La terrible historia del vampiro anónimo

Autor@: 

Ilustrador@: Jordi Ponce

Corrector@: 

Género: Horror

Rating:+13

Este relato es propiedad de Mª Cristina Salvans. Las ilustraciones son propiedad de Jordi Ponce. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La terrible historia del vampiro anónimo.

 

Ilustración de Jordi Ponce

Había dos cosas que odiaba en el mundo: el aire fresco y la risa de los niños.

Vivía en una pequeña urbanización plácida y tranquila a las afueras de una gran urbe, en la que los pájaros cantaban y los coches circulaban con máximo cuidado para no molestar.

Los días soleados, los niños salían de la monotonía de sus hogares y llenaban las calles con sus estridentes voces agudas, que le martilleaban el cerebro y le aturdían los sentidos.

A veces, esos mocosos apestosos y quejumbrosos, se acercaban a la puerta de su casa y canturreaban absurdas canciones infantiles y, cuando no eran ellos, los hijos crecidos de sus vecinos se acercaban a la soledad eterna de su jardín y contaban estúpidas historias sobre no-muertos y chupasangres.

Contaban, prometían y juraban que lo que se decía era cierto, que lo habían visto con sus propios ojos. En esa casa vivía un anciano decrépito, con las manos largas y huesudas, pálido y de ojos saltones, con los labios siempre sangrientos, de los que asomaban unos colmillos largos y amarillentos, a través de los cuales se alimentaba. Afirmaban que lo habían visto por la noche alimentarse de cadáveres de pequeños inocentes a los que había engañado mediante artes sombrías. Y no se cansaban nunca de asegurar que sus abuelos les habían contado que el sujeto que habitaba en esa casa había estado casado una vez, y que había asesinado a su mujer estando ella embarazada.

Adoraba esas historias. En cierto modo, él mismo se había encargado de azuzarlas, pues amante de la tranquilidad como era, odiaba las visitas y las miradas fisgonas. Era algo que había hecho desde joven.

Nunca se había casado y jamás se le había pasado por la cabeza tal barbaridad. Tener hijos era el mayor absurdo jamás contado y le repugnaba la sola idea de pasar su vida pendiente de las necesidades de alguien que no fuera él mismo.

Así que cuando cumplió la mayoría de edad se mudó y empezó a vivir una vida ermitaña y solitaria, en la que disfrutaba de la soledad absoluta de una casa pequeña con un gran jardín.

El mundo era distinto cuando era joven. La gran ciudad no ocupaba ni un cuarto del terreno de la actualidad, y no había ningún pueblo a kilómetros a la redonda. Lo más cercano eran las cabañas de pastores, en lo que estos se acostaban en invierno mientras dejaban pastar a sus bichejos pulgosos.

La población local vivía y moría sin molestar, tranquilos en sus casas o berreando en las calles, pero nunca nadie le molestó. Hasta que la urbe se fue expandiendo.

En cuestión de pocos años, la ciudad creció a marchas forzadas y los campos fueron desapareciendo. El verde se convirtió en gris y la hierba en asfalto. El aire puro se convirtió en horrible aroma insalubre, contaminado y apestoso, y perdió todo mérito de ser aspirado. En ese momento, decidió que no iba a salir a respirar nunca más, que aunque el aire fuera fresco, ya no era puro.

Con el asfalto y la contaminación llegaron las casitas. Esas estúpidas construcciones adosadas llenas de matrimonios felices y críos escandalosos. Con ellos llegaron los jardines floreados y los arbustos recortados, y esa naturaleza artificial que caracterizaba las urbanizaciones familiares.

También aparecieron los especuladores inmobiliarios y los políticos que querían echarle de su antigua casa para reubicarle en un mohoso edificio céntrico llamado de alquiler social, habitado por familias problemáticas, jóvenes sin oficio ni beneficio y viejas asmáticas. Cuando no en algún lugar peor, como esos asquerosos asilos, que apestaban a muerto a cientos de kilómetros a la redonda.

Por más que lo habían intentado nadie había conseguido echarle de su casa. Ni lo iban a conseguir. Lo que sí habían logrado era que se encargara de perpetuar esas historias y fomentarlas, dejándose ver de vez en cuando bebiendo un vaso de tinto al lado de la ventana, o chupándose los dedos mientras observaba a algún niño despistado.

Disfrutaba sobremanera al ver esas caras horrorizadas de padres escandalizados y de niños asustados, cuando los veía pasear por la acera frente a su desastrado jardín delantero. Les veía apresurarse y les saludaba con sus largas manos, incluso permitiéndose una risa siniestra que los acompañaba hasta que se alejaban.

***

Una noche de luna nueva no muy distinta a las demás, mientras estaba acostado en su antigua cama de madera, oyó como una olla caía al suelo, y como alguien susurraba con nerviosismo, invitando a una segunda voz a no armar tanto escándalo.

Se acercaban unos pasos por el pasillo, y con ellos, unas voces juveniles riendo quedamente.

Con dificultad se incorporó en la cama y se calzó unas viejas zapatillas, se apoyó en su bastón y se levantó, al tiempo que la puerta se abría de golpe.

En el quicio, unos adolescentes lo miraban con los ojos brillantes del que está embriagado. Uno de ellos llevaba un gran crucifijo en brazos; robado, sin duda alguna.

-¡Acabaremos contigo, vampiro! -gritó una rubia estúpida, señalándolo con un dedo acusador.

Sabía que esos engendros borrachos eran capaces de cualquier cosa, lo había oído en el transistor y siempre eran ellos los que traían problemas.

Lo empujaron a la cama y lo ataron. Le obligaron a comer ajo y a rezar, y le pusieron el crucifijo sobre el pecho mientras entonaban cánticos con voces ebrias y turbias. Pensó que iba a morir, y por una vez, sintió el terror que suponía había infligido él en los demás.

Lloró quedamente, algo que nunca antes había hecho, e incluso suplicó por su vida. No había nada que hacer, era inútil luchar, era inútil resistirse.

***

Despertó sobresaltado y gruñó al sentir una fuerte opresión en el pecho, abrió los ojos e intentó incorporarse. Su frente golpeó contra una fría superficie metálica y solo sintió frío a su alrededor.

Cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad se dio cuenta de que estaba encerrado en un cubículo metálico y que se encontraba desnudo y dolorido, tumbado en una fría cama de hierro. Le dolían los huesos y sentía como se le congelaba la respiración antes de salir de la boca. Oía su corazón bombear a medida que su terror incrementaba y, al chillar, un eco mortal le devolvió su voz aumentada y distorsionada.

Golpeó una pequeña puerta metálica con los pies, luchando por abrirla, y volvió a chillar horrorizado, mientras aporreaba las paredes con desespero. Hasta que se dio por vencido, las fuerzas le fallaron y supo que no podría continuar, que ya estaba muerto, que su vida había terminado tal y como había empezado; con una desenfrenada lucha para salir al mundo.

Y de pronto, oyó a sus pies los goznes metálicos de una puerta que se abría y su mortal ataúd metálico se vio inundado por una fría y blanquecina luz. La que le devolvía la vida, la que le empujaba a la muerte.

Ilustración de Jordi Ponce

María Cristina Salvans

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Nunca jamás

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Relato Corto

Rating:+13

Este relato es propiedad de Mª Cristina Salvans. La ilustración es propiedad de Verónica López. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Nunca jamás.

Ilustración de Verónica Lopez

Como cada mañana, Clarisse se levantaba temprano y preparaba el desayuno para los tres, el suyo, el de su marido, Mark, y el de su hijo, James.

