41ª Convocatoria: La ventana

La ventana.

Ilustración de Rosa García

Nos hablan las ventanas de nuestras vidas,
nuestro fluir abarrotado
las relaciones enclaustradas
los gritos de profundos amores.

Respiran los marcos de nuestras entrañas,
cuando germina el deseo de la vida
cuando se anida el caos y el dilema.

Los cristales nos hablan de la transparencia
¿las verdades dichas o enredadas en los dientes ?
Se salta a veces hacia afuera cuando aflora el juicio
llevamos la consciencia a cuestas.

Nosotros, los otros, ellos mismos…

Una cortina, la persiana y el visillo.

Te miro, que no te encuentro.

Pero aún, cuando llega la noche,
la habitación, la trinchera o la salita
ahí volvemos, con nosotros mismos.

Carolina Cohen Polanco

Brisas de noches y días

Autor@:
Ilustrador@: Rafa Mir
Corrector@: Mariola Díaz-Cano Arévalo
Género: Poema en prosa
Rating: Todos los públicos
Este relato es propiedad de Carolina Cohen. La ilustración es propiedad de Rafa Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Brisas de noches y días.

La ventana pone su oído a la escucha cuando alguien grita desde el otro lado su alegría, tal vez su clamor o su silencio blindado.

Pone sus ojos en miradas pasajeras, perennes, perplejas… u otras, tal vez más fijas, cuando se impone la escena sepia o colorida.

De la ventana proceden las esencias primaverales, y la tibieza de la extensa tarde, con sus sabores frutales, de ardua acidez, dulce y amarga… con sus calores vespertinos que no terminan sino con ensueños.

Ciertas mosquillas revolotean con la mañana, y los mosquitos se acercan a quitar la calma, pero sabes que cuando amanece, todo queda extinto, incluso el deseo de que el amante osado se cuele a través de la ventana.

Me parece escuchar las aves, que dejan volar su escándalo y su dicha por el sol que va imponiéndose, las gaviotas, palomas, loras, golondrinas… Y de repente entran recuerdos, y el pensar de un pasado que se ha roto y se ha hecho presente, dejando sin rumbo mis cabellos.

Ilustración de Rafa Mir

Solo me queda escuchar los chillidos de los niños, las familias y sus días, en medio de sus intrincadas normas y rutinas, mientras remojo mis anhelos y me sumo en los deseos que me otorgan el pensar aquellos ojos dejados devorar en intensiones.

Carolina Cohen

 

 

Desde la ventana

Autor@:
Ilustrador@:
Corrector@:
Género: Fantasía urbana
Rating: + 13 años
Este relato es propiedad de Olga Besolí. La ilustración es propiedad de Paloma Muñoz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Desde la ventana.

Todos los días, al atardecer, se asomaba a la pequeña ventana y oteaba el horizonte teñido de rojos y violetas mientras un suspiro escapaba de su boca. Ansiaba esa libertad que le habían arrebatado hacía poco y a la que se resistía a acostumbrarse. ¡Parecía tan lejano el tiempo en el que podía corretear con sus amigos por los campos! ¿Cuándo podría mojarse de nuevo los pies en las aguas límpidas del riachuelo? ¿Podría volver a hacerlo alguna vez? Su desesperación le decía que no, que todo eso formaba ya parte de un pasado que no regresaría jamás, a menos que el bicho de ahí afuera desapareciese. Pero unos días sustituían a otros, unos meses a otros, y nada nuevo sucedía; el bicho seguía expectante, amenazante, escondido en el aire o posado sobre el suelo. Pero seguía allí, y nada parecía que acabase con él.

Pero algún día tenía que morir, ¿no? Y cuando eso sucediese, ¿la dejarían sus padres volver a actuar con libertad, a correr, a saltar, a jugar? ¿Volvería a la normalidad que tuvo antes? ¿Existía eso a lo que los libros llamaban normalidad?

No, no debía pensar en eso o se volvería loca. Tenía que pensar en positivo, en que en algún momento podría volver a salir al aire libre, a disfrutar de aquella brisa que ahora tenía dificultades para colarse a través de una ventana tan pequeña. Sí, estaba segura: en cuanto todo acabara, saldría afuera, con los brazos extendidos y la melena al viento, dejaría que los rayos del sol del mediodía le bañasen la cara y la hierba fresca le humedeciese los pies…

—¿Qué haces? —la voz la sorprendió.

—Mirando por la ventana, mamá. Añoro salir al exterior.

—Sabes que no es posible, es peligroso. Tu deber es quedarte aquí adentro, a salvo, al menos mientras eso —dijo su madre señalando afuera— esté al acecho.

—Ya, mamá. Pero me ahogo en este cuarto, casi no entra luz. Yo necesito más, me muero aquí dentro. Siento cómo me voy consumiendo cada día un poco…

—¡Bah! Eres tan dramática como todas las jóvenes. Aunque no puedo culparte por ello, me recuerdas a mí. Hace una eternidad yo veía el mundo como lo ves tú ahora.

—No lo puedo creer, ¿de verdad?

—Créetelo. Y mírame ahora, una mujer hecha y derecha. El tiempo es el mejor maestro. Es él quien te enseña, con paciencia, que lo que no te mata, hija, te hace más fuerte. Créeme cuando te digo que todos vamos a salir fortalecidos de esta situación.

—¿Y si yo no soy capaz? ¿Y si no puedo resistir el encierro? ¿Y si me enfermo?

—¿Por qué dices eso? ¿Te sientes mal? ¿Te ha atacado la fiebre? —dijo su madre mientras le acercaba la mano a la frente.

Ella rechazó su contacto.

