Solo una ventana

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Drama

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Juan Ramón Lorenzana. La ilustración es propiedad de Paloma Muñoz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Solo una ventana.

A la atención del señor director:

Sé que sería un poco absurdo reiterar por enésima vez esta solicitud sin previamente reconocer, sin ambages, que fui yo y solo yo el auténtico criminal. Discúlpeme por, a pesar del tiempo transcurrido, ser incapaz de pronunciar su nombre y aún menos escribirlo, y permítame por tanto continuar con esta petición saltándome ese intrascendente detalle en el conjunto de acontecimientos de interés en esta mi lamentable historia. Y por favor, no tire precipitadamente a la papelera esta misiva sin leer antes lo que, esta vez sí, puedo asegurar son significativos cambios en mi actitud y conciencia y, por lo tanto, de la explicación con datos muy concretos de los hechos por los que cumplo esta condena y con los que, sin duda, serán satisfechas sus reiteradas exigencias hacia mi persona de reconocimiento de los hechos, aceptación de la pena impuesta y, lo más importante, la revelación del lugar donde está enterrada.

Solo quiero una ventana. Una ventana por donde ver el cielo azul. Una ventana por donde entre el aire fresco de la mañana. Una ventana por donde mirar y quizá ver pasar algún pájaro volando. ¡No pido mucho, señor director! Ni siquiera una ventana por donde entre el sol, tan solo quiero ver luz de verdad y no la que proviene de esta triste y amarillenta bombilla.

Era muy joven e inconsciente. Me distraía con facilidad de las cosas verdaderamente importantes y tomaba el camino fácil de la satisfacción de mis instintos sin tener en cuenta que no somos una isla en este mundo, que a nuestro alrededor existen personas que también tienen sentimientos y a las que nuestros actos y nuestra forma de relacionarnos con ellas les afectan, y mucho. Ahora soy consciente de ello, ¡ahora sí! Pero entonces todo me parecía una broma, ganas de ponerme dificultades y limitar mi creatividad, ¡el mundo estaba equivocado y tarde o temprano se daría cuenta!

Me duele explicarle cómo lo hice y más aún contarle por qué lo hice, pero sé que debo ser absolutamente correcto y sincero en esta descripción si quiero apelar a su humanidad y compasión y me permita tener esa ventana  por la que pueda ver si aún es de día o ya es de noche, una ventana por donde entre el frío o el calor, el olor a tierra mojada, quizá la nieve. Una ventana por la que pueda sacar el brazo y pueda sentir en mi piel la lluvia fresca. ¡Solo pido una ventana!, soy consciente de que jamás saldré de aquí sin antes cumplir con todas sus exigencias y redactar sin un solo error u omisión todo lo acontecido. Usted ya me lo ha dejado claro, mi pecado fue tan grave, tan obscenamente cruel y despiadado que me merezco el castigo y mucho más, pero…

La veía siempre a su lado. Nunca le faltaban motivos para tocarla, acariciarla y sonreír, casi siempre mirando hacia mí, ¡o al menos yo lo sentía así! La rabia y los celos me volvieron loco. La envidia y mi absurdo sentido del ridículo hicieron el resto. Ni por un momento se me pasó por la cabeza que me estuviera haciendo un favor. Yo debía madurar, debía saber que no se puede tener todo y ya, que hay un tiempo para dar y otro para recibir, que hay un tiempo aprender y otro para enseñar, que habría un tiempo para mí pero que ese momento era suyo, suyo y de ella. No sé si fueron las risas de los demás o que no pudiera evitar sonrojarme, el caso es que decidí en aquel mismo momento que me vengaría de usted y lo haría haciendo el mayor daño posible a lo que usted más amaba.

Espero que aprecie en mis palabras la absoluta sinceridad de ellas y no su evidente crueldad. No quiero, como en otras ocasiones anteriores, hacerle creer que fue sin intención o un lamentable error, y por supuesto, no voy a reiterar mentiras vacuas y sin sentido como las que dije durante los primeros tiempos de encierro en las que mi soberbia y estulticia me impedían reconocer mis atroces errores, pensando, absurdamente, que podría engañarle, manipularle y hacerle dudar sobre mi culpabilidad y la justicia de la pena impuesta. Todo aquello pasó, con dolor, pero pasó y ahora pienso ser con usted brutalmente sincero y absolutamente correcto.

Sabía que estaría sola. Era la última clase del viernes y usted se fue precipitadamente. No me costó mucho acercarme a ella y disimuladamente esperar a que todos los demás se hubieran ido. Después, la verdad es que no se resistió mucho y solo le di un par de puñetazos llenos de odio pero que me ayudaron a soltar un poco los nervios que me atenazaban. ¡Funcionó!

Es increíble lo que se puede hacer con un simple cúter. Usted y todos los demás lo saben porque saqué algunas partes de ella y me las llevé. El resto lo arrojé sobre su mesa. El lunes siguiente estaba el primero junto a la puerta, no quería perderme ningún detalle y, cuando usted llegó y abrió…, su cara de incredulidad, de miedo, de asco, fue mi mejor recompensa. Fue tanta la dicha que asomó a mi cara que, aunque los demás no se dieron cuenta, usted se percató inmediatamente de mi satisfacción. Ahora sé que usted me tenía calado desde el principio, que sabía de mi fondo ruin y tenebroso, y por eso dirigió su mirada hacia mí. No me dijo nada, no podía, no tenía ninguna prueba, usted lo sabía y yo también, por eso dejé que viera mis afilados dientes.

Nadie sabía nada. Nadie había visto nada. Las cámaras de seguridad, instaladas únicamente en los accesos y los pasillos, no habían grabado nada extraño. Las alarmas no saltaron. Los interrogatorios no dieron ningún fruto y, con el paso del tiempo, todo volvió a la normalidad, o al menos eso creía yo.

Le vi la cara, señor director. Justo antes de que me pusiera la mano encima y me volteara como a un peonza. Vi sus ojos inyectados en sangre. Después, debí de perder el conocimiento porque soy incapaz de recordar el trayecto recorrido hasta llegar a esta celda sin ventana donde llevo tanto tiempo rumiando mi desgracia.

Ya le he contado casi todo, señor director, y sé que quiere más de mí, pero le aseguro que no puedo decirle exactamente dónde están los dos pedazos que arranque de ella porque… Era noche cerrada. La luna era ridículamente menguante y la fría niebla calaba hasta los huesos. En esas condiciones, la verdad es que no me di mucho tiempo. Solo quería terminar cuanto antes, enterrar mis trofeos y salir corriendo. Tan solo le puedo decir que…, recuerdo dos grandes olmos junto al río justo después de cruzar el puente, y una gran roca medio cubierta de musgo. Al lado de esta, una más pequeña en comparación pero que no pesaría menos de veinte kilos. Bajo esa piedra los dejé, ¡se lo aseguro! Esta vez sí que le digo la verdad. Allí están enterrados los dos pedazos que extirpé de ella sin ton ni son. Solo después supe que se trataba del capítulo VI  de las abreviaturas y un par de hojas sueltas sobre el uso de la g y la j. El resto de la última edición de la Ortografía de la Lengua Española la dejé casi intacta.

A la bondad de su alma y a la justicia de su corazón apelo, señor director. Sé que debo pasar todas las tardes, después de las clases, escribiendo mi confesión una y otra vez hasta que lo haga con absoluta sinceridad y, sobre todo, con total respeto a las normas gramaticales y ortográficas. También soy consciente ahora de mi escaso conocimiento y poco seso, pues llevo catorce largas tardes haciéndolo y usted siempre me la devuelve repleta de correcciones y anotaciones al margen.

No sé cuánto tiempo puede durar esto. Es evidente que he mejorado, pues ya no se ven tantas tachaduras de su intransigente aunque justo bolígrafo rojo, pero sigo viendo siempre ese terrible «Repítalo otra vez» al final de cada una de mis redacciones. A este ritmo pasaré en este cuartucho el resto del curso y quizá más allá si usted le cuenta a mi madre lo que he hecho y lo burro que soy.

Tan solo le pido una ventana, señor director. Una ventana que me permita ver la luz del sol, sentir el aire fresco, oír a mis compañeros jugar en el patio. Una ventana estoy convencido de que me estimularía en este denodado intento mío por ser mejor persona con los demás y para mí mismo, y como usted mismo dice: «Esforzarnos en escribir correctamente demuestra lo mucho que respetamos a los que nos leen».

Muchas gracias, señor director, por su atención y enseñanza.

Le saluda atentamente su peor alumno: J. R.

Juan Ramón Lorenzana

Ilustración de Paloma Muñoz

 

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Tras la niebla

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Drama

Rating: + 18 años

Este relato es propiedad de Jesús Cernuda. La ilustración es propiedad de Ana Carmen Kummerow. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Tras la niebla.

• ¿Alguna vez se ha sentido sola, sumida en unos pensamientos que sabe que no la llevarán a ningún sitio, dejando pasar el tiempo, sin que el tiempo le importe lo más mínimo? Así me siento yo todas las mañanas cuando me despierto, rodeada de la oscuridad en la que se ha convertido mi vida, con el único deseo de no despertar jamás, pero con la extraña esperanza de que el nuevo día traiga con él buenas noticias.

Silvia se recostaba en el cómodo sillón mientras, sin mirar a ningún sitio, le hablaba a aquella mujer, hasta hace unos meses una total desconocida, pero que se había convertido en la única persona a la que poderle confiar todos sus más íntimos secretos.

•Aún recuerdo la primera vez que entré a tu consulta: Me miraste a los ojos y me sonreíste. En ese momento supe que estaba haciendo lo correcto, que aunque nunca pudiera dejar de sentir miedo, ese miedo me mantendría con vida.

•Perdóname, Silvia. Hace ya un par de meses que vienes todos los jueves a hablar conmigo. Hoy te has presentado sin avisar. Sabes que es martes, que mi secretaria no viene a la consulta, y me pides que te escuche por última vez. Empiezo a creer que no fue casualidad que vinieras a verme, que tal vez me conocías de algo, y empiezo a estar un poco cansada de todo.

•Hay quienes dicen que todo en la vida sucede por casualidad — Silvia se levantó del sillón recorriendo despacio la sala—, como esa persona que deja pasar a otra en la cola del supermercado, sin saber que esos pocos segundos que ha retrasado su rutina, harán que alguien no vuelva a ver salir el sol, o que con una simple búsqueda en Internet, fueras tú quien apareciera…

•¿Pero qué dices? Realmente me asustas. Como bien has dicho, ésta será la última vez que te atienda. No tengo tiempo para tonterías, que empiezo a darme cuenta de que no nos llevarán a ningún lado. Así que ya puedes aprovechar esta hora que tengo libre.

•Shhhhhhhhhhh— dijo Silvia haciéndole un gesto para que se callara, acercándose a la foto en la que la doctora parecía posar feliz con su marido—. ¿Le quieres? Estoy segura que sí, que muchas noches te has acostado viendo cómo duerme, sintiendo que sin él tu rumbo no tendría un norte, que despertarte sin el tacto de su piel no tendría sentido, y aun así… aun así, seguro que no sabes apreciar lo que tienes. Ojalá nunca te acuestes sintiendo que no es más que un desconocido para ti, con miedo a no volver a tenerle a tu lado porque alguna, más guapa y delgada que tú, decidiera ser su putita…

•No voy a aguantar más tus estupideces. Estos dos meses lo he hecho porque realmente pensaba que necesitabas ayuda. ¿Pero sabes?, lo que necesitas es darte cuenta de una vez de que tu matrimonio no funciona, y que posiblemente lo mejor que puedes hacer es pasar página y olvidarte de él.

•Y tú… ¿serías capaz de hacerlo, de olvidarte de él para siempre? No me hagas reír— Silvia se volvió a sentar en el sillón, contemplando el viejo parque que podía ver a través de la ventana—. Todas las mañanas me despierto con el mismo miedo, la soledad. Es esa niebla, esa maldita niebla que cubre mi casa, la que me atormenta una y otra vez. Apenas puedo dormir, y cuando lo hago, no dejo de verla, ahogándome por momentos. Creo que incluso me habla, que me dice lo que tengo que hacer. Me susurra al oído con una voz esquiva que yo no merezco morir, que no soy la culpable de todo, pero no puedo evitar llorar. He estado a punto de cometer una locura, pero no, no merece la pena darles esa satisfacción.

