El gato

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Género: Cuento
Rating: Todos los públicos
Este relato es propiedad de Inmaculada Ostos Sobrino. La ilustración es propiedad de Rafa Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor.

El gato.

Ilustración de Rafa Mir

Ilustración de Rafa Mir

—¡Apártate de ahí, so mema!
—¡De eso nada, no voy a consentir que le hagáis más daño! ¿Os gustaría que os apedrearan por diversión? ¡Pues a él tampoco!
—Es solo un bicho. ¡Quítate de ahí!
—¡No!
El muchacho se giró entonces buscando la mirada de su líder, este ladeó la cabeza en un gesto cómplice, y entonces el chico, mostrando una cínica sonrisa, lanzó la piedra con todas sus fuerzas. La chica cayó al suelo dolorida, le había alcanzado el hueso del hombro, y el impacto había sido tan fuerte que la había hecho caer, pero se levantó aguantando las lágrimas, y cogiéndose con la mano el hombro herido se volvió a plantar delante del gato y los miró desafiante.
El muchacho lanzó de nuevo y, esta vez, la piedra fue directa a la cabeza. A la muchacha solo le dio tiempo a alzar el brazo, pero de nuevo el dolor la hizo estremecerse y caer, esta vez incluso se le escapó un gemido mientras un hilo de sangre corría por su piel desnuda.
«¡La piedra tenía punta!», se sorprendió la chica. Y de nuevo se levantó y se interpuso entre el felino y la panda de salvajes. Tenía muchas ganas de llorar, pero no les iba a dar la satisfacción de verlo.
El lanzador miró de nuevo a su jefe con cara divertida. Este negó con la cabeza y observó atentamente a la muchacha que, jadeante, los miraba con furia sin apenas pestañear. Finalmente se adelantó hacia ella manteniéndole la mirada. Normalmente cuando hacía esto la gente solía bajar los ojos hacia el suelo, pero la chica no, esa chica lo miraba entre furiosa y aterrorizada, una mala combinación para iniciar una pelea, aunque en este caso ella estuviera en desventaja. Y además ahora se agachó para coger el gato y lo apretujó contra su pecho. El chico no supo por qué, pero algo en la tenacidad y el coraje de la muchacha hizo que sintiera admiración por aquel diminuto y delgaducho cuerpo. Así que acercándose de forma intimidatoria le dijo dando fin a la tortura:
—Esto no va a quedar así, enana. —Y dicho esto, hizo una seña a sus secuaces y todos se apiñaron a su alrededor. Mientras le daba la espalda el chico sonrió, desde luego que no tenía intención de hacerle daño, pero debía mantener su reputación frente al resto si quería que lo siguieran respetando. Y la pantomima funcionó, pues los chicos lo siguieron mientras dirigían a la chica carcajadas socarronas y miradas de superioridad.
Una vez desaparecida la banda del patio Clara se desplomó en el suelo con el gato aún aferrado a su pecho.
—Tranquilo, bonito, mientras yo esté aquí nada te pasará —le dijo, y por primera vez lo observó con atención.
El gato tenía una gran brecha en la cabeza, exactamente al lado de la oreja derecha, así que ella no se lo pensó y se lo llevó corriendo al único lugar en donde lo podrían aliviar. Al cabo de dos horas llegó a casa. Cuando su madre le abrió la puerta, Clara ni siquiera se molestó en esconder al gato.
—¿Tenemos un nuevo miembro en la familia?
—Solo hasta que mejore.
—Bueno, ya que hemos pagado la factura deberíamos quedárnoslo, ¿no crees? Para que salga rentable la inversión y eso —le dijo su madre señalando la inconfundible venda con dibujitos de peces de la cabeza del animal.
—La factura la pagaré con mis ahorros, no te preocupes.
—No lo dudaba. No obstante… —comenzó a decir su madre dando una significativa vuelta con su dedo anular.
—¡Ni hablar! ¡Es un gato callejero, no está acostumbrado a…!
—Ni aunque fuera de Katmandú y alérgico a la humedad se libraría de esta, es la regla.
—No te conoce, podría arañarte —insistió Clara en un intento de disuadirla. Su madre era una maniática de la limpieza y su Copo, que en paz descansase, lo sufrió una vez al mes durante todos los años de su corta vida.
—Creo que voy a correr el riesgo —le dijo arrebatándole el gato de las manos y después se dirigió al cuarto de baño.
—Entonces, ¿estás segura de que no quieres que desempolve nada de Copo? ¿No se quedará?
La chica negó con la cabeza.
Este es un gato libre. En cuanto pasen los tres días que me dijo la doctora Laura lo soltaré de nuevo.
—¿Estas segura? —le preguntó entonces su madre—. Parece que le caes bien —volvió a decirle mientras miraba al gato que, acurrucado en su regazo, dormía plácidamente—. Si no quieres otro gato es porque no quieres volver a sufrir…
—No, no es eso. A Copo lo cogimos cuando era un cachorro de apenas semanas, era hijo de una gata doméstica. No es lo mismo que este, que es un gato que se ha criado en la calle. No me parecería justo quitarle su libertad. Él debe seguir siendo libre, ya no es un gatito, parece adulto, así que no debemos ser egoístas. El gato, que hacía medio segundo acababa de levantar la oreja derecha, de repente abrió los ojos y se la quedó mirando de forma intensa durante unos segundos, como si hubiese comprendido cada palabra que la muchacha decía, y después se volvió a acurrucar.
—Me parece una buena respuesta —le dijo entonces su madre con una sonrisa de orgullo en su cara—. Así será, pero hasta que lleguen esos tres días le buscaremos una cama blandita en donde dormir, y el arenero también. Además, creo que me quedó un paquete entero de comida, así que lo abriré y lo que sobre lo donaremos a la clínica de Laura, ¿te parece?
Clara aceptó satisfecha y no hubo más que decir. Los tres días pasaron volando, y aunque Clara sabía que echaría de menos aquellas miradas que escondían una inteligencia especial cada vez que ella le hablaba de alguna cosa, no podía echarse atrás. El gato era libre, así que, con todo su pesar, lo devolvió a la calle no sin darle una prolongada caricia y advertirle:
—No te metas en más líos, ¿vale, chaval?
Y después se alejó del parque en donde lo había dejado con un sentimiento contradictorio, pues a la misma vez sentía pena y felicidad. Así pasaron varias semanas en las que Clara no supo nada más del gato, pero un buen día se lo volvió a topar en el callejón de atrás de la pizzería Luigi’s. Estaba encarándose con dos perros de tamaño mediano peleando por unos restos de comida. Los perros lo tenían rodeado, pero él no iba a ceder. Clara no sabía si admirar su valentía o decepcionarse por lo insensato que era. No habría hecho nada si un tercer perro, que estaba escondido y a traición, no hubiese intentado saltar por detrás.
—¡Cuidado! —gritó.
Y entonces el gato, dando un giro veloz, dibujó con sus zarpas un enorme surco en el hocico del can mientras le bufaba de forma salvaje. El resto de perros pareció entender la lección, ya que ninguno se le acercó y huyeron despavoridos. El gato se zampó su botín.
—Sabes que has tenido suerte, ¿verdad? —le dijo Clara—. Si no llega a ser por mí, ese perrazo te hubiese hecho chichina.
El gato la miró algo airado y empezó a lamerse las patas. Estaba más delgado que la última vez que lo vio.
—En fin, me ha encantado verte, pero ten más cuidado, no seas tan temerario y ve a la comida sobre seguro. Luisina suele sacar basura fresca al mediodía y esos tres con los que te has enfrentado a esa hora no suelen estar por aquí, así que tú mismo. —Y diciéndole esto al atento gato, Clara se marchó dirección al parque para merendar. Siempre hacía un alto en el jardín de los rosales antes de regresar a casa. Le encantaba el perfume que desprendían aquellas preciosas y maravillosas flores rojas. Clara se sentó en su banco de siempre, sacó todos sus enseres de merienda, botella de agua, bocadillo y servilletas, cuando de repente el gato apareció y de un salto se colocó a su lado mirándola con ojos suplicantes.
—¿Quieres un poquito de esto? —le ofreció Clara mostrándole su bocadillo de atún. El gato ronroneó primero y luego maulló como si le contestase afirmativamente.
—Está bien, lo comparto contigo, pero no me vayas a marcar como a ese chucho pulposo, ¿eh? — bromeó. El gato soltó un bufido disgustado y le dio la espalda. Clara pudo ver divertida su lomo anaranjado a rayas amarillas—. Era una broma —le dijo entonces, y deshizo en pequeñas porciones un trozo de su bocadillo del que el gato dio cuenta gustoso.
Desde entonces el merendar juntos en el parque se convirtió en una agradable tradición y Clara además podía desahogarse de sus problemas diarios mientras acariciaba el aterciopelado lomo de su amigo.
—Como sigamos así, te voy a tener que poner un nombre, no me gusta no poder identificar a mi mejor amigo.
Y tal vez aquel día fuese el más raro de todos los que Clara compartió con el animalito, ya que de improviso el gato saltó al suelo, la miró, le maulló intentando llamar su atención y se puso en movimiento. Al cabo de unos instantes y al ver que Clara no lo seguía, el gato se paró, volvió a mirarla y maulló desesperado.
—Está bien, ya te sigo.
Y así la llevó hasta la librería en donde se volvió a parar y ya no se movió.
—¿Por qué me has traído aquí?
El gato la miró directamente a los ojos y luego hacia arriba. Parecía que observaba fijamente el cartel de la tienda mientras maullaba.
—Oliver… —leyó la muchacha—. ¿Oliver? ¿Quieres que te llame Oliver? —le preguntó entonces, y el gato hizo algo que a Clara le resultó muy extraño, incluso llegó a pensar que había sido producto de su imaginación, pero lo cierto era que Clara hubiera jurado que el gato asentía.
—Está bien, Oliver pues. Bueno, me tengo que ir ya, supongo que nos veremos.
El gato le dirigió entonces un maullido satisfecho y se marchó calle abajo.
Hubo más encuentros entre Clara y Oliver. Concretamente quedaban cada tarde de los viernes en el que se había convertido su lugar, compartían bocadillo y conversación, y aunque era solo Clara la que hablaba, el gato parecía escucharla siempre con atención, e incluso a veces se permitía hacer algún gesto extraño como de aprobación. Y así pasaron los meses, y el gato iba mejorando su aspecto, estaba más fuerte, más ágil y Clara más feliz. La mutua compañía parecía ser beneficiosa para ambos y lo más importante era que ambos respetaban el espacio del otro, ambos eran libres a su manera.
Un día Clara llegaba tarde a su cita con Oliver, la habían castigado por pegarle a un chico de segundo de bachiller, pero es que este estaba molestando a un chico de su clase que tenía problemas de aprendizaje y ella lo defendió. En fin, el castigo había merecido la pena sobre todo si aquel chico lo dejaba en paz desde ese momento. Lo malo era que Oliver seguro que estaba preocupado, así que Clara pensó en coger un atajo para llegar lo antes posible y cuál fue su mala suerte que, al atravesar el parque de la fuente, los acosadores de Oliver estaban allí, y como era costumbre en los últimos meses, el que parecía el jefe se le acercó para intentar conversar con ella o decirle alguna estupidez, tal como que le gustaría que fuesen amigos y todo ese tipo de sandeces, pero ella siempre tendría la misma respuesta hacia él. Oliver y ella habían conversado muchas veces sobre el extraño interés que ese tipejo parecía tener en ella, pero Clara no podría ser jamás amiga de una persona tan cruel como él. Lo conocía de vista y por desgracia Oliver no había sido su única víctima. Cuando el muchacho se acercó a ella esta vez no habló, pues lo primero que hizo fue cogerla por la cintura y atraerla hacia él.
—Es la hora de mi beso, guapa —le dijo, y se giró con una sonrisa socarrona a los del grupo.
Clara lo miró con odio comprendiendo su cobarde forma de actuar. Cuando estaba solo se comportaba de una manera más respetuosa dentro de su línea, pero cuando se encontraba con los idiotas de sus amigos… Clara lo empujó con fuerza haciendo que este cayera hacia atrás de culo.
—¡Eres idiota o qué! —le espetó.
Y eso no pareció sentarle muy bien a él, pues apretando los dientes se levantó furioso y cogiéndola de la muñeca la zarandeó fuertemente. A un gesto de su líder, el resto de chicos se acercó rodeándola mientras la increpaban, la empujaban e incluso alguno se atrevió a tocarle el trasero sin que ella pudiera hacer nada para evitarlo. Y aquello iría a más, ya que, al parecer, al resto del equipo les había parecido gracioso este acto y empezaron a acercarse a ella peligrosamente.

Clara cerró los ojos aterrorizada, maldiciendo su estúpida decisión de atravesar por aquel lugar. ¡Y todo ¡por ver a un gato!, ¡no se podía creer lo estúpido que sonaba!. Aunque, en el fondo, solo ella sabía ese vínculo tan especial que se había creado, esa complicidad, esa necesidad mutua, esa sensación de tranquilidad y bienestar que sentía cuando estaban juntos, ni siquiera con su mejor amiga había sentido algo así. Pero ahora se le venía encima probablemente el peor momento de toda su vida. Intentó escapar, pero el muchacho la aferraba fuertemente, apretó los dientes y se resignó a esperar, aunque seguía intentando propinar alguna que otra patada en su espera. Y entonces pasó sin apenas poder evitarlo. Clara sintió el dolor aplastante en sus pulmones, en su espalda. El golpe fue brutal. Cayó al suelo como un peso muerto, aunque cuando abrió los ojos el peso muerto era el muchacho que tenía encima. Y entonces entendió. No la habían golpeado a ella. El hecho de haber caído era que su opresor había recibido un fuerte puñetazo que lo había hecho caer y arrastrarla a ella. Lo que Clara no se explicaba era cómo había acabado en aquella postura si hacía un segundo lo tenía frente a ella,  pero no le importó. Lo que imperaba era saber qué demonios estaba pasando. Así que con una fuerza sobrehumana se quitó a ese tiparraco de encima. Lo primero que nuestra amiga vio fue una masa de gente arremolinada en lo que parecía una pelea callejera; y en segundo lugar, a un muchacho de pelo anaranjado entrando y saliendo de ella a una velocidad de vértigo mientras los de la banda iban cayendo como moscas a sus pies. En cuestión de unos minutos todo acabó y el muchacho se abrió paso entre el amasijo de quejumbrosos heridos, acercándose a ella como a cámara lenta.
—¿Estás bien? —le preguntó entonces tendiéndole la mano.
Clara seguía paralizada, aunque pudo asentir mientras el muchacho le cogía la mano y la hacía moverse pacientemente hacia él. Ahora Clara pudo ver que su pelo no era del todo naranja, tenía unos preciosos reflejos dorados que parecían naturales. Lucía despeinado, aunque no le quedaba extraño a su cara, y sus ojos rasgados eran dos centelleantes esmeraldas verdes que la miraban con preocupación.
Clara, sin saber por qué, se dejó abrazar por aquel desconocido e incluso ser llevada de la mano por él hacia otro lugar.
—Creo que debería llevarte a tu casa, no creo que el veterinario tenga un arreglo para ti —le dijo entonces en un intento de hacer una broma. Clara lo miró desconcertada y entonces algo en su cara, en sus gestos y en un no sé qué hizo que todo cobrara sentido como en una mala narración.
—¡¿Oliver?! —balbuceó aún incrédula.
El muchacho hizo un grácil salto felino hacia atrás y después una reverencia, y asintió.
La chica cayó a plomo en el banco que tenía más cerca con la boca abierta de par en par.
—Tenemos mucho de qué hablar —le contestó él con una amplia sonrisa.

