Eclipsado

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Género: Relato Romántico
Rating: Todos los públicos
Este relato es propiedad de Inmaculada Ostos. La ilustración es propiedad de Paloma Muñoz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Eclipsado.

Ilustración de Paloma Muñoz

Llegó a trompicones hasta su sitio preferido, pero justo cuando le quedaban unos pocos metros para llegar hasta la piedra que, peligrosa, se asomaba hacia el precipicio, y desde la cual se podía contemplar toda la ciudad, se dio cuenta de que no estaba solo. Allí de espaldas al camino por donde él había llegado había una blanca figura que contrarrestaba la oscuridad que poco a poco iba haciéndose dueña del entorno. Parecía ser una mujer, pues su largo cabello blanco ondeaba al compás de la brisa estival que recientemente se había levantado y, además, los contornos que, graciosos, perfilaban la especie de kimono blanco que vestía se ajustaban como un guante a una silueta que solo podía ser femenina. Él se adelantó un poco más para tener un mayor campo de visión de la extraña mujer que allí había, y al hacerlo pisó unos pequeños restos de ramas rotas que había esparcidos por la roca. La mujer entonces se sobresaltó y se giró apenas lo justo para que su perfil se dibujara tras la escasa iluminación de las estrellas, pero solo como una sombra oscura, sus rasgos no se distinguían aún desde aquella distancia.

—¡Lo siento! —se disculpó él con lengua de trapo—. Pensé que estaba solo y he entrado como un elefante en una cacharrería —añadió.

—Parece que tenías ganas de llegar —se limitó a decirle la mujer con una voz atemporal.

—Bueno, la verdad es que sí, he de reconocer que este es mi lugar secreto, suelo venir aquí cuando las cosas van mal…—empezó a parlotear de nuevo él desinhibidamente. Y al darse cuenta de que la lengua se le estaba soltando demasiado en compañía de una extraña, cosa tal vez producida por el alcohol ingerido, se sintió algo avergonzado, así que intentando justificarse antes de que la mujer interviniera añadió:

—…O cuando… como en este caso, hay un evento tan espectacular como el de la luna de sangre de lobo.

La mujer no contestó, se limitó a mantener su postura semigirada aunque, cosa extraña, a él le pareció oírla reír en su cabeza.

—¿Te importa que me quede? —le dijo entonces sentándose a escasos metros de ella—. Te… te prometo que no te molestaré, y si no quieres, tampoco tienes por qué hablarme… No soy ningún tipo raro ni voy a hacerte nada malo, no te preocupes, es que no he tenido un día demasiado bueno, ¿sabes?, y me gustaría quedarme aquí y… bueno, a ti eso no te importa, claro… Yo… —empezó a parlotear nervioso.

Ahora sí que pudo escuchar claramente su risa tintineando como las campánulas de verano. Tenía una risa preciosa y extraña a la vez, pues amortiguada parecía esconderse una risa mucho más vieja o profunda.

—No me hagas mucho caso. Debe de ser el alcohol, que me hace parecer más idiota de lo que suelo ser normalmente.

—Quédate, a mí no me importa, siempre que no te tires por el precipicio y me hagas ir a buscarte.

—¿Tirarme yo por el precipicio? ¡Para nada! No, yo…

—Era broma —se apresuró a decir la mujer cortando sus, de nuevo, atropelladas alegaciones.

—¡Ahhh! —arrastró este las palabras comprendiendo en su enturbiada mente.

—Lo decía porque como dijiste que estabas bebido y que venías cuando algo iba mal… —se justificó— quería darle un poco de humor a la cosa.

—Pero también dije que venía por lo del eclipse.

La mujer quedó entonces en silencio.

—Vale, me has pillado, el eclipse era una excusa, necesitaba llegar a este lugar.

—Siento haberte molestado.

—¡No!, para nada, ¡de verdad!, es solo que no sé si será la borrachera o las vibraciones de este eclipse lunar lo que me impulsa irresistiblemente a sincerarme contigo. Y por supuesto a darte la chapa.

—Tranquilo, no me importa, me gusta escuchar. Y además no tengo nada mejor que hacer hasta que se produzca el eclipse, así que…

—Bueno, la verdad es que, pensándolo mejor ahora, me parece una tontería…

Ella se acomodó en su posición y con un gesto de la cabeza, que movió de forma grácil su melena, le instó a que continuará.

—Verás, todo ha empezado por una gilipollez, pero es que yo ya estoy harto, y hoy no he podido más y he hecho la mayor estupidez de mi vida: beberme de un solo trago, y te juro que ha sido así, una litrona de cerveza, cuando yo de normal nunca bebo. Que aunque me veas aquí con mis diecisiete años, no soy muy amigo de esas cosas, no me llaman, raras veces me he emborrachado, pero hoy… mi hermano se ha pasado tres pueblos y me he tenido que largar de casa como alma que lleva el diablo. Y es que estábamos en una comida familiar charlando y pasándolo tan bien que se me ocurrió la idea de hacer un juego de karaoke, ¿sabes?, para animar la fiesta y jugar los chicos contra las chicas enlazando canciones. Y entonces mi hermano en mitad del juego se ha puesto burro y ha empezado a decir que ya estaba yo con mis gilipolleces de nuevo para llamar la atención, que como siempre quería ser el centro de atención y que aquella reunión no se había hecho por mí, sino porque mi prima se tenía que ir a estudiar fuera e íbamos a tardar en verla mucho tiempo. Y entonces todos se han callado y veía a mi madre tan apurada que, por no discutir, he cogido y me he largado. Mi hermano siempre me está haciendo la puñeta, siempre se mete conmigo y no logro entender por qué me odia tanto. ¿A que es una gilipollez?

Ella negó con la cabeza.

—No, para nada, te entiendo perfectamente, todos tenemos hermanos mayores en algún sentido. Y lo peor es que los necesitamos.

—Tú no pareces necesitar a nadie. Sumida en ese aura de misterio y belleza que te envuelve, pareces… hasta sobrenatural.

Entonces ella se giró del todo poniéndose frente a él, pero aun así, él no pudo ver su rostro probablemente a causa de la sombra que proyectaba su propia figura a contraluz con la luna, que ahora, magnífica, brillaba intensamente en el cielo.

—¡Belleza dices! Ahora sí que empiezo a pensar que estás borracho. ¿Cómo puedes saberlo si ni siquiera puedes verme? —le contestó con amargura.

—Pues muéstrate.

—¿Seguro que quieres verme?

Él la observó extrañado, la conversación había tomado un rumbo extraño que no supo muy bien cómo definir. Y entonces, la mujer, acercándose a él y al rayo de luz que ahora inesperadamente se ponía en medio de ellos, se apartó el pelo que hasta ahora le cubría la cara y le enseñó su rostro. Ahora entendió el porqué de aquel malestar que había mostrado ella, aunque aun así seguía pareciéndole preciosa. Él mismo se asombraba de cómo habían aparecido esos extraños y anhelantes sentimientos por una desconocida. Era como si alguien hubiese obrado una extraña magia, pero tampoco se quería plantear el porqué de lo que sucedía, así que, como llevado por un extraño instinto, le contestó:

—Preciosa, como yo decía.

Después de esto la misteriosa mujer se volvió a girar y quedaron sumidos en un profundo silencio que duró unos minutos eternos. Y mientras esto ocurría, él sentía cómo se ahogaba en un pozo de desesperada tristeza por no poder seguir escuchando su voz, y lo peor de todo era que no podía evitar esos encantados sentimientos. Hasta entonces la conversación había fluido entre ambos sin necesidad de forzar la situación —pensó—, aunque en realidad había sido él el que hasta entonces la estaba guiando, y ella se limitaba a contestar como si ya supiera las respuestas o esperara justamente lo que él iba a decir en cada momento. Daba la sensación de ser como un diálogo pactado, como ese tipo de diálogo que te aprendes cuando vas a realizar una obra de teatro. «Pero claro… —se volvió a decir a sí mismo—, probablemente lo que me está hablando en este momento no sea la sensatez, sino el alcohol». Y fue entonces cuando también descartó esa incesante sensación de pensar que en el fondo la extraña mujer y él no eran del todo desconocidos.

—Va a empezar el eclipse. Creo que deberías ponerte cerca de mí, ya sabes que cuando observas esta maravilla sueles quedarte dormido —dijo entonces ella rompiendo el silencio.

Y de repente, y como si fuera una especie de autómata, su cuerpo reaccionó levantándose y acudiendo al lugar donde ella le llamaba, se sentó a su lado y puso la cabeza en su regazo, justo donde ella lo guiaba, y entonces sintió que estaba irremediablemente enamorado y que era el día más feliz de toda su vida. Después se durmió.

Cuando ella abrió los ojos se encontraba en la cama de la residencia, de nuevo el maravilloso sueño había acabado, y además esta sería la última vez. Su hijo pequeño, postrado en la cabecera de la cama, la miraba dulcemente entre preocupado y aliviado.

—Por fin despiertas, mamá, es la una del mediodía. Siento no haber podido acompañarte anoche en tu… misión, hubo una cancelación de última hora y el vuelo se retrasó.

La mujer le dio un par de palmaditas tranquilizadoras en la mano mientras le decía:

—Tal vez fue mejor así. Al menos, de esta manera me he podido despedir.

—¿Cómo que despedir, mamá? ¿Qué quieres decir?

—Carlos, ya no me queda mucho tiempo…

—Chssss, no digas eso, mamá, por favor… —la cortó el muchacho mientras sus ojos se inundaban de lágrimas—. Estás cansada por el esfuerzo que hiciste anoche, es solo eso.

La mujer le puso un dedo en los labios para silenciarlo.

—Créeme, hijo mío, lo sé y es mejor así. No sé cuánto tiempo podría haber soportado más ver a tu padre en ese estado, me estaba destrozando por dentro, de verdad. Llámame egoísta pero que mi mal se haya extendido tan rápido ha sido una bendición. ¿Entiendes ahora por qué decía que el que no hubieras venido anoche era mejor?

—Creo que en cierto modo sí.

—Verás, como sabes, la enfermedad de papá es un extraño caso de demencia senil que además empezó a una edad temprana. Fue un caso inusual, y haciendo honor a esa inusualidad, su cerebro decidió escoger el día que tal vez fuera el más feliz de su vida para recordarle de vez en cuando quién es él. Y para mí, que ese día sea el mismo que nos conocimos con diecisiete años tiene un valor muy especial. Por eso este último esfuerzo por recrear ese momento del eclipse lunar es el único momento en que mi marido vuelve a ser él, aunque sea en una pequeña muestra. Ya sabes que el resto del tiempo solo sufre y yo sufro con él, es por eso que esta es una buena despedida.

—Mamá, yo…

—Lo sé, amor, yo también te amo más que a mi vida y nunca te voy a dejar de querer aunque este último episodio de mi vida me lleve a un lugar de donde no podré regresar. Lo único que me pesa es dejarte solo con esta carga, pero me gustaría que en los peores momentos de la enfermedad de tu padre no te olvides de quién es él, y que le ayudes todo lo que puedas sin destrozar o malgastar tu vida, porque, hijo, en el fondo sabes que tu padre pocas veces está ya aquí. No quiero que te sientas culpable, en ningún momento de tu vida, aquí es donde tenemos que estar porque los profesionales son los únicos que nos pueden atender en esta etapa de nuestra vida, y tú bastante hiciste ya con entregarnos tu amor incondicional. Y solo me gustaría pedirte una última cosa, amor. Dile a tu padre que siempre lo quise, cuéntale todo lo que hemos hecho por ese amor que le profesamos y dile que me ha hecho la mujer más feliz que ha existido en la tierra y que siempre le querré. Aunque a lo mejor eso nunca llegue a racionalizarlo…

—Claro que lo hará, mamá, recuerda que eres su pensamiento alegre y también el mío. ¿Recuerdas cuando nos leías a ambos Peter Pan?¿Y qué era lo que nos decía entonces papá y luego corroboraba yo? —le dijo el muchacho inundado en lágrimas sin poder contener más la emoción.

—Cómo olvidarlo. Era mi momento preferido del día, sobre todo cuando te veía dormir tan dulce, tan tranquilo… mi niño precioso… Pero ahora creo que el que va a tener que dormirme vas a ser tú. ¿Lo harás, mi príncipe?

El chico asintió y apretó sus manos con más fuerza y las besó, después se puso a relatarle su cuento preferido mientras la madre cerraba los ojos y su respiración se tornaba regular. Y poco a poco, como cuando exhalas el aire que antes has recogido, la luz se apagó, la voz se alejó y los sueños siguieron su curso interminable.

Inmaculada Ostos Sobrino

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34º Convocatoria: Promesas

Promesas.

Ilustración de Olga Ruiz

¿Qué son las promesas?

Las promesas son frágiles como las flores y volátiles como el polen que se lleva el viento, decepcionantes, mentirosas compulsivas, aterradoras cuando te das cuenta de que te enfrentas a la nada, volubles como la vida, solubles como el mal café, inalcanzables…

Las promesas son excusas baratas que se utilizan para no enfrentarse a los errores cometidos, son un aplazamiento a tiempo perdido, la frustración, la angustia, el miedo al fracaso, el yugo, el dominio, la hostilidad, el ansia de mejora, esos niños perdidos que no encuentran el regreso a casa. La represión del capitán Garfio, la deformidad de su mano perdida.

Pero también son nunca jamás, idílicas, maravillosas, insinuantes, efímeras e intensas como la carcajada que provoca el nacimiento de sus hadas. Manifiesto de fe y esperanza, el rebelde cacareo de Peter y sus pensamientos alegres. Aquello que nos mantiene despiertos cuando todo está dormido, nuestro sino, nuestro locus amoenus cuando andamos necesitados.

Esta convocatoria está llena de mil y una noches de mágicas promesas que pueden hacer que alcances heroicamente el cielo o que te estrelles estrepitosamente contra la tierra. Os invito a descubrirlas, atesorarlas y alcanzar con ellas vuestros sueños.

                                                                                                                                Inma Ostos Sobrino

Promesas incumplidas

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Narrativa

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Inmaculada Ostos. La ilustración es propiedad de Rafa Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Promesas incumplidas.

 

Ilustración de Rafa Mir

Bueno, he de ser sincera, Paula va muy bien, pero para lo que les he hecho venir expresamente es para decirles que la chica debería seguir estudiando. Yo entiendo que tenga que faltar algunos días a clase para ayudar a la familia, pero tiene mucho potencial. Yo creo que …

Usted lo que tiene que hacer es irse a fregar a su casa y no comerle el tarro a una niña de dieciséis años.

––Vamos a ver, señor Muñoz, no es necesario faltar al respeto y mi intención no es ofenderle. Yo…

––¡¿Ofenderme?! ¡¿Con qué, con tus palabras?! ¡No me hagas reír, me ofende tu sola presencia y la presencia de todas aquellas mujeres —le dijo el hombre torciendo el gesto de la boca con visible desagrado mientras escupía las palabras— que, como tú, le han estado quitándoles el puesto de trabajo a los hombres con la tontería feminista esa de la igualdad. Y total para no saber hacerlo como toca. A ver si os metéis en la puta cabeza de una vez que las mujeres solo servís pa estar en la casa y pa críar, y punto pelota, como hacen las vacas y el resto de hembras en la naturaleza. Así están ahora las cosas… pero no, a mi Paula no le vas a lavar el celebro como que me llamo Antonio García.

La profesora lo miró con los ojos muy abiertos sin poder creer el rumbo que estaba tomando la conversación mientras el padre de la alumna se deshacía en improperios e insultos machistas. Antes de que pudiera reaccionar, el director de colegio, que estaba paseando por el pasillo, se detuvo en la puerta del aula con su gran corpachón ocupando todo el marco de la puerta.

¿Qué es lo que está ocurriendo aquí? Se oyen las voces desde la escalera —dijo.

A pesar de que el director y ella no tenían lo que se dice una buena relación, pues era un hombre con un alto ego, Laura se sintió en cierto modo aliviada al ver que tenía el apoyo de un compañero de profesión, así que cogiendo aire y tomando algo de valor le contestó:

––Joaquín, yo solo estaba diciéndole al señor Antonio… —comenzó a explicar Laura, pero el director le dedicó esa típica mirada suya de superioridad y desprecio a la vez, y acto seguido se dirigió al padre de la alumna, haciendo caso omiso de la intervención que Laura acababa de iniciar.

Dime, Antonio, ¿qué es lo que ha pasado?

Y al poco tiempo ambos hombres se ponían a despotricar sobre lo mala profesora que era y el hecho de que el trabajo que estaba desempeñando le quedaba demasiado grande, y todo esto ante la atónita mirada de Laura que no pudo articular ni media palabra. Finalmente, el director, tras despedirse del padre de la alumna en una conversación mucho más distendida, se dirigió a Laura y antes de que ella ni siquiera pudiera abrir la boca le dijo:

Te advertí que era la última vez que te dejaría pasar una. Te he salvado el culo con este padre, pero no me crearás más problemas, porque probablemente no acabes el curso.

¡Joaquín, ¿qué ha querido decir con eso?! —gritó entonces la muchacha, desesperada, mientras el director se alejaba entonando una cancioncilla, bastante satisfecho, sin darle ninguna respuesta. Laura se hundió mucho más en su silla, si es que eso era posible, y entonces las lágrimas comenzaron a brotar.

