sorprendente facilidad. No me lo rebanó, pues el brazo que lo blandía era experto. Sin embargo, he de reconocer que sentí que mis palabras me habían traicionado por última vez por cómo se me habían aguado los pantalones en un instante. La mirada gélida de Cardigan amenazaba con horadarme mientras apretaba con fuerza su mandíbula.

—No sé qué es lo que pretende, Temperley, pero le aseguro que a los británicos no nos gustan las bromas absurdas.

—Pues espero que les guste la verdad, pues es exactamente lo que llevo. Ahora, si no le importa, me gusta afeitarme por mi propia mano, sargento. No es que dude de su maestría… bueno, sí lo dudo. Ahora baje el arma, por favor.

No lo hizo. De hecho, noté cómo la sangre empezaba a correrme barbilla abajo. Mi caballo, un rocín del que me temía que sólo veía por el ojo derecho, comenzó a removerse nervioso al verse rodeado por el resto de caballos en actitud más que sospechosa. Entonces sucedió algo que me salvó la vida momentáneamente. Y digo momentáneamente puesto que fue el silbido de un mosquete cortando el aire y el pecho del oficial inglés más avanzado lo que les desvió de sus oscuros deseos. De repente, una horda de diez soldados rusos abandonó su escondite a un lado del camino y saltaron sobre nosotros. Sables brillando a la luz de la mañana y disparos quebrando la quietud. A punto estuve de caerme del caballo del susto y sólo acerté a retroceder mientras los ingleses ejercían de lo que eran. Los cinco hombres a caballo formaron rápidamente como si simulasen ser una flecha y cargaron, con más valor que sentido común, contra aquellas fieras del Báltico. No me da vergüenza reconocer que me quedé paralizado, aferrando las riendas de mi caballo con todas mis fuerzas mientras era testigo de una carga de caballería. Sin miedo a los disparos aquellos hombres se lanzaron contra sus enemigos sin dudar o romper la formación. Cuando estaban a escasos metros de encontrarse, los ingleses echaron mano a sus cintos, extrajeron sus revólveres y apuntaron con cuidado. No sé cómo lo hicieron pero cinco detonaciones sonaron al mismo tiempo. Cinco vidas se fueron segundos después. Fue una escena que jamás logró quitarme el olvido. Tampoco la del rostro del primer hombre al que maté. Era recio, tanto que lo confundí con un oso cuando se abalanzó sobre mí arrollando a mi caballo y lanzándome al suelo. Caí de bruces y todo comenzó a dar vueltas a mi alrededor. Me había golpeado la cabeza y el pánico únicamente me permitía gatear a ciegas. Me movía por instinto mientras, tras de mí, alguien balbucía palabras en ruso. La batalla seguía ajena a mi sufrimiento o destino. Pero por suerte aquella escaramuza tenía como objetivo arrebatarme mi caja. Y a ello se puso aquel hombre, dejándome por derrotado en el suelo. Cuando me percaté de que estaba forzando las correas que lo sujetaban al lomo del caballo que daba coces intentando quitarse de encima a aquella bestia, hice lo que cualquiera en mi lugar habría hecho para proteger no un secreto, sino el trabajo de una vida. Y es cierto que la mía era corta en esos momentos, pero era mi vida. Me topé con el malogrado cuerpo del oficial inglés abatido que todavía se revolvía en el suelo. No sé si grité o si me dijo algo. Lo único que recuerdo fue arrebatarle de la vaina su sable de asalto y abalanzarme contra el ruso. Le embestí con todas mis fuerzas. Lo inesperado ayudó a mi empresa. Y la suerte hizo que la espada le atravesara por entre las costillas asomando la punta por el otro lado de su torso. Me miró un segundo con mil preguntas escapando de su alma antes de ponerse flojo y caer al suelo arrastrándome con él. Cuando me hube desembarazado del cuerpo traté de sacar el sable y defender mi vida y trabajo. Pero la batalla había acabado. Los ingleses habían ahuyentado al resto de los asaltantes y un rosario de cuerpos yacían esparcidos por aquella estepa. Cardigan descabalgó, se plantó delante de mí mirándome de arriba abajo mientras yo buscaba algo de vocabulario con el que poder afrontar aquella situación cuando me dijo lo último que esperaba oír en aquel momento.

—Si hay rusos tan lejos del frío… Tal vez sea verdad que lleve a la reina de Inglaterra ahí dentro.

—¿Cómo es? —me interrumpe de pronto Helen, de la cual ya albergaba la esperanza de que se hubiese quedado muda.

—¿Cómo es qué?

—Matar a un hombre.

—¿Por qué me preguntas eso y no lo que había en la caja?

—Porque lo de la caja me lo vas a contar seguro —me dice mientras se me acerca tanto que puedo notar el calor de su cuerpo—.Así que dime, ¿qué se siente?

—¿Tienes planeado matar a alguien próximamente?

—A cierto viejecito cascarrabias… —me guiña el ojo como si no lo hubiese captado—. ¿Por qué todos los hombres sois tan proclives a contar hazañas y dejáis los sentimientos a un lado?

—Tal vez sea porque en esos momentos sintamos vergüenza de lo que sentimos, Helen… Y si quieres una respuesta, te diré que no dejé de temblar hasta que llegamos al campamento…

Me había ganado el respeto de aquellos hombres, aunque me costó numerosas pesadillas e incluso que me tuvieran que subir al caballo. Nos llevamos también el cuerpo del teniente Alberts, el fallecido en la escaramuza, y se le dio el mejor funeral que se pudo organizar en el campamento. Huelga decir que aquello no mejoró los ánimos de la soldadesca. Ya estaban bastante bajos después de su dura travesía hasta llegar a Crimea y ni siquiera la llegada de nuevos caballos ayudó. Mientras se le ofrecía el responso adecuado se me llevó ante la presencia del comandante de las operaciones, Lord Raglan. Tenía títulos, porte y ademanes de un británico de las colonias, de alguien que sólo sabe de su país por el nombre. Y, sin embargo, yo diría que allí era el más inglés de todos. Me recibió con cordialidad, pues me esperaba desde hacía tiempo. E incluso me ofreció de su propio té al enterarse de mi ayuda en la escaramuza por boca del propio Cárdigan.

—¿De dónde es usted, señor Temperley? —me preguntó cuando nos dejaron a solas. Bueno, a solas no. Estábamos él, yo y mi caja.

—De demasiadas partes… Y de ninguna. ¿Por qué lo pregunta?

—Porque por lo que conozco de usted, diría que no posee usted el espíritu necesario para guardar lealtad a ninguna facción de este conflicto. Así pues, ¿por qué está metido en este lío?

Le señalé con la cabeza la enorme caja, la cual no le había pasado desapercibida en ningún momento. Sin embargo, esperó a que fuese yo el que sacara el tema,  o mejor dicho, el tema de la caja.

—¿Podría usar una bayoneta? —le dije mirando con esperanza una de las cuantas que estaban apiladas en una esquina de la tienda donde nos encontrábamos.

Raglan me dio su permiso y con ella abrí la parte superior de la caja. Con cuidado y esmero saqué el invento que se me había llevado parte de mi juventud.

—¿Qué diantre es eso? —preguntó el Lord inglés dejando su silla intrigado e inclinándose sobre mí.

—Mi fonógrafo —le dije mostrándole el ingenio—. Lo que tiene ante usted es un sistema de grabación mecánica analógica, en el cual las ondas sonoras son transformadas en vibraciones mecánicas mediante un transductor acústico–mecánico. Estas vibraciones mueven un estilete que labra un surco helicoidal sobre este cilindro de fonógrafo… Y si se quiere reproducir únicamente ha de revertirse el proceso haciendo…

—¡Espera un momento! —dijo en su momento Raglan y ahora Helen interrumpiéndome.

—¿Sí? —me dirijo a ella, que está con la boca abierta.

—¿Un fonógrafo es algo parecido a un gramófono? —Asiento a la pregunta y ella continua—. No puede ser… Creía que lo había inventado Edison…

—Edison lo patentó bastantes años después de que yo consiguiera ensamblar el mío, que, todo sea dicho, era bastante distinto al suyo. Además, el mérito ni siquiera es suyo. Mi amigo Édouard–Léon Scott reprodujo mi invento años después, pero, claro, quiso hacerlo a su modo y…

—¡Robert! —me interrumpió de nuevo Helen visiblemente excitada—. ¡Eres inventor! ¡Inventor de verdad!

—Era, querida niña…, era. Y dejé de tratar de ponerle cuerpo a mis sueños tiempo atrás. Descubrí que no valía la pena hacerlo de la peor manera posible. Pero ahora trata de no interrumpirme más, ¿quieres? Me gustaría acabar esto antes de que se me congele el aliento.

Raglan no entendió que aquel cilindro unido a una suerte de caja llena de ruedas dentadas, agujas y membranas servía para algo. De hecho se rió creyendo que me estaba burlando de él.

—¿Pretendéis decirme que podéis capturar mi voz en ese pequeño cilindro y reproducirla a placer?

Entonces rebusqué en el interior de la caja y encontré los dos cilindros que, con tanto o más celo que el fonógrafo, había logrado traer conmigo desde el mismo corazón de Inglaterra. Uno era negro, y el otro blanco. Puse el negro en mi ingenio y comencé a darle cuerda con la manivela para ponerlo en marcha. Las palabras que salieron del cilindro dejaron sin las suyas al comandante de aquel ejército.

—No… No puede ser. ¿Es…?

—Ni más ni menos —le aseguré con gesto serio—. Ahora sería bueno que reunieseis a la tropa. Necesitan escuchar esto.

Era noche cerrada cuando me encontré rodeado por el grueso de las fuerzas inglesas destinadas a Crimea. Vi rostros mucho más jóvenes que yo. Más inocentes. Más ingenuos. Pero los había también que me miraban a mí y a mi ingenio como si fuésemos el mismo diablo. Sin embargo, Raglan había sido claro y no permitió a nadie poder escapar de aquel compromiso. Incluso dejó el perímetro sin guardar pidiendo a sus aliados turcos que guardaran las inmediaciones. Así que allí estaba yo… Frente a más de cinco mil soldados ingleses sucios, cansados y huraños, robándoles horas de sueño. ¿Y qué les iba a dar a cambio? Pues antes de que comenzaran los murmullos y las preguntas, volví a girar la palanca igual que lo había hecho ante su comandante y jefe. Y una voz clara y potente comenzó a hablar.

—¿Puedo hablar ya, señor Temperley? —dijo aquella voz. Me hubiese gustado poder obviar aquella parte, pero por aquel entonces no había perfeccionado mi invento y debía reproducir las grabaciones desde el principio—. Bien, vamos allá… Mis queridos soldados. Hijos de la Madre Bretaña. Os habla vuestra soberana, la reina Victoria por la gloria de Dios. Y… y, bueno, sólo quería desearos buena suerte.

Dejé de girar la palanca y todos los soldados comenzaron a mirarse los unos a los otros sin comprender nada. Raglan se adelantó, colocándose a mi lado, y con voz más potente y clara se dirigió a los suyos:

—La que acabáis de oír es la voz de vuestra reina. Yo mismo puedo dar fe de la veracidad de lo que acaban de escuchar. Así que no olviden que no sólo habitamos en el corazón de los que más nos quieren, sino también en la madre de todos los británicos. ¡Dios salve a la reina!

El “salve” que le siguió fue tímido. Extraño. Pocos podían creer lo que acababan de escuchar, y los que lo hacían no sabían cómo interpretarlo. Así, acabada mi labor, recogí mi ingenio y me retiré a una pequeña tienda que Lord Raglan había dispuesto para mí. Después de un viaje tan largo haber reproducido aquel mensaje me había dejado un regusto extraño en el paladar y la boca del estómago. Estaba guardando de nuevo el fonógrafo en la caja cuando apareció un hombre en mi tienda. Con unas pocas primaveras más que yo a sus espaldas me sonrió con franqueza. Pelo azabache, ojos grandes y brillantes a juego y faz agradable. En forma y con uniforme impoluto. Le reconocí de inmediato.

—¿Eso es todo? —me preguntó como si nos conociéramos desde siempre.

—Eso es todo lo que vuestra reina os quiso decir.

Penetró en mi humilde morada y se sentó sobre el cajón cruzando las piernas.

—¿Cómo lo habéis hecho? —me preguntó—. ¿Qué clase de brujería encierra esta caja que puede capturar y reproducir una voz?

—Es complicado de explicar pero no es en absoluto brujería. Es ciencia. Algo compleja pero ciencia al fin y al cabo. Y os aseguro que en el futuro, cuando consiga volver a algún lugar más civilizado que este, lograré meter uno de estos en cada hogar de Inglaterra y del mundo.

–¿Y por qué habéis requerido mi presencia? ¿Acaso nos conocíamos y os he olvidado?

Reí con ganas ante aquella pregunta. No. Por supuesto que no nos habíamos conocido nunca, le dije.

—Pero sí conozco a vuestro padre. Lord Remington–Smith. Fue él mismo el que me presentó a vuestra majestad y me permitió demostrarle lo que podía hacer mi ingenio. Podéis adivinar el revuelo que causó tal prodigio en la corte, aunque no tanto como en los estamentos militares. Ya casi estaban a punto de pedir las cabezas de cada una de las palomas mensajeras y los telegrafistas cuando pensaron lo que podía suponer mi ingenio dentro de una campaña bélica. Pero claro, ningún británico sale de casa sin antes haber probado hasta el último de sus logros. Por eso estoy aquí. Soy como un cartero, sólo que mis mensajes únicamente los pueden recibir personas que tengan un fonógrafo. Y ahora mismo soy el único que lo tiene… Hasta que vuelva con la misiva de Lord Raglan de que ha recibido el mensaje de ánimo de su majestad.

—¿Y por qué no estáis ya de camino si habéis obtenido lo que os proponíais?

—Porque no estoy aquí por el dinero o la fama. Estoy aquí por algo más: un sueño.

—¿Y qué lugar ocupo yo en vuestras ensoñaciones?

Rebusqué en mi bolsillo y le arrojé una vieja partitura a aquel joven. La cogió al vuelo y una sonrisa de niño acudió a sus labios.

—Casi la había olvidado… —susurró al verla—. La canción de la caballería ligera. Empecé esto antes siquiera de saber montar a caballo. ¿Por esto estáis aquí?

—Por eso y la palabra dada a vuestro padre. Arriesgó nombre y posición para darme la oportunidad de presentar mi invento ante la reina. He grabado mi voz y la de varias personas desde que lo inventé. Pero no he grabado ninguna canción. —Saqué el cilindro blanco y se lo mostré—. Quiero que la Historia sepa que la primera canción que se grabó y pudo ser reproducida es la vuestra. Me han interpretado la melodía. Es buena. Y llega a lugares del corazón que desconocía que existían. Sin embargo…

—Está incompleta —me dijo bajando la mirada—. Nunca llegué a terminarla pues la vida se interpuso en mi camino. Me estáis otorgando mucho valor y una honda responsabilidad, ¿lo sabíais?

—Me he jugado mucho para estar aquí. Nunca he desdeñado una buena aventura, pero si quiero que la Historia me recuerde, quiero que sea por algo de lo que esté orgulloso. Y lo estoy de mi fonógrafo, pero no de lo que he capturado con él. Así pues, ¿me ayudaréis?

Hubo un segundo largo entre nosotros. Uno en el que creía que se negaría, que se reiría de aquel requerimiento tan estúpido como imposible. Pero le había tentado con algo demasiado grande, algo excepcional.

—Dadme dos días —me dijo estrechándome la mano—. Tendréis la canción. Os lo juro.

—Y yo os prometo la eternidad, Matt.

Mi promesa me logró un lugar entre la tropa. Más concretamente entre el 93º Regimiento de Highlanders. Sin embargo, el regimiento de Cardigan, donde estaba encuadrado el joven Matt, no nos perdía de vista en ningún momento. Al parecer, la reina, me había incluido entre sus deseos que no sufriera daño y fuese tratado con la consideración oportuna, por lo que se me dejó hacer casi a mi antojo siempre que no disturbara la paz militar. Ni se me ocurrió hacerlo, más que nada porque la compañía de hombres rudos acostumbrados a los más duros pesares de la guerra como eran esos Highlanders, me imponía un hondo respeto. Coleccioné varias historias interesantes de aquellos hombres que me hubiese gustado grabar, la verdad. Pero mi cilindro tenía una única función y era grabar la canción de la caballería ligera.

Entonces llegamos al río Bulganek, donde los rusos nos estaban esperando. Las aguas se tiñeron de rojo, gracias en su mayor parte a la infantería de los Highlanders. Desde la distancia comprobé cómo aquellos hombres sabían matar tanto como morir. Ni siquiera los más jóvenes, pipiolos de no más de dieciséis años, caían tras recibir un par de balazos en su cuerpo. Seguían allí en pie, con el agua por las rodillas, batiéndose a sablazos y mosquetazos, subiendo el precio de sus vidas y cobrándose cuantas podían. Entonces, después de haber aguantado la feroz acometida rusa, la caballería se puso en marcha. Los vi cargar con el mismo orden de aquellos cinco hombres. Recortaron la colina con su galopada, sables en una mano y revólveres en la otra. Una pasada limpia, como la de una cuchilla de afeitar, y el campo quedó sembrado de tropas enemigas que se batieron en retirada. Justo en ese momento Cardigan alzó la voz desde su montura para ordenar perseguir al enemigo cuando Lord Raglan, junto al que me había quedado casi para servir de diana para las boñigas de su caballo, le gritó que detuviese la carga.

—¡Señor, podemos darles caza! —se quejó un Cardigan ensangrentado de pies a cabeza—. ¡Déjenos demostrar lo que valemos!

—Masacrar al enemigo que huye no es manera de demostrar nada —zanjó Raglan antes de volver grupas a su caballo—. Ordene detener el ataque y reúna a las tropas. Quiero cruzar el río antes del anochecer.

Así lo hicimos, sólo que bajo una marcha llena de desconfianza y rencor por parte de la caballería. La infantería se había batido con valor para lograr una victoria que debía rematar aquel cuerpo de élite pero, inexplicablemente, su comandante había declinado obtener una aplastante victoria. No sé si no consideraba aquella escaramuza importante o si ocultaba otros motivos, pero cuando llegamos a Balaclava y las huestes rusas llenaban aquella explanada, no dudé en saltarme cualquier tipo de protocolo y fui a buscar a Matt. Iba vestido totalmente de rojo. Del rojo del Dragón que él mismo representaba. A su lado y dispuesta en una enorme fila en la que Cardigan repartía órdenes a voz en grito, se encontraba la caballería ligera.

—¿Qué vienes a buscar, Robert? —me preguntó apresurado.

—Lo prometido… —Dudé incluso en pedirle aquello.

—Lo siento, amigo mío, pero aún no lo tengo… Tal vez cuando esto acabe lo tenga, pues estoy cerca. Pero ya has visto lo que nos aguarda.

—Toca pues. A los hombres no les vendrá mal una canción que alegre sus corazones y los libere del miedo unos instantes.

—¿Dudáis de que volvamos?

—Dudo incluso de que lleguéis a verles las barbas a los rusos…

Una expresión que no supe descifrar acudió al rostro del joven soldado. Bajó de su caballo, rebuscó en sus alforjas y sacó de ellas una guitarra.

—Deberías encender ese cacharro…

Creo que aquella fue la vez que más rápido puse en marcha mi fonógrafo. Mientras el joven Matt tañía suavemente las cuerdas de la guitarra tratando de calentar dedos y ánimo, coloqué el cilindro grabador en su lugar y me dispuse a accionar la manivela para comenzar a grabar cuando me detuve en seco, golpeado por mi propio sentido común.

—Matt… Si te equivocas, no podré volver a grabar tu canción con este cilindro… Una vez se graban los surcos ya no se puede deshacer el proceso.

—Lo sé —murmuró sombrío—. He tenido esta canción dentro de mí toda mi vida. Siempre conmigo y siempre incompleta. Cuando me la devolvisteis, una chispa nueva comenzó a arder en mi interior y encontré notas que se me habían resistido…

—¿Y?

—Sólo escúchala. ¡Escuchadla todos! —les gritó al resto de la compañía—. La marcha de la caballería ligera, camaradas. Esta canción habla de nosotros. Y ahora lo hará por siempre.

Se hizo uno de los silencios más intensos de mi vida. Comencé a girar la manivela al tiempo que asentí para que me ofreciese lo que tenía. La guitarra entonces comenzó a hablar por él. Suave. Melancólica. Verdadera. Retiraba el silencio con cada nota. Era una canción que quería ser triste pero no sabía. Una canción que parecía de otro tiempo, de otro lugar. Y, sin embargo, estaba ahí. Clavada en el corazón de aquel joven a fuego. Ni siquiera me di cuenta cuando acabó de tocar. Estaba como hechizado y con los ojos inundados en lágrimas. Incluso ahora, cuando ya creía que no me quedaban recuerdos por los que llorar, se me inunda la vista. En ese momento supe que había valido la pena. Todo aquel viaje. Todo. Y, sin embargo…

—Está incompleta —me dijo Matt antes de volver a dejar la guitarra y marcharse—. Si la escuchas detenidamente sabrás que le falta algo. Aún no sé lo que es, Robert, pero espero que la fortuna nos sea favorable y lo encuentre en el campo de batalla. Si no es así, entonces tienes grabado todo lo que soy y todo lo que pude dar.

Entonces Lord Cardigan se me acercó al trote. Detuvo su montura junto a mí y me alargó la mano para que se la estrechara.

—Tengo que pedirle un último favor —me dijo—. Si la canción de mi oficial ha quedado grabada, por favor, reprodúzcala mientras cargamos.

—Dejarán de oírla en cuanto se alejen…

—Aquí dentro no dejaremos de oírla nunca. —Se apretó el puño contra el corazón—. Además, siempre será mejor que escuchar los cañones rusos.

—¿Qué pasó? —me pregunta Helen totalmente absorbida por mis palabras.

Balaclava. Eso fue lo que pasó. La última carga de la caballería ligera. A Cardigan le ordenaron cargar contra la artillería rusa en una cabalgada a la descubierta de kilómetro y medio. Fue una carnicería. Caballos y hombres volaban por los aires a cada impacto de la artillería. Y, sin embargo, ningún dragón o húsar inglés detuvo su avance. Todos cargaron. Y casi ninguno vivió para arrepentirse de ello. Superaron el infierno de los cañones únicamente para caer en brazos de la caballería cosaca. Los superaban cinco a uno. Y aun así, me consta que lucharon hasta que Lord Cardigan ordenó una retirada viendo perdido el asalto. Los vi volver, derrotados y ensangrentados, bajo una nueva lluvia de metralla. Y mientras tanto la canción de Matt sonaba. Una y otra vez. Fue todo tan rápido, tan absorbente, que si siquiera llegué a darme cuenta de que allí estaba yo como un estúpido girando la manivela. Entonces le vi llegar. A Matt. El pecho de su chaqueta agujereado y con la vida escapándosele por el mismo. Venía silbando. Tranquilamente, como si la muerte no fuese con él. No lograba entenderlo. Entonces, mi mano dejó de girar la manivela y fue como despertar a Matt de un sueño. Cayó por un costado del caballo, fulminado. Sus fuerzas agotadas. Su vida también. Me arrodillé a su lado tratando de no dejarle hacer el último viaje a solas cuando alzó su mano como un rayo y me cogió del brazo.

—¿La tienes? —susurró con un fino hilo de voz—. ¿La tienes ya?

No lograba entender lo que me decía. Entonces me di cuenta de todo. Sobre el rugido de la guerra. Sobre el caos y la desolación su canción no había dejado de sonar. Y yo no había podido grabarla. Ni tan siquiera escucharla. Lo vio en mis ojos antes de cerrar los suyos. Aun así sonrió antes de irse. Aun así tuvo tiempo para sentirse satisfecho.

—Así que completó la canción —musitó Helen—. ¿Y tú nunca pudiste recordarla o grabarla?

—No. No pude. Nunca la recordé —digo mientras mi cabeza se hunde en mi pecho—. Aquella canción se perdió entre la guerra. Y mi fonógrafo. Lo único que logré salvar fue aquel cilindro incompleto. Ni siquiera me salen las palabras para seguir explicándote el horror que viví. Balaclava únicamente fue el principio de una larga serie de pérdidas. Por eso quería estar aquí esta noche. Más allá de la mirada de la historia, únicamente quería volver a escuchar esa canción de nuevo. Pero de nuevo la guerra quiere arrebatármela otra vez…

Entonces sucede lo imposible y casi estoy a punto de ponerme en pie en la silla aun a sabiendas de que mis pies no me sostendrían. Me empujo contra la pared de ladrillo que han levantado los obreros para trabajar a gusto y comienzo a golpearla con saña esperando que hayan sido negligentes.

—¿Qué estás haciendo, Robert? —pregunta alarmada la buena de Helen, que teme seguro que haya perdido la cabeza.

—¡Ayúdame a abrir esto!

Dos ladrillos se sueltan ante nuestros esfuerzos. Lo suficiente para dejar entrar el sonido de la música. Lo suficiente como para dejar entrar aquella melodía. La última marcha de la caballería ligera. Y allí abajo, sobre el escenario, hay un joven que podría ser un calco del Matt de mis sueños. Silbándole a una guitarra desnuda mientras el resto de la orquesta apenas se atreve a seguirlo. Y antes siquiera de que pueda disfrutarlo se termina. De nuevo se acaba. La gente comienza a aplaudir a rabiar mientras grito a pleno pulmón. Quiero volverla a ver. No le di a ese idiota mi cilindro para que le regalase la canción al mundo. Se la di para que me la devolviese a mí.

—Acaban ustedes de escuchar La última carga de la caballería ligera —dice el muchacho, Arthur Remmington-Smith, el director de orquesta más joven de Inglaterra—. Esta fue la última canción que escuchó mi bisabuelo, la que le acompañó en su último responso. Una canción de valor y esperanza. Una canción que escucharon buenos británicos en  otra época convulsa. Una canción que he querido compartir con ustedes al igual que un gran hombre lo hizo conmigo…

Se vuelve hacia la banda y hace un gesto a la misma antes volver a repetir la tonada. Esta vez la saboreo por completo. Esta vez todo vuelve a mí. Mi juventud. Mis sueños. Mis pérdidas. Todo. De manos de esa canción. Una canción de ida y vuelta.

David Gambero 2012

El lobo azul.

Autor@: David Gambero

Ilustrador@: Paloma Muñoz

Corrector/a: Carme Sanchís

Género: Aventuras

Este relato es propiedad de David Gambero, y su ilustración es propiedad de  Paloma Muñoz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

El lobo azul.

Ilustración de Paloma Muñoz

El Lobo Azul se mecía intranquilo en las revueltas aguas de la pequeña cala donde descansaba. Sus tripulantes hacía mucho que no gozaban de un instante de descanso sereno. El olor a pescado podrido que había era insoportable y no había forma de librarse de él. Allí donde fueran, donde plegaran velas y echaran anclas, todos los peces morían y sus cadáveres se arremolinaban alrededor de la quilla del casco. Hubo quien lo vio como una fuente de alimento fácil. El resto, los que aún seguían vivos, sabían lo que significaba: Mal agüero. Y todos los marinos sabían de dónde provenía aquella mala suerte que les perseguía. La pisaban a diario. Habían sudado y sangrado sobre ella. Era su hogar y ataúd. Era aquel barco. El Lobo Azul.

-No quedan más sacos… -se oyó quejarse a lo lejos a un marino con la nariz picada por la viruela.

Hubo más de una mirada de circunstancia ante aquella aseveración. Miradas que encendieron susurros. Susurros que trajeron maldiciones. Y maldiciones que murieron cuando las botas del capitán retumbaron en cubierta.

-Haced más –fueron sus únicas palabras antes de que su majestuoso albatros bajase de las nubes y se posase con gallardía sobre su hombro-. Somos hombres de mínimos y es lo mínimo que podemos ofrecerle a nuestros muertos y al dios del mar.

A Robert siempre le impresionaba la figura de su capitán. Alto, imponente y conservando casi todos los dientes, Jonathan “El Noble” Ander gobernaba el Lobo Azul desde hacía dos años. Tiempo en el que un joven soñador, imprudente y con poco seso como Robert, había aprendido a ser marino. Casi a ser un hombre y a duras penas, un pirata. Porque eso eran: Piratas. Un oficio mal visto y vilipendiado. Pero poco importaba la mala reputación a los hombres del Noble… Durante toda su vida habían atraído las malas lenguas. La mar era y sería siempre un lugar de una belleza terrorífica, y ellos preferían ser parte del terror que de la belleza. Rostros marcados y corazones podridos no tenían lugar entre las balandras de los comerciantes o entre las flotas reales.

Pero para Ander no era así. Aquel hombre había nacido entre sábanas de algodón y crecido entre las más distinguidas mentes de la vieja Inglaterra. A veces la vida te alza tan alto sólo para poder darse el gusto de ver cuánto gritas al caer. El Noble había dejado por el camino honor, título y un ojo. En su lugar, ganó respeto. Todo el del Lobo Azul. Lástima que el respeto no diese de comer o atrajese el viento.

-¡Contramaestre! –le gritó el capitán a Robert que, nuevamente, se había quedado hipnotizado mirándolo.

-Sí, mi capitán.

En cuanto se acercó el albatros, se le quedó mirando fijamente a los ojos. Un escalofrío encontró hueco en el alma del muchacho y le arrebató el aliento. Había algo en la mirada de aquella ave que le enfermaba. Era demasiado profunda. Demasiado humana. Y lo peor: Demasiado conocida.

-Avisa a los hombres para que tengan la nave dispuesta. Esta noche, en cuanto salga la luna llena, zarpamos.

Robert ya había previsto aquello y el Lobo Azul se encontraba en las mejores condiciones posibles. Había agua y comida para dos semanas, cuatro si empezaban a racionar desde el primer día, y pólvora y balas suficientes como para abastecer a las veinticuatro piezas por banda que guardaba el navío en su interior. El ánimo general era otro cantar, pero no era aquello lo que le habían preguntado.

-¿Rumbo, señor? –preguntó con un nudo en la garganta.

-Seguiremos el ojo de la luna –le contestó con calma al tiempo que varios marineros se arremolinaban a su alrededor-. Habéis oído bien. Esta noche zarpamos. Vamos a cazar a ese hijo de mala madre de una vez por todas.

De pronto, lo que habían sido cinco hombres se tornaron en veinte. Luego en cuarenta. Y luego toda la tripulación. Robert les vio a todos fatigados. Heridos y remendados. Cubiertos por ropas harapientas y hojas con herrumbre por espadas. Pero eran piratas. Y aquellas palabras bastaban para incendiar sus corazones con la misma fuerza que haría el ron… Si este no se agriase en cuanto los barriles tocaban la cubierta del barco.

-¡Venganza! –surgió entonces un  grito espontáneo. Muchos le siguieron-. ¡Venganza!

Sí. Aquella era una noche para saldar cuentas. Para disipar fantasmas. Para ser piratas. Y eso es lo que serían.

Fue noche de grog. El que preparaban con el agua de sentina y no querían saber qué más, los cocineros del navío. Allí estaba toda la tripulación, en la panza del Lobo, bebiendo para olvidar. Para coger fuerzas. Para ahuyentar sus males. Robert se les unió una vez finalizada su labor para con el capitán.

-¿Asustado, Faluka? –le preguntó nada más llegar Hendrik, uno de los artilleros que más dedos conservaba.

Robert sonrió ante su apodo de pirata. Faluka. Unos decían que significaba pequeño barco en árabe. Otros que era ramera en el dialecto de Barbados.

-Dos años de mala suerte es mucho para no andar asustado, Hendrik –le contestó aceptándole una taza de grog-. Pero si le cogemos, todo acabará, ¿verdad?

-¡Si le hundimos y lo mandamos al fondo del infierno, se acabará! –Gritó tras él Guijarro, un español que sabía hablar mejor cualquier idioma que el suyo propio-. Mientras, es sólo un puñetero barco usurpando nuestro nombre.

Robert alzó su bebida mostrándose conforme. Apenas podía creer que todas las desgracias que les habían acaecido, todos sus males y desdichas, se debieran al nombre de su barco. O más bien, al nombre de otro barco. Al de aquel que se hacía llamar el Santo Rojo. Al de Ewan McClane. Ese pirata gordo, borracho y devoto hasta el extremo que había decidido rebautizar su nuevo barco, capturado a la escolta de unos mercantes españoles, como el Lobo Azul. Desde el mismo día que se presentó en la isla de Tortuga alardeando de su captura, a la tripulación del Lobo Azul original todo le había salido mal. El viento les abandonó cuando eran perseguidos por la Royal Navy y hubieron de escapar tras enseñarles a dos barcos ingleses que les iba a costar más hombres hundirlos de los que se podían permitir. O cuando, en pleno asalto, todos los ganchos de abordaje se rompieron al mismo tiempo.

-Luego vinieron los peces y el mar turbio –recordó otro marinero-. Nos falta únicamente que el sol no de calor.

-Dos barcos con el mismo nombre… -susurró Hendrik apurando su bebida-. Ese jodido irlandés loco… Sabe la mala suerte que trae, y aún así, lo hizo. El capitán debió meterle un tiro cuando lo tuvo delante.

Todos recordaban aquel día. Tras una nueva y desastrosa aventura se encontraron con el Lobo Azul de McClane varado en una bahía. Le habían desarbolado el palo mayor y el menor amenazaba con seguir el mismo camino. Había escapado de una escaramuza a fuerza de remo, valor y cañonazos a quemarropa. El daño estaba marcado a rojo en la cubierta, sobre la que una peculiar nube no dejaba de descargar agua sobre ellos. El capitán Ander aprovechó la ocasión para enfrentar al esquivo pirata como caballeros. Usando la fórmula del parlamento en lugar que la de las armas que es la que demandaba su tripulación.

-Los piratas no se asaltan entre sí. No somos coyotes. Somos lobos.

Aquellas palabras le consiguieron el parlamento deseado. Robert, Hendrik y dos marinos más le acompañaron a la orilla de la playa cercana donde el enorme irlandés, con su cabello en bucles llameando al viento, les esperaba rodeado de los suyos. En sus manos sostenía una Biblia con la misma fiereza que lo hacía con el alfanje.

-¿Ves ese lobo tallado en la proa de nuestro barco? –Le dijo Ander al encararle-. Es un lobo. Azul. ¿No te dice eso nada?

-Que tenéis poca imaginación –replicó el irlandés inflando su potente pecho a grandes bocanadas-. Nuestro navío es el auténtico Lobo Azul de los mares. El vuestro es sólo un cascarón que se mantiene a flote únicamente por la gracia de Dios.

-Mira, irlandés… -Ander estuvo a punto de perder la paciencia, pero se contuvo-. No sé qué te ha dado autoridad para saltarte las leyes del mar. Y más importante aún: la de los piratas. Pero uno no toma el nombre de otro barco a menos que esté hundido. Trae mala suerte para ambos.

-La suerte es para los ignorantes y los descreídos. Los hombres de fe creemos en los designios divinos.

-¿Es del agrado de vuestro señor que os hayan desarbolado? –Se mofó Ander afianzando su postura-. ¿O que ataquéis y matéis a personas inocentes y honradas?

-Nosotros sólo cumplimos la voluntad de Dios. Y Dios quiere que libremos estas aguas de herejes ingleses.

-Pero señor, ayer atacamos un convoy español… Y ellos son cristianos –replicó uno de los piratas de McClane.

La tripulación de Ander se echó a reír, mas este no lo hizo. En su lugar se colocó de perfil y dejó paseando su mano peligrosamente sobre su cinto, donde dormía su pistola de chispa lista.

-¡Impuros! –Gritó McClane-. ¡Ignorantes que sólo se acuerdan de San Pedro cuando truena! Yo limpiaré el Caribe de su presencia y usaré el oro para construir una iglesia.

-Creo que ya hay algo parecido en Italia… Se llama Vaticano.

-¡Callad! –Gritó fuera de sí el pirata pelirrojo-. Si no fuera porque el parlamento me impide mataros aquí mismo ya os estaría aplicando la extremaunción.

-Hundid vuestro barco, desbautizadlo o lo que os venga en gana, pero no volváis a abordarlo bajo el nombre de Lobo Azul.

-¿Y si no lo hago?

-Entonces, la próxima vez que nos encontremos me aseguraré de llevar dos monedas en el bolsillo para vos.

Aquel fue el final del parlamento y de toda negociación para conseguir el fin pacífico de la maldición. Y desde ese momento, todo infortunio, todo mal augurio posible se cebó con ambas embarcaciones. Hasta que dejó al Lobo Azul del Noble varado a la espera de conseguir fuerzas para una última travesía salvadora. Una que le librase de cuantos males les azotaban.

-¿Y por qué no cambiamos el nombre nosotros?

Aquella pregunta tornó el aire melancólico de la celebración en hostilidad. Todas las miradas se volvieron hacia un grumete que no llevaba más que seis meses en el barco y que sólo había conocido el infortunio y la derrota.

-¿Qué cojones hay en el mascarón de proa, tonto del culo? –le gritó Hendrik.

-Un… ¿Un lobo?

-¡¿Y de qué color?! –gritaron varios de los piratas.

-A… azul –tartamudeó el chico.

Hendrik tiró su taza a un lado, asió al grumete por la solapa de la andrajosa camisa y lo levantó un palmo del suelo casi sin esfuerzo.

-Uno no arranca el mascarón de proa de su embarcación como no se arranca el corazón –le explicó no sin ganas de romperle el cuello por ignorante-. Este barco nació como el Lobo Azul y morirá como tal. Con la bandera pirata ondeando en su mástil y nuestros cuerpos flotando a su alrededor como esos putos peces muertos ¿Entendido?

Le soltó de golpe y el muchacho dio con sus huesos en el suelo. Gateó hasta ponerse a salvo de las miradas asesinas y las risas hasta que Hendrik volvió a su lugar y tomó una nueva bebida que le ofreció Robert.

-Así que no cambiamos el nombre porque no nos sale de los cojones… -inquirió con una media sonrisa el contramaestre.

-No –le devolvió la sonrisa Hendrik-. Porque eso sí que da mala suerte.

Todos se echaron a reír a pleno pulmón sabiendo que podrían ser las últimas carcajadas que se permitieran. De hecho, lo fueron para cuatro marineros. Dos acabaron intoxicados por el grog; uno salió a tomar el aire y cayó por la borda; y el último, sintió una atracción fatal hacia el fuego, por lo que desde ese día le conocieron como el “Arrugado”.

