Coral

Autor: Mariola Díaz-Cano Arévalo.

Ilustradores: Laura Vazval y Julio Roig.

Corrector: Federico G. Witt.

Género: relato (a partir de 13 años)

Este relato es propiedad de Mariola Díaz-Cano Arévalo y sus ilustraciones correspondientes son propiedad de Laura Vazval y Julio Roig. Quedan reservados todos los derechos de autor.

CORAL

—Sabemos que colaboró con el nazi John Rabe en Nanking.

—Colaboraría con cualquiera que quisiera salvar a gente indefensa de una matanza.

—Entonces no lo niega.

—Es usted muy perspicaz.
—Tenga cuidado con sus ironías, oficial.
—Y usted con su tono acusatorio. Y yo no tengo ningún rango

.
—Es usted un oficial dela Armada Real.
—Ah, sí, es verdad. Es oficial que ese hombre que usted dice que soy lleva desaparecido veinte años, pero lo que yo quiero saber es si este… interrogatorio también es oficial, porque tengo muchas cosas que hacer y ya he perdido demasiado tiempo.
—Todavía debe responder a más preguntas.
—Me parece que no.
—Sí. No niega ninguno de los actos que le he…
—No niego ninguno de los actos de alguien que se llama Lung. Usted se los atribuye a James Thomas Bates, pero yo no puedo probar esa identidad, y ustedes tampoco.
—¿No puede o no quiere?

La pregunta se quedó flotando en el aire durante unos segundos, pero quien la había formulado borraba el gesto desafiante cuando Lung se puso de pie.
—Oiga, uno de sus capitanes más incompetentes me ha perseguido y acosado, obligándonos a mi tripulación y a la suya a meternos en una tormenta que nos ha puesto en gran riesgo a todos. Pero hemos arribado a puerto y he venido aquí voluntariamente para que me estén tratando, como poco, de desertor y criminal. Así que, a no ser que me hagan una acusación formal por algún delito probado contra intereses británicos en esta jodida parte del mundo, no tienen derecho a retenerme. Por lo tanto, me marcho ahora mismo.

Entonces, cuando el capitán Lung iba hacia ella, la puerta del pequeño despacho se abrió.

Un hombre de abundante pelo y espeso bigote cano entró con paso tranquilo pero firme. No era alto, pero sí de constitución fuerte. Las arrugas de la frente y alrededor de los ojos le endurecían la mirada traslúcida, y su uniforme de vicealmirante no denotaba la impresión inmediata de autoridad, sino que la realzaba porque le emanaba innata.

—Gracias, Lawrence. Me ocupo yo. Retírese.

Habló con la vista fija en Lung pero en un tono tal que el subordinado saludó y se marchó sin más.

Un minuto después los dos hombres seguían mirándose. Lung admitió para sí que había tenido mucha suerte sorteando fantasmas durante tanto tiempo, pero que tarde o temprano tendrían que aparecer. El más importante ya lo había hecho, y él también era uno. Ahora, aquél.

—Vaya… Si es usted el hombre que veo, sí que he envejecido. Por favor, siéntese
—dijo con una voz profunda, gastada por órdenes y salitre. Sin embargo, Lung permaneció inmóvil, aunque no evitó sentir el casi olvidado reflejo de cuadrarse. El fantasma sonrió con decepción, pero tampoco se sentó—. Bien, entonces concédame unos minutos para comprobar que de verdad perdimos a aquel joven guardiamarina tan diestro cuya inexplicable desaparición lamenté sinceramente.
—Parece que hoy se empeña todo el mundo en confundirme.
—Pero yo no soy todo el mundo, James. Sé que al menos no ha renegado de su nombre, como me ha contado su encantadora hija Yi Ze.

En un segundo, Lung sintió la sangre palpitándole en las sienes.
—¿La han traído? ¡Les dije que no la…!
—No se altere, por favor. Se ha presentado por voluntad propia y sí que se ha empeñado en hablar con «alguien que no fuera un simple uniforme». Parece que ha heredado su carácter y se la ve más que dispuesta a todo.
—¿Sigue aquí?
—No, se ha marchado. Y me ha rogado que le pida que la disculpe. Intuía que a usted no le iba a gustar su iniciativa, pero creo que será indulgente con ella. ¿Me equivocaré también?

Lung tuvo que suspirar y desvió un momento los ojos hacia el suelo; después los volvió a fijar en su antiguo y muy respetado instructor, el capitán de navío Francis M. Constable.

—Ya he contestado a todo lo que me han preguntado. ¿Qué más quieren?
—¿Qué quiere usted?
—¿A qué se refiere?
—Por sus servicios. Tengo entendido que son caros pero muy eficaces.
—No soy un mercenario y, en cualquier caso, no trabajo para ningún país.
—En su barco ondea la bandera china.
—Estamos en China y mi barco ha tenido grandes daños por culpa de uno de los suyos.

—Sí, me he enterado y me disculpo. Murray es algo impetuoso y poco diplomático, y yo mismo me he ocupado de reconvenirle debidamente, así como de que le sean abonados a usted todos los gastos por las reparaciones necesarias.

Lung se inclinó un poco hacia delante.

—¿Están intentando comprarme?

Esta vez quien suspiró fue Constable, que también se acercó pero dejó de mantener la firmeza en su gesto.

—Estoy intentando comprarle yo. Me gustaría contar con su experiencia en este país para que me ayudara.
—¿La Armadano puede ayudar a sus vicealmirantes?
—Es un asunto personal.
—Pues hay muchos otros como yo que…

—Pero usted tiene una hija. Hace dos meses que desapareció la mía aquí. Por eso he venido.

Lung vio en sus ojos la especial tristeza de la desesperación más absoluta. Cedió un poco.

—¿Y qué hacía aquí su hija?
—Se casó el año pasado. Su marido es arqueólogo y en marzo vinieron con una expedición al este de Shanghai. Sé que es temerario, según están las cosas ahora con esta guerra civil.

—Sí, lo es. ¿Pero está seguro de que han desaparecido? Quizá se hayan desplazado. Las comunicaciones no están nada bien.

—Sé que el ejército rojo pasó por allí y no encontró ningún rastro, tampoco de que hubiera habido algún tipo de… desgracia.
—¿Lo ha denunciado a las autoridades?

—Sí, pero ¿un marino inglés y con esta guerra?
—Constable negó con la cabeza y enseguida añadió—: Llevábamos tiempo sabiendo de usted, pero ha resultado ser bastante esquivo. Y la verdad es que es difícil reconocerlo. El pelo, la barba y ese tatuaje… ¿Qué fue?, ¿una quemadura?

Lung quiso acabar.

—Perdone, pero me temo que no sé en qué podría ayudarle, así que estamos perdiendo el tiempo y ambos lo necesitamos.

Constable lo detuvo dando un paso hacia él.

—Espere. Fueron ustedes la promoción más brillante que formé y, aunque cometí errores, no creí que me considerara una amenaza. ¿Lo fui?, ¿lo soy ahora?

—¿Cómo puedo saberlo? No tengo nada que ver con ustedes.

Entonces Constable se puso frente a él.

—Recuerdo bien sus ojos, y mis recuerdos no me los puede negar. Por eso sólo le pido que me permita darle mi versión de lo que pudo ocurrirle al joven Bates, pero si usted no me la acepta y no está dispuesto a nada, lo comprenderé. Si es verdad que lo perdimos y, sobre todo, lo perdió su familia, yo también se lo aceptaré. Pero si no, déjeme creer que mi hija también está bien y, por supuesto, no ha tenido razones para querer desaparecer.

La mirada de Constable fue tan reveladora que Lung decidió contestar, pero lo hizo en silencio. Sólo echó un vistazo a las paredes que los rodeaban.

—Entiendo —asintió Constable—.

Dígame el sitio y la hora. Yi Ze significa ‘feliz y brillante como una perla’. Me lo puso mi madre. Yi, además, significa otras cosas: ‘alegre’, ‘amable’ y ‘recordar’ o ‘acordarse’. Quizá por eso tengo tan buena memoria, aunque, tristemente, no de ella. El tío Tejón me decía que no pasaba nada, porque sólo tenía que mirarme al espejo para verla; si además lo acompañaba cuando tocaba el ku cheng entonando la última canción que me aprendía, su cara reflejaba que ella nunca se había ido.

No sé por qué conjuré su inexistente recuerdo cuando llegamos a Shanghai. Posiblemente porque mi madre actuó en dos ocasiones en la populosa y cosmopolita ciudad, y su éxito había sido tan enorme que se estuvo hablando de ello durante largo tiempo.

Ella se había emocionado mucho y comentó a menudo que le gustaría ir más e, incluso, que no le importaría vivir allí. Unos años más tarde el capitán Lung me llevó a mí.

Y es que, después de su larga recuperación, de su asociación con el tío Tejón y de encontrarme, el capitán quiso alejarse de Hong Kong, aunque estábamos bien en la casa de Lantau. Muy confuso y profundamente dolido por lo que le había pasado, y por mi madre y por mí, decidió que nos marcháramos.

No era una huida, ya que, supuestamente, él estaba muerto y a mí me habían abandonado. Pero quiso asegurarse por el causante de esa situación: mi padre. Y mientras éste continuara existiendo, el capitán sabía que nunca estaría tranquilo si, al no aparecer el cuerpo de James Bates, en algún momento —y a pesar de su mezquindad y falta de escrúpulos— Anthony Highmore pudiese albergar la duda de esa muerte o interesarse por mí.

Así que durante un tiempo vivimos en Shanghai.

Fue allí donde el capitán se hizo con el Old Oak, de una pequeña flota de mercantes cuya naviera había quebrado en la gran crisis mundial del 29. Los propietarios, americanos, habían tenido que vender —o más bien regalar— más de la mitad de sus barcos, y otros habían quedado inmovilizados en los muelles más alejados del bullicioso puerto. Uno era el Old Oak, y el capitán lo compró con una parte de las primeras ganancias serias que había obtenido con Tejón, pero, sobre todo, con lo conseguido en la primera y única partida de cartas que jugó en su vida.

Fue única porque nadie mejor que él podía saber lo que era tentar a la suerte, así que cuando ganó aquella inmensa suma, también supo que jamás volvería a jugar.

Ilustración de Julio Roig

Ilustración de Julio Roig

También fue allí donde yo comencé a ir a la escuela y conocí a mis primeros amigos. Hasta entonces, el tío Tejón me había enseñado la caligrafía más básica, que para mí era como un juego de dibujos, y luego yo se la enseñaba al capitán, que me la traducía y era con quien hablaba en inglés. Con cinco años recién cumplidos era una niña muy despierta, y el capitán, aunque inseguro todavía de poder —y querer— dejarme sola, sabía que yo necesitaba empezar a ser independiente y, más que nada, relacionarme con otros niños. El tío Tejón se mostró más reacio: que si aún era muy pequeña, que él podía seguir ocupándose… Pero al final entendió que sería lo mejor para mí.

Así que no mucho después de instalarnos, el capitán me llevaba al sitio que pensó que le daba más garantías: la misión de San Miguel, que estaba bajo protectorado francés y llevaban unas monjas de la orden de santa Clara.

La responsable era la hermana Isabelle, una mujer llena de bondad, que entonces tenía unos cuarenta y cinco años y hacía más de veinte que estaba en China. El capitán le dijo que les pagaría aquel favor. Ella al principio se negó: acogían a huérfanos, abandonados y enfermos, la mayoría niños.

No obstante, también tenían casos como el mío, ya que había muchos padres occidentales que, por distintas circunstancias, dejaban allí a sus hijos; incluso —aunque excepcionalmente— alguna pudiente familia china de ideas más abiertas también los llevaba para que tuvieran una educación más amplia. Sin embargo, el capitán insistió y ella terminó cediendo, conmovida por la imagen de aquel marino serio y de exquisitas maneras que, a pesar de su aspecto con la espesa barba y el inquietante tatuaje del cuello, no podía disimular su juventud y ya había sufrido el drama de quedarse solo con una niña tan pequeña y mestiza, con lo que eso suponía.

Así que, mientras el capitán ponía a punto el Old Oak, me dejaba en San Miguel por las mañanas y me recogía por la tarde, y si no él, el tío Tejón. Y en cuanto pudo navegar, no tardó en prestar servicios a San Miguel en forma de excedente especial de los cargamentos, sobre todo cuando eran de telas y alimentos, que empezó a hacer por la bahía y destinos cercanos. Sólo puso una condición a la hermana Isabelle: que, si fuera posible, evitaran imponerme cualquier tipo de creencia religiosa. Él no las tenía y prefería que yo conociera todas las clases de dioses —celestiales y terrenales— sin que me dijeran cuál era mejor o peor. La hermana Isabelle, muy respetuosa, entendió y aceptó.