Inmaculada Ostos

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El espíritu familiar

Autor@: 
Ilustrador@:
Corrector@: 
Género: Fantasía urbana
Rating: + 13 años
Este relato es propiedad de Olga Besolí. La ilustración es propiedad de Paloma Muñoz . Quedan reservados todos los derechos de autor.

El espíritu familiar.

Soy el espíritu familiar de una bruja, aunque muchos de vosotros solamente vean en mí un simple gato. Un gato viejo y ajado ya, de ojos amarillos y pelaje atigrado, de comportamiento hostil y movimientos sinuosos. Pero soy mucho más que eso y los más intuitivos se dan cuenta de ello. Por ejemplo, el doctor. Hay una verdadera conexión entre el buen doctor y yo, quizás debido a que él ha visto en contadas ocasiones el umbral de la muerte que abre paso a la otra vida demasiado de cerca, y yo, como familiar que soy, tengo siempre abierta la puerta de ese umbral.

Veo en sus ojos que, pese a que a él le inquieta mi mirada, me respeta, casi tanto como yo a él y a su trabajo. Es el único de aquí que no se dirige a mí como soléis hablarme todos los demás, con la boca pequeñita y la voz gutural, como si fuera uno de vuestros cachorros. No, él sabe que le comprendo, y me explica lo ocurrido, de por qué estoy aquí, de una manera simple y llana, sin vocecitas ni carantoñas, al igual que se lo ha explicado a Belladona. Por supuesto que él sabe que no entiendo vuestras palabras, pero él me habla desde el corazón, y ese lenguaje sí que es mi especialidad.

Tampoco veréis nada especial en mi ama, esa viejecita adorable de cuerpo enjuto y reseco que ahora duerme, y que cuando abre los ojos es por un segundo para volver a perder la conciencia. Esa misma anciana despistada que hace unos meses andaba perdida por los pasillos de otro hospital, y que hace unos días se perdió en este. La misma que cuando eso sucede se enfada sobremanera, alborotando al personal que trata de calmarla con agasajos.

Si nadie os lo cuenta, no imaginaríais nunca que ella fue en sus tiempos la reina de las brujas, dirigiendo los aquelarres mundiales bajo el sello del secretismo. Claro que eso ocurrió hace una eternidad, y en esos momentos de grandeza la acompañaba uno de mis predecesores, un gato negro enorme llamado Lucius III, que aparece en algunos retratos de su antigua casa.

Yo llegué hasta ella mucho después de sus años de gloria, cuando era una mujer ya muy entrada en años y con el pelo cano. Entonces ya sufría algún que otro episodio de despiste, en el que se confundía de repente, pero aun así, aquella noche de tormenta oí la llamada. Abandoné a mis hermanos de camada y corrí desesperado en dirección al reclamo, sin saber lo que me encontraría tras esa puerta oscura, en la noche lluviosa. Y antes de que un escalofrío me recorriera la columna, el quejido de la puerta al abrirse me sorprendió. Y allí estaba ella, una mujer pequeña, con el largo pelo blanco de rizos sueltos, en bata y zapatillas, diciéndome:

—Por fin estás aquí, Lucius VII. Te esperaba y eres más bonito de lo que creía. Y más pequeño.

Esa noche ella estaba lúcida, y su magia estaba completa. No volvería a repetirse. En los siguientes días me cuidó como solo una bruja puede cuidar a su acompañante, con respeto y cariño, sin lacitos, sin vestiditos, sin selfis ni todas esas tonterías que los humanos soléis hacer para quitarles la dignidad a vuestras mascotas.

La nuestra es una relación sana y duradera, de varios años, aunque yo me moría por ver un ritual de esa magnífica bruja, o un levantamiento de energías o, aunque solamente fuera durante unos instantes, un breve contacto con los espíritus de bajo astral que acechan al otro lado. Pero nada.

A ella le costaba concentrarse y siempre usaba la excusa del cansancio. Yo me acurrucaba en su regazo y dejaba que me acariciase levemente la espalda, ronroneando alegremente. A fin de cuentas, aunque no practicase, seguía siendo mi ama y una bruja excepcional.

Y lo digo por decir. Tengo pruebas de ello, porque cuando realmente afloraba toda su magia era cuando se sumía en el mundo de los sueños. Entonces los cuadros se movían de las paredes, los entes aparecían llamados por su reclamo inconsciente, y los colores de la energía brillaban dentro de la estancia, formando bolas que se desvanecían en el aire, y ráfagas multicolores. Mientras dormía ella se liberaba de su atadura terrenal. Yo, impasible a los pies de su cama, era el único testigo del festival de magia improvisada. Luna tras luna.

Pero luego, por la mañana, no solía acordarse de nada y me reprochaba:

—¡Gato malo! ¿Por qué has descolgado el cuadro de mi abuela mientras dormía? ¿Por qué has arañado la alfombra y has tirado al suelo el pentagrama?

Y mientras la Tierra daba sus giros al Sol, sus sueños empezaron a vaciarse de magia, al igual que sus vigilias se volvieron erráticas. De pronto se obsesionó con los huevos fritos. Los pintaba, los comía, me los daba a mí…

Ilustración de Paloma Muñoz

Ilustración de Paloma Muñoz

En cierto modo era divertido, pero siempre llegaba un día en que sus ojos se entristecían y mirando las paredes me decía:

—¡Ay, Lucius! ¿Eso lo he pintado yo? O la casa se ha cargado de duendecillos que me han jugado una mala pasada, o creo que algo no funciona bien aquí arriba  —y se señalaba la cabeza.

¡Cuánta razón tenía! El doctor, no este, sino otro mucho más rudo y menos simpático, se lo confirmó con una palabra: alzhéimer.

Esa palabra supuso un cambio radical para nosotros, que tuvimos que ponernos a vivir con su hija, una mujer simpática y trabajadora, pero tan sensible como una roca o un trozo de esparto, y su marido, un pobre hombre incapaz de entender siquiera la propia vida, y para el que el más allá es un cuento chino para hacer películas de terror.

Ellos dos, con toda su ignorancia y buena fe, quisieron separarnos, pero mi ama se puso a gritar, como nunca la había oído antes, con un grito desgarrador que le salió del alma y con una fuerza que levantó ráfagas de viento repentino. Se asustaron tanto que no volvieron a intentarlo jamás. A partir de ese momento viviríamos todos juntos sin entendernos lo más mínimo.

A Manuel, que así se llama el yerno de mi ama, los gatos le dan alergia, y en cuanto yo pasaba por su lado empezaba a estornudar. Y en cuanto a Belladona, su hija, por mucho que tenga el nombre de una planta mágica, no ha heredado ni una pizca del don de su madre, y encima le tiene pavor a todo tipo de felinos:

—¡Mierda! ¡Jesús! ¡Es que nunca sé dónde voy a encontrarte! ¡Eres tan silencioso…! ¡Y no me mires con esa cara, gato apestoso! —me gritaba cada vez que tenía un sobresalto al cruzarse conmigo.

Incluso una vez me pisó la cola, aunque prefiero creer que fue sin querer. Por otro lado, ella y su marido llevaban una época que se hablaban más bien poco, o casi nada, creo que por culpa de nuestra presencia o, al menos, así lo expresaba Manuel cuando creía que nadie le veía ni oía, aunque Belladona le pillara una vez, porque si no había heredado el don de la magia, sí tenía el don de la oportunidad.

Y mi ama casi nunca se acordaba de su hija, ni reconocía a ese hombre barrigón y refunfuñón que pululaba por la casa, y se preguntaba qué hacía en su casa, aunque esa casa no era suya en absoluto. Sí que tenía días en los que me reconocía a mí, y eso provocaba el llanto de Belladona. Pero no eran lágrimas tristes, sino de amargura por creer que yo le importaba más que ella.

La situación era irremediable. Aunque yo tuviera el don de hablar, no podría haberle explicado que ella me reconocía a través de los chacras y reconocía mi energía, ya que sus ojos y su mente estaban ciegas y perdidas, porque no me hubiera entendido ni una palabra.

Mientras, los huevos de la despensa desaparecían y aparecían huevos fritos en las alacenas, en los cajones de la ropa, o tendidos junto a la ropa mojada. Eso hizo que Manuel pusiera el grito en el cielo y le plantara un ultimátum a Belladona:

—Estoy hasta los huevos. O se va ella y ese horrible gato viejo, o me voy yo.

Pero no hizo falta que nadie se largara. Justo cuando una maleta vacía permanecía paciente bajo la cama de Belladona, y unos cuantos dípticos de residencias para ancianos descansaban manoseados en la mesita, el frío de noviembre se apoderó de los huesos frágiles de mi ama y tuvo que ser llevada al hospital de urgencia. Allí la esperaba el doctor rudo y maleducado, que me cogió sin miramientos y me tiró a los brazos de Belladona:

—Lléveselo de aquí. Esto es un hospital y no se permiten animales.

Por suerte, la estancia en el hospital y nuestra separación duraron solamente unos días, y como su salud no empeoró, pero tampoco mejoró, la trasladaron al hospital geriátrico, en donde se quedaría. Allí, según parece, un buen doctor oyó un día las quejas de mi ama entre toses:

—¿Dónde está Lucius? Lo necesito.

—Cálmese, señora Puig.

—No. No lo entiende… ¡quiero a mi gato! ¡Tráiganmelo! —Tosió un rato antes de coger aire de nuevo—. ¡Tiene que estar… junto a mí!

Mi ama, en uno de esos extraños días en que la niebla de su mente se esfumaba, veía su propio futuro, aun cuando el doctor, por petición expresa de Belladona, le había ocultado su devenir:

—Mire, doctor, sé que me voy a morir… y sé que va a ser hoy o mañana… y ese gato… —más toses— El umbral… Usted… usted no lo entiende…

Pero el doctor, que había mirado a la muerte a la cara muchas veces cuando esta le arrebataba los pacientes, sí lo entendió y vio la mano alargada de la Parca junto a la camilla de esa mujer enjuta. Inmediatamente llamó a su familiar más cercano, Belladona, y la convenció de que era indispensable que trajera su gato al hospital.

Lo sé porque yo estaba allí. Vi cómo a Belladona se le caía la plancha de la mano, quemando el parquet del suelo, y cómo agarraba fuertemente el auricular con la otra.

—Pero ¿para qué quiere ese dichoso gato?… ¿Cómo?… ¿Dos días? ¿Que se va a morir? ¿Ya? ¡No puede ser!

Hoy es el día. El segundo día. Belladona ya ha venido y se ha despedido de su madre, aunque mi ama no la ha reconocido. Tampoco parece acordarse de mí, pero me ha aceptado sobre su regazo. Y aunque nadie vea lo que soy en realidad, y crean que solamente soy una vieja mascota encima de la camilla de su ama moribunda, soy mucho más que eso. Soy la guía que la llevará de la mano en su paso entre este mundo y el otro. Ella lo sabe y yo también, y por eso se ha dormido en un sueño plácido, posando su mano esquelética sobre mí.

Y aunque el doctor bueno y sensible no lo sabe a ciencia cierta, lo intuye, porque aparece de repente cuando un primer estertor me alerta de que la Parca ya empieza a estrujar la vida de mi ama y a sacarla de su cuerpo. El doctor llega corriendo y cierra la puerta tras de sí. No hay enfermeras ni visitantes, solamente nosotros tres y la presencia gélida de la muerte. La persiana está abierta y la luz del atardecer se cuela por la ventana. No va a ser una muerte agónica, sino una muerte plácida. Mi ama despierta para caer en una semiinconsciencia, su mano sigue descansando sobre mí. El doctor le acaricia el pelo escaso y le dice al oído:

—Señora Puig, ha llegado la hora. Deje que Lucius la lleve. Relájese. No intente luchar. Todo está bien. Estará bien.

—Luciusss…

Con mi nombre se escapa el último aliento de mi ama. Se aleja de su cuerpo y se queda de pie, junto a mí, que he saltado de la camilla, de forma más ágil de lo que recuerdo. Ya no es la vieja decrépita que yo conozco, sino la imponente pelirroja de ojos verdes que hechizó al mundo. Ella es mi dueña y señora en todo su esplendor, la reina de las brujas.

Me hace un gesto para que la siga y me sorprendo. ¡Ella es mi guía y no yo la suya! Y cuando miro atrás, no veo sino el cuerpo inerte de un gato viejo junto al cadáver de una anciana.

Esos ya no somos nosotros. Nosotros somos esos dos entes incorpóreos que se dirigen a la luz, a los destellos anaranjados de un atardecer reinado por un sol grande y amarillo que graciosamente brilla rodeado de una nube blanca y que parece un huevo frito.

Olga Besolí
Junio 2019

Vidas cruzadas

Autor@:
Ilustrador@:
Corrector@: 
Género: Relato
Rating: Todos los públicos
Este relato es propiedad de Olga Ruiz. La ilustración es propiedad de Rafa Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Vidas cruzadas.

Ilustración de Rafa Mir

Ilustración de Rafa Mir

Cuando tenía veinte años me dijeron que escribía como Raymond Carver, y ni siquiera sabía parte de mi verdad en aquel momento cuando leí su libro Vidas Cruzadas.

Pues hoy estoy precisamente aquí. En ese punto de intersección donde se cruzan dos rectas, dos vidas, dos almas. Son las siete de la tarde, la cafetería Rojas está esperándome con sus sillones de terciopelo y sus mesas de mármol del siglo pasado. El camarero que tantas veces me ha visto hoy se va a encontrar la sorpresa de ver cómo mi hermana gemela llegará diez minutos antes y se dirigirá a ella como si fuera yo, y se producirá un absurdo debate entre la confusión de ella y la confusión de él. Bueno, estas y otras cosas siguen formando parte de mi estupidez existencial, para que me vayáis conociendo.

Hace veinte años que busco a mi hermana. Yo siempre había pensado que era hija única, pero cuando falleció mi madre me dijo que no. Que ella dio a luz a dos niñas, que incluso tenía una foto de recién parida con las dos en brazos y que me enseñó. Pero que en un momento determinado una de ellas falleció dentro de la maternidad y se supone que la quemaron porque mi madre solo recibió un bote pequeño con sus cenizas que metió en el panteón familiar de Cáceres en una ceremonia íntima muy triste. Nunca se habló de este tema porque nunca nadie conoció a la pequeña. Solo sus padres y ahora su hermana. Y no se quiso dar información a los demás, qué importaba, un ser humano menos en el mundo, nadie la había visto y nadie la echaría en falta. Y querían vivir la alegría de la que sí vivía, o sea, yo, y no convertir su vida  en un escaparate deprimente de culpa andante, como si ella hubiera hecho algo para merecer aquel castigo. Cosas de los pueblos, supongo. Sea como sea, ambos progenitores eligieron el silencio.

Pero yo, que siempre fui una persona inquieta, en el momento que supe de esta situación  decidí buscarme la vida. Coloqué en internet, en la portada de mi Facebook, una composición fotográfica con un evolutivo de mi vida: una foto de cuando tenía siete años con mi primera bicicleta, una a los nueve cuando hice la comunión, otra más a los catorce cuando terminé la EGB, otra a los dieciocho cuando comencé a estudiar en la facultad de Medicina, otra a los veinticinco cuando por fin conseguí tener un novio y estaba yo muy lozana y hermosa, otra a los treinta cuando me casé. Y acompañé las fotos con este texto: “Busco a mi hermana gemela. Contáctame”. Y añadí mi teléfono móvil, evidentemente.

