36ª convocatoria: El Futuro

El futuro.

Ilustración de Paloma Muñoz

Futuro es…

Había noches en las que no dormíamos del ansia que teníamos de escucharnos y sentirnos. En la cama, o en el sofá, imaginábamos millones de historias. Esta fue una de ellas.

—¿Qué te sugiere la palabra futuro? —me preguntó.

—No sé, es algo que no me preocupa mucho. He aprendido a vivir el presente —respondí.

—¿Pero no tienes metas, no te interesa trabajar para llegar a algún sitio?

—Yo ya estoy en el mejor de los paraísos posibles cuando estoy en tus brazos, me sobran todos los futuros.

—Venga, va, tesoro, hablemos en serio…

—¿Te vendrías a vivir conmigo, querrías que nos casáramos, que tuviéramos hijos y formásemos una familia maravillosa?

—Pues no sé… A veces creo que todo eso está tan valorado y estereotipado que me da mucho vértigo no estar a la altura de lo que se espera y me parece más cómodo ni siquiera intentarlo.

—¿Pero a la altura de qué? No arriesgar, no ganar… Resignarse con lo que tienes es un sentimiento de cobardes o de víctimas del sistema.

—No, simplemente me salgo de los moldes, de lo que la sociedad espera de nosotros.

—Bueno, en realidad somos seres libres, no casarse es una opción como otra cualquiera, no tener hijos es otra opción. Dicen que las personas más inteligentes ni se casan ni tienen hijos. A mí la verdad es que me hacía ilusión… —dijo resignado.

—Anda, pon algo de música y tráeme un gin-tonic. ¡Esto no lo podríamos hacer si tuviéramos hijos!, o tendríamos que esperar a que estuvieran dormiditos —le animé sonriente—. Oye, de todos modos, ahora que lo pienso, tú no estás feliz, ¿no estás bien, así, conmigo, ahora?, me sorprende un poco tu pregunta.

—Me sorprende también tu respuesta. No te creas. Creía que me amabas.

—Y te amo, solo que no quiero casarme, me sentiría atada, como en una cárcel.

—No es atadura ni cárcel. Es compartir con respeto un compromiso de querernos y cuidarnos. Siento que todo lo nuestro es un castillo en el aire. Me gustaría crear una cimentación dura, sobre roca, donde edificarnos juntos. Solo eso, tampoco pido tanto, creo. ¿Sabes, cariño?, he soñado una cosa. De ahí la pregunta del futuro. He soñado que si hubiera un nuevo desastre natural, Noé nos metería en su gran arca como ejemplo del mejor hombre y la más inteligente mujer para ser los fundadores de la nueva Humanidad. Pero ahora entiendo que no estaríamos preparados para una empresa así.

—No creo que haya nadie preparado para algo así. Anda, ven, abrázame, tú eres mi mejor invento y el único recreo posible de mi inmensa humanidad.

—Ya… sí… pero estamos hablando idiomas diferentes. nena. Y creo que no estoy para perder el tiempo.  Me gustaría que te marchases.

Así que se despidieron como dos absolutos desconocidos y se abrazaron por última vez.

Enseguida él abrió su ordenador y se puso  buscar otro amor en una página de contactos. Todo ahora es muy fácil. El amor se encuentra a golpe de clic. Y no sirve porque la gente no se cuida, ni se compromete, ni se valora.

Ese es nuestro futuro: un clic adecuado en el momento correcto.

Olga Ruiz

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Vidas cruzadas

Autor@:
Ilustrador@:
Corrector@: 
Género: Relato
Rating: Todos los públicos
Este relato es propiedad de Olga Ruiz. La ilustración es propiedad de Rafa Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Vidas cruzadas.

Ilustración de Rafa Mir

Ilustración de Rafa Mir

Cuando tenía veinte años me dijeron que escribía como Raymond Carver, y ni siquiera sabía parte de mi verdad en aquel momento cuando leí su libro Vidas Cruzadas.

Pues hoy estoy precisamente aquí. En ese punto de intersección donde se cruzan dos rectas, dos vidas, dos almas. Son las siete de la tarde, la cafetería Rojas está esperándome con sus sillones de terciopelo y sus mesas de mármol del siglo pasado. El camarero que tantas veces me ha visto hoy se va a encontrar la sorpresa de ver cómo mi hermana gemela llegará diez minutos antes y se dirigirá a ella como si fuera yo, y se producirá un absurdo debate entre la confusión de ella y la confusión de él. Bueno, estas y otras cosas siguen formando parte de mi estupidez existencial, para que me vayáis conociendo.

Hace veinte años que busco a mi hermana. Yo siempre había pensado que era hija única, pero cuando falleció mi madre me dijo que no. Que ella dio a luz a dos niñas, que incluso tenía una foto de recién parida con las dos en brazos y que me enseñó. Pero que en un momento determinado una de ellas falleció dentro de la maternidad y se supone que la quemaron porque mi madre solo recibió un bote pequeño con sus cenizas que metió en el panteón familiar de Cáceres en una ceremonia íntima muy triste. Nunca se habló de este tema porque nunca nadie conoció a la pequeña. Solo sus padres y ahora su hermana. Y no se quiso dar información a los demás, qué importaba, un ser humano menos en el mundo, nadie la había visto y nadie la echaría en falta. Y querían vivir la alegría de la que sí vivía, o sea, yo, y no convertir su vida  en un escaparate deprimente de culpa andante, como si ella hubiera hecho algo para merecer aquel castigo. Cosas de los pueblos, supongo. Sea como sea, ambos progenitores eligieron el silencio.

Pero yo, que siempre fui una persona inquieta, en el momento que supe de esta situación  decidí buscarme la vida. Coloqué en internet, en la portada de mi Facebook, una composición fotográfica con un evolutivo de mi vida: una foto de cuando tenía siete años con mi primera bicicleta, una a los nueve cuando hice la comunión, otra más a los catorce cuando terminé la EGB, otra a los dieciocho cuando comencé a estudiar en la facultad de Medicina, otra a los veinticinco cuando por fin conseguí tener un novio y estaba yo muy lozana y hermosa, otra a los treinta cuando me casé. Y acompañé las fotos con este texto: “Busco a mi hermana gemela. Contáctame”. Y añadí mi teléfono móvil, evidentemente.

Después me di de alta en varios perfiles de Google+, Instagram, Linkelind, Pinterest, Twitter,  etc. Todo me parecía poco. Usé esos perfiles solo para colgar y distribuir las fotos de mi vida y los mensajes de amor para mi hermana. Reconozco que llevo un año pegando las fotos por todos los grupos que he podido, compartiendo contenidos en todas las asociaciones de víctimas, niños robados, desaparecidos, etc. Ha sido una búsqueda agotadora. Pero ayer, después de todo ese tiempo, una mujer contactó conmigo. Solo descolgar el teléfono fue emocionante. Estaba tan nerviosa, lloraba tanto que ni siquiera la entendía. Me envió una foto por Whatsapp y realmente esa foto me hizo llorar a mí. Después de unos minutos de llanto conjunto me contó que su madre adoptiva, ya muy enferma de cáncer, le reveló toda la verdad justo antes de fallecer hacía unos meses. Supuestamente había nacido en Madrid, de una familia muy pobre que no podía hacerse cargo de ella, y terminó siendo adoptada por un matrimonio de Burgos. Toda su vida había sido lujo y alegría porque esta familia era muy pudiente, ya que eran dueños de una bodega y de una empresa constructora. Pero ahora, al fallecer ambos progenitores ya, se sabía muy sola en el mundo y había sido maravilloso encontrar que la estaban buscando.

Ambas queríamos conocernos. Así que, sin dudarlo, quedamos para vernos al día siguiente.

Y ese era el día, la hora, el lugar, donde dos almitas volverían a coincidir. Quizás para no separarse nunca más, quizás para ser vidas cruzadas. Quién lo sabe.

Allá voy.

Olga Ruiz

The hope future

Autor@:
Ilustrador@: Rosa García
Corrector@: 
Género: Fantasía urbana
Rating: + 13 años
Este relato es propiedad de Olga Besolí. Las ilustraciones  son propiedad de Rosa García. Quedan reservados todos los derechos de autor.

The hope future.

