23ª Convocatoria: Vampiros

Vampiros 

Ilustración de Rafa Mir

Caminando entre cuervos (I)

Domingo, Madrid 16 de Abril de 1921.

Han pasado ya cinco años desde el día en que mi madre me habló de mi padre por primera vez. Ese al que, por una maldita enfermedad, decidió abandonar aún sabiendo el gran dolor que le supondría.

—Es mejor que lo dejes pasar hijo, él no sabe de tu existencia —dijo entregándome un diario con fotos de París que él le había regalado.

Quiso el destino, que pocas horas después de aquello, ocurriera algo que marcó mi camino. Justo al anochecer alguien, que no supe quién era, se adentró en nuestra casa y sin mediar palabra nos atacó.

Aquel hombre, si es que se puede llamar así, demostró tener una gran fuerza y rapidez pero, lo que más me llamó la atención, fueron unos colmillos afilados como espadas que pude ver como se clavaban en el cuello de mi madre. Yo, por suerte o por desgracia, conseguí sobrevivir.

Desde aquel día juré venganza, no habría rincón en el mundo donde aquel ser pudiera esconderse. Y, así es como he llegado al lugar donde me encuentro.

Sobre mis brazos descansa uno de esos seres, con el corazón atravesado por una estaca y, en mis manos, una carta que él llevaba. Siento como su sangre se mezcla con mis lágrimas, formando un único sentimiento.

Mi nombre es Esteban Markus Tremayne y quiero compartir con vosotros esa carta. La historia de una maldición que, aunque el destino quiso que no me acompañara, me hizo tener la mía propia.

Jesús Cernuda

Caminando entre cuervos (II)

Autor@: Paloma Muñoz

Ilustrador@: Rafa Mir

Correctora: Elsa Martínez Gómez

Género: Romance gótico

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Paloma Muñoz La ilustración es propiedad de Rafa Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Caminando entre cuervos (II).

Diario de lord David Alaistair Markus.

Londres, domingo 3 de febrero de 1901, un día después de los funerales de Su Graciosa Majestad, la reina Victoria.

Mi corazón está en tinieblas. Tan solo una luz aparece dentro de ese mar oscuro que es mi alma y los latidos de mi vida resuenan en mis oídos como olas encrespadas y rugientes.

Esa luz es la que me ilumina y, desde hace mucho tiempo, se mantiene encendida dentro de mí. La luz proviene de Paulina, mi amor, mi único motivo para seguir viviendo en este mundo con mis miserias y mis tragedias campando en torno a mí como si estuviera en medio de una lucha sangrienta sin tregua ni cuartel.

La amo tanto que sería capaz de cualquier cosa con tal de que nunca sufriera, que nunca pudiera pasar privaciones, que nunca enfermara.

No, no quiero pensarlo. Aunque llegará el momento en que tenga que confesarle el secreto que trastorna mi vida desde que era un niño.

Ella me ama. Lo sé. Es su corazón lleno de bondad y generosidad el que envuelve el mío en un cálido manto de lana suave que lo hace revivir constantemente cuando está cerca de mí.

Le he pedido que se case conmigo. Y ahora planteo mi vida ―tal vez― con mayor ilusión, sabiendo que ella no me abandonará porque es buena y porque me quiere.

Pero ¿cómo explicarle lo que soy? ¿Por qué padezco la extraña enfermedad que ha arruinado mi vida? ¿Cómo enfrentarme a la reacción de Paulina?

No podría imaginar mi mundo, mi vida, sin ella. Lo es todo para mí desde que éramos unos niños. Entonces ya la amaba y sé que, ella, me amaba también.

Recuerdo las primeras cartas que le escribí. No estaba seguro de querer enviarlas ya que Paulina conocía mi forma de escribir. Sabía que no soy capaz de mantener en línea mis letras, mis frases. Me ocurría desde que era un niño y por más que mi padre me ponía en manos de los expertos, no había forma de que se enderezara mi escritura.

Ahora que ha pasado el tiempo y que voy a estar unos días en ese idílico rincón de la campiña inglesa en el que mi amada prima y su madre, la tía Adelaida, viven largas temporadas, intentaré, estando en su compañía, practicar con tranquilidad unas líneas y tal vez consiga escribir con cierta corrección.

Pero realmente no es eso lo que me preocupa, claro que no. Mi amor por Paulina me llena de ilusión pero al mismo tiempo de temor.

Voy a comenzar una serie de cambios en mi mansión de Londres. Reconozco que para la exquisita sensibilidad de mi hermosa prima puede resultar un lugar lóbrego y deprimente y no puedo permitir que Paulina se sienta incómoda de ninguna manera.

Todo esto me lleva a recordar algunos momentos de mi infancia cuando miss Paulina Tremayne y su madre, mrs Tremeyne nos visitaban en Rive Ravens Mansion.

Le gustaba jugar a esconderse de la familia cuando venía de visita con sus padres y yo por supuesto, acompañaba sus juegos y participaba muy gustoso de ellos.

Sus visitas eran casi siempre al atardecer, mi padre insistía en invitarnos a un delicioso refrigerio que era muy del gusto de Paulina y su madre.

Recuerdo, cuando era un niño, mi fascinación por los cuervos. Por eso rebauticé la oscura mansión de Londres con el nombre de ‹‹La mansión del paseo de los cuervos››.

Mientras mis padres vivieron, la gran casa era conocida como ‹‹La mansión Markus››.

Sus negras alas extendidas se movían mecidas por la suave brisa que provenía del cercano lago mientras contemplaba las últimas luces del atardecer. Ese lago que visitaba cuando iba de vacaciones con mis padres y que se encontraba en el norte, en Escocia.

Era el hogar de mis antepasados. El castillo, la casa solariega cerca del lago que he mencionado con sus hermosos cisnes blancos cuyas fantasmagóricas figuras se reflejaban en las cristalinas y apacibles aguas y la persistente niebla que caía y que los envolvía como en un sueño relajante provocado por el opio. Allí fui feliz hasta que conocí el terrible secreto que ha maldecido a mi linaje desde hace siglos.

En Rive Ravens Mansion viviré con Paulina cuando nos casemos y espero que sea muy pronto. Además me he prometido a mí mismo que la llevaré a París de viaje de novios. De modo que me reuniré con ella en el lindo cotagge de mi tía y allí hablaremos de nuestro futuro enlace mientras paseamos por los verdes caminos bañados por la luz de la luna.

No puedo pasear durante el día. Apenas puedo soportar la luz del sol.

Es una de las consecuencias de mi extraña enfermedad que en realidad no es una enfermedad, sino la más terrible y oscura maldición que un ser humano puede sufrir en este mundo.

Aunque debo empezar desde el principio cuando mi querido padre, unos meses antes de morir, me pidió que leyera su diario en el que explicaba una serie de circunstancias difíciles de comprender.

‹‹El terrible secreto es la maldición que ha llevado mi familia a ocultar su origen durante siglos, durante décadas.

Mis antecesores tuvieron que vivir con el estigma de ser diferentes al resto de los mortales.

“La maldición de la sangre”, lleva consigo que los varones señalados con la marca de La Reina de la Noche, padezcan la terrible enfermedad de los vampiros, esos seres sedientos de sangre que vagan por el mundo trayendo la mayor iniquidad que la Humanidad pueda imaginar.

Para mi desgracia y eterno dolor, mi queridísimo hijo David ha recibido la visita de La Reina de La Noche››.

Del diario personal de Lord Arthur Percival Markus

 

Sí, La Reina de La Noche.

Ella vino a buscarme una noche de luna llena de agosto para darme su beso de sangre.

Era un niño. Un muchacho que solo pensaba en jugar, en vivir aventuras, en conocer, aprender, escuchar y soñar con Paulina.

La Reina de La Noche o La Dama de La Noche, una criatura absolutamente fascinante que despertaba por la noche cuando había luna llena en verano, y desprendía un olor excitante que me atraía a sus labios como el néctar de las hermosas flores atraían a los insectos.

Este nombre tan inquietante lo tomó de una planta que por la noche se abre y su flor expele un olor irresistible. Así me atrajo hacia ella y así bebió de mi joven sangre para que la maldición de mi familia continuara conmigo: yo fui el varón elegido entonces y temo que si me caso y tengo un hijo, él sea su nueva víctima.

He conseguido superar mi sed de sangre humana bebiendo de la sangre de animales muertos que me traen del matadero. Este es mi secreto más horrible y humillante. Pero puedo pasar más desapercibido debido a que mucha gente de la alta sociedad de Londres que padecen tisis, van allí en persona a beber la sangre de las reses sacrificadas o les envían el líquido a sus domicilios, como es mi caso.

Cuando pienso en Paulina e imagino que ella pudiera conocer este hecho tan ominoso, me desespero.

Sin embargo, al leer una de las cartas que me escribió no hace mucho, mi alma se siente más elevada y todo el fango que la cubre a raíz de mi maldición parece disolverse como polvo en el aire.

‹‹Mi querido David, eres ahora mi prometido y yo soy la mujer más feliz del mundo.

Me has hecho hermosos regalos. Pero el más especial es el de tu corazón.

Estoy muy emocionada por nuestra visita al adorable París. Sabes lo mucho que deseo conocer esa gran ciudad. Partiremos después de la ceremonia y del cóctel que ofreceremos en el elegante hotel Russell en el distrito de Bloomsbury.

¡Es todo tan maravilloso! Mamá está muy recuperada y contenta, aunque sigue pensando que eres un caballero muy excéntrico y singular.

Le he dicho que no se preocupe porque yo sé que me amas con todo tu corazón y tu alma como yo te amo››.

Cuando tomo en mis manos sus cartas, acaricio el suave papel y aspiro el tenue pero delicado aroma, y la imagino escribiendo sentada en su escritorio con el hermoso cabello castaño brillando con los rayos de sol del mediodía.

Ahora me viene a la mente una de las cartas que me escribió antes de comprometernos.

Se encontraba un tanto desconcertada por el regalo de un diario que contenía fotografías e ilustraciones de señoritas que actuaban en teatros y cabarés. También había ilustraciones de conocidos monumentos como la Torre Eiffel.

Paulina es muy inocente y eso es uno de los alicientes que me hacen amarla aún más.

‹‹Querido primo David, muchas gracias por tu regalo del precioso diario que has adquirido en París aunque te confieso, que sus fotografías me resultan, cuanto menos, desconcertantes.

Prefiero no enseñárselo a mamá. Supongo que es normal entre caballeros de la alta sociedad, estas excentricidades››.

Hubiera deseado llevarla a mi propiedad en Escocia, a la gran casa solariega, pero me trae amargos y detestables recuerdos de lo ocurrido y deseo estar con Paulina en lugares alegres, llenos de gente, bulliciosos, con luces, grandes lámparas, orquestas, música y bailes, hermosos carruajes. Deseo que experimente la dicha de sentirse viva y a mi lado y yo me contagiaré de su felicidad y de su energía. Dedicaré toda mi vida a amarla, cuidarla y protegerla.

¡Ojala que el destino no se muestre aciago a mis deseos y me permita disfrutar de mi matrimonio! No quiero morir después que ella. Porque aunque sufro esta enfermedad maldita, soy mortal. La Reina de la Noche tuvo compasión de mí y me evitó que vagara por las inmensidades del tiempo en perpetua soledad y búsqueda de vidas de las que alimentarme.

Sé que, Paulina, llegado el momento, podrá ser la que redima mi alma y la atraiga a la luz, apartando para siempre la oscuridad que la ha cubierto desde hace mucho tiempo.

Pero tengo que dejar de escribir. Llega el amanecer y debo recluirme en esta casa. Por la tarde saldré a tomar el aire y pasearé para despejar mi mente y respirar un poco de aire.

Tengo que convertir este caserón en un lugar hermoso como el cottage de la tía Adelaida en los Cotswolds en Bibury, Cirencester. Allí paseé con Paulina bajo la luz de la luna y le declaré mi amor.

Ilustración de Rafa Mir

También he caminado solo durante horas y he encontrado cuervos con los que he compartido mi paseo. He caminado entre ellos. Espero y deseo con toda mi alma que los que se posan en las ramas peladas de los árboles cercanos a mi casa, no vuelvan a posarse nunca más.

No los odio. Han sido y siguen siendo mis compañeros. Pero, me recuerdan que mi naturaleza debe seguir su curso y también me recuerdan que Paulina puede cambiar esa naturaleza con su bondad, su fortaleza y su entregado amor.

Paloma Muñoz

Madrid 27 de Octubre 2014

Caminando entre cuervos (III)

Autor@: Jesús Cernuda

Ilustrador@: Paloma Muñoz

Correctora: Elsa Martínez Gómez

Género: Terror / suspense

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Jesús Cernuda. La ilustración es propiedad de Paloma Muñoz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

 

Caminando entre cuervos (lll).

Así fue como descubrí quien era mi padre y la terrible maldición que pesaba sobre su familia desde hacía siglos. Como ya os he dicho, la fortuna hizo que «la maldición de la sangre» como la llamaban, no me afectara. Ahora, con este hombre en mis brazos, sintiendo su sangre resbalar por mis piernas, creo que si no me visitó la Reina de la Noche fue para llenar mis días de algo más terrible aún que esa maldición, algo con lo que no todo ser humano podría convivir. Esta es por tanto mi historia.

…………………………………….

Recuerdo como ya desde que era un niño, fueron muchas las veces que le pregunté a mi madre por mi padre, veía a los demás ir de paseo con los suyos y no entendía por qué él no estaba con nosotros. No fue hasta los quince años cuando ella decidió que era el momento de saber la verdad.

A mis ojos, Paulina, mi madre, era una persona como cualquier otra: cariñosa, siempre atenta a lo que necesitara pero con un aire de tristeza que, por algún motivo, no se separaba de ella. Supongo que para mí esas cicatrices que desfiguraban su cara no eran nada, creo que incluso había dejado de verlas. Lo que era inevitable es que, las pocas veces que salía de casa, viera como la gente se quedaba mirando y la señalaran. Siempre pensé que aquello era por lo que estaba continuamente triste. Ahora sé que fue el amor, ese tan profundo que poca gente llega a conocer, lo que la hizo vivir así.

Fue una noche de invierno, acurrucados al calor de la chimenea, cuando a pesar de no tener más que 9 años, me atreví a preguntarle por aquellas cicatrices. Me contó entonces como poco antes de nacer yo, había pasado la difteria, una enfermedad que en aquella época se había cobrado la vida de muchas personas.

—Supongo que debo decir que yo tuve suerte —me dijo con media sonrisa en la boca —. Esa maldita enfermedad no consiguió acabar conmigo, al menos no del todo, pero sí me dejó marcada de por vida.

Se levantó despacio y se acercó al armario, después de buscar dentro de una carpeta que tenía, sacó una foto y me la enseñó.

Ilustración de Paloma Muñoz

—Esta soy yo de joven.