—No, mamá. Es otro tipo de enfermedad. Es una angustia que me empieza en el vientre y me sube a la garganta, que me aprieta aquí, como si hubiera un nudo que no me dejase probar bocado. Es un malestar que me impide dormir o pensar.

—Por un momento me habías asustado, hija. Venga, que no es tan grave… Si tienes de todo, incluso libros para distraerte. Tal como pediste. Piensa en todas las que ni siquiera tienen eso. A ellas solo les queda esperar. Y lo hacen pacientemente, como es su deber.

—Ya, pero yo estoy harta de esperar. ¡Yo quiero vivir! ¡Que todo vuelva a ser como antes!

—Sabes que es imposible. Ya nada será como antes. Y será mejor cuanto antes te hagas a la idea. Debes comprenderlo. ¿Cuántas veces hay que repetirte que la única manera de protegerte es mantenerte aquí, encerrada, alejada de los demás y, sobre todo, del peligro de ahí afuera?

—¿Hasta cuándo?

—Ya sabes hasta cuándo. Hasta que llegue quien acabe con la amenaza y te pueda brindar protección.

—Un salvador.

—Sí, hija, un salvador. Aquel que llegue al reino y mate al dragón, probando así su valía.

—¿Y por qué no mata papá al dragón? ¿No es su cometido defender el reino? ¿Por qué no puede defenderme?

—No entiendo, hija… ¿Para qué quieres que haga eso? ¿Con qué sentido?

—Para que pueda recuperar mi vida y volver a ser la que era…

—¡Entiéndelo de una vez! Eres una princesa de cuento y debes ocupar el lugar que te corresponde. Hace tres lunas sangraste por primera vez, lo que significa que ya eres una mujer y no una niña. ¡Por Dios, si ya tienes trece años! No volverás a jugar, ni a correr por los campos con los hijos de los sirvientes comprometiendo tu honor, porque eso será lo que estará en juego si sales del torreón.

Ilustración de Paloma Muñoz

—Pero, mamá…

—¿Cómo puedes ser tan obstinada? El dragón alado de ahí afuera es un simple animal, una alimaña y, como manda la tradición, ha volado hasta aquí al olor de tu sangre, porque su único fin es morir a manos del caballero que te rescate. El dragón sabe perfectamente cuál es su lugar y su sacrificio, y aun así lo cumple. Y ese salvamento es un nexo sagrado inquebrantable que se cumple únicamente con el desposorio con tu salvador. Y el caballero que te rescate de este torreón, matando al dragón cumplirá con su palabra, sin haberte visto siquiera la cara y sin saber si eres de su agrado, porque al aceptar el reto también acepta el riesgo. Y él, por encima de todo, sabe que debe poner su vida en juego por ti. Y lo hará para que podáis vivir felices y comer perdices. Como siempre se ha hecho. Y sabes de sobra que muchos caballeros no lo han logrado, que han muerto en gestas como esta, pero aun así no desfallecen en su empeño. ¿Te imaginas qué sucedería si los caballeros hicieran como tú, y de un día para el otro decidieran que no quieren matar dragones? No sé de qué te quejas. Tu parte es fácil, solamente tienes que esperar y dejar que el caballero haga su trabajo.

—Es muy fácil decirlo desde vuestra posición, pero yo…

—¿Nuestra posición? ¿Crees que es fácil? ¿Crees que a tu padre le alegra verte así, disgustada y consumida? ¡Por supuesto que no! Pero sabe perfectamente que, por mucho que te quiera, debe encerrarte aquí, en la habitación de la torre más alta del castillo, por mucho que le pese. Y aunque no lo creas, lo hace por tu bien. ¡Bastante le cuesta aguantarse las ganas de luchar él mismo contra el dragón y liberarte! Pero no debe hacerlo. Él ya tuvo su momento, ya tuvo su batalla por mí cuando era joven y gallardo y aspiraba al trono de su reino. Gracias a eso es un rey justo en un reino próspero.

—¿Y cuál es tu lugar, madre, en todo esto?

—Mi lugar como reina es velar porque la tradición continúe, pero mi labor como madre es instruirte para que seas merecedora del título de princesa de cuento.

—Pero es muy injusto…

—Es la tradición. Nadie dice que las tradiciones sean justas. Es lo que hay. En todos los cuentos y leyendas ha sido así, y seguirá hasta el fin de los tiempos.

—O hasta que alguien lo cambie.

—¿Y qué vas a hacer para cambiarlo?

—¡Me escaparé!

—Entonces morirás en las fauces del dragón, que ansía tu sangre. No serás la primera princesa que es devorada por una bestia y me temo que tampoco serás la última.

—Pues lucharé yo misma contra el dragón y ganaré mi propia libertad.

—¡Te lo prohíbo! Soy tu madre, pero soy tu reina. Mi palabra es ley, solamente supeditada a la de tu padre.

Con un movimiento brusco de su capa, la reina se dirigió altiva hacia la robusta puerta de cedro, en la que le esperaba uno de los guardias. Antes de desaparecer tras ella, la señaló con un dedo acusador:

—Ni se te ocurra desafiarme, ni lo intentes.

Tras el golpe de la puerta, la princesa oyó el sonido de la llave al girar, esa llave que la reina llevaba colgada del cuello, y el chirrido del pasador que hacía imposible la escapada, al menos por la puerta.

Además, juraría que la reina dio la orden al guardia de quedar apostado tras la puerta hasta bien cerrada la noche, para evitar cualquier intento.

No pudo evitar una lágrima de desesperación, que cayó en la pechera de su vestido de princesa. Estaba atrapada como una mosca en una tela de araña. Si tan solo pudiera hacer pasar su cuerpo por el agujero de la ventana…, pero era tan estrecha que se quedaba atascada a la altura de las caderas. ¡Ni siquiera podía tirarse al vacío que exterminaría el que sentía en las entrañas!