De modo que, con un padre que siempre solía aparecer con obsequios como golosinas, ropa, comida o medicinas, me salieron amigos de todas partes. Y de entre ellos, sólo Xue, Rong y Huo se convirtieron en los mejores.

A Xue la había encontrado la hermana Lorene en un recóndito callejón dentro de un cesto. Era una niña y había nacido con un pie deforme, una condena segura para ella si no la hubieran recogido. Así que Xue siempre estaba a su lado y era muy tímida. Rong tenía a su madre pero ésta trabajaba día y noche y no podía dejarlo solo en casa.

Y Huo era uno de esos niños de buena familia que recibían clases aparte. Algo mayor, siempre quería ser el líder en todo. Era vehemente e impulsivo, pero también muy generoso y dispuesto a defender al más débil o cualquier causa perdida. Al principio me tuvo indiferencia por ser más pequeña, luego envidia porque sabía inglés, y después consideró que sería más productiva una alianza conmigo que una enemistad. Así que terminamos haciéndonos inseparables.

Pero entonces empezaron a recrudecerse los problemas con los japoneses, hasta que estalló el conflicto abierto.

Si tengo algún recuerdo verdaderamente claro de aquellos días es el de la bahía plagada de buques de guerra apuntando sus cañones a la costa; pero, en especial, de la silueta oscura, tan amenazadora, de los submarinos que de vez en cuando emergían o se hundían silenciosos, como aquellos monstruos marinos de los cuentos del tío Tejón. Que el capitán fuera inglés no suponía ninguna seguridad, pero su rápida negociación con los japoneses le permitió llegar a un acuerdo para trasladar a la población extranjera de Shanghai.

Yo había conocido a algunos niños japoneses, hijos de comerciantes, que de repente un día habían desaparecido. Había visto y oído el desprecio y las burlas hacia ellos; a mí también me las habían dirigido a veces por mi piel blanca. Yo no me sentía distinta a nadie y solía acallarlas respondiendo que la piel era de mi padre y todo lo demás de mi madre, y los dos se habían querido mucho. Me sentía satisfecha, pero sólo mucho más tarde entendí que, en realidad, esa unión era la más abominable.

Sin embargo, cuando más consciente fui de lo mal que estaban las cosas fue al oír discutir como nunca al tío Tejón y al capitán. Fue una noche en el Old Oak, donde volvíamos a estar tras dejar la pequeña casa de la ciudad. Ya me había dormido y me despertaron las voces. El tío Tejón llevaba semanas en las que tan pronto estaba malhumorado como triste, y muchas veces lo sorprendí maldiciendo y con los ojos llenos de más que rabia. Yo pensaba que era porque la mitad de la tripulación se había marchado para luchar, y ellos tenían que hacer el doble de trabajo. Sin embargo, esa noche el tío también quiso irse y se enfrentó con Lung.

Que si él no entendía por qué se combatía ya que aquéllos no eran su país ni su gente; sólo era otro extranjero más haciendo fortuna con lo que era de China, igual que los malditos japoneses y sus abusos y afrentas durante tanto tiempo. Sólo era otro inglés, y bien que se los conocía por piratas y explotadores de cualquier suelo del mundo que pisaran. Lo que ocurriera con los que habitaran allí nunca les había importado. Y tal vez, sólo tal vez, a él podría disculparlo porque había mostrado gotas de buena sangre al haberse encargado de una criatura condenada como yo, pero…

El tío Tejón no acabó y yo, que me había acercado a la puerta entreabierta del puente y no había entendido bien aquella última frase, me quedé inmóvil al asomarme un poco y ver que el capitán solamente daba un paso hacia él. No lo tocó, pero para mí fue como si de pronto se hubiera convertido en un gigante que fuese a levantar la mano para aplastarlo. Después le habló con una voz tan tranquila que me asustó más.

—Te debo la vida y nunca te la quitaré, Tejón, pero vuelve a hablarme así o intenta envenenar a la niña con ese discurso y te juro por esa vida que desearás no haber nacido. Y ahora, si quieres ir a que te maten, adelante. Así ya no te deberé nada.

Ya no los vi discutir más.

Al final, también tuvimos que marcharnos de Shanghai. El capitán ayudó a evacuar San Miguel y fue entonces cuando perdí el contacto con mis amigos, porque Rong ya no estaba y la familia de Huo, cuyo padre era militar, se había ido antes. Sólo Xue se quedó con las monjas, y durante la travesía a lugares más seguros pudimos estar juntas.

El capitán, sin embargo, realizó más viajes a Shanghai para trasladar a refugiados que vinieron de Nanking. Lo hizo después de conocer a dos trabajadores de la fábrica alemana de Siemens con sede allí que habían contado lo que pasaba.

Alemania tenía firmado con Japón un pacto que, supuestamente, protegía a sus ciudadanos. El responsable de la fábrica, John Rabe, había creado un comité internacional y una zona de seguridad para la población civil dentro de la ciudad con la ayuda de más europeos. Rabe, afiliado al partido nacionalsocialista, incluso había apelado al propio Hitler para llamar la atención sobre el conflicto. Sólo ganó tiempo para ir sacando poco a poco a los civiles que pudo. Muchos se quedaron a medio camino de Shanghai pero otros sí lo lograron y también contaron de primera mano el infierno dela Ciudaddel Cielo, un infierno sólo comparable al que más tarde se desató en Europa y sólo superado por la inigualable devastación del Japón al final de la guerra mundial.

El capitán Lung, al que, después de haber burlado a la muerte una vez, no se le pasó por la cabeza volver a conjurarla en ninguna lucha más que en la suya propia, decidió que, al menos, combatiría así en aquélla. Al fin y al cabo, un dragón de esos mares lo había mecido bajo el agua para devolverlo a la vida. Así que el Old Oak, donde por primera vez ondeó la bandera británica, estuvo haciendo travesías entre destructores de la marina imperial japonesa durante buena parte de aquel aciago invierno del 37 y el 38. Después retornó a Lantau, aunque apenas estuvimos un año antes de trasladarnos a la cercana isla de Hainan, a la ciudad de Sanya.

Allí, la presencia japonesa tras la invasión era menor, así que vivimos relativamente tranquilos durante algunos años; yo, incluso, feliz, puesto que para mi enorme sorpresa me encontré de nuevo con Huo. Y es que el coronel Wu, su padre, había perdido un brazo y lo destinaron allí, donde tenían parientes lejanos.

Huo y yo íbamos a una escuela internacional y el capitán supervisaba también mi formación, aunque fue una época en la que estuvo muy ocupado: conoció a João de Gonzalves y… se enamoró, o al menos eso me pareció, porque hasta entonces nunca lo había visto estar mucho tiempo con una mujer. Ella se llamaba Lin Yuan y era enfermera en un hospital. Era simpática y muy guapa, con ojos muy rasgados y boca redonda. A mí me gustaba, y el capitán parecía haberse vuelto tan chiquillo como yo, incluso se afeitó la barba y todavía lo parecía más. Sin embargo siempre tenía tiempo para mí y, así, también me enseñó a nadar bien y a bucear.

Las playas de Sanya y de la vecina bahía de Yalong eran de una arena muy fina y blanca, con aguas transparentes de fondo poco profundo y preciosos arrecifes de coral. Huo y yo íbamos con frecuencia con más amigos, y a veces también venía el capitán, sobre todo cuando éramos pequeños. Apostábamos a ver quién aguantaba más la respiración, distinguía más estrellas o erizos, o contaba más pececillos. Después, al cumplir los catorce años, y coincidiendo con su relación con Yuan, el capitán me dejó una libertad inimaginable para otras chicas de mi edad. De modo que fue una época inolvidable porque dejamos de lado un poco el siempre tenso ambiente que nos rodeaba y la guerra mundial, pero también porque Huo y yo nos hicimos más que amigos.

El primero que lo vio fue el tío Tejón. Yo solía volver a casa para contar que Huo había hecho esto, aquello y lo otro, que me había regalado un collar de coral, que habíamos ido a este sitio o al otro…
—¿Solos?

—No, no, tío, ¿cómo se te ocurre?

El tío asentía con la sonrisa de «a mí no me engañas y lo sabes, pero ten cuidado, porque tu padre se va a enterar y yo no me haré responsable». Por supuesto que el capitán se enteraba, pero le bastaba con mirarme para saber que si de verdad me ocurría algo importante, se lo diría. Y ocurrió.

Fue un beso —el beso— al regresar un atardecer; el regalo por mis dieciséis años; para mí, el mejor de toda de mi vida, pero también el más corto. Al día siguiente, Huo me decía que se marchaban. Los japoneses se rendían aquel final de agosto tras la hecatombe nuclear sufrida y el gobierno reclamaba a todos los jefes militares para controlar su retirada de China. Además, Huo quería seguir los pasos de su padre e iba a alistarse.

No tuve que decir una palabra cuando el capitán me vio al llegar aquella tarde, y su consuelo tampoco las necesitó porque simplemente se pasó la media noche que no pude dejar de llorar con su brazo rodeándome los hombros. Sólo cuando el llanto me agotó le oí decir una única frase.

—Eh… Habrá otros mejores y más bonitos, ya lo verás. Y siempre tendrás los míos, ¿verdad?

Fue mucho más tarde cuando me enteré de que ese mismo día él había roto con Yuan; el fin de la guerra también significaba su vuelta a casa y, como por arte de magia, el capitán se convertía en el extranjero blanco terminantemente prohibido para su familia. Sin embargo, fue él quien se sintió un idiota por ser incapaz de aprender la lección.

Yo ya sólo volví a la playa una vez para nadar hacia los arrecifes, sumergirme y esconder entre ellos el collar de coral. Después le pedía por favor al capitán que me dejara acompañarlo.

Ilustración de Laura Vazval

Ilustración de Laura Vazval

Al verme frente a San Miguel, no pude evitar un sentimiento tan triste como alegre. Shanghai todavía mostraba muchas huellas de la guerra y la misión por poco no había sido totalmente destruida. Pero ahora todo parecía igual, con los mismos sonidos. Aún no había entrado por la puerta principal cuando oí la voz desde detrás.

—¿Yi? ¿Eres tú, Yi? ¡Sí, sí, eres tú!

Los pasos descompensados y el tono de campanilla. La sonrisa de Xue se había hecho grande y luminosa, y creo que a mí me salió igual.

—¡Xue, qué bien estás! ¡Qué guapa!
—¡No, no, tú sí que lo eres! ¿Pero cómo…? ¿Cuándo has llegado? ¿Y tu padre?

—Espera, espera…

Nos quedamos mirándonos de arriba a abajo y por fin nos abrazamos con más risas.

—¡Ven, vamos a que te vea la hermana Isabelle! ¡Qué sorpresa, qué alegría!

Entonces, cuando entraba con ella, me fijé en el hábito que vestía. Sí… ¿qué otro destino si no? Acepté el pensamiento de mala gana. Quizás también me negaba a aprender lecciones. Pero enseguida entendí, al ver a la hermana Isabelle en una silla de ruedas. La hermana Lorene había fallecido de una disentería al regresar tras la guerra y ella había sufrido un accidente, pero habían logrado reconstruir la misión con ayuda de las tropas internacionales.

La hermana Isabelle había envejecido mucho; sin embargo, su mirada canela seguía siendo firme y cálida a la vez. Salimos al porche del patio y hablamos toda la tarde. Me veían tan distinta, tan… mayor…; y yo me reí, pero todas nos admiramos de cómo nos habían cambiado esos años. Se entristecieron mucho al saber del tío Tejón, aunque no les conté la verdad de su final.

—Pero tu padre está bien —dijo la hermana Isabelle.

—Sí, sí. Tendría que haber venido ya, nos íbamos a encontrar aquí. Debe de haberse entretenido —contesté yo, algo preocupada por el retraso del capitán.

—Pues Huo también tarda. ¡Ah, pero si con tantas cosas no te lo hemos dicho! —Xue se dio un golpecito en la frente y yo me quedaba sin aliento—. También regresó y viene muchos días, aunque… —Xue se calló y miró a la hermana Isabelle, como buscando su permiso y a la vez disculpándose. Ésta sólo asintió levemente con la cabeza, pero pude advertir sus mutuas miradas tanto de tristeza como de resignación. Xue continuó, volviendo a sonreír—: Ha cambiado un poco, pero… bueno… también nos habló de lo que tú nos has contado.

