20ª Convocatoria: El Fantasma de los Libros

El Fantasma de los Libros

 

Ilustración de Rosa García

Recuerdo el primer momento en que supe cual quería que fuese mi futuro. Tenía apenas ocho años y de la mano de mi madre entrábamos en aquel edificio, subiendo unas enormes escaleras que me llevarían a otro mundo.
Para cualquier persona, no era más que una biblioteca, pero para mí era algo especial. Un lugar lleno de aventuras…
-Mamá, de mayor quiero vivir aquí- le dije de forma inocente.
Desde aquella vez, no hubo un solo día que no le hiciera una visita por el mero hecho de sentirme rodeado por todas aquellas historias.
Una noche, de regreso a casa con mis padres, pasamos frente a la biblioteca. A esas horas parecía incluso más especial. Fue cuando, en una de las ventanas, pude ver una extraña silueta que parecía mirarme fijamente a los ojos. Por más que mis padres dijeran que era imposible yo no les creí, estaba seguro de lo que había visto, alguien que para mí siempre sería “el fantasma de los libros”.
Tengo ya 40 años y como podréis imaginar, trabajo en una biblioteca. Puede que no sea un gran trabajo, pero me permite hacer lo que me gusta, estar rodeado de libros. Además, tengo la suerte de poder ir por las noches, cuando aprovecho para hacer lo que es mi gran pasión: escribir.
Recuerdo que las primeras noches recorrí la biblioteca buscando aquella silueta que vi de pequeño. Qué dirían mis padres si, a mi edad, me vieran buscando fantasmas.
Y, cuando yo mismo recordaba aquel día de mi infancia como algo salido de la imaginación de un niño, fue cuando lo vi.
Caminaba en silencio, con una linterna como único punto de luz y de pronto al girarme… ahí estaba. A varios metros de mí, reflejado en la ventana, medio desfigurado por una luna llena que intentaba colarse en el edificio. Me asusté, di un paso atrás y me di cuenta que él también lo hacía. Moví la linterna de un lado a otro y empecé a sonreír al ver que lo que tenía delante no era más que mi propio reflejo en los cristales que por tanto parecía copiar todos mis movimientos. Entendí entonces que, al igual que yo, alguien en el pasado se había acercado a aquella ventana con la linterna en la mano, quizá buscando también su fantasma.
Supongo que ya desde niños todos tenemos nuestro fantasma de los libros. De nosotros depende que se esconda o salga a la luz. El mío, me sigue fiel en mis paseos por la biblioteca.

Jesús Cernuda

E01-El fantasma de los libros

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Relato misterio

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de María Cristina Salvans. La ilustración es propiedad de Daniel Camargo. Quedan reservados todos los derechos de autor.

E01-El fantasma de los libros.

Su inmensa biblioteca era considerada como una de las más completas del país y, siendo justos una de las más maravillosas del mundo. Para Louis, lo que realmente representaba era la puerta de entrada a muchos más mundos, todos ellos distintos y misterioso, únicos y hermosos.

No era un coleccionista de primeras ediciones, o de antiguos y polvorientos libros, ni siquiera coleccionaba un género en concreto. Él no hacía distinciones, todos y cada uno de los libros que abarrotaban las estanterías de su biblioteca tenían un punto en común: Había entrado en esos mundos formados por letras, los había leído.

Durante los más de 80 años con los que contaba, había guardado todos los libros que alguna vez había leído. En la biblioteca un curioso visitante podía encontrar desde un libro de ilustraciones infantil con no más de diez páginas, a otro bélico o erótico de más de mil.

Su vista ya no era lo que había sido, y pese a contar con esa enorme colección de toda una vida, había una temática a la que no se había acercado demasiado. El terror. Pues en su vida ya había visto suficientes horrores.

Sin embargo, sus nietos adoraban la temática y le insistían en que incluyera algo tenebroso en los estantes de su santuario.

Y la respuesta de Louis siempre era la misma: No.

Como él siempre les recordaba, su colección tenía una particularidad y solo una: había leído todos los libros. Si incluía algo que no había leído, el trabajo de toda una vida se iría a pique, y eso era algo que no podía permitir.

Por eso, un día, decidió rebuscar entre los estantes y comprobar si sus nietos habían escondido obras prohibidas entre sus tesoros. Y así fue.

Montó en cólera el día que lo descubrió, y les mandó todos esos libros profanos en un arcón, junto con la prohibición de volver a acercarse a su biblioteca nunca jamás.

Desde aquel día la vida pareció dejar de sonreírle.

Le costaba mucho conciliar el sueño y cuando conseguía dormirse, caía en un pozo de negrura y desesperación. Se encontraba inmerso en una persecución, huyendo de los fantasmas de todos esos libros que aún le quedaban por leer; se le aparecían aquellos de los que aún no conocía la historia y le apremiaban para que aprovechara el tiempo que le quedaba y lo invirtiera en adentrarse en su mundo.

Cuándo se despertaba, sintiendo como de golpe su cuerpo aterrizaba contra el colchón de la cama, oía las voces de todos aquellos autores terroríficos que le llamaban, estuvieran aún vivos o no, con una horrible voz de ultratumba, y le recriminaban por no haber leído sus novelas y cuentos.

Las noches eran muy largas y los días demasiado cortos.

Aprovechaba las horas de sol para pasear por su biblioteca y perderse entre el aroma a polvo e imprenta que impregnaba el aire. Le gustaba tocar con la punta de los dedos aquella sucesión de joyas que había guardado durante toda su vida y redescubrir los mundos que cada uno de ellos encerraba.

En uno de esos días en que sus blancos y largos dedos recorrían la estancia, oyó unas voces que procedían de detrás de las paredes y descubrió lo que parecía ser una oxidada bisagra de una puerta olvidada. Quedaba completamente camuflada en la pared con relieve y, aunque siempre había sabido que estaba allí, ya lo había olvidado.

Buscó en el cajón del antiguo canterano las llaves de todas esas misteriosas puertas que inundaban su casa; no tardó en dar con ella, la pequeña y oxidada era sin duda la de la habitación olvidada. Sin dilación, abrió aquella puerta que le conduciría a un nuevo mundo, o al menos, esa era la invitación de las extrañas voces.

Sus ojos tardaron en acostumbrarse a la poca luz de la estancia pero cuando lo hicieron pudo ver un arcón. Era el viejo baúl que contenía los libros de terror que no había leído nunca y que alguno de sus nietos se había empecinado en mantener en su biblioteca.

Ilustración de Daniel Camargo

Lo abrió con enfado, y dentro descubrió una breve nota “Todos estos libros merecen ser leídos y deben estar guardados en la biblioteca del abuelo”.

Nunca antes le habían interesado los libros sobre fantasmas y, de hecho, poco había leído desde que enviudó hacía dos años. Aun así, el hecho de haber descubierto aquel pequeño tesoro guardado bajo llave, en un baúl en su biblioteca, había hecho que se despertara en él una curiosidad morbosa y, si alguno de sus nietos creía que esos libros podían ser importantes para su biblioteca ¿por qué no leerlos?

No podía cargar con el arcón, y no quería incorporar los libros a su biblioteca sin haberlos leído antes, así que decidió instalar una pequeña zona de lectura, consistente en una silla mecedora y una lámpara de pie, en aquella oscura habitación.

Leía despacio, pero seguro y sus ojos repasaban interminables frases que se convertían en párrafos y capítulos, de modo que saltaba de libro en libro, de mundo en mundo, como tantas veces lo había hecho antes.

En esos cuentos y novelas de fantasmas, a menudo las historias no eran lo que parecían ser en un principio y eso le inquietaba y fascinaba a partes iguales.

Si cerraba los ojos y se concentraba lo suficiente, oía la llamada de Susan Hill, que se llevaba a tantos niños ataviada como la dama de negro; también podía revivir momentos de su vida gracias a unos fantasmas que le guiaban por distintas Navidades; navegaba por los mares a bordo de un barco maldito; enseñaba canto a una joven doncella a quien amaba, pese a que ella nunca le correspondería al esconder su rostro y su alma tras una máscara; incluso podía ser un jinete sin cabeza en un pueblo llamado Sleepy Hollow; u escuchar el graznido de un fantasmagórico cuervo que revoloteaba sobre su cabeza gritando “Nunca Más”.

Y precisamente ese cuento, “El Cuervo” de Edgar Allan Poe, fue el último que leyó, el último en caer en sus manos, el único que quedaba en el arcón.

Louis falleció con una sonrisa en el rostro, pues lo horroroso del relato de tan célebre autor no resultó negativo para él, al contrario. Entre las líneas de esa bella prosa poética, descubrió que su amada le estaba esperando, y que ese había sido el auténtico motivo de que los libros de fantasmas aparecieran en su  biblioteca.

Efectivamente, no habían sido los nietos los que habían introducido las novelas en su colección, sino su propia esposa, que antes de morir, había querido que su marido se sumergiera en esos mundos que tanto la habían fascinado a ella y en los que él aún no se había adentrado.

Cuando Louis murió, sus nietos colocaron todos los libros en la biblioteca, pues ya cumplían con el requisito para formar parte de la colección, y él fue enterrado junto a la abuela, Leonor, ambos mirando hacia la biblioteca, aquella puerta a tantos mundos secretos, misteriosos y extraordinarios, que aguardan a ser descubiertos por nuestros ojos y nuestras almas.

María Cristina Salvans

E02-El fantasma de los libros

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Negro

Rating: +16

Este relato es propiedad de Juan Ramón Lorenzana. La ilustración es propiedad de Marta Herguedas. Quedan reservados todos los derechos de autor.

E02-El fantasma de los libros.

Me gusta pasearme entre los estantes de las pequeñas librerías y deslizar los dedos por las letras impresas en sus lomos. Me gusta perder mis pasos por las amplias y silenciosas estancias de las bibliotecas y sacar de su reposo volúmenes que cuentan historias de viajes, de amores y de aventuras en lugares lejanos. Me gustan, sobremanera, las ferias de libros, con esa multitud de pequeñas casetas donde se amontonan manuales de jardinería, clásicos de la literatura universal en formato de bolsillo y cuentos para niños, con algún que otro escritor que firma ejemplares de su última creación. Me gustan también las luminosas librerías de los centros comerciales, y hasta la pequeña y raquítica biblioteca del CPPA.

Yo tenía un novio al que también le gustaba mucho leer y que decía que algún día sería escritor. A mí no me escribía poemas o cartas de amor, como se supone que hace un poeta a su enamorada, pero era porque reservaba toda su energía creativa para su verdadera obsesión, que no era otra cosa que terminar la novela que se traía entre manos desde hacía años y que, decía, le llevaría a codearse de igual a igual con otros genios de la literatura de apellidos tan ilustres como Llosa, Márquez, Pamuk o Auster. Yo estaba convencida de su éxito y lo esperaba con tanta ilusión como él.

Después de cinco largos años me empezaron a dejar salir: primero un día a la semana, más adelante, cuando vieron que me hacía mucho bien y que no era una amenaza para nadie, de lunes a viernes, pero debía volver sin falta antes de las diez de la noche. La primera mañana me bajé del autobús en la Plaza de los Luceros y, casi sin querer, mis pies me llevaron a la Librería 80 Mundos. Todo estaba igual que cinco años antes, el tiempo no había pasado en aquel lugar, pero sí lo había hecho por mí; mejor así, si no, seguro que el propietario me hubiera reconocido y no habría dudado un instante en llamar a la policía. No fue así, e incluso estuvo especialmente amable conmigo, tanto que dejó sobre el mostrador el ejemplar que estaba leyendo de “Orgullo, prejuicio y zombis” para atenderme. Pedí disculpas en voz baja a Jane Austen cuando salí con… no recuerdo su nombre —digamos que se llamaba Juan— para tomar un café tras cerrar la librería, y en compensación le prometí que no pasaría por alto tal vejación. Y ya no tienen nada más que suponer porque ocurrió lo que tiene que pasar a un hombre que no respeta a una mujer que escribe y a otra que sabe leer.

Mi novio, al que yo quería tanto, me había prometido que cuando terminara el libro al que tanto tiempo y esfuerzo estaba dedicando, yo sería la primera en leerlo, no solo porque yo era su novia y me amaba, sino porque respetaba mucho mi opinión sobre todas las cosas y máxime si se trataba de literatura.

Cada día que salía del CPPA necesitaba, como una drogadicta con el síndrome de abstinencia, rodearme de libros. Y entonces visitaba librerías como Logos, la de María de Puy, San Jorge o Maeva, y allí saciaba mi necesidad de tocar y pasar páginas llenas de historias. Otras veces prefería ir a la biblioteca, la de Benalua, el Cabo o la Diagonal. Pero tengo que reconocer que, para entonces, ya no me interesa tanto leer como saber qué era lo que leían las demás personas que entre los estantes abrían un libro y hojeaban las primeras frases o las últimas, que de todo hay, o las que se sentaban en los silenciosos cubículos de la biblioteca para leer ensimismados sin ser molestados. Tanto a unos como a otros me acercaba con disimulo y, casi siempre con éxito, lograba vislumbrar lo que leían.

En el FNAC hay de todo y, tengo que reconocer, que yo iba, como vulgarmente se suele decir, “con la mosca detrás de la oreja”. Llevaba tres días sorprendentemente perfectos: hombres, mujeres y niños que leían, jugaban e incluso compraban libros que se llamaban Las mil y una noches, Decamerón, El idiota, El tambor de hojalata, Moby Dick o Lolita. Todo me parecía demasiado perfecto para ser cierto y llegué a la conclusión de que no era posible de que en el país en el que vivo hubiera tantos lectores aplicados y justos. Pensé entonces que el error debía de estar en mi mirada, que sin yo darme cuenta solo tenía ojos para los libros bellos que tanto me gustaban y, por ende, en las personas que los llevaban en las manos. Hice un esfuerzo aquella mañana y me propuse, al atravesar la puerta automática del local, observar con atención sin dejarme llevar por mi necesidad. No tardó mucho en ocurrir —como suponía—, pero no me esperaba que fuera tan terrible ni tan rápido mi reencuentro con la realidad. Debería haberme preparado mejor para lo que se me avecinaba. Había señales que me decían que podía ocurrir algo horrible: un expositor de más de metro y medio de alto y repleto de libros me recibió en cuanto entré en el local. En la cúspide, la jeta —porque no puede ser cara— de uno que se hace llamar escritor y le pagan por ello. No quise mirarlo; me dolía demasiado, —él me obligó a romper un libro por primera vez en mi vida—.

Quise matarlo allí mismo. Ni siquiera intentó mirar entre los centenares de libros de las atestadas estanterías. Según entró, fue directamente al stand, cogió uno de aquellos panfletos y se fue a la caja a pagar. Muy cerca de allí brillaba unas letras doradas sobre fondo azul y me imaginé a mí misma como Ulises, abriéndole la cabeza al insensato con la obra maestra de Joyce. Pero no estoy loca, si lo hubiera hecho así no me hubieran dejado salir nunca más. Le seguí por la Avenida de la Estación y al detenerse para cruzar la Calle del General Lacy, recibí una señal en forma de un camión con matrícula de Zaragoza. Pensé: un camión de gran tonelaje que viene desde la ciudad donde nació el tipo que escribió esa basura que ahora lleva en una bolsa este desgraciado, y una cosa llevó a la otra y me pareció coherente y justo devolver de un empellón el libro y su inconsciente lector a la ciudad maña. Casi todo salió bien, por lo menos lo fundamental. Permítaseme la gracia de decir que fui muy “mañosa”, y solo con un leve y discreto empujón fue suficiente para que, pongámosle un nombre y digamos que se llamaba Juan,  saliera lanzado por los aires hasta que tocó de nuevo el suelo una decena de metros más allá. Había mucha gente en ese momento esperando para cruzar la calle, y la aglomeración previa y el posterior tumulto que se formó alrededor del inerte y ensangrentado cuerpo de Juan me permitieron pasar totalmente desapercibida. Y solamente digo que casi todo salió bien porque, si bien Juan ya no volvería a comprar basura, hubiera estado bien que el camión fuera cargado hasta los topes de excrementos y que con él se hubiese llevado a Juan y su recién estrenado librillo. Pero Juan se quedó esparcido por unas decenas de metros cuadrados del asfalto de Alicante y, para mí sorpresa, el maldito librito apareció, amenazante, a mis pies. No tuve piedad; no tuve más que darle un puntapié para que se colara en su lugar natural: el alcantarillado de la ciudad.

Yo tenía un novio al que quería mucho, no se puede explicar de otra manera ni sería posible entender el porqué pasaba los días y las noches con el perenne deseo de tocarlo, besarlo y, sobre todo, oírlo. Mi novio hablaba muy bien. Conocía a la perfección las palabras que a mí me gustaba escuchar y además las decía en el orden ideal para que yo me rindiera a todos sus deseos. Ya ganada para él, tengo que reconocer que en la cama era un poco desastre, pero no me importaba porque era muy tierno verlo palidecer e incluso llegar al desmayo cuando, tras breves minutos de torpes enviones, se deshacía en mí. Yo le quería mucho, aunque a estas alturas de mi historia seguramente nadie se lo crea.

A Juan —supongamos que se llamaba Juan— lo conocí en la Librería El Gato Blanco y me fijé en él porque era un chico muy guapo, o al menos de los guapos que a mí me gustan: delgado, alto, con una encantadoras gafitas rectangulares de color malva y una media melena recogida con una simple goma del mismo color que sus gafas. Llevaba puestos unos pantalones cortos vaqueros y una camisa blanca de manga corta que permitía ver, ligeramente, un pecho de hombre joven al que no le gustaba tomar el sol y que, ¡gracias a Dios!, no se depilaba. Una tiene sus necesidades, y aunque el sexo no es para mí una prioridad —como lo demuestra el hecho de haber tenido ese novio al que quería tanto— lo cierto es que me pareció oportuno y necesario relajar mi estricto estilo de vida y darme una satisfacción con aquel Juan que me recordó el mucho tiempo que llevaba sin sexo.

Pero casi nada es lo que parece y aunque sí hubo sexo, y del bueno, de ese que hace a una desear que jamás se canse el jinete y al que sin querer le dices que sí a todo aunque no te pregunte nada porque sabe que esa noche puede hacer lo que quiera contigo y… Pero no fue todo perfecto, simplemente por un error mío que me dejó descolocada y, aunque a lo largo de la noche que pasamos verificando la fortaleza de la cama se me fue en más de una ocasión la razón, recurrentemente volvía a mi cabeza el recuerdo de lo que tenía que hacer en cuanto el postrero sopor le llegara después de tantos besos, de tanto lamernos y de tanto derramar deseo. Juan debía morir; no le podía conceder el perdón por muy bien que follara y por muy cariñoso y gentil que se mostrara. Era imperdonable que el libro que llevara bajo el brazo cuando salimos de la librería llevara por título “¡Chúpate esa!”.

