Niebla, tregua momentánea

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Género: Poesía

Rating: + 18 años

Este relato es propiedad de Ainhoa Ollero. La ilustración es propiedad de Jordi Ponce. Quedan reservados todos los derechos de autor.

 

Niebla, tregua momentánea.

Ilustración de Jordi Ponce

Tráeme, niebla, la cabeza de Medusa
en una bandejita de plata,
con los pelos al fin lacios,
la mirada neutralizada,
los ojos en blanco para no tener que ver,
para nutrirnos, simplemente, de soñar
los hechizos de la luna llena,
la convivencia pacífica con la voluntad,
la sal que ha de curarnos el miedo
flotando en las olas del mar.

Tráeme momentos de lucidez nublada
donde luces y sombras tomen sentido
en antídotos contra la infancia,
en lluvias purificadoras para crecer,
contra todo pronóstico,
en tierras regadas con sal,
en recuerdos de incertidumbre
que tal vez, y solo tal vez,
las brumas jueguen a calmar
porque para despertarnos
tenemos la eternidad.

Tráeme la esperanzada desesperación
de saber que lucho, estaca en mano,
contra los vampiros del alma
pero que aún tengo tiempo
de ganar, al final, la batalla.
Tráeme, niebla, la paz y la palabra,
el ensayo del gesto que habrá de ocultar
la certera bala de plata.
Tráeme la tranquilidad del sueño,
el bálsamo dulce de la risa,
las ganas de enterrar el hacha.

Tráeme, niebla, la tregua momentánea,
el pasaje lejos de los ríos de sangre,
de las nieves del fracaso,
de las cicatrices de lava,
de la condena de la obligación
restregada por la cara.
Suspéndeme en un limbo infinito
donde las decisiones son aplazables,
donde, si no quieres, no pasa nada.
Donde para hacerse mayor no hay peaje,
donde no hacen daño las palabras.

Tráeme, niebla, bálsamos contra el escándalo,
tardes en soledad, silencios necesarios.
Respuestas a preguntas no formuladas.
Ofrendas que no piden nada a cambio.
Permíteme escapar de vez en cuando,
escurrirme de las trampas
del laberinto del Minotauro.

Ainhoa Ollero

Puta niebla

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Relato

Rating: + 16 años

Este relato es propiedad de Daniel Camargo. La ilustración es propiedad de Jordi Ponce. Quedan reservados todos los derechos de autor.

 

Puta niebla.

Rigamonti estaba sentado junto a la ventana, mirando hacia fuera con la mirada perdida, como hipnotizado. Los brazos cruzados sobre la mesa, el traje gris, gastado y bastante arrugado pero limpio, los hombros caídos.

Había pedido un café a las ocho y cuarto y ya eran las diez.

Ilustración de Jordi Ponce

Manolo llevaba un rato largo pendiente de él, era un martes flojo y no había muchas mesas que atender.

De pronto recordó que el domingo había leído en internet un artículo sobre cómo mejorar el nivel de satisfacción de los clientes mediante la empatía personal. «Vamos a intentarlo», pensó, «total… no perdemos nada», y movido a partes iguales por el márketing y el aburrimiento, se acercó al viejo.

—Qué niebla, ¿no? Impresionante. Para cortarla con un cuchillo, no se llega a ver ni la acera de enfrente… Los que saben dicen que si hay niebla después el día será bueno. Lo raro es que cuando amanece así suele levantar a eso de las nueve, nueve y cuarto, pero parece que hoy va a ir para largo.

—Nunca se sabe —dijo Rigamonti sin quitar los ojos de la ventana—, nunca se sabe, Manolo. La niebla…, la niebla es muy traicionera… No, no —se corrigió—, traicionera no, lo que es la niebla es muy hija de puta.

—Bueno, hombre, no se ponga así, tampoco es para tanto.

Rigamonti frunció la nariz y miró al camarero durante unos segundos como midiéndolo. Parecía haberse despertado de su letargo y ahora evaluaba si Manolo se merecía profundizar en el tema. Finalmente decidió que sí.

—Yo sé por qué lo digo. Tengo mis razones…, poderosas razones, para pensar así —le dijo—. Uno ha vivido tanto que… ¿Nunca te conté lo que me pasó en el Congo?

—¿En el Congo? Je, je… ¿Usted? ¿Estuvo en el Congo? ¿Cuándo?

Sin saberlo, Manolo acababa de abrir una compuerta en la cabeza de Rigamonti. Una que llevaba mucho tiempo cerrada.

—Sí, estuve, aquí donde me ves. En el Congo estuve. Hace mucho tiempo, una eternidad. Estuve cuando viajar al Congo era una aventura y un riesgo, y no la mariconada de los viajes de ahora. ¿Te cuento?

Manolo echó una visual al resto de las mesas confirmando lo flojo de la mañana, apoyó el repasador sobre la mesa y se sentó junto a Rigamonti, dispuesto a escuchar la historia.

—Dele, dele, Riga, soy todo oídos.

—Manolo, tú sabes que además de trabajar en el banco yo siempre fui fotógrafo, ¿no?

El camarero asintió con la cabeza.

—Algo me han contado…

—Te hablo de la década de los setenta, cuando era joven y tenía ciertas pretensiones artísticas. Lo normal, paisajes, algún retrato…, bodas y comuniones los fines de semana para sacar algún dinero. Pero además de eso, esporádicamente, trabajaba para el National Geographic. Trabajos sueltos, reportajes puntuales, pero que me venían muy bien para tener un dinero extra. Y me daban un cierto prestigio entre los colegas.

»Bueno, resulta que un día me llama a su oficina el jefe de redacción nacional y me dice que le tengo que hacer un favor. Me cuenta que Sidney Somerville, el australiano, uno de los fotógrafos estrella de la revista, había caído con paludismo después de hacer un reportaje sobre el mosquito tigre en los basurales de Bangalore. Que el tío estaba mal de salud y había un tema urgente en el que lo tenía que reemplazar.

»Entonces va y me cuenta algo extraordinario. Me habla del Congo y de un proyecto que me va a llevar a la fama. «Te va a tocar fotografiar una de las aves más bellas e indescifrables que hayan existido nunca», me dijo. Y también me dijo que en un valle perdido de las montañas Rwenzori, bastante cerca del nacimiento del río Nilo, en un ámbito paradisíaco, existía un pájaro casi desconocido que sólo habían visto unos pocos aborígenes del lugar, los Binga, una tribu de pigmeos enanos que…

—¿Pigmeos enanos? —Se sorprendió Manolo.

—Sí, sí, no me interrumpas, eran chiquitos, muy chiquititos. Algo así —Y Rigamonti extendió la palma de su mano paralela al suelo, un poco por debajo de la rodilla, como acariciando un perro, para dar una idea de tamaño. —¿Viste los muñecos de Playmobil? Bueno, un poco más grandes, solo un poco, y bastante más negros.

»Los pigmeos esos eran los únicos que habían visto al bicho, pero estaban en medio de la selva, totalmente aislados de la civilización. Y mi jefe me comentó que un explorador alemán perdido, un científico, también lo había visto, pero que nadie le había creído.  Entonces, Manolo, el tipo me miró a los ojos y puso sobre la mesa un ejemplar de la revista Cats & Birds, en la que, en tono burlón, se habla de este pájaro como de una leyenda urbana, una patraña, mofándose de Nat Geo, que había mencionado al ave en un ejemplar de 1972.

—¡Gilipollas! —me dice el jefe, visiblemente alterado—. ¡Existe! Nosotros sabemos que existe, pero necesitamos una foto. Y la necesitamos ya.

»Y sacó un sobre del cajón de su escritorio, lo abrió y me mostró su contenido: una pluma, una plumita chiquita, como de un pichón, de varios colores y muy brillante.

—¿Ves? —me dice—, pruebas tenemos, pero necesito una foto del pájaro vivo lo antes posible. Y se nos enfermó el australiano.

—¿Cómo se llama?

—¿El australiano?

—¡No, no! El ave…

—Ah, sí, claro, no te lo dije. Marabú, se llama marabú alicorto tornasolado.

»Salí de la reunión nervioso, ansioso, y me fui directamente a una biblioteca a investigar sobre el bicho ese. Toda la noche…

Después de mucho buscar descubrí que el renombrado etólogo alemán Franz Beckenbücher había sacado a la luz la existencia del ave años atrás, en una conferencia en el aula magna de la famosa Ecole des Oiseaux de Estrasburgo, en la que describió su colorido y variado plumaje como una mezcla entre el rojo intenso de la casaca del Bayern Leverkussen y el azul profundo del Hertha de Berlín, con toques aurinegros en las alas propios del Borussia Dormunt, y un degradado hacia el verde en la cola idéntico a la tercera equipación del Schalke 04. Esta exuberante policromía sólo se daba en el macho, ya que la hembra, mucho más pequeña y discreta, era de color negro, como la vestimenta de los árbitros de la Bundesliga.

—Los árbitros van de colores —terció Manolo, deseoso de aportar algo.

—Eso es ahora, y yo te estoy hablando de los años 70, Manolo, ¡no interrumpas!

»Lamentablemente, por la prolongada huelga de los trabajadores de la empresa Agfa, el científico teutón no contaba con fotos y sólo pudo aportar unos toscos dibujos realizados por su hija Greta, a la sazón en segundo de la Grundschule, que no hacían justicia al exótico animal.

»Pero más allá de su sorprendente colorido, el marabú se caracterizaba por un llamativo y sofisticado ritual de apareamiento, que sólo ejecutaba durante un breve lapso en el amanecer posterior a la séptima luna llena de los años bisiestos. Tan escasa actividad sexual, que el científico atribuía a la muy limitada belleza de la hembra, hacía que este pájaro estuviera a punto de extinguirse, lo que ponía, si eso fuera posible, una mayor carga de responsabilidad y urgencia a mi misión.

»Según se comentaba, este ritual combinaba la acrobacia aérea y la cadencia rítmica de la danza dodecafónica con el desenfreno sexual más desinhibido.

»Entonces, a medida que iba leyendo ese artículo, caí en la cuenta de la urgencia real y absoluta de mi misión. Estábamos a fines de junio de 1976, año bisiesto, y la séptima luna nueva sería en julio, ¡el once de julio!

»No podía perder tiempo, así que me puse manos a la obra, solicité un permiso sin goce de sueldo en el banco y comencé a gestionar el tema del viaje, con ansiedad y una gran expectativa ante el desafío. No podía imaginar en ese momento cómo se iban a desarrollar los acontecimientos.  El primer golpe fue enterarme de que tenía que pagar yo los gastos del viaje y que ya luego, más adelante, la revista me los reembolsaría.

—Qué ratas los del Geografic ese, ¿no?

—Bueno, Manolo, para mí fue un palo muy duro, pero tenía cierta lógica. No era un momento fácil, piensa en el contexto, los años 70, crisis del capitalismo, despidos masivos, subida de los combustibles, tensión en Oriente Próximo, corrupción política…

—¡Igual que ahora!

—Y además, National Geographic venía de un revés importante por la denuncia que Caring Mums, una asociación de madres solteras de Texas había hecho contra la revista por sacar animales desnudos en las portadas. Tú sabes, Manolo, lo de siempre, los rednecks, la América profunda. Las ventas habían bajado  mucho, y ellos debían afrontar los gastos de un largo proceso judicial.  En fin, que el gerente de Nat Geo había decidido no adelantar dinero de gastos para expediciones, sino reembolsarlos meses después de la presentación de las facturas, por lo que tuve que destinar mis escasos ahorros a hacer frente al billete de avión.

»Para ahorrar, le pedí su tienda de campaña a un buen amigo mío, compañero del banco, el  portugués Joâo Couto, que la había utilizado por última vez en la una cacería en la frontera entre Évora y Badajoz.

»La tienda, pequeña y antigua, no era fácil de montar, pero lo peor era que tenía unos cuantos agujeros debidos a que en aquella cacería un jabalí, perseguido por la partida, tuvo la desafortunada idea de tratar de ocultarse en la carpa de Joâo, donde fue acribillado. La verdad es que no era gran cosa, pero la necesidad y lo inminente de mi partida no me dejaron otra opción.

»El viaje fue complicado. Para abaratar había elegido a Ubuntu Airways, una línea oriunda de Tanzania cuyos aviones eran pequeños y de escasa autonomía, por lo que terminé haciendo escala en Argel, Trípoli, Niamey, Uagadugú, Abuya, Yaoundé, Bangui, y Brazzaville, antes de llegar a Kinshasa.

»Una vez allí, aún quedaba un largo e incómodo recorrido por tierra hasta llegar al valle de Kwala, hábitat natural del marabú. Afortunadamente los Binga, avisados de mi llegada, habían enviado al aeropuerto a Yomvi Obembe, aborigen nativo, para recibirme y acompañarme hasta la tribu. Aunque contaba con su llegada me llevó horas dar con él, ya que su escasa estatura y su color negro intenso hacían que se mimetizara perfectamente con el suelo de granito negro Zimbabwe del aeropuerto.  Cuando finalmente conseguí encontrarlo, comprobé  que, si bien Yomvi hablaba español con fluidez (lo había aprendido durante su estancia lavando copas en el restaurante de comida española Paquito, en Lubango), a veces me resultaba difícil entenderlo, por su bajo tono de voz, la velocidad con la que hablaba y su fuerte acento bantú. Para facilitar las cosas, y evitar tener que agacharme todo el tiempo para oírlo, opté por cogerlo en brazos durante el tiempo que duraban nuestras conversaciones, lo que terminó dando un cierto tinte paterno-filial a nuestra relación.

»El recorrido hasta la tribu fue, digamos, incómodo. Mis medios eran escasos y los de los Binga directamente inexistentes, por lo que hicimos dedo desde Kinshasa, siguiendo aproximadamente el recorrido del río Congo hasta las proximidades de los montes Mitumba, en el otro extremo del país. Unos 1 600 km en los que recurrimos a coches destartalados, camiones, furgonetas, motos, patinetes, hasta llegar a un punto en el que lo denso de la selva nos obligó a seguir andando. A partir de allí las dificultades crecieron exponencialmente. Un recorrido abrupto y  escarpado, en el que a las propias dificultades que planteaba el sinuoso y empinado camino de montaña y lo intrincado del follaje se sumaban la presencia de mosquitos y otros coleópteros, así como de todo tipo de alimañas, insectos y reptiles que salían a nuestro encuentro y que, ignorando totalmente la presencia de Yomvi, se concentraban en atacarme a mí.

»Como la dificultad en descifrar el sendero correcto aumentaba, y dado mi cansancio, lo  cerrado de la vegetación y la gran velocidad de movimientos de mi guía, muchas veces perdía su rastro, así que opté por cargar a Yomvi en mi mochila para que me fuera dando las instrucciones al oído.

»Finalmente llegamos a nuestro destino. Lo supe inmediatamente por la actitud de Yomvi, a quien la alegría por finalizar el trayecto y, probablemente, la emoción por llegar a lo que para los Binga era un reducto sagrado, lo hizo mearse en mi mochila.

»Habíamos llegado al valle de Kuala. A pesar del enorme esfuerzo, lo indescriptible del paisaje me hizo comprender que todos los sacrificios estaban justificados.

»El paisaje era alucinante. Un amplio valle formado por dos muros de piedra de fuerte pendiente que formaban una profunda V y se asemejaban en mi imaginación, alterada por el agotamiento y el calor, y excitada por la emoción del descubrimiento, a las piernas semiabiertas de una mujer. Y al fondo, en la confluencia de ambas laderas, precisamente allí en el extremo, se encontraba la oscura cueva en la que habitaba el marabú de la que solo salía excepcionalmente para su danza de apareamiento y, a veces, para mear.

»Como el tiempo era escaso, a pesar de mi enorme cansancio, y mientras Yomvi se dedicaba a torturar algunas lagartijas, me puse a montar la tienda, que sería mi centro de operaciones. »Analizadas las diferentes vistas y perspectivas posibles, me decidí por establecer mi punto de observación en un sector elevado, cerca del camino por el que habíamos llegado y sobre un promontorio que sobresalía de la ladera, asomándose directamente sobre el vacío.

El montaje no fue fácil, ya que faltaban algunas piezas: postes que debí reemplazar con pequeñas ramas rectas y alguna cuerda que cambié por lianas. Con eso y todo la dificultad radicaba en tener que hacer todas estas maniobras asomado al vacío con la rodilla apoyada en una piedra y aferrándome con la mano izquierda a unas ramitas de garcinia.

»Finalmente, hacia la puesta del sol, luego de horas de esfuerzo, conseguí dar por montada la tienda. La camuflé adecuadamente con hojas de helecho gigante y diversas ramas amalgamadas mediante excrementos de okapi y entonces, sólo entonces, comenzó la espera.

»Había terminado un largo y difícil recorrido, durante el cual no había podido sacarme de la cabeza al maldito marabú, obsesionado, imaginándolo sin conocerlo, como si del comandante Kurtz se tratara. Pero todo eso ya había acabado. Estaba en el lugar sagrado y en poco tiempo, tal vez sólo unas horas, estaríamos frente a frente.

