La otra reina roja

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Corrector@: 

Género: Fantasía

Rating: – 18

Este relato es propiedad de Rosy Martínez. La ilustración es propiedad de Luz Beloso. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La otra reina roja.

Ilustración de Luz Beloso

Somos ocho hermanos, pero de todos nosotros la más conocida es nuestra hermana mayor, Lisia.

Ella consiguió proclamarse reina de Garden sin encontrar casi resistencia, pese a que el reino debía dividirse entre los ocho, convirtiéndonos en cuatro reinos bien liderados, aliados y sin fronteras. Gobernando un rey y una reina cada reino.

Pero a ella la parte Este le parecía el reino menor y decidió que no era suficiente. Nuestros padres no consiguieron hacerla comprender que su percepción era equivocada. El reino había sido dividido hacía milenios de forma que todos tuvieran la misma porción de tierra y de fieles súbditos, consiguiendo así un buen equilibrio y prosperidad para Garden.

Sin embargo, Lisia no atendió a razones y arrasó los tres ejércitos restantes, los cuales cayeron sin mucho esfuerzo debido a que no contaban con el entrenamiento debido. ¿Quién imaginaría que uno de nosotros haría semejante locura?

De todo esto han pasado casi mil años y el resto de nosotros hemos aprendido por ello, y pese a todo el calvario que hemos pasado hasta ahora, nos hemos aliado con bandidos de tierra y mar dispuestos a recuperar la prosperidad de nuestras tierras.

Lisia jamás pensó que nos uniríamos contra ella, pues siempre creyó que éramos unos buenazos sin ambición ni criterio. No obstante, había llegado el momento de demostrarle su futura realidad.

Me miré al espejo y me sorprendí a mí misma con lo que vi. Jamás pensé en utilizar este color. Después de todo, siempre había sido el favorito de Lisia y yo con el blanco no me encontraba incómoda. Sin embargo, ella nos había orillado a buscar en nuestro interior la garra necesaria para luchar.

Lo que me convenció de la necesidad de un cambio fue su última acción, una que jamás creí que fuese capaz de llevar a cabo.

Rio con furia contenida. Si no hubiese sido tan ilusa, mi hermano y compañero de trono, Helián, seguiría con vida, pero Lisia no tuvo compasión ni de su hermano más pequeño, algo que yo jamás le perdonaría.

Ella portaba el color porque le gustaba, yo lo portaría por las razones que ella me había brindado para pelear.

La ira y el deseo de venganza me habían convertido en lo que ahora reflejaba el espejo ante mí.

Una mujer con el cabello negro, recogido en una coleta, de ojos grises y semblante serio. Siempre había sido una mujer compresiva e incluso amable. Lisia me había convertido en todo lo contrario y ahora, vestida de arriba abajo con el color del fuego, le demostraría lo que su ambición había ocasionado en mí.

Mi cuerpo entero estaba protegido por una armadura roja elaborada con el material más preciado de Garden, el diamante rojo.

La forma de forjar la armadura de Cheril, nuestra hermana mediana, legítima reina del sur, no tenía nada que envidiar al mejor herrero de Lisia, incluso podía decirse que es la mejor en su arte, una suerte que Lisia jamás valoró por sus aptitudes, otro error que le costaría caro.

—Dián, las tropas de Lisia ya están en el lugar indicado.

Por la puerta de la tienda aparece uno de mis hermanos, el verdadero rey del Sur, Sergi. Él y Cheril aman construir cosas, por eso esta guerra no les gusta demasiado, pero saben que es necesaria.

Lo miro a través del espejo y descubro sus ojos azules fijos en mí:

—¿Estáis seguros de que deseáis luchar? — le pregunto una vez más, deseosa de poder salvar al resto de mis hermanos de lo que hoy pueda suceder en el campo de batalla.

—No permitiremos que mate a otra hermana nuestra. Además, el pueblo entero desea librarse de Lisia, ¿y no es el deber de un rey luchar por los intereses de su pueblo? —Sergi se encoge de hombros restándole importancia a sus palabras y agrega—: Si conseguimos restaurar el orden en Garden toda esta locura habrá valido la pena. —Cambiando su semblante a uno más serio e irguiéndose, mostrando así lo alto que realmente es, Sergi continua—: La muerte de Helián no habrá sido en vano, por el contrario, nuestro hermano será el símbolo de nuestra libertad.

—Debí apoyarlo desde el principio, no huir como lo hice. —Me recrimino por enésima vez.

Sergi se me acerca y coloca su mano enguantada en el hombro:

—Todos cometimos un error al no acompañarlo aquella tarde, pero el peor de todos lo cometimos cuando permitimos que Lisia hiciese lo que le daba la gana. Ese error lo enmendaremos hoy mismo, y aunque eso no traerá a Helián de regreso, sí que le reportaremos paz a su espíritu.

Llevo mi mano hasta la de Sergi y a través del espejo nos miramos uno al otro dándonos fuerzas para lo que se avecina.

—Andando entonces. —Suelto su agarre e invoco la ira que Lisia implantó en mí. Mis ojos grises brillan deseando demostrarle a Lisia que su reinado ha concluido.

Juntos salimos de la tienda y nos reunimos con el resto de nuestros hermanos. Sergi se coloca junto a Cheril, ambos vestidos de verde, representando al sur, con el trébol negro en su estandarte.

Mika y An, los legítimos reyes del Norte, vestidos de azul, con su estandarte en alto representando una pica negra, se adelantan mostrando su apoyo, y por último Sédric, el legítimo rey del Sur, compañero de Lisia y gemelo de esta, se coloca junto a mí.

—¿Estáis listos? —Todos asienten dándome a entender que no albergan ninguna duda sobre lo que pactamos la noche anterior—. Entonces es momento de restaurar el orden en Garden.

Juntos subimos a nuestras monturas y nos dirigimos a nuestros respectivos lugares. Mi compañero de batalla alza el vuelo y juntos, portando nuestro estandarte, que representa un diamante rojo, nos encaminamos al campo de batalla.

Allí, montada en su propia montura alada, Lisia me espera con una sonrisa de superioridad, sus ojos brillan con diversión y en su estandarte se encuentra un corazón rojo y hoy ha llegado el final de su reinado de terror.

La batalla da comienzo y provoca innumerables bajas y destrozos. Perdemos a varios súbditos en pos de la libertad. Busco a mis hermanos y los localizo en sus respectivas posiciones. Sé que todos estamos deseando que Lisia caiga en la trampa.

Escucho cómo mis hermanos la provocan y cómo poco a poco Lisia va respondiendo a esas provocaciones cada vez con menos control sobre sí misma y perdiendo de vista el resto de la ecuación.

En cuanto se coloca en el centro del círculo que todos nosotros hemos creado a lo largo de los años, lo sabemos, solo tendremos una oportunidad.

Miro uno a uno al resto de mis hermanos. Desconocen una parte del plan. Tuve mucho cuidado para que ninguno supiera de ello.

En cuanto todos se preparan para el ataque decisivo, yo dedico mi último pensamiento a Helián, sabiendo que si lo encuentro alguna vez me odiara por lo que voy a hacer.

En cuanto todos mis hermanos atacan a la vez, para impedir que Lisia pueda responder salto desde mi montura y caigo en la de ella, rápidamente la apreso y todos los hechizos nos alcanzan.

Lisia está tan sorprendida que no le da tiempo a responder. Las fuerzas de los hechizos nos separan y comenzamos a caer.

No puedo ver el rostro de mis hermanos, pero sé que es de absoluta sorpresa. Solo deseo que entre todos ellos protejan el reino de Garden, incluido el que a Helián y a mí nos hubiese tocado gobernar.

No siento el golpe de la caída, ni siquiera escucho lo que dicen a nuestro alrededor, pero cuando Sedric pone ante mí un trozo de papel con la imagen de Lisia grabada en él comprendo que ha funcionado.

Lisia ha quedado encerrada en su prisión eterna del mismo modo que yo. Ambas hemos quedado encerradas siendo unidas por un mismo color, el rojo.

Rosy Martínez

El guardian

Autor@: 

Corrector@: 

Género: Fantasía

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Rosy Martínez. Quedan reservados todos los derechos de autor.

El guardian.

Era el día.

Lo podía oler en el aire, tantos años pasando por esto me hacían un experto en la materia. Suspiré agotado, habían sido tantas veces que no estaba seguro de si sentirme aliviado o comenzar con la nostalgia. Hoy cogería el relevo otro y sería mi última andadura.

Esperaba que el elegido para el trabajo no sufriera lo mismo que yo, y en mi fuero interno deseaba que quien sufriera fuese alguien más. Era egoísta, incluso malvado desearle semejante mal, pero mi dolor había sido tal que el resentimiento había matado el amor que un día nació en mi interior.

Para ser justos, el dolor que sufrí no solo fue culpa de la otra parte, también tuvo mucho que ver mi miedo, el que me impidió traspasar los límites y aventurarme a descubrir más allá de lo que mis ojos veían.

Me levanté del escritorio con esfuerzo, el paso del tiempo había hecho mella en mí y no me sentía tan ágil como antaño. Me aventuré a bajar a la cocina, donde se encontraban mi hijo, mi nuera y mi nieto.

Mi esposa hacía años que me abandonó dejándome solo en este mundo y siempre lamenté el no haberla amado tanto como ella hubiese merecido.

Habían decidido cenar conmigo y después se marcharían:

—Ten mucho cuidado, hijo. Esta noche habrá niebla y sabes lo peligrosa que es.

Mi nieto, que estaba más pendiente del móvil, me miró con curiosidad:

—¿Por qué dices que es peligrosa, abuelo? —Sus ojos negros, idénticos a los míos, reflejaban curiosidad. Tenía dieciséis años y siempre parecía en las nubes.

—No tenemos tiempo para viejas historias. Tienes que ir a comprar, Ízan, y no te tardes dos horas. —Mi nuera siempre creyó que era un viejo senil al que debía ignorar, nunca le había dado importancia a las historias que contaba.

Me acerqué al perchero y cogí mi abrigo, le guiñé un ojo a Ízan y abrí la puerta:

—Te acompaño y te cuento. —Mi nieto cambió su semblante molesto y sonrió. De un salto se puso en pie y cogió su chaqueta, le quitó a su padre el dinero de las manos y se reunió conmigo en la entrada.

—No tardéis demasiado —escuché gritar a mi hijo antes de cerrar la puerta.

Una vez fuera nos miramos y nos enfrentamos al frío y al aire que decidió despeinar el pelo castaño de Ízan, quien se colocó un gorro para protegerse del frío.

—Es mejor darnos prisa, parece que no está dispuesta a esperar —le dije empezando a caminar.

—¿Quién no está dispuesta a esperar?

—No es quién, sino qué. —Ízan me miró sin comprender y yo sonreí y empecé el relato—: Existe una barrera, se alimenta de sangre, no le importa que sea de este lado o del otro, solo le interesa reforzarse cada cierto tiempo. Con el paso de los años se ha debilitado tanto que su necesidad ha aumentado considerablemente, por eso la niebla es cada vez más frecuente. Para alimentarse tiene unos cuantos secuaces que manda a ambos lados para conseguir su sustento.

—¿A ambos lados? —me interrumpió curioso. Yo asentí mirando a nuestro alrededor.

La niebla estaba volviéndose más espesa antes de tiempo, algo irracional. En todo el tiempo que llevaba en mi puesto, no había aparecido con semejante velocidad. Metí ambas manos en los bolsillos y agarré con fuerza mis armas favoritas, un par de cuchillas con mango circulares, y retomé la palabra intentando parecer normal, pero sin dejar de estar alerta:

—Así es. La barrera existe por un propósito, impedir que los habitantes de un lado pasen hacia el otro. Pero en los días de niebla, cuando necesita reforzarse, el límite se rompe y existen unos guardianes que deben proteger su lado y a sus habitantes hasta que la barrera se restablezca.

—Pero si los guardianes protegen sus lados con eficacia, ¿con qué sangre se nutre la barrera? Tu historia tiene lagunas, abuelo. —Ízan sonrió como alguien que ha descubierto un error—. Mi profesora de Lengua te diría que no has tenido en cuenta la regla fundamental de una historia: el principio, el nudo y el desenlace.

—La sangre con la que se alimenta la barrera es la sangre de los guardianes, Ízan, y la de sus esbirros. Cada guardián debe proteger su lado matando a las criaturas y después, además de entregar la sangre de las bestias, ha de dar un poco de la suya propia para reforzar la barrera.

Ízan asintió y yo me detuve en seco. Era imposible que ya hubiese terminado de extenderse por completo. Detuve el avance de Ízan, porque si daba un paso más no podría verlo. ¿Qué estaba pasando con exactitud? Se suponía que la niebla no se presentaba con inocentes cerca. E Ízan entraba en esa categoría.

—¿Cómo se llaman los guardianes de tu historia, abuelo? —preguntó Ízan sin terminar de darse cuenta de la espesura que nos rodeaba. Abrí la boca para responder su pregunta, pero alguien más se me adelantó.

—Wilian, Éria, y ahora Ízan.

Cerré los ojos al escuchar su melodiosa voz por dos razones: la había añorado como un loco y acababa de clavarme el peor puñal que puedes clavarle a alguien. Había condenado a lo más preciado que tenía en mi vida a sufrir mi condena.

Al abrir los ojos, la vi exactamente igual que el primer día, sus ojos ámbar, su luminosa sonrisa, ese cabello castaño y enmarañado y con la espada fuertemente sujeta. Seguía teniendo la apariencia de dieciséis años, haciendo que me preguntara cuántos tendría en realidad y a cuántos guardianes había conocido antes que a mí.

Miré a Ízan y maldije entre dientes por la cara de mi nieto. Era evidente que mi deseo no se había cumplido y que sería testigo de cómo Éria destrozaría a otro miembro de mi familia.

—¿Estáis listos para comenzar a divertirnos?

La misma frase con la que me recibió años atrás, la misma sonrisa, el mismo efecto.

Rosy Martínez

A través del espejo y lo que Batman encontró ahí

Autor@: 

Ilustrador@: Carolina Cohen

Corrector@: 

Género: Fantasía/Cómic/Pulp

Rating: +13

Este relato es propiedad de Axel A. Giaroli. La ilustración es propiedad de Carolina Cohen Polanco. Quedan reservados todos los derechos de autor.

A través del espejo y lo que Batman encontró ahí.

«…A veces creo que el asilo es una cabeza. Estamos dentro de una gran cabeza y existimos porque alguien nos sueña. Quizás sea tu cabeza, Batman. Arkham es un espejo. Nosotros somos tú.»

Arkham Asylum: A Serious House on Serious Earth, pág. 47, viñ. 6

El Sombrerero Loco

Bruce Wayne avanzaba con decisión a lo largo del pasadizo, los kilométricos corredores del manicomio eran como los de un gigantesco laberinto en el que hacía tiempo que se había perdido la razón. El justiciero conocía muy bien aquellos pasillos; los había atravesado en más ocasiones de las que le hubiera gustado para asegurarse de que algún paciente llegara sin inconvenientes hasta su celda de destino. Se conocía el lugar de arriba a abajo, ya ni siquiera tenía que plantearse hasta donde caminar: un cruce en la derecha llevaba a Tratamiento Intensivo, en la izquierda, la sala de espera, dirigiéndose hacia el centro la zona del jardín. Seguía avanzando, de nuevo a la izquierda podía girar hasta la sala de los más peligrosos: sin duda Killer Croc estaba tranquilo ese día, porque nada se estaba escuchando desde donde marchaba. A la derecha esperaba la Zona de Aislamiento…

No, ahí no estaba.

