53ª Convocatoria: La noche

La noche.

Ilustración de Paloma Muñoz

Dicen de la noche que es ese período que transcurre desde que se pone el Sol hasta que vuelve salir, opuesto al día, período que suele dedicarse a dormir… Pero ¿acaso la noche no oculta muchas otras realidades?

A veces la noche se llena de vida.

Vidas recién nacidas, que llegan en mitad de la noche, que tal vez se han gestado también gracias esos encuentros a los que invita la madrugada.

Otras veces la noche se llena de voces, que se oyen más fuerte en medio de los silencios. O voces que dicen verdades, que desvelan secretos, animadas por el alcohol de las barras de algún bar, resonando sobre la música de alguna sala de baile, donde dos desconocidos se acaban de conocer.

La noche también oculta sombras, entre los pliegues de las cortinas, bajo las camas, tras las puertas entreabiertas… Sombras reflejo de temores ocultos en nuestra memoria y que, aprovechando el despiste de nuestra consciencia, afloran con toda su fuerza e impiden conciliar ese sueño que dicen que debería ocupar nuestras noches.

Pero lo que sí tiene la noche son infinitas posibilidades, interpretaciones, motivos y matices.

Puede ser final o comienzo, pero siempre habrá la posibilidad de, en mitad de la oscuridad, encender la noche. De que, cuando se apaguen las luces de las casas, se prenda el brillo de las estrellas, los sueños de los dormidos, las miradas de los despiertos.

Hay muchos tipos de noches…Y muy variados habitantes en ellas.

Tal vez, si eres de los que duermen mucho, aún no lo sepas.

Raquel Esteban

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Autor@:
Ilustrador@: Carolina Cohen
Corrector@: Mariola Díaz-Cano Arévalo
Género: Ficción realista
Rating: +18 años
Este relato es propiedad de Raquel Esteban. La ilustración es propiedad de Carolina Cohen. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Volver. 

Cada vez que regreso algo en mí retrocede en el tiempo y me transporta a momentos del pasado que ahora me parecen muy lejanos, como si pertenecieran a otra persona, a otra vida…

 Cierro los ojos y aspiro este aire de olor denso, salino, húmedo… Siento cómo la brisa recorre mi piel, como una caricia, como intentando hacerse de nuevo a mí, o yo a ella. Y me dejo mecer, serenar, apaciguar por esta sensación de tiempo que avanza, pero a la vez se detiene devolviéndome, de alguna manera, a casa.

Y tras esos momentos iniciales, apenas unos minutos, hago un repaso visual de lo que me rodea.

Los mismos edificios altos y casas bajas, los coches aparcados, las caras, que podrían parecer incluso las mismas. Ese gato blanco con manchas negras ¿o eran marrones? Parece un poco más torpe, pausado y viejo, pero el mismo gato después de todo, adornando el paisaje, como siempre, descansando en el tejado. Tal vez las palmeras del jardín se vean algo más secas, o los setos más altos, menos recortados. Pero nada llamativo que capte la atención del observador a primera vista.

Esa sensación de atemporalidad lo domina todo.

Y frente a mí, imponente, majestuoso, dominante, el mar… También ese mismo mar azul intenso, infinito, con su rugido constante de siempre, que acaba colándose en el subconsciente, dejando de ser perceptible con claridad para ser algo así como la banda sonora de esta película de reposición a la que regresamos cada verano.

Me siento en la vieja silla de forja repintada tantas veces de blanco y me dejo trasportar a través de los recuerdos.

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Ilustración de Carolina Cohen

Antes de que el sol caiga de pleno en las horas centrales del día, todos nos reencontramos poco a poco en la playa. Los abuelos, por lo general más madrugadores, ya hace rato que bajaron a charlar con los pescadores a medida que regresan al alba de la faena de la noche.

La orilla se va adornando de sombrillas de colores, toallas, cubos y palas, flotadores y bañistas. Grandes y pequeños, gordos, delgados, morenos, calvos, algunos con la piel enrojecida por el sol, otros arrugados por los años, todos inician su habitual ritual, como si de un guion se tratara.

Unos charlan con otros. «Cómo va la salud», «qué mayores ya los chicos», «no está la mar como otros años», «qué pena lo de María, que ya nos dejó»…, y tantas otras voces y conversaciones entremezcladas.

Otros pasean por la orilla remojando los pies mientras algún padre se afana en que ese sí sea el verano en que su pequeño aprenda a nadar.

Algunos niños, rebozados como verdaderas croquetas, escarban fosos en la orilla, intentando atrapar sin éxito el agua que les traen las olas. Las madres los vigilan atentas, aunque a veces no lo parezca, siempre pendientes del sol, de la crema protectora, de que no se adentren demasiado en el agua o de que salgan, no sin llamarlos a gritos varias veces para beber agua o tomar unos cuantos trozos de sandía fresca recién cortada.

Toda esa actividad, casi frenética de día de mercado, se ve interrumpida tan solo por las atentas miradas de los veraneantes que, impresionados, se quedan paralizados, como hipnotizados, por el ruido ensordecedor del helicóptero que sobrevuela la costa con paneles ondeantes publicitarios y arrojando desde el cielo pelotas de plástico infladas de alguna marca conocida.

Se produce entonces un gran revuelo entre los niños, empeñados en apoderarse de alguna. Todo un espectáculo, una fiesta diaria, antes de que el calor sofocante anuncie el obligado regreso al cobijo de las sombras.

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Los afortunados que tienen piscina no entran de nuevo a casa sin antes darse un último remojón. Los que no se quitarán el salitre del mar con el frescor de una ducha, aunque, en ambos casos, el efecto durará poco. En el ecuador del día solo el canto de las chicharras se atreve a acompañar a la melodía del oleaje.

Las familias se refugian en casa frente a ventiladores o aires acondicionados.

Los que vinieron solo de visita a pasar el día ocupan las mesas de los restaurantes, con la puerta cerrada, para que no se escape el fresco.

Solo unos cuantos valientes continúan salpicados en la orilla, bajo las sombrillas y con sus neveras portátiles, combatiendo las altas temperaturas entre baños y bebidas frías.

Son horas de contrastes. Brindis y risas de algunos, con sobremesas de sofá, películas, lecturas y siestas para otros.

Pero las calles, desiertas, vacías, agonizantes…

Unas largas horas por delante en las que todo se paraliza, pues solo moverse produce un sudor irrefrenable que te cala de pies a cabeza, dejando la piel pegajosa, las ropas mojadas, el pelo apelmazado y la respiración más lenta.

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Solo cuando los rayos de sol inciden ya de modo indirecto, indicando que ya pronto se ocultarán tras las montañas cercanas, los niños vuelven a invadir con urgencia las calles y a llenarlas con sus gritos, voces y carreras.