Me pareció increíble lo guapa que fue. Ahora lo entendía, sufrir aquello a una edad tan temprana no tenía que haber sido fácil.

—Mamá, no estés triste, para mí sigues siendo la más guapa del mundo.

Ella acarició mi cara y me habló del momento en que supo que estaba enferma. Fue la primera vez que nombró a mi padre sin que yo le preguntara nada. Me explicó que él, dos semanas antes de que se casaran, se fue de viaje por negocios y que ella no se atrevió a enfrentarse al momento de tener que decírselo.

Los médicos le dijeron que se preparara para lo peor, como ya he dicho, por aquel entonces la difteria era casi un billete seguro al otro barrio. Ella, sin fuerzas para decirle a su gran amor que la muerte estaba cerca, prefirió marcharse dejándole una nota donde se lo explicaba todo.

Se fue tan lejos como pudo a esperar que la muerte la alcanzara, pero nunca llegó. Consiguió superar la enfermedad, aunque el resultado fuera esa cara irreconocible.

—Puede que sea lo más duro que he hecho en mi vida. Pensé que lo mejor era dejar que él siguiera creyendo que estaba muerta, ¿cómo iba a querer a alguien con esta cara?

Al decir eso rompió a llorar, sus manos temblaban mientras intentaba secar las lágrimas que cubrían su rostro arrugado. Apenas podía respirar y menos aún seguir hablando, de su garganta salió un fino hilo de voz del que pude distinguir un: ¡Dios, cuánto le quiero!

Seis años después, cuando yo no pensaba que me fuera a contar nunca nada más, como si ella supiera que algo iba a suceder, volvió a sacar de nuevo el tema de mi padre.

Me enseñó un diario con unas fotos extrañas de París que él le había regalado, intentó explicarme cuanto se querían desde que eran niños y como ella siempre pensó que estarían toda la vida juntos. Pero lo más importante:

—David Alaistair Markus, así se llama tu padre.

Aquella misma noche, mientras dormíamos, alguien entró en casa y nos atacó. Nunca olvidaré esos pocos minutos, suficientes para acabar con la vida de mi madre. Tenía tan solo 15 años, pero juré que no pararía hasta dar con quien había sido su verdugo, alguien o algo que yo no pensaba que pudiera ser de este mundo.

Durante mucho tiempo, me dediqué a viajar preguntando por esos seres con colmillos y fuerza descomunal, pero nadie sabía nada, hubo quienes se rieron de mí, incluso quienes decían que estaba loco o simplemente quienes no me hacían caso por ver que no era más que un jovencito preguntón. Hasta que, en un pueblo pequeño al norte de España, donde me encontraba, una persona que parecía ajena a mis preguntas llamó mi atención.

—Muchacho, creo que no sabes dónde te estás metiendo. Nadie querrá hablarte de vampiros y menos aún reconocer que existen — dijo aquello poniéndome una nota en las manos. Nunca más volví a ver a aquel hombre, el que sin duda me puso en la pista de lo que ahora sabía que eran vampiros.

En el papel que me dio, pude leer: «Lord Albert Wishaw». No sabía quién era ni donde debía buscar pero, al menos, tenía un nombre.

Durante años viaje por toda Europa preguntando en cada sitio por esa persona. Llegué incluso a pensar que aquel hombre me había engañado y que se había reído de mí haciéndome buscar a alguien que no existía.

Creo que fue pensando en mi madre, a la que alguna vez había escuchado hablar de Escocia, por lo que me fui allí. Ni siquiera lo hice pensando en Lord Albert, cuando una noche, agotado de tanto viajar, decidí parar en un pequeño pueblo a descansar. Fue toda una sorpresa ver que me encontraba en Wishaw, una villa cercana a Glasgow, que había rodeado en otras ocasiones sin ver su nombre. Quizá no tuviera nada que ver, pero me negaba a pensar que solo fuera una casualidad.

No me hizo falta buscar mucho, la segunda persona a la que pregunté ya me dijo que lo conocía, que era bastante popular por la zona, aunque pocos lo habían visto. Según creían, trabajaba en una destilería de whisky y solo algunas noches se acercaba al pueblo a beber algo en la cantina. Me habló de la iglesia de San Nethan donde, tal vez, el párroco pudiera decirme dónde encontrarlo. Estaba ansioso por ir, pero demasiado cansado, con lo que decidí pasar la noche e ir al día siguiente.

Apenas había amanecido cuando llegué al lugar. Comprobé que la puerta estaba abierta así que entré. No se parecía en nada a otras iglesias a las que había ido, estaba todo en penumbra y no veía ninguna estatua o representación religiosa. Lo único que vi fue un mural antiguo en el que se veía un hombre a caballo, al fijarme bien pude ver que tenía colmillos.

Ilustración de Paloma Muñoz

— ¿Quién anda ahí? — Gritaron de repente a mi espalda — ¿puedo ayudarle en algo?

Me di la vuelta y por su vestimenta supe que era el párroco, le hice gestos para que se acercara, pero no lo hizo.

—Hola buen hombre —le dije intentando no parecer una amenaza —estoy buscando a Lord Albert y me han dicho que tal vez usted pueda ayudarme.

Hablamos durante un rato y lo único que conseguí fue que me dijera que en ocasiones iba a Madrid por algo de negocios. Estaba claro que tenía que volver a España, después de tantos años tenía una nueva pista.

Antes de irme le pregunté quién era el hombre del mural. Empezó a reírse de forma estridente.

—Muchacho, ¡qué más quisiera yo que poder verlo!

Fue entonces cuando me di cuenta. Más de media hora hablando con él y no me había fijado.

— ¿Es usted ciego?

— ¿Ciego dices? solo es ciego, aquel que no quiere ver —dicho eso, empezó a caminar entre unas columnas y, no sé cómo, desapareció.

Puse rumbo a Madrid, parando solo lo necesario para descansar. Algo me decía que por fin lo encontraría.

Tras varios días en la ciudad, una mujer me dijo que Lord Albert vivía en una pequeña casa a las afueras. Fui allí pensando que al fin llevaría a cabo mi venganza.

Era una casa vieja, parecía incluso que nadie vivía allí. Entré despacio con la intención de, si se encontraba en la casa, poder sorprenderle. Pronto vi a un hombre, agachado en el suelo con un animal muerto entre sus manos. Me miró, pude ver su boca ensangrentada y esos colmillos que mi mente había grabado en la memoria.

No lo dudé y salté sobre él, pero de un golpe me hizo volar por la habitación cayendo sobre una mesa de madera que se partió en pedazos. Los colmillos, esa fuerza…lo había encontrado. Vi como se abalanzaba sobre mí, conseguí agarrar la pata de la mesa y sujetarla fuerte con mis manos. Él no se dio cuenta hasta que notó como se clavaba en ella.

—Sabía que era solo cuestión de tiempo Albert —le dije —. No pensarías que ibas a escapar.

Me miró a los ojos y su rostro cambió por completo.

—Albert no está, solo soy un amigo al que ha dejado pasar aquí unos días —tragó saliva antes de continuar—. Esos ojos…nunca podré olvidar esos ojos…Paulina…

Esas fueron sus últimas palabras. No entendía nada, como aquel hombre podía haber visto en mis ojos los de mi madre, de que podían conocerse. Busqué entre su ropa y encontré la carta, esa en la que contaba la maldición de su familia y el miedo de tener que contárselo a su futura esposa, Paulina. Empecé a llorar, al darme cuenta de lo que acababa de hacer.

Unida a esa carta había otra hoja, ya arrugada por el tiempo en la que pude leer:

Querido David.

Te quiero tanto. Has sido mi razón de ser, no quiero que me llores porque ahí donde vaya, siempre te esperaré. Ojalá esta enfermedad no hubiera roto nuestros sueños.

Espero que puedas perdonarme y sepas entender que mi amor es demasiado grande para poder mirarte a los ojos sabiendo que voy a morir. Tuya por siempre.

Paulina.

Y así fue como conocí a mi padre, en el momento de verlo morir entre mis brazos. Mi maldición será vivir sabiendo lo que hice. Recordar cada día como aquel hombre mató a mi madre y por ello yo hice lo propio con mi padre. Me levanté lanzando un grito al cielo, maldiciendo a un Dios que no sé si existe, pero seguía teniendo una cosa clara.

Mi nombre es Esteban Markus Tremayne y juro vengar la muerte de mi madre cueste lo que me cueste, dando caza al que me ha llevado a acabar con la vida de mi padre.

 

Jesús Cernuda.

Reencarnación

Autor@: Olga Besolí

Ilustrador@: Marta Herguedas

Corrector/a: Elsa Martínez Gómez

Rating: +13

Género: Fantasía urbana

Este relato es propiedad de Olga Besolí. Las ilustraciones son propiedad de Marta Herguedas. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Reencarnación.

Yo fui aquel en cuyos dominios ningún invasor pudo nunca llegar a poner su pie. Aquel, cuyo ejército supo sofocar el terrible avance del imperio otomano sobre Europa. Aquel, bajo cuyo reinado nunca nadie osó sublevarse y cuya autoridad fue temida y respetada, tanto por la plebe como por la nobleza.

El cáliz de oro que deposité en medio de la plaza siguió allí, sobre la fuente, en los años que duró mi existencia terrenal. Todos pudieron utilizarlo para beber. Todos, sin excepción. Hasta yo lo hice. Nadie intentó nunca robarlo.

El respeto y el miedo al dolor que infundí sobre mi propio pueblo ante la mentira y la traición es el mismo que infligí sobre el enemigo sin piedad ni compasión. Utilice el empalamiento como medida redentora de las almas y disuasoria de las maldades. Ladrones, infieles y usureros se mantuvieron inactivos mientras viví. Ejércitos enteros de enemigos fueron clavados en estacas anunciando la espantosa muerte que les aguardaba a los que pretendieran entrar en mis tierras. Desayune más de una vez frente al bosque de estacas sangrantes y cuerpos agonizantes para que todos fueran testigos de que no había flaqueza alguna en mí. La debilidad es el cebo con el que se alimenta el espíritu del enemigo. Yo miné ese espíritu hasta convertir a los turcos en roedores asustados ante mis muros de despojos humanos. Yo salvé los tres reinos de ser tomados por los infieles; a los pueblos de los Cárpatos de ser destruidos, a todas sus gentes de perder todas sus posesiones para luego ser quemadas vivas. Y lo hice instaurando el terror y la justicia como nunca antes se había hecho, pero con todo el dolor del alma.

Mi espíritu no era tan oscuro como todos creían. No obtuve placer ninguno en torturar y matar. Contaran lo que contaran las leyendas sobre mí, hubo un tiempo en que mi corazón latía y mi sangre no estaba maldita. El corazón está hecho para el amor y no para el odio. Y yo amé mucho más de lo que llegué a odiar. Aunque fuera mi propia sangre la que me traicionara. La sangre… es tan fuerte, tan poderosa… No, no soy el monstruo despiadado que todos pensaban que fui. Hice lo necesario para salvar al pueblo del enemigo invasor; lo imprescindible para salvar a las gentes de su propia maldad. Yo fui el salvador de mi pueblo y en mi región me siguen recordando como un héroe. Yo fui Vlad Draculea, príncipe de Valaquia, señor de Transilvania y liberador de Moldavia.

Y para Cnaejna, mi princesa esposa, lo fui todo: señor, marido, amante, amigo y confidente. Nos amamos en lo bueno y en lo malo y no perdió la esperanza hasta el día en que mi hermano Radu, vil marioneta de los turcos, llevó mediante engaños a una avanzadilla de infieles a las puertas mismas de mi castillo en Transilvania. Mi querida princesa no pudo más que arrojarse al afluente que, desde entonces, es llamado Râul Doamnei, el río de la dama.

Mi alma lloró tan amargamente su pérdida que sólo pude arrancar el dolor de mi pecho vengando su muerte allí mismo, en medio de la plaza. Alcé con mis propias manos ese mismo cáliz de oro que había depositado sobre la fuente hacía tantísimos años, pero esta vez no estaba lleno de pura agua fresca de la fuente, sino de la negra sangre de la traición, la sangre todavía caliente de mi hermano, cuyo cuerpo yacía decapitado bajo mis pies.

Bebí y todo el pueblo fue testigo de cómo renuncié a Dios y a la fe católica que había adoptado y que me había acompañado en infinidad de batallas y victorias. Y con ello me desprendí también de la vida mortal y de la muerte. Cerré mis puertas al cielo y al infierno, pues me había sido arrebatado todo aquello que me importaba, y me juré a mi mismo que vagaría por este mundo hasta recuperarla, a mi princesa, a mi corazón.

Cuando se produjo el cambio, murió el hombre en mí y nació el monstruo. Mi corazón dejó de palpitar y la sangre se detuvo en mis venas. El color desapareció de mi rostro, el dolor abandonó mi cuerpo y mi mente se liberó del cansancio. Mi vista se agudizó. Mis oídos se afinaron. Mis dientes se afilaron y una sed, antes desconocida para mí, se apoderó de mi voluntad. Fuera de mí, ataqué a cuantos se hallaban presentes y con ello expandí mi maldición a través de las mordeduras que les causé y la sangre que de ellos bebí. La sangre, es tan dulce… Ellos fueron mi primera legión contra el mundo, contra el Dios que me lo quitó todo. Pero aún con el sabor de la sangre en mi boca, mi piel empezó a abrasarse bajo la luz del amanecer. Tuve que huir y ocultarme entre las sombras. En ellas me he refugiado desde entonces.

En estos ochocientos años he visto de todo. Se ha hablado mucho de mí, pero casi nada de lo que se ha contado es cierto. Algunos me pintaron como un ser deforme, una especie de engendro que se transforma en un animal, en un murciélago. Eso no es cierto. Mi porte es el mismo que tuve cuando fui un gran guerrero. Como ves, mi nariz es aguileña, mis ojos grandes y oscuros, mi cabello largo y ondulado. Soy el hombre que fui, pero también soy un ser inmortal, un demonio que domina los elementos y las bestias que acompañan a la noche. Mi carne se desgarra cuando la cortas y mis huesos se fracturan cuando los golpeas. Pero mis miembros cortados crecen de nuevo, las heridas se cierran y los huesos se recomponen durante mi sueño diurno. Hay una única forma de matarme y es atacando al corazón muerto que anida en mi pecho. Ese que dejó de latir la noche en que te perdí, en que la perdí a ella.

Por eso te explico lo que soy. No estoy vivo y, sin embargo, no muero. Soy un no-muerto que infecta con su sangre maldita a sus víctimas. Soy un criminal. Ahora mato y siento placer con ello. Y mi odio supera con creces lo que nunca sentí. Siglos enteros de rencor pudren todo lo que tocan.

Pero una luz se abrió en mi camino, cuando te vi. La vi y te reconocí a ti en ella. El siglo XIX trajo ante mí a la esposa que me fue arrebatada hacia cuatrocientos años. Respondía al nombre de Mina. Mi esposa guerrera y fuerte era ahora una joven londinense, frágil y pálida, pero sus ojos encerraban toda la pasión dentro de ellos. Con tan sólo tocarla nos recordó, y también a las frías aguas del rio en el que se ahogó.

