Una cabaña en el bosque

Autora: Mª Carmen Moreno Alférez

Ilustrador: Laura López

Correctora: Mary Esther Campusano

Género: relato, misterio (a partir de 13 años)

Este cuento es propiedad de Mª Carmen Moreno Alférez, y su ilustración es propiedad de Laura López. Quedan reservados todos los derechos de autor.

UNA CABAÑA EN EL BOSQUE

Como todos los jueves, los cinco jóvenes se reunieron en la cabaña del bosque para contar historias de terror. Carlos había sido el primero en llegar por lo que sería él el que contaría la historia hoy.

Los cinco chicos estaban sentados en el centro de la habitación, que hacía años que ya no era un salón, alumbrados por cinco velas colocadas simétricamente delante de ellos y que daban un aspecto aún más misterioso a la estancia.

Carlos comenzó su historia.

«Esta historia sucedió en este mismo bosque en el que nos encontramos hace ahora cien años. Esta casa pertenecía al marqués de Casalla. El marqués era un buen hombre. Era amable con todos sus vecinos, cariñoso con sus seres queridos, además de atento, compasivo y desinteresado. Trabajaba casi todo el día en una organización benéfica en un intento por ayudar a los más desfavorecidos. Tenía una esposa muy bella que estaba entregada en cuerpo y alma a su marido.

Así transcurrieron los años y, para Carla, la llama del amor que con tanto ímpetu ardía se fue apagando. Las jornadas de trabajo del marqués eran cada vez más largas y esto hacía que su bella esposa se sintiera cada vez más sola.

Un día, mientras paseaba por el bosque que rodeaba su mansión, se encontró con un joven montando a caballo. La mujer se sobresaltó. «¿Quién era ese hombre? ¿Y qué hacía en sus tierras?» Como si le hubiera leído el pensamiento el hombre se presentó. «Buenos días, señora marquesa. Me llamo Antonio Davide. Vivo en los terrenos que colindan con su propiedad. Hoy mi caballo no ha querido obedecerme y se ha adentrado en sus terrenos. Le  ruego disculpe mi osadía.» La marquesa se hizo la ofendida pero una incipiente sonrisa delataba su agrado ante la presencia del muchacho. Tras un intercambio de amables palabras, la marquesa lo invitó a que viniese a su propiedad cuando quisiera. Así, el joven volvió cada día a visitar a la dama. Lo que al principio fueron unas visitas de cortesía se fueron convirtiendo en citas para tomar un café, para jugar al ajedrez, pasear… hasta que los dos jóvenes se convirtieron en amantes.

En la aldea, las aventuras de la marquesa eran un secreto a voces. Todo el mundo sabía lo que ocurría menos el marqués ya que, como sabemos, el cornudo es el último en enterarse. Así pasaban los días. Mientras el marqués trabajaba más y más, su esposa se entregaba a su amante.

Quiso el destino que un día el marqués se encontrara mal y volviera pronto a casa. Los amantes estaban tan entusiasmados que no escucharon la puerta. Tampoco se percataron de unos pasos que subían por las escaleras. Cuando abrió la puerta no pudo dar crédito a lo que veía. Sin pensárselo, sacó del bolsillo de su chaqueta el pequeño revólver que llevaba siempre consigo y los mató. Desde entonces, cuenta la leyenda que el espíritu de la marquesa vaga por este bosque intentando recuperar la vida perdida.»

Los chavales acogieron con risas el final de la historia. Aunque algo recelosos no querían mostrar su temor. Todavía con los pelos de punta comenzaron a salir del caserón. Tenían que atravesar parte del bosque para llegar a la senda que les llevaba de vuelta a casa. Caminaban desternillándose de las ocurrencias de Carlos y bromeando sobre aquella dama que podía aparecer tras cualquier árbol o escondida tras alguna sombra. Así, broma tras broma, continuaron su camino.

Al día siguiente, una noticia sobresaltó a los habitantes del pueblo: «Desaparecen cinco jóvenes». Nadie supo explicar que les había pasado a los chicos. Tampoco encontraron sus cuerpos. Simplemente no volvieron a casa.

En la casa del marqués, emparedados, los jóvenes no paraban de gritar pero nadie escuchaba sus gritos. No sabían cómo habían llegado allí. Una joven y hermosa mujer sonreía desde el salón de la mansión.