Se frotaba las manos en el blanco delantal y se recolocaba el escote de su vestido de cuadros rojos y blancos de vichy. Tenía que estar preciosa para su marido.

Él hacía lo mismo todas las mañanas. Se peinaba, se afeitaba y suspiraba justo antes de entrar a la cocina.

–¿Vamos a tener la misma escena todos los días? –Preguntaba Mark, con el semblante asqueado frente a los huevos fritos con beicon–. ¿Cada día lo mismo?

–Querido, tienes que coger fuerzas. Hoy va a ser un duro día en la oficina, tienes que comer bien.

Él volvía a suspirar, boqueaba, intentando decir algo que siempre moría en el camino entre sus pensamientos y sus labios. Cada día lo mismo.

Y como siempre, después de suspirar, cogía las llaves de su flamante automóvil y se marchaba al trabajo.

Mientras canturreaba una canción, Clarisse despertaba al niño.

–Buenos días cielo, ¿cómo has dormido? –le besaba la frente y le ayudaba a incorporarse.

–Hoy he viajado al país de los cuentos otra vez, mamá. Ese que aparece en el libro que me lees antes de ir a dormir; el de los niños perdidos y los piratas.

–¿Nunca Jamás? –preguntó ella, divertida–. Así, ¡has estado con Peter Pan!

–¡Cómo todas las noches, mamá!

Lo ayudaba a vestirse y a acicalarse. Le encantaba sentir como sus tiernos bracitos se escurrían por las mangas de la camiseta interior y ese olor a niño, siempre tan dulce. Le peinaba y fijaba el pelo, le abotonaba la camisa y le ponía los zapatitos.

Cuando el niño llegaba al comedor tenía el aún humeante desayuno servido, y comía con voracidad bajo la atenta mirada de su amante madre.

Después salía a jugar al jardín. Nunca le habían obligado a ir al colegio, por lo que disfrutaba del canto de los pájaros y el olor de las flores bajo la suave brisa estival.

Después que ella acabara sus quehaceres matutinos, salían a comprar al mercado, siempre productos frescos, pues su marido no toleraba otros. El pequeño, siempre atento a los cuchicheos de aburridas amas de casa, era el perfecto confidente con el que tener charlas chismosas de camino de vuelta al hogar.

–He oído que los O’Neil están pasando por una mala situación –comentaba él, esperando la aprobación de su madre.

–Esos siempre están pasando apuros, jamás creas nada de lo que dicen –sonreía ella–. Sin embargo, los Davidson tienen problemas con su asistenta…

Y así discurrían las mañanas, con ambos cuchicheando en la cocina mientras ella preparaba el suculento almuerzo.

La hora de la comida era una delicia, aunque no estaba establecida como un festín, sino más bien un tentempié, ella vivía, a partes iguales, para cocinar y cuidar de su familia.

A su hijo le encantaba el pollo al horno y por eso era lo que cocinaba prácticamente a diario, variando un poco las recetas.

Por la tarde ella le dejaba dormir la siesta y lo observaba embelesada, sintiendo dentro de sí esa mezcla de inocencia y propiedad que le producía un gran sosiego. Su hijo, su pequeño, por tanto tiempo deseado, dormía con la tranquilidad de los ángeles.

En cuanto despertaba merendaban leche con galletas y se preparaban para salir a dar una vuelta por el parque.

El sitio era enorme y contaba con infinidad de distracciones para los pequeños. Siempre se acercaban al lago, donde unos solícitos patos les saludaban cuál perritos, esperando su ración diaria de pan duro. Notaba las miradas de soslayo de los paseantes al escuchar el tintineo de la risa infantil de su pequeño, y ella se erguía con el orgullo que le proporcionaba el ser la mejor madre del mundo.

Pasaban juntos todo el día, era su pequeño, su tesoro, su ángel.

A menudo, al volver a casa y si aún era temprano para el regreso de Mark, preparaban tartas o galletas para el postre. Posteriormente, había que empezar a cocinar la cena, intentaba hacer menús variados y equilibrados, de modo que no repetía casi nunca.

El pequeño no solía estar despierto cuando su padre llegaba, no podía permitir que se acostara tan tarde. Así que sobre las 6 de la tarde, las 7 como muy tarde, le daba la cena y el postre, lo bañaba con agua caliente y le ponía el pijama limpio con sus iniciales. Le abría la cama, siempre con la temperatura perfecta, y le leía un libro para que se durmiera, siempre el mismo; Peter Pan.

–Mamá, ¿dónde está exactamente Nunca Jamás? –preguntaba James, bostezando, justo antes de dormirse.

–La segunda estrella a la derecha, y luego recto hasta el alba.

–¿Podré ir algún día? –murmuraba en sus sueños.

–Ya estás allí.

Le besaba la frente y le acariciaba el pelo, después lo arropaba y bajaba al comedor, oyendo la suave respiración de su hijo aun cuando estaba demasiado lejos para hacerlo.

Cuando su marido llegaba ya le tenía el baño preparado. Él aparcaba el automóvil, entraba en casa suspirando, se quitaba los zapatos y se metía en el cuarto de baño.

Ella aprovechaba ese rato que le quedaba libre para ensimismarse en sus pensamientos mientras arreglaba la colada y planchaba la ropa para el día siguiente.

Cuando él salía del baño cenaban entre suspiros. Él boqueaba, siempre al borde de decir algo, pero ella no le dejaba hablar, concentrada como estaba en contarle su fantástico día con el pequeño, que cada día se parecía más a él.

–Clarisse –decía él de vez en cuando, para pedir turno de palabra.

–¡Deberías haber visto los patos, desesperados por un trozo de pan! –reía ella–. Las carcajadas de James han atraído las miradas de todos los que estaban por allí.

–Clarisse…

–Y después, ese que está más gordo, el marrón, se ha subido encima de uno de los pequeños, ¡y lo ha hundido!

–¡Clarisse! –gritó finalmente.

–¡Dime, Mark! –respondió ella, irritada.

–Ya está bien, Clarisse… Esto que estás haciendo con el niño no es normal.

–¿Por qué no es normal? –estalló – ¿Ya estamos otra vez con que no puede pasar tanto tiempo conmigo? ¿Me vas a decir que tiene que ir a la escuela? ¿Me quieres decir que lo estoy malcriando?

–No es eso…

–Entonces, ¿qué es? ¡Maldita sea! ¿Qué pasa? –lloró.

–Clarisse, tienes que aceptarlo…

–¿Aceptar el qué?

–Ya no está aquí.

El silencio cayó sobre ellos más pesado que una losa. Ya no estaba allí. Su pequeñito ya no estaba con ella.

Lo recordaba. Recordaba que un día habían ido a pasear, que habían estado jugando con los patos y habían estado cocinando. Recordaba que lo había bañado y que lo había acostado, y que después ella y su marido habían cenado. Recordaba que había apagado todas las luces de la casa y se había acercado a la habitación de James a verlo dormir. Recordaba que se había acercado a él y lo había oído respirar. Recordaba que había pensado en la fragilidad de la vida y en cómo de delgado era el hilo del destino. Recordaba que había querido comprobarlo, que, como ya había hecho otras veces, había sentido la necesidad de cuidar de su tesoro más preciado. Recordó cómo le había acercado las manos a la garganta y había apretado, sin ninguna mala intención, solamente para comprobar como de delgados eran esos huesecitos. Y apretó, y oyó que el aire dejaba de salir por la boca y la naricita de su pequeño querubín. Recordó que pensó en dejarlo y notó que el pequeño convulsionaba, pero seguía con las dudas. Ella era la mejor madre del mundo, debía serlo y, por eso, siguió apretando hasta que el pequeño dejó de moverse y la miró, con su profundo azul, que se había ido apagando a medida que dejaba este mundo para viajar, para siempre, a Nunca Jamás.

