Tú dices sueño … yo digo mentira.

Autor@:  Juan Ramón Lorenzana Fernández

Ilustrador@:  Jordi Ponce

Corrector/a:  Mariola Díaz Cano

Género: Epistolar

Este relato es propiedad de Juan Ramón Lorenzana Fernández, y su ilustración es propiedad de  Jordi Ponce. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Tú dices sueño … yo digo mentira.

Mentira. Tú dices sueño y yo digo mentira. Mentira los besos, los te quieros, y tus ojos que sonreían también mentían. Toda tú eres una gran mentira.

Cuando caminas mientes porque sólo aparentas ir a alguna parte, cuando lo cierto es que tú eres tu principio y tu fin. Tu único interés y destino… Tú. Eres primitiva, básicamente cruel: no te cebas con tu víctima, tan solo disfrutas con la captura y su muerte. Después dejas sus despojos secándose al sol, y sigues caminando como si te interesara llegar a algún lugar, pero ese lugar no existe nada más que dentro de ti, y es un espacio tan inmenso y vacío que, pronto tendrás que llenarlo con otra vidas que sacrificarás sin el menor remordimiento.

Cuánto me gustaría decir que no me hiciste daño, que ya todo lo olvidé, que no queda en mí nada de ti, que no pasa un solo día que no repase con los dedos cada llaga y cada herida, que ya casi nunca sangran cuando pienso en ti. Casi nunca.

Cómo me gustaría mentir para poder decir que con tu traición tan sólo tú te engañas. Que te inventas amores, cuando en verdad los compras o quizá los vendes, que nunca se sabe quién compra a quién y qué es exactamente lo que se vende. Lo que para uno es sólo vender tiempo, para otro es comprar deseo, cuando no dominación o empleo. Aunque hay también quien dice que vendes el corazón, pero yo no lo creo, pues para hacer eso, es necesario tenerlo; y el que mediando engaño quiera comprártelo, no sabe que en verdad sólo vende su aliento para que tú puedas seguir viviendo y… mintiendo .

¡Qué fácil fue para ti engañarme! Te lo puse en la que creía que era amorosa palma, para luego descubrir, muy tarde, que sólo era cruel zarpa.

Te tomaste tu tiempo para descubrir mis debilidades, miedos y obsesiones; tampoco mucho. Me abrí a ti entero, no dejé nada escondido que pudiera perturbar nuestros encuentros… Y todo fue perfecto. Al menos mientras todo era fácil y sin ningún riesgo: tan sólo tenías que dejarte llevar por mis dedos, que tan pronto te escribían versos que mi boca, aún llena de tu aroma, te recitaba al oído mientras tú decías <<me tienes loca>>, como luego buscaban, sigilosos, secretos tesoros en cercanos territorios bañados por mares a veces tranquilos y otras de improviso tormentosos. Te fuiste llenando de orgullo y… quiero pensar que también de miedo, <<mira que si me enamoro y tengo que entregar algo más que mi cuerpo>>.

Me dejaste tú. Podría decir que fui yo porque fui el primero que dijo adiós, pero mentiría. Tú y yo sabemos que para ti fue una liberación, que tu quejido fue más un suspiro de alivio que el crujido de un corazón herido. Y me engañé durante tanto tiempo… tanto tiempo.

Me gustaría decir que no me duele verte sonreír, no porque no quiera verte feliz, sólo es que parece que te ríes de mí. Y quizá sea normal que te comportes así. ¡Resulta tan gracioso que me haya enamorado de ti! ¿Verdad que sí? Pero entonces, por qué ayer, cuando tus ojos, que hacía meses que no se fijaban en mí, se detuvieron un instante a mirar los míos, no vi más que rencor, cuando no odio y profundo resentimiento. ¿Acaso te debo algo? ¿Acaso no te has llevado suficiente?

Cómo me gustaría decir que te odio, que te he olvidado, que ya no me puedes hacer daño… Y tú decías que esto nuestro era como un sueño, que sería eterno, que jamás jamás te cansarías de mis besos… Mentiras y más mentiras. Mierda de sueño.

Creí vivir en un sueño, y desperté en una pesadilla que nunca termina. Y en los dos eres tú la protagonista.

REAL, REAL, REAL. Dices real, y como me conozco, y soy medio idiota en los días buenos, busco en el diccionario su significado…

  1. Que tiene existencia verdadera y efectiva.

¿Crees necesario convencerme de que mis recuerdos no son fruto de una imaginación desbocada o de algún trastorno mental?

  1.  Perteneciente o relativo al rey o a la realeza.

Éste me lo salto, no creo que tenga nada que ver conmigo.

  1. Muy bueno.

¿Qué fue bueno? Dejarme, engañarme, conocerme… ¡Te fue tan fácil olvidarme!

  1.  Moneda de plata, del valor de 34 maravedís, equivalente a 25 céntimos de peseta.

Prefiero no contestar, sólo se me ocurren monstruosidades.

Dices REAL, pero ni un te quiero, ni siquiera al menos un <<te quise>> que me permita pensar que aquello que me arrebató la razón fue amor, fue verdad… Tampoco escogiste la palabra verdad, supongo que porque eres incapaz de articularla sin que te den arcadas, pero te aseguro que sólo es cuestión de práctica. Igual que para empezar a andar es necesario dar siempre un tembloroso primer paso, para decir la verdad sólo hace falta intentarlo una vez, y después tan solo perseverar en el intento. ¡Quizá sea demasiado pedir! Quizá.

No te odio, aunque me gustaría, quizá así sería más fácil. No te desprecio, aunque me has dado motivos para hacerlo, pero no puedo; sería como traicionar mi amor, que ese sí que era “REAL, REAL, REAL”, aunque lo haya desperdiciado dándote besos, inventando caricias, escribiéndote versos. Estaba tan enamorado que creí que sólo era miedo, timidez, o la última barrera para proteger un corazón maltrecho, que no me dijeras <<amor, amor, te quiero>>. Escogiste con calculada racionalidad tus palabras: REAL, REAL, REAL. Reales tus mentiras, tus labios, tus ojos que reían, tus piernas que como un lazo me retenían, tus manos que me descubrían. Todo REAL, REAL, REAL. Todo MENTIRA.

Ilustración de Jordi Ponce

FIN


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Un frío beso de mármol.

Autor@: Paloma Muñoz

Ilustrador@:  Marta Hergueras

Corrector/a:  Mariola Díaz Cano

Género: Relato

Este relato es propiedad de Paloma Muñoz, y su ilustración es propiedad de Marta Hergueras. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Un frío beso de mármol.

La princesa se levantaba todas las noches y sus delicados pies se movían despacio pero seguros hacia el lugar sagrado en el que reposaba la estatua del dios yacente.

Desde que era una niña, había soñado con despertar al hermoso dios durmiente con un beso y, a escondidas, se acercaba a la estatua  con la intención de acariciar los fríos labios del dios con los suyos, suaves y ardientes. Ese momento maravilloso para ella en el que abrazaba al dios y lo besaba era lo que daba aliento a su joven vida.

Sus padres y tutores le habían hablado de la historia del más bello de los dioses de su pueblo. Un dios que quedó dormido por el maleficio de un espíritu malvado e impuro que recorría la tierra y los lejanos confines del reino para encontrar una morada en lugares oscuros y siniestros y preparar su ataque contra los dioses por la posesión del mundo.

Los habitantes del reino habían esperado durante muchos, muchos años el despertar del dios que les librara de la miseria y del miedo temiendo al espíritu impuro inspirador de los peores sueños y las más terroríficas pesadillas.

Sus vidas y sus almas podrían depender de un beso.

I

Cuentan las Crónicas de Los Oráculos Sombríos que “cuando el cielo se cubra completamente de negro y la luna se convierta en una esfera de sangre, eL espíritu impuro  y su armada de demonios que habitan los tenebrosos antros, se despertarán y lanzarán su fétido aliento sobre la tierra y se apoderarán del equilibrio del mundo”.

Los sabios y astrólogos de la corte del poderoso rey, padre de la princesa, hablaron con este y le aseguraron que el reinado de terror que se avecinaba, sólo podía ser vencido si el rey ofrecía al  dios a la más hermosa de las doncellas, la de corazón más puro y noble sangre. Esta doncella era la hija del rey, la única capaz de despertar de su letargo al dios yacente.

“El dios soñador”, “El que sueña eternamente”, “El de los ojos de plata”, “El dios de la luz radiante” “El dios que duerme”. Todos ellos eran bellos epítetos para un dios sin nombre.

La princesa había soñado muchas veces que el dios se despertaba con el ardiente y tierno beso que le daba. Y de eso dependía el destino de un reino y, por añadidura, el destino del mundo.

La princesa era muy joven pero los quince años que estaba a punto de cumplir no le impedían pensar en el amor y la pasión,  ya que conocía los estragos que causaban por boca de los bardos de la corte cuando, en las largas veladas invernales, entonaban  tristes cánticos de amor o contaban historias que acababan felizmente.

Pero a la princesa no le hacía falta escuchar esas canciones ni los poemas ya que “conocía” el amor, la inquietud y el anhelo por el ser amado porque la obsesión que sentía desde niña por la espléndida estatua de mármol del dios durmiente era superior casi a su sensatez, y la muchacha estaba bendecida por la cordura y la gentileza, lo que le hacía muy grata a los ojos de sus padres, de su familia, de la corte y de todos los que la conocían.

La princesa,  sería la digna compañera  de un dios, de su dios de ensueño.

Ilustración de Marta Hergueras

II

La estatua del dios se guardaba en una cámara del gran palacio, una cámara reluciente como la belleza de la estatua. El dios soñador estaba apoyado sobre cojines cubiertos de joyas.

Era de una belleza casi sobrenatural. El artesano que la había esculpido debería sentirse orgulloso de que de sus manos emergiera una obra tan perfecta.

Cuando había luna llena, el dios era objeto de adoración por parte del rey y su corte. Le llevaban ofrendas y lo cubrían de flores. En el cumpleaños de la princesa, ella misma debía ser la encargada de depositar ramos de flores y ofrendas a sus pies.

                El rostro del dios era de una perfección que sobrecogía. El cuerpo era delgado, musculado, elegante, y su postura, casi recostada sobre los cojines, invitaba a la intimidad con él.

La princesa iba a ser la mejor y más hermosa de las ofrendas y para ello la estaban preparando.

Cuando la princesa era una niña, se encaramaba sobre la estatua del dios durmiente y rodeaba  el enjoyado cuello con sus pequeños brazos y le besaba los labios de frío mármol blanco. Desde entonces se sentía perdidamente enamorada de la estatua, una estatua que ya existía en el palacio mucho antes de que ella naciera.

Se decía que había sido el más hábil escultor que se pudo encontrar quien realizó la obra, pero que había sido inspirado por la mano del dios creador. A la estatua tan sólo le faltaba el impulso de incorporarse del lecho y caminar.

“Y está escrito que cuando el cielo se cubra con un espeso manto negro y la luna enrojezca como si fuera un gigantesco círculo de sangre, el espíritu abominable  y sus demonios saldrán de sus ocultos escondrijos y extenderán su hedor de muerte sobre los campos y las ciudades, y todos los que viven bajo la luz del sol y duermen bajo las refulgentes estrellas del cielo, perecerán irremisiblemente. Sólo un dios podrá hacer frente a la extinción del mundo. Ese dios tendrá que ser despertado por una doncella virgen de noble sangre y corazón puro que se unirá a él para que, con su calor, la piedra se convierta en carne y el brazo sostenga la espada que golpee el corazón del espíritu impuro. Entonces, sólo entonces, el mundo se salvará”.

La terrible profecía era conocida por el rey y por la princesa, ya que ella  —aunque no sabía nada de sangre, ni de destrucción, ni de iniquidad  ni de muerte— sólo suspiraba por el dios y sabía que invocándolo, podría volver a la vida a través del calor de los besos y  de ardientes caricias.

Cuando estaba en su presencia le hablaba apasionadamente:

—¡Oh, mi hermoso y amado dios que duerme, señor de la luz! ¡Ojalá que despertaras a la vida con mis besos! ¡Ojalá que tu fría piedra se convierta en cálida piel y puedas devolverme los besos y las caricias que te ofrezco!

La princesa apoyaba la cabeza sobre el pecho del dios suspirando excitada y triste al mismo tiempo por haberlo besado y por tener que abandonar la cámara, deseando volver a verlo de nuevo.

III

La princesa cumplía los quince años y hubo fiestas y celebraciones por todo el reino porque ella era la clave para asegurar un futuro de luz a las generaciones del mundo cuando el dios luchase contra el espíritu impuro y lo venciese, tal era la antigua profecía.

Ella traería la luz a un mundo en el que ya se atisbaban las primeras sombras de las  tinieblas que se avecinaban, y el dios se enfrentaría al  espíritu maligno y su pléyade de asoladores y asesinos en un singular combate.

La luna estaba llena en el cielo. Era una luna de plata como los ojos del dios que duerme.

El sumo sacerdote se dirigió a la estatua yacente y levantó los brazos. En realidad, lo que presenciaban el rey, la familia real y la corte era una unión simbólica entre la joven y la estatua, un enlace, una boda.

—¡Óyeme tú, que yaces sobre tu enjoyado lecho! El más preciado de los regalos te es ofrecido para que, con su calor, tu frío corazón vuelva a la vida

El gran sacerdote tomó la mano de la princesa y la condujo ante el altar del dios.

—¡Oh, dios luminoso que ahora yaces dormido! Permítenos postrarnos ante ti y ofrecerte la joya más preciada del reino. La princesa, amada hija del rey, tu más devoto y fiel adorador que, junto con su corte y su pueblo, te suplica que  protejas todo cuanto nos es sagrado. ¡Vuelve a la vida por el tierno beso de la doncella y salva a tu pueblo de los espíritus malditos que acechan desde la oscuridad!

La princesa iba ataviada con una maravillosa túnica de relucientes joyas y unos velos que apenas podían disimular los contornos de su cuerpo joven y vibrante. Se acercó a la estatua y cerró los ojos para besar los labios del dios. Un beso largo que sintió como si le fuera devuelto, como si la estatua reaccionara. Sin embargo, la estatua permanecía quieta, inamovible.

Al cabo de unos eternos minutos, la princesa sintió que el mármol se calentaba y que la pulida superficie de los brazos del dios se ablandaba; entonces lo miró a los ojos y los encontró abiertos, brillando como la plata, compitiendo en fulgor con esa luna que reinaba en el cielo y lo iluminaba. Los finos labios se alargaron en un gesto gentil y la mano elegante  cubierta de joyas  se elevaba despacio para acariciar el rostro de la princesa.

El dios había vuelto a la vida, tal como las profecías lo auguraban. La luna permanecía en el cielo y la princesa se vio rodeada por los marfileños brazos que poco a poco se iban calentando con su contacto.

En la cámara sagrada no había nadie más que ella y el dios que volvía a la vida. La apretó contra su pecho y buscó la tierna boca. La besó con un beso largo que le cubrió la boca y envolvió los labios. La jadeante respiración de ella inundó los sentidos del dios y éste la apretó con más fuerza para tenderla sobre el lecho. Besó la frente, los ojos, el cuello, los hombros; acarició el contorno de los pechos y su mano se deslizó entre los velos que cubrían el pubis.

                La joven esperaba una palabra del dios. Estaba rendida a él por completo y deseaba saber cómo era su voz. El dios que dormía eternamente leyó su pensamiento y abrió la boca para complacerla:

—Te he esperado desde el principio de los tiempos. Tú estás destinada a mí para siempre y serás mi eterna compañera. Si tanto me has amado, yo así también te amo. Me has devuelto a la vida y, lleno de tu amor, empuñaré la espada. Déjame entrar en ti y marcharé a la lucha como un guerrero va a la batalla después de haber sentido el calor de la pasión de su amada.

Y así la princesa se convirtió en la amada del dios y en el instrumento de salvación para su pueblo. Su virginidad perdida se convirtió en un ramo de rosas rojas que acariciaban sus  muslos. Mientras el hermoso dios que sueña eternamente la amaba, la luna se iba convirtiendo en un disco de espeso color rojo. La batalla se aproximaba, pero el dios estaba dispuesto para la lucha y la princesa esperaría a que regresara victorioso para ser llevada a un lugar más allá de la luna de plata que comenzaba a convertirse en una luna de sangre.

Paloma Muñoz

Madrid, 18 de junio de 2012

La voz.

Autor@: Inmaculada Ostos

Ilustrador@:  Laura López

Corrector/a: Carme Sanchis

Género: Relato

Este relato es propiedad de Inmaculada Ostos, y su ilustración es propiedad de Laura López. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La voz.

Andábamos sin prisa pero sin pausa, mi madre debido a su reuma y su artritis no podía hacer mucho más, tenía mucho dolor y además tenía un problema añadido, su enfermedad, aparte de crónica  era autoinmune, es decir, su sistema inmunitario la atacaba en vez de protegerla, con lo cual hacía su dolencia mucho más agresiva a la hora de padecerla.

Yo iba tremendamente feliz viendo a mi madre de nuevo, era una mujer luchadora,y llena de vida, había sufrido mucho a lo largo de su infancia  y juventud e incluso llegada la madurez, pero dia a dia se  había esforzado en  superarlo. Incluso su enfermedad, la cual arrastraba dignamente y con mucho esfuerzo pero siempre con una sonrisa .

Lo más admirable era, que pese a que muchas otras personas que la padecían, con la mitad de dolor que ella yacían en sus camas desesperados,ella no se rendía, luchaba con esa alegría suya innata que tanto nos transmitía.

De repente alguien arrolló a mi madre, en cuanto le vi caer sobre ella  nstintivamente me adelanté y le pegué un gran empujón, parecía ebrio , tenía los ojos inyectados en sangre .

-Eh tío ten más cuidado,- le grité, pensando que había sido algún descuido por parte del hombre, pero a ver que este se incorporaba e intentaba envestir de nuevo, le tuve que empujar de verdad, haciéndole caer estrepitósamente en el suelo.

Vestía andrajosamente y además iba cubriéndose la cabeza y el cuerpo con una especie de abrigo antiguo de color negro mientras intentaba ponerse de pie, le costó un par de minutos hacerlo. Mi pulso estaba acelerado, y mis puños permanecían fuertemente cerrados esperando el nuevo enfrentamiento. Pero esta vez el hombre no empujó, se levantó a duras penas  tras dos tensos y largos minutos.

Me miró vencido y después con un odio innusual me dijo:

-Me las pagarás . Después miró nervioso alrededor, como si alguien le persiguiera, volvió a mirar pero esta vez a mi madre, fijamente,con una extraña expresión entre maldad y desprecio, y luego se marchó.

 La gente ni se inmutó , me dió mucha rabia el vernos solas entre casi un centenar de gente, desde luego en este mundo nadie se mojaba por nadie. Mi hermana y mi madre que estaban tras de mí me cogieron por la cintura y me dijeron:

-Tranquila , ya está.

Pero hbaía algo que no me dejaba poderme tranquilizar, mi madre estaba bien que era lo que me importaba, ni siquiera había llegado a rozarla , pues instintivamente la había apartado hacia atrás y mi hermana la cogió, pero ese hombre…, ese hombre tenía algo que me turbaba mucho, no sabía explicar el que, pero desprendía un aura maligna casi inhumana. Finalmente tras las súplicas de mi hermana lo dejé estar, y seguimos con las compras.

 Una vez en casa, cómodas con nuestros pijamas  y mientras mi hermana y mi madre veían la telenovela, yo releía un libro de una escritora que se había hecho muy famosa llamada Anne Rice. Libro, que yo leí al menos cuatro años antes de que diera la campanada y se convirtiera en el top ventas de ese año. De repente oí unas extrañas carcajadas que me pusieron los pelos de punta, provenían del patio, yo vivía en un tercero así que dirijí la mirada al pequeño pasillo que estaba a mi derecha y daba a la puerta de entrada.

