35ª convocatoria: Eclipse de luna

Eclipse de luna.

Ilustración de Rafa Mir

Saludos desde el espacio exterior

—Dulces sueños. Sed buenos. Ja, ja, ja.

Ni a Irina ni a David les hacía la más mínima gracia la despedida de cada noche, aunque tampoco podían mandar a la mierda a McBrown, no dejaba de ser su superior.

—Voy a desconectar el audio —dijo David como cada final de jornada.
—¿Otra vez? Me gustaría oír lo que pasa ahí alguna noche.
—Estática es lo que pasa. Intenta dormir con el zumbido de estática algún día y nos comprenderás.
—Está bien, desconecta. Oye, mañana es el eclipse, miles de millones de ojos estarán mirando hacia vosotros. Descansad, chicos.

David desconectó el audio. Fueron al aseo, se quitaron el uniforme y después se dirigieron a las cápsulas de descanso, sin hablarse. Después de decirse un hasta mañana se metieron en cada cápsula, Irina en la inferior y David en la superior, con un pequeño impulso, con la facilidad que da la gravedad cero.

La intensidad de la luz fue bajando y dejando ver por las dos ventanas redondas de la nave la silueta de la Tierra. Si la nave cambiase su orientación, la luz de la Luna prácticamente llena iluminaría la cápsula como si estuvieran encendidas un millón de bombillas.

Mientras la luz artificial desaparecía el silencio lo invadía todo y casi se podía escuchar la respiración del otro.

—Odio a McBrown —dijo Irina cuando la luz se apagó del todo. Girada dentro de su cápsula hacia la pared interior para evitar que ninguna cámara detectara el movimiento de sus labios y pudieran leer sus palabras.

—Yo también —dijo David en la misma postura.—Todas las noches con la misma broma. Me dan ganas de bajarle los pantalones y decirle: «No sé a qué te refieres, capullo».—Eso estaría bien.
—David, no sé si voy a aguantar.
—Por Dios, Irina, no puedes hacerme una… eso aquí. Esto está lleno de cámaras.
—¡No me refiero a eso! Quiero decir que no sé si voy a aguantar sin abrazarte, sin besarte, sin ni siquiera rozarte.
—Hoy lo has hecho.
—Solo ha sido un roce de nada en la mano al darte la probeta. Estoy segura de que no han notado que era una caricia.
—A mí me ha gustado.
—No puedo más. Estamos solos a miles de kilómetros de cualquier ser humano y lo único que quiero es subir ahí arriba contigo.
—Y vigilados y grabados veinticuatro horas por el observatorio. Me echarían de la NASA y a ti de Roscosmos.
—Pues a la mierda la Roscosmos y la NASA, yo subo.
—¡Irina, para! Además está tu marido, lo iba a ver.
—¡Menudo gilipollas es mi marido!
—Mujer, es un astronauta brillante.
—Tan brillante que se dejó caer una pesa antes de venir a esta misión. El muy imbécil dijo que pensaba que estaba en gravedad cero.
—Pues menos mal, si no, no habría venido yo, y no te habría conocido.
—Algo bueno tenía que hacer en su vida.
—Pues cuando hablas con él pareces superenamorada.
—Qué quieres que haga. No voy a decirle que se puede ir a la mierda, que me enamorado de ti, que me muero de ganas de abrazarte, de besarte, de bajarte los pantalones, de acostarme contigo…
—¿Lo dices de verdad?
—Hazme hueco y verás.
—Me refiero a lo de que te has enamorado de mí.
—¿Tú no?
—A lo mejor estás confundida, como soy el único hombre en trescientos mil kilómetros a la redonda.
—No me has respondido.
—Te quiero tanto que estoy planteándome dejar la NASA.
—Qué ganas tengo de acabar la misión y besarte cuando lleguemos a la Tierra. ¿Te imaginas que no nos gusta?
—¿Por qué? A mí siempre me ha gustado la Tierra.
—No me tomes el pelo. Si no nos gusta besarnos.
—¿Qué pasa, no sabes hacerlo?
—Allí será diferente, no será la misma situación que aquí.
—Bueno, a mí siempre me quedará mi marido.

Se callaron un instante.

—Menudo gilipollas, el eclipse dice —dijo David—. Que nos van a estar mirando. Como si fuesen capaces de distinguir la nave a esa distancia.

—Por mí ya se podían ir todos a tomar por culo, McBrown, mi marido y los miles de millones de terrícolas mirándonos. Los odio a todos. Podíamos desnudarnos y hacerlo. ¿Nunca te ha dado morbo hacerlo delante de miles de millones de personas?
—Pero solo lo verían McBrown, el observatorio y el comité de disciplina. Pero se me está ocurriendo algo que podemos hacer y que solo se vea desde fuera, que no alcance a las cámaras.
—Cuéntamelo.

El día siguiente todo el planeta miraba al cielo, extasiado por el espectáculo de la luna de sangre provocado por el eclipse de Luna.

En la isla de La Palma, en el telescopio instalado en el Roque de los Muchachos se seguía con mucha excitación.

—Este telescopio es espectacular. ¿Habéis visto cómo se ve la parte iluminada? Es increíble el detalle. Se podría ver hasta el lunar de un selenita.
—Pues busca la nave que está en órbita, a ver si se ve.
—¡Ahí está! —dijo después de un rato—. ¡Qué definición! Sería capaz de ver a los astronautas por la ventana.
—Pues la mujer está bien buena, prueba a ver.
—Ahí están las ventanas. A ver… ¡Pero qué cabrones!
—¿Qué pasa?
—¡Nos están haciendo un calvo a todo el planeta!

Jorge Moreno

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No me dejes sola

Autor@: 
Ilustrador@: Rosa García
Corrector@: 
Género: Suspense
Rating: + 16 años
Este relato es propiedad de Jorge Moreno. La ilustración es propiedad de Rosa García. Quedan reservados todos los derechos de autor.

No me dejes sola.

Estar solo puede provocar un miedo atroz,
pero hay un miedo peor:
estar siempre acompañado.

La música salía de los altavoces del coche. Un coche demasiado nuevo y demasiado caro como para ser propiedad de su conductor. Aunque en aquel momento ni siquiera estaba sentado en el asiento del piloto.

—Para, Rubén —dijo la chica, estirando de su falda y sacando la mano del chico.

—Venga, Sofía, vamos a hacerlo —dijo el chico acariciándole la pierna hasta el borde de la falda.

—Que no, que todavía no. Vamos a seguir con lo que hacíamos.

—Venga, mi vida, ya llevamos saliendo un montón, no puedo más, te deseo.

A ella le gustaba oírle decirlo, incluso la excitaba y hacía que deseara decirle que sí, que no parara, pero una parte de ella, que todavía coqueteaba con la infancia, oponía resistencia.

—Esto está muy bien, venga, bésame —dijo ella poniéndole la mano en su pecho—. ¿Es que no te gustan?

—¡Me vuelven loco! Toda tú me vuelves loco. Por eso quiero… más y estoy seguro de que tú también. Venga, mi amor…

—Nooooo —dijo y volvió a subirle la mano y le besó intentando no escucharle.

—Te quiero, Sofi —le susurró él al oído cuando separó los labios de su boca.

Ella sintió que su corazón iba a estallar. Era la primera vez que le decía te quiero. Se sintió la chica más afortunada del mundo. No había parado de sentirse así desde que empezaron a salir, tres meses antes. Rubén era guapísimo y tenía un cuerpo perfecto. Todas las chicas estaban por él. Sus padres estaban forrados, lo que se notaba no solo en el BMW que estrenaban esa noche y que le acababan de regalar nada más sacarse el carnet a los dieciocho. Aunque eso a ella no le importaba demasiado, ni que todas la envidiaran, sobre todo después del mal rato que le hizo pasar la ex de Rubén cuando se enteró de que salían. Ella también era muy guapa y lo sabía, a pesar de la modestia que intentaba aparentar ante los demás, y solo tenía dos años menos que él, pero se sentía a veces demasiado niña como para que ese chico estuviese por ella y para hacer todo lo que estaban haciendo.

—Yo también te quiero —le susurró ella, muriéndose de vergüenza.

Se volvieron a besar hasta que él separó de nuevo los labios de su boca, pero esa vez no los llevó a decirle algo al oído. Los bajó por el cuello. No se paró y siguió bajando.

Sofía no supo si iba a tener fuerzas para decirle que parase. Abrió los ojos y lo vio.

Gritó.

—¡¿Qué pasa?! —gritó Rubén sorprendido.

—Ahí fuera. Hay alguien —dijo ella temblando y tirando de la camiseta para taparse los pechos.

—¿Fuera? ¿Quién es? ¿Le conoces?

—No, no. No le he visto bien. Llevaba puesta una capucha, como de una sudadera y tenía algo pegado al cristal, parecía un móvil.

—¡Será cerdo! ¡Nos estaba grabando! Se va a enterar.

Rubén abrió la puerta para salir.

—¡No! No salgas. ¿Y si te hace algo?

—¿Hacerme algo? Le voy a partir la cara.

—No, por favor, no salgas. Me da miedo. Vámonos de aquí.

Le hizo caso y no salió. Se pasó al asiento del conductor y arrancó. Ella se sentó su lado y él la acarició la pierna y la miró.

—¿Estás bien?

—Estoy muy asustada. No dejo de ver la silueta, mirándonos.

—No lo pienses más, era solo un mirón. Tenías que haberme dejado salir.

—Me daba miedo, no quiero que te pase nada… y no quería quedarme sola.

Se besaron y él dudó entre apretar el acelerador o parar el motor.

—Vámonos —dijo ella, todavía algo temblorosa.

El chico puso el coche en movimiento.

—Te quiero —dijo él mirándola.

—Te quiero —respondió ella mirándole.

Y si no se hubieran mirado mutuamente durante ese instante, quizá habrían visto junto a la señal del límite de velocidad una figura con la cabeza tapada por la capucha de una sudadera, mirándoles.

Aquella noche Sofía no durmió bien. En sus sueños se aparecía constantemente la figura del encapuchado y ella se despertaba alterada. Se pasó toda la mañana inquieta, mandando mensajes a Rubén, sin ser capaz de atender en clase. A la salida habían quedado para comer en un burguer. Cuando llegó se abalanzó sobre él y le abrazó.

—Vaya mala cara tienes, Sofía. ¿No has dormido bien? No creo que haya sido por Rubén —dijo Fran, uno de los amigos de Rubén.

Estaba tan deseosa de verle que no se había dado cuenta de que estaba con él.

—Cállate, imbécil —dijo Rubén y le dio un puñetazo en el hombro.

A Sofía no le caía muy bien Fran, ni tampoco el resto de sus amigos. Eran muy prepotentes, todo el día presumiendo de lo que tenían y con comentarios hacia las chicas, y echándoles unas miradas asquerosas. Todo lo contrario a Rubén. No entendía cómo podía ser amigo de ellos.

—Es que he estado estudiando toda la noche —mintió ella.

—Ya, claro. Oye, Sofía, que yo saco muy buenas notas, cuando quieras estudio contigo, que Rubén es muy torpe.

—Largo —dijo Rubén.

Fran se fue riendo.

—Lo siento, Sofi. Fran es gilipollas.

—¡Cuántas ganas tenía de verte! —le abrazó de nuevo.

—Venga, vamos a pedir. Estoy hambriento, ¿tú no?

—No tengo ni hambre. Solo quería estar contigo.

Se abrazaron de nuevo y se besaron.

—Yo también te he echado de menos.

—No puedo estar sin ti. Es como si yo fuera la Luna y tú la Tierra, no puedo dejar de dar vueltas alrededor de ti, te necesito.

—¿Yo soy la Tierra? Vale, me mola.

Pidieron y se sentaron, y cuando estaban sumidos en un nuevo beso alguien les interrumpió.

—Por favor, ¿por qué no os vais a un motel? Dais asco.

Sofía se sobresaltó, aunque sintió cierto alivio al ver que era Elena, la ex de Rubén.

—Déjanos en paz, Elena —dijo Rubén.

—Si yo os dejo en paz, a mí qué más me da lo que hagáis, pero aquí la gente viene a comer, y sois de potar. Aquí, la mosquita muerta es toda una guarrilla, ¿eh?

—¡Ni se te ocurra insultar a Sofía! —le gritó Rubén.

—¿O qué? ¿Qué me vas a hacer? Y no la insulto, solo que para ser menor de edad se la ve muy experta. Recuerdas que es menor, ¿verdad?

—Sí, es menor, pero mucho más madura que tú.

—Claro, ese tipo de madurez es lo que te gusta a ti.

Elena se fue.

—¡Vaya tarde! Espero no encontrarnos a ningún gilipollas más —dijo Rubén.

—Elena sigue estando por ti, por eso lo ha hecho.

—Pero decir lo que ha dicho de ti… eso es pasarse.

—Venga, nadie nos puede estropear la tarde. Somos la Tierra y la Luna, ¿recuerdas? Nos movemos juntos.

—¿Has oído lo del eclipse?

—No, ¿cuándo es?

—El domingo. Han dicho que hay eclipse de luna, y que se verá de un color rojo impresionante. Podríamos verlo juntos.

—¡Claro!

Siguieron comiendo, entre besos y caricias. Cuando fueron a recoger, Sofía se dio cuenta de que había algo debajo del mantel de su bandeja.

—Rubén, mira —dijo temblorosa.

Le mostraba un papel blanco en el que había cuatro letras escritas en rojo y en mayúsculas: “PUTA”.

—Pero qué… —dijo Rubén arrugando el papel y tirándolo al suelo—. ¿Quién ha puesto esto aquí? ¡Mira!

Rubén señaló hacia la calle. Al otro lado de la cristalera un chico con una sudadera con la capucha tapándole la cabeza los miraba.

—¡Es él otra vez! ¡Lo ha puesto él! —gritó Rubén, llamando la atención de todo el mundo—. Se va a enterar.

Salió corriendo sin hacer caso a Sofía, que le pedía que no fuera. Cuando llegó al otro lado el chico había desaparecido.

Cuando volvió al lado de Sofía ella estaba temblando, sujetando el papel que había arrugado Rubén.

—¿Por qué? —preguntó sollozando.

—Ese tío está pirado, la próxima vez no se me escapa. La pena es que no he podido verle bien la cara. Tira ese papel.

—Yo sí.

—¿Sí? —dijo Rubén sorprendido.

—Sí, yo le conozco.

—¿Que le conoces? ¿Estás segura? Desde aquí está un poco lejos.

—Sí, sí. Le conozco. Se llama Marco, le conozco desde pequeña, era amigo mío. Cuando fuimos creciendo nos separamos un poco. Siempre pensé que estaba por mí.

—¿Y por eso te está asustando ahora?

—Me cuesta creer que haya sido él. Sí que puede que esté un poco obsesionado conmigo, pero es muy bueno. Un poco raro, sí, pero siempre me ha tratado muy bien. No puede haber sido él.

—Pues todo cuadra. Sudadera con capucha, como el tío de anoche, ahora la nota en tu comida y él está aquí.

—No creo que me hiciese daño. ¿Y cómo va a haber puesto la nota aquí sin darnos cuenta?

—No lo sé. Tampoco hemos estado muy pendientes de nada, yo estaba entretenido con la luna.

Sofía sonrió.

—Si ese chico está por ti, vernos anoche quizá le ha trastornado. Hasta que nos ha interrumpido Elena, podía haber estallado aquí mismo una guerra y no me habría enterado.

—¡Elena! ¿A lo mejor fue ella? Ha estado a nuestro lado, seguro que dejó ella la nota.

—¿Y la capucha del tío de anoche?

—Quizá fue ella.

—¿No decías que era un chico?

—Supuse que era un chico, pero no se le veía bien, podía ser una chica con una sudadera tapándose la cabeza.

—¿Elena? No creo.

—¿Y no te parece raro que diga que soy una guarra y una experta? Seguro que nos vio.

—O ese tío lo grabó y ha subido el vídeo y ella lo ha visto.

Sofía se puso pálida.

—No puede ser, no puede verme todo el mundo… así.

—Tampoco es para tanto, solo nos enrollamos.

—¿Solo? Recuerda que me quitaste… ya sabes. Y Fran también ha hecho un comentario, como suponiendo que hicimos algo…

—Fran es gilipollas.

—¿Y si él también ha visto el vídeo?

—No creo, me lo habría dicho.

—¿Seguro?

—Se lo preguntaré, si lo ha visto me lo dirá. Pero no te preocupes, Sofi, no hay vídeo. Estaba oscuro y los cristales empañados. Si grabó algo, no se verá nada. Elena está celosa y Fran es imbécil. En cuanto a tu amigo… como vuelva a aparecer, le parto la cara.

—Tengo miedo, Rubén.

—No te preocupes, Luna, la Tierra no dejará que te pase nada. Venga, deja la nota en la bandeja, voy a tirarla.

Sofía dudó en quedársela, pero finalmente Rubén la cogió y la tiró con el resto de sobras.

Esa misma tarde estaban los dos en la comisaría con el padre de Sofía. Ella no aguantó más y se lo dijo, aunque no con todos los detalles, y su padre insistió en que había que denunciarlo, que ese chico podría hacerle algo. Rubén se opuso, dijo que él se bastaba para defenderla, pero no le convenció.

En la comisaría les atendieron enseguida. Una mujer policía se llevó aparte a Sofía para hablar con ella.