Hace calor, mucho, probablemente demasiado para tratarse de mediados de noviembre. El sol brilla alto y Maruja ha tenido que untar a los niños con protector solar factor cien, el que suelen usar para ir a la playa en pleno verano, para evitar que sus caritas se achicharren.

Manolo, su marido, suda a chorros delante de la barbacoa, bajo el impenitente sol sevillano y el zumbido de los mosquitos, refrescándose como puede gracias al botellín de cerveza biotransgénica que sostiene en la mano y al que da pequeños sorbos. Pero el sabor, según dice su padre, no tiene nada que ver con las cervezas que él tomaba en sus tiempos. En eso, como en otras muchas cosas, coincide plenamente con los demás abueletes del pueblo, que cuentan que darían su vida por una buena lata de cerveza de doble malta. ¿Qué será eso de la malta?

Por un instante Manolo se queda absorto mirando la pequeña botella de vidrio con tapón de quita y pon. ¿Cuántos rellenados habrá soportado? Por los arañazos diría que muchos. Volver a los inicios, eso es lo que ha ocurrido. El gran cambio prometido ha sido, en realidad, un retroceso al tiempo de nuestros abuelos, un retorno a la austeridad y al silencio, a luz de las velas y los quinqués, a los trabajos manuales y a las artesanías, a los trueques de materiales e intercambios de servicios entre la gente de oficio. Aunque con pequeñas diferencias. Su abuelo, que en paz descanse, gastaba los mismos envases retornables de ahora, u otros parecidos, con la misma cantinela de tener que ir y cambiar los botellines vacíos por otros llenos en la pequeña tienda del barrio. Esa es otra. El pequeño comercio, que había desaparecido porque nunca pudo competir ni con precios ni con la cantidad de producto contra las grandes superficies que se multiplicaban como champiñones cuando su padre era apenas un adolescente, rebrotó tras la catástrofe y se instaló para quedarse tras la prohibición de las grandes corporaciones que fabricaban en masa. Lo mismo que ocurrió con los viejos botellines de vidrio reusables, que resurgieron en pos de la desaparición de las latas desechables que inundaron aquellos años turbios, de consumo exacerbado y despilfarro, que vivió la generación de su padre.

Nada de multinacionales ni de superproducción, ese es el nuevo lema que implantaron los foráneos tras la Gran Limpieza. Nada de derrochar recursos para que se pudran en estantes, y de intentar reciclar después, porque el sistema no funciona en absoluto. Así que a partir de la instalación del Nuevo Sistema, llamado por los propios foráneos como «The Hope Future», hubo que volver a las largas colas en las pequeñas tiendas para conseguir cosas tan simples como huevos o verdura, cuando unas pocas décadas antes uno solamente tenía que alargar la mano y escoger un pack de entre el millón de huevos de tamaños, colores y marcas diferentes del hipermercado. O, al menos, eso cuentan todos los viejos del pueblo.

Ahora, para tener comida, hay que despertarse pronto todos los días y estar al acecho. Y Maruja, que es muy de dormirse, llegó tarde a la tienda de suministros. La cola de los sábados es la peor, y ya no quedaba prácticamente nada más que cebollas. Ni alcachofas, ni patatas, ni pan, solamente unas pocas cebollas pochas. Así que ese es el acompañamiento de las hamburguesas que está asando Manolo. Hamburguesas con cebolla no suena mal, aunque no hay pan que las sostenga, así que habrá que comerlas con cuchillo y tenedor.

Manolo les da la vuelta a las hamburguesas sintéticas bajo el sol abrasador. ¡Quién hubiera podido conocer una vaca de verdad, de las que mugían y pastaban! Su padre las vio una vez, cuando niño. La aparición de Maruja rompe el hilo de pensamientos. Se ha plantado ante él, seria y  sudorosa, con ese garbo andaluz que siempre la caracteriza y con un cesto lleno de ropa mojada.

—¿Y er viejo?

—Joer, ziempre faenando, gordi. ¿Po qué no te zientaz aquí, jursto a mi lao, y disfruta dezta precioza mañana de domingo, hija?

—Na, Manolo, que ja zabez que tengo muxo que hacé. O zi no, ¿Quién me va a tendé toa la ropa? ¿Va a zer tú, quillo? Po yastá. ¿Onde stá er viejo, tu pare, que no lo veo de hace rato?

—No zé. Stará en el jardín datraz, con los xiquilloz, digo yo.

—Los xiquilloz stán entro la caza, jugando a las trez piedraz.

—Poz stará con loz vecinoz, loz foraneoz ezoz. Tendrá que í a buzcalo, poque sto yastá.

Cuando Maruja desaparece con su canasto chorreante y su gracia, Manolo se queda de nuevo absorto mirando su barbacoa fabricada por él mismo con un bidón oxidado, que seguramente en otros tiempos contenía petróleo.

¡En otros tiempos todo era tan diferente! Para empezar nadie habría movido un solo dedo para ir a buscar a nadie. La gente casi que no usaba las piernas, y por eso la gran población mundial (que era mucha más que la actual) estaba gorda y aletargada, con los músculos fofos y blandos. La ostentosa barriga de su padre y los problemas de rodilla que siempre ha tenido son un buen recordatorio de ese estilo de vida malsana. La gente no caminaba, ni se movía. Utilizaban vehículos con motor para ir a todas partes, incluso para ir a por el pan o acercar los niños al colegio. ¡Qué desperdicio de combustible! Y los primeros autos funcionaban con derivados del petróleo, pero cuando este se agotó, se las ingeniaron para que fueran con electricidad. ¡La maldita electricidad que todo lo arruinó! Pero, aparte de vehículos que los transportaban, contaban con un montón de dispositivos para comunicarse y llamarse a distancia… ¡Todo para no tener que ir a buscarse! Y luego, según cuenta el viejo, se pasaban las horas alelados, mirando pantallas de tabletas, de móviles, de televisiones y de ordenadores, sentados y sin hacer nada más. De hecho, la sociedad de todo un siglo se fundamentó en crear y fabricar aparatos que sustituían al trabajo humano. Incluso muchos perdían el propio trabajo porque eran reemplazados por máquinas. De ahí la montaña de aparatos y cachivaches que llena los vertederos y los barrancos de todo el mundo, y que ahora se han convertido en chatarra electrónica inservible.

Eso fue lo que llevó a la ruina al planeta, la electricidad. Millones y millones de líneas de red eléctrica abastecida por centrales nucleares que, en su funcionamiento diario y en las combustiones continuas, expulsaban gases que poco a poco iban consumiendo esa capa de atmósfera que nos protege del calor y de los rayos del sol mientras, a su vez, contaminaban las aguas. Una erupción solar traspasó sin dificultad esa capa debilitada y calentó tanto el planeta, por dentro y por fuera, que hizo que todos los volcanes entraran en erupción casi al unísono. Y la Tierra se convulsionó. Una cadena de terremotos se produjo en consecuencia y eso derivó en la Gran Catástrofe que terminó con todo.

La lava se llevó por delante cultivos y animales, enterró pueblos enteros y destruyó todo lo que encontró a su paso. Los terremotos destrozaron ciudades y aniquilaron el sistema de vida antiguo, el modo de vida de nuestros abuelos y nuestros padres. Pero la Gran Aniquilación se desencadenó cuando las centrales nucleares, que no resistieron el calor extremo y los movimientos sísmicos, cayeron. Los reactores se fusionaron, creando grandes explosiones radioactivas y añadiendo caos y muerte a lo que quedaba del planeta.

Pero la vida siempre se abre paso y lo hizo a través de las estrellas, con la llegada de los foráneos y su plan de salvamento llamado «The hope future».

Ilustración de Rosa García

Maruja ha regresado. Viene con el viejo y con, tal como se temía Manolo, los vecinos. Era de esperar. Los sienta a la mesa y les pone cubiertos educadamente, mientras lo mira con una mirada cómplice, que no admite negativa. Él no entiende por qué Maruja los admira, por qué siempre les dice a los niños que hay que tomarlos como ejemplo.

A Manolo no le gustan los foráneos. Son raros, altos y espigados, sin un solo pelo en el cuerpo, con esa tonalidad gris que a Manolo le pone de los nervios… y no digamos ya esa falta de temple, de emoción, como si no tuvieran sangre en las venas. Bueno, quizás no tienen sangre, ni tampoco venas, ¿quién sabe?