-¿Habéis oído eso?- les pregunté a las chicas.

-¿El qué? -me contestó mi hermana.

-Esas carcajadas…

-¿Estás bien cariño?, – me preguntó mi madre, mi cara debía de ser un mapa.

De nuevo se volvieron a escuchar, mucho más fuertes y de más personas, ahora mi madre y mi hermana también las oyeron y había algo muy raro en ellas, parecía como si tuviesen eco o como si se produjesen a kilómetros de distancia, pero eso no podía ser, provenían del patio, o ¿no?

-¿Asustada?- dijo una voz clara y gutural de repente. -brinqué del sofá y corrí hacia la puerta de entrada abriéndola de golpe. no había nadie alllí, miré escaleras abajo hacia la ventana del rellano inferior enlas que tantas veces me senté a leer en verano. Tampoco allí había nadi, solo el típico juego de luces y sombras de la tarde que se empieza a retirar para dejar paso ala noche. Otra vez las carcajadas y mucho más claras…

-¿Quién está ahí?- le grité al vacío, tras de mi, mi madre y mi hermana con sus caras también desencajadas , observando. Nadie contestó, pero otra vez esas risas que te erizaban la piel.

–  ¿De verdad quieres saberlo?- me dijo burlonamente de nuevo esa voz, esa voz desconocida pero que a la vez me sonaba tan familiar.

–  No creo que pudieras soporarlo, pero se acaba el tiempo, y vengo a cobrarme lo que te prometí.

Un frío helado recorrió mi espina dorsal mientras mi cerebro iba encajando todas las piezas.

–  sí, efectivamente soy yo, te dije que me las pagarías y sabes cual es el precio, que es lo que no me dejaste llevarme esta mañana y lo que me tengo que llevar.

–  ¡Jamás!- le grité.

–  No te lo estoy pidiendo ,solo te informo,  no puedes hacer nada y lo sabes ¿verdad?.

Miré entonces el libro que aún seguía en mi mano, en letras negras se leía:

Lestat el vampiro, y un miedo atroz recorrió todo mi ser , pues me di cuenta de que, esas voces eran tan espeluznantes porque no sonaban en el patio sino dentro de mi mente, y que se hacían más fuertes a medida que avanzaba la tarde. Comprendí que el ser que tanto repeluz me dió en el mercado era un vampiro, y que desde el principio se quería llevar a mi madre.

El miedo me paralizaba pero, yo no estaba dispuesta a dejarle ganar, no volvería a perder a mi madre, otra vez no. Así que me metí en casa de nuevo con ellas y a  empujones las hice vestirse mientras con voz apremiante les dije:

Vámonos.

-¿A dónde?- lloriqueó mi hermana. -Ya le has oído, no hay lugar…

-Nati, no voy a dejar que estropeé mi sueño, este que tanto me ha costado coseguir tras años de no poder soñar. No te preocupes conozco a añguien, pero nos tenemos que marchar ya.

Así que todas nos vestimos y salimos precipitadamente a la calle camino a la iglesia, y tan rápido como las maltrechas piernas de mi madre le permitían. No paraba de observarla, su pelo castaño y rizado, sus preciosos ojos azules, tan dulces, esos labios teñidos de carmín que tanta veces me habían besado y los cuales pintaba con esmero p pues era muy coqueta. Y aspiré ese olor, ese olor corporal suyo que me recordaba a la limpieza en su más puro estado y a la piel de bebé. Noté como mis tripas se encojían y mi corazón estallaba de dolor, pero me  sobrepuse, teníamos que huír, y él, como en mi último sueño me iba a ayudar.

-Lestat, estoy aquí.

Las puertas del panteón de la iglesia se abrió. Las voces estallaron en un murmullo aterrorizado, vencidas, rabiosas.

 Seguro que el intento de vampiro no se esperaba que tuviese estas poderosas influencias, sonreí victoriosa. Había ganado, ¿pero a costa de qué?

Ilustración de Laura López

Me desperté sobresaltada, envuelta en sudor.

A costa de mi sueño, me dije y mi cuerpo empezó a convulsionar descontroladamente, mientras mis sollozos incrementaban a la vez su intensión.

Mi madre seguía muerta, no estaba, ni estaría jamás, y ni siquiera despues de cinco años intentando soñar con ella la había tenido ni dos segundos…

Eleonora.

Autor@: Roberto del Sol

Ilustrador@: Jesús Rodríguez Redondo

Corrector/a:  Mariola Díaz Cano

Género: Romance gótico

Este relato es propiedad de Roberto del Sol, y su ilustración es propiedad de Jesús Rodríguez Redondo. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Eleonora.

No había vuelto a Glastone Heights desde que Eleonora falleció. Ayer regresé con la intención de darle un último adiós antes de deshacerme de la casa, pues estaba decidido a vender el que había sido el hogar de mis antepasados durante varias generaciones. Cuando Geoffrey detuvo el carruaje a la entrada de la mansión, mi determinación se hizo más firme. Volver a ver los jardines, ahora descuidados, por los que había paseado de la mano de mi amada, reabrió la herida de mi corazón. Pero esa angustia tan solo duró el tiempo que mis pies tardaron en llevarme hasta la escalinata. Durante el último año, mientras me mantuve alejado de la casa, escondido de mi pasado, pensaba que el dolor de los recuerdos sería insoportable pero, nada más introducir la llave en la cerradura, sentí algo en mi interior que me hizo darme cuenta de mi equivocación. Los signos de abandono en la casa eran evidentes a simple vista: la piedra de la fachada comenzaba a cubrirse de líquenes y las enredaderas crecían salvajes abrazando las columnas del porche pero, al empujar las hojas de la puerta de la entrada, en vez de introducirse en la casa en frío aire de octubre me envolvió una corriente cálida que me devolvió al pasado más feliz. ¿Es posible que el aire haya podido pronunciar mi nombre con la voz de Eleonora? Ilusionado como no lo había estado desde hacía mucho tiempo, comencé a recorrer una estancia tras otra acompañado solo por el eco de mis pisadas y me detuve en el salón de baile. La luz atravesaba con dificultad los sucios vidrios de las ventanas, y eso hacía que las cuentas de la lámpara que pendía del alto techo luciesen desvaídas. La noble madera del artesonado aparecía combada en algún punto debido a la humedad y el suelo había acumulado el polvo de tanto tiempo sin cuidados, sin embargo el abandono había respetado el magnífico cuadro desde el que Eleonora dominaba la estancia, sobre la chimenea. Mi amada me miraba con los mismos ojos de enamorada que yo recordaba, y en ese instante, al contemplar su hermoso rostro, me hinqué de rodillas y lloré pidiéndole perdón por haberla abandonado. Hacía tiempo que había despedido al personal, y la casa estaba vacía desde entonces, pero entre esas paredes todavía era capaz de sentir a Eleonora. La calidez de su presencia volvía a la vida en mis recuerdos, y al instante supe que eso era algo que no estaba dispuesto a perder. No sé cómo describirlo, porque para intentarlo tan sólo dispongo de palabras, y es imposible explicar una historia tan maravillosa como la nuestra. Ninguna persona que no haya vivido algo parecido podrá jamás entenderme. Leerá estas líneas y pensará que me comprende, que conoce lo que me motiva a quedarme en la casa, pero estará tan lejos de saberlo como yo lo estaba hasta ahora de mi amada.

Ilustración de Jesús Rodríguez

         20 de octubre

Llevo ya una semana en la casa. He obligado a Geoffrey a alojarse en el pueblo porque no podía dejar que me distrajese, que nos molestase. Mi fiel Geoffrey ha decidido acompañarme en este viaje sin retorno, y todos los días se acerca en el carruaje hasta la mansión al mediodía y me trae un almuerzo que apenas toco. Después enciende los fuegos en las chimeneas para mantener calientes las piedras de esta vieja casa e impedir que mi corazón acabe por congelarse del todo. Solo Geoffrey se atreve a decirme lo que todos los demás piensan, y se muestra preocupado por mi deterioro. No me queda más remedio que darle la razón, no soy ni la sombra del hombre que una vez fui. Apenas puedo reconocer mi reflejo en los espejos. La gente murmura, me dice Geoffrey. En la taberna los más supersticiosos comentan que no es bueno lo que pasa en la casa. Dicen que pueden ver la luz de mi candelabro pasando de ventana en ventana hasta altas horas de la madrugada. Pero no me importa, cada vez estoy más seguro de lo que hago.

Eleonora y yo formábamos parte de este lugar, y el calor de nuestro amor impregna todavía todas aquellas cosas que compartíamos. Su piano, mudo desde que ella no lo acaricia, la mecedora en la terraza, bajo las buganvillas, las frías sábanas de nuestra alcoba. Antes pensaba que los recuerdos serían insoportables, pero ahora me doy cuenta de que los necesito como el aire que respiro. Sin ellos vivir no tiene sentido. Solo aquí puedo encontrar la paz que me arrebató el cruel destino de la forma más horrible, pues siendo galeno, me vi obligado a presenciar cómo la vida de mi amada se escapaba entre mis dedos sin poder hacer nada para evitarlo. Fueron muchas las noches que pasé a la luz de las velas, estudiando los síntomas de su enfermedad e intentando dar con una cura para su mal, mientras por el día le hacía compañía y ambos nos marchitábamos poco a poco.

Recorro una y otra vez las habitaciones como un fantasma, atento al más mínimo sonido, con la esperanza de volver a escuchar el roce de la seda de sus vestidos, de atisbar su pálida figura en un espejo. La noche siempre me sorprende asomado a la ventana, con la vista fija en el blanco mármol del panteón, implorando la ayuda del Cielo para que me ayude a reunirme de nuevo con mi amada.

         25 de octubre

Ayer soñé que Eleonora volvía a mi lado. Afuera llueve con fuerza y la triste luz del día apenas ilumina las estancias de la mansión, pero las imágenes creadas por la magia del sueño de anoche todavía están frescas en mi recuerdo. Necesito ponerlo por escrito, preciso coger la pluma para describirlo todo antes de que el tiempo lo evapore de mi memoria.

Esta noche soñé que de nuevo caminábamos juntos bajo un increíble cielo azul de primavera, acariciando las altas hierbas de los prados, junto al molino, y que después mojábamos nuestros pies en la suave corriente del arroyo para refrescarnos. En mi sueño comíamos con frugalidad a la orilla del lago y después nos bañábamos en sus aguas frías. El tiempo parecía detenerse mientras me ocupaba de peinar su pelo oscuro y olía el dulce aroma de su piel calentada por el sol. Soñé también que al atardecer paseábamos por la huerta y comíamos fresas recién cogidas, y que manchábamos nuestros labios de un rojo intenso al besarnos.

Cada sonrisa de Eleonora llenaba mi corazón de alegría. Estaba completamente seguro de que no podría haber hombre más feliz sobre la faz de la tierra. Luego, en mi sueño, llegaba la noche y en nuestra alcoba el calor del deseo fundía nuestras pieles en una sola. Nos robábamos el aire con la pasión de los amantes que no se ven desde hace tiempo y nos buscábamos con avidez bajo las sábanas en una hermosa danza que nos dejaba exhaustos. Después me quedaba absorto contemplando el perfil de Eleonora mientras ella dormía y mi mano reposaba sobre su pecho, mecida por el suave vaivén de su respiración. Pero luego mi sueño se tornó pesadilla, y la carne de mi amada se volvía fría y su mirada se congelaba. Yo intentaba despertarla, llamándola, besándola, rogándole que no me abandonase otra vez, mientras lloraba como un niño. No quería creer lo que en el fondo ya sabía, que aquello era el final. Después, personas sin rostro vestidas de negro acariciaban mis manos ofreciéndome sus condolencias mientras la cancela del mausoleo se cerraba, alejándome para siempre de mi amada. Por fin solo en el pequeño cementerio, y bajo una lluvia intensa, lloraba mi desgracia mientras los ángeles de mármol del panteón giraban sus rostros hacia mí en señal de comprensión. La angustia y la desesperación anegaron entonces mi corazón y me impidieron respirar, obligándome a despertar, a volver a la realidad, a la cárcel de mi carne.

Nada volverá a ser como antes, me digo mientras desde el ventanal de la mansión contemplo, tras la permanente cortina de agua, el pequeño cementerio en el que reposa el cuerpo de mi amada. Tierra sobre la carne. Carne que una vez sintió y amó. Sentimientos que una vez fueron míos.

Muy a menudo me pregunto si no sería mejor no haber amado nunca y vagar por el mundo como los demás mortales, suspirando por un amor que jamás llegará y por el que nunca tendrán que llorar su pérdida. Solo quiero estar con ella, ya sea en esta vida o en la otra. El dolor por su ausencia me ahoga y se hace insoportable, pero mi maldición consiste en ver salir el sol un día tras otro. Únicamente mis convicciones religiosas me atan ya a este mundo.

         10 de noviembre

Durante varias noches el sueño se ha repetido de igual forma, y he decidido que estoy dispuesto a soportar el sufrimiento final con tal de poder volver a ver a Eleonora. Pero hoy me he despertado bañado en sudor y me ha costado distinguir el sueño de la realidad. La noche está bien avanzada y aún queda tiempo para que el sol despunte, pero he encendido la llama de una vela y he cogido papel y pluma porque esta vez mi sueño ha tenido un final diferente. Además de volver a revivir la maravillosa jornada con mi amada y de asistir impotente a su fallecimiento, ahora además contemplo desde el ventanal de la mansión cómo la pesada puerta de hierro del panteón se abre y la fantasmal figura de Eleonora se acerca a la mansión, avanzando entre jirones de niebla que se deslizan con pereza sobre la hierba húmeda. Ahora, en mi sueño, mi amada sale de su agujero de tierra y camina hacia mí con pasos vacilantes. ¿Pueden el amor y el deseo hacer que volvamos a estar juntos?

Un momento. Silencio.

Detengo mi mano mientras fuerzo a mis oídos para que distingan algo que hasta ahora se me había pasado por alto. Hay otro ruido en la noche además del débil roce de la pluma sobre el papel. Quizás sea tan solo sugestión pero, o mis embotados sentidos por el sueño me engañan o me parece escuchar tímidos pasos desnudos sobre la madera del pasillo que se acercan a mi habitación, cada vez más cerca. Quizás el buen Dios haya oído por fin mis súplicas y permita que, al soñarla con más intensidad, Eleonora vuelva junto a mí. A la débil luz de la vela alcanzo a ver una figura que se va dibujando con mayor claridad mientras sale lentamente de las sombras. Aguanto la respiración mientras se acerca. Ahora puedo escuchar con nitidez el avance desacompasado de sus pies sobre la fría piedra. No hay nadie más en la casa, estoy seguro de que sólo puede ser Eleonora. Debería levantarme y correr a abrazarla, cubrirla de besos y decirle que nada ni nadie podrá separarme nunca más de ella, pero algo me lo impide y me mantiene clavado a la silla. Desde la puerta de la habitación llega un olor que, por mi profesión, soy capaz de identificar mejor que nadie y me despierta de mis ensoñaciones. Se trata del olor a carne corrupta que acompaña a todos los seres vivos más allá de la muerte. Estoy a punto de perder el sentido cuando alcanzo a ver el ser que antes había sido Eleonora.

Mi cabeza se niega a aceptar lo que mis sentidos le muestran, que mi dulce amada haya podido convertirse en aquella figura desgajada, animada únicamente por mi deseo de reunirme de nuevo con ella. Eleonora, mientras tanto, se aproxima a mí arrastrando sus pies y alzando sus descarnados brazos, intentando abrazarme. El miedo me paraliza y me doy cuenta demasiado tarde de que no tengo salida. Esto no puede ser real. Quiero despertar de esta pesadilla, pero no lo consigo. En mi desesperación grito, con el alarido propio de un demente, aunque sé que es inútil, porque en Glastone Heights nadie puede oírme salvo Eleonora.

Ilustración de Jesús Rodríguez

Derrota.

Autor@: Mariola Díaz Cano

Ilustrador@: José Vicente Santamaría

Corrector/a:  Mariola Díaz Cano

Género: Aventuras

Este relato es propiedad de Mariola Díaz Cano, y su ilustración es propiedad de José Vicente Santamaría. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Derrota.

Estaban sobre una de las cajas aún abiertas. Lomo de piel, sin título. ¿Se le habría olvidado guardarlos o los había dejado allí a propósito? Me acerqué, cogí uno, lo abrí. Letra ligera. La suya. Me vino un recuerdo de la infancia: su imagen escribiendo una noche, muy tarde. En aquellos cuadernos negros.

            «No debes, lo sabes todo». Pero…

            No miré fechas ni comienzos o finales, solo párrafos, trozos del alma que ya me había dado.

         «La culpa es mía. “No está fría… Déjame un poco más, por favor…” Y la dejé bañarse demasiado tiempo. Luego le reprocho a Tejón todos los caprichos que le da. Y yo, si soy indulgente, soy más que blando, y si no transijo, soy el peor malvado. ¿Cuánto llevo ya con este lío? Y lo mejor es que el lío crece un poco más cada día. Ahora está en cama. El doctor dice que solo es inflamación de garganta, pero esa medicina sabe a rayos y hacérsela tomar a Yi es meterse en una galerna. Todavía me pregunto de dónde saco esta paciencia. Sin embargo, sé que es únicamente con ella, porque cuando creo que me desespero por lo que pueda pasarle o no puedo darle, siempre la veo en aquel jergón inmundo, con el pelo rapado y apenas un hilo de vida en el cuerpo. Esto es una cosa más de niños, es normal. ¡Pero será la última vez que me dejo engatusar! (Iluso…)»

         «”Escribe sobre dioses o demonios. Conseguirás luz. Unos te la devolverán convertida en soles y a otros los podrás cegar”, me dijo Tejón una vez. Ese chino chiflado tiene sentencias para todo. Le hice caso. Me sirve de poco porque no evita las pesadillas, pero me alivia. Quizá es lo más que puedo esperar.

         Hace tiempo que acepté los malos sueños. Pero cuando se trata de William o Yi… La última vez bebí hasta caerme y mi único recuerdo es su cara con los ojos llenos de miedo. Quiero creer que ella no recordará nada porque solo tiene cuatro años y porque esa cara se convirtió en la mejor razón para no volver a perder el control así. Admito que he bebido después, pero no tanto, y ella ya no me ha visto».

         «Dejo el sur para alejarme de fantasmas y llego a Shanghai para entrar en una guerra. Tendré que fijarme en Valery, que se carcajea ante las soflamas comunistas. “¿Sabes lo que dijo alguien un día, inglés? Pues que esta vida la viven locos y luego la cuentan imbéciles. Por eso estamos condenados a repetir la Historia aunque sea la peor”. Valery también habla con sentencias, pero las suyas son de vodka. Ahora sí que jamás volveré a beber, y menos con él. Pero sabe lo que dice. “Luché contra los fritzs en el Báltico y luego contra el zar con esos mismos camaradas que, nada más vencer, se convirtieron en miles de pequeños zares en cada ciudad y pueblo. Así que me fui, hastiado, y vengo a parar aquí para ver caer a estos idiotas en la misma trampa. En fin, al menos aquí siempre estarán las mujeres más hermosas del mundo. Bien lo sabes tú que le hiciste a una esa muñequita de porcelana. Solamente por el jade de su piel merece la pena cualquier locura”.

         No, yo no hice a esa muñequita, pero supongo que mi locura es peor. Lo que espero es no llegar a perder un ojo, como él en esa pelea de hace una semana. Todavía no sé cómo pude sacarlo vivo de allí, menos mal que ayudó su amigo Lao, que lo sigue a todas partes. Y todo por encapricharse de la dueña del local, que le había ocultado verse con uno de los más importantes jefes de la mafia de la ciudad.

