38ª convocatoria: El karma

El Karma.

Ilustración de Rafa Mir

El Karma.

El karma se mueve en dos direcciones. Si actuamos de forma virtuosa, la semilla que plantamos resultará en nuestra felicidad. Si actuamos de forma no virtuosa, sufriremos resultados.

 Sakyong Mipham Rinpoche

 

Dicen que todos estamos sujetos a la ley del karma, y que cosechamos en esta vida lo que sembramos en las anteriores, al igual que recogeremos en las futuras el fruto de lo que cultivamos en la presente.

Y me pregunto qué será de nuestro futuro si en vidas posteriores vamos a tener que tragar con las consecuencias de nuestro comportamiento actual.

¿Qué recogerá ese joven que a media mañana deambula absorto en su pantalla, que ni trabaja ni estudia, y cuya única ambición es llegar algún día a amasar dinero sin pegar palo al agua como hacen los influencers o los tronistas, pero que, como de momento va seco y su vieja es del puño cerrado, intenta chupar del wifi abierto del edificio del ayuntamiento?  ¿Y ese político que, maletín en mano, saluda a los transeúntes antes de entrar sonriente por el portalón del ayuntamiento a sabiendas de que en su próximo proyecto despilfarrará el dinero de los impuestos de la comunidad en una obra amañada de la que, por supuesto, cobrará una suculenta comisión? ¿Y esa señora que, tras cruzarse con el regidor de urbanismo, al que encuentra encantador porque la acaba de saludar, vuelve del mercado, carrito en mano, y se mete en el bar a jugarse a las tragaperras todo el dinero que ha escatimado de la compra, y que para encubrirlo pondrá a su marido en contra del frutero de toda la vida con la mentira flagrante de que es un usurero que pone los precios por las nubes? ¿Y el amo del bar en el que la mujer le pide cambio en monedas de un billete de cincuenta, que además de monedas lleva un tiempo cambiando el contenido de las botellas de las bebidas alcohólicas de marca por puro garrafón del que te destroza el estómago, alegando que los jóvenes que beben cubatas no se enteran, lo cual es cierto, y que la culpa es del ayuntamiento, que no deja margen de negocio con tanto impuesto, y de los clientes, que se pasan media mañana en el bar sin consumir nada más que un café, que casi no le reportan ningún beneficio? ¿Y de ese cliente que sentado solo ocupando una mesa de cuatro ni se inmuta ni se mueve cuando los que entran se quedan de pie por falta de mesas libres, o van a parar a la barra porque él está allí desde primera hora de la mañana, como todos los días, con su café, el único que tomará, trabajando en su ordenador aprovechando su conexión a la wifi del bar y que, además, se cree con derecho de tratar al barman como a un criado y de menospreciar con la mirada al pobre hombre que, de pie en la barra, pide su segundo tequila después de beberse el primero de un solo trago hace menos de un minuto? ¿Y de aquel cliente que sale del bar con dos tequilas de garrafón en su estómago, que ha disimulado no conocer de nada a la mujer de la tragaperras, y que esconde su alcoholismo y sus infidelidades en horario laboral utilizando el tiempo de reparto a domicilio, alegando mucho tráfico y continuas demoras, mientras su esposa lo cubre en su puesto de frutas del mercado? ¿Y qué hay de esa chica, que está con medio cuerpo dentro del contenedor de ropa para los pobres que la ONG ha dispuesto en el mercado, con las risitas de sus amigas de comparsa, y que acaba de sacar de ahí unos vaqueros que se supone que son para los necesitados, por el puro placer de robar, cuando en casa tiene todo lo que necesita? ¿Y de los mandamases de la ONG que han dispuesto los puntos de recogida de ropa en los mercados aunque que saben que el único destino que les espera a estas ropas donadas es el de ser vendidas por kilos a las mafias que luego las distribuyen a los puestos del mercadillo que ofrecerán a los consumidores increíbles precios a dos y tres euros la pieza? ¿Y qué será del banquero, en cuya institución se ocultan y protegen las cuentas millonarias de varias ONG, muchas de ellas en paraísos fiscales, y que encima sabe que su banco cobra una buena comisión por cada ingreso monetario en forma de donativo para el tercer mundo, dinero que se supone destinado a salvar la vida de pobres niños hambrientos que nos hacen saltarlas lágrimas en los anuncios de televisión y que, por otro lado, no tiene ninguna consideración en embargar el pisito en el que vive una pobre familia que intenta sobrevivir? ¿Y qué será de esa madre de familia que intenta sobrevivir porque tiene un aviso de embargo del banco y no llega de ninguna forma a fin de mes, ni aun cobrando de manera fraudulenta la pensión de su padre, que en paz descanse, y que lleva fallecido más de cinco años, porque además tiene un hijo nini que mantener, que ni trabaja ni estudia pero que sí es dado a los gastos de peluquería, gimnasio y telefonía porque dice que ahí está su futuro, en convertirse en tronista o influencer y que el trabajo duro pero honrado es para los pringaos?

Olga Besolí
Agosto 2019

Bien por el karma, mi arma

Autor@:
Ilustrador@:
Corrector@:
Género: Relato Ficción
Rating: Todos los públicos
Este relato es propiedad de Paloma Muñoz. La ilustración es propiedad de Rafa Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Bien por el karma, mi arma.

El karma es esa energía que se crea por medio de los actos de las personas.

El karma nos puede jugar una mala pasada a todos.

Las personas que conocemos tienen  su propio karma.

Nosotros también lo tenemos.

Según el karma, las acciones que realizamos sean buenas o malas hacen efecto de bumerang. Y si hemos hecho cosas buenas obtendremos una justa recompensa y si hacemos cosas malas, pues sucederá lo mismo.

Esto le sucedió a Yago, un tipo muy pintoresco que defendía valores considerados tradicionales como las corridas de toros, la caza, la misa de los domingos, el aperitivo de media mañana, el partido de futbol de la Liga con los amigos, las capeas, las becerradas; fiestas populares de los pueblos como su expresión aclara.

A yago le molaba el salir detrás de un toro para tocarle los cojones constantemente y reírse como un poseso delante de sus colegas demostrando lo macho y  hombre que era.

Pero un día, Yago tuvo la mala suerte de tropezar con Cabreado, un toro con muy mala hostia como su nombre indica, que  le metió el pitón izquierdo en un lugar de su anatomía blando, pegajoso y caliente; caliente porque se había meado del supertembleque que le había entrado al ver al torito hacerle una faena sin capote ni estoque sólo con su pitón del catorce.

Yago estuvo en el hospital bastante tiempo.

Los médicos no daban un euro por su virilidad.

La novia de Yago, una chica con memos luces que una carbonera y con una querencia a parecer una furcia de polígono poligonero, estaba desolada.

No era para menos.

La Jessica como era llamada por su familia, novio,  amigos y vecinos estaba desesperada porque su Yago era muy macho, muy hombre y ahora, el cabrón del toro había dejado a Yago para el arrastre y casi a puntito para el descabello.

Después de una cirugía fina, Yago pudo orinar sin necesidad de pajita. Hombre, algo era algo y los colegas de Yago y la Jessica animaban a la pareja porque por lo menos podía mear.

Pero de lo otro, nada de nada. Bueno, podía colocarse una prótesis que costaba un ojo de la cara. Pero no era muy buena idea porque, por lo visto, podía sufrir efectos secundarios.

A Yago eso no le importaba porque incluso lisiado y medio capado podía seguir demostrando a su chica lo hombre que era.

La vanidad masculina, aunque provenga de un cabestro como Yago, no tiene límites.

Los colegas de Yago estaban consternados porque pensaron que lo mismo que le había ocurrido a él podía ocurrirles a ellos y se tocaban instintivamente los bajos como para protegerlos de elementos externos.

Las próximas fiestas del pueblo se preparaban.

Cabreado seguían vivo y Yago lo odiaba. Deseaba que le pasara todo lo peor del mundo.

Cabreado murió en una plaza de toros.

Después de un tiempo, más restablecido, Yago se fue a comer al campo con la Jessi y sus colegas.

Sirvieron un delicioso rabo de toro en la fonda donde pararon para almorzar.

Todos sabemos que el rabo de toro es una comida fuerte y más si va aderezada con salsas picantes y todo eso.

Ilustración de Rafa Mir

El caso es que Yago se puso malo, malo de la muerte porque tuvo una diarrea monumental como la plaza de toros de las Ventas, precisamente.

Rabo de toro, diarrea, mal rollo.

Los pensamientos volaron y se posaron en el pequeño cerebro de primate de Yago.

Le dio por pensar si el rabo de toro era de algún toro conocido.

Quiso saber la identidad del toro cuyo rabo se había papeado.

Alguien se lo dijo.

Probablemente fue el mayoral de una finca cuya dehesa suministraba a los nobles animales para que un tarado como Yago se divirtiera a costa de torturarlos y humillarlos.

Yago le preguntó que si el rabo ―y otras partes del cuerpo― del toro eran del desdichado Cabreado y el mayoral llamado José María le contestó que no, que non eran de Cabreado sino de Mosqueado, su hermano.

Ese es el karma, amigos.

El karma te devuelve lo que mereces.

 

Dedicado a todos los toros del mundo y en especial a los españoles.
Paloma Muñoz
Madrid, 21 de agosto 2019

 

37ª convocatoria: Gatos

Gatos.

Ilustración de Rafa Mir

Pipi.

