En el armario

Autor@: 

Ilustrador@: Jesús Rodríguez

Corrector@: 

Género: Fantasía urbana

Rating: +13

Este relato es propiedad de Olga Besolí. La ilustración es propiedad de Jesús Rodriguez Redondo. Quedan reservados todos los derechos de autor.

En el armario.

Primero fue el fuerte olor a rosas que invadió su habitación. Lilith lo dejó pasar a regañadientes, aun a sabiendas de quien había podido ser el único culpable. Pero no podía hacer nada al respecto, estaba alertada de que si armaba un nuevo alboroto antes de finalizar el curso, amonestada como estaba por sus notas mediocres, se pasaría todas las vacaciones en un maldito campamento. Y ella odiaba especialmente los campamentos de verano.

Claro que había muchas cosas que Lilith odiaba, algunas de ellas  especialmente —aparte, por supuesto, de la compañía, los exámenes, los profesores, los alumnos y el instituto en general; de las especias, entre las que destacaban el ajo y la cebolla ¡puagg!; de todos los colores que no fueran el negro, que en realidad no es un color; de toda la música que no fuera gótica, porque fuera de la música gótica todo lo demás podía considerarse ruido; de la alegría, de las flores, de la luz, del sol y de todas las demás cosas ñoñas de este mundo— y de entre todas ellas, la que más odiaba eran los campamentos. Tanto que en su lista personal de las cosas más nefastas e insoportables ocupaba un puesto por encima de su odioso hermano pequeño Nosfe, que, según ella, era el ser más molestoso e inútil que la tierra había tenido la desgracia de conocer.

Además, él era el culpable de todos sus males, entre ellos el pestazo a flores que había inundado su habitación. Pero no podía cargar contra él con toda su furia, como le habría gustado, porque si la pillaban en otra movida más, esta vez sí que se la cargaba de verdad.

Eso no la persuadió de propinarle una soberana colleja mientras bajaban la escalinata en dirección al salón.

—¡Ay!

—Eso por gilipollas, enano.

—¡Mamá! ¡Mamá!

—¿Qué pasa aquí?

—Llilith me ha pegado.

—No es verdad.

—Sí, sí lo ha hecho.

—No, no lo he hecho. Y él ha entrado en mi habitación.

—No es verdad.

—Sí que lo es.

—Mentirosa.

—Mentiroso tú.

—¡Basta los dos! —La voz profunda de su padre era autoritaria y no daba opción a réplicas, así que se hizo un silencio sepulcral que duró horas.

La velada pasó lenta y mortalmente aburrida como cualquier otra comida en familia y Lilith se escabulló a su guarida en cuanto tuvo ocasión. Allí era el único lugar donde se sentía relajada y a gusto, sola y a su rollo, porque su cuarto era su templo sagrado, donde nadie osaba poner un pie. Pero al abrir la puerta que se atrancó como de costumbre, vio algo diferente que la dejó petrificada.

Eso fue lo segundo que le hizo aquel día y esta vez ya no pudo dejarlo pasar. Toda la furia contenida se desató y tras arrancar de un manotazo el letrero de “si entras aquí, atente a las consecuencias” de la puerta de su habitación, voló hasta la de su hermano.

Como siempre, la había dejado abierta. Como siempre, el alelado estaba al ordenador, con los cascos puestos y de espaldas a la puerta. Como siempre, ni se enteró de que ella estaba allí, detrás de él. Podría haberlo estrangulado en ese momento, o pegarle un hachazo en la cabeza, pero ni tenía una hacha ni ganas de que la metieran en un correccional. Así que optó por lo fácil, que fue tirarle el cartel metálico afinando la puntería. Le acertó de lleno en el cogote.

—¡Ay! ¿Pero qué…?

—Lee lo que dice, so bobo.

—¿Pero por qué me tiras cosas? ¿Qué haces aquí? ¡Vete!

Ella cogió el cartel del suelo y mientras le sujetaba la cabeza con la otra mano, se lo puso delante del teclado.

—He dicho que leas lo que pone, atontao.

—Ya sé lo que pone. Es el cartel de tu cuarto. Y déjame en paz o llamaré a mamá.

—Tú no vas a llamar a nadie. ¿Por qué has entrado en mi habitación?

—¿Qué? ¿Te has vuelto loca?

—Pues si no has sido tú, ya me dirás quién ha sido.

—Y yo qué sé. ¿Para qué iba yo a entrar en tu cuarto?

—Para lo de siempre. Para husmear en mi armario.

—Sí, claro, como que a mí tus cosas me importan un ajo.

—No lo niegues, mamón, que he encontrado la puerta abierta de mi armario.

—¿Y por qué tengo que haber sido yo, eh? ¿Por qué no puede haber sido mamá? ¿O papá? ¿O el abuelo?

—Porque yo soy la única que tiene la llave del armario y mira… ¿la ves? Sigue aquí, colgada de mi cuello.

—¿Y cómo se supone que la he abierto yo entonces? ¿Por arte de magia?

—Ni lo sé ni me importa. Pero te lo advierto, pedazo de trol, como vuelvas a entrometerte en mis cosas o asomes la cabeza por mi cuarto, te la cortaré, ¿entendido? Ah, y como te pille con la mierda esa de spray, te la cargas.

—¿Pero de qué spray…?

Ya no quiso oír más. Con esa amenaza y un portazo Lilith se largó victoriosa a su cuarto, convencida de haberle demostrado al mocoso de su hermano quién mandaba allí.

Pero la tranquilidad duró poco. Fue acostarse e inmediatamente la puerta del armario chirrió quedamente, abriéndose un pelín más. A Lilith le pareció escuchar un sonido lejano de algún tipo de música, una musiquilla rítmica, algo parecido al… ¿pop? El corazón se le desbocó y la hizo levantarse de un salto para abalanzarse sobre el armario. Cerró su puerta de golpe y, mientras la empujaba con su cuerpo, giró la llave que volvió a colgarse del cuello. Permaneció así un rato, con la espalda todavía apoyada contra la puerta del armario, el tiempo suficiente para que se le quitara ese ritmo infernal y pegadizo de la cabeza y se le pasara el susto.

Después volvió a acostarse, pero se quedó con los ojos abiertos de par en par, mirando fijamente la puerta del armario. Entonces lo oyó. Primero empezaron los susurros, luego las risitas agudas, como si algún tipo de monstruo histriónico dejara oír su voz chillona a través de la vieja madera de la puerta. Luego sonó un ¡clic! y la cerradura giró sin llave alguna. Más susurros y ruidos de fondo acompañaron el chirriar de la pesada puerta oscura al abrirse de nuevo y un cegador destello de luz rosada inundó la habitación.

Lilith no pudo soportarlo y se tapó completamente. Eso hizo que se sintiera un poco más segura, más a salvo. Entonces volvió a oler la pestilencia a rosas y no pudo más que gritar con todas sus fuerzas. El aullido desgarrador que emitió se entremezcló con una serie de estridentes chillidos que casi la dejan sorda, al tiempo que los crujidos de la escalinata le anunciaban que su padre iba al rescate y ya estaba en camino.

Cuando Vlad abrió la tapa del ataúd de su hija se la encontró despierta, temblorosa y encogida, con la fría piel sudada y el cabello negro pegajoso por el sofoco.

—¿Qué ocurre, mi pequeña? —Aunque Lilith era ya toda una adolescente de carácter beligerante, para Vlad siempre sería su pequeña. Y aunque Lilith odiaba que la tratasen como una niña, esta vez no le importó y se abrazó a su padre—. Dime, ¿has tenido una pesadilla?

—¡No! ¡Hay un monstruo en mi armario! —gritó sin querer mirar en esa dirección.

—Pero eso no puede ser. Los monstruos no existen.

—¡Que sí, papá! ¡Que lo he visto!

— ¿Ah, sí?  ¿Y cómo es, si puede saberse?

—Pues… yo… yo…. es que estaba oscuro… pero lo sentí…y… y…. apestaba.

—Ya…

—Te lo juro. Es verdad.

—Vale, vale, de acuerdo.

—¿No me crees?

—Hay una forma de averiguarlo. ¡Abramos el armario!

—No, espera.

—¿Y ahora qué ocurre?

—Es que… ya estaba abierto.

—¡Qué curioso! Pues ahora está cerrado y cuando lo abres…

Cuando Vlad giró el pomo del armario, como era natural, no se abrió.

—¿Ves? Está cerrado a cal y canto. ¿Me dejas tu llave un momento?

Ella se levantó de un salto y, con las piernas aún temblorosas, se acercó cuanto pudo para alargarle la cadena de la que pendía la llave.

—¿No quieres abrirla tú misma?

—No. Hazlo tú.

—¿Estás segura? Sé cuánto te molesta que toquen tus cosas…

—Eso no importa ahora. Ábrela y verás.

Al girar la llave Vlad notó una ráfaga repentina de aire ascendente. Era Lilith que se había refugiado tras la lámpara de araña. La puerta cedió emitiendo un largo chirrido y el armario mostró su contenido: un millar de prendas de color negro acompañadas de unas piezas sueltas color sangre, y abajo, entre los zapatos de punta y las botas de cuero, una par de cajas que contenían sus secretos más íntimos: su diario, pruebas de su última borrachera de sangría con amigos, su kit de maquillaje, su carnet falso, su protección solar… Nada más. Ni luz. Ni olor a rosas. Ni susurros. Ni voces. Ni ruidos. Ni monstruos.

Fue entonces cuando Nosfe asomó la cabeza y, sorprendido de que nadie se la rebanase, se aventuró a dejar pasar todo su cuerpo en la habitación. Cuando la pilló suspendida del techo, agarrada todavía de la lámpara, todo su orgullo vampírico se hizo añicos y la victoria que había conseguido sobre él hacia unos instantes se fue al traste. Mientras, Nosfe aprovechaba su ocasión y, henchido de satisfacción, preguntaba:

—¿Qué ha pasado aquí? He oído gritos.

—Nada, Nosferatu, no ha ocurrido nada —contestó Vlad quitándole importancia y cerrando la puerta del armario tras de sí—. Tu hermana, que ha tenido una pesadilla. Vete a dormir.

—¡Uhhhh! Miedica, eres una miedica, siempre lo he sabido —dijo apuntando a la araña en donde aún colgaba su hermana—. Esta noche en la excursión del cole a la villa se lo contaré a todos.

Lilith en ese momento quiso matarlo y se deslizó de su escondite para hacerlo, pero Nosfe voló a su habitación, huyendo de ella como la rata que era.

—Bueno, esto ya está solucionado —dijo su padre devolviéndole la llave a Lilith—. Y tú también deberías tratar de dormir un poco. Ya es mediodía y tienes que descansar o si no en el instituto… ¿No te toca el examen ese de cambio de forma?

—Sí, papá. Y se llama transfiguración. Pero ya me lo sé. Está mordido.

—Pues entonces acuéstate y punto —dijo dirigiéndose a la puerta.

—¿Pero y si…?

—¿Si qué?

—Nada, da igual. Estaré bien… —El quejido de la puerta de la habitación al cerrarse la interrumpió—. O eso creo.

Cuando Lilith se quedó sola de nuevo, lo primero que hizo fue tratar de calmar sus nervios. Luego puso una silla atrancada en la puerta del armario, a modo de barrera. Tras eso miró debajo de su ataúd, pero lo único que salió de allí fue la vieja Peste, su rata, que movió los bigotes y se dejó acariciar antes de buscar otro escondrijo donde meterse. Ya sintiéndose un poco más a salvo, decidió echar un rápido vistazo a su alrededor, y la normal apariencia lúgubre de su habitación terminó por tranquilizarla.

Cuando ya casi estaba a punto de olvidar lo sucedido, se metió de nuevo en su ataúd, arregló un poco el acolchado rojo y entonces lo vio, allí, al lado de la puerta del armario, justo debajo del pesado y polvoriento cortinaje que tapaba la mortífera luz del sol, que de otro modo se colaría por el gran ventanal y la convertiría en cenizas. Allí estaba la prueba de que los monstruos existían y de que uno de ellos vivía en su armario. Allí mismo lo tenía, en su cuarto, y su visión le causó verdadero pavor, revolviéndole el estómago y produciéndole arcadas: una pequeña y delicada zapatilla de ir por casa afelpada de color rosa palo y con brillantitos fucsias en forma de mariposas.

Ilustración de Jesús Rodriguez

Olga Besolí
Enero 2018

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La morada de los Dioses

Autor@: Jesús Rodríguez

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Relato de aventuras

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Jesús Rodríguez. Las ilustraciones son propiedad de Rosa García. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La morada de los Dioses.

¡Vamos, que llegamos tarde!

La madre de Rosa siempre se ponía nerviosa cuando se iban de vacaciones.

¿Qué, otra vez perdiendo el tiempo con el puñetero móvil? preguntó tras abrir la puerta de su habitación.

—¿Que otra vez perdiendo el tiempo con el puñetero móvil? respondió Rosa con la insolencia que caracteriza a las niñas de su edad.

¡No me contestes y haz el favor de salir inmediatamente! ¡Tu padre ya está sacando el coche del garaje y no quiero comenzar las vacaciones riñendo!

«Menos mal que no quieres comenzar las vacaciones riñendo», pensaba Rosa mientras salía de la habitación con gesto apático y sin apartar la vista ni por un instante de su flamante móvil.

La situación se fue relajando paulatinamente hasta que, una vez  sentados en el coche, a Pura, la madre de Rosa y esposa de Charly, se le ocurrió decir que no estaba muy segura de haber cerrado el gas. Charly salió del coche y tras un fuerte portazo se dirigió hacia la casa. Pura, Puri para las amigas, no hizo el más mínimo comentario y Rosa, Rosa estaba ocupada guasapeando con sus amigas, no tenía tiempo para ocuparse de tales trivialidades.

Charly, de regresó al coche, farfullaba entre dientes dejando escapar los más animosos improperios. Se subió, cerró la puerta, arrancó el coche y salió como llevado por el diablo sin ni siquiera poner el intermitente. Estaba tan nervioso y enfadado que no se percató del vehículo que se acercaba peligrosamente por… ¡¡CHOFFF!!

Si el rechinar de los dientes se pudiera medir en decibelios y la presión de estos en newtons, Charly tendría que pagar más de una multa.

En el coche siniestrado, dos, no en el de Charly, en el otro, se podía ver a un matrimonio de unos cincuenta años, obesos y rojos como un semáforo, sin duda como consecuencia de la impresión del accidente.   

Rosa, que había vivido aquel momento muy lejos de la realidad física, levantó la vista un instante de su móvil, giró la cabeza y por la ventanilla pudo ver el careto de un pavo de su edad, que la miraba sonriente desde el interior del coche siniestrado. El chico bajó la ventanilla que no distaba más de diez centímetros de la de Rosa. Rosa hizo lo mismo y también le sonrió. Mientras sus padres discutían en medio de la calle sobre quién tenía la culpa de tal accidente, desde un mundo paralelo los dos muchachos los observaban. Al instante todo aquel follón, rollos de adultos, les dejó de interesar.

Ilustración de Rosa García

¿Cómo te llamas? preguntó Rosa.

Rafa, me llamo Rafa, ¿y tú?

Rosa.

Parece que lleváis el coche bastante cargado. ¿Os vais de vacaciones? preguntó Rafa.

Hasta hace un momento creo que esa era la idea, pero ahora… no lo sé. ¿Y vosotros?

Nosotros vamos a un hotel rural que hay en un pueblo de Asturias que se llama Bedriñana.

¿Bedriñana?

Sí.

¿Cómo se llama el hotel?

La Espadaña, creo respondió sorprendido, ¿Por qué me lo preguntas?

Porque si no me equivoco, nosotros tenemos reservado un apartamento en ese hotel…

Bueno, pues la verdad es que es una putada comento Rafa apenado.

¡Gracias, hombre! respondió Rosa mientras subía la ventanilla.

¡No, no espera! la detuvo, lo digo porque yo estoy castigado todas las vacaciones y aunque estemos en el mismo hotel posiblemente no te podré ver.

¿Qué sucede? ¿Has suspendido?

Sí, tres asignaturas, pero eso no es lo más grave.

¿Entonces? le preguntó Rosa intrigada mientras volvía a bajar la ventanilla.

El caso es que al salir del colegio, con las notas, en vez de ir a mi casa me fui a casa de mi abuela. Ella me entiende y siempre me sabe aconsejar cuando estoy en un apuro.

¿Y qué pasó?

Pues que debía de tener el día un poco torcido ya que el consejo me salió caro. Pienso que más que ayudarme en esta ocasión pensó que me merecía un castigo y gordo.

¡Vamos, que te armó una buena!

Me dijo que los llamara por teléfono y que les dijera que había decidido irme a vivir con mi novia. El caso es que yo no tengo novia, pero no importaba, me dijo que me inventara una de la que aún no les había hablado.

¿Y al final qué hiciste?

Pues llamar por teléfono, ¿qué podía hacer? ¿Quieres que te cuente la conversación?

Sí, claro, cuenta.

Rosa estaba tan intrigada que no quería perderse detalle. Le pidió que le reprodujera la conversación tal y como había sido.

Hola, papa, soy Rafa.

Ya, ya me he dado cuenta ¿Dónde estás?

Verás, papa, es que he decidido que no voy a ir a casa.

¿Cómo?

No os he hablado de ella, pero hace más o menos un mes he comenzado a salir con una chica y estamos muy enamorados. No os he hablado de ella porque pensé que seguramente no os gustaría. El caso es que me voy a vivir con ella.

¡Haz el favor de dejar de decir tonterías y ya puedes venir inmediatamente!

No, papa, ya está decidido. Me ha ofrecido irme con ella a su casa.

¿A su casa? ¿Y dónde vive?

»Mi padre estaba flipando y decidí rematar la jugada.

Aunque es veinte años mayor que yo lo tengo muy claro. Estamos esperando un niño. Siempre pensé que te gustaría ser abuelo y además es mejor ahora, ya que su enfermedad todavía no está muy avanzada y no afectará en absoluto al pequeño. Tendrás un nieto sanísimo.

¿Tú qué quieres, matarnos a tu madre y a mí?

»Lo cierto es que le notaba un tanto preocupadillo, pero ¡qué demonios!, una vez que empiezas hay que rematar.

Si te preocupa de qué vamos a vivir, tranquilo. Aunque ella ya ha dejado la prostitución, que era realmente una buena fuente de ingresos, se le ha ocurrido plantar mariguana en la parcela del camping. Ah, claro, no te lo había dicho, nos vamos a vivir a una caravana que heredó de sus abuelos y la tiene en un camping. Como ves, lo tenemos todo muy bien planeado. En ese camping, según parece, viven un montón de drogatas que nos comprarán la hierba… y a vivir.

