Tacones.

Autor@: Ricardo González

Ilustrador@: Laura López

Corrector/a: Carme Sanchís

Género: Relato

Este relato es propiedad de Ricardo González, y su ilustración es propiedad de  Laura López. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Tacones.

Es curioso. Guardas aquel recuerdo nítido y claro después de tanto tiempo. ¿Qué hizo que ese momento se grabara indeleble y otra miríada de evocaciones ya no estén? Momentos bellos, intensos, vergonzantes, odiosos, de la forma que fuesen, se han difuminado, desdibujados, imposibles de rescatar en el esplendor de sus detalles. O sin más borrados, sepultura profunda en la sinapsis de alguna neurona ya muerta por el tiempo y la inacción. ¿Acaso es casualidad? ¿Existe tal cosa?  No. Casualidad es el nombre que le damos a la superlativa ecuación indescifrable, entre cuyos signos y símbolos se encuentra, como un felino agazapado, eso a lo que llamamos destino. Ese sino a veces benévolo y generoso. Indiferente otras. Vengativo y cruel con frecuencia, como lo está siendo ahora.

¿Qué hace al destino comportarse de una u otra manera? ¿Qué rige su inestable humor? Nunca desenredaremos ese misterio, no resolveremos esa ecuación, imposible de todo punto para nuestro entendimiento. Le está vedado a nuestra pobre inteligencia traducirla, llevarla a un eje de abscisas y ordenadas. Mover la variable tiempo a lo largo del renglón torcido y saber de dónde arranca y adónde nos lleva. El futuro no se deja encerrar entre unas perpendiculares.

En el Norton servían muchos tipos de cervezas, de las que no tenían en ningún otro sitio. Siempre adoraste ir allí e ir probándolas todas. El camarero te conocía, y te avisaba cuando tenía alguna nueva, o te guiñaba un ojo el día que ibas con una chica con la que nunca te había visto antes. Hasta en uno de los anaqueles tras la barra, al lado de un cartel de la Ruta 66, descansaban  algunas de las primeras botellas de bourbon, aquel licor que nadie sabía lo que era, acaso unos pocos y tan solo de oídas, como Armando, que recordaba ver una en manos de Humprey Bogart en el cartel de una vieja película en blanco y negro.

No la habías vuelto a ver desde la facultad. Incluso durante el último año no llegasteis a cruzar más de media docena de saludos fugaces, cuando ella dejó de hacerse la encontradiza. No tiene porqué saber nada de ti, como tú lo desconoces todo de ella. Ahora haces conjeturas y tratas de presentir los hitos que han jalonado su camino. Quisieras saberlo todo de ella, incluso cuando lo imaginas sientes una leve punzada de algo que no sabes o no quieres identificar.

Fotos de motos antiguas, descapotables, un surtidor de Texaco al fondo, más allá de la mesa de billar. No solía tener mucha gente. A lo mejor también por eso te gustaba tanto, y porque la música se oía sin molestar, no necesitabas vocear en la oreja de nadie para hacerte entender. Y porque en aquel tiempo seguías haciéndole guiños al viejo estilo. Aún le dabas un toque de fijador –hacia arriba y hacia atrás- a aquella tupida mata de pelo castaño. Aunque ya no lucías el inmenso tupé de pocos años atrás, durante la adolescencia, aquel del año en que amamos a Olivia Newton Jones.

Te hubiera gustado explicarle lo que ha sido tu propia andadura. La cura de humildad a la que la vida te ha sometido. Cómo tuviste que dejar las oposiciones cuando lo de tu padre y hacerte cargo de la empresa. Fue duro, y tú no estabas preparado. Estudiar, ligar y tomar copas resultaba mucho más fácil, pese a que la mayoría son incapaces de hacerlo todo a la vez. Un día y otro te sorprendiste a ti mismo admirándote del viejo, y tratando de emularlo, tan solo a veces con éxito. Al menos supiste levantarte a cada tropiezo. Tras mucho tiempo, las cosas empezaron a marchar bien, y por unos años viviste el espejismo de la prosperidad. Pero tan solo fue eso, y mucho más rápido de lo que habías conseguido subir, comenzaste a descender. Hasta casi los infiernos, si la caída no se detiene. Allí acabarás, si no consigues ese nuevo contrato.

Fue e l día del examen de procesal de cuarto. Te había salido bien, como casi siempre, y estabas contento. Tocaba hombrear, y estabas sentado con Vicen y con Alfredo, el chaval aquel de Astorga que se murió en un accidente de tráfico al volver del servicio militar. Ya no era la primera copa, los tres con la risa floja y la lengua de trapo. Fuera llovía, nada normal a finales de Junio, pero importaba poco cuando a uno se le aparece un prometedor verano por delante. La primera noche tras el último examen tiene algo de torpe flotar en el vacío, como los primeros pasos por la calle del cautivo recién salido de la prisión. 

Hubieras podido contarle también lo duro que fue para el cazador saber  que en realidad no es más que una presa. Descubrir ya tarde que la auténtica belleza no viste de marca ni necesita maquillarse. La otra, la que nos entra por las retinas, acostumbra a ser efímera a la par que inútil, y casi siempre muy cara. El amor vino y se fue, como una ola que crece, rompe furiosa y luego se retira dejando solo resaca. Ondulación pareja al flujo de capital de una cuenta corriente, pero eso lo entendiste ya tarde. Cuando solo quedaba el vacío en los armarios y en el alma. Otro lacerante fracaso, descubriste un día que estabas solo allá abajo, aullando en silencio a la luna cada noche, convertido en un hombre a quien le hacían daño los boleros. Y aún así, fuiste capaz de incorporarte despacio y volver a caminar.

Alta, rubia y de ojos azules, y se podría decir de ella de todo menos que fuera guapa. Se había arreglado para salir aquella noche, o lo había intentado al menos. Había cambiado los habituales zapatones por unos de tacón sobre los que no sabía caminar y llevaba unos manguitos de lana en las pantorrillas. Calentadores, los llamaban, una más de las muchas horteradas de la moda femenina de los ochenta. Alguien le había prestado una cazadora de cuero y se había soltado el pelo, deshaciendo aquellas trenzas que le habían valido el apodo que tú mismo le habías puesto.

El patito feo ha encontrado al fin su sitio. Mucho más delgada, y ahora sabe arreglarse. El pelo dorado cae suave y ondulado sobre los hombros, enmarcando un óvalo de facciones dulcificadas, sin la sombra del bozo que apuntara un día, apagada ya la excesiva rojez de sus mejillas. Nunca habías reparado en esos ojos claros, y resulta que uno puede perderse en ellos como se pierde en el mar una tarde de verano. Tampoco recuerdas si aquellos labios disfrutaron antes de la perfección en sus proporciones que ahora exhiben, siempre los viste sin mirarlos. ¿Cambiada? Sí, cambiada, pero ella al fin y al cabo. Mírate a ti mismo. Sin pelo, sin cintura y sin ilusión. ¿Quién ha cambiado más?

Ella sí te esperaba a ti, y te recibió sonriente dejando que la reconocieras, pero esta vez la sonrisa ya no era tímida. No era sarcástica. Tampoco era en absoluto forzada. Ni educada, ni displicente. Era una sonrisa franca y serena, porque en realidad al verte allí, invitándote a sentarte frente a ella en su despacho, se estaba sonriendo a sí misma y sonriéndole a la vida que había cambiado las tornas. Te sorprendiste a ti mismo buscando en sus manos de uñas cuidadas un anillo que te alegró no encontrar.

  Ella sabía que tú eras quien le había puesto el mote por el que muchos la conocían en la facultad, y sin embargo, nunca te había dejado de sonreír con timidez cada vez que te la cruzabas. Igual que te sonrió aquella noche al entrar al Norton como por casualidad, aunque los dos sabíais de sobra que si ella aparecía era porque alguien le había dicho dónde estabas, para tan solo sentarse cerca y poder dirigirte alguna mirada furtiva.

Correcta y amable, cambió contigo las tres frases huecas de un antiguo conocido, un compañero más de clase a quien no se ve desde hace años, como si no hubieras sido más que eso. Enseguida pasó a examinar el proyecto y la oferta, y a no ser por el tuteo se podría pensar que trataba con un perfecto extraño.

