La muerte es blanca, fría y acogedora

Autor@: Juan Ramón Lorenzana

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Terror

Rating:+ 16

Este relato es propiedad de Juan Ramón Lorenzana. La ilustración es propiedad de Rafa Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La muerte es blanca, fría y acogedora.

Continuación de “El Miedo”

Soy tan feliz. Sonrío a cada paso y apenas noto el peso de mi cuerpo. Sonrío mientras camino por las blancas calles y los copos de nieve parecen negarse a tocar el suelo creando una escena de cuento donde la protagonista soy yo. Soy feliz porque Nerea está viva. Porque fui yo quien soltó las ligaduras que en sus manos y pies ataban su cuerpo a una mesa de metal en sádica tortura. Porque fui yo quien le quitó la mordaza de la boca que le impedía gritar. Y fui yo también la que cortó el precinto de embalar que selló sus ojos durante aquellos interminables días.

No puedo evitar sonreír mientras extraigo lo que queda de un corazón que parece haber implosionado y lo deposito sobre una pequeña bandeja de metal y recuerdo todo lo que paso.

Esa mañana sonó en mi teléfono la canción de Amy MacDonald This is the life que pocos días antes Nerea me había configurado como tono de llamada entrante. En ese momento me dio un vuelco el corazón y la ansiedad e ilusión de escuchar su voz provocó que mis nerviosas manos apenas acertaran a encontrarlo entre todas las cosas que guardaba en el bolso. Cuando por fin pude cogerlo y ver quien me llamaba, el alma se me cayó a los pies, la angustia asaltó mi corazón y las lágrimas nuevamente tomaron posiciones al borde del abismo de mis ojos. Era el teniente Linares y sólo acierto a pronunciar un casi inaudible <<¿sí?>>. Al otro lado del auricular la voz rota del teniente me dijo con mecánica entonación: <<tu novia está secuestrada en la casa del capitán Cantalapiedra. Él es el asesino de la chica bielorrusa y ahora mismo lo estoy deteniendo en su despacho>>. Después pude oír claramente de la voz del capitán, un <<hijo de puta>> seguido de un disparo, un silencio y un nuevo disparo. Inmediatamente después se cortó la comunicación.

La acompañé todo el día y toda la noche en el hospital. Solo a la mañana siguiente la dejé sola porque el juez de instrucción que lleva el caso quería tomarme declaración urgentemente. No podía ni quería negarme. Al teniente Linares le estaban haciendo muchas preguntas. Pegarle un tiro a un capitán de la Guardia Civil no es nada fácil de explicar, aunque dicho capitán sea un degenerado de mierda y multitud de pruebas indiscutibles le señalen como asesino. Además, Nerea lo identificó perfectamente y así lo declaró en el mismo hospital. La declaración del teniente encaja perfectamente: el capitán iba a ser detenido e intentó matar al teniente con un arma, pero falló el disparo y este sacó su arma reglamentaria, le disparó y lo mató. Así de sencillo. Yo misma fui testigo auricular, se podría decir, de la sucesión de hechos. Todo está tan claro que no creo que tenga problemas. Además, no tienen ganas de más escándalo y quieren que este dramático y bochornoso suceso pase pronto a formar parte de un pasado que a todo el mundo le interesa olvidar.

Nerea apenas estuvo dos días en el hospital después de la semana de cautiverio que padeció. Es una mujer muy fuerte, siempre ha sido muy fuerte, mucho más que yo. Nerea es una superviviente, siempre sale adelante, siempre encuentra una cuerda, un madero a la deriva, un clavo ardiente al que asirse. Y después de que el drama ha pasado, reinicia su vida no como si nada hubiera ocurrido sino con esa actitud tan racional, y a la vez tan sorprendente para los que lo sentimental antecede al pensamiento racional, de no permitir al pasado que se interponga o condicione las enormes posibilidades que ofrece el futuro. Es muy inteligente esta actitud, esa forma de pensar y actuar, pero no puedo negar que para mí, que siempre he sido de la opinión de que no se puede vivir a toda costa, me parece un poco triste esa faceta inteligentemente utilitaria de Nerea porque, si ella me faltara, para mí ya no habría un mañana. Sé que es absurdo porque siempre hay un mañana, la tierra nunca deja de girar, hay hombres y mujeres por doquier amando, trabajando, muriendo, luchando, soñando, viviendo; pero me encontraría vacía, sin sentido mi vida, peor aún, pensaría que ser feliz o tan siquiera vivir sería como reconocer que mi amor no fue tan intenso ni tan de verdad como lo siento. Y por otra parte, si yo faltase, sé que ella lloraría mi ausencia y que de verdad tendría pena, pero también sé que en un tiempo que se podría contar en semanas, quizás días, me dejaría aparcada en su memoria como un bonito recuerdo.

Ya lo estoy haciendo otra vez. Invento mi vida y la de Nerea a partir de sentimientos como los celos, el miedo o la inseguridad y a partir de ellos tengo pensamientos irracionales, llego a conclusiones potencialmente erróneas y estos pensamientos me conducen irremediablemente a sentir más miedo, más celos, más inseguridad. Este círculo vicioso sólo me conduce a la infelicidad y a una tristeza que no tienen relación con mi situación real actual. Me imagino la tristeza, pienso en la tristeza y tengo sentimientos tristes que me conducen inexorablemente a nuevos pensamientos tristes. Es un círculo vicioso y falso que debo romper, y voy a romper. Lo romperé con realidad racional basada en hechos contrastables. No me inventaré una realidad positiva para engañarme. Si los hechos son tristes estaré triste e intentaré superarlos, pero si son alegres seré feliz y disfrutaré de ellos como merezco.

“Orificio de entrada por el globo ocular derecho. Orificio de salida, un enorme boquete de unos diez centímetros de diámetro en el parietal…”.

Vuelvo al trabajo después de tomarme unas semanas de vacaciones y lo primero que hago es leer el informe del forense que se encargó de hacer la autopsia del cadáver del degenerado que destruyó la vida de esa pobre chica e intentó lo mismo con el amor de mi vida. Pero pronto cierro el informe, no quiero que malos recuerdos empañen este momento tan feliz.

Pienso. Y pienso en los maravillosos días que hemos pasado en Florencia. Cuando Nerea estaba todavía en el hospital, le propuse que nos fuéramos de la ciudad unos días para descansar, hablar y olvidar los acontecimientos que habían trastocado de forma horrible nuestras vidas. <<Nos marcharemos a París o Londres e iremos de compras, nos besaremos en todos los puentes, nos acostaremos siempre tarde con unas copas de más y haremos el amor hasta que el amanecer o hasta que el hambre nos obligue a levantarnos de la cama. Pero si lo prefieres podemos irnos a la playa a tomar tranquilamente el sol recostadas en unas tumbonas mientras nos sirven daiquiris con sombrillitas de colores>>. Me dijo que sí con una dolorosa sonrisa y luego me dijo que, si no me importaba, le gustaría ir a Florencia. Por supuesto le dije que sí y… El teléfono me despierta de nuevo de la ensoñación. Me avisan de un cadáver que bajan en el ascensor y que el juez de instrucción quiere el informe forense lo antes posible.

Me pongo la bata verde y me enfundo los guantes. ¡Cuánto antes empiece, antes terminaré!

Hombre de cuarenta y dos años fallecido hace dos horas en el Hospital General por fallo multiorgánico. Víctima de un atropello. El conductor se dio a la fuga y poco después fue detenido, resultando ser la presunta homicida su esposa. ¡Joder, qué sorpresa! Seguro que es otra de esas mujeres que son maltratadas, torturadas y vejadas durante años por su marido hasta que un día se les va la cabeza y le dan su merecido al muy cabrón.

En cuanto veo su cuerpo desnudo sobre la mesa de metal de la sala de autopsias algo llama mi atención. Me acerco sorprendida y con el dedo índice de la mano derecha cuento: uno, dos, tres, cuatro…, hasta veinticinco. Me alejo un poco del cadáver y enciendo el potente foco cenital de la sala para que mi cerebro se crea lo que mis ojos le han contado apenas hace unos segundos a media luz. La escena me deja anonadada. Un hombre de mediana estatura y de una complexión normal que, por la cantidad de cicatrices de su cuerpo, parece que se ha ganado la vida como mercenario en algunas esas guerras que por el mundo hay. Pero me consta en el informe que es comercial farmacéutico, y no digo que no sea una profesión difícil pero no es para esto. Después de lavar el cuerpo vuelvo a contar las marcas de forma sistemáticamente, empezando por la cabeza, continuando después por delante y luego por detrás, y ahora he contado cincuenta y tres. ¡Increíble! Su cuerpo es un verdadero mapa del dolor. Se pueden distinguir cicatrices de al menos quince años de antigüedad, al lado de otras que no tendrán más de dos o tres meses. Esto no es normal, parece como si este hombre hubiera sido torturado durante años.

Dejo por un momento mi trabajo y hago un par de llamadas de teléfono. En pocos minutos llega a mi ordenador los informes médicos de toda la vida del paciente. Desde la infancia, donde tan sólo constan las vacunaciones obligatorias, hasta el día que ingresó tras el atropello y dos días después el certificado de defunción. No hay nada anormal en su expediente, ni siquiera una operación de apendicitis o amígdalas. Todo normal hasta hace aproximadamente quince años, cuando empieza a sufrir ingresos y asistencia en los servicios de urgencias de varios hospitales y centros de salud. En total, doce ingresos por causas como:

Rotura de tibia de la pierna derecho.

Fractura del humero y radio brazo izquierdo.

Cinco costillas también fracturadas, dos de ellas en dos ocasiones.

Rotura parcial del bazo.

Perforación de un pulmón.

Rotura del tímpano de la oreja izquierda.

Luxación de Lisfranc

Amputación parcial del vértice lingual.

¡Dios Santo! Y la lista continúa.

Repaso cada lesión especificada en el informe médico y cuando termino me doy cuenta de que no voy ni por la mitad de las que en realidad ha padecido el cuerpo de este hombre. La lista de abrasiones, laceraciones, avulsiones y mordeduras es verdaderamente increíble. Me llama la atención sobremanera un agujero por el que puedo introducir mi dedo meñique y que atraviesa de lado a lado la palma de la mano izquierda. Vuelvo a examinar su informe médico y… no hay constancia de esta lesión. ¡Sorprendente!

Estoy en plena faena. Corto con la sierra el pecho de este hombre cuando, ¡maldita sea!, un apestoso olor a tabaco irrita mi pituitaria y mi ánimo. El muerto no era fumador, tiene los pulmones reventados pero sonrosados como los de un niño. A mi espalda oigo cómo se acercan los pesados pasos del teniente Linares. El humo de su Ducados le precede y cuando ya noto su presencia, justo tras de mí, me doy la vuelta con la sierra circular en marcha en la mano.

—Me habías prometido dejar de fumar.

—Y tú que te acostarías conmigo si lo conseguía. Los dos somos muy mentirosos. ¿Por qué no dejas a este tipo descansar un poco y te vienes conmigo a comer? Hoy es mi último día de servicio, mañana seré un hombre jubilado.

—Eso es fantástico, pero mira primero el caso de este hombre. Resulta que le atropelló su mujer y…

—Algo haría, seguro. Además, yo ya estoy retirado y el único muerto que me interesa soy yo. ¿Vamos a comer?

—Sí, dame diez minutos para coserlo y cerrar el informe. He quedado con Nerea muy cerca de aquí en una pequeña tasca.

—Otra vez Nerea en medio de lo nuestro. Tú sabes que yo a ella sólo la quiero para el sexo, en cambio contigo es amor. Sería fantástico que un día mezcláramos el sexo y el amor ¿verdad? Igual os gusta y me queréis para siempre en vuestra vida y entre vuestras piernas. ¿Qué te parece?

—Me parece que eres un cerdo y que no serías capaz de seguir nuestro ritmo.

—Lo de cerdo me parece una obviedad y lo segundo es mi problema… Ya puedo leer en mi esquela:Vivió un infierno, murió en la gloria.

—Qué tonto eres. Ya está. Déjame meter al muerto a la nevera, me quito la bata, me lavo un poco y nos vamos.

La muerte es blanca, fría y acogedora.

Liviana y suave. Tenía los pechos pequeños y la sonrisa amplia. Se dormía en cualquier parte en cuanto su oreja derecha alcanzaba una almohada, cojín o mi hombro. Conseguí catalogar dieciséis de sus sonrisas y para qué o cuándo las usaba. Sin embargo sólo tenía dos maneras de enfadarse y ambas terminaban de la misma manera, ella llorando. Una era de silencio, con la boca formando una perfecta línea recta donde habían desaparecido completamente los labios. Yo sabía entonces que debía darle un poco de espacio y de tiempo para rumiar su pena, pero no demasiado. La espera finalizaba en cuanto detectaba que se quebrantaba la delgada línea recta dibujada en su cara. A veces era una simple vibración en el lado izquierdo del labio superior o un leve arqueamiento de su boca en algo parecido a una extraña sonrisa invertida. En ambos casos no había que esperar demasiado. Era necesario acercarse a ella con tacto y sin pausa, sin esperar una rendición. Tan solo era necesario abrazarla o decirle un “te quiero” para que se desbordaran sus ojos, abriera sus brazos y soltara la pena que le atenazaba el corazón. La segunda manera de enfadarse me la temía más que caer en un pozo lleno de alacranes y toda esa clase de bichos asquerosos, y lo peor de todo es que este tipo de enfados se producían con una regularidad temporal aterradora. Cada tres meses, semana arriba, semana abajo, una explosión de ira acumulada durante ese tiempo se expandía arrasando con todo lo que encontraba a su paso, y como yo siempre estaba a su lado era por tanto lo primero que encontraba al alcance de su desbordada ira. Esto me ha traído dolorosas consecuencias emocionales difíciles de explicar y sobrellevar, y también consecuencias físicas que más o menos rápidamente se curan pero que dejan un recordatorio perenne sobre la piel como, por ejemplo, una cicatriz en la frente sobre el ojo derecho que a punto estuvo, por dos centímetros, de costarme la pérdida de ese globo ocular. En otra ocasión fue un mordisco que puedo recordar perfectamente cada vez que paso el dedo índice por el trapecio izquierdo, pues allí han quedado marcados para la posteridad los pequeños y afilados dientes de mi amada.

No quiero hacer una larga lista de todos los quebrantos físicos que del amor arrebatado y la ira incontrolable han marcado mi cuerpo, pues podría parecer que he soportado por amor tantos años de dolor, quince para ser más exacto. Nada más lejos de la realidad y de mi intención al destacar estos breves sucesos un tanto escabrosos en la enormidad del tiempo de amor apacible que disfruté junto a ella. No quiero parecer, porque no lo soy, un hombre maltratado o tan siquiera mal querido. Creer eso sería un verdadero disparate, además de mentira. Tan solo lo cuento porque sería engañoso esconder la verdad de lo que sucedió hasta llegar a este momento.

Además, nunca me hizo daño con mala intención, solamente que yo estaba en el lugar incorrecto en el momento más inoportuno, y esto lo puedo demostrar con multitud de sucesos, como por ejemplo aquella vez que estando ella recogiendo los platos del lavavajillas, sorpresivamente empezó, sin previo aviso, a lanzarme platos y vasos uno tras otro presa de un furor iracundo.  Ninguno de los seis o siete platos que me lanzó me dio de lleno en la cabeza, que era donde parecía que disparaba, tan sólo un vaso me rozó el hombro derecho dejándome un poco dolorido durante apenas una semana. Esta escena demuestra que nunca fue su intención dañarme, pues yo estaba apenas a cuatro metros de ella y si de verdad hubiera querido hacerme daño, yo no hubiera tenido escapatoria posible. Estoy convencido de que ella falló los lanzamientos a posta. No cabe otra explicación.

Y ya hecha esta salvedad, permítanme, telegráficamente, que haga un resumen de mis daños corporales a los solos efectos del buen fin de esta historia.

1.Rotura del tímpano de la oreja derecha.

Quizá no sea del todo justo adjudicar a mi amada aquel desgraciado accidente que acabó dejándome sordo de un oído porque, aunque fue su codo el que impactó con toda su fuerza ósea, no es menos cierto que yo era consciente de que habían pasado los noventa días de rigor en dos o tres amaneceres más y que esto debería de haber acentuado mi prudencia. Ella estaba acostada de lado dándome la espalda y la tensión de su cuerpo se trasmitía a través del colchón y me impedía dormir. Sin embargo, hice caso omiso de las señales y de mi experiencia e imbuido de ilusiones románticas creí poder calmarla con caricias, mimos y besos. Pero en cuanto mis dedos rozaron su espalda, soltó como un resorte el brazo con tal mala suerte que impactó su codo contra mi oreja y un crujido y la sangre me advirtieron de que algo había ido mal.

No es menos cierto que fui solo a Urgencias esa misma noche a pesar de que los dolores y mareos apenas me dejaban conducir, y también que el tratamiento fue largo, doloroso e infructuoso. Pero sería miserable por mi parte no reconocer que al volver del hospital a la mañana siguiente mi amada desconsolada y rota en llanto se derramó en mis brazos y cubrió de besos mi rostro cansado, aliviando mis quejas con caricias, con lo sientos y con más besos. En el suelo hicimos el amor, amor rápido, intenso y liberador. Aún abrazados sobre el frío terrazo me hizo prometerle amor eterno. Y yo se lo juré.

  2. Orificio de entrada y salida en mano derecha.

En esta ocasión no puedo decir que fuera un accidente sin querer o fruto de la maléfica casualidad. Todo lo contrario, pues fue ella quien me lo advirtió en al menos dos ocasiones, que yo recuerde, aunque puede que fueran tres según me dijo después. El caso es que faltaban pocos días para cumplir el trimestre desde la anterior explosión, que no quiero equivocarme al recordar, pero creo que fue aquella en la que me fracturó por segunda vez el tabique nasal al azotarme con precisión el despertador. Esa vez le fue imposible errar porque estaba dormido y no pude ayudarla esquivando el dichoso aparato. Como digo, habían pasado casi los noventa días de rigor y el incidente con el despertador ya formaba parte de un pasado remoto que no quería recordar. Era domingo por la mañana después de una noche de amor donde no faltó un solo beso por dar, y los cuerpos exhaustos descansaron abrazados hasta que nos despertó el tenue sol que atravesaba las cortinas e inundaba la habitación con un estereoscópico mundo de colores. Me sentía tan feliz y ella dormía tan plácidamente que me levanté, cogí agua, harina, levadura y sal, y me puse manos a la obra a hacer un buen pan artesano. Apenas había mezclado los ingredientes cuando ella me sorprendió por detrás, me abrazó y me besó en la nuca y empezamos a jugar con los ingredientes, a pintarnos de blanco la cara, a besarnos mientras la incipiente masa se nos pegaba los dedos. Después, a ella se le ocurrió que ya que teníamos masa de sobra, iba a intentar por enésima vez preparar las sabrosas galletas que hicieran famosa a su abuela por todos los pueblos de la Ribera del Órbigo. Galletas que su abuela enseñó a hacer a su hija, que esta con igual maestría aprendió a hacer, y con el mismo cariño y mimo enseñó a su hija querida, que es mi amada esposa. Pero por alguna extraña razón jamás conseguía que ni de lejos sus galletas se parecieran a las que hiciera antaño su abuela y, todavía hoy, su octogenaria madre prepara y saboreo al menos una vez al año. Esta incapacidad de mi amada para hacer las famosas galletas produjo en ella un serio trauma que no pocas veces la hizo llorar desconsolada. Sin embargo, su tenacidad y fuerza de voluntad la llevaban a intentarlo en cuanto las circunstancias, el tiempo y su ánimo se lo permitían. Y así llegamos otra vez a aquel domingo por la mañana.

Mi amada que amasa. Mi amada que corta y da forma de personas a las galletitas. Mi amada que sonríe y me besa, feliz ante su convencimiento de que esta vez logrará su objetivo. Mi amada que dibuja en las personitas de galleta los ojos y la boca con un pequeño punzón. Mi amada que coloca cuidadosamente las galletas sobre una bandeja metálica, las introduce en el horno precalentado a doscientos veinte grados y a esperar apenas quince minutos, me dice. Qué maravillosos quince minutos. Pocas veces la vi tan feliz, radiante y ligera, tan suave, húmeda y tierna. La alarma del horno nos avisó de que los quince minutos habían pasado. Se bajó de mí, enfundó sus manos en sendos guantes y abrió el horno. Un delicioso olor inundó la cocina. Sacó la bandeja y la depositó sobre la mesa de la cocina. Los dos nos quedamos en silencio contemplando las galletas. Éramos como dos niños retrasando el momento de disfrutar de los regalos de Navidad. En un instante el silencio se rompió cuando con la voz más dulce y amorosa me dijo: <<Prueba una, sólo una y dime qué tal están>>. En ese mismo instante todo mi mundo perdió el color. Fui consciente del tiempo transcurrido, de lo transcendente de la ocasión, de lo dramático de mi situación. Debía decirle la verdad, mi amada no es estúpida y además probaría las galletas después. Si mentía, no me lo perdonaría porque quizá no seamos la pareja perfecta, pero la sinceridad siempre ha sido el eje de nuestra relación y si faltara yo a ese principio básico de nuestro amor ella jamás me lo perdonaría. Y ahí estaba yo, mirando aterrorizado la caliente bandeja depositaria de mi inminente destino. Y ella que insiste: <<Coge una galleta, amor, que ya no queman y calentitas están mejor>>. Y allá voy yo con mi mano derecha describiendo una lenta y exagerada parábola queriendo aparentar humor, cuando lo cierto era que el más pavoroso miedo punzaba en mi estómago. Y alcanzan los dedos la tostada galleta. Y la miro y soplo y resoplo. Y la muerdo.

Y me mira ansiosa esperando mi reacción y yo… El mundo otra vez se ilumina con todo su color, pues la galleta es deliciosa, tanto como las que hacía su abuela y su madre, quizá más, y así se lo digo. Pero ella no se fía del todo. No es que desconfíe de mi sinceridad, más bien es falta de confianza en sí misma lo que la hace torcer el gesto. Por eso le digo: <<Coge una y compruébalo tú misma>>, y así lo hizo. Sus ojos se abrieron en amplia sonrisa. Jamás la vi tan bella como en aquel instante, nunca fui más feliz que contemplando el gozo de su boca entreabierta intentando retener, entre risas, las migas que saltaban por doquier. Y cogí su mano en mi diestra. Y besé su boca llena mientras con la izquierda así otra galleta y… mi mano vi atravesada y clavada en la mesa por el certero punzón. <<¡Sólo una!  —gritó— <¡siempre lo tienes que estropear todo!>>. Esas fueron sus palabras entre lágrimas desesperadas. Salió de la cocina dando un portazo y dejándome a mí allí sin poder dejar de mirar cómo salía por debajo de mi mano un riachuelo de sangre y sin ser capaz de asir con la derecha el punzón y extraerlo, sin poder gritar, ni siquiera hablar. La verdad es que estaba acojonado.