Mi Pipi era una gatita encantadora a la que le gustaba curiosear y jugar.
Mi amor por ella era infinito.
Cuando llegaba del trabajo, lo dejaba todo e iba a buscarla a su rincón favorito aunque ella siempre sabía a la hora que llegaba a casa.
Su historia es la de tantos pequeños cachorritos abandonados con sus hermanillos.
Cuando era bastante más joven, una amiga mía, y vecina,  paseábamos por la Glorieta de Embajadores de Madrid y se nos acercó un señor con una niña y nos preguntó si queríamos quedarnos con los dos gatitos que estaban acurrucaditos en una caja de zapatos.
Cuando vi a Pipi me enamoré completamente de ella.
El hermanito era un macho con mucho pelaje.
Pipi era especialmente bonita.
Poseía un antifaz perfecto y sus ojos eran grandes y ambarinos.
Pensé en lo linda que era y en lo acompañada que me sentiría teniéndola a mi lado.
Yo acepté y mi amiga, también.
Ella se llevó a Negrito y yo a Pipi.
En casa estuvo durante un tiempo.
La vi crecer, saltar, jugar, correr; ganar a mi hermano a las chapas, trastear, enredar, despertarme cuando tenía que levantarme para ir al trabajo.
Le preparé una cestita para que durmiese y una mantita calentita para el frío del invierno.
Comía bien y bebía leche.
Era muy limpia y aseada.
Mi madre le ponía en la cabecita unas gotitas de agua de colonia y ella iba por el comedor con el rabo levantado, altiva.
Con mucha tristeza tuve que dejarla al cuidado de una señora que tenía una casa de campo en la localidad de Móstoles.
Siempre la recuerdo.
La llevo guardada dentro de mi corazón, mi querida Pipi.

Paloma Muñoz
Madrid, 24 de junio 2019
Dedicado a todos los gatos del mundo

El gato

Autor@: 
Ilustrador@:
Corrector@: 
Género: Cuento
Rating: Todos los públicos
Este relato es propiedad de Inmaculada Ostos Sobrino. La ilustración es propiedad de Rafa Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor.

El gato.

Ilustración de Rafa Mir

Ilustración de Rafa Mir

—¡Apártate de ahí, so mema!
—¡De eso nada, no voy a consentir que le hagáis más daño! ¿Os gustaría que os apedrearan por diversión? ¡Pues a él tampoco!
—Es solo un bicho. ¡Quítate de ahí!
—¡No!
El muchacho se giró entonces buscando la mirada de su líder, este ladeó la cabeza en un gesto cómplice, y entonces el chico, mostrando una cínica sonrisa, lanzó la piedra con todas sus fuerzas. La chica cayó al suelo dolorida, le había alcanzado el hueso del hombro, y el impacto había sido tan fuerte que la había hecho caer, pero se levantó aguantando las lágrimas, y cogiéndose con la mano el hombro herido se volvió a plantar delante del gato y los miró desafiante.
El muchacho lanzó de nuevo y, esta vez, la piedra fue directa a la cabeza. A la muchacha solo le dio tiempo a alzar el brazo, pero de nuevo el dolor la hizo estremecerse y caer, esta vez incluso se le escapó un gemido mientras un hilo de sangre corría por su piel desnuda.
«¡La piedra tenía punta!», se sorprendió la chica. Y de nuevo se levantó y se interpuso entre el felino y la panda de salvajes. Tenía muchas ganas de llorar, pero no les iba a dar la satisfacción de verlo.
El lanzador miró de nuevo a su jefe con cara divertida. Este negó con la cabeza y observó atentamente a la muchacha que, jadeante, los miraba con furia sin apenas pestañear. Finalmente se adelantó hacia ella manteniéndole la mirada. Normalmente cuando hacía esto la gente solía bajar los ojos hacia el suelo, pero la chica no, esa chica lo miraba entre furiosa y aterrorizada, una mala combinación para iniciar una pelea, aunque en este caso ella estuviera en desventaja. Y además ahora se agachó para coger el gato y lo apretujó contra su pecho. El chico no supo por qué, pero algo en la tenacidad y el coraje de la muchacha hizo que sintiera admiración por aquel diminuto y delgaducho cuerpo. Así que acercándose de forma intimidatoria le dijo dando fin a la tortura:
—Esto no va a quedar así, enana. —Y dicho esto, hizo una seña a sus secuaces y todos se apiñaron a su alrededor. Mientras le daba la espalda el chico sonrió, desde luego que no tenía intención de hacerle daño, pero debía mantener su reputación frente al resto si quería que lo siguieran respetando. Y la pantomima funcionó, pues los chicos lo siguieron mientras dirigían a la chica carcajadas socarronas y miradas de superioridad.
Una vez desaparecida la banda del patio Clara se desplomó en el suelo con el gato aún aferrado a su pecho.
—Tranquilo, bonito, mientras yo esté aquí nada te pasará —le dijo, y por primera vez lo observó con atención.
El gato tenía una gran brecha en la cabeza, exactamente al lado de la oreja derecha, así que ella no se lo pensó y se lo llevó corriendo al único lugar en donde lo podrían aliviar. Al cabo de dos horas llegó a casa. Cuando su madre le abrió la puerta, Clara ni siquiera se molestó en esconder al gato.
—¿Tenemos un nuevo miembro en la familia?
—Solo hasta que mejore.
—Bueno, ya que hemos pagado la factura deberíamos quedárnoslo, ¿no crees? Para que salga rentable la inversión y eso —le dijo su madre señalando la inconfundible venda con dibujitos de peces de la cabeza del animal.
—La factura la pagaré con mis ahorros, no te preocupes.
—No lo dudaba. No obstante… —comenzó a decir su madre dando una significativa vuelta con su dedo anular.
—¡Ni hablar! ¡Es un gato callejero, no está acostumbrado a…!
—Ni aunque fuera de Katmandú y alérgico a la humedad se libraría de esta, es la regla.
—No te conoce, podría arañarte —insistió Clara en un intento de disuadirla. Su madre era una maniática de la limpieza y su Copo, que en paz descansase, lo sufrió una vez al mes durante todos los años de su corta vida.
—Creo que voy a correr el riesgo —le dijo arrebatándole el gato de las manos y después se dirigió al cuarto de baño.
—Entonces, ¿estás segura de que no quieres que desempolve nada de Copo? ¿No se quedará?
La chica negó con la cabeza.
Este es un gato libre. En cuanto pasen los tres días que me dijo la doctora Laura lo soltaré de nuevo.
—¿Estas segura? —le preguntó entonces su madre—. Parece que le caes bien —volvió a decirle mientras miraba al gato que, acurrucado en su regazo, dormía plácidamente—. Si no quieres otro gato es porque no quieres volver a sufrir…
—No, no es eso. A Copo lo cogimos cuando era un cachorro de apenas semanas, era hijo de una gata doméstica. No es lo mismo que este, que es un gato que se ha criado en la calle. No me parecería justo quitarle su libertad. Él debe seguir siendo libre, ya no es un gatito, parece adulto, así que no debemos ser egoístas. El gato, que hacía medio segundo acababa de levantar la oreja derecha, de repente abrió los ojos y se la quedó mirando de forma intensa durante unos segundos, como si hubiese comprendido cada palabra que la muchacha decía, y después se volvió a acurrucar.
—Me parece una buena respuesta —le dijo entonces su madre con una sonrisa de orgullo en su cara—. Así será, pero hasta que lleguen esos tres días le buscaremos una cama blandita en donde dormir, y el arenero también. Además, creo que me quedó un paquete entero de comida, así que lo abriré y lo que sobre lo donaremos a la clínica de Laura, ¿te parece?
Clara aceptó satisfecha y no hubo más que decir. Los tres días pasaron volando, y aunque Clara sabía que echaría de menos aquellas miradas que escondían una inteligencia especial cada vez que ella le hablaba de alguna cosa, no podía echarse atrás. El gato era libre, así que, con todo su pesar, lo devolvió a la calle no sin darle una prolongada caricia y advertirle:
—No te metas en más líos, ¿vale, chaval?
Y después se alejó del parque en donde lo había dejado con un sentimiento contradictorio, pues a la misma vez sentía pena y felicidad. Así pasaron varias semanas en las que Clara no supo nada más del gato, pero un buen día se lo volvió a topar en el callejón de atrás de la pizzería Luigi’s. Estaba encarándose con dos perros de tamaño mediano peleando por unos restos de comida. Los perros lo tenían rodeado, pero él no iba a ceder. Clara no sabía si admirar su valentía o decepcionarse por lo insensato que era. No habría hecho nada si un tercer perro, que estaba escondido y a traición, no hubiese intentado saltar por detrás.
—¡Cuidado! —gritó.
Y entonces el gato, dando un giro veloz, dibujó con sus zarpas un enorme surco en el hocico del can mientras le bufaba de forma salvaje. El resto de perros pareció entender la lección, ya que ninguno se le acercó y huyeron despavoridos. El gato se zampó su botín.
—Sabes que has tenido suerte, ¿verdad? —le dijo Clara—. Si no llega a ser por mí, ese perrazo te hubiese hecho chichina.
El gato la miró algo airado y empezó a lamerse las patas. Estaba más delgado que la última vez que lo vio.
—En fin, me ha encantado verte, pero ten más cuidado, no seas tan temerario y ve a la comida sobre seguro. Luisina suele sacar basura fresca al mediodía y esos tres con los que te has enfrentado a esa hora no suelen estar por aquí, así que tú mismo. —Y diciéndole esto al atento gato, Clara se marchó dirección al parque para merendar. Siempre hacía un alto en el jardín de los rosales antes de regresar a casa. Le encantaba el perfume que desprendían aquellas preciosas y maravillosas flores rojas. Clara se sentó en su banco de siempre, sacó todos sus enseres de merienda, botella de agua, bocadillo y servilletas, cuando de repente el gato apareció y de un salto se colocó a su lado mirándola con ojos suplicantes.
—¿Quieres un poquito de esto? —le ofreció Clara mostrándole su bocadillo de atún. El gato ronroneó primero y luego maulló como si le contestase afirmativamente.
—Está bien, lo comparto contigo, pero no me vayas a marcar como a ese chucho pulposo, ¿eh? — bromeó. El gato soltó un bufido disgustado y le dio la espalda. Clara pudo ver divertida su lomo anaranjado a rayas amarillas—. Era una broma —le dijo entonces, y deshizo en pequeñas porciones un trozo de su bocadillo del que el gato dio cuenta gustoso.
Desde entonces el merendar juntos en el parque se convirtió en una agradable tradición y Clara además podía desahogarse de sus problemas diarios mientras acariciaba el aterciopelado lomo de su amigo.
—Como sigamos así, te voy a tener que poner un nombre, no me gusta no poder identificar a mi mejor amigo.
Y tal vez aquel día fuese el más raro de todos los que Clara compartió con el animalito, ya que de improviso el gato saltó al suelo, la miró, le maulló intentando llamar su atención y se puso en movimiento. Al cabo de unos instantes y al ver que Clara no lo seguía, el gato se paró, volvió a mirarla y maulló desesperado.
—Está bien, ya te sigo.
Y así la llevó hasta la librería en donde se volvió a parar y ya no se movió.
—¿Por qué me has traído aquí?
El gato la miró directamente a los ojos y luego hacia arriba. Parecía que observaba fijamente el cartel de la tienda mientras maullaba.
—Oliver… —leyó la muchacha—. ¿Oliver? ¿Quieres que te llame Oliver? —le preguntó entonces, y el gato hizo algo que a Clara le resultó muy extraño, incluso llegó a pensar que había sido producto de su imaginación, pero lo cierto era que Clara hubiera jurado que el gato asentía.
—Está bien, Oliver pues. Bueno, me tengo que ir ya, supongo que nos veremos.
El gato le dirigió entonces un maullido satisfecho y se marchó calle abajo.
Hubo más encuentros entre Clara y Oliver. Concretamente quedaban cada tarde de los viernes en el que se había convertido su lugar, compartían bocadillo y conversación, y aunque era solo Clara la que hablaba, el gato parecía escucharla siempre con atención, e incluso a veces se permitía hacer algún gesto extraño como de aprobación. Y así pasaron los meses, y el gato iba mejorando su aspecto, estaba más fuerte, más ágil y Clara más feliz. La mutua compañía parecía ser beneficiosa para ambos y lo más importante era que ambos respetaban el espacio del otro, ambos eran libres a su manera.
Un día Clara llegaba tarde a su cita con Oliver, la habían castigado por pegarle a un chico de segundo de bachiller, pero es que este estaba molestando a un chico de su clase que tenía problemas de aprendizaje y ella lo defendió. En fin, el castigo había merecido la pena sobre todo si aquel chico lo dejaba en paz desde ese momento. Lo malo era que Oliver seguro que estaba preocupado, así que Clara pensó en coger un atajo para llegar lo antes posible y cuál fue su mala suerte que, al atravesar el parque de la fuente, los acosadores de Oliver estaban allí, y como era costumbre en los últimos meses, el que parecía el jefe se le acercó para intentar conversar con ella o decirle alguna estupidez, tal como que le gustaría que fuesen amigos y todo ese tipo de sandeces, pero ella siempre tendría la misma respuesta hacia él. Oliver y ella habían conversado muchas veces sobre el extraño interés que ese tipejo parecía tener en ella, pero Clara no podría ser jamás amiga de una persona tan cruel como él. Lo conocía de vista y por desgracia Oliver no había sido su única víctima. Cuando el muchacho se acercó a ella esta vez no habló, pues lo primero que hizo fue cogerla por la cintura y atraerla hacia él.
—Es la hora de mi beso, guapa —le dijo, y se giró con una sonrisa socarrona a los del grupo.
Clara lo miró con odio comprendiendo su cobarde forma de actuar. Cuando estaba solo se comportaba de una manera más respetuosa dentro de su línea, pero cuando se encontraba con los idiotas de sus amigos… Clara lo empujó con fuerza haciendo que este cayera hacia atrás de culo.
—¡Eres idiota o qué! —le espetó.
Y eso no pareció sentarle muy bien a él, pues apretando los dientes se levantó furioso y cogiéndola de la muñeca la zarandeó fuertemente. A un gesto de su líder, el resto de chicos se acercó rodeándola mientras la increpaban, la empujaban e incluso alguno se atrevió a tocarle el trasero sin que ella pudiera hacer nada para evitarlo. Y aquello iría a más, ya que, al parecer, al resto del equipo les había parecido gracioso este acto y empezaron a acercarse a ella peligrosamente.