–¿Por qué, Clarisse? ¿Por qué? –preguntó él, mirándola fijamente por primera vez en mucho tiempo.

–Porque soy la mejor madre del mundo, Mark –sonrió ella, secándose una solitaria lágrima silenciosa que le recorría la mejilla.

Se levantó y recogió la mesa, lavó los platos y fue a acostarse.

Antes de apagar la luz, ambos tumbados en la cama, Clarisse dijo, después de un profundo suspiro:

–James aún está esperando que le des su beso de buenas noches.

María Cristina Salvans

E01-El fantasma de los libros

Autor@: 

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Género: Relato misterio

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de María Cristina Salvans. La ilustración es propiedad de Daniel Camargo. Quedan reservados todos los derechos de autor.

E01-El fantasma de los libros.

Su inmensa biblioteca era considerada como una de las más completas del país y, siendo justos una de las más maravillosas del mundo. Para Louis, lo que realmente representaba era la puerta de entrada a muchos más mundos, todos ellos distintos y misterioso, únicos y hermosos.

No era un coleccionista de primeras ediciones, o de antiguos y polvorientos libros, ni siquiera coleccionaba un género en concreto. Él no hacía distinciones, todos y cada uno de los libros que abarrotaban las estanterías de su biblioteca tenían un punto en común: Había entrado en esos mundos formados por letras, los había leído.

Durante los más de 80 años con los que contaba, había guardado todos los libros que alguna vez había leído. En la biblioteca un curioso visitante podía encontrar desde un libro de ilustraciones infantil con no más de diez páginas, a otro bélico o erótico de más de mil.

Su vista ya no era lo que había sido, y pese a contar con esa enorme colección de toda una vida, había una temática a la que no se había acercado demasiado. El terror. Pues en su vida ya había visto suficientes horrores.

Sin embargo, sus nietos adoraban la temática y le insistían en que incluyera algo tenebroso en los estantes de su santuario.

Y la respuesta de Louis siempre era la misma: No.

Como él siempre les recordaba, su colección tenía una particularidad y solo una: había leído todos los libros. Si incluía algo que no había leído, el trabajo de toda una vida se iría a pique, y eso era algo que no podía permitir.

Por eso, un día, decidió rebuscar entre los estantes y comprobar si sus nietos habían escondido obras prohibidas entre sus tesoros. Y así fue.

Montó en cólera el día que lo descubrió, y les mandó todos esos libros profanos en un arcón, junto con la prohibición de volver a acercarse a su biblioteca nunca jamás.

Desde aquel día la vida pareció dejar de sonreírle.

Le costaba mucho conciliar el sueño y cuando conseguía dormirse, caía en un pozo de negrura y desesperación. Se encontraba inmerso en una persecución, huyendo de los fantasmas de todos esos libros que aún le quedaban por leer; se le aparecían aquellos de los que aún no conocía la historia y le apremiaban para que aprovechara el tiempo que le quedaba y lo invirtiera en adentrarse en su mundo.

Cuándo se despertaba, sintiendo como de golpe su cuerpo aterrizaba contra el colchón de la cama, oía las voces de todos aquellos autores terroríficos que le llamaban, estuvieran aún vivos o no, con una horrible voz de ultratumba, y le recriminaban por no haber leído sus novelas y cuentos.

Las noches eran muy largas y los días demasiado cortos.

Aprovechaba las horas de sol para pasear por su biblioteca y perderse entre el aroma a polvo e imprenta que impregnaba el aire. Le gustaba tocar con la punta de los dedos aquella sucesión de joyas que había guardado durante toda su vida y redescubrir los mundos que cada uno de ellos encerraba.

En uno de esos días en que sus blancos y largos dedos recorrían la estancia, oyó unas voces que procedían de detrás de las paredes y descubrió lo que parecía ser una oxidada bisagra de una puerta olvidada. Quedaba completamente camuflada en la pared con relieve y, aunque siempre había sabido que estaba allí, ya lo había olvidado.

Buscó en el cajón del antiguo canterano las llaves de todas esas misteriosas puertas que inundaban su casa; no tardó en dar con ella, la pequeña y oxidada era sin duda la de la habitación olvidada. Sin dilación, abrió aquella puerta que le conduciría a un nuevo mundo, o al menos, esa era la invitación de las extrañas voces.

Sus ojos tardaron en acostumbrarse a la poca luz de la estancia pero cuando lo hicieron pudo ver un arcón. Era el viejo baúl que contenía los libros de terror que no había leído nunca y que alguno de sus nietos se había empecinado en mantener en su biblioteca.

Ilustración de Daniel Camargo

Lo abrió con enfado, y dentro descubrió una breve nota “Todos estos libros merecen ser leídos y deben estar guardados en la biblioteca del abuelo”.

Nunca antes le habían interesado los libros sobre fantasmas y, de hecho, poco había leído desde que enviudó hacía dos años. Aun así, el hecho de haber descubierto aquel pequeño tesoro guardado bajo llave, en un baúl en su biblioteca, había hecho que se despertara en él una curiosidad morbosa y, si alguno de sus nietos creía que esos libros podían ser importantes para su biblioteca ¿por qué no leerlos?

No podía cargar con el arcón, y no quería incorporar los libros a su biblioteca sin haberlos leído antes, así que decidió instalar una pequeña zona de lectura, consistente en una silla mecedora y una lámpara de pie, en aquella oscura habitación.

Leía despacio, pero seguro y sus ojos repasaban interminables frases que se convertían en párrafos y capítulos, de modo que saltaba de libro en libro, de mundo en mundo, como tantas veces lo había hecho antes.

En esos cuentos y novelas de fantasmas, a menudo las historias no eran lo que parecían ser en un principio y eso le inquietaba y fascinaba a partes iguales.

Si cerraba los ojos y se concentraba lo suficiente, oía la llamada de Susan Hill, que se llevaba a tantos niños ataviada como la dama de negro; también podía revivir momentos de su vida gracias a unos fantasmas que le guiaban por distintas Navidades; navegaba por los mares a bordo de un barco maldito; enseñaba canto a una joven doncella a quien amaba, pese a que ella nunca le correspondería al esconder su rostro y su alma tras una máscara; incluso podía ser un jinete sin cabeza en un pueblo llamado Sleepy Hollow; u escuchar el graznido de un fantasmagórico cuervo que revoloteaba sobre su cabeza gritando “Nunca Más”.

Y precisamente ese cuento, “El Cuervo” de Edgar Allan Poe, fue el último que leyó, el último en caer en sus manos, el único que quedaba en el arcón.

Louis falleció con una sonrisa en el rostro, pues lo horroroso del relato de tan célebre autor no resultó negativo para él, al contrario. Entre las líneas de esa bella prosa poética, descubrió que su amada le estaba esperando, y que ese había sido el auténtico motivo de que los libros de fantasmas aparecieran en su  biblioteca.

Efectivamente, no habían sido los nietos los que habían introducido las novelas en su colección, sino su propia esposa, que antes de morir, había querido que su marido se sumergiera en esos mundos que tanto la habían fascinado a ella y en los que él aún no se había adentrado.

Cuando Louis murió, sus nietos colocaron todos los libros en la biblioteca, pues ya cumplían con el requisito para formar parte de la colección, y él fue enterrado junto a la abuela, Leonor, ambos mirando hacia la biblioteca, aquella puerta a tantos mundos secretos, misteriosos y extraordinarios, que aguardan a ser descubiertos por nuestros ojos y nuestras almas.