Ilustración de Rafa Mir

No estoy muy seguro de cuánto tiempo me quedé en ese estado catatónico, pero sí recuerdo que salí del trance en el momento en que ella sacó de un tirón el maldito punzón. Después le pedí a mi amada que me llevara al hospital, que la mano tenía muy mala pinta y me dolía un horror. Pero ella me dijo que no era para tanto y que moviera los dedos para comprobar si estaba dañado algún hueso o tendón. Con la cabeza le dije varios veces que no, pero ella insistió y me dijo que no me llevaría al hospital hasta que no hiciera lo que me mandaba. Ante su insistencia y que el ensangrentado punzón continuaba sobre la mesa hice lo que me indicaba y moví lentamente dedo a dedo experimentando uno de los mayores dolores que he tenido en toda mi vida. Entonces ella me dijo: <<Ves, los mueves perfectamente así que no hace falta que vayas al hospital. Con un buen vendaje en unos días estarás perfectamente>>. Y la verdad es que tuvo razón.

Creo que este incidente ya lo he explicado con suficiente detalle, tan sólo añadir que sus cuidados fueron tan esmerados que no me quedó ninguna secuela aparte de un pequeño agujero que me impide en los días de sol hacer ese gesto tan socorrido de taparme con la mano la cara para que no me deslumbre el sol.

No quiero entretenerme en este suceso con más palabras que no aportan nada y me distraen de relatar la verdad de lo que pasó. Es necesario que lo cuente, ella lo necesita y todos deben darse cuenta de lo mucho que nos hemos amado, del sincero y entregado acompañamiento que nos hemos dado. Tienen que comprender que, como muchas otras parejas, yo diría incluso todas, hemos tenido nuestros momentos de gloria y tiempos de tristeza y melancolía, pero siempre hemos estado juntos sorteando las adversidades del destino o los accidentes del camino han puesto en el devenir de nuestra vida en común.

Pero me queda poco tiempo. Me doy cuenta de que me cuesta largo tiempo y mucho esfuerzo pensar con claridad, los recuerdos parecen desdibujarse como si mi memoria se deslizara por una blanca colina cada vez a más velocidad y mis más lejanos recuerdos se alejaran tirando a su vez de los contiguos y deformando estos también, y así ininterrumpidamente hasta mis recuerdos más cercanos, que ya noto como son estirados por los bordes, desfigurando su apariencia hasta casi no ser reconocibles. Me saltaré por esta causa el hacer referencia al motivo y circunstancias de mis otras lesiones corporales y me centraré en la última, causante de mi penosa posición actual, y la equívoca e injusta, a todas luces, situación de mi amada esposa.

Hoy exactamente hace tres meses. Noventa días de amor apacible, compartido y entregado. Hoy mi amada ha tenido un día complicado en el trabajo. Me di cuenta en cuanto entró por la puerta de casa. Su gesto serio, la camisa empapada en sudor y ni un rápido “hola” antes de cerrar de un portazo la puerta de casa y precipitarse directamente al cuarto de baño. Ya sé que no hace falta ser un prodigioso entendido en psicología femenina para que con esos detalles llegue uno a la conclusión de que no estaba de buen humor. Pero tengan en cuenta que hacía ya varios días que notaba el irremediable y periódico cambio de humor de mi amada y que los nervios y el miedo ante esa certidumbre me abotargaban los sentidos. El caso es que me quedé sentado en el sofá con más miedo que vergüenza por lo que podría suceder en los siguientes minutos.

Si habitualmente sus explosiones de ira eran imprevistas o inmediatamente después de momentos de placidez y sosiego, la idea de que pudiera coincidir el final del trimestre con un día de esos malos que todos de vez en cuando tenemos, me hacía temer el peor de los resultados posibles y mi natural instinto de conservación, que no la falta de valor, me hizo ovillarme bajo una manta protectora, después de sigilosamente apagar la televisión, bajar la intensidad de la iluminación y colocar en su viejo y querido magnetofón un disco con el Adagio de Albinoni. Echada ya la suerte, esperé un indicio que me permitiera salir de mi refugio.

Puede parecer en una primera impresión, que no ha lugar a justificación alguna o explicación racional que permita entender por qué mi amada esposa no detuvo el coche cuando mis indicaciones así se lo decían a viva voz y con evidentes aspavientos con los brazos. Y que después de romperme las dos piernas por el impacto sorpresivo del parachoques del vehículo y al oír mis gritos angustiados, ella frenara y alejara el vehículo de mí, liberando así las fracturadas rótulas de la presión de nuestro nuevo y flamante monovolumen. Después de esto, al no poder mis quebrantadas piernas soportar el peso de mi cuerpo, me caí como un fardo sobre la acera, con tan mala suerte que… Sé que parece todavía  más difícil de explicar lo que sucedió después, pero haré entender lo imposible, haré comprender las circunstancias que en horrible combinación provocaron que mi amada esposa fuera capaz de volver a meter la marcha atrás y arremeter contra mí. Esta vez fue el pecho lo que quedó a la altura del resistente parachoques trasero y fue en definitiva el culpable de las graves lesiones que me condujeron a ser trasladado con urgencia al hospital más cercano.

Qué fácil es escuchar esto desde una posición de superioridad moral, como si nunca nosotros hubiéramos cometido ningún error. Y sí, fue un simple error ayudado por la mala suerte y mi poco tacto. Quizá haya alguien que diga: «¡Imposible!, ¿cómo van a ser un error la concatenación de hechos tan clara y brevemente expuestos?». Pues puedo hacerlo y lo haré, simplemente teniendo un poco de empatía, una pizca de modestia y bajando de la columna de mármol donde nos solemos subir para juzgar a los demás cuando en verdad lo que queremos es que el mundo vea lo justos y decentes que somos. ¡Puro cinismo, falsedad y autosuficiencia!

A lo largo de este relato creo que he explicado suficientemente los arrebatos de ira incontrolada de mi amada, y que estos se producen con una casi perfecta regularidad temporal. También he dado cuenta de algunos de los sucedidos a los que me he enfrentado durante esas explosiones incontroladas de cólera de la que, excepto en estas contadas ocasiones, es la mujer más cariñosa y entregada que jamás un hombre pudo abrazar. Cualquiera medianamente inteligente, sensato y con un mínimo de capacidad analítico-crítica se habrá percatado de mi incapacidad no sólo de prever de forma fehaciente cuándo van a surgir esos estados coléricos sino, y lo que es más grave, mi nula capacidad para desarrollar una táctica, por no decir un tratamiento adecuado para desactivar o al menos mitigar en gran medida la incontrolable irascibilidad de mi amada. Además, mi grado de culpa e incompetencia resulta intolerable a sabiendas de que he tenido quince largos años para aprender de mis errores

Me estoy dispersando un poco. Me cuesta concentrarme con ese sonido metálico que no me puedo sacar de la cabeza y este acogedor frío que me abraza. Pero tengo que centrarme y acabar de contar esta historia de amor.

Creo haber dejado la historia a medio contar, con mi amada en el cuarto de baño y yo acurrucado:

Después de una serie de sonidos y golpes que creí reconocer como sus zapatos azotados contra la puerta, el grifo de la bañera y las lágrimas de mi amada, no aguanto más tapado en el sofá y me decido a entrar. Abro la puerta y lentamente mis pasos me guían hasta la mujer amada que, ensimismada en su llanto, no se percata de mi presencia y sigue abrazada a sus rodillas. Aparto la niebla con la mano y un beso nunca olvidado se me escapa de los labios. Se me escapa de los labios y se queda prendido en los suyos que tiemblan y ruegan ayuda sin hablar.

Y le digo que la quiero sin dejar de besar.

Y le digo que jamás la dejaré de amar, que nunca nunca nunca me cansaré de besar.

Ella se ríe con esa sonrisa que solo sus labios pueden dibujar mientras alguna lágrima olvidada se desprende sin mirar y yo la bebo porque sabe a mar, a amor y a verdad. Lavo su pelo y froto su espalda, las piernas también lavo y me entretengo separando, mordiendo y estirando cada dedo. Y se nos va el amor del cuerpo. Después, rítmicas olas de espuma blanca, besos y amor desbordado.

Nunca he sido más feliz. Nunca he sido tan feliz como esa tarde de invierno en que de la bañera nos fuimos al suelo y de ahí a la cama. Sólo fue un momento, el instante más bello, y luego me dijo un montón de mentiras sin cuento. Que si a los cuarenta estoy más bueno que a los treinta y que si sigo así a los cincuenta volveré locas a las quinceañeras. Que si me ama como jamás creyó que se pudiera amar y si hasta parezco más alto, más fuerte y hasta parece que me ha crecido esa parte de mí que… Miente y se ríe, y yo no la paro de besar. Me dice que está agotada, que no puede más y que necesita dormir un poco. <<Léeme un cuento>>, me pide. Y se lo leo.

Se quedó dormida apenas transcurrieron dos minutos, pero no paré de leer porque sé que la cabrea mucho que no termine lo que empiezo aunque ella no lo esté escuchando, y bien que hice porque fue pronunciar la palabra fin y que ella abriera los ojos.

Me dice entonces que estaría bien ir a un bonito sitio a cenar, que le han hablado de un sitio nuevo y que me va a llevar allí.

Conduce el coche hasta el centro de la ciudad y pasamos tres veces por delante del famoso restaurante porque es imposible aparcar en los alrededores. A la cuarta ocasión veo un hueco entre dos enormes todoterrenos que llevan una estrella en el frontal y le digo: <<Ahí  puedes aparcar. date prisa antes de que alguien se adelante y nos lo quite>>. Pero ella no lo ve claro, dice que es muy estrecho y que nuestro monovolumen no entra ahí ni de casualidad. Pero yo insisto y para convencerla le explico que yo saldré antes del coche para guiar su maniobra. Ella acepta intentarlo.

Me coloco primero enfrente del coche para que ella me pueda mirar directamente y yo poder ver los laterales del vehículo, pues es la maniobra más delicada librar las esquinas de los parachoques de los dos lujosos todoterrenos. Comienza la maniobra, mete la marcha atrás y yo la voy guiando lo mejor que puedo: que si un poco a la derecha, gira un poco el volante a tú izquierda, no mi izquierda, vamos para allá y ahora despacio hacia atrás y… ¡Crash! El piloto trasero izquierdo se ha roto al chocar contra las defensas cromadas de uno de los coches. Le digo que no se preocupe, que no ha sido nada, que lo vamos a volver a intentar. De nuevo desde delante la guío, pero ella está cada vez más nerviosa y cuando parece que ya entra, que está a punto de encajar… ¡Crac! Esta vez ha sido la puerta trasera derecha la que se ha abollado al impactar contra el parachoques del otro todoterreno. Y ella no me habla, aprieta el volante como si lo fuera a doblar e intento calmarla diciendo que eso no es nada, que ese bollo se quita con un par de golpes y ya está. Decido entonces colocarme detrás para guiarla mejor, y le digo que avance un poco hacia adelante y luego dé marcha atrás. La verdad es que me obedeció a la primera. En cuanto le dije que metiera la marcha atrás y retrocediera lo hizo inmediatamente y a tanta velocidad que no me dio tiempo a decir nada más. Qué mala suerte tuvo porque encajó a la perfección. Lo malo es que no paró hasta que el parachoques trasero chocó contra la pared del restaurante y justo delante de donde estaba yo.

El resto de lo que pasó ya lo conté anteriormente, tan sólo añadir que por si no ha quedado todavía lo suficientemente claro es que fue un accidente, y sólo a la impresión y al miedo se explica que mi amada esposa se fuera sin mirar atrás dejándome sobre la blanca, fría y acogedora nieve.

Fin

Juan Ramón Lorenzana

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El Miedo

Autor@: 

Corrector@: 

Género: Drama

Rating: + 18

Este relato es propiedad de Juan Ramón Lorenzana. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Continuación de “Aragecko”

El Miedo.

Sentada tras mi mesa me sorprendo llorando una vez más. Yo antes nunca lloraba y ahora… ahora cualquier contrariedad inunda mis ojos que, sin poder evitarlo, dejan que las lágrimas se suiciden torpemente deslizándose por las mejillas hasta la boca para luego, tras una breve duda, desprenderse en caída mortal hasta el suelo. Y ahora me da por reírme, y llorar y reírme a la vez, al recordar cómo nos divertía a Nerea y mí aquel anuncio. No recuerdo qué pretendían vender, pero sentadas en aquel sofá de nuestro primer año juntas donde abrazadas bajo una protectora manta hablábamos, tomábamos café, veíamos la tele y aquel anuncio en la televisión. Un chico feísimo escuchaba música romántica, de esa que a todos nos gusta pero que casi nadie es capaz de reconocerlo públicamente, y el chico feísimo estaba de un triste y un melancólico que daba pena. En eso que ve —no recuerdo bien si era una mariquita o un escarabajo pelotero— cómo el escarabajo mariquita se tropieza y acaba patas arriba, incapaz el pobre, por más que lo intenta, de darse la vuelta. El encantador feo que lo observa en su accidentado caminar se echa a llorar desconsoladamente. Toda esta triste historia sucede en apenas veinte segundos mientras suenan de fondo las más empalagosas y maravillosas canciones de amor para acompañar el incesante lagrimeo de aquel maravilloso feo. Recuerdo que Nerea lloraba siempre con ese anuncio. Y yo me reía y bebía sus lágrimas, lamía sus ojos y ella lloraba y gemía. Comía su boca y su nariz. Sus orejas eran mías al igual que sus gemidos, que ya no eran de pena sino de amor y gozo. Pero ahora soy yo la que no puede parar de llorar, nadie besa mis lágrimas, nadie lame mis heridas. No puedo parar de llorar, no puedo parar de llorar.

Alguien se acerca, oigo pasos pesados por el casi siempre silencioso pasillo que conduce a la sala de autopsias, justo antes está mi despacho. Alguien se detiene ante mi puerta y saca un cigarrillo y lo enciende. ¡Será imbécil! ¿No sabe que no se puede fumar aquí? Solo puede ser el idiota del teniente Linares. Solo él viene aquí a recoger los informes forenses, es inútil que le diga una y otra vez que se los enviaré por intranet a su despacho. Es el último de una especie en extinción y me ha tenido que tocar a mí soportar su patético final. ¡Pero no se dará cuenta de que el cristal esmerilado que no deja ver el interior permite desde mi posición ver claramente el perfil desdibujado de su desdichado cuerpo! ¿Y este dicen que fue uno de los mejores? Sería hace mucho tiempo, mucho antes de que el alcohol que ahora ya rezuma por sus poros hiciera de él el ridículo monigote que es ahora. ¿Y este es el encargado de encontrar al asesino de la hermosa muchacha que descansa en la nevera? Pero si este hace años que no es capaz de encontrarse el pene dentro de su bragueta. Como no se tropiece de morros con el asesino y este no se entregue voluntariamente, la justicia se puede ir dando por violada, apaleada y tirada a la cloaca una vez más. Y otro asesino que podrá respirar tranquilo y otra chica que, tarde o temprano, caerá bajo sus zarpas.

Solo se decide a entrar cuando por fin termina el maldito cigarrillo y lo tira al suelo. ¡Se creerá que esto es uno de esos prostíbulos que frecuenta! Me saluda sin mirarme y me pide el informe de la chica muerta, y una vez más le digo que se lo he enviado a su correo electrónico. Su única respuesta es quedarse como atontado mirándome con la boca entreabierta en una mueca que podría ser una sonrisa. Por un instante se instala en mi cerebro la idea de que el teniente podría encajar con el perfil tipo de un asesino de mujeres. Como un calambre recorriendo mi columna vertebral el miedo alcanza mi razón. Solo se disipa cuando en sus ojos creo ver la mirada triste de un niño que lleva mucho tiempo enfermo, de un niño que ya ha visto la muerte. ¡Qué tonta soy! Mi ansiedad, el estrés y quizá la depresión me hacen pasar sin pausa ni transición lógica de la alegría al miedo, seguido de la rabia y después a la tristeza. Sin duda esos ojos enrojecidos y húmedos del teniente son culpa del poco dormir y del mucho beber, o del tabaco, o de un puto glaucoma, ¡yo que sé! Solo quiero que se vaya y me deje aquí, sola, regodeándome en mi dolor, es solo mío y me hace mucha compañía. Es lo único que me queda de Nerea. Nerea, ¿dónde estás?

Se va como vino, arrastrando los pies y algo mucho más pesado que no alcanzo a ver.

Me voy a casa. El día ha sido muy duro y todavía me queda saber si al abrir la puerta la encontraré, como otras veces, sonriendo y preparando algo para comer. Contando historias de gente que no conozco y que ella habrá conocido la noche anterior, aunque ya sean superamigas y… y tanto hablar para no decir por qué otra vez desapareció sin avisar para luego volver como si nada hubiera ocurrido, como si hiciera apenas cinco minutos que nos hubiéramos visto. Pero esta vez no, esta vez no le rogaré que me diga a dónde ha ido, qué ha hecho o por qué no me ha avisado de su partida. Esta vez no se arreglará todo jurándome amor eterno y con un muy bien ensayado arrepentimiento. Me lo ha hecho ya tantas veces.  Pero esta vez no.

Giro la llave con miedo, me tiembla la mano y me juramento para no llorar, sobre todo para no llorar. ¡Pase lo que pase no pienso llorar! Si ha vuelto como si no, debo poner fin a esta agonía. Si la casa está vacía, así se quedará, me iré para nunca regresar. Sacaré mis cosas, apenas un par de maletas serán suficientes, entregaré las llaves a la propietaria y que se quede con la fianza si Nerea no vuelve o no se hace cargo del alquiler. Que ya está bien de que no se responsabilice de nada, y eso también es culpa mía. Yo me hacía cargo de todo porque ella se calificaba a sí misma como un alma libre y esas cosas de las facturas, las obligaciones y horarios eran cosas de las personas que se arrastran por la vida. Ella aspira a tocar el cielo con los dedos, a volar libre entre las nubes. Pues que viva, coma y duerma entre ellas si no es capaz de pagar el alquiler, que de mí ya no sacará nada más. Y si está… Si está, debo ser fuerte y decirle sin tapujos que lo nuestro se acabó, que nuestras vidas desde hace tiempo siguen rumbos diferentes, que ella es como es, que yo soy como soy, que el tiempo, la vida, no sé, pero… ante todo no debo llorar.

El pasillo está a oscuras pero no enciendo la luz, no quiero ver mi reflejo en los espejos y que la soledad pueda asomar su cabeza por encima de mi hombro enseñando su burlona sonrisa. Nada en el salón, ni en la cocina. En el cuarto de baño está todo igual que lo dejé esta mañana.

En el cuarto de baño ya no puedo más. No puedo evitar mirarme en el espejo y llorar. Sé a ciencia cierta que lloraré ya para siempre, que jamás mis lágrimas se acabarán, que… Me doy mucha pena, mucha pena, y ya no lloro por ella, lloro por mí, por aquella niña que un día fui y que quería ser feliz. Lloro por esa niña que creía que ser feliz era tan fácil como respirar, que solo había que vivir y dejar que ese amor que fluye por doquier se pegara a la piel y entonces se filtraría por los poros hasta llegar al flujo sanguíneo y de allí se distribuiría por músculos, huesos y órganos que disfrutarían de ese néctar de placer y reaccionarían gustosos al amor y… Yo era una niña, era una niña feliz.

Y ante el espejo una mujer que no puede dejar de llorar, que no dejará jamás de llorar. Una mujer que se desnuda y su cuerpo le da pena. ¡Me recuerda tanto al de la chica muerte!

¡Por qué no estaré muerta, bien muerta y enterrada! Quiero mor… Un ruido, y seguidamente mi visión periférica detecta un movimiento en la puerta del cuarto de baño. Me invade primero el miedo, luego la sorpresa que, inmediatamente, se difumina para dejar más espacio, pues todo el cuarto de baño no es suficiente para albergar tanto odio a punto de estallar.

En casa de Elena

Llueve y hace frío. No recuerdo la última vez que hizo sol en esta maldita ciudad. Quizás ayer, o tal vez no. Me he ido de la comisaría sin pasar por el despacho del Hijoputa. Esta vez no lo he hecho a posta, lo que pasa es que tengo que hacer algo urgente.

Ante un antiguo edificio del centro de la ciudad me detengo absorto. Está lleno de luz, de mármol, de acero inoxidable. Dos escaleras a derecha e izquierda parecen abrazar a un ascensor de los de antes, de esos que tenían rejas correderas y se podía ver el nervio del que pende su ser. Es un antiguo edificio restaurado y abrillantado para los ricos de siempre y los que no siendo de siempre ahora sí pueden y quieren recuperar el tiempo y perder la memoria. Un portero con su disfraz de portero y con aires de capitán general de todos los ejércitos me indica con gestos tan inequívocos como despreciativos que no soy bien recibido aquí. Al enseñarle mi placa sufre una inmediata transformación, no solo en su actitud gestual y en su lenguaje, que podría ser entendible, sino que muta incluso su anatomía. De inmediato, el largo y estirado servidor de sus amos se encorva, los hombros se le caen pareciendo que con las manos podría incluso tocarse los tobillos. Los ojos parecen hundirse y humedecerse, una sonrisa apenas perceptible esconde torpemente unos dientes pequeños y afilados diseñados para roer secretos. Me abre la puerta recitando una cansina y falsa retahíla de disculpas mezcladas con halagos y referencias al tiempo tan horroroso que hace hoy que <<me ha impedido reconocerle empañados como están los cristales de la portería>>. La verdad es que estoy mucho peor que cuando le detuve la primera vez. Han pasado diez, quizás quince años, y la verdad es que parezco un pordiosero buscando un lugar seco y caliente donde pasar la noche. Él ha prosperado, en cambio, yo soy un hombre en derribo, pero como no desaparezca de su cara esa estúpida sonrisa le voy a hostiar aquí mismo.

Fredi, que así se llama el portero, aunque aquí, según dice él, todo el mundo le llama don Alfredo, me invita a pasar al exiguo apartamento al que se accede directamente por una puerta detrás del mostrador de su portería. Nos tomamos unas copas y empieza a relajarse. Le pregunto por Esther y su novia, y su envenenada lengua se desliza alegre en la ensalivada boca. Me cuenta lo que sabe con el estilo que yo recordaba en él, con todo lujo de detalles, unos irrelevantes, otros curiosos y todos aderezados con rumores, insinuaciones y mucha mala baba. Me despido de él con la promesa de volver a hacerle una pronta visita y me dirijo al piso donde viven Esther y Nerea. Fredi hace mil y una reverencias acompañadas de palabras que cuentan mentiras sobre lo mucho que le apetecería volver a hablar conmigo, que esperará ansioso una nueva visita y lo encantadísimo que está de poder ayudar a la policía en todo lo que pueda. Solo sus dientes, asomando entre sus grises labios, desvelan sus deseos de rata.

Tercera planta, letra C. La puerta entreabierta y las luces apagadas. ¡Aquí pasa algo! No pierdo más el tiempo y entro empuñando mi arma. Primero un pequeño recibidor que da acceso a un largo pasillo. A derecha e izquierda puertas y cuando voy a entrar en la primera me sobresalta un grito roto que llega desde el fondo de aquel oscuro pasillo. Lo recorre en apenas tres segundos y me sobra uno para imaginarme a Esther siendo atacada por algún degenerado hijo de puta que pretende violarla, y entonces yo que le pego un certero tiro y Esther que me abraza, que me mira agradecida y me besa y… Llego hasta un dormitorio iluminado solamente por la luz que se escapa por otra puerta situada a mi izquierda. No escucho nada y amartillo el arma. Después un llanto ahogado de mujer. Al asomarme a la habitación puedo ver… Está desnuda, de rodillas en el cuarto de baño con la cara escondida entre las manos, llorando sin consuelo y llena de frío y miedo. Ella se da cuenta de mi presencia y me mira.