¿Qué tal el examen, Walquiria? –le espetaste en voz bien alta cuando pasó a tu lado. Y te oyó todo el mundo. Hubo un par de segundos de silencio irrespirable, y no necesitaste ver la mirada reprobadora de Vicen para darte cuenta de que era un buen momento para haberse callado. Pero no hiciste nada por enmendarlo, y cuando ella pudo balbucir un “bien” presa del sonrojo y la vergüenza, tu “me alegro” sonó burlón y despiadado. Vicen la invitó a sentarse y tomar algo, pero ella le sonrió agradecida y pretextó estar buscando a sus amigas. Supiste que habías hecho mal al verla enfilar la puerta oscilando de forma peligrosa sobre los tacones, pero no fue algo que te quitara el sueño aquella noche, ni tampoco las siguientes, ni las de mucho tiempo después.

No pareció disgustarle, y por las preguntas que hizo y los detalles en los que reparó, se ve que está al día y sabe exactamente lo que quiere. Guardó la carpeta para estudiarlo y te precedió curvilínea hasta la puerta, con la tranquilidad y el aplomo que a ti te faltaban. Traje de chaqueta azul, medias oscuras y unos zapatos altos, quién lo diría, con los que parecía haber caminado toda la vida. Te volvió a dedicar la misma sonrisa.

Ilustración de Laura López

Tú trataste de devolvérsela, pero esta vez fue tu rostro el que traslució timidez. Se te pasó por la cabeza decirle lo mucho que necesitas ese contrato, pero al menos supiste morderte la lengua a tiempo.

Es tarde, pero te empeñas en servirte  un dedo más de wiskhey, en encender otro cigarrillo. Sabes que eso no borrará de tu boca el sabor de la ansiedad, ni lo borrará de tu vida tampoco, pero poco importa si es útil o no, hoy lo haces y punto. El licor ya te ha embotado, navegas por la estúpida neblina del bebedor solitario, por el mar interior, más bronco, traidor y tenebroso que cualquier océano conocido. Escuchas una y otra vez a Loquillo cantarle a otro solitario, aquel imposible cadillac, nena porqué no volviste a llamar, como si hacer sonar aquellos acordes una y otra vez pudiera conjurar un viaje en el tiempo más imposible todavía. Bajo las palmeras, triste y solitario. Te pones un trago más, a ver si la ventana comienza a moverse, a girar en una espiral infinita que te lleve lejos de aquí, cruzar el mar en tu compañía, muy lejos de este momento odioso, escapar de la noche que viene, luego el día, el amanecer me sorprenderá dormido borracho en el cadillac.

Y tú si que ya estás borracho, y vuelves a recordar. Y quisieras verte sentado en el Norton una noche que llovía, en el tiempo de los problemas pequeños y las ilusiones grandes; la vida un folio casi en blanco, tan solo unas pocas líneas, casi todo por escribir. Cuando en tus peores pesadillas no aparecían la soledad, la ruina o la alopecia. Devolverle a ella la sonrisa, invitarla a sentarse a tu lado, preguntarle por el examen, saber qué pensaba hacer aquel verano. Me he sorprendido mirando a tu barrio, me han atrapado luces de ciudad. Un trago más y a ratos la ventana parece que ya se mueve, pero no lo suficiente. Quien se mueve eres tú cuando intentas levantarte, mejor vuelve a sentarte y échate otro poco, otro dedo, el último, ya casi no te queda tabaco. Y dice la gente que ahora eres formal, y yo aquí borracho en el cadillac y la vida te ha revolcado más de lo que merecías, piensas, ya ha sido suficiente venganza. Has tomado buena nota, has aprendido bien, ya no te ríes de nadie, si acaso de ti mismo, la experiencia te ha enseñado. ¿La experiencia? ¿Cómo era aquello que siempre decía Vicen cuando bebía y se ponía sentencioso? Con aquel acento de pueblo extremeño y su deje de antiguo tartamudo que el alcohol hacía brotar, rebelde.

– Macho, la experiencia es un peine que te dan cuando ya estás calvo.

 

20 años no son nada.

Autor@: Jorge Moreno

Ilustrador@: Laura López

Corrector/a: Mariola Díaz-Cano Arévalo

Género: Humor

Este relato es propiedad de Jorge Moreno, y su ilustración es propiedad de Laura López. Quedan reservados todos los derechos de autor.

20 años no son nada.

Hay veces que la vida te sorprende. Cuando parece que has olvidado, que las heridas han curado, que los recuerdos desagradables empiezan a difuminarse en la memoria y empiezas a dudar si son reales, si son tus propios recuerdos o son de otro o, quizá, de una vida anterior, la vida pone algo ante tus ojos que te devuelve tus vivencias, en toda su crudeza y te da la oportunidad de resarcirte de ellas.

Ese día, la vida decidió ponerme delante mi trauma de toda la vida, separado únicamente por una caja registradora. Él era Manuel García, estaba segura. Había cambiado mucho desde la última vez que le vi, cuando teníamos catorce años. En todo era más que entonces. Más alto, más viejo, más calvo, más gordo. Pero estaba segura, era él. La chapita prendida en su pecho, con el nombre de “Manu”, ratificaba mi descubrimiento. Me regocijé por unos momentos en cómo aquel chico que me arruinó la adolescencia había evolucionado, en el transcurso de veinte años, de príncipe azul, de líder de la clase, el más guapo e ideal, a aquel hombre feo, patético y grasiento. Yo también había cambiado. Ya no era aquella niña gordita, con aquellas gafas horrorosas y aquel corrector dental, que no me dejaba pronunciar bien las erres, a la que el último día de clase él devolvió una carta que yo había estado escribiendo durante todo el curso y que al fin me atreví a darle, llena de corazones que sustituían los puntos de las íes. Pero antes de devolvérmela se aseguró de enseñársela a toda la clase, promoviendo sus risas y acompañando su devolución, con palabras como “vaca burra”, “foca monje” y “antes me la corto”. No, a pesar de la humillación que arrastré durante toda la etapa del instituto, salí adelante, juré odio eterno a aquel majadero, me centré en mis estudios, terminé derecho y me asocié a un bufete de prestigio. Mi fuerza de voluntad y la medicina me ayudaron a sustituir mi aparato por unos dientes perfectos, mis gafas desaparecieron gracias a una cirugía ocular. Perdí peso y mi cuerpo floreció esbelto, y el bisturí contorneó y me dotó de lo que no conseguí en mis horas de gimnasio.

Y entonces, veinte años después, convertida en la mujer perfecta y una profesional de éxito, tenía ante mí al tío más bueno del colegio, que me había humillado y despreciado, convertido en una piltrafa y uniformado con una redecilla en el pelo.

Di gracias a la vida y me dispuse a resarcirme, pero cuando iba a abrir la boca para humillarle y hundirle, se me adelantó.

—¿Qué pasa, rubia? ¿Te decides de una vez o necesitas que te ayude con la carta? Es sencillo, puedes elegir hamburguesa o hamburguesa, pero tómate el tiempo que necesites. —Todo ello sin apartar la mirada de mi escote.

¡Sería cretino! Si tenía alguna duda, se acababa de disipar. Su voz ya no era la misma, pero sin duda su estupidez era genuina.

Abrí la boca, pero mi cerebro no la dejó emitir ninguna palabra. Tanto tiempo, tanto odio y tanto daño no podía ser finiquitado de cualquier manera. Necesitaba elaborar un plan que le proporcionara la mayor de las humillaciones y derrotas y que saciara mi sed de venganza por siempre jamás. Y su insistencia en mirar mis pechos me dio la idea para poder hacerlo.

Pedí un menú normal. Y me senté a tomarlo en una mesa desde la que pudiera verle y, sobre todo, él pudiera verme a mí. Comí y le miré, urdiendo cada detalle de los pasos que seguiría.

Al día siguiente volví, elegí un modelo menos provocativo, escondiendo mi cuerpo perfecto para obligarle a mirarme a la cara. Esperé mi turno y tonteé con él. El muy majadero ni siquiera se planteó que nos conocíamos, lo cual facilitaba mis planes.

Los días siguientes investigué sus horarios y le espié para localizar dónde vivía y conocer sus costumbres. A medida que descubría cosas sobre él, disfrutaba cada vez más al saber lo triste y patética que era su vida.

Unas semanas después me hice la encontradiza dos calles antes de que llegara al club que solía visitar puntualmente cada viernes. Le saludé sorprendida y le convencí para que me invitara a tomar algo, él miró con anhelo en la dirección del club al que se dirigía, pero fue fácil disuadirle con el vestido que llevaba, que no había sido elegido al azar.