Entonces apareció el capitán Lung acompañado del señor Constable, de quien tan grata impresión me había llevado. Xue estuvo a punto de echarse a sus brazos, dándole el mismo recibimiento que a mí, y él también la saludó cariñoso, igual que a la hermana Isabelle. A ambas les conmovió el brillo en los ojos que él les mostró, pero yo aprecié que ya lo traía y también observé el respetuoso segundo plano que adoptaba el señor Constable.

—¿Qué necesita, Isabelle? —preguntó el capitán—. Estaremos aquí un tiempo y creo que podré recuperar algún contacto.

—Quédense a cenar para celebrarlo. Con eso será suficiente por ahora.
—Por favor, déjenme ofrecerme también como intermediario para lo que sea —intervino el señor Constable.
—De verdad, las cosas están mucho mejor.

Pero, por el tono y una nueva mirada cruzada con Xue, tanto el capitán como yo supimos que no era así.

—Ah, hola, buenas tardes… No sabía que…

Wu Huo se paró en el primer escalón del porche y, cuando nos giramos y nos vio, su cara pasó de la sorpresa a la seriedad más inmediata. Yo creí que me quedaba prendida en sus arrebatadores ojos negros y su figura del hombre que estaba empezando a hacerse. Pero entonces también vimos a los dos soldados que lo flanqueaban, todos con el gesto adusto y el uniforme del éjercito rojo. ¿Huo… un comunista? ¿Con un padre como el suyo al que había querido imitar y que había adorado a Chang Kai Chek? Nuestra sorpresa también fue grande.

Y mientras nos observábamos, yo quise verme otra vez sumergiéndome bajo el agua de nuestros corales, pero la sentí fría y turbia. Enseguida le retiré la mirada para buscar la siempre clara del capitán.

Mariola Díaz-Cano Arévalo

Julio 2011

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Un circo bajo las aguas

Autora: Chus Díaz

Ilustradora: Ana Menéndez

Corrector: Federico G. Witt

Género: microrrelato, fantasía, terror ( a partir de 13 años)

Este cuento es propiedad de Chus Díaz, y su ilustración es propiedad de Ana Menéndez. Quedan reservados todos los derechos de autor.

UN CIRCO BAJO LAS AGUAS

Todos mis recuerdos del abuelo tienen sabor a mar. Cada vez que volvía de uno de sus viajes de marino a tierras lejanas, traía consigo infinidad de regalos e historias asombrosas. Mis hermanos se abalanzaban sobre él en cuanto entraba en casa, impacientes por descubrir qué les regalaría en aquella ocasión. Una pulsera de coral rojo para mi hermana. Un extrañísimo instrumento musical para mi hermano. Yo esperaba a que se calmara el torbellino fraternal, y sólo entonces me acercaba al abuelo. No me importaban sus regalos: lo que deseaba era que me contase alguna de sus historias sobre el mar. Y el abuelo, consciente de ello, siempre tenía a punto una nueva aventura capaz de sorprenderme.

En sus relatos convivían piratas intrépidos, tesoros hundidos, isleñas bellísimas, barcos fantasma y monstruos colosales. Pero la historia que más me gustaba, la que le pedía que me repitiera una y otra vez, hablaba de un circo submarino. No sé por qué me fascinaba tanto. Quizás porque otros adultos podían contar leyendas de piratas o sirenas, pero nadie más que el abuelo parecía conocer la existencia de aquel circo. O quizás porque mi inocencia infantil me hacía creer que era cierta.

El abuelo aseguraba que aquel circo bajo el mar era similar a los que podía ver en tierra firme. Un ejército de caballitos de mar anunciaba su llegada con gran alboroto. Entonces el circo instalaba su carpa de algas entre bosques de coral y atraía a los habitantes del lugar. Sirenas, tritones y todo tipo de seres marinos acudían a contemplar el espectáculo. Disfrutaban con los números imposibles del pulpo malabarista, las locuras del pez payaso o la osadía del domador de tiburones tigre. Todos ellos conducidos por un elegante delfín que actuaba como jefe de pista.

Cuando el espectáculo terminaba, las sirenas aplaudían. Y lo hacían a su particular manera, agitando sus colas alegremente. Decía el abuelo que era ese movimiento el que provocaba unas olas tan grandes cuando el mar estaba picado. «¿Lo dices en serio, abuelo?», preguntaba yo, asombrado. Él no contestaba. Tan solo esbozaba una sonrisa enigmática, y yo daba por hecho que su silencio confirmaba la historia. Durante años, observé con envidia las olas que rompían en la arena los días de mar revuelto, lamentando no poder ser testigo de aquellos números circenses.

El tiempo acabó con mi inocencia y jubiló al abuelo. Dejó su trabajo, pero nunca abandonó su pasión por el mar. Yo seguía pidiéndole que me contara historias: me gustaba ver cómo revivía la ilusión en aquellos ojos cada vez más cansados.

Para entonces, la historia del circo submarino había evolucionado hasta volverse inquietante. El abuelo situaba ahora su relato en las profundidades más oscuras del océano, parajes sin explorar habitados por criaturas que el hombre ni siquiera podía imaginar. El circo se había transformado en una feria llena de fenómenos monstruosos. Dos sirenas siamesas, unidas por la cintura pero con colas independientes, que entonaban tristes melodías de amor trágico. Una tortuga barbuda de aspecto temible. Medusas capaces de hipnotizar al público con su danza. Un kraken terrorífico que a veces rompía sus cadenas para subir a la superficie y acabar con la tripulación de algún barco desprevenido.

Pero el número estrella de ese circo insólito, el que más llamaba la atención de las sirenas, tritones y otros seres marinos que lo visitaban, era un humano enjaulado. Según el abuelo, siempre se trataba de un marinero, un pescador o un náufrago capturado por sorpresa. Atraído con engaños por el canto seductor de las sirenas siamesas, el hombre era encerrado en una urna de cristal y exhibido en el circo hasta su muerte.

Si yo sonreía al comprobar cuánto había exagerado la historia, el abuelo se irritaba. Juraba que lo que explicaba era real y que más me valdría creerlo. Entonces yo recuperaba mi inocencia infantil por un instante; dejaba que la mirada grave del abuelo me hiciera plantearme si aquel relato podía ser cierto. Aunque mis dudas, claro está, duraban poco.

Ilustración de Ana Menéndez

Ilustración de Ana Menéndez

No sé por qué me ha venido a la memoria esa historia precisamente ahora, después de tantos años sin pensar en ella. O puede que sí lo sepa. Mi barca lleva días a la deriva. He perdido la noción del tiempo, pero confío en que alguien habrá notado mi ausencia y vendrá pronto a rescatarme. El hambre, la sed y el cansancio empiezan a hacer mella en mí. Será por eso que, desde hace un rato, en mi cabeza resuena un canto bellísimo. Son voces femeninas que me envuelven. Me acunan. Me invitan a quedarme dormido.

Sé que ese canto es fruto de la desesperación y sólo existe en mi mente. ¿O suena realmente en el exterior?

El ojito de Osi viaja al fondo del mar

Autor: Mª del Carmen Moreno Alférez.

Ilustrador: Marta Herguedas.

Corrector: Federico G. Witt

Género: Cuento infantil.

Este cuento es propiedad de Mª del Carmen Moreno Alférez, y su ilustración es propiedad de Marta Herguedas. Quedan reservados todos los derechos de autor.

EL OJITO DE OSI VIAJA AL FONDO DEL MAR

Yo era un ojo. El ojo de un osito de peluche. El osito de peluche de Irene que, como estaba tan sucio que ya no parecía ni blanco, mamá echó a lavar. Y yo era, simplemente, aquel ojo que estaba suelto y, con los movimientos de la lavadora, se desprendió. Pequeño como un botón y negro como el azabache.

Ilustración de Marta Herguedas

Ilustración de Marta Herguedas

Di vueltas y vueltas en la lavadora hasta que me mareé y ya ni veía. Y, entonces, una fuerza misteriosa tiró de mí y viajé en una corriente de agua, primero por un desagüe y después por la red de alcantarillado de la ciudad. Como yo era de plástico, flotaba, y así viajé, impulsado por las corrientes subterráneas hasta acabar en el mar. En el fondo del mar. Y debí caer muy profundo, porque todo estaba muy oscuro y no lograba salir a la superficie. Así que me dejé llevar por las corrientes submarinas, nadando de un sitio para otro. Y vi cosas maravillosas…

En el fondo del mar no hay flores, pero hay corales, y yo bailé con ellos, meciéndome al compás de una balada imaginaria, de un lado para otro, dejándome llevar, siguiendo su ritmo. Y así estaba, bailando, cuando pasó una bandada de peces pequeños, muy pequeños, pececitos que por no tener no tenían apenas color. Les pregunté si podía ir con ellos y me uní a su viaje. Fuimos nadando (o buceando) camino a Narbunco, que era la ciudad donde vivían los peces. Me habían contado tantas cosas de ella que estaba deseando verla y saber cómo es ese lugar donde los peces tienen su hogar. Casi habíamos llegado cuando unos caballitos de mar nos salieron al asalto. Me quedé muy quieto mientras los peces comenzaron a nadar, lentamente, en sentido contrario. Los caballitos no debían de saber dónde estaba Narbunco. Pero yo quería jugar. Entonces tuve una idea: me subí a lomos del capitán de los caballitos. «Ja, ja, haremos la guerra a esos peces. ¡Al ataque!». Pero la batalla acabó antes de comenzar, porque los peces salieron corriendo. «Sí que temen a los caballitos», pensé.

Ilustración de Marta Herguedas

Ilustración de Marta Herguedas

Fue entonces cuando oí un ruido detrás de mí, un ruido como el que hace el agua cuando sale por el desagüe del lavabo después de que Irene se haya lavado la cara. Giré lentamente la cabeza y vi a un pez espada que nos miraba amenazante y abría la boca para comerse al capitán; pero no se lo comió, porque el capitán fue más rápido y, extendiendo y encogiendo su cola, salió corriendo. Con el impulso del caballito salí despedido hacia atrás, me quedé rezagado y el enorme pez me ingirió.

Ana, la madre de Irene, estaba sacando la colada: una camisa, dos braguitas, unos pantaloncitos, el osito de Irene… Al coger a Osi, se detuvo un instante: le faltaba uno de sus ojitos. Siguió sacando la ropa con mucho cuidado, sacudiéndola antes de tenderla, por si el ojito de Osi estaba entre ella, pero no apareció. «Tendremos que hacer algo antes de que Irene lo vea o se pondrá muy triste», pensó. Y, con mucho cuidado, lo colgó del tendedero colocando una pinza en cada una de sus orejas. «Quizá un botón pueda servirle de ojo, Irene no notará la diferencia», y sonrió feliz con su rápida solución al problema.

En ese momento entró Santiago, su marido, en la cocina. Como todos los domingos se había puesto los pantalones verdes impermeables, las botas de agua y ese chaleco todo lleno de bolsillos. Era el día que dedicaba a ir de pesca con sus amigos.

—Te has levantado muy temprano —dijo, dando un beso a su esposa. Se tomó, casi engulló, un café con una tostada y salió corriendo a reunirse con sus amigos.

En el embarcadero, movida por las olas, estaba anclada la barca de Santiago. Dos hombres, de constitución más bien delgada, esperaban ansiosos, levantando una bolsa que contenía aperitivos y dos packs de ocho latas de cerveza. Tras un breve saludo se instalaron en la embarcación. Unos minutos más tarde estaban en alta mar dispuestos a practicar su deporte favorito, la pesca. La mayoría de los días no pescaban nada, pero eso no era lo importante. Lo primordial era pasar un buen rato juntos y charlar de sus andanzas durante la semana. Pero ese día, además, la suerte sonrió a Santiago. Estaba contando una de sus mejores anécdotas del trabajo cuando su caña comenzó a moverse con fuerza.

—Tira, Santiago —gritaron sus amigos al unísono.

Santiago comenzó a recoger la tanza. Su sorpresa fue mayúscula cuando vio colgando del anzuelo un enorme pez espada. Todos se quedaron boquiabiertos cuando lo sacó del agua.

La sorpresa fue aún mayor cuando llegó a casa. Irene miraba el enorme pez con los ojos abiertos como platos. No paraba de repetir:

—¡Qué pez tan grande, papá! ¿Lo has pescado tú solito?

Mamá se llevó el pez a la cocina para limpiarlo y cocinarlo. Cuando le sacó las tripas vio algo inusual. «¿Qué es esto tan duro que te has tragado?». Puso el objeto bajo el grifo. La sangre se fue diluyendo y un objeto redondo, negro como el azabache quedó en la mano de mamá. «¡No me lo puedo creer! ¡Es el ojo de Osi!», pensó mamá. Secó el pequeño objeto con un paño de cocina, cogió del tendedero el osito y comparó el ojo que tenía en la mano con el otro que había permanecido inmóvil en el peluche. «Es idéntico. ¿Cómo habrás llegado al interior de ese pez? Nunca lo sabremos».