Una hora más tarde llegó el chico con la misma sudadera con capucha que llevaba en la comida y le pasaron a una sala. Minutos más tarde llegaron dos hombres. A uno de ellos le conocían Sofía y su padre: era el padre de Marco. Cuando pasó a su lado apartó la mirada.

Una hora después salieron junto al chico.

—¡Qué! ¿Le van a soltar? —gritó Rubén.

El padre de Sofía se acercó a la policía que había estado con su hija.

—¿Le soltáis?

—No podemos hacer otra cosa.

—¿Cómo que no podéis hacer otra cosa? Mi hija corre peligro.

—Lo siento. No podemos hacer nada más. No tenemos nada.

—¿Nada? ¿Y la nota? ¿Y la capucha?

—Pero nada demuestra que fuera él. La nota ni la tenemos para analizar las huellas. Y lo de por la noche… tiene una coartada: estaba en su casa, su padre lo ha confirmado.

—¡Miente!

—Probablemente. Pero no tenemos pruebas y además es menor y su abogado muy bueno, no hemos podido presionarle nada para que cometiera un error. Sofía, ven. Mira, este es mi número. Si alguna vez te sientes en peligro, por cualquier cosa, llámame. Hazlo, Sofía, por cualquier cosa.

—Gracias, Berta.

Al salir de la comisaría Sofía todavía temblaba.

—No me lo puedo creer —dijo Rubén—. Ese cabrón está ahí.

Salió corriendo hacia un chico con una capucha que, al verle, intentó huir. Rubén, mucho más en forma que él, le alcanzó y le dio un puñetazo en la cara.

—¡Me has roto la nariz! —dijo Marco sangrando abundantemente.

—Y más que te voy a romper como sigas detrás de Sofía.

—¡Eres tú el que tiene que alejarse de ella! —gritó el chico.

Rubén iba a golpearle de nuevo cuando le sujetaron varios policías.

—Para, te vas a meter en un lío, chaval —dijo Berta.

Los policías se llevaron al chico justo cuando Sofía llegó hasta Rubén.

—¿Qué te ha hecho? ¡Estás lleno de sangre!

—No te asustes, no es mía. Es de ese capullo. Estoy seguro de que no te va a molestar más.

Tuvieron que volver a entrar a la comisaría y salieron más tarde con una denuncia contra Rubén por agresión, aunque a él no le importó.

Al día siguiente Sofía seguía nerviosa. Se asustaba con cada ruido y con cada aparición inesperada. Rubén intentaba calmarla, convencerla de que después del susto que le dio, Marcos no volvería a molestarla, que lo mejor era distraerse y pasárselo bien. Le dijo que podían salir esa misma noche. Sofía no estaba muy convencida, pero al final aceptó. No podía pasarse la vida con miedo.

Fueron a un pub que estaba repleto. Se encontraron con algún amigo de él, lo que no le hizo mucha gracia a Sofía, y también con alguna amiga de ella. Se alegró de haberse dejado convencer. Allí bailando y besando a Rubén, pareció olvidarse de todo.

Después de su canción se fundieron en un largo beso.

—Ahora vengo —dijo Rubén.

—¡No! No te vayas. Voy contigo. La Luna va adonde vaya la Tierra.

—Menos cuando la Tierra se está meando. No tardo nada.

Ella hubiera preferido ir con él, pero se quedó hablando con una chica de su clase.

Rubén tardaba. Había dicho que volvía enseguida, pero hacía más de diez minutos que se había ido. Pensó que quizá habría mucha cola, pero lo descartó. En el servicio de tíos nunca había cola. Quizá no solo tuviera ganas de hacer pis. Apartó esa imagen de su cabeza. No paraba de mirar hacia los aseos, pero Rubén no salía.

Estaba inquietándose, aquello no era normal. Tenía que haberle pasado algo. Tenía que ir a buscarle.

Fue hacia el baño, intentando convencerse de que Rubén estaba bien. Cuando fue a empujar la puerta se dio cuenta de que le temblaba la mano. La puerta se abrió rápidamente y alguien chocó contra ella.

—Perdona, no te había visto —se disculpó un chico que le sonaba que conocía a Rubén—. ¿Estás bien?

—Sí, sí. ¿Has visto a Rubén?

—¿Rubén? Ah, sí, le vi hace un rato.

Entró y fue hacia la puerta del servicio de chicos. Gritó su nombre. No obtuvo respuesta. Gritó más fuerte, golpeando la puerta con los nudillos, como si fuese posible que Rubén no oyese su voz pero sí los golpes.

Nadie contestó.

Seguro que le había pasado algo y estaba dentro. Tenía que entrar. Empujó la puerta intentando no fijarse en el temblor de los dedos.

Entró. Volvió a pronunciar su nombre, más bajo, como si supiese que no podría oírla. Todas las puertas de los retretes estaban abiertas, menos la última. Fue hacia ella, despacio, mirando en cada uno de los cubículos vacíos.

Se detuvo ante la última puerta y le llamó de nuevo, muy bajo, sollozando, esperando poder oírle. Pero no le oyó.

Empujó la puerta, muy flojo. Buscó alguna de las fuerzas que la habían abandonado y empujó más fuerte.

Nada.

Sintió alivio, que fue interrumpido por un portazo en la entrada del baño. Gritó.

Alguien la había estado observando. Se sintió atrapada, a merced de su acosador en el baño de los tíos. Corrió hacia la puerta, empujando con fuerza, perdiendo el equilibro al salir. Al levantarse miró hacia la puerta del servicio de las chicas. Había una silueta, la misma que forma una sudadera con la capucha puesta.

Gritó y se arrastró hacia la salida intentando levantarse para correr. Él estaba allí, pero ¿dónde estaba Rubén? ¿Qué le había hecho? Era mucho más fuerte que él, tenía que haberle pillado desprevenido… o con algún arma. Quiso detenerse y enfrentarse a él, encontrar a Rubén, pero el pánico la superaba.

Abrió la puerta y la música del pub inundó la entrada de los baños. Con la música a ese volumen era imposible que nadie la hubiera oído gritar. Y a Rubén tampoco.

Corrió mirando hacia atrás, viendo cómo la puerta se abría y aparecía el chico. Se chocó con alguien.

—¡Eh, cuidado! —dijo Fran.

—¡Me persigue, quiere hacerme daño, como a Rubén! —dijo histérica.

—¿Quién?

—¡El chico de la capucha! ¡Allí! —señaló hacia los baños.

—Ahí no hay ningún chico con capucha.

Miró. Era cierto, no estaba. Miró hacia la izquierda y luego a la derecha y le vio junto a la barra.

—Allí en la barra.

Fran miró.

—Allí tampoco está.

Sofía volvió a mirar y tampoco le vio. Miró rápidamente hacia todas partes.

—Allí, en la pista.

—No hay nadie con capucha, Sofía. ¿Qué te has tomado? Vamos a buscar a Rubén. ¿Dónde está?

—¡No lo sé! ¡Él le ha hecho algo!

Volvió a mirar a todas partes como poseída y volvió a verle, pero esta vez no estaba quieto, iba hacia ella.

—¡Viene a por mí! —gritó y corrió en sentido contrario.

—¡Espera, Sofía! ¡No hay nadie!

Pero no se detuvo. Fue hacia la salida. Miraba hacia atrás y le veía, siguiéndola, con paso firme, alimentando su miedo.

Salió a la calle. Gritó pidiendo ayuda, pero no le dio tiempo a que nadie lo hiciera. La puerta del local se abrió y salió el chico. Echó a correr. Miraba hacia atrás. El chico la seguía andando, lo que le permitía aumentar la distancia. Giró en una calle. Le ardían los gemelos y le faltaba el aire. No podía correr más. Giró de nuevo en la siguiente calle, mirando hacia atrás. No le vio. Quizá le hubiera despistado, si había dejado de verla, no sabría hacia dónde había ido, pero no podía quedarse en medio de la calle. Vio unos cubos de basura y se escondió detrás. Esperaría allí escondida, hasta asegurarse de que no la seguía.

Tenía miedo, tenía que apretar los dientes para que no le castañetearan. Deseaba que Rubén estuviera con ella, pero no sabía si él estaba… ¡Podía llamarle! ¿Por qué no se le había ocurrido? Sacó el móvil y se le cayó al suelo. Lo recuperó. Lo estaba desbloqueando cuando oyó pasos. ¡No le había despistado!

No se atrevía a moverse. Los pasos sonaban cada vez más fuertes. Estaba muy cerca. Le sentía. Oía su respiración.

—¿Sofi? ¿Estás ahí?

El sobresalto inicial se tornó en un llanto al reconocerle. Miró y salió de su escondite.

—¡Rubén, estás vivo! —Salió de su escondite y le abrazó.

—Pues claro que estoy vivo. ¿Pero qué haces aquí? Te vi salir corriendo y vine detrás de ti.

—Él, él. Estaba dentro, en el baño… te había… y luego iba a por mí… y me perseguía… ¡Puede aparecer! Tenemos que escondernos…

—Tranquilízate, Sofi. No hay nadie. Estamos solos.

—¿Estás seguro?

—Sí, he venido detrás de ti y no te seguía nadie. Cuéntame qué ha pasado. ¿Estaba Marco?

—Sí. Como tardabas en salir me asusté y fui a buscarte. Pensé que te había pasado algo. ¿Por qué no saliste? ¿Dónde estabas?

—Salí enseguida, pero justo me llamaron. Mi padre. Como no le oía con la música salí fuera. Vi que estabas hablando con la chica esa de tu instituto y no te dije nada.

—¡Tenías que habérmelo dicho! ¡Pensaba que te había pasado algo!

—Perdóname, tienes razón. Es que mi padre me agobia mucho. No suele llamarme… a estas horas.

—¿Era importante?

—No, que se había ido el fin de semana con una amiga, no sé dónde, a ver el eclipse. Pero eso da igual. ¿Dónde le viste?

—En el baño. Fui a buscarte y no estabas, pero él apareció en la puerta. Salí corriendo y él fue detrás. Me choqué con Fran y el chico estaba por todas partes.

—¿Fran? ¿Y no te ayudó?

—Decía que no le veía, pero vino hacia a mí. Salí corriendo. Él me seguía, pero no paré hasta esconderme aquí.

—¿Y estás segura de que te seguía?

—¡Claro que sí! ¿Cómo no iba a estarlo?

—Es que cuando saliste te vi y fui detrás de ti, y no vi a nadie.

—Pero estaba, te lo juro. Iba a por mí. No estoy loca, de verdad.

—Claro que no lo estás, Sofi. Pero has tenido mucha presión, es normal que estés asustada y a lo mejor has pensado lo que no era.

—Pero estaba, de verdad.

—Seguro que sí, pero has dicho que Fran tampoco le vio.

Ella se calló. Estaba segura de que le había visto. Iba a por ella. Pero ¿y si no estuviera? ¿Y si se lo hubiese imaginado todo? Era tan real…

Lloró y abrazó a Rubén.

—Vámonos, te llevo a casa. Lo mejor es que descanses. Quizá no era tan buena idea salir esta noche.

Caminaron hasta el coche. Él abrió la puerta para ayudarla a subir, pero nada más hacerlo se quedó parado mirando hacia el interior.

—¡Qué hijo de puta! Tenías razón, Sofi. Él estaba aquí.

No pasaron ni diez minutos desde que Sofía llamó a Berta hasta que llegó a donde estaban.

—¿Lo ha tocado alguien más? —preguntó, sujetando con unos guantes la hoja de papel que encontraron en el coche, sobre el asiento del acompañante.

—Solo nosotros —dijo Rubén—. Y ese chico, claro.

—Bien, así podremos identificar las huellas. Necesito que vengáis a la comisaría para tomaros vuestras huellas y poder aislar las del que lo ha hecho. ¿Podrás, Sofía?

Ella asintió con la cabeza.

—Entonces ahora le podéis detener, ¿no? —dijo Rubén.

—Si conseguimos una huella suya y está aquí, podremos acusarle de amenazas, pero no va a ser fácil, su abogado no nos dejó tomarle huellas y no será fácil ahora tampoco.

—¿Y la sangre? —preguntó Rubén.

—Eso sería determinante para denunciarle y vigilarle, pero conseguir una muestra del chico va a ser todavía más difícil.

—¿Y si os la diera yo?

—¿Y qué vas a hacer? ¿Sacársela?

—Ya lo hice. Cuando le pegué me llenó la camiseta de sangre. Todavía no la he tirado.

—Si la sangre de esa camiseta es la misma que la de este papel, ni su abogado podrá hacer nada. —Berta se quedó mirando la hoja—. Hay que estar muy enfermo para hacer esto.

Y la metió en una carpeta de plástico, sin poder olvidar el dibujo, con un círculo negro, rodeado por un aro coloreado con sangre y una leyenda inferior en la que, también escrita con sangre, se leía:

PUTA

EL ECLIPSE TE RODEARÁ DE SANGRE

Ilustración de Rosa García

Fueron a la comisaría a que les tomaran las huellas. Después fueron al hospital, aconsejados por la policía. Allí a Sofía le mandaron unas pastillas para relajarse y poder dormir. Rubén insistió en quedarse en casa de Sofía, pero su padre se opuso.

Después, Rubén volvió a la comisaría a llevarles su camiseta llena de sangre.

—Mañana es el eclipse —le dijo Berta—. Intentaré acelerar el análisis y haré todo lo posible para que ese chico no pueda acercarse a ella.

A primera hora de la mañana siguiente Rubén fue a casa de Sofía. Era el día del eclipse y no tenía la intención de separarse de ella ni un segundo. Cuando llegó, los relajantes habían hecho su función y Sofía seguía durmiendo. Su padre le invitó a que esperara con él a que ella se despertara. Si bien desde que supo que su pequeña salía con aquel chico decidió odiarle el resto de su vida, la preocupación que mostraba por ella había hecho que empezara a simpatizar con él.

Estaban tomando un café cuando sonó el móvil del chico.

—Es la policía..

—Hola, Rubén —dijo Berta—. He llamado a Sofía, pero su móvil está apagado. Está bien, ¿verdad?

—Sí, sí. Está durmiendo. ¿Qué pasa?

—Presioné un poco para acelerar los análisis. En el papel solo han encontrado vuestras huellas. Debió de usar guantes. Aparece otro tejido en los análisis, pero tu idea de la camiseta ha funcionado: la sangre que hay en ella y la del dibujo son de la misma persona.

—¡Lo sabía! ¿Le habéis detenido ya?

—No. Pedí la orden de detención y en cuanto llegó iba a salir a por él, pero se han presentado sus padres en la comisaría..

—¿Sus padres?

—Han venido a denunciar su desaparición. Ayer no volvió a su casa.

Dos horas después la mujer policía estaba en casa de Sofía intentando tranquilizarla. Había sufrido un ataque de ansiedad cuando Rubén le contó la confirmación del análisis y que no habían podido encontrar al chico.

—No te preocupes, Sofía. No te va a poder hacer nada. Habrá un coche patrulla todo el día abajo y no se podrá acercar a ti. Si lo hace, le detendremos.

—Estoy pensando… —dijo Rubén—… que aquí corre peligro. Ese chico está loco y no se va a asustar por un coche patrulla.

—Pero no puedo traer más, uno de vigilancia y yo puedo quedarme en mis horas libres.

—Pero podemos tenderle una trampa —siguió Rubén—. Que piense que ella está aquí y cuando se acerque, detenerle. Pero ella no puede ser el cebo, no permitiré que corra ningún peligro. En el chalet de mi padre tenemos un sótano, es como un pequeño búnker, está acondicionado para ocio, pero lo concibieron como refugio si estamos en peligro, por si entra alguien a robar o lo que sea. Sofía y yo podemos escondernos allí hasta que le detengáis aquí.

—Yo voy también —dijo el padre de Sofía.

—A lo mejor ese chico está vigilando el edificio y si te ve salir se mosquea y no vendrá y esto no acabará nunca. Puedo meter el coche en el garaje del edificio, bajar con Sofía, que se esconda en el maletero e irnos sin que él la vea, por si está vigilando.

A las seis de la tarde, tres horas antes del eclipse, habían ejecutado el plan y Sofía y Rubén se encerraron en el sótano del chalet mientras Berta y el padre de Sofía esperaban en la casa a que apareciera Marco.

—Tranquila, Sofi —dijo Rubén, haciendo girar la llave en la cerradura de la puerta del sótano—. Esta puerta es acorazada, la única manera de entrar aquí es estar ya dentro. Aquí estás a salvo.

Vieron la tele un rato y comieron algo. Sofía era feliz, en aquel pequeño mundo, con él, sin nadie de quien preocuparse, ni chicos encapuchados, ni ex celosas, ni amigos estúpidos.

Al terminar el capítulo de una serie, cambiaron de canal y aparecieron las noticias en las que hablaban del eclipse que sucedería en menos de una hora.

Sofía se alteró, le faltó el aire.

—Va a venir… va a venir… quiere hacerme daño…

—Tranquila, Sofi. Aquí estás a salvo. Yo te protejo, la Tierra y la Luna, ¿recuerdas? Aquí no puede entrar el Sol, aquí no va a haber ningún eclipse. Quizá… deberías tomarte las pastillas. Así te relajas y descansas hasta que pase todo.

Sofía le hizo caso, necesitaba liberarse de esa angustia. Al poco rato empezó a sentir la calma y se tumbó en el sofá junto a él.

—Te quiero —le susurró él al oído.

Ella le besó.

Mientras, en casa de Sofía, su padre y Berta esperaban.

—¿Crees que ese chico vendrá? —preguntó el padre.