Me ofendía sobremanera que un chico tan majo, con esos pantalones que marcaban sin apretar y con esas gafas tras las que se escondían unos deliciosos y melancólicos ojos verdes, se hubiera dejado llevar por esa estúpida moda de las historias de vampiros y, en vez de leerse las cuatro o cinco buenas novelas del género, se dedicara a leer esa estupidez de Cristopher Moore.

Así que, aunque disfruté como nunca de aquel muchacho, no fue todo lo ideal que podría haber sido simplemente porque, lejos de lo que pueda parecer, no soy una psicópata y no mato por unos incontrolables deseos homicidas. Tengo razones para hacer lo que hago y sufro por tener que hacer lo hago; pero, si yo no lo hago, quién lo haría por mí. ¿Tú? Sí, tú. ¿Serías capaz de sustituirme en esta fundamental misión?

Comenzaba a llenarse el cielo de rojos y naranjas cuando Juan se quedó dormido. Estaba precioso, todo lo largo que era, con su bonito culito bañado por la tenue luz de la recién estrenada luna. Pero no quise mirarlo más y me fui directamente a la cocina a por el cuchillo que acabaría con su joven vida.

En el fregadero los platos sucios de al menos una semana. La nevera llena de luz y tan solo un envase de mortadela con aceitunas hacía compañía a una solitaria botella de vino. En un cajón, un cuchillo digno de una película de miedo. Sobre la mesa quince o veinte libros y uno montón de hojas desparramadas en un orden entendible solo para él, pero que llamó mi atención y al que dediqué no menos de una hora para conseguir sacar una conclusión.

Creo que fue el momento más feliz de mi vida, y se lo demostré a Juan llevando a la cama la mortadela y el vino y haciéndole cosas que dudo mucho que nadie antes le hubiera hecho, y dejándole hacerme cosas que seguro que nadie me había hecho y nunca nadie más que él me haría.

Juan era estudiante de antropología y estaba haciendo una tesis sobre el mito del vampirismo en diferentes culturas a lo largo de la historia. Para documentarse tenía sobre su mesa títulos como Drácula, Crónicas vampíricas, El manual del iniciado, Conceptos racionales y cristianos sobre vampiros o chupasangres, El mundo de los fantasmas, El vampiro en Europa o La novia de Corinto. No creo que haga falta decirlo, pero por si acaso hay alguien con pocas entendederas leyendo esta historia, le diré que, a día de hoy, este Juan sigue vivo.

Yo tenía un novio al que quería mucho y que un día me dio, como el que entrega su más preciado tesoro, el manuscrito de su primera novela. También yo, emocionada y exultante, recogí entre mis manos su presente sabiendo que era muy afortunada por ser la primera en leer una de las más bellas historias de la literatura. Juan, —que en verdad así se llamaba mi novio—, tan solo me dijo que le llamara en cuanto terminara de leerlo y, se fue dándome un tierno beso en los labios.

Eran las nueve de la noche cuando Juan se fue de mi casa y a las doce y media ya había terminado de leerlo; pero no le llamé. Me tomé un café. Me temblaban las manos. Me fumé seis o siete cigarrillos encendiendo el uno con el anterior y volví a leer la novela. Eran las cuatro de la madrugada cuando terminé de leer por segunda vez la novela y fueron las siete cuando la terminé de leer por tercera vez. Después de ducharme llamé a Juan.

Me dio tiempo a tomarme dos cafés y acabar el paquete de tabaco que había empezado la noche anterior antes de que Juan llamara al timbre. No me levanté de la silla de la cocina porque Juan tenía llave de mi casa y porque él tenía la rara costumbre de llamar antes de entrar —según me había explicado una vez, porque no soportaría entrar un día y encontrarme fornicando. Prefería llamar para dar tiempo a que mi posible amante se pusiera los pantalones—. El resto de la historia, o al menos la más sangrienta y morbosa, ya la conoce todo el mundo porque los medios de comunicación se hicieron eco de la noticia en el momento en el que sucedió, y además volvieron a contarla otra vez, con pelos y señales, un año después con motivo del juicio en el que se me condenó a quince años de reclusión en el Centro Psiquiátrico Penitenciario de Alicante, más conocido por sus siglas CPPA. Lo único que puedo añadir para completar esta historia es lo que no dijeron los medios de comunicación ni la sentencia del tribunal que me juzgó, que no es otra cosa que el porqué de las veinticinco cuchilladas con las que maté a Juan. Y no lo dijeron porque yo nunca se lo conté a nadie… hasta ahora.

Yo quería mucho a mi novio, y él me correspondió con engañó todos los años que estuvimos juntos. Juan había escrito un verdadero bodrio, un montón de palabras que imitaban con torpeza palabras escritas por otros mucho antes. Era pretencioso a ratos, para luego hundirse en un insufrible continuo de te quieros y besos sin sentido, para más tarde “ponerse estupendo” haciendo presuntas referencias cultas a ilustres escritores como Sam Savage o Stendhal. De este último incluso utilizó su nombre verdadero, Henri Beyle, para nominar a dos insulsos, absurdos y mediocres personajes de su libro. La historia no la voy a contar porque entonces yo también debería darme muerte y porque no creo que nadie más deba padecer lo que yo sufrí aquella noche leyendo, por tres veces, la patética novelita escrita por mi difunto novio.

Tan solo para prevenir al despistado lector que pudiera tropezarse con el libro de Juan —el muy sinvergüenza también me había mentido en eso y había mandado el manuscrito a una editorial que, con ocasión del juicio y aprovechando el tirón mediático de mi historia, había decidido publicarla— en alguna perdida librería y tuviera la peregrina intención de comprárselo, que el título del engendro es: “Amores mecidos por el viento. Amores perdidos. Amores eternos”. Pero si a pesar de todas mis advertencias aún insistiera en adquirirlo, recomendarles que miren antes a su alrededor porque puede que esa chica tan mona vestida de azul a la que usted todavía no ha prestado atención decida meterle el libro de Juan por semejante parte, ya sea antes o después de matarlo.

FIN

Juan Ramón Lorenzana Fernández

Ilustración de Marta Herguedas

E03-El fantasma de los libros

Autor@: Inmaculada Ostos Sobrino

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Terror

Rating: +18

Este relato es propiedad de Inmaculada Ostos Sobrino. La ilustración es propiedad de Jordi Ponce. Quedan reservados todos los derechos de autor.

E03-El fantasma de los libros.

El hombre se había pasado la mayor parte de la noche enterrado en libros. Su cabeza colgaba de medio lado sobre una pila interminable. Las letras parecían revolotear sobre su cabeza como si de un enjambre de mariposas se tratase, en una especie de intento de formar palabras o escritos en el aire. Incluso el último libro que tenía en posición vertical parecía susurrarle algo, pero él, no era capaz de encontrar la solución  a pesar de todo lo que se había esforzado. Y allí, rendido, entre aquel duermevela, de pronto las palabras se hicieron más fuertes y creyó, por una milésima de segundo, que la solución había llegado de nuevo hasta su agotada conciencia como tantas otras veces. Pero no, lo único que vislumbró a través de sus vidriosos ojos fue una gran boca que se formaba en la página que tenia abierta, y le decía: Por favor, un poco de orden. ¿Por favor un poco de orden? Eso no era lo que él esperaba oír y, entonces todo cuadró y se dio cuenta de dónde estaba. Despertó por completo en la biblioteca más antigua y más grande de aquella ciudad.

Ilustración de Jordi Ponce

–Hay espacio suficiente para todos. Por favor, no empujen, todos tienen su sitio reservado –dijo la voz de nuevo, y Pablo la ubicó unas cuantas estanterías más atrás, probablemente en la sala  principal. Se dispuso a cerrar el libro que tantas ilusiones o pesadillas había creado esa noche en su mente y, cuando lo hizo, la misma cara que había visto en su duermevela seguía observándolo, pronunciando unas palabras que no lograba escuchar. El ser, o lo que fuera, parecía cada vez más angustiado, pues era consciente de que no se podía comunicar.

–Pablo, ¿aún estás aquí? –dijo una voz a su espalda sobresaltándolo. Y entonces oyó un susurro mientras la cara se esfumaba en la nada: “sálvala

–Venga, espabila que dentro de una horita vamos a cerrar.

–¿Dentro de una hora? ¿Ya son las dos?

–No, hombre. Son las diez, pero hoy tenemos una firma de libros. Mira, ¡igual te interesa! Es una escritora nueva y creo que sus historias son igual de raras que los libros que lees.

Pablo miró al bibliotecario divertido, el cuál le estaba guiñando un ojo mientras le dedicaba una gran sonrisa. Era un hombre mayor, y el mejor amigo que Pablo tenía, el único que no le juzgaba y estaba siempre dispuesto a ayudarle con sus raras peticiones. Además, estaba seguro de que nadie más en el mundo sería tan eficiente como él, pues era capaz de encontrar en la sección de esoterismo cualquier cosa que se le preguntará, aunque fuese lo más raro que pudieses pensar. Así que, como estaba despierto y le picó la curiosidad, se acercó hasta la sala principal a escuchar.

Mientras se iban acercando Manuel le ponía al día. La escritora era una muchacha joven que había sido víctima de un accidente en el que había muerto toda su familia, sólo sobrevivió ella- Después de aquello cayó en un estado de depresión en el que se puso a escribir, alguien la descubrió por casualidad en un concurso literario al que la apuntaron las enfermeras del centro dónde estaba recluida y, desde entonces, el éxito llamó a su puerta y un año después seguía manteniéndolo. A pesar de que la muchacha era muy buena escribiendo historias de terror, (le dijo esto último recalcándolo y con mirada cómplice a Pablo), lo que más llamaba la atención en ella, era su extraña y excéntrica personalidad. Habitualmente vestía con ropa de hombre holgada y demasiado grande para ella y nunca se miraba a un espejo, de hecho, pedía que las salas de las firmas estuviesen desprovistas de los mismos. Y, si podía, siempre intentaba visitar las bibliotecas más emblemáticas del mundo y se encerraba durante un día entero en las mismas en busca de un libro que nunca encontraba.

–Tal vez sea un reto que tú puedas superar –le dijo esta vez Pablo a Manuel con una sonrisa cómplice, mientras ambos llegaban por fin al lugar del gran acontecimiento.

La sala principal estaba abarrotada, los periodistas y los fotógrafos hablaban entre ellos entusiasmados, eran los primeros afortunados que tendrían la posibilidad de preguntar sobre el último libro de la escritora, “no existe el paraíso”, que tanto desconcierto e inquietud había causado, pues era una novela de corte pesimista que hablaba de una manera frívola sobre la inexistencia de ese paraíso prometido que tantas religiones proclamaban y, dónde de una manera cruel y desoladora, nos contaba las vivencias de alguien que estuvo allí y jamás lo encontró. Alguien que sólo sufría por todo aquello que había perdido y jamás podría recuperar, alguien que vagaba sin rumbo fijo en un “no mundo” lleno de peligros y las más terroríficas situaciones. Además no sólo era buena escritora, sino también su propia ilustradora. Las imágenes tenían una fuerza visual que captaba tu atención desde el primer momento en el que posabas la vista en ellas.

La ronda de preguntas comenzó. Un muchacho muy joven de cara agradable fue el primero en levantar la mano.

–¿Cuándo fue la primera vez que tuvo contacto, no se cómo definirlo la verdad, con el mundo esotérico? Si es que lo ha tenido alguna vez, si es que no ha salido todo de esa increíble imaginación que usted posee.

–Sí, lo tuve –empezó a decir la muchacha con una amplia sonrisa al abochornado muchacho. Se había puesto colorado nada más terminar la última frase, se notaba que era uno de sus fervientes fans.

–Solíamos jugar a Adelaida, el típico juego en el que utilizas un libro con unas tijeras clavadas dentro, lo atas todo y lo dejas pender al final del hilo. ¿Sabes cuál te digo?

El muchacho negó con la cabeza. La preciosa sonrisa de la escritora inundó la sala.

–A veces olvidó que los años pasan, y nosotros nos llevamos unos cuantos, ¿verdad? Al menos diez. –El muchacho asintió–  Bien, existía una leyenda urbana sobre una chica llamada Adelaida que se suicidó por amor. Se dice que el chico al que amaba se fue con otra y, la encontraron con unas tijeras clavadas en el corazón para no poder sentir más y un diario en las manos dónde contaba su trágica historia. Las jovencitas solíamos acudir a ella para que nos diera consejos de amor o para cotillear sobre su verdadera historia, a veces simplemente por morbo para saber si de verdad el libro se movía cada vez que alguien hacia una pregunta. Las reglas eran sencillas, el sí era hacia la derecha y el no hacía la izquierda. La invocaban llamándola por su nombre tres veces y ya está. Ese juego y, la típica ouija garabateada en una hoja de libreta cuadriculada bajo un vaso de café. Esos fueron mis únicos contactos.

Otra mano se alzó, esta vez pertenecía a una mujer de unos treinta y cinco años de aspecto cuidado.

–¿Tuviste alguna experiencia sobrenatural en aquellos juegos? Es decir, ¿ocurrió algo que provocase que escribieras sobre ello?

–No, en realidad no.

–Entonces, ¿cómo nació tu interés por los libros, por escribir? –Esta vez la mano alzada y la nueva intervención pertenecían a un chico de pelo largo y gafas, con aspecto descuidado, que sostenía en sus manos un iPad mini y un boli para tablets, en vez de un bloc de notas.

–El fantasma de los libros llego a mí por primera vez aquella noche de verano en la que mi hermano y yo mirábamos las estrellas. Me contó una historia increíble sobre un niño que estaba gordito como yo y que vivía aventuras increíbles a través de un libro mágico. Mi mente se llenó de bellas imágenes y, desde entonces, los libros fueron mi obsesión. Quería poder mostrarle al mundo todas aquellas maravillosas imágenes que se arremolinaban en mi imaginación como un torbellino, y empecé a interesarme por las portadas, los interiores, las ilustraciones. De hecho, ahorraba la paga del fin de semana para comprarme lápices, rotuladores, pinturillas, acuarelas…

–¿Y cuándo surgió el amor a la escritura? –preguntó un hombre calvo de unos cincuenta años que se encontraba al fondo.

–Nunca –Recorrió la sala un murmullo de sorpresa.

–Sin duda esta chica sabe cómo mantener la intriga, ahora entiendo por qué vende tantos libros– le dijo Manuel a Pablo.

–Disculpe… ¿eso quiere decir que es vocacional?

–No, simplemente que no soy yo la que escribo –De nuevo el murmullo de asombro. Pablo notó un frío gélido en su espalda y la visión se le nubló.

–¿Nos está diciendo que tiene un escritor negro, alguien que escribe por usted?

–¡No, por supuesto que no! ¡todas las historias salen de su puño y letra, de su creatividad! ¡Lo puedo asegurar! –La intervención desesperada de su editora creó una nueva oleada de inquietud y de murmullos.

–¿Es cierto lo que dice su editora, señorita Alonso, o realmente como bien dijo mi compañero hay un escritor negro detrás de todo esto? Y de ser así, ¿de quién se trata? –La editora la miró desconcertada y algo preocupada, un mal rumor podía echar por tierra el futuro de toda una brillante carrera. La escritora observó al periodista con tranquilidad a través de sus grandes ojos verdes.

–Es cierto lo que dice mi editora y, no sé si la palabra escritor negro lo definiría, yo lo llamo fantasma.

De nuevo los murmullos recorrieron la sala, pero esta vez de una forma diferente, mucho más alegre y distendida.

–Por un momento nos había asustado –dijo de nuevo el primer periodista que preguntó, el joven Rubio de mejillas sonrojadas–i Eso se llama inspiración!

–No, es un fantasma real, lo puedo sentir, intuir… Jamás me interesó la literatura, de hecho, nunca se me dio bien escribir.

–Pues para no saber escribir es el número uno en ventas, y el éxito de sus historias se ha extendido más allá del mercado europeo –le reprochó una chica pelirroja que estaba sentada en la primera fila, provocando la risa cómplice de todos los presentes.

–Bueno, llámenlo como quieran, pero para mí es un fantasma que me susurra palabras en mis momentos más bajos –Contestó la muchacha derrotada. Seguramente aquellos periodistas pensarían que su comentario estaba estudiado para mantener el aura de misterio que parecía invadir su vida, su universo literario. Pero no era así, ella lo pensaba de verdad y no era la única que lo hacía. Pablo hacía rato que miraba anonadado una sombra que se encontraba situada a su derecha. Al principio fue un foco de luz, y poco a poco se fue tornando niebla,que a su vez, tomó forma humana. Para ser más exactos, la forma de un chico joven de aproximadamente treinta años, que tenía los mismos ojos verdes que Celia Alonso.

Sálvala –le dijo mirándole fijamente a los ojos y poniendo una mano sobre el hombro de la muchacha, que dio un respingo y se puso inmediatamente la chaqueta.

Así que aquel era el fantasma de los libros, el que le despertó aquella mañana. Era él quién se materializó en la hoja del libro sobre espíritus que estaba ojeando, tan sólo por un segundo creyó que podría haber sido su mujer la que se había manifestado. Llevaba años buscando la manera de hacerse con ella, pues sabía que no descansaba en paz. Incluso de vez en cuando, podía sentirla, su don no fue elegido, lo tenía de nacimiento. A lo largo de toda su vida había ayudado a muchos a entender o comprender lo que les aferraba a este mundo, digamos que curaba sus mentes rotas. Pero con Julia era distinto, no lograba llegar, era incapaz de mantener la conexión y no entendía el por qué. El caso era que le esperaba un día mucho más largo de lo que pensó en un principio.

–Y yo que pensaba que ya me iba a descansar -pensó en voz alta.

–Ya te dije que esto te podía interesar –apuntó sarcásticamente Manuel, brindándole un guiño de ojo.

Pablo esperó pacientemente a que todo el mundo se marchase. Conforme fue pasando la entrevista y la firma de libros, la muchacha se fue apagando, sus ojos habían perdido el brillo y Pablo intuyó que algo andaba mal. Cuando finalmente pudo acercarse a ella, no supo por dónde empezar, así que tomando aire y aprovechando un descuido de la editora a la que le sonó el teléfono, le dijo:

–Yo sí creo en lo de tu fantasma y, te puedo ayudar. –La tristeza que reflejaron aquellos mares verdes que eran sus ojos llegó hasta lo más profundo del corazón del muchacho.

–Ya he tenido suficiente frikismo por hoy, me voy a descansar. Lo siento, no dispongo de más tiempo –Y sin mediar más palabra cogió su bolso, echó una furtiva mirada a su editora que seguía hablando por teléfono y, de forma escurrida, se escabulló entre el resto de la gente sin más. Pablo la siguió preocupado, la sombra le apremiaba y susurraba a su oído: “No la pierdas de vista o morirá”.