—¿Sabes cuál es la principal virtud de un fotógrafo, Manolo?  —espetó Rigamonti al camarero. Una pregunta retórica sin duda, que solo buscaba lograr un énfasis en la narración.

Manolo no parecía saberlo, y como toda respuesta enarcó las cejas subiendo a la vez los hombros en señal de la más absoluta ignorancia. El viejo entonces continuó el relato con un cierto tono de superioridad.

—La principal virtud de un fotógrafo, querido Manolo, no es tener una vista aguzada como un águila, ni un pulso de acero, ni tampoco una extrema percepción del color. Ni siquiera una depurada comprensión espacial o una gran inteligencia. No, señor, no. La principal virtud de un buen fotógrafo es la paciencia. Porque es la paciencia la que te permite esperar y esperar hasta que la imagen definitiva aparezca ante tus ojos.

»Y entonces me dispuse a acechar hasta que el marabú decidiera aparecer.

»Me acomodé en la carpa y comprobé inmediatamente lo incómodo de mi hábitat. El calor era brutal y el riesgo de deshidratación aumentaba continuamente. Y el pestilente olor del estiércol de okapi ponía, si cabe, las cosas aún más difíciles. Además, los animales de la zona, que llevaban un tiempo mirándome, parecían haber perdido su timidez natural, reconociéndome como parte del paisaje, lo que hizo que sapos, culebras, alacranes, escarabajos y todo tipo de arañas pugnaran por entrar en mi limitado refugio, lo que me obligaba a hacer grandes esfuerzos para ahuyentarlos.

»Mientras preparaba el trípode, hambriento, alargué el brazo para tomar algunas provisiones de mi mochila y entonces comprobé que Yomvi había dado buena cuenta de ellas durante nuestro recorrido. Y yo, que había pensado ingenuamente que su silencio se debía, tal vez, a momentos de introspección religiosa, tan habituales entre los binga, adoradores del dios Bangú, personificado en un enorme gorila dorado. Pero no, ¡estaba masticando!

»Además, los pocos restos que Yomvi había dejado en el fondo de la mochila estaban impregnados de su orín, por lo que decidí arrojar la mochila al vacío. Y comenzó mi espera…

»Horas y horas quieto, en silencio, escudriñando hacia la boca de la cueva por un pequeño agujero de la carpa, que tenía varios. Esperando algo, un mínimo movimiento, un reflejo iridiscente que me demostrara que el marabú estaba dispuesto a empezar su vuelo de apareamiento. El calor era insoportable y hacía que se intensificara el olor de la boñiga de okapi. Yo tenía el cuerpo cubierto de picaduras de las distintas variedades de insectos que rondaban mi carpa. Mi cansancio y malestar iban en aumento, pero tenía clara mi misión y no podía desfallecer. Es en los momentos difíciles donde se ven los hombres, pensé, y eso me hizo redoblar el esfuerzo. Durante la noche utilizaba mi filtro infrarrojo intentando atisbar alguna señal de su presencia, pero nada, absolutamente nada. Hasta que, en un amanecer, en el que una extraña luz amarilla teñía el cielo y el aire parecía más fresco, miro a lo lejos, hacia una de las laderas y noto algo extraño.

»Una masa informe y blancuzca, bajaba lentamente por la falda del monte. Lenta pero inexorable, como un animal deforme y herido, aplastado contra el suelo, pero vivo, de movimientos lentos pero persistentes. Como una serpiente de doble ancho que venía hacia mí.

»Vi a Yomvi correr a lo lejos. Huía, sin duda. Lo oí gritar, por lo bajo, claro. Y como en tantas otras oportunidades, no lo entendí. Pero comprendí que a partir de ese momento estaba solo, en manos de la providencia, y supe en ese instante que iba a ocurrir algo ominoso. A propósito, Manolo, ¿tú sabes qué coño quiere decir ominoso?

Manolo estaba absorto en el relato y le hizo a Rigamonti una señal inequívoca para que continuara.

—Entonces, justo entonces, noto un movimiento en la boca de la cueva. Enfoco el teleobjetivo de la Hasselblad hacia allí y veo aparecer al pájaro. El magnificente marabú… No parece demasiado grande, y todavía lo tengo muy lejos, pero incluso a esa distancia se distingue su belleza y colorido. Se lo ve nervioso, inquieto, entiendo que es la clara señal de que va a comenzar su histórico vuelo nupcial.

»Giro la cabeza y por el hueco de entrada a la tienda noto cómo un pequeño pájaro negro se acerca desde atrás, en dirección a la cueva. Es la hembra, que va a su encuentro.

»El marabú despliega sus alas y entonces es cuando puedo apreciar su indescriptible colorido. Salta al vacío, bueno, en realidad se deja caer replegando las alas y empieza a dar vueltas en tirabuzón. Cuando está por llegar al fondo del valle aletea enérgicamente dos o tres veces para recuperar altura y comienza a ascender en dirección a la hembra, que mientras tanto vuela en círculos. Yo estoy extasiado ante el espectáculo, pero mi sentido del deber me empuja, así que apunto el objetivo en su dirección y acerco el ojo al visor de la cámara, para hacer foco, llevando mi índice al disparador.

»Y entonces, en ese preciso momento, veo todo blanco. De un blanco lechoso. Instintivamente paso la mano por el objetivo, sin quitar el ojo del visor, por si se hubiera empañado con el frescor matinal, pero nada. Me retiro de la cámara y miro por el reducido hueco de avistamiento de mi carpa. Nada. No veo absolutamente nada. Todo blanco, como si de pronto hubieran desaparecido los colores.

»Asomo la cabeza fuera de la tienda, y es entonces cuando comprendo todo.

Niebla. Lo que bajaba por la montaña era niebla. Blanca y espesa. Y ha llegado hasta el fondo del valle ocupándolo todo. Justo en este momento…

»Intento, desesperado, buscar con la cámara un punto de visibilidad, pero nada. Por un momento creo ver una sombra que se mueve zigzagueante, pero no estoy seguro de si es el marabú o tan sólo mi imaginación. Mi desesperación me impulsa a buscar una solución, pero la impotencia triunfa. No, es imposible, no se ve nada. Estoy jodido.

»No lo puedo asimilar. No puedo creer que la niebla, la puta niebla, haya tirado por tierra todo mi esfuerzo. Como le pasa a los que van a morir veo pasar ante mí a toda velocidad imágenes de los últimos días, el dinero gastado, las peripecias del viaje, los bichos… Y lloro, lloro como un niño, lloro como hace tiempo no lloraba.

»Luego de un rato, derrotado, salgo de la tienda con sumo cuidado, para no caer en el vacío. No se ve nada, absolutamente nada. Tanteando meto las cámaras en el bolso, doy por perdida la tienda, y emprendo la retirada, mecánicamente, como hipnotizado. Pienso que la misteriosa conducta del marabú alicorto tornasolado seguirá sumida en el misterio por varias generaciones y que los Binga continuarán custodiando su leyenda, como una guardia imperial.

»Un poco más adelante, en un recodo del sendero encuentro a Yomvi, meando en el lomo de una tortuga sulcata. Me mira y me habla.

«Ukuthi inkungu ngakho isindindwa», me dice en su lengua materna, y no le falta razón…

THE END

Daniel Camargo

El rebaño mal avenido

Autor@: 

Ilustrador@: Jordi Ponce Perez

Corrector/a: Mariola Díaz-Cano Arévalo

Género: Poesia

Rating: Adultos

Este relato es propiedad de Ainhoa Ollero Naval. La ilustración es propiedad de Jordi Ponce Perez. Quedan reservados todos los derechos de autor.

El rebaño mal avenido.

Ilustración de Jordi Ponce

Las ovejas blancas afilaron las garras
sobre alfombras de papel de lija
y cimientos de prejuicios,
ensayaron dentelladas asesinas
en campos de tiro escondidos,
en universos paralelos,
en medios de comunicación,
en misas de gallo, en corrillos.
Inventaron, con la productividad
inagotable de mentes calenturientas
con las neuronas encerradas al vacío,
argumentos para autojustificarse,
indultándose del genocidio.
Rezaron a la supervivencia
de las buenas costumbres,
al sentido común,
al bien de la especie,
a la economía de libre mercado,
santa y mil veces santa
por poner cada cosa en su sitio,
ahorrando decisiones complicadas
a sus lindos borreguitos que,
por siempre libres de pecado,
mirarán con empañados ojos limpios.

Las ovejas blancas, en violento rebaño,
montaron una batida en el prado,
olisquearon, ávidas, el rastro,
de la congénere enemiga,
de esa que osaba distinguirse,
mirar hacia arriba además de
pacer hierba de praderas lejanas,
saltar, a veces, un poco más alto
en busca de brotes tiernos
de trébol de cuatro hojas,
de nubes en forma de corderito
a las que perseguir en sueños
dejando volar los pájaros sobre su cabeza
de mirada despierta y oscuros rizos,
dejando escapar, en susurros,
la promesa de viajar en un triste balido.

Nunca pensó en esconderse
porque ese era también su sitio,
pero al verlas llegar de lejos
no pudo evitar lamentar
lo trágico de su destino
que iban a segar con guadañas,
con acusaciones falsas,
con suspicaces delirios.
La pequeña oveja negra,
en su incomprendida soledad,
esperó a sus hermanitas blancas
que desfilaban a paso ligero
como el más profesional ejército,
con las garras preparadas,
con los caninos rechinando,
con la fuerza de un huracán colectivo
que habría de barrerla bien lejos.
Intentó plantarles cara,
diciéndoles que no tenía miedo.
Y ellas, sordas, ciegas, mudas,
consumaron eficientes
su horrible crimen imperfecto.

Quedó el mudo testigo escondido
detrás de las alambradas que,
salpicadas de sangre,
contendrían los enfrentamientos.
Quedó alguien que un día osaría hablar,
huyendo del juicio colectivo,
con las tripas en la mano
y el corazón, medio muerto,
ahogando un fugaz suspiro.
Quedó la mirada de culpa
de una infeliz oveja blanca
que nunca entendió qué tramaban
sus despiadadas hermanas
pero que, por supervivencia,
nunca contaría nada.
Quedaron los balidos de agonía al viento,
quedaron las huellas de metralla
en la tapia del cementerio.
Quedó una piel de oveja negra
que nos protegerá del frío
de nuestros crudos inviernos.

Ainhoa Ollero Naval

La terrible historia del vampiro anónimo

Autor@: 

Ilustrador@: Jordi Ponce

Corrector@: 

Género: Horror

Rating:+13

Este relato es propiedad de Mª Cristina Salvans. Las ilustraciones son propiedad de Jordi Ponce. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La terrible historia del vampiro anónimo.

 

Ilustración de Jordi Ponce

Había dos cosas que odiaba en el mundo: el aire fresco y la risa de los niños.

Vivía en una pequeña urbanización plácida y tranquila a las afueras de una gran urbe, en la que los pájaros cantaban y los coches circulaban con máximo cuidado para no molestar.

Los días soleados, los niños salían de la monotonía de sus hogares y llenaban las calles con sus estridentes voces agudas, que le martilleaban el cerebro y le aturdían los sentidos.

A veces, esos mocosos apestosos y quejumbrosos, se acercaban a la puerta de su casa y canturreaban absurdas canciones infantiles y, cuando no eran ellos, los hijos crecidos de sus vecinos se acercaban a la soledad eterna de su jardín y contaban estúpidas historias sobre no-muertos y chupasangres.

Contaban, prometían y juraban que lo que se decía era cierto, que lo habían visto con sus propios ojos. En esa casa vivía un anciano decrépito, con las manos largas y huesudas, pálido y de ojos saltones, con los labios siempre sangrientos, de los que asomaban unos colmillos largos y amarillentos, a través de los cuales se alimentaba. Afirmaban que lo habían visto por la noche alimentarse de cadáveres de pequeños inocentes a los que había engañado mediante artes sombrías. Y no se cansaban nunca de asegurar que sus abuelos les habían contado que el sujeto que habitaba en esa casa había estado casado una vez, y que había asesinado a su mujer estando ella embarazada.

Adoraba esas historias. En cierto modo, él mismo se había encargado de azuzarlas, pues amante de la tranquilidad como era, odiaba las visitas y las miradas fisgonas. Era algo que había hecho desde joven.

Nunca se había casado y jamás se le había pasado por la cabeza tal barbaridad. Tener hijos era el mayor absurdo jamás contado y le repugnaba la sola idea de pasar su vida pendiente de las necesidades de alguien que no fuera él mismo.

Así que cuando cumplió la mayoría de edad se mudó y empezó a vivir una vida ermitaña y solitaria, en la que disfrutaba de la soledad absoluta de una casa pequeña con un gran jardín.

El mundo era distinto cuando era joven. La gran ciudad no ocupaba ni un cuarto del terreno de la actualidad, y no había ningún pueblo a kilómetros a la redonda. Lo más cercano eran las cabañas de pastores, en lo que estos se acostaban en invierno mientras dejaban pastar a sus bichejos pulgosos.

La población local vivía y moría sin molestar, tranquilos en sus casas o berreando en las calles, pero nunca nadie le molestó. Hasta que la urbe se fue expandiendo.

En cuestión de pocos años, la ciudad creció a marchas forzadas y los campos fueron desapareciendo. El verde se convirtió en gris y la hierba en asfalto. El aire puro se convirtió en horrible aroma insalubre, contaminado y apestoso, y perdió todo mérito de ser aspirado. En ese momento, decidió que no iba a salir a respirar nunca más, que aunque el aire fuera fresco, ya no era puro.

Con el asfalto y la contaminación llegaron las casitas. Esas estúpidas construcciones adosadas llenas de matrimonios felices y críos escandalosos. Con ellos llegaron los jardines floreados y los arbustos recortados, y esa naturaleza artificial que caracterizaba las urbanizaciones familiares.

También aparecieron los especuladores inmobiliarios y los políticos que querían echarle de su antigua casa para reubicarle en un mohoso edificio céntrico llamado de alquiler social, habitado por familias problemáticas, jóvenes sin oficio ni beneficio y viejas asmáticas. Cuando no en algún lugar peor, como esos asquerosos asilos, que apestaban a muerto a cientos de kilómetros a la redonda.

Por más que lo habían intentado nadie había conseguido echarle de su casa. Ni lo iban a conseguir. Lo que sí habían logrado era que se encargara de perpetuar esas historias y fomentarlas, dejándose ver de vez en cuando bebiendo un vaso de tinto al lado de la ventana, o chupándose los dedos mientras observaba a algún niño despistado.

Disfrutaba sobremanera al ver esas caras horrorizadas de padres escandalizados y de niños asustados, cuando los veía pasear por la acera frente a su desastrado jardín delantero. Les veía apresurarse y les saludaba con sus largas manos, incluso permitiéndose una risa siniestra que los acompañaba hasta que se alejaban.

***

Una noche de luna nueva no muy distinta a las demás, mientras estaba acostado en su antigua cama de madera, oyó como una olla caía al suelo, y como alguien susurraba con nerviosismo, invitando a una segunda voz a no armar tanto escándalo.

Se acercaban unos pasos por el pasillo, y con ellos, unas voces juveniles riendo quedamente.

Con dificultad se incorporó en la cama y se calzó unas viejas zapatillas, se apoyó en su bastón y se levantó, al tiempo que la puerta se abría de golpe.

En el quicio, unos adolescentes lo miraban con los ojos brillantes del que está embriagado. Uno de ellos llevaba un gran crucifijo en brazos; robado, sin duda alguna.

-¡Acabaremos contigo, vampiro! -gritó una rubia estúpida, señalándolo con un dedo acusador.

Sabía que esos engendros borrachos eran capaces de cualquier cosa, lo había oído en el transistor y siempre eran ellos los que traían problemas.

Lo empujaron a la cama y lo ataron. Le obligaron a comer ajo y a rezar, y le pusieron el crucifijo sobre el pecho mientras entonaban cánticos con voces ebrias y turbias. Pensó que iba a morir, y por una vez, sintió el terror que suponía había infligido él en los demás.

Lloró quedamente, algo que nunca antes había hecho, e incluso suplicó por su vida. No había nada que hacer, era inútil luchar, era inútil resistirse.

***

Despertó sobresaltado y gruñó al sentir una fuerte opresión en el pecho, abrió los ojos e intentó incorporarse. Su frente golpeó contra una fría superficie metálica y solo sintió frío a su alrededor.

Cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad se dio cuenta de que estaba encerrado en un cubículo metálico y que se encontraba desnudo y dolorido, tumbado en una fría cama de hierro. Le dolían los huesos y sentía como se le congelaba la respiración antes de salir de la boca. Oía su corazón bombear a medida que su terror incrementaba y, al chillar, un eco mortal le devolvió su voz aumentada y distorsionada.

Golpeó una pequeña puerta metálica con los pies, luchando por abrirla, y volvió a chillar horrorizado, mientras aporreaba las paredes con desespero. Hasta que se dio por vencido, las fuerzas le fallaron y supo que no podría continuar, que ya estaba muerto, que su vida había terminado tal y como había empezado; con una desenfrenada lucha para salir al mundo.