—Sinceramente… no creo que llegue aquí arriba. Ese chico está perturbado, pero se asustará al ver el coche patrulla. Es un crío. No creo que pueda despistarles y subir hasta aquí, pero está obsesionado con Sofía y hará todo lo posible por estar cerca de ella durante el eclipse. Cometerá algún error, le verán abajo y le detendrán.

En ese momento sonó su móvil.

—Seguro que ya ha picado. —Descolgó—. Ah, eres tú. ¿Qué pasa?

Se quedó en silencio, frunciendo el ceño a cada palabra que oía a través del teléfono.

—¿Qué pasa? ¿Sofía está bien? —preguntó el padre alterado.

La mujer asintió. Y colgó.

—Ese chico es un perturbado, pero ha cometido un error. Vamos a por él —dijo mientras marcaba un número—. ¿Vicente? Apunta esta dirección. Manda a todos los que puedas.

Rubén prosiguió los besos que le dio Sofía. Le acarició el pelo, el cuello, deslizó la mano por debajo de su camiseta. Ella le acompañaba, temblando a cada movimiento de él. Pero de repente tembló algo más.

—¿Qué ha sido eso? —dijo Sofía.

—Nada, será mi corazón. Sigue besándome.

Ella volvió a hacerlo, aunque ya no tenía la misma pasión.

—Para, para, no puedo —dijo sacándole la mano de la camiseta.

—Lo siento, mi vida, perdona.

Él se sentó y la miró. Ella le miró. Cuánto le amaba.

Sin que ella supiese cómo, Rubén movió rápidamente el brazo y la golpeó en la cara.

Sofía se quedó inmóvil. Debía haberse quedado dormida y era una pesadilla… de no ser por el dolor que sentía en la mejilla y el fluido que notaba que la recorría.

—¡Puta de mierda! —le gritó Rubén y volvió a golpearla.

—Qué.. qué… —balbuceó llorando.

—¿Un ruido? ¿Has oído un ruido? ¿Sabes qué es? Tu amiguito.

Se levantó y abrió el armario que estaba frente a ellos, apareciendo atado y amordazado el chico con la capucha, sangrando por la nariz, intentando gritar.

—¡Marco! ¿Pero qué…? ¿Qué pasa, Rubén? —lloraba—. Estoy dormida, ¿verdad?

El mareo y la somnolencia que le comenzaron a provocar las pastillas la empezaron a sumir en una bruma irreal.

—¿Qué pasa? Te voy a decir lo que pasa: mil euros.

—No te entiendo…

—Mil putos euros me hiciste perder. ¿Te acuerdas de la noche en mi coche cuando casi follamos? Sí, ¿verdad? Pues me hiciste perder mil euros. Los que me aposté con mis colegas cuando te conocí en la fiesta esa. Mil euros a que te follaba en menos de tres meses. Y sí, hacía tres meses. Ah, el tío que miraba desde fuera no era este gilipollas, era Fran, que tenía que grabarlo como prueba de que lo había conseguido.

Ella lloraba.

—No… no… quiero despertarme, esto no es real.

—No, no estás dormida. ¿Creías que todo iba a quedar así? Primero pensé en asustarte, con la nota de “PUTA” debajo de tu hamburguesa. ¿En serio pensaste que fue Elena? La pobre llevó fatal que cortase con ella, pero necesitaba hacerlo para salir contigo. Ah, por cierto, hemos vuelto. Precisamente ahora piensa que estoy cortando contigo. De hecho lo estoy haciendo —rio.

Sofía no paraba de llorar. Todo le daba vueltas.

—¡Lo que me costó que tiraras el papel! Lo reconozco, fui muy cutre y no me esmeré mucho, ese papel me hubiera delatado si llega a la policía. Soy un tío con suerte. Cuando vi a este friki fuera con la sudadera, igual que Fran, se me ocurrió darte un buen susto de verdad. ¡Encima le conocías y estaba enamorado de ti! Por cierto, siento lo de tu nariz —dijo mirando a Marco—. No era nada personal, pero tenía que quedar bien. Y la sangre en mi camiseta me sirvió para hacer la nota del eclipse. Ahí estuve colosal. Se fastidió un poco cuando este se presentó ayer por la tarde en mi casa para decirme que te dejara en paz. Me mosqueó, la verdad. ¿Quién se creía que era para venir a mi casa a darme órdenes? Total, que le zurré de nuevo y se me ocurrió lo del dibujo y encerrarle aquí. Así conseguiría darte tu merecido y encima cargaba él con el muerto. Menos mal que vino, no me quedaba sangre para las letras. En la discoteca me fui al baño y luego salí al coche a dejar el dibujo sobre el asiento. Me puse la sudadera y volví al local. Lo demás ya lo sabes. ¡Estabas tan graciosa cuando Fran te decía que no me veía! Y ya corriendo, ni te cuento.

—¿Qué quieres? ¿Qué vas a hacer? —gimió Sofía.

—Follarte, por supuesto. Vale que he perdido la apuesta, pero, joder, estás muy buena.

Se acercó y le rompió la camiseta y le bajo las mallas, dejándola desnuda. Ella intentó taparse torpemente, pero él cogió una cintas y le ató las manos y las piernas a las barras del sofá.

—Está buena, ¿eh? —dijo mirando al chico, que intentaba gritar y se revolvía—. Qué coño, cuando termine yo te dejo que te la tires, por todo lo que hemos vividos juntos.

—No, por favor, no. No lo hagas —sollozaba Sofía—. Te descubrirán, irás a la cárcel.

—¿Descubrirme? ¿Quién se lo va a decir? Ah, perdonadme, se me olvidaba deciros que os voy a matar. Bueno, yo no. Bueno, sí. A ver, la versión oficial es que tú y yo hicimos el amor, tengo que justificar mi semen en tu vagina, pero este se había colado aquí antes de que llegáramos y me golpeó y quedé inconsciente, luego te violó y te mató, creo que con un cuchillo. Lo de su semen en tu vagina, no te preocupes, ya lo tengo solucionado. No preguntes, no ha sido agradable. Yo recuperé la consciencia y le disparé con una pistola de mi padre y le maté. Por desgracia no llegué a tiempo de salvarte la vida. Oh, Sofía, te voy a echar tanto de menos.

Lloraba histérica.

—Pero vale ya de hablar, que el eclipse está llegando a su punto álgido. Mira, qué curioso. Tú la Luna, yo la Tierra y este el Sol. ¿Sabías que sin la Tierra el sol no podría dar ese tono rojizo a la Luna?

Se desnudó, estaba excitado, más que nunca en su vida.

—Mira el lado positivo, no vas a morir virgen.

Se acercó a ella y volvió a golpearla en la cara. No sabía si iba a aguantar a penetrarla o se correría antes.

Le mordió un pecho y ella gritó. Pensó en arrancarle los pezones a mordiscos, pero no podría justificar la sangre en la boca.

—¡No, no, no! —gritó ella.

—Esto es mejor que haber ganado mil euros.

En ese instante sonó una explosión. La puerta cayó y la habitación se llenó de humo y de policías. Rubén sintió que le derribaban y algo frío le apretaba los genitales.

—Muévete y te vuelo las pelotas, cabrón —le gritó Berta.

Diez minutos antes, en el coche patrulla, Berta y el padre de Sofía volaban por la autovía a mucha mayor velocidad que la permitida.

—El eclipse ya ha empezado, tenemos poco tiempo —dijo la mujer mirando hacia la luna.

—¿Pero cómo sabes dónde está Marco? —preguntó el padre.

—No tengo ni idea.

—Entonces, ¿a dónde vamos?

—A casa de Rubén. ¿Recuerdas que en el análisis de la sangre del dibujo había restos de un tejido? Me han llamado para decirme que era el mismo que el de la camiseta que Rubén me llevó para analizar la sangre de Marco. Fue él quien hizo el dibujo con la sangre de Marco.

Jorge Moreno

El dilema

Autor@: 

Ilustrador@: Rosa García

Corrector@: 

Género: Humor

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Jorge Moreno. La ilustración es propiedad de Rosa García. Quedan reservados todos los derechos de autor.

El dilema.

—Mujer, ya sé que te lo prometí, pero de eso hace muchos años… No, no, no quiero decir que no lo sentía, pero éramos unos críos, no sé… llamarme ahora para que cumpla esa promesa…

No sabía cómo salir de ese embrollo, bueno, sí, era fácil salir, la situación era demencial y bastaba con decir no, pero en cuarenta años de vida nunca había dejado de cumplir una promesa, pero aquello…

Cinco minutos antes recibí una llamada en el móvil de un número desconocido. No suelo contestar, la verdad, casi siempre son llamadas comerciales, pero en ese momento pensé que podía ser importante, no sé, un sorteo que había ganado, en algún momento tendría que ganar alguno, y me dio por contestar. En mala hora. Mejor si hubiese pasado y entonces tendría un dilema menos.

La cosa es que contesté y por el auricular me llegó la voz de una mujer.
—¿Fran? ¿Eres tú, Fran?

Eso descartaba que fuese un comercial. Normalmente decían: «¿Don Francisco Álvarez?». Pero también descartaba la posibilidad de que hubiera ganado algo en un sorteo.
—Sí, soy yo.

Debí haber dicho que no era yo, que se había equivocado y colgar, pero no, tuve que decir que era yo
—No sabes quién soy, ¿verdad?

No tenía ni idea, pero tampoco podía reconocerlo. Yo no era de esa clase de hombres que no recuerdan a una mujer, aunque la realidad era que no la recordaba. Ni siquiera pensaba que tuviera que recordar a ninguna.
—Soy Lucía.

—¡Lucía, qué sorpresa! Así de golpe no había reconocido tu voz —dije, haciendo un rápido recorrido mental por todas las Lucías que conocía.
—No tienes ni idea de quién soy.
—No, mujer, claro que me acuerdo, pero es que llevo mucho rato al sol… y la cabeza…
—Lucía Jiménez.

Lucía Jiménez. Mi Lucía Jiménez. ¿Cómo iba a reconocer la voz si hacía más de veinte años que no sabía nada de ella?
—Lu… Lu… Luci… Lucía. ¿Eres tú de verdad? ¿Pero cómo has conseguido mi teléfono? Después de cuánto tiempo, ¿veinte años?
—Veintiséis.

Claro, veintiséis años, era verdad, teníamos catorce cuando terminamos en el cole, antes de ir al instituto.
—¡Veintiséis! Me parece increíble que seas tú, pero cuéntame, qué ha sido de tu vida, dónde vives, cómo me has encontrado…

—Es fácil, hoy en día puedes encontrar a cualquiera. Pero mira, Fran, yo te llamaba por una cosa.
¿Por una cosa? ¿Después de veinticinco años alguien te llama por una cosa? ¿Por qué? ¿Porque no le devolví el casete de los ACDC?

—¿Dónde vives? Si eso, quedamos y nos tomamos un café y me lo cuentas.
Sí, vale, tenía curiosidad por verla después de tantos años.
—Sí, de eso habrá tiempo, pero yo te quería pedir una cosa.
¿Dónde podría conseguir un casete de ACDC? Seguro que me iba a pedir que se lo devolviese.

—Hace veintiséis años, poco antes de que no volviésemos a vernos, me prometiste una cosa, ¿lo recuerdas?
¿Cómo iba a olvidarlo?
—Claro que lo recuerdo, Lucía.
—Pues quería pedirte que cumplieras tu promesa.
—¿Cómo?
—Pues eso, Pablo, que quiero que cumplas lo que me prometiste.

No podía ser, no tenía lógica.

—Pero, Lucía… eran otras circunstancias, otra situación, hemos cambiado mucho.
—Pero me lo prometiste.
—Mujer, ya sé que te lo prometí, pero de eso hace muchos años.
—Vamos, que no lo sentías, tú solo querías conseguir lo que conseguiste y ya está.

—No, no, no quiero decir que no lo sentía, pero éramos unos críos, no sé… llamarme ahora para que cumpla esa promesa…

—Pensé que tú eras diferente, que siempre cumplías lo que prometías, o al menos era lo que decías cuando éramos pequeños. Al menos te creí cuando éramos novios y me lo prometiste.
—Mujer, novios, lo que se dice novios, nunca lo fuimos…
—¿Ah, no? No te reconozco, Fran. Pensé que eras sincero, pero solo querías lo que querías.

—Que no, que no, en serio… Yo cumplo lo que prometo… y si te lo prometí… lo intentaré…

—¿En serio? ¿De verdad? Ya sabía yo que podía confiar en ti.

—Lo intentaré, he dicho que lo intentaré. Haré todo lo posible por cumplir mi promesa, pero no es fácil, estoy casado… tengo un hijo…

—Yo sé que lo cumplirás.

Quedamos una semana más tarde para darle mi respuesta definitiva.

Fue una semana horrible. Estaba lleno de dudas, atormentado por el dilema que se me había planteado. Siempre había pensado que las promesas son para cumplirlas y que no se debe prometer nada que no se esté seguro de que se va a cumplir. Cuando se lo prometí a Lucía no cumplí esa regla, lo reconozco, no pensaba con claridad y la promesa fue motivada por el deseo de conseguir lo que conseguí. Pero había sido una promesa y debería cumplirla, más aún cuando la hice por interés, saltándome mis propias convicciones. Fui un canalla, lo reconozco.

No me atreví a hablarlo con mi mujer, ella no lo entendería, le parecería mal, por supuesto. Tampoco le dije nada a mi hijo, era muy pequeño y no comprendería que lo hiciera. Cuando fuese más mayor seguro que sí, los hombres somos diferentes y seguro que haría lo mismo en mi situación.

Un día antes de la cita con Lucía me encontré con Alejandro, mi mejor amigo. Me conocía demasiado bien como para no darse cuenta de que algo me atormentaba y se lo conté todo.

—Hombre, Fran, yo creo que es algo absurdo, no puede pretender que mantengas esa promesa ahora. Cualquiera te diría que es ilógico.
—Ya, pero se lo prometí.
—Pero moralmente no estás obligado.
—Si estoy obligado en algo, sobre todo es moralmente.
—Venga, hombre. ¿Y qué opina tu mujer?
—¡Nada! No se lo he dicho.
—¿Que no se lo has dicho?
—Por supuesto que no, ya sabes cómo es, no lo entendería. Y luego está el niño… no quiero que sufra.
—Y si al final lo haces, ¿qué le vas a decir?
—Nada, no se lo voy a decir.
—Pero lo descubrirá.
—Quizá no.
—Seguro que sí, ellas se dan cuenta de esas cosas.
—Pues no sé, algo me inventaré.

—Fran, en serio, no lo hagas. Ya sé que es difícil, no nos surgen oportunidades así a menudo, más bien, nunca nos surgen, pero te arruinarás la vida. Puede salir mal, tu mujer lo descubrirá, tu hijo lo sabrá. ¿Y si decide dejarte?

—¿Dejarme?

—Sí, puede pensar que es una traición, una pérdida de confianza. Las mujeres son diferentes a nosotros. Para ti es cumplir una promesa y para ella puede ser una traición. Lucía no tiene derecho a aparecer veintiséis años después y exigirte que cumplas una promesa que hiciste con catorce años, llevado por las hormonas para conseguir lo que querías.

Alejandro tenía razón. No podía hacerme sentir culpable. No podía pretender que me jugase mi familia por aquello.

Al día siguiente vería a Lucía y le diría que no. Incumpliría mi promesa, sí, pero hay cosas que un hombre debe hacer. Probablemente me insultaría y tendría razón en todo ello, pero no podía llegar tan lejos.

Habíamos quedado en una cafetería del centro. Yo llegué con mucha antelación, estaba deseando acabar con todo aquello, decirle que no iba a hacerlo y volver a mi vida.

Ya iba por el tercer café cuando entró. La reconocí al instante. En veintiséis años su cara había cambiado, pero mantenía ciertos rasgos de la adolescencia. Al verla recordé por qué hice aquella promesa tan desesperada. Entonces era preciosa y ahora lo era todavía más, con la misma nariz, los mismos ojos, la misma sonrisa y, además, un cuerpo de mujer. Estaba impresionante. No entendía por qué tenía que recurrir a mí para lo que quería.

Me levanté y al verme me sonrió, pero no con la boca, sino con los ojos. Aceleró el paso hasta llegar a mí y me abrazó. Iba a ser muy difícil.

Ella pidió un café y yo una tila.

Empezamos a hablar de lo que habíamos hecho en los últimos veintiséis años y luego de recuerdos de nuestra infancia y adolescencia. ¿Por qué dejé de verla? Vale que fuimos a institutos diferentes y que nos separamos, pero podía haberme esforzado en mantener el contacto, ¿no? Si lo hubiera hecho entonces en lugar de en esa cafetería, estaríamos en nuestra casa, con nuestros hijos, sin tener que romper mi promesa. Lo había estado alargando, buscando razones más poderosas para decir que no que las que tenía para decir que sí. Era la hora.

—Lucía, sobre lo de la promesa, quería decirte…
—¡Ay, Fran! Qué feliz me hiciste. Te juro que pensaba que me ibas a decir que no, pero cuando accediste a quedar para concretarlo me dije que por qué había dudado, que tú siempre fuiste un chico de palabra, y eras muy bueno, Fran, el mejor que he conocido en mi vida.
Y lo dijo con esa sonrisa en la boca y en los ojos.
La cosa no iba bien.
—Pero ¿por qué yo? ¿Y tu marido?
—Él… no puede.
—¿Y cualquier otro…?