En su lugar, un enorme espejo del tamaño de una puerta aguardaba enfrente, con su reflejo observándolo de forma fija. El traje de cuero del hombre murciélago era una herramienta destinada a amedrentar a todos aquellos utilizaban el miedo con el fin de imponer su poder, aquellos que irónicamente se comportaban como cobardes y supersticiosos. La primera de todas esas criaturas era Bruce Wayne, el mayor cobarde y supersticioso de todos. Por fortuna, ya hacía tiempo que consideraba su traje como su figura principal, su personalidad se escondía por medio de su auténtica piel; en lugar de esconderse en el traje de Batman. Se vio los brazos, por segunda vez la sorpresa le recorrió la espina dorsal. De los pies a la cabeza Wayne se encontraba desnudo, no tenía nada puesto encima. La pálida piel se iluminaba en el único foco que tintineaba en el techo del pasillo. Sin embargo, ahí seguía delante suyo su álter ego: Batman, el Señor de la Noche. El Caballero Oscuro de una ciudad que estaba condenada antes incluso de ser contruida.

Wayne comenzó a preguntarse la razón de aquellos sucesos, sin duda Arkham era un lugar en el que lo extraño podía llegar a darse pie en cualquier momento, pero no por ello se dejaba de sujetar bajos las reglas de la física y la lógica. Preguntándose estas cuestiones comenzó entonces una nueva serie de dudas: ¿qué razón lo había llevado a recorrer los pasillos del manicomio? ¿qué podía ser aquello que buscaba? ¿recordaba algo anterior al recorrido que había realizado?

El hombre comenzó a razonar lentamente; se dio cuenta de lo obvio: aquel sitio no era el Asilo Arkham. No al menos en el sentido formal de la palabra. Lo que estaba viviendo bien podía ser un suceso que ocurría en un plano onírico de la realidad, algo que no tenía porque tener sentido desde una perspectiva racional. Aquello alertó sus sentidos, pues las dos únicas posibilidades que podían llevarle a esa situación era que o bien, estaba soñando (cosa que normalmente no tenía la costumbre suceder) o tal vez, alguno de sus múltiples enemigos le había atrapado en una de sus variopintas trampas convencionales (el razonamiento más probable de todos).

Comenzó a indagar mentalmente, ¿quién de todos podía ser aquel que lo había retenido?  Era bien sabido que a lo largo de los años Batman había cimentado de forma involuntaria una galería de villanos inmensa. Tantos que incluso sus compañeros de la Liga de la Justicia le habían llegado a decir que no comprendían como podía soportar una semejante presión encima de sus hombros. De todos aquellos, algunos tenían un modus operandi que se limitaban en ataques directos, pero otros utilizaban tácticas que fácilmente podía llevarlo a aquella circunstancia. ¿Era el Espantapájaros? Jonathan Crane estaba obsesionado con los efectos del miedo, una de sus mayores ambiciones era atrapar a Batman en una pesadilla eterna. Lo cierto es que el aspecto onírico de la situación lo hacía lógico a la hora de sospechar sobre su posible participación, aunque por otra parte, de haber sido así, habría comenzado a sentir la adrenalina desde el mismísimo momento en que recorría los pasillos. Bruce se sentía inquieto, pero no tenía miedo. No podía ser él. Y ¿qué tal Enigma? La patología obsesiva compulsiva de Edward Nigma lo habían llevado en ocasiones a diversos quebraderos de cabeza contra el murciélago. Siempre buscaba la forma más perversa de desafiar su mente, siempre había querido encontrar aquel acertijo que fuera incapaz de resolver el Caballero Oscuro. Sin duda, aquello explicaría lo simbólico del espejo, pero desde luego no formaba parte de su metodología los recursos que se alejaban de la lógica y se acercaban a lo psicotrópico. Por no hablar de que cuando exponía un acertijo, siempre estaba bien claro al principio. Tampoco era él.

¿Quién entonces?

El espejo… Wayne recordaba perfectamente los símbolos que transmitían a muchas culturas. En ocasiones, eran alusiones a un autodescubrimiento, muchos consideran que es una puerta que lleva a una ingente cantidad de conocimiento que…

Espera, una puerta…

El espejo es también un elemento muy destacable en una obra antigua, una considerada importante en la historia universal de la literatura. ¿Qué obra sería? Bruce no hacía más que maldecir para sus adentros el hecho de que la situación onírica lo empujara a ser menos lúcido de lo común, debía realizar un pulso mental para conseguir vencer aquella situación. Un espejo,… una obra importante de la literatura… ¿A-Alicia? ¡Sí! ¡Alicia a través del espejo! Sota, caballo y rey: ya sabía quien era aquel que debía de estar jugando con su mente.

Jervis… —susurró Wayne.

Sin duda tenía que ser él: Jervis Tetch, conocido en toda la ciudad de Gotham por su otro yo: el Sombrerero Loco. Era el único en el que encajaba con todos los elementos. Modus operandi, motivaciones, capacidades para llevar a cabo dicha tarea,… Jervis había sido un neurocirujano con recursos muy avanzados a la hora de controlar la mente de cualquier persona. Un hombre con un cerebro muy privilegiado que se había hecho experto no sólo en neurocirugía sino también en las más avanzadas técnicas informáticas. Con sus conocimientos, sus dotes de superdotado y sus ideas de vanguardia había conseguido un puesto importante en las empresas de la Wayne Tech, una posición que echó a perder debido a su obsesión por una mujer y a la obra del inmortal escritor Lewis Carroll. Jervis deseaba tomar venganza contra Batman, quería encerrarlo en un mundo de fantasía y delirio muy parecido al que Alicia había tenido que enfrentar en su obra.

Bruce Wayne apretó los dientes, había descubierto el juego del villano muchísimo antes de que la trampa se cerrase del todo. Pero aquello no importaba porque ya estaba en medio del juego. La única forma de salir era aceptar el reto de el Sombrerero y cruzar el umbral. La figura de Batman que se reflejaba delante de sí comenzó a reír. Wayne acercó la mano hacia el espejo, el brazo atravesó el cristal como si fuera un simple líquido transparente. Bruce suspiró, debía avanzar hasta ver aquello que lo aguardaba al otro lado.

***

Bruce surgió en medio de un lago, alrededor suyo había una inmensa vegetación. Avanzó desnudo a través de los páramos de un gran bosque. Las plantas tenían el cuádruple de su tamaño original, las flores parecían edificios que tapaban la luz del medio día, sus tallos eran gruesos, verdes y espesos como los de una jungla. A lo lejos consiguió divisar un mandoble insertado en una roca. El hombre se acercó lentamente, observó con detalle el cuero de la empuñadura…

—Sólo con esa espada conseguirás vencerlo.

Wayne giró sobresaltado, aquella voz femenina había sonado demasiado cerca. Lo que divisó a poca distancia no le sorprendió en absoluto.

—Pamela —contestó. Sus músculos se tensaron preparándose ante una posible respuesta hostil—. O quizás… una proyección mental mía de ella.

—Estás aquí para liberarnos, salvarnos del yugo que nos somete aquí dentro…

—¿Dónde está Jervis, Pamela? —interrumpió—. Se oculta cerca, ¿verdad?

La mujer pelirroja enarcó una ceja, apretó los labios molesta.

—Mi nombre no es Pamela, Libertador.

Wayne negó con la cabeza, suspiró lentamente.

—No estoy para juegos, Hiedra. Sólo quiero salir de aquí.

—Tampoco soy Hiedra Venenosa —contestó—, ella está donde la dejaste la última vez, en el Asilo Arkham. Yo soy La Reina Roja.

Bruce Wayne cruzó los brazos, observó con autosuficiencia al espejismo que tenía en frente.

—Entonces… ¿eso significa que no estamos en el Asilo?

Los ojos de la villana brillaron con intensa furia.

—No te hagas el idiota, sabes perfectamente que esto no es Arkham —exclamó— . Has venido aquí para salvarnos a todos. Lo has hecho porque no sabes hacer otra cosa. El mundo que ves a tu alrededor está controlado por él. Lo único que puedes hacer es escapar salvándonos a todos o muriendo en el intento.

—Y, ¿qué ocurrirá en caso de que no quiera seguir tus jueguecitos? ¿y si simplemente me quedo aquí y espero?

—Entonces nunca saldrás.

Bruce Wayne se mantuvo en silencio. Frente a él, aquel ser parecido a Pamela Isley hizo exactamente lo mismo. Finalmente, Bruce accedió.

—¿Qué tengo que hacer para liberaros?

La Reina de Corazones sonrió.

—Fácil, sólo debes tomar esa espada y jurar lealtad ante mi escudo de armas. Después de eso lo único que resta es que te nombre mi caballero y avances hasta la octava casilla dejando en jaque mate al Dictador.

—¿Octava casilla? ¿Jaque mate? —inquirió Wayne—. ¿Cómo en una partida de ajedrez?

No obtuvo respuesta, en su lugar el mandoble esperaba en medio de la roca. Él lo aferró con fuerza, empuñando a través de su voluntad aquel hierro que descansaba en el interior del granito. Tiró con vigor, lo sacó. Sintió como todo el poder recorría sus brazos, tal vez un efecto secundario derivado a la idea de acceder a aquel juego. Leyó la inscripción que había en la hoja.

—Vorpal… —susurró—. No me lo digas: debo destruir al Jabberwocky.

—Lo llames como lo llames, no es otro que el Dictador —aclaró—. Continúa a través de las colinas, encontrarás a otros que te ayudarán a acceder al castillo donde deberás enfrentarlo y derrotarlo.

Tras decir aquellas palabras, poco a poco ella se transformó en un Lirio. Nada había que decir al respecto, sólo quedaba avanzar y terminar con aquella locura.

***

El bosque se iba tornando en un lugar ascendente y oscuro, uno en el que avanzar se hacía más y más difícil. La noche sorprendió a Wayne, no quedaba más remedio que hacer un alto antes de seguir continuandoSe detuvo e hizo un fuego. Reflexionó brevemente sobre aquella situación. Fuera lo que fuera aquello que Jervis había planeado, en esa ocasión se había esmerado realmente. De repente, una risa comenzó a escucharse. Bruce alzó la espada ante la idea de que tendría que enfrentar una amenaza. La risa se fue transformando en una carcajada, una que le resultaba terriblemente familiar…

—Joker…

Bruce sintió el estómago revuelto, una sonrisa flotaba en el aire encima de una rama. Poco a poco la figura del payaso Príncipe del Crimen se fue materializando en un hecho normal. Sentado encima de la rama lo observaba con un gesto obsceno y una risa dantesca.

—¡Vaya, vaya, vaya! ¿qué es lo que tenemos aquí? —preguntó retóricamente—. ¿No es gracioso que nos encontremos en una situación tan peculiar como esta?

Batman se apoyó en su espada, sus ojos transmitían una furia imposible de competir.

—Aún siendo una simple proyección, no puedo sino sentir un enorme desprecio ante tu persona.

—O… cálmate, «Señor de la Noche» —respondió. Luego, una leve risa fue escupida como una cascada—. Para ser considerado el mejor detective del mundo te está costando mucho deducir que es lo que está sucediendo.

—¿A qué has venido? ¿Eres un guía o un enemigo a batir?

El Joker se limitó a encogerse de hombros.

—Quizás ambas cosas, o tal vez ninguna —contestó—. Puede que sea un simple habitante más de este reino impuesto con un supuesto control en el que me conformo en generar algún caos de vez en cuando.

—Estás tan loco como el auténtico…

—¡Todos estamos locos! —exclamó histriónico—. ¡Incluído tú! ¡tú eres el más loco de todos!

Aquello le enfureció, era evidente que no podía evitar llevar a cabo la acción que realizaba. Lo único que hacía era su papel de Gato de Chesire, pero también le hervía la sangre que le quedará tan bien la interpretación a un maníaco como aquel.

—Sólo dime hacia donde debo avanzar —exigió.

—Eso depende, ¿hasta donde quieres llegar?

—Hasta el castillo de aquel ente conocido como el Dictador… y lo más lejos que pueda de ti —añadió—. Es la única forma de conseguir mantener sano tu registro dental.

El Joker volvió a reír, lo hizo tan fuerte que estuvo a punto de caerse de la rama del árbol. Cuando se detuvo señaló un camino oscuro y espeso.

—Avanza a través de esa senda, leeeeejos, muy lejos, chico. Entonces, sólo entonces, encontrarás al Sombrerero Loco… ¡el único que sabe como salir de aquí!

Bruce Wayne sonrió; ya no tenía escapatoria. La figura del Joker fue transparentándose, dejando la risa en el aire…

—Y, recuerda: ¡tú eres la clave para lograr escapar!

El desagradable sonido de la carcajada fue perdiéndose en un eco pegajoso, la sonrisa desapareció junto con un sonido sacado de las pesadillas más terribles que había anidado en una ciudad. Bruce recogió su espada, observó el camino. Era el momento de continuar.

***

La mesa estaba preparada, las distintas tazas de té listas para ser servidas. En el extremo el Sombrerero Loco no hacía más que sorber lentamente su bebida favorita, una que bebía en unas eternas cinco en punto. Bruce Wayne avanzó sigilosamante hasta la espalda de su adversario. Cuando estuvo lo bastante cerca, lo agarró del cuello de la camisa y lo amenazó con la punta de su espada.

—El juego ha terminado, Jervis —profirió—. Devuélveme a la realidad.

Jervis Tech temblaba ante la mano de aquel hombre furioso.

—¡No me hagas daño, por favor! ¡Yo no soy aquel que buscas!

Wayne estaba confundido, se suponía que debía observarlo indiferente, decirle que él realmente no estaba ahí, exclamarle el objetivo de su juego. Debía admitir que el villano parecía realmente sincero. El cuadro era distinto al de la obra original: la mesa estaba ordenada, no había señal de ninguna fiesta. Por no hablar de un aspecto muy importante…

—¿Dónde está la Liebre de Marzo? —preguntó Bruce—. Este es tu pasaje favorito del libro, es imposible que no esté perfectamente representado.

El Sombrerero Loco observó al héroe con un semblante triste.

—Arrestado —confesó—, su locura lo llevó a infringir las leyes. Está recluido en el interior del castillo a la espera de ser decapitado.

Wayne soltó a Jervis, no había razón para seguir sujetándolo. Todo parecía apuntar a que se trataba de otro extraño aliado.

—Está bien, haré todo lo posible para salvarlo. Dime, ¿cómo accedo al castillo?

—No puedes, está resguardado día y noche —respondió con completo pesimismo—. El Dictador es muy desconfiado, no deja de vigilar nunca. Sabe que estás aquí para matarlo, no parará hasta detenerte.

Bruce Wayne sonrió, sujetó la espada con fuerza.

—A menos, por supuesto, de que obtenga aquello que desea.

El Sombrerero Loco enarcó una ceja.

—¿Qué quieres decir? —preguntó confundido.

—Nos acercaremos al castillo y dejaremos que me detengan.

—¡¿Estás loco?! —clamó—. ¡Si haces eso te expondrás ante él! ¡Te matará seguro!