»Mi padre parecía haberse desmayado. No le sentía ni respirar.

Papa, ¿estás ahí?

»Le llamé durante un buen rato, pero no me contestaba.

Hijo, no nos puedes hacer esto me dijo. ¿Cómo se lo cuento a tu madre?

»Entonces pensé que ya había sido suficiente.

Papa, tranquilo, es todo mentira, estoy en casa de la abuela. Lo he hecho para que te dieras cuenta de que pueden pasar cosas, mucho peores, que el recibir la noticia de que tu hijo ha suspendido tres asignaturas.

»Al instante sentí un fuerte golpe en el oído: mi padre había colgado el teléfono.

¿Y ya está? preguntó Rosa.

¡Qué va!, lo peor viene ahora. A los diez minutos sonó el teléfono, lo cogió mi abuela y me dijo que era mi padre, que me pusiera. Yo no quería cogerlo, pero me animó diciendo que estaba muy tranquilo.

Hijo, me has enfadado tanto que he ido a tu habitación, he roto  la pantalla de tu ordenador, lo he tirado por la ventana, te he pisado y aplastado todas los pendrive donde tenías tus archivos y tu música y, con los nervios, me han entrado ganas de cagar y lo he hecho encima de tu ropa. Antes de romper tu ordenador, he mandado aquellas fotos que tanto te gustan, de cuando eras pequeño, a todos los contactos de la plataforma de tu colegio.

¿Cómo me has podido hacer esto papa? le pregunté rabioso. En ese momento le odiaba como nunca hubiera creído que pudiera llegar a odiar. ¿No te había dicho que era todo una broma?

No te preocupes, hijo, es todo mentira, es para que te des cuenta de que hay cosas  mucho peores que la hostia que te voy a arrear en cuanto llegues a casa.

»Colgó el teléfono tras decirme que tenía cinco minutos para presentarme en casa. Lo cierto es que la hostia aún no me la ha dado, pero sin duda me tendrá castigado todas las vacaciones.

¡Ja, ja, ja! Te has pasado tres pueblos, tío.

Lo sé. Nunca más me fiaré de la abuela.

Al tiempo que Rosa y Rafa hablaban, los padres se ponían de acuerdo y resolvían los pormenores del siniestro. Los dos coches tenían un buen golpe, pero no les impediría seguir ruta. Ninguna de las dos familias estaba dispuesta a que se vieran frustradas sus vacaciones por tal incidente. En muy poco tiempo, pensaban, se habrían olvidado los unos de los otros.

Rosa, sube la ventanilla, nos vamos ordenó su padre.

Rosa subió la ventanilla y, con un gesto de complicidad, se despidió de Rafa. Ninguno de los dos comentaría con sus padres el destino de la otra familia.

Las dos familias salían de Madrid a las once de la mañana. Era muy tarde, pero al menos les quedaba el consuelo de pensar que no encontrarían tráfico de salida.

Seamos positivos —comentó Julián, el padre de Rafa—. Seguro que no tendremos más problemas. Intentemos olvidarnos de esa gente y disfrutemos de las vacaciones.

Claro que sí, cariño respondió Gracita, su oronda mujer.

Estos dos pintorescos personajes todo lo que tenían de obesos lo tenían de pacientes y bonachones.

Aparta un poco la pierna, cariño, que tengo que meter la quinta le indicó Julián a su amada esposa.

Cada vez que tenía que cambiar de marchas tenía que indicárselo a su mujer. En ocasiones, en los semáforos, las personas que cruzaban la calle se quedaban mirando hacia el coche y se reían. Ellos nunca entendieron muy bien el por qué.

Dos personas de tal volumen, metidas en aquel pequeño utilitario, para colmo de formas redondas… Hacía pensar que habían sido ellos los que le habían dado forma presionando con sus carnes los laterales. Sus caras regordetas y aquellos mofletes enrojecidos remataban la escena. Por el contrario, Rafa era un chico delgado e incluso guapo. Quién sabe, posiblemente había sido adoptado.

Papá.

Dime, Rosa.

¿Cuándo vamos a parar?

No lo sé, hija, en principio pensábamos llegar a comer a Asturias, pero después de todo lo sucedido tendremos que picar algo en una gasolinera o… ya veremos.

Lo cierto es que yo también necesito parar comentó Pura.

«Mujeres, no se puede ir con ellas de viaje», pensó Charly.

Al instante se desviaban saliendo de la autopista tras ver un cartel anunciador de un área de servicio. El área tenía, al fondo del aparcamiento, un pequeño restaurante. Se acercaban hacia él cuando de pronto…

¿Ese no es el coche de…?

Sí, papa, ese es el coche que has abollado.

¡Niña, tengamos la fiesta en paz, eh!

Rosa, haz el favor de no provocar a tu padre.

Yo no provoco a nadie. ¿No fue él el que preguntó?

Nos vamos de aquí aseguró Charly.

De eso nada respondió su mujer. Yo no aguanto en este coche ni un segundo más.

Eso, mamá, Yo tampoco.

Tú calla ordenó la madre no la vayamos a tener todavía.

El restaurante era estrecho,  casi como un pasillo que llevaba hacia la zona del fondo, donde parecía estar el comedor. A lo largo de este pasillo estaba la barra y delante de ella, una fila de taburetes donde podías sentarte a tomar algo si tu intención no era sentarte formalmente a comer. Al abrir la puerta del restaurante, justo delante de sus narices, Charly pudo ver dos inmensos culos sentados sobre dos diminutos taburetes. «Sin duda son los del siniestro, pensó, y encima voy a tener que pedirles permiso para poder pasar al restaurante. ¡Ni de coña! Yo me largo».

¿Por qué das la vuelta? ¿A dónde vas, papá? Rosa preguntó en voz alta para que los padres de Rafa los vieran.

El matrimonio, que sentado en sus taburetes estaba dando buena cuenta de un bocadillo de tortilla acompañado de una fría jarra de cerveza, se percató de la situación.

Perdone, no se marche, hombre le dijo la mujer, que nos apartamos para que puedan pasar.

Mira qué amables, Charly indicó su mujer en aquel tono que todos conocemos de “o pasas y les das las gracias, o la tenemos”.

Lo que sí era muy cierto en aquel instante era que, si las miradas matasen, Rosa habría sido fulminada por su furioso padre.

Muchas gracias dijo Charly sonriendo “amablemente”. ¿Van también hacia Asturias? Casi se mordió la lengua mientras pronunciaba la pregunta. Charly no tenía el más mínimo interés en entablar una conversación con aquellos sujetos y no entendía cómo se le había ocurrido plantear tal pregunta. Los padres de Rafa eran de esas personas “súperamable-mentepreguntonas” que todos hemos tenido que soportar alguna vez.

Una mesa para ocho fue ocupada por las dos familias que “amablemente” compartieron” en aquel pequeño restaurante de carretera.

Curiosamente los dos matrimonios evitaron hacer comentario alguno sobre el lugar concreto hacia el que se dirigían. Rafa y Rosa se situaron en uno de los extremos de la mesa, sus móviles en la mano y de vez en cuando alguna miradita cómplice les recordaba que seguían siendo los únicos que sabían hacia dónde se dirigían las dos familias.

Al despedirse amablemente se desearon unas felices vacaciones.

De aquí, directos al hotel sentenció Charly, a ver si nos los vamos a encontrar otra vez y nos acaban amargando las vacaciones.

Pues han sido muy amables comentó Pura, y Gracita es una mujer encantadora.

«¿Encantadora…?», pensó Charly.

No me negaréis que Julián es un pelmazo.

Bueno, papá, no te pases intervino Rosa.

No te pases, no te pases… respondió su padre en tono de burla al tiempo que se incorporaba a la autopista.

Rafa volvió a sentarse en el asiento trasero del coche antes de que sus padres se acercasen. Sin duda sabían que su hijo estaba allí, pero estaban tan enfadados con él que le ignoraban totalmente. Una vez en Asturias, Rafa ya no pudo más. Le hubiera gustado comentar con sus padres el paisaje que apareció ante sus ojos al cruzar el puerto: las montañas, los campos verdes, los riachuelos que inundaban todo de vida. Tenía que comentar algo con ellos, pero no sabía cómo hacer. De pronto se decidió a preguntar:

En Asturias hay muchas moscas, ¿verdad?

Sus padres no le hicieron el más mínimo caso. Este hecho preocupó más a Rafa hasta que su madre hizo el comentario:

Mira, Julián, ha entrado en el coche un mosco de esos.

A lo que este contestó con la paciencia que caracteriza al sabio:

No, cariño, no es un mosco, es una mosca.

Gracita giró la cabeza para mirar a Julián que tenía su vista fija en la carretera. Con cara de sorpresa le dijo:

Caramba, Julián, pues qué vista tienes.

Este tipo de chistosas respuestas eran muy frecuentes entre el matrimonio. Los tres pasaban ratos muy agradables riéndose de estas ocurrencias. Rafa pudo ver por el espejo retrovisor que los dos estaban conteniendo la risa. Había esperanza, era posible que le perdonasen la vida.

Buenas tardes, ¿es usted Enrique?

Sí. Ustedes supongo que serán Charly y Pura, ¿verdad?

No, no dijo Julián sonriendo. Somos Julián y Gracita y este es nuestro hijo Rafa.

Ah, sí, disculpen, también los esperaba.

Rafa se quedó expectante. Sus padres no parecían haberse dado cuenta de la coincidencia.

Acompáñenme, por favor, les enseñaré su apartamento.

¿Falta mucho para llegar? preguntó Rosa.

No, hija, mira el cartel respondió su padre. La salida está a un kilómetro.

Las dos familias se alojaron esa misma tarde en los dos apartamentos del primer piso. Estos se encontraban en los dos extremos de la planta, separados por dos habitaciones que completaban el conjunto de la edificación. Mientras sus padres deshacían las maletas, Rosa y Rafa salían a las terrazas de sus correspondientes apartamentos.

     

***

Ante sus ojos, allá, al fondo, se podían ver entre dos montañas cercanas, alumbradas por el sol, las cimas de los picos de Europa. Bajando la vista se divisaban campos de cultivo, fincas de hierba verde donde pastaban los animales de las granjas. Abajo, en el valle, la ría de Villaviciosa remataba la escena reflejando en sus aguas las verdes y caprichosas formas de los frondosos árboles.

***

Dos familias tan diferentes. Dos jóvenes que jamás hubieran pensado llegar a conocerse, coincidían en un lugar mágico donde, sin saberlo, sus vidas cambiarían para siempre.

A partir de este momento solamente ellos y yo sabemos lo que sucedió este verano.

Rafa y Rosa, al mismo tiempo, entraron en sus respectivos apartamentos. Dejaron sus móviles sobre la mesa de las salas de estar y se dirigieron hacia la puerta. Sus padres, asombrados al ver aquellos tesoros allí depositados, se quedaron sin habla. Los dos cerraron la puerta tras de sí. Las entradas de los apartamentos estaban una frente a otra, en los dos extremos del pasillo que conducía a la escalera por la cual se accedía a la planta baja y al jardín.

¿Qué te ha parecido el apartamento? —preguntó Rosa, no porque le importara la respuesta, si no por iniciar conversación.

Bien respondió Rafa sin mostrar tampoco mucho interés. ¿Damos una vuelta por el jardín?

Vale aceptó Rosa en tono apático.

En un lado de la finca un hombre de no menos de sesenta años limpiaba hierbajos de alrededor de un árbol. Resultó ser Enrique, el padre de Enrique, sí, el que les recibió al llegar. Estuvieron hablando con él un largo rato al tiempo que este les enseñó toda la propiedad. En una zona de la finca las rocas emergen de la tierra y entre dos de estas Rafa vio lo que parecía un profundo agujero. La curiosidad le hizo preguntar si este conducía a alguna parte. Enrique, que ya esperaba tal pregunta, le respondió:

Hay una leyenda sobre este hoyo que se ha trasmitido entre generaciones durante muchos  años. Ahora es simplemente un hoyo que parece no conducir a ninguna parte, pero hubo un tiempo en que… Bueno, esto es un poco largo de contar y… mejor lo dejamos para esta noche. Si queréis conocer la historia os espero aquí a las once y media, nos sentaremos alrededor del hoyo y os la contaré. Hoy es el día indicado, hay luna llena y… si todo se cumple, el paso se abrirá.

¿Qué paso? preguntó Rafa alarmado.

Ya lo sabréis. Todo a su tiempo le respondió Enrique que continuó: Solamente os puedo decir que para que el paso se habrá tendréis que escuchar la historia con mucha atención. Vosotros habéis llegado en el momento oportuno, en el día elegido.

Rosa no necesitó permiso para acudir a la cita y Rafa tampoco. Sus padres se habían encontrado, como era de esperar y, durante el transcurso del día, se habían hecho amigos. Los dos matrimonios, sentados en la solana del hotel y acompañados por unas botellas de sidra, parecían dispuestos a divertirse hasta altas horas de la madrugada.

Enrique les indicó dónde se deberían sentar y, sin perder tiempo, les comenzó a relatar:

—La historia comienza hace muchos pero que muchos años en un poblado, un asentamiento de los primeros astures que había muy cerca de aquí. Sus chozas habían sido construidas en lo alto del acantilado, en la desembocadura de la ría. En el poblado, cuando un muchacho llegaba a ver catorce primaveras, se celebraba una ceremonia en su honor. A partir de ese momento se iniciaría en las artes de la caza o la pesca. Su padre, como era tradición, le hacía entrega de sus primeras armas: un cuchillo y una lanza, o un cuchillo y un arpón. Tras esta ceremonia ya se le consideraba preparado para ir de caza con los mayores de la tribu. Si en su clan eran pescadores, desde ese día faenaría en el barco de su familia.

Aquella mañana las condiciones del tiempo no permitían hacerse a la mar. En esos días los iniciados acompañaban a los más pequeños y les enseñaban a recolectar frutos y raíces.

Brayan, el mayor de los cuatro, ya tenía su cuchillo y su arpón. Su padre se los había entregado hacía unos días.

Brayan pudo ver cómo Wendy tropezaba y se caía a la orilla del camino. Asustado corrió hacia ella y preguntó:

—¿Qué te ha pasado, Wendy? ¿Te has hecho daño?

—Creo que no —respondió la muchacha—. No he visto el hoyo y he metido el pie en él.

Kendra, que venía tras ellos, se acercó y mientras Brayan ayudaba a Wendy a sacar el pie que se había quedado atrapado, apartaba el rastrojal. Kendra pudo descubrir que aquel pozo era muy profundo. En el fondo había una losa de piedra perfectamente pulida que proyectaba una extraña luz. En su centro un dibujo mostraba la figura de una bella mujer que con la mano extendida parecía indicar un camino. Cuando Alanna, que venía más rezagada, se acercó, Kendra ya se disponía a bajar.   

¿Qué hacéis? preguntó Alanna.

Kendra ha descubierto algo y ha bajado al hoyo para ver de qué se trata respondió Brayan.

***

Brayan, apodado “el fuerte”, era un idealista, muy querido por su especial forma de ser, emotivo y sensible. Tenía tres amigos que le seguían y por quienes sería capaz de dar su vida.

Wendy, “la de las blancas pestañas”, era una muchacha albina que seguiría a Brayan hasta el confín de los mundos. Su tierno gesto reflejaba la pureza y la inocencia de las más jóvenes mujeres.

Kendra, “el más grande campeón”, era el más pequeño de los cuatro, un niño vivaracho y un gran observador. Brayan para él era su líder, un ejemplo a seguir.

Alanna, “bella brillante”, era una niña un tanto bohemia, enamorada de la música, el arte y la literatura. Pintaba escenas de caza y escribía jeroglíficos en las paredes  de las cuevas y en las rocas de la playa. Tenía un don muy especial, gracias al cual era capaz de descifrar cualquier enigma o interpretar cualquier imagen.

Ilustración de Rosa García

¡Alana! gritó Kendra. Tienes que bajar aquí a ver esto. «¿Qué significado puede tener esta imagen?», pensó.

La niña bajó al pozo y Brayan y Wendy quedaron a la espera asomados a la boca del hoyo.

La mano revela claramente esa dirección afirmó Alanna indicando con la mano la misma que mostraba aquella imagen.

Al apartar un poco de tierra y más rastrojos, descubrieron que tras ellos se habría un estrecho túnel semicircular. Al fondo de este una intensa luz les mostraba una gran cavidad.

Alanna, cautelosa, comenzó a avanzar por el túnel. Kendra, sin pararse a pensar, la siguió.

—¿Dónde estáis que no os vemos? —gritó Brayan que se encontraba echado en el suelo al lado de Wendy y con las cabezas metidas en el hoyo.

—¡Bajad! ¡Hay un pasadizo! —gritó Kendra.

—¡Quietos donde estáis! —ordenó Brayan—. ¡Esperad a que lleguemos, puede ser peligroso!

Los cuatro se encaminaron hacia la cavidad por aquel pasadizo construido con piedras talladas y perfectamente pulidas. Brillaban como si alguien las hubiera estado limpiando esa misma mañana. Al llegar al final del túnel Brayan iba delante y con la mano indicaba cautela a los demás. Se asomó y vio que en la estancia no había nadie. Los cuatro entraron y sin separar las espaldas de la pared se situaron uno al lado del otro muy cerca de la entrada.

La cavidad tenía forma circular. Su techo en bóveda se alzaba hasta alcanzar la altura de la montaña que la ocultaba. Toda la estancia, desde el suelo hasta el punto más alto, había sido construida con la misma piedra perfectamente pulida y brillante. En toda esta no se veía ni la más insignificante grieta por la que se pudiera colar el más mínimo rayo de luz. No obstante, el brillo de aquella piedra iluminaba el espacio como si los rayos del sol penetraran a través de su inexistente transparencia. En el centro, una gran mesa redonda de piedra negra presidía el lugar. Sobre esta se dibujaban infinidad de jeroglíficos. Los grabados hechos con incrustaciones de hilos de plata tallando la misma piedra no sobresalían de esta. La superficie se mostraba perfectamente pulida y brillante. Alrededor de la mesa estaban dispuestos cuatro tronos construidos con la misma piedra de azabache.

Alanna, que tenía el don de descifrar todos los signos ya fueran escritos por los hombres o por los dioses, se acercó a la mesa mientras los demás, enmudecidos, no separaban las espaldas de la fría piedra. Tras observar los tronos y estudiar minuciosamente los grabados dijo:

En estos tronos se sientan los dioses y sobre esta mesa escriben nuestros destinos. Este trono que mira al norte es el de Taranus, “señor del cielo”, el que gobierna las tormentas. Esta rueda de rayos grabada en el respaldo representa al sol y este es su símbolo. En el que mira al sur se sienta Cernunnos, “señor de la caza”, guardián del bosque y la naturaleza. En el que anuncia el alba se sienta Deva, “señora del agua”, que gobierna la mar, los ríos y los manantiales que brotan de la tierra. Esta diosa se enamoró de un humano pero este amor duró solamente un día.  Desde entonces llora recluida en su morada y por esto el agua de la mar es salada. En el cuarto trono, el del atardecer, se sienta Donn, “el Oscuro”, el dios de los muertos.