—He buscado mucho, ni te imaginas cuánto. Bases de datos, historiales médicos. Un día me acordé de ti y de lo que me prometiste. Al instante supe que debías ser tú, pero sobre todo quería que fueses tú.

Era hombre muerto.
—¿Y… cuándo tendría que…?
—Lo he preparado todo para esta tarde.
—¡Esta tarde!
—No puedo esperar más.
No pude negarme. No opuse resistencia, o quizá no quise oponerla. Cuando quise darme cuenta estaba entrando en el hospital y en un suspiro estaba desnudo.
Pensé que aquello sería más íntimo, pero había mucha gente.
—Doctor, ¿me va a doler? —pregunté.
El médico hizo una mueca que me pareció una sonrisa.
—No.

Ilustración de Rosa García

 

Veintiséis años antes

—Lucía, dame un beso.
—¡Un beso! ¿Por qué tendría que dártelo?
—Porque estás deseándolo.
—¡Ja!
—Porque estoy muy enfermo y solo se cura con un beso.
—Ni de broma.
—¿Vas a dejarme morir? Llevarás ese peso sobre tu conciencia toda la vida.
—Que te lo dé tu madre, o tu hermana.
—No pueden ser familiares.
—Pues que te lo dé Piluca.
—¡No! Agh.
—¿Y por qué tengo que ser yo?
—Pues…
—Dime la verdad.
—Porque te quiero.
—¿Y por qué he de creerte?
—Te lo prometo.
—No te creo.
—En serio, bastante corte me ha dado decirlo.
—¿Qué serías capaz de hacer por mí?
—Lo que tú quieras.
—¿Harías cualquier cosa que te pidiera?
—Cualquier cosa.
—Promételo.
—Te lo prometo.
—¿Cualquier cosa? ¿Hasta darme un riñón?
—Hasta un riñón, te lo prometo.

Jorge Moreno.

La cara sin rostro

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Relato romantico-misterio

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Jorge Pérez Rivero. La ilustración es propiedad de Olga Ruiz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La cara sin rostro.

Querido diario:

Hace tiempo que no nos sentamos tú y yo a charlar durante un rato y espero que no estés molesto por ello; soy consciente y te pido disculpas. Barcelona da para mucho y normalmente dedico unos minutos de mi tiempo, antes de dormir, para contarte mis penas o mis pensamientos, aunque esta vez se haya alargado demasiado nuestro reencuentro.
No quisiera aburrirte con estúpidos comentarios sobre problemas personales que no interesan a un ente como tú y por ello, para salvar estas semanas de ausencia y sufrimiento por tu supuesta parte, voy a regalarte uno de mis secretos mejor guardados y que supondría un gran descubrimiento si alguna vez llegase a ser un escritor mundialmente conocido.
Sí… Ya sé que lo he soñado muchas veces pero, aunque vaya con algo de retraso en mis escritos, aún tengo tiempo para alcanzar la cima si bien lo que vaya a relatarte ahora no tenga mucho que ver con mi futuro éxito y fortuna.
¿Preparado?
Todo comenzó hace ya muchos años, catorce creo recordar, y quizás lo que hago ahora sea un pequeño homenaje por aquella maravillosa época. Realmente no fueron los mejores de mi vida pero tuvieron algo de sentido a la hora de convertirme en escritor.
¿Qué? ¿Por qué llegué a decidirlo? Esa es una buena pregunta y has hecho muy bien en plantearla, ya que es parte fundamental en este relato; sin ello, nada de esto hubiera ocurrido.
Mi profesora de Historia había escrito varios libros y nadie en la clase tenía conocimiento sobre aquello: algunos versaban sobre la Guerra Civil española y otros abarcaban, también, el ámbito histórico. Aquello me impactó gratamente pues nunca antes había conocido a un escritor en persona, de mayor o menor nivel, pero seguía siendo mi primera vez. La conversación que mantuvo con nosotros sobre ello me dejó impresionado y, a mis catorce años de edad, comencé a reflexionar sobre el tema, pues mil y una historias rondaban en mi cabeza y descubrirlo quizás hubiera sido la acción que necesitaba para darme cuenta de que podía compartirlas con el resto del mundo igual que otros así lo había hecho ya.
Sí, esto no es ningún secreto, lo sé. Pero para que haya misterio, primero debía hablarte sobre esta parte o no lo habrías entendido. Dame unos minutos para pensar cómo contártelo y verás.
Iba a la misma clase que yo y así lo hizo hasta que acabé el instituto. Sí, estamos hablando de una compañera, aunque te sorprenda, pero había algo en ella que me marcó para siempre. ¿Amor? Quién sabe. Yo era joven e inexperto en esos temas y ni sabía siquiera lo que realmente me gustaba pero allí estaba, cada día, cada recreo, cada examen. Esperando que levantase la mano para escucharla hablar o que saliera a la pizarra y así verla más de cerca. Era de las más listas de la clase, ¿sabes?, y ello me fascinaba, pero yo era muy tímido y nunca dije nada. Qué podría decir, bastante traumas tenía ya y no me apetecía llamar la atención más de lo debido.
¿Que si ella tiene que ver con el secreto? Para ser un libro inanimado eres más listo de lo que pensaba. Sí, ella es realmente el secreto.
La última vez que la vi fue hace ocho años, creo recordar, y realmente nada cambió para con nuestra relación. Simplemente un saludo amable que no tornó en nada más. Es cierto que intenté de alguna forma acercarme más a ella durante nuestra etapa estudiantil en alguna de las fiestas que se organizaron, pero de poco sirvieron las breves conversaciones que mantuvimos. No existiría este secreto si todo hubiese ido a mejor, ya me entiendes.
Ya, ya, que vaya al grano, no me presiones más que terminaré en breve.
Como muy bien sabes, en 2011 publiqué mi primer libro pero, realmente, no fue el primero que escribí. Mi obra magna, que algún día verá la luz, la inicié justo el año en que mi profesora de Historia nos reveló su segunda profesión. Aquel momento, ya con quince años, y todas aquellas sensaciones revoloteando en mi cabeza, me llevó a recrear la única forma posible de poder estar con ella. Un personaje se enamoraba del actor principal y era algo muy puro que, en algún momento, le salvaría la vida. No, no voy a revelarte nada. Ya lo verás cuando se publique de aquí a unos años. Lo importante es el hecho de que esta relación no es tan ficticia y surgió por una razón real y ello me dio que pensar cuando tuve la oportunidad de publicar mi primer libro. Y ahora, con el segundo en camino y el tercero finalizándolo, todos tendrán algo en común.
¡Vaya! Sigues dejándome sin habla. ¡Muy bien! Lo has adivinado, aunque he de reconocer que te lo he puesto bien fácil.
Si alguna vez soy un escritor conocido y lees varias de mis obras, búscala entre mis páginas pues ella participará en cada una de las historias. Ya fuere de actor principal, secundario o un mero caminante que pasaba por allí y no sea piedra angular en momento alguno. Da igual si los libros tratan sobre ciencia ficción, policiacas, históricas o una mezcla de géneros, su simple recuerdo las hace importantes. Al releerlas aún tengo la sensación de que realmente sí que sabía que yo existía y que pudiera haber hecho algún movimiento tratando de ponerme en contacto con ella. Quién sabe, puede que se convierta en una fan y lo descubra por sí misma. Mientras tanto, su cara tendrá muchas descripciones, pero su rostro será único e invisible para todo el mundo menos para mí.

Ilustración de Olga Ruiz

Buf, creo que ya ha estado bien por hoy. No te quejarás de todo lo que te he contado. Valdrá para compensar todo lo que no he escrito durante estas semanas.
No me mires así, sabes que mis palabras son ciertas y convencerían a cualquier tribunal que las juzgara. Ahora bien, solo tú y yo lo sabemos, así que mantén las cubiertas cerradas y no lo airees por ahí o se terminará la magia.
Bueno, es hora de dormir. Hablamos mañana, ¿vale?
Descansa y coge fuerzas para mis encontronazos del día.
Buenas noches.

Jorge Pérez Rivero
Barcelona, 13-02-2018

 

Ellos

Autor@: 

Ilustrador@:  

Corrector@: 

Género: Microrrelato

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Daniel Camargo. La ilustración es propiedad deSergio “Gan” Retamero. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Ellos.

Es difícil describir el horror.

Están ahí. Lo sé, a pesar de la oscuridad impenetrable que me impide ver mi propia mano a centímetros de mi cara.

Sí, ellos están ahí, estoy segura. Lo noto por el olor. Por ese tufo penetrante y fétido, tan característico. Un olor a organismo podrido, a animal muerto. Al principio me provocaba un rechazo casi imposible de superar, hasta el punto de hacerme vomitar, pero poco a poco me he ido acostumbrando.

Avanzo lentamente, en medio de esa negrura pestilente. A tientas, con riesgo a tropezarme, presintiendo lo peor. Mi sentido común me impulsa a retroceder y marcharme, pero tengo que hacerlo… Es mi obligación.

Sé que el suelo está lleno de trampas, por eso voy tan lenta, cuidando cada movimiento en ese laberinto, temerosa de tropezar y caer. Como un ciego en medio de una mudanza o un comando atravesando un campo minado.

Ahora escucho un sonido grave, acompasado, rítmico. Como el ronquido de una fiera dormida. Y ese sonido me estremece, me transporta al pasado, me recuerda otros momentos… Trato de usarlo como referencia para orientarme en la oscuridad, pero no lo consigo. El ambiente enrarecido dificulta la respiración, y la falta de oxígeno en mi cerebro me impide pensar con claridad.

Pero poco a poco, a medida que avanzo, mis ojos se van acostumbrando algo a esa pertinaz oscuridad. Creo detectar formas múltiples, diversas y abigarradas, como bultos acumulados, un caos absoluto. En realidad, no tengo claro hasta qué punto es real lo que veo, o si es mi mente la que me está jugando una mala pasada. Me restriego los ojos y vuelvo a mirar. En medio de esas sombras fantasmagóricas intento divisar algún movimiento, alguna señal de vida. Pero no consigo descifrar el enigma.

Y ese olor, mezcla de almizcle y sudor, que tal vez nunca consiga eliminar de mi recuerdo.

Tengo que avanzar, no puedo distraerme, tengo un objetivo, más allá de mi curiosidad. De pronto piso algo, algo orgánico, blando, pegajoso. En mi mente se disparan mil asociaciones, pero me esfuerzo por salir de ese bucle y sigo adelante. Me pongo a rezar para tener la mente entretenida. Prefiero no saber de qué se trata.

Y continúo. Lenta, torpe, temerosa… Continúo.

El ronquido es cada vez más cercano y persistente, y el hedor más intenso, lo que me indica que voy en la dirección correcta.

No es la primera vez que entro, qué va, ya son muchas. Muchas más de las que hubiera querido. Ni tampoco será la última, claro. Pero nunca es igual. Siempre es distinto. Siempre es peor.

Ellos tienen esa extraña capacidad de sorprenderme siempre de algún modo. De aumentar mi ansiedad y mi angustia.

Al avanzar, algo me roza la pierna. Algo fláccido. Creo detectar un movimiento pendular, como si fuera la cabeza de un pollo muerto. Qué asco…

Dios mío, como tantas otras veces, estoy a punto de abandonar, de dejarlo, de retroceder. Pero la responsabilidad puede más. Tengo que hacerlo. Si no lo hago yo, no lo hará nadie.

Y sigo, muy a mi pesar, sigo. A pesar del olor, ese olor repugnante que se mete en mi nariz como un cuchillo impregnado en orín de zorrino.

El avance es lento, pero ya falta poco. No podría calcular cuánto he caminado, ni cuánto tiempo ha pasado desde que entré, pero sé que falta poco.

Ya los tengo cerca, muy cerca. No llego a verlos, pero lo noto. El calor y la humedad son sofocantes. Y el zumbido se ha detenido.

Ahora oigo su respiración, profunda, acompasada. Y noto más que nunca ese hedor fétido.

Estiro el brazo y toco la pared, caliente y húmeda. Voy palpando esa superficie lisa hasta que la encuentro. Toco la cuerda, vertical y tensa como una serpiente cobra a punto de atacar.

La rodeo con mano y la aprieto con fuerza. Como otras veces. Respiro hondo y tiro hacia abajo, en un único movimiento rápido y preciso.

Y la persiana sube…

—¡¡Mamá!! ¡¡Baja esoooo!! ¿No ves que estamos durmiendo, coño?

—¡Que no! ¡Que ya es hora de comer! ¡Se acabó! ¡Se levantan y se duchan! ¡Y a ordenar la habitación, que es un caos!

Ilustración de Sergio “Gan” Retamero

Daniel Camargo

29ª Convocatoria: La Nieve

Guerreros de nieve.

Ilustración de Daniel Camargo

Era mi último día en la Academia de las Nubes. Por fin estaba listo para ir al mundo, pasear por él en lugar de observarlo desde la distancia. Llegó la hora del salto masivo, de la invasión de la tierra para por fin hacer una superficie terrestre adecuada para la vida.

Allá vamos. La misión de mi pelotón es taponar las salidas de los habitáculos de nuestros enemigos los carnosos. Lentamente caemos. Somos la ventisca definitiva. Me posiciono en la formación de ataque y sigilosamente nos acercamos hasta la entrada de madera y cristal. El primer destacamento ya está llegando, yo por el contrario aún estoy a cierta distancia, pero por los puntos de observación veo a los carnosos asomados con una expresión que debe de ser de miedo pues tienen la boca abierta y nos señalan. Un último giro en formación y ahuecamos el cuerpo para el impacto contra la madera. El golpe ha sido duro, pero para ello llevamos preparándonos semanas desde que salimos del lago guardería aún sin habernos enfriado para la guerra. Ocupo mi lugar contra la madera empujando con los compañeros para evitar el contraataque de los carnosos. Somos el muro que recordarán las generaciones venideras.

No sé cuánto tiempo pasó, pero allí estábamos aguantando impasiblemente cuando la madera cedió dejando paso a la guarida. Fue entonces cuando nos lanzamos al ataque contra el sorprendido carnoso que hacia guardia tras la madera. Fue un ataque relámpago y logramos derribar al rival. Todo iba perfecto cuando un nuevo carnoso apareció. Nosotros estábamos cansados y enseguida fuimos conscientes de que íbamos a ser derrotados pues los nuevos carnosos venían armados con una vara de madera con una especie de pequeño muro de metal en la punta. Con cada arremetida del arma miles de los nuestros eran expulsados. El final estaba cerca, sólo cabía esperar que al menos fuera rápido e indoloro.

Estábamos en el aire cuando un carnoso más pequeño que los anteriores dijo: 

—Papá, hagamos personas de nieve.

No sé qué significaba aquello, pero no me gustaba nada. Los carnosos empezaron a atrapar a los nuestros y los apretaban en un claro intento de asfixiarnos. Poco a poco nos capturaban, nos presionaban unos contra otros, y dándonos por muertos nos amontonaban. Yo rodé sobre mis compañeros y hui intentando coger una corriente que me elevara para poder informar al alto mando. Todo fue en vano, me cogieron y noté cómo me apretaban, Tal era la presión que noté cómo mi cuerpo se fusionaba con el de mis compañeros.

Entendí entonces que había sido derrotado. Exhausto y deshecho me limité a resignarme y ocupar mi sitio en la montaña de caídos mientras esperaba exhalar mi última gota de vida.

El sol salió y noté cómo se me escapaban las fuerzas cuando el pequeño carnoso decidió poner fin a mi existencia aplastándonos a unos cuantos con un dolmen anaranjado mientras decía:

—Mira, papi, ahora ya es una persona de nieve.

Sergio Pastrana

La muerte es blanca, fría y acogedora

Autor@: Juan Ramón Lorenzana

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Terror

Rating:+ 16

Este relato es propiedad de Juan Ramón Lorenzana. La ilustración es propiedad de Rafa Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La muerte es blanca, fría y acogedora.

Continuación de “El Miedo”

Soy tan feliz. Sonrío a cada paso y apenas noto el peso de mi cuerpo. Sonrío mientras camino por las blancas calles y los copos de nieve parecen negarse a tocar el suelo creando una escena de cuento donde la protagonista soy yo. Soy feliz porque Nerea está viva. Porque fui yo quien soltó las ligaduras que en sus manos y pies ataban su cuerpo a una mesa de metal en sádica tortura. Porque fui yo quien le quitó la mordaza de la boca que le impedía gritar. Y fui yo también la que cortó el precinto de embalar que selló sus ojos durante aquellos interminables días.

No puedo evitar sonreír mientras extraigo lo que queda de un corazón que parece haber implosionado y lo deposito sobre una pequeña bandeja de metal y recuerdo todo lo que paso.

Esa mañana sonó en mi teléfono la canción de Amy MacDonald This is the life que pocos días antes Nerea me había configurado como tono de llamada entrante. En ese momento me dio un vuelco el corazón y la ansiedad e ilusión de escuchar su voz provocó que mis nerviosas manos apenas acertaran a encontrarlo entre todas las cosas que guardaba en el bolso. Cuando por fin pude cogerlo y ver quien me llamaba, el alma se me cayó a los pies, la angustia asaltó mi corazón y las lágrimas nuevamente tomaron posiciones al borde del abismo de mis ojos. Era el teniente Linares y sólo acierto a pronunciar un casi inaudible <<¿sí?>>. Al otro lado del auricular la voz rota del teniente me dijo con mecánica entonación: <<tu novia está secuestrada en la casa del capitán Cantalapiedra. Él es el asesino de la chica bielorrusa y ahora mismo lo estoy deteniendo en su despacho>>. Después pude oír claramente de la voz del capitán, un <<hijo de puta>> seguido de un disparo, un silencio y un nuevo disparo. Inmediatamente después se cortó la comunicación.