—Es una jugada arriesgada del ajedrez, sacrificamos a la reina para dejar vulnerable al rey rival. Es de una partida clásica: la Partida Inmortal.

—¿Cómo sabes que no te destruirá cuando te tenga en sus manos?

—No lo hará, por lo que he podido ver mantiene su reino bajo un orden enfermizo. Es un maníaco del control, necesita demostrar que puede dominarme. No estará satisfecho hasta que me tenga en sus manos y consiga demostrarlo.

Jervis Tetch dirigió su vista hacia el suelo, suspiró.

—Esperemos que tengas razón.

***

Bruce Wayne fue llevado al interior del Salón del Trono, sus manos estaban sujetas por esposas inoxidables. En ambos lados, le escoltaban Tweedlecara y Tweedledent. En un caso, un soldado que parecía la versión completa del lado oscuro de Dos Caras. En el otro, un guardia con el aspecto de Harvey Dent, un fiscal del distrito al que una vez Wayne llegó a llamar amigo. Los dos lo dejaron en el centro de la estancia, único lugar iluminado de la habitación.

Dejadnos.

Aquella voz oscura se proyectaba desde el trono. La falta de luz impedía vislumbrar al ente que la poseía. Los hermanos se marcharon del lugar, cerraron la puerta. El trono se iluminó y la sorpresa fue reflejada en el rostro del Libertador.

Bienvenido a mi castillo, Bruce —exclamó Batman—. Bienvenido a mi hogar.

Wayne no podía creer aquello que observaba sus ojos, la imagen que había considerado siempre su auténtica naturaleza esperaba allí, sentado como un tirano ante su presencia.

—No, esto no es posible…

Sabes que sí, lo has sabido desde el principio… sólo que no te atrevías a pensarlo. La última vez que nos vimos eras sólo un niño, fue cuando me pediste la fuerza suficiente como para evitar que otros muchos niños como tú se convirtieran en huérfanos.

Bruce Wayne negó lentamente, la revelación era difícil de creer.

En aquel momento hicimos un trato, firmaste un acuerdo en el que me dabas el control de tu cuerpo a cambio de esa fuerza: me vendiste tu alma.

El hombre se acercó hasta el trono.

—¿Qué es lo que quieres? ¿por qué me has hecho venir?

El murciélago lo observó con completa seriedad, era aquella mirada de la que Bruce Wayne se había servido en muchísimas ocasiones para conseguir inspirar miedo en sus enemigos.

Porque quiero formalizar de todo el trato. Verás, formas parte del pasado. El niño que fuiste antaño murió aquella noche en ese lúgubre callejón. Es tiempo de que me des el control absoluto que me he ganado a lo largo de los años.

Bruce Wayne observó con atención hacia el fondo posterior del trono. Vio los pies del sillón, el suelo que pisaba, las paredes que les cubrían… todo estaba compuesto de cráneos humanos.

—Hasta ahora has funcionado porque yo te controlaba… si te dejo solo nada podrá detenerte. Convertirás a Gotham en una versión exacta de tu grotesco reino: la sangre de la venganza teñirá las calles…

Sangre de criminales, de escoria humana —interrumpió—. De personas que no merecen vivir ni tampoco compasión.

—No —exclamó—, eso no va a pasar. No continuarás así, sin mí no vales nada…

Por primera vez en su vida Wayne escuchó la carcajada del murciélago. Jamás había pensado que podría llegar a oír un sonido más desagradable que la risa del payaso… hasta ese momento.

Yo soy mucho más de lo que jamás serás tú —afirmó—. Cuando mueras, alcanzarás el olvido. Yo… simplemente no puedo morir. Soy leyenda, soy el espíritu de Gotham. Me he forjado hasta convertirme en un ser mucho más poderoso de lo que cualquier otro habría incluso soñado. Ya nada puede deternerme,…

Dos espadas salieron del interior de la Tierra. Una oscura, la otra brillante. Las esposas se soltaron, Bruce Wayne sujetó con fuerza la Vorpal. Preparó con ambas manos la carga contra la criatura.

…ni siquiera tú —culminó el tirano.

—Tendrás que demostrarlo, monstruo —contestó—. Quien gana se lo lleva todo, quien pierda, nada.

Los dos mandobles chocaron, un grito de guerra sonó en medio de la estancia.

***

Bruce Wayne observaba el espejo con el traje de Batman puesto, se había quitado la capucha. Al otro lado un reflejo de su rostro que no había alcanzado a ver desde hacía por lo menos diez años lo observaba inquisitoriamente. Las ojeras estaban bien marcadas, había sido una noche horrible. Agarró la capucha con fuerza, la observó sintiendo como sus dudas crecían enormemente. Batman miraba con atención hacia su máscara confundida. Finalmente, tomó una decisión.

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Axel A. Giaroli

Ilustración de Carolina Cohen

E08-El fantasma de los libros

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Drama-Fantasía

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Jesús Cernuda. La ilustración es propiedad de Nelle Caver (Noelia de la Torre). Quedan reservados todos los derechos de autor.

E08-El fantasma de los libros.

 

Aún recuerdo aquel momento en que su sombra, como salida de la nada y en un silencio que apenas me dejaba respirar, se cruzó ante mis ojos.

Acababa de cumplir ocho años y en la oscuridad de mi habitación pude ver cómo una silueta dejaba algo a los pies de mi cama y, del mismo modo que había llegado, desaparecía tras la puerta.

Ilustración de Nelle Caver

Tengo ya demasiados años para dejar que el pasado se cuele en mi vida. Pero aquella llamada golpeó en lo más profundo de mi ser, haciendo que aquel pasado removiera todo mi presente.

Como cada día estaba  sentado en mi ya viejo despacho, rodeado de cientos de libros que formaban unas pilas que parecían sujetar el mundo o, al menos,  lo  hacían con el mío.

Desde el día en que me fui de casa, decidido a encontrar eso que me ha convertido en lo que ahora soy, no había vuelto a hablar con mi madre más de cinco minutos seguidos. Escuchar al otro lado de la línea que ya no podría hacerlo me devolvió a la triste realidad, esa en la que había acusado a mis padres de sentirme solo durante toda mi infancia, esa en la que me negaba a dejar que los recuerdos formaran parte de mis días.

No puedo decir que en mi juventud no fuera feliz, mis padres hicieron todo lo posible para darme cuanto necesitaba y más. Supongo que entonces no lo aprecié. Ahora me doy cuenta de lo egoístas que podemos ser de niños.

Es curioso cómo hay cosas que pueden grabarse en la memoria para hacerse dueña de ella y, a pesar de encerrarlas bajo una enorme llave en lo más profundo de tu mente, siguen ahí. Una de esas cosas es ese olor a carbón que mi padre dejaba al llegar todas las noches a casa, tan tarde, que tan solo en un puñado de veces conseguí mantenerme despierto  para ver en su cansado rostro cómo me dedicaba una sonrisa.

Y yo me quejo ahora, sentado en mi despacho frente al ordenador, cuando él trabajaba más de quince horas al día para volver con las manos cortadas y poder sonreírle al mundo con la cabeza bien alta.

Y otra es ese día en que aquel olor no volvió jamás. Ese mismo día que acurrucado en la cama con lágrimas en los ojos, al saber que nunca volvería a ver la sonrisa de mi padre, algo se adentró en silencio para poner el primer paso de lo que sería mi vida.

Con las arrugas que dan los años, he comprendido lo duro que tuvo que ser para mi madre, dedicada a tiempo completo a perder su vida para poder darme la mía. Nunca supe ver cuánto sacrificio hacía por ello, cuánto le hubiera gustado pasar más tiempo conmigo. En cambio, mi único modo de pagarle fue irme y dejarla sola, más aún de lo que yo me había sentido durante años.

Como ya os dije, de niños o no tan niños podemos llegar a ser muy egoístas y lo que hice fue irme en busca de aquello que me ha hecho ser quien soy.

Fueron muchas las noches en que aquella misteriosa sombra se colaba en mi habitación. Aunque pude verla un par de veces más, de lo que estoy seguro es que tan solo yo podía hacerlo. Lo supe el día en que me armé de valor y se lo conté a mi madre.

—Pero tú estás loco, no existe el fantasma de los libros —sentenció de forma tajante.

Pero yo sabía que se equivocaba, porque en cada visita aquel extraño ser dejaba un libro a los pies de mi cama y se llevaba el que días antes había dejado.

Pasé años leyendo esos libros. Viajé con ellos a lugares increíbles, conocí a gente que nunca hubiera creído que existiera y viví con ellos mil y una aventuras. Me hicieron ser un apasionado de la lectura.

Pero lo que realmente me cambió fue el día en que aquel “fantasma de los libros” dejó a los pies de la cama uno que me desconcertó. Estaba totalmente en blanco.

Esperé paciente los siguientes días a que volviera y me regalara otra de aquellas historias con las que seguir soñando, pero nada. Siguió pasando el tiempo y ni rastro de mi fantasma.

Era tan solo un niño de catorce años cuando recorrí las bibliotecas de mi ciudad buscando alguno de aquellos libros que había leído. Me daba cuenta de que ni siquiera conocía a los autores. Encontré otras muchas historias que me hicieron seguir soñando, pero jamás ninguna de las que aquella sombra me había regalado por las noches.

Varios meses después comprendí el significado de aquel último libro, ese que estaba en blanco. Todas aquellas historias habían sido posiblemente mi única compañía (al menos eso pensaba) y ahora yo escribiría esas aventuras que tal vez otros podrían vivir desde sus casas. Aquel libro en blanco sería mi primera historia.

Justo al colgar el teléfono y pensar en todo aquello, no he podido evitar mirar a uno de los libros de mi despacho, ese que un día estuvo en blanco y que ahora guardaba entre sus páginas mi primera gran aventura.

Puedo decir que he tenido suerte, he publicado varias novelas por el camino y he conseguido hacer de ello mi modo de vida. Sin embargo, aquel primero nunca lo he intentado editar. Supongo que es algo que se quedará para mí por siempre.

Intento no pensar en mi madre. No quiero llorar al darme cuenta de que no he estado ahí para despedirme. Como el día que con apenas dieciocho años me fui y  solo dejé una nota. Ella nunca me lo echó en cara, ni siquiera salió de sus labios un porqué.

Pasé años viviendo de lo que podía y buscando en cada ciudad alguno de aquellos libros que me habían hecho soñar con mis propias historias. Nadie parecía conocerlos, lo que hizo que poco a poco fuera olvidándolo, llegando incluso a creer que todo había sido producto de la imaginación de un niño, que el “fantasma de los libros” como decía mi madre, no existía.

Estoy en aquella sala, rodeado de gente que ni siquiera conozco, pero que se acercan a decirme cuánto lo sienten. Me doy cuenta de que ellos tampoco me conocen. Lo único que quiero es que acabe todo, volver a mi casa y dejar que los libros sigan sosteniendo mi mundo.

Apenas queda nadie ya cuando un hombre se acerca.

—Sé que no me conoces. Tu madre me dijo antes de morir que te diera esto.

Creo que fue la única persona que no me dio el pésame. Tan solo dejó aquella caja en el suelo, me dio la mano y se fue igual de silencioso que había llegado.

Han pasado varios días desde el entierro de mi madre. He intentado no pensar en ella encerrándome en mis pequeñas historias, esas que sé que en el fondo solo intentan igualar a aquellas otras que se guardaron en mi mente cuando solo era un niño. Cuántas veces he deseado escribir algo que me hiciera sentir lo mismo que sentí leyéndolas. Supongo que no tengo el talento que haría falta, quizá nadie lo tenga y por eso nunca más volví a ver aquellos libros.

No he vuelto a pensar en aquella caja, que apartada en un rincón, parece llamarme. Creo que el miedo a lo que pueda encontrar en ella ha hecho que intente olvidarla.

Me armo de valor, esperando alguna carta en la que mi madre me dijera todo lo que no se atrevió a decirme en vida, a pesar de no ser más que verdades.

Dentro, un sobre pequeño encima de otra caja. Pienso que ahí está la carta que tanto miedo me daba, pero…

“Ojalá hayan suplido la falta de tiempo y veas en ellos el amor que nunca te pude demostrar”.

Abro la otra caja y todo a mí alrededor se retuerce. Me veo de nuevo como aquel niño de ocho años que, llorando en la cama, vio como aquel  “fantasma” entraba en su habitación, un fantasma que desde aquel mismo día tuvo que dejar su sueño a un lado para intentar formar el mío, un fantasma que desde entonces no encontró más huecos en su vida para seguir contando historias, pero que consiguió que yo, su hijo, soñara con contar las mías.

Ahora me doy cuenta de que todos esos días en que mi madre, esperando a que mi padre llegara, tecleaba aquella vieja máquina de escribir que desde su muerte no había vuelto a escuchar.

Con todos aquellos libros de nuevo en mi mano, me doy cuenta de que si he llegado a lo que soy es gracias a ese fantasma de los libros, a mi madre, que nunca vio su sueño cumplido, por dejar que yo lo hiciera.

—Mamá, tú sí que tenías ese talento.

Jesús Cernuda

Brujas

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Fantasía urbana

Rating: +13

Este relato es propiedad de  Olga Besolí. La ilustración es propiedad de Daniel Camargo. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Brujas.