Con los puños apretados, se acurrucó en un rincón de la pared y escondió la cabeza entre los brazos. No supo si habían pasado unos minutos o unas horas, pero cuando volvió a mirar a través de la ventana el mundo se dibujaba entre sombras. La oscuridad se había cernido sobre el reino y una nube partía la luna llena en dos mitades.

Abajo, a los pies del torreón, una inmensa gran montaña oscura se movía acompasadamente. Era el dragón que respiraba profundamente dormido, exhalando pequeñas volutas de humo y cuyo destino estaba ligado al suyo. Su muerte le devolvería la libertad, pero era una libertad tramposa, la de una nueva vida llena de incertidumbres y junto a alguien que probablemente no amaría nunca. A la princesa le dolía tanto su situación que formuló un deseo, un deseo inmenso y profundo.

Deseó con todas sus fuerzas que nunca más y jamás de los jamases nadie, ni princesa ni plebeya, tuviera que verse en su situación y sentirse como ella se sentía, con esa impotencia y con la misma infelicidad por verse en un encierro involuntario que la obligase a ver pasar la vida a través de una ventana, y con el temor instalado en el cuerpo de que la esperada salida al exterior pudiera ser todavía peor.

 

Olga Besolí
Mayo 2020

Por la noche

Autor@:
Ilustrador@: Rafa Mir
Corrector@:
Género: Relato corto
Rating: Todos los públicos
Este relato es propiedad de Paloma Muñoz. La ilustración es propiedad de Rafa Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Por la noche.

Ilustración de Rafa Mir

Por la noche, antes de acostarme tengo la manía de abrir la ventana y contemplar el edificio de enfrente.

No hay mucha distancia entre mi vivienda y las de los vecinos al otro lado de la piscina comunitaria.

Siempre encuentro algo que me llama la atención: una luz extraña o llamativa, unas sombras tras los visillos, unas figuras que se mueven, algún cotilla que se asoma a la ventana con medio cuerpo fuera cuando es primavera o verano, etc.

En frente tengo unos vecinos muy raros.

La verdad es que no son muy normales, les falta un hervor a todos ellos. Es una familia  desagradable y estúpida que se creen con más pedigrí entre los vecinos y con más derecho a vivir en la urbanización que yo, por ejemplo.

Esta familia de frikis la compone una mujer de edad avanzada, viuda, y dos hijos cuarentones largos que son más feos que un nublado.

Cuando llegué a la urbanización a vivir no debí de caerles muy simpática porque me miraban con un gesto extraño, desagradable y provocador.

La madre, más joven entonces, me cerró la puerta de la finca ante mis propias narices cuando iba con las bolsas de la compra. Me sentó fatal y juré vengarme.

Mi venganza la obtuve al poco tiempo aprovechando que esa loca cretina venía con el perrito de dar un paseo e iba sola.

Le hice lo mismo. ¡Que se joda!.

Desde entonces he visto a esa familia tan peculiar unas cuantas veces. Su mirador da a la piscina y está justo frente a la ventana de una de las habitaciones de mi piso.

Casi todas las noches les oiga charlar o berrear, trastear en la cocina, encender y apagar luces, sobre todo con el buen tiempo.

Con esta complicada movida del Coronavirus apenas veo a nadie y mucho menos a esos vecinos tan desagradables y groseros.

Estas noches, durante la duración de la pandemia sigo mirando y observo  las ventanas, miradores y alrededores del edificio.

Personas como yo que siguen adelante con todo.

Unos llevan objetos y libros de un lado a otro o ven la televisión, charlan animadamente con la familia o los amigos y se asoman a que les dé el aire fresco de la noche.

Yo hago lo mismo antes de dormir.

Me acuerdo de las películas que he visto sobre este tema de mirar desde la ventana lo que acontece.

La ventana indiscreta, por ejemplo.

Series como el CSI de Nueva York en la que el eficaz e íntegro teniente Mac Taylor de la Policía Metropolitana de Nueva York en Manhattan  se ve metido en un buen fregado al observar a un sujeto en actitud sospechosa mientras el policía está sentado en su sillón sin poder moverse porque está con el brazo en cabestrillo.

Hay otros ejemplos de películas y series en los que el protagonista se ve envuelto en serios problemas por utilizar prismáticos, catalejo o un telescopio casero.

Lo cierto es que resulta apasionante el mirar, el ver, el observar qué hacen otras personas que no conoces de nada o que son tus vecinos pero como si nada.

En la ficción, a más de uno o una le ha resultado caro ese entretenimiento.

Espero que no me pase nada.

Tengo prismáticos. Pero casi no los uso.

Pero sigo mirando. No por cotillear, sino por saber que hay gente viva en frente como esa familia Munster de la que he comentado antes.

Ojalá que esta situación pase con el mejor de los resultados y podamos salir a la ventana, no ya a cotillear o a observar sino a saludarnos y echarnos unas sonrisas.

Pero no con esa familia de frikis.

 

Paloma Muñoz
Madrid, 26 de mayo 2020

40ª convocatoria: La igualdad

La igualdad.

