41ª Convocatoria: La ventana

La ventana.

Ilustración de Rosa García

Nos hablan las ventanas de nuestras vidas,
nuestro fluir abarrotado
las relaciones enclaustradas
los gritos de profundos amores.

Respiran los marcos de nuestras entrañas,
cuando germina el deseo de la vida
cuando se anida el caos y el dilema.

Los cristales nos hablan de la transparencia
¿las verdades dichas o enredadas en los dientes ?
Se salta a veces hacia afuera cuando aflora el juicio
llevamos la consciencia a cuestas.

Nosotros, los otros, ellos mismos…

Una cortina, la persiana y el visillo.

Te miro, que no te encuentro.

Pero aún, cuando llega la noche,
la habitación, la trinchera o la salita
ahí volvemos, con nosotros mismos.

Carolina Cohen Polanco

Brisas de noches y días

Autor@:
Ilustrador@: Rafa Mir
Corrector@: Mariola Díaz-Cano Arévalo
Género: Poema en prosa
Rating: Todos los públicos
Este relato es propiedad de Carolina Cohen. La ilustración es propiedad de Rafa Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Brisas de noches y días.

La ventana pone su oído a la escucha cuando alguien grita desde el otro lado su alegría, tal vez su clamor o su silencio blindado.

Pone sus ojos en miradas pasajeras, perennes, perplejas… u otras, tal vez más fijas, cuando se impone la escena sepia o colorida.

De la ventana proceden las esencias primaverales, y la tibieza de la extensa tarde, con sus sabores frutales, de ardua acidez, dulce y amarga… con sus calores vespertinos que no terminan sino con ensueños.

Ciertas mosquillas revolotean con la mañana, y los mosquitos se acercan a quitar la calma, pero sabes que cuando amanece, todo queda extinto, incluso el deseo de que el amante osado se cuele a través de la ventana.

Me parece escuchar las aves, que dejan volar su escándalo y su dicha por el sol que va imponiéndose, las gaviotas, palomas, loras, golondrinas… Y de repente entran recuerdos, y el pensar de un pasado que se ha roto y se ha hecho presente, dejando sin rumbo mis cabellos.

Ilustración de Rafa Mir

Solo me queda escuchar los chillidos de los niños, las familias y sus días, en medio de sus intrincadas normas y rutinas, mientras remojo mis anhelos y me sumo en los deseos que me otorgan el pensar aquellos ojos dejados devorar en intensiones.

Carolina Cohen

 

 

Desde la ventana

Autor@:
Ilustrador@:
Corrector@:
Género: Fantasía urbana
Rating: + 13 años
Este relato es propiedad de Olga Besolí. La ilustración es propiedad de Paloma Muñoz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Desde la ventana.

Todos los días, al atardecer, se asomaba a la pequeña ventana y oteaba el horizonte teñido de rojos y violetas mientras un suspiro escapaba de su boca. Ansiaba esa libertad que le habían arrebatado hacía poco y a la que se resistía a acostumbrarse. ¡Parecía tan lejano el tiempo en el que podía corretear con sus amigos por los campos! ¿Cuándo podría mojarse de nuevo los pies en las aguas límpidas del riachuelo? ¿Podría volver a hacerlo alguna vez? Su desesperación le decía que no, que todo eso formaba ya parte de un pasado que no regresaría jamás, a menos que el bicho de ahí afuera desapareciese. Pero unos días sustituían a otros, unos meses a otros, y nada nuevo sucedía; el bicho seguía expectante, amenazante, escondido en el aire o posado sobre el suelo. Pero seguía allí, y nada parecía que acabase con él.

Pero algún día tenía que morir, ¿no? Y cuando eso sucediese, ¿la dejarían sus padres volver a actuar con libertad, a correr, a saltar, a jugar? ¿Volvería a la normalidad que tuvo antes? ¿Existía eso a lo que los libros llamaban normalidad?

No, no debía pensar en eso o se volvería loca. Tenía que pensar en positivo, en que en algún momento podría volver a salir al aire libre, a disfrutar de aquella brisa que ahora tenía dificultades para colarse a través de una ventana tan pequeña. Sí, estaba segura: en cuanto todo acabara, saldría afuera, con los brazos extendidos y la melena al viento, dejaría que los rayos del sol del mediodía le bañasen la cara y la hierba fresca le humedeciese los pies…

—¿Qué haces? —la voz la sorprendió.