Fue al salón y del cajón de las manualidades sacó el pegamento. Puso un par de gotas en la parte trasera del ojo y lo colocó en su lugar. Lo apretó para que se pegara bien y, acto seguido, cogió un pequeño cepillo y peinó con esmero el peluche. «Ya está. Pareces nuevo».

En ese momento apareció Irene. Se puso muy contenta al ver su osito de peluche.

—Mamá, ¡qué limpito está Osi! Te quiero, mamá.

El osito sonreía camino a la habitación de Irene. Su ojo le había resumido sus aventuras bajo el mar.

Ilustración de Marta Herguedas

Ilustración de Marta Herguedas

El ahogo de las palabras

Autor: Irene Moreno Jara

Ilustradores: Reila y Rafael Mir.

Corrector: Federico G. Witt.

Género: relato

Este relato es propiedad de Irene Moreno Jara y sus ilustraciones correspondientes son propiedad de Rafael Mir y Reila. Quedan reservados todos los derechos de autor.

EL AHOGO DE LAS PALABRAS

Si Brasil hubiera sabido dónde iba a terminar su mensaje, seguramente no lo hubiera metido en una botella. El fondo del océano no es un buen lugar para que mueran las palabras. Pero claro, Brasil no conocía el destino de sus letras cuando las creó. Nunca pudo imaginar que su capricho se convertiría en una historia de amor como no hubo otra igual.

Todo comenzó el día que apuró una botella de agua. Tan bonita era que a Brasil le dio lástima tirarla a la papelera mugrienta que había a su lado, así que le secó las últimas lágrimas y se la guardó en la mochila.

Al llegar a casa lo único que rompía la rutina de la joven era el recipiente que ocultaba en su saquito personal. El silencio continuaba; la desilusión permanecía. La soledad se hacía perpetua.

Brasil mordisqueó sin ganas una manzana y se dispuso a irse a la cama. Sin embargo, sus planes se truncaron cuando, de repente, sintió deseos de volver a contemplar el cristal de la botella que permanecía guardada en su mochila de cuero.

La miró una y otra vez, la acarició suavemente y jugó con su pegatina rosa hasta que la despegó. Brasil no supo explicar lo que le evocaba aquel recipiente, pero se mostraba confiada, con ganas de revelarle sus más profundos pensamientos. Sin más rodeos, cogió lápiz y papel y vomitó dos palabras. Dos vocablos mal escritos que denotaban nerviosismo controlado y que hubieran resultado difíciles de leer si así hubiera ocurrido. Pero no.

Ilustración de Rafael Mir

Ilustración de Rafael Mir

Brasil enrolló el papel donde había colocado su mensaje y lo introdujo en la botella. En pijama y con chinelas salió a la terraza, abrió la cancela y anduvo hasta que llegó a la playa. Allí la luna la miraba y adivinaba sus intenciones: lanzar lejos la botella. Adiós, palabras; adiós, pensamientos.

Hola, Wilfredo.

Wilfredo era un cangrejo alegre, pero solitario, al que le gustaba indagar los rincones más oscuros del fondo del océano. Con un pasito para atrás y otro pasito para adelante (siempre y cuando le saliera), Wilfredo conseguía hacer cosquillas hasta al más duro de los corales. Sus patitas, curiosas e inquietas, nunca dejaban de remover la arena en busca de algún tesoro. Un día, el tesoro le cayó del cielo o, mejor dicho, de la superficie del océano.

Wilfredo quedó paralizado cuando un objeto no identificado se posó en la arena. A través de él vio que contenía algo blanco, algo alargado y con forma de tubito. Algo que, por el agua que se había ido introduciendo por el gollete, estaba mutando su forma y se estaba convirtiendo en una especie de sábana suave, ligera y sedosa. O eso le pareció a Wilfredo.

Con cautela, el cangrejo metió una de sus patas dentro de la botella y se introdujo en ella. A los pocos pasos ya había recorrido toda la superficie. Se sintió bien. Con sus pinzas cogió la enigmática sábana y, sin saber porqué, se tapó con ella. Allí permaneció toda la noche. O todo el día… En el fondo del océano no existe el tiempo.

Ilustración de Reila

Ilustración de Reila

Pasaron las horas y los días para los humanos mientras pasaban las corrientes para Wilfredo, y cada noche volvía al mismo lugar, a su botella. La había convertido en su guarida, en su escondite seguro. Pero tal y como ocurre en todas las vidas y en todos los mares, nada es eterno, y todo lo que muta vuelve a mutar.

Llegó el día en el que Wilfredo se tapó con su sábana y notó algo extraño. Hacía más frío de la cuenta dentro de la guarida. La sábana había perdido su suavidad, ahora era más frágil que nunca y al cangrejo le daba miedo cogerla con sus pinzas porque podía dañarla. Sin embargo, el crustáceo siempre encontraba la manera de cobijarse bajo ella, hasta que llegó el día que ni esto pudo hacer.

La sábana se deshizo, se descompuso en pequeños trozos. Wilfredo no pudo asistir a su muerte, pero cuando llegó a la botella, como cada noche, vio a la que había sido su compañera rota en pedazos. De sus enormes ojos brotaron dos lágrimas gigantes, tan grandes que casi inundaron la botella. Sin embargo, como huyendo de lo que se avecinaba, las gotas se escurrieron por el gollete y se mezclaron con el mar.

A partir de ese día, Wilfredo no volvió a salir del recipiente. Más solo que nunca, su vida se tornó rutinaria, silenciosa. Una vida desilusionada, justo igual que la vida de Brasil.

Si la joven hubiera sabido dónde iba a terminar su mensaje, seguramente no lo hubiera metido en una botella. No por la posibilidad de que sirviera de sábana a un cangrejo llamado Wilfredo, sino porque el pensamiento, SOMOS ESPUMA, siempre buscaría su destino: hacerse realidad en el fondo de un mar.

Irene Moreno Jara

Tres miradas nocturnas

Autora: Chus Díaz

Ilustradores: Susana Rosique y Rafa Mir

Corrector: Federico G. Witt

Género: microrrelatos, fantasía, intriga, humor

Estos cuentos son propiedad de Chus Díaz, y sus ilustraciones correspondientes son propiedad de Susana Rosique y Rafa Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor.

TRES MIRADAS NOCTURNAS

 Luna

Cuando Luna sale a escena, blanca y pletórica, todos se fijan en ella. Unos la admiran y lanzan suspiros poéticos, inspirados por su belleza. Otros la envidian y urden terroríficas leyendas a su costa. Se diría que a Luna, radiante en su teatro nocturno, le halaga tanta atención. Pocos conocen la verdad; a casi nadie ha dejado ver su cara oculta. Luna detesta el protagonismo: prefiere pasar desapercibida y ser ella quien observe a su público.

La cara oculta de Luna es tímida y un tanto voyeur. Le gusta espiar el mundo a través de una mirilla secreta abierta en medio del cielo. Desde su escondite, sigue los pasos de los seres que habitan la noche. Astrónomos curiosos, búhos sabiondos, juerguistas noctámbulos, niños insomnes, lobos transformistas, amantes cariñosos…; todos, tan pequeñitos ahí abajo, tienen encanto para ella. A veces, algún soñador desvelado sale a la terraza para observar el cielo con su telescopio. Si, por casualidad, localiza la mirilla y sorprende a Luna espiándole, ella le guiña un ojo cómplice y sonríe con travesura.

Luna juega a descubrir la vida de esos seres pequeñitos. Trata de imaginar su destino y su procedencia. Intenta adivinar cómo se llaman, qué libros leen o cuál es el sabor de su helado favorito. Algunas noches, si se siente creativa, inventa historias mágicas sobre ellos.

Hoy, por ejemplo, se fija en una mujer que camina sola en plena ciudad. Luna deduce que los dedos fríos del otoño le hacen cosquillas en la nuca, porque acaba de subirse el cuello de la chaqueta. Se dirige con paso decidido a un callejón oscuro. Si avanza con tanta prisa, no hay duda: seguro que acude al encuentro de su amor.

Desde su escondite, hoy es Luna quien lanza suspiros poéticos presintiendo escenas de lo más bellas. Y es que su cara oculta es una romántica sin remedio.

Ilustración Rafael Mir

Ilustración Rafael Mir

Ella

Un callejón solitario. Noche sin luna a finales de octubre. Ella avanza con paso apresurado, ignorando el frío que le araña las mejillas. Sus manos, en los bolsillos. Las llaves, en su mano izquierda, preparadas para abrir en cuanto llegue al portal.

Nunca ha temido volver sola a casa. Esta noche, sin embargo, algo le hace estar alerta. Cree que la observan. Aprieta las llaves dentro del bolsillo: se siente más segura así. Como si ellas pudieran protegerla de cualquier peligro.

Un cosquilleo en su nuca. No sabe si lo causa el frío o esa extraña sensación que la persigue. Recorre el callejón atenta a cualquier movimiento. Le parece oír un sonido ajeno, pero descubre que no es más que el eco de sus propios pasos.

Aun así, está intranquila. Agudiza sus sentidos mientras sigue caminando. Detecta otro ruido, y entonces comprende que no es su andar lo que oye ahora. Es algo más ligero, que se mueve con sigilo entre las sombras. Su corazón se acelera.

Un movimiento rápido, casi imperceptible. Cuando quiere darse cuenta, se ha plantado frente a ella: es un gato negro, negrísimo como la noche. Sus miradas se cruzan. El gato la observa, desafiante. Ella se pone en guardia, precavida. Instantes interminables. Entonces el gato pierde interés y sigue su camino. Ella respira hondo, pero su corazón late a mil.

Avanza rápido. Quiere llegar a casa cuanto antes. Saca las llaves del bolsillo, decidida a utilizarlas como arma si alguien la ataca.

Un último paso hasta el portal. Lanza miradas de reojo a ambos lados. Sigue con esa incómoda sensación de estar siendo observada. Ahora es incluso más intensa. Le tiembla la mano. Casi no atina con las llaves, pero al fin logra introducir la correcta en la cerradura.

Le sorprende un nuevo ruido justo cuando empieza a abrir la puerta. Algo golpea el suelo. Se asusta. Entra en casa tan rápido como puede. Cierra de un golpe. Se lanza a toda prisa escaleras arriba.

Su carrera precipitada le impide escuchar un maullido.

Ilustración Susana Rosique

Ilustración Susana Rosique

Gato

«¿Cómo puede un gato llevar una vida de perros? Paradojas del destino», reflexiona el minino mientras camina. No aguanta más al viejo hechicero para el que trabaja. Horas extra a manta, reproches expresados a gritos y un sueldo con el que apenas alimenta a su familia. Le gustaría cantarle las cuarenta bien cantadas, pero no está la situación como para ir perdiendo empleos. La crisis también afecta al negocio de la hechicería.

Arrastra las patas con cansancio. No ve el momento de llegar a casa y dar un lametón a su mujer. «Los pequeños ya deben de estar durmiendo. Me estoy perdiendo cómo crecen», se lamenta el gato. Está tan sumido en sus pensamientos que no ha visto a una mujer acercarse por el callejón. Cuando repara en ella, es demasiado tarde para reaccionar.

Los gatos negros suelen esconderse para evitar enfrentamientos con los humanos. Existe un acuerdo formal entre los miembros oscuros de la comunidad felina. Reconocen que son mágicos, y de ahí que trabajen con hechiceros; pero en ningún caso provocan mala suerte. Les gustaría explicarlo, aunque no saben cómo justificarse sin que los humanos descubran que saben hablar y que son muchísimo más inteligentes que ellos. Discuten en asambleas la mejor forma de organizar una campaña para limpiar su imagen. Por ahora, las autoridades gatunas recomiendan esquivar situaciones conflictivas.

En un acto de rebeldía felina, el minino decide ejercer su derecho a moverse libremente por una ciudad que también es suya. No es cierto que cause mala suerte, así que no tiene nada de lo que avergonzarse.

Cuando gato y mujer se encuentran, se produce un duelo de miradas. Él puede leer el terror en los ojos de ella, y eso le satisface. «No es nada personal, bonita, pero te ha tocado», se dice, sin dejar de observarla con aire desafiante. Está harto de que le acusen de cuentos de viejas. Está harto de que le discriminen por ser oscuro y nocturno.