Después me di de alta en varios perfiles de Google+, Instagram, Linkelind, Pinterest, Twitter,  etc. Todo me parecía poco. Usé esos perfiles solo para colgar y distribuir las fotos de mi vida y los mensajes de amor para mi hermana. Reconozco que llevo un año pegando las fotos por todos los grupos que he podido, compartiendo contenidos en todas las asociaciones de víctimas, niños robados, desaparecidos, etc. Ha sido una búsqueda agotadora. Pero ayer, después de todo ese tiempo, una mujer contactó conmigo. Solo descolgar el teléfono fue emocionante. Estaba tan nerviosa, lloraba tanto que ni siquiera la entendía. Me envió una foto por Whatsapp y realmente esa foto me hizo llorar a mí. Después de unos minutos de llanto conjunto me contó que su madre adoptiva, ya muy enferma de cáncer, le reveló toda la verdad justo antes de fallecer hacía unos meses. Supuestamente había nacido en Madrid, de una familia muy pobre que no podía hacerse cargo de ella, y terminó siendo adoptada por un matrimonio de Burgos. Toda su vida había sido lujo y alegría porque esta familia era muy pudiente, ya que eran dueños de una bodega y de una empresa constructora. Pero ahora, al fallecer ambos progenitores ya, se sabía muy sola en el mundo y había sido maravilloso encontrar que la estaban buscando.

Ambas queríamos conocernos. Así que, sin dudarlo, quedamos para vernos al día siguiente.

Y ese era el día, la hora, el lugar, donde dos almitas volverían a coincidir. Quizás para no separarse nunca más, quizás para ser vidas cruzadas. Quién lo sabe.

Allá voy.

Olga Ruiz

The hope future

Autor@:
Ilustrador@: Rosa García
Corrector@: 
Género: Fantasía urbana
Rating: + 13 años
Este relato es propiedad de Olga Besolí. Las ilustraciones  son propiedad de Rosa García. Quedan reservados todos los derechos de autor.

The hope future.

Hace calor, mucho, probablemente demasiado para tratarse de mediados de noviembre. El sol brilla alto y Maruja ha tenido que untar a los niños con protector solar factor cien, el que suelen usar para ir a la playa en pleno verano, para evitar que sus caritas se achicharren.

Manolo, su marido, suda a chorros delante de la barbacoa, bajo el impenitente sol sevillano y el zumbido de los mosquitos, refrescándose como puede gracias al botellín de cerveza biotransgénica que sostiene en la mano y al que da pequeños sorbos. Pero el sabor, según dice su padre, no tiene nada que ver con las cervezas que él tomaba en sus tiempos. En eso, como en otras muchas cosas, coincide plenamente con los demás abueletes del pueblo, que cuentan que darían su vida por una buena lata de cerveza de doble malta. ¿Qué será eso de la malta?

Por un instante Manolo se queda absorto mirando la pequeña botella de vidrio con tapón de quita y pon. ¿Cuántos rellenados habrá soportado? Por los arañazos diría que muchos. Volver a los inicios, eso es lo que ha ocurrido. El gran cambio prometido ha sido, en realidad, un retroceso al tiempo de nuestros abuelos, un retorno a la austeridad y al silencio, a luz de las velas y los quinqués, a los trabajos manuales y a las artesanías, a los trueques de materiales e intercambios de servicios entre la gente de oficio. Aunque con pequeñas diferencias. Su abuelo, que en paz descanse, gastaba los mismos envases retornables de ahora, u otros parecidos, con la misma cantinela de tener que ir y cambiar los botellines vacíos por otros llenos en la pequeña tienda del barrio. Esa es otra. El pequeño comercio, que había desaparecido porque nunca pudo competir ni con precios ni con la cantidad de producto contra las grandes superficies que se multiplicaban como champiñones cuando su padre era apenas un adolescente, rebrotó tras la catástrofe y se instaló para quedarse tras la prohibición de las grandes corporaciones que fabricaban en masa. Lo mismo que ocurrió con los viejos botellines de vidrio reusables, que resurgieron en pos de la desaparición de las latas desechables que inundaron aquellos años turbios, de consumo exacerbado y despilfarro, que vivió la generación de su padre.

Nada de multinacionales ni de superproducción, ese es el nuevo lema que implantaron los foráneos tras la Gran Limpieza. Nada de derrochar recursos para que se pudran en estantes, y de intentar reciclar después, porque el sistema no funciona en absoluto. Así que a partir de la instalación del Nuevo Sistema, llamado por los propios foráneos como «The Hope Future», hubo que volver a las largas colas en las pequeñas tiendas para conseguir cosas tan simples como huevos o verdura, cuando unas pocas décadas antes uno solamente tenía que alargar la mano y escoger un pack de entre el millón de huevos de tamaños, colores y marcas diferentes del hipermercado. O, al menos, eso cuentan todos los viejos del pueblo.

Ahora, para tener comida, hay que despertarse pronto todos los días y estar al acecho. Y Maruja, que es muy de dormirse, llegó tarde a la tienda de suministros. La cola de los sábados es la peor, y ya no quedaba prácticamente nada más que cebollas. Ni alcachofas, ni patatas, ni pan, solamente unas pocas cebollas pochas. Así que ese es el acompañamiento de las hamburguesas que está asando Manolo. Hamburguesas con cebolla no suena mal, aunque no hay pan que las sostenga, así que habrá que comerlas con cuchillo y tenedor.

Manolo les da la vuelta a las hamburguesas sintéticas bajo el sol abrasador. ¡Quién hubiera podido conocer una vaca de verdad, de las que mugían y pastaban! Su padre las vio una vez, cuando niño. La aparición de Maruja rompe el hilo de pensamientos. Se ha plantado ante él, seria y  sudorosa, con ese garbo andaluz que siempre la caracteriza y con un cesto lleno de ropa mojada.

—¿Y er viejo?

—Joer, ziempre faenando, gordi. ¿Po qué no te zientaz aquí, jursto a mi lao, y disfruta dezta precioza mañana de domingo, hija?

—Na, Manolo, que ja zabez que tengo muxo que hacé. O zi no, ¿Quién me va a tendé toa la ropa? ¿Va a zer tú, quillo? Po yastá. ¿Onde stá er viejo, tu pare, que no lo veo de hace rato?

—No zé. Stará en el jardín datraz, con los xiquilloz, digo yo.

—Los xiquilloz stán entro la caza, jugando a las trez piedraz.

—Poz stará con loz vecinoz, loz foraneoz ezoz. Tendrá que í a buzcalo, poque sto yastá.

Cuando Maruja desaparece con su canasto chorreante y su gracia, Manolo se queda de nuevo absorto mirando su barbacoa fabricada por él mismo con un bidón oxidado, que seguramente en otros tiempos contenía petróleo.

¡En otros tiempos todo era tan diferente! Para empezar nadie habría movido un solo dedo para ir a buscar a nadie. La gente casi que no usaba las piernas, y por eso la gran población mundial (que era mucha más que la actual) estaba gorda y aletargada, con los músculos fofos y blandos. La ostentosa barriga de su padre y los problemas de rodilla que siempre ha tenido son un buen recordatorio de ese estilo de vida malsana. La gente no caminaba, ni se movía. Utilizaban vehículos con motor para ir a todas partes, incluso para ir a por el pan o acercar los niños al colegio. ¡Qué desperdicio de combustible! Y los primeros autos funcionaban con derivados del petróleo, pero cuando este se agotó, se las ingeniaron para que fueran con electricidad. ¡La maldita electricidad que todo lo arruinó! Pero, aparte de vehículos que los transportaban, contaban con un montón de dispositivos para comunicarse y llamarse a distancia… ¡Todo para no tener que ir a buscarse! Y luego, según cuenta el viejo, se pasaban las horas alelados, mirando pantallas de tabletas, de móviles, de televisiones y de ordenadores, sentados y sin hacer nada más. De hecho, la sociedad de todo un siglo se fundamentó en crear y fabricar aparatos que sustituían al trabajo humano. Incluso muchos perdían el propio trabajo porque eran reemplazados por máquinas. De ahí la montaña de aparatos y cachivaches que llena los vertederos y los barrancos de todo el mundo, y que ahora se han convertido en chatarra electrónica inservible.

Eso fue lo que llevó a la ruina al planeta, la electricidad. Millones y millones de líneas de red eléctrica abastecida por centrales nucleares que, en su funcionamiento diario y en las combustiones continuas, expulsaban gases que poco a poco iban consumiendo esa capa de atmósfera que nos protege del calor y de los rayos del sol mientras, a su vez, contaminaban las aguas. Una erupción solar traspasó sin dificultad esa capa debilitada y calentó tanto el planeta, por dentro y por fuera, que hizo que todos los volcanes entraran en erupción casi al unísono. Y la Tierra se convulsionó. Una cadena de terremotos se produjo en consecuencia y eso derivó en la Gran Catástrofe que terminó con todo.

La lava se llevó por delante cultivos y animales, enterró pueblos enteros y destruyó todo lo que encontró a su paso. Los terremotos destrozaron ciudades y aniquilaron el sistema de vida antiguo, el modo de vida de nuestros abuelos y nuestros padres. Pero la Gran Aniquilación se desencadenó cuando las centrales nucleares, que no resistieron el calor extremo y los movimientos sísmicos, cayeron. Los reactores se fusionaron, creando grandes explosiones radioactivas y añadiendo caos y muerte a lo que quedaba del planeta.

Pero la vida siempre se abre paso y lo hizo a través de las estrellas, con la llegada de los foráneos y su plan de salvamento llamado «The hope future».

Ilustración de Rosa García

Maruja ha regresado. Viene con el viejo y con, tal como se temía Manolo, los vecinos. Era de esperar. Los sienta a la mesa y les pone cubiertos educadamente, mientras lo mira con una mirada cómplice, que no admite negativa. Él no entiende por qué Maruja los admira, por qué siempre les dice a los niños que hay que tomarlos como ejemplo.

A Manolo no le gustan los foráneos. Son raros, altos y espigados, sin un solo pelo en el cuerpo, con esa tonalidad gris que a Manolo le pone de los nervios… y no digamos ya esa falta de temple, de emoción, como si no tuvieran sangre en las venas. Bueno, quizás no tienen sangre, ni tampoco venas, ¿quién sabe?

Manolo, que es muy suyo y le desagradan profundamente sus invitados a la mesa, se ríe para adentro mientras pone una hamburguesa en cada plato, sabiendo que ya no va a poder repetir y pensando en que antes, en la época del viejo, la gente se negaba a compartir vecindario con personas de otro color, de otra raza, o de otra religión. ¡Con otras personas! ¿Qué dirían todos aquellos si tuviesen que aguantar a unos vecinos que ni siquiera son humanos?

Pero los foráneos vinieron para quedarse y hay que aguantarse. A menudo, Manolo intenta mostrar cordialidad, preguntándoles a sus vecinos de dónde vinieron, cuál es verdaderamente su procedencia, pero parece ser que el cosmos es demasiado complejo para su entendimiento, así que se conforma con la versión oficial establecida: vienen del otro lado del universo conocido, de un pequeño planeta similar a la Tierra que es un vergel de aguas limpias y vegetación, de tecnología avanzada aplicada correctamente y con sabiduría. A él esta historia no termina de convencerlo. Si él estuviese viviendo en el paraíso, ¿lo abandonaría para irse a un mundo que se va al carajo? ¡Ni en broma!

Ilustración de Rosa García

—Vaya, que zoiz como unos superhombrez de cohones —les dice Manolo masticando su única hamburguesa con la boca abierta, en respuesta al comentario de lo bien que va el mundo desde que la Confederación Foránea está al mando.

—Bueno, cuando llegamos a vuestro planeta y lo limpiamos de radiación, os dimos una esperanza de futuro y un código de sostenibilidad,  por lo que se podría decir que sí, que somos unos superseres, comparados siempre con la especie humana. En comparación con otras especies más evolucionadas del universo, nosotros seríamos como simples insectos.

Si los foráneos son las cucarachas del universo… entonces ¿en qué lugar están las personas? Eso es lo que no le gusta a Manolo de sus vecinos: esa soberbia escondida tras su falsa humildad, esa forma de hablar tan culta y ese aire de importancia, que sin insultarte te deja en lo más bajo, aun a sabiendas de todo lo que dicen suele ser la pura verdad. Pero precisamente eso, el hecho de no mentir, los hace a sus ojos tan… irritantemente perfectos y… ¡tan poco humanos!

Manolo, como todas las personas, es un tipo normal, del montón, con sus defectillos y sus costumbres, entre las que entra soltar alguna mentirijilla de vez en cuando, como todo quisqui:

—Manolo, Manolo, no me tientez que… ya stamo. Ya stá molestando al personá. ¿No stará piripi? ¿Cuánta cerveza tas tomao ya, pixa?

—Na, mujer, que sta e la primera —dice a sabiendas de que ha escondido dos botellines vacíos detrás de la barbacoa.

—A mí me guztaba la televisió. Staba toel día mirándola, que zi partíos de fúrbol, que zi penícula, que zi pograma de cotilleo… To ezo sa perdío ya. —Esa es la queja del viejo de todos los días.

—Pero a cambio de todo eso, de todos los aparatos electromagnéticos y su uso continuado, sufríais mutaciones a nivel celular que os provocaban todo tipo de cánceres. Y vosotros, la especie humana, os estabais convirtiendo en el cáncer del planeta, destruyéndolo, porque vivíais de él como parásitos, en vez de hacerlo en comunión con él, en la armonía y el respeto, en una simbiosis beneficiosa para ambos.

—Ush, xiquilla, qué bien que habla tu marío, o compañero, o lo que zea que zeaiz vozotro dos, zi é que zoiz algo, que a mí me da lo mizmo, zi parese un porfesó i to. ¿Ha vizto, Manolo, lo que é la gente de zabé stá?

—¿Pa qué? —responde Manolo un tanto mosca. De un manotazo aplasta al mosquito que está picándole en el cogote—. Ar meno nozotro eztamo en nuestro planeta, que vozotro, mira ónde habeí acabao, al laíto de la caza de Manolo y Maruja, dos zevillanoz de toa la vía con un niño medio atontolao y…

—¡Papáaaa!

—Que na, hijo, que no te queje, carajo, que yo zé que tú vale pa muxo, pero na de na  pa lo ztudio. Como dezía, con unoz niño aquí ma bien normalillo. Entonze, digo yo, ¿pa qué tanta hermosura y tanto planeta y tanto zabé stá?

Manolo bebe un gran trago de cerveza, acabando su tercer botellín. No ha visto nunca partidos de fútbol por la tele, ni siquiera sabe exactamente cómo se jugaba a este deporte, pero está convencido de que le acaba de meterle un gol en toda la jeta a su vecino, don uy-mira-lo-perfecto-que-soy-y-lo-bien-que-hablo. El viejo le hace un guiño de complicidad.