—Mirando por la ventana, mamá. Añoro salir al exterior.

—Sabes que no es posible, es peligroso. Tu deber es quedarte aquí adentro, a salvo, al menos mientras eso —dijo su madre señalando afuera— esté al acecho.

—Ya, mamá. Pero me ahogo en este cuarto, casi no entra luz. Yo necesito más, me muero aquí dentro. Siento cómo me voy consumiendo cada día un poco…

—¡Bah! Eres tan dramática como todas las jóvenes. Aunque no puedo culparte por ello, me recuerdas a mí. Hace una eternidad yo veía el mundo como lo ves tú ahora.

—No lo puedo creer, ¿de verdad?

—Créetelo. Y mírame ahora, una mujer hecha y derecha. El tiempo es el mejor maestro. Es él quien te enseña, con paciencia, que lo que no te mata, hija, te hace más fuerte. Créeme cuando te digo que todos vamos a salir fortalecidos de esta situación.

—¿Y si yo no soy capaz? ¿Y si no puedo resistir el encierro? ¿Y si me enfermo?

—¿Por qué dices eso? ¿Te sientes mal? ¿Te ha atacado la fiebre? —dijo su madre mientras le acercaba la mano a la frente.

Ella rechazó su contacto.

—No, mamá. Es otro tipo de enfermedad. Es una angustia que me empieza en el vientre y me sube a la garganta, que me aprieta aquí, como si hubiera un nudo que no me dejase probar bocado. Es un malestar que me impide dormir o pensar.

—Por un momento me habías asustado, hija. Venga, que no es tan grave… Si tienes de todo, incluso libros para distraerte. Tal como pediste. Piensa en todas las que ni siquiera tienen eso. A ellas solo les queda esperar. Y lo hacen pacientemente, como es su deber.

—Ya, pero yo estoy harta de esperar. ¡Yo quiero vivir! ¡Que todo vuelva a ser como antes!

—Sabes que es imposible. Ya nada será como antes. Y será mejor cuanto antes te hagas a la idea. Debes comprenderlo. ¿Cuántas veces hay que repetirte que la única manera de protegerte es mantenerte aquí, encerrada, alejada de los demás y, sobre todo, del peligro de ahí afuera?

—¿Hasta cuándo?

—Ya sabes hasta cuándo. Hasta que llegue quien acabe con la amenaza y te pueda brindar protección.

—Un salvador.

—Sí, hija, un salvador. Aquel que llegue al reino y mate al dragón, probando así su valía.

—¿Y por qué no mata papá al dragón? ¿No es su cometido defender el reino? ¿Por qué no puede defenderme?

—No entiendo, hija… ¿Para qué quieres que haga eso? ¿Con qué sentido?

—Para que pueda recuperar mi vida y volver a ser la que era…

—¡Entiéndelo de una vez! Eres una princesa de cuento y debes ocupar el lugar que te corresponde. Hace tres lunas sangraste por primera vez, lo que significa que ya eres una mujer y no una niña. ¡Por Dios, si ya tienes trece años! No volverás a jugar, ni a correr por los campos con los hijos de los sirvientes comprometiendo tu honor, porque eso será lo que estará en juego si sales del torreón.

Ilustración de Paloma Muñoz

—Pero, mamá…

—¿Cómo puedes ser tan obstinada? El dragón alado de ahí afuera es un simple animal, una alimaña y, como manda la tradición, ha volado hasta aquí al olor de tu sangre, porque su único fin es morir a manos del caballero que te rescate. El dragón sabe perfectamente cuál es su lugar y su sacrificio, y aun así lo cumple. Y ese salvamento es un nexo sagrado inquebrantable que se cumple únicamente con el desposorio con tu salvador. Y el caballero que te rescate de este torreón, matando al dragón cumplirá con su palabra, sin haberte visto siquiera la cara y sin saber si eres de su agrado, porque al aceptar el reto también acepta el riesgo. Y él, por encima de todo, sabe que debe poner su vida en juego por ti. Y lo hará para que podáis vivir felices y comer perdices. Como siempre se ha hecho. Y sabes de sobra que muchos caballeros no lo han logrado, que han muerto en gestas como esta, pero aun así no desfallecen en su empeño. ¿Te imaginas qué sucedería si los caballeros hicieran como tú, y de un día para el otro decidieran que no quieren matar dragones? No sé de qué te quejas. Tu parte es fácil, solamente tienes que esperar y dejar que el caballero haga su trabajo.