La escritora salió rápidamente de la biblioteca, giró la esquina y se dirigió hacia el parque. Una vez allí se acercó a la cueva que había junto al lago, dónde tanta veces se había escondido con su hermano. Sacó la botella de vodka, un frasco lleno de pastillas y se dispuso a acabar con su vida.

–Jorge, pronto estaremos juntos. Llegaré hasta ti y te ayudaré a escapar. Celia siempre había sido consciente de quién era el verdadero genio en esta historia, conocía muy bien su forma de escribir, pero eran tan inquietantes aquellas confesiones, todo aquello que le contaba, que ya no podía soportarlo más. Ya no era tan sólo el dolor que sentía por la pérdida de aquellos a los que tanto quería, sino el saber que no se encontraban en un lugar mejor, al menos uno de ellos y, la impotencia y soledad que la invadían al no poder hacer nada para evitarlo. Era Jorge quien tenía que haber vivido esa vida y no ella. Si no le hubiera obligado a desanclarse el cinturón para colocar el de ella con la estúpida broma de siempre, tal vez él hubiese sobrevivido.

Con el corazón hundido y lágrimas en los ojos, Celia puso una buena cantidad de pastillas en una mano y con la otra desenroscó la botella, dentro de poco tiempo todo habría terminado. Pero Pablo fue más rápido y, siguiendo las indicaciones de Jorge, llegó rápidamente allí, justo a tiempo de poder golpear su mano, dejando caer en el suelo el montón de pastillas.

–¡Celia, detente! Jorge no quiere esto.

–¿Tú?

–Tengo que contarte una cosa.

Pablo ayudó a levantarse a la sorprendida muchacha, la asió por la cintura y la sacó de allí. Horas más tarde en un café, ambos hablaron tranquilamente, se contaron sus respectivas historias y, dado que Jorge estaba agotado, decidieron quedar para el día siguiente. Celia parecía mucho más tranquila, al menos su mirada era serena y tenía un nuevo brillo de esperanza dibujado en el iris de sus ojos.

–No te suicides hasta mañana, por favor. No soportaría tener un fantasma tan tozudo como tú rondándome día y noche –bromeó Pablo a modo de despedida.

–Te lo prometo, necesito saber que quiere de mí, si está… Bien, sólo quiero decirle… Bueno, mejor que esperemos hasta mañana o el que no lo contará vas a ser tú. Ambos rieron y, finalmente, se despidieron con la promesa de verse en aquel mismo bar a las diez de la mañana del día siguiente. Jorge se materializó una vez más para la tranquilidad de Pablo, le dedicó una sonrisa y, poniendo una mano en el hombro de su hermana y haciéndole un gesto con la cara de que todo marcharía bien, se desvaneció de nuevo.

Al día siguiente, Pablo y Celia se encontraron en el bar y, como no, Jorge estaba con ellos. Celia le pasó unas hojas arrugadas, escritas a mano.

–Esto es lo que escribí anoche, después de mirarme al espejo como me dijiste le confesó esto último ruborizada –Que sepas que tenías razón, me cerraba a él, me cerraba a mí. No quería ver mi reflejo porque era su reflejo, ¡es lo que tiene ser la gemela de un fantasma! Aunque no quiera, siempre sabré cómo hubiese sido en cada etapa de su vida.

–Y eso le hizo volver con más fuerza a ti y poderse expresar.

La muchacha asintió y una lágrima surcó su mejilla.

–Me habló, ¿sabes? Nunca pude imaginar lo que añoraba tan sólo eso, su voz, y escribí todo lo que decía para no olvidar ni una palabra –Pablo cogió sus manos animándola a continuar, además de darle apoyo emotivo –No existe un mal final, todas esas historias de angustia y dolor no eran las que vivía en su mundo real o irreal, no sé muy bien cómo llamarlo. Eran simples historias que alguna vez quiso contar, las historias que quería escribir para mí, ambos soñábamos con trabajar juntos algún día. Él sería el escritor, yo su ilustradora y, lo ha conseguido. Me dijo que ya no tiene historias que contar, que la última me la deja a mí, aquella que habla sobre el amor de hermanos que traspasa fronteras.

La muchacha dejó escapar una tímida sonrisa y miró a Pablo directamente a los ojos.

–Te aseguro que si consigo escribirla, ya sabes que nunca se me dio bien, hablaré de un loco que se acercó una vez a mí y me salvó la vida. Ahora fue Pablo el que sonrió.

–No hace falta que lo escribas, la historia se puede contar con imágenes, y eso sí se te da muy bien, o eso me han dicho.

–Sí, no es mala idea. En fin, esto es la despedida, supongo. Gracias por…todo.

–De nada, fue un placer. No todo el mundo es capaz de escuchar mi historia de una manera relajada y hacerme sentir que no soy un bicho raro y, demostrarme que cree en mí. Que sepas que siempre estaré ahí.

–Gracias, pero antes de irte me gustaría hacer algo por ti, algo de lo que tú no has podido darte cuenta y yo sí. ¿Recuerdas lo que me dijiste sobre mi miedo a los espejos? ¿Lo de que no quería verme porque en el fondo no quería hacerle venir a mí?

–Sí, lo recuerdo.

–Pues algo parecido te sucede a ti con Julia. ¿Cuánto dolor estás dispuesto a sufrir para saber esa verdad que ella te quiere decir?

Pablo la miró perplejo y su corazón empezó a latir de una forma desorbitada. Se dio cuenta entonces, de que Celia tenía razón, él en realidad no quería sufrir el miedo a la decepción, a que le dijera algo que no quería escuchar, y eso impedía a Julia venir. Había tantas cosas que habían quedado pendientes… Aquella tarde acababan de discutir y ella se fue, como tantas otras veces cuando se enfadaban, a pasear y reflexionar. Pero no volvió jamás. Tal vez la fuerte lluvia no le dejó escuchar el claxon del coche que la atropelló.

–Y sobre todo, Pablo, te debes perdonar.

Pablo estalló en lágrimas y empezó a convulsionar. Esta vez fue Celia la que le consoló. Después se despidieron con un sincero abrazo y Pablo se dispuso a enfrentarse a su propio fantasma, aquel que no quería olvidar.

Inmaculada Ostos Sobrino

E04-El fantasma de los libros

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Relato negro

Rating: +13

Este relato es propiedad de Mariola Díaz-Cano Arévalo. Las ilustraciones son propiedad de Paloma Muñoz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

E04-El fantasma de los libros.

 

Ilustración de Paloma Muñoz

Helen me besó emocionada. Hacía un año que no nos veíamos, aunque hablábamos con frecuencia. Podíamos pedirnos lo que quisiéramos o necesitáramos porque dejaríamos todo para ayudarnos. Así que salí inmediatamente cuando me llamó aquella mañana en un sollozo.

Mil suposiciones en seis horas conduciendo, un nuevo récord para mi maltrecho coche y para mí, con un catarro mal curado como secuela del gélido rescate en Chicago. Una lluvia incómoda me dio la bienvenida a Midtown. Cuando aparcaba delante de su casa, vi a Helen abrir la puerta y salir corriendo. Al bajarme me abrazaba y empezaba a llorar entre aquellos cariñosos besos que le devolví.

—¡Oh, Lloyd, tú la encontrarás!

Claro. Cálmate, cielo.

—¡Qué poco has tardado! Debes de estar muy cansado.

No te preocupes. ¿Y Andy y Matt?

—Con el sheriff, y mamá no se ha movido de aquí.

—¿Y?

Dentro también. Pero ya sabes, no ha podido ir a la batida y está furioso.

Seguro. Vamos, nos estamos mojando.

Un beso más a sus preciosos ojos verdes, más limpios y brillantes que los míos. Llevaba el largo pelo castaño mal recogido en una coleta, pero su mirada y su cuerpo dejaron de temblar cuando quiso sonreírme abiertamente. Helen era mi hermana pequeña y me adoraba, pero yo la adoraba más.

En el porche mi madre me recibió con los mismos ojos verdes húmedos pero más apagados. Su beso y abrazo fueron más templados y su ánimo contenido, con esa conformidad propia de ella para lo que deparase el destino. Pero la noté más frágil.

—¿Cómo estás, hijo? Te veo delgado y muy pálido —dijo con media sonrisa llena de calidez.

—Y yo a ti más guapa. —Le tembló la barbilla y yo se la alcé—. Eh… Aparecerá y estará bien. Ya lo verás.

Ella asintió reponiéndose enseguida.

Mi padre estaba en la cocina, sentado en una silla bajo el teléfono en la pared, con la mirada perdida y un cigarrillo entre los dedos. Simplemente levantó un poco las cejas al verme y se tocó el eterno bigote un instante.

Ah, tú… —dijo con la voz cavernosa y el destello lobuno en los ojos que me había dado.

—Hola, papá. Ya veo que estás bien. —Él se encogió de hombros dando una calada. Entonces Helen me ofreció una taza de café—. Gracias. Vamos, siéntate y cuéntame bien qué ha ocurrido.

La tarde anterior. Alice y unas amigas preparaban un trabajo en la biblioteca. Estaba en el primer año de instituto y siempre había sido muy aplicada, también responsable, y estaba contenta. Debían presentar el trabajo al final de semana, pero era de Física y a ella no se le daba muy bien, por eso se quedó un poco más cuando las amigas decidieron irse. La bibliotecaria había dicho que antes de irse Alice se había llevado prestado un libro, porque le gustaba mucho leer cuando no tenía que estudiar; después se había marchado, pero no llegó a casa. Matt tampoco sabía dónde podía estar porque la última vez que la vio fue a la salida del instituto, cuando ella le había dicho que se iba con las compañeras pero que no volvería tarde.

No había ocurrido nada para que Alice hubiera querido irse por propia voluntad. Jamás había dado problemas, ni de conducta ni por los estudios. Al contrario, era popular en su clase, y en casa, aunque ella y Matt estaban en una edad difícil, Helen y Andrew no eran padres severos o controladores. Sucedían los desacuerdos normales, pero nada que hubiera significado un motivo serio para marcharse así.

Esa misma noche, tras llamar a familiares y a las amigas para preguntarles, denunciaban su desaparición.

Las hipótesis se disparaban: que al salir de la biblioteca se hubiera sentido mal de repente y algún transeúnte la hubiese ayudado. Pero lo normal hubiera sido que más gente hubiese visto lo ocurrido o ese transeúnte hubiese avisado; o que se hubiera encontrado con alguien conocido porque Alice jamás se hubiera ido con un extraño. Y ahí los supuestos se volvían pesadillas. Yo no pude evitar recordar el horror del caso Lohr y sentir que se me helaba el corazón. Y si era un secuestro, de momento nadie había contactado para un rescate. Pero no imaginaban quién podría tener interés en algo así: solo eran una familia de clase media, Helen regentaba una modesta mercería y Andrew llevaba una empresa de construcción con otro socio que les daba beneficios para una vida cómoda pero sin ningún lujo. Además, Midtown era un pueblo pequeño y el sheriff Patterson, que, aunque retirado, continuaba echando una mano a sus colegas que ahora comandaba su hijo, tenía bastante controlados a todos los forasteros que aparecían. Otro dato positivo era que no había habido casos recientes de ataques sexuales o desapariciones de chicas ni allí ni en localidades alrededor.

Entonces llegaron Andrew y Matt con Patterson y el serio gesto de mi sobrino se cambió por la misma ancha sonrisa de Helen cuando me vio.

—¡Tío, ya estás aquí! ¡Sí! ¡Les dije que te llamaran enseguida!

El chiquillo que de repente había crecido un palmo y había cambiado la voz se detuvo dudando entre seguir siendo chiquillo o echarme formalmente la mano. Optó por lo segundo y además quiso apretar como un hombre. Así que yo también tuve que ser formal. Pero igual que estaba estrenando las poses, al instante le temblaban los mismos ojos también heredados de su abuelo materno.

Tranquilo. La encontraremos y estará bien. —Le sonreí mientras él se mordía el labio.

Helen lo cogió de un brazo, calmándolo cariñosa, y mi madre lo hizo sentarse. Yo le eché la mano a un abatido Andrew y por enésima vez me pregunté qué era lo que les había dado a sus hijos, porque ninguno tenía ni su tranquila mirada color miel ni su pelo rubio. Quizás la serenidad y sencillez de su afable carácter.

—Lamento muchísimo esto, Andy. Espero ser de ayuda.

—Seguro. Gracias por venir tan rápidamente.

—¿Habéis sabido algo? —preguntó mi madre.

Andrew negó con la cabeza y Helen también le servía café después de darle un beso y abrazarlo amorosa.

Pero mañana abrirá el tiempo y seguiremos. ¿Qué tal, Lloyd? Me saludó Patterson.

—¿Y por dónde vais a seguir? ¿Hasta Whitepeak? ¿Creéis que mi nieta ha subido allí de excursión? dijo entonces ásperamente mi padre.

Todos los muchachos están trabajando, Frank, pero esta lluvia

—¡Una chiquilla no desaparece sin más! ¡Alguien tuvo que ver algo!

—Y en eso estamos, pero…

—¡Pero qué, Josh! ¡Tu hijo no tiene ni idea ni sabe hacer nada!

—¡Papá, basta! ¡Lo último que necesitamos es tu mal humor! Lo reconvino Helen. Lo siento, jefe. Sabemos que están haciendo lo que pueden.

—Sí, pero es solo que sin ninguna pista está siendo muy difícil investigar. Lloyd podrá echarnos una mano. Se movía mejor que nadie y encontraba las piezas más difíciles.

Me sorprendió la deferencia de Patterson conmigo después del desprecio hacia su hijo. Lo que no me sorprendió fue la réplica de mi padre:

Ahora viste traje y corbata.

Ignoré el comentario y me dirigí a Patterson:

—Imagino que siguieron los pasos de Alice tras salir de la biblioteca.

Sí, y hablamos con la vecindad del recorrido más habitual para llegar aquí. Nadie vio nada extraño.

—Helen, me has dicho que no hay ningún chico. ¿Seguro? 

Ella dudó un momento antes de responder:

—Me hubiera enterado.

—O no —dije con mi mejor tono objetivo.

—Pero todavía es muy joven. Yo hubiese visto… —Se calló. Ambos recordamos que ella también tenía quince años la primera vez que salió con un chico y lo que pasó. Yo miré a mi sobrino.

—Matt, hay cosas que solo se hablan entre hermanos, ¿verdad? Yo también tapé a tu madre varias veces.

El chico se asustó cuando todos los ojos se clavaron en él.

—Matthew, si no sabes nada pero crees saberlo, dilo, hijo —le habló Andrew.

—No, solo sé que, que Alice les gusta a muchos chicos, pero

—¿Amigos tuyos? ¿Mayores? pregunté.

No, de su clase. Tom Griffith es uno, pero ha venido en la batida y estaba muy preocupado también.

—¿Y la mejor amiga de Alice?

Es Maggie Potts.

Vamos a hablar con ellos otra vez. ¿Nos lleva, Patterson?

Voy contigo dijo Helen, con energía renovada.

Os puedo llevar yo se ofreció Andy.

—No, quédate y descansa.

—Tú estás tosiendo mucho, hijo —dijo mi madre.

Estoy bien y necesito estirar las piernas.

—¡Yo voy, tío!

No, quédate con tu padre. Ya habéis hecho bastante.

Vaya, cómo organizas todo… —comentó mi padre, sarcástico.

Entonces sonó el teléfono. Se levantó inmediatamente, lo cogió y contestó con ansiedad; después fruncía el ceño hacia el sheriff para tenderle el auricular.

—Aquí Patterson. Sí… Bien… Ya vamos.

Cuando colgó hizo una ambigua mueca.

—¿Qué, Josh? ¡Maldita sea, di! —gritó mi padre.

—Han encontrado un cuaderno en el recodo de un camino cerca del cruce a Pointville.

La cuidadosa caligrafía de su hija anegó los ojos de Andrew, que se vino conmigo y Patterson después de insistirles a todos en que siguieran allí por si hubiera más noticias.

Helen demostró lo fuerte que era y mantuvo la calma. Ahora había un rastro y ella también había aprendido, como mis hermanos y yo, que lo más importante era centrarse en él y no pensar en nada más. Era lo que mi padre nos había enseñado cuando nos llevaba a cazar. Y por primera vez él me miró borrando la niebla que me destinó desde que regresé sin ellos de la guerra. Conocía aquella zona como la palma de la mano, pero después de haberse partido la cadera en una caída casi mortal, ya no podía moverse como quería. La frustración y la pérdida no asumida de mis hermanos lo habían amargado cada día más. Pero ahora me miró olvidando todo porque posiblemente había volcado, o descubierto, un cariño único por sus nietos, en particular por Alice.

Paul Patterson tenía la misma cara bonachona de su padre pero me saludó circunspecto. Nos enseñó el cuaderno sucio y mojado que volvió a meter en una bolsa de plástico mientras nos contaba dónde lo habían encontrado, pero habían inspeccionado aquel paraje y no hallaron nada más. La lluvia borraba las huellas del terreno y ellos lo habían empeorado con sus pasos.

—Cerca solamente vive el viejo Peabody —dijo Paul—, pero está medio sordo y jura que no ha visto nada ni a nadie. Y ya he llamado a Pointville también. El problema es que sea una pista falsa. Además, en cuanto anochezca los chicos deberán volver porque no somos demasiados. Si tuviéramos más medios, pero… —concluyó con sincera tristeza. Paul sí sabía hacer su trabajo, al menos a la pequeña escala de Midtown, y se lo agradecimos.

Al marcharnos de nuevo con Patterson miré a Andy.

—¿Estás muy cansado? —Él negó—. Jefe, vamos a casa de los Potts.

Susan Potts, tan rubia y espectacular como siempre, nos abrió la puerta con gesto expectante que transformó en una suave sonrisa al verme.

—Oh, Lloyd, me alegro muchísimo, aunque sea en estas circunstancias. ¿Cómo estás?

—Bien, gracias. ¿Podríamos hablar otra vez con Maggie?

—Claro, entrad. Andrew, ¿sabéis algo? ¡Dios mío, ¿qué habrá ocurrido?!

Su marido, Gene Potts, el abogado más importante de Midtown, ya estaba en el salón. Maggie era como él: delgada, de ojos marrones y mirada inteligente. Contó detalladamente lo que habían hecho aquella tarde, pero era calmada y no mostraba el nerviosismo más adolescente. Estaba convencida de que Alice se había ido con alguien que la conocía a ella o a su familia. No les había ocurrido nada raro recientemente, ni con ningún chico, precisó, pero entonces se detuvo pensativa.

—¿Qué? —pregunté inmediatamente.