Y de pronto, oyó a sus pies los goznes metálicos de una puerta que se abría y su mortal ataúd metálico se vio inundado por una fría y blanquecina luz. La que le devolvía la vida, la que le empujaba a la muerte.

Ilustración de Jordi Ponce

María Cristina Salvans

Otro día mas

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Género: Relato corto

Rating: Todos los públicos.

Este relato es propiedad de Carme Sanchis. La ilustración es propiedad de Jordi Ponce. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Otro día mas.

Otro día más, sentado junto a la ventana esperando la inevitable visita de la parca. Monotonía, aburrimiento y desespero acompañados por un café con leche frío, con sacarina, que el azúcar lo tengo prohibido.

El sol se levanta y se acuesta, pero yo sigo aquí, sin nada mejor que hacer. Y lo peor es que siempre ha sido así, o al menos, yo no recuerdo nada antes de esto.

Tengo setenta y cinco años y hace unos meses me diagnosticaron una demencia neurodegenerativa, una de esas noticias que asusta y desmorona. Al principio me obsesioné, me horrorizaba pensar que esas pequeñas lagunas se convertirían en mi día a día. Pero en el fondo sabía que no podría hacer nada por evitarlo. Escribí mis momentos más especiales en libros en blanco. Qué difícil es resumir toda una vida… El problema es que ya no soy capaz de distinguir lo que realmente viví de lo que mi imaginación creó.

Hay días que todo se ve claro, la neblina desaparece y, de un momento a otro, simplemente ya no soy capaz de hacer las cosas más sencillas.

Lo peor es cuando estoy con mi nieto… Me habla cada día de sus amigos, de las clases, de las actividades extraescolares que ha elegido este curso, pero no consigo acordarme de todo lo que me ha ido explicado. Siempre que puedo intento que no se note, pero sé que llegará el día en que no seré capaz de fingir.

Como os decía, paso la mayor parte del día sentado en mi viejo sillón, escuchando el bullicio de esta increíble ciudad. A veces, siento que los años no han pasado, que soy joven de nuevo y que algo me llama. Miro por la ventana a la espera de una señal, de algún signo que desvele el misterio que mi memoria no es capaz de resolver. Pero no hay nada. Solo esos extraños pajarracos oscuros, que vuelan alrededor de la farola de mi calle al anochecer.

–¡Abuelo! –grita una voz infantil, que se acerca corriendo desde la puerta.

–María, ¿eres tú? ¿Por qué llevas el pelo tan corto?

–No, abuelo… Soy yo, Dani.

Así es mi vida. Ni siquiera puedo reconocer a mi propio nieto, confundiéndole constantemente con mi hija cuando tenía seis años.

–Pásale al abuelo su café y la pastilla roja, ¿quieres? Estas malditas piernas hoy no quieren trabajar.

Con una mueca engullo la pastilla, parece que mi garganta está de vacaciones.

–Hoy he tenido clase de pintura y te he hecho un dibujo. ¿Te gusta? –me pregunta, mientras me ofrece con los ojos brillantes un papel.

–Es muy bonito, Daniel. Es un… ese pájaro negro, no me sale el nombre… Ayúdame, hijo…

–Es un murciélago, abuelo. Siempre te han gustado, ¿lo recuerdas?

–¡Murciélagos! Como el de mi taza, y los de la ventana. Parece que me persiguen, ¿verdad?

Mi nieto suelta una carcajada sonora, mientras me mira con asombro. Siempre pasa por mi casa a esa misma hora, y al parecer, siempre tenemos conversaciones muy similares. Pero a él no le importa, le gusta pasar el tiempo a mi lado, y a mí todavía más.

Así que, esta es mi vida. Aburrida, ¿verdad? En el fondo, al llegar a cierta edad, a todos nos hacen a un lado, y debemos buscar la manera de entretenernos. Yo seguiré mirando por la ventana, con la tele de fondo, tomando pastillas para sobrevivir un día más, y con esa sensación chispeante de que alguna vez fui alguien que ya no recuerdo.

Carme Sanchis

Ilustración de Jordi Ponce

La reina del terror underground

Autor@: 

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Corrector@: 

Género: Terror/Thriller

Rating: +18

Este relato es propiedad de Axel A. Giaroli. La ilustración es propiedad de Jordi Ponce. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La reina del terror underground.

Ella estaba muy sorprendida. No podía creerse la acogida que había conseguido. En medio de aquella sala de conferencias pudo observar una multitud de fanáticos que, seguramente, habían decidido venir desde más allá del estado, algunos incluso, del país, tan sólo para poder verla a ella. Como ameritaba este tipo de reuniones organizadas, muchos estaban disfrazados representando a sus monstruos favoritos del mundo del terror, sean estos del cine, del cómic o incluso, representaciones de algunas de sus novelas. Había unos cuantos que habían decidido disfrazarse de aquellos que le habían atemorizado cuando sólo era una adolescente. Allí, a lo lejos, había como quince Freddy Krueger’s, unos pocos Jason Voorhees, otros Hannibal Lecters e incluso, algunos cuantos zombies o monstruos de la época clásica como momias, vampiros u hombres lobo. Jamás se habría esperado que tantas personas hubiesen querido acudir a escucharla a ella. Si bien sabía que con los años había conseguido adquirir cierto éxito como una especie de autora de culto, jamás podría haber creído que tendría semejante capacidad de convocatoria. Lo cierto era que se sentía muy abrumada, estaba nerviosa porque no quería defraudarlos.

Su viejo amigo amigo Mike Wallace le estaba presentando. Para no desentonar, había decidido vestir como su asesino en serie cinematográfico favorito: Benjamin Willis, el villano principal de la película ‘Sé lo que hicisteis el último verano’. Aquel impermeable de pescador le quedaba como un guante.

Una elección muy adecuada teniendo en cuenta la situación en la que actualmente se encontraban.

—Para mayor deleite de todos ustedes, aquí la tenéis: Esther Morales, más conocida por el sinónimo literario de L.H. Shelley. Identificada mundialmente con el título de ‘La Reina del Terror Underground’. ¡Un fuerte aplauso para ella!

La aclamación general se extendió como una ola a través de las paredes. Morales se acercó al atril y no dejó de sonreír mientras saludaba al gentío que la vitoreaba tan acaloradamente. Convencida de que si se esperaba demasiado iba a quedarse totalmente muda, decidió darle un par de toques al micrófono con el fin de comprobar el volumen, para después hablar directamente.

—No me esperaba semejante participación —introdujo—. Estaba convencida de que era la única friki a la que le gustaba lo que yo escribía.

Las risas de la sala fueron un aliciente para relajarse poco a poco. Sin embargo, ella comenzó a analizar lo que acababa de decir casi sin pensar. Aquello había sonado bastante presuntuoso, como si mirase por encima del hombro a sus seguidores. Esa no había sido su intención, los nervios comenzaban a manifestarse de nuevo. Buscó entre sus tarjetas y la leyó en silencio. Sonrió, lo que acaba de encontrar era perfecto para recuperar su seguridad.

—A mí me gusta comenzar este tipo de charlas con un chiste. Quise guardar algo entre mi repertorio para poder… romper el hielo. En este caso he conseguido unos pocos que se relacionan con la temática que estamos tratando —contestó. Luego se dirigió hacia su tarjeta y volvió a acercarse al micrófono—. ¿Qué hace un asesino en serie para poder entretenerse?: Matar el tiempo.

Continuó una retaila de carcajadas y una serie de nuevos aplausos que propiciaron que por fin se tranquilizara del todo. El chiste había sido malísimo. Estaba segura de que casi todos se habían reído por mero compromiso, pero aquello había sido suficiente como para comprobar que tenía al público de su parte. Por fin podía empezar a entrar en materia.

—Aunque no lo parezca en eso consiste la labor de escribir una buena historia de terror: en matar el tiempo. Siempre creí que lo importante era lograr que, desde la primera hasta la última línea, se sepa administrar muy bien el tiempo del lector. Para ello no sólo es necesario disponer de un control perfecto del ritmo, si no que también hay que conseguir que estos tengan interés en ponerse en el lugar de las víctimas y en aquello a lo que se tienen que enfrentar. En la ponencia de hoy os voy a explicar las fórmulas que utilizo para escribir no solamente mis obras terror en general, sino también, como sé que muchos de ustedes esperan, bien porque sean fanáticos de mi particular estilo o aspirantes a escritor en ciernes, la manera en que elaboro mis historias más leídas y aceptadas: los thrillers protagonizados por asesinos en serie.

Inmediatamente después, Esther se agachó hacia una pequeña bolsa colocada justo detrás del atril. De allí retiró un volumen de tapa dura con una asombrosa portada en la que una figura con traje de pescador era reflejada por un rayo que impactaba a sus espaldas. Su rostro estaba tapado por las sombras que generaba el ala ancha de su sombrero. El amarillo ceniciento de su traje contrastaba con las manchas de sangre que violentamente habían impactado en su impermeable. En su mano derecha, el gancho brillaba bajo la luz de ese momento que había querido ser capturado en aquella ilustración. Sin duda, un personaje que se había basado en aquel del que había decidido disfrazarse su anfitrión.

—Para ello utilizaré como ejemplo la nueva novela que he publicado a partir de la semana pasada: ‘La sangre más allá de la bruma’, la séptima novela de la saga del Sr. Garfio, mi particular asesino en serie ficticio —exclamó—. Ruego que me disculpéis por el hecho de que aproveche para hacerme algo de publicidad, pero ya sabéis… tengo muchas facturas que pagar.

El público se rió una tercera vez, aunque en esa ocasión lo habían hecho de forma más suave. Esperaba que aquello fuera porque le prestaban tanta atención que habían decidido dejar de adularla y no por una repentina pérdida de interés. Tras una breve pausa, sonrió y continuó con presentación:

—En cualquier caso, quiero que sepáis que sois libres de interrumpirme cuando así lo dispongáis. Prefiero que vosotros conduzcáis la charla hacia donde queráis. Si tenéis una duda o deseáis que repita algo, levantad la mano y pedídmelo. De todas formas os aviso de que, cuando terminemos, dejaré algo de tiempo para que todos podáis hacerme preguntas y que, finalmente, realizaré una firma de libros para todos ustedes. ¡Esta noche promete ser muy completa!

***

—¡Mike! —exclamó Esther sorprendida—. ¡No te había visto desde la universidad! ¿Qué tal estás? ¿Qué te ha traído hasta Los Ángeles?

—Principalmente trabajo, pero después me dije: ¡qué demonios! ¿Por qué no aprovecho para ir a visitar a una vieja amiga?

Desde la entrada de su casa Morales pudo ver la figura de su antiguo camarada. No sólo había cambiado físicamente, sino también el carácter que reflejaba y su porte. Y lo había hecho para mejor. Iba vestido como un auténtico triunfador. Un estilo clásico que sin embargo, también se adaptaba muy bien a los tiempos actuales. Corbata roja, traje gris, un sombrero tipo fedora bajo el brazo derecho, maletín en el izquierdo y una sonrisa en sus labios. Sin duda, se había transformado en todo un galán.

—¿Te importa si paso? —inquirió Mike timidamente.

—¡Oh, claro! ¿Dónde están mis modales? —preguntó—. ¿Te apetece un vaso de…? ¡Creo que tenemos zumos!

—No, gracias. Estoy bien —contestó. Echó un vistazo a lo largo de las paredes del salón. Estaban decoradas con una modesta estantería de libros de artistas muy dispares y tomos de psicología y filosofía. También había unos pocos cuadros al estilo naíf y algunas cortinas de colores claros—. Tienes una casa preciosa. ¿La has decorado tú?

—Bueno, sí. Me gusta tener un ambiente relajado para cuando me pongo a escribir. La principal ventaja de mi oficio es que puedo llevarlo a cabo desde la calidez de mi hogar.

Ambos se sentaron en un sillón frente a frente. Morales dio un pequeño sorbo a su zumo de piña y luego miró a los ojos de su interlocutor.

—¿Qué hay de ti? ¿A qué te dedicas hoy en día? —inquirió.

—Poca cosa, en general viajo de un lado a otro y organizo eventos que requieren una alta suma de dinero. Soy lo que se dice un… promotor de grandes acontecimientos.

—Oh, eso suena interesante. Y dime, ¿tienes familia?

Wallace se encogió de hombros y, sin perder la sonrisa, contestó.

—A parte de mis padres, nada. Tengo que confesar que mi profesión es demasiado inquieta como para poder permitirme el lujo de compartir mi vida con otra persona. Ninguna mujer sería capaz de aguantar el que estuviera viajando constantemente, eso genera demasiadas preguntas: a dónde fuiste con aquel cliente, quien es esa fulana… —contestó. Luego volvió a mirarla a los ojos—. ¿Y tú qué? ¿Estás casada?

La mirada de la escritora se tornó nostálgica, dirigiéndose directamente en el contenido de su vaso.

—No… bueno, sí. Lo estuve pero aquello no funcionó —respondió—. A pesar de que no me obligan a ir a ningún sitio, mi trabajo no tenía un horario fijo y me absorbía demasiado. Al final nos separamos, pero nos llevamos estupendamente.

—Cielos, siento haber sacado eso…

—No te preocupes, es agua pasada —dijo—. Por lo menos conseguí algo bueno de esa unión. A parte de mi trabajo mi segundo gran amor son mis dos hijos.

El rostro del viejo compañero de facultad se iluminó de repente.

—¿Niños? ¡Jamás lo habría creído de ti! ¿Te gustaría presentármelos?

Esther contestó con una sonrisa, si había algo por lo que ella se sentía orgullosa era por sus hijos.

—¡Por supuesto que sí! —afirmó. Luego se dirigió hacia la escaleras de su casa y colocó una de sus manos en el lateral de sus labios para poder proyectar mejor la voz—. ¡Eva! ¡Jan! ¿Podéis bajar un momento? ¡Quiero presentaros a un viejo amigo mío!

La respuesta devino en un vago “ya voy”, junto con unos pasos rápidos que se dirigía hacia las escaleras. De repente se manifestó una joven de once años que llevaba el pelo largo y unas pocas pecas en sus mejillas. Para Wallace era la viva imagen de su madre.

—¿Dónde está tu hermano? —preguntó Morales—. También le he llamado a él.

La niña contestó rápidamente.

—Creo que se ha ido con sus amigos a jugar al béisbol.

—¡Creí haberle dicho que primero tenía que terminar con los deberes! En fin, estos niños… —se acercó junto con la pequeña hacia el hombre trajeado—. Este de aquí es Mike Wallace, un amigo de tu madre de la época de la universidad. Consiguió aprobar la carrera de psicología gracias a los apuntes que yo le pasaba. Sé buena y salúdalo.

—Hola señor. ¿Es usted escritor como mi madre?

—No pequeña, sólo un gran admirador de su trabajo —contestó—. ¿Has leído algo de lo que ella ha hecho?

Eva lo miró muy seriamente. Luego, comenzó a negar con su cabeza poco a poco.

—No, dice que todavía soy demasiado pequeña para poder leer lo que escribe. De todas formas no me importa, tampoco me llama mucho la atención.

—Pues eso es una pena, porque es una de las mejores artistas de su tiempo.

La niña perdió repentino interés en aquel hombre. Se giró hacia su madre y le replicó:

—Mamá, ¿puedo irme arriba y seguir hablando por teléfono con mis amigas? Sophie me quería contar una cosa que sucedió ayer en el colegio.

—Puedes ir tranquila —respondió.

Tras marcharse, ella volvió a colocarse en el puesto que estaba. Mike Wallace volvía a estar frente a ella.

—Es muy simpática, estoy seguro de que eres una madre formidable. —dijo él.

—Gracias —contestó—. Lo cierto es que es muy difícil educarlos estando yo sola. Por suerte, siempre consigo hacer malabares con mi trabajo y logro algo de tiempo para estar con ellos.

—Aunque lo cierto es que jamás habría pensado que tu vida se hubiera desarrollado así. Creía que una famosa escritora de suspense y terror tendría las paredes forradas de periódicos con los artículos de Sucesos y las Esquelas de los muertos. Sobre todo, un tono un poco más tétrico en la decoración.

Morales comenzó a reír. Después, sonrió de nuevo a su amigo.

—Prefiero reservar todo eso para la ficción. En cualquier caso, se supone que un buen asesino en serie se guarda su parte más pérfida en el interior de su mente. Siempre parece que su vida es perfecta para poder integrarse como uno más de la sociedad y así, cazar con mucha más facilidad a sus víctima.

—En eso estamos de acuerdo, por eso es difícil pillar esos tipos —secundó.

—No te creas —reclamó la escritora—. Lo cierto es que de forma frecuente sus impulsos y su vanidad los traicionan. En general, son personas que a pesar de que suelen tener un coeficiente mental bastante alto, suelen creerse que están por encima del resto de los mortales. Normalmente piensan que son más inteligentes e, irónicamente, eso los lleva a hacer cosas muy estúpidas. Pienso que por esa razón ocurre lo contrario: siempre terminan siendo cazados.

—¿Eso crees?

—Eso creo.

El hombre la señaló con cierto deje jactancioso.