Pero lo que no se espera Manolo es la respuesta que, con toda sinceridad y calma del mundo, le da su flagrante vecino, el mismo que se ha zampado aquella hamburguesa que debería haber sido suya, que está sentado a su mesa bebiéndose una de sus cervezas, que tiene a su mujer embelesada con su forma de hablar y que representa, hoy en día, a la especie dominante del planeta, por encima del hombre:

—Quizás terminamos aquí, vecino, en vuestro planeta, sacrificando nuestro propio bienestar y las delicias de nuestro propio mundo, para evitar un mal mayor. ¿No habías pensado en ello? Quizás no pretendíamos salvaros a vosotros y a vuestro mundo, sino salvar a los demás de vosotros. En el momento del cataclismo, las miras de vuestros líderes llevaban tiempo puestas sobre otros planetas habitables, con la intención de colonizarlos, de forma urgente y a gran escala y no, como debería haber sido, en la salvación del planeta agonizante que os estabais cargando. Porque los humanos destruisteis, literalmente, vuestro propio planeta. La prueba de ello es que más de las tres cuartas partes de las especies que habitaban la tierra, tanto animales como vegetales, se han extinguido gracias a vuestra acción.

—¿Vé, pixa? To explicao. No hase falta zeguí con er tema. Peo poztre no tenemo. Niño, iro a jugá, que la zobremeza e pa lo mayore. ¿Quisá alguien quiere una axicoria?

Los niños se levantan de la mesa y el viejo entra en la casa; es hora de su habitual siesta.

—¡Que no, gordi! Que no paza ná. Zi yo zolo quiero sabé y aprendé. Zi ezo e la cantinela de toa la vía. Que yo zé que ya no hay vacaz, ni na que noz dé un buen filetito. Pero bixo zí, tenemo to loz que quiera y máz. Y mozquito, que loz muy hijoputa no hay quien loz mate.

—Ojú, Manolo, ya stamo otra vé, y dale con lo mizmo de ziempre. No pue dejá al dezte tranquilo, hijo, que no va a arruiná la comía y tó.

—Yo no arruino ná, que yo zolo quiero zabé.

Maruja no le contesta. Solamente niega con la cabeza y se dirige, con su salero habitual, al interior de la casa.

—Por eso exactamente que te decía, Manolo, venimos y tomamos el mando. Para eso reconstruimos el planeta, lo saneamos y lo habilitamos: para que pudierais seguir viviendo felices en vuestra Tierra y os olvidarais vuestros planes de expansión a otros planetas.

—A ve, a ve… —dice Manolo visiblemente enfadado. El tiro le está saliendo por la culata, y su mujer, que vuelve ajetreada con la bandeja, las tazas y la cafetera, lo mira con reprobación—. Que yo me aclare… entonze, ¿vozotro no oz viniztei pa zalvá aquí ar personá, a la humanidá?

—Solamente en parte. Gracias por la bebida, Maruja.

—De na, lo que no tenemo ez azuca. Pero dicen que e mu malo para la salú. Y ve con cuidao, ezte, que quema un montó.

—Y, zi pue zaberze —continúa Manolo, imparable—, ¿pa qué carajo oz vinizte? ¿pa qué tanta faena?

—Muy fácil… ¿Dejarías vosotros que un parásito, un virus o un cáncer se extendiese por todo el cuerpo? No, ¿verdad? Vuestros médicos, para mantener la población sana, tratarían de contenerlo, de aislarlo y mantenerlo a raya, ¿verdad?

—Zupongo, o de eliminalo, como intento yo aqyí hazé con loz jodio mozquito ¿Peo ezo que tié que ve con nozotro?

—Bueno, ¿crees que los seres evolucionados nos arriesgaríamos a que os expandierais por el cosmos, infectándolo entero? ¡No! ¡Debíamos darle una esperanza de futuro al Universo!

Olga Besolí
Abril 2019

Ilustración de Rosa García

35ª convocatoria: Eclipse de luna

Eclipse de luna.

Ilustración de Rafa Mir

Saludos desde el espacio exterior

—Dulces sueños. Sed buenos. Ja, ja, ja.

Ni a Irina ni a David les hacía la más mínima gracia la despedida de cada noche, aunque tampoco podían mandar a la mierda a McBrown, no dejaba de ser su superior.

—Voy a desconectar el audio —dijo David como cada final de jornada.
—¿Otra vez? Me gustaría oír lo que pasa ahí alguna noche.
—Estática es lo que pasa. Intenta dormir con el zumbido de estática algún día y nos comprenderás.
—Está bien, desconecta. Oye, mañana es el eclipse, miles de millones de ojos estarán mirando hacia vosotros. Descansad, chicos.

David desconectó el audio. Fueron al aseo, se quitaron el uniforme y después se dirigieron a las cápsulas de descanso, sin hablarse. Después de decirse un hasta mañana se metieron en cada cápsula, Irina en la inferior y David en la superior, con un pequeño impulso, con la facilidad que da la gravedad cero.

La intensidad de la luz fue bajando y dejando ver por las dos ventanas redondas de la nave la silueta de la Tierra. Si la nave cambiase su orientación, la luz de la Luna prácticamente llena iluminaría la cápsula como si estuvieran encendidas un millón de bombillas.

Mientras la luz artificial desaparecía el silencio lo invadía todo y casi se podía escuchar la respiración del otro.

—Odio a McBrown —dijo Irina cuando la luz se apagó del todo. Girada dentro de su cápsula hacia la pared interior para evitar que ninguna cámara detectara el movimiento de sus labios y pudieran leer sus palabras.

—Yo también —dijo David en la misma postura.—Todas las noches con la misma broma. Me dan ganas de bajarle los pantalones y decirle: «No sé a qué te refieres, capullo».—Eso estaría bien.
—David, no sé si voy a aguantar.
—Por Dios, Irina, no puedes hacerme una… eso aquí. Esto está lleno de cámaras.
—¡No me refiero a eso! Quiero decir que no sé si voy a aguantar sin abrazarte, sin besarte, sin ni siquiera rozarte.
—Hoy lo has hecho.
—Solo ha sido un roce de nada en la mano al darte la probeta. Estoy segura de que no han notado que era una caricia.
—A mí me ha gustado.
—No puedo más. Estamos solos a miles de kilómetros de cualquier ser humano y lo único que quiero es subir ahí arriba contigo.
—Y vigilados y grabados veinticuatro horas por el observatorio. Me echarían de la NASA y a ti de Roscosmos.
—Pues a la mierda la Roscosmos y la NASA, yo subo.
—¡Irina, para! Además está tu marido, lo iba a ver.
—¡Menudo gilipollas es mi marido!
—Mujer, es un astronauta brillante.
—Tan brillante que se dejó caer una pesa antes de venir a esta misión. El muy imbécil dijo que pensaba que estaba en gravedad cero.
—Pues menos mal, si no, no habría venido yo, y no te habría conocido.
—Algo bueno tenía que hacer en su vida.
—Pues cuando hablas con él pareces superenamorada.
—Qué quieres que haga. No voy a decirle que se puede ir a la mierda, que me enamorado de ti, que me muero de ganas de abrazarte, de besarte, de bajarte los pantalones, de acostarme contigo…
—¿Lo dices de verdad?
—Hazme hueco y verás.
—Me refiero a lo de que te has enamorado de mí.
—¿Tú no?
—A lo mejor estás confundida, como soy el único hombre en trescientos mil kilómetros a la redonda.
—No me has respondido.
—Te quiero tanto que estoy planteándome dejar la NASA.
—Qué ganas tengo de acabar la misión y besarte cuando lleguemos a la Tierra. ¿Te imaginas que no nos gusta?
—¿Por qué? A mí siempre me ha gustado la Tierra.
—No me tomes el pelo. Si no nos gusta besarnos.
—¿Qué pasa, no sabes hacerlo?
—Allí será diferente, no será la misma situación que aquí.
—Bueno, a mí siempre me quedará mi marido.

Se callaron un instante.

—Menudo gilipollas, el eclipse dice —dijo David—. Que nos van a estar mirando. Como si fuesen capaces de distinguir la nave a esa distancia.

—Por mí ya se podían ir todos a tomar por culo, McBrown, mi marido y los miles de millones de terrícolas mirándonos. Los odio a todos. Podíamos desnudarnos y hacerlo. ¿Nunca te ha dado morbo hacerlo delante de miles de millones de personas?
—Pero solo lo verían McBrown, el observatorio y el comité de disciplina. Pero se me está ocurriendo algo que podemos hacer y que solo se vea desde fuera, que no alcance a las cámaras.
—Cuéntamelo.

El día siguiente todo el planeta miraba al cielo, extasiado por el espectáculo de la luna de sangre provocado por el eclipse de Luna.

En la isla de La Palma, en el telescopio instalado en el Roque de los Muchachos se seguía con mucha excitación.

—Este telescopio es espectacular. ¿Habéis visto cómo se ve la parte iluminada? Es increíble el detalle. Se podría ver hasta el lunar de un selenita.
—Pues busca la nave que está en órbita, a ver si se ve.
—¡Ahí está! —dijo después de un rato—. ¡Qué definición! Sería capaz de ver a los astronautas por la ventana.
—Pues la mujer está bien buena, prueba a ver.
—Ahí están las ventanas. A ver… ¡Pero qué cabrones!
—¿Qué pasa?
—¡Nos están haciendo un calvo a todo el planeta!

Jorge Moreno

Las diecinueve novias

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Género: Fantasía urbana
Rating: +13
Este relato es propiedad de Olga Besolí. La ilustración es propiedad de Rafa Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Las diecinueve novias.

Han pasado más de cuatro milenios desde que mis diecinueve hermanas y yo ofrecimos nuestras vidas a cambio de que la Diosa Madre recuperara la suya.

Ese era nuestro cometido como sacerdotisas: proteger las tierras y los cultivos, las reses y a nuestros hombres, mujeres y niños. Éramos las guardianas, las vigías del eterno equilibrio entre la luz y la oscuridad, aquellas que velan para que la Diosa siga su curso dorado por el día, fructificando los cultivos y preñando a las hembras, y deje su plateada estela por la noche, permitiendo el descanso de las reses, los campos y los hombres, sumidos en el silencio y bajo el hechizo de nuestros fuegos rituales. En un ciclo eterno que nunca debe romperse.

Pero esa noche el equilibrio se quebró. Ya lo habían anunciado el vuelo errático de los pájaros y el agua del estanque que, turbia de repente, no dejó que el oráculo leyera el futuro, nuestro futuro. Y sin futuro todo deja de existir.

La luz tenue de un atardecer sombrío y extraño dejó paso a una oscuridad arropada por la Diosa, cuando todo lo que momentos antes había cobrado vida se paralizó. El gran ojo nocturno de la Diosa estaba abierto completamente, redondo y brillante, más grande y luminoso que de costumbre, pero rodeado de un halo fantasmagórico y un silencio sepulcral, más profundo de lo habitual, lo que auguraba presagios de desastre. Los lobos no aullaban como acostumbraban a hacerlo en días como ese; la brisa no soplaba; las aves nocturnas no surcaban el cielo con sus alas negras; todos miramos al cielo, acongojados.

Ilustración de Rafa Mir

Entonces, las fauces de la oscuridad empezaron a comerse a bocados la luz plateada del cielo estrellado, engullendo el lucero nocturno de la Diosa. Ya habíamos presenciado con anterioridad a la oscuridad hambrienta intentar aniquilar a la Diosa, tanto en su luz nocturna como diurna, pero siempre se hartaba de ella y remitía.

Y en tales ocasiones había bastado con los bailes rituales y la copulación sagrada para restaurar el equilibro. Pero esa noche no. Nunca antes habíamos presenciado un hambre tan voraz, capaz de acabar con todo.

Primero cumplimos con los ritos habituales, hasta que la Diosa tuvo su ojo luminoso a medio cerrar. Y fue entonces cuando tuvimos que tomar la gran decisión: invocar el ritual supremo, aquel que no debe practicarse salvo que el poblado esté en auténtico peligro, pues es un ritual mortal, que emula la sangre y la menstruación, los ciclos lunares y la fertilidad, que arrebata la vida y concibe otra nueva, aquella desde la que os hablo a vosotros.

Rápidamente, antes de que la oscuridad engullera totalmente la luz, realizamos todos los preparativos. Seguimos las instrucciones que, de generación en generación, nos transmitieron nuestras ancestras y que ni el gran oráculo conocía. Él se dispuso también a su propio sacrificio, llevándose todos sus amuletos de marfil, incluida la daga de cristal de roca y hueso dentro del tholei funerario, seguido por sus tres guardianes fieles.

En una de las dos grandes estancias principales del tholei, bajo su techumbre de madera, y mientras nosotras nos preparábamos para morir en nombre de la Diosa bajo su menguante luz nocturna, el oráculo derramaba su propia sangre lejos a cobijo de su influencia, en nombre de su dorada luz diurna, para que la mañana pudiese volver a la vida. Los tres guardianes se encargarían de asistirlo en su transición.

Y luego, esos mismos guardianes pintaban las paredes del recinto de nuestro sepulcro de color rojo, y también los símbolos de la diosa y de su luz. Nosotras, mientras todo eso ocurría, bajo la poca luz que le quedaba a Diosa, nos embadurnábamos la piel entera con ese mismo polvo rojo sacado de las entrañas de la montaña, mezclado con los aceites rituales. Piel que luego nos cubrimos con nuestros pesados trajes de lentejuelas de ceremonia.

No había ningún asistente para nosotras. Ningún hombre debía aparecer ante la Diosa en ese momento, y ninguna antorcha debía competir con su luz, que desaparecía por momentos. Y se hizo la oscuridad total en el cielo.

Como pudimos, a ciegas, preparamos el elixir de la Diosa, con agua fresca de manantial y con el mismo pigmento que embadurnaba nuestros cuerpos, y que sabíamos que decoraba ya las paredes que recibirían nuestros veinte cuerpos, ya sin aliento.

Y bebimos de la sangre de la Diosa, nuestra última ingestión, en grandes cantidades, mientras danzábamos el último baile ritual de nuestras vidas terrestres y la Diosa nos daba su mano.

Entonces, en medio de las danzas empezaron las convulsiones, los dolores y los vómitos, y con ellos la Diosa oyó nuestros cánticos y una fina línea de luz apareció en el cielo. Abría el ojo para contemplar nuestro sacrificio.

El ritual de nuestras ancestras había surtido efecto. Prueba de ello es que todavía hoy sigue luciendo la Luna, que así es como vosotros llamáis al ojo nocturno de la Diosa, y el ciclo de la vida y la luz continúan.

Aunque hace poco volvió a suceder. Volvisteis a estar en peligro sin ser conscientes de ello. Fue hace unos meses, en esa preciosa noche de luna llena, otra gran luna, que salió anunciada en todas vuestras pantallas y dispositivos.

Era la misma luna que había aquella alarmante noche en que la Diosa parecía morir, y justamente se repitió el mismo eclipse, el eclipse total. Sé que sois una sociedad obnubilada por la razón, que no creéis en la magia, pero no dejéis que las cosas mundanas os aparten de la sabiduría. ¿Me creeríais si os dijese que desde el otro lado mis diecinueve hermanas y yo velamos para que la luz regresara a vuestro mundo? Lo hicimos, y la oscuridad remitió. Fue a la mañana siguiente que vuestros arqueólogos descubrieron nuestros cuerpos, en lo que vosotros llamáis una excavación neolítica.