¡Sentémonos en ellos e invoquemos a los dioses! ¯ordenó Brayan sentándose al tiempo en el trono de Taranus—. Todos sabemos lo que están haciendo con nuestro pueblo. Ya que hemos encontrado su morada, aprovechemos para preguntar por qué lo hacen.

Y… ¿quién se sentará en el trono de Donn? pregunto Kendra al tiempo que se daba cuenta de que sería él.

Los otros dos tronos deberían ser ocupados por las mujeres. Brayan lo había decidido así y Kendra, como fiel seguidor, no dudaría. El trono de Deva fue ocupado por Wendy y el de Cernunnos por Alanna.

Ocupados los cuatros tronos el círculo se cerraría y los dioses acudirían a su llamada. Los cuatro, sentados, esperaban una señal. La cavidad se encontraba en absoluto silencio. Brayan, Wendy y Kendra miraban a Alanna, que se mostraba tan perpleja como ellos. No sucedía nada. Brayan se levantó y se dirigió hacia Kendra. Este se encontraba delante del trono, pero aunque parecía sentado, con las piernas y brazos apoyados en la mesa, hacía fuerza para que sus partes nobles no tocaran la fría piedra. Brayan se rio y comentó en voz alta lo que sucedía.

Has de hacerlo le explicó Alanna. Si tus posaderas no descansan en el trono, no se cerrará el círculo y los dioses no acudirán.

Kendra se dejó caer sobre la fría piedra y Brayan se dirigió de nuevo a su sitio. Al sentarse, un haz de luz que procedía de lo más alto de la cúpula iluminó el centro de la mesa. Cuatro rayos salieron reflejados de esta y proyectaron su luz sobre ellos. Pudieron sentir la presencia de los dioses que, curiosos, les observaban.

¿Qué queréis de nosotros? preguntó Taranus al tiempo que se mostraba de pie sobre el centro de la mesa.

Su apariencia humana mostraba a un hombre fuerte de largas melenas. Sus barbas tupidas y oscuras dejaban ver solamente su boca y sus grandes ojos. Sus cejas pobladas y juntas le cubrían la frente. Vestía como un guerrero y en la mano portaba un disco del que salían rayos de luz que iluminaban toda la bóveda.

Brayan, decidido, se puso en pie para hablar:

Estamos aquí para preguntaros por qué mandáis tantas desgracias sobre nuestro pueblo. La diosa Deva ha inundado nuestras tierras de cultivo con la sal de sus lágrimas y ha destrozado nuestras cosechas. Cernunnos nos ha retirado la caza y tú mismo nos mandas sequías que dejan sin agua los manantiales y traen enfermedades y desolación. La muerte acecha nuestras casas y siembra el dolor entre nuestras familias.

Brayan se dio cuenta de lo que acababa de hacer: se había enfrentado a los dioses acusándolos de su desgracia. Todos se quedaron en silencio. Los cuatro inclinaron las cabezas en señal de respeto. Esperaban no haber desatado la ira de los dioses tras su impertinente osadía.

Una suave voz procedente de donde nace el día les dijo:

Yo no he cubierto con mis lágrimas vuestros huertos. No os deseo ningún mal, ya que no os considero responsables de mi mal de amores.

Otra voz fría como el viento del norte expresó su enfado y sorpresa ante aquella acusación:

No os he retirado la caza, ¿por qué habría de hacerlo? Si los animales se han ido, o tras vuestras continuas batidas los habéis exterminado, ¿cómo osáis culparme?

Taranus cogió la palabra y en un tono más conciliador les dijo:

No deberías presentaros ante nosotros para acusarnos de nada. Deberíais hacerlo para pedir consejo.

Unas risas malévolas  llegaban del oeste por donde comienza la noche y todo se vuelve oscuridad. Tras ellas, una voz ronca y entrecortada les decía a los dioses:

Son tan estúpidos que nunca serán capaces de ver ni sus propias miserias. ¿Cómo podéis pretender que estén capacitados para resolver tales problemas? Yo soy paciente —continuó diciendo—, esperaré, pero no creo que lo haga durante mucho tiempo. Me llevaré con tal facilidad a todo vuestro pueblo que no precisare para ello de ningún esfuerzo.

Todo volvió a quedar en silencio. La luz que procedía del centro de la cúpula se fue disipando llevándose consigo los rayos que los iluminaban y la imagen del dios de las tormentas que les había hablado.

¿Qué ha sucedido? preguntó Wendy, que se sentía desconcertada. Se han ido y no nos han solucionado nada.

¡Lo que han hecho ha sido quitarse culpas y dejarnos igual que estábamos al principio! afirmó Kendra enojado.

Yo creo que nos han querido dar alguna pista de cómo debemos de actuar razonó Brayan al tiempo que miraba hacia Alanna en busca de respuesta.

¡Lo único que han hecho es culparnos a nosotros mismos de lo que está sucediendo! reafirmó Kendra.

Yo opino concluyó Alanna que lo que quieren es castigarnos por nuestra impertinencia y someternos a una dura prueba.

Una voz que procedía de todas partes y retumbaba en sus oídos les dijo:

¡Alanna está en lo cierto! ¡Habéis irrumpido en su morada, habéis posado vuestros traseros mortales en sus tronos, profanándolos, y habéis osado insultarlos con vuestros reproches! ¿Decís que se han ido sin daros respuesta? —Aquella voz pareció calmarse al continuar diciendo—: Deva os ha aclarado que no tiene motivos para causaros mal. Los campos de cultivo están en el llano y al nivel del mar. Las grandes mareas del año llegan solas a ellos. Cernunnos os ha explicado con claridad lo sucedido con la caza y Taranus no tiene la culpa de que no seáis previsores. Con vuestra conducta habéis despertado la ira de los dioses y tendréis que pagar por ello.

Los cuatro estaban juntos a un lado de la mesa cuando la voz les dijo que se fijaran en la entrada por la que habían accedido a la sala. Al instante las paredes comenzaron a dar vueltas y vueltas. A cada momento alcanzaban más velocidad. Los cuatro muchachos intentaban seguir con la vista el hueco del pasadizo. Era imposible. La velocidad a la que giraban las paredes les hacía ver cientos de entradas iguales. Tras unos interminables minutos las paredes dejaron de moverse. Detrás de cada uno de los tronos, en la pared, pudieron ver cuatro salidas exactamente iguales. Era imposible averiguar por cuál de ellas habían accedido.

De nuevo, la voz les dijo:

Pensad bien por cuál de ellas decidiréis salir. Habéis entrado por la del dios Taranus que estaba justo detrás de su trono. Si salís por ella todo estará igual que antes. Si salís por la de la diosa Deva, solamente seréis castigados con la destrucción de las cosechas. Si optáis por la de Cernunnos no habrá caza para vuestro pueblo, y si accedéis al exterior por la de Donn, solamente encontraréis muerte y destrucción. Los habéis enojado, pero aun así han decidido daros una oportunidad. Si al salir os encontráis con uno de los castigos impuestos, lo tendréis que aceptar. Solamente os podrán librar de él dos jóvenes de vuestra edad. Los dos han de creer la historia que en un tiempo futuro un hombre de avanzada edad les contará. Será la noche de la primera luna llena del verano, pero habrán de pasar antes quinientas primaveras. Los dos se sentarán alrededor del hoyo por el que habéis entrado. El hombre les contará vuestra historia, el paso se abrirá y ellos podrán pedir clemencia. Tras esto, y si ellos os saben disculpar, los dioses os perdonarán.

La voz se enmudeció dejando paso nuevamente a un absoluto silencio.

¡Es fácil! ¡Salimos por la que está detrás del trono de Taranus y todo seguirá igual! aventuró Kendra convencido de tener la solución. Cambiaremos los campos a tierras más altas, regularemos la caza y construiremos una presa para retener el agua y poder regar en tiempos de sequía. ¡Es cierto! ¡Nos han dado la solución! —exclamó victorioso.

Eso sería lo más acertado afirmó Brayan, pero ¿cómo podemos saber, tras los giros, que la salida que quedó tras el trono de Taranus es la suya?

Eso es imposible de averiguar aseguró Alanna. Todos los túneles son exactamente iguales.

Salgamos por la de Taranus, quizá no las han cambiado aventuró Wendy.

Yo estoy de acuerdo afirmó Kendra.

Si a ti te parece bien, salgamos dijo Alanna dirigiendo su consulta hacia Brayan.

Los cuatro se dirigieron hacia el pasadizo y, una vez en el exterior, fueron hacia su poblado. Las tierras de cultivo estaban en tierras bajas protegidas del viento por el acantilado sobre el que se asentaba el poblado. Las grandes mareas habían destruido por completo las cosechas y a su llegada al pueblo pudieron ver las enfermedades que sufrían por no tener para llevarse a la boca ni un solo brote verde. Todos los campos de alrededor del poblado y hasta donde alcanzaba la vista estaban desolados. En ellos no nacía ni una sola mala hierba. Habían salido por el pasadizo de la diosa Deva y esta había cumplido su amenaza.

Debemos regresar dijo Kendra, preocupado por las enfermedades que asolaban a su pueblo.

Brayan y Wendy se mostraron de acuerdo con él. Sin pensarlo, se encaminaron hacia la montaña cuando fueron detenidos por Alanna:

Esperad. ¿A dónde vais? les dijo. Tenemos las tierras totalmente desoladas y ha sido por nuestra culpa, pero no es nuestra la elección de otra puerta. Podemos vivir de la pesca y tener cuidado con la caza. Cazaremos menos y dejaremos con ello que las especies se reproduzcan. Si tenemos cuidado, en poco tiempo la caza volverá a ser fuente de alimento.

¿Y las enfermedades causadas por la falta del maíz y demás frutos del cultivo cómo las evitaremos? preguntó Wendy.

Podríamos comerciar con los pueblos del interior que son agricultores. Les podemos cambiar sus productos por pescado aseguró Alanna.

Los tres se quedaron pensativos ante la propuesta y se sentaron a deliberar. A Wendy le daba igual hacer una cosa que otra. Era la viva imagen de la apatía, mostraba la indiferencia que no ve las consecuencias de las decisiones. A Kendra le podía su juventud alocada. Era un gran amigo del riesgo y la aventura que anteponía a los posibles resultados de sus acciones. Brayan, el cabecilla del grupo y sobre el que recaía la responsabilidad de las acciones de los cuatro, no dudó:

Estoy seguro de que si volvemos a la morada de los dioses nos escucharán y sabrán perdonarnos.

Esta afirmación convenció a los tres que caminaron tras él. Los cuatro se dirigieron de nuevo hacia la morada de los dioses para pedir consejo. Al llegar a la entrada del túnel vieron que no existía. Solamente encontraron este hoyo, en el que Wendy había metido el pie.

Eran exactamente las doce de la noche. Era la primera luna llena del verano y habían pasado quinientas primaveras cuando… Ante los ojos de Rosa y Rafa el hoyo alrededor del cual se hallaban se comenzó a ensanchar y a coger profundidad. La piedra con la imagen que indicaba el camino volvió a brillar. Los dos miraron a Enrique. Este, tras una breve pausa, les indicó:

Sin duda sois vosotros los elegidos por los dioses. Debéis bajar al pozo y dirigiros hacia su morada, pero cuidado, sed respetuosos y no cometáis los mismos errores que cometieron aquellos chicos. Si lo hacéis bien, los dioses concederán el perdón y habréis librado a estas tierras de la maldición. Si falláis, al salir todos estos campos verdes habrán desaparecido. Las fuentes y los riachuelos se habrán secado. Todo el paisaje será un desierto, todo lo que ahora es un vergel.

YO SÉ LO QUE HAN HECHO ESTE VERANO.  ¿Vosotros queréis saberlo? (Continuará).

Jesús Rodríguez

La sirena caprichosa

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Poesía

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Yolanda Aller. La ilustración es propiedad de Jesús Rodríguez. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La sirena caprichosa.

Para quedarme contigo te hice del mar.

Como sirena que era

dirigí tu timón

¡A babor! ¡A estribor!

Soplé el aire turbio y desaliñado

sobre tus velas rotas a la deriva.

Y hasta te traje una gaviota con un trozo de pan.

Como sirena que era

entre cantos y llantos

revolví la ávida marea sobre tu navío

y derribé los mástiles de madera

para hacerte perecer.

Me maldijeron mis hermanas,

me robaron las caracolas,

desaparecieron mis corales…

y hasta hubo un momento en el que,

de tristeza,

casi me ahogué.

Renací en una gran ola

que llené de espuma,

y, altiva y caprichosa,

te envolví en la red de esparto

que, en un pasado, me alimentó.

 

¡Cómo no quedarme entonces con tu esencia marina impregnada de sal!

¡Cómo hacerte olvidar el barro de la playa de la que viniste!

¿No te quedas conmigo?

¿No te seduce mi canto divino

ni mi templo de nácar

ni el poder sobre el mar?

Hace días que no te encuentro.

No te he visto en la playa

y he mirado en la bahía.

¿Acaso han embebido las mujeres

tus ansias de vida inmortal

y te has ido con ellas?

Yo me he quedado sola.

¡Oh, aguas mías!

Revolviendo la arena del muelle.

¡Oh, malecón impasible!

Aguardando tu naufragio venidero,

tu alma perdida,

tu voz encallada,

tu piel infinita.

Todo es espera a esta hora,

a esta hora,

enredada entre las algas rojas,

a cada estrella de mar

le pregunto

sin esperanza

si te ha visto.

Ilustración de Jesús Rodríguez

Yolanda Aller

Febrero 2014

Ciprianillo

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Lado oscuro

Rating: +14

Este relato es propiedad de Jesús Rodríguez Redondo. Las ilustraciones son propiedad de Paloma Muñoz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Ciprianillo.

Búhos, lechuzas, sapos y brujas…

Demonios, trasgos y diablos, espíritus de las nebulosas sendas.

Cuervos, salamandras y hechiceras: hechizos de las curanderas.

Podridos tallos agujereados, hogar de los gusanos y alimañas.

Fuego de las Santas Compañas, mal de ojo, negros hechizos, olor de los muertos, truenos y rayos.

Aullido del perro, pregón de la muerte; hocico del sátiro y pie del conejo.

Pecadora lengua de la mala mujer casada con un hombre viejo.

Infierno de Satán y Belcebú, fuego de los cadáveres ardientes, cuerpos mutilados de los indecentes, pedos de los infernales culos, mugido de la mar embravecida.

Vientre inútil de la mujer soltera, maullar de los gatos que andan en celo, greña sucia de la cabra mal parida.

Con este cazo levantaré las llamas de este fuego que se asemeja al del infierno, y huirán las brujas a caballo de sus escobas, yéndose a bañar en la playa de las arenas gordas.

¡Oíd, oíd! los rugidos que dan las que no pueden dejar de quemarse en el aguardiente quedando así purificadas.

Y cuando este brebaje baje por nuestras gargantas, quedaremos libres de los males de nuestra alma y de todo embrujo.

Fuerzas del aire, tierra, mar y fuego, a vosotros hago esta llamada: si es verdad que tenéis más poder que la humana gente, aquí y ahora, haced que los espíritus de los amigos que están fuera, participen con nosotros de esta Queimada.

***

Durante toda su corta vida guardó los secretos. Toda su vida sin poder compartir con nadie las cosas que iba descubriendo. Lo que aquel niño había llegado a averiguar, no se podía relatar. El simple hecho de hacerlo; traería, a quien osara, todos los males, males inimaginables. Toda su vida sufrió el acecho de las maldiciones de los diablos y fue perseguido por los conjuros de las brujas.

—Los diablos y las brujas custodian los conjuros y las más secretas pócimas, los guardan con celo en las entrañas de la tierra y nadie, tiene ni tendrá nunca acceso a ellas—Dijo aquel hombre mientras llenaba las tazas de barro con el aún ardiente orujo que a borbotones manaba de aquella queimada.

«¿Por qué habré espiado tras la puerta? —Se preguntaba Ciprianillo— me habían advertido de que no lo hiciera. Maldigo el día en que escuche aquel conjuro».

***

Ciprianillo y su familia vivían en un pueblecito muy cercano a Santiago de Compostela. Su casa era una de las que salpicaban los coches que, en los días lluviosos, transitaban por aquella pequeña carretera. En la parte trasera de la casa, una pequeña huerta abastecía de verduras y otras hortalizas a esta humilde familia. En una esquina, una pequeña caseta de maderas viejas servía de cobijo al cochino que todos los años se criaba, para a continuación, servir de alimento en los fríos días de invierno. Tras la huerta, la vía del tren, y a continuación; campos de cultivo, bosques y praderas. Varias casas iguales se extendían a lo largo de la angosta carretera. Eran las casas que, en su día, había construido la empresa ferroviaria para albergar a las familias de sus trabajadores.

Ciprianillo siempre había sentido mucha curiosidad por las historias que contaban los mayores y en especial, si se trababa de relatos sobre hechizos, o brujerías. Había oído hablar de la Santa Compaña, de la Reyna Lupa y de muchas más cosas que habían ocurrido en el monte que se elevaba a muy pocos kilómetros de su casa. El Pico Sacro era el lugar más misterioso para Ciprianillo y al que iba siempre que le era posible.

Aquella noche comenzó todo.

El muchacho, tras cenar, se retiró a su habitación. Era una fría moche de invierno, en la que el cielo, se mostraba totalmente despejado. La luna llena alumbraba los campos y bosques que se podían ver tras la ventana de su habitación. El viento estaba en calma y a sus oídos no llegaba el más mínimo sonido. El muchacho apagó la luz de su cuarto y se dispuso a dormir. Echado en su cama y mirando a la ventana podía ver las copas de los árboles de una finca cercana. La luz de la luna, las alumbraba…

«¡No mires, no mires! —Pensaba Ciprianillo mientras tras la ventana de su cuarto tañía una pequeña campana, a sus oídos llegaban canticos fúnebres y murmullos de oraciones—»

Echado en la cama continuaba mirando hacia la ventana. Solamente podía ver las copas de los árboles de la finca cercana. Sabía que no se debía de incorporar para ver más abajo, para poder ver lo que sucedía en la carretera delante de su casa. La campana seguía sonando y tanto esta como los canticos y oraciones llegaban a sus oídos con más claridad. Hubo algo que se dejó de oír; el sonido de las cadenas que arrastraban en su caminar. La Santa Compaña, se había parado.