 —Vale, de acuerdo, lo confieso: soy una bruja. Y, además, tengo otra mala noticia que darte: todo lo que te acaba de suceder no es producto ni de tu imaginación, ni de una alucinación, ni de una pesadilla, sino que tiene una explicación. Estás despierto y totalmente cuerdo, aunque supongo que con la cabeza medio abotargada. Es normal teniendo en cuenta el poderoso hechizo que acabo de echarte. ¿Por qué me miras así? ¿No sabes de qué hablo? Pues te haré memoria. ¿Recuerdas que hace nada has recibido aquí mismo la visita de tu amiguita la rubia? ¿No te preguntas dónde está ahora? ¡Qué curioso! ¿no? ¿que se haya esfumado? Pero jurarías que estuvo aquí ¿verdad? Bueno, pues eso fue solo en parte ¿Recuerdas aquellas extrañas palabras que te susurró al oído en latín? ¿Y cómo, entre suspiros, te pidió que repitieras algunas fórmulas incomprensibles para ti? ¡Ay, hombres, que caéis fácilmente en la más simple de las trampas¡ ¡Cómo os pierde el sexo! ¡Y tú eres el peor de todos! No deberías tener amantes escondidas por ahí; no es moral, ni ético, ni es un buen ejemplo para el pueblo. Pero no te importa un comino ¿verdad? Porque en cuanto la viste acercándose te lanzaste a sus brazos sin dudarlo ¡estabas tan desesperado que ni siquiera te preguntaste cómo era posible que entrase por la ventana! ¿no viste nada anormal en ello? ¡demonios, si estamos en una segunda planta! ¿cómo se supone que subió, escalando con sus zapatos de tacón alto? Pues te tengo reservada una sorpresa: ¡Esa mujer no era ella sino yo! Todo lo que creíste ver, no era cierto. ¡No la viste a ella entrando discretamente por la ventana, sino a mí cabalgando sobre mi escoba! Todas las brujas del mundo podemos hechizar los sentidos y nublar a voluntad las mentes de los incautos para que vean solamente lo que a nosotras nos conviene. Siempre y cuando, por supuesto, la víctima se muestre dispuesta a ello. ¡Y tú te sometiste a mí tan rápidamente que ni siquiera me dio tiempo a disfrutar del engaño! Sí, fui yo bajo la apariencia de esa mujer la que, sentada sobre tu regazo, te arrancó tu consentimiento a ser embrujado. Y ahora tengo tu aprobación. Ya eres un pelele sometido bajo mi influjo. Si digo salta, saltarás; si digo ahógate, dejarás de respirar y, si digo muérete… ¡Eh!, ¡eh!, ¡quieto!, no hagas eso. No intentes levantarte de la silla. ¿Es que no me has escuchado? Atiende y óyeme bien: ¡estás paralizado! ¿Lo comprendes? De cuello para abajo. Si sigues moviendo de lado a lado la cabeza lo único que conseguirás será marearte. Y no querrás vomitar encima de esta maravillosa alfombra de tantos siglos de antigüedad ¿verdad? Sería una pena arruinar este suelo palaciego tan bonito. Aunque, en el fondo, te comprendo. Entiendo que permanecer inmóvil en esta silla pueda resultarte mortificante, pero es culpa tuya por estar demasiado acostumbrado a vivir a cuerpo de rey. La gente normal tiene que poner sus culos sobre asientos peores que ésta silla constantemente, así que no me valen las quejas ¿de acuerdo? Y, por si te lo preguntas, o intentas hacer algo estúpido como tratar de alertar a seguridad, te contaré que tampoco puedes hablar, gracias a la esencia de tritón que te he obligado a inhalar y que creías que era el nuevo y exótico perfume de tu amante. Sí, como ves, soy una obsesionada del control y me tomé mis molestias para que todo el proceso fuese perfecto y sin incidentes. Ligero indicio de trastorno obsesivo-compulsivo, según opina el mequetrefe de mi psicólogo. ¡Qué le vamos a hacer, soy una bruja moderna! ¿Estoy mentalmente enferma porque nunca me hayan apasionado los encantamientos demoledores y sangrientos que mis antecesoras me enseñaron a conjurar? Los tiempos han cambiado mucho desde entonces y la mayor parte de nosotras con ellos. Hace mucho que ya no irrumpimos en los castillos reventando las puertas y matando a cuanto ser viviente se cruza en nuestro camino. Las brujas ya no actuamos de forma tan irascible y salvaje. Ahora formamos parte de la comunidad, convivimos con nuestros vecinos, nos preocupamos por nuestros congéneres mortales, empatizamos con la plebe y entramos educada y silenciosamente por las ventanas sin llamar la atención. Eso no quiere decir que nos hayamos ablandado y no cumplamos con nuestro cometido; lo hacemos, por supuesto que lo hacemos, tanto o más firmemente que en la época medieval, sólo que, por decirlo de alguna manera, de forma diferente, con más discreción y estilo. Vosotros también habéis cambiado una barbaridad en los últimos siglos. Es más que evidente que habéis perdido gran parte de la grandeza y la buena imagen que os precedía. Y es absolutamente comprensible, hace mucho que habéis dejado de cumplir con vuestro deber. Ya no queda ni un atisbo de realeza en ninguno de vuestros actos. Y si no, fíjate en tu propia familia. Tu esposa ni siquiera vive aquí, contigo; tu yerno es un ladrón que ha implicado a tu hija en sus desfalcos; tu otra hija se separó de su marido y crió niños tan listos como para dispararse a sí mismos; y tu hijo, el heredero, está casado con una plebeya divorciada. ¿Qué hay de majestuoso en todo eso? Te lo diré aunque ya sabes de sobra la respuesta: nada, absolutamente nada. No me mires con esos ojos de corderillo degollado, que sé muy bien que tú y los de tu calaña tenéis dientes de lobo. Todo el gremio de brujas y magos lo sabe. Hasta el pueblo ignorante lo sabe. Después de tantos siglos de resignación y sufrimiento la plebe ha abierto los ojos. ¡Quién iba a adivinar que los tiempos cambiarían y con ellos la opinión pública! Míranos a nosotras, las brujas. Los mismos fanáticos que antes nos aborrecían y perseguían hasta la muerte ahora vienen a nuestras consultas a conocer el pobre porvenir que les espera y se gastan una pequeña fortuna llamando a nuestros espacios televisivos. ¡Nos adoran! La muchedumbre ya no pide nuestras cabezas si no las vuestras. ¿Te extraña que sea así? Piénsalo bien, ¿qué peligro representamos nosotras actualmente? ¿Qué mal podemos hacerle a las gentes? ¿que les robemos sus niños y nos los comamos? Hace mucho que abandonamos las prácticas caníbales y hoy en día, con tanta pederastia que hay por ahí… créeme, nosotras constituiríamos un mal menor. ¿O quizás pueden temer que les malogremos las cosechas? ¿cuáles? ¿las transgénicas? ¿y las de quién? ¿aquellas que pertenecen a las corporaciones multinacionales que dominan la mayor parte del grano mundial y matan de hambre a millones de seres? Y no hablemos ya del ganado ¿para qué vamos a echarles ninguna peste si los granjeros ya se encargan de matar a sus propias vacas alimentándolas de piensos hechos con restos de otras reses muertas hasta que las enferman? ¿Y que hay de los pobres inocentes? ¿qué maldición puede superar al cáncer, al SIDA o al ébola? ¿No está haciendo lo propio la radiación a la que exponen a las personas, la contaminación, las bioarmas, los experimentos con seres humanos…? Como ves es imposible que las brujas hagamos algún mal mayor, en este mundo actual, del que ya se está cometiendo. ¡El mundo está podrido por dentro, corrompido en su mismo centro! Y en el centro del poder está la realeza, y eso me lleva otra vez a ti. ¿Entiendes por qué te cuento todo esto? ¿comprendes el alcance de los hechos? ¿asustado? ¿todavía no? Ya lo estarás, te lo aseguro. Porque voy a explicarte la razón de mi visita y lo que va a pasarte a continuación. Como es mi obligación, como la enviada que soy, para castigarte por haber sido un chico malo, muy malo. ¿Me sigues? Una pista, ¿qué le viene ocurriendo desde siempre a los príncipes y reyes malvados que abusan de su poder y que se muestran mentirosos, mezquinos y egoístas con su pueblo? Si sabes la respuesta mueve la cabeza de arriba a abajo. ¿No? No puede ser ¿acaso no has leído en tu vida ningún cuento de hadas y princesas? ¿ninguna leyenda heroica, como la del Rey Arturo? ¿no conoces ninguna fábula tradicional Europea? ¿acaso no sueles leer? No. No me respondas a eso. El primero al que maldije no había leído un libro en su puñetera vida a pesar de tener una gran biblioteca en su palacio y, fue precisamente por eso, y no por no comprarme aquella rosa, que lo convertí en una bestia. Se lo merecía por estúpido e ignorante. Y, aún así, le favoreció la suerte de los tontos porque consiguió lo imposible… el amor de una bella muchacha que rompió el hechizo. ¡Quién lo iba a pensar! Aunque no creo que a ti, con el karma que has ido cosechando, la fortuna te sonría. No es probable que salgas tan bien parado. Por otro lado… no acabo de dar con lo tuyo. ¿Te lo puedes creer? ¡Sólo quedan cinco minutos para la medianoche de Valpurgis y todavía no tengo claro en qué convertirte! En sapo no, por supuesto. Los anfibios están estrictamente reservados para los príncipes melindrosos y botarates y tú eres todo un rey, hecho y derecho aunque cojeante, así que descartado. Además, tiempo atrás estuve a punto de usar esa maldición sobre tu hijo, pero como se rumoreaba que, de todas formas, el chaval ya salió un poquito rana… tú ya me entiendes… decidí que no tenía sentido malgastar una maldición. Pero es que lo tuyo es verdaderamente difícil. Veamos, ¿que nos queda? Lobo no, demasiado obvio; serpiente está muy visto; los insectos y arácnidos siempre terminan muriendo pisoteados por alguien; los pájaros ni hablar, no sirven de castigo, todos se acostumbran demasiado bien a su nueva vida libre de ataduras y se escapan volando; nada de felinos, no me gustan, son traicioneros; peces tampoco, por Dios, con lo aburridos que resultan… ¡ah! pues claro… ¿cómo no se me ocurrió antes? Lo tenía frente a los ojos todo este tiempo y no lo supe ver… ¡Y escucha! Ya suena la primera campanada. ¡Vamos allá, que esto va a quedar precioso! Ejem, ejem… Por hacer un mal uso de tu poder y convertir todo lo sagrado que representas en una farsa circense y por el poder que me otorga la hermandad de brujas perteneciente a la confederación de brujas, magos, hechiceros y nigromantes, yo te maldigo por los siglos de los siglos o hasta que, cosa muy, pero que muy improbable, una acción buena, honesta y desinteresada proveniente de ti o de alguno de tus descendientes rompa el hechizo, a pasar el resto de tus días convertido en un… ta ta ta chan… ¡elefante!

Olga Besolí

Febrero 2014

Ilustración de Daniel Camargo

Ciprianofobia

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Fantasía urbana

Rating: +13

Este relato es propiedad de Olga Besolí. La ilustraciones son propiedad de Sonia del Sol. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Ciprianofobia.

Cuando se sentía triste, siempre acudía a la compañía de las prostitutas. Le reconfortaba el calor que transmitían a su cuerpo tullido por solo unos míseros chelines. Esa calidez humana que expulsaba de los huesos la terrible humedad adquirida durante los incontables paseos nocturnos por las infestadas calles londinenses.

Ilustración de Sonia del Sol

Pero esa noche era diferente. La tristeza de su interior era tan grande que se había desatado en desolación, una especie de desesperación que una confesión en Whitechapel Church no podría absolver y que la compañía de una mujer de la calle no disolvería. Se sentía un mísero y un fracasado: desdichadamente, aquella noche había perdido la fe en sí mismo, en sus manos arrugadas que, temblorosas, le pedían con urgencia el siguiente trago de whisky; había perdido la fe en su profesionalidad, había desempeñado su oficio de médico durante más de treinta años, y aunque sujetase fuertemente su maletín de doctor; y había perdido la fe en el Dios misericordioso y lleno de amor que aquella noche había decidido llevarse junto a su seno a esa criatura inocente, mostrándose frío, cruel y vengativo al dejar a una madre joven y pobre desconsolada, infectada de tuberculosis, portadora de la sífilis y huérfana de hijo.

¿En eso consistía la justicia divina? Gloria y oro para su majestad, la Reina Victoria y para todos sus descendientes por la gracia de Dios; tifus, cólera y miseria para el pueblo abandonado a su suerte. La muchedumbre de la pocilga en la que se había convertido el East End londinense convivía con la pobreza en un barrio dónde los crímenes y las bandas eran el pan de cada día, dónde la prostitución era la única fuente de ingresos posible para viudas, madres y muchachas; y dónde las ratas compartían tejado con los mugrientos inquilinos de los edificios de Thrawl Street, entre los que se encontraba Mary Ann Nichols, conocida vulgarmente como Polly, una prostituta de mediana edad a la que el doctor había asistido en un par de ocasiones por coma etílico. No, si Dios existía, definitivamente permanecía absorto con los problemas de inquinas internas de la Casa Real Británica y con los menesteres de su Imperio y nunca posó sus ojos sobre el East End. Si existía, había abandonado a sus gentes. Ignoraba las plegarias de los enfermos del London Hospital, cuya podredumbre les devoraba el cuerpo poco a poco, y se reía de los pocos feligreses que acudían a Whitechapel a rezar y a los muchos otros que aparecían hambrientos y agradecidos por recibir un plato de sopa caliente y aguada, cuyas vidas podían encontrar un trágico final a cuchillo a las pocas horas, por unos míseros centavos y en cualquier esquina. No, Dios no era ni misericordioso, ni bueno con las pobres gentes de ese barrio. Probablemente, ni siquiera existía.

Un chasquido sonó en la lejanía acompañando a ese pensamiento y un rayo alumbró fugazmente el cielo nocturno. El doctor apresuró sus pasos renqueantes sobre la acera sucia con olor a orines temiendo que se desatara un chaparrón de verano. Pero el cielo se mantuvo calmo. Miró arriba esperando algo,  una ínfima señal de la existencia de ese Dios del que acababa de renegar, pero solo vio la negrura que se cernía sobre las escasas farolas que apenas lograban iluminar la calle adoquinada. Nada parecía indicar que el cielo se estremecería de nuevo sobre la asfixiante y bochornosa noche de agosto. Y no lo hizo.

Pero una súbita ventisca azotó las copas de los árboles de la avenida haciéndoles que cobraron vida y formas fantasmagóricas. Un frío glacial recorrió la curvada espalda del doctor. De repente, se sentía observado. Detuvo sus pasos y miró atrás. Nada. Solo la típica neblina que solía cubrir el asfalto con la humedad de los vapores del Támesis y con el humo de las chimeneas. El viejo hombre reemprendió su marcha apoyado en su bastón y notó como algo o alguien le seguía los pasos. Primero desde lejos, luego acercándose.  Volvió a parar y a girarse, esta vez apuntando con su bastón. «¿Quién hay allí?», le gritó al aire, «¿Dónde te escondes Recibió la callada por respuesta. Detrás suyo, por mucho que sintiera que algo o alguien le acechaba, no había nadie, absolutamente nadie. ¿Eran los primeros efectos del delirium tremens, que ya hacían su aparición? Sacó su reloj de cuerda. Las 2:20. Llevaba trece horas sin tomar una copa, y el sudor frío empezaba a resbalarle por la frente. Necesito un trago, se dijo, y se dirigió rumbo a The Angel & Crown lo más rápidamente que pudo.

El rumor de risas y peleas de taberna que llegaron hasta sus oídos le indicaron que ya estaba cerca de Wellclose Square. Sin aliento, recorrió los metros que le separaban del portal donde unos marineros ebrios salían acompañados de varias prostitutas. Entre ellas, pudo distinguir a Martha Tabram, conocida localmente por Martha Turner.

Entonces, un remolino de viento frío surgió de la nada frente a él, formando una especie de nube grotescamente oscura cuyos tentáculos de humo daban latigazos en el aire, levantando estelas de polvo. El viejo doctor inclinó su sombrero para evitar que la suciedad le entrase en los ojos y, a ciegas, respiró ese aire infestado de muerte. Cuando abrió la boca para toser, sintió como un frío acerado se deslizaba por su garganta, le traspasaba las entrañas y se instalaba en ellas. Fue lo último que sintió hasta el amanecer.

Cuando despertó a la mañana siguiente, el viejo doctor se encontró echado sobre su propia cama, vestido, y sin saber como había llegado allí. No se fijó en sus manos manchadas de sangre seca. Se incorporó lentamente. Sus huesos envejecidos chasquearon y sus músculos extremadamente rígidos le infligieron punzadas de dolor. Todavía podía sentir el frío en su interior, un frío que contrastaba severamente con el calor de la habitación. Afuera, en la calle, había más escándalo del usual. Oyó como Dark Annie, la vecina de arriba, abría de par en par su ventana y, seguramente asomando su cabeza gritaba, sin ningún atisbo de vergüenza o pudor:

—¡Eh, vosotros! ¿Alguien me puede decir a qué viene tanto alboroto? ¡Que una ha estado trabajando toda la noche y tiene que descansar!

—¿No se ha enterado señora? —preguntó un pequeño ladronzuelo que siempre andaba por las calles pidiendo limosna— Han encontrado a una puta cosida a puñaladas en las escaleras de George Yard Buildings.