Clara cerró los ojos aterrorizada, maldiciendo su estúpida decisión de atravesar por aquel lugar. ¡Y todo ¡por ver a un gato!, ¡no se podía creer lo estúpido que sonaba!. Aunque, en el fondo, solo ella sabía ese vínculo tan especial que se había creado, esa complicidad, esa necesidad mutua, esa sensación de tranquilidad y bienestar que sentía cuando estaban juntos, ni siquiera con su mejor amiga había sentido algo así. Pero ahora se le venía encima probablemente el peor momento de toda su vida. Intentó escapar, pero el muchacho la aferraba fuertemente, apretó los dientes y se resignó a esperar, aunque seguía intentando propinar alguna que otra patada en su espera. Y entonces pasó sin apenas poder evitarlo. Clara sintió el dolor aplastante en sus pulmones, en su espalda. El golpe fue brutal. Cayó al suelo como un peso muerto, aunque cuando abrió los ojos el peso muerto era el muchacho que tenía encima. Y entonces entendió. No la habían golpeado a ella. El hecho de haber caído era que su opresor había recibido un fuerte puñetazo que lo había hecho caer y arrastrarla a ella. Lo que Clara no se explicaba era cómo había acabado en aquella postura si hacía un segundo lo tenía frente a ella,  pero no le importó. Lo que imperaba era saber qué demonios estaba pasando. Así que con una fuerza sobrehumana se quitó a ese tiparraco de encima. Lo primero que nuestra amiga vio fue una masa de gente arremolinada en lo que parecía una pelea callejera; y en segundo lugar, a un muchacho de pelo anaranjado entrando y saliendo de ella a una velocidad de vértigo mientras los de la banda iban cayendo como moscas a sus pies. En cuestión de unos minutos todo acabó y el muchacho se abrió paso entre el amasijo de quejumbrosos heridos, acercándose a ella como a cámara lenta.
—¿Estás bien? —le preguntó entonces tendiéndole la mano.
Clara seguía paralizada, aunque pudo asentir mientras el muchacho le cogía la mano y la hacía moverse pacientemente hacia él. Ahora Clara pudo ver que su pelo no era del todo naranja, tenía unos preciosos reflejos dorados que parecían naturales. Lucía despeinado, aunque no le quedaba extraño a su cara, y sus ojos rasgados eran dos centelleantes esmeraldas verdes que la miraban con preocupación.
Clara, sin saber por qué, se dejó abrazar por aquel desconocido e incluso ser llevada de la mano por él hacia otro lugar.
—Creo que debería llevarte a tu casa, no creo que el veterinario tenga un arreglo para ti —le dijo entonces en un intento de hacer una broma. Clara lo miró desconcertada y entonces algo en su cara, en sus gestos y en un no sé qué hizo que todo cobrara sentido como en una mala narración.
—¡¿Oliver?! —balbuceó aún incrédula.
El muchacho hizo un grácil salto felino hacia atrás y después una reverencia, y asintió.
La chica cayó a plomo en el banco que tenía más cerca con la boca abierta de par en par.
—Tenemos mucho de qué hablar —le contestó él con una amplia sonrisa.

Inmaculada Ostos

Vidas cruzadas

Autor@:
Ilustrador@:
Corrector@: 
Género: Relato
Rating: Todos los públicos
Este relato es propiedad de Olga Ruiz. La ilustración es propiedad de Rafa Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Vidas cruzadas.

Ilustración de Rafa Mir

Ilustración de Rafa Mir

Cuando tenía veinte años me dijeron que escribía como Raymond Carver, y ni siquiera sabía parte de mi verdad en aquel momento cuando leí su libro Vidas Cruzadas.

Pues hoy estoy precisamente aquí. En ese punto de intersección donde se cruzan dos rectas, dos vidas, dos almas. Son las siete de la tarde, la cafetería Rojas está esperándome con sus sillones de terciopelo y sus mesas de mármol del siglo pasado. El camarero que tantas veces me ha visto hoy se va a encontrar la sorpresa de ver cómo mi hermana gemela llegará diez minutos antes y se dirigirá a ella como si fuera yo, y se producirá un absurdo debate entre la confusión de ella y la confusión de él. Bueno, estas y otras cosas siguen formando parte de mi estupidez existencial, para que me vayáis conociendo.

Hace veinte años que busco a mi hermana. Yo siempre había pensado que era hija única, pero cuando falleció mi madre me dijo que no. Que ella dio a luz a dos niñas, que incluso tenía una foto de recién parida con las dos en brazos y que me enseñó. Pero que en un momento determinado una de ellas falleció dentro de la maternidad y se supone que la quemaron porque mi madre solo recibió un bote pequeño con sus cenizas que metió en el panteón familiar de Cáceres en una ceremonia íntima muy triste. Nunca se habló de este tema porque nunca nadie conoció a la pequeña. Solo sus padres y ahora su hermana. Y no se quiso dar información a los demás, qué importaba, un ser humano menos en el mundo, nadie la había visto y nadie la echaría en falta. Y querían vivir la alegría de la que sí vivía, o sea, yo, y no convertir su vida  en un escaparate deprimente de culpa andante, como si ella hubiera hecho algo para merecer aquel castigo. Cosas de los pueblos, supongo. Sea como sea, ambos progenitores eligieron el silencio.

Pero yo, que siempre fui una persona inquieta, en el momento que supe de esta situación  decidí buscarme la vida. Coloqué en internet, en la portada de mi Facebook, una composición fotográfica con un evolutivo de mi vida: una foto de cuando tenía siete años con mi primera bicicleta, una a los nueve cuando hice la comunión, otra más a los catorce cuando terminé la EGB, otra a los dieciocho cuando comencé a estudiar en la facultad de Medicina, otra a los veinticinco cuando por fin conseguí tener un novio y estaba yo muy lozana y hermosa, otra a los treinta cuando me casé. Y acompañé las fotos con este texto: “Busco a mi hermana gemela. Contáctame”. Y añadí mi teléfono móvil, evidentemente.