—No creo que tenga importancia.

—Cualquier detalle puede servir, Maggie.

—Fue hace tres días, en Literatura. Comentamos un artículo periodístico y el profesor nos dijo que el autor era de Midtown, aunque siempre firma con un pseudónimo, y que quizás viniese la próxima semana para una charla. No nos dijo su nombre porque así mantendríamos el interés y la verdad es que el pseudónimo era misterioso. Pero luego nos olvidamos, por eso no lo conté antes. Espere, lo traigo.

Enseguida bajaba con un papel que me enseñó. La firma me paralizó y Andrew me miró alarmado porque, además de la tos que me dio, mi palidez debió de ser como la de aquel pseudónimo.

—¿Estás bien?

Asentí recuperándome y levantándome.

—Gracias, Maggie, ha sido muy importante.

—¿Podemos hacer algo más? —intervino su padre.

—No. Gracias de nuevo. —Y tras despedirnos y salir le pregunté al jefe Patterson—: Siguen aquí los Harper, ¿verdad?

—Sí, ¿por qué?

—¿Sabe cuándo fue la última vez que vieron a su hijo Bob?

—¿Bob? Yo creo que no ha vuelto desde que se marchó al oeste.

—Déjenos en casa de mi hermana y acérquese. Sabrá preguntarles por él sin levantar suspicacias. Y dígale a Paul que localicen a ese profesor de Literatura por si lo conoce también.

—¿Qué pasa, Lloyd? —me pidió Andrew, angustiado.

—Bob Harper es ese Fantasma de los Libros.

—¿Y qué tiene que ver con la desaparición de Alice?

Pero me callé y miré a Patterson:

—Yo voy al cruce de Pointville.

—¿Por qué? Lloyd, no me gustaría que te metieras tú en otro lío. ¿Qué sabes?

—Permítame no decirle más porque quisiera equivocarme, pero si no he contactado en dos horas, mande otra vez a sus chicos por allí. Ah, tome. —Saqué una tarjeta de la cartera—. El teniente Tucker es un buen amigo. Llámenle de mi parte. Encontrará cualquier registro que haya de Bob y ese profesor.

Los mellizos Peter y Lane Hunter tuvieron labia y atractivo, y fueron magníficos cazadores que compartieron y defendieron siempre territorios y presas de toda condición, pero no fueron buena gente. Yo, tres años menor, los idolatré, seguí, serví y tapé en todas sus travesuras primero y fechorías después hasta que fueron demasiadas y peligrosas. La deserción me supuso la expulsión de su sociedad y amenazas constantes para que mantuviera la boca cerrada. No me importó y desvié la adoración hacia Helen, mi debilidad desde que nació cuando solo mi madre la esperaba ya, deseosa de una niña después de tres animales. Mi padre, que era duro pero no autoritario, nos quiso a su dura manera, pero no nos puso límites porque pensó que nos los enseñaría la Naturaleza, y le bastó con verles heredada su enorme fuerza. Yo también la tenía pero seguía siendo el pequeño y el más callado, y el traidor. Sin embargo, fui el que lo ayudé en la carpintería que puso cuando dejó de cazar, pero ellos nunca mostraron interés en nada más que seguir disparando y divertirse. Más tarde, a mi padre no le gustó que abrieran una armería, y le habría gustado menos si hubiese sabido cómo fueron ampliando el negocio, pero decidió cerrar los ojos.

Luego, alistarse para la guerra europea les pareció lo más lógico y además usarían el admirado arsenal militar. Eso sí que eran una gran cacería y armas poderosas. Pero allí tampoco dejaron de ser ellos.

Mi padre se negó a creer que los hubieran matado por unos defectos que también eran míos pero que yo sí supe domar al ver lo que hicieron con mis hermanos: el espíritu descontrolado, la fanfarronería y la nula compasión, sobre todo con los más débiles. «¿Es posible que coincidamos en esta jodida guerra con el Fantasma Harper? —había dicho Pete antes de que él y Lane llegaran con su compañía más adelantada a aquel helado bosque de Las Ardenas en la última ocasión que hablamos—. Siempre fue un mierda y un metomentodo. Le daremos otra lección como a su hermano». Y lo hicieron, pero al poco fue precisamente él quien les descubría los turbios asuntos de contrabando de armas con unos oficiales corruptos y que, en realidad, fue lo que les costó la vida. En la última fanfarronada por creerse que nadie los había detenido nunca ni lo haría ya, lograron escapar del traslado para un consejo de guerra pero se acercaron demasiado a las líneas enemigas y se encontraron las balas. Aquel dato solamente lo supe yo, y sus mandos, quizás porque mi extraordinaria hoja de servicios compensaba algo el deshonor de mis hermanos, lo omitieron. Los lloré porque a nuestra manera también nos queríamos, pero desde que no estaban no los echaba de menos. Sin embargo, mi padre no lo aceptó porque entonces sí vio lo que había querido ignorar, y la culpa que empezó a atormentarlo me envió también a mí a las sombras. Pero yo también tenía bastante con que me persiguieran las suyas y las de los que vi caer o maté, así que me fui poco después de regresar, sin reproches ni rencor para no crearlos ni convertirme en otro mal recuerdo.

Maldita sea. El cruce de Pointville. Debí haberme acordado. Ese cuaderno encontrado allí era la señal más clara, pero lo cierto es que me sentía mal y agotado.

El Fantasma de los Libros era el apodo con el que todos —hasta su hermano mayor Dean— llamábamos a Bob Harper. Por su aspecto enfermizo y carácter apocado, su piel lechosa y su mirada extraviada de lector incansable.

Dean salió con Helen unos meses bajo previa aprobación no de mi padre, sino de las tres bestias que la guardábamos. Fue inteligente porque supo seguirles el juego a Pete y Lane. De hecho, ocupó mi lugar cuando me desterraron, hasta que creyó que con aquella confianza podía ir más allá con Helen. Fue en una tarde de verano cuando, tras estar en el río con más amigos, quiso dar un rodeo al acompañarla a casa. Helen no era tonta pero se había enamorado por primera vez y, aunque había aprendido de sobra a defenderse con y de nosotros, aquella situación era distinta y no pudo controlarla. Solo la casualidad quiso que yo apareciera al regreso de entregar un recibo en la granja de los Cann, pegada también al bosque.

Dean tuvo suerte esa vez porque Helen consiguió detenerme mientras le gritaba que no volviera a acercarse a ella jamás. Después me hizo prometer entre lágrimas que no dijera nada porque no había pasado nada, aunque su pelo alborotado, su camisa rota, sus asustados ojos y los moratones que más tarde le salieron en los muslos y brazos me dolieran en el alma. Sin embargo, Pete y Lane sospecharon algo, más cuando Dean empezó a rehuirlos y ya no iba a buscar a Helen. Un malentendido, terminó diciendo, pero ellos lo entendieron perfectamente. Dos días más tarde Dean aparecía en aquel cruce de Pointville con la cara destrozada y tres costillas rotas. Nunca dijo quién había sido ni por qué. El destino, caprichoso, quiso que también cayera en Bélgica dos días después que ellos.

Así que, en un caso muy excepcional, la vida y la muerte se aliaron a la vez con los mellizos Hunter: les dieron veintisiete años y los trajeron y se los llevaron un mismo día.

Bob y yo coincidimos en la vuelta. Él con una infección pulmonar del tiempo que pasó inconsciente en la nieve después de la lección de mis hermanos. «A ti también te tocará», fue su despedida.

Helen quiso negar incrédula.

—No sería el primero ni el último que pierde la cabeza por la guerra aunque hayan pasado los años —dije—. Y a saber cómo le ha ido desde entonces. Pero si se ha vuelto más tarado y tiene que ver con esto, voy a ocuparme yo.

—¡Erais unos críos! —exclamó mi madre.

—Mamá, siempre fuimos fieras.

—Pero no estás seguro y tus hermanos ya no…

—Voy contigo —dijo Andrew decidido. Yo puse mi mejor gesto:

—Te entiendo, pero necesito que os mantengáis al margen.

—Hijo, has venido enfermo. Tienes fiebre. —Mi madre me tocó la cara suavemente.

—Déjalo, Ann. Yo iré con él.

Mi padre se había acercado. Nadie dijo nada más. Hubiera sido inútil.

—¿Qué tengo que saber?

—¿De qué?

—Habla, Lloyd.

—Vamos a llegar.

—Habla.

—Ya no importa, papá.

—¡Ahora es cuando más importa, joder!

—¡No! ¡Ahora hay que encontrar a Alice!

Frené, suspiré, reanudé la marcha y entonces sí me sorprendió:

—Fueron dos canallas malnacidos, yo lo consentí y tú todavía les eres leal. Y si ocurre esto porque aun llevando muertos tantos años siguen creando problemas, merezco este castigo. Pero si no, y aunque también merezca tu silencio, te suplico que me lo digas para poder descansar un día de tanto renegarlos.

Me detuve porque vi la señal del desvío a Pointville, pero no pude contestar y opté por lo que creía:

—Bob Harper debe de haberse desquiciado por mil razones más que una venganza de juventud. Es lo único que quiero pensar.

Entonces distinguí algo al pie de la indicación y bajamos de la furgoneta. La lluvia era molesta. Al acercarnos los vimos mejor: un libro y un papel arrugado.

Ilustración de Paloma Muñoz

—Los han puesto después. Es imposible que los hombres de Paul no los hayan visto —dije agachándome y cogiéndolos con cuidado. A la luz de los faros las manchas rojizas en ellos nos hicieron temblar. Desdoblé el papel. Una frase: ¿Es otro fantasma?

—Lo mataré —murmuró mi padre.

—Vuelve a la furgoneta. Yo seguiré.

—Ni hablar.

—No pienso discutir, papá. Quizá tenga cómplices, y él dudará también de si yo estoy solo o no. Así que nos separaremos y tú irás por el atajo de Downhill. Se llega antes al establo donde Peabody tenía sus caballos.

—Patterson ya había mirado allí.

—Harper ha podido ir trasladándola. Había un refugio también.

—Pero más arriba y está derruido desde que…

—Desde que Pete y Lane lo incendiaron después de apalear a Dean. Yo los ayudé.

—¿Qué?

—Fue la última vez que les fui leal.

Lo vi bajar la cabeza y negar antes de decir:

—¿Cuánto más callas, Lloyd?

—Vamos. Estamos perdiendo tiempo —dije solamente.

Regresó a la furgoneta arrastrando los pies, arrancó y se alejó. Yo eché a andar rápidamente mientras iluminaba el terreno con una linterna solo para ver otros posibles rastros, porque sabía guiarme en aquellas condiciones. Calculé veinte minutos hasta el establo y diez más hasta el refugio, pero no preví sentirme peor con cada paso que daba. Agradecí que solo fueran la fiebre y mi rodilla. Tampoco preví encontrar, apenas a trescientos metros y medio oculto entre maleza, el bulto de algo envuelto. Pero la última de mis previsiones fue el disparo a los pies cuando quise acercarme.

Me tiré al suelo y apagué la linterna. La fiebre se convirtió en hielo. Llevaba la 38 pero me quedé inmóvil. Evidentemente el tirador estaba esperando y se había aprovechado de la luz. Descubrí las cartas.

—¡Harper, ya me has traído aquí! ¡Hablemos! ¿O seguimos a oscuras? —grité.

Entonces oí un murmullo ahogado:

—¿Tío? ¡Tío Lloyd, ¿eres tú?!

—¡Sí, Alice! ¡Tranquila! ¿Estás bien?

—¡Me cuesta respirar y no puedo moverme!

Sin pensarlo me levanté y avancé rápidamente hacia la referencia que había hecho. Oí pasos a mi izquierda, pero llegué antes para tocar una tela mojada de arpillera. Alice estaba boca abajo, temblaba y tenía las manos atadas a la espalda.

—¡Ya, ya te suelto! —Cuando la liberé y la incorporé ella se quejó al intentar levantarse. Me asusté—. ¿Estás herida, cariño? ¿Te ha hecho daño?

—No, no, es la pierna. Un corte, creo, pero estoy bien.

Entonces nos cegó la potente luz de una linterna que se encendió frente a nosotros.

—En pie. Ya —dijo la voz agrietada de Bob Harper, cuya delgada figura nos apuntaba con un arma.

Me puse delante de Alice a la vez que la hacía sujetarse a mi cintura para que notara la pistola.

—Deja que ella se quede aquí. No puede andar.

—Calla y apártate.

—Esto es conmigo. Pero ¿por qué ahora y no haberme buscado directamente?

—He tenido alguna dificultad, pero he seguido tu trayectoria, aunque desaparecías tanto como la gente que buscas. Ahora he encontrado el momento y sabía que darías los pasos correctos. Quería asegurarme de que veías sufrir a los tuyos, ya que tus hermanos quedaron impunes.

—Ya tuvieron el peor castigo.

—No, tuvieron suerte porque están muertos. Los castigos han de vivirse.

—Pero no a costa de inocentes. Deja que ella se quede y yo iré donde quieras.

Se acercó más, pero entonces tuvo un fuerte ataque de tos, aunque mantuvo el arma apuntándonos. Recordé aquella infección pulmonar y entonces oí a Alice con la misma infinita compasión de Helen:

—Creo que está muy enfermo. No me ha hecho nada, tío, de verdad.

—Bob, yo tampoco me encuentro bien. —No mentí—. Deberíamos ponernos a cubierto.

—Ya no quiero ir a ningún sitio —contestó recuperándose, aunque distinguí cómo escupía.

—Si quieres disparar, es igual aquí o en otro sitio, pero entonces tampoco viviré ese castigo.

—Por eso he esperado a que estuvieras para dártelo con ella. Apártate.

—Sabes que no lo haré.

La tos lo atacó de nuevo y aunque bajó la linterna hacia el suelo, mantuvo el arma alzada. Pude verle la cara más fantasmagórica que nunca y supe lo que pasaba. Él habló derrotado pero con rabia a la vez:

—Sí, nunca me curé y en el hospital contraje tuberculosis, que ha estado latente hasta hace dos años. Pero empeoré el otoño pasado y hace dos semanas me desahuciaron, así que también se lo debo a tus hermanos y ya no me ha bastado con que estuvieran muertos. Tu sobrina no sabía que eran alimañas, ni tampoco lo que hicieron en la guerra y cómo los mandos borraron las pruebas. Yo me enteré hace poco y no pude entenderlo. Los militares siempre logran esconder el deshonor. Mi palabra contra la suya. Una vergüenza…

—Ahora lo pueden saber todos y será el mayor castigo para nosotros, te lo aseguro.

—¡He dicho que ya no me basta! —La alteración volvió a producirle tos.

—¡Mi tío Lloyd no es como ellos, y tú, si nos disparas, sí lo serás! ¡También has engañado y has hecho mal! —A Alice le salió la vena Hunter.

—Bob, escucha, ahora puedes dejar que nos disculpemos, aunque creas que ya no te sirve, o al menos, que te ayudemos en algo.

—¡No! ¡Sé que ya estoy muerto, ¿lo entiendes?, y quiero que vosotros también sepáis que vais a morir ahora!

—¡Tira esa pistola y levanta las manos, cabrón!

Mi padre apareció justo detrás de Bob que, sorprendido, intentó revolverse.

—¡No, papá! —Sé que grité.

Apenas segundos. Tres disparos. La linterna cayó y cuando me di cuenta, yo estaba de rodillas y Bob se inclinaba hacia mí. Pude sujetarlo para que no se me cayera encima y quedó tendido a un lado. Mi padre fue hacia Alice, que lo llamó también desde el suelo sollozando. La lluvia distorsionaba el haz de luz de la linterna y el rostro de Bob se contrajo, aunque sus ojos todavía quisieron brillar en su extravío.

—Lo siento mucho, Bob. Lo lamentaré siempre, de verdad. Todos lo haremos, pero ya teníamos el castigo. Ahora será peor —dije profundamente afectado.

Él solo asintió y su mirada se vació. Yo sentí que la mía también se apagaba.

Al despertar vi a Alice, su sonrisa tan bonita como la de Helen. Estaba sentada en una silla y se levantó para besarme tan cariñosa como rápidamente.

—Gracias, tío. Te quiero mucho.

¿Cuánto hacía que no me decían eso?

Después salió cojeando un poco. Pero yo no supe dónde estaba. Entonces sentí el intenso dolor en el costado cuando aparecieron Helen y mi madre.

Al volverse y ver a mi padre, Bob, pese a su debilidad, había sido muy rápido y disparó aún apuntándome. El primer tiro se desvió aunque me alcanzó y el segundo fue a los pies de mi padre, que no falló. Yo ni siquiera me enteré. La mezcla de adrenalina y alta fiebre lo impidieron, pero cuando murió Bob sentí tanta rabia como aquel sincero dolor por la última canallada de mis hermanos, y me rendí pensando que efectivamente yo también merecía el fin.

Mi padre, evidentemente, no me había hecho caso y tras alejarse un poco, apartó la furgoneta y tomó otro sendero. Llevaba siempre su escopeta y tampoco necesitaba luz para guiarse. Con una dirección paralela, localizó pronto el haz de mi linterna. Cuando oyó el disparo y la luz desapareció, tardó en actuar porque no sabía dónde estaba Bob o qué había pasado con Alice. Después, cuando Bob encendió su linterna, solo tuvo que medir movimientos. No hubiera querido disparar, pero al ver a Bob apuntándonos, entendió que tendría que hacerlo. Realmente había confiado en que Bob soltara el arma, pero este no lo hizo y los cazadores saben que una presa que se revuelve, o está herida o va a atacar, y en ambos casos la duda diferencia la vida de la muerte.

Luego se cumplían las dos horas de plazo que le dije a Patterson, y él y Paul aparecían con dos hombres más. A Alice y a mí nos llevaban al hospital de Pointville.

Alice contó que, llegando a casa ya de noche, un coche se había acercado y el conductor le había preguntado una dirección al tiempo que sacaba un arma y la obligaba a subir. Después habían salido del pueblo y el hombre la había hecho beber algo. Luego, solo recordaba el frío, un techo derruido, las manos atadas y la somnolencia, que le había quitado el miedo. Pero estaba bien.

Sí, el castigo continuaría, pero aquella experiencia nos liberó. No recordé haber pasado un mes mejor en la cama, pese al costado agujereado. Y mi padre empezó a descansar. Las sombras se quedarían donde estaban. Todas.

 Mariola Díaz-Cano Arévalo

E05-El fantasma de los libros

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Terror-Misterio

Rating: +16

Este relato es propiedad de JAxel A. Giaroli. Las ilustraciones son propiedad de Rafa Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor.

E05-El fantasma de los libros.