Todos corren como locos hacia ese camión de los helados con el que han estado soñando todo el invierno, haciendo cola con una moneda en la mano, salivando mientras se imaginan ya saboreando granizados de limón, horchata, cucuruchos de turrón o de leche merengada o un corte de vainilla.

Corretean libres por las calles, ajenos a otros peligros, a lametones con los helados, que se les derriten en las manos pringosas mientras en el ambiente se mezclan los olores de tortillas de patatas, sardinas fritas, carnes a la brasa, que se tomarán para la cena al fresco, ahora sí, de las terrazas y los patios, ya que por fin la temperatura da un pequeña tregua. Y ese es, sin duda, el mejor momento de todos.

La noche, con su llegada, despierta a las gentes de su letargo. Los vecinos se hacen a las calles con sus sillas a compartir horas y horas de distendida conversación. Alguien se arranca con alguna canción o incluso la acompañan con la guitarra.

A medida que la temperatura baja, los ánimos se van caldeando con vino fresco, cervezas bien frías o sangría, mientras los niños, incansables, juegan sin parar. En esas veladas se transmiten historias de generación en generación, se recuerdan anécdotas, se desvelan secretos, se reordena el mundo, se imagina el futuro…

Todo se llena de ruidos, de voces, de risas, de luces, de vida.

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Los jóvenes se refugian en la oscuridad de la playa mezclando con alcohol el descubrimiento de los primeros amores, besos y caricias. Al fin y al cabo fue así como nosotros nos conocimos, solo que con algo más de miedo a ser observados, descubiertos.

Los chiringuitos sobre la arena, bajo la hipnótica melodía de la música chill-out, reparten entre los clientes cócteles, gin-tonics y combinados.

El frescor de la madrugada atempera el carácter y afianza sentimientos, amistades, mientras pasan las horas, sin que el sueño gane la batalla, sin que las prisas del resto del año frenen los impulsos.

Por eso la noche es, sin duda, el mejor momento, el más mágico. Esas noches de verano que permiten detener el tiempo. No solo en las veinticuatro horas de ese día, sino en el devenir de los años, pues aquí da igual que seamos más viejos, con más canas o que ya no estemos todos los que éramos.

Bueno, eso intento, que dé igual, que sea igual ahora que antes, ayer y hoy… Pero no lo es, porque tú no estás. Tú ya no regresas conmigo. Pero por eso vuelvo aquí, tratando de encontrarte, de sentirte más cerca en la inmensidad de estas noches eternas porque, de alguna manera, sé que tú estás aquí, formando parte de esto.

Porque es el mismo mar, la misma brisa, las mismas sombrillas de cada mañana, los mismos calores. Son parecidas quejas, charlas y añoranzas, también las mismas tardes, los mismos niños llenos de vida. Esos que se encontrarán y crecerán y se enamorarán, como nosotros.

Y volverá a ser la noche la que nos despierte, para buscarnos y reencontrarnos. A unos con otros en las calles, en los bares, pero también a nosotros mismos, en mitad de ese pasado desdibujado, que aquí siempre cobrará forma de nuevo.

 

Raquel Esteban

 

 

 

Le veo subir la calle

Autor@: Carolina Cohen
Ilustrador@:
Corrector@: Mariola Díaz-Cano Arévalo
Género: Prosa poética
Rating: Todos los públicos
Este relato es propiedad de Carolina Cohen. La ilustración es propiedad de Pilar Leandro. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Le veo subir la calle. 

En un tiempo sin precedentes emana la noción de espacio. La Noche, en su respiración se agita sin dejar dudas de los vestigios que le aquejan. Perseguida a sí misma por sus pasos lerdos, entre pisadas desleídas, entre pisadas que se desvanecen, de distancias andadas en jornadas estivales donde el calor intenso no deja alternativa, se fragua el conteo regresivo para que los párpados, solo algunos párpados se proyecten en caída.

Apareciendo en escena se entremezcla con su cantar austero, divino, satinado su manto de seda, derramado de estrellas. Una palabra se confiesa entre manos temblorosas y brazos abiertos; unas veces, dudas, puños cerrados y sudores en la frente, y otras, una familia se deja ver a través de la ventana mientras sonríe las anécdotas de los años clausurados.

Llena de impactos se sacia plenamente, y se vacía, entre el estómago y el hielo, el cuerpo manchado, y la mirada que deja la impresión precisa que al día siguiente busca sustraerse entre colores y tintas. Se dibujan los cabellos y vuelan las aves. Y ahí está, entre danzas que retumban con sus timbales y guitarras, impregnado el aire de sudores y esencias, en sus silencios de sepulcro que no dejan escapar ni el murmullo de la muerte.

Ilustración de Pilar Leandro

Miles de veces, tras cada atardecer, por arduas generaciones de las conocidas y las que el pensamiento no logra procesar, infinidad de mentes al unísono le nutren, imaginan, construyen, energizan con ideas y dan vida. Pero le veo pasar, cuando aún me ensimismo en mi cigarro intentando entender en qué punto me encuentro. Le veo pasar por la calle y recoger los cansancios, los alientos que se entremezclan entre la madera de los barrios. Mitos, leyendas, fantasías. Las creencias que impulsan, y aún más, que paralizan. Miedos ancestrales que siguen batallando ansiedades.

Aparecen los insectos y la inconsciencia del lado oculto que busca encontrar su propia luz. Entre la luna y el sol, el equilibrio de las notas del piano. Me deslizo suavemente al interior de mi vivienda y veo arder la vela consumida, al tiempo que me doy cuenta de que, con insistencia, ahora se encuentra subiendo la calle. El reloj suma minutos despiadadamente, hasta que un silencio se impone sin permitir la lectura.

Carolina Cohen

 

Seres de la noche

Autor@: Olga Besolí
Ilustrador@: Rafa Mir
Corrector@: Mariola Díaz-Cano Arévalo
Género: Fantasía urbana
Rating: + 12 años
Este relato es propiedad de Olga Besolí. La ilustración es propiedad de Rafa Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Seres de la noche. 

Hay muchas leyendas en torno a los seres que nos refugiamos en la oscuridad: hombres lobo, vampiros, brujas y nigromantes, espíritus, fantasmas y demonios.

Sé que te han enseñado a temernos, que te han advertido de que somos maléficos y si te encuentras con uno de nosotros de forma fortuita, en plena noche, probablemente tu vida llegará a su fin. Eso no es del todo cierto, al menos no en todos los casos. Reconozco que los hombres lobo pierden la capacidad de controlar sus instintos en las noches de luna llena, y son como animales salvajes que despedazan sin compasión alguna a quien se encuentre a su paso, transmitiendo su enfermedad a los supervivientes. Sí, porque si dejamos los prejuicios a un lado podríamos considerar la licantropía como una infección vírica que se contagia de un sujeto a otro a través de la saliva. Bueno, quizás esta sea la primera infección históricamente reconocida que se transmite a través de un fluido corporal, pero solamente es una más de las muchas a las que estamos expuestos hoy en día, algunas de ellas incluso más peligrosas.