Un mes después salíamos juntos. Evidentemente yo lo ocultaba de mis conocidos y quedábamos siempre en sitios donde no pudieran encontrarnos mis amistades. El sexo con él era algo repugnante, pero la idea de consumar mi venganza y cerrar los ojos, pensar en Brad Pitt e intentar no respirar, me ayudaban a soportarlo. Incluso una vez estuve a punto de alcanzar el orgasmo con esta técnica de no haber sido por su puntual eyaculación precoz, que por otro lado, si bien ese día concreto fue un inconveniente, suponía un alivio en nuestros encuentros.

El tiempo pasó y conseguí engañarle, hasta el día de hoy en que consumaré mi venganza.

Allí está, en el altar, al final del pasillo, mirándome con cara de lerdo. Con su patética barriga y sus escasos pelos que bordean su calva, aplastados, haciéndome dudar de si ha elegido ponerse gomina para la ocasión o son sus habituales restos de las hamburguesas. Me regocijo de cómo le he engañado para convencerle de que quería casarme con él y celebrar una gran boda, con toda su familia, incluso la lejana, y todos sus amigos, incluso los que tan solo eran conocidos del ascensor de su casa.

Avanzo hacia él y noto las miradas de sus familiares y amigos y me parece oír el murmullo interrogándose sobre cómo habrá podido conseguir una mujer como yo. Y sonrío porque sé que mi venganza será perfecta, colosal, la madre de todas las venganzas. Y entre todos ellos no hay nadie que me conozca, porque me aseguré desde el primer día en crear mi personaje, huérfana de padre y madre y huérfana de amigos e incluso de mascotas, aunque tampoco se mostró preocupado por ello, parecía que mirándome el culo cualquier cosa que le dijera era lo más normal del mundo.

Alcanzo el altar y recibo con asco su beso en mi mejilla, pero con la tranquilidad de saber que será el último. Y ese pensamiento me hace sonreír, con una risa que él nunca antes había visto y noto que se siente extraño, parece nervioso y eso me gusta. Miro a sus invitados y no puedo evitar que mi cara se ilumine y alcanzar las orejas con las comisuras de mis labios. Es el momento, le miro a él y me dispongo a infringirle la mayor y más dolorosa humillación de su vida. Me tomo un segundo y abro la boca.

—¿Lucía? Eres tú, ¿verdad? —me interrumpe el cura.

Me giro enojada, molesta porque haya interrumpido mi momento de gloria y dispuesta a hacerle callar.

—Te quieres ca… Ma… Ma… ¿Manu?

—¡Te acuerdas de mí! ¡Cómo has cambiado! Estás impresionante.

En cambio él sigue igual que hace veinte años, tan guapo e ideal, solo que con casulla. Dejo caer mi cuerpo y me quedo sentada.

—Me alegro de verte, ¿sabes? Desde el colegio he pensado mucho en ti, en lo mal que me porté contigo, y he vivido con la espinita de no haberme podido disculpar.

—Pero, pero… —Esto no puede ser posible. Miro al otro Manu, al primero, al objeto de mi venganza y le grito indignada—: ¿Pero tú no eras Manuel García?

—Claro, cariñito, Manuel García Hernández de toda la vida. ¿Pero qué te pasa?

—Anda, ¡qué curioso! Si yo soy Manuel García Fernández —dice el cura—. Encantado.

Miro a mi grasiento novio y al adonis hecho cura y no les encuentro el más mínimo parecido, salvo que los odio con toda mi alma.

—Bueno, ¿qué, me perdonas? —dice el cura.

—Bueno, ¿qué, nos casamos? —dice el otro.

Guardo dentro de mí las lágrimas, recojo la cola de mi vestido y me alejo del altar corriendo, pero muy digna, bamboleando mi cuerpo y sin soltar palabra.

—Vamos, cariño, no te pongas así —grita el marido frustrado—, nos casamos y, si quieres, piensa en él mientras lo hacemos, que ya sabes que tardo poquito.

Ilustración de Laura López

Las carcajadas de los invitados se clavan en mí, al igual que sus miradas, y ya no puedo retener las lágrimas, pero me detengo y dirijo una mirada a los dos Manus, para grabar bien sus rostros en mi memoria, porque sé que, algún día, aunque pasen veinte años, la vida me sorprenderá y pondrá ante mí la oportunidad de vengarme de ellos.

La voz.

Autor@: Inmaculada Ostos

Ilustrador@:  Laura López

Corrector/a: Carme Sanchis

Género: Relato

Este relato es propiedad de Inmaculada Ostos, y su ilustración es propiedad de Laura López. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La voz.

Andábamos sin prisa pero sin pausa, mi madre debido a su reuma y su artritis no podía hacer mucho más, tenía mucho dolor y además tenía un problema añadido, su enfermedad, aparte de crónica  era autoinmune, es decir, su sistema inmunitario la atacaba en vez de protegerla, con lo cual hacía su dolencia mucho más agresiva a la hora de padecerla.

Yo iba tremendamente feliz viendo a mi madre de nuevo, era una mujer luchadora,y llena de vida, había sufrido mucho a lo largo de su infancia  y juventud e incluso llegada la madurez, pero dia a dia se  había esforzado en  superarlo. Incluso su enfermedad, la cual arrastraba dignamente y con mucho esfuerzo pero siempre con una sonrisa .

Lo más admirable era, que pese a que muchas otras personas que la padecían, con la mitad de dolor que ella yacían en sus camas desesperados,ella no se rendía, luchaba con esa alegría suya innata que tanto nos transmitía.

De repente alguien arrolló a mi madre, en cuanto le vi caer sobre ella  nstintivamente me adelanté y le pegué un gran empujón, parecía ebrio , tenía los ojos inyectados en sangre .

-Eh tío ten más cuidado,- le grité, pensando que había sido algún descuido por parte del hombre, pero a ver que este se incorporaba e intentaba envestir de nuevo, le tuve que empujar de verdad, haciéndole caer estrepitósamente en el suelo.

Vestía andrajosamente y además iba cubriéndose la cabeza y el cuerpo con una especie de abrigo antiguo de color negro mientras intentaba ponerse de pie, le costó un par de minutos hacerlo. Mi pulso estaba acelerado, y mis puños permanecían fuertemente cerrados esperando el nuevo enfrentamiento. Pero esta vez el hombre no empujó, se levantó a duras penas  tras dos tensos y largos minutos.

Me miró vencido y después con un odio innusual me dijo:

-Me las pagarás . Después miró nervioso alrededor, como si alguien le persiguiera, volvió a mirar pero esta vez a mi madre, fijamente,con una extraña expresión entre maldad y desprecio, y luego se marchó.

 La gente ni se inmutó , me dió mucha rabia el vernos solas entre casi un centenar de gente, desde luego en este mundo nadie se mojaba por nadie. Mi hermana y mi madre que estaban tras de mí me cogieron por la cintura y me dijeron:

-Tranquila , ya está.

Pero hbaía algo que no me dejaba poderme tranquilizar, mi madre estaba bien que era lo que me importaba, ni siquiera había llegado a rozarla , pues instintivamente la había apartado hacia atrás y mi hermana la cogió, pero ese hombre…, ese hombre tenía algo que me turbaba mucho, no sabía explicar el que, pero desprendía un aura maligna casi inhumana. Finalmente tras las súplicas de mi hermana lo dejé estar, y seguimos con las compras.

 Una vez en casa, cómodas con nuestros pijamas  y mientras mi hermana y mi madre veían la telenovela, yo releía un libro de una escritora que se había hecho muy famosa llamada Anne Rice. Libro, que yo leí al menos cuatro años antes de que diera la campanada y se convirtiera en el top ventas de ese año. De repente oí unas extrañas carcajadas que me pusieron los pelos de punta, provenían del patio, yo vivía en un tercero así que dirijí la mirada al pequeño pasillo que estaba a mi derecha y daba a la puerta de entrada.

-¿Habéis oído eso?- les pregunté a las chicas.

-¿El qué? -me contestó mi hermana.

-Esas carcajadas…

-¿Estás bien cariño?, – me preguntó mi madre, mi cara debía de ser un mapa.