María Cristina Salvans

La fobia del narrador

Autor@: 

Ilustrador@: Rosa García

Corrector@: 

Género: Relato corto

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de María Cristina Salvans. La ilustración es propiedad de Rosa García. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La fobia del narrador.

Les contaré mi triste historia y lo único que podrán hacer es llorar. Porque no es que sea triste… Lo que la hace triste es lo patética que es.

Resulta que tengo fobia a escribir. Y es necesario en mi oficio, de hecho, imprescindible… Bueno, soy escritor.

No ha sido fácil reconocerlo, pero es así. Le tengo una fobia horrible a las letras, a esas uniones que forman palabras y con espacios, puntos y comas, frases. Odio los signos de interrogación, los de exclamación y las tildes. Y, por encima de todo… Los párrafos.

¿Y los géneros? ¿Qué hay que decir sobre los géneros? Fantástico, ciencia ficción, romántico, histórico, negro, policial, terror… ¡O todos a la vez!

Entonces, no es tan chocante pensar que hay escritores que tienen fobia a escribir… ¿O sí?

Parece que a eso se le llama grafofobia.

Mi grafofobia empezó cuando era un alumno de primaria que aprendía las letras y cómo escribirlas. Concretamente, vino determinada porque no entendía lo del maldito bigotito que se pone sobre la “n” para crear una nueva letra, una que le da un significado completamente distinto a la palabra “ano”. Nunca lo he entendido, pues creo que por el contexto ya se sobreentiende lo que quieres decir, por ejemplo, la frase “¡Feliz ano nuevo!” se refiere a ese periodo de tiempo compuesto por 365 días, no al esfínter que se encuentra al final del tracto digestivo; eso no puede ser nuevo más que en el momento del nacimiento.

En fin, que con el tiempo, mi “enefobia” (agreguen un bigote a esa “n”) se convirtió en una grafofobia. Este pobre escritor le teme a todo lo que tenga que ver con escribir. Incluso, a veces, a que le llamen escritor.

De hecho, yo prefiero que me llamen narrador. Porque aquí aparece una parte interesante de ésta, mi minibiografía; evidentemente, yo no escribo.

Uso un programa informático que convierte mi voz en texto. Es terriblemente molesto, porque no capta mis pausas como debería y mis relatos parecen carecer de ese carácter académico que es solicitado entre los círculos de grandes escritores y críticos. Y por eso, nunca me van a dar el Novel de literatura; ya lo tengo asumido, pero ¡qué injusto!

Después de desarrollar ese terror a escribir palabras con la “n” bigotuda, empecé a tenerles miedo a todas. Eso de poner los puntos sobre las “i”, el rabo de la “o”, la larguirucha “l”, la camella “m” y la dromedaria “n” y, sobretodo, lo de “ga”, “go”, “gu”, “gue”, “gui”… ¿¡Qué demonios hace esa “u” ahí en medio!?

Ilustración de Rosa García

Escribir no me gustaba y, a decir verdad, sigue sin gustarme. Pero dista mucho ese odio a una fobia. Me da miedo que todas esas formas salten del papel y me ataquen ¿¡qué quieren que les diga!? ¡Esa “s” parece una serpiente a punto de morder!

Porque en mis pesadillas, imagino que me equivoco, que escribo una palabra mal y, de repente, las letras se unen formando una figura monstruosa y me destrozan entero. Y aquí me encuentran, dos meses después, cuando los vecinos del piso de al lado se quejan porque mi cadáver apesta. Y eso no lo voy a consentir.

Así que para evitar esa muerte horrible, no escribo y otro lo hace por mí. Siempre ha funcionado, por eso no veo la diferencia entre hacerlo o no.

Imagínense como funciona mi mente que, a veces, ni siquiera tengo un tema pensado, ¡empiezo a hablar y sale solo! Además, me han publicado algún que otro bestseller, ¡así, sin escribir! Y la verdad es que no me puedo quejar. ¿Ven? ¡Todo es positivo! ¡Solo me comporta beneficios!

Excepto por las alucinaciones, claro.

En definitiva, he decidido que no voy a cambiar; todo está perfecto tal y como está.

Voy a dejar que sean los demás los que busquen el tono académico en sus relatos, que se centren en géneros y temas variopintos e incluso que rimen en asonante o consonante, si así lo prefieren.

Mi escritura es narrativa; mi determinación inequívoca y, mi grafofobia, apasionante.

Mª Cristina Salvans

Romance anónimo

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Relato corto

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de María Cristina Salvans. La ilustración es propiedad de Paloma Muñoz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Romance anónimo.

La lluvia que había empezado a mediados de octubre aún no había parado. Helena se sentía entumecida, le dolían los huesos y era incapaz de abrir los ojos para enfrentarse a la vida con la avidez que ésta merecía.

La dura crisis económica que vivía el país la había dejado sin trabajo, por lo que todos los días sucedían de la misma manera. Se levantaba tarde, bajaba a la cocina a desayunar y se sentaba en el sofá a escuchar música en el viejo tocadiscos a manivela, puesto que un rayo caído al inicio de la tempestad había cortado todas las comunicaciones. Comía, mal y escaso al no poder salir a comprar. Por la tarde, practicaba con el piano y el violín indistintamente, hasta que el estómago le reclamaba la cena y la pesadez del día, la cama.

Había perdido la noción del tiempo, y se sentía enloquecer, encerrada en esa casa lúgubre y silenciosa, sin más compañía que las notas de viejos compases escritas por personas a las que jamás había conocido.

Cuando el tiempo se lo permitía y aparecía algún rayo de sol despistado, aprovechaba para leer. Nunca había leído tanto. Tenía la cabeza llena de aventuras, venganzas y romances perdidos. Y sin embargo, hacía tiempo que no se sentía la protagonista de su propia historia.

Había amado y había perdido. Sus padres murieron siendo ella adolescente, de modo que se quedó a vivir en esa vieja mansión junto a sus abuelos, que también habían muerto a causa de la edad. Pero la perdida que más había lamentado era la de su prometido, Roger, que había fallecido recientemente en un accidente de tráfico.

Sumida en una inmensa depresión dejaba pasar los días. A fin de cuentas, ya no tenía nada que perder salvo la vida.

Así que seguía inmersa en su rutina entre las arcaicas paredes de la mansión, calentándose frente a la chimenea de la sala del piano mientras releía cualquier libro.

Lo que más echaba de menos de su vida era a Roger, sin ninguna duda.

Se había enamorado de él nada más verlo, en el conservatorio. Pelirrojo de ojos verdes, con la piel blanca y el cuerpo sorprendentemente fuerte pese a su delgadez. Ella tocaba el piano mientras él la acompañaba con la guitarra. Y hacían música, de esa en mayúsculas. Se atrevían con todo.

Extrañaba esa música y también el modo en el que se quedaba dormido después de hacer el amor; cerraba los ojos, tumbado en la cama, con la respiración acompasada de los ángeles mientras dejaba salir de su cuerpo ese aire caliente distintivo de los que aún están vivos.

Porque la última vez que lo vio languidecer con los ojos cerrados no emitía respiración alguna. Su maltrecha cara aún la perseguía en sus nocturnas pesadillas, cuando asustada y sudorosa despertaba al recordarlo muerto.

Y eso la torturaba.

Si en vez de haberse quedado en casa ese día, hubiese ido con él al conservatorio, ambos se habrían despeñado en esa curva y ahora descansarían juntos y en paz.