No llegué a desposarla pues la maldad del hombre volvió a interferir y el destino quiso separarnos de nuevo. Ellos la mataron. Ese maldito Van Helsing le clavó una estaca en su corazón cálido y separó su preciosa cabeza de su cuerpo.

Perderla de nuevo me volvió loco. Aquella misma noche salí, acompañado de lobos y ratas, a masacrar a los habitantes de Londres, a destripar prostitutas, a arrasar con familias enteras. Pero terminé sentado, exhausto y derrotado, en la taberna The Angel & Crown, para contarle la terrible historia de mi vida a un escritor fracasado llamado Stoker, que solía acudir allí todas las noches en busca de inspiración y bebía hasta la madrugada. Hice mal al revelarle quién y qué era. Publicó mi vida de forma distorsionada y ese libro me persiguió a partir de entonces.

El guerrero que fui se convirtió para las gentes, de la mañana al día, en un conde con capa negra, capaz de convertirse en murciélago y con una incomprensible aversión a los ajos. Pero eso sólo fue el principio de la pesadilla que estaba por venir. La banalidad de la diversión se apoderó de las gentes del siglo xx y mi persona pasó a ser un disfraz de Halloween, un muñeco de la casa del terror, un monstruo más del panteón de la literatura siniestra, algo grotesco de lo que reírse y con lo que asustar a los niños.

Después de la novela de Stoker se escribieron otras muchas historias sobre mi vida, a cual peor, y todas ellas fueron maltratando mi imagen. Todo aquello que he sido y representado terminó convertido en un chiste de mal gusto. Me describieron como un monstruo deforme con colmillos, como un conde con capa negra, como un vampiro roquero que buscaba fama, como el hermano de un hombre lobo y, el peor de todos los casos, como un tonto y flacucho llamado Edward, al que le brillaba la piel al sol, que se enamoró de una humana insignificante e inadaptada. Con esa espeluznante caricatura de mí mismo inauguré el nuevo milenio.

Han pasado cien años desde entonces, un siglo entero en el que la estupidez se ha apoderado finalmente de la razón humana y los pocos dueños de este mundo os llevan a todos al matadero como si fuerais borregos. Ya no tembláis como hojas ante mi presencia, ni tampoco sois capaces de reíros como hacían vuestros abuelos.

Ahora, en vuestros textos holográficos, solamente soy una pobre víctima anónima más de una antigua enfermedad de la sangre incurable. En eso me han convertido los artistas de tu época, con el afán de seguir esa ley que os manda a todos y que no permite que nada altere el equilibrio y la paz reinantes.

Vivís en la falsa nube de felicidad que os proporcionan las drogas estatales que os suministra el Ministerio de Sanidad Pública, y aceptáis alegremente que os sometan y os utilicen como mano de obra gratis. Trabajáis sin daros cuenta hasta reventar porque esas drogas os insensibilizan. Y, cuando retiran a vuestros muertos de en medio de la calle, os olvidáis inmediatamente de que alguna vez existieron.

En vuestro mundo no existe la amistad, ni el enemigo. No sentís dolor, ni miedo, ni amor, ni odio, ni nada que se le parezca. Pero esos sentimientos pueden volverse a despertar. Volverán a despertar en ti. Y recordarás.

Porque te veo a ti, con la cabeza rapada igual que los demás y con el mismo mono plateado de los Trabajadores del Estado y veo una cáscara vacía, un monstruo despojado de corazón y alma. Pero te miro a los ojos y, bajo las pupilas dilatadas que acompañan a esa sonrisa estúpida y grotesca que siempre muestras, la veo a ella, mi princesa guerrera, que el destino ha traído ante mí de nuevo.

Ilustración de Marta Herguedas

Sé que piensas que no me conoces de nada, que altero tu paz y que quieres que desaparezca de tu vida. Sé que no entiendes prácticamente nada de lo que te he contado ni por qué te he alejado de tu gente y te he traído a este paraje remoto, a esta construcción antigua y medio en ruinas, y mucho menos por qué te mantengo encerrada y te he quitado tus drogas diarias.

Y la respuesta es que lo he hecho por ti. En cuanto el efecto de las drogas se pase, en cuanto tu sangre vuelva a estar limpia, volverás a ser tú. La sangre… es tan importante… Volverás a recordar. Volverás a sentir. Todo lo que te he contado sobre mí, sobre nosotros, adquirirá sentido. La confusión de tu mente se desvanecerá como la niebla que cubre el río Râul Doamnei. Y entenderás. Sabrás por qué yo he vagado por los mares del tiempo hasta que la sangre humana se ha vuelto imbebible. Hasta que el espíritu del hombre se ha destruido. Hasta que las guerras y la pasión han desaparecido de la faz de la tierra y solo quedan el hastío y la soledad. Entonces me pedirás, me suplicarás que unamos nuestras sangres y volvamos a ser uno, como hace siglos, pero esta vez para siempre.

Y aunque carezcas de nombre porque el Estado Mundial prohíbe su uso, yo te devuelvo el que siempre te ha pertenecido, Cnaejna.

Estás en nuestro castillo de Transilvania, tu hogar. Estas tierras que contemplas desde la ventana de tu alcoba son todas tuyas y esas chimeneas que ves en la lejanía corresponden a las últimas aldeas libres que quedan en toda la tierra, los pueblos de los Cárpatos, acogidos bajo mi protección a cambio de cederme una parte insignificante de su sangre pura para mi sustento. Porque yo fui, soy y seguiré siendo por toda la eternidad, Vlad Draculea, Príncipe de Valaquia y máximo defensor de estas tierras.

Olga Besolí

Octubre de 2014

22ª Convocatoria: Batman

Batman.

 

Ilustración de Marta Herguedas

Con alas de piel

Érase una vez un feudo de acero y hormigón en el que reinaba la paz. Sus gentes construían un futuro prometedor, los líderes gobernaban con decisión, los obreros manejaban la maquinaria, los economistas dirigían la banca, los chicos jugaban y aprendían, los agentes de seguridad hacían respetar la ley,… en general, el trabajo abundaba y la felicidad era una plato que todos compartían.

Sin embargo, poco a poco la estabilidad del feudo se fue colapsando. No de forma inmediata, pues una semilla pútrida florece con paciencia, como un cáncer que va avanzando bajo tierra y pudre todo lo que toca a su alrededor. Pero, para cuando todos se dieron cuenta, era demasiado tarde: los líderes realizaban tratos con el Diablo, los obreros comenzaron a despedazarse entre ellos, los economistas guardaban en sus bolsillos parte de las ganancias, los jóvenes se drogaban y prostituían, los señores de la ley se dejaban comprar e imponían su autoridad de forma desmedida… las huestes del Mal se hicieron con cada rincón del territorio, y este, fue llamado Gotham: el reino del caos y el pecado.

Mientras aquello ocurría un joven de sangre hidalga vivía alejado del pueblo, en una torre de cristal y de acero. Dicho joven no era otro que el joven Bruce, hijo de la noble casa de los Wayne. Su padre, era legendario en todo el Reino. Un campeón que con la fuerza de su voluntad y la filantropía más pura había mantenido en jaque al Mal que asolaba al territorio. Hombre de letras y de ciencias por igual, se había dedicado a la medicina, llegando incluso a convertirse en un caballero que luchaba armado con su pluma, la razón y las palabras, que utilizaba sus recursos en grandes fundaciones y había incluso tenido el honor de convertirse en el médico del Rey. Sus ojos eran de un brillo imbatible, una decisión que lo hacía merecedor de su título. Mas por desgracia, las fuerzas del Caos acabaron por devorarlo junto con su amada esposa, dejando al pobre heredero de los Wayne solo y aislado en lo más alto de su torre cristalina.

Un día, observando desde el techo el viejo cielo algo viciado, una criatura de origen diabólico aunque de ojos vidriosos, cayó herida e indefensa. La bestia era un cachorro que no había crecido, una idea engendrada bajo el sino corrupto y maléfico de una ciudad maldita. Con alas de piel rasgadas no podía volar, pues el Mal que le dio la vida lo había traicionado dejándolo caer en medio de la fría noche. El niño observó con curiosidad a la criatura, no podía evitar sentir un halo de miedo y repugnancia ante su figura jorobada, peluda y grotesca. Mas en el fondo de su corazón, había admiración, esperanza,… pues ¿no eran nobles los intentos de regresar y combatir el negro corazón de los cielos? Venciendo a su timidez, se acercó lentamente ante aquella bestia. Su cabeza giró, sus fauces se abrieron, un grito que parecía una maldición en la noche llenó el vacío del espacio, la criatura alzaba las garras: estaba herida, aunque no indefensa. Apenas escuchó el chico aquel canto de guerra, y se escondió en el interior de la torre sin atreverse a salir ni a mirar al exterior. Por primera vez vio a uno de los vástagos del Mal; sintió miedo, dolor y odio al mismo tiempo. Notaba como algo crecía en su interior… incapaz de saber la razón de aquella existencia. Las horas se sucedieron hasta que finalmente la curiosidad venció al temor, aquel ser seguía insistiendo en sus intentos de regresar al infinito. La compasión fue más fuerte que la repulsión. El chico llenó un cuenco de frutos secos, y por una abertura, se la ofreció al cachorro. Receloso, aunque hambriento, la pequeña bestia se acercó. Aceptó el regalo y comenzó así una relación que se fue cimentando con el tiempo. Ambos, criatura y niño, crecían mientras la ciudad se pudría en el exterior. En los ojos del ser, el joven noble encontraba algo que lo diferenciaba de otras muchas criaturas del exterior: un brillo que le resultaba del todo familiar, el reflejo invencible de un ente que nunca se rendía. Con el tiempo las alas del animal se hicieron grandes, diabólicas. Se curaron rápidamente, por lo que el chico lo llevó al tejado.

—Vuela, muerciélago —le dijo—. Vuela y piérdete en la noche.

Mas la bestia no podía obedecer a la petición, pues ya no formaba parte del Mal. En su interior no se sentía preparada para volar, veía ahora a las huestes como enemigos a combatir: aquellos que lo abandonaron y lo dejaron morir en medio de la nada.

El muchacho asintió y aceptó; todavía no estaba listo. Pasó el tiempo, el cachorro se convirtió en un concepto; un hecho contradictorio destinado a enfrentar con las mismas armas a aquello que lo engendró. El chico se convirtió en hombre, se dio cuenta de que nada conseguiría encerrado en aquella torre de cristal. Regresaron a los tejados, las alas se alzaban majestuosas, la lluvia era un bautizo.

—No podemos quedarnos aquí —exclamó el noble— . Hay que combatir contra toda esta podredumbre, debemos vencer al Mal cueste lo que cueste: el reino tendrá ahora un nuevo campeón.

Un chillido de guerra sonó aún más fuerte, el feudó tembló al darse cuenta de que había forjado la llave de su perdición. Wayne cabalgó sobre la bestia, la criatura alzó el vuelo; ambos eran leyenda.

—Somos uno, murciélago —dijo—. Somos el corazón de Gotham, somos el remedio que acabará con toda la corrupción, somos Batman.

Axel A.Giaroli

Achaques

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Humor

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Jesús Cernuda. La ilustración es propiedad de Paloma Muñoz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Achaques.

26 DE JUNIO DE 2027

Para Bruce aquel no era un día normal, era esa fecha que nunca se había podido quitar de la cabeza, la misma en la que, muchos años atrás, sus padres fueron asesinados a manos de Joe Chill. Hasta entonces nunca había faltado a su cita en el cementerio, donde seguía rezando por sus progenitores que tanto le habían dado.

Sin embargo aquella mañana…

Algo hizo que se despertara sobresaltado. La luz del sol entraba por la ventana, situación extraña ya que su despertador siempre sonaba antes del amanecer. Durante cinco minutos se quedó mirando al techo absorto en sus pensamientos, e intentó recordar lo que había hecho el día anterior, pero no había manera.

Poco a poco, se incorporó y fue posando los pies en el suelo, intentó calzarse esas zapatillas de cuadros sin apenas ya forro por el paso del tiempo, estaba seguro de que su abuelo ya había tenido el placer de llevar esas zapatillas. Un pinchazo en la espalda le hizo lanzar un grito digno de la peor de las películas de terror.

«¡Por los clavos de Cristo! este reuma está acabando conmigo»

Cuando por fin lo consiguió, se puso su batín, a juego con las zapatillas, las gafas que tenía para andar por casa y se acercó a la ventana para contemplar el nuevo día.

Alguien picó a la puerta de forma tímida y sin esperar respuesta se adentró en la habitación.

—Señor Wayne, le traigo el desayuno.

Albert, su nuevo mayordomo, traía una enorme bandeja de plata. Sobre ella lo que parecía un café con dos bollos de pan y un vaso de agua con una pastillita que poco a poco se iba consumiendo dejando unas burbujas de color rosáceo.

—Creo que mis instrucciones fueron claras, ¿por qué has tardado tanto en venir a despertarme? Está claro que el dichoso reloj no ha sonado. — le dijo intentando aparentar enfado, aunque el dolor de las lumbares apenas le dejaba hablar.

—Lo siento señor, no creí conveniente despertarlo después del mal día que tuvo usted ayer.

—Bueno, eso ahora da igual— contestó mirándole por encima de las gafas.

« ¿Qué carajo habrá pasado ayer?», pensó.

Albert ya se había dado la vuelta para irse cuando Bruce se dio cuenta de otra de esas cosas que creía haber dejado claras.

—Espera, el periódico, ¿dónde está?

—Verás…yo…

—Ni yo, ni yu, ¿no pensarás que así vas a estar mucho tiempo conmigo? Deberías darme las gracias por haberte dado el trabajo sólo porque te recomendara Bob—. Bob Kane era un buen amigo de Bruce desde la infancia y era quien le había dicho que aquel chico sería el ideal para el puesto.

—Tiene razón, pero no creí conveniente que hoy lo leyera. Por cierto, no olvide tomar el vaso con su medicación para el corazón ni las pastillas para el reuma— dicho esto se fue dando un pequeño portazo.

«Quién se habrá creído que es… esta misma tarde llamo a Bob»

Después de tomarse el café, medio bollo y la galería de pastillas de todos los días, Bruce se sentó en su viejo sillón a leer el periódico. Sentía curiosidad por saber qué era lo que Albert creyó conveniente que no leyera. Aunque llevaba poco tiempo con él, sabía perfectamente quien era, si había ocurrido algo malo debería habérselo dicho.