—¿Y qué me dices de ‘Jack El Destripador’? ¿Y ‘Zodiac’?

—Bueno… en aquellos momentos no existían los recursos con los que hoy en día contamos. Quizás por eso ellos tuvieron la oportunidad y el lujo de que, a pesar de que cometían errores, pudieran evitar ser capturados.

Repentinamente, Wallace extrajó de su maleta un libro bastante nuevo. Ella lo reconoció al instante. Era un volumen de ‘El pescador silencioso’, la primera novela de la saga del Sr. Garfio. Fijándose un poco más se dio cuenta de que se trataba de una de las primeras ediciones sin corregir. Aquella que realizó sin apenas experiencia. En la actualidad, ese tomo debía valer una fortuna.

—Me gustaría que me lo firmaras —comentó—. Me encantó, y también la posterior actualización que hiciste. Aquella que te granjeó la fama en aquello que hacías. Leyendo ambas obras, se nota que quien las escribió, era en realidad dos mujeres muy distintas.

—No me esperaba nada de esto…

—Esta es la versión que tú redactaste antes de visitar la prisión de Sing Sing, ¿no? —interrumpió—. Antes de aquella que realizaste tras aprovecharte de lo que aprendiste al ir a hablar con Robert Hamiltton, el famoso ‘Destripador de Kentucky’. ¿Cómo fue aquella experiencia?

Morales estaba asombrada, no se había esperado nada de eso.

—¿A qué has venido realmente, Mike? ¿Qué es lo que buscas?

Wallace guardó el libro y, con el rostro algo más serio, sacó del bolsillo interior de su americana un pequeño folleto que entregó inmediatamente a la escritora. A primera vista, se podía leer con letras gigantes la palabra ‘HorrorCon’.

—Lo cierto es que no te mentí, no del todo al menos —confesó—. Sí es verdad que he venido por razones de trabajo. En estos momentos estoy representando a la HorrorCon, la más famosa Convención de Fantasía y Terror de toda América. Quería conseguir un puntazo logrando que tú presentaras una conferencia y, quizás, publicitaras la nueva novela escrita por ti que salió hace un par de días.

Esther miró hacia otro lado, siempre le costaba dar negativas pero aquella idea no le hacía mucha gracia.

—No me gusta mucho las aglomeraciones de gente, por eso decidí dedicarme a la escritura…

—¡Vamos, será sensacional! ¡Podrás conocer de cerca a todos aquellos hombres y mujeres que admiran tu trabajo! ¡Influirás a muchos jóvenes para que sigan tus pasos! ¡Conseguirás ver lo alto que has llegado! —exclamó—. Y lo más importante: ¡Posiblemente puedas aprender algo destacable de la experiencia!

Ella fue moviendo de izquierda a derecha su cabeza en señal de negativa.

—No creo que haya tanta gente tan interesada en mi trabajo. Además, no sabría que decir…

Mike agarró los hombros de su interlocutora y observó directamente hacia sus retinas. Luego, lentamente, fue pronunciando las siguientes palabras:

—Escúchame bien, Esther. Porque esto es importante —comenzó—. Soy un gran fanático de tu obra. Y esto es así porque conozco la calidad de tus textos. Cuando escribes, parece que te metes perfectamente en la cabeza de uno de esos tipos. Si no estuviera seguro de tus aptitudes no me habría molestado en venir desde tan lejos. Créeme, habrá mucha gente interesada en escucharte, que querrá conocer tus opiniones y aprender de ti. Un grupo dispuesto a recibir el apoyo de una magnífica escritora como tú y también de expresar el eterno agradecimiento por haber metido en sus vidas tus increíbles obras. Y entre ellos, estoy yo. Ya lo he preparado porque creía,… no, sabía de antemano que ibas a decir sí. No rechaces esta oportunidad, puede venirte muy bien en el futuro. Piensa en mí, tu viejo amigo. Piensa en tus hijos. Después de esa noche, te juró que tendrás mucho más tiempo para ellos. ¡Venga! ¿Qué me dices a eso?

Durante unos instantes no sabía que contestar. Empezaba a sentirse culpable ante la idea de negarse. También sentía un enorme agradecimiento por poder publicitar más su trabajo. Ser algo más que ‘La Reina del Terror Underground’.

¿Cómo negarse ante semejante experiencia?

***

Morales acercó el vaso de agua hacia sus labios y bebió tranquilamente. El miedo y la inseguridad que había sufrido en los primeros minutos había desaparecido totalmente. En su lugar, se sentía satisfecha y muy segura de sí misma. Los aplausos de los oyentes eran una muestra de esa respuesta positiva ante la lección que había impartido aquel día. Hasta esa noche, ella no había creído que pudiera ser capaz de dar clases o enseñar, pero ahora se estaba planteando incluso si dedicar parte de su tiempo a  crear cursos de escritura creativa o especializaciones basadas en la literatura fantástica y de terror. Por no hablar, por supuesto, de la publicidad que aquello iba a traer a su trabajo. Y se sentía eternamente agradecida a su viejo camarada. Tuvo el impulso de mirarlo de reojo.

“Quizás debería invitarlo a cenar después de la charla —pensó—. O, tal vez, la semana que viene.”

Cuando, poco a poco, el auditorio se tornó en silencio, ella aprovechó para acercarse una vez más al micrófono.

—Bueno, supongo que con esto que hemos finalizado podríamos comenzar a abrir el turno de preguntas y respuestas. ¿Alguien quiere comenzar?

De entre la multitud surgió repentinamente un brazo que se alzó sobre el resto.

—¿Srta. Shelley? —exclamó una voz algo rasgada.

Cuando Esther se fijó vio que se trataba de un fanático disfrazado de “Maniac Cop”. Con una sonrisa en los labios lo señaló y dijo:

—¿Sí? ¿Cuál es tu duda?

—¿Me das fuego, por favor? Me gustaría poder fumarme un buen cigarrillo.

Al oír aquella frase poco a poco la sonrisa de la escritora fue decayendo. Su iris se contrajo a causa del terror. Su piel se volvió blanquecina como el papel. El miedo comenzó a hacerse dueño de ella…

***

Las paredes de la famosa prisión se veían gruesas. A causa de la humedad estaban llenas de moho, por no hablar de lo insípidas que parecían. No creía que aquel sitio pudiera considerarse un lugar que conllevará a mantener el estado de salud tanto de sus residentes como de todos sus trabajadores. El ambiente parecía un infierno incluso para los vigilantes, pues las normas estrictas que tenían que acatar, casi los mantenía en la misma situación en la que estaban los prisioneros. Esto desembocaba en que llevaran una actitud muy malhumorada casi todo el tiempo. De todas formas, aquel entorno depresivo no fue tan contagioso para Esther. En su lugar estaba emocionada, pues aquellas paredes habían hecho historia. Fueron testigo directo de la ejecución de Albert Fish, el asesino en serie conocido por muchos como ‘El Vampiro de Brooklyn’. También fue donde encerraron a la mano derecha de Al Capone, Lucky Luciano. Y ella, formaría parte de esa historia entrevistando al ‘Destripador de Kentucky’.

No había sido sencillo conseguir tan ansiado privilegio. Lo primero que tuvo que hacer fue, durante la época en la que estuvo escribiendo la primera versión de su ópera prima, intentar cartearse con el homicida. Una labor complicada teniendo en cuenta que ella estaba segura de que recibiría muchísimas cartas de amor de otras fanáticas desesperadas y algunas de odio de los familiares de sus víctimas. Destacar entre toda esa marea de correspondencia no era fácil. Sin embargo, algo de ella debió atraerle, pues cuando le envió un volumen gratuito de su primer escrito, él le respondió dándole muchas sugerencias para que lo corrigiera. Después de aquello, siguió manteniendo el contacto. A lo largo de los meses se dio una sucesión de envíos que fue confirmada con multitud de respuestas. Su siguiente movimiento fue contactar con su editor y arreglar con él la posibilidad de poder ir en persona para poder entrevistarlo. El tirón comercial de una obra de esas características era tal, que no dudó en tirar de sus contactos para conseguir que aquel encuentro se produjese.

Y ahora estaba ahí, esperando en una sala silenciosa en la que un cristal blindado aguardaba, como si de un acuario se trataba, a que trajeran a aquel espécimen tan peligroso desde más allá de la locura.

Sobre su mesa descansaba un ficha con una foto del asesino. Junto a ella, una breve biografía de su vida y los detalles técnicos de los asesinatos que había cometido. Sin embargo, el individuo en sí, todavía resultaba ser un misterio.

¿Con qué clase de persona iba a encontrarse? ¿Sería acaso un bruto despiadado tal y como lo había descrito la prensa? ¿O en su lugar se encontraría con una persona encantadora y atrayente tal y como solían mostrarse ese tipo de personalidades?

De repente, la puerta se abrió.

Encadenado de pies y manos, un hombre con un mono anaranjado se fue acercando hasta el asiento contiguo a la vitrina de cristal. Era delgado y algo escuchimizado, casi con la cabeza agachada, parecía más bien un ser inofensivo. Pero al fijarse bien, notó que en realidad tenía una musculatura elástica con la que podía moverse, aún a pesar de que los grilletes limitaban su movilidad, con bastante agilidad. Era un lobo con piel de oveja. Su rostro se veía muy humano, incluso diríase civilizado. Unas gafas delataban una posible hipermetropía y la limpieza de sus mejillas un cuidado, hasta cierto punto, envidiable. Lo único que lo delataba como un residente de la prisión —a parte de las cadenas y el uniforme— era que venía despeinado, y unos ojos que brillaban tan faltos de empatía emocional como los de un tiburón blanco.

Durante unos instantes estuvieron viéndose cara a cara. Hasta que finalmente, él mismo decidió romper el silencio.

—Hola, pelirroja ¿eres la Srta. Shilley? ¿la que escribió el libro y las cartas?

Lentamente ella fue afirmando con su cabeza. El homicida le contestó con una sonrisa que no sabía como catalogar: macabra o cordial.

—¡Estupendo! —exclamó—. Dime una cosa, ¿habías entrado alguna vez en algún sitio como este? Es guay, ¿verdad? ¡Aquí tú y yo sentados y hablando como si fuéramos amigos de toda la vida! ¿Qué tal si le pides a los guardias que me traigan un vaso de agua? Así podré contarte cómodamente todo lo que necesitas saber.

—No he venido aquí para socializar —respondió—. Se suponía que me ibas a dar unos cuantos consejos para mejorar mi novela y, a cambio, yo trataría de contar tu historia de la forma más fiel posible.

—¡Oh! Veo que hablas —contestó—. ¿Alguna vez te han dicho que tenías una voz preciosa?

Morales se levantó furiosa.

—Creo que esto ha sido un error.

Justo cuando iba a marcharse, Robert Hamiltton levantó un brazo en señal de espera.

—Aguarda, pelirroja. No tienes porque enfadarte. ¡Vamos, por favor, siéntate! —reclamó.

La escritora se quedó durante unos minutos en pie. Finalmente, decidió hacer caso.

—Dime —comenzó el asesino—, ¿qué es lo qué quieres saber?

—Todo —contestó la mujer—. Quiero que me diga lo que significa para usted cada vez que realiza un asesinato. Por qué el hacerlo de esa manera, lo que siente cuando rasga la carne, cuando oye los gritos de sus víctimas. Quiero saberlo todo.

Poco a poco su interlocutor comenzó a reírse. La risa fue evolucionando hasta una carcajada y, al final, dicha carcajada lo llevó a que se inclinara hacia adelante. Tras unos minutos incómodos, se colocó bien las gafas y volvió a recuperar la compostura.

—¡Eso es algo que puedes preguntarle a los psicólogos que me han atendido! Pídeles mis fichas y ellos te las darán.

—No he venido hasta aquí para leer unas cuantas hojas.

—Entonces, ¿a qué has venido? ¿quieres jugar, pelirroja? ¿es eso lo que deseas? —inquirió—. ¿Has venido pensado que yo era Hannibal Lecter y tú Clarice Starling? Porque en ese caso puedo complacerte muy fácilmente: dejaré pasar mi polla a través de los barrotes y tú me la chuparás ¿estamos?

Ilustración de Jordi Ponce

Morales observó directamente a los ojos del asesino. El brillo con el que lo observaba era muy significativo. Se estaba burlando de ella, pensaba que era una chica fácil y estúpida que había ido hasta allí por simple ambición. Qué equivocado estaba. Tras haber visto todo lo que necesitaba, se levantó y comenzó a marcharse.

—¿Ya te vas? —preguntó— ¿tanto te he ofendido?

Ella se detuvo durante unos instantes y, sin girarse siquiera, le contestó.

—No. Lo que pasa es que ya no te necesito.

El asesino se quedó extrañado. La mujer se giró y lo vio una vez más a los ojos.

—Ya sé quién eres, hijo de puta —continuó la mujer—, sé lo que te motiva a hacer lo que haces: lo realmente patético que eres.

Poco a poco Hamiltton comenzó a sentir como su ira crecía.

—No deberías enfurecerme, pelirroja.

Fue el turno de la escritora de carcajear.

—¿O si no qué? ¿qué vas a hacer desde ahí? —inquirió— ¿insultarme?

Durante unos instantes el hombre se quedó rígido y en silencio.

—Te voy a decir lo que va a pasar: tú vas a estar encerrado durante quizás, otros veinte años. A lo largo de ese tiempo te irás pudriendo hasta que en algún momento, llegue la hora de tu ejecución. Me han dicho que piensan encender la silla eléctrica de nuevo sólo para ti. Ese día, cuando llegue, yo seré la primera que irá a observar, en primera fila, como te fríes. Mientras tanto, publicaré la versión de un libro con la nueva información que adquirido simplemente al mirarte. Porque no sé si tú lo sabes, eres todo un libro abierto. Pero de todas formas, no importa qué es lo que haga, simplemente con decir que vine a hablar contigo será suficiente como para que venda todas las copias como si fueran churros. Irónicamente, yo sí habré cumplido mi parte del trato. Crearé un personaje mítico y muy icónico basado en ti.

El asesino sonrió.

—Me has intrigado, así que vamos a hacer un trato: cuando reescribas la novela, me las arreglaré para hacerme con un volumen y comprobaré si realmente me has comprendido. En cualquier caso, te juro que si un día consigo salir de aquí, iré a buscarte —contestó. Luego, le lanzó un beso desde el cristal.

Morales se giró y volvió a dirigirse hacia la puerta.

—Espera, pelirroja —llamó—, sólo una cosa más.

Ella se volteó una última vez.

—¿Me das fuego, por favor? —pidió—. Me gustaría poder fumarme un buen cigarrillo.

***

La escritora estaba paralizada por el terror. Tenía frente a ella al rostro de la muerte. Comenzó a balbucear sin saber que decir…

—Te dije que iría a buscarte, pelirroja —contestó el maníaco—. Te lo había jurado.

En ese momento, ella reaccionó.

—¡Detengan a ese hombre! —exclamó mientras lo señalaba—. ¡Es un psicópata y un asesino!

Pero para su sorpresa ninguno de los presentes en la conferencia movió un sólo músculo. Simplemente se quedaron allí, mirándola en silencio. Poco a poco comenzaron a reír, a aplaudir.

—¡Hablo en serio! —gritó— ¡detenedlo! ¡es peligroso!

Desesperada, y viendo como todos reían, se acercó a Wallace y lo abrazó desesperada.

—¡Por favor, Mike! ¡sácame de aquí! ¡ese hombre ha venido a matarme!

Por desgracia para ella, nada hizo en el momento. Ni siquiera hubo un afán de devolverle el abrazo. Poco a poco separó la distancia que tenían entre los dos y esbozó una perversa sonrisa blanquecina.

—Lo sé, Esther —contestó fríamente—, fui yo quien le invitó.

La revelación era un jarro de agua fría, ¿qué podría haberle llevado a su viejo amigo a realizar un acto tan atroz? Antes de que ella pudiera reaccionar, su antiguo compañero de la universidad desenfundó una pistola y la apuntó. No había forma de escapar.

—¿Por qué no te fijas un poco mejor en el público? —le ofreció—. ¡te darás cuenta de que esta noche va a llenarse de sorpresas!

Morales se apoyó en el atril para evitar que el shock la desequilibrara. Obedeció más por miedo al arma que por una auténtica curiosidad. En el escenario estaban los mismos monstruos disfrazados que continuaban vitoreándole a ella y a Robert Hamiltton. Al prestar más atención, se dio cuenta de una horrible realidad. Si su mente no la engañaba, aquel hombre disfrazado de Freddie Krueger no era otro que Dash García, el ‘Violador de Bostón’. Y el que llevaba el gracioso traje de la versión zombie de Bob Esponja no era otro que Joe Glatman, ‘El Carnicero de Texas’. Más al fondo podía ver un Candyman que se parecía muy sospechosamente a Oliver Freeman, el ‘Pirómano de Nueva Orleáns’. No había duda: el público, todos ellos eran…

—No puede ser, esto no está pasando —lamentó—. Todos ellos son…

—Sí —interrumpió su ex-camarada—, tus mayores fans. Y están aquí para honrarte como lo mereces.