-Pura mala suerte –dijo Robert al capitán cuando le transmitió las noticias antes de zarpar.

-¿Recuerdas cuando luchábamos contra la mala suerte?

Robert asintió con gravedad. Meses de maldiciones y rituales desperdiciados. Todo chamán o curandero de cada isla en la que recalaban creía tener la solución a los problemas de aquel barco maldito. Todos acabaron con el poco oro de la tripulación y la promesa de que volverían a por sus gaznates cuando se hubiesen librado de ese peso.

-Es extraño vivir con el infortunio –siguió Robert mientras observaba la danza entrenada de la tripulación liberando al Lobo Azul de sus ataduras a tierra.

-El mar es un lugar tan complicado como desconocido, Faluka –le dijo el capitán mientras daba de comer a su albatros-. Aquí gobiernan leyes que no han sido plasmadas en palabras. Por eso muchos sentimos fascinación por él. Por el misterio que emana.

-Y por las oportunidades de negocio.

-Desvalijar a los españoles siempre fue mi medio de vida –le recordó Ander-. Cuando uno acepta ser corsario reniega de su lugar en tierra.

-¿El exilio por la vieja Inglaterra? Dígame capitán, ¿valió la pena?

-¿Servir a la corona inglesa como corsario? No –dijo al tiempo que se colocaba al pie del castillo de popa-. Poder limpiarme el culo con la patente de corso cuando esa vieja gorda nos dio la espalda a mí y a diez capitanes más por firmar esa ridícula paz… Eso sí que valió la pena. Por primera vez me sentí libre. Yo, Hendrik y la mitad de los rufianes que llamas hermanos, Faluka. Y desde entonces peleamos por esa libertad y nos la ganamos con la sangre y el oro de otros.

Robert no dijo nada. Conocía la historia del capitán sin detalles. De corsario afamado a renegado. A paria. A pirata. Decenas de historias similares llenaban casi todos los barcos piratas del mar Caribe. Él, al menos, consiguió recalar en uno que todavía conservaba pizcas de honor y no tenía la barbarie por bandera. La suya era la enseña negra. La calavera con el reloj de arena. Tiempo de piratas. Tiempo de libertad y una vida mejor. Eso fue lo que le dieron en el Lobo Azul y, mataría por conservarlo.

-¡Levad el ancla y arriad la mayor! –Gritó el capitán-. ¡Vamos de caza! ¡El lobo está hambriento!

Los vítores llegaron hasta la mismísima luna llena que se alzaba en el cielo. En su centro, si se tenía buena vista, se podía distinguir un pequeño hueco de negrura. Un ojo. Una señal a seguir. De nuevo el albatros alzó el vuelo y encabezó la navegada. Dejaron atrás la bahía que habían llenado de peces muertos. Quedaba poco para que la tierra de la exigua isla que les servía de escondite desapareciera de su vista, cuando una voz corrió de boca en boca por todo el barco. Ya estaban preparados para ella.

-¡Deriva a babor!

Cuando la voz llegó al timonel, Ander se aferró a un cabo. Robert hizo otro tanto, pues ya sabía lo que sucedía cada vez que no tenían tierra a la vista. El tirón no se hizo esperar y el barco, inexplicablemente, se venció a babor como si le hubiese alcanzado una ola invisible. Gritos y maldiciones recibieron el vapuleo que el timonel trataba de compensar como podía, forzando a un lobo herido que se negaba a navegar en línea recta.

-¡Tenemos capitán, hija de puta! –gritaban siempre los marineros.

Un barco no navega recto sin capitán. Eso decían las leyendas. Y eso parecía creer el océano, pues cada vez que el Lobo perdía de vista la tierra, se escoraba a babor. Sólo había una forma de detener aquello. Ander le dio un toque en el hombro al timonel que soltó la rueda de mando y ocupó su lugar. Aferró con fiereza aquella inexplicable fuerza que hacía girar el timón hacia un lugar antinatural y se mantuvo firme. Robert, por su parte, corrió hasta la bodega de artilleros de babor donde Hendrik tenía un cañón preparado. Le habían quitado las calzas y entre tres lo sujetaban cual perro rabioso.

-¡Listo! –gritó el contramaestre.

No hizo falta más. La chispa prendió el cañón y un ensordecedor trueno liberó una bala que fue a perderse en la noche. De pronto, el barco volvió a su estado natural. Como si aquel manotazo de fuego, aquel grito de atención, hubiese obtenido respuesta. El Lobo tenía capitán y nombre. Y nadie iba a renunciar a ninguno de los dos. Mientras la alegría corría por lo tablones sobre sus cabezas, Hendrik selló la boca del cañón.

-¡Espero que no se os olvide, perros inútiles! –Les gritó al resto de artilleros-. ¡Que nadie se acerque a este cañón pase lo que pase hasta que volvamos a ver tierra!

Todos asintieron. Robert incluido. Aquella señal era para advertir a quien quiera que fuese que el capitán estaba a los mandos y vivo. Repetirla quería decir algo que nadie de los presentes quería siquiera imaginar…

-Vuelvo junto al capitán –les informó Robert-. No sé cuánto navegaremos en la oscuridad, pero dice que para el amanecer le habremos encontrado.

-Si se lo ha dicho el pájaro, entonces confío en él –le contestó Hendrik mientras se limpiaba el sudor-. Dios quiera que no se equivoque…

-¿El pájaro? –Preguntó inquietado Robert-. ¿Te refieres al albatros?

Un silencio sepulcral, que dejó espacio hasta al más leve quejido de la nave, hizo estremecer a Robert.

-¿No sabes lo que les pasa a los que la diñan y quedan flotando para que se los coman las alimañas, verdad?

-No…

-Pues si te caes al mar, procura agarrarte a algo que te lleve al fondo y quédate ahí. Es mejor un alma en el infierno que una eternidad atrapado entre los dos azules –le confesó Hendrik-. O si no, pregúntate por qué nadie quería ser contramaestre hasta que apareciste tú aquí.

Aquello hizo palidecer a Robert. No podía ser. Pero después de todo lo que les estaba pasando, ¿podría ser que un alma a la deriva hubiese recalado en un albatros?

-No pienses en ello –le dijo una voz fría a su espalda-. Concéntrate en el alba. Ahí está nuestra venganza, Faluka. Ahí está nuestro destino, si es que todavía queremos tener uno.

El chico, que había subido a cubierta cargando con aquellas tribulaciones, se volvió para encontrarse con su capitán revisando una de sus dos pistolas de chispa que guardaba en el cinto.

-No puede ser cierto…

-A veces pienso que sí –dijo Ander al tiempo que le ponía la mano en el hombro-. Y a veces le veo meter el pico en mi mierda antes de que pueda lanzarla al mar. Pero por las dudas, haz caso a Hendrik.

Con aquella inquietud y una calma tensa, navegaron a merced de los vientos nocturnos. No hubo marino que no hiciera acopio de todo su material de asalto o rezase al dios en el que creyese. Los pechos estaban llenos de estampas de santos, los filos de las espadas de besos. Los corazones llenos de odio y miedo. Odio contra aquel loco pelirrojo inconsciente. Miedo, porque si le encontraban y acababan con él, aquel infortunio no les abandonara.

-¡Barco a la vista!

Todos corrieron por la cubierta al escuchar la voz de alarma. Apelotonados sin orden, trataban de vislumbrar lo que anunciaba el español, que ocupaba el puesto de vigía. Robert resistió la tentación de unirse a ellos y aguardó junto a su capitán mientras soplaba la punta de su arcabuz y comprobaba que tenía la mecha de su muñeca lista para prender. Descubrió la figura del albatros sobrevolando tras de sí.

-No es él –musitó el capitán-. Eso es una carraca, no un bergantín pirata.

Robert lo confirmó cuando el contorno de la nave fue tomando forma. Tres palos de velamen rectangulares. Dos puentes de mando sobre un inmenso castillo de popa y un calado tan espeso que haría difícil que sus cañones lo horadaran. Era un monstruo lento que, seguramente, cargaría al menos el doble de piezas de artillería que el Lobo Azul. No era su objetivo. Pero era un objetivo y ellos piratas. Así pues, había sólo una única pregunta para el capitán.

-¿Arriamos la bandera, mi capitán?

Venganza o piratería. Pudiera ser que nunca encontraran al Lobo de aquel maldito irlandés. Podría incluso haberse hundido. Ander, en secreto, se había informado de sus rutas de abastecimiento y por eso esperaba encontrarlo en aquellas aguas. Pero su información era vieja y todos querían y necesitaban una victoria. Tal vez la venganza pudiera esperar. La liberación posponerse. Pero el oro no esperaba a nadie. Maldijo al destino y se maldijo a sí mismo antes de gritar la orden que su corazón le dictaba.

-¡Dejadles ver quienes somos! –Gritó mientras desenvainaba-. ¡Arriad la calavera!

El comportamiento perezoso de la carraca cambió al momento que la bandera negra ondeó sobre el pabellón del Lobo Azul. Piratas. Y el Noble conocía su oficio. Quedaba saber si el capitán de aquella enorme nave conocía el suyo.

-¡Quince grados a estribor! –Le gritó al timonel mientras su albatros volaba ligeramente escorado a la derecha-. ¡Está a punto de amanecer y el viento va a cambiar! ¡Aprovechémoslo! ¡A toda vela!

No hizo falta más para que marineros se tornaran en piratas. Hombres malditos a combatir. A robar. Y, aunque era bastante improbable, violar.

-No parece que haya mujeres a bordo –gruñó el timonel escudriñando por encima del timón de espadilla-. Ese tipo de bichos sólo lleva una cosa…

-El oro del rey –susurró codicioso Robert.

Y en cuanto se acercaron un poco más, los colores de un rey en desgracia se hicieron patentes. El rey de España. Sonrisas inglesas corrieron de boca en boca. Los españoles no eran los mejores marinos, ni tenían los mejores barcos o capitanes. Pero tampoco eran los peores, y tenían el defecto de no saber rendirse, por lo que aquello sólo se dirimiría a fuerza de pólvora y sangre.

-¡Timonel, ponnos a navegar de bolina! –ordenó el capitán.

-¿Contra el viento? –Repuso Robert preocupado–. Nuestra mejor virtud es la velocidad…

-Nuestra mejor virtud es ser piratas, Faluka –replicó Ander-. Las carracas son torpes contra el viento. Y si ese tipo es como todos los españoles, confío en que copie cada uno de nuestros movimientos.

Lo hizo. En cuanto el Lobo se puso a crujir tras encarar al viento, la enorme nao hizo otro tanto. Mas la distancia se recortaba y pronto estarían a tiro de la artillería.

-¡Armad las piezas de estribor! –Gritaba Hendrik desde su posición a los hombres-. ¡Preparad las balas de larga distancia! ¡Vamos a arañarle la panza a ese bastardo!

Sabían que sólo conseguirían eso desde lejos. Aquella nave requeriría de mucha más munición de la que el Lobo albergaba para doblegarla. Pero no de hombres. Y con eso contaba toda la tripulación mientras lanzaban miradas de reojo a sus armas.

-Diez minutos para alcance de cañón –indicó Robert a su capitán en cubierta-. Una hora, hora y media a lo sumo para poder verles el blanco de los ojos.

-¿Alguna señal de rendición?

Todos los que estaban al alcance de las palabras de su capitán se echaron a reír. Incluido el propio Ander.

-¡Velas rojas! –Gritó entonces el vigía quebrando el buen humor prematuro-. ¡Son las velas rojas del Lobo Azul!

Al momento todos buscaron lo que había anticipado el español de vista de águila. Y no dieron crédito. En la lejanía, acercándose a la proa de la carraca, el navío del Santo Rojo sobre la cual se cernía una extraña e inmensa nube negra que no dejaba de descargar agua sobre ella. No podían tener más suerte. O menos. Todos sabían que no podrían con dos naves a la vez. Ahora sí que era el botín o la venganza, pues la vida siempre estuvo en juego.

-¿Qué hacemos capitán?

El Noble obvió las palabras acuciantes de Robert y miró al cielo, en busca de consejo y un amigo. Entonces, descubrió que volando sobre la estela del propio barco, el albatros aleteaba portando un pez muerto. Ander tragó saliva al ver su futuro y el de sus hombres tan claramente escrito.

-¡Algún día hay que morir! –Exclamó-. Estoy hasta los cojones de vivir bajo una sombra que no proyecto. Estoy hasta los huevos de perder. ¡Estoy hasta los mismísimos huevos!

Todos le miraron sorprendidos. Aquello no era propio de su capitán. Pero sí de un pirata con sangre en las venas. De un hombre que tiene al mar por patria y a la muerte por bandera.

-¡Estamos hasta los huevos! –gritó entonces alguien a viva voz.

-¡Hasta los huevos! –secundó el grito otro.

El grito se hizo uno y todos los pulmones exhalaron aquella maldición. Aquella intención. Pronto hasta el último de ellos se había desahogado. Les habían dicho al destino como se sentían. Y lo que harían.

-¡Todo a babor! ¡Timonel, coja el viento de través! ¡Vamos a por ellos!

-¿A por quién capitán? –se le ocurrió preguntar al contramaestre.

La mirada gélida y llena de odio de su capitán fue su respuesta. Contra todos. Contra el mundo. Contra el destino.

Fue una carrera frenética. La carraca pareció detenerse al verse acosada por dos frentes. Mientras, los navíos piratas volaban sobre la espuma al encuentro de la presa. Las manos se descarnaron tirando de cabos. De forzar velas y corazones. Pero cuando el sol ya abandonaba el mar, nadie era capaz de discernir quién llegaría antes al encuentro del mercante. Este, viéndose acorralado, hizo lo único posible: giró lentamente y quedó apuntado a estribor al Lobo Azul y a babor al Lobo del Santo Rojo. No se iban a rendir. Iban a morir matando. A las tripulaciones no les impresionó. Ni cuando las primeras andanadas lejanas bañaron la cubierta. Aquello tenía que terminar y la carraca no lo iba a impedir.

-Van a asomarse por babor –adelantó el joven Robert-. Con el sol a sus espaldas y para evitar las andanadas de la carraca. Ese irlandés no es estúpido.

-Entonces es hora de dejar de jugar contra la mala suerte… Y jugar con ella.

Aquellas palabras parecieron despertar algo en el Noble que salió a toda prisa hacia la escalera que llevaba a las bodegas. Robert reaccionó y ordenó mantener el rumbo. Lo sabio era que ellos entraran por estribor y afrontar así sólo una lluvia de proyectiles.

-¡No! –Gritó entonces el capitán volviendo a su puesto-. ¡Seguid de frente!

Aquello no tenía sentido a menos que quisiera estrellarse contra el enorme navío español. Pero nadie discutió. Todos los corazones estaban ciegos por el combate inminente. Robert, sin embargo, mostró cordura.

-¡Vamos a matarnos, capitán! ¡Tenemos que ponernos a distancia de cañón!

-Estaremos a distancia de disparo, Faluka –le contestó con sonrisa diabólica en su rostro-. Si no hay suerte, lo estaremos.

-¿Qué?

-Coge a tus arcabuceros y apóstate en la baranda de estribor. Tendrás tu oportunidad…

Obedeció. Contra la razón, lo hizo. Mientras se preguntaba qué oportunidad sería, casi podía oler la orina de los españoles y la sangre de los piratas de las velas rojas. Iban directos contra el casco de la carraca mientras el otro Lobo Azul se abría para poder descargar la fiereza de su artillería contra los españoles. Robert y sus hombres se acurrucaron bajo la baranda buscando protección. Entonces, cuando todo estaba perdido, una sombra de albatros ensombreció el sol un segundo.

-¡Hendrik, ahora! –tronó el Noble.

El sonido de cañón era inconfundible para Robert. De pronto el Lobo, que iba en rumbo de colisión, se escoró hacia babor abruptamente, cambiando de trayectoria. Se colocaron entre la carraca y el pirata de velas rojas ante la sorpresa de todos. El resto fue acallado por un centenar de cañones disparados al unísono. La sangre manchó la cubierta de muerte y el Lobo sangró astillas allí donde la artillería de la carraca le impactaba. Las balas de la nave de McClane ni les rozaron. Pasaron a través de su cubierta dañando doblemente a la carraca española.

-¡Ahora, Faluka! –gritó entonces Ander.

El muchacho y sus hombres se alzaron justo cuando las primeras gotas de lluvia empezaban a bañar su barco y se encontraron casi cara a cara con los arcabuceros del otro Lobo Azul, comandado por McClane, que vestía un hábito negro y sostenía un pequeño cañón entre sus enormes brazos. No daban crédito a la maniobra que acababa de acometer el barco del Noble. Pero la sorpresa había sido general y Robert no estaba preparado. Alzó su arcabuz para al menos poder descargarlo, cuando algo cayó sobre él del cielo. Un rayo plateado. Un albatros. Sus miradas se cruzaron un instante. Un latido. Robert creyó ver lo imposible en ellos justo cuando los arcabuces se aprestaron a cantar. Los del Lobo de velas rojas estaban demasiado mojados para disparar. Los de Robert y los suyos no. Todo pasó en un suspiro. Lo que tardó el viento en alejarles. Lo que tardó el destino en alojar la bala del arcabuz de Robert en el pecho del desconcertado Santo rojo. Le vio caer de espaldas junto a la mayoría de sus hombres. Fue un tiro de suerte. Improbable. Pero le había dado. Entonces el Lobo Azul sin capitán se tambaleó y viró a estribor de manera fortuita e imposible. Ya no tenían capitán. Y así acabó yendo de bruces contra la carraca a la que alanceó con toda su fuerza, y se alojó en su panza mientras que el Lobo Azul de Ander pasaba bajo la última andanada de artillería de la carraca.

Cuando los gritos y cañones dejaron de sonar y el caos dio paso a la cordura, estaban alejados de las dos naves envueltas en un abrazo mortal. El ruido de armas y gritos de dolor sonaba lejano. Ajeno. Ander y sus hombres observaban el espectáculo desde la cubierta. Robert no miraba. Sólo tenía ojos para su mano herida. La que le había dañado el albatros que ahora yacía muerto a sus pies.

-Está… ¿está muerto? –preguntó Hendrik con voz trémula.

-Si no lo está, no tardará en estarlo –contestó Ander mientras se agachaba para recoger el cadáver de su mascota-. Buen trabajo, viejo amigo.

-He… he tenido suerte –fue lo único que Robert pudo balbucear-. Ni siquiera estaba apuntando. Pero entonces el albatros se me echó encima y disparé por reflejo.

-Suerte… Hacía mucho que no teníamos suerte, chico.

De pronto un albatros, como salido de la nada, se posó sobre el timón del Lobo. Su pico era de un rojo intenso y su mirada destilaba un odio infinito.

-Te advertí que no jugaras con la suerte –susurró el Noble mientras sus hombres estallaban en vítores de alegría-. Disfruta de tu suerte, bastardo.

En la distancia, un enorme crujido hizo que unas velas rojas fuesen engullidas por inmenso azul. Muchos de los piratas dijeron que les pareció el gemido lastimero de un lobo. Pero todos sabían que el único lobo que quedaba seguía navegando. Y lo seguiría haciendo hasta que la suerte les abandonase.

                                                                                                                                             David Gambero 2012

El Laberinto del Coloso.

Autor@: David Gambero

Ilustrador@: Daniel Camargo

Corrector/a: Carme Sanchís

Género: Ciencia Ficción

Este relato es propiedad de David Gambero, y su ilustración es propiedad de  Daniel Camargo. Quedan reservados todos los derechos de autor.

El Laberinto del Coloso.

Le llaman Coloso porque la palabra gigante se le quedaba pequeña. Reí la primera vez que lo escuché. Y lloré la primera vez que lo vi. Tenía cinco años y era una niña muy alta para mi edad. Mi padre, como regalo de cumpleaños, me llevó a verle. Al hombre imposible. El hombre grande.

Él me enseñó lo real que era el cuento de hadas en el que yo aún creía y lo pequeña que era en realidad. Pequeña en comparación con todo. Creo que fue lo primero que mi mente infantil llegó a comprender completamente. Allí, parada bajo la inmensa sombra de aquel hombre impasible y sin llegar a abarcarlo del todo con la vista, supe mi lugar en el universo. Y no me gustó nada. Por eso lloré. No porque aquel ser me infundiese miedo. Sino porque siempre, hiciera lo que hiciera, sería pequeña. Por eso me esforcé tanto desde aquel día. Estudié. Luché y viví todo lo que pude. Tratando de crecer en todos los sentidos. Y la mejor manera de hacerlo fue hacerme piloto. Pero no una piloto de astronaves. No quería surcar el universo. Eso era sencillo. Allí arriba todo era negro o blanco. No. Yo quería algo complicado. Yo quería a mi Coloso. Por eso piloto ornitópteros. Porque es lo único que este tolera que le sobrevuele.

-¡Helen Stone!

Palmeo el lomo de mi ornitóptero mientras ahogo una sonrisa. Mi nombre enmarcado en ese tono solo puede traer buenas noticias, porque ya me conozco el de las malas. Me cuadro ante el curvilíneo perfil de Matthew que llega bañado en un sudor frío. Viene a la carrera y sin desayunar, ergo de mala leche.

-Un viejo amigo mío quiere… “necesita” verte.

Mi mirada navega, como siempre y sin querer, al dedo anular de la mano derecha que le falta a Matthew. Maldición familiar, me dijo cuando años atrás surgió la pregunta.

-Tengo una misión de reconocimiento en diez minutos…

Entonces Matthew saca unas diminutas alas de mosquito y me las tiende.

-Se acabaron los reconocimientos, capitana Stone –me dice confirmando un extraño e inesperado ascenso-. En una hora en la sala de reuniones. Sea puntual.

Cuando llego me sorprende que quien me espera no viste el gris de la Federación. Dándome la espalda y enfrascado en una representación holográfica del Coloso, la ciudad que guarda en su interior y mi insectoide, hay un hombre enfundado en un traje completo azul apagado. Miles de líneas rojas y verdes lo cruzan formando intrincados símbolos y, tanto de su espina dorsal como de sus brazos y piernas sobresalen unos pequeños bulbos que parecen palpitar con cada respiración que toma.

Ilustración de Daniel Camargo

-Se presenta la capitana Helen Stone.

Mis palabras desaparecen cuando el hombre se voltea hacia mí. Su mirada, oscura como la noche, me petrifica. Nunca creí que podría ponerle rostro a una leyenda. Pues ya he podido. Un semblante dulce y apuesto en otra época, ahora cubierto por una barba corta y cana, me escruta desde una posición que emana respeto y seguridad.

-¿Sabes quién soy?

Asiento. Es Robert Temperley. El legendario piloto del Coloso. El hombre que nos ha mantenido vivos ya una docena de veces. El hombre que, decían, ya no existía.

-Bien. Eso me ahorrará saliva –me lanza una extraña mirada que se apaga al segundo siguiente-. Voy a ir directo al grano: se acerca un Omhu.

Con esas palabras se esfuma toda una década de paz y prosperidad. Diez años de pasos atemorizados ahora se van a convertir en una huida desesperada. A menos que ese hombre esté pensando en lo que yo estoy pensando…

-Tal vez te sorprenda pero la Federación esta vez ha denegado nuestra petición formal de ayuda –niego con la cabeza al escucharlo. Hace tiempo que me lo temía-. Así pues, vamos a depender del grandullón.

Hace un pequeño gesto y la imagen, inmensa e imponente del Coloso, se transforma en la de un ser horrible. Un orondo y desagradable insecto con un centenar de bocas llenas de dientes afilados y viciosos ojos rojos me contempla desde su etérea forma. La escala que arrojan los datos de la criatura sería más que suficiente como para rivalizar con un planeta pequeño. Pero Alción no es un planeta pequeño. Los pequeños somos nosotros.

-Hemos pedido ayuda a Quimera y Heracles –me sorprende informándome de eso-. Puedes imaginarte la respuesta que nos han dado.

-Supongo que una versión diplomática de  “que os den por culo”, ¿me equivoco, señor?

Robert asiente pesadamente. Las viejas deudas se pagan hoy. Y no tenemos con qué. Con la ayuda de esos gigantes de las colonias cercanas podríamos hacerle frente al Omhu. Sin ellas…

-¿Y qué puedo hacer yo, señor?

Robert avanza atravesando la imagen de pesadilla del Omhu y se planta ante mí. Es más alto de lo que aparenta y desprende un aura que lo hace incluso mayor. De nuevo soy pequeña.

-Quiero que me des una vuelta en tu bicho.

Nunca he visto a Camargo tan nervioso. Me lo asignaron cuando no era más grande que un perro. Lo cuidé, crié y desarrollamos el vínculo necesario hasta que, llegado el momento, creció lo suficiente como para poder implantar una cabina en su interior. El resto había sido sencillo. Habíamos surcado los cielos libres a la sombra del Coloso realizando todas las tareas necesarias para la defensa y conservación de las minas de Kellium. Ese mineral que nos permite movernos entre las estrellas, que rivaliza en valor con la propia vida humana. El que trajo a nuestros antepasados a colonizar este planeta gigante y extraño. Y lo que atrae a los Omhu a través de las estrellas como la luz a las polillas.

-Vuela alrededor de los pies –me indica Robert encajado a mi lado-. Hazlo tan rápido y bajo como puedas.

Se me hace un nudo en la garganta. Los dedos son tan grandes como montañas, pero sé de buena tinta que entre ellos están las espinas de Aquiles. Miles de púas de un par de kilómetros de altura formadas entre los dedos. Restos de los Omhu que ha aplastado el Coloso. Mis manos y mi corazón encaminan a Camargo hacia donde me indica. El ornitóptero se retuerce un poco de miedo. Le digo que está bien. Que lo ha hecho otras veces y puede hacerlo una más. Robert no cambia el gesto. Serio como una estatua mira cómo encaro en zigzag los enormes bloques de piedra que nos rodean. Camargo los esquiva y vuela como una flecha a través de ellos. Suave cuando puede, ligero y salvaje cuando debe. Pasamos dos dedos con soltura y me vuelvo hacia Robert para preguntarle con la mirada si es suficiente. Lo encuentro con los brazos cruzados y los ojos cerrados, enfrascado en un gesto de inmensa concentración. No entiendo nada hasta que, de pronto y casi desafiando lo imposible, el Coloso alza lentamente el pie. Lo que para él equivale a unos centímetros, para Camargo y para mi son decenas de kilómetros.

Veo cómo se nos hace de noche y atisbo de reojo una leve sonrisa en el rostro de Robert. Comprendo entonces lo que está por venir y me apresuro hacia el único sitio que podemos ir. Hacia delante. Pero no hay escapatoria. Lo sé y no me rindo. Sigo adelante. Contra la lógica y el miedo. Contra mí misma. Hago más afilado y rápido si cabe el vuelo de Camargo. Rozo el suelo y nuestros límites apurando los segundos de vida que nos quedan. Ya casi estamos a salvo. Pero entonces veo un dedo sobre nosotros y lo aplastante que va a ser la realidad. Cierro los ojos sin poder evitarlo ni comprenderlo. Sin poder, siquiera, entender mi final.

-Ya puedes abrir los ojos, niña.

Lo hago sin saber muy bien qué ha pasado. Seguimos volando. Camargo rozando casi el suelo con sus patas. Y, detrás, el Coloso con su pie aún levemente alzado.

-Sabes volar y no sabes rendirte –me dice Robert.

-¿Qué…? -articulo con dificultad.

-Si no vamos a pelear en un simulador no voy a usar un simulador –es su respuesta-. Hay algo muy importante que debo contarte y voy a tener que arriesgarme presuponiendo que eres la persona apropiada…

Mientras vuelo hacia el rostro imperturbable del Coloso, me doy cuenta de que se parece un poco a Robert. Hay algo en su rostro, sereno e imperturbable, que me recuerda al hombre que he dejado atrás hace horas.

-Mucha gente me ha sacado ese parecido a lo largo de los años –retumba una voz en mi cabeza que me sobresalta.

Es Robert, desde donde quiera que esté. No recordaba que ha activado un enlace sináptico particular entre mi psique y la suya para no perder contacto en ningún momento. Eso significa que está en mi cabeza y todo lo que piense  lo escuchará.

-No es más que telepatía barata –vuelve a decirme-. No te leo la mente. Pero a partir de ahora si quieres algo de intimidad cuida cómo expresas tus pensamientos.

-¿Cómo es que yo no puedo escuchar nada? –Le replico mentalmente mientras pido acceso a la ciudad-. Hasta las leyendas tienen que pensar.

-Según todo el mundo las leyendas ni lloran, ni sangran, ni son derrotadas.

-¿Y cómo te convertiste en leyenda entonces?

-No haciendo ninguna de esas tres cosas –me suelta-. Ahora, prepárate para saltarte todas las leyes a la torera. De ti depende que valga la pena.

-Acceso concedido, capitana –susurra de pronto una operadora a través del comunicador del ornitóptero-. Bienvenida a casa.

Sonrío. Habría podido volver más si mi casa no hubiese estado en el interior de la cabeza de un gigante de centenares de kilómetros de altura. Dicen los antiguos registros que cuando los primeros habitantes de la Fundación llegaron a este planeta encontraron 35 gigantes. Sus figuras eran tan humanas como las preguntas que despertaron en ellos. ¿Qué eran aquellos inmensos seres? Lástima que entonces descubrieron el Kelium y los esfuerzos se centraron en su recolección hasta que el primer Omhu arrasó con la colonia. Nada pudo detener a aquella bestia tan titánica como los propios y misteriosos gigantes. Entonces los supervivientes, desesperados, corrieron bajo el abrigo del Coloso.

-Y este despertó de su letargo para protegerlos –completa en mi cabeza Robert-. Todo eso no son más que cuentos, niña. Historias para tapar pecados y mitigar preguntas. No fue así en absoluto.

-¿Y cómo fue?

-Peor.

-¿Cuánto peor?

-Lo suficiente como para asegurarte que serás más feliz sin saberlo. Mantén la mente fija en la misión. El Omhu romperá la atmósfera en dos horas y todo esto se convertirá en un auténtico caos.

Lo recordaba. Caos era una palabra muy gentil para describirlo. Era muchísimo peor. De pronto recibo la orden para entrar en la ciudad. Los sistemas de defensa de la oreja me granjean el paso y tras atravesar la oscuridad del corredor auditivo del Coloso llego a la ciudad. Construida en su cráneo y, en una perfecta armonía entre lo artificial y lo orgánico, allí seguía tal y como la recordaba en mis sueños y pesadillas. Mi ciudad. Edificios altos como torres y relucientes a la luz del sol artificial que reina sobre ella. Prodigio de la tecnología y la bioingeniería, aquella serie de edificios, calles y almas eran uno de los mayores y más arduos logros de terraformación de la historia de la Federación. Terraformar un ser vivo. Poder vivir en la seguridad de la cabeza del Coloso. Siento como Camargo chilla de alegría al ver por primera vez la ciudad. Río por dentro con él. Siempre es bueno volver a casa. Incluso en este caso.

-Eres la dueña del tráfico aéreo, niña –me recuerda Robert-. No dejes que la ciudad te distraiga.

Me cuesta hacerlo. A esta distancia sobrecoge. Ver cómo hombres y mujeres mejores lucharon y consiguieron dejarnos un prodigio así en cada uno de estos gigantes, es simplemente inconcebible. Pero entonces algo en el radar de Camargo me alerta. Ha detectado uno.

-No lo puedo creer… -susurro.

-Pues bien que has accedido a la misión sin creerlo –gruñe Robert-. Ve y disgrega las pesadillas del Coloso.

Pesadillas. Así las llamó. No podía creer que nada pudiera perturbar a un Coloso. Que nadie pudiera penetrar en su interior. Pero claro, si lo hicimos nosotros, ¿por qué no un Omhu? Al parecer, el último que abatió dejó algo tras de sí. Algo destinado a destrozar al Coloso desde dentro. A perturbar su extraño sueño. Robert se pasó los últimos años tratando de comprender qué era lo que le acontecía al Coloso, pero no fue hasta que este detectó la venida del Omhu que no pudo dar con la fuente. Parásitos Omhu en su cabeza. Pesadillas.

Llego al lugar que me indica Camargo pero no veo nada. Ante mí sólo hay un edificio con una inmensa pantalla de holo-video que anuncia Pepsi-Cola. Pero la señal de Camargo es clara: está ahí. Ante nosotros. Y aún así…

-Dispara –me ordena calmadamente Robert.

-¡No puedo! ¡Ahí dentro hay miles de personas!

-Y el pilar central que sostiene ese puto edificio es una terminación nerviosa del Coloso. Pero esa mierda está ahí devorándolo. ¡No hay tiempo para tener conciencia! ¡Hazlo!

Sí que lo hay. Hago que Camargo haga un tirabuzón y se aleje. La holo pantalla. Se necesita un piso vacío para albergar una tan grande. Cargo los bio-aguijones de ornitóptero. Camargo se muestra confundido pero le digo que todo está bien. Que lo que ve no existe, relativamente. Aún así, se niega. No va a hacerlo. Pero  yo sí.

Entonces me abalanzo hacia delante. Atravieso el anuncio como si de un fantasma se tratase y lo veo. Una columna oscura reinando en la estancia. Sólida. Funcional. Hay algo en ella. Algo que no habría visto nunca de no ser por Robert. En ese momento la pátina oscura se revela. No es pintura. Es algo más. Dos ojos como rubíes aparecen donde no debería haber nada y una boca repleta de dientes torcidos sonríe amenazante. Un Omhu. Una pesadilla. No hay duda. Disparo los bio-aguijones de Camargo y el impacto es brutal. El grito de agonía del Omhu es ensordecedor. Hago una pasada rauda a su alrededor y compruebo cómo se desploma arrastrado por la estructura del edificio. Las alarmas saltan al momento. Se viene abajo. Entonces Camargo chilla. Sus sentidos y los sensores implantados captan un centenar de señales iguales a la del Omhu derribado.

-¡Sal de ahí, niña! –grita Robert desde el otro lado de mi conciencia.

No necesito más. Lo hago tan justa que una de las alas del ornitóptero roza con los cascotes desestabilizando mi vuelo e hiriendo a Camargo. Tambaleándonos, salimos únicamente para afrontar el horror personificado. Casi un centenar de Omhu vuelan por los cielos de la ciudad del Coloso mientras la ciudad grita de miedo. Son demasiados. No podré con ellos.

-Deja de quedarte pasmada, niña –me urge Robert-. Encuentra a la madre y reviéntala.

Una mente colmena. Una reina de las pesadillas. Me explicaste demasiado en muy poco tiempo, Robert.

-No me dijiste cómo es la madre –me quejo mientras lanzo a Camargo en un vuelo vertiginoso entre edificios y Omhu.

-¡Porque no lo sé! –la tensión en la voz interior de Robert me es patente. Ya debe estar lidiando con su parte-. Mierda…. Tranquilo, grandullón. ¡Helen, escúchame! Una madre es una madre. A todas se las atrae de la misma forma.

Comprendo. Levanto a Camargo y le obligo a ascender mientras programo todos los bio-aguijones. Trazo blancos mientras esquivo. A mi lado los Omhu se lanzan y fallan la mayoría de las veces. Las que no, Camargo me lo hace saber. Pero no me detengo. Peleo hasta que el ordenador da el visto bueno. Entonces enderezo el vuelo y disparo una lluvia de misiles matando a discreción.

Una sombra enorme emerge desde abajo y me embiste. Mamá ha venido a proteger a sus críos. Bien. La estaba esperando. Antes de que los enormes dientes de la bestia hiendan a Camargo, obligo a mi ornitóptero a segregar todo el veneno que tiene.  Pero no es suficiente. La muy desgraciada muerde y atraviesa al pobre Camargo que chilla y se estremece mientras los Omhu restantes se arremolinan a nuestro alrededor como si quisieran despegar a su madre. Pero el veneno de Camargo es potente: no se librará. Luchando caemos hacia nuestro fin. Sé que Robert me grita algo pero no tengo tiempo para nada que no sea intentar una última maniobra. No quiero salvar el pellejo. Ya es tarde para eso. Sólo quiero caer sobre la Omhu. Quiero ser lo suficientemente grande como para aplastar a este bicho. Fuerzo casi con plegarias a Camargo mientras el mundo danza frenético a nuestro alrededor. Sombras y luces. Vida y muerte. Todo se mezcla. Todo quiere tomar el lugar del otro. Grito. Y entonces llegamos al suelo. Llegamos al final. Y ahí ya sólo cabe lugar para el adiós.

-Helen….

La oscuridad pronuncia mi nombre. Y tiene el mismo timbre que Robert.

-Despierta…

Lo hago, aunque lejos del lugar al que prometen que vas cuando mueres. Estoy dentro del cuerpo sin vida de Camargo. La cabina y mi pobre ornitóptero me han salvado.  La visión que recibo al abandonarlo me acompañará de por vida.

Acaricio al pobre insecto mientras dejo fluir mis lágrimas libremente. Robert me deja espacio para llorar mi pérdida. No me recuerda el horror de miembros, sangre y vísceras sobre las que estoy detenida. Se calla mientras me vacío, mientras trato de no romperme en mil pedazos como el pobre Camargo. Entonces, cuando las lágrimas no enturbian mis ojos, veo dónde estoy. No reconozco el lugar. Esto no es la ciudad del Coloso. No hay edificios, ni metal, ni tecnología. A mi alrededor predominan la piedra y el musgo. Enormes bloques de roca contenedores de la omnipresente biología del Coloso. Bloques palpitantes. Demasiado parecidos a los del traje de Robert.

Súbitamente, y como salida de la nada, aparece rompiendo un cielo azul que no debería estar ahí, una enorme astronave. Miles de Omhu tan pequeños como mortales la están haciendo trizas. Todos los esfuerzos que hacen para defenderse son inútiles. Sólo ganan tiempo mientras pierden más vidas. Ni puedo creer ni entiendo qué está pasando o dónde se supone que estoy.

-Estás en el laberinto del Coloso –me dice de pronto Robert imponiéndose como lo único cuerdo a mi alrededor.

Sobre mi cabeza, la batalla perdida de antemano, se recrudece. Uno de los dos motores explota y la astronave se rinde a la gravedad. Dios, van a caer sobre mí.