Me escupe y me grita. No tiene pudor o tal vez no se ha dado cuenta de que está desnuda. No sé exactamente lo que me dice porque solo escucho un eco lejano y mi corazón galopando a punto de reventar. El estrés de entrar en una casa empuñando un arma y el ver a Esther llorando arrodillada en el baño me ha agitado sobremanera el corazón. El ruido de mi cabeza empieza a desaparecer, el corazón poco a poco se tranquiliza —hoy no me moriré de un infarto, mañana quizá tenga más suerte—. Escucho ahora algo parecido a <<cerdo degenerado de mierda>> y luego Esther, que mira de soslayo a su izquierda como intentando que yo no me dé cuenta de algo. No sé lo que pretende o ha visto, pero su mirada ha cambiado. Creo que debería decirle lo que hago en su casa o al menos decir algo, lo que sea, pero no me salen las palabras. Ahora la rabia bañada en lágrimas se ha transformado en ojos ardientes, en decisión asesina. Se abalanza sobre sus ropas tiradas en el suelo junto al retrete y coge su arma.

Me apunta. Ahora oigo perfectamente como dice: <<Te voy a matar, hijo de puta>>. No reacciono, estoy demasiado ocupado soñando con morir entre sus manos. Me parece un bonito final. Ya que nunca anidará su pecho entre mis brazos estaría bien morir a manos de ella, que sean sus ojos lo último que vean los míos, que sea su cuerpo mi último recuerdo y luego… se me escapa sin querer un <<yo no soy tu enemigo>>. Para luego decir muy despacio, mientras tiembla su revólver, la mano y el dedo en el gatillo: <<Busco a tu novia. Ella conocía a la chica muerta>>.

Buscando a Nerea

Esta pena me oprime el alma, me aplasta contra el suelo y apenas me deja respirar. Nerea ha desaparecido y me sorprendo suplicando a Dios que se haya ido con alguna chica con la que se haya encaprichado. Pero no puedo evitar que me invada una terrible certeza: <<Estoy convencida de que Nerea está muerta>>.

He intentado matar al teniente Linares y después me he pasado la noche hablando con él. Me ha dicho que, al parecer, Nerea estaba matriculada en un curso de poesía española al que también asistía la chica a la que he hecho la autopsia esta mañana. Yo sabía, le dije, que su penúltima vocación había sido la de ser escritora, aunque más bien dirigido hacia el guion de películas y series de televisión. <<Lo mío es el mundo del espectáculo>>, me dijo aquella vez. Pero ya para entonces yo sabía que esa última afición se terminaría en cuanto la chica que ahora era el centro de sus desvelos se dejara amar o rechazara sus proposiciones. Entonces, tanto en un caso como en el otro, pronto el hastío anidaría en su corazón, a este le seguiría el desánimo y el remordimiento hasta que nuevamente una sonrisa, unas piernas o un buen par de tetas la hicieran creer que se abre para ella un mundo nuevo lleno de posibilidades puestas ahí, por no se sabe quién, para que alguien como ella, valiente y sin prejuicios ni ataduras, lo coja y sea completamente feliz. Y se lo cree una y otra vez.

Esta noche hablé con el teniente Linares y me sentí bien. Yo con tanta pena y sin embargo me reconfortaba ver en sus ojos una tristeza tan inabarcable. Está acabado y lo sabe, pero su final llegó hace mucho tiempo, no sé cuándo, no sé cómo, probablemente ni él lo recuerde. Pero su maltrecho cuerpo sigue a duras penas arrastrando su pesada sombra.

Me hace reír. Es extraño que me sienta tan cómoda con él. ¡Debo estar un poco trastornada! Demasiadas emociones y ni un minuto de sueño han conseguido que hasta me parezca a ratos encantador y un poco infantil, como si dentro de ese corpachón embrutecido un niño luchara por salir a jugar.

Son las seis de la mañana y entro a trabajar a las ocho. Me despido del teniente después de darle las gracias por su ayuda y quedando con él al mediodía para tomar un café y que me cuente cómo van las investigaciones. Yo le he dicho todo lo que sé de Nerea, y me he sorprendido al darme cuenta de lo poco que la conozco. Trece años juntas y no rellenaría ni un folio con lo que sé de ella, pero me harían falta muchas hojas y aún más palabras para expresar todo lo que por ella siento.

Soy un viejo patético

Hubo un tiempo en que solo deseaba morir, aunque solo fuera para descansar. Ahora ni siquiera tengo esa ilusión, tan solo espero que sea con dolor, dolor breve pero intenso. Sí, no me he equivocado, quiero que el dolor acompañe mis últimos instantes, no quisiera irme sin darme cuenta de que todo se acabó, o que me queden dudas sobre lo bueno, justo y necesario que es que por fin llegue el final.

Me abrazó, después de querer matarme me abrazó. Me abrazó y, desnuda como estaba, me dijo entre apagados sollozos que desde hacía varios días no sabía nada de su novia. Escondida su cara en mi pecho, con mis brazos colgando como peces muertos sin saber qué hacer. Se dejó caer al suelo derrotada y entonces me arrodillé a su lado y la besé. No fue un beso lascivo en los labios ni uno de amigo en la frente tratando de consolarla. Fue uno…, fueron dos en sus rotos ojos tratando de beber su dolor y que este fuera mío y no suyo. Después… después se vistió y tomamos un café en la cocina y hablamos. Nos sorprendieron los primeros rayos del amanecer hablando ella de su novia y yo mintiendo sobre una que tuve hace ya un millón de años. La vi reír y fui feliz. Me gustaría morirme ya, pero primero tendré que encontrar al hijoputa que mató a esa chica y encontrar a la novia de Esther.

Son las diez de la mañana y nada más cruzar la puerta de la oficina uno de los lameculos del jefe me dice, como dictando una sentencia fatal: <<Deja todo lo que estés haciendo y sube al despacho del capitán Cantalapiedra>>.

Me recibe con una sonrisa llena de dientes perfectamente alineados de un blanco desagradablemente blanco. Me dice que me siente y luego me pregunta cómo va el caso del la chica. <<¿Qué chica?>>, le digo, y el muy gilipollas se echa a reír. Sé lo que pretende y estoy a punto de saltar sobre su mesa y partirle la cara de galán años cincuenta. Me aguanto. Me invita a sentarme y me siento. Me ofrece una copa y la acepto. Me dice que me eche un cigarrito y me lo fumo. Me cuenta que está recibiendo muchas presiones, que hay mucho interés en resolver este caso lo antes posible, que utilice a cuantos hombres necesite en esta investigación, que… bla, bla, bla. Y al final de toda esa palabrería me dice que confía plenamente en mi capacidad, que está a mi disposición para todo lo que necesite y que solo tengo que pedir el material o personal que considere oportuno y de inmediato se me concederá.

Salgo del despacho completamente alucinado. No solo no me ha echado del caso, sino que me apoya en todo lo que necesite. Me ha tratado como nunca, como a nadie, pero si hasta me ha dejado fumar en su despacho, ¡Él!, que es un puto integrista antitabaco. Y yo que nunca lo había visto tomarse una copa y, sin embargo, saca una botella de whisky y me invita a un trago. Pero si siempre me ha tratado con el mayor de los desprecios y ahora… ¡No me toques los cojones, esto no es normal!

Me doy media vuelta y abro la puerta del despacho del Hijoputa sin llamar, pero no está. Cuando me dispongo a irme oigo un leve ruido, como un quejido. Miro a mi alrededor, miro en el pasillo, pero nada y lo vuelvo a oír claramente. Esta vez me doy cuenta de la puerta ligeramente entreabierta que da acceso al aseo privado del capitán directamente desde su despacho. Algo me dice que tengo que mirar, pero podría perfectamente estar empujando alguna idea importante en su trono y entonces la situación sería un tanto incómoda, pero no sé por qué creo que ese no es el caso. Me asomo y lo veo de espaldas, con los pantalones y los calzoncillos por los tobillos. Dijera lo que dijera mi padre, no soy del todo imbécil, es evidente que se está haciendo una paja. ¡Será cabronazo! Igual es maricón y se ha excitado conmigo y, claro, tiene que desahogarse el muy hijo… Sobre el lavabo llama mi atención un pequeño bote transparente con tapa roja como esos donde te mandan mear para hacer un análisis. ¿Qué hay dentro? Me cuesta enfocar la mirada, estoy muy mayor pero <<es un cigarrillo>>. Se ha dado cuenta de mi presencia y se gira. En su mano derecha su pene marchito, en la izquierda otro bote transparente que gotea pesadamente. Él no dice nada. Yo tampoco.

Esto no es lo que parece

Que a mi edad y con cuarenta años en el Cuerpo tenga que escuchar de la boca de mi capitán la frase más estúpida que jamás se pudo inventar es demasiado. ¡Joder! Que nunca he sido muy listo y las neuronas que me quedan están esperando el desahucio, pero que me diga: <<Esto no es lo que parece>>. No, por ahí no paso.

Su cara es un verdadero drama de gestos inconexos: ahora palidece y luego parece intentar sonreír a la vez que un tic en la ceja parece querer dejar entrar más luz en unos ojos que no se creen lo que ven y que en cualquier momento se le van a caer de las cuencas. Disfruto de este instante con regocijo lascivo. Siempre que capturo sorpresivamente a uno de los malos su cara de estupor es mi mejor recompensa.

Cuando mejor lo estoy pasando se rehace, toma conciencia de quién es y dónde está. Calcula sus posibilidades y… comienza la negociación.

No quiero hacerme el listo a estas alturas, pero sabía que esto pasaría. La única duda es por dónde empezará.

Muy despacio deposita el bote con su esencia sobre el pequeño lavabo y se sube los pantalones. Me doy cuenta de que él también está calculando y analizando cuál será mi punto débil, con qué podrá sobornarme o amedrentarme. Seguro que empieza, ahora que tiene los pantalones en su sitio, a recordarme quien es Él y quién soy yo: joven y prometedor capitán de la Guardia Civil, hijo de un general del Cuerpo condecorado en no sé cuántas ocasiones, hasta por el mismísimo presidente del Gobierno y, antes que él, su abuelo fue como uña y mierda con el Caudillo de España. Y así, generación tras generación, la familia de este cabrón siempre ha ocupado generalatos, ya estuviéramos en república o monarquía, con gobiernos de derechas o de izquierdas, en guerra o en paz. Seguro que al lado del duque de Ahumada había un antepasado de este degenerado lamiéndole el culo. Tienen todas las influencias, muchos contactos políticos y judiciales y… —mírate tú— me dirá: <<Eres un viejo policía fracasado carcomido por el alcohol y con los pulmones carbonizados. No será difícil demostrar que tienes algún tipo de demencia. Tengo acceso a tus archivos personales donde constan, desde hace años, informes psicológicos de tu precario estado mental>>. Quizá me tiente después de la primera amenaza con una salida honorable tras cuarenta años de servicio, tal vez una medalla y un sobresueldo para que descanse tranquilamente tomando el sol en Benidorm.

Es increíble lo que consigue un buen traje y el estar acostumbrado a llevarlo. El miserable degenerado que sopesaba su triste pene ahora parece un caballero sin tacha alguna. Hasta él mismo se percata de ello y se mueve y habla con total aplomo, seguro de sí mismo, seguro de que saldrá de esta. De repente me sorprende diciendo: <<Tengo otra chica preparada. Puedes jugar tú también con ella o detenerme y ella entonces morirá>>.

Estoy atónito. Su cara muestra una amplia sonrisa que no puede ni siquiera intenta disimular su soberbia. <<Pero si escoges detenerme>> —me dice—, <<lo más probable es que uno de tus propios compañeros te pegue un tiro al creer, y no estaría muy equivocado, ¿verdad?, que te habías vuelto loco de remate. Yo diré que te retiraba del caso por incompetencia, que te dio un ataque de ira y perdiste el control. Improvisaré un poco, se me da muy bien. Más tarde las pruebas de ADN que se harán a tu cadáver apuntarán hacia ti como asesino. Pero no tenemos por qué tomarnos las cosas tan a la tremenda. Solo era otra puta del este, no vamos a arruinar nuestras vidas por ella. ¿Por qué no te das el último gusto de tu vida?, te lo ofrezco casi gratis. Será casi como follarte a la mujer de tus sueños. Mejor aún, te follarás a la misma chica que ella>>.

¡Tiene a Nerea! ¡El Hijoputa tiene a Nerea! Tengo delante al demonio y voy a negociar la venta de mi alma. Intentaré sacarle un buen precio.

—Creí que iba a morirme sin poder saciar mi odio.

Sus ojos se iluminan con mis palabras.

—Ninguna mujer me ha tratado nunca como yo necesito y merezco, ninguna ha sabido apreciarme ni valorarme. ¿No has visto el desprecio con que me mira Esther? Esa puta bollera se cree superior a mí. Y yo que estaría dispuesto a ser su perro y ella ni despojos de sentimientos me echa.

—Todos nos hemos dado cuenta —me contesta.

—Pero no me fio de ti, eres una puta rata y me la puedes jugar en cualquier momento. En cuanto te deje salir de aquí puedes hacer que me detengan y las pruebas que has colocado para inculparme… ¿Por qué a mí? ¿Por qué precisamente a mí?

—¿Por qué no? Era fácil implicarte. Eres un tipo gris, sin amigos, ni siquiera te relacionas con tus compañeros de trabajo, todos te consideran un bicho raro. Si mañana te murieras nadie te echaría de menos. En el fondo te hacía un favor. Si al final te pillaban por esto todo el mundo se acordaría de ti durante mucho tiempo. Además, ahora que nos estamos sincerando, ¡tú siempre me has caído mal! Hueles como un puto cenicero y vas siempre dejando tus putas colillas por todas partes y…

Es más listo que yo, lo sé y él lo sabe también. Tengo que cerrar el trato con una oferta que no pueda rechazar.

—Yo tampoco me fio de ti —me dice—. Eres un perdedor nato, lleno de prejuicios y limitaciones morales que te han hecho el hombre amargado que eres. Yo te ofrezco la posibilidad de liberar tus instintos, de saciar tus deseos, de vengar ese rencor que te ahoga. Te ofrezco la felicidad tardía. Sin embargo, temo que después de consumar tus deseos los remordimientos aprendidos recobren el dominio de ti y te conduzcan a arruinar tu vida y, por ende, la mía.

—Capitán —le digo mientras enciendo otro cigarrillo—, parece que no se da cuenta de que usted no puede escoger. Soy yo el que decidirá si acepto su ofrecimiento o cumplo con mi deber y le detengo por asesinato y secuestro.

—Tú ya has decidido, si no, ¿por qué ibas a perder el tiempo hablando conmigo? Disfrutarías mucho más poniéndome las esposas y, a puntapiés, llevarme al calabozo. Tú has decidido ya y yo solo te voy a poner una condición.

—¿Condiciones? Valiente gilipollas.

—Sí, y no acepto una negativa. Mi condición es que puedes hacer con la chica lo que quieras. Pero matarla lo haré yo.

Inspiro profundamente la primera calada de un nuevo cigarrillo que me quema la tráquea. Él sonríe y yo afirmo con la cabeza mientras mis ojos miran al suelo. Solo tengo un pensamiento, solo me falta girar la llave.

—Solo te pido un favor. No creo que sea ningún sacrificio para ti, y para mí sería el mejor final.

—¿Cuál?

—Después me pegarás un tiro a mí.

—¡Pero…!

—Me pegarás un tiro en la cabeza y ya está. No será difícil para ti inventar una historia para justificarte. Si lo haces bien, probablemente consigas una medalla y tu papá estará orgulloso, por una vez, de su niño.

Aprieta la mandíbula y casi puedo oír el crujido de sus dientes. Sus ojos son rodeados de pequeñas serpientes rojas y con todo su desprecio me escupe su respuesta.

—Me encantaría pegarte un tiro en tu puta cabeza, pero me resultaría difícil justificar tu presencia en mi casa.

—Pues me puedes sacar de la misma manera que has planeado sacar a la chica, así de fácil.

—No me gusta cambiar mis planes. Improvisar, aunque es tentador y muy divertido, suele acarrear consecuencias desagradables. Pero a veces el destino pone ante ti, sin previo aviso, el más inverosímil de los sueños. Ya ves, quién me iba a decir a mí que, después de meses planeando mi febril deseo de matar con mis propias manos a una mujer inerme, de improviso una estúpida niñata hija de un embajador me asaltaría en la recepción que los Reyes ofrecieron en el Palacio Real y me suplicara como una puta barata que me la follara y…

—Pero no te la follaste…

—¡No! Era repugnante. Le di su merecido. Vi cómo se apagaban poco a poco sus ojos, cómo balbuceaba mientras apretaba su garganta. Fue lo mejor que he hecho en toda mi vida. Lo demás fue pura estrategia: el lupanar más concurrido y sucio, el implicarte con la colilla. Nunca me había excitado tanto. Fue maravilloso depositar mi semen en su ombligo.

—Hace años que no me corro —le digo.

—Yo nunca me había corrido y… fue increíble. Me has convencido. Haré un esfuerzo contigo y te mataré. Tú te lo mereces. ¿Vamos?

—Vamos.

Pasa delante de mí y se detiene en la puerta. Se vuelve y me observa extrañado cómo marco un número en mi teléfono móvil. Escucha la conversación completamente alucinado, pero enseguida sale de su asombro y, en un grito aterrorizado, me espeta un <<hijo de puta>>. Yo le enseño apenas un segundo el cañón de mi arma reglamentaria. Después, un ruido ensordecedor seguido de una nube gris de rojo entreverado lo inunda todo.

Continuará…

Juan Ramón Lorenzana

Aragecko

Aragecko.

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Drama

Rating: + 18

Este relato es propiedad de Juan Ramón Lorenzana. La ilustración es propiedad de Rosa García. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Continuación de “Mucho más que Rojo”

El Amor
Soy feliz. Soy tan feliz que creo que voy a morir. En una explosión de flores me convertiré y de semillas de margaritas, amapolas y rosas llenaré el mundo entero de amor, de amor del bueno, de ese que cantan los poetas, del que hace escribir versos tontos al camarero, al ceñudo funcionario y a las niñas en sus cuadernos de colegio.
Cuadernos de colegio… Poemas en cuadernos de colegio. Junto a las fotos de actores y cantantes famosos se escriben poemas pensados con los dedos, poemas como aquel que Mila le escribió a su novio aquella fría mañana de invierno:
Tu sonrisa.
Tus ojos a medio despertar.
Los besos soñados que mañana quizás volverán.
Tu boca y la mía sin saber por dónde empezar.
Los dedos, nerviosos, que no paran de buscar
y encuentran su destino
en mi puerto, en tu faro y con el mar.
Las ganas, el tiempo de esperar.
No deseo otra cosa que volver a zarpar.

Quién le iba a decir a Mila que pocos minutos después de escribir los versos de amor más entregados y bellos que aquel papel cuadriculado pudo aguantar, que después de descubrir las palabras más tiernas que de tinta se podían crear, después sorprendería al guapísimo de su novio comiéndole la boca al putón de la clase.
No estaban escondidos en algún rincón a salvo de miradas, gozando con el pecado traicionero, no, pues en la misma puerta de la clase se manoseaban y besaban. No pudo ser mayor la humillación de Mila, pero aguantó. Aguantó toda la clase sin rechistar, sin agachar la cabeza, sin llorar. Sentada en su silla obligó a sus pies a no despegarse ni un solo instante del suelo. Sabía que si cedía en el empeño, sus pies y después todo el cuerpo saldrían corriendo para quizás nunca más poder detenerlos, porque sin duda tendrían miedo de que la vergüenza le escupiera su pútrido aliento. Hasta el final de la clase aguantó sentada soportando cuchicheos y las risas de los simios que siempre corean las hazañas del jefe de la manada. Podía oír a la muy puta reírse, pero ella aguantó en clase hasta el final, y cuando ya su exnovio salía le preguntó: <<¿Por qué me haces esto?>>. El muy imbécil le dijo: <<Mira, bonita, nadie sabe cuándo nos vamos a morir, soy joven y voy a aprovechar todas las oportunidades, por si acaso>>. Mi amiga lo miraba como si fuera una figura que lentamente se difumina para luego desaparecer completamente. Ya no veía a aquel chico del que se enamoró de la manera que sólo se puede una enamorar cuando se tienen quince años. El caso es que Mila sólo le contestó: <<Yo no lloraré cuando tú mueras>>. Se dio media vuelta y nos fuimos.
¡Soy tan feliz! Soy tan feliz que temo que no me dejen subir al avión con el ruido tan ensordecedor que hace mi corazón, pues parece un reloj, gigante reloj con carrillón incluido que podría hacer sospechar a la seguridad del aeropuerto que soy una terrorista suicida chechena o algo así. Cuántas explicaciones tendría que dar, qué apuro pasaría mi papá. Y lo peor es que esta situación podría hacerme perder el vuelo a Madrid. Tardaría horas en explicar que es mi exaltado corazón el causante de ese rítmico sonido de viejo reloj. Y más tardaría si me viera obligada a contar el porqué de mi fervoroso deseo de ir a España.

