37ª convocatoria: Gatos

Gatos.

Ilustración de Rafa Mir

Pipi.

Mi Pipi era una gatita encantadora a la que le gustaba curiosear y jugar.
Mi amor por ella era infinito.
Cuando llegaba del trabajo, lo dejaba todo e iba a buscarla a su rincón favorito aunque ella siempre sabía a la hora que llegaba a casa.
Su historia es la de tantos pequeños cachorritos abandonados con sus hermanillos.
Cuando era bastante más joven, una amiga mía, y vecina,  paseábamos por la Glorieta de Embajadores de Madrid y se nos acercó un señor con una niña y nos preguntó si queríamos quedarnos con los dos gatitos que estaban acurrucaditos en una caja de zapatos.
Cuando vi a Pipi me enamoré completamente de ella.
El hermanito era un macho con mucho pelaje.
Pipi era especialmente bonita.
Poseía un antifaz perfecto y sus ojos eran grandes y ambarinos.
Pensé en lo linda que era y en lo acompañada que me sentiría teniéndola a mi lado.
Yo acepté y mi amiga, también.
Ella se llevó a Negrito y yo a Pipi.
En casa estuvo durante un tiempo.
La vi crecer, saltar, jugar, correr; ganar a mi hermano a las chapas, trastear, enredar, despertarme cuando tenía que levantarme para ir al trabajo.
Le preparé una cestita para que durmiese y una mantita calentita para el frío del invierno.
Comía bien y bebía leche.
Era muy limpia y aseada.
Mi madre le ponía en la cabecita unas gotitas de agua de colonia y ella iba por el comedor con el rabo levantado, altiva.
Con mucha tristeza tuve que dejarla al cuidado de una señora que tenía una casa de campo en la localidad de Móstoles.
Siempre la recuerdo.
La llevo guardada dentro de mi corazón, mi querida Pipi.

Paloma Muñoz
Madrid, 24 de junio 2019
Dedicado a todos los gatos del mundo

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El gato

Autor@: 
Ilustrador@:
Corrector@: 
Género: Cuento
Rating: Todos los públicos
Este relato es propiedad de Inmaculada Ostos Sobrino. La ilustración es propiedad de Rafa Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor.

El gato.

Ilustración de Rafa Mir

Ilustración de Rafa Mir

—¡Apártate de ahí, so mema!
—¡De eso nada, no voy a consentir que le hagáis más daño! ¿Os gustaría que os apedrearan por diversión? ¡Pues a él tampoco!
—Es solo un bicho. ¡Quítate de ahí!
—¡No!
El muchacho se giró entonces buscando la mirada de su líder, este ladeó la cabeza en un gesto cómplice, y entonces el chico, mostrando una cínica sonrisa, lanzó la piedra con todas sus fuerzas. La chica cayó al suelo dolorida, le había alcanzado el hueso del hombro, y el impacto había sido tan fuerte que la había hecho caer, pero se levantó aguantando las lágrimas, y cogiéndose con la mano el hombro herido se volvió a plantar delante del gato y los miró desafiante.
El muchacho lanzó de nuevo y, esta vez, la piedra fue directa a la cabeza. A la muchacha solo le dio tiempo a alzar el brazo, pero de nuevo el dolor la hizo estremecerse y caer, esta vez incluso se le escapó un gemido mientras un hilo de sangre corría por su piel desnuda.
«¡La piedra tenía punta!», se sorprendió la chica. Y de nuevo se levantó y se interpuso entre el felino y la panda de salvajes. Tenía muchas ganas de llorar, pero no les iba a dar la satisfacción de verlo.
El lanzador miró de nuevo a su jefe con cara divertida. Este negó con la cabeza y observó atentamente a la muchacha que, jadeante, los miraba con furia sin apenas pestañear. Finalmente se adelantó hacia ella manteniéndole la mirada. Normalmente cuando hacía esto la gente solía bajar los ojos hacia el suelo, pero la chica no, esa chica lo miraba entre furiosa y aterrorizada, una mala combinación para iniciar una pelea, aunque en este caso ella estuviera en desventaja. Y además ahora se agachó para coger el gato y lo apretujó contra su pecho. El chico no supo por qué, pero algo en la tenacidad y el coraje de la muchacha hizo que sintiera admiración por aquel diminuto y delgaducho cuerpo. Así que acercándose de forma intimidatoria le dijo dando fin a la tortura:
—Esto no va a quedar así, enana. —Y dicho esto, hizo una seña a sus secuaces y todos se apiñaron a su alrededor. Mientras le daba la espalda el chico sonrió, desde luego que no tenía intención de hacerle daño, pero debía mantener su reputación frente al resto si quería que lo siguieran respetando. Y la pantomima funcionó, pues los chicos lo siguieron mientras dirigían a la chica carcajadas socarronas y miradas de superioridad.
Una vez desaparecida la banda del patio Clara se desplomó en el suelo con el gato aún aferrado a su pecho.
—Tranquilo, bonito, mientras yo esté aquí nada te pasará —le dijo, y por primera vez lo observó con atención.
El gato tenía una gran brecha en la cabeza, exactamente al lado de la oreja derecha, así que ella no se lo pensó y se lo llevó corriendo al único lugar en donde lo podrían aliviar. Al cabo de dos horas llegó a casa. Cuando su madre le abrió la puerta, Clara ni siquiera se molestó en esconder al gato.
—¿Tenemos un nuevo miembro en la familia?
—Solo hasta que mejore.
—Bueno, ya que hemos pagado la factura deberíamos quedárnoslo, ¿no crees? Para que salga rentable la inversión y eso —le dijo su madre señalando la inconfundible venda con dibujitos de peces de la cabeza del animal.
—La factura la pagaré con mis ahorros, no te preocupes.
—No lo dudaba. No obstante… —comenzó a decir su madre dando una significativa vuelta con su dedo anular.
—¡Ni hablar! ¡Es un gato callejero, no está acostumbrado a…!
—Ni aunque fuera de Katmandú y alérgico a la humedad se libraría de esta, es la regla.
—No te conoce, podría arañarte —insistió Clara en un intento de disuadirla. Su madre era una maniática de la limpieza y su Copo, que en paz descansase, lo sufrió una vez al mes durante todos los años de su corta vida.
—Creo que voy a correr el riesgo —le dijo arrebatándole el gato de las manos y después se dirigió al cuarto de baño.
—Entonces, ¿estás segura de que no quieres que desempolve nada de Copo? ¿No se quedará?
La chica negó con la cabeza.
Este es un gato libre. En cuanto pasen los tres días que me dijo la doctora Laura lo soltaré de nuevo.
—¿Estas segura? —le preguntó entonces su madre—. Parece que le caes bien —volvió a decirle mientras miraba al gato que, acurrucado en su regazo, dormía plácidamente—. Si no quieres otro gato es porque no quieres volver a sufrir…
—No, no es eso. A Copo lo cogimos cuando era un cachorro de apenas semanas, era hijo de una gata doméstica. No es lo mismo que este, que es un gato que se ha criado en la calle. No me parecería justo quitarle su libertad. Él debe seguir siendo libre, ya no es un gatito, parece adulto, así que no debemos ser egoístas. El gato, que hacía medio segundo acababa de levantar la oreja derecha, de repente abrió los ojos y se la quedó mirando de forma intensa durante unos segundos, como si hubiese comprendido cada palabra que la muchacha decía, y después se volvió a acurrucar.
—Me parece una buena respuesta —le dijo entonces su madre con una sonrisa de orgullo en su cara—. Así será, pero hasta que lleguen esos tres días le buscaremos una cama blandita en donde dormir, y el arenero también. Además, creo que me quedó un paquete entero de comida, así que lo abriré y lo que sobre lo donaremos a la clínica de Laura, ¿te parece?
Clara aceptó satisfecha y no hubo más que decir. Los tres días pasaron volando, y aunque Clara sabía que echaría de menos aquellas miradas que escondían una inteligencia especial cada vez que ella le hablaba de alguna cosa, no podía echarse atrás. El gato era libre, así que, con todo su pesar, lo devolvió a la calle no sin darle una prolongada caricia y advertirle:
—No te metas en más líos, ¿vale, chaval?
Y después se alejó del parque en donde lo había dejado con un sentimiento contradictorio, pues a la misma vez sentía pena y felicidad. Así pasaron varias semanas en las que Clara no supo nada más del gato, pero un buen día se lo volvió a topar en el callejón de atrás de la pizzería Luigi’s. Estaba encarándose con dos perros de tamaño mediano peleando por unos restos de comida. Los perros lo tenían rodeado, pero él no iba a ceder. Clara no sabía si admirar su valentía o decepcionarse por lo insensato que era. No habría hecho nada si un tercer perro, que estaba escondido y a traición, no hubiese intentado saltar por detrás.
—¡Cuidado! —gritó.
Y entonces el gato, dando un giro veloz, dibujó con sus zarpas un enorme surco en el hocico del can mientras le bufaba de forma salvaje. El resto de perros pareció entender la lección, ya que ninguno se le acercó y huyeron despavoridos. El gato se zampó su botín.
—Sabes que has tenido suerte, ¿verdad? —le dijo Clara—. Si no llega a ser por mí, ese perrazo te hubiese hecho chichina.
El gato la miró algo airado y empezó a lamerse las patas. Estaba más delgado que la última vez que lo vio.
—En fin, me ha encantado verte, pero ten más cuidado, no seas tan temerario y ve a la comida sobre seguro. Luisina suele sacar basura fresca al mediodía y esos tres con los que te has enfrentado a esa hora no suelen estar por aquí, así que tú mismo. —Y diciéndole esto al atento gato, Clara se marchó dirección al parque para merendar. Siempre hacía un alto en el jardín de los rosales antes de regresar a casa. Le encantaba el perfume que desprendían aquellas preciosas y maravillosas flores rojas. Clara se sentó en su banco de siempre, sacó todos sus enseres de merienda, botella de agua, bocadillo y servilletas, cuando de repente el gato apareció y de un salto se colocó a su lado mirándola con ojos suplicantes.
—¿Quieres un poquito de esto? —le ofreció Clara mostrándole su bocadillo de atún. El gato ronroneó primero y luego maulló como si le contestase afirmativamente.
—Está bien, lo comparto contigo, pero no me vayas a marcar como a ese chucho pulposo, ¿eh? — bromeó. El gato soltó un bufido disgustado y le dio la espalda. Clara pudo ver divertida su lomo anaranjado a rayas amarillas—. Era una broma —le dijo entonces, y deshizo en pequeñas porciones un trozo de su bocadillo del que el gato dio cuenta gustoso.
Desde entonces el merendar juntos en el parque se convirtió en una agradable tradición y Clara además podía desahogarse de sus problemas diarios mientras acariciaba el aterciopelado lomo de su amigo.
—Como sigamos así, te voy a tener que poner un nombre, no me gusta no poder identificar a mi mejor amigo.
Y tal vez aquel día fuese el más raro de todos los que Clara compartió con el animalito, ya que de improviso el gato saltó al suelo, la miró, le maulló intentando llamar su atención y se puso en movimiento. Al cabo de unos instantes y al ver que Clara no lo seguía, el gato se paró, volvió a mirarla y maulló desesperado.
—Está bien, ya te sigo.
Y así la llevó hasta la librería en donde se volvió a parar y ya no se movió.
—¿Por qué me has traído aquí?
El gato la miró directamente a los ojos y luego hacia arriba. Parecía que observaba fijamente el cartel de la tienda mientras maullaba.
—Oliver… —leyó la muchacha—. ¿Oliver? ¿Quieres que te llame Oliver? —le preguntó entonces, y el gato hizo algo que a Clara le resultó muy extraño, incluso llegó a pensar que había sido producto de su imaginación, pero lo cierto era que Clara hubiera jurado que el gato asentía.
—Está bien, Oliver pues. Bueno, me tengo que ir ya, supongo que nos veremos.
El gato le dirigió entonces un maullido satisfecho y se marchó calle abajo.
Hubo más encuentros entre Clara y Oliver. Concretamente quedaban cada tarde de los viernes en el que se había convertido su lugar, compartían bocadillo y conversación, y aunque era solo Clara la que hablaba, el gato parecía escucharla siempre con atención, e incluso a veces se permitía hacer algún gesto extraño como de aprobación. Y así pasaron los meses, y el gato iba mejorando su aspecto, estaba más fuerte, más ágil y Clara más feliz. La mutua compañía parecía ser beneficiosa para ambos y lo más importante era que ambos respetaban el espacio del otro, ambos eran libres a su manera.
Un día Clara llegaba tarde a su cita con Oliver, la habían castigado por pegarle a un chico de segundo de bachiller, pero es que este estaba molestando a un chico de su clase que tenía problemas de aprendizaje y ella lo defendió. En fin, el castigo había merecido la pena sobre todo si aquel chico lo dejaba en paz desde ese momento. Lo malo era que Oliver seguro que estaba preocupado, así que Clara pensó en coger un atajo para llegar lo antes posible y cuál fue su mala suerte que, al atravesar el parque de la fuente, los acosadores de Oliver estaban allí, y como era costumbre en los últimos meses, el que parecía el jefe se le acercó para intentar conversar con ella o decirle alguna estupidez, tal como que le gustaría que fuesen amigos y todo ese tipo de sandeces, pero ella siempre tendría la misma respuesta hacia él. Oliver y ella habían conversado muchas veces sobre el extraño interés que ese tipejo parecía tener en ella, pero Clara no podría ser jamás amiga de una persona tan cruel como él. Lo conocía de vista y por desgracia Oliver no había sido su única víctima. Cuando el muchacho se acercó a ella esta vez no habló, pues lo primero que hizo fue cogerla por la cintura y atraerla hacia él.
—Es la hora de mi beso, guapa —le dijo, y se giró con una sonrisa socarrona a los del grupo.
Clara lo miró con odio comprendiendo su cobarde forma de actuar. Cuando estaba solo se comportaba de una manera más respetuosa dentro de su línea, pero cuando se encontraba con los idiotas de sus amigos… Clara lo empujó con fuerza haciendo que este cayera hacia atrás de culo.
—¡Eres idiota o qué! —le espetó.
Y eso no pareció sentarle muy bien a él, pues apretando los dientes se levantó furioso y cogiéndola de la muñeca la zarandeó fuertemente. A un gesto de su líder, el resto de chicos se acercó rodeándola mientras la increpaban, la empujaban e incluso alguno se atrevió a tocarle el trasero sin que ella pudiera hacer nada para evitarlo. Y aquello iría a más, ya que, al parecer, al resto del equipo les había parecido gracioso este acto y empezaron a acercarse a ella peligrosamente.