Ilustración de Rosa García

Igualdad, palabra hermosa
Igualdad, palabra generosa
Igualdad, palabra ferviente
Igualdad, palabra hiriente
Igualdad abriendo caminos
Igualdad cumpliendo destinos
Igualdad, un gran mensaje
Igualdad, un buen viaje
Igualdad, palabra con historia
Igualdad, palabra con memoria
Igualdad, siempre desde niños
Igualdad, peleando por ella hasta con los piños
Igualdad, divino tesoro
Igualdad, el mundo es de oro
Igualdad por la que se lucha
Igualdad siempre se escucha
Igualdad desde la Revolución Francesa
Igualdad, chúpate ésa
La igualdad es una llave que abre la puerta de la justicia
La igualdad es la clave para desterrar la mediocridad y la estulticia
Hay que luchar por ella
Hay que vivir en ella
Hay que preservar la igualdad
Hay que proteger la equidad
La educación es un bien común
La Igualdad no puede ser manejada al tuntún
Sin la igualdad no hay justicia y si no hay justicia los corazones se llenan de malicia

Paloma Muñoz
23 de marzo de 2020

La anciana

Autor@:
Ilustrador@: Rosa García
Corrector@:
Género: Fantasía urbana
Rating: + 13 años
Este relato es propiedad de Olga Besolí. La ilustración es propiedad de Rosa García. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La anciana.

La anciana arrastra los pies por la calzada deteriorada. Sus ropas están viejas, harapientas. Su rostro ajado es de piel blanquecina, demacrada, que contrasta con la suciedad de su vestimenta. La única nota color la ponen esos dos círculos violáceos que rodean unos ojos empequeñecidos, acostumbrados a moverse en la oscuridad y esas venas oscuras que parecen querer atravesar la piel frágil.

Hoy el día está gris, nublado. Hace fresco ya. El atardecer está asomando su cara y el sol ha decidido ocultarse tras unos nubarrones que parecen presagiar una tormenta que seguramente estallará en plena noche.

Desde que ocurrió lo que ocurrió, en los años veinte, el tiempo volvió a su cauce; ahora los inviernos son más inclementes y en verano el sol amenaza seriamente con quemar la piel de la anciana, que ya no soporta sus rayos.

Es por eso que hoy ha salido a la calle, una calle que ya no sabe lo que son los atascos de tráfico, ni las acumulaciones de gente, las colas de cine o las manifestaciones. Todo eso forma parte del pasado. Ahora esa calle está transitada por pequeños grupos de personas, que se mueven inquietas, rápido,  siempre con una dirección determinada. Ya no se hace camino al andar, sino que lo importante es la meta, dejar atrás el mal trago de ver cómo las plantas se están apoderando del asfalto, sembrado por aquí y por allá de desechos humanos como la anciana, los únicos merodeadores que parecen no tener un rumbo ni una dirección fijos y que son ahora los verdaderos habitantes de la capital.

Pero la anciana sí que tiene un rumbo fijo hoy, pues va a intentarlo de nuevo. Ya conoce la respuesta, se la han dado un millón de veces, pero tampoco se rindió de joven, cuando a principios del siglo XX era toda una feminista que luchaba por la igualdad de géneros. ¿Para qué se pasó la vida peleando, debatiendo, manifestándose? ¿A quién le importan hoy en día los géneros en esta ciudad vacía y en decadencia?  No le importan al jabalí  que se cruza en su camino y se para a unos metros de ella, y que con sus colmillos intenta quebrar un fragmento de asfalto medio suelto, para remover la tierra de debajo luego, en busca de algo que echarse a la boca. Tampoco le importan a la nube de pájaros que trinan continuamente en el cielo ahora azul de la ciudad. Ni a ese lobo que dicen que merodea por la noche entre los montones de basura que nadie recoge, y que atacó y devoró a un niño, arrancándolo de los brazos de su madre.

A nadie le importa, tampoco, lo que les suceda a los merodeadores como la anciana. Para los demás, ellos solamente representan un recuerdo que es mejor olvidar, un incidente desastroso que pasó hace cincuenta años y que cambió la configuración del mundo y la sociedad. Por eso los viajantes los ignoran en su paso rápido hacia alguna parte; nunca se acercan a ellos ni los miran a la cara. No quieren verlos. Los evitan a toda costa, como antaño hacía la gente de bien con los vagabundos que yacían en las esquinas pidiendo limosna, porque para ellos representaban el fallo del sistema y reconocerlos hubiera significado aceptar que el estado del bienestar en el que vivían era solamente una falacia.

De igual forma, los viajantes solamente ven, en gente como la anciana, a cadáveres vivientes, focos de infección, basura. Y en cierto modo tienen razón. Ellos son el efecto colateral, los restos de una sociedad extinta que persiste en lo que antes fue la capital y que no se supo adaptar a los nuevos tiempos. Pero la anciana se resiste a morir; ni siquiera es capaz de aceptar su condición de descastada.

Lentamente, arrastrando los pies llagados y maltrechos, se acerca a la garita de control.

—¡Alto ahí! ¡No se acerque!

Hoy el agente de seguridad no es el mismo, confirmando los rumores que decían que el anterior fue arañado por un infeccioso y retirado del servicio. La anciana se lo imagina arrastrado y llevado a golpes por los suyos, por otros guardias ataviados con trajes de protección, armados con porras y pistolas, cuyas caras no pueda reconocer a través de las mascarillas, y sonríe ante la imagen. Se lo merecía. Y tanto. Era una mala bestia de manos sangrientas enfundadas en guantes, que no dudaba en atizar a todo aquel que no tuviera su documentación reglamentaria.

En cambio, este guardia parece joven. Tras las gafas protectoras se adivinan unos ojos claros libres de ojeras y arrugas, que combinan con su frente tersa. Bajo la máscara se puede adivinar una barbilla suave, quizás libre de pelo, y el cuello se le ve bien rasurado, confirmando la primera impresión. También su cuerpo es delgado, y atlético. No debe de tener más de veintipocos años. Será más fácil convencerle.

—Antes, la temperatura.