Lo que más la atormentaba, sin embargo, era el no haberle dicho que dentro llevaba el fruto de su amor; un bebé crecía en su vientre.

Y eso era lo que hacía que siguiera luchando por mantenerse viva, aunque lo único que quería era reunirse con su amor.

Le narraba al pequeño las mismas historias que ella leía y le tocaba todas las canciones que se sabía, y las que no, las inventaba para él.

Si sus cuentas no eran equivocadas, estaba cerca del sexto mes de embarazo, aunque no lo sabía con seguridad al no haber podido ver a un especialista; la mansión estaba lejos y Roger se había llevado el coche al Más Allá.

Un día como cualquier otro, ni más especial ni menos, dejó de llover y el sol asomó en el firmamento, tímidamente escondido entre las nubes.

Sorprendida por el roce contra su suave piel, de los cálidos rayos del sol que se escondía tras las cortinas, abrió los ojos muy despacio.

Tuvo la sensación de que en la casa había movimiento, le llegó un sonido extrañamente conocido que la llenó por dentro con el calor del amor, y sintió que el pequeño en su vientre se movía.

Prestó atención y escuchó la música de una guitarra, pero no de una cualquiera; era la de su guitarra, la de Roger. Podía distinguir los acordes y el suave gemido de los dedos acariciando las cuerdas, mientras sonaba, por toda la casa, la melodía de “Romance Anónimo”.

Persiguió el sonido, con el corazón latiéndole en la garganta, jugando al escondite con las notas que procedían de un lugar que no podía encontrar.

Hastiada y respirando trabajosamente, se encontró en lo alto de las escaleras del ala este del último piso de la enorme mansión. El pasillo se encontraba reciamente iluminado. Se frotó los ojos al no poder acostumbrarse al dolor de tanta luz estrellándose contra sus maltrechas pupilas.

Entre la neblina que lo rodeaba todo, lo único que era capaz de ver era que, al final del pasillo, a contraluz, bajo el iluminado ventanal, estaba Roger, sentado en el suelo, acariciando con infinito amor su guitarra.

La miraba desde el suelo, con esos hermosos ojos verdes y misteriosos que sonreían de un modo cálido y sincero. Esa mirada se posó en sus ojos, en su rostro, en sus senos y en su vientre, y supo que él había notado su embarazo y que, precisamente por eso, había venido a verla ese día en que el sol por fin había salido para hacerla emerger de las tinieblas.

Oyó como se acomodaba la ropa al cuerpo de su prometido cuándo se levantó, como con frías manos se acercaba y con delicado sigilo se oían sus pasos por la madera pulida del suelo del pasillo.

Y en ese momento supo que había venido a por ella y que por fin, los tres iban a ser una familia.

Ilustración de Paloma Muñoz

Empezaba a llover en Colinsbourg, un pequeño pueblo pesquero que se encontraba a más de treinta kilómetros de la antigua mansión, después de un otoño inusualmente cálido y soleado. En el viejo hospital lleno a rebosar, el calor era sofocante.

En la habitación 704, Helena, una joven embarazada de larga cabellera castaña y ojos azules,  se encontraba en estado de coma profundo.

Había ingresado después de que el coche en el que viajaban ella y su prometido,  se despeñara por un acantilado, en un mortal accidente que había acabado con la vida del joven.

Con el primer rayo que restalló más allá de los dobles cristales de la habitación, el cuerpo que languidecía sobre la cama empezó a sufrir fuertes contracciones. Una alarmada compañera de habitación fue la que avisó a las enfermeras; la joven en coma estaba de parto.

Le practicaron una cesárea y esa misma tarde nació el pequeño, a quien los médicos llamaron Roger, un bebé prematuro con unas sorprendentes ganas de vivir.

Esa misma noche, Helena falleció; el rojo de la sangre que emanaba de su vientre, manchaba las blancas sábanas de la oxidada cama. Sin embargo, las enfermeras que la encontraron al día siguiente dicen que, bajo la mortecina luz del alba empañada por la niebla, su rostro mostraba la sonrisa de felicidad más sincera jamás vista.

Y hay quien cuenta que en la antigua mansión familiar, todavía resuena por diáfanas salas y vastos pasillos la dulce melodía jamás escrita, interpretada por las almas de dos amantes, una guitarra española y un piano de cola.

María Cristina Salvans 

Las velas del Caronte

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: Carme Sanchis

Género: Relato Aventuras

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de María Cristina Salvans. Las ilustraciones son propiedad de Rafa Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Las velas de Caronte.

El viento que azotaba las velas del barco jugueteaba con su pelo.

Apenas hacía dos días que habían abandonado el puerto y Thomas ya echaba de menos a los suyos.

Ese era su primer viaje a bordo del Caronte, un bergantín de dos mástiles e infinidad de velas que, como fantasmas, se revolvían con el vaivén del mar. La tripulación estaba formada por marineros y piratas, pinches de cocina, grumetes y, por supuesto, el segundo de abordo, el oficial de intendencia, y el capitán.

Les habían dispensado una patente de corso después de un sinfín de abordajes, pillajes y algún que otro bastardo en cada puerto en el que fondeaban.

Pero él no, ese era su primer viaje y deseaba que fuera el último.

Había embarcado deseoso de aventuras y, por qué no decirlo, por despecho, pues la joven dama de la que se había enamorado acababa de casarse con el rico heredero de una familia pudiente.

Después de yacer por octava vez, la muchacha le había informado de dos cosas; la primera, que estaba embarazada, la segunda, que él no iba a criar a ese hijo. Iba a casarse con su prometido, al que la familia había engatusado para hacer creer que casarse con esa joven doncella iba a ser una inversión a largo plazo, pues esta le traería posesiones e incontables hijos que las mantuvieran.

¿Cómo no iba a aceptar ese joven, frente a la idea de ver su fortuna incrementada y perpetuada hasta la eternidad?

Y por eso decidió irse sin esperar a que se celebrara la boda, por si durante la noche del himeneo se descubría que la doncella no era tal y, que además, estaba preñada de un pobre diablo de la aldea.

Así que los vientos le fueron favorables y descubrió que en el puerto estaba anclado un bergantín corso; por delante el mar y el horizonte inexpugnable, siempre lleno de aventuras.

Fue tarea dificultosa persuadir al oficial de intendencia, pero aún más complicado fue convencer al capitán, un hombre barbudo de aspecto infausto y sonrisa más siniestra aún.

–Los que en mi nave embarcan nunca la abandonan –le había dicho.

Y aun así, la invitación le había parecido de lo más atractiva.

Así que se enroló en la tripulación como grumete, poniendo en las más insulsas tareas todo su cuerpo y su alma; indistinto era para él fregar la cubierta o afianzar los aparejos, se sentía dichoso de estar lejos de tierra.

Y ahora, asomado por la barandilla de proa, no podía dejar de pensar en la muchacha y en la posibilidad de que ese bebé que estaba por nacer llevara su nombre. En un mundo justo, él habría podido criar a su hijo, al que el viento mandaba sus susurrantes palabras de amor.

Ilustración de Rafa Mir

Pero el mundo no era justo y, por eso, la mujer a la que había amado yacía en los brazos de otro hombre, mientras Thomas clamaba a los vientos por el fruto de su vientre.

Los días transcurrían con extrema placidez, lentos y monótonos bajo el cálido sol de agosto.

Por lo que sabía, se dirigían al Nuevo Mundo, pero su intención no era desembarcar allí. Querían interceptar un buque español que partía con un cargamento de plata; se decía que el dueño de aquella plata era a su vez el dueño del mundo.