         Me estoy librando de demasiadas, pero estoy reuniendo lo suficiente para hacerme con ese barco que me gusta tanto. Tejón dice que ese ruso loco me está contagiando su insensatez. Es bueno tener una conciencia cerca cuando la tuya apenas funciona».

         Recordé a Valery un momento. Vi claramente su rostro ya tuerto, con el parche que intimidaba más que su colosal envergadura. Quizá porque su mirada añil se le concentró más poderosa y brillante en el ojo que le quedó.

            Valery Bórovich Bieski había sido oficial de la Armada imperial rusa primero y luego del Ejército Rojo. Un día se marchó, desencantado y asqueado por lo que empezó a ver del soñado comunismo que había abrazado con tanta devoción. Había terminado en China, donde se quedó por su única debilidad: las mujeres orientales. Negociaba en cualquier idioma que sonara a dinero y fue quien le dio el primer trabajo a Lung cuando llegamos a Shanghai. También lo acompañó en su primera y última partida de cartas en la que ganó la cantidad que le faltaba para comprar el Old Oak. A mediados de 1939 no le gustó que inquietantes cruces gamadas comenzaran a marchar hacia el este. Así que decidió volver aunque sus antiguos camaradas pudiesen querer fusilarlo.

            Suspiré. No había sido así entonces, pero a finales de 1944, ayudando a un colega amigo y unos compatriotas, sí lo hirieron cuando estaban a las puertas del mar Caspio. Ni él ni Lao lograron cruzarlo.

            Cuando nos enteramos, lo lamentamos mucho. También fue la primera vez que supe interpretar la mirada de James: volver a casa. Un sueño que empezaría al día siguiente.

            Sonreí. Seguí.

         «Tengo un barco, William. He podido comprarlo con mucha suerte y trabajo. Quisiera enseñártelo, ir a buscarte para que te vengas, pero no sé dónde estás. Te marchaste sin decirlo…»

         «No me gusta Gonzalves. Es extraordinariamente rico y lo que me propone no puede ser mejor. Entiendo que me esté agradecido, pero no acaba de gustarme. Sigo desconfiando de todos y de todo. No puedo evitarlo ni tampoco quiero.

         Tejón se pasa el día mascullándome que debería aceptar, que socios así no hay muchos, que él puede ocuparse de Yi, que aquí, en Shanghai y pese a todo, estamos bien. Pero he dicho que no. No quiero saber nada de socios de ningún tipo. Tejón también me reprocha eso poniéndose como ejemplo, pero sabe que nuestra sociedad no tiene nada que ver con los negocios. Esta libertad vale más que nada.

         Además, está Sabina Gonzalves, que es mucho más peligrosa que su marido. Y si hay algo que no necesito son mujeres peligrosas porque puedo conseguir a las que deseo sin complicarme la existencia. Otra vez no.

         Pero he aceptado algún trato esporádico, una travesía que pueda interesarme especialmente, aunque no larga. No quiero estar lejos de Yi. Es curioso. Pensaba que me alegraba de verla crecer y volverse más independiente, pero resulta que echo de menos no tenerla alrededor todo el día. La hermana Isabelle dice que es una niña muy despierta, con un don natural para destacar sin proponérselo. Es cierto. Sé bien de quién viene, pero solo puede tener lo mejor».

         «Me duele la pierna. A veces es por algún esfuerzo, un mal movimiento o un cambio de tiempo. Hoy debe de ser por todo eso. Menos mal que tengo una enfermera particular que me ha preguntado qué me pasaba, se lo he dicho y ha ido a buscar el botiquín, ha sacado el alcohol y las vendas, y se me ha puesto enfrente para decirme con mucha seriedad que le indicara dónde me dolía y me estuviera muy quieto para que pudiese curarme. He tenido que reírme y contestarle que no era nada, que solo estaba muy cansado. Pero entonces se ha quedado pensando y luego me ha preguntado si era que me dolía por dentro, y enseguida, con tristeza, ha añadido que si era por dentro, todavía no sabía curarlo pero que puedo dar por seguro que aprenderá muy pronto.

         Esta ha sido la semana de la enfermería desde que se cayó jugando entre los cabos y se hizo un pequeño corte en el brazo. Fue más aparatoso que grave, y lloró más por lamentar la torpeza propia —y desobedecer porque no debe jugar en la cubierta mojada— que por el dolor de las heridas. Sin embargo, la semana pasada fue la de la tienda de ropa después de que le diera por dibujar vestidos, y en la de antes tocó carpintería.

El conflicto está en que todo tendría que ser en un barco, pero razonó entusiasmada: si yo transporto madera, ¿por qué no tener un taller a bordo para construir los muebles durante la travesía y desembarcarlos ya fabricados? O si son telas, ella las cosería y solo habría que vender los vestidos en las tiendas al llegar. Y cuando son alimentos, se podrían cocinar para repartirlos a la gente en el puerto. Hoy ya ha organizado el hospital. “¿Se tarda mucho en aprender a curar por dentro?” ha sido la última pregunta. No le hará falta. Basta con mirarla».

         «30 de marzo. Feliz cumpleaños, madre. La echo tanto de menos… ¿Y cómo puedo pensar en mi padre y no gritarle que venga a buscarme? ¿Por qué sigo teniendo tanto miedo y preguntándome si me perdonarían? Hace mucho tiempo que estoy muerto y me lo he creído.

         Siempre fuiste un cobarde y ahora vives en un sueño, te mueves por impulsos, solamente pensando en el minuto siguiente, nunca más allá, porque eso era lo que hacías antes: esperar, todo pasará, se arreglará, no ocurrirá lo que sabes que va a ocurrir. ¡No! ¡No lo sabía! Simplemente no lo quise ver, confié, y así me lo pagó ese hijo de perra. No es ningún consuelo pensar en venganza. No podría acusarlo ni probar nada, solo aparecer. Sin embargo, entonces sí que no sobreviviría.

         Pero mis padres… ¿Por qué he permitido que crean que estoy muerto, que estén destrozados por haber perdido a los dos únicos hijos que tuvieron? O lo que es peor, que puedan conservar una mínima esperanza sobre mí y yo no puedo hablar, pero estoy aquí, muy lejos, pero vivo, con el corazón que me dieron.

         No tengo nada más de mí mismo y a veces no sé quién soy o en quién me he convertido. Incluso hay días en que no reconozco ni siento mi cuerpo porque lo uso solamente como una máquina que se mueve por inercia. Se me curó, siento el calor y el frío, la sed y el hambre, el deseo y la lujuria cuando tengo a una mujer, pero no son más que instintos ajenos a la voluntad y desaparecen en cuanto los he satisfecho».

         «Yi tuvo una pesadilla anoche. Fue extraño, pero abrí los ojos poco antes de oírla gritar, y lo hizo tanto y tan fuerte que pensé que era algo más grave. Me costó despertarla y después me miró como si no me conociera. Conseguí que bebiera agua y entonces comenzó a llamarme y tocarme la cara antes de echarse a llorar con mucha angustia. Me quedé a su lado pero no logré que me contara nada, aunque se fue calmando poco a poco y terminó durmiéndose. Yo no, pero tampoco es la primera vez y nunca he sentido cansancio después de esas noches en vela. Al contrario. Me tranquilizo notando cómo el cuerpo parece pesarle más a medida que el sueño la vence. Luego se le ralentiza la respiración y siempre suspira antes de dormirse totalmente. Nunca me molestan ni su calor ni su peso. Simplemente tengo todos los sentidos en ella, con una concentración única que, en lugar de exigirme esfuerzo, me quita cualquier otro pensamiento o preocupación. Quizá no me vuelve el sueño, pero también olvido los que perdí.

         Por la mañana seguíamos en la misma postura, porque Yi siempre se me pega al costado, me rodea el cuello con un brazo y pone la mano sobre el dragón. Muy pequeña, mientras todavía se recuperaba y apenas hablaba, se embobaba mirándolo cuando yo movía la cabeza, y lo tocaba con tiento, creyendo que tenía vida propia. Fue la primera palabra que dijo para dirigirse a mí y no le gusta que me lo tape la barba. Ahora lo difícil es que calle, y lo más desquiciante es cuando mezcla el inglés, el cantonés y el mandarín, que ya domina por el buen oído que tiene, como su madre».

         Al pasar aquella página me encontré el dibujo que nos había hecho Li Ming, quien además del mejor primer oficial también era un magnífico artista. Fue en esa época más o menos, de una travesía en el junco de un amigo suyo que aún navegaba de manera tradicional en aquellos antiguos barcos. Me estremecí al verme en brazos de James, tan pequeña aún. Me emocioné. Ahora esos brazos aún me querían más.

Ilustración de José Vicente Santamaría

         «Nos vamos. Shanghai ya no es una ciudad segura. Los bombardeos son casi continuos y no sé por cuánto tiempo más me valdrá el salvoconducto para franquear el cinturón de destructores japoneses. Ya he ayudado bastante aquí, me he arriesgado demasiado y no soy un soldado, no quiero saber nada de guerras, no me importan, no quiero que me importen. Evacuaremos San Miguel y nos iremos.

         En Hainan las cosas están más tranquilas y es una isla lo suficientemente grande como para moverse alrededor sin que haya muchos problemas, aunque ¿cuánto durará con una nueva guerra en Europa?

         Hace un mes que se marchó Bieski. Tenía razón. Los alemanes han tardado veinte años en querer venganza».       

         «He arribado con solo cuatro hombres como tripulación. A los demás he tenido que dejarlos marchar porque querían combatir contra los japoneses. La suerte es que conservo a los mejores. Fue buena idea que Tejón contactara con ese conocido de Lantau que tiene un socio aquí. Podremos alquilar una casa. Yi necesita seguir yendo a la escuela, tener una vida medio estable, al menos hasta que crezca un poco más».

         «Qué casualidad. Yi ha vuelto eufórica por encontrarse con su amigo Huo. Al parecer, su padre, el coronel Wu, tiene parientes lejanos aquí y, gracias a su posición en el ejército de Chang Kai Chek y a su herida en combate donde perdió un brazo, ha podido trasladar a su familia. Me gustaría saludarlos. Wu Tao no es un exaltado como otros militares, sino un hombre con convicciones claras pero mesuradas. Afortunadamente, la guerra civil está ahora detenida por la lucha común contra los japoneses. En cualquier caso, es una suerte para los niños».

         «No recuerdo cuánto hace que no me gustaba tanto una mujer occidental, pero si no me hubiera llamado la atención Karen Fredikkson, entonces ya sí que podría haberme considerado totalmente vacío».

         ¿Karen? ¿La señorita Fredikkson? Pero si estaba…

            «Está casada con uno de esos tipos que no saben la suerte que tienen, y si lo saben, son idiotas por haber conseguido una mujer así y no besar cada día el suelo que pisa.

         Sven Fredikkson es el miembro más rico de la pequeña comunidad internacional que hay aquí. Comercia con joyas en general y diamantes en particular, en representación de una exclusiva sociedad de joyeros suecos que es proveedora de la Casa Real. Tiene ojo para ello porque ha dado con este mercado que existe aquí desde siempre pero que es desconocido para los occidentales que no se mueven a su nivel. Se ha cuidado bien de guardarse la información y muy poco de su mujer.

         Supongo que Karen debía de llevar mucho tiempo ignorada y aburrida. También supongo que su marido pensaba que podía permitirle trabajar en la escuela sin temer nada, aunque quizá no contara con que ella se convirtiese en una profesora con mucha valía y magnífico trato, además de atraer por su exótica belleza, tan rubia y de ojos color turquesa. Pero lo que no supuse fue que no podría evitar citarme con ella al día siguiente de conocerla. Sin embargo, me he acostumbrado a aprovechar las oportunidades sin pensar mucho en consecuencias o… no, antes las pensaba demasiado y ahora ya no juzgo a nadie».

         «Bien, una muestra más de que todo se queda en la superficie aunque me guste mucho una mujer. Quizá el ejemplo más claro hasta ahora de que ya ni siquiera pienso en encontrarla para mí, y no solamente por Yi. En mi descargo, y también alivio, he logrado dejar de compararlas con su madre y, sobre todo, nunca habré deseado causarles daño. Por eso me he disculpado con Karen: es verdad que su matrimonio naufragó hace tiempo y ella estaría dispuesta a lo que fuera por una nueva vida, pero no he debido dejar que esto fuera a más.

         Es bonito verle la mirada llena de lo que me confiesa que es amor como nunca antes lo había sentido, pero yo simplemente siento que es más una ilusión, el sueño de cambiar su vida porque le fascina la mía; lo que no sabe es que la mía es una doble mentira que jamás podría explicarle bien y ella se merece mucho más. La única que podrá conocer y entender la verdad es Yi, si es que algún día tengo el valor de contársela».

         «Están bombardeando Londres y aquí sigo, bordeando la costa, burlando el bloqueo japonés otra vez, yendo a buscar a Yi, saludando educadamente a Karen, viendo sus ojos empañados y los míos secos. Solo se me humedecen en el agua, en el mar. Yi está aprendiendo a nadar. Es el único momento del día en que no tengo deseo de Karen. Por la noche, Bristol es una enorme diana señalada con una esvástica y William se cae cien veces del árbol porque yo tengo los pies atrapados en la nieve y no puedo correr para sujetarlo. Cuando me despierto, quiero golpearme el hombro, volver a dislocármelo para creerme que lo salvé, esa vez sí…

         No pasará de mañana sin enviarles una señal a mis padres».

         «Karen se marchó la semana pasada. Yi me trajo una nota suya. Regresaban a Suecia, pero no explicaba los motivos. Siento que tampoco me importan.

         Era una nota y casi una súplica también, como si esperase realmente que yo respondiera yendo a buscarla. No pude sentirme peor por más que pensé que ella había entendido que solo habíamos aprovechado el momento para olvidarlo al mismo tiempo. No sé medir sentimientos, y menos los de una mujer. La primera vez era demasiado joven y después no me dio tiempo más que a soñarlos como jamás volveré a hacerlo. Ahora es cuando creo que seguramente no los tuve ni los he tenido. Por eso no sé reconocerlos bien o no quiero.

         Lo lamento mucho, Karen. Me disculpé sinceramente».

            Levanté la vista. Ni lo habría imaginado. Yo tenía once años entonces, pero no paraba de preguntar por mi madre y buscar candidatas no ya para mí, sino también para que quisieran al capitán tanto como yo.

            Karen Fredikkson… Estuve completamente segura de que la cariñosa profesora no olvidaría jamás la luminosa libertad y calidez de los ojos de aquel marino inglés.

            ¿Cómo dejar de leer?

         «Yi ha cumplido hoy trece años pero no puede ser, es decir, lo que no puede ser es que… ¿Ya?

         “¿Cuándo creías que le pasaría? Mi abuela se casó a los quince”. Tejón siempre oportuno…

         ¿Y ahora qué? Hasta hoy he sabido hablarle, he encontrado caminos y respuestas mejores o peores y… Bien, sí, puedo decirlo porque es así: esa niña vive por mí, porque cumplí la promesa que le hice al sueño más hermoso del mundo que fue su madre y, simplemente, en el momento que la encontré y la tuve en los brazos, supe que en realidad yo había sobrevivido para que ella me salvara a mí. Pero ahora siento que quizás empiece a no necesitarme, o que sus dudas sean demasiadas aunque hasta ahora no ha callado una pregunta, con ese carácter que tiene, resuelto y abierto, tan inocente como reflexivo.

         Ahora ¿cómo seguiré? No tengo referencias. Al menos, al final he conseguido aclarar un poco mi confusión.

         En un primer momento, y para los aspectos más… digamos técnicos, recurrí a la señora Jun, nuestra vecina. Se encargó muy amablemente pero con esa mirada compasiva que a veces ponen las mujeres cuando se saben poseedoras de conocimientos que nosotros jamás llegaremos a imaginar y mucho menos a comprender sobre ellas. Le preparó un remedio casero para las dolorosas molestias físicas que tenía Yi mientras hablaba con ella. Pero cuando luego fui a ver a Yi, me sorprendió su gesto apesadumbrado y su pregunta tildada de un débil reproche.

         “¿Para qué la llamaste? Sabía que esto podía pasarme ya, solo que no esperaba que fuera hoy, habría estado preparada. Vaya cumpleaños…”. E inmediatamente cambió el reproche por una excusa. “Me lo explicaron en la escuela, a Xao ya le ha pasado, aunque… Sí, debería habértelo contado, pero es que a lo mejor te daba vergüenza. A todo el mundo le da. También a la señora Jun. ¿Por qué? Se supone que es algo bueno, ¿no?”

         Me quedé mudo y ella siguió: “No te preocupes. No voy a tenerles miedo a los chicos, aunque ya sé lo que pueden hacer algunos, pero son más tontos que peligrosos”. Se calló ante la cara que debí de poner y añadió enseguida: “Bueno, tú no, ni el tío Tejón, ni los demás, pero vosotros no sois chicos”. Sentí un irónico consuelo y ella continuó: “Pero hay cosas que no entiendo bien. ¿Por qué deberás tener mucho cuidado conmigo y por qué deberé obedecerte ya siempre? ¿Es que no lo hago? ¿Y cómo no te cuidaré cuando seas mayor o si no me caso? Le he dicho que, aunque tenga veinte maridos, a ti te cuidaré siempre”.

         He hablado con la señora Jun. También hay cosas que solo sabemos nosotros sobre ellas y no entenderían.

         De todas formas ahora sí empieza el lío, James».

         «Estoy ayudando a trasladar heridos desde el continente hasta el norte de la isla. Los japoneses se marcharon el año pasado, después de que los norteamericanos les declararan la guerra tras el bombardeo de sus bases en Pearl Harbour.

         Me gusta este trabajo. Pagan bien los fletes de material de construcción y, además, traigo a estos chicos. Tampoco me importaría mandar algún día un buque hospital mejor que un barco de guerra, pero ese es otro sueño mucho más imposible que el de la boca de coral que me ha besado esta tarde rozándome tanto el corazón.       Se llama Yuang. Es de una belleza casi intoxicante, también inteligente y extraordinaria como enfermera, pero sobre todo es independiente y muy dulce. No le asusta que le lleve diez años, tampoco que sea marino y extranjero, ni que haya una niña por medio. Es muy extraño que una mujer así no esté casada, pero no parecen importarle las suspicacias y habladurías. Solo dice abiertamente que aún no ha encontrado al hombre que quiere, y ese quiero ser yo».

         «Huo trae a Yi a casa todos los días, ella está en las nubes y nunca me ha hecho tantas zalamerías para un quipao nuevo o media hora más de paseo. Vaya, vaya…

         Yo llevo a Yuang a su casa, estoy en las nubes y también me he metido en su hermosísimo cuerpo.

         Lo de Yi es normal. Lo mío casi no puedo creerlo».

«La guerra ha terminado en Europa. Mis padres están bien. Al final tendré que agradecerle a ese mafioso de Chen Xian ese contacto en Londres, pero él también me debe más de un favor. Sin embargo, cuando debería estar más que seguro de amar a Yuang, siento que no sé si lo nuestro funciona de verdad. Y no es por la sorpresa y el recelo comprensible de sus padres que ella supo disiparles, aunque fue Yi quien los conquistó. Pero hay algo… no sé. Entiendo los prejuicios, yo también los tengo, sobre todo cuando pueden destruir sentimientos. Sin embargo, creo tener la fuerza para aceptarlos y desde luego para que no le hayan afectado a Yi. Por eso me siento tan mal. No dudo de lo extraordinaria que es Yuang, ni de su amor, pero me exijo verle esa misma fuerza y… no puedo. Seguramente el fallo es mío».

«¿Por qué no puedo equivocarme? ¡No quiero que lo lamente ni verla llorar! ¡Si no me deja, no puedo luchar por ella! ¿Pero por qué me ha sido tan fácil no pedirle más explicaciones?, ¿de verdad ha sido esto otra ilusión, otro sueño? ¡Maldita sea! ¿Qué hago mal? ¿Qué?»