Tras unos segundos, el gato cede. Deja de torturar a su víctima. La mujer se aleja con paso rápido; él sonríe, malicioso, y sigue su camino en sentido contrario. Entonces, sin saber cómo, tropieza y se da de bruces contra un contenedor. Una caja de cartón se cae y rebota en su cabeza antes de llegar al suelo. «Para que luego digan de los gatos negros», se queja, dolorido. «¿No serán los humanos quienes traen mal agüero?».

Ese dolor agudo es la chispa que enciende la mecha. La tensión acumulada durante la jornada no tarda en estallar. El minino se gira para mirar a la mujer, que desaparece ya en uno de los portales. Con toda la rabia posible, grita: «¡¡¡BRUJA!!!».

Un cuentillo sencillo

Autor: Rosina Peixoto
Ilustradores: Laura Vazval y Almudena Cockadoodledoo
Corrector: Federico G Witt
Género: cuento infantil

Este cuento es propiedad de Rosina Peixoto, y sus ilustraciones correspondientes son propiedad de  Laura Vazval y Almudena Cockadoodledoo. Quedan reservados todos los derechos de autor.

UN CUENTILLO SENCILLO

Era viernes por la noche. La señora Ventura había llamado a la agencia de fumigación para que exterminara todo tipo de insectos que hubiera en su casa. Le resultaba muy desagradable ver cucarachas, les tenía una fobia desmesurada. Las moscas y mosquitos eran molestos. Los grillos no la dejaban dormir, aunque no sabía si quería que estos bichitos murieran, porque era muy supersticiosa y le habían dicho que matarlos traía mala suerte. Los insectos menos molestos, las polillas, le habían comido toda la ropa de invierno.

Se dio cuenta un día que decidió guardar la ropa de verano y de media estación para sacar las prendas más abrigadas. ¡Qué tristeza! Todas tenían agujeritos por doquier. Además la señora Ventura acostumbraba a guardar ropa que le había quedado chica: propia, de su marido, de sus hijos…; la iba amontonando en la parte más alta de los placares.

Los empleados de la agencia de fumigación, con máscaras y todo el equipo adecuado, hicieron el trabajo a la perfección. No se podía aguantar el olor a desinfectante, pero eso era mejor que estar invadidos por los insectos. La batalla campal había empezado. Para asegurarse de su triunfo, esta señora se había cerciorado de que no quedara una polilla, colgando bolitas de naftalina de cada percha.

Macarena era ajena a esa batalla. Le interesaba jugar a las muñecas en su habitación y salir al patio a conversar con su perro. Era una niña diferente, ya que podía entender el lenguaje de los animales.

Mientras dormía en su habitación, sintió algo que le tocaba la cara y lo sacudió con su mano. Pensó que estaría soñando, ¿o era realmente su madre, que la acariciaba? ¿No sería un fleco de la manta que la había rozado?

Extendió su manita y prendió la luz. Sobre la almohada yacía una mariposita de color marrón claro, café con leche. Se incorporó y le empezó a hablar:

—¿Qué pasa, amiguita? Pareces enferma. ¿Cómo te llamas?

—Soy Loquilla, la polilla. Sí, me siento muy enferma, intoxicada, casi muerta.

Ilustración de Laura Vazval

Ilustración de Laura Vazval

—¿Qué te ha pasado?

—Es fácil darse cuenta. Hoy de mañana vinieron unos hombres y echaron veneno por todos lados, para matarnos. Muchas de mis amigas murieron; me salvé porque pude esconderme en un dedal, adentro de un costurero. Cuando los empleados se fueron, salí medio tambaleante, un poco grogui, pero sana y salva.

—¿Quieres que te dé algo de comer?

—No, gracias. No puedo comer. Las larvas comen, yo soy una polilla adulta.

—Me siento tan triste por lo que te pasó y responsable porque mi mamá fue la que organizó todo esto…, pero estoy feliz de verte bien. ¿Me puedes explicar qué es una larva?

—Claro, amiguita. Cuando nacemos, estamos adentro de un capullo. ¿No has visto unos niditos pegados en los ángulos donde se juntan las paredes o en el techo? Esas larvas se nutren comiendo seda o algodón hasta que se convierten en adultas.

—Entonces, ¿son unos insectos dañinos? ¿Le hacen mal a la gente?

—No, déjame explicarte. En mi caso y en el de muchas amigas solo comíamos ropa que estaba en desuso, a veces guardada sucia.

—¿Cuál es la diferencia entre comer ropa nueva o vieja? Se hace daño igual.

—Mira, Maca. Soy la organizadora del grupo de beneficencia Despréndete de lo que no uses, puede servirle a otros. Queremos dejar una enseñanza. Si las personas tienen ropa guardada sin usar por más de dos años, esa ropa nunca se usará.

—Ah, comprendo. Hay mucha gente que la necesita.

—Veo que estás entendiendo. Sí, hay mucha pobreza y debemos ayudar a los carenciados. Esta es nuestra causa.

Conversaron tanto que Macarena y Loquilla se durmieron.

Al día siguiente Macarena se despertó y recordó todo lo vivido la noche anterior. Miró en su almohada, pero Loquilla había desaparecido. Con mucha tristeza se dirigió a la cocina, pronta para desayunar. La señora Ventura estaba amontonando varias bolsas gigantes llenas de ropa. Macarena le preguntó qué estaba sucediendo, parecía una nueva mudanza. Su madre le contestó:

—Ayer, de noche, tuve un sueño. Una polilla flaquilla hablaba contigo y te dejaba su enseñanza.

Ilustración de Almudena cockadoodledoo

Ilustración de Almudena cockadoodledoo

—Sí,  ¿cómo adivinaste? Era mi nueva amiga: la polilla Loquilla.

—Tengo tanta ropa guardada y hay tanta gente necesitada que pasa frío que decidí llevar esas bolsas a una obra de caridad.

Los ojitos de Macarena se le iluminaron y pudo sonreír. Sabía que tenía una nueva amiga, aunque su vida fuera efímera. Después vendrían otras parientas y más amigas. Macarena siempre recordará el sabio consejo de la flaquilla polilla Loquilla.

El Búho. Una nueva aventura del capitán Lung

Autor: Mariola Díaz-Cano Arévalo

Ilustradores: Virginia Berrocal y Enric Valenciano

Corrector: Federico G. Witt.

Género: negro (a partir de 13 años)

Este relato es propiedad de Mariola Díaz-Cano Arévalo y sus ilustraciones correspondientes son propiedad de Virginia Berrocal y Enric Valenciano. Quedan reservados todos los derechos de autor.

El Búho. Una nueva aventura del capitán Lung

El Old Oak estaba al pairo.

El barco tenía nombre de árbol porque lo era, o eso me había contado el capitán, que el alma de todos los barcos era de madera. Pero, en realidad, el Old Oak se llamaba así por un roble muy viejo que había detrás de la casa familiar del capitán, a las afueras de Bristol, y bajo el cual estaba enterrado su hermano menor.

Ilustración Enric Valenciano

Ilustración Enric Valenciano

Pasé la mano por la borda e intenté recrear su memoria en el tacto, pero nunca llegaba a conseguirlo, como tampoco podía imaginarme a los niños Bates encaramándose a él. Quizá porque me parecía imposible que uno de ellos, que en ese momento nadaba y buceaba junto al costado de estribor, lo hubiera sido alguna vez.

Entonces, su voz atronadora me llegó desde el agua.

—¡Yi! ¿Qué haces ahí? ¡Vuelve dentro ahora mismo!

Sí, de niño tenía poco. Yo mostré mi mejor sonrisa mirando primero las grandes nubes al oeste y luego hacia abajo.

—¡Me encuentro bien! ¡Querría ayudar! —pude exclamar con suficiente energía.

—¡Maldita sea! ¡He dicho que te metas dentro ahora mismo, ¿me oyes?!

—Anda, obedece. Tiene un mal día. —Li Ming, el piloto, que estaba anotando lo que el capitán le decía desde el agua, se me había acercado.

—Sí, y ayer, y el día anterior…

—Ya lo sé, pero has estado muy enferma. Sigue preocupado, y esta avería por los bajíos…

—¿Los bajíos? ¡Pero si hemos pasado muchas veces por aquí!

—Había una niebla muy espesa. Hemos rozado un poco.

Me estremecí. No podía ser posible.

—¿Estaba él de guardia?

—Hubiera pasado de todos modos, apenas se veía y…

—¡Ming, vuelve aquí ya! ¡Yi, por Dios que si me haces subir, te arrepentirás!

—Vamos, entra —me apremió Ming—, no lo estropeemos más.

Obedecí, pero para irme a la cubierta superior y salir otra vez. Me asomé con cautela, aunque sabía que no me descubrirían. Al poco, el capitán se acercaba a la escala para subir con cierto esfuerzo. Ming le tendió un albornoz. Entonces la brisa a favor me trajo sus palabras:

—La brecha no es grande, pero no me gusta. Quiero atracar en dos horas.

—Sabes que estamos a más de tres.

—Hoy no. Me da igual si Zhong tiene que quemar máquinas. De todas formas, las reparaciones llevarán tiempo.

—Entonces no necesitamos forzar.

—¡Sí! ¡No voy a desviarme a alta mar con la tormenta que se aproxima, ni a acercarme más a la costa con la marea bajando, ni por supuesto me voy a quedar aquí!

—Sólo pensé que…

—¡No hay nada que pensar, así que da la orden ya!

A Ming se le borró su habitual gesto tranquilo.

—Eh, entiendo que esto te haya enfadado, pero ese tono sobra. Llevamos mucho lamentando esta mala racha, y a mí podrás hablarme como quieras porque nos conocemos, pero los hombres nunca te habían visto así y Yi no se lo merece. Deberías alegrarte de verla recuperada y levantada.

El capitán puso los brazos en jarra:

—El papel de Tejón te viene grande.

—Y a ti el de inglés.

—Resulta que soy inglés.

—Sí, pero si de repente lo conviertes en un problema, te aseguro que podría ser serio; no conmigo, pero sí con los hombres. Saben quién eres porque nunca lo has ocultado, pero tanto sobresalto no les gusta, sobre todo a los que también tienen una historia, y después de un revés como el pasado… Y en cuanto a Yi, ya no es ninguna niña y también lo saben, igual que tú.

—¿Has acabado?

—No, pero me parece que tú sí.

—Da esa orden, y si no estamos atracando en dos horas, yo te aseguro que no tendré ningún problema en dejar en tierra a quien lo desee. Y Yi es asunto exclusivamente mío. ¿Está claro?

—Sí, hace tiempo que está muy claro que es muy tuyo.

Vi que el capitán se quedaba en silencio durante unos segundos. Luego dio un paso, casi encarándose a Ming, y habló con la voz muy ronca:

—¿Vas a decir algo más?

—Ya lo he dicho —Ming no se arredró.

Entonces el capitán se dio la vuelta y echó a andar hacia popa. Ming resopló y también se giró, pero para caminar hacia las escaleras exteriores de proa que conducían al puente. Enseguida el Old Oak se empezó a mover y yo volví a mi camarote, algo nerviosa. Poco después oía los golpes llamando. El capitán tenía los ojos enrojecidos por la sal, y el pelo húmedo le mojaba el cuello del jersey arremangado. Lo noté cansado tras el gesto adusto.

—Perdóname —dijo—. No he debido gritarte antes. ¿Cómo estás?

Me puso una mano en la mejilla, pero enseguida quiso retirarla. Yo se lo impedí reteniéndosela por la muñeca.

—Creo que mejor que tú —contesté.

—Es que no quisiera que recayeses.

—Tú sí que deberías perdonarme por no haberte dejado descansar estas noches.

—No digas tonterías.

Me atreví:

—¿No has cambiado de idea?

—Yi, por favor…

Entonces lo solté y jugué mi última carta:

—He vuelto a soñar con el búho.

El capitán Lung pareció querer dejar de ser mi padre cuando Hong Kong se emborronó en el horizonte quedándose con los sangrientos restos de quien sólo me había engendrado y abandonado. Pero las sospechas de que su sombra podría ser tan poderosa como alargada nos llevaron a pensar que quizá su visita no hubiese sido sólo a título personal y las autoridades británicas también tuvieran información de que James Thomas Bates había vuelto a la vida; así que la desaparición de aquel diplomático y sus escoltas podría propiciar una búsqueda de explicaciones que ni el primer oficial Bates ni el capitán Lung querían dar.