•Silvia, de verdad, ¿no has pensado en dejar a tu marido? Por todo lo que me has contado, no creo que ni siquiera le quieras, sólo te aferras a esa vida cómoda que él te da. No debes tener miedo. Esa niebla no es más que tu subconsciente que se niega a dejarlo todo atrás, que trata de hacer que no veas con claridad tu vida, o mejor dicho, lo que podría ser si tuvieras el valor suficiente de afrontarla. Si te soy sincera, no creo que sea conmigo con quien tengas que hablar.

•Qué equivocada estás. Si algo sé, es que quiero a mi marido con toda mi alma, y que estoy dispuesta a hacer todo lo que esté en mi mano para que siga a mi lado, por seguir despertándome con su olor entre las sábanas. Eres la única persona con quien quiero hablar, y la única que podrá ayudarme. No te quepa la menor duda que en estos sesenta minutos te darás cuenta de que tengo razón. Pero no es de ti de quien quiero hablar — poco a poco empezó a respirar más fuerte, mientras se tocaba la frente y se daba pequeños golpes—. Este dolor de cabeza me va a matar. Siento como si algo taladrara mi mente, y no puedo dejar de pensar que es esa puta niebla, que vino esa tarde para quedarse en mi vida atormentándome con aquella imagen, pero para enseñarme a la vez lo que tengo que hacer. Por fin voy a dejar de tener miedo, por fin he visto con claridad lo que hay tras esa niebla, y sé de verdad que no le va a gustar.

•Mira, ya está bien. Lo mejor es que te vayas.

•Esta mañana, cuando esa niebla me ha vuelto a visitar, no he sentido miedo, ni dolor. Por un instante me he sentido mejor que nunca, sabía que hoy era el día, el día en que el viento soplaría lo suficientemente fuerte como para quitármela de encima. No lo he podido evitar y me he masturbado, me he tocado hasta correrme pensando en ti…

•Estás mal de la cabeza, Silvia. Está mal que yo lo diga, pero es así…

•¿Alguna vez te has masturbado pensando en alguien que no fuera tu marido? ¿No te has sorprendido a ti misma, tocándote mientras piensas en otra persona, en lugar de Marco, al que seguro le dices que estás muy cansada para tener sexo con él?

•Un momento, ¿cómo sabes…?

•Seguro que sí. Seguro que muchas veces has dejado que tu imaginación te lleve a la intimidad de otras personas, o quizá lo has hecho, engañando así a tu marido. ¿Alguna vez te has follado a alguien en este sillón?— Silvia dejó escapar una pequeña sonrisa—. Esa cara, ese mirar a todo lo que nos rodea para acabar posando tu vista en el sofá. Te gustó hacerlo en él, ¿verdad? Y sin embargo, soy yo la que está mal de la cabeza… ¡Dios!, mi cabeza, no sé si podré aguantarlo más. Creía que esta mañana se había acabado todo, pero al entrar aquí… al entrar he vuelto a notar cómo esa niebla me rodeaba sin dejarme apenas respirar, y he recordado aquella tarde, escondida tras ella por casualidad. Ya ves, de nuevo esa maldita casualidad, justo después de que aquella muchacha me dejara pasar en la cola del supermercado, tres simples minutos que fueron suficientes para permitirme coger el autobús que todos los días perdía en el último segundo.

•¡Qué cojones estás diciendo! Vete de mi consulta ahora mismo. Si no lo haces, llamaré a la policía, y espero que sepas explicarles por qué conoces el nombre de mi marido.

•Mmmmmmmm, Marco, pobre inocente. Ajeno a todos tus momentos de lujuria, acariciándote cada noche antes de dormir, y susurrando al oído cuánto te quiere antes de despertarte. No puedo evitar verle arrodillado frente a mí, llorando mientras me suplicaba que te perdonara.

La doctora sacó el móvil de su bolsillo, buscó el nombre de Marco y, nerviosa, se dispuso a llamar. De pronto, el tono del teléfono de su marido sonó dentro del bolso de Silvia.

•No insistas— dijo tirando el móvil en el sillón— Marco no te lo va a coger.

•¿Pero qué has hecho? ¡Estás loca!

•Seguro que ahora te arrepientes de haber discutido con él antes de venir a trabajar, pero sobre todo, de haberlo hecho en la puerta de la casa donde todos tus vecinos lo vieron. Me gustaría ver cómo le dicen a la policía que os despedisteis con un sonoro: “Será lo último que hagas”. ¡Joder!, menuda satisfacción sentí al escuchar eso, al ver cómo vosotros mismos poníais sobre la mesa el motivo perfecto. Yo no lo quería hacer, pero esa niebla estaba acabando conmigo, igual que tú quisiste acabar con mi vida.

•Pero… yo no te conozco de nada. Estás confundida por algo, y yo no tengo nada que ver— dijo la doctora al ver que Silvia parecía culparla de algo.

•Nunca he estado tan segura de mí como lo estoy en este momento. El día que nos conocimos, me dijiste que tú podrías ayudarme. De eso hacen ya dos meses y no has hecho nada por remediarlo. Tan sólo te has sentado ahí, haciendo que me escuchabas, pero de haberlo hecho, te habrías dado cuenta de muchas cosas. Puede que hasta te hubiera perdonado, pero no, seguías con tu actitud de médico prepotente que todo lo sabe, intentando ayudarle con la vida a otras personas sin mirar la tuya, sin ver lo jodidamente perdida que estabas. No has hecho desaparecer la niebla, esa que se apartó mostrándome tu cara sonriente, o este dolor de cabeza que me hace gritar todas las mañanas. Ni siquiera me has reconocido, porque no me has mirado a la cara. Para ti sólo era una paciente más, anotaciones en una libreta que pronto olvidarías. Pero no voy a dejar que lo hagas.

Quiero que me mires a los ojos y veas esa niebla, que sientas todo ese dolor que provocó en mí, que mi mirada sea lo último que recuerdes antes de morir.

La doctora se acercó despacio a Silvia y le miró a los ojos. Durante unos segundos, sus recuerdos olvidados pasaron por su mente, y llegaron a aquella tarde, esa en la que, con una sonrisa y un beso en los labios, se despedía de Luis.

•¡Dios mío, eras tú, la chica que se bajó de aquel autobús!

•Ahora lo entenderás todo. Recuerdo que miraste hacia mí, sin ni siquiera verme, sin saber que con esos besos estabas robando mi vida. ¡Parecías tan feliz, tanto como yo debería serlo! Cómo me gustaría poder sonreír de esa manera, sentirme querida sin ninguna otra preocupación. Tú quisiste serlo, pero no pensaste en las consecuencias que traería a los demás.

•Marco… ¡No puede ser, él no tiene culpa de nada; yo le quiero, tienes que creerme!— dijo antes de ponerse a llorar.

•Claro que te creo, tanto como tú deberías creerme a mí cuando te digo que quiero a Luis, que no lo voy a perder, que voy a dejar de tener miedo y que, aunque por un instante lo pensé, yo no quiero morir. Te veo llorar y me das pena. Siento lástima por ti, porque lo tenías todo pero quisiste lo de los demás. Estoy aquí sentada y siento el olor de Luis en el sillón— Silvia se levantó despacio, acercándose a la doctora para susurrarle al oído—. ¿Tanto te gustaba follarte a mi marido?

•De verdad estás loca. No sé lo que has hecho pero le contaré todo a la policía. Me da igual eso del secreto profesional; que me retiren la licencia o que hagan lo que quieran. Eres una psicópata y no vas a poder escapar de esto.

•De nuevo sigues sin escuchar. Llevas dos meses hablando conmigo y ya te he dicho que hoy será el último día— Silvia sacó una pistola de su bolso—. ¿La reconoces? Seguro que sí. Es la de Marco, tu maridito. Tenías que ver lo fácil que me resultó que se la metiera en la boca, y más aún, que apretara el gatillo después de prometerle que te dejaría en paz… ¡Joder!, de verdad que te quería. En cierto modo, hasta te envidio. Supongo que él te quería tanto como yo a mi marido. Estoy segura de que te hubiera perdonado, de que hubiera olvidado que te follabas a otro. Yo también perdonaré a Luis… pero no a ti.

•No podrás huir. La policía te encontrará y sabrá lo que hiciste. Verán que contactaste conmigo y has estado viéndome dos meses. Está claro que se darán cuenta.

•En algo tienes razón: Se darán cuenta de que una tal Silvia ha estado viéndote todos los jueves de los últimos dos meses. ¿No pensarás que ese es mi nombre? De todos modos, tú lo has dicho antes: Hoy es martes, tu secretaria no está, y por esta consulta no ha pasado absolutamente nadie. Bueno, sí, Marco, que después de discutir esta mañana al enterarse de que le estabas engañando, ha venido para matarte justo antes de suicidarse en vuestra casa. Y Luis, hablará con la policía, lo confesará todo y me pedirá que le perdone. Follaremos como locos, y puedes estar contenta, creo que los dos pensaremos en ti.

•No, por favor, no lo hagas— gritó la doctora.

•Ya lo has hecho tú hace tiempo, sólo que no te habías dado cuenta todavía.

Ilustración de Ana Carmen Kummerow

El sonido del disparo retumbó en todo el edificio. El humo que salía del cañón de la pistola llenó la habitación al momento. De nuevo una niebla espesa rodeó a Silvia que, a pesar de todo, no pudo dejar de sentir ese horrible dolor de cabeza que le golpeaba una y otra vez. Al menos, ahora, sería ella quien sonreiría.

………………………………………………………….

Tres días después de aquello, Luis recibió una visita en su casa.

•Buenos días. Supongo que ya sabrá por qué estoy aquí.

•La verdad que puedo imaginármelo. Mi mujer y yo hemos visto las noticias. Aún no puedo creérmelo. Pero no entiendo qué hace usted aquí. Yo no sé nada, más allá de lo que he leído en los periódicos.

•Ya. No se preocupe, entra dentro de la rutina. Simplemente hemos visto en el teléfono de la doctora que le llamaba a usted con cierta frecuencia. No nos ha sido difícil descubrir que ella y usted… bueno, ya sabe. ¿Se lo ha dicho a su mujer?

•¡Joder!, no me siento orgulloso de ello. Mi mujer ya lo sabe, lo hemos hablado. La quiero demasiado como para perderla, y lo ha entendido. Sé que le costará pero me ha perdonado. Ahora mismo está tumbada en la cama. Siento si no sale a hablar con usted. Lleva varios días con migraña. La pobre está que no se aguanta de dolores.

•No pasa nada. Déjela descansar. Espero que entienda que era mi obligación hablar con usted, después de enterarnos que mantenía una relación con la víctima. Sólo hay algo que quería preguntarle, y es si usted conocía al presunto culpable del crimen, el marido de la doctora.

•En persona, no. Pude verlo alguna vez con ella, pero es evidente que no nos conocíamos. Ha dicho presunto, y no lo entiendo. Por lo que han dicho las noticias, se sabe que fue él quien lo hizo.

Bueno, parece bastante claro que fue un crimen pasional, llevado por los celos al enterarse de que su esposa le estaba engañando. Pero si algo me han enseñado los años de experiencia es que las cosas no siempre son como parecen. En el escenario del crimen, encontramos el móvil de Marco. No acabo de comprender muy bien por qué lo tenía su mujer, y menos aún por qué, minutos antes de que la matara, ella utilizó el suyo para llamarle. Un poco extraño, si ella tenía su teléfono. Pero en fin, seguro que tarde o temprano habrá una explicación para eso.

No le entretengo más. Si en algún momento usted o su mujer se dan cuenta de algo que pudiera servirnos de ayuda, no dude en contactar conmigo. Sólo tiene que llamar a Comisaría.

•Puede estar segura de que lo haremos, aunque dudo que mi mujer quiera saber nada de todo esto. De todos modos, si puede usted decirme su nombre, estaré encantado de llamarla si sé algo.

•Por supuesto. Sólo tiene que llamar y que le pongan con el Departamento de Homicidios; y preguntar por mí. Soy la detective Carlota.   