No le hizo falta ni abrirlo, en la primera página una foto le mostró  la fatídica noticia. Ahí estaba él, con su traje negro impoluto arrodillado en el suelo con la mano sobre la espalda mientras dos encapuchados parecían robarle el coche y, con letras bien grandes por si todavía alguien no lo leía bien:

Batman vuelve a hacer el ridículo y deja que dos ladrones se lleven el botín en su propio coche

Las gafas se le cayeron de golpe al suelo, por desgracia eso era lo que su mente no recordaba del día anterior, o quizá no quería recordar. Pero lo peor de todo era el cartelito que habían puesto como pie de foto: risasenGotham.com. No lo podía creer. Siempre lo había dicho él: estas puñeteras redes sociales acabaran con todo

Se vistió todo lo rápido que pudo para dirigirse a la batcueva, tenía que conectarse a internet para ver de qué trataba en realidad el supuesto video que le habían hecho.

No era la primera vez que ocurría algo así, en los últimos meses ya le habían cazado con las cámaras en más de una situación un tanto ridícula. Todo el mundo en Gotham empezaba a reírse de él, incluso John Gordom, el hijo del que siempre había sido su gran apoyo en la ciudad, había retirado el famoso foco con el que lo avisaba siempre que su presencia era necesaria. Se sentó delante del ordenador con la inevitable idea que hacía ya tiempo le rondaba la cabeza, «me estoy haciendo viejo para esto».

Con algo de esfuerzo, al haberse dejado las gafas en el suelo de la habitación y no llevar puestas las lentillas, aporreó el teclado:

http://www.risasenGotham.com, la página de moda por aquel entonces, donde la gente se dedicaba a colgar chorradas estúpidas que grababan por las calles de la ciudad. Y ahí estaba, como la entrada más vista del día en tan sólo nueve horas: Batman se autolesiona con su boomerang.

No sabía si reír o llorar, quince segundos fueron suficientes. Los necesarios para ver como intentaba detener a unos ladrones lanzando su boomerang justo en el momento que uno de los ya habituales pinchazos le hacían doblar la rodilla, lo que permitió que a su regreso, su hasta entonces infalible arma, le golpeara en la cabeza. No quiso ver más, echó un vistazo al fondo de la cueva y comprendió lo siguiente que se vería en el video al darse cuenta que era verdad que su batmovil no estaba.

Se recostó en su silla pensando que podría hacer, justo cuando uno de los interfonos que usaba para comunicarse con la casa empezó a sonar.

—Señor Wayne, acaban de llamar de comisaría, era John, quiere que sepa que ya no es necesario que denuncie el «robo» del batmovil— Un pequeño pero incomodo silencio era síntoma de que Albert estaba riéndose— Han atrapado a los ladrones y lo han recuperado.

Ni siquiera contestó, imaginar el momento en el que Batman tendría que presentarse en comisaría para reclamar su propio coche…

«Tengo que hacer algo enseguida, tiene que haber una solución. O eso o llegará la hora de dejar que sea otro quien luche contra el crimen».

Se acercó a un viejo mueble donde guardaba archivos de todos los maleantes que había atrapado y aquellos casos en los que participó. Los ojeaba con cierta nostalgia dándose cuenta de lo que había sido y que no sabía si podría volver a ser. Ya tenía una edad y por mucho que intentara cuidarse, su cuerpo ya no era el mismo.

Entre todos aquellos papeles encontró el día en que se había enfrentado a Drácula y los medios daban la noticia como uno de sus grandes éxitos al deshacerse de alguien tan temido. Al pie de la noticia, una nota escrita de su puño y letra:

«Después de tener al Conde empalado durante dos días, me he dado cuenta que tal vez no pueda acabar con él»

Recordó entonces como, sin que nadie se hubiera enterado, lo había soltado llegando a un acuerdo, nunca jamás se pasaría por Gotham. Drácula había aceptado temiendo tener que estar encerrado de por vida y eso, para un vampiro, es demasiado.

Bruce se recostó de nuevo en su asiento, una idea algo estúpida rondaba su cabeza. Estaba claro que el «no muerto», como lo llamaban algunos, le debía un favor. Quien sabe, tal vez…puede que fuese una locura, pero en ese momento no veía otra solución mejor.

Agarró su teléfono, buscó en esa agenda a la que sólo él tenía acceso y se dispuso a hacer una llamada.

—¿Sí? —

Una voz ronca se escuchó desde el otro lado. Se podría decir que desde su incidente, ambos eran buenos amigos, hablaban muy a menudo, pero en esta ocasión se dio cuenta que algo no iba bien, aquella voz, no era la de ultratumba que siempre ponía Drácula para intimidar a los demás.

—¿Qué pasa compadre? ¿te encuentras bien?

—Hombre, mi querido primo lejano— le gustaba decir aquello, ya que como él decía: «los dos somos un par de murciélagos algo grandes»— ¿A qué se debe esta llamada?

—Luego te cuento, pero antes dime qué te pasa, nos conocemos y te noto algo raro en la voz.

—Nada que no se pase con un poco de descanso.

—Pero bueno, ¿desde cuándo el gran Conde Drácula necesita descansar?— le dije medio sorprendido y medio riéndome de él.

—Ya ves. Digamos que me hago mayor. Desde hace varios años me he dado cuenta de que la calidad de la sangre ya no es lo que era, el que no se droga, bebe y el que no bebe fuma. Macho, van a acabar conmigo. Y encima ya no asusto ni al tato. Sin ir más lejos, el otro día tuve la suerte de encontrarme con una adolescente sola por la calle. Puedes imaginártelo, fue verla y se me pusieron los dientes largos. Me acerqué en plan seductor enseñando los colmillos…y ¡la muy capulla empezó a descojonarse de mí!— hizo una pausa, se notaba que aquel recuerdo le daba cierto reparo— Por primera vez en siglos me dejó paralizado y encima va y me dice: «tú eres de los que brilla con el sol, ¿verdad?».

—Pero bueno, y ¿qué hiciste?

—Qué querías que hiciera, me fui corriendo. Oye, espero que no le cuentes esto a nadie, si llega a oídos de otros vampiros seré el hazmerreír.

—No te preocupes, sabes que sé guardar un secreto, además qué te voy a contar yo…

Estuvimos hablando durante un buen rato y le conté lo que me pasaba.

—A ver si lo he entendido bien, ¿me estás diciendo que quieres que te transforme en un «no muerto» para tener más fuerza? A mí me da igual, pero espero que entiendas lo que eso supone. Además hace mucho tiempo que no convierto a nadie, no sé muy bien como resultará.

—Si lo dices por que tengas miedo a pasarte de la raya y llegar a matarme, yo confío en ti— Si algo sabía es que la palabra de un Conde iba a misa y puesto que me debía un favor, estaba seguro que no intentaría acabar conmigo.

He de reconocer que me daba cierta preocupación, antes de colgar me dijo que de lo que no estaba seguro era de si me daría más fuerza o por el contrario, me trasladaría todos sus problemas, al parecer, desde que no encontraba víctimas de calidad, se había ido debilitando. Ya no salía todas las noches por culpa del lumbago y encima uno de sus colmillos empezaba a moverse. No quiero imaginarme lo que sería Drácula sin uno de sus dientes.

30 DE JUNIO DE 2027

Ayer fue el gran día. Mi buen amigo me hizo la visita que esperaba para pasarme al lado de los «no muertos». No fue necesario decirle que si algún día necesita algo me tiene a su total disposición.

Reconozco que no le he visto buena cara, creo que sus tiempos de ser el gran Conde Drácula, ese al que incluso los de su misma especie temían, han acabado. Incluso me ha dicho que ha notado la presencia de uno de los suyos rondándole y que tenía cierto miedo a que pudiera encontrarlo e intentara acabar con él sólo por la reputación de haber sido quien dio fin al padre de todos los vampiros. Le he dicho que no se preocupe, que usaré todo lo que esté en mis manos para encontrar al «rondador» y darle caza.

Hoy me he despertado antes de que sonara la alarma y he de decir que he dormido del tirón toda la noche. Me he levantado despacio, quizás por miedo a los malditos dolores que me acompañaban todas las mañanas, sin embargo…de un salto he rodeado la cama para coger las gafas, hasta que me he dado cuenta de que no las necesito. Me he acercado a la ventana, la he abierto de par en par y no he podido evitarlo, como un niño pequeño he roto a llorar de forma desconsolada. No solo parezco el mismo de antes, si no que me encuentro cincuenta veces mejor.

He tenido que bajar de golpe las persianas al empezar a salir el sol, no os podéis imaginar lo que escuece. Me doy cuenta que esto no lo había pensado, a partir de ahora tendré que cambiar todos mis hábitos. Tengo que pensar algo para que nadie sospeche por qué Bruce Wayne no sale por el día.

Son las ocho de la tarde, he tenido que cancelar todas mis citas con la excusa de estar enfermo y he dedicado las horas a diseñar otra máscara con la que protegerme de la luz del día, al menos Batman podrá seguir saliendo en cualquier momento.

Se acerca la noche, me dispongo a ir a la cama, pero es inútil, no tengo sueño y sin embargo estoy algo cansado. Me recuerda a todas esos viajes que hago y me dejan para el arrastre por culpa de jet lag. Supongo que necesitaré de varios días para acostumbrarme.

A las cinco de la mañana he tenido que salir por un aviso de robo. Ha sido pan comido, es una pena que las cámaras no estuvieran grabando en esta ocasión. Creo que he vuelto y espero que sea para quedarme.

Ilustración de Paloma Muñoz

4 DE JULIO DE 2027

Llevo varios días sin apenas dormir. De noche parece que el cuerpo me pide marcha y por el día, que es cuando debería descansar, no hay manera. Y para colmo, llevo el mismo tiempo sin pegar bocado, mira que lo he intentado, pero todo lo que entra, sale sin previo aviso. Le he pedido a Albert que se ponga en contacto con bancos de sangre, que no se diga que no hay dinero para traer la mejor del mercado, y de verdad que lo ha hecho, por lo que cuesta mejor me alimentaba a base de Château Petrus, por lo menos el vino podría tomarlo, porque lo que es la sangre… es acercarla a la boca y se me revuelve hasta el apellido.

Por el bien de todos espero acostumbrarme pronto, sobre todo por Albert, que el pobre ya ha tenido que irse corriendo un par de veces al verme ir hacia él, con medio traje puesto y con los colmillos a punto. Esto va a resultar más complicado de lo que esperaba. Lo positivo es que sigo pareciendo un chaval de veinte años.

Hoy he recibido una llamada de John, según parece en los dos últimos días han aparecido varios cadáveres, todos sin apenas sangre en el cuerpo. Me temo que no me va a hacer falta buscar al «rondador», él solito ha venido a mí. Llega el momento de demostrarle a todo el mundo que Batman ha vuelto.

No me ha resultado difícil seguirle la pista, cualquiera diría que su intención era que nos encontráramos. No llevaba ni una hora vigilando desde el edificio más alto de la ciudad, cuando pude verlo. Esos andares y el leve olor que desprendía eran inconfundibles. Iba detrás de una chica que acababa de salir de un restaurante dispuesto a atacar en cualquier momento.

Antes de que lo hiciera me interpuse entre ellos dos y de un empujón lo aparte de su futura víctima. Al darse cuenta ella se volvió hacia mí.

— ¿Batman…?

—No tengas miedo, yo me encargo— le espeté con esa voz de superhéroe, que más bien sonó a gigoló de piscina.

Por algún motivo la muchacha se asustó al verme y sin pensarlo dos veces me dio un golpe con el bolso, sacando después un spray de pimienta con el que roció toda mi cara.

Durante unos segundos no pude ver nada, menuda gracia me hizo el spray de las narices. Por suerte él parecía más interesado en mí que en la muchacha, que pudo salir corriendo.

—Un momento— me dijo mientras se aceraba flotando en el aire— tu olor… he seguido tu rastro hasta aquí, pero era con Drácula con quien esperaba encontrarme.

—Siento mucho haberte decepcionado.

Empezó a reírse al fijarse bien en mi cara.

—Creo que ya lo entiendo, he escuchado hablar de ti muchas veces. Veo que te has pasado a nuestro bando y que tendré que acabar antes contigo. Supongo que el viejo Drácula podrá esperar.

Desde aquella vez en la que me había enfrentado al que ahora me había convertido, nunca había tenido un duelo como aquel. Por suerte, creo que se trataba de un vampiro sin mucha experiencia al igual que yo, pero con mis recientes dotes adquiridas y mis armas de siempre conseguí ponerlo a raya.

No quería que me pasara como la otra vez. Cuando por fin lo tuve bien sujeto, le pegué un mordisco en la yugular, con tanta fuerza que conseguí arrancarle la cabeza, para después quemar las dos partes de su cuerpo, tenía que estar seguro de que no volvería a revivir.

Al llegar a casa lo primero que hice fue llamar a Drácula y contarle lo sucedido. De momento podía estar tranquilo.

Me sentía eufórico, creo que empezaba a gustarme todo aquello. Incluso apreciaba ya esas copitas de «tinto» con las que me mantenía y evitaba así tener que matar a nadie para alimentarme.

Fue la primera vez que conseguí pegar ojo de día, incluso a pesar de un dolor en la pierna derecha, que supuse sería consecuencia de mi enfrentamiento con el «rondador».

5 DE JULIO DE 2027

Empiezo a acostumbrarme a mis nuevos hábitos. Hoy he despertado justo al ponerse el sol. Sobre la mesita, el periódico que seguro que Albert había dejado aquella mañana. Qué ganas tenía de abrirlo y de ver como de nuevo la gente clamaba por el regreso de su hombre murciélago particular.

Para mi asombro, no hablaban de mí en la primera página, lo cual me indignó un poco, o al menos no de Batman. Por el contrario, el titular destacado era para mi verdadera personalidad:

Aparecen los restos de Bruce Wayne

No podía creer lo que estaba leyendo, «¿cómo podían decir eso?» Busqué rápido la página donde daban la noticia y mi sorpresa fue aún mayor al ver la foto. Estaba hecha justo en el momento en el que mordía y arrancaba la cabeza del «rondador», ahora entendía aquel destello que me había parecido sentir, pero que, dada la euforia, no di importancia.

Según decían, entre las cenizas habían encontrado dos tipos de sangre, una sin identificar y la mía. Para un mísero corte que me había hecho…

Dejé de leer pensando que tal vez fuera mejor así, eso me permitía no tener que seguir dando explicaciones de por qué no aparecía en ninguno de los actos a los que se me invitaba, decir que estaba enfermo ya empezaba a sonar raro. Sin embargo, lo que no había visto era el titular de la página siguiente:

Batman se cambia de bando

Basándose en la fotografía, dejaban bien claro que ahora ya no sería el aliado que había sido hasta entonces, por el contrario, toda la policía estaba en alerta para poder darme caza. Me había convertido en el asesino del más ilustre habitante de Gotham.

Se rumoreaba con la posibilidad de que hubiera chantajeado Al señor Wayne y que este, que todos sabían que era una persona de bien, no había accedido a ello.

El mundo se me echó encima, había acabado de un golpe con Bruce Wayne y con Batman. ¿Qué sería de mí ahora que no podía dejarme ver de ningún modo?

