Distancia

Autor@: Jorge Moreno
Ilustrador@: Rosa García
Corrector@:
Género: Drama
Rating: Todos los públicos
Este relato es propiedad de Jorge Moreno. Las ilustraciones son propiedad de Rosa García. Quedan reservados todos los derechos de autor

Distancia.

No recuerdo qué día empezó, solo estoy seguro de que fue en marzo, eso no se nos olvida.

Ese día, abrir la ventana fue un alivio. Asomarnos y oír a nuestros vecinos aplaudir en la oscuridad de la noche, aunque no los viésemos. Saber que no estábamos solos, uniéndonos en un gesto sin intereses, cargado de emoción, con gritos de agradecimiento, con vivas sin colores ni enfrentamientos.

Ilustración de Rosa García

Las ocho se convirtieron en un sinónimo de “ventana”, en un ritual, en darnos cuenta de que no era nuestra película, sino la de todos.

Pasaron unas cuantas “ventanas” cuando cambiaron el horario y se transformó el escenario, como en una obra de teatro cuando tiran de la cuerda y aparece otro fondo. A las ocho de la tarde era de día. Veíamos y nos veían. Nos llenamos de pudor, e incluso algunos nos peinamos.

Fue una explosión de alegría. Oírnos y vernos. Era como decirnos: Era yo, estoy aquí y siempre he estado. Revisaba el edificio de enfrente, recorriendo terraza por terraza, ventana por ventana, como nunca lo había hecho. Hasta entonces, delante de mi casa solo había un edificio. Ahora eran personas. Me sorprendía descubriendo dónde vivía gente que conocía de la calle, y otros a los que no recordaba haber visto nunca.

Enfrente de mi ventana había una familia, una pareja y un niño pequeño. Aplaudían y se movían saludando. ¿A mí? No lo sabía. Eso parecía, pero nos separaban unos cincuenta metros y a esa distancia mi vista no me lo podía asegurar. La cara de él me sonaba, imagino que al igual que la de mucha gente que estuviese tan lejos.

Los días pasaron, asomándome a la ventana a las ocho, recorriendo el edificio de enfrente, encontrando los aplausos de esa familia y… ¿su mirada?

Con los días los aplausos bajaban. La gente ya no se apretujaba en las ventanas, algunas ni siquiera se abrían. Mis vecinos de enfrente estaban siempre, aunque no todos. A veces ella y él, otras, ella y el niño, y otras veces ella sola.

Yo seguía saliendo. Esperaba a las ocho con ilusión, deslizando la ventana para encontrarme con el resto de la gente que salíamos en ese momento.

Un día, la ventana de mis vecinos de enfrente no se abrió. Sentí… ¿pena?, ¿tristeza? Algo así. No sabía por qué todo eso había perdido de repente cualquier sentido.

Pero a las ocho y un minuto, la ventana se deslizó y apareció la mujer, sola, aplaudiendo y mirando hacia mí.

Los siguientes días los aplausos bajaron cada vez más, pero durante cinco minutos, ella y yo aplaudíamos, mirándonos a los ojos. Hubiese deseado que en vez de cincuenta metros hubieran sido dos, para saber si me miraba a mí, o era solo mi imaginación la que lo hacía. Algunos días, aparecía unos momentos el hombre, y otros el niño, pero ella seguía aplaudiendo, con la vista fija… digamos que en mi edificio.

Llegó el calor, cambiaron las ropas. Ya se oía a la gente por las calles, gritando, riendo, y a las ocho de la tarde, al menos dos ventanas se abrían, y aparecían los aplausos y miradas.

No recuerdo cuantos días fueron los que ya solo salíamos los dos, pero sí recuerdo el día de junio en que solo yo abrí la ventana. Aplaudí cinco minutos seguidos, en soledad, con una lágrima que puso fin a la imaginación.

Al día siguiente salí por la tarde a comprar, ya no tenía sentido esperar en casa a las ocho para abrir mi ventana.

Paré en un semáforo, uno de esos en los que ya había que esperar porque habían vuelto los coches. Al otro lado, a unos cinco metros, una pareja y un niño también esperaban.

Si no fuese por la mascarilla, él se podría parecer al vecino de enfrente, aunque al igual que se parecería otra mucha gente que llevase mascarilla.

¿Y ella? ¿Sería ella?
Con la mascarilla no podía saberlo. Incluso, aunque no la llevase, tampoco sabría si era la mujer de la ventana.
La miré a los ojos, con la ingenua esperanza de obtener una respuesta.
Ella me miró.
¿Sería ella? Nunca podría saberlo.
El semáforo se puso verde, pero al contrario del hombre y el niño, ella no se movió. Siguió mirando al frente.

Ilustración de Rosa García

Entonces empezó a aplaudir.
Yo también.
Nadie lo vio, pero los dos sonreíamos.

Jorge Moreno.

El concierto

Autor@: Jorge Moreno
Ilustrador@: Paloma Muñoz
Corrector@: Mariola Díaz-Cano Arévalo
Género: Cuento clásico
Rating: Todos los públicos
Este relato es propiedad de Jorge Moreno. La ilustración es propiedad de Paloma Muñoz. Quedan reservados todos los derechos de autor

El concierto.

¡Qué mala suerte!

A mi padre le habían regalado dos entradas para el concierto de Harry Styles.

¿Mala suerte? Pues sí. Somos tres hermanos. Así que tocaba sorteo. No hubiera hecho falta, la verdad, porque yo creo que a Nieves no le gusta nada Harry, pero así es ella, que si me muero de ganas de ir, que si por qué tienen que ir ellos y yo no, que qué pasaba, que si era porque ella era blanca. Total, que mis padres lo resolvieron como siempre: sorteo. Para disgusto de Chen y mío, que podríamos haber matado por ver a Harry en directo.

César, el más alto de mis padres, escribió nuestros nombres en unos papelitos, los dobló y los encerró entre sus manos. Luego hizo la gracia de siempre, que pediría una mano inocente, pero que como no veía ninguna allí, que cogiera un papel Luis, mi otro padre, el más bajo de los dos.

Luis revolvió, agarró un papel y lo desplegó delante de nosotros:

Nieves.

Se puso como loca. Saltando y gritando. Un gesto bastante feo hacia nosotros, la verdad, sobre todo sabiendo que ella pasaba de Harry.

Luis revolvió de nuevo, esta vez con parsimonia. Cogió uno. Empezó a desdoblarlo lentamente. Era mi padre y le quería, pero en ese momento podría haberle matado. ¡Venga!

Nyala, Nyala. Por favor, que ponga Nyala.

Chen.

A la mierda. Ya lo sabía yo, que nunca he tenido suerte en los sorteos. Solo gané uno cuando tenía diecisiete años. Chen y yo nos estábamos riendo de Nieves por algo que había hecho y nos dijo que se estaba rifando una hostia.

Chen también empezó a saltar, a chocar con Nieves y a bailar. Ya le valía, que aunque fuese el más pequeño de los tres, ya tenía veinte añazos y quedaba ridículo.

César me revolvió el pelo y me dijo que ya habría otros conciertos. Me molestó, no por lo del pelo, que era imposible de despeinar, sino por que banalizase la situación de esa manera. ¿Otros conciertos? ¡Por Dios, que era Harry Styles!

Ilustración de Paloma Muñoz

Eso no podía quedar así. Tenía que ir a ese concierto. ¡Por la memoria de todas mis antepasadas, todas esas mujeres etíopes que lucharon por su libertad! Vale, un poco melodramática, siempre me lo han dicho. Tenía que ir por mí y punto.

Intenté chantajear a Nieves. No funcionó. Ni prestarle toda la ropa que quisiera, ni presentarle al nuevo becario de mi trabajo, el que es tan simpático (y está buenísimo), ni siquiera el darle una opción preferente de por vida para elegir primero a quién entrar cuando saliésemos juntas. Nada, cuando Nieves se pone cabrona… se pone cabrona.

Con Chen no lo intenté. Le hacía tanta ilusión como a mí y no hubiera sido justo.

Tenía que conseguir otra entrada. Estaban agotadas, lo sabía. Intenté comprar una al segundo día de ponerlas a la venta y ya no quedaban. En la reventa tampoco. Busqué a la desesperada por internet y… ¡Bingo!

Un tío había puesto en Instagram una foto de dos entradas y regalaba una. Un tío guapo, algo mayor, debía de estar cerca de los cuarenta. Nunca habría hecho algo así, pero… ¡era por una buena causa!

Le escribí. Me empezó a preguntar por qué debería dármela a mí, que si qué me gustaba a hacer, qué me gustaba comer, que si tenía novio. De potar, la verdad. Le hubiera mandado a la mierda, pero era o seguirle el rollo o quedarme en casa viendo los videos que me mandase Nieves.

En cinco minutos conseguí mi entrada.

Fuimos en mi coche. Un rollo lo de aparcar, pero así luego me daba menos pereza volver. Nieves quiso llevar el suyo, pero como no era eléctrico fue fácil ganar.

Tuvimos suerte y había un sitio muy cerca del estadio. Allí nos bajamos los tres hermanos, la española, el chino y la negra. Parecía un chiste.

Quedamos en vernos en el coche nada más terminar el concierto, sin entretenernos, que al día siguiente nos tocaba limpieza general y César nos levantaría muy temprano. Me despedí de Nieves y Chen y me fui a mi puerta de acceso. Junto al letrero de “PASE VIP” estaba el tío de Instagram. Era inconfundible, igualito que en su perfil, aunque en él aparentaba ser mucho más alto que en persona. ¿Qué llevaba en la mano?

También me reconoció y se acercó, tendiéndome la mano con una rosa. Cojonudo para mi alergia a las flores. Se lo agradecí y se la di a un chico que pasó por allí en ese momento.

Le di dos besos, qué remedio, y luego le di los cien euros. Se sorprendió y me preguntó que qué era eso. Qué iba a ser, el precio de la entrada. Vale que la entrada VIP sería mucho más cara, pero eso no me lo había dicho él, yo pensaba que era de las normalitas.

Que si no podía ser, que si era un regalo, que no podía permitirlo. Le dije que era lo justo y que siempre podía hacer lo mismo que había hecho yo con la rosa. Se los guardó en la cartera.

El concierto fue una pasada. Las entradas, mejores imposible. Lástima que Ricardo, que así se llamaba el tío de Instagram, fuese bastante pesado. Que si quería una copa, que si toma esta copa que no le había pedido, que si diosa de ébano, que qué hacía para tener una piel tan bonita. ¡Tomar el sol, no te jode!

Luego pasó a que si tenía dos exmujeres, tres casas y cuatro coches. «¡Y cinco hostias!», pensé.

El concierto terminó. Ricardo me propuso ir a cenar a un restaurante que estaba allí al lado, que había reservado una mesa para los dos. Le dije que no, que ya eran… ¡las doce! Ya veréis el madrugón del día siguiente. Me dijo que al menos me llevaba a casa. Le dije que había ido en mi coche y agité las llaves en su cara, pero que si quería, le acercaba yo, que él había bebido mucho. ¿Bebido? Eso no era beber para él. Tenía que haberle visto en la mili. Salí corriendo, tirando un beso al aire, mientras él gritaba que esperara, con algo en la mano. ¡Más regalos no, por favor!

Tuve que esperar a que llegaran Chen y Nieves, cómo no. Chen emocionado y Nieves diciendo que no era para tanto, que lo llegaba a saber y no iba. Para matarla.

Llegamos tarde y unas horas después pensé que no debía retrasar más lo de independizarme cuando César entró en mi habitación, encendió la luz y subió la persiana.

Odiaba las limpiezas generales. ¿Por qué? ¿Es necesario responder?

A eso de las once sonó el timbre. Fue Nieves. Cómo no, con tal de escaquearse, cualquier cosa. Volvió riéndose, diciéndome que estaba allí un tío que preguntaba por mí, que apareció detrás de ella.

¡Ricardo! ¿Tú qué haces aquí?

Preguntaba por Nyala, que si era mi hermana… o mi prima. ¡Sería gilipollas!

Estuve tentada de decirle que sí, que era mi prima, y que se había fugado con Harry Styles, pero le pregunté que qué hacía allí, y cómo sabía que era mi casa.

Dudó, entornó los ojos para mirarme. Le dije que si no me reconocía, era porque no me había dado tiempo a tomar el sol, y que así, la piel perdía. Creo que le convenció.

Extendió la mano. ¿Otra flor? Normal, siendo tan capullo. Pero, no, no era una flor. Era… ¿un DNI?

Que se me había caído al sacar las llaves del coche y que salí corriendo cuando me lo iba a devolver, y que ahí venía la dirección.

Ah, pues vale, gracias. Hasta otro día (era un formalismo, por supuesto).

Que si podía hablar conmigo a solas. Cuando salen brasas… Acepté por no prolongar el numerito delante de toda mi familia.

Que si no había dormido, que si no podía dejar de pensar en mí, que si quería sacarme de allí y de tener que dedicarme a limpiar, que si él tenía mucho dinero. Ya, ya y dos exmujeres, tres pisos y cuatro coches, pero no. ¿Que por qué? Quizá es que tengo otros planes en mi vida, Ricardo. ¿Que qué mejor plan que vivir contigo, con todo lo que pueda imaginar? Pues no sé, quizá seguir ganándome la vida con mi trabajo. Lo sé, no me va a retirar en dos años, pero me da para gastarme cien euros en un concierto, siempre que haya entradas, claro. Y no te lo vas a creer, ¡me gusta mi trabajo! Siempre te encuentras algún gilipollas, como en la vida misma. Y también me gustaría compartir mi vida con alguien que, al menos, me caiga bien.

Me dio lástima. Oye, pero que a lo mejor, a Nieves, mi hermana, le interesa. Vale, lo reconozco, fui mala.

¿Que qué Nieves? La del salón, la blanquita que te ha abierto la puerta, que a ella le van más los bajitos.

Jorge Moreno.

 

Ella, ellos y un bebé

Autor@: Jorge Moreno
Ilustrador@: Rosa García
Corrector@: Mariola Díaz-Cano Arévalo
Género: Relato narrativo
Rating: + de 13 años
Este relato es propiedad de Jorge Moreno. La ilustración es propiedad de Rosa García. Quedan reservados todos los derechos de autor

Ella, ellos y un bebé.

Yo nunca fui un fan de la naturaleza. Lo ocultaba, obviamente. Siempre me mostraba a favor de los animales, de reciclar y de cuidar el planeta y todas esas mierdas. Tanto que a veces me lo creía.

Pero no, a mí nunca me han gustado los animales, ni las plantas, ni el aire puro ni nada de eso. Era pensar en ir al campo y me autogeneraba una alergia antes incluso de estar allí, un sarpullido que empezaba en el pecho y subía hasta el cuello.

Y a pesar de eso, allí estaba yo, en medio de aquel bosque, sujetando en brazos al bebé y rascándome el pecho. El bebé no era mío, por supuesto, ni tenía ninguna relación directa con sus padres. Mis sentimientos hacia los bebés eran básicamente iguales a mis sentimientos hacia la naturaleza, incluida la alergia, que en aquel momento creo que ya no era autogenerada.

El bebé lloraba y olía mal porque se había cagado. Es lo que hacen los bebés, ¿no? Tampoco cabía esperar otra cosa. El picor iba en aumento y yo estaba seguro de que tarde o temprano sufriría un shock y moriría, o algo peor. Pensé en dejar al crío en el suelo y salir corriendo, y fantaseé con que crecería allí, criándose en la naturaleza. Seguro que a algún sector de la población le parecería bien.

Pero no podía hacerlo.

Delante de mí, Gustavo y Clara discutían. Ellos aparentaban que no, pero realmente estaban discutiendo. Gustavo y Clara son los padres del bebé, de cuya existencia yo no había tenido la menor constancia hasta esa mañana, y de la cual podía haber seguido siendo ignorante sin que me hubiese afectado lo más mínimo.

Discutían, como he dicho, aunque no quisieran aparentarlo. Son de esa clase de personas que piensan que no se debe discutir, que hay que hablarlo todo y que no hay que decir una palabra más alta que otra. Pero sí, discutían.