Jesús Cernuda

                        

La confesión de Robin

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Drama

Rating: +16

Este relato es propiedad de Juan Ramón Lorenzana. La ilustración es propiedad de Sergio “Gan” Retamero. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La confesión de Robin.

—No te enamores nunca, Robin, no te enamores nunca…

—Tu consejo llega un poco tarde, Batman.

—No te enamores nunca. El amor te debilita, te hace dependiente de las decisiones y acciones de otra persona. Te conviertes en un ser fácilmente manipulable y enormemente frágil. No te enamores nunca, Robin. Yo no me he enamorado nunca y… soy prácticamente indestructible, una inamovible roca sobre la que se sustenta la seguridad de Gotham City.

Resultaba extrañamente patético oír sus palabras mientras se acurrucaba en aquel oscuro y sucio callejón acompañado únicamente por una botella de whisky que parecía estar a punto de quebrarse bajo la presión de su amoratada mano. Allí se escondía de sí mismo para… quizá olvidar o recordar o para expulsar de su corazón lo que fuera que le hubiera trastornado de aquella manera.

Ilustración de Sergio “Gan” Retamero

Nunca lo había visto en semejante estado. Se había quitado la máscara que protegía su identidad, y entre dos contenedores de basura me hablaba con palabras de borracho.

—No te enamores nunca, Robin… Y sin embargo, nunca me sentí más fuerte que cuando ella se acurrucó sobre mi pecho. Nunca me sentí más yo, más completo, más entero, que cuando ella me susurró al oído aquel “te quiero” que llenó de luz mi pecho.

—¡Y entonces…! ¿Cuál es el problema? Tú la quieres y ella te ama a ti también…

—Ella está muerta.

—¡Dios mío! ¿Qué ha ocurrido? ¿Ha sido Joker, El Pingüino, Dos Caras…? Iremos a por quien haya sido y se lo haremos pagar a hostias. No tendremos compasión con ese miserable. Lo despedazaremos. Se arrepentirá de lo que ha hecho y…

—No ha sido ninguno de ellos, Robin.

—Entonces…¿quién…?

—Robin, ¡me quiero morir! ¡Ayúdame!

Me lo dijo extendiendo ambos brazos hacia mí, con la botella aún en la diestra y los ojos bañados en lágrimas. Batman me pedía ayuda; no estaba seguro de si era para darle una razón para seguir viviendo, o para morir y así poder huir definitivamente de su tormento.

—Me estaba asfixiando. Una bolsa negra con solo un par de agujeros me cubría la cabeza. ¿Qué me estaba pasando? ¿Cómo había llegado allí…? ¿Dónde estaba? Lo último que recordaba es que… ¡Selina!

»No podía ver nada, pero era evidente que alguno de mis enemigos había tenido la suficiente paciencia como para esperar el momento preciso en el que yo bajara la guardia y, entonces, drogarme y secuestrarme, ¡maldito hijo de perra!

»Tenía fuertemente sujetos los tobillos y las muñecas por unas abrazaderas metálicas de las que salían tensas cadenas que me suspendían en el aire. Algo parecido a un corsé me ceñía la cintura con una presión que apenas me dejaba respirar y… nada más. Estaba desnudo; lo notaba en el aire caliente que me rozaba la piel proveniente de una chimenea cercana. Debía utilizar los sentidos que aún tenía útiles a pesar de que incluso estos estaban todavía embotados por la droga que me había suministrado. No era capaz de reconocer ningún otro sonido más allá del crepitar de la leña de nogal y mi entrecortada respiración. No podía oler nada más que el olor de la madera quemada y… ¡a Selina! ¡Malditos miserables! Ella estaba allí, lo podía sentir y… Un ataque de furia me invadió y las cadenas chirriaron, pero ni un milímetro cedieron los anclajes a los que estaban sujetas. Eso y la falta de oxígeno me obligaron a renunciar rápidamente a mi pretensión. Grité, grité como no lo había hecho nunca, pero no recibí más respuesta que mis ahogados sollozos. Lloré, lo reconozco, no recuerdo cuándo había sido la última vez que había llorado, quizá de niño, supongo, pero esta vez lloraba de impotencia al imaginar que ella estaba como yo, a mi lado, atada como un animal igual que yo, con una bolsa en la cabeza como yo, y llorando como yo.

—Pero, Batman, ¿cómo llegaste a esa situación, cómo pudieron sorprenderte de esa manera… a ti? Tú que controlas todas las circunstancias, que dominas el entorno, que controlas los escenarios y las personas que en ellos se mueven. Tú que… jamás dejas que los sentimientos controlen tus acciones.

—Por eso, Robin, por eso. Lo necesitaba, por una vez tenía que sentir de verdad, sin que mi inteligencia o mi miedo me dijeran a cada instante qué era lo que debía hacer. Lo necesitaba y lo hice; desconecté todas las alertas y la dejé entrar en mi casa…

Batman estaba roto. Un largo trago de whisky detuvo su relato. Yo esperé impaciente a que recuperara un poco el sosiego y continuara con su historia. Batman debía expulsar los monstruos que le devoraban las entrañas. Yo esperaba que no fuera demasiado tarde y que sobreviviera al pagano exorcismo.

—Yo sabía que era una ladrona. Yo sabía que no era de fiar. Muchas veces antes me había hablado de amor con pequeños gestos, con miradas, con insinuaciones, pero… Yo sabía que era una flor del mal, que no tenía corazón y que utilizaba con destreza su belleza como si fuera la más afilada de las dagas… o la más eficiente de las llaves maestras.

Batman se interrumpió con una extraña mueca que podría haber pasado por una carcajada si no fuera por la baba y el whisky que brotaron de improviso de su boca.

—Me dijo… Me dijo que sabía que parecía una zorra; pero que en realidad era muy tonta porque… se había enamorado… de mí. Y yo ya había resuelto creerme lo que me dijera, y cuando la dejé entrar en mi habitación, durante los dos o tres segundos que tardé en cerrar la puerta tras de mí, ya había decidido que creería todo lo que ella me dijera, que sentiría todo lo que ella me hiciera, y que no habría mascaras, ni capa, ni cadenas, ni cueros, ni miedos, ni vergüenza o pensamientos que me apartaran de mi deseo. Quería sentir de verdad, quería abrir los brazos y dejarme llevar por un querer verdadero… Y así fue.

»Dejé que ella mandara, que me quitara con su lengua, con sus manos, con sus labios, la piel muerta que envolvía mi cuerpo y no lo dejaba respirar ni sentir; pero con eso no se conformó, ni yo esperé menos de ella. Dedo a dedo, músculo a músculo, su boca lamió y me besó los ojos, nariz y orejas. Su sexo en mi boca, sus gemidos, su… No sé en qué momento perdí la conciencia ni cómo o por qué me trasladaron a aquel lugar. Lo que sí sé es que cuando me quitaron la bolsa que me cubría la cabeza, el primer rostro que vi fue el de Selena, y su sonrisa me dijo que había sido ella, que todos los besos y todas las palabras de amor habían sido una gran mentira y…

—Y… tuviste que matar a la muy puta para salvar tu vida. Batman, no te sientas culpable, sólo te defendiste de esa mala zorra. ¡Le diste su merecido!

—No, Robin, no. Ella no pretendía matarme. Me soltó las cadenas, me quitó el corsé y allí, de pie, frente a frente me dijo que… ¡Ya está! Y se fue entre risas…

—¡Cómo que ya está! ¿Qué significa eso?

—Significa eso, ¡que ya está! Solo pretendía demostrar que podía hacerlo y que lo había hecho. Que podía hacer que me enamorara de ella. Que podía conseguir que le abriera mi casa y mi corazón a sabiendas de que ella era una zorra mentirosa y que, sin embargo o precisamente por eso, lograría vencer todas mis precauciones, que me pondría a su merced en cuerpo y alma, y que ya vencido, con mi vida en sus manos, ella tendría todo el poder sobre mí, que podría elegir entre matarme o permitirme seguir viviendo.  Y eligió lo segundo porque quería que recordara para siempre que ella había ganado, que podía irse y dejarme tirado como a una colilla.

—Pero… entonces…

—Le supliqué. Te lo imaginas, Robin. Le supliqué y ella se rio y… Me dijo que continuara con mi vida, que ella había muerto para mí y que no tardaría en olvidarme. Que ya me había olvidado.

Ya está bien, cabrón de mierda, no quiero oír ni una puta palabra más. Después de todo este tiempo de esperar, de soñar con que… quizá, algún día, tú… Y te enamoras como un imbécil de esa…

Eso fue lo único que le dije, después solo se escuchó el ruido metálico del contenedor de basura y el crujir de su cráneo al romperse.

Es curioso que, con el insoportable dolor que produce, el corazón no haga el menor ruido al romperse.

Robin.

 

E08-El fantasma de los libros

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Drama-Fantasía

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Jesús Cernuda. La ilustración es propiedad de Nelle Caver (Noelia de la Torre). Quedan reservados todos los derechos de autor.

E08-El fantasma de los libros.

 

Aún recuerdo aquel momento en que su sombra, como salida de la nada y en un silencio que apenas me dejaba respirar, se cruzó ante mis ojos.

Acababa de cumplir ocho años y en la oscuridad de mi habitación pude ver cómo una silueta dejaba algo a los pies de mi cama y, del mismo modo que había llegado, desaparecía tras la puerta.

Ilustración de Nelle Caver

Tengo ya demasiados años para dejar que el pasado se cuele en mi vida. Pero aquella llamada golpeó en lo más profundo de mi ser, haciendo que aquel pasado removiera todo mi presente.

Como cada día estaba  sentado en mi ya viejo despacho, rodeado de cientos de libros que formaban unas pilas que parecían sujetar el mundo o, al menos,  lo  hacían con el mío.

Desde el día en que me fui de casa, decidido a encontrar eso que me ha convertido en lo que ahora soy, no había vuelto a hablar con mi madre más de cinco minutos seguidos. Escuchar al otro lado de la línea que ya no podría hacerlo me devolvió a la triste realidad, esa en la que había acusado a mis padres de sentirme solo durante toda mi infancia, esa en la que me negaba a dejar que los recuerdos formaran parte de mis días.

No puedo decir que en mi juventud no fuera feliz, mis padres hicieron todo lo posible para darme cuanto necesitaba y más. Supongo que entonces no lo aprecié. Ahora me doy cuenta de lo egoístas que podemos ser de niños.

Es curioso cómo hay cosas que pueden grabarse en la memoria para hacerse dueña de ella y, a pesar de encerrarlas bajo una enorme llave en lo más profundo de tu mente, siguen ahí. Una de esas cosas es ese olor a carbón que mi padre dejaba al llegar todas las noches a casa, tan tarde, que tan solo en un puñado de veces conseguí mantenerme despierto  para ver en su cansado rostro cómo me dedicaba una sonrisa.

Y yo me quejo ahora, sentado en mi despacho frente al ordenador, cuando él trabajaba más de quince horas al día para volver con las manos cortadas y poder sonreírle al mundo con la cabeza bien alta.

Y otra es ese día en que aquel olor no volvió jamás. Ese mismo día que acurrucado en la cama con lágrimas en los ojos, al saber que nunca volvería a ver la sonrisa de mi padre, algo se adentró en silencio para poner el primer paso de lo que sería mi vida.

Con las arrugas que dan los años, he comprendido lo duro que tuvo que ser para mi madre, dedicada a tiempo completo a perder su vida para poder darme la mía. Nunca supe ver cuánto sacrificio hacía por ello, cuánto le hubiera gustado pasar más tiempo conmigo. En cambio, mi único modo de pagarle fue irme y dejarla sola, más aún de lo que yo me había sentido durante años.

Como ya os dije, de niños o no tan niños podemos llegar a ser muy egoístas y lo que hice fue irme en busca de aquello que me ha hecho ser quien soy.

Fueron muchas las noches en que aquella misteriosa sombra se colaba en mi habitación. Aunque pude verla un par de veces más, de lo que estoy seguro es que tan solo yo podía hacerlo. Lo supe el día en que me armé de valor y se lo conté a mi madre.

—Pero tú estás loco, no existe el fantasma de los libros —sentenció de forma tajante.

Pero yo sabía que se equivocaba, porque en cada visita aquel extraño ser dejaba un libro a los pies de mi cama y se llevaba el que días antes había dejado.