La acompañé todo el día y toda la noche en el hospital. Solo a la mañana siguiente la dejé sola porque el juez de instrucción que lleva el caso quería tomarme declaración urgentemente. No podía ni quería negarme. Al teniente Linares le estaban haciendo muchas preguntas. Pegarle un tiro a un capitán de la Guardia Civil no es nada fácil de explicar, aunque dicho capitán sea un degenerado de mierda y multitud de pruebas indiscutibles le señalen como asesino. Además, Nerea lo identificó perfectamente y así lo declaró en el mismo hospital. La declaración del teniente encaja perfectamente: el capitán iba a ser detenido e intentó matar al teniente con un arma, pero falló el disparo y este sacó su arma reglamentaria, le disparó y lo mató. Así de sencillo. Yo misma fui testigo auricular, se podría decir, de la sucesión de hechos. Todo está tan claro que no creo que tenga problemas. Además, no tienen ganas de más escándalo y quieren que este dramático y bochornoso suceso pase pronto a formar parte de un pasado que a todo el mundo le interesa olvidar.

Nerea apenas estuvo dos días en el hospital después de la semana de cautiverio que padeció. Es una mujer muy fuerte, siempre ha sido muy fuerte, mucho más que yo. Nerea es una superviviente, siempre sale adelante, siempre encuentra una cuerda, un madero a la deriva, un clavo ardiente al que asirse. Y después de que el drama ha pasado, reinicia su vida no como si nada hubiera ocurrido sino con esa actitud tan racional, y a la vez tan sorprendente para los que lo sentimental antecede al pensamiento racional, de no permitir al pasado que se interponga o condicione las enormes posibilidades que ofrece el futuro. Es muy inteligente esta actitud, esa forma de pensar y actuar, pero no puedo negar que para mí, que siempre he sido de la opinión de que no se puede vivir a toda costa, me parece un poco triste esa faceta inteligentemente utilitaria de Nerea porque, si ella me faltara, para mí ya no habría un mañana. Sé que es absurdo porque siempre hay un mañana, la tierra nunca deja de girar, hay hombres y mujeres por doquier amando, trabajando, muriendo, luchando, soñando, viviendo; pero me encontraría vacía, sin sentido mi vida, peor aún, pensaría que ser feliz o tan siquiera vivir sería como reconocer que mi amor no fue tan intenso ni tan de verdad como lo siento. Y por otra parte, si yo faltase, sé que ella lloraría mi ausencia y que de verdad tendría pena, pero también sé que en un tiempo que se podría contar en semanas, quizás días, me dejaría aparcada en su memoria como un bonito recuerdo.

Ya lo estoy haciendo otra vez. Invento mi vida y la de Nerea a partir de sentimientos como los celos, el miedo o la inseguridad y a partir de ellos tengo pensamientos irracionales, llego a conclusiones potencialmente erróneas y estos pensamientos me conducen irremediablemente a sentir más miedo, más celos, más inseguridad. Este círculo vicioso sólo me conduce a la infelicidad y a una tristeza que no tienen relación con mi situación real actual. Me imagino la tristeza, pienso en la tristeza y tengo sentimientos tristes que me conducen inexorablemente a nuevos pensamientos tristes. Es un círculo vicioso y falso que debo romper, y voy a romper. Lo romperé con realidad racional basada en hechos contrastables. No me inventaré una realidad positiva para engañarme. Si los hechos son tristes estaré triste e intentaré superarlos, pero si son alegres seré feliz y disfrutaré de ellos como merezco.

“Orificio de entrada por el globo ocular derecho. Orificio de salida, un enorme boquete de unos diez centímetros de diámetro en el parietal…”.

Vuelvo al trabajo después de tomarme unas semanas de vacaciones y lo primero que hago es leer el informe del forense que se encargó de hacer la autopsia del cadáver del degenerado que destruyó la vida de esa pobre chica e intentó lo mismo con el amor de mi vida. Pero pronto cierro el informe, no quiero que malos recuerdos empañen este momento tan feliz.

Pienso. Y pienso en los maravillosos días que hemos pasado en Florencia. Cuando Nerea estaba todavía en el hospital, le propuse que nos fuéramos de la ciudad unos días para descansar, hablar y olvidar los acontecimientos que habían trastocado de forma horrible nuestras vidas. <<Nos marcharemos a París o Londres e iremos de compras, nos besaremos en todos los puentes, nos acostaremos siempre tarde con unas copas de más y haremos el amor hasta que el amanecer o hasta que el hambre nos obligue a levantarnos de la cama. Pero si lo prefieres podemos irnos a la playa a tomar tranquilamente el sol recostadas en unas tumbonas mientras nos sirven daiquiris con sombrillitas de colores>>. Me dijo que sí con una dolorosa sonrisa y luego me dijo que, si no me importaba, le gustaría ir a Florencia. Por supuesto le dije que sí y… El teléfono me despierta de nuevo de la ensoñación. Me avisan de un cadáver que bajan en el ascensor y que el juez de instrucción quiere el informe forense lo antes posible.

Me pongo la bata verde y me enfundo los guantes. ¡Cuánto antes empiece, antes terminaré!

Hombre de cuarenta y dos años fallecido hace dos horas en el Hospital General por fallo multiorgánico. Víctima de un atropello. El conductor se dio a la fuga y poco después fue detenido, resultando ser la presunta homicida su esposa. ¡Joder, qué sorpresa! Seguro que es otra de esas mujeres que son maltratadas, torturadas y vejadas durante años por su marido hasta que un día se les va la cabeza y le dan su merecido al muy cabrón.

En cuanto veo su cuerpo desnudo sobre la mesa de metal de la sala de autopsias algo llama mi atención. Me acerco sorprendida y con el dedo índice de la mano derecha cuento: uno, dos, tres, cuatro…, hasta veinticinco. Me alejo un poco del cadáver y enciendo el potente foco cenital de la sala para que mi cerebro se crea lo que mis ojos le han contado apenas hace unos segundos a media luz. La escena me deja anonadada. Un hombre de mediana estatura y de una complexión normal que, por la cantidad de cicatrices de su cuerpo, parece que se ha ganado la vida como mercenario en algunas esas guerras que por el mundo hay. Pero me consta en el informe que es comercial farmacéutico, y no digo que no sea una profesión difícil pero no es para esto. Después de lavar el cuerpo vuelvo a contar las marcas de forma sistemáticamente, empezando por la cabeza, continuando después por delante y luego por detrás, y ahora he contado cincuenta y tres. ¡Increíble! Su cuerpo es un verdadero mapa del dolor. Se pueden distinguir cicatrices de al menos quince años de antigüedad, al lado de otras que no tendrán más de dos o tres meses. Esto no es normal, parece como si este hombre hubiera sido torturado durante años.

Dejo por un momento mi trabajo y hago un par de llamadas de teléfono. En pocos minutos llega a mi ordenador los informes médicos de toda la vida del paciente. Desde la infancia, donde tan sólo constan las vacunaciones obligatorias, hasta el día que ingresó tras el atropello y dos días después el certificado de defunción. No hay nada anormal en su expediente, ni siquiera una operación de apendicitis o amígdalas. Todo normal hasta hace aproximadamente quince años, cuando empieza a sufrir ingresos y asistencia en los servicios de urgencias de varios hospitales y centros de salud. En total, doce ingresos por causas como:

Rotura de tibia de la pierna derecho.

Fractura del humero y radio brazo izquierdo.

Cinco costillas también fracturadas, dos de ellas en dos ocasiones.

Rotura parcial del bazo.

Perforación de un pulmón.

Rotura del tímpano de la oreja izquierda.

Luxación de Lisfranc

Amputación parcial del vértice lingual.

¡Dios Santo! Y la lista continúa.

Repaso cada lesión especificada en el informe médico y cuando termino me doy cuenta de que no voy ni por la mitad de las que en realidad ha padecido el cuerpo de este hombre. La lista de abrasiones, laceraciones, avulsiones y mordeduras es verdaderamente increíble. Me llama la atención sobremanera un agujero por el que puedo introducir mi dedo meñique y que atraviesa de lado a lado la palma de la mano izquierda. Vuelvo a examinar su informe médico y… no hay constancia de esta lesión. ¡Sorprendente!

Estoy en plena faena. Corto con la sierra el pecho de este hombre cuando, ¡maldita sea!, un apestoso olor a tabaco irrita mi pituitaria y mi ánimo. El muerto no era fumador, tiene los pulmones reventados pero sonrosados como los de un niño. A mi espalda oigo cómo se acercan los pesados pasos del teniente Linares. El humo de su Ducados le precede y cuando ya noto su presencia, justo tras de mí, me doy la vuelta con la sierra circular en marcha en la mano.

—Me habías prometido dejar de fumar.

—Y tú que te acostarías conmigo si lo conseguía. Los dos somos muy mentirosos. ¿Por qué no dejas a este tipo descansar un poco y te vienes conmigo a comer? Hoy es mi último día de servicio, mañana seré un hombre jubilado.

—Eso es fantástico, pero mira primero el caso de este hombre. Resulta que le atropelló su mujer y…

—Algo haría, seguro. Además, yo ya estoy retirado y el único muerto que me interesa soy yo. ¿Vamos a comer?

—Sí, dame diez minutos para coserlo y cerrar el informe. He quedado con Nerea muy cerca de aquí en una pequeña tasca.

—Otra vez Nerea en medio de lo nuestro. Tú sabes que yo a ella sólo la quiero para el sexo, en cambio contigo es amor. Sería fantástico que un día mezcláramos el sexo y el amor ¿verdad? Igual os gusta y me queréis para siempre en vuestra vida y entre vuestras piernas. ¿Qué te parece?

—Me parece que eres un cerdo y que no serías capaz de seguir nuestro ritmo.

—Lo de cerdo me parece una obviedad y lo segundo es mi problema… Ya puedo leer en mi esquela:Vivió un infierno, murió en la gloria.

—Qué tonto eres. Ya está. Déjame meter al muerto a la nevera, me quito la bata, me lavo un poco y nos vamos.

La muerte es blanca, fría y acogedora.

Liviana y suave. Tenía los pechos pequeños y la sonrisa amplia. Se dormía en cualquier parte en cuanto su oreja derecha alcanzaba una almohada, cojín o mi hombro. Conseguí catalogar dieciséis de sus sonrisas y para qué o cuándo las usaba. Sin embargo sólo tenía dos maneras de enfadarse y ambas terminaban de la misma manera, ella llorando. Una era de silencio, con la boca formando una perfecta línea recta donde habían desaparecido completamente los labios. Yo sabía entonces que debía darle un poco de espacio y de tiempo para rumiar su pena, pero no demasiado. La espera finalizaba en cuanto detectaba que se quebrantaba la delgada línea recta dibujada en su cara. A veces era una simple vibración en el lado izquierdo del labio superior o un leve arqueamiento de su boca en algo parecido a una extraña sonrisa invertida. En ambos casos no había que esperar demasiado. Era necesario acercarse a ella con tacto y sin pausa, sin esperar una rendición. Tan solo era necesario abrazarla o decirle un “te quiero” para que se desbordaran sus ojos, abriera sus brazos y soltara la pena que le atenazaba el corazón. La segunda manera de enfadarse me la temía más que caer en un pozo lleno de alacranes y toda esa clase de bichos asquerosos, y lo peor de todo es que este tipo de enfados se producían con una regularidad temporal aterradora. Cada tres meses, semana arriba, semana abajo, una explosión de ira acumulada durante ese tiempo se expandía arrasando con todo lo que encontraba a su paso, y como yo siempre estaba a su lado era por tanto lo primero que encontraba al alcance de su desbordada ira. Esto me ha traído dolorosas consecuencias emocionales difíciles de explicar y sobrellevar, y también consecuencias físicas que más o menos rápidamente se curan pero que dejan un recordatorio perenne sobre la piel como, por ejemplo, una cicatriz en la frente sobre el ojo derecho que a punto estuvo, por dos centímetros, de costarme la pérdida de ese globo ocular. En otra ocasión fue un mordisco que puedo recordar perfectamente cada vez que paso el dedo índice por el trapecio izquierdo, pues allí han quedado marcados para la posteridad los pequeños y afilados dientes de mi amada.

No quiero hacer una larga lista de todos los quebrantos físicos que del amor arrebatado y la ira incontrolable han marcado mi cuerpo, pues podría parecer que he soportado por amor tantos años de dolor, quince para ser más exacto. Nada más lejos de la realidad y de mi intención al destacar estos breves sucesos un tanto escabrosos en la enormidad del tiempo de amor apacible que disfruté junto a ella. No quiero parecer, porque no lo soy, un hombre maltratado o tan siquiera mal querido. Creer eso sería un verdadero disparate, además de mentira. Tan solo lo cuento porque sería engañoso esconder la verdad de lo que sucedió hasta llegar a este momento.

Además, nunca me hizo daño con mala intención, solamente que yo estaba en el lugar incorrecto en el momento más inoportuno, y esto lo puedo demostrar con multitud de sucesos, como por ejemplo aquella vez que estando ella recogiendo los platos del lavavajillas, sorpresivamente empezó, sin previo aviso, a lanzarme platos y vasos uno tras otro presa de un furor iracundo.  Ninguno de los seis o siete platos que me lanzó me dio de lleno en la cabeza, que era donde parecía que disparaba, tan sólo un vaso me rozó el hombro derecho dejándome un poco dolorido durante apenas una semana. Esta escena demuestra que nunca fue su intención dañarme, pues yo estaba apenas a cuatro metros de ella y si de verdad hubiera querido hacerme daño, yo no hubiera tenido escapatoria posible. Estoy convencido de que ella falló los lanzamientos a posta. No cabe otra explicación.

Y ya hecha esta salvedad, permítanme, telegráficamente, que haga un resumen de mis daños corporales a los solos efectos del buen fin de esta historia.

1.Rotura del tímpano de la oreja derecha.

Quizá no sea del todo justo adjudicar a mi amada aquel desgraciado accidente que acabó dejándome sordo de un oído porque, aunque fue su codo el que impactó con toda su fuerza ósea, no es menos cierto que yo era consciente de que habían pasado los noventa días de rigor en dos o tres amaneceres más y que esto debería de haber acentuado mi prudencia. Ella estaba acostada de lado dándome la espalda y la tensión de su cuerpo se trasmitía a través del colchón y me impedía dormir. Sin embargo, hice caso omiso de las señales y de mi experiencia e imbuido de ilusiones románticas creí poder calmarla con caricias, mimos y besos. Pero en cuanto mis dedos rozaron su espalda, soltó como un resorte el brazo con tal mala suerte que impactó su codo contra mi oreja y un crujido y la sangre me advirtieron de que algo había ido mal.

No es menos cierto que fui solo a Urgencias esa misma noche a pesar de que los dolores y mareos apenas me dejaban conducir, y también que el tratamiento fue largo, doloroso e infructuoso. Pero sería miserable por mi parte no reconocer que al volver del hospital a la mañana siguiente mi amada desconsolada y rota en llanto se derramó en mis brazos y cubrió de besos mi rostro cansado, aliviando mis quejas con caricias, con lo sientos y con más besos. En el suelo hicimos el amor, amor rápido, intenso y liberador. Aún abrazados sobre el frío terrazo me hizo prometerle amor eterno. Y yo se lo juré.

  2. Orificio de entrada y salida en mano derecha.

En esta ocasión no puedo decir que fuera un accidente sin querer o fruto de la maléfica casualidad. Todo lo contrario, pues fue ella quien me lo advirtió en al menos dos ocasiones, que yo recuerde, aunque puede que fueran tres según me dijo después. El caso es que faltaban pocos días para cumplir el trimestre desde la anterior explosión, que no quiero equivocarme al recordar, pero creo que fue aquella en la que me fracturó por segunda vez el tabique nasal al azotarme con precisión el despertador. Esa vez le fue imposible errar porque estaba dormido y no pude ayudarla esquivando el dichoso aparato. Como digo, habían pasado casi los noventa días de rigor y el incidente con el despertador ya formaba parte de un pasado remoto que no quería recordar. Era domingo por la mañana después de una noche de amor donde no faltó un solo beso por dar, y los cuerpos exhaustos descansaron abrazados hasta que nos despertó el tenue sol que atravesaba las cortinas e inundaba la habitación con un estereoscópico mundo de colores. Me sentía tan feliz y ella dormía tan plácidamente que me levanté, cogí agua, harina, levadura y sal, y me puse manos a la obra a hacer un buen pan artesano. Apenas había mezclado los ingredientes cuando ella me sorprendió por detrás, me abrazó y me besó en la nuca y empezamos a jugar con los ingredientes, a pintarnos de blanco la cara, a besarnos mientras la incipiente masa se nos pegaba los dedos. Después, a ella se le ocurrió que ya que teníamos masa de sobra, iba a intentar por enésima vez preparar las sabrosas galletas que hicieran famosa a su abuela por todos los pueblos de la Ribera del Órbigo. Galletas que su abuela enseñó a hacer a su hija, que esta con igual maestría aprendió a hacer, y con el mismo cariño y mimo enseñó a su hija querida, que es mi amada esposa. Pero por alguna extraña razón jamás conseguía que ni de lejos sus galletas se parecieran a las que hiciera antaño su abuela y, todavía hoy, su octogenaria madre prepara y saboreo al menos una vez al año. Esta incapacidad de mi amada para hacer las famosas galletas produjo en ella un serio trauma que no pocas veces la hizo llorar desconsolada. Sin embargo, su tenacidad y fuerza de voluntad la llevaban a intentarlo en cuanto las circunstancias, el tiempo y su ánimo se lo permitían. Y así llegamos otra vez a aquel domingo por la mañana.