De nuevo se volvieron a escuchar, mucho más fuertes y de más personas, ahora mi madre y mi hermana también las oyeron y había algo muy raro en ellas, parecía como si tuviesen eco o como si se produjesen a kilómetros de distancia, pero eso no podía ser, provenían del patio, o ¿no?

-¿Asustada?- dijo una voz clara y gutural de repente. -brinqué del sofá y corrí hacia la puerta de entrada abriéndola de golpe. no había nadie alllí, miré escaleras abajo hacia la ventana del rellano inferior enlas que tantas veces me senté a leer en verano. Tampoco allí había nadi, solo el típico juego de luces y sombras de la tarde que se empieza a retirar para dejar paso ala noche. Otra vez las carcajadas y mucho más claras…

-¿Quién está ahí?- le grité al vacío, tras de mi, mi madre y mi hermana con sus caras también desencajadas , observando. Nadie contestó, pero otra vez esas risas que te erizaban la piel.

–  ¿De verdad quieres saberlo?- me dijo burlonamente de nuevo esa voz, esa voz desconocida pero que a la vez me sonaba tan familiar.

–  No creo que pudieras soporarlo, pero se acaba el tiempo, y vengo a cobrarme lo que te prometí.

Un frío helado recorrió mi espina dorsal mientras mi cerebro iba encajando todas las piezas.

–  sí, efectivamente soy yo, te dije que me las pagarías y sabes cual es el precio, que es lo que no me dejaste llevarme esta mañana y lo que me tengo que llevar.

–  ¡Jamás!- le grité.

–  No te lo estoy pidiendo ,solo te informo,  no puedes hacer nada y lo sabes ¿verdad?.

Miré entonces el libro que aún seguía en mi mano, en letras negras se leía:

Lestat el vampiro, y un miedo atroz recorrió todo mi ser , pues me di cuenta de que, esas voces eran tan espeluznantes porque no sonaban en el patio sino dentro de mi mente, y que se hacían más fuertes a medida que avanzaba la tarde. Comprendí que el ser que tanto repeluz me dió en el mercado era un vampiro, y que desde el principio se quería llevar a mi madre.

El miedo me paralizaba pero, yo no estaba dispuesta a dejarle ganar, no volvería a perder a mi madre, otra vez no. Así que me metí en casa de nuevo con ellas y a  empujones las hice vestirse mientras con voz apremiante les dije:

Vámonos.

-¿A dónde?- lloriqueó mi hermana. -Ya le has oído, no hay lugar…

-Nati, no voy a dejar que estropeé mi sueño, este que tanto me ha costado coseguir tras años de no poder soñar. No te preocupes conozco a añguien, pero nos tenemos que marchar ya.

Así que todas nos vestimos y salimos precipitadamente a la calle camino a la iglesia, y tan rápido como las maltrechas piernas de mi madre le permitían. No paraba de observarla, su pelo castaño y rizado, sus preciosos ojos azules, tan dulces, esos labios teñidos de carmín que tanta veces me habían besado y los cuales pintaba con esmero p pues era muy coqueta. Y aspiré ese olor, ese olor corporal suyo que me recordaba a la limpieza en su más puro estado y a la piel de bebé. Noté como mis tripas se encojían y mi corazón estallaba de dolor, pero me  sobrepuse, teníamos que huír, y él, como en mi último sueño me iba a ayudar.

-Lestat, estoy aquí.

Las puertas del panteón de la iglesia se abrió. Las voces estallaron en un murmullo aterrorizado, vencidas, rabiosas.

 Seguro que el intento de vampiro no se esperaba que tuviese estas poderosas influencias, sonreí victoriosa. Había ganado, ¿pero a costa de qué?

Ilustración de Laura López

Me desperté sobresaltada, envuelta en sudor.

A costa de mi sueño, me dije y mi cuerpo empezó a convulsionar descontroladamente, mientras mis sollozos incrementaban a la vez su intensión.

Mi madre seguía muerta, no estaba, ni estaría jamás, y ni siquiera despues de cinco años intentando soñar con ella la había tenido ni dos segundos…

8ª Convocatoria: El Fin del Mundo.

” INFIERNO
Estoy en el camino de tierra negra,
dando pasos en este oscuro suelo que salpica su polvo en mis pies pequeños.
No sé dónde me dirijo,
y si llegaré a algún lugar tranquilo.
No hay cansancio aún en mi cuerpo maltrecho,
Pero sé que se aproxima el ocaso.
No veo luz alguna,
y mis ojos no distinguen estas manos secas que me duelen de tanto palpar el vacío.
La noche es eterna en este paraje sin sol, sin brillo,
y no veo señas de otros como yo.
Los sonidos se han extinguido por completo,
y puedo sentir la nada que atraviesa mi piel,
como espada de muerte.
Los recuerdos se pierden despedazados,
como destellos fugaces que perecen en la negrura de la soledad infinita.
Los pensamientos pasan sin prisa,
y la incertidumbre domina mis decisiones.
En este mundo olvidado,
me he convertido en un espejismo de mi sombra,
y desesperado,
reposo sobre esta oscura tierra,
deseando que los fieles sirvientes de la vida o de la muerte se presenten,
y reclamen los despojos de mi alma.
( Rafael Toro ) “

He aquí la 8ª Convocatoria de Surcando Ediciona bajo el lema “El fin del mundo”.¿Un final definitivo hacia la “nada”?, o ¿un “exterminio” necesario para empezar de nuevo?, Cada ser humano atisba, cual y como será la “fecha limite” para nuestro mundo, tal y como lo conocemos pero…. ¿realmente estamos preparados para aceptarla? …………………

Esta ilustración pertenece a Laura López . Todos los derechos reservados.

El principio del fin.

Autor@: Carme Sanchis

Ilustrador@:  Laura López

Corrector/a: Carme Sanchis

Género: Relato

Este relato es propiedad de Carme Sanchis, y su ilustración es propiedad de Laura López. Quedan reservados todos los derechos de autor.

El principio del fin.

Sabíamos que tarde o temprano este día llegaría. Ya habíamos recibido muchos avisos, y los habíamos ignorado. Nuestra única manera de sobrevivir era la adaptación, pero, ya era demasiado tarde.

Los polos se fundían mientras nosotros seguíamos malgastando energía y tirando a la basura miles de objetos contaminantes. Seguíamos tirando residuos al mar. Seguíamos pensando que éramos los dueños del mundo. Hasta que el mundo se cansó de aguantarnos.

En todos los puntos de nuestro planeta empezaron a aparecer casos de una nueva enfermedad. Saltó la alarma para los medios de comunicación, siempre encantados de tratar el drama. En todos los hospitales del mundo, los médicos y enfermeros se preparaban para la llegada en masa de esta nueva epidemia. Los más escépticos decían que sería como la Gripe A, mucho caos al principio y después tranquilidad. Qué equivocados estaban.

La primera muerte se produjo una semana después de que apareciese el primer caso. Una niña de solo 6 añitos, la noticia dio la vuelta al mundo. Cientos de laboratorios investigaban día y noche la vacuna, dispuestos a salvar muchas vidas y embolsarse muchísimo dinero.

Mientras todo esto pasaba, los grandes glaciales del mundo empezaron a quebrarse. Los científicos no podían entender cómo era posible que estuviesen viviendo esa situación, sus estudios decían que faltaban cientos de años para que eso pasara. Más errores.

Debido a los movimientos del planeta, decenas de volcanes despertaron, algunos después de varias décadas. El nivel del mar empezó a subir más rápidamente, y millones de personas tuvieron que dejar sus casas y ser redistribuidos a otro lugar, pero el plan de evacuación se salía de lo que se había visto hasta ese momento. La mayoría de islas quedaron inundadas, y las ciudades más cercanas al mar pronto yacerían en el fondo del mar.

Las relaciones diplomáticas internacionales, ya quebradas por la crisis mundial, se rompieron por completo. Unos países echaban la culpa a otros por haber contaminado demasiado, algunos por no haber tomado medidas hasta el momento, y el resto echaban en cara no haber intentado solucionarlo antes.

Un temblor destrozó ciudades enteras por el este oriental, apenas tuvieron tiempo de calmarse cuando por el horizonte se levantaba una gran ola que destrozaría de nuevo todo lo que se encontrase a su paso. Como poco más de un año atrás.

Miles de personas estaban muriendo y nadie podía hacer nada por solucionarlo. Los más creyentes se reunían en sus lugares de credo para pedirles a sus dioses ayuda. Ninguno respondió.