Pasé años leyendo esos libros. Viajé con ellos a lugares increíbles, conocí a gente que nunca hubiera creído que existiera y viví con ellos mil y una aventuras. Me hicieron ser un apasionado de la lectura.

Pero lo que realmente me cambió fue el día en que aquel “fantasma de los libros” dejó a los pies de la cama uno que me desconcertó. Estaba totalmente en blanco.

Esperé paciente los siguientes días a que volviera y me regalara otra de aquellas historias con las que seguir soñando, pero nada. Siguió pasando el tiempo y ni rastro de mi fantasma.

Era tan solo un niño de catorce años cuando recorrí las bibliotecas de mi ciudad buscando alguno de aquellos libros que había leído. Me daba cuenta de que ni siquiera conocía a los autores. Encontré otras muchas historias que me hicieron seguir soñando, pero jamás ninguna de las que aquella sombra me había regalado por las noches.

Varios meses después comprendí el significado de aquel último libro, ese que estaba en blanco. Todas aquellas historias habían sido posiblemente mi única compañía (al menos eso pensaba) y ahora yo escribiría esas aventuras que tal vez otros podrían vivir desde sus casas. Aquel libro en blanco sería mi primera historia.

Justo al colgar el teléfono y pensar en todo aquello, no he podido evitar mirar a uno de los libros de mi despacho, ese que un día estuvo en blanco y que ahora guardaba entre sus páginas mi primera gran aventura.

Puedo decir que he tenido suerte, he publicado varias novelas por el camino y he conseguido hacer de ello mi modo de vida. Sin embargo, aquel primero nunca lo he intentado editar. Supongo que es algo que se quedará para mí por siempre.

Intento no pensar en mi madre. No quiero llorar al darme cuenta de que no he estado ahí para despedirme. Como el día que con apenas dieciocho años me fui y  solo dejé una nota. Ella nunca me lo echó en cara, ni siquiera salió de sus labios un porqué.

Pasé años viviendo de lo que podía y buscando en cada ciudad alguno de aquellos libros que me habían hecho soñar con mis propias historias. Nadie parecía conocerlos, lo que hizo que poco a poco fuera olvidándolo, llegando incluso a creer que todo había sido producto de la imaginación de un niño, que el “fantasma de los libros” como decía mi madre, no existía.

Estoy en aquella sala, rodeado de gente que ni siquiera conozco, pero que se acercan a decirme cuánto lo sienten. Me doy cuenta de que ellos tampoco me conocen. Lo único que quiero es que acabe todo, volver a mi casa y dejar que los libros sigan sosteniendo mi mundo.

Apenas queda nadie ya cuando un hombre se acerca.

—Sé que no me conoces. Tu madre me dijo antes de morir que te diera esto.

Creo que fue la única persona que no me dio el pésame. Tan solo dejó aquella caja en el suelo, me dio la mano y se fue igual de silencioso que había llegado.

Han pasado varios días desde el entierro de mi madre. He intentado no pensar en ella encerrándome en mis pequeñas historias, esas que sé que en el fondo solo intentan igualar a aquellas otras que se guardaron en mi mente cuando solo era un niño. Cuántas veces he deseado escribir algo que me hiciera sentir lo mismo que sentí leyéndolas. Supongo que no tengo el talento que haría falta, quizá nadie lo tenga y por eso nunca más volví a ver aquellos libros.

No he vuelto a pensar en aquella caja, que apartada en un rincón, parece llamarme. Creo que el miedo a lo que pueda encontrar en ella ha hecho que intente olvidarla.

Me armo de valor, esperando alguna carta en la que mi madre me dijera todo lo que no se atrevió a decirme en vida, a pesar de no ser más que verdades.

Dentro, un sobre pequeño encima de otra caja. Pienso que ahí está la carta que tanto miedo me daba, pero…

“Ojalá hayan suplido la falta de tiempo y veas en ellos el amor que nunca te pude demostrar”.

Abro la otra caja y todo a mí alrededor se retuerce. Me veo de nuevo como aquel niño de ocho años que, llorando en la cama, vio como aquel  “fantasma” entraba en su habitación, un fantasma que desde aquel mismo día tuvo que dejar su sueño a un lado para intentar formar el mío, un fantasma que desde entonces no encontró más huecos en su vida para seguir contando historias, pero que consiguió que yo, su hijo, soñara con contar las mías.

Ahora me doy cuenta de que todos esos días en que mi madre, esperando a que mi padre llegara, tecleaba aquella vieja máquina de escribir que desde su muerte no había vuelto a escuchar.

Con todos aquellos libros de nuevo en mi mano, me doy cuenta de que si he llegado a lo que soy es gracias a ese fantasma de los libros, a mi madre, que nunca vio su sueño cumplido, por dejar que yo lo hiciera.

—Mamá, tú sí que tenías ese talento.

Jesús Cernuda

Estoy convencido de que Marta es de esa clase

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Drama psicótico

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de  Juan Ramón Lorenzana. La ilustración es propiedad de Nelle Carver (Noelia de la Torre). Quedan reservados todos los derechos de autor.

Estoy convencido de que Marta es de esa clase.

Ilustración de Nelle Carver

Empezaré por el principio aunque estoy tentado de decir: “principiaré…” porque me suena muy bien, quizá demasiado bien para un tipo como yo que no es capaz de hacer nada bien. Aunque puede que esté exagerando y sea suficiente decir que no soy capaz, simplemente, de hacer nada de nada. Y estoy tan seguro de no saber hacer nada porque, aunque dudo constantemente de todo, la realidad me impone la verdad en cuanto abandono las ensoñaciones provocadas por los fármacos sin los cuales sería incapaz de alcanzar el sueño. Y si esta cansina perorata no fuera suficiente para convencer al fortuito lector de esta narración de mi incapacidad para hacer nada de nada, tan solo debe fijarse que llevo escritas ciento veinte palabras y todavía no he ni empezado, ni principiado, ni comenzado… este, mi relato.

Soy polifóbico, ¡por fin lo he dicho!, y lo soy desde que tengo memoria, que aunque escasa, como todo lo mío, no es lo suficientemente laxa como para olvidar una infancia llena de sinsabores, complejos y miedos. También diré, para dibujar un cuadro lo suficientemente nítido de mis circunstancias, que siempre pensé que las madres eran seres hermosos que no podían evitar llorar constantemente. Esa convicción se derrumbó en el momento que con seis años fui al colegio y pude ver a las madres de otros niños y comprobar que también existían madres feas y que sin embargo no lloraban cuando dejaban a sus hijos a la puerta del colegio y tampoco lo hacían cuando los recogían al finalizar las clases. Intuí entonces que tampoco llorarían en sus casas, que no se pasarían los días acostadas en la cama sollozando y las noches asomadas a la ventana llorando o en la cama, a solas, gimoteando. Hace mucho tiempo que ya no veo a mi madre, pero sigo oyéndola suspirar tras las blancas paredes de mi habitación.

No había sido mi primer ataque de pánico, y yo sabía que no debía asistir a la entrega del premio que le había concedido la Cámara de Comercio a mi padre y que tendría lugar en los lujosos salones de un hotel de la ciudad. Pero mi padre insistió en que “de una puta vez” me comportara como una persona normal, “esta noche”, me dijo, “iremos los tres a la ceremonia y daremos la imagen perfecta de una familia ideal”. Y así fue. Había prensa, mucha gente, mucha luz y muchas voces desconocidas que se fundían en el aire formando un denso ruido que bloqueaba mis sentidos. Pero no pasó nada y, cuando empezaron los discursos y el ruido desapareció, me relajé y pensé que pasaría esta prueba con éxito. Vana ilusión para un tarado como yo. Hablaron dos o tres personas antes de que le hicieran entrega de una placa honorífica a mi sonriente padre, y, cuando éste no había hecho más que empezar con los primeros agradecimientos de su discurso, no pude más y empecé a gritar. Grité sin parar y la absurda pretensión de mi madre de ponerme la mano en la boca para que callara solo sirvió para parecer locos los dos y que yo gritara aún más y me tirara al suelo pataleando como si estuviera poseído por un demonio. No recuerdo qué pasó después, solo sé que viajábamos en el coche de vuelta a casa, mi padre conducía en silencio, mi madre se tragaba los sollozos intentando inútilmente no hacer el menor ruido y yo, que solo quería disculparme con mi padre, buscaba urgentemente palabras con que romper el asfixiante silencio. Tras mucho pensar tan solo se me ocurrió decir “papá, lo siento”. Muy pocas y simples palabras para tanto pensar, pero fueron suficientes para que mi padre frenara bruscamente y dijera todo lo que tenía atravesado en la garganta. Nunca volví a hablar con él. Nunca más me volvió a dirigir la palabra ni yo lo intenté.

La verdad es que aquella noche, a mis trece años, le conté a mi almohada mi profundo deseo de morir.

Creo que fui normal hasta los seis años. Ya entonces era tímido, creo, y no me relacionaba mucho con otros niños, a excepción de Marta, que era, sin duda, el ser más bonito que había visto en toda mi vida, y aunque a esa corta edad mi tiempo de vida no era significativo, ahora que tengo treinta años sigo pensando exactamente lo mismo. Marta y yo fuimos los mejores amigos hasta que empezamos al colegio. Ese primer día iba muy asustado sin saber lo que me iba a encontrar allí, y, cuando vi la angelical cara de Marta, me dirigí a ella como si fuera un náufrago que divisa el único y anaranjado toroide al que poder asirse para salvar su vida en un frío e inmenso océano. Fui corriendo, y ella y su grupo de amigos en cuanto me vieron salieron corriendo también. Creí que era un juego y volví a correr tras ellos, pero otra vez, en cuanto me acercaba, salían corriendo nuevamente en otra dirección. Ya dije al principio que me cuesta un poco pensar y mucho más llegar a conclusiones, por eso no les debe extrañar que aquella escena se repitiera una y otra vez hasta que conseguí alcanzar a Marta… No sigo contando lo que pasó después porque, sencillamente, no lo recuerdo. Sí que recuerdo que desperté en el hospital y que lo primero que vi fue la llorosa cara de mi madre. También recuerdo que estuve unos días sin volver al colegio hasta que los médicos convencieron a mi madre de que simplemente había tenido un brote epiléptico que, casi con toda seguridad, no se volvería a producir.

Después de aquel episodio tuve otros muchos momentos de histeria, pánico, epilepsia u otros muchos nombres que le dieron los muchos médicos que visité durante los siguientes años; pero, poco a poco, se fueron definiendo las causas de mis ataques y también, poco a poco, fui haciendo más pequeño mi mundo hasta reducirlo a las cuatro paredes de mi habitación (siete si contamos el aseo y excluimos la pared lindera de ambas estancias) y más grandes mis miedos: a los espacios abiertos, a los ruidos, al dolor, al contacto físico, a los espejos, a dormir… Toda mi vida es un miedo continuo. Todo en mi vida está en un precario equilibrio que amenaza con derrumbarse a cada instante. Todos mis pensamientos lo ocupan difusos temores que solo se desvanecen los pequeños instantes en los que veo a Marta desde mi ventana:

Marta yendo al colegio cada mañana. Marta que me saluda con la mano. Marta jugando en la calle. Marta besándose a la puerta de su casa con su novio. Marta que me dice adiós mientras pasa como una exhalación hacia la universidad subida en su Vespa amarilla. Marta que sale de fiesta. Marta que vuelve de fiesta en el coche de su enésimo novio. Marta que se compra un coche, también amarillo, y me lanza un beso cuando lo aparca frente a mi ventana. Marta que se va de Erasmus a Noruega. Marta que regresa con un vikingo del que dice estar perdidamente enamorada. Marta que se compra un piso en el bloque justo enfrente del mío para vivir con su nórdico novio. Marta que me sonríe cada madrugada antes de irse a trabajar. Marta lanzando por la ventana las pertenencias de su novio porque se ha enterado de que se ha follado a su ex mejor amiga, Raquel. Marta con otro novio. Marta con otro novio. Marta con otro novio… Marta que se casa y sale radiante, vestida de blanco, un domingo por la mañana. Marta que regresa, ese mismo domingo, conduciendo su coche amarillo y chocando al aparcarlo con una de las nuevas y elegantes farolas que instaló recientemente el ayuntamiento. Marta que sale del coche llorando y a toda prisa se mete en su casa. Marta que no quiere abrir la puerta de su casa, ni se asoma a la ventana ni contesta a las llamadas de teléfono de sus padres, de su plantado novio o de sus amigas. Marta que dice desde el telefonillo del portal: “no me caso. No me caso y punto. ¡Dejadme en paz!”. Marta que a las tres de la madrugada enciende la luz de su habitación. Marta que abre la puerta del portal y sale vestida únicamente con un fino camisón amarillo. Marta que se queda parada en medio de la calle mirando a mi ventana mientras una fina lluvia la empapa. Marta que coge una piedra y… me rompe la ventana.