«Y ahora esto.

Ayer caminaba por el cielo, el mejor cumpleaños de su vida, su primer beso, tan guapa como estaba. Hace tanto que superó a su madre en belleza y dulzura… En fin, que yo ya estaba dispuesto a hablar con Huo, que es serio, pero dieciocho años son dieciocho años en cualquier hombre del mundo, de toda raza y condición. No podrá ser. Al coronel Wu lo llaman para volver a la cúpula militar y el chico quiere alistarse.

Yi nunca había llorado tanto y yo no tengo más consuelo que mis abrazos. Me ha pedido que la lleve conmigo, que trabajará como uno más. No he podido decirle que no. ¿Por qué ha crecido? He querido que mirásemos las estrellas, como en los veranos cuando, echados sobre las estachas de proa, las buscábamos en el cielo y no había nada más perfecto y bonito.

No, ella no puede sufrir por amor, todavía no, nunca. Tendrás más sueños, Yi. Se te cumplirán, preciosa, a ti sí. Ya lo verás».

         «He estado enfermo. Los catarros que me devuelven bajo el agua podrida que tanto tragué. Pero después de recuperarme, he visto que Yi se ha preocupado demasiado, aunque sabe que no es nada grave, eso o que le ha ocurrido algo. Está muy distante y apenas me mira a los ojos. Lo único que se me ocurre es que me oyera hablar en sueños y temo lo que pude decir. Tejón me ha asegurado que no pero que sería mejor que empezase a pensar en hablar con ella. Tiene razón».

«Llevo diez días en Goa. Ya tengo el encargo de Gonzalves y una valiosa estiba de maderas nobles.

Debería haberme marchado ya porque las cosas tampoco están bien por aquí. Pero necesito pensar más.

Porque te has vuelto loco, James, ahora sí es cierto, de otra forma no se puede entender que hayas permitido esto. Y si no estás loco, es mucho peor, porque entonces te has convertido en un canalla y un pervertido; lo primero ya lo podías ser en mayor o menor medida, pero lo segundo… lo segundo es demasiado grave.

La locura es mi mayor excusa o, más bien, la única que tengo, aunque le haya echado engañosas cortinas de sarcasmo y escepticismo, de falsa valentía y peligroso equilibrio por los límites de la ley y la moral; u otras menos abstractas de opio, alcohol e instintos más que bajos. Pero tendría que haber sabido que, tarde o temprano, ella las descubriría, porque en eso, y maldito sea para siempre, se parece a su padre.

Las pesadillas de tragedias, miedos o maldiciones no son nada comparadas con este sueño o ensueño de no saber distinguir lo que siento de lo que soy. Han sido muchas miradas de mujer y de ella conozco todas, pero ¿esa también?

¿De veras la he seducido? No puedo creerme capaz de haberlo hecho con voluntad. La he criado, la… quiero como a nada y también… sí, también la he tratado mil veces como a William, como a un niño, un amigo más mientras iba creciendo; y estos años que ha trabajado en el barco me ha demostrado con creces la inteligencia, la disposición, toda la valía que tiene. Pero lo más importante es que si yo estoy confundido… ¡para ella soy su padre! ¿Qué ha visto? ¿Qué he hecho, que he dicho para que pueda sentir algo más que…? Es una chiquilla y una mujer a la vez… Por Dios, estoy tan cansado de todo…

Cuando regrese, ya conocerá la verdad y seguro que seguiré sin saber qué decirle. Pero ¿cómo huir de mi propia vida? Porque eso es lo que es ella, una vida que ya no quiero que me quiten aunque fuera engendrada por un sueño perfecto y la peor pesadilla. Yi, mi preciosa Yi, te he querido proteger de todo y ¿no podré de mí mismo? ¿Tendré que vivir en un constante duermevela para no hacerte daño?»

Cerré el cuaderno. Los dejé como los había encontrado. Pasé el resto del día terminando de prepararlo todo, sin dejar de temblar. James llegó al anochecer, feliz, nervioso, decidido. Al verme la cara se alarmó. Sonreí.

—No es nada.

Se acercó, me alzó la barbilla.

—Un palabra y nos quedamos, Yi.

Negué insistentemente.

­—Claro que nos vamos.

Apenas una hora después nos acostábamos. Se durmió como un niño.

—Eso es —le musité sobre el pelo—. Ahora seré yo quien vele tus sueños.

 

Mariola Díaz-Cano Arévalo

Junio 2012

 

Vivir o Soñar.

Autor@: Carme Sanchis

Ilustrador@: Verónica López

Corrector/a:  Carme Sanchis

Género: Relato corto

Este relato es propiedad de Carme Sanchis, y su ilustración es propiedad de Verónica López. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Vivir o Soñar.

Ilustración de Verónica López

Cuando Juan era solo un niño, le encantaba despertarse e ir corriendo a explicarle a su madre sus sueños. Soñaba que tenía muchos juguetes, una casa muy grande, un jardín con columpios y un perro precioso. En cambio, su vida no le parecía tan estupenda. Tenía dos hermanos y los pocos juguetes que tenían debían compartirlos.

Al cumplir los 16 años, soñaba cada noche con una chica diferente. Lástima que en su vida real no le hacía ninguna caso, pero al menos tenía unos buenos amigos que siempre le apoyaron.

El año en que conoció a Judith, la mujer que se convertiría en la madre de sus dos hijas, trabajaba en un bar, y aunque no tenía un sueldo muy grande era feliz junto a ella. Mientras tanto, en sus sueños ya era todo un hombre de negocios que viajaba de lado a lado del mundo, con los mejores trajes y siempre una nueva compañera de viaje.

Cuando nacieron las dos gemelas parecía que nada pudiese superar aquella felicidad. Pero, se sentía mal porque seguía soñando que era un hombre rico mientras en su día a día tenían que estirar el sueldo para llegar a fin de mes.

El día en que fue despedido del bar en su sueño le habían concedido el premio al empresario del año. Por aquel entonces empezó a dormir más que vivir. Su mujer no sabía cómo animarle, era difícil hacerle sentir un héroe.

Gracias al apoyo de los suyos salió de nuevo a trabajar, esta vez en una tienda, con un sueldo más alto que permitiría a su familia vivir bien. Pero entonces, empezaron las pesadillas. Soñaba que perdía mucho dinero, que le perseguían por calles oscuras, que vendía sus cosas, que ya nadie le acompañaba a ningún lado.

Por las noches no podía descansar y cuando se despertaba sentía una presión fuerte en el pecho. Cuando fue al médico le dijeron que no tenía nada, todo lo que podían hacer era recetarle pastillas para dormir.

Cada noche la pesadilla era más horrible que la anterior. Empezó soñando que la gente le miraba desde lejos, le señalaba y se burlaba, cambiaban de acera para no pasar a su lado. Después soñó que vivía en un castillo, pero hecho de cartón mojado que calaba el frío en sus huesos. Empezó a dar tumbos por sus sueños, andaba de lado a lado, a veces a gatas y cada día el mundo era más difuso.

Aquel tormento de los sueños no le quitaba la sonrisa. Sus hijas ya tenían diez años, el cabello ondulado les bailaba cuando juagaban con su padre. Pero empezó a sentirse débil, aunque tenía ganas de vivir las fuerzas se le escapaban.

El día que durmió por primera vez en su nueva casa, soñó con una lluvia pesada que golpeaba su cuerpo sin consideración. Desde su cama podía sentir las piedras chocando contra su cuerpo debilitado. Sentía partirse sus huesos, correr la sangre por sus heridas y las lágrimas por su rostro, y el de su querida Judith.

– Has sido mi mejor sueño, mi amor –dijo Juan en su último soplo, en su vida y en su sueño.

Algunos buscan en los sueños todo aquello que no tienen en su vida, otros creen que los sueños no significan nada y otros creen no tenerlos. Para Juan, cada sueño convertía sus días tristes en felices. Cuando era solo un niño, con padres que le ignoraban y le cubrían de juguetes, soñaba con una familia cariñosa que le amaba. Cuando era un joven al que solo le querían por su dinero, soñaba con amigos que contaban con él. Cuando era un empresario solitario, soñaba con una mujer bondadosa y unas hijas dulces. Y cuando todo le empezó a ir mal, cuando perdió su fortuna, cuando empezó a beber y se quedó en la calle… se alimentó de sus sueños. Y en el último minuto de su vida, cuando aquellos horribles seres cargaron contra él aquella lluvia de piedras que terminaría con su vida, soñó con aquella familia que siempre había querido tener, se despidió de ella y decidió quedarse para siempre con aquel recuerdo.

Flor de novela.

Autor@: Ricardo González

Ilustrador@: Natalia Llorente

Corrector/a: Carme Sanchis

Género: Relato corto

Este relato es propiedad de Ricardo González, y su ilustración es propiedad de Natalia Llorente. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Flor de novela.

Bajar las persianas es como cerrar los párpados, preludio prometedor de una grata modorra. Y llenar la pipa, como cargar un arma que luego ha de disparar sueños. Ritual calmoso y sosegado, la primera tacada se ha de apretar poco, con descuido,  fuerza de niño. La segunda, amorosa y mesurada, fuerza de mujer. La tercera, firme, viril y un poco rabiosa, fuerza de hombre. Al encenderla, la llama desciende una y otra vez al infierno del fondo de la cazoleta al compás de las chupadas. Luego las volutas de humo se retuercen en el cono de luz polvorienta del flexo viejo, como silenciosas brujas venidas al conjuro de los libros.

Porque siempre que retaco la vieja pipa con Flor de Novela, alguien viene a verme. Flor de Novela es el nombre que le he dado a la picadura que yo cuidadosamente preparo, solo para cuando me encierro en mi biblioteca. Estoy seguro de que os gustaría fumar de ella, incluso desearíais conocer el misterio de su composición. Pero no ocurrirá tal, porque yo nunca os lo diré. Jamás seréis partícipes de mi secreto, que es solo mío y no os es dado conocer.

Amo a mis libros, frutos imperecederos de la recolección de toda una vida. Un libro es de esas pocas cosas que se conservan para siempre a pesar de que extraes el néctar de su interior una y otra vez para bebértelo. Los guardo todos, desde niño. Hace años que no acaricio aquella piel de mujer que un día fue mi patria. Por eso a diario me conformo con posar las yemas de unos dedos pálidos y arrugados sobre sus lomos, repasando sus títulos. Continuamente me sumerjo en alguno de ellos, y siempre en sus entrañas blanquinegras descubro algo nuevo. Algo que había pasado por alto en una lectura anterior, como ese árbol, esa casa o ese prado en los que reparas un día desde la ventanilla del tren que tantas veces te ha traído y llevado.

Tal vez, os intrigue cual puede ser el secreto de un anciano que se encierra en su biblioteca casi a oscuras a fumar de una vieja cachimba. No debiera decíroslo, no os importa. Me tacharéis de loco, al menos la mayoría. De entre vosotros, habrá alguno más lúcido que los demás, que acariciará la idea de robármelo y usarlo en su propio beneficio. Querrá ver lo que yo veo. Incluso comerciar con él para amasar dinero. Yo nunca quise hacerlo, porque sé que el dinero es buen siervo pero mal amo, y decidí no perseguirlo en demasía, en la prevención de que se volviera contra mí y pudiera esclavizarme.

Digo, pues, que nada de cuanto acontece al inundar mi biblioteca del aroma de la Flor de Novela debiera contaros. Pero aun así lo haré, pues el hombre que vive sin contradicciones no hace más que empobrecer su espíritu.

El baile de las volutas es efímero e inatrapable, se deshacen en la levedad de lo humoso, extendiendo su mixtura por todos los rincones y alcanzando las estanterías donde mis amigos duermen acomodados. Es entonces cuando, bien de una portada, bien de una ilustración del interior, algún personaje cobra vida y salta a mi mesa, dejando en el papel tan solo su blanca silueta. Adonde puntualmente y sin posibilidad de prórroga alguna, vuelve en cuanto el contenido de la pipa se consume por completo o bien por mi descuido se apaga. Pero por unos minutos puedo gozar de la compañía de aquella pequeña figura. Acostumbran a presentarse en solitario, si bien alguna vez lo han hecho en parejas, siempre saliendo del mismo volumen. Con frecuencia me hablan y yo les hablo también con voz queda, y así puedo saber cosas de ellos que desconocía. Siempre pendiente de que la picadura se consuma lo más lentamente posible, pero sin llegar a apagarse. Nunca sé quien va a aparecer, ni desde qué libro, y esto hace mi experiencia de cada atardecer más imprevisible a la par que obligada. Acudo a mi cita diaria de forma devota y puntual, con la excitación del adolescente que se ha citado con una muchacha.

Así, he conocido a algunos de los héroes de mi infancia, y también a otros que me acompañaron a lo largo de muchas horas y páginas de mi madurez. He departido con Marie Curie y con Hernán Cortés. Con Sandokán y su lugarteniente Yáñez. Con Robin Hood y con Ivanhoe. Con Miguel Strogoff y con los hijos de Grant. Con Quintín Duward, Rob Roy y El Coyote. Con El Gran Cazador de la Pradera y con Tartarín de Tarascón. También con Sam Spade y con Philip Marlowe. Colmillo Blanco no era más que un perro y se limitó a deambular por mi escritorio, pero la visita de Lucky Luke y Jolly Jumper fue en extremo jovial. La Dama del Hielo no se dignó ni a mirarme, y el Cosechador de Estrellas no era más que un calamar por mucho aire que se diera, aunque hizo oscilar intranquila la indigente luz de la bombilla.

Ilustración de Natalia Llorente

Sería incapaz de nombrar a todos cuantos a lo largo de estos meses he visto aparecer, y otra larga lista atañe a quienes aún no han comparecido. Ansío saber de Don Quijote, de Búfalo Bill y del Cid Campeador, también de Astérix, de Lorenzo o de Plinio y Don Lotario. De Los Cinco o de Guillermo el Travieso, entre otros muchos. Por no hablar de las vestales que habitan en mi pequeña colección de novela erótica, ninguna de las cuales se ha dignado aun a honrarme con su visita y su contemplación.

Pero ayer, quien salió de la tapa de un viejo libro en francés fue el condenado arlequín. Un libro grande y delgado, de tapas muy duras, cuyo origen no alcanzo a recordar. No saltó al verde de mi tapete, como los demás. Al contrario, comenzó a ejecutar cabriolas desquiciadas por toda la biblioteca, a la par que la inundaba de una risa estridente y ofensiva que trufaba de su parla gabacha. Saltaba pasmoso en acrobacias y volteretas, y los rombos de su estúpido corpiño parecían girar como los colores de un caleidoscopio. Irreverente y grotesco, no tardó en incomodarme y hacer que deseara verlo volver a la estantería para colarse, plano e insustancial, a la portada de donde se había escapado. Dispuse, pues, la pipa en el cenicero, sin hacer amago de darle tiro, al objeto de que se apagara y le obligara a retornar al lugar de donde no debiera haber salido.

Mas no ocurrió tal. Cuando toda la picadura se hubo consumido se tornó más circunspecto y sosegado, pero no hizo amago de volver a su sitio. Extrañado y a la vez molesto por ello, me levanté y extraje de su anaquel  L´Arlequin Pilon, de Yves de Mounchet, y lo llevé hasta mi mesa. Allí estaba, en la portada de estilo naif, su blanca silueta en medio de un prado salpicado de flores. Reprimí un primer impulso de hojear el interior, profusamente ilustrado, al asaltarme la idea de que conforme el arlequín parecía inmune al apagarse de la pipa, otros como él podían saltar de sus páginas.

Pasaron así unos instantes incómodos. Acrecentaba mi rabia más el hecho de no saber qué determinación tomar con él, que la propia presencia de mi visitante. Quien, ahora mudo y quieto, se había por fin subido a la mesa. Contemplaba su propia silueta en la tapa del libro como un lobo miraría un montón de zanahorias.

 Alargué rápida mi mano y la cerré firme en torno a su cintura. Brazos, piernas y cabeza comenzaron a agitarse frenéticos, a la vez que profería palabras diversas, de las que cochon, pédé o bâtard acaso fuesen las más lindas. Por fortuna, dotado como estaba de una agilidad prodigiosa, era a su vez liviano, conformado de aire y papel. Tenía muy poca fuerza, que tal parecía que se le fuera toda en insultarme.

Lo coloqué en el inmaculado nicho del que había saltado y comencé a apretarlo para que allí se inmovilizara otra vez. Tras unos segundos, pareció al fin atrapado en su cárcel de cartón. Me incorporaba para devolver el libro a su sitio, cuando le vi sacar una mano y luego el brazo. Lo presioné con los dedos y fue entonces una pierna la que apareció, luego la otra. Comenzó así una exasperante secuencia en la que cabeza y extremidades pugnaban alternativamente por escaparse de su aplanado presidio, que yo hacía volver paciente a su sitio. Mas la paciencia es como la castidad, ambas desaparecen cuando se las tienta demasiado, y aquel condenado arlequín comenzó a terminar con la mía. Sentí apretarse mis labios y agitarse mi respiración. Tras un largo minuto de contienda, me sorprendí descalzo y asestándole golpes con la suela de una de mis zapatillas. Cada vez más fuertes. Cada vez más rabiosos, hasta ver como al fin dejaba de moverse. El efímero soplo de vida le abandonaba, y volvía a ser aquello que su destino le había deparado. Una figura coloreada, tonos pastel en la fachada olvidada de un libro viejo.

Fue entonces cuando mi hija entró, alarmada por el fragor de mi empeño. Su voz restalló profanando mi templo de madera y de papel. Tras rápidos pasos levantó los párpados de mi sueño, la luz del atardecer hendió el misterio de mi penumbra y violentó mi sahumerio con su abrir compulso de ventanas.

 Mas lo peor fue verla arrebatarme mi bolsa de Flor de Novela.

 Yo la miraba, parpadeando por encima de mis gafas, con el hálito entrecortado, abriendo y cerrando la boca como pez arrojado a la cubierta. Preso de iracundo temblor,  tan solo atinaba a liberar mi enfado asestando de vez en vez un nuevo mandoble de mi pantufla al condenado arlequín, ya definitivamente inanimado, por causante de mi desgracia.

No deseo aburriros con lo que vino a continuación. Hube de pedir perdón por ningún pecado, y manifestar propósito de enmienda por conducta que ni por asomo pienso enmendar. Porque ni a hombre perjudico, ni a mujer ofendo ni a joven escandalizo cuando enciendo mi vieja pipa.

Debo pues comenzar a salir de nuevo al campo. Buscaré entre los robles las flores pardo-púrpuras que delatan la presencia de una de mis amigas, y recolectaré cuidadoso sus hojas ovales brevemente pecioladas, ligeramente tomentosas. Y también su raíz gruesa y carnosa. En los bordes de los caminos hallaré a otra de ellas, y guardaré las sumidades floridas, blancas y solitarias, y también sus grandes hojas. Toparé con la tercera en las cercanías de una escombrera, y la conoceré por sus pétalos ocre-amarillentos surcados de venas violeta. Me los quedaré junto con los cinco vellosos dientes que componen su cáliz y las hojas que dispuestas a modo de roseta se extienden a ras de tierra. No es de vuestra incumbencia el delicado tratamiento al que someteré cada parte de mi valioso tesoro vegetal, ni las precisas proporciones en las que han de ser combinadas con un especial tabaco del cual tampoco os daré noticia alguna.

De esta manera, cuando la luna alcance la fase concreta en la que debe ser preparada, dispondré para mi solaz de una buena cantidad de Flor de Novela con la que retacar mi vieja pipa. Aún tengo pendiente departir con Robinson Crusoe, con D´Artagnan, con Jhon Silver o con el Comisario Clyde Blaisedell. Con Alatriste y con Daniel el Mochuelo. Con Phyleas Fogg y con el Corsario Negro. Y con muchos más que se atropellan en mi memoria, junto a otros tantos que ahora no acuden a ella.