Sabíamos que no éramos inmortales, sabíamos que no éramos dioses, pero nos comportábamos como tal.

Los líderes de cada país empezaron a dar sus mensajes de alerta al pueblo. Algunos seguían negando la evidencia, otros intentaban enmascararla y unos pocos dijeron la verdad.

“El mundo se acaba. Pasen sus últimas horas con los seres que más aprecian. Olviden todas las disputas y disfruten de lo poco que nos queda”.

Si hubiésemos sido capaces de controlar nuestro consumo. Si hubiésemos respetado la naturaleza, el mar, la Tierra. Si hubiésemos terminado las guerras y hubiésemos unido fuerzas para crear un cambio… el fin del mundo no hubiese llegado.

Ilustración de Laura López

 Pero, lo mejor de todo, es que todavía estamos a tiempo.

 Pensad en todo lo que podemos hacer cada uno de nosotros por mejorar este mundo, en todas las pequeñas cosas diarias que pueden significar una vida mejor en el futuro. Debemos dejar a nuestros hijos un planeta sano y verde.

Nunca olvides que la naturaleza es nuestro mayor aliado, y cuando perezca, nosotros pereceremos junto a ella.

Nuevo caso para Anselmo Guijarro.

Autor: Ricardo González Filgueira

Ilustradoras: Marta HerguedasLaura López

Género: Relato corto

Este relato es propiedad de Ricardo González Filgueira, y sus ilustraciónes son propiedad de Marta Herguedas y Laura López. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Nuevo caso para Anselmo Guijarro.

Leí una vez en cierto libro que la casualidad no existe. O tal vez me lo dijo alguien, no lo sé. Supongo que lo que trataban de decirme es que cada uno es dueño de su propio destino. Tengo mis serias dudas. O quizás no.

Ernesto Cantimpalo era un tipo alto, flaco, con nariz aguileña. Tenía la calva más reluciente que yo haya visto nunca y usaba unas gafas de montura cara. Ya le conocía de trabajos anteriores. De hecho siempre me encargaba lo mismo. Vino a verme una tarde gris, y me pilló mirando cosas en internet que no os confesaré. Supongo que estaría mejor ocupándome y preocupándome de aquel montón de facturas que se acumulaban encima de mi mesa desordenada, pero lo cierto es que no me apetecía en aquel momento. Minimicé la pantalla.

– Quiero que vigile a mi mujer. Necesito saber si me está siendo infiel

– Lo hemos hecho en otras ocasiones y el resultado siempre ha sido negativo.

– Insisto en que la investigue de nuevo.

Le expuse mis tarifas y mis condiciones, y recabé cuanta información necesitaba acerca de mi objetivo. Más bien poca cosa, pues ya digo que el trabajo no era nuevo para mí. Me aseguró que el dinero no sería un problema. Quedé en llamarle a medida que fuera obteniendo algo.

Laura  del Soto Harrington era una atractiva mujer que atravesaba la cincuentena, toda ella curvas y elegancia. Primera clase, una real hembra dotada de glamour y magnetismo. Al menos a mí me atrapó desde el primer día en que comencé a seguir sus pasos. Y de eso hacía ya tiempo. Me turné con Lorena para vigilarla y aposté a Sebas frente a su domicilio habitual, un suntuoso y aislado chalet en la Sierra.  Debía tomar nota de sus visitas durante el poco tiempo que mi cliente no estaba allí con ella.

Nada. Compras, peluquería, visita a exposiciones de arte. Un café con su hermana o con alguna amiga. Casi todas las tardes visitaba a su madre en una lujosa residencia de ancianos.

 En una ocasión Lorena la siguió en su visita a un Spa. Se limitó a relajarse de piscina en piscina. Le pregunté por su aspecto en ropa de baño. Me dijo que la había observado incluso en el vestuario.

–          Jefe, no es una talla 36, pero te aseguro que podría volver loco a cualquier hombre al que le gusten un poco jamonas.

Tampoco aquello era nuevo para mí. No había mucho más que indagar.

Tres semanas me parecieron un tiempo prudencial, y un lunes por la mañana cité nuevamente en la oficina a mi cliente. Insistió en vernos en otro sitio y me invitó a comer a Jarvey´s

– Recuerde llevar corbata- me dijo antes de colgar. No hacía falta. Uno puede no ser un exquisito frecuentador de esa clase de lugares, pero tiene su mundo.

El tugurio en cuestión no estaba mal, y la comida no desmerecía. Langosta y Roast Beef.  Dos botellas de vino, blanco con el primero y tinto para el segundo. Que no bajaban de sesenta floros cada una. No quiso que le adelantara nada. Me habló de cosas sin relación con el asunto, irrelevantes por completo. Pero que me dieron muchas pistas para entender quien era Ernesto Cantimpalo.

Tras el postre pasamos a un pequeño salón privado y nos arrellanamos en unos butacones de piel. Sin necesidad de decirle nada, un camarero le sirvió un cognac de nombre francés que yo nunca había oído. Pedí  bourbon sin hielo. Me trajo un Meedley´s doce años y luego cerró la puerta tras de sí dejándonos solos.

Mi cliente encendió un habano

– Puede usted fumar, Guijarro. Aquí no rige la ley antitabaco- exhaló una bocanada de humo- y bien, cuénteme qué ha averiguado.

Encendí un cigarrillo y luego le expuse lo que había. Nada, al igual que las otras veces. No pareció sorprendido, más bien contrariado. Meditó unos instantes y me apuntó con el puro.

– Guijarro, sé que usted tiene sus contactos. Necesito que alguien haga cierto trabajo. Cobrará mucho dinero por ello y usted también por buscar a la persona adecuada – dio una larga chupada al habano y entornó los ojos- le diré lo que debe hacerse…

Mentiría si dijera que me sorprendió. Es algo más usual de lo que se piensa. Un tipo se casa con una mujer atractiva y rica por herencia. Adquiere una posición y un tren de vida con el que nunca había soñado. O sí.  Descorchar el champagne en vez de ver cómo se le han terminado las burbujas es el sueño de casi todos. Pero hay hombres y mujeres para quienes perseguir ese sueño es lo único que da sentido a la vida. Como un perro tras una liebre. Ya sea con la locura de un galgo o con la tenacidad de un sabueso. Muchos lo consiguen. E incluso algunos, una vez lo han alcanzado, no saben pararse ahí.


Ilustración de Laura López

No me lo dijo, pero conozco esa historia. Vieja como el mundo, aunque ahora lo llamen la crisis de los cuarenta, o de los cincuenta. O el último tren, o el derecho a ser feliz, o como se quiera. Al descubrimiento de la grasa abdominal y la alopecia le sigue el vértigo del tiempo ido, que da paso al deseo irrefrenable de rejuvenecer. Y siempre hay otra mujer dispuesta a poner su juventud y su turgencia al servicio de su propio sueño. El hombre tiene la edad de la mujer que ama, piensa Romeo, y además se lo cree. En esta tesitura la legítima, que primero fue el trampolín, ahora estorba. Si no se puede plantear un divorcio ventajoso se decide eliminarla para disfrutar de la lozanía sin renunciar al dinero. Y ahí entraba yo. Debía buscar y contratar la mano ejecutora, por supuesto a cambio de una cantidad jugosa.

 El matrimonio no tenía hijos. El personal de servicio abandonaba la casa a media tarde, cuando solía llegar mi cliente de su partida de golf vespertina. La mujer siempre llegaba en su coche un poco más tarde, tras visitar a su madre. Los días de semana cenaban juntos y solos. Pero aquel viernes había una entrega de trofeos y una cena solo para hombres en el Club de Golf. Ella estaría sola en casa y mi cliente rodeado de amigos con una inmejorable coartada. Debía parecer un robo con violencia. El asesino entraría en el chalet y obligaría a la mujer a abrirle la caja fuerte antes de eliminarla. El sabría cómo hacerlo. En el interior hallaría una suma importante, su pago como sicario. Un trabajo para un profesional que debía desaparecer sin dejar rastro. Sin errores.

La simple revelación de aquellos planes era de por sí una encerrona de la que yo no podía evadirme sin consecuencias. Negarme al encargo y salir de allí sabiendo todo aquello me convertía en una bomba de relojería, un peligro que sería prioritario eliminar.

Apuré el bourbon y acepté el trabajo.

El miércoles llamé a mi cliente.