Manolo, que es muy suyo y le desagradan profundamente sus invitados a la mesa, se ríe para adentro mientras pone una hamburguesa en cada plato, sabiendo que ya no va a poder repetir y pensando en que antes, en la época del viejo, la gente se negaba a compartir vecindario con personas de otro color, de otra raza, o de otra religión. ¡Con otras personas! ¿Qué dirían todos aquellos si tuviesen que aguantar a unos vecinos que ni siquiera son humanos?

Pero los foráneos vinieron para quedarse y hay que aguantarse. A menudo, Manolo intenta mostrar cordialidad, preguntándoles a sus vecinos de dónde vinieron, cuál es verdaderamente su procedencia, pero parece ser que el cosmos es demasiado complejo para su entendimiento, así que se conforma con la versión oficial establecida: vienen del otro lado del universo conocido, de un pequeño planeta similar a la Tierra que es un vergel de aguas limpias y vegetación, de tecnología avanzada aplicada correctamente y con sabiduría. A él esta historia no termina de convencerlo. Si él estuviese viviendo en el paraíso, ¿lo abandonaría para irse a un mundo que se va al carajo? ¡Ni en broma!

Ilustración de Rosa García

—Vaya, que zoiz como unos superhombrez de cohones —les dice Manolo masticando su única hamburguesa con la boca abierta, en respuesta al comentario de lo bien que va el mundo desde que la Confederación Foránea está al mando.

—Bueno, cuando llegamos a vuestro planeta y lo limpiamos de radiación, os dimos una esperanza de futuro y un código de sostenibilidad,  por lo que se podría decir que sí, que somos unos superseres, comparados siempre con la especie humana. En comparación con otras especies más evolucionadas del universo, nosotros seríamos como simples insectos.

Si los foráneos son las cucarachas del universo… entonces ¿en qué lugar están las personas? Eso es lo que no le gusta a Manolo de sus vecinos: esa soberbia escondida tras su falsa humildad, esa forma de hablar tan culta y ese aire de importancia, que sin insultarte te deja en lo más bajo, aun a sabiendas de todo lo que dicen suele ser la pura verdad. Pero precisamente eso, el hecho de no mentir, los hace a sus ojos tan… irritantemente perfectos y… ¡tan poco humanos!

Manolo, como todas las personas, es un tipo normal, del montón, con sus defectillos y sus costumbres, entre las que entra soltar alguna mentirijilla de vez en cuando, como todo quisqui:

—Manolo, Manolo, no me tientez que… ya stamo. Ya stá molestando al personá. ¿No stará piripi? ¿Cuánta cerveza tas tomao ya, pixa?

—Na, mujer, que sta e la primera —dice a sabiendas de que ha escondido dos botellines vacíos detrás de la barbacoa.

—A mí me guztaba la televisió. Staba toel día mirándola, que zi partíos de fúrbol, que zi penícula, que zi pograma de cotilleo… To ezo sa perdío ya. —Esa es la queja del viejo de todos los días.

—Pero a cambio de todo eso, de todos los aparatos electromagnéticos y su uso continuado, sufríais mutaciones a nivel celular que os provocaban todo tipo de cánceres. Y vosotros, la especie humana, os estabais convirtiendo en el cáncer del planeta, destruyéndolo, porque vivíais de él como parásitos, en vez de hacerlo en comunión con él, en la armonía y el respeto, en una simbiosis beneficiosa para ambos.

—Ush, xiquilla, qué bien que habla tu marío, o compañero, o lo que zea que zeaiz vozotro dos, zi é que zoiz algo, que a mí me da lo mizmo, zi parese un porfesó i to. ¿Ha vizto, Manolo, lo que é la gente de zabé stá?

—¿Pa qué? —responde Manolo un tanto mosca. De un manotazo aplasta al mosquito que está picándole en el cogote—. Ar meno nozotro eztamo en nuestro planeta, que vozotro, mira ónde habeí acabao, al laíto de la caza de Manolo y Maruja, dos zevillanoz de toa la vía con un niño medio atontolao y…

—¡Papáaaa!

—Que na, hijo, que no te queje, carajo, que yo zé que tú vale pa muxo, pero na de na  pa lo ztudio. Como dezía, con unoz niño aquí ma bien normalillo. Entonze, digo yo, ¿pa qué tanta hermosura y tanto planeta y tanto zabé stá?

Manolo bebe un gran trago de cerveza, acabando su tercer botellín. No ha visto nunca partidos de fútbol por la tele, ni siquiera sabe exactamente cómo se jugaba a este deporte, pero está convencido de que le acaba de meterle un gol en toda la jeta a su vecino, don uy-mira-lo-perfecto-que-soy-y-lo-bien-que-hablo. El viejo le hace un guiño de complicidad.

Pero lo que no se espera Manolo es la respuesta que, con toda sinceridad y calma del mundo, le da su flagrante vecino, el mismo que se ha zampado aquella hamburguesa que debería haber sido suya, que está sentado a su mesa bebiéndose una de sus cervezas, que tiene a su mujer embelesada con su forma de hablar y que representa, hoy en día, a la especie dominante del planeta, por encima del hombre:

—Quizás terminamos aquí, vecino, en vuestro planeta, sacrificando nuestro propio bienestar y las delicias de nuestro propio mundo, para evitar un mal mayor. ¿No habías pensado en ello? Quizás no pretendíamos salvaros a vosotros y a vuestro mundo, sino salvar a los demás de vosotros. En el momento del cataclismo, las miras de vuestros líderes llevaban tiempo puestas sobre otros planetas habitables, con la intención de colonizarlos, de forma urgente y a gran escala y no, como debería haber sido, en la salvación del planeta agonizante que os estabais cargando. Porque los humanos destruisteis, literalmente, vuestro propio planeta. La prueba de ello es que más de las tres cuartas partes de las especies que habitaban la tierra, tanto animales como vegetales, se han extinguido gracias a vuestra acción.

—¿Vé, pixa? To explicao. No hase falta zeguí con er tema. Peo poztre no tenemo. Niño, iro a jugá, que la zobremeza e pa lo mayore. ¿Quisá alguien quiere una axicoria?

Los niños se levantan de la mesa y el viejo entra en la casa; es hora de su habitual siesta.

—¡Que no, gordi! Que no paza ná. Zi yo zolo quiero sabé y aprendé. Zi ezo e la cantinela de toa la vía. Que yo zé que ya no hay vacaz, ni na que noz dé un buen filetito. Pero bixo zí, tenemo to loz que quiera y máz. Y mozquito, que loz muy hijoputa no hay quien loz mate.

—Ojú, Manolo, ya stamo otra vé, y dale con lo mizmo de ziempre. No pue dejá al dezte tranquilo, hijo, que no va a arruiná la comía y tó.

—Yo no arruino ná, que yo zolo quiero zabé.

Maruja no le contesta. Solamente niega con la cabeza y se dirige, con su salero habitual, al interior de la casa.

—Por eso exactamente que te decía, Manolo, venimos y tomamos el mando. Para eso reconstruimos el planeta, lo saneamos y lo habilitamos: para que pudierais seguir viviendo felices en vuestra Tierra y os olvidarais vuestros planes de expansión a otros planetas.

—A ve, a ve… —dice Manolo visiblemente enfadado. El tiro le está saliendo por la culata, y su mujer, que vuelve ajetreada con la bandeja, las tazas y la cafetera, lo mira con reprobación—. Que yo me aclare… entonze, ¿vozotro no oz viniztei pa zalvá aquí ar personá, a la humanidá?

—Solamente en parte. Gracias por la bebida, Maruja.

—De na, lo que no tenemo ez azuca. Pero dicen que e mu malo para la salú. Y ve con cuidao, ezte, que quema un montó.

—Y, zi pue zaberze —continúa Manolo, imparable—, ¿pa qué carajo oz vinizte? ¿pa qué tanta faena?

—Muy fácil… ¿Dejarías vosotros que un parásito, un virus o un cáncer se extendiese por todo el cuerpo? No, ¿verdad? Vuestros médicos, para mantener la población sana, tratarían de contenerlo, de aislarlo y mantenerlo a raya, ¿verdad?

—Zupongo, o de eliminalo, como intento yo aqyí hazé con loz jodio mozquito ¿Peo ezo que tié que ve con nozotro?