La anciana sabe exactamente qué hacer. Dirige sus pasos a la marca del suelo y acerca la cara a la luz naranja, que emite una especie de flash que se refleja en su rostro. Esa misma luz que, según le contaron, ayer se volvió roja un segundo antes de que el antiguo guarda fuera atacado. Esa misma luz que ahora se torna verde para alivio de la anciana.

—Está bien, no hay fiebre —dice el guardia exhalando. Parece que él también se siente aliviado—. Ahora, enséñeme el carnet de inmunidad.

—Es que no lo tengo… Lo perdí. Pero tengo un certificado médico de negativo en PDR. Tome, aquí tiene.

La anciana le enseña el certificado falsificado, esperando que le dé buenos resultados. Se lo ha firmado y realizado con esmero uno de sus vecinos de infortunio, un doctor retirado que tuvo que dejar que ejercer porque no se atrevió a enfermar, asmático como es, por miedo a perder la vida, esa vida irónica que hizo que la misma persona que de joven luchó contra la infección y recibió aplausos por ello ahora se vea desplazada y apartada por esa misma enfermedad, por el temor a enfrentarse a ella.

Dicen que las oportunidades pasan solamente una vez, y la suya voló aquel día en que, en el hospital en el que trabajaba, y que ahora es otro montón inestable de piedras a punto de derrumbarse, le dieron el ultimátum: o se inyectaba el virus como habían hecho todos los demás, y se arriesgaba con ello a morir, o bien se quedaría atrás, y no podría desplazarse con el resto del personal a la zona limpia, que era como llamaron al principio a la próspera ciudad de Sarsania.

No tuvo lo que hay que tener para conseguir su pasaje y su carnet, aunque de vez en cuando le alivia pensar que uno de cada diez de los que sí lo tuvieron acabó sepultado bajo tierra.

El caso de la anciana fue distinto. Ella procrastinó el momento con un «mañana acudiré al Centro de Infección. Mañana lo haré». Un día siguió al otro, un mes al siguiente, un año tras otro, hasta el punto de que cuando decidió que era el momento, su juventud y su fortaleza ya se habían esfumado, dejando tras ella a una anciana frágil que no entraba en la lista de población merecedora de la oportunidad. Ya no tuvo opción alguna.

Y sin aviso previo, de un día al otro, se fueron todos. Un día la vieja capital amaneció en silencio, vacía, como si sus habitantes se hubieran evaporado. Solo unas pocas cabezas asomaban por aquí y por allá, en una terraza, en un balcón, en un portal. Y los que se atrevieron a bajar a la calle se encontraron garitos de control custodiados con los guardias perpetrados con mascarillas y armas, con trajes y gafas de protección, como el joven que escudriña el documento falso de la anciana.

—Señora, este documento no es válido. No tiene el nuevo sello del gobierno, sino el antiguo. No es una inmune. Así que aparte y vuelva por donde ha venido.

—¡No! Soy una inmune. Déjeme pasar. Tengo a toda mi familia en Sarsania. Ellos lo confirmarán.

La anciana, que ha luchado en mil guerras y se ha manifestado en mil ocasiones por todo tipo de igualdades, de género, de clases, de libertad sexual, de oportunidades, enfrentándose siempre al sistema que oprime al pueblo, a la presión de soldados, a las detenciones policiales y a las cargas de los antidisturbios, no puede aguantar ese viejo ímpetu que pugna por salir de sus entrañas y que le quema por dentro, ni evitar esa inercia que la lleva a acercarse más al joven, cada vez más, presionando, reivindicando, reclamando, hasta que él se pone en guardia.

—¡He dicho que se aparte!

El guardia, al sentir el contacto de la vieja sobre su traje, se asusta hasta tal punto que la empuja y le golpea la cara con la culata de su rifle.

Ilustración de Rosa García

La anciana cae al suelo con la boca ensangrentada.

—¡No ez… juzto! —balbucea desde el suelo.

El guarda, que iba a abalanzarse sobre ella con la porra en mano y estaba a punto de descargar toda su furia, miedo e impotencia sobre ella, al verla tan indefensa, decide que no vale la pena manchar su equipo con su sangre infecta, ni tampoco lo vale el tiempo que deberá perder luego para desinfectarlo.

Se limita a mirarla desde su posición superior y decirle algo que ambos saben:

—El mundo no es justo, nunca lo ha sido.

Olga Besolí

Abril 2020

 

39ª convocatoria: La naturaleza

La naturaleza.

Ilustración de Rosa García

Vuelta a los orígenes.

Busco entre vuestras ramas,
amigos, guías, centinelas
el abrazo que me enseñe
a mirar dentro de mí,
que me ayude a recordar
que yo también
soy hija de la tierra,
el lugar donde sangre, fuego y savia
se funden en sintonía eterna.
se funden en sintonía eterna.

Ainhoa Ollero Naval

Escapada al castillo

Autor@:
Ilustrador@: Rafa Mir
Corrector@:
Género: Relato
Rating: Todos los públicos
Este relato es propiedad de Paloma Muñoz. La ilustración es propiedad de Rafa Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Escapada al castillo.

Un día, el matrimonio formado por Joe Polished y su mujer Mary Dove decidieron dejar su hogar, un piso de dos habitaciones en un suburbio de Londres, y viajar hacia el norte de Francia con sus dos hijos de corta edad para vivir en un castillo.

Un castillo de cuento de hadas.

Esta intrépida pareja tenía muy claro que quería vivir en Francia porque les molaba cantidad la forma de vida de sus vecinos franceses.

Les entusiasmaba su gastronomía, sus costumbres, sus fiestas, sus detalles a la hora de crear un ambiente agradable, confortable, encantador y ese toque de glamour, de sofisticación y de Grandeur que tanto les pone a los ingleses.