Breve historia de Bibiana
Mi padre, honorable y fiel diplomático de carrera, había desempeñado sus funciones en multitud de lugares defendiendo los intereses de la extinta Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Tras la caída del muro y posterior disolución de las repúblicas, mi padre pasó a ser un simple funcionario en el Ministerio de Asuntos Exteriores de Bielorrusia. No le perdonaron que hubiera sido una personalidad destacada del antiguo régimen. Lo curioso era que los que le vituperaban e ignoraban habían sido los más baboseantes y serviles con los amos rusos. Mi padre lo sabía, ellos sabían que mi padre lo sabía y eso aún azuzaba más su rencor. Pero un día todo cambió. Después de diez años sorpresivamente le daban la jefatura de la embajada en España. Mi padre ya tenía cincuenta y dos años y la pena por la muerte de mi madre, al poco de mi nacimiento, había marcado su rostro con una sombra indeleble. Mi padre, hombre profundamente católico, se aferró a su fe para soportar su pérdida y conseguir sacar fuerzas para criar a su hija. Mi padre, hombre bueno y predispuesto a sonreír, acarreaba el peso de una pena que le atenazaba el alma.
Y ahora estaba en el aeropuerto esperando el vuelo a Madrid, con mi padre y mi amiga Mila, a la que había conseguido arrastrar en esta aventura tras convencer a sus padres de que una temporada en España le vendría de miedo para poder olvidar a su último novio, que, como casi siempre, la había engañado con otra. La verdad es que Mila tiene muy mala suerte con los chicos, pero no es menos cierto que parece sentirse atraída de una forma fatal hacia cualquiera que le prometa amor eterno, hacia cualquiera que le diga que la quiere, aunque sólo sea en el fragor de un rápido encuentro. Y es que Mila está falta de amor y no sé por qué. Sus padres la quieren, tiene amigos que la quieren, su simpatía y dulzura hace que todo el que la conozca la quiera. Y yo la adoro como a una hermana, o más. Sin embargo, no es capaz de aceptar que una persona no la quiera, le hace sufrir que a alguien pueda resultarle antipática o simplemente no le guste. Para Mila, quien no la quiere es que la odia, y eso la hace sufrir. No existe la posibilidad de que la quieran sólo un poquito, o que les caiga un poco mal. Mila es para todo o para nada, no hay término medio. Y esto que puede ser en ocasiones virtud y en otras debilidad, se convierte en fatal error cuando los chicos —que tanto le gustan— se dan cuenta de que no puede soportar el rechazo y utilizan esa debilidad para sacar de ella cuanto quieren y, como cuanto quieren se acaba más bien pronto que tarde, se queda hecha un trapo viejo tirado al contenedor. Y se queda acurrucada en su habitación durante días sin querer saber nada de nadie. La consuelo hablándole del amor verdadero, de ese desinteresado y libre de miedos, de amor del bueno, del que se entrega por entero y nunca te falla: amor de Dios. Ella como yo es católica, pero a mí siempre Él me llena, siempre me acompaña y me reconforta. Sin embargo, para ella sólo es refugio en los momentos de tristeza y abandono. En estos busca el consuelo en su fe en las Sagradas Escrituras y en la poesía, siempre la poesía. Ella me enseñó a leer el amor en palabras escritas en español. Su padre fue uno de esos niños de la Guerra Civil española que salieron de su país huyendo de la muerte para refugiarse en la antigua Unión Soviética. Allí creció, allí se enamoró y de ese amor nació Mila. Ella me enseñó español, mi padre me enseñó a Dios y Santa Teresa de Jesús el amor con Dios.
Asistimos juntas al curso de literatura en la facultad de Filología de Madrid. Mila y yo estamos como locas, sobre todo ella, y es que le gustan todos y no para de coquetear con este y con aquel, pues siempre es del último que ve del que dice <<segurísima de verdad de la buena que este es mi amor verdadero>>. Aquí siempre hace sol, la gente es muy amable y nos ayudan en todo lo que necesitamos, sobre todo ayudan a Mila, que entre los chicos tiene un éxito increíble. Yo le digo que no se enamore de todos a la vez, que se controle y no haga ningún disparate, que piense esta vez un poquito las cosas antes de hacerlas. Ella me ha prometido que esta vez va a esperar a que el hombre perfecto aparezca y que está segura de que encontrará el amor de sus sueños. Yo sé que no miente cuando me cuenta todo esto, pero no puede evitar distraer sus convicciones entre los brazos de hombres que a sus oídos susurran palabras que hablan de amor.

Bibiana se enamora
No sé cuándo me enamoré de él. Es odiosa esa obsesión por determinar con exactitud cuándo un corazón se arrebata de improviso henchido de amor. Qué importancia puede tener si me enamoré cuando con palidez enfermiza empezó a leer aquellos versos de amor del Padre Berenguer.

Te ofendo, me amas;
me alejo, me amas;
me pierdo, me amas;
te hago sufrir:
me amas, me amas.
Si yo te flagelo,
si espinas te pongo,
te lleno de injurias,
te cargo la cruz,
te ato con clavos,
te hiero el costado:
me abres la puerta
de tu corazón
y la tromba que arrasa
me inunda tu Amor.

O quizás fue cuando oí su voz pronunciando mi nombre al leer la lista de los veinticinco que formábamos parte del curso de Poesía Española. No pudo ser mi imaginación, pues sentí claramente cómo acariciaba mi nombre, cómo cada sílaba se le escapaba de la boca en forma de besos y, alocados estos, se precipitaban atolondrados sobre mi boca, en los ojos, en los senos. Pero la verdad es que… siempre he estado enamorada de él. Mi vida hasta ahora sólo era un esperar para encontrarlo. El mundo era un escenario donde los actores se movían muy lentamente, de manera casi imperceptible. Sólo después de largo rato me daba cuenta del cambio de posiciones relativas de los personajes en un decorado que sólo muy de cuando en cuando cambiaba. Sin embargo, ahora todo se mueve a gran velocidad: las personas, las cosas y el escenario. Tengo que hacer un gran esfuerzo para no perderme el argumento de este cuento donde, esta vez, la protagonista soy yo.
Apenas hemos intercambiado unas pocas palabras. Me cuesta horrores acercarme a él y hablarle con naturalidad. Yo siempre he sido muy extrovertida, sociable y sin ninguna dificultad para relacionarme con otras personas, ya fueran estas hombres o mujeres, conocidos o extraños. Pero él no es una persona más y cada vez que intento un acercamiento me da la impresión de que, saliendo de no sé donde, aparece de repente sobre mí un enorme letrero luminoso que dice: «Te Quiero». Y claro, con tanta luz fluorescente se me suben los colores y también los calores. Se me pega la blusa al cuerpo y… ¡Dios mío! Pero si hasta tartamudeo, que creo que babeo y parezco tonta de remate y… Me quedo siempre la última en clase a ver si consigo decirle algo coherente, medianamente inteligente, quizás enseñarle algunos de los versos de amor que escribo mientras sueño su cuerpo y… No sé si he dicho que se llama Carlos, que es el profesor de literatura más guapo que jamás alumna alguna haya soñado, que además es escritor, que escribe relatos, cuentos y poemas… poemas de amor. Ha publicado dos libros: Cuentos Invertebrados y Poemas Imposibles. Como él dice de sí mismo: <<No he vendido mucho, pero es que a mí me va el rollo ese de ser un escritor maldito. La otra posibilidad es aún peor, y es que sea otro mediocre maldito escritor>>. Al oír esto me dan ganas de lanzarme a sus brazos, de cubrirle de besos y decirle que… que su poesía me emociona e ilumina, que es precisa, preciosa y emotiva, y es este mundo distraído en miserias y falsos dioses el que no tiene tiempo ni ganas de leer hermosas palabras que elevan el corazón y el alma. Pero no se lo digo, sólo acierto a sonreír e imaginar su respuesta a mi halago.
Cojo lápiz y papel con la decisión entre los dedos y el corazón buscando más espacio en mi pecho anhelante y, como soy incapaz de encontrar el valor o el momento, me conjuro con el amor que siento para llegar a su corazón y me prometo que le escribiré los más hermosos versos de amor que sus ojos amazónicos hayan podido leer. Y entonces, saeteado su corazón por las letras escritas desde el amor, no tendrá más remedio que pedir, suplicar, rogar más amor, pues sólo con más y más amor se alivia ese delicioso dolor. Y ya entre mis manos, lo cubriré de besos, de caricias. Y su boca en la mía, y su lengua atrevida que mi sexo alivia, y su peso que me abriga, que me hace temblar y no es de miedo ni de frío, que estoy prendida a su cuerpo y no quiero caerme. Me agarro con los dientes, con los brazos, con las piernas y… y si sigo soñando nunca terminaré de escribirle los versos de amor más bellos que jamás hayan leído sus ojos amazónicos.

Algo se rompe dentro de Bibiana
Esta noche nos vamos de fiesta, pero no del tipo que a mí me gustaría darme. Es una recepción que el Ministerio de Asuntos Exteriores español organiza todos los años para el cuerpo diplomático acreditado en España. Es un evento muy importante, incluso asistirán los Reyes de España, además de personalidades de la economía, de la política y de las altas instituciones del Estado. Mila está emocionadísima con la idea de codearse con los Reyes, además, dice que es el lugar perfecto para encontrar el hombre de sus sueños, y para estar a la altura de la ocasión se ha comprado un precioso y llamativo vestido. La verdad es que está espectacular, parece una estrella de cine. Yo también me he comprado un bonito vestido de color frambuesa con escote halter que recuerda un poco a aquel que llevó Marilyn cuando lució sus piernas sobre las rejillas de ventilación del metro de Nueva York.
Yo no consigo pensar en otra cosa que no sea Carlos. Mila dice que es normal, que como es la primera vez que me enamoro de un hombre de carne y hueso, de un ser terrenal y no de un dios espiritual, pues claro, todo para mí es nuevo y me parece extraordinario, pero que con el tiempo todo pasará. No me gusta que hable así porque parece como si me dijera que lo que siente mi corazón es algo falso, un engaño con el que mi propio cuerpo, no sé con qué intención, quiere someter a la razón. ¡Normal!, normal me suena a vulgar, corriente, sin importancia. No me gusta que hable así.
Pero antes voy a dar un salto a las estrellas, de hoy no pasa. Voy a lanzarme sin miedo, le miraré directamente a sus selváticos ojos y le diré todo lo que siento. Lo tengo todo preparado, todo.
Le digo a Mila que tengo que ir a hacer unas compras de última hora: unos encargos de mi papa, —en cuanto pueda iré a clase, aunque seguramente llegaré un poco tarde—. Tengo que hacer esto sola, sin nada que me distraiga de mi objetivo. Estoy segura de que Mila me comprenderá y no se va a enfadar por no contarle mis planes.
Me pongo guapa. Me cambio tres veces de vestido, luego unos pantalones vaqueros y una camiseta me parecen más adecuados, al final me decido por una falda de tablas por encima de la rodilla y una camisa blanca. Me maquillo con dificultad, pues el pulso me traiciona y me cuesta horrores pintarme los labios. Estoy tan nerviosa como una colegiala enamorada, ¡qué tontería! Soy una universitaria enamorada.
Me dirijo al despacho de Carlos una media hora antes de empezar las clases. Recorro los largos y vacíos pasillos donde no escucho otra cosa que mi acelerado corazón. Camino muy deprisa y, cuando al fondo veo la puerta de su despacho, me doy cuenta de que estoy sudando. Sudo por la frente, por los brazos, por el pecho resbalan gotas empapando mi camisa blanca que se pega al cuerpo y marca con evidente obscenidad mis senos. Creo que me va a dar un ataque de nervios. ¡Cómo voy a entrar con esta pinta si parece que vengo de jugar un partido de futbol! ¿Por qué me pondría esta camisa? ¿Seré tonta? ¿Y ahora qué hago? «Tranquilízate, tranquilízate, por favor», me digo mientras respiro profundamente. A mi derecha se encuentran unos aseos y allí entro. Me quito la camisa, me echo agua en la nuca, en los brazo y me miro en el espejo. No puedo evitar echarme a reír cuando me veo reflejada en el espejo. Seco la camisa en el secador de manos, me paso una toallita húmeda por los sobacos, arreglo los desperfectos producidos en mi maquillaje y me vuelvo a pintar los labios. Me vuelvo a mirar en el espejo y ¡conseguido! En apenas cinco minutos he podido recuperar mi autoestima y la compostura. Ya estoy lista.
Apenas diez pasos me separan de su puerta. Ya no estoy nerviosa. Sé lo que quiero, tengo el valor necesario para tomar la vida en mis manos y no me da miedo, no me da miedo nada, nada. Ni siquiera pienso en la posibilidad del rechazo. Sé que es mi amor verdadero, que este amor que siento no es ningún invento de la mente, ni una debilidad del cuerpo. Sé que es amor del bueno y seguro que él lo siente como yo recorriendo su organismo, buscando una salida, un lugar común de encuentro donde fluya y el único cauce sea mi cuerpo.
Apenas tres pasos y… ¿Y si no está? Este pensamiento echa por tierra toda la seguridad tan precipitadamente construida. Me tranquilizo de inmediato al ver la puerta ligeramente abierta y oír como un susurro. Pero esta tranquilidad apenas dura una fracción de segundo. De repente se agolpan en mi cerebro multitud de situaciones que pueden hacer fracasar mis planes. ¿Y si está reunido con otros profesores o con otros alumnos? Y si… Me acerco sigilosa como una espía, acerco el ojo a la pequeña hendidura que separa el marco de la puerta y… solo consigo ver una librería que ocupa toda la pared. En ese momento oigo cómo caen algunos objetos al suelo y el arrastrar de una silla. Con mucho cuidado abro un poquito más la puerta y lo primero que veo es un amplio ventanal por el que el sol de verano penetra sin compasión. De nuevo algo se arrastra, pero esta vez debe de ser algo mucho más pesado, como una mesa o un armario; después, un quejido dolorido. El miedo inunda mi cuerpo, pienso que quizás un infarto, quizás un robo y los ladrones le han malherido, quizás… Abro la puerta precipitadamente y…

Ilustración de Rosa García

Es un monstruo, un extraño animal imposible de imaginar. Sus ocho extremidades y el pelaje negro que recubre gran parte de su cuerpo me recuerdan a una araña, pero otra parte de su cuerpo contradice mi primera impresión, pues es brillante y, además, sus dedos se pegan como ventosas a todo lo que tocan.Me ha costado un poco, pero no me estoy volviendo loca. Sé lo que ven mis ojos, aunque mi mente se niegue a entenderlo: unas piernas peludas, un culo calvo abrazado por unas piernas de mujer se balancea rítmicamente mientras su dueño resopla como si sus pulmones no resistieran el esfuerzo que realiza. Sobre la mesa una mujer arquea su espalda mientras de su boca salen obscenas incitaciones y gemidos. No reconozco en ese monstruo repugnante al hombre del que me he enamorado, pero a ella sí la reconozco.

Bibiana se equivoca
Estoy sentada en mi silla esperando que empiece la clase. Todavía faltan cinco minutos y… el amor de mi vida, el único hombre al que he amado aún no ha llegado. Mila, mi mucho más que amiga, mi hermana querida, tampoco está aquí.
Me está pasando algo raro, soy consciente de ello pero no puedo evitarlo. Tengo el cuerpo bloqueado, no puedo moverme de mi sitio, un peso gigantesco me oprime todo el cuerpo hasta el punto de que creo que voy a implosionar. No oigo los sonidos con claridad, sólo un tumulto de voces indescifrables. Alguien me saluda e intento contestar, pero no puedo abrir la boca, tengo la mandíbula agarrotada y me doy cuenta en ese instante de que me duele y que tengo sabor a sangre en la boca. Creo que voy a morir, me falta la respiración y un sudor frío se desliza por mi frente, por la espalda y el pecho. Todo mi cuerpo se deshace, pronto seré sólo un charco en el suelo. Lanzo una mirada de socorro a un chico que ni siquiera me mira, entretenido como está en concentrarse en mantener la lengua dentro de su boca abierta. Mila acaba de entrar en la clase, está deslumbrante, sonriendo y seduciendo a todos. Es feliz y no la perturban sentimientos ajenos. Estoy a punto de vomitar cuando sus ojos me miran y casi corriendo me abraza y me dice: <<Soy tan feliz, tan feliz, estoy segura de que hoy es mi gran día, seguro que esta noche, en la fiesta, encuentro al hombre de mi vida>>. Llena de… Me siento llena de odio, de ese odio que todo lo cubre con su olor pestilente y se derrama sobre el cuerpo como lluvia de cristales rotos. Y mi mano que aprieta con todas sus fuerza un bolígrafo. Y mis ojos que ven su yugular inflamada. Y los diente que crujen, los labios que aprietan sin poder evitar dejar escapar un hilo de sangre y… La puerta que se abre dejando pasar al repugnante fornicador que comienza inmediatamente a recitar un poema de amor, amor, ¡repugnante amor de mierda! Y se ríe y gesticula como un bailarín borracho. Y oigo risas que se me clavan en el alma; sin duda se burlan de mí. Soy tan ridícula, tan grotescamente idiota. Siempre se han reído de mí, he necesitado esta bofetada de realidad para darme cuenta de la verdad.
Al acabarse la clase se produce un pequeño tumulto alrededor de la puta que sonríe enamorada como está de sí misma, encantada de su poder sobre la tropa. Otros y otras se arremolinan en torno al miserable cabrón y yo aprovecho el caos para huir de allí, para escapar a no sé dónde y esconderme de esta repugnante gente que me revuelve el estómago.
Sola en mi habitación me miro en el espejo y no me reconozco. No es que lo que me ha ocurrido haya modificado las facciones de mi rostro. Tampoco es que no reconozca en la persona que me mira del otro lado del espejo a la misma chica que muchas otras veces se peinaba o maquillaba ante él. Lo que ocurre es que ¡no recuerdo mi cara! Me miro en el espejo y sé que soy yo, pero, apenas aparto la vista la imagen de mí misma se desvanece de inmediato. Así una y otra vez. Corro hacia la cama y me escondo bajo sus sábanas. Lloro aferrada a la almohada y sé que voy a morir.
Me despierta mi padre, ya bien entrada la tarde, con bromas sobre mi afición a dormir, que si soy una marmota, que si ya estamos en verano y tengo que abandonar la hibernación, que ya es muy tarde y… En ese momento entra Mila con su vestido nuevo, excitada, casi enloquecida, y cogiéndome de las manos me urge a levantarme, pues apenas queda una hora para ir a la fiesta.
Ella ya lleva puesto su llamativo vestido de noche, está maquillada y peinada, y sólo le falta por ponerse los zapatos de tacón. Por eso se pone de puntillas para jugar con mi padre, en mi habitación, a que bailan un vals en el Palacio Real. Papá se pone colorado y la mira deslumbrado. ¡Mataré a esta hija de puta, la mataré!
Estamos en la fiesta y yo no entiendo nada, gente desconocida pasa a mi lado y me saluda. Yo les sonrío, creo. He perdido a mi padre entre alguno de los corrillos que se han formado. No puedo dejar de mirar a Mila. Sólo puedo mirarla a ella. Mis pies están clavados al suelo mientras ella baila, ella coquetea, ella se ríe. Lleva más de una hora hablando con un tipo vestido de militar, juega con él, lo toca discretamente y se ríe, se ríe sin parar. De repente me ve y sale corriendo en mi dirección. Me abraza, me besa y me cuenta que ha encontrado al hombre de su vida, que esta vez sí que es el amor verdadero, y me pide que le dé suerte y un poco de dinero. Además, quiere que le cuente a mi padre que se quedará a dormir con unas amigas o algo así, que esta noche será especial, muy especial. Le doy el dinero, pero no le deseo suerte. La verdad es que ninguna palabra sale de mi boca, pero ella no se da cuenta porque ya está corriendo en busca de su amor verdadero. Le da un beso discreto y le dice algo al oído, después, se va corriendo. Aprovecho el momento: yo también sé hacerlo. Le pagaré con la misma moneda. Quiero que ella pase mis mismos tormentos.

Continuará…

Juan Ramón Lorenzana

Mucho mas que rojo

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Género: Drama policíaco

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Este relato es propiedad de Juan Ramón Lorenzana. La ilustración es propiedad de Margarita Ortiz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Mucho mas que rojo.

Ilustración de Margarita Ortiz

Bibiana.

Estaba desnuda, completamente desnuda y, sin embargo, lo primero que llamó mi atención fueron sus labios. Labios perfectamente pintados y contorneados. Labios rojos, sólo puedo decir rojos, se me escapa toda esa gama casi infinita de nombres para definir cada tonalidad de rojo. Para mí la sangre es roja, el vestido colocado sobre la cama es sólo rojo, las uñas de sus manos y pies están pintadas de rojo y sus carnosos labios son de un hermoso color rojo. Pero no importa, seguro que Elena me dirá la denominación exacta de esos rojos, y no sólo eso, me dirá también la marca, el fabricante, el distribuidor en España, número de serie y todos y cada uno de sus componentes. Y es que Elena, además de mujer, es la médico forense más minuciosa que jamás he conocido.

Por ahí llega. Cada vez que la veo se me corta la respiración; bueno, también ayudan un poco mis sesenta y dos años, los cuarenta y cinco fumando, los treinta y cinco en el Cuerpo y los seis meses aguantando al hijoputa de mi jefe. El cabrón jamás ha hecho nada ni ha demostrado nada, pero ahí está, mandando. ¡Seguro que llega a ministro!

Viene directamente hacia a mí —¡qué buena que está!— e intento no babear como el resto de mandriles. Le doy otra calada al Ducados y la veo difuminada entre el humo como en un pesado sueño que poco a poco se hace más y más real. Por un instante me la imagino comiéndole la boca a su novia, porque Elena es lesbiana y su novia también, ¡qué más se podría pedir!, sería perfecta para mí, perfecta. Recuerdo que hace años, cuando podía soñar, —ahora me conformo con poder dormir de vez en cuando—, que una de mis recurrentes fantasías era hacérmelo con dos mujeres, dos hermosas mujeres que se besan, que se aman. Dos mujeres que me invitan a su cama, dos mujeres que… ¡Qué original! ¡La escena, vamos, viejo salido, céntrate en la escena!  Aquí se ha cometido un crimen y tú venga pensar cómo follarte a la médico forense y a su novia. Si ya me lo decía mi padre: «Hijo, te lo voy a decir yo primero porque no quiero que te enteres por extraños: eres un imbécil».

Sobre una silla está el bolso de la chica muerta con su documentación. Resulta que se llama Bibiana y es de Bielorrusia. Tengo que mirar en un mapa dónde coño está ese lugar.

Me llamo Conrado.

Mi padre me repetía siempre con constancia admirable la misma frase, «hijo, eres un imbécil», con algunas pequeñas variantes según su estado de ánimo y el porcentaje de alcohol en sangre. A veces acompañaba esta reflexión intelectual con alguna hostia, ya fuera esta a mano abierta o cerrada, en ocasiones patadas y, en las más, me lanzaba a la cabeza lo primero que su mano de borracho alcanzaba. Generalmente botella en la mayoría de las ocasiones, si no vaso o ambos, y ya luego, con muchísima menor regularidad, silla, plato, jarrón o radio. En una ocasión me lanzó un cuchillo, pero el muy tarado en vez de asirlo por el mango lo cogió por el filo y se cortó la palma de la mano. Por supuesto no me dio, estaba demasiado borracho, y a la mañana siguiente me lo encontré donde lo dejé: sentado en una silla de la cocina, con la cara aplastada contra la mesa y la mano vendada torpemente con un sucio trapo de cocina. Me acerqué a él con la ilusión de un niño que nunca ha tenido regalos en Navidad y espera que esta vez algo bueno le pueda tocar, aunque sea por casualidad. Yo tenía por entonces trece años y mi mayor y única ilusión en la vida era ver a mi padre muerto. Me acerqué muy despacio, tenía el gordo moflete izquierdo descansando sobre una almohada de vómito. No le oía respirar, ningún movimiento que pudiera sacarme del estado de ansiedad. Me atrevo a tocarle con el pie el brazo que cuelga como muerto y este se mueve como un péndulo, como ahorcado mecido por el viento. Una mueca que imita una sonrisa asoma a mi cara, lo sé porque me veo ferozmente reflejado en la nevera de acero inoxidable.

Pero tengo que asegurarme e imitando a los médicos de las películas acerco sigilosamente los dedos índice y corazón al cuello del monstruo. No noto nada, no hay pulso, ¡el Hijoputa ha muerto! Por fin soy libr… El mundo se derrumba, todo es oscuridad y dolor. No, no es el mundo, soy yo. Lo adivino cuando mi cabeza choca contra el suelo. Lo sé con total certeza cuando recobro la visión y el monstruo está dándome patadas, me escupe y jura y perjura que me matará. Me acusa de ser el culpable de todos sus males y me amenaza con mandarme al infierno igual que hizo con mi madre. Falla en una de las patadas, el aire recibe el golpe y se cae de culo. Es mi única y última oportunidad, si no consigo escapar, sin duda seré yo quien no vuelva a ver otro amanecer. Primero de rodillas me alejo de él, después consigo ponerme en pie y corriendo a trompicones huyo de allí sin saber a dónde ir, perdido y solo.