—Bueno, ¿crees que los seres evolucionados nos arriesgaríamos a que os expandierais por el cosmos, infectándolo entero? ¡No! ¡Debíamos darle una esperanza de futuro al Universo!

Olga Besolí
Abril 2019

Ilustración de Rosa García

Las cartas nunca mienten

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Género: Relato
Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Paloma Muñoz. La ilustración es propiedad de Olga Ruiz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Las cartas nunca mienten.

Lo que dice el título de esta nueva historia es cierto.

Puedo prometerlo y lo prometo.

Hace mucho tiempo una vidente  me dijo que encontraría a un hombre bueno y amable, trabajador y cariñoso con el que formaría una estupenda pareja.

Esto no ocurrió en una galaxia lejana sino en una visita que hice con una antigua compañera de trabajo a una vidente de cartas de tarot. También me desveló que pasta, lo que se dice pasta, no iba a tener nunca. Que viviría más o menos holgadamente pero sin engrosar las filas de los grandes rentistas y tipos con dinero de este gran país llamado España.

Me dijo algunas cosas más, y recuerdo que le comenté a mi compañera que una vez, una gitana  en el  Parque del Oeste de Madrid me paró e insistió en leerme las rayas de la mano.

Yo acepté no muy divertida, pero sí algo curiosa.

Me dijo prácticamente lo mismo aunque añadiendo que mi “hombre” sería rubio y guapo.

Bueno, pues aquí estoy un montón de años después recordando esas anécdotas.

Pero lo más curioso es que yo siempre he tenido interés por la lectura de las cartas del tarot.

Mi abuela materna poseía una antigua baraja de cartas envuelta en un pañuelo de seda.

No quiso regalármelas. Era un poco tacaña y desconfiada.

A mi abuelo no le hacía mucha gracia hablar de ese tema y siempre decía que eso eran gilipolleces de supersticiosos ignorantes.

Total que cuando comencé a trabajar me compré una baraja del tarot de Marsella que es el más conocido o usado por los iniciados.

Y no se me dio mal. Tanto es así que me dijeron y aconsejaron que me dedicara a la lectura de cartas en mi casa o poniendo un puesto en el Estanque del Retiro.

En mi casa recibí a algunas personas. Después de casarme recibí a otras pero algún tiempo después me cansé y mandé a las cartas al carajo.

Bueno, no exactamente.

Aún conservo la cajita de madera labrada en la que  envuelvo  la baraja en un pañuelo de seda.

Hace mucho que ni las saco, ni las miro, ni las leo.

A veces recuerdo aquellos años y me parece divertido e incluso osado porque  daba en el clavo con los aciertos y, por no meterme mucho en camisa de once varas,  no profundizaba demasiado en los asuntos que el interesado me preguntaba.

Supongo que se trataba de una regla de oro del quiromante o quiromántico que es el nombre común.

Conocía las reglas generales de la quiromancia y hasta donde podía llegar.

Había distintas formas de echar las cartas sobre la mesa en un tapete de seda con la orientación adecuada y el ambiente preparado para una lectura tranquila, sosegada y sin interrupciones externas.

Ilustración de Olga Ruiz

Una vez le eché las cartas a un chico que quería salir conmigo. Coincidíamos  en una biblioteca cercana a mi domicilio. Era muy agradable y guapete.

Se llamaba Oscar.

Siempre recordaré su expresión cuando le dije que veía un problema importante tirando a grave en su familia y que estaba relacionado con alguien de la misma.

Le dije que veía preocupación, ansiedad, nerviosismo.

No quería asustar al muchacho pero veía algo malo, muy malo.

Después de aquello no volví a coincidir con  Oscar hasta después de unos cuantos meses, entonces me contó que su madre había fallecido de cáncer.

Me quedé helada y me asusté un poco. Además, me comentó lo de aquella sesión de tarot en la que le dije lo del  problema importante de alguien de su familia.

Me confesó que su madre ya estaba haciéndose pruebas en los días de nuestras quedadas en la biblioteca.

Francamente, no supe que contestarle.

Anécdotas de  mi época de quiromántica tengo algunas más pero  hace ya mucho tiempo de eso.

Tal vez algún día me anime y vuelva a recuperar aquel curioso e intrigante espacio de las cartas de tarot como puro entretenimiento.

No me gustaría dar una imagen frívola de las cartas y de los echadores de cartas, ni tampoco de aquellos que se acercan para que  adivines su futuro.

Hay algo misterioso  en el rito y certero en las predicciones porque las cartas nunca mienten.

Paloma Muñoz
Madrid, 2 de mayo de 2019

Las diecinueve novias

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Género: Fantasía urbana
Rating: +13
Este relato es propiedad de Olga Besolí. La ilustración es propiedad de Rafa Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Las diecinueve novias.

Han pasado más de cuatro milenios desde que mis diecinueve hermanas y yo ofrecimos nuestras vidas a cambio de que la Diosa Madre recuperara la suya.

Ese era nuestro cometido como sacerdotisas: proteger las tierras y los cultivos, las reses y a nuestros hombres, mujeres y niños. Éramos las guardianas, las vigías del eterno equilibrio entre la luz y la oscuridad, aquellas que velan para que la Diosa siga su curso dorado por el día, fructificando los cultivos y preñando a las hembras, y deje su plateada estela por la noche, permitiendo el descanso de las reses, los campos y los hombres, sumidos en el silencio y bajo el hechizo de nuestros fuegos rituales. En un ciclo eterno que nunca debe romperse.

Pero esa noche el equilibrio se quebró. Ya lo habían anunciado el vuelo errático de los pájaros y el agua del estanque que, turbia de repente, no dejó que el oráculo leyera el futuro, nuestro futuro. Y sin futuro todo deja de existir.

La luz tenue de un atardecer sombrío y extraño dejó paso a una oscuridad arropada por la Diosa, cuando todo lo que momentos antes había cobrado vida se paralizó. El gran ojo nocturno de la Diosa estaba abierto completamente, redondo y brillante, más grande y luminoso que de costumbre, pero rodeado de un halo fantasmagórico y un silencio sepulcral, más profundo de lo habitual, lo que auguraba presagios de desastre. Los lobos no aullaban como acostumbraban a hacerlo en días como ese; la brisa no soplaba; las aves nocturnas no surcaban el cielo con sus alas negras; todos miramos al cielo, acongojados.

Ilustración de Rafa Mir

Entonces, las fauces de la oscuridad empezaron a comerse a bocados la luz plateada del cielo estrellado, engullendo el lucero nocturno de la Diosa. Ya habíamos presenciado con anterioridad a la oscuridad hambrienta intentar aniquilar a la Diosa, tanto en su luz nocturna como diurna, pero siempre se hartaba de ella y remitía.

Y en tales ocasiones había bastado con los bailes rituales y la copulación sagrada para restaurar el equilibro. Pero esa noche no. Nunca antes habíamos presenciado un hambre tan voraz, capaz de acabar con todo.

Primero cumplimos con los ritos habituales, hasta que la Diosa tuvo su ojo luminoso a medio cerrar. Y fue entonces cuando tuvimos que tomar la gran decisión: invocar el ritual supremo, aquel que no debe practicarse salvo que el poblado esté en auténtico peligro, pues es un ritual mortal, que emula la sangre y la menstruación, los ciclos lunares y la fertilidad, que arrebata la vida y concibe otra nueva, aquella desde la que os hablo a vosotros.

Rápidamente, antes de que la oscuridad engullera totalmente la luz, realizamos todos los preparativos. Seguimos las instrucciones que, de generación en generación, nos transmitieron nuestras ancestras y que ni el gran oráculo conocía. Él se dispuso también a su propio sacrificio, llevándose todos sus amuletos de marfil, incluida la daga de cristal de roca y hueso dentro del tholei funerario, seguido por sus tres guardianes fieles.

En una de las dos grandes estancias principales del tholei, bajo su techumbre de madera, y mientras nosotras nos preparábamos para morir en nombre de la Diosa bajo su menguante luz nocturna, el oráculo derramaba su propia sangre lejos a cobijo de su influencia, en nombre de su dorada luz diurna, para que la mañana pudiese volver a la vida. Los tres guardianes se encargarían de asistirlo en su transición.