Clara lloraba. Mientras, Gustavo parecía consolarla poniéndole la mano en el hombro y diciéndole que no se preocupara, que realmente no era culpa suya haberse olvidado los pañales del bebé, que bastante lío tenía ella con todos los productos para el pelo que había llevado sin que se le olvidase ninguno, aunque tampoco sabía si allí, en el bosque, iba a tener ocasión de utilizarlos. Eso sí, en un tono comedido, tranquilo y yo diría que incluso cariñoso.

Ella gimoteaba y decía que sí, y que era una lástima que no pudieran utilizar el móvil de quinta generación para buscar una tienda que los vendiera, porque allí no había cobertura. Y que también era una pena que en cuanto se le acabara la batería no podrían ver ninguna de las cuatrocientas películas que había estado grabando durante todo el día anterior, porque allí no había un puto enchufe para cargarlo. Sí, dijo puto, eso sí, en un tono tan cariñoso y dulce que podía haberle dicho que si el masaje lo quería en la espalda o en los pies.

Él le dijo que quizá con la crema reacondicionadora que había llevado ella podrían limpiarle el culo al bebé y ella se quejó de que no hubiera cobertura para buscar en YouTube un tutorial de cómo hacerlo. Y que le había hecho mucha ilusión que la llevara allí como sorpresa, sin decirle ni una pista, aunque probablemente se le rompieran los tacones de los zapatos que le habían costado doscientos euros, aunque merecía la pena por estar allí juntos, con el bebé y nosotros.

Yo miré mis zapatos y pensé que tiraría a la basura el doble que ella.

No avanzábamos. El bebé seguía llorando y allí olía cada vez peor. Yo seguía rascándome sin parar y creí que ya había llegado al hueso cuando pasó.

El bebé se calló.

Me asusté, la verdad. No estaba preparado para que se callase, así sin ton ni son, tanto que casi se me cayó al suelo.

Elvira me miró con dulzura y dijo que qué mono, que yo le gustaba al bebé y que por eso había dejado de llorar.

Me gustó su comentario, tanto que incluso dejé de rascarme. No por la posibilidad de que yo le gustase al bebé, que no me importaba lo más mínimo, ni tampoco creía que tuviera razón, sino por la cara de Elvira, que me dio esperanzas de que aquella excursión mejorase notablemente a mi favor.

A Elvira sí la conocía antes de estar en el bosque. De hecho, si estaba allí era por ella. Nos conocimos unas semanas antes, en un súper en el que entré por casualidad de vuelta a casa, con un hambre atroz, en un barrio que dejaba bastante que desear. Yo estaba cogiendo una pizza en la cámara, al lado de las ensaladas que vienen envasadas y tiré una sin querer. No pensaba recogerla, por supuesto, pero sentí que alguien se acercaba y temí que podría haberme visto, así que me vi obligado a agacharme y cogerla. Cuando la tuve en la mano oí una voz de mujer que me preguntaba que si era la última, que si qué rabia, que si lo que le gustaba esa variedad en concreto. En cualquier otra circunstancia probablemente yo hubiera dicho que era la última y me la hubiera llevado para después dejarla en la caja, pero no era cualquier circunstancia. La voz de mujer tenía cara y cuerpo que tampoco eran habituales al menos en ese supermercado. Iba muy bien vestida, probablemente la mejor vestida que haya entrado allí jamás. Le dije que se la llevara ella, ella dijo que no, que la había cogido yo primero. Insistí en que si no podía permitirlo. Yo que sí y ella que no. Le dije que si hacíamos un trato, que se la llevara ella y que, a cambio, yo la invitaba a cenar. Que si risitas, que si no, que si sí.

Total, que por una lechuga asquerosa conseguí una cita con un pibón.

Cenamos varias veces. Elvira era una mujer impresionante, incluso creo que inteligente. Lo cierto es que tampoco pude prestarle mucha atención a lo que decía, ni siquiera a lo que comía, porque me pasaba las citas imaginando la noche que pasaría en la cama con ella.

Pero siempre ocurría algo. Cuando no la llamaban del trabajo, era una amiga superagobiada por algo o un amigo a punto de suicidarse. En fin, que por cualquier tontería nunca terminábamos pasando la noche juntos.

Ya había pensado desistir y deshacerme de ella cuando me llamó y me preguntó que si me gustaba el campo. Pues claro, le dije, pensando que se refería al estadio Bernabéu. Y después me dijo que había preparado un fin de semana de lujo para los dos, que sería una experiencia increíble y así podía compensarme un poco por todas las veces que nuestras citas habían acabado precipitadamente.

Tendría que haber sido muy imbécil para no aceptar. Iba a pasarme un fin de semana haciendo todo lo imaginable y lo inimaginable.

Cuando pasé a recogerla debí mosquearme, hacerme el despistado, acelerar y desaparecer. Podría haberlo hecho si no fuese porque me acerqué a ella a preguntarle si conocía la dirección que buscaba, sin saber que era ella. Bajé la ventanilla y me sonrió y entonces me di cuenta de que la chica en chándal y un mochilón en la espalda era ella.

De camino hacia el bosque me explicó que íbamos a pasar el fin de semana en el campo, rodeados de naturaleza, respirando naturaleza, viviendo naturaleza. En ese momento empezó a picarme el pecho. Traté de imaginarme a los dos en pelotas por el campo, practicando sexo desaforadamente, y cuando termináramos aduciría que me encontraba fatal por la alergia y me iría a casa a dormir. Entonces me dijo que también iban Gustavo, un amigo suyo supermajo, y su mujer, Clara, que no lo estaban pasando un poco mal últimamente desde que nació el bebé y que les iba a venir bien pasar el fin de semana en la naturaleza. ¿Desde cuándo la Madre Teresa de Calcuta tenía ese cuerpazo? Eso era engañar.

Total, que por eso estaba yo sujetando a ese bebé cagado que se había callado de repente.

Me ofrecí a ir a la civilización a buscar pañales y así tener una excusa para salir de allí y no volver.

Pero entonces va Elvira y me dice que si qué majo, que si era un sol, y empezó que si me acaricia la cara, que si me da un beso, que si que no tarde en volver. Total, que fui por los pañales y no me fugué. A fin de cuentas solo tenía que aguantar esa noche. Nos meteríamos en una tienda de campaña y todo mi sacrificio habría merecido la pena.

Cuando volví el crío berreaba y sus padres seguían con su diálogo de no discutir. Elvira vino muy contenta hacia mí, me dio un beso en la mejilla y cogió los pañales.

Parecía que todo iba según lo previsto, pero había algo que me inquietaba, aunque no sabía qué era.

Cambiaron al bebé, algo realmente asqueroso, por cierto. Luego Gustavo dijo que fuésemos a hacer una ruta, lo cual fue recibido con alegría por Elvira y con la excusa de Clara de que ella mejor se quedaba con el bebé, que no podían llevarle por el campo en brazos. Elvira sacó de su mochila otra más pequeña, que era para transportar al bebé. Las gracias que le dio Clara intuí que no eran del todo sinceras y que había cierto rechazo, y no creo que fuese por que su marido fuese amigo de una tía tan buena.

Lo de hacer una ruta consistía en andar por el bosque, rozándote con todo, tragándote mosquitos, apartándote bichos, para ir a ninguna parte y volver a donde habíamos salido. Clara se rompió los tacones y tres uñas, y yo arañé los zapatos y rasgué la camisa de tanto rascarme.

Pero al fin llegó la noche. Fingí sueño y bostecé varias veces con intención de contagiárselo a los demás y lo conseguí, aunque fue fácil con Clara, que llevaba tiempo insistiendo para irse a dormir.

Cuando vi que Clara y el bebé entraban en la tienda me di cuenta de lo que me inquietaba.

Solo había una tienda.

Le pregunté a Elvira que dónde estaba la nuestra. Me dijo que solo había una. Que nos estábamos fusionando con la naturaleza, que allí éramos solo uno y que compartiríamos los cinco la tienda.

Creo que nunca antes en mi vida había tenido tantas ganas de llorar.

Ilustración de Rosa García

Me metí en la tienda con Elvira pegada a mí en un lado y al otro el bebé, que decían que conmigo se calmaba y no lloraba, y a su lado Clara y luego Gustavo. Estaba tenso, sin moverme, preocupado por la proximidad del bebé, no por miedo a dormirme y aplastarlo, sino a que se cagase y me manchara.

Aunque hubiese querido moverme, tampoco había mucho espacio. Una hora después seguía sin dormirme, escuchando los ronquidos de Gustavo y de Elvira, que para entonces ya había perdido cualquier atractivo para mí. Si no me hubiese preocupado perderme por la noche, me habría ido de allí. Lo mejor sería esperar al día siguiente y desaparecer.

Se me estaba durmiendo el brazo, así que lo estiré por encima del bebe. Al apoyarlo noté algo blando. Apreté los dedos varias veces y me di cuenta de que era una teta, y tenía que ser de Clara. Ella se movió. Le pedí perdón, que se me había dormido el brazo, y ella me dijo que no me preocupara, que pensaba que había sido el bebé, que siempre la estaba buscando. Imaginé que para una madre estresada era difícil distinguir entre una mano de bebé y de adulto. Separé la mano y me dijo que no pasaba nada, que la dejara ahí, que había poco espacio, así que le hice caso. Luego me dijo que si se me había dormido, a lo mejor me venía bien mover los dedos. La mano no la tenía dormida, pero los moví.

Luego ella también movió su mano y yo la mía. Total, que salimos de la tienda y nos pusimos a hacerlo allí, fusionándonos con la naturaleza.

Cuando empezaba a cogerle el encanto a eso de la naturaleza, el bebé empezó a llorar y al instante salieron Gustavo y Elvira.

Gustavo le decía algo a Clara, que, por esa manía suya de no gritar, no pude escuchar porque su voz quedó apagada por los gritos de Elvira.

Que si era un cerdo, que cómo había sido capaz, que si no esperaba eso de mí, que si pensaba que yo era diferente, que si con las ilusiones que se había hecho.

Yo le dije que no sabía qué me había pasado, que sería cosa de la naturaleza.

De mi naturaleza.

Por cierto, de la alergia ya voy mejor.

Jorge Moreno.

35ª convocatoria: Eclipse de luna

Eclipse de luna.

Ilustración de Rafa Mir

Saludos desde el espacio exterior

—Dulces sueños. Sed buenos. Ja, ja, ja.

Ni a Irina ni a David les hacía la más mínima gracia la despedida de cada noche, aunque tampoco podían mandar a la mierda a McBrown, no dejaba de ser su superior.

—Voy a desconectar el audio —dijo David como cada final de jornada.
—¿Otra vez? Me gustaría oír lo que pasa ahí alguna noche.
—Estática es lo que pasa. Intenta dormir con el zumbido de estática algún día y nos comprenderás.
—Está bien, desconecta. Oye, mañana es el eclipse, miles de millones de ojos estarán mirando hacia vosotros. Descansad, chicos.

David desconectó el audio. Fueron al aseo, se quitaron el uniforme y después se dirigieron a las cápsulas de descanso, sin hablarse. Después de decirse un hasta mañana se metieron en cada cápsula, Irina en la inferior y David en la superior, con un pequeño impulso, con la facilidad que da la gravedad cero.

La intensidad de la luz fue bajando y dejando ver por las dos ventanas redondas de la nave la silueta de la Tierra. Si la nave cambiase su orientación, la luz de la Luna prácticamente llena iluminaría la cápsula como si estuvieran encendidas un millón de bombillas.

Mientras la luz artificial desaparecía el silencio lo invadía todo y casi se podía escuchar la respiración del otro.

—Odio a McBrown —dijo Irina cuando la luz se apagó del todo. Girada dentro de su cápsula hacia la pared interior para evitar que ninguna cámara detectara el movimiento de sus labios y pudieran leer sus palabras.

—Yo también —dijo David en la misma postura.—Todas las noches con la misma broma. Me dan ganas de bajarle los pantalones y decirle: «No sé a qué te refieres, capullo».—Eso estaría bien.
—David, no sé si voy a aguantar.
—Por Dios, Irina, no puedes hacerme una… eso aquí. Esto está lleno de cámaras.
—¡No me refiero a eso! Quiero decir que no sé si voy a aguantar sin abrazarte, sin besarte, sin ni siquiera rozarte.
—Hoy lo has hecho.
—Solo ha sido un roce de nada en la mano al darte la probeta. Estoy segura de que no han notado que era una caricia.
—A mí me ha gustado.
—No puedo más. Estamos solos a miles de kilómetros de cualquier ser humano y lo único que quiero es subir ahí arriba contigo.
—Y vigilados y grabados veinticuatro horas por el observatorio. Me echarían de la NASA y a ti de Roscosmos.
—Pues a la mierda la Roscosmos y la NASA, yo subo.
—¡Irina, para! Además está tu marido, lo iba a ver.
—¡Menudo gilipollas es mi marido!
—Mujer, es un astronauta brillante.
—Tan brillante que se dejó caer una pesa antes de venir a esta misión. El muy imbécil dijo que pensaba que estaba en gravedad cero.
—Pues menos mal, si no, no habría venido yo, y no te habría conocido.
—Algo bueno tenía que hacer en su vida.
—Pues cuando hablas con él pareces superenamorada.
—Qué quieres que haga. No voy a decirle que se puede ir a la mierda, que me enamorado de ti, que me muero de ganas de abrazarte, de besarte, de bajarte los pantalones, de acostarme contigo…
—¿Lo dices de verdad?
—Hazme hueco y verás.
—Me refiero a lo de que te has enamorado de mí.
—¿Tú no?
—A lo mejor estás confundida, como soy el único hombre en trescientos mil kilómetros a la redonda.
—No me has respondido.
—Te quiero tanto que estoy planteándome dejar la NASA.
—Qué ganas tengo de acabar la misión y besarte cuando lleguemos a la Tierra. ¿Te imaginas que no nos gusta?
—¿Por qué? A mí siempre me ha gustado la Tierra.
—No me tomes el pelo. Si no nos gusta besarnos.
—¿Qué pasa, no sabes hacerlo?
—Allí será diferente, no será la misma situación que aquí.
—Bueno, a mí siempre me quedará mi marido.

Se callaron un instante.

—Menudo gilipollas, el eclipse dice —dijo David—. Que nos van a estar mirando. Como si fuesen capaces de distinguir la nave a esa distancia.

—Por mí ya se podían ir todos a tomar por culo, McBrown, mi marido y los miles de millones de terrícolas mirándonos. Los odio a todos. Podíamos desnudarnos y hacerlo. ¿Nunca te ha dado morbo hacerlo delante de miles de millones de personas?
—Pero solo lo verían McBrown, el observatorio y el comité de disciplina. Pero se me está ocurriendo algo que podemos hacer y que solo se vea desde fuera, que no alcance a las cámaras.
—Cuéntamelo.

El día siguiente todo el planeta miraba al cielo, extasiado por el espectáculo de la luna de sangre provocado por el eclipse de Luna.

En la isla de La Palma, en el telescopio instalado en el Roque de los Muchachos se seguía con mucha excitación.

—Este telescopio es espectacular. ¿Habéis visto cómo se ve la parte iluminada? Es increíble el detalle. Se podría ver hasta el lunar de un selenita.
—Pues busca la nave que está en órbita, a ver si se ve.
—¡Ahí está! —dijo después de un rato—. ¡Qué definición! Sería capaz de ver a los astronautas por la ventana.
—Pues la mujer está bien buena, prueba a ver.
—Ahí están las ventanas. A ver… ¡Pero qué cabrones!
—¿Qué pasa?
—¡Nos están haciendo un calvo a todo el planeta!

Jorge Moreno

No me dejes sola

Autor@: 
Ilustrador@: Rosa García
Corrector@: 
Género: Suspense
Rating: + 16 años
Este relato es propiedad de Jorge Moreno. La ilustración es propiedad de Rosa García. Quedan reservados todos los derechos de autor.

No me dejes sola.

Estar solo puede provocar un miedo atroz,
pero hay un miedo peor:
estar siempre acompañado.

La música salía de los altavoces del coche. Un coche demasiado nuevo y demasiado caro como para ser propiedad de su conductor. Aunque en aquel momento ni siquiera estaba sentado en el asiento del piloto.