Despertar.

Autor@:  Olga Besolí

Ilustrador@:  Rosa García

Corrector/a:  Elsa Martínez

Género: Fantasía

Este relato es propiedad de Olga Besolí, y su ilustración es propiedad de Rosa García. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Despertar.

Despierto poco a poco, lentamente, como si regresase de un dulce sueño de cantos nocturnos y cielo estrellado. Muevo los brazos para incorporarme, mis manos se posan sobre la hojarasca. Pero un destello me ciega y no me permite abrir los párpados. Huele a tierra húmeda, a frutos silvestres y hierba fresca. Entreabro los ojos. Los haces de luz caen verticalmente sobre las copas de unos árboles frondosos y de grandes hojas. Me aparto y busco una zona sombría al lado de un gran roble. Desde allí, la panorámica que se descubre ante mí es impresionante. Grandes masas de líquenes pintan de verde los troncos retorcidos de unos árboles majestuosos, mientras, a su vera, especies vegetales de todo tipo exhiben grandes hojas coloradas que evitan que los rayos solares lleguen hasta el suelo fértil de tierras negruzcas. Este es el bosque de mis sueños. Toda mi vida he querido adentrarme en él y ahora poso mis pies desnudos sobre su manto. Y corro libremente por él, sin descanso, como lo hacía en mis sueños de niña. Me adentro en su espesura sin miedo a desorientarme y perderme, siguiendo el curso las mariposas que vuelan en bandada buscando nuevas flores multicolores, hasta que la visión de algún animal fascinante me despista o una flor de colores turquesa y oro, como esa que se despliega esplendorosa ante mis ojos, reclama mi atención. Entonces acerco mi mano para disfrutar de su tacto.

Ilustración de Rosa García

– Ni lo intentes.

Resuenan detrás de mí un millón de cascabeles que se unen formando estas palabras. Me giro y me sorprendo al ver  a un pequeño ser hecho de humo, semitransparente, cuyos miembros se agrupan y desagrupan en bocanadas.

– La Flor Delta se marchita si la toca un humano y tú no querrás eso, ¿verdad? –me pregunta ese ser con voz acampanada, que se concentra y se expande constantemente.

– ¡No te vayas! –digo desesperada al ver que se deshace para no reaparecer más–. Dime ¿qué… quién eres?

Pero le hablo al aire, mientras doy una vuelta sobre mí misma, intentando ver lo invisible y sin saber hacia dónde dirigir mis palabras. La pequeña entidad nubosa pronto se recompone de nuevo ante mí.

– ¿Quién soy o qué soy? ¿Cuál de las dos quieres saber? –dice en un susurro hecho de campanas tintineantes.

– Las dos –contesto de inmediato.

– Soy Iglu, un Silfo del aire.

– ¡Guau! ¿Y hay más seres como tú en este bosque?

– ¡Por supuesto! –responde él con voz grave de cencerro–. Pero existen muchos más seres que no son como yo. –Y su estrepitosa risa, que se asemeja al sonido de una alarma, estalla y retumba en la distancia. Cuando me doy cuenta ya le he vuelto a perder de vista. Solo su carcajada hecha de timbres sonando cada vez más distantes, me indica que se aleja en alguna dirección incierta.

Perpleja todavía, reemprendo mi curso hacia el corazón del bosque, intrigada por ver qué otras criaturas excepcionales me aguardan. Pronto veo un pequeño anfibio llameante que se desplaza serpenteando lateralmente por el suelo, dejando tras de sí una huella chamuscada que desprende un olor parecido al de la leña consumida al calor de la chimenea. Decido perseguir al sorprendente animal pero, a mis espaldas, un pequeño ser tira de mis faldas. Miro hacia abajo y veo a un diminuto hombre viejo, con la piel oscura y rugosa como la corteza de los árboles más adustos. Tiene forma humana, pero en ningún modo lo es, pues a duras penas me alcanza la rodilla y su cabeza es pequeña como una naranja. Por su culpa he perdido el rastro del animal. Me agacho para verle bien la cara.

– Y tú, ¿qué quieres? –le pregunto de mala gana.

– Avisarte del peligro, so tonta –me contesta él, impertinentemente, mostrando su carácter y aliento agrios.

– ¡Oh, vamos, pero si solo es un bichito de nada! ¿Qué puede hacerme? ¿Morderme?

– ¡Humanos! Os creéis que lo sabéis todo, ¿no?

Pienso que no es bueno entrar en una discusión con un ser extraño del que no sé nada, así que me niego a caer en su provocación.

– ¡Que no! ¡No me refiero a la salamandra de fuego! –sigue hablando él, indiferente a mi silencio–. Ella es absolutamente inofensiva. Bueno, si la tocas te llevarás una buena quemadura, nada importante comparado con…

– ¿Con qué? –le corto impaciente.

– Con el peligro que entraña acercarte al río y que te vean las ondinas.

– ¿Ondinas?

– Sí, ondinas. Las ninfas del agua. Las sirenas de agua dulce, para que me entiendas.

– ¡Sirenas! ¿Hay sirenas aquí?

– No tan deprisa. Ellas no son como vosotros las pintáis. En realidad, son seres terribles, de naturaleza maléfica, y si te ven querrán, de seguro, llevarte con ellas.

– ¿Adónde?

– Bajo las aguas. Te ahogarán antes que te des cuenta.

– Puedo correr el riesgo –le digo altiva.

– No se trata de un riesgo, ni una posibilidad. Es una certeza.

– ¿Y por qué debería creerte?

– Porque soy un elemental de la tierra, un elfo, y los humanos estáis bajo mi protección, sobretodo cuando entráis en nuestros lares. Así que dime, niña boba ¿piensas hacer caso de lo que te digo o, como la mayor parte de los de tu especie, vas a cometer alguna estupidez que va a acabar en desastre?

– Pues no sé. Ya veremos –le respondo orgullosa–. De momento, lárgate de mi vista y déjame en paz.

No quiero seguir hablando con él: me pone de mal humor. Minutos después, estando sola de nuevo, todavía me siento irritada con ese diminuto y despreciable ser al que me hubiera gustado darle un buen puntapié. Camino deprisa sin poner atención a mi rumbo, hasta que el sonido del agua burbujeante llega a mis oídos, mezclado con un canto que me recuerda a algo que quizás he soñado y me trae a la memoria imágenes de estrellas titilantes sobre un cielo nocturno. Nunca he visto ninguna sirena. Tal vez si me acerco sigilosamente, las plantas me darán cobijo y podré observarla de lejos, sin que se entere de mi presencia.

Pronto distingo unos cabellos ondulados, largos, con reflejos dorados. Me acerco un poco más y allí, detrás de las rocas que parten el curso del río en dos, veo a una de ellas de espaldas. Pillándome desprevenida, la ondina se gira y sus ojos color violeta se clavan en mí y arrancan un agudo chillido de mi garganta.

******

Me despierto sudorosa y temblando. Me incorporo rápidamente. El corazón me late con fuerza. Ante mí, el mortecino sol del amanecer alumbra pálidamente el mar, produciendo destellantes salpicaduras anaranjadas sobre su superficie. Todavía pueden verse las principales estrellas, con su brillo amortiguado por la luz del día naciente. Tengo el cuerpo entumecido y siento los miembros fríos como si hubiese pasado mucho tiempo tendida sobre la arena húmeda, aunque sé a ciencia cierta que sólo han sido unas pocas horas. No en vano esta ha sido la noche más corta del año. Aún así, no he debido despertarme tan de madrugada; ellas todavía siguen durmiendo. Debería descansar un poco más, pero estoy inquieta y no me rindo al sueño. Tampoco me apetece arrebatar a mis compañeras de los brazos de Morfeo tan pronto. Esperaré a que recobren la consciencia de forma natural, dejando que sus sueños se desvanezcan por sí solos, para no romper su hechizo.

Yo también creo haber estado inmersa en un sueño maravilloso. Rememoro el olor profundo a tierra mojada, perteneciente a algún lugar recóndito que, en estos momentos, soy incapaz de vislumbrar. ¿He tenido éxito en traspasar el umbral hacia el otro mundo? La verdad es que no alcanzo a recordar. De ser así, debería haberme traído alguna prueba física del otro lado, pero mis manos están vacías. Sólo me he llevado conmigo la extraña sensación de que viví algo intenso, maravilloso y terrible a la vez, y que me quedó un asunto pendiente, algo de vital importancia, que no atino a rememorar. Desde la consciencia de la vigilia lo onírico nunca adquiere un sentido claro. Permanezco un rato así, inerte, concentrada en recordar, hasta que me doy cuenta de lo inútil que es mi esfuerzo: mientras los minutos vayan pasando, más lejana será la sensación y más se perderá irremisiblemente toda esperanza de visualizar lo sucedido mientras dormía. ¡Que curiosos son los sueños que tan pronto como los dejas atrás, se olvidan!

Quizá alguna de ellas tenga más éxito que yo y, cuando despierte, pueda contarnos sus hazañas del otro lado. Si no, nuestro ritual mágico en esta noche de San Juan habrá sido un completo fracaso. Pero aún es pronto para llegar a ninguna conclusión. De momento solo cabe esperar.

Observo como ellas duermen tan intensamente que parece que sus cuerpos no contengan vida alguna. Tres bellas ninfas que me imagino flotando pálidas a mi lado sobre un mar que nos envuelve, como Ofelia en su mortuorio lecho acuático, llevada por los vientos.

La idílica imagen es borrada de cuajo por una súbita brisa que se levanta y desdibuja nuestro círculo mágico. Una oleada de molesta arena asciende en un repentino torbellino.  Nuestros enseres se tambalean, cayendo y rodando, entre los restos de las velas consumidas, convertidas ahora en pegotes cerúleos que forman extraños dibujos sobre el suelo arenoso. Siete velas de los siete colores del arco iris. ¡Que distintas se veían mientras se consumían bajo la luz de la luna, con el susurro del oleaje coreando nuestros cantos ancestrales! ¡Que inmensas eran sus mechas ardientes mientras simbolizaban ese portal mágico que pretendíamos cruzar!

Intento recolocar todos nuestros objetos sagrados que ahora parecen simples bártulos, baratijas mecidas por el viento: el plato vacío que por suerte no se ha roto y que contuvo los inciensos con los que Emma aromatizó la velada, y que debe descansar donde lo hace ella, al oeste, allí donde rige el elemento aire; el tiesto con mi preciosa planta de verbena, que el viento ha volcado y que ahora sostengo entre mis manos, sana y salva en mi lado del círculo, el extremo norte, atalaya de la madre tierra; y el hornillo de aceite que trajo Rosa y que vuelvo a depositar a su lado, en el este, allí donde debe estar el elemento fuego y cuyo contenido, por suerte, agotamos durante el transcurso del ritual. Pero la copa rebosante de pura agua de lluvia ha volcado abruptamente y se ha resquebrajado, derramando la totalidad de su contenido sobre la arena, que lo ha absorbido en un segundo.

Al instante, una nube negruzca atraviesa el cielo mientras restablezco los fragmentos de cristal ante Gina, que ahora se agita en sueños, en el extremo sur del círculo. El tiempo apacible se vuelve repentinamente desasosegado y una punzada en mi estómago señala un mal presagio proveniente del elemento acuoso. El agua sagrada y bendecida se ha derramado. Alzo la mirada en dirección al inmenso mar y veo como un gigante muro de agua salina y espumosa, de varios metros de altura, se abalanza sobre nosotras en forma de ola rompiente, acompañada de un rugido que parece proceder de las entrañas de la tierra.

******

Ilustración de Rosa García

Me siento medio adormecida y me noto incorpórea, pero aliviada y tranquila. Soy consciente que he tenido una terrible pesadilla. Un sueño de muerte. Como cuando uno cae al pozo y despierta justo en el instante que va a estrellarse contra el fondo. Solo que esta vez no recobré la lucidez a tiempo y me hundí. Recuerdo la sensación de ahogo y de zarandeo. Y esa humedad terrible. Y tras ella, la calmada visión de ese cuerpo azulado flotando a la  deriva, bellamente mecido por el viento. Pero esa no puedo ser yo, no soy yo. No. Esa sobre las aguas me resulta demasiado lejana, demasiado insignificante. La siento tan extraña como el recuerdo de un sueño olvidado. Y yo, ahora, no estoy soñando, aunque tampoco pueda ratificar que estoy del todo despierta. No puedo abrir y cerrar los ojos; no me veo las manos; no noto un solo músculo aunque lo intente. No parezco tener control alguno sobre mi cuerpo. ¿Será que mi mente se ha despertado mientras mi cuerpo sigue dormido? ¿O tal vez me encuentre varada en algún lugar impreciso, a medio camino entre el sueño y la vigilia? ¿Es este un lugar entre los mundos?  Porque me noto como flotando entre la nada de una oscuridad silenciosa y vacía que, sin embargo, me resulta familiar. Tengo la extraña certeza de que he estado con anterioridad aquí, que, en cierto modo, tenía que alcanzar este lugar pero que voy hacía otro lado; que este es solo un lugar de tránsito, un oscuro y solitario túnel de paso. Y allí, al fondo del túnel, veo finalmente una luz blanca que resplandece inmensamente. A ella me dirijo. Ese es mi destino. Cuando llegue a ella, despertaré.

OLGA BESOLÍ

Junio 2012

La noche vacía.

Autor@: David Gambero

Ilustrador@:  Vicente Mateo Serra – tico

Corrector/a: Carme Sanchis

Género: Fantástico

Este relato es propiedad de David Gambero, y su ilustración es propiedad de Vicente Mateo Serra – tico. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La noche vacía.

Ilustración de Vicente Mateo Serra – tico

Matthew alzó la mirada en busca de unas velas que los siglos y el progreso se habían tragado. El viento ya no impulsaba a las naves en la mar sino el sucio ruido de un motor diesel del tamaño de un cobertizo. Un suspiro supo hacerse hueco entre sus sentimientos y fue a unirse con la tenue bruma que pronto engulliría toda la cubierta del barco. Se caló el abrigo y el gorro en busca de un vano abrigo contra el frío ártico, pues hacía horas que habían sobrepasado la última línea marítima donde verían el sol. El cielo de Svalbard ya se había saciado con la claridad y tardaría meses en digerirlo y volver a deglutirlo.

-Me voy a perder la aurora boreal, ¿verdad?

Aquella pregunta susurrada entre la tristeza y la añoranza hizo conjurar a Matthew una leve sonrisa. Temblorosa, frágil y sobrecogedora, se encontraba a su espalda Helen. El enorme abrigo de piel con el que se cubría apenas la convertían en una pequeña hada de ojos negros y profundos. Unos que brillaban con fuerza a través de las gruesas gafas de esquiar con las que se protegía de las corrientes heladas.

-¿Cómo se encuentra? –preguntó directo al grano Matthew.

Helen se arrebujó a su lado y dejó descansar su cabeza sobre el hombro de este que apenas sintió el peso de la chica. Y nada tenía que ver la cantidad de abrigo con la que se defendía del frío: su toque siempre era así, suave, casi irreal…

-¿Mk? –Contestó ella con otra pregunta-. Debe ser de los pocos de este cascarón que tiembla más por miedo que por frío. Creo que se está dando cuenta de dónde se está metiendo… Tarde, como todos por otra parte.

-¿Crees que se rajará?

-¿A estas alturas… o latitudes? –Helen sonrió con ganas-. No. Es de los que va hasta el final.

Matthew masculló por lo bajo algo que Helen no llegó a oír. Su atención había sido robada por la densa neblina que convertía el azul en blanco. Alzó su mano enguantada y dejó que la condensación pasase a través de esta como si fuese un fantasma. Uno muy frío. Uno necesario.

-Entonces ya casi estamos a punto –sentenció Matthew sacando su teléfono móvil del bolsillo y comprobando la posición por satélite-. Se acerca la calma.

-Odio cuando dices eso…

-¿Por qué suele significar todo lo contrario? –la abrazó él de repente tratando de confortarla.

Helen no contestó. Simplemente se dejó engullir por el abrazo y la chispa de calidez que este desprendía. Para su desgracia el momento fue sesgado de raíz cuando una voz ruda, y en un noruego nada académico, ordenó encender las luces del barco. Tres potentes proyectores crearon un aura de blancura destinada a combatir contra aquella bruma. Un combate perdido de antemano. Pero, aún así, un combate ineludible. Uno como el que estaban a punto de afrontar. Y aquella vez le tocaba a Matthew.

-¿Interrumpo?

A su espalda la figura enjuta de Mk les sorprendió. Apenas iba abrigado contra lo que el tiempo y la cordura aconsejaban y su cabello negro como la misma noche ondeaba desordenado al capricho del viento.

-Os dejo solos –le dijo Helen a Matthew en un susurro-. Voy a comprobar que está todo preparado en la habitación y nuestros amigos listos.

Matthew asintió al tiempo que esta se alejó tras intercambiar un breve saludo con un Mk que se acercó tímidamente a la borda.

-Todo esto tiene un sentido, ¿verdad? –preguntó este nada más encontró la seguridad de la barandilla.

-Lo crea o no, lo tiene –le aseguró Matthew.

-¿Por eso hemos tenido que venir hasta aquí? ¿Qué tiene este lugar de especial?

-Verá… Digamos que existen latitudes específicas en la Tierra donde el velo entre la realidad y el sueño es más sencillo de atravesar –explicó Matthew de la manera más resumida y eficaz que supo-. Ahora mismo vamos derechitos a uno.

Mk asintió lentamente comprendiendo a duras penas lo que aquel hombre le contaba, mientras sus pulmones se alimentaban de una densa y húmeda niebla que casi podría masticar más que respirar.

-Así que este lugar es como el Triángulo de las Bermudas…

-El Triángulo de las Bermudas es como Disneylandia en comparación con esto. Créame, los sitios desconocidos son así porque pocos quieren visitarlos más de dos veces.

-¿Y ustedes han estado aquí ya?

Matthew no pudo contestar. Un silencio tan grave como su semblante lo hizo por él ante el que Mk no pudo quedar ajeno aunque lo respetó uniéndose al mismo. Dos olas furiosas tuvieron que sacudir el barco para que nuevas palabras llenaran la noche.

-Soñar está sobrevalorado –dijo de pronto Matthew.

-No lo diría si no soñase en absoluto.

-Lo digo precisamente porque lo hago demasiado a menudo –replicó este mientras comprobaba de nuevo en su teléfono móvil dónde se encontraban-. Aún está a tiempo de echarse atrás.

-No podría vivir una vida arrepintiéndome de esa decisión, Matthew.

-Al menos podría vivir una vida. Espero que tenga sueño… Es hora de la siesta.

-¡Matthew! -gritó su nombre la lejanía.

Ambos hombres se adentraban en las entrañas de la Temperley cuando aquella voz les salió al paso deteniéndoles bajo la tenue luz de dos bombillas que colgaban como telarañas del techo reflejando la fantasmagórica visión que eran a la vista los intrincados jeroglíficos que adornaban las paredes de todo el barco. Matthew tenía por norma tratar de no fijarse demasiado en ellos. Le ponían los pelos de punta por más que fueran tan necesarios como él mismo para lo que estaban a punto de hacer. Al fondo, guardando esperanzas y la sala estanca se encontraba la grácil figura de Alba que les esperaba con impaciencia. Inmediatamente les hizo pasar a la enorme cámara frigorífica que había sido convertida en algo que rallaba lo irreal. Por doquier colgaban centenares de despertadores totalmente sincronizados cuyo tic tac rebotaba prisionero por los ojos de buey cerrados a cal y canto. Las paredes también habían sido decoradas con intrincados y numerosos símbolos arcanos y, en el centro de la estancia cinco camas dispuestas en círculo rodeaban a un gran jergón de paja.