Y luego, esos mismos guardianes pintaban las paredes del recinto de nuestro sepulcro de color rojo, y también los símbolos de la diosa y de su luz. Nosotras, mientras todo eso ocurría, bajo la poca luz que le quedaba a Diosa, nos embadurnábamos la piel entera con ese mismo polvo rojo sacado de las entrañas de la montaña, mezclado con los aceites rituales. Piel que luego nos cubrimos con nuestros pesados trajes de lentejuelas de ceremonia.

No había ningún asistente para nosotras. Ningún hombre debía aparecer ante la Diosa en ese momento, y ninguna antorcha debía competir con su luz, que desaparecía por momentos. Y se hizo la oscuridad total en el cielo.

Como pudimos, a ciegas, preparamos el elixir de la Diosa, con agua fresca de manantial y con el mismo pigmento que embadurnaba nuestros cuerpos, y que sabíamos que decoraba ya las paredes que recibirían nuestros veinte cuerpos, ya sin aliento.

Y bebimos de la sangre de la Diosa, nuestra última ingestión, en grandes cantidades, mientras danzábamos el último baile ritual de nuestras vidas terrestres y la Diosa nos daba su mano.

Entonces, en medio de las danzas empezaron las convulsiones, los dolores y los vómitos, y con ellos la Diosa oyó nuestros cánticos y una fina línea de luz apareció en el cielo. Abría el ojo para contemplar nuestro sacrificio.

El ritual de nuestras ancestras había surtido efecto. Prueba de ello es que todavía hoy sigue luciendo la Luna, que así es como vosotros llamáis al ojo nocturno de la Diosa, y el ciclo de la vida y la luz continúan.

Aunque hace poco volvió a suceder. Volvisteis a estar en peligro sin ser conscientes de ello. Fue hace unos meses, en esa preciosa noche de luna llena, otra gran luna, que salió anunciada en todas vuestras pantallas y dispositivos.

Era la misma luna que había aquella alarmante noche en que la Diosa parecía morir, y justamente se repitió el mismo eclipse, el eclipse total. Sé que sois una sociedad obnubilada por la razón, que no creéis en la magia, pero no dejéis que las cosas mundanas os aparten de la sabiduría. ¿Me creeríais si os dijese que desde el otro lado mis diecinueve hermanas y yo velamos para que la luz regresara a vuestro mundo? Lo hicimos, y la oscuridad remitió. Fue a la mañana siguiente que vuestros arqueólogos descubrieron nuestros cuerpos, en lo que vosotros llamáis una excavación neolítica.

Y yo, la única mujer mayor que acompaña a esos diecinueve esqueletos de jóvenes sacerdotisas, os observo y he de deciros que no os comprendo. Sí, yo soy ese cuerpo especial, dotado mágicamente de seis dedos en cada pie, la sacerdotisa suprema de la Diosa, que hace 4.800 años dio su vida por el equilibrio del mundo. Y esas son mis hermanas y acompañantes, jóvenes y fuertes, ataviadas con sus ropajes rituales y con los restos de pigmentos rojo que ingerimos, y que ahora mancha el suelo del recinto, pero sigue en las paredes. Ahora sé que se llama cinabrio, y que es la fuente del mercurio que habéis encontrado en los análisis de nuestros restos óseos. ¡Curioso nombre para un veneno plateado que es el principal componente de la sangre de la Diosa! Mercurio es el nombre de un astro celeste, de un guardián de la Diosa.

Y no es que me importe que hagáis pruebas a nuestros cuerpos, o que los exhibáis como hacéis con vuestros animales en los zoológicos, o vuestras momias en los museos, pero sí me hiere que manchéis nuestros nombres y menospreciéis nuestro rango.

Creo que nos hemos ganado un respeto merecido en la muerte, por el sacrificio realizado en vida. Y me consta que en algunas de vuestras publicaciones escritas, en contra de las propias afirmaciones de los estudiosos y los arqueólogos del yacimiento, nos han tachado de «Las diecinueve novias», afirmando que solamente fuimos unas acompañantes sacrificadas en la muerte y posterior funeral de un gran marchante de marfil, que no es otro que nuestro oráculo, fiel amigo y sirviente nuestro. Y dicen que una prueba de ello son los esqueletos de tres centinelas que yacen a la puerta de nuestra estancia. ¿Quién os pensáis que trasladó nuestros cuerpos dentro de la cámara y cerró el círculo con su propio sacrificio para velarnos por toda la eternidad?

Si fuésemos simples novias, ¿por qué creéis que en las paredes estaban dibujados el símbolo de la Diosa y el de su luz? ¿Por qué esos trajes rituales, realizados con millares de cuentas, pesados y difíciles de portar sin un entrenamiento de años? ¿Cómo podéis negar una verdad tan evidente? ¿Tan ciegos estáis? ¿Tanto os cuesta aceptar que rindiéramos culto a la Diosa y no a los hombres? ¿Es que acaso, en pleno siglo XXI, no podéis ni siquiera asimilar que hubo tiempos antiguos en los que era la Diosa la que reinaba en los cielos y no vuestro reciente Dios masculino? ¿Que la mujer misma era venerada y portadora de la sabiduría? ¿Que las enseñanzas se transmitían de madres a hijas? ¿Es que no podéis entender que en este mismo lugar hubo pueblos ancestrales en los que las mujeres no eran ni esclavas ni acompañantes?

Por eso he roto mi silencio milenario y he decidido hablaros desde mi otra vida, al lado de la Diosa. Para deciros que vuestra sociedad ha avanzado mucho, pero no en sabiduría; que nosotras seguimos y seguiremos vigilantes porque somos las eternas guardianas del equilibrio, junto a nuestras ancestras; y que después de tantos ciclos en los que la oscuridad se ha cernido sobre la luz amenazando con cerrar el ojo de la Diosa, he comprendido, finalmente, que los que realmente han cerrado los ojos sois todos vosotros, cegados por la oscuridad de vuestras propias creencias.

Pero no os preocupéis, nuevas sacerdotisas, y esta vez no serán veinte, sino cientos, millares, millones de ellas, saldrán para devolver la luz perdida al mundo.

Olga Besolí
Febrero 2019

 

La maldición de la luna roja

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Género: Relato Ficción
Rating: Todos los públicos
Este relato es propiedad de Paloma Muñoz. La ilustración es propiedad de José Vicente Santamaría. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La maldición de la luna roja.

I
Luna Wald seguía cosechando éxitos con sus novelas de aventuras en las que imprimía su característico sello autobiográfico en algunos detalles.

Rusty 7464 era su fiel ayudante y su dedicado consejero en cuestiones editoriales. Luna había decidido prescindir de los servicios de su literary coach porque no le hacía falta Ya quetenía a Rusty que se había empapado de sabiduría informativa sobre lo que un buen literary coach debe de hacer ─profesionalmente hablando─ cuando entra al servicio de un exitoso novelista.

La editorial por la que Luna había fichado era Voxplanet, al principio, una firma modesta pero que a Luna le vino de perlas porque le abrió el fascinante mundo de la publicación de novelas y la fascinación de los oropeles cuando las cosas machan viento en popa.

Luna no había ganado ningún premio pintón. Pero eso a ella no le preocupaba demasiado porque sabía que más tarde o más temprano, más bien temprano que tarde, lo conseguiría.

Así que se preparó para escribir su nueva novela, esta vez, ambientada en una antiquísima mansión victoriana en la que habitaba una extraña familia con aficiones…digamos algo peculiares.

Daba la casualidad de que en esos momentos, las cadenas de noticias de la Telegalaxy informaban de la inminente aparición de  un alucinante eclipse de luna, sólo que esta vez, la luna no se tornaría negra como el alma de un vil traidor o traidora sino roja como la sangre.

Luna pensó que eso le vendría de maravilla para  dar un misterioso, inquietante y espeluznante marco a su nueva historia: una casa perdida en unos páramos, paisajes tenebrosos, muy poca luz y muchas sombras y una luna roja enorme sobre la jodida casa victoriana.

En cuanto a los habitantes de la mansión, a instancias de un antiguo conocido suyo, un tal Joseph Vincent Saint Mary le había propuesto que la llenara de hombres lobo, vampiros y otros seres de la noche. A Luna le pareció bien. ¿Por qué no? A fin de cuentas la imaginación es la imaginación y una luna roja ofrece muchas posibilidades.