Cuándo, después de varias semanas de navegación, cruzaron más allá de las Azores, el tiempo se hizo indómito; cada vez veían menos el sol y el agua se mecía revuelta bajo la cubierta del navío. Algunas noches, los miembros más jóvenes de la tripulación se despertaban inquietos y asustados, envueltos en una capa de sudor frío que les mantenía atados a sus camas, con un grito encallado en su garganta, pues el viento rugía con fiereza al otro lado de las escotillas del casco de madera podrida, como si de un monstruo marino se tratara.

Aun así, durante el día y mientras hacía sus tareas de intendencia, él mandaba mensajes llenos de amor a su hijo nonato, esperando que algún día los pudiera oír.

Un mes y medio en alta mar necesitaron para llegar a una isla perdida en medio del Atlántico. Decidieron anclar el navío y realizar las reparaciones pertinentes, pues tanto tiempo de fuerte e inclemente viento y de marea embravecida, había hecho estragos en el viejo casco.

Fue al amanecer del quinto día en la isla cuando vislumbraron, a lo lejos, las velas latinas del buque español.

Era una carabela de unos 20 metros de eslora, larga y alta, que parecía acariciar las nubes con sus 30 metros de altura. Se acercaba a una velocidad aproximada de 5,80 nudos, empujada por un fuerte viento que parecía querer llevarla lejos de las tierras del Nuevo Mundo, que había dejado atrás hacía días.

A toda prisa, el capitán les gritó a la orden y obligó a embarcar a todos aquellos que holgazaneaban en la arena de la tranquila isla. Si no se daban prisa en hacerse de nuevo a la mar, la Española pasaría de largo y con ella, sus posibilidades de honor y gloria.

Ganaron velocidad con suma facilidad, pues un cambio de rumbo del viento les favoreció en su avance mientras la carabela se veía ralentizada al no contar con su favor. Cuando estuvieron a pocos metros del buque español, el capitán gritó, por encima del barullo que armaba la tripulación. La orden fue breve, clara y concisa: “¡Al abordaje!”.

En ese momento, la tripulación atrajo ambos barcos con cuerdas acabadas en arpones, y cuando estuvieron a una distancia suficiente, los cañones de ambos navíos empezaron a sonar con estruendo, solo silenciados por los gritos de los hombres que saltaban de un barco a otro con la intención de atacar, o de defenderse.

Mientras luchaba a muerte con un par de marineros españoles, Thomas no podía dejar de pensar en su hijo; ¿Habría nacido? ¿Sabría algún día que él era su verdadero padre, y no el polluelo emplumado que ahora abrazaba a su madre? ¿Se parecería a él?

Y como si el niño respondiera, sentía como cada ráfaga de viento indomable le infundía valor y fuerza para dar una nueva estocada.

Nadie podría decir con exactitud cuántas horas duró la batalla, pero sí el desenlace de ésta: los marineros españoles fueron derrotados, la plata fue transportada al Caronte, la Española fue hundida y con ella, la tripulación.

Mientras los hombres celebraban, a la salud del capitán, tan acaparadora victoria, Thomas solo podía pensar en su hijo y en si algún día se sentiría orgulloso de su padre.

Corrió el ron y se hicieron mil apuestas en aquella noche que, poco a poco, se había tornado negra y tenebrosa, con una oscuridad rasgada solamente por la luz de los rayos cruzando el cielo en el horizonte. El viento azotaba cruelmente las velas del barco y ululaba a su paso por las ventanas situadas en el casco, mientras hacía crepitar las viejas velas.

Pero estaban todos demasiado felices celebrando su victoria como para percatarse de las inclemencias del tiempo, que por otra parte solía resultar hostil en esa zona del Atlántico.

Nadie vio el primer rayo impactando contra el agua, pero sí sintieron el segundo que estalló contra el navío y vieron como éste se desgarraba por la mitad como una simple cáscara de nuez.

Con un trueno ensordecedor, los mástiles cayeron sobre la cubierta y el agujero bajo sus pies creció de tal modo que el mar se coló en los compartimentos de proa y popa, hasta que el barco dejó de flotar y empezó a hundirse.

Como horribles fantasmas, las manos de los muertos en la batalla en alta mar tiraban de las muñecas de los que, aún vivos, intentaban mantenerse a flote para llegar a la isla. Los tablones de madera desaparecían al mismo ritmo que el barco, del que ya solo asomaba el mascarón de proa: esa hermosa cara de sirena encantada.

Y el mascarón precisamente fue lo último que vio Thomas antes de hundirse; pues sintió como unas manos gélidas y muertas se le aferraban al cuello y le hundían en la oscuridad de las aguas, mientras su rostro era golpeado por el frío del viento del atlántico por última vez, y notaba clavada tras sus párpados, la espectral mirada de un marinero español.

***

Diez años después de tal horroroso suceso, Victoria escuchaba embobada la historia de la maldición de la plata azteca; era su favorita. Su ama de cría se la había contado infinitas veces, pero había algo que le atraía especialmente de esa leyenda; aunque no sabía exactamente qué.

Conocía el final de memoria, esa última frase que el ama añadía a modo de advertencia, la moraleja que tenían todas sus historias: “Y así murieron, sin llegar a pagar las dos monedas a Caronte, y por eso yacerán en el fondo del mar para toda la eternidad”.

En ese momento, sentía como en su interior algo revoloteaba y se agitaba, y escuchaba una extraña y lejana voz que, con cariño eterno, le decía al viento: “Siempre te querré, hija mía”.

Mª Cristina Salvans

De como Caperucita se comió a su abuelita

Autor@: 

Ilustrador@: Rosa García

Corrector@: Carme Sanchis

Género: Relato Terror-Erótico

Rating: + 18

Este relato es propiedad de María Cristina Salvans. Las ilustraciones son propiedad de Rosa García. Quedan reservados todos los derechos de autor.

De como Caperucita se comió a su abuelita.

Como en todas las versiones conocidas del cuento, Caperucita Roja salía hacia casa de su abuelita con un canasto lleno de manjares para la pobre mujer, que no salía de casa debido a una enfermedad, o tal vez, simplemente, porque con la edad se había vuelto bastante huraña y ermitaña, y por eso prefería no ir más allá del quicio de su puerta carcomida y oxidada, como ella, más o menos.

Después de las pertinentes advertencias de su madre, la joven –porque, no nos engañemos, nunca fue la niña que creímos– partió a través del oscuro bosque hasta casa de su abuela.

Pasó por entre árboles de formas siniestras y riachuelos sucios.

¿Habíamos dicho que cuando Caperucita hacía estas excursiones era siempre de noche?

Pues era noche cerrada, con unos nubarrones más negros que el hollín que tapaban el cielo. Los búhos cantaban su monótona sintonía cual coro gregoriano en plenas maitines, y allí estaba Caperucita, disfrutando del bosque en su esencia.

Era Agosto e incluso las noches eran calurosas en ese sofocante bosque.

Se acercó a un claro entre el espesor, en el que sabía que había un estanque de aguas límpidas, a pesar del agua putrefacta que bajaba por los arroyos.

Se deshizo de sus ropajes de campesina, permitiéndose el lujo de quedarse en paños menores, atrevidísimos para la época… Pero las jóvenes, ya se sabe. Decidió, en un alarde de pudor, dejarse esa caperuza roja, por si los voyeurs.

Y allí tenemos a la “inocente” Caperucita Roja bañándose felizmente en un estanque tenebroso de un bosque peligroso.

En estas estábamos cuando entró en escena un hombre muy peculiar.

Rondaría los 40 años, bien parecido, con una barba salvaje recortada y los ojos desiguales, que brillaban con intensidad.