Ilustración de Vicente Mateo Serra – tico

Los amigos de Matthew, tornados en un completo equipo de jugadores a su servicio tras numerosas incursiones en el mundo onírico, completaban el cuadro al borde de los lechos. Miradas de rutinas y sonrisas de compromiso desfilaron mientras la figura de Mk les observaba claramente fuera de lugar. Dos parejas completaban aquella misión. Robert y Alba como navegantes del sueño y John y Montse como arquitectos. El resto era cosa suya y de una Helen que parecía tan ansiosa como preocupada.

-¿Un somnífero? –ofreció solícita Helen a Matthew nada más llegar a su lado.

-Creo que él lo necesita más que yo –dijo este señalando con la cabeza a Mk-. ¿Ha echado el ancla el capitán?

-Hace diez minutos –respondió Robert calándose un curioso gorro de dormir pero dejando sus orejas fuera del mismo-. Y le reconozco al barbas que lo ha clavado. Justo en el punto exacto.

-Algo que reconocer, ya que dudo que ese burro sepa lo que es el GPS siquiera –agregó Montse mientras le colocaba bien el gorro a su amigo que lo había dejado levemente ladeado-. Me gusta cuando un marino sabe manejarse.

-Y a mí saber que no hemos pagado sólo por un nombre sino por un hombre de verdad –terció Alba que alisaba frenéticamente las sábanas de su cama-. Hasta ahora lo había estado dudando.

John, por su parte, se acercó hasta Mk y le puso la mano en el hombro con amabilidad. Al momento el hombre se tensó como una cuerda de piano dejando claro cuan incómoda le resultaba la situación.

-Tranquilo. Algunos de los de aquí no creíamos en nada de todo esto, hasta que… Bueno, hasta que duermes rodeado de extraños.

-Ustedes no parecen demasiado extraños entre sí…

-¿Se refiere a…? -preguntó John señalándose a sí mismo y luego a Montse-. ¿Lo ha notado? Verá, esto es mucho más sencillo si hay unos vínculos en común entre los que lo llevan a cabo.

-Y los afectivos son los más poderosos –musitó Helen antes de dar un beso en los labios a Matthew que le pilló por sorpresa-. Es más sencillo compartir un sueño de esta manera…

Mk asintió aunque su reticencia no disminuyó un ápice. Sin embargo se dejó llevar por John que, con suavidad, le encaminó hacia el lecho de paja en mitad de la estancia. Su mirada no paraba de encontrarse con los relojes que colgaban por doquier y las claraboyas, ahora cerradas, donde la niebla se agolpaba deseosa de poder inundar la habitación.

-¿Listo?

La pregunta de Matthew recibió un escueto asentimiento por parte de Mk que parecía hacerse más insignificante a cada momento que su miedo le azotaba.

-¿Y si no me gusta lo que sueño? –preguntó este, algo que parecía haber estado guardando mucho tiempo.

-Todos tenemos pesadillas, Mk –dijo Helen al tiempo que le tendía el somnífero que había rechazado Matthew-. Sin nuestros miedos no somos nada. Pero tampoco sin nuestros sueños. Por eso ha llegado tan lejos, ¿no?

-Estoy cansado de la oscuridad.

-Y yo cansado de verdad. Y helado –refunfuñó Robert al tiempo que sacaba un walkie talkie del interior del bolsillo de su chaqueta-. Dormilones a puente de mando, ¿me recibe? Claro que me recibe, si el canal está siempre abierto… Bueno, a lo que iba. Solskaer, a partir de ahora que la Temperley no se mueva ni un milímetro ¿entendido?

Un “de acuerdo” mezclado con estática fue la escueta respuesta que recibió. Todos se encontraban ya en posición. Cada uno ocupando su lugar en el círculo de lechos presidido por la enorme cama al pie de la cual esperaba Matthew. Besos rápidos y nerviosas buenas noches fueron repartidas antes de que Mk se tragara el somnífero. La claridad de sus ojos azules se tornó vidriosa nada más hacer efecto la pastilla.

-El camino de siempre. La rutina de siempre –le advirtió entonces Alba alzando la mirada hacia los relojes-. Ni improvisaciones ni heroicidades. Construye y apuntala, pero nada más. Este sitio es demasiado… frágil para nada más.

-Aguantará. Sólo tendré que sumergirme más de la cuenta, pero aguantará. Con todo lo que has preparado no me quedaré dormido.

-Más te vale –terció Helen con un guiño-. No quiero despertar sin ti.

-¡Buscaos una habitación! –gritó en broma Robert.

-En una habitación estamos –respondió con media sonrisa Matthew.

-Bueno, pues una en la que no esté yo. O que sí esté pero con una cámara y un disfraz de conejo…

Alba le dio un coscorrón a Robert antes de lanzarle un pequeño mando a distancia a Matthew, que este cogió al vuelo. Al minuto todos estaban en sus camas, cada uno descansando relajadamente en ellas con las manos en el pecho y la mente totalmente despejada. Matthew le hizo un gesto a Mk para que ocupase su lugar en el centro, a lo que este accedió al momento.

-Espero que no te importe compartir cama –le dijo Matthew antes de tumbarse junto a este.

-Espero que no asuste por lo que pueda encontrar en mi subconsciente.

-Sea lo que sea he visto cosas peores, créame.

Matthew lo decía totalmente en serio. Un hombre sin sueños no es lo peor que había afrontado. Aquello solo sería un bloqueo. Una pieza mal encajada en su cabeza. Entraría y lo restauraría. Sería difícil pero no sería la primera vez que lo hiciera.

-Te soñaremos guapo, Matthew –dijo en tono de broma Robert antes de cerrar los ojos completamente.

-Felices sueños a todos –dijo Montse a modo de señal.

Todo está listo para comenzar. Mk era evidente que no podía mantenerse mucho más despierto por como sus párpados caían y se alzaban por impulso. Matthew sacó entonces su móvil, comprobó una vez más sus coordenadas y, de pronto y fuera de toda su rutina, pulsó un par de comandos antes de guardarlo en su bolsillo. Entonces apretó el botón del mando a distancia y las claraboyas de la habitación se abrieron de par en par. Con tétrica lentitud la niebla del exterior comenzó a invadir la estancia. Una blancura gélida y casi irreal les envolvió al minuto. A su lado, Matthew sabía ya dormido a Mk. Su respiración se había normalizado y ya no se removía en el lecho. Respiró hondo y se concentró en la blancura circundante. Sintió el sueño llegar hasta él. Y lo recibió con todo su ser. Dejó que le atrapara y le confortara. Que le llevase lejos de aquel lugar. Tan lejos como a la persona que dormía a su lado. A Mk. Sintió las consciencias de sus amigos flotar a su alrededor como luces de navidad. Brillar iridiscentes y danzar mostrándole un camino seguro. Lo siguió sin prisa. Dándoles tiempo para construir y a él para asentarse. Había mucho que armar antes de poder andar. Mucha rutina que repetir. Mucha nada que disipar hasta que aquel mundo de irreal éter se tornara sólido. Y entonces lo sitió. Le estaban soñando. Le estaban creando. Hacedores ajenos de lo conocido. Era una sensación inenarrable. Un cosquilleo que bailaba entre el dolor y el placer. Uno que acabó, como siempre, de golpe. Sus pies de pronto se afianzaron en el suelo. Cerró el puño varias veces sincronizando sensaciones y comandos nerviosos hasta que todo fue perfecto. Respiró por costumbre un aire que no existía y miró en derredor. Se encontraba en un espacio totalmente blanco. Blanco hasta el infinito. Era tan claro que dañaba ojos y cordura. Aún así no se asustó. No estaba sólo ni en un lugar desconocido. Estaba donde se suponía debía estar.

-Bonita sala de espera, Mk. Eso sí, un poco minimalista –se dijo a sí mismo para reconocer su propia voz.

Pateó el sólido blanco sobre el que se mantenía en pié y descubrió con sorpresa que calzaba unas playeras moradas donde bailaban en libertad sus dedos.

-Muy gracioso, Robert –gruñó este antes de que estas se convirtieran al momento en sus zapatos de siempre.

Entonces Matthew buscó en el interior del bolsillo de su chaqueta. Justo donde debía estar soñado había un grueso lápiz negro que extrajo y contempló a un palmo de sus narices. El cincel perfecto para un creador. Se agachó entonces a sus pies y dibujó un enorme rectángulo ante sí de un solo trazo. Comprobó que fuese perfecto antes de afrontar la parte más difícil. Se alejó tres pasos del rectángulo y cerró los ojos. Se estaba forzando a soñar. A crear. Y aquel proceso requería todo de él. Buscó los pedazos que conocía y rellenó los que no con las pertinentes singularidades. Tuvo ayuda, como siempre, pues no estaba sólo. Y aún así era demasiado lo que el soñador debía efectuar.

-¿Matthew? -Este abrió los ojos súbitamente al escuchar su nombre al tiempo que sus músculos se soltaban de un doloroso tirón. Ante sí se encontraba un Mk que no comprendía como había llegado allí.

-Tranquilo, es usted –le respondió inmediatamente Matthew como si le leyese el pensamiento-. O más bien una imagen filtrada por mí de usted mismo. Es algo complicado de explicar pero, digamos que usted es usted, o casi.

-¿Soy o no soy? –inquirió este algo alterado.

-Ahora mismo estamos dentro de su propia mente, Mk. O más bien, a las puertas de su subconsciente. Aquí es donde sus sueños se entretejen… O deberían –Matthew miró en derredor la blancura cegadora que les rodeaba-. Y digamos que es casi imposible soñar una imagen fidedigna de uno mismo dentro de la propia cabeza. Por eso es que… le estoy soñando a usted.

-¿Y quién le esta soñando a usted?

Matthew sonrió. De pronto una sensación cálida y conocida le inundó por respuesta muda a aquella pregunta de Mk. Una suave música comenzó a sonar a su alrededor.

Ambos hombres miraron a su alrededor buscando un origen a aquella tonada que no provenía de ninguna parte pero que Mk no tardó en reconocer.

¿Where the streets have no name?

-A Helen le encanta U2… Dios sabe por qué razón –Se encogió de hombros Matthew al tiempo que hacía un gesto en el aire y la música se disipaba-. ¿No se preguntaba por qué se necesitaban tantas personas para ocuparse de su problema?

Este no pudo más que asentir ante la respuesta de Matthew, aunque aún había demasiado que preguntar y comprender.

-Entonces… ¿Sus compañeros nos están soñando? ¿Están soñando todo esto?

-No. No todos. Entrar en el subconsciente de una persona, en la zona de los sueños, es algo increíblemente complicado que necesita de magia y habilidad natural para ello. Muy pocas personas la tienen, por eso es tan complicado manejarse conscientemente dentro de un sueño. Pero aquellos que podemos, y si tenemos las herramientas adecuadas y los lugares propicios, podemos adentrarnos no sólo en nuestros propios sueños, sino también en los de los demás. Es un proceso bastante complejo para poder resumirlo correctamente, pero digamos que la mente a tratar debe ser filtrada a través de los sueños de otros y, a partir de ese punto, poder ahondar en cualquiera que sea el problema que la aqueja.

-Entonces, ¿todo esto es lo que sueño o lo que no sueño?

-No… Esto es usted resistiéndose inconscientemente a proporcionar algo con lo que trabajar al resto de soñadores. Cosa que, por cierto, suele cabrear bastante a Montse. Pero no se preocupe, siempre se abre camino…

-¿Camino hacia dónde?

-Hacia el lado correcto de la puerta donde estamos detenidos.

-¿Qué puerta? –buscó con la mirada Mk aquello que no había.

-Sobre la que está detenido, Mk…

Ilustración de Vicente Mateo Serra – tico

Ambos hombres miraron a los pies del hombre encerrado en el rectángulo y, de pronto, el interior del mismo comenzó a brillar con un resplandor carmesí. Mk sintió cómo sus pies comenzaron a despegarse del suelo, alzándole a medio metro del mismo. Matthew alzó la mirada para ver como el hombre, absolutamente fuera de lugar, pedía con mirada suplicante una explicación.

-Usted sueña, Mk. Todos lo hacemos. Sólo que, por alguna razón, su mente le ha colocado en el lado opuesto a los sueños. No tengo ni la menor idea de lo que le ha podido pasar o lo que nos ha estado ocultando. Ya le dije cuando aceptamos el trabajo que no nos importaba. Todo el mundo oculta cosas. Muchas veces de manera inconsciente. Pero estoy… estamos aquí para averiguarlo y ponerle a usted y sus sueños en su sitio. Ahora necesito que decida si de verdad quiere seguir adelante.

No era la primera vez que recitaba aquel discurso. Y había recibido respuestas de toda clase al mismo. En el borde de los sueños un hombre encontraba o perdía el valor o la cordura con facilidad. Ahora sólo quedaba saber qué tipo de hombre era Mk.

-Hágalo –contestó de pronto Mk con resolución.

-¡Alba! –gritó entonces Matthew y se preparó.

Todo fue muy rápido. Mk cayó dentro de aquel foso escarlata y Matthew se vio arrastrado por el mismo. Todo se volvió negro, pesado y opresivo. Una sensación de soledad y vacío le golpeó, sin nada a lo que poder aferrarse o que hacer para evitarla.

Resistencia. Mucha. Demasiada. Pero esperada. Matthew desplegó entonces su propia mente para atrapar el sueño de un Mk que quería escapar. Era la segunda vez que alguien trataba aquello y estaba preparado para tal eventualidad. Aunque no para aquella fuerza desmedida. Aquella desesperación. La oscuridad se hizo sólida y amenazó con engullirlo y borrarlo de la existencia. Y entonces Matthew no pudo más que luchar por su vida. Sólo y con la improvisación como arma abrió aún más su mente. Creando un paso en la negrura. Pero esta destrozaba todo lo que este trataba. Y la consternación le hizo mella y dueña de su ser. No sabía que estaba sucediendo pero sentía cómo se desgajaba. Cómo su mente se desmoronaba por completo en un salto demasiado largo y demasiado difícil. Entonces la música sonó. U2. Helen. Soñó que miraba a través de la oscuridad. Que había luz ante sí. Y allí la encontró. Una farola antigua cuya tenue llama iluminaba un camino. Una realidad. Pugnó por alcanzarla. Con la desesperación por fuerza. Con la vida por premio. Y la alcanzó. Y justo cuando estuvo bajo su fulgor la oscuridad desapareció de golpe. Y como si hubiese sido arrojado sin piedad aterrizó en una realidad. En los sueños de Mk.

-¿Dónde estabas?

Matthew miró a sus pies. Allí, una pequeña gata negra se frotaba contra su pierna. Este, inmediatamente miró a su alrededor para descubrir que se encontraba en mitad de la enorme calle de una ciudad que le resultaba vagamente familiar. Enormes edificios de impolutos cristales desviaban el fulgor de una enorme luna llena, mientras la carretera estaba tomada por un sinfín de coches inmóviles y sin conductor. Matthew entornó los ojos hacia el cielo tratando de clarificar las estrellas que en este pendían. Pero no eran estrellas. Eran los relojes que colgaban en la habitación donde sus cuerpos descansaban. Asintió satisfecho por el cambio. Al menos aquello iba bien, cosa que no podía decir de los habitantes del sueño pues, nadie más había allí descontando a la gata que ahora le arañaba el pantalón con la zarpa delantera derecha.

-No lo sé… -masculló Matthew aún presa del miedo-. Algo ha ido mal con el salto.

-Te habrás distraído porque aquí todo está bien. De hecho está demasiado bien –habló de nuevo la gata con la inconfundible voz de Alba-. Por más que me gusten los trabajos simples Montse y John han ido demasiado lejos soñando una ciudad entera.

-¿Qué?

-Esto es lo único con lo que sueña… Si su consciencia estuviese en el lugar adecuado, claro.

Aquello era algo más a incluir en la extrañeza de la situación. Normalmente cada vez que se llegaba a los sueños de una persona se debía escoger algún escenario predominante sobre el que comenzar a trabajar. Pero siempre había más de uno. Y la palabra siempre se hizo demasiado grande como para que Matthew pudiese obviarla.

-¿Tienes su rastro? –le preguntó Matthew a la gata mientras se agachaba y le rascaba detrás de las orejas.

-Pues claro… -se quejó el animal-. Y ni está lejos ni se mueve…

-Así que está en el centro del problema –concluyó Matthew.

Aquello al menos sí era lo habitual. Cada vez que el soñado entraba en sus sueños guiado por lo soñadores y estos apuntalados por los arquitectos, su imagen siempre iba directa al problema que le aquejaba. Lo que sólo dejaba encontrarlo y solucionarlo, cosa que Matthew rezaba por que fuese más sencillo que lo acontecido hasta entonces.

-Mierda… -se quejó Alba entonces y, comenzó a rascarse frenéticamente contra Matthew-. Alguno de vosotros ha estado aquí antes.

-¿Aquí? ¿Dónde?

-En este sitio… No sé si ha sido uno o todos. Pero, los detalles se me están clavando en el alma.

Matthew lo comprobó rápidamente. Se acercó a un quiosco de prensa que había en la acera y tomó un periódico del mismo. Nombre de la gaceta, titular y fecha eran tan claras como la luz de la luna. Boston Herald. 15 de diciembre de 1999. Y el titular…

-La noche más larga del milenio… -leyó con rotunda claridad Matthew.

-No me jodas –maldijo Alba erizándole hasta el último pelo de su cuerpo gatuno.

En los sueños no hay fechas ni titulares. Hay tiempo, pero no definido. Hay peligro, pero no real. Y, sin embargo, en ese había todo lo que no debía haber. Matthew cogió otro periódico y pudo leerlo de principio a fin. Todo aparecía aterradoramente claro.

-No puede ser… -musitó aterrado Matthew-. No podemos estar soñando con esa noche.

-Eso explicaría porque Mk no puede soñar –agregó Alba destrozando con sus garras el periódico que había caído ante ella-. ¿También estabas aquí cuando pasó?

-Todos estábamos aquí… Fue cuando conocí a John, de hecho. Vagaba por la ciudad entre el sueño y la realidad y, casi no consigo despertarlo.

-Hay que seguir, Matthew… -le urgió el animal-. Mk está en aquella dirección.

La gata señaló un enorme cartel que indicaba “Arnold Arboretum”. Distaban 3 kilómetros de su posición hasta el mismo según este.

-Busca una manera de salir de aquí, Alba.

-¿Qué? –Saltó la gata de pronto ante las palabras de su amigo – Matthew… esto es solo un sueño.

-Tengo un mal presentimiento. Uno realmente malo. Así que busca una salida.

-¿Y Mk? No podemos dejarle abandonado aquí. Si no despierta a su debido tiempo…

Una mirada sombría emponzoñó el alma de Matthew. Sabía perfectamente lo que significaba romper la sincronía del sueño: seguir durmiendo. Por y para siempre. Si rompían el sueño de Mk lo atraparían dentro. Prácticamente lo asesinarían. Y lo peor es que estaba dispuesto a hacerlo. No quería seguir allí ni un segundo más.

-¡Ni de broma! –Le encaró Alba -¡No voy a ser cómplice de esto!

-No estabas aquí. No tienes ni idea de lo que pasó.

-¿Y tú? ¿Acaso tú lo sabes?

-Sé que consecuencias tuvo. Y que no estamos soñando esto por casualidad, porque… porque nos juramos no volver a soñar con este día jamás.

-No puede ser que borraseis este sueño… Eso no está permitido.

-Hay reglas que hay que saltarse para sobrevivir, Alba. El día que una situación te sobrepase lo entenderás.

-Ese día haré lo que deba, Matthew –le reprochó ella-. Pero no me traicionaré a mí misma.