Yo, menos afectada de lo que creí —o eso me pareció—, había querido insistir en que el oficial Bates no tenía que esconder o lavar su nombre y, muy al contrario, se merecería exponer su verdad y recobrar su identidad y, por supuesto, recuperar a su familia. Pero el capitán Lung se empeñó en no querer saber nada. Así que, en un primer momento, decidimos poner agua de por medio, aunque no apresuradamente, y fuimos a Macao, ya que el capitán tenía allí una entrega pendiente que había retrasado por lo ocurrido en Hong Kong.

Era una de esas entregas infrecuentes y especiales que sólo aceptaba si el valor de la mercancía era una verdadera fortuna. El servicio podía ser mucho más gravoso si era más o menos lícito o arriesgado y si el cliente tenía un nombre suficientemente importante o solvente. La tasa todavía podía ser mayor si se trataba de un favor personal. En aquella ocasión, se daban todos los factores más un jugoso adelanto que había cubierto las gestiones en Goa.

João de Gonzalves era un naviero lisboeta con un enorme capital que había convertido en inmenso al trasladarse a aquella parte del mundo. Las razones para abandonar su patria nunca habían estado muy claras, pero eso no le había impedido establecerse en Macao. Y de unos comienzos en los que se asoció con otros compatriotas, pasó a hacerse con el control absoluto de una de las más importantes flotas de cabotaje y buques de mediano calado que se movían por el archipiélago. Sus barcos transportaban todo tipo de productos y tocaban todos los puertos de las costas de China y Filipinas.

Gonzalves conoció al capitán el día que el Old Oak se topó con uno de sus mercantes, que iba a la deriva en el estrecho de Formosa tras una rotura del motor, y lo remolcó hasta Macao. Resultó que Gonzalves iba supervisando esa primera travesía del carguero y su agradecimiento fue tal que le propuso al capitán constituir una sociedad al cincuenta por ciento. Pero Lung declinó la oferta porque tenía una niña de diez años y pasaba largas temporadas en tierra o hacía travesías cortas; no obstante, también se lo agradeció y Gonzalves le insistió en que él no olvidaría la ayuda prestada en aquella complicada situación.

Lo que Lung no olvidó durante los días que disfrutó de la lujosa hospitalidad del naviero fue el inmediato y magistralmente disimulado interés que le prodigó Sabina, la esposa de João. Sólo fueron dos días, pero ese tiempo fue suficiente para que el capitán advirtiera que aquella mujer era tan deslumbrante, inteligente e irresistible como peligrosa, y él hacía mucho tiempo que no quería complicaciones con mujeres, y menos con una así y casada con alguien que te podía ofrecer medio mundo tan rápidamente como borrarte de él.

Sabina de Gonzalves llevaba una intensa vida social en el ambiente más selecto de Macao. El matrimonio no había tenido hijos —ni parecía que los hubiera querido— y ella se dedicaba a las antigüedades regentando personalmente una de las más reputadas tiendas de la rua de Estalagens, con obras de arte y joyas que conseguía en muchas otras partes de China o traía desde Europa. Así que se consideraba orgullosa no sólo de su posición, su clase y su belleza, sino también de haberse hecho un nombre por sí misma y no depender sólo de su marido; pero, sobre todo, de permitirse caprichos especiales.

El capitán Lung supo al instante que se había convertido en uno, de modo que mantuvo las distancias pero le hizo saber que distinguía su juego; y la rechazó con firmeza cuando la última noche ella lo abordó sin ningún reparo. Lo que le pareció más llamativo fue que João no sospechara que existieran aquellos devaneos o que, si conocía a su esposa, los aceptara, como ocurriría con otros que seguramente se producían. Pero no era asunto suyo, así que al día siguiente se marchó llevando consigo el acuerdo con Gonzalves de que tal vez en un futuro sí hicieran negocios.

Así fue, porque durante los diez años siguientes Lung realizó algún que otro transporte para Gonzalves, aunque evitó todo lo posible a Sabina. Pero ella no olvidó el insolente desaire de aquel capitán que no tenía donde caerse muerto.

Cinco meses antes, João se había presentado personalmente en Lantau para ver al capitán.

«Necesito a alguien como tú. Te aseguro que tus honorarios serán más que retribuidos; es más, saldaré completamente la cuenta pendiente por aquel rescate. Además, sé que a veces vas por allí, así que te pido el favor. Estará todo dispuesto para cuando llegues y no tendrás ningún problema, pero prométeme que serás tú, y nadie más, quien lo recoja. Es un regalo para mi mujer: una colección valiosísima que por fin he encontrado en la India».

Coincidió con la travesía a Goa; y desde allí, efectivamente, el capitán no tuvo ningún problema en acercarse al lugar indicado por Gonzalves en la detallada nota que le dio. Regresó con una valija no particularmente grande pero muy pesada y pulcramente precintada, que guardó en su camarote y de la que no habló, porque Joao no le había dicho de qué se trataba ni él lo preguntó. Lo único que no salió bien fue la vuelta, con un temporal imprevisto y varias escalas obligadas por ello.

Tras la travesía arribamos en Macao desde Hong Kong. Durante la misma, aunque el capitán y yo hablamos largo y tendido y supe mucho más de mi historia y la suya, acepté sin duda que mis sentimientos por él ya habían cambiado, y no podía llamarlo padre aunque siguiera considerándolo —y queriéndolo también— como tal. Sé que a él le ocurría igual, pero su desconcierto y su dilema eran mucho mayores.

Quizá por mi especial estado de ánimo, en el que se mezclaban la tristeza por el querido tío Tejón y el miedo pasado en Hong Kong, no me di cuenta de que además empecé a no encontrarme bien. Y esa noche antes de llegar tuve un sueño que, molesta por no poder evitarlo, me produjo un mal presentimiento: un majestuoso búho volaba todo el tiempo sobre mi cabeza y, ya al final, se posó en una rama de un árbol seco y fijó en mí los enormes ojos amarillos. Después ululó tan fuerte que me desperté muy asustada.

Ilustración Virginia Berrocal

Ilustración Virginia Berrocal

Supongo que mi mitad occidental desdeñó la inquietud cuando me tranquilicé, pero en la oriental permaneció rondando el sombrío significado atribuido a aquellas rapaces nocturnas como heraldos de malas noticias, y de la muerte. Haberme criado y hallarme entre marineros —que, occidentales u orientales, son criaturas supersticiosas por naturaleza— no alivió mi desasosiego, pero pronto me despreocupé, ya que hacía años que no pisaba la preciosa ciudad de Macao, con su historia de pasado colonial de españoles, portugueses e ingleses, sus iglesias conviviendo con los templos a la diosa Á Má, sus faros y sus gentes.

Nada más arribar, el capitán Lung me hizo prometer que no desembarcaría sola bajo ningún concepto; me había dejado muy claro que, después de lo de Hong Kong, tardaría algún tiempo no en confiar en mí, sino en volver a lograr ser capaz de quitarme el ojo de encima sabiendo que yo ya debía tener mi vida. Así que me quedé haciendo mis tareas de supervisión y control de la intendencia y los gastos.

El capitán regresó pronto de ver a Joao y quedar con él para entregarle su encargo por la noche, en una invitación a cenar que nos hizo el naviero. Después, pasamos el día en la ciudad y su serio y contenido ánimo pareció suavizarse.

—Vendrás conmigo —me dijo—. Ya sabes desenvolverte de sobra y no tendré que preocuparme. Además, nos irá bien algo de vida social.

Así que con el crepúsculo estábamos frente a la puerta principal de la gran casa de estilo colonial de los Gonzalves. Nos recibió el propio João, y su cara, al mirarme y saludarme tras la presentación del capitán, fue igual que las de la tripulación del Old Oak cuando me vieron vestida para la ocasión.

Lo cierto es que yo tampoco estaba acostumbrada a ese aspecto tan distinto del habitual como uno más de la tripulación. Aquel bonito vestido entallado de seda color azafrán, cuello cerrado y cinturón ceñido lo había comprado esa mañana con el capitán, y su expresión fue la primera que me confirmó que había acertado. Y algo más. Fue el mismo algo que vi en todos y que João de Gonzalves, que me pareció un hombre muy atractivo, unos años mayor que el capitán, de pelo negro con algunas canas, bigote fino y figura estilizada, mostró claramente y con admiración.

—Me parece que tu fortuna es superior a la mía, Lung, porque esta joya no tiene precio— dijo el naviero, acompañándome, galante.

Sin embargo, sé que si me sentía cohibida era por el capitán, por su también diferente apariencia, en la que ya hacía tiempo que yo reparaba tanto, con aquel sobrio traje oscuro y camisa blanca con corbata tostada como su piel, que aprisionaba al dragón de su cuello pero no lo ocultaba. Por él y por otra de sus lecciones: la que buscó cuando apareció Sabina de Gonzalves.

La bellísima mujer de largo pelo castaño, ojos de aguamarina y maravillosamente vestida me intimidó sólo el minuto que tardé en verle la mirada, fría y a la vez sorprendida, que le dedicó al capitán. Su comentario al saludarme tampoco ayudó a que me pareciera simpática:

—Ah, pero no nos habías dicho que tu hija era… de aquí, lo cual es mucho más exótico, desde luego.

El capitán compuso una de aquellas sonrisas que sólo hacía con los labios para responder con unas palabras que me conmovieron:

—No, Yi es única, y mucho más que mi hija.

No obstante, la velada discurrió bien y a los postres João anunció la razón real de aquella cena. Se cumplían veinte años de su matrimonio y, por fin, había conseguido el regalo más deseado por su mujer gracias a nuestra colaboración. Pero como un trato era un trato, no dudó en ser el primero en poner delante del capitán un cheque por un valor tan exorbitante que éste se quedó sin habla durante unos momentos. Era tanto que, aunque no disimuló su perplejidad, en los ojos del capitan apareció un brillo del recelo; un brillo que sólo yo distinguí.

Pero Gonzalves debió intuirlo también y se apresuró a decirnos que aquella cifra no era nada en comparación con lo que había en la valija. Hasta Sabina mostró una genuina incertidumbre cuando, al fin, Lung se la entregó a João y éste disfrutó mucho con la pequeña ceremonia para desembalarla.

El estuche de madera de ébano labrada y cerrojo de plata ya valía de por sí medio viaje, pero cuando Gonzalves lo abrió y retiró el exquisito paño de terciopelo negro, el asombro fue aún mayor, el mío en particular: envueltas en paños idénticos, y dentro de compartimentos a su medida, había unas figuras de unos veinte centímetros de alto. João tomó con delicadeza una de ellas y la destapó. Era de oro macizo, con los perfiles de piedras preciosas y dos fabulosos diamantes como ojos.

Sabina se llevó una mano a la boca para ahogar una exclamación. La mía se quedó atascada, pero me cambió la cara. João se rió diciendo que nuestra impresión estaba más que justificada, y su mujer se le echó a los brazos, pletórica de emoción por aquel maravilloso tesoro que se creía perdido y que él le había conseguido por fin tras tantos años de búsqueda. El capitán, sin embargo, reconoció mi expresión y me preguntó con los ojos. Yo apenas pude devolverle la sonrisa.

Las figuras representaban cuatro[1] búhos.

Sin poder evitarlo, me vino a la mente todo lo que había ocurrido desde que el estuche embarcara en el Old Oak. Aquella aprensión era infantil y rídicula, y sin embargo me sentí incapaz de deshacerme de ella, e incluso me angustió tanto que tuve que sentarme. Me excusé diciendo que seguramente me había sentado mal el vino de la cena, o el licor, al no estar acostumbrada a tomarlos, pero el capitán supo que había algo más y me hizo contárselo cuando salimos un momento al patio de la casa. Insistí en que era una tontería porque la situación me hizo sentir más niña, enrabietándome cuando había querido demostrar todo lo contrario aquella noche, pero él me obligó.

Media hora después nos disculpábamos: era algo tarde, el día había sido ajetreado y el capitán tenía previsto regresar a Lantau la mañana siguiente, lo cual era mentira. Sé que no lo hizo porque hubiera tomado en serio mi sueño, sino por verme tan irracionalmente afectada aunque quisiera parecer despreocupada. No debí de tener mucho éxito y él me conocía bien.

Cuando me despedía de João de Gonzalves, medio oí a Sabina decirle unas enigmáticas palabras al capitán: «Siempre nos has salido muy caro, Lung».

En realidad no era demasiado tarde, pero la noche estaba bastante oscura y el lujoso barrio de los Gonzalves distaba mucho del puerto. Tampoco era la primera vez que caminábamos solos, y yo siempre me sentía segura con el capitán. De modo que, quizá por ir distraídos más que confiados, no oímos los pasos hasta que salieron de la callejuela que cruzábamos ya llegando al puerto.