El éxtasis de la sala se tradujo en una agonía para Esther Morales. Lo único que deseaba era estar fuera de allí, en cualquier otro sitio. Bajo los gritos de júbilo de todo el escenario, Robert Hamiltton se acercó hasta el atril y, levantando las manos, indicó a todo el mundo que estuviera en silencio. Después, acercó su rostro al micrófono.

—Hace unos cuantos años tuve el placer inesperado de leer la obra de una auténtica artista. En el momento que la vi, me di cuenta de algo maravilloso. Aquella escritura estaba en realidad muy verde, pero detrás de esas líneas había una mente maravillosa que era muy capaz de comprenderme. Sentí curiosidad al pensar que quien iba a venir a verme era una auténtica idiota que no sabía donde se metía. No sabéis como me alegro de haber estado equivocado.

El público gritó y aplaudió ante tan cortés halago. El destripador se dio la vuelta y, con sus penetrantes y alegres ojos, observó directamente a la mujer.

—Recuerdo muy bien esa noche, pelirroja. Temerosa pero decidida, tuviste los ovarios suficientes como para enfrentarme. Pero además, vi algo más que me atrajo inmediatamente —aclaró—: tú y yo no somos tan distintos. Lo supe cuando me miraste a los ojos y me dijiste que estarías en primera fila cuando fueran a freírme en la silla… lo disfrutabas de verdad, porque, en el fondo eres como todos nosotros. Eso fue lo que vi, nena. Y posteriormente, en la saga que estuviste escribiendo a lo largo de los años, se confirmaron mis sospechas. Es por eso que no te vamos a hacer daño. En su lugar, te dejaremos ir por donde has venido para que sigas escribiendo esa magnífica saga.

El público volvió a aplaudir, para alivio de ella, todos parecían compartir el mismo parecer que aquel maníaco. Una sala entera llena de asesinos la alababan por el trabajo que hacía. De todas formas, ¿sería buena idea acudir a las autoridades para informar de…? ¡¿una convención llena de asesinos?! ¿Quién la iba a creer?

—Mu-muchas… gracias, chicos —respondió temblequeante—. Os prometo que después de esta experiencia no voy a llamar a la policía. De todas formas sería muy estúpido, ¿no? Me comprometo a que seguiré escribiendo para todos vosotros.

A su espalda su amigo comenzó a reír. Dicha risa contagió a Hamiltton y al resto del auditorio.

—Estoy seguro de ello —exclamó el asesino—. Sin embargo tampoco te he dicho que iba a ser así de fácil. Comprenderás que tenemos que asegurarnos de que realmente eres uno de los nuestros.

Uno de los asistentes trajo repentinamente a dos chicos hacia la tribuna. Al principio estaba demasiado asustada como para darse cuenta de quienes eran, pero cuando les quitaron los sacos de la cabeza, la escritora se horrorizó al comprobar de que se trataban de sus queridos Eva y Jan. El corazón le dio un vuelco.

—¡No les hagáis nada! —exclamó—. ¡Ellos no tienen nada que ver!

—Ninguno de nosotros los va a tocar —contestó Robert—. ¡Michael!

Mike Wallace respondió a la llamada quitándose el traje de Benjamin Willis y colocándoselo a Esther. Cuando estuvo del todo vestida, le entregó un garfio en sus manos.

—Tú mueves, pelirroja —declaró el destripador—. Tú fuiste la creadora del Sr. Garfio. Por tanto, tú decides: te conviertes en él y eliminas con tus propias manos a tus hijos, o por el contrario, os mataremos a todos vosotros. Pocas veces la vida nos da este tipo de oportunidades. Es tu elección.

Morales observó en sus manos el garfio. Vio el rostro de terror de sus queridos hijos.

—En cualquier caso —afirmó Wallace mientras la apuntaba—, quiero que sepas que, escojas lo que escojas, siempre seremos tus mayores admiradores.

Axel A. Giaroli

E03-El fantasma de los libros

Autor@: Inmaculada Ostos Sobrino

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Terror

Rating: +18

Este relato es propiedad de Inmaculada Ostos Sobrino. La ilustración es propiedad de Jordi Ponce. Quedan reservados todos los derechos de autor.

E03-El fantasma de los libros.

El hombre se había pasado la mayor parte de la noche enterrado en libros. Su cabeza colgaba de medio lado sobre una pila interminable. Las letras parecían revolotear sobre su cabeza como si de un enjambre de mariposas se tratase, en una especie de intento de formar palabras o escritos en el aire. Incluso el último libro que tenía en posición vertical parecía susurrarle algo, pero él, no era capaz de encontrar la solución  a pesar de todo lo que se había esforzado. Y allí, rendido, entre aquel duermevela, de pronto las palabras se hicieron más fuertes y creyó, por una milésima de segundo, que la solución había llegado de nuevo hasta su agotada conciencia como tantas otras veces. Pero no, lo único que vislumbró a través de sus vidriosos ojos fue una gran boca que se formaba en la página que tenia abierta, y le decía: Por favor, un poco de orden. ¿Por favor un poco de orden? Eso no era lo que él esperaba oír y, entonces todo cuadró y se dio cuenta de dónde estaba. Despertó por completo en la biblioteca más antigua y más grande de aquella ciudad.

Ilustración de Jordi Ponce

–Hay espacio suficiente para todos. Por favor, no empujen, todos tienen su sitio reservado –dijo la voz de nuevo, y Pablo la ubicó unas cuantas estanterías más atrás, probablemente en la sala  principal. Se dispuso a cerrar el libro que tantas ilusiones o pesadillas había creado esa noche en su mente y, cuando lo hizo, la misma cara que había visto en su duermevela seguía observándolo, pronunciando unas palabras que no lograba escuchar. El ser, o lo que fuera, parecía cada vez más angustiado, pues era consciente de que no se podía comunicar.

–Pablo, ¿aún estás aquí? –dijo una voz a su espalda sobresaltándolo. Y entonces oyó un susurro mientras la cara se esfumaba en la nada: “sálvala

–Venga, espabila que dentro de una horita vamos a cerrar.

–¿Dentro de una hora? ¿Ya son las dos?

–No, hombre. Son las diez, pero hoy tenemos una firma de libros. Mira, ¡igual te interesa! Es una escritora nueva y creo que sus historias son igual de raras que los libros que lees.

Pablo miró al bibliotecario divertido, el cuál le estaba guiñando un ojo mientras le dedicaba una gran sonrisa. Era un hombre mayor, y el mejor amigo que Pablo tenía, el único que no le juzgaba y estaba siempre dispuesto a ayudarle con sus raras peticiones. Además, estaba seguro de que nadie más en el mundo sería tan eficiente como él, pues era capaz de encontrar en la sección de esoterismo cualquier cosa que se le preguntará, aunque fuese lo más raro que pudieses pensar. Así que, como estaba despierto y le picó la curiosidad, se acercó hasta la sala principal a escuchar.

Mientras se iban acercando Manuel le ponía al día. La escritora era una muchacha joven que había sido víctima de un accidente en el que había muerto toda su familia, sólo sobrevivió ella- Después de aquello cayó en un estado de depresión en el que se puso a escribir, alguien la descubrió por casualidad en un concurso literario al que la apuntaron las enfermeras del centro dónde estaba recluida y, desde entonces, el éxito llamó a su puerta y un año después seguía manteniéndolo. A pesar de que la muchacha era muy buena escribiendo historias de terror, (le dijo esto último recalcándolo y con mirada cómplice a Pablo), lo que más llamaba la atención en ella, era su extraña y excéntrica personalidad. Habitualmente vestía con ropa de hombre holgada y demasiado grande para ella y nunca se miraba a un espejo, de hecho, pedía que las salas de las firmas estuviesen desprovistas de los mismos. Y, si podía, siempre intentaba visitar las bibliotecas más emblemáticas del mundo y se encerraba durante un día entero en las mismas en busca de un libro que nunca encontraba.

–Tal vez sea un reto que tú puedas superar –le dijo esta vez Pablo a Manuel con una sonrisa cómplice, mientras ambos llegaban por fin al lugar del gran acontecimiento.

La sala principal estaba abarrotada, los periodistas y los fotógrafos hablaban entre ellos entusiasmados, eran los primeros afortunados que tendrían la posibilidad de preguntar sobre el último libro de la escritora, “no existe el paraíso”, que tanto desconcierto e inquietud había causado, pues era una novela de corte pesimista que hablaba de una manera frívola sobre la inexistencia de ese paraíso prometido que tantas religiones proclamaban y, dónde de una manera cruel y desoladora, nos contaba las vivencias de alguien que estuvo allí y jamás lo encontró. Alguien que sólo sufría por todo aquello que había perdido y jamás podría recuperar, alguien que vagaba sin rumbo fijo en un “no mundo” lleno de peligros y las más terroríficas situaciones. Además no sólo era buena escritora, sino también su propia ilustradora. Las imágenes tenían una fuerza visual que captaba tu atención desde el primer momento en el que posabas la vista en ellas.

La ronda de preguntas comenzó. Un muchacho muy joven de cara agradable fue el primero en levantar la mano.

–¿Cuándo fue la primera vez que tuvo contacto, no se cómo definirlo la verdad, con el mundo esotérico? Si es que lo ha tenido alguna vez, si es que no ha salido todo de esa increíble imaginación que usted posee.

–Sí, lo tuve –empezó a decir la muchacha con una amplia sonrisa al abochornado muchacho. Se había puesto colorado nada más terminar la última frase, se notaba que era uno de sus fervientes fans.

–Solíamos jugar a Adelaida, el típico juego en el que utilizas un libro con unas tijeras clavadas dentro, lo atas todo y lo dejas pender al final del hilo. ¿Sabes cuál te digo?

El muchacho negó con la cabeza. La preciosa sonrisa de la escritora inundó la sala.

–A veces olvidó que los años pasan, y nosotros nos llevamos unos cuantos, ¿verdad? Al menos diez. –El muchacho asintió–  Bien, existía una leyenda urbana sobre una chica llamada Adelaida que se suicidó por amor. Se dice que el chico al que amaba se fue con otra y, la encontraron con unas tijeras clavadas en el corazón para no poder sentir más y un diario en las manos dónde contaba su trágica historia. Las jovencitas solíamos acudir a ella para que nos diera consejos de amor o para cotillear sobre su verdadera historia, a veces simplemente por morbo para saber si de verdad el libro se movía cada vez que alguien hacia una pregunta. Las reglas eran sencillas, el sí era hacia la derecha y el no hacía la izquierda. La invocaban llamándola por su nombre tres veces y ya está. Ese juego y, la típica ouija garabateada en una hoja de libreta cuadriculada bajo un vaso de café. Esos fueron mis únicos contactos.

Otra mano se alzó, esta vez pertenecía a una mujer de unos treinta y cinco años de aspecto cuidado.

–¿Tuviste alguna experiencia sobrenatural en aquellos juegos? Es decir, ¿ocurrió algo que provocase que escribieras sobre ello?

–No, en realidad no.

–Entonces, ¿cómo nació tu interés por los libros, por escribir? –Esta vez la mano alzada y la nueva intervención pertenecían a un chico de pelo largo y gafas, con aspecto descuidado, que sostenía en sus manos un iPad mini y un boli para tablets, en vez de un bloc de notas.

–El fantasma de los libros llego a mí por primera vez aquella noche de verano en la que mi hermano y yo mirábamos las estrellas. Me contó una historia increíble sobre un niño que estaba gordito como yo y que vivía aventuras increíbles a través de un libro mágico. Mi mente se llenó de bellas imágenes y, desde entonces, los libros fueron mi obsesión. Quería poder mostrarle al mundo todas aquellas maravillosas imágenes que se arremolinaban en mi imaginación como un torbellino, y empecé a interesarme por las portadas, los interiores, las ilustraciones. De hecho, ahorraba la paga del fin de semana para comprarme lápices, rotuladores, pinturillas, acuarelas…

–¿Y cuándo surgió el amor a la escritura? –preguntó un hombre calvo de unos cincuenta años que se encontraba al fondo.

–Nunca –Recorrió la sala un murmullo de sorpresa.

–Sin duda esta chica sabe cómo mantener la intriga, ahora entiendo por qué vende tantos libros– le dijo Manuel a Pablo.

–Disculpe… ¿eso quiere decir que es vocacional?

–No, simplemente que no soy yo la que escribo –De nuevo el murmullo de asombro. Pablo notó un frío gélido en su espalda y la visión se le nubló.

–¿Nos está diciendo que tiene un escritor negro, alguien que escribe por usted?

–¡No, por supuesto que no! ¡todas las historias salen de su puño y letra, de su creatividad! ¡Lo puedo asegurar! –La intervención desesperada de su editora creó una nueva oleada de inquietud y de murmullos.

–¿Es cierto lo que dice su editora, señorita Alonso, o realmente como bien dijo mi compañero hay un escritor negro detrás de todo esto? Y de ser así, ¿de quién se trata? –La editora la miró desconcertada y algo preocupada, un mal rumor podía echar por tierra el futuro de toda una brillante carrera. La escritora observó al periodista con tranquilidad a través de sus grandes ojos verdes.

–Es cierto lo que dice mi editora y, no sé si la palabra escritor negro lo definiría, yo lo llamo fantasma.

De nuevo los murmullos recorrieron la sala, pero esta vez de una forma diferente, mucho más alegre y distendida.

–Por un momento nos había asustado –dijo de nuevo el primer periodista que preguntó, el joven Rubio de mejillas sonrojadas–i Eso se llama inspiración!

–No, es un fantasma real, lo puedo sentir, intuir… Jamás me interesó la literatura, de hecho, nunca se me dio bien escribir.

–Pues para no saber escribir es el número uno en ventas, y el éxito de sus historias se ha extendido más allá del mercado europeo –le reprochó una chica pelirroja que estaba sentada en la primera fila, provocando la risa cómplice de todos los presentes.

–Bueno, llámenlo como quieran, pero para mí es un fantasma que me susurra palabras en mis momentos más bajos –Contestó la muchacha derrotada. Seguramente aquellos periodistas pensarían que su comentario estaba estudiado para mantener el aura de misterio que parecía invadir su vida, su universo literario. Pero no era así, ella lo pensaba de verdad y no era la única que lo hacía. Pablo hacía rato que miraba anonadado una sombra que se encontraba situada a su derecha. Al principio fue un foco de luz, y poco a poco se fue tornando niebla,que a su vez, tomó forma humana. Para ser más exactos, la forma de un chico joven de aproximadamente treinta años, que tenía los mismos ojos verdes que Celia Alonso.

Sálvala –le dijo mirándole fijamente a los ojos y poniendo una mano sobre el hombro de la muchacha, que dio un respingo y se puso inmediatamente la chaqueta.

Así que aquel era el fantasma de los libros, el que le despertó aquella mañana. Era él quién se materializó en la hoja del libro sobre espíritus que estaba ojeando, tan sólo por un segundo creyó que podría haber sido su mujer la que se había manifestado. Llevaba años buscando la manera de hacerse con ella, pues sabía que no descansaba en paz. Incluso de vez en cuando, podía sentirla, su don no fue elegido, lo tenía de nacimiento. A lo largo de toda su vida había ayudado a muchos a entender o comprender lo que les aferraba a este mundo, digamos que curaba sus mentes rotas. Pero con Julia era distinto, no lograba llegar, era incapaz de mantener la conexión y no entendía el por qué. El caso era que le esperaba un día mucho más largo de lo que pensó en un principio.

–Y yo que pensaba que ya me iba a descansar -pensó en voz alta.

–Ya te dije que esto te podía interesar –apuntó sarcásticamente Manuel, brindándole un guiño de ojo.

Pablo esperó pacientemente a que todo el mundo se marchase. Conforme fue pasando la entrevista y la firma de libros, la muchacha se fue apagando, sus ojos habían perdido el brillo y Pablo intuyó que algo andaba mal. Cuando finalmente pudo acercarse a ella, no supo por dónde empezar, así que tomando aire y aprovechando un descuido de la editora a la que le sonó el teléfono, le dijo:

–Yo sí creo en lo de tu fantasma y, te puedo ayudar. –La tristeza que reflejaron aquellos mares verdes que eran sus ojos llegó hasta lo más profundo del corazón del muchacho.

–Ya he tenido suficiente frikismo por hoy, me voy a descansar. Lo siento, no dispongo de más tiempo –Y sin mediar más palabra cogió su bolso, echó una furtiva mirada a su editora que seguía hablando por teléfono y, de forma escurrida, se escabulló entre el resto de la gente sin más. Pablo la siguió preocupado, la sombra le apremiaba y susurraba a su oído: “No la pierdas de vista o morirá”.

La escritora salió rápidamente de la biblioteca, giró la esquina y se dirigió hacia el parque. Una vez allí se acercó a la cueva que había junto al lago, dónde tanta veces se había escondido con su hermano. Sacó la botella de vodka, un frasco lleno de pastillas y se dispuso a acabar con su vida.