-Ese día sabrás todo lo que eres capaz de traicionar. Y que no te sorprenda si la primera a la que defraudas es a ti misma.

En ese momento, algo en el cielo les llamó la atención. Una de las luces de las estrellas, o mejor dicho de las esferas de los relojes que formaban las estrellas, se apagó de repente. Matthew apretó los dientes mientras Alba comenzaba a temblar sin control.

-No… No es posible.

-Más vale que me creas ahora. Algo nos quería en este sueño y ahora lo está consumiendo. Y vamos a ser los siguientes a menos que salgamos de aquí. Así que ya puedes estar soñando una respuesta porque puede que sea lo último que hagas.

Repentinamente los ojos felinos de Alba se tornaron de un verde muy humano. Un verde inundado de miedo y dudas.

-No puedo abandonar a Mk.

-Yo tampoco, pero es precisamente lo que voy a hacer –aseguró Matthew con frialdad-. Este sueño se tiene que acabar antes de que se haga realidad.

-Nunca encontrarás la salida sin mí –le amenazó con toda la razón Alba-. Si te pierdes…

-Ya he abandonado sueños antes sin un navegador. Míos y ajenos. Puedo hacerlo.

-¿Y puedes vivir luego con ello?

Matthew abrió los brazos mientras todo a su alrededor comenzaba a tornarse más y más oscuro e irreal. La pátina onírica se debilitaba y pronto quedaría al descubierto donde estaban en realidad.

-A veces hay que vivir con una parte de nosotros mismos que no nos gusta. La cuestión es no alimentarla demasiado.

-¡Eres un cobarde! –Maulló la gata al tiempo que le daba la espalda y encaraba el camino hacia aquel parque-. Esto no lo olvidaré, Matthew.

Alba arrancó una veloz carrera sin esperar siquiera una respuesta de un abatido Matthew que hacía frente a un torrente de sentimientos encontrados. No quería comenzar a odiarse a sí mismo demasiado pronto. Ya tendría toda la vida cuando despertase. Ya tendría toda la eternidad cuando soñase.

-Yo tampoco, Alba… -susurró este antes de tomar el camino que su razón le indicaba seguro.

Apretó el paso y comenzó a correr por aquella ciudad hueca. Poco a poco los edificios comenzaban a vibrar y a desaparecer a sus espaldas a medida que los dejaba atrás. Mas no tenía tiempo para detenerse y tratar de racionalizar aquello. El miedo era una guía poderosa y hacía rato que se había abandonado a la misma. Vivir era su prioridad y despertar su necesidad. Por eso necesitaba un punto seguro. Todos los sueños lo tienen y se cimientan sobre los mismos.  Podría ser una acera concreta, un coche o una tienda. Algo imposible de pasar por alto. Aquel era un mecanismo de seguridad de los soñadores. Una puerta trasera que usar cuando no hay nada más que poder hacer. De pronto un susurro rompió su propio silencio de jadeos y pasos acelerados.

She moves in mysterious ways… -reconoció.

Sonrió de pleno. Helen y su U2. Dios bendiga al maldito Bono, pensó para sí antes que seguirlo cual llamada del flautista de Hamelín. Torció una esquina y se vio envuelto en un enorme mercado urbano. Miles de puestos dispuestos a cada lado de la calzada ofrecían todo tipo de productos. Se detuvo antes de afrontarlo. Pateó el suelo para comprobar la integridad del lugar. Un eco sordo de su pisada y un leve dolor le hicieron saber que las había visto peores, aunque también mejores, pues el mal presentimiento que amenazaba con ahogarlo se había acrecentado mucho. Con sumo cuidado fue a poner el pie en aquella avenida cuando un desgarrador maullido le hizo volverse a su espalda. Fue un grito de dolor y desesperación. Un grito de derrota. El grito de Alba.

-Dime que te han hecho despertar… -musitó usando todo el aire que no había huido de sus pulmones.

En aquel momento sus ojos fueron robados por el cielo para descubrir aterrado que las luces que lo iluminaban se iban apagando una por una rápidamente. Pudo oír como los tic tac se detenían en seco cada vez que una de aquellas esferas se extinguía. No le quedaba tiempo. No le quedaba sueño. Pero aunque su cuerpo le pedía salir corriendo no pudo hacerlo, pues cuando volvió a la senda que le había marcado la música se quedó petrificado. De pronto, aquel mercado estaba atestado de gente. Personas que habían sido reales. Personas que hacía un minuto no estaban allí. Y todas estaban inmóviles. Todas mirando su propio infinito. Todas dormidas. Una suerte de sombra fría atravesó a Matthew de parte a parte. Luego otra. Y otra más. Poco a poco aquellos jirones de pesadilla comenzaron a caminar entre aquella gente que parecía congelada en el tiempo para ir a colocarse a su lado. Rápidamente hubo tantas sombras como personas y, de pronto, de estas surgieron miles de brazos fantasmagóricos que comenzaron a rodearlos. Matthew alzó un brazo en aquella dirección pero nada podía hacer. Sabía lo que estaba pasando, y sabía que no podía detenerlo. La noche más larga del milenio se estaba repitiendo. Él la estaba reviviendo. Y para su desgracia ahora sí que podía ver lo que había pasado en realidad. Ahora sí estaba despierto.

-No es un día agradable para revivir, ¿verdad?

Matthew se volvió hacia el lugar de donde había provenido aquella pregunta. Todo en él temblaba. Todo en él quería despertar y salir de allí. Y todo él sabía que no era posible. Igual que el Mk que ahora tenía ante sí. Un Mk al que rodeaba una suerte de aquellas sombras que danzaban a su alrededor creando formas siniestras a cada paso que daba. Parecía como si su ser fuese parte de aquel torrente de oscuridad que no paraba de transformarse. Un espectáculo horrible. Uno que sólo podía suceder en un sueño.

-¿Qué diablos eres tú? –preguntó lleno de rabia Matthew, que vigilaba con el rabillo del ojo lo que pasaba tras de sí.

-Un mal sueño. Uno que Mk pudo esconder en lo más profundo de su alma –rió aquel ser que a momentos era Mk y a momentos no-. Me sorprende que alguien tenga la capacidad de suprimir la esencia de los sueños de esta manera, aunque sea de manera inconsciente.

Matthew retrocedió un paso y aquel gesto detuvo el avance de aquel engendro. Instantáneamente buscó en su bolsillo y sacó el lápiz que había usado para trazar la puerta a aquel sueño. Esgrimiéndolo ante él como si fuese un arma se encaró contra aquel engendro que vestía la piel de Mk.

-Fuisteis vosotros… ¡Vosotros causasteis la noche vacía! ¡Vaciasteis una ciudad de sueños! –le acusó lo que había sospechado y ya sabía como cierto -¿Por qué? ¿Qué es lo que sois? ¿Qué es lo que queréis?

Las sombras se arremolinaron en torno al rostro de Mk y formaron una suerte de mueca escalofriante. Una sonrisa dura y burlona. Una que hizo temblar a Matthew hasta lo más profundo de su alma.

-Lo mismo que tú, soñador. Queremos un sueño. Uno que se pueda convertir en realidad. Por eso lo tomamos de vosotros. Tenéis tantos… y todos los acabáis desperdiciando. Malgastados entre vuestro egoísmo y debilidad –explicó este al tiempo que alzaba un puño hacia el cielo y una porción del mismo se apagaba de golpe-. Somos anhelos de realidad, soñador. Somos vosotros mismos. Sólo que a nosotros nos tocó vivir en el lado equivocado de la realidad. Pero eso va a cambiar. Comenzó aquella noche… esta noche. La noche más larga del milenio, la llamasteis. Pero pronto descubriréis que fue corta en comparación a lo que está por venir. Descubriréis la desesperanza de la oscuridad….

Alzó el otro puño y lo apretó con furia. El cielo se apagó por completo a excepción de una pequeña luz. Un destello resistía en la lejanía. Aquello puso furioso a aquel ser que de pronto dijo algo que Matthew no pudo entender y, todas las sombras que habían estado robando los sueños de aquellas personas se alzaron hacia el cielo para rodear a aquella luz. Para extinguirla. Para crear la más completa oscuridad. Matthew actuó entonces. Presa de la desesperación, se abalanzó contra aquel ser usando su lápiz como si fuese un puñal. Pero su punta no llegó a tocar nada. Se quedó paralizada a escasos centímetros de aquel escalofriante rostro de un Mk que hacía mucho no había sido él mismo.

-¡Maldito bastardo! –Bramó un Matthew paralizado ante la fuerza de un titán -¿Qué cojones has hecho con Alba?

-Nada aún. Pero lo haré. Reconozco que nunca nos habíamos encontrado con una navegante tan… interesante. Ni siquiera sabe el potencial que tiene. Es una lástima que no hubiese estado aquí aquella noche. Tal vez así no hubiésemos necesitado escondernos dentro de alguien como Mk para que alguien nos soñara. Pero ahora nos soñaran…

La rabia espoleó a un Matthew que comenzaba a comprender la magnitud de la situación en la que se encontraba.

-Tú… ¡Aquel día te detuvimos!

Súbitamente aquel ser alzó en vilo a Matthew que se vio forzado a soltar el lápiz, cayendo a sus pies. Una suerte de brazos le agarró de las extremidades y comenzaron a tirar de él como si quisieran desencajarlo por completo. Un grito de profundo dolor escapó de boca y alma de Matthew, cuya mente comenzaba a ceder al castigo.

-Sí. Nos detuvisteis. Aunque no sabíais ni a qué os enfrentabais, forzasteis a despertar a toda la ciudad tú y todos aquellos soñadores. Os subestimamos. Creímos que nadie sabría caminar por el filo de la realidad. Pero no volveremos a equivocarnos. Esta vez sabemos qué debemos robar. Y no serán sueños…

Y de pronto, lo comprendió todo. Y quiso llorar de terror, pero no podía. Su mente únicamente podía conformar lo horrible que eran las intenciones de aquella oscuridad. Lo había dicho bien claro: ya no quería sueños, quería una realidad. Su realidad.

-¡Helen! –Gritó en un último y desesperado intento Matthew-. ¡Helen, escúchame! ¡Despierta! ¡Despiértales a todos y sal de aquí!

Las miradas de ambos se volvieron al cielo donde un intenso fulgor devoró a las sombras que circundaban aquel único y desesperado orbe de luz. Aquel reloj que todavía tenía hora que mostrar y sueño que cimentar. Alguien seguía luchando. Alguien seguía soñando con él. Alguien que se negaba a rendirse. Y aquel fue su error.

-Gracias Matthew –dijo de pronto Mk con una mirada de plena satisfacción-. Muchísimas gracias.

Todo aquel ser se volvió oscuro y denso. Las manos que sujetaban a Matthew se retrajeron, no sin antes lanzarlo por los aires. Este fue a aterrizar contra el puesto más cercano destrozando los cristales del mismo con el impacto. Con una pátina de sangre manándole de numerosas heridas comprobó cómo aquella oscuridad se lanzó en pos de la luz. Y en lugar de verse extinguida esta se hizo fina como una lanza y atravesó el centro mismo del fulgor. El dolor más intenso que había sufrido Matthew en toda su vida le alanceó derrotándolo por completo. Se dobló y retorció en el suelo al tiempo que toda la realidad de su alrededor cambiaba. Centenares de escenarios aparecían y desaparecían sin control. Miles de sueños y situaciones nacían y morían. Sueños que conocía y otros que no. Sueños de sus amigos. Y sus propios sueños. Alzó la mirada en busca de un cielo bajo el que luchar. Uno bajo el que sobrevivir. Pero la oscuridad había sustituido el arriba y el abajo. Aquella misma oscuridad que casi no había podido atravesar para llegar allí le iba a consumir.

-Canta… -susurró mientras la sangre se mezclaba con sus lágrimas-. Canta, por favor…

Algo. Necesitaba sólo algo para poder creer que aquel sueño no se había acabado del todo. Que Helen había resistido. Que aquel mal sueño no la había consumido. Que aún había esperanza para él. Esperó mientras sus manos se hundían en los cristales rotos que aún le rodeaban. Pero ya sabía que nadie más cantaría para él. Lo sentía en lo más hondo de su ser. Todo contacto con el exterior se había roto. Aquellos relojes destinados a poner fin al sueño en un momento concreto se habían extinguido. Por eso odiaba la magia. Tan frágil como poderosa. Y ahora que se había consumido no había con que huir. Ni alegría ni dolor. Nada le sacaría de allí. Y por más que luchaba y su interior pataleaba y trataba de alejar aquella negrura, nada le quedaba por hacer. Sólo cerrar los ojos y desaparecer. Su sueño debía acabar.

-No debía ser así –se quejó amargamente a sí mismo Matthew-. No debía acabar de este modo… No es como lo había soñado…

Pero sus deseos ya no mandaban ni sus sueños se sostenían. La oscuridad les había vencido a todos y sólo Dios sabía qué estaba por atacar un mundo que desconocía por completo aquel peligro.

-Pip, pip –comenzó a soñar en su bolsillo interior-. Pip, pip.

Sorprendido, rebuscó el origen de aquel ruido y sacó su móvil. Rió al descubrir que la alarma para despertar había incluso funcionado en el sueño. Un truco desesperado. El truco de un descreído de la magia. Pero ya era tarde. No podía seguir aquel hilo hasta la realidad. Solo era un eco que podía añorar, pues no había nada con la suficiente fuerza en él. Nada que pudiese lanzar en el momento propicio para que sonase al unísono con aquel trozo de realidad y le despertase. Nada…

-Lo hay… –se dijo a sí mismo.

Lo tenía en su mano. Lo llevaba apretando con rabia hacía un rato. Un trozo de vidrio. Afilado y bañado por su sangre. Podría ser. Había poco que perder. Pero tal vez funcionase. Tal vez despertase…

-Esto va a doler…

Puso entonces la palma de la mano contra aquel suelo irreal y alzó el vidrio con decisión. Esperó el pitido adecuado. Sincronizó sus latidos y deseos con él y lanzó todo su valor e inconsciencia en un último y desesperado intento. Toda una vida a cara o cruz. Dudó. Y la oscuridad lo aprovechó. Se alzó contra él y le engulló justo cuando bajó su mano…

-¡Aaaaaaaaah! –gritó.

Y su grito fue real. Igual que el dolor lacerante que le cortaba la respiración. Alzó su mano izquierda ante su rostro y una realidad espeluznante se hizo patente. Su dedo corazón había desaparecido y la sangre bañaba su mano manando sin control. Aquello le hizo tambalearse y vomitar. Pero entonces su cabeza le situó. Estaba en el camarote estanco. Estaba despierto. Estaba vivo. Como un resorte se levantó de la cama, todavía ocupada por su desdichado acompañante, y se encontró con la cruda realidad. El suelo estaba bañado de relojes rotos y una claridad mortecina invadía la estancia. A su alrededor todos sus amigos dormían un sueño plácido. Un sueño eterno. Todos menos Helen y Alba. Estas habían desaparecido. No hizo ademán alguno por tratar de despertarlos. Sabía que ya no estaban allí. De hecho, no estaban en ningún lado. Pero su preocupación estaba ahora con los despiertos. Salió de allí a toda prisa. Tambaleándose por la pérdida de sangre y el dolor buscó la cubierta. En su desesperada subida se topó con los cuerpos inertes de la tripulación. Todos dormían. Hizo caso omiso y salió a afrontar una gélida mañana naciente. Un ruido de motor le alertó y se asomó por la borda. Allí, abordado uno de los botes de emergencia, una Alba con ojos tan oscuros como la más dura noche le miraba con una Helen desmayada a sus pies.

-Lo siento mucho, Matthew –susurró aquella Alba-. Pero ya no queda nada por lo que puedas soñar.

Pero aquello no era cierto y, aunque el dolor se lo desaconsejaba, Matthew se subió al borde de la barandilla de seguridad y lanzó toda su rabia a pleno pulmón.

-¡Soñaré contigo! ¿Me oyes? –Gritó Matthew sin saber exactamente a cual de las dos se lo refería-. ¡Es una promesa! ¡Cada noche soñaré hasta encontrarte!

El bote se puso en marcha entonces y se alejó con un Matthew cuyas fuerzas le abandonaron y le sumieron en un trance de debilidad. No supo si fue realidad o ensoñación pero creyó oír al viento un “felices sueños” antes de sumirse en el último sueño pacífico de su vida.

Ilustración de Vicente Mateo Serra – tico

David Gambero 2012

¿La vida es sueño?

Autor@: Daniel Camargo

Ilustrador@: Alex Femenias

Corrector/a: Mariola Díaz Cano

Género: Relato onírico

Este relato es propiedad de Daniel Camargo, y su ilustración es propiedad de Alex Femenias. Quedan reservados todos los derechos de autor.

¿La vida es sueño?

_Bueno Fernández, y este sería su nuevo despacho… ¿Qué tal?  ¿Le parece bien?  ¿Está conforme?

Alberto asiente sonriendo y mira a su alrededor sin poder creerlo. Lo impactan las dimensiones de la oficina,  revestida en madera, con una mesa de reuniones elíptica de caoba, lámparas de diseño, sofá de cuero negro y unas espectaculares vistas de Madrid. Al fin, piensa, después de tantos años en la empresa, su esfuerzo se ve recompensado con el tan ansiado ascenso.  “Alberto Fernández – Director General”, ponía junto a  la puerta, en la flamante chapa de acero inoxidable que había visto como de refilón al entrar.

_ Lo dejo, que tendrá que organizar sus cosas. Recuerde que mañana tenemos Consejo a las doce.  Y por la noche me gustaría que viniera a cenar a mi casa.

Cuando Benavídez sale de “su” despacho ya son las diez en punto, según su Rolex Daytona.

¿Rolex? Alberto no consigue recordar haber comprado uno…  Se sienta en la butaca, muy mullida,  y se reclina mientras lleva las manos a la cabeza y entrelaza los dedos por detrás de la nuca.  Está a punto de apoyar los pies sobre el escritorio, pero se contiene.

Se queda un rato así, mirando el cielo de su ciudad a través del cristal, y disfrutando de ese momento triunfal. Se siente el amo del mundo, como el rubio ese de Titanic. Pero sabe que él no va a terminar hundiéndose con el barco, no. Su empresa es una de las mejores  de España, y acaban de triplicarle el sueldo.  Sonríe mientras su mente divaga. Piensa en cambiar de casa, en aprender a jugar al golf, en cómo estará de buena su futura secretaria, cosas así. Y mientras tanto comprueba, mecánicamente, el contenido de los cajones: una agenda de cuero, un brillante Cross dorado, un pin del PP, un Ipad blanco (¡al fin un Ipad!), una cajita de tarjetas con su nombre, la biografía de Steve Jobs…

Sobre el escritorio, libre de papeles y reluciente, destaca el típico juego ese de las bolitas de metal colgadas que se chocan entre sí. Acerca su mano para tomar la primera bolita de la derecha, alejarla del resto y soltarla, e iniciar así ese simulacro cutre de movimiento perpetuo, cuando escucha sonar el teléfono fijo. Sí, el de su mesa.

_¿Quién me puede llamar aquí? Es todo tan reciente que no creo…

La campanilla continúa sonando insistente, porfiada, recalcitrante. Pero Alberto decide no atender. Que esperen hasta mañana, piensa. Este es el momento de paladear la gloria. Y de cobrar facturas pendientes. Recuerda al imbécil de Ramón, que desde que lo nombraron jefe de ventas lo miraba por encima del hombro, y no hacía más que hablar de su nuevo coche, o de los costosos viajes de vacaciones que hacía con su familia. Ahora, ahora se iba a enterar  ese cretino de quién era él. Y así, poco a poco, acuden a su mente otras alimañas, y va haciendo un repaso mental de futuros cortes de manga o pequeñas venganzas personales, descubriendo las enormes posibilidades potenciales de su nuevo cargo.