Después me di de alta en varios perfiles de Google+, Instagram, Linkelind, Pinterest, Twitter,  etc. Todo me parecía poco. Usé esos perfiles solo para colgar y distribuir las fotos de mi vida y los mensajes de amor para mi hermana. Reconozco que llevo un año pegando las fotos por todos los grupos que he podido, compartiendo contenidos en todas las asociaciones de víctimas, niños robados, desaparecidos, etc. Ha sido una búsqueda agotadora. Pero ayer, después de todo ese tiempo, una mujer contactó conmigo. Solo descolgar el teléfono fue emocionante. Estaba tan nerviosa, lloraba tanto que ni siquiera la entendía. Me envió una foto por Whatsapp y realmente esa foto me hizo llorar a mí. Después de unos minutos de llanto conjunto me contó que su madre adoptiva, ya muy enferma de cáncer, le reveló toda la verdad justo antes de fallecer hacía unos meses. Supuestamente había nacido en Madrid, de una familia muy pobre que no podía hacerse cargo de ella, y terminó siendo adoptada por un matrimonio de Burgos. Toda su vida había sido lujo y alegría porque esta familia era muy pudiente, ya que eran dueños de una bodega y de una empresa constructora. Pero ahora, al fallecer ambos progenitores ya, se sabía muy sola en el mundo y había sido maravilloso encontrar que la estaban buscando.

Ambas queríamos conocernos. Así que, sin dudarlo, quedamos para vernos al día siguiente.

Y ese era el día, la hora, el lugar, donde dos almitas volverían a coincidir. Quizás para no separarse nunca más, quizás para ser vidas cruzadas. Quién lo sabe.

Allá voy.

Olga Ruiz

35ª convocatoria: Eclipse de luna

Eclipse de luna.

Ilustración de Rafa Mir

Saludos desde el espacio exterior

—Dulces sueños. Sed buenos. Ja, ja, ja.

Ni a Irina ni a David les hacía la más mínima gracia la despedida de cada noche, aunque tampoco podían mandar a la mierda a McBrown, no dejaba de ser su superior.

—Voy a desconectar el audio —dijo David como cada final de jornada.
—¿Otra vez? Me gustaría oír lo que pasa ahí alguna noche.
—Estática es lo que pasa. Intenta dormir con el zumbido de estática algún día y nos comprenderás.
—Está bien, desconecta. Oye, mañana es el eclipse, miles de millones de ojos estarán mirando hacia vosotros. Descansad, chicos.

David desconectó el audio. Fueron al aseo, se quitaron el uniforme y después se dirigieron a las cápsulas de descanso, sin hablarse. Después de decirse un hasta mañana se metieron en cada cápsula, Irina en la inferior y David en la superior, con un pequeño impulso, con la facilidad que da la gravedad cero.

La intensidad de la luz fue bajando y dejando ver por las dos ventanas redondas de la nave la silueta de la Tierra. Si la nave cambiase su orientación, la luz de la Luna prácticamente llena iluminaría la cápsula como si estuvieran encendidas un millón de bombillas.

Mientras la luz artificial desaparecía el silencio lo invadía todo y casi se podía escuchar la respiración del otro.

—Odio a McBrown —dijo Irina cuando la luz se apagó del todo. Girada dentro de su cápsula hacia la pared interior para evitar que ninguna cámara detectara el movimiento de sus labios y pudieran leer sus palabras.

—Yo también —dijo David en la misma postura.—Todas las noches con la misma broma. Me dan ganas de bajarle los pantalones y decirle: «No sé a qué te refieres, capullo».—Eso estaría bien.
—David, no sé si voy a aguantar.
—Por Dios, Irina, no puedes hacerme una… eso aquí. Esto está lleno de cámaras.
—¡No me refiero a eso! Quiero decir que no sé si voy a aguantar sin abrazarte, sin besarte, sin ni siquiera rozarte.
—Hoy lo has hecho.
—Solo ha sido un roce de nada en la mano al darte la probeta. Estoy segura de que no han notado que era una caricia.
—A mí me ha gustado.
—No puedo más. Estamos solos a miles de kilómetros de cualquier ser humano y lo único que quiero es subir ahí arriba contigo.
—Y vigilados y grabados veinticuatro horas por el observatorio. Me echarían de la NASA y a ti de Roscosmos.
—Pues a la mierda la Roscosmos y la NASA, yo subo.
—¡Irina, para! Además está tu marido, lo iba a ver.
—¡Menudo gilipollas es mi marido!
—Mujer, es un astronauta brillante.
—Tan brillante que se dejó caer una pesa antes de venir a esta misión. El muy imbécil dijo que pensaba que estaba en gravedad cero.
—Pues menos mal, si no, no habría venido yo, y no te habría conocido.
—Algo bueno tenía que hacer en su vida.
—Pues cuando hablas con él pareces superenamorada.
—Qué quieres que haga. No voy a decirle que se puede ir a la mierda, que me enamorado de ti, que me muero de ganas de abrazarte, de besarte, de bajarte los pantalones, de acostarme contigo…
—¿Lo dices de verdad?
—Hazme hueco y verás.
—Me refiero a lo de que te has enamorado de mí.
—¿Tú no?
—A lo mejor estás confundida, como soy el único hombre en trescientos mil kilómetros a la redonda.
—No me has respondido.
—Te quiero tanto que estoy planteándome dejar la NASA.
—Qué ganas tengo de acabar la misión y besarte cuando lleguemos a la Tierra. ¿Te imaginas que no nos gusta?
—¿Por qué? A mí siempre me ha gustado la Tierra.
—No me tomes el pelo. Si no nos gusta besarnos.
—¿Qué pasa, no sabes hacerlo?
—Allí será diferente, no será la misma situación que aquí.
—Bueno, a mí siempre me quedará mi marido.

Se callaron un instante.

—Menudo gilipollas, el eclipse dice —dijo David—. Que nos van a estar mirando. Como si fuesen capaces de distinguir la nave a esa distancia.

—Por mí ya se podían ir todos a tomar por culo, McBrown, mi marido y los miles de millones de terrícolas mirándonos. Los odio a todos. Podíamos desnudarnos y hacerlo. ¿Nunca te ha dado morbo hacerlo delante de miles de millones de personas?
—Pero solo lo verían McBrown, el observatorio y el comité de disciplina. Pero se me está ocurriendo algo que podemos hacer y que solo se vea desde fuera, que no alcance a las cámaras.
—Cuéntamelo.

El día siguiente todo el planeta miraba al cielo, extasiado por el espectáculo de la luna de sangre provocado por el eclipse de Luna.

En la isla de La Palma, en el telescopio instalado en el Roque de los Muchachos se seguía con mucha excitación.

—Este telescopio es espectacular. ¿Habéis visto cómo se ve la parte iluminada? Es increíble el detalle. Se podría ver hasta el lunar de un selenita.
—Pues busca la nave que está en órbita, a ver si se ve.
—¡Ahí está! —dijo después de un rato—. ¡Qué definición! Sería capaz de ver a los astronautas por la ventana.
—Pues la mujer está bien buena, prueba a ver.
—Ahí están las ventanas. A ver… ¡Pero qué cabrones!
—¿Qué pasa?
—¡Nos están haciendo un calvo a todo el planeta!

Jorge Moreno

Las diecinueve novias

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Género: Fantasía urbana
Rating: +13
Este relato es propiedad de Olga Besolí. La ilustración es propiedad de Rafa Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Las diecinueve novias.

Han pasado más de cuatro milenios desde que mis diecinueve hermanas y yo ofrecimos nuestras vidas a cambio de que la Diosa Madre recuperara la suya.

Ese era nuestro cometido como sacerdotisas: proteger las tierras y los cultivos, las reses y a nuestros hombres, mujeres y niños. Éramos las guardianas, las vigías del eterno equilibrio entre la luz y la oscuridad, aquellas que velan para que la Diosa siga su curso dorado por el día, fructificando los cultivos y preñando a las hembras, y deje su plateada estela por la noche, permitiendo el descanso de las reses, los campos y los hombres, sumidos en el silencio y bajo el hechizo de nuestros fuegos rituales. En un ciclo eterno que nunca debe romperse.

Pero esa noche el equilibrio se quebró. Ya lo habían anunciado el vuelo errático de los pájaros y el agua del estanque que, turbia de repente, no dejó que el oráculo leyera el futuro, nuestro futuro. Y sin futuro todo deja de existir.

La luz tenue de un atardecer sombrío y extraño dejó paso a una oscuridad arropada por la Diosa, cuando todo lo que momentos antes había cobrado vida se paralizó. El gran ojo nocturno de la Diosa estaba abierto completamente, redondo y brillante, más grande y luminoso que de costumbre, pero rodeado de un halo fantasmagórico y un silencio sepulcral, más profundo de lo habitual, lo que auguraba presagios de desastre. Los lobos no aullaban como acostumbraban a hacerlo en días como ese; la brisa no soplaba; las aves nocturnas no surcaban el cielo con sus alas negras; todos miramos al cielo, acongojados.

Ilustración de Rafa Mir

Entonces, las fauces de la oscuridad empezaron a comerse a bocados la luz plateada del cielo estrellado, engullendo el lucero nocturno de la Diosa. Ya habíamos presenciado con anterioridad a la oscuridad hambrienta intentar aniquilar a la Diosa, tanto en su luz nocturna como diurna, pero siempre se hartaba de ella y remitía.

Y en tales ocasiones había bastado con los bailes rituales y la copulación sagrada para restaurar el equilibro. Pero esa noche no. Nunca antes habíamos presenciado un hambre tan voraz, capaz de acabar con todo.

Primero cumplimos con los ritos habituales, hasta que la Diosa tuvo su ojo luminoso a medio cerrar. Y fue entonces cuando tuvimos que tomar la gran decisión: invocar el ritual supremo, aquel que no debe practicarse salvo que el poblado esté en auténtico peligro, pues es un ritual mortal, que emula la sangre y la menstruación, los ciclos lunares y la fertilidad, que arrebata la vida y concibe otra nueva, aquella desde la que os hablo a vosotros.

Rápidamente, antes de que la oscuridad engullera totalmente la luz, realizamos todos los preparativos. Seguimos las instrucciones que, de generación en generación, nos transmitieron nuestras ancestras y que ni el gran oráculo conocía. Él se dispuso también a su propio sacrificio, llevándose todos sus amuletos de marfil, incluida la daga de cristal de roca y hueso dentro del tholei funerario, seguido por sus tres guardianes fieles.