Así que con un importante ahorro de dinero decidieron comparar un castillo.

Así, como quien se va a comprar una bolsa de castañas.

El castillo, al que echaron la primera vista a través de un catálogo de propiedades  que estaban a la venta en la bella y fascinante región de la Normandía, era una imponente  construcción de la segunda mitad del siglo XIX y cuya propiedad había pasado de padres a hijos hasta hacía aproximadamente unos  cuarenta años.

Ilustración de Rafa Mir

Desde entonces, el castillo fue abandonado el pobre.

Pero el matrimonio Polished cuando  vio el castillo supo que su destino llamaba a la puerta y que su vida iba a cambiar por completo.

La vida de Joe y de  Mary Dove y, por supuesto, la de sus dos pequeños hijos  Anthony  y  Deirdre iba a ser una continua explosión de vitalidad, alegría y bienestar.

El lugar era maravilloso y cambiante porque las estaciones del año transformaban el paisaje y la luz en los campos de esa preciosa región de Francia.

Mary Dove deseaba tranquilidad y un continuado contacto con la naturaleza para ella y su familia y el castillo y sus alrededores proporcionaban una fascinante sucesión de paisajes  difíciles de olvidar.

Joe era ingeniero y sabía lo que se hacía cuando compró el castillo.

Un descendiente de la familia Boncroissant, propietaria del castillo y de las propiedades adyacentes,  el abogado Yves Delaroche hizo entrega de las llaves a Joe y Mary Dove y les aclaró que todo cuanto había en el castillo y de las demás propiedades que habían adquirido les pertenecía por completo.

Pero claro, detrás de todo cuento de hadas, como comentó una vez Mary Dove, siempre hay un pero. Y ese pero no era una pera sino una restauración completa del castillo abandonado durante décadas y de las propiedades que estaban hechas una mierda.

Así que Joe y Mary Dove con la ayuda de unos amigos ingleses que también habían decidido ir a vivir a la dulce Francia pusieron manos a la obra y comenzaron la restauración y rehabilitación del castillo y de las demás propiedades.

Pero a pesar del  gran trabajo que hacer, tanto Joe  como su mujer, que era una estupenda diseñadora y decoradora con una imaginación y disciplina excepcionales, a parte de su perfeccionismo y su obsesión por el trabajo bien hecho y bien acabado, estaban encantadísimos con su nueva vida en el castillo.

La naturaleza estaba presente en todos y cada uno de los detalles del día y de la noche.

Si el castillo y sus alrededores eran bellos y fascinantes en verano, lo eran en primavera cuando la explosión de los colores de las flores creaba un ambiente embriagador de olores y de sabores, ya que recogían ciertas flores para elaborar sofisticados platos de cocina francesa.

Y no digamos en otoño con los colores de los árboles, la niebla que desprendía el foso que rodeaba el castillo y el misterio de la luz  otoñal, la lluvia y  la nieve.

Así que poco a poco fueron transformando ese lugar mágico de ensoñación perpetua y fueron haciéndose con las costumbres francesas y sus ricas frutas y verduras que recolectaban del huerto, las carnes, quesos que adquirían en los mercados de la región y por supuesto, los  vinos y licores que con el tiempo llegaron  elaborar.

Poseían una extensa bodega en la que almacenaban botellas de vino y champán que compraban en establecimientos recomendados y Joe destilaba licor de frutas y elaboraba riquísimas compotas y mermeladas que hacían las delicias y la ilusión de los niños en sus merendolas.

Pero tenían que vivir de algo y decidieron  alquilar unas cuantas habitaciones cuando estuvieran completamente transformadas para huéspedes con pasta y para invitados especiales.

Organización de eventos como bodas, bautizos, comuniones y funerales.

Funerales, sí.

Porque tenían amigos irlandeses y ya conocemos la predilección  de los hijos de Irlanda por el jolgorio y el bebercio  cuando un señor o señora  irlandés estiraba la pata.

Mary Dove, siempre tan creativa y emprendedora ,había propuesto a su enamorado marido el negocio de alquilar el castillo y los jardines para organizar bodas,  Tea Party semanal y otras fiestas que dejaran una buena cantidad de dinero para seguir con el tren de vida que llevaban en el castillo.

Los niños iban al colegio local y eso dejaba a Mary Dove tiempo para explorar nuevas posibilidades de negocio utilizando las dependencias del castillo y las demás propiedades compradas como un invernadero, un jardín enorme amurallado, unas antiguas caballerizas y otras construcciones de época.

La naturaleza era la verdadera protagonista de este lugar maravilloso y único ya que cambiaba y fascinaba por igual a la familia Polished y a sus invitados y clientes.

Vivir así no es morir de amor.  Es vivir en constante estado de fascinación.

Y eso lo consiguieron Joe y Mary Dove Polished y sus dos hijos.

La naturaleza es la verdadera protagonista de esta curiosa y encantadora historia.

Hay que comprarse un castillo en el norte de Francia para comprobarlo y para disfrutarlo.

Paloma Muñoz
Madrid, 30 de noviembre de 2019

Naturaleza muerta

Autor@: Olga Besolí
Ilustrador@:
Corrector@: Mariola Díaz-Cano Arévalo
Género: Fantasía urbana
Rating: + de 13 años
Este relato es propiedad de Olga Besolí. La ilustración es propiedad de Paloma Muñoz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Naturaleza muerta.

Ella siempre se decía a sí misma que no estaba en su naturaleza, que ella no fue hecha para devolver los golpes, sino para achicarse ante los problemas e inmovilizarse en las agresiones. Y allí estaba, hecha un ovillo,  rezando hasta que el escarnio se diluyera, los gritos se apagaran y esos puños se aflojaran. Y todo porque la tortilla se había enfriado y estaba demasiado jugosa.