-¡Robert! –chillo mientras la nueva sombra de la muerte se cierne sobre mí.

-¡Son fantasmas, Helen! –Trata de tranquilizarme-. ¡No pueden hacerte daño a menos que les dejes!

Pero es difícil hacerle caso cuando una astronave tan grande como la Luna se desploma sobre ti. Me tiro al suelo mientras siento el calor de las llamas y el frío de la muerte por segunda vez en menos de cinco minutos. Mi final me engulle, pero tampoco me traga. En su lugar todo vuelve a cambiar. Estoy entre los restos destrozados de una ciudad. Una construida con los restos de una nave. No necesito ser matemática para saber de dónde viene todo esto.  Aunque un psiquiatra no me vendría mal.

-No sobreviviremos –dice una voz a mi espalda.

Allí, en pié y haciendo caso omiso a mi presencia, hay dos integrantes de la Federación. La que ha hablado es una mujer enfundada en un bio-traje característico del cuerpo científico. Tiene la derrota en la mirada y el cansancio hendiendo sus hombros. Su pelo, dorado, está igual de apagado que su ánimo.

-No pienso rendirme –le contesta el hombre que hay ante ella enfundado en una armadura de combate de la Federación. El casco me impide ver su rostro.

La pareja sigue hablando mientras el cielo se oscurece. Él cambia el cargador a su arma mientras ella se frota el brazo como si estuviese aterida de frío. Yo no noto nada. Y eso me preocupa.

-¿Qué es todo esto, Robert?

-Esto es el Coloso, niña. Estás pisando el terreno que debería estar vedado para cualquier persona… -su voz decae mientras escucho cómo alguien, más allá del propio piloto legendario, gime de dolor-. Lo sé porque yo mismo lo traspasé una vez. Y quedé atrapado en él.

De pronto aparece un enorme Omhu ante mí. No sé de dónde ha salido pero sólo puedo quedarme petrificada ante su aterradora presencia. Abre su enorme boca y unos afilados tentáculos escapan de la misma tratando de engullirme. Una deflagración lo detiene. Otra lo abate. La tercera le hace explotar. Me volteo y veo al soldado que me ha salvado la vida reticente a bajar el arma.

-No dejarán de venir –dice la científica que se aproxima al Omhu muerto-. Este maldito planeta les seguirá llamando para siempre.

Me siento demasiado viva para creer que soy un fantasma, por la manera en la que me ignoran todos a mi alrededor. Entonces el soldado se acerca al Omhu y le descarga un último disparo que le hace estallar el ojo derecho.

-¿Y qué pretendes que hagamos? –Pregunta el soldado-. No podemos irnos de aquí.

-Sí que podemos -le contesta ella-. Hay secciones de la nave que aún funcionan. Jake, Andrew y John ya han empezado a repararlas. Podríamos tener un módulo de escape listo dentro de un mes. Saltaríamos a otro sector a través del nodo por el que llegamos.

-¿Y qué pasará con el resto de naves colonizadoras cuando lleguen aquí? –Replica él cara a cara-. ¿Abandonarías a todos los que nos siguieron? ¿Les dejarías a merced de los Omhu? No tuvimos tiempo de avisarles cuando llegamos.

-Ellos… Ellos tendrán que sufrir lo que nosotros sufrimos. Tal vez si les dejamos una sonda con un mensaje de advertencia en el nodo…

-¡Sería demasiado tarde, Jennifer! –Me la da a conocer el soldado-. No abandoné cuando llegamos aquí. Cuando todo estaba perdido conseguí que sobreviviéramos a pesar de todo lo que perdimos. No voy a rendirme ahora. No pienso hacerlo.

Ella le da la espalda mientras siento que algo sagrado se resquebraja entre ellos. En la lejanía, más figuras de supervivientes se me hacen presentes.

-Dime la verdad. ¿Haces esto por el Kellium?

-Sin el Kellium no podríamos seguir adelante –se excusa él-. La humanidad lo necesita si quiere expandirse a través de las estrellas. Sin él sabes que no habríamos durado ni un minuto contra esos seres. Sin él…

-Haces esto por el Kellium, ¿sí o no?

El soldado se queda petrificado ante el grito desesperado de la científica que se ha echado a llorar. Hay algo más que miedo o cansancio en su mirada. Hay ira. Hay amor.

-Lo hago porque hay que hacerlo.

-¡Mientes! –Acusa ella señalándole- ¡Lo haces por ella! ¡Sabes que viene en la siguiente migración! ¡Por eso peleas!

De pronto el soldado suelta el arma, aferra su casco y se despoja de él. Me quedo sin aliento al descubrir su rostro. Es muy parecido a Robert. Tanto que podrían ser hermanos. Pero no. A Robert sólo se le parece. Hay alguien a quien es clavado. Pero es imposible.

-Caminas por el sendero de lo imposible, Helen –resuena en mi cabeza Robert-. Todo hombre fue pequeño antes de ser grande. Todo hombre tiene su razón para crecer.

El Coloso. Ese hombre es el Coloso. Pero no es posible. Nadie puede hacerse tan grande en ninguno de los sentidos. Nadie.

-Todos luchamos por una razón -contesta el Coloso a Jennifer, agachando la cabeza e interrumpiendo mi línea de pensamientos.

-¿Por qué me hiciste creer que me querías entonces? –Le reprocha ella ya sin disimular sus lágrimas y su dolor-. ¿Por qué me diste falsas esperanzas?

-Todos necesitaban esperanzas después de nuestra llegada. Falsas o verdaderas di a cada uno las que pude para que sobrevivieran. Era mi deber.

Ella le abofetea entonces con todas sus fuerzas. El golpe apenas le hace tambalear pero en su rostro veo como le ha hecho mucho más daño por dentro que por fuera.

-El deber de un mentiroso –gime ella mientras le da la espalda y se aleja hacia la ciudad-. El deber de un cobarde.

Él alza entonces su mano para detenerla. Para decirle algo. Pero se queda ahí. Incapaz de hablar. Incapaz de pedir perdón. Clavado por su pecado. Siento pena por ambos. Una que apenas me deja respirar.

-¡Deja de mirar atrás y mira adelante, desgraciado! –grita Robert dentro de mi cabeza. No sé cómo pero estoy segura que es al Coloso-. ¡Tu enemigo es ese monstruo! ¡No eres tú! ¡Pelea, desgraciado! ¡Pelea!

Todo se vuelve borroso a mi alrededor. Todo vuelve a cambiar. Estoy a los pies de una nave construida claramente a retazos. En la rampa de entrada a la misma se encuentra Jennifer flanqueada por dos hombres más. Todos con traje de vuelo. Todos con la misma mirada adusta. Ante ellos casi un centenar de personas, harapientas, sucias y cansadas les contemplan con esperanza en la mirada. El Coloso lidera el grupo. Está claro que el tiempo ha pasado por ambos. Y la distancia entre ellos también.

-Lanzaremos el ataque para distraer a los Omhu en el mismo momento que despeguéis –informa el Coloso-. Eso debería daros tiempo para alertar a las naves que atraviesen el nodo de salto y conseguir que aterricen a salvo.

-Lo lograremos –dice uno de los hombres junto a Jennifer.

Ella se limita a asentir con seriedad antes de penetrar en la nave. El Coloso, por su parte, guía al cansado grupo de combatientes fuera de la ciudad. Les sigo pensando cómo saldré de este laberinto de recuerdos y la esperanza de saber que Robert lo consiguió.

-No del todo –me dedica este al sentirse aludido.

Repentinamente todos alzan la mirada ante un destello luminoso que rompe el cielo. Algo ha atravesado el nodo de salto. Las naves son tan grandes que incluso desde donde estamos son visibles. Vítores se alzan ante la esperada llegada de refuerzos. Pero entonces algo sucede. Hay una explosión y una de las naves cae al planeta sin control. Los Omhu aparecen ante los atónitos luchadores. Todos se defienden por sus vidas. Todos menos el Coloso que se lanza en una alocada carrera hacia la estela en llamas que cae a tierra. Le sigo aunque Robert me grita que no lo haga. Ya no puedo detenerme. Necesito verlo. Necesito saber qué pasó. Todo se ondula a mi alrededor y en un segundo estoy entre los restos de la nave. El Coloso grita mientras rebusca allí donde no puede haber supervivientes. Entonces se detiene ante un lecho criogénico. Golpea el cristal del lecho con su arma hasta que consigue romperlo. Y veo como es él el que se rompe. Cae de rodillas llorando gritando un nombre de mujer mientras golpea con rabia la cápsula. Con el aliento contenido me acerco lentamente a su lado no sintiéndome tan invisible como en realidad soy. Pero quiero saber qué le hizo lo que ahora es. Necesito saberlo. Pero cuando me asomo a la verdad no veo nada. El nicho criogénico está vacío. Ahí no hay nadie. Y él, sin embargo, llora.

-Sí que había alguien –me dice Robert-. Alguien lo suficientemente importante para acabar como acabó…

-¿Y por qué no puedo verla?

En ese momento, una sombra se forma en el fondo del lecho y unos ojos rojos inyectados en sangre me lanzan la más amenazadora de las miradas. De pronto no soy tan invisible. De pronto soy muy, muy pequeña.

-Por eso no peleas, ¿no, viejo amigo? –Escucho los pensamientos de Robert-. ¿No recuerdas por quién lo hacías? No te culpo por ello. Pero no puedes aferrarte a ella para siempre. No puedes abandonarnos ahora. Tienes que luchar. ¡Tenemos que ganar!

Algo por lo que luchar. Sea por lo que sea que luchaba el Coloso ya no existe. En su lugar hay un engendro de oscuridad. Algo que le nubla el alma. Algo que no debería estar ahí. Saco el arma sin saber si funcionará o no. Pero estoy demasiado lejos de tener nada que perder. Disparo y el haz de luz atraviesa la sombra. A mi lado descubro al Coloso mirándome por primera vez. Roto de dolor y negando con la cabeza. Sabe lo que voy a hacer.

-¡No lo hagas! –me grita Robert.

Él también lo sabe. Pienso demasiado en alto.

-Es la única manera. Alguien tiene que llenar el hueco. Alguien tiene que hacerle creer que tiene algo por lo que luchar.

-Escúchame, Helen. No funcionará. Los dos somos parecidos y te digo que no le engañarás.

-¿Te serviría a ti una mentira para pelear?

Silencio. Sí. Sé que le sirvió en el pasado. Por eso es lo que es. Por eso es una leyenda. Porque se sobrepuso a la mentira y encontró algo por lo que luchar. El Coloso hará lo mismo. Cuando salga de esta lo hará. Y yo me iré.

-Ya no tengo miedo. Ya no soy pequeña.

Entro en la cápsula y de pronto algo inmenso me invade y me hace crecer. Siento que me rompo. Que lo que soy se funde con algo que una vez fue. Me pierdo en el laberinto de su consciencia. Y la veo. Veo por quién ha estado luchando todos estos años. Ambas nos sonreímos, pues fuimos pequeñas una vez. Y ambas crecimos en su corazón. Mientras me desvanezco una voz penetra en mi interior. Es y no es la de Robert. Me piden perdón. Yo no digo nada. Sólo asiento y me pierdo en su interior.

-Lucha… -es mi último susurro. Mi último deseo. Mi fin.

***

El Omhu cae. Roto. Desgajado por unas manos gigantes. Yo sólo puedo verlo desde el suelo mientras los sistemas de emergencia de la Federación evacuan la ciudad. Hemos caído, pero no hemos perdido. De no ser por la niña no habría podido ganar tiempo. De no ser por las fuerzas que le insufló con su mentira esa bestia nos habría devorado en menos de un minuto. Helen nos dio fuerzas para luchar… Pero no para ganar. Eso ya lo había perdido el Coloso para siempre. Y ahora yo a él.

Mientras todos alaban al gigante Heracles, pienso que sólo espero poder vivir lo suficiente como para decirles a quién realmente le deben la vida. Quien debe ocupar un lugar enorme en sus corazones y plegarias. Sólo eso. El resto ya serán pequeñeces.

David Gambero 2012

La noche vacía.

Autor@: David Gambero

Ilustrador@:  Vicente Mateo Serra – tico

Corrector/a: Carme Sanchis

Género: Fantástico

Este relato es propiedad de David Gambero, y su ilustración es propiedad de Vicente Mateo Serra – tico. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La noche vacía.

Ilustración de Vicente Mateo Serra – tico

Matthew alzó la mirada en busca de unas velas que los siglos y el progreso se habían tragado. El viento ya no impulsaba a las naves en la mar sino el sucio ruido de un motor diesel del tamaño de un cobertizo. Un suspiro supo hacerse hueco entre sus sentimientos y fue a unirse con la tenue bruma que pronto engulliría toda la cubierta del barco. Se caló el abrigo y el gorro en busca de un vano abrigo contra el frío ártico, pues hacía horas que habían sobrepasado la última línea marítima donde verían el sol. El cielo de Svalbard ya se había saciado con la claridad y tardaría meses en digerirlo y volver a deglutirlo.

-Me voy a perder la aurora boreal, ¿verdad?

Aquella pregunta susurrada entre la tristeza y la añoranza hizo conjurar a Matthew una leve sonrisa. Temblorosa, frágil y sobrecogedora, se encontraba a su espalda Helen. El enorme abrigo de piel con el que se cubría apenas la convertían en una pequeña hada de ojos negros y profundos. Unos que brillaban con fuerza a través de las gruesas gafas de esquiar con las que se protegía de las corrientes heladas.

-¿Cómo se encuentra? –preguntó directo al grano Matthew.

Helen se arrebujó a su lado y dejó descansar su cabeza sobre el hombro de este que apenas sintió el peso de la chica. Y nada tenía que ver la cantidad de abrigo con la que se defendía del frío: su toque siempre era así, suave, casi irreal…

-¿Mk? –Contestó ella con otra pregunta-. Debe ser de los pocos de este cascarón que tiembla más por miedo que por frío. Creo que se está dando cuenta de dónde se está metiendo… Tarde, como todos por otra parte.

-¿Crees que se rajará?

-¿A estas alturas… o latitudes? –Helen sonrió con ganas-. No. Es de los que va hasta el final.

Matthew masculló por lo bajo algo que Helen no llegó a oír. Su atención había sido robada por la densa neblina que convertía el azul en blanco. Alzó su mano enguantada y dejó que la condensación pasase a través de esta como si fuese un fantasma. Uno muy frío. Uno necesario.

-Entonces ya casi estamos a punto –sentenció Matthew sacando su teléfono móvil del bolsillo y comprobando la posición por satélite-. Se acerca la calma.

-Odio cuando dices eso…

-¿Por qué suele significar todo lo contrario? –la abrazó él de repente tratando de confortarla.

Helen no contestó. Simplemente se dejó engullir por el abrazo y la chispa de calidez que este desprendía. Para su desgracia el momento fue sesgado de raíz cuando una voz ruda, y en un noruego nada académico, ordenó encender las luces del barco. Tres potentes proyectores crearon un aura de blancura destinada a combatir contra aquella bruma. Un combate perdido de antemano. Pero, aún así, un combate ineludible. Uno como el que estaban a punto de afrontar. Y aquella vez le tocaba a Matthew.

-¿Interrumpo?

A su espalda la figura enjuta de Mk les sorprendió. Apenas iba abrigado contra lo que el tiempo y la cordura aconsejaban y su cabello negro como la misma noche ondeaba desordenado al capricho del viento.

-Os dejo solos –le dijo Helen a Matthew en un susurro-. Voy a comprobar que está todo preparado en la habitación y nuestros amigos listos.

Matthew asintió al tiempo que esta se alejó tras intercambiar un breve saludo con un Mk que se acercó tímidamente a la borda.

-Todo esto tiene un sentido, ¿verdad? –preguntó este nada más encontró la seguridad de la barandilla.

-Lo crea o no, lo tiene –le aseguró Matthew.

-¿Por eso hemos tenido que venir hasta aquí? ¿Qué tiene este lugar de especial?

-Verá… Digamos que existen latitudes específicas en la Tierra donde el velo entre la realidad y el sueño es más sencillo de atravesar –explicó Matthew de la manera más resumida y eficaz que supo-. Ahora mismo vamos derechitos a uno.

Mk asintió lentamente comprendiendo a duras penas lo que aquel hombre le contaba, mientras sus pulmones se alimentaban de una densa y húmeda niebla que casi podría masticar más que respirar.

-Así que este lugar es como el Triángulo de las Bermudas…

-El Triángulo de las Bermudas es como Disneylandia en comparación con esto. Créame, los sitios desconocidos son así porque pocos quieren visitarlos más de dos veces.

-¿Y ustedes han estado aquí ya?

Matthew no pudo contestar. Un silencio tan grave como su semblante lo hizo por él ante el que Mk no pudo quedar ajeno aunque lo respetó uniéndose al mismo. Dos olas furiosas tuvieron que sacudir el barco para que nuevas palabras llenaran la noche.

-Soñar está sobrevalorado –dijo de pronto Matthew.

-No lo diría si no soñase en absoluto.

-Lo digo precisamente porque lo hago demasiado a menudo –replicó este mientras comprobaba de nuevo en su teléfono móvil dónde se encontraban-. Aún está a tiempo de echarse atrás.

-No podría vivir una vida arrepintiéndome de esa decisión, Matthew.

-Al menos podría vivir una vida. Espero que tenga sueño… Es hora de la siesta.

-¡Matthew! -gritó su nombre la lejanía.

Ambos hombres se adentraban en las entrañas de la Temperley cuando aquella voz les salió al paso deteniéndoles bajo la tenue luz de dos bombillas que colgaban como telarañas del techo reflejando la fantasmagórica visión que eran a la vista los intrincados jeroglíficos que adornaban las paredes de todo el barco. Matthew tenía por norma tratar de no fijarse demasiado en ellos. Le ponían los pelos de punta por más que fueran tan necesarios como él mismo para lo que estaban a punto de hacer. Al fondo, guardando esperanzas y la sala estanca se encontraba la grácil figura de Alba que les esperaba con impaciencia. Inmediatamente les hizo pasar a la enorme cámara frigorífica que había sido convertida en algo que rallaba lo irreal. Por doquier colgaban centenares de despertadores totalmente sincronizados cuyo tic tac rebotaba prisionero por los ojos de buey cerrados a cal y canto. Las paredes también habían sido decoradas con intrincados y numerosos símbolos arcanos y, en el centro de la estancia cinco camas dispuestas en círculo rodeaban a un gran jergón de paja.

Ilustración de Vicente Mateo Serra – tico

Los amigos de Matthew, tornados en un completo equipo de jugadores a su servicio tras numerosas incursiones en el mundo onírico, completaban el cuadro al borde de los lechos. Miradas de rutinas y sonrisas de compromiso desfilaron mientras la figura de Mk les observaba claramente fuera de lugar. Dos parejas completaban aquella misión. Robert y Alba como navegantes del sueño y John y Montse como arquitectos. El resto era cosa suya y de una Helen que parecía tan ansiosa como preocupada.

-¿Un somnífero? –ofreció solícita Helen a Matthew nada más llegar a su lado.

-Creo que él lo necesita más que yo –dijo este señalando con la cabeza a Mk-. ¿Ha echado el ancla el capitán?

-Hace diez minutos –respondió Robert calándose un curioso gorro de dormir pero dejando sus orejas fuera del mismo-. Y le reconozco al barbas que lo ha clavado. Justo en el punto exacto.

-Algo que reconocer, ya que dudo que ese burro sepa lo que es el GPS siquiera –agregó Montse mientras le colocaba bien el gorro a su amigo que lo había dejado levemente ladeado-. Me gusta cuando un marino sabe manejarse.

-Y a mí saber que no hemos pagado sólo por un nombre sino por un hombre de verdad –terció Alba que alisaba frenéticamente las sábanas de su cama-. Hasta ahora lo había estado dudando.

John, por su parte, se acercó hasta Mk y le puso la mano en el hombro con amabilidad. Al momento el hombre se tensó como una cuerda de piano dejando claro cuan incómoda le resultaba la situación.

-Tranquilo. Algunos de los de aquí no creíamos en nada de todo esto, hasta que… Bueno, hasta que duermes rodeado de extraños.

-Ustedes no parecen demasiado extraños entre sí…

-¿Se refiere a…? -preguntó John señalándose a sí mismo y luego a Montse-. ¿Lo ha notado? Verá, esto es mucho más sencillo si hay unos vínculos en común entre los que lo llevan a cabo.

-Y los afectivos son los más poderosos –musitó Helen antes de dar un beso en los labios a Matthew que le pilló por sorpresa-. Es más sencillo compartir un sueño de esta manera…

Mk asintió aunque su reticencia no disminuyó un ápice. Sin embargo se dejó llevar por John que, con suavidad, le encaminó hacia el lecho de paja en mitad de la estancia. Su mirada no paraba de encontrarse con los relojes que colgaban por doquier y las claraboyas, ahora cerradas, donde la niebla se agolpaba deseosa de poder inundar la habitación.

-¿Listo?

La pregunta de Matthew recibió un escueto asentimiento por parte de Mk que parecía hacerse más insignificante a cada momento que su miedo le azotaba.

-¿Y si no me gusta lo que sueño? –preguntó este, algo que parecía haber estado guardando mucho tiempo.

-Todos tenemos pesadillas, Mk –dijo Helen al tiempo que le tendía el somnífero que había rechazado Matthew-. Sin nuestros miedos no somos nada. Pero tampoco sin nuestros sueños. Por eso ha llegado tan lejos, ¿no?

-Estoy cansado de la oscuridad.

-Y yo cansado de verdad. Y helado –refunfuñó Robert al tiempo que sacaba un walkie talkie del interior del bolsillo de su chaqueta-. Dormilones a puente de mando, ¿me recibe? Claro que me recibe, si el canal está siempre abierto… Bueno, a lo que iba. Solskaer, a partir de ahora que la Temperley no se mueva ni un milímetro ¿entendido?

Un “de acuerdo” mezclado con estática fue la escueta respuesta que recibió. Todos se encontraban ya en posición. Cada uno ocupando su lugar en el círculo de lechos presidido por la enorme cama al pie de la cual esperaba Matthew. Besos rápidos y nerviosas buenas noches fueron repartidas antes de que Mk se tragara el somnífero. La claridad de sus ojos azules se tornó vidriosa nada más hacer efecto la pastilla.

-El camino de siempre. La rutina de siempre –le advirtió entonces Alba alzando la mirada hacia los relojes-. Ni improvisaciones ni heroicidades. Construye y apuntala, pero nada más. Este sitio es demasiado… frágil para nada más.

-Aguantará. Sólo tendré que sumergirme más de la cuenta, pero aguantará. Con todo lo que has preparado no me quedaré dormido.

-Más te vale –terció Helen con un guiño-. No quiero despertar sin ti.

-¡Buscaos una habitación! –gritó en broma Robert.

-En una habitación estamos –respondió con media sonrisa Matthew.

-Bueno, pues una en la que no esté yo. O que sí esté pero con una cámara y un disfraz de conejo…

Alba le dio un coscorrón a Robert antes de lanzarle un pequeño mando a distancia a Matthew, que este cogió al vuelo. Al minuto todos estaban en sus camas, cada uno descansando relajadamente en ellas con las manos en el pecho y la mente totalmente despejada. Matthew le hizo un gesto a Mk para que ocupase su lugar en el centro, a lo que este accedió al momento.

-Espero que no te importe compartir cama –le dijo Matthew antes de tumbarse junto a este.

-Espero que no asuste por lo que pueda encontrar en mi subconsciente.

-Sea lo que sea he visto cosas peores, créame.

Matthew lo decía totalmente en serio. Un hombre sin sueños no es lo peor que había afrontado. Aquello solo sería un bloqueo. Una pieza mal encajada en su cabeza. Entraría y lo restauraría. Sería difícil pero no sería la primera vez que lo hiciera.

-Te soñaremos guapo, Matthew –dijo en tono de broma Robert antes de cerrar los ojos completamente.

-Felices sueños a todos –dijo Montse a modo de señal.

Todo está listo para comenzar. Mk era evidente que no podía mantenerse mucho más despierto por como sus párpados caían y se alzaban por impulso. Matthew sacó entonces su móvil, comprobó una vez más sus coordenadas y, de pronto y fuera de toda su rutina, pulsó un par de comandos antes de guardarlo en su bolsillo. Entonces apretó el botón del mando a distancia y las claraboyas de la habitación se abrieron de par en par. Con tétrica lentitud la niebla del exterior comenzó a invadir la estancia. Una blancura gélida y casi irreal les envolvió al minuto. A su lado, Matthew sabía ya dormido a Mk. Su respiración se había normalizado y ya no se removía en el lecho. Respiró hondo y se concentró en la blancura circundante. Sintió el sueño llegar hasta él. Y lo recibió con todo su ser. Dejó que le atrapara y le confortara. Que le llevase lejos de aquel lugar. Tan lejos como a la persona que dormía a su lado. A Mk. Sintió las consciencias de sus amigos flotar a su alrededor como luces de navidad. Brillar iridiscentes y danzar mostrándole un camino seguro. Lo siguió sin prisa. Dándoles tiempo para construir y a él para asentarse. Había mucho que armar antes de poder andar. Mucha rutina que repetir. Mucha nada que disipar hasta que aquel mundo de irreal éter se tornara sólido. Y entonces lo sitió. Le estaban soñando. Le estaban creando. Hacedores ajenos de lo conocido. Era una sensación inenarrable. Un cosquilleo que bailaba entre el dolor y el placer. Uno que acabó, como siempre, de golpe. Sus pies de pronto se afianzaron en el suelo. Cerró el puño varias veces sincronizando sensaciones y comandos nerviosos hasta que todo fue perfecto. Respiró por costumbre un aire que no existía y miró en derredor. Se encontraba en un espacio totalmente blanco. Blanco hasta el infinito. Era tan claro que dañaba ojos y cordura. Aún así no se asustó. No estaba sólo ni en un lugar desconocido. Estaba donde se suponía debía estar.

-Bonita sala de espera, Mk. Eso sí, un poco minimalista –se dijo a sí mismo para reconocer su propia voz.

Pateó el sólido blanco sobre el que se mantenía en pié y descubrió con sorpresa que calzaba unas playeras moradas donde bailaban en libertad sus dedos.

-Muy gracioso, Robert –gruñó este antes de que estas se convirtieran al momento en sus zapatos de siempre.

Entonces Matthew buscó en el interior del bolsillo de su chaqueta. Justo donde debía estar soñado había un grueso lápiz negro que extrajo y contempló a un palmo de sus narices. El cincel perfecto para un creador. Se agachó entonces a sus pies y dibujó un enorme rectángulo ante sí de un solo trazo. Comprobó que fuese perfecto antes de afrontar la parte más difícil. Se alejó tres pasos del rectángulo y cerró los ojos. Se estaba forzando a soñar. A crear. Y aquel proceso requería todo de él. Buscó los pedazos que conocía y rellenó los que no con las pertinentes singularidades. Tuvo ayuda, como siempre, pues no estaba sólo. Y aún así era demasiado lo que el soñador debía efectuar.

-¿Matthew? -Este abrió los ojos súbitamente al escuchar su nombre al tiempo que sus músculos se soltaban de un doloroso tirón. Ante sí se encontraba un Mk que no comprendía como había llegado allí.

-Tranquilo, es usted –le respondió inmediatamente Matthew como si le leyese el pensamiento-. O más bien una imagen filtrada por mí de usted mismo. Es algo complicado de explicar pero, digamos que usted es usted, o casi.

-¿Soy o no soy? –inquirió este algo alterado.

-Ahora mismo estamos dentro de su propia mente, Mk. O más bien, a las puertas de su subconsciente. Aquí es donde sus sueños se entretejen… O deberían –Matthew miró en derredor la blancura cegadora que les rodeaba-. Y digamos que es casi imposible soñar una imagen fidedigna de uno mismo dentro de la propia cabeza. Por eso es que… le estoy soñando a usted.

-¿Y quién le esta soñando a usted?

Matthew sonrió. De pronto una sensación cálida y conocida le inundó por respuesta muda a aquella pregunta de Mk. Una suave música comenzó a sonar a su alrededor.

Ambos hombres miraron a su alrededor buscando un origen a aquella tonada que no provenía de ninguna parte pero que Mk no tardó en reconocer.

¿Where the streets have no name?

-A Helen le encanta U2… Dios sabe por qué razón –Se encogió de hombros Matthew al tiempo que hacía un gesto en el aire y la música se disipaba-. ¿No se preguntaba por qué se necesitaban tantas personas para ocuparse de su problema?

Este no pudo más que asentir ante la respuesta de Matthew, aunque aún había demasiado que preguntar y comprender.

-Entonces… ¿Sus compañeros nos están soñando? ¿Están soñando todo esto?

-No. No todos. Entrar en el subconsciente de una persona, en la zona de los sueños, es algo increíblemente complicado que necesita de magia y habilidad natural para ello. Muy pocas personas la tienen, por eso es tan complicado manejarse conscientemente dentro de un sueño. Pero aquellos que podemos, y si tenemos las herramientas adecuadas y los lugares propicios, podemos adentrarnos no sólo en nuestros propios sueños, sino también en los de los demás. Es un proceso bastante complejo para poder resumirlo correctamente, pero digamos que la mente a tratar debe ser filtrada a través de los sueños de otros y, a partir de ese punto, poder ahondar en cualquiera que sea el problema que la aqueja.

-Entonces, ¿todo esto es lo que sueño o lo que no sueño?

-No… Esto es usted resistiéndose inconscientemente a proporcionar algo con lo que trabajar al resto de soñadores. Cosa que, por cierto, suele cabrear bastante a Montse. Pero no se preocupe, siempre se abre camino…

-¿Camino hacia dónde?

-Hacia el lado correcto de la puerta donde estamos detenidos.

-¿Qué puerta? –buscó con la mirada Mk aquello que no había.

-Sobre la que está detenido, Mk…

Ilustración de Vicente Mateo Serra – tico

Ambos hombres miraron a los pies del hombre encerrado en el rectángulo y, de pronto, el interior del mismo comenzó a brillar con un resplandor carmesí. Mk sintió cómo sus pies comenzaron a despegarse del suelo, alzándole a medio metro del mismo. Matthew alzó la mirada para ver como el hombre, absolutamente fuera de lugar, pedía con mirada suplicante una explicación.

-Usted sueña, Mk. Todos lo hacemos. Sólo que, por alguna razón, su mente le ha colocado en el lado opuesto a los sueños. No tengo ni la menor idea de lo que le ha podido pasar o lo que nos ha estado ocultando. Ya le dije cuando aceptamos el trabajo que no nos importaba. Todo el mundo oculta cosas. Muchas veces de manera inconsciente. Pero estoy… estamos aquí para averiguarlo y ponerle a usted y sus sueños en su sitio. Ahora necesito que decida si de verdad quiere seguir adelante.

No era la primera vez que recitaba aquel discurso. Y había recibido respuestas de toda clase al mismo. En el borde de los sueños un hombre encontraba o perdía el valor o la cordura con facilidad. Ahora sólo quedaba saber qué tipo de hombre era Mk.

-Hágalo –contestó de pronto Mk con resolución.

-¡Alba! –gritó entonces Matthew y se preparó.

Todo fue muy rápido. Mk cayó dentro de aquel foso escarlata y Matthew se vio arrastrado por el mismo. Todo se volvió negro, pesado y opresivo. Una sensación de soledad y vacío le golpeó, sin nada a lo que poder aferrarse o que hacer para evitarla.

Resistencia. Mucha. Demasiada. Pero esperada. Matthew desplegó entonces su propia mente para atrapar el sueño de un Mk que quería escapar. Era la segunda vez que alguien trataba aquello y estaba preparado para tal eventualidad. Aunque no para aquella fuerza desmedida. Aquella desesperación. La oscuridad se hizo sólida y amenazó con engullirlo y borrarlo de la existencia. Y entonces Matthew no pudo más que luchar por su vida. Sólo y con la improvisación como arma abrió aún más su mente. Creando un paso en la negrura. Pero esta destrozaba todo lo que este trataba. Y la consternación le hizo mella y dueña de su ser. No sabía que estaba sucediendo pero sentía cómo se desgajaba. Cómo su mente se desmoronaba por completo en un salto demasiado largo y demasiado difícil. Entonces la música sonó. U2. Helen. Soñó que miraba a través de la oscuridad. Que había luz ante sí. Y allí la encontró. Una farola antigua cuya tenue llama iluminaba un camino. Una realidad. Pugnó por alcanzarla. Con la desesperación por fuerza. Con la vida por premio. Y la alcanzó. Y justo cuando estuvo bajo su fulgor la oscuridad desapareció de golpe. Y como si hubiese sido arrojado sin piedad aterrizó en una realidad. En los sueños de Mk.

-¿Dónde estabas?

Matthew miró a sus pies. Allí, una pequeña gata negra se frotaba contra su pierna. Este, inmediatamente miró a su alrededor para descubrir que se encontraba en mitad de la enorme calle de una ciudad que le resultaba vagamente familiar. Enormes edificios de impolutos cristales desviaban el fulgor de una enorme luna llena, mientras la carretera estaba tomada por un sinfín de coches inmóviles y sin conductor. Matthew entornó los ojos hacia el cielo tratando de clarificar las estrellas que en este pendían. Pero no eran estrellas. Eran los relojes que colgaban en la habitación donde sus cuerpos descansaban. Asintió satisfecho por el cambio. Al menos aquello iba bien, cosa que no podía decir de los habitantes del sueño pues, nadie más había allí descontando a la gata que ahora le arañaba el pantalón con la zarpa delantera derecha.

-No lo sé… -masculló Matthew aún presa del miedo-. Algo ha ido mal con el salto.

-Te habrás distraído porque aquí todo está bien. De hecho está demasiado bien –habló de nuevo la gata con la inconfundible voz de Alba-. Por más que me gusten los trabajos simples Montse y John han ido demasiado lejos soñando una ciudad entera.

-¿Qué?

-Esto es lo único con lo que sueña… Si su consciencia estuviese en el lugar adecuado, claro.

Aquello era algo más a incluir en la extrañeza de la situación. Normalmente cada vez que se llegaba a los sueños de una persona se debía escoger algún escenario predominante sobre el que comenzar a trabajar. Pero siempre había más de uno. Y la palabra siempre se hizo demasiado grande como para que Matthew pudiese obviarla.

-¿Tienes su rastro? –le preguntó Matthew a la gata mientras se agachaba y le rascaba detrás de las orejas.

-Pues claro… -se quejó el animal-. Y ni está lejos ni se mueve…

-Así que está en el centro del problema –concluyó Matthew.

Aquello al menos sí era lo habitual. Cada vez que el soñado entraba en sus sueños guiado por lo soñadores y estos apuntalados por los arquitectos, su imagen siempre iba directa al problema que le aquejaba. Lo que sólo dejaba encontrarlo y solucionarlo, cosa que Matthew rezaba por que fuese más sencillo que lo acontecido hasta entonces.

-Mierda… -se quejó Alba entonces y, comenzó a rascarse frenéticamente contra Matthew-. Alguno de vosotros ha estado aquí antes.

-¿Aquí? ¿Dónde?

-En este sitio… No sé si ha sido uno o todos. Pero, los detalles se me están clavando en el alma.

Matthew lo comprobó rápidamente. Se acercó a un quiosco de prensa que había en la acera y tomó un periódico del mismo. Nombre de la gaceta, titular y fecha eran tan claras como la luz de la luna. Boston Herald. 15 de diciembre de 1999. Y el titular…

-La noche más larga del milenio… -leyó con rotunda claridad Matthew.

-No me jodas –maldijo Alba erizándole hasta el último pelo de su cuerpo gatuno.

En los sueños no hay fechas ni titulares. Hay tiempo, pero no definido. Hay peligro, pero no real. Y, sin embargo, en ese había todo lo que no debía haber. Matthew cogió otro periódico y pudo leerlo de principio a fin. Todo aparecía aterradoramente claro.

-No puede ser… -musitó aterrado Matthew-. No podemos estar soñando con esa noche.

-Eso explicaría porque Mk no puede soñar –agregó Alba destrozando con sus garras el periódico que había caído ante ella-. ¿También estabas aquí cuando pasó?

-Todos estábamos aquí… Fue cuando conocí a John, de hecho. Vagaba por la ciudad entre el sueño y la realidad y, casi no consigo despertarlo.

-Hay que seguir, Matthew… -le urgió el animal-. Mk está en aquella dirección.

La gata señaló un enorme cartel que indicaba “Arnold Arboretum”. Distaban 3 kilómetros de su posición hasta el mismo según este.

-Busca una manera de salir de aquí, Alba.

-¿Qué? –Saltó la gata de pronto ante las palabras de su amigo – Matthew… esto es solo un sueño.

-Tengo un mal presentimiento. Uno realmente malo. Así que busca una salida.

-¿Y Mk? No podemos dejarle abandonado aquí. Si no despierta a su debido tiempo…

Una mirada sombría emponzoñó el alma de Matthew. Sabía perfectamente lo que significaba romper la sincronía del sueño: seguir durmiendo. Por y para siempre. Si rompían el sueño de Mk lo atraparían dentro. Prácticamente lo asesinarían. Y lo peor es que estaba dispuesto a hacerlo. No quería seguir allí ni un segundo más.

-¡Ni de broma! –Le encaró Alba -¡No voy a ser cómplice de esto!

-No estabas aquí. No tienes ni idea de lo que pasó.

-¿Y tú? ¿Acaso tú lo sabes?

-Sé que consecuencias tuvo. Y que no estamos soñando esto por casualidad, porque… porque nos juramos no volver a soñar con este día jamás.

-No puede ser que borraseis este sueño… Eso no está permitido.

-Hay reglas que hay que saltarse para sobrevivir, Alba. El día que una situación te sobrepase lo entenderás.

-Ese día haré lo que deba, Matthew –le reprochó ella-. Pero no me traicionaré a mí misma.

-Ese día sabrás todo lo que eres capaz de traicionar. Y que no te sorprenda si la primera a la que defraudas es a ti misma.

En ese momento, algo en el cielo les llamó la atención. Una de las luces de las estrellas, o mejor dicho de las esferas de los relojes que formaban las estrellas, se apagó de repente. Matthew apretó los dientes mientras Alba comenzaba a temblar sin control.

-No… No es posible.