En una de las dos grandes estancias principales del tholei, bajo su techumbre de madera, y mientras nosotras nos preparábamos para morir en nombre de la Diosa bajo su menguante luz nocturna, el oráculo derramaba su propia sangre lejos a cobijo de su influencia, en nombre de su dorada luz diurna, para que la mañana pudiese volver a la vida. Los tres guardianes se encargarían de asistirlo en su transición.

Y luego, esos mismos guardianes pintaban las paredes del recinto de nuestro sepulcro de color rojo, y también los símbolos de la diosa y de su luz. Nosotras, mientras todo eso ocurría, bajo la poca luz que le quedaba a Diosa, nos embadurnábamos la piel entera con ese mismo polvo rojo sacado de las entrañas de la montaña, mezclado con los aceites rituales. Piel que luego nos cubrimos con nuestros pesados trajes de lentejuelas de ceremonia.

No había ningún asistente para nosotras. Ningún hombre debía aparecer ante la Diosa en ese momento, y ninguna antorcha debía competir con su luz, que desaparecía por momentos. Y se hizo la oscuridad total en el cielo.

Como pudimos, a ciegas, preparamos el elixir de la Diosa, con agua fresca de manantial y con el mismo pigmento que embadurnaba nuestros cuerpos, y que sabíamos que decoraba ya las paredes que recibirían nuestros veinte cuerpos, ya sin aliento.

Y bebimos de la sangre de la Diosa, nuestra última ingestión, en grandes cantidades, mientras danzábamos el último baile ritual de nuestras vidas terrestres y la Diosa nos daba su mano.

Entonces, en medio de las danzas empezaron las convulsiones, los dolores y los vómitos, y con ellos la Diosa oyó nuestros cánticos y una fina línea de luz apareció en el cielo. Abría el ojo para contemplar nuestro sacrificio.

El ritual de nuestras ancestras había surtido efecto. Prueba de ello es que todavía hoy sigue luciendo la Luna, que así es como vosotros llamáis al ojo nocturno de la Diosa, y el ciclo de la vida y la luz continúan.

Aunque hace poco volvió a suceder. Volvisteis a estar en peligro sin ser conscientes de ello. Fue hace unos meses, en esa preciosa noche de luna llena, otra gran luna, que salió anunciada en todas vuestras pantallas y dispositivos.

Era la misma luna que había aquella alarmante noche en que la Diosa parecía morir, y justamente se repitió el mismo eclipse, el eclipse total. Sé que sois una sociedad obnubilada por la razón, que no creéis en la magia, pero no dejéis que las cosas mundanas os aparten de la sabiduría. ¿Me creeríais si os dijese que desde el otro lado mis diecinueve hermanas y yo velamos para que la luz regresara a vuestro mundo? Lo hicimos, y la oscuridad remitió. Fue a la mañana siguiente que vuestros arqueólogos descubrieron nuestros cuerpos, en lo que vosotros llamáis una excavación neolítica.

Y yo, la única mujer mayor que acompaña a esos diecinueve esqueletos de jóvenes sacerdotisas, os observo y he de deciros que no os comprendo. Sí, yo soy ese cuerpo especial, dotado mágicamente de seis dedos en cada pie, la sacerdotisa suprema de la Diosa, que hace 4.800 años dio su vida por el equilibrio del mundo. Y esas son mis hermanas y acompañantes, jóvenes y fuertes, ataviadas con sus ropajes rituales y con los restos de pigmentos rojo que ingerimos, y que ahora mancha el suelo del recinto, pero sigue en las paredes. Ahora sé que se llama cinabrio, y que es la fuente del mercurio que habéis encontrado en los análisis de nuestros restos óseos. ¡Curioso nombre para un veneno plateado que es el principal componente de la sangre de la Diosa! Mercurio es el nombre de un astro celeste, de un guardián de la Diosa.

Y no es que me importe que hagáis pruebas a nuestros cuerpos, o que los exhibáis como hacéis con vuestros animales en los zoológicos, o vuestras momias en los museos, pero sí me hiere que manchéis nuestros nombres y menospreciéis nuestro rango.

Creo que nos hemos ganado un respeto merecido en la muerte, por el sacrificio realizado en vida. Y me consta que en algunas de vuestras publicaciones escritas, en contra de las propias afirmaciones de los estudiosos y los arqueólogos del yacimiento, nos han tachado de «Las diecinueve novias», afirmando que solamente fuimos unas acompañantes sacrificadas en la muerte y posterior funeral de un gran marchante de marfil, que no es otro que nuestro oráculo, fiel amigo y sirviente nuestro. Y dicen que una prueba de ello son los esqueletos de tres centinelas que yacen a la puerta de nuestra estancia. ¿Quién os pensáis que trasladó nuestros cuerpos dentro de la cámara y cerró el círculo con su propio sacrificio para velarnos por toda la eternidad?

Si fuésemos simples novias, ¿por qué creéis que en las paredes estaban dibujados el símbolo de la Diosa y el de su luz? ¿Por qué esos trajes rituales, realizados con millares de cuentas, pesados y difíciles de portar sin un entrenamiento de años? ¿Cómo podéis negar una verdad tan evidente? ¿Tan ciegos estáis? ¿Tanto os cuesta aceptar que rindiéramos culto a la Diosa y no a los hombres? ¿Es que acaso, en pleno siglo XXI, no podéis ni siquiera asimilar que hubo tiempos antiguos en los que era la Diosa la que reinaba en los cielos y no vuestro reciente Dios masculino? ¿Que la mujer misma era venerada y portadora de la sabiduría? ¿Que las enseñanzas se transmitían de madres a hijas? ¿Es que no podéis entender que en este mismo lugar hubo pueblos ancestrales en los que las mujeres no eran ni esclavas ni acompañantes?

Por eso he roto mi silencio milenario y he decidido hablaros desde mi otra vida, al lado de la Diosa. Para deciros que vuestra sociedad ha avanzado mucho, pero no en sabiduría; que nosotras seguimos y seguiremos vigilantes porque somos las eternas guardianas del equilibrio, junto a nuestras ancestras; y que después de tantos ciclos en los que la oscuridad se ha cernido sobre la luz amenazando con cerrar el ojo de la Diosa, he comprendido, finalmente, que los que realmente han cerrado los ojos sois todos vosotros, cegados por la oscuridad de vuestras propias creencias.

Pero no os preocupéis, nuevas sacerdotisas, y esta vez no serán veinte, sino cientos, millares, millones de ellas, saldrán para devolver la luz perdida al mundo.

Olga Besolí
Febrero 2019

 

La maldición de la luna roja

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Corrector@: 
Género: Relato Ficción
Rating: Todos los públicos
Este relato es propiedad de Paloma Muñoz. La ilustración es propiedad de José Vicente Santamaría. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La maldición de la luna roja.

I
Luna Wald seguía cosechando éxitos con sus novelas de aventuras en las que imprimía su característico sello autobiográfico en algunos detalles.

Rusty 7464 era su fiel ayudante y su dedicado consejero en cuestiones editoriales. Luna había decidido prescindir de los servicios de su literary coach porque no le hacía falta Ya quetenía a Rusty que se había empapado de sabiduría informativa sobre lo que un buen literary coach debe de hacer ─profesionalmente hablando─ cuando entra al servicio de un exitoso novelista.

La editorial por la que Luna había fichado era Voxplanet, al principio, una firma modesta pero que a Luna le vino de perlas porque le abrió el fascinante mundo de la publicación de novelas y la fascinación de los oropeles cuando las cosas machan viento en popa.

Luna no había ganado ningún premio pintón. Pero eso a ella no le preocupaba demasiado porque sabía que más tarde o más temprano, más bien temprano que tarde, lo conseguiría.

Así que se preparó para escribir su nueva novela, esta vez, ambientada en una antiquísima mansión victoriana en la que habitaba una extraña familia con aficiones…digamos algo peculiares.

Daba la casualidad de que en esos momentos, las cadenas de noticias de la Telegalaxy informaban de la inminente aparición de  un alucinante eclipse de luna, sólo que esta vez, la luna no se tornaría negra como el alma de un vil traidor o traidora sino roja como la sangre.

Luna pensó que eso le vendría de maravilla para  dar un misterioso, inquietante y espeluznante marco a su nueva historia: una casa perdida en unos páramos, paisajes tenebrosos, muy poca luz y muchas sombras y una luna roja enorme sobre la jodida casa victoriana.

En cuanto a los habitantes de la mansión, a instancias de un antiguo conocido suyo, un tal Joseph Vincent Saint Mary le había propuesto que la llenara de hombres lobo, vampiros y otros seres de la noche. A Luna le pareció bien. ¿Por qué no? A fin de cuentas la imaginación es la imaginación y una luna roja ofrece muchas posibilidades.

Luna se preparó para documentarse sobre Los hijos de la noche.

II
El eclipse se  veía perfectamente desde el gran ventanal de Luna en el piso 69 del impresionante edificio de 100  plantas.

Casi podía rozar con las yemas de los dedos el borde de la gran luna roja, la gran luna de sangre que lucía portentosamente sobrecogedora en el firmamento.

―Los hijos de la noche era una frase que dijo un viejo ridículo y patético que era conde y que volaba como los murciélagos por la noche. Esa historia me ha parecido siempre una gilipollez.

Rusty captó la atención de Luna mientras estaba ante su potente ordenador escribiendo sobre los habitantes de la mansión siniestra.

―Hay que leer a los clásicos, Rusty. El conde Drácula es un clásico por si no lo sabías.

―Sí, y también hay que leer el  megaladrillo de “Frankenstein” y no puedo con él.

Sobre la  mesa del ordenador había unos cuantos libros desperdigados con ilustraciones y algunos con nobles tapas de cuero que brillaban a la luz de las velas que Rusty había colocado en la habitación para dar más ambiente. Estos libros eran verdaderas joyas entre las reliquias de la literatura fantástica y de terror.