—Es muy fácil decirlo desde vuestra posición, pero yo…

—¿Nuestra posición? ¿Crees que es fácil? ¿Crees que a tu padre le alegra verte así, disgustada y consumida? ¡Por supuesto que no! Pero sabe perfectamente que, por mucho que te quiera, debe encerrarte aquí, en la habitación de la torre más alta del castillo, por mucho que le pese. Y aunque no lo creas, lo hace por tu bien. ¡Bastante le cuesta aguantarse las ganas de luchar él mismo contra el dragón y liberarte! Pero no debe hacerlo. Él ya tuvo su momento, ya tuvo su batalla por mí cuando era joven y gallardo y aspiraba al trono de su reino. Gracias a eso es un rey justo en un reino próspero.

—¿Y cuál es tu lugar, madre, en todo esto?

—Mi lugar como reina es velar porque la tradición continúe, pero mi labor como madre es instruirte para que seas merecedora del título de princesa de cuento.

—Pero es muy injusto…

—Es la tradición. Nadie dice que las tradiciones sean justas. Es lo que hay. En todos los cuentos y leyendas ha sido así, y seguirá hasta el fin de los tiempos.

—O hasta que alguien lo cambie.

—¿Y qué vas a hacer para cambiarlo?

—¡Me escaparé!

—Entonces morirás en las fauces del dragón, que ansía tu sangre. No serás la primera princesa que es devorada por una bestia y me temo que tampoco serás la última.

—Pues lucharé yo misma contra el dragón y ganaré mi propia libertad.

—¡Te lo prohíbo! Soy tu madre, pero soy tu reina. Mi palabra es ley, solamente supeditada a la de tu padre.

Con un movimiento brusco de su capa, la reina se dirigió altiva hacia la robusta puerta de cedro, en la que le esperaba uno de los guardias. Antes de desaparecer tras ella, la señaló con un dedo acusador:

—Ni se te ocurra desafiarme, ni lo intentes.

Tras el golpe de la puerta, la princesa oyó el sonido de la llave al girar, esa llave que la reina llevaba colgada del cuello, y el chirrido del pasador que hacía imposible la escapada, al menos por la puerta.

Además, juraría que la reina dio la orden al guardia de quedar apostado tras la puerta hasta bien cerrada la noche, para evitar cualquier intento.

No pudo evitar una lágrima de desesperación, que cayó en la pechera de su vestido de princesa. Estaba atrapada como una mosca en una tela de araña. Si tan solo pudiera hacer pasar su cuerpo por el agujero de la ventana…, pero era tan estrecha que se quedaba atascada a la altura de las caderas. ¡Ni siquiera podía tirarse al vacío que exterminaría el que sentía en las entrañas!

Con los puños apretados, se acurrucó en un rincón de la pared y escondió la cabeza entre los brazos. No supo si habían pasado unos minutos o unas horas, pero cuando volvió a mirar a través de la ventana el mundo se dibujaba entre sombras. La oscuridad se había cernido sobre el reino y una nube partía la luna llena en dos mitades.

Abajo, a los pies del torreón, una inmensa gran montaña oscura se movía acompasadamente. Era el dragón que respiraba profundamente dormido, exhalando pequeñas volutas de humo y cuyo destino estaba ligado al suyo. Su muerte le devolvería la libertad, pero era una libertad tramposa, la de una nueva vida llena de incertidumbres y junto a alguien que probablemente no amaría nunca. A la princesa le dolía tanto su situación que formuló un deseo, un deseo inmenso y profundo.