—Para, Rubén —dijo la chica, estirando de su falda y sacando la mano del chico.

—Venga, Sofía, vamos a hacerlo —dijo el chico acariciándole la pierna hasta el borde de la falda.

—Que no, que todavía no. Vamos a seguir con lo que hacíamos.

—Venga, mi vida, ya llevamos saliendo un montón, no puedo más, te deseo.

A ella le gustaba oírle decirlo, incluso la excitaba y hacía que deseara decirle que sí, que no parara, pero una parte de ella, que todavía coqueteaba con la infancia, oponía resistencia.

—Esto está muy bien, venga, bésame —dijo ella poniéndole la mano en su pecho—. ¿Es que no te gustan?

—¡Me vuelven loco! Toda tú me vuelves loco. Por eso quiero… más y estoy seguro de que tú también. Venga, mi amor…

—Nooooo —dijo y volvió a subirle la mano y le besó intentando no escucharle.

—Te quiero, Sofi —le susurró él al oído cuando separó los labios de su boca.

Ella sintió que su corazón iba a estallar. Era la primera vez que le decía te quiero. Se sintió la chica más afortunada del mundo. No había parado de sentirse así desde que empezaron a salir, tres meses antes. Rubén era guapísimo y tenía un cuerpo perfecto. Todas las chicas estaban por él. Sus padres estaban forrados, lo que se notaba no solo en el BMW que estrenaban esa noche y que le acababan de regalar nada más sacarse el carnet a los dieciocho. Aunque eso a ella no le importaba demasiado, ni que todas la envidiaran, sobre todo después del mal rato que le hizo pasar la ex de Rubén cuando se enteró de que salían. Ella también era muy guapa y lo sabía, a pesar de la modestia que intentaba aparentar ante los demás, y solo tenía dos años menos que él, pero se sentía a veces demasiado niña como para que ese chico estuviese por ella y para hacer todo lo que estaban haciendo.

—Yo también te quiero —le susurró ella, muriéndose de vergüenza.

Se volvieron a besar hasta que él separó de nuevo los labios de su boca, pero esa vez no los llevó a decirle algo al oído. Los bajó por el cuello. No se paró y siguió bajando.

Sofía no supo si iba a tener fuerzas para decirle que parase. Abrió los ojos y lo vio.

Gritó.

—¡¿Qué pasa?! —gritó Rubén sorprendido.

—Ahí fuera. Hay alguien —dijo ella temblando y tirando de la camiseta para taparse los pechos.

—¿Fuera? ¿Quién es? ¿Le conoces?

—No, no. No le he visto bien. Llevaba puesta una capucha, como de una sudadera y tenía algo pegado al cristal, parecía un móvil.

—¡Será cerdo! ¡Nos estaba grabando! Se va a enterar.

Rubén abrió la puerta para salir.

—¡No! No salgas. ¿Y si te hace algo?

—¿Hacerme algo? Le voy a partir la cara.

—No, por favor, no salgas. Me da miedo. Vámonos de aquí.

Le hizo caso y no salió. Se pasó al asiento del conductor y arrancó. Ella se sentó su lado y él la acarició la pierna y la miró.

—¿Estás bien?

—Estoy muy asustada. No dejo de ver la silueta, mirándonos.

—No lo pienses más, era solo un mirón. Tenías que haberme dejado salir.

—Me daba miedo, no quiero que te pase nada… y no quería quedarme sola.

Se besaron y él dudó entre apretar el acelerador o parar el motor.

—Vámonos —dijo ella, todavía algo temblorosa.

El chico puso el coche en movimiento.

—Te quiero —dijo él mirándola.

—Te quiero —respondió ella mirándole.

Y si no se hubieran mirado mutuamente durante ese instante, quizá habrían visto junto a la señal del límite de velocidad una figura con la cabeza tapada por la capucha de una sudadera, mirándoles.

Aquella noche Sofía no durmió bien. En sus sueños se aparecía constantemente la figura del encapuchado y ella se despertaba alterada. Se pasó toda la mañana inquieta, mandando mensajes a Rubén, sin ser capaz de atender en clase. A la salida habían quedado para comer en un burguer. Cuando llegó se abalanzó sobre él y le abrazó.

—Vaya mala cara tienes, Sofía. ¿No has dormido bien? No creo que haya sido por Rubén —dijo Fran, uno de los amigos de Rubén.

Estaba tan deseosa de verle que no se había dado cuenta de que estaba con él.

—Cállate, imbécil —dijo Rubén y le dio un puñetazo en el hombro.

A Sofía no le caía muy bien Fran, ni tampoco el resto de sus amigos. Eran muy prepotentes, todo el día presumiendo de lo que tenían y con comentarios hacia las chicas, y echándoles unas miradas asquerosas. Todo lo contrario a Rubén. No entendía cómo podía ser amigo de ellos.

—Es que he estado estudiando toda la noche —mintió ella.

—Ya, claro. Oye, Sofía, que yo saco muy buenas notas, cuando quieras estudio contigo, que Rubén es muy torpe.

—Largo —dijo Rubén.

Fran se fue riendo.

—Lo siento, Sofi. Fran es gilipollas.

—¡Cuántas ganas tenía de verte! —le abrazó de nuevo.

—Venga, vamos a pedir. Estoy hambriento, ¿tú no?

—No tengo ni hambre. Solo quería estar contigo.

Se abrazaron de nuevo y se besaron.

—Yo también te he echado de menos.

—No puedo estar sin ti. Es como si yo fuera la Luna y tú la Tierra, no puedo dejar de dar vueltas alrededor de ti, te necesito.

—¿Yo soy la Tierra? Vale, me mola.

Pidieron y se sentaron, y cuando estaban sumidos en un nuevo beso alguien les interrumpió.

—Por favor, ¿por qué no os vais a un motel? Dais asco.

Sofía se sobresaltó, aunque sintió cierto alivio al ver que era Elena, la ex de Rubén.

—Déjanos en paz, Elena —dijo Rubén.

—Si yo os dejo en paz, a mí qué más me da lo que hagáis, pero aquí la gente viene a comer, y sois de potar. Aquí, la mosquita muerta es toda una guarrilla, ¿eh?

—¡Ni se te ocurra insultar a Sofía! —le gritó Rubén.

—¿O qué? ¿Qué me vas a hacer? Y no la insulto, solo que para ser menor de edad se la ve muy experta. Recuerdas que es menor, ¿verdad?

—Sí, es menor, pero mucho más madura que tú.

—Claro, ese tipo de madurez es lo que te gusta a ti.

Elena se fue.

—¡Vaya tarde! Espero no encontrarnos a ningún gilipollas más —dijo Rubén.

—Elena sigue estando por ti, por eso lo ha hecho.

—Pero decir lo que ha dicho de ti… eso es pasarse.

—Venga, nadie nos puede estropear la tarde. Somos la Tierra y la Luna, ¿recuerdas? Nos movemos juntos.

—¿Has oído lo del eclipse?

—No, ¿cuándo es?

—El domingo. Han dicho que hay eclipse de luna, y que se verá de un color rojo impresionante. Podríamos verlo juntos.

—¡Claro!

Siguieron comiendo, entre besos y caricias. Cuando fueron a recoger, Sofía se dio cuenta de que había algo debajo del mantel de su bandeja.

—Rubén, mira —dijo temblorosa.

Le mostraba un papel blanco en el que había cuatro letras escritas en rojo y en mayúsculas: “PUTA”.

—Pero qué… —dijo Rubén arrugando el papel y tirándolo al suelo—. ¿Quién ha puesto esto aquí? ¡Mira!

Rubén señaló hacia la calle. Al otro lado de la cristalera un chico con una sudadera con la capucha tapándole la cabeza los miraba.

—¡Es él otra vez! ¡Lo ha puesto él! —gritó Rubén, llamando la atención de todo el mundo—. Se va a enterar.

Salió corriendo sin hacer caso a Sofía, que le pedía que no fuera. Cuando llegó al otro lado el chico había desaparecido.

Cuando volvió al lado de Sofía ella estaba temblando, sujetando el papel que había arrugado Rubén.

—¿Por qué? —preguntó sollozando.

—Ese tío está pirado, la próxima vez no se me escapa. La pena es que no he podido verle bien la cara. Tira ese papel.

—Yo sí.

—¿Sí? —dijo Rubén sorprendido.

—Sí, yo le conozco.

—¿Que le conoces? ¿Estás segura? Desde aquí está un poco lejos.

—Sí, sí. Le conozco. Se llama Marco, le conozco desde pequeña, era amigo mío. Cuando fuimos creciendo nos separamos un poco. Siempre pensé que estaba por mí.

—¿Y por eso te está asustando ahora?

—Me cuesta creer que haya sido él. Sí que puede que esté un poco obsesionado conmigo, pero es muy bueno. Un poco raro, sí, pero siempre me ha tratado muy bien. No puede haber sido él.

—Pues todo cuadra. Sudadera con capucha, como el tío de anoche, ahora la nota en tu comida y él está aquí.

—No creo que me hiciese daño. ¿Y cómo va a haber puesto la nota aquí sin darnos cuenta?

—No lo sé. Tampoco hemos estado muy pendientes de nada, yo estaba entretenido con la luna.

Sofía sonrió.

—Si ese chico está por ti, vernos anoche quizá le ha trastornado. Hasta que nos ha interrumpido Elena, podía haber estallado aquí mismo una guerra y no me habría enterado.

—¡Elena! ¿A lo mejor fue ella? Ha estado a nuestro lado, seguro que dejó ella la nota.

—¿Y la capucha del tío de anoche?

—Quizá fue ella.

—¿No decías que era un chico?

—Supuse que era un chico, pero no se le veía bien, podía ser una chica con una sudadera tapándose la cabeza.

—¿Elena? No creo.

—¿Y no te parece raro que diga que soy una guarra y una experta? Seguro que nos vio.

—O ese tío lo grabó y ha subido el vídeo y ella lo ha visto.

Sofía se puso pálida.

—No puede ser, no puede verme todo el mundo… así.

—Tampoco es para tanto, solo nos enrollamos.

—¿Solo? Recuerda que me quitaste… ya sabes. Y Fran también ha hecho un comentario, como suponiendo que hicimos algo…

—Fran es gilipollas.

—¿Y si él también ha visto el vídeo?

—No creo, me lo habría dicho.

—¿Seguro?

—Se lo preguntaré, si lo ha visto me lo dirá. Pero no te preocupes, Sofi, no hay vídeo. Estaba oscuro y los cristales empañados. Si grabó algo, no se verá nada. Elena está celosa y Fran es imbécil. En cuanto a tu amigo… como vuelva a aparecer, le parto la cara.

—Tengo miedo, Rubén.

—No te preocupes, Luna, la Tierra no dejará que te pase nada. Venga, deja la nota en la bandeja, voy a tirarla.

Sofía dudó en quedársela, pero finalmente Rubén la cogió y la tiró con el resto de sobras.

Esa misma tarde estaban los dos en la comisaría con el padre de Sofía. Ella no aguantó más y se lo dijo, aunque no con todos los detalles, y su padre insistió en que había que denunciarlo, que ese chico podría hacerle algo. Rubén se opuso, dijo que él se bastaba para defenderla, pero no le convenció.

En la comisaría les atendieron enseguida. Una mujer policía se llevó aparte a Sofía para hablar con ella.

Una hora más tarde llegó el chico con la misma sudadera con capucha que llevaba en la comida y le pasaron a una sala. Minutos más tarde llegaron dos hombres. A uno de ellos le conocían Sofía y su padre: era el padre de Marco. Cuando pasó a su lado apartó la mirada.

Una hora después salieron junto al chico.

—¡Qué! ¿Le van a soltar? —gritó Rubén.

El padre de Sofía se acercó a la policía que había estado con su hija.

—¿Le soltáis?

—No podemos hacer otra cosa.

—¿Cómo que no podéis hacer otra cosa? Mi hija corre peligro.

—Lo siento. No podemos hacer nada más. No tenemos nada.

—¿Nada? ¿Y la nota? ¿Y la capucha?

—Pero nada demuestra que fuera él. La nota ni la tenemos para analizar las huellas. Y lo de por la noche… tiene una coartada: estaba en su casa, su padre lo ha confirmado.

—¡Miente!

—Probablemente. Pero no tenemos pruebas y además es menor y su abogado muy bueno, no hemos podido presionarle nada para que cometiera un error. Sofía, ven. Mira, este es mi número. Si alguna vez te sientes en peligro, por cualquier cosa, llámame. Hazlo, Sofía, por cualquier cosa.

—Gracias, Berta.

Al salir de la comisaría Sofía todavía temblaba.

—No me lo puedo creer —dijo Rubén—. Ese cabrón está ahí.

Salió corriendo hacia un chico con una capucha que, al verle, intentó huir. Rubén, mucho más en forma que él, le alcanzó y le dio un puñetazo en la cara.

—¡Me has roto la nariz! —dijo Marco sangrando abundantemente.

—Y más que te voy a romper como sigas detrás de Sofía.

—¡Eres tú el que tiene que alejarse de ella! —gritó el chico.

Rubén iba a golpearle de nuevo cuando le sujetaron varios policías.

—Para, te vas a meter en un lío, chaval —dijo Berta.

Los policías se llevaron al chico justo cuando Sofía llegó hasta Rubén.

—¿Qué te ha hecho? ¡Estás lleno de sangre!

—No te asustes, no es mía. Es de ese capullo. Estoy seguro de que no te va a molestar más.

Tuvieron que volver a entrar a la comisaría y salieron más tarde con una denuncia contra Rubén por agresión, aunque a él no le importó.

Al día siguiente Sofía seguía nerviosa. Se asustaba con cada ruido y con cada aparición inesperada. Rubén intentaba calmarla, convencerla de que después del susto que le dio, Marcos no volvería a molestarla, que lo mejor era distraerse y pasárselo bien. Le dijo que podían salir esa misma noche. Sofía no estaba muy convencida, pero al final aceptó. No podía pasarse la vida con miedo.

Fueron a un pub que estaba repleto. Se encontraron con algún amigo de él, lo que no le hizo mucha gracia a Sofía, y también con alguna amiga de ella. Se alegró de haberse dejado convencer. Allí bailando y besando a Rubén, pareció olvidarse de todo.

Después de su canción se fundieron en un largo beso.

—Ahora vengo —dijo Rubén.

—¡No! No te vayas. Voy contigo. La Luna va adonde vaya la Tierra.

—Menos cuando la Tierra se está meando. No tardo nada.

Ella hubiera preferido ir con él, pero se quedó hablando con una chica de su clase.

Rubén tardaba. Había dicho que volvía enseguida, pero hacía más de diez minutos que se había ido. Pensó que quizá habría mucha cola, pero lo descartó. En el servicio de tíos nunca había cola. Quizá no solo tuviera ganas de hacer pis. Apartó esa imagen de su cabeza. No paraba de mirar hacia los aseos, pero Rubén no salía.

Estaba inquietándose, aquello no era normal. Tenía que haberle pasado algo. Tenía que ir a buscarle.

Fue hacia el baño, intentando convencerse de que Rubén estaba bien. Cuando fue a empujar la puerta se dio cuenta de que le temblaba la mano. La puerta se abrió rápidamente y alguien chocó contra ella.

—Perdona, no te había visto —se disculpó un chico que le sonaba que conocía a Rubén—. ¿Estás bien?

—Sí, sí. ¿Has visto a Rubén?

—¿Rubén? Ah, sí, le vi hace un rato.

Entró y fue hacia la puerta del servicio de chicos. Gritó su nombre. No obtuvo respuesta. Gritó más fuerte, golpeando la puerta con los nudillos, como si fuese posible que Rubén no oyese su voz pero sí los golpes.

Nadie contestó.

Seguro que le había pasado algo y estaba dentro. Tenía que entrar. Empujó la puerta intentando no fijarse en el temblor de los dedos.

Entró. Volvió a pronunciar su nombre, más bajo, como si supiese que no podría oírla. Todas las puertas de los retretes estaban abiertas, menos la última. Fue hacia ella, despacio, mirando en cada uno de los cubículos vacíos.