Debo dejar de escribir en este preciso momento porque Marta me reclama nuevamente en la cama, y es normal porque ya dije al principio que no sé hacer nada bien, y aunque lo he intento con todas mis fuerzas las cuatro veces que hemos copulado esta noche, y  que por unos breves minutos tuve la ilusión del triunfo cuando tras el último encuentro se quedara adormecida abrazando con brazos y piernas mi almohada, está claro que esa ilusión era falsa porque ahora mismo se ha acercado por mi espalda y al oído me ha dicho palabras sucias mientras se reía (sin duda de mí) y me mete en la boca dos amargos dedos. Si no fuera porque el raro soy yo, pensaría que Marta está un poco loca, y que una chica normal no es capaz de salir a la calle medio desnuda una noche de lluvia y tirar una piedra a la ventana de un chico para luego escalar como una araña hasta una habitación sita en un segundo piso. He dicho que se asemejaba a una araña y me he dado cuenta de que tengo pavor a esos bichos; dicen los libros que las hembras de algunas especies de esos invertebrados se comen a los machos después de la cópula, y yo estoy convencido de que Marta es de esa clase porque ya ha empezado a engullirme.

FIN

Hechos inaceptables

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Drama

Rating: Adultos

Este relato es propiedad de Juan Ramón Lorenzana. La ilustración con propiedad de Nelle Carver (Noelia de la Torre). Quedan reservados todos los derechos de autor.

Hechos inaceptables.

“No sé por qué lo hice”, eso le digo. “Lo recuerdo pero estaba fuera de mí, como si fuera otra persona”, de tanto repetirlo, lo digo ya con gran convicción. “No lo volveré a hacer nunca”. “Tomaré la medicación y seguiré todos sus consejos”, le repito al imbécil de mi psiquiatra mirándole fijamente con ojos tiernos. “Ya estoy bien”. Necesito convencerle para que me dé el alta y pueda salir de esta puta cárcel acolchada. “No lo volvería a hacer, ¡estaría loco! Fue un trastorno, una… ¿Cuál es el nombre ese que usted tanto dice…? Crisis psicótica, una disociación transitoria de personalidad. Nadie en su sano juicio haría eso con su propio cuerpo…”

Desde hace semanas me obliga a contar, una vez tras otra, el cómo de mi comportamiento aquel día. Él dice que así podrá decirme el por qué y, justo en ese momento, empezaré a curarme de verdad. Pero yo sí puedo ver la verdad que se esconde tras el oscuro cristalino de sus ojos. Puedo ver sus sádicas miradas escondidas tras su aparente e interesada compasión, y el gusto que le produce que le relate, minuciosamente, cada segundo, cada milímetro que recorrió el filo del cuchillo sobre mi piel:

Cogí el cuchillo con el que habitualmente pelo las patatas, uno pequeño de filo curvo y mango rojo, y situé su punta en la glabela. Es casi imposible fallar con ella porque es ese punto en el entrecejo que simplemente con colocar un dedo a un centímetro de ella se produce un efecto de atracción muy parecido al dolor. 

La sensación en ese momento fue magnífica: había empezado de una vez el largo camino para acabar con el monstruo que se escondía dentro de mí. Él tenía miedo, lo notaba, esta vez le había acertado de pleno; pero aún herido, intentaba convencerme de que dejara el cuchillo quieto y no continuara el recorrido que acabaría con él. No lo consiguió.

Continué por la ceja muy despacio y sin levantar ni por un instante el cuchillo que, sorprendentemente, cortaba con suma facilidad la carne, para luego descender por la apófisis frontal y después la temporal hasta llegar al agujero infraorbitario. De ahí, por debajo del pómulo, atravesar la complicada carnosidad que te obliga a hincar más el cuchillo y a que la mano sea firme en su intención hasta llegar a la articulación de la mandíbula. Llega ahora el camino más fácil y satisfactorio porque el cuchillo se desliza fácilmente por todo el perfil de la base mandibular hasta llegar al agujero del mentón. Y está bien que sea así de fácil porque lo que viene después te exige tomar una decisión trascendental de la que depende el éxito de toda la misión.

Mientras veía mi imagen desnuda en el espejo del aseo, el cuchillo esperaba vibrante una decisión hincado en la barbilla. Dudé un tanto por dónde seguir. De equivocarme, me desangraría rápidamente sin tiempo para terminar…

—¿Terminar qué? ¿Terminar dónde? —me pregunta mi psiquiatra cada vez que le cuento esta parte de la historia, y yo no le puedo decir la verdad.

Hay en mí algo erróneo, un defecto insoportable, tan evidente y obsceno que me parece mentira que nadie parezca verlo. ¿Estáis ciegos? Si me miraran de verdad, se darían cuenta del horror que intenta ocultarse tras una piel, unos ojos y unas manos aparentemente normales y sanas. Un poquito por debajo, tan solo con rascar un poco la blanca piel y se puede ver la horrenda superficie, la real, la del ser que soy en verdad, pulsando ahora por salir rompiendo la ridícula cascara donde se esconde, ahora por esconderse sin dejar la menor grieta y penetrar en mí como si aún quedara algo ahí dentro, libre de su putrefacción.

No soporto mirarme en los espejos, tan mentirosos ellos, pero a los que si les sostienes la mirada durante el suficiente tiempo, puedes ver reflejados los ojos del verdadero rostro del monstruo.

Tiempo atrás me había rascado, arañado y masturbado, todo con el mismo decepcionante final. También me había hecho multitud de pequeños cortes por los brazos y piernas, y unos pocos en el pecho y las nalgas; pero no conseguía revelar a la bestia y expulsarla de mí, no conseguía que la luz la iluminara por completo dejándola sin máscara e inerme a la vista del mundo entero.

Hay varias posibilidades. Todas arriesgadas. La única opción no disponible, por su demostrada ineficacia, es levantar la mano y con ella el cuchillo que aún espera ansioso en mi barbilla.

La decisión está tomada pero la mano duda y tiembla, no de miedo, sino de emoción, y al emprender de nuevo el camino la presión es excesiva y el salto de la nuez es más que suficiente para que el cuchillo atraviese la tráquea. Aun así intento acabar mi trabajo a toda prisa antes de que la inconsciencia me lo impida. Pero las prisas no son buenas, sobre todo si uno mismo está a ambos extremos del cuchillo y la sangre te impide ver con claridad el camino. Mi pulso no es el de un cirujano y la carótida está demasiado cerca. Lo inevitable sucede y un chorro de sangre salpica el espejo. Intento limpiarlo con la mano libre, pero el resultado es aún peor y… me desmayo con sabor a fracaso en la boca pero, al menos, con el consuelo de la liberadora muerte tiñendo de rojo el frio suelo, o al menos eso creí yo en ese momento.

No sorprenderá que diga que sobreviví, a cuento de qué estaría escribiendo esto si no. Un par de semanas en la unidad de cuidados intensivos y tres más recuperándome en la planta de psiquiatría del hospital atado como un animal a las cuatro esquinas de mi cama. Ya no me atan por las noches, pero las ventanas no son tales porque carecen de manillas con las que abrirlas, y la puerta solo se abre desde el control del pasillo. Así que estoy encerrado todo el día como si fuera un criminal, solo me dejan salir para ir a las sesiones con el loquero. No sé cuándo me dejaran salir de aquí, pero ya no aguanto mucho más, tengo que convencerles de que ya estoy curado, y si no, tendré que escapar de aquí como sea, el monstruo ha estado calmado últimamente pero siento que vuelve a coger confianza y empieza a llenar todo el vacío bajo mi suturada piel.

No sé por qué me pasa esto. No sé por qué hago esto. No sé por qué quiero morirme. No sé por qué me repugna el sabor de la comida en la boca, por qué la gente me da miedo y no quiero que nadie me toque. No sé, pero recuerdo que una vez no fui así… Debo sacar al monstruo que está dentro de mí y volver a sentir cosas buenas. Debo volver a escribir poemas de amor como los que una vez escribí para ti. ¡Para ti! ¿Quién eres tú? No entiendo nada de lo que me pasa, pero he robado el abrecartas del despacho de mi psiquiatra y ahora mismo voy a terminar el trabajo que empecé.

Hilillos de sangre coagulada que, 
como incandescente tela de araña,
unen mis dedos, me cuentan
que ya falta poco para estar muerto.
 
La lengua se seca
se agrietan los labios,
cruelmente cosidos por silencios obligados.
Llevo demasiado tiempo esperando.

Ilustración de Nelle Carver

FIN

Juan Ramón Lorenzana

La mesa

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Cuento-Drama

Rating: +14

Este relato es propiedad de Victor Mosqueda Allegri. La ilustración con propiedad de Marta Herguedas. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La mesa.

I

Menos de diez años han pasado desde la última vez que María Elisa pisó la casa de su madre, y tiene la impresión de que toda la humedad del mundo ha ido a caer a sus pisos de madera. Las tablas parecen paletas de helado ensalivadas y mordidas, hasta el punto de haber quedado como masas blandas y elásticas. Han dejado de crujir bajo los pies y, al caminar sobre ellas, los zapatos resbalan sobre el moho acumulado. El papel tapiz de las paredes ha perdido su diseño y ahora parece un maquillaje corrido tras años de llanto débil pero sin consuelo, justo como se imagina ella que ha sido el llanto de su madre durante todos esos años de abandono autoinfligido. Justo como lo fue el suyo durante todo el tiempo que vivió allí.

Dos semanas atrás había recibido una llamada de su madre. María Clara siempre había sido una mujer parsimoniosa, de un humor acuoso y grueso, pero esa mañana le habló rápido, pues sabía que María Elisa podía colgarle en cualquier momento. Le aseguró que le quedaban no más de seis semanas de vida, y le pidió que se mudara con ella, para compartir sus últimos días.

María Elisa sabía que su madre era hipocondríaca desde siempre, y que sentía la necesidad continua de predecir su muerte, que nunca llegaba. También sabía que el verdadero propósito detrás de esa petición era tenerla en casa el tiempo suficiente para legarle aquella maldita mesa, que María Elisa había jurado no volver a mirar. Así que la ignoró y colgó el teléfono.

Tres días después le llegó una carta donde su madre le repetía el mensaje. La quemó hasta su última fibra. Esa noche bajó la niebla a su casa por primera vez desde que el invierno había empezado. A la mañana siguiente Emily correteó entre los pasillos llenos de nubes bajas y se fue a la escuela. María Elisa aprovechó la ausencia de Emily para acostarse en el piso, quedándose dormida casi al momento de apoyar la cabeza sobre el suelo. Al despertar, media hora más tarde, llamó a su madre por primera vez en más de cinco años y le confirmó que se mudaría con ella al final de la siguiente semana.

Cuando se levantó del suelo y subió a su habitación, el calor le fue regresando de a poco al cuerpo, y ya no se sintió tan segura de lo que había hecho. En la tarde, cuando el sol había disipado hasta el último rastro de la niebla, pensó que había tomado la peor decisión de su vida. Ahora, entrando de nuevo en ese lugar que representaba todo lo que no quería, no puede dejar de pensar que esa mudanza terminará de destruir el vínculo entre ella y Emily y acabará con sus vidas.

A diferencia de la casa de María Elisa, aquí el calor es sofocante y todo parece siempre estar a punto de bullir, y en la piel descubierta se siente un vapor húmedo y caliente que se mezcla con el sudor y se pega como grasa, volviendo a los días lentos y pesados.