Por otro lado, no sé de ningún caso en el que alguien, en un encontronazo nocturno con una bruja o un nigromante, haya sufrido mal alguno si no era ya antes objeto de la persecución y maleficio de esa bruja o nigromante. La magia tiene esas cosas: uno no puede escaparse de su alcance, esté donde esté y vaya donde vaya, ni refugiándose en la oscuridad ni bajo los rayos deslumbrantes del sol. Y sus efectos demoledores te pueden alcanzar en el momento más inesperado.

En cuanto a los espíritus y los fantasmas, ¡por Dios, son seres incorpóreos! ¿Qué pueden hacerte? Sí, pueden mover objetos (si ponen mucho empeño y energía en ello), pero normalmente son objetos ya móviles de fácil arrastre, como es una puerta que se cierra de repente, una persiana que se enrolla sola o un pórtico que se bate sin una brizna de viento. Pero ¿has visto alguna veza un fantasma o un alma en pena mover algo que pese, pongamos una roca, un banco del parque o un barril? No, no hay energía suficiente en un ser hecho de emanaciones (en realidad, la sustancia de la que están hechos estos seres se llama ectoplasma, y en su máximo espesor puede llegar a tener la consistencia de un moco viscoso) para mover grandes sólidos, así que no hay que preocuparse mucho de ellos. A no ser, claro está, que estés en una estancia repleta de pequeños objetos punzantes que puedan ser lanzados como dardos, tú ya me entiendes.

Y sí, sé que los fantasmas os asustan mucho, con esos alaridos y ruidos inexplicables, pero tener una casa encantada en la que habita uno de ellos, en definitiva, vendría a tener los mismos efectos que provocaría el típico vecino ruidoso viviendo en el piso de arriba: muchas molestias pero ningún problema grave. Ya te digo que los fantasmas y espíritus son usualmente inofensivos. Claro que hay excepciones, como en todo, pero los entes difuntos verdaderamente peligrosos no pululan por la noche o se instalan en viviendas comunes. No, ellos viven en castillos donde fueron emparedados, antiguos psiquiátricos en los que fueron mutilados, cárceles medievales en los que fueron torturados y centros de exterminio en los que fueron aniquilados en masa. Es decir, son entes que en sus vivas carnes vivieron todo el terror y dolor del mundo, y desde entonces buscan su eterna venganza en el mismo lugar en el que perecieron.

Los demonios, en cambio, sí son algo serio y a tener en cuenta, pero solamente afectan a los creyentes de verdad, que siguen las doctrinas. Es decir, si no eres un alma pura de Dios, bendecida con su luz, y eres un ser especial, los demonios van a pasar de ti como de la mierda, con perdón, porque ni te van a ver. En la lucha que se desata desde hace milenios entre las fuerzas del bien y del mal, entre los ángeles y los demonios, ningún ser humano tiene cabida a no ser que forme parte activa de una de las huestes: o sea, un devoto satánico o un santo angelical. Todos los demás permanecen ajenos a ello, curas y monjas incluidos. Otro cantar son aquellos que padecen los estigmas en sus carnes (síntoma inequívoco de beatitud), obran milagros o tienen visiones celestiales.

Ilustración de Rafa Mir

Y luego estamos los vampiros, que quizás somos los más temidos de todos, ¿verdad? Por nuestro porte pálido, nuestras maneras aristocráticas, nuestros afilados colmillos y nuestra sed de sangre… ¿Te estoy asustando? No lo estés, que esta noche, como ves, ya he cenado. Estoy de acuerdo en que somos peligrosos, porque somos unos depredadores natos, ágiles y sigilosos, como los felinos. Nuestra vista está perfectamente adaptada para ver en la oscuridad y nuestro olfato es como el del tiburón, que puede oler la sangre a kilómetro y medio de distancia. Y sí, no tenemos reparo en quitar la vida de aquellos de los que nos alimentamos pero, a cambio, de vez en cuando, concedemos la vida eterna.

A mí los siglos de experiencia me han enseñado que es mejor dar a escoger ese poder y no otorgarlo sin permiso, porque las consecuencias, para bien o para mal, son eternas. Siempre he creído que uno tiene derecho a escoger si quiere vivir, quiere morir o quiere experimentar una noche eterna, de igual forma que yo elijo a mis víctimas en cada incursión nocturna. Y hoy he escogido a tus violadores.

Eso sí que no lo viste venir, ¿verdad? Te han enseñado a temer a los monstruos, pero no a tus propios congéneres, y mucho menos a ese chaval con buena pinta que en las redes sociales parece inofensivo y con el que probablemente has quedado por WhatsApp, aunque una vez en la cita aparece con esos cuatro amigotes dispuestos a destrozar en manada la vida de una chica joven que tenía todo el futuro por delante. Ellos son el verdadero peligro, los verdaderos depredadores que acechan en la oscuridad de la noche. 

Y me da pena no haber salido antes a cenar, chica. Tras el despertar, me entretuve visitando unas mazmorras tras mi usual paseo por el cementerio, y ahora me arrepiento. Me habría gustado pararlos antes de que te destrozaran la vagina, pero como consuelo te queda que al menos sigues con vida y ninguno de los cinco tiene ya ni una sola gota de sangre en sus cuerpos.

Lo que sí puedo hacer es darte a elegir. Escucha atentamente.

La primera opción es que te dejo a las puertas del hospital, y seguirás viva, pero con graves secuelas. Tu vida y tu vida sexual nunca volverán a ser como antes. Tras años de terapia seguirás sintiendo miedo a estar sola y a la oscuridad, y cada vez que veas más de dos o tres chavales jóvenes juntos se te erizará el vello y quizás entres en pánico. No sé si podrás tener hijos, eso te lo dirán los médicos, pero por los destrozos que veo te auguro que no. Y quizás puedas rehacer tu vida, encontrar una pareja y casarte, incluso adoptar niños, pero nunca se borrará de tu mente la imagen de lo ocurrido. Seguirá ahí, royéndote por dentro e impidiendo que seas feliz.

La segunda opción es acabar con este dolor que te quema las entrañas. Puedo hacerlo rápido, como una eutanasia en la que te adormecen. Solamente tengo que chupar hasta la última gota de sangre (y no es mucha la que te queda ya en el cuerpo). Yo ya he cenado, pero siempre dejo un pequeño espacio por si aparece algún aperitivo suculento. Y te prometo que no notarás nada, solo un pequeño pinchazo en el cuello porque te adormecerás para no despertarte jamás. Esa opción te dará la paz y el descanso eterno que quizás ansías en estos momentos.