Clara cerró los ojos aterrorizada, maldiciendo su estúpida decisión de atravesar por aquel lugar. ¡Y todo ¡por ver a un gato!, ¡no se podía creer lo estúpido que sonaba!. Aunque, en el fondo, solo ella sabía ese vínculo tan especial que se había creado, esa complicidad, esa necesidad mutua, esa sensación de tranquilidad y bienestar que sentía cuando estaban juntos, ni siquiera con su mejor amiga había sentido algo así. Pero ahora se le venía encima probablemente el peor momento de toda su vida. Intentó escapar, pero el muchacho la aferraba fuertemente, apretó los dientes y se resignó a esperar, aunque seguía intentando propinar alguna que otra patada en su espera. Y entonces pasó sin apenas poder evitarlo. Clara sintió el dolor aplastante en sus pulmones, en su espalda. El golpe fue brutal. Cayó al suelo como un peso muerto, aunque cuando abrió los ojos el peso muerto era el muchacho que tenía encima. Y entonces entendió. No la habían golpeado a ella. El hecho de haber caído era que su opresor había recibido un fuerte puñetazo que lo había hecho caer y arrastrarla a ella. Lo que Clara no se explicaba era cómo había acabado en aquella postura si hacía un segundo lo tenía frente a ella,  pero no le importó. Lo que imperaba era saber qué demonios estaba pasando. Así que con una fuerza sobrehumana se quitó a ese tiparraco de encima. Lo primero que nuestra amiga vio fue una masa de gente arremolinada en lo que parecía una pelea callejera; y en segundo lugar, a un muchacho de pelo anaranjado entrando y saliendo de ella a una velocidad de vértigo mientras los de la banda iban cayendo como moscas a sus pies. En cuestión de unos minutos todo acabó y el muchacho se abrió paso entre el amasijo de quejumbrosos heridos, acercándose a ella como a cámara lenta.
—¿Estás bien? —le preguntó entonces tendiéndole la mano.
Clara seguía paralizada, aunque pudo asentir mientras el muchacho le cogía la mano y la hacía moverse pacientemente hacia él. Ahora Clara pudo ver que su pelo no era del todo naranja, tenía unos preciosos reflejos dorados que parecían naturales. Lucía despeinado, aunque no le quedaba extraño a su cara, y sus ojos rasgados eran dos centelleantes esmeraldas verdes que la miraban con preocupación.
Clara, sin saber por qué, se dejó abrazar por aquel desconocido e incluso ser llevada de la mano por él hacia otro lugar.
—Creo que debería llevarte a tu casa, no creo que el veterinario tenga un arreglo para ti —le dijo entonces en un intento de hacer una broma. Clara lo miró desconcertada y entonces algo en su cara, en sus gestos y en un no sé qué hizo que todo cobrara sentido como en una mala narración.
—¡¿Oliver?! —balbuceó aún incrédula.
El muchacho hizo un grácil salto felino hacia atrás y después una reverencia, y asintió.
La chica cayó a plomo en el banco que tenía más cerca con la boca abierta de par en par.
—Tenemos mucho de qué hablar —le contestó él con una amplia sonrisa.

Inmaculada Ostos

Vidas cruzadas

Autor@:
Ilustrador@:
Corrector@: 
Género: Relato
Rating: Todos los públicos
Este relato es propiedad de Olga Ruiz. La ilustración es propiedad de Rafa Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Vidas cruzadas.

Ilustración de Rafa Mir

Ilustración de Rafa Mir

Cuando tenía veinte años me dijeron que escribía como Raymond Carver, y ni siquiera sabía parte de mi verdad en aquel momento cuando leí su libro Vidas Cruzadas.

Pues hoy estoy precisamente aquí. En ese punto de intersección donde se cruzan dos rectas, dos vidas, dos almas. Son las siete de la tarde, la cafetería Rojas está esperándome con sus sillones de terciopelo y sus mesas de mármol del siglo pasado. El camarero que tantas veces me ha visto hoy se va a encontrar la sorpresa de ver cómo mi hermana gemela llegará diez minutos antes y se dirigirá a ella como si fuera yo, y se producirá un absurdo debate entre la confusión de ella y la confusión de él. Bueno, estas y otras cosas siguen formando parte de mi estupidez existencial, para que me vayáis conociendo.

Hace veinte años que busco a mi hermana. Yo siempre había pensado que era hija única, pero cuando falleció mi madre me dijo que no. Que ella dio a luz a dos niñas, que incluso tenía una foto de recién parida con las dos en brazos y que me enseñó. Pero que en un momento determinado una de ellas falleció dentro de la maternidad y se supone que la quemaron porque mi madre solo recibió un bote pequeño con sus cenizas que metió en el panteón familiar de Cáceres en una ceremonia íntima muy triste. Nunca se habló de este tema porque nunca nadie conoció a la pequeña. Solo sus padres y ahora su hermana. Y no se quiso dar información a los demás, qué importaba, un ser humano menos en el mundo, nadie la había visto y nadie la echaría en falta. Y querían vivir la alegría de la que sí vivía, o sea, yo, y no convertir su vida  en un escaparate deprimente de culpa andante, como si ella hubiera hecho algo para merecer aquel castigo. Cosas de los pueblos, supongo. Sea como sea, ambos progenitores eligieron el silencio.

Pero yo, que siempre fui una persona inquieta, en el momento que supe de esta situación  decidí buscarme la vida. Coloqué en internet, en la portada de mi Facebook, una composición fotográfica con un evolutivo de mi vida: una foto de cuando tenía siete años con mi primera bicicleta, una a los nueve cuando hice la comunión, otra más a los catorce cuando terminé la EGB, otra a los dieciocho cuando comencé a estudiar en la facultad de Medicina, otra a los veinticinco cuando por fin conseguí tener un novio y estaba yo muy lozana y hermosa, otra a los treinta cuando me casé. Y acompañé las fotos con este texto: “Busco a mi hermana gemela. Contáctame”. Y añadí mi teléfono móvil, evidentemente.

Después me di de alta en varios perfiles de Google+, Instagram, Linkelind, Pinterest, Twitter,  etc. Todo me parecía poco. Usé esos perfiles solo para colgar y distribuir las fotos de mi vida y los mensajes de amor para mi hermana. Reconozco que llevo un año pegando las fotos por todos los grupos que he podido, compartiendo contenidos en todas las asociaciones de víctimas, niños robados, desaparecidos, etc. Ha sido una búsqueda agotadora. Pero ayer, después de todo ese tiempo, una mujer contactó conmigo. Solo descolgar el teléfono fue emocionante. Estaba tan nerviosa, lloraba tanto que ni siquiera la entendía. Me envió una foto por Whatsapp y realmente esa foto me hizo llorar a mí. Después de unos minutos de llanto conjunto me contó que su madre adoptiva, ya muy enferma de cáncer, le reveló toda la verdad justo antes de fallecer hacía unos meses. Supuestamente había nacido en Madrid, de una familia muy pobre que no podía hacerse cargo de ella, y terminó siendo adoptada por un matrimonio de Burgos. Toda su vida había sido lujo y alegría porque esta familia era muy pudiente, ya que eran dueños de una bodega y de una empresa constructora. Pero ahora, al fallecer ambos progenitores ya, se sabía muy sola en el mundo y había sido maravilloso encontrar que la estaban buscando.

Ambas queríamos conocernos. Así que, sin dudarlo, quedamos para vernos al día siguiente.

Y ese era el día, la hora, el lugar, donde dos almitas volverían a coincidir. Quizás para no separarse nunca más, quizás para ser vidas cruzadas. Quién lo sabe.

Allá voy.

Olga Ruiz

35ª convocatoria: Eclipse de luna

Eclipse de luna.

Ilustración de Rafa Mir

Saludos desde el espacio exterior

—Dulces sueños. Sed buenos. Ja, ja, ja.

Ni a Irina ni a David les hacía la más mínima gracia la despedida de cada noche, aunque tampoco podían mandar a la mierda a McBrown, no dejaba de ser su superior.

—Voy a desconectar el audio —dijo David como cada final de jornada.
—¿Otra vez? Me gustaría oír lo que pasa ahí alguna noche.
—Estática es lo que pasa. Intenta dormir con el zumbido de estática algún día y nos comprenderás.
—Está bien, desconecta. Oye, mañana es el eclipse, miles de millones de ojos estarán mirando hacia vosotros. Descansad, chicos.

David desconectó el audio. Fueron al aseo, se quitaron el uniforme y después se dirigieron a las cápsulas de descanso, sin hablarse. Después de decirse un hasta mañana se metieron en cada cápsula, Irina en la inferior y David en la superior, con un pequeño impulso, con la facilidad que da la gravedad cero.