Tardo una semana en volver a mi casa, pero antes me aseguro de que el cabrón no está. Duermo en cualquier parte, robo en las tiendas del barrio para comer algo, y entro a hurtadillas en mi casa para coger lo que pueda. Veo de lejos al viejo cabrón, lleva la mano vendada y se dedica a lo de siempre: ir de bar en bar, emborracharse y buscar pelea. El muy hijoputa tiene suerte, nadie ha podido darle una certera puñalada y matarlo. En una ocasión sé que uno lo intentó, pero él nunca sale sin su arma reglamentaria, —tiene la baja médica de la Guardia Civil, sin embargo, no le han quitado la pistola—, y el cabrón le pegó tres tiros al desgraciado. Dijeron que fue en defensa propia, que el otro intentó atracarlo, que…, además, el tipo tenía antecedentes por pequeños hurtos y esto fue suficiente para que encima le dieran una medalla al Hijoputa.

Sigo de esta manera durante varias semanas. En mi cabeza se fragua poco a poco la idea de irme a Alicante, donde vive la familia de mi madre. No los he visto desde que murió, pero estoy seguro que no puede ser peor que esto, seguro que son buena gente. Mi madre era buena, triste pero buena. Me cuesta decidirme, nunca he salido de esta maldita ciudad y Alicante me parece casi el fin del mundo. Pero no tengo otra posibilidad, y como se suele decir, «a la fuerza ahorcan». Pero no tengo ninguna dirección ni teléfono de mi familia. Debo buscar alguna información y el único lugar donde la puedo encontrar es en mi casa. Recuerdo que mi madre escribía a su familia y que esta también le enviaba cartas. Si no las ha destruido el Hijoputa todavía deben estar por allí.

No hay movimiento en la casa y me decido a entrar. Justo cuando entreabro la puerta una voz a mi espalda hace que mis pies se separen del suelo. Es la vecina, una vieja entrometida y chismosa que parece que fuera a morirse en cualquier momento, pero a esta parece que tampoco la quiere ni Dios ni el Diablo. Me dice que hace varios días que a mi padre se lo han llevado al hospital, que al parecer se le ha infectado una herida que se hizo en la mano tiempo atrás, que ella ya le había dicho que tenía que ir a que se la curaran, pero que él decía que eso se curaba solo. Hasta hace hoy tres días que no pudo soportar más el dolor y llamó a una ambulancia  para que lo llevara al hospital.

—Y allí sigue —me dice

En el hospital me cuentan que le han tenido que amputar el brazo, que no entienden cómo ha dejado que se extienda la infección de esa manera, que no han podido hacer nada para salvarlo y que ahora sólo esperan que los antibióticos hagan efecto y pueda recuperarse.

—Está en la habitación…

Me voy de allí dejando al médico con la palabra en la boca, y sin ver a mi padre.

A la mañana siguiente vuelvo al hospital y al preguntar a la enfermera, esta me dice sin mirarme a los ojos que el médico vendrá en breve a informarme. Era el mismo doctor del día anterior y se dedica durante un buen rato a entrelazar una infinidad de disculpas, explicaciones y porqués no solicitados y que apenas pude entender. Oígo cómo me dice algo de una asepsia, de una infección generalizada, que lo cogieron demasiado tarde, que lo sentía muchísimo y que ya no podía verle porque estaba en la morgue. No sentí nada: ni alegría, ni por supuesto pena. No sentí nada.

Ya no me fui con mis parientes de Alicante. Como huérfano de guardia civil me ofrecieron ir a la Escuela de Guardia Jóvenes del Cuerpo. Acepté.

Elena.

Lo primero que hace Elena es echarme la bronca por estar fumando en la escena de un crimen. Le hago caso y tiro el cigarrillo por la ventana. Abre su maletín y comienza su minucioso trabajo. Me da un poco de envidia ver cómo consigue información, datos y pruebas a través de muestras, fotografías y análisis. Son la policía del futuro, ¡no!, del presente. Yo soy de los últimos dinosaurios, de una época en que la información se conseguía a base de hostias, de soplones, de conocer al detalle hasta la última cloaca de la ciudad. Me deprimo y al instante yo solo me animo al pensar que siempre hará falta un policía como yo, que conozca de las miserias humanas, que sepa en qué callejón buscar, que no le importe hostiar los derechos de los cojones de tanto cabrón que anda por ahí suelto.

Al día siguiente voy a ver a Elena a su despacho. Quiero que me dé el informe forense del crimen. Ella lo envía siempre por correo interno a mi ordenador, pero yo ese bicho ni lo toco. Además, me gusta verla, quién sabe, a lo mejor coincide mi día de suerte con su día más tonto y se echa en mis brazos, me besa, se arrodilla, me besa, tira al suelo todo lo que ocupa su mesa y… ¡Maldita sea! Ya ni me acuerdo de cuándo fue la última vez que tuve una erección y ahora que estoy delante de su puerta tengo un bulto en el pantalón imposible de disimular. Saco un Ducados, me ayudará a relajarme. Pensaré en otra cosa, por ejemplo, en el crimen de esa chica: Dieciocho años recién cumplidos, bielorrusa y en España desde hace sólo tres meses. Lo primero que pensé cuando me llamaron y me hablaron de una chica muerta en ese hostal y en ese barrio, fue que, <<otra puta inmigrante asesinada por su chulo, o por las mafias del Este que las traen engañadas haciéndolas creer que van a ser modelos y que van a vivir una vida de lujo y pasión. El lujo se queda en un piso compartido con otras diez chicas, y la pasión la tienen que vender muchas veces al día por unos miserables euros, euros con los que deberán pagar los gastos que, según sus dueños, han generado el traslado y los papeles, además de tener que pagar su manutención y estancia. Casi nunca acaban de saldar su deuda y si alguna intenta escapar, acaba muerta ella o alguien de su familia en su país de origen>>. Pero esta chica es diferente, lo sé. No puedo decir que conozca a todas las putas de la ciudad, pero casi y, bueno, hay gente que tiene una habilidad especial para el fútbol, otros para las matemáticas e incluso hay hombres que dicen que entienden a las mujeres; pero yo no, mi don natural es reconocer a una puta. Alguien podría pensar que eso es fácil, si va vestida de puta, camina como una puta y te dice que por treinta euros te la chupa a ti y a tu amigo, entonces es que es una puta, ¡un genio! Pero yo me estoy refiriendo a algo que requiere un poco más de conocimiento de la naturaleza humana. Me refiero a las mujeres que no van disfrazadas de putas pero lo son. En su mirada se puede detectar, en sus ojos parecen haberse escrito historias que ni el rímel puede tapar, ni unas bonitas gafas de diseño disimular. Y sobre todo y ante todo: su olor. Las huelo. No lo puedo explicar pero las huelo, parece que algo se les queda impregnado en la piel y, por mucho jabón o perfume que se echen, siempre huelen a puta. Cuando entré en la habitación de aquel hostal me olió a puta, pero era difuso, es decir, era el olor habitual de aquel lugar, se podría decir que era el aroma general de todo el barrio y, aunque he dicho que todas las putas huelen a puta, esto no quiere decir que todas huelan igual, ni mucho menos. Y como sus ojos ya estaban muertos y no me podían hablar, me dejé guiar por algo mucho más racional para confirmar lo que mi olfato me indicaba. En su bolso se encontró la documentación y, tras unas llamadas, resultó ser la hija del embajador de Bielorrusia en España, —esto se va a poner calentito en cuanto se entere la prensa y, sobre todo, cuando su padre empiece a mover sus influencias, los teléfonos van a echar humo—.

La chica había venido con sus padres desde la gélida estepa para morir sobre las frías baldosas de este repugnante lugar. ¿Qué hacía aquí? No había signos de violencia, los labios perfectamente pintados no habían sido usados para amar. Estaba colocada en el suelo con las piernas estiradas, los brazos cruzados sobre el pecho y, lo más curioso, un líquido espeso y blanco en el ombligo. No me hizo falta acercarme mucho para darme cuenta de que era semen. Y allí en el semen, apagado un cigarrillo. No me cupo duda alguna que eso era obra de un tarado, un tarado peligroso.

Ya se me ha bajado, ¡sabía que no podía durar! Entro en el despacho de Elena. que me echa un broncón de la hostia por estar fumando. Tiene los ojos inyectados en sangre, me grita como si estuviera poseída por el demonio. Me tira el informe a la cara y me manda a la mierda. Voy a empezar a pensar que le gusto o que está como una puta cabra. No es normal que se ponga así sólo por un pitillo, aunque pensándolo bien, tampoco sería muy normal que a una chica de apenas treinta años, inteligente y lesbiana le guste un hombre como yo, pero esa aplastante y puta lógica no consigue quitarme esa idea de la cabeza.

Esto no funciona.

Otra noche sola. Otra noche esperando su llegada, esperando una llamada, esperando. No sé por qué me duele tanto este amor. Se supone que la gente cuando se enamora es feliz, que disfruta de cada momento compartido, incluso de las ausencias del ser amado, pues sabe que pronto desaparecerá el espacio entre ambos, y de ese anhelo se disfruta cada minuto, retozando cada segundo con ese sufrimiento gozoso del que solo se encuentra cuando el otro pronuncia tu nombre. Y otra vez gozarán de sus manos, de los labios, de los ojos amados.

Sin embargo, a mí el tiempo a su lado siempre me parece apresurado, me falta tiempo y soy incapaz de convencer a su boca para que se quede a mi lado y… a mí esto nunca me había pasado. No tengo experiencia en esto, y es que yo… yo nunca antes me había enamorado. Y creo que sé lo que pasa, y me da miedo hasta pensarlo, pues parece que si me detengo a oír lo que mi cerebro insiste en contar, se materializará ese miedo en frío y líquido metal que se derramará sobre mi corazón para que nunca más pueda amar. Me da miedo, pánico, terror, que llegue a ser verdad lo que insinúa mi razón y se niega a escuchar mi corazón. Pero aquel insiste con incansable terquedad y ya no lo puedo soportar. ¡Que hable y me deje de torturar! Escucharé, aunque no sé si algún día podré dejar de llorar. Y la verdad es que… en este amor la única enamorada soy yo.

Suena el teléfono. Me reclaman en un hostal del extrarradio de la ciudad. Al parecer se ha cometido un crimen, y soy la Médico Forense de Guardia este fin de semana.

¡Ya empezamos mal! En cuanto llego descubro que está dirigiendo la investigación el tipo más descerebrado de toda la Guardia Civil, y si esto fuera poco, además es un viejo salido, xenófobo, racista, machista, misógino y… ahora no se me ocurre ningún adjetivo despectivo más, pero seguro que hay al menos una docena más que le vienen al dedillo. El muy imbécil está fumando en la escena de un crimen, contaminándolo todo con la ceniza, con sus pisadas sucias, con su tos. ¡Me repugna! ¡Por qué no lo jubilan de una vez, o alguien le hace un favor y le pega un tiro y puede dejar de arrastrarse por el mundo manchándolo todo!

Miro mi teléfono móvil a cada minuto, pero nada, ni un mensaje, ni una llamada. ¿Y si ha tenido un accidente y yo aquí, con ganas de abofetearla? Prefiero no pensar en eso. Si a ella le pasara algo, me moriría.

Hago mi trabajo como un autómata, hace ya tiempo que los muertos han dejado de impresionarme. Esta chica…, otra chica asesinada por algún cabrón degenerado. ¿Qué les pasa a los hombres? ¿Por qué odian a las mujeres? Maridos que matan o maltratan a sus esposas, hombres que violan, hombres que casi siempre abusan, torturan a las que deberían amar. ¿Son así por naturaleza? ¿Son acaso una especie depredadora que merecería ser extinguida de la faz de la tierra?

Ya en el laboratorio analizo cada muestra, cada mínimo detalle. Es muy hermosa, creo que no se puede ser más bella, si estuviera viva sin duda perdería parte, o tal vez mucho de su encanto; quizás hablaría sin cesar de sí misma, de chicos, de ella y los chicos, de los chicos que le gustan y los que no, de ella y lo mucho que les gusta a los chicos excepto a uno que es un borde, aunque le encantaría gustarle porque es guapísimo aunque pasa de él. Cuando conocí a Nerea, yo sólo hablaba de ella, sólo pensaba en ella; tanto es así, que pasé en blanco aquel primer año de universidad, y eso que era una chica de sobresaliente, nunca obtuve menos de eso en el colegio y luego en el instituto. Mis padres se temieron lo peor, que había cogido alguna enfermedad, quizás depresión o drogas. Me costó muchos esfuerzos convencerles de que estaba bien, que era un problema de adaptación, nunca había salido de mi casa y les prometí que en septiembre recuperaría todas las asignaturas que había suspendido. Pero es que me había enamorado y no quería, no podía dedicar ni un segundo a nada que no fuera ella. Lo recuerdo ahora y no puedo evitar sonreír. Me enamoré en cuanto mis ojos acariciaron la piel de sus aniñados brazos, desnudos como iban estos en pleno invierno, pues sólo una chaqueta vaquera anudada a su cintura ocultaba el vestido que de estampadas flores multicolor cubría un cuerpo pequeño que sólo a duras penas podía retener su espíritu guerrero. Llevaba el pelo corto al estilo de las alocadas chicas de los años que precedieron a la Gran Depresión o a las novias de aquellos gánsteres del cine hecho en blanco y negro.

Al entrar en el aula captó de inmediato la atención de todo el mundo. Llevaba unas enormes botas militares —era imposible que una chica tan menuda tuviera los pies tan grandes—. Parecía imposible que esas piernas de colegiala desnutrida fuera capaces ni siquiera de despegarlas del suelo, cuanto menos andar y, sin embargo, yo la vi flotar, sin abandonar la sonrisa, sin miedo al qué dirán o a no gustar. Todo el mundo se dio cuenta que estaba loca, y yo, loca de amor, me sentí invadida porque de repente la ropa me quemaba e incluso temí que el ardor de mis mejillas disparara el sistema contra incendios. Y mientras esta idea absurda asaltaba mi imaginación, de inmediato, en ese mismo instante, la vi siendo rociada por esa agua nebulizada que empapaba sus flores, y estas, que son así de atrevidas y sin ningún respeto a las mínimas normas del decoro, se pegaron a su cuerpo y… Estaba en este sueño gozoso al borde del más desbordante suspiro cuando desde alguna recóndita parte de mi cerebro, casi de forma milagrosa, se logró enviar una alarma a mi razón: <<¡Despierta! ¡Estás en tu primer día de clase en la universidad y este no es el momento para delirantes elucubraciones y el lugar no se presta a deslizar manos, a tocar senos, a morder dedos y acabar con un gemido roto abrazada a la almohada!>>

De repente, la bruma que cubría mis ojos desapareció y los sonidos volvieron a asaltar mis oídos y con ellos mi vergüenza por si alguien se había percatado de mi excitación. Pero nadie, nadie se dio cuenta, cada uno estaba a lo suyo esperando que el profesor de biología hiciese su aparición. Nadie excepto Nerea que, sentada de lado en su silla, tres mesas por delante de la mía, me miraba sonriendo, sonriendo y entonces… entonces oí por primera vez su voz, que, como besándome, yo sentía que me decía «tú y yo vamos a ser muy buenas amigas».

Al acabar la clase me faltó tiempo para salir casi corriendo, tropezando con unos y con otros, pidiendo paso en el tumulto, empujando disculpas y lo sientos mientras salía a trompicones. Por fin en el largo pasillo pude respirar. Al final del pasillo la cafetería me esperaba —un café y un donut quizás asienten mi estómago y relajen el galope enloquecido de mi corazón—. Me dirigí a la barra y… ¡no me lo podía creer! Sentada en el primer taburete y con las piernas cruzadas de tal manera que apenas dejaba nada a expensas de mi imaginación me dice con la boca llena de ensaimada: <<ven, amor>>

Lo recuerdo bien. Fui hacia ella y el camarero que me pregunta y no le hago ni caso. Ella que me mira y casi a un palmo de mi cara tengo su nariz. El camarero insiste y no le escucho, que nada existe, que sólo estamos ella y yo. Me acerco más aún y su boca entreabierta de azúcar tiene la comisura manchada. Y mi lengua limpia y mi boca besa, y al separarme, sé que me llevo su dulzor a cambio de entregarle mi corazón.

A partir de ese instante compartimos cada día. Poco tiempo después también compartimos las noches, un piso de alquiler cerca de la universidad fue nuestro gineceo, el lugar donde inventábamos besos y descubríamos secretos.

Al año siguiente dejó la carrera de medicina, decía que no era para ella y se matriculó en arquitectura, al siguiente en filosofía; después, que era el arte dramático lo que le gustaba de verdad de la buena. No puedo recordar cuántas “de verdad de la buena” me dijo aquellos años, pero nada me importaba, compartíamos amor sincero, amor del bueno, de ese que a una se le escapa en cada gesto, en cada beso, en cada sonrisa, y en la cama construíamos castillos de ensueño, vencíamos a dragones, conquistábamos territorios nuevos. Pero algún día todo cambió. Me esfuerzo por recordar algún momento concreto, algún acontecimiento que me permita explicar este ahora tan triste, tan vacío, tan… Tengo que ser sincera conmigo, tengo que reconocer que este ahora que me duele tanto dura ya un año, quizás dos.

Nerea.

Leo el informe de Elena. Me encanta pronunciar su nombre, es como si un destello iluminara algún rincón perdido en mi abotargado cerebro.

Lo que me imaginaba: el rojo de sus labios es el tono Rich Red de la casa Estée Lauder. El vestido rojo resulta que no es rojo sino color frambuesa —yo en mi vida he visto una frambuesa, ¡cómo coño voy a saber de qué color son!—. La laca de uñas de manos y pies es 528 – Rouge Puissant de Chanel. El semen resulta ser semen, ¡menos mal! Pero el ADN no encaja con el de ninguno de los violadores o agresores sexuales que tenemos registrados.

Causa de la muerte: estrangulación con las manos, pero sin ninguna huella. Evidentemente es un tarado pero no gilipollas y tomó la precaución de ponerse guantes.

Huellas: trescientas mil o más. Por esa habitación han pasado durante años putas, clientes, chulos y maricones, y jamás han hecho una limpieza en profundidad. Se han encontrado restos de semen, flujo vaginal, diferentes productos químicos estimulantes, retardantes o simplemente lubricantes, sangre, orines de diferentes especies e incluso restos fecales de rata. Lo que decía, habría que tirar una bomba de napalm para desinfectarlo.

El cigarrillo apagado en el semen de su ombligo es un Ducados, y el ADN de la boquilla no coincide con el del semen. ¡No coincide! ¡Quién coño apagaría su cigarro en el semen de otro hombre que se ha corrido en el ombligo de una chica muerta! Estamos ante dos tarados. Dos asesinos tarados. Y la chica no sólo no ha sido violada, sino que era virgen. ¡Increíble! Esto sí que es un notición, una bielorrusa de dieciocho años con un cuerpazo de escándalo que lleva tres meses en España, ¡y virgen!

Los interrogatorios son tan inútiles como imaginaba. Nadie sabe nada, nadie ha visto nada, nada de nada. De esta o me echan del cuerpo o me ponen una medalla. ¡Apostaría por lo primero!

Me dan aviso de que el hijoputa de mi jefe quiere verme en su despacho. Ya ha saltado a la prensa el asesinato de la hija del embajador y, como me temía, las circunstancias del crimen y la posición de su padre han hecho el resto. Si hasta se ha reunido con el ministro del Interior y, después, han dado una rueda de prensa en la que ha agradecido al ministro su promesa de poner todos los medios disponibles en la resolución de este atroz crimen.

Me enciendo un cigarrillo, no vaya a ser que sea el último que me fume en mi oficina. Cuando lo termino enciendo otro y me dirijo al despacho del Hijoputa releyendo todos los datos que se conocen de Bibiana y ¡creo que he visto algo!, pero… Me siento en una silla al lado de la máquina del café e intento a duras penas concentrarme en cada dato, pero mi mente parece fragmentada, como si una cosa no tuviera nada que ver con la siguiente. Creo que me estoy haciendo viejo, ¡qué coño!, soy viejo, mucho más viejo que lo que mi edad dispone, incluso más viejo de lo que mi aspecto impone. Soy inmensamente viejo, o al menos así me siento. Será por eso por lo que mi cerebro ya no funciona bien. Debería haberme jubilado hace años, antes de que me echen por incapaz. Pero es que me da pánico el qué hacer a la mañana siguiente. Nadie me espera al llegar a casa, nadie. Nada me gusta ni me interesa. No me gusta pescar, ni pienso ir a tomar el sol a Benidorm, tampoco colecciono sellos o construyo barcos dentro de botellas y, como la muerte puede que se haga esperar, que nunca se sabe cuándo viene la hijaputa a recoger la cosecha y, aunque parezca que ya tengo un pie en la tumba, he visto casos peores a los que les cuesta años meter el otro pie en el hoyo. Es como si ni Dios los quisiera y a Satanás no le corriera prisa recoger sus emponzoñadas almas, entretenido como está en corromper otras que están en duda, a sabiendas de que aquellas son ganancia segura que tarde o temprano caerán en su zurrón. Pero ya lo he decidido, cuando acabe este caso, me retiro, que cualquier día de estos se me olvida dónde está mi casa o cuál es mi nombre. Espero no se me olvide cómo pegarme un tiro. La cobardía necesaria para la huida sé que no me abandonará.

Y otra vez releo el informe de la chica muerta. Necesito encontrar algo, algo que mi olfato de viejo policía pueda husmear y seguir. Siempre hay algo turbio en la vida de las personas, y por muy santa que parezca la hija del embajador, seguro que tiene…, tenía, algo sucio y oscuro que esconder bajo la alfombra, ¡siempre hay algo! Porque este asesinato no es casual. No es que se haya tropezado con el asesino al entrar en el portal de su casa. Ha sido perfectamente calculado y ejecutado por alguien cuyos motivos se me escapan, pero al que me encantaría sacárselos a hostias.

Y otra vez, y…, un nombre intenta dibujar en mi mente una imagen. Al principio apenas dos tonalidades de grises que se entremezclan. Insisto en leerlo una y otra vez mientras en la imagen de mi cerebro otros colores se presentan acompañados de sonidos que no puedo identificar. Todo cambia de repente, todo. Puedo ver aquella escena con toda claridad, como si ocurriera en este mismo instante ante mis ojos.

Hace unos meses, quizá un año. Elena está en un bar de copas hablando alegremente entre un grupo de personas elegantes y guapas que se divierten distraídamente en el local de moda de este invierno.

Son las dos de la madrugada y, como otras ya infinitas noches, abandono la fría cama cansado de mirar un techo que se agrieta, de una habitación cada vez más pequeña y más llena de sombras. Camino por las calles y casualmente un escaparate exhibe a lo mejorcito de la ciudad: abogados de éxito y juezas desengañadas, médicos divorciados, modelos venidas a menos con su mercancía a punto de caducar que intentan, en un asalto final, noquear a algún simulacro de hombre cargado hasta las trancas de dinero y posición; diseñadores de moda de la última media hora y algún futbolista. Pero a mí sólo me interesa Elena. Ella se ríe con unos y con otras. A su lado una chica menuda y con atuendo estrafalario desliza su mano por la cintura de mi forense, luego la baja aún más y le toca el culo. Le dice algo al oído que debe de ser muy gracioso porque ella se ríe en amplia carcajada, luego acercan sus bocas y se besan…,  y se besan. Esa debe de ser esa novia suya de la que me han hablado —pienso—. Son hermosas. Sus besos abrazan. Me moriría feliz si ella me besara a mí así. ¡Estúpido viejo!, ¡cómo se te ocurren semejantes disparates! ¡Anda, vete ya, que estás hoy especialmente patético!