Pasé el resto de la noche en casa, intentando localizar a Drácula para saber si se podía cambiar otra vez, pero no dio señales de vida. Y encima, no había manera de que el dolor de la pierna desapareciera, había llegado hasta la zona de la pantorrilla y empezaba a ser insoportable, no había postura en la que pudiera estar quieto más de cinco minutos.

7 DE JULIO DE 2027

Sigo sin tener noticias de Drácula y llevo dos días sin poder levantarme de la cama. Albert ha llamado a un amigo suyo que dice que es de confianza. No es más que un prepotente estudiante de medicina, pero algo es algo.

El diagnóstico ha sido claro. El reuma ha vuelto, no veo tres en un burro y la ciática conseguirá mantener inmóvil al mismísimo Batman durante un tiempo. Y encima el relajante muscular que me ha recomendado no parece hacer buenas migas con la sangre, como resultado, una «pequeña» úlcera que parece querer matarme desde dentro. Empiezo a echar de menos lo que ahora me doy cuenta de que eran leves dolores de reuma, maldito el día en que pensé que jubilarme no era la mejor opción.

10 DE JULIO DE 2027

Por fin he hablado con Drácula. Como ya me imaginaba, no hay modo de volver a la vida de antes, lo único que puedo hacer es resignarme a vivir eternamente como un «no muerto». Al menos me ha dicho que él ha encontrado un modo de hacerlo «dignamente», ha recalcado mucho la última palabra, lo que me hace pensar que tal vez no sea tan bonito como ha querido mostrármelo. He quedado con él esta noche, justo al lado de una residencia que hay a las afueras de la ciudad.

Después de media hora y con la ayuda de Albert, he conseguido ponerme el traje. Mi buen mayordomo me ha llevado a un edificio viejo al lado de la residencia, no me veía con ganas ni con fuerzas de conducir.

Drácula me esperaba en una vieja habitación, yo diría que casi tanto como él, sentado en un antiguo sillón.

—Perdona que no me levante.

—No hace falta que te disculpes— Algo me decía que sabía muy bien por lo que estaba pasando— Sigo sin entender porqué hemos quedado en este lugar.

—Verás, hace un mes que vivo aquí y cuando me contaste lo que te pasaba pensé que si querías, podías trasladarte tú también. No estaría de más un poco de compañía con quien poder conversar.

Era la primera vez que veía al Conde así, se le notaba triste, apagado. Me preguntaba donde habrían quedado aquellos días en los que solo escuchar hablar de él ya daba pánico.

Me fijé en la pequeña mesa que tenía a su lado y en un vaso que contenía…

—No lo mires tanto, sí, son mis dientes.

Me contó que una noche había visto a una joven sentada en un parque a la luz de una farola escribiendo en un cuaderno negro. Se acercó por la espalda dispuesto a atacar, pero sin saber muy bien cómo, empezaron a hablar. Por extraño que parezca, le había contado todos sus problemas, ella era dentista y se había ofrecido a ayudarle.

—Periodontitis, así lo llamó. Vaya, lo que todos conocemos por piorrea. Al menos, de momento, sólo he perdido uno de los colmillos.

¡No lo podía creer, había pedido ayuda a una humana!

—¿Estás seguro de lo que estás haciendo?

—Tranquilo, ya la conocerás, Carlota es muy buena chica.

En un principio sentí lástima por su nueva «vida». Me dijo lo mal que se encontraba y que salir de caza ya era imposible. Lo único que podía hacer era esperar en aquel lugar a que alguno de los viejecitos de la residencia pasara a mejor vida y poder alimentarse con su sangre. Sin embargo, pensándolo fríamente, tal vez era mejor eso que quedarme sólo en la casa.

No me hizo falta pensarlo mucho. Salí para decirle a Albert que se fuera, que a partir de entonces me quedaría a vivir allí. Le pedí que se encargara él de la casa y que de vez en cuando me trajera las cosas relacionadas con mis negocios, mientras pudiera, seguiría encargándome de todo. Que la gente pensara que Bruce Wayne estaba muerto no quería decir que sus empresas no pudieran seguir funcionando.

30 DE JULIO DE 2027

Al contrario de lo que había pensado, estos veinte días no han estado tan mal. Las conversaciones con el Conde son de lo más amenas. Sé que no es el final que hubiera querido, pero es lo que hay.

Sin embargo ha ocurrido algo que no hubiera imaginado. He decidido ir por casa después de leer en un periódico que Batman ha vuelto como el gran superhéroe que fue. No es que me importe si Albert tiene algo que ver, ya que al menos la leyenda del hombre murciélago seguirá viva, pero tengo cierta curiosidad.

Por lo que he visto al llegar, la decoración de la casa ha cambiado por completo, cualquiera diría que estamos en el desfile del orgullo gay.

Escucho ruido en la parte de arriba, supongo que Albert está en la habitación. No me molesto en picar a la puerta, sigue siendo mi casa, pero…

Al entrar veo a Albert, con el traje puesto a excepción del pantalón. La imagen de Batman con aquel tanga de leopardo, es algo que traumatizaría a cualquiera. Y sobre la cama un chico más joven que él con la misma ropa que llevaba al nacer…¡¡en pelotas!!

—Pero… ¡por Dios!… ¿qué es esto?

—Yo… ¿qué hace aquí, Bruce?

— ¡Encima, cómo si esta no fuera mi casa!

La úlcera puede más que el enfado del momento, tengo que sentarme o no sé si saldré de aquí por mi propio pie.

Recapacito un poco. Siempre me he considerado una persona moderna y, si bien es cierto que lo que ocurra de puertas para dentro no debería importarle a nadie. Si algo ponía la noticia que había leído es que de nuevo Batman volvía a ser el mismo y supongo que eso es lo importante. Decido que tal vez lo mejor sea pasar del tema.

—Espero que al menos no dejes que nadie te vea de esta guisa— le digo bajando un poco la voz.

—Tranquilo, nadie sabrá jamás que yo soy Batman.

¡¡JA!!, como si fuera eso lo que me preocupa, mientras no le diera por cambiar la indumentaria. No quisiera ver en el futuro a un Batman vestido de rosa por los periódicos.

—Y ¡dile a ese tío que se vista, anda!— le digo saliendo por la muerta mientras que le escucho hablar.

—No te preocupes, ya se iba. Por cierto, es Robert, un amigo.

«Sí, sí, un amigo» pienso mientras, poco a poco bajo las escaleras, a decir verdad me importa un carajo quien sea ese tío.

10 DE AGOSTO DE 2027

— ¿Has visto, Bruce?, Batman sale de nuevo en el periódico.

Me acerco al Conde para ver yo mismo la noticia. No he querido decirle nada de lo que paso en la casa, tan sólo que Albert me había suplantado.

Batman y su nuevo compañero hacen de Gotham un paraíso para vivir

Por lo visto, Albert, tenía una especie de ayudante, un atlético joven vestido con unas mallas, un chaleco rojo y una capa amarilla. Se veía bien claro en la foto que acompañaba a la noticia.

Aquella indumentaria, un chico joven y el nombre al pie de la foto, Robin, me hicieron pensar. Y, por desgracia, el cuerpo desnudo del amigo de Albert volvió a mi cabeza. ROBERT…ROBIN… ¡cielo santo, que he hecho!

—Primo…creo que es mejor que dejemos de leer las noticias…

Jesús Cernuda.

El caballero oscuro

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Fantasía urbana

Rating: +13

Este relato es propiedad de Olga Besolí. La ilustración es propiedad de Rafa Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor.

El caballero oscuro.

Ilustración de Rafa Mir

Hay una luz al final de cada túnel para sosiego de quien se ha extraviado en la oscuridad. La luz es la guía hacia la salida, la liberación, el fin de la incertidumbre. Pero a Batman esa luz sólo le parece la entrada a una boca de lobo llena de colmillos dispuestos a machacarle en cuanto ponga un pie en el exterior de ese mundo distorsionado al que llaman Gotham City.

El caballero oscuro, agazapado en la negrura del túnel, cierra los ojos a la vez que gira el rostro en dirección opuesta al dañino haz de luz, tratando de negar su existencia, como el fantasma que no quiere dirigirse hacia ella para traspasar al otro lado.

Su corazón desacompasado marca arrítmicamente la angustia que le oprime el pecho. Apenas puede respirar. Ensanchar sus pulmones en busca de una bocanada de aire se ha convertido casi en  una misión imposible. ¿Será el battraje que le constriñe el cuerpo? ¿Quizás el aire viciado y pegajoso del túnel? No es probable. Recuerda haber estado en lugares y con condiciones mucho peores. Y éste es el mismo traje que llevó a esa sala de juicios que ardía como el mismísimo infierno tras una terrible explosión que había hecho temblar los cimientos de la ciudad entera. En esa ocasión tuvo el tiempo justo de sacar de allí aún con vida al fiscal Dent, antes de que el edificio se derrumbara por completo. Aunque ese acto heroico sólo sumó un bochorno más a la extensa lista de fracasos en su carrera contra el crimen. Harvey se había quedado con el rostro medio desfigurado por las llamas. Y, con ello, perdió la mitad de su alma. Se convirtió en un monstruo asesino conocido con el sobrenombre de «Dos Caras».

Así es Gotham City, la ciudad que convierte en basura todo lo que toca, como un Rey Midas del desastre. La actividad criminal siempre ha echado raíces en ella. Y ahora esas raíces se han podrido hasta la médula.

Batman trata de apartar ese pensamiento de su mente, de calmarse, de aquietar su corazón, pero el pulso le tiembla y parece haber perdido el control sobre sus manos como perdió control sobre la ciudad que estaba bajo su custodia. Debería haberlo intuido en el momento en el que aquella periodista, si puede recibir tal nombre, de la Gaceta de Gotham, se acercó a él con sigilo y le preguntó la razón por la que había reducido a aquel grupo de hombres que estaban siendo esposados en aquel instante.

—Porque, claramente, tenían intención de atacar y desvalijar el Banco Central de Gotham, seguramente para subvencionar algún plan maléfico de dominar el mundo —había contestado él, con su habitual seguridad.

—Pero, eso no es cierto —replicó la reportera.

—Claro que lo es —insistió él, aturdido— iban armados. Llevaban bates de beisbol, palos y fragmentos de roca. Iban a irrumpir en el banco y robarlo.

—¿Robar el banco? ¿A plena luz del día? —insistió ella.

—Sí —había respondido—. Quizás sea un tanto extraño, pero nadie sabe a ciencia cierta cómo funciona el interior de la mente criminal.

—¿Eso quiere decir que son ciertos los rumores de que Batman se declara partidario de la corrupción bancaria y en contra del pobre ciudadano de a pie que sólo pretende defender aquellos derechos que le han sido pisoteados?

Batman no halló ninguna respuesta a tal acusación. Se quedó allí mismo con la boca abierta, atónito, aturdido y pasmado ante aquella pregunta cercana al insulto. El silencio mortificante y dilatado fue quebrado por la voz del joven fotógrafo que acompañaba a la periodista.

—No te enteras de nada, tío —dijo apartando la cámara para dejar ver su cara con marcas de acné— ese banco de ahí le acaba de robar a esa gente sus casas y su dinero…

Si le hubiesen abofeteado, no le habría dolido tanto como le hirió la explicación simple y sincera del muchacho, cuyo efecto se vio agravado en cuanto uno de los hombres a los que había desarmado pasó tras suyo, esposado y secundado por un agente de la ley.  Tras dedicarle una mirada del más puro desdén, el hombre escupió al suelo y le gritó:

—¡Cabrón! ¡mañana mis niños dormirán en la calle y tú has contribuido a eso! ¡ojalá nunca hubieras existido, superhéroe de pacotilla!

Luego sintió la cortina de sudor frío que precede a la sensación de vértigo. Su frente se inundó y unas gotas se deslizaron por debajo de la máscara negra, nublándole la vista. ¿Cómo había sucedido aquello? ¿era eso posible? ¿desde cuándo los actos delictivos como atacar un banco con palos y piedras eran considerados actos justicieros? ¿desde cuándo las instituciones legales y gubernamentales perpetraban actos delictivos? ¿se había vuelto el mundo del revés? Y, ¿dónde quedaba él en ese mundo? ¿quién era el villano al que atacar? ¿quién era el héroe? ¿y el superhéroe?

Pero eso solamente había sido el principio.

Unos días más tarde la luz de la batseñal surcaba los cielos de Gotham. Fue su amigo y colaborador, el comisario James Gordon, quien la encendió para atraer su atención. Requería sus servicios en la lucha contra el crimen, como tantas veces había hecho. Pero esta vez no le entregó la ficha policial de un asesino peligroso como el Doctor Phosphorous, o Cara de Barro, o El Señor de las Ratas. Esta vez, el delincuente al que había que detener era conocido por todos en Gotham y nunca había sido considerado peligroso, al menos hasta el momento.

El crimen perpetrado no era un asesinato, ni un robo, ni siguiera una extorsión. Se trataba simplemente de un escándalo financiero que había estallado y se había filtrado a la prensa: la desviación de fondos públicos de subvenciones y del dinero de las becas para la investigación que otorgaba la alcaldía de Gotham en colaboración con Wayne Enterprises. El alcalde Grange, conocido por sus excesos y una vida de derroches, desde su palacete en el ático de la torre más alta de la ciudad,  se había apresurado a hacer una declaración de inocencia en la que se había auto-exculpado de toda conexión con el asunto y había señalado directamente a Bruce Wayne y su empresa como responsable directo del delito. De hecho, había explicado que el emporio que había levantado el difunto Thomas Wayne estaba construido sobre una sarta de mentiras, estafas y dinero sucio.

La comisaría de policía al completo tenía órdenes explícitas y directas desde la alcaldía de busca y captura, vivo o muerto, del multimillonario Wayne, pero su mansión en las afueras suponía un gran inconveniente. Tenía uno de los sistemas de seguridad tecnológicamente más sofisticados —además de unos sótanos con una batcueva, pensó Batman—. Por esa razón necesitaban su ayuda, para facilitar a los agentes la entrada a través de los muros de su propia vivienda y el arresto de su otro yo.

—Creo que es una buena oportunidad para limpiar la mala imagen que te has forjado con lo de los manifestantes de las hipotecas —le dijo James con toda la buena fe del mundo, sólo equiparable a su credulidad—. A los ciudadanos les gustará ver que no estás de parte de los ricos corruptos. Pronto volverán a tener fe en ti.

Después de oír eso, y tras un leve vahído que le hizo flaquear las piernas, sintió una irritante sequedad de boca que le hizo toser.

—¿Está usted bien? —le preguntó el comisario.

Batman carraspeó en un intento de recuperar la voz que se le había escapado, mientras afirmaba con la cabeza.

—Entonces, ¿qué me dice?