La intensidad de la luz fue bajando y dejando ver por las dos ventanas redondas de la nave la silueta de la Tierra. Si la nave cambiase su orientación, la luz de la Luna prácticamente llena iluminaría la cápsula como si estuvieran encendidas un millón de bombillas.

Mientras la luz artificial desaparecía el silencio lo invadía todo y casi se podía escuchar la respiración del otro.

—Odio a McBrown —dijo Irina cuando la luz se apagó del todo. Girada dentro de su cápsula hacia la pared interior para evitar que ninguna cámara detectara el movimiento de sus labios y pudieran leer sus palabras.

—Yo también —dijo David en la misma postura.—Todas las noches con la misma broma. Me dan ganas de bajarle los pantalones y decirle: «No sé a qué te refieres, capullo».—Eso estaría bien.
—David, no sé si voy a aguantar.
—Por Dios, Irina, no puedes hacerme una… eso aquí. Esto está lleno de cámaras.
—¡No me refiero a eso! Quiero decir que no sé si voy a aguantar sin abrazarte, sin besarte, sin ni siquiera rozarte.
—Hoy lo has hecho.
—Solo ha sido un roce de nada en la mano al darte la probeta. Estoy segura de que no han notado que era una caricia.
—A mí me ha gustado.
—No puedo más. Estamos solos a miles de kilómetros de cualquier ser humano y lo único que quiero es subir ahí arriba contigo.
—Y vigilados y grabados veinticuatro horas por el observatorio. Me echarían de la NASA y a ti de Roscosmos.
—Pues a la mierda la Roscosmos y la NASA, yo subo.
—¡Irina, para! Además está tu marido, lo iba a ver.
—¡Menudo gilipollas es mi marido!
—Mujer, es un astronauta brillante.
—Tan brillante que se dejó caer una pesa antes de venir a esta misión. El muy imbécil dijo que pensaba que estaba en gravedad cero.
—Pues menos mal, si no, no habría venido yo, y no te habría conocido.
—Algo bueno tenía que hacer en su vida.
—Pues cuando hablas con él pareces superenamorada.
—Qué quieres que haga. No voy a decirle que se puede ir a la mierda, que me enamorado de ti, que me muero de ganas de abrazarte, de besarte, de bajarte los pantalones, de acostarme contigo…
—¿Lo dices de verdad?
—Hazme hueco y verás.
—Me refiero a lo de que te has enamorado de mí.
—¿Tú no?
—A lo mejor estás confundida, como soy el único hombre en trescientos mil kilómetros a la redonda.
—No me has respondido.
—Te quiero tanto que estoy planteándome dejar la NASA.
—Qué ganas tengo de acabar la misión y besarte cuando lleguemos a la Tierra. ¿Te imaginas que no nos gusta?
—¿Por qué? A mí siempre me ha gustado la Tierra.
—No me tomes el pelo. Si no nos gusta besarnos.
—¿Qué pasa, no sabes hacerlo?
—Allí será diferente, no será la misma situación que aquí.
—Bueno, a mí siempre me quedará mi marido.

Se callaron un instante.

—Menudo gilipollas, el eclipse dice —dijo David—. Que nos van a estar mirando. Como si fuesen capaces de distinguir la nave a esa distancia.

—Por mí ya se podían ir todos a tomar por culo, McBrown, mi marido y los miles de millones de terrícolas mirándonos. Los odio a todos. Podíamos desnudarnos y hacerlo. ¿Nunca te ha dado morbo hacerlo delante de miles de millones de personas?
—Pero solo lo verían McBrown, el observatorio y el comité de disciplina. Pero se me está ocurriendo algo que podemos hacer y que solo se vea desde fuera, que no alcance a las cámaras.
—Cuéntamelo.

El día siguiente todo el planeta miraba al cielo, extasiado por el espectáculo de la luna de sangre provocado por el eclipse de Luna.

En la isla de La Palma, en el telescopio instalado en el Roque de los Muchachos se seguía con mucha excitación.

—Este telescopio es espectacular. ¿Habéis visto cómo se ve la parte iluminada? Es increíble el detalle. Se podría ver hasta el lunar de un selenita.
—Pues busca la nave que está en órbita, a ver si se ve.
—¡Ahí está! —dijo después de un rato—. ¡Qué definición! Sería capaz de ver a los astronautas por la ventana.
—Pues la mujer está bien buena, prueba a ver.
—Ahí están las ventanas. A ver… ¡Pero qué cabrones!
—¿Qué pasa?
—¡Nos están haciendo un calvo a todo el planeta!

Jorge Moreno

Las diecinueve novias

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Género: Fantasía urbana
Rating: +13
Este relato es propiedad de Olga Besolí. La ilustración es propiedad de Rafa Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Las diecinueve novias.

Han pasado más de cuatro milenios desde que mis diecinueve hermanas y yo ofrecimos nuestras vidas a cambio de que la Diosa Madre recuperara la suya.

Ese era nuestro cometido como sacerdotisas: proteger las tierras y los cultivos, las reses y a nuestros hombres, mujeres y niños. Éramos las guardianas, las vigías del eterno equilibrio entre la luz y la oscuridad, aquellas que velan para que la Diosa siga su curso dorado por el día, fructificando los cultivos y preñando a las hembras, y deje su plateada estela por la noche, permitiendo el descanso de las reses, los campos y los hombres, sumidos en el silencio y bajo el hechizo de nuestros fuegos rituales. En un ciclo eterno que nunca debe romperse.

Pero esa noche el equilibrio se quebró. Ya lo habían anunciado el vuelo errático de los pájaros y el agua del estanque que, turbia de repente, no dejó que el oráculo leyera el futuro, nuestro futuro. Y sin futuro todo deja de existir.

La luz tenue de un atardecer sombrío y extraño dejó paso a una oscuridad arropada por la Diosa, cuando todo lo que momentos antes había cobrado vida se paralizó. El gran ojo nocturno de la Diosa estaba abierto completamente, redondo y brillante, más grande y luminoso que de costumbre, pero rodeado de un halo fantasmagórico y un silencio sepulcral, más profundo de lo habitual, lo que auguraba presagios de desastre. Los lobos no aullaban como acostumbraban a hacerlo en días como ese; la brisa no soplaba; las aves nocturnas no surcaban el cielo con sus alas negras; todos miramos al cielo, acongojados.

Ilustración de Rafa Mir

Entonces, las fauces de la oscuridad empezaron a comerse a bocados la luz plateada del cielo estrellado, engullendo el lucero nocturno de la Diosa. Ya habíamos presenciado con anterioridad a la oscuridad hambrienta intentar aniquilar a la Diosa, tanto en su luz nocturna como diurna, pero siempre se hartaba de ella y remitía.

Y en tales ocasiones había bastado con los bailes rituales y la copulación sagrada para restaurar el equilibro. Pero esa noche no. Nunca antes habíamos presenciado un hambre tan voraz, capaz de acabar con todo.

Primero cumplimos con los ritos habituales, hasta que la Diosa tuvo su ojo luminoso a medio cerrar. Y fue entonces cuando tuvimos que tomar la gran decisión: invocar el ritual supremo, aquel que no debe practicarse salvo que el poblado esté en auténtico peligro, pues es un ritual mortal, que emula la sangre y la menstruación, los ciclos lunares y la fertilidad, que arrebata la vida y concibe otra nueva, aquella desde la que os hablo a vosotros.

Rápidamente, antes de que la oscuridad engullera totalmente la luz, realizamos todos los preparativos. Seguimos las instrucciones que, de generación en generación, nos transmitieron nuestras ancestras y que ni el gran oráculo conocía. Él se dispuso también a su propio sacrificio, llevándose todos sus amuletos de marfil, incluida la daga de cristal de roca y hueso dentro del tholei funerario, seguido por sus tres guardianes fieles.

En una de las dos grandes estancias principales del tholei, bajo su techumbre de madera, y mientras nosotras nos preparábamos para morir en nombre de la Diosa bajo su menguante luz nocturna, el oráculo derramaba su propia sangre lejos a cobijo de su influencia, en nombre de su dorada luz diurna, para que la mañana pudiese volver a la vida. Los tres guardianes se encargarían de asistirlo en su transición.

Y luego, esos mismos guardianes pintaban las paredes del recinto de nuestro sepulcro de color rojo, y también los símbolos de la diosa y de su luz. Nosotras, mientras todo eso ocurría, bajo la poca luz que le quedaba a Diosa, nos embadurnábamos la piel entera con ese mismo polvo rojo sacado de las entrañas de la montaña, mezclado con los aceites rituales. Piel que luego nos cubrimos con nuestros pesados trajes de lentejuelas de ceremonia.

No había ningún asistente para nosotras. Ningún hombre debía aparecer ante la Diosa en ese momento, y ninguna antorcha debía competir con su luz, que desaparecía por momentos. Y se hizo la oscuridad total en el cielo.

Como pudimos, a ciegas, preparamos el elixir de la Diosa, con agua fresca de manantial y con el mismo pigmento que embadurnaba nuestros cuerpos, y que sabíamos que decoraba ya las paredes que recibirían nuestros veinte cuerpos, ya sin aliento.

Y bebimos de la sangre de la Diosa, nuestra última ingestión, en grandes cantidades, mientras danzábamos el último baile ritual de nuestras vidas terrestres y la Diosa nos daba su mano.

Entonces, en medio de las danzas empezaron las convulsiones, los dolores y los vómitos, y con ellos la Diosa oyó nuestros cánticos y una fina línea de luz apareció en el cielo. Abría el ojo para contemplar nuestro sacrificio.

El ritual de nuestras ancestras había surtido efecto. Prueba de ello es que todavía hoy sigue luciendo la Luna, que así es como vosotros llamáis al ojo nocturno de la Diosa, y el ciclo de la vida y la luz continúan.

Aunque hace poco volvió a suceder. Volvisteis a estar en peligro sin ser conscientes de ello. Fue hace unos meses, en esa preciosa noche de luna llena, otra gran luna, que salió anunciada en todas vuestras pantallas y dispositivos.

Era la misma luna que había aquella alarmante noche en que la Diosa parecía morir, y justamente se repitió el mismo eclipse, el eclipse total. Sé que sois una sociedad obnubilada por la razón, que no creéis en la magia, pero no dejéis que las cosas mundanas os aparten de la sabiduría. ¿Me creeríais si os dijese que desde el otro lado mis diecinueve hermanas y yo velamos para que la luz regresara a vuestro mundo? Lo hicimos, y la oscuridad remitió. Fue a la mañana siguiente que vuestros arqueólogos descubrieron nuestros cuerpos, en lo que vosotros llamáis una excavación neolítica.

Y yo, la única mujer mayor que acompaña a esos diecinueve esqueletos de jóvenes sacerdotisas, os observo y he de deciros que no os comprendo. Sí, yo soy ese cuerpo especial, dotado mágicamente de seis dedos en cada pie, la sacerdotisa suprema de la Diosa, que hace 4.800 años dio su vida por el equilibrio del mundo. Y esas son mis hermanas y acompañantes, jóvenes y fuertes, ataviadas con sus ropajes rituales y con los restos de pigmentos rojo que ingerimos, y que ahora mancha el suelo del recinto, pero sigue en las paredes. Ahora sé que se llama cinabrio, y que es la fuente del mercurio que habéis encontrado en los análisis de nuestros restos óseos. ¡Curioso nombre para un veneno plateado que es el principal componente de la sangre de la Diosa! Mercurio es el nombre de un astro celeste, de un guardián de la Diosa.

Y no es que me importe que hagáis pruebas a nuestros cuerpos, o que los exhibáis como hacéis con vuestros animales en los zoológicos, o vuestras momias en los museos, pero sí me hiere que manchéis nuestros nombres y menospreciéis nuestro rango.