– Todo está dispuesto. Tan solo una cosa. Mi parte debe ser entregada mañana por la mañana o todo será abortado

– ¿Porqué?

– Nuestro hombre me conoce a mí, pero no me relaciona con usted. Si algo sale mal, más vale que yo me quite de la circulación cuanto antes y con los riñones cubiertos. De lo contrario peligro yo y también usted. Es mi última palabra. O se hace así o no se hará- se hizo un largo silencio al otro lado de la línea.

– Está bien, Guijarro, así se hará. Pero no me la intente jugar. Tengo medios para hacerle encontrar y devolverme esa cantidad con unos intereses que pueden ser muy dolorosos.- el tipo comenzaba a mostrar su verdadera cara.

– Descuide, no hará ninguna falta. Todo saldrá bien. Es una simple precaución.

A la mañana siguiente recibí un paquete por mensajería. Dentro de una inocente caja de bombones, estaba todo el dinero. Llamé a Sebas:

– Tengo trabajo para ti esta tarde.

– Bien, jefe

Al atardecer del jueves Sebas aflojó las bombillas de las luces de freno de su coche y siguió discretamente a la mujer en su recorrido de vuelta a casa. Tras tomar la carretera comarcal la rebasó en una recta y se colocó por delante. Entonces, justo antes de entrar en una rotonda, Sebas frenó con toda la brusquedad de la que fue capaz. Ella no pudo reaccionar a tiempo y se le echó encima sin remedio.

Sebas llamó a la Guardia Civil de Tráfico. Llegaron dos motoristas. Luego un furgón de atestados y una ambulancia, que se los llevó a los dos. A Sebas le hicieron una radiografía de la zona cervical y a ella la atendieron de las quemaduras en manos y rostro producidas por el airbag.

No consiguió hablar con su marido por más que lo intentó. Fue su hermana quien acudió a buscarla y se la llevó a casa ya de madrugada. Al llegar sufrió una crisis de histeria.

Según recogió el sumario, el cadáver presentaba tres impactos de bala. El primero fué en la rodilla. Seguramente se hizo para conminar al hombre a que condujera al ladrón hasta el lugar donde guardaba el dinero y le abriera la caja fuerte. Los otros dos, en el pecho y en la frente. Se utilizó un revolver, con lo que no aparecieron casquillos de bala que permitieran seguir el rastro del arma. Ni huellas ni otro tipo de pistas. Todo tenía el sello de un profesional. Por supuesto, la policía interrogó a la esposa, que nada les pudo decir porque nada sabía. Había escapado de morir junto a su marido de forma milagrosa, a causa de un  accidente de tráfico.

Han pasado unos meses desde todo aquello y Sebas ya no lleva el collarín. De Miroslav no volví a tener noticia alguna, cosa que me alegra.  Es peligroso, una mala bestia sin piedad ni remordimientos, a quien le da igual un jueves que un viernes y un hombre que una mujer. Pero no tiene un pelo de tonto. Puso tierra de por medio y es seguro que no piensa volver.

En cuanto a mí, las facturas de encima de mi mesa desaparecieron, y con ellas muchas de mis preocupaciones. La verdad es que no voy mucho por la oficina últimamente. Me planteo dejar que Sebas y Lorena sigan llevando la agencia solos. Yo estoy muy ocupado. Mantengo un apasionado idilio con una viuda, toda ella curvas y elegancia. Una real hembra dotada de glamour y magnetismo. Nuestro romance arranca ya desde los primeros tiempos en que su difunto esposo me encargara seguirla. Y desde que ella ha enviudado podemos permitirnos pasar más tiempo juntos. Me desvivo por procurarle mis más solícitos cuidados.

Además, me he empeñado en mejorar mi handicap.


Ilustración de Marta Herguedas

Memoria

Autor: Miguel Ángel Rodrigo

Ilustrador: Laura López

Corrector: Elsa Martínez

Género: Relato

Este cuento es propiedad de Miguel Ángel Rodrigo, y su ilustración es propiedad de Laura López. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Memoria

Un plato del color del caramelo. La sopa caliente. Aroma con disfraz de caldo de verduras. Y soñando hacia el techo la utopía, un humo débil. Hilera sinuosa, hechizante. Diluida su danza en el ascenso. Porque ser humo es ser nada. Escapan del caramelo la hilera que sueña y el aroma que se disfraza. Es la sopa caliente una sopa blanca; del color del hielo. Es suave. Es sosa. Flotan pistones y estrellitas que tú y la cuchara andáis mareando. La habitación y la estufa de butano y tú. Yo también. Al menos hoy, yo también. La estufa y su calor y tú y yo y nuestros alientos. El cristal de la ventana perlado de nuestra condensación. Fuera no nieva. Ni llueve. No es gris este día. Ni es blanco ni es negro. Tampoco es del color del caramelo. Ni de ninguno. Sólo es un día. Hoy es cualquier día.

«No sé si te lo he contado alguna vez», me cuentas, «hasta los quince años estuve convencido de poder recordar mi vida entera. Cada detalle de cada día. Cada minuto. Entonces recordar era sencillo», dices. Y miras la sopa.

«Fue Sonia quien me hizo caer en la cuenta. Hablábamos de los veranos. De que ir al pueblo ya no se llevaba. De que ninguno de los dos había ido nunca de vacaciones a un pueblo. Es curioso, ¿verdad?, sobre todo teniendo en cuenta que nuestros padres sí. Imagínate lo hartos que debieron terminar de fiestas, de pandillas y de orquestas, que no regresaron ni para borrar las huellas. Por eso nunca fuimos. En cambio, y a cambio, cada año nos perdíamos en algún lugar desconocido.  Íbamos acumulando rincones del mundo en la mochila. Viajé mucho de crío. También Sonia. Debo reconocer que hubiese preferido otro tipo de vacaciones. Y es que éramos demasiado niños, y los niños están poco hechos a las esencias que aguardan al viajero. De niño, uno no comprende el valor de la distancia porque no ha aprendido todavía a añadir el peso específico que cobra un lugar cuando está lejos. Sí, pienso que fue un despilfarro cognitivo. Un prematuro exceso empírico. En realidad, nos daba igual la Plaza Roja que Port Aventura, el Gran Bazar que La Illa Diagonal. Tampoco la solera histórica de los enclaves nos importaba un pimiento; tardé años en comprender el embrujo que había ejercido sobre mis padres aquella pirámide de cinco mil años que más tarde supe o atendí o quise atender era la tumba de un faraón egipcio llamado Keops –terminas casi sin aliento y tomas aire y me da la sensación de que te vas a lamentar por algo–: Ay, el pueblo. –Te lamentas. Y suspiras–. Hubiera querido tener uno al que ir. Del pueblo (de los pueblos –matizas–) sólo sabíamos lo que explicaban cada septiembre aquéllos que conservaban allí la casa y aquí la costumbre. Sonia y yo escuchábamos con avidez sus castizas aventuras y admirábamos aquellos bronceados tan estupendos. Sanos. Casuales. Categóricos y genuinos. Correlativos al lugar y a la época, como los tonos amarillos son al otoño de montaña. Y así, cada septiembre, tras nuestros viajes respectivos, volvíamos a envidiar el cómo, sencillo y fascinante de los veranos de pueblo. De piscina con toboganes y ríos limpios; de bicicletas para todos y patines sin rodilleras; de amistades profundas y  protoamores previos a los amores primeros. Los padres de Sonia no eran mis padres, te lo aclaro –me aclaras– por si me he estado explicando mal –y asiento mientras pienso que en realidad no te has explicado mal, tampoco esta vez, pienso. Y retomas:– Pues eso, que rara vez coincidimos en el destino de nuestros viajes. Recuerdo el verano que nosotros pasamos en Noruega. Los padres de Sonia la habían llevado a Japón. Qué envidia llegué a sentir. Japón me fascinaba. Estaba deseando regresar del frío nórdico para encontrarme con ella y vivir su viaje a través de cada detalle que pudiera hacerle evocar. Y grabármelo a fuego. Claro que por aquel entonces mi idea de Japón y la mística que había construido a su alrededor eran consecuencia directa de aquella costumbre invariable que llegó a ser ver el Goku. Cada tarde después del colegio. –Te detienes y me miras con los ojos muy abiertos–. Vale, ya lo pillo, no hace falta que pongas esa cara –dices mientras tomo conciencia de ella, de mi cara, de su expresión. La examino y compruebo que es normal. Y pienso que me preparas algo. Una broma, tal vez–. A ti eso del Goku te suena a chino. Pero es japonés –te ríes y toses y te ahogas y me río yo también sin ahogarme ni toser–. Yo te explico, escucha con atención: “Hace mucho, mucho tiempo –tu voz es solmene–, en una época misteriosa de la cual nadie no ha visto ni oído hablar, en una montaña a kilómetros y kilómetros de la ciudad, vivía un niño completamente solo con la madre naturaleza como única compañíaˮ. Me acuerdo bien de cómo empezaba–dices. Pareces estar de buen humor ahora. Los recuerdos son caprichosos, pienso. La memoria una malcriada, maldigo. Y me explicas que el niño se llamaba Goku y que su pelo parecía la copa de una palmera. Me hablas de grandes maestros en artes marciales y de unas bolas mágicas que concentran el poder de conceder cualquier deseo». Querría encontrarlas. Pedirles que vuelvas.