Y yo, la única mujer mayor que acompaña a esos diecinueve esqueletos de jóvenes sacerdotisas, os observo y he de deciros que no os comprendo. Sí, yo soy ese cuerpo especial, dotado mágicamente de seis dedos en cada pie, la sacerdotisa suprema de la Diosa, que hace 4.800 años dio su vida por el equilibrio del mundo. Y esas son mis hermanas y acompañantes, jóvenes y fuertes, ataviadas con sus ropajes rituales y con los restos de pigmentos rojo que ingerimos, y que ahora mancha el suelo del recinto, pero sigue en las paredes. Ahora sé que se llama cinabrio, y que es la fuente del mercurio que habéis encontrado en los análisis de nuestros restos óseos. ¡Curioso nombre para un veneno plateado que es el principal componente de la sangre de la Diosa! Mercurio es el nombre de un astro celeste, de un guardián de la Diosa.

Y no es que me importe que hagáis pruebas a nuestros cuerpos, o que los exhibáis como hacéis con vuestros animales en los zoológicos, o vuestras momias en los museos, pero sí me hiere que manchéis nuestros nombres y menospreciéis nuestro rango.

Creo que nos hemos ganado un respeto merecido en la muerte, por el sacrificio realizado en vida. Y me consta que en algunas de vuestras publicaciones escritas, en contra de las propias afirmaciones de los estudiosos y los arqueólogos del yacimiento, nos han tachado de «Las diecinueve novias», afirmando que solamente fuimos unas acompañantes sacrificadas en la muerte y posterior funeral de un gran marchante de marfil, que no es otro que nuestro oráculo, fiel amigo y sirviente nuestro. Y dicen que una prueba de ello son los esqueletos de tres centinelas que yacen a la puerta de nuestra estancia. ¿Quién os pensáis que trasladó nuestros cuerpos dentro de la cámara y cerró el círculo con su propio sacrificio para velarnos por toda la eternidad?

Si fuésemos simples novias, ¿por qué creéis que en las paredes estaban dibujados el símbolo de la Diosa y el de su luz? ¿Por qué esos trajes rituales, realizados con millares de cuentas, pesados y difíciles de portar sin un entrenamiento de años? ¿Cómo podéis negar una verdad tan evidente? ¿Tan ciegos estáis? ¿Tanto os cuesta aceptar que rindiéramos culto a la Diosa y no a los hombres? ¿Es que acaso, en pleno siglo XXI, no podéis ni siquiera asimilar que hubo tiempos antiguos en los que era la Diosa la que reinaba en los cielos y no vuestro reciente Dios masculino? ¿Que la mujer misma era venerada y portadora de la sabiduría? ¿Que las enseñanzas se transmitían de madres a hijas? ¿Es que no podéis entender que en este mismo lugar hubo pueblos ancestrales en los que las mujeres no eran ni esclavas ni acompañantes?

Por eso he roto mi silencio milenario y he decidido hablaros desde mi otra vida, al lado de la Diosa. Para deciros que vuestra sociedad ha avanzado mucho, pero no en sabiduría; que nosotras seguimos y seguiremos vigilantes porque somos las eternas guardianas del equilibrio, junto a nuestras ancestras; y que después de tantos ciclos en los que la oscuridad se ha cernido sobre la luz amenazando con cerrar el ojo de la Diosa, he comprendido, finalmente, que los que realmente han cerrado los ojos sois todos vosotros, cegados por la oscuridad de vuestras propias creencias.

Pero no os preocupéis, nuevas sacerdotisas, y esta vez no serán veinte, sino cientos, millares, millones de ellas, saldrán para devolver la luz perdida al mundo.

Olga Besolí
Febrero 2019

 

No me dejes sola

Autor@: 
Ilustrador@: Rosa García
Corrector@: 
Género: Suspense
Rating: + 16 años
Este relato es propiedad de Jorge Moreno. La ilustración es propiedad de Rosa García. Quedan reservados todos los derechos de autor.

No me dejes sola.

Estar solo puede provocar un miedo atroz,
pero hay un miedo peor:
estar siempre acompañado.

La música salía de los altavoces del coche. Un coche demasiado nuevo y demasiado caro como para ser propiedad de su conductor. Aunque en aquel momento ni siquiera estaba sentado en el asiento del piloto.

—Para, Rubén —dijo la chica, estirando de su falda y sacando la mano del chico.

—Venga, Sofía, vamos a hacerlo —dijo el chico acariciándole la pierna hasta el borde de la falda.

—Que no, que todavía no. Vamos a seguir con lo que hacíamos.

—Venga, mi vida, ya llevamos saliendo un montón, no puedo más, te deseo.

A ella le gustaba oírle decirlo, incluso la excitaba y hacía que deseara decirle que sí, que no parara, pero una parte de ella, que todavía coqueteaba con la infancia, oponía resistencia.

—Esto está muy bien, venga, bésame —dijo ella poniéndole la mano en su pecho—. ¿Es que no te gustan?

—¡Me vuelven loco! Toda tú me vuelves loco. Por eso quiero… más y estoy seguro de que tú también. Venga, mi amor…

—Nooooo —dijo y volvió a subirle la mano y le besó intentando no escucharle.

—Te quiero, Sofi —le susurró él al oído cuando separó los labios de su boca.

Ella sintió que su corazón iba a estallar. Era la primera vez que le decía te quiero. Se sintió la chica más afortunada del mundo. No había parado de sentirse así desde que empezaron a salir, tres meses antes. Rubén era guapísimo y tenía un cuerpo perfecto. Todas las chicas estaban por él. Sus padres estaban forrados, lo que se notaba no solo en el BMW que estrenaban esa noche y que le acababan de regalar nada más sacarse el carnet a los dieciocho. Aunque eso a ella no le importaba demasiado, ni que todas la envidiaran, sobre todo después del mal rato que le hizo pasar la ex de Rubén cuando se enteró de que salían. Ella también era muy guapa y lo sabía, a pesar de la modestia que intentaba aparentar ante los demás, y solo tenía dos años menos que él, pero se sentía a veces demasiado niña como para que ese chico estuviese por ella y para hacer todo lo que estaban haciendo.

—Yo también te quiero —le susurró ella, muriéndose de vergüenza.

Se volvieron a besar hasta que él separó de nuevo los labios de su boca, pero esa vez no los llevó a decirle algo al oído. Los bajó por el cuello. No se paró y siguió bajando.

Sofía no supo si iba a tener fuerzas para decirle que parase. Abrió los ojos y lo vio.

Gritó.

—¡¿Qué pasa?! —gritó Rubén sorprendido.

—Ahí fuera. Hay alguien —dijo ella temblando y tirando de la camiseta para taparse los pechos.

—¿Fuera? ¿Quién es? ¿Le conoces?

—No, no. No le he visto bien. Llevaba puesta una capucha, como de una sudadera y tenía algo pegado al cristal, parecía un móvil.

—¡Será cerdo! ¡Nos estaba grabando! Se va a enterar.

Rubén abrió la puerta para salir.

—¡No! No salgas. ¿Y si te hace algo?

—¿Hacerme algo? Le voy a partir la cara.

—No, por favor, no salgas. Me da miedo. Vámonos de aquí.

Le hizo caso y no salió. Se pasó al asiento del conductor y arrancó. Ella se sentó su lado y él la acarició la pierna y la miró.

—¿Estás bien?

—Estoy muy asustada. No dejo de ver la silueta, mirándonos.

—No lo pienses más, era solo un mirón. Tenías que haberme dejado salir.

—Me daba miedo, no quiero que te pase nada… y no quería quedarme sola.

Se besaron y él dudó entre apretar el acelerador o parar el motor.

—Vámonos —dijo ella, todavía algo temblorosa.

El chico puso el coche en movimiento.

—Te quiero —dijo él mirándola.

—Te quiero —respondió ella mirándole.

Y si no se hubieran mirado mutuamente durante ese instante, quizá habrían visto junto a la señal del límite de velocidad una figura con la cabeza tapada por la capucha de una sudadera, mirándoles.

Aquella noche Sofía no durmió bien. En sus sueños se aparecía constantemente la figura del encapuchado y ella se despertaba alterada. Se pasó toda la mañana inquieta, mandando mensajes a Rubén, sin ser capaz de atender en clase. A la salida habían quedado para comer en un burguer. Cuando llegó se abalanzó sobre él y le abrazó.

—Vaya mala cara tienes, Sofía. ¿No has dormido bien? No creo que haya sido por Rubén —dijo Fran, uno de los amigos de Rubén.

Estaba tan deseosa de verle que no se había dado cuenta de que estaba con él.

—Cállate, imbécil —dijo Rubén y le dio un puñetazo en el hombro.

A Sofía no le caía muy bien Fran, ni tampoco el resto de sus amigos. Eran muy prepotentes, todo el día presumiendo de lo que tenían y con comentarios hacia las chicas, y echándoles unas miradas asquerosas. Todo lo contrario a Rubén. No entendía cómo podía ser amigo de ellos.

—Es que he estado estudiando toda la noche —mintió ella.

—Ya, claro. Oye, Sofía, que yo saco muy buenas notas, cuando quieras estudio contigo, que Rubén es muy torpe.

—Largo —dijo Rubén.

Fran se fue riendo.

—Lo siento, Sofi. Fran es gilipollas.

—¡Cuántas ganas tenía de verte! —le abrazó de nuevo.

—Venga, vamos a pedir. Estoy hambriento, ¿tú no?

—No tengo ni hambre. Solo quería estar contigo.

Se abrazaron de nuevo y se besaron.

—Yo también te he echado de menos.

—No puedo estar sin ti. Es como si yo fuera la Luna y tú la Tierra, no puedo dejar de dar vueltas alrededor de ti, te necesito.

—¿Yo soy la Tierra? Vale, me mola.

Pidieron y se sentaron, y cuando estaban sumidos en un nuevo beso alguien les interrumpió.

—Por favor, ¿por qué no os vais a un motel? Dais asco.

Sofía se sobresaltó, aunque sintió cierto alivio al ver que era Elena, la ex de Rubén.

—Déjanos en paz, Elena —dijo Rubén.

—Si yo os dejo en paz, a mí qué más me da lo que hagáis, pero aquí la gente viene a comer, y sois de potar. Aquí, la mosquita muerta es toda una guarrilla, ¿eh?

—¡Ni se te ocurra insultar a Sofía! —le gritó Rubén.

—¿O qué? ¿Qué me vas a hacer? Y no la insulto, solo que para ser menor de edad se la ve muy experta. Recuerdas que es menor, ¿verdad?

—Sí, es menor, pero mucho más madura que tú.

—Claro, ese tipo de madurez es lo que te gusta a ti.

Elena se fue.

—¡Vaya tarde! Espero no encontrarnos a ningún gilipollas más —dijo Rubén.

—Elena sigue estando por ti, por eso lo ha hecho.

—Pero decir lo que ha dicho de ti… eso es pasarse.

—Venga, nadie nos puede estropear la tarde. Somos la Tierra y la Luna, ¿recuerdas? Nos movemos juntos.

—¿Has oído lo del eclipse?

—No, ¿cuándo es?

—El domingo. Han dicho que hay eclipse de luna, y que se verá de un color rojo impresionante. Podríamos verlo juntos.

—¡Claro!

Siguieron comiendo, entre besos y caricias. Cuando fueron a recoger, Sofía se dio cuenta de que había algo debajo del mantel de su bandeja.

—Rubén, mira —dijo temblorosa.

Le mostraba un papel blanco en el que había cuatro letras escritas en rojo y en mayúsculas: “PUTA”.

—Pero qué… —dijo Rubén arrugando el papel y tirándolo al suelo—. ¿Quién ha puesto esto aquí? ¡Mira!

Rubén señaló hacia la calle. Al otro lado de la cristalera un chico con una sudadera con la capucha tapándole la cabeza los miraba.

—¡Es él otra vez! ¡Lo ha puesto él! —gritó Rubén, llamando la atención de todo el mundo—. Se va a enterar.

Salió corriendo sin hacer caso a Sofía, que le pedía que no fuera. Cuando llegó al otro lado el chico había desaparecido.

Cuando volvió al lado de Sofía ella estaba temblando, sujetando el papel que había arrugado Rubén.

—¿Por qué? —preguntó sollozando.

—Ese tío está pirado, la próxima vez no se me escapa. La pena es que no he podido verle bien la cara. Tira ese papel.

—Yo sí.

—¿Sí? —dijo Rubén sorprendido.

—Sí, yo le conozco.

—¿Que le conoces? ¿Estás segura? Desde aquí está un poco lejos.

—Sí, sí. Le conozco. Se llama Marco, le conozco desde pequeña, era amigo mío. Cuando fuimos creciendo nos separamos un poco. Siempre pensé que estaba por mí.

—¿Y por eso te está asustando ahora?

—Me cuesta creer que haya sido él. Sí que puede que esté un poco obsesionado conmigo, pero es muy bueno. Un poco raro, sí, pero siempre me ha tratado muy bien. No puede haber sido él.

—Pues todo cuadra. Sudadera con capucha, como el tío de anoche, ahora la nota en tu comida y él está aquí.

—No creo que me hiciese daño. ¿Y cómo va a haber puesto la nota aquí sin darnos cuenta?

—No lo sé. Tampoco hemos estado muy pendientes de nada, yo estaba entretenido con la luna.

Sofía sonrió.

—Si ese chico está por ti, vernos anoche quizá le ha trastornado. Hasta que nos ha interrumpido Elena, podía haber estallado aquí mismo una guerra y no me habría enterado.

—¡Elena! ¿A lo mejor fue ella? Ha estado a nuestro lado, seguro que dejó ella la nota.

—¿Y la capucha del tío de anoche?

—Quizá fue ella.

—¿No decías que era un chico?

—Supuse que era un chico, pero no se le veía bien, podía ser una chica con una sudadera tapándose la cabeza.

—¿Elena? No creo.

—¿Y no te parece raro que diga que soy una guarra y una experta? Seguro que nos vio.

—O ese tío lo grabó y ha subido el vídeo y ella lo ha visto.

Sofía se puso pálida.

—No puede ser, no puede verme todo el mundo… así.

—Tampoco es para tanto, solo nos enrollamos.

—¿Solo? Recuerda que me quitaste… ya sabes. Y Fran también ha hecho un comentario, como suponiendo que hicimos algo…

—Fran es gilipollas.

—¿Y si él también ha visto el vídeo?

—No creo, me lo habría dicho.

—¿Seguro?

—Se lo preguntaré, si lo ha visto me lo dirá. Pero no te preocupes, Sofi, no hay vídeo. Estaba oscuro y los cristales empañados. Si grabó algo, no se verá nada. Elena está celosa y Fran es imbécil. En cuanto a tu amigo… como vuelva a aparecer, le parto la cara.

—Tengo miedo, Rubén.

—No te preocupes, Luna, la Tierra no dejará que te pase nada. Venga, deja la nota en la bandeja, voy a tirarla.

Sofía dudó en quedársela, pero finalmente Rubén la cogió y la tiró con el resto de sobras.

Esa misma tarde estaban los dos en la comisaría con el padre de Sofía. Ella no aguantó más y se lo dijo, aunque no con todos los detalles, y su padre insistió en que había que denunciarlo, que ese chico podría hacerle algo. Rubén se opuso, dijo que él se bastaba para defenderla, pero no le convenció.

En la comisaría les atendieron enseguida. Una mujer policía se llevó aparte a Sofía para hablar con ella.