Creo que nos hemos ganado un respeto merecido en la muerte, por el sacrificio realizado en vida. Y me consta que en algunas de vuestras publicaciones escritas, en contra de las propias afirmaciones de los estudiosos y los arqueólogos del yacimiento, nos han tachado de «Las diecinueve novias», afirmando que solamente fuimos unas acompañantes sacrificadas en la muerte y posterior funeral de un gran marchante de marfil, que no es otro que nuestro oráculo, fiel amigo y sirviente nuestro. Y dicen que una prueba de ello son los esqueletos de tres centinelas que yacen a la puerta de nuestra estancia. ¿Quién os pensáis que trasladó nuestros cuerpos dentro de la cámara y cerró el círculo con su propio sacrificio para velarnos por toda la eternidad?

Si fuésemos simples novias, ¿por qué creéis que en las paredes estaban dibujados el símbolo de la Diosa y el de su luz? ¿Por qué esos trajes rituales, realizados con millares de cuentas, pesados y difíciles de portar sin un entrenamiento de años? ¿Cómo podéis negar una verdad tan evidente? ¿Tan ciegos estáis? ¿Tanto os cuesta aceptar que rindiéramos culto a la Diosa y no a los hombres? ¿Es que acaso, en pleno siglo XXI, no podéis ni siquiera asimilar que hubo tiempos antiguos en los que era la Diosa la que reinaba en los cielos y no vuestro reciente Dios masculino? ¿Que la mujer misma era venerada y portadora de la sabiduría? ¿Que las enseñanzas se transmitían de madres a hijas? ¿Es que no podéis entender que en este mismo lugar hubo pueblos ancestrales en los que las mujeres no eran ni esclavas ni acompañantes?

Por eso he roto mi silencio milenario y he decidido hablaros desde mi otra vida, al lado de la Diosa. Para deciros que vuestra sociedad ha avanzado mucho, pero no en sabiduría; que nosotras seguimos y seguiremos vigilantes porque somos las eternas guardianas del equilibrio, junto a nuestras ancestras; y que después de tantos ciclos en los que la oscuridad se ha cernido sobre la luz amenazando con cerrar el ojo de la Diosa, he comprendido, finalmente, que los que realmente han cerrado los ojos sois todos vosotros, cegados por la oscuridad de vuestras propias creencias.

Pero no os preocupéis, nuevas sacerdotisas, y esta vez no serán veinte, sino cientos, millares, millones de ellas, saldrán para devolver la luz perdida al mundo.

Olga Besolí
Febrero 2019

 

La maldición de la luna roja

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Género: Relato Ficción
Rating: Todos los públicos
Este relato es propiedad de Paloma Muñoz. La ilustración es propiedad de José Vicente Santamaría. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La maldición de la luna roja.

I
Luna Wald seguía cosechando éxitos con sus novelas de aventuras en las que imprimía su característico sello autobiográfico en algunos detalles.

Rusty 7464 era su fiel ayudante y su dedicado consejero en cuestiones editoriales. Luna había decidido prescindir de los servicios de su literary coach porque no le hacía falta Ya quetenía a Rusty que se había empapado de sabiduría informativa sobre lo que un buen literary coach debe de hacer ─profesionalmente hablando─ cuando entra al servicio de un exitoso novelista.

La editorial por la que Luna había fichado era Voxplanet, al principio, una firma modesta pero que a Luna le vino de perlas porque le abrió el fascinante mundo de la publicación de novelas y la fascinación de los oropeles cuando las cosas machan viento en popa.

Luna no había ganado ningún premio pintón. Pero eso a ella no le preocupaba demasiado porque sabía que más tarde o más temprano, más bien temprano que tarde, lo conseguiría.

Así que se preparó para escribir su nueva novela, esta vez, ambientada en una antiquísima mansión victoriana en la que habitaba una extraña familia con aficiones…digamos algo peculiares.

Daba la casualidad de que en esos momentos, las cadenas de noticias de la Telegalaxy informaban de la inminente aparición de  un alucinante eclipse de luna, sólo que esta vez, la luna no se tornaría negra como el alma de un vil traidor o traidora sino roja como la sangre.

Luna pensó que eso le vendría de maravilla para  dar un misterioso, inquietante y espeluznante marco a su nueva historia: una casa perdida en unos páramos, paisajes tenebrosos, muy poca luz y muchas sombras y una luna roja enorme sobre la jodida casa victoriana.

En cuanto a los habitantes de la mansión, a instancias de un antiguo conocido suyo, un tal Joseph Vincent Saint Mary le había propuesto que la llenara de hombres lobo, vampiros y otros seres de la noche. A Luna le pareció bien. ¿Por qué no? A fin de cuentas la imaginación es la imaginación y una luna roja ofrece muchas posibilidades.

Luna se preparó para documentarse sobre Los hijos de la noche.

II
El eclipse se  veía perfectamente desde el gran ventanal de Luna en el piso 69 del impresionante edificio de 100  plantas.

Casi podía rozar con las yemas de los dedos el borde de la gran luna roja, la gran luna de sangre que lucía portentosamente sobrecogedora en el firmamento.

―Los hijos de la noche era una frase que dijo un viejo ridículo y patético que era conde y que volaba como los murciélagos por la noche. Esa historia me ha parecido siempre una gilipollez.

Rusty captó la atención de Luna mientras estaba ante su potente ordenador escribiendo sobre los habitantes de la mansión siniestra.

―Hay que leer a los clásicos, Rusty. El conde Drácula es un clásico por si no lo sabías.

―Sí, y también hay que leer el  megaladrillo de “Frankenstein” y no puedo con él.

Sobre la  mesa del ordenador había unos cuantos libros desperdigados con ilustraciones y algunos con nobles tapas de cuero que brillaban a la luz de las velas que Rusty había colocado en la habitación para dar más ambiente. Estos libros eran verdaderas joyas entre las reliquias de la literatura fantástica y de terror.

―La historia del hombre lobo es espeluznante, Rusty. Tengo que incluir a un inquilino de esa casa que cada vez que haya luna llena se transforme en un sanguinario lobo devorador y destrozador.
Rusty se puso una mano de hojalata rematada con brillantes tornillos de acero en el cuello.
―Prefiero a los vampiros que a los hombres-lobo. Más que nada porque hacen menos destrozo.

“Era una noche de luna llena roja. Una luna roja y abundante que reinaba en el firmamento y que parecía abarcar el universo entero. La mansión se recortaba contra la luz extraña, fantasmagórica e inquietante de esa luna que bañaba la tierra de destellos rojos infernales. Las  esbeltas agujas de las torres anunciaban que la mansión seguía en pie a pesar de su dejadez y estado de abandono. Una minúscula luz amarilla parpadeaba en una de las ventanas. Y un humo serpenteante salía de la boca de una de las chimeneas. Sin duda, alguien vivía en esa vieja casona. Era una casa habitada,pero…¿quién podría vivir en un lugar tan solitario y apartado de cualquier atisbo de civilización?

Los campesinos y las gentes de la comarca aseguraban que una extraña familia a la que nunca habían visto de día, pero sabían que habitaban en la mansión a juzgar por las luces de las ventanas y el humo de las chimeneas, era la dueña de la gran casa.  

Ilustración de José Vicente Santamaría

En esa noche de luna roja se podían escuchar extraños ruidos, algo similar a gruñidos, repelentes jadeos y risas diabólicas.
Tal vez los habitantes de la mansión estaban de juerga, una juerga que ─probablemente─ nada tenía que ver con las humildes juergas que se corrían los campesinos cuando llegaba la festividad de su santo patrón.
Pero en las noches de luna llena había que resguardarse en las casas; cerrar bien puertas y ventanas y tener un buen rifle, palo o garrote a mano. Y un crucifijo, por si acaso.
Los habitantes podían salir y visitar las poblaciones más cercanas aunque estuvieran apartadas de la mansión.
En esta noche de luna roja todo podía ocurrir si no se estaba preparado.”

― ¡Que miedo me da! No puedo con la vida. Estoy yo viviendo en esa comarca con esa casa horripilante y esos vecinos que de seguro serán hombres-lobo y vampiros y me da un ataque de hojalatosis que me quedo muerto y enterrado.
―No exageres, Rusty. Es una novela, sencillamente. Pero el inicio promete. ¿A qué sí?
―Sí. Promete meter mucho miedo a tus lectores.
―Las emociones fuertes es lo que tienen. Y lo que queda después de la lectura. Hay que sobrecoger, amedrentar, subyugar, entretener, aterrorizar, perturbar.
―Y ganar pasta. No lo olvides. Es muy importante.
―A mí me basta con ser inmortal.
― ¡Joder! Te conformas con poco.
―Menos no es nada.
―Por cierto, ¿cómo se va a titular la novela?
―La maldición de la luna roja
―Con ese título, triunfas. Me apuesto mis tornillos de hojalata.

Madrid, 25 de febrero 2019
Paloma Muñoz

Un cambio siempre viene bien

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Género: Relato Ficción

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Paloma Muñoz. La ilustración es propiedad de José Vicente Santamaría. Quedan reservados todos los derechos de autor.

 

Un cambio siempre viene bien.

I

Luna Wald se había aficionado a escribir a ratos porque le relajaba. Su historial como consejera adjunta del C S I no podía ser más profesional y solvente.

Luna era una mujer práctica y trabajadora. Ya no pilotaba naves interestelares. Había dejado a Astrea a buen recaudo en un maravilloso museo de naves que habían logrado protagonizar grandes hazañas en el pasado y en el presente y que ─tal vez─ lograran volver a protagonizar algún episodio glorioso por esas galaxias ingentes y eternas en un futuro no muy lejano.

Así que aparcó los mandos de Astrea y tomó el teclado de su ordenador personal para escribir historias y publicarlas en las redes socioplanetarias a las que estaba adscrita.

Su robot, Rusty 7464, seguía con ella porque era imposible que pudiera vivir y servir como ayudante personal a alguien que no fuera Luna. Estaban hechos el uno para el otro. Era como un matrimonio avenido, muy bien avenido, y Rusty disfrutaba de cada momento con Luna. Ahora, en su nueva faceta de escritora por entregas interplanetaria, había descubierto que la joven heroína era una consumada contadora de historias y cuentos.

Tal es así, que ya había resultado finalista en un concurso novelístico de una humilde y poco conocida editorial de nombre Voxplanet.

Luna estaba muy mosqueada porque no había salido ganadora del certamen, pero Rusty estaba más cabreado todavía porque Luna había decidido dejar sus asuntos literarios en manos de una agente personal o literary coach que era muy eficiente.

Total, que el bueno de Rusty no soportaba a la literary coach porque la consideraba una grimosa y una patosa que se metía en todo y que aparecía cuando menos lo esperaba haciéndose la simpática y con una sonrisita babosa forzada a todas horas.

Luna había escrito unas palabras de agradecimiento en su página personal para todas aquellas personas que de una u otra forma habían colaborado en esta nueva faceta de  su vida.

Luna era realista. A pesar de la mala hostia que se le había puesto y ─sobre todo─ del careto que se le había quedado cuando el presentador del evento literario leyó el nombre del ganador procuró guardar la compostura y, junto con Rusty y la literary coach, sonrió a todo el mundo con la mejor de sus sonrisas aunque en el fondo estuviera ciscándose en los muertos más frescos de los miembros del jurado, del ganador y del presentador que era un poco gilipollas, todo hay que decirlo.

Rusty se dedicó a animarla.

Constantemente reforzaba el ego de Luna para que siguiera intentando ganar algún certamen literario.

La especialidad de la chica era la aventura. Normal.

Una aventurera como ella tenía que contar sus experiencias en aquellas lejanas galaxias en la que podía encontrar cualquier peligro acechante con formas indescriptiblemente lovecraftianas.