Luna se preparó para documentarse sobre Los hijos de la noche.

II
El eclipse se  veía perfectamente desde el gran ventanal de Luna en el piso 69 del impresionante edificio de 100  plantas.

Casi podía rozar con las yemas de los dedos el borde de la gran luna roja, la gran luna de sangre que lucía portentosamente sobrecogedora en el firmamento.

―Los hijos de la noche era una frase que dijo un viejo ridículo y patético que era conde y que volaba como los murciélagos por la noche. Esa historia me ha parecido siempre una gilipollez.

Rusty captó la atención de Luna mientras estaba ante su potente ordenador escribiendo sobre los habitantes de la mansión siniestra.

―Hay que leer a los clásicos, Rusty. El conde Drácula es un clásico por si no lo sabías.

―Sí, y también hay que leer el  megaladrillo de “Frankenstein” y no puedo con él.

Sobre la  mesa del ordenador había unos cuantos libros desperdigados con ilustraciones y algunos con nobles tapas de cuero que brillaban a la luz de las velas que Rusty había colocado en la habitación para dar más ambiente. Estos libros eran verdaderas joyas entre las reliquias de la literatura fantástica y de terror.

―La historia del hombre lobo es espeluznante, Rusty. Tengo que incluir a un inquilino de esa casa que cada vez que haya luna llena se transforme en un sanguinario lobo devorador y destrozador.
Rusty se puso una mano de hojalata rematada con brillantes tornillos de acero en el cuello.
―Prefiero a los vampiros que a los hombres-lobo. Más que nada porque hacen menos destrozo.

“Era una noche de luna llena roja. Una luna roja y abundante que reinaba en el firmamento y que parecía abarcar el universo entero. La mansión se recortaba contra la luz extraña, fantasmagórica e inquietante de esa luna que bañaba la tierra de destellos rojos infernales. Las  esbeltas agujas de las torres anunciaban que la mansión seguía en pie a pesar de su dejadez y estado de abandono. Una minúscula luz amarilla parpadeaba en una de las ventanas. Y un humo serpenteante salía de la boca de una de las chimeneas. Sin duda, alguien vivía en esa vieja casona. Era una casa habitada,pero…¿quién podría vivir en un lugar tan solitario y apartado de cualquier atisbo de civilización?

Los campesinos y las gentes de la comarca aseguraban que una extraña familia a la que nunca habían visto de día, pero sabían que habitaban en la mansión a juzgar por las luces de las ventanas y el humo de las chimeneas, era la dueña de la gran casa.  

Ilustración de José Vicente Santamaría

En esa noche de luna roja se podían escuchar extraños ruidos, algo similar a gruñidos, repelentes jadeos y risas diabólicas.
Tal vez los habitantes de la mansión estaban de juerga, una juerga que ─probablemente─ nada tenía que ver con las humildes juergas que se corrían los campesinos cuando llegaba la festividad de su santo patrón.
Pero en las noches de luna llena había que resguardarse en las casas; cerrar bien puertas y ventanas y tener un buen rifle, palo o garrote a mano. Y un crucifijo, por si acaso.
Los habitantes podían salir y visitar las poblaciones más cercanas aunque estuvieran apartadas de la mansión.
En esta noche de luna roja todo podía ocurrir si no se estaba preparado.”

― ¡Que miedo me da! No puedo con la vida. Estoy yo viviendo en esa comarca con esa casa horripilante y esos vecinos que de seguro serán hombres-lobo y vampiros y me da un ataque de hojalatosis que me quedo muerto y enterrado.
―No exageres, Rusty. Es una novela, sencillamente. Pero el inicio promete. ¿A qué sí?
―Sí. Promete meter mucho miedo a tus lectores.
―Las emociones fuertes es lo que tienen. Y lo que queda después de la lectura. Hay que sobrecoger, amedrentar, subyugar, entretener, aterrorizar, perturbar.
―Y ganar pasta. No lo olvides. Es muy importante.
―A mí me basta con ser inmortal.
― ¡Joder! Te conformas con poco.
―Menos no es nada.
―Por cierto, ¿cómo se va a titular la novela?
―La maldición de la luna roja
―Con ese título, triunfas. Me apuesto mis tornillos de hojalata.

Madrid, 25 de febrero 2019
Paloma Muñoz

Eclipsado

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Corrector@: 
Género: Relato Romántico
Rating: Todos los públicos
Este relato es propiedad de Inmaculada Ostos. La ilustración es propiedad de Paloma Muñoz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Eclipsado.

Ilustración de Paloma Muñoz

Llegó a trompicones hasta su sitio preferido, pero justo cuando le quedaban unos pocos metros para llegar hasta la piedra que, peligrosa, se asomaba hacia el precipicio, y desde la cual se podía contemplar toda la ciudad, se dio cuenta de que no estaba solo. Allí de espaldas al camino por donde él había llegado había una blanca figura que contrarrestaba la oscuridad que poco a poco iba haciéndose dueña del entorno. Parecía ser una mujer, pues su largo cabello blanco ondeaba al compás de la brisa estival que recientemente se había levantado y, además, los contornos que, graciosos, perfilaban la especie de kimono blanco que vestía se ajustaban como un guante a una silueta que solo podía ser femenina. Él se adelantó un poco más para tener un mayor campo de visión de la extraña mujer que allí había, y al hacerlo pisó unos pequeños restos de ramas rotas que había esparcidos por la roca. La mujer entonces se sobresaltó y se giró apenas lo justo para que su perfil se dibujara tras la escasa iluminación de las estrellas, pero solo como una sombra oscura, sus rasgos no se distinguían aún desde aquella distancia.

—¡Lo siento! —se disculpó él con lengua de trapo—. Pensé que estaba solo y he entrado como un elefante en una cacharrería —añadió.

—Parece que tenías ganas de llegar —se limitó a decirle la mujer con una voz atemporal.

—Bueno, la verdad es que sí, he de reconocer que este es mi lugar secreto, suelo venir aquí cuando las cosas van mal…—empezó a parlotear de nuevo él desinhibidamente. Y al darse cuenta de que la lengua se le estaba soltando demasiado en compañía de una extraña, cosa tal vez producida por el alcohol ingerido, se sintió algo avergonzado, así que intentando justificarse antes de que la mujer interviniera añadió:

—…O cuando… como en este caso, hay un evento tan espectacular como el de la luna de sangre de lobo.

La mujer no contestó, se limitó a mantener su postura semigirada aunque, cosa extraña, a él le pareció oírla reír en su cabeza.

—¿Te importa que me quede? —le dijo entonces sentándose a escasos metros de ella—. Te… te prometo que no te molestaré, y si no quieres, tampoco tienes por qué hablarme… No soy ningún tipo raro ni voy a hacerte nada malo, no te preocupes, es que no he tenido un día demasiado bueno, ¿sabes?, y me gustaría quedarme aquí y… bueno, a ti eso no te importa, claro… Yo… —empezó a parlotear nervioso.

Ahora sí que pudo escuchar claramente su risa tintineando como las campánulas de verano. Tenía una risa preciosa y extraña a la vez, pues amortiguada parecía esconderse una risa mucho más vieja o profunda.

—No me hagas mucho caso. Debe de ser el alcohol, que me hace parecer más idiota de lo que suelo ser normalmente.

—Quédate, a mí no me importa, siempre que no te tires por el precipicio y me hagas ir a buscarte.

—¿Tirarme yo por el precipicio? ¡Para nada! No, yo…

—Era broma —se apresuró a decir la mujer cortando sus, de nuevo, atropelladas alegaciones.

—¡Ahhh! —arrastró este las palabras comprendiendo en su enturbiada mente.

—Lo decía porque como dijiste que estabas bebido y que venías cuando algo iba mal… —se justificó— quería darle un poco de humor a la cosa.

—Pero también dije que venía por lo del eclipse.

La mujer quedó entonces en silencio.

—Vale, me has pillado, el eclipse era una excusa, necesitaba llegar a este lugar.

—Siento haberte molestado.

—¡No!, para nada, ¡de verdad!, es solo que no sé si será la borrachera o las vibraciones de este eclipse lunar lo que me impulsa irresistiblemente a sincerarme contigo. Y por supuesto a darte la chapa.