—¿Ah, sí? ¿Y de quien se trata, si puede saberse? Y corrige tu lenguaje, niño, o bajaré y te arrearé una patada en el culo.

—Pues baje si quiere. Usted no es mi madre. Y yo hago lo que me da la gana. Y, la puta, era la Martha.

—¿La Turner? —preguntó Annie en un tono que dejaba ver una nota de  preocupación.

—La misma —dijo el niño mientras se alejaba corriendo.

El doctor, estupefacto e incrédulo, sentado sobre su cama, miraba atónito sus manos ensangrentadas sin comprender qué le había sucedido. No estaba herido; la sangre no era suya. Intentó recordar, pero no pudo. Fijó su mirada sobre el maletín médico que descansaba sobre la mesa y, aún sin comprobarlo, lo intuyó. En un arrebato de ira se abalanzó sobre él y tiró todo su contenido al suelo. Unos tubos de cristal se rompieron en mil pedazos, unas tijeras arañaron las baldosas manchadas y rotas, una venda rodó hasta que chocó con la pata de una silla y tres cuchillos y una sierra cayeron pesada y ruidosamente. Dos de los cuchillos de operar estaban manchados de sangre seca.

Veinticinco días después de aquel suceso, en la noche del 31 de Agosto de 1888, un viento extraño se levantó en Bakers Row, rompiendo ventanas y rebatiendo puertas. El carnicero, que estaba despiezando un cerdo en el almacén trasero mientras pensaba en cómo le gustaría degollar a su esposa, infiel y beata, que seguramente se trajinaba al párroco de Whitechapel o, al menos, así lo indicaban todas las pistas. Salió corriendo, cuchillo en mano, en cuanto oyó la explosión de cristales rotos, hecho una furia y dispuesto a hacerle pagar los desperfectos al desdichado que hubiera tirado la pedrada contra su ventana. Pero en la calle no halló más que una sombra negruzca y estremecedora que parecía hecha de aire contaminado y, al mismo tiempo, sustentar algún tipo de vida. El carnicero tuvo la impresión de que lo miraba fijamente instantes antes de que se precipitara sobre él, entrándole por la boca y ahogando un grito de pánico en la garganta.

Aquella noche nadie vio a ese hombretón con el delantal de cuero sangriento y que empuñaba un enorme cuchillo de despiezar reses caminar por las calles como un zombi sin rumbo, porque una maléfica nube oscura lo cubría por completo. Nadie oyó sus pasos por Bucks Row, porque un viento envolvente amortiguaba el sonido de sus pisadas. Y nadie vio cómo destripaba brutalmente a la adorable Polly porque algo salido del mismísimo infierno lo protegía.

*********

Ilustración de Sonia del Sol

—A veces el diablo se viste de persona y envía cartas desde el infierno.

—¿Se refiere a Jack el Destripador?

—Jack, John, Albert, Ed, Ted… uno, varios… todos son lo mismo ¿Qué importan los nombres? Aunque tenga incontables nombres y disfraces sigue siendo él.

—¿Él, Charles? ¿A quién te refieres?

—A él, al demonio. Te entra por la boca y te sale por las manos.

—¿Y por qué hace eso?

—Nos utiliza para dejar su mensaje.

—Y ¿cuál fue el de usted, señor Manson?

—Querrá decir el que él dejó a través de mí y de mi modesta familia.

—Eso… eso mismo.

—Estaba en las paredes de la casa de Sharon Tate, escrito con su propia sangre. Yo no lo recuerdo. Solo fui el mensajero. Y los mensajeros no leemos la correspondencia. Pero usted todavía puede verlo en las fotos policiales si quiere. Pida permiso para publicarlas en su periódico. Seguro que se lo darán. Ah, y resérveme un ejemplar. Me gusta coleccionar todo lo que se escribe acerca de mi obra.

—¿De su obra?

—Como mensajero del diablo

—¿Cómo Jack el Destripador?

—Como a todos a los que llamaron Jack el Destripador.

—¿Eran varios?

—Eso parece.

—¿Y el mensaje?

—Ya sabe… aquella carta…

—Ya…desde el infierno…

—Exacto.

—Pero hay algo que no encaja. Desde esos crímenes hasta el que usted cometió han pasado ochenta años. Y eso es mucho tiempo.

—Y dos mil desde los tiempos de Calígula. Él es tan viejo como el mundo y desde siempre ha contado con siervos devotos a transmitir su mensaje.

—Ya veo…  y eso engloba a todos los sociópatas asesinos de la historia ¿no?

—No a todos. El Canibal de Ziebice, por ejemplo, obró por cuenta propia. Créame, ese estaba loco.

—Loco… uff… dicho por usted… suena extraño. Y bien, entonces, según su razonamiento ¿Cómo podemos distinguir quién es mensajero del diablo y quién no?

—Eso es fácil. Digamos que, al igual que le ocurre a Dios, el diablo tiene ciertas debilidades, cierta… misoginia.

—Que odia a las mujeres ¿Se trata de eso?

—En parte, solo en parte. Parece ser que, de entre las mujeres, las prostitutas siempre han sido sus víctimas preferidas. Quizás, en el fondo, esto se deba a que, en cierto modo, las teme. Incluso es posible que el mismísimo Belcebú, señor de los infiernos, padezca de ciprianofobia. Pero si prefiere no creerme, si cree que eso va a hacerle sentirse más seguro, puede llamarme loco o perturbado, y olvidar lo que le he contado. Todos lo hacen. Mucho mejor vivir en la ignorancia que aceptar la verdad, ¿no? Es más fácil y menos inquietante. Así, todos podéis respirar aliviados pensando que el mundo es un lugar apacible y tranquilo. Por cierto, ¿quiere que le cuente la historia de Cipriano?

Olga Besolí

Enero 2014

El vecindario

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Fantasía Urbana

Rating: +13

Este relato es propiedad de Olga Besolí. Las ilustraciones son propiedad de Verónica López. Quedan reservados todos los derechos de autor.

El vecindario.

Los seres inmortales también perecemos. No morimos como los mortales, cuya alma se desprende del cuerpo y, cuyo cuerpo, tan pronto como se convierte en un cascarón vacío, entra en descomposición. No, los seres mágicos nos endurecemos. Cuando la llama que mantiene nuestro calor se extingue, todo nuestro ser se enfría y entra en un letargo infinito del que es casi imposible salir. El qué nos mantiene con vida depende de cada espíritu elemental. Mi alimento es la alegría, pues soy —o más bien dicho— en mis días felices fui un hada de los bosques. Ahora, solo soy un triste recuerdo de aquello que fui. Pero comencemos por el principio…

Todo empezó hace muchos… muchísimos años. Lo vi por primera vez en uno de los recónditos claros donde mis hermanas y yo solíamos jugar, en el corazón mismo del bosque. Nunca ningún humano se adentró tanto en la espesura de la arboleda, pero aquel excursionista, sin saber cómo, había llegado hasta mi pequeño jardín multicolor de flores. Por suerte, tuve tiempo de replegar mis alas y apagar mi luminiscencia antes de que posase su mirada tímida sobre mí. Su mano dejó caer al suelo la botella de agua que sostenía.

—Ho…hola, ¿estás… uf… perdida?

—No —respondí— ¿Y tú?

—No… yo, tampoco… Mira, llevo un GPS… Espera… ¿A dónde te diriges?

—A ninguna parte, de momento.

—Yo iba hacia… bueno, eso ya… ya no me acuerdo. No importa… ¿Te he visto… antes?

—Es posible. Puede que en alguno de tus sueños.

Él, instintivamente, bajó la mirada y una oleada de calor inundó mi cuerpo. Dicen que la risa de las hadas suena, al oído de los humanos, como el tintinear de un millar de campanillas diminutas. Puede que sea cierto porque cuando me reí, él se estremeció. Golpeaba insistentemente una rama seca del suelo con su bota, de la que no apartó la vista ni un segundo.

Su reacción confirmó mis sospechas: yo debía estar presente en sus sueños.

***** **** ****

Tras cinco meses de encuentros y visitas furtivas, siempre en el bosque o en sus lindes, conocimos el uno del otro lo necesario: cuáles eran nuestros nombres y nuestros sentimientos.

-Jordan, ¿crees que sientes algo por mí?

Él se ruborizó y miró al suelo. Cuando intentó contestar, las palabras se le encallaron en la garganta y quisieron salir todas de golpe provocándole un terrible tartamudeo. La alegría en mí se avivó y creí que nunca se apagaría.

Aún así, el día de la boda le pregunté:

—¿Estás seguro que quieres pasar el resto de tus días junto a mí?

Él se puso nervioso y me rehuyó mientras una lágrima que pretendía esconder se deslizaba por su mejilla. Esta vez se tomó su tiempo para agarrar con fuerza la respuesta y que no se le escapara. Pero no esperé. Con un dedo sellé sus labios y le susurré.

—Yo también.

Cuando nos trasladamos a nuestro nido de amor, me sentía el ser más dichoso sobre la faz de la tierra. Nuestro hogar era perfecto: una casa unifamiliar con jardín, caseta de perro y garaje —como quería él— situada en el barrio residencial más cercano al bosque —como pedí.

—¿Me quieres? —le pregunté, mirándole a los ojos.

Él fue incapaz de contestar a eso. Me abrazó como quien agoniza aterido. Era todo cuanto yo necesitaba. Su calor, la casa y mi jardín de hierbas aromáticas y flores multicolores me ofrecerían el resto.

En los años que estuve, me podría haber movido de ahí, pero no lo hice. Podría haber visitado las casitas unifamiliares —con jardín, caseta de perro y garaje— de nuestros simpáticos vecinos, pero no lo hice. Podría haberme internado en el bosque de vez en cuando para reencontrarme con mis hermanas, pero eso, tampoco lo hice.

Los años pasaron velozmente para mí. Lentamente para él. Eso es la relatividad del tiempo. Treinta años humanos son muchos, quizás demasiados, para aquellos cuerpos cuyos huesos pierden fuerza, cuyas panzas aumentan de volumen y en cuyas cabezas escasea ya el pelo. Pero para nosotros, los seres mágicos, cuya longevidad se cuenta en siglos, es un periodo tan breve que no se produce cambio alguno en nuestro cuerpo. Para mí, esos treinta años fueron un fugaz suspiro.

Después todo comenzó a ir mal.

Empecé observando pequeños cambios que se obraban en él casi imperceptibles. Apareció una nota de indiferencia en su forma de hablarme y una rotundidad en sus gestos que antes no estaba allí.

—¿Me encuentras deseable?

—Claro…

—¿Pasamos de la cena?

—Claro…

Luego, su tono empezó a adquirir una seguridad que poco a poco me fue dejando fría. Un día, cuando le pregunté si todavía me quería, me respondió sin titubear:

—Por supuesto que sí. Como siempre.

Durante el otoño de ese mismo año perdí el color. El médico ¡pobre ingenuo! explicó que mi palidez y mi baja temperatura seguramente estaban causadas por algún tipo de fiebre desconocida y que con un poco de reposo me recuperaría.

Empeoré. Soplos intensos de frío me recorrían como si el invierno hubiera anidado en mi interior. Y cuanto más débil me sentía yo, más frondoso se volvía mi jardín, que era el orgullo y envidia del vecindario. Presentí que mi final estaba cerca y accedí de buen grado a las insistentes invitaciones de la familia Hewitt-Lenson, que vivía al lado y de los Kelmer, los vecinos a los que estuve evitando durante tantos años. También acepté la de la encantadora pareja Jean y Austen, que se habían mudado a la casa de enfrente hacía siete años, cuando la señora Parcel murió. De todo eso y de mucho más me enteré en un solo día, el día en el que el destino me tenía reservado un final inesperado. ¿Dónde estaba por aquel entonces Jordan, mi marido? Trabajando, mucho y a todas horas.

El día en que visité las casas de mis vecinos más cercanos comprendí lo voluble y cambiante que es el ser humano. ¡Sus jardines eran cementerios encubiertos, adornados de césped, flores y plantas, con piedras y caminos!

Dejé resbalar las últimas horas del fatídico día con el frío instalado en las entrañas. Ya en la noche oscura, los aullidos del perro me alertaron de la llegada de Jordan. Esperé a que aparcara el coche en el garaje y se acercara al salón. Tan pronto como me vio, sin darme tiempo a preguntarle nada, me contestó:

—Te quiero mucho, vida mía. Mira lo que te he traído.

Sus palabras fueron tan aseverativas como vacías. Sentí una punzada de hielo allí donde palpita el corazón. Cuando se acercó a entregarme el ramo de flores noté el olor almizclado a hembra que lo envolvía.

—Ahora subo a la habitación —le mentí.

Ilustración de Verónica López

Sola y en silencio salí a mi pequeño fragmento de bosque particular, mi jardín. Caían los primeros copos de nieve sobre los arbustos. Sin aliento, me posé sobre el suelo helado, con la piel azulada, rígida y fría. Intenté no abandonarme a la tristeza que me acechaba; traté de levantarme, pero caí de rodillas. Demasiado tarde: mi cuerpo se petrificaba. Mis alas se desplegaron por última vez y sus membranas se cristalizaron mientras se me escapaba la vida. Cuando expire mi último soplo de calor, mi aliento hizo crecer un círculo de hermosas flores alrededor mío.

A la mañana siguiente fui testigo de cómo Jordan, tras mi desaparición, llamó a la policía. Llevaba bastante sin fijarse en mi jardín y no repararía en él aquel día. Parecía preocupado. Y lo estuvo, sin duda, un par de semanas. Pasado ese tiempo, siguió con toda normalidad con su vida.

La vida humana finaliza con la muerte, pero la existencia de los seres inmortales se acaba y, aún así, no termina. Los vecinos que yo conocí del barrio desaparecieron y otros ocuparon su lugar. Y, a estos, les sucedieron otros nuevos. Los cadáveres de mis congéneres y yo somos los únicos que permaneceremos aquí por siempre jamás. Somos eternos.

Mi llama ya hace mucho que se consumió, pero seguiré aquí, en letargo, inmutable, quieta, muda y fría. Soy el hada del jardín de una bonita casa con garaje y caseta para perro, una figura más de las que adornan el cementerio de seres mágicos de este vecindario, cómo la familia de duendes del patio de los Hewitt-Lenson, los gnomos de los Kelmer, o el ángel sobre la fuente que vi en la casa que perteneció a la señora Parcel.

Me pregunto qué fue lo que les mató a ellos.

Olga Besolí
Noviembre 2013

 

El cuerpo

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Fantasía urbana

Rating: + 13

Este relato es propiedad de Olga Besolí. Las ilustraciones son propiedad de Daniel Camargo. Quedan reservados todos los derechos de autor.

El cuerpo.

Dicen que la materia se descompone pero que la energía ni se crea ni se destruye, solo se transforma. Es verdad. Cuando aquel skater se dio de bruces contra mis restos putrefactos en el fondo del callejón, mi yo inmaterial fue testigo presencial del accidente.

Llevaba bastante separado de mí mismo, aunque permanecía cerca, vigilando aquel despojo mugriento y vacío que una vez fui yo. No sé porqué. Quizás por respeto a ese cuerpo que una vez poseí. O, tal vez, por miedo a que el tiempo inclemente llegase a desintegrarlo hasta hacerlo desaparecer. O, quizás, sentía añoranza del pasado. Sea lo que fuese lo que me desgarraba por dentro, la parte liberada de mi ser se obligaba a aferrarse a esa bocacalle de la que no pensaba moverme hasta que alguien encontrase mi cadáver.