Una hora más tarde llegó el chico con la misma sudadera con capucha que llevaba en la comida y le pasaron a una sala. Minutos más tarde llegaron dos hombres. A uno de ellos le conocían Sofía y su padre: era el padre de Marco. Cuando pasó a su lado apartó la mirada.

Una hora después salieron junto al chico.

—¡Qué! ¿Le van a soltar? —gritó Rubén.

El padre de Sofía se acercó a la policía que había estado con su hija.

—¿Le soltáis?

—No podemos hacer otra cosa.

—¿Cómo que no podéis hacer otra cosa? Mi hija corre peligro.

—Lo siento. No podemos hacer nada más. No tenemos nada.

—¿Nada? ¿Y la nota? ¿Y la capucha?

—Pero nada demuestra que fuera él. La nota ni la tenemos para analizar las huellas. Y lo de por la noche… tiene una coartada: estaba en su casa, su padre lo ha confirmado.

—¡Miente!

—Probablemente. Pero no tenemos pruebas y además es menor y su abogado muy bueno, no hemos podido presionarle nada para que cometiera un error. Sofía, ven. Mira, este es mi número. Si alguna vez te sientes en peligro, por cualquier cosa, llámame. Hazlo, Sofía, por cualquier cosa.

—Gracias, Berta.

Al salir de la comisaría Sofía todavía temblaba.

—No me lo puedo creer —dijo Rubén—. Ese cabrón está ahí.

Salió corriendo hacia un chico con una capucha que, al verle, intentó huir. Rubén, mucho más en forma que él, le alcanzó y le dio un puñetazo en la cara.

—¡Me has roto la nariz! —dijo Marco sangrando abundantemente.

—Y más que te voy a romper como sigas detrás de Sofía.

—¡Eres tú el que tiene que alejarse de ella! —gritó el chico.

Rubén iba a golpearle de nuevo cuando le sujetaron varios policías.

—Para, te vas a meter en un lío, chaval —dijo Berta.

Los policías se llevaron al chico justo cuando Sofía llegó hasta Rubén.

—¿Qué te ha hecho? ¡Estás lleno de sangre!

—No te asustes, no es mía. Es de ese capullo. Estoy seguro de que no te va a molestar más.

Tuvieron que volver a entrar a la comisaría y salieron más tarde con una denuncia contra Rubén por agresión, aunque a él no le importó.

Al día siguiente Sofía seguía nerviosa. Se asustaba con cada ruido y con cada aparición inesperada. Rubén intentaba calmarla, convencerla de que después del susto que le dio, Marcos no volvería a molestarla, que lo mejor era distraerse y pasárselo bien. Le dijo que podían salir esa misma noche. Sofía no estaba muy convencida, pero al final aceptó. No podía pasarse la vida con miedo.

Fueron a un pub que estaba repleto. Se encontraron con algún amigo de él, lo que no le hizo mucha gracia a Sofía, y también con alguna amiga de ella. Se alegró de haberse dejado convencer. Allí bailando y besando a Rubén, pareció olvidarse de todo.

Después de su canción se fundieron en un largo beso.

—Ahora vengo —dijo Rubén.

—¡No! No te vayas. Voy contigo. La Luna va adonde vaya la Tierra.

—Menos cuando la Tierra se está meando. No tardo nada.

Ella hubiera preferido ir con él, pero se quedó hablando con una chica de su clase.

Rubén tardaba. Había dicho que volvía enseguida, pero hacía más de diez minutos que se había ido. Pensó que quizá habría mucha cola, pero lo descartó. En el servicio de tíos nunca había cola. Quizá no solo tuviera ganas de hacer pis. Apartó esa imagen de su cabeza. No paraba de mirar hacia los aseos, pero Rubén no salía.

Estaba inquietándose, aquello no era normal. Tenía que haberle pasado algo. Tenía que ir a buscarle.

Fue hacia el baño, intentando convencerse de que Rubén estaba bien. Cuando fue a empujar la puerta se dio cuenta de que le temblaba la mano. La puerta se abrió rápidamente y alguien chocó contra ella.

—Perdona, no te había visto —se disculpó un chico que le sonaba que conocía a Rubén—. ¿Estás bien?

—Sí, sí. ¿Has visto a Rubén?

—¿Rubén? Ah, sí, le vi hace un rato.

Entró y fue hacia la puerta del servicio de chicos. Gritó su nombre. No obtuvo respuesta. Gritó más fuerte, golpeando la puerta con los nudillos, como si fuese posible que Rubén no oyese su voz pero sí los golpes.

Nadie contestó.

Seguro que le había pasado algo y estaba dentro. Tenía que entrar. Empujó la puerta intentando no fijarse en el temblor de los dedos.

Entró. Volvió a pronunciar su nombre, más bajo, como si supiese que no podría oírla. Todas las puertas de los retretes estaban abiertas, menos la última. Fue hacia ella, despacio, mirando en cada uno de los cubículos vacíos.

Se detuvo ante la última puerta y le llamó de nuevo, muy bajo, sollozando, esperando poder oírle. Pero no le oyó.

Empujó la puerta, muy flojo. Buscó alguna de las fuerzas que la habían abandonado y empujó más fuerte.

Nada.

Sintió alivio, que fue interrumpido por un portazo en la entrada del baño. Gritó.

Alguien la había estado observando. Se sintió atrapada, a merced de su acosador en el baño de los tíos. Corrió hacia la puerta, empujando con fuerza, perdiendo el equilibro al salir. Al levantarse miró hacia la puerta del servicio de las chicas. Había una silueta, la misma que forma una sudadera con la capucha puesta.

Gritó y se arrastró hacia la salida intentando levantarse para correr. Él estaba allí, pero ¿dónde estaba Rubén? ¿Qué le había hecho? Era mucho más fuerte que él, tenía que haberle pillado desprevenido… o con algún arma. Quiso detenerse y enfrentarse a él, encontrar a Rubén, pero el pánico la superaba.

Abrió la puerta y la música del pub inundó la entrada de los baños. Con la música a ese volumen era imposible que nadie la hubiera oído gritar. Y a Rubén tampoco.

Corrió mirando hacia atrás, viendo cómo la puerta se abría y aparecía el chico. Se chocó con alguien.

—¡Eh, cuidado! —dijo Fran.

—¡Me persigue, quiere hacerme daño, como a Rubén! —dijo histérica.

—¿Quién?

—¡El chico de la capucha! ¡Allí! —señaló hacia los baños.

—Ahí no hay ningún chico con capucha.

Miró. Era cierto, no estaba. Miró hacia la izquierda y luego a la derecha y le vio junto a la barra.

—Allí en la barra.

Fran miró.

—Allí tampoco está.

Sofía volvió a mirar y tampoco le vio. Miró rápidamente hacia todas partes.

—Allí, en la pista.

—No hay nadie con capucha, Sofía. ¿Qué te has tomado? Vamos a buscar a Rubén. ¿Dónde está?

—¡No lo sé! ¡Él le ha hecho algo!

Volvió a mirar a todas partes como poseída y volvió a verle, pero esta vez no estaba quieto, iba hacia ella.

—¡Viene a por mí! —gritó y corrió en sentido contrario.

—¡Espera, Sofía! ¡No hay nadie!

Pero no se detuvo. Fue hacia la salida. Miraba hacia atrás y le veía, siguiéndola, con paso firme, alimentando su miedo.

Salió a la calle. Gritó pidiendo ayuda, pero no le dio tiempo a que nadie lo hiciera. La puerta del local se abrió y salió el chico. Echó a correr. Miraba hacia atrás. El chico la seguía andando, lo que le permitía aumentar la distancia. Giró en una calle. Le ardían los gemelos y le faltaba el aire. No podía correr más. Giró de nuevo en la siguiente calle, mirando hacia atrás. No le vio. Quizá le hubiera despistado, si había dejado de verla, no sabría hacia dónde había ido, pero no podía quedarse en medio de la calle. Vio unos cubos de basura y se escondió detrás. Esperaría allí escondida, hasta asegurarse de que no la seguía.

Tenía miedo, tenía que apretar los dientes para que no le castañetearan. Deseaba que Rubén estuviera con ella, pero no sabía si él estaba… ¡Podía llamarle! ¿Por qué no se le había ocurrido? Sacó el móvil y se le cayó al suelo. Lo recuperó. Lo estaba desbloqueando cuando oyó pasos. ¡No le había despistado!

No se atrevía a moverse. Los pasos sonaban cada vez más fuertes. Estaba muy cerca. Le sentía. Oía su respiración.

—¿Sofi? ¿Estás ahí?

El sobresalto inicial se tornó en un llanto al reconocerle. Miró y salió de su escondite.

—¡Rubén, estás vivo! —Salió de su escondite y le abrazó.

—Pues claro que estoy vivo. ¿Pero qué haces aquí? Te vi salir corriendo y vine detrás de ti.

—Él, él. Estaba dentro, en el baño… te había… y luego iba a por mí… y me perseguía… ¡Puede aparecer! Tenemos que escondernos…

—Tranquilízate, Sofi. No hay nadie. Estamos solos.

—¿Estás seguro?

—Sí, he venido detrás de ti y no te seguía nadie. Cuéntame qué ha pasado. ¿Estaba Marco?

—Sí. Como tardabas en salir me asusté y fui a buscarte. Pensé que te había pasado algo. ¿Por qué no saliste? ¿Dónde estabas?

—Salí enseguida, pero justo me llamaron. Mi padre. Como no le oía con la música salí fuera. Vi que estabas hablando con la chica esa de tu instituto y no te dije nada.

—¡Tenías que habérmelo dicho! ¡Pensaba que te había pasado algo!

—Perdóname, tienes razón. Es que mi padre me agobia mucho. No suele llamarme… a estas horas.

—¿Era importante?

—No, que se había ido el fin de semana con una amiga, no sé dónde, a ver el eclipse. Pero eso da igual. ¿Dónde le viste?

—En el baño. Fui a buscarte y no estabas, pero él apareció en la puerta. Salí corriendo y él fue detrás. Me choqué con Fran y el chico estaba por todas partes.

—¿Fran? ¿Y no te ayudó?

—Decía que no le veía, pero vino hacia a mí. Salí corriendo. Él me seguía, pero no paré hasta esconderme aquí.

—¿Y estás segura de que te seguía?

—¡Claro que sí! ¿Cómo no iba a estarlo?

—Es que cuando saliste te vi y fui detrás de ti, y no vi a nadie.

—Pero estaba, te lo juro. Iba a por mí. No estoy loca, de verdad.

—Claro que no lo estás, Sofi. Pero has tenido mucha presión, es normal que estés asustada y a lo mejor has pensado lo que no era.

—Pero estaba, de verdad.

—Seguro que sí, pero has dicho que Fran tampoco le vio.

Ella se calló. Estaba segura de que le había visto. Iba a por ella. Pero ¿y si no estuviera? ¿Y si se lo hubiese imaginado todo? Era tan real…

Lloró y abrazó a Rubén.

—Vámonos, te llevo a casa. Lo mejor es que descanses. Quizá no era tan buena idea salir esta noche.

Caminaron hasta el coche. Él abrió la puerta para ayudarla a subir, pero nada más hacerlo se quedó parado mirando hacia el interior.

—¡Qué hijo de puta! Tenías razón, Sofi. Él estaba aquí.

No pasaron ni diez minutos desde que Sofía llamó a Berta hasta que llegó a donde estaban.

—¿Lo ha tocado alguien más? —preguntó, sujetando con unos guantes la hoja de papel que encontraron en el coche, sobre el asiento del acompañante.

—Solo nosotros —dijo Rubén—. Y ese chico, claro.

—Bien, así podremos identificar las huellas. Necesito que vengáis a la comisaría para tomaros vuestras huellas y poder aislar las del que lo ha hecho. ¿Podrás, Sofía?

Ella asintió con la cabeza.

—Entonces ahora le podéis detener, ¿no? —dijo Rubén.

—Si conseguimos una huella suya y está aquí, podremos acusarle de amenazas, pero no va a ser fácil, su abogado no nos dejó tomarle huellas y no será fácil ahora tampoco.

—¿Y la sangre? —preguntó Rubén.

—Eso sería determinante para denunciarle y vigilarle, pero conseguir una muestra del chico va a ser todavía más difícil.

—¿Y si os la diera yo?

—¿Y qué vas a hacer? ¿Sacársela?

—Ya lo hice. Cuando le pegué me llenó la camiseta de sangre. Todavía no la he tirado.

—Si la sangre de esa camiseta es la misma que la de este papel, ni su abogado podrá hacer nada. —Berta se quedó mirando la hoja—. Hay que estar muy enfermo para hacer esto.

Y la metió en una carpeta de plástico, sin poder olvidar el dibujo, con un círculo negro, rodeado por un aro coloreado con sangre y una leyenda inferior en la que, también escrita con sangre, se leía:

PUTA

EL ECLIPSE TE RODEARÁ DE SANGRE

Ilustración de Rosa García

Fueron a la comisaría a que les tomaran las huellas. Después fueron al hospital, aconsejados por la policía. Allí a Sofía le mandaron unas pastillas para relajarse y poder dormir. Rubén insistió en quedarse en casa de Sofía, pero su padre se opuso.

Después, Rubén volvió a la comisaría a llevarles su camiseta llena de sangre.

—Mañana es el eclipse —le dijo Berta—. Intentaré acelerar el análisis y haré todo lo posible para que ese chico no pueda acercarse a ella.

A primera hora de la mañana siguiente Rubén fue a casa de Sofía. Era el día del eclipse y no tenía la intención de separarse de ella ni un segundo. Cuando llegó, los relajantes habían hecho su función y Sofía seguía durmiendo. Su padre le invitó a que esperara con él a que ella se despertara. Si bien desde que supo que su pequeña salía con aquel chico decidió odiarle el resto de su vida, la preocupación que mostraba por ella había hecho que empezara a simpatizar con él.

Estaban tomando un café cuando sonó el móvil del chico.

—Es la policía..

—Hola, Rubén —dijo Berta—. He llamado a Sofía, pero su móvil está apagado. Está bien, ¿verdad?

—Sí, sí. Está durmiendo. ¿Qué pasa?

—Presioné un poco para acelerar los análisis. En el papel solo han encontrado vuestras huellas. Debió de usar guantes. Aparece otro tejido en los análisis, pero tu idea de la camiseta ha funcionado: la sangre que hay en ella y la del dibujo son de la misma persona.

—¡Lo sabía! ¿Le habéis detenido ya?

—No. Pedí la orden de detención y en cuanto llegó iba a salir a por él, pero se han presentado sus padres en la comisaría..

—¿Sus padres?

—Han venido a denunciar su desaparición. Ayer no volvió a su casa.

Dos horas después la mujer policía estaba en casa de Sofía intentando tranquilizarla. Había sufrido un ataque de ansiedad cuando Rubén le contó la confirmación del análisis y que no habían podido encontrar al chico.

—No te preocupes, Sofía. No te va a poder hacer nada. Habrá un coche patrulla todo el día abajo y no se podrá acercar a ti. Si lo hace, le detendremos.

—Estoy pensando… —dijo Rubén—… que aquí corre peligro. Ese chico está loco y no se va a asustar por un coche patrulla.

—Pero no puedo traer más, uno de vigilancia y yo puedo quedarme en mis horas libres.