Se detuvo ante la última puerta y le llamó de nuevo, muy bajo, sollozando, esperando poder oírle. Pero no le oyó.

Empujó la puerta, muy flojo. Buscó alguna de las fuerzas que la habían abandonado y empujó más fuerte.

Nada.

Sintió alivio, que fue interrumpido por un portazo en la entrada del baño. Gritó.

Alguien la había estado observando. Se sintió atrapada, a merced de su acosador en el baño de los tíos. Corrió hacia la puerta, empujando con fuerza, perdiendo el equilibro al salir. Al levantarse miró hacia la puerta del servicio de las chicas. Había una silueta, la misma que forma una sudadera con la capucha puesta.

Gritó y se arrastró hacia la salida intentando levantarse para correr. Él estaba allí, pero ¿dónde estaba Rubén? ¿Qué le había hecho? Era mucho más fuerte que él, tenía que haberle pillado desprevenido… o con algún arma. Quiso detenerse y enfrentarse a él, encontrar a Rubén, pero el pánico la superaba.

Abrió la puerta y la música del pub inundó la entrada de los baños. Con la música a ese volumen era imposible que nadie la hubiera oído gritar. Y a Rubén tampoco.

Corrió mirando hacia atrás, viendo cómo la puerta se abría y aparecía el chico. Se chocó con alguien.

—¡Eh, cuidado! —dijo Fran.

—¡Me persigue, quiere hacerme daño, como a Rubén! —dijo histérica.

—¿Quién?

—¡El chico de la capucha! ¡Allí! —señaló hacia los baños.

—Ahí no hay ningún chico con capucha.

Miró. Era cierto, no estaba. Miró hacia la izquierda y luego a la derecha y le vio junto a la barra.

—Allí en la barra.

Fran miró.

—Allí tampoco está.

Sofía volvió a mirar y tampoco le vio. Miró rápidamente hacia todas partes.

—Allí, en la pista.

—No hay nadie con capucha, Sofía. ¿Qué te has tomado? Vamos a buscar a Rubén. ¿Dónde está?

—¡No lo sé! ¡Él le ha hecho algo!

Volvió a mirar a todas partes como poseída y volvió a verle, pero esta vez no estaba quieto, iba hacia ella.

—¡Viene a por mí! —gritó y corrió en sentido contrario.

—¡Espera, Sofía! ¡No hay nadie!

Pero no se detuvo. Fue hacia la salida. Miraba hacia atrás y le veía, siguiéndola, con paso firme, alimentando su miedo.

Salió a la calle. Gritó pidiendo ayuda, pero no le dio tiempo a que nadie lo hiciera. La puerta del local se abrió y salió el chico. Echó a correr. Miraba hacia atrás. El chico la seguía andando, lo que le permitía aumentar la distancia. Giró en una calle. Le ardían los gemelos y le faltaba el aire. No podía correr más. Giró de nuevo en la siguiente calle, mirando hacia atrás. No le vio. Quizá le hubiera despistado, si había dejado de verla, no sabría hacia dónde había ido, pero no podía quedarse en medio de la calle. Vio unos cubos de basura y se escondió detrás. Esperaría allí escondida, hasta asegurarse de que no la seguía.

Tenía miedo, tenía que apretar los dientes para que no le castañetearan. Deseaba que Rubén estuviera con ella, pero no sabía si él estaba… ¡Podía llamarle! ¿Por qué no se le había ocurrido? Sacó el móvil y se le cayó al suelo. Lo recuperó. Lo estaba desbloqueando cuando oyó pasos. ¡No le había despistado!

No se atrevía a moverse. Los pasos sonaban cada vez más fuertes. Estaba muy cerca. Le sentía. Oía su respiración.

—¿Sofi? ¿Estás ahí?

El sobresalto inicial se tornó en un llanto al reconocerle. Miró y salió de su escondite.

—¡Rubén, estás vivo! —Salió de su escondite y le abrazó.

—Pues claro que estoy vivo. ¿Pero qué haces aquí? Te vi salir corriendo y vine detrás de ti.

—Él, él. Estaba dentro, en el baño… te había… y luego iba a por mí… y me perseguía… ¡Puede aparecer! Tenemos que escondernos…

—Tranquilízate, Sofi. No hay nadie. Estamos solos.

—¿Estás seguro?

—Sí, he venido detrás de ti y no te seguía nadie. Cuéntame qué ha pasado. ¿Estaba Marco?

—Sí. Como tardabas en salir me asusté y fui a buscarte. Pensé que te había pasado algo. ¿Por qué no saliste? ¿Dónde estabas?

—Salí enseguida, pero justo me llamaron. Mi padre. Como no le oía con la música salí fuera. Vi que estabas hablando con la chica esa de tu instituto y no te dije nada.

—¡Tenías que habérmelo dicho! ¡Pensaba que te había pasado algo!

—Perdóname, tienes razón. Es que mi padre me agobia mucho. No suele llamarme… a estas horas.

—¿Era importante?

—No, que se había ido el fin de semana con una amiga, no sé dónde, a ver el eclipse. Pero eso da igual. ¿Dónde le viste?

—En el baño. Fui a buscarte y no estabas, pero él apareció en la puerta. Salí corriendo y él fue detrás. Me choqué con Fran y el chico estaba por todas partes.

—¿Fran? ¿Y no te ayudó?

—Decía que no le veía, pero vino hacia a mí. Salí corriendo. Él me seguía, pero no paré hasta esconderme aquí.

—¿Y estás segura de que te seguía?

—¡Claro que sí! ¿Cómo no iba a estarlo?

—Es que cuando saliste te vi y fui detrás de ti, y no vi a nadie.

—Pero estaba, te lo juro. Iba a por mí. No estoy loca, de verdad.

—Claro que no lo estás, Sofi. Pero has tenido mucha presión, es normal que estés asustada y a lo mejor has pensado lo que no era.

—Pero estaba, de verdad.

—Seguro que sí, pero has dicho que Fran tampoco le vio.

Ella se calló. Estaba segura de que le había visto. Iba a por ella. Pero ¿y si no estuviera? ¿Y si se lo hubiese imaginado todo? Era tan real…

Lloró y abrazó a Rubén.

—Vámonos, te llevo a casa. Lo mejor es que descanses. Quizá no era tan buena idea salir esta noche.

Caminaron hasta el coche. Él abrió la puerta para ayudarla a subir, pero nada más hacerlo se quedó parado mirando hacia el interior.

—¡Qué hijo de puta! Tenías razón, Sofi. Él estaba aquí.

No pasaron ni diez minutos desde que Sofía llamó a Berta hasta que llegó a donde estaban.

—¿Lo ha tocado alguien más? —preguntó, sujetando con unos guantes la hoja de papel que encontraron en el coche, sobre el asiento del acompañante.

—Solo nosotros —dijo Rubén—. Y ese chico, claro.

—Bien, así podremos identificar las huellas. Necesito que vengáis a la comisaría para tomaros vuestras huellas y poder aislar las del que lo ha hecho. ¿Podrás, Sofía?

Ella asintió con la cabeza.

—Entonces ahora le podéis detener, ¿no? —dijo Rubén.

—Si conseguimos una huella suya y está aquí, podremos acusarle de amenazas, pero no va a ser fácil, su abogado no nos dejó tomarle huellas y no será fácil ahora tampoco.

—¿Y la sangre? —preguntó Rubén.

—Eso sería determinante para denunciarle y vigilarle, pero conseguir una muestra del chico va a ser todavía más difícil.

—¿Y si os la diera yo?

—¿Y qué vas a hacer? ¿Sacársela?

—Ya lo hice. Cuando le pegué me llenó la camiseta de sangre. Todavía no la he tirado.

—Si la sangre de esa camiseta es la misma que la de este papel, ni su abogado podrá hacer nada. —Berta se quedó mirando la hoja—. Hay que estar muy enfermo para hacer esto.

Y la metió en una carpeta de plástico, sin poder olvidar el dibujo, con un círculo negro, rodeado por un aro coloreado con sangre y una leyenda inferior en la que, también escrita con sangre, se leía:

PUTA

EL ECLIPSE TE RODEARÁ DE SANGRE

Ilustración de Rosa García

Fueron a la comisaría a que les tomaran las huellas. Después fueron al hospital, aconsejados por la policía. Allí a Sofía le mandaron unas pastillas para relajarse y poder dormir. Rubén insistió en quedarse en casa de Sofía, pero su padre se opuso.

Después, Rubén volvió a la comisaría a llevarles su camiseta llena de sangre.

—Mañana es el eclipse —le dijo Berta—. Intentaré acelerar el análisis y haré todo lo posible para que ese chico no pueda acercarse a ella.

A primera hora de la mañana siguiente Rubén fue a casa de Sofía. Era el día del eclipse y no tenía la intención de separarse de ella ni un segundo. Cuando llegó, los relajantes habían hecho su función y Sofía seguía durmiendo. Su padre le invitó a que esperara con él a que ella se despertara. Si bien desde que supo que su pequeña salía con aquel chico decidió odiarle el resto de su vida, la preocupación que mostraba por ella había hecho que empezara a simpatizar con él.

Estaban tomando un café cuando sonó el móvil del chico.

—Es la policía..

—Hola, Rubén —dijo Berta—. He llamado a Sofía, pero su móvil está apagado. Está bien, ¿verdad?

—Sí, sí. Está durmiendo. ¿Qué pasa?

—Presioné un poco para acelerar los análisis. En el papel solo han encontrado vuestras huellas. Debió de usar guantes. Aparece otro tejido en los análisis, pero tu idea de la camiseta ha funcionado: la sangre que hay en ella y la del dibujo son de la misma persona.

—¡Lo sabía! ¿Le habéis detenido ya?

—No. Pedí la orden de detención y en cuanto llegó iba a salir a por él, pero se han presentado sus padres en la comisaría..

—¿Sus padres?

—Han venido a denunciar su desaparición. Ayer no volvió a su casa.

Dos horas después la mujer policía estaba en casa de Sofía intentando tranquilizarla. Había sufrido un ataque de ansiedad cuando Rubén le contó la confirmación del análisis y que no habían podido encontrar al chico.

—No te preocupes, Sofía. No te va a poder hacer nada. Habrá un coche patrulla todo el día abajo y no se podrá acercar a ti. Si lo hace, le detendremos.

—Estoy pensando… —dijo Rubén—… que aquí corre peligro. Ese chico está loco y no se va a asustar por un coche patrulla.

—Pero no puedo traer más, uno de vigilancia y yo puedo quedarme en mis horas libres.

—Pero podemos tenderle una trampa —siguió Rubén—. Que piense que ella está aquí y cuando se acerque, detenerle. Pero ella no puede ser el cebo, no permitiré que corra ningún peligro. En el chalet de mi padre tenemos un sótano, es como un pequeño búnker, está acondicionado para ocio, pero lo concibieron como refugio si estamos en peligro, por si entra alguien a robar o lo que sea. Sofía y yo podemos escondernos allí hasta que le detengáis aquí.

—Yo voy también —dijo el padre de Sofía.

—A lo mejor ese chico está vigilando el edificio y si te ve salir se mosquea y no vendrá y esto no acabará nunca. Puedo meter el coche en el garaje del edificio, bajar con Sofía, que se esconda en el maletero e irnos sin que él la vea, por si está vigilando.

A las seis de la tarde, tres horas antes del eclipse, habían ejecutado el plan y Sofía y Rubén se encerraron en el sótano del chalet mientras Berta y el padre de Sofía esperaban en la casa a que apareciera Marco.

—Tranquila, Sofi —dijo Rubén, haciendo girar la llave en la cerradura de la puerta del sótano—. Esta puerta es acorazada, la única manera de entrar aquí es estar ya dentro. Aquí estás a salvo.

Vieron la tele un rato y comieron algo. Sofía era feliz, en aquel pequeño mundo, con él, sin nadie de quien preocuparse, ni chicos encapuchados, ni ex celosas, ni amigos estúpidos.

Al terminar el capítulo de una serie, cambiaron de canal y aparecieron las noticias en las que hablaban del eclipse que sucedería en menos de una hora.

Sofía se alteró, le faltó el aire.

—Va a venir… va a venir… quiere hacerme daño…

—Tranquila, Sofi. Aquí estás a salvo. Yo te protejo, la Tierra y la Luna, ¿recuerdas? Aquí no puede entrar el Sol, aquí no va a haber ningún eclipse. Quizá… deberías tomarte las pastillas. Así te relajas y descansas hasta que pase todo.

Sofía le hizo caso, necesitaba liberarse de esa angustia. Al poco rato empezó a sentir la calma y se tumbó en el sofá junto a él.

—Te quiero —le susurró él al oído.

Ella le besó.

Mientras, en casa de Sofía, su padre y Berta esperaban.

—¿Crees que ese chico vendrá? —preguntó el padre.

—Sinceramente… no creo que llegue aquí arriba. Ese chico está perturbado, pero se asustará al ver el coche patrulla. Es un crío. No creo que pueda despistarles y subir hasta aquí, pero está obsesionado con Sofía y hará todo lo posible por estar cerca de ella durante el eclipse. Cometerá algún error, le verán abajo y le detendrán.

En ese momento sonó su móvil.

—Seguro que ya ha picado. —Descolgó—. Ah, eres tú. ¿Qué pasa?

Se quedó en silencio, frunciendo el ceño a cada palabra que oía a través del teléfono.

—¿Qué pasa? ¿Sofía está bien? —preguntó el padre alterado.

La mujer asintió. Y colgó.

—Ese chico es un perturbado, pero ha cometido un error. Vamos a por él —dijo mientras marcaba un número—. ¿Vicente? Apunta esta dirección. Manda a todos los que puedas.

Rubén prosiguió los besos que le dio Sofía. Le acarició el pelo, el cuello, deslizó la mano por debajo de su camiseta. Ella le acompañaba, temblando a cada movimiento de él. Pero de repente tembló algo más.

—¿Qué ha sido eso? —dijo Sofía.

—Nada, será mi corazón. Sigue besándome.

Ella volvió a hacerlo, aunque ya no tenía la misma pasión.

—Para, para, no puedo —dijo sacándole la mano de la camiseta.

—Lo siento, mi vida, perdona.

Él se sentó y la miró. Ella le miró. Cuánto le amaba.

Sin que ella supiese cómo, Rubén movió rápidamente el brazo y la golpeó en la cara.

Sofía se quedó inmóvil. Debía haberse quedado dormida y era una pesadilla… de no ser por el dolor que sentía en la mejilla y el fluido que notaba que la recorría.

—¡Puta de mierda! —le gritó Rubén y volvió a golpearla.

—Qué.. qué… —balbuceó llorando.

—¿Un ruido? ¿Has oído un ruido? ¿Sabes qué es? Tu amiguito.

Se levantó y abrió el armario que estaba frente a ellos, apareciendo atado y amordazado el chico con la capucha, sangrando por la nariz, intentando gritar.

—¡Marco! ¿Pero qué…? ¿Qué pasa, Rubén? —lloraba—. Estoy dormida, ¿verdad?

El mareo y la somnolencia que le comenzaron a provocar las pastillas la empezaron a sumir en una bruma irreal.

—¿Qué pasa? Te voy a decir lo que pasa: mil euros.

—No te entiendo…

—Mil putos euros me hiciste perder. ¿Te acuerdas de la noche en mi coche cuando casi follamos? Sí, ¿verdad? Pues me hiciste perder mil euros. Los que me aposté con mis colegas cuando te conocí en la fiesta esa. Mil euros a que te follaba en menos de tres meses. Y sí, hacía tres meses. Ah, el tío que miraba desde fuera no era este gilipollas, era Fran, que tenía que grabarlo como prueba de que lo había conseguido.

Ella lloraba.

—No… no… quiero despertarme, esto no es real.

—No, no estás dormida. ¿Creías que todo iba a quedar así? Primero pensé en asustarte, con la nota de “PUTA” debajo de tu hamburguesa. ¿En serio pensaste que fue Elena? La pobre llevó fatal que cortase con ella, pero necesitaba hacerlo para salir contigo. Ah, por cierto, hemos vuelto. Precisamente ahora piensa que estoy cortando contigo. De hecho lo estoy haciendo —rio.