Una vez superada la decepción de haberse quedado a las puertas de la gloria, Luna se repuso y, cual Ave Fénix que renace de sus cenizas, se dispuso a escribir un relato que dejase alucinados a todos los gurús del mundillo literario y para ello contaba con la inestimable ayuda de su querido Rusty y de su literary coach que se aplicó al cien por cien en su cometido.

II

El motivo de inspiración para la nueva meganovela de Luna Wald era su relación con el comandante Carter, una relación corta pero intensa, muy intensa, que había marcado a Luna durante un tiempo. El título de la novela era “Luna y las estrellas”. Romántico.

Ilustración de José Vicente Santamaría

Cierto es que no había podido olvidar a Carter, pero era agua pasada aunque recordara los momentos íntimos que pasaron  juntos en los descansos de sus largas travesías intergalácticas.

Carter, al final, se había enrollado con una becaria de una importante fundación que colaboraba con el C S I, precisamente, la organización científica para la que trabajaba Luna.

Por supuesto que utilizó nombres ficticios  para el relato.

Así, el comandante Carter era el Capitán Gartner y Luna era Selene. Tal elección de nombres le hizo sonreír a Rusty.

No había que ser un Gil Grissom para saber la identidad verdadera de los personajes que estaban detrás de esos sonoros nombres.

Rusty le comentó a Luna que esa historia estaría ubicada en un apartado propio de novelas de amor. Luna lo confirmó, y la literary coach comenzó a hacer su labor de documentalista para cubrir los detalles de la historia.

Esta vez, Rusty, estaba seguro de que iba a ganar el próximo certamen literario porque cuando se trata de los propios sentimientos, nadie como el que escribe a cerca de su experiencia puede hacerlo mejor.

Luna le prometió a Rusty una sonora victoria en el certamen literario. Iba a por todas. No iba a arrugarse. Eso no arregla las cosas. Luna en acción.

Esta vez no pilotaba su nave Astrea, sino que llevaba los mandos de su ordenador personal e intransferible mientras daba rienda suelta a sus sentimientos y emociones.

Rusty le servía una tacita de café y la literary coach le contaba las últimas novedades editoriales, nombres de contacto y direcciones.

Las promesas se cumplen. Más tarde o más temprano lo sabremos.

 

Paloma Muñoz
Madrid, 17 de diciembre de 2018


			

Promesas incumplidas

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Género: Narrativa

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Inmaculada Ostos. La ilustración es propiedad de Rafa Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Promesas incumplidas.

 

Ilustración de Rafa Mir

Bueno, he de ser sincera, Paula va muy bien, pero para lo que les he hecho venir expresamente es para decirles que la chica debería seguir estudiando. Yo entiendo que tenga que faltar algunos días a clase para ayudar a la familia, pero tiene mucho potencial. Yo creo que …

Usted lo que tiene que hacer es irse a fregar a su casa y no comerle el tarro a una niña de dieciséis años.

––Vamos a ver, señor Muñoz, no es necesario faltar al respeto y mi intención no es ofenderle. Yo…

––¡¿Ofenderme?! ¡¿Con qué, con tus palabras?! ¡No me hagas reír, me ofende tu sola presencia y la presencia de todas aquellas mujeres —le dijo el hombre torciendo el gesto de la boca con visible desagrado mientras escupía las palabras— que, como tú, le han estado quitándoles el puesto de trabajo a los hombres con la tontería feminista esa de la igualdad. Y total para no saber hacerlo como toca. A ver si os metéis en la puta cabeza de una vez que las mujeres solo servís pa estar en la casa y pa críar, y punto pelota, como hacen las vacas y el resto de hembras en la naturaleza. Así están ahora las cosas… pero no, a mi Paula no le vas a lavar el celebro como que me llamo Antonio García.

La profesora lo miró con los ojos muy abiertos sin poder creer el rumbo que estaba tomando la conversación mientras el padre de la alumna se deshacía en improperios e insultos machistas. Antes de que pudiera reaccionar, el director de colegio, que estaba paseando por el pasillo, se detuvo en la puerta del aula con su gran corpachón ocupando todo el marco de la puerta.

¿Qué es lo que está ocurriendo aquí? Se oyen las voces desde la escalera —dijo.

A pesar de que el director y ella no tenían lo que se dice una buena relación, pues era un hombre con un alto ego, Laura se sintió en cierto modo aliviada al ver que tenía el apoyo de un compañero de profesión, así que cogiendo aire y tomando algo de valor le contestó:

––Joaquín, yo solo estaba diciéndole al señor Antonio… —comenzó a explicar Laura, pero el director le dedicó esa típica mirada suya de superioridad y desprecio a la vez, y acto seguido se dirigió al padre de la alumna, haciendo caso omiso de la intervención que Laura acababa de iniciar.

Dime, Antonio, ¿qué es lo que ha pasado?

Y al poco tiempo ambos hombres se ponían a despotricar sobre lo mala profesora que era y el hecho de que el trabajo que estaba desempeñando le quedaba demasiado grande, y todo esto ante la atónita mirada de Laura que no pudo articular ni media palabra. Finalmente, el director, tras despedirse del padre de la alumna en una conversación mucho más distendida, se dirigió a Laura y antes de que ella ni siquiera pudiera abrir la boca le dijo:

Te advertí que era la última vez que te dejaría pasar una. Te he salvado el culo con este padre, pero no me crearás más problemas, porque probablemente no acabes el curso.

¡Joaquín, ¿qué ha querido decir con eso?! —gritó entonces la muchacha, desesperada, mientras el director se alejaba entonando una cancioncilla, bastante satisfecho, sin darle ninguna respuesta. Laura se hundió mucho más en su silla, si es que eso era posible, y entonces las lágrimas comenzaron a brotar.

Cuando el director llegó a su despacho abrió la puerta con gran pasimonia. Dentro había dos niñas esperando, que lo miraron sobresaltadas al reconocerlo. El director sonrió ampliamente y mientras cerraba la puerta les dijo:

¿Estáis preparadas para nuestro juego?

Y en los ojos de las niñas se desató el terror…

¡¿Qué cabrón?!, ¡no hay derecho! ¿Ese es el mismo que te dijo que te taparas los brazos cuando te pusiste manga corta?

¡Entiéndelo! —empezó a decirle Laura con cierta ironía a su amiga—. ¡Es que si voy así en primavera, cómo voy a presentarme en clase en verano! ¡Igual enseño los hombros!

¡Pero si tu clase es una sauna!, le está dando todo el día el sol, y encima se os había estropeado el aire acondicionado, ¿no?

Pero eso le da igual. Es un poco…

¿Retrógrado?

Iba a decir misógino, pero sí, en cierto modo también se le podría llamar así. Lo que más me fastidia es que me quedé como una idiota sin decir ni una palabra mientras esos dos… Pero es que hay algo en los ojos de Joaquín que me da escalofríos y me bloquea, no sé cómo explicarlo…

No te machaques, Laura, tu reacción es normal, sobre todo si te pillan desprevenida. Lo que te ha pasado es totalmente surrealista. Además, se aprovechan de que eres un trozo de pan.

Ya, pero seguro que tú lo hubieses mandado a la mierda, tienes mucho más coraje que yo, Alba.

¿Coraje o mala leche?

Llámalo como quieras, pero te envidio, no dejas que te pisoteen.

Alba sonrió amargamente:

¿Tú crees?, yo no estoy tan segura, y además a veces desearía no tener tanto coraje como tú dices, ¡pues para lo que me sirve!…

¿Qué ha pasado esta vez con Marc?

Pues nada, llevamos un mes sin parar de discutir y empiezo a estar un poco harta. Ambos decidimos que yo aceptaría este trabajo porque nos hacía falta, con la condición de que él tendría que hacerse cargo de la casa y de los niños mientras encontraba otro empleo. Sabes que le fue mal en el negocio, ¿no? —apuntó la chica.

Laura asintió.

Recuerdo que tú no estabas conforme, pero aun así, se metió y al final habrá tenido que darte la razón.

Pues no, y además hemos perdido mucho dinero, por eso me tuve que meter en donde estoy. Por eso cuando llego a casa y veo que está todo patas arriba y que los niños hacen vida en casa de sus abuelos me cabreo mogollón, porque él a lo único que se dedica es a pasarse el día delante del ordenador o a salir con los amigotes ideando no sé qué nueva locura en la que invertir. Pero lo peor de todo es que después de una discusión puede tirarse días sin venir a casa.

Alba, me sabe mal decirte esto, pero ¿seguro que está con los amigotes?

Sí, Laura, esa fase terminó. Me prometió que nunca más lo haría, aunque ya no sé si te digo esto para no preocuparte a ti o tan solo para convencerme a mí misma.

Laura le puso una mano tranquilizadora en el hombro mientras le decía:

Deberías empezar a pensar en ti, una persona así no te hace ningún favor. Y si realmente lo está volviendo a hacer y no es lo suficientemente valiente como para terminar la relación, tendrías que…

Laura, para, que viene Quique…

Mamá, dame diez euros, que quiero invitar a Paula al cine.

¿Ha vuelto ya Paula de casa de su madre?

Sí, volvió ayer. ¿Me das la pasta?

Claro que sí, pero dale recuerdos de mi parte y dile que a ver cuándo se pasa por casa, que la echo de menos.

Vale, máma, pero dámelo ya que llegamos tarde.

¡Oye, Quique, ¿qué pasa? ¿Que desde que soy profe tuya ni saludas?!, ¿me das un beso?

Laura, es que están ahí mis colegas y me da palo, no quiero que piensen que soy el pelota de clase.

¡Ah, claro, ahora ya no soy la tía Laura guay con la que solías jugar a pillar y con la que te querías casar…!

No, me temo que hemos pasado de ser la tía y la mamá enrolladas a ser las viejas cascarrabias que avergüenzan.

Eso creo yo también.

Dejadlo ya, que me están mirando —dijo, y fijando la mirada en su madre añadió—: ¡Venga!, ¿me lo das?

Toma veinte y pásatelo bien.

Gracias, máma, eres la mejor.

Pero sin beso, ¿verdad?

¿Lo dudabas? Venga, Laura, me las piro…

Adiós, bombón, y… ¡pásatelo bien!

Bueno, Quique, ¿te vienes al centro o qué?

No, ya os he dicho que voy a quedar con Paula.

¡Venga ya, tío! ¿Vas a pasar de nosotros por ella?

Es que está mucho más buena.

Eso es verdad, pero sabes que no te vas a comer ni una rosca, ¿verdad? Es la tía dura de clase, sobre todo desde que la colega de tu madre empezó a comerle la cabeza en el insti con eso de que te tienes que hacer respetar y tal.

Sí, ya lo recuerdo. ¡Puta Laura! La chapa que nos dio con lo de que las tías eran algo más que una cara bonita. ¡Pues claro que sí, también son un buen par de tetas!

¡Qué mala leche tienes, cabrón, pero sí, eso es así! —le contestó el otro muchacho entre risas.

Pero que sepas que sí, me la voy a comer, la rosca digo, gilipollas —le contestó Quique al ver la confusión en la cara de su amigo.

Pues yo diría que no. ¿Qué decís, tíos?

Los demás muchachos empezaron a asentir y hacerle gestos burlones.

¿Pero por qué dices eso, chaval?

Pues porque si después de ir juntos casi un año y no os habéis enrollado es o porque es lesbiana, o porque pasa de tu cara.

De mi cara no puede pasar, gilipollas, lo que pasa es que nunca se lo he pedido. Y además estaba saliendo con un pavo.

Pues mejor me lo pones aún. ¡Pasa de tu jeta, chaval!