—Pero podemos tenderle una trampa —siguió Rubén—. Que piense que ella está aquí y cuando se acerque, detenerle. Pero ella no puede ser el cebo, no permitiré que corra ningún peligro. En el chalet de mi padre tenemos un sótano, es como un pequeño búnker, está acondicionado para ocio, pero lo concibieron como refugio si estamos en peligro, por si entra alguien a robar o lo que sea. Sofía y yo podemos escondernos allí hasta que le detengáis aquí.

—Yo voy también —dijo el padre de Sofía.

—A lo mejor ese chico está vigilando el edificio y si te ve salir se mosquea y no vendrá y esto no acabará nunca. Puedo meter el coche en el garaje del edificio, bajar con Sofía, que se esconda en el maletero e irnos sin que él la vea, por si está vigilando.

A las seis de la tarde, tres horas antes del eclipse, habían ejecutado el plan y Sofía y Rubén se encerraron en el sótano del chalet mientras Berta y el padre de Sofía esperaban en la casa a que apareciera Marco.

—Tranquila, Sofi —dijo Rubén, haciendo girar la llave en la cerradura de la puerta del sótano—. Esta puerta es acorazada, la única manera de entrar aquí es estar ya dentro. Aquí estás a salvo.

Vieron la tele un rato y comieron algo. Sofía era feliz, en aquel pequeño mundo, con él, sin nadie de quien preocuparse, ni chicos encapuchados, ni ex celosas, ni amigos estúpidos.

Al terminar el capítulo de una serie, cambiaron de canal y aparecieron las noticias en las que hablaban del eclipse que sucedería en menos de una hora.

Sofía se alteró, le faltó el aire.

—Va a venir… va a venir… quiere hacerme daño…

—Tranquila, Sofi. Aquí estás a salvo. Yo te protejo, la Tierra y la Luna, ¿recuerdas? Aquí no puede entrar el Sol, aquí no va a haber ningún eclipse. Quizá… deberías tomarte las pastillas. Así te relajas y descansas hasta que pase todo.

Sofía le hizo caso, necesitaba liberarse de esa angustia. Al poco rato empezó a sentir la calma y se tumbó en el sofá junto a él.

—Te quiero —le susurró él al oído.

Ella le besó.

Mientras, en casa de Sofía, su padre y Berta esperaban.

—¿Crees que ese chico vendrá? —preguntó el padre.

—Sinceramente… no creo que llegue aquí arriba. Ese chico está perturbado, pero se asustará al ver el coche patrulla. Es un crío. No creo que pueda despistarles y subir hasta aquí, pero está obsesionado con Sofía y hará todo lo posible por estar cerca de ella durante el eclipse. Cometerá algún error, le verán abajo y le detendrán.

En ese momento sonó su móvil.

—Seguro que ya ha picado. —Descolgó—. Ah, eres tú. ¿Qué pasa?

Se quedó en silencio, frunciendo el ceño a cada palabra que oía a través del teléfono.

—¿Qué pasa? ¿Sofía está bien? —preguntó el padre alterado.

La mujer asintió. Y colgó.

—Ese chico es un perturbado, pero ha cometido un error. Vamos a por él —dijo mientras marcaba un número—. ¿Vicente? Apunta esta dirección. Manda a todos los que puedas.

Rubén prosiguió los besos que le dio Sofía. Le acarició el pelo, el cuello, deslizó la mano por debajo de su camiseta. Ella le acompañaba, temblando a cada movimiento de él. Pero de repente tembló algo más.

—¿Qué ha sido eso? —dijo Sofía.

—Nada, será mi corazón. Sigue besándome.

Ella volvió a hacerlo, aunque ya no tenía la misma pasión.

—Para, para, no puedo —dijo sacándole la mano de la camiseta.

—Lo siento, mi vida, perdona.

Él se sentó y la miró. Ella le miró. Cuánto le amaba.

Sin que ella supiese cómo, Rubén movió rápidamente el brazo y la golpeó en la cara.

Sofía se quedó inmóvil. Debía haberse quedado dormida y era una pesadilla… de no ser por el dolor que sentía en la mejilla y el fluido que notaba que la recorría.

—¡Puta de mierda! —le gritó Rubén y volvió a golpearla.

—Qué.. qué… —balbuceó llorando.

—¿Un ruido? ¿Has oído un ruido? ¿Sabes qué es? Tu amiguito.

Se levantó y abrió el armario que estaba frente a ellos, apareciendo atado y amordazado el chico con la capucha, sangrando por la nariz, intentando gritar.

—¡Marco! ¿Pero qué…? ¿Qué pasa, Rubén? —lloraba—. Estoy dormida, ¿verdad?

El mareo y la somnolencia que le comenzaron a provocar las pastillas la empezaron a sumir en una bruma irreal.

—¿Qué pasa? Te voy a decir lo que pasa: mil euros.

—No te entiendo…

—Mil putos euros me hiciste perder. ¿Te acuerdas de la noche en mi coche cuando casi follamos? Sí, ¿verdad? Pues me hiciste perder mil euros. Los que me aposté con mis colegas cuando te conocí en la fiesta esa. Mil euros a que te follaba en menos de tres meses. Y sí, hacía tres meses. Ah, el tío que miraba desde fuera no era este gilipollas, era Fran, que tenía que grabarlo como prueba de que lo había conseguido.

Ella lloraba.

—No… no… quiero despertarme, esto no es real.

—No, no estás dormida. ¿Creías que todo iba a quedar así? Primero pensé en asustarte, con la nota de “PUTA” debajo de tu hamburguesa. ¿En serio pensaste que fue Elena? La pobre llevó fatal que cortase con ella, pero necesitaba hacerlo para salir contigo. Ah, por cierto, hemos vuelto. Precisamente ahora piensa que estoy cortando contigo. De hecho lo estoy haciendo —rio.

Sofía no paraba de llorar. Todo le daba vueltas.

—¡Lo que me costó que tiraras el papel! Lo reconozco, fui muy cutre y no me esmeré mucho, ese papel me hubiera delatado si llega a la policía. Soy un tío con suerte. Cuando vi a este friki fuera con la sudadera, igual que Fran, se me ocurrió darte un buen susto de verdad. ¡Encima le conocías y estaba enamorado de ti! Por cierto, siento lo de tu nariz —dijo mirando a Marco—. No era nada personal, pero tenía que quedar bien. Y la sangre en mi camiseta me sirvió para hacer la nota del eclipse. Ahí estuve colosal. Se fastidió un poco cuando este se presentó ayer por la tarde en mi casa para decirme que te dejara en paz. Me mosqueó, la verdad. ¿Quién se creía que era para venir a mi casa a darme órdenes? Total, que le zurré de nuevo y se me ocurrió lo del dibujo y encerrarle aquí. Así conseguiría darte tu merecido y encima cargaba él con el muerto. Menos mal que vino, no me quedaba sangre para las letras. En la discoteca me fui al baño y luego salí al coche a dejar el dibujo sobre el asiento. Me puse la sudadera y volví al local. Lo demás ya lo sabes. ¡Estabas tan graciosa cuando Fran te decía que no me veía! Y ya corriendo, ni te cuento.

—¿Qué quieres? ¿Qué vas a hacer? —gimió Sofía.

—Follarte, por supuesto. Vale que he perdido la apuesta, pero, joder, estás muy buena.

Se acercó y le rompió la camiseta y le bajo las mallas, dejándola desnuda. Ella intentó taparse torpemente, pero él cogió una cintas y le ató las manos y las piernas a las barras del sofá.

—Está buena, ¿eh? —dijo mirando al chico, que intentaba gritar y se revolvía—. Qué coño, cuando termine yo te dejo que te la tires, por todo lo que hemos vividos juntos.

—No, por favor, no. No lo hagas —sollozaba Sofía—. Te descubrirán, irás a la cárcel.

—¿Descubrirme? ¿Quién se lo va a decir? Ah, perdonadme, se me olvidaba deciros que os voy a matar. Bueno, yo no. Bueno, sí. A ver, la versión oficial es que tú y yo hicimos el amor, tengo que justificar mi semen en tu vagina, pero este se había colado aquí antes de que llegáramos y me golpeó y quedé inconsciente, luego te violó y te mató, creo que con un cuchillo. Lo de su semen en tu vagina, no te preocupes, ya lo tengo solucionado. No preguntes, no ha sido agradable. Yo recuperé la consciencia y le disparé con una pistola de mi padre y le maté. Por desgracia no llegué a tiempo de salvarte la vida. Oh, Sofía, te voy a echar tanto de menos.

Lloraba histérica.

—Pero vale ya de hablar, que el eclipse está llegando a su punto álgido. Mira, qué curioso. Tú la Luna, yo la Tierra y este el Sol. ¿Sabías que sin la Tierra el sol no podría dar ese tono rojizo a la Luna?

Se desnudó, estaba excitado, más que nunca en su vida.

—Mira el lado positivo, no vas a morir virgen.

Se acercó a ella y volvió a golpearla en la cara. No sabía si iba a aguantar a penetrarla o se correría antes.

Le mordió un pecho y ella gritó. Pensó en arrancarle los pezones a mordiscos, pero no podría justificar la sangre en la boca.

—¡No, no, no! —gritó ella.

—Esto es mejor que haber ganado mil euros.

En ese instante sonó una explosión. La puerta cayó y la habitación se llenó de humo y de policías. Rubén sintió que le derribaban y algo frío le apretaba los genitales.

—Muévete y te vuelo las pelotas, cabrón —le gritó Berta.

Diez minutos antes, en el coche patrulla, Berta y el padre de Sofía volaban por la autovía a mucha mayor velocidad que la permitida.

—El eclipse ya ha empezado, tenemos poco tiempo —dijo la mujer mirando hacia la luna.

—¿Pero cómo sabes dónde está Marco? —preguntó el padre.

—No tengo ni idea.

—Entonces, ¿a dónde vamos?

—A casa de Rubén. ¿Recuerdas que en el análisis de la sangre del dibujo había restos de un tejido? Me han llamado para decirme que era el mismo que el de la camiseta que Rubén me llevó para analizar la sangre de Marco. Fue él quien hizo el dibujo con la sangre de Marco.

Jorge Moreno

Eclipsado

Autor@: 
Ilustrador@:
Corrector@: 
Género: Relato Romántico
Rating: Todos los públicos
Este relato es propiedad de Inmaculada Ostos. La ilustración es propiedad de Paloma Muñoz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Eclipsado.

Ilustración de Paloma Muñoz

Llegó a trompicones hasta su sitio preferido, pero justo cuando le quedaban unos pocos metros para llegar hasta la piedra que, peligrosa, se asomaba hacia el precipicio, y desde la cual se podía contemplar toda la ciudad, se dio cuenta de que no estaba solo. Allí de espaldas al camino por donde él había llegado había una blanca figura que contrarrestaba la oscuridad que poco a poco iba haciéndose dueña del entorno. Parecía ser una mujer, pues su largo cabello blanco ondeaba al compás de la brisa estival que recientemente se había levantado y, además, los contornos que, graciosos, perfilaban la especie de kimono blanco que vestía se ajustaban como un guante a una silueta que solo podía ser femenina. Él se adelantó un poco más para tener un mayor campo de visión de la extraña mujer que allí había, y al hacerlo pisó unos pequeños restos de ramas rotas que había esparcidos por la roca. La mujer entonces se sobresaltó y se giró apenas lo justo para que su perfil se dibujara tras la escasa iluminación de las estrellas, pero solo como una sombra oscura, sus rasgos no se distinguían aún desde aquella distancia.

—¡Lo siento! —se disculpó él con lengua de trapo—. Pensé que estaba solo y he entrado como un elefante en una cacharrería —añadió.

—Parece que tenías ganas de llegar —se limitó a decirle la mujer con una voz atemporal.

—Bueno, la verdad es que sí, he de reconocer que este es mi lugar secreto, suelo venir aquí cuando las cosas van mal…—empezó a parlotear de nuevo él desinhibidamente. Y al darse cuenta de que la lengua se le estaba soltando demasiado en compañía de una extraña, cosa tal vez producida por el alcohol ingerido, se sintió algo avergonzado, así que intentando justificarse antes de que la mujer interviniera añadió:

—…O cuando… como en este caso, hay un evento tan espectacular como el de la luna de sangre de lobo.

La mujer no contestó, se limitó a mantener su postura semigirada aunque, cosa extraña, a él le pareció oírla reír en su cabeza.

—¿Te importa que me quede? —le dijo entonces sentándose a escasos metros de ella—. Te… te prometo que no te molestaré, y si no quieres, tampoco tienes por qué hablarme… No soy ningún tipo raro ni voy a hacerte nada malo, no te preocupes, es que no he tenido un día demasiado bueno, ¿sabes?, y me gustaría quedarme aquí y… bueno, a ti eso no te importa, claro… Yo… —empezó a parlotear nervioso.

Ahora sí que pudo escuchar claramente su risa tintineando como las campánulas de verano. Tenía una risa preciosa y extraña a la vez, pues amortiguada parecía esconderse una risa mucho más vieja o profunda.

—No me hagas mucho caso. Debe de ser el alcohol, que me hace parecer más idiota de lo que suelo ser normalmente.

—Quédate, a mí no me importa, siempre que no te tires por el precipicio y me hagas ir a buscarte.

—¿Tirarme yo por el precipicio? ¡Para nada! No, yo…

—Era broma —se apresuró a decir la mujer cortando sus, de nuevo, atropelladas alegaciones.

—¡Ahhh! —arrastró este las palabras comprendiendo en su enturbiada mente.

—Lo decía porque como dijiste que estabas bebido y que venías cuando algo iba mal… —se justificó— quería darle un poco de humor a la cosa.

—Pero también dije que venía por lo del eclipse.

La mujer quedó entonces en silencio.

—Vale, me has pillado, el eclipse era una excusa, necesitaba llegar a este lugar.

—Siento haberte molestado.

—¡No!, para nada, ¡de verdad!, es solo que no sé si será la borrachera o las vibraciones de este eclipse lunar lo que me impulsa irresistiblemente a sincerarme contigo. Y por supuesto a darte la chapa.

—Tranquilo, no me importa, me gusta escuchar. Y además no tengo nada mejor que hacer hasta que se produzca el eclipse, así que…

—Bueno, la verdad es que, pensándolo mejor ahora, me parece una tontería…

Ella se acomodó en su posición y con un gesto de la cabeza, que movió de forma grácil su melena, le instó a que continuará.

—Verás, todo ha empezado por una gilipollez, pero es que yo ya estoy harto, y hoy no he podido más y he hecho la mayor estupidez de mi vida: beberme de un solo trago, y te juro que ha sido así, una litrona de cerveza, cuando yo de normal nunca bebo. Que aunque me veas aquí con mis diecisiete años, no soy muy amigo de esas cosas, no me llaman, raras veces me he emborrachado, pero hoy… mi hermano se ha pasado tres pueblos y me he tenido que largar de casa como alma que lleva el diablo. Y es que estábamos en una comida familiar charlando y pasándolo tan bien que se me ocurrió la idea de hacer un juego de karaoke, ¿sabes?, para animar la fiesta y jugar los chicos contra las chicas enlazando canciones. Y entonces mi hermano en mitad del juego se ha puesto burro y ha empezado a decir que ya estaba yo con mis gilipolleces de nuevo para llamar la atención, que como siempre quería ser el centro de atención y que aquella reunión no se había hecho por mí, sino porque mi prima se tenía que ir a estudiar fuera e íbamos a tardar en verla mucho tiempo. Y entonces todos se han callado y veía a mi madre tan apurada que, por no discutir, he cogido y me he largado. Mi hermano siempre me está haciendo la puñeta, siempre se mete conmigo y no logro entender por qué me odia tanto. ¿A que es una gilipollez?