La tercera es otorgarte la vida eterna. Sentirás el mismo pinchazo en el cuello, y notarás que te mueres, pero no lo harás. Tu cuerpo combatirá y se desatará una lucha feroz entre la vida y la muerte dentro de ti, que terminará con un empate que desembocará en la no muerte. Sentirás dolor y quemazón, y el trago no es agradable, pero tras eso tu cuerpo se sanará a sí mismo y podrás levantarte por tu propio pie. Eso sí, no podrás volver a ver a los tuyos ni tampoco la luz del sol. Vendrás conmigo y yo te enseñaré a alimentarte y otros placeres de la vida inmortal. Eso no quiere decir que llegues a experimentar eso a lo que llaman felicidad, porque el recuerdo de lo sucedido te acompañará, pero sí podrás vengarte en alguna forma. ¿Cómo? Pues escogiendo bien la cena y librando a este mundo de violadores, rateros y otra inmundicia, por ponerte un ejemplo.

Pero la decisión es tuya… ¿Qué eliges?

Olga Besolí
Julio 2022

 

La bailarina y el piano

Autor@:
Ilustrador@: Paloma Muñoz
Corrector@: Mariola Díaz-Cano Arévalo
Género: Micro relato
Rating: + 12 años
Este relato es propiedad de Pilar Leandro. La ilustración es propiedad de Paloma Muñoz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La bailarina y el piano. 

Sólo sombra. Me perturba la esencia de algo que no culmina en pupila alguna, que se mece sobre mis pensamientos para hundirme en su profundo entierro. Cada noche la oigo. Me pide aplausos. Es ella, sin duda, no es él. No podría ser él pues su voz es más que aguda, una daga; cálculo exacto de notas y silencios. Cada noche me retuerce en mi lecho de agujas mal enhebradas. Entiendo que me requiere, son sus perfiles en mis esquinas y su sombra en mis rincones su semblante.

Su sueño era ser bailarina, pero se quebró en mil pedacitos de calcio y se le escapó el alma.

Veo como danza con las velas, un trance sublime, mas no hay vela que no apague; recelosa y amargada culmina su danza con llanto fúnebre y rompe en soplo la llama.

Haré la melodía más hermosa que haya existido nunca para que ella baile.

También al viento con las cortinas se estremece en románticos pliegues azules y ella de golpe enturbia su risa con un cierre violento de ventana y cristales rotos.

Se presta a mí en las esferas somnolientas para que la meza con silbidos de respiración plácida.

Tengo las notas y el compás de mi sinfonía para ella, la bailarina.

A golpe de tecla convenzo al piano para que cante. Mi bella sinfonía está sonando y ella viene enfadada a tronar sobre el teclado, me cierra la tapa, y arde la partitura. Vuelvo a deslizar mis dedos por el piano; ambos, viejos amigos, invadimos la casa de acordes. Todos los muebles gimen, todo se derrumba; mis libros, los cristales, los cajones… Un silencio largo. Se me erizan los pelillos de la nuca. El ventanal fue abierto, entra la luna y las cortinas se retuercen de frío. Entonces, cuando mis dedos exhaustos comenzaban a desafinar, su figura más que bella, inaudita, divina, atraviesa sin pudor de un lado a otro de la luna y danza como nunca danza se vio antes. No hay límites en su vuelo pues es etéreo y se funde con las paredes. Mirarla, es embrujo y es poesía, y toda una melodía de notas no alcanza a cubrir de lleno sus pasos volantes ni sus brazos infinitos. Su cabello, es plata y añil.

-Sigue cantando, amigo, nuestra bella dama no quiere dejar de bailar, son sus sueños cumplidos hoy entre tu tecla y mi palma fría. Canta amigo que es mi amor lo que te brindo para que seas mi fiel celestina. ¿Ha de besarme ahora? ¿Lo hará? Son sus labios gélidos silbidos que yo ansío para calmar mi músculo insano latente. Dile que me bese. Noto de pronto mis labios sellados por un aura invencible de hielo gris. Devuélvele el beso, amigo, devuélveselo con un la menor y un silencio prolongado. Ahora dile que la amo. ¿Qué es brillante que cae de su rostro pulido? ¿Es llanto? Es llanto mi amigo, ¿acaso ella no me ama? ¿Es por amor su triste balanceo? Dile que no llore, que cese su llanto tu hábil susurro.

Está detrás de mí, su figura ha pintado forma en el espejo que me enfrenta, esta detrás de mí su sutil presencia y me abraza el cuello con sus manos.

-No calles, amigo, sigue cantando, no dejes que mis dedos cansados te silencien, no dejes que mi muerte sea la tuya.

Sobre mis teclas yace el músico, muerto de amor, rígido y gélido. Mas mis teclas aun se hunden en alaridos y ella sonríe porque al fin estamos solos. 

Pilar Leandro

Ilustraciòn de Paloma Muñoz

 

52ª Convocatoria: Lluvia

Lluvia.

El niño de hojalata

Ilustración de Rafa Mir

Antes de nada creo que debo presentarme. Me llamo Hipólito y una vez fui un niño de hojalata.

En la ciudad donde vivía todos y cada uno de los habitantes estaban hechos de hojalata y carecían de corazón. -¡Yo ni siquiera sabía lo que era un corazón!-. Aquella ciudad podía ser hermosa o siniestra, o ambas cosas, o ninguna de las dos para un hombre de hojalata. Siempre desprendía ese olor ferroso y chirriaba como si las carreteras fueran rabos de ratas gigantes que chillan cuando se camina sobre ellas. Los edificios parecían árboles muertos que aún se deshojan o se deshojalatan y dejaban caer con estruendoso gemido las láminas sobre el asfalto. Pero era hermosa nuestra ciudad, como un juego de acrobacias luminosas, como una caja de música vieja y estridente; los ocasos en ella hacían magia con las latas escarchadas; todo, pintado ya como estaba del cobrizo óxido, se encendía en una llamarada incandescente. Y cuando llovía… Ay, la lluvia… Entended que estábamos hechos de hojalata, temíamos al agua más que los gatos, una ducha nos lisiaba por días, nos corroía las extremidades como un veneno. Y, sin embargo, cuando una tromba de agua asolaba las calles vacías todo retumbaba con la exquisita belleza de una orquesta gigantesca en el momento más dramático de la ópera. Yo, sentado junto a la ventana, fruncía el ceño con rabia mientras mi tambor enlatado latía al ritmo del aguacero. La lluvia era una de las cosas más fascinantes que había visto en mi vida, todo en ella generaba emoción en mí: la primera gota, con la que el avisador de tormentas daba la alarma, esa alarma y su espeso zumbido como el de la bocina de un transatlántico; el bullir de los rumores inquietos que emergían con prisa desde el silencio hasta hacerse ensordecedores; y de pronto, la calle quieta y el cierre orquestal. Todo como una ópera pánica.

Fue en una de esas tempestuosas lluvias cuando el resto de mi vida se deshiló definitivamente de la bobina prieta y ordenada que había sido.