Cuando el director llegó a su despacho abrió la puerta con gran pasimonia. Dentro había dos niñas esperando, que lo miraron sobresaltadas al reconocerlo. El director sonrió ampliamente y mientras cerraba la puerta les dijo:

¿Estáis preparadas para nuestro juego?

Y en los ojos de las niñas se desató el terror…

¡¿Qué cabrón?!, ¡no hay derecho! ¿Ese es el mismo que te dijo que te taparas los brazos cuando te pusiste manga corta?

¡Entiéndelo! —empezó a decirle Laura con cierta ironía a su amiga—. ¡Es que si voy así en primavera, cómo voy a presentarme en clase en verano! ¡Igual enseño los hombros!

¡Pero si tu clase es una sauna!, le está dando todo el día el sol, y encima se os había estropeado el aire acondicionado, ¿no?

Pero eso le da igual. Es un poco…

¿Retrógrado?

Iba a decir misógino, pero sí, en cierto modo también se le podría llamar así. Lo que más me fastidia es que me quedé como una idiota sin decir ni una palabra mientras esos dos… Pero es que hay algo en los ojos de Joaquín que me da escalofríos y me bloquea, no sé cómo explicarlo…

No te machaques, Laura, tu reacción es normal, sobre todo si te pillan desprevenida. Lo que te ha pasado es totalmente surrealista. Además, se aprovechan de que eres un trozo de pan.

Ya, pero seguro que tú lo hubieses mandado a la mierda, tienes mucho más coraje que yo, Alba.

¿Coraje o mala leche?

Llámalo como quieras, pero te envidio, no dejas que te pisoteen.

Alba sonrió amargamente:

¿Tú crees?, yo no estoy tan segura, y además a veces desearía no tener tanto coraje como tú dices, ¡pues para lo que me sirve!…

¿Qué ha pasado esta vez con Marc?

Pues nada, llevamos un mes sin parar de discutir y empiezo a estar un poco harta. Ambos decidimos que yo aceptaría este trabajo porque nos hacía falta, con la condición de que él tendría que hacerse cargo de la casa y de los niños mientras encontraba otro empleo. Sabes que le fue mal en el negocio, ¿no? —apuntó la chica.

Laura asintió.

Recuerdo que tú no estabas conforme, pero aun así, se metió y al final habrá tenido que darte la razón.

Pues no, y además hemos perdido mucho dinero, por eso me tuve que meter en donde estoy. Por eso cuando llego a casa y veo que está todo patas arriba y que los niños hacen vida en casa de sus abuelos me cabreo mogollón, porque él a lo único que se dedica es a pasarse el día delante del ordenador o a salir con los amigotes ideando no sé qué nueva locura en la que invertir. Pero lo peor de todo es que después de una discusión puede tirarse días sin venir a casa.

Alba, me sabe mal decirte esto, pero ¿seguro que está con los amigotes?

Sí, Laura, esa fase terminó. Me prometió que nunca más lo haría, aunque ya no sé si te digo esto para no preocuparte a ti o tan solo para convencerme a mí misma.

Laura le puso una mano tranquilizadora en el hombro mientras le decía:

Deberías empezar a pensar en ti, una persona así no te hace ningún favor. Y si realmente lo está volviendo a hacer y no es lo suficientemente valiente como para terminar la relación, tendrías que…

Laura, para, que viene Quique…

Mamá, dame diez euros, que quiero invitar a Paula al cine.

¿Ha vuelto ya Paula de casa de su madre?

Sí, volvió ayer. ¿Me das la pasta?

Claro que sí, pero dale recuerdos de mi parte y dile que a ver cuándo se pasa por casa, que la echo de menos.

Vale, máma, pero dámelo ya que llegamos tarde.

¡Oye, Quique, ¿qué pasa? ¿Que desde que soy profe tuya ni saludas?!, ¿me das un beso?

Laura, es que están ahí mis colegas y me da palo, no quiero que piensen que soy el pelota de clase.

¡Ah, claro, ahora ya no soy la tía Laura guay con la que solías jugar a pillar y con la que te querías casar…!

No, me temo que hemos pasado de ser la tía y la mamá enrolladas a ser las viejas cascarrabias que avergüenzan.

Eso creo yo también.

Dejadlo ya, que me están mirando —dijo, y fijando la mirada en su madre añadió—: ¡Venga!, ¿me lo das?

Toma veinte y pásatelo bien.

Gracias, máma, eres la mejor.

Pero sin beso, ¿verdad?

¿Lo dudabas? Venga, Laura, me las piro…

Adiós, bombón, y… ¡pásatelo bien!

Bueno, Quique, ¿te vienes al centro o qué?

No, ya os he dicho que voy a quedar con Paula.

¡Venga ya, tío! ¿Vas a pasar de nosotros por ella?

Es que está mucho más buena.

Eso es verdad, pero sabes que no te vas a comer ni una rosca, ¿verdad? Es la tía dura de clase, sobre todo desde que la colega de tu madre empezó a comerle la cabeza en el insti con eso de que te tienes que hacer respetar y tal.

Sí, ya lo recuerdo. ¡Puta Laura! La chapa que nos dio con lo de que las tías eran algo más que una cara bonita. ¡Pues claro que sí, también son un buen par de tetas!

¡Qué mala leche tienes, cabrón, pero sí, eso es así! —le contestó el otro muchacho entre risas.

Pero que sepas que sí, me la voy a comer, la rosca digo, gilipollas —le contestó Quique al ver la confusión en la cara de su amigo.

Pues yo diría que no. ¿Qué decís, tíos?

Los demás muchachos empezaron a asentir y hacerle gestos burlones.

¿Pero por qué dices eso, chaval?

Pues porque si después de ir juntos casi un año y no os habéis enrollado es o porque es lesbiana, o porque pasa de tu cara.

De mi cara no puede pasar, gilipollas, lo que pasa es que nunca se lo he pedido. Y además estaba saliendo con un pavo.

Pues mejor me lo pones aún. ¡Pasa de tu jeta, chaval!

¡Que no, coño! Que lo tengo controlado y de esta noche no va a pasar.

Tú sigue viviendo en tu mundo de fantasía. Ella pasa de tu cara. Acepta que solo eres el amigo guay. Nunca te la vas a follar.

¡Joder, que te digo que sí! Acaba de cortar con ese tío y voy a ir a saco, ¡chaval!

¡Qué cabrón! ¡Y yo que pensaba que te caía bien y que la apreciabas de verdad!

¡Qué dices, tío! Si he aguantando tanta mierda de supercolega es porque a una tía buena como la Paula hay que sabérsela trabajar.

¿Y todos los rollos esos que os llevábais del feminismo y de la sensibilización y demás…?

Chorradas para podérmela tirar. Venga, largo de aquí que está a punto de llegar.

¡Qué cabrón! Bueno, ya me contarás. ¡Venga, au!

Au.

¡Hola, Quique, qué ganas tenía de verte, chiquiii!

Y yo, preciosa. Un abrazo, ¿no?

¡Claro! —le dijo la muchacha con alegría mientras Quique la estrechaba con más fuerza de lo normal.

Uff, sí que tenías ganas de verme —le dijo la muchacha intentando soltarse de su abrazo. Quique deslizó la mano por su trasero. Paula dio un pequeño respingo sorprendida por aquel contacto inusual, pero en una milésima de segundo lo achacó a algo casual e inocente. Así que separándose miró a la cara de su amigo emocionada y le dijo:

No sabes lo mucho que te he echado de menos, de verdad.

Y después le dio dos besos y lo volvió a abrazar.

Quique era un tío genial, empezó a pensar la muchacha, siempre la escuchaba, y su casa había sido como un refugio para ella. Su madre era encantadora, y aunque su relación de amistad se había afianzado desde hacía tan solo un año, había surgido entre ellos un feeling especial. No era como ella pensaba, como el resto de tíos de su clase que solo la habían querido para enrollarse con ella y vacilar. Quique parecía apreciarla de verdad, pues al menos se había tomado la molestia de conocerla y escucharla. A veces se preguntaba qué era lo que le paraba a la hora de iniciar una relación con aquel chico con el que no discutía nunca y con el que jamás hubiese creído que compartiría tantos gustos y aficiones. Y pensar que se habían empezado a hablar por un estúpido trabajo de clase.

Ahora me toca a mí, ¿no? —le dijo Quique cogiéndola por los hombros, y antes de que ella pudiera evitarlo, el muchacho le había plantado un beso en los labios.

¡Perdona, ha sido el ímpetu! Y como te has girado en el último momento… —Se disculpó.

No, tranqui —le dijo Paula aún en estado de shock.

Por un lado se sentía algo violenta, como si hubieran profanado su espacio vital, mientras que por otro se sentía idiota por pensar tan mal de su querido amigo. Igual era verdad que se había movido inconscientemente cuando Quique la fue a besar, aunque ella creyera que se había mantenido en la misma postura.

¿Vamos tirando? Si no, empezará la peli sin nosotros —le dijo Quique rompiendo sus pensamientos, y se la llevó a rastras calle abajo, cogida de la mano, y aunque se habían cogido así muchas veces, Paula esta vez sintió un pequeño escalofrío.

Una vez en el cine, los muchachos se dieron cuenta de que eran los únicos que ocupaban la sala y estuvieron bromeando acerca de que hasta el cine quería celebrar su reencuentro, pero cuando las luces se apagaron el comportamiento de Quique empezó a empeorar. Paula ya no sabía qué hacer. Le había retirado la mano de sus muslos disimuladamente en un par de ocasiones, y ya empezaba a pensar que aquello no era inocente de ninguna de las maneras, pero no entendía o no podía entender ese cambio tan radical de su mejor amigo. Cuando se conocieron, se prometieron que si alguna vez a alguno le llegaba a gustar el otro se lo dirían, y que si alguno no sentía lo mismo, que quedarían como amigos y en paz. Pero esto en ninguna manera era forma de decírselo. Quique estaba actuando muy mal porque ella no había dejado ningún indicio de que él le gustara…

¡Quique, para! —le dijo la muchacha en el último intento que tuvo este de tocarle el entremuslo.

¿Por qué? Me dijiste que una de las cosas que te ponía del cine era la oscuridad y que con Paco te moló enrollarte porque era directo y muy original a la hora de buscar el lugar…

Pero Paco me dijo que le gustaba antes de intentar meterme mano –—le contestó esta molesta—. Y además me pidió de salir.

Vale, me gustas porque estás muy buena. ¿Quieres que salgamos? —le dijo este de forma burlona sin apartar la mano que Paula tenía férreamente sujeta sobre su pierna para que no fuera más allá.

¿Pero qué mierda estás haciendo?

––Tomar la iniciativa. El otro día me dijiste que ojalá ese tío, el vecino de tu madre de toda la vida, hubiera sido más lanzado a la hora de salir.

Y también te dije que justo por eso me encantaba ese chico, por su timidez. Que aunque no fuera lanzado…

Mientras ella hablaba el chico lo intentó de nuevo.

¿Pero qué coño te pasa, Quique? ¡Me estás asustando! —le dijo de nuevo Paula apartándolo de ella.

¡Joder, te lo acabo de decir! Me molas, tía. ¿Podemos follar ya?

Paula lo miró atónita mientras unas lágrimas se escapaban de sus ojos.

En serio, Quique, ¿qué mierda te has tomado hoy? —le dijo apartando la mano de un manotazo.

¡Nada, hostia! ¡Que estoy harto de que me calientes y en paz!

¿Que qué?

El otro día me dijiste que yo estaba muy follable y que si Ana no lo quería ver era su problema. Y hoy te has abalanzado sobre mí y me has dado dos besos.

Pero solo te quería animar porque en teoría te sentías mal porque te llamó cardo. En ningún momento insinué que me pusieras a mí, y lo de los besos ha sido como siempre, y si he corrido hacia ti es porque estaba feliz de verte…

Y no te has apartado cuando te he tocado el culo.

¡¿Lo habías hecho a posta?! Pero, tío, ¡qué cerdo eres!

Y ahora dirás que no te ha gustado el pico.

¡Pues claro que no! Y encima te disculpas cuando lo has hecho aposta. Me parece muy fuerte… No entiendo…

Pues yo sí entiendo. Te estás haciendo la dura. Me dices que no, pero yo sé que es un sí. Sé que te pongo cachonda. Venga, no lo nieges —le dijo entonces Quique, y se abalanzó sobre la muchacha intentando forzar sus labios. Pero Paula fue más rápida y pudo reaccionar apartándose de él, después le dio un gran empujón que lo tiró al suelo. Consiguió escabullirse y se fue corriendo escaleras arriba hacia la salida de la sala. Y no dejó de correr mientras la rabia, la impotencia, la ira y la decepción iban corroyendo sus venas. Solo cuando acabó de atravesar el parque se paró y vomitó, y después se puso a llorar desconsoladamente. Una señora que pasaba en ese momento por allí con sus perritos se acercó a preguntar:

Muchacha… ¿Te encuentras bien?

No, ¿me podría usted ayudar?

¿Quieres que llamemos a tus padres?

No, solo necesito ir a la policía, pero me da miedo ir sola. ¿Me podría llevar?

Por supuesto, bonica, hay una comisaría en aquella esquina de allá. Vamos, te acompañaremos —le dijo la mujer. Y dicho esto, ambas, junto con los perros, se encaminaron hacia allá.

Después de una semana que le había parecido una locura, Paula por fin se pudo acercar al instituto. Tenía un trabajo que entregar. En su cabeza aún resonaban las desagradables insinuaciones de Quique, el cual, por supuesto, no la había vuelto a llamar. Además, el día que ella fue a denunciarlo a la comisaría se encontró con el marido de su profesora de literatura que, destrozado en un banco en una especie de ataque de histeria, no hacía nada más que decir: «Me prometió que no iba a tardar».

Al día siguiente Paula se enteró de que Laura, su profesora de literatura, había salido a correr por el parque como de costumbre, aunque esa vez salió un poco más tarde de lo normal. Según los rumores que corrían, estaba pasando una mala racha profesional y aquel día había tenido una discusión grande en el trabajo, así que para desahogarse se fue a correr, pero ya no volvió jamás.

Un desalmado la había violado y le había arrebatado su vida, alguien que, como Quique, no sabía aceptar lo que significaba decir NO o luchar por la injusticia social. Y lo que más la asustaba era que, ese mismo día, ella podría haber corrido la misma suerte, tal vez no hasta el punto de ser asesinada, pero sí del de estar muerta en vida. ¿Pues cómo puede alguien recuperarse después de una violación? Además, en esa misma semana su madre había ido a posta desde la ciudad para acompañarla personalmente a hablar con Alba, la madre de Quique, ya que a su propio padre ni siquiera se lo había comentado. Era un energúmeno que había amargado a su madre durante muchos años hasta que se pudo divorciar. Paula estaba deseando cumplir los dieciocho años para poder marcharse de su casa ya.

Al principio la muchacha creyó que se encontraría con una Alba enfadada y dolida con ella porque había traicionado su confianza hablando mal de su hijo. Sin embargo, se encontró a una mujer triste, desolada y avergonzada, porque no solo había perdido a su mejor amiga por culpa de un desalmado, sino que su marido le había sido infiel con otra mujer y se había marchado de casa sin decir palabra, y además había descubierto que uno de sus hijos era un degenerado. Pero cuando la tuvo delante, lo único que esta le pidió realmente afectada fue que la perdonara y que sentía mucho por lo que Quique la había hecho pasar, que se sentía mal por no haber sospechado que su hijo tuviera esos pensamientos tan sucios y desagradables hacia ella. De hecho, Alba, cuando se enteró de lo que había pasado con su hijo, le revisó el móvil en un descuido y encontró algunas conversaciones relacionadas con Paula que ella misma se encargó de entregar a la policía para que pudieran actuar al respecto. Paula no se imaginaba lo mucho que debería haberle costado hacer eso y agradeció profundamente que en el mundo aún hubiese gente tan valiente y leal. Lo que más le dolía y la apenaba e incluso la enfurecía de toda aquella pesadilla que tan solo en una semana se había podido desarrollar, eran todas esas promesas rotas que se habían ido solapando en contra de la verdad.

Y esas promesas incumplidas no habían sido aquella que Laura le dijo a su marido: «Te prometo que no voy a tardar»; o la que el marido de Alba le dijo en su día: «te prometo que no volverá a pasar»; ni siquiera la que Quique le había prometido a ella misma: «Si algún día alguno siente algo por el otro y este sentimiento no es compartido seguiremos siendo amigos y en paz». No, las verdaderas promesas incumplidas estaban relacionada con cada una de nosotras y con todas a la vez. Y con todas nos referimos al resto de mujeres a las que se nos promete la igualdad, la libertad de expresión, la seguridad y el respeto. Ya que si siguen ocurriendo estas barbaries, realmente lo que se nos dice es una mera quimera. Se nos engaña para mantenernos calladitas, para hacernos creer que algo hemos conseguido cuando en realidad no hemos avanzado nada. Y la cruda realidad es que, lo único que se ha conseguido es echar más lastre a nuestra ya pesada carga, y hacer que sigamos muriéndonos de miedo cuando vamos solas por una calle poco iluminada y se sienten pasos a nuestra espalda. Y también se ha conseguido que midamos nuestras palabras cuando nos encontramos en una situación de minoría; y que nos retraigamos, que no nos expresemos como deseamos porque siempre hay alguna excusa par echarnos la culpa de todo lo que pasa. Y tristemente seguimos escuchando en las noticias comentarios tan insolentes y patéticos como que en cierto modo el vestir de forma femenina incita a los ataques en masa. ¿Qué es lo que ha sucedido para que se desprestigien esas palabras que tan bien suenan en las bocas de los perpetradores cuando quieren vendernos su discurso? Pues no olvidemos que también son culpables aquellos que ven pasar las cosas delante de sus narices y no hacen nada; ¿Qué es lo que ha pasado con la igualdad y la libertad?¿Dónde quedan sus verdaderas acepciones? Y sobre todo…¿qué más barbaries tendremos que sufrir las mujeres para que esto se solucione de una vez por todas?