Ilustración de Paloma Muñoz

«Se han parado delante de la casa ¿Qué quieren? ¿Estarán justo delante, o habrán parado en la del vecino?»

La curiosidad pudo con Ciprianillo que, de un salto, salió de la cama acercándose a la ventana. La Santa Compaña se había parado ante la casa de su vecino, «Pobre hombre —pensó— muy pronto le visitará la muerte».

En ese momento, el muchacho no sabía por qué, él, era capaz de ver a la Santa Compaña. Se decía que muy pocos la podían ver. Sus padres le prohibían desde muy pequeño estar presente cuando pronunciaban el conjuro de la queimada, o asistían a reuniones en las que se pronunciaban otros, o eran presididas por alguna de las brujas de la zona que invocaban a los espíritus de los muertos. Sus padres le intentaban proteger. Sabían que Ciprianillo podría ver a la Santa Compaña y que también podría descubrir los misterios escondidos en los hechizos de las brujas y en las maldiciones de los demonios. Ciprianillo había sido bautizado, por error del cura del pueblo, con el óleo de los difuntos.

«¿Me habrán visto? —se preguntó a continuación».

Tras este pensamiento, y para aclarar su duda, abrió la ventana y se asomó. Pudo percibir el olor a cera de los cirios que portaban y pudo ver cómo quien portaba una cruz y un caldero con agua, le miraba. Era el mortal que presidía el cortejo. Ciprianillo le pudo reconocer, era su vecino.

Hacía tiempo que se comentaba en el pueblo. Roberto, su vecino, llevaba un tiempo en el que se le veía desmejorado, como si una extraña enfermedad le estuviera consumiendo. El médico del pueblo ya le había mandado a varios especialistas de Santiago, pero ninguno supo decir el mal que le aquejaba.

***

Los elegidos para ir delante de la Santa Compaña son mortales que no recuerdan durante el día lo ocurrido en el transcurso de la noche. Únicamente se podrá reconocer a las personas penadas con este castigo por su extremada delgadez y palidez. Cada noche su luz será más intensa y cada día su palidez irá en aumento. No les permiten descansar ninguna noche, por lo que su salud se va debilitando hasta enfermar sin que nadie sepa las causas de tan misterioso mal. Condenados a vagar noche tras noche hasta que mueran u otro incauto sea sorprendido (al cual el que encabeza la procesión le deberá pasar la cruz que porta).

***

Roberto miraba a Cipianillo y con su gesto le ofrecía la cruz que portaba. Al instante se dio cuenta de que todas las ánimas, todas las almas en pena que formaban aquella procesión de difuntos, le miraban e invitaban a que se uniera a ellos. Ciprianillo no iba a ser el incauto que portara la cruz. No estaba dispuesto a cumplir la pena impuesta por alguna autoridad del más allá a su vecino Roberto. Cerro la ventana retirando la mirada antes de que fuera demasiado tarde y su embrujo le hiciera perder la razón accediendo a aquella macabra petición.

Ciprianillo sabía que tenía que apartarse de su camino si se la encontraba, también sabía que se podría librar de ella tirándose boca abajo y esperando sin moverse, aunque la compaña le pasara por encima. Sabía que nunca debería de tomar una vela que le tendiera algún difunto de la procesión, pues este gesto le condenaría a formar parte de ella. Lo que no sabía era cómo librarse una vez que sabían que los había visto y le habían ofrecido la cruz. Cogió una tiza de la pizarra que tenía en su habitación donde apuntaba y hacía sus dibujos. Pintó un círculo en el suelo y dentro de este dibujó una cruz; se postro en el suelo dentro del círculo, se tapó los oídos para no escuchar la voz ni el sonido de la compaña y se puso a rezar.

No sabía si esto serviría para que la procesión siguiera su camino pero… Pasados cinco minutos se atrevió a separar las manos que tapaban sus oídos. No se oían los rezos ni los cantos funerarios, ya no olía a cera de los cirios y la carretera, una vez que se atrevió a incorporarse y asomarse de nuevo a la ventana, estaba despejada. La Santa Compaña había continuado en busca de otro incauto.

—Padre, padre, despierte.

Ciprianillo había ido a la habitación de sus padres, no podía dormir y necesitaba contarle lo que había sucedido.

—¿Qué sucede hijo, por qué me despiertas a estas horas?

—Ya sé cuál es la enfermedad que consume a nuestro vecino Roberto.

—¿Y para eso me despiertas? ¿Cómo puedes saberlo?

—he visto la Santa Compaña y él presidía el cortejo.

Su padre salió de un salto de la cama, sabía que tarde o temprano iba a suceder pero no pudo evitar la sorpresa.

—Vamos a la cocina no despertemos a tu madre —le dijo mientras lo cogía del brazo y lo sacaba de la habitación.

Ciprianillo se sentó en una banqueta y mirando hacia su padre, que daba vueltas de un lado a otro de la cocina, esperaba que le tranquilizara.

—Ya sabía yo que esto iba a suceder —dijo su padre en voz muy baja mientras apretaba con rabia los dientes.

—¿Qué iba a suceder qué? —Preguntó Ciprianillo aún más asustado.

Su padre dejó de dar vueltas por la cocina y se sentó a su lado, apoyó los codos sobre la mesa y con las manos en la frente y la mirada depositada en la mesa le dijo:

—No quería que sucediera tan pronto, eres demasiado joven todavía para comprenderlo.

—¿Para comprender qué? No me asustes más por favor.

—Solamente tienes quince años y no estás preparado. Has visto a la Santa Compaña, has identificado al mortal que porta la cruz y no te han llevado. Sin duda eres el elegido. Lo supe cuando hace quince años don Román te bautizó utilizando por equivocación el óleo de los muertos.

—¿De qué estás Hablando? ¿Cómo que me ha bautizado con el óleo de los muertos? ¿Qué significa todo esto?

Ciprianillo, al no poder dormir por los nervios y el susto había ido a buscar consuelo en su padre, ahora; no solo no dormiría esa noche, no dormiría el resto de su vida.

Aquel hombre levantó la cabeza y miro directamente a los ojos de su hijo. Su mirada expresaba un profundo desasosiego.

—Hijo, si la Santa Compaña no te ha llevado, es porque eres sin duda el elegido. A partir de ahora los demonios y las brujas, los espíritus del mal y las almas que no encuentran el camino te seguirán. Tú serás el encargado de recoger todas sus súplicas, de manejar sus conjuros y maldiciones y de ser el custodio de tanto conocimiento. Por las noches recibirás la visita de las almas en pena que te pedirán consejo, las brujas intentarán maldecirte con sus hechizos y los demonios lucharán por adueñarse de tu alma. Cada vez que consigas hacer que un alma en pena encuentre el camino hacia la luz, te adueñaras de un conjuro de bruja y con este ya nunca te podrán hacer daño. Los demonios perderán fuerzas y estarás más protegido contra ellos. Cuantas más ánimas liberes y más conjuros poseas, más fuerte serás y llegará el día en que podrás descansar pero este no llegará hasta que hallas recopilado todos los conjuros de las brujas y hallas dominado con tu fuerza a los mismísimos demonios.

—¿Y qué puedo hacer? —Preguntó ciprianillo— ¿No sé por dónde he de empezar?

—No tienes que hacer nada, solamente tienes que liberar las almas de los que te lo soliciten y esto sucederá por las noches, ellas te visitarán en tu habitación y te contarán lo que les atormenta. Si solucionas sus pesares podrán pasar al otro lado y descansar en el mundo de los muertos. Cada noche vendrá una, y cada noche de luna llena tendrás que ir al Pico Sacro y en el momento en que esta alumbre el paso de la Reina Lupa podrás reclamar para ti los conjuros de las brujas. Podrás reclamar tantos conjuros como almas hayan cruzado el paso desde la anterior luna llena. No puedes hablar de esto con nadie, si lo haces, las brujas prepararán un festín ante la capilla del pico y saciarán su hambre con el caldo de tus propias entrañas. Los demonios se llevarán tu alma y esta tierra quedará para siempre en las sombras. Las brujas y los demonios la poseerán y los humanos vagaremos como almas en pena durante toda la eternidad.

Ciprianillo se quedó callado. Había comprendió la importancia de su misión. Su padre, con lágrimas en los ojos, le dijo:

—Hijo, a partir de ahora nunca más podremos hablar sobre esto. Esta conversación, piensa, no ha tenido lugar.

Su padre salió de la cocina y a paso lento se dirigió a su habitación, tras él, la puerta se cerró…

Todos los días sentía la campana, todas las noches olía a cera quemada de los cirios y todas, entraba un espíritu errante en su habitación. Unos querían dejar mensajes a sus seres queridos antes de pasar al otro lado. Otros daban datos sobre lugares o fechas. Los más no se querían ir, habían muerto demasiado pronto y no entendían el por qué. Durante el día Ciprianillo se ocupaba en cumplir las peticiones y al ir llegando la noche, sentía la presencia de los demonios que acechaban a la espera de que no lo consiguiera. El día de la luna llena del mes de diciembre de aquel año, Ciprianillo había liberado veintitrés almas. Por primera vez subió al Pico Sacro con la intención de reclamar para sí los veintitrés conjuros de bruja. La luna se ocultaba tras las nubes y no podía saber en qué preciso momento estaría alineada con el paso de la Reyna Lupa. La cima del monte Sacro estaba partida en dos, como si con un hacha Los dioses le hubieran abierto una hendidura. En el fondo de esta se había formado un camino y este paso, que transcurría entre las dos paredes de piedra, se dio en llamar así.

Ilustración de Paloma Muñoz

La capilla del pico no tenía cruz. En repetidas ocasiones se había puesto y otras tantas había desaparecido. Tras muchas intentonas, tanto el párroco como los vecinos del pueblo habían desistido y ya hacía años que estaba así. Ciprianillo entendió el por qué sucedía. Delante de la pequeña capilla se reunían las brujas con los demonios, allí se elaboraban nuevas pócimas y se pronunciaban los más diabólicos conjuros.

Al llegar a lo alto del pico, Ciprianillo pudo ver, delante de la capilla, la silueta de una mujer encorvada y cubierta con un sayón negro, en su cabeza, un sombrero de mucho vuelo y en su mano derecha, un retorcido bastón. Se acercó a ella y dijo:

—Vengo a reclamar para mí los conjuros que me pertenecen.

—Je,je,je… ¿Los conjuros que te pertenecen? y ¿por qué crees que te pertenecen? —Le preguntó la bruja. Su voz era ronca y siniestra. Parecía disfrutar con la, para ella, absurda petición de aquel muchacho—. ¿No ves que hoy la luna no alumbrará el paso? Si esto sucede y no puedes reclamarlos, estos ya nunca los podrás tener. Todos caerán sobre ti y los demonios te destruirán. Ja,ja,ja…

Ciprianillo se dirigió hacia el paso y colocándose ante él, miró al cielo hacia el lugar donde debería de aparecer la luna. Pidió ayuda a los dioses del viento.

—¡TARANUS! —imploró— Te pido que apartes la tormenta, que soples con fuerza apartando las nubes para que la luna ilumine el paso y pueda reclamar lo que por derecho ya me pertenece.

La bruja seguía delante de la capilla, miraba al cielo y reía. Los demonios comenzaron a llegar formando remolinos de viento y parando al lado de la bruja, no querían perderse su victoria. El viento comenzó a soplar con fuerza por el paso de la Reyna Lupa. Ciprianillo podía sentir como le empujaba con fuerza haciéndole avanzar hacia el centro del paso. La fuerte corriente empujó las nubes y la luna pudo alumbrar durante un instante el paso. Coprianillo reclamo para sí los conjuros que por derecho le pertenecían. Los demonios desaparecieron y la bruja se acercó a él.

—Toma este libro, te lo has ganado, en él se recogen los primeros veintitrés conjuros que has reclamado, verás que son muchas las hojas en blanco, todas las deberás de rellenar con los conjuros, cuando lo consigas, podrás ir a descansar.

Ciprianillo tomó el libro y se dirigió hacia su casa. El día de la luna llena del siguiente mes y de los venideros, debería de llevarlo al pico para que la bruja apuntara en él los conjuros. Los demonios seguirían acosándole y las brujas cada vez serían más. Una solamente era la encargada de apuntar los hechizos, pero todas las demás harían lo posible para que Ciprianillo no lo consiguiera.

Según pasaban los meses Ciprianillo se hacía más sabio y los demonios perdían su fuerza. Las brujas ya no le podían sorprender, sabía quiénes eran. Por las noches sus casas se iluminaban, de ellas salían los destellos producidos por la cólera de los demonios que todas las noches las visitaban para reprocharles que no pudieran vencer a aquel insignificante mortal.

Ciprianillo sabía que mientras consiguiera que todas las ánimas que le visitaban pasaran a descansar al mundo de los muertos, ni las brujas ni los demonios le podrían hacer daño.

Una noche, un ánima de mujer se acercó a él, era joven y muy bella, le susurró al oído:

—Yo ya estaba muerta en vida, al casarme me enterraron y tras una larga enfermedad de la que no podría salir, me dieron la extremaunción. Seguí viviendo pero muerta estaba. Aquel cura que me casó, al darme la extremaunción mi alma separó. Por seguir en esta tierra las brujas y los demonios me persiguieron. Los demonios me hicieron pecar con la mirada y la Santa compaña me dio la cruz y un caldero con agua. Me fui debilitando hasta morir mi cuerpo y tras morir vago por esta tierra en busca de quien nos libere de las brujas y demonios. De los demonios no te puedo defender aunque tú, ya lo haces bien. De las brujas traicioneras, sí te puedo proteger. En la cueva grande del pico Sacro he dejado en vida mi amuleto y solamente podré pasar al lado de los muertos y descansar, conociendo que tú lo has cogido y que con él te protegerás. Está dentro de una pequeña caja de madera que fácilmente encontrarás. Es una figa, una mano de azabache que colgada de tu pecho brillará.

El alma de esta hermosa joven al fin pudo descansar.

El amuleto le protegía, las brujas no sabían que era lo que las mantenía alejadas de él y ni los mismísimos demonios lo podían comprender.

Llegó el día en que el libro se completó. Solamente quedaba el espacio justo para un solo conjuro y este no lo podía encontrar porque ya no quedaban ánimas que le pudieran visitar y con ellas se lo pudiera ganar.

En este libro ya se recogía toda la sabiduría acumulada por la hechicería desde la época medieval, se había recogido la forma de encontrar tesoros, la forma de componer la vara fulminante, con la cual se podía hacer llover y alejar las tormentas. Todo estaba dentro de él.

Ciprianillo comprendió lo que sucedía. Lo que faltaba era el conjuro que protegiera este libro de las manos tanto de los humanos como de los diablos y las brujas. La luna llena de agosto de aquel año brillaba con especial resplandor. Ciprianillo subió hasta el Pico Sacro y se sentó con el libro entre los brazos delante de la capilla. Estuvo solo hasta que comenzó a notar la presencia de los demonios que giraban como torbellinos a su alrededor. Centenares de brujas comenzaron a llegar unas montadas en sus escobas, otras a pie y otras aparecían surgidas de la tierra. Todas comenzaron a formar un círculo alrededor de la capilla, se fueron formando círculos hasta llegar a cubrir toda la cima del monte. La bruja que había ido anotando todos los conjuros en el libro se puso delante de Ciprianillo, se sentó en el suelo a su lado, extendió la mano y le pidió el libro.

—Muchacho, dame el libro que al tiempo en que pronunciemos el último conjuro lo anotaré.

El muchacho se lo entregó. La bruja le dijo que ya había cumplido su parte, que lo único que faltaba era el conjuro que protegería al libro y a su guardián. Ciprianillo estaba en lo cierto, eso era lo que faltaba pero… “¿y su guardián?”.

Las más de mil brujas que se habían reunido en el pico se unieron en una sola voz. Los demonios formaban remolinos que hacían temblar la tierra mientras las brujas pronunciaban su conjuro:

Hijos de la noche. Perros sarnosos que fornicáis gatas negras.

Búhos y culebras, maldición de la placenta podrida que parió la cabra negra.

Torbellino de demonios, revolved las entrañas de quien ha osado reclamar.

Que la tierra aprese el saber de burlar a los demonios y el poder de todos los conjuros.

Tenga como custodio al mortal que se ha elegido y las rocas de este pico sean para siempre su infranqueable escondrijo.

Este conjuro no podía habérselo ofrecido ningún ánima porque nunca se había pronunciado. Con él, Ciprianillo quedó condenado a custodiar el libro que guardan los demonios y las brujas en las entrañas de la tierra.

Las brujas y los demonios celebraron un gran festín. El mortal había sido vencido. Al liberar las ánimas se libraba de los conjuros, estos no le podían afectar. Al mismo tiempo recibía la fuerza para vencer a los demonios pero… al no haber más ánimas a las que liberar, este último conjuro, sí le pudo afectar.

Los demonios, las brujas y todos los señores del mal, campan a sus anchas por este mundo infernal.

Ciprianillo y el libro descansan en las entrañas del Pico Sacro. Hay quien dice que se esconde en una de las grietas del pozo que comunica la cima con las aguas del rio Ulla.

Jesús Rodríguez.

17ª Convocatoria: La muerte

La muerte

Ilustración de Jesus Rodriguez

Dicen que, al morir, toda tu vida pasa ante tus ojos: los momentos buenos vividos y también los malos. Aquellos de los que te sientes orgulloso y aquellos que quisiste olvidar. Todos tus logros y todos tus fracasos. Todo aquello, importante o no, que te marcó en vida… Para que tú mismo rindas cuentas de tu paso por esta tierra.
Luego dicen que aparece un túnel que te atrapa y te arrastra hacia él. Y que al final de ese túnel una inmensa luz blanca te inunda… llenándote de paz.
Yo creí que vería el día de mi boda… Y el nacimiento de mi hija… Pero no. Yo sólo vi la bala venir. Y tras ella… una sonrisa. El techo desconchado de la habitación y mi propia sangre derramada por el suelo.
Luego sólo sentí un frío intenso y una sensación de vacío. Ese frío y oscuro vacío que te demuestra que, al morir, todo se acaba.

Olga Besolí
2001
Guión del cortometraje «Al morir»

La carta número 13

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Relato

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Paloma Muñoz. Las ilustraciones son propiedad de Jesus Rodríguez. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La carta número 13.