Batman ya no escuchaba. No podía oírle. Estaba concentrado en la única idea que cruzó por su mente, como un rayo fugaz y mortífero: necesitaba avisar a Alfred Pennyworth, su mayordomo, del peligro que lo acechaba. Tenía que decirle que sellara a cal y canto la entrada de la batcueva y que se deshiciera de la llave, que la tirara al río; que se pusiera a salvo, que hiciera la maleta y se largara de la mansión Wayne, de la ciudad, del estado, del país. Lejos y para siempre.

—¿Nos ayud…?

En un abrir y cerrar de ojos, Batman se giró de espaldas al comisario y se subió a la barandilla de la terraza. Desde ahí, dejándole con la palabra en la boca, se lanzo al vacío. El edificio donde se reunía con el comisario Gordon era uno de los más altos de Gotham y hasta que no llevaba medio descenso no quiso activar el dispositivo de freno que lo hizo aterrizar suavemente sobre el asfalto, al lado del batmóvil.

A medida que el motor del auto se aceleraba, el corazón de Batman lo hacía dentro de su pecho. Alfred, pobre Alfred….

Media hora después se vio obligado a frenar en seco ante la inesperada multitud que se arracimaba delante de la valla de la mansión Wayne. Todo el mundo parecía haber conocido la noticia antes que él. ¿Es que acaso pretendían tomarse la justicia por su mano? Por suerte, tanto el batmóvil como su traje eran completamente negros y se confundían en la noche oscura.

La entrada a la mansión estaba iluminada por varios focos de fuego, que hacían refulgir el fondo blanco de las pancartas y carteles escritos con letras grandes y palabras terribles y amenazadoras. El aire olía a goma y plástico chamuscado. Habían utilizado ruedas de camión y contenedores de basura para avivar los fuegos. Sobre el silencio de la noche se oían los gritos intermitentes de «¡Acabemos con la corrupción, acabemos con los ricos!» y múltiples siluetas se recortaban en sombras.

Alguien hizo estallar el dispositivo de electrificación de la valla del perímetro, detonando una pequeña carga explosiva en la caja de circuitos. Tras eso, muchos cuerpos se agolparon sobre el metal de la reja, armados con cizallas, sierras mecánicas y con el peso de sus propios cuerpos. Sólo era cuestión de tiempo que ésta cediera y la turma se centrara en aplastar todos y cada uno de los dispositivos de seguridad de la puerta y del interior de la casa. La mansión Wayne estaba preparada para combatir un ataque inteligente, no uno a la fuerza bruta. Ya no era un refugio seguro.

Entonces sintió esa sensación fría y extraña que hace que tu corazón se pare y las náuseas te invadan. La vista se le emborronó, y antes de sentirse desfallecer por completo se obligo a correr, lo más rápido que pudo, y dando tumbos, en dirección contraria a todo, a la gente, a los fuegos y a las sirenas de policía que delataban el acercamiento de los coches patrulla al lugar. Sintió dolor en el alma, punzadas en el estómago, palpitaciones en el corazón y cómo el vómito le subía por la garganta. Sintió la misma desesperación que se apoderó de él cuando de niño cayó en un pozo que no sabía que existía en el jardín de su mansión y descubrió dentro de él la cueva de los murciélagos.

Petrificado por el mismo terror que lo invadió durante los dos días que tardó su padre en encontrarlo y sacarlo de allí, y con el frío entumeciendo sus miembros, Batman consiguió llegar y arrastrarse por el interior del túnel del desagüe de la vieja mina abandonada antes de perder completamente la orientación y el sentido. Se desplomó de bruces sobre el suelo con olor a podrido que se llenó de vómitos y no recuperó la consciencia hasta que la luz de la madrugada le dio alcance.

Tembloroso y desconcertado, Batman había intentado desperezarse de los sueños turbulentos que le habían acosado durante la noche. Pero la imagen de su mayordomo colgado de la rama más alta del viejo manzano situado en la parte trasera del jardín permanecía indeleble. Lo siento, pensó, lo siento tanto…

Pero no iba a llorar… los superhéroes no lloran ni flaquean, aunque sientan agujas en el pecho y el sabor amargo de la hiel en la boca. Haciendo de tripas corazón, intentó auto-convencerse de que no había nada que hubiese podido hacer por el viejo Alfred. No es una buena idea enfrentarse a una muchedumbre enfurecida. Además, si hubiese intentado frenarlos, habrían pensado de inmediato que intentaba proteger a Bruce Wayne y que estaba de lado de ¿cómo había dicho el comisario? Ah, sí, de los ricos corruptos.

Pero ¿a quien pretendía engañar? Había dejado que el miedo lo dominase, un miedo inmenso cuyo simple recuerdo todavía le hace palidecer el rostro y temblar el pulso.

Batman vuelve a mirar hacia la luz del final del túnel. Ahora ya es de tarde y se va retirando poco a poco. La oscuridad le está ganando terreno a la luz. Pero aún así el corazón emite unos latidos agitados y se instala en la garganta. Tiene que volver a cerrar fuertemente los ojos para apaciguarlo, para volver a sentirse seguro. No podrá salir de allí. Quizás nunca lo haga. Ni aun cuando anochezca, porque las luces de Gotham seguirán iluminando la oscuridad.

Un enjambre de paparazzi con los flashes preparados le aguardan afuera, con intención de aguijonearle con preguntas maliciosas. Unos ciudadanos exaltados que  piden un tipo de justicia que no puede ofrecerles. Un comisario que le exige que le entregue la cabeza de Bruce Wayne para acallar las quejas del pueblo. Y, por encima de todos ellos, le espera el alcalde Grange desde la confortabilidad del inmenso salón de su lujoso ático, que seguramente se estará vanagloriando de que, con una única trampa ha acabado de una tajada con el futuro y  la buena reputación de Bruce Wayne y de Batman.

No. Nunca saldrá de ese agujero. Batman y Bruce Wayne ya son historia, dos fugitivos que caerán en el olvido incluso antes de que él muera de sed, de hambre o incluso de hastío. El mundo ya no es un lugar seguro, ni siquiera para los superhéroes. ¿Aguantará todavía Spiderman en New York o habrá decidido quitarse la vida utilizando su propia tela de araña para colgarse del cuello? ¿andará Catwoman maullando de dolor por las calles de la ciudad hasta agotar sus siete vidas? ¿habrá consumido Metrópolis a Superman lentamente hasta hacerle ingerir un trago de kriptonita? ¿se habrá agotado ya la paciencia de la Liga de la Justicia de América? ¿debería rendirse él?

Jadeante, y de nuevo al borde del colapso, Batman abre los ojos en un último intento desesperado por enfrentarse a esa luz que se desvanece al final del túnel.  Pero una sombra la eclipsa completamente, acompañada de una voz conocida:

—¿Señor Wayne? ¿Está usted ahí? Soy yo, Alfred.

—Al…fred… —logra articular con dificultad.

—Gracias a Dios que le he encontrado. Sabía que ésta era una opción posible. Es el único lugar de los alrededores tan húmedo, oscuro y deprimente como la batcueva. Me alegro mucho de oír su voz. Aunque tengo que pedirle disculpas, señor, por haberme visto obligado a sellar la batcueva. Pero es que no sabía qué más hacer. No podía dejarla a merced de cualquiera. Por cierto, creo que puse el dispositivo ese que funciona como una llave en uno de los bolsillos de mi chaleco… si, ahí está. He estado muy preocupado por usted en estos dos días, desaparecido como cuando niño. ¿No leyó ayer el periódico y la nota que le dejé junto con el desayuno? Creía que tomaría alguna medida contra todas esas calumnias, aunque luego pensé que igual tenía demasiado por hacer, repartiendo justicia, así que igualmente lo dispuse todo tan bien como pude, porque con las prisas… No tiene ni idea de la que se ha armado aquí afuera. Todo el mundo le busca. La mansión ha sido incendiada. Wayne Enterprises ha sido confiscada y todo el mundo culpa a Batman. Pero no se preocupe, que hice nuestras maletas y me permití el lujo de coger todo el dinero y la documentación de la caja fuerte para emergencias. Porque esto es una emergencia ¿no cree? Por suerte, minutos antes de que cortaran la línea telefónica avisé a Robin de nuestra situación. Hemos convenido que, si el señor está de acuerdo, pasaremos los próximos días ocultos en su casa. Ya sabe, hasta que la cosa se calme y Batman pueda volver a la carga. O se nos acabe el dinero de mano, aunque no creo que eso sea posible, porque es mucho, muchísimo. He llenado con él cinco bolsas que he dejado en el maletero del coche. Por cierto, no estoy seguro de haber acertado totalmente en la elección del auto. Primero se me pasó por la cabeza coger el Lamborghini, porque es el más rápido, pero luego pensé que era demasiado llamativo, y que quizás sería mejor el Cadillac. Y como llevaba prisa no me acordé del Rolls Royce que está en la esquina del garaje, y sé que ese es su favorito. Me temo que se habrá quemado junto con el resto de sus propiedades. Siento mucho su pérdida, y espero que sepa perdonarme por eso ¿hice mal en escoger el Cadillac para nuestra fuga, señor?

Olga Besolí

Septiembre 2014

A través del espejo y lo que Batman encontró ahí

Autor@: 

Ilustrador@: Carolina Cohen

Corrector@: 

Género: Fantasía/Cómic/Pulp

Rating: +13

Este relato es propiedad de Axel A. Giaroli. La ilustración es propiedad de Carolina Cohen Polanco. Quedan reservados todos los derechos de autor.

A través del espejo y lo que Batman encontró ahí.

«…A veces creo que el asilo es una cabeza. Estamos dentro de una gran cabeza y existimos porque alguien nos sueña. Quizás sea tu cabeza, Batman. Arkham es un espejo. Nosotros somos tú.»

Arkham Asylum: A Serious House on Serious Earth, pág. 47, viñ. 6

El Sombrerero Loco

Bruce Wayne avanzaba con decisión a lo largo del pasadizo, los kilométricos corredores del manicomio eran como los de un gigantesco laberinto en el que hacía tiempo que se había perdido la razón. El justiciero conocía muy bien aquellos pasillos; los había atravesado en más ocasiones de las que le hubiera gustado para asegurarse de que algún paciente llegara sin inconvenientes hasta su celda de destino. Se conocía el lugar de arriba a abajo, ya ni siquiera tenía que plantearse hasta donde caminar: un cruce en la derecha llevaba a Tratamiento Intensivo, en la izquierda, la sala de espera, dirigiéndose hacia el centro la zona del jardín. Seguía avanzando, de nuevo a la izquierda podía girar hasta la sala de los más peligrosos: sin duda Killer Croc estaba tranquilo ese día, porque nada se estaba escuchando desde donde marchaba. A la derecha esperaba la Zona de Aislamiento…

No, ahí no estaba.

En su lugar, un enorme espejo del tamaño de una puerta aguardaba enfrente, con su reflejo observándolo de forma fija. El traje de cuero del hombre murciélago era una herramienta destinada a amedrentar a todos aquellos utilizaban el miedo con el fin de imponer su poder, aquellos que irónicamente se comportaban como cobardes y supersticiosos. La primera de todas esas criaturas era Bruce Wayne, el mayor cobarde y supersticioso de todos. Por fortuna, ya hacía tiempo que consideraba su traje como su figura principal, su personalidad se escondía por medio de su auténtica piel; en lugar de esconderse en el traje de Batman. Se vio los brazos, por segunda vez la sorpresa le recorrió la espina dorsal. De los pies a la cabeza Wayne se encontraba desnudo, no tenía nada puesto encima. La pálida piel se iluminaba en el único foco que tintineaba en el techo del pasillo. Sin embargo, ahí seguía delante suyo su álter ego: Batman, el Señor de la Noche. El Caballero Oscuro de una ciudad que estaba condenada antes incluso de ser contruida.

Wayne comenzó a preguntarse la razón de aquellos sucesos, sin duda Arkham era un lugar en el que lo extraño podía llegar a darse pie en cualquier momento, pero no por ello se dejaba de sujetar bajos las reglas de la física y la lógica. Preguntándose estas cuestiones comenzó entonces una nueva serie de dudas: ¿qué razón lo había llevado a recorrer los pasillos del manicomio? ¿qué podía ser aquello que buscaba? ¿recordaba algo anterior al recorrido que había realizado?

El hombre comenzó a razonar lentamente; se dio cuenta de lo obvio: aquel sitio no era el Asilo Arkham. No al menos en el sentido formal de la palabra. Lo que estaba viviendo bien podía ser un suceso que ocurría en un plano onírico de la realidad, algo que no tenía porque tener sentido desde una perspectiva racional. Aquello alertó sus sentidos, pues las dos únicas posibilidades que podían llevarle a esa situación era que o bien, estaba soñando (cosa que normalmente no tenía la costumbre suceder) o tal vez, alguno de sus múltiples enemigos le había atrapado en una de sus variopintas trampas convencionales (el razonamiento más probable de todos).

Comenzó a indagar mentalmente, ¿quién de todos podía ser aquel que lo había retenido?  Era bien sabido que a lo largo de los años Batman había cimentado de forma involuntaria una galería de villanos inmensa. Tantos que incluso sus compañeros de la Liga de la Justicia le habían llegado a decir que no comprendían como podía soportar una semejante presión encima de sus hombros. De todos aquellos, algunos tenían un modus operandi que se limitaban en ataques directos, pero otros utilizaban tácticas que fácilmente podía llevarlo a aquella circunstancia. ¿Era el Espantapájaros? Jonathan Crane estaba obsesionado con los efectos del miedo, una de sus mayores ambiciones era atrapar a Batman en una pesadilla eterna. Lo cierto es que el aspecto onírico de la situación lo hacía lógico a la hora de sospechar sobre su posible participación, aunque por otra parte, de haber sido así, habría comenzado a sentir la adrenalina desde el mismísimo momento en que recorría los pasillos. Bruce se sentía inquieto, pero no tenía miedo. No podía ser él. Y ¿qué tal Enigma? La patología obsesiva compulsiva de Edward Nigma lo habían llevado en ocasiones a diversos quebraderos de cabeza contra el murciélago. Siempre buscaba la forma más perversa de desafiar su mente, siempre había querido encontrar aquel acertijo que fuera incapaz de resolver el Caballero Oscuro. Sin duda, aquello explicaría lo simbólico del espejo, pero desde luego no formaba parte de su metodología los recursos que se alejaban de la lógica y se acercaban a lo psicotrópico. Por no hablar de que cuando exponía un acertijo, siempre estaba bien claro al principio. Tampoco era él.

¿Quién entonces?

El espejo… Wayne recordaba perfectamente los símbolos que transmitían a muchas culturas. En ocasiones, eran alusiones a un autodescubrimiento, muchos consideran que es una puerta que lleva a una ingente cantidad de conocimiento que…

Espera, una puerta…

El espejo es también un elemento muy destacable en una obra antigua, una considerada importante en la historia universal de la literatura. ¿Qué obra sería? Bruce no hacía más que maldecir para sus adentros el hecho de que la situación onírica lo empujara a ser menos lúcido de lo común, debía realizar un pulso mental para conseguir vencer aquella situación. Un espejo,… una obra importante de la literatura… ¿A-Alicia? ¡Sí! ¡Alicia a través del espejo! Sota, caballo y rey: ya sabía quien era aquel que debía de estar jugando con su mente.