—Eres débil —le escupía él—. Como todas. Todas sois unas putas inútiles que no valéis para una mierda. La naturaleza os ha hecho así, y la naturaleza es sabia ¿A qué venís ahora con esa mierda del feminismo? ¿Qué pasa, os vais a volver todas bolleras? ¡Ja! Ya me gustaría ver hasta dónde llegas sin mí. ¡Si no eres capaz ni de hacer bien una puta tortilla! Pero, claro, como la señora ha estado tan ocupada toda la santa mañana yendo de acá para allá…Que me pregunto yo si se puede tardar tanto en comprar una docena de huevos y cuatro patatas. ¿O es que has estado otra vez perdiendo el tiempo pintando esa mierda de bodegones que no sirven para nada? ¿Es este el cuenco de fruta que has pintado hoy? ¿Es este? ¡Pues toma cuenco!

Varias piezas de fruta rodaron a su lado a la vez que ella sintió el golpe de la cerámica sobre su espalda, rompiéndose en mil pedazos y soltando unas astillas que traspasarían la ropa y se clavarían en su piel como pequeños alfileres, mientras la lluvia de restos se precipitaba sobre el suelo como meteoritos.

—¿O te has estado viendo con algún hombre, so puta? Y claro, con todo eso, no te ha dado tiempo para preparar la comida que me merezco. ¿Qué es lo que me merezco, según tú? Porque yo creo que trabajando lo que trabajo en la oficina, y aguantando lo que tengo que aguantar del puto jefe de contabilidad que me tiene hasta los huevos, y trayendo el dinero que traigo a casa para que tú puedas ir a comprar la puta comida, me merezco mucho más que esta jodida bazofia, ¿no crees? Uy, ¿estás llorando? ¿De verdad te esperabas que me iba a tragar esta mierda? ¿De verdad crees que yo me merezco esta mierda? ¡Contesta!

Ella sabía que, en un momento así, replicar se convertía en un sinónimo de suicidarse, porque una sola mirada desafiante a los ojos o cualquier pequeño movimiento que él tomara como gesto de repulsa sería el detonante que hiciera estallar un nuevo alud de patadas y puñetazos. Y no creía que su espalda, maltrecha y dolorida, pudiera soportar ni un golpe más. Por eso seguía inmóvil a pesar del calambre que le subía por la pantorrilla y se mantenía replegada sobre sí misma, con las rodillas protegiéndole el pecho, la cabeza gacha sobre ellas, los ojos cerrados para no contemplar la baldosa manchada con su propia sangre y las manos cubriéndole la nuca para evitar que un siguiente golpe en la cabeza fuera el último y definitivo, el golpe de gracia que acabara con su miserable vida.

Pero ese golpe no llegó, porque al igual que un perro de presa cuando, después de desgarrar y zarandear a su víctima, ve que esta permanece inmóvil, pronto su verdugo perdió el interés y se alejó lo suficiente como para que la densidad a su alrededor fuera menor, el aire se tornara más liviano y ella pudiese inhalar un poco, que dolió como fuego dentro de sus pulmones y le hizo emitir un gemido amortiguado, casi imperceptible.

Pero está en la naturaleza del depredador el percibir cualquier atisbo de vida en su víctima, y el fino oído de perro de presa de su agresor lo captó. En un par de segundos una mano la agarró tan fuerte del pelo que le levantó la cabezay le hizo crujir las cervicales.

—¿Decías algo? ¿Me hablabas a mí?

No hubo más respuesta que un par de lágrimas deslizándose por el rabillo de los ojos cerrados y una cara de angustia ante lo que iba a venir. Pero otra vez el perro de presa perdió el interés.

—Bah… Ni siquiera vale la pena discutir contigo.

Y la mano soltó la cabeza con tal fuerza que esta se golpeó contra sus propias rodillas. El dolor fue punzante, pero esta vez ella no dejó escapar ningún gemido. Luego, el eco de un par de pasos, el sonido del cajón abriéndose, un chasquido y una aspiración profunda precedieron al olor inconfundible del tabaco en plena combustión. Era el pitillo de la victoria, el que se fumaba después de cada humillación y de cada paliza.

Ella volvió a respirar, pero esta vez suavemente, imperceptiblemente, con la cabeza aún embotada. Si se mantenía así el tiempo suficiente, si aguantaba un poco más sin moverse ignorando el entumecimiento y el dolor que se apoderaba de su pierna, ya todo acabaría en unos minutos, en cuanto él apagase el cigarrillo en el suelo o, si todavía le quedaba hiel por sacar, se lo apagase encima del cuerpo, probablemente en el mismo brazo en el que ella ya lucía un par de cicatrices de quemaduras anteriores, y diese el gran portazo final y definitivo.

Esperó pacientemente a su suerte, y la diosa Fortuna le sonrió esta vez. Oyó el refregar de la suela del zapato sobre el suelo y el repiquetear de las llaves en su mano.

—Y no te olvides de fregar todo esto, que tienes la casa como una pocilga. Y aunque tú seas una cerda, yo no lo soy.

Tras ese último insulto llegó el portazo que significaba la salvación. Y tras el portazo pudo permitirse aflojar los músculos y se dejó caer en el suelo, en posición fetal. Dejó que el dolor la invadiese, como otras veces. Pero las lágrimas no brotaron como solían hacerlo siempre en ese momento. No pudo dar rienda suelta al dolor, empaparse de él, liberarse. Esta vez se le enquistó dentro, atenazando el pecho, oprimiéndole la respiración, quemándola por dentro y despertando un fuego que no sabía que tenía.