Deseó con todas sus fuerzas que nunca más y jamás de los jamases nadie, ni princesa ni plebeya, tuviera que verse en su situación y sentirse como ella se sentía, con esa impotencia y con la misma infelicidad por verse en un encierro involuntario que la obligase a ver pasar la vida a través de una ventana, y con el temor instalado en el cuerpo de que la esperada salida al exterior pudiera ser todavía peor.

 

Olga Besolí
Mayo 2020

El concierto

Autor@: Jorge Moreno
Ilustrador@: Paloma Muñoz
Corrector@: Mariola Díaz-Cano Arévalo
Género: Cuento clásico
Rating: Todos los públicos
Este relato es propiedad de Jorge Moreno. La ilustración es propiedad de Paloma Muñoz. Quedan reservados todos los derechos de autor

El concierto.

¡Qué mala suerte!

A mi padre le habían regalado dos entradas para el concierto de Harry Styles.

¿Mala suerte? Pues sí. Somos tres hermanos. Así que tocaba sorteo. No hubiera hecho falta, la verdad, porque yo creo que a Nieves no le gusta nada Harry, pero así es ella, que si me muero de ganas de ir, que si por qué tienen que ir ellos y yo no, que qué pasaba, que si era porque ella era blanca. Total, que mis padres lo resolvieron como siempre: sorteo. Para disgusto de Chen y mío, que podríamos haber matado por ver a Harry en directo.

César, el más alto de mis padres, escribió nuestros nombres en unos papelitos, los dobló y los encerró entre sus manos. Luego hizo la gracia de siempre, que pediría una mano inocente, pero que como no veía ninguna allí, que cogiera un papel Luis, mi otro padre, el más bajo de los dos.

Luis revolvió, agarró un papel y lo desplegó delante de nosotros:

Nieves.

Se puso como loca. Saltando y gritando. Un gesto bastante feo hacia nosotros, la verdad, sobre todo sabiendo que ella pasaba de Harry.

Luis revolvió de nuevo, esta vez con parsimonia. Cogió uno. Empezó a desdoblarlo lentamente. Era mi padre y le quería, pero en ese momento podría haberle matado. ¡Venga!

Nyala, Nyala. Por favor, que ponga Nyala.

Chen.

A la mierda. Ya lo sabía yo, que nunca he tenido suerte en los sorteos. Solo gané uno cuando tenía diecisiete años. Chen y yo nos estábamos riendo de Nieves por algo que había hecho y nos dijo que se estaba rifando una hostia.

Chen también empezó a saltar, a chocar con Nieves y a bailar. Ya le valía, que aunque fuese el más pequeño de los tres, ya tenía veinte añazos y quedaba ridículo.

César me revolvió el pelo y me dijo que ya habría otros conciertos. Me molestó, no por lo del pelo, que era imposible de despeinar, sino por que banalizase la situación de esa manera. ¿Otros conciertos? ¡Por Dios, que era Harry Styles!

Ilustración de Paloma Muñoz

Eso no podía quedar así. Tenía que ir a ese concierto. ¡Por la memoria de todas mis antepasadas, todas esas mujeres etíopes que lucharon por su libertad! Vale, un poco melodramática, siempre me lo han dicho. Tenía que ir por mí y punto.

Intenté chantajear a Nieves. No funcionó. Ni prestarle toda la ropa que quisiera, ni presentarle al nuevo becario de mi trabajo, el que es tan simpático (y está buenísimo), ni siquiera el darle una opción preferente de por vida para elegir primero a quién entrar cuando saliésemos juntas. Nada, cuando Nieves se pone cabrona… se pone cabrona.

Con Chen no lo intenté. Le hacía tanta ilusión como a mí y no hubiera sido justo.

Tenía que conseguir otra entrada. Estaban agotadas, lo sabía. Intenté comprar una al segundo día de ponerlas a la venta y ya no quedaban. En la reventa tampoco. Busqué a la desesperada por internet y… ¡Bingo!

Un tío había puesto en Instagram una foto de dos entradas y regalaba una. Un tío guapo, algo mayor, debía de estar cerca de los cuarenta. Nunca habría hecho algo así, pero… ¡era por una buena causa!

Le escribí. Me empezó a preguntar por qué debería dármela a mí, que si qué me gustaba a hacer, qué me gustaba comer, que si tenía novio. De potar, la verdad. Le hubiera mandado a la mierda, pero era o seguirle el rollo o quedarme en casa viendo los videos que me mandase Nieves.