-Más vale que me creas ahora. Algo nos quería en este sueño y ahora lo está consumiendo. Y vamos a ser los siguientes a menos que salgamos de aquí. Así que ya puedes estar soñando una respuesta porque puede que sea lo último que hagas.

Repentinamente los ojos felinos de Alba se tornaron de un verde muy humano. Un verde inundado de miedo y dudas.

-No puedo abandonar a Mk.

-Yo tampoco, pero es precisamente lo que voy a hacer –aseguró Matthew con frialdad-. Este sueño se tiene que acabar antes de que se haga realidad.

-Nunca encontrarás la salida sin mí –le amenazó con toda la razón Alba-. Si te pierdes…

-Ya he abandonado sueños antes sin un navegador. Míos y ajenos. Puedo hacerlo.

-¿Y puedes vivir luego con ello?

Matthew abrió los brazos mientras todo a su alrededor comenzaba a tornarse más y más oscuro e irreal. La pátina onírica se debilitaba y pronto quedaría al descubierto donde estaban en realidad.

-A veces hay que vivir con una parte de nosotros mismos que no nos gusta. La cuestión es no alimentarla demasiado.

-¡Eres un cobarde! –Maulló la gata al tiempo que le daba la espalda y encaraba el camino hacia aquel parque-. Esto no lo olvidaré, Matthew.

Alba arrancó una veloz carrera sin esperar siquiera una respuesta de un abatido Matthew que hacía frente a un torrente de sentimientos encontrados. No quería comenzar a odiarse a sí mismo demasiado pronto. Ya tendría toda la vida cuando despertase. Ya tendría toda la eternidad cuando soñase.

-Yo tampoco, Alba… -susurró este antes de tomar el camino que su razón le indicaba seguro.

Apretó el paso y comenzó a correr por aquella ciudad hueca. Poco a poco los edificios comenzaban a vibrar y a desaparecer a sus espaldas a medida que los dejaba atrás. Mas no tenía tiempo para detenerse y tratar de racionalizar aquello. El miedo era una guía poderosa y hacía rato que se había abandonado a la misma. Vivir era su prioridad y despertar su necesidad. Por eso necesitaba un punto seguro. Todos los sueños lo tienen y se cimientan sobre los mismos.  Podría ser una acera concreta, un coche o una tienda. Algo imposible de pasar por alto. Aquel era un mecanismo de seguridad de los soñadores. Una puerta trasera que usar cuando no hay nada más que poder hacer. De pronto un susurro rompió su propio silencio de jadeos y pasos acelerados.

She moves in mysterious ways… -reconoció.

Sonrió de pleno. Helen y su U2. Dios bendiga al maldito Bono, pensó para sí antes que seguirlo cual llamada del flautista de Hamelín. Torció una esquina y se vio envuelto en un enorme mercado urbano. Miles de puestos dispuestos a cada lado de la calzada ofrecían todo tipo de productos. Se detuvo antes de afrontarlo. Pateó el suelo para comprobar la integridad del lugar. Un eco sordo de su pisada y un leve dolor le hicieron saber que las había visto peores, aunque también mejores, pues el mal presentimiento que amenazaba con ahogarlo se había acrecentado mucho. Con sumo cuidado fue a poner el pie en aquella avenida cuando un desgarrador maullido le hizo volverse a su espalda. Fue un grito de dolor y desesperación. Un grito de derrota. El grito de Alba.

-Dime que te han hecho despertar… -musitó usando todo el aire que no había huido de sus pulmones.

En aquel momento sus ojos fueron robados por el cielo para descubrir aterrado que las luces que lo iluminaban se iban apagando una por una rápidamente. Pudo oír como los tic tac se detenían en seco cada vez que una de aquellas esferas se extinguía. No le quedaba tiempo. No le quedaba sueño. Pero aunque su cuerpo le pedía salir corriendo no pudo hacerlo, pues cuando volvió a la senda que le había marcado la música se quedó petrificado. De pronto, aquel mercado estaba atestado de gente. Personas que habían sido reales. Personas que hacía un minuto no estaban allí. Y todas estaban inmóviles. Todas mirando su propio infinito. Todas dormidas. Una suerte de sombra fría atravesó a Matthew de parte a parte. Luego otra. Y otra más. Poco a poco aquellos jirones de pesadilla comenzaron a caminar entre aquella gente que parecía congelada en el tiempo para ir a colocarse a su lado. Rápidamente hubo tantas sombras como personas y, de pronto, de estas surgieron miles de brazos fantasmagóricos que comenzaron a rodearlos. Matthew alzó un brazo en aquella dirección pero nada podía hacer. Sabía lo que estaba pasando, y sabía que no podía detenerlo. La noche más larga del milenio se estaba repitiendo. Él la estaba reviviendo. Y para su desgracia ahora sí que podía ver lo que había pasado en realidad. Ahora sí estaba despierto.

-No es un día agradable para revivir, ¿verdad?

Matthew se volvió hacia el lugar de donde había provenido aquella pregunta. Todo en él temblaba. Todo en él quería despertar y salir de allí. Y todo él sabía que no era posible. Igual que el Mk que ahora tenía ante sí. Un Mk al que rodeaba una suerte de aquellas sombras que danzaban a su alrededor creando formas siniestras a cada paso que daba. Parecía como si su ser fuese parte de aquel torrente de oscuridad que no paraba de transformarse. Un espectáculo horrible. Uno que sólo podía suceder en un sueño.

-¿Qué diablos eres tú? –preguntó lleno de rabia Matthew, que vigilaba con el rabillo del ojo lo que pasaba tras de sí.

-Un mal sueño. Uno que Mk pudo esconder en lo más profundo de su alma –rió aquel ser que a momentos era Mk y a momentos no-. Me sorprende que alguien tenga la capacidad de suprimir la esencia de los sueños de esta manera, aunque sea de manera inconsciente.

Matthew retrocedió un paso y aquel gesto detuvo el avance de aquel engendro. Instantáneamente buscó en su bolsillo y sacó el lápiz que había usado para trazar la puerta a aquel sueño. Esgrimiéndolo ante él como si fuese un arma se encaró contra aquel engendro que vestía la piel de Mk.

-Fuisteis vosotros… ¡Vosotros causasteis la noche vacía! ¡Vaciasteis una ciudad de sueños! –le acusó lo que había sospechado y ya sabía como cierto -¿Por qué? ¿Qué es lo que sois? ¿Qué es lo que queréis?

Las sombras se arremolinaron en torno al rostro de Mk y formaron una suerte de mueca escalofriante. Una sonrisa dura y burlona. Una que hizo temblar a Matthew hasta lo más profundo de su alma.

-Lo mismo que tú, soñador. Queremos un sueño. Uno que se pueda convertir en realidad. Por eso lo tomamos de vosotros. Tenéis tantos… y todos los acabáis desperdiciando. Malgastados entre vuestro egoísmo y debilidad –explicó este al tiempo que alzaba un puño hacia el cielo y una porción del mismo se apagaba de golpe-. Somos anhelos de realidad, soñador. Somos vosotros mismos. Sólo que a nosotros nos tocó vivir en el lado equivocado de la realidad. Pero eso va a cambiar. Comenzó aquella noche… esta noche. La noche más larga del milenio, la llamasteis. Pero pronto descubriréis que fue corta en comparación a lo que está por venir. Descubriréis la desesperanza de la oscuridad….

Alzó el otro puño y lo apretó con furia. El cielo se apagó por completo a excepción de una pequeña luz. Un destello resistía en la lejanía. Aquello puso furioso a aquel ser que de pronto dijo algo que Matthew no pudo entender y, todas las sombras que habían estado robando los sueños de aquellas personas se alzaron hacia el cielo para rodear a aquella luz. Para extinguirla. Para crear la más completa oscuridad. Matthew actuó entonces. Presa de la desesperación, se abalanzó contra aquel ser usando su lápiz como si fuese un puñal. Pero su punta no llegó a tocar nada. Se quedó paralizada a escasos centímetros de aquel escalofriante rostro de un Mk que hacía mucho no había sido él mismo.

-¡Maldito bastardo! –Bramó un Matthew paralizado ante la fuerza de un titán -¿Qué cojones has hecho con Alba?

-Nada aún. Pero lo haré. Reconozco que nunca nos habíamos encontrado con una navegante tan… interesante. Ni siquiera sabe el potencial que tiene. Es una lástima que no hubiese estado aquí aquella noche. Tal vez así no hubiésemos necesitado escondernos dentro de alguien como Mk para que alguien nos soñara. Pero ahora nos soñaran…

La rabia espoleó a un Matthew que comenzaba a comprender la magnitud de la situación en la que se encontraba.

-Tú… ¡Aquel día te detuvimos!

Súbitamente aquel ser alzó en vilo a Matthew que se vio forzado a soltar el lápiz, cayendo a sus pies. Una suerte de brazos le agarró de las extremidades y comenzaron a tirar de él como si quisieran desencajarlo por completo. Un grito de profundo dolor escapó de boca y alma de Matthew, cuya mente comenzaba a ceder al castigo.

-Sí. Nos detuvisteis. Aunque no sabíais ni a qué os enfrentabais, forzasteis a despertar a toda la ciudad tú y todos aquellos soñadores. Os subestimamos. Creímos que nadie sabría caminar por el filo de la realidad. Pero no volveremos a equivocarnos. Esta vez sabemos qué debemos robar. Y no serán sueños…

Y de pronto, lo comprendió todo. Y quiso llorar de terror, pero no podía. Su mente únicamente podía conformar lo horrible que eran las intenciones de aquella oscuridad. Lo había dicho bien claro: ya no quería sueños, quería una realidad. Su realidad.

-¡Helen! –Gritó en un último y desesperado intento Matthew-. ¡Helen, escúchame! ¡Despierta! ¡Despiértales a todos y sal de aquí!

Las miradas de ambos se volvieron al cielo donde un intenso fulgor devoró a las sombras que circundaban aquel único y desesperado orbe de luz. Aquel reloj que todavía tenía hora que mostrar y sueño que cimentar. Alguien seguía luchando. Alguien seguía soñando con él. Alguien que se negaba a rendirse. Y aquel fue su error.

-Gracias Matthew –dijo de pronto Mk con una mirada de plena satisfacción-. Muchísimas gracias.

Todo aquel ser se volvió oscuro y denso. Las manos que sujetaban a Matthew se retrajeron, no sin antes lanzarlo por los aires. Este fue a aterrizar contra el puesto más cercano destrozando los cristales del mismo con el impacto. Con una pátina de sangre manándole de numerosas heridas comprobó cómo aquella oscuridad se lanzó en pos de la luz. Y en lugar de verse extinguida esta se hizo fina como una lanza y atravesó el centro mismo del fulgor. El dolor más intenso que había sufrido Matthew en toda su vida le alanceó derrotándolo por completo. Se dobló y retorció en el suelo al tiempo que toda la realidad de su alrededor cambiaba. Centenares de escenarios aparecían y desaparecían sin control. Miles de sueños y situaciones nacían y morían. Sueños que conocía y otros que no. Sueños de sus amigos. Y sus propios sueños. Alzó la mirada en busca de un cielo bajo el que luchar. Uno bajo el que sobrevivir. Pero la oscuridad había sustituido el arriba y el abajo. Aquella misma oscuridad que casi no había podido atravesar para llegar allí le iba a consumir.

-Canta… -susurró mientras la sangre se mezclaba con sus lágrimas-. Canta, por favor…

Algo. Necesitaba sólo algo para poder creer que aquel sueño no se había acabado del todo. Que Helen había resistido. Que aquel mal sueño no la había consumido. Que aún había esperanza para él. Esperó mientras sus manos se hundían en los cristales rotos que aún le rodeaban. Pero ya sabía que nadie más cantaría para él. Lo sentía en lo más hondo de su ser. Todo contacto con el exterior se había roto. Aquellos relojes destinados a poner fin al sueño en un momento concreto se habían extinguido. Por eso odiaba la magia. Tan frágil como poderosa. Y ahora que se había consumido no había con que huir. Ni alegría ni dolor. Nada le sacaría de allí. Y por más que luchaba y su interior pataleaba y trataba de alejar aquella negrura, nada le quedaba por hacer. Sólo cerrar los ojos y desaparecer. Su sueño debía acabar.

-No debía ser así –se quejó amargamente a sí mismo Matthew-. No debía acabar de este modo… No es como lo había soñado…

Pero sus deseos ya no mandaban ni sus sueños se sostenían. La oscuridad les había vencido a todos y sólo Dios sabía qué estaba por atacar un mundo que desconocía por completo aquel peligro.

-Pip, pip –comenzó a soñar en su bolsillo interior-. Pip, pip.

Sorprendido, rebuscó el origen de aquel ruido y sacó su móvil. Rió al descubrir que la alarma para despertar había incluso funcionado en el sueño. Un truco desesperado. El truco de un descreído de la magia. Pero ya era tarde. No podía seguir aquel hilo hasta la realidad. Solo era un eco que podía añorar, pues no había nada con la suficiente fuerza en él. Nada que pudiese lanzar en el momento propicio para que sonase al unísono con aquel trozo de realidad y le despertase. Nada…

-Lo hay… –se dijo a sí mismo.

Lo tenía en su mano. Lo llevaba apretando con rabia hacía un rato. Un trozo de vidrio. Afilado y bañado por su sangre. Podría ser. Había poco que perder. Pero tal vez funcionase. Tal vez despertase…

-Esto va a doler…

Puso entonces la palma de la mano contra aquel suelo irreal y alzó el vidrio con decisión. Esperó el pitido adecuado. Sincronizó sus latidos y deseos con él y lanzó todo su valor e inconsciencia en un último y desesperado intento. Toda una vida a cara o cruz. Dudó. Y la oscuridad lo aprovechó. Se alzó contra él y le engulló justo cuando bajó su mano…

-¡Aaaaaaaaah! –gritó.

Y su grito fue real. Igual que el dolor lacerante que le cortaba la respiración. Alzó su mano izquierda ante su rostro y una realidad espeluznante se hizo patente. Su dedo corazón había desaparecido y la sangre bañaba su mano manando sin control. Aquello le hizo tambalearse y vomitar. Pero entonces su cabeza le situó. Estaba en el camarote estanco. Estaba despierto. Estaba vivo. Como un resorte se levantó de la cama, todavía ocupada por su desdichado acompañante, y se encontró con la cruda realidad. El suelo estaba bañado de relojes rotos y una claridad mortecina invadía la estancia. A su alrededor todos sus amigos dormían un sueño plácido. Un sueño eterno. Todos menos Helen y Alba. Estas habían desaparecido. No hizo ademán alguno por tratar de despertarlos. Sabía que ya no estaban allí. De hecho, no estaban en ningún lado. Pero su preocupación estaba ahora con los despiertos. Salió de allí a toda prisa. Tambaleándose por la pérdida de sangre y el dolor buscó la cubierta. En su desesperada subida se topó con los cuerpos inertes de la tripulación. Todos dormían. Hizo caso omiso y salió a afrontar una gélida mañana naciente. Un ruido de motor le alertó y se asomó por la borda. Allí, abordado uno de los botes de emergencia, una Alba con ojos tan oscuros como la más dura noche le miraba con una Helen desmayada a sus pies.

-Lo siento mucho, Matthew –susurró aquella Alba-. Pero ya no queda nada por lo que puedas soñar.

Pero aquello no era cierto y, aunque el dolor se lo desaconsejaba, Matthew se subió al borde de la barandilla de seguridad y lanzó toda su rabia a pleno pulmón.

-¡Soñaré contigo! ¿Me oyes? –Gritó Matthew sin saber exactamente a cual de las dos se lo refería-. ¡Es una promesa! ¡Cada noche soñaré hasta encontrarte!

El bote se puso en marcha entonces y se alejó con un Matthew cuyas fuerzas le abandonaron y le sumieron en un trance de debilidad. No supo si fue realidad o ensoñación pero creyó oír al viento un “felices sueños” antes de sumirse en el último sueño pacífico de su vida.

Ilustración de Vicente Mateo Serra – tico

David Gambero 2012

No me puedes creer.

Autor@: David Gambero

Ilustrador@: Rosa García

Corrector/a: Carme Sanchís

Género: Ciencia Ficción

Este relato es propiedad de David Gambero , y su ilustración es propiedad de Rosa García . Quedan reservados todos los derechos de autor.

No me puedes creer.

El espectáculo era sobrecogedor. Ni siquiera él podía negarlo. Aunque quizás fuese el que menos tuviese que hacerlo. No todos los días se presencia la extinción de una raza. No todas las vidas pueden provocar el final de un planeta. Y sin embargo, contra todo y contra todos allí estaba. Presenciando el final de los finales. Y casi deleitándose con el mismo.

-Hasta nunca.

Se lo dijo a sí mismo, a la nave y al orbe azul que estallaba en llamas en el gigantesco proyector holográfico de la sala de mandos. La imagen era tan realista que incluso sintió el vanidoso deseo de tocarla con sus manos. Pero se refrenó. La Tierra, la de verdad, estaba ardiendo a miles de kilómetros de distancia. Lo suficientemente lejos como para no poder escuchar los gritos de muerte de sus millones de habitantes. Muertes que eran su responsabilidad.

Ilustración de Rosa García

-Detectada nave desconocida aproximándose a nuestra posición.

La impersonal voz de la inteligencia artificial que dominaba su nave le arrancó de golpe de aquel dulce ensimismamiento. No podía ser. Era imposible. Nadie podía haber escapado de la Tierra. Nadie poseía ese conocimiento. Nadie excepto él. Él y únicamente él debía ser el último descendiente de aquella civilización corrupta y malvada. Y aún así…

-Muéstramela.

Su orden resbaló entre la concisión y la impaciencia. No era propenso a perder el control. Ni a perder. Y, sin embargo, aquella presencia indicaba que había sido derrotado. Que su objetivo final quedaba inconcluso. Mientras el escáner de larga distancia compilaba los datos de la nave desconocida, nacieron en su mente diversas ideas, cada cual más disparatada. Desde la posibilidad de que extraterrestres hubiesen esperado el momento de la destrucción total de la Tierra a intervenir, hasta que algún gobierno estaba preparado de antemano para tal contingencia y había logrado huir antes del desastre total, y ahora iban a reclamar su justa venganza. Imaginó un batallón de naves de batalla alineadas en formación cerrada, dispuestas a lanzar una descarga mortal que acabase con él y todos sus esfuerzos de una vez por todas. Pero en su lugar lo que se materializó fue una única nave. Tenía una forma extraña. Como la de una hormiga sin patas. Pequeña en su cabeza. Enorme y redondeada en su final. Y, aunque distinta por completo de la suya, había algo en su diseño que le resultaba enormemente familiar. Esa curiosidad fue la que contuvo su orden de armar los cañones de plasma y disparar contra ella sin dilación alguna. Pero era un hombre curioso. Inquisitivo. Y sobre todo vengativo. Y ese ardor que le había permitido sufrir lo indecible hasta llegar a ese momento se reavivó con suma facilidad. Con varios gestos en el aire realizó su propio examen de la nave intrusa. La escudriñó como había escudriñado casi todo en su vida. Con tranquilidad y precisión. Sin dejar ningún ángulo a un segundo vistazo. Sin dejar de buscar una explicación a cada pequeño detalle. Pero aquel era un detalle demasiado grande como para que pudiese dar con una razón desde donde se encontraba.

-Señal de comunicación entrante.

Sus cejas se alzaron al unísono al escuchar aquello. No podía creerlo. Había alguien dentro de aquel prodigio capaz de sincronizarse con los algoritmos de datos que él mismo había inventado. Alguien, algo o lo que fuese que, además de sumamente inteligente, deseaba entablar conversación antes que batalla. Rió. Descargó un torrente de risa ahogada y corta cuando su mente le indicó que iba a ser el ser humano con menos derecho a tener contacto con otra vida inteligente la que la tuviera. Que cruel y desconcertante es el destino a veces. E inoportuno.

-¿Puedes procesar lo que dicen? –precisó al momento al ordenador de su nave.

-Afirmativo. Sus códigos de comunicación son idénticos a los nuestros.

-¿Qué son iguales? –preguntó con voz estrangulada al tiempo que un sudor frío comenzaba a perlar su frente.

-No señor. Idénticos. De hecho podían haberme anulado y estar en estos momentos hablando con usted sin que yo hubiese podido hacer nada para impedirlo. Sin embargo, me están requiriendo permiso con fórmulas más que corteses.

La intriga fue devorada por el miedo y la inquietud y, después de mucho miedo, se reencontró con un viejo amigo al que creía desterrado: El horror. Sus códigos, que habían sido fruto del trabajo de toda una vida de ira y odio habían demostrado ser tan eficientes como para que nada ni nadie hubiese interferido con sus planes en la Tierra. Sin embargo allí fuera, en la enormidad del espacio, había sido degradado a uno más. Y uno más en la eternidad equivalía casi a ser nada.

-Bien –trató de recuperar el control al tiempo que ordenaba respiración y pensamientos–. Veo que aún no voy a ser capaz de descansar. Concédeles permiso y ponlos en el monitor secundario.

La Tierra se hundió bajo enormes ondas de estática. No comprendió nada hasta que el indicador de “Voice Only” apareció sobre impresionado en aquellas olas de grises, blancos y negros que se mezclaban sin llegar nunca a formar un todo concreto.

-Tenemos que hablar…

Se quedó sin habla al escuchar aquello. El espacio le hablaba con voz de mujer. Una voz clara y fuerte que únicamente le reveló género, pero no edad o procedencia. Una voz que habría cuadrado en cualquier parte de ese planeta que seguía retorciéndose de agonía a las puertas del olvido. Tomando el mando completo de la nave hizo que la IA tratase de abrir el canal completo. Quería ver a quien se creía con la potestad de hablarle con palabras que rallaban las órdenes. En un parpadeo la computadora le respondió que no le era posible hacerlo. Algo seguía interfiriendo en todas las comunicaciones salientes. Alguien tenía la batuta de aquel concierto y no era él. Eso lo enfureció. No mucho. Lo suficiente como para recordarle tiempos donde la furia era todo lo que comía, bebía y respiraba. Lo suficiente como para querer destruir al instante aquella enorme nave que mancillaba su obra. Pero se contuvo. La curiosidad de nuevo. La venganza siempre.

-¿Quién eres?

-Nadie.

Quería jugar. Con una pregunta y una respuesta él ya lo sabía. Lo mismo que sabía que quería apretar su cuello entre los dedos y verla morir ante sus ojos. Tal vez eso compensaría todos los que no había visto perecer. Sí. Tal vez eso lo aliviase un poco.

-¿Y qué haces en mitad de la vía láctea, Nadie? –decidió seguir el único juego al que jugaría en mucho tiempo.

-Buscarte. Por suerte, hace unos cuantos minutos has facilitado mi tarea.

Una sonrisa de lobo vino a quedarse en su rostro ante aquella alusión. Quedaba claro que aquel encuentro no había sido fortuito. Y él era lo suficientemente inteligente para saber que había gato encerrado tras ello. Y ya era hora de saber de que color era el gato.

-¿Dónde sugieres que nos veamos? –preguntó con los brazos en jarras como si quisiera impedir que la tranquilidad abandonase su atribulado pecho.

-En tu nave.

Aquello le sorprendió y agradeció que la comunicación no le hubiese permitido a aquella desconocida regodearse con su cara de desconcierto.

-¿Por qué en mi nave?

-¿Acaso hay otro lugar cercano donde te sientas seguro?

Tenía razón. Si había que jugar, prefería jugar en casa. En el hogar de titanio que él mismo había construido. Su último refugio. Su única morada.

-Tienes permiso para acoplarte. ¿He de recalcar la obviedad que nada de armas?

-No las necesito.

La comunicación se cortó tan brusca como había llegado. De pronto sintió una leve sacudida. Apenas perceptible pero sus nervios estaban tan tensos que no le pasó desapercibida. Con un pálpito volvió a tratar de explorar aquella astronave que se acercaba lentamente a la suya. La computadora no tardó demasiado en devolverle sorprendentes ecos de la suya propia. Especificaciones. Materiales. Motor. Diseño. Todo. Un fallo que no sabía si calificar de común o no. Era su primera vez en el espacio. La primera que un ser humano llegaba tan lejos. Que él llegaba tan lejos. Y le enojaba enormemente albergar la duda de no ser el pionero. Se sentía traicionado y humillado por aquella autoritaria voz femenina que, sin escudos y sin miedo, se aproximaba a su encuentro. No necesitó mucho para estar preparado para el mismo. Se colocó el traje espacial reforzado, que le daba aspecto de un blanquecino y reluciente caballero medieval, y tomó dos pistolas de proyectiles para su protección. Una la dejó a la vista, dormitando amenazadora en la pistolera de su cadera. La otra oculta en caso de que la cosa se torciera. Se dio cuenta de cuan ridículo resultaba aquel gesto pues se había prometido a sí mismo no demorar demasiado su final una vez acabado su cometido y, aquella podía ser una excusa como cualquier otra para encontrarse con el final. Sin embargo no quería dejar pasar la oportunidad de saciar su curiosidad, y con un poco de suerte, otros sentimientos menos peregrinos y sí más dañinos. Todo a su alrededor se sacudió con virulencia en el abrazo de metal entre ambas naves. Lógicamente no había diseñado la suya para tal eventualidad. Aún así resistió con entereza. Se puso en marcha mientras el proceso de igualación de presión se llevaba en marcha. Iban a encontrarse en el hangar de carga donde lo poco que había querido salvar de la Tierra descansaba. La esperó con la mano descansando en la empuñadura del arma. Como un viejo cowboy que no sabe que va a bajar de la diligencia recién llegada al pueblo. Y, en cierto sentido, así era.

-Presión igualada –indicó la IA–. Solicitan permiso para abordar la nave ¿He de concedérselo?

-¿Has escaneado qué hay tras la puerta?

-Por supuesto –de haber sido él el ordenador se habría ofendido con la pregunta-. ¿Desea verlo en imagen?

-No. Tan solo dime qué hay en términos sencillos –Quiso conservar aquel último misterio hasta el final.

-Una mujer.

Se mordió la sonrisa ante la respuesta más sencilla y más compleja que había recibido en su vida. Una mujer. Había conocido demasiadas. Y había amado, sufrido e ido demasiado lejos por ellas. Pero aquello era su pasado. Ahora el presente le reclamaba con impaciencia. Dio un paso adelante mientras su mano libre indicaba por gestos que abriese la puerta. Ni ceremonias ni ruidos de película de ciencia ficción siguieron a la apertura lenta y metódica de esta. Con el corazón encogido y la respiración ausente, contempló el rostro que había adoptado el misterio. La identidad de lo imposible. Hubo de reconocer para sí que era una cara agradable aunque pareciera que hubiese desterrado la sonrisa años atrás. Tenía la nariz pequeña, los ojos grandes, verdes y profundos, y el cabello de un rubio apagado recogido con poco esmero. El resto era un secreto bien oculto tras un ingenioso Biotraje que se ceñía a cada curva y recodo del cuerpo de la mujer.

-¿Puedo? –le requirió ella con un leve ademán.

-Adelante, aunque no se sienta como en casa.

Hizo un gesto para corresponder la petición de la mujer que no tardó en ir a su encuentro. Su paso era firme aunque algo torpe. No parecía estar acostumbrada a caminar dentro de aquella piel necesaria para sobrevivir en el espacio. Aquella involuntaria debilidad le hizo sentirse más seguro y relajó instantáneamente el gesto y la mano del arma. La dejó acercarse lo suficiente como para poder contemplarla bien. Le hizo detenerse alzando la mano y esta lo hizo como si ya hubiese esperado aquel ademán. Se contemplaron el uno al otro. Él como si no hubiese visto una mujer en su vida. Ella como si le hubiese visto desde siempre. Así estuvieron hasta que las miradas encontraron la forma de dejar paso a las palabras.

-Bonita nave.

-Gracias –contestó él, el gesto de cortesía con menos entusiasmo que esfuerzo había derrochado en construirla–. Me la hice yo mismo.

-Lo sé.

Él la seguía contemplando. Ya no con los ojos de un hombre. Sino con los de un depredador. Su postura era firme y orgullosa. Sin miedo. Una postura que siempre tenían las personas que le sacaban de quicio. Una postura que estaba seguro que ella no aguantaría cuando llegase el final. Y ya estaba planeándoselo con sumo cuidado.

-Supongo que te lo dirán mucho por ahí pero no tienes para nada el aspecto de una Nadie –le dedicó él con seguridad–. Así que dime preciosa ¿Quién eres en realidad?

-¿Desde cuando le importan a un hombre como tú las etiquetas sociales?

-Supongo que desde que la sociedad ha estallado en mil pedazos –escondió su sorpresa ante la altivez de la mujer y se preparó para seguir adelante–.También soy de los que escoge el momento para el cambio. Y supongo que este es el mío para interesarme por los nombres. Así que, si no te importa, me gustaría saber qué nombre poner a tu recuerdo.

-He tenido muchos…

-¿Y cuál ha sido el que más te ha molestado que te llamasen? –atacó él, que comenzaba a sentirse a gusto en aquel juego.

-Idina.

Soltó aquel dato como si no significase nada para ella. Por eso supo que no le mentía. Extraño. Lo suficiente como para tentarle a seguir un poco más.

-¿Y que haces aquí, Idina? El espacio es bastante vasto como para dar lugar a demasiadas casualidades.

-He venido a matarte –respondió esta con una extraña naturalidad–. Pero no puedes creerme.

-Ya veo. Igual que veo que, por tu aspecto, eres humana.

-A ninguno de los dos se nos debería aplicar ese término. Pero si te refieres a la raíz significativa de este, la respuesta es sí. Nací y viví en la Tierra. La misma que ahora se desgaja ahí fuera gracias a ti.

Escucharlo en palabras de otro le hizo sentir una suerte de extraño orgullo. Sí. Aquella era su obra. Una por la que sentía la misma proporción de orgullo y amargura. Pero no arrepentimiento. No. Eso jamás.

-¿Cómo me has encontrado?

-Sabía donde estabas, pero, como ya te he dicho, no puedes creerme.

-Ya –musitó para sí mientras se rascaba la barbilla.

Ella paseó la mirada por el hangar con una desconcertante familiaridad. Aquel detalle no le pasó desapercibido a él, que seguía estudiándola tan profundamente como trataba de calmar sus ganas de dispararle allí mismo.

-¿Puedo hacerte yo una pregunta? –inquirió ella de repente dándole la espalda.

-Qué clase de anfitrión sería si no lo permitiese…

-Uno armado y sin interés en lo que hago aquí –contestó ella mirando de reojo el arma que pendía de su cinto–. Sin embargo, creo que en el fondo, no eres de ese tipo. ¿Así pues…?

-Di lo que hayas venido a decir.

Podía permitirle eso, pues sabía que sería la última en hacerlo libremente. Ella se removió un poco, incómoda de la prisión de su traje. Fue en ese momento en el que él se percató que había venido sin casco o nada que la protegiese. Se tragó la sonrisa al imaginarse activando su casco y despresurizando la estancia. Verla morir lanzada contra las paredes y luego flotando en el espacio sin vida no sería mal final. Un poco teatral, pero un final con el que poder regodearse el tiempo que le quedase. Si aquella conversación rozaba el aburrimiento lo consideraría seriamente. Aunque el placer de dispararle a bocajarro era uno contra el que se sentía tentado a no luchar.

-He venido a decirte que la nave en la que he venido duermen dos millones de personas que conseguí rescatar antes de que hicieras lo que hiciste –inmediatamente aquello le atrajo como la gravedad a los objetos sujetos a su fuerza–. Quería que supieses que tu plan ha fracasado. No has extinguido ni conseguirás acabar con toda la humanidad. Solamente la has empujado a dar un paso definitivo hacia su expansión. Nada más.

-Muy graciosa –gruñó él desechando aquel farol al instante.

-Esto si puedes creerlo.

Entonces Idina acercó la palma de su mano hacia él, donde pudo contemplar como de un punto del guante se creaba una imagen tridimensional de un espacio enorme, similar al de una colmena. Una colmena donde dormían en lechos criogénicos un sinfín de personas. No podía creerlo. Aquellos lechos eran exactamente como el suyo propio. Como el que había diseñado hasta más allá de la enfermedad y la desesperación. El que le preservaría hasta el final de los tiempos. El que le serviría de descanso eterno en un peregrinaje hasta el infinito. Sin embargo todo el valor de su esfuerzo parecía menguar inmensamente ante la producción en masa. En aquella imagen lo que él había considerado un trono para la posteridad no eran más que pequeñas cápsulas para el descanso de los perezosos. Aquello lo sacó de sus casillas. Su mano actuó bajo tal sentimiento y desenfundó con rapidez. Idina no se inmutó lo más mínimo al ver su vida amenazada por aquel arma que subía y bajaba presa de un pulso inestable y furioso.

Ilustración de Rosa García

-Si es verdad… -se detuvo al ser consciente por primera vez que aquella posibilidad podía ser real–. Si de verdad has tenido la audacia y el valor de hacerlo, acabas de cometer un error gravísimo porque voy a matarte y luego voy a lanzar al sol esa maldita nave tuya.

-Lo harías. Estoy segura que lo harías y sería poca cosa para el hombre que destruyó la Tierra.

-¡Lo haré! ¡Te juro que lo haré y disfrutaré con ello! –la amenazó de acto y palabra-. ¡Les despertaré antes de hacerlo! ¡Les obligaré a ser conscientes de su destrucción mientras tu cadáver preside la escena!

-No. No lo harás. No puedes creerme, pero no vas a tener esa oportunidad.

-No entiendo de que hablas –el gatillo ya había recorrido la mitad del camino–. Pero no necesito entenderlo. Lo único que necesito es pegarte un tiro.

Pero aunque la amenaza era más que real Idina no se inmutó lo más mínimo. De hecho lo miró con pena, como si él mismo fuese la víctima y no ella. Como si el que estuviese indefenso y en territorio hostil fuese él. Aquello lo enfureció aún más.

-Sí que lo necesitas –le interrumpió ella encarándosele con un gesto entre el valor y la inconsciencia-. Toda tu vida has necesitado entender lo que sucedía a tu alrededor. La misma vida que has desperdiciado buscando, peleando, perdiendo…

Hablaba como si le conociera. No. Había en sus palabras algo más que comprensión. Había compasión. Entendimiento. Empatía. Era como si ella hubiese recorrido su camino junto a él. Pero eso no era verdad. Él sabía que no. Sabía que de haber tenido a alguien a su lado… de haber estado para él en los momentos más críticos de su vida, quizás todo aquello no habría sucedido. Y en la Tierra seguirían aplaudiendo las nuevas posibilidades de expansión de esta. Celebrando la nueva oportunidad que lo que su mente había creado daría a la humanidad. Pero no había sido así. La Tierra todavía ardía en algún lugar fuera de aquella nave. Y con ella todo lo esta le había negado.

-No debieron haberte hecho lo que te hicieron –continuó Idina acercándose más y más–. No tenían motivos y aun así lo hicieron.

-¡Tú no sabes lo que me hicieron! –le gritó agitando el arma tratando que amedrentarla. Aunque al único al que amedrentó fue a él mismo.

-Te equivocas. Lo sé todo. He visto cada movimiento en el tablero de tu futuro hasta la posición en la que te encuentras ahora. He visto miles de vidas ir y venir. Brillar y apagarse. Y la tuya era de las más brillantes. La tuya era excepcional…

-Eso es imposible… -balbuceó él mientras le ponía el arma en el pecho a la mujer. Un pequeño golpe metálico hizo la amenaza más real aun. Y, sin embargo, el único al que devoraba el pánico era a él mismo.

-También lo eran los viajes espaciales y mira donde estamos. Si hay una persona que no puede hablar de imposibles eres tú.

-¡Cállate! –Su dedo deseaba cada vez más acabar aquella conversación–. Eres una maldita estúpida que ha venido a morir a esta nave y que únicamente dice sinsentidos.

Idina sonrió. Aquel gesto pareció transformarla. Era como si aquella leve demostración de sentimientos la hubiese tornado en otra persona. Una que no correspondía a las palabras y mirada que tenía ante él.

-Eso no puedo discutírtelo. Soy una estúpida. Una desdichada sin valor. Una inútil. Pero también sé que soy la única persona a la que escucharías en estos momentos. La única a la que no matarías en el mismo instante que apareciese ante ti. Y por ello estoy aquí. Porque, al igual que tú, he aceptado mi papel en este juego. He tardado toda una vida en hacerlo. He luchado contra él. Y casi me consumo al hacerlo. Pero ahora estoy aquí. Ante ti. Ante un planeta que arde y su verdugo. Ante ti…Robert.

Su nombre. Aquel nombre que el mundo y él mismo habían olvidado renació en aquellos labios. Y sus fuerzas flaquearon devoradas por su miedo. Por una verdad olvidada.

-¿De qué papel hablas? –preguntó Robert entonces, cuando su voz y arma vacilaban. Cuando la debilidad le comenzaba a arrebatar todo lo que era.

Idina le bajó el arma con suavidad. No encontró resistencia alguna y aun así no se la arrebató. En su lugar volvió a accionar otro mecanismo en su guante y de pronto toda la estancia fue devorada por una imagen holográfica de la Tierra. No la que ya había perecido, sino la Tierra. Una llena de vida. Azul y verde. Llena de gente y esperanza. De pronto, miles de personas, etéreas y de todos los credos y razas, comenzaron a caminar por el enorme hangar. Ajenos a todo les atravesaban mientras sus caminos se entrecruzaban. Algunos reían. Otros lloraban. Pero todos seguían adelante. Desapareciendo en el espacio y volviendo a aparecer nuevas imágenes.

-Todos estos destinos… -comenzó a relatar Idina-. Hubiese cambiado mi destino por cualquiera de los suyos. Poder labrarme el mío propio. Pero no pude pues a veces el destino elige por uno. Y es cuando luchar contra él se vuelve totalmente inútil –las imágenes seguían fluyendo atrapando a Robert sin que pudiese entender nada de aquello hasta que la mirada de Idina se tornó oscura y le atrapó-. No has sido tú el que has acabado con la humanidad. Siento decepcionarte si eso te hacía sentir especial, pero he sido yo.