Todo esto pensaba Paula abrumada mientras entregaba su trabajo, una novela corta para presentar a un concurso literario, en la cual reflejaba todos sus sentimientos, temores, desilusiones y esperanzas, lejanas esperanzas de que alguien pudiese llegar a leer todo lo que ella había denunciado e hiciera algo para paliarlo…

Inmaculada Ostos

El súcubo

Autor@: Inmaculada Ostos Sobrino

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Terror

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Inmaculada Ostos Sobrino. La ilustración es propiedad de Olga Ruiz . Quedan reservados todos los derechos de autor.

El súcubo.

Hacía algo de frío en la cabaña, pero no me apetecía encender la chimenea, así que me arrebujé un poquito más en el chal de pashmina que me hubiesen regalado aquella misma noche si no me hubiesen dejado tirada una vez más. Aunque no sé de qué me sorprendía, eran las segundas navidades que me quedaba sola, sobre todo, desde que el grifo se había cerrado y ya no invitaba a mis hijos y a sus respectivas familias a pasar las vacaciones de Navidad viajando por el mundo. Y a pesar de que la excusa seguía siendo la misma año tras año, me negaba a aceptar la cruda realidad, que hacía tiempo que no me querían, que hacía tiempo que nadie se preocupaban por mí, y eso me hacía sentirme bastante triste. Pegué un sorbo de mi gran copa de vino, intentando tragar con el ácido líquido parte de la pena que me corroía por dentro mientras intentaba recordar lo que había hecho mal para merecer aquel castigo divino.

 

Ilustración de Olga Ruiz

Así que, con la mirada fija en la pared de la cocina, y una mano descansando en la repisa de la isla que formaba la misma, intenté retroceder en el tiempo a través de mi memoria para recuperar el momento en el que se habían rotos nuestros lazos y comprobar si hubiese podido hacer las cosas de diferente manera para poder evitarlo. Pero los recuerdos que venían a mi mente eran muy duros, y siempre salía perdiendo en cada retazo que los componían. Tal vez mi historia, aquella historia que se había grabado en mi mente como un puñado de afilados e hirientes cristales rotos, solo fuera una parte distorsionada de un todo que podría ser observado desde distintos prismas, pero seguía siendo mi parte; esa parte angustiosa que me había destrozado una y mil veces por dentro, aquella parte en la que mi marido me reducía a la nada; aquella parte en la que una y mil veces me dije a mí misma, a modo de consuelo, que al menos no me pegaba, que al menos no bebía ni tenía vicios poco recomendables y que, además, a su manera, me quería.

Pero todo aquello no eran más que falacias que intentaban convencerme de que llevaba una vida digna. La realidad era que no me valoraba, que conforme nuestro matrimonio fue creciendo me quitaba autoridad delante de los niños, yo nunca hacía bien nada, si discutía con los chicos siempre era a mí a la que le reprochaba que se hubiese iniciado la pelea, independientemente de que los niños hubiesen hecho algo mal y yo solo les regañara. Además, siempre discutíamos por terceras personas, y lo peor de todo era que siempre estaba relegada a un segundo plano en cualquier ámbito de su vida, no importaba si era su trabajo, sus amigos o nuestro propio entorno familiar. Me había hecho creer que era un ser inservible, dependiente, que no iba a ser capaz de realizar nada por mí misma en toda mi vida. Y aquí estaba yo, fuerte, reveladora, liberada, con un trabajo que me permitía pagar mis gastos y los desmesurados gastos de mis hijos adultos. Pero lo más gracioso de todo esto no era que mis hijos solo se acordasen de mí cuando necesitaban dinero, no.

Lo más gracioso era que me echaban en cara que hubiese decidido poner fin a la amargura en la que se había convertido mi vida. Bastante aguanté hasta que ellos fueron autosuficientes para poner en orden mi vida y dejar de ser tan solo la chacha que les limpiaba y les servía.

Me puse a estudiar con los pocos ahorros que conservaba de lo que había heredado de mis padres, para poder labrarme un futuro y una profesión y poder ofrecerles una vida mejor, esa vida desahogada y sin preocupaciones que yo nunca tuve. Durante años yo había renunciado a mí misma sin pensar en nada más que no fueran ellos, dilapidé mi juventud cambiando pañales y atendiendo todas y cada una de las necesidades que los bebés requerían, mientras su padre se dedicaba a estudiar lo que a él le gustaba y yo a trabajar cuando podía. Cuando por fin terminó su carrera se puso a trabajar, y esa fue la excusa para delegar en mí también la casa y todas las responsabilidades que esto conllevaba. Después, y cuando las cosas se estabilizaron, me negó el derecho a trabajar, pues alguien tenía que quedarse con los niños y él no podía porque después de estar trabajando arduamente durante la semana necesitaba su tiempo de relax, su espacio, así que se iba a correr, o a tomar cervezas con sus amigos, mientras yo me tragaba las quejas de los niños porque no podían ver nunca a papá. Y con el tiempo todo empeoró, los escasos momentos en que la familia pasaba el día juntos llegaron a su fin cuando empezó a frecuentar reuniones y eventos que se hacían después del trabajo, a los que no era necesario ir, pero a los que él acudía religiosamente, empleando el  poco tiempo que hasta ahora nos pertenecía. ¡Y el sexo hacía años que ya no existía! Yo creo que se terminó en el mismo momento en que nació nuestro segundo hijo. De todas formas entre las peleas y las recriminaciones tampoco había demasiado tiempo para la reconciliación.

Aun así, la mala seguía siendo yo, a pesar de que el hecho de haber acabado mi carrera les hubiese ofrecido la cómoda vida que hasta ahora poseían. Y cuando decidí divorciarme, porque ya no aguantaba más, me llamaron histérica, exagerada, e incluso feminazi por el simple hecho de defender mis derechos y pedir la igualdad que me correspondía. Y eso fue lo que no les gustó, el hecho de que tuvieran que desenvolverse sin mí, el hecho de que se tuviese que delegar en los cuatro miembros de la familia todo el peso de lo que hasta ahora yo había llevado.

Y aquí estaba yo, en el único día del año en que, por obligación, me dejaban ver a mis nietos y podía pasar algún tiempo con mis hijos, completamente SOLA, olvidada, arrastrando un pesar que apenas me dejaba respirar.

De repente un cambio, al principio inapreciable, se apoderó de la estancia, fue como si el aire se tornase más pesado o como si de repente el tiempo se paralizara. Parecía que el silencio se había adueñado de la casa, pues ni siquiera pude apreciar el insistente y monótono canturreo de las manecillas del reloj de pared que estaba en la sala. Solo se escuchaba el mismo vacío que sentía en mi alma. Sonreí en mi mente ante esta irónica percepción cuando, de repente, un ruido apenas perceptible llamó mi atención. Era como si algo o alguien se estuviese arrastrando por algún lugar arenoso que pudiese desprender algún tipo de material así.

El ruido se hizo cada vez más fuerte y repetitivo, así que sin dejar la copa que estaba bebiendo y que llevaba ya por la mitad, me acerqué al lugar de donde parecía proceder el sonido. Venía del salón y más concretamente… ¡del hueco de la chimenea! Di un paso hacia atrás asustada ante aquella nueva revelación mientras un torbellino de ideas revoloteaban en mi mente: no tenía vecinos en un kilómetro a la redonda, las llaves de mi coche se encontraban en el piso superior, el teléfono solo tenía cobertura en el baño de la parte de atrás de la casa, y ni siquiera tenía un arma con la que defenderme.

El ruido se hizo más intenso para finalmente acallar su voz con un estruendoso golpe final, como si alguien o algo hubiese saltado desde una altura considerable y hubiese aterrizado en la base de la chimenea con su consiguiente nube de polvo y ceniza inundando el salón. Ahora temí más por una mala caída como consecuencia de un accidente que por una agresión, así que dejé la copa de vino encima de la mesita de sobremesa que tenía frente al sofá y me dirigí hacia lo que quiera que fuese que produjera aquel sonido.

Cuando la polvareda se dispersó, apenas pude ver dos botas negras y un traje rojo salir del hogar de la chimenea.

—Sorpresa —exclamó una voz, pero sin ningún tipo de cadencia o entonación en su materialización.

Tosí un poco antes de contestar intentando recuperar la limpidez que hasta ahora existía en mi garganta.

—Perdona, ¿quién eres tú y qué haces en mi casa?

La persona que tenía ante mí era un joven de aproximadamente unos treinta años, la misma edad que tenía en la actualidad el mayor de mis hijos. Iba vestido de Papá Noel y me miraba con gesto desconcertado a través de unos inquietantes ojos azules.

—¿Tu casa? ¿Desde cuándo…? Quiero decir… creo que no me he equivocado de dirección… ¿Y Rosalin? —me preguntó algo nervioso.

Entonces organicé en mi cabeza la situación y comprendí el absurdo de aquella incidencia.

—Ah… ¡vale, vale! Creo que puedo explicártelo, ya veo a quién buscas. Rosalin es la hija de mi mejor amiga y ella, como ves, no está, quiero decir que ya no vendrán nunca más aquí a no ser que las invite…, bueno, que quiero decir que me han vendido la cabaña.

—Justo hace dos años‚ ¿verdad? —me preguntó entonces entendiendo.

—Imagino que fue la última vez que la viste —sentencié—. ¿Eres un amigo del trabajo u os conocíais del grupo de escalada que tenía aquí?

El muchacho me dirigió una mirada perdida, se le veía bastante afectado, igual era un rollo de la chiquilla que esta no había sabido cómo gestionar o algo así. Por eso intentaría no comentarle que se había casado hacía dos meses con su novio de toda la vida.

—Ni lo uno ni lo otro. ¿Por qué te vendieron la casa a ti?

—Pues porque estoy sola y necesitaba un lugar en donde esconderme del mundo y olvidar todas mis  miserias —le dije sinceramente sin saber por qué. El muchacho cambió entonces su expresión por completo y me dirigió una extraña sonrisa mientras se erguía y su figura, que sería aproximadamente de un metro ochenta, pareció inundar la habitación.

—Espera un momento, como que ni lo uno ni lo otro —hablé de nuevo turbada intentando distraerle, ya que la incesante mirada que ahora me manifestaba me ponía muy nerviosa y no supe por qué.

—Que no conozco a Rosalin de la universidad ni tampoco de su grupo de escalada. De hecho, no creo que Rosalin, a pesar de la agilidad que demuestra, pudiese escalar en estos momentos.

Le miré realmente desconcertada ante aquellas declaraciones. El chico se permitió soltar una carcajada bastante divertido.

—Creo que te has confundido de Rosalin al aseverar que era mi… podríamos llamarlo ¿fuente de interés?

—No puede ser… ¿Es Rose tu… tu… amiga? —le pregunté entonces entendiendo la complejidad del asunto. Mi amiga Rosalin, Rose para mí, tenía una hija a la que le puso su mismo nombre por tradición familiar.

El muchacho enarcó una ceja de forma irónica antes de contestar:

—Me gustan mayores, y tú también me sirves.

—¿Cómo que te sirvo? —le pregunté indignada.

—Pues que me pareces muy atractiva —me contestó con picardía mientras se quitaba los restos de ceniza que ensuciaban su oscuro pelo.

—¿No estarás insinuando que … tú y yo…?

—¿Por qué no?, los dos estamos solos, no hay nada que nos ate y es obvio que nos sentimos atraídos. ¿O acaso no te parezco atractivo?

Esta atrevida parrafada me dejó descolocada, sin saber muy bien qué decir, pero el chico me seguía mirando con un extraño destello febril en los ojos.

—No estoy loco, si es lo que estás pensando, lo que pasa es que mi sinceridad suele causar este efecto, no me gusta ir con rodeos. Es por eso que he de reconocer que cuando no he visto a tu Rose, mi Rosalin, me había decepcionado un poco. Llevábamos algún tiempo viéndonos así, me había acostumbrado, pero…

—¿Quieres decir que Rose y tú quedáis para…? —le pregunté entonces escandalizada. Él se limitó a sonreírme de nuevo y a encogerse de hombros mientras se quitaba la parte de arriba del disfraz ante mi estupefacta mirada. Seguidamente se quitó el resto y se quedó con la ropa que llevaba debajo, que eran unos vaqueros y una camisa negra que resaltaba aún más el azul de sus ojos.

—Veo que eres de las que piensan como antaño, por lo tanto antes de continuar te lo volveré a preguntar. ¿Acaso no soy de tu agrado?

Lo miré boquiabierta, estaba totalmente traumatizada, no sabía qué pensar de aquel muchacho que en principio me había parecido coherente en su historia y que ahora parecía ser bastante anormal, aunque por otro lado sí era cierto que hacía tiempo que me había fijado en sus atractivas facciones e incluso me había tomado la libertad de fantasear. ¡Hay que ver cómo se comporta la mente humana en algunas extrañas situaciones como esta! Así que al recalcarme de nuevo su pregunta no pude hacer otra cosa que ruborizarme y ponerme a divagar:

—Yo no pienso nada… ¡Y dices que no estás loco! De verdad, deberías marcharte. Yo…

—Aún no has contestado a mi pregunta. Sé que te gusto, pero necesito que me lo digas tú de verdad, si no, no podré actuar.

—¿Actuar? ¿Tú… qué pretendes? Bueno, da igual, creo que voy a llamar a la policía.

—Sabes que solo tienes cobertura en el cuarto de baño de atrás y encima tu móvil está en el piso de arriba. Además, tardarían demasiado en llegar. Para cuando lo hicieran podría haberte matado.

Lo miré indignada, había olvidado que él conocía esta casa mucho mejor que yo, sobre todo si llevaba tanto tiempo manteniendo una relación con Rose. ¡Maldita Rose! ¿Por qué no me había contado nada? ¡Claro, por eso la veía últimamente tan animada! ¡Pájara! Ahora entendía el porqué.

—– Disculpa, te estoy asustando, solo bromeaba, no tengo intención alguna de dañarte, pero sí que es cierto que no me importaría pasar esta noche contigo si tú también lo deseases. Pero como veo que te estoy incomodando, me iré, al fin y al cabo tan solo somos dos extraños. —–me dijo entonces el muchacho remarcando de una forma inusual esta palabra mientras me miraba fijamente a los ojos.

Y, entonces, un excitante hormigueo recorrió todo mi ser, sensación que desde hacía décadas creía tener extinta. El chico se dirigió a la puerta y cuando la abrió el paisaje que se reveló en el exterior fue desolador. Una tremenda tormenta estaba cayendo en esos momentos y yo apenas me había dado cuenta.

—¡Espera! —le dije—¡No puedes irte así!

—¿Acaso te lo has pensado mejor? —me dijo de forma pícara.

Fui a protestar mostrándole mi indignación y decirle algo así como que no podía dejar que se aventurara con aquella tormenta porque era una locura, pero en vez de ello me sorprendí devolviéndole el coqueteo.

—No te hagas ilusiones… ¡de momento!

El chico entonces cerró teatralmente la puerta de un solo manotazo mientras me dirigía una amplia sonrisa de complicidad, después me dedicó una reverencia y me contestó:

—Tus deseos son órdenes para mí y cualquier cosa que desees me encargaré de hacerla realidad…

Y dicho esto, y tras volverme a hacer ruborizar, me acompañó hasta el salón. Después de esta última y turbadora expresión de interés, la conversación resultó más civilizada, le dejé mi teléfono para que pudiese llamar a un taxi que lo pudiera acercar hasta su casa. A los tres minutos volvió del baño de detrás de la casa con el móvil en la mano y una sonrisa. Le habían dicho que a causa de la tormenta el servicio de taxis se podría retrasar de cuatro a cinco horas como mínimo, pero que le avisarían en cuanto lo enviaran.

—El destino quiere que pasemos esta noche juntos —alegó.

Después todo vino rodado. Preparamos juntos la cena, cenamos y charlamos tomando unas copas de vino. El ambiente se había vuelto mucho más distendido y tenía que reconocer que me sentía bastante cómoda en su presencia. Era un joven encantador y el halo de misterio que lo envolvía le hacía parecer más interesante. Al principio hablamos de cosas triviales, pero luego, y dada la irresistible atracción que crecía cada vez más en mí, intenté averiguar cosas de su vida. Pero mi investigación se terminó en cuanto él me contestó de forma evasiva que si me contaba algo, aunque simplemente fuera su nombre, la magia se rompería y se perdería esa complicidad que habíamos construido. Y tenía razón, pues por otro lado yo tampoco necesitaba saber más. Lo único que tenía claro era que gracias a él esta no formaría parte de esas nefastas navidades que hasta ahora había tenido en mi vida, y eso era lo único que me importaba. Así que terminé hablándole, sin poder evitarlo, sobre mi vida, tanto de los buenos como de los malos momentos que había pasado. Y él me escuchó atento, paciente, cercano… Hubo algunos momentos de cierta tensión emotiva que él supo lidiar dándome pequeñas muestras de cariño como palabras amables o el roce de nuestras manos. Y poco a poco me fui relajando. Reímos juntos, lloré, bromeamos, nos tocamos fraternalmente, coqueteamos, y entonces comprendí que ya estaba decidida, pues me sentía tan compenetrada y en cierto modo querida que no me importaron los años que nos separaban, ni que mi cuerpo fuera una vieja reliquia, sino solo las personas que se encontraban una frente a la otra y lo que esas personas sentían. Así que, armándome de valor, apreté sus manos que ahora se entrelazaban con las mías y le dije:

—El momento ya ha llegado.