¡Que no, coño! Que lo tengo controlado y de esta noche no va a pasar.

Tú sigue viviendo en tu mundo de fantasía. Ella pasa de tu cara. Acepta que solo eres el amigo guay. Nunca te la vas a follar.

¡Joder, que te digo que sí! Acaba de cortar con ese tío y voy a ir a saco, ¡chaval!

¡Qué cabrón! ¡Y yo que pensaba que te caía bien y que la apreciabas de verdad!

¡Qué dices, tío! Si he aguantando tanta mierda de supercolega es porque a una tía buena como la Paula hay que sabérsela trabajar.

¿Y todos los rollos esos que os llevábais del feminismo y de la sensibilización y demás…?

Chorradas para podérmela tirar. Venga, largo de aquí que está a punto de llegar.

¡Qué cabrón! Bueno, ya me contarás. ¡Venga, au!

Au.

¡Hola, Quique, qué ganas tenía de verte, chiquiii!

Y yo, preciosa. Un abrazo, ¿no?

¡Claro! —le dijo la muchacha con alegría mientras Quique la estrechaba con más fuerza de lo normal.

Uff, sí que tenías ganas de verme —le dijo la muchacha intentando soltarse de su abrazo. Quique deslizó la mano por su trasero. Paula dio un pequeño respingo sorprendida por aquel contacto inusual, pero en una milésima de segundo lo achacó a algo casual e inocente. Así que separándose miró a la cara de su amigo emocionada y le dijo:

No sabes lo mucho que te he echado de menos, de verdad.

Y después le dio dos besos y lo volvió a abrazar.

Quique era un tío genial, empezó a pensar la muchacha, siempre la escuchaba, y su casa había sido como un refugio para ella. Su madre era encantadora, y aunque su relación de amistad se había afianzado desde hacía tan solo un año, había surgido entre ellos un feeling especial. No era como ella pensaba, como el resto de tíos de su clase que solo la habían querido para enrollarse con ella y vacilar. Quique parecía apreciarla de verdad, pues al menos se había tomado la molestia de conocerla y escucharla. A veces se preguntaba qué era lo que le paraba a la hora de iniciar una relación con aquel chico con el que no discutía nunca y con el que jamás hubiese creído que compartiría tantos gustos y aficiones. Y pensar que se habían empezado a hablar por un estúpido trabajo de clase.

Ahora me toca a mí, ¿no? —le dijo Quique cogiéndola por los hombros, y antes de que ella pudiera evitarlo, el muchacho le había plantado un beso en los labios.

¡Perdona, ha sido el ímpetu! Y como te has girado en el último momento… —Se disculpó.

No, tranqui —le dijo Paula aún en estado de shock.

Por un lado se sentía algo violenta, como si hubieran profanado su espacio vital, mientras que por otro se sentía idiota por pensar tan mal de su querido amigo. Igual era verdad que se había movido inconscientemente cuando Quique la fue a besar, aunque ella creyera que se había mantenido en la misma postura.

¿Vamos tirando? Si no, empezará la peli sin nosotros —le dijo Quique rompiendo sus pensamientos, y se la llevó a rastras calle abajo, cogida de la mano, y aunque se habían cogido así muchas veces, Paula esta vez sintió un pequeño escalofrío.

Una vez en el cine, los muchachos se dieron cuenta de que eran los únicos que ocupaban la sala y estuvieron bromeando acerca de que hasta el cine quería celebrar su reencuentro, pero cuando las luces se apagaron el comportamiento de Quique empezó a empeorar. Paula ya no sabía qué hacer. Le había retirado la mano de sus muslos disimuladamente en un par de ocasiones, y ya empezaba a pensar que aquello no era inocente de ninguna de las maneras, pero no entendía o no podía entender ese cambio tan radical de su mejor amigo. Cuando se conocieron, se prometieron que si alguna vez a alguno le llegaba a gustar el otro se lo dirían, y que si alguno no sentía lo mismo, que quedarían como amigos y en paz. Pero esto en ninguna manera era forma de decírselo. Quique estaba actuando muy mal porque ella no había dejado ningún indicio de que él le gustara…

¡Quique, para! —le dijo la muchacha en el último intento que tuvo este de tocarle el entremuslo.

¿Por qué? Me dijiste que una de las cosas que te ponía del cine era la oscuridad y que con Paco te moló enrollarte porque era directo y muy original a la hora de buscar el lugar…

Pero Paco me dijo que le gustaba antes de intentar meterme mano –—le contestó esta molesta—. Y además me pidió de salir.

Vale, me gustas porque estás muy buena. ¿Quieres que salgamos? —le dijo este de forma burlona sin apartar la mano que Paula tenía férreamente sujeta sobre su pierna para que no fuera más allá.

¿Pero qué mierda estás haciendo?

––Tomar la iniciativa. El otro día me dijiste que ojalá ese tío, el vecino de tu madre de toda la vida, hubiera sido más lanzado a la hora de salir.

Y también te dije que justo por eso me encantaba ese chico, por su timidez. Que aunque no fuera lanzado…

Mientras ella hablaba el chico lo intentó de nuevo.

¿Pero qué coño te pasa, Quique? ¡Me estás asustando! —le dijo de nuevo Paula apartándolo de ella.

¡Joder, te lo acabo de decir! Me molas, tía. ¿Podemos follar ya?

Paula lo miró atónita mientras unas lágrimas se escapaban de sus ojos.

En serio, Quique, ¿qué mierda te has tomado hoy? —le dijo apartando la mano de un manotazo.

¡Nada, hostia! ¡Que estoy harto de que me calientes y en paz!

¿Que qué?

El otro día me dijiste que yo estaba muy follable y que si Ana no lo quería ver era su problema. Y hoy te has abalanzado sobre mí y me has dado dos besos.

Pero solo te quería animar porque en teoría te sentías mal porque te llamó cardo. En ningún momento insinué que me pusieras a mí, y lo de los besos ha sido como siempre, y si he corrido hacia ti es porque estaba feliz de verte…

Y no te has apartado cuando te he tocado el culo.

¡¿Lo habías hecho a posta?! Pero, tío, ¡qué cerdo eres!

Y ahora dirás que no te ha gustado el pico.

¡Pues claro que no! Y encima te disculpas cuando lo has hecho aposta. Me parece muy fuerte… No entiendo…

Pues yo sí entiendo. Te estás haciendo la dura. Me dices que no, pero yo sé que es un sí. Sé que te pongo cachonda. Venga, no lo nieges —le dijo entonces Quique, y se abalanzó sobre la muchacha intentando forzar sus labios. Pero Paula fue más rápida y pudo reaccionar apartándose de él, después le dio un gran empujón que lo tiró al suelo. Consiguió escabullirse y se fue corriendo escaleras arriba hacia la salida de la sala. Y no dejó de correr mientras la rabia, la impotencia, la ira y la decepción iban corroyendo sus venas. Solo cuando acabó de atravesar el parque se paró y vomitó, y después se puso a llorar desconsoladamente. Una señora que pasaba en ese momento por allí con sus perritos se acercó a preguntar:

Muchacha… ¿Te encuentras bien?

No, ¿me podría usted ayudar?

¿Quieres que llamemos a tus padres?

No, solo necesito ir a la policía, pero me da miedo ir sola. ¿Me podría llevar?

Por supuesto, bonica, hay una comisaría en aquella esquina de allá. Vamos, te acompañaremos —le dijo la mujer. Y dicho esto, ambas, junto con los perros, se encaminaron hacia allá.

Después de una semana que le había parecido una locura, Paula por fin se pudo acercar al instituto. Tenía un trabajo que entregar. En su cabeza aún resonaban las desagradables insinuaciones de Quique, el cual, por supuesto, no la había vuelto a llamar. Además, el día que ella fue a denunciarlo a la comisaría se encontró con el marido de su profesora de literatura que, destrozado en un banco en una especie de ataque de histeria, no hacía nada más que decir: «Me prometió que no iba a tardar».

Al día siguiente Paula se enteró de que Laura, su profesora de literatura, había salido a correr por el parque como de costumbre, aunque esa vez salió un poco más tarde de lo normal. Según los rumores que corrían, estaba pasando una mala racha profesional y aquel día había tenido una discusión grande en el trabajo, así que para desahogarse se fue a correr, pero ya no volvió jamás.

Un desalmado la había violado y le había arrebatado su vida, alguien que, como Quique, no sabía aceptar lo que significaba decir NO o luchar por la injusticia social. Y lo que más la asustaba era que, ese mismo día, ella podría haber corrido la misma suerte, tal vez no hasta el punto de ser asesinada, pero sí del de estar muerta en vida. ¿Pues cómo puede alguien recuperarse después de una violación? Además, en esa misma semana su madre había ido a posta desde la ciudad para acompañarla personalmente a hablar con Alba, la madre de Quique, ya que a su propio padre ni siquiera se lo había comentado. Era un energúmeno que había amargado a su madre durante muchos años hasta que se pudo divorciar. Paula estaba deseando cumplir los dieciocho años para poder marcharse de su casa ya.

Al principio la muchacha creyó que se encontraría con una Alba enfadada y dolida con ella porque había traicionado su confianza hablando mal de su hijo. Sin embargo, se encontró a una mujer triste, desolada y avergonzada, porque no solo había perdido a su mejor amiga por culpa de un desalmado, sino que su marido le había sido infiel con otra mujer y se había marchado de casa sin decir palabra, y además había descubierto que uno de sus hijos era un degenerado. Pero cuando la tuvo delante, lo único que esta le pidió realmente afectada fue que la perdonara y que sentía mucho por lo que Quique la había hecho pasar, que se sentía mal por no haber sospechado que su hijo tuviera esos pensamientos tan sucios y desagradables hacia ella. De hecho, Alba, cuando se enteró de lo que había pasado con su hijo, le revisó el móvil en un descuido y encontró algunas conversaciones relacionadas con Paula que ella misma se encargó de entregar a la policía para que pudieran actuar al respecto. Paula no se imaginaba lo mucho que debería haberle costado hacer eso y agradeció profundamente que en el mundo aún hubiese gente tan valiente y leal. Lo que más le dolía y la apenaba e incluso la enfurecía de toda aquella pesadilla que tan solo en una semana se había podido desarrollar, eran todas esas promesas rotas que se habían ido solapando en contra de la verdad.

Y esas promesas incumplidas no habían sido aquella que Laura le dijo a su marido: «Te prometo que no voy a tardar»; o la que el marido de Alba le dijo en su día: «te prometo que no volverá a pasar»; ni siquiera la que Quique le había prometido a ella misma: «Si algún día alguno siente algo por el otro y este sentimiento no es compartido seguiremos siendo amigos y en paz». No, las verdaderas promesas incumplidas estaban relacionada con cada una de nosotras y con todas a la vez. Y con todas nos referimos al resto de mujeres a las que se nos promete la igualdad, la libertad de expresión, la seguridad y el respeto. Ya que si siguen ocurriendo estas barbaries, realmente lo que se nos dice es una mera quimera. Se nos engaña para mantenernos calladitas, para hacernos creer que algo hemos conseguido cuando en realidad no hemos avanzado nada. Y la cruda realidad es que, lo único que se ha conseguido es echar más lastre a nuestra ya pesada carga, y hacer que sigamos muriéndonos de miedo cuando vamos solas por una calle poco iluminada y se sienten pasos a nuestra espalda. Y también se ha conseguido que midamos nuestras palabras cuando nos encontramos en una situación de minoría; y que nos retraigamos, que no nos expresemos como deseamos porque siempre hay alguna excusa par echarnos la culpa de todo lo que pasa. Y tristemente seguimos escuchando en las noticias comentarios tan insolentes y patéticos como que en cierto modo el vestir de forma femenina incita a los ataques en masa. ¿Qué es lo que ha sucedido para que se desprestigien esas palabras que tan bien suenan en las bocas de los perpetradores cuando quieren vendernos su discurso? Pues no olvidemos que también son culpables aquellos que ven pasar las cosas delante de sus narices y no hacen nada; ¿Qué es lo que ha pasado con la igualdad y la libertad?¿Dónde quedan sus verdaderas acepciones? Y sobre todo…¿qué más barbaries tendremos que sufrir las mujeres para que esto se solucione de una vez por todas?