Ahora si que no pudo refrenarse y fue él el que estalló en carcajadas. Se dobló sobre sí mismo sin control y se regodeó en su propio humor. Por fin quedaba claro. Aquella tal Idina estaba loca de remate. El último bastión de la humanidad era aquella penosa hembra trastornada. No se lo podía creer. No solo había logrado su propósito y venganza, sino que había logrado algo más que ni él mismo se había propuesto. Aquello le hizo sentir mucho mejor. Tanto que pensó en dejarla vivir. En dejar que su locura acabase contra cualquier sol cercano. Sin embargo, cuando consiguió alzarse nuevamente la mirada dura de ella seguía allí. Mirándolo sin miedo. Sí. Debía estar loca para no tenerle miedo.

-¿Y cómo has acabado con la humanidad, si puede saberse?

Idina dudó. Por primera vez desde que había pisado aquella nave la duda asomó antes que sus palabras. Era como si articular la siguiente frase fuese un acto titánico difícil de realizar. Robert no lo entendió. Y ella sabía que no podía entenderlo.

-Porque estoy maldita. No sé de donde viene pero poseo del don de la clarividencia. Puedo ver los sucesos más horribles que le van a pasar a la humanidad… -su voz decayó unos instantes junto con su cabeza–. Pero no puedo hacer nada para detenerlos porque nadie puede creerme.

Entonces fue algo lo que cambió en el interior de Robert al escuchar aquella confesión. Era como si hubiese abierto los ojos después de haberse esforzado en tenerlos cerrados mucho tiempo. Era como si la luz le molestase y su cerebro anduviese con pereza y descoordinación.

– Sólo estás diciendo tonterías…

-Es la misma respuesta que he recibido toda mi vida. Cada vez que trataba de advertir a alguien de lo que le iba a ocurrir este nunca me creía. Era como si no me escuchase. Como si yo no existiese. Como si mis palabras no pudiesen ser oídas.

-¿Y qué? Si yo hubiese sido tú, me hubiese olvidado de los demás y hubiese tratado de cambiar las cosas yo mismo. No se puede confiar en la gente, Idina. A veces no se puede confiar ni en uno mismo. Pero al final del día y cuando más lo necesitas, sólo puedes fiarte del tipo que vive en el espejo…

Ella le sonrió con franqueza aunque Robert no entendió aquel gesto. Ni siquiera entendía muy bien por qué había hablado de aquella manera. Como si lo que le decía le importase.

-Tampoco funciona así. Nunca puedo hacer nada para cambiar lo que va a suceder. Tan sólo consumirme en el conocimiento de este y en el remordimiento de no poder hacer nada.

-¿Pretendes que sienta pena por ti?

-No pretendo nada. Tú sabes quien eres y yo sé quien soy. Ambos lo hemos aprendido por las malas y hemos acabado donde menos lo esperábamos.

-Y dime, ¿qué es lo que pretendes conseguir con todo esto? Porque sabes que no vas a salir con vida de esta nave.

Entonces la estancia tembló como si hubiese estornudado. Ambos se tambalearon buscando un equilibrio que encontraron el uno en el otro. Se quedaron enzarzados en una mirada extraña sin saber qué hacer o qué decir. Fue cuando la calma volvió cuando Robert, tratando de recobrar lo que era, la soltó. Aunque no lo hizo con maldad. Más bien con desgana.

-¿Qué diablos ha sido eso? –preguntó Robert a la IA de la nave mirando hacia arriba, como si esta fuese un ser superior.

-La nave desconocida acaba de desacoplarse sin previo aviso –respondió aquella voz electrónica-. Estimando los daños causados en el casco…

-¿Qué?

Robert no daba crédito a lo que escuchaba. Pero sí a lo que sentía en sus entrañas. La furia volvió por el mismo camino que se había escondido y volvió a encañonar a la mujer. Ya no sentía reparos en mancharse de sangre. De hecho lo deseaba.

-¿Qué has hecho?

-Lo que tu nave ha dicho –contestó ella con tranquilidad.

-¿Cómo?

No la había visto accionar nada ni comunicarse con su nave de modo alguno. Y sabía que la comunicación telepática era imposible, pues era lo único que no había podido desentrañar él mismo. Su único fallo. Uno menor e innecesario. Pero que escocía como una vieja herida y en ese momento dolía como una reciente.

-No te alteres. Ya sabía que esto iba a pasar y por ello di las órdenes oportunas de alejarnos.

-¿Qué diablos es lo que pretendes?

-Redimirme por un pecado no cometido, supongo. Estoy cansada de vivir sabiendo lo que no puedo detener. Sintiéndome el objeto de una broma cósmica que no entiendo. He sabido desde siempre lo que ibas a hacerle a la Tierra. He seguido cada movimiento tuyo antes siquiera que lo hicieses. Pero no he podido detenerte. Y créeme que lo he intentado. Lo he perdido todo en ello. Pero no podía. Y cuando llegué a esa conclusión decidí hacer que si podía hacer: fabricar el siguiente paso del destino. Y eso es precisamente lo que estoy haciendo.

Deseó no entender lo que le decía. Seguir creyendo que la locura era lo que la movía. Pero sabía que decía la verdad. De algún modo lo sabía. Y eso removió las brasas de su rabia. Pero también le retuvo. Había cometido el pecado más imperdonable de todos los tiempos. Pero ella había tenido que vivir sabiéndolo sin poder hacer nada al respecto. De pronto, se sintió demasiado cercano a aquella mirada profunda, triste y verde que le enfrentaba sin miedo.

-Tu nave… Tu nave es mi nave…

-Tus diseños e ideas. Los mismos que yo veía cada noche, cada día. Los mismos que tú ni siquiera habías inventado yo ya los tenía en mi interior. Por eso, mientras tú crecías en el odio y la venganza yo preparaba mi futuro. He dirigido tu esfuerzo en mi beneficio. En beneficio de una humanidad que nos dio de lado.

-¿Por qué? –Robert no lo entendía y quería tirarse de los cabellos por ello-. ¿Por qué lo hiciste?

-Esperaba que este momento me lo dijese. Pero si te soy sincera no lo está haciendo. Lo único que siento es un miedo tan nuevo y espantoso que estoy tentada a pedirte que me pegues un tiro en este momento.

-Pero…

-Estoy harta. Harta de no poder vivir en paz. De no poder hacer ningún bien. Así que decidí hacer lo único que sí que podía: sacrificar mi vida para que la humanidad no acabase donde mi mente me decía que iba a hacerlo. Lo siento. Te he jodido el plan. Pero alégrate, tú has hecho más que yo para que eso sucediese.

Lo entendió. En el mismo momento que ella retrocedía un poco y comenzaban a caer sus lágrimas, lo entendió. Claro como la luz del sol. Terrible como un planeta que estalla. Lo entendió.

-Yo… Yo no quería esto.

-Ninguno de los dos lo quería. Pero prefiero que ambos ganemos algo a que todos perdamos.

-¿Eso es todo? ¿Eso es a lo que has venido? ¿A decirme que he fracasado? ¿A burlarte de mí en persona como el mundo se burló de ti?

-No –le dijo sin ocultar la tristeza que ya la embargaba–. He venido a decirte que la humanidad seguirá adelante. Pero que tú y yo no lo haremos.

-No te creo.

Las alarmas de la nave se encendieron en ese momento como un torrente de luz cegadora que hicieron desaparecer todos aquellos fantasmas etéreos. Como si estos hubiesen vuelto a su lugar. Al sitio al que realmente pertenecían. Al lecho criogénico de la nave de Idina. Robert recibió informes de su IA que bramaban algo sobre impactos inminentes y la imposibilidad de esquivarlos. Incrédulo la miró buscando una respuesta. Una explicación. Algo que le dijese qué estaba pasando. Ella simplemente le miró. Con compasión. Con ternura. Con un amor que nadie le había dado jamás.

-Te dije cuando nos vimos a qué había venido –el impacto era inminente. Ahora lo veía. Ahora lo sabía. Y era el único que tenía miedo por ello, pues Idina solamente cerró los ojos y le enseñó el semblante de alguien que estaba en paz consigo mismo. Alguien que no sería él. Y entonces se lo susurró. Una vez más. Una última vez–. No podías creerme…

David Gambero 2012

El azul perdido.

Autor: David Gambero

Ilustrador: Mannfred Salmon

Género: Ciencia Ficción

Este relato es propiedad deDavid Gambero, y su ilustración es propiedad de Mannfred Salmon. Quedan reservados todos los derechos de autor.

El azul perdido.

-¿Primera vez? –preguntó Matthew “Cuatrodedos” a su acompañante nada más abordar la nave de exploración “Auricom”.

Ella asintió al tiempo que se colocaba torpemente en el asiento del copiloto. Caroline Ashby había desarrollado muchas funciones para la Temperley Inc. Y la de astrofísica, aunque no le resultaba desconocida, sí que parecía resultarle incómoda.

-Odio esta compra –fue su respuesta.

Cuatrodedos sonrió para sí. Desde que abandonase la Federación se había dedicado a uno de los nuevos y más prósperos negocios del Universo: la compra-venta de planetas. Pues a aquello se dedicaban en la Temperley. A comprar planetas colonizados y agotados para luego tratar de sacarles un poco más de lo que fuese. Recursos. Tierras. Posiciones estratégicas. Todo valía cuando los colonos ya deseaban echar raíces en otro lado.

-Henry dice que nos ha tocado un planeta inservible.

-Henry es el inservible –gruñó Cuatrodedos al tiempo que seguía comprobando la nave que usarían para el reconocimiento superficial del planeta-. Además este planeta está totalmente fuera de las rutas conocidas. A saber dónde lo habrá comprado…

Entonces una sacudida inesperada zarandeó la nave. Y no sólo la Auricom sino la nave nodriza de la Temperley. Aquello no podía ser puesto que aún no debían abandonar el nodo de salto que les transportaba al sistema donde estaba aquel planeta comprado. Y aún así todos y cada uno de los sistemas electrónicos de la nave se encendieron al unísono. Matthew trató de establecer comunicación con el puente de mando pero entonces una mano invisible y negra destrozó la cubierta que había ante ellos y los arrojó con fuerza a un estómago oscuro y estrellado. El explorador a punto estuvo de perder la consciencia como Caroline por la violencia del golpe pero aún quedaba algo del soldado que había sido en él. Viendo blanco sobre negro encendió los motores mientras la Auricom daba vueltas sin control sobre sí misma, y dio las gracias más sinceras cuando el sistema respondió y los estabilizadores pararon aquel maremagno demencial. Buscó con la mirada la nave de la Temperley y la encontró sobre sí con uno de sus laterales arrugados como una hoja de papel. La suavidad e indolencia de su movimiento le cortaron la respiración. No podían comunicarse con ellos y la nave de la Temperley parecía gravemente dañada. Con un millar de preguntas que amenazaban por desbordarse de la nave un problema mayor atrajo toda su atención. La Auricom también había resultado dañada y probablemente aquellas estrellas indolentes que brillaban a miles de años luz fuesen las últimas que vieran. Buscó una ruta de salvación a toda prisa. Un planeta pequeño y gris cercano al planeta que había adquirido la Temperley fue la respuesta a unas oraciones apresuradas. Dirigió la poca potencia que les quedaba hacia allí y se interesó por una Caroline cuya melena rubia había caído cual cascada escondiendo su rostro. Le hizo a un lado el cabello y le buscó los signos vitales. El pulso respondió al momento. Tranquilo. Regular. Un pulso que le habría cambiado en aquel preciso momento pues el suyo estaba a punto de salirse de la escala. Buscó en los mapas estelares datos de aquella estrella de salvación que crecía ante sus pantallas, pero aquel sector había sido abandonado tanto tiempo atrás que hasta los nombres se había llevado la civilización consigo. Envió un pulso con las coordenadas a la nave de la Temperley e hizo que el único motor de aquella lanzadera se hiciese valer. Mientras buscaba qué equipo de emergencia había en la nave observó cómo la nave de la Temperley encendía motores también y se dirigía hacia la órbita del planeta más lejano. Matthew sonrió aliviado. No trabajaba para gente estúpida al fin y al cabo. Iban a aprovechar la monstruosa fuerza gravitatoria de aquel sistema solar para dar la vuelta y lanzarse impulsado hacia el nodo de salto al tiempo que conseguía un respiro para paliar los daños o pedir auxilio. Bien, pensó Cuatrodedos, por qué lo iban a necesitar.

-¡Mamá! –gritó Caroline cuando volvió en sí.

Matthew suspiró aliviado al tiempo que veía cómo las pupilas plateadas de la muchacha relucían con un brillo inestable. Estaban a pocos minutos de entrar en la atmósfera del planeta y había conseguido despertarla justo antes de un aterrizaje que presumía no iba a ser nada elegante.

-Bienvenida a su día de mierda –le dedicó este -¿Quiere su realidad sola o con leche?

Caroline se sentía totalmente entumecida. Aún así sonrió al saberse viva.

-¿Qué ha pasado?

-Versión corta: Estamos jodidos pero vivos –dio este ayudándola a incorporarse un poco hacia delante-. La versión larga incluye muchas caras de miedo mías y palabras inadecuadas para menores de dieciocho años. Pero dejando eso en un aparte nos dirigimos a un planeta a esperar a que nos rescaten…

-¿A qué planeta?

Cuatrodedos se hizo a un lado y tras él una enorme esfera de distintos tonos de gris se hizo imposible de obviar para la astrofísica. Tras ella, juguetón y escurridizo, la sombra del planeta rojo se hizo visible.

-Ese no es el que hemos comprado…

-Es eso o quedarnos aquí varados a jugar a cual de los dos se queda sin oxígeno antes –replicó él-. Y te advierto que aguanto la respiración muy bien.

-¿Crees que vendrán por nosotros? –preguntó Caroline sin poder ocultar su miedo.

-A por mí no van a venir… Pero a por una astrofísica cualificada, diseñadora de rutas espaciales y rubia maciza seguro que vienen –respondió Cuatrodedos enseñando una pequeña pistola láser de baja potencia-. En otro orden de cosas esto es lo único que hay de utilidad además de mi traje completo de exploración. El resto mucho me temo que no lo he cargado pues no esperaba que el nodo de salto nos expulsase como a una mala comida.

-Sólo un hombre encontraría un arma de utilidad en estos momentos –rezongó ella mientras se ajustaba el cinturón de seguridad del asiento- ¿De verdad te parezco atractiva?

-Preocúpate de si se lo pareces a Henry –contestó fijando su atención en los mandos de la Auricom-. Ahora agárrese a lo que sea. Nos vamos de excursión.

La atmósfera les recibió con la hostilidad de alguien no invitado ni esperado. Nave y piloto tuvieron que hacer su mejor esfuerzo por encontrar un precario equilibrio que les permitiera sobrevivir hasta llegar a la superficie. Una superficie que estaba oculta bajo un manto de condensación atmosférica tan espeso como el propio espacio exterior que abandonaban. El motor de la nave dio su último coletazo cuando hizo un agujero en esta atravesándola a toda velocidad. Bajo ellos un enorme mar gris y sin vida se extendía allí donde les llegaba la vista. Por suerte la nave veía más lejos y no tardó en encontrar tierra donde aterrizar. Cuatrodedos se dirigió hacia allí de inmediato a aquel erial que pasaba a toda velocidad bajo ellos.

-¡Hay una cosa que creo que no he comentado, doctora! –gritó el improvisado piloto entre las sacudidas que estaban amenazando con partir la nave en dos.

-¿Qué no tiene retromotores? –preguntó ella con una mirada de abandono-. ¡Si es eso estréllate con dignidad Cuatrodedos!

Hubo más suerte que dignidad en aquel aterrizaje disfrazado de fiasco. El explorador apagó el motor y trató de frenar con los servos de la nave tanto como pudo hasta que no le quedó más que entregarse al suelo. El golpe fue brutal, pero la experiencia y la pericia de este evitaron que fuese definitivo. Con el corazón a flor de piel y la nave detenida y enterrada a medio palmo en la tierra se miraron como si hubiesen descubierto la vida por primera vez.

-Este tipo de cosas se me dan mejor con dos motores y una nave sin tantas lucecitas rojas –afirmó Cuatrodedos al tiempo que ayudaba a desalojar su asiento a Caroline-. ¿Qué quieres hacer ahora?

Esta, jadeante y dolorida, meditó un segundo su respuesta.

-Salgamos a explorar –dijo con seguridad-. Me remordería la conciencia si sobrevivimos a esto y resulta que en este planeta hay Kelium o cualquier otro recurso valioso.

Cuatrodedos sonrió para sí y le pasó el casco del traje de exploración a la astrofísica.

-No… No estoy cualificada para llevar este tipo de trajes…

-Déjese de tonterías, doctora. Si está cualificada para hacer un protocolo de seguridad que nos mande a este agujero está cualificada para llevar un traje de exploración –expuso Cuatrodedos al tiempo que desenroscaba el grueso y reforzado mono naranja que completaba el traje-. Además según los cálculos de la nave el aire ahí fuera es tolerable.

-Pero no respirable a largo plazo.

-Estoy seguro de que he respirado cosas peores –dijo con seguridad el explorador-. Además eres la única cualificada para dictaminar sobre qué nos hemos estrellado por si Henry decide volver a por nosotros…

Cuatrodedos aún notó algo reticente a la astrofísica mientras la ayudaba a enfundarse el traje de exploración que la hacía parecer un muñeco orondo y torpe. Sabía que contra condiciones extremas su biotraje nada podría hacer por protegerlo. Sin embargo aquel aire saturado de dióxido de carbono y algunos gases que seguro se le repetirían en los pulmones durante no le matarían. Diez minutos después y con los rudimentos y bondades del traje de exploración aprendidos por Caroline, salieron de la nave. Fuera, una niebla espesa y fría les recibió con su desagradable abrazo. Cuatrodedos se mareó al instante que tomó la primera bocanada de aire, aunque soportó con estoicismo los primeros pasos antes de detenerse a esperar a Caroline, que avanzaba con paso lento pero con los reflectores de su casco encendidos a máxima potencia dándole un aspecto de luciérnaga enorme.

-¿Está seguro que ha respirado cosas peores? –dijo ella comprobando las lecturas de su casco.

-Sinceramente… No –aceptó él mientras rezaba por dejar de ver doble- ¿Algo que destacar?

-Lo esperado –sonó la voz de Caroline a través del altavoz del casco-. Un yermo gris y aburrido… ¡Pero qué!

Cuatrodedos se volvió alarmado pensando que algo le sucedía a la doctora. Pero esta sólo se había quedado perpleja ante una lectura de su casco que no paraba de repetirse.

-Esto debe estar mal…

-¿Qué sucede?

-Litio… Hay un depósito de litio a tres kilómetros al norte. Pero no puede ser… El escáner de profundidad de este traje debe estar averiado.

Matthew no entendía nada. Nunca había escuchado hablar del litio ni tenía ni idea de lo que podía ser. Entonces su pie derecho se removió y encontró algo que si que sabía lo que era.

-Espero que no hayas pensado todavía nombre para bautizar el planeta… No somos los primeros en estar aquí.

El explorador alzó una calavera a la que le faltaba todo el maxilar derecho ante los ojos horrorizados de la astrofísica. Esta ahogó un grito aunque mantuvo una extraña determinación en la mirada.


Ilustración de Mannfred Salmon

-Tenemos que seguir adelante… -musitó esta señalando el norte-. Hay que saber qué es este planeta.

-Bien –asintió Cuatrodedos al tiempo que preparaba su arma-. Asegúrate de lanzar pulsos de exploración cada quince segundos y de avisarme si se mueve algo. Los muertos son como los problemas: nunca vienen solos.

Fue una caminata de las más aterradoras que recordaba haber tenido Caroline mientras que los pálpitos largo tiempo olvidados para Matthew salían de los recuerdos a su realidad. Aquel ambiente no era tan hostil como el de un campo de batalla, pero caminar por él le hacía reavivar una sensación de pérdida similar a cuando su mano no echaba de menos su dedo anular. Pronto encontraron más huellas de civilización. Primero un camino asfaltado. Luego estructuras de edificios arrancados de cuajo. Todo bajo un manto neblinoso bajo el que dormían para siempre centenares de huesos sin historia que contar. Los escáneres no detectaban una huella de ADN descifrable en los huesos dejándoles sin pistas de a qué peregrinación o colonia podían haber pertenecido. Aquello no tenía sentido alguno para ninguno de los dos. Cada mota de polvo que levantaban descubría bajo ella más mano del hombre. Ropas extrañas. Utensilios. De todo… Hasta que llegaron a los pies de una enorme formación de hierro y acero derrotada hacia su derecha que tenía todo el aspecto de monumento tosco y antiguo que se había marchitado junto con el planeta.

-Torre Eiffel –dijo con un hilo de voz Caroline mientras el traductor de su casco desentrañaba el significado de un papel parcialmente abrasado que había encontrado a los pies de esta.

-Más bien lo que queda de ella –dijo Cuatrodedos a quien le empezaban a arder los pulmones y a fallarle las fuerzas. -¿Está por aquí tu depósito de litio?

-Justo bajo ella. Dios… Si tuviésemos un simple equipo de perforación o un par de bots…

-Lo que tienen son un par de horas para volver a la atmósfera –dijo de pronto la voz conocida de Henry, comandante de la Temperley, a través de sus comunicadores-. Veo que no eres capaz de distinguir el rojo del gris, Cuatrodedos…

-Tienes una curiosa forma de preguntar si seguimos vivos Henry –recriminó el explorador a su jefe aunque se sentía aliviado de que siguiesen vivos- ¿Qué ha sucedido?

-Aún no sé lo que nos ha sacado antes de tiempo del nodo de salto pero ha afectado casi exclusivamente a la nave y a todo lo que hiciera pip pip. Es un milagro que sigamos vivos y si queréis poder decir lo mismo más os vale que estéis en órbita pronto porque no tengo frenos ni intención de esperaros.

-¿Y el planeta rojo?

-¡Que le den al planeta rojo! –repuso Henry-. En cuanto me vaya de aquí pienso borrar este nodo de salto de todas las rutas de la compañía. A menos, claro, que haya algo interesante ahí abajo.

-¡No! –gritó Caroline sin querer-. Quiero decir que hasta el momento todo indica que este planeta está muerto…

-Bueno, ya lo decidiré cuando revise los datos del traje de exploración que llevan. Sean puntuales pareja, que aquí no se espera a nadie. Corto y cierro.

Apresuradamente Caroline bloqueó las comunicaciones de golpe alarmando a Matthew. Este no entendía que era lo que estaba pasando, pero estaba claro que no era nada bueno.

-¿Hora de decirme qué está pasando?

Caroline desvió la mirada que fue a parar a la enorme estructura que tenían frente a ellos. La niebla la envolvía con armonía y se colaba entre sus recovecos mientras que el sol mortecino de lo que parecía un lento atardecer tornaba el cielo de un gris más benevolente.

-Algo que es imposible –susurró ella justo cuando una extraña interferencia irrumpió en su comunicador.

Al momento aquella estática invasora también tomó el comunicador de muñeca de Matthew. Trató de aislar la frecuencia pero no había forma. Fuese lo que fuese lo que la estaba causando utilizaba un sistema que escapaba de su entendimiento.

-Estar aquí… -dijo una voz masculina entre la ruidosa niebla.

Matthew rastreó la fuente de aquellas palabras. Se encontraba justo entre aquellos hierros retorcidos y olvidados. Desoyendo el grito de advertencia de Caroline este salió en su busca. Atravesó las rendijas y se hizo camino a duras penas hasta que encontró lo que no pudo describir más que como un búnker metálico redondeado y hermético. No tenía más de diez metros de diámetro y por más que buscaba no conseguía encontrar una puerta de acceso. Palpó la superficie fría del mismo y una sensación inexplicable le recorrió el cuerpo provocándole una tos incontrolable. Doblado sobre sí mismo sufrió la rebelión de sus pulmones hasta que estos le concedieron un pequeño respiro. Cuando se incorporó un par de ojos tan abiertos como negros le escudriñaban a través del cristal de una rendija que antes no había existido. Sobresaltado retrocedió al tiempo que esgrimía su arma contra aquella mirada prisionera. Otro súbito ruido a su espalda le hizo virarse encañonando a una sorprendida Caroline. El explorador suspiró de alivio e hizo la pistola a un lado.

-No deberíais estar aquí… -repitió la voz que, de nuevo, tomó posesión de sus comunicadores.

-Dígame que no es verdad… -musitó Caroline mientras avanzaba desoyendo los consejos de Cuatrodedos y se aproximaba a la superficie del búnker-. Dígame que nada de esto es real.

-Oh, sí que es real… -musitó aquel desconocido-. Bienvenidos a la Tierra.

Caroline dejó caer los brazos a los lados abatida. Como si aquellas palabras le hubiesen robado algo más que las fuerzas mientras que Cuatrodedos la miraba de hito en hito. Ninguno podía dar crédito a aquella situación. Era totalmente imposible. Aquello no era el sistema solar. Y aún así el corazón de Caroline había comenzado a galopar a la velocidad de la locura. El explorador la vio temblar dentro de un traje que contra su voluntad la sostenía en pié, sufriendo una pesadilla que a Cuatrodedos le estaba alanceando el estómago. Sólo que a él no le atormentaban las mismas sensaciones que a la astrofísica. Había comenzado a encontrarse realmente mal. Y aún así su ordenador le indicaba que debía estar perfectamente.

-¿No es lo que esperaban? –preguntó la voz con una neutralidad casi perfecta.

-¡Cállese! –gritó Caroline llevándose las manos al casco en un vano intento de taparse los oídos- ¡Cállese!

-Lo único que puedo guardar aquí es silencio. Pídeme lo que quieras pero es más que bien recibido hablar con alguien para variar.

Cuatrodedos apretó los dientes y avanzó hasta el búnker golpeándolo con el dorso del puño, justo bajo donde aquellos ojos seguían mirándolos con una expresión petrificada entre la curiosidad y la locura.

-No deberíais estar aquí.

-No… No. Lo que no debería estar aquí es la Tierra, ¿me oyes? –balbuceó Caroline como si despertase de un mal sueño mientras caminaba vacilante hacia el búnker-. Nada de esto puede ser. Eso de ahí no es la torre Eiffel. Y tú… tú no deberías existir.

De pronto Caroline hizo a un lado a Matthew, le arrebató el arma de las manos con una rapidez y decisión que hizo inútiles los esfuerzos del hombre por conservarla y apuntó directamente a la abertura del búnker donde aquellos ojos, ahora bañados de oscuridad, les seguían escudriñando.

-¡Dígame que es una broma! ¡Que todo esto es mentira! –gritó mientras sacudía su cabeza y los datos fantasmales de su casco se desvanecían con el movimiento.

-Claro que miento. Todos mentimos, muchacha –respondió este tras las paredes del búnker sin atisbo de miedo alguno-. El ser humano es especialista en mentiras. Especialmente cuando se trata de perpetrarlas para sí mismo… Pero dígame una cosa. ¿Miente su corazón acaso? ¿Están sus pies pisando una mentira? No, muchacha… Si se viera como yo la veo ahora no se atrevería a decir eso…

La respuesta de Caroline se estrelló en forma de rayos de plasma contra el búnker. La deflagración lanzó a un lado a un desprevenido Cuatrodedos que no podía dar crédito a la acción de la astrofísica. Cayó con un golpe seco al suelo pero se rehizo en seguida solo para ver como una Caroline, que no estaba habituada a las armas de plasma, el retroceso de disparo la había hecho caer de espaldas. Sólo que no había alcanzado el suelo pues los sistemas de estabilización del traje de exploración se habían activado y los pequeños motores de aire comprimido de la espalda evitaban que cayese al suelo. Así que allí estaba aquella mujer, sollozando dentro de una prisión de vida que no dejaba caer un cuerpo que ya lo había hecho un minuto atrás. Cuatrodedos recogió el arma del suelo justo cuando se percató que ni búnker ni extraño habían sufrido daño alguno. El explorador ayudó a volver a la vertical a Caroline que apenas ponía de su parte. Aquella exploración se había convertido en algo que no sabía manejar. Y peor aún es que se estaban quedando sin tiempo.

-Caroline –trató con suavidad que volviese en sí la astrofísica-. Por favor, deja de llorar. Esto no puede ser la Tierra.  Tú sabes cómo es. Cielo y mares azules. Las ciudades flotantes… Pero esto no es más que un erial gris y seco.

-La Tierra, pues… -interrumpió el habitante del búnker.

-¡Métete la lengua en el culo! –le gritó de vuelta Cuatrodedos -¡Eres un jodido loco prisionero! ¡No sabes lo que estás diciendo!

Una risa seca inundó ambos comunicadores. Matthew se sintió tentado a silenciarlo pero entonces Caroline recuperó las fuerzas justas para no necesitar el brazo del hombre para sostenerla.

-¿No sé qué es lo que digo? ¿Y qué os dice a vosotros el planeta?

-Me dice que es la Tierra –balbuceó Caroline que había dejado de llorar pero no de sufrir-. Cada dato que cruzo de este lugar con los registros de la Tierra coincide a la perfección. Masa. Gravedad. Superficie. Recursos…

-Sólo has encontrado litio, Caroline.

-Y sólo lo había en la Tierra… De hecho era de las pocas cosas que no habíamos agotado antes de lanzarnos en el peregrinaje de la Federación…

Cuatrodedos había escuchado y visto la recreación de aquella historia en infinidad de holovideos. Un planeta Tierra que brillaba con cegadora intensidad estaba amenazado por consumirse demasiado deprisa si no se hacía nada al respecto. Entonces comenzó la investigación de los nodos de salto para hacerse al único sitio que podía albergar a la raza humana: el espacio. Costó años y un trabajo inconmensurable pero finalmente el ser humano pudo alcanzar las estrellas. Mucho se ganó y se perdió con aquello. Pero desde luego la Tierra no había sido una de aquellas cosas.

-Todo lo que sabe o cree saber es mentira, soldado. Los colores abandonaron la Tierra mucho antes que usted naciese –intervino la voz-. Sólo un recuerdo conveniente de un pasado que no puede volver permaneció.

-¡No! –bramó Caroline apartando a un lado a Cuatrodedos- ¡La Tierra no puede haber acabado así!

-¿Y cómo lo sabe? ¿Acaso alguna vez la pisó? ¿Acaso alguien de sus conocidos estuvo allí alguna vez? Yo responderé por usted: no.

-Le juro que como no se callé… -un acceso de violenta tos impidió a Cuatrodedos seguir con la amenaza. Aquel oxígeno viciado le estaba rompiendo en dos- Mierda…

Caroline no entendía cómo aquel hombre se marchitaba ante sus ojos, pero no podía prestarle la atención debida. Su mente sólo trabajaba ya en una única dirección.

-¿Quién es usted? –preguntó la astrofísica al tiempo que le tendía una mano al soldado que este rechazó con demasiada brusquedad.

-Robert Albright.

-Robert Albright  fue uno de los inventores de los nodos de salto –dijo ella al instante.

-De nada –fue su contestación que dejó atónita a Caroline.

Sin embargo la astrofísica no podía concebir aquello. Robert Albright había sido uno de los científicos más brillantes de la Tierra. El hombre que había conseguido domeñar las rutas estelares y acercar distancias imposibles gracias a los nodos de salto. Sus avances prácticamente habían salvado a la raza humana de la extinción.

-¿Aún siguen llamándome criminal? –inquirió este por primera vez con genuina curiosidad.

-No puede ser el tipo que destruyó Marte –masculló Cuatrodedos cuando consiguió dominar su irregular respiración-. Esto es una locura…

Entonces la astrofísica miró al cielo conteniendo el aliento. La figura del planeta rojo que había comprado la Temperley apenas era visible tras aquel manto de niebla perpetúa. Pero allí estaba. Sostenido del cielo como una verdad incómoda. Musitó un comando al ordenador del traje de exploración y este terminó de encajar una pieza más de aquel imposible rompecabezas.

-Hemos comprado Marte –susurró ella al tiempo que la risa de Robert volvía a salpicar sus comunicadores-. Es verdad… Todo es verdad.

-Teníamos que asegurarnos que podría hacerse –dijo Robert con una voz que parecía estar a un mundo de recuerdos de allí-. Tenía que saber si podía salvar lo más importante en caso de necesidad. Jamás imaginé que pasaría esto…

Fue en ese momento cuando Cuatrodedos pegó su rostro a aquel indestructible vidrio que le separaba de la presencia de Robert. La ira que emanaban sus ojos amedrentó a aquel hombre que retrocedió arrepentido.

-¡Les mató! –gritó el soldado- ¡Cien mil millones de personas! ¡Usted destruyó el primer planeta terraformado de la Federación! ¡Usted inició la Primera Guerra del Destierro! ¡Por su culpa dejamos de avanzar al unísono como raza y nos dispersamos por el universo en una jodida carrera que no podíamos ganar! ¿Cómo pudo hacerlo?

Caroline no podía dejar de mirar Marte. De mirar como algo tan grande había desaparecido de la noche en la mañana en una tormenta estelar sin dejar rastro. Todo el mundo creyó que había sido un ataque de una de las muchas facciones que amenazaban con escindirse de la Federación y por culpa de aquello comenzó una guerra fratricida que sólo consiguió la pérdida de incontables vidas y la segregación de la humanidad en pos de un espacio tranquilo. Si era verdad que aquel hombre había hecho aquello se encontraban ante el mayor criminal de la historia de la humanidad.

-¿Cómo lo hizo? –preguntó Caroline.

-Con la mejor de las intenciones y el peor de los resultados, muchacha. Quería salvar la Tierra de… de esto que ahora pisáis. Con la Federación y sus miras puestas en el espacio esta temía que, con sus recursos desperdigados, alguien utilizase aquella debilidad para tomar la Tierra. Así que requirieron mi colaboración para un nuevo proyecto de nodo de salto mayor y más seguro que permitiese trasladar enormes flotas a través de un solo agujero negro. Me dieron recursos ilimitados convenciéndome que todo se hacía por el bien de la humanidad. Acepté. Así las mejores mentes del momento nos pusimos manos a la obra. Pero por desgracia las mejores mentes no siempre son las mejores personas y todo acabó saliendo mal. El nodo que creamos se volvió inestable. Hambriento. Perdimos el control del mismo y me quedó una solución que tomar: Perder la Tierra o perder Marte. La historia sabe que decisión tomé…

-Usted y su equipo desaparecieron aquel día… La investigación nunca dejó claro si fue el único responsable.

-Si ha de ponerle nombre a la pérdida de vidas de todo un planeta ese debe ser el mío. Nadie de la superficie había sobrevivido cuando el universo nos expulsó a este extremo de la galaxia. Había matado a todo un planeta y sólo yo y los que me acompañaban en el módulo del nodo de salto sobrevivimos. Y no sólo habíamos trasladado a un planeta de un lugar a otro…

-También habían bloqueado el nodo de salto que iba a la Tierra –completó Caroline.

-¿Qué? –le gritó Cuatrodedos- ¿De qué estás hablando?

-No se pueden establecer dos nodos de salto a menos de medio año luz de distancia si no se quiere correr el riesgo de crear una discordancia dimensional…

-Demasiado joven y demasiado inteligente, muchacha. Y demasiado desafortunada por haber acabado aquí.

Una señal luminosa se encendió en el traje de Cuatrodedos y al segundo en el de Caroline. El tiempo para la recogida de la nave de Henry se estaba acabando.

-Eso no explica por qué está aquí la Tierra… Y por qué sigue habiendo una Tierra idéntica a la que conocíamos en el sistema solar.

Entonces Cuatrodedos lo vio claro. Tan claro como la sangre que escupió en un nuevo acceso de tos y que ocultó a Caroline cuya estupefacción ayudó a tal fin.

-Eso no es ningún búnker, ¿verdad? –preguntó a Robert-. Es una prisión. Los que iban con usted trataron de volver a través del nodo que usted creó… Sólo que sabían que volvería a suceder lo mismo. Aunque esta vez no había un Marte que absorber… Sería la Tierra.

-¡Traté de impedirlo! –gritó Robert y se le escuchó golpear de rabia en el interior del búnker-. Pero a veces un solo hombre no es más que eso…

-Sin embargo de alguna manera lograron estabilizarlo, o de lo contrario no habríamos acabado nosotros aquí…- argumentó la astrofísica.

-Me temo que sí… Para la desgracia del universo no trabajaba con personas faltas de inteligencia o escrúpulos. Usaron la Tierra como si fuese el propio nodo y escaparon a través del mismo de vuelta al sistema solar…

Un silencio pesado que ni la estática consiguió llenar inundó todo a su alrededor. Aquello era demasiado para procesar. Era, simplemente, demasiado. Y aún así había sucedido.

-Así que le dejaron a usted aquí confinado para que no destapase el pastel.

-Atrapado, sólo y condenado para mucho tiempo, soldado. Dentro del planeta que quería salvar y que acabé destrozando. El maldito nodo trastocó mi tiempo y el de la Tierra. Ahora ambos estamos moribundos pero no sabemos cómo morirnos.

Cuatrodedos no podía imaginarse la deuda temporal que había contraído aquel hombre o cuanto tiempo llevaría allí dentro cuando colocó su mano ensangrentada y manchó el cristal de aquel búnker con ella. Sentía las fuerzas abandonarle de manera inexplicable pero estaba demasiado cerca del final como para detenerse aunque le costase la vida.

-¿Quién fue? –preguntó con un hilo de voz- ¿Quiénes eran los que le ayudaron en su investigación?

Entonces la mirada de Robert esquivó el rostro del explorador y fue directamente al pecho del traje de Caroline. Ninguno necesitó más. Todo estaba demasiado claro ya.

-No… -retrocedió espantada Caroline-. No pueden haber sido ellos.

La astrofísica comenzó a correr torpemente entre los escombros de aquello que antaño fuese la torre Eiffel. Temperley. Habían sido ellos. Con la ayuda de la Federación habían comprado un planeta igual a la Tierra y de alguna manera lo habían sustituido por el original aprovechando los conflictos estelares y aquel hambriento nodo. Y el resultado había sido perfecto. Un crimen perfecto del que ella, aún sin serlo, se sentía culpable sólo por portar aquel emblema en su pecho. Fuera de sí no supo detener su torpe huida hasta que la silueta de la Auricom se recortó en el horizonte. Sin embargo no era lo único que había ante ella.

-No sabes correr dentro de ese trasto –le dijo Cuatrodedos con una sonrisa cansada-. Cualquiera te podría haber alcanzado.

El hombre sostenía la pistola de plasma de manera descuidada y la balanceaba junto a su cadera. Algo en aquella postura puso aún más nerviosa a la astrofísica que se quedó clavada en el sitio de puro terror.