Mi amada que amasa. Mi amada que corta y da forma de personas a las galletitas. Mi amada que sonríe y me besa, feliz ante su convencimiento de que esta vez logrará su objetivo. Mi amada que dibuja en las personitas de galleta los ojos y la boca con un pequeño punzón. Mi amada que coloca cuidadosamente las galletas sobre una bandeja metálica, las introduce en el horno precalentado a doscientos veinte grados y a esperar apenas quince minutos, me dice. Qué maravillosos quince minutos. Pocas veces la vi tan feliz, radiante y ligera, tan suave, húmeda y tierna. La alarma del horno nos avisó de que los quince minutos habían pasado. Se bajó de mí, enfundó sus manos en sendos guantes y abrió el horno. Un delicioso olor inundó la cocina. Sacó la bandeja y la depositó sobre la mesa de la cocina. Los dos nos quedamos en silencio contemplando las galletas. Éramos como dos niños retrasando el momento de disfrutar de los regalos de Navidad. En un instante el silencio se rompió cuando con la voz más dulce y amorosa me dijo: <<Prueba una, sólo una y dime qué tal están>>. En ese mismo instante todo mi mundo perdió el color. Fui consciente del tiempo transcurrido, de lo transcendente de la ocasión, de lo dramático de mi situación. Debía decirle la verdad, mi amada no es estúpida y además probaría las galletas después. Si mentía, no me lo perdonaría porque quizá no seamos la pareja perfecta, pero la sinceridad siempre ha sido el eje de nuestra relación y si faltara yo a ese principio básico de nuestro amor ella jamás me lo perdonaría. Y ahí estaba yo, mirando aterrorizado la caliente bandeja depositaria de mi inminente destino. Y ella que insiste: <<Coge una galleta, amor, que ya no queman y calentitas están mejor>>. Y allá voy yo con mi mano derecha describiendo una lenta y exagerada parábola queriendo aparentar humor, cuando lo cierto era que el más pavoroso miedo punzaba en mi estómago. Y alcanzan los dedos la tostada galleta. Y la miro y soplo y resoplo. Y la muerdo.

Y me mira ansiosa esperando mi reacción y yo… El mundo otra vez se ilumina con todo su color, pues la galleta es deliciosa, tanto como las que hacía su abuela y su madre, quizá más, y así se lo digo. Pero ella no se fía del todo. No es que desconfíe de mi sinceridad, más bien es falta de confianza en sí misma lo que la hace torcer el gesto. Por eso le digo: <<Coge una y compruébalo tú misma>>, y así lo hizo. Sus ojos se abrieron en amplia sonrisa. Jamás la vi tan bella como en aquel instante, nunca fui más feliz que contemplando el gozo de su boca entreabierta intentando retener, entre risas, las migas que saltaban por doquier. Y cogí su mano en mi diestra. Y besé su boca llena mientras con la izquierda así otra galleta y… mi mano vi atravesada y clavada en la mesa por el certero punzón. <<¡Sólo una!  —gritó— <¡siempre lo tienes que estropear todo!>>. Esas fueron sus palabras entre lágrimas desesperadas. Salió de la cocina dando un portazo y dejándome a mí allí sin poder dejar de mirar cómo salía por debajo de mi mano un riachuelo de sangre y sin ser capaz de asir con la derecha el punzón y extraerlo, sin poder gritar, ni siquiera hablar. La verdad es que estaba acojonado.

Ilustración de Rafa Mir

No estoy muy seguro de cuánto tiempo me quedé en ese estado catatónico, pero sí recuerdo que salí del trance en el momento en que ella sacó de un tirón el maldito punzón. Después le pedí a mi amada que me llevara al hospital, que la mano tenía muy mala pinta y me dolía un horror. Pero ella me dijo que no era para tanto y que moviera los dedos para comprobar si estaba dañado algún hueso o tendón. Con la cabeza le dije varios veces que no, pero ella insistió y me dijo que no me llevaría al hospital hasta que no hiciera lo que me mandaba. Ante su insistencia y que el ensangrentado punzón continuaba sobre la mesa hice lo que me indicaba y moví lentamente dedo a dedo experimentando uno de los mayores dolores que he tenido en toda mi vida. Entonces ella me dijo: <<Ves, los mueves perfectamente así que no hace falta que vayas al hospital. Con un buen vendaje en unos días estarás perfectamente>>. Y la verdad es que tuvo razón.

Creo que este incidente ya lo he explicado con suficiente detalle, tan sólo añadir que sus cuidados fueron tan esmerados que no me quedó ninguna secuela aparte de un pequeño agujero que me impide en los días de sol hacer ese gesto tan socorrido de taparme con la mano la cara para que no me deslumbre el sol.

No quiero entretenerme en este suceso con más palabras que no aportan nada y me distraen de relatar la verdad de lo que pasó. Es necesario que lo cuente, ella lo necesita y todos deben darse cuenta de lo mucho que nos hemos amado, del sincero y entregado acompañamiento que nos hemos dado. Tienen que comprender que, como muchas otras parejas, yo diría incluso todas, hemos tenido nuestros momentos de gloria y tiempos de tristeza y melancolía, pero siempre hemos estado juntos sorteando las adversidades del destino o los accidentes del camino han puesto en el devenir de nuestra vida en común.

Pero me queda poco tiempo. Me doy cuenta de que me cuesta largo tiempo y mucho esfuerzo pensar con claridad, los recuerdos parecen desdibujarse como si mi memoria se deslizara por una blanca colina cada vez a más velocidad y mis más lejanos recuerdos se alejaran tirando a su vez de los contiguos y deformando estos también, y así ininterrumpidamente hasta mis recuerdos más cercanos, que ya noto como son estirados por los bordes, desfigurando su apariencia hasta casi no ser reconocibles. Me saltaré por esta causa el hacer referencia al motivo y circunstancias de mis otras lesiones corporales y me centraré en la última, causante de mi penosa posición actual, y la equívoca e injusta, a todas luces, situación de mi amada esposa.

Hoy exactamente hace tres meses. Noventa días de amor apacible, compartido y entregado. Hoy mi amada ha tenido un día complicado en el trabajo. Me di cuenta en cuanto entró por la puerta de casa. Su gesto serio, la camisa empapada en sudor y ni un rápido “hola” antes de cerrar de un portazo la puerta de casa y precipitarse directamente al cuarto de baño. Ya sé que no hace falta ser un prodigioso entendido en psicología femenina para que con esos detalles llegue uno a la conclusión de que no estaba de buen humor. Pero tengan en cuenta que hacía ya varios días que notaba el irremediable y periódico cambio de humor de mi amada y que los nervios y el miedo ante esa certidumbre me abotargaban los sentidos. El caso es que me quedé sentado en el sofá con más miedo que vergüenza por lo que podría suceder en los siguientes minutos.

Si habitualmente sus explosiones de ira eran imprevistas o inmediatamente después de momentos de placidez y sosiego, la idea de que pudiera coincidir el final del trimestre con un día de esos malos que todos de vez en cuando tenemos, me hacía temer el peor de los resultados posibles y mi natural instinto de conservación, que no la falta de valor, me hizo ovillarme bajo una manta protectora, después de sigilosamente apagar la televisión, bajar la intensidad de la iluminación y colocar en su viejo y querido magnetofón un disco con el Adagio de Albinoni. Echada ya la suerte, esperé un indicio que me permitiera salir de mi refugio.

Puede parecer en una primera impresión, que no ha lugar a justificación alguna o explicación racional que permita entender por qué mi amada esposa no detuvo el coche cuando mis indicaciones así se lo decían a viva voz y con evidentes aspavientos con los brazos. Y que después de romperme las dos piernas por el impacto sorpresivo del parachoques del vehículo y al oír mis gritos angustiados, ella frenara y alejara el vehículo de mí, liberando así las fracturadas rótulas de la presión de nuestro nuevo y flamante monovolumen. Después de esto, al no poder mis quebrantadas piernas soportar el peso de mi cuerpo, me caí como un fardo sobre la acera, con tan mala suerte que… Sé que parece todavía  más difícil de explicar lo que sucedió después, pero haré entender lo imposible, haré comprender las circunstancias que en horrible combinación provocaron que mi amada esposa fuera capaz de volver a meter la marcha atrás y arremeter contra mí. Esta vez fue el pecho lo que quedó a la altura del resistente parachoques trasero y fue en definitiva el culpable de las graves lesiones que me condujeron a ser trasladado con urgencia al hospital más cercano.

Qué fácil es escuchar esto desde una posición de superioridad moral, como si nunca nosotros hubiéramos cometido ningún error. Y sí, fue un simple error ayudado por la mala suerte y mi poco tacto. Quizá haya alguien que diga: «¡Imposible!, ¿cómo van a ser un error la concatenación de hechos tan clara y brevemente expuestos?». Pues puedo hacerlo y lo haré, simplemente teniendo un poco de empatía, una pizca de modestia y bajando de la columna de mármol donde nos solemos subir para juzgar a los demás cuando en verdad lo que queremos es que el mundo vea lo justos y decentes que somos. ¡Puro cinismo, falsedad y autosuficiencia!

A lo largo de este relato creo que he explicado suficientemente los arrebatos de ira incontrolada de mi amada, y que estos se producen con una casi perfecta regularidad temporal. También he dado cuenta de algunos de los sucedidos a los que me he enfrentado durante esas explosiones incontroladas de cólera de la que, excepto en estas contadas ocasiones, es la mujer más cariñosa y entregada que jamás un hombre pudo abrazar. Cualquiera medianamente inteligente, sensato y con un mínimo de capacidad analítico-crítica se habrá percatado de mi incapacidad no sólo de prever de forma fehaciente cuándo van a surgir esos estados coléricos sino, y lo que es más grave, mi nula capacidad para desarrollar una táctica, por no decir un tratamiento adecuado para desactivar o al menos mitigar en gran medida la incontrolable irascibilidad de mi amada. Además, mi grado de culpa e incompetencia resulta intolerable a sabiendas de que he tenido quince largos años para aprender de mis errores

Me estoy dispersando un poco. Me cuesta concentrarme con ese sonido metálico que no me puedo sacar de la cabeza y este acogedor frío que me abraza. Pero tengo que centrarme y acabar de contar esta historia de amor.

Creo haber dejado la historia a medio contar, con mi amada en el cuarto de baño y yo acurrucado:

Después de una serie de sonidos y golpes que creí reconocer como sus zapatos azotados contra la puerta, el grifo de la bañera y las lágrimas de mi amada, no aguanto más tapado en el sofá y me decido a entrar. Abro la puerta y lentamente mis pasos me guían hasta la mujer amada que, ensimismada en su llanto, no se percata de mi presencia y sigue abrazada a sus rodillas. Aparto la niebla con la mano y un beso nunca olvidado se me escapa de los labios. Se me escapa de los labios y se queda prendido en los suyos que tiemblan y ruegan ayuda sin hablar.

Y le digo que la quiero sin dejar de besar.

Y le digo que jamás la dejaré de amar, que nunca nunca nunca me cansaré de besar.

Ella se ríe con esa sonrisa que solo sus labios pueden dibujar mientras alguna lágrima olvidada se desprende sin mirar y yo la bebo porque sabe a mar, a amor y a verdad. Lavo su pelo y froto su espalda, las piernas también lavo y me entretengo separando, mordiendo y estirando cada dedo. Y se nos va el amor del cuerpo. Después, rítmicas olas de espuma blanca, besos y amor desbordado.

Nunca he sido más feliz. Nunca he sido tan feliz como esa tarde de invierno en que de la bañera nos fuimos al suelo y de ahí a la cama. Sólo fue un momento, el instante más bello, y luego me dijo un montón de mentiras sin cuento. Que si a los cuarenta estoy más bueno que a los treinta y que si sigo así a los cincuenta volveré locas a las quinceañeras. Que si me ama como jamás creyó que se pudiera amar y si hasta parezco más alto, más fuerte y hasta parece que me ha crecido esa parte de mí que… Miente y se ríe, y yo no la paro de besar. Me dice que está agotada, que no puede más y que necesita dormir un poco. <<Léeme un cuento>>, me pide. Y se lo leo.

Se quedó dormida apenas transcurrieron dos minutos, pero no paré de leer porque sé que la cabrea mucho que no termine lo que empiezo aunque ella no lo esté escuchando, y bien que hice porque fue pronunciar la palabra fin y que ella abriera los ojos.

Me dice entonces que estaría bien ir a un bonito sitio a cenar, que le han hablado de un sitio nuevo y que me va a llevar allí.

Conduce el coche hasta el centro de la ciudad y pasamos tres veces por delante del famoso restaurante porque es imposible aparcar en los alrededores. A la cuarta ocasión veo un hueco entre dos enormes todoterrenos que llevan una estrella en el frontal y le digo: <<Ahí  puedes aparcar. date prisa antes de que alguien se adelante y nos lo quite>>. Pero ella no lo ve claro, dice que es muy estrecho y que nuestro monovolumen no entra ahí ni de casualidad. Pero yo insisto y para convencerla le explico que yo saldré antes del coche para guiar su maniobra. Ella acepta intentarlo.

Me coloco primero enfrente del coche para que ella me pueda mirar directamente y yo poder ver los laterales del vehículo, pues es la maniobra más delicada librar las esquinas de los parachoques de los dos lujosos todoterrenos. Comienza la maniobra, mete la marcha atrás y yo la voy guiando lo mejor que puedo: que si un poco a la derecha, gira un poco el volante a tú izquierda, no mi izquierda, vamos para allá y ahora despacio hacia atrás y… ¡Crash! El piloto trasero izquierdo se ha roto al chocar contra las defensas cromadas de uno de los coches. Le digo que no se preocupe, que no ha sido nada, que lo vamos a volver a intentar. De nuevo desde delante la guío, pero ella está cada vez más nerviosa y cuando parece que ya entra, que está a punto de encajar… ¡Crac! Esta vez ha sido la puerta trasera derecha la que se ha abollado al impactar contra el parachoques del otro todoterreno. Y ella no me habla, aprieta el volante como si lo fuera a doblar e intento calmarla diciendo que eso no es nada, que ese bollo se quita con un par de golpes y ya está. Decido entonces colocarme detrás para guiarla mejor, y le digo que avance un poco hacia adelante y luego dé marcha atrás. La verdad es que me obedeció a la primera. En cuanto le dije que metiera la marcha atrás y retrocediera lo hizo inmediatamente y a tanta velocidad que no me dio tiempo a decir nada más. Qué mala suerte tuvo porque encajó a la perfección. Lo malo es que no paró hasta que el parachoques trasero chocó contra la pared del restaurante y justo delante de donde estaba yo.

El resto de lo que pasó ya lo conté anteriormente, tan sólo añadir que por si no ha quedado todavía lo suficientemente claro es que fue un accidente, y sólo a la impresión y al miedo se explica que mi amada esposa se fuera sin mirar atrás dejándome sobre la blanca, fría y acogedora nieve.

Fin

Juan Ramón Lorenzana

Ladrón de sangre fría

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Género: Microrrelato

Rating: + 18

Este relato es propiedad de Sergio Pastrana. La ilustración es propiedad de Daniel Camargo. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Ladrón de sangre fría.

Ilustración de Daniel Camargo

La nevada era intensa y allí estábamos tirados sobre la nieve, yo y la sangre que escapaba de mi cuerpo, y quizás os preguntaréis cómo llegué a esta situación. Pues os lo contaré mientras las fuerzas me aguanten.

El día empezó como casi todos los de mi vida en estos últimos años. Me preparé una tostada con paté de jamón y un té negro, me di una ducha porque ante todo uno debe salir limpio a la calle para no molestar a la gente con malos olores corporales. Elegí la ropa que ponerme, algo cómodo que me permitiera moverme fácilmente y preparé mi equipo de trabajo, una riñonera, una navaja automática y una sonrisa pícara que demuestra que me encanta mi trabajo.

Sin pensarlo más salí a la calle y me dirigí a la parada de metro más cercana. Allí esperando al tren de la línea uno había una chica que era mi tipo: pelirroja, buen cuerpo y un bolso grande. Sin duda, a ella acudirían los salidos en busca de roce y junto a ellos estaría yo con mis ágiles dedos para dejarle un mal recuerdo de esa experiencia, sobre todo cuando haya tenido que pagar algo.

Diez minutos de trayecto en los que mi pronóstico se cumplió y con creces, la cartera de la chica y dos de los salidos.

Decidí no seguir en el metro y aproveché que aquella parada daba a una zona turística para ejercer varias de mis técnicas de trabajo. Al salir por la boca de metro una ráfaga fría traspasó mi cuerpo y al elevar la vista vi cómo los primeros copos de nieve caían de un cielo que se había oscurecido muy rápido. Sin duda eso iba a dificultar mi trabajo.