Todo esto pensaba Paula abrumada mientras entregaba su trabajo, una novela corta para presentar a un concurso literario, en la cual reflejaba todos sus sentimientos, temores, desilusiones y esperanzas, lejanas esperanzas de que alguien pudiese llegar a leer todo lo que ella había denunciado e hiciera algo para paliarlo…

Inmaculada Ostos

Gato tóxico

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Microrrelato

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Ainoha Ollero Naval. La ilustración es propiedad de Rafa Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Gato tóxico.

Ilustración de Rafa Mir

 

El gato tóxico llegó a mi vida una mañana de diciembre, ese mes en que algunos querríamos que se nos tragara la tierra para no tener que dar explicaciones sobre nuestros fracasos profesionales y/o sentimentales a una horda de familiares tan bienintencionados, o no, como entrometidos. En diciembre, el papel de regalo se convierte en nuestra segunda piel y las sintonías edulcoradas se instalan en nuestros cerebros como tenias hambrientas de las que nos costará desprendernos sangre, sudor y lágrimas, aunque no tanto como habremos de sudar para drenar los excesos de nuestros saturados estómagos e hígados. Solo unos pocos años me han separado de la visión idílica a la cínica, de las navidades de ensueño a las navidades de miedo, esos días en los que preferiría estar tranquilamente sentada delante del mar, en vez de responder a eso de “¿Y los niños, para cuándo? Que se te va a pasar el arroz..”.

El gato tóxico no era tan venenoso como algunas opiniones no solicitadas sobre cómo vivo mi vida. Tampoco era radiactivo, pero casi: estaba flaco y sucio y padecía una diarrea galopante, fruto de la vejez y de una colección de achaques que haría las delicias del hipocondríaco más pertinaz. Cuando un saco de huesos de color naranja se instala en tu porche de entrada, lo lógico es que lo ignores hasta que se marche. O, como mucho, que le saques un poco de comida, no muy sabrosa no vaya a ser que el bicho se encuentre a gusto y se instale ahí per saecula saeculorum, amén. Pero yo, poseída por un ramalazo de amor muy poco higiénico, tras comprobar que el felino estaba por la labor de intentar una convivencia pacífica conmigo, lo dejé entrar, le preparé una camita y un piscolabis, tan acorde con el espíritu de las fechas, y me harté de limpiar pelos de un color naranja sucio y caca de gato, de desinfectar cojines y baldosas y de disfrutar de sus miradas oblicuas cargadas de adoración.

Durante la cena de Nochebuena, ante el horror de alguna de mis tías más finas, el gato tóxico se aposentó en mi falda, ronroneando, tirándose pedos y haciéndome sentir la persona más especial del mundo. El muy tunante se metió de tapadillo algún que otro langostino. Meses después, cuando ya la primavera estaba en pleno apogeo, se despidió de mí rozándome las pantorrillas con la cola. Se marchó tan campante por la misma puerta por la que había entrado y ya no regresó.

Ainoha Ollero Naval

Guerra

Autor@:  Olga Besolí

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Fantasia urbana

Rating: +13 años

Este relato es propiedad de Olga Besolí. La ilustración es propiedad de José Vicente Santamaría. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Guerra.

La culpa fue del pequeño Jamie Guerra. Por su nombre anglosajón y su apellido latino, uno podría pensar que se trataba de un niño mexicano, pero nada más lejos de la realidad. Jamie era estadounidense por derecho propio, pues tanto él como sus padres habían nacido en un pequeñito pueblo de Alabama, eran republicanos y apoyaban con todas sus fuerzas el America first que el presidente más xenófobo de la historia reciente de los Estados Unidos proclamaba a los cuatro vientos, expandiendo la antigua idea, nacida con el “estilo de vida americano”, de que América constituye solamente su propio país y no un continente completo que alberga la friolera de treinta y cinco países, cada uno con su propio estilo de vida.

El porqué de su apellido se debía a su bisabuelo paterno, Jacinto Guerra, un español jerezano y católico ferviente, cantamañanas y poeta mediocre a partes iguales, cuyos versos irreverentes creados expresa y únicamente para impresionar a las féminas cayeron en manos equivocadas y terminaron con una acusación de rebelión contra el Caudillo, lo que le llevó a ser perseguido por las fuerzas policiales del dictador y a su consecuente exilio.

Pero Jacinto nunca tenía ni un duro, ni para sobornos, ni para un transporte, porque su forma de vida era bohemia y un verdadero artista no es materialista —o, al menos, eso afirmaba él cuando le pedía dinero prestado a sus amigos y conquistas—. Así que llevaba su católico “Dios dirá” hasta el extremo de que tuvo que ingeniárselas para meterse de polizonte en un barco que lo llevaría al nuevo continente.

Y lo hizo, solo que se equivocó de barco, y en vez de atracar en la Argentina, lugar a donde escaparon muchas de las mentes brillantes de nuestro país que se negaron a perder su voz o su vida, terminó en un pueblecito costero de Estados Unidos, a orillas del Atlántico, con lo puesto y sin conocer ni papa del idioma local. Por suerte, una chica llamada Stacy, analfabeta y crédula, cayó bajo sus encantos de inmediato y tuvo que casarse con él. A los siete meses de la boda nació el abuelo de Jamie, al que llamaron Jaime —aunque su madre nunca pudo pronunciar su nombre correctamente— y la familia se trasladó a Alabama para prosperar. El resto ya es historia.

Y el pequeño Jamie Guerra, con un nombre y un apellido heredados de su abuelo, siendo descendiente directo de semejante linaje, nació un 30 de diciembre, bajos los auspicios de un mundo cada vez más supremacista, con las erróneas muertes de niños negros desarmados a manos de policías blancos a lo largo del país a modo de nana y acunado por un padre protestante y amante de las armas que escupía a la pantalla cada vez que su presidente, al que consideraba inferior por el color de su piel e indigno de su cargo, aparecía en ella.

Con el cambio de presidente, los supremacistas como el padre de Jamie tuvieron su agosto y, para festejarlo, le prometió a su hijo que, para su quinto cumpleaños, le enseñaría a disparar con la vieja escopeta de caza del abuelo.

—Si los niños negros pueden llevar pistolas, los niños blancos deberían llevar metralletas —le decía su padre.

Pero Jamie, a quien le encantaban las películas de acción, no quería disparar la escopeta que lucía —si se puede llamar así a acumular montañas de polvo sobre el metal oxidado— colgada en la pared del comedor de su casa, sino una de esas pistolas grandes y largas que llevan los soldados y cuyas balas parecen no agotarse nunca.

Y tuvo una gran idea: se la pediría a Santa Klaus.

Como casi no sabía escribir más que algunas letras sueltas en mayúsculas, necesitó la ayuda su vecino Mark, dos años mayor, para poner en su carta, con letras desiguales pero claras: M A C H I N E   G U N. Para que no cupiera ninguna duda, dibujó en el sobre la cara regordeta y sonriente de Santa Klaus. Tiró su carta en el buzón y se sentó en el porche a esperar.

A los pocos días el cartero trajo noticias inesperadas. No solo no sabía nada de ninguna respuesta de Santa Klaus, sino que traía una carta certificada de otro continente, desde un lugar llamado Jerez, en un país llamado España.

Lo siguiente que supo Jamie fue que sus padres hicieron las maletas, rápido y corriendo, y lo embarcaron en un avión que cruzaba el océano. Tras eso, y mientras en el resto del mundo sonaban villancicos y campanas, él se encontró recluido dentro de una mansión oscura, alejado de las luces y colores navideños, entre gente extraña ataviada de negro, en un regio salón cuyo silencio era roto continuamente por una multitud que susurraba sin parar en un idioma que él no entendía. No había chimenea alguna por donde pudiera entrar Santa Klaus y el centro de la sala, en vez de estar coronado por un gran árbol de Navidad, lo estaba por un lóbrego ataúd que descansaba sobre un peldaño. La cosa no podía ser más triste y funesta. Añoraba su casa, sus amigos, los villancicos y las luces de colores. Y se aburría. Soberanamente. Así que se distraía chasqueando sus pequeños dedos sobre la madera caoba del ataúd, cuando una cabeza de rizos dorados y sonrisa maléfica apareció a su lado.

—Te he estado observando. No eres de aquí, ¿verdad? ¿Quién eres? —le preguntó en un perfecto inglés de colegio de pago.

—Jamie. ¿Y tú?

—Rosana. ¿Eres familiar dela muerta?

—No lo sé.

—Si estás aquí, es porque lo eres. Seguro que eres uno de los descendientes del hermano pobre de la difunta, el que se fue a América.

—Supongo.

—¿Y sabes por qué estás aquí?

—No.

—Por su dinero —dijo señalando al ataúd—. Dice mi madre que todos estamos aquí por su herencia.

—¿Herencia?

—Es cuando te mueres y regalas lo que tienes a los demás.

—¿Como los regalos de Navidad?

—Parecido, sí, como los regalos de los Reyes Magos.

—¿Quiénes son esos?

—¿No lo sabes? ¿No has recibido nunca regalos por Navidad?

—Sí, claro, de Santa Klaus.

—Bahh… ese. Vale, también trae regalos, pero no tiene un verdadero poder. Es solamente un barrigón que se cuela por las chimeneas. Mi mamá me ha contado que los verdaderos son los Reyes Magos, porque son tres, son mágicos y nunca fallan: ellos no tienen lista de niños malos. A mí siempre me han traído lo que he querido.

—Da igual. Yo ya pedí mi regalo a Santa Klaus.

—¿Y te lo ha traído?

—No lo sé. ¿Qué día es hoy?

—El día de San Esteban.

—¿El día de quién?

—No te enteras ¿eh? Hoy es el día después de Navidad. Así que tú deberías haber recibido tu regalo ayer.

—Puede que esté en mi casa, en Alabama.

—Eres un poco tonto, ¿no? ¡Todos saben que los regalos de Santa Klaus van a donde está el niño! Y ahora estás aquí. Si no te ha llegado el regalo, es porque no has pasado el corte.

—¿Qué corte?

—¡Ya te lo he dicho! El de la lista de los niños malos.

—Jooo…

—Hazme caso. Si quieres tu regalo, haz la carta de los Reyes Magos. Ellos, el 6 de enero, te mandarán lo que pidas, sea lo que sea.

Esa revelación fue como un despertar para Jamie. ¿En qué estaría pensando al escribirle a Santa Klaus? ¡Ni aunque Santa se hubiera vuelto loco, no le admitiría en la lista de niños buenos! Y él necesitaba su arma cuanto antes. Antes de su cumpleaños. Así que, ante la mirada atónita de los reunidos, pidió lápiz y papel. Nadie reaccionó, salvo una mujer con cofia de sirvienta que, al parecer, era la única —aparte de la niña— que sabía inglés en toda la casa.

Recordaba perfectamente todas y cada una de las letras que, junto con su vecino, había utilizado en su carta a Santa Klaus, así que se puso a escribir con letra desigual pero firme: M A C H I N G U N.