Jervis… —susurró Wayne.

Sin duda tenía que ser él: Jervis Tetch, conocido en toda la ciudad de Gotham por su otro yo: el Sombrerero Loco. Era el único en el que encajaba con todos los elementos. Modus operandi, motivaciones, capacidades para llevar a cabo dicha tarea,… Jervis había sido un neurocirujano con recursos muy avanzados a la hora de controlar la mente de cualquier persona. Un hombre con un cerebro muy privilegiado que se había hecho experto no sólo en neurocirugía sino también en las más avanzadas técnicas informáticas. Con sus conocimientos, sus dotes de superdotado y sus ideas de vanguardia había conseguido un puesto importante en las empresas de la Wayne Tech, una posición que echó a perder debido a su obsesión por una mujer y a la obra del inmortal escritor Lewis Carroll. Jervis deseaba tomar venganza contra Batman, quería encerrarlo en un mundo de fantasía y delirio muy parecido al que Alicia había tenido que enfrentar en su obra.

Bruce Wayne apretó los dientes, había descubierto el juego del villano muchísimo antes de que la trampa se cerrase del todo. Pero aquello no importaba porque ya estaba en medio del juego. La única forma de salir era aceptar el reto de el Sombrerero y cruzar el umbral. La figura de Batman que se reflejaba delante de sí comenzó a reír. Wayne acercó la mano hacia el espejo, el brazo atravesó el cristal como si fuera un simple líquido transparente. Bruce suspiró, debía avanzar hasta ver aquello que lo aguardaba al otro lado.

***

Bruce surgió en medio de un lago, alrededor suyo había una inmensa vegetación. Avanzó desnudo a través de los páramos de un gran bosque. Las plantas tenían el cuádruple de su tamaño original, las flores parecían edificios que tapaban la luz del medio día, sus tallos eran gruesos, verdes y espesos como los de una jungla. A lo lejos consiguió divisar un mandoble insertado en una roca. El hombre se acercó lentamente, observó con detalle el cuero de la empuñadura…

—Sólo con esa espada conseguirás vencerlo.

Wayne giró sobresaltado, aquella voz femenina había sonado demasiado cerca. Lo que divisó a poca distancia no le sorprendió en absoluto.

—Pamela —contestó. Sus músculos se tensaron preparándose ante una posible respuesta hostil—. O quizás… una proyección mental mía de ella.

—Estás aquí para liberarnos, salvarnos del yugo que nos somete aquí dentro…

—¿Dónde está Jervis, Pamela? —interrumpió—. Se oculta cerca, ¿verdad?

La mujer pelirroja enarcó una ceja, apretó los labios molesta.

—Mi nombre no es Pamela, Libertador.

Wayne negó con la cabeza, suspiró lentamente.

—No estoy para juegos, Hiedra. Sólo quiero salir de aquí.

—Tampoco soy Hiedra Venenosa —contestó—, ella está donde la dejaste la última vez, en el Asilo Arkham. Yo soy La Reina Roja.

Bruce Wayne cruzó los brazos, observó con autosuficiencia al espejismo que tenía en frente.

—Entonces… ¿eso significa que no estamos en el Asilo?

Los ojos de la villana brillaron con intensa furia.

—No te hagas el idiota, sabes perfectamente que esto no es Arkham —exclamó— . Has venido aquí para salvarnos a todos. Lo has hecho porque no sabes hacer otra cosa. El mundo que ves a tu alrededor está controlado por él. Lo único que puedes hacer es escapar salvándonos a todos o muriendo en el intento.

—Y, ¿qué ocurrirá en caso de que no quiera seguir tus jueguecitos? ¿y si simplemente me quedo aquí y espero?

—Entonces nunca saldrás.

Bruce Wayne se mantuvo en silencio. Frente a él, aquel ser parecido a Pamela Isley hizo exactamente lo mismo. Finalmente, Bruce accedió.

—¿Qué tengo que hacer para liberaros?

La Reina de Corazones sonrió.

—Fácil, sólo debes tomar esa espada y jurar lealtad ante mi escudo de armas. Después de eso lo único que resta es que te nombre mi caballero y avances hasta la octava casilla dejando en jaque mate al Dictador.

—¿Octava casilla? ¿Jaque mate? —inquirió Wayne—. ¿Cómo en una partida de ajedrez?

No obtuvo respuesta, en su lugar el mandoble esperaba en medio de la roca. Él lo aferró con fuerza, empuñando a través de su voluntad aquel hierro que descansaba en el interior del granito. Tiró con vigor, lo sacó. Sintió como todo el poder recorría sus brazos, tal vez un efecto secundario derivado a la idea de acceder a aquel juego. Leyó la inscripción que había en la hoja.

—Vorpal… —susurró—. No me lo digas: debo destruir al Jabberwocky.

—Lo llames como lo llames, no es otro que el Dictador —aclaró—. Continúa a través de las colinas, encontrarás a otros que te ayudarán a acceder al castillo donde deberás enfrentarlo y derrotarlo.

Tras decir aquellas palabras, poco a poco ella se transformó en un Lirio. Nada había que decir al respecto, sólo quedaba avanzar y terminar con aquella locura.

***

El bosque se iba tornando en un lugar ascendente y oscuro, uno en el que avanzar se hacía más y más difícil. La noche sorprendió a Wayne, no quedaba más remedio que hacer un alto antes de seguir continuandoSe detuvo e hizo un fuego. Reflexionó brevemente sobre aquella situación. Fuera lo que fuera aquello que Jervis había planeado, en esa ocasión se había esmerado realmente. De repente, una risa comenzó a escucharse. Bruce alzó la espada ante la idea de que tendría que enfrentar una amenaza. La risa se fue transformando en una carcajada, una que le resultaba terriblemente familiar…

—Joker…

Bruce sintió el estómago revuelto, una sonrisa flotaba en el aire encima de una rama. Poco a poco la figura del payaso Príncipe del Crimen se fue materializando en un hecho normal. Sentado encima de la rama lo observaba con un gesto obsceno y una risa dantesca.

—¡Vaya, vaya, vaya! ¿qué es lo que tenemos aquí? —preguntó retóricamente—. ¿No es gracioso que nos encontremos en una situación tan peculiar como esta?

Batman se apoyó en su espada, sus ojos transmitían una furia imposible de competir.

—Aún siendo una simple proyección, no puedo sino sentir un enorme desprecio ante tu persona.

—O… cálmate, «Señor de la Noche» —respondió. Luego, una leve risa fue escupida como una cascada—. Para ser considerado el mejor detective del mundo te está costando mucho deducir que es lo que está sucediendo.

—¿A qué has venido? ¿Eres un guía o un enemigo a batir?

El Joker se limitó a encogerse de hombros.

—Quizás ambas cosas, o tal vez ninguna —contestó—. Puede que sea un simple habitante más de este reino impuesto con un supuesto control en el que me conformo en generar algún caos de vez en cuando.

—Estás tan loco como el auténtico…

—¡Todos estamos locos! —exclamó histriónico—. ¡Incluído tú! ¡tú eres el más loco de todos!

Aquello le enfureció, era evidente que no podía evitar llevar a cabo la acción que realizaba. Lo único que hacía era su papel de Gato de Chesire, pero también le hervía la sangre que le quedará tan bien la interpretación a un maníaco como aquel.

—Sólo dime hacia donde debo avanzar —exigió.

—Eso depende, ¿hasta donde quieres llegar?

—Hasta el castillo de aquel ente conocido como el Dictador… y lo más lejos que pueda de ti —añadió—. Es la única forma de conseguir mantener sano tu registro dental.

El Joker volvió a reír, lo hizo tan fuerte que estuvo a punto de caerse de la rama del árbol. Cuando se detuvo señaló un camino oscuro y espeso.

—Avanza a través de esa senda, leeeeejos, muy lejos, chico. Entonces, sólo entonces, encontrarás al Sombrerero Loco… ¡el único que sabe como salir de aquí!

Bruce Wayne sonrió; ya no tenía escapatoria. La figura del Joker fue transparentándose, dejando la risa en el aire…

—Y, recuerda: ¡tú eres la clave para lograr escapar!

El desagradable sonido de la carcajada fue perdiéndose en un eco pegajoso, la sonrisa desapareció junto con un sonido sacado de las pesadillas más terribles que había anidado en una ciudad. Bruce recogió su espada, observó el camino. Era el momento de continuar.

***

La mesa estaba preparada, las distintas tazas de té listas para ser servidas. En el extremo el Sombrerero Loco no hacía más que sorber lentamente su bebida favorita, una que bebía en unas eternas cinco en punto. Bruce Wayne avanzó sigilosamante hasta la espalda de su adversario. Cuando estuvo lo bastante cerca, lo agarró del cuello de la camisa y lo amenazó con la punta de su espada.

—El juego ha terminado, Jervis —profirió—. Devuélveme a la realidad.

Jervis Tech temblaba ante la mano de aquel hombre furioso.

—¡No me hagas daño, por favor! ¡Yo no soy aquel que buscas!

Wayne estaba confundido, se suponía que debía observarlo indiferente, decirle que él realmente no estaba ahí, exclamarle el objetivo de su juego. Debía admitir que el villano parecía realmente sincero. El cuadro era distinto al de la obra original: la mesa estaba ordenada, no había señal de ninguna fiesta. Por no hablar de un aspecto muy importante…

—¿Dónde está la Liebre de Marzo? —preguntó Bruce—. Este es tu pasaje favorito del libro, es imposible que no esté perfectamente representado.

El Sombrerero Loco observó al héroe con un semblante triste.

—Arrestado —confesó—, su locura lo llevó a infringir las leyes. Está recluido en el interior del castillo a la espera de ser decapitado.

Wayne soltó a Jervis, no había razón para seguir sujetándolo. Todo parecía apuntar a que se trataba de otro extraño aliado.

—Está bien, haré todo lo posible para salvarlo. Dime, ¿cómo accedo al castillo?

—No puedes, está resguardado día y noche —respondió con completo pesimismo—. El Dictador es muy desconfiado, no deja de vigilar nunca. Sabe que estás aquí para matarlo, no parará hasta detenerte.

Bruce Wayne sonrió, sujetó la espada con fuerza.

—A menos, por supuesto, de que obtenga aquello que desea.

El Sombrerero Loco enarcó una ceja.

—¿Qué quieres decir? —preguntó confundido.

—Nos acercaremos al castillo y dejaremos que me detengan.

—¡¿Estás loco?! —clamó—. ¡Si haces eso te expondrás ante él! ¡Te matará seguro!

—Es una jugada arriesgada del ajedrez, sacrificamos a la reina para dejar vulnerable al rey rival. Es de una partida clásica: la Partida Inmortal.

—¿Cómo sabes que no te destruirá cuando te tenga en sus manos?

—No lo hará, por lo que he podido ver mantiene su reino bajo un orden enfermizo. Es un maníaco del control, necesita demostrar que puede dominarme. No estará satisfecho hasta que me tenga en sus manos y consiga demostrarlo.

Jervis Tetch dirigió su vista hacia el suelo, suspiró.

—Esperemos que tengas razón.

***

Bruce Wayne fue llevado al interior del Salón del Trono, sus manos estaban sujetas por esposas inoxidables. En ambos lados, le escoltaban Tweedlecara y Tweedledent. En un caso, un soldado que parecía la versión completa del lado oscuro de Dos Caras. En el otro, un guardia con el aspecto de Harvey Dent, un fiscal del distrito al que una vez Wayne llegó a llamar amigo. Los dos lo dejaron en el centro de la estancia, único lugar iluminado de la habitación.

Dejadnos.

Aquella voz oscura se proyectaba desde el trono. La falta de luz impedía vislumbrar al ente que la poseía. Los hermanos se marcharon del lugar, cerraron la puerta. El trono se iluminó y la sorpresa fue reflejada en el rostro del Libertador.

Bienvenido a mi castillo, Bruce —exclamó Batman—. Bienvenido a mi hogar.

Wayne no podía creer aquello que observaba sus ojos, la imagen que había considerado siempre su auténtica naturaleza esperaba allí, sentado como un tirano ante su presencia.

—No, esto no es posible…

Sabes que sí, lo has sabido desde el principio… sólo que no te atrevías a pensarlo. La última vez que nos vimos eras sólo un niño, fue cuando me pediste la fuerza suficiente como para evitar que otros muchos niños como tú se convirtieran en huérfanos.

Bruce Wayne negó lentamente, la revelación era difícil de creer.

En aquel momento hicimos un trato, firmaste un acuerdo en el que me dabas el control de tu cuerpo a cambio de esa fuerza: me vendiste tu alma.

El hombre se acercó hasta el trono.

—¿Qué es lo que quieres? ¿por qué me has hecho venir?

El murciélago lo observó con completa seriedad, era aquella mirada de la que Bruce Wayne se había servido en muchísimas ocasiones para conseguir inspirar miedo en sus enemigos.

Porque quiero formalizar de todo el trato. Verás, formas parte del pasado. El niño que fuiste antaño murió aquella noche en ese lúgubre callejón. Es tiempo de que me des el control absoluto que me he ganado a lo largo de los años.

Bruce Wayne observó con atención hacia el fondo posterior del trono. Vio los pies del sillón, el suelo que pisaba, las paredes que les cubrían… todo estaba compuesto de cráneos humanos.

—Hasta ahora has funcionado porque yo te controlaba… si te dejo solo nada podrá detenerte. Convertirás a Gotham en una versión exacta de tu grotesco reino: la sangre de la venganza teñirá las calles…

Sangre de criminales, de escoria humana —interrumpió—. De personas que no merecen vivir ni tampoco compasión.

—No —exclamó—, eso no va a pasar. No continuarás así, sin mí no vales nada…

Por primera vez en su vida Wayne escuchó la carcajada del murciélago. Jamás había pensado que podría llegar a oír un sonido más desagradable que la risa del payaso… hasta ese momento.

Yo soy mucho más de lo que jamás serás tú —afirmó—. Cuando mueras, alcanzarás el olvido. Yo… simplemente no puedo morir. Soy leyenda, soy el espíritu de Gotham. Me he forjado hasta convertirme en un ser mucho más poderoso de lo que cualquier otro habría incluso soñado. Ya nada puede deternerme,…

Dos espadas salieron del interior de la Tierra. Una oscura, la otra brillante. Las esposas se soltaron, Bruce Wayne sujetó con fuerza la Vorpal. Preparó con ambas manos la carga contra la criatura.

…ni siquiera tú —culminó el tirano.

—Tendrás que demostrarlo, monstruo —contestó—. Quien gana se lo lleva todo, quien pierda, nada.

Los dos mandobles chocaron, un grito de guerra sonó en medio de la estancia.