Eran tres, apenas vimos sus caras y la rapidez de sus movimientos fue tal que al capitán sólo le dio tiempo a hacer frente a uno mientras me decía que corriera. Yo ni siquiera pude pensarlo, porque otro me tapaba la boca, me agarraba los brazos y me tiraba al suelo. El capitán se deshizo de su atacante maldiciendo y gritando que me soltaran, pero su voz se apagó ante el golpe que la tercera sombra le daba con una estaca y lo hacía desplomarse. Y a mí, no sé si fue porque durante mi débil forcejeo también me golpeé con el pavimiento o debido a tantas impresiones seguidas, me venció un súbito mareo.

Cuando desperté estaba en el Old Oak, en mi camarote y con Ming a un lado, mirándome con una cara casi más pálida que la mía pero que sonrió al instante. Ni siquiera tuve que preguntar, porque el capitán Lung apareció en ese momento.

Tenía una venda alrededor de la cabeza y otra en una de las manos. También sonreía, pero sus ojos jamás habían estado tan apagados ni, sobre todo, habían reflejado tanta furia y pena. Se sentó donde estaba Ming y ya no se movió en los siguientes tres días que transcurrieron, o al menos así me pareció a mí en medio de la niebla en la que me sumí a continuación. Y es que ya había enfermado de unas fiebres que no pudieron elegir mejor momento para aparecer.

Sí pude enterarme antes de que el ataque que habíamos sufrido quizá no hubiera sido casual: nos habían robado el cheque y nadie más que los Gonzalves podía haber sabido que lo teníamos; además, el capitán había oído ya millones de veces aquellas últimas palabras de Sabina. Sólo la herida de su cabeza y la más que dolorosa visión de mi cuerpo inconsciente en el suelo lo habían frenado y habían impedido que volviera a la casa al no haber sido capaz de controlar unas sospechas que no podía ver más claras aunque no podría demostrar. Quienes tienen tanto… Ming y los demás quisieron hacerlo por él, pero el capitán les ordenó que pusieran inmediatamente rumbo al norte, y salimos de Macao aquella misma noche.

—No, Yi, esto se ha terminado. No vamos a hablar más de búhos, números o mala suerte. Las cosas pasan y ya está, pero últimamente no han sido nada buenas y no quiero que continúen así para nadie, y mucho menos para ti.

Habíamos bajado al comedor, donde Wang, el cocinero, se había alegrado mucho de verme bien y nos había traído té muy caliente. A esa hora no había nadie más y el capitán se había sentado frente a mí en una de las mesas.

—¿Y crees que dejarme en tierra supone algo bueno para mí?

—Creo que me pediste que te enseñara cómo podía ser esta vida y lo he hecho. Pero te dije que sería durante un tiempo y que no iba a ponerte en ningún riesgo. Pues ya ha transcurrido suficiente tiempo, y desde luego ha habido más que suficiente peligro, así que se acabó.

—¿Por qué estás enfadado conmigo? —pregunté, más triste que molesta.

Él se sorprendió, pero sólo fue un instante antes de bajar la mirada.

—No estoy enfadado contigo, Yi.

—Pues lo parece. Y no lo entiendo. Ahora lo sé todo de ti y resulta que es como si… quisieras deshacerte de mí cuando…

—¡No digas eso!

—¿Ves como estás enfadado? —Saqué el as—: ¿Es por lo que pasó anoche? ¿Fue algo malo? ¿Por qué?

Me arrepentí al instante, porque los ojos se le licuaron. Y mientras, no pude evitar mirarle el dragón y recordar su sabor.

Fue el mismo sueño. El enorme búho impidiéndome moverme con su vuelo en círculos; esta vez me levantó en el aire. Al final también ululó mucho más fuerte, al tiempo que me dejaba caer al vacío, y mi grito debió de oírse en todo el barco. Había sentido un hilo de fiebre cuando me acosté, y el capitán se había vuelto a quedar hasta que me durmiera, pero él también lo hizo. Su sobresalto fue mayor que el mío, pero pudo encender la luz y mi alivio al verlo al lado fue tan grande que me abracé a él de inmediato.

Por supuesto no era nuestro primer abrazo, y sus besos en la frente, que de pequeña siempre me habían calmado otras tantas malas noches, siguieron surtiendo el mismo efecto. Tampoco los míos a su dragón eran nuevos: desde niña, y a causa de las historias del tío Tejón, había creído que aquel panlong tatuado quitaba todos los miedos, ya que había salvado al capitán y todos los dragones eran buenos y sabios. Así que aquella costumbre infantil no había cambiado, pero, en mi confusión y probablemente también en mi deseo, sí lo hizo la forma de mis besos.

El capitán había estrechado el abrazo y me acarició el pelo, para a continuación musitar mi nombre y apartarme despacio. Sus ojos de agua temblaban lo mismo que sus manos. No dijo nada más; yo tampoco. Sólo sonrió y comprobó que me tranquilizaba. Después me volvió a echar suavemente y me tapó. Luego me susurró que cerrara los ojos otra vez y me pasó un dedo sobre los párpados. No sé cómo fue posible, pero me dormí de nuevo.

—No, no fue nada malo, Yi… —contestó.

Entonces Ming apareció por la puerta, apresurado y con el gesto tenso.

—Lung, sube al puente. Tenemos visita y no sé cómo es.

Los dos nos pusimos de pie y en un minuto estábamos allí. Las nubes estaban casi encima y el Old Oak navegaba a toda máquina. El segundo oficial, Tseng Lao, manejaba el timón y dijo:

—Acaban de aparecer por la amura de babor y se han puesto a hacer señales.

El capitán cogió los prismáticos. Reconoció al instante la forma de navegar y ese primer movimiento de aviso. También distinguió la bandera. La Union Jack.

Maldito búho.

Mariola Díaz−Cano Arévalo

Junio 2011

 


[1] En la cultura china y oriental en general, el número cuatro es sinónimo de infortunio porque suena igual que «muerte». (N. de la A. ).

Monstruosa realidad

Autora: Anna Morgana Alabau

Ilustradores: Cruz Martínez y Jorge Torres

Corrección: Federico G Witt

Género: microrrelato, terror, suspense (a partir de 16 años).

Este cuento es propiedad de Anna Morgana Alabau, y sus ilustraciones correspondientes son propiedad de Cruz Martínez y Jorge Torres. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Ilustración de Cruz Martínez

Ilustración de Cruz Martínez

Oscurece, y lo siento tras de mí. Pero me digo que sólo son «paranoias», autosugestión por todo lo que he visto, oído y leído en las noticias.

Giro la esquina. Una más; una menos para llegar a casa. Sus pasos apenas suenan, pero su presencia me envuelve el corazón con dedos de hielo, esperando el momento justo para apretar.

Algo se mueve junto a él, en él, y me dice que es aquel de quien todos hablan aunque nadie conoce su nombre. No es necesario.

«Se nos conoce por nuestros actos», leí una vez en alguna parte, y sus actos no son sino la muerte y la desesperanza, el sufrimiento, la pérdida, el terror más profundo; el vagar de las almas turbadas que abandonan los cuerpos que siembra a su paso como macabras semillas.

Siento las lágrimas rodar por mis mejillas mientras en mi mente aparecen los rostros de todas sus víctimas, y me reconozco en cada una de ellas. Siento el pavor que sintieron, la incertidumbre, el desconcierto, la pequeña y fútil esperanza de que lograré llegar a casa, a la seguridad del hogar, antes de que sea demasiado tarde. Siento cómo centellea en mi interior, dándome fuerzas un instante para arrebatármelas al siguiente. Hasta que noto la frialdad atravesar mi cuello y su inmensa sombra cernerse sobre mí.

Ilsutración de Cruz Martínez

Ilustración de Cruz Martínez

—Perdóname —me susurra, mientras el calor de la sangre se derrama por mi piel y por la suya—. Tengo que hacerlo: no me queda otra opción.

Me besa las lágrimas y me abraza mientras la vida me abandona, y pienso, por un momento, que podría compadecerme de un monstruo como él, destinado a obedecer a sus instintos sin poder siquiera hacerles frente.

Luego pienso en mi madre, en mi hermana, en la hija que nunca tendré, y deseo que fuera otra clase de monstruo, con los mismos instintos que le doblegan y le subyugan pero con el poder de devolverme parte de lo que estoy perdiendo irremediablemente.

Y comprendo, por fin, la monstruosa realidad: por qué preferiría que fuese un vampiro y no un simple asesino.

Ilustración de Jorge Torres

Ilustración de Jorge Torres

La metamorfosis de Quito

Autor: Irene Moreno Jara

IlustradoresJordi Ponce y Pilar Puyana

Corrector: Federico G. Witt
Género: Relato fantástico (a partir de 7 años)
Este relato es propiedad de Irene Moreno Jara y sus ilustraciones correspondientes son propiedad de Pilar Puyana y Jordi Ponce, respectivamente. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La metamorfosis de Quito

 

Érase una vez, en un charquito sucio y pequeño, un mosquito inconformista que soñaba con convertirse en no sabía bien quién.

Quito, pues ese era su nombre, nació queriendo ser un león, creció esperando ser un elefante y ahora, casi en los últimos días de su vida, envejecía añorando ser un humano. Su madre, Moscaela, siempre le había reñido por querer ir a contracorriente, pero él había hecho trompetillas sordas y, aunque nada le había salido como había deseado, aún tenía esperanzas de hacer realidad su sueño.

Una noche, desobedeció las señales del destino y desplegó sus pequeñas alitas rumbo a lo desconocido. Lo importante para Quito no era el fin, sino el propio camino. Siempre le habían dicho que las encargadas de chupar la sangre eran las hembras, pero él se había negado a aceptar tal restricción. Tal vez su pincho no fuera lo suficientemente fuerte como para atravesar la piel, pero nunca subestimó sus poderes.

Así, con las ideas fijas y sus ansias de morder, se propuso demostrar al mundo que podría conseguir lo que se propusiera.

Su primera presa fue la más difícil. Quito sabía que para poder convertirse en vampiro lo primero que tenía que hacer era picotear el cuello de alguien que ya lo fuera. Pensó que nadie podría tener una sangre tan pura y sana como la de la bella Kita, una mosquita a la que sorprendió en el cristal de una ventana y pinchó casi sin que ella se enterara. Fue un mosquibeso, una muestra de pasión interesada propia de damas y dráculas y que hasta un minúsculo ser sabe realizar sin tener experiencia.

Quito ya tenía el poder.

Con un gatito negro topó nada más alejarse del charco. Como Quito apenas podía ver, no le asustaron los ojos amarillos del minino, que apenas se inmutó cuando el mosquito se posó en su oreja.

Con la suavidad propia de un inexperto, introdujo su pincho sin que el felino se inmutara.

Quito ya podía ver.

En su deambular volador por las calles oscuras, el mosquito se aburrió. Decidió alejarse al bosque, donde tuvo que elegir entre dos presas: un búho y un lobo. Fue este último el que ganó. A Quito le costó clavar su pincho en la piel peluda del lobo, pero con agresividad y coraje pronto lo consiguió. El lobo apenas sintió el bocado, aunque se mostró incómodo cuando al mosquito le crecieron, como por arte de magia, unos colmillos gigantes que desprendían un desagradable olor a hocico de perro.

Quito ya podía morder.

Ahora, con su nuevo estado, al mosquito le costaba más volar. Su peso había aumentado y, aunque ya casi tenía inutilizado su pincho, mover sus alitas se convertía en una tarea difícil de desempeñar. Sin embargo, y haciendo un gran esfuerzo, consiguió llegar a un gran lago. Allí, decenas de pájaros con patas gigantes mojaban su pico y se dormían a la luz de la luna.

Unas patas largas y fuertes eran lo que necesitaba Quito para poder continuar con su metamorfosis. Por eso, casi arrastrándose por la hierba, ocultando su dentadura y plegando sus alitas, llegó a los pies de uno de los flamencos y le hincó uno de sus colmillos. Rápidamente, el mosquito creció.

Quito ya podía correr.

Ilustración de Pilar Puyana

Ilustración de Pilar Puyana

Y como ya podía correr le pareció oportuno regresar a su lugar de origen, a la ciudad, para estrenar su nueva condición. Ahora, nada ni nadie se le resistiría.

Lo que más le extrañó es que, a pesar de su extraña apariencia, nadie le prestaba atención. Andaba por la acera con sus largas y flacas patas y nadie lo miraba. Se chocaban con sus alas y nadie se volvía. Encandilaba con su mirada amarillenta y nadie se tapaba. Chirriaban sus colmillos con el asfalto y nadie se sorprendía.