Supongamos que el individuo que escribió estas líneas se llama Estanislao Johnson. Sí, es un buen nombre. Muy anglosajón, pero con algunas reminiscencias europeas. Tiene además un toque bastante corriente, aunque también posee cierto carácter extraordinario. Un nombre que, a todas luces, nos sirve tan bien como cualquier otro para contar las vivencias de un sujeto común que se vio arrastrado hacia un destino tan insólito como tenebroso.

Durante años he sido lo que se suele describir como un bala perdida. Abandoné en Londres mis estudios de derecho para intentar probar suerte con la literatura en París. Allí, pude presenciar todo tipo de influencias y movimientos artísticos. Estuve cerca de los centros en donde los grandes impresionistas del siglo XIX exhibieron sus artes. También, donde el vanguardismo consiguió asentar sus bases en toda Europa, pudiéndome permitir visitar las gigantescas bibliotecas en donde muchas de estas importantes obras podían servirme de inspiración para cimentar mi propio camino. Por desgracia, bien sea debido a que nací de forma muy tardía, o a la razón de que, según los editores, mi lírica no conseguía funcionar, no tuve más remedio que desistir.

El hecho fue el siguiente: escribí una obra en el que intente basarme todo lo posible en el dadaísmo, lo que dio como resultado una novela que me convirtió en un fracaso como autor novel. Las críticas llegaron incluso a ser más crueles de lo que ameritaban. La tacharon de excéntrica, absurda y de ser una exhibición pretenciosa de mi actual ignorancia del movimiento. No sin sentir una gran humillación, no tuve más remedio que volver a Inglaterra. Durante un par de años conseguí sobrevivir realizando todo tipo de trabajos de poca monta en el barrio de Brixton. Me sentía vacío y estúpido. Había lanzado los dados y perdido la partida antes de empezar. Entonces, mientras limpiaba los lavabos de una discoteca de mala muerte, se me ocurrió que quizás debía intentarlo una vez más. Aunque esta vez, tendría que hacer un esfuerzo mayor y muy distinto al que había efectuado anteriormente.

Trabajé duro e intenté hacer uso de mis viejos contactos de las editoriales francesas. No me sorprendió en absoluto el hecho de que ninguno mostrara interés alguno. Por lo que hice uso de mis capacidades naturales y me ofrecí como traductor y corrector de muchos de sus libros. Casi todos sin talento, pero con una visión muy comercial que se acercaba bastante al gusto del público actual. Claro, ninguna era una obra que en el futuro sería recordada, pero conseguían dinero fácil inmediatamente, algo que siempre atrae a las editoriales. Habían aceptado mi ofrecimiento porque yo tenía la suerte de hablar de forma nativa el inglés y el checo gracias a que mi madre me lo enseñó desde que era un niño, y el francés como segundo idioma debido a mi larga estancia en París. Esto fue derivando a trabajos que tenían poco interés para mí, pero me acercaban a mi objetivo. Estudié las grandes obras surrealistas de Kafka y decidí que lo tomaría como maestro para realizar mi segundo intento. Poco tiempo después, surgió mi oportunidad.

Un día como otro cualquiera, tras terminar una de mis muy tediosas traducciones, el Sr. Laverne en persona, dueño de la editorial en la que estaba trabajando, me llamó a su despacho. Aquello sólo podía significar dos cosas: o se había leído mi nueva obra y le había gustado, o quería despedirme.

No me avergüenza admitir que entré nervioso. Aunque no sé si fue debido a la excitación que sentía ante la posible idea de que volvieran a publicarme algo, o lleno de miedo, por la posibilidad de ser expulsado. Me lo encontré, como siempre, en su escritorio. No sabía a qué atenerme, pues su satisfactoria sonrisa de cocodrilo podía deberse a que mi trabajo realmente le gustó o a que muy pronto me vería de patitas en la calle. Cuando llegué me ofreció un asiento y no perdió el tiempo en formalidades.

—Sr. Johnson, Acabo de ver su manuscrito —comenzó—. Debo decir que usted apunta maneras.

Estaba ansioso, ¿habría conseguido escribir la obra de mi vida?

—Sin embargo, no podemos aceptarlo. En lo personal creo que le queda un largo camino antes de componerlo como es debido. Como he dicho antes, apunta maneras, pero esto que me ha traído es sumamente imperfecto. Estaría bien si estuviéramos viviendo una época en la que se demande el género surrealista y kafkiano pero en la actualidad, a lo único que puede aspirar es a atraer a un público objetivo. Y con unos conocimientos tan poco profundos del movimiento… sin duda, le despedazarían.

Eso me destrozó. No había nada peor que recibir unas altas expectativas, para después, en el punto más álgido de la emoción, confirmar un completo desengaño. Sin embargo, aquello era extraño. ¿Por qué me había llamado en ese caso? Como si me estuviera leyendo el pensamiento, el Sr. Laverne comenzó a contestar:

—La razón por la que le he hecho llamar es debido a que tengo un trabajo perfecto para usted. Podría ser la oportunidad de mejorar en estas carencias, rehacer su obra y terminarla con broche de oro. ¿Está interesado?

¿Qué podía decir? Una ocasión como esa no se presentaba dos veces. Sería todo un estúpido si decidía desaprovecharla.

Me explicó en que consistía el cometido: al parecer, la editorial había hecho un trato sustancial con el Monasterio Strahov, en Praga. Ellos querían contratar a un restaurador, vigilante y bibliotecario para sus valiosos tomos incunables de su muy famosa biblioteca, el llamado Salón teológico Strahov. A cambio, a parte de un salario sustancioso, muchos de sus textos serían ofrecidos en exclusividad para la editorial, si se aceptaban una serie de requisitos, claro está.

Estos consistían en los siguientes puntos:

En primer lugar, debía estar dispuesto a presentar un servicio, a lo largo de tres meses, de veinticuatro horas al día durante toda la semana.

El segundo, no abandonar la zona de la biblioteca hasta que hubiese terminado mi período de oficio.

Tercero, no hablar ni realizar ruido alguno durante el tiempo en el que estuviera dentro de la zona de lectura. Lo que suponía, a grandes rasgos, un voto de silencio hasta que mi contrato hubiese expirado.

Cuarto, responsabilizarme no sólo del estado de las obras, sino de que éstas no abandonaran en ningún momento el salón.

Por último, una última regla de la que sería informado si aceptaba realizar el trabajo.

A grandes rasgos una serie términos que desde la distancia, ya se veían muy exigentes. Debido a ello, se había ofrecido realizar la contratación a una editorial que pudiese estar interesada en ganarse el puntazo de las obras que podían ofrecer. Ellos, no dudaron en ofrecérmelo a mí no sólo por mis conocimientos de la lengua, sino porque ya había tenido experiencia trabajando en bibliotecas ya sea como vigilante, administrador y restaurador de obras que, por supuesto, no eran nada comparada con esas piezas de arte de las que muy pronto iba a responsabilizarme.

—Es una oportunidad única —comentó el Sr. Laverne—. Desde ahí puede estudiar las obras auténticas de Franz Kafka en su idioma original, junto con todo aquello en lo que él se basó para poder crearlas. Podrá ver escritos inéditos de los que, si es audaz, tendrá la posibilidad de aprovecharse para construir una creación única que se podría poner muy por delante de sus competidores. Y lo más importante: la editorial y le apoyaríamos al cien por ciento, incluyendo no sólo la publicación, sino también en la publicidad de su nombre y de sus obras futuras. Piénselo, podría ser el nuevo literato de esta década, quizás, del siglo.

Acepté encantado el trabajo. Estaba tan emocionado con la oportunidad que no me molesté en hacer las preguntas adecuadas. Por ejemplo, ¿por qué se molestarían en acordar aquello con una editorial y no le habían ofrecido ese puesto a cualquier profesional de la servidumbre y la restauración? ¿Por qué contratar a alguien que vivía tan lejos, en lugar de colocar a alguna persona de la localidad, y ahorrarse así, el precio del viaje del futuro empleado?

Independientemente de todo esto, a mí lo que me interesaba era que iba poder viajar gratuitamente, vivir una experiencia única y tener la ocasión y el tiempo para reescribir mi proyecto, publicándolo con toda seguridad en la editorial francesa.

***

Ilustración de Rafa Mir

Me di cuenta del encanto de Praga nada más llegar. Muchas veces mi madre me había hablado de ella, pero sus palabras no hacían justicia a la hermosa ciudad que estaba viendo. Cuando finalmente llegué al famoso monasterio, no pude evitar el quedarme boquiabierto. Ante mis ojos tenía una pieza arquitectónica digna de una poema del mismísimo Lord Byron. Su aspecto denotaba ese fuego apasionado de la época del romanticismo. Cuando entré, mi impresión fue incluso más extraordinaria. Era una pieza del pasado perfectamente conservada en nuestros días a la que casi me daba vergüenza ponerle los pies encima. Todo muy recargado, limpio, cuidado… debía de costar su buena pasta. Uno de los monjes se presentó y me dio a conocer todo el lugar. Fue muy amable, incluso, me contó la historia la Orden de los Premonstratenses, de los logros que habían conseguido y de como se ganaban la vida. Repentinamente, llegamos a la biblioteca, y en ese momento me di cuenta de la responsabilidad en la que me había comprometido.

Quizás la zona más hermosa del Monasterio, que ya de por sí, destacaba. Las estanterías se alzaban como un gigantesco arca del conocimiento. Una belleza que era capaz de competir contra el mismísimo paraíso. Los frescos del techo evocaban tranquilidad, elegancia y magnificencia. Por mucho que hable del lugar, me temo que me quedaría corto.

En el momento en que entré, el abad estaba ocupado analizando algunos textos de origen religioso para anotarlos en un cuaderno a parte. Más tarde me enteré de que se trataban de unos ensayos franciscanos que recopilaba para poder trabajar en una tesis teológica que se esforzaba en completar para enviársela al mismísimo Vaticano, pero en aquellos instantes, dejó todo cuanto estaba haciendo y se presentó con un anillo en su mano que no dudé en besar. Era un tipo exigente, que consideraba el orden y la pulcritud como valores inamovibles. En definitiva: un capullo estirado. De todas formas, se esperaba de mí la máxima profesionalidad, y creo que conseguí darle, en general, una muy buena impresión. Se encargó personalmente de explicarme las tareas que tendría que cumplir. Luego, me indicó que habían montado una habitación al lado en la biblioteca y, que con una llamada de campana, tendría todo lo que necesitaría. En general, tendría que estar dentro de la zona exceptuando a las horas de comer y cuando necesitara ir al baño. Podía suponer algo duro, pero ¿qué eran tres meses a cambio del ansiado premio?

Sin embargo, no pude evitar preguntarle el por qué se habían molestado en contratar a un extranjero en lugar de encargarle la tarea a alguno de los monjes de su orden. Todos se me quedaron viendo como si hubiese abierto la caja de Pandora. Parecían mudos y temerosos.

—Últimamente han proliferado una serie de historias en torno al Salón teológico… —exclamó el abad—. En realidad, son más bien unas antiguas leyendas del Monasterio. Piense que éste existe desde hace casi un milenio, es lógico que sus viejas paredes den mucho de que hablar. Resulta que mis… compañeros, por decirlo de algún modo, son muy supersticiosos. Hablan de unas voces que se escuchan en el ala prohibida del salón, y piensan que puede deberse a una fuerza sobrenatural que la protege. Una fuerza diabólica con horribles intenciones.

—¡Es el Fantasma de los Libros! ¡Si se queda aquí su alma estará condenada! —interrumpió uno de los monjes.

El abad negó lentamente su cabeza, suspiró y luego, como si aquel inciso no hubiese sucedido, continuó:

—A pesar de este hecho no puedo ofrecerle semejante tarea tan importante a cualquiera, y yo, debido a las responsabilidades inherentes a mi cargo, no dispongo del tiempo suficiente para encargarme de ello personalmente. Así que pensé, ¿qué mejor que una editorial que pueda desear hacerse con la exclusividad de algunos de los tomos? —comentó—. De hecho, esto me viene perfecto para decirle cual será la quinta norma: sin importar las circunstancias, no debe ir al ala prohibida de la biblioteca ni permitir que nadie más entre. Sólo yo puedo acceder a ese lugar. ¿Ha quedado claro?

Le respondí que cristalino, para luego retirarme a desempacar todas mis cosas en mi habitación. Más tarde me permitieron descansar de mi viaje, y no les vi hasta la hora de comer. Después de cenar, presencié algunas de sus misas y me marché a mi habitación. A la mañana siguiente comenzaría mi primer día.

***

La jornada de la mañana y la tarde había sido dura. Catalogar aquella inmensa biblioteca, vigilar que ni monjes, estudiantes o turistas robaran alguno de los tomos, encuadernar, restaurar, reescribir,… desde luego, nadie podía negar que uno se ganaba el sueldo. Por fortuna, después de cenar, tuve todo el tiempo del mundo para mí. Esa noche estaba muy cansado, pero me obligué a mí mismo a permanecer en el salón, encender una pequeña vela, y comenzar a esforzarme en mi trabajo de documentación para ir recomponiendo mi obra. Después de un par de horas, comencé a suspirar. En ese momento, fue cuando lo escuché.

Era un sonido macilento y perdido que, en principio, parecía oírse en todas partes y ninguna. Comenzó débil, pero poco a poco fue aumentando la intensidad de tal forma que sentí como los cabellos de mi nuca se erizaban. Parecían unos lamentos perdidos, como el quejido de una mujer o un niño que estaba pidiendo auxilio. Intenté prestarle atención, pero el techo abovedado estaba tan bien construido, que era difícil percibir de donde venía exactamente. Finalmente, conseguí percatarme desde donde venía y fui andando poco a poco… hasta que llegué a las puertas del ala prohibida.

En ese instante el sonido cesó.

Durante unos minutos estuve quieto, preguntándome si aquello había sido real o producto de una reacción psicosomática producida por la historia contada por el abad, y la reacción del resto de los monjes. Decidí que todo aquello era ridículo, quizás se trataba del viento y de una mezcla del cansancio que tenía por aquellas horas de trabajo a las que había sido expuesto. Entonces, me retiré lentamente a mi habitación para poder descansar.

***

Pasaron semanas en las que tuve la oportunidad de adaptarme del todo a mi trabajo. A pesar de que las largas horas de silencio de alguna forma afectaban a mi ánimo, por otra parte me venían muy bien a lo largo de las noches, cuando finalmente pude componer algo de mi obra. De alguna forma sentía que gracias a mis experiencias y mi situación psicológica, por fin, salía algo auténtico de mis esfuerzos. Posiblemente, el Sr. Laverne tenía razón. El trabajo me ayudaba a madurar mis ideas. El tiempo a lo largo de esas paredes era largo, pero nada extraño había vuelto a producirse.

Hasta que llegó el segundo mes…

Nuevamente estaba en medio de mis quehaceres y volví a oírlo. Aunque en esta ocasión, había algo más. No era algo físico, pero me parecía muy real. Notaba un aura que, con un ánimo corrompido y quizás, levemente sofocante, parecía cargado con todo atisbo de negatividad. Detectaba un hálito peligroso de hostilidad que se cernía de alguna forma sobre mí. Mi primer instinto habría sido escapar para no volver jamás a aquel edificio, pero yo nunca hago caso a ese tipo de estímulos. Era irracional, ridículo. Me quedaban dos meses y desperdiciar mi oportunidad por un presentimiento… lo habría considerado estúpido. Seguramente me lo reprocharía toda la vida, jamás sería capaz de perdonarme. Lo segundo que me planteé, fue dirigirme nuevamente hacia la sala. Sin duda algo debía haber allí. Alguna cosa que… o alguien, que emitiera aquellos ruidos. Esta vez, conforme me acercaba, el sonido iba acrecentándose, y aquella sensación, como la de una tijera cortando carne viva, seguía acompañándome. Una vez más, cuando llegué hasta el ala prohibida, el sonido cesó.

Me giré lentamente y, de repente, encontré una figura espectral que, con ojos ausentes y la quijada deformada, proyectó un pestilente chillido de miseria. Apenas pude oír en medio de mi terror las palabras: “¡Márchate!”.

Perdí mis papeles y comencé a gritar. Detrás mía una mano me sacudía fuertemente, me giré, y vi al abad.

—¿Qué le sucede? ¿Está loco? —inquirió—. ¿Por qué grita de esa manera?

Me volteé hacia donde había visto a aquella figura. Nada había en los alrededores. Los mismos libros, las mismas estanterías, los mismos frescos…

—¿Ha visto…? —pregunté, pero incapaz de emitir sonido alguno me auto interrumpí.

Mis ojos estaban abiertos como platos y no me atrevía a cerrar mis párpados, no fuera a ser que la figura, a través de mi memoria, volviera a visitarme.

—¿Qué? ¿Qué es lo que tendría que haber visto? ¡Sr. Johnson, compórtese y contésteme de una buena vez!

Comencé a pensar que la soledad me estaba afectando. Avergonzado, me disculpé y me excusé diciendo que quizás, se había debido al cansancio.

Con una mirada inquisitorial, aquel representante eclesiástico comenzó a estudiarme.

—Por casualidad no habrá entrado en el ala prohibida ¿verdad? —me interrogó—. Recuerde lo que le dije: si quiere conservar el trabajo cumpla con las normas y con sus obligaciones.

—Por nada del mundo estaría dispuesto a perder mi oportunidad por ver una ridícula sala.

—Una decisión inteligente. Váyase a acostar de una vez Sr. Johnson, y recuerde que mientras permanezca en el Salón teólogico debe cumplir un voto de silencio —me recordó—. No vuelva a armar otro escándalo parecido éste.

Me dirigí a mi habitación y me acosté. Esa noche, me fue completamente imposible dormir.

***

Otras noches como la anterior volvieron a sucederse. Aunque en esas ocasiones, decidí ignorar las voces. El tercer mes llegó y conseguí por fin completar mi obra. Me dije a mí mismo que no volvería a salir de mi habitación cuando entrará la noche. Sin embargo, una fuerza poderosa me atraía y, en ocasiones, me veía de nuevo escuchando esos sonidos en la zona de lectura del monasterio. Aquel sitio parecía estar a punto de volverme loco. En dos ocasiones, recogí mis cosas y me planteé seriamente marcharme para no volver jamás. Sólo con una extrema fuerza de voluntad, y recordándome constantemente que únicamente me quedaba un mes, logré mantenerme firme. Así fue hasta esa aciaga noche…

Como todos los días del tercer mes, al ponerse el sol, me dediqué a organizarlo todo, recogerlo y dirigirme directamente a mi habitación. Había desistido de cenar con los demás con la idea de no pasar por la biblioteca por la noche. Esa noche, vi que me había dejado en mi habitación un libro. Según las normas estipuladas por el Salón teológico, yo tenía la obligación de dejar al anochecer, el libro en su estantería correspondiente. Si no quería perder mi trabajo, no tenía más remedio que llevar a cabo aquella acción. Me armé de valor y llevé el libro hasta donde tenía que dejarlo. Sorprendentemente, a lo del trayecto no sucedió absolutamente nada, pero al llegar, me fijé que estaba justo al lado de las puertas del ala prohibida.