Me voy sopesando esa idea disparatada. Al parecer, a Elena le gustan pequeñitas, puede entonces que yo tenga alguna oportunidad. Me río, <<¡seré gilipollas!>>.

Esa novia suya, tan rara y bonita, tiene un nombre y curiosamente coincide con el nombre que no paro de releer desde hace ya un buen rato. Nerea no es un nombre muy común, pero a pesar de ello quizá haya en esta ciudad un par de decenas de miles de Nereas, pero me da que esta es la Nerea que le come todo lo suyo a mi Elena, la misma Nerea que vi en aquel bar y la misma Nerea que he seguido después en un par o más de ocasiones  Al parecer, asistía al mismo curso de literatura que la chica muerta. ¡Me va a tocar hacerle una visita! Al final quizá disfrute de esto…

Continuará…

Juan Ramón Lorenzana 

Solo una ventana

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Drama

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Juan Ramón Lorenzana. La ilustración es propiedad de Paloma Muñoz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Solo una ventana.

A la atención del señor director:

Sé que sería un poco absurdo reiterar por enésima vez esta solicitud sin previamente reconocer, sin ambages, que fui yo y solo yo el auténtico criminal. Discúlpeme por, a pesar del tiempo transcurrido, ser incapaz de pronunciar su nombre y aún menos escribirlo, y permítame por tanto continuar con esta petición saltándome ese intrascendente detalle en el conjunto de acontecimientos de interés en esta mi lamentable historia. Y por favor, no tire precipitadamente a la papelera esta misiva sin leer antes lo que, esta vez sí, puedo asegurar son significativos cambios en mi actitud y conciencia y, por lo tanto, de la explicación con datos muy concretos de los hechos por los que cumplo esta condena y con los que, sin duda, serán satisfechas sus reiteradas exigencias hacia mi persona de reconocimiento de los hechos, aceptación de la pena impuesta y, lo más importante, la revelación del lugar donde está enterrada.

Solo quiero una ventana. Una ventana por donde ver el cielo azul. Una ventana por donde entre el aire fresco de la mañana. Una ventana por donde mirar y quizá ver pasar algún pájaro volando. ¡No pido mucho, señor director! Ni siquiera una ventana por donde entre el sol, tan solo quiero ver luz de verdad y no la que proviene de esta triste y amarillenta bombilla.

Era muy joven e inconsciente. Me distraía con facilidad de las cosas verdaderamente importantes y tomaba el camino fácil de la satisfacción de mis instintos sin tener en cuenta que no somos una isla en este mundo, que a nuestro alrededor existen personas que también tienen sentimientos y a las que nuestros actos y nuestra forma de relacionarnos con ellas les afectan, y mucho. Ahora soy consciente de ello, ¡ahora sí! Pero entonces todo me parecía una broma, ganas de ponerme dificultades y limitar mi creatividad, ¡el mundo estaba equivocado y tarde o temprano se daría cuenta!

Me duele explicarle cómo lo hice y más aún contarle por qué lo hice, pero sé que debo ser absolutamente correcto y sincero en esta descripción si quiero apelar a su humanidad y compasión y me permita tener esa ventana  por la que pueda ver si aún es de día o ya es de noche, una ventana por donde entre el frío o el calor, el olor a tierra mojada, quizá la nieve. Una ventana por la que pueda sacar el brazo y pueda sentir en mi piel la lluvia fresca. ¡Solo pido una ventana!, soy consciente de que jamás saldré de aquí sin antes cumplir con todas sus exigencias y redactar sin un solo error u omisión todo lo acontecido. Usted ya me lo ha dejado claro, mi pecado fue tan grave, tan obscenamente cruel y despiadado que me merezco el castigo y mucho más, pero…

La veía siempre a su lado. Nunca le faltaban motivos para tocarla, acariciarla y sonreír, casi siempre mirando hacia mí, ¡o al menos yo lo sentía así! La rabia y los celos me volvieron loco. La envidia y mi absurdo sentido del ridículo hicieron el resto. Ni por un momento se me pasó por la cabeza que me estuviera haciendo un favor. Yo debía madurar, debía saber que no se puede tener todo y ya, que hay un tiempo para dar y otro para recibir, que hay un tiempo aprender y otro para enseñar, que habría un tiempo para mí pero que ese momento era suyo, suyo y de ella. No sé si fueron las risas de los demás o que no pudiera evitar sonrojarme, el caso es que decidí en aquel mismo momento que me vengaría de usted y lo haría haciendo el mayor daño posible a lo que usted más amaba.

Espero que aprecie en mis palabras la absoluta sinceridad de ellas y no su evidente crueldad. No quiero, como en otras ocasiones anteriores, hacerle creer que fue sin intención o un lamentable error, y por supuesto, no voy a reiterar mentiras vacuas y sin sentido como las que dije durante los primeros tiempos de encierro en las que mi soberbia y estulticia me impedían reconocer mis atroces errores, pensando, absurdamente, que podría engañarle, manipularle y hacerle dudar sobre mi culpabilidad y la justicia de la pena impuesta. Todo aquello pasó, con dolor, pero pasó y ahora pienso ser con usted brutalmente sincero y absolutamente correcto.

Sabía que estaría sola. Era la última clase del viernes y usted se fue precipitadamente. No me costó mucho acercarme a ella y disimuladamente esperar a que todos los demás se hubieran ido. Después, la verdad es que no se resistió mucho y solo le di un par de puñetazos llenos de odio pero que me ayudaron a soltar un poco los nervios que me atenazaban. ¡Funcionó!

Es increíble lo que se puede hacer con un simple cúter. Usted y todos los demás lo saben porque saqué algunas partes de ella y me las llevé. El resto lo arrojé sobre su mesa. El lunes siguiente estaba el primero junto a la puerta, no quería perderme ningún detalle y, cuando usted llegó y abrió…, su cara de incredulidad, de miedo, de asco, fue mi mejor recompensa. Fue tanta la dicha que asomó a mi cara que, aunque los demás no se dieron cuenta, usted se percató inmediatamente de mi satisfacción. Ahora sé que usted me tenía calado desde el principio, que sabía de mi fondo ruin y tenebroso, y por eso dirigió su mirada hacia mí. No me dijo nada, no podía, no tenía ninguna prueba, usted lo sabía y yo también, por eso dejé que viera mis afilados dientes.

Nadie sabía nada. Nadie había visto nada. Las cámaras de seguridad, instaladas únicamente en los accesos y los pasillos, no habían grabado nada extraño. Las alarmas no saltaron. Los interrogatorios no dieron ningún fruto y, con el paso del tiempo, todo volvió a la normalidad, o al menos eso creía yo.

Le vi la cara, señor director. Justo antes de que me pusiera la mano encima y me volteara como a un peonza. Vi sus ojos inyectados en sangre. Después, debí de perder el conocimiento porque soy incapaz de recordar el trayecto recorrido hasta llegar a esta celda sin ventana donde llevo tanto tiempo rumiando mi desgracia.

Ya le he contado casi todo, señor director, y sé que quiere más de mí, pero le aseguro que no puedo decirle exactamente dónde están los dos pedazos que arranque de ella porque… Era noche cerrada. La luna era ridículamente menguante y la fría niebla calaba hasta los huesos. En esas condiciones, la verdad es que no me di mucho tiempo. Solo quería terminar cuanto antes, enterrar mis trofeos y salir corriendo. Tan solo le puedo decir que…, recuerdo dos grandes olmos junto al río justo después de cruzar el puente, y una gran roca medio cubierta de musgo. Al lado de esta, una más pequeña en comparación pero que no pesaría menos de veinte kilos. Bajo esa piedra los dejé, ¡se lo aseguro! Esta vez sí que le digo la verdad. Allí están enterrados los dos pedazos que extirpé de ella sin ton ni son. Solo después supe que se trataba del capítulo VI  de las abreviaturas y un par de hojas sueltas sobre el uso de la g y la j. El resto de la última edición de la Ortografía de la Lengua Española la dejé casi intacta.

A la bondad de su alma y a la justicia de su corazón apelo, señor director. Sé que debo pasar todas las tardes, después de las clases, escribiendo mi confesión una y otra vez hasta que lo haga con absoluta sinceridad y, sobre todo, con total respeto a las normas gramaticales y ortográficas. También soy consciente ahora de mi escaso conocimiento y poco seso, pues llevo catorce largas tardes haciéndolo y usted siempre me la devuelve repleta de correcciones y anotaciones al margen.

No sé cuánto tiempo puede durar esto. Es evidente que he mejorado, pues ya no se ven tantas tachaduras de su intransigente aunque justo bolígrafo rojo, pero sigo viendo siempre ese terrible «Repítalo otra vez» al final de cada una de mis redacciones. A este ritmo pasaré en este cuartucho el resto del curso y quizá más allá si usted le cuenta a mi madre lo que he hecho y lo burro que soy.

Tan solo le pido una ventana, señor director. Una ventana que me permita ver la luz del sol, sentir el aire fresco, oír a mis compañeros jugar en el patio. Una ventana estoy convencido de que me estimularía en este denodado intento mío por ser mejor persona con los demás y para mí mismo, y como usted mismo dice: «Esforzarnos en escribir correctamente demuestra lo mucho que respetamos a los que nos leen».

Muchas gracias, señor director, por su atención y enseñanza.

Le saluda atentamente su peor alumno: J. R.

Juan Ramón Lorenzana

Ilustración de Paloma Muñoz

 

Chicas, sangre y dulce de membrillo

Autor@: Juan Ramón Lorenzana

Ilustrador@: Verónica López

Correctora: Mariola Díaz-Cano

Género: Negro

Rating: +18

Este relato es propiedad de Jesús Cernuda. La ilustración es propiedad de Paloma Muñoz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

 Chicas, sangre y dulce de membrillo.

¡Estoy harta, muy harta! El espantoso frío parece pretender colarse en mis huesos y masticarlos como si estos fueran de madera y aquel, maldita carcoma. La impenitente lluvia no cesa de mojar las ya encharcadas aceras. El impertinente viento intenta permanentemente levantarme la falda. Y no hay nadie en la calle a quién poder hincarle el diente. ¡Estoy harta, muy harta!

Había salido a la calle a primera hora de la mañana con la mayor de las ilusiones. El día amanecía espléndido, el sol de otoño acariciaba cuanto tocaba cubriéndolo con un liviano y dorado resplandor que presagiaba un precioso día, quizá el último, antes del largo invierno. Me puse un monísimo vestido de Desigual que me había comprado en las rebajas de agosto y que, no sé por qué, no me había puesto todavía, lo que supuse que significaba que se había estado reservando para este día, que yo presumía especial, como si el vestido poseyera conciencia de sí mismo y yo no tuviera voluntad ni control sobre él. Una fina chaqueta negra con una enorme flor roja en el costado izquierdo fue lo único que pensé que podía hacerme falta por si al atardecer le daba al tiempo por refrescar. Para terminar la visión ideal que me devolvía el espejo, me puse en los pies unas preciosas sabrinas plateadas con la lengüeta en color rosa coral.

No refrescó, creo que eso ya está claro, simplemente llegó el desagradable y odioso invierno en el intervalo de tiempo que transcurrió entre que crucé la puerta de la confitería de Manuel, (si algún día se me pasan las ganas de mujer, al primero que me tiraré será a Manuel; tiene unas manos bonitas y huele a dulce de membrillo) y me tomé un café con leche y una tostada con mermelada de mandarina. Al salir estaba cayendo el diluvio universal. La temperatura había caído…, se había suicidado, y un viento huracanado procedente, seguramente, de las estepas siberianas hacía que la lluvia no cayera, como presupone el verbo, verticalmente, sino que era cruelmente paralela al suelo con el peligro que suponía de ahogamiento si se te ocurría caminar con la boca abierta. Llegué a mi casa empapada, helada y muy muy cabreada, lo que, aunque no justifique lo que hice a continuación, sí que hace más comprensible, al menos ante mis ojos, lo cruel y desagradable de mi comportamiento con Raquel. Y es que soy una vampira, y no existe en el mundo nada más peligroso que una vampira cabreada.

Me gustan las chicas delgadas y deportista de esas que la piel cubre unos torneados músculos alimentados por grandes y elásticas venas. También me gustan las escuálidas esas que ya sea por aflicción o por afición, no se echan bocado a la boca y sus finas y delicadas pieles parecen quedar holgadas con lo poco que tienen que tapar, tan poco que se puede ver a través de ellas unas finas y azuladas venillas que parecen suplicar que alguien les quite un mucho del amor que a raudales recorre su cuerpo llenando de pasión su corazón.

Me gustan las chicas gorditas y graciosas porque es una dulzura arrancarles la ropa y retozar entre sus adorables carnes en busca del tesoro que esconden entre sus rechonchos brazos y piernas, entre pliegues y blandas redondeces que beso y aprieto, que palpo y lamo hasta encontrar ese lugar perfecto donde clavar los incisivos y extraer la savia de su vida que me da la mía.

Me gustan las chicas tristes porque se entregan sin reparos esperando una muerte rápida que yo no les doy porque prefiero jugar con ellas hasta que una luz de esperanza aparece en su mirada y, entonces, no dudo en robarles hasta la última gota de su nueva y dulce sangre, dejándolas después adormecidas para siempre como a melancólicas hojas secas.

Me gustan las chicas malas porque creen que me pueden ganar, que están de vuelta de todo, que nadie ni nada las va a sorprender y que pueden pasar por encima de cualquiera. Qué gusto me da morderles la lengua justo en ese momento en que su soberbia y engreimiento se encuentran y se saludan en la cumbre de su ignorancia. Cuando su boca se llena de sangre, algunas intentan clavar uñas, intentan dar patadas, intentan resistirse, pero eso solo dura unos segundos; después, como todas, se entregan sin más señales de su miedo y desconcierto que las lágrimas y los mocos que también me como, pues son el mejor final para una noche de amor y sangre.

Me gustan las morenas y las pelirrojas, las rubias me gustan también. Me gustan las bajitas y las universitarias o amas de casa. Me gustan las dependientas de mis tiendas favoritas, las maestras de escuela y las que conducen autobuses. Me gustan mis vecinas, sobre todo la zorra del tercero B, que va por su quinto novio en los tres meses que lleva viviendo aquí. Me gustan las Frikis, las Góticas, las Hipsters, las Pijas, las Mods y las Canis. Me gustan las tontas del culo, las solamente tontas y sobre todo, las tontas que se creen listas. Me gustan las chicas que llevan sus libros apretados contra el pecho camino de la biblioteca, las que con la tabla de surf bajo el brazo avanzan en dirección al mar por el paseo de la playa de San Lorenzo; las que patinan, las que comen helados y las que subidas en impresionantes zapatos de tacón y embutidas en elegantes y ajustados trajes llaman un taxi levantando enérgicamente la mano. Me gustan las chicas de pechos inabarcables para mis pequeñas manos y las que tienen los ojos verdes, o azules, o de color como la miel. Me gustan las chicas y por eso todavía no me he tirado a Manuel, que es muy simpático, tiene el culo prieto, huele a dulce de membrillo y tiene unos ojos donde una podría perderse para siempre olvidando lo que de verdad le gusta.

Me gustan todas las chicas… Todas menos Raquel. Por eso, cuando llegué a casa tan empapada, tan cabreada y con tanta hambre, no pude evitar tirar mi otrora bonito vestido a la basura, y como me conozco y no quiero hacer una locura que haga sospechar a nadie lo que soy en realidad, intenté calmar mi rabia con una ducha caliente y luego con un ardiente chocolate con magdalenas. Pero nada conseguía calmarme los nervios ni la insoportable sed de sangre, una sed incomprensible para las personas normales porque no nace del estómago o de alguna específica zona del cerebro que te indica que debes beber algo para no deshidratarte y morir, sino de un lugar oscuro y ya muerto que reclama inmediata y vorazmente un sacrificio de sangre, un lugar al que es mejor escuchar y hacer caso si una no quiere convertirse en un ridículo montoncito de polvo.

No podía más, así que subí saltando de terraza en terraza hasta la casa de Raquel, situada en el último piso del edificio de siete plantas contiguo al mío. La muy puta no era muy precavida o no tenía la más mínima sospecha de que una vampira tuviera tantas ganas de romperle el cuello y saciar su rabia chupando hasta la última gota de su sangre. Probablemente eran ambas cosas y por eso le agradecí en silencio que tuviera abierta la puerta corredera que daba al salón. Pude perfectamente oír su estúpida risa, sus espantosos ruidos guturales, sus obscenas súplicas y el rítmico golpeteo de dos cuerpos fornicando como vulgares perros.

Yo ya sabía lo que me iba a encontrar cuando cruzara el dintel de la puerta del dormitorio de Raquel, la única duda era si vería primero la cara de esa zorra o el culo del jefe de Manuel. No lo he dicho antes, pero Manuel tiene un contrato de media jornada en la confitería, aunque es él el que sube la persiana a primera hora de la mañana y es él el que la baja no antes de las once o doce de la noche. Su jefe es un degenerado que tiene varios negocios de hostelería por toda la ciudad, un tipo grandote, grosero y sucio cuya única habilidad en la vida es saber ganar dinero, que al parecer es también la única destreza digna de admiración para mucha gente, incluida Raquel. Manuel, sin embargo, es educado, amable y culto, todas ellas cualidades absurdas según Raquel, que no duda en echarle en cara su manía de leer poesía y de cuidar los geranios y sus peces de colores.

Fue el peludo culo del jefe de Manuel lo primero que vi. Y él fue su corazón lo último que vio porque se lo enseñé antes de aplastarlo contra su asombrada cara. La puta de Raquel seguía fingiendo y gemía como si estuviera sumida en un permanente orgasmo, aunque hacía ya varios segundos que el jefe de Manuel había dejado de moverse y su flácido pene había eyaculado sobre el colchón. Pero la muy guarra parecía no percatarse de nada, quizá porque el jefe de Manuel permanecía de rodillas tras ella sin caerse debido a que su abultada barriga reposaba sobre la espalda de ella logrando con ello un equilibrio raramente estable. Pero la muy guarra seguía moviendo el culo y gimiendo, lo que provocó un corrimiento catastrófico de masa abdominal y, por ende, que el jefe de Manuel se cayera sobre la cama y después rodara hasta estrellarse contra el suelo. Ahora sí la puta de Raquel despertó de su trance y, justo antes de empezar a gritar, la agarré por la garganta y la aplasté contra la pared.

Tengo que reconocer que, al final, la vida de Raquel tuvo algún sentido, al menos para mí. La hice sufrir mucho, lo reconozco, pero era necesario, no porque además de vampira sea una sádica y me guste torturar a la gente, pero es que, de vez en cuando, es muy agradable beber sangre amarga, sangre que solo se consigue si el portador de la misma padece durante horas los más insoportables sufrimientos. Raquel los padeció durante tres largas horas, y su sangre me gustó y me sació.

Fue Manuel el que descubrió la dantesca escena cuando llegó a su casa, y fue Manuel al que detuvo la policía como sospechoso del brutal asesinato de su mujer y del amante de esta. Pero eso no me preocupó. Yo sabía que la policía, por norma, es tonta del culo y van a lo fácil. Pronto lo dejarían en libertad porque multitud de personas declararían que lo vieron trabajando en la confitería en el momento que se cometían los crímenes.

Pronto Manuel estaría en libertad, sin la zorra de su mujer y sin el degenerado cabrón de su jefe.

Pronto me tiraré a Manuel, que tiene los ojos del color de la miel, el culo prieto, las manos pequeñas y huele a dulce de membrillo.

Ilustración de Verónica R. López

Juan Ramón Lorenzana

La confesión de Robin

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Drama

Rating: +16

Este relato es propiedad de Juan Ramón Lorenzana. La ilustración es propiedad de Sergio “Gan” Retamero. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La confesión de Robin.

—No te enamores nunca, Robin, no te enamores nunca…

—Tu consejo llega un poco tarde, Batman.

—No te enamores nunca. El amor te debilita, te hace dependiente de las decisiones y acciones de otra persona. Te conviertes en un ser fácilmente manipulable y enormemente frágil. No te enamores nunca, Robin. Yo no me he enamorado nunca y… soy prácticamente indestructible, una inamovible roca sobre la que se sustenta la seguridad de Gotham City.

Resultaba extrañamente patético oír sus palabras mientras se acurrucaba en aquel oscuro y sucio callejón acompañado únicamente por una botella de whisky que parecía estar a punto de quebrarse bajo la presión de su amoratada mano. Allí se escondía de sí mismo para… quizá olvidar o recordar o para expulsar de su corazón lo que fuera que le hubiera trastornado de aquella manera.

Ilustración de Sergio “Gan” Retamero

Nunca lo había visto en semejante estado. Se había quitado la máscara que protegía su identidad, y entre dos contenedores de basura me hablaba con palabras de borracho.

—No te enamores nunca, Robin… Y sin embargo, nunca me sentí más fuerte que cuando ella se acurrucó sobre mi pecho. Nunca me sentí más yo, más completo, más entero, que cuando ella me susurró al oído aquel “te quiero” que llenó de luz mi pecho.

—¡Y entonces…! ¿Cuál es el problema? Tú la quieres y ella te ama a ti también…

—Ella está muerta.

—¡Dios mío! ¿Qué ha ocurrido? ¿Ha sido Joker, El Pingüino, Dos Caras…? Iremos a por quien haya sido y se lo haremos pagar a hostias. No tendremos compasión con ese miserable. Lo despedazaremos. Se arrepentirá de lo que ha hecho y…

—No ha sido ninguno de ellos, Robin.

—Entonces…¿quién…?

—Robin, ¡me quiero morir! ¡Ayúdame!

Me lo dijo extendiendo ambos brazos hacia mí, con la botella aún en la diestra y los ojos bañados en lágrimas. Batman me pedía ayuda; no estaba seguro de si era para darle una razón para seguir viviendo, o para morir y así poder huir definitivamente de su tormento.

—Me estaba asfixiando. Una bolsa negra con solo un par de agujeros me cubría la cabeza. ¿Qué me estaba pasando? ¿Cómo había llegado allí…? ¿Dónde estaba? Lo último que recordaba es que… ¡Selina!

»No podía ver nada, pero era evidente que alguno de mis enemigos había tenido la suficiente paciencia como para esperar el momento preciso en el que yo bajara la guardia y, entonces, drogarme y secuestrarme, ¡maldito hijo de perra!