En cinco minutos conseguí mi entrada.

Fuimos en mi coche. Un rollo lo de aparcar, pero así luego me daba menos pereza volver. Nieves quiso llevar el suyo, pero como no era eléctrico fue fácil ganar.

Tuvimos suerte y había un sitio muy cerca del estadio. Allí nos bajamos los tres hermanos, la española, el chino y la negra. Parecía un chiste.

Quedamos en vernos en el coche nada más terminar el concierto, sin entretenernos, que al día siguiente nos tocaba limpieza general y César nos levantaría muy temprano. Me despedí de Nieves y Chen y me fui a mi puerta de acceso. Junto al letrero de “PASE VIP” estaba el tío de Instagram. Era inconfundible, igualito que en su perfil, aunque en él aparentaba ser mucho más alto que en persona. ¿Qué llevaba en la mano?

También me reconoció y se acercó, tendiéndome la mano con una rosa. Cojonudo para mi alergia a las flores. Se lo agradecí y se la di a un chico que pasó por allí en ese momento.

Le di dos besos, qué remedio, y luego le di los cien euros. Se sorprendió y me preguntó que qué era eso. Qué iba a ser, el precio de la entrada. Vale que la entrada VIP sería mucho más cara, pero eso no me lo había dicho él, yo pensaba que era de las normalitas.

Que si no podía ser, que si era un regalo, que no podía permitirlo. Le dije que era lo justo y que siempre podía hacer lo mismo que había hecho yo con la rosa. Se los guardó en la cartera.

El concierto fue una pasada. Las entradas, mejores imposible. Lástima que Ricardo, que así se llamaba el tío de Instagram, fuese bastante pesado. Que si quería una copa, que si toma esta copa que no le había pedido, que si diosa de ébano, que qué hacía para tener una piel tan bonita. ¡Tomar el sol, no te jode!

Luego pasó a que si tenía dos exmujeres, tres casas y cuatro coches. «¡Y cinco hostias!», pensé.

El concierto terminó. Ricardo me propuso ir a cenar a un restaurante que estaba allí al lado, que había reservado una mesa para los dos. Le dije que no, que ya eran… ¡las doce! Ya veréis el madrugón del día siguiente. Me dijo que al menos me llevaba a casa. Le dije que había ido en mi coche y agité las llaves en su cara, pero que si quería, le acercaba yo, que él había bebido mucho. ¿Bebido? Eso no era beber para él. Tenía que haberle visto en la mili. Salí corriendo, tirando un beso al aire, mientras él gritaba que esperara, con algo en la mano. ¡Más regalos no, por favor!

Tuve que esperar a que llegaran Chen y Nieves, cómo no. Chen emocionado y Nieves diciendo que no era para tanto, que lo llegaba a saber y no iba. Para matarla.

Llegamos tarde y unas horas después pensé que no debía retrasar más lo de independizarme cuando César entró en mi habitación, encendió la luz y subió la persiana.

Odiaba las limpiezas generales. ¿Por qué? ¿Es necesario responder?

A eso de las once sonó el timbre. Fue Nieves. Cómo no, con tal de escaquearse, cualquier cosa. Volvió riéndose, diciéndome que estaba allí un tío que preguntaba por mí, que apareció detrás de ella.

¡Ricardo! ¿Tú qué haces aquí?

Preguntaba por Nyala, que si era mi hermana… o mi prima. ¡Sería gilipollas!

Estuve tentada de decirle que sí, que era mi prima, y que se había fugado con Harry Styles, pero le pregunté que qué hacía allí, y cómo sabía que era mi casa.

Dudó, entornó los ojos para mirarme. Le dije que si no me reconocía, era porque no me había dado tiempo a tomar el sol, y que así, la piel perdía. Creo que le convenció.

Extendió la mano. ¿Otra flor? Normal, siendo tan capullo. Pero, no, no era una flor. Era… ¿un DNI?

Que se me había caído al sacar las llaves del coche y que salí corriendo cuando me lo iba a devolver, y que ahí venía la dirección.