Imagen de Laura López

Imagen de Laura López

Los padres, alertados por la desaparición de los muchachos, comenzaron la búsqueda. Tras preguntar a algunos de sus amigos se enteraron de las reuniones en la casa del bosque. Una patrulla se dirigió al lugar pero ni siquiera llegaron a entrar. Justo antes de la puerta de la mansión un extraño olor les alertó. «Debemos salir de aquí» -dijo uno de los padres.

A las pocas horas volvieron con unas mascarillas especiales. No sabían si ese olor les podría causar algún daño.

Una vez dentro del caserón observaron marcas en el suelo de la incursión de sus hijos. Pero esa no eran las únicas huellas que encontraron. En la cocina y en el dormitorio encontraron vestigios que indicaban que la casa estaba habitada. ¿Quién viviría allí? Nunca habían sabido que nadie habitara esa casa. La sorpresa fue mayúscula cuando vieron una sombra femenina atravesar corriendo la estancia. La siguieron hasta atraparla. Una mujer desquiciada luchaba por soltarse. Sus gritos eran estremecedores.

Al oír el alboroto, los chicos empezaron a gritar. Los padres acudieron a la llamada de auxilio rompiendo el muro para sacarlos. Entre besos y llantos se produjo el milagro.

Las investigaciones policiales descubrieron que la joven que habitaba la casa era una chica que se había escapado con su profesor de ciencias. Él había muerto fruto de unos gases tóxicos producidos por sus propios experimentos. Esos productos habían producido demencia en la bella joven que recorría los bosques cual fantasma en busca de su amor.

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El ojito de Osi viaja al fondo del mar

Autor: Mª del Carmen Moreno Alférez.

Ilustrador: Marta Herguedas.

Corrector: Federico G. Witt

Género: Cuento infantil.

Este cuento es propiedad de Mª del Carmen Moreno Alférez, y su ilustración es propiedad de Marta Herguedas. Quedan reservados todos los derechos de autor.

EL OJITO DE OSI VIAJA AL FONDO DEL MAR

Yo era un ojo. El ojo de un osito de peluche. El osito de peluche de Irene que, como estaba tan sucio que ya no parecía ni blanco, mamá echó a lavar. Y yo era, simplemente, aquel ojo que estaba suelto y, con los movimientos de la lavadora, se desprendió. Pequeño como un botón y negro como el azabache.

Ilustración de Marta Herguedas

Ilustración de Marta Herguedas

Di vueltas y vueltas en la lavadora hasta que me mareé y ya ni veía. Y, entonces, una fuerza misteriosa tiró de mí y viajé en una corriente de agua, primero por un desagüe y después por la red de alcantarillado de la ciudad. Como yo era de plástico, flotaba, y así viajé, impulsado por las corrientes subterráneas hasta acabar en el mar. En el fondo del mar. Y debí caer muy profundo, porque todo estaba muy oscuro y no lograba salir a la superficie. Así que me dejé llevar por las corrientes submarinas, nadando de un sitio para otro. Y vi cosas maravillosas…

En el fondo del mar no hay flores, pero hay corales, y yo bailé con ellos, meciéndome al compás de una balada imaginaria, de un lado para otro, dejándome llevar, siguiendo su ritmo. Y así estaba, bailando, cuando pasó una bandada de peces pequeños, muy pequeños, pececitos que por no tener no tenían apenas color. Les pregunté si podía ir con ellos y me uní a su viaje. Fuimos nadando (o buceando) camino a Narbunco, que era la ciudad donde vivían los peces. Me habían contado tantas cosas de ella que estaba deseando verla y saber cómo es ese lugar donde los peces tienen su hogar. Casi habíamos llegado cuando unos caballitos de mar nos salieron al asalto. Me quedé muy quieto mientras los peces comenzaron a nadar, lentamente, en sentido contrario. Los caballitos no debían de saber dónde estaba Narbunco. Pero yo quería jugar. Entonces tuve una idea: me subí a lomos del capitán de los caballitos. «Ja, ja, haremos la guerra a esos peces. ¡Al ataque!». Pero la batalla acabó antes de comenzar, porque los peces salieron corriendo. «Sí que temen a los caballitos», pensé.