Sin María Elisa trabajando todo el día para mantener la casa viva, como antaño, y con su madre cada vez más desorientada y desolada, aquel lugar se estaba cayendo a pedazos. Ya no le extrañaba que su madre hablara de una muerte próxima. Si no era María Clara la que moría, sería la casa la que exhalaría su último aliento en cualquier instante, dejando al que estuviera adentro aplastado por una tonelada de basura podrida.

No bien pone el primer pie en la casa, María Elisa se promete que no se quedará allí más de un mes y se promete que no se dejará permear por los delirios de su madre. Se acaricia el vientre, rogando poder escapar, poder regresar a su propia casa, antes de que su nuevo hijo nazca. Aún faltan un par de semanas para sumar siete meses de embarazo, pero le aterra la idea de un parto prematuro. No puede permitir que María Clara le vea al menos una sola vez la cara. Su hijo nunca la conocerá. Nunca permitirá que su madre le augure una muerte temprana. Al menos no una vez que estuviese vivo.

Cierra los ojos desde el umbral de la puerta y casi puede ver a su mamá acostada encima de la mesa, abrazándola como si fuera los hijos que perdió, el esposo que perdió, la vida que perdió, noche tras noche, envuelta en un sopor que no le permite pasar más de dos horas despierta ni más de una dormida. María Elisa intenta jurarse a sí misma que una vez muera su madre, incendiará la mesa hasta sus cimientos. Es un juramento que ha empezado mil veces desde niña, pero siempre le ha faltado la convicción para completarlo.

María Elisa finalmente cruza el umbral, con Emily tomada fuertemente de la mano. Su madre apenas las había mirado al llegar y se había largado, con su paso lento, al piso superior, evadiendo sus preguntas sobre la gestión de la mudanza. María Elisa atraviesa el corto pasillo del recibidor, entra a la cocina y sale al comedor por la segunda puerta. Allí se encuentra frente a frente con la mesa, intacta, como un sueño mórbido que regresa cada noche, en medio de una casa que se doblega por la humedad y el calor. Los miedos de María Elisa permanecen intactos, y Emily, que siente el sudor y el temblor de las manos de su madre, sube la mirada para encontrarse con sus ojos, y al verlos rojos y húmedos, también teme.

II

Las primeras dos semanas las pasa limpiando la casa y tratando de rescatarla de la humedad. No es una tarea sencilla y ello le permite evitar lo más posible a María Clara. Aunque también descuida a Emily, que se la pasa, igual que su abuela, la mitad del día durmiendo, la otra tratando de vencer al calor y al aburrimiento, en una casa donde correr no es una opción y donde imaginar mundos mejores tampoco resulta posible.

La televisión no funciona muy bien y de cualquier forma no tiene los canales que Emily suele mirar. La radio funciona perfectamente, pero es algo que la niña no puede siquiera sospechar, pues permanece guardada en un armario dentro del cuarto de María Clara, quien tiene al menos unos tres años sin encenderla. Los juguetes que se ha traído desde su casa han absorbido la humedad en menos de una semana y ya Emily no siente demasiadas ganas de utilizarlos. Por la mudanza han dejado a medias el año escolar y María Elisa decide no inscribirla en colegio alguno, para no sentir tentación de quedarse más tiempo del que sea estrictamente necesario.

Después de dos semanas de trabajar en su limpieza y reparación, la casa luce un poco más presentable y el olor a humedad se ha disipado en buena medida. La madera del piso sigue peligrosamente blanda, pero María Elisa ha reforzado al menos los lugares más riesgosos. El calor, sin embargo, sigue igual de fuerte y la humedad, ya lejos de las paredes, se pega con más presteza a la piel. María Elisa debe bañarse al menos unas tres veces al día, y aun así se acuesta sintiendo que su cuerpo es pega sólida. Emily ha empezado a sentirse más en ambiente y ahora se la ve dando trotes ligeros por la casa y jugando a atrapar mariposas en el jardín. Todo, en aquel lugar, luce menos deprimente que a su llegada. Pero el reparar y limpiar la casa, el tener a Emily contenta un tercio del día lo único que consigue es volver más evidente el estado de abandono de María Clara.

Podía pasar hasta cuatro días con el mismo vestido, acumulando sudores y malos olores sobre un cuerpo tan delgado y pobre de fuerzas que ahora María Elisa empezaba a creer que su madre realmente tenía la muerte cerca. Su rostro lucía demacrado y sus ojos miraban fatigada y lentamente las cosas, como si ya no quisieran volver a mirar nada más jamás. María Elisa le servía la comida tres veces al día, y tres veces al día apenas la probaba. Casi no habían hablado desde que llegaron y eso extrañaba a María Elisa.

Ella esperaba que su madre intentara venderle todos sus delirios no bien hubiera puesto la primera maleta sobre su piso mohoso, pero la verdad es que María Clara apenas las había saludado al llegar. Parecía haber olvidado que su hija venía a vivir con ella y que traía consigo a su única nieta, a quien no había conocido, y que en su vientre llevaba al que sería su nieto, a quien probablemente no conocería, si sus cálculos sobre lo que le  quedaba de vida eran correctos. Cuando el camión de la mudanza se había marchado de la casa y María Elisa terminó de arreglar sus cajas y maletas en la que antes fuera su habitación, fue al cuarto de su madre esperando encontrarla en disposición para convencerla de cualquier cosa. No la encontró y bajó las escaleras, solo para descubrirla durmiendo encima de la mesa, con un pie y un brazo sobre ella y los otros colgando en el piso. A lo largo de los siguientes días María Clara llegó a dormir sobre su propia cama apenas un puñado de veces. El resto del tiempo se la veía sobre la mesa, primero orando y luego completamente dormida con los labios pegados a la madera y los músculos tensos en un intento de no soltarla.

 

Ilustración de Marta Herguedas

Llevan dos semanas en aquel lugar y Emily ha tenido el tiempo suficiente de observar a su abuela. Esa noche le pregunta a su madre por qué la abuela nunca le dirige la palabra y en cambio siempre habla con la mesa hasta quedarse dormida. Por qué nunca la besa a ella, pero sí a la mesa. Por qué no la dejan usar la mesa para dibujar, por qué nadie come sobre la mesa, por qué la abuela llora sobre la mesa todo el día y luego camina triste y callada por la casa.

María Elisa siente el temor subirle a la garganta, tal como si de nuevo fuera una niña. Se atraganta en un intento de improvisar justificaciones falsas para la abuela. No logra decir nada coherente y se muerde la lengua para no decir lo que sucede en realidad. Piensa en el daño que le haría a Emily saber sobre el linaje de mujeres obsesionadas con aquella mesa que le corría por la sangre.

Cientos de mujeres habían custodiado aquella mesa si María Clara decía la verdad. Cientos de mujeres se habían legado entre sí aquella mesa a través de una línea estrictamente matriarcal, porque todos los hombres que acompañaban a esas mujeres tenían como destino inevitable la muerte, que debía ser, por demás, trágica y dolorosa. Era parte de la maldición de aquella mesa, aunque usar esa palabra se considerase herético para cualquiera de ellas. Todas las mujeres sabían que el legado de aquella mesa era una bendición, muy a pesar de las muertes que la rodeaban.

La razón era sencilla. La primera mujer que tuvo en su poder aquella mesa había sido María, la madre de Cristo, pues precisamente había sido Jesucristo quien había tallado el álamo de donde la mesa salió. María Elisa había escuchado esa historia un centenar de veces y todavía no sabía qué pensar sobre ella. Nunca conoció a su padre, pues murió poco antes de que ella naciera y nunca conoció a ninguno de sus tres hermanos, pues todos murieron también muchos años antes de su nacimiento. Cuatro hombres de su pasada familia habían muerto de forma atroz por factores que ella siempre quiso pensar fortuitos, por factores que ella siempre se negó a creer que tenían que ver con ese pedazo viejo de madera. Pero ahora también su esposo estaba muerto y ella llevaba en su vientre a un varón, y la acosaban las ideas de que el embrujo de la mesa fuera real, y no pudiera verlo crecer sano y feliz, o cuando menos enfermo y triste.

En medio de esas reminiscencias, de esas dudas, de esos augurios, María Elisa rompe a llorar, muy suavemente, conteniendo la respiración, abriendo de más los ojos, la sonrisa, para fingir que nada pasa, tratando de ocultar de los ojos de Emily el terror que la congela. Su hija, sin embargo, entiende que no es buena idea preguntar por la abuela o por aquella mesa, y deja a su madre sola, para que llore sin sentir vergüenza. Se va a correr al pasillo que lleva al recibidor, uno de los pocos espacios que todavía no parecen estar a un mal paso de derrumbarse.

El corazón de María Elisa, en cambio, está absolutamente derrumbado. Con los ojos llenos de lágrimas, y sin darse demasiada cuenta, toma una de las sillas de la mesa, se sienta y empieza a orar.

III

Esa noche, María Elisa sueña que es una niña nuevamente y que su padre, del que no guarda ningún recuerdo, aún está vivo. El hombre que debía de ser su padre luce idéntico a Jesucristo y María Elisa lo ve tallando un tronco gruesísimo para hacer una mesa. La niebla cubre toda la casa y un frío inusitado se siente en las paredes, cuyo papel tapiz ha vuelto a mostrar su diseño original.

María Elisa le pregunta a su padre si todas las historias que su mamá le ha contado sobre aquella mesa son ciertas. Su padre se quita la franela, llena de aserrín y sudor, y en su pecho se ven veinte agujeros de bala. Metiendo el dedo en uno de ellos le pregunta si a ella le parece que eso luce como un simple cuento o como algo real. María Elisa no puede evitar llorar. Se lanza al piso boca abajo, para ocultarse en la niebla, y en el fondo escucha a su padre y a su madre discutir. El sonido le llega como un hilo desgastado y tiene que poner todo su empeño en descifrar los susurros.

María Clara le reclama a su padre no tener fe suficiente para la encomienda que le fue puesta. El hombre se queja diciendo que a él le ha tocado la parte más difícil. Seguir viviendo en esa familia, a sabiendas de que le esperaba una muerte dolorosa, era una muestra de su absoluta entrega, pero creía que ya tenían demasiado con dos hijos varones muertos como para intentar concebir otro.

María Clara le recuerda que no pueden parar hasta no tener una mujer. El mensaje es claro. Cada mujer legará la mesa a su primera hija, hasta que alguna de ellas dé a luz al varón donde el alma de Cristo volverá a nacer para la salvación de la humanidad. Mientras no nazca un varón lo suficientemente puro, todos los hombres que rodeen a esa mesa deben morir, dolorosamente, como Cristo. Si no intentan tener un nuevo hijo, si no se aseguran de tener una niña, la cadena se romperá y el mundo estaría condenado.

El padre le grita, desesperado, que no pretende arriesgarse a que ella vuelva a quedar embarazada de un varón y ver cómo muere a los pocos años. Le muestra sus heridas de bala y le pregunta si eso es lo que quiere para sus hijos. María Clara vuelve a recriminarle su falta de fe, y María Elisa no lo soporta más. Se levanta del suelo exigiéndole a ambos que se callen, para encontrarse en el medio de su propia casa, sin ninguno de sus padres presentes. Al fondo, en dirección a la cocina, ve al feto de su futuro hijo, clavado en una cruz, con la cabeza coronada de espinas. María Elisa se despierta atragantada con su propia saliva. Tarda más de un minuto en darse cuenta de que se ha quedado dormida sobre la mesa.

Va a la cocina con el corazón acelerado para buscar algo con qué secar la saliva que ha dejado caer sobre la tabla de la mesa. Piensa en lo que le haría su madre si sabe que la ha ensuciado y empieza a temblar. Su cuerpo sigue hundido a medias en el sopor y de pronto recuerda lo que ha soñado.

Se toca el vientre y encuentra a su bebé todavía allí, descansando tranquilamente. De pronto se siente estúpida. Nada la obliga a limpiar aquella mesa. Ya no es una niña y no tiene por qué seguir las órdenes de su mamá, ni mucho menos creer sus historias. Cuando salió de esa casa, casi diez años atrás, lo hizo con la convicción de borrar todas sus antiguas creencias.