―La historia del hombre lobo es espeluznante, Rusty. Tengo que incluir a un inquilino de esa casa que cada vez que haya luna llena se transforme en un sanguinario lobo devorador y destrozador.
Rusty se puso una mano de hojalata rematada con brillantes tornillos de acero en el cuello.
―Prefiero a los vampiros que a los hombres-lobo. Más que nada porque hacen menos destrozo.

“Era una noche de luna llena roja. Una luna roja y abundante que reinaba en el firmamento y que parecía abarcar el universo entero. La mansión se recortaba contra la luz extraña, fantasmagórica e inquietante de esa luna que bañaba la tierra de destellos rojos infernales. Las  esbeltas agujas de las torres anunciaban que la mansión seguía en pie a pesar de su dejadez y estado de abandono. Una minúscula luz amarilla parpadeaba en una de las ventanas. Y un humo serpenteante salía de la boca de una de las chimeneas. Sin duda, alguien vivía en esa vieja casona. Era una casa habitada,pero…¿quién podría vivir en un lugar tan solitario y apartado de cualquier atisbo de civilización?

Los campesinos y las gentes de la comarca aseguraban que una extraña familia a la que nunca habían visto de día, pero sabían que habitaban en la mansión a juzgar por las luces de las ventanas y el humo de las chimeneas, era la dueña de la gran casa.  

Ilustración de José Vicente Santamaría

En esa noche de luna roja se podían escuchar extraños ruidos, algo similar a gruñidos, repelentes jadeos y risas diabólicas.
Tal vez los habitantes de la mansión estaban de juerga, una juerga que ─probablemente─ nada tenía que ver con las humildes juergas que se corrían los campesinos cuando llegaba la festividad de su santo patrón.
Pero en las noches de luna llena había que resguardarse en las casas; cerrar bien puertas y ventanas y tener un buen rifle, palo o garrote a mano. Y un crucifijo, por si acaso.
Los habitantes podían salir y visitar las poblaciones más cercanas aunque estuvieran apartadas de la mansión.
En esta noche de luna roja todo podía ocurrir si no se estaba preparado.”

― ¡Que miedo me da! No puedo con la vida. Estoy yo viviendo en esa comarca con esa casa horripilante y esos vecinos que de seguro serán hombres-lobo y vampiros y me da un ataque de hojalatosis que me quedo muerto y enterrado.
―No exageres, Rusty. Es una novela, sencillamente. Pero el inicio promete. ¿A qué sí?
―Sí. Promete meter mucho miedo a tus lectores.
―Las emociones fuertes es lo que tienen. Y lo que queda después de la lectura. Hay que sobrecoger, amedrentar, subyugar, entretener, aterrorizar, perturbar.
―Y ganar pasta. No lo olvides. Es muy importante.
―A mí me basta con ser inmortal.
― ¡Joder! Te conformas con poco.
―Menos no es nada.
―Por cierto, ¿cómo se va a titular la novela?
―La maldición de la luna roja
―Con ese título, triunfas. Me apuesto mis tornillos de hojalata.

Madrid, 25 de febrero 2019
Paloma Muñoz

Un cambio siempre viene bien

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Corrector@: 

Género: Relato Ficción

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Paloma Muñoz. La ilustración es propiedad de José Vicente Santamaría. Quedan reservados todos los derechos de autor.

 

Un cambio siempre viene bien.

I

Luna Wald se había aficionado a escribir a ratos porque le relajaba. Su historial como consejera adjunta del C S I no podía ser más profesional y solvente.

Luna era una mujer práctica y trabajadora. Ya no pilotaba naves interestelares. Había dejado a Astrea a buen recaudo en un maravilloso museo de naves que habían logrado protagonizar grandes hazañas en el pasado y en el presente y que ─tal vez─ lograran volver a protagonizar algún episodio glorioso por esas galaxias ingentes y eternas en un futuro no muy lejano.

Así que aparcó los mandos de Astrea y tomó el teclado de su ordenador personal para escribir historias y publicarlas en las redes socioplanetarias a las que estaba adscrita.

Su robot, Rusty 7464, seguía con ella porque era imposible que pudiera vivir y servir como ayudante personal a alguien que no fuera Luna. Estaban hechos el uno para el otro. Era como un matrimonio avenido, muy bien avenido, y Rusty disfrutaba de cada momento con Luna. Ahora, en su nueva faceta de escritora por entregas interplanetaria, había descubierto que la joven heroína era una consumada contadora de historias y cuentos.

Tal es así, que ya había resultado finalista en un concurso novelístico de una humilde y poco conocida editorial de nombre Voxplanet.

Luna estaba muy mosqueada porque no había salido ganadora del certamen, pero Rusty estaba más cabreado todavía porque Luna había decidido dejar sus asuntos literarios en manos de una agente personal o literary coach que era muy eficiente.

Total, que el bueno de Rusty no soportaba a la literary coach porque la consideraba una grimosa y una patosa que se metía en todo y que aparecía cuando menos lo esperaba haciéndose la simpática y con una sonrisita babosa forzada a todas horas.

Luna había escrito unas palabras de agradecimiento en su página personal para todas aquellas personas que de una u otra forma habían colaborado en esta nueva faceta de  su vida.

Luna era realista. A pesar de la mala hostia que se le había puesto y ─sobre todo─ del careto que se le había quedado cuando el presentador del evento literario leyó el nombre del ganador procuró guardar la compostura y, junto con Rusty y la literary coach, sonrió a todo el mundo con la mejor de sus sonrisas aunque en el fondo estuviera ciscándose en los muertos más frescos de los miembros del jurado, del ganador y del presentador que era un poco gilipollas, todo hay que decirlo.

Rusty se dedicó a animarla.

Constantemente reforzaba el ego de Luna para que siguiera intentando ganar algún certamen literario.

La especialidad de la chica era la aventura. Normal.

Una aventurera como ella tenía que contar sus experiencias en aquellas lejanas galaxias en la que podía encontrar cualquier peligro acechante con formas indescriptiblemente lovecraftianas.

Una vez superada la decepción de haberse quedado a las puertas de la gloria, Luna se repuso y, cual Ave Fénix que renace de sus cenizas, se dispuso a escribir un relato que dejase alucinados a todos los gurús del mundillo literario y para ello contaba con la inestimable ayuda de su querido Rusty y de su literary coach que se aplicó al cien por cien en su cometido.

II

El motivo de inspiración para la nueva meganovela de Luna Wald era su relación con el comandante Carter, una relación corta pero intensa, muy intensa, que había marcado a Luna durante un tiempo. El título de la novela era “Luna y las estrellas”. Romántico.

Ilustración de José Vicente Santamaría

Cierto es que no había podido olvidar a Carter, pero era agua pasada aunque recordara los momentos íntimos que pasaron  juntos en los descansos de sus largas travesías intergalácticas.

Carter, al final, se había enrollado con una becaria de una importante fundación que colaboraba con el C S I, precisamente, la organización científica para la que trabajaba Luna.

Por supuesto que utilizó nombres ficticios  para el relato.

Así, el comandante Carter era el Capitán Gartner y Luna era Selene. Tal elección de nombres le hizo sonreír a Rusty.

No había que ser un Gil Grissom para saber la identidad verdadera de los personajes que estaban detrás de esos sonoros nombres.

Rusty le comentó a Luna que esa historia estaría ubicada en un apartado propio de novelas de amor. Luna lo confirmó, y la literary coach comenzó a hacer su labor de documentalista para cubrir los detalles de la historia.

Esta vez, Rusty, estaba seguro de que iba a ganar el próximo certamen literario porque cuando se trata de los propios sentimientos, nadie como el que escribe a cerca de su experiencia puede hacerlo mejor.

Luna le prometió a Rusty una sonora victoria en el certamen literario. Iba a por todas. No iba a arrugarse. Eso no arregla las cosas. Luna en acción.

Esta vez no pilotaba su nave Astrea, sino que llevaba los mandos de su ordenador personal e intransferible mientras daba rienda suelta a sus sentimientos y emociones.

Rusty le servía una tacita de café y la literary coach le contaba las últimas novedades editoriales, nombres de contacto y direcciones.

Las promesas se cumplen. Más tarde o más temprano lo sabremos.

 

Paloma Muñoz
Madrid, 17 de diciembre de 2018


			

Promesas incumplidas

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Corrector@: 

Género: Narrativa

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Inmaculada Ostos. La ilustración es propiedad de Rafa Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Promesas incumplidas.

 

Ilustración de Rafa Mir

Bueno, he de ser sincera, Paula va muy bien, pero para lo que les he hecho venir expresamente es para decirles que la chica debería seguir estudiando. Yo entiendo que tenga que faltar algunos días a clase para ayudar a la familia, pero tiene mucho potencial. Yo creo que …

Usted lo que tiene que hacer es irse a fregar a su casa y no comerle el tarro a una niña de dieciséis años.

––Vamos a ver, señor Muñoz, no es necesario faltar al respeto y mi intención no es ofenderle. Yo…

––¡¿Ofenderme?! ¡¿Con qué, con tus palabras?! ¡No me hagas reír, me ofende tu sola presencia y la presencia de todas aquellas mujeres —le dijo el hombre torciendo el gesto de la boca con visible desagrado mientras escupía las palabras— que, como tú, le han estado quitándoles el puesto de trabajo a los hombres con la tontería feminista esa de la igualdad. Y total para no saber hacerlo como toca. A ver si os metéis en la puta cabeza de una vez que las mujeres solo servís pa estar en la casa y pa críar, y punto pelota, como hacen las vacas y el resto de hembras en la naturaleza. Así están ahora las cosas… pero no, a mi Paula no le vas a lavar el celebro como que me llamo Antonio García.

La profesora lo miró con los ojos muy abiertos sin poder creer el rumbo que estaba tomando la conversación mientras el padre de la alumna se deshacía en improperios e insultos machistas. Antes de que pudiera reaccionar, el director de colegio, que estaba paseando por el pasillo, se detuvo en la puerta del aula con su gran corpachón ocupando todo el marco de la puerta.

¿Qué es lo que está ocurriendo aquí? Se oyen las voces desde la escalera —dijo.