Pero mientras eso no sucedía, me mantenía suficientemente lejos de él como para no presenciar con todo lujo de detalles la corrupción lenta a la que eran sometidos los tejidos y que me dolía profundamente, no de forma física, sino a mi orgullo interior. ¿Cómo podía yo haber acabado así, tirado sobre el frío suelo de un callejón sin salida, en un barrio mísero y anónimo de la capital? ¿Es que mis restos no iban a encontrar el descanso de un oficio solemne y de una buena sepultura? ¿Ese era el infame destino que aguardaba a un hombre de bien como yo?

Y allí estaba lo que antes fui, oculto por la húmeda oscuridad de ese rincón al que nadie miraba, en el cegado callejón del que todos rehuían entrar. Y allí permanecía también mi otro yo, aquello en lo que me había convertido, ese ente incorpóreo y translúcido que resistía al pie del cañón, invisible bajo los rayos solares de la calle incansablemente transitada durante el día, y más aún a la luz las farolas nocturnas ocupadas por prostitutas y a las que se acercaban escasos clientes.

En todo el tiempo que permanecí como guardián y custodio a la entrada del callejón nadie me vio, ni me oyó, ni me sintió. Ni a mí, ni a mi cuerpo que yacía semienterrado bajo los desperdicios que los vecinos tiraban por las mohosas y estrechas oberturas que hacían de ventanas. ¡Qué indiferentes se han vuelto los humanos a todo! Las manadas de transeúntes pasaban continuamente a mi lado, algunos hasta me habían traspasado, sin más secuelas que el repentino escalofrío que les recorría fugazmente las espaldas. Como si yo no fuera nada más que una ráfaga de aire frío. Hecho del mismo material que el aire.

Pero yo era mucho más que energía intangible. Conservaba la identidad. Tenía fuerza y movimientos. Poseía voluntad. Aunque carecía de un cuerpo que sostuviera todo lo anterior ¿Cómo quería que alguien me viese? ¿Cómo hacer que supieran que a unos metros de distancia, allí entre esa montaña de escombros, se estaba corrompiendo otra parte de mí? ¿Cómo pretendía que alguien alertase a las fuerzas del orden y de la ley para que vinieran en mi búsqueda? Sencillamente, no podía. Al menos por el momento.

Pronto me di cuenta que lo único que delataba mi existencia era un ápice de viento gélido que desataba con cada uno de mis movimientos. Podía crear pequeñas ráfagas que removían la hojarasca, papeles y demás basura del suelo y los esparcía siguiendo la dirección que yo le imprimía a mi brazo. Si giraba la cabeza bruscamente, conseguía una especie de remolino que se deshacía en cuanto cesaba el movimiento. Si pegaba una patada fuerte al aire, levantaba una estela de polvo y mugre. Si giraba sobre mí mismo, aparecía un tornado ascendente a pequeña escala en mitad de la acera.

Ilustración de Daniel Camargo

Fui practicando los efectos de mis vientos sobre los transeúntes, no porque les viese ninguna utilidad, sino porque me divertía hacerlo. Los cegaba echándoles tierra a la cara. Les hacía cambiar su rumbo para evitar mis ventiscas improvisadas en la acera. Los despeinaba. Les arrancaba los pañuelos de sus cuellos. Les levantaba las faldas. Y, por supuesto, los asustaba. En todas y cada una de las ocasiones. Irónicamente, la gente se estremecía por la aparición de un inesperado viento rachado. ¡Cómo si eso fuese la cosa más increíble del mundo cuando a unos pocos metros tenían un apestoso cadáver plagado de insectos! ¿En qué mundo vivimos?

El mundo seguía avanzando inexorable pese a que yo ya no estaba entre los vivos. Siempre pensé que a mi muerte el mundo se detendría. No fue así. Mi andar por el mundo de los vivos había sido tan banal como el de cualquier otro. En mi muerte, a pasos lentos, aprendí que con mi único poder sobre la materia, ese viento que creaba, podía mover pequeños objetos, hacerlos rodar y que chocasen unos con otros. Y aunque no le vi utilidad alguna a eso, la tendría.

Todo es relativo, dijo Albert Einstein. Eso también es cierto. El tiempo pasa muy lento cuando uno no tiene nada que hacer porque ha dejado de existir tal y como era. Todo lo que antes era primordial para mí, ahora carecía de importancia. Ya no quedaba nada del hombre tan sumamente atareado que fui, del mandamás de la oficina de carácter áspero y malas maneras que no desperdiciaba ni un solo segundo en memeces y que ni siquiera tenía un momento para dedicarle a los suyos. De ese hombre que siempre iba colgado del teléfono y de la agenda. Por ironías de la vida, o de la muerte, ahora ese hombre era un espectro callejero que merodeaba por una de las zonas más pobres de la ciudad sin nada que hacer, salvo esperar.

Tampoco sé exactamente qué esperaba. Quizás a que un accidente fortuito pusiese en movimiento la maquinaria legal para rescatar lo que quedaba de mi cuerpo antes de que las ratas acabaran con su festín. O que algún vecino se asomara a su minúscula ventana para algo más que no fuera tirar otra bolsa de basura encima de mí. O que algún olfato desdichadamente agudo oliera el nauseabundo olor que desprendía el fondo del callejón y que su dueño, convencido de que había encontrado un perro muerto, alertase a la policía. Pero tanto unos pensamientos como otros convergían en lo único que todavía parecía importarme: salvar la poca dignidad que me quedaba del gran hombre que había sido en vida.

Esperaría en el callejón el tiempo que fuera necesario. Ni el cielo ni el infierno me habían reclamado todavía y todo apuntaba a que tenía toda la eternidad por delante ¿Estarían los de arriba leyendo con lupa la letra pequeña de mi vida? ¿Revisaban los de abajo las cláusulas del contrato de mi alma? ¿Estarían sospesando unos y otros mi entrada a sus lares? De ser así, no lo tendrían fácil. Ni yo mismo podía asegurar cuál era el destino del que era merecedor.

En mi vida supe dar grandes ilusiones a muchas personas: alegrías, soluciones y facilidades. Apoyé sus iniciativas empresariales por muy descabelladas que estas fueran. Les alargué el tiempo de estancia en sus vacaciones y mejoré sus destinos. Les di acceso a sus casas de ensueño aunque su sueldo fuera ínfimo. Les ofrecí préstamos y líneas de crédito. Hipotecas, acciones y bonos. Pero también les arrebate sus sueños con la misma facilidad con que se los entregué. Les hice pagar con intereses todo aquello que les ofrecí y me desentendí de sus quejas. Les abarroté de letras, impagos y demandas. Les embargué sus hogares, les manipulé con cláusulas engañosas y les timé con preferentes.

Sí, fui banquero. Considerado lo mejor por la sociedad, con acceso permitido a los clubs y restaurantes más restringidos y selectos de la ciudad, condecorado con mil y un honores, asistente honorífico de numerosas cenas benéficas y uno de los hombres que consiguió triplicar los beneficios en los últimos años, enriqueciendo con ello a muchos accionistas. Pero también supe ser lo peor, desleal con todos, mi esposa, mi familia, mis amigos, mis clientes y todo aquel que pusiera su confianza en mí y sus ahorros en mi mano. Si con ello se saca provecho económico, entonces la transacción es positiva, solía decir en vida. Eso mismo fue lo que me mató.

El ladrón de poca monta que me empujó hasta el fondo del callejón con intención de robarme la cartera y el reloj parecía basar sus principios en el mismo lema que yo. Dame todo lo que tengas, cabrón, dijo con dificultad mientras me apuntaba con una navaja manchada de sangre seca. Él ni siquiera podía creer lo que vieron sus ojos cuando abrió el maletín de piel genuina y encontró todos esos fajos de billetes color violeta perfectamente ordenados. Eso significó un increíble golpe de suerte para él y una cuchillada del infortunio para mí. Me dejó desangrándome y medio muerto al final del callejón y voló con el dinero de las comisiones. Con eso se aseguró que no hubiera testigos del robo con violencia que acababa de perpetrar y que le permitiría pagar todas las curas de desintoxicación que necesitaba. Los involuntarios testigos que pudo haber del crimen cometido se excluyeron de la ecuación bajando las chirriantes persianas de sus ventanas cochambrosas al primer grito de auxilio que emití.

No puedo culpar a la gente por ser desconfiada y egoísta. Yo también lo fui. En incontables ocasiones cerré la persiana de mi oficina para hacer opaco el cristal que me separaba de las súplicas de aquellos que, a punto de perderlo todo, venían al banco en busca de humanidad, aún a sabiendas que un banco es una identidad sin alma. ¿Cómo puedo señalar con el dedo a alguien que actuó como yo había hecho siempre? Sería un acto de hipocresía.

La culpa de todo lo que sucedió fue entera y absolutamente mía. Yo no debería haber estado allí. No a altas horas de la noche y vestido como solía para ir a trabajar. Pero no supe encontrar ni otra forma ni otro lugar más discretos y alejados de mi ámbito para entregar personalmente al ministro de economía lo acordado por su gran contribución a que el rescate de mi entidad financiera se hiciera efectivo. Claro que nunca me llegué a reunir con él. Nunca le di lo suyo. Da lo mismo, él nunca admitiría haberme conocido ni aunque mi vida dependiera de ello.

Inevitablemente me pregunté qué sería de aquellos que me conocieron verdaderamente. ¿Habrían hecho saltar la alarma sobre mi desaparición? ¿Me estarían buscando? ¿Habrían alertado a la policía?

Y entonces, salvándome de tener que reconocer que la respuesta a esas preguntas era bastante incierta y perturbadora, apareció la solución a todos mis problemas. ¡Por fin iba a tener el descanso que merecía!

Lo vi acercarse vadeando la acera, haciendo alarde de su profesionalidad sobre el monopatín. Evitaba atropellar a los peatones derrapando y haciendo eses, giros y trombos. No tendría más que unos quince años y parecía un pandillero de película, con su gorra ladeada y su mochila a la espalda, su camiseta enorme y sus pantalones cortos caídos. «Vamos coge más velocidad» pensaba yo, mientras veía complacido como el chaval se impulsaba con un pie sobre la acera. Y llegó mi oportunidad de oro. Cuando se acercó a más velocidad de la debida agité ambos brazos como si fuese un águila intentando levantar el vuelo. Un montón de tierra y polvo voló sobre la cara del skater mientras le pegaba un patadón al aire, justo donde se apoyaba la rueda izquierda trasera. El pobre skater, cegado sobre su monopatín, entró aceleradamente en el callejón para chocar contra mi pierna y estamparse sobre la montaña de basura que me cubría, que se desmoronó y dejó al descubierto la totalidad de mi cadáver.

Mi treta tuvo el efecto deseado. Ante la escabrosa visión, el joven creó tal alboroto que, al cabo de media hora, la energía que una vez dio vida a esa maquinaria que era mi ser físico, fue testigo de cómo una secuencia de agentes pululaban alrededor de mis restos. Unos lo taparon con una sábana, los siguientes lo destaparon, unos lo fotografiaron, otros tomaron muestras y los últimos lo subieron a la furgoneta y se lo llevaron. Supongo que otros se dedicarían luego a quitar de ahí todos esos desperdicios y a limpiar los pegotes de sangre negruzca del suelo para combatir el hedor del callejón. No sé si tuvieron éxito en su empresa, yo ya no estaba allí para verlo.

Acompañé a mi cuerpo en la ambulancia que se me llevó con el alivio que le embarga a uno cuando siente que un mal trago está llegando a su fin. ¡Había dejado atrás el callejón! Aunque tuve que hacer acopio de toda mi  paciencia para soportar lo que aún estaba por venir. En los días que se sucedieron, aguardé en la cámara frigorífica hasta que llegó mi turno. Siempre cerca de mi cuerpo, estuve presente mientras el forense me practicaba la autopsia. Vi cómo me estudiaban, me analizaban y, por fin, me lavaban y me vestían. Acudí a mi propio funeral, que no era tan ostentoso como imaginaba ni  tan triste como hubiera querido. Puse especial atención en el rostro serio de aquella rubia que una vez fue mi esposa, seco de lágrimas y de sentimientos. Y me despedí sin palabras de aquellos niños que eran mis hijos y que crecerían sin mí, pero que tendrían una gran compensación económica por ello, en cuentas repartidas entre Suiza y las Islas Caimán, en propiedades en España, en obras de arte valoradas en cientos de miles de euros y en unas cuantas pertenencias más que había sabido ocultar convenientemente al fisco.

Reconozco que me sentí complacido conmigo mismo. Sí, la vanidad ha sido siempre uno de mis defectos. Así que, con todo el orgullo del mundo, miré al cielo encapotado que, a modo de presagio, se partía en dos por un rayo que cayó sobre la lápida de mi tumba. Inmensos nubarrones devoraron las luces del día y en el cementerio no quedó más que soledad. Ya es mi hora, grité enérgicamente esperando a que una puerta de luz me abriera la entrada del paraíso celestial.

Nada sucedió.

Bueno, pensé resignado. Tal vez había apuntado demasiado alto. Quizás debía mirar para el otro lado y esperar a que un pozo lleno de negrura se abriera paso entre la tierra fértil del cementerio para llevarme a las profundidades infernales.

Pero eso tampoco ocurrió.

Francamente, estaba desconcertado. Si me quedé atrapado en la tierra de los vivos porque mi alma tenía algunos asuntillos pendientes por arreglar, ya podía ir olvidándome de ello. Muchas de las personas a las que había decepcionado se lo tenían bien merecido. Además, los había borrado, tanto de mi agenda como de mi memoria. Y si se trataba de los clientes a los que mi banco defraudó, yo, como directivo de la sede central, nunca conocí ni sus identidades, ni sus direcciones. ¡No eran más que clientes, por Dios! Y yo solo cumplía con mi obligación. Solo era uno de sus muchos altos cargos, un engranaje más de aquella maquinaria bien engrasada que movía los hilos del sistema económico. ¿Qué culpa tenía yo de que el sistema estuviera corrompido, de que los bancos fueran entidades sin alma? ¿Es que acaso yo había perdido la mía por servir a una entidad financiera? ¿Era esa la razón por la que seguía allí?

De haber tenido un cuerpo, se me hubiera calado hasta los huesos. La intensa lluvia que cayó repentinamente convirtió el cementerio en un lodazal en cuestión de minutos mientras yo, o aquella parte energética que todavía vivía de mí, me acurrucaba sobre la tumba donde yacía mi cuerpo.

Era todo cuanto me quedaba.

Olga Besolí

Agosto 2013

El precio del tiempo

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Fantasia

Rating: +13

Este relato es propiedad de  Roberto del Sol y su ilustración correspondiente es propiedad de Verónica López. Quedan reservados todos los derechos de autor.

El precio del tiempo.