Y no hubo que explicar nada más.  Él me sonrió ampliamente mientras nuestros rostros se desdibujaban lentamente. Después, nuestros labios se encontraron y crearon cascadas de dicha que jamás pensé que sentiría mientras nuestras manos revoltosas exploraban cada centímetro de la piel de la persona que teníamos al lado. Y nos desinhibimos, y nos desatamos, expresando nuestras sentimientos con la misma ferocidad que la tormenta que nos había aislado.

Ni siquiera me di cuenta de cuántas horas habían pasado, pues cuando me desperté la tormenta había cesado, así como la pasión que hacía tan solo unas horas habíamos descargado. Me atreví a mirar su rostro mientras apartaba un mechón rebelde que le caía de lado sobre sus preciosos mares azules. Él también me miraba, y ese brillo febril que había mantenido mientras estábamos entrelazados seguía estando agazapado en el brillo de sus ojos, en la comisura de sus labios. El estómago se me encogió de dicha y le sonreí como una quinceañera le sonríe a su amor de verano. Entonces el teléfono se iluminó y él se giró para leer lo que lo había avivado.

—El taxi está aquí, será mejor que me vista —me dijo en un susurro.

—¡No te vayas! ¡Quédate, y dile que te lo has pensado! —le ronroneé como un gato, y su respuesta fue un beso apasionado.

—Al menos deja que baje a darle algo por haberse acercado —me contestó triunfante.

Y después, levantándose y poniéndose los pantalones, desapareció por la puerta del cuarto, cosa que aproveché para tumbarme de espaldas y estirar mi cuerpo aletargado. El móvil se volvió a iluminar, y no una vez sino cuatro, de una manera tan insistente que temí que hubiera pasado algo. Así que me levanté a regañadientes y lo desbloqueé esperando encontrarme como primera conversación el mensaje que el taxista había mandado, pero en vez de eso quien reclamaba mi atención febrilmente era el whatsapp de la hija de Rose, que no paraba de escribir transcribiendo lo que su madre le iba dictando.

Me preguntaba en primer lugar si todo iba bien, y luego que si podía hacer el favor de llamarla en cuanto lo leyera, que su madre estaba muy preocupada por si me había pasado algo, que le estaba diciendo no sé qué cosa sobre las navidades y que era peligroso que estuviera sin nadie, y que si mis hijos habían llegado. Iba a contestar cuando mi salvador de navidades entró de nuevo en el cuarto. Vestía los mismos pantalones con los que se había marchado, pero al cuello llevaba un medallón con una especie de piedra iridiscente que brillaba a cada paso.

—¿Se lo has dicho? —le pregunté ansiosa.

—Sabes que no. Nunca llamé a un taxi y el mensaje que sonó no era para mí, Claire.

—¿Qué quieres decir? —le pregunté un tanto aturdida.

—Dímelo tú —me respondió de una manera un tanto inquietante.

Y entonces me puse a pensar en nuestro encuentro y sobre todo en las conversaciones que habíamos mantenido los dos, en esos pequeños detalles que yo había pasado por alto como el hecho de que supiera que no había cobertura si no te ibas al baño de atrás y que mi móvil estaba en la habitación de arriba, que a mi mejor amiga yo la llamaba Rose como muy bien él apuntó, «[…] tu Rose, mi Rosalin», y sobre todo esta última revelación: ¡Sabía mi nombre cuando yo jamás se lo había dicho! «¿Qué demonios estaba pasando?», me pregunté mientras toqueteaba enloquecida el móvil en busca de las pruebas que lo delataban, y en efecto, allí estaban igual de ausentes que mi propia consciencia.

—Tenía que inventar una excusa para que me permitieras estar aquí, al fin y al cabo aún no había sido invitado.

—¿Invitado a qué? —le pregunté cada vez más asustada.

—A entrar en la casa, a quedarme aquí para poder poseer lo que ahora es mío —me dijo acercándose peligrosamente.

Intenté moverme, pero estaba paralizada, y no solo de miedo sino literalmente paralizada. No podía apartar la vista de sus ojos, que ahora brillaban con un maligno fulgor mientras venía hacia mí. Entonces sus manos se transformaron en una especie de garras con largas uñas y mientras echaba  mi rostro hacia atrás para inmovilizarlo con su mano izquierda, con su mano derecha acercó una larguísima uña meñique a mi garganta y la dejó apoyada sin más, presionando contra mi piel pero sin atravesarla.

—Te he dado esta noche todo aquello que se te negó a lo largo de tu vida, te he devuelto por unos breves instantes la juventud que se te arrebató por la maternidad. Te he dado ese protagonismo que tanto anhelabas al ser antepuesta a todo lo demás, independientemente de que hubiese más hembras de tu especie que pudieran tentarme. Te he despojado de tu pudor carnal para poder expresarte sin restricciones como el ser sensual que eres. Y sobre todo, te he liberado de tu carga emocional para que no tengas que sufrir como has estado sufriendo durante todos estos años.

—¿Qué eres? —le pregunté vislumbrando mi pronto final.

—Un súcubo, aunque soy un bicho raro en mi especie, ya que normalmente son mujeres las que ostentan este cargo. Nos alimentamos de la desesperación y de la soledad, y sobre todo de la energía de aquellas personas que están tan atormentadas y decepcionadas de la vida como tú.

—¿Y por qué Rachel se te escapó?

El súcubo chasqueó la lengua para luego contestar:

—Apareció Rosalin y se la llevó antes de que terminase mi trabajo. Tú mejor que nadie deberías saber que pasó muchos años intentando superar su duelo por la pérdida de su esposo. Tuve que estar trabajándomela dos años para que lo olvidase y empezase a confiar en mí, pero justo cuando íbamos a consumir nuestra unión su hija vino y la alejó de mí. Por eso pensé que al haber de nuevo luz en su casa ella habría vuelto.

—¿Por qué lo del traje? —pregunté intentando alargar el tiempo para ver si se me ocurría alguna forma de no morir.

—Pues eso era simplemente un jueguecito que ambos nos traíamos entre manos, aunque no creo

que te interesen mucho los detalles ya que vas a morir. Si no estuviese tan exangüe después de estos últimos dos años de ayuno, me esforzaría incluso hasta en mostrártelo o disfrutaría un poco más de ti. Pero ahora sí que ha llegado el momento.

Y dicho esto clavó su uña en mi cuello atravesando mi piel como una finísima aguja. El dolor intenso y embriagador se deslizó por mi cuerpo como un efectivo veneno, pues segundos después solo pude sentir la oscuridad…

Inmaculada Ostos

Batman, el alter ego

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Relato

Rating: +18

Este relato es propiedad de Inmaculada Ostos. La ilustración es propiedad de Marta Herguedas. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Batman, el alter ego.

Ilustración de Marta Herguedas

Ser Bruce Wayne nunca fue fácil. Nací en mayo de 1939, trayendo una dura competencia de cola, Clark Kent. Mis inicios fueron algo difusos, ya que jamás me sentí cómodo con la personalidad asignada. Ni siquiera nací de una idea original en sí misma como aquí mi compañero, sino más bien de un cúmulo de influencias de éxitos pasados tales como: la leyenda del zorro, al que debo mi rostro enmascarado y las magníficas acrobacias de las que hice gala durante todo mi estrellato; o la leyenda de Superman, de la que heredé sus botas rojas, ese traje entallado y una doble identidad. Y ni siquiera esa identidad secreta era pura en esencia, ya que mi nombre y apellidos se debieron a la fusión de dos personajes destacados, Robert Bruce, el gran patriota escocés y, Mad Anthony Wayne,  un reconocido aristócrata.

Mis padres, Bob Kane y Bill Finger, trabajaron duro para afianzar mi éxito, hicieron muchos cambios en los diseños originales, cambiaron mi edad, mi complexión e incluso el desarrollo de la historia; aunque el cambio que más me dolió fue el que le hicieron a Robin, mi adorada y preciosa Robin, nunca tuve la oportunidad de decirle lo que sentía, lo mucho que me importaba.

En principio ella iba a ser mi chica maravillas, compañera de aventuras y amada, pero al equipo directivo no le gustó la idea. Así que hacia 1940 decidieron crear su alter ego masculino, una estrategia de marketing que conseguiría atraer a los lectores más jóvenes, puesto que se sentirían identificados. Después de aquella suplantación colorista de lo que fue mi socia, el equipo creativo decidió desvelar mi identidad secreta y contar mi verdadera historia, aquella que me llevó a ser aquel superhéroe obcecado con acabar con el crimen de Gotham City. Y por supuesto crearon infinidad de villanos contra los que tendría que luchar, a cada cual más peculiar. Fue esto lo que me hizo subir en el ranking de ventas, los números de las revistas se multiplicaron, así como el número de fieles seguidores. Pero nada de esto me satisfacía, hacía tiempo que me sentía vacío, olvidado, relegado, no era yo. Jamás comprendí por qué mi creador se vendió por dinero, jamás entendí por qué prefirió gustar a centenares de personas traicionándose a sí mismo.

Y es que la historia de mi nacimiento surgió de una bonita colaboración junto con la adolescente que se convertiría en su esposa. En una aburrida tarde de verano, en la que descubrieron que no solo se compenetraban escribiendo y dibujando. Todas las creaciones tenemos algo de nuestros padres, digamos que vierten sentimientos escondidos, miedos incontrolados y deseos de ser capaces de vivir emociones que de otra forma no vivirían. Pero supongo que las ganas de luchar por sus propios ideales, las ganas de defender lo que le era genuino, se fueron en el mismo instante en que ella murió, y mi Robin desapareció como el fantasma del amor que había atormentado el corazón del escritor que una vez soñó su historia. Me sentí abatido y descorazonado, y cuando los dibujos animados y el cine hicieron su aparición y la gente dejó de interesarse por los cómics, me sentí muy perdido, abandonado, y pasé a ser una simple reliquia guardada en un polvoriento cajón.

Un buen día, algo pasó. La tienda de cómics donde descansaban centenares de ejemplares, incluso los números inauditos,se incendió dejando reducido a polvo todo aquello que fuimos. Pensé que había llegado el fin, pero por alguna extraña razón todos los personajes que habitaban en los cómics cobraron vida, y corrieron despavoridos y desconcertados entre las voraces llamas. En menos de cinco minutos, todos habían atravesado la puerta, perdiéndose entre la multitud. Yo tampoco esperé demasiado, no me apetecía mucho sufrir la agonía que producían las quemaduras en aquella nueva y humana piel. Así que, seguí el camino de lobezno, atravesé el maltrecho escaparate cuyos cristales habían reventado a causa del calor, me escondí en la ciudad y esperé. Tras una media hora de navegar a contracorriente en un estado de inopia e incertidumbre absoluta, la salvación me vino a buscar en forma de Albert, mi mayordomo. Al parecer, no solo nuestros poderes y nuestra persona había cobrado vida, sino también las historias y aquellos que las compartían con nosotros. Así que afortunadamente seguía siendo Bruce Wayne, un huérfano heredero asquerosamente rico.

Albert me ayudó a recomponerme y me hizo asimilar todo lo que había sucedido. Él pensaba que todo aquello debía tener una razón de ser, no había que desaprovechar aquel maravilloso tiempo que nos habían regalado intentando buscar explicaciones lógicas a lo que no las tenía. Ni siquiera aquel loco mundo pareció darse cuenta de las irregularidades causadas, a pesar de las similitudes que nuestro nuevo resurgir tuviese con la literatura ficticia del mundo de los cómics. Además, Albert tenía la teoría de que aquel renacer podría ser debido al hecho de que el coleccionista, que también fue mi creador, nos transfirió toda su energía vital antes de morir entre las voraces llamas del descomunal incendio, regalándonos lo poco que quedaba de su vida. El caso era que allí estaba yo, una versión imberbe del héroe en el que me convertí, o más bien del héroe que diseñaron. De nuevo era yo, la primera versión de mí, pero a pesar de estar tremendamente feliz por volver a ser  aquel joven de dieciocho años de grandes ojos oscuros y alborotado pelo castaño, estaba más asustado y perdido si cabe que cuando llegué a la cúspide de mi estrellato.

Después de recomponerme, mi primera labor en aquel nuevo mundo fue recuperar todas las cámaras existentes en un par de kilómetros a la redonda. Necesitaba comprobar que no sólo los que vi salimos de allí, necesitaba saber hacia dónde habían huido, por si aquello me podía dar alguna pista sobre dónde encontrarlos. Además, me inquietaba la idea de no haber visto a ningún villano en la huida, así que tras estudiar detenidamente las cámaras de seguridad de la propia tienda, pude comprobar que ninguno había sobrevivido o más bien revivido, ya que se convirtieron en cenizas junto al papel y la tinta que tantas veces los había mostrado. Después de asegurarme de todo aquello y entender que nunca más vería a mi Robin, empecé a inquietarme por el papel que se supone que debíamos jugar en aquel alocado mundo lleno de guerras, de maldad y de corrupción. ¿Cómo podríamos luchar contra todo eso, si miraras donde miraras, en todos los rincones se respiraba el egoísmo y la ambición?

Alfred me veía tan abatido que un buen día me animó a encontrarme a mí mismo, me dijo que me despojase de todas mis ataduras, que desnudase mi alma y que mirase en mi interior. Y me lo tomé de forma literal, pues me fui al prado que estaba en una de mis propiedades de veraneo, me quité toda la ropa, me puse mi máscara y me tumbé entre las amapolas. Necesitaba hacer una locura, fundirme con la naturaleza, encontrar mi lugar en el mundo y, que mejor manera que fusionarme con la tierra, con el viento, con el universo.

A solas, en el prado, respiré hondo, cerré los ojos y escuché como el viento mecía las hojas de las amapolas muy suavemente. Poco a poco el zumbido que hacían las alas de los insectos al moverse y la brisa que acariciaba dulcemente mi cuerpo, hicieron que experimentara un estado de relajación y quietud como nunca había experimentado. Y entonces supe quién era realmente yo, y qué era lo que quería hacer con aquella, mi nueva vida. Entendí que aún podía hacer algo por esta sociedad  que estaba abocada al desastre. Decidí que si no podía luchar contra los criminales, no quería decir que no pudiera hacer algo para facilitarle las cosas a los menos afortunados. De hecho, habían  otros campos que explorar, campos que estaban abandonados, faltos de recursos y que necesitaban desesperadamente un padrino que ofreciera unas buenas inversiones o, en su defecto, a un tahúr cuya mente extraordinaria ayudará a buscar una ingeniosa solución para aquello que no la tenía. El mundo de la investigación, de la tecnología, de la sanidad, estaban faltos de recursos y esos serían mis objetivos. La investigación había sido mi vida y nunca se me había dado mal, así como la capacidad de crear avanzada tecnología, lo cual me había solucionado más de un problema. ¿Por qué no poner todos estos atributos a merced de la civilización?

Sí, yo era el verdadero Bruce Wayne, el joven soñador defensor de lo justo, el nuevo vengador, el Da Vinci de su época, aquel personaje de dieciocho años que se creó para luchar contra el mal de una manera distinta, aquel proyecto que se quedó en el cajón de su creador, aquel proyecto que evolucionó en el Batman que todos conocían. Aquel proyecto que era mucho mejor que todo aquello que fue  estipulado,  pues nacía de las más bellas y nobles intenciones. Andaba perdido en mis propias tribulaciones cuando, de repente, algo turbó mi paz sacándome de mi ensimismamiento. Una sombra había tapado los reconfortantes rayos de sol que calentaban mi rostro, así que abrí los ojos bastante molesto, esperando ver una nube cerrándole el paso al sol que regeneraba mi espíritu. Pero lo que ante mí se mostraba no era ninguna inoportuna nube sino una preciosa melena rubia que ondeaba al viento, mientras unos intensos ojos verdes me miraban con un extraño fulgor.

–¡Robin! exclamé, sin ni siquiera ser consciente de mi desnudez. Estaba nervioso, agitado, tremendamente feliz de verla allí a mi lado.

Me quité rápidamente y de un manotazo la vieja máscara de murciélago que había llevado para tener algo con lo que me pudiera definir. Mientras me incorporaba torpemente, ella me dedicó una  preciosa sonrisa, y se precipitó sobre mí dejándome a medio camino sentado sobre mis nalgas. Arrodillada, sujetó mi hombro con una mano y con la otra hizo un gesto que reclamó mi silencio.

Por fin te he encontrado, esta oportunidad no la voy a dejar escapar. Ha sido un largo camino y, no me refiero al que me ha llevado por fin hasta aquí…–me dijo.