Cuando me dijeron que tenía un don especial, no me lo creía. Nunca me tomé en serio esa afirmación y más si venía de una mujer casi analfabeta y supersticiosa. Pero aun así me picó la curiosidad y un día en que la encontré, le pregunté en qué consistía ese supuesto don del que me hablaba. Ella me dijo que se trataba de la adivinación y que sabía lo que decía porque ella misma echaba las cartas, las cartas de tarot.
Yo, francamente no le di importancia porque no creo en esas cosas. Pero como me sentí intrigada, comencé a leer a cerca de la adivinación a través las cartas: la cartomancia. Y me empecé a interesar sobre el fascinante mundo de lo que simbolizaban.
Adquirí una baraja de tarot conocida como la baraja de Marsella y leí sobre las diversas formas de exponer las cartas sobre un tapete de seda (porque por lo visto ha de ser de seda) y lo que significaban una vez colocadas.
Confieso que lo encontré entretenido desde el principio y que las cartas que manejaba se movían en mis manos como si lo hubiera hecho desde hacía mucho tiempo.
Todas y cada una de ellas me hablaban y me decían cosas.
Así por ejemplo, La torre golpeada por el rayo me decía que, en algún momento, la ira divina podría entrar en juego, claro está, si la posición sobre el tapete así lo atestiguaba.
La torre es la ira de Dios y la Torre de Babel tan célebre por la soberbia humana. Pero también se podría tratar de una torre de marfil desde la que la persona contempla el mundo.
O bien, esa misma ira divina de la que hablaba, podría transformarse en algo positivo para que la persona pudiera afrontar cualquier tipo de inconveniente que se le pusiera por delante.
Cada una de las cartas significaba por sí sola algo bueno, apropiado, beneficioso o desconcertante y desolador.
Una carta aparentemente inquietante era la dedicada al terrible diablo.
La carta de El Diablo estaba asociada a los vicios, a la degradación moral y espiritual. Pero según lo que leía, ocurría como algunas otras cartas que podría representar la parte libre del ser humano: su alma no sujeta a los dictados de la moral y de la rectitud.
El planteamiento filosófico de las cartas debía dejarlo un tanto descartado dependiendo de a quien se las leía. No le iba a soltar un rollo filosófico a una persona que lo único que le interesaba era que satisficiera su curiosidad en forma de preguntas ante casos tan comunes, vulgares y corrientes como: ¿Cuándo me va a tocar la lotería? ¿Me aceptarán en ese nuevo trabajo? ¿Llegaré a salir con ese chico tan guapo?
Confieso que cuando salía esa carta (El Diablo), lógicamente había expectación, preocupación y mosqueo. Mucho mosqueo. Pero un buen profesional echador de cartas debe esclarecer ciertos términos y procurar un ambiente relajado y tranquilo que invite a la colaboración entre echador y escuchante.
Esto lo comento porque había decidido comenzar a echar las cartas a familiares, amigos y conocidos y así, sí veía que me iba bien, podría intentarlo a un nivel “más profesional”.
Así se inició mi aventura con las cartas del tarot y podría contar muchas anécdotas. Pero hubo una, una en concreto, que me hizo reflexionar sobre las cartas y el destino de las personas.
Una vez un chico, al que había conocido en una biblioteca (yo trabajaba como bibliotecaria), me solicitó que le echara las cartas.
Habíamos iniciado una conversación a la salida y salió el tema. Yo asentí y quedamos en mi casa para la sesión.
Por aquel entonces, había adquirido cierta destreza y soltura y el chico parecía muy emocionado mientras esperaba lo que tuviera que contarle ante la mano de tarot.
Lo hice en varias ocasiones y siempre que echaba las cartas sobre el tapete, aparecía la carta número trece en una posición que no ofrecía muchas dudas sobre lo que podría ocurrirle.
En el tarot, generalmente, la carta número trece no existe como tal debido a la superstición desatada contra dicho número, pero en el tarot marsellés, la carta número trece es La Muerte.
Y la muerte aparecía al final del ciclo, en el que veía problemas graves, conflictos y una situación negativa en general. Dicha carta siempre salía invertida.
Yo no sabía qué hacer ni cómo decirle o expresarle lo que sentía al leerle las cartas.
Creo que él lo intuyó porque me preguntaba constantemente sobre la carta. Yo le decía que normalmente, esa carta tan sólo posee mala fama porque la carta número trece que representa a la muerte no es una carta tan nefasta o la más nefasta de los arcanos mayores del tarot sino que puede significar renovación, cambio o transformación y poseer un signo positivo.
Pero lamentablemente le salía al lado de La Torre y de La luna, una carta de ambiguo significado pero que está relacionada con los enigmas, los secretos, el mundo oculto, las ensoñaciones, lo onírico. Y con lo lúgubre, en contraposición con la esplendorosa carta de El Sol.
Generalmente, aquellos que echan las cartas se conducen por un “Código Deontológico”, como ocurre con los médicos por el que si se aprecia en la lectura de las cartas, que el resultado es altamente negativo o grave, hay que tratar el asunto con discreción y cuidado.
Le previne sobre su salud y sobre las formalidades propias de su edad como el tener cuidado al volante, no hacer o cometer acciones irresponsables que le acarrearan complicaciones importantes y ese tipo de advertencias.
El chico, que se llamaba Oscar y que iba todos los viernes por la tarde a verme a la biblioteca, dejó de aparecer.
Esperé un tiempo prudencial y después comencé a preguntar y a hacer mis pesquisas para saber qué era lo que le había ocurrido.
Alguien en la biblioteca me dijo que se había puesto enfermo y que estaba ingresado en un hospital. Me quedé helada.
Pasaron unos meses y seguía sin aparecer. Me enteré de que continuaba enfermo, pero en su casa. No sabía si ir a visitarlo o no. Me decidí a hacerlo. Le dije a su madre que era una amiga de la biblioteca. Deseé que no supiera que era la que en una ocasión le había echado las cartas.

Ilustración de Jesús Rodríguez

Oscar me reconoció. Su aspecto era lamentable. Estaba muy pálido y en los huesos. No quiero nombrar la enfermedad que lo estaba consumiendo. Me sonrió y le tomé de la mano. Apenas hablamos. No sabía qué hacer. Me sentía fatal: triste, compungida y muy alarmada.
Era cierto que estaba muy enfermo. Oscar falleció en menos de un mes.
Lo que había empezado como un interés de esparcimiento se había convertido en una terrible realidad a presenciar con mis propios ojos.
Fui a mi casa y llorando, profundamente afectada, quemé las cartas y me juré a mí misma que jamás volvería a sacarlas de su escondrijo.
Han pasado unos cuantos años y sigo recordando a Oscar.
Para agravio mío, volví a la lectura del tarot. Rompí mi juramento. Pero esta vez todo lo que he leído y para quienes lo he leído ha sido bueno y positivo. Me alegro.
Pero las cartas (otras que compré en un anticuario en Francia y que me costaron un ojo de la cara) las tengo en una preciosa caja de madera de sándalo, más como una reliquia que como una afición con la que una vez intuí que podía ganarme la vida, aunque no fue así.
Me han preguntado muchas veces si yo me he echado las cartas en algún momento.
Sonrío y eludo la respuesta.
Las cartas tienen su cometido. Las cartas son muy serias y no se debe acercar uno a ellas con frivolidad.
Yo lo hice al principio y ahora las guardo el mayor de los respetos.

Paloma Muñoz
Madrid, 17 de Octubre de 2013

El viento y Erika

Autor@: 

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Corrector@: 

Género: Relato Ficción

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Jesús Rodríguez. La ilustración con propiedad de Marta Herguedas. Quedan reservados todos los derechos de autor.

El viento y Erika.

―¿Cuántas  veces te he de decir que no golpees la puerta? ―preguntó su madre enojada.

―¡Solamente lo he hecho para que pudieras decirme algo! ―respondió Erika con su tono preadolescente tras salir de la casa.

La puerta se había cerrado de un fuerte golpe. El viento le había vuelto a jugar una mala pasada.

―¡No he sido yo, ha sido el viento!  –gritó mientras se alejaba por el camino.

Todos los días sucedía lo mismo. Su madre siempre abría la ventana del salón dos minutos antes de que la niña saliera para dirigirse hacia el colegio, en consecuencia, todos los días se formaba una corriente en el pasillo de la casa y todos se planteaba la misma discusión entre la inocente niña y su incrédula madre.

<<Tenemos que hacer un pacto antes de que sea demasiado tarde ―pensaba de camino al colegio―. No me puedes hacer esto todos los días, mi madre no me cree y me castigará>>.

Tras esta petición el travieso viento le susurró al oído:

―¿Por qué debería dejarte en paz? ¿Acaso somos amigos?

La niña, molesta por lo que el viento le acababa de susurrar, continuó hacia el colegio. Una ráfaga hizo volar las hojas de apuntes que llevaba en su mano derecha. Erika las intentaba recoger pero el viento seguía jugando con ellas. Se acercaba a las hojas pero antes de que las pudiera alcanzar, este las hacía volar y las  mandaba cada vez más lejos. Se sentó a la orilla del camino, rodeó las piernas con sus brazos y con la cabeza apoyada en sus rodillas pensó:

<<Odio al viento y lo maldigo por tratarme de esta manera>>.

―¿Qué te sucede, Erika, por qué lloras? ―le preguntó Alex.

Alex era el compañero de clase que todos los días la acompañaba. Vivía en el mismo pueblo y los dos hacían el mismo camino hacia el colegio. Aquel día se le habían pegado las sábanas y no había llegado a tiempo a casa de la pequeña. Todos los días la esperaba en el camino a unos metros de la entrada.

―El viento no me deja en paz ―respondió la niña entre sollozos―. Todos los días me sigue y siempre me hace de rabiar. Mi madre me castiga por su culpa y no sé qué hacer para que me deje tranquila.

Alex alargó la mano hacia la niña y le entregó las hojas de apuntes que había recogido más adelante en la orilla del camino.

―No te preocupes ―le dijo―. ¿Puedo sentarme a tu lado?

―Claro, siéntate en este mismo tronco, es alto y estarás más cómodo. ¿Cómo es posible que el viento sepa mi nombre? ―preguntó Erika sorprendida.

―Por los cientos de veces que lo ha oído pronunciar ―respondió Alex―. El viento escucha todos los nombres y todas las conversaciones. No te asustes por lo que te voy a decir  ―prosiguió Alex―. Hoy al salir de tu casa has hablado con el viento y le has pedido un pacto. Te has comunicado con él pero no has contestado a sus preguntas.

Erika estuvo a punto de salir corriendo pero la confianza que tenía con Alex y la curiosidad la hicieron quedarse y preguntar:

―¿Cómo puedes saber lo del pacto si yo no te lo he contado?

Alex respondió:

―¿No te lo había dicho? Yo hablo con el viento todos los días y él me cuenta muchas cosas.

Erika comenzó de nuevo a llorar.

―¿Por qué lloras ahora? ―preguntó Alex sorprendido.

Tras una pequeña pausa, que Erika aprovechó para recobrar el aliento, le dijo:

―Que el viento se ría de mí pase, pero que te rías tú que eres mi amigo…

―No me río de ti ―se apresuró a aclarar Alex―. Sé que es difícil de creer pero debes confiar en mí. Ahora tenemos que ir al colegio pero por la tarde con más tiempo, te lo demostraré.

Los dos, sin mediar más palabras, se levantaron y se pusieron en camino. Erika sujetaba sus apuntes con fuerza, no permitiría que aquel impertinente bromista le volviera a arrancar las hojas de la mano.

Alex pensaba en la forma de convencer al viento para que permitiera que Erika jugara con ellos. Cuántas tardes había disfrutado jugando con él, pero ahora sentía que su amiga, aquella preciosa niña, debía conocer su secreto.

El día en el colegio transcurrió como otro cualquiera. Durante el recreo Alex jugaba al futbol con sus amigos Jorge, Enol y Nacho. Desde una esquina del patio Erika y su grupo de amigas los observaban mientras cuchicheaban mostrando sus sonrisas más picaruelas.

 ***

La primavera de aquel año en el que cursaban sexto de primaria salpicaba el cielo con pequeñas nubes que corrían como caballos desbocados adoptando las caprichosas formas que el viento modelaba. 

***

A las cinco y tres minutos, y tras el portón del colegio, Alex esperaba a que Erika se despidiera de sus amigas. En el camino de vuelta a sus casas, cuando los dos caminaban solos, Alex le preguntó:

―¿Te has fijado en las nubes, ves cómo corren y las formas que…? ¡¡Mira, parece un tren!!

―Sí, ya me había fijado en el colegio ―respondió Erika ilusionada― y me he dado cuenta de que es el viento el que las empuja, juega con ellas y les da forma.

Alex se quedó mirándola, Erika no apartaba la vista de las nubes que corrían como caballos desbocados sobre sus cabezas.

―Tenemos tiempo de sobra ―le dijo Alex―. ¿Te apetece jugar un poco con ellas?

―Vale, pero ¿cómo hacemos?

Alex estaba emocionado, por fin tenía su compañera de juegos. La niña más bonita del colegio estaba a su lado dispuesta a compartir con él… Cuántos días la había acompañado, cuántas veces había deseado contarle su secreto y cuántas no se había atrevido.

―¿Ves aquel campo en lo alto de la loma? ―le mostró―, pues tenemos que ir hasta él. Es mi sitio secreto, es donde hablo y juego con el viento.

Erika, aunque comenzaba a pensar que Alex estaba un poco loco, lo acompañó sin poner ningún reparo. Una vez en la loma una brisa cálida le acarició la mejilla y le hizo volar la larga melena. Por primera vez sintió lo cariñoso que puede llegar a ser el viento. Aquel provocador que le tiraba los apuntes, le metía arenilla en los ojos, le cerraba de un golpe la puerta de su casa haciendo que su madre la castigara, había cambiado. Hacía unas horas la había despeinado, ahora, cepillaba su pelo y lo estiraba con el mismo cuidado, con el mismo que ponía su madre cada noche antes de irse a dormir.

Alex la miraba emocionado, el viento le había dicho que la cogiera de la mano y le indicara lo que debía hacer.

―Ven conmigo ―le dijo―, subamos a lo más alto de la loma.

La cogió de la mano y una vez en lo alto le pidió que cerrara los ojos y buscara el viento.

―Tienes que sentirlo en la cara ―le explicó―. Él apartará tu pelo, lo oirás al mismo tiempo susurrar en tus oídos.

Cogidos de la mano estiraron los brazos hasta ponerlos en cruz. Alzaron la cabeza hacia el cielo y los dos, al mismo tiempo, abrieron los ojos.

Las nubes pasaban a gran velocidad ante ellos. Desde lo alto de la loma y mirando hacia el cielo, solamente podían ver un lienzo azul repleto de aquellas caprichosas nubes que adoptaban infinidad de formas y que jugaban intentando escapar del viento. Erika estaba emocionada disfrutando de aquel maravilloso paisaje, se sentía flotar en el aire, estaba volando. Alex la miró de reojo y adivinó que estaba preparada. Preguntó al viento si podía hacerlo y este asintió.

Alex pidió a Erika que le mirara a los ojos. Al hacerlo ella sintió la seguridad que este le transmitía y no tuvo miedo. Miró a su alrededor y descubrió que estaba volando sobre una pequeña nube con forma de caballo y que la pequeña loma quedaba allí abajo y a su espalda. A su lado, Alex cabalgaba sobre un bonito corcel.

―¿Hacia dónde vamos? ―preguntó Erika.

―Hacia donde el viento nos lleve ―contesto Alex.

El viento había bajado en intensidad y los empujaba suavemente paralelos a la costa. Desde sus monturas podían observar su pueblo, los tejados de las casas, la pequeña plaza de la fuente. A lo lejos el mar bañaba las playas y golpeaba las rocas de los pedreros y pequeños acantilados. El viento unió las dos nubes transformando aquellos caballos en un bonito carruaje. Otras nubes se unieron y, al instante, aquel carro era tirado por seis caballos blancos. Mientras los dos disfrutaban de aquel tranquilo paseo, Erika preguntó:

―¿Has volado con las nubes muchas veces?

―Sí, lo cierto es que no recuerdo exactamente cuántas pero son ya muchas.

―¿Y nunca antes habías invitado a nadie a que te acompañara?

―No, siempre he estado solo pero siempre he deseado compartirlo contigo. Desde que llegué al colegio hace ya más de dos años llevo viniendo aquí y desde entonces llevo deseando invitarte.

Un pequeño silencio, unas tiernas miradas y un poquito de vergüenza. Esta última hizo que Alex siguiera comentando:

―No solamente es volar lo que hago con el viento. También hablo con él de muchas cosas y me ha enseñado muchas otras.

―¿Muchas otras como qué? ―preguntó Erika curiosa.

―Me ha enseñado a escuchar a las montañas. ¿Nunca has oído silbar al viento a su paso por las cañadas?

―Sí, claro ―respondió extrañada ante la pregunta del muchacho―. En muchas ocasiones lo he oído.

―Pues no es solamente que silbe, es que transmite los sonidos que emiten las montañas. Son ellas las que hablan y se comunican entre sí.

―No me lo creo. ¿Cómo es posible?

―Es muy sencillo de entender. Las personas emitimos sonidos para hablar, ¿verdad?

―¡Ya lo entiendo! ―interrumpió Erika antes de que Alex siguiera explicando―. Si yo estoy en un extremo de una calle y quiero hablar con alguien que está en el otro extremo, puedo hacerlo. El viento lleva mis palabras.

―Exactamente. Esa persona oye y entiende lo que dices. Con las montañas ocurre lo mismo. Ellas hablan entre sí, pero como no entendemos su idioma solamente percibimos armoniosos silbidos que se pasean por las cañadas. Si te fijas, cambian en tono e intensidad. Sabiendo esto solamente te falta interpretarlo.

Erika estaba fascinada por las cosas que Alex le contaba, se acercó más a él, le cogió del brazo, apoyó la cabeza en su hombro y le dijo:

―Cuéntame más cosas de las que te ha enseñado el viento.

Ilustración de Marta Herguedas

―También me ha enseñado a escuchar a los árboles. Esos sí que no paran de hablar. Es muy curioso. Cuando están contentos hablan a través de las hojas. El viento las hace chocar unas contra otras y contra las pequeñas ramas. Si te fijas, suenan como pequeñas campanillas, cada tono es una letra y al encadenarlas forman las palabras.

Esta explicación impresionó aún más a Erika.

―¡Es cierto ―exclamó la niña―. De eso sí que me he dado cuenta pero ¡a mí me suenan como un xilófono! ¡Parecen hacer música, con lo cual, cada nota es una letra y con estas componen las palabras!

―¡Vale, vale, yo no lo habría podido explicar mejor! ―afirmó Alex.

Alex estaba seguro de haber acertado al compartir con ella su secreto. Los dos se quedaron en silencio disfrutando del agradable paseo en su carruaje.

No habían pasado dos minutos cuando Alex, que conocía bien a su amigo el viento, puso en alerta a Erika.

―Prepárate ―le dijo―, el viento lleva demasiado tiempo tranquilo sin armarnos ninguna perrería.