Pero está visto que no hay manera de disfrutar plenamente del momento. Algo lo molesta. Otra vez. Es ese teléfono de mierda que vuelve a sonar… ¿quién carajo será?  Alberto lo mira reticente, piensa en arrancar el cable, pero finalmente cede, estira el brazo, y atiende…

_¿Señor Fernández?

_¿Si?

_Escuchemé, caradura, ya son cuatro los meses de alquiler que me debe y no lo pienso aguantar más. O me paga esta misma semana, o lo denuncio. ¿Me entendió,  hijodelagranpú….?

Alberto, confuso, aleja el teléfono de su oreja sin llegar a comprender lo que pasa. A pesar de ello, los insultos de su interlocutor se siguen escuchando con nitidez. Intenta analizar la situación pero nota, mientras tanto, cómo “algo” ha cambiado en su despacho. Todo su entorno se ha oscurecido, ahora el espacio le parece bastante más pequeño, y un penetrante olor, mezcla de aceite quemado y sudor, llega a su nariz. Mira a su alrededor y descubre un caos de ropa sucia en las sillas, revistas y periódicos esparcidos por el suelo, botellas vacías, manchas indescifrables en la alfombra…

Ilustración de Alex Femenias

Se pregunta dónde está y duda, hasta que, finalmente, comprende que se halla en la cama de su mísero apartamentito de la calle Arévalo, que se acaba de despertar, que son las siete de la mañana, y que todo lo anterior no había sido más que un sueño.

Su primera sensación es de una enorme decepción. Lo siguiente es la bronca y la habitual angustia matinal. No es la primera vez, no, que le ocurre algo así: una situación largamente deseada, una expectativa cumplida, el triunfo hinchándole el pecho… y el brusco despertar.

Se da cuenta de que aún tiene el teléfono en la mano. Lo cuelga mecánicamente, y se queda mirando a la nada. Uno, cinco, diez minutos.

Decide salir a la calle para despejarse. Salta de la cama y, sin ducharse, se pone los vaqueros, sus raídas All Star, una camisa cualquiera, y se va.  No tiene rumbo fijo, sólo quiere olvidar esa sensación de desencanto. Tal vez tome un café, piensa, y rumbea para la plaza.

Mientras camina por la calle ve pasar un gato por delante de él, un gato común, negro, intrascendente, bastante flaco, como la mayoría de los que hay en el barrio. El gato se para junto a un contenedor de basura y empieza a mordisquear algo oscuro que hay por debajo, pegado a una de las ruedas. Alberto se lo queda mirando, aunque sin saber bien porqué… Hay algo en el gato que le atrae, algo misterioso, aunque se trate de un gato de mierda, de esos callejeros, sucio, y probablemente portador de más de una enfermedad terriblemente contagiosa. Sin embargo se acerca al animal, camina hacia él, como impulsado por algún extraño magnetismo. Y al acercarse descubre lo que el gato estaba mordiendo con insistencia: un objeto negro, aparentemente rectangular,  que está como encajado debajo del plástico gris del contenedor. Parece un maletín, piensa Alberto, que se arrodilla en el suelo, mete la mano en medio de toda la repugnante inmundicia que suele rodear los contenedores, y empieza a tirar de él. Mientras tanto el gato se aleja, habiendo perdido, aparentemente, todo interés en el asunto.

Después de un rato de forcejeo, consigue desencajar el maletín y sacarlo hacia afuera. Es de los caros, marca Piquadro, de cuero negro, bastante sucio pero intacto… y cerrado.  Tiene una cerradura de combinación, de esas con cuatro ruedecitas dentadas y números correlativos. Alberto piensa un rato, duda, mientras trata de evaluar el peso del maletín que, evidentemente, no está vacío.  Y entonces, en un rapto de imaginación, empieza a girar las ruedecitas copiando la combinación que utilizó para la caja fuerte en su última visita al hotel de la playa: 1, 2, 3, 4… Tras un momento de tensa espera, aprieta el pequeño botón dorado y “plin”, el maletín se abre. ¡Bingo!, piensa.  Mira hacia los lados, ansioso, creyéndose el objeto de todas las miradas. Sin embargo la gente, como hipnotizada, sigue caminando mecánicamente por la acera de la avenida sin siquiera percatarse de su presencia.

Entreabre el maletín, muy poco, apenas un centímetro o dos. Lo suficiente para llegar a apreciar el inconfundible color morado de su contenido. ¿Morado?  ¿Billetes de quinientos, acaso?

Alberto no lo puede creer. Vuelve a mirar, y es verdad. Transpira, las manos le tiemblan, y debe hacer un gran esfuerzo para que el maletín no caiga a la calle, abriéndose definitivamente y esparciendo su contenido entre la basura.  Arrimándose un poco más al contenedor, de modo de que su propio cuerpo bloquee la visión desde la acera, abre la tapa unos diez centímetros y mira dentro.  Desplaza los primeros billetes con el dedo índice para comprobar que todos son iguales… Es verdad, es un milagro, y le ha tocado a él.  No hay duda, el maletín está lleno de billetes de quinientos euros!

El olor pestilente de la basura no disminuye su sensación de felicidad. El color y la textura de los billetes lo han conseguido hipnotizar, y esa imagen queda fijada en su retina como un tatuaje, mientras trata de calcular de algún modo cuánta pasta puede haber en el dichoso maletín. Pero en ese momento no tiene la claridad mental suficiente para eso. Tal vez nunca la haya tenido.

Está ansioso. No puede creer que él, precisamente él, sea el  destinatario providencial de semejante fortuna. Piensa en un futuro mejor, viajes alrededor del mundo, un loft en Manhattan, la Harley tan deseada y,  claro,  hermosas mujeres.

Pero se siente intranquilo, y aunque no sabría explicar porqué, a medida que le da vueltas al tema, lo va invadiendo una extraña mezcla de alegría y temor. Está claro, reflexiona, que se trata de una fortuna evidentemente poco limpia, y no precisamente por la proximidad del contenedor. Nadie deja por error algo así en la basura. Esto…, este regalito, seguramente proviene del crimen organizado.  De un ajuste de cuentas.  Alguien, un ladrón o estafador perseguido, no tuvo más remedio que arrojarlo aquí. Tal vez su propietario original ya esté muerto.

A medida que Alberto avanza en el análisis, la alegría y la sorpresa iniciales cambian a preocupación. En un instante, como le pasa a los que van a morir, cruzan por su mente una infinidad de imágenes de ladrones, criminales de todo tipo, mafiosos, narcos, venganzas y asesinatos…  Y en medio de ese aluvión, propio de una película de Scorsese, cree llegar a ver nítidamente cómo su propio meñique es cortado limpiamente con un cuchillo de cocina por un miembro de la Yakuza con su cuerpo totalmente tatuado…

Alberto mira instintivamente su mano, el dedo todavía está ahí, pero comprende que no puede permanecer más tiempo en ese lugar, algún sicario aparecerá en cualquier momento a buscar el maletín. Su vida corre peligro, y debe actuar ya.

Lo cierra y comienza a caminar por la avenida, con paso rápido (correr no haría más que llamar la atención). Gira en la primera bocacalle, mientras disimuladamente intenta limpiar la mugre del maletín con la manga de su camisa.  Pero a medida que se aleja del lugar del hallazgo, la ansiedad lo lleva a acelerar el paso, cada vez más, hasta comenzar a correr, casi con desesperación. No sabe dónde va, pero no le importa. El tema es alejarse de allí lo antes posible.

Alberto corre sin parar, como Forrest Gump, y tras cada zancada su mente va dando forma a la idea de un futuro mejor. Sin deudas, sin agobios, libre al fin. Pero hay momentos malos para la introspección. Tan ciega es su carrera que no advierte que un gato (¿el mismo gato de mierda?), se cruza en su camino haciéndolo trastabillar. Cae aparatosamente, como en cámara lenta, y en su larga caída empuja, arrastra, destroza, el carrito de la compra de una vieja que estaba saliendo  de la panadería.

Cuando la inercia finaliza su trabajo y todo se detiene, Alberto está en el suelo, dolorido y confuso. A su alrededor, como el resultado de una gran onda expansiva, se ven trozos de mollete, algunas verduras,  un yogur de coco reventado, restos de mozzarella, una lata de atún, aceitunas, un bote de ketchup. El gato, indiferente, un poco más allá, olisquea un trozo de secreto ibérico envuelto en papel de estraza. Y la señora (la vieja, bah), que ha resultado milagrosamente ilesa, que aún no ha acabado de comprender la irrupción de Alberto en su vida, pero que está muy, pero muy cabreada, arremete contra él pateándole la espalda con sus zapatones negros, a la vez que lo insulta.

Alberto finalmente reacciona, toma conciencia de la situación, y mientras trata de defenderse  de las patadas, comienza a tantear desesperado las baldosas buscando el maletín. Estira su brazo hacia atrás y cree tocar algo de cuero. Lo aferra y tira de él, pero inmediatamente comienza a recibir una doble ración de patadas de la vieja, también dueña del bolso que Alberto tiene ahora en sus manos.

_ ¡Ladrón, ladrón! Policía! _ grita la señora, sin dejar de ejercer la agresión física.

Alberto suelta el bolso, se incorpora y se aleja unos pasos.  Mira alrededor, desesperado, buscando “su” fortuna, pero no ve el maletín por ningún lado. No hay nadie cerca, además de la vieja y el gato, que se aleja una vez más. Nadie ha presenciado el incidente. Nadie se lo puede haber llevado. De pronto cae en la cuenta… ¡No por Dios! ¡No, otro sueño, joder!

No queda otra opción. Ha vuelto a soñar. Otra vez se ha repetido el autoengaño. Una vez más lo aparentemente real era falso. Ya le parecía raro a él semejante hallazgo aunque, claro, uno nunca deja de alimentar un rayito de esperanza.

                Alberto sabe, lo admite,  que a veces el límite entre realidad y fantasía resulta algo confuso, borroso. Su vecino Luis, sin ir más lejos, le juraba hace unos meses que había visto a Elvis vivo,  paseando por el Rastro con unas Ray-Ban de aviador y pantalones de camuflaje.  Sin embargo, él cree que su caso supera todos los límites…

                Trata de consolarse. Un mal día lo tiene cualquiera, se dice. Trata de encontrar alguna excusa, pero está a punto de llorar.  No comprende cómo su inconsciente, su propia psique, que ha crecido junto a él, lo pueda engañar con esa facilidad.  Ha visto neurólogos, psicólogos…, incluso ha leído a Punset, sin obtener resultados favorables. Nunca. La sensación de falta de control sobre su vida, de ausencia de rumbo, de fracaso al fin y al cabo, lo inunda por momentos.

Desorientado, decide llamar a su hermano, tratando de buscar algún consejo.

_Vicente, soy yo, Alberto…, me volvió a pasar. Si, hoy.  Dos veces.

                _Vente para casa y hablamos.

                Y aún titubeante, tal vez algo resignado, se dirige a la parada del autobús.

                Cuando media hora más tarde llega a lo de su hermano, una modesta casa suburbana con un escuálido limonero en el jardín delantero, la que abre la puerta es María, su cuñada.

                _Vicente tuvo que salir de urgencia, lo llamó un cliente, pero me dijo que lo esperes, que no va a tardar mucho. Pasa.

                Despeinada, con cara de sueño, como recién levantada, pero hermosa como siempre, lo acompaña hasta el salón. Alberto, avanzando por el pasillo detrás de ella, comprueba cómo  al caminar descalza, sus movimientos son extremadamente sensuales, casi felinos.

                _Siéntate allí, en el sofá. ¿Estás cómodo? ¿Quieres un café?

                _No,  gracias.

                María  se sienta en la otra punta del sofá, y al hacerlo, el albornoz, generoso, deja entrever su turgente anatomía.  Es evidente que debajo no lleva nada, lo que hace que el ritmo cardíaco de Alberto  se acelere. Él nunca la había visto así. No por falta de ganas, obviamente…

                Ella sin embargo, no parece percatarse, o tal vez no le importa. Mientras tanto un rayo de sol casi horizontal que atraviesa la persiana resalta el brillo dorado del  vello de sus piernas.   Unas piernas duras pero suaves, compactas, como de deportista.

                _Así que tienes sueños…¿raros?  Vicente me contó algo.

                _El problema no es que los sueños sean raros. Supongo que todo el mundo sueña cosas así.

                Alberto duda sobre hasta qué punto profundizar en el análisis. Hasta dónde darle a ella más datos de los estrictamente necesarios. Mientras tanto, su mente no consigue despegarse de la visión del cuerpo de su cuñada. Sus ojos, enormes, lo observan con curiosidad y algo de malicia. O al menos eso cree él.

                 _La cuestión es no poder distinguir bien entre lo que son sueños y lo que es realidad. Eso es lo que me preocupa. Me pregunto cómo puede ser que un sueño, que no es más que un invento de mi propia mente, pueda originar percepciones tan fuertes, que llegan a engañar a todos mis sentidos.

                _ Ahá _responde ella mientras se va desplazando en el sofá, acercándose a él,

                _ ¿Y qué sueñas? ¿cosas pecaminosas? ¿Soñaste alguna vez conmigo?

                Alberto traga saliva y no consigue articular una respuesta coherente, mientras ve cómo ella se le aproxima, juguetona y provocadora.

                _ A ver, a ver, vamos a jugar a los sueños, ¿vale?_ dice ella con fingida inocencia. Hagamos de cuenta que yo soy la enfermera y tú estás saliendo de la anestesia…

                El momento es tenso, pero prometedor. La proximidad absolutamente perturbadora de María, no lo deja pensar con claridad. Las hormonas se imponen por goleada a las neuronas.

                De pronto él consigue capturar un segundo de lucidez. Es un sueño,  evidentemente es  otro sueño, piensa.  No puede ser realidad que María, justamente María, se me ofrezca de este modo.

                No volverá a caer en esa trampa. De ninguna manera. Alberto respira hondo, y mira rápidamente a su alrededor tratando de descubrir algo fuera de contexto, algún contorno borroso, lo que sea para poder confirmar que se trata de otro engaño de su mente. Toca la tela del sofá, y nota la textura en sus dedos. Todo es tan real.  Además  ese perfume, como de cítricos, tan penetrante e hipnótico.  Como si de un sabueso Bloodhound se tratara, intenta atesorar ese aroma para poder recordarlo en un futuro. No sabe si alguna vez se llegará a repetir una oportunidad igual.

                Alberto siempre tuvo ganas de apretar a su cuñada. Siempre la había visto como muy… apetecible, aunque claro, jamás se le había pasado por la cabeza proponerle nada. Al fin y al cabo es su cuñada. Pero ahora que ella ha asumido claramente la iniciativa, y se muestra así, voluptuosa y decidida, estando los dos solos…

                Ella continúa con su maniobra de aproximación en el sofá mientras, como fondo, se oye una extraña letanía que Alberto cree reconocer.  ¿Son los vecinos? ¿Es María que tararea? ¿Es un gemido?  Coño, ¿qué canción era esa? Le recuerda vagamente a algo, pero su mente  en plena ebullición, bombardeada por mil pensamientos y sensaciones, oscilante entre la culpa y el placer, no puede procesar ya más datos.

                Vacila entre actuar o no actuar, entre seguirle la corriente o no. ¡Es la mujer de su hermano!  Pero… ¿y si finalmente se tratara de otra ensoñación? En ese caso no hay culpa ¿no? Plantearse esa opción lo libera, en principio, de toda responsabilidad, aunque la duda continúa penetrando en su cerebro como una termita, y lo carcome por dentro.

                Mientras piensa en todo eso, retrocede instintivamente ante el empuje inexorable de María, recostándose cada vez más en el sofá, y pasando a una posición casi horizontal. Las expertas manos de ella recorren su cuerpo, centímetro a centímetro, y Alberto, ya definitivamente superado por los acontecimientos, decide no oponer más resistencia. Debería haberse duchado esta mañana, pero a esta altura de las cosas, ya da igual.

                Los labios de ella, carnosos y húmedos, se aproximan lentamente a los suyos, mientras el perfume, destinado a vencer cualquier atisbo de autocontrol, es cada vez más intenso y se introduce en sus fosas nasales como un bisturí.  Las venas de su cuello están tensas como las cuerdas de un remolcador.  Alberto siente la consistente redondez de sus senos en el pecho mientras la pelvis de María presiona su masculinidad. Con la cara de ella a unos diez centímetros de su nariz, y ya jadeando, admite que esto ya no puede ser una ilusión, y  definitivamente excitado la abraza apasionadamente, apretándola contra su cuerpo.

                Su sexo está a punto de explotar. Imposible ya de dominar, y como si tuviera vida propia, lucha desesperadamente  por rasgar la tela del vaquero.  Alberto dirige su mano hacia la bragueta para liberarlo de esa insoportable tensión, cuando en ese momento, precisamente en ese momento, escucha una voz familiar que viene desde la puerta.

                _¿Alberto? ¿Estás ahí?

                ¡Es Vicente!  Su hermano…

                Alberto se incorpora de un salto y, ya sentado pero aún confuso y jadeante, consigue distinguir la figura de Edema, la asistenta de su hermano, un auténtico tapir malayo si la comparamos con la belleza felina de María. Una gorda sebosa con bigote, algún que otro grano en la cara y pelos como de estropajo, que lo mira con asco y lo señala con su índice acusador mientras sostiene la fregona con la otra mano.

                _¡Señor, señor! El guarro ese me quiso meter mano…

                Mientras tanto continua sonando en la radio la voz de… Bisbal  ¡Era Bisbal!

                Alberto no lo puede soportar, su cabeza está a punto de estallar. No, no puede ser, otra vez un sueño!  Lo sabía, en el fondo lo sabía… pero se dejó llevar.

                Aún desorientado, comprende que no puede quedarse ni un segundo más allí. Se levanta abruptamente del sofá y huye del salón como despedido por una catapulta. Atraviesa el pasillo corriendo y sale de la casa avergonzado sin siquiera despedirse de su hermano.  No mira hacia atrás. Sólo quiere huir, correr para siempre… otra vez más.

                Al salir a la calle el aire frío de la mañana le da en la cara y lo despeja.  Sencillamente no puede creer lo que ha pasado. Pero corre. Poco a poco, el cansancio le hace bajar el ritmo de la huída. Y entonces camina. Camina  sin rumbo, buscando reorganizar sus ideas. Aún le duran la excitación, la humillación, y el cabreo.

                Tengo que hacer algo al respecto, piensa. No es normal vivir en el límite entre la realidad y la fantasía. Está visto que no puede controlar la conflictiva relación entre lo real y lo virtual, o como coño se llame el mundo de los sueños. Una vez más, se enfrasca en los mismos pensamientos de siempre.

                Y entonces, de pronto, al levantar la vista, ve venir hacia él por el centro de la acera a una odalisca. Una morena espectacular, semidesnuda, y muy apetecible, que sólo está cubierta por una túnica translúcida y que, insinuante, le sonríe mientras hace gestos lascivos con las manos. A medida que se le acerca, nota cómo emana de ella un aroma muy sensual, afrodisíaco, algo así como almizcle, tal vez con unas notas de madera y lima.

                Alberto se detiene y la mira, la observa detenidamente. Pero cansado, humillado, abrumado por las evidencias, decide ignorarla. Se da media vuelta y, como si fuera el portero de un equipo que acaba de perder por goleada, se mete por la boca del Metro con la cabeza gacha. Y corre.

                Corre escaleras abajo, huyendo de sí mismo, sin llegar a ver el enorme cartel publicitario junto al acceso, en el que un señor calvo, vestido de negro, lo mira fijamente y lo señala con el dedo mientras sonríe.

                Esa cara me suena… ¿no es el tío del anuncio de Loterías?

                Y entonces desperté.

DANIEL CAMARGO