»Tenía fuertemente sujetos los tobillos y las muñecas por unas abrazaderas metálicas de las que salían tensas cadenas que me suspendían en el aire. Algo parecido a un corsé me ceñía la cintura con una presión que apenas me dejaba respirar y… nada más. Estaba desnudo; lo notaba en el aire caliente que me rozaba la piel proveniente de una chimenea cercana. Debía utilizar los sentidos que aún tenía útiles a pesar de que incluso estos estaban todavía embotados por la droga que me había suministrado. No era capaz de reconocer ningún otro sonido más allá del crepitar de la leña de nogal y mi entrecortada respiración. No podía oler nada más que el olor de la madera quemada y… ¡a Selina! ¡Malditos miserables! Ella estaba allí, lo podía sentir y… Un ataque de furia me invadió y las cadenas chirriaron, pero ni un milímetro cedieron los anclajes a los que estaban sujetas. Eso y la falta de oxígeno me obligaron a renunciar rápidamente a mi pretensión. Grité, grité como no lo había hecho nunca, pero no recibí más respuesta que mis ahogados sollozos. Lloré, lo reconozco, no recuerdo cuándo había sido la última vez que había llorado, quizá de niño, supongo, pero esta vez lloraba de impotencia al imaginar que ella estaba como yo, a mi lado, atada como un animal igual que yo, con una bolsa en la cabeza como yo, y llorando como yo.

—Pero, Batman, ¿cómo llegaste a esa situación, cómo pudieron sorprenderte de esa manera… a ti? Tú que controlas todas las circunstancias, que dominas el entorno, que controlas los escenarios y las personas que en ellos se mueven. Tú que… jamás dejas que los sentimientos controlen tus acciones.

—Por eso, Robin, por eso. Lo necesitaba, por una vez tenía que sentir de verdad, sin que mi inteligencia o mi miedo me dijeran a cada instante qué era lo que debía hacer. Lo necesitaba y lo hice; desconecté todas las alertas y la dejé entrar en mi casa…

Batman estaba roto. Un largo trago de whisky detuvo su relato. Yo esperé impaciente a que recuperara un poco el sosiego y continuara con su historia. Batman debía expulsar los monstruos que le devoraban las entrañas. Yo esperaba que no fuera demasiado tarde y que sobreviviera al pagano exorcismo.

—Yo sabía que era una ladrona. Yo sabía que no era de fiar. Muchas veces antes me había hablado de amor con pequeños gestos, con miradas, con insinuaciones, pero… Yo sabía que era una flor del mal, que no tenía corazón y que utilizaba con destreza su belleza como si fuera la más afilada de las dagas… o la más eficiente de las llaves maestras.

Batman se interrumpió con una extraña mueca que podría haber pasado por una carcajada si no fuera por la baba y el whisky que brotaron de improviso de su boca.

—Me dijo… Me dijo que sabía que parecía una zorra; pero que en realidad era muy tonta porque… se había enamorado… de mí. Y yo ya había resuelto creerme lo que me dijera, y cuando la dejé entrar en mi habitación, durante los dos o tres segundos que tardé en cerrar la puerta tras de mí, ya había decidido que creería todo lo que ella me dijera, que sentiría todo lo que ella me hiciera, y que no habría mascaras, ni capa, ni cadenas, ni cueros, ni miedos, ni vergüenza o pensamientos que me apartaran de mi deseo. Quería sentir de verdad, quería abrir los brazos y dejarme llevar por un querer verdadero… Y así fue.

»Dejé que ella mandara, que me quitara con su lengua, con sus manos, con sus labios, la piel muerta que envolvía mi cuerpo y no lo dejaba respirar ni sentir; pero con eso no se conformó, ni yo esperé menos de ella. Dedo a dedo, músculo a músculo, su boca lamió y me besó los ojos, nariz y orejas. Su sexo en mi boca, sus gemidos, su… No sé en qué momento perdí la conciencia ni cómo o por qué me trasladaron a aquel lugar. Lo que sí sé es que cuando me quitaron la bolsa que me cubría la cabeza, el primer rostro que vi fue el de Selena, y su sonrisa me dijo que había sido ella, que todos los besos y todas las palabras de amor habían sido una gran mentira y…

—Y… tuviste que matar a la muy puta para salvar tu vida. Batman, no te sientas culpable, sólo te defendiste de esa mala zorra. ¡Le diste su merecido!

—No, Robin, no. Ella no pretendía matarme. Me soltó las cadenas, me quitó el corsé y allí, de pie, frente a frente me dijo que… ¡Ya está! Y se fue entre risas…

—¡Cómo que ya está! ¿Qué significa eso?

—Significa eso, ¡que ya está! Solo pretendía demostrar que podía hacerlo y que lo había hecho. Que podía hacer que me enamorara de ella. Que podía conseguir que le abriera mi casa y mi corazón a sabiendas de que ella era una zorra mentirosa y que, sin embargo o precisamente por eso, lograría vencer todas mis precauciones, que me pondría a su merced en cuerpo y alma, y que ya vencido, con mi vida en sus manos, ella tendría todo el poder sobre mí, que podría elegir entre matarme o permitirme seguir viviendo.  Y eligió lo segundo porque quería que recordara para siempre que ella había ganado, que podía irse y dejarme tirado como a una colilla.

—Pero… entonces…

—Le supliqué. Te lo imaginas, Robin. Le supliqué y ella se rio y… Me dijo que continuara con mi vida, que ella había muerto para mí y que no tardaría en olvidarme. Que ya me había olvidado.

Ya está bien, cabrón de mierda, no quiero oír ni una puta palabra más. Después de todo este tiempo de esperar, de soñar con que… quizá, algún día, tú… Y te enamoras como un imbécil de esa…

Eso fue lo único que le dije, después solo se escuchó el ruido metálico del contenedor de basura y el crujir de su cráneo al romperse.

Es curioso que, con el insoportable dolor que produce, el corazón no haga el menor ruido al romperse.

Robin.

 

Otro verano, y van cinco

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Desengaño

Rating: Todos los devotos de la tristeza

Este relato es propiedad de Juan Ramón Lorenzana. Las ilustraciones son propiedad de Rafa Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Otro verano, y van cinco.

Recojo pedacitos. Es difícil, la explosión fue tan sorpresiva y la onda expansiva alcanzó tales dimensiones que se quedó destruido en incontables pedazos que fueron lanzados a los más lejanos e inimaginables lugares. Quizá si hubiera empezado a recogerlos en cuanto sucedió, hubiese podido encontrarlos con más facilidad y no me llevaría tanto tiempo y esfuerzo, pero en aquel momento no estaba yo para nada y, además, creía que ya no lo volvería a necesitar, y entonces, para qué molestarme en buscar.

Me gustaría decir otra cosa, pero digo que el primer trozo lo encontré, por casualidad, entre los geranios de mi jardín, cinco tristes veranos después de aquel traumático suceso que desbarató mi vida y deshizo todos los principios y convicciones en las que se sustentaba mi personalidad. Podría pensarse de forma optimista y considerar positivo desprenderse de todas esas normas, creencias y prejuicios en los que nos basamos para tomar nuestras decisiones y nos permiten ser capaces de situarnos en el mundo con unas coordenadas claramente definidas; pero eso a mí no me ocurrió. Yo necesitaba saber dónde estaba, tener unas pocas cosas en las que creer y tener a alguien a quien querer. Lo curioso fue que al fallarme esa última necesidad, todas las demás, incomprensiblemente, también fallaron, y entonces me quedé completamente liberado, tanto como lo puede ser una marioneta a la que de repente le cortan todos los hilos que la sustentan. Y digo cinco años por ser concreto y no escribir la cifra exacta de días, aunque podría decirlo porque conté cada uno de ellos con sus agotadoras horas e inacabables y atormentados minutos y segundos. Y digo triste porque podría escribir más de dos docenas de palabras que explicaran exactamente mis emociones, pero no creo que ahora venga al caso porque no tengo ninguna gana de dar pena y eso es lo que sucedería si en vez de decir solo triste, dijera… Pero eso ya pasó, y ahora quiero contar que entre los geranios encontré uno de los pedacitos.

Ilustración de Rafa Mir

No era mucho mayor que la tercera falange de mi dedo meñique y, cuando lo vi, no lo reconocí como algo mío sino como un objeto extraño que perturbaba con su ocre color el monocromo blanco de las piedras del jardín. Todo fue tocarlo para quitar aquella inoportuna cosa, y sentir: sentir por primera vez, sentir otra vez desde aquel lejano día en el que me despedazó el corazón. Y no fue felicidad infinita ni nada parecido, sino un dolor que recordaba mucho al que sentí cuando desapareció de mi vida, y de igual manera que antaño, se me doblaron las rodillas y comencé a llorar. Solo fueron unos minutos, dos o tres, y no consiguió el dolor ni esos minutos que abriera la mano para dejar caer el pedacito que había encontrado entre los geranios. La recompensa llegó de inmediato, y algo parecido a… la paz inundó mis pulmones y desde allí se propagó rápidamente por todo el cuerpo.

¿Por qué fue precisamente entre los geranios? No lo sé, pero después de haber deseado que hubiera sido en otra parte —entre las toallas de baño, en el cajón de los calcetines, sobre la meseta de la cocina, en la alfombrilla del coche o en el lavavajillas— comprendí que no hubiera sido más fácil ni menos doloroso encontrar ese primer pedacito en ninguno de esos sitios porque todos ellos me hubieran contado algo de ella, algo de mí, algo de lo que hubo entre ella y yo. Y al final no me quedó más remedio que dar las gracias a la providencia o al destino o a mi esquiva suerte, de que no encontrara ese primer pedacito entre las sábanas de la cama en la que tantas veces respiré su olor y tantas veces me llamó “Amor”. Entre los geranios estuvo bien, a pesar de que allí, también arrodillado, la besé por primera vez.

Cinco largos años con sus cinco calurosos y febriles veranos.

Leí en una revista una entrevista a un afamado psicólogo que hablaba de las consecuencias emocionales de las rupturas de pareja y, entre otras muchas cosas, decía que en la mayoría de los casos estas no requieren ningún tratamiento psicológico ni por supuesto farmacológico y que en un tiempo prudencial aquello que parecía algo dramático e insuperable se desvanece poco a poco sin apenas dejar huella. Pero a continuación añadía que, en algunas ocasiones, estas rupturas dejan muy dañada a la persona, tanto que es incapaz por sí misma de salir de un pernicioso círculo de tristeza y autocompasión. El periodista entonces le preguntó por cuánto tiempo era el habitual para superar esas circunstancias, a lo que el psicólogo le contestó: “Tres años. Si en este tiempo no ha conseguido sobreponerse a la ruptura, debería pedir ayuda a un profesional”.

Cinco largos años con sus cinco tórridos veranos llenos de atormentados recuerdos.

Quizá nunca hubiera pensado en la necesidad de pedir ayuda si no hubiera leído aquella entrevista mientras estaba en la sala de espera de la consulta de mi osteópata. Seguramente, yo solo no hubiera sido capaz de darme cuenta de la necesidad de liberarme de la tristeza que tanta compañía me había hecho durante estos últimos cinco años. Probablemente nunca se me habría ocurrido pensar que la pena que me embargaba pudiera tener otra solución que las miles que intenté durante aquellos cinco largos años con sus cinco otoños, sus cinco inviernos, sus cinco primaveras, y sobre todo, sus cinco ardientes veranos.

Miles, sí, fueron miles los versos que escribí y que fui dejando por aquí y por allá convencido de que, tarde o temprano, ella los leería y… Pero eso no ocurrió, ya fuera porque nunca llegaron a sus ojos o porque, si así lo hicieron, ya no significaban nada para ella. Ahora me doy cuenta de lo absurdo de mi comportamiento, pero en aquellos momentos me pareció perfecto ir dejando por toda la ciudad pequeños poemas, versos sueltos y papelitos donde dibujaba besos debajo de esbozos de torres de hierro, arquerías de pétreos acueductos, fachadas de iglesias renacentistas protagonistas de literarios desmayos, espigones salpicados por olas de mares cantábricos, puentes de dramáticos suspiros que cruzan románticos canales, y señoras regordetas que portan muy alto luces de libertad. En todos esos lugares estuvimos juntos, o al menos soñamos juntos con estar, que es casi lo mismo o mejor, y que yo dibujaba torpemente para después dejarlos olvidados en la cafetería donde ella y yo alguna vez tomamos un café, o en un taxi, o en la biblioteca, o en el despacho del pan, o en un banco del parque o… Estaba convencido de que el destino llevaría sus pasos hasta aquella mesa, hasta aquel papel y entonces… Hubiera sido mucho más fácil llamar a su puerta (sabía dónde vivía), o llamarla por teléfono (conocía su número de teléfono), o hacerme el encontradizo con ella (estaba al corriente de sus horarios de trabajo), pero todo ello me parecía grosero y falso, como obligarla a tomar una decisión que yo quería, necesitaba, que fuera inevitable para ella.

Ya sé que nada de lo que he dicho tiene sentido, lo sé ahora y lo supo y así me lo dijo el primer psicólogo al que fui al día siguiente de leer el artículo en aquella revista.

“¡Cinco años!”, dijo mientras se frotaba la barbilla y yo trataba de descifrar el mar de gestos que emergían, cruzaban y luego desaparecían inmediatamente de su arrugada cara. Me dijo después muchas cosas, pero salí de su consulta convencido de ser un psicópata. Tuvieron que pasar varios días para que me diera cuenta de que no iba a salir a la calle cuchillo en mano dispuesto a matar a cuantas personas se cruzaran en mi camino. Decidí no volver a ver a ese psicólogo y ponerme en manos de un terapeuta que no fuera tan brutalmente pampero. No tuve que buscar mucho para encontrar a Teresa, que era mujer y porteña, pero eso no lo supe hasta que crucé la puerta de su consulta donde solo había una placa que decía “Clínica psicológica Anchorena”, y entonces me pareció de mala educación dar media vuelta y salir corriendo.

Teresa me escuchó atentamente mientras le contaba las penas que me atormentaban desde hacía tanto tiempo, y, ni primero en sus gestos ni después en sus palabras, detecté que me estuviera juzgando o criticando, simplemente me escuchaba con aplicación, como si de verdad le importaran mis circunstancias y quisiera ayudarme a superarlas. De todas maneras, después de la primera visita, dudé en volver a la siguiente cita porque, aunque era muy liberador poder contarle a alguien los pensamientos y sentimientos que me atormentaban, no me parecía que a la larga fuera a dar más resultado que un provisional desahogo. Cambié de opinión cuando, a los dos días de ese primer encuentro con la doctora Anchorena, encontré aquel primer pedacito entre los florecidos geranios de mi jardín.

Tuve que esperar tres sesiones más para encontrar el segundo pedazo, y si el lugar donde apareció el primero fue para mí objeto de multitud de especulaciones y análisis, con el segundo no ocurrió lo mismo porque no tenía ningún sentido que apareciera allí, en aquel momento y en aquellas circunstancias.

Soy profesor de matemáticas en un instituto de enseñanza secundaria. Estaba a punto de terminarse el curso, momento complicado porque los alumnos están muy excitados por la proximidad de un inminente verano que imaginan lleno de posibilidades, por los exámenes finales, la selectividad que puede determinar sus opciones para elegir los estudios universitarios que anhelan y, cómo no, la gigantesca cantidad de hormonas que sus recién estrenadas glándulas segregan sin control por todo su cuerpo. En estas circunstancias dar clase resulta en muchas ocasiones un trabajo que está entre domador de fieras y encantador de serpientes, por lo que decidí, en mi última clase lectiva, hablarles de la “Identidad de Euler”, que aunque no estaba en el temario oficial, o precisamente por eso, supuse que les podría relajar y llamar su atención sobre la belleza de las matemáticas.

Lo primero que hice fue decirles: “Os voy a hablar de la Identidad de Euler, que para muchos matemáticos, incluido yo, es la fórmula más bonita de la historia. Y lo es porque en su sencillez conjuga de forma magistral los cinco números más trascendentales y poéticos”. Después, me di media vuelta y comencé a escribir:  + 1 = 0. Fue en ese momento, justo cuando perfilaba el cero, que me di cuenta. Sujeto entre los dedos índice y pulgar estaba uno de los pedazos y su arrastrar por la pizarra fue como arañar mi alma con las uñas afiladas de mil recuerdos. Una opresión en el pecho me impedía respirar y tuve que apoyarme con ambas manos para no caer y poder así llorar. Cabía esperar, quizá, las burlas de los más gamberros de la clase o al menos algunas disimuladas risas, pero no ocurrió nada de eso. Fueron saliendo todos los alumnos de la clase sin decir nada, incluso oí cómo algunas narices se sonaban antes de que se cerrara la puerta del aula y yo me quedara solo.

No le he encontrado ningún sentido, porque no lo tiene, a que fuera explicando una hermosa ecuación que hallara ese segundo pedazo. Y no la tiene porque nunca hablé con ella de Euler, ni de Tales de Mileto, Pitágoras, Kepler o George Cantor. Y nunca hicimos el amor apartando de un manotazo los papeles llenos de ecuaciones de mi mesa de trabajo; de hecho, a ella nunca le interesaron lo más mínimo las matemáticas más allá de los números naturales necesarios para conocer el saldo de la cuenta corriente. Sin embargo, así sucedió y así se lo conté a Teresa, que me escuchaba, como siempre, atentamente.

A Teresa le gusta la pesca, lo sé porque tiene en la consulta varias fotografías donde aparece ella con un gran pez en los brazos, ella con unas botas de goma y una caña junto a un señor con bigote, ella riendo mientras intenta pescar al vuelo un pez con una especie de cazamariposas. También tiene un pez disecado sobre una balda de la pared, y algunos trofeos dorados y plateados con peces, troquelados unos y otros grabados a bajo relieve; además de que le gusta dar explicaciones en las que no es raro que aparezcan peces, redes, cebos o cañas, y aunque a mí me cuesta un poco entender lo que me quiere decir, como solo en esas contadas ocasiones asoma a su habitual impávida cara una breve y coqueta sonrisa, yo, por no contrariarla, me río también, brevemente. Ahora que lo pienso, creo que yo para ella soy como un pez al que observa deambular en una minúscula pecera, casi tan pequeña como yo mismo, y todos sus pensamientos durante la hora de la consulta los dedica a planificar un procedimiento para pasarme a otra pecera más grande sin que perezca en el intento. Pero yo no sé nada de peces, así que quizá esté equivocado y simplemente me mira así porque no es ciega y es de mala educación no mirar a la persona que te está hablando. Pero yo no contaba esto de los peces porque no se me ocurriera nada más que decir o porque me pareciera muy original sino porque fue por su culpa que encontré el último pedazo.

Sí, fue por culpa de los peces. Y sí, fue el último pedazo. Y aunque a estas dos afirmaciones se le pueden poner todas las pegas del mundo porque están llenas de imprecisiones, prejuicios y dudas, puedo demostrar, con tan solo unos centenares de desequilibradas y emotivas palabra, que fue así y que tuvo que ser así y no de ninguna otra manera.

Estos cinco largos años no fueron un continuo desear volver a verla, un continuo esperar anhelante su regreso. Algunas veces la odié, muy intensamente pero por muy poco tiempo. Otras veces le deseé la muerte, pero solo para poder llevarle flores en secreto. Otras muchas la imaginé suplicante pidiéndome perdón, y yo entonces la consolaba y la perdonaba, o la despreciaba y le daba la espalda o le escupía a la cara mi resentimiento, según los casos y mi estado de ánimo en esos breves minutos de ensoñación y tormento. En estos cinco años la amé con más intensidad, la odié sin remedio, maldije su nombre, la besé como nunca y la ahogué con lágrimas abrazado a la almohada. Le hice multitud de preguntas y en mi cabeza ella las contestaba. Me la imaginaba donde fuera y con quien estuviera; siempre perfecta. Sufría, porque quizá ella pensaba en mí con tanto dolor como yo en ella, y entonces deseaba que me olvidara y que la muerte me llegara.

Se me ocurrió solo. No fue Teresa la que me incitó a comprarme una caña y un bote de gusanos vivos e irme a pescar a las cinco de la madrugada a un rincón apartado de la costa. Eran las diez y media de la mañana cuando terminé el paquete de tabaco y las doce latas de cerveza que me había llevado para amenizar la espera, y fue justo entonces cuando me di cuenta de que la caña había desaparecido del lugar donde la había dejado apoyada. Sin duda, pensé, un pez había picado y la había arrastrado al mar sin yo darme cuenta. No me preocupé mucho porque ya tenía claro que esa afición no estaba hecha para mí, aunque sí me alarmé un poco más cuando llegué al coche y encontré la dichosa caña en el maletero. Consideré oportuno, en aquellas circunstancias, tomarme un café y quizá comerme algo con mucho azúcar, por lo que paré en la primera cafetería que encontré abierta en mi camino de regreso después de la malograda excursión. ¡Maldito café con leche! ¡Maldito cruasán relleno de chocolate! ¡Maldita cafetería! ¡Maldito precioso día de primavera y maldita terraza junto al mar! Y sobre todo: ¡Malditos peces! ¡Malditos putos y asquerosos peces!

Ilustración de Rafa Mir

Había bebido demasiado y me había fumado todo lo que tenía. El primer trago de café después de un generoso mordisco al cruasán relleno fue un bálsamo para el estómago y también para mi estado de ánimo. Por eso los maldigo, porque me sentí bien, me sentí tan bien que casi… fui feliz, y entonces… me morí.

Antes de verla la oí reír, y sé que no debería haber mirado, que en ese momento tendría que haberme levantado y salido corriendo, pero no lo hice así y me di la vuelta para verla a ella. A ella que le hacía cucamonas a un niño de unos tres o cuatro años y, a un tipo que se sujetaba la corbata para agacharse y darle un beso a ella y que luego se sentaba, alzaba el brazo y chasqueaba los dedos para advertir de su presencia al camarero. Yo tenía la cabeza girada en una posición casi imposible, y permanecí así una incontable cantidad de tiempo, el suficiente como para que el camarero les atendiera y les trajera lo que habían pedido. El suficiente para ver cómo su pelo se movía igual que entonces y que igual que entonces acariciaba su cuello. El suficiente para oír su voz y verla mover las manos, y hacer gestos, reírse de nuevo, tocarse ahora una oreja, luego la nariz, después darle un beso a un niño de rizados cabellos, y un poco más tarde, cuando creí que ya estaba del todo muerto, ver caer de la comisura de su boca el último de los pedacitos. Cayó sobre la mesa metálica e hizo una parábola perfecta hasta chocar con el entarimado y luego rodar hasta detenerse mansamente junto a mi pie derecho. Lo cogí, y desaparecí.

Para ella no había sido nada. Nada. Todos aquellos momentos que yo había repasado miles de veces en mi cabeza, todos aquellos instantes que yo había idealizado, todos aquellos besos y caricias, todas las confidencias abrazados en la cama, todas aquellas palabras, todo lo que yo creía irrepetible, único y perfecto, digno de ser una y otra vez rememorado, para ella no había significado nada, nada de nada, solamente había sido un suceso que ya pasado, no merecía perder más tiempo pensando en él. Ella había seguido con su vida. Tenía una vida. Y yo me había quedado parado hacía cinco años porque no quería moverme por si ella regresaba y no me encontraba en el mismo lugar donde me había dejado. Pero ahora tenía algo más, tenía también el último pedacito y una angustia que me ahogaba y que me llevó a la consulta de la doctora Anchorena.