Ah, pues vale, gracias. Hasta otro día (era un formalismo, por supuesto).

Que si podía hablar conmigo a solas. Cuando salen brasas… Acepté por no prolongar el numerito delante de toda mi familia.

Que si no había dormido, que si no podía dejar de pensar en mí, que si quería sacarme de allí y de tener que dedicarme a limpiar, que si él tenía mucho dinero. Ya, ya y dos exmujeres, tres pisos y cuatro coches, pero no. ¿Que por qué? Quizá es que tengo otros planes en mi vida, Ricardo. ¿Que qué mejor plan que vivir contigo, con todo lo que pueda imaginar? Pues no sé, quizá seguir ganándome la vida con mi trabajo. Lo sé, no me va a retirar en dos años, pero me da para gastarme cien euros en un concierto, siempre que haya entradas, claro. Y no te lo vas a creer, ¡me gusta mi trabajo! Siempre te encuentras algún gilipollas, como en la vida misma. Y también me gustaría compartir mi vida con alguien que, al menos, me caiga bien.

Me dio lástima. Oye, pero que a lo mejor, a Nieves, mi hermana, le interesa. Vale, lo reconozco, fui mala.

¿Que qué Nieves? La del salón, la blanquita que te ha abierto la puerta, que a ella le van más los bajitos.

Jorge Moreno.

 

La anciana

Autor@:
Ilustrador@: Rosa García
Corrector@:
Género: Fantasía urbana
Rating: + 13 años
Este relato es propiedad de Olga Besolí. La ilustración es propiedad de Rosa García. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La anciana.

La anciana arrastra los pies por la calzada deteriorada. Sus ropas están viejas, harapientas. Su rostro ajado es de piel blanquecina, demacrada, que contrasta con la suciedad de su vestimenta. La única nota color la ponen esos dos círculos violáceos que rodean unos ojos empequeñecidos, acostumbrados a moverse en la oscuridad y esas venas oscuras que parecen querer atravesar la piel frágil.

Hoy el día está gris, nublado. Hace fresco ya. El atardecer está asomando su cara y el sol ha decidido ocultarse tras unos nubarrones que parecen presagiar una tormenta que seguramente estallará en plena noche.

Desde que ocurrió lo que ocurrió, en los años veinte, el tiempo volvió a su cauce; ahora los inviernos son más inclementes y en verano el sol amenaza seriamente con quemar la piel de la anciana, que ya no soporta sus rayos.

Es por eso que hoy ha salido a la calle, una calle que ya no sabe lo que son los atascos de tráfico, ni las acumulaciones de gente, las colas de cine o las manifestaciones. Todo eso forma parte del pasado. Ahora esa calle está transitada por pequeños grupos de personas, que se mueven inquietas, rápido,  siempre con una dirección determinada. Ya no se hace camino al andar, sino que lo importante es la meta, dejar atrás el mal trago de ver cómo las plantas se están apoderando del asfalto, sembrado por aquí y por allá de desechos humanos como la anciana, los únicos merodeadores que parecen no tener un rumbo ni una dirección fijos y que son ahora los verdaderos habitantes de la capital.

Pero la anciana sí que tiene un rumbo fijo hoy, pues va a intentarlo de nuevo. Ya conoce la respuesta, se la han dado un millón de veces, pero tampoco se rindió de joven, cuando a principios del siglo XX era toda una feminista que luchaba por la igualdad de géneros. ¿Para qué se pasó la vida peleando, debatiendo, manifestándose? ¿A quién le importan hoy en día los géneros en esta ciudad vacía y en decadencia?  No le importan al jabalí  que se cruza en su camino y se para a unos metros de ella, y que con sus colmillos intenta quebrar un fragmento de asfalto medio suelto, para remover la tierra de debajo luego, en busca de algo que echarse a la boca. Tampoco le importan a la nube de pájaros que trinan continuamente en el cielo ahora azul de la ciudad. Ni a ese lobo que dicen que merodea por la noche entre los montones de basura que nadie recoge, y que atacó y devoró a un niño, arrancándolo de los brazos de su madre.