A pesar de que el director y ella no tenían lo que se dice una buena relación, pues era un hombre con un alto ego, Laura se sintió en cierto modo aliviada al ver que tenía el apoyo de un compañero de profesión, así que cogiendo aire y tomando algo de valor le contestó:

––Joaquín, yo solo estaba diciéndole al señor Antonio… —comenzó a explicar Laura, pero el director le dedicó esa típica mirada suya de superioridad y desprecio a la vez, y acto seguido se dirigió al padre de la alumna, haciendo caso omiso de la intervención que Laura acababa de iniciar.

Dime, Antonio, ¿qué es lo que ha pasado?

Y al poco tiempo ambos hombres se ponían a despotricar sobre lo mala profesora que era y el hecho de que el trabajo que estaba desempeñando le quedaba demasiado grande, y todo esto ante la atónita mirada de Laura que no pudo articular ni media palabra. Finalmente, el director, tras despedirse del padre de la alumna en una conversación mucho más distendida, se dirigió a Laura y antes de que ella ni siquiera pudiera abrir la boca le dijo:

Te advertí que era la última vez que te dejaría pasar una. Te he salvado el culo con este padre, pero no me crearás más problemas, porque probablemente no acabes el curso.

¡Joaquín, ¿qué ha querido decir con eso?! —gritó entonces la muchacha, desesperada, mientras el director se alejaba entonando una cancioncilla, bastante satisfecho, sin darle ninguna respuesta. Laura se hundió mucho más en su silla, si es que eso era posible, y entonces las lágrimas comenzaron a brotar.

Cuando el director llegó a su despacho abrió la puerta con gran pasimonia. Dentro había dos niñas esperando, que lo miraron sobresaltadas al reconocerlo. El director sonrió ampliamente y mientras cerraba la puerta les dijo:

¿Estáis preparadas para nuestro juego?

Y en los ojos de las niñas se desató el terror…

¡¿Qué cabrón?!, ¡no hay derecho! ¿Ese es el mismo que te dijo que te taparas los brazos cuando te pusiste manga corta?

¡Entiéndelo! —empezó a decirle Laura con cierta ironía a su amiga—. ¡Es que si voy así en primavera, cómo voy a presentarme en clase en verano! ¡Igual enseño los hombros!

¡Pero si tu clase es una sauna!, le está dando todo el día el sol, y encima se os había estropeado el aire acondicionado, ¿no?

Pero eso le da igual. Es un poco…

¿Retrógrado?

Iba a decir misógino, pero sí, en cierto modo también se le podría llamar así. Lo que más me fastidia es que me quedé como una idiota sin decir ni una palabra mientras esos dos… Pero es que hay algo en los ojos de Joaquín que me da escalofríos y me bloquea, no sé cómo explicarlo…

No te machaques, Laura, tu reacción es normal, sobre todo si te pillan desprevenida. Lo que te ha pasado es totalmente surrealista. Además, se aprovechan de que eres un trozo de pan.

Ya, pero seguro que tú lo hubieses mandado a la mierda, tienes mucho más coraje que yo, Alba.

¿Coraje o mala leche?

Llámalo como quieras, pero te envidio, no dejas que te pisoteen.

Alba sonrió amargamente:

¿Tú crees?, yo no estoy tan segura, y además a veces desearía no tener tanto coraje como tú dices, ¡pues para lo que me sirve!…

¿Qué ha pasado esta vez con Marc?

Pues nada, llevamos un mes sin parar de discutir y empiezo a estar un poco harta. Ambos decidimos que yo aceptaría este trabajo porque nos hacía falta, con la condición de que él tendría que hacerse cargo de la casa y de los niños mientras encontraba otro empleo. Sabes que le fue mal en el negocio, ¿no? —apuntó la chica.

Laura asintió.

Recuerdo que tú no estabas conforme, pero aun así, se metió y al final habrá tenido que darte la razón.

Pues no, y además hemos perdido mucho dinero, por eso me tuve que meter en donde estoy. Por eso cuando llego a casa y veo que está todo patas arriba y que los niños hacen vida en casa de sus abuelos me cabreo mogollón, porque él a lo único que se dedica es a pasarse el día delante del ordenador o a salir con los amigotes ideando no sé qué nueva locura en la que invertir. Pero lo peor de todo es que después de una discusión puede tirarse días sin venir a casa.

Alba, me sabe mal decirte esto, pero ¿seguro que está con los amigotes?

Sí, Laura, esa fase terminó. Me prometió que nunca más lo haría, aunque ya no sé si te digo esto para no preocuparte a ti o tan solo para convencerme a mí misma.

Laura le puso una mano tranquilizadora en el hombro mientras le decía:

Deberías empezar a pensar en ti, una persona así no te hace ningún favor. Y si realmente lo está volviendo a hacer y no es lo suficientemente valiente como para terminar la relación, tendrías que…

Laura, para, que viene Quique…

Mamá, dame diez euros, que quiero invitar a Paula al cine.

¿Ha vuelto ya Paula de casa de su madre?

Sí, volvió ayer. ¿Me das la pasta?

Claro que sí, pero dale recuerdos de mi parte y dile que a ver cuándo se pasa por casa, que la echo de menos.

Vale, máma, pero dámelo ya que llegamos tarde.

¡Oye, Quique, ¿qué pasa? ¿Que desde que soy profe tuya ni saludas?!, ¿me das un beso?

Laura, es que están ahí mis colegas y me da palo, no quiero que piensen que soy el pelota de clase.

¡Ah, claro, ahora ya no soy la tía Laura guay con la que solías jugar a pillar y con la que te querías casar…!

No, me temo que hemos pasado de ser la tía y la mamá enrolladas a ser las viejas cascarrabias que avergüenzan.

Eso creo yo también.

Dejadlo ya, que me están mirando —dijo, y fijando la mirada en su madre añadió—: ¡Venga!, ¿me lo das?

Toma veinte y pásatelo bien.

Gracias, máma, eres la mejor.

Pero sin beso, ¿verdad?

¿Lo dudabas? Venga, Laura, me las piro…

Adiós, bombón, y… ¡pásatelo bien!

Bueno, Quique, ¿te vienes al centro o qué?

No, ya os he dicho que voy a quedar con Paula.

¡Venga ya, tío! ¿Vas a pasar de nosotros por ella?

Es que está mucho más buena.

Eso es verdad, pero sabes que no te vas a comer ni una rosca, ¿verdad? Es la tía dura de clase, sobre todo desde que la colega de tu madre empezó a comerle la cabeza en el insti con eso de que te tienes que hacer respetar y tal.

Sí, ya lo recuerdo. ¡Puta Laura! La chapa que nos dio con lo de que las tías eran algo más que una cara bonita. ¡Pues claro que sí, también son un buen par de tetas!

¡Qué mala leche tienes, cabrón, pero sí, eso es así! —le contestó el otro muchacho entre risas.

Pero que sepas que sí, me la voy a comer, la rosca digo, gilipollas —le contestó Quique al ver la confusión en la cara de su amigo.

Pues yo diría que no. ¿Qué decís, tíos?

Los demás muchachos empezaron a asentir y hacerle gestos burlones.

¿Pero por qué dices eso, chaval?

Pues porque si después de ir juntos casi un año y no os habéis enrollado es o porque es lesbiana, o porque pasa de tu cara.

De mi cara no puede pasar, gilipollas, lo que pasa es que nunca se lo he pedido. Y además estaba saliendo con un pavo.

Pues mejor me lo pones aún. ¡Pasa de tu jeta, chaval!

¡Que no, coño! Que lo tengo controlado y de esta noche no va a pasar.

Tú sigue viviendo en tu mundo de fantasía. Ella pasa de tu cara. Acepta que solo eres el amigo guay. Nunca te la vas a follar.

¡Joder, que te digo que sí! Acaba de cortar con ese tío y voy a ir a saco, ¡chaval!

¡Qué cabrón! ¡Y yo que pensaba que te caía bien y que la apreciabas de verdad!

¡Qué dices, tío! Si he aguantando tanta mierda de supercolega es porque a una tía buena como la Paula hay que sabérsela trabajar.

¿Y todos los rollos esos que os llevábais del feminismo y de la sensibilización y demás…?

Chorradas para podérmela tirar. Venga, largo de aquí que está a punto de llegar.

¡Qué cabrón! Bueno, ya me contarás. ¡Venga, au!

Au.

¡Hola, Quique, qué ganas tenía de verte, chiquiii!

Y yo, preciosa. Un abrazo, ¿no?

¡Claro! —le dijo la muchacha con alegría mientras Quique la estrechaba con más fuerza de lo normal.

Uff, sí que tenías ganas de verme —le dijo la muchacha intentando soltarse de su abrazo. Quique deslizó la mano por su trasero. Paula dio un pequeño respingo sorprendida por aquel contacto inusual, pero en una milésima de segundo lo achacó a algo casual e inocente. Así que separándose miró a la cara de su amigo emocionada y le dijo:

No sabes lo mucho que te he echado de menos, de verdad.

Y después le dio dos besos y lo volvió a abrazar.

Quique era un tío genial, empezó a pensar la muchacha, siempre la escuchaba, y su casa había sido como un refugio para ella. Su madre era encantadora, y aunque su relación de amistad se había afianzado desde hacía tan solo un año, había surgido entre ellos un feeling especial. No era como ella pensaba, como el resto de tíos de su clase que solo la habían querido para enrollarse con ella y vacilar. Quique parecía apreciarla de verdad, pues al menos se había tomado la molestia de conocerla y escucharla. A veces se preguntaba qué era lo que le paraba a la hora de iniciar una relación con aquel chico con el que no discutía nunca y con el que jamás hubiese creído que compartiría tantos gustos y aficiones. Y pensar que se habían empezado a hablar por un estúpido trabajo de clase.

Ahora me toca a mí, ¿no? —le dijo Quique cogiéndola por los hombros, y antes de que ella pudiera evitarlo, el muchacho le había plantado un beso en los labios.

¡Perdona, ha sido el ímpetu! Y como te has girado en el último momento… —Se disculpó.