  El viento los empujaba cada vez con más fuerza convirtiendo aquel paseo en una verdadera carrera. El carro se dividió de nuevo. Dos nubes con forma de caballo llevaban en sus lomos a los dos niños. Galopaban a gran velocidad. Otras nubes formaban obstáculos que ellos saltaban con facilidad. Las formas de las nubes empujadas por el viento cambiaban constantemente. Carreteras de nubes marcaban el circuito por el que disputaban el gran premio de fórmula uno. Las ráfagas de viento hacían que los coches que pilotaban cogieran grandes aceleraciones, les hacían quedar pegados al respaldo de sus asientos. La carretera acababa en una empinadísima cuesta formada por un cúmulo ascendente que les hacía caer en espiral por un interminable tobogán, y al final de este, una nube negra formaba un túnel por el que circulaban subidos en uno de los vagones del tren del terror. Erika se abrazaba a Alex mientras ante ellos aparecían las más terroríficas imágenes. Al fondo del oscuro túnel se podía ver una luz, era la salida. El tren se transformó en una pequeña barca y un tranquilo mar de nubes azules y blancas les permitió descansar chapoteando en sus calmadas aguas. Un colchón de nubes les invitó a echarse y descansar. Los dos, abrazados, se quedaron dormidos.

Cuando abrieron los ojos se encontraban tumbados sobre la hierba. Alex se levantó y le ofreció la mano a Erika para ayudarla a levantarse al tiempo que le decía:

―Nos hemos quedado dormidos y se nos ha hecho tarde. Tenemos que ir para casa. Aunque mañana es sábado y no tenemos clase, no debemos arriesgarnos. Si nos castigan no te podré enseñar a hablar con el mar.

Erika no salía de su asombro. La experiencia que acababa de vivir era tan sorprendente e increíble que no la podría contar, sería inútil, nadie la creería, todos la tomarían por loca, pero no importaba, era su secreto y no había ninguna necesidad de compartirlo.

De camino hacia sus casas iban hablando sobre la carrera a caballo y el tobogán gigante. Ninguno de los dos sabía quién había ganado la carrera de obstáculos, ni quién habría subido al podio. No importaba, habían pasado la tarde más emocionante de sus vidas.

En esta ocasión Alex acompañó a Erika hasta la puerta de su casa, los dos se despidieron hasta el día siguiente en el que la pasaría a buscar. Ella le dio un beso en la mejilla, él se sintió el más afortunado del mundo.

La puerta se cerró tras la niña pero no sin que Alex pusiera su pie para frenar el golpe. Su amigo el viento estaba allí para gastarles la última broma del día. Alejandro no estaba dispuesto a permitir que por una broma de su amigo dejaran castigada a Erika al día siguiente.

A las once de la mañana Alex llamaba a la puerta de la casa de Erika. El viento había ido con él y estaba dispuesto a ayudarle.

―Buenos días, señora, soy Alejandro y vengo a buscar a Erika para ir a dar un paseo.

―Ahora la aviso, puedes esperar si quieres en el jardín.

―Gracias, así lo haré. —contestó Alex mientras se apartaba de la puerta.

La madre de Erika le miraba mientras se alejaba y hasta que este se dio la vuelta. Alex se quedó mirando hacia la madre de Erika mientras esta se dirigía hacia el interior de la casa. Al instante, su amigo actuó propinándole a aquella puerta un gran empujón que la hizo cerrarse con tal fuerza que las bisagras parecían haber saltado de sus encajes. Erika se dio cuenta y con la mayor ironía de la que pudo hacer alarde le dijo a su madre:

―No te preocupes, mamá, no pasa nada, es que hay un poco de corriente y el viento la ha cerrado.

La madre era consciente de que en aquel momento había perdido la batalla.

La niña se sentía triunfadora por doble motivo. Había demostrado a su madre que tenía razón, que no cerraba la puerta con fuerza todos los días, con lo cual, ya nunca más la podría regañar o castigar por este motivo. Por otra parte, el viento ya no la provocaría, ahora era su amigo.

Transcurridos unos minutos Erika salía por la puerta de su casa dirigiéndose al jardín donde Alex la esperaba.

―¿A dónde le has dicho a mi madre que íbamos? ―preguntó Erika sorprendida por la forma en que su madre se había despedido de ella (siempre le leía la cartilla; pórtate bien, mira lo que haces, cuidado con quién hablas). Es muy extraño no me ha dicho nada, ni siquiera me ha puesto hora.

―Creo ―le contestó Alex esbozando una pícara sonrisa― que estaba más preocupada por las consecuencias del portazo.

Los dos atravesaron el jardín de la casa y tras cerrar la verja siguieron corriendo por el camino. Erika se dio cuenta de que no se estaban dirigiendo hacia el puerto. El día anterior Alex le había dicho que la enseñaría a hablar con el mar. Se detuvo y frenó a Alex tirándole de la mano. Este le preguntó:

―¿Por qué paras? Aún no hemos llegado

―Ayer dijiste que me enseñarías cómo habla el mar y no estamos yendo hacia él.

―Es cierto, pero es que… para eso necesitaríamos casi todo el día.

―Bueno, mi madre no me ha puesto hora. ¿Y la tuya?

―La mía tampoco pero tendremos que pasar por mi casa y coger las llaves del almacén del puerto para poder sacar el barco.

―¡Pues hagámoslo! ―concluyó Erika con gran entusiasmo.

Llegaron a la casa de Alex, cogieron las llaves y después de que su madre les prepara unos bocadillos y “les leyera la cartilla”, se dirigieron hacia el puerto.

Tras abrir el portón del almacén donde guardaba el pequeño barco de vela que ya había sido de su padre y con el que él había aprendido a navegar, Alex pidió ayuda a Erika para sacarlo a la explanada y poder montar el mástil, las velas y toda la cabuyería que se precisa para navegar. Una vez concluida esta operación arrastraron el barco sobre su remolque hasta la rampa de acceso al agua. Erika nunca se había subido a un barco de estas características, por lo cual, Alex se había esmerado en explicarle todo lo concerniente a la navegación y que fuera imprescindible para el buen funcionamiento del barco. Lo referente al viento ya se lo explicaría en la mar.

Una suave brisa les ayudaba a avanzar hacia la bocana del puerto. Al salir de la protección del espigón el viento se entabló del nordeste con una intensidad de no más de ocho nudos. El día era perfecto.

―¿Hacia dónde vamos? ―preguntó Erika mientras cazaba la vela de proa.

―De momento hacia ningún sitio en concreto, dejaremos que el viento y el barco lo decidan.

―¿Y eso no es peligroso?

―Si eres amigo del viento… no. ¿Lo escuchas? El viento está hablando con el barco y los dos están negociando hacia dónde ir. Fíjate bien. El viento siempre empuja a los barcos hacia donde él se dirige y nunca les deja ir en sentido contrario. Puede negociar con el viento y conseguir enfrentarse hasta un punto, pero verás que cuanto más intente enfrentarse a él, más le hará sufrir. Lo intentará tumbar y si se pasa intentando enfrentarse el viento batirá sus velas con tanta fuerza que las podría llegar a romper.

―Vale, muy interesante, pero ¿cómo habla el mar y qué tiene que ver el viento con ello?

Alex estaba emocionado intentando explicarle a Erika todo lo referente al funcionamiento del barco y se había olvidado del fin que les había llevado hasta allí.

―Claro, perdona, te lo contaré. Tú ya sabes que el viento es el que transmite todos los sonidos del mundo. Es el que ayuda a hablar a los árboles agitando sus hojas, el que silba por las cañadas y el que da forma a las nubes. El viento es imprescindible también para que el mar pueda hablar. Este suele tener tranquilas conversaciones cuando el viento acaricia su superficie, como hoy. Fíjate, ¿ves esas pequeñas olitas rompientes? Escúchalas, escucha el chasquido que producen, ese es el sonido que emiten las pequeñas olas al hablar entre sí.

―Y el rugido de las grandes olas ¿por qué es tan fuerte y asusta tanto? –preguntó Erika interesada mientras miraba a Alex con suma atención.

―Tú te enfadas con el viento cuando te despeina, cuando te tira los apuntes, o cuando te cierra la puerta de un golpe. La mar se enfada con el viento por el mismo motivo. Este sopla y sopla sin descanso durante mucho tiempo incomodándola. La mar se enfurece y le grita para que la deje tranquila, pero como el viento es un provocador, sigue y sigue soplando y enfadando a la mar que se levanta para protestar en forma de grandes olas rugientes que zarandean todo lo que encuentran en su camino. Es tal su cólera que no perdona a nadie ni a nada. Por eso cuando la mar se enfada es mejor no estar demasiado cerca y si lo estás, déjate llevar. Las olas rugientes vendrán tras de ti y te dirán constantemente “no te enfrentes a nosotras o te engulliremos”. La mar no es mala. A ella le gustaría que todos los días fueran como hoy para poder hablar con los marinos y veleros que la surcan, pero el viento es un gran provocador y la mar no tolera sus bromas.

―¿Entonces las olas que llegan a la playa o se estrellan contra los pedreros o acantilados también lo hacen en protesta contra el viento? ―entendió Erika.

―Cierto ―respondió Alex―. Las grandes olas golpean con fuerza las rocas produciendo un gran estruendo y esta es la forma que tiene la mar de descargar su ira por lo que el viento le ha hecho sufrir.

―Cuando estamos en la playa ―se adelantó Erika― las pequeñas olas como las que hay hoy te acarician y susurran porque la mar está contenta.

―Lo has entendido perfectamente ―comentó Alex una vez más emocionado por lo bien que Erika le entendía. Al instante continuó―: Y cuando las olas que llegan a la playa son grandes no te acarician, te rugen y golpean porque la mar está enfadada con el viento.

—Entonces, el viento es malo ―concluyó Erika.

―Yo no lo creo. Pienso que hay que conocerlo y tú ya lo vas conociendo. Es caprichoso y provocador.

El día transcurría mientras los dos muchachos navegaban por la orilla de la playa. Escuchaban, aunque no lo pudieran entender, el parloteo de las pequeñas olas.

<<¿De qué estarán hablando?>>, se preguntaba la niña mientras observaba a Alex aferrándose  al timón.

―Nos vamos hacia el puerto ―le dijo Alex―. No me gustan aquellas nubes que se acercan desde el horizonte. El viento es travieso pero avisa de lo que va a hacer. Si nos quedamos aquí, no tardará más de una hora en estar zarandeándonos con fuerza.

Erika no salía de su asombro. ¿Cómo era posible? Hacía un día perfecto y… ¿unas simples nubes que casi no se distinguían en el horizonte lo iban a estropear?

El pequeño barco de Alex no tenía motor ni remos. Era únicamente propulsado por el viento.

Alex y Erika se dirigían hacia el puerto cuando el viento comenzó a amainar. En unos pocos minutos llegó a calmarse totalmente dejando el barco parado a merced de las olas que lo devolvían hacia la playa.

―¿No decías que el viento soplaría con fuerza y que mejor íbamos para el puerto? ―pregunto la niña.

―Sí ―respondió Alex―, pero siempre antes de la tempestad hay una calma y ha llegado antes de lo que esperaba.

―¿Y cómo vamos a llegar ahora al puerto? ―preguntó Erika claramente asustada.

―Pues iremos como podamos, o más bien como el viento nos deje… si nos deja.

―¡¡ALEX, ESTO NO TIENE NINGUNA GRACIA!! ―gritó Erika en su ascendente camino hacia la histeria.

―No sucederá nada ―la tranquilizó el muchacho―. Esperaremos a ver de qué rumbo se entabla y ya veremos qué hacer.

Erika se quedó callada. Miraba a Alex, que parecía disfrutar con aquella situación. El viento no tardó en aparecer. La muchacha vio como este separaba el barco de la costa alejándolos del puerto y llevándolos mar adentro. El viento soplaba cada vez con más intensidad y las olas iban creciendo y haciéndose cada vez más grandes y amenazadoras. Alex sonreía y esta situación ponía cada vez más nerviosa a Erika. La costa cada vez se veía más lejos y las grandes y rugientes olas empujaban con fuerza al barco, que se precipitaba desde las crestas hasta sus senos una y otra vez. Erika comprendió lo que Alex le había explicado. “Cuando la mar se enfada con el viento, déjate llevar y nunca te enfrentes, te engullirá”.

―Erika, mírame ―le dijo Alex con la misma firmeza y seguridad con la que la había confortado en la colina la tarde anterior―, no va a pasar nada. Estamos en la mar y jugaremos con ella y con el viento de la misma forma que lo hemos hecho ayer con las nubes.

El viento y la mar habían separado el barco de la costa lo suficiente como para que esta ya no se viera. Estaban rodeados de mar y cielo. El barco se seguía precipitando por las olas cada vez con más fuerza pero Erika, en aquel momento, ya no tenía miedo. El barco disfrutaba planeando las enormes olas y Erika y Alex gozaban deslizándose con él por aquella interminable montaña rusa. Bajaban a gran velocidad. En el seno de las olas todo quedaba en calma y a continuación subían la siguiente ola hasta llegar a su cresta donde el viento empujaba con gran fuerza las velas y lanzaba el barco hacia la siguiente pendiente. Más tarde el viento se fue calmando y las olas reduciendo su tamaño.

***

Las nubes se disiparon dejando paso a los cálidos rayos del sol que calentaban aquella tarde de verano. El cielo se mostraba limpio de nubes y de un azul intenso que se reflejaba en la mar tintándola también de azul. Las pequeñas crestas de las olas rompían salpicando la mar de manchitas blancas que la convertían en un inmenso campo de algodón.

***

Aquella tormenta parecía haber pasado. El viento había cambiado de rumbo y ahora dirigía el barco hacia tierra empujándolo suavemente.

―Ya has podido ver a la mar enfadada con el viento ―comentó Alex mientras dejaba a Erika coger la caña del barco para que sintiera la fuerza del viento empujando las velas―. Y ahora los puedes ver jugando como dos buenos amigos. “Así de caprichosa es la mar, así de caprichoso es el viento”.

Al atardecer, mientras el sol se acostaba sobre el horizonte, la mar tendía sobre su superficie un suave manto tejido con rayos de todos los colores. Ante él, y desde el espigón del puerto, se podía ver la silueta del pequeño velero que, empujado suavemente por el viento, se aproximaba.

Jesús Rodríguez

Huella en la arena

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Relato erótico instructivo

Rating: + 21

Este relato es propiedad de Jesús Rodríguez Redondo. La ilustración es propiedad de Sonia del Sol. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Huella en la arena.

El pueblo Bora habita en el bajo Igará, en las bocas del río Cahuimar. Viven en casas comunales en las que todavía hoy se cuentan los cuentos y leyendas que se trasmiten de generación en generación. Cuentan cuentos a los niños para ayudarlos a dormir y cuentan cuentos para adultos que entretienen las noches, antes de irse a descansar.

***

En la maloca en la que vive el pescador más anciano del pueblo Bora, una noche este reunió a todos los jóvenes pescadores. Todos pensaban que, como en otras ocasiones, Chayton les enseñaría alguno más de sus secretos, gracias a los cuales conseguían más y mejores piezas.

—El cuento que hoy os voy a relatar —comenzó Chayton a narrar— es historia de otro tiempo, pero ayuda a comprender…

Hace muchos años, en una pequeña playa en la desembocadura del Cahuimar, se podía ver paseando por la playa a una mujer. Hateya  —nombre con el que fue bautizada por el pueblo Bora y que significa “huella en la arena”— vestía un fino velo que, mecido por el viento, permitía entrever su extraordinaria belleza.

Eran pescadores los que, en aquellos tiempos, ocupaban la pequeña playa. Sus botes descansaban en la orilla a la espera de que la marea los hiciera flotar. Sus propietarios, sentados en la arena, esperaban la llegada de Hateya para salir a pescar. Se decía que, tras salir los botes, los días en que solamente uno no salía a faenar, la mujer aparecía en la playa procedente del mar. Llegaba flotando sobre las olas que, caprichosas, acariciaban su cuerpo. Estas formaban suaves remolinos que le besaban los pechos, le resbalaban por el vientre deshaciéndose entre sus piernas y, suavemente, la espuma reposaba en la orilla de la playa.

El pescador, sentado al lado de su bote, observaba cómo la mujer se paseaba por la playa. Sus insinuantes contoneos y las delicias que aquellas gasas dejaban entrever cautivaban al marino que, rendido ante su belleza, esperaba. La mujer se acercaba y sentada a su lado y con una suave y tierna voz, le susurraba al oído frases que estremecían su cuerpo empapándolo en sudor.

  ***

Nodín preparaba su bote para salir a faenar. Los demás pescadores se reían de él. Su quilla había quedado posada sobre una piedra en la marea anterior. Era un hombre joven y fuerte, de  piel morena bronceada por el sol.

Nodín se quedó en la playa viendo cómo, entre risas y sarcásticos comentarios, sus vecinos salían a pescar. Los botes ya se disipaban entre la neblina del horizonte cuando  vio a una joven que, rodeada por las más caprichosas olas, emergía del mar. La joven vestía un solo velo que, pegado a su cuerpo, descubría su extraordinaria belleza.

Ilustración de Sonia del Sol

Paseó por la playa ignorando su presencia hasta que se acercó a él, se sentó a su lado y le susurró al oído:

—Hoy será para ti un día muy especial.

Aquellas palabras hicieron que Nadín se estremeciera. Se quedó mudo, el tono insinuante de aquella joven mujer le hizo imaginar. Sus pensamientos se trasladaron al lugar donde guardaba sus más íntimos deseos.

La joven se levantó y se dirigió hacia el agua. Él la siguió. Paseaban lentamente por la orilla de la playa, la espuma de las pequeñas olas acariciaba su piel. El frescor del agua mitigaba el calor que Nodín sentía subir entre las piernas. Sin que él se percatara, Hateya le dirigió nuevamente hacia el bote que descansaba en la orilla de la playa.

Mientras iban hacia él, la muchacha notó cómo los ojos de aquel joven pescador se clavaban en sus glúteos; fue para ella una sensación extraña, pero no le molestó. Él se acercó al bote y se sentó junto a ella. Con la vista perdida en la mar y sin darse cuenta, sus manos se habían unido. Una sola mirada bastó para que entendieran lo que los dos querían.  Nodín  buscó la boca de Hateya, quería sentirla, disfrutarla. Sus bocas exploraban, sus lenguas se buscaban. Poco a poco, cuidadosamente, las manos de Nadín fueron acariciándole todo el cuerpo y despojándolo del fino velo que lo cubría. Hateya acariciaba el torso de Nodín mientras, pausadamente, iba librándole de sus ropas.

Continuaron besándose, rozándose. La muchacha jugaba con su lengua, mordisqueaba… Su mano bajaba hasta el miembro de Nodín al tiempo que lo liberaba de su prisión. Lo acariciaba del mismo modo que él acariciaba su clítoris.