Caperucita se sentía observada, pero cuando vio reflejado en el agua el rostro del voyeur, lejos de taparse, dejó caer la capucha y se giró con insinuante mirada al observador.

–¿Qué eso de mirar sin siquiera presentarse? –preguntó.

–Pensaba unirme al baño –contestó el hombre– pero tal vez mi presencia no sería apropiada para una joven doncella.

–Seré joven –respondió Caperucita–, pero os aseguro que no tengo nada de doncella; esa flor fue deshojada hace mucho tiempo –sonrió con picardía–. ¿Por qué no me hace compañía? Me siento sola.

¿Cómo rechazar tal invitación?

El hombre se acercó al estanque, se desnudó dejando ver su cuerpo musculoso y peludo, y entró en el agua.

Nada más hacerlo, Caperucita se acercó a él, de modo que ambos pudieron sentir el calor del cuerpo del otro.

–Oh, veo que te alegras de conocerme –dijo la chica, colocando la mano en su entrepierna, en la que palpitaba una incipiente erección.

Después de un apasionado beso, los actos de carácter erótico –cuándo no pornográfico– se sucedieron de un modo tan salvaje que la narradora se ruboriza con la sola idea de explicarlos, así que accederemos a que cierre los ojos y saltaremos un poco en el tiempo, permitiendo al lector, eso sí, imaginar lo que desee.

Cabe destacar que, en pleno acto, Caperucita sintió como los dientes de aquel hombre desconocido se abrían paso en la pálida y suave piel de su cuello, y como las gotas de sangre de su yugular teñían de rojo el agua del estanque.

El último suspiro del clímax se oyó en todo el bosque y se unieron a él todos los animales de alrededor.

–¿Has disfrutado, niña? –Preguntó extasiado el hombre.

–Como una loba –respondió Caperucita, saliendo del agua.

–No sabes qué razón tienes.

Ilustración de Rosa García

Caperucita se puso la falda y se ajustó el corpiño y la capucha.

No le dio tiempo al hombre de reaccionar y vestirse; la joven ya había desaparecido en el espesor del bosque. La noche transcurría tranquila y ella seguía su camino hacia la casa donde vivía la anciana ermitaña que era su abuela.

Mientras caminaba sentía como las ramas, pervertidas manos de un hombre sobón, le arrancaban la caperuza y la ropa.

Y, ¿puede el lector imaginar en qué condiciones se encontraba la pobre de Caperucita Roja cuándo llegó al claro frente la casita de madera de su abuela?

Pues ella se sentía maravillosamente, con la ropa oportunamente rasgada dejando entrever su cuerpo voluptuoso a todo aquel que quisiera detenerse a mirar.

Pero no era eso lo único que era diferente en la joven desde que saliera de su casa unas horas antes, aunque ella no se dio cuenta hasta que fue, digamos, demasiado tarde.

Como pudo, usó su caperuza para tapar la desnudez a ojos de su anciana abuela.

Fue todo en vano, pues un detalle del que Caperucita no se había percatado era que la luna llena esa noche estaba tapada por largos campos de algodón, que en ese preciso momento un segador inoportuno parecía estar recolectando, pues quedó expuesta cuando Caperucita cruzó el quicio de la puerta.

Lo primero que notó fue como la fisonomía de las manos cambiaba, y donde antes había visto unas manos pequeñas de pulcras uñas, aparecieron unas zarpas largas. Los rectos dientes se alargaron, y los caninos sobresalían de su boquita de fresa, que se embraveció. Los ojos de Caperucita, normalmente azules, se tornaron marrones con una pupila de desproporcionadas dimensiones. Y los pies, antes pequeños y recogidos en unos zapatos de doble lazada, se rompieron al aparecer unas patas traseras lobeznas.

Hasta este punto, nuestro bien amado lector seguramente ya ha deducido que el encuentro sexual de Caperucita Roja con ese desconocido le contagió el virus de la licantropía. Y ese, hasta día de hoy, no tiene más cura que las balas de plata.

La joven sintió un hambre feroz y aulló con ansia a la noche, ante los ojos de su asustada abuela, que apestaba a fluidos corporales por el miedo.

Al momento apareció una manada de lobos que se movían con ferocidad y cautela al mismo tiempo, para conocer al nuevo miembro del clan. Surgió de la nada un hombre lobo, más alto que cualquiera de los anteriores y al instante supo que era el voyeur desconocido con el que había estado retozando momentos antes.

Estaban famélicos, y como nuestro querido lector sabrá, los lobos cazan siempre en manada.

No necesitaron otra excusa que el hambre para irrumpir en casa de la pobre y ermitaña abuela de Caperucita, que fue devorada por su nieta en su práctica totalidad, en menor tiempo que el que emplea una meretriz en bajarse las faldas.

El cazador que apareció poco después tampoco fue problema, pues el desconocido hombre lobo le atacó la yugular antes que tuviera tiempo de recargar su escopeta y aún gritaba asustado cuando los lobos menores le devoraban las entrañas.

¿Puede nuestro lector imaginar tal escena; tal orgía de gritos y sangre?

Falte decir, para beneplácito de quien nos lee, que los gritos de dolor se oyeron más allá de los lindes del bosque, donde una turba de aldeanos encendía fogatas, sobresaltados por los aullidos de los lobos, al ver que su avanzadilla, el cazador que siempre nos narra el cuento, no aparecía.

Y esta narradora puede decir, ya que todo lo ve, todo lo oye y todo lo siente, que la turba de aldeanos apestaba a miedo y orín, y que si no fuera por la presión social, cada hombre del pueblo estaría encerrado en su casa, con su mujer y sus hijos arrebujados junto al fuego. Pero las turbas, ya se sabe, son una forma como otra de pánico colectivo.

Más de cincuenta hombres armados partieron al bosque con las antorchas, pues la luna se había escondido de nuevo, en busca de esa manada de lobos que les devoraban a las ovejas y a las hijas. Ninguno volvió.

El motivo de su no regreso no es otro que nuestra joven amiga Caperucita Roja, que se ofrecía a cada hombre que veía, según lo que su corazón escondía y estos, siempre corruptibles, no deseaban otra cosa que poseerla con todas sus fuerzas para, en el momento de dejar correr su semilla en el vientre de la joven, ser devorados por una manada de lobos asesinos.

El primero al que engañó fue al panadero, que siempre la había mirado con ojos de lascivia y le había insinuado obscenidades con barras de pan de por medio.

El próximo fue el campesino, que era acompañado por tres de sus jornaleros y poseyeron a Caperucita a la vez y en las más variadas posturas, que pueden correr a cargo de nuestro lector.

Llegó el turno del clérigo, que acompañado por el monaguillo quisieron recorrer todos los orificios del cuerpo de la joven.

El juez y el verdugo del pueblo fueron los más salvajes, pues acabaron de arrancar la ropa de la joven que se fingía asustada y le devoraron con ansias senos y partes íntimas, mientras ella se mantenía dócilmente atada a un árbol.

El viejo alcalde, así como el alguacil, llegaron al clímax antes de empezar, al ver la firme desnudez del cuerpo de la joven.

El verdulero, el ebanista, el carnicero, el barbero, los albañiles y el tabernero… Todos sucumbieron ante Caperucita Roja; roja de sexo, roja de sangre.

Y así fue como esa noche ningún lobo tubo hambre ni ninguna mujer esposo.

Pero atención lector, pues el relato no ha acabado y queda una última advertencia.

Ilustración de Rosa García

Se rumorea que aún hoy, Caperucita Roja ronda los bosques en busca de hombres y mujeres, para saciar su sed de sangre y sexo.