No, tranqui —le dijo Paula aún en estado de shock.

Por un lado se sentía algo violenta, como si hubieran profanado su espacio vital, mientras que por otro se sentía idiota por pensar tan mal de su querido amigo. Igual era verdad que se había movido inconscientemente cuando Quique la fue a besar, aunque ella creyera que se había mantenido en la misma postura.

¿Vamos tirando? Si no, empezará la peli sin nosotros —le dijo Quique rompiendo sus pensamientos, y se la llevó a rastras calle abajo, cogida de la mano, y aunque se habían cogido así muchas veces, Paula esta vez sintió un pequeño escalofrío.

Una vez en el cine, los muchachos se dieron cuenta de que eran los únicos que ocupaban la sala y estuvieron bromeando acerca de que hasta el cine quería celebrar su reencuentro, pero cuando las luces se apagaron el comportamiento de Quique empezó a empeorar. Paula ya no sabía qué hacer. Le había retirado la mano de sus muslos disimuladamente en un par de ocasiones, y ya empezaba a pensar que aquello no era inocente de ninguna de las maneras, pero no entendía o no podía entender ese cambio tan radical de su mejor amigo. Cuando se conocieron, se prometieron que si alguna vez a alguno le llegaba a gustar el otro se lo dirían, y que si alguno no sentía lo mismo, que quedarían como amigos y en paz. Pero esto en ninguna manera era forma de decírselo. Quique estaba actuando muy mal porque ella no había dejado ningún indicio de que él le gustara…

¡Quique, para! —le dijo la muchacha en el último intento que tuvo este de tocarle el entremuslo.

¿Por qué? Me dijiste que una de las cosas que te ponía del cine era la oscuridad y que con Paco te moló enrollarte porque era directo y muy original a la hora de buscar el lugar…

Pero Paco me dijo que le gustaba antes de intentar meterme mano –—le contestó esta molesta—. Y además me pidió de salir.

Vale, me gustas porque estás muy buena. ¿Quieres que salgamos? —le dijo este de forma burlona sin apartar la mano que Paula tenía férreamente sujeta sobre su pierna para que no fuera más allá.

¿Pero qué mierda estás haciendo?

––Tomar la iniciativa. El otro día me dijiste que ojalá ese tío, el vecino de tu madre de toda la vida, hubiera sido más lanzado a la hora de salir.

Y también te dije que justo por eso me encantaba ese chico, por su timidez. Que aunque no fuera lanzado…

Mientras ella hablaba el chico lo intentó de nuevo.

¿Pero qué coño te pasa, Quique? ¡Me estás asustando! —le dijo de nuevo Paula apartándolo de ella.

¡Joder, te lo acabo de decir! Me molas, tía. ¿Podemos follar ya?

Paula lo miró atónita mientras unas lágrimas se escapaban de sus ojos.

En serio, Quique, ¿qué mierda te has tomado hoy? —le dijo apartando la mano de un manotazo.

¡Nada, hostia! ¡Que estoy harto de que me calientes y en paz!

¿Que qué?

El otro día me dijiste que yo estaba muy follable y que si Ana no lo quería ver era su problema. Y hoy te has abalanzado sobre mí y me has dado dos besos.

Pero solo te quería animar porque en teoría te sentías mal porque te llamó cardo. En ningún momento insinué que me pusieras a mí, y lo de los besos ha sido como siempre, y si he corrido hacia ti es porque estaba feliz de verte…

Y no te has apartado cuando te he tocado el culo.

¡¿Lo habías hecho a posta?! Pero, tío, ¡qué cerdo eres!

Y ahora dirás que no te ha gustado el pico.

¡Pues claro que no! Y encima te disculpas cuando lo has hecho aposta. Me parece muy fuerte… No entiendo…

Pues yo sí entiendo. Te estás haciendo la dura. Me dices que no, pero yo sé que es un sí. Sé que te pongo cachonda. Venga, no lo nieges —le dijo entonces Quique, y se abalanzó sobre la muchacha intentando forzar sus labios. Pero Paula fue más rápida y pudo reaccionar apartándose de él, después le dio un gran empujón que lo tiró al suelo. Consiguió escabullirse y se fue corriendo escaleras arriba hacia la salida de la sala. Y no dejó de correr mientras la rabia, la impotencia, la ira y la decepción iban corroyendo sus venas. Solo cuando acabó de atravesar el parque se paró y vomitó, y después se puso a llorar desconsoladamente. Una señora que pasaba en ese momento por allí con sus perritos se acercó a preguntar:

Muchacha… ¿Te encuentras bien?

No, ¿me podría usted ayudar?

¿Quieres que llamemos a tus padres?

No, solo necesito ir a la policía, pero me da miedo ir sola. ¿Me podría llevar?

Por supuesto, bonica, hay una comisaría en aquella esquina de allá. Vamos, te acompañaremos —le dijo la mujer. Y dicho esto, ambas, junto con los perros, se encaminaron hacia allá.

Después de una semana que le había parecido una locura, Paula por fin se pudo acercar al instituto. Tenía un trabajo que entregar. En su cabeza aún resonaban las desagradables insinuaciones de Quique, el cual, por supuesto, no la había vuelto a llamar. Además, el día que ella fue a denunciarlo a la comisaría se encontró con el marido de su profesora de literatura que, destrozado en un banco en una especie de ataque de histeria, no hacía nada más que decir: «Me prometió que no iba a tardar».

Al día siguiente Paula se enteró de que Laura, su profesora de literatura, había salido a correr por el parque como de costumbre, aunque esa vez salió un poco más tarde de lo normal. Según los rumores que corrían, estaba pasando una mala racha profesional y aquel día había tenido una discusión grande en el trabajo, así que para desahogarse se fue a correr, pero ya no volvió jamás.

Un desalmado la había violado y le había arrebatado su vida, alguien que, como Quique, no sabía aceptar lo que significaba decir NO o luchar por la injusticia social. Y lo que más la asustaba era que, ese mismo día, ella podría haber corrido la misma suerte, tal vez no hasta el punto de ser asesinada, pero sí del de estar muerta en vida. ¿Pues cómo puede alguien recuperarse después de una violación? Además, en esa misma semana su madre había ido a posta desde la ciudad para acompañarla personalmente a hablar con Alba, la madre de Quique, ya que a su propio padre ni siquiera se lo había comentado. Era un energúmeno que había amargado a su madre durante muchos años hasta que se pudo divorciar. Paula estaba deseando cumplir los dieciocho años para poder marcharse de su casa ya.

Al principio la muchacha creyó que se encontraría con una Alba enfadada y dolida con ella porque había traicionado su confianza hablando mal de su hijo. Sin embargo, se encontró a una mujer triste, desolada y avergonzada, porque no solo había perdido a su mejor amiga por culpa de un desalmado, sino que su marido le había sido infiel con otra mujer y se había marchado de casa sin decir palabra, y además había descubierto que uno de sus hijos era un degenerado. Pero cuando la tuvo delante, lo único que esta le pidió realmente afectada fue que la perdonara y que sentía mucho por lo que Quique la había hecho pasar, que se sentía mal por no haber sospechado que su hijo tuviera esos pensamientos tan sucios y desagradables hacia ella. De hecho, Alba, cuando se enteró de lo que había pasado con su hijo, le revisó el móvil en un descuido y encontró algunas conversaciones relacionadas con Paula que ella misma se encargó de entregar a la policía para que pudieran actuar al respecto. Paula no se imaginaba lo mucho que debería haberle costado hacer eso y agradeció profundamente que en el mundo aún hubiese gente tan valiente y leal. Lo que más le dolía y la apenaba e incluso la enfurecía de toda aquella pesadilla que tan solo en una semana se había podido desarrollar, eran todas esas promesas rotas que se habían ido solapando en contra de la verdad.

Y esas promesas incumplidas no habían sido aquella que Laura le dijo a su marido: «Te prometo que no voy a tardar»; o la que el marido de Alba le dijo en su día: «te prometo que no volverá a pasar»; ni siquiera la que Quique le había prometido a ella misma: «Si algún día alguno siente algo por el otro y este sentimiento no es compartido seguiremos siendo amigos y en paz». No, las verdaderas promesas incumplidas estaban relacionada con cada una de nosotras y con todas a la vez. Y con todas nos referimos al resto de mujeres a las que se nos promete la igualdad, la libertad de expresión, la seguridad y el respeto. Ya que si siguen ocurriendo estas barbaries, realmente lo que se nos dice es una mera quimera. Se nos engaña para mantenernos calladitas, para hacernos creer que algo hemos conseguido cuando en realidad no hemos avanzado nada. Y la cruda realidad es que, lo único que se ha conseguido es echar más lastre a nuestra ya pesada carga, y hacer que sigamos muriéndonos de miedo cuando vamos solas por una calle poco iluminada y se sienten pasos a nuestra espalda. Y también se ha conseguido que midamos nuestras palabras cuando nos encontramos en una situación de minoría; y que nos retraigamos, que no nos expresemos como deseamos porque siempre hay alguna excusa par echarnos la culpa de todo lo que pasa. Y tristemente seguimos escuchando en las noticias comentarios tan insolentes y patéticos como que en cierto modo el vestir de forma femenina incita a los ataques en masa. ¿Qué es lo que ha sucedido para que se desprestigien esas palabras que tan bien suenan en las bocas de los perpetradores cuando quieren vendernos su discurso? Pues no olvidemos que también son culpables aquellos que ven pasar las cosas delante de sus narices y no hacen nada; ¿Qué es lo que ha pasado con la igualdad y la libertad?¿Dónde quedan sus verdaderas acepciones? Y sobre todo…¿qué más barbaries tendremos que sufrir las mujeres para que esto se solucione de una vez por todas?

Todo esto pensaba Paula abrumada mientras entregaba su trabajo, una novela corta para presentar a un concurso literario, en la cual reflejaba todos sus sentimientos, temores, desilusiones y esperanzas, lejanas esperanzas de que alguien pudiese llegar a leer todo lo que ella había denunciado e hiciera algo para paliarlo…

Inmaculada Ostos