Ilustración de Verónica López

Cuando la puerta se cerró tras él, el cuarto se quedó casi a oscuras y tuvo que detenerse un segundo para permitir que sus ojos se acostumbrasen a la luz mortecina de la vela. La pequeña estancia estaba abarrotada de muebles antiguos y objetos envueltos en sombras. Alberto miró alrededor buscando a alguien, tratando de distinguir formas. Una pesada cortina de terciopelo cubría la pared del fondo. Las otras tres estaban tapizadas con decenas de pequeños portarretratos en los que se asomaban rostros en blanco y negro de personas que parecían tener los ojos clavados en él. Avanzó hasta la primera de las sillas que rodeaban una minúscula mesita vestida con un mantel bordado, y sobre la que brillaba con una tenue luz azulada una bola de cristal. El aire olía raro, rancio, como si llevase una eternidad atrapado entre aquellas cuatro paredes. A su derecha, el vaivén del péndulo de un pesado carillón atrapaba su atención cuando reflejaba la luz de la vela. Al ser consciente de todo lo que lo rodeaba, estuvo a punto de levantarse y echar a correr, de huir de aquel escenario plagado de tópicos preparado para engatusar a incautos desesperados. Pero en ese momento una silueta comenzó a tomar forma frente a él, sorprendiéndolo como solo pueden hacerlo los mejores trucos de magia, y entonces decidió quedarse a esperar. En realidad no tenía nada que perder.

Ya no podían quitarle nada más.

—Buenas tardes, don Alberto. ¿Por qué ha decidido venir a visitarnos? ¿Qué es lo que anhela en lo más profundo de su corazón? Dígaselo a madame Touseau —dijo lentamente la mujer con un marcado acento francés mientras se sentaba frente a él.

Alberto se removió nervioso en la silla. La mujer había utilizado el plural como si hubiese alguien más en la habitación. Ella sonrió con calidez y eso lo tranquilizó.

—Vamos, no tenga miedo. Lo más difícil siempre es dar el primer paso: atreverse a venir  aquí. Yo puedo verlo todo, y puedo ayudarle, pero necesito que usted me lo pida…

Alberto fijó su mirada en la cara de la mujer; le resultaba imposible determinar su edad. A la luz de la vela, y al contemplar aquel rostro menudo y arrugado como el de una uva pasa, solo se atrevía a asegurar que era mayor, pero no sabía cuánto. Cualquier cifra entre setenta y cien años podría ser posible. La mujer entrecerró unos ojos que parecían dos pequeñas canicas negras, como si estuviese haciendo un esfuerzo en ver a través de él.

—Hay algo —comenzó a decir él titubeante, y se detuvo para considerar la mejor forma de proseguir.

—Siempre hay algo, hijo, siempre hay algo —continuó ella con tono condescendiente—. ¿Algo en el pasado quizás?

—Sí —respondió él animado.

—Algo que sin duda le gustaría cambiar. —Al ver la cara de sorpresa del hombre, sonrió la mujer—. No se asuste, a veces es solo cuestión de aplicar un poco de lógica y algo de estadística. ¿Quién no querría cambiar algo en su pasado?

—Pues sí. De eso se trata, aunque supongo que ahora me dirá que es imposible.

Madame Touseau guardó silencio durante un instante.

—A mi edad puedo decirle que he visto muchas cosas que personas como usted creían que eran imposibles —dijo regañándolo—. Para que esto funcione, para que podamos romper las reglas de esta realidad que nos mantiene prisioneros en su cárcel de leyes físicas y químicas, necesito que crea en ello sin reservas. Le aseguro que, de ser así, no hay cosas imposibles.

Un extraño fulgor iluminó por un instante los ojos de la anciana.

—Creeré en lo que usted me diga que tenga que creer, madame —se oyó decir Alberto a sí mismo absolutamente desarmado.

—Bien, en ese caso… —La mujer hizo sonar una campanilla de plata e inmediatamente apareció de la nada la hermosa mulata que lo había recibido en la casa—. Beatrice, acércate por favor. —La anciana cuchicheó algo en el oído de la joven, que después se retiró obediente. Luego dijo—: En este punto me temo que tendrá que ser un poco más concreto, querido. ¿Cuándo exactamente sucedió ese hecho que le gustaría cambiar?

Alberto sopesó la respuesta. Volver a revivir el momento en el que el destino le había arrebatado a Clara de su lado no le hacía ningún bien, pero no sería muy diferente a lo que le sucedía una y otra vez, cada noche, cuando cerraba los ojos para intentar dormir. Decidió ser cauto, no quería abrir el corazón a alguien que todavía no había merecido su confianza.

—Hace aproximadamente dos años —dijo con un hilo de voz apenas audible y, al darse cuenta de ello, aclaró su garganta y continuó con un tono más elevado—. El quince de febrero del año 2011 sucedió algo que cambió mi vida.

—Una parte de usted murió aquella tarde, puedo verlo perfectamente.

Al oír aquellas palabras a Alberto se le erizaron los pelos de la nuca.

—Sí. Conozco a alguien que puede llevarlo de nuevo hasta ese momento —continuó la mujer—, alguien que, si acepta su petición, le exigirá un precio por hacerlo y le impondrá unas condiciones que tendrá que cumplir. Lo que usted desea, Alberto, es posible, solo tiene que pedírmelo.

El hombre hizo un esfuerzo por acallar las voces de su “yo” más escéptico. Por un lado quería creer, necesitaba hacerlo, precisaba pensar que era posible y que todavía había una oportunidad de volver junto a Clara. Pero por otro sabía que todos y cada uno de los esfuerzos por lograrlo habían acabado en rotundos fracasos, en enormes decepciones producidas por farsantes que le había asegurado que podían volver a ponerlo en contacto con su amada, de comunicarlo con ella. Mentirosos que tan solo buscaban su dinero. Alberto decidió poner a prueba a la mujer.

—Todo depende del precio…

—No se preocupe, querido, será caro, pero podrá pagarlo.

Como si todo estuviese cronometrado al segundo, Beatrice entró en ese momento en el cuarto con una bandeja de plata. La mulata dejó dos pequeñas copas de fino cristal tallado que contenían un líquido de color sangre y dos dedales de plata, después se fue en silencio.

—¿Y bien? —preguntó la mujer cuando se quedaron de nuevo solos.

—¿Ahora? —Alberto miró a los lados— Es decir… Quizás necesite pensarlo un poco, prepararme.

—¿Sí? ¿De verdad necesita pensarlo? Yo creo que está suficientemente preparado desde aquella fatídica tarde en la que le arrebataron lo que más quería. Usted no desea otra cosa más que estar de nuevo con ella y sería capaz de dar su vida por lograrlo. Escuche a su corazón, que está diciéndole a gritos lo que quiere, mientras usted se empeña en ignorarlo. —Después de un instante de incómodo silencio, la anciana continuó—. Ya veo, desconfía de mis palabras porque piensa que soy como los demás charlatanes con los que se ha cruzado en su camino. Tiene miedo de fracasar de nuevo, de que su ilusión se evapore otra vez, y ese miedo lo mantiene atrapado entre las barreras de un mundo físico que cree que es imposible burlar. Prefiere vivir con la esperanza antes que con la decepción, pero eso no es vida. En realidad, usted ya está muerto, y lo sabe. Murió aquel quince de febrero, en el mismo instante en el que Clara dejó de respirar. —Al ver el  gesto de sorpresa en el hombre, madame Touseau continuó—. Quizás mañana yo no esté aquí. Quizás mañana no pueda ponerlo en contacto con aquel que podría ayudarle. La decisión es suya. Solo tiene que pedírmelo.

—Está bien, no siga. ¿Qué es lo que he de hacer?

La mujer sonrió.

—Apure el contenido de ese dedal de plata —dijo mientras hacía lo propio con el suyo—. Después disfrute del sabor de ese oporto añejo y deje que se lleve la amargura de su boca mientras esperamos a nuestro invitado. No tardará mucho.

Alberto tomó el pequeño dedal y en su interior vio un líquido amarillo que brillaba con luz propia. No se lo pensó dos veces y echó la cabeza atrás a la vez que vaciaba el contenido en la boca. De inmediato, un sabor amargo y ardiente le quemó la garganta a medida que el líquido viscoso bajaba por ella. Dejó el dedal en la mesa y tomó un sorbo del oporto que atenuó el fuego en la boca del estómago.

Frente a él, madame Touseau lo miraba con la sonrisa congelada. Al instante, el rostro de la mujer comenzó a temblar como si la luz de la vela fallase. La habitación entera empezó a vibrar. Alberto restregó los ojos para aclararse la vista y, cuando los abrió de nuevo, comprobó que la cabeza de la mujer colgaba ligeramente hacia atrás. Unos ojos completamente blancos y sin rastro alguno de pupilas miraban hacia un punto a la espalda de donde él estaba sentado. Alberto intentó moverse, girar la cabeza y ver qué era lo que la mujer veía, pero en ese momento comprobó con sorpresa que no podía hacerlo porque los músculos no le obedecían. Y por primera vez se asustó.

La habitación seguía temblando. El líquido amarillo debía de ser algún tipo de droga alucinógena. Algo, o más bien la ausencia de algo, llamó su atención a la derecha. Ya no podía percibir el brillo del péndulo. Como no podía mover la cabeza, forzó los ojos y por el rabillo comprobó que el péndulo se había parado en un punto que distaba mucho de ser la vertical. El tiempo, por lo menos el que marcaba el carillón, se había detenido de una forma brusca y antinatural. La temperatura de la habitación bajó de forma ostensible. El vaho de su respiración comenzó a dibujar con claridad arabescos delante de los ojos, pero no era capaz de ver la respiración de la anciana.

Algo se movía detrás de él. No podía verlo, y tampoco había escuchado nada, pero podía sentirlo. Su sexto sentido le decía que estaba pasando algo fuera de lo común. Un instante después comenzó a oír un sonido rasposo que se acercaba hasta él, como si alguien arrastrase unos pies calzados en papel de lija. Un miedo frío e irracional se apoderó de él. Intentó preguntar quién era el que estaba allí, o llamar a Beatrice, pero tampoco pudo articular palabra. Unos dedos extremadamente largos y huesudos asomaron por encima de su hombro y un ser que no alcanzaba a ver le susurró en el oído de forma sibilina.

—Quince años. Ese es el precio. Quince años de tu vida y te llevaré de nuevo con Clara.

¿Años había dicho? ¿Acaso tendría que pagar con años? ¿Qué clase de tontería era esa? Alberto estaba aterrado y confundido. ¿Qué era lo que se suponía que tenía que hacer ahora? De nuevo volvió a pensar que no tenía nada que perder, que nadie en su sano juicio podía pedirle años de su vida como pago por algo que no podría cumplir, puesto que ambas cosas eran imposibles y desafiaban toda lógica. La respiración pestilente de la presencia lo aturdía hasta el punto de casi hacerle perder la consciencia y no le dejaba pensar con claridad.

Alberto decidió que lo mejor sería seguir el juego de aquellos locos y aceptar la propuesta, seguir su juego y conseguir que lo dejasen libre, así que la preocupación en ese momento pasó a ser cómo iba a comunicar su decisión si no podía articular palabra.

—Muy bien —susurró de nuevo el ser detrás de él—, así se hará. Pero ten en cuenta una última advertencia: no podrás cambiar nada más que aquello por lo que has pagado —dijo la presencia mientras se alejaba.

Alberto sintió que la presión sobre sus músculos se relajaba a la vez que una sensación de mareo le invadía la cabeza y lo obligaba a cerrar los ojos. El hombre se llevó las manos temblorosas a las sienes, que estaban a punto de estallar, y en ese instante todo terminó tan repentinamente como había comenzado.

Alberto abrió los ojos y lo que vio lo abrumó.

Estaba sentado en una silla, en el centro de una habitación de similares dimensiones a aquella en la que estaba apenas unos segundos antes, pero nada era igual. La claridad del día se filtraba entre las maderas que tapiaban la ventana del fondo y, a pesar de que solo era un hilo de luz, era suficiente para ver que el abandono y la suciedad estaban presentes en cada rincón de la estancia. No sabía cómo se habían arreglado para cambiarlo todo en un instante, pero eran buenos, condenadamente buenos.

Alberto se levantó sorprendido por haber recobrado el uso de los músculos. La bebida que le había dado la vieja debía de haber hecho que recuperase energías, porque se sentía descansado, pletórico de fuerzas, como si hubiese dormido durante varias semanas. Atravesó varias estancias, todas ellas en el mismo estado de abandono, y salió a la calle. No había letrero en el portal que anunciase la presencia de la médium. Desde luego, pensó, si todo era fruto de una organización encaminada a engañar a la gente, eran extremadamente minuciosos. Pero todavía no sabía qué era lo que pretendían con actuaciones como esa. Quince años de su vida… Quién en su sano juicio pediría algo así, algo que no estaba en su mano poder pagar.

Alberto tomó el autobús que lo llevaría hasta el oscuro refugio en el que se había convertido su casa. Sentado, meditaba mientras miraba con ojos tristes a la gente ir y venir en aquel hermoso atardecer de primavera que no podía apreciar, porque ya no tenía sentidos con los que paladearlo. En lo único que aquella farsante había acertado era en que ya estaba muerto, y los muertos no son capaces de disfrutar de las cosas de los vivos.

Alberto bajó en su parada y al levantar la vista sufrió el primer impacto de la tarde. Don Hilario lo saludó, como cada vez que se cruzaba en su camino, porque don Hilario era una persona muy educada y un conversador extraordinario, de los que ya no quedaban. Un caballero, recordó que le decía siempre Clara.

—Buenas tardes, don Alberto —le dijo—. Hoy no puedo detenerme, que he de ir a recoger a mi nieto a la salida del entrenamiento, y ya llego tarde.

—Pues buenas tardes, don Hilario —contestó sorprendido.

Hasta ahí todo habría sido de lo más normal, de no ser porque a don Hilario se lo había llevado un año antes un cruel cáncer de esos que no avisan hasta que era demasiado tarde.

La cabeza de Alberto comenzó a dar vueltas y a pensar en todo lo que le había sucedido esa tarde. A pesar de que la parte racional de su cerebro le decía que era imposible, una sospecha comenzó a cobrar forma. Unos pasos más adelante estaba el kiosco en donde siempre compraba la prensa, así que corrió hasta él y buscó con urgencia la fecha en los periódicos.

Quince de febrero de 2011.

Lo habían conseguido. Esos cabrones le habían hecho retroceder en el tiempo.

Su mente se bloqueó incapaz de creer lo que estaba pasando. Alberto dio una vuelta sobre sí mismo buscando detalles que lo orientasen, y miró alrededor con los ojos desorbitados. Las personas con las que se cruzaba le devolvían la mirada extrañadas, como si pudiesen leer lo que estaba pensando en ese momento.

Se miró el reloj. Las seis y veinte de la tarde. Estaba perdiendo un tiempo precioso. En apenas unos minutos Clara llegaría del trabajo como cada día. Tenía que alcanzar antes que ella la parada del autobús. Alberto no estaba en forma, pero corrió como si su alma dependiese de ello. Empujaba a la gente con la que se cruzaba y chocaba con las mesas de las terrazas. Atravesó calles con los semáforos en rojo, ganándose los bocinazos de los conductores, mientras su cabeza trabajaba a la velocidad de la luz, todavía incapaz de aceptar por completo la nueva realidad.