Dobló el papel y, ni corto ni perezoso, se acercó a la niña y le pidió que escribiera la dirección correspondiente delante, que era, ni más ni menos, que el lejano Oriente. Sí, ellos le mandarían su arma, seguro, porque su padre siempre le decía que en Oriente solamente hay dos cosas que valen la pena: petróleo y armas de destrucción masiva. Y eso sonaba bien.

Jamie, para colmo de males, pasó su cumpleaños entero dentro del avión, de vuelta a casa. No hubo ni prácticas de tiro ni nada, solamente un bodrio de película en la minipantalla del avión, que no se oía sin los auriculares. En cambio, sus padres dormían con una sonrisa en la cara. Nunca los había visto así de contentos y relajados. ¿Por qué eran tan felices? Él se acurrucó enfadado en su asiento.

La llegada a casa no mejoró ni un ápice: ni rastro de regalos. Es más, ni siquiera había un árbol de Navidad en el comedor.

—¡Mamá! ¿Y los regalos?

—Es que, hijo, con lo del fun… y el viaje…es que no he tenido tiempo de… Si quieres ponemos ahora el árbol… Quizás Santa se ha perdido… o no nos ha encontrado… Lo siento.

—Papá, ¿cuándo hacemos tiro?

—Sí, claro… se me fue de… Lo haremos, hijo, pero el año que viene, ¿de acuerdo? Además, tu cumpleaños ya ha pasado. Tendrás que esperar.

A la mañana siguiente, cuando despertó, se encontró con un árbol improvisado en medio de la cocina, con algunos paquetes y uno que tenía su nombre. Cuando lo abrió y vio que era una pistolita de juguete, con unos dardos que ni volaban ni se pegaban en ningún lugar por mucho que uno lo intentase, y que el kit iba acompañado con un ridículo sombrerito de vaquero y una placa falsa de sheriff, casi le da un colapso.

Era el colmo. Santa se había reído de él. Sus padres se habían reído de él. Todos lo pagarían. Y tanto que lo harían.

Jamie esperó los siguientes días en silencio, sin pucheros y sin hacer ruido, disimulando, con su sombrero de vaquero en la cabeza y su placa de sheriff en el bolsillo. Esperó pacientemente sentado en el porche a que llegara el día de Reyes.

Y llegó. Para sorpresa de todos, el día amaneció dejando ver un pesado y enorme paquete encima del sofá destartalado del comedor, sin que nadie recordara haberlo puesto allí.

—¿Has sido tú, papá? —preguntó su madre con su taza de café en la mano.

—No, mamá —contestó él quitándose las legañas de los ojos.

—Entonces, ¿quién ha sido? —preguntó ella entre risas nerviosas.

—¿Y yo qué sé? ¿Santa Klaus? —replicó él con ironía.

—¡No! —gritó Jamie a pleno pulmón, mientras se acercaba corriendo, con los pies descalzos—. No ha sido el estúpido de Santa. Es mi regalo de Reyes.

—¿De quién? —preguntó su padre, pero Jamie ya no le escuchaba.

Estaba destrozando el papel de copos de colores, rompiendo de paso la enorme tarjeta que rezaba en letras grandes y claras: “Para Jaime Guerra”.

Cuando sacó el contenido del paquete, bajo la atónita mirada de sus padres, y empuñó la pistola semiautomática, todo se vino abajo. A la ráfaga de balas que salieron de su arma y que agujereaban el techo mientras él se caía de culo, con el dedo todavía en el gatillo, se le unieron el estruendo de la pared al romperse por la entrada de una avalancha de renos desbocados que tiraban de un carromato que terminó en medio del comedor. Al mismo tiempo, un sonoro boom hizo retumbar las paredes. Era la puerta trasera que se vino abajo por la embestida de algo muy grande, y que apestaba.

—¡Malditos Reyes Magos! —gritó el gordinflón vestido de rojo, que saltó del carromato y, empujando al niño, le quitó el regalo de las manos—. ¡Ni siquiera le han dejado el seguro puesto! ¡Dad la cara, escoria oriental!

El padre de Jamie cogió rápidamente a su hijo y lo parapetó con él y su mujer detrás del sofá. Con un dedo le señalaba que guardara silencio absoluto.

—¡He dicho que salgáis! —volvió a gritar.

Desde la parte de atrás se oían murmullos. “Sal tú”. “No tú, que tiene un arma”. “No es suya, que es del niño”. “Pues que salga Baltasar”. “Eso. Baltasar, te toca”. “Pero…”. “Son dos votos contra uno”. “Joer, siempre lo mismo”.

Por el pasillo se acercó una sombra, seguida de una figura esbelta y alta, ataviada con una capa roja y una corona.

—No dispares —le dijo a Santa—. No voy armado.

—¡Dispárale! ¿No ves que es escoria negra? —dijo el padre de Jamie desde atrás del sofá.

—¡No voy a disparar a nadie! —gritó Santa hacia el sofá con reprobación—.¿Queda claro?

—Vaya, otro demócrata —se oyó tras el sofá.

—Chsss… No es momento para eso —le contestó su mujer.

—Solamente quiero saber por qué habéis infringido las normas. Otra vez —dijo Santa con voz clara y alta.

—¿Nosotros? Nosotros no hemos infringido nada…

—Eso, eso… —dijeron unas voces desde la boca del pasillo.

—Estáis actuando en zona anglosajona, que está bajo mi jurisdicción y se supone que vosotros solamente actuáis en los países latinos. Le habéis traído un arma real a un niño de cinco años cuando debería recibir juguetes y, por si eso no fuera poco, mis elfos lo tienen en la lista de los “niños de dudosa bondad”, por lo que no hay que traerle exactamente lo que pide sino algo similar, pero más flojo.

—Lo sabía —protestó alguien tras el sofá.

—Chsss… calla, Jamie.

—Eh, Baltasar. Tsss, tsss, dile eso…

—Sí, dile lo de la carta…

—Decídselo vosotros, valientes —respondió mirando hacia el pasillo, en donde asomaban a ratos dos cabezas ataviadas con coronas.

—¿Carta? ¿Qué carta? —preguntó Santa.

—Ayyy… Resulta que el chiquillo, por lo visto, mandó su carta desde España, y claro, ya sabes, el pacto territorial…

—¿En serio? ¿Y le habéis traído una semiautomática? ¿Una de verdad?

—Y yo qué sé… Yo solamente me encargo de los regalos de las niñas. Es Gaspar quien se responsabiliza de…

—Será chivato el muy… —se oyó desde el pasillo. Y acto seguido otra figura con capa y corona de rey salió de repente, como empujada, avanzando a trompicones.

—Umm, hola. Hey, ¿cómo va, Santa?

—Sáltate las presentaciones, Gaspar. ¿Me explicas cómo llegó esta arma de terrorista a manos de un niño de cinco años por Navidad?

—Sí, pues la verdad es que la cosa tiene su gracia, porque yo creí que era un juguete lo que pedía…

—Ya. ¿Y cómo llegaste a esa conclusión?

—Sinceramente, ni me di cuenta. Debí de leer la carta rápido, le puse el sello de aceptación y la pasé a mi departamento de entrega de regalos. Y claro, como estaba aprobado…

—Y ¿cómo, si puede saberse, le pusiste el sello de aprobado a una petición como esta?

—Verás, te vas a reír… Creí que Machingun era un juguete, no sé, una máquina de chicles, quizás. Como hoy en día todos piden por las marcas, pues uno ya no sabe en verdad qué entrega a…

—Ya. Como que machine gun es solamente una ametralladora. Pero claro, el inglés tampoco es vuestro fuerte.

—Vale, sí, se nos pasó por alto. ¿Y qué? ¿O es que tú no has tenido nunca un fallo? —dijo de repente el tercer rey mago, que salió de su escondite.

En ese momento los padres de Jamie aprovecharon para llevárselo a rastras, poco a poco y sin hacer ruido, en dirección al pasillo.

—Melchor, no te pongas chulito, que nos conocemos… Y sabes cómo va a terminar esto si me sacan de mis casillas….

—Además, hemos acudido de inmediato para solucionarlo, ¿no? Y eso debería ser un punto a nuestro favor —reaccionó rápidamente Baltasar, en tono conciliador.

—Por supuesto, después de que el chiquillo ha estado a punto de matar a sus padres. ¡Feliz Navidad! ¡Jou, jou, jou!

Jamie y sus padres ya casi estaban a salvo.

—¿Uno entre cuántos millones? ¿Sabes cuántos países católicos y latinos hay en el mundo? ¿Cuántos tienes que atender tú, eh? ¿Un millón? ¿Dos millones? ¡Por muy figura que te creas eres un don nadie!

—Melchor, no me tientes, que voy armado… y hoy no tengo el día.

Pero Melchor, enfurecido e indignado como estaba, no atendía a razones, y seguía insultando y provocando a Santa. Hasta que derramó la gota que colmaba el vaso.

—¿Qué pasa, la señora Santa te ha abandonado? ¿Se lo ha montado con uno de tus elfos?

—¿Sabes lo que te digo? ¿Sabes lo que os digo a los tres?

Entonces, en un arranque repentino, Melchor se abalanzó sobre la vieja escopeta que colgaba de la pared al tiempo que Santa gritaba:

—¡Que os jod…!

Ilustración de José Vicente Santamaría

—¡Corred!  —gritó el padre de Jaime mientras huían por sus vidas por un pasillo que parecía no tener fin, tropezando con la puerta derrumbada antes de llegar al exterior de la casa, rodando escaleras del porche abajo y casi dándose de bruces contra los tres camellos aparcados enfrente.

Justo caían sobre el asfalto cuando oyeron la ráfaga de disparos y golpes, acompañados de una lluvia de explosiones que terminaron con un sonoro incendio que se llevó la casa por delante.

Cuando la policía llegó al lugar, tras la intervención de los bomberos, no supieron dar crédito al escenario del crimen. Junto al cadáver destrozado de un hombre negro, con jirones de ropajes extraños adheridos a su cuerpo calcinado, se encontraron restos animales, de ciervo o reno, y algunos fragmentos de algún tipo de adorno o carrocería grande de madera y pintada de rojo. También hallaron señales de pelea, y restos de sangre de varios tipos. A eso había que añadirle casquillos de semiautomática por doquier, y algunos cartuchos de escopeta, más los restos de balas incrustados por todas partes, incluido el techo, por lo que el documento oficial que trascendería a la prensa sería que un único hombre de raza negra, y armado con una pistola, había entrado en la casa para robar aprovechando que los inquilinos estaban fuera de viaje. Por supuesto, un vecino alertó a la policía, que irrumpió en la casa. Pero, al parecer, el hombre tenía una granada, y segundos antes de ser abatido por los agentes de la ley, provocó una explosión.

La gente se lo creyó, como nos creemos diariamente todas las noticias de los telediarios. Solamente había una familia que sabía la verdad, aunque prefirió olvidarla:

—Otro negro con pistola —comentó el padre de Jamie en la habitación del hostal donde pasarían unos cuantos días, con una cerveza en su mano y con una esposa a su lado que no se creía lo que estaba oyendo—. Por eso los blancos tenemos la obligación de ir armados, para protegernos de ellos.

También Jamie olvidó que todo había ocurrido por su culpa.

Como consecuencia, esa no sería la peor Navidad de su vida, ni de lejos, porque al cabo de un año, establecido cómodamente en su nueva casa con jardín, piscina y barbacoa, y a punto de cumplir seis años, tenía la mirada ya puesta en que su padre esta vez sí lo llevase al campo de tiro a hacer prácticas.

Así que, ni corto ni perezoso, volvió a pedir una ametralladora a un Santa Klaus que todavía se estaba recuperando de las secuelas físicas del incidente, mientras que dos Reyes Magos con sed de venganza esperaban su oportunidad, en una Navidad que sí sería de miedo.

Olga Besolí
Octubre 2018