Sofía no paraba de llorar. Todo le daba vueltas.

—¡Lo que me costó que tiraras el papel! Lo reconozco, fui muy cutre y no me esmeré mucho, ese papel me hubiera delatado si llega a la policía. Soy un tío con suerte. Cuando vi a este friki fuera con la sudadera, igual que Fran, se me ocurrió darte un buen susto de verdad. ¡Encima le conocías y estaba enamorado de ti! Por cierto, siento lo de tu nariz —dijo mirando a Marco—. No era nada personal, pero tenía que quedar bien. Y la sangre en mi camiseta me sirvió para hacer la nota del eclipse. Ahí estuve colosal. Se fastidió un poco cuando este se presentó ayer por la tarde en mi casa para decirme que te dejara en paz. Me mosqueó, la verdad. ¿Quién se creía que era para venir a mi casa a darme órdenes? Total, que le zurré de nuevo y se me ocurrió lo del dibujo y encerrarle aquí. Así conseguiría darte tu merecido y encima cargaba él con el muerto. Menos mal que vino, no me quedaba sangre para las letras. En la discoteca me fui al baño y luego salí al coche a dejar el dibujo sobre el asiento. Me puse la sudadera y volví al local. Lo demás ya lo sabes. ¡Estabas tan graciosa cuando Fran te decía que no me veía! Y ya corriendo, ni te cuento.

—¿Qué quieres? ¿Qué vas a hacer? —gimió Sofía.

—Follarte, por supuesto. Vale que he perdido la apuesta, pero, joder, estás muy buena.

Se acercó y le rompió la camiseta y le bajo las mallas, dejándola desnuda. Ella intentó taparse torpemente, pero él cogió una cintas y le ató las manos y las piernas a las barras del sofá.

—Está buena, ¿eh? —dijo mirando al chico, que intentaba gritar y se revolvía—. Qué coño, cuando termine yo te dejo que te la tires, por todo lo que hemos vividos juntos.

—No, por favor, no. No lo hagas —sollozaba Sofía—. Te descubrirán, irás a la cárcel.

—¿Descubrirme? ¿Quién se lo va a decir? Ah, perdonadme, se me olvidaba deciros que os voy a matar. Bueno, yo no. Bueno, sí. A ver, la versión oficial es que tú y yo hicimos el amor, tengo que justificar mi semen en tu vagina, pero este se había colado aquí antes de que llegáramos y me golpeó y quedé inconsciente, luego te violó y te mató, creo que con un cuchillo. Lo de su semen en tu vagina, no te preocupes, ya lo tengo solucionado. No preguntes, no ha sido agradable. Yo recuperé la consciencia y le disparé con una pistola de mi padre y le maté. Por desgracia no llegué a tiempo de salvarte la vida. Oh, Sofía, te voy a echar tanto de menos.

Lloraba histérica.

—Pero vale ya de hablar, que el eclipse está llegando a su punto álgido. Mira, qué curioso. Tú la Luna, yo la Tierra y este el Sol. ¿Sabías que sin la Tierra el sol no podría dar ese tono rojizo a la Luna?

Se desnudó, estaba excitado, más que nunca en su vida.

—Mira el lado positivo, no vas a morir virgen.

Se acercó a ella y volvió a golpearla en la cara. No sabía si iba a aguantar a penetrarla o se correría antes.

Le mordió un pecho y ella gritó. Pensó en arrancarle los pezones a mordiscos, pero no podría justificar la sangre en la boca.

—¡No, no, no! —gritó ella.

—Esto es mejor que haber ganado mil euros.

En ese instante sonó una explosión. La puerta cayó y la habitación se llenó de humo y de policías. Rubén sintió que le derribaban y algo frío le apretaba los genitales.

—Muévete y te vuelo las pelotas, cabrón —le gritó Berta.

Diez minutos antes, en el coche patrulla, Berta y el padre de Sofía volaban por la autovía a mucha mayor velocidad que la permitida.

—El eclipse ya ha empezado, tenemos poco tiempo —dijo la mujer mirando hacia la luna.

—¿Pero cómo sabes dónde está Marco? —preguntó el padre.

—No tengo ni idea.

—Entonces, ¿a dónde vamos?

—A casa de Rubén. ¿Recuerdas que en el análisis de la sangre del dibujo había restos de un tejido? Me han llamado para decirme que era el mismo que el de la camiseta que Rubén me llevó para analizar la sangre de Marco. Fue él quien hizo el dibujo con la sangre de Marco.

Jorge Moreno

El dilema

Autor@: 

Ilustrador@: Rosa García

Corrector@: 

Género: Humor

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Jorge Moreno. La ilustración es propiedad de Rosa García. Quedan reservados todos los derechos de autor.

El dilema.

—Mujer, ya sé que te lo prometí, pero de eso hace muchos años… No, no, no quiero decir que no lo sentía, pero éramos unos críos, no sé… llamarme ahora para que cumpla esa promesa…

No sabía cómo salir de ese embrollo, bueno, sí, era fácil salir, la situación era demencial y bastaba con decir no, pero en cuarenta años de vida nunca había dejado de cumplir una promesa, pero aquello…

Cinco minutos antes recibí una llamada en el móvil de un número desconocido. No suelo contestar, la verdad, casi siempre son llamadas comerciales, pero en ese momento pensé que podía ser importante, no sé, un sorteo que había ganado, en algún momento tendría que ganar alguno, y me dio por contestar. En mala hora. Mejor si hubiese pasado y entonces tendría un dilema menos.

La cosa es que contesté y por el auricular me llegó la voz de una mujer.
—¿Fran? ¿Eres tú, Fran?

Eso descartaba que fuese un comercial. Normalmente decían: «¿Don Francisco Álvarez?». Pero también descartaba la posibilidad de que hubiera ganado algo en un sorteo.
—Sí, soy yo.

Debí haber dicho que no era yo, que se había equivocado y colgar, pero no, tuve que decir que era yo
—No sabes quién soy, ¿verdad?

No tenía ni idea, pero tampoco podía reconocerlo. Yo no era de esa clase de hombres que no recuerdan a una mujer, aunque la realidad era que no la recordaba. Ni siquiera pensaba que tuviera que recordar a ninguna.
—Soy Lucía.

—¡Lucía, qué sorpresa! Así de golpe no había reconocido tu voz —dije, haciendo un rápido recorrido mental por todas las Lucías que conocía.
—No tienes ni idea de quién soy.
—No, mujer, claro que me acuerdo, pero es que llevo mucho rato al sol… y la cabeza…
—Lucía Jiménez.

Lucía Jiménez. Mi Lucía Jiménez. ¿Cómo iba a reconocer la voz si hacía más de veinte años que no sabía nada de ella?
—Lu… Lu… Luci… Lucía. ¿Eres tú de verdad? ¿Pero cómo has conseguido mi teléfono? Después de cuánto tiempo, ¿veinte años?
—Veintiséis.

Claro, veintiséis años, era verdad, teníamos catorce cuando terminamos en el cole, antes de ir al instituto.
—¡Veintiséis! Me parece increíble que seas tú, pero cuéntame, qué ha sido de tu vida, dónde vives, cómo me has encontrado…

—Es fácil, hoy en día puedes encontrar a cualquiera. Pero mira, Fran, yo te llamaba por una cosa.
¿Por una cosa? ¿Después de veinticinco años alguien te llama por una cosa? ¿Por qué? ¿Porque no le devolví el casete de los ACDC?

—¿Dónde vives? Si eso, quedamos y nos tomamos un café y me lo cuentas.
Sí, vale, tenía curiosidad por verla después de tantos años.
—Sí, de eso habrá tiempo, pero yo te quería pedir una cosa.
¿Dónde podría conseguir un casete de ACDC? Seguro que me iba a pedir que se lo devolviese.

—Hace veintiséis años, poco antes de que no volviésemos a vernos, me prometiste una cosa, ¿lo recuerdas?
¿Cómo iba a olvidarlo?
—Claro que lo recuerdo, Lucía.
—Pues quería pedirte que cumplieras tu promesa.
—¿Cómo?
—Pues eso, Pablo, que quiero que cumplas lo que me prometiste.

No podía ser, no tenía lógica.

—Pero, Lucía… eran otras circunstancias, otra situación, hemos cambiado mucho.
—Pero me lo prometiste.
—Mujer, ya sé que te lo prometí, pero de eso hace muchos años.
—Vamos, que no lo sentías, tú solo querías conseguir lo que conseguiste y ya está.

—No, no, no quiero decir que no lo sentía, pero éramos unos críos, no sé… llamarme ahora para que cumpla esa promesa…

—Pensé que tú eras diferente, que siempre cumplías lo que prometías, o al menos era lo que decías cuando éramos pequeños. Al menos te creí cuando éramos novios y me lo prometiste.
—Mujer, novios, lo que se dice novios, nunca lo fuimos…
—¿Ah, no? No te reconozco, Fran. Pensé que eras sincero, pero solo querías lo que querías.

—Que no, que no, en serio… Yo cumplo lo que prometo… y si te lo prometí… lo intentaré…

—¿En serio? ¿De verdad? Ya sabía yo que podía confiar en ti.

—Lo intentaré, he dicho que lo intentaré. Haré todo lo posible por cumplir mi promesa, pero no es fácil, estoy casado… tengo un hijo…

—Yo sé que lo cumplirás.

Quedamos una semana más tarde para darle mi respuesta definitiva.

Fue una semana horrible. Estaba lleno de dudas, atormentado por el dilema que se me había planteado. Siempre había pensado que las promesas son para cumplirlas y que no se debe prometer nada que no se esté seguro de que se va a cumplir. Cuando se lo prometí a Lucía no cumplí esa regla, lo reconozco, no pensaba con claridad y la promesa fue motivada por el deseo de conseguir lo que conseguí. Pero había sido una promesa y debería cumplirla, más aún cuando la hice por interés, saltándome mis propias convicciones. Fui un canalla, lo reconozco.

No me atreví a hablarlo con mi mujer, ella no lo entendería, le parecería mal, por supuesto. Tampoco le dije nada a mi hijo, era muy pequeño y no comprendería que lo hiciera. Cuando fuese más mayor seguro que sí, los hombres somos diferentes y seguro que haría lo mismo en mi situación.

Un día antes de la cita con Lucía me encontré con Alejandro, mi mejor amigo. Me conocía demasiado bien como para no darse cuenta de que algo me atormentaba y se lo conté todo.

—Hombre, Fran, yo creo que es algo absurdo, no puede pretender que mantengas esa promesa ahora. Cualquiera te diría que es ilógico.
—Ya, pero se lo prometí.
—Pero moralmente no estás obligado.
—Si estoy obligado en algo, sobre todo es moralmente.
—Venga, hombre. ¿Y qué opina tu mujer?
—¡Nada! No se lo he dicho.
—¿Que no se lo has dicho?
—Por supuesto que no, ya sabes cómo es, no lo entendería. Y luego está el niño… no quiero que sufra.
—Y si al final lo haces, ¿qué le vas a decir?
—Nada, no se lo voy a decir.
—Pero lo descubrirá.
—Quizá no.
—Seguro que sí, ellas se dan cuenta de esas cosas.
—Pues no sé, algo me inventaré.

—Fran, en serio, no lo hagas. Ya sé que es difícil, no nos surgen oportunidades así a menudo, más bien, nunca nos surgen, pero te arruinarás la vida. Puede salir mal, tu mujer lo descubrirá, tu hijo lo sabrá. ¿Y si decide dejarte?

—¿Dejarme?

—Sí, puede pensar que es una traición, una pérdida de confianza. Las mujeres son diferentes a nosotros. Para ti es cumplir una promesa y para ella puede ser una traición. Lucía no tiene derecho a aparecer veintiséis años después y exigirte que cumplas una promesa que hiciste con catorce años, llevado por las hormonas para conseguir lo que querías.

Alejandro tenía razón. No podía hacerme sentir culpable. No podía pretender que me jugase mi familia por aquello.

Al día siguiente vería a Lucía y le diría que no. Incumpliría mi promesa, sí, pero hay cosas que un hombre debe hacer. Probablemente me insultaría y tendría razón en todo ello, pero no podía llegar tan lejos.

Habíamos quedado en una cafetería del centro. Yo llegué con mucha antelación, estaba deseando acabar con todo aquello, decirle que no iba a hacerlo y volver a mi vida.

Ya iba por el tercer café cuando entró. La reconocí al instante. En veintiséis años su cara había cambiado, pero mantenía ciertos rasgos de la adolescencia. Al verla recordé por qué hice aquella promesa tan desesperada. Entonces era preciosa y ahora lo era todavía más, con la misma nariz, los mismos ojos, la misma sonrisa y, además, un cuerpo de mujer. Estaba impresionante. No entendía por qué tenía que recurrir a mí para lo que quería.

Me levanté y al verme me sonrió, pero no con la boca, sino con los ojos. Aceleró el paso hasta llegar a mí y me abrazó. Iba a ser muy difícil.

Ella pidió un café y yo una tila.

Empezamos a hablar de lo que habíamos hecho en los últimos veintiséis años y luego de recuerdos de nuestra infancia y adolescencia. ¿Por qué dejé de verla? Vale que fuimos a institutos diferentes y que nos separamos, pero podía haberme esforzado en mantener el contacto, ¿no? Si lo hubiera hecho entonces en lugar de en esa cafetería, estaríamos en nuestra casa, con nuestros hijos, sin tener que romper mi promesa. Lo había estado alargando, buscando razones más poderosas para decir que no que las que tenía para decir que sí. Era la hora.

—Lucía, sobre lo de la promesa, quería decirte…
—¡Ay, Fran! Qué feliz me hiciste. Te juro que pensaba que me ibas a decir que no, pero cuando accediste a quedar para concretarlo me dije que por qué había dudado, que tú siempre fuiste un chico de palabra, y eras muy bueno, Fran, el mejor que he conocido en mi vida.
Y lo dijo con esa sonrisa en la boca y en los ojos.
La cosa no iba bien.
—Pero ¿por qué yo? ¿Y tu marido?
—Él… no puede.
—¿Y cualquier otro…?

—He buscado mucho, ni te imaginas cuánto. Bases de datos, historiales médicos. Un día me acordé de ti y de lo que me prometiste. Al instante supe que debías ser tú, pero sobre todo quería que fueses tú.

Era hombre muerto.
—¿Y… cuándo tendría que…?
—Lo he preparado todo para esta tarde.
—¡Esta tarde!
—No puedo esperar más.
No pude negarme. No opuse resistencia, o quizá no quise oponerla. Cuando quise darme cuenta estaba entrando en el hospital y en un suspiro estaba desnudo.
Pensé que aquello sería más íntimo, pero había mucha gente.
—Doctor, ¿me va a doler? —pregunté.
El médico hizo una mueca que me pareció una sonrisa.
—No.

Ilustración de Rosa García

 

Veintiséis años antes

—Lucía, dame un beso.
—¡Un beso! ¿Por qué tendría que dártelo?
—Porque estás deseándolo.
—¡Ja!
—Porque estoy muy enfermo y solo se cura con un beso.
—Ni de broma.
—¿Vas a dejarme morir? Llevarás ese peso sobre tu conciencia toda la vida.
—Que te lo dé tu madre, o tu hermana.
—No pueden ser familiares.
—Pues que te lo dé Piluca.
—¡No! Agh.
—¿Y por qué tengo que ser yo?
—Pues…
—Dime la verdad.
—Porque te quiero.
—¿Y por qué he de creerte?
—Te lo prometo.
—No te creo.
—En serio, bastante corte me ha dado decirlo.
—¿Qué serías capaz de hacer por mí?
—Lo que tú quieras.
—¿Harías cualquier cosa que te pidiera?
—Cualquier cosa.
—Promételo.
—Te lo prometo.
—¿Cualquier cosa? ¿Hasta darme un riñón?
—Hasta un riñón, te lo prometo.

Jorge Moreno.

La cara sin rostro

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Relato romantico-misterio

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Jorge Pérez Rivero. La ilustración es propiedad de Olga Ruiz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La cara sin rostro.