Dije que todos eran de hojalata, pero no era así; había una niña, una de carne y hueso; se llamaba Estela. Estela despertaba en mí una atracción que no sabía descrifrar, “Tendrá algún imán escondido; quizás bajo su vestido; quizás a sus espaldas”, pensaba yo. Aquella tarde, Estela estaba sentada en un adoquín deslizando un palo sobre la carretera, haciendo caso omiso a los seres de latón que iban y venían pues para ella no éramos más que una farola o una rueda. Ni siquiera parecía escucharnos. Sin esperarlo, un niño de hojalata comenzó a gritar estremecido “¡agua, agua!”, inmediatamente después el avisador de tormentas hizo retumbar la alarma. Durante unos segundos la histeria colmó las calles y todos corrían rechinando unos con otros como las entrañas de una máquina. Estela continuó sentada, tan sólo levantó la vista y contemplaba el alboroto sin esbozar mueca alguna. Pero tampoco yo me moví. Me quedé allí, de pie, en medio de la calle, sin poder dejar de mirarla, de tal manera que todo a mi alrededor resultó estar disuelto en una nebulosa onírica ajena a mis sentidos.

Todos se fueron y la lluvia me estaba empapando. Entonces ella se levantó con un movimiento pausado y se acercó a mí lentamente; con una expresión de extrañeza y algo soberbia me dijo “¿Tú no tienes miedo?”. Y yo, que no sabía lo que era un corazón, noté de pronto el percutir rotundo bajo la coraza derrumbando el muro que me contenía. Estela puso su mano pálida sobre mi pecho con curiosidad y en su cara afloró al instante una sonrisa enorme, ancha y generosa; pues descubrió que a partir de aquel momento ya no estaría sola. Y yo, en lo que concernía a Estela, ya no sería jamás un niño de hojalata.

Pilar Leandro

Lluvia

Autor@: Carolina Cohen
Ilustrador@: Rosa García
Corrector@: Mariola Díaz-Cano Arévalo
Género: Prosa poética
Rating: Todos los públicos
Este relato es propiedad de Carolina Cohen. La ilustración es propiedad de Rosa García. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Lluvia.

El cielo está nublado y, aun así, se repite intermitentemente. Se limpia los ojos y se enjuga el rostro como un misterio que pasa casi inadvertido. Sobre las calles impregnadas de gente, el deseo busca expresarse en un estallido furtivo de pulsiones, de amores que ponen a vibrar los átomos irremediablemente.

Una pintoresca sonrisa sobrepasa el acto humano, y las palabras se empeñan en salir en su intento de circundar los oídos, en un oleaje inusitado de ruido. Ella y ella se encuentran, sin planificación alguna. Ocurre simplemente, sin más. Un soplo de ironía y un rayito de violencia manchan levemente sus rostros al rozarlos. El tono es entre azul y rojizo. Los labios, rosas.

— ¿Cuándo te vas?

  • Mañana.

— ¿Pero por qué hasta ahora me lo dices? ¿Qué pasará con lo nuestro?

El reproche se arrastra entre las vísceras. Busca salir cual si fuera un proyectil.

—Te dije que mi madre no podría soportarlo, y apenas me atreví a contarle mis planes sin detalles.

— ¿Y qué piensas hacer ahora?

La cuestiona sin más presión que la frivolidad de lo ya pasado.

Ilustración de Rosa García

Los pasos por la acera de la gran ciudad se deslíen entre el chapoteo y el frío. Los dedos, las manos y los brazos se hielan al salir al encuentro de los cuerpos que ponen límite simbólico al riesgo de muerte.

En un local cercano se repite la desaparecida imagen de la noticia amarillista. El hipo hace que el dolor se atragante. Se tose, se estornuda. Invade el torrente sanguíneo haciendo que sea imperceptible cuando se difumina. El mismo sonsonete de la semana pasada, y la anterior, y la de los tiempos que se esfuman, cuando se informa del desgarrador dolor de una madre que ha perdido a su hija, a parte de su sangre, de su piel, de su historia. La pieza articulada en sus creencias. Con los días, el impacto se mitiga.

Carolina Cohen

Llueve

Autor@: Jorge Moreno
Ilustrador@: Paloma Muñoz
Corrector@: Mariola Díaz-Cano Arévalo
Género: Drama
Rating: Todos los públicos
Este relato es propiedad de Jorge Moreno. Las ilustraciones son propiedad de Paloma Muñoz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Llueve.

Llueve.

No, diluvia.

Parece que alguien desde el cielo está echando jarros de agua sin parar. Uno tras otro. Sin descanso.

Por un momento piensa que es su padre llorando desde allí, porque hoy no está con él.

Ilustración de Paloma Muñoz

Se protege con un paraguas que no impide que sus ojos estén nublados, borrosos por el agua de sus propias lágrimas.

Cada vez que intenta pronunciar una palabra a la lápida del nicho, le llegan más lágrimas y se le cierra la garganta.

Pensaba que le costaría menos. Hace tiempo que su padre se fue. No. Hace tiempo que dejaron allí su cuerpo, marcando unas coordenadas a las que acudir de vez en cuando a llorar y a hablarle al silencio y a su ausencia.

Sí, hace tiempo, aunque no es capaz de medir en una escala ese vacío. Sabe que hace menos de un año, porque es el primer 19 de marzo que él no está, que no puede decirle «Felicidades, papá», ni darle un beso, ni abrazarle, ni tomarse unos pasteles con él.

Intenta hablar de nuevo, pero vuelve a llorar. Sabe que no podrá decirle todo lo que había pensado soltarle ese día. Quizá otro día, más sereno, un día que no estuviera marcado en su calendario con ese color invisible de los días más dolorosos. Sabe que cuando salga de allí se le pasará. Montará en el coche, pondrá la canción, la de siempre, no porque sea un ritual escucharla cada vez que va a verle, sino porque es la que le apetece oír después de hablarle, y entonces le dirá mentalmente todo lo que había pensado, sin llantos, con lágrimas en el alma.

«Felicidades, papá», logra pronunciar al fin, con la otra voz, no la suya, esa bajita, sin fuerza, la que no reconoce como suya.

Aprieta los ojos y los labios. «Te quiero, papá». Otra vez con esa voz.

Sabe que no va a decir más.

Mira a su derecha y ve que hay un hombre. ¿Cuánto tiempo lleva allí? Podría ser que estuviera incluso cuando él llegó. No lo recuerda. El camino al nicho de su padre lo tiene grabado, como algo mecánico, como el que va al trabajo sin recordar el camino que ha recorrido ni lo que se ha encontrado en el trayecto.

Se seca las lágrimas para verle mejor.