–Jorge, pronto estaremos juntos. Llegaré hasta ti y te ayudaré a escapar. Celia siempre había sido consciente de quién era el verdadero genio en esta historia, conocía muy bien su forma de escribir, pero eran tan inquietantes aquellas confesiones, todo aquello que le contaba, que ya no podía soportarlo más. Ya no era tan sólo el dolor que sentía por la pérdida de aquellos a los que tanto quería, sino el saber que no se encontraban en un lugar mejor, al menos uno de ellos y, la impotencia y soledad que la invadían al no poder hacer nada para evitarlo. Era Jorge quien tenía que haber vivido esa vida y no ella. Si no le hubiera obligado a desanclarse el cinturón para colocar el de ella con la estúpida broma de siempre, tal vez él hubiese sobrevivido.

Con el corazón hundido y lágrimas en los ojos, Celia puso una buena cantidad de pastillas en una mano y con la otra desenroscó la botella, dentro de poco tiempo todo habría terminado. Pero Pablo fue más rápido y, siguiendo las indicaciones de Jorge, llegó rápidamente allí, justo a tiempo de poder golpear su mano, dejando caer en el suelo el montón de pastillas.

–¡Celia, detente! Jorge no quiere esto.

–¿Tú?

–Tengo que contarte una cosa.

Pablo ayudó a levantarse a la sorprendida muchacha, la asió por la cintura y la sacó de allí. Horas más tarde en un café, ambos hablaron tranquilamente, se contaron sus respectivas historias y, dado que Jorge estaba agotado, decidieron quedar para el día siguiente. Celia parecía mucho más tranquila, al menos su mirada era serena y tenía un nuevo brillo de esperanza dibujado en el iris de sus ojos.

–No te suicides hasta mañana, por favor. No soportaría tener un fantasma tan tozudo como tú rondándome día y noche –bromeó Pablo a modo de despedida.

–Te lo prometo, necesito saber que quiere de mí, si está… Bien, sólo quiero decirle… Bueno, mejor que esperemos hasta mañana o el que no lo contará vas a ser tú. Ambos rieron y, finalmente, se despidieron con la promesa de verse en aquel mismo bar a las diez de la mañana del día siguiente. Jorge se materializó una vez más para la tranquilidad de Pablo, le dedicó una sonrisa y, poniendo una mano en el hombro de su hermana y haciéndole un gesto con la cara de que todo marcharía bien, se desvaneció de nuevo.

Al día siguiente, Pablo y Celia se encontraron en el bar y, como no, Jorge estaba con ellos. Celia le pasó unas hojas arrugadas, escritas a mano.

–Esto es lo que escribí anoche, después de mirarme al espejo como me dijiste le confesó esto último ruborizada –Que sepas que tenías razón, me cerraba a él, me cerraba a mí. No quería ver mi reflejo porque era su reflejo, ¡es lo que tiene ser la gemela de un fantasma! Aunque no quiera, siempre sabré cómo hubiese sido en cada etapa de su vida.

–Y eso le hizo volver con más fuerza a ti y poderse expresar.

La muchacha asintió y una lágrima surcó su mejilla.

–Me habló, ¿sabes? Nunca pude imaginar lo que añoraba tan sólo eso, su voz, y escribí todo lo que decía para no olvidar ni una palabra –Pablo cogió sus manos animándola a continuar, además de darle apoyo emotivo –No existe un mal final, todas esas historias de angustia y dolor no eran las que vivía en su mundo real o irreal, no sé muy bien cómo llamarlo. Eran simples historias que alguna vez quiso contar, las historias que quería escribir para mí, ambos soñábamos con trabajar juntos algún día. Él sería el escritor, yo su ilustradora y, lo ha conseguido. Me dijo que ya no tiene historias que contar, que la última me la deja a mí, aquella que habla sobre el amor de hermanos que traspasa fronteras.

La muchacha dejó escapar una tímida sonrisa y miró a Pablo directamente a los ojos.

–Te aseguro que si consigo escribirla, ya sabes que nunca se me dio bien, hablaré de un loco que se acercó una vez a mí y me salvó la vida. Ahora fue Pablo el que sonrió.

–No hace falta que lo escribas, la historia se puede contar con imágenes, y eso sí se te da muy bien, o eso me han dicho.

–Sí, no es mala idea. En fin, esto es la despedida, supongo. Gracias por…todo.

–De nada, fue un placer. No todo el mundo es capaz de escuchar mi historia de una manera relajada y hacerme sentir que no soy un bicho raro y, demostrarme que cree en mí. Que sepas que siempre estaré ahí.

–Gracias, pero antes de irte me gustaría hacer algo por ti, algo de lo que tú no has podido darte cuenta y yo sí. ¿Recuerdas lo que me dijiste sobre mi miedo a los espejos? ¿Lo de que no quería verme porque en el fondo no quería hacerle venir a mí?

–Sí, lo recuerdo.

–Pues algo parecido te sucede a ti con Julia. ¿Cuánto dolor estás dispuesto a sufrir para saber esa verdad que ella te quiere decir?

Pablo la miró perplejo y su corazón empezó a latir de una forma desorbitada. Se dio cuenta entonces, de que Celia tenía razón, él en realidad no quería sufrir el miedo a la decepción, a que le dijera algo que no quería escuchar, y eso impedía a Julia venir. Había tantas cosas que habían quedado pendientes… Aquella tarde acababan de discutir y ella se fue, como tantas otras veces cuando se enfadaban, a pasear y reflexionar. Pero no volvió jamás. Tal vez la fuerte lluvia no le dejó escuchar el claxon del coche que la atropelló.

–Y sobre todo, Pablo, te debes perdonar.

Pablo estalló en lágrimas y empezó a convulsionar. Esta vez fue Celia la que le consoló. Después se despidieron con un sincero abrazo y Pablo se dispuso a enfrentarse a su propio fantasma, aquel que no quería olvidar.

Inmaculada Ostos Sobrino

E09-El fantasma de los libros

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Terror

Rating: +18

Este relato es propiedad de Roberto del Sol. La ilustración es propiedad de Jordi Ponce. Quedan reservados todos los derechos de autor.

E09-El fantasma de los libros.

Michael escondió la barbilla en el cuello de cisne del jersey mientras esperaba a que Stephen abriese la puerta. Estaba temblando. Había salido de casa con tanta rapidez que se había olvidado de abrigarse adecuadamente para protegerse del viento frío de principios de febrero. Miró alrededor. Solo su coche, atravesado y con las luces de emergencia encendidas, rompía el orden y la monotonía del pequeño barrio residencial. ¿Por qué tardaba tanto Stephen? Ya había hablado con él por teléfono mientras circulaba a toda velocidad por las calles desiertas, ignorando las luces rojas de los semáforos, para anticiparle su llegada. Era consciente de que las tres de la madrugada no era una hora normal para presentarse en casa de nadie, pero la urgencia de la situación no admitía demora.

Algo iba terriblemente mal.

Michael siempre dedicaba el final del día a navegar y responder a la interminable cascada de correos electrónicos que le enviaban sus colegas de departamento, los alumnos a los que dirigía en sus tesis de fin de carrera y los compañeros de investigación de varios proyectos en los que participaba. Era una tarea que odiaba, pero que nadie más podía hacer por él. Como decía siempre, eso nada más que era un pequeño peaje a pagar para poder dedicarse al mejor trabajo del mundo: ser profesor del departamento de lenguas clásicas en Princeton. Solo conocía una persona a la que le gustasen menos todos esos galimatías informáticos que a él: su amigo Stephen. Por eso esa noche, cuando llegó cansado de la universidad y vio su correo, lo abrió inmediatamente. Apenas hacía unas horas que lo había dejado en el departamento. ¿Qué necesitaba decirle que no le hubiese dicho esa tarde y que no pudiese esperar hasta el día siguiente? A medida que leía el mensaje, los sorprendidos ojos de Michael se abrían más y más. No podía ser verdad. Stephen tenía que haberse vuelto loco.

Hacía un par de meses que un equipo de investigación de la universidad de Sevilla se había puesto en contacto con ellos para solicitar ayuda con un descubrimiento que había revolucionado el mundo científico. El equipo, coordinado por el doctor Valentín Requena, había dedicado sus esfuerzos a estudiar una de las grandes incógnitas de la historia: el motivo por el que la Orden del Temple había pasado de ser el poderoso brazo armado de la cristiandad a una organización perseguida cuyos miembros habían llegado a ser prácticamente aniquilados y sus riquezas repartidas como botín de guerra. Y para intentar desvelar ese misterio habían comenzado por estudiar con detenimiento las actas de la Santa Inquisición cuyas fechas se correspondían en el tiempo con el ocaso de la Orden. Lo que los sevillanos habían averiguado arrojaba una nueva luz sobre los hechos de aquella época.

La Orden de los Pobres Caballeros de Cristo y del Templo de Salomón, tal y como había sido conocida inicialmente, se había fundado con la misión de proteger a los peregrinos que viajaban a Tierra Santa, pero también perseguía fines más oscuros y menos conocidos, como el de destruir todo lo que atentase contra la doctrina de la Iglesia. Hasta que llegó un momento en que los puntos de vista de la Iglesia y de la Orden sobre aquello que debía considerarse herejía eran tan distantes que los últimos grandes maestres del Temple, abrumados ante la posibilidad de que pudiesen llegar a perderse cientos de años de ciencia y de arte, y que eso acabase por sumir a Occidente en una era de oscurantismo y tinieblas similar a la que había sucedido a la destrucción de la biblioteca de Alejandría, tomaron la determinación de limitarse a esconder todo lo que la Iglesia consideraba peligroso, a la espera de que llegasen tiempos mejores en los que la cordura pusiera las cosas de nuevo en su sitio.

Hasta que sus planes llegaron a oídos de la Santa Inquisición.

Hacía tiempo que el rey de Francia, Felipe IV, acuciado por las enormes deudas que mantenía con la Orden, intentaba en vano advertir al papa Clemente sobre el inmenso poder que los caballeros habían acumulado a lo largo de doscientos años y la amenaza que eso suponía para la estabilidad de los reinos de Occidente. Un poder que crecía a medida que pasaba el tiempo y que comenzaba a rivalizar con el de la mismísima Iglesia Católica. Así que, con el entendimiento contaminado por las palabras del rey, y después de leer los informes de la Santa Inquisición, al papa no le quedó duda alguna acerca de la necesidad de intervenir con urgencia para cortar el brazo gangrenado antes de que la enfermedad acabase por contagiar al resto del cuerpo. “Si la mano derecha te escandaliza, arráncatela”, llegó a decir el papa para mayor satisfacción del rey de Francia. Herejía era el nombre de aquella enfermedad y solo había una cura posible para ella. Así que los miembros del Temple fueron perseguidos en nombre de Dios, apresados y torturados hasta que acabaron por confesar su culpa y después quemados en el fuego purificador que incendió el sur de Europa con cientos de hogueras. Para la orden caída en desgracia todo acabó la tarde del 18 de marzo de 1314, cuando Jacques de Molay, su último gran maestre, elevó la voz entre el crepitar de las llamas que iluminaban la fachada de Notre Dame para maldecir a aquellos que lo habían acusado, un hecho que vino a engrandecer aún más el aura maldita que rodeaba a los templarios, puesto que ni el papa Clemente ni Felipe IV vivieron para ver la llegada del nuevo año.

Una vez aniquilada la orden, todo aquello que habían escondido en lo más profundo de sus fortalezas fue destruido de forma sistemática por la Inquisición.

Pero no todo se perdió.

Entre los documentos que el equipo del doctor Requena estaba estudiando se encontraron con un texto criptografiado que no tenía nada que ver con el resto, y su importancia residía en la autoría del mismo, que habían atribuido sin ninguna duda al mismísimo Jacques de Molay.

El único motivo que había salvado aquel texto de la destrucción había sido la sospecha de que su mensaje oculto podría ser la llave que les llevase a nuevos escondites del Temple; eso y que nadie había sido capaz de descifrarlo todavía.

Excitado con aquel descubrimiento, el doctor Requena formó un equipo multidisciplinar compuesto por lingüistas y programadores que, ayudados por un sofisticado programa informático, lograron tener éxito allí donde la Inquisición había fracasado. A los ojos de los sorprendidos investigadores comenzó a aparecer un mensaje que había permanecido oculto durante cientos de años. Aquella carta, dirigida por el gran maestre a alguien de su total confianza, revelaba con exactitud la localización de algo que habían traído consigo en una de las últimas cruzadas. Una misión dentro de la misión principal, pero tan importante como para justificar el ingente coste económico y en vidas humanas de la cruzada. En la carta se describía el complicado proceso por el que una milenaria orden de sacerdotes se había puesto en contacto con el Temple, porque se sentían amenazados y necesitaban que los caballeros se hiciesen cargo de unas reliquias que ya no podían continuar bajo su custodia.

El doctor Requena, por los datos de la carta, había situado casi sin margen de error el lugar hasta el que había viajado el Temple para encontrarse con los sacerdotes, la antigua ciudad sumeria de Ur, y, lo que era más importante aún, también había localizado el escondite que había elegido el Temple para las reliquias, el Alcázar de Caravaca de la Cruz, una de las fortalezas que habían pertenecido a la orden en España. El gran maestre, al conocer la magnitud de la conspiración urdida contra su orden, rogaba al destinatario de la carta que no permitiese que las reliquias volviesen a ver la luz del día y que las mantuviese a cualquier precio tal y como estaban dispuestas, y eso último parecía de capital importancia. Para despedirse, Jacques de Molay se encomendaba a Dios o a cualquiera que pudiese ayudarle en su misión, pues estaba seguro de que tiempos muy oscuros se cernían sobre la Orden y sobre la humanidad.

Y tal había sido el celo que habían puesto en buscar un escondite adecuado a la importancia de la misión, que incluso conociendo su localización aproximada y contando con la más moderna tecnología, el equipo del doctor Requena había tardado seis meses en descubrirlo.

Las reliquias habían resultado ser tres cofres de madera de pequeño tamaño, sellados con lacre y cuya superficie estaba grabada con signos que pertenecían a la primera de las grandes civilizaciones, la sumeria. Fue entonces cuando el doctor Requena, consciente del enorme desconocimiento que existía acerca de aquella cultura, no dudó en contactar con la mayor autoridad mundial en civilizaciones mesopotámicas, el doctor Stephen Waterman, de la universidad de Princeton.

A partir de ese momento los equipos de investigación de Sevilla y de Princeton mantuvieron un contacto permanente vía satélite y, como fruto de esa colaboración, no tardaron mucho tiempo en traducir los textos de las cajas, que resultaron ser la pormenorizada descripción de la terrible maldición que perseguiría por toda la eternidad a quien se atreviese a romper los sellos, y lo que parecía una leyenda sobre lo que guardaban en su interior. Contaba aquella leyenda que dioses y demonios eran seres formados por la misma materia divina, y que al principio de los tiempos habían habitado el paraíso en armonía. Hasta que, para demostrar su poder, se retaron para ver quién podía crear la criatura más perfecta. Los demonios crearon a los espectros, perfectas y etéreas representaciones de ellos mismos, y los dioses crearon al hombre y le dieron una chispa de su divinidad. Demonios y espectros, envidiosos del poder de los dioses y de la perfección de la criatura que estos habían creado, conspiraron para acabar con ellos, pero en la batalla final fueron derrotados y las huestes comandadas por los dioses acabaron por arrojar a los demonios al abismo. Pero no pudieron hacer lo mismo con los espectros, que se escondieron en las sombras a la espera de una nueva oportunidad, que llegaría cuando alguien iniciado leyese el rito escrito en un extraño libro que se describía como hecho con la piel de los perfectos. Los dioses, para evitar que eso pudiese suceder y antes de dejar al hombre a su merced, habían dividido aquel libro que no se podía destruir en tres partes y lo habían entregado a los sacerdotes para su custodia, para que sus páginas nunca más volviesen a ser unidas, ya que eso, traducido literalmente de la leyenda, haría que las palabras volviesen a cobrar vida y a contar sus secretos.

Después de exhaustivos análisis para comprobar que su interior no albergaba ningún tipo de peligro, el equipo del doctor Requena abrió los cofres en un ambiente de luz y humedad controlados para evitar que pudiese deteriorarse lo que había en su interior, y lo que se encontraron dentro superó todas sus expectativas. Había tres libros o, para ser más exactos, un libro desgajado y dividido en tres partes, cuyas hojas, que resultaron ser piel humana exquisitamente curtida y tratada para evitar el deterioro del paso del tiempo, contenían una densa escritura jeroglífica que los desconcertó aún más a todos. Parte de la sorpresa se debía a que no existía constancia alguna de escritura sumeria en libros, pues todo lo que se había encontrado hasta el momento estaba impreso en arcilla o adobe.

Stephen necesitaba tener aquella joya entre sus manos, así que convenció al doctor Requena de que lo mejor para la investigación era que los libros viajasen hasta la universidad de Princeton, en Nueva Jersey, donde podrían hacerle pruebas más exhaustivas. El doctor Requena, consciente de que sin la colaboración de Princeton no podría seguir adelante, accedió a regañadientes y le concedió un mes para su estudio.