—Tranquilo, no me importa, me gusta escuchar. Y además no tengo nada mejor que hacer hasta que se produzca el eclipse, así que…

—Bueno, la verdad es que, pensándolo mejor ahora, me parece una tontería…

Ella se acomodó en su posición y con un gesto de la cabeza, que movió de forma grácil su melena, le instó a que continuará.

—Verás, todo ha empezado por una gilipollez, pero es que yo ya estoy harto, y hoy no he podido más y he hecho la mayor estupidez de mi vida: beberme de un solo trago, y te juro que ha sido así, una litrona de cerveza, cuando yo de normal nunca bebo. Que aunque me veas aquí con mis diecisiete años, no soy muy amigo de esas cosas, no me llaman, raras veces me he emborrachado, pero hoy… mi hermano se ha pasado tres pueblos y me he tenido que largar de casa como alma que lleva el diablo. Y es que estábamos en una comida familiar charlando y pasándolo tan bien que se me ocurrió la idea de hacer un juego de karaoke, ¿sabes?, para animar la fiesta y jugar los chicos contra las chicas enlazando canciones. Y entonces mi hermano en mitad del juego se ha puesto burro y ha empezado a decir que ya estaba yo con mis gilipolleces de nuevo para llamar la atención, que como siempre quería ser el centro de atención y que aquella reunión no se había hecho por mí, sino porque mi prima se tenía que ir a estudiar fuera e íbamos a tardar en verla mucho tiempo. Y entonces todos se han callado y veía a mi madre tan apurada que, por no discutir, he cogido y me he largado. Mi hermano siempre me está haciendo la puñeta, siempre se mete conmigo y no logro entender por qué me odia tanto. ¿A que es una gilipollez?

Ella negó con la cabeza.

—No, para nada, te entiendo perfectamente, todos tenemos hermanos mayores en algún sentido. Y lo peor es que los necesitamos.

—Tú no pareces necesitar a nadie. Sumida en ese aura de misterio y belleza que te envuelve, pareces… hasta sobrenatural.

Entonces ella se giró del todo poniéndose frente a él, pero aun así, él no pudo ver su rostro probablemente a causa de la sombra que proyectaba su propia figura a contraluz con la luna, que ahora, magnífica, brillaba intensamente en el cielo.

—¡Belleza dices! Ahora sí que empiezo a pensar que estás borracho. ¿Cómo puedes saberlo si ni siquiera puedes verme? —le contestó con amargura.

—Pues muéstrate.

—¿Seguro que quieres verme?

Él la observó extrañado, la conversación había tomado un rumbo extraño que no supo muy bien cómo definir. Y entonces, la mujer, acercándose a él y al rayo de luz que ahora inesperadamente se ponía en medio de ellos, se apartó el pelo que hasta ahora le cubría la cara y le enseñó su rostro. Ahora entendió el porqué de aquel malestar que había mostrado ella, aunque aun así seguía pareciéndole preciosa. Él mismo se asombraba de cómo habían aparecido esos extraños y anhelantes sentimientos por una desconocida. Era como si alguien hubiese obrado una extraña magia, pero tampoco se quería plantear el porqué de lo que sucedía, así que, como llevado por un extraño instinto, le contestó:

—Preciosa, como yo decía.

Después de esto la misteriosa mujer se volvió a girar y quedaron sumidos en un profundo silencio que duró unos minutos eternos. Y mientras esto ocurría, él sentía cómo se ahogaba en un pozo de desesperada tristeza por no poder seguir escuchando su voz, y lo peor de todo era que no podía evitar esos encantados sentimientos. Hasta entonces la conversación había fluido entre ambos sin necesidad de forzar la situación —pensó—, aunque en realidad había sido él el que hasta entonces la estaba guiando, y ella se limitaba a contestar como si ya supiera las respuestas o esperara justamente lo que él iba a decir en cada momento. Daba la sensación de ser como un diálogo pactado, como ese tipo de diálogo que te aprendes cuando vas a realizar una obra de teatro. «Pero claro… —se volvió a decir a sí mismo—, probablemente lo que me está hablando en este momento no sea la sensatez, sino el alcohol». Y fue entonces cuando también descartó esa incesante sensación de pensar que en el fondo la extraña mujer y él no eran del todo desconocidos.

—Va a empezar el eclipse. Creo que deberías ponerte cerca de mí, ya sabes que cuando observas esta maravilla sueles quedarte dormido —dijo entonces ella rompiendo el silencio.

Y de repente, y como si fuera una especie de autómata, su cuerpo reaccionó levantándose y acudiendo al lugar donde ella le llamaba, se sentó a su lado y puso la cabeza en su regazo, justo donde ella lo guiaba, y entonces sintió que estaba irremediablemente enamorado y que era el día más feliz de toda su vida. Después se durmió.

Cuando ella abrió los ojos se encontraba en la cama de la residencia, de nuevo el maravilloso sueño había acabado, y además esta sería la última vez. Su hijo pequeño, postrado en la cabecera de la cama, la miraba dulcemente entre preocupado y aliviado.

—Por fin despiertas, mamá, es la una del mediodía. Siento no haber podido acompañarte anoche en tu… misión, hubo una cancelación de última hora y el vuelo se retrasó.

La mujer le dio un par de palmaditas tranquilizadoras en la mano mientras le decía:

—Tal vez fue mejor así. Al menos, de esta manera me he podido despedir.

—¿Cómo que despedir, mamá? ¿Qué quieres decir?

—Carlos, ya no me queda mucho tiempo…

—Chssss, no digas eso, mamá, por favor… —la cortó el muchacho mientras sus ojos se inundaban de lágrimas—. Estás cansada por el esfuerzo que hiciste anoche, es solo eso.

La mujer le puso un dedo en los labios para silenciarlo.

—Créeme, hijo mío, lo sé y es mejor así. No sé cuánto tiempo podría haber soportado más ver a tu padre en ese estado, me estaba destrozando por dentro, de verdad. Llámame egoísta pero que mi mal se haya extendido tan rápido ha sido una bendición. ¿Entiendes ahora por qué decía que el que no hubieras venido anoche era mejor?

—Creo que en cierto modo sí.

—Verás, como sabes, la enfermedad de papá es un extraño caso de demencia senil que además empezó a una edad temprana. Fue un caso inusual, y haciendo honor a esa inusualidad, su cerebro decidió escoger el día que tal vez fuera el más feliz de su vida para recordarle de vez en cuando quién es él. Y para mí, que ese día sea el mismo que nos conocimos con diecisiete años tiene un valor muy especial. Por eso este último esfuerzo por recrear ese momento del eclipse lunar es el único momento en que mi marido vuelve a ser él, aunque sea en una pequeña muestra. Ya sabes que el resto del tiempo solo sufre y yo sufro con él, es por eso que esta es una buena despedida.

—Mamá, yo…

—Lo sé, amor, yo también te amo más que a mi vida y nunca te voy a dejar de querer aunque este último episodio de mi vida me lleve a un lugar de donde no podré regresar. Lo único que me pesa es dejarte solo con esta carga, pero me gustaría que en los peores momentos de la enfermedad de tu padre no te olvides de quién es él, y que le ayudes todo lo que puedas sin destrozar o malgastar tu vida, porque, hijo, en el fondo sabes que tu padre pocas veces está ya aquí. No quiero que te sientas culpable, en ningún momento de tu vida, aquí es donde tenemos que estar porque los profesionales son los únicos que nos pueden atender en esta etapa de nuestra vida, y tú bastante hiciste ya con entregarnos tu amor incondicional. Y solo me gustaría pedirte una última cosa, amor. Dile a tu padre que siempre lo quise, cuéntale todo lo que hemos hecho por ese amor que le profesamos y dile que me ha hecho la mujer más feliz que ha existido en la tierra y que siempre le querré. Aunque a lo mejor eso nunca llegue a racionalizarlo…

—Claro que lo hará, mamá, recuerda que eres su pensamiento alegre y también el mío. ¿Recuerdas cuando nos leías a ambos Peter Pan?¿Y qué era lo que nos decía entonces papá y luego corroboraba yo? —le dijo el muchacho inundado en lágrimas sin poder contener más la emoción.

—Cómo olvidarlo. Era mi momento preferido del día, sobre todo cuando te veía dormir tan dulce, tan tranquilo… mi niño precioso… Pero ahora creo que el que va a tener que dormirme vas a ser tú. ¿Lo harás, mi príncipe?