A nadie le importa, tampoco, lo que les suceda a los merodeadores como la anciana. Para los demás, ellos solamente representan un recuerdo que es mejor olvidar, un incidente desastroso que pasó hace cincuenta años y que cambió la configuración del mundo y la sociedad. Por eso los viajantes los ignoran en su paso rápido hacia alguna parte; nunca se acercan a ellos ni los miran a la cara. No quieren verlos. Los evitan a toda costa, como antaño hacía la gente de bien con los vagabundos que yacían en las esquinas pidiendo limosna, porque para ellos representaban el fallo del sistema y reconocerlos hubiera significado aceptar que el estado del bienestar en el que vivían era solamente una falacia.

De igual forma, los viajantes solamente ven, en gente como la anciana, a cadáveres vivientes, focos de infección, basura. Y en cierto modo tienen razón. Ellos son el efecto colateral, los restos de una sociedad extinta que persiste en lo que antes fue la capital y que no se supo adaptar a los nuevos tiempos. Pero la anciana se resiste a morir; ni siquiera es capaz de aceptar su condición de descastada.

Lentamente, arrastrando los pies llagados y maltrechos, se acerca a la garita de control.

—¡Alto ahí! ¡No se acerque!

Hoy el agente de seguridad no es el mismo, confirmando los rumores que decían que el anterior fue arañado por un infeccioso y retirado del servicio. La anciana se lo imagina arrastrado y llevado a golpes por los suyos, por otros guardias ataviados con trajes de protección, armados con porras y pistolas, cuyas caras no pueda reconocer a través de las mascarillas, y sonríe ante la imagen. Se lo merecía. Y tanto. Era una mala bestia de manos sangrientas enfundadas en guantes, que no dudaba en atizar a todo aquel que no tuviera su documentación reglamentaria.

En cambio, este guardia parece joven. Tras las gafas protectoras se adivinan unos ojos claros libres de ojeras y arrugas, que combinan con su frente tersa. Bajo la máscara se puede adivinar una barbilla suave, quizás libre de pelo, y el cuello se le ve bien rasurado, confirmando la primera impresión. También su cuerpo es delgado, y atlético. No debe de tener más de veintipocos años. Será más fácil convencerle.

—Antes, la temperatura.

La anciana sabe exactamente qué hacer. Dirige sus pasos a la marca del suelo y acerca la cara a la luz naranja, que emite una especie de flash que se refleja en su rostro. Esa misma luz que, según le contaron, ayer se volvió roja un segundo antes de que el antiguo guarda fuera atacado. Esa misma luz que ahora se torna verde para alivio de la anciana.

—Está bien, no hay fiebre —dice el guardia exhalando. Parece que él también se siente aliviado—. Ahora, enséñeme el carnet de inmunidad.

—Es que no lo tengo… Lo perdí. Pero tengo un certificado médico de negativo en PDR. Tome, aquí tiene.

La anciana le enseña el certificado falsificado, esperando que le dé buenos resultados. Se lo ha firmado y realizado con esmero uno de sus vecinos de infortunio, un doctor retirado que tuvo que dejar que ejercer porque no se atrevió a enfermar, asmático como es, por miedo a perder la vida, esa vida irónica que hizo que la misma persona que de joven luchó contra la infección y recibió aplausos por ello ahora se vea desplazada y apartada por esa misma enfermedad, por el temor a enfrentarse a ella.

Dicen que las oportunidades pasan solamente una vez, y la suya voló aquel día en que, en el hospital en el que trabajaba, y que ahora es otro montón inestable de piedras a punto de derrumbarse, le dieron el ultimátum: o se inyectaba el virus como habían hecho todos los demás, y se arriesgaba con ello a morir, o bien se quedaría atrás, y no podría desplazarse con el resto del personal a la zona limpia, que era como llamaron al principio a la próspera ciudad de Sarsania.

No tuvo lo que hay que tener para conseguir su pasaje y su carnet, aunque de vez en cuando le alivia pensar que uno de cada diez de los que sí lo tuvieron acabó sepultado bajo tierra.

El caso de la anciana fue distinto. Ella procrastinó el momento con un «mañana acudiré al Centro de Infección. Mañana lo haré». Un día siguió al otro, un mes al siguiente, un año tras otro, hasta el punto de que cuando decidió que era el momento, su juventud y su fortaleza ya se habían esfumado, dejando tras ella a una anciana frágil que no entraba en la lista de población merecedora de la oportunidad. Ya no tuvo opción alguna.