Stephen, como jefe de departamento, dispuso entonces un estricto e intensivo plan de investigación en el que estaban involucradas no menos de cincuenta personas entre investigadores y miembros del personal de seguridad, y Michael había tenido la suerte de ser uno de los agraciados. Pero ya llevaban quince días estudiando a marchas forzadas la escritura del  libro y los avances habían sido más bien escasos. Todos los que formaban parte del equipo estaban deseosos de dar con la clave que les permitiese descubrir el enigma, y estarían dispuestos a cualquier cosa con tal de lograrlo, pero jamás se les hubiese ocurrido saltarse los protocolos de seguridad.

Por eso a Michael le pareció tan extraño el mensaje que le había hecho llegar Stephen.

“Ha sucedido algo muy raro. En el despacho de la universidad estaba seguro de que el libro estaba a punto de revelarme sus secretos, que solo era cuestión de tiempo. Por eso pensé que lo mejor sería llevármelo para poder estudiarlo con más detenimiento. Pero lo que pasó al llegar a casa fue que no logré recordar qué fue lo me había hecho pensar semejante cosa, porque el texto, salvo lo que ya habíamos conseguido traducir, se mostraba tan ininteligible y sin sentido como al principio. Y entonces me dormí, y en el sueño los glifos abandonaron las páginas del libro y comenzaron a bailar ante mí, convertidos en letras que formaban extrañas palabras que tenían el poder de transformar las cosas, y todo lo que tocaban se marchitaba y pudría. Cuando desperté, el libro ya no era el mismo. Estoy seguro de que el texto, aún extraño, es diferente. Y hay algo más. No sé cómo explicarlo, pero siento que hay alguien más conmigo aquí en la casa. Necesito que vengas de forma urgente, tienes que ayud”

Ilustración de Jordi Ponce

Y así de bruscamente se había acabado el correo. Y todavía más extraña había sido la conversación telefónica que habían mantenido después, en la que Stephen no reconocía el hecho de haberle mandado mensaje alguno.

Por primera vez en cuatro mil años alguien había reunido las hojas del libro. Con leyenda o sin ella, Michael pensaba que su amigo se había equivocado de forma grave, y confiaba en que aún no fuese demasiado tarde para solucionar el error.

Michael se dio la vuelta y comprobó que la puerta estaba entreabierta. Era muy extraño, porque no había oído el ruido de los cerrojos al descorrerse, y estaba seguro de que cuando había llamado a la puerta, esta estaba cerrada. Todavía aguardó un rato en el porche, a la espera de que su amigo apareciese con cara somnolienta y le preguntase qué demonios era lo que pasaba. Pero nada de eso sucedió.

—¿Stephen? —preguntó a la oscuridad del recibidor mientras empujaba la puerta con recelo.

—Pasa, Michael. Al fondo, en la biblioteca.

La voz de su amigo lo tranquilizó, así que cerró la puerta tras él y avanzó con cuidado mientras acostumbraba sus ojos a la penumbra de la casa. El final del pasillo estaba iluminado por una agradable luz anaranjada. Al llegar a la biblioteca, encontró a su amigo sentado en una de las butacas, de espalda a la chimenea.

—Buenas noches, Mike. Acompáñame con un whisky, por favor. No permitas que este viejo beba solo.

—No, gracias. En realidad será una visita breve.

—Bien, pues entonces siéntate —Stephen señaló la otra butaca con un gesto de la mano— y cuéntame qué es eso que te preocupa tanto.

—Verás, se trata del libro. No creo que haya sido una decisión muy acertada traerlo a tu casa.

—¿No? Me imagino que tendrás tus razones para pensar de esa forma.

Michael pensó con rapidez para evitar decir lo que en realidad pensaba: que a su viejo amigo lo había trastornado el proyecto hasta llegar a nublar su razón.

—Pues… por motivos de seguridad. Se trata de un ejemplar muy valioso que hay que manejar con sumo cuidado. Me imagino que a la universidad no le gustaría saber que te lo has llevado.

Stephen tomó un trago de whisky y lo retuvo un instante en la boca para paladearlo.

—Te veo, Mike, pero no soy capaz de reconocer al hombre al que le brillaba la mirada ante cada nuevo reto, ante la posibilidad de un gran descubrimiento. Aquel hombre capaz de pasar una semana sin dormir con tal de que nadie pisara su investigación.

Michael bajó la mirada un poco avergonzado.

—Aquellos tiempos se fueron, Stephen. Ahora hay reglas…

—¡Dedicación, esa es la única regla! —Stephen elevó la voz—. ¡Amor por el conocimiento, ansia de saber!

Michael comprendió que, fuese lo que fuese que envenenaba la sangre y el entendimiento de su amigo, no iba a ser capaz de convencerlo. No le quedaba más opción que descubrir su verdadero temor.

—Ese libro es peligroso, Stephen. Aún no sé cómo, puede ser que se trate de algún tipo de radiación, o un veneno lento, o quizás algo que todavía no hayamos descubierto, pero sea lo que sea corrompe el espíritu de los que están cerca de él.

—No, amigo mío. Te puedo asegurar que ese maravilloso libro en absoluto cambia la naturaleza de lo que lo rodea.

La cara de Stephen estaba semioculta en las sombras, porque tenía el fuego de la chimenea a su espalda, pero por un instante Michael creyó ver un brillo extraño en los ojos de su amigo.

—Hablas con tanta seguridad que parecería que supieses cosas que yo desconozco, cosas que yo sin duda compartiría contigo. —El silencio comenzó a convertirse en algo molesto—. ¿Me disculpas un instante? Necesito ir al baño.

—Estás en tu casa.

Michael había perdido la esperanza de hacer entrar en razón a su amigo, así que decidió que ya tendría tiempo de explicarse al día siguiente. Estaba seguro de que Stephen acabaría por entender que lo había hecho por su bien. Ahora lo único importante era hacerse con el libro y devolverlo a la universidad antes de que alguien lo echase en falta. En el pasado, y casi siempre por motivos de trabajo, se había quedado a dormir en varias ocasiones en casa de su amigo, así que la conocía casi de memoria. Michael se movió con rapidez entre las sombras. Si Stephen no había cambiado su forma de trabajar, lo que había venido a buscar estaría en el despacho, al otro lado del pasillo.

La tenue iluminación del jardín bañaba con luz fantasmal la estancia y convertía el mobiliario en una sucesión de volúmenes con diferentes tonos de gris. Michael se dirigió sin perder un instante hacia la enorme mesa de trabajo repleta de libros. Cuando encendió la lámpara de la mesa para cerciorarse de coger el libro correcto, se encontró con una horrible imagen que lo hizo retroceder. Su amigo estaba sentado en la silla, detrás de la mesa. La cabeza reposaba sobre sus manos y estas estaban apoyadas sobre la mesa, como si se hubiese quedado dormido al leer el maldito libro que tenía abierto ante él y que Michael reconoció al instante. La cara de Stephen no era más que una masa sanguinolenta de carne a la que le faltaba la piel y los ojos. La sangre formaba un charco que bañaba el libro, cuyas hojas, que recordaba ajadas y resecas, ahora resplandecían lustrosas. Michael cayó de rodillas y enterró la cara entre las manos en un intento de borrar la escena que tenía ante él. Una voz, que parecía la suma de muchas otras, comenzó a hablar detrás de él y lo asustó.

—Esto no tendría por qué acabar así, “Mike”. —Su nombre sonó extraño en boca de aquella cosa que no era su amigo—. No era necesario que fueses tú, y nosotros todavía no estamos preparados, pero no importa, mientras llega nuestro momento intentaremos saciar tu ansia de conocimiento. No sería justo que tu alma abandonase el cuerpo desconcertada, con tantas preguntas sin respuesta. —La silueta, recortada contra la luz de la chimenea de la biblioteca, elevó la mano lentamente y se arrancó la cara de su amigo. Al instante la oscuridad de su rostro se transformó en miles de hilos negros que comenzaron a crecer en tamaño y longitud hasta alcanzar el suelo, las paredes y el techo de la habitación, y después comenzaron a arrastrase lentamente hacia Michael. Cada cosa que tocaban en su camino se retorcía y adquiría un color enfermizo. Michael lo observaba todo hipnotizado mientras aquel ser, la encarnación de un poder maligno más antiguo que la humanidad, continuaba hablando con cientos de voces—. Si te sirve de consuelo, nunca tuviste la más mínima posibilidad. Hombres más sabios que tú lo intentaron primero, y fallaron. Nosotros ya estábamos aquí cuando tus dioses caminaban sobre la tierra. El hombre tenía un nombre para nosotros, Lamashtu, los sin rostro. Cuando tus dioses expulsaron con su maldita luz a nuestros padres, nos quedamos solos, abandonados entre las sombras. Solo podíamos esperar con paciencia y susurrar a los oídos de los más débiles, como fantasmas, y confiar en que la ignorancia y la arrogancia de tu pueblo fuesen tan grandes como para que olvidaseis lo que os dijeron vuestros padres y cometieseis el error de reunir lo que una vez fue dividido. Durante miles de años lloramos, “Mike”, y el dolor de ese lamento solo es comparable con nuestro deseo de venganza y de recuperar lo que una vez fue nuestro. Nuestros padres están perdidos en la oscuridad, demasiado lejos para escucharnos pero, con vuestra ayuda, haremos que vuelvan. La misma luz de los odiados dioses que los expulsó del paraíso será la que los atraiga de nuevo a este mundo. Vuestra luz, “Mike”, la que vuestros padres os regalaron antes de abandonaros. Solo necesitamos reunir un número suficiente de almas, y créeme, sabemos cómo hacerlo.

—¿Dónde está Stephen? —La voz de Michael sonó rota y asustada. Habían jugado a ser dioses sin detenerse a valorar las posibles consecuencias de sus actos y ahora la magnitud del terror que habían despertado los había superado.

—No te preocupes más por él. Tu amigo está aquí, con nosotros, donde siempre quiso estar. Por fin alcanzó el conocimiento supremo y le duele saber que él ha sido la llave que nos ha dejado entrar de nuevo al paraíso. Y nosotros disfrutamos con su sufrimiento. Tendrás que disculparnos, porque todavía no tenemos las herramientas adecuadas. —En la mano destelló algo con un brillo metálico que se apagó casi al instante, cuando la oscuridad eclipsó cualquier rastro de luz en la habitación. Michael no podía ver, pero siguió escuchando las voces cada vez más cerca—. No te voy a engañar, esto te va a doler, pero no será nada en comparación con lo que vendrá después. El tiempo del hombre se ha acabado, “Mike”, ahora os toca a vosotros llorar.

Roberto del Sol

El conquistador de la Fuente de la Eternidad

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Pulp/ Magia y hechicería

Rating: +13

Este relato es propiedad de Axel A. Giaroli. La ilustración es propiedad de Jordi Ponce. Quedan reservados todos los derechos de autor.

El conquistador de la Fuente de la Eternidad.

Sábado, 25 de octubre de 1941:

La búsqueda sigue sin traernos ningún resultado favorable, y ya hemos recorrido prácticamente todo el norte de Sudamérica. 

Soy consciente de que para servir al Tercer Reich y al Führer —al que Dios ilumine y guíe en su extensa gloria— no existe ninguna tarea demasiado grande o pequeña. Sin embargo, esto es ridículo. Supersticiones y estupideces: en eso nos basamos para montar una búsqueda en estas frondosas selvas, desperdiciando tropas y una parte importante de nuestras fuerzas para supervisar las ruinas de una cultura netamente inferior a la nuestra.

Este no es el lugar adecuado para el hijo de un héroe de guerra.

Estoy harto…

Diario personal de Hans von Schönfeld,

General de las fuerzas de la SS.

El sol golpeaba con fuerza en sus nucas rasuradas. Los mosquitos, hambrientos y seguramente llenos de enfermedades, no hacían más que revolotear para intentar encontrar un palmo de piel en el que posarse y alimentarse. Una gota de sudor cayó por su mejilla mientras observaba como aquellos hombres de tez oscura excavaban sin descanso ante la vigilancia de los amenazantes uniformes grises. Su porte destacaba en medio de todos ellos, recto y rígido; más como un noble que como un auténtico soldado. A pesar de que su barba, que hacía días que le crecía desordenada, le daba un aspecto de vagabundo, en sus candentes ojos azules se escudriñaba la representación de la autoridad. Era el único que había decidido rehusar a quitarse el uniforme por pura cuestión de orgullo y honor, muy a pesar de que el calor resultaba del todo sofocante. Nadie, ni siquiera su más cercano compañero, se atrevía a cuestionar aquella decisión que había tomado.

Compañero que ahora se acercaba hacia él con motivo de su llamada. Un hombre muchísimo mayor que aquel otro de gran porte y mirada desafiante subía una colina con aire cansado y doliente. Sus manos delicadas, junto con sus pequeñas y redondas gafas, sus arrugas y espalda algo encorvada, le identificaban como un académico muy poco acostumbrado al trabajo de campo. Y finalmente, su piel más tostada y sus cabellos aunque algo canosos, de color entre pelirrojo y castaño, evidenciaban su nacionalidad austriaca.

¿Algún resultado? —inquirió el individuo de mayor rango.

Su interlocutor sacó un pañuelo ya algo sucio de su bolsillo y comenzó a limpiar sus gafas. Cuando terminó, volvió a colocárselas en la sudorosa nariz.

—Fascinante. Sin duda, todo esto es fascinante.

Impaciente, el militar apretó los puños y tensó los dientes.

—Déjese de monsergas, profesor Leisser. ¿Han encontrado ya la puerta hacia El Dorado o no?

El Dr. Manfred Leisser frunció el entrecejo, luego cerró los ojos y comenzó a suspirar mientras negaba con su cabeza lleno de decepción.

—Discúlpeme, señor. Pero por mucho que me haga salir de las excavaciones y me siga insistiendo con la pregunta, no va a provocar que la puerta aparezca por arte de magia. Tendrá que seguir esperando.

Aquella insolencia le provocó unas enormes ganas de aplastar de un puñetazo su arrogante rostro pero, por desgracia, no podía permitirse aquel lujo. Era un hombre que cumplía con su deber para con el Reich, y el único que podía hablar e interpretar lo que decían los nativos que estaban cavando en todas aquellas ruinas precolombinas.

Sin duda, odiaba todo aquel lugar. Le enfurecía haber sido enviado a perder el tiempo entre unos cuantos escombros a los que a nadie le importaba y le llenaba de ira perderse toda la guerra. Su espíritu joven y sus deseos de lucha se desperdiciaban entre la mierda y el polvo. Un castigo demasiado excesivo para un hombre que solamente se había acostado con la mujer de Heinrich Himmler… claro que, también había cometido la estupidez de hacerlo en su casa y haber sido cazado por éste.

Si lo pensaba bien, tenía suerte de no haber terminado fusilado.

—¿Por qué están tardando tanto? ¡Quizás deberían darles a esos sucios monos más latigazos y menos agua para conseguir lo que necesitamos! ¿No tenéis el mapa de ese famoso conquistador italiano?

—Español —corrigió el profesor —.Hernán Cortés era español.

—¡¿A quién le importa de dónde era?! ¡No me toque las narices! Tiene el mapa ¿no? ¡¿Por qué no tenemos ningún resultado?!

Cansado, aquel hombre maduro se secó el sudor de la frente con bastante pereza.

—Tenga en cuenta que hay muchos factores. El mapa fue elaborado en una época en la que no eran del todo conscientes de la existencia de un nuevo continente, por no hablar de los incontables movimientos que convirtieron en escombros todas esas ruinas precolombinas y las innumerables culturas que fueron modificando el terreno. A todo esto se le suma el hecho de que tenemos que descifrar un idioma ya prácticamente extinto, y que apenas podemos interpretar en cada una de las ruinas para conseguir encontrar el lugar exacto.

—¿Al menos ha podido conseguir algo? Alguna pista o… ¡lo que sea!

—Lo único que tenemos son unos textos que hemos logrado traducir. Al parecer, La Fuente de la Eterna Juventud está ligada a un cuenco que los textos describen con poderosas propiedades y dicen que éste, tiene la forma de la cabeza de una criatura serpiente que está emplumada; la representación de un dios de la muerte y de la vida que, al beber sobre él, se vence así al tiempo y se consigue el atributo de la eternidad. Sin duda es fascinante, general Schönfeld…

Hans von Schönfeld casi sentía que se atragantaba con la rabia. De nuevo cuentos y supersticiones baratas allí por donde avanzaban. Comprendía que quizás iba a pasarse toda la guerra muriéndose de calor, asco y pudriéndose con los mosquitos.

—Señor, creo que se impacienta demasiado. Quizás debería aprovechar su estancia e intentar aprender todo lo que pueda de esta cultura. ¿No está contento de poder servir bien al Führer? Si tenemos éxito podríamos llegar a hacer historia.

Amargado, el general observó con asco todas las piedras y los mineros que excavaban a sus alrededores. Toda aquella situación le parecía una pesadilla demasiado increíble como para creérsela. El idiota del profesor… ¿realmente se tragaba lo de la dichosa fuente?

—Escarbar entre los escombros no es mi principal idea de servir al Führer, profesor Leisser —contestó —.De momento eso es todo. Si tiene alguna novedad importante, no dude en comunicármela.