El chico asintió y apretó sus manos con más fuerza y las besó, después se puso a relatarle su cuento preferido mientras la madre cerraba los ojos y su respiración se tornaba regular. Y poco a poco, como cuando exhalas el aire que antes has recogido, la luz se apagó, la voz se alejó y los sueños siguieron su curso interminable.

Inmaculada Ostos Sobrino

34º Convocatoria: Promesas

Promesas.

Ilustración de Olga Ruiz

¿Qué son las promesas?

Las promesas son frágiles como las flores y volátiles como el polen que se lleva el viento, decepcionantes, mentirosas compulsivas, aterradoras cuando te das cuenta de que te enfrentas a la nada, volubles como la vida, solubles como el mal café, inalcanzables…

Las promesas son excusas baratas que se utilizan para no enfrentarse a los errores cometidos, son un aplazamiento a tiempo perdido, la frustración, la angustia, el miedo al fracaso, el yugo, el dominio, la hostilidad, el ansia de mejora, esos niños perdidos que no encuentran el regreso a casa. La represión del capitán Garfio, la deformidad de su mano perdida.

Pero también son nunca jamás, idílicas, maravillosas, insinuantes, efímeras e intensas como la carcajada que provoca el nacimiento de sus hadas. Manifiesto de fe y esperanza, el rebelde cacareo de Peter y sus pensamientos alegres. Aquello que nos mantiene despiertos cuando todo está dormido, nuestro sino, nuestro locus amoenus cuando andamos necesitados.

Esta convocatoria está llena de mil y una noches de mágicas promesas que pueden hacer que alcances heroicamente el cielo o que te estrelles estrepitosamente contra la tierra. Os invito a descubrirlas, atesorarlas y alcanzar con ellas vuestros sueños.

                                                                                                                                Inma Ostos Sobrino

Un cambio siempre viene bien

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Género: Relato Ficción

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Paloma Muñoz. La ilustración es propiedad de José Vicente Santamaría. Quedan reservados todos los derechos de autor.

 

Un cambio siempre viene bien.

I

Luna Wald se había aficionado a escribir a ratos porque le relajaba. Su historial como consejera adjunta del C S I no podía ser más profesional y solvente.

Luna era una mujer práctica y trabajadora. Ya no pilotaba naves interestelares. Había dejado a Astrea a buen recaudo en un maravilloso museo de naves que habían logrado protagonizar grandes hazañas en el pasado y en el presente y que ─tal vez─ lograran volver a protagonizar algún episodio glorioso por esas galaxias ingentes y eternas en un futuro no muy lejano.

Así que aparcó los mandos de Astrea y tomó el teclado de su ordenador personal para escribir historias y publicarlas en las redes socioplanetarias a las que estaba adscrita.

Su robot, Rusty 7464, seguía con ella porque era imposible que pudiera vivir y servir como ayudante personal a alguien que no fuera Luna. Estaban hechos el uno para el otro. Era como un matrimonio avenido, muy bien avenido, y Rusty disfrutaba de cada momento con Luna. Ahora, en su nueva faceta de escritora por entregas interplanetaria, había descubierto que la joven heroína era una consumada contadora de historias y cuentos.

Tal es así, que ya había resultado finalista en un concurso novelístico de una humilde y poco conocida editorial de nombre Voxplanet.

Luna estaba muy mosqueada porque no había salido ganadora del certamen, pero Rusty estaba más cabreado todavía porque Luna había decidido dejar sus asuntos literarios en manos de una agente personal o literary coach que era muy eficiente.

Total, que el bueno de Rusty no soportaba a la literary coach porque la consideraba una grimosa y una patosa que se metía en todo y que aparecía cuando menos lo esperaba haciéndose la simpática y con una sonrisita babosa forzada a todas horas.

Luna había escrito unas palabras de agradecimiento en su página personal para todas aquellas personas que de una u otra forma habían colaborado en esta nueva faceta de  su vida.

Luna era realista. A pesar de la mala hostia que se le había puesto y ─sobre todo─ del careto que se le había quedado cuando el presentador del evento literario leyó el nombre del ganador procuró guardar la compostura y, junto con Rusty y la literary coach, sonrió a todo el mundo con la mejor de sus sonrisas aunque en el fondo estuviera ciscándose en los muertos más frescos de los miembros del jurado, del ganador y del presentador que era un poco gilipollas, todo hay que decirlo.

Rusty se dedicó a animarla.

Constantemente reforzaba el ego de Luna para que siguiera intentando ganar algún certamen literario.

La especialidad de la chica era la aventura. Normal.

Una aventurera como ella tenía que contar sus experiencias en aquellas lejanas galaxias en la que podía encontrar cualquier peligro acechante con formas indescriptiblemente lovecraftianas.

Una vez superada la decepción de haberse quedado a las puertas de la gloria, Luna se repuso y, cual Ave Fénix que renace de sus cenizas, se dispuso a escribir un relato que dejase alucinados a todos los gurús del mundillo literario y para ello contaba con la inestimable ayuda de su querido Rusty y de su literary coach que se aplicó al cien por cien en su cometido.

II

El motivo de inspiración para la nueva meganovela de Luna Wald era su relación con el comandante Carter, una relación corta pero intensa, muy intensa, que había marcado a Luna durante un tiempo. El título de la novela era “Luna y las estrellas”. Romántico.

Ilustración de José Vicente Santamaría

Cierto es que no había podido olvidar a Carter, pero era agua pasada aunque recordara los momentos íntimos que pasaron  juntos en los descansos de sus largas travesías intergalácticas.

Carter, al final, se había enrollado con una becaria de una importante fundación que colaboraba con el C S I, precisamente, la organización científica para la que trabajaba Luna.

Por supuesto que utilizó nombres ficticios  para el relato.

Así, el comandante Carter era el Capitán Gartner y Luna era Selene. Tal elección de nombres le hizo sonreír a Rusty.

No había que ser un Gil Grissom para saber la identidad verdadera de los personajes que estaban detrás de esos sonoros nombres.

Rusty le comentó a Luna que esa historia estaría ubicada en un apartado propio de novelas de amor. Luna lo confirmó, y la literary coach comenzó a hacer su labor de documentalista para cubrir los detalles de la historia.

Esta vez, Rusty, estaba seguro de que iba a ganar el próximo certamen literario porque cuando se trata de los propios sentimientos, nadie como el que escribe a cerca de su experiencia puede hacerlo mejor.

Luna le prometió a Rusty una sonora victoria en el certamen literario. Iba a por todas. No iba a arrugarse. Eso no arregla las cosas. Luna en acción.

Esta vez no pilotaba su nave Astrea, sino que llevaba los mandos de su ordenador personal e intransferible mientras daba rienda suelta a sus sentimientos y emociones.

Rusty le servía una tacita de café y la literary coach le contaba las últimas novedades editoriales, nombres de contacto y direcciones.

Las promesas se cumplen. Más tarde o más temprano lo sabremos.

 

Paloma Muñoz
Madrid, 17 de diciembre de 2018


			

Promesas

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Género: Poesia

Rating: +13

Este relato es propiedad de Olga Ruiz. La ilustración es propiedad de Paloma Muñoz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Promesas.

Y nos prometimos primaveras
con flores, colores,
risas, ilusión y vida.

Pero era verano…
Todo estaba seco.
Sentíamos sed
en las siestas de las cinco…
en nuestros encuentros.
Sudábamos sal…
Solo la noche nos traía algo
de frescor a la voz…

Después llegó el otoño
y se deslizaron
todas nuestras caricias
cuerpo abajo,
buscando los mejores versos.
Nunca viví otoños más bellos.

Y llegó el invierno…
Y un vendaval de nieve
lo arrastró todo.
El agua helada dejó nuestros cuerpos
mojados y paralizados,
congelado el esqueleto.

Y comprendimos que solo es primavera una vez al año.
Y que el ciclo de la vida se completa solo así.
Y que existe muerte en cada vida.
Y vida tras la muerte…
Y nos dejamos llevar por el destino.

Te amaré todas las estaciones de mi vida,
me dijo sonriente.
Te amaré todos los siglos de mis vidas,
respondí, prometiéndome.

Amén.

Olga Ruiz.

Ilustración de Paloma Muñoz