La cuchara llena. Trémula. La acercas a tus labios. Temblones. Bajas la mirada y la fijas en ella. Un océano completa su concavidad. Inoxidable el fondo. Aséptico. Estéril. Un golpe de pulso rompe la tensión de la tensión superficial. Gotas de caldo se arrojan al vacío lleno de sopa que hay en el plato.  Cae un pistón y vuela una estrella y entonces estalla todo en un géiser de color blanco que huele a verduras. Tu apetito hecho de hielo. Bajas la cuchara de nuevo y la apoyas en el vidrio barato que es del color del caramelo. Me sigues contando: Que fue Sonia quien te hizo caer en la cuenta. Que hablabais de los veranos; de que ir al pueblo ya no se llevaba, me cuentas que hablabais. Y te escucho. Y te quiero.

«Y una tarde –prosigues tras haber dado toda la vuelta–, Sonia me preguntó: “¿te acuerdas de lo bien que lo pasamos aquel verano en Lyon con André?” Recordaba que habíamos coincidido en Lyon un par de años atrás. Sonia y sus padres y los míos y yo. Pero el tal André no tenía cajón alguno asignado en el archivador de mi memoria. “¿André? –inquirí–. No”. Fue terrorífico. No lo recordaba en absoluto. Sonia me enseñó unas fotos donde se nos veía a los tres juntos bañándonos en la piscina del hotel. Qué bonito era aquel hotel, por cierto. Guardé silencio. Aquellas fotos fueron un batacazo. No lo recordaba todo de mi vida, como hasta entonces había creído. No cada detalle de cada día. No cada minuto. ¿Qué otras cosas habrían escapado ya del baúl de los recuerdos?» –te miro y no digo nada. Tengo la respuesta pero no te gustaría. Resoplas y continúas.

«Al cabo de pocos días recordé a André. Vagamente al principio y con claridad después. Se lió en Lyon con Sonia. Aquel mismo verano. El único verano en Lyon. Ella y yo teníamos trece años y él tenía ya quince. Yo era muy niño y un niño parecía. Sonia era muy niña pero lo parecía menos. André tenía quince años y una voz más grave que la mía y se afeitaba y hablaba francés. Joder. Y sucedió la última noche. Después de haber bailado y reído y poco a poco haber comprendido que tres son multitud, me fui a no dormir a mi habitación mientras ellos no dormían en el vestuario de la piscina. Éramos unos niños pero no lo éramos tanto. Sucede cuando la vida despierta y se deja de dormir o ya se duerme menos, a deshoras. Vaya –suspiras–, reprimí ese recuerdo después del viaje. Qué te parece».

«¿Qué si me gustaba Sonia? –preguntas como si te lo hubiera preguntado yo–. A los trece te gusta lo lejano y desconocido. Sin remisión. Lo idealizas volviéndolo imposible. Y cuanto más imposible lo vuelves, más te gusta. Más lo deseas. Como Japón. Como también Sonia. Luego, el paso del tiempo cambia algunas cosas. La intensidad de las percepciones se ajusta a preferencias nuevas. Por ejemplo, Japón me gustó cuando lo visité, pero hoy elegiría vivir en Noruega, tocan muchos más metros cuadrados por habitante. –Ahora tus pupilas se dilatan–. A Sonia, sin embargo, no la he olvidado».

Se esfuma el humo y llega el turrón. Blando el de Alicante y duro el de Jijona, pugnan ambos por escasear en un plato del color del hielo. El mismo color tiene la sopa que no te has tomado. Y también del hielo toma el frío ahora. Entonces, sopa y cuchara y frío se alejan en un platillo volador del color del caramelo. Y tú que lo observas querrías también escapar, pero no sabes de qué.

«En cambio, creo que Sonia me olvidó enseguida. ¡Qué coño! –protestas, carraspeas–. Pues claro que me olvidó, le faltó tiempo. La última vez que nos vimos teníamos veinte años. Un desastre absoluto. No habíamos hablado desde los diecisiete. Estaba preciosa. Yo idiota. No supe qué decirle. Ella me explicaba lo suyo y me preguntaba por lo mío. Fue muy dulce, eso sí. Pero percibí que su zalamería era fingida o estudiada. Hecha a medida para zanjar con solvencia aquel reencuentro inoportuno. Pesado. ¿Entiendes?» Te detienes. Me miras y esperas respuesta. Empatizo y te digo que claro, que lo entiendo. Asientes como si ahora ya pudieras continuar. Y, con seguridad, continúas: «Así que sólo pude sostener en el tiempo mi cara de idiota y contestar idioteces intemporales: que si sí, que si no, que si bueno, que si vale. Y no permitir que ella descubriese que yo había descubierto su prisa, su compromiso conmigo. Qué ridículo. Son curiosas las palabras, ¿no te parece?, pueden llegar a cobrar significados bien distintos. “Su compromiso conmigo”», repites con un susurro que es elegía sin métrica ni rima, pero que sí llora. Y qué será eso que llora, me pregunto. «La esperaban. Algún otro André que me pasaba por delante. ¿Sabes qué hice después?»  Te miento y te digo que no y me intereso. Tú esperas. Te significas. Y me lo cuentas: «Me monté en el coche y me ­­­fundí dos depósitos de gasolina hasta Lyon. Conduje escuchando todo el tiempo a Jamiroquai. Sí, ya lo sé, tu opinión de Jamiroquai es equivalente a la que yo tenía de Estrellita Castro a tu edad. Pero es que era tan funky», dices y te arrancas a cantar el bajo de Cosmic Girl.

Ilustración de Laura López

Ilustración de Laura López


Te observo y me pregunto si llega un momento en que sólo somos memoria. Y concluyo que sí. Que ni más ni menos. Y mirándote mirar lo duro que parece el turrón de Jijona, tengo la certeza de que, cuando la perdemos, termina lo que hemos sido aunque vivamos otras vidas en ficciones febriles. Enfermas. Por eso me hace tanto daño saber que Sonia no  existe ni ha existido y que nunca has ido más allá de los Pirineos. Que ni siquiera tenías carnet de conducir a los veinte y que has confundido desde siempre China con Japón. No sabes cuánto me duele decirte que sí mil veces mientras mil veces más te escucho con atención aparente y el alma rota. Me duelen cada día tus días cualquiera de sopa sin sal y turrón sin azúcar. Dependes de mí para existir. Para ser memoria. Porque cuando yo desaparezca y no quede nadie que sepa quién fuiste, ya no serás nada. Serás humo. Cómo decirte hoy que para mí lo has sido todo. Piensas en algo ahora. Tal vez en lo blando que parece el turrón de Alicante. Entonces te beso. Y te dejo en la mesita un paquete lleno de vacío con algo que es mi regalo. Y te digo que te quiero. Y que feliz navidad, papá.

Desde el umbral de la puerta te oigo hablar.

«No sé si te lo he contado alguna vez», cuentas a nadie, «hasta los quince años estuve convencido de poder recordar mi vida entera. Cada detalle de cada día. Cada minuto. Entonces recordar era sencillo», dices. Y miras nada.

 Miguel Ángel Rodrigo Jiménez

Noviembre de 2011

Una cabaña en el bosque

Autora: Mª Carmen Moreno Alférez

Ilustrador: Laura López

Correctora: Mary Esther Campusano

Género: relato, misterio (a partir de 13 años)

Este cuento es propiedad de Mª Carmen Moreno Alférez, y su ilustración es propiedad de Laura López. Quedan reservados todos los derechos de autor.