Yo no entendí qué era lo que me quería decir hasta que se acercó a mí y me besó tenuemente en los labios. Entonces comprendí que ella también quiso siempre mucho más de mí y que nunca se le brindó la oportunidad de poder desarrollar lo que empezaba a sentir. No quería perder el tiempo, necesitaba reescribir su propia historia, nuestra propia historia. En aquel momento de sinceridad me sentí tremendamente feliz, y fui consciente por primera vez de mi desnudez y el rubor acudió a mi rostro como un torrente desbocado, sobre todo cuando me di cuenta de lo que aquel beso había provocado en partes que ahora mismo no deberían mostrarse. Robin debió de leer mis pensamientos puesto que su mirada se dirigió durante unos segundos de mi rostro sonrojado hacia aquello que provocaba mi  turbación, después dejó escapar una carcajada y se mordió el labio de forma coqueta, cómplice. Empezó a desnudarse muy lentamente mientras mis ojos hipnotizados y extasiados a un tiempo no podían dejar de mirar. Al cabo de unos minutos nuestros cuerpos se abrazaron dejando que los sentimientos afloraron desbocados, nuestras bocas hambrientas se buscaron y se deshicieron en besos voraces que recorrieron nuestros cuerpos sin prisa pero sin pausa. Nuestras manos, frenéticas, recorrieron cada íntimo recodo que nuestros preciosos seres guardaban, fundiendo de tal manera nuestras almas en una sola, que incluso fuimos capaces de emular el acompasado baile que desde hacía tiempo estaba interpretando el viento junto con la hierba y las amapolas, a las cuales deshojaba con el mismo cuidado y pasión, con la que se despojaba la soledad nuestros mutilados corazones.

Después de aquella muestra de amor, pasamos largo rato tumbados y abrazados el uno junto al otro, charlando y programando cual sería nuestro siguiente movimiento, ahora sí que nada ni nadie nos podría separar jamás. Robin estuvo de acuerdo conmigo en que si no podíamos luchar contra el villano en sí, al menos deberíamos poder mejorar la situación de aquellos que fuesen menos afortunados. Sin embargo, había una cosa en la que no estaba de acuerdo, y era que esto no podíamos hacerlo solos. Así que se le ocurrió una gran idea, crear una universidad para héroes en la que aprendieran a controlar sus poderes en aquella nueva vida y se dedicaran a encontrar la manera en que los mismos nos serían útiles para la causa. También trabajarían en sus identidades secretas y buscarían su lugar.

El primer día de universidad, el campus era un hervidero de adolescentes tremendamente hormonados y descontrolados, por desgracia todos ellos existían en sus versiones más jóvenes y primitivas. Además poseían un ego bastante subido debido a que sabían los poderes que cada uno poseía y no había nadie que intercediera en su lugar. Al parecer la naturaleza sólo había sido sabia conmigo, pues me había dotado de una inusual madurez. Así que, miré aterrado a mi alrededor arrepintiéndome sobremanera de haberme ofrecido a llevar a cabo todo aquello.

La escena que observaba desde mi posición era dantesca. Spiderman escalaba por las columnas del antiguo claustro de Oxford, Hulk intentaba aporrear al chico que le había roto las gafas llevándose unas cuantas columnas a su paso y dejando al descubierto sus desmesurados atributos.

–¡Bendita dotación! Seguro que la futura señora Hulk algún día se sentirá afortunada le susurré a Robin con sarcasmo. Esta me pegó un cariñoso puñetazo en el hombro a modo de reproche, aunque no pudiese ocultar su sonrisa divertida. Después se dirigió hacia Tony Stark, que había provocado una trifurca a propósito entre lobezno y superman para poder ganar el dinero que se había apostado.

De momento, las mujeres no habían llegado allí, así que siendo Robin la única fémina cercana y con autoridad en la zona, aparte de poseer un cuerpo escultural, se pueden imaginar el revuelo que se organizaba cada vez que ella se acercaba a alguno de los estudiantes para comunicarles el funcionamiento de nuestra organización secreta o, qué era lo que se escondía tras aquella facultad.    Afortunadamente los sabía manejar, pero yo no podía dejar de pensar en todo aquello que me llegaba a preocupar. Después de mirar más de cien veces a mi alrededor y reconocer casi a un centenar de súper héroes no encontré a ninguno que estuviese sano mentalmente, al menos era lo que parecía a simple vista. Aquella vuelta a sus inicios más viscerales, a aquella juventud perdida que había desatado la anarquía en su propia identidad, era tremendamente peligroso. Ni siquiera noté cuando Robin volvió a acercarse a mí y me besó dulcemente en el cuello mientras me susurraba:

No es tan malo como parece, lo podremos solucionar.

Pero ni siquiera esa aseveración consiguió convencerme, sabía que aún quedaba mucho por pelear e iba a ser más difícil de lo que alguna vez pude imaginar

Inmaculada Ostos Sobrino

La niebla

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Relato misterio

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Inmaculada Ostos Sobrino. La ilustración es propiedad de Paloma Muñoz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La niebla.

Ilustración de Paloma Muñoz

Sé lo que hicisteis el último verano”, ese era el encabezamiento de la carta que Christian tenía en la mano, el mismo encabezamiento de todas las cartas que día tras día, durante esa semana, aparecían misteriosamente en la mesita que había al lado de su cama. Al principio, le desconcertó y asustó un poco el hecho de que hubiese alguien que supiera con tanto detalle, las cosas que había hecho aquel verano junto con su mejor amiga, Miriam, pues sólo ellos dos estuvieron en ese momento que de manera tan explícita se describía en la carta. Al principio pensó que tal vez Miriam hubiese vuelto de Londres para visitarlo y darle una sorpresa, y le estaba tomando el pelo con lo de la cartita, o a lo mejor, quería hacer su vuelta más interesante y divertida, por eso, lo de inventarse aquel jueguecito.

Además, no era la primera vez que Miriam hacia algo así. Christian recordó uno de sus cumpleaños, en el que nada más llegar al garaje de su trabajo, encontró una nota que le decía que si quería conseguir su regalo debía seguir las pistas, y así lo hizo. Fue siguiendo las pistas y recogiendo las notas que alguna persona misteriosa”, le había dejado durante todo el trayecto que diariamente hacía desde el garaje hasta la puerta de su trabajo, y de allí, hasta el cuarto donde se cambiaba de ropa y donde finalmente, dentro de su taquilla, encontró el nuevo CD de Britney Spears envuelto en papel de regalo. Lo curioso fue, que el papel de regalo era un collage con fotos de él y de Miriam.

Pero esta vez, Miriam no había sido. Llevaba un año en Londres trabajando frenéticamente en su centro de masajes, negocio que empezó de una manera clandestina pero que término con una cadena de diez franquicias repartidas entre España, París y Londres. No, Miriam no podía ser, estaba demasiado ocupada, y además, en el resto de cartas, lo que se describía eran diferentes momentos, con distintas personas y que sucedían en distintos veranos, así que, era imposible que Miriam supiera con tanto detalle  cada uno de aquellos recuerdos, puesto que ella, a pesar de saber lo que Christian le contaba, no había estado en ninguna de aquellas recopilaciones de íntimos secretos. Así pues, pensó en un complot secreto de todas aquellas personas que habían sido partícipes de aquellas historias, de aquellos veranos. Su cumpleaños estaba cerca, y tal vez se hubiesen unido para realizar este remake conjunto. Pero de inmediato lo descartó, porque entre esas personas no había el mínimo contacto y además, algunas, ni siquiera se llevaban bien después de tantos años. Así que, finalmente dejó tanto el miedo como la curiosidad atrás y se limitó a disfrutar, ya que fuese quién fuese su misterioso amigo, no le hacía el menor daño, más bien le hacía feliz, lo estaba animando y día tras día se sentía mucho más alegre y con muchas más ganas de seguir con la rehabilitación.

Johnny llamó a la puerta despacio, con miedo, temía que fuera muy temprano y que Christian estuviese descansando. Por desgracia, después del accidente, Christian no solía dormir demasiado bien, aún le seguían molestando las contusiones. La verdad es que, Jhonny se sentía tremendamente culpable, porque fue él quien le convenció para coger la moto y salir. A Christian, siempre le habían dado respeto aquellos trastos”, como él los llamaba, pero a Jhonny le encantaba la velocidad, notar la moto deslizándose sobre la carretera, notar el viento en su cara, notar toda esa potencia fundirse con su persona, luchando contra los elementos como un solo ser. Pero los elementos pudieron más esta vez, alguien se saltó un stop y Jhonny no lo pudo esquivar. Acabaron arrastrándose por el suelo, con tan mala suerte que Christian se golpeó la cabeza contra un bordillo, y a pesar de llevar el casco, se llevó un buen golpe. Johnny, que tan sólo tenía quemaduras debido a la fricción que le produjo el contacto contra el asfalto, se llevó un buen susto.

Estás despierto– le dijo aliviado al verlo sentado en el sillón junto a la ventana.

Sí –le dijo sonriendo–, quería haberme despertado más pronto para ver quién es la persona que me está dejando estas cartas, pero la medicación ha podido conmigo.

Aún estas así.

Pues claro, sabes que si no consigo averiguarlo reviento, porque… tú no tendrás nada que ver ¿verdad?

Por enésima vez, ¡no! ¿Te has fijado en la letra, la reconoces?

Pues eso no lo había pensado, la verdad es que me resulta familiar pero no sé por qué.

Entonces, ¿no la reconoces? –Le preguntó el muchacho un tanto desesperado.

Pues no, ¿por?

No, por nada, para ver si se podía resolver de una maldita vez todo este embrollo y las cosas volvían a la normalidad.

Bueno, en cuanto acabe con la rehabilitación todo volverá a ser igual, y no creo que tarde mucho, ya puedo mover el brazo y la pierna, lo que no entiendo es por qué me siguen reteniendo aún aquí.

Te pegaste un golpe muy fuerte en la cabeza.

Llevaba casco.

Pero se quieren asegurar, estuviste inconsciente mucho tiempo. –Le dijo el chico con un hilo de voz.

Johnny, estoy bien –le dijo cogiéndole de la mano– Las radiografías que me hicieron de la cabeza están bien también, y lo más importante es que subí a la moto porque quise, deja de sentirte culpable.

El muchacho lo miró triste pero agradecido, aun así no podía dejar de estar preocupado, había sido un mes muy duro, a pesar de que en esta última semana hubiera mejorado bastante. Y además, había cosas que aún no le podía decir, como por ejemplo el por qué seguía estando allí. Conforme iba pasando la tarde, el muchacho comenzaba a estar más lúcido, era lo normal, le pasaba siempre, así que lo único que le quedaba por hacer era esperar, esperar a que esta vez no olvidase, esperar a que volviera a recordar.

Chris… –empezó a decirle Jhonny forzando un poco la situación– ¿Ya sabes quién ha podido escribirte? ¿Has reconocido ya la letra?

¡No! Pero, ¿a qué viene esto ahora? –le dijo el muchacho molesto– ¿ Jhonny, me estás ocultando algo?

No, yo…sólo…

Sí, me ocultas algo, te conozco bien, ¡ya me lo estás diciendo! –le espetó enfadado.

–¿No ves que no puedo? Por favor, cariño, haz un esfuerzo, tienes que recordar… –le dijo desesperado. Normalmente a aquella hora de la tarde, la niebla que parecía envolver su cerebro impidiéndole saber que pasaba, se solía disipar, pero hoy estaba tardando más de lo normal.

No hay quién te entienda, me estás poniendo de los nervios, ¿por qué no me lo dices de una vez? Me estoy empezando a asustar, ¿recordar el qué? –le dijo bastante alterado el muchacho.

Y entonces, la niebla se disipó, algo en su cara cambió, y tras unos segundos de silencio que parecieron eternos, Christian habló:

Lo he vuelto a hacer, ¿verdad? Me he vuelto a perder…

Y enterrando el rostro entre sus manos, Christian se puso a llorar. Jhonny se acercó y le abrazó, y dándole un beso le dijo:

No llores cariño, no ha sido tan terrible, ¿recuerdas ya de quién es la letra? ¿Entiendes por qué es tan importante que lo recuerdes?

Sí, por supuesto, esa letra es mía, esas cartas las escribo yo, yo soy esa persona omnisciente, yo soy quién escribo para no olvidar, por eso se describen tan bien todos esos secretos, porque yo siempre estuve allí, porque soy yo quien los hace reflejar. No es Miriam quién lo escribe, no hay complot, no hay nadie más, sólo mi desesperación por regresar. Pero no sirve de nada… No me voy a curar jamás…

El chico no sabía qué decir, se limitó a abrazarlo y dejarlo llorar. Mientras respiraba hondo e intentaba pensar, dejando atrás todo el dolor que a él mismo le embargaba. La verdad es que, desde que Christian empezó a escribir la cartas, había mejorado muchísimo. Al principio de mes ni siquiera recordaba a las personas que tenía alrededor, ni aun cuando no estaba la niebla, entonces, los médicos les dijeron que aquello podía remitir en cualquier momento, que quizás se tratase de una amnesia pasajera por la pérdida de conocimiento, que en un par de días pasaría pues, según las pruebas que le habían hecho en el cerebro, todo parecía normal. Pero no remitió. Tuvieron que hacerle muchas más pruebas, mientras tanto, su madre y él iban a visitarle todos los días y le hablaban de cosas que solía hacer, le hablaban de la gente que conocía y muchos otros temas más. Y poco a poco, fue recordando esa parte de su vida que parecía perdida, y todo volvió a la normalidad o, al menos, casi todo. Al poco tiempo, los profesionales que le trataban detectaron que había una pequeña parte del cerebro que aparecía en el electroencefalograma manchada. A causa del golpe, el cerebro había sufrido una pequeña hemorragia y lo habían intentado drenar, pero al realizar las pruebas con más detalle, habían observado que una parte seguía manchada. Las operaciones de cerebro son muy complicadas así que, esperaron a ver si esa pequeña mancha se reabsorbía, pues no merecía la pena volver a abrir simplemente por aquel nimio resto de sangre que acababan de observar. Sólo podían esperar a que el propio cuerpo empezara a reaccionar.

A la semana siguiente, se dieron cuenta de que algo andaba mal, a pesar de que la mancha parecía haberse reabsorbido, y a pesar de que ya era capaz de reconocer a la gente y recordar cada etapa de su vida, cuando la tarde avanzaba, de repente, dejaba de recordar y se sumergía en un estado vegetativo del que no despertaba hasta la madrugada del día siguiente. Lo primero que hacia su cerebro era poner en orden pensamientos y recuerdos y, por eso, podía reconocer físicamente tanto a las personas como los lazos que les unían, pero era incapaz de recordar sus experiencias pasadas, al menos aquellas que no eran recientes. Esto asustó mucho a los médicos, que pensaron que lo mejor era dejarlo en observación,  ya que esta especie de memoria a corto plazo no aventuraba nada bueno, no les resultaba nada normal ese reseteo que realizaba el cerebro a diario. Una de sus hipótesis era, que tal vez esta extraña conducta se debiera a que el cerebro estaba un poco inflamado después de la operación y que cuando se desinflamara todo volvería a cuadrar. Por ello necesitaban estudiar desde más cerca el foco del problema, así que decidieron hablar con Christian, en una de sus momentos de lucidez para explicarle su afección. Necesitaban toda la colaboración posible para comenzar con el proceso de recuperación del cerebro, incluida la colaboración del paciente, quizás la más importante de todas. Le explicaron todo cuanto había sucedido hasta el momento de detectar este inusual problema que les estaba volviendo locos, pues no habían tenido ningún caso igual. El comportamiento de esta afección se movía entre un Alzheimer inicial y una pérdida de memoria reiterativa inusual, pues la memoria en sí no estaba perdida, simplemente, iba y venía y necesitaban encontrar el porqué. Pues el mayor miedo que tenían era que, en algún momento dado la memoria, o bien volviera a la normalidad, o bien se perdiera en su totalidad. Esto quería decir que si poco a poco iba olvidando sus recuerdos, el reconocimiento de las personas e incluso el de su propia identidad, a largo plazo acabaría dejando de saber cómo comer, cómo dormir e incluso cómo respirar. Christian se asustó mucho al recibir aquel hachazo en su corazón, pero gracias al mismo empezó a reaccionar, al menos a su manera. Empezó a aprovechar aquellas lagunas episódicas en las que era consciente y podía recordar y empezó a escribirlo todo. Primero los nombres junto con los parentescos, hasta que dejó de olvidar a las personas que quería, y ahora, llevaba unas semana escribiendo sus recuerdos, en especial los más importantes para él, las cosas que habían hecho mella en su vida, justo lo que le había acontecido en algunos de sus veranos. Y por el momento, había recuperado la alegría y la ilusión. Pero tal vez estaba haciendo trabajar demasiado a su deteriorado cerebro, puesto que aún no retenía lo suficiente. Todos los días se escribía una carta relatándose cosas, que tan sólo él sabía, para así poderlas fijar, pero cuando se levantaba, sólo veía una nota contando sus anécdotas en tercera persona. Era incapaz de reconocer una parte de sí mismo y, tal vez, una de las pocas que mejor lo pudiera identificar, su propia escritura. Estaba perdiendo lo más importante que podía perder en aquel problema de identificación de algo tan personal, estaba perdiendo su ser, estaba dejando de reconocerse a sí mismo.