—Por supuesto, señor. Sólo vivo para servir, como todos —respondió el académico.

—Puede retirarse.

Jueves, 30 de octubre de 1941:

Los días han pasado con extrema lentitud asándonos en un calor que sería capaz de competir contra el mismísimo infierno. Hasta ahora no ha ocurrido absolutamente nada interesante. Los mismos accidentes con lo mineros, la misma desidia de siempre, las mismas rocas,… y casi ninguna pista que nos lleve a nuestro objetivo.

Hasta ahora.

Esta mañana el profesor Leisser me ha despertado en mi tienda de campaña. Me ha dicho que al parecer nuestro guía y el resto de los nativos que están excavando han encontrado una vieja y antigua entrada entre todas las ruinas. Parece ser que a diferencia de otras, esta está lacrada en oro… 

La Puerta hacia El Dorado.

¿Es posible que ese estúpido viejo tuviera razón?

¿Podría ser que por fin nuestra búsqueda haya concluido?

Diario personal de Hans von Schönfeld,

General de las fuerzas de la SS.

Bajó con tanta precipitación a través de las excavaciones que prácticamente estuvo a un tris de desnucarse. Se había afeitado y arreglado esa mañana, pues si era lo que antaño habían esperado encontrar quería salir en la foto con el mejor aspecto posible. El Dr. Manfred se dio cuenta de que a causa de su excitación se había llegado a realizar dos pequeños cortes con su navaja que por fortuna para él, apenas se notaban. Con rostro boquiabierto y la vista contraída de asombro, el general Schönfeld no podía apartar su mirada de las iconografías que formaban aquellos textos precolombinos que decoraban inteligentemente aquella puerta labrada en metales preciosos.

—¿Puede traducir lo que pone, profesor?

Manfred se ajustó las gafas y, entrecerrando los ojos, observó con atención cada uno de los detalles de aquel lenguaje iconográfico.

—Es bastante difícil… aunque se parecen mucho a los tipos de texto que he estudiado, esto que estamos viendo es muy anterior. Intentar su traducción sería como traducir al alemán cuando solo se habla chino.

—Pero puede hacerlo ¿no? —inquirió —Es su especialidad, ¡tiene que conseguirlo!

Tras unos minutos observando, minutos en los cuales solo se podía oír los murmullos de los nativos y en los que Hans, particularmente, escuchaba los latidos de su corazón, el viejo profesor terminó y dijo:

—Creo que dice, más o menos: “He aquí, noble viajero, la entrada a la ciudad del Dorado. Ciudad de riqueza y poder para el pueblo elegido por el gran Señor Sol y hogar en el que yacen con eterno sufrimiento los enemigos de sus hijos”.

Ante semejante confirmación el general comenzó a reír de alegría. Sus carcajadas se unieron al júbilo de todos sus hombres.

—¡Por fin lo hemos conseguido! —comentó triunfante.

Viernes, 31 de octubre de 1941:

La noche anterior todos los hombres bebimos como cosacos, no podíamos creer que por fin hubiéramos encontrado la entrada a la mítica ciudad. Debo decir que solo la visión avanzada del Führer fue capaz de concebir la posibilidad de su existencia. Este diario es testigo directo de mi escepticismo, del cual en estos momentos me retracto abiertamente. Después de confirmar nuestro descubrimiento, realizamos el protocolo básico: fotos, recogida de datos, elaboración de informes… y, tras culminar con todo lo que aquello conllevaba, fuimos a celebrarlo alegremente por la noche.

Hoy vamos a abrir esa puerta y yo, personalmente, voy a encabezar esta expedición.

Diario personal de Hans von Schönfeld,

General de las fuerzas de la SS.

Con las botas recién limpias y el cuello de su uniforme bien arreglado, el general se dirigió hacia la entrada acompañado del fiel profesor y un grupo bastante amplio de sus soldados. Frente a esta, el capataz y los nativos observaban desde una distancia relativamente corta.

Hans se dirigió a su compañero.

—Ordénele al Sr. Sebastián que abran la puerta.

Manfred se acercó al capataz y le dijo unas cuantas palabras españolas que el general no entendió. Sin embargo, comprendió que algo no andaba bien. La conversación que estaban teniendo resultaba demasiado larga como para ser una simple aceptación de órdenes. Por no hablar del tono algo agresivo y apresurado que delataba cierta angustia y ansiedad por parte del nativo. Finalmente, el profesor se giró y con un rostro lleno de extrañeza se dirigió al militar.

—Dice que por ahí no va a pasar. Ni él ni ninguno de sus hombres van a abrir esa puerta para entrar en la ciudad.

Schönfeld se quedó extrañado. Casi, diríase, catatónico.

—¿Qué? —inquirió retóricamente. —¿Por qué?

—Al parecer están convencidos de que una magia o hechizo poderoso protege la ciudad del Señor Sol. Dicen que si entramos ahí estaremos condenados.

De nuevo la furia hizo gala en el rostro afilado del general. Las venas comenzaron a marcarse en su frente, las pupilas se estrecharon llenas de ira. Desenfundó su Luger y apuntó directamente al cráneo de Juan Sebastián Reynaldo, que sorprendido y aterrorizado, se había quedado congelado frente al cañón del arma sin poder creerse que aquella situación se estaba dando. Los nativos comenzaron a gritar y el resto de los soldados los apuntaron con sus fusiles. La tensión se notaba como el continuo <<tic-tac>> de una bomba de relojería.

Ilustración de Jordi Ponce

—Escúcheme con atención, profesor Leisser. Dígale a este mono de mierda que tiene exactamente diez segundos para cumplir la orden que le he dado. Diez segundos y, si no obedece, le volaré la tapa de los sesos.

—Señor, esto no es necesario. Piense que…

—¡Dígaselo! —interrumpió Schönfeld.

Lentamente y con muy buena entonación, el austriaco hizo aquello que Hans le había demandado. Conforme le decía una serie de palabras pudo ver como la tez del indígena se iba volviendo poco a poco plateada y como su rostro temblaba de terror. Luego comenzó a hablar rápido, tanto que Manfred apenas podía entender lo que le decía.

—Dice que no puede hacerlo, que por favor le ordene cualquier otra cosa, pero no eso.

—¡Uno! —comenzó el alemán.

Mientras Sebastián temblaba y hablaba con increíble velocidad, el doctor se acercó al lateral del general y le sugirió calma.

—Señor, si le mata podemos tener problemas. Son los únicos que conocen la zona. Si quiere tenemos la posibilidad de ir a la ciudad más cercana y contratar a otros, no es necesario derramar sangre…

—¡Cinco! ¡Seis!…

—…utilice la cabeza, por favor…

—¡Nueve!…

Justo cuando decía este último dígito, el indígena se agachó en el suelo. Llorando y con las manos unidas en señal de oración, fue la primera vez que Hans lo escuchó hablando en alemán.

—¡Por favor, señor! ¡No me mate!

La Luger escupió un sonido sorpendentemente sordo. Su elegante cañón comenzó a exhalar un vapor post mórtem. Durante unos segundos, un agujero bastante pequeñito comenzó a derramar la vida de un hombre. Al morir, apenas tardó un segundo antes de caer como un muñeco de trapo en el suelo, manchando así la bota del general. Una muerte silenciosa para una vida aún más silenciosa.

—Diez —culminó. Posteriormente, se restregó los ojos y se dirigió al académico. —Profesor, le confieso que ya estoy hasta las narices de toda esta mierda supersticiosa. Hemos encontrado nuestro objetivo y, para cavar yo ya tengo a mis hombres, para entender las traducciones, a usted. Así que voy a poner punto y final a toda esta patochada.

Se giró hacia uno de sus capitanes, y señalando a los nativos que temblaban más que nunca, no tuvo reparos en dar aquella orden.

—Matadlos a todos.

Mientras los gritos de soldados y víctimas apenas era ensordecido por la inmensa explosión de la pólvora de sus fusiles, Manfred vio con repugnancia como Hans von Schönfeld limpiaba una salpicadura de sangre de su bota abrillantada en la ropa del cadáver del capataz.

Hoy, más tarde:

Tras retirar los cuerpos de aquellos nativos, conseguimos abrir la puerta y avanzar. Llevamos todo el día recorriendo la ciudad. El ambiente es muy distinto al de las anteriores ruinas. Ahí dentro pudimos ver que los colores antaño vivos permanecen en sus paredes. Figuras que representan ritos brutales y primitivos, máscaras de dioses antiguos y paganos… sin duda, si este no es El Dorado, entonces yo soy Leni Riefenstahl.

Después de un tiempo recogiendo algunas de las antiguas joyas y buscando entre todas las traducciones, encontramos por fin una habitación en la que vemos las figura de la fuente, que los antiguos textos portugueses y españoles describían con total detalle: 

<<Una gran estructura con adornos y joyas del que mana un líquido incoloro e inodoro que trae a aquel que lo bebe los efectos de la eternidad.>>

Encima de éste, pude ver un cuenco parecido al que los textos que había leído previamente el profesor hace tan solo unos pocos días, habían descrito. La figura de una cabeza de serpiente alada.

Sin duda, esta tiene que ser la fuente.

Y yo seré el primer hombre moderno que la probará.

Diario personal de Hans von Schönfeld,

General de las fuerzas de la SS.

Se acercó embelesado por la belleza de aquel recipiente. Tomó el cuenco y notó que este, realizado en madera con un cubrimiento de oro, era, sin duda, la pieza más hermosa que había visto en su vida. Observó la estructura funcional de la fuente y, tras recoger un poco del líquido que descansaba en aquel receptáculo, acercó lentamente el envase a sus labios.

—Señor, —interrumpió repentinamente el Dr. Manfred —Creo que no debería bebérsela.

—¿Por qué debería hacerle caso?

El austriaco comenzó a acercarse a aquel sujeto de espíritu bélico.

—Hay algo que debo mostrarle, algo muy importante que tiene que ver antes de que decida hacer nada.

De repente, a Hans se le ocurrió una idea desagradable. Aquellos movimientos del profesor eran demasiado mesurados. ¿Acaso él quería quitarle la posibilidad de vivir eternamente?

Sin pensárselo dos veces, el general volvió a desenfundar su Luger por segunda vez aquel día y apuntó directamente a su compañero austriaco.

—De eso nada, profesor. Le diré lo que vamos a hacer: primero beberé de este recipiente y comprobaré que todas aquellas leyendas absurdas que usted me contaba eran realmente ciertas. Después, si tengo ganas, iré a observar cualquiera de sus estúpidas ruinas que tanto le apasionan. ¿Ha quedado claro?

Con las manos levantadas, el académico se encogió de hombros y esbozó una temblorosa sonrisa.

—Como usted quiera, señor.

—Perfecto —contestó. 

El líquido fue deslizándose por su garganta y, cuando se lo tomó entero, comenzó a sentir un calor interno que poco a poco crecía. Un vigor que no recordaba poseer formó parte de sus músculos y articulaciones. Ni siquiera durante la época de su instrucción militar académica y siendo uno de los jóvenes más destacados por su portento físico, había sentido toda esa energía emanando de su cuerpo. Sus ojos brillaban puros e incandescentes. Su fuerza, era la de un dios.

—¡Sí! ¡Ya noto como mi cuerpo rejuvenece! ¡Ya noto la eternidad!

De repente, algo empezó a ir mal. La energía se tornó en un fuego interior incapaz de ser asimilado. Todos sus centros de dolor comenzaron a encenderse y con él, el fuego fatuo de su interior. Tal fue la agonía, que soltó la pistola y el cuenco, en donde la cabeza de serpiente alada, comenzó a llorar sangre. 

—¡No!¡es demasiada energía!

Un grito fantasmagórico se hizo eco en la habitación y, junto a él, un haz de luz que estalló en toda la sala, haciendo desaparecer finalmente al general Hans von Schönfeld y tirando al suelo con su onda expansiva al Dr. Manfred Leisser y a los soldados que en aquellos instantes se encontraban cerca.

Un humo sustituyó posteriormente el lugar en donde antes estaba el general, en cuyo suelo quedaban tanto la pistola como el decorativo envase.

El profesor Manfred se colocó bien las gafas y se levantó.

Ilustración de Jordi Ponce

Fecha desconocida:

No sé cuantos días estuve dormido, ni como diablos llegué hasta aquí. Pero en cuanto desperté estaba acostado y desnudo en un lecho de plantas exóticas y frutas. Dos mujeres de una raza eminentemente inferior —aunque igualmente atractivas— estaban acostadas a mi lado. Al despertarse, ninguna de las dos esbozó palabra alguna. Me dediqué a complacerlas como solo un hombre de verdad puede hacerlo. Sin embargo, no estaba tranquilo. Aquella situación, aunque sólo un idiota sería capaz de desaprovecharla, no era para nada normal. Pude notar que la juventud y la energía que conseguí después de beber de aquella maravillosa fuente no había desaparecido. Tras terminar, un viejo chamán vestido con unas ridículas plumas, se acercó a mí y me llevó fuera de aquella habitación. Pude notar que las imágenes de las paredes eran como las ruinas de la ciudad de El Dorado, solo que estas parecían recién pintadas y nuevas. Fui capaz de ver una enorme ciudad construida con una arquitectura tan fantástica como imposible. Todos sus habitantes se giraron hacia mí y se agacharon ante mi figura, por lo que no pude evitar sonreír.

Para estos salvajes soy todo un dios.

Eran ciertas las palabras de Nietzsche, la raza Aria está condenada a dominar al resto de las razas inferiores.

Desde aquí pienso gobernar como todo un visionario. Construiré un imperio que será tan legendario y más absoluto que el del Tercer Reich.

Este es sin duda mi destino.

Diario personal de Hans von Schönfeld,

Emperador y dios.

Manfred leía cada hoja de aquel viejo diario que llevaba siglos cerca de una de las muchas habitaciones del palacio de la antigua Ciudad de El Dorado. Las hojas se hacían pedazos en sus manos, pero aún así, todavía la tinta resultaba del todo legible. Era sin duda la letra del general.

Continuó leyendo con tranquilidad las últimas notas que encontraba en el libro.

Siete días después del suceso:

Han aprendido muy rápidamente el idioma alemán, parece ser que estos seres son lo bastante listos como para poder enseñarles tareas mecánicas como hablar o expresarse. Aún así estoy seguro de que por dentro son tan estúpidos como parecen. Veo tecnología arcaica, magia y supuesta hechicería, pero lo mejor es seguirles plácidamente el juego. El gran chamán me ha dicho que me tienen preparada una sorpresa, una ceremonia en la que yo voy a ser el protagonista absoluto.

Sin duda un gran dios venido del cielo como yo no puede rechazar semejante honor. Espero con ansias el banquete del que tanto me han hablado.

Diario personal de Hans von Schönfeld,

Emperador y dios.

Dejando de leer, el Dr. Leisser negó lentamente con su cabeza y suspiró.

—Estúpido… —dijo.

Observando cada una de las paredes podía ver escenas en las que un grupo de indígenas muy cuidadosamente dibujados en el estilo que caracterizaba a esta cultura, le arrancaban el corazón a una figura alta, rubia y de ojos azules en un gigantesco altar muy decorado. Un altar que ya había visto en la misma habitación llena de sangre seca y en la que se representaba aquellas imágenes. Otras ilustraciones, en las que figuras oscuras comían en un gran banquete partes humanas, precedían a esa brutal ilustración.

Sin duda, representaciones históricas grabadas para ser testigos eternos de aquella liturgia salvaje.

—Sin embargo, no concibo a una persona que pueda merecerse más ese destino  —reflexionó —.Enhorabuena, general Schönfeld. Es usted el conquistador de la Fuente de la Eternidad.

La forja de un rebelde

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Género: Relato corto

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Este relato es propiedad de Ricardo González. La ilustración es propiedad de Jordi Ponce. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La forja de un rebelde.

Su madre le ofreció una naranja. Y supo lo que pasaría a continuación. No es que le agradara; ¿a quién iba a agradarle una cosa así? Y además las naranjas ya no le disgustaban tanto como antes. Amén del hecho de que sabía que, con la contundencia de lo inexorable, se la terminaría comiendo. Pero algo le había llevado desde bien pequeño a perseguir y alcanzar la gloria tenaz del empecinado. La rebeldía era en él algo génico y estomacal, visceral, hipofisario. El alacrán sobre la rana.

Sabes que tengo fobia a las naranjas- lo dijo con la serenidad de quien sabe que demasiado a menudo se confunde el verdadero valor con el discurso enardecido. Cuando la valentía es, con frecuencia, discreta y hasta muda.

Ven aquí.

Ilustración de Jordi Ponce

Afianzó los pies en el suelo y alzó el rostro, a la manera de un espartano en las Termópilas, arrostrando su destino con estoicismo. Cerró los ojos,  más por conjurar el peligro de que saltaran de sus órbitas a resultas del impacto que por no ver lo que se le venía encima, por otro lado harto conocido ya.

Restalló colosal y magnífico. Contundente e irrebatible. Categórico. Impecable en su ejecución. Ancestral y subyugante. Feo, fuerte y formal.

Fue un bofetón de bruta madre. De la bruta que lo parió.

Ricardo González