Maria Cristina Salvans Martínez

17/7/2013

De lira ire

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Relato

Rating: +14

Este relato es propiedad de  María Cristina Salvans y su ilustración correspondiente es propiedad de Daniel Camargo. Quedan reservados todos los derechos de autor.

De lira ire.

Le disgustaba mucho la época en la que le había tocado vivir, donde todo estaba inventado y las mejores historias ya habían sido narradas. La sociedad ya no se revolucionaba y sus gentes vivían y morían como meros espectadores de una época aburrida y sin sobresaltos. La realidad se había adueñado de las fantasías de los soñadores; la corrupción, de los poderosos; y la injusticia, de los débiles que encerrados en una falsa democracia, se sentían seguros.

Quería despertar consciencias, desvelar enigmas y resucitar sueños; ver como las gentes volvían a sentir mariposas en el estómago al emocionarse con una historia nueva.

Solo necesitaba un pretexto, y el contexto parecía estar cercano, pues parecía avecinarse una época turbulenta para gobiernos y pueblos. El ritmo que esa vida aburrida exigía era económicamente inestable, la crisis, económica y social, estaba cerca y era su momento para deslumbrar. Si conseguía su objetivo, el mundo entero estaría a sus pies y él lo convertiría todo en algo más emocionante, de ese modo, su tiempo en la tierra sería vertiginoso, y más allá… quien sabía qué encontraría más allá.

Sin más demora, decidió sentarse en su viejo escritorio de roble, tomar entre sus dedos una pluma oxidada y un bloc de notas magullado por los años. Las musas lo visitaron, como de costumbre, después de su tercera copa de whisky.

Quería escribir sobre el tiempo, y si lo pensaba bien, lo primero a lo que querría volver sería a su infancia, esa época de despreocupada diversión.

 Pero… ¿Y si pudiera viajar más lejos? ¿Y si pudiera cruzar el tiempo hasta cualquier momento que quisiera? Podría ser la mano derecha de Robespierre, capitán en las carabelas de Colón, el decimotercer discípulo de Cristo, e incluso, robarle el corazón a la mismísima Cleopatra.

Y quizá, solo quizá… Si pudiera vivir para siempre dentro de las fotografías, ella seguiría viva. El motivo de su felicidad y su razón de ser. Ella, que murió al poco de su nacimiento y que siempre le miraba, con sus eternos ojos de ternura, desde más allá de las sombras de su atestada habitación. Si pudiera dar marcha atrás en el tiempo aún cabría la posibilidad de salvarla, o eso se decía en los momentos de más febril desolación.

Por ella tenía que hacerlo, para devolverle la vida. Tenía que escribir su historia.

___

Su madre había sido paciente de una clínica mental, un sanatorio, un manicomio. Allí, había conocido a su padre, un brillante médico recién salido de la facultad, el primero de su curso, el mejor que se recordaría en la universidad.

Le gustaría escribir que en el momento en que se vieron se enamoraron, pero no fue así. Su padre se enamoró de ella, no así su madre que, viviendo en un mundo paralelo, vio en el doctor la cara del mismísimo Lucifer. Y cualquiera pensaría que eso era algo malo, pero para ella era el éxtasis del placer, en tanto que las monjas de tan ilustre institución la trataban de endemoniada, pues se dejaba llevar en demasía por la lujuria y se decía que tenía algún tipo de enfermedad relacionada con las ninfas –o lo que hoy definiríamos como ninfomanía-.

Se decía que todo aquel que se acercaba a ella acababa padeciendo el mismo mal. Y como no, el joven doctor más aventajado de su promoción, no iba a ser el único que no sucumbiría a sus encantos.

La mujer se permitía con el médico unas confianzas que no gustaban a nadie, excepto al joven, que sentía que su paciente tenía cierta predisposición para aceptar sus cuidados.

Después de un tiempo trabajando en el sanatorio, nuestro joven erudito ya no era capaz de discernir entre el bien y el mal y sus encuentros con la paciente pasaron de ser puramente médicos a convertirse en algo carnal. Ella lo había conseguido, él había hallado la perdición.

No lo supo hasta el momento en que ella le anunció que estaba embarazada. En ese momento, juntos decidieron que debían escapar. Huir a un lugar mejor, lejos de paredes acolchadas y monjas desaprobadoras.

Pero eso no fue posible.

Con un parto cercano, la vigilancia alrededor de la celda de su madre se había doblado y el joven médico había sido expulsado de la institución, con la explícita prohibición de acercarse al recinto so pena de perder su derecho a ejercer.

La mujer parió sola, entre gritos de dolor y paredes insonorizadas. Se le permitió quedarse con el bebé el tiempo suficiente para tomarse una única fotografía y cuando volvió a la celda con el niño, se suicidó cortándose las venas a base de mordiscos. Los encontraron al día siguiente, el pequeño en brazos de su madre, llorando buscando su pezón para alimentarse, cubierto de sangre rojiza y seca.

Poco después, el infante fue mandado con su padre, junto con la fotografía y una nota que rezaba “un niño tiene derecho a conocer a sus padres, aunque sean unos pecadores”.

Y esa fue la última vez que vio a su madre.

___

Releyó el relato de la historia de la mujer que le dio la vida. Horrible, monstruoso; lo arrugó, lo tiró al suelo y sumido en un odio insano hacia sí mismo, escupió.

La historia era buena… ¿Por qué no era capaz de narrarla cómo merecía?

Y qué era él, sino un mediocre escritor con ínfulas de grandeza, que se creía Homero y no llegaba a Polidori. No sería nunca nadie, pues la grandeza estaba destinada a Shakespeares y Voltaires.

Todo lo que necesitaba era tiempo, pero parecía que la trama con la que había estado soñando se cernía sobre él como una sombra oscura y pestilente.

¿Cuánto tiempo llevaba encerrado en ese sopor que no le había permitido ver pasar, a través de la ventana, las estaciones del año?

Allí estaba su crisis, su contexto, y él no había acabado el relato de su madre.

Solo pedía un poco de tiempo. Y mientras tanto, el inexorable reloj seguía su camino por la esfera del reloj de pared “Tic-Tac”.

Sentía que los latidos de su corazón se sincronizaban con ese horroroso sonido; se ahogaba, su tiempo se acababa. Moriría en un suspiro del tiempo y nada quedaría de él, ni huesos, ni polvo, ni páginas amarillentas salpicadas por palabras inmortales.

Su cuerpo se tensaba y la mecánica que permitía a sus articulaciones el movimiento, chirriaba dolorosamente; lo oía, mientras sentía la presión de los músculos al contractarse y los huesos al dislocarse.

La sangre le subió a la boca y probó el sabor del cobre oxidado. Su cuerpo se oxidaba, como su talento, incapaz de sobresalir más allá de sí mismo. Se mordió la lengua.

Sobre la raída alfombra de su habitación, se desangraba, se asfixiaba en su propia sangre, se atragantaba con su propia lengua.

Y al fin y al cabo ¿No era eso lo que le había pasado realmente a su madre?

Murió como ella, de status epilepticus.

Horas más tarde su cadáver fue encontrado por el ama de llaves, tendido en el polvoriento suelo enmoquetado.

La mañana siguiente, el niño que vendía los periódicos gritaba el titular “¡Hallado muerto el escritor arruinado de Broom Street! Su última obra será editada en los próximos meses”.

Ironías de la vida y del tiempo, que dan a las personas tras su muerte, lo que siempre desearon en vida.

Maria Cristina Salvans

23/4/2012

Ilustración de Daniel Camargo