Los médicos seguían buscando a tientas una solución que nunca llegaba y probaban distintos tipos de  programas de rehabilitación una y otra vez sin ningún resultado. Este hecho les preocupaba mucho más, se sentían impotentes al estar totalmente a ciegas ante un problema que se les iba de las manos, un problema que no podían solucionar. Lo único que podían seguir haciendo era observar y esperar, lo habían probado todo y andaban desesperados. Y eso, a la familia, la hundía mucho más. Sin embargo, Jhonny confiaba mucho en la fuerza de voluntad de Christian, confiaba en que lo iba a lograr.

Mientras todos andaban locos estudiando la manera de curarlo, sin ningún resultado, Christian, por sí mismo, lo estaba consiguiendo, a pasos pequeños y a su manera, pero consiguiéndolo al fin y al cabo. Al menos ya era capaz de fijar en su mente, con ese método suyo de recolección de recuerdos, a toda la gente que amaba. ¿Por qué no podría conseguir con un poco más de tiempo recordar todo lo demás? Christian era muy tenaz cuando quería, por eso él prefería esperar, y le apoyaba de la única manera que podía, estando a su lado y animándole a recordar. A pesar de todos los progresos, el tiempo acuciaba y Jhonny era consciente, sabía que si Christian no conseguía acelerar el proceso de fijación, el próximo paso de los médicos sería volver a operar, y todos sabían las consecuencias de otra intervención en el cerebro, al saber que daños irremediables le podrían ocasionar. Jhonny se empezaba a desesperar y mantenía una lucha interior consigo mismo, pues por un lado, sabía que el tiempo era primordial para su recuperación, pero por otro, y paradójicamente, ese tiempo se estaba agotando. No podía presionar por temor a deshacer todo el camino andado, pero tampoco podía quedarse de brazos cruzados, por miedo a que lo vetaran, a que no dejarán a Christian continuar y, que jamás volviera a ser el mismo. Lo único que Jhonny quería y anhelaba era que Christian  lograra a tiempo el grado de bienestar que le permitiera salir del hospital, para así, poder seguir luchando, sin necesidad de que lo tuvieran de conejillo de indias. Por eso era por lo que Jhonny, insistía todos los días en que revisara las cartas y lo animaba a investigar, haciendo hincapié siempre, en el reconocimiento de la letra cuando veía que Chris no avanzaba. Era muy duro, pues había días que todo marchaba según las pautas previstas, aquellas pautas que había trazado su cerebro como algo normal. Pero había otros días, como el de hoy, que todo se descolocaba  tanto en su cerebro, como en su pauta de normalidad y costaba mucho más encajar las piezas del maldito puzzle en su sitio.

Jhonny, pensando esto, se dio cuenta de algo, Christian lo estaba logrando, no lo rápidamente que ambos quisieran, pero sí paso a paso, y más valía eso, que aletargarse encerrándose en uno mismo, y dejando  pasar el tiempo, así que se lo dijo:

Amor, no te rindas, has avanzado mucho.

Christian dejó de llorar y le miró con la desilusión grabada en sus ojos.

–¿Cómo puedes decir eso, Jhonny? No soy capaz ni de reconocer lo que escribo.

Antes, no nos reconocías a nosotros, y ahora lo haces, además, mientras escribes recuerdas, y lo vas fijando, y eso es muy bueno, tal vez necesites algo más de tiempo.

Pero, ¿y si me pierdo?

Sabes que no te dejaría, y tú, no puedes dejarme a mí, así que a luchar.

Christian cambió su expresión y apareció en su rostro una tenue sonrisa, tan sólo por mantener a esa persona a su lado merecía la pena el esfuerzo, así que, enjugándose las lágrimas y tras darle un beso, le dijo:

Tienes razón, lucharé, y ya se cómo. Esta vez voy a recordar,  la carta que voy a escribir hará su función, voy a contar en ella algo que jamás podría olvidar, mañana lo conseguiré, amor, te lo prometo.

A Jhonny le emocionó sobremanera aquella determinación, pero no podía dejar de estar inquieto y aterrado. No podía evitar que se le partiera el corazón en mil pedazos una y otra vez, sobre todo cuando leyó la última historia que Christian había dejado sobre la mesa antes de dormir y, que decía así:

Sé lo que hicisteis el último verano. La fiesta estaba llegando a su fin, al menos para ti. Todos se divertían menos tú, estabas cansado, aburrido, tus amigas estaban de caza y tú de celestina, como siempre. Y encima, más sólo que la una apartado en una esquina de la barra del bar, bebiéndote un cubata de vodka de caramelo. Mientras tanto, el chico que te gustaba, aquel que tanto te hacía reír y que derretía tu corazón con tan sólo una mirada, estaba hablando con tu amiga, y no una amiga cualquiera, sino la devora hombres”. No había quién se le resistiera, así que en breve verías como el hombre de tus sueños caía en las redes de aquella arpía que sólo creía en los hombres de usar y tirar. Nada peor para tu destrozado corazón  que haber sido la celestina que le había presentado aquel chico increíblemente guapo, nada peor que haberle cedido a aquel ser sin escrúpulos a tu amor platónico. Llevabas una semana conociéndole, y te habías enamorado perdidamente, tan sólo hacía un mes que habías descubierto tu mayor secreto, y él era la prueba que lo confirmaba. Pero nada se podía hacer si el otro no te correspondía, o al menos eso creías, porque aquella noche, aquel verano, fue el mejor verano de toda tu vida. ¿Quién te iba a decir que aquel a quien no parecías interesar, aquel con quien compartiste tantas conversaciones, sonrisas y noches de fiesta, iba a ser el amor de tu vida?

Christian dormía, así que Jhonny no se tuvo que controlar, lloró desconsoladamente a sabiendas de lo que ambos se jugaban en aquella partida. El dolor que atenazaba su pecho era imposible de soportar, y si aquello salía mal, su alma se resquebrajaría y no sería capaz de volver a juntar aquellos jirones que una vez la hubieron formado, no sería capaz de poder seguir adelante mucho más…

Inmaculada Ostos Sobrino

E03-El fantasma de los libros

Autor@: Inmaculada Ostos Sobrino

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Terror

Rating: +18

Este relato es propiedad de Inmaculada Ostos Sobrino. La ilustración es propiedad de Jordi Ponce. Quedan reservados todos los derechos de autor.

E03-El fantasma de los libros.

El hombre se había pasado la mayor parte de la noche enterrado en libros. Su cabeza colgaba de medio lado sobre una pila interminable. Las letras parecían revolotear sobre su cabeza como si de un enjambre de mariposas se tratase, en una especie de intento de formar palabras o escritos en el aire. Incluso el último libro que tenía en posición vertical parecía susurrarle algo, pero él, no era capaz de encontrar la solución  a pesar de todo lo que se había esforzado. Y allí, rendido, entre aquel duermevela, de pronto las palabras se hicieron más fuertes y creyó, por una milésima de segundo, que la solución había llegado de nuevo hasta su agotada conciencia como tantas otras veces. Pero no, lo único que vislumbró a través de sus vidriosos ojos fue una gran boca que se formaba en la página que tenia abierta, y le decía: Por favor, un poco de orden. ¿Por favor un poco de orden? Eso no era lo que él esperaba oír y, entonces todo cuadró y se dio cuenta de dónde estaba. Despertó por completo en la biblioteca más antigua y más grande de aquella ciudad.

Ilustración de Jordi Ponce

–Hay espacio suficiente para todos. Por favor, no empujen, todos tienen su sitio reservado –dijo la voz de nuevo, y Pablo la ubicó unas cuantas estanterías más atrás, probablemente en la sala  principal. Se dispuso a cerrar el libro que tantas ilusiones o pesadillas había creado esa noche en su mente y, cuando lo hizo, la misma cara que había visto en su duermevela seguía observándolo, pronunciando unas palabras que no lograba escuchar. El ser, o lo que fuera, parecía cada vez más angustiado, pues era consciente de que no se podía comunicar.

–Pablo, ¿aún estás aquí? –dijo una voz a su espalda sobresaltándolo. Y entonces oyó un susurro mientras la cara se esfumaba en la nada: “sálvala

–Venga, espabila que dentro de una horita vamos a cerrar.

–¿Dentro de una hora? ¿Ya son las dos?

–No, hombre. Son las diez, pero hoy tenemos una firma de libros. Mira, ¡igual te interesa! Es una escritora nueva y creo que sus historias son igual de raras que los libros que lees.

Pablo miró al bibliotecario divertido, el cuál le estaba guiñando un ojo mientras le dedicaba una gran sonrisa. Era un hombre mayor, y el mejor amigo que Pablo tenía, el único que no le juzgaba y estaba siempre dispuesto a ayudarle con sus raras peticiones. Además, estaba seguro de que nadie más en el mundo sería tan eficiente como él, pues era capaz de encontrar en la sección de esoterismo cualquier cosa que se le preguntará, aunque fuese lo más raro que pudieses pensar. Así que, como estaba despierto y le picó la curiosidad, se acercó hasta la sala principal a escuchar.

Mientras se iban acercando Manuel le ponía al día. La escritora era una muchacha joven que había sido víctima de un accidente en el que había muerto toda su familia, sólo sobrevivió ella- Después de aquello cayó en un estado de depresión en el que se puso a escribir, alguien la descubrió por casualidad en un concurso literario al que la apuntaron las enfermeras del centro dónde estaba recluida y, desde entonces, el éxito llamó a su puerta y un año después seguía manteniéndolo. A pesar de que la muchacha era muy buena escribiendo historias de terror, (le dijo esto último recalcándolo y con mirada cómplice a Pablo), lo que más llamaba la atención en ella, era su extraña y excéntrica personalidad. Habitualmente vestía con ropa de hombre holgada y demasiado grande para ella y nunca se miraba a un espejo, de hecho, pedía que las salas de las firmas estuviesen desprovistas de los mismos. Y, si podía, siempre intentaba visitar las bibliotecas más emblemáticas del mundo y se encerraba durante un día entero en las mismas en busca de un libro que nunca encontraba.

–Tal vez sea un reto que tú puedas superar –le dijo esta vez Pablo a Manuel con una sonrisa cómplice, mientras ambos llegaban por fin al lugar del gran acontecimiento.

La sala principal estaba abarrotada, los periodistas y los fotógrafos hablaban entre ellos entusiasmados, eran los primeros afortunados que tendrían la posibilidad de preguntar sobre el último libro de la escritora, “no existe el paraíso”, que tanto desconcierto e inquietud había causado, pues era una novela de corte pesimista que hablaba de una manera frívola sobre la inexistencia de ese paraíso prometido que tantas religiones proclamaban y, dónde de una manera cruel y desoladora, nos contaba las vivencias de alguien que estuvo allí y jamás lo encontró. Alguien que sólo sufría por todo aquello que había perdido y jamás podría recuperar, alguien que vagaba sin rumbo fijo en un “no mundo” lleno de peligros y las más terroríficas situaciones. Además no sólo era buena escritora, sino también su propia ilustradora. Las imágenes tenían una fuerza visual que captaba tu atención desde el primer momento en el que posabas la vista en ellas.

La ronda de preguntas comenzó. Un muchacho muy joven de cara agradable fue el primero en levantar la mano.

–¿Cuándo fue la primera vez que tuvo contacto, no se cómo definirlo la verdad, con el mundo esotérico? Si es que lo ha tenido alguna vez, si es que no ha salido todo de esa increíble imaginación que usted posee.

–Sí, lo tuve –empezó a decir la muchacha con una amplia sonrisa al abochornado muchacho. Se había puesto colorado nada más terminar la última frase, se notaba que era uno de sus fervientes fans.

–Solíamos jugar a Adelaida, el típico juego en el que utilizas un libro con unas tijeras clavadas dentro, lo atas todo y lo dejas pender al final del hilo. ¿Sabes cuál te digo?

El muchacho negó con la cabeza. La preciosa sonrisa de la escritora inundó la sala.

–A veces olvidó que los años pasan, y nosotros nos llevamos unos cuantos, ¿verdad? Al menos diez. –El muchacho asintió–  Bien, existía una leyenda urbana sobre una chica llamada Adelaida que se suicidó por amor. Se dice que el chico al que amaba se fue con otra y, la encontraron con unas tijeras clavadas en el corazón para no poder sentir más y un diario en las manos dónde contaba su trágica historia. Las jovencitas solíamos acudir a ella para que nos diera consejos de amor o para cotillear sobre su verdadera historia, a veces simplemente por morbo para saber si de verdad el libro se movía cada vez que alguien hacia una pregunta. Las reglas eran sencillas, el sí era hacia la derecha y el no hacía la izquierda. La invocaban llamándola por su nombre tres veces y ya está. Ese juego y, la típica ouija garabateada en una hoja de libreta cuadriculada bajo un vaso de café. Esos fueron mis únicos contactos.

Otra mano se alzó, esta vez pertenecía a una mujer de unos treinta y cinco años de aspecto cuidado.

–¿Tuviste alguna experiencia sobrenatural en aquellos juegos? Es decir, ¿ocurrió algo que provocase que escribieras sobre ello?

–No, en realidad no.

–Entonces, ¿cómo nació tu interés por los libros, por escribir? –Esta vez la mano alzada y la nueva intervención pertenecían a un chico de pelo largo y gafas, con aspecto descuidado, que sostenía en sus manos un iPad mini y un boli para tablets, en vez de un bloc de notas.

–El fantasma de los libros llego a mí por primera vez aquella noche de verano en la que mi hermano y yo mirábamos las estrellas. Me contó una historia increíble sobre un niño que estaba gordito como yo y que vivía aventuras increíbles a través de un libro mágico. Mi mente se llenó de bellas imágenes y, desde entonces, los libros fueron mi obsesión. Quería poder mostrarle al mundo todas aquellas maravillosas imágenes que se arremolinaban en mi imaginación como un torbellino, y empecé a interesarme por las portadas, los interiores, las ilustraciones. De hecho, ahorraba la paga del fin de semana para comprarme lápices, rotuladores, pinturillas, acuarelas…

–¿Y cuándo surgió el amor a la escritura? –preguntó un hombre calvo de unos cincuenta años que se encontraba al fondo.

–Nunca –Recorrió la sala un murmullo de sorpresa.

–Sin duda esta chica sabe cómo mantener la intriga, ahora entiendo por qué vende tantos libros– le dijo Manuel a Pablo.

–Disculpe… ¿eso quiere decir que es vocacional?

–No, simplemente que no soy yo la que escribo –De nuevo el murmullo de asombro. Pablo notó un frío gélido en su espalda y la visión se le nubló.

–¿Nos está diciendo que tiene un escritor negro, alguien que escribe por usted?

–¡No, por supuesto que no! ¡todas las historias salen de su puño y letra, de su creatividad! ¡Lo puedo asegurar! –La intervención desesperada de su editora creó una nueva oleada de inquietud y de murmullos.

–¿Es cierto lo que dice su editora, señorita Alonso, o realmente como bien dijo mi compañero hay un escritor negro detrás de todo esto? Y de ser así, ¿de quién se trata? –La editora la miró desconcertada y algo preocupada, un mal rumor podía echar por tierra el futuro de toda una brillante carrera. La escritora observó al periodista con tranquilidad a través de sus grandes ojos verdes.

–Es cierto lo que dice mi editora y, no sé si la palabra escritor negro lo definiría, yo lo llamo fantasma.

De nuevo los murmullos recorrieron la sala, pero esta vez de una forma diferente, mucho más alegre y distendida.

–Por un momento nos había asustado –dijo de nuevo el primer periodista que preguntó, el joven Rubio de mejillas sonrojadas–i Eso se llama inspiración!

–No, es un fantasma real, lo puedo sentir, intuir… Jamás me interesó la literatura, de hecho, nunca se me dio bien escribir.

–Pues para no saber escribir es el número uno en ventas, y el éxito de sus historias se ha extendido más allá del mercado europeo –le reprochó una chica pelirroja que estaba sentada en la primera fila, provocando la risa cómplice de todos los presentes.

–Bueno, llámenlo como quieran, pero para mí es un fantasma que me susurra palabras en mis momentos más bajos –Contestó la muchacha derrotada. Seguramente aquellos periodistas pensarían que su comentario estaba estudiado para mantener el aura de misterio que parecía invadir su vida, su universo literario. Pero no era así, ella lo pensaba de verdad y no era la única que lo hacía. Pablo hacía rato que miraba anonadado una sombra que se encontraba situada a su derecha. Al principio fue un foco de luz, y poco a poco se fue tornando niebla,que a su vez, tomó forma humana. Para ser más exactos, la forma de un chico joven de aproximadamente treinta años, que tenía los mismos ojos verdes que Celia Alonso.

Sálvala –le dijo mirándole fijamente a los ojos y poniendo una mano sobre el hombro de la muchacha, que dio un respingo y se puso inmediatamente la chaqueta.

Así que aquel era el fantasma de los libros, el que le despertó aquella mañana. Era él quién se materializó en la hoja del libro sobre espíritus que estaba ojeando, tan sólo por un segundo creyó que podría haber sido su mujer la que se había manifestado. Llevaba años buscando la manera de hacerse con ella, pues sabía que no descansaba en paz. Incluso de vez en cuando, podía sentirla, su don no fue elegido, lo tenía de nacimiento. A lo largo de toda su vida había ayudado a muchos a entender o comprender lo que les aferraba a este mundo, digamos que curaba sus mentes rotas. Pero con Julia era distinto, no lograba llegar, era incapaz de mantener la conexión y no entendía el por qué. El caso era que le esperaba un día mucho más largo de lo que pensó en un principio.

–Y yo que pensaba que ya me iba a descansar -pensó en voz alta.