Querido diario:

Hace tiempo que no nos sentamos tú y yo a charlar durante un rato y espero que no estés molesto por ello; soy consciente y te pido disculpas. Barcelona da para mucho y normalmente dedico unos minutos de mi tiempo, antes de dormir, para contarte mis penas o mis pensamientos, aunque esta vez se haya alargado demasiado nuestro reencuentro.
No quisiera aburrirte con estúpidos comentarios sobre problemas personales que no interesan a un ente como tú y por ello, para salvar estas semanas de ausencia y sufrimiento por tu supuesta parte, voy a regalarte uno de mis secretos mejor guardados y que supondría un gran descubrimiento si alguna vez llegase a ser un escritor mundialmente conocido.
Sí… Ya sé que lo he soñado muchas veces pero, aunque vaya con algo de retraso en mis escritos, aún tengo tiempo para alcanzar la cima si bien lo que vaya a relatarte ahora no tenga mucho que ver con mi futuro éxito y fortuna.
¿Preparado?
Todo comenzó hace ya muchos años, catorce creo recordar, y quizás lo que hago ahora sea un pequeño homenaje por aquella maravillosa época. Realmente no fueron los mejores de mi vida pero tuvieron algo de sentido a la hora de convertirme en escritor.
¿Qué? ¿Por qué llegué a decidirlo? Esa es una buena pregunta y has hecho muy bien en plantearla, ya que es parte fundamental en este relato; sin ello, nada de esto hubiera ocurrido.
Mi profesora de Historia había escrito varios libros y nadie en la clase tenía conocimiento sobre aquello: algunos versaban sobre la Guerra Civil española y otros abarcaban, también, el ámbito histórico. Aquello me impactó gratamente pues nunca antes había conocido a un escritor en persona, de mayor o menor nivel, pero seguía siendo mi primera vez. La conversación que mantuvo con nosotros sobre ello me dejó impresionado y, a mis catorce años de edad, comencé a reflexionar sobre el tema, pues mil y una historias rondaban en mi cabeza y descubrirlo quizás hubiera sido la acción que necesitaba para darme cuenta de que podía compartirlas con el resto del mundo igual que otros así lo había hecho ya.
Sí, esto no es ningún secreto, lo sé. Pero para que haya misterio, primero debía hablarte sobre esta parte o no lo habrías entendido. Dame unos minutos para pensar cómo contártelo y verás.
Iba a la misma clase que yo y así lo hizo hasta que acabé el instituto. Sí, estamos hablando de una compañera, aunque te sorprenda, pero había algo en ella que me marcó para siempre. ¿Amor? Quién sabe. Yo era joven e inexperto en esos temas y ni sabía siquiera lo que realmente me gustaba pero allí estaba, cada día, cada recreo, cada examen. Esperando que levantase la mano para escucharla hablar o que saliera a la pizarra y así verla más de cerca. Era de las más listas de la clase, ¿sabes?, y ello me fascinaba, pero yo era muy tímido y nunca dije nada. Qué podría decir, bastante traumas tenía ya y no me apetecía llamar la atención más de lo debido.
¿Que si ella tiene que ver con el secreto? Para ser un libro inanimado eres más listo de lo que pensaba. Sí, ella es realmente el secreto.
La última vez que la vi fue hace ocho años, creo recordar, y realmente nada cambió para con nuestra relación. Simplemente un saludo amable que no tornó en nada más. Es cierto que intenté de alguna forma acercarme más a ella durante nuestra etapa estudiantil en alguna de las fiestas que se organizaron, pero de poco sirvieron las breves conversaciones que mantuvimos. No existiría este secreto si todo hubiese ido a mejor, ya me entiendes.
Ya, ya, que vaya al grano, no me presiones más que terminaré en breve.
Como muy bien sabes, en 2011 publiqué mi primer libro pero, realmente, no fue el primero que escribí. Mi obra magna, que algún día verá la luz, la inicié justo el año en que mi profesora de Historia nos reveló su segunda profesión. Aquel momento, ya con quince años, y todas aquellas sensaciones revoloteando en mi cabeza, me llevó a recrear la única forma posible de poder estar con ella. Un personaje se enamoraba del actor principal y era algo muy puro que, en algún momento, le salvaría la vida. No, no voy a revelarte nada. Ya lo verás cuando se publique de aquí a unos años. Lo importante es el hecho de que esta relación no es tan ficticia y surgió por una razón real y ello me dio que pensar cuando tuve la oportunidad de publicar mi primer libro. Y ahora, con el segundo en camino y el tercero finalizándolo, todos tendrán algo en común.
¡Vaya! Sigues dejándome sin habla. ¡Muy bien! Lo has adivinado, aunque he de reconocer que te lo he puesto bien fácil.
Si alguna vez soy un escritor conocido y lees varias de mis obras, búscala entre mis páginas pues ella participará en cada una de las historias. Ya fuere de actor principal, secundario o un mero caminante que pasaba por allí y no sea piedra angular en momento alguno. Da igual si los libros tratan sobre ciencia ficción, policiacas, históricas o una mezcla de géneros, su simple recuerdo las hace importantes. Al releerlas aún tengo la sensación de que realmente sí que sabía que yo existía y que pudiera haber hecho algún movimiento tratando de ponerme en contacto con ella. Quién sabe, puede que se convierta en una fan y lo descubra por sí misma. Mientras tanto, su cara tendrá muchas descripciones, pero su rostro será único e invisible para todo el mundo menos para mí.

Ilustración de Olga Ruiz

Buf, creo que ya ha estado bien por hoy. No te quejarás de todo lo que te he contado. Valdrá para compensar todo lo que no he escrito durante estas semanas.
No me mires así, sabes que mis palabras son ciertas y convencerían a cualquier tribunal que las juzgara. Ahora bien, solo tú y yo lo sabemos, así que mantén las cubiertas cerradas y no lo airees por ahí o se terminará la magia.
Bueno, es hora de dormir. Hablamos mañana, ¿vale?
Descansa y coge fuerzas para mis encontronazos del día.
Buenas noches.

Jorge Pérez Rivero
Barcelona, 13-02-2018

 

Ellos

Autor@: 

Ilustrador@:  

Corrector@: 

Género: Microrrelato

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Daniel Camargo. La ilustración es propiedad deSergio “Gan” Retamero. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Ellos.

Es difícil describir el horror.

Están ahí. Lo sé, a pesar de la oscuridad impenetrable que me impide ver mi propia mano a centímetros de mi cara.

Sí, ellos están ahí, estoy segura. Lo noto por el olor. Por ese tufo penetrante y fétido, tan característico. Un olor a organismo podrido, a animal muerto. Al principio me provocaba un rechazo casi imposible de superar, hasta el punto de hacerme vomitar, pero poco a poco me he ido acostumbrando.

Avanzo lentamente, en medio de esa negrura pestilente. A tientas, con riesgo a tropezarme, presintiendo lo peor. Mi sentido común me impulsa a retroceder y marcharme, pero tengo que hacerlo… Es mi obligación.

Sé que el suelo está lleno de trampas, por eso voy tan lenta, cuidando cada movimiento en ese laberinto, temerosa de tropezar y caer. Como un ciego en medio de una mudanza o un comando atravesando un campo minado.

Ahora escucho un sonido grave, acompasado, rítmico. Como el ronquido de una fiera dormida. Y ese sonido me estremece, me transporta al pasado, me recuerda otros momentos… Trato de usarlo como referencia para orientarme en la oscuridad, pero no lo consigo. El ambiente enrarecido dificulta la respiración, y la falta de oxígeno en mi cerebro me impide pensar con claridad.

Pero poco a poco, a medida que avanzo, mis ojos se van acostumbrando algo a esa pertinaz oscuridad. Creo detectar formas múltiples, diversas y abigarradas, como bultos acumulados, un caos absoluto. En realidad, no tengo claro hasta qué punto es real lo que veo, o si es mi mente la que me está jugando una mala pasada. Me restriego los ojos y vuelvo a mirar. En medio de esas sombras fantasmagóricas intento divisar algún movimiento, alguna señal de vida. Pero no consigo descifrar el enigma.

Y ese olor, mezcla de almizcle y sudor, que tal vez nunca consiga eliminar de mi recuerdo.

Tengo que avanzar, no puedo distraerme, tengo un objetivo, más allá de mi curiosidad. De pronto piso algo, algo orgánico, blando, pegajoso. En mi mente se disparan mil asociaciones, pero me esfuerzo por salir de ese bucle y sigo adelante. Me pongo a rezar para tener la mente entretenida. Prefiero no saber de qué se trata.

Y continúo. Lenta, torpe, temerosa… Continúo.

El ronquido es cada vez más cercano y persistente, y el hedor más intenso, lo que me indica que voy en la dirección correcta.

No es la primera vez que entro, qué va, ya son muchas. Muchas más de las que hubiera querido. Ni tampoco será la última, claro. Pero nunca es igual. Siempre es distinto. Siempre es peor.

Ellos tienen esa extraña capacidad de sorprenderme siempre de algún modo. De aumentar mi ansiedad y mi angustia.

Al avanzar, algo me roza la pierna. Algo fláccido. Creo detectar un movimiento pendular, como si fuera la cabeza de un pollo muerto. Qué asco…

Dios mío, como tantas otras veces, estoy a punto de abandonar, de dejarlo, de retroceder. Pero la responsabilidad puede más. Tengo que hacerlo. Si no lo hago yo, no lo hará nadie.

Y sigo, muy a mi pesar, sigo. A pesar del olor, ese olor repugnante que se mete en mi nariz como un cuchillo impregnado en orín de zorrino.

El avance es lento, pero ya falta poco. No podría calcular cuánto he caminado, ni cuánto tiempo ha pasado desde que entré, pero sé que falta poco.

Ya los tengo cerca, muy cerca. No llego a verlos, pero lo noto. El calor y la humedad son sofocantes. Y el zumbido se ha detenido.

Ahora oigo su respiración, profunda, acompasada. Y noto más que nunca ese hedor fétido.

Estiro el brazo y toco la pared, caliente y húmeda. Voy palpando esa superficie lisa hasta que la encuentro. Toco la cuerda, vertical y tensa como una serpiente cobra a punto de atacar.

La rodeo con mano y la aprieto con fuerza. Como otras veces. Respiro hondo y tiro hacia abajo, en un único movimiento rápido y preciso.

Y la persiana sube…

—¡¡Mamá!! ¡¡Baja esoooo!! ¿No ves que estamos durmiendo, coño?

—¡Que no! ¡Que ya es hora de comer! ¡Se acabó! ¡Se levantan y se duchan! ¡Y a ordenar la habitación, que es un caos!

Ilustración de Sergio “Gan” Retamero

Daniel Camargo

29ª Convocatoria: La Nieve

Guerreros de nieve.

Ilustración de Daniel Camargo

Era mi último día en la Academia de las Nubes. Por fin estaba listo para ir al mundo, pasear por él en lugar de observarlo desde la distancia. Llegó la hora del salto masivo, de la invasión de la tierra para por fin hacer una superficie terrestre adecuada para la vida.

Allá vamos. La misión de mi pelotón es taponar las salidas de los habitáculos de nuestros enemigos los carnosos. Lentamente caemos. Somos la ventisca definitiva. Me posiciono en la formación de ataque y sigilosamente nos acercamos hasta la entrada de madera y cristal. El primer destacamento ya está llegando, yo por el contrario aún estoy a cierta distancia, pero por los puntos de observación veo a los carnosos asomados con una expresión que debe de ser de miedo pues tienen la boca abierta y nos señalan. Un último giro en formación y ahuecamos el cuerpo para el impacto contra la madera. El golpe ha sido duro, pero para ello llevamos preparándonos semanas desde que salimos del lago guardería aún sin habernos enfriado para la guerra. Ocupo mi lugar contra la madera empujando con los compañeros para evitar el contraataque de los carnosos. Somos el muro que recordarán las generaciones venideras.

No sé cuánto tiempo pasó, pero allí estábamos aguantando impasiblemente cuando la madera cedió dejando paso a la guarida. Fue entonces cuando nos lanzamos al ataque contra el sorprendido carnoso que hacia guardia tras la madera. Fue un ataque relámpago y logramos derribar al rival. Todo iba perfecto cuando un nuevo carnoso apareció. Nosotros estábamos cansados y enseguida fuimos conscientes de que íbamos a ser derrotados pues los nuevos carnosos venían armados con una vara de madera con una especie de pequeño muro de metal en la punta. Con cada arremetida del arma miles de los nuestros eran expulsados. El final estaba cerca, sólo cabía esperar que al menos fuera rápido e indoloro.

Estábamos en el aire cuando un carnoso más pequeño que los anteriores dijo: 

—Papá, hagamos personas de nieve.

No sé qué significaba aquello, pero no me gustaba nada. Los carnosos empezaron a atrapar a los nuestros y los apretaban en un claro intento de asfixiarnos. Poco a poco nos capturaban, nos presionaban unos contra otros, y dándonos por muertos nos amontonaban. Yo rodé sobre mis compañeros y hui intentando coger una corriente que me elevara para poder informar al alto mando. Todo fue en vano, me cogieron y noté cómo me apretaban, Tal era la presión que noté cómo mi cuerpo se fusionaba con el de mis compañeros.

Entendí entonces que había sido derrotado. Exhausto y deshecho me limité a resignarme y ocupar mi sitio en la montaña de caídos mientras esperaba exhalar mi última gota de vida.

El sol salió y noté cómo se me escapaban las fuerzas cuando el pequeño carnoso decidió poner fin a mi existencia aplastándonos a unos cuantos con un dolmen anaranjado mientras decía:

—Mira, papi, ahora ya es una persona de nieve.

Sergio Pastrana

La muerte es blanca, fría y acogedora

Autor@: Juan Ramón Lorenzana

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Terror

Rating:+ 16

Este relato es propiedad de Juan Ramón Lorenzana. La ilustración es propiedad de Rafa Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La muerte es blanca, fría y acogedora.

Continuación de “El Miedo”

Soy tan feliz. Sonrío a cada paso y apenas noto el peso de mi cuerpo. Sonrío mientras camino por las blancas calles y los copos de nieve parecen negarse a tocar el suelo creando una escena de cuento donde la protagonista soy yo. Soy feliz porque Nerea está viva. Porque fui yo quien soltó las ligaduras que en sus manos y pies ataban su cuerpo a una mesa de metal en sádica tortura. Porque fui yo quien le quitó la mordaza de la boca que le impedía gritar. Y fui yo también la que cortó el precinto de embalar que selló sus ojos durante aquellos interminables días.

No puedo evitar sonreír mientras extraigo lo que queda de un corazón que parece haber implosionado y lo deposito sobre una pequeña bandeja de metal y recuerdo todo lo que paso.

Esa mañana sonó en mi teléfono la canción de Amy MacDonald This is the life que pocos días antes Nerea me había configurado como tono de llamada entrante. En ese momento me dio un vuelco el corazón y la ansiedad e ilusión de escuchar su voz provocó que mis nerviosas manos apenas acertaran a encontrarlo entre todas las cosas que guardaba en el bolso. Cuando por fin pude cogerlo y ver quien me llamaba, el alma se me cayó a los pies, la angustia asaltó mi corazón y las lágrimas nuevamente tomaron posiciones al borde del abismo de mis ojos. Era el teniente Linares y sólo acierto a pronunciar un casi inaudible <<¿sí?>>. Al otro lado del auricular la voz rota del teniente me dijo con mecánica entonación: <<tu novia está secuestrada en la casa del capitán Cantalapiedra. Él es el asesino de la chica bielorrusa y ahora mismo lo estoy deteniendo en su despacho>>. Después pude oír claramente de la voz del capitán, un <<hijo de puta>> seguido de un disparo, un silencio y un nuevo disparo. Inmediatamente después se cortó la comunicación.