Aquel hombre no tiene paraguas. El agua le cae encima, calándole por completo. Podría haber salido vestido del mar y no se notaría la diferencia. Tiene la camisa pegada al cuerpo y el brazo derecho extendido, tocando la lápida. Mira al frente, sin moverse. Imagina que está llorando, aunque no podría diferenciar si son las lágrimas o las gotas de lluvia.

Por la cercanía al nicho de su padre deduce que él también perdería al suyo por las mismas fechas y que también sería su primer día del padre sin su padre. Siente tentación de ir a su lado, posarle una mano en el hombro para hacerle sentir que no está solo, que le entiende, que su dolor es el mismo que el suyo, aunque sabe que no lo hará. El dolor es privado.

Sube más el paraguas para ver la lápida que toca el hombre.

Ve que no está quieto del todo, que sus dedos acarician el perfil grabado en la piedra de una jirafa de dibujos animados.

Llora, fuerte, con su propia voz.

Y esta vez no es por su padre.

Jorge Moreno

 

A través del cristal

Autor@:
Ilustrador@: Rafa Mir
Corrector@: Mariola Díaz-Cano Arévalo
Género: Relato
Rating: Todos los públicos
Este relato es propiedad de Raquel Esteban. La ilustración es propiedad de Rafa Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor.

A través del cristal. 

Aquellas tardes de primavera, cuando el cielo se ennegrecía y se desataba la tormenta,  Germán se sentaba en la butaca de terciopelo verde junto al gran ventanal del salón, el que daba al jardín. Desde ahí podía apreciarse toda la extensión del valle y las sombras que, sobre él, proyectaban las nubes. 

Ilustración de Rafa Mir

Descorchaba una botella de vino tinto y, con una copa entre sus manos, permanecía allí, en silencio. Deslizaba el líquido denso en círculos sobre el cristal, hipnotizado con el movimiento repetitivo, mientras escuchaba  el repiqueteo constante de las gotas, que, tras golpear, caían deslizándose por la ventana.

Entonces solo la acercaba  a los labios y bebía a pequeños sorbos, deseando que el ardor del alcohol quemara los recuerdos a medida que descendía por su garganta.

Las mismas gotas, la misma lluvia y las mismas copas  que aquella otra tarde, en las que le habría gustado poder beber junto a ella,  para dar pie así a la ansiada reconciliación…

La había querido de verdad, con pasión y entrega. Habían vivido juntos años muy felices. Se habían conocido  por casualidad, curiosamente también un  día de lluvia. Ambos coincidieron al refugiarse del aguacero bajo el toldo de un antiguo café del centro. Empezaron a comentar lo inoportuno de esas tormentas inesperadas y,  tras un rato de espera, al comprobar que no parecía que fuera a escampar en breve, decidieron entrar a la cafetería a tomar algo.

Casi desde el primer momento, se había enamorado de ella. Diferente al resto, atípica con su pelo tan corto y su estilo descuidado, tan delgada, pero a la vez  con una apariencia tan segura, irradiando tanta fuerza, había captado de tal manera su interés, que no paró hasta conseguir que volvieran a encontrarse. Y desde entonces, no se habían separado.

No habían tenido hijos, aunque lo habían intentado sin éxito. Pero, una vez asumida la situación, lejos de distanciarles, habían mantenido una relación íntima, madura, respetuosa… De hecho, eran la envidia de muchos, que alababan su independencia, tanto como pareja, como por separado, en sus trabajos, aficiones… Su posición acomodada, les daba la oportunidad de permitirse viajes y caprichos.

Y derivado de esa libertad, cayó él en aquel terrible error…

Cuando quiso darse cuenta, ya no hubo vuelta atrás. Trató de ocultarlo, pero ella acabó por descubrirlo.

Se había destapado el engaño por un cambio de planes de última hora. Una invitación no comentada para asistir a una exposición en la que coincidieron sin esperarlo, ellos dos, pero también la joven que le acompañaba, a la que él rodeaba por la cintura en una actitud sonriente y complaciente en exceso, como quien muestra públicamente un trofeo. Aunque sin ninguna conducta demasiado comprometedora, ella lo supo en cuanto les vio.

Era tal la complicidad que había existido entre ellos, que le bastaba con mirarle para saber si le estaba diciendo la verdad. Por eso, cuando ella le interrogó directamente, fue incapaz de negarlo.

“¿Desde cuándo?” le había preguntado apenas con un hilo de voz, con las lágrimas rodando por sus mejillas, los brazos cruzados sobre su pecho,  tratando de contener el desgarro de un alma rota.

Y fue tan cobarde, consciente entonces del tremendo daño ocasionado, que no pudo contestar. Todo por un egocentrismo casi pueril, por sucumbir a las debilidades de una autoestima menguada por el paso de los años, por el avance de la rutina, por un capricho, ante la tentación de sensaciones ya olvidadas…

Fue entonces cuando ella se marchó. Y  cuando Germán se dio cuenta de verdad de lo que eso significaba. Perderla.

La buscó, intentó hablar con ella, esperarla a la salida del trabajo, asegurarle que todo había acabado… Pero ella le evitaba por completo.

De hecho, pasaron meses hasta que, para su sorpresa, contestó a una de sus llamadas.

“¿Qué quieres? ¿Qué pretendes?”, le había preguntado. Él había respondido que solo poder darle la explicación que se merecía, verla una vez más, poder disculparse, cerrar un capítulo de tantos años, con una despedida… No le dijo, sin embargo, que tal vez estrecharla de nuevo entre sus brazos, besar sus labios como tantas veces, llorar su culpa y sus remordimientos, confesarle que ningún otro cuerpo, ni siendo más joven, había podido ofrecerle la plenitud serena y segura que con ella encontraba, y sin la cual ahora, se sentía perdido…

Tras un silencio tenso, accedió. Y acordaron la hora aquella tarde, en la misma casa que habían compartido tantos años, que había decorado ella con tanto esmero, de la que se había marchado meses atrás.

Él, nervioso, buscó la mejor botella de vino, pues juntos disfrutaban a menudo de brindar a la caída de la tarde, dejándose embriagar por los aromas y el bouquet de un buen tinto, en copa de cristal grande y de boca abierta. Y un ramo de tulipanes, sus flores preferida, los primeros de la temporada…

Llegada la hora y todo dispuesto, aquella otra tarde de primavera, empezó a llover. Y lo que parecía una lluvia fina, acabó en una fuerte tormenta. El cielo se oscureció de repente. El agua, como ahora, golpeaba con fuerza los cristales, y se acumulaba en grandes charcos frente al porche de la casa.

La llamó por teléfono, pero no contestó. “Debe ir ya conduciendo hacia aquí”, pensó. Pero las manillas del reloj fueron avanzando, sin que la fuerte tormenta amainara, y ella no apareció. Borracho tras ahogar su dolor en el líquido ingerido y quedar por dentro tan vacío como la botella, pensó que se habría arrepentido, que  habría cambiado de idea.