-Qué… ¿qué vas a hacer? –balbuceó ella.

A paso lento y fatigoso el explorador se acercó a ella mientras tecleaba algo en el panel de muñeca de su biotraje. De pronto el casco de exploración de Caroline hizo un ruido extraño que esta no supo reconocer. Cerró los ojos a la espera de lo peor pero nada sucedió. Cuando reunió valor para volver a abrirlos Cuatrodedos estaba ante ella.

-He bloqueado los cierres de tu traje, Caroline –le dijo este-. Lo siento muchísimo…

-¿Qué? ¿Por qué?

-Para que no cojas un resfriado –contestó este justo cuando le sacudía un nuevo acceso de tos.

Caroline no entendía nada. Nunca había oído aquella palabra ni sabía qué significaba. El ordenador del traje la sacó de su ignorancia justo cuando Cuatrodedos dominaba aquella tos tan dañina.

-No… No puedes estar así por un resfriado…

-Llevamos demasiado tiempo en el espacio. Tanto que nuestros cuerpos se han olvidado de protegernos contra las cosas más insignificantes… como este jodido resfriado –le explicó él-. Robert me ha contado lo que me pasaba. ¿Qué te parece? Los de la Temperley y los que fuesen todavía tuvieron la decencia de aislarlo de las enfermedades nativas de la Tierra para que estas no lo matasen… Tanto mirar hacia delante, tanto alcanzar las estrellas que nos olvidamos de mirar atrás y aprender de los que nos precedieron.

-No… -trató de decir algo Caroline pero las palabras no consiguieron pasar de ahí.

Cuatrodedos negó con la cabeza. Se sentía contento que el azar le hubiese permitido cederle el traje a la astrofísica. Al menos ella tendría una oportunidad.

-¡No! –gritó de pronto Caroline y comenzó a tirar de su casco de manera frenética- ¡No voy a dejarte aquí! ¡No puedes morir por mi culpa! ¡No puedes!

Él entonces se abalanzó hacia ella y la cogió de las manos para que se detuviese. Sabía que no podía vencer al cierre sin su código, pero sí hacerse daño. Hacer daño a ambos. Las lágrimas de la mujer salpicaron toda la superficie del casco volviendo borrosos los datos que se reflejaban en su interior. Cuatrodedos trató de sonreírle para que se calmara pero hacía demasiado tiempo que se le había olvidado cómo hacerlo de manera apropiada.

-¡Suéltame! ¡No puedes hacerme esto! –gritó ella al tiempo que sentía como se sofocaba.

De pronto lo entendió… El suministro de aire de su casco había sido interrumpido. De repente todo se volvió borroso a su alrededor. Todo comenzó a desvanecerse excepto aquel dolor que le mordía el alma. Aquella sensación inexplicable de culpabilidad y remordimientos.

Despertó dentro de la Auricom. Ya no llevaba el traje de exploración y un manto estrellado bañaba la cabina de una nave que abandonaba la atmósfera gris del planeta. Miró a su lado pero no encontró a Cuatrodedos por ningún lado. El piloto automático gobernaba su vida en esos momentos.

-Perdóname, Caroline.

La voz de Cuatrodedos inundó la cabina. La astrofísica buscó la procedencia de la comunicación y casi se le traba el corazón al descubrir que procedía de aquella Tierra que dejaba tras de sí.

-¿Por qué? –preguntó entre nuevas e incipientes lágrimas.

-Porque nada podías hacer por mí y porque es la única manera de sacar algo bueno de todo esto –contestó el explorador con voz ahogada-. Alguien debe hacer algo al respecto…

-¿Yo? ¡Sólo soy una astrofísica, Cuatrodedos! ¿Qué pretendes que haga yo?

-Descubrir la verdad. Estoy seguro de que alguien introdujo los datos del nodo de salto a Marte de manera deliberada y los alteró para provocar el accidente. Alguien quería que la Tierra fuese hallada. Tienes que encontrar a ese alguien. Tienes que averiguar qué hay detrás de todo esto.

– ¿Y qué pasa contigo?

-Si hubiese subido contigo me hubiesen puesto en cuarentena nada más llegar y lo que resultaría peor aún: habrían enviado más equipos de investigación al planeta para utilizar este maldito virus como arma biológica. Ya conoces cual es la política de beneficios de la Temperley. Y prefiero diñarla antes que darles esa jodida satisfacción –la tos volvió a interrumpir a Matthew-. Además sabes perfectamente que Henry nunca hubiese enviado un equipo de rescate a por mí. Sin embargo si hubieses sido tú la que te hubieses quedado cabía la posibilidad de que lo hubiese hecho. Y si ese idiota no tiene ni idea de nada de esto intuyo que pocos en la Temperley sabrán la verdad. Y los que lo sepan querrán tapar este asunto cuanto antes. Por eso los datos, el traje de exploración y la verdad se quedan conmigo aquí abajo…

-Volveré… -susurró Caroline entre lágrimas-. Volveré a por ti.

-Vuelve por algo que lo merezca, Caroline. Vuelve por la Tierra y por la verdad. Robert te ayudará cuando lo hagas. Yo le haré compañía el tiempo que me quede…

-¡No te atrevas a morirte! –le gritó ella cuando la comunicación se desvanecía- ¡Cómo te mueras, yo…!

-Caroline… En mi vida he hecho pocas cosas decentes. Ni trabajar en la Temperley ha sido una de ellas. Así que, por una vez, déjame hacer una. Sólo una… Haz tú lo propio.

La comunicación se perdió justo cuando dentro del alcance del radar de la Auricom la figura maltrecha de la nave de la Temperley apareció. Sin embargo Caroline no tenía más ojos que para aquel planeta gris y marchito donde sabía quedaba un hombre que había dado lo poco que tenía por una justicia que nadie había pedido. Una que ella pediría. Costase lo que costase.

David Gambero 2012

Howling Christmas

Autor: David Gambero

Ilustradora: Verónica López

Correctora: Mary Esther Campusano 

Género: Ficción (a partir de 13 años)

Este cuento es propiedad de David Gambero, y su ilustración es propiedad de Verónica López. Quedan reservados todos los derechos de autor.

HOWLING CHRISTMAS

Los gritos. Todos en aquella trinchera creían haberse acostumbrado a ellos. A provocarlos. A proferirlos. A ignorarlos. A degradarlos a crueles arrullos de guerra.  Pero estaban equivocados. Cuando, hacía tres noches, el último fusil acalló su canto de muerte y comenzaron aquellos alaridos supieron cuan grave había sido su error. Cuán grande su arrogancia. Cuan sobrecogedor el miedo que todavía podían llegar a sentir.

-¿Por qué no se detienen?

La pregunta la profirió e iba destinado a todos y a ninguno. Pues aquel grito, aquella inenarrable muestra de dolor y desamparo, no había cesado de rasgar el aire de la trinchera, mohíno y pesado, desde hacía tres días exactos. Los mismos que ambos bandos llevaban sin encontrarse. Los mismos que la guerra llevaba respirando una paz inapropiada. Y aquello no podía ni debía ser. Todos eran conscientes de ello pero nadie decía nada. Pensamientos y palabras permanecían sosegados bajo aquel manto de sufrimiento que no cesaba en ningún instante de recordarles que allí fuera, en aquel campo de batalla bañado de barro, sangre y muerte, alguien había sido olvidado. Alguien que, entre lo obstinado y doliente, no hacía más que recordarles a cada uno de los que todavía quedaban atrapados entre las fauces de aquella guerra titánica cuan humano era el destino que les esperaba. Cuan poca gloria había en caer en combate. Cuan poca recompensa había en seguir fiel al valor y el deber. Cuan cruel era el destino.

Por desgracia para Matthew aquello no era ninguna revelación. Él lo había sabido nada más llegar a Ypres. Lo pudo leer claramente en los derrotados y al tiempo afortunados soldados que abandonaban el campo de batalla. Y aunque no cruzaron palabra alguna dejaron que sus miradas hablaran por ellos. Que contasen a aquellos bisoños vástagos de Gran Bretaña lo que les esperaba más allá de aquellos campos yermos de vida. Pero todos los refuerzos estaban entusiasmados con la idea de entrar en combate. De participar enla Gran Guerra.De entrar a formar parte de la historia. Todos menos Matthew. No. Él les miró. Uno por uno. Y aguantó con entereza aquellas miradas de guerra que mezclaban horror y pena. Y allí fue, precisamente, cuando supo que la gloria no estaba en luchar o en perseguir un ideal establecido por otros. No. La gloria estaba en jamás transmitir esa mirada. Que la verdadera victoria que podía conseguir era no abandonar un campo de batalla vacío. Y aún portando en lo más hondo de su ser aquella revelación había cumplido como el que más. Había respirado pólvora. Habría tragado barro. Había sangrado. Había hecho sangrar. Y, hasta ese momento, había sobrevivido con un bagaje militar más que aceptable. Doscientos noventa y ocho metros. Esos eran exactamente los metros que habían ganado. Unos metros que, a esas alturas, nadie sabía quien había ostentado en primer lugar. La sangre derramada era demasiado espesa como para poder distinguir las líneas que yacían bajo ella.

-Lo siento señor –dijo de pronto un joven cabo cuadrándose ante Matthew -.Ninguno de nuestros ojeadores es capaz de dar con él.

La voz temblorosa del joven devolvió a Matthew a un presente exento de silencios. Centenares de ojos habían batido aquel campo de batalla. Pero el resultado siempre había sido el mismo. Fuera, sobre la herida tierra, había demasiados muertos. Demasiada barbarie. Demasiada oscuridad. Demasiado para poder encontrar a alguien.

-Debe estar en algún foso –musitó Matthew lo que todos sabían.

-Debería estar muerto, señor –siguió con las verdades el soldado que se irguió tanto como el cansancio y el pesar le permitían -.Nadie puede sobrevivir tanto ahí fuera.

-Claro…descanse y vuelva a su puesto cabo. –ordenó con voz vacía Matthew.

Ambos intercambiaron un saludo gastado y Matthew volvió a quedarse en aquella soledad rodeada que únicamente podía vivirse en una trinchera. Sobre él un cielo de plata negra se dedicaba a recordarle cuán lejos estaban los días de paz. Cuán lejos estaba el silencio. Entonces, oculta bajo los gritos incesantes, aterrizó a su lado una paloma. El ave, grisácea como el humor del propio Matthew, comenzó a moverse repitiendo los mismos tres pasos una y otra vez. Incluso los animales sentían inquietud al estar en aquel lugar. De mala gana Matthew aferró al pájaro que, manso por entrenamiento, se dejó hacer. En su pata portaba órdenes. Unas de sobras conocías pero que, plasmadas en papel, daban cuerpo a los fantasmas de su alma. No necesitó leer ni la mitad de los engolados, regios y marciales términos que algún general a más de cincuenta yardas del primer casquillo de bala y desde un refugio seguro en el que no se puede escuchar ni el eco de la muerte había plasmado en aquel papel con caligrafía irregular. Una orden de ataque. Su posición, el sector Temperley, llevaba demasiado tiempo inactivo y el flanco derecho donde batallaban su pedazo de guerra las tropas francesas necesitaban urgentemente que les aliviasen la presión alemana. Obvió las palabras derrochadas de ánimo vacío antes de descubrir a qué hora se requerían su arrojo, valor y vidas.

-Al romper el día –repitió en voz alta como dándose el visto bueno.

Había pocos preparativos que hacer antes que la artillería rasgara el alba como preludio de su asalto a las posiciones enemigas. Tal vez los obuses acallaran aquellos gritos. Tal vez los avivaran. Matthew no podía saberlo. Lo único que sabía era que tenía frío. Y que el abrigo que llevaba en ese momento cubierto de barro y excrementos casi a partes iguales no era suyo. Igual que los galones que, como cicatrices extrañas, portaba en su hombro. Pues Matthew, que había llegado allí como uno más, había ido ascendiendo gracias a que otros caían a su alrededor. Por eso ahora mandaba sin mandar. Por eso ahora tenía que decirles a aquellos hombres cuyos corazones y oídos estaban inundados por aquellos bramidos incesantes que a la mañana siguiente tendrían que ser ellos los que gritaran una vez más. Los que lucharan en nombre de aquellos que, aún teniendo vigor y fuerza, sucumbían ante el miedo que ellos usaban de concubinas ocasionales. Tenía que decirles que mañana les tocaba morir por otros. Y lo peor de todo es que tenía que decírselo a sí mismo. Así pues, desfilando como el teniente que no era, fue afrontando uno a uno los rostros adustos, cansados y temerosos de cuántos soldados todavía se mantenían en sus puestos. Veteranos que todavía no se afeitaban, comidos por los gusanos y los pijos, asintieron ante lo esperado. Si tras su paso hubo lágrimas, Matthew no las vio. Si tras un leve apretón de manos estas temblaron, no lo sintió. Lo único que supo es que todos los que moraban aquella trinchera, aquella mala sutura que ellos mismos habían infringido a la tierra y en la cual sufrían y se desangraban, saltarían fuera de aquel parapeto y correrían a enfrentarse al enemigo una vez más. A recorrer esos cientos de metros eternos para, con suerte, quitar eso que trataban de defender. Para matar de la única forma que conocían. Para morir de maneras que desconocían.

-Tienes mal aspecto Vincent –le resaltó a Matthew una voz familiar.

Una sonrisa seca y rota escapó de sus labios al escuchar su nombre con destino al único escocés que permitía que lo nombrase con tal informalidad. Hugo Sullivan. El único con el que había llegado y seguía llamando amigo. Y el único doctor que todavía respiraba en aquel lado de la trinchera.

-Me gusta ir a la moda –respondió este sorprendido que, de todas las cosas que había logrado salvar de sí mismo, una de ellas fuese el humor -¿Qué se te ofrece?

-Se dice por ahí que mañana quieres llenarme la enfermería de heridos –fue directo al asunto -¿Pensabas decírmelo en algún momento?

-Supuse que te darías cuenta en cuanto vieras que faltamos para el desayuno.

-Vais a saltaros más que una comida si salís ahí fuera ahora mismo –contestó este con amargura -.Tus hombres no están preparados para un nuevo asalto.

-Ninguno estábamos preparados para esto cuando llegamos. Y aún así seguimos vivos.

-Si tú llamas a esto vida…-musitó este sacudiéndose una liendre del pelo al tiempo que cambiaba el gesto a uno más adusto -.Te advierto que ahora mismo todos están más dispuestos a morir que a vivir por su graciosa majestad.

-No quiero que mueran, quiero que ganen.

-Colega… me parece que eso va a ser un poco difícil con esos gritos retumbando día y noche en sus cabezas, ¿captas?

Matthew había llegado a donde no quería llegar. A la verdad. Una verdad que había ignorado como había podido. Pero era cierto que aquellos gritos incesantes les estaban cambiando a todos. Que aquella muestra infinita de horror había anulado su capacidad de pensar en la victoria final. O, al menos, en salir de allí enteros. Aquellos gritos sólo habían dejado espacio para los pensamientos más funestos. Unos que hasta Matthew ya no podía obviar y, mucho menos, combatir. Unos a los que había que poner fin.

-No puedo arriesgar hombres por un herido…

-Pues te arriesgas a perder tu preciosa guerra –le dijo el amigo y no el soldado -.Por lo que más quieras: desobedece. Sé que en cuanto los británicos os vestís para la guerra no os cabe en la cabeza ni el miedo ni el sentido común, pero esto va más allá. Quédate aquí hasta que ese desdichado se muera… Y luego haz lo que tenga que hacerse.

Entonces el teniente tomó aquellos pequeños galones que colgaban de su guerrera y que tanto pesaban, se los arrancó con sumo cuidado y se los tendió a su amigo. Este entendió el gesto, aunque no lo aceptó. Aquel símbolo de obligación quedó suspendido entre los dos el tiempo justo en el que las amistades decaen. Y aquella, forjada en el fuego de la guerra, estuvo a punto de quebrarse. Ambos lo supieron mientras escondían sus miradas en diferentes infinitos pues, de haberlas cruzado, hubiese sido el último gesto entre los dos. No lo fue.

-Alguien tiene que hacerlo… -resumió el teniente.

-Sabes que en cuanto pongas un pie fuera de la trinchera eres hombre muerto –gruñó Hugo mientras contenía aliento y rabia con un esfuerzo titánico -.No esperaba eso de ti.

-¿No esperaba que cumpliese con mi deber?

El tiempo de la respuesta se quedó sin esta. En su lugar Hugo hizo lo único que podía hacer. Le arrebató aquella insignia que su amigo había llevado con entereza todos aquellos días y lo apretó en su puño hasta que consiguió sangrar. Mas no sintió la tibieza de su vida al derramarse. Sintió frío. El frío de una soledad que ocuparía el lugar de Matthew cuando este no estuviese y el fuese teniente. Y cuando dejase de serlo.

-Si me matan, matarán a un soldado. No a un oficial.

-Ahí fuera solo buscan matar hombres, no rangos. Tal vez haya lugares donde la guerra sea así de frívola, pero tú y yo sabemos que este no es uno de ellos…

En menos de un minuto ambos habían comprendido completamente de qué iba la guerra. De que iba la vida. De tomar decisiones. De buscar excusas para actuar. Porque entre los vacíos de todas aquellas palabras dichas con pasión medida y verdad sesgada estaba la verdad. Y la verdad seguía gritando sin descanso sobre ellos. Y Matthew iba a tratar de acallar aquellos gritos. A tratar de dar la oportunidad a los suyos de a una batalla y no a una derrota. Al menos así lo entendieron ambos. Al menos así quisieron entenderlo. Hugo entonces rebuscó en su zurrón y sacó un pequeño fardo que le lanzó a su amigo. Esté lo cogió al vuelo. Una sensación extraña, cercana al miedo y la desazón, le recorrió la espalda cuando descubrió lo que tenía entre manos: Una máscara antigás.

-¿Para qué quiero esto? –preguntó el teniente.

-Es que eres demasiado guapo y no quiero que te disparen a la cara –repuso este con una mueca cercana a la sonrisa -.Y ahora en serio. La porquería que nos lanzaron los alemanes la otra vez puede que esté todavía rezumando ahí fuera. Además si no ven que eres un hijo dela GranBretañaigual se lo piensan dos veces antes de pegarte un tiro.

-Si lanzan una bengala y me ven ahí fuera seré pasto de los francotiradores…

-Si lanzan una bengala tírate al primer agujero que veas y espera a que devolvamos el fuego. Sé que es poco caballeroso disparar de noche, pero los escoceses nunca hemos sido demasiado considerados… o seguiríamos siendo ingleses.

La sonrisa de complicidad de Matthew se perdió al instante dentro de la asfixiante máscara antigás. Atrapado dentro de aquel pedazo de piel y filtros de aire todo se hacía más difícil. Respirar. Pensar. Ser humano incluso. Matthew dejó que su amigo se la ajustase correctamente y trato de acostumbrarse a su nueva piel de monstruo. Ya estaba todo lo listo que una persona podía estar para atravesar tierra de nadie en la oscuridad.

-Matthew, ¿sabes qué día es hoy? –preguntó Sullivan de pronto.

Este negó con la cabeza. Había dejado de contar los días desde el primer día. No tenía sentido contar lo que ya no le pertenecía. El escocés entonces hizo un gesto de reproche con la cabeza y le palmeó el hombro ya exento de insignias y responsabilidades.

-Ingleses… -le dijo el médico y le tendió su revólver Webley -.Feliz Navidad.

Sorprendido a partes iguales por el regalo y la fecha el teniente aceptó ambas acabando así las despedidas. Con ayuda del médico y al amparo de la oscuridad Matthew se alzó fuera de la trinchera en un patético espectáculo que, por suerte para la poca dignidad que conservaba, quedó en privado. Cuerpo a tierra dedicó una mirada empañada hacia atrás. Hacia el infierno que dejaba. Pero nada había ya tras de sí. Sólo oscuridad. La trinchera, que sabía estaba justo tras de sí, no estaba. No le importó demasiado. Si llegaba el momento de volver a ella encontraría el camino. Y para ello sólo contaba con su determinación y aquel revólver. Su mano, torpe dentro de un guante más lleno de barro que de carne, lo buscó a tientas dentro de su abrigo. Le quedaban dos balas. Sonrió. Esperaba que le sobrase una. Tal vez la necesitase más adelante para hacerse un último favor. Recorrió los primeros fatigosos metros con cautela. Dejando que sus ojos se acostumbrasen a la penumbra. Pronto comenzó a distinguir siluetas ante sí. Y aunque hubiese deseado quedar ciego ante ellas no dejó de mirarlas mientras los gritos se personificaban en las mudas expresiones de aquellos cuerpos caídos junto a los que caminaba.  La siembra de semanas de combates había sido generosa en muerte. Y ahora, con aquella lenta precaución, Matthew podía contemplarla en toda su inmensidad. Daba gracias a que sus deberes le habían ocultado aquella verdad. Aliados y enemigos se mezclaban en un descanso macabro. La máscara, al final, le resultó útil para encubrir los olores de la muerte que rezumaban a su alrededor. De otra manera habría vomitado. De otra manera les habría envidiado. Pero no. En su mente sólo cabían aquellos alaridos incesantes. Y su necesidad de acallarlos. Pero, por más que avanzaba, no conseguía dar con la procedencia del sufrimiento. Por más que se detenía y aguzaba el oído los gritos parecían venir de todas partes. Y lo que era peor: se iban desvaneciendo a medida que él avanzaba. Con menguada determinación siguió caminando hacia delante con la esperanza de encontrar algo de claridad. Entonces una silueta monstruosa se materializó ante él. Un cuadrado irregular de oscuridad del porte de una choza pequeña se recortaba a escasas yardas de su posición. Alzó el arma hacia ella y se acercó a pasos cautelosos hacia ella. Poco a poco el corpachón herido de un carro de combate británico Mark I coincidió con la silueta. Matthew lo reconoció sin problemas; la propia artillería aliada lo había abatido hacía dos semanas y desde entonces habían utilizado su cobertura para reagruparse en los sucesivos asaltos que se habían llevado a cabo. Hubiese sido de gran ayuda para tomar las trincheras enemigas, pero por desgracia en una guerra tan caótica como aquella el fuego amigo era tan común como el enemigo. Matthew decidió descansar bajo su abrigo, pero para su sorpresa alguien había pensado de igual manera. Sentado sobre el techo del mismo, con una rodilla recogida sobre sí mismo y el rostro alzado hacia un cielo opaco había un hombre. Un soldado. Un enemigo. Instintivamente Matthew alzó su pistola hacia él. Era un blanco fácil. Y un disparo difícil, pues la deflagración atraería toda la atención hacia su posición. Las dudas llevaron a sus pies a tropezar. A hacer ruido. A presentarse.

-No debería estar aquí –dijo de pronto una voz profunda y con acento forzado.

A Matthew no le quedaron dudas de que aquel hombre era alemán. Y aún así su inglés era sorprendentemente digerible.

-No se mueva –le dedicó Matthew de vuelta con una voz distorsionada por la máscara.

-No me he movido en toda la noche soldado –replicó este -.Y creo que he hecho bien en hacerlo. No me hubiese gustado encontrarme con usted ahí fuera. He tenido pesadillas con mejor aspecto que usted.

Lo cierto es que aquello no era complicado. Con la máscara antigás, el cuerpo cubierto de barro y el fantasmagórico brillo plateado del revólver, Matthew se había convertido en un perfecto heraldo de la muerte. Y era eso precisamente lo que evitaba que sucediera entre él y aquel hombre pues, aunque no veía que este fuese armado, un soldado no necesita armas para matar. Sólo intención.

-¿Qué está haciendo aquí fuera? –preguntó el inglés con franca curiosidad.

Como principio de respuesta el desconocido saltó al suelo dejándose ver mejor. Uniforme y rostro curtido le identificaban como alemán. Como a un enemigo. Mas sus ojos, de un verde abatido, le convertían en un igual a Matthew que, aún sintiendo que no había amenaza en ellos, no bajó el arma ni concedió un centímetro más a aquel hombre.

-Puede quitarse eso –le dijo el alemán cuyas palabras comenzaban a paladear el inglés con más suavidad -.El gas se disipó hace días.

-Tendrá que entender que no le crea.

-Ya…claro. Que yo esté aquí fuera sin máscara no le es prueba suficiente.

-¿Lo sería para usted si los papeles estuviesen invertidos?

El soldado asintió varias veces. De pronto los gritos, que se habían tornado en murmullos lastimeros, renovaron su intensidad. Por puro instinto Matthew desvió la mirada un segundo. Al momento supo que había sido un error. Y el cuchillo que se materializó a escasos centímetros de su cuello así se lo confirmó. El alemán se había movido rápido inmovilizándolo. Y él reaccionado lento dejándose atrapar.

-¿Está aquí por los gritos, no es así? –preguntó el alemán cuyo aliento alimentó la máscara antigás de Matthew.

Este, indefenso, asintió con sumo cuidado. De pronto la presión se aflojó y el inglés se vio libre de cuchillo y presa de su enemigo. El alemán alzó entonces ambas manos y, lentamente, guardó el cuchillo de combate en su funda oculta dentro de su guerrera. Matthew se sintió estúpido sujetando todavía el revólver. Aún así no hizo otro tanto. La guardia es una de las cosas que sólo se bajan una vez.

-No volveré a perdonarle la vida una próxima vez inglés –musitó el alemán -.Ahora, ¿qué le parece si deja de esconderse tras su máscara y hablamos de hombre a hombre?

-No somos hombres –le recordó Matthew aunque tiró con saña de la máscara liberándose de su yugo asfixiante con alegría contenida -.No mientras estemos aquí.

-He sido soldado antes que usted hombre, inglés. Y no hay lugares donde sólo se pueda ser uno de los dos. Elija usted lo que quiere ser aquí y ahora.

Desde que había comenzado la guerra era la primera vez que alguien le dejaba elegir algo. Matthew se sintió extraño ante tan difícil y sencillo dilema. Bajó el arma. Decidió ser un hombre. Al menos mientras la situación le permitiese serlo.

-¿Quién es usted? –inquirió paladeando el aire nocturno -¿Y cómo sabe inglés?

-Acaba usted de nombrar las dos únicas cosas que me dio mi madre –contestó el desconocido dejando escapar una sonrisa triste -.Mi nombre es Robert Hass y temo que mis orígenes maternos no difieren demasiado de los suyos. Por desgracia para nuestros caminos el resto de lo que soy me lo dio mi padre.

-¿Su madre se casó con un alemán?

-Nuestras naciones no han estado enfrentadas siempre. Y espero que no lo estén. Algún día me gustaría volver a su isla para poder llevarle flores a su tumba.

-Lo siento…

-No lo lamente. Que yo sepa usted no la mató –siseó Robert con amargura mientras se removía del sitio inquieto -.Además, no necesito su simpatía inglés. Aunque si me vendría muy bien su ayuda. Además de su nombre, si no tiene impedimento.

-Vincent T. Matthew –le concedió al alemán -.Soldado del 56 cuerpo de infantería de su majestad. Ya tiene mi nombre, así que deje de llamarme solamente inglés.

-¿No le gusta serlo o no le gusta como lo digo?

-Ahora mismo un poco de ambas –confesó este incapaz de leer entre las palabras de Robert -¿Así que usted también está aquí para hacer callar los gritos?

El alemán asintió al tiempo que recostaba su espalda sobre el cuerpo metálico del carro de combate. Matthew pudo observarlo mucho mejor entonces. Aquel hombre rezumaba verdadera veteranía. Fácilmente podía separarlos una veintena de años y conflictos y aún así no se sintió demasiado intimidado por este. Lo que de verdad le resultaba extraño es que hubiesen confluido allí con el mismo objetivo. La guerra es un lugar extraño, pero no conoce de coincidencias.

-No es agradable matarse con ese desdichado bramando a los cuatro vientos, ¿no es así?

-Ni sencillo encontrarlo –repuso Matthew dudando aún en si debía enfundar su arma -.Es como si los gritos proviniesen de todas partes…

-No. No es eso. Los gritos provienen de algún lugar. De alguien. Y voy a encontrarlo y hacerle callar –dijo con resolución y algo de crueldad -.Sin embargo ha sido una verdadera suerte que en su bando hubiese alguien tan loco como usted.

-¿Por qué dice eso?

-Porque no me gusta matar a los míos –respondió dejando entrever que era algo que no le resultaba extraño -.Por eso quisiera proponerle un trato…

-¿Quiere que le busquemos y conforme al bando al que sirva le matemos uno u otro?

Por primera vez Matthew supo que la sorpresa tenía cabida en aquel rostro curtido que tenía ante sí. Robert soltó una ronca risotada mientras entornaba su acerada mirada.

-Ahora sé porque no les hemos pasado por encima todavía –reconoció este en lo más parecido a un elogio que le podía conceder -¿Todos los de su trinchera son como usted?

-No. Yo soy de los peores –mintió el orgullo de Matthew por él -.Aún así creo que su idea no es desdeñable. ¿Aceptaría usted una tregua?

Las manos tardaron en alzarse para rubricar aquel pequeño acuerdo. Sin embargo finalmente dos palmas frías se encontraron para forjar un acuerdo cálido. Una pequeña paz en el corazón de la guerra. Aquello era lo último que Matthew hubiese esperado encontrar allí. Y gracias a ello sus esperanzas de encontrar al dueño de los gritos aumentaron varios enteros. Justo en ese momento los aullidos aumentaron su intensidad. Esta vez hasta hacerse ensordecedores. Crueles al oído y al alma. Ambos soldados se miraron. Aquello debía acabar. Y por suerte iba a hacerlo pues aquella vez, además de con dolor, los alaridos venían con una dirección concreta.

-No se separe de mí –dijo Robert mirando al sur de su posición -.Y tenga ese trasto listo.

-¿Es de los que piensa que un animal es más peligroso cuando está herido?

-Soy de los que piensa que cuantas más guerras ves, menos las conoces –contestó este encabezando la marcha -.Y si se tienen fuerzas para gritar, pueden tenerse para disparar.

Matthew se sintió extraño al ver como Robert le daba la espalda con tanta facilidad. Aún así no sintió deseo alguno de aprovechar tal ventaja. Honraría la tregua hasta que tuviese que dejar de hacerlo. Para su desgracia no habían especificado hasta cuándo sería aquello. Caminaron a través del erial de tinieblas a pasos medidos. Aguzando el oído para seguir el rumor de los gritos. No era difícil hacerlo. Lo difícil estaba por venir.

-¿Por qué ha salido sólo con un cuchillo? –venció la curiosidad a Matthew finalmente.

-No esperaba encontrarme con nada que no pudiese lidiar con él –confesó el soldado alemán-.Y hasta ahora así ha sido.

No pudo verla, pero sí sentir su sonrisa maliciosa ante la cual Matthew no se sintió demasiado ofendido. Sin embargo no se arrepentía de haber acudido con un revólver. Odiaba apuñalar a la gente. Todo tardaba demasiado con el acero de por medio. Y en aquella guerra todo duraba demasiado. Especialmente el dolor que trataban de acallar.

-¿De donde era su madre Hass?

-¿Qué más le da? –replicó este cortante –Usted no la conoció, Matthew. Ni yo mismo llegué a conocerla todo lo que me hubiese gustado. Además ¿por qué lo pregunta? ¿Acaso cree que en este lugar puede ganarse mi simpatía con sus preguntas?

-He encontrado amistades en lugares más extraños.

-En un campo de batalla uno se encuentra a sí mismo, no amigos. Si hubiese estado en unos cuantos más lo entendería perfectamente.

-Suena como si usted hubiese estado en unos cuantos.

-Llevo dos décadas distintas matando a hombres distintos por ideales distintos. En un campo de batalla es el único lugar donde sé estar. Fuera de él… sólo se sobrevivir.

Matthew supo que decía la verdad. La mentira no habría cabido en aquellas palabras tan cargadas de dolor. Porque todo lo que aquel hombre decía parecía impregnarse del mismo sufrimiento que llenaba el aire.

-¿Jamás encontró una razón para dejar de pelear?

-Encontré miles de ellas. Pero al final todas se acabaron y me hallé de vuelta en la batalla. Nada perdura tanto como la guerra.

-¿Ni siquiera el amor?

-Especialmente el amor porque cuando este se acaba se torna precisamente en esto –dijo señalando a un muerto cercano -.No me malinterprete Matthew. No estoy en contra de la paz y de los buenos deseos. Casi todo el mundo lucha por conseguirlos y mantenerlos. Y gracias a esos encontramos un lugar en el mundo hombres como yo.

Entonces Robert se detuvo en seco y se giró hacia el inglés que lo encontró cara a cara.

-¿A qué viene todo esto? ¿De qué tiene miedo realmente Matthew?

El teniente sabía que aquel no era el hombre para hablar de tales temas. Pero sabía que no habría nadie más allí que le comprendiera como él. Por eso se confesó.

-Tengo miedo a que matar se convierta en mi única manera de vivir –dijo finalmente.

-Matar es lo único que se vuelve más sencillo de hacer cuanto más lo haces. Y ambos hemos venido a caer en el mayor escenario que el ser humano ha creado para ello. Siento que haya escogido este momento para darse plena cuenta de donde está metido, pero hágame caso: matar no es la única manera que va a tener para vivir a partir de ahora. Sólo será…la más sencilla.

De pronto un ruido extraño les interrumpió arrebatándoles la atención y las palabras. Al momento descubrieron de donde provenía. Y no lo creyeron. Entre las sombras algo similar a un perro se removía entre cadáveres deteniéndose sobre los rostros de estos.

-¿Pero qué coño? –preguntó en un hilo de voz Matthew obviando todos sus modales.

Robert no contestó. Todo su ser estaba concentrado en aquel ser y sus acciones. Agazapados vieron como aquel extraño dogo abría la boca sobre los muertos y al momento un extraño humor negro abandonaba los cuerpos y era absorbido por este. Entonces el animal alzó su hocico al cielo y aulló. Sólo que no fue un aullido lo que profirió. No. Eran gritos. Alaridos humanos de dolor y angustia. Los mismos gritos que habían invadido el cielo esos tres días. Los mismos que ellos habían ido a acallar.

-No puede ser –dijo estupefacto Robert -.Es imposible.

Aquellas palabras sonaban extrañas en boca de aquel hombre. Igual de extrañas que lo que sucedía ante sus ojos y que Matthew no podía más que asistir atónito. Ahora podía verlo mejor. Y no era ningún perro lo que veían. Era un lobo. Uno grande, de pelaje pardo, cuartos traseros enormes y colmillos brillantes y amenazadores como cuchillos. Pero lo más extraño en él eran sus ojos. Aquellos ojos no eran los de un animal. Allí, bajo la imposible luz que les alumbraba, brillaban unos ojos humanos. Entonces el animal dejó de aullar, mas los gritos no dejaron de sonar, y miró directamente a los dos soldados que no tenían para guardarse más que una oscuridad que parecía ser el segundo pelaje del lobo. El animal caminó hasta ellos quedándose a escasos pasos de ambos y gruñó enseñándoles a ambos hombres que el final de sus caminos aguardaban entre aquellas fauces. Y ambos lo supieron. El terror, a veces, habla con palabras claras.

-¿Qué hacemos? –preguntó lo único que podía preguntarse Matthew.

Este sentía su revólver pequeño e inofensivo en su mano. Y lo peor era que, por alguna razón, sabía que hicieran lo que hicieran poco podría detener a aquel ser.

-Yo tengo la carne y usted el revólver inglés –volvió a llamarlo así Robert mientras sacaba su cuchillo -.No falle. No quiero que esa bestia me arrebate lo poco que soy.

El veterano ejerció como tal y con un valor que rozaba lo insensato tomó la iniciativa. Entonces todo sucedió a la velocidad de los sueños. Como si de otro animal se tratase Robert se agazapó ante Matthew. El lobo hizo otro tanto y cuando sus miradas se encontraron ambos saltaron hacia delante. El humano como un animal. El animal como un humano. Fauces y acero se hallaron en el medio. Igual que la sangre. La sacrificada para crear una oportunidad. Y en cuanto esta se presentó Matthew no vaciló. La noche, por fin, se llenó de otro sonido que no fuesen gritos. Y se vació con aquel único disparo. Animal y hombre se separaron. Ambos heridos. Ambos moribundos. Ambos derrotados. Matthew corrió hacia un Robert que yacía desmadejado sobre un charco de su propia sangre. El brazo derecho colgaba inerte a un lado totalmente destrozado en un amasijo de tendones y hueso. Y en su pecho un largo surco indicaba que había recibido de regalo un abrazo poco afectuoso. Robert trataba con todas sus fuerzas de no gritar. De no ceder al lacerante dolor que le sacudía. Y que no era el único que le mortificaba.

-Antes no le habría necesitado inglés –susurró -.Es un incordio hacerse viejo.

-Se hará más viejo…–prometió Matthew mientras evaluaba la herida. El brazo estaba perdido. Quedaba por ver si también lo estaría el hombre.

Matthew dirigió la mirada un poco más allá donde el lobo gemía con aquella voz que no le pertenecía. La bala le había alcanzado en el lomo, atravesándolo de parte a parte. Aún así parecía no haber quebrado lo suficiente pues trataba, infructuosamente, de levantarse una y otra vez descubriendo que únicamente le quedaba voluntad y no fuerzas. El teniente se acercó con cautela a la bestia todavía sin dar crédito a la naturaleza de esta. Allí, tirado sobre el barro y con su sangre manchando la noche, yacía un animal que arrebataba los gritos a los caídos para luego liberarlos. Allí, con aquella mirada que no le pertenecía, aquel ser pedía clemencia. Matthew se sintió tentado a concedérsela. Y lo habría hecho de no ser porque en cada respiración, cada bocanada lastimosa del animal, todavía resonaban los lamentos de los caídos. Igual que en su cabeza. Y aquello debía terminar. Él debía descansar. Alzó el revólver una última vez y dejó que el lobo lo contemplara. Que supiera quién y qué le iba a matar. Y entonces el lobo aulló. Y su voz fueron un centenar de gritos al unísono. Lagrimas que ya creía extintas asaltaron los ojos de Matthew mientras sentía su alma quebrarse por aquellos gritos. Entonces una mano se posó junto a la suya y otro índice aferró el gatillo. Era Robert. Un Robert igual de roto que él. Un Robert que, al igual que él, buscaba un final.

-¡Dispare!