Ella negó con la cabeza.

—No, para nada, te entiendo perfectamente, todos tenemos hermanos mayores en algún sentido. Y lo peor es que los necesitamos.

—Tú no pareces necesitar a nadie. Sumida en ese aura de misterio y belleza que te envuelve, pareces… hasta sobrenatural.

Entonces ella se giró del todo poniéndose frente a él, pero aun así, él no pudo ver su rostro probablemente a causa de la sombra que proyectaba su propia figura a contraluz con la luna, que ahora, magnífica, brillaba intensamente en el cielo.

—¡Belleza dices! Ahora sí que empiezo a pensar que estás borracho. ¿Cómo puedes saberlo si ni siquiera puedes verme? —le contestó con amargura.

—Pues muéstrate.

—¿Seguro que quieres verme?

Él la observó extrañado, la conversación había tomado un rumbo extraño que no supo muy bien cómo definir. Y entonces, la mujer, acercándose a él y al rayo de luz que ahora inesperadamente se ponía en medio de ellos, se apartó el pelo que hasta ahora le cubría la cara y le enseñó su rostro. Ahora entendió el porqué de aquel malestar que había mostrado ella, aunque aun así seguía pareciéndole preciosa. Él mismo se asombraba de cómo habían aparecido esos extraños y anhelantes sentimientos por una desconocida. Era como si alguien hubiese obrado una extraña magia, pero tampoco se quería plantear el porqué de lo que sucedía, así que, como llevado por un extraño instinto, le contestó:

—Preciosa, como yo decía.

Después de esto la misteriosa mujer se volvió a girar y quedaron sumidos en un profundo silencio que duró unos minutos eternos. Y mientras esto ocurría, él sentía cómo se ahogaba en un pozo de desesperada tristeza por no poder seguir escuchando su voz, y lo peor de todo era que no podía evitar esos encantados sentimientos. Hasta entonces la conversación había fluido entre ambos sin necesidad de forzar la situación —pensó—, aunque en realidad había sido él el que hasta entonces la estaba guiando, y ella se limitaba a contestar como si ya supiera las respuestas o esperara justamente lo que él iba a decir en cada momento. Daba la sensación de ser como un diálogo pactado, como ese tipo de diálogo que te aprendes cuando vas a realizar una obra de teatro. «Pero claro… —se volvió a decir a sí mismo—, probablemente lo que me está hablando en este momento no sea la sensatez, sino el alcohol». Y fue entonces cuando también descartó esa incesante sensación de pensar que en el fondo la extraña mujer y él no eran del todo desconocidos.

—Va a empezar el eclipse. Creo que deberías ponerte cerca de mí, ya sabes que cuando observas esta maravilla sueles quedarte dormido —dijo entonces ella rompiendo el silencio.

Y de repente, y como si fuera una especie de autómata, su cuerpo reaccionó levantándose y acudiendo al lugar donde ella le llamaba, se sentó a su lado y puso la cabeza en su regazo, justo donde ella lo guiaba, y entonces sintió que estaba irremediablemente enamorado y que era el día más feliz de toda su vida. Después se durmió.

Cuando ella abrió los ojos se encontraba en la cama de la residencia, de nuevo el maravilloso sueño había acabado, y además esta sería la última vez. Su hijo pequeño, postrado en la cabecera de la cama, la miraba dulcemente entre preocupado y aliviado.

—Por fin despiertas, mamá, es la una del mediodía. Siento no haber podido acompañarte anoche en tu… misión, hubo una cancelación de última hora y el vuelo se retrasó.

La mujer le dio un par de palmaditas tranquilizadoras en la mano mientras le decía:

—Tal vez fue mejor así. Al menos, de esta manera me he podido despedir.

—¿Cómo que despedir, mamá? ¿Qué quieres decir?

—Carlos, ya no me queda mucho tiempo…

—Chssss, no digas eso, mamá, por favor… —la cortó el muchacho mientras sus ojos se inundaban de lágrimas—. Estás cansada por el esfuerzo que hiciste anoche, es solo eso.

La mujer le puso un dedo en los labios para silenciarlo.

—Créeme, hijo mío, lo sé y es mejor así. No sé cuánto tiempo podría haber soportado más ver a tu padre en ese estado, me estaba destrozando por dentro, de verdad. Llámame egoísta pero que mi mal se haya extendido tan rápido ha sido una bendición. ¿Entiendes ahora por qué decía que el que no hubieras venido anoche era mejor?

—Creo que en cierto modo sí.

—Verás, como sabes, la enfermedad de papá es un extraño caso de demencia senil que además empezó a una edad temprana. Fue un caso inusual, y haciendo honor a esa inusualidad, su cerebro decidió escoger el día que tal vez fuera el más feliz de su vida para recordarle de vez en cuando quién es él. Y para mí, que ese día sea el mismo que nos conocimos con diecisiete años tiene un valor muy especial. Por eso este último esfuerzo por recrear ese momento del eclipse lunar es el único momento en que mi marido vuelve a ser él, aunque sea en una pequeña muestra. Ya sabes que el resto del tiempo solo sufre y yo sufro con él, es por eso que esta es una buena despedida.

—Mamá, yo…

—Lo sé, amor, yo también te amo más que a mi vida y nunca te voy a dejar de querer aunque este último episodio de mi vida me lleve a un lugar de donde no podré regresar. Lo único que me pesa es dejarte solo con esta carga, pero me gustaría que en los peores momentos de la enfermedad de tu padre no te olvides de quién es él, y que le ayudes todo lo que puedas sin destrozar o malgastar tu vida, porque, hijo, en el fondo sabes que tu padre pocas veces está ya aquí. No quiero que te sientas culpable, en ningún momento de tu vida, aquí es donde tenemos que estar porque los profesionales son los únicos que nos pueden atender en esta etapa de nuestra vida, y tú bastante hiciste ya con entregarnos tu amor incondicional. Y solo me gustaría pedirte una última cosa, amor. Dile a tu padre que siempre lo quise, cuéntale todo lo que hemos hecho por ese amor que le profesamos y dile que me ha hecho la mujer más feliz que ha existido en la tierra y que siempre le querré. Aunque a lo mejor eso nunca llegue a racionalizarlo…

—Claro que lo hará, mamá, recuerda que eres su pensamiento alegre y también el mío. ¿Recuerdas cuando nos leías a ambos Peter Pan?¿Y qué era lo que nos decía entonces papá y luego corroboraba yo? —le dijo el muchacho inundado en lágrimas sin poder contener más la emoción.

—Cómo olvidarlo. Era mi momento preferido del día, sobre todo cuando te veía dormir tan dulce, tan tranquilo… mi niño precioso… Pero ahora creo que el que va a tener que dormirme vas a ser tú. ¿Lo harás, mi príncipe?

El chico asintió y apretó sus manos con más fuerza y las besó, después se puso a relatarle su cuento preferido mientras la madre cerraba los ojos y su respiración se tornaba regular. Y poco a poco, como cuando exhalas el aire que antes has recogido, la luz se apagó, la voz se alejó y los sueños siguieron su curso interminable.

Inmaculada Ostos Sobrino

Promesas

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Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Poesia

Rating: +13

Este relato es propiedad de Olga Ruiz. La ilustración es propiedad de Paloma Muñoz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Promesas.

Y nos prometimos primaveras
con flores, colores,
risas, ilusión y vida.

Pero era verano…
Todo estaba seco.
Sentíamos sed
en las siestas de las cinco…
en nuestros encuentros.
Sudábamos sal…
Solo la noche nos traía algo
de frescor a la voz…

Después llegó el otoño
y se deslizaron
todas nuestras caricias
cuerpo abajo,
buscando los mejores versos.
Nunca viví otoños más bellos.

Y llegó el invierno…
Y un vendaval de nieve
lo arrastró todo.
El agua helada dejó nuestros cuerpos
mojados y paralizados,
congelado el esqueleto.

Y comprendimos que solo es primavera una vez al año.
Y que el ciclo de la vida se completa solo así.
Y que existe muerte en cada vida.
Y vida tras la muerte…
Y nos dejamos llevar por el destino.

Te amaré todas las estaciones de mi vida,
me dijo sonriente.
Te amaré todos los siglos de mis vidas,
respondí, prometiéndome.

Amén.

Olga Ruiz.

Ilustración de Paloma Muñoz

La promesa

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Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Fantasía urbana

Rating: +13

Este relato es propiedad de Olga Besolí. La ilustración es propiedad de Olga Ruiz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

 

La promesa.

«Nunca te abandonaré, pase lo que pase», le prometió.

Él nunca ha roto una promesa, y esta no iba a ser una excepción. Siempre ha sido un hombre fuera de su tiempo, como chapado a la antigua, de los que ofrecen su brazo como punto de apoyo, de los que creen en el poder de la palabra dada y de los que muestran una voluntad férrea e inquebrantable, ajena a las inclemencias del tiempo. Un hombre de los que ya no hay.

Por eso sigue allí, a su lado, a pesar de todo.

No lo tuvo nada fácil desde el principio. Luchó para convencer a sus futuros suegros —en contra desde el primer instante, nada más saber la noticia— de que él sería bueno para ella, de que no intentaría cambiarla y de que la ayudaría a lograr sus deseos. Pero ellos insistían en que su hija era demasiado joven e inocente para casarse con un divorciado como él y padre de dos adolescentes. El hecho de que ella tuviera solamente siete años más que el mayor de ellos no ayudó en convencerlos de que su amor era genuino, verdadero y entregado, capaz de traspasar todas las barreras y sortear todos los obstáculos que se presentasen en el camino.

Y su amor por ella ya ha cruzado todas las fronteras inimaginables.

La diferencia de edad no consiguió separarlos, ni la de razas ni la económica, ni la social, ni siquiera la ideológica. Convivieron transformando todo aquello que los distinguía en un motivo de admiración, y todo aquello que podía separarlos se convirtió en un juego cariñoso. Mientras sus triunfos deportivos subían el montante de sus cuentas bancarias, ella distribuía el dinero que podía en ayudas humanitarias; mientras ella lo llamaba «mi bombón» con mirada golosa, él se divertía agasajándola con regalos lujosos que sabía que ella cambiaría por mantas o bolsas de comida que repartir. No necesitaban más el uno del otro, porque les era suficiente con su amor y su compañía.

Una compañía que ahora ella ya no aprecia tanto.

Es diferente cuando las ausencias te hacen desear el regreso del ser amado. Y al ser un entrenador profesional, él tuvo que pasar largos periodos de tiempo lejos de su pequeño nido. Ella tampoco tuvo nunca la intención de acompañarlo a los partidos, excusándose de que la aburrían soberanamente y que su labor era vital para la organización, ya que continuamente llegaban nuevos refugiados a los que atender. Ella… tan humana y solidaria como siempre.

Es por eso que todavía le permite que siga a su lado.

Él es consciente de que ella ya no siente lo mismo que antes. Ahora que ya no hay ausencias, que todas las noches vuelve junto a ella, nota el distanciamiento, las miradas huidizas, la tirantez en las comisuras de los labios que convierten una sonrisa fingida en una mueca forzada. Aunque lo peor de todo son sus ojos. Ya no brillan con la chispa de la admiración, ni esos párpados se contornean mostrando ternura o deseo. Ahora hay un poso de compasión en su fondo, mezclada con algo de tristeza y melancolía. Lo mira como uno esperaría que mirase a uno de sus refugiados, a uno de los enfermos, o de los que están al borde de la muerte. Y últimamente sus ojos están llorosos, como si mirara a uno que acaba de morir en sus brazos.

Ella es su último refugio, si la pierde se queda sin nada.

Pero él sigue allí, enganchado a ella, aunque no tenga un hálito de vida ni pueda tomarla entre sus brazos, aunque enfríe la atmósfera con su presencia e infeste el aire con su cuerpo en descomposición. Su nido de amor ahora se convierte en un nido de insectos que lo siguen cuando él, cada noche, arrastra los pies fuera de su tumba y deja un reguero de tierra oscura y húmeda en el suelo del salón; allí donde ella lleva esperando de pie un sinfín de eternidades, que han ido minando su amor incondicional hasta reducirlo a pura compasión. Una compasión que la hace sufrir. Los sollozos y los gemidos lastimeros son una prueba de ello.

Él desearía no volver a verla sufrir.

Ya pasó demasiado con el incidente, cuando el infarto en pleno partido lo embarcó dentro de un ataúd rumbo a casa. Eran dos corazones a juego: el de él se detuvo, el de ella se rompió. Recuerda cómo se deshacía en lágrimas frente a su tumba, cómo se ahogaba y cómo el líquido salado penetró de alguna manera en la madera y humedeció sus miembros hasta entonces inertes. Fue su desgarrador reproche por la promesa incumplida, emitido con tanto dolor ante su féretro, el que lo obligó a regresar aquella misma noche, para apaciguarla, para decirle que todo iría bien a partir de entonces porque él seguiría a su lado, con ella.

Pero ahora es su compañía la que la hace llorar.

Hace ya demasiado que vive de pie, en el salón, su regreso cada noche. Que lo refugia, que lo compadece. En todo este tiempo él ha visto cómo sus carnes han ido cambiando, cómo algunas canas han asomado entre las antiguas mechas rojizas y cómo las curvas de su cuerpo han ido tomando redondez. Ya son demasiadas vueltas del reloj, demasiadas hojas de calendario arrancadas. Frente a él ya no se yergue la inocente jovencita que quería cambiar el mundo y con la que compartió el espacio más breve y feliz de su vida, sino una mujer madura y fuerte, independiente y dispuesta a ayudar a los demás, que lleva el propio mundo sobre las espaldas. Pero ante todo, frente a él está una mujer espléndida que tiene derecho a vivir. Que se merece rehacer su vida.

Ilustración de Olga Ruiz

Él no tiene derecho a estar entre los vivos.

Lo sabe. Ni tampoco pertenece al mundo de los muertos. Se ha quedado atrapado en una especie de limbo entre los dos mundos, moviéndose dentro de la fina línea que los separa, desterrado en tierra de nadie. Demasiado vivo para estar muerto, pero demasiado muerto para estar vivo. Es como un zombi que se arrastra por el lodo del cementerio todas las noches y que reposa en su tumba bajo la luz del sol, con el alma pegada a un cuerpo que se deshace lentamente. Sabe el camino de casa, pero ya no es su nido. Pero no puede aferrarse. No puede ser un eterno refugiado. No debe.

En la muerte debe tomar la decisión más dura de su vida.

No puede mantenerse atado a una simple promesa hecha en la plenitud de una vida que ya no le pertenece. Ni arrastrarla a ella al borde del abismo para contemplar la muerte, noche tras noche. ¿Qué vida hay en eso? «Nunca te abandonaré, pase lo que pase». Esas palabras otrora reconfortantes hoy tienen ecos de condena. Y la condena recae sobre ella, injustamente, egoístamente. Él debe liberarse de esa cadena perpetua y liberarla, aflojar el nudo que los ata y soltar los lazos que los unen, aunque eso signifique aceptar que no se puede luchar eternamente contra el tiempo, que no todos los obstáculos son salvables, y que hay fronteras que uno nunca debería traspasar.

Mañana, él romperá su promesa.

Olga Besolí
Diciembre 2018