Solo horas después le avisaron de la desgarradora noticia sobre el accidente del vehículo, aún a su nombre, que se había precipitado por la pendiente de aquella curva, que tal vez ella tomó a excesiva velocidad para la cantidad de agua acumulada en la carretera.

Aquella otra tarde, como hoy, como todas las tardes de lluvia, él se refugiaba de nuevo en el color oscuro del alcohol, que le hacían volver a imaginar la sangre de ella sangre derramada, de su cuerpo ya sin vida. Ése que con su muerte, le mató también a él, dejándole prisionero del sufrimiento de su ausencia.

Desde entonces, las gotas de lluvia que golpean el cristal, que serpentean  por las hojas de las ventanas de ese mismo salón, sirven para ocultar sus propias lágrimas, si bien no para borrar las huellas de la pesadilla. Ésa, la pesadilla, intenta dormirla bajo los efluvios de la bebida, intentando no pensar, no sentir… Dormir para solo despertar cuando el sol asome de nuevo, dejando que penetre en sus sentidos el olor a tierra mojada. E intentar sobrevivir, hasta que una vez más le torture el aterrador sonido que anticipe una nueva tormenta.

Raquel Esteban Hernández

 

 

 

Mutagénesis

Autor@: Olga Besolí
Ilustrador@:
Corrector@: Mariola Díaz-Cano Arévalo
Género: Fantasía urbana
Rating: + 13 años
Este relato es propiedad de Olga Besolí. La ilustración es propiedad de Pilar Leandro. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Mutagénesis. 

Lee estaba comiendo. Sus padres la habían dejado sola en casa y, como tenía hambre, se cocinó unas tiras de pollo salteadas con verduras, plato que acompañaría con un suculento cuenco de arroz. Ese fue su primer error.

A los pocos días, tras lavarse la cara, descubrió una pequeña lesión cutánea de extraño aspecto en su mejilla derecha. No le dio más importancia. No le dijo nada a sus padres por no alertarles. Segundo error.

Esa misma noche tuvo relaciones sexuales con su novio, un joven llamado Chang que, a la semana, vio cómo su piel era invadida por unas llagas que supuraban, erupción que le llevó a urgencias.

Allí, el médico que lo examinó no pudo encontrar la causa de la aparente y desconocida enfermedad de la piel y lo derivó a un famoso dermatólogo, el doctor Chuan.

Durante la visita con unos de los mejores especialistas de la piel, Chang tuvo que asimilar dos pésimas situaciones: la mirada atónita del doctor Chuan mientras le comunicaba que su enfermedad cutánea era algo nunca visto antes —ni siquiera aparecía en los libros— y el mensaje telefónico que le comunicaba que su novia Lee acababa de sucumbir ante una extraña enfermedad contagiosa y desfiguradora.

En pleno shock, el doctor Chang le sacó el contenido de la llamada a Chuan antes de que este rompiera a llorar unas lágrimas de una extraña viscosidad verdosa. Inmediatamente, y más asustado que nunca, el doctor se apartó de él y activó el protocolo de urgencia para enfermedades altamente infecciosas.

Antes de que trasladaran a Chang en camilla —sobre la que, a los pocos días, moriría— a un lugar absolutamente aislado y aséptico en el que moriría, uno de los asistentes vestidos con EPI, por orden del doctor, que seguía manteniendo las distancias con el paciente, le extrajo una de las lesiones del brazo mediante una biopsia y le entregó el tubito al doctor. Ese mismo día envió la muestra a un laboratorio científico.

Cuando el microbiólogo del laboratorio analizó las biopsias de dos pacientes, uno llamado Chang y otro llamado Lee, se quedó pasmado ante los resultados: no había virus, ni tampoco bacterias, sino un tipo de microparásitos de morfología totalmente inusual.

Llamó a su jefe de proyecto, que acudió inmediatamente y puso las muestras bajo la potente lente de un microscopio estereoscópico para conseguir una imagen en 3D. Los microparásitos carecían de cuerpo y tenían múltiples extremidades. Eran como una especie de pequeñas antenas radiales que salían de un centro, como si se tratase de un montón de agujas entrelazadas de forma esférica. Pero indudablemente esos montones de agujas tenían vida: fagocitaban las células de su alrededor y se multiplicaban exponencialmente.

Automáticamente, y con el máximo cuidado, el jefe de proyecto mandó introducir las muestras en una caja sellada que las mantendría frescas e incorruptas dentro de una nevera plagada de placas de Petri hasta nuevo aviso y, después de hacer que el microbiólogo desinfectara los utensilios usados, elaboró un informe que no envió al remitente de las muestras, el doctor Chuan, fallecido en extrañas circunstancias hacía solo unos días, sino a sus superiores.

El director del laboratorio científico Xiansen, al recibir el informe de un jefe de proyecto de sus microbiólogos, desempolvó el libro del protocolo de emergencias infectivas, que se encontraba en la caja fuerte. En él había un número de teléfono. No estaba acompañado de ningún nombre, tampoco de una dirección. Era solo un número anónimo en el centro de una hoja en blanco. Como consideró que estaban en una situación de emergencia, descolgó el teléfono y llamó a ese número.

Al otro lado del hilo telefónico, el jefe de Seguridad Sanitaria del Estado mandó un equipo a descontaminar la zona posiblemente infectada y recabar toda la información posible sobre la expansión de algún tipo de virus extraño que los inútiles del laboratorio no habían sabido identificar correctamente.

En solo unas pocas horas unos especialistas enfundados en trajes aislantes de alta seguridad y máscaras que parecían salidas de un libro de ciencia ficción se llevaban la nevera entera, con las muestras y todas las placas de Petri, y la ponían dentro de un enorme contenedor metálico lleno de hielo seco humeante. Requisaban también el informe elaborado y todos los papeles, fichas y anotaciones de los microbiólogos, los que pertenecían al nuevo hallazgo y los que no. Mientras, otros agentes especiales sellaban el edificio del laboratorio central de Xiansen e impedían a sus trabajadores salir de él. Estaban en cuarentena. Ese edificio se convertiría en su tumba, aunque según las noticias locales todo se debería a un incendio accidental.

Vestida en un EPI de alta seguridad y un casco de respiración autónoma aislada, Sien, una de los analistas especializados en virus del laboratorio científico de nivel 4 de la ciudad de Harbin, investigó unas muestras traídas por un equipo de agentes sanitarios especiales en una operación de alto secreto. No le dijeron la procedencia de las muestras ni de qué se trataba. La orden era muy clara y concisa: ignorar las placas de Petri y analizar los tubos con muestras biológicas. En la primera media hora ya pudo descartar el origen vírico o bacteriano de las muestras, pero tardó más de dos largas jornadas de análisis y estudio en llegar a una conclusión que ni ella misma podía creer: los entes biológicos que se hallaban en esa muestra no eran de procedencia terrestre. La desazón que la invadió se agravó en los días siguientes cuando le empezaron a llover más muestras de más víctimas mortales, hasta un total de una veintena, con el mismo patógeno en ellas.