–Ya te dije que esto te podía interesar –apuntó sarcásticamente Manuel, brindándole un guiño de ojo.

Pablo esperó pacientemente a que todo el mundo se marchase. Conforme fue pasando la entrevista y la firma de libros, la muchacha se fue apagando, sus ojos habían perdido el brillo y Pablo intuyó que algo andaba mal. Cuando finalmente pudo acercarse a ella, no supo por dónde empezar, así que tomando aire y aprovechando un descuido de la editora a la que le sonó el teléfono, le dijo:

–Yo sí creo en lo de tu fantasma y, te puedo ayudar. –La tristeza que reflejaron aquellos mares verdes que eran sus ojos llegó hasta lo más profundo del corazón del muchacho.

–Ya he tenido suficiente frikismo por hoy, me voy a descansar. Lo siento, no dispongo de más tiempo –Y sin mediar más palabra cogió su bolso, echó una furtiva mirada a su editora que seguía hablando por teléfono y, de forma escurrida, se escabulló entre el resto de la gente sin más. Pablo la siguió preocupado, la sombra le apremiaba y susurraba a su oído: “No la pierdas de vista o morirá”.

La escritora salió rápidamente de la biblioteca, giró la esquina y se dirigió hacia el parque. Una vez allí se acercó a la cueva que había junto al lago, dónde tanta veces se había escondido con su hermano. Sacó la botella de vodka, un frasco lleno de pastillas y se dispuso a acabar con su vida.

–Jorge, pronto estaremos juntos. Llegaré hasta ti y te ayudaré a escapar. Celia siempre había sido consciente de quién era el verdadero genio en esta historia, conocía muy bien su forma de escribir, pero eran tan inquietantes aquellas confesiones, todo aquello que le contaba, que ya no podía soportarlo más. Ya no era tan sólo el dolor que sentía por la pérdida de aquellos a los que tanto quería, sino el saber que no se encontraban en un lugar mejor, al menos uno de ellos y, la impotencia y soledad que la invadían al no poder hacer nada para evitarlo. Era Jorge quien tenía que haber vivido esa vida y no ella. Si no le hubiera obligado a desanclarse el cinturón para colocar el de ella con la estúpida broma de siempre, tal vez él hubiese sobrevivido.

Con el corazón hundido y lágrimas en los ojos, Celia puso una buena cantidad de pastillas en una mano y con la otra desenroscó la botella, dentro de poco tiempo todo habría terminado. Pero Pablo fue más rápido y, siguiendo las indicaciones de Jorge, llegó rápidamente allí, justo a tiempo de poder golpear su mano, dejando caer en el suelo el montón de pastillas.

–¡Celia, detente! Jorge no quiere esto.

–¿Tú?

–Tengo que contarte una cosa.

Pablo ayudó a levantarse a la sorprendida muchacha, la asió por la cintura y la sacó de allí. Horas más tarde en un café, ambos hablaron tranquilamente, se contaron sus respectivas historias y, dado que Jorge estaba agotado, decidieron quedar para el día siguiente. Celia parecía mucho más tranquila, al menos su mirada era serena y tenía un nuevo brillo de esperanza dibujado en el iris de sus ojos.

–No te suicides hasta mañana, por favor. No soportaría tener un fantasma tan tozudo como tú rondándome día y noche –bromeó Pablo a modo de despedida.

–Te lo prometo, necesito saber que quiere de mí, si está… Bien, sólo quiero decirle… Bueno, mejor que esperemos hasta mañana o el que no lo contará vas a ser tú. Ambos rieron y, finalmente, se despidieron con la promesa de verse en aquel mismo bar a las diez de la mañana del día siguiente. Jorge se materializó una vez más para la tranquilidad de Pablo, le dedicó una sonrisa y, poniendo una mano en el hombro de su hermana y haciéndole un gesto con la cara de que todo marcharía bien, se desvaneció de nuevo.

Al día siguiente, Pablo y Celia se encontraron en el bar y, como no, Jorge estaba con ellos. Celia le pasó unas hojas arrugadas, escritas a mano.

–Esto es lo que escribí anoche, después de mirarme al espejo como me dijiste le confesó esto último ruborizada –Que sepas que tenías razón, me cerraba a él, me cerraba a mí. No quería ver mi reflejo porque era su reflejo, ¡es lo que tiene ser la gemela de un fantasma! Aunque no quiera, siempre sabré cómo hubiese sido en cada etapa de su vida.

–Y eso le hizo volver con más fuerza a ti y poderse expresar.

La muchacha asintió y una lágrima surcó su mejilla.

–Me habló, ¿sabes? Nunca pude imaginar lo que añoraba tan sólo eso, su voz, y escribí todo lo que decía para no olvidar ni una palabra –Pablo cogió sus manos animándola a continuar, además de darle apoyo emotivo –No existe un mal final, todas esas historias de angustia y dolor no eran las que vivía en su mundo real o irreal, no sé muy bien cómo llamarlo. Eran simples historias que alguna vez quiso contar, las historias que quería escribir para mí, ambos soñábamos con trabajar juntos algún día. Él sería el escritor, yo su ilustradora y, lo ha conseguido. Me dijo que ya no tiene historias que contar, que la última me la deja a mí, aquella que habla sobre el amor de hermanos que traspasa fronteras.

La muchacha dejó escapar una tímida sonrisa y miró a Pablo directamente a los ojos.

–Te aseguro que si consigo escribirla, ya sabes que nunca se me dio bien, hablaré de un loco que se acercó una vez a mí y me salvó la vida. Ahora fue Pablo el que sonrió.

–No hace falta que lo escribas, la historia se puede contar con imágenes, y eso sí se te da muy bien, o eso me han dicho.

–Sí, no es mala idea. En fin, esto es la despedida, supongo. Gracias por…todo.

–De nada, fue un placer. No todo el mundo es capaz de escuchar mi historia de una manera relajada y hacerme sentir que no soy un bicho raro y, demostrarme que cree en mí. Que sepas que siempre estaré ahí.

–Gracias, pero antes de irte me gustaría hacer algo por ti, algo de lo que tú no has podido darte cuenta y yo sí. ¿Recuerdas lo que me dijiste sobre mi miedo a los espejos? ¿Lo de que no quería verme porque en el fondo no quería hacerle venir a mí?

–Sí, lo recuerdo.

–Pues algo parecido te sucede a ti con Julia. ¿Cuánto dolor estás dispuesto a sufrir para saber esa verdad que ella te quiere decir?

Pablo la miró perplejo y su corazón empezó a latir de una forma desorbitada. Se dio cuenta entonces, de que Celia tenía razón, él en realidad no quería sufrir el miedo a la decepción, a que le dijera algo que no quería escuchar, y eso impedía a Julia venir. Había tantas cosas que habían quedado pendientes… Aquella tarde acababan de discutir y ella se fue, como tantas otras veces cuando se enfadaban, a pasear y reflexionar. Pero no volvió jamás. Tal vez la fuerte lluvia no le dejó escuchar el claxon del coche que la atropelló.

–Y sobre todo, Pablo, te debes perdonar.

Pablo estalló en lágrimas y empezó a convulsionar. Esta vez fue Celia la que le consoló. Después se despidieron con un sincero abrazo y Pablo se dispuso a enfrentarse a su propio fantasma, aquel que no quería olvidar.

Inmaculada Ostos Sobrino

La puerta oscura

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Poesia

Rating: Adultos

Este relato es propiedad de Inmaculada Ostos. La ilustración con propiedad de Sonia del Sol. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La puerta oscura.

“La muerte de un ser querido te ahoga, encharca tus pulmones y te impide respirar, mientras la rabia se apodera de tu cuerpo incapaz de encontrar una salida por donde escapar. Aunque a veces, solo a veces, alguien te tiende una mano que consigue abrir tu tormento, tu gran puerta oscura”.

~***~

La luz se extingue y quedo a solas con la angustiosa fuerza que me domina, la puerta oscura. No toco las paredes, aunque puedo oler su frío, su humedad.

La habitación no parece tener nombre, ni siquiera principio o final  oculta tras los negros mares que ciegan mis ansiosos ojos. Perdida y aterrorizada tras esa odiosa puerta oscura.

Aúllo, imploro, mis desesperados gritos se pierden entre sus inertes paredes, tras esa puerta oscura que me impide salir.

Lloro ante la lobreguez que me invade, que me incita al miedo, a la angustia, y al anhelo de encontrar otra alma tan desesperada como la mía para no estar ni tan aterrada, ni tan sola.

Ilustración de Sonia del Sol

La oscuridad araña mi ropa, mi carne, mi vida, volviéndome tan invisible y oscura como la misma puerta. Si esto es la vida, ¡prefiero la ignorancia de la muerte!

Ya no ando, ya no busco, perdí la esperanza de abrir mi puerta oscura. Creo que me estoy volviendo igual de ocre y deteriorada que sus robiñados goznes.

Me siento vieja, aturdida, voluble; temo desaparecer en cualquier momento, ¿es que nadie me ve?

Ya no lucho, solo sueño, escondida tras mi cuerpo, hundiéndome cada vez más en su interior, y en mi tan nombrada puerta oscura.

Pero justo allá arriba, sobre mi cabeza y burlando ese miedo extraño que es la herida animal del miembro inerte en el que se ha convertido mi cerebro ¡apareces tú! Arrasando con la oscuridad y llenando  mis efímeras paredes de enormes salientes a los que puedo aferrarme. Y entonces subo, y mientras subo, rompes en mil pedazos el frío material del que está hecha mi inconsciencia, mi terrible  puerta oscura, dándole un respiro a mi alma afligida.

Y yo sigo subiendo, mientras la luz que irradias devuelve la razón y la vida  a mis cansados ojos…

Inmaculada Ostos

La Bella y la Bestia

Autor@: 

Ilustrador@: Pilar Puyana

Corrector@: Carme Sanchis

Género: Cuento para adultos

Rating: Adultos

Este relato es propiedad de Inmaculada Ostos Sobrino. Las ilustraciones son propiedad de Pilar Puyana. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La Bella y la Bestia.

Noticia en un periódico: …Se encuentra a un bebé con cinco días dentro de una tubería, los vecinos se quejaron de los extraños maullidos que se repetían cada noche, cuando los bomberos sacaron al bebé quedaron asombrados, la madre una joven…

–¿Por qué lo hiciste? Una chica bella, joven como tú y con un brillante porvenir podría haberse apañado con el bebé.

 

Ilustración de Pilar Puyana

–La bestia despertó.
–¿Qué bestia?
–La que todos escondemos dentro, todo el mundo alardea de fijarse en el interior de las personas y no en su físico y todos ellos se engañan, pretenden ser personas que no son, se hacen los interesantes, los humildes, los buenos; creyéndose los protagonistas del cuento la bella y la bestia. ¿Me sigue? Ese cuento que predica que la belleza está en el interior. Pues bien, déjeme decirle una cosa, en el interior solo hay oscuridad y, dentro de esa oscuridad duerme una bestia que nos alcanza a todos tarde o temprano.
–Y esa bestia… ¿Es quién te dijo lo que tenías que hacer?
–¡No, por Dios! Creo, doctor, que se ha equivocado en su diagnóstico. Yo no oigo voces, solo intento ser coherente.
–¿A qué te refieres?
–A que cada uno ha de ser consciente de la bestia que lleva en su interior y, saber si será capaz de dominarla o no. Una vez lo tengas claro, aceptarlo sin más.
–Y en tu caso ganó la bestia, ¿verdad?
–Permítame que le ofrezca esta sonrisa un tanto cínica, pero la verdad es que la bestia nunca se marchó.
–Creo que está usted algo aturdida, tal vez esté viviendo en una fantasía y crea ser alguien que nunca fue; un personaje de un cuento, de una película o quizás, algún asesino del que haya oído hablar. Puede que sea un trastorno de su personalidad producido por alguna crisis durante el embarazo, o incluso una depresión post parto. .
–¿Y qué le hace pensar eso?
–Pues que jamás tuvo ningún episodio como este, su vida es intachable.
–Le vuelvo a dedicar otra de mis sonrisas, se la ha ganado otra vez, aunque esta es de simpatía. Creía que no podía haber nadie tan inocente y, mucho menos, siendo psicólogo de profesión.
–¿Qué quieres decir con ser psicólogo de profesión?
–Pues que ustedes son los peores, los más cínicos, los más reprimidos, y sus bestias son las más crueles cuando salen al exterior. He conocido muchos así. Y de nuevo se equivoca, ha habido más muertes en mi vida.
–Pero no hay ningún antecedente policial, ni consta en su vida personal ningún caso que pueda hacernos llegar a tales conclusiones.
–Digamos que he sido hábil.
–¿Y por qué decidió reconocer sin más que es usted la parricida de su bebé?
–La verdad, me sorprendió que el bebé sobreviviera. Tengo curiosidad por llegar a ver la bestia en la que se va a transformar. Ningún bebé normal hubiese soportado estar cinco días sin comer, tal vez haya heredado mi verdadera naturaleza, por eso lo admiro.
–¿Lo admiras o lo quieres?
–Solo soy capaz de querer a una persona, siempre ha sido así, si no hubiese sido de esa manera jamás hubiese llegado hasta esta situación.

Pero contestaré a su pregunta, digamos que lo admiro porque en cierta manera es como si yo fuese la misma muerte y, mi engendro, eso que llevé en mi vientre, la peor de las pesadillas que sufrirá la humanidad.

Ilustración de Pilar Puyana

–¿Se arrepiente?
–¿De lo que hice? Jamás. Disfrute con todas y cada una de las muertes que produje, aunque me da rabia no haber consumado esta última, me resultó la más dulce de todas, la verdad. Cuando lo creí muerto sentí un placer especial.
–Intento seguirla, pero no encuentro su móvil, a lo largo de la historia la belleza ha sido motivo de cuentos, leyendas y crímenes. Es obvio que su belleza es poco habitual, además usted ha insinuado que solo se quiere a sí misma, y dando por hecho que con la belleza hoy en día se puede llegar a cualquier lugar, incluso como usted muy bien apuntó, hasta el punto de esconder sus crímenes, todo esto apuntaría a que es la misma belleza la causa de toda su discapacidad funcional. Pero, me resulta increíble que la causa real pueda ser algo tan simple y tan efímero.
–Sigue siendo usted un ingenuo. Claro que podría ser, el placer es el arma más poderosa que existe y la belleza el mayor regalo que te puedan conceder; con ella alcanzas la invisibilidad, y te ofrece la oportunidad de poder vivir tu verdadero yo.
–Seguimos hablando de la bestia, ¿verdad?
–De la misma. La belleza es la fachada perfecta. Con ella eres libre, te creen tan superficial que piensan que más allá de la misma no hay nada más que te pueda interesar. No se molestan en buscar al ser real, si lo hicieran, descubrirían a esa bestia que hace y deshace a su voluntad, que es libre, que no tiene miedo y que derrocha maldad.
–Entonces, ¿se confiesa usted culpable de este y otros crímenes?
–Sabe bien que sí, ya les puede decir a los que hay detrás del espejo que vengan a por mí.
–Sigo sin comprender. ¿Por qué? ¿Por qué ahora?
–Ya le contesté, curiosidad, tal vez…
La muchacha le dedicó otra de sus maliciosas sonrisas y esta vez, al psicólogo se le heló la sangre en las venas. .
–Dígame, ¿a que conclusión le ha hecho llegar? –le preguntó uno de los detectives cuando el psicólogo abandonó la sala de interrogatorios.
–No sé cómo explicárselo, detective. Estoy tan aturdido como usted, déjeme que le exponga mis conjeturas de una manera sencilla.
>>Érase una vez una niña tan bella que era agasajada por todos aquellos que tenía alrededor. Acostumbrada a conseguir todo aquello que quería, el dulce espíritu de la niña se fue desmaterializando hasta transformarse en un negro carbón. Al no encontrar placer en nada, comenzó a torturar la mente de los desafortunados que la creyeron buena. Pero nunca tenía bastante y, empezó a experimentar hasta que finalmente emergió la bestia y la arrastró a su interior. Cuentan que un día esa misma fealdad llegó a exteriorizarse y fue repudiada por todos los que una vez la amaron. La encerraron en un castillo y esperaron a que la tierna flor de su juventud se fuera deshojando en la más oscura intimidad. Era la única manera de mantener a todo el mundo a salvo de sus atrocidades. Y colorín colorado este cuento se ha acabado.
–¿Acaso me acaba de contar un cuento? ¿Piensa usted que soy estúpido?
–No, por supuesto que no. Pero, ¿lo entendió? –el detective asintió.
–No entendí muy bien la idea, pero sí el contexto.
–Justo eso es lo que nos mostraban los cuentos, la manera de captar ese ápice de maldad suficiente para poder alejarse uno a tiempo. Digamos que siempre hubo pacientes psiquiátricos a lo largo de la historia y que los diagnósticos han evolucionado. Los cuentos siempre se han usado para decir o denunciar de una manera metafórica algo que ocurría en la realidad, incluso de manera didáctica para prevenir a la gente contra el mal. Por desgracia, siempre ha habido bestias y siempre las habrá. Por eso hay cosas que no se pueden explicar y que simplemente hay que aceptar, aunque no tengan cabida en tu forma de pensar. En eso, desgraciadamente, aquella “bestia” tenía razón.