Y lo hizo. Lo hicieron. Y los gritos callaron. La vida se vació de los ojos de aquel extraño animal. Y la noche, una vez más, volvió a ser silenciosa. Volvió a ser noche. Ambos se quedaron mirando al lobo sin saber que decir o que hacer. Como si aquel ser les hubiese arrebatado también la voz igual que hacía con los gritos de los caídos. Hasta que algo inesperado les hizo encontrar las palabras de nuevo.

Schnee… -musitó Robert alzando sin pretenderlo su brazo herido y cediendo al dolor.

Matthew aferró al hombre antes que este cayera al suelo. Lo acomodó tan bien como pudo usando el cuerpo del lobo para ello. Entonces algo frío le rozó el rostro y de pronto supo que significaba aquella palabra en alemán.

-Está nevando… -dijo alzando la mano hacia un cielo que lloraba blancura.

-Entonces también acabó con la nieve…

-¿Qué?

-No lo sabe inglés –respondió con voz cansada Robert -.La tregua de Navidad…

Matthew había oído historias sobre aquello. Cómo un contingente de soldados británicos y alemanes, cansados de batallar, habían rubricado una espontánea tregua por Navidad hacía un año. Pero el teniente siempre lo había creído que no eran más que eso: historias para llamar a la esperanza. Historias de trinchera. Historias huecas.

-¿Sucedió de verdad? –preguntó mientras la luz del alemán menguaba en sus ojos.

-Si ha sucedido hoy… ¿por qué no debiera haber sucedido hace un año? Je… Es cierto que tiene poca fe en sus semejantes inglés.

-Supongo que la misma que tengo en mí mismo –replicó este arrodillándose ante el herido – ¿Tiene idea de qué es esta bestia?

Robert miró de reojo y negó con la cabeza.

-Si hay alguna leyenda sobre lobos que gritan como humanos la desconozco inglés –respondió este -.Tal vez no la hay. Tal vez nunca la haya. Igual tal vez nos hemos intoxicado con los gases y lo hemos imaginado todo. Sea como sea ¿qué más da? ¿Cree que alguien nos creería? Nada tiene sentido aquí fuera. En la guerra todo es verdad y todo es mentira. Pero lo que realmente importa es lo que hemos hecho. Y es que por fin han cesado los gritos. Por fin todo ha acabado… Por fin todo vuelve a ser lo que era.

Matthew entonces se retiró asustado. Lo que decía el moribundo no podía ser. Él todavía escuchaba con los alaridos. Estos no habían cesado…al menos en su cabeza.

-¿Qué le sucede inglés? –preguntó Robert al que le costaba seguir despierto.

-Nada… -mintió aunque su miedo le traicionó -.Venga. Le llevaré con un médico.

-¿De los suyos o de los míos? –inquirió rechazando la mano que le tendía -.Me lleve al que me lleve para uno de los dos será su último viaje…o para ambos. Y ese no quiero que sea mi regalo de Navidad para usted. No después de haber pasado así la Navidad.

Con las pocas fuerzas que le restaban Robert metió la mano dentro de su guerrera y para sorpresa de Matthew extrajo de ella un arrugado paquete de tabaco.

-Felices Pascuas –le deseó tendiéndoselo a su enemigo.

Este lo aceptó mientras el cielo renovaba sus fuerzas por cubrirles con un manto nevado. Al día no le que restaba mucho por aparecer y pronto este tendría la obligación de teñir aquella nieve del color de la guerra. Del mismo que la teñía Robert.

-Siento mucho no tener nada para darle a cambio.

-Podría acabar con mi miseria… –musitó Robert con la mirada fija en el revólver.

Este levantó la mano efectuó un disparo al cielo. Sólo se escuchó un pequeño “clic” que indicaba lo vacío que se encontraba y lo poco que serviría para ese uso. Miró en derredor en busca del cuchillo del alemán, pero este se había esfumado en el forcejeo y si no se lo había tragado la oscuridad lo habría hecho la nieve.

-Lástima… Hubiese sido lo justo –se lamentó el alemán mientras tendía el encendedor a un Matthew que olisqueaba un cigarrillo con nostalgia -¿Me permite una pregunta?

Este asintió mientras se encendía el pitillo. El humo llegó a sus pulmones preñado de sensaciones cálidas de seguridad y buenos tiempos. Aún así los gritos no menguaron. Sólo se hicieron mínimamente tolerables.

-¿Cuál es su rango? –indagó finalmente Robert cada vez más débil -.El verdadero…

-¿Cómo sabe que no soy un simple soldado?

-Igual que sé que todavía sigue escuchando esos gritos –susurró este rebulléndose en su improvisado lecho -.Porque todo lo que hacemos y somos deja una marca en nosotros. Igual que la única parte de su abrigo que no está cubierta por completo de barro…Igual que ese miedo que no ha conseguido sacudirse de la mirada inglés.

Matthew miró hacia el lugar donde había descansado aquel símbolo de lo que era sin ser y rió al percatarse que tenía razón. Robert hizo otro tanto. Sólo que su risa era distinta.

-Teniente –concedió finalmente -.Supongo que soy teniente.

-Teniente…No sabía que les habíamos dejado alguno –dijo Robert gastando sus últimas palabras -.Bien…Disfrute de mi regalo teniente. Es la primera vez que puedo hacer uno como hombre y como soldado…

Y dicho aquello se fue. Todo lo que era aquel hombre se apagó ante Matthew. Al contrario que aquel cigarrillo, que aquel exiguo regalo y que todavía brillaba ante sí. Al igual que esos gritos que todavía resonaban y que temía le persiguieran por toda la eternidad. Aquellos con los que tendría que vivir. Miró al fallecido una vez más pensando en lo mucho que lo había conocido en el poco tiempo que habían compartido y lo desprovisto de recursos que se encontraba para concederle un reposo mejor. Lo único que podía hacer era cerrarle los ojos. Permitir que su descanso fuese plácido. Y así lo hizo. Y fue en ese preciso momento cuando descubrió que Robert se había ido con una sonrisa en el rostro. Una sonrisa dura. De forzada satisfacción. De victoria postrera. Y entonces lo comprendió todo. Aquel simple y doble regalo. Aquella luz que le marcaba en la oscuridad no podía haber sido más indicada. No podía haber recibido mejor y peor regalo. Y todo aquello lo supo antes que un francotirador alemán le alcanzara guiado por el deber y aquella colilla. Antes de caer abatido. Antes de convertirse en uno más con la guerra. Antes que, por fin, se apagasen los gritos junto con todo lo que era y sería. Había sido un buen regalo de Navidad. El único que alguien como Robert podía conceder. El único que Matthew, sin desearlo, había recibido. Un final. Poner un final a algo tan difícil como la guerra. Si. Había sido un buen regalo.

Ilustración de Verónica López

Ilustración de Verónica López

David Gambero 2011

El bosque imposible

Autor: David Gambero

Ilustrador: Enric Valenciano

Correctora: Mary Esther Campusano

Género: ficción (a partir de 13 años)

Este cuento es propiedad de David Gambero, y su ilustración es propiedad de Enric Valenciano. Quedan reservados todos los derechos de autor.

El Bosque Imposible

Hay dos cosas que suelo saber con certeza nada más levantarme de la cama. Una es cuando me va a bajar la regla. La otra es cuando va a ser un día de mierda. Hoy tuve la impresión de que iba a ser de los segundos provocado por lo primero. Pero me equivoqué. Suerte para mí. Hoy sólo es un día de mierda. Sólo que la mierda no está donde debería estar. Y el puñado de ojos de cordero que siento escarbarme el cogote no lo están haciendo más llevadero.

-¿Hace mucho que lo echáis de menos?

-Lo suficiente como para haber acudido a ti Eve –me contesta el de siempre a mi espalda.

Thomas Conrad. Alias “el de siempre”. No ha parado de dar por saco desde que llegó al bosque. Y por más que he buscado el botón de freno en él no lo he encontrado. Hay gente que simplemente nace sin él. Conrad es un ejemplo vivo de eso. Ahogando un suspiro me doy la vuelta para encontrarme con sorpresa que no soy la princesa del baile pues todos andan mirando hacia el roble que tengo a escasos centímetros de mi cara y que huele a recuerdos amargos, que es como debe oler un roble. No sé que voy a encontrar aquí porque lo único que hay es un tronco indolente tan grueso como una cabina de teléfono e igual de útil en estos días, una tienda de campaña perfectamente ordenada y dos maletas hechas con una pulcritud que bordea el inicio de una enfermedad obsesivo-compulsiva. Ni Colombo sería capaz de sacar una conclusión plausible de esto. Bueno, él era más de atosigar al malo. Y así me siento yo: atosigada por mis deberes. Deberes que recayeron sobre mí cuando alguien, cuyo nombre todavía no conozco por lo que no puedo acordarme de sus muertos más frescos, decidió nombrarme cuidadora permanente de este bosque. Trato de no pensar en eso ahora porque la bilis ya está amenazando con subírseme a la cabeza.

-¿Veredicto? –pronuncia Thomas con voz tan melosa que podría ahogarlo en ella.

Ah, por si se me había olvidado mencionarlo Conrad es abogado. Y todavía ejerce de urraca de la mentira, según tengo entendido. Aquí únicamente ejerce de gilipollas. Y lo hace pro bono

-No hay nada –contesto exactamente lo que hay: nada.

El aire comienza a hacerse mucho más denso y fresco. La noche se nos viene encima. Mala señal. Las cenicientas deberían estar ya en sus casitas. Y yo solita en mi cabaña. Pero esta noche parece que toca estar donde no se debe.

-No… no nos podemos ir sin él –musita con timidez una vocecita de entre el grupo.

Lo peor es que esa herrumbrosa queja parece ser la vox populi del grupo. Sus miraditas de soslayo y sus pequeños murmullos así me lo hacen saber. Respira hondo Eve. Están asustados. Y el miedo les vuelve más idiotas de lo normal.

-Gente, el transporte sale pasado mañana y no va a haber otro hasta el mes que viene –les advierto -.Tal vez Norman haya decidido darse un paseo por el bosque para despejarse las ideas. No hay indicios que le haya sucedido nada malo. Aún así os prometo que voy a hacer todo lo que esté en mi mano para encontrarle…

Eso tal vez resulte un problema, porque, como constato casi sin querer, tengo las manos pequeñas.

-¿Sabéis qué? –toma de nuevo el mando Thomas. Por mí como si se ahoga en él -.Creo que estamos siendo terriblemente injustos con Eve. Todos sabemos que dentro de sus funciones está el cuidar por nuestro bienestar personal y que ella suele cumplir con bastante eficiencia tal aspecto. Así que ¿qué tal si dejamos que se encargue de encontrar a Norman? Mientras tanto propongo que volvamos a nuestros respectivos árboles y, en el caso que le avistemos, se lo indiquemos a la mayor brevedad a Eve para que así podamos dormir tranquilos, ¿No os parece?

Bonito discurso. Igual es el que tenía que haber esgrimido yo. Sea como sea me trago a regañadientes mis dolidos sentimientos y me deleito mientras la turba se calma, vuelve a su estado de docilidad latente y se marchan con viento fresco a donde les corresponde. Cada uno se interna en el bosque con sus pies descalzos desafiando cada piedra y cada rama traicionera de unos caminos que solo ellos transitan. Todos menos Thomas que, con ademanes de reverendo, despide a los últimos y consternados de sus compañeros. Sin comerlo ni beberlo nos quedamos a solas.

-¿Qué? –le suelto antes siquiera que abra la boca.

-¿Esto ha ocurrido antes?

-Si. Ya he estado cabreada y desconcertada antes –le contesto cortante.

Entonces Thomas se me acerca con una familiaridad que ni se ha ganado ni merece.

-¿Qué demonios está pasando? –vuelve a la carga con un tono casi humano. Seguramente lo practica delante del espejo para resultar plausible.

-¿Aparte de la desaparición de Norman?

-Evidentemente.

Se me detiene a una distancia que me permite olisquear con facilidad su limpio aliento a clorofila. Me relamo sin poder remediarlo ante el frescor de tal fragancia aunque no relajo el gesto. No porque no quiera, sino porque no puedo. La “normalidad” de mi vida hace un buen rato que se tambaleó y ahora está a punto de derrumbarse con Thomas como único testigo.

-Norman vino a verme hace unos días –le explico sabiendo que guardará el secreto por deformación profesional y porque todo lo que cae en su enorme ego no vuelve a ver la luz del sol –.Me dijo que tenía un extraño presentimiento que no le dejaba dormir.

-¿Un presentimiento? ¿De qué clase?

-Ni idea Algo parecido al cambio de estación… sólo que más funesto. Yo le dije que podía estar pasando por un proceso estacional prematuro…

-¿Mes y medio antes del invierno? –veo como tuerce la cabeza un poco mientras se entromete en mis palabras -¿Estás segura que te prepararon bien para este trabajo Eve?

Me dan ganas de echarme a reír en su cara. ¿Prepararme dice? ¿Quién podría estar preparado para esto? O mejor dicho ¿Quién iba siquiera a creer lo que pasa aquí dentro? Hay días que ni yo me lo creo.

-No es infrecuente en ciertas especies vegetales ir aclimatándose prematuramente al cambio de estación –me defiendo con la verdad y un poco de rencor ante su afirmación.

-Tal vez en un abeto o en un acebuche Eve. Pero en un roble… Te digo por experiencia propia que eso no suele suceder.

Mientras sus palabras me detienen aprovecha para sobrepasarme por mi derecha y se detiene a una distancia obscena del roble de Norman. Sin volver más que el cuello le miro para ver como se me hiela la sangre al ver su mano a escasos centímetros del tronco del árbol. Se me corta el desayuno, el almuerzo y la cena de golpe al verlo. Y me lanzo a cortarle yo.

-Tranquila Eve – me detiene y me detengo por la seguridad de sus palabras y, sobre todo, porque poco a poco va bajando la mano – Soy muchas cosas, pero no estúpido ni irrespetuoso. Sé que ninguno de nosotros tiene derecho a tocar el árbol de otro sin su consentimiento.

Aún así su mano sigue demasiado cerca del roble. Y mi vena cava demasiado cerca de estallarme.

-¡Vuelve a tu árbol y quédate en él! –le grito a pleno pulmón -.Y si quieres hacerme un favor no hagas otra cosa que contar los minutos que quedan hasta que te marches de aquí.

Por primera vez desde que lo conozco veo la sombra del miedo abatirse en su rostro. Y lo peor es que en lugar de sentir satisfacción por ello esta me contagia.

-Te recuerdo que somos un bosque, no un grupo de hippies de acampada –me dice mientras me da la espalda -.Y cuando hay algo mal en el bosque nosotros lo sabemos y tú no.

-¿Y que es lo que va mal si se puede saber?

-Tal vez deberías preguntárselo a Norman…si es que aparece -me dice mientras sus ojos brillan como dos esmeraldas recién pulidas -¿Sabías que es de los que más ha avanzado? ¿Sabes que casi han conseguido cortar el lazo con su roble? No. No tienes ni idea porque te importamos un comino Eve. Para ti sería más fácil que tuviésemos números en lugar de nombres. Nunca he sabido por qué estabas aquí. Ni me ha importado mucho. Pero más te vale que te pongas las pilas porque una cosa sí que sé: Nadie desaparece cuando tiene todo lo que el resto deseamos. Al menos no por voluntad propia.

Se marcha dejándome con la sensación de que, o bien había visto muchas películas de detectives o bien tenía más razón que un santo. Sea como sea lo cierto es que tengo un problema entre manos. Y según mi expediente no soy demasiado buena manejándolos. De no ser así no habría acabado aquí ni estaría paladeando el desastre.

Ilustración de Enric Valenciano

Ilustración de Enric Valenciano

En las siete horas siguientes hago desfilar la mayor cantidad de bosque posible ante mis ojos. Camino desde la colina hasta el arroyo. Me pateo hectáreas y hectáreas de bosque envuelta en las sombras de la noche con la única compañía de mi propio miedo y el nombre de Norman permanentemente escapando de mis labios. Pero nada. Tiendas de campaña. Ojos asustadizos y poco más. Al final y casi sin quererlo termino donde este tipo de situaciones me suelen llevar: Al calvero. El único lugar donde el verde no es el dueño y señor. El único lugar donde una persona como Robert podría vivir. Él y su retorcido y dañado eucalipto. Y allí están los dos. Reinando sobre aquel yermo. Uno muriéndose poco a poco de sus heridas. Y el otro matándose a propósito a base de fumar un cigarrillo tras otro.

-¿Que hay de Norman? –me pregunta Robert nada más verme llegar.

-¿Cómo sabes tú lo de Norman? –le digo tratando de no descargar prematuramente sobre él el saco de frustración y mala uva que llevo acumulada.

-El viento habla Eve –me dice mientras sus ojos negros y profundos me invitan a sentarme a su lado.

Me hago espacio entre las nudosas y corrompidas raíces del árbol y me acomodo en el lugar más incómodo dela Tierra.Yahora mismo no querría estar en otro sitio.

-¿Un cigarrillo? –me ofrece el paquete del cual asoman dos pitillos doblados y húmedos.

Tomo uno tratando de obviar el hecho que no he vuelto a fumar desde que llegué aquí. En cuanto el cigarro besa mis labios un aluvión de recuerdos añejos y tristes se descargan con él. Y la llama del mechero de Robert no hace más que alimentarlos.

-Sabes que no está permitido que tengáis elementos peligrosos –le recuerdo tras mi primera calada.

-Cómo si a ti te importase lo más mínimo que le pegase fuego a todo este maldito sitio –se defiende mientras se aparta un mechón de pelo lacio y negro que le cae por delante de la cara -.Además aquí lo único a lo que tengo acceso es a este viejo cabrón.

Le da un golpecito al tronco de su eucalipto y mi mirada se va con él. Jamás había visto a un árbol que hubiese sufrido más y todavía viviese. Aquel eucalipto era una visión de pesadilla. Sus ocho metros de nudoso y enfermo tronco se doblaban quejumbrosamente hacia la derecha merced a la enorme hendidura que le había provocado la caída de un rayo. Sus hojas, las pocas que conservaba, eran del color de la melancolía y el suelo al que se agarraba con desesperación era yermo y seco donde nada en cuarenta metros a la redonda se atrevía a crecer y sobrevivir. Y aún así Robert y su eucalipto seguían vivos. Era un testarudo milagro. Y mi tabla de salvación en más de un momento.

-¿Asustada?

-Acojonada –le confieso sin encontrar un lugar apropiado donde echar la ceniza -¿Y si le ha pasado algo?

-Ya le ha pasado algo Eve. Es un semilla.

-Me refería a algo malo –repongo.

-Claro, estar vinculado de por vida a un puto árbol es una bendición –me lanza con la fuerza de la razón –A ti te quería yo ver teniendo que cuidar de uno de estos de por vida.

Si hubiese tenido que hacerlo estoy más que segura que la hubiese diñado hace años. Igual que a tantos y tantos semillas cuyos padres no sabían que eran o no querían saberlo. Y es que no es sencillo enfrentarte al hecho que un niño recién nacido no nazca con un pan debajo del brazo, sino con una semilla de árbol en la mano. Y que si dicha semilla no se planta ni germina en el primer año de vida del niño este muere irremediablemente. Y que si el niño no está en contacto directo con su árbol cae enfermo hasta que él y su árbol perecen. Murieron muchos hasta que alguien comenzó a hacer las preguntas adecuadas. A mirar un poco más allá de la superstición y la lógica y encontró esa relación entre humano y árbol que hasta me da miedo hacer las matemáticas. Por suerte a veces el destino no hace distinciones entre los ricos y los pobres y un buen día le tocó la china a la hija pequeña de un tal Edward Christopher. Y aquella pequeña habría corrido la misma suerte que el resto de los de su clase si no fuese porque papi tenía dinero suficiente como para comprar milagros. O al menos fabricárselos. Aquel hombre dedicó toda su fortuna a los semillas. A la investigación sobre la relación simbiótica que unía a humano y árbol y, mucho más importante, a construir los Bosques Imposibles. Grandes extensiones de terreno donde daba cobijo a todo semilla y su árbol para que estuvieran a salvo del mundo exterior y del creciente temor que la leyenda de dicha maldición estaba propagando. Dentro sus árboles crecerían de la mejor manera posible: con las mínimas injerencias humanas y sus legítimos dueños siempre podrían ir a visitarlos, o a vivir allí si lo deseaban, hasta que se encontrase una cura para su situación. Si es que dicha cura existía.

-¡Nah! -repongo yo tratando de cambiar de tema -.Yo sería más de esos cabezones que están siempre fuera de los muros del bosque pidiendo libertad para los humanos y chorradas así.

-Bueno, en cierta manera sí que somos prisioneros de estos cachos de madera -me dice mientras le da una patada a una de las raíces del árbol -.Anda que si yo pudiera iba a estar malgastando mi vida aquí.

Pero no podía. Y Robert menos que nadie. El daño que su árbol había soportado también le había afectado a él. Y mientras existían personas que podían estar años sin tener contacto alguno con su árbol, si Robert se separaba de su lado aunque fuesen diez minutos enfermaba mortalmente. Aquel eucalipto le tenía cogido por las pelotas.

-¿Nunca me has contado que le pasó?

-Te he dicho cien veces que le cayó un rayo. ¿O es que no se le nota?

Era evidente que algo había tronchado aquel árbol de una manera brutal. Pero también era evidente que aquel eucalipto tenía más de una cicatriz. Y cada una parecía contar una historia diferente. Había cortes profundos, ramas quebradas y raíces que jamás llegaban a engullir la tierra que le circundaba.

-Un rayo no te convierte en un perfecto amargado.

-Pero ayuda que es un gusto -me dice sin añadir filo a sus palabras. Está siendo amable conmigo. Dios, tengo que parecer hoy más patética que de costumbre -.Además, si quieres preguntarme quien era o qué era antes que aquí el amigo y yo nos convirtiéramos en uña y madera simplemente dilo.

-Yo… es que no venía en tu expediente.

Y era cierto. Cada recién llegado viene con su árbol y sus credenciales para que yo sepa a que atenerme. En muchas se omiten algunos detalles menores sin importancia. En la de Robert sólo estaban escritos su nombre y que no le tocaran la moral. Desde ese día lo cierto es que no había aprendido mucho más de él.

-¿Y no te dice tu aguda mente femenina que si un hombre decide ocultar algo de su pasado es porque tiene mucho de lo que avergonzarse?

-¿Y tú lo tienes?

-Todos lo tenemos Eve. Aunque probablemente de los de aquí tú y yo seamos los que más guardamos en el corazón y menos decimos a los demás. Aunque claro, yo tengo excusa -su nuca aporreó con suavidad el tronco del árbol -¿Cuál es la tuya?

Yo tengo excusas en plural. Aunque más que excusas son pecados. Los suficientes como para saber que ni quitándole diez horas de su tiempo a un sacerdote iba a tener oportunidad de ir al cielo. Aunque trabajando aquí la verdad es que quizás el infierno no me parezca tan mal negocio después de todo. Aún así la mirada de Robert no deja de escudriñarme tras las pequeñas volutas de humo que salen de sus oquedades nasales.

-No soy mujer a la que le guste seguir el camino correcto. Y aún así la vida me brindó dos oportunidades para hacer las cosas bien. Las desperdicié y lo único que conseguí fue este trabajo y más remordimientos de los que nadie puede soportar.

El gesto extraño de la noche me llega de sopetón. De pronto la mano de Robert está sobre la mía apretándomela mientras mi cuerpo olvida como moverse. Yo le miro con una picazón en los ojos preludio a mi derrumbe emocional. Pero él lo impide. Sus dedos me quitan un cigarro que ya se ha tornado ceniza entre mis dedos, lo lanza lejos y me pasa el suyo que todavía tiene dos caladas aprovechables. Desperdicio la primera en la sorpresa. Devoro la segunda en la necesidad.

-Antes era médico. Doctorado en inmunología evolutiva, infectología y un par de cosas más acabadas en “gía” que hasta a mí me cuesta pronunciar. Tenía una vida. Un anillo en el dedo y una mujer a juego que me esperaba todas las noches y me preguntaba que tal me había ido antes de abandonarse a mis encantos y darle al ñaca ñaca hasta quedar exhaustos -me cuenta con un tono que esconde pocas dobleces -.Mi árbol era un tipo enrollado y no ponía trabas a mi felicidad. Pero un día de mierda todo eso se acabó y acabé aquí viviendo de prestado hasta que uno de los dos decida rendirse y llevarse al otro por delante.

-No… tenía ni idea.

-¿Y por qué ibas a tenerla? Tú y yo somos especialistas en mantener a los demás lejos de nosotros. Tal vez no poseas mi refinado sentido de la autodestrucción pasiva-agresiva pero claro, eso te lo da tener que regar tu alma para verla crecer y echar raíces en los lugares más inapropiados.

Me levanto con las piernas convertidas en sendos flanes y la cabeza inflada como un globo. No tengo nada que decirle u ofrecerle a Robert. Igual que a aquel bosque. Y si me apuras al mundo.

-Necesito saber qué hacer -le confieso ese pensamiento atragantado que no me deja respirar -.Necesito confiar en alguien.

-Pues confía en ti misma y procura no decepcionarte -me suelta junto con otra calada de humo -.Se vienen cambios Eve.

-Eres el segundo que me lo dice.

-Pues espero que no necesites a un tercero para creértelo. Norman puede ser el principio o puede ser una puta mierda. Pero el viento ha empezado a cantar y todos los jodidos árboles de este lugar no hacen más que mecerse con su canción. Casi me gustaría poder ayudarte monada, pero mis raíces están tan hundidas en la tierra que no te voy a servir de mucho.

En eso se equivoca. Sí que me sirve de mucho. Hablar ayuda. Y hablar con él más todavía. Cuando el dolor resuena en la misma sintonía es mucho más sencillo abrirse. Más sencillo compartirlo. Más llevadero el soportarlo. Pero de pronto mis flaquezas y sentimientos se espantan cuando un estruendo quiebra la quietud. Mierda. Con todo el lío de Norman he olvidado por completo que hoy llegaba uno nuevo. El enorme helicóptero de transporte abre el amanecer y aparece de pronto recortado sobre el rojo del horizonte.

-Ten los ojos abiertos por si ves algo ¿me haces ese favor?

Robert asiente y me hace un gesto para que me largue. Literalmente, me falta tiempo para hacerlo. Mientras desafío mi forma física y tropiezo contra todo lo tropezable el helicóptero da una pasada que provoca una densa lluvia de hojas. Las aparto a manotazos mientras trato de no perderme en la carrera. Por suerte para mí cavar un socavón de diez metros de profundidad refuerza la memoria de una manera increíble, así que no hay posibilidad de perderme. Llego al lugar donde dos pinsapos robustos y coloridos, un ciprés curtido por el tiempo y un tejo esperan a su compañero. Todos tienen a sus dueños fuera en esos momentos por lo que el novato tendrá un poco de privacidad bastante necesaria para hacer lo más llevadera su estancia aquí. La tercera pasada el helicóptero me vuela el gorro de lana de la cabeza. El piloto está impaciente por soltar su carga que se bambolea peligrosamente sujeta por dos cables de seguridad. No le hago esperar más. Me acerco al agujero, que está tal y como lo dejé hace dos días, y activo las pequeñas cargas lumínicas. Dos bengalas hienden el cielo mientras un pequeño círculo de luces, que me recuerdan a las de navidad, marcan el lugar donde tiene que hacer hoyo en uno. Me aparto y contemplo un espectáculo tan de película que nunca me canso de admirarlo. El helicóptero se detiene en el aire y con suavidad baja la carga que llora hojas por lo traumático del viaje. En lo que tardo en llenarme de tierra abalanzada por un batir de aspas el árbol es depositado en su lugar. Y a la primera. El piloto es condenadamente bueno. Vale. Ahora me queda únicamente que baje al inquilino. Cómo la arboleda en el bosque es tan densa ningún helicóptero puede aterrizar más que en el calvero de Robert. Y cuando lo hacen, porque tampoco es que sea moco de pavo aterrizar sin jugarse el pescuezo entre tanta rama baja, normalmente es para dejarme los víveres del mes. Por supuesto Robert se cobra su propio impuesto revolucionario cuando llego tarde a mi cita con los suministros. Pero ahora no están repartiendo comida y papel higiénico. Ahora lo que me espera es una persona que debería bajar por un cable de seguridad. Pero no baja. En su lugar el helicóptero asciende y se larga a toda mecha por donde ha venido. Me quedo con el amanecer entrándome a bocanadas en la boca que no consigo cerrar. ¿Qué diablos pasa aquí? Entonces un pequeño movimiento me alerta. Allí arriba, acurrucada entre las ramas más altas hay una niña pequeña de no más de ocho años y cuyo pelo negro le cae en cascadas por el rostro cual manto protector. De pronto siento un aguijonazo de ternura al ver su cuerpecito desvalido temblando mitad por el frío mitad por el miedo que tenía que haber pasado al bajar de esa manera.

-¿Estás bien cariño? –digo al tiempo que me percato que no he usado la palabra “cariño” en tres años.

La niña se aparta el cabello del rostro y me enseña su cara de angelito. No puedo más que encuadrarla en la categoría de niña asquerosamente preciosa. Ni mona ni atrayente. No. La jodida es guapa. Lo suficiente como para enternecerme al instante y considerar hasta darle un abrazo nada más bajarla de allí. Porque eso es lo que tengo que hacer. Bajarla de allí.

-Espera ahí. Voy a buscarte –uso mi registro más dulce para tal promesa.

Pero entonces, y para mi enorme sorpresa, la niña deja de temblar, deshace su presa desesperada de la rama y comienza a bajar por ellas como si nada. En menos de quince segundos está en el suelo tirándome una mirada tan cargada de sentimiento que casi me desarbola.

-¿Te encuentras bien?

La niña estira los brazos hacia mí. Ni un rasguño. Su piel de porcelana está inmaculada. Y el resto parece estar en perfecto estado. Un punto para la providencia. Aunque de todos modos no es para tirar cohetes. Ya tendrá aquí tiempo de sobra para hacerse daño.

-¿Es usted la señorita Evelyn? –me pregunta quitándole la voz a una brisa de verano.

-Soy sólo Eve cariño –y ahí estaba otra vez ese “cariño”. El puñetero ha llegado para quedarse -¿Cómo te llamas?

-Jennifer.

-Encantada de conocerte Jennifer –le digo mientras me arrodillo para quedar a su altura -¿Por qué has bajado abrazada a tu árbol? ¿No te han dicho que es peligroso?

-Cuando no estoy con él es cuando corro peligro –me dice con una sonrisa de dientes superiores puros y limpios -.Ginkgo cuida de mí.

-¿Ginkgo? ¿Así se llama tu amiguito?

Se me echa a reír cortando las carcajadas con el dorso de la mano. Me siento un poco estúpida viendo allí a una perfecta Madame Pompadour en miniatura mofándose claramente de mí. Aunque lo hace con una cualidad sorprendentemente no ofensiva.

-Él “es” un ginkgo –aclara.

Perfecto. Un ginkgo. Lo miro de arriba abajo para quedarme con su cara. Tronco cónico de unos siete metros de circunferencia. Unos diez y pico de alto. Ramas gruesas cargadas de hojas verdes en forma de espadañas y cuyos frutos parecen ser niñas resabiadas. Vale. Ahora sé lo que es un ginkgo. Aunque no voy a dormir mejor sabiéndolo. Total aquí dentro hay tantas especies de árboles y de lugares tan diversos que nadie que no disfrute con ellos es capaz de memorizarlos. Y yo no soy una de ellos.

-¿El señor del helicóptero –por no llamarlo irresponsable hijo de su santa madre – te dio unos papeles para mí?

Ella niega con la cabeza. Perfecto. Una indocumentada. ¿Cómo esperan que pueda cuidar de alguien apropiadamente si no me dicen a qué es alérgica o si le gusta jugar con cerillas? Porque por experiencia propia sé que preguntar a un desconocido es el mejor modo de conseguir una mentira plausible. Y lo peor es que los niños tienden a vivir entre ensoñaciones y medias verdades, lo que les convierte en los perfectos individuos para evadir a un detector de mentiras. Así que llegados a este punto confirmo que el día va mejorando poco a poco. Y son las seis de la mañana así que le queda un buen trecho para convertirse en algo memorable. Pero bueno, soy una profesional de lo que sea que yo haga, así que empiezo por lo básico.

-¿Te han explicado tus papis lo que es este sitio? –ella asiente. Bien, el paquete básico parece estar asentado en su cabecita -.Vale. Normalmente los que son como tú suelen preferir quedarse a dormir al pie de sus árboles en tiendas de campaña, pero como eres muy pequeña te quedarás conmigo.

-Estoy acostumbrada a dormir con ginkgo…

-En el jardín de tu casa tal vez. Pero esto es un bosque cariño –ya van tres. Al siguiente juro que me muerdo la lengua. – y es peligroso que te quedes aquí fuera.

-No tengo miedo.

Lo dice tal y como lo siente. O de verdad, o no sabe lo que es el miedo o está loca de remate. Sea como sea esto no es negociable. La combinación niña de ocho años, bosque oscuro y riesgo incipiente de desaparición no es algo que me guste probar. Se lo explico usando otras palabras. Luego las mismas. Luego elevo el tono hasta que al final ella mira su árbol, le asiente y me dice que acepta.

-Sólo voy a estar aquí hasta mañana –me explica finalmente lo que podía haber soltado desde un principio -.Me dijeron que me iría en el siguiente helicóptero con los demás pero que ginkgo estaría mucho mejor aquí ¿Es verdad?

-Ginkgo estará bien. Aquí hay un montón de árboles como él y yo los cuido a todos. Además siempre que quieras podrás venir a visitarlo.

-Pero no será lo mismo –se me queja mientras hace una caída de ojos de las que detienen balas.

-Crecer es básicamente que cada día nunca es igual al anterior Jennifer. Y tú querrás hacerte mayor ya ¿verdad?

Se encoge de hombros. Raro. Yo a su edad lo único que quería era hacerme mayor. Y ahora lo único que quiero es volver a su edad. El reloj siempre avanza en la dirección contraria a nuestros deseos. Que le vamos a hacer. Así es la vida.

-Bueno ¿tienes ganas de desayunar o quieres que te presente al resto?

-¡Quiero ver los árboles!

Lo grita con entusiasmo y de repente se despoja de sus zapatos lanzándolos a los pies de su árbol. Y aunque tengo sueño, estoy molida y probablemente en quince minutos mi estómago empiece a rugirme me pliego a sus deseos. Su inocencia y ganas son algo bastante contagioso y de pronto ya no me pesa tanto el corazón y los problemas no parecen tan acuciantes. Me tiende una mano que no tengo más remedio que agarrar y me preparo para llevarla a recorrer el tour completo del bosque. Mientras la mañana nace y nos calienta con su candor paseamos al tiempo que yo parloteo sobre cada árbol por el que pasamos y sus dueños. Este cedro pertenece a tal y aquel pino a cual. Que si cuando se le van a caer las hojas a este. Que cuanto mide un espécimen adulto de aquel. Tres años de trabajo me han dotado de un montón de datos inútiles que ningún adulto quiere o se esfuerza en escuchar cuando llega aquí. Para ellos es un “donde duermo, cuando comemos y donde están las letrinas más cercanas”. Pero para Jennifer no. Está en la edad de los descubrimientos. Todo a lo que apunta su dedito debe tener un por qué. Yo les doy los que puedo y a veces me invento los que no conozco. Por suerte descubro que es una buena compañía. Sus ojos resplandecen con las cosas más sencillas y cada palabra que sale de su boca está cargada de algo ya casi extinto: educación. Y no soy la única que opina lo mismo. Cada semilla con la que nos cruzamos da la bienvenida a la pequeña con un entusiasmo desmesurado. La abrazan y le presentan a su árbol. El problema es que el reparto de cariño no es equitativo porque mientras ella se lleva el azúcar yo me trago miradas saladas de reproche. Miradas con el nombre de Norman. Algunos me susurran que por qué estoy allí con aquella niña y no buscándolo. Otros que si poner en peligro a aquella criatura me hace feliz. Yo no digo nada. Ellos saben que yo no hago las normas. Que prácticamente no hago nada más que darles a cada uno lo que necesita y ni una pizca más. ¿Qué tu árbol necesita una pequeña poda? Sin problemas. ¿Qué te duele la cabeza y necesitas aspirinas? Toma dos frascos. ¿Qué quieres llorar en el hombro de alguien? Aquí me tienes, pero no esperes palmaditas en la espalda de vuelta. Estoy para lo que estoy. Para ellos igual que para esta niña. Lo que no sé es si a este paso voy a durar mucho. Entonces la memoria me traiciona y pasamos ante el roble de Norman. Y por primera vez en toda la mañana Jennifer se queda clavada ante el árbol.

-¿Qué te pasa? –pregunto tratando de no sonar demasiado preocupada

-El roble está triste –me dice con una voz afilada como un cuchillo.

-Los robles son árboles tristes –trato de huir hacia delante -.Creo que es porque viven demasiado tiempo. Y con los años todo se va apagando excepto la tristeza y la soledad.

Entonces se acerca al imponente tronco del árbol, extiende su manita y planta su palma en él.

-¡Jennifer! –le grito a cuatro metros más atrás de donde debería estar, que es quitándole la mano de allí -¡No puedes tocar un árbol sin permiso de su dueño!

Y sé que lo sabe. Se lo he dicho como unas cinco veces y estoy segura que venía preparada de fábrica. De hecho no ha tocado ningún árbol desde que ha llegado. Por eso me ha pillado de sorpresa que haya hecho eso. Y que siga haciéndolo mostrándome desafiante la espalda. Esto se ha acabado.

-¡Aparta las manos de ahí! –le grito bien alto mientras la cojo de la muñeca y la retiro del árbol.

Cuando lo hago me parece ver un brillo extraño en su mirada. Pero este se apaga tan rápido como las lágrimas acuden a sus ojitos. El llanto. El arma definitiva de un niño. Lástima por ella. Soy inmune.

-Yo… lo siento mucho –gime mientras trata de parar el escape de sentimientos -.Es que quería decirle que todo iba a ir bien.

-La próxima vez usa la boca. Normalmente esta se encuentra a la distancia adecuada de los problemas –le dijo tratando de no enternecerme por su frágil estampa -.Tocar el árbol de un semilla es una falta de respeto muy grande Jennifer.

-¿Soy mala?