La acompañé todo el día y toda la noche en el hospital. Solo a la mañana siguiente la dejé sola porque el juez de instrucción que lleva el caso quería tomarme declaración urgentemente. No podía ni quería negarme. Al teniente Linares le estaban haciendo muchas preguntas. Pegarle un tiro a un capitán de la Guardia Civil no es nada fácil de explicar, aunque dicho capitán sea un degenerado de mierda y multitud de pruebas indiscutibles le señalen como asesino. Además, Nerea lo identificó perfectamente y así lo declaró en el mismo hospital. La declaración del teniente encaja perfectamente: el capitán iba a ser detenido e intentó matar al teniente con un arma, pero falló el disparo y este sacó su arma reglamentaria, le disparó y lo mató. Así de sencillo. Yo misma fui testigo auricular, se podría decir, de la sucesión de hechos. Todo está tan claro que no creo que tenga problemas. Además, no tienen ganas de más escándalo y quieren que este dramático y bochornoso suceso pase pronto a formar parte de un pasado que a todo el mundo le interesa olvidar.

Nerea apenas estuvo dos días en el hospital después de la semana de cautiverio que padeció. Es una mujer muy fuerte, siempre ha sido muy fuerte, mucho más que yo. Nerea es una superviviente, siempre sale adelante, siempre encuentra una cuerda, un madero a la deriva, un clavo ardiente al que asirse. Y después de que el drama ha pasado, reinicia su vida no como si nada hubiera ocurrido sino con esa actitud tan racional, y a la vez tan sorprendente para los que lo sentimental antecede al pensamiento racional, de no permitir al pasado que se interponga o condicione las enormes posibilidades que ofrece el futuro. Es muy inteligente esta actitud, esa forma de pensar y actuar, pero no puedo negar que para mí, que siempre he sido de la opinión de que no se puede vivir a toda costa, me parece un poco triste esa faceta inteligentemente utilitaria de Nerea porque, si ella me faltara, para mí ya no habría un mañana. Sé que es absurdo porque siempre hay un mañana, la tierra nunca deja de girar, hay hombres y mujeres por doquier amando, trabajando, muriendo, luchando, soñando, viviendo; pero me encontraría vacía, sin sentido mi vida, peor aún, pensaría que ser feliz o tan siquiera vivir sería como reconocer que mi amor no fue tan intenso ni tan de verdad como lo siento. Y por otra parte, si yo faltase, sé que ella lloraría mi ausencia y que de verdad tendría pena, pero también sé que en un tiempo que se podría contar en semanas, quizás días, me dejaría aparcada en su memoria como un bonito recuerdo.

Ya lo estoy haciendo otra vez. Invento mi vida y la de Nerea a partir de sentimientos como los celos, el miedo o la inseguridad y a partir de ellos tengo pensamientos irracionales, llego a conclusiones potencialmente erróneas y estos pensamientos me conducen irremediablemente a sentir más miedo, más celos, más inseguridad. Este círculo vicioso sólo me conduce a la infelicidad y a una tristeza que no tienen relación con mi situación real actual. Me imagino la tristeza, pienso en la tristeza y tengo sentimientos tristes que me conducen inexorablemente a nuevos pensamientos tristes. Es un círculo vicioso y falso que debo romper, y voy a romper. Lo romperé con realidad racional basada en hechos contrastables. No me inventaré una realidad positiva para engañarme. Si los hechos son tristes estaré triste e intentaré superarlos, pero si son alegres seré feliz y disfrutaré de ellos como merezco.

“Orificio de entrada por el globo ocular derecho. Orificio de salida, un enorme boquete de unos diez centímetros de diámetro en el parietal…”.

Vuelvo al trabajo después de tomarme unas semanas de vacaciones y lo primero que hago es leer el informe del forense que se encargó de hacer la autopsia del cadáver del degenerado que destruyó la vida de esa pobre chica e intentó lo mismo con el amor de mi vida. Pero pronto cierro el informe, no quiero que malos recuerdos empañen este momento tan feliz.

Pienso. Y pienso en los maravillosos días que hemos pasado en Florencia. Cuando Nerea estaba todavía en el hospital, le propuse que nos fuéramos de la ciudad unos días para descansar, hablar y olvidar los acontecimientos que habían trastocado de forma horrible nuestras vidas. <<Nos marcharemos a París o Londres e iremos de compras, nos besaremos en todos los puentes, nos acostaremos siempre tarde con unas copas de más y haremos el amor hasta que el amanecer o hasta que el hambre nos obligue a levantarnos de la cama. Pero si lo prefieres podemos irnos a la playa a tomar tranquilamente el sol recostadas en unas tumbonas mientras nos sirven daiquiris con sombrillitas de colores>>. Me dijo que sí con una dolorosa sonrisa y luego me dijo que, si no me importaba, le gustaría ir a Florencia. Por supuesto le dije que sí y… El teléfono me despierta de nuevo de la ensoñación. Me avisan de un cadáver que bajan en el ascensor y que el juez de instrucción quiere el informe forense lo antes posible.

Me pongo la bata verde y me enfundo los guantes. ¡Cuánto antes empiece, antes terminaré!

Hombre de cuarenta y dos años fallecido hace dos horas en el Hospital General por fallo multiorgánico. Víctima de un atropello. El conductor se dio a la fuga y poco después fue detenido, resultando ser la presunta homicida su esposa. ¡Joder, qué sorpresa! Seguro que es otra de esas mujeres que son maltratadas, torturadas y vejadas durante años por su marido hasta que un día se les va la cabeza y le dan su merecido al muy cabrón.

En cuanto veo su cuerpo desnudo sobre la mesa de metal de la sala de autopsias algo llama mi atención. Me acerco sorprendida y con el dedo índice de la mano derecha cuento: uno, dos, tres, cuatro…, hasta veinticinco. Me alejo un poco del cadáver y enciendo el potente foco cenital de la sala para que mi cerebro se crea lo que mis ojos le han contado apenas hace unos segundos a media luz. La escena me deja anonadada. Un hombre de mediana estatura y de una complexión normal que, por la cantidad de cicatrices de su cuerpo, parece que se ha ganado la vida como mercenario en algunas esas guerras que por el mundo hay. Pero me consta en el informe que es comercial farmacéutico, y no digo que no sea una profesión difícil pero no es para esto. Después de lavar el cuerpo vuelvo a contar las marcas de forma sistemáticamente, empezando por la cabeza, continuando después por delante y luego por detrás, y ahora he contado cincuenta y tres. ¡Increíble! Su cuerpo es un verdadero mapa del dolor. Se pueden distinguir cicatrices de al menos quince años de antigüedad, al lado de otras que no tendrán más de dos o tres meses. Esto no es normal, parece como si este hombre hubiera sido torturado durante años.

Dejo por un momento mi trabajo y hago un par de llamadas de teléfono. En pocos minutos llega a mi ordenador los informes médicos de toda la vida del paciente. Desde la infancia, donde tan sólo constan las vacunaciones obligatorias, hasta el día que ingresó tras el atropello y dos días después el certificado de defunción. No hay nada anormal en su expediente, ni siquiera una operación de apendicitis o amígdalas. Todo normal hasta hace aproximadamente quince años, cuando empieza a sufrir ingresos y asistencia en los servicios de urgencias de varios hospitales y centros de salud. En total, doce ingresos por causas como:

Rotura de tibia de la pierna derecho.

Fractura del humero y radio brazo izquierdo.

Cinco costillas también fracturadas, dos de ellas en dos ocasiones.

Rotura parcial del bazo.

Perforación de un pulmón.

Rotura del tímpano de la oreja izquierda.

Luxación de Lisfranc

Amputación parcial del vértice lingual.

¡Dios Santo! Y la lista continúa.

Repaso cada lesión especificada en el informe médico y cuando termino me doy cuenta de que no voy ni por la mitad de las que en realidad ha padecido el cuerpo de este hombre. La lista de abrasiones, laceraciones, avulsiones y mordeduras es verdaderamente increíble. Me llama la atención sobremanera un agujero por el que puedo introducir mi dedo meñique y que atraviesa de lado a lado la palma de la mano izquierda. Vuelvo a examinar su informe médico y… no hay constancia de esta lesión. ¡Sorprendente!

Estoy en plena faena. Corto con la sierra el pecho de este hombre cuando, ¡maldita sea!, un apestoso olor a tabaco irrita mi pituitaria y mi ánimo. El muerto no era fumador, tiene los pulmones reventados pero sonrosados como los de un niño. A mi espalda oigo cómo se acercan los pesados pasos del teniente Linares. El humo de su Ducados le precede y cuando ya noto su presencia, justo tras de mí, me doy la vuelta con la sierra circular en marcha en la mano.

—Me habías prometido dejar de fumar.

—Y tú que te acostarías conmigo si lo conseguía. Los dos somos muy mentirosos. ¿Por qué no dejas a este tipo descansar un poco y te vienes conmigo a comer? Hoy es mi último día de servicio, mañana seré un hombre jubilado.

—Eso es fantástico, pero mira primero el caso de este hombre. Resulta que le atropelló su mujer y…

—Algo haría, seguro. Además, yo ya estoy retirado y el único muerto que me interesa soy yo. ¿Vamos a comer?

—Sí, dame diez minutos para coserlo y cerrar el informe. He quedado con Nerea muy cerca de aquí en una pequeña tasca.

—Otra vez Nerea en medio de lo nuestro. Tú sabes que yo a ella sólo la quiero para el sexo, en cambio contigo es amor. Sería fantástico que un día mezcláramos el sexo y el amor ¿verdad? Igual os gusta y me queréis para siempre en vuestra vida y entre vuestras piernas. ¿Qué te parece?

—Me parece que eres un cerdo y que no serías capaz de seguir nuestro ritmo.

—Lo de cerdo me parece una obviedad y lo segundo es mi problema… Ya puedo leer en mi esquela:Vivió un infierno, murió en la gloria.

—Qué tonto eres. Ya está. Déjame meter al muerto a la nevera, me quito la bata, me lavo un poco y nos vamos.

La muerte es blanca, fría y acogedora.

Liviana y suave. Tenía los pechos pequeños y la sonrisa amplia. Se dormía en cualquier parte en cuanto su oreja derecha alcanzaba una almohada, cojín o mi hombro. Conseguí catalogar dieciséis de sus sonrisas y para qué o cuándo las usaba. Sin embargo sólo tenía dos maneras de enfadarse y ambas terminaban de la misma manera, ella llorando. Una era de silencio, con la boca formando una perfecta línea recta donde habían desaparecido completamente los labios. Yo sabía entonces que debía darle un poco de espacio y de tiempo para rumiar su pena, pero no demasiado. La espera finalizaba en cuanto detectaba que se quebrantaba la delgada línea recta dibujada en su cara. A veces era una simple vibración en el lado izquierdo del labio superior o un leve arqueamiento de su boca en algo parecido a una extraña sonrisa invertida. En ambos casos no había que esperar demasiado. Era necesario acercarse a ella con tacto y sin pausa, sin esperar una rendición. Tan solo era necesario abrazarla o decirle un “te quiero” para que se desbordaran sus ojos, abriera sus brazos y soltara la pena que le atenazaba el corazón. La segunda manera de enfadarse me la temía más que caer en un pozo lleno de alacranes y toda esa clase de bichos asquerosos, y lo peor de todo es que este tipo de enfados se producían con una regularidad temporal aterradora. Cada tres meses, semana arriba, semana abajo, una explosión de ira acumulada durante ese tiempo se expandía arrasando con todo lo que encontraba a su paso, y como yo siempre estaba a su lado era por tanto lo primero que encontraba al alcance de su desbordada ira. Esto me ha traído dolorosas consecuencias emocionales difíciles de explicar y sobrellevar, y también consecuencias físicas que más o menos rápidamente se curan pero que dejan un recordatorio perenne sobre la piel como, por ejemplo, una cicatriz en la frente sobre el ojo derecho que a punto estuvo, por dos centímetros, de costarme la pérdida de ese globo ocular. En otra ocasión fue un mordisco que puedo recordar perfectamente cada vez que paso el dedo índice por el trapecio izquierdo, pues allí han quedado marcados para la posteridad los pequeños y afilados dientes de mi amada.

No quiero hacer una larga lista de todos los quebrantos físicos que del amor arrebatado y la ira incontrolable han marcado mi cuerpo, pues podría parecer que he soportado por amor tantos años de dolor, quince para ser más exacto. Nada más lejos de la realidad y de mi intención al destacar estos breves sucesos un tanto escabrosos en la enormidad del tiempo de amor apacible que disfruté junto a ella. No quiero parecer, porque no lo soy, un hombre maltratado o tan siquiera mal querido. Creer eso sería un verdadero disparate, además de mentira. Tan solo lo cuento porque sería engañoso esconder la verdad de lo que sucedió hasta llegar a este momento.

Además, nunca me hizo daño con mala intención, solamente que yo estaba en el lugar incorrecto en el momento más inoportuno, y esto lo puedo demostrar con multitud de sucesos, como por ejemplo aquella vez que estando ella recogiendo los platos del lavavajillas, sorpresivamente empezó, sin previo aviso, a lanzarme platos y vasos uno tras otro presa de un furor iracundo.  Ninguno de los seis o siete platos que me lanzó me dio de lleno en la cabeza, que era donde parecía que disparaba, tan sólo un vaso me rozó el hombro derecho dejándome un poco dolorido durante apenas una semana. Esta escena demuestra que nunca fue su intención dañarme, pues yo estaba apenas a cuatro metros de ella y si de verdad hubiera querido hacerme daño, yo no hubiera tenido escapatoria posible. Estoy convencido de que ella falló los lanzamientos a posta. No cabe otra explicación.

Y ya hecha esta salvedad, permítanme, telegráficamente, que haga un resumen de mis daños corporales a los solos efectos del buen fin de esta historia.

1.Rotura del tímpano de la oreja derecha.

Quizá no sea del todo justo adjudicar a mi amada aquel desgraciado accidente que acabó dejándome sordo de un oído porque, aunque fue su codo el que impactó con toda su fuerza ósea, no es menos cierto que yo era consciente de que habían pasado los noventa días de rigor en dos o tres amaneceres más y que esto debería de haber acentuado mi prudencia. Ella estaba acostada de lado dándome la espalda y la tensión de su cuerpo se trasmitía a través del colchón y me impedía dormir. Sin embargo, hice caso omiso de las señales y de mi experiencia e imbuido de ilusiones románticas creí poder calmarla con caricias, mimos y besos. Pero en cuanto mis dedos rozaron su espalda, soltó como un resorte el brazo con tal mala suerte que impactó su codo contra mi oreja y un crujido y la sangre me advirtieron de que algo había ido mal.

No es menos cierto que fui solo a Urgencias esa misma noche a pesar de que los dolores y mareos apenas me dejaban conducir, y también que el tratamiento fue largo, doloroso e infructuoso. Pero sería miserable por mi parte no reconocer que al volver del hospital a la mañana siguiente mi amada desconsolada y rota en llanto se derramó en mis brazos y cubrió de besos mi rostro cansado, aliviando mis quejas con caricias, con lo sientos y con más besos. En el suelo hicimos el amor, amor rápido, intenso y liberador. Aún abrazados sobre el frío terrazo me hizo prometerle amor eterno. Y yo se lo juré.

  2. Orificio de entrada y salida en mano derecha.

En esta ocasión no puedo decir que fuera un accidente sin querer o fruto de la maléfica casualidad. Todo lo contrario, pues fue ella quien me lo advirtió en al menos dos ocasiones, que yo recuerde, aunque puede que fueran tres según me dijo después. El caso es que faltaban pocos días para cumplir el trimestre desde la anterior explosión, que no quiero equivocarme al recordar, pero creo que fue aquella en la que me fracturó por segunda vez el tabique nasal al azotarme con precisión el despertador. Esa vez le fue imposible errar porque estaba dormido y no pude ayudarla esquivando el dichoso aparato. Como digo, habían pasado casi los noventa días de rigor y el incidente con el despertador ya formaba parte de un pasado remoto que no quería recordar. Era domingo por la mañana después de una noche de amor donde no faltó un solo beso por dar, y los cuerpos exhaustos descansaron abrazados hasta que nos despertó el tenue sol que atravesaba las cortinas e inundaba la habitación con un estereoscópico mundo de colores. Me sentía tan feliz y ella dormía tan plácidamente que me levanté, cogí agua, harina, levadura y sal, y me puse manos a la obra a hacer un buen pan artesano. Apenas había mezclado los ingredientes cuando ella me sorprendió por detrás, me abrazó y me besó en la nuca y empezamos a jugar con los ingredientes, a pintarnos de blanco la cara, a besarnos mientras la incipiente masa se nos pegaba los dedos. Después, a ella se le ocurrió que ya que teníamos masa de sobra, iba a intentar por enésima vez preparar las sabrosas galletas que hicieran famosa a su abuela por todos los pueblos de la Ribera del Órbigo. Galletas que su abuela enseñó a hacer a su hija, que esta con igual maestría aprendió a hacer, y con el mismo cariño y mimo enseñó a su hija querida, que es mi amada esposa. Pero por alguna extraña razón jamás conseguía que ni de lejos sus galletas se parecieran a las que hiciera antaño su abuela y, todavía hoy, su octogenaria madre prepara y saboreo al menos una vez al año. Esta incapacidad de mi amada para hacer las famosas galletas produjo en ella un serio trauma que no pocas veces la hizo llorar desconsolada. Sin embargo, su tenacidad y fuerza de voluntad la llevaban a intentarlo en cuanto las circunstancias, el tiempo y su ánimo se lo permitían. Y así llegamos otra vez a aquel domingo por la mañana.