Por fin alcanzó a ver la parte trasera del autobús. Estaba detenido en un semáforo. Alberto lo alcanzó y, mientras recuperaba el aliento, comenzó a caminar a su alrededor mientras daba pequeños saltos para buscar entre los pasajeros a través de las ventanillas. Cuando ya estaba a punto de perder la esperanza, creyó distinguir la silueta de Clara entre las personas que estaban en la parte de delante, a la espera de que abriesen las puertas para descender en la próxima parada. Dio otro salto y sus ojos se inundaron de lágrimas de alegría cuando fue capaz de confirmarlo. Era ella, sin lugar a dudas. Con el corazón desbocado, Alberto comenzó a gesticular para llamar la atención de Clara o de alguno de los que estaban a su alrededor. Un señor mayor la avisó, y la mujer giró la vista y lo vio. Y sonrió. Y Alberto pensó que no cambiaría ese momento por todo lo que el cielo pudiese ofrecerle, y agradeció a Dios la nueva oportunidad que acababa de darle.

No consentiría que nadie volviese a separarlo de Clara.

Pero el volver a verla no debía desviarlo del objetivo final, su mujer todavía no estaba a salvo. Si todo sucedía tal y como podía recordar, Clara moriría atropellada por un coche que se saltaría un semáforo a unos veinte metros de la parada del autobús.

Alberto acompañó el transporte en el último tramo hasta la parada y aguardó impaciente a que las puertas abriesen. Apenas pudo esperar a que Clara bajase, y se abalanzó sobre ella abrazándola de tal forma que llamó la atención de todos los que estaban alrededor.

—¡Caramba, cielo! —exclamó ella—. Cualquiera diría que llevamos años sin vernos…

Las lágrimas corrían por las mejillas del hombre de forma incontenible.

—No te puedes imaginar lo que me alegro de verte —fue todo lo que acertó a decir.

Alberto en ese instante recordó lo que había vivido dos años antes. La plaza estaba llena de gente. A aquella hora muchas personas salían de trabajar y las madres que habían ido a buscar a los niños al colegio disfrutaban de los últimos rayos de sol antes de volver a casa. Si todo volvía a suceder del mismo modo, el coche arrollaría a varias personas en el paso de cebra que estaba a unos metros de allí. Había salvado a Clara, pero tres niños morirían y otros dos sufrirían graves heridas si no hacía nada por evitarlo. Ahora tenía una ventaja, conocía lo que pasaría y podría cambiarlo.

—¡Espérame sentada en este banco, Clara! No te muevas. Prometo que luego te lo explicaré todo.

Alberto dejó atrás a su mujer y comenzó a correr de nuevo hacia el punto en el que sabía que se produciría la tragedia. Pudo ver cómo el semáforo se ponía en rojo para los vehículos. Los niños que esperaban pacientemente su turno, y que sabían que la silueta en verde era la señal que estaban esperando, comenzaron a moverse. A cien metros del paso de cebra, el coche cuya matrícula se había dibujado una y otra vez durante los dos últimos años en sus pesadillas avanzaba a una velocidad excesiva mientras el conductor hablaba por el móvil. Nadie más pareció darse cuenta de lo que iba a suceder. Alberto se dio cuenta de que no podría llegar a tiempo de evitar la catástrofe, así que gritó con todas sus fuerzas. El mundo se detuvo en ese momento. De alguna forma, algún tipo de milagro hizo que su voz se elevase por encima de la algarabía, y todos volvieron la cabeza hacia él, incluso aquellos que estaban a punto de cruzar la calle. Ese instante de vacilación de la multitud fue suficiente para que el coche desbocado pasase de forma milagrosa entre las personas sin tocar a nadie. Alberto no podía creer lo que había sucedido. Había conseguido cambiar la historia.

Cuando el conductor se dio cuenta de su error, pisó a fondo el freno, pero fue demasiado tarde. El vehículo impactó con violencia con el río de automóviles que circulaban a buena velocidad por la avenida, una de las principales arterias de la ciudad. La sucesión de golpes más o menos estruendosos parecía no terminar nunca. Alberto asistió impotente, como las demás personas en la plaza, a un violento espectáculo de caos y destrucción en el que solo podían ser observadores pasivos. La cadena de choques se alejó de su posición a medida que más vehículos se veían involucrados en el accidente. El hombre vio cómo un vehículo fuera de control saltaba por encima de los setos de los jardines y causaba el pánico en la plaza. De repente todo terminó. Ahora solo se oían las sirenas de la policía y de las ambulancias, y los gritos de las personas que habían sido testigos del accidente. Un policía pasó corriendo a su lado mientras hablaba por la radio. Alberto oyó algo acerca unos niños y una mujer que estaban muy graves.

—¡Noooooo! —gritó mientras corría al encuentro de Clara, incapaz de creer lo que estaba sucediendo.

Alberto luchó con desesperación para atravesar la marea humana que rodeaba el lugar en el que había dejado a Clara. Cuando por fin pudo ver lo que había sucedido, se derrumbó. Su peor pesadilla se había hecho de nuevo realidad.

El conductor relataba con tono histérico a la policía que no había podido hacer nada por evitarlo. Había sangre por todas partes. El banco en el que había dejado a Clara estaba hecho añicos. El enorme todoterreno blanco había aterrizado sobre él y la mujer yacía entre los restos de madera y amasijos de hierro. Una de las pesadas ruedas del coche aplastaba su pecho. Alberto se arrodilló junto a su esposa, que todavía respiraba. Clara le buscó la mano y se la apretó. Lo miraba con unos ojos asustados que comenzaban a perder el brillo de la vida, mientras sus labios temblaban al intentar articular alguna palabra. Alberto se agachó aún más, pero no pudo escuchar nada salvo el aliento que se le escapaba de la boca. La mujer tosió y unas pequeñas gotas de sangre tiñeron su vista de rojo. Alberto sintió que la fuerza con la que le apretaba la mano disminuía poco a poco, hasta desaparecer. Y lloró. Y mientras lloraba se preguntaba quién podía ser tan cruel como para haber jugado con él de esa manera.

Un niño que llevaba un balón rojo debajo del brazo se acercó y se agachó a su lado.

—No tenías que haber intentado cambiar más que aquello por lo que habías pagado —le susurró al oído con su voz infantil, y después le aguantó la mirada durante un instante.

El cerebro del hombre tardó un instante en reaccionar. La voz del niño y el mensaje que le transmitía no encajaban en la misma escena. Del mismo modo que no podía ser de día y de noche a la vez. Era imposible. Pero después Alberto lo entendió todo. Tendría que haberse conformado con salvar a Clara, ellos habrían respetado su pacto. Eso era lo que estaba intentado decirle el niño y el saberlo le hizo más daño todavía.

El chico se alejó y se mezcló entre la multitud. Alberto lo vio desaparecer y, mientras acunaba el cuerpo de Clara en su regazo, maldijo al cielo por haberle arrebatado a su mujer por segunda vez.

 Roberto del Sol

¿Navidad?

Ilustrador: Rosa García
Género: relato, fantasía
 Este cuento es propiedad de Montse Augé, y su ilustración es propiedad de Rosa García. Quedan reservados todos los derechos de autor.

                                                              ¿NAVIDAD?

Respiraba con dificultad, con los músculos entumecidos, intentando despertar del largo letargo. Estaba desorientada, sin saber exactamente qué debía hacer. Un año más. Un año más de dudas. Siglos atrás simplemente habría abierto los ojos y sin ninguna pereza se hubiese puesto en marcha, hubiese desplegado inmediatamente todos sus encantos, haciendo acopio de enormes dosis de alegría, de generosidad, de…de todo aquello que se suponía que ella debía albergar para ofrecérselo a ellos. Pero hacía ya años que eso no sucedía, le costaba ponerse en pie de nuevo, totalmente desmoralizada después de tantos años de fracasos, uno detrás de otro, no habían entendido nada. Alguna vez estuvo a punto de abandonarlos, de sumirse en un sueño infinito. Pero siempre se arrepentía en el último momento. Y volvía a acompañarlos. Pero ahora no los disfrutaba, ahora los sufría. Cuando todo terminaba volvía a su refugio, totalmente destrozada, desanimada y triste, muy triste. Pero este año no pudo. Levantó la cabeza y… volvió a su sueño, tal vez eterno esta vez. Tal vez la echarían de menos. Tal vez no. Pero no podía más…

******

Los niños del pueblo esperaban impacientes la llegada  de las primeras nieves para empezar con sus batallas y para ver quién hacía el muñeco más grande. Pero este año estaba resultando meteorológicamente extraño. Nunca antes había sucedido: faltaban tres días para Navidad, hacía muchísimo frío pero… la nieve no aparecía. Nadie se lo explicaba, era un fenómeno extraño. El cambio climático decían unos. Pero los más viejos tenían una expresión de preocupación en sus rostros cuando miraban hacia el cielo: algo sucedía, algo sin ninguna explicación racional.

*****

Las ciudades habían olvidado sacar del armario su  disfraz navideño: nadie se había acordado de engalanar las calles con las típicas luces y adornos que anunciaban la llegada inminente de la Navidad. La verdad es que sí se habían acordado; la otra verdad es que les embargó tal desidia que fueron aplazando el trabajo hasta tal punto que el tiempo se les abalanzó casi encima y decidieron que no valía la pena esforzarse ya ese año. La pereza los envolvió y los convirtió en sus siervos. Y aquellos osados que lograron escapar de sus garras eran ahora noticia en la televisión: las imágenes de los infructuosos intentos por decorar el famoso árbol de Nueva York habían dado la vuelta al mundo. El árbol navideño más popular mostró su desnudez al resto del planeta que observó desilusionado como tan sólo era… un árbol, uno más y, como si no pudiera soportarlas, se desprendía sin cesar de las luces navideñas que intentaban colocarle. Lo que no había cambiado era el ritmo frenético de la sociedad consumista: regalos y más regalos, compras y más compras, el sonido incesante de la caja registradora, tarjetas de crédito cansadas de ser usadas y en los bancos las teclas ardientes de los cajeros…sacaban humo.

Ilustración de Rosa García

Ilustración de Rosa García

Los Reyes Magos y Santa Claus seguían conservando su trabajo… Pero ellos también se dieron cuenta de que algo extraño sucedía: habían perdido el contacto con la Navidad, no tenían noticias de ella ni  habían recibido el mensaje con el que los saludaba cada año dándoles la bienvenida e indicándoles que todo empezaba, como siempre en aquellas fechas.

-¡Algo pasa, algo pasa…!- Gaspar movía la cabeza con evidente signo de preocupación-. Este año pasa algo. Tengo una extraña sensación. Ella nunca actúa así, parece como si se hubiese olvidado…

Calló. Melchor y Baltasar lo miraron adivinando las palabras que quería pronunciar, dejando asomar en sus rostros una expresión que navegaba entre el miedo y la incertidumbre.

-¿No habrá perdido nuestro móvil?-. Melchor sonrió pensando que había encontrado la solución al enigma.

-¿Ella, ella perder algo? Tú sí que habrás perdido algún que otro regalo pero ella…imposible, nunca falla-. Gaspar elevó tanto el tono de voz que hizo sobresaltar a Baltasar, haciendo caer unos regalos de sus manos.

-¡Mira qué me has hecho hacer, todo por el suelo! Espero que ningún libro haya perdido ninguna página. ¡Por una vez que me piden libros! Fíjate qué bonitos son y qué historias más bellas deben esconder en su interior, maravillosos tesoros de letras: viajes increíbles, fantásticos dragones, temibles seres de la noche, historias bajo el mar, aventuras en los bosques…y hasta cuentos de Navidad. ¡Hay que repartir los regalos! A ver, a ver… ¿Pero cómo no nos hemos acordado? ¡Nuestro amigo, el de la barba, el de rojo! Papa…no, Santa…esta memoria, ¿cómo se llama?

– ¡Santa Claus! Rápido, el móvil, a ver qué sabe él-. Melchor empezó a buscar entre  sus ropajes de seda y oro su teléfono. De pronto se quedó inmóvil.

-¿Qué pasa?- corearon Gaspar y Baltasar al unísono.

– No podemos llamarlo, no tiene cobertura, vive en un pueblo de Laponia y nunca tiene cobertura. Pero…- Melchor fue directo al ordenador-.Sí podemos enviarle un correo. Santa, santa….pues no lo encuentro. Veamos si por Papa… ¡aquí está!: papa25@coldmail.fin.

“Querido Santa Claus,

Te escribimos totalmente desesperados porque nuestra queridísima amiga Navidad no aparece este año. No sabemos qué hacer con los regalos. Como tú vas antes     que nosotros te pedimos que nos des alguna noticia si es que la tienes.  Esperamos tu respuesta para preparar o no los camellos.

Te saludan afectuosamente,

Los Reyes Magos de Oriente”.

Ilustración de Rosa García

Ilustración de Rosa García


-¡Enviado! Espero que todavía esté en su casa.

Los tres reyes se pasaron toda la tarde mirando la pantalla del ordenador, esperando una señal…Y, finalmente, a  medianoche apareció la respuesta de Santa Claus:

“Queridos Reyes Magos,

Siento no tener ninguna noticia sobre la Navidad. Yo también estoy esperando su aviso. Estoy desesperado porque de los nervios he adelgazado veinte kilos y mi traje rojo me hace bolsas por todos los lados. Tendré que ponerme un relleno en la barriga, ¡qué vergüenza! Y mi barba… ¡la estoy perdiendo! A este paso tendré que usar una falsa. ¿Quién va a creerse que yo soy Santa Claus de verdad? Pero como hay que actuar rápido he decidido preparar el trineo con mis renos y repartir los regalos como cada año. ¡Este año voy cargado de libros! Os tengo que dejar porque tengo todavía mucho trabajo. ¡Feliz Na…! Bueno, dejémoslo.

Santa Claus”.

Los tres se miraron entre sí y asintieron con la cabeza. ¡Si Santa Claus repartía regalos ellos no iban a ser menos! ¡Los querían sacar del calendario…sólo faltaba que este año no aparecieran! Tantos años luchando por mantenerse…Entonces el  de los renos se haría dueño y señor de las navidades. ¡No señor! ¡A preparar los camellos!

Y aquel año, como todos los años, el veinticinco de Diciembre y el seis de Enero las calles se llenaron de cajas vacías de juguetes, los contenedores de vidrio se llenaron de botellas de vino, de cava, de champán. Las reuniones  familiares se sucedían en todos los hogares alrededor de una mesa en la que rebosaba la comida, dando la impresión de  que alguna parte del planeta vivía para comer y no comía para vivir .Se halagaba al que más engullía y al que conseguía llegar al final probando todos los suculentos manjares. Empezaban comiendo el veinticuatro de diciembre y seguían hasta el seis de enero. Se deseaban felicidad y otros calurosos deseos y no se volvían a ver…hasta las próximas Navidades.

El siete de Diciembre los Reyes Magos y Santa Claus descansaban en sus respectivos hogares. La Navidad no había aparecido. Pero ellos habían actuado exactamente igual que cada año. Ellos y todo el planeta. Todos habían notado algo, sucesos extraños e inusuales en esa época del año. Pero celebraron la Navidad como siempre. Como siempre pero sin ella. Ella no había acudido ese año. Entonces, los cuatro se preguntaban qué era realmente lo que habían celebrado ese año y los anteriores. La Navidad no…

****

Y ella soñaba…soñaba que algún día encontraría el mismo hilo mágico que usó Ariadna para ayudar a Teseo a salir del Laberinto.  Si ellos conseguían ver la magia del hilo,  agarrarse a él… tal vez conseguirían encontrar el camino, la salida del laberinto  en el que se habían perdido sus vidas. Si conseguían vencer al Minotauro volverían con ella.