UNA CABAÑA EN EL BOSQUE

Como todos los jueves, los cinco jóvenes se reunieron en la cabaña del bosque para contar historias de terror. Carlos había sido el primero en llegar por lo que sería él el que contaría la historia hoy.

Los cinco chicos estaban sentados en el centro de la habitación, que hacía años que ya no era un salón, alumbrados por cinco velas colocadas simétricamente delante de ellos y que daban un aspecto aún más misterioso a la estancia.

Carlos comenzó su historia.

«Esta historia sucedió en este mismo bosque en el que nos encontramos hace ahora cien años. Esta casa pertenecía al marqués de Casalla. El marqués era un buen hombre. Era amable con todos sus vecinos, cariñoso con sus seres queridos, además de atento, compasivo y desinteresado. Trabajaba casi todo el día en una organización benéfica en un intento por ayudar a los más desfavorecidos. Tenía una esposa muy bella que estaba entregada en cuerpo y alma a su marido.

Así transcurrieron los años y, para Carla, la llama del amor que con tanto ímpetu ardía se fue apagando. Las jornadas de trabajo del marqués eran cada vez más largas y esto hacía que su bella esposa se sintiera cada vez más sola.

Un día, mientras paseaba por el bosque que rodeaba su mansión, se encontró con un joven montando a caballo. La mujer se sobresaltó. «¿Quién era ese hombre? ¿Y qué hacía en sus tierras?» Como si le hubiera leído el pensamiento el hombre se presentó. «Buenos días, señora marquesa. Me llamo Antonio Davide. Vivo en los terrenos que colindan con su propiedad. Hoy mi caballo no ha querido obedecerme y se ha adentrado en sus terrenos. Le  ruego disculpe mi osadía.» La marquesa se hizo la ofendida pero una incipiente sonrisa delataba su agrado ante la presencia del muchacho. Tras un intercambio de amables palabras, la marquesa lo invitó a que viniese a su propiedad cuando quisiera. Así, el joven volvió cada día a visitar a la dama. Lo que al principio fueron unas visitas de cortesía se fueron convirtiendo en citas para tomar un café, para jugar al ajedrez, pasear… hasta que los dos jóvenes se convirtieron en amantes.

En la aldea, las aventuras de la marquesa eran un secreto a voces. Todo el mundo sabía lo que ocurría menos el marqués ya que, como sabemos, el cornudo es el último en enterarse. Así pasaban los días. Mientras el marqués trabajaba más y más, su esposa se entregaba a su amante.

Quiso el destino que un día el marqués se encontrara mal y volviera pronto a casa. Los amantes estaban tan entusiasmados que no escucharon la puerta. Tampoco se percataron de unos pasos que subían por las escaleras. Cuando abrió la puerta no pudo dar crédito a lo que veía. Sin pensárselo, sacó del bolsillo de su chaqueta el pequeño revólver que llevaba siempre consigo y los mató. Desde entonces, cuenta la leyenda que el espíritu de la marquesa vaga por este bosque intentando recuperar la vida perdida.»

Los chavales acogieron con risas el final de la historia. Aunque algo recelosos no querían mostrar su temor. Todavía con los pelos de punta comenzaron a salir del caserón. Tenían que atravesar parte del bosque para llegar a la senda que les llevaba de vuelta a casa. Caminaban desternillándose de las ocurrencias de Carlos y bromeando sobre aquella dama que podía aparecer tras cualquier árbol o escondida tras alguna sombra. Así, broma tras broma, continuaron su camino.

Al día siguiente, una noticia sobresaltó a los habitantes del pueblo: «Desaparecen cinco jóvenes». Nadie supo explicar que les había pasado a los chicos. Tampoco encontraron sus cuerpos. Simplemente no volvieron a casa.

En la casa del marqués, emparedados, los jóvenes no paraban de gritar pero nadie escuchaba sus gritos. No sabían cómo habían llegado allí. Una joven y hermosa mujer sonreía desde el salón de la mansión.

Imagen de Laura López

Imagen de Laura López

Los padres, alertados por la desaparición de los muchachos, comenzaron la búsqueda. Tras preguntar a algunos de sus amigos se enteraron de las reuniones en la casa del bosque. Una patrulla se dirigió al lugar pero ni siquiera llegaron a entrar. Justo antes de la puerta de la mansión un extraño olor les alertó. «Debemos salir de aquí» -dijo uno de los padres.

A las pocas horas volvieron con unas mascarillas especiales. No sabían si ese olor les podría causar algún daño.

Una vez dentro del caserón observaron marcas en el suelo de la incursión de sus hijos. Pero esa no eran las únicas huellas que encontraron. En la cocina y en el dormitorio encontraron vestigios que indicaban que la casa estaba habitada. ¿Quién viviría allí? Nunca habían sabido que nadie habitara esa casa. La sorpresa fue mayúscula cuando vieron una sombra femenina atravesar corriendo la estancia. La siguieron hasta atraparla. Una mujer desquiciada luchaba por soltarse. Sus gritos eran estremecedores.

Al oír el alboroto, los chicos empezaron a gritar. Los padres acudieron a la llamada de auxilio rompiendo el muro para sacarlos. Entre besos y llantos se produjo el milagro.

Las investigaciones policiales descubrieron que la joven que habitaba la casa era una chica que se había escapado con su profesor de ciencias. Él había muerto fruto de unos gases tóxicos producidos por sus propios experimentos. Esos productos habían producido demencia en la bella joven que recorría los bosques cual fantasma en busca de su amor.

4ª convocatoria: Bajo el mar

Ilustración Laura López

Ilustración Laura López

Durante el verano, las playas se llenan de gente que pasea, juega y hace vida junto al mar. Pero en ese medio se esconde, a veces, mucho más de lo que uno pudiera atreverse a pensar; mundos maravillosos, temibles o fantásticos que siempre, siempre, merece la pena arriesgarse a conocer.

Esta ilustración pertenece a Laura López. Todos los derechos reservados.

San Jorge

Texto: Raquel Bonilla
Corregido por: Elsa Martinez
Ilustradores: Laura López, Rosa García y Almudena Cockadoodledoo Yagüe

Dirigido : A niños de 3 a 9 años.
Género: poema infantil

San Jorge

Hace tiempo en un castillo
de un reino lejanillo,
todos vivían contentos,
sobre ellos va este cuento.

Verdes campos y praderas
rodeaban las aceras
de aquel castillo grandioso
fuerte, alto y muy hermoso.
Una mañana temprano
sigiloso y andando
llegó al castillo un dragón
verde, feo y grandón.

Escondido en el prado
Parecía enfadado,
fuego por la boca echaba
mientras un ruido sonaba.

La princesa del castillo
de largo pelo amarillo
desayunaba tranquila
leche y pan con mantequilla

El dragón con su bocaza
se comió hasta la borraja
dejó los huertos pelados
se comió hasta los cardos.

A ovejas persiguió
y alguna se comió
¡Vaya hambre tan atroz!
Dejó el reino sin arroz.

Al llegar aquella noche
el dragón llegó hasta el porche
muy despacio y sin ruido
abrió lento y sin chirrido.

Se llevó a la princesa
en su cueva la hizo presa
la quería de amiga
e hicieron buenas migas

San jorge

En el reino los soldados
se quedaron desolados
no habían visto el dragón
salir por aquel balcón.

¿Dónde estará la princesa?
divertida y muy traviesa.
¡ Estará asustadita ¡
porque está ella solita.

Sus amigos asustados
la buscaban angustiados
por montañas y llanuras
con caballos y armaduras.

La niña salir quería
al dragón se lo pedía
Pero él, muy testarudo
contestaba con rugido.

Almudena Cockadoodledoo yagüe

A lo lejos se acercaba
muy deprisa cabalgaba
era un joven caballero
¡Oh, San Jorge el escudero!

Era un joven muy valiente
de armadura reluciente
les vena a ayudar
y a su princesa salvar.

Con su lanza y su escudo
Fue a ese lugar tan oscuro,
allí estaba el dragón
dándose un chapuzón
Ante tanta valentía
el dragón huir quería
desapareció volando
con el rabo meneando.

La princesa muy contenta
salió de la cueva lenta
todos felices cantaron
y de gran gozo bailaron.

San Jorge fue valiente
pues eso cuenta la gente,
en abril lo celebramos
y su historia recordamos.