Roberto, su esposo, había aparecido allí una tarde. María Elisa estaba cerca de sus treinta años y ya había perdido toda esperanza de formar una pareja, y se resignaba a morir sin salir de aquel lugar. Roberto era ingeniero, pero los fines de semana caminaba junto a sus hermanos mormones, tocando puerta por puerta, en búsqueda de algún alma con ánimos de escuchar su mensaje. María Elisa estaba tan urgida de creer en cualquier cosa diferente que no opuso la menor resistencia. Tras dos años de una relación, tensa por el control que María Clara todavía ejercía sobre su hija, María Elisa y Roberto se casan y se van a vivir juntos a un estado diferente. Dos años después conciben a Emily, y a poco más de seis años de su nacimiento, conciben al bebé que ahora María Elisa lleva en su vientre. Cuatro meses más tarde Roberto muere calcinado por una fuga de vapor de una caldera que reparaba. María Elisa decide, en ese momento, que no creerá en nada más jamás.

Ahora, de pie frente a los estantes de la cocina, con la mano sobre el vientre, siente un soplo de esperanza y recuerda su convicción. No le importa si su saliva destruye aquella mesa. Tampoco le importa si la hace sobrevivir cuatro siglos más. No necesita destruir algo en lo que no cree. Tampoco necesita protegerlo. Se siente estúpida por la ansiedad que ha mostrado todos esos días. Se siente estúpida por haber orado esa noche después de tanto tiempo sin hacerlo. Se siente estúpida por las pesadillas que le propina su cerebro. Pero sabe que no es más que el efecto de una mala administración emocional, y no va a permitir que eso la continúe dominando.

Sube a su habitación y encuentra a Emily dormida en su cama. Se agacha para cambiarla a la de ella, pero se detiene y prefiere acostarse a su lado. No tarda en quedarse dormida y el resto de la noche la termina sin soñar en nada. Se levanta convencida de que todo estará mejor.

IV

María Elisa había olvidado por completo que tres días atrás tenía una cita programada con su obstetra para el seguimiento de su embarazo. Es la primera mañana que se despierta con un humor sanguíneo y ello le permite olvidarse por un momento del moho, la madera del piso y el grado de deterioro de su madre. En ese estado flotante de tranquilidad recuerda la cita y la llama para disculparse y reprogramar otra. La doctora le dice que ese mismo día puede atenderla si llega a mediados de tarde.

Llegar a su clínica, a la ciudad donde María Elisa ha vivido los últimos años, toma unas tres horas, de modo que acepta. No bien ha colgado la llamada con la doctora, se comunica con una línea de taxis para que vengan por ella al mediodía.

Emily está jugando con una muñeca algo llena de humedad cuando llega su madre para informarle del viaje que tendrán ese día. La niña se niega. No quiere ir y María Elisa no puede entender por qué, pues desde que llegaron a ese sitio Emily no ha hecho más que preguntarle cuándo regresan a casa. María Elisa le recalca que no es algo opcional y Emily vuelve a negarse, ahora con más intensidad, y sube corriendo a su cuarto. María Elisa va detrás de ella y se encuentra con su madre en el pasillo que da a las habitaciones.

María Clara le dice que puede cuidar de su nieta mientras ella va a la clínica. María Elisa se ríe y le recuerda que desde su llegada ni siquiera ha mirado a Emily. Le asegura que no la dejará a su cargo y abre la puerta del cuarto donde ha entrado la niña, pero ahora se ha desconcentrado. Tiene la mente dividida entre la confusión de por qué su hija se niega a viajar con ella y la indignación de que su madre le ofrezca ayuda después de dos semanas sin intercambiar más que las palabras necesarias. Emily ha escuchado la conversación y le pide a su madre quedarse con su abuela.

El resto de confusión de María Elisa se torna también en indignación y siente que su hija la traiciona al pedirle algo como eso. Sin reflexionarlo un solo segundo, toma su cartera, sale del cuarto, baja las escaleras, sale de la casa y camina dos cuadras hasta encontrarse con un taxi, al que le da la dirección de la clínica. Toma camino, más de dos horas antes de lo planificado, a la ciudad de donde no debió salir.

El viaje se hace rápido y María Elisa llega a la hora del almuerzo. Come algo en el cafetín, pero ahora que está en ese lugar no puede dejar de pensar en su casa, que ha estado vacía las últimas semanas. Sabe que todavía cuenta con cuatro horas antes de que sea el momento de su consulta, así que decide ir a casa. Si pasa antes por un supermercado, allí podría cocinar algo más nutritivo que lo que ha encontrado en el cafetín. También podría descansar un poco y regresar a tiempo a la clínica.

Una vez llega a casa, siente el frío acumulado, y aunque no hay rastros de niebla en ninguna parte, se acuesta en el piso para relajarse e inmediatamente se queda dormida. Cuando despierta, llueve a cántaros y todo está oscuro. Mira su reloj y nota que han pasado dos horas desde la medianoche. El primer pensamiento que le cruza por la mente es Emily y teme por lo que le puede haber pasado estando al cuidado de su madre. Se le hace un nudo en el estómago y toma el teléfono para llamar un taxi, que diez minutos más tarde está parado frente a la puerta de su casa. Llega a donde su mamá cuando ya el día está empezando a aclarar.

Tiene la boca seca, el hambre la retuerce y todas esas sensaciones vienen a unirse a un terror de encontrar a su hija muerta por inanición o desangrada por alguna estaca de madera del piso clavada en su abdomen. Cruza el pasillo del recibidor, entra en la cocina por la primera puerta y sale por la segunda para quedar de frente al comedor. Allí encuentra a su hija, dormida sobre la mesa, y a su madre dormida sobre una silla junto a ella. María Elisa empieza a respirar muy agitada y siente un grito atorado en el cuello, que no logra sacar.

Se acerca a María Clara y la bate fuertemente por los hombros sin decir palabra alguna. Su madre se despierta sobresaltada y María Elisa le señala a su hija dormida sobre la mesa, mientras le hace ademanes recriminatorios. No quiere despertar a su hija, pero sabe que si intenta confrontar a su madre terminará gritando en algún momento. En silencio, le da la espalda a su mamá y empieza a cargar a Emily para llevarla a su cama. Cuando por fin logra levantarla por completo, Emily abre los ojos. Se aprieta con fuerza a los hombros de su mamá, dispuesta a dormirse de nuevo, cuando termina de notar que es su madre quien la lleva en brazos, y va volviendo poco a poco a la consciencia. Al despertarse, mira a los lados y sus ojos se tropiezan con los de su abuela y luego con la mesa. Apenas la mira, Emily empieza a llorar desconsoladamente y su pecho se contrae y dilata rápidamente, mientras respira sin control y señala asustada la mesa, como si la viera incendiarse.

María Elisa trata de consolarla al tiempo que la interroga, pero Emily no puede pronunciar nada inteligible ahora que el llanto ha arreciado. María Clara mira a su hija y a su nieta con el ceño fruncido y le confiesa a María Elisa, en pocas palabras, que el llanto de Emily se debe a que, en su ausencia, ella le contó toda la verdad sobre la mesa. Le había dicho que su padre, su abuelos, sus tíos habían muerto por el designio de la mesa, de la misma forma que el hermano que su madre llevaba en el vientre lo haría. No escatimó en detalles y cuando el temor de Emily se manifestó en forma de llanto, María Clara no encontró otra manera de calmarla que enseñándole a orar sobre la mesa. Después de más de una hora de llanto Emily se había quedado dormida acostada sobre ella hasta el momento en que su madre la levantó de allí.

María Clara se afirma a sí misma que ha hecho lo correcto y que lo volvería a hacer de ser necesario. María Elisa siente ganas de obligarla a masticar la mesa, pero en ese momento el llanto de su hija ocupa la mayor parte de su atención. Se lleva a Emily al piso superior y allí trata de calmarla sin demasiado éxito. Lo último que se le ocurre es decirle que aquella mesa no las lastimará, porque ese mismo día la volverían trizas.

María Elisa deja a Emily cambiándose de ropa en su cuarto y baja para encontrarse a su madre orando sobre la mesa. Con la voz baja, pero con ademanes de grito, la insulta y le jura que en ese mismo momento saldrá con Emily a una ferretería para comprar un hacha o cualquier cosa con la que puedan volver pedazos aquella mesa y así acabar con su maldición de una vez por todas. María Clara le ruega que se detenga, que piense bien las cosas, pero María Elisa está decidida. Una vez su hija se ha vestido, sale con ella a la calle. La certeza de que destruirán la mesa juntas la tiene en tensa calma, pero Emily no deja de preguntarle, cada cinco minutos, alguna nueva cosa sobre el maleficio de aquella mesa. María Elisa le jura que una vez la destruyan, su hermano vivirá para siempre y ella no deberá temer nada.

Dos horas más tarde regresan a la casa con un serrucho, una segueta, un hacha, keroseno, encendedores, dispuestas a tomar el asunto en sus manos. Al cruzar la segunda puerta de la cocina encuentran a María Clara muerta sobre la mesa.

V

Es la noche después del funeral y la última que pasarán María Elisa y Emily en ese lugar. Ya tienen sus cajas y maletas recogidas para regresar a su hogar y a la mañana siguiente solo les queda esperar al camión de la mudanza. María Elisa deberá volver un par de veces más a aquel lugar para gestionar todos los trámites sucesorales y vender la casa de su mamá. Una vez cumpla con todos los procedimientos, podrá olvidarse para siempre de ese sitio. Espera tener la voluntad para deshacerse de la mesa antes de que llegue ese último día. Pero no se engaña. Probablemente termine contratando a alguien para destruirla, o la regale a cualquier incauto.

Han sido agotadores los últimos días y Emily los ha sobrellevado con una inusitada madurez. María Elisa la lleva a su habitación y la deja sobre su cama. Cuando ve que se ha dormido, baja al comedor.

Se sienta en una de las sillas y trata de rehacer los eventos de los últimos días. No deja de pensar que su madre ha muerto a voluntad para llenarla de culpa y hacerle más dura su tarea de acabar con el legado de sus delirios. Pero sabe que no es posible detener el cuerpo a voluntad y entonces siente que no aprovechó esos últimos días para propiciar una reconciliación. Ahora ella es mucho más madura emocional e intelectualmente de lo que era antes de irse a vivir con Roberto. Pudo haber usado esos años de aprendizaje para convencer a su madre de abandonar sus ideas, por lo menos antes de morir. Pero no lo intentó siquiera.

Todos los caminos la llevan a la culpabilidad. Se le aguan los ojos, pero María Elisa los enjuga antes de que puedan derramarse. No quiere llorar más pensando en su madre y no quiere continuar con los mismos círculos viciosos ahora que ha muerto.

Entra al lavandero y saca de allí el hacha que compró días atrás. Se dirige con convicción a la mesa, dispuesta a sacarla para siempre de su vida. Ya frente a ella levanta el hacha lo más que puede y la deja caer sobre la tabla en un solo y certero golpe, que suena como un disparo ahogado por la distancia. Le sobreviene una fuerte taquicardia al ver el hacha clavada sobre la mesa y se siente en medio de un sueño. Cientos de recuerdos pasan frente a sus ojos y no puede contenerlos ni entenderlos. Cae arrodillada al piso, llorando y, desde allí, trata de sacar el hacha de la madera.

Se levanta y pasa la mano sobre la herida en la mesa, como si la acariciara. Se acuesta de medio lado sobre la mesa, y con los ojos nublados por las lágrimas empieza a golpearse el vientre con todas sus fuerzas, una y otra vez, una y otra vez. A medio camino de las escaleras, Emily, enfundada en sus piyamas, la mira sin poderse mover.

Victor Mosqueda

Dicen que fue el viento o el mar, pero yo sé que era tu respirar

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género:  Drama Romántico

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Juan Ramón Lorenzana. La ilustración es propiedad de Sonia del Sol. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Dicen que fue el viento o el mar, pero yo sé que era tu respirar.

“¡Ya está, se acabó! Todos los años de esforzado trabajo invertidos en este restaurante se acaban con el día de hoy”. En esto pienso mientras quejumbroso me siento en el pequeño murete que delimita la terraza del restaurante de la arena de la playa de este mar ancestral. Sentado en el murete veo cómo se apaga el último verano. Dorados, rojos y añiles se entrecruzan entre el cielo y el mar, y la brisa fresca de finales de septiembre me traen aromas de ti.