Por la cabeza de Quito rondó la posibilidad de haberse vuelto invisible, pero aquello era imposible. El cristal de los escaparates le iba proyectando la realidad, su nueva realidad. Poco a poco iba adquiriendo lo que él quería ser, algo aún sin calificación, pero que le fascinaba.

La autoestima del mosquito creció. Quería más: presas más difíciles, desconocidas, poderosas… Peligrosas.

De repente, se cruzó con alguien que llamó su atención. No por sus gafas oscuras en la mitad de la noche, sino por su olor a ira. Tampoco llamó la atención de Quito el gesto enfadado del puño de aquel hombre. Él fijó su mirada felina en los movimientos. Nunca había visto un cuerpo moverse en búsqueda del desastre, de la destrucción.

Aquel hombre fue una tentación para el insecto mutante. Temía los efectos de la sangre que pudiera correr por sus venas, pero sentía una llamada extraña hacia lo que sabía que estaba prohibido para él. Una vez más, iba a contracorriente y hacía trompetillas sordas a su conciencia.

Ilustración de Jordi Ponce

Ilustración de Jordi Ponce

Así, sin pensárselo más porque los nuevos pensamientos lo alejaban de su objetivo, Quito quiso demostrar que era un mosquito valiente, que nadie ni nada podían pararlo. Para él no había un NO. Tampoco existía el miedo.

Con la cordura propia de un mosquito y los autoconvencimientos propios de un insecto, Quito apuñaló con sus colmillos a aquel hombre a la altura del pecho.

Ahora sí, ahora había conseguido el festín sangriento con el que tanto había soñado. Nunca pensó que tanta sangre junta supiera a vinagre y doliera al tragar, pero de lo que verdaderamente se extrañó fue que sus alitas, sus colmillos, sus largas y estrechas patas y sus ojos desaparecieran.

Quito no sabía qué había ocurrido. Se sentía extraño, inquieto. Algo en él le recordaba a aquel hombre que yacía en el suelo, pero no sabía el qué. La gente seguía paseando por la calle sin inmutarse. Todo seguía sucediendo con una rutina impropia. ¿O tal vez propia? Para Quito todo era un desconcierto.

Con una frialdad ajena a su ser original, el mosquito continuó su camino hasta que se topó con un charquito sucio y pequeño. A pesar del color marrón del agua, pudo ver su reflejo en él.

Por fin.

Por fin Quito era un monstruo.

Un monstruo humano más.

El dragón perdido

Autora: Chus Díaz

Ilustradores: Benjamín Llanos y Julio Roig

Corrector: Federico G. Witt

Género: cuento infantil

Este cuento es propiedad de Chus Díaz, y sus ilustraciones correspondientes son propiedad de Benjamín Llanos y Julio Roig. Quedan reservados todos los derechos de autor.

EL DRAGÓN PERDIDO

Cada sábado por la mañana ocurría lo mismo. Mateo se acercaba a la biblioteca del barrio en busca de algo para leer durante la semana, pero nunca sabía qué escoger. Pasaba largo tiempo ante las estanterías repletas, revisando cada libro con gran atención. Todos le parecían interesantísimos y tardaba una eternidad en decidirse por uno.

Aquel sábado, Mateo dudaba entre una aventura espacial con ataques alienígenas o una historia de piratas cojos, mares embravecidos y tesoros enterrados. Ya casi se había decidido por los piratas cuando otro libro llamó su atención: en la imagen de portada, un caballero valiente luchaba contra un fiero dragón. Mateo hojeó el libro y descubrió más ilustraciones en su interior. En algunas aparecían de nuevo el dragón y el caballero; en otras, una bonita princesa. La historia prometía, así que no lo pensó más. Se llevaría aquella novela.

Después de mostrar el libro a la bibliotecaria para que lo apuntara, Mateo lo guardó en su mochila y salió de la biblioteca. Hacía una mañana espléndida, perfecta para jugar un partido de fútbol en el parque. Supuso que sus amigos estarían allí. Y no se equivocó.

—¡Ven a jugar con nosotros! —le gritaron, cuando le vieron acercarse.

Mateo lanzó su mochila a un rincón y se unió al partido. Se divirtió con sus amigos durante un buen rato. Cuando se cansó del juego, recogió la mochila y se despidió. Como el parque no estaba lejos de casa de su abuela, decidió pasar a saludarla. La encontró en el jardín, llenando un cuenco de leche fría para su gato. Al verle, la anciana sonrió.

—Tengo algo para ti —le dijo, con aire misterioso.

Entró en la casa y no tardó en volver con una bolsa llena de galletas recién horneadas. A Mateo le encantaban aquellas galletas. Eligió una y se la zampó en un santiamén; el resto, las guardó en su mochila. Después dio un beso a su abuela y continuó su camino a casa.
Lo primero que hizo al llegar a su habitación fue sacar de su mochila el libro de caballeros y dragones. Iba a abrirlo para empezar a leerlo cuanto antes, pero notó algo extraño: él hubiera jurado que en la portada había visto dibujado un dragón lanzando fuego a un caballero, aunque allí sólo aparecía un caballero en actitud guerrera… Pensó que debía de haberse confundido. Probablemente, el dragón que recordaba estaba en el interior.

Cuando hojeó el libro, su sorpresa fue aún mayor. En muchas páginas faltaban palabras; a veces, incluso frases enteras. Y casi todas las ilustraciones tenían borrones. A Mateo no le dio tiempo a buscar una explicación a todo aquello porque alguien le interrumpió:

—¡Psst! ¡Sácame de aquí!

El niño no podía creerlo: ¡aquella voz ahogada provenía del libro! Fijó la mirada en la doble página abierta ante él y entonces la vio. Una figurita asomando entre líneas. Era el caballero de las ilustraciones, que extendía una mano solicitando su ayuda.

Sin entender nada de lo que estaba ocurriendo, Mateo agarró al caballero y tiró de él hasta sacarlo de la página. Del impulso, el caballero rodó libro abajo y cayó sobre la cama. El niño lo observó con atención. No medía más de medio palmo, pero era de carne y hueso.

De repente, aquella figurita empezó a crecer. Alcanzó la estatura de un adulto en cuestión de segundos. Entonces se quitó el yelmo y lanzó un largo suspiro de alivio.

Mateo miraba al caballero como si acabase de contemplar a un mago sacar un regimiento de conejitos blancos de su chistera.

—¿Cómo has salido del libro? —apenas atinó a preguntarle.

—Todos los personajes pueden salir de sus libros. Otra cosa es que dejemos que los lectores nos descubran… Eso sólo ocurre en casos de emergencia. Como éste.

—¿Una emergencia? —Mateo seguía sin comprender nada.

—Nuestro dragón se ha escapado. ¿Has visto todos esos huecos en las frases y los espacios vacíos en las ilustraciones? Si el dragón no está en el libro, nuestra historia queda incompleta y nadie puede leerla. Así que tienes que ayudarme a encontrarlo.

Mateo se asustó. ¿Un dragón suelto? ¡Qué peligro! El caballero le tranquilizó. Le aseguró que los dragones no eran tan feroces como los pintaban; simplemente interpretaban un papel. El de aquel libro podía ser algo travieso, pero era incapaz de hacer daño a una mosca.

Algo más calmado, el niño pensó que lo mejor sería echar un vistazo a su mochila por si el dragón se había quedado dentro. Pero no estaba allí. De hecho, no estaban ni el dragón ni las galletas que le había dado su abuela, de las que sólo quedaban las migas. Para el caballero, no había duda: su dragón, goloso empedernido, había acabado con las existencias galleteras. Y no podía hacer demasiado tiempo de aquello… Mateo descubrió un descosido en el fondo de su mochila. Seguro que el fugitivo había huido por ahí.

Siguiendo la técnica de un detective cuyas aventuras había leído semanas antes, el niño propuso desandar el recorrido desde la biblioteca hasta su habitación para localizar al dragón. La primera parada debía ser, por tanto, la casa de su abuela.

Así que Mateo guardó el libro de la biblioteca en su mochila y emprendió el camino en busca de su primera pista, seguido de cerca por el caballero. Llegaron a casa de la abuela tan rápido como pudieron. La anciana todavía estaba en el jardín: ahora regaba sus flores.

—Abuela, ¿has visto pasar un dragón por aquí?

—¡Qué tonterías dices! —la anciana rompió en carcajadas—. ¡Los dragones no existen!

Mateo no pudo evitar ponerse rojo. Bien pensado, aquella pregunta era ridícula… Cuando dejó de reír, la abuela siguió hablando:

—El único animal extraño que ha pasado por aquí es un gato enorme. ¡Nunca había visto uno tan grande! Pobrecito, tenía mal aspecto: su piel estaba verdosa.

El caballero y Mateo intercambiaron miradas en silencio. Tenía que ser él.

—¿Qué ha pasado con ese gato, abuela?

—Me ha parecido hambriento, así que le he traído leche y galletas. Se ha bebido la leche de un trago y se ha relamido con las galletas. Después se ha alejado en dirección al parque.

El niño dio las gracias a su abuela y echó a correr hacia el parque. El caballero, avanzando con dificultad por culpa de la armadura, se esforzaba en seguir su ritmo.

Mateo confiaba en que sus amigos supieran algo del dragón. Pero el partido había acabado y en el parque ya no quedaba ninguno de ellos. Entonces el niño se acercó al rincón donde había dejado la mochila mientras jugaba al fútbol. Allí tampoco había nada.

—Hemos perdido el rastro del dragón —anunció, dándose por rendido.

—¿Te refieres a un dragón muy simpático, alto como un autobús y algo patoso al andar?

Quien acababa de hablar era una niña que les observaba desde los columpios. Mateo y el caballero se acercaron a ella con interés y la animaron a seguir hablando:

—Ese dragón ha estado empujando mi columpio durante un rato. Ha sido genial, ¡nunca me había columpiado tan alto! Después ha dicho que tenía que volver a casa y se ha ido.

—¿A casa? ¡Claro, habrá vuelto a la biblioteca! —exclamó el caballero.

Sin tiempo que perder, Mateo corrió hasta la biblioteca. Dio por hecho que el caballero le seguía; pero, cuando llegó a la puerta y se volvió hacia él, se sorprendió al comprobar que allí no había nadie. Justo entonces notó que algo le tiraba de la pernera del pantalón: era el caballero, que volvía a medir medio palmo.

—¡Aquí todos recuperamos nuestro tamaño original! —explicó, a gritos, desde el suelo.

Mateo y el caballero comenzaron su búsqueda en la biblioteca. No iba a ser fácil localizar a un dragón de bolsillo entre tantos libros. Recorrieron pasillo tras pasillo, prestando atención a cualquier posible pista, pero no hubo suerte. Por fin, oyeron algo: era un llanto desconsolado que parecía provenir de algún lugar apartado. Guiados por aquel llanto, llegaron hasta la última estantería. ¡Allí estaba el dragón! Acurrucado en un rincón, terriblemente asustado.

—¿Dónde está mi libro? ¿Y ahora cómo vuelvo a casa? —sollozaba.

Cuando caballero y dragón se encontraron, se dieron un abrazo de los que hacen historia. El caballero se sentía feliz por haber recuperado a su compañero de aventuras. El dragón respiró tranquilo al saber que por fin podría regresar a casa. Y Mateo, que les observaba satisfecho, dudó que hubiera una amistad más bonita que aquélla en el mundo real.

Llegó el momento de despedirse. El niño sacó el libro de su mochila y lo abrió por una página cualquiera. Tras prometer que no volvería a escaparse, el dragón saltó a su interior. Después el caballero estrechó la mano de Mateo con su manita y dijo, visiblemente emocionado:

—Nunca olvidaré tu ayuda. Para agradecértelo, te prometo que haremos todo lo posible ahí dentro para que disfrutes leyendo esta historia.

Dicho esto, el caballero también saltó al libro. Al instante, las palabras perdidas reaparecieron y las ilustraciones volvieron a quedar completas. En la portada, de nuevo, caballero y dragón compartían una escena de lucha. Entonces Mateo cerró el libro y volvió a casa para empezar a leerlo cuanto antes. Y, realmente, disfrutó como nunca con aquella historia.

Desde entonces, cada sábado por la mañana, Mateo sigue yendo a la biblioteca a buscar su lectura semanal. Pasa horas ante las estanterías, revisando cada libro con atención, hasta que elige uno. Después vuelve a casa con el deseo secreto de abrirlo y encontrar huecos entre palabras o borrones en las ilustraciones.

Por ahora, no ha vuelto a pasar. Pero él no pierde la esperanza de que, algún sábado, un personaje vuelva a salir de su libro… Sólo en caso de emergencia, claro.