La nevada empezaba a arreciar cuando vi a mi siguiente “cliente”, un joven delgado con ropa cara y claramente más previsor que yo, pues llevaba puesto un chaquetón de plumas. Él se encaminaba hacia un callejón y yo iba detrás. Llamé su atención pidiéndole ayuda. Él, confiado, se acercó y empezó a explicarme cómo se llegaba a la dirección por la que le había preguntado. En un momento mientras explicaba se giró para reforzar sus indicaciones, y ese fue el momento que yo aproveché para sacar la navaja y ponérsela en el cuello. Le pedí su cartera, su móvil y su chaquetón porque la nevada se estaba convirtiendo en ventisca y después le indiqué que corriera si no quería quedarse allí tirado para siempre. Qué irónico que ahora yo esté en esa situación.

El individuo corrió como alma que lleva el diablo, yo por el contrario me lo tomé con calma. Me puse el chaquetón y revisé la cartera. Me quedé solo con el dinero, bueno, y con un preservativo. Quién sabía qué podía deparar el día. Quité la tarjeta al móvil y la tiré sobre la cada vez más blanca calle, tras lo cual me encaminé de nuevo por la vía principal en busca de una nueva víctima.

La tarea era cada vez más complicada pues el temporal arreciaba. La nevada se estaba convirtiendo en ventisca y cada vez era menos y más difícil de ver la gente por la calle, aunque claro, eso también facilitaba hacer cambiar de dueño las posesiones de aquellos a los que encontrara.

A unos doscientos metros vislumbré una silueta y me dirigí hacia ella. Caminar ya no era tan fácil como antes, pues los pies comenzaban a enterrarse en la nieve, pero ella estaba allí, inmóvil, quizás esperaba a alguien. Era una mujer esbelta pero no delgada, el cabello moreno movido por el aire le tapaba la cara. Apenas me separaban de ella diez metros cuando giró la cabeza y sonrió. Era una sonrisa increíble, casi parecía que había salido el sol. Nada hacía presagiar lo que sucedió a continuación.

Giró el resto de su cuerpo y me preguntó:

—¿Aún tienes la cartera de mi amiga?

Yo quedé sorprendido sin saber qué decir. Ella continuó:

—Sí, una pelirroja esta mañana en el metro.

La situación comenzaba a asustarme. ¿Quizás ella me vio o su amiga me identificó? Era imposible, así que decidí negarlo de pleno.

Al hacerlo su sonrisa desapareció, su mirada se volvió perforante y empezó a caminar hacia mí. Me apetecía huir, pero mis piernas no respondían. Ella metió la mano bajo su chaqueta a su espalda y sacó una daga grande, casi una espada, y sin mediar palabra la clavó bajo mis costillas. Noté cómo la giraba y me desgarraba por dentro y cómo la sacaba tirando brutalmente de mi carne. El dolor fue indescriptible. Ella me sujetó unos segundos mientras me decía:

—Es lo malo de robarle a las buenas personas, que a veces tienen un ángel de la guarda como yo.

Después me soltó, y yo caí sin resistencia alguna sobre la nieve, justo en la postura en la que estoy ahora esperando, mientras me cubre la nieve, a que me falte sangre suficiente como para morir.

Sergio Pastrana

El Señor del Miedo

Autor@: 

Corrector@: 

Género: Melancolía/Microrrelato

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Axel A. Giaroli. Quedan reservados todos los derechos de autor.

El Señor del Miedo.

Un sol seco y anaranjado recortaba un horizonte lleno de quietud. Bajo este, como si fuera en una pintura de trazo borroso, y desarrollada por la mano de una mente insana, se mecían hectáreas de espigas de maíz amarillentas y enfermizas. Apenas puedo oír unos graznidos en la lejanía, perdiéndose en el maizal, más allá de cualquier tipo de atisbo de humanidad, calor y amor posible. Y eso, cuando tengo suerte. Por norma es el silencio el que es soberano en aquellas tierras que me castigaban con la eterna soledad. Es un cuadro que siempre veo en otoño, condenado a observar, callar, esperar…

Sin duda, soy un maestro en mi arte. Y mi maestría sólo es superada por la pena que me produce el ejercerla. El desprecio que siento ante este, el… odio que termina embargándome.

Nadie merece ser el mejor en lo que más desprecia…

Pero no hay seres a los que culpar, el amo simplemente se limitó a crear un instrumento que pudiera servirle. Y en el proceso, le dio todo lo que era necesario para su ejercicio: tengo piernas largas y grotescas para aparentar una altura amenazante, brazos delgados que apenas pueden sujetar un oxidado tridente para mi ejercicio, un mono viejo, decrépito y desgarrado que simboliza mi condición de espuria y contranatura, y también, un rostro anaranjado y monstruoso con el que siempre consigo cumplir con mi labor.

No soy más que la parodia de un hombre, un monigote clavado eternamente para una única función: el guardián del maizal, el Señor del Miedo…

Es trágico, pues siempre he querido conocer a los pájaros que tanto se afanan a alejarse de mí: «No te acerques a él; es el Señor del Miedo. Si lo haces, tu sangre ayudará a limpiar las capas de oxido que se acumula en las puntas de su fisga».

Eso me convierte en el mejor en lo mío, pero me condena a una soledad eterna…

Axel A. Giaroli

28/10/17

El Miedo

Autor@: 

Corrector@: 

Género: Drama

Rating: + 18

Este relato es propiedad de Juan Ramón Lorenzana. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Continuación de “Aragecko”

El Miedo.

Sentada tras mi mesa me sorprendo llorando una vez más. Yo antes nunca lloraba y ahora… ahora cualquier contrariedad inunda mis ojos que, sin poder evitarlo, dejan que las lágrimas se suiciden torpemente deslizándose por las mejillas hasta la boca para luego, tras una breve duda, desprenderse en caída mortal hasta el suelo. Y ahora me da por reírme, y llorar y reírme a la vez, al recordar cómo nos divertía a Nerea y mí aquel anuncio. No recuerdo qué pretendían vender, pero sentadas en aquel sofá de nuestro primer año juntas donde abrazadas bajo una protectora manta hablábamos, tomábamos café, veíamos la tele y aquel anuncio en la televisión. Un chico feísimo escuchaba música romántica, de esa que a todos nos gusta pero que casi nadie es capaz de reconocerlo públicamente, y el chico feísimo estaba de un triste y un melancólico que daba pena. En eso que ve —no recuerdo bien si era una mariquita o un escarabajo pelotero— cómo el escarabajo mariquita se tropieza y acaba patas arriba, incapaz el pobre, por más que lo intenta, de darse la vuelta. El encantador feo que lo observa en su accidentado caminar se echa a llorar desconsoladamente. Toda esta triste historia sucede en apenas veinte segundos mientras suenan de fondo las más empalagosas y maravillosas canciones de amor para acompañar el incesante lagrimeo de aquel maravilloso feo. Recuerdo que Nerea lloraba siempre con ese anuncio. Y yo me reía y bebía sus lágrimas, lamía sus ojos y ella lloraba y gemía. Comía su boca y su nariz. Sus orejas eran mías al igual que sus gemidos, que ya no eran de pena sino de amor y gozo. Pero ahora soy yo la que no puede parar de llorar, nadie besa mis lágrimas, nadie lame mis heridas. No puedo parar de llorar, no puedo parar de llorar.

Alguien se acerca, oigo pasos pesados por el casi siempre silencioso pasillo que conduce a la sala de autopsias, justo antes está mi despacho. Alguien se detiene ante mi puerta y saca un cigarrillo y lo enciende. ¡Será imbécil! ¿No sabe que no se puede fumar aquí? Solo puede ser el idiota del teniente Linares. Solo él viene aquí a recoger los informes forenses, es inútil que le diga una y otra vez que se los enviaré por intranet a su despacho. Es el último de una especie en extinción y me ha tenido que tocar a mí soportar su patético final. ¡Pero no se dará cuenta de que el cristal esmerilado que no deja ver el interior permite desde mi posición ver claramente el perfil desdibujado de su desdichado cuerpo! ¿Y este dicen que fue uno de los mejores? Sería hace mucho tiempo, mucho antes de que el alcohol que ahora ya rezuma por sus poros hiciera de él el ridículo monigote que es ahora. ¿Y este es el encargado de encontrar al asesino de la hermosa muchacha que descansa en la nevera? Pero si este hace años que no es capaz de encontrarse el pene dentro de su bragueta. Como no se tropiece de morros con el asesino y este no se entregue voluntariamente, la justicia se puede ir dando por violada, apaleada y tirada a la cloaca una vez más. Y otro asesino que podrá respirar tranquilo y otra chica que, tarde o temprano, caerá bajo sus zarpas.

Solo se decide a entrar cuando por fin termina el maldito cigarrillo y lo tira al suelo. ¡Se creerá que esto es uno de esos prostíbulos que frecuenta! Me saluda sin mirarme y me pide el informe de la chica muerta, y una vez más le digo que se lo he enviado a su correo electrónico. Su única respuesta es quedarse como atontado mirándome con la boca entreabierta en una mueca que podría ser una sonrisa. Por un instante se instala en mi cerebro la idea de que el teniente podría encajar con el perfil tipo de un asesino de mujeres. Como un calambre recorriendo mi columna vertebral el miedo alcanza mi razón. Solo se disipa cuando en sus ojos creo ver la mirada triste de un niño que lleva mucho tiempo enfermo, de un niño que ya ha visto la muerte. ¡Qué tonta soy! Mi ansiedad, el estrés y quizá la depresión me hacen pasar sin pausa ni transición lógica de la alegría al miedo, seguido de la rabia y después a la tristeza. Sin duda esos ojos enrojecidos y húmedos del teniente son culpa del poco dormir y del mucho beber, o del tabaco, o de un puto glaucoma, ¡yo que sé! Solo quiero que se vaya y me deje aquí, sola, regodeándome en mi dolor, es solo mío y me hace mucha compañía. Es lo único que me queda de Nerea. Nerea, ¿dónde estás?

Se va como vino, arrastrando los pies y algo mucho más pesado que no alcanzo a ver.

Me voy a casa. El día ha sido muy duro y todavía me queda saber si al abrir la puerta la encontraré, como otras veces, sonriendo y preparando algo para comer. Contando historias de gente que no conozco y que ella habrá conocido la noche anterior, aunque ya sean superamigas y… y tanto hablar para no decir por qué otra vez desapareció sin avisar para luego volver como si nada hubiera ocurrido, como si hiciera apenas cinco minutos que nos hubiéramos visto. Pero esta vez no, esta vez no le rogaré que me diga a dónde ha ido, qué ha hecho o por qué no me ha avisado de su partida. Esta vez no se arreglará todo jurándome amor eterno y con un muy bien ensayado arrepentimiento. Me lo ha hecho ya tantas veces.  Pero esta vez no.

Giro la llave con miedo, me tiembla la mano y me juramento para no llorar, sobre todo para no llorar. ¡Pase lo que pase no pienso llorar! Si ha vuelto como si no, debo poner fin a esta agonía. Si la casa está vacía, así se quedará, me iré para nunca regresar. Sacaré mis cosas, apenas un par de maletas serán suficientes, entregaré las llaves a la propietaria y que se quede con la fianza si Nerea no vuelve o no se hace cargo del alquiler. Que ya está bien de que no se responsabilice de nada, y eso también es culpa mía. Yo me hacía cargo de todo porque ella se calificaba a sí misma como un alma libre y esas cosas de las facturas, las obligaciones y horarios eran cosas de las personas que se arrastran por la vida. Ella aspira a tocar el cielo con los dedos, a volar libre entre las nubes. Pues que viva, coma y duerma entre ellas si no es capaz de pagar el alquiler, que de mí ya no sacará nada más. Y si está… Si está, debo ser fuerte y decirle sin tapujos que lo nuestro se acabó, que nuestras vidas desde hace tiempo siguen rumbos diferentes, que ella es como es, que yo soy como soy, que el tiempo, la vida, no sé, pero… ante todo no debo llorar.

El pasillo está a oscuras pero no enciendo la luz, no quiero ver mi reflejo en los espejos y que la soledad pueda asomar su cabeza por encima de mi hombro enseñando su burlona sonrisa. Nada en el salón, ni en la cocina. En el cuarto de baño está todo igual que lo dejé esta mañana.

En el cuarto de baño ya no puedo más. No puedo evitar mirarme en el espejo y llorar. Sé a ciencia cierta que lloraré ya para siempre, que jamás mis lágrimas se acabarán, que… Me doy mucha pena, mucha pena, y ya no lloro por ella, lloro por mí, por aquella niña que un día fui y que quería ser feliz. Lloro por esa niña que creía que ser feliz era tan fácil como respirar, que solo había que vivir y dejar que ese amor que fluye por doquier se pegara a la piel y entonces se filtraría por los poros hasta llegar al flujo sanguíneo y de allí se distribuiría por músculos, huesos y órganos que disfrutarían de ese néctar de placer y reaccionarían gustosos al amor y… Yo era una niña, era una niña feliz.

Y ante el espejo una mujer que no puede dejar de llorar, que no dejará jamás de llorar. Una mujer que se desnuda y su cuerpo le da pena. ¡Me recuerda tanto al de la chica muerte!

¡Por qué no estaré muerta, bien muerta y enterrada! Quiero mor… Un ruido, y seguidamente mi visión periférica detecta un movimiento en la puerta del cuarto de baño. Me invade primero el miedo, luego la sorpresa que, inmediatamente, se difumina para dejar más espacio, pues todo el cuarto de baño no es suficiente para albergar tanto odio a punto de estallar.

En casa de Elena

Llueve y hace frío. No recuerdo la última vez que hizo sol en esta maldita ciudad. Quizás ayer, o tal vez no. Me he ido de la comisaría sin pasar por el despacho del Hijoputa. Esta vez no lo he hecho a posta, lo que pasa es que tengo que hacer algo urgente.

Ante un antiguo edificio del centro de la ciudad me detengo absorto. Está lleno de luz, de mármol, de acero inoxidable. Dos escaleras a derecha e izquierda parecen abrazar a un ascensor de los de antes, de esos que tenían rejas correderas y se podía ver el nervio del que pende su ser. Es un antiguo edificio restaurado y abrillantado para los ricos de siempre y los que no siendo de siempre ahora sí pueden y quieren recuperar el tiempo y perder la memoria. Un portero con su disfraz de portero y con aires de capitán general de todos los ejércitos me indica con gestos tan inequívocos como despreciativos que no soy bien recibido aquí. Al enseñarle mi placa sufre una inmediata transformación, no solo en su actitud gestual y en su lenguaje, que podría ser entendible, sino que muta incluso su anatomía. De inmediato, el largo y estirado servidor de sus amos se encorva, los hombros se le caen pareciendo que con las manos podría incluso tocarse los tobillos. Los ojos parecen hundirse y humedecerse, una sonrisa apenas perceptible esconde torpemente unos dientes pequeños y afilados diseñados para roer secretos. Me abre la puerta recitando una cansina y falsa retahíla de disculpas mezcladas con halagos y referencias al tiempo tan horroroso que hace hoy que <<me ha impedido reconocerle empañados como están los cristales de la portería>>. La verdad es que estoy mucho peor que cuando le detuve la primera vez. Han pasado diez, quizás quince años, y la verdad es que parezco un pordiosero buscando un lugar seco y caliente donde pasar la noche. Él ha prosperado, en cambio, yo soy un hombre en derribo, pero como no desaparezca de su cara esa estúpida sonrisa le voy a hostiar aquí mismo.

Fredi, que así se llama el portero, aunque aquí, según dice él, todo el mundo le llama don Alfredo, me invita a pasar al exiguo apartamento al que se accede directamente por una puerta detrás del mostrador de su portería. Nos tomamos unas copas y empieza a relajarse. Le pregunto por Esther y su novia, y su envenenada lengua se desliza alegre en la ensalivada boca. Me cuenta lo que sabe con el estilo que yo recordaba en él, con todo lujo de detalles, unos irrelevantes, otros curiosos y todos aderezados con rumores, insinuaciones y mucha mala baba. Me despido de él con la promesa de volver a hacerle una pronta visita y me dirijo al piso donde viven Esther y Nerea. Fredi hace mil y una reverencias acompañadas de palabras que cuentan mentiras sobre lo mucho que le apetecería volver a hablar conmigo, que esperará ansioso una nueva visita y lo encantadísimo que está de poder ayudar a la policía en todo lo que pueda. Solo sus dientes, asomando entre sus grises labios, desvelan sus deseos de rata.

Tercera planta, letra C. La puerta entreabierta y las luces apagadas. ¡Aquí pasa algo! No pierdo más el tiempo y entro empuñando mi arma. Primero un pequeño recibidor que da acceso a un largo pasillo. A derecha e izquierda puertas y cuando voy a entrar en la primera me sobresalta un grito roto que llega desde el fondo de aquel oscuro pasillo. Lo recorre en apenas tres segundos y me sobra uno para imaginarme a Esther siendo atacada por algún degenerado hijo de puta que pretende violarla, y entonces yo que le pego un certero tiro y Esther que me abraza, que me mira agradecida y me besa y… Llego hasta un dormitorio iluminado solamente por la luz que se escapa por otra puerta situada a mi izquierda. No escucho nada y amartillo el arma. Después un llanto ahogado de mujer. Al asomarme a la habitación puedo ver… Está desnuda, de rodillas en el cuarto de baño con la cara escondida entre las manos, llorando sin consuelo y llena de frío y miedo. Ella se da cuenta de mi presencia y me mira.