Sus  cuerpos desnudos se rozaban. Hateya sintió la necesidad de seguirle acariciando el miembro, de notar su dureza en las manos. El miembro crecía al ser tan dulcemente acariciado. La muchacha se arrodilló, lo besó, lo mordisqueó. Sintió cómo Nodín se estremecía de placer cada vez que le notaba la lengua jugando con su glande. Él se aferraba con las manos al bote y sus gemidos excitaban a Hateya aún más…

De pronto, Nodín la alzó en brazos y la tumbó dentro del bote, dejándola con los glúteos apoyados en el banco y las piernas abiertas descansando sobre las bandas… El sexo de Hatera apareció ante sus ojos. Se arrodilló y el mundo se paró para ella, que le sintió la lengua por todos los rincones, y una ola de flujo bañó su vagina, el placer invadió todo su cuerpo cuando él empezó a jugar con su clítoris. El roce de sus manos recorriéndole los muslos le encendió la piel. Nodín le mordisqueó el clítoris, que estaba hinchado y duro, lo presionaba y succionaba con su lengua. El cuerpo de Hateya se fue deslizando hasta reposar en el fondo del bote. Nodín entendió que ella también quería disfrutar de su miembro que, tras un cambio de postura, muy pronto llegó a su boca. Los dos probaron cada pliegue, cada rincón de sus sexos. Los juegos de la lengua de Hateya llevaron al límite a Nodín al frotarle sin parar el eréctil capullo. El muchacho sintió cómo una marea de sensaciones le invadía todo el cuerpo y antes de que su miembro descargara en la boca de Hateya, la penetraba una y otra vez. El tiempo pareció detenerse para los dos hasta que la muchacha, al tiempo que sentía cómo se inundaba de placer tras los continuos orgasmos, pudo sentirlo corriéndose dentro.

Los dos se quedaron durante un largo rato tumbados en el fondo del bote. Hateya se incorporó y mirando fijamente a los ojos de Nodín le dijo:

—Tienes que irte de la playa antes de que la marea comience a bajar.

—No quiero irme de la playa —le respondió él—. Quiero quedarme contigo.

—Si no te vas —le dijo—, yo tendré que llevarte conmigo y nunca más podrás regresar.

—Prefiero irme contigo —contestó Nadín.

—A donde yo voy no hay regreso. ¿Prefieres venir conmigo a sabiendas de que nunca volverás a ver a los tuyos? —le preguntó ella.

—Sí, lo prefiero —respondió.

Hateya quiso darle una última oportunidad y le explicó:

—Lo que hoy te he hecho sentir es fugaz. Lo que tú vas a dejar es duradero. Si decides irte de la playa y quedarte con los tuyos habrás acertado. Si decides venir conmigo lo que ahora piensas que es amor…

Hateya salió del bote, se vistió con su fino velo y se alejó caminando por la playa. Nodín la siguió. Caminaba a no más de tres metros, tras ella. La llamaba pero ella no contestaba. Se acercó y cogiéndola por el hombro intentó que se diera la vuelta y le mirara.

Antes de volverse ella le dijo:

—Te lo he advertido y no me has hecho caso. La marea ha comenzado a bajar y ahora vendrás conmigo.

Hateya se dio la vuelta y miró a Nodín, le cogió de la mano y se dirigieron hacia el agua. El muchacho no pronunció una sola palabra más y Hateya le fue metiendo en el agua. Caminaron hasta que sus cabezas desaparecieron bajo las aguas.

El espíritu de Nodín descansa en las profundidades junto a los demás pescadores que no hicieron caso de las advertencias de Hateya. A  todos había dado su oportunidad.

Chayton se quedó observando a los jóvenes pescadores que, atónitos, le miraban. Al no ver reacción alguna en los muchachos preguntó:

—¿Vosotros que habríais hecho?

Jesús Rodríguez

Scheherezade

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: Elsa Martínez

Género:  Relato de aventuras

Rating: Todos los públicos

 Este relato es propiedad de Conchita Ferrando de la lama. La ilustración es propiedad de Jesús Rodríguez. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Sheherezade.

El tema de Cuentos es tan amplio que puede dar pie a tomar como ejercicio cuentos ya escritos por sus autores, que son propiedad intelectual solo suya y nadie debe cambiar ni una coma de ellos. Yo respeto tanto esos derechos, fundamentados en su tradición, calidad y autoría, que he preferido tomar y entrecomillar solo alguna frase sobradamente conocida del gran libro de cuentos que me ha inspirado este relato, pero sin tomar ningún cuento en particular. Así he creído que debía hacer y lo he hecho.

Suelen tener los cuentos para niños, además de su candor, ternura y colorido de situaciones, una finalidad “modélica” que influye mucho en ellos. A veces con advertencias envueltas en entretenidas historias, para que las recuerden; a veces mostrando lo que son el mal y el bien, para que lo tengan presente. En general todo esto marca mucho la primera conducta de los niños y es bueno cuidar muy mucho lo que se considera cuentos para niños porque son también su primera escuela.

He tomado en mis manos un libro de Cuentos para mayores, pues los cuentos de niños son solo para niños, aunque les encanten a los mayores.

Ilustración de Jesús Rodríguez

Las Mil Noches y Una Noche es un antiquísimo libro de  historias tan universales que, aún sacadas de su contexto histórico de tiempo, lugar y circunstancia, siguen teniendo el valor incalculable del “poder de la palabra”, combinada con la inteligencia, discreción y saber estar de quien la utiliza, sobre todo si es para algo positivo.

Los cuentos que se narran en Las Mil Noches y Una Noche transmitidos casi únicamente por tradición oral han sido conocidos en occidente como obras sueltas e inconexas desde tiempos muy remotos.

Realmente todos ellos están unidos por el nexo común de pertenecer a un gran libro manuscrito encontrado en Siria, seguido de otros en El Cairo, Bagdad, Estambul. Túnez etc. con un fondo de leyendas, relatos y variantes de los mismos cuyo origen antiquísimo está en la tradición oral, redactados sobre ellos en árabe desde el siglo VIII al XVI.

La imaginación exuberante del Islam los ha dotado de escenarios y situaciones llenas de colorido, pero sus fuentes son mucho más antiguas, leyendas hindúes y persas narradas por los rapsodas de esas épocas.

Es indiscutible el misterio de pervivencia y hechizo de su valor humano. Son historias intemporales sobre la belleza, el amor, el misterio, el poder, el ingenio y la discreción.

Entonces, tal como ahora, el poderoso era también caprichoso y no conocía límites, pues tenía a su disposición todos los recursos, pero al igual que ahora, ni el tener todos los recursos y el mundo a sus pies, le resultaban suficientes para lograr eso tan etéreo que se llama “la felicidad”, o tal como dicen ahora “estar completamente realizado”.

El exceso de facilidades le aburre.

La repetición de sus actos de poder le agota.

Las contrariedades le irritan.

La sumisión le enerva.

En todos los tiempo de la historia, los remotos o los modernos, hay veces en que este “encefalograma plano” se rompe. Surge algo o alguien. No tiene por qué ser sublime, ni extraño, ni extraordinario.  Puede ser algo sencillamente diferente y apropiado a la situación… y provoca una revolución invisible, silenciosa  que mueve todo a su alrededor, como ocurre en Las Mil Noches y Una Noche cuando Schehrezade llega, como una doncella más, para dar compañía y disfrute a un rey poderoso, insomne por su propio aburrimiento de poder, que solo disfruta una noche de cada doncella y al llegar el día las manda matar sin que se le mueva la mínima fibra.

[..]Scheherezade sabía que el rey la reclamaba a su lado para pasar una sola noche y que su destino sería el de todas… morir de madrugada. 

Eso era lo rutinario, pero ella supo alterar esa rutina con ingenio, carisma, sencillez, prudencia y belleza.[…]

Pidió al rey que su hermana estuviese con ella cuando acabase la noche.

Cuando el rey hubo disfrutado los favores de Scheherezade, como había hecho con tantas otras, y llegó el nuevo día en que su vida se acabaría, su hermana solicitó al rey el favor de permitir a Scheherezade contar una de esas bellas historias que tan bien  sabía contar y que entretenían tanto a quienes las escuchaban.

Puso al rey ante un reto de curiosidad o novedad… y el rey aceptó y le pidió que contase una de esas historias.

La vida de Scheherezade se había salvado, al menos por una noche… y ese reto a la curiosidad del aburrido rey le valdría para salvarla durante muchas noches más… Y para ganarse al rey con su dulzura, prudencia, inteligencia y belleza.

Un coctail infalible hace siglos, hoy, mañana y dentro de otros mil años…

[…]He llegado a saber ¡Oh rey afortunado!… Que hubo una vez…

Así comienzan todos los cuentos de Las Mil Noches y Una Noche

Y siempre terminan con una lección de sabia prudencia:

[…] Scheherezade vio que llegaba el día… y guardó silencio discretamente…

**************************************************

La sala de prensa del diario La Voz rebosaba actividad.

Acababa de abrir nueva delegación en una importante capital de provincia, emergente en actividades culturales, industria alimentaria, exportaciones internacionales, nudo de comunicaciones y centro estratégico.

Absorbió todas las instalaciones de un antiguo diario.  Su nuevo director, joven pero con gran experiencia, había decidido renovar todo el equipo: las instalaciones y las maquinarias, poniendo muy por delante de los demás diarios sus dotaciones técnicas y humanas.

Se descargaba sin interrupción tanto mobiliario moderno como sofisticados aparatos, o se cambiaban espacios para hacerlos más operativos y se transformaban otros para darles mayor prestancia de imagen.

Todo funcionaba como un reloj.

La radio y la televisión habían entrevistado unos días antes al nuevo director, que llegaba rodeado de una aureola de triunfos en otros medios de comunicación, acrecentados por el incidente ocurrido nada más llegar a la ciudad al escapar de modo casi milagroso de una persecución en la que todo indicó que era objetivo de terroristas para quitarle la vida…..

Su valor y la suerte evitaron que le alcanzaran y, aunque se trató de quitar importancia al hecho, casi todos los medios intuyeron que alguien tan “perseguido por lo que sabía y valía” habría de ser alguien con muchos méritos, contactos e información.

A media tarde todo estaba casi terminado de organizar y de colocar en la nueva redacción de La Voz, y el director junto al subdirector, daban los últimos toques a la labor del equipo para que funcionase sin un solo fallo.

Era muy exigente, pero el respeto de quienes le rodeaban se lo ganaba día a día, y todos se sentían privilegiados de trabajar allí con él.

Solía aislarse algunos ratos en su despacho, tras su enorme mesa nueva de madera de raíz de diseño ergonómico, con la espalda bien apoyada en el respaldo de su sillón de pura piel color cereza oscuro, mientras repasaba en su mente, con los ojos medio cerrados, todo lo que se había hecho y lo que faltaba por hacer.

La jefa de redacción le comunicó por el interfono:

—D. José Antonio, ha llegado una noticia algo extraña. Se la paso. Es sobre un posible intento de atentado en el arsenal y es muy confusa….Está ya preparada para salir mañana, pero muy escueta porque es contradictoria y hay muy poca información sobre ella.

El director se incorporó y con gran interés pidió todo el informe sobre la extraña  noticia.

En cuanto lo tuvo sobre la mesa comprendió que era de lo más inverosímil, pues una alarma de emergencia por bomba en el arsenal, supuestamente de origen terrorista, suele llevar un desarrollo con sospechas, filtraciones de confidentes… operativos de vigilancia… pero así, tan repentina, era muy rara. Habría que ser muy cautos, dada la naturaleza militar del arsenal.

Dio las órdenes en ese sentido y volvió a sus papeles sobre la mesa.

Su secretaria entró con algunos documentos y le comunicó que había llegado una señorita que, por lo visto, él había citado allí para esa tarde.

El director recordó de inmediato y pidió a la secretaria que hiciese pasar a la señorita pues la había llamado él para concretar su posible incorporación al equipo, ya que conocía su trabajo en el antiguo diario que había absorbido La Voz.

Se levantó para recibir a la recién llegada, con la que había coincidido alguna vez en su antiguo periódico y que recordaba sobre todo por su buen trabajo como especialista en entrevistas.

La recordaba delgada sin exceso, con una bonita figura aunque discreta,  pelo suelto en melena de suaves ondas color caoba oscuro, ojos muy oscuros, algo rasgados, con chispas vivaces y una sonrisa que siempre la adornaba y daba la impresión de que todo lo podía sin apenas esfuerzo y lo contagiaba a su alrededor.

Esta vez ella había cambiado un poco su aspecto, más sofisticado, y había recogido su pelo bajo una gorrita tipo francés, de punto grueso en color cereza oscuro, de la que escapaba un flequillo rebelde sobre su frente. Llevaba una falda clásica color perla y una chaquetita corta del mismo color cereza que la gorrita.

Entró sonriente, relajada y ambos se dieron la mano.

Él la invitó a sentarse en los sillones que había en el despacho, con una mesa redonda delante, en cuya pared del fondo lucía el anagrama nuevo de La Voz sobre una gruesa cristalera moderna de hormigón, vidrio y acero.

—Encantado de volver a verte, Schery, y de tenerte aquí para que formes parte de este nuevo equipo en el que espero sigas realizando el trabajo de entrevistas que ya he conocido de ti, y que quisiera que comentásemos si estás dispuesta a participar con nosotros.

—Encantada, José Antonio. He viajado al recibir tu llamada a mi casa, y he tenido que solventar algunos pequeños problemas que surgieron casi a la hora de salir para poder llegar a tiempo. Ha sido algo relacionado con el arsenal militar… y ya sabes el control que existe allí para todo lo relacionado con la seguridad, de modo que pensé que iba a tener que dejar mi viaje para mañana, pero al final todo se ha arreglado y aquí estoy, dispuesta a escuchar tus proyectos y tu propuesta.

—¡Caramba, precisamente me acaban de pasar una noticia relacionada con eso! — los ojos de José Antonio, el director, se abrieron interesados— ¿Sabes algo de esto?

Schery se acomodó con naturalidad en el sillón, miró al director un momento, se inclinó levemente hacia delante y asintió

He llegado a saber…………………

—Supe casualmente que hubo una emergencia en el arsenal. Estaba en casa de una amiga y se oyeron las sirenas de alarma. Ella vive muy cerca… ¿te interesa que te cuente lo que ha pasado?

El director se inclinó un poco hacia ella, con gran interés por escuchar lo que le podía contar de primera mano.

Ella parpadeó unos segundos, discretamente, para poner en orden sus ideas y poder resumir todo lo que había vivido aquel mismo día, que era mucho aunque por fortuna no había resultado nada grave.

—Parece ser que alguien (cuyo nombre me permitirás omitir por prudencia) entró de visita esta mañana al arsenal. Pasó por el  servicio de seguridad de la puerta, que rastrearon con el escáner por debajo de su coche, lo revisaron, le pidieron su identificación  y le dieron una tarjeta de control para acceder al interior, pues iba de visita a casa de unos amigos que viven allí. Como nunca había estado en esas instalaciones, se dirigió a casa de sus amigos, estuvo un rato y luego volvió a la puerta de salida con algo de prisa, pues tenía algo urgente que hacer.

—Delante de su coche había una furgoneta que le tapaba la vista de la puerta y de los soldados de seguridad que había en ella. La furgoneta salió directamente sin parar… por lo cual esta persona la siguió y salió también sin que le hiciesen parar.

Con la prisa no volvió a pensar más y fue a la gestión urgente que debía hacer, muy cerca de allí.

—En esa reunión estaba yo también.

—De pronto  se oyeron las sirenas de alarma dentro del arsenal y alguien comentó que aquello significaba que algo importante estaba pasando.

—Esta persona, al oír eso, se puso pálida y de pronto se dio cuenta de que llevaba todavía la tarjeta de control que le habían dado al entrar. A toda prisa llamó desde allí por teléfono a sus amigos del arsenal para decirlo. De este modo todo quedó en una alarma, falsa claro, pero provocada por la falta de dos tarjetas de control que no se entregaron al salir: la de la furgoneta de limpiezas que salió delante y la de esta persona, que no sabía que debía haber parado para entregarla al salir.

—El lío fue grande, porque parece ser que había unos submarinos allí fondeados que se sabía que podían ser “objetivos” de terroristas… y todo coincidió en pocos minutos. Incluso se avisó a los buceadores de la Armada para rastrear  alrededor de esos submarinos, por si había alguna bomba puesta… Pero al final, con la llamada que hicimos desde casa de esa amiga, todo se aclaró. Llevamos la tarjeta y yo salí de inmediato para venir aquí.

Los ojos del director demostraban una sorpresa enorme y al tiempo un gran interés por lo que la joven Schery le iba contando.

—Bueno, pues alarma lógica pero con final feliz. ¡Si que estabas en el sitio oportuno en el momento oportuno Schery! Me gusta pensar que vas a estar así de cerca de la noticia y que voy a tener la primicia siempre para nuestro periódico.

—Ahora mismo voy a pedir que rectifiquen lo que se iba a publicar, y creo que lo mejor es pasar por alto esa alarma y que el arsenal siga con su actividad de siempre sin crear preocupaciones. Ha sido muy eficaz tu explicación Schery.

—Si tienes tiempo, podemos ir a tomar un café y que redacten mientras un contrato para ti, con todas las cláusulas bajo tu conformidad. Si deseas que haya algo que se especifique, no tienes más que decírmelo y lo veremos juntos. Ya sé que en el otro periódico donde trabajaste en el tiempo en que yo también estuve allí, pediste algunos puntos especiales. No te preocupes que aquí también los tendrás y serás dueña y señora de todo lo que firmes.

—Estaré encantada de trabajar aquí contigo. Creo que eres un director muy eficaz y con mucho tacto para todo. Me parece bien que charlemos de más cosas mientras tomamos un café tranquilos y ya te comentaré la exclusiva que tengo prácticamente confirmada, que va a abrir página con seguridad…  Eso  lo hablaremos el próximo día, pues ya sabes que tengo que viajar para volver a mi casa y me gustaría poderte exponer todo con detalle… sin prisa.

—Perfecto, vamos a tomar algo. Le dejaré a mi secretaria todos tus datos. Tendremos un rato para hablar y, desde luego, te espero el próximo día con todas esas ideas y esa exclusiva que me llena de curiosidad e interés ¡vamos!

Y schehrezade vio llegar la primera luz del día, y guardó silencio discretamente…

Schery volvió a su casa sonriente y contenta de cómo había sido la entrevista de trabajo y, cómo la casualidad o tal vez su facilidad para estar siempre en el lugar adecuado en el momento adecuado, le habían puesto casi en bandeja la firma de su nuevo contrato.