Una extraña inquietud se apoderó de mí. ¿A qué se debía tanto secretismo? ¿Por qué nadie podía acceder aquella zona?

Sin duda lo  que ocultaban ahí tenía que ser muy importante como para que sólo pudiera entrar el abad del monasterio. ¿Y si todos aquellos extraños sucesos de la biblioteca se debían a aquella sala? Era muy extraño que los sonidos que siempre escuchaba, se acercaran a un mismo sitio. En aquellos instantes, bien sea por una locura transitoria, o quizás debido a un impulso del momento, decidí entrar.

La puerta tenía las bisagras oxidadas. Al abrirse, el sonido de estas se extendió a lo largo de la abovedada habitación. A lo largo vi un laberinto de estanterías llenas de libros empolvados que parecían no haber sido abiertos desde hacía siglos. Al lado de la entrada había un pequeño candil que conseguí encender para luego ir observando cada uno de los volúmenes. Eran libros de autores de los que nunca había oído hablar. Escritores de diversas lenguas que, sin embargo, a primera vista, parecían tener un estilo único. Cogí uno de aquellos al azar; comencé a leerlo. Era una novela inglesa cuya estructura era muy propia del siglo XIX. Era fantástica, una obra única que se adelantaba a su época. El tiempo pasó volando, y me di cuenta de que tenía que volver. Pero entonces, noté que aquel laberinto de libros nunca terminaba. Entré en pánico. No había forma de escapar de aquella sala. Viendo que no conseguía llegar y, asumiendo que al no cumplir mis funciones, vendrían a buscarme, comencé a leer más de aquellos maravillosos libros. Pero la noche llegó y no me habían buscado.

Entonces apareció.

Aquel ser espectral se presentó ante mí. Ya no se veía tan desgarrado y tenebroso como antes. En su lugar, vi a una joven que se acercaba a mí, con un rostro triste y melancólico.

—Te lo advertí —dijo—. Te dije que te marcharas cuando tenías la oportunidad.

Le pregunté quien era y que hacía en la biblioteca. También la razón por la que deseaba echarme de allí.

—¿Echarte? —inquirió asombrada—. No, sólo deseaba salvarte, pero ahora es demasiado tarde. Yo fui como tú una encargada de biblioteca. Entré por razones muy parecidas: deseaba conseguir escribir una obra magnífica y por ello, acepté un empleo con unos libros únicos como otros. Entré como tú en esta oscura sala, y no conseguí salir. Desde entonces mi obra esta aquí, junto con la de otros muchos que formaron este oscuro centro de maldad y cultura, y me encargo ahora de custodiarlos y de formar, durante la eternidad, otras historias como estas.

—¿Cómo puedo salir de aquí? —pregunté—. ¿Hay alguna manera de escapar?

Su inquietante voz fina y nostálgica, me atravesó como un cuchillo cuando escuché aquellas horribles palabras:

—Nadie sale del ala prohibida. Tu destino ahora no es otro que el de componer tu magnífica obra hasta que llegue el ansiado día de tu muerte. Y cuando ocurra, la custodiarás hasta que llegue el día del juicio final.

Esa fue mi historia. La de un individuo cualquiera que sólo quiso encontrar su oportunidad y finalmente la consiguió. Supongamos que el individuo que escribió estas líneas se llama Estanislao Johnson. Sí, es un buen nombre. Y esto que estás leyendo, es el esfuerzo que dediqué durante el resto del tiempo que me quedó. Un nombre que, a todas luces, nos sirve tan bien como cualquier otro para contar las vivencias de un sujeto común que se vio arrastrado hacia un destino tan insólito como tenebroso. Por desgracia, no puede servir como advertencia. Porque si ahora mismo lo estás leyendo, significa que también es demasiado tarde para ti.

Es la hora, lector. La hora de que compongas un texto magnífico, y que formes parte del grupo que ha quedado atrapado en la diabólica ala prohibida del Salón teológico del Monasterio Strahov.

La hora de que tú también seas el Fantasma de los Libros.

Axel A. Giaroli

Ilustración de Rafa Mir

E06-El fantasma de los libros

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Género: Microrrelato

Rating: +14

Este relato es propiedad de Daniel Camargo. La ilustración es propiedad de Rosa García. Quedan reservados todos los derechos de autor.

E06-El fantasma de los libros.

Ya está, se acabó… Qué pena, pensó, mientras comprobaba que la tarde se empezaba a transformar en noche.

Sentado en su precaria cama de cartón, escuchaba el monótono ruido de los coches que cruzaban el puente, justo sobre su cabeza.

Allá a lo lejos, desde un anuncio, un actor sonriente trataba inútilmente de convencerlo de que el puto banco del logotipo rojo se desvivía por todos nosotros.

Era incapaz de recordar cuántos meses llevaba sin trabajar, desde aquella tarde en la que lo echaron de la fábrica. Aquella tarde extraña, que había marcado una raya en su destino. Desde entonces su vida se había convertido en una sucesión de derrumbes, a cual más doloroso. Poco a poco había perdido su coche, su casa, su esposa, sus amigos…

Todo.

Ilustración de Rosa Garcia

Sin embargo, hoy no se sentía mal. Estaba sereno y lúcido, y lo invadía un cierto optimismo, una renovada confianza en sus posibilidades.

Acababa de ganar una apuesta, para lo cual había tenido que recorrer el mundo y enfrentarse a mil desafíos y acertijos, resolviéndolos.

Apoyó con delicadeza el ajado ejemplar de Verne junto a su improvisada manta, y se puso de pie. Le costaba mantener la vertical, como a un árbol castigado por el viento durante demasiado tiempo. Luego se fue andando, débil e inestable, a refrescarse en una fuente cercana.

El Fantasma de los Libros había vuelto a actuar.

DC 2014

E07-El fantasma de los libros

Autor@: 

Ilustrador@: 

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Género: Fantasía urbana

Rating: +13

Este relato es propiedad de Olga Besolí. La ilustración es propiedad de Verónica López. Quedan reservados todos los derechos de autor.

E07-El fantasma de los libros.

Cada autor deja parte de su alma en aquello que escribe. Eso dicen. No es una leyenda, no es un cuento. Es un hecho totalmente real, completamente cierto. Sólo que muchas veces es intangible. Suele tratarse de pequeños fragmentos de ánima de los que el escritor se desprende, de forma indolora, sin ser apenas consciente de ello. El autor sólo siente un pequeño vacío existencial después de cada pérdida, de cada texto finalizado, y la necesidad imperiosa de volver a llenar ese ínfimo agujero del alma de cualquier manera y lo más rápidamente posible, ya sea mediante altas dosis de belleza o de fealdad, de experiencias o de conocimientos; empeño del que no cesará hasta que se sienta renovado y completo.

Pero si el escritor deja demasiado de sí mismo en una obra; si pone sus cinco sentidos y entrega su corazón a aquello que escribe; si evoca todo su ser y conjura toda su ánima en la pluma que graba su testimonio; entonces, y sólo entonces, una parte importante de su alma quedará incrustada en ese pliego de papeles, en los pequeños garabatos que forman la grafía de su trabajo, conjurada en las palabras y grabada en el papel, dejando una herida de vacío perenne e incurable en su creador. Por eso dicen que sólo se puede alcanzar a escribir una única obra maestra en vida, una gran obra literaria, aquella en la que uno se vació en cuerpo y alma. Esas suelen ser las grandes obras de la historia.

Y a veces, sólo a veces, ocurre que esa alma transmitida al papel es tan fuerte, tan poderosa, tan enérgica y dominante, que adquiere identidad propia con una fuerza fantasmagórica que, ni aún perteneciendo al mundo de los vivos ni tampoco al de los muertos, puede actuar sobre la vida y la muerte. Lo sé, porque aunque yo nunca creí en fantasmas, ni en lo paranormal, sí creo firmemente en lo que ven mis ojos.

He sido testigo de todo lo que explico a continuación, con letra temblorosa e inestable, me temo, porque mi mano aún se agita de espanto cuando pienso en todo lo sucedido. Pero he aquí mi relato, mi testamento y único legado de lo que en realidad ocurrió la pasada noche y que no me he atrevido explicar en el informe policial, por miedo a ser tomado por loco. Y con este texto pretendo purgar mi propia alma, en un intento de deshacerme de la inquietud que la invade.

Todo empezó en la madrugada del jueves, cuando tuvimos que atender un caso de una muerte en extrañas circunstancias que ocurrió en la sala de archivo y clasificación de la antigua biblioteca estatal de Turingia, una de las pocas supervivientes a la guerra, y a la que habían sido trasladados todos los volúmenes rescatados de otras bibliotecas que no tuvieron tanta suerte, resultando dañadas unas, medio derruidas otras o incendiadas hasta los cimientos las más desafortunadas.

Aunque ya han pasado más de quince años desde que terminó el conflicto, las calles y los edificios de Berlín siguen recordándonos todos y cada uno de los horrores vividos. Las brechas de sus fachadas son cicatrices que nos acechan y sus sombras maltrechas nos persiguen. El muro que parte la ciudad en dos, erigido hace escasos días, divide también los corazones de las gentes, y separa familias, amigos y parejas. Ha sido construido en una sola noche, como recordatorio eterno de que perdimos la guerra y como humillante castigo al pueblo que depositamos primero nuestros votos en las urnas, y después nuestra fe, en un carismático líder que se descubrió ante el mundo entero como el loco que quiso dominarlo. Un muro que nos parte en dos. Para evitar el avance del fascismo, han proclamado. Yo creo que más bien para acabar con la poca dignidad que nos queda tras la derrota que nos puso en el punto de mira de todos. El mundo todavía nos señala con dedo acusador y nos observa con desdén. No entienden que nosotros también somos víctimas de la guerra. Los civiles nunca sospecharon que se estaba creando el holocausto bajo la apariencia de un nuevo orden. Otros, como yo, sólo éramos unos adolescentes llamados a filas que no estábamos preparados para lo que íbamos a presenciar. Han pasado más de quince años y muchos de nosotros todavía tenemos pesadillas. Nos despertamos en plena noche, después de dar infinitas vueltas en la cama, sudorosos y agitados, creyendo oír la alarma que precede a los bombardeos, el estruendo de los tanques soviéticos cercando Berlín, el sonido de los disparos y los gritos de los heridos que acompañan el olor ferroso de la sangre derramada. O peor, nos recordamos concentrando a los civiles, ajusticiando a los rebeldes e insumisos, limpiando los guetos. Muchos, para acallar el sonido infernal del interior de la cabeza y aligerar la presión de las sienes se medican: con pastillas, psicopax, pacium, somacina… o se inyectan morfina. Lo que sea para no revivir las imágenes y ruidos de la guerra, del horror, de la muerte. Yo no. Soy policía y necesito moverme con la mente despejada y fría. Yo combato mis terrores nocturnos levantándome de la cama de un salto y encendiéndome un pitillo, es lo único que logra sosegarme y no me hace perder la cabeza.

Durante la noche del miércoles me removía inquieto e inmerso en una de mis pesadillas recurrentes. Yo, ataviado con mi uniforme de soldado raso, me apuntaba a mi mismo ante una fosa repleta de cadáveres putrefactos. Pero los muertos no estaban muertos y se reían de mí, mostrándome sus bocas de encías desprovistas de dientes. Disparé y sentí el disparo en la nuca y, mientras me caía y rodaba foso abajo sobre la montaña de despojos, las manos de los muertos me agarraban y tiraban de mis ropas. Entonces empezó a sonar el aullido de la alarma.

Pero la alarma que me hizo despertar con el corazón en un puño no era más que el insistente timbre del teléfono. Aún sobresaltado, descolgué el auricular mientras me liaba un pitillo, como tantas otras madrugadas.

Media hora después me hallaba en el edificio de la biblioteca, en la estancia más desordenada, oscura y lúgubre que haya visto en mi vida, con parcelas del suelo ocupadas por montañas desordenadas de libros polvorientos haciendo equilibrios. Las partes libres del piso estaban invadidas por documentos y hojas sueltas, de forma que uno tenía que avanzar a saltitos y en diagonal, como la pieza del caballo en un tablero de ajedrez viviente. Las estanterías que se levantaban a cada cuantos metros tenían los estantes combados bajo el peso de innumerables y voluminosos tomos dispuestos unos sobre otros sin orden ni concierto. Y allí, escondido en medio de ese desastre archivístico, refugiado tras una voluminosa librería y medio sepultado por algunos libros que debieron caérsele encima, con el rostro ceniciento, los ojos abiertos y la mandíbula desencajada, se hallaba el cuerpo sin vida de Leib Meyer, el joven que, según la declaración de Hans Schmidt, el enorme encargado de pelo rubio y ojos claros, era el nuevo en el grupo de los trabajadores del turno de noche.

Ilustración de Veronica Lopez

Por lo visto hacía cinco años que en la biblioteca, para doblar los esfuerzos y ayudar a agilizar los trámites de la clasificación de todos los ejemplares requisados y acumulados, se había creado ese turno y, aún así, según explicó Schmidt, les llevaría otros quince años más, como mínimo, arreglar, recomponer, distribuir y clasificar la totalidad de volúmenes, libros y obras que encerraba aquella gran sala de ventanales tapiados y cuyo ambiente olía a moho, a podredumbre y a cuero chamuscado.

—Es por los libros quemados —me dijo el encargado—. Muchos de los documentos llegaron completamente empapados y otros medio calcinados. Algunos ejemplares aún tienen salvación y los podemos restaurar; otros no correrán la misma suerte y se descompondrán antes de que logremos clasificarlos.

—¿Y saben qué es todo lo que tienen aquí? —pregunté, más por costumbre policial que por curiosidad, mientras de forma casi automática iba tomando notas en mi pequeña libretita.

—No tenemos ni idea —me respondió—. Vamos viendo según abrimos las cajas, según vamos ojeando cada ejemplar. Hay de todo, obras maestras y libros sin importancia, textos antiguos y otros editados cuando estalló la guerra. Hay mapas y grabados, libros manuscritos e impresos, documentos y folios sueltos. De todo y procedente de todas partes de Alemania, Polonia e Austria. También hay muchos libros del régimen. Esos los apartamos y se los llevan, supongo que para quemarlos o encerrarlos bajo llave.

Eso fue la información más completa que recibí de Hans. Sabía todo lo que hay que saber en cuanto a literatura se refiere. Por lo que respecta al muerto, ignoraba qué le sucedió y cómo. Ni él ni los otros vieron nada ni oyeron ningún ruido delator o que ofreciera una pista. Tendríamos que esperar al médico forense.

El médico era un pobre anciano que, para proceder al levantamiento de cadáver, tuvo que apartar él solo la pesada montaña de libros y papeles que cubrían al muerto. Por si fuera poco, al coger uno de los volúmenes, un libro de tamaño mediano, arrugado y con la cubierta totalmente chamuscada, se lastimó una mano.

El viejo forense contó que había sentido una fuerte punzada en la palma, como si le hubieran clavado un cuchillo, por lo que dejó caer el libro al suelo de golpe y provocando un gran estruendo que reverberó por toda la enorme sala. Él decía la verdad, aunque en ese momento todos los agentes lo miramos con desconcierto, preguntándonos si el pobre anciano mostraba indicios de senilidad.

Alguien dijo una vez que la pluma es más mortífera que la espada. Quien fuera que lo dijese estaba en lo cierto, aunque entonces ninguno de nosotros acertábamos a comprender hasta qué punto. Yo, ahora, sí que lo comprendo. El corte de la mano del forense no paraba de sangrar y aunque él mismo se hizo un buen vendaje, le dolía tanto que no dejó de soltar improperios en polaco, su lengua natal, durante el resto de la jornada. No pudimos hacer nada por ayudarle, ni aligerar su trabajo. Nadie más podía tocar nada dentro del cerco policial o contaminaríamos la escena del crimen.

Con el médico forense lesionando, el levantamiento del cadáver llevó toda la mañana y hasta media tarde no llegaron a comisaría, provenientes del depósito, los sorprendentes resultados de la autopsia. Al muerto alguien le había practicado una quemadura en el pecho, justo sobre la zona del corazón, con forma de estrella de seis puntas. Y aunque la quemadura parecía haber sido realizada hacía solamente unas horas y estando aún vivo, no se había encontrado marca alguna de quemaduras en su ropa. Por lo demás, había muerto a causa de un shock que le provocó una parada cardio-respiratoria. Hablando claro, se había muerto de miedo. Y eso eliminaba la intervención directa de la mano de un asesino, aunque este caso tomaba connotaciones que me erizaron el vello de la nuca.

Todos y cada uno de nosotros sabemos perfectamente qué significa ese dibujo grabado a fuego sobre el pecho del muerto. Es la Estrella de David. Recuerdo perfectamente haberla visto cosida sobre las ropas de aquellos a los que sacábamos de sus casas y conducíamos hasta los guetos. ¡Cómo no olvidarlo, no ha pasado suficiente tiempo! Y tras un par de horas de investigaciones y de interrogar a su familia, mis sospechas fueron confirmadas. El muerto era de ascendencia judía. Y eso significaba problemas. Y grandes. De un caso de asesinato habíamos pasado a un caso de tortura por racismo.

Tuvimos que paralizar la investigación y cerrar la biblioteca a cal y canto hasta nuevo aviso. Se nos instó a acallar todo lo que sabíamos del caso y nuestro capitán se vio obligado a llamar a la policía judicial europea por tratarse de un ataque contra un judío. El recuerdo del nazismo aún sigue vivo entre nosotros. Los alemanes estamos permanentemente vigilados, atados de pies y manos, supongo que hasta que no paguemos con creces la deuda impuesta por Europa. Y eso llevará muchos, muchísimos años, más de los que yo viviré.

Ya avanzada la tarde del viernes, llegó a comisaría el agente de Interpol destinado a husmear en nuestro caso, a hacerse con el caso. Su llegada suscitó miradas de oprobio en la comisaría. Era un irlandés de procedencia claramente afro-americana, seguramente hijo o nieto de esclavos, de piel tiznada como el carbón, labios carnosos y ojos resplandecientemente blancos. Hablaba nuestro idioma con soltura, pero había algo rudo y autoritario en su manera de expresarse que no me despertó ninguna simpatía. Pensé que veinte años atrás no se hubiera atrevido ni a poner su pie en este país y que resultaba extraño que ahora tomase el mando y nos diese órdenes por doquier. También pensé que veinte años atrás era la Gestapo la que tenía el control de la Interpol y que ahora es la Interpol quien tiene el control sobre todos nosotros. Con respecto a John, que así se llamaba el agente, era de aquellos hombres a los que les gusta hablar pero no escuchar.