Mi amada que amasa. Mi amada que corta y da forma de personas a las galletitas. Mi amada que sonríe y me besa, feliz ante su convencimiento de que esta vez logrará su objetivo. Mi amada que dibuja en las personitas de galleta los ojos y la boca con un pequeño punzón. Mi amada que coloca cuidadosamente las galletas sobre una bandeja metálica, las introduce en el horno precalentado a doscientos veinte grados y a esperar apenas quince minutos, me dice. Qué maravillosos quince minutos. Pocas veces la vi tan feliz, radiante y ligera, tan suave, húmeda y tierna. La alarma del horno nos avisó de que los quince minutos habían pasado. Se bajó de mí, enfundó sus manos en sendos guantes y abrió el horno. Un delicioso olor inundó la cocina. Sacó la bandeja y la depositó sobre la mesa de la cocina. Los dos nos quedamos en silencio contemplando las galletas. Éramos como dos niños retrasando el momento de disfrutar de los regalos de Navidad. En un instante el silencio se rompió cuando con la voz más dulce y amorosa me dijo: <<Prueba una, sólo una y dime qué tal están>>. En ese mismo instante todo mi mundo perdió el color. Fui consciente del tiempo transcurrido, de lo transcendente de la ocasión, de lo dramático de mi situación. Debía decirle la verdad, mi amada no es estúpida y además probaría las galletas después. Si mentía, no me lo perdonaría porque quizá no seamos la pareja perfecta, pero la sinceridad siempre ha sido el eje de nuestra relación y si faltara yo a ese principio básico de nuestro amor ella jamás me lo perdonaría. Y ahí estaba yo, mirando aterrorizado la caliente bandeja depositaria de mi inminente destino. Y ella que insiste: <<Coge una galleta, amor, que ya no queman y calentitas están mejor>>. Y allá voy yo con mi mano derecha describiendo una lenta y exagerada parábola queriendo aparentar humor, cuando lo cierto era que el más pavoroso miedo punzaba en mi estómago. Y alcanzan los dedos la tostada galleta. Y la miro y soplo y resoplo. Y la muerdo.

Y me mira ansiosa esperando mi reacción y yo… El mundo otra vez se ilumina con todo su color, pues la galleta es deliciosa, tanto como las que hacía su abuela y su madre, quizá más, y así se lo digo. Pero ella no se fía del todo. No es que desconfíe de mi sinceridad, más bien es falta de confianza en sí misma lo que la hace torcer el gesto. Por eso le digo: <<Coge una y compruébalo tú misma>>, y así lo hizo. Sus ojos se abrieron en amplia sonrisa. Jamás la vi tan bella como en aquel instante, nunca fui más feliz que contemplando el gozo de su boca entreabierta intentando retener, entre risas, las migas que saltaban por doquier. Y cogí su mano en mi diestra. Y besé su boca llena mientras con la izquierda así otra galleta y… mi mano vi atravesada y clavada en la mesa por el certero punzón. <<¡Sólo una!  —gritó— <¡siempre lo tienes que estropear todo!>>. Esas fueron sus palabras entre lágrimas desesperadas. Salió de la cocina dando un portazo y dejándome a mí allí sin poder dejar de mirar cómo salía por debajo de mi mano un riachuelo de sangre y sin ser capaz de asir con la derecha el punzón y extraerlo, sin poder gritar, ni siquiera hablar. La verdad es que estaba acojonado.

Ilustración de Rafa Mir

No estoy muy seguro de cuánto tiempo me quedé en ese estado catatónico, pero sí recuerdo que salí del trance en el momento en que ella sacó de un tirón el maldito punzón. Después le pedí a mi amada que me llevara al hospital, que la mano tenía muy mala pinta y me dolía un horror. Pero ella me dijo que no era para tanto y que moviera los dedos para comprobar si estaba dañado algún hueso o tendón. Con la cabeza le dije varios veces que no, pero ella insistió y me dijo que no me llevaría al hospital hasta que no hiciera lo que me mandaba. Ante su insistencia y que el ensangrentado punzón continuaba sobre la mesa hice lo que me indicaba y moví lentamente dedo a dedo experimentando uno de los mayores dolores que he tenido en toda mi vida. Entonces ella me dijo: <<Ves, los mueves perfectamente así que no hace falta que vayas al hospital. Con un buen vendaje en unos días estarás perfectamente>>. Y la verdad es que tuvo razón.

Creo que este incidente ya lo he explicado con suficiente detalle, tan sólo añadir que sus cuidados fueron tan esmerados que no me quedó ninguna secuela aparte de un pequeño agujero que me impide en los días de sol hacer ese gesto tan socorrido de taparme con la mano la cara para que no me deslumbre el sol.

No quiero entretenerme en este suceso con más palabras que no aportan nada y me distraen de relatar la verdad de lo que pasó. Es necesario que lo cuente, ella lo necesita y todos deben darse cuenta de lo mucho que nos hemos amado, del sincero y entregado acompañamiento que nos hemos dado. Tienen que comprender que, como muchas otras parejas, yo diría incluso todas, hemos tenido nuestros momentos de gloria y tiempos de tristeza y melancolía, pero siempre hemos estado juntos sorteando las adversidades del destino o los accidentes del camino han puesto en el devenir de nuestra vida en común.

Pero me queda poco tiempo. Me doy cuenta de que me cuesta largo tiempo y mucho esfuerzo pensar con claridad, los recuerdos parecen desdibujarse como si mi memoria se deslizara por una blanca colina cada vez a más velocidad y mis más lejanos recuerdos se alejaran tirando a su vez de los contiguos y deformando estos también, y así ininterrumpidamente hasta mis recuerdos más cercanos, que ya noto como son estirados por los bordes, desfigurando su apariencia hasta casi no ser reconocibles. Me saltaré por esta causa el hacer referencia al motivo y circunstancias de mis otras lesiones corporales y me centraré en la última, causante de mi penosa posición actual, y la equívoca e injusta, a todas luces, situación de mi amada esposa.

Hoy exactamente hace tres meses. Noventa días de amor apacible, compartido y entregado. Hoy mi amada ha tenido un día complicado en el trabajo. Me di cuenta en cuanto entró por la puerta de casa. Su gesto serio, la camisa empapada en sudor y ni un rápido “hola” antes de cerrar de un portazo la puerta de casa y precipitarse directamente al cuarto de baño. Ya sé que no hace falta ser un prodigioso entendido en psicología femenina para que con esos detalles llegue uno a la conclusión de que no estaba de buen humor. Pero tengan en cuenta que hacía ya varios días que notaba el irremediable y periódico cambio de humor de mi amada y que los nervios y el miedo ante esa certidumbre me abotargaban los sentidos. El caso es que me quedé sentado en el sofá con más miedo que vergüenza por lo que podría suceder en los siguientes minutos.

Si habitualmente sus explosiones de ira eran imprevistas o inmediatamente después de momentos de placidez y sosiego, la idea de que pudiera coincidir el final del trimestre con un día de esos malos que todos de vez en cuando tenemos, me hacía temer el peor de los resultados posibles y mi natural instinto de conservación, que no la falta de valor, me hizo ovillarme bajo una manta protectora, después de sigilosamente apagar la televisión, bajar la intensidad de la iluminación y colocar en su viejo y querido magnetofón un disco con el Adagio de Albinoni. Echada ya la suerte, esperé un indicio que me permitiera salir de mi refugio.

Puede parecer en una primera impresión, que no ha lugar a justificación alguna o explicación racional que permita entender por qué mi amada esposa no detuvo el coche cuando mis indicaciones así se lo decían a viva voz y con evidentes aspavientos con los brazos. Y que después de romperme las dos piernas por el impacto sorpresivo del parachoques del vehículo y al oír mis gritos angustiados, ella frenara y alejara el vehículo de mí, liberando así las fracturadas rótulas de la presión de nuestro nuevo y flamante monovolumen. Después de esto, al no poder mis quebrantadas piernas soportar el peso de mi cuerpo, me caí como un fardo sobre la acera, con tan mala suerte que… Sé que parece todavía  más difícil de explicar lo que sucedió después, pero haré entender lo imposible, haré comprender las circunstancias que en horrible combinación provocaron que mi amada esposa fuera capaz de volver a meter la marcha atrás y arremeter contra mí. Esta vez fue el pecho lo que quedó a la altura del resistente parachoques trasero y fue en definitiva el culpable de las graves lesiones que me condujeron a ser trasladado con urgencia al hospital más cercano.

Qué fácil es escuchar esto desde una posición de superioridad moral, como si nunca nosotros hubiéramos cometido ningún error. Y sí, fue un simple error ayudado por la mala suerte y mi poco tacto. Quizá haya alguien que diga: «¡Imposible!, ¿cómo van a ser un error la concatenación de hechos tan clara y brevemente expuestos?». Pues puedo hacerlo y lo haré, simplemente teniendo un poco de empatía, una pizca de modestia y bajando de la columna de mármol donde nos solemos subir para juzgar a los demás cuando en verdad lo que queremos es que el mundo vea lo justos y decentes que somos. ¡Puro cinismo, falsedad y autosuficiencia!

A lo largo de este relato creo que he explicado suficientemente los arrebatos de ira incontrolada de mi amada, y que estos se producen con una casi perfecta regularidad temporal. También he dado cuenta de algunos de los sucedidos a los que me he enfrentado durante esas explosiones incontroladas de cólera de la que, excepto en estas contadas ocasiones, es la mujer más cariñosa y entregada que jamás un hombre pudo abrazar. Cualquiera medianamente inteligente, sensato y con un mínimo de capacidad analítico-crítica se habrá percatado de mi incapacidad no sólo de prever de forma fehaciente cuándo van a surgir esos estados coléricos sino, y lo que es más grave, mi nula capacidad para desarrollar una táctica, por no decir un tratamiento adecuado para desactivar o al menos mitigar en gran medida la incontrolable irascibilidad de mi amada. Además, mi grado de culpa e incompetencia resulta intolerable a sabiendas de que he tenido quince largos años para aprender de mis errores

Me estoy dispersando un poco. Me cuesta concentrarme con ese sonido metálico que no me puedo sacar de la cabeza y este acogedor frío que me abraza. Pero tengo que centrarme y acabar de contar esta historia de amor.

Creo haber dejado la historia a medio contar, con mi amada en el cuarto de baño y yo acurrucado:

Después de una serie de sonidos y golpes que creí reconocer como sus zapatos azotados contra la puerta, el grifo de la bañera y las lágrimas de mi amada, no aguanto más tapado en el sofá y me decido a entrar. Abro la puerta y lentamente mis pasos me guían hasta la mujer amada que, ensimismada en su llanto, no se percata de mi presencia y sigue abrazada a sus rodillas. Aparto la niebla con la mano y un beso nunca olvidado se me escapa de los labios. Se me escapa de los labios y se queda prendido en los suyos que tiemblan y ruegan ayuda sin hablar.

Y le digo que la quiero sin dejar de besar.

Y le digo que jamás la dejaré de amar, que nunca nunca nunca me cansaré de besar.

Ella se ríe con esa sonrisa que solo sus labios pueden dibujar mientras alguna lágrima olvidada se desprende sin mirar y yo la bebo porque sabe a mar, a amor y a verdad. Lavo su pelo y froto su espalda, las piernas también lavo y me entretengo separando, mordiendo y estirando cada dedo. Y se nos va el amor del cuerpo. Después, rítmicas olas de espuma blanca, besos y amor desbordado.

Nunca he sido más feliz. Nunca he sido tan feliz como esa tarde de invierno en que de la bañera nos fuimos al suelo y de ahí a la cama. Sólo fue un momento, el instante más bello, y luego me dijo un montón de mentiras sin cuento. Que si a los cuarenta estoy más bueno que a los treinta y que si sigo así a los cincuenta volveré locas a las quinceañeras. Que si me ama como jamás creyó que se pudiera amar y si hasta parezco más alto, más fuerte y hasta parece que me ha crecido esa parte de mí que… Miente y se ríe, y yo no la paro de besar. Me dice que está agotada, que no puede más y que necesita dormir un poco. <<Léeme un cuento>>, me pide. Y se lo leo.

Se quedó dormida apenas transcurrieron dos minutos, pero no paré de leer porque sé que la cabrea mucho que no termine lo que empiezo aunque ella no lo esté escuchando, y bien que hice porque fue pronunciar la palabra fin y que ella abriera los ojos.

Me dice entonces que estaría bien ir a un bonito sitio a cenar, que le han hablado de un sitio nuevo y que me va a llevar allí.

Conduce el coche hasta el centro de la ciudad y pasamos tres veces por delante del famoso restaurante porque es imposible aparcar en los alrededores. A la cuarta ocasión veo un hueco entre dos enormes todoterrenos que llevan una estrella en el frontal y le digo: <<Ahí  puedes aparcar. date prisa antes de que alguien se adelante y nos lo quite>>. Pero ella no lo ve claro, dice que es muy estrecho y que nuestro monovolumen no entra ahí ni de casualidad. Pero yo insisto y para convencerla le explico que yo saldré antes del coche para guiar su maniobra. Ella acepta intentarlo.

Me coloco primero enfrente del coche para que ella me pueda mirar directamente y yo poder ver los laterales del vehículo, pues es la maniobra más delicada librar las esquinas de los parachoques de los dos lujosos todoterrenos. Comienza la maniobra, mete la marcha atrás y yo la voy guiando lo mejor que puedo: que si un poco a la derecha, gira un poco el volante a tú izquierda, no mi izquierda, vamos para allá y ahora despacio hacia atrás y… ¡Crash! El piloto trasero izquierdo se ha roto al chocar contra las defensas cromadas de uno de los coches. Le digo que no se preocupe, que no ha sido nada, que lo vamos a volver a intentar. De nuevo desde delante la guío, pero ella está cada vez más nerviosa y cuando parece que ya entra, que está a punto de encajar… ¡Crac! Esta vez ha sido la puerta trasera derecha la que se ha abollado al impactar contra el parachoques del otro todoterreno. Y ella no me habla, aprieta el volante como si lo fuera a doblar e intento calmarla diciendo que eso no es nada, que ese bollo se quita con un par de golpes y ya está. Decido entonces colocarme detrás para guiarla mejor, y le digo que avance un poco hacia adelante y luego dé marcha atrás. La verdad es que me obedeció a la primera. En cuanto le dije que metiera la marcha atrás y retrocediera lo hizo inmediatamente y a tanta velocidad que no me dio tiempo a decir nada más. Qué mala suerte tuvo porque encajó a la perfección. Lo malo es que no paró hasta que el parachoques trasero chocó contra la pared del restaurante y justo delante de donde estaba yo.

El resto de lo que pasó ya lo conté anteriormente, tan sólo añadir que por si no ha quedado todavía lo suficientemente claro es que fue un accidente, y sólo a la impresión y al miedo se explica que mi amada esposa se fuera sin mirar atrás dejándome sobre la blanca, fría y acogedora nieve.

Fin

Juan Ramón Lorenzana