Ilustración de Marta Herguedas

Ilustración de Marta Herguedas

Fue entonces cuando oí un ruido detrás de mí, un ruido como el que hace el agua cuando sale por el desagüe del lavabo después de que Irene se haya lavado la cara. Giré lentamente la cabeza y vi a un pez espada que nos miraba amenazante y abría la boca para comerse al capitán; pero no se lo comió, porque el capitán fue más rápido y, extendiendo y encogiendo su cola, salió corriendo. Con el impulso del caballito salí despedido hacia atrás, me quedé rezagado y el enorme pez me ingirió.

Ana, la madre de Irene, estaba sacando la colada: una camisa, dos braguitas, unos pantaloncitos, el osito de Irene… Al coger a Osi, se detuvo un instante: le faltaba uno de sus ojitos. Siguió sacando la ropa con mucho cuidado, sacudiéndola antes de tenderla, por si el ojito de Osi estaba entre ella, pero no apareció. «Tendremos que hacer algo antes de que Irene lo vea o se pondrá muy triste», pensó. Y, con mucho cuidado, lo colgó del tendedero colocando una pinza en cada una de sus orejas. «Quizá un botón pueda servirle de ojo, Irene no notará la diferencia», y sonrió feliz con su rápida solución al problema.

En ese momento entró Santiago, su marido, en la cocina. Como todos los domingos se había puesto los pantalones verdes impermeables, las botas de agua y ese chaleco todo lleno de bolsillos. Era el día que dedicaba a ir de pesca con sus amigos.

—Te has levantado muy temprano —dijo, dando un beso a su esposa. Se tomó, casi engulló, un café con una tostada y salió corriendo a reunirse con sus amigos.

En el embarcadero, movida por las olas, estaba anclada la barca de Santiago. Dos hombres, de constitución más bien delgada, esperaban ansiosos, levantando una bolsa que contenía aperitivos y dos packs de ocho latas de cerveza. Tras un breve saludo se instalaron en la embarcación. Unos minutos más tarde estaban en alta mar dispuestos a practicar su deporte favorito, la pesca. La mayoría de los días no pescaban nada, pero eso no era lo importante. Lo primordial era pasar un buen rato juntos y charlar de sus andanzas durante la semana. Pero ese día, además, la suerte sonrió a Santiago. Estaba contando una de sus mejores anécdotas del trabajo cuando su caña comenzó a moverse con fuerza.

—Tira, Santiago —gritaron sus amigos al unísono.

Santiago comenzó a recoger la tanza. Su sorpresa fue mayúscula cuando vio colgando del anzuelo un enorme pez espada. Todos se quedaron boquiabiertos cuando lo sacó del agua.

La sorpresa fue aún mayor cuando llegó a casa. Irene miraba el enorme pez con los ojos abiertos como platos. No paraba de repetir:

—¡Qué pez tan grande, papá! ¿Lo has pescado tú solito?

Mamá se llevó el pez a la cocina para limpiarlo y cocinarlo. Cuando le sacó las tripas vio algo inusual. «¿Qué es esto tan duro que te has tragado?». Puso el objeto bajo el grifo. La sangre se fue diluyendo y un objeto redondo, negro como el azabache quedó en la mano de mamá. «¡No me lo puedo creer! ¡Es el ojo de Osi!», pensó mamá. Secó el pequeño objeto con un paño de cocina, cogió del tendedero el osito y comparó el ojo que tenía en la mano con el otro que había permanecido inmóvil en el peluche. «Es idéntico. ¿Cómo habrás llegado al interior de ese pez? Nunca lo sabremos».

Fue al salón y del cajón de las manualidades sacó el pegamento. Puso un par de gotas en la parte trasera del ojo y lo colocó en su lugar. Lo apretó para que se pegara bien y, acto seguido, cogió un pequeño cepillo y peinó con esmero el peluche. «Ya está. Pareces nuevo».

En ese momento apareció Irene. Se puso muy contenta al ver su osito de peluche.

—Mamá, ¡qué limpito está Osi! Te quiero, mamá.

El osito sonreía camino a la habitación de Irene. Su ojo le había resumido sus aventuras bajo el mar.

Ilustración de Marta Herguedas

Ilustración de Marta Herguedas