Inmaculada Ostos Sobrino

Mi anhelo

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Relato

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Inmaculada Ostos Sobrino y su ilustración correspondiente es propiedad de David Aguilar. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Mi anhelo.

Me desperté en la cama del hospital, la luz entraba a trompicones entre las láminas de la persiana veneciana. De repente, una mata de pelo castaño se acercó atropelladamente a mi cama.

–Don José, ya se ha despertado.

Tanto el pelo alborotado como la voz, pertenecían a una chiquilla de apenas quince años que, con ojos grandes y azules, me miraba con una gran sonrisa.

–Usted ve cómo el Lorenzo tenía razón, la lectura atempera el alma.

–¿La lectura? –Pregunté algo desconcertada, no sabía muy bien a qué se refería. Pero el doctor, que pareció leer mis pensamientos, me lo aclaro amablemente.

–Sí, ahí donde la ves, se ha pasado todas las tardes desde que llegó usted aquí relatándole historias.

Le sonreí agradecida y, por primera vez, la miré. Era algo delgaducha y llevaba el pelo recogido en una larga trenza. Su pelo no era del todo castaño, ya que tenía reflejos dorados repartidos sin control por toda la melena, probablemente causados por el sol, y le suavizaban ese color oscuro que tenía de base. Además, una mata ensortijada de desordenados tirabuzones le caían en la cara, dándole un aspecto salvaje pero tierno. Algo en esa chica hizo que se me removieran las entrañas. No puedo decir exactamente qué fue; no sé si fueron esos ojos azul cielo tan llenos de vida o esa amplia sonrisa, lo que hizo que extrañamente le cogiese cariño desde el mismo instante en que se cruzaron nuestras miradas. El caso es, que de repente me encontré frente a una total desconocida que me estaba transmitiendo una serie de sentimientos que no lograba entender. Y, lo más extraño de todo era que su cara me resultaba excesivamente familiar.

–¡Lolo! –Bramó alguien desde el marco de la puerta–. ¿Qué haces aún aquí? ¿No tendrías que estar dándole de comer a los animales? Además, te has saltado la doma.

Ilustración de David Aguilar

Entré en estado de shock, pues al escuchar el apodo y mirar hacia el hombre que lo había proferido, entendí por qué me resultaba tan familiar, el porqué de esa complicidad de sentimientos encontrados y, también supe, el punto exacto en el que me hallaba. Supe que lo había conseguido.

–Lo siento, Loren. Se me ha pasado el tiempo volando. Ya lo arreglaré, no padezcas.

–Bueno, muchacha, nos vemos mañana –me dijo por lo bajo.

–Vamos, Lorenzo, no regañes a tu hermana que lo hace de buena fe –intercedió el médico–. Y tú, muchacha, te has quedado pálida de repente. Recuéstate y luego paso a verte.

***

A la mañana siguiente, estaba deseando ver a Lola. Mi corazón bailoteaba en mi pecho desenfrenadamente y mi garganta abrasada entre los sollozos ahogados; se moría por gritar y dejar salir toda esa desesperación que hasta ahora había anidado en mi alma, redimiendo el dolor y dando paso a la tan esperada euforia. Pero Lola no vendría hasta entrada la tarde. El doctor entró silbando alegremente, me dio los buenos días y empezó a reconocerme.

–Disculpe, ¿sabe usted si hoy vendrá Lola?

–No lo dudes, ese diablillo de chiquilla no descansará hasta ver que te vas andando a casa por tu propio pie. Si te preocupa lo de ayer, he de decirte que Loren no tiene tan mal genio como parece, lo que pasa es que no sabe mostrar su preocupación de otro modo. Ten en cuenta que es su hermano mayor, tiene veinte años y Lola está a su cargo. Es una familia que ha pasado mucho, y perder a esa chiquilla supondría para él la ruina, ¿entiendes? Lola es la alegría de la casa, su apoyo. Incluso, después del accidente de su hermano Tomás, ella se ocupó de las tareas de este en el campo sin importarle la dureza del trabajo de hombre. Además se ocupa de la casa, tiene tiempo de cuidar de Tomás y pasarse un rato por aquí, ¡demonio de chiquilla! No sé cómo lo hace.

–Yo sí –susurré.

–¿Cómo?

–No, nada. Me preguntaba cómo llegué hasta aquí.

–En el lomo del burro de la Lola, ¿cómo si no? ¿Por qué crees que viene todos los días a verte? Ella te encontró tirada en una cuneta cuando salía a pastar con los animales por el túnel de ojos negros y, siendo tan sentida como es, hasta que te vea recuperada no cejará. En fin, la verdad es que te veo muy bien, creo que en un par de días te podrás marchar. Y dime, ¿qué andabas haciendo por allí?

Tardé en contestarle, pues debía ser cautelosa con lo que revelaba. El túnel al que hacía alusión antiguamente estaba en una zona apartada del pueblo, entre los pastos, y solo se podía acceder a él por un camino de tierra poco transitado, a caballo o andando. Ahora era una carretera secundaria, asfaltada y bastante transitada, paso obligatorio para el deleite del turista.

–Porque forastera está claro que eres, y no hay fácil acceso.

–Sí, lo sé, fui en mi co… Me trajeron en automóvil –rectifiqué inmediatamente.

–¿Automóvil? ¿De quién? Por desgracia, ni la gente de aquí ni la de los alrededores podemos permitirnos ese lujo. Por ahí solo pasa la camioneta del Rulfo que, por cierto, llegó el mismo día que te encontramos.

El Rulfo era un vendedor ambulante que vendía pan, embutidos, aceite y dulces típicos de su tierra y, cada seis meses, hacía la misma ruta por los pueblos. Era un personaje entrañable y querido en toda la comarca. Me vino al pelo, pues no solía estar más de dos días en el mismo sitio y, si yo llevaba varios días allí, seguro que se había marchado.

–Justo, me encontré al señor Rulfo vendiendo pan en el pueblo de al lado y le pregunté si me podía llevar hasta allí. Como ve, no entiendo mucho de automóviles, todos me parecen igual. Para mí, la camioneta del señor Rulfo es como un automóvil grande.

–Pues, ¡qué bribón! Nada nos dijo. Y, además, ya te podría haber avisado que allí es mejor ni arrimarse. De vez en cuando provocan explosiones para agrandar el túnel y hay que tener mucho cuidado.

–¿Qué te pasó? Y, ¿por qué le pediste que te dejara allí?

–Venía a ver la tierra de mis antepasados, me habían hablado mucho de aquella zona.

–¿Tienes antepasados aquí? A ver si no vas a ser tan forastera como yo creía, ¿de quién eres familia? Aquí nos conocemos todos. Yo nací aquí, así que ya ves, seguro que los conozco.

Una alarma se encendió en mi mente, tenía que salir de alguna manera rápida para no descubrirme.

»A ver, no me lo digas, si fuiste a ver los pazos, entonces… –empezó a decir entusiasmado el doctor, como si una revelación existencial le acabara de llegar. Mi mente reaccionó mejor de lo que esperaba, pues recordó que por allí cerca, en el pueblo de al lado, habían otros pazos y que la gente a veces los confundía.

–Sí, fui a verlos, pero los pazos de Urralde me los habían descrito de una manera muy diferente. No me dijeron lo del túnel excavado en la montaña –le interrumpí a propósito.

–¿Los pazos de Urralde?¿Creías que estabas en los pazos de Urralde? Que va, chiquilla. Estos son los pazos del ermitaño y, sin ánimo de ofender, son mucho más bonitos que los de nuestro vecino.

»En fin, se acabó la investigación y la visita, por desgracia con las familias del pueblo de al lado me pierdo, espero que en pocos días puedas continuar con tu camino. Por cierto necesito tu nombre para mi historial.

–Inma, Inma Peña –le contesté, dándole el primer apellido que se me pasó por la mente.

Anotó mi nombre en su historia y se marchó silbando de nuevo. Después de comer seguía estando nerviosa, Lola no tardó mucho en llegar. En ese momento me fijé en su vestimenta; llevaba unos pantalones de chico desgastados pero muy limpios, atados con un cordel, probablemente heredados de su hermano Antonio y, la camisa que lucía era tres cuartos de lo mismo, vieja y heredada. Años más tarde se volvería mucho más coqueta. Yo sabía que su situación en casa no era muy buena, era la época de la posguerra, eran pobres y se apañaban como podían. Pero me hizo mucha gracia estar observando la versión femenina de Joselito ante mis ojos.

–Hola, ¿cómo te encuentras hoy, niña?

–Muy bien, la verdad. Tenía ganas de verte.

–¿Ah, sí?

–Sí, te quería dar las gracias por salvarme.

–De nada, mujer. Pero, ¿se puede saber que narices estabas haciendo por allí? ¿No sabes que esa cueva está embrujá? Cuentan que a veces pasan cosas extrañas, que se oyen voces y la gente que entra vuelve muda e ida de la cabeza. Dicen cosas extrañas, jamás vuelven a ser los mismos –me confesó la chiquilla, y yo entendía muy bien el porqué. En realidad, esas cuevas eran como una puerta en el espacio-tiempo. Cada sesenta años aproximadamente, se abría esa puerta, y yo había tenido la suerte de poder disfrutarla.

–Gente rara, ¿más o menos como yo? –bromeé, y la niña iluminó la habitación con una sonrisa.

–Dime, ¿cómo lo haces?

–¿El qué?

–No perder la sonrisa, es obvio que no estáis pasando por buenos momentos.

–Ya te han contado las malas lenguas, ¿no? Mira que les gusta mal meter.

–No, no me han dicho nada malo, simplemente que tú y tus hermanos trabajáis mucho.

–Y qué remedio. Mi padre murió y mi madre nos abandonó cuando vio que este enfermaba.

–¿Por temor a no soportar su muerte?

–No, por puro egoísmo. Esa mujer sólo se quería a sí misma, doy fe.

»¿Quieres saber cómo lo hago? –me preguntó tras un corto silencio.

–¿El qué?

–Estar siempre tan feliz. Pienso en las cosas buenas que tengo y en las que espero que me depare la vida. Quiero decir, tengo unos hermanos a los que quiero y los cuales me quieren, y no todo el mundo puede decir lo mismo. No he tenido mariquitillas, pero sí muñecas de trapo que yo me hice y me han servido para jugar. La vida es muy corta y no hay que desperdiciarla con lamentos, por desgracia los lamentos llegan solos. Así que, ¿para qué perder el tiempo?

Se me hizo un nudo en la garganta, y tuve que hacer un esfuerzo sobrehumano para no ponerme a llorar, para no levantarme y abrazarla, y decirle todo lo que la había echado de menos, decirle que todo se iba a arreglar, que su vida iba a cambiar.

»Pero, dime, no me has contestado, ¿qué hacías tú aquí?

–Me escapaba.

–¿De qué?

–Del dolor, supongo. Mi madre murió hace diez años, y aún no lo he superado.

–¿La querías mucho?

Sonreí tristemente.

–Más que a mi vida. Fue una mujer luchadora, alegre, emprendedora, padre, madre y amiga. Mi padre, su gran amor, murió cuando yo tenía cuatro años. Ella siguió hacia delante sin ayuda de nadie, nunca tuvo una vida fácil, pero fue feliz.

–Lo siento, entiendo tu perdida. En cierto modo, mi madre murió para mí a los seis años, y jamás fue cariñosa, jamás fue una madre. ¿Qué se siente al tener una madre de verdad?

–Supongo que lo mismo que sentiste tú por tu padre, pero multiplicado por diez.

–¿Cómo sabes lo que yo sentía por padre?

Otra triste sonrisa se dibujó en mi rostro y, a mi pesar, tuve que decirle una verdad a medias.

–Pues, porque se te iluminan los ojos de la misma manera que se me iluminan a mí cuando hablo de ella.

–Ah…

Entonces se produjo un silencio que hacía patente la añoranza que Lola sentía por esa persona a la que tanto amó.

»¿Sabes? Voy a intentar que mis hijos sean felices por encima de todo, voy a intentar que tengan una madre de verdad, la madre que yo no tuve.

–Y la tendrán, créeme.

–¿Cómo estás tan segura?

–Tú lo has dicho antes, a veces sale gente extraña de la cueva y yo soy una de ellas, he de confesarte que soy algo bruja –Lola rio.

–Me tomas el pelo. Bueno, se está haciendo tarde, he de asear a Tomás. ¿Sabes? Se calló del caballo y se quedó inútil de cintura para abajo.

–¿Hace mucho?

–Sí, cinco años.

–Y, desde entonces, ¿le estás cuidando?

–Sí, a veces Loren me ayuda, pero ya sabes cómo son los hombres, muy valientes para unas cosas y muy cobardes para otras. Por cierto, aún no me has dicho cómo te llamas.

–Inma.

Sonrió.

–Me gusta tu nombre.

«Y a mí me gustas mucho tú», pensé. «Y cuanto más conozco de ti mucho más admiro tu coraje, tu continúa lucha».

–Por cierto, ¿qué día es hoy? –le pregunté, recordando algo importante.

–Jueves 8 de abril.

–Pues acepta un consejo de bruja, llévate puesto el cinto de tu hermano Antonio esta tarde cuando vayas a la era, no le importará prestártelo. Y quítate ese cordel que llevas prendido al pantalón.

–Que rara eres, pero para que veas que te tengo fe te prometo que lo haré.

***

Pasé una semana maravillosa con Lola, incluso me volvió a contar alguna de las historias que me leyó mientras dormía, antes del despertar. Pero el tiempo se me agotaba, tenía que volver, algo en mi interior empezaba a andar mal, y es que una no puede vivir en el pasado eternamente. Además, me arriesgaba a que conforme pasara el tiempo me relajase y se me escapasen datos que no se tenían por qué desvelar. Así que, con un gran dolor en mi corazón, me preparé para partir. El portal tenía un tiempo y un espacio, y esa tarde era mi hora de regreso. Si no hubiese tenido a mis hijas, probablemente me hubiese quedado para siempre, pero ellas me necesitaban con la misma fuerza vital que yo necesitaba lo que me dejaba aquí. Y tal vez, algún día, de alguna manera, volvería a coincidir con esa parte de mi alma que murió junto a ella.

–Hola –dijo Lola eufórica esa tarde–. Mira lo que te traigo, alpargatas, las ha traído Loren y te he guardado una para ti.

–Gracias –le contesté con el acostumbrado nudo en la garganta, siendo consciente de que aquello era todo un lujo tanto para ellos como para mí. La alpargata era un dulce hecho a base de hojaldre, azúcar y canela. Dulce que en aquella casa solo se podían permitir una vez al mes, y como gran capricho.

–Es que, como sigues tan paliducha, pensé que te harían bien.

–Lola, me voy…

–¿Cuándo?

–Hoy.

–No me habías dicho nada.

–Porque sabía que te entristecerías mucho y, es mejor así.

–Al final voy a pensar que eres bruja de verdad –me contestó, triste–. Entre lo del otro día con el cinto y lo de hoy…

Sonreí y, a pesar de saber exactamente lo que había sucedido, le pregunté:

–¿Qué pasó?

–Pues que me salvaste la vida, cuando fui a quitarme el cordel se deshizo en mis manos.

–¿Y?

–Pues, me fui a la era y me encontré a un gato atrapado en la rama de un castaño. Cuando subí a socorrerlo, pisé malamente una rama y caí, el gato estaba casi en la copa del árbol, pero el cinto del Antonio enganchó dos ramas más abajo. Si no lo hubiese tenido me hubiese matado.

–Tengo algo para ti.

Le di el libro que siempre llevaba conmigo, el que ella misma me regaló, el que se había convertido en mi favorito.

–Este libro, ¿es para mí?

Asentí, le brillaron los ojos mientras acariciaba la portada con dedos ansiosos.

»Es precioso, gracias ¿de qué trata?

–Eso lo tendrás que descubrir. Pero te adelantaré algo, su moraleja es que todo es posible si lo intentas con el corazón, todo se puede superar, todos escondemos un ser valiente en nuestro interior, aunque otros como a tú lleven ese ser valiente a flor de piel.

–He de confesarte que no se leer bien.

–Lo sé, siempre supe que las historias que me contabas eran aprendidas de memoria. Por eso te lo regalo, para que aprendas y disfrutes de la magia de las palabras. Serás una buena lectora. Y tus hijas te adorarán cuando les leas cuentos a media noche.

–¿Tú crees? ¿Seré buena madre?

–Buena no, serás mejor.

–¿Y cómo puedes estar tan segura?

–Soy bruja.

Reímos con la misma complicidad con la que se ríen las amigas íntimas.

–¿Por qué te vas?

–Tengo dos preciosidades de menos de cuatro años que me están esperando.

–¡Eres madre!

–Sí.

–Ojalá mi madre hubiese sido así. Las querrás mucho, ¿no?

–Más que a mi vida, pero es algo que heredé de mi madre también.

–Bueno, llegó la despedida –me dijo, y se me abrazó. Algo se rompió definitivamente en mi interior. Ambas lloramos y nos costó separarnos, supongo que los lazos entre madre e hija perduran en el tiempo y traspasan fronteras. Finalmente, reuní el valor para poderme marchar, le di la espalda y avancé sin mirar atrás. Pero antes de abandonar la habitación, mi madre me habló:

–Si algún día tengo una hija, la llamaré Inma, para que sea como tú.

No me giré, no podía, un torbellino de emociones pugnaba por hacerse con mi cuerpo.

–Lo sé… –le dije, y me marché.

Inmaculada Ostos Sobrino