La conocí un verano, muchos años atrás, sentada en este mismo murete, cuando los primeros rayos de un sol naranja despuntaban en una fresca mañana de finales de agosto. Me senté a su lado y le pregunté su nombre, de dónde venía, en qué hotel se hospedaba y si estaba con su familia, sola o quizá con su novio. Le pregunté dos o tres docenas de cosas, pero a la segunda o quizá la tercera interrogación yo ya sabía que estaba perdidamente enamorado de ella y que lo estaría siempre. Ahora lo único que faltaba era que también ella se enamorara de mí.

Funcionó. La llevé hasta la orilla de un mar plateado como el lomo de un gallo pedro, y desde allí le enseñé, orgulloso, el pequeño chiringuito que regentaba. Justo cuando más me estiraba explicándole mis planes para hacer de aquel pequeño negocio el mejor restaurante de toda la costa de Alicante, me besó. No sé por qué le dije, “esta noche no me acostaré contigo”, porque aunque era cierto que lo pensaba, esas cosas no se deben decir a una mujer sin correr el enorme riesgo de que crea que te estás haciendo el chulo, o aún peor, que la estás despreciando. La verdad es que no era una cosa ni la otra, solamente que no quería jugarme todas mis bazas tan pronto sin antes estar seguro de que me amaba. Esa noche nos bañamos desnudos en la playa del Moncayo e hice todo lo que me pidió porque estaba seguro de que decía la verdad cuando, entre besos, me llamó “Amor” y ya no me importó que entre las piernas yo no tuviera las mejores cartas de la baraja. Después hubo muchas otras noches durante los siguientes siete años que se quedó conmigo.

A principios del séptimo verano empezaron a hinchársele los tobillos, pero no le hicimos mucho caso porque era normal después de tantas horas de trabajo sirviendo mesas, así que decidimos dar un paseo todas las noches por esta playa que ha visto nuestros mejores momentos porque dicen que es muy bueno para los pies el masaje de la arena y el salado frescor del mar. Pero eso no funcionó y a los pocos meses tenía inflamadas las piernas desde los tobillos hasta las rodillas. El médico nos dijo que era una flebitis, y que con la medicación que le iba a dar, reposo y pequeños paseos por la playa, estaría bien en unas pocas semanas.

Pasear por la playa y hablar, sobre todo ella, porque a mí me gustaba escucharla y porque ella sabía muchas cosas, sobre todo de Francia, país que nunca pisaron sus bonitos pies pero que desde niña había ejercido sobre ella una fascinación que la llevó a estudiar Filología Francesa. Habíamos planeado ir en cuanto se recuperase un poco, pero eso no ocurrió, igual que habíamos planeado tener un hijo un poco más adelante, cuando el restaurante estuviera un poco más encaminado, pero eso tampoco pasó.

Pasear por la playa, sentarnos en el pequeño murete y escuchar cómo ella me hablaba de Voltaire, Rousseau, Víctor Hugo, y de muchas otras cosas de las que yo no tenía ni la más remota idea y por las que jamás había tenido el más mínimo interés hasta el instante en el que ella las pronunciaba ante mí por primera vez para desaparecer inmediatamente de mi memoria en cuanto se desprendían de sus labios, porque, para qué nos vamos a engañar, no entendía prácticamente nada de lo que decía. De igual modo me podría haber explicado los efectos del electromagnetismo o la teoría de los números complejos, que yo me hubiera quedado igual de hueco. Lo que me tenía enamorado era lo rápido que movía sus tiernos y tibios labios, cómo se reía aparentando vergüenza, cómo me miraba de soslayo y se quedaba con la boca entreabierta después de cada beso.

Ella se quedó conmigo todo el invierno que siguió a aquel primer verano y los seis siguientes, y la única explicación posible era que estaba enamorada de mí. No fui generoso con ella y no la dejé ir a París —que era la mayor de sus ilusiones—. La anclé a mí con sentimientos de amor verdaderos y egoístas y la rodeé de platos sucios y olor a calamares fritos y, sin embargo, nunca me lo echó en cara ni perdió la sonrisa, ni siquiera en los peores momentos, cuando ya apenas podía caminar y nos sentábamos en este mismo murete para que ella me hablara de Verlaine, de su poesía y de sus amores prohibidos con Rimbaud, al que al parecer luego pegaría un tiro, enloquecido por su abandono. Y entonces me recitaba uno de sus poemas, en francés, porque a mí me gustaba oírlos así, sin entender nada pero sintiendo perfectamente todo lo que decía.

Las semanas se hicieron meses y la hinchazón se extendió hasta las caderas. Los dolores se hicieron más intensos y el médico descubrió que la flebitis no era la enfermedad sino la consecuencia de una hepatitis autoinmune que le estaba destruyendo el riñón y que, detectado a tiempo, tenía solución, pero ese tampoco fue el caso.

Ya nos habían dicho, unos días antes, que su estado era muy delicado, el riñón estaba prácticamente desecho por lo que pronto tendría que ser ingresada en el hospital. Pero eso no llegó a ocurrir porque de pronto un día se desmayó elegantemente sobre el sofá, y tras unas breves convulsiones dejó de respirar.

Creo que ahora, cuarenta años después, me acuerdo de cada detalle de aquellos siete años con más nitidez que entonces, cuando todo, lo bueno y lo malo, simplemente sucedía y pasaba sin más trascendencia que la inconsciente felicidad o la turbadora pena. No voy a decir que he pasado todos estos años obsesionado con su recuerdo porque no sería cierto; eso solo me ocurrió los tres primeros años de su ausencia, años en los que creí que me volvería loco o que me mataría, o que me volvería loco y me mataría. Pero el tiempo pasó y no pasó ni una cosa ni la otra, y entonces solo me acordaba de ella por las mañanas nada más despertar, y durante el paseo que va desde la que fue nuestra casa hasta el restaurante por el pequeño paseo litoral, donde no podía evitar que una sonrisa se dibujara en mi cara al recordar cómo la brisa del mar mecía su pelo a pesar de su inútil insistencia en que estuviese quieto tras sus orejas. También, a ratos perdidos, la imaginaba caminando entre las mesas sirviendo platos de chipirones fritos, paellas o jarras de cerveza, aunque los momentos en los que más intensamente sentía su presencia era al anochecer cuando, ya cerrado el restaurante, me sentaba en el pequeño murete y podía oír su suave voz susurrándome poemas de amor. Puede que solo lo imaginara y que al final sí que me volviera loco de verdad, pero como no era peligroso ni me incapacitaba para trabajar, no fue necesario que me encerraran en una institución mental.

Tengo sesenta y cinco años y ayer vendí el restaurante a una franquicia de comida italiana. El nuevo dueño me ha prometido que respetará, en la reforma del local, el pequeño murete que linda con la playa. Espero que cumpla su promesa, pero ya se sabe que las palabras se las lleva el viento…

  Tengo la certeza de que ella y yo existiremos mientras permanezca el pequeño murete. Si lo tiran solo existiré yo, aunque por poco tiempo.

Ilustración de Sonia del Sol

Juan Ramón Lorenzana

¡Oh, querida!

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Drama

Rating: Todos los públicos.

Este relato es propiedad de Paloma Muñoz. La ilustración es propiedad de Marta Herguedas. Quedan reservados todos los derechos de autor.

¡Oh, querida!.

Estaba tan desesperado que ya no sabía qué hacer, ni a donde mirar y mucho menos a donde ir. Todo me parecía monocromático.

No existía  nada que infundiera luz a mi alma. Todo lo veía gris acerado. No tenía ilusión ni ganas de levantarme por la mañana para seguir con mi vida.

¿Qué iba a hacer ahora que ella me había dejado?

¿Cómo iba a afrontar la vida sin tenerla a mi lado?

Ha sido todo para mí. Nunca encontraré otra mujer que me haga sentir lo que me hizo sentir. Es imposible. ¡Nunca, nunca!

Querida, voy a escribirte mi última carta de amor. Es posible que sientas algo de compasión y vengas a buscarla. Yo no puedo enviártela porque no sé la dirección.

Puede que con un poco de suerte, alguien que nos conozca, se ponga en contacto contigo y esta carta llegue a tus manos, algún día.

─” ¡Oh querida! Debes creerme si te digo que nunca quise a nadie como te quiero a ti. Que nunca necesité mirar a otra mujer como te miro a ti. Que nunca deseé a una mujer como te deseo a ti.

Ya ves, hablo en primera persona como si estuvieras frente a mí y, tal vez, por la remota esperanza de que en algún momento aparezcas y me digas que todo fue un error y que vuelves a mi lado.

Cuando veo en la calle parejas que se toman de las manos, se abrazan y besan,  se acercan y sonríen mirándose con la luz del amor más radiante en los ojos, me siento morir.

Cuando alguien llama a su pareja y, la voz le tiembla al pronunciar su nombre, mis ojos se inundan de lágrimas.

Ilustración de Marta Herguedas

Son tantos momentos y tantos detalles que casi he perdido la cuenta de todos y cada uno de los instantes que estuvimos pendientes el uno del otro, hasta del más simple de los detalles.

Todo lo que vivimos juntos no puede esfumarse. No puede desaparecer así como así. No puedes abandonarme de esa manera,  diciéndome:−` Me voy. Lo nuestro se ha acabado´.−

Eso no puedes hacerlo y sin embargo lo has hecho. No podía creerlo.  Era imposible que te marcharas. Estaba seguro de que eras feliz a mi lado, pero está claro que algo falló entre nosotros.

Ahora no puedo pensar. ¡No quiero pensar! Sólo quiero que vuelvas, querida. Empezar otra vez. ¿Por qué no? Darnos otra oportunidad.

Pronto será San Valentín y aunque no me gusta estar pendiente de este tipo de celebraciones, podríamos aprovechar para vernos. ¿Qué te parece?”

No, no, no. ¡Estoy soñando, delirando! Ella no va a volver.

 Nunca llamará a mi puerta. Se ha ido y no tengo el valor de ir a buscarla. ¿Qué me ocurre? ¿Por qué no puedo hacerlo? ¿Por qué los pies no me obedecen quedándose adheridos al suelo? ¿Qué me ocurre?

-“¡Oh, querida! No dejes que me hunda en la desesperación. No dejes que el dolor que siento atosigue mi alma. Querida, no puedes ser tan cruel.

 En algún rincón de tu corazón debe de encontrarse algo de piedad. Por favor, búscalo en tu interior. Ahí está. No lo has perdido. Todavía lo conservas. Estoy seguro.

Recuerdo una canción. Una canción que nos encantaba. ¿Sabes a qué canción me refiero?

Sí. “Oh, Darling!” de Los Beatles.

 Paul McCartney desgarraba la voz para implorar a su amada que no lo abandonase.

¡OH QUERIDA! POR FAVOR, CRÉEME
NUNCA TE HARÉ DAÑO
CRÉEME CUANDO TE DIGO
QUE NUNCA TE HARÉ DAÑO
¡OH QUERIDA! SI ME DEJAS
NUNCA LO CONSEGUIRÉ SOLO
CRÉEME CUANDO TE RUEGO
QUE NUNCA ME DEJES SOLO
CUANDO ME DIJISTE QUE YA NO ME NECESITABAS
 CASI ME DERRUMBO Y ME ECHO A LLORAR
CUANDO ME DIJISTE QUE YA NO ME NECESITABAS
 CASI ME DERRUMBO Y ME MUERO.

Esa súplica te la hago ahora, querida.

¡No me dejes! Si no vuelves, todo habrá acabado. Te habrás llevado lo mejor de mí.

Me abandonarás en un mundo de tinieblas.

Me condenarás a estar eternamente solo.

Me conducirás a una pesadilla de la que no podré despertar.

Me arrastrarás a una vida oscura, en la que ni siquiera el más potente rayo de luz puede iluminar un momento de mis días.

Me llevarás a un desesperado y frustrante  desconsuelo que poco a poco marchitará mi corazón.

Por todo ello, te suplico que leas esta carta y que vuelvas a mí.

¡No me dejes!

 ¡Por favor, regresa! ¡Oh, querida!”-

Paloma Muñoz

Madrid, 14 de febrero 2013