Vale, si se va a poner a jugar con golpes por debajo de la cintura voy a tener que usar la artillería. Y conozco al tipo perfecto para ponerla en su sitio. Con un constante y subyacente arrullo de pena la llevo al lugar donde el suelo no es mullido ni el aire puro. Llegamos a los dominios áridos del eucalipto moribundo. Pero entonces algo inesperado sucede. Robert no está solo. Hay una figura más con él. Desde la distancia impido a Jennifer avanzar más y nos refugiamos tras la figura de un olivo. Desde allí las voces llegan amortiguadas pero claras. Dos voces enfrentadas. Dos voces familiares.

-¿Tanto te cuesta firmar? –es lo primero que escucho.

Y del último al que espero que estuviese allí. El último al que querría cruzarme. Thomas.

-Firmar no cuesta nada. Lo que me cuesta es reducir mi pasado a un simple garabato –escucho como contesta un Robert más alterado de la cuenta que ocupa su habitual asiento a los pies de su árbol.

-Esto ya lo habéis hablado muchas veces antes de que vinieras aquí Robert. Y siempre has estado de acuerdo.

-¿En que ya no estábamos juntos? Claro. Ni tiene sentido ni merecía estar ya con ella –contesta Robert mientras le lanza una vaharada de humo directamente a la cara de Thomas que la encaja con entereza -.Pero tú tampoco la mereces. Y no pienso firmar un puto papel hasta que ella misma venga y me lo diga por si misma.

-Te tenía por un gilipollas integral, pero no por un estúpido Robert. Sabes que nadie que no sea un semilla puede entrar aquí.

-¿Lo ha intentado siquiera? –le devuelve él y creo que sin más razón que la desesperación -¿Ha probado a pegar voces desde el otro lado del muro verde a ver si la escuchaba? Mucha gente lo hace y a veces el viento trae mierda desde muy lejos…no hay más que mirarte.

-¿Qué es el muro verde? –me pregunta Jennifer en un susurro que contempla la escena con rostro de no entender nada.

-Todo este bosque está circundado por una enorme muralla de muchos metros de alto que se llama el muro verde –le explico rápido pues no quiero perderme ninguna palabra de lo que están diciendo -.Por eso has tenido que venir en helicóptero.

-¿Es qué estamos encerrados aquí dentro? –vuelve la niña -¿Acaso fuera hay peligro?

-Fuera está el mundo Jennifer. Fuera siempre habrá peligro.

Va a decir algo más pero le hago un gesto para que se calle. En la distancia, Thomas le lanza unos papeles a Robert que ni se inmuta ante la lluvia de hojas blancas. Le devuelve una mirada que, hasta desde mi puesto de espía, reconozco como altamente desafiante.

-Ella ya no te quiere Robert. Acéptalo. Eres un semilla. Uno triste y enfermo cuya única ocupación es hacerse daño a sí mismo y a los demás.

Entonces Robert se levanta, lanza el cigarrillo a un lado y se planta a un suspiro de Thomas que aguanta el envite envarándose hasta el extremo. Pelea de gallos a la vista.

-Parece que eres muy bueno diciendo cosas a la cara abogaducho –le dice con un siseo de serpiente venenosa -¿Por qué no te dejas de tonterías entonces y hablas claro de una puta vez?

-Eres un amargado Robert –comienza Thomas aceptando el reto -.El tipo más retorcido y hecho polvo que he tenido la desgracia de cruzarme. Y créeme que me he cruzado con mucha mierda en mi camino. Has dedicado la mitad de tu vida a hacer daño a todos cuanto alguna vez tuvieron la desgracia de quererte y ahora te has quedado solo. Por eso no me extrañaría que cuando te enteraste de lo de Norman no se te pasaran ideas raras por la cabeza…

-¿insinúas que me he cargado a Norman?

-Insinúo que eres incapaz de soportar que la gente a tu alrededor sea feliz –contesta el abogado agachándose y recogiendo los papeles del suelo -.Por eso no puedes firmar. Porque no puedes volver a ser un ser humano decente. Porque ahora están tan vacío como tu eucalipto. Por eso no crece nada a tu alrededor. Ya solo sabes matar…

-Quítate de mi vista y llévate esa mierda –le dice Robert mientras le da la espalda. No me puedo creer que haya perdido a los puntos.

-No volveré a tener esta conversación contigo Robert.

-No debiste tenerla en primer lugar. Dile a Sarah que espero que sea feliz aunque con un mendrugo como tú lo va a tener complicado –gruñe mientras tiene su mirada fija en su árbol -.Y en cuanto a ti toma las medidas legales que creas oportunas para borrarme de su pasado. Pero no lo voy a hacer por mi propia mano. Para ella existí, y eso ni tú ni nadie puede cambiarlo.

Thomas entonces aprieta los dientes y los puños y se va. Aunque a mitad de camino se detiene con lo que creo la última palabra quemándole en el paladar. Típico de él.

-Por cierto Robert. Te agradecería que controlaras las raíces de tu eucalipto. No quiero volver a tener que desenredarlas del mío nunca más.

-Yo no puedo controlar lo que este viejo bastardo hace –contesta Robert con una sonrisa oscura -¿O acaso puedes hacerlo tú con el tuyo?

-No, pero sí sentir lo que le hace sentir incómodo. Y no me gusta estar incómodo.

-Curioso. Tener todo el día metido por el culo un palo de escoba siempre me ha parecido de lo más desagradable. Ahora lárgate y no vuelvas o la próxima vez descubrirás si soy capaz de cargarme a alguien.

Y extrañamente Thomas dejó las cosas así. Se marcha por el sedero opuesto del calvero y desaparece en la espesura. Ha sido una charla dura de la cual no he pillado ni la mitad, pero aún así ni yo tengo el valor de ir a molestar a Robert en ese estado.

-¡Ya podéis salir las dos de ahí! –chilla entonces Robert.

El corazón se me sube a la boca al sentirme descubierta. Encuentro el porqué. Jennifer está fuera del parapeto del árbol saludando inocentemente a un Robert que ya está encendiéndose otro cigarrillo. Cabizbaja voy a su encuentro siendo lo último que quiero en ese momento. Al parecer Jennifer no parece opinar lo mismo.

-¡Vaya! –exclama la niña nada más llegar ante el eucalipto -.Qué árbol más raro.

-Yo lo veo bastante normal –le contesta Robert como si nada hubiese pasado -¿Y tú quién eres peluche?

-Jennifer –Robert recibe la misma contestación que yo -¿Por qué fuma?

-Porque puedo, quiero y tengo tabaco.

-Pero el tabaco es malo para él.

-Y para mí. Pero a veces los adultos no hacemos lo que es mejor para nosotros mismos, sino lo que necesitamos para sentirnos mejor.

-¿Y por eso fumas? –intervengo yo ahora que parece que el ambiente no es tan gélido.

-¿Qué has escuchado? –me saca de mi error la pregunta cortante de Robert.

-Supongo que casi todo.

Robert desvía su mirada y la planta en la niña que está embelesada en la triste figura del eucalipto. Este se arrodilla a su lado y le susurra algo al oído de la pequeña.

-¿Seguro? –pregunta ella en respuesta.

Él asiente y esta corre y de repente comienza a trepar por el tronco hendido del árbol. No le resulta difícil pues la forma de este casi invita a hacerlo. Sin dejar de mirar de reojo me hace un gesto para que nos apartemos un momento.

-¿Sabes que le acabo de echar un bronca sobre no tocar árboles ajenos y vas tú y la dejas subir al tuyo?

-Entonces estamos empatados por haberme espiado –me dice y me ofrece un cigarrillo. Esta vez no acepto -¿Esa es la nueva?

-Si. Aunque va a ser un visto y no visto. Mañana se va con todo el mundo.

-Mejor. No soporto a los niños. Aunque hoy me ha pillado de buen humor.

-No lo parecías hasta hace un rato.

-Ya quisiera yo verte como reaccionas tú si el amante, barra abogado, de tu ex viniera con toda la jeta del mundo a pedirte que firmases los papeles del divorcio y les dieses tu bendición para que retozasen hasta la eternidad.

Me quedo de piedra cuando las últimas fichas del puzzle caen. Tanto que se me olvida respirar. Hasta que Robert no chasquea los dedos ante mi cara no reacciono. Y aún así me cuesta aterrizar de nuevo en el mundo real.

-¿Thomas?

-Las mujeres tenéis unos gustos raros. La mía parece que le gustan los semillas altamente engreídos. Y es bastante consecuente con ello.

-Por eso soy lesbiana. De una mujer puedes desconfiar. De un hombre debes. –le contesto algo que es verdad aunque las razones no son ni remotamente las mismas.

-Ya decía yo…-musita para sí mientras apura una calada hasta su máximo -.Dime una cosa ¿hay algo nuevo de Norman?

Niego con la cabeza. Jennifer ha ocupado todo mi tiempo y las preguntas que he hecho durante nuestro periplo siempre han obtenido las mismas respuestas. Nada. La cosa había pasado de preocupante a alarmante. Y el siguiente paso empezaba a estar claro en el horizonte.

-Pide ayuda –lo pone en palabras Robert.

-No puedo ponerme en contacto con el exterior a menos que sea una emergencia. Y Norman no lleva ni 48 horas fuera del radar. Además…

Además está el asunto de sentirme y confirmar que soy una inútil. Porque Norman puede aparecer y esto quedar en un susto. O puede que no…

-Norman es importante Eve. Ya sabes cuanto tiempo llevaban experimentando con él. Estaban a punto de cortar su vínculo con su árbol y si le ha sucedido algo vas a pagar el pato tú.

-¿Qué? ¿Cómo sabes tú eso?

-Parece que te has perdido la primera parte de mi conversación con Thomas. Mejor. Ahí apenas me había calentado –me descubre -.Si mañana cuando llegue el helicóptero no ha aparecido activa el protocolo de seguridad. Que los profesionales batan el bosque en su búsqueda. Hay un momento en el que hay que dejar de pretender que se es una cosa y simplemente ser lo que se es Eve.

-¿Y qué eres tú Robert? Siempre te he tenido por una persona que hacía lo que quería. Pero que hacía lo correcto ¿De verdad serías capaz de matar a alguien? -le digo tan rápido que mi autocontrol me presenta una hoja de disculpa un nanosegundo después.

Entonces un grito tras nosotros nos interrumpe. Jennifer se ha caído al suelo y desde allí gime sujetándose el brazo derecho. Robert llega antes que yo y se ocupa de ella. Los viejos hábitos. La examina y aunque tarda tanto y revisa tantas cosas que comienzo a ponerme nerviosa su diagnóstico no es del todo alarmante: clavícula dislocada.

-Te la tengo que volver a poner en tu sitio, pero va a doler –nos advierte a ambas.

Asiento sin esperar intervención por parte una Jennifer a la que la caída parece haberle arrebatado la voz. Con un rápido tirón la clavícula vuelve a su lugar y un nuevo grito sacude el silencio. La pobre casi se desmaya del dolor, pero su mirada no se apaga del todo. Es dura. Pero sólo es una niña pequeña, así que sus reservas deben estar ya bajo mínimos.

-¿Dónde tienes el botiquín? –pregunto a Robert para ir a hacerle un cabestrillo a la niña.

-En la tienda. Caja plateada. Dos ocho cuatro.

Entiendo la última parte cuando veo que la caja tiene una cerradura con combinación. Me quedo de piedra al abrirla pues dentro hay todo tipo de material médico. Y no sólo el habitual porque hay jeringuillas cargadas con todo tipo de etiquetas que van desde la inofensiva insulina a cosas que ni yo reconozco. Sin darle muchas vueltas uno dos vendas, hago el cabestrillo y dejo a Robert que se lo coloque. Extrañamente Jennifer no le mira en todo el proceso. Pareciera que el miedo se había instalado en su mente y todo a su alrededor le resultase peligroso.

-Llévate a tu cabaña, dale analgésicos y que se acueste. Mañana estará mejor –me vaticina Robert y entonces su tono cambia levemente -.Y me gustaría que luego volvieses aquí lo más rápido que puedas…

-¿Pasa algo?

Su rostro me muestra algo que no se leer. Algo que nunca había estado allí pero que consigue quitarme el aliento. Con el corazón encogido me marcho cargando con el menudo cuerpecito de Jennifer. Sólo cuando salimos del calvero se atreve a decir esta boca es mía. Y lo que dice no tiene sentido.

-Me ha tirado…Ese árbol me a tirado al suelo.

Yo quiero decirle que aquello era imposible. Pero de pronto me he quedado sin palabras. Están pasando demasiadas cosas demasiado deprisa. Y es evidente que no estoy preparada para ellas. Cuando dejo a Jennifer en mi cabaña ya hace rato que se ha quedado dormida en mis brazos. A la luz de la bombilla de mi habitación la descubro mucho más pálida y frágil que hace unas horas. No soy capaz de poner cara a unos padres capaces de dejar que una niña tan pequeña se enfrente sola a dejar a su árbol aquí. Las palabras de la fundación han debido de ser más que convincentes. O tal vez no. Por más que miro a Jennifer intentando encontrar en ella algo ordinario no lo consigo. Hasta dormida y herida parece especial. Aunque no sé en qué sentido. La arropo con toda la ternura de la que soy capaz y como el sentido común en un niño es escaso cierro la puerta de casa con llave para que cuando se despierte no se dedique a explorar por su cuenta. Con una caída creo que ya ha tenido más que suficiente. Ahora tengo varios asuntos que resolver y pocas manos con las que manejarlos. Lo cierto es que Robert me inquieta. Nunca le había visto así y lo peor es que tal y como están las cosas que se convierta en un obstáculo antes que en una ayuda no es lo que más me beneficia. Sea como sea a la escuálida luz del día le quedan las horas contadas así que vuelvo a coger la linterna con tanta mala suerte que mi mano encuentra una astilla de madera del soporte antes que el asa y esta se me clava como un mordisco en la piel. Me acuerdo de cuantos antepasados tengan los árboles de manera irrespetuosa mientras me quito el fragmento de madera y chupo la sangre que manda de la herida cual vampiro. Mientras lo hago se me escapa una sonrisa. Estos dos días nada me sale ni me sabe bien. Ni yo misma por lo ácida que me parece mi sangre al rasparme la garganta camino al estómago. Van a dar las diez y mañana está programado que el helicóptero aterrice con las primeras luces y se lleve a la gran mayoría de los semillas hasta su próxima visita, así que me toca volver a hacer recuento y recordarle a cada uno que más les vale estar en el calvero a su hora o se quedan en tierra. Me vuelvo a patear un bosque que a mis ojos se vuelve cada vez más y más sombrío y amenazador. Le perdí el miedo hacía mucho tiempo, pero no el respeto, así que mido mis pasos y cuido que tras cada esquina y cada recodo no haya sorpresa alguna. No la hay. Sólo sombras, pequeños ruidos y mucha, mucha soledad. Todos están más que preparados para la partida. Pronto será navidad y cada uno tiene a una buena bandada de seres queridos esperándoles fuera para celebrarlo con ellos. Suerte que tienen. Yo con que la nieve no me llegue hasta más allá de las rodillas me conformo. Aunque me conformaría con que apareciera Norman. Pero las noticias del fugitivo siguen siendo las mismas: cero. Ni rastro de él. Ya ni trato de calmarlos. No tiene sentido. Gasto suelas y una buena porción de mi tiempo en cumplir con mi deber hasta que en mi lista sólo quedan tres nombres. Y la verdad es que sólo me quisiera cruzar en estos momentos al único al que no puedo encontrar, que es Norman. Así pues tiro una moneda mental y esta cae del lado de Thomas. La conversación con él será corta. Y la verdad es que temo un poco volver a ver a Robert. Dejo atrás sauces, álamos y pinsapos que se mezclan y conviven en un equilibrio imposible mientras me dirijo hasta el corazón del bosque. El verde predomina aquí y el aire es tan fresco y puro que casi intoxica. A plena luz es un lugar magnífico. Un trocito del edén. Eso hasta yo lo puedo ver. Lo que no puedo ver ahora es a Thomas. Su árbol está aquí. Un algarrobo loco enorme, fuerte y sano y a su lado su enorme tienda de campaña. Pero nada más. Con cierto pudor grito su nombre. Mientras resuena entre cortezas y vuelve a mí sin respuesta empiezo a notar que ese idiota me importa. O más bien me importa que no haya desaparecido. Pero no está. Se me encoge el corazón nada más de pensarlo. Busco frenética por todos lados. Mi linterna barre todos los rincones sin éxito. ¿Dónde estás? me repite mi cabeza. No está, me susurra mi alma. Entonces me percato de algo que nunca ha estado ahí. Hay algo rodeando el tronco del algarrobo. Me acerco y descubro como una fina raíz nace a los pies de este y lo envuelve como una amante primeriza. Sigo la línea ascendente hasta el nacimiento de las ramas. De pronto se me cae la linterna. De pronto mi alma estalla en mis pedazos. De pronto comienzo a llorar sin hacer ruido. De pronto descubro un muerto. Allí, colgado de las ramas más altas hay un hombre ahorcado por el mismo árbol.

-Thomas -susurro con el sabor amargo de mis lágrimas corriendo por mis labios.

Porque es él. Sin género de dudas. Muerto. Sus ojos vacíos y sus piernas balanceándose flácidas en una danza macabra. Muerto. La palabra no hace más que repetirse. Y la situación consolidarse.

-¿Sabes como llaman en algunos lugares a los algarrobos? -pregunta una voz a mi espalda con toda la calma del mundo -.El árbol de Judas. Al parecerla Bibliadice que fue en uno como este donde Judas se acabó colgando después de cometer su crimen.

No sé si el mundo se ha puesto en cámara lenta o si soy sólo yo. Lo único que sé es que cuando me giro me encuentro con un Robert calmado, frío y fumador que mira directamente al cadáver con nada más que vacío en la mirada.

-No… no puede ser… -acierta mi boca a decir.

-¿Qué es lo que no puede ser Evelyn? -me pregunta él calmadamente mientras apaga el cigarrillo a la mitad y se lo guarda para más tarde -¿Qué alguien tan egoísta como Thomas se suicide?

-No… ¿Cómo es que estás aquí?

Me sonríe. No comprendo cómo esto le puede resultar divertido. Yo estoy tan acojonada que lo que me extraña es que con el temblor de piernas y lo rota que estoy por dentro no me haya meado ya encima.

-Las raíces -me dice como si aquello lo explicara todo. No lo hace. Y por ello él prosigue -.Hay árboles cuyas raíces pueden extenderse por kilómetros y kilómetros de distancia en busca del sustento necesario para sobrevivir. Y como puedes imaginar hemos necesitado de mucho sustento para sobrevivir. Y el mejor lugar para buscarlo es de donde lo sacan el resto de árboles.

-¿Hemos? -pregunto mientras mi voz agarra una veta de ira que comienza a crecer sobre el desconcierto y el dolor -¿De quién estás hablando?

-De mi eucalipto y de mí, por supuesto.

-Pero tú… ¡Tú dijiste que no podías alejarte de tu árbol!

-Eso es cierto. Es cierto que no me puedo separar de mi árbol -entonces patea el suelo y comprendo. Ahora tampoco está separado de él. Una parte del mismo discurre bajo tierra a pocos metros de nosotros. Y otra muy importante abraza un algarrobo que comienza a secarse tras de mí a toda velocidad -.Y también es cierto que si no me he relacionado con nadie es porque nunca me ha hecho falta. Siempre que he querido una conversación tú ya estabas allí para dármela. De hecho tú has estado siempre allí para proporcionarme lo que necesitaba. Siempre me has cuidado. Lo quisieras o no siempre lo has hecho. Hasta hoy…

-¡Le has matado! -le grito mientras le acuso de lo que me resulta evidente.

-¿Qué? -me pregunta con una muy convincente y bien fingida sorpresa -¿Cómo que le he matado? ¿Cómo sugieres que haya podido colgarle a esa altura?

-¿Entonces por qué estás aquí?

-Había venido a hacer lo correcto…

Entonces mete la mano en su chaqueta y avanza hasta mí. Mi cabeza y mi sentido de auto conservación actúan al unísono y echo a correr. Necesito salir de allí. Necesito un lugar seguro donde refugiarme. Donde todo tenga sentido. O donde todo deje de tenerlo. No lo sé. Corro con el piloto automático y los pulmones pegados en el cielo de la boca. Me tropiezo, caigo, sangro y vuelvo a correr. Sin dirección. Sin esperanza. Nada de esto tiene sentido. El mundo se ha vuelto del revés y se ha olvidado de mandarme un aviso de cuando lo iba a hacer. Entonces recuerdo un nombre. Jennifer. Tengo que ponerla a salvo. Tengo que ponerlos a todos a salvo hasta que llegue el helicóptero. Sí. Cuando llegue todo se arreglará. Les diré lo que ha pasado. Lo que está pasando. Y ellos lo arreglarán. Sólo tengo que correr un poco más. Llego a mi cabaña al límite de mis fuerzas. Rota del cansancio abro la puerta y dentro me está esperando una nueva sorpresa. O más bien no me está esperando porque no hay ni rastro de Jennifer. Lo revuelvo todo pero no la encuentro por ninguna parte. Se me cortan todos los cafés que me he tomado en mi vida. El miedo da paso por fin a la rabia. Y una acida sensación toma posesión de mi cuerpo. Busco algo que me sirva de arma. Poca cosa tengo que resulte fácil y manejable de usar. Descarto la sierra para la poda pero no el machete. Una pistola me vendría cojonuda pero lo más parecido que tengo es una de bengalas. La tomo y me cercioro que esté cargada. Dicen que es peligroso dispararle esto a la cara a alguien. Espero que sea verdad porque si es lo que tengo que hacer lo haré. Salgo de la cabaña y voy en busca del resto de semillas. Fuera una enorme luna llena compite con la luz de mi linterna. Gana con facilidad la competición pero no me importa. Yo no estoy aquí para ganar. Sólo para sobrevivir. Y esa es mi misión. Pero esta noche el mundo parece haber conspirado contra mí pues nadie está en su árbol. No tengo ni idea de donde han podido ir pero al menos no están colgando de sus ramas como Thomas. Cada vez que esa imagen se me pasa por la cabeza mi cuerpo consigue encontrar una pizca más de fuerza para seguir adelante. Mientras grito de desesperación tratando de figurarme donde se han metido todas las semillas del bosque encuentro un rastro a mis pies. Lo sigo con cautela y me lleva hasta el último lugar donde esperaría encontrar a alguien. El roble de Norman. Para mi alivio allí están todos. Rodeando el enorme tronco del árbol y mirando al cielo. Me detengo en seco. No necesito nada más para saber que algo está mal. Miro en derredor buscando la figura ladina de Robert. Pero no hay nada. Sólo un árbol y una veintena de personas a su alrededor cautivadas por la luna y comportándose como si fuesen la secta de los últimos días. Machete en mano irrumpo en el lugar y comienzo a zarandearles a todos. Pero ninguno responde. Todos están como absorbidos por ese cielo de plata que yo ni me atrevo a mirar. Entonces veo el remate del día. Y casi me vuelvo loca del todo. Allí, en el corazón del tronco, está Norman. Y “está” es una forma de decirlo porque parece que él y el tronco se han fundido en uno. Su piel es del color ocre de la madera y sus brazos y piernas están fundidos con el árbol. Es como un grotesco mascarón de proa. Uno que me hace vomitar. Lo hago sin remilgos y casi agradeciendo que la bilis sea tan amarga. Eso la hace mucho más real. Y lo agradezco porque lo que hay a mí alrededor no lo es en absoluto.

-No tengas miedo Eve -dice una voz infantil -.No pasa nada.

Y allí está ella. La pequeña y frágil Jennifer. Sólo que ya no parece tan pequeña. Ni su mirada frágil. Camina hasta mí desde la sombra del árbol con una seguridad que me hace retroceder. Que sea la única que no está prendida de la luna me dice muchas cosas. La forma en la que me sonríe me dice el resto.

-¿Quién coño eres?

En mi vida he amenazado a un niño. Pero tampoco he estado tan acojonada, así que no me importa verme alzar el amenazador filo del cuchillo contra ella. Pero este no parece impresionarla nada.

-Soy yo. La pequeña Jennifer. ¿Quién sino iba a ser?

-Una asesina.

Otra voz nueva interviene. O más bien una voz vieja. Una que ha llenado mis silencios y mitigado mis soledades durante estos tres años. La voz de Robert.

-Vaya… el eucalipto -dice la niña mientras mira de reojo la recién emergida figura de Robert -.Me preguntaba donde estarías. No has acudido a mi llamada.

-¿Ah, pero era para mí también? -le contesta él mientras avanza colocarse justo a espaldas de la niña. -.Creía que era para todos los hijos de la madre tierra.

-Pues claro. Porque eso es lo que eres.

Robert ríe con un deje de nerviosismo en su voz. Tiene el semblante serio. Como si estuviese concentrado en algo. Por un momento nuestras miradas se cruzan. No sé si está intentado decirme que me largue de aquí o que todo va a salir bien. Tal vez ninguna de las dos y sólo sea mi mente tratando de decirme las dos opciones que más me convendrían.

-Mira niña -sigue Robert -.Mis padres se llamaban Mike y Edna. Y el máximo contacto que tuvieron con una planta fue con mi eucalipto y conmigo. Así que si te vas a poner a decir chorradas más te vale que tengas en cuenta que estás a un paso de que te cruce la cara de una buena hostia.

-¿Pegarías a una niña?

-Tú no eres ninguna niña.

Entonces Robert saca un pequeño estilete del bolsillo de su chaqueta y de un rápido ademán se hace un corte en la mano. La levanta en nuestra dirección y lo que mana de ella me deja sin aliento. Porque sangre no es. La sangre no es blanca ni pastosa. Y eso es precisamente lo que sangra su palma.

-Las niñas que se pasan toda su infancia subiendo y bajando de árboles se clavan astillas. Están llenas de pequeñas cicatrices y moratones frescos. Y lo más importante: sangran. Tú no sangraste por ninguna parte cuando te caíste. O lo hiciste pero tus heridas cerraron casi al instante. Sólo que no lo suficientemente rápido para esconderme esto. Además, y para aumentar la charada, te dislocaste un hombro al caer. Sólo que fallaste porque este quedó en un ángulo imposible -me quedo boquiabierta al escuchar aquello -.Y sin embargo te lo pude volver a colocar. Alabo al que te hizo pequeño monstruo, pero debió haber puesto el mismo interés por dentro que por fuera.

Estoy un poco fuera de juego. Aunque es algo lógico viendo lo que estoy viendo. No sé qué hacer si es que hay algo que pueda hacer, así que sigo adoptando el papel de espectadora. Una espectadora que acaricia con obsesión el mango de su machete.

-No puedo creerlo -contesta Jennifer de pronto -.No puedo creer que, de todos mis hijos, hayas sido tú el único que se haya tornado puro. ¿Cómo?

-Que te parta un rayo no te deja demasiadas alternativas monstruo -indica él -.Mi otro yo de madera quedó tan tocado y tan falto de fuerzas que tiró de lo único que tenía a mano: de mí. Así poco a poco fui perdiendo ciertas “cositas” esenciales que te hacen humano y me convertí en lo que sea que soy ahora. No creas que me lo tomé demasiado bien pero al final comprendí que yo hubiese hecho lo mismo para sobrevivir. Así que deje de darle por culo a él, le di todo lo que necesitaba y juntos nos vinimos a este exilio tan bonito a esperar que algún científico diese con la cura. Incluso les di mi sangre… o mi savia o lo que sea que corre por mis venas. Creo que eso hizo avanzar mucho la cosa.

Su mirada fue directa a la desdichada figura de Norman. Un Norman congelado en un grito tan mudo como infinito. Entonces todos los semillas que estaban allí dejaron de otear el cielo y volvieron sus miradas hacia nosotros. Unas miradas tan blancas como la misma luna. Una oleada de escalofríos me recorrió de punta a punta.

-¿Por qué le hiciste eso a Norman? -pregunto yo para probar que todavía tengo voz.

-El vínculo que tenía con su árbol ya casi había sido roto -me dice la niña aunque ni se molesta en mirarme -.Así que vine y lo reforcé. Igual que estoy haciendo con el del resto de mis niños aquí presentes.

-¿Vas a fundirlos a todos con sus árboles? -interviene Robert -Que discreto.

-No pretendo ser discreta. He sido discreta con vosotros demasiado tiempo. Os lo he dado todo sin pedir nada a cambio. Y sin embargo vosotros os habéis dedicado a apuñalarme sin descanso día tras día. Cada paso de vuestra evolución era una piedra más en mi tumba. Y no os percatáis que si yo caigo vosotros lo haréis conmigo. Por eso hago esto. Para que os deis cuenta que vosotros y yo somos lo mismo. Me habéis obligado a comportarme como vosotros para abriros los ojos. Y haré lo necesario para conseguirlo.

Ahora sí que aquello no podía ser. Porque si de verdad aquella niña era quien insinuaba entonces…

-Gaia -musito.

-Ah. Gaia. Veo que todavía hay quien se acuerda de mi nombre. Bueno, de uno de tantos, claro. Quizá si hubiese tenido un nombre perdurable esto no hubiese pasado. Los nombres a menudo vienen asociados a tantas cosas. Y eso es precisamente lo que quiero recuperar. Mi nombre. Y sus consecuencias.

Que la propia madre tierra me esté dando un discurso ecologista completa el cuadro de rarezas en el que me encuentro inmersa en estos momentos. De pronto Robert me hace un gesto casi imperceptible para que me enrolle. No tengo ni idea de que es lo que pretende pero sigue cargando con esa cara de concentración que me tiene escamada.

-Pero hay una cosa que no me explico –digo improvisando sobre la marcha -¿Cuándo le hiciste eso a Norman? Que yo sepa llegaste un día después de que desapareciese.

-Mi ginkgo llegó un día después y me permitió obtener una presencia corpórea que me ha hecho más fuerte. Pero siempre he estado aquí. En este bosque. Porque yo soy parte de él. Y cada uno de estos pequeños árboles son mis retoños. Unos que, sin importar especie o condición, pueden convivir entre ellos sin ningún problema. Eso es algo de lo que vosotros seréis incapaces de hacer. Y el problema es que soy yo la que suele pagar por las consecuencias de vuestros actos.

Tanto tiempo sin nadie que la escuchase parece haber desatado la lengua a Jennifer, Gaia o quien diablos quisiera que fuese. Por desgracia Robert todavía no había acabado y la mano con la que sujeto el machete ya me empieza a sudar de impaciencia y miedo.

-¿Y Thomas? ¿Qué te había hecho él? ¿Por qué lo mataste?

-Porque hay ciertos elementos, como tu desagradable amigo que de repente se ha quedado mudo, que se niegan a escuchar la verdad. Thomas se negó a obedecer. Así que yo me negué a escuchar sus súplicas de piedad mientras le colgaba de su propio árbol –y entonces hizo un gesto y las ramas de los árboles cercanos comienzan a moverse como impulsadas por un viento que no sopla -.Igual que te pasará a ti Eve.

Entonces estas dejan de mecerse y directamente se lanzan hacia mí como brazos de madera. Me defiendo como puedo, lanzando machetazos a discreción, pero no hay manera. Una se me enrosca en la cintura, otra me golpea en la cara dejándome medio grogui y se me escapa el machete de entre los dedos.

-¡Alto! –grita Robert en la lejanía. Las ramas no hacen ni puñetero caso.

-No puedo hacerlo –dice la niña con algo parecido a la tristeza -.Necesito que la gente se haga preguntas cuando vea lo que aquí ha sucedido. No la verdad.

-Es tú última oportunidad –amenaza él -.Suéltala.

Jennifer se echa a reír ante la amenaza. Yo habría hecho lo mismo pero un sabor ocre me ha llenado la boca y mi cabeza parece estar llena de algodones. El golpe del árbol ha sido de los buenos. Cuando se enfríe va a dolerme mucho. Aunque espero no quedar fría del todo. A veces el dolor nos recuerda que estamos vivos. Otras veces simplemente es dolor.

-Tú lo has querido.

De pronto algo extraño sucede. La presión de las ramas que me envuelven se afloja y veo como el semblante de Jennifer cambia por primera vez a algo tan reconocible como el miedo. Se queda muy rígida y su cara de porcelana empieza a ponerse colorada.

-¿Qué estás haciéndome? –le pregunta a Robert que avanza hacia ella despreocupado.

-Estrangulándote… o más bien estrangulando a tu árbol. No es agradable cuando te lo hacen a ti, ¿eh?

-¿Cómo?

Robert me libera del resto de las ramas y si no es por él me hubiese desparramado en el suelo ya que mis piernas parecen haber olvidado como sostenerme. Robert me guiña el ojo aunque su rostro está compungido y perlado en sudor.

-Tu truquito de las ramas es sencillo de reproducir niña. Yo puedo hacerlo con mis raíces. Igual que traté de salvarle la vida a Thomas…aunque llegué tarde.

Entonces por eso había una raíz de eucalipto envolviendo el árbol de Thomas. No quería matarlo con ella. Quería bajarlo. Y seguramente yo lo interrumpí. Gran jugada atontada.

-¿De verdad creías que yo había matado a ese idiota?

-Ahora mismo no creo que puedas culparme en creerme cualquier cosa –le digo en mi defensa -¿Qué diablos habías ido a hacer allí?

Entonces saca una hoja de papel manuscrita. Me la pone delante de la cara. Es un consentimiento escrito a mano para que Thomas actúe en su nombre en cualquier procedimiento legal.

-Ibas a…

-Ahora poco importa lo que iba a hacer. Preocúpate mejor de lo que hay que hacer –me susurra mientras Jennifer comienza a recuperar el color y a moverse con más comodidad -.Prométeme que harás lo que te diga y cuando te lo diga.

-No puedo hacer eso…

-Joder Eve. Pues entonces hazlo. No sé como me las arreglo pero no consigo sacarle una promesa duradera a una mujer.

Eso me hace sonreír. Supongo que de tensión pero se me escapa entre los labios. Entonces él me aprieta la mano fuertemente un segundo y se aleja. Las ramas comienzan nuevamente a moverse pero esta vez no soy yo su objetivo. Es él.

-¿Creías que tus raíces podrían con las mías?

-En absoluto –niega con la cabeza Robert mientras las ramas forman un círculo amenazador a su alrededor, aunque no se cierra -.De hecho no pretendía detenerte. Sino que mi colega se enredara contigo.

-¿Y para qué querías hacer eso?

Con toda la tranquilidad del mundo Robert mete la mano en su bolsillo. Saca su paquete de tabaco, desliza los cigarrillos en su mano y los aplasta en su puño. Me lanza una mirada de reojo que no comprendo. Lo siguiente tampoco lo pillo.

-Como tú bien has dicho a estas alturas soy uno con mi árbol. Y lo que me pase a mí le pasara a él, Así que –y levanta la mano donde  puedo ver un montoncito de cigarrillos aplastados y desmenuzados –Bon apetit.

Y de pronto se los mete todos en la boca y se los traga. Al segundo cae de rodillas agarrándose el estómago. A los dos Jennifer le acompaña. Ambos parecen compartir un dolor inmenso que les arranca un grito al unísono. Corro a prestar ayuda a Robert. Sus labios se han tornado carmesí de su propia sangre. Y descubro que la grotesca mueca que me muestra es lo que debería ser una sonrisa de triunfo.

-¿Qué has hecho? –pregunto yo desesperada -¿Te has envenenado con tabaco?

-No era sólo tabaco –me guiña un ojo y recuerdo las jeringuillas-.Ahora dispárale.

-¿Qué?

Mete la mano temblorosa en la parte trasera de mi pantalón y saca la pistola de bengalas que ya había olvidado que llevaba ahí. Un nuevo acceso de dolor le hace escupir un gran charco de sangre. Aún así no suelta la pistola.

-Es ahora o nunca Eve. Dispárale. Quema a esa zorra y luego tala su árbol.

-¡No puedo hacer eso! ¡No puedo matar a una niña!

-¡No es una niña! –me grita una verdad que niego escuchar -.Es una asesina.

Su temblorosa mano se acerca a la mía y sin pensarlo agarro la pistola. El tacto de Robert y el del arma comparten un frío glacial. Le miro para ver como sus pupilas empiezan a perder el brillo. Como se apaga. Entonces hace algo inesperado. Lleva el arma hacia su propio pecho.

-Dispárame a mí entonces.

-¡No! –bramo mientras lloro como una niña pequeña -.Mi labor aquí es manteneros a salvo…

-Esta es la manera de hacerlo –y me señala al resto de semillas que siguen mirándonos con sus ojos en blanco y sin mover un músculo -.Hay un momento en el que elegir que es lo que se es. Mírame. Yo ya sé lo que soy. Soy el peor camino que puede tomar el ser humano. De hecho apenas me siento humano. Así que por lo que más quieras déjame irme como lo que fui una vez. Déjame ser ahora el que cuide de ti.

Su sangre me distrae. Y la mía. Rojo y blanco. Tan diferentes y sin embargo aquel al que tengo ante mí es el mismo que me ha mantenido cuerda. El mismo que me ha impedido rendirme. El único al que llamé amigo. Por eso mismo no se quién de los dos lo hace. Sólo sé que nuestros dedos están juntos cuando el gatillo se dispara y la bengala se clava en el pecho de Robert. Entonces y sin explicación alguna comienza a arder. Como si su carne fuese madera. No grita pero veo como se debate contra un dolor al que no puede vencer.

-¡Nooooo! –grita Jennifer.

Y ella misma comienza a arder mientras yo contemplo como lo imposible brilla con la intensidad de unas llamas anaranjadas. Todo acaba en minutos. Minutos en los que me vacío por completo. En los que lloro paralizada. En los que revivo lo que es perder a alguien querido. En los que sé que he vuelto a fallar.

Entonces me llevo a los semillas que vuelven en sí al poco tiempo. Ninguno recuerda nada. Suerte que tienen porque cuando el helicóptero aterriza horas después una nueva yo está a los pies de un eucalipto carbonizado esperando impaciente por contar un cuento imposible. Es lo último que me queda por hacer. Luego que hagan lo que les salga de los cojones conmigo. Pero que hagan algo. Porque de ninguna manera voy a permitir que lo que ha pasado aquí sea en vano. Es mi hora de ser valiente. Es mi hora de hacer algo. Y lo pienso hacer. Cueste lo que cueste.

David Gambero 2011