Pasarían muchos días y muchas reuniones en su nuevo periódico en las que siempre era capaz de traer la primicia de la noticia adelantándose a los demás, a base de su trabajo constante en el anonimato, sin horarios y sin cansancio.

El director siempre reservaba unos momentos tranquilos cuando ella acudía con su carpeta de suave piel color cereza bajo el brazo, llena de novedades y con la “gran sorpresa” de su entrevista para abrir página, en la que tenía plena libertad para elegir, contactar y realizar, siempre a punto para entrar en rotativas con los titulares más atractivos, con fotografías bien hechas por el fotógrafo de su confianza que ella llevaba siempre y, sobre todo, con una exclusiva que era capaz de sacar al entrevistado solo para su periódico. Nadie lograba saber cómo lograba meterse dentro de la propia piel de cada personaje, ni cómo su hechizo discreto mantenía sus métodos y fuentes a salvo de quienes intentaban descubrirlos.

Hubo una vez cierta ocasión…

Con ocasión de la inauguración de la Expo de Sevilla, la avalancha de medios de comunicación y el propio desorden que superaba los acontecimientos hacía difícil coordinar la presencia del periódico La Voz de modo importante y cercano a las ceremonias de ese día…

Había nervios por parte de todos porque la fecha ya estaba encima y faltaban las acreditaciones principales.

Schery acababa de llegar de Madrid y traía varios proyectos importantes en su carpeta para ver con el director tal y como solían hacer.

Encontró a José Antonio preocupado y nervioso pero, tal como era su costumbre, calló discretamente sin dar muestras de notarlo.

Durante la conversación, ella comentó su visita al embajador de un país hispanoamericano en Madrid, pues mantenía con él una buena relación al ser los dos escritores. Fruto de esta visita había resultado el que la invitase a la ceremonia de inauguración, con una acreditación especial de la Embajada.

José Antonio se centró totalmente en sus palabras, y su gesto pasó de ser preocupado a ser de atención e interés.

Mi idea —comentó Schery — Es aprovechar esa invitación para estar cerca de tantas personalidades en la ceremonia de inauguración y cerrar algunas posibles entrevistas con ellos, pero sobre todo me interesa  hacer un trabajo sobre El Oro de América, que ya sabes que ocupará un ala del pabellón de América, aunque he oído que tienen dificultades con la seguridad por la cantidad de valiosas joyas, ídolos y arte que van a traer … pero ya veré allí cómo lograrlo.

El gesto de José Antonio se había relajado y ahora sonreía mientras escuchaba lo que Schery le contaba. Podría ser una solución a todas sus preocupaciones. Habría dos “delegaciones” de La Voz en la Expo: Una del equipo directivo, con José Antonio y Luis, el subdirector,  como representantes y otra con salvoconducto diplomático y libertad total de movimiento para Schery, que nadie sabía si podría finalmente hacer su reportaje sobre El Oro de América, pero que los hados protegerían como siempre y lo lograría…..

Llegó el gran día. Schery puso su tarjeta diplomática bien visible y acompañó durante un rato a José Antonio en los actos de apertura.

Las distancias allí eran enormes y el trenecito que el día anterior les había trasladado por el interior cómodamente, no funcionaba por seguridad ante la presencia de los Reyes.

Invitados y autoridades vagaban cansados y desorientados, pero sin perderse nada del evento.

La llegada de los Reyes fue el momento cumbre y José Antonio, el director, junto con Luis, el subdirector, se dirigieron al lugar señalado para los medios de comunicación.

Schery quedó en reunirse allí, después de algunas gestiones que quería hacer. Tendrían después tiempo de contar informar de muchas cosas interesantes que podrían ocurrir…

Cansada, con sus bonitos zapatos de tacón empolvados de la tierra seca de un día de calor sofocante, con su vestido de coctel estampado en cachemir amarillo oro sobre negro, que no le permitía correr como hubiese querido, se dirigió al pabellón de América que en ese momento estaba bastante tranquilo por la aglomeración de todos en las cercanías de los Reyes, en el pabellón de España.

Examinó el terreno y vio que la mayoría de zonas tenían  letreros de prohibición, acotados con postes y cordones con borlas para impedir el paso.

Era un contratiempo para su plan, pues el ala del Oro de América estaba en un piso alto y el ascensor de subida clausurado por seguridad de la zona.

Había guardias y nadie podía ir por libre. Tenían que ir con el guía de acompañamiento y eso era lo último que Schery quería.

En el grupo de invitados vio de pronto a uno de los profesores de historia que había conocido en la Embajada. Era muy joven y amable y vino a saludarla. Schery se había quedado un poco detrás del grupo y el guía iba delante con todos. El ascensor lateral no estaba lejos y tal vez funcionaba, pero había que traspasar la línea de cordones con borlas que impedía pasar.

Los soportes de los cordones eran fuertes y debían tener peso.

En un momento dado Schery cogió el cordón y lo bajó un poco. Sin pensarlo dos veces se apoyó en el joven profesor de historia e intentó saltar.

¡Ayyy! Su vestido de coctel tenía la falda estrecha y se enganchó. El soporte cayó al suelo y el guía volvió la cabeza por el ruido a ver qué pasaba.

Schery con cara de inocencia estaba ya lejos disimulando, guardando papeles en su bolso.

El pobre profesor, al que había cogido todo de improviso, no sabía ni qué hacer, pero el guía no se fijó en él.

El grupo siguió su camino y en ese momento el guía se puso a explicar lo que recorrían, así que Schery se apoyó de nuevo con fuerza en el brazo del profesor, y esta vez pudo saltar la línea de cordones y postes, doblando la esquina rápidamente hasta el otro ascensor que, por fortuna, estaba abierto y funcionaba…

¡Pista libre hacia el Oro de América!

Pero.¡los designios de Dios son inescrutables!

La gran Sala del Oro de América estaba a medio preparar, con todos los enormes objetos de oro cubiertos por telas blancas y, lo peor de todo, con vigilantes armados que no perdían de vista a aquellos dos intrusos que acababan de aparecer…

El joven profesor, que había seguido a Schery dispuesto a no perderse aquella loca aventura, se quedó también algo indeciso, pero Schery recompuso su atuendo, colocó su acreditación distintiva bien a la vista y entró decidida.

El vigilante no sabía bien qué hacer: ¿detener a aquella señorita con una credencial diplomática? ¿ponerse a su disposición?

Optó por preguntar qué deseaban e informar de que la sala todavía no se podía visitar.

Schery, con su gesto de máxima inocencia y desconsuelo, explicó al guarda:

—Por favor, mi  legación confía en que  haga un estudio sobre lo expuesto en El Oro de América, He dejado a mi legación camino de la comida con los Reyes y me reuniré allí con ellos.  Me va a resultar terrible no poder llevar NADA sobre El Oro de America… por favor… me voy a sentir fatal con ese fracaso.

El guarda estaba perplejo, miró a su compañero y decidió:

—Bueno señorita, solo puedo dejarle que vea un par de objetos, pero solo eso, y enseguida se tienen que marchar.

—Muchas gracias. Me salva usted este momento tan malo. Solo un par de objetos y nos vamos.

Ilustración de Jesús Rodríguez

Diciendo esto, Schery cogió el borde de una de las telas, lo levantó un poco y miró aquella maravilla.

Tomó su máquina de fotos y le hizo señas al profesor para que distrajese al guarda. Mientras hablaban, ella levanto dos o tres telas más, y disparó su máquina tan rápido como pudo…

Luego dieron las gracias a los amables guardianes y salieron.

Schery se despidió con todo el agradecimiento del mundo de aquel joven y lanzado profesor que la había acompañado y emprendió el camino hacia el pabellón de España, donde se celebraba la comida con los Reyes.

Iba radiante, con los zapatos más sucios de polvo que nunca, con el pequeño chal de adorno, a juego con su vestido, colgando y enredado en la carpeta, con el sudor pegado a la frente rizando su flequillo y medio despeinada, pero radiante.

Cerca ya de la entrada al Pabellón, dos soldados le salieron al paso. Sus armas le quedaban muy cerca de la cara.

—¿Qué ocurre, guardias? Llevo mi credencial para la comida en el pabellón de España.

—Ya, ya lo vemos señorita, pero se ha retrasado usted mucho. Se  ha hecho tarde y han mandado sellar la entrada. Lo sentimos. Usted no va a poder entrar a esa comida.

Y Scheherezade vio como el sol recorría sus últimos momentos del día… y guardó silencio discretamente…

Hubo muchas más historias reunidas por Schery para írselas contando al exigente director, que cada vez que ella llegaba con su carpeta de piel bajo el brazo, su gorrita rojo cereza y su sonrisa confiada, vivía todos esos momentos relajado e interesado y  deseaba siempre que llegase la próxima historia, exclusiva o proyecto de Schery.

¿Qué diferencia puede haber entre los cuentos que Scheherezade contaba al Rey afortunado, hace más de mil años, y estas otras?

El substrato del alma huma funciona  del mismo modo ahora que hace mil años:

El poder de la palabra combinado con la inteligencia, la cultura, la discreción y la belleza.

La información es poder, y solo hay que saber utilizarla, que no es poco. 

Las referencias bibliográficas, nombres de títulos, etc suele ir en cursiva. En ocasiones se puede utilizar la negrita, pero nunca ambos recursos.

(Muy a mi pesar) está admitido por la RAE.

Conchita Ferrando

Timeless

Autor@:  Olga Besolí

Ilustrador@:  

Corrector@: 

Género: Ciencia Ficción

Rating: + 12

Este relato es propiedad de Olga Besolí. La ilustración es propiedad de Jesús Rodríguez. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Timeless.

Vivimos en un mundo cambiante. No en su concepción más metafísica o filosófica, sino en su expresión más real y física. Este planeta se ha convertido en un lugar inestable al que no hay forma humana de adaptarse. «No te arraigues demasiado a tu pasado, pues este puede dejar de ser. No hagas planes de futuro, porque no sabes si lo tienes». Este es el lema con el que convivimos.

Los grandes proyectos de esta sociedad, si es que alguna vez los hubo, se han extinguido. Vivimos a corto plazo y nos limitamos a esperar terminar cada nuevo día sin sufrir cambios demasiado drásticos en nuestro entorno, con el miedo metido en el cuerpo, angustiados por si deja de existir la escuela donde estudian nuestros hijos o por si desaparecen nuestros propios hijos.

Imaginaos la incertidumbre con la que cohabitamos en este mundo en el que, en menos de lo que dura un pestañeo, toda tu familia, incluido tú, podéis desvaneceros en el aire. Uno puede despertar una mañana y notar cómo le falta algún miembro a su cuerpo. Intuirá levemente que antes lo tenía pero, inmediatamente, en su cerebro aflorará un nuevo recuerdo, el recuerdo de cuando lo perdió, quizás hace mucho tiempo, siendo todavía un niño.

Es por culpa del tiempo. Por la rotura del continuo espacio-tiempo. O mejor dicho, por culpa de los viajes en el tiempo. Pero empezaré mi relato por el principio, aunque este no corresponda exactamente al pasado, sino al futuro.

Podría comenzar contando en qué año estamos pero eso ahora es relativo así que, para hacerlo más sencillo, voy a prescindir de las fechas. Es suficiente con decir que, si nada cambia a partir de este momento (cosa improbable, pues los viajeros temporales siguen aterrizando por antes y por después indiscriminadamente, interfiriendo en el entorno y provocando continuas variaciones) dentro de unos siglos se inventará un dispositivo que permite el traslado de la materia a través del tejido espacio-temporal. De hecho, el dispositivo ya está en marcha. Hoy en día existen multitud de sucursales de agencias de viajes temporales, traídas desde el futuro. Si no, los turistas del futuro no podrían regresar de sus vacaciones al pasado. Aunque, con lo cambiante que está todo, es probable que el time transporter se invente hoy mismo o quizás mañana y, con eso, cambie el transcurso de los hechos venideros. O puede que nada de todo esto llegue a suceder nunca si alguien lo evita. En ese último caso, yo no estaré ni aquí ni entonces para verlo. Yo no podré existir.

Pero volvamos al inicio. El transportador espacio-temporal conocido como time transporter fue creado inicialmente en el futuro por un laboratorio científico anexado a una base militar de Canadá cuyas primeras pruebas experimentales provocaron una serie de sucesos catastróficos inexplicables, como la reaparición de enfermedades antiguamente erradicadas, como la peste negra o la viruela. Su uso futuro como arma militar cambia completamente el curso de la historia «para realizar los ajustes sociales necesarios en beneficio del planeta» anunciarán ellos, en una pública y burda mentira.

Sé a ciencia cierta que eso sucederá porque, de momento, nadie se ha preocupado por cambiar ese futuro. Si a alguien le hubiese interesado salvar de la plaga de viruela al millón y medio de personas que morirán, hubiera viajado en el tiempo para evitar que se produjera el brote. Y nunca habríamos oído hablar de él.

No debemos olvidar que el futuro trae consecuencias al pasado. Sabemos que en cada viaje realizado en el tiempo se producen cambios involuntarios e incontrolados pero inevitables. Y, aunque es imposible saber qué ha dejado de existir, sí sucede que el pasado conocido deja de ser para dar paso a un nuevo pasado modificado. Y cuando se altera el pasado, automáticamente, el presente de desdibuja y el futuro se transforma en un proceso llamado paradoja temporal.

Si yo me trasladase a la época en que vivía la abuela de tu madre y la matase, tú dejarías de existir y tus amigos actuales no se acordarían de que una vez, en un tiempo que ya no va a suceder, te conocieron. Tú nunca habrás existido para ellos. Así de simple y así de peligroso.

Y así de incierta es nuestra existencia desde que se creó la compañía Timeling, o mejor dicho, se creará en un futuro. Si robó los planos del time transporter a los militares, o si los consiguió a golpe de talón, es un misterio. Pero es, ha sido y será la empresa que ha comercializado los viajes temporales por todo el mundo, abriendo sucursales en todas las épocas y lugares del planeta.

Timeling se inició como una empresa de élite, fundada para servir y dar rienda suelta a los gustos exquisitos de los clientes más selectos y pudientes. Contaba con fuertes, pero insatisfactorias, medidas de seguridad para impedir que los viajeros interfirieran en las épocas a las que viajaban, cambiando su futuro. ¡Qué tontería! Los grandes magnates que podían pagar el astronómico precio de su billete aprovecharon, por supuesto, para visitarse a ellos mismos y revelarse secretos futuros que aumentarían y mejorarían las finanzas y calidad de vida propia y de los suyos. ¿Si pudieras contarte a ti mismo qué número de lotería saldrá ganador estas navidades, no lo harías? No contestes. Sé la respuesta.

Timeling abrió agencias en los mejores lugares y épocas del planeta, destino de su glamurosa y exigente lista de clientes. El Egipto de los Faraones, el Jerusalén de Jesucristo, la Gran Bretaña del Rey Arturo, el Caribe de la piratería, la Roma de Julio Cesar, el Estados Unidos presidido por George Washington y la China de las grandes dinastías eran algunos de sus destinos más solicitados.

Pero pronto el espionaje industrial hizo que otras compañías mandaran construir copias del transportador temporal original y se lanzaran en una despiadada competencia. Los viajes en el tiempo bajaron el nivel a clase turista, con precios asequibles para todo tipo de veraneantes.

Fue en ese punto del futuro cuando verdaderamente el mundo entró en este vertiginoso y cambiante círculo infernal. Los viajeros, cada vez más descuidados y menos preocupados por las consecuencias de sus acciones, empezaron a interrumpir y modificar todo cuanto les rodeaba. Por su lado, las agencias de viajes, aferrándose a un vacío legal, se desentendían de toda culpa.

Ilustración de Jesús Rodríguez

Ahora el mundo está plagado de miles de agencias temporales en todos los lugares y épocas posibles, por muy lejanas y peligrosas que éstas sean. Imaginad lo que significa eso. Imaginad millones de pasajeros inexpertos de todos los tiempos viajando a través de la historia, cambiando los hechos sucedidos y por suceder en cada ida y venida.

Sé que las agencias de viajes existen  desde siempre, pero solo a partir del momento en que las empresas del futuro decidieron implantarlas atrás en el tiempo. Antes de ocurrir este futuro, ese pasado no existía.

No lo sé porque haya visitado el pasado o el futuro. No lo he hecho nunca, al menos, que yo recuerde. Estoy en contra de los viajes en el tiempo. Todo lo que conozco me lo contó mi madre antes de morir. Ella estará allí para ver el time transporter inicial de Timeling con sus propios ojos. Ella, hija de un gran magnate de la empresa acuífera más importante del mundo se subirá a él con su equipaje de mano, mucha ilusión y una guía turística del siglo XXI.

Sí, soy un hijo del tiempo, de padre coetáneo y madre futura. Soy un engendro, una paradoja temporal viviente. Nosotros, los llamados timeless, los sin tiempo, somos el recuerdo del sinsentido que provocará nuestro futuro sobre nuestro pasado por culpa de los viajes en el tiempo.

Pero incluso esto está cambiando. Antes los timeless como yo gozábamos de pasaporte temporal infinito y teníamos inmunidad diplomática: éramos considerados un capricho del destino. Pero ahora, con el nuevo gobierno al cargo, se ha decretado el exterminio de nuestra existencia, tachada, de la noche a la mañana, de monstruosa. El sistema nos condena a muerte de la forma más fácil.

Será el presidente en persona quien iniciará mañana mismo su viaje oficial al futuro con destino a esa base militar de Canadá, para convencer a sus altos cargos de que destruyan hasta el último boceto del time transporter, y así evitar que caiga en manos comerciales de empresas como Timeling. Si tiene éxito en su empresa, los viajes en el tiempo nunca habrán existido a nivel masivo y yo, y los que son como yo, dejaremos de existir de inmediato.

Pero eso no va a ocurrir si puedo evitarlo. Acabo de comprarme un billete con escala al pasado. Mi primer viaje temporal. Voy a visitar dos épocas y lugares distintos. La primera es para encontrar a una mujer llamada Avelyn, cuya hija Jeanet tendrá un niño llamado Ted. Voy a matarla para evitar que su nieto llegue a presidente. Soy un activista en contra de los viajes en el tiempo, pero si tengo que elegir entre mi vida o la suya, escojo la mía.

La siguiente parada de mi viaje será en mi propia niñez, para decirle a mi madre que ya no quiero que me regale ese fin de semana con dinosaurios por mi cumpleaños, que no acuda a la oficina de Pastravels de enfrente de casa justo en el momento en que ese integrista temporal se inmolará creando la destrucción y el horror.

Así pretendo compensar la muerte con la vida. Eso si ningún acontecimiento pasado, presente o futuro me lo impide. En este mundo cambiante nunca se sabe.

Olga Besolí

Abril 2013