Hizo oídos sordos a mis quejas cuando se empeñó en ir inmediatamente a la biblioteca para ver con sus propios ojos la escena del crimen. Las luces del día se habían extinguido ya y yo insistí en que era mucho mejor ir a la mañana siguiente, con las primeras luces del alba. Pero él no quiso escuchar. Me pidió que le acompañara. Yo insistí en que había pasado un par de malas noches, que no había logrado conciliar el sueño, y que no era buena idea que le acompañara en su visita nocturna. Tampoco quiso escucharme. Cogió su chaqueta del respaldo de la silla y salió por la puerta esperando que fuese tras él.

Una orden es una orden, sobre todo cuando viene de un superior. Y John Seymour se convirtió en superior de mi superior en el momento en que cruzó el umbral de la comisaría. Así que le acompañé a la biblioteca, contra mi voluntad y con un dolor de cabeza tan espantoso que ni el cigarrillo que me estaba fumando logró apaciguar.

Y allí, de vuelta en esa misma sala de archivos y clasificaciones, delante del cerco blanco de tiza que marcaba la silueta del cuerpo que ahora descansaba en el depósito de cadáveres, presencié anoche lo que ningún ser humano debería ver en vida.

Vi como John husmeaba entre los libros que el forense había apartado tan cuidadosamente, como los manoseaba, como los cogía. Le avisé que no debíamos tocarlos, pero no me escuchó. También vi como recogía el libro de tapas chamuscadas mientras me decía:

—Lleva grabada el águila sobre la esvástica en la cubierta. Según la convención europea, este libro no debería estar aquí, debería ser requisado.

—Si no recuerdo mal, el encargado del turno de noche, un tal Hans Schmidt, dijo que este tipo de libros eran apartados —le contesté leyendo directamente de mi libretita— así que creo que es mejor dejarlo donde está.

Pero, aparte de no escucharme, John hizo lo que no debía hacer. Abrió el libro.

—No pienso hacerlo —respondió—.. Este libro va a venir conmigo a la sede central de la Interpol en París. Parece un diario claramente nazi. Está manuscrito —dijo hojeando las primeras páginas—. Sólo si puedo ver quién lo ha escrito… A ver, esa parte está totalmente quemada, pero aquí se lee… mein Kamf. Espera, ese no es el libro que Adolf…

Entonces vi como un rayo fulgurante salió de las páginas del libro para impactar sobre el cráneo del agente negro, traspasándolo limpiamente y disparando fragmentos de sesos sobre el estante de atrás, como si de un balazo en la cabeza se tratase. Antes de que el cuerpo se desplomase, una mano de fuego lamió su cara que empezó a arder con llamas que parecían salirse del mismo infierno. Impulsado por una fuerza invisible. el libro cayó al suelo, lejos del fuego, y se cerró solo, mientras John Seymour se consumía convertido en una antorcha humana ya sin vida que se desmoronaba.

No sé lo que pasó por mi cabeza en ese momento. Pero agarré el libro fuertemente con las dos manos, con el ansia de quien captura a un asesino que se está dando a la fuga. Por una razón que no entendí al momento, pero que ahora comprendo, el mal que anidaba en él no me dañó. Fue por mi sangre y mi semblante arios. Soy rubio y de ojos azules, y estos rasgos, junto con un pedigrí puramente germano que se remonta a varias generaciones, fue el salvoconducto que me llevó al reclutamiento en las juventudes de la SS en la adolescencia, a los horrores de sus filas de soldados luego, y a poder sostener el manuscrito entre mis manos el tiempo suficiente para echarlo al mismo fuego que él había provocado y que ahora se extendía por el suelo de la biblioteca, consumiendo todo el saber allí acumulado.

Vi con mis propios ojos como la silueta espectral de un Adolf Hitler hecho de humo salía de entre las páginas del manuscrito intentando evitar las llamas que lo devoraban, como habían consumido en tiempos del dominio nazi los miles de volúmenes del saber universal que los comandantes de la Gestapo echaban a la pira ante nuestros ojos atónitos. Vi a ese ser inmundo e incorpóreo sufrir y gritar como lo hacen todas las víctimas de este mundo. Pero vi finalmente como el libro, y el ser espectral que lo habitaba, se convertían en ceniza ante mis ojos.

También presencié como ese fuego que se expandía extrañamente se retrajo, repentinamente y como si se ahogara a sí mismo, dejando solamente una gran mancha negra sobre el suelo, donde no quedó nada más que polvo y ceniza.

En ese mismo instante el ambiente enrarecido y asfixiante de la biblioteca se diluyó, como si algo terrible y opresor se hubiera desvanecido, mientras que por la rendija de la ventana tapiada más cercana se colaban los primeros rayos del amanecer de un nuevo día, este día de hoy, que ahora ya toca a su fin y en el que he tenido que dar muchas explicaciones, demasiadas, la mayoría falsas, sobre las causas del pequeño incendio de la biblioteca probablemente provocada por el agente John Seymour para disimular su robo, sobre su supuesta desaparición llevándose algunos documentos valiosos, sobre porqué volví a la biblioteca al amanecer siguiendo mi instinto policial, sobre porqué considero que el caso está cerrado si no se ha encontrado criminal alguno. ¿Qué quieren que les diga, que yo acabé con el fantasma de un libro? ¿Qué era él quien cometió esos terribles asesinatos? ¿Que todo fue culpa de un manuscrito maldito?

No soy ni un loco ni un necio. Y sé que si dijese la verdad nadie me creería. Por eso he decidido poner todo esto por escrito. En cuanto acabé, meteré esta declaración en un sobre sellado que encerraré en un cofre que no ha de ser abierto jamás y cuya llave tiraré al río. Porque no hago esta confesión para que nadie la lea, ni crea en mis palabras, sino para acallar las voces de mi conciencia y plasmarlas en el papel. Sólo así podré desprenderme de esta parte de mi alma aquejada por la angustia. No en vano dicen que cada autor deja parte de su alma en aquello que escribe.

Pero terminada esta labor expiatoria del alma, todavía me quedará una duda. Una gran y terrible duda que me corroe, pues habiendo vivido el horror que he experimentado estos últimos días, mucho más terrible que los horrores que sufrí durante mi juventud y, sabiendo lo que ahora sé, no puedo parar de preguntarme qué fantasmagóricas y cruentas batallas se librarán en las dependencias secretas de la Biblioteca Vaticana, cuna del saber prohibido, donde descansan los libros salvados del incendio de Alejandría que recogen toda la sabiduría de los Dioses del Antiguo Egipto; donde los libros originales que componen la biblia y los libros Apócrifos que fueron desechados comparten lecho; donde se conservan las copias franciscanas de los libros profanos, herejes y supuestamente perdidos de Aristóteles y Galileo; donde todos los anteriores comparten espacio con los terribles tratados medievales de brujería y magia negra, inspirados por el mismo demonio y redactados por poderosas brujas y nigromantes; y donde se custodian los tomos completos de todos los procesos, interrogatorios y sistemas de tortura llevados a cabo durante siglos por la Santa Inquisición Española contra todos los enemigos de la fe católica, uno de ellos escrito a puño y letra por el mismísimo Tomás de Torquemada.

¿Es esa la razón por la que el archivo secreto de la Biblioteca Vaticana se encuentra inaccesible, sellado y bajo tierra?

Olga Besolí

Abril 2014

E08-El fantasma de los libros

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Drama-Fantasía

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Jesús Cernuda. La ilustración es propiedad de Nelle Caver (Noelia de la Torre). Quedan reservados todos los derechos de autor.

E08-El fantasma de los libros.

 

Aún recuerdo aquel momento en que su sombra, como salida de la nada y en un silencio que apenas me dejaba respirar, se cruzó ante mis ojos.

Acababa de cumplir ocho años y en la oscuridad de mi habitación pude ver cómo una silueta dejaba algo a los pies de mi cama y, del mismo modo que había llegado, desaparecía tras la puerta.

Ilustración de Nelle Caver

Tengo ya demasiados años para dejar que el pasado se cuele en mi vida. Pero aquella llamada golpeó en lo más profundo de mi ser, haciendo que aquel pasado removiera todo mi presente.

Como cada día estaba  sentado en mi ya viejo despacho, rodeado de cientos de libros que formaban unas pilas que parecían sujetar el mundo o, al menos,  lo  hacían con el mío.

Desde el día en que me fui de casa, decidido a encontrar eso que me ha convertido en lo que ahora soy, no había vuelto a hablar con mi madre más de cinco minutos seguidos. Escuchar al otro lado de la línea que ya no podría hacerlo me devolvió a la triste realidad, esa en la que había acusado a mis padres de sentirme solo durante toda mi infancia, esa en la que me negaba a dejar que los recuerdos formaran parte de mis días.

No puedo decir que en mi juventud no fuera feliz, mis padres hicieron todo lo posible para darme cuanto necesitaba y más. Supongo que entonces no lo aprecié. Ahora me doy cuenta de lo egoístas que podemos ser de niños.

Es curioso cómo hay cosas que pueden grabarse en la memoria para hacerse dueña de ella y, a pesar de encerrarlas bajo una enorme llave en lo más profundo de tu mente, siguen ahí. Una de esas cosas es ese olor a carbón que mi padre dejaba al llegar todas las noches a casa, tan tarde, que tan solo en un puñado de veces conseguí mantenerme despierto  para ver en su cansado rostro cómo me dedicaba una sonrisa.

Y yo me quejo ahora, sentado en mi despacho frente al ordenador, cuando él trabajaba más de quince horas al día para volver con las manos cortadas y poder sonreírle al mundo con la cabeza bien alta.

Y otra es ese día en que aquel olor no volvió jamás. Ese mismo día que acurrucado en la cama con lágrimas en los ojos, al saber que nunca volvería a ver la sonrisa de mi padre, algo se adentró en silencio para poner el primer paso de lo que sería mi vida.

Con las arrugas que dan los años, he comprendido lo duro que tuvo que ser para mi madre, dedicada a tiempo completo a perder su vida para poder darme la mía. Nunca supe ver cuánto sacrificio hacía por ello, cuánto le hubiera gustado pasar más tiempo conmigo. En cambio, mi único modo de pagarle fue irme y dejarla sola, más aún de lo que yo me había sentido durante años.

Como ya os dije, de niños o no tan niños podemos llegar a ser muy egoístas y lo que hice fue irme en busca de aquello que me ha hecho ser quien soy.

Fueron muchas las noches en que aquella misteriosa sombra se colaba en mi habitación. Aunque pude verla un par de veces más, de lo que estoy seguro es que tan solo yo podía hacerlo. Lo supe el día en que me armé de valor y se lo conté a mi madre.

—Pero tú estás loco, no existe el fantasma de los libros —sentenció de forma tajante.

Pero yo sabía que se equivocaba, porque en cada visita aquel extraño ser dejaba un libro a los pies de mi cama y se llevaba el que días antes había dejado.

Pasé años leyendo esos libros. Viajé con ellos a lugares increíbles, conocí a gente que nunca hubiera creído que existiera y viví con ellos mil y una aventuras. Me hicieron ser un apasionado de la lectura.

Pero lo que realmente me cambió fue el día en que aquel “fantasma de los libros” dejó a los pies de la cama uno que me desconcertó. Estaba totalmente en blanco.

Esperé paciente los siguientes días a que volviera y me regalara otra de aquellas historias con las que seguir soñando, pero nada. Siguió pasando el tiempo y ni rastro de mi fantasma.

Era tan solo un niño de catorce años cuando recorrí las bibliotecas de mi ciudad buscando alguno de aquellos libros que había leído. Me daba cuenta de que ni siquiera conocía a los autores. Encontré otras muchas historias que me hicieron seguir soñando, pero jamás ninguna de las que aquella sombra me había regalado por las noches.

Varios meses después comprendí el significado de aquel último libro, ese que estaba en blanco. Todas aquellas historias habían sido posiblemente mi única compañía (al menos eso pensaba) y ahora yo escribiría esas aventuras que tal vez otros podrían vivir desde sus casas. Aquel libro en blanco sería mi primera historia.

Justo al colgar el teléfono y pensar en todo aquello, no he podido evitar mirar a uno de los libros de mi despacho, ese que un día estuvo en blanco y que ahora guardaba entre sus páginas mi primera gran aventura.

Puedo decir que he tenido suerte, he publicado varias novelas por el camino y he conseguido hacer de ello mi modo de vida. Sin embargo, aquel primero nunca lo he intentado editar. Supongo que es algo que se quedará para mí por siempre.

Intento no pensar en mi madre. No quiero llorar al darme cuenta de que no he estado ahí para despedirme. Como el día que con apenas dieciocho años me fui y  solo dejé una nota. Ella nunca me lo echó en cara, ni siquiera salió de sus labios un porqué.

Pasé años viviendo de lo que podía y buscando en cada ciudad alguno de aquellos libros que me habían hecho soñar con mis propias historias. Nadie parecía conocerlos, lo que hizo que poco a poco fuera olvidándolo, llegando incluso a creer que todo había sido producto de la imaginación de un niño, que el “fantasma de los libros” como decía mi madre, no existía.

Estoy en aquella sala, rodeado de gente que ni siquiera conozco, pero que se acercan a decirme cuánto lo sienten. Me doy cuenta de que ellos tampoco me conocen. Lo único que quiero es que acabe todo, volver a mi casa y dejar que los libros sigan sosteniendo mi mundo.

Apenas queda nadie ya cuando un hombre se acerca.

—Sé que no me conoces. Tu madre me dijo antes de morir que te diera esto.

Creo que fue la única persona que no me dio el pésame. Tan solo dejó aquella caja en el suelo, me dio la mano y se fue igual de silencioso que había llegado.

Han pasado varios días desde el entierro de mi madre. He intentado no pensar en ella encerrándome en mis pequeñas historias, esas que sé que en el fondo solo intentan igualar a aquellas otras que se guardaron en mi mente cuando solo era un niño. Cuántas veces he deseado escribir algo que me hiciera sentir lo mismo que sentí leyéndolas. Supongo que no tengo el talento que haría falta, quizá nadie lo tenga y por eso nunca más volví a ver aquellos libros.

No he vuelto a pensar en aquella caja, que apartada en un rincón, parece llamarme. Creo que el miedo a lo que pueda encontrar en ella ha hecho que intente olvidarla.

Me armo de valor, esperando alguna carta en la que mi madre me dijera todo lo que no se atrevió a decirme en vida, a pesar de no ser más que verdades.

Dentro, un sobre pequeño encima de otra caja. Pienso que ahí está la carta que tanto miedo me daba, pero…

“Ojalá hayan suplido la falta de tiempo y veas en ellos el amor que nunca te pude demostrar”.

Abro la otra caja y todo a mí alrededor se retuerce. Me veo de nuevo como aquel niño de ocho años que, llorando en la cama, vio como aquel  “fantasma” entraba en su habitación, un fantasma que desde aquel mismo día tuvo que dejar su sueño a un lado para intentar formar el mío, un fantasma que desde entonces no encontró más huecos en su vida para seguir contando historias, pero que consiguió que yo, su hijo, soñara con contar las mías.

Ahora me doy cuenta de que todos esos días en que mi madre, esperando a que mi padre llegara, tecleaba aquella vieja máquina de escribir que desde su muerte no había vuelto a escuchar.

Con todos aquellos libros de nuevo en mi mano, me doy cuenta de que si he llegado a lo que soy es gracias a ese fantasma de los libros, a mi madre, que nunca vio su sueño cumplido, por dejar que yo lo hiciera.

—Mamá, tú sí que tenías ese talento.

Jesús Cernuda

E09-El fantasma de los libros

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Terror

Rating: +18

Este relato es propiedad de Roberto del Sol. La ilustración es propiedad de Jordi Ponce. Quedan reservados todos los derechos de autor.

E09-El fantasma de los libros.

Michael escondió la barbilla en el cuello de cisne del jersey mientras esperaba a que Stephen abriese la puerta. Estaba temblando. Había salido de casa con tanta rapidez que se había olvidado de abrigarse adecuadamente para protegerse del viento frío de principios de febrero. Miró alrededor. Solo su coche, atravesado y con las luces de emergencia encendidas, rompía el orden y la monotonía del pequeño barrio residencial. ¿Por qué tardaba tanto Stephen? Ya había hablado con él por teléfono mientras circulaba a toda velocidad por las calles desiertas, ignorando las luces rojas de los semáforos, para anticiparle su llegada. Era consciente de que las tres de la madrugada no era una hora normal para presentarse en casa de nadie, pero la urgencia de la situación no admitía demora.

Algo iba terriblemente mal.

Michael siempre dedicaba el final del día a navegar y responder a la interminable cascada de correos electrónicos que le enviaban sus colegas de departamento, los alumnos a los que dirigía en sus tesis de fin de carrera y los compañeros de investigación de varios proyectos en los que participaba. Era una tarea que odiaba, pero que nadie más podía hacer por él. Como decía siempre, eso nada más que era un pequeño peaje a pagar para poder dedicarse al mejor trabajo del mundo: ser profesor del departamento de lenguas clásicas en Princeton. Solo conocía una persona a la que le gustasen menos todos esos galimatías informáticos que a él: su amigo Stephen. Por eso esa noche, cuando llegó cansado de la universidad y vio su correo, lo abrió inmediatamente. Apenas hacía unas horas que lo había dejado en el departamento. ¿Qué necesitaba decirle que no le hubiese dicho esa tarde y que no pudiese esperar hasta el día siguiente? A medida que leía el mensaje, los sorprendidos ojos de Michael se abrían más y más. No podía ser verdad. Stephen tenía que haberse vuelto loco.

Hacía un par de meses que un equipo de investigación de la universidad de Sevilla se había puesto en contacto con ellos para solicitar ayuda con un descubrimiento que había revolucionado el mundo científico. El equipo, coordinado por el doctor Valentín Requena, había dedicado sus esfuerzos a estudiar una de las grandes incógnitas de la historia: el motivo por el que la Orden del Temple había pasado de ser el poderoso brazo armado de la cristiandad a una organización perseguida cuyos miembros habían llegado a ser prácticamente aniquilados y sus riquezas repartidas como botín de guerra. Y para intentar desvelar ese misterio habían comenzado por estudiar con detenimiento las actas de la Santa Inquisición cuyas fechas se correspondían en el tiempo con el ocaso de la Orden. Lo que los sevillanos habían averiguado arrojaba una nueva luz sobre los hechos de aquella época.