Como era su responsabilidad, y como estaba obligada a hacer con cualquier hallazgo relevante, se lo comunicó al general Tsenyi.

El general Tsenyi se tomó a risa las declaraciones de Sien. ¡Extraterrestres! ¡Estaba loca! Si algo le había enseñado la experiencia es que todo problema procedía única y exclusivamente del planeta Tierra y de los que vivimos en ella. Pero temiendo una nueva epidemia como la del covid, activó sin miramientos el protocolo de seguimiento y contención sanitarias. El paciente cero estaba claro, una tal Lee, una adolescente que tenía aparentemente una vida normal. ¡Bueno, eso ya se vería!

Por si acaso, y con una sonrisa todavía medio escondida por la irrisoria conclusión a la que habían llegado esos científicos chiflados del laboratorio, contactó con su amigo Wang, asesor ejecutivo de la agencia espacial china.

Los enviados por el coronel Tsenyi de la Agencia de Seguridad del Estado, trajeados como siempre, encontraron a los padres de Lee muertos en casa, con terribles lesiones cutáneas. ¡Se podían ver los huesos a través de las profundas llagas! Nadie les había avisado de que era un posible asunto contagioso y, temiendo por sus vidas, salieron como alma que lleva el diablo del edificio antes de llamar a la Agencia de Eliminación de Residuos para que acudieran con la vestimenta adecuada a limpiar todo rastro de ellos. En la calle fueron testigos de algo horrible: todo el vecindario parecía estar infectado por unas horrendas llagas purulentas.

Revestidos con trajes ignífugos, los trabajadores de la Agencia de Eliminación de Residuos, provistos de lanzallamas, siguieron la lista de descontaminación programada, empezando por un barrio entero cuyo foco principal era un edificio de viviendas, un centro médico, unos laboratorios y un centro de nivel 4. La lista de bajas humanas sería de 264, consideradas efectos colaterales.

Por su lado, el doctor especializado en biotecnología Shohin fue testigo de la reunión que los militares mantuvieron con la cúpula de la agencia espacial para la que trabajaba. En ella se discutía el posible origen extraterrestre de una infección que estaba provocando la muerte de algunos ciudadanos. Enseguida lo relacionó con su programa científico espacial Dark Side Moon y llamó a la Coordinadora del Centro de Experimentación Lunar.

La doctora en bioastrofísica Yun, coordinadora de los experimentos biotécnicos de los últimos viajes espaciales chinos, al recibir la información, cotejó los datos con los últimos programas de investigación, llegando a la resolución de que quizás los cereales experimentales de jardinería lunar podrían estar relacionados. Pero antes debía consultarlo con el científico que llevó a cabo el experimento personalmente. Hizo que enviaran un helicóptero en su búsqueda y lo trasladaran a la base de inmediato.

En la sala de interrogatorios de la base el astronauta y científico molecular Dalai Hong contestó diligentemente a todas las preguntas de Yun.

Sí. Él y su equipo, en la misión Oportunity 5, habían expuesto cereales y semillas a la radiación cósmica y a la gravedad cero durante su viaje estelar a la cara oculta de la Luna. El objetivo: que crecieran más y mejor. Todo en un proceso controlado y reportado. «¿Todo, sin fisuras?», le preguntó Yan. «Por supuesto», le contestó él. Pero omitió un pequeño detalle: una lluvia de pequeños meteoritos había impactado contra el casco de la nave durante el viaje de vuelta. Como había producido daños menores, y ellos estaban exhaustos después de dos meses fuera de la Tierra, ni siquiera lo reportó en el momento en que debió hacerlo. Luego, cuando se dio cuenta de que habían afectado al cargamento, ya era demasiado tarde. La mayor parte de las semillas que estaban en la parte externa de la nave no sufrieron daños y fueron aprovechables; las otras fueron diligentemente destruidas.

Ilustración de Pilar Leandro

«Yo no sé nada, debería hablar con el profesor Jin Miang», dijo Dalai para concluir un interrogatorio que se había vuelto incómodo.

En el complejo de invernaderos del profesor Jin Miang, situados en un espacio recóndito y aislado de las oficinas de la central espacial china, el enviado de la doctora Yun pudo comprobar cómo realmente la radiación había afectado a las semillas enviadas al espacio y traídas de vuelta, sin sospechar que la lluvia de meteoritos había incorporado algo más, un microscópico ente biológico que navegaba por el espacio a la deriva dentro de un pequeño fragmento de roca flotante.

Jin Miang, con la cordialidad que le era característica, explicó que los granos de avena habían sucumbido a las bajas temperaturas lunares nocturnas. Y la alfalfa no había prosperado una vez reinsertada en la tierra. Ambas especies se habían vuelto negruzcas, por lo que permanecían en tarros sellados. Pero las orquídeas estaban plantadas en parterres y habían desarrollado formas y colores inusuales. Y en el invernadero principal, completamente anegado de agua, una tercera generación de espigas de arroz se elevaba del suelo encharcado. Habían duplicado su tamaño y producían el doble de granos de una espiga normal.

Era un proceso llamado mutagénesis y el profesor Jin Miang estaba tan orgulloso de él como un padre de su hijo superdotado. Dictaminó que ese arroz pronto sería el futuro de la producción mundial y satisfaría las demandas del hambre. Y más con las necesidades y la hambruna provocadas por guerras e invasiones sin sentido que dejaban a la mitad de la población mundial sin sustento de cereales. De hecho, la segunda cosecha obtenida por Jin Miang, después de pasar satisfactoriamente todos los controles necesarios, se había distribuido a varios granjeros del delta del río Yangtsé para el inicio de su cultivo extensivo.

Al cabo de unos meses se desmantelaron los invernaderos bajo el dominio de la agencia espacial china y se cancelaron todos los siguientes viajes Oportunity. Coincidió con una serie de incendios fortuitos en el delta del Yangtsé y con la desaparición de varios renombrados científicos, biólogos y profesores, todos ellos eminencias en el campo de la biociencia, junto con algunos altos cargos militares que fueron sustituidos por otro personal de confianza, desapareciendo literalmente de la faz de la tierra.

Mientras, las noticias se hacían eco de que algunos de los astronautas chinos famosos por pisar la cara oculta de la Luna estaban muriendo en extrañas circunstancias y desafortunados accidentes.

Pero la verdad de lo ocurrido nunca llegó a oídos de los ciudadanos, demasiado preocupados porque el mundo, ya devastado por enfermedades, guerras y hambruna, se veía amenazado por una nueva plaga, una virulenta y mortal enfermedad cutánea infecciosa y de origen desconocido.

Olga Besolí
Mayo 2022