No tenía cita con ella, pero al ver mi estado de angustia me hizo pasar. Fue empezar a contarle que me había ido de pesca porque había visto las fotografías donde aparecía ella tan feliz que… había pensado que quizá yo podría tener un poco de esa felicidad si conseguía un pez como ese que tenía disecado sobre la estantería y… empezar a llorar. Luego le conté que me había comprado la mejor caña que tenían en la tienda y un bote de asquerosos gusanos y que a la cinco de la mañana estaba sentado mirando el mar, pero cuando se me acabó la cerveza y el tabaco me había dado cuenta de que la caña había desaparecido y pensé que se la había llevado consigo algún pez, pero que no era verdad porque la encontré en el coche cuando regresé… No me había sentado en el sillón de piel, permanecía de pie junto a Teresa contándole entre lágrimas mis hazañas y, no sé en qué momento besé su boca o si fue ella quien besó la mía, pero sí sé que le decía que ella nunca me había amado, nunca, nunca me había amado de verdad. Teresa también lloraba, y entre lágrimas y mocos me quitó la ropa y no nos dejamos de comer la boca ni un solo instante mientras sobre el sillón donde me había escuchado tantas veces, esta vez, hacíamos el amor, o lo buscábamos,  eso tampoco lo sé.

Tengo cuarenta y cinco años, un corazón torpemente cosido con los pedazos que he ido encontrando por aquí y por allá, una psiquiatra porteña que visito dos veces por semana y a la que le gusta ir de pesca con un señor con bigote y que me ha dicho que me vendría bien escribir lo que pienso y lo que siento, que sería algo así como liberar del anzuelo a ese gigantesco pez con el que llevo luchando durante mucho tiempo, y aunque esta alegoría no la acabo de entender, le he hecho caso y por eso escribo esto. Pero, sobre todo, tengo un miedo horroroso a que todavía quede por ahí algún otro pedacito de mi mutilado corazón; el quinto verano tan solo acaba de comenzar.

FIN

Juan Ramón Lorenzana

E02-El fantasma de los libros

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Negro

Rating: +16

Este relato es propiedad de Juan Ramón Lorenzana. La ilustración es propiedad de Marta Herguedas. Quedan reservados todos los derechos de autor.

E02-El fantasma de los libros.

Me gusta pasearme entre los estantes de las pequeñas librerías y deslizar los dedos por las letras impresas en sus lomos. Me gusta perder mis pasos por las amplias y silenciosas estancias de las bibliotecas y sacar de su reposo volúmenes que cuentan historias de viajes, de amores y de aventuras en lugares lejanos. Me gustan, sobremanera, las ferias de libros, con esa multitud de pequeñas casetas donde se amontonan manuales de jardinería, clásicos de la literatura universal en formato de bolsillo y cuentos para niños, con algún que otro escritor que firma ejemplares de su última creación. Me gustan también las luminosas librerías de los centros comerciales, y hasta la pequeña y raquítica biblioteca del CPPA.

Yo tenía un novio al que también le gustaba mucho leer y que decía que algún día sería escritor. A mí no me escribía poemas o cartas de amor, como se supone que hace un poeta a su enamorada, pero era porque reservaba toda su energía creativa para su verdadera obsesión, que no era otra cosa que terminar la novela que se traía entre manos desde hacía años y que, decía, le llevaría a codearse de igual a igual con otros genios de la literatura de apellidos tan ilustres como Llosa, Márquez, Pamuk o Auster. Yo estaba convencida de su éxito y lo esperaba con tanta ilusión como él.

Después de cinco largos años me empezaron a dejar salir: primero un día a la semana, más adelante, cuando vieron que me hacía mucho bien y que no era una amenaza para nadie, de lunes a viernes, pero debía volver sin falta antes de las diez de la noche. La primera mañana me bajé del autobús en la Plaza de los Luceros y, casi sin querer, mis pies me llevaron a la Librería 80 Mundos. Todo estaba igual que cinco años antes, el tiempo no había pasado en aquel lugar, pero sí lo había hecho por mí; mejor así, si no, seguro que el propietario me hubiera reconocido y no habría dudado un instante en llamar a la policía. No fue así, e incluso estuvo especialmente amable conmigo, tanto que dejó sobre el mostrador el ejemplar que estaba leyendo de “Orgullo, prejuicio y zombis” para atenderme. Pedí disculpas en voz baja a Jane Austen cuando salí con… no recuerdo su nombre —digamos que se llamaba Juan— para tomar un café tras cerrar la librería, y en compensación le prometí que no pasaría por alto tal vejación. Y ya no tienen nada más que suponer porque ocurrió lo que tiene que pasar a un hombre que no respeta a una mujer que escribe y a otra que sabe leer.

Mi novio, al que yo quería tanto, me había prometido que cuando terminara el libro al que tanto tiempo y esfuerzo estaba dedicando, yo sería la primera en leerlo, no solo porque yo era su novia y me amaba, sino porque respetaba mucho mi opinión sobre todas las cosas y máxime si se trataba de literatura.

Cada día que salía del CPPA necesitaba, como una drogadicta con el síndrome de abstinencia, rodearme de libros. Y entonces visitaba librerías como Logos, la de María de Puy, San Jorge o Maeva, y allí saciaba mi necesidad de tocar y pasar páginas llenas de historias. Otras veces prefería ir a la biblioteca, la de Benalua, el Cabo o la Diagonal. Pero tengo que reconocer que, para entonces, ya no me interesa tanto leer como saber qué era lo que leían las demás personas que entre los estantes abrían un libro y hojeaban las primeras frases o las últimas, que de todo hay, o las que se sentaban en los silenciosos cubículos de la biblioteca para leer ensimismados sin ser molestados. Tanto a unos como a otros me acercaba con disimulo y, casi siempre con éxito, lograba vislumbrar lo que leían.

En el FNAC hay de todo y, tengo que reconocer, que yo iba, como vulgarmente se suele decir, “con la mosca detrás de la oreja”. Llevaba tres días sorprendentemente perfectos: hombres, mujeres y niños que leían, jugaban e incluso compraban libros que se llamaban Las mil y una noches, Decamerón, El idiota, El tambor de hojalata, Moby Dick o Lolita. Todo me parecía demasiado perfecto para ser cierto y llegué a la conclusión de que no era posible de que en el país en el que vivo hubiera tantos lectores aplicados y justos. Pensé entonces que el error debía de estar en mi mirada, que sin yo darme cuenta solo tenía ojos para los libros bellos que tanto me gustaban y, por ende, en las personas que los llevaban en las manos. Hice un esfuerzo aquella mañana y me propuse, al atravesar la puerta automática del local, observar con atención sin dejarme llevar por mi necesidad. No tardó mucho en ocurrir —como suponía—, pero no me esperaba que fuera tan terrible ni tan rápido mi reencuentro con la realidad. Debería haberme preparado mejor para lo que se me avecinaba. Había señales que me decían que podía ocurrir algo horrible: un expositor de más de metro y medio de alto y repleto de libros me recibió en cuanto entré en el local. En la cúspide, la jeta —porque no puede ser cara— de uno que se hace llamar escritor y le pagan por ello. No quise mirarlo; me dolía demasiado, —él me obligó a romper un libro por primera vez en mi vida—.

Quise matarlo allí mismo. Ni siquiera intentó mirar entre los centenares de libros de las atestadas estanterías. Según entró, fue directamente al stand, cogió uno de aquellos panfletos y se fue a la caja a pagar. Muy cerca de allí brillaba unas letras doradas sobre fondo azul y me imaginé a mí misma como Ulises, abriéndole la cabeza al insensato con la obra maestra de Joyce. Pero no estoy loca, si lo hubiera hecho así no me hubieran dejado salir nunca más. Le seguí por la Avenida de la Estación y al detenerse para cruzar la Calle del General Lacy, recibí una señal en forma de un camión con matrícula de Zaragoza. Pensé: un camión de gran tonelaje que viene desde la ciudad donde nació el tipo que escribió esa basura que ahora lleva en una bolsa este desgraciado, y una cosa llevó a la otra y me pareció coherente y justo devolver de un empellón el libro y su inconsciente lector a la ciudad maña. Casi todo salió bien, por lo menos lo fundamental. Permítaseme la gracia de decir que fui muy “mañosa”, y solo con un leve y discreto empujón fue suficiente para que, pongámosle un nombre y digamos que se llamaba Juan,  saliera lanzado por los aires hasta que tocó de nuevo el suelo una decena de metros más allá. Había mucha gente en ese momento esperando para cruzar la calle, y la aglomeración previa y el posterior tumulto que se formó alrededor del inerte y ensangrentado cuerpo de Juan me permitieron pasar totalmente desapercibida. Y solamente digo que casi todo salió bien porque, si bien Juan ya no volvería a comprar basura, hubiera estado bien que el camión fuera cargado hasta los topes de excrementos y que con él se hubiese llevado a Juan y su recién estrenado librillo. Pero Juan se quedó esparcido por unas decenas de metros cuadrados del asfalto de Alicante y, para mí sorpresa, el maldito librito apareció, amenazante, a mis pies. No tuve piedad; no tuve más que darle un puntapié para que se colara en su lugar natural: el alcantarillado de la ciudad.

Yo tenía un novio al que quería mucho, no se puede explicar de otra manera ni sería posible entender el porqué pasaba los días y las noches con el perenne deseo de tocarlo, besarlo y, sobre todo, oírlo. Mi novio hablaba muy bien. Conocía a la perfección las palabras que a mí me gustaba escuchar y además las decía en el orden ideal para que yo me rindiera a todos sus deseos. Ya ganada para él, tengo que reconocer que en la cama era un poco desastre, pero no me importaba porque era muy tierno verlo palidecer e incluso llegar al desmayo cuando, tras breves minutos de torpes enviones, se deshacía en mí. Yo le quería mucho, aunque a estas alturas de mi historia seguramente nadie se lo crea.

A Juan —supongamos que se llamaba Juan— lo conocí en la Librería El Gato Blanco y me fijé en él porque era un chico muy guapo, o al menos de los guapos que a mí me gustan: delgado, alto, con una encantadoras gafitas rectangulares de color malva y una media melena recogida con una simple goma del mismo color que sus gafas. Llevaba puestos unos pantalones cortos vaqueros y una camisa blanca de manga corta que permitía ver, ligeramente, un pecho de hombre joven al que no le gustaba tomar el sol y que, ¡gracias a Dios!, no se depilaba. Una tiene sus necesidades, y aunque el sexo no es para mí una prioridad —como lo demuestra el hecho de haber tenido ese novio al que quería tanto— lo cierto es que me pareció oportuno y necesario relajar mi estricto estilo de vida y darme una satisfacción con aquel Juan que me recordó el mucho tiempo que llevaba sin sexo.

Pero casi nada es lo que parece y aunque sí hubo sexo, y del bueno, de ese que hace a una desear que jamás se canse el jinete y al que sin querer le dices que sí a todo aunque no te pregunte nada porque sabe que esa noche puede hacer lo que quiera contigo y… Pero no fue todo perfecto, simplemente por un error mío que me dejó descolocada y, aunque a lo largo de la noche que pasamos verificando la fortaleza de la cama se me fue en más de una ocasión la razón, recurrentemente volvía a mi cabeza el recuerdo de lo que tenía que hacer en cuanto el postrero sopor le llegara después de tantos besos, de tanto lamernos y de tanto derramar deseo. Juan debía morir; no le podía conceder el perdón por muy bien que follara y por muy cariñoso y gentil que se mostrara. Era imperdonable que el libro que llevara bajo el brazo cuando salimos de la librería llevara por título “¡Chúpate esa!”.

Me ofendía sobremanera que un chico tan majo, con esos pantalones que marcaban sin apretar y con esas gafas tras las que se escondían unos deliciosos y melancólicos ojos verdes, se hubiera dejado llevar por esa estúpida moda de las historias de vampiros y, en vez de leerse las cuatro o cinco buenas novelas del género, se dedicara a leer esa estupidez de Cristopher Moore.

Así que, aunque disfruté como nunca de aquel muchacho, no fue todo lo ideal que podría haber sido simplemente porque, lejos de lo que pueda parecer, no soy una psicópata y no mato por unos incontrolables deseos homicidas. Tengo razones para hacer lo que hago y sufro por tener que hacer lo hago; pero, si yo no lo hago, quién lo haría por mí. ¿Tú? Sí, tú. ¿Serías capaz de sustituirme en esta fundamental misión?

Comenzaba a llenarse el cielo de rojos y naranjas cuando Juan se quedó dormido. Estaba precioso, todo lo largo que era, con su bonito culito bañado por la tenue luz de la recién estrenada luna. Pero no quise mirarlo más y me fui directamente a la cocina a por el cuchillo que acabaría con su joven vida.

En el fregadero los platos sucios de al menos una semana. La nevera llena de luz y tan solo un envase de mortadela con aceitunas hacía compañía a una solitaria botella de vino. En un cajón, un cuchillo digno de una película de miedo. Sobre la mesa quince o veinte libros y uno montón de hojas desparramadas en un orden entendible solo para él, pero que llamó mi atención y al que dediqué no menos de una hora para conseguir sacar una conclusión.

Creo que fue el momento más feliz de mi vida, y se lo demostré a Juan llevando a la cama la mortadela y el vino y haciéndole cosas que dudo mucho que nadie antes le hubiera hecho, y dejándole hacerme cosas que seguro que nadie me había hecho y nunca nadie más que él me haría.

Juan era estudiante de antropología y estaba haciendo una tesis sobre el mito del vampirismo en diferentes culturas a lo largo de la historia. Para documentarse tenía sobre su mesa títulos como Drácula, Crónicas vampíricas, El manual del iniciado, Conceptos racionales y cristianos sobre vampiros o chupasangres, El mundo de los fantasmas, El vampiro en Europa o La novia de Corinto. No creo que haga falta decirlo, pero por si acaso hay alguien con pocas entendederas leyendo esta historia, le diré que, a día de hoy, este Juan sigue vivo.

Yo tenía un novio al que quería mucho y que un día me dio, como el que entrega su más preciado tesoro, el manuscrito de su primera novela. También yo, emocionada y exultante, recogí entre mis manos su presente sabiendo que era muy afortunada por ser la primera en leer una de las más bellas historias de la literatura. Juan, —que en verdad así se llamaba mi novio—, tan solo me dijo que le llamara en cuanto terminara de leerlo y, se fue dándome un tierno beso en los labios.

Eran las nueve de la noche cuando Juan se fue de mi casa y a las doce y media ya había terminado de leerlo; pero no le llamé. Me tomé un café. Me temblaban las manos. Me fumé seis o siete cigarrillos encendiendo el uno con el anterior y volví a leer la novela. Eran las cuatro de la madrugada cuando terminé de leer por segunda vez la novela y fueron las siete cuando la terminé de leer por tercera vez. Después de ducharme llamé a Juan.

Me dio tiempo a tomarme dos cafés y acabar el paquete de tabaco que había empezado la noche anterior antes de que Juan llamara al timbre. No me levanté de la silla de la cocina porque Juan tenía llave de mi casa y porque él tenía la rara costumbre de llamar antes de entrar —según me había explicado una vez, porque no soportaría entrar un día y encontrarme fornicando. Prefería llamar para dar tiempo a que mi posible amante se pusiera los pantalones—. El resto de la historia, o al menos la más sangrienta y morbosa, ya la conoce todo el mundo porque los medios de comunicación se hicieron eco de la noticia en el momento en el que sucedió, y además volvieron a contarla otra vez, con pelos y señales, un año después con motivo del juicio en el que se me condenó a quince años de reclusión en el Centro Psiquiátrico Penitenciario de Alicante, más conocido por sus siglas CPPA. Lo único que puedo añadir para completar esta historia es lo que no dijeron los medios de comunicación ni la sentencia del tribunal que me juzgó, que no es otra cosa que el porqué de las veinticinco cuchilladas con las que maté a Juan. Y no lo dijeron porque yo nunca se lo conté a nadie… hasta ahora.

Yo quería mucho a mi novio, y él me correspondió con engañó todos los años que estuvimos juntos. Juan había escrito un verdadero bodrio, un montón de palabras que imitaban con torpeza palabras escritas por otros mucho antes. Era pretencioso a ratos, para luego hundirse en un insufrible continuo de te quieros y besos sin sentido, para más tarde “ponerse estupendo” haciendo presuntas referencias cultas a ilustres escritores como Sam Savage o Stendhal. De este último incluso utilizó su nombre verdadero, Henri Beyle, para nominar a dos insulsos, absurdos y mediocres personajes de su libro. La historia no la voy a contar porque entonces yo también debería darme muerte y porque no creo que nadie más deba padecer lo que yo sufrí aquella noche leyendo, por tres veces, la patética novelita escrita por mi difunto novio.

Tan solo para prevenir al despistado lector que pudiera tropezarse con el libro de Juan —el muy sinvergüenza también me había mentido en eso y había mandado el manuscrito a una editorial que, con ocasión del juicio y aprovechando el tirón mediático de mi historia, había decidido publicarla— en alguna perdida librería y tuviera la peregrina intención de comprárselo, que el título del engendro es: “Amores mecidos por el viento. Amores perdidos. Amores eternos”. Pero si a pesar de todas mis advertencias aún insistiera en adquirirlo, recomendarles que miren antes a su alrededor porque puede que esa chica tan mona vestida de azul a la que usted todavía no ha prestado atención decida meterle el libro de Juan por semejante parte, ya sea antes o después de matarlo.

FIN

Juan Ramón Lorenzana Fernández

Ilustración de Marta Herguedas

Kokoro

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Rojo casi negro

Rating: +18

Este relato es propiedad de Juan Ramón Lorenzana. La ilustración es propiedad de Rosa García. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Kokoro.

¡Bang, bang! Las balas surcaban el espeso aire del salón pronunciando nombres que solo podían entender los desafortunados receptores del ardiente plomo.

¡Bang, bang! Yo la llamaba Lolita en la intimidad porque era incapaz de decir su nombre de verdad sin que me diera la risa al pensar que imitaba torpemente el canto de un gallo. También porque a ella le gustaba juguetear en la cama como una chiquilla, y a mí, morderle la boca y verla gemir y suspirar.

¡Bang, bang! Era ella. La veía ahí de pie, con una Beretta U22 plateada en cada mano. ¡Joder!, yo soy policía y estaba completamente paralizado, y no era miedo, no; otras veces, muchas veces, había sentido esa sensación mordiéndome el estómago y, sin embargo, había actuado como se esperaba de mí, pero esta vez, ver a Kokoro, mi… digamos, novia, vestida como a mí más me gustaba que se vistiera en nuestros nocturnos encuentros: con la falda de colegiala con cuadros verdes y rojos, una camisa blanca de manga corta, cuyos botones debían de estar cosidos con hilo de bramante para conseguir no salir, ellos también, disparados; los zapatos negros sin cordones y los calcetines blancos con un ribete de cuadrados con los mismos colores de la falda y esas dos coletas, una a cada lado de su angelical carita de luna llena, que yo, a modo de riendas, sujetaba con fuerza y poco acierto para tratar de sosegar un poco  su bravura.

Ilustración de Rosa Garcia

¡Bang, bang! No me podía mover. Tenía mi arma al alcance de la mano pero era incapaz de cogerla; solo podía mirar a Kokoro. Y la miré, y también la escuché, cuando se acercó a mí e introdujo el cañón en mi boca para después decirme con una maliciosa sonrisa: ¿Has visto lo que me obligas a hacer…?”, ¡bang, bang!

Kokoro siempre me pareció rara, y esto no se podía achacar a que fuera oriental porque podría haber sido de cualquier otro sitio y seguiría siendo rara. Kokoro es rara porque no es normal que una chica tan joven y guapa se líe con un viejo policía sobrado de kilos y falto de todo esas cosas que se supone que gustan a las mujeres. Rara porque se acostó conmigo la primera noche que nos conocimos y ya no salió (que yo supiera), ni de día ni de noche, de mi casa. Rara porque, aunque decía que había venido a Sevilla a estudiar Bellas Artes, no la vi jamás coger un libro ni por supuesto ir a las clases de la facultad o visitar los monumentos y museos de la ciudad. Y, sobre todo, era rara porque se pasaba todo el tiempo vegetando, viendo telenovelas, echada en el sofá, hasta que al caer la noche despertaba de su melancólico letargo y, poco a poco, se transformaba… Entonces, todo en aquel pequeño piso de impenitente soltero se transformaba en un caótico frenesí de ruidos, colores y olores: Kokoro estaba cocinando.

Ya he dicho que Kokoro es rara, por eso no es de extrañar que solo fuera vestida con la lividez de su piel mientras hervía en una olla cosas que parecían querer escapar, y machacaba en un mortero pequeñas ramas y hojas que parecía aullar mientras, entre dientes, rezaba o maldecía con palabra extrañas para mí. Nunca la interrumpí mientras realizaba estas tareas porque tampoco la importunaba cuando estaba ovillada en el sofá bajo una gruesa manta; y no lo hacía porque tenía miedo: miedo porque la deseaba, miedo porque quería que desapareciera de mi vida y que nunca se marchara, miedo porque era lo único que merecía la pena de mi existencia y sabía que me estaba matando, miedo porque cada noche era diferente y los días pasaban deseando el momento en el que ella me diera a beber la pócima que con tanto esmero preparaba en mi cocina. Y entonces, era cuando Kokoro era auténticamente rara y totalmente Kokoro.

Kokoro tenía tatuada una pequeña serpiente en el tobillo izquierdo y una pulsera de flores azules engarzadas por sus tallos alrededor de la muñeca derecha. Kokoro me encontraba como cada noche, esta última también, tirado en la cama intentando dormir. Pero ocurrió lo mismo que las otras treinta y tres noches desde que la conocí: se acercaba silenciosa como un gato, me olía como un perro y me lamía como me imagino que debe lamer el néctar de las flores la más hermosa de entre todas las mariposas; después, me ofrecía con sonrisa maliciosa el borboteante brebaje y me decía al oído: ¿Has visto lo que me obligas a hacer para que se te ponga la polla dura?”. Se reía, se reía y… los lirios de sus muñecas cobraban vida y trepaban por sus brazos hasta llegar a su garganta, desde donde tras dar varias vueltas y ganar en grosor, brincaban hasta mi cuello para luego entrar en mí por la boca, nariz y orejas. La víbora negra de su tobillo también abandonaba su reposo y tras mordisquearme los dedos de los pies comenzaba un sinuoso deslizar alrededor de nuestras piernas. Yo ya me había rendido cuando acepté de sus manos el humeante bebedizo que me ofrecía cada noche (Kokoro dominaba mi corazón, mi mente y mi alma), por eso no dije nada cuando la serpiente se introdujo por donde ningún hombre absolutamente heterosexual y educado en el más estricto catolicismo dejaría que nadie le metiera nada de nada.

Las treinta y tres noches que he pasado con Kokoro han sido treinta y tres historias llenas de violencia, de sexo, de amor; historias de oníricas aventuras preñadas de personajes malignos, tiernos, hermosos, despiadados, disparatados; historias donde siempre está Kokoro, donde siempre soy yo.

Las treinta y tres noches que he pasado con Kokoro siempre han comenzado igual, y siempre han terminado igual: Kokoro que se desvanece como el humo de una vela cuando los primeros rayos de sol inundan la habitación. Yo no quiero que se vaya y trato de retenerla, pero estoy demasiado agotado y ella es demasiado tenue, demasiado liviana y suave, y se escabulle de mí para esconderse nuevamente bajo la manta del sofá.

Apenas una docena de horas me separan de otra noche con Kokoro.

Juan Ramón Lorenzana