***

Bruce Wayne observaba el espejo con el traje de Batman puesto, se había quitado la capucha. Al otro lado un reflejo de su rostro que no había alcanzado a ver desde hacía por lo menos diez años lo observaba inquisitoriamente. Las ojeras estaban bien marcadas, había sido una noche horrible. Agarró la capucha con fuerza, la observó sintiendo como sus dudas crecían enormemente. Batman miraba con atención hacia su máscara confundida. Finalmente, tomó una decisión.

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Axel A. Giaroli

Ilustración de Carolina Cohen

La rebelión de las hadas

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Género: Fantasía urbana

Rating: +13

Este relato es propiedad de Olga Besolí. La ilustración es propiedad de Marta Herguedas. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La rebelión de las hadas.

Se lo que hicisteis el último verano, parecía susurrarles el bosque en ruidos apenas perceptibles de ramas y hojas que cedían bajo el peso de sus pies. Lo sé, lo sé, siseaba una serpiente que cruzó por delante y se deslizó bajo una piedra. Todos, todos, parecían repetir las ardillas que vigilaban su avance desde los árboles. Lo vimos, lo vimos, cantaban con sus finas voces los pájaros desde el cielo.

Todo el bosque parecía hacerse eco de lo que allí había ocurrido, delator de lo que nadie más que ellas sabían. Incluso el rumor de las aguas del riachuelo reverberaban insistentemente lo hicisteis, hicisteis.

Aún así, el grupo de mujeres seguía avanzando, internándose en la espesura del bosque, entre canturreos de cancioncillas populares y risitas nerviosas por la cercanía de aquel lugar que algunas pisaron por primera vez hacía exactamente trescientos sesenta y cinco días.

El calor era sofocante. El sudor pegajoso adhería las ropas a esos cuerpos que ya no acostumbraban a ir ceñidos, evidenciando muchas redondeces y michelines, pistoleras, pechos caídos y vientres abultados, mientras que las mochilas cargadas con todo el peso del mundo presionaban unas espaldas aquejadas de rigidez debido a unas vidas demasiado sedentarias para los cuerpos y, a la vez, demasiado ajetreadas para las mentes.

El estrés, las responsabilidades y la tensión acumulada habían ido atenazando, día tras día, año tras año, esas cervicales que, paso a paso, y gracias al excesivo peso de las mochilas, se estaban recolocando y se liberaban de la tensión acumulada: por décadas de vivir enterradas entre papeleo unas; por tener que demostrar cada día sus aptitudes y profesionalidad mientras los compañeros de trabajo ascendían, otras; por estar en constante contacto con los clientes, a veces desagradables y machistas, algunas; por toda una vida intentando ser lo que la gente esperaba de ellas, bastantes; por esforzarse diariamente a ser la hija, la esposa, y luego la madre perfecta, la gran mayoría; por tener que aguantar los comentarios, consejos y órdenes no solicitados de todos aquellos que las consideraban frágiles, débiles e inferiores, muchas; por sentirse frustradas, impotentes y vapuleadas, como peces intentando nadar contra corriente sin conseguirlo, casi todas; por tener que sobrevivir y aguantarse dentro de una sociedad que solamente respeta la juventud y la extrema delgadez, y te bombardea la autoestima hasta que lloras frente al espejo por haber cumplido más de cuarenta y, encima,  aparentarlos, absolutamente todas.

De todos esos años de batallas libradas y perdidas no sólo habían resultado dañadas las cervicales; el sacrificio había obstruido también los corazones. Esas mujeres que habían empezado la vida con la ilusión y la esperanza que dan el futuro incierto y lleno de posibilidades se habían ido sumergiendo en la tristeza y el sopor que te entran cuando dejas de creer en ti misma. Hasta que una de ellas, el año anterior, despertó. Lo hizo y arrastró con ella a unas cuantas. Y esas pocas mujeres cometieron su primer crimen contra la sociedad establecida, contra el orden de todas las cosas, contra el estado de derecho, contra la estructura jerarquizada, contra el sistema patriarcal y contra todo lo que conocían. Esas pocas mujeres mintieron, extorsionaron, robaron, manipularon, chantajearon y utilizaron cualquier treta que tuvieron a mano. Y lejos de sentirse mal por ello, se sintieron mucho mejor, rozando casi la satisfacción.

Una de ellas simuló estar enferma en el trabajo para disponer de unos días sin tener que dar explicaciones; otra reclamó dos de sus días personales en la oficina; otra pegó un cartel de “cerrado por San Juan” en la puerta de su comercio; otra dejó a la enfermera a la cabeza de su consulta; otra le hizo “ojitos” a su jefe hasta que éste asintió y le adelantó las vacaciones; otra le explicó a su marido comprensivo que necesitaba dos días de soledad; otra le comentó al suyo, menos comprensivo, que le importaba un comino que él no estuviese de acuerdo, que se iría de todas maneras con sus amigas y que no pensaba decirle donde; otra envió a la porra a su pareja antes de cerrar la puerta tras de sí; otra desapareció sin más aprovechando que su marido se levantaba más temprano, tras dejarle una nota de “he dejado la nevera llena, que los niños no rompan nada”; otra cogió prestadas la mochila, la linterna, la cantimplora y la brújula de su nieto, por supuesto sin permiso; otra asaltó la bodega de su marido, de donde desaparecieron la botella de su mejor coñac y la de whisky añejo; otra le quitó el preciado mechero, regalo de sus empleados, al suyo; otra se llevó el coche familiar y la tienda de campaña de su hijo; otra robó el gorro de pesca y la nevera de los cebos, que llenó de tápers de comida.

Eso había ocurrido hacía exactamente un año, cuando aquel reducido primer grupo de mujeres, sin desvelar sus intenciones y su destino, se adentraron por la misma senda del bosque en un día soleado y caluroso como ese, con pasos inseguros pero con la frente bien alta. Y lo hicieron. Llegaron al enclave que una de ellas, guarda forestal, conocía a la perfección: un claro en medio de la espesura del bosque de difícil acceso para aquellos que no conozcan su posición exacta, escondido a la vista de los curiosos por árboles, matorrales y arbustos de espeso ramaje y bordeado por las frescas aguas del pequeño riachuelo virgen que baja directamente de la ladera de las montañas. Un espacio coronado por dos grandes rocas grabadas con símbolos: una espiral y un triángulo. Un paraíso terrenal con aires de celestial para ese grupo de trece mujeres que hacía un año llegaron hasta allí y que ahora repetían su hazaña viendo su número multiplicado por diez.

El centenar de mujeres tardó más de dos horas en recorrer el camino que les separaba del enclave: no porque estuviera lejos, sino porque las había de todas las condiciones y edades, algunas de ellas con artritis, otras con sobrepeso, otras con dolorosas varices en las piernas… incluso alguna con asma. Pero todas y cada una de ellas, con más o menos cansancio encima, según cada caso, llegó sonriente hasta el lugar dónde todo había ocurrido el verano anterior.

Todas se quedaron fascinadas ante el encanto del lugar, hasta las que lo habían visitado el año anterior, pues parecía que ese rincón del bosque no se subyugara al paso del tiempo. Estaba exactamente igual que cuando lo vieron por primera vez. Pero la admiración duró tan poco como el tiempo de descanso, porque todas se pusieron manos a la obra.

Como quien sigue un ritual de forma ceremoniosa, y con la calma de quien sabe que no tiene a su espalda a nadie observando dispuesto a evaluar y criticar cada movimiento, las mujeres fueron desplegando su campamento particular, de forma lenta pero armoniosa, arrulladas tan solo por el rumor de las aguas frescas y el eco de sus propias voces.

Los pequeños pajarillos del bosque se acercaban a escuchar la fuente de esas risas como campanillas y de las alegres canciones que surcaban el aire. Hacía un año que no habían vuelto a ver humanos por esa zona y estaban sorprendidos por tanto movimiento.

Unas mujeres se afanaban en allanar el suelo de piedras, otras montaban las tiendas sobre él, otras organizaban un fuego que cuidarían hasta bien entrada la madrugada, otras sacaban manteles, servilletas, cubiertos y platos, otras iban depositando aquí y allá envases repletos de suculenta comida casera, otras sacaban bebidas de mochilas, bolsas y neveras, otras mostraban sus instrumentos musicales y deleitaban al grupo con suaves melodías, otras se dedicaron a cocinar con las brasas del fuego… y todas en plena comunión. Nadie interfería en los asuntos de nadie, atareadas como estaban todas y cada una de ellas.

El día fue pasando y hubo tiempo de sobra para hacer lo que a cada una le vino en gana: leer, descansar, comer, bailar, cantar, hablar, escuchar, alejarse, reír, llorar, quejarse, estirar las piernas, pasear… Cada una tuvo su forma individual y diferenciada de expresarse y de sentir, libremente, sin que nadie se atreviera a juzgar a nadie por ello.

Los pequeños y escurridizos roedores que habitan en los árboles del bosque fueron acercándose, poco a poco, al olor de la comida y a la energía positiva que desprendía el campamento de aquellas mujeres. Algunos pequeños mamíferos también se acercaron a observarlas pero, temerosos de que hubiera depredadores por los alrededores, corrieron de vuelta a sus madrigueras.

Luego llegó el atardecer y, cuando el sol alumbró con su último rayo el día más largo del año y dio paso a la noche más corta, y a la vista de los animales nocturnos que salían de sus guaridas a la caza arropados por la creciente oscuridad, hicieron lo mismo que hicieran aquel primer grupo de mujeres del pueblo el año anterior: iniciaron su rebelión de las hadas.

Sin previo aviso, y sin ceremonias, se despojaron de sus ropas mientras dejaban caer al suelo sus miedos, sus tabús, sus traumas, sus frustraciones y sus complejos. Algunas miraban al suelo, otras elevaban la vista al cielo; todas evitaban mirarse. Fueron unos minutos tensos, de incertidumbre, hasta que se acostumbraron a su propia desnudez y fueron capaces de mirar al frente.

Primero con timidez y luego desterrando para siempre la vergüenza de sus vidas, se observaron unas a otras y se descubrieron como realmente eran: bellas. Los cuerpos por los que antes sentían rechazo, ahora, sin haber cambiado absolutamente en nada, les parecían más hermosos.

Fue su percepción de ellas mismas la que había cambiado, pues la perfección consiste precisamente en cada una de las marcas, señales y surcos que la vida te otorga. Cada arruga es el testigo de una experiencia vivida y el valor de la vida no era más que el valor de las experiencias acumuladas. Y sus cuerpos contaban todas aquellas vivencias como los tatuajes del marinero cuentan sus hazañas. Eso las convertía en mujeres completas. Ellas nunca habían sido los desechos humanos que les habían hecho creer que eran; ni los productos tarados e inútiles de esta gran fábrica de estereotipos imposibles de alcanzar que es este mundo. Ellas eran preciosas, femeninas y sublimes, tal como la naturaleza y la vida misma las había moldeado.

Un enjambre de mariposas nocturnas de fosforescentes alas azuladas alzaron el vuelo en torno a ellas y las rodearon, mientras ellas danzaban bombeando felicidad en sus corazones.

Ilustración de Marta Herguedas

La luna se alzó imponente en el cielo y el aullido de los lobos de las montañas corearon su agitado baile espontaneo. El dolor de las articulaciones ya no existía, el cansancio tampoco, ni la debilidad de los miembros, ni la pesadez, ni los ahogos, ni las taquicardias, si siquiera la sensación de peligro. Estaban acunadas por el bosque y sus habitantes.

Entonces fue cuando se obró el cambio: se sintieron tan fuertes, grandes, libres, poderosas y sabias como sus hermanas ancestrales, aquellas a las que antaño llamaban brujas, y que hacía ya una eternidad que habían bailado desnudas bajo la luz de la misma luna en ese mismo enclave, conjurando a su yo primitivo, ocultas a los amenazantes ojos inquisidores de los supersticiosos habitantes del pueblo.

Hacía demasiado que se había extinguido la memoria de lo que antiguamente solía suceder allí y que había renacido el año anterior. Nadie sabía nada de esas reuniones misteriosas salvo los anillos de los troncos de los árboles, que guardan la historia de los bosques, y las bestias que ahora presenciaban como el corazón del bosque volvía a latir con vida mágica, tras un milenio de silencio.

Sudadas y exhaustas de bailar con las mariposas, las mujeres se adentraron en el pequeño riachuelo a compartir su lecho con los pececillos. En vez de apartarse, estos se acercaban a sus manos, rozaban sus piernas, describían círculos a su alrededor. Ellas dejaron de sentir que nadaban contra corriente, sino que iban a favor de ella, porque la que estaban notando en esos momentos era la corriente verdadera de la vida, la de la naturaleza, y no aquella de la que creían provenir, la falsa corriente del pueblo, la de la sociedad, la de las empresas y productos, la de los anuncios, la del mundo que las instigaba a luchar contra el paso del tiempo, contra la evolución natural de los cuerpos, contra la vejez y contra ellas mismas.

Renunciaron a esa quimera impuesta por los demás cambiando el agua por el fuego purificador mientras, una tras otra, iban tirando a la hoguera su enemigo particular: su crema antiarrugas, su bote de tinte para las canas, su anticelulítico, su maquillaje corrector, su libro de dietas, su libro de ejercicio, su revista de moda, la de cotilleos, el número de teléfono de su dietista, la tarjeta del psicólogo, del gimnasio, del nutricionista, del gabinete de estética, del cirujano… todos aquellos enemigos que nunca las dejarían sentirse orgullosas de sí mismas. Hasta que la salida del sol anunció un nuevo día que inauguraba un nuevo ciclo anual repleto de ilusiones renovadas.

Pactaron no contar a nadie lo que allí había ocurrido, salvo a mujeres de confianza que merecieran beneficiarse del encuentro del año siguiente. El mundo debería seguir permaneciendo ignorante a todo aquello, no estaba preparado todavía para aceptar mujeres que vuelan con las mariposas y danzan con lobos.

Hacía unos pocos cientos de años el mundo todavía perseguía a las mujeres como ellas; hoy en día seguro que encontraría alguna nueva forma de aniquilarlas, pues una mujer satisfecha no es una buena consumidora y la sociedad consumista actual se basa y se abastece mediante la venta masiva de productos que prometen devolver la autoestima a sus clientes, aquella misma autoestima que las mismas empresas, con los medios de comunicación a su servicio, les quitan a las gentes para provocarles la necesidad de sus productos.

Así que el silencio y la complicidad entre ellas serían sus mejores aliados. Porque ahora, a ojos humanos, estas mujeres libres y liberadas se habían convertido en lo más peligroso, en un grupo de brujas desafiantes, que mantenían los ojos abiertos y las mentes despejadas, que se comunicaban con los animales y hablaban la lengua de la vida.

Aunque, a los ojos de los seres que habitan el bosque, ellas solamente eran las hadas que por fin habían regresado al hogar, después de una larga ausencia.

Olga Besolí

Junio 2014