Me escupe y me grita. No tiene pudor o tal vez no se ha dado cuenta de que está desnuda. No sé exactamente lo que me dice porque solo escucho un eco lejano y mi corazón galopando a punto de reventar. El estrés de entrar en una casa empuñando un arma y el ver a Esther llorando arrodillada en el baño me ha agitado sobremanera el corazón. El ruido de mi cabeza empieza a desaparecer, el corazón poco a poco se tranquiliza —hoy no me moriré de un infarto, mañana quizá tenga más suerte—. Escucho ahora algo parecido a <<cerdo degenerado de mierda>> y luego Esther, que mira de soslayo a su izquierda como intentando que yo no me dé cuenta de algo. No sé lo que pretende o ha visto, pero su mirada ha cambiado. Creo que debería decirle lo que hago en su casa o al menos decir algo, lo que sea, pero no me salen las palabras. Ahora la rabia bañada en lágrimas se ha transformado en ojos ardientes, en decisión asesina. Se abalanza sobre sus ropas tiradas en el suelo junto al retrete y coge su arma.

Me apunta. Ahora oigo perfectamente como dice: <<Te voy a matar, hijo de puta>>. No reacciono, estoy demasiado ocupado soñando con morir entre sus manos. Me parece un bonito final. Ya que nunca anidará su pecho entre mis brazos estaría bien morir a manos de ella, que sean sus ojos lo último que vean los míos, que sea su cuerpo mi último recuerdo y luego… se me escapa sin querer un <<yo no soy tu enemigo>>. Para luego decir muy despacio, mientras tiembla su revólver, la mano y el dedo en el gatillo: <<Busco a tu novia. Ella conocía a la chica muerta>>.

Buscando a Nerea

Esta pena me oprime el alma, me aplasta contra el suelo y apenas me deja respirar. Nerea ha desaparecido y me sorprendo suplicando a Dios que se haya ido con alguna chica con la que se haya encaprichado. Pero no puedo evitar que me invada una terrible certeza: <<Estoy convencida de que Nerea está muerta>>.

He intentado matar al teniente Linares y después me he pasado la noche hablando con él. Me ha dicho que, al parecer, Nerea estaba matriculada en un curso de poesía española al que también asistía la chica a la que he hecho la autopsia esta mañana. Yo sabía, le dije, que su penúltima vocación había sido la de ser escritora, aunque más bien dirigido hacia el guion de películas y series de televisión. <<Lo mío es el mundo del espectáculo>>, me dijo aquella vez. Pero ya para entonces yo sabía que esa última afición se terminaría en cuanto la chica que ahora era el centro de sus desvelos se dejara amar o rechazara sus proposiciones. Entonces, tanto en un caso como en el otro, pronto el hastío anidaría en su corazón, a este le seguiría el desánimo y el remordimiento hasta que nuevamente una sonrisa, unas piernas o un buen par de tetas la hicieran creer que se abre para ella un mundo nuevo lleno de posibilidades puestas ahí, por no se sabe quién, para que alguien como ella, valiente y sin prejuicios ni ataduras, lo coja y sea completamente feliz. Y se lo cree una y otra vez.

Esta noche hablé con el teniente Linares y me sentí bien. Yo con tanta pena y sin embargo me reconfortaba ver en sus ojos una tristeza tan inabarcable. Está acabado y lo sabe, pero su final llegó hace mucho tiempo, no sé cuándo, no sé cómo, probablemente ni él lo recuerde. Pero su maltrecho cuerpo sigue a duras penas arrastrando su pesada sombra.

Me hace reír. Es extraño que me sienta tan cómoda con él. ¡Debo estar un poco trastornada! Demasiadas emociones y ni un minuto de sueño han conseguido que hasta me parezca a ratos encantador y un poco infantil, como si dentro de ese corpachón embrutecido un niño luchara por salir a jugar.

Son las seis de la mañana y entro a trabajar a las ocho. Me despido del teniente después de darle las gracias por su ayuda y quedando con él al mediodía para tomar un café y que me cuente cómo van las investigaciones. Yo le he dicho todo lo que sé de Nerea, y me he sorprendido al darme cuenta de lo poco que la conozco. Trece años juntas y no rellenaría ni un folio con lo que sé de ella, pero me harían falta muchas hojas y aún más palabras para expresar todo lo que por ella siento.

Soy un viejo patético

Hubo un tiempo en que solo deseaba morir, aunque solo fuera para descansar. Ahora ni siquiera tengo esa ilusión, tan solo espero que sea con dolor, dolor breve pero intenso. Sí, no me he equivocado, quiero que el dolor acompañe mis últimos instantes, no quisiera irme sin darme cuenta de que todo se acabó, o que me queden dudas sobre lo bueno, justo y necesario que es que por fin llegue el final.

Me abrazó, después de querer matarme me abrazó. Me abrazó y, desnuda como estaba, me dijo entre apagados sollozos que desde hacía varios días no sabía nada de su novia. Escondida su cara en mi pecho, con mis brazos colgando como peces muertos sin saber qué hacer. Se dejó caer al suelo derrotada y entonces me arrodillé a su lado y la besé. No fue un beso lascivo en los labios ni uno de amigo en la frente tratando de consolarla. Fue uno…, fueron dos en sus rotos ojos tratando de beber su dolor y que este fuera mío y no suyo. Después… después se vistió y tomamos un café en la cocina y hablamos. Nos sorprendieron los primeros rayos del amanecer hablando ella de su novia y yo mintiendo sobre una que tuve hace ya un millón de años. La vi reír y fui feliz. Me gustaría morirme ya, pero primero tendré que encontrar al hijoputa que mató a esa chica y encontrar a la novia de Esther.

Son las diez de la mañana y nada más cruzar la puerta de la oficina uno de los lameculos del jefe me dice, como dictando una sentencia fatal: <<Deja todo lo que estés haciendo y sube al despacho del capitán Cantalapiedra>>.

Me recibe con una sonrisa llena de dientes perfectamente alineados de un blanco desagradablemente blanco. Me dice que me siente y luego me pregunta cómo va el caso del la chica. <<¿Qué chica?>>, le digo, y el muy gilipollas se echa a reír. Sé lo que pretende y estoy a punto de saltar sobre su mesa y partirle la cara de galán años cincuenta. Me aguanto. Me invita a sentarme y me siento. Me ofrece una copa y la acepto. Me dice que me eche un cigarrito y me lo fumo. Me cuenta que está recibiendo muchas presiones, que hay mucho interés en resolver este caso lo antes posible, que utilice a cuantos hombres necesite en esta investigación, que… bla, bla, bla. Y al final de toda esa palabrería me dice que confía plenamente en mi capacidad, que está a mi disposición para todo lo que necesite y que solo tengo que pedir el material o personal que considere oportuno y de inmediato se me concederá.

Salgo del despacho completamente alucinado. No solo no me ha echado del caso, sino que me apoya en todo lo que necesite. Me ha tratado como nunca, como a nadie, pero si hasta me ha dejado fumar en su despacho, ¡Él!, que es un puto integrista antitabaco. Y yo que nunca lo había visto tomarse una copa y, sin embargo, saca una botella de whisky y me invita a un trago. Pero si siempre me ha tratado con el mayor de los desprecios y ahora… ¡No me toques los cojones, esto no es normal!

Me doy media vuelta y abro la puerta del despacho del Hijoputa sin llamar, pero no está. Cuando me dispongo a irme oigo un leve ruido, como un quejido. Miro a mi alrededor, miro en el pasillo, pero nada y lo vuelvo a oír claramente. Esta vez me doy cuenta de la puerta ligeramente entreabierta que da acceso al aseo privado del capitán directamente desde su despacho. Algo me dice que tengo que mirar, pero podría perfectamente estar empujando alguna idea importante en su trono y entonces la situación sería un tanto incómoda, pero no sé por qué creo que ese no es el caso. Me asomo y lo veo de espaldas, con los pantalones y los calzoncillos por los tobillos. Dijera lo que dijera mi padre, no soy del todo imbécil, es evidente que se está haciendo una paja. ¡Será cabronazo! Igual es maricón y se ha excitado conmigo y, claro, tiene que desahogarse el muy hijo… Sobre el lavabo llama mi atención un pequeño bote transparente con tapa roja como esos donde te mandan mear para hacer un análisis. ¿Qué hay dentro? Me cuesta enfocar la mirada, estoy muy mayor pero <<es un cigarrillo>>. Se ha dado cuenta de mi presencia y se gira. En su mano derecha su pene marchito, en la izquierda otro bote transparente que gotea pesadamente. Él no dice nada. Yo tampoco.

Esto no es lo que parece

Que a mi edad y con cuarenta años en el Cuerpo tenga que escuchar de la boca de mi capitán la frase más estúpida que jamás se pudo inventar es demasiado. ¡Joder! Que nunca he sido muy listo y las neuronas que me quedan están esperando el desahucio, pero que me diga: <<Esto no es lo que parece>>. No, por ahí no paso.

Su cara es un verdadero drama de gestos inconexos: ahora palidece y luego parece intentar sonreír a la vez que un tic en la ceja parece querer dejar entrar más luz en unos ojos que no se creen lo que ven y que en cualquier momento se le van a caer de las cuencas. Disfruto de este instante con regocijo lascivo. Siempre que capturo sorpresivamente a uno de los malos su cara de estupor es mi mejor recompensa.

Cuando mejor lo estoy pasando se rehace, toma conciencia de quién es y dónde está. Calcula sus posibilidades y… comienza la negociación.

No quiero hacerme el listo a estas alturas, pero sabía que esto pasaría. La única duda es por dónde empezará.

Muy despacio deposita el bote con su esencia sobre el pequeño lavabo y se sube los pantalones. Me doy cuenta de que él también está calculando y analizando cuál será mi punto débil, con qué podrá sobornarme o amedrentarme. Seguro que empieza, ahora que tiene los pantalones en su sitio, a recordarme quien es Él y quién soy yo: joven y prometedor capitán de la Guardia Civil, hijo de un general del Cuerpo condecorado en no sé cuántas ocasiones, hasta por el mismísimo presidente del Gobierno y, antes que él, su abuelo fue como uña y mierda con el Caudillo de España. Y así, generación tras generación, la familia de este cabrón siempre ha ocupado generalatos, ya estuviéramos en república o monarquía, con gobiernos de derechas o de izquierdas, en guerra o en paz. Seguro que al lado del duque de Ahumada había un antepasado de este degenerado lamiéndole el culo. Tienen todas las influencias, muchos contactos políticos y judiciales y… —mírate tú— me dirá: <<Eres un viejo policía fracasado carcomido por el alcohol y con los pulmones carbonizados. No será difícil demostrar que tienes algún tipo de demencia. Tengo acceso a tus archivos personales donde constan, desde hace años, informes psicológicos de tu precario estado mental>>. Quizá me tiente después de la primera amenaza con una salida honorable tras cuarenta años de servicio, tal vez una medalla y un sobresueldo para que descanse tranquilamente tomando el sol en Benidorm.

Es increíble lo que consigue un buen traje y el estar acostumbrado a llevarlo. El miserable degenerado que sopesaba su triste pene ahora parece un caballero sin tacha alguna. Hasta él mismo se percata de ello y se mueve y habla con total aplomo, seguro de sí mismo, seguro de que saldrá de esta. De repente me sorprende diciendo: <<Tengo otra chica preparada. Puedes jugar tú también con ella o detenerme y ella entonces morirá>>.

Estoy atónito. Su cara muestra una amplia sonrisa que no puede ni siquiera intenta disimular su soberbia. <<Pero si escoges detenerme>> —me dice—, <<lo más probable es que uno de tus propios compañeros te pegue un tiro al creer, y no estaría muy equivocado, ¿verdad?, que te habías vuelto loco de remate. Yo diré que te retiraba del caso por incompetencia, que te dio un ataque de ira y perdiste el control. Improvisaré un poco, se me da muy bien. Más tarde las pruebas de ADN que se harán a tu cadáver apuntarán hacia ti como asesino. Pero no tenemos por qué tomarnos las cosas tan a la tremenda. Solo era otra puta del este, no vamos a arruinar nuestras vidas por ella. ¿Por qué no te das el último gusto de tu vida?, te lo ofrezco casi gratis. Será casi como follarte a la mujer de tus sueños. Mejor aún, te follarás a la misma chica que ella>>.

¡Tiene a Nerea! ¡El Hijoputa tiene a Nerea! Tengo delante al demonio y voy a negociar la venta de mi alma. Intentaré sacarle un buen precio.

—Creí que iba a morirme sin poder saciar mi odio.

Sus ojos se iluminan con mis palabras.

—Ninguna mujer me ha tratado nunca como yo necesito y merezco, ninguna ha sabido apreciarme ni valorarme. ¿No has visto el desprecio con que me mira Esther? Esa puta bollera se cree superior a mí. Y yo que estaría dispuesto a ser su perro y ella ni despojos de sentimientos me echa.

—Todos nos hemos dado cuenta —me contesta.

—Pero no me fio de ti, eres una puta rata y me la puedes jugar en cualquier momento. En cuanto te deje salir de aquí puedes hacer que me detengan y las pruebas que has colocado para inculparme… ¿Por qué a mí? ¿Por qué precisamente a mí?

—¿Por qué no? Era fácil implicarte. Eres un tipo gris, sin amigos, ni siquiera te relacionas con tus compañeros de trabajo, todos te consideran un bicho raro. Si mañana te murieras nadie te echaría de menos. En el fondo te hacía un favor. Si al final te pillaban por esto todo el mundo se acordaría de ti durante mucho tiempo. Además, ahora que nos estamos sincerando, ¡tú siempre me has caído mal! Hueles como un puto cenicero y vas siempre dejando tus putas colillas por todas partes y…

Es más listo que yo, lo sé y él lo sabe también. Tengo que cerrar el trato con una oferta que no pueda rechazar.

—Yo tampoco me fio de ti —me dice—. Eres un perdedor nato, lleno de prejuicios y limitaciones morales que te han hecho el hombre amargado que eres. Yo te ofrezco la posibilidad de liberar tus instintos, de saciar tus deseos, de vengar ese rencor que te ahoga. Te ofrezco la felicidad tardía. Sin embargo, temo que después de consumar tus deseos los remordimientos aprendidos recobren el dominio de ti y te conduzcan a arruinar tu vida y, por ende, la mía.

—Capitán —le digo mientras enciendo otro cigarrillo—, parece que no se da cuenta de que usted no puede escoger. Soy yo el que decidirá si acepto su ofrecimiento o cumplo con mi deber y le detengo por asesinato y secuestro.

—Tú ya has decidido, si no, ¿por qué ibas a perder el tiempo hablando conmigo? Disfrutarías mucho más poniéndome las esposas y, a puntapiés, llevarme al calabozo. Tú has decidido ya y yo solo te voy a poner una condición.

—¿Condiciones? Valiente gilipollas.

—Sí, y no acepto una negativa. Mi condición es que puedes hacer con la chica lo que quieras. Pero matarla lo haré yo.

Inspiro profundamente la primera calada de un nuevo cigarrillo que me quema la tráquea. Él sonríe y yo afirmo con la cabeza mientras mis ojos miran al suelo. Solo tengo un pensamiento, solo me falta girar la llave.

—Solo te pido un favor. No creo que sea ningún sacrificio para ti, y para mí sería el mejor final.

—¿Cuál?

—Después me pegarás un tiro a mí.

—¡Pero…!

—Me pegarás un tiro en la cabeza y ya está. No será difícil para ti inventar una historia para justificarte. Si lo haces bien, probablemente consigas una medalla y tu papá estará orgulloso, por una vez, de su niño.

Aprieta la mandíbula y casi puedo oír el crujido de sus dientes. Sus ojos son rodeados de pequeñas serpientes rojas y con todo su desprecio me escupe su respuesta.

—Me encantaría pegarte un tiro en tu puta cabeza, pero me resultaría difícil justificar tu presencia en mi casa.

—Pues me puedes sacar de la misma manera que has planeado sacar a la chica, así de fácil.

—No me gusta cambiar mis planes. Improvisar, aunque es tentador y muy divertido, suele acarrear consecuencias desagradables. Pero a veces el destino pone ante ti, sin previo aviso, el más inverosímil de los sueños. Ya ves, quién me iba a decir a mí que, después de meses planeando mi febril deseo de matar con mis propias manos a una mujer inerme, de improviso una estúpida niñata hija de un embajador me asaltaría en la recepción que los Reyes ofrecieron en el Palacio Real y me suplicara como una puta barata que me la follara y…

—Pero no te la follaste…

—¡No! Era repugnante. Le di su merecido. Vi cómo se apagaban poco a poco sus ojos, cómo balbuceaba mientras apretaba su garganta. Fue lo mejor que he hecho en toda mi vida. Lo demás fue pura estrategia: el lupanar más concurrido y sucio, el implicarte con la colilla. Nunca me había excitado tanto. Fue maravilloso depositar mi semen en su ombligo.

—Hace años que no me corro —le digo.

—Yo nunca me había corrido y… fue increíble. Me has convencido. Haré un esfuerzo contigo y te mataré. Tú te lo mereces. ¿Vamos?

—Vamos.

Pasa delante de mí y se detiene en la puerta. Se vuelve y me observa extrañado cómo marco un número en mi teléfono móvil. Escucha la conversación completamente alucinado, pero enseguida sale de su asombro y, en un grito aterrorizado, me espeta un <<hijo de puta>>. Yo le enseño apenas un segundo el cañón de mi arma reglamentaria. Después, un ruido ensordecedor seguido de una nube gris de rojo entreverado lo inunda todo.

Continuará…

Juan Ramón Lorenzana