Se levantó, como pudo y sin lamentos, sin sentir lástima de sí misma y sin dejarse corroer por la culpabilidad de pensar que era ella la que provocaba esa situación, siendo tan patosa e inepta, como llevaba años haciéndole creer él. Esta vez no se autocompadeció por ser de naturaleza débil y no saber cómo actuar, cómo responder, o cómo salir de esa situación en bucle, de la que no parecía haber escapatoria.

Porque no la había; por fin había captado el mensaje. Si bien ella era de naturaleza débil, él era un monstruo, un maldito monstruo de naturaleza agresiva y destructora. Así que, maltrecha y como pudo, goteando sangre por el pasillo, llegó hasta la cocina y sacó el filetero del taco de madera. Se sintió poderosa con él en la mano. Era perfecto, afilado, ancho de hoja y con una punta fina, de forma que una vez clavado, con un simple giro de mano bastaría para causar grandes destrozos. Además, su empuñadura era ergonómica y se adaptaba perfectamente. No había duda alguna de que había sido una buena compra: bien había valido la pena la paliza que se ganó cuando decidió llamar a la teletienda y se hizo con ese set de cuchillos usando la tarjeta de crédito que él tenía guardada en su escondrijo. Una sonrisa fugaz escapó de su cara, aunque, emborronada por la sangre y afectada por el dolor, parecía más una mueca que otra cosa. Pero ella no era consciente de ello. Solamente de su nueva naturaleza recién adquirida.

Tampoco fue consciente del rato que pasó antes de que lo oyera subir la escalera, detenerse ante la puerta, buscar las llaves, probablemente en el bolsillo, e introducir una en la cerradura. Tampoco sería plenamente consciente de todo lo que ocurrió luego. Solamente que, minutos después, él yacía agonizando en el suelo del salón, con una mano en el cuello que intentaba frenar los chorretones de sangre que salían como una fuente a cada latido del corazón, espaciándose cada vez más.

Ella, con un lienzo en la mano, recogía la sangre del suelo con el pincel y con ella plasmaba, en tonos rojizos, los restos del cuenco de cerámica hecho añicos, las manzanas pisoteadas y golpeadas, el cuchillo ensangrentado y las llaves, todo en medio de un gran charco de sangre que seguía aumentando de tamaño.

—¿Qué te parece? —le preguntó mientras se lo mostraba.

Él, en un último esfuerzo, le tiró el cuadro al suelo de un manotazo que se llevó sus últimas fuerzas y su última exhalación.

—Está bien —respondió ella—, acepto que no te guste, pero no vuelvas a llamarlo bodegón. Se llama Naturaleza muerta.

Ilustración de Paloma Muñoz

 

Olga Besolí
Octubre 2019

Medicina del bosque

Autor@:
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Género: Poesía
Rating: Todos los públicos
Este relato es propiedad de Ainhoa Ollero Naval. La ilustración es propiedad de Bárbara González de Murillo. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Medicina del bosque.

Ilustración de Bárbara González

Ilustración de Bárbara González

Murmullos entre las hojas:
soy yo, y también vosotros,
y toda esta paz donde puedo
abandonarme a las horas
que, normalmente,
me persiguen con culpa,
demasiado lentas,
demasiado rápidas,
con tantísimas exigencias…
Falta tiempo
y sobran pruebas,
y yo, que me he bajado
del tren en marcha,
circulo por la cañada
de las ovejitas negras.

Pájaros que me responden
cuando silbo esa canción
antigua y misteriosa
que recordé por casualidad,
y que siempre me acompaña
cuando me abandono
en estas tierras.
Batir de alas en el cielo,
las plumas que me encuentro
en medio del sendero de arena
y que atesoro en secreto
para construir altares,
telarañas mágicas,
monumentos a la desnudez,
a la caída de las máscaras,
al aquí y al ahora,
que es lo único que me mantiene
con los pies medio en el suelo,
el corazón encendido
y la risa, alerta.

Encuentros fortuitos
con el zorro, el jabalí, el corzo,
la nutria, la jineta.
Todos los gatos
que he malacostumbrado,
y los que todavía
me miran con extrañeza.
Los cangrejos extranjeros
que he de devolver al agua
para que no se pierdan.
El cuervo, el gorrión, la cigüeña
y, ahí arriba, las rapaces
que todo lo ven
y, si les preguntas,
te lo cuentan.

El sendero alternativo
que a veces me sirve de puerta
a dimensiones paralelas,
a la ruta de los elefantes,
a la fuente de fuego del dragón,
a los cantos dulces de las sirenas,
a la ninfa de las margaritas en el pelo,
a todos los que pueblan estos parajes
y nos tienden una mano,
y celebran con nosotros
nuestras ganas de volar libres,
de soltar lastre
y tocar, como nos corresponde,
las estrellas,
de vaciar de penas el corazón
y de miedo, la cabeza.

Mis árboles,
que me abrazan en silencio
y que hablan entre ellos
entrecruzando sus raíces,
nos cobijan a todos
como amorosas madres de madera.
Tiran de nosotros hacia el suelo
ayudándonos a llegar
al núcleo del planeta,
a construir nuestra casa,
a dejar de flotar sin rumbo
cuando volar demasiado
nos desconcierta.

La vuelta a casa, desperezándome,
a la vez en el aire y en la tierra,
con la mente en silencio
y una sonrisa que me guardo,
porque me he concedido
el derecho a la pausa y a la tregua,
aunque las vecinas no me entiendan,
y hablen de mí cuando piensan
que no me doy cuenta.
Su cháchara me recuerda, cada vez más,
a la cantinela de las gallinitas cluecas.

Ainhoa Ollero Naval