La Orden de los Pobres Caballeros de Cristo y del Templo de Salomón, tal y como había sido conocida inicialmente, se había fundado con la misión de proteger a los peregrinos que viajaban a Tierra Santa, pero también perseguía fines más oscuros y menos conocidos, como el de destruir todo lo que atentase contra la doctrina de la Iglesia. Hasta que llegó un momento en que los puntos de vista de la Iglesia y de la Orden sobre aquello que debía considerarse herejía eran tan distantes que los últimos grandes maestres del Temple, abrumados ante la posibilidad de que pudiesen llegar a perderse cientos de años de ciencia y de arte, y que eso acabase por sumir a Occidente en una era de oscurantismo y tinieblas similar a la que había sucedido a la destrucción de la biblioteca de Alejandría, tomaron la determinación de limitarse a esconder todo lo que la Iglesia consideraba peligroso, a la espera de que llegasen tiempos mejores en los que la cordura pusiera las cosas de nuevo en su sitio.

Hasta que sus planes llegaron a oídos de la Santa Inquisición.

Hacía tiempo que el rey de Francia, Felipe IV, acuciado por las enormes deudas que mantenía con la Orden, intentaba en vano advertir al papa Clemente sobre el inmenso poder que los caballeros habían acumulado a lo largo de doscientos años y la amenaza que eso suponía para la estabilidad de los reinos de Occidente. Un poder que crecía a medida que pasaba el tiempo y que comenzaba a rivalizar con el de la mismísima Iglesia Católica. Así que, con el entendimiento contaminado por las palabras del rey, y después de leer los informes de la Santa Inquisición, al papa no le quedó duda alguna acerca de la necesidad de intervenir con urgencia para cortar el brazo gangrenado antes de que la enfermedad acabase por contagiar al resto del cuerpo. “Si la mano derecha te escandaliza, arráncatela”, llegó a decir el papa para mayor satisfacción del rey de Francia. Herejía era el nombre de aquella enfermedad y solo había una cura posible para ella. Así que los miembros del Temple fueron perseguidos en nombre de Dios, apresados y torturados hasta que acabaron por confesar su culpa y después quemados en el fuego purificador que incendió el sur de Europa con cientos de hogueras. Para la orden caída en desgracia todo acabó la tarde del 18 de marzo de 1314, cuando Jacques de Molay, su último gran maestre, elevó la voz entre el crepitar de las llamas que iluminaban la fachada de Notre Dame para maldecir a aquellos que lo habían acusado, un hecho que vino a engrandecer aún más el aura maldita que rodeaba a los templarios, puesto que ni el papa Clemente ni Felipe IV vivieron para ver la llegada del nuevo año.

Una vez aniquilada la orden, todo aquello que habían escondido en lo más profundo de sus fortalezas fue destruido de forma sistemática por la Inquisición.

Pero no todo se perdió.

Entre los documentos que el equipo del doctor Requena estaba estudiando se encontraron con un texto criptografiado que no tenía nada que ver con el resto, y su importancia residía en la autoría del mismo, que habían atribuido sin ninguna duda al mismísimo Jacques de Molay.

El único motivo que había salvado aquel texto de la destrucción había sido la sospecha de que su mensaje oculto podría ser la llave que les llevase a nuevos escondites del Temple; eso y que nadie había sido capaz de descifrarlo todavía.

Excitado con aquel descubrimiento, el doctor Requena formó un equipo multidisciplinar compuesto por lingüistas y programadores que, ayudados por un sofisticado programa informático, lograron tener éxito allí donde la Inquisición había fracasado. A los ojos de los sorprendidos investigadores comenzó a aparecer un mensaje que había permanecido oculto durante cientos de años. Aquella carta, dirigida por el gran maestre a alguien de su total confianza, revelaba con exactitud la localización de algo que habían traído consigo en una de las últimas cruzadas. Una misión dentro de la misión principal, pero tan importante como para justificar el ingente coste económico y en vidas humanas de la cruzada. En la carta se describía el complicado proceso por el que una milenaria orden de sacerdotes se había puesto en contacto con el Temple, porque se sentían amenazados y necesitaban que los caballeros se hiciesen cargo de unas reliquias que ya no podían continuar bajo su custodia.

El doctor Requena, por los datos de la carta, había situado casi sin margen de error el lugar hasta el que había viajado el Temple para encontrarse con los sacerdotes, la antigua ciudad sumeria de Ur, y, lo que era más importante aún, también había localizado el escondite que había elegido el Temple para las reliquias, el Alcázar de Caravaca de la Cruz, una de las fortalezas que habían pertenecido a la orden en España. El gran maestre, al conocer la magnitud de la conspiración urdida contra su orden, rogaba al destinatario de la carta que no permitiese que las reliquias volviesen a ver la luz del día y que las mantuviese a cualquier precio tal y como estaban dispuestas, y eso último parecía de capital importancia. Para despedirse, Jacques de Molay se encomendaba a Dios o a cualquiera que pudiese ayudarle en su misión, pues estaba seguro de que tiempos muy oscuros se cernían sobre la Orden y sobre la humanidad.

Y tal había sido el celo que habían puesto en buscar un escondite adecuado a la importancia de la misión, que incluso conociendo su localización aproximada y contando con la más moderna tecnología, el equipo del doctor Requena había tardado seis meses en descubrirlo.

Las reliquias habían resultado ser tres cofres de madera de pequeño tamaño, sellados con lacre y cuya superficie estaba grabada con signos que pertenecían a la primera de las grandes civilizaciones, la sumeria. Fue entonces cuando el doctor Requena, consciente del enorme desconocimiento que existía acerca de aquella cultura, no dudó en contactar con la mayor autoridad mundial en civilizaciones mesopotámicas, el doctor Stephen Waterman, de la universidad de Princeton.

A partir de ese momento los equipos de investigación de Sevilla y de Princeton mantuvieron un contacto permanente vía satélite y, como fruto de esa colaboración, no tardaron mucho tiempo en traducir los textos de las cajas, que resultaron ser la pormenorizada descripción de la terrible maldición que perseguiría por toda la eternidad a quien se atreviese a romper los sellos, y lo que parecía una leyenda sobre lo que guardaban en su interior. Contaba aquella leyenda que dioses y demonios eran seres formados por la misma materia divina, y que al principio de los tiempos habían habitado el paraíso en armonía. Hasta que, para demostrar su poder, se retaron para ver quién podía crear la criatura más perfecta. Los demonios crearon a los espectros, perfectas y etéreas representaciones de ellos mismos, y los dioses crearon al hombre y le dieron una chispa de su divinidad. Demonios y espectros, envidiosos del poder de los dioses y de la perfección de la criatura que estos habían creado, conspiraron para acabar con ellos, pero en la batalla final fueron derrotados y las huestes comandadas por los dioses acabaron por arrojar a los demonios al abismo. Pero no pudieron hacer lo mismo con los espectros, que se escondieron en las sombras a la espera de una nueva oportunidad, que llegaría cuando alguien iniciado leyese el rito escrito en un extraño libro que se describía como hecho con la piel de los perfectos. Los dioses, para evitar que eso pudiese suceder y antes de dejar al hombre a su merced, habían dividido aquel libro que no se podía destruir en tres partes y lo habían entregado a los sacerdotes para su custodia, para que sus páginas nunca más volviesen a ser unidas, ya que eso, traducido literalmente de la leyenda, haría que las palabras volviesen a cobrar vida y a contar sus secretos.

Después de exhaustivos análisis para comprobar que su interior no albergaba ningún tipo de peligro, el equipo del doctor Requena abrió los cofres en un ambiente de luz y humedad controlados para evitar que pudiese deteriorarse lo que había en su interior, y lo que se encontraron dentro superó todas sus expectativas. Había tres libros o, para ser más exactos, un libro desgajado y dividido en tres partes, cuyas hojas, que resultaron ser piel humana exquisitamente curtida y tratada para evitar el deterioro del paso del tiempo, contenían una densa escritura jeroglífica que los desconcertó aún más a todos. Parte de la sorpresa se debía a que no existía constancia alguna de escritura sumeria en libros, pues todo lo que se había encontrado hasta el momento estaba impreso en arcilla o adobe.

Stephen necesitaba tener aquella joya entre sus manos, así que convenció al doctor Requena de que lo mejor para la investigación era que los libros viajasen hasta la universidad de Princeton, en Nueva Jersey, donde podrían hacerle pruebas más exhaustivas. El doctor Requena, consciente de que sin la colaboración de Princeton no podría seguir adelante, accedió a regañadientes y le concedió un mes para su estudio.

Stephen, como jefe de departamento, dispuso entonces un estricto e intensivo plan de investigación en el que estaban involucradas no menos de cincuenta personas entre investigadores y miembros del personal de seguridad, y Michael había tenido la suerte de ser uno de los agraciados. Pero ya llevaban quince días estudiando a marchas forzadas la escritura del  libro y los avances habían sido más bien escasos. Todos los que formaban parte del equipo estaban deseosos de dar con la clave que les permitiese descubrir el enigma, y estarían dispuestos a cualquier cosa con tal de lograrlo, pero jamás se les hubiese ocurrido saltarse los protocolos de seguridad.

Por eso a Michael le pareció tan extraño el mensaje que le había hecho llegar Stephen.

“Ha sucedido algo muy raro. En el despacho de la universidad estaba seguro de que el libro estaba a punto de revelarme sus secretos, que solo era cuestión de tiempo. Por eso pensé que lo mejor sería llevármelo para poder estudiarlo con más detenimiento. Pero lo que pasó al llegar a casa fue que no logré recordar qué fue lo me había hecho pensar semejante cosa, porque el texto, salvo lo que ya habíamos conseguido traducir, se mostraba tan ininteligible y sin sentido como al principio. Y entonces me dormí, y en el sueño los glifos abandonaron las páginas del libro y comenzaron a bailar ante mí, convertidos en letras que formaban extrañas palabras que tenían el poder de transformar las cosas, y todo lo que tocaban se marchitaba y pudría. Cuando desperté, el libro ya no era el mismo. Estoy seguro de que el texto, aún extraño, es diferente. Y hay algo más. No sé cómo explicarlo, pero siento que hay alguien más conmigo aquí en la casa. Necesito que vengas de forma urgente, tienes que ayud”

Ilustración de Jordi Ponce

Y así de bruscamente se había acabado el correo. Y todavía más extraña había sido la conversación telefónica que habían mantenido después, en la que Stephen no reconocía el hecho de haberle mandado mensaje alguno.

Por primera vez en cuatro mil años alguien había reunido las hojas del libro. Con leyenda o sin ella, Michael pensaba que su amigo se había equivocado de forma grave, y confiaba en que aún no fuese demasiado tarde para solucionar el error.

Michael se dio la vuelta y comprobó que la puerta estaba entreabierta. Era muy extraño, porque no había oído el ruido de los cerrojos al descorrerse, y estaba seguro de que cuando había llamado a la puerta, esta estaba cerrada. Todavía aguardó un rato en el porche, a la espera de que su amigo apareciese con cara somnolienta y le preguntase qué demonios era lo que pasaba. Pero nada de eso sucedió.

—¿Stephen? —preguntó a la oscuridad del recibidor mientras empujaba la puerta con recelo.

—Pasa, Michael. Al fondo, en la biblioteca.

La voz de su amigo lo tranquilizó, así que cerró la puerta tras él y avanzó con cuidado mientras acostumbraba sus ojos a la penumbra de la casa. El final del pasillo estaba iluminado por una agradable luz anaranjada. Al llegar a la biblioteca, encontró a su amigo sentado en una de las butacas, de espalda a la chimenea.

—Buenas noches, Mike. Acompáñame con un whisky, por favor. No permitas que este viejo beba solo.

—No, gracias. En realidad será una visita breve.

—Bien, pues entonces siéntate —Stephen señaló la otra butaca con un gesto de la mano— y cuéntame qué es eso que te preocupa tanto.

—Verás, se trata del libro. No creo que haya sido una decisión muy acertada traerlo a tu casa.

—¿No? Me imagino que tendrás tus razones para pensar de esa forma.

Michael pensó con rapidez para evitar decir lo que en realidad pensaba: que a su viejo amigo lo había trastornado el proyecto hasta llegar a nublar su razón.

—Pues… por motivos de seguridad. Se trata de un ejemplar muy valioso que hay que manejar con sumo cuidado. Me imagino que a la universidad no le gustaría saber que te lo has llevado.

Stephen tomó un trago de whisky y lo retuvo un instante en la boca para paladearlo.

—Te veo, Mike, pero no soy capaz de reconocer al hombre al que le brillaba la mirada ante cada nuevo reto, ante la posibilidad de un gran descubrimiento. Aquel hombre capaz de pasar una semana sin dormir con tal de que nadie pisara su investigación.

Michael bajó la mirada un poco avergonzado.

—Aquellos tiempos se fueron, Stephen. Ahora hay reglas…

—¡Dedicación, esa es la única regla! —Stephen elevó la voz—. ¡Amor por el conocimiento, ansia de saber!

Michael comprendió que, fuese lo que fuese que envenenaba la sangre y el entendimiento de su amigo, no iba a ser capaz de convencerlo. No le quedaba más opción que descubrir su verdadero temor.

—Ese libro es peligroso, Stephen. Aún no sé cómo, puede ser que se trate de algún tipo de radiación, o un veneno lento, o quizás algo que todavía no hayamos descubierto, pero sea lo que sea corrompe el espíritu de los que están cerca de él.

—No, amigo mío. Te puedo asegurar que ese maravilloso libro en absoluto cambia la naturaleza de lo que lo rodea.

La cara de Stephen estaba semioculta en las sombras, porque tenía el fuego de la chimenea a su espalda, pero por un instante Michael creyó ver un brillo extraño en los ojos de su amigo.

—Hablas con tanta seguridad que parecería que supieses cosas que yo desconozco, cosas que yo sin duda compartiría contigo. —El silencio comenzó a convertirse en algo molesto—. ¿Me disculpas un instante? Necesito ir al baño.

—Estás en tu casa.

Michael había perdido la esperanza de hacer entrar en razón a su amigo, así que decidió que ya tendría tiempo de explicarse al día siguiente. Estaba seguro de que Stephen acabaría por entender que lo había hecho por su bien. Ahora lo único importante era hacerse con el libro y devolverlo a la universidad antes de que alguien lo echase en falta. En el pasado, y casi siempre por motivos de trabajo, se había quedado a dormir en varias ocasiones en casa de su amigo, así que la conocía casi de memoria. Michael se movió con rapidez entre las sombras. Si Stephen no había cambiado su forma de trabajar, lo que había venido a buscar estaría en el despacho, al otro lado del pasillo.

La tenue iluminación del jardín bañaba con luz fantasmal la estancia y convertía el mobiliario en una sucesión de volúmenes con diferentes tonos de gris. Michael se dirigió sin perder un instante hacia la enorme mesa de trabajo repleta de libros. Cuando encendió la lámpara de la mesa para cerciorarse de coger el libro correcto, se encontró con una horrible imagen que lo hizo retroceder. Su amigo estaba sentado en la silla, detrás de la mesa. La cabeza reposaba sobre sus manos y estas estaban apoyadas sobre la mesa, como si se hubiese quedado dormido al leer el maldito libro que tenía abierto ante él y que Michael reconoció al instante. La cara de Stephen no era más que una masa sanguinolenta de carne a la que le faltaba la piel y los ojos. La sangre formaba un charco que bañaba el libro, cuyas hojas, que recordaba ajadas y resecas, ahora resplandecían lustrosas. Michael cayó de rodillas y enterró la cara entre las manos en un intento de borrar la escena que tenía ante él. Una voz, que parecía la suma de muchas otras, comenzó a hablar detrás de él y lo asustó.

—Esto no tendría por qué acabar así, “Mike”. —Su nombre sonó extraño en boca de aquella cosa que no era su amigo—. No era necesario que fueses tú, y nosotros todavía no estamos preparados, pero no importa, mientras llega nuestro momento intentaremos saciar tu ansia de conocimiento. No sería justo que tu alma abandonase el cuerpo desconcertada, con tantas preguntas sin respuesta. —La silueta, recortada contra la luz de la chimenea de la biblioteca, elevó la mano lentamente y se arrancó la cara de su amigo. Al instante la oscuridad de su rostro se transformó en miles de hilos negros que comenzaron a crecer en tamaño y longitud hasta alcanzar el suelo, las paredes y el techo de la habitación, y después comenzaron a arrastrase lentamente hacia Michael. Cada cosa que tocaban en su camino se retorcía y adquiría un color enfermizo. Michael lo observaba todo hipnotizado mientras aquel ser, la encarnación de un poder maligno más antiguo que la humanidad, continuaba hablando con cientos de voces—. Si te sirve de consuelo, nunca tuviste la más mínima posibilidad. Hombres más sabios que tú lo intentaron primero, y fallaron. Nosotros ya estábamos aquí cuando tus dioses caminaban sobre la tierra. El hombre tenía un nombre para nosotros, Lamashtu, los sin rostro. Cuando tus dioses expulsaron con su maldita luz a nuestros padres, nos quedamos solos, abandonados entre las sombras. Solo podíamos esperar con paciencia y susurrar a los oídos de los más débiles, como fantasmas, y confiar en que la ignorancia y la arrogancia de tu pueblo fuesen tan grandes como para que olvidaseis lo que os dijeron vuestros padres y cometieseis el error de reunir lo que una vez fue dividido. Durante miles de años lloramos, “Mike”, y el dolor de ese lamento solo es comparable con nuestro deseo de venganza y de recuperar lo que una vez fue nuestro. Nuestros padres están perdidos en la oscuridad, demasiado lejos para escucharnos pero, con vuestra ayuda, haremos que vuelvan. La misma luz de los odiados dioses que los expulsó del paraíso será la que los atraiga de nuevo a este mundo. Vuestra luz, “Mike”, la que vuestros padres os regalaron antes de abandonaros. Solo necesitamos reunir un número suficiente de almas, y créeme, sabemos cómo hacerlo.

—¿Dónde está Stephen? —La voz de Michael sonó rota y asustada. Habían jugado a ser dioses sin detenerse a valorar las posibles consecuencias de sus actos y ahora la magnitud del terror que habían despertado los había superado.

—No te preocupes más por él. Tu amigo está aquí, con nosotros, donde siempre quiso estar. Por fin alcanzó el conocimiento supremo y le duele saber que él ha sido la llave que nos ha dejado entrar de nuevo al paraíso. Y nosotros disfrutamos con su sufrimiento. Tendrás que disculparnos, porque todavía no tenemos las herramientas adecuadas. —En la mano destelló algo con un brillo metálico que se apagó casi al instante, cuando la oscuridad eclipsó cualquier rastro de luz en la habitación. Michael no podía ver, pero siguió escuchando las voces cada vez más cerca—. No te voy a engañar, esto te va a doler, pero no será nada en comparación con lo que vendrá después. El tiempo del hombre se ha acabado, “Mike”, ahora os toca a vosotros llorar.

Roberto del Sol