Y sin aviso previo, de un día al otro, se fueron todos. Un día la vieja capital amaneció en silencio, vacía, como si sus habitantes se hubieran evaporado. Solo unas pocas cabezas asomaban por aquí y por allá, en una terraza, en un balcón, en un portal. Y los que se atrevieron a bajar a la calle se encontraron garitos de control custodiados con los guardias perpetrados con mascarillas y armas, con trajes y gafas de protección, como el joven que escudriña el documento falso de la anciana.

—Señora, este documento no es válido. No tiene el nuevo sello del gobierno, sino el antiguo. No es una inmune. Así que aparte y vuelva por donde ha venido.

—¡No! Soy una inmune. Déjeme pasar. Tengo a toda mi familia en Sarsania. Ellos lo confirmarán.

La anciana, que ha luchado en mil guerras y se ha manifestado en mil ocasiones por todo tipo de igualdades, de género, de clases, de libertad sexual, de oportunidades, enfrentándose siempre al sistema que oprime al pueblo, a la presión de soldados, a las detenciones policiales y a las cargas de los antidisturbios, no puede aguantar ese viejo ímpetu que pugna por salir de sus entrañas y que le quema por dentro, ni evitar esa inercia que la lleva a acercarse más al joven, cada vez más, presionando, reivindicando, reclamando, hasta que él se pone en guardia.

—¡He dicho que se aparte!

El guardia, al sentir el contacto de la vieja sobre su traje, se asusta hasta tal punto que la empuja y le golpea la cara con la culata de su rifle.

Ilustración de Rosa García

La anciana cae al suelo con la boca ensangrentada.

—¡No ez… juzto! —balbucea desde el suelo.

El guarda, que iba a abalanzarse sobre ella con la porra en mano y estaba a punto de descargar toda su furia, miedo e impotencia sobre ella, al verla tan indefensa, decide que no vale la pena manchar su equipo con su sangre infecta, ni tampoco lo vale el tiempo que deberá perder luego para desinfectarlo.

Se limita a mirarla desde su posición superior y decirle algo que ambos saben:

—El mundo no es justo, nunca lo ha sido.

Olga Besolí

Abril 2020

 

39ª convocatoria: La naturaleza

La naturaleza.

Ilustración de Rosa García

Vuelta a los orígenes.

Busco entre vuestras ramas,
amigos, guías, centinelas
el abrazo que me enseñe
a mirar dentro de mí,
que me ayude a recordar
que yo también
soy hija de la tierra,
el lugar donde sangre, fuego y savia
se funden en sintonía eterna.
se funden en sintonía eterna.

Ainhoa Ollero Naval

Ella, ellos y un bebé

Autor@: Jorge Moreno
Ilustrador@: Rosa García
Corrector@: Mariola Díaz-Cano Arévalo
Género: Relato narrativo
Rating: + de 13 años
Este relato es propiedad de Jorge Moreno. La ilustración es propiedad de Rosa García. Quedan reservados todos los derechos de autor

Ella, ellos y un bebé.

Yo nunca fui un fan de la naturaleza. Lo ocultaba, obviamente. Siempre me mostraba a favor de los animales, de reciclar y de cuidar el planeta y todas esas mierdas. Tanto que a veces me lo creía.

Pero no, a mí nunca me han gustado los animales, ni las plantas, ni el aire puro ni nada de eso. Era pensar en ir al campo y me autogeneraba una alergia antes incluso de estar allí, un sarpullido que empezaba en el pecho y subía hasta el cuello.

Y a pesar de eso, allí estaba yo, en medio de aquel bosque, sujetando en brazos al bebé y rascándome el pecho. El bebé no era mío, por supuesto, ni tenía ninguna relación directa con sus padres. Mis sentimientos hacia los bebés eran básicamente iguales a mis sentimientos hacia la naturaleza, incluida la alergia, que en aquel momento creo que ya no era autogenerada.

El bebé lloraba y olía mal porque se había cagado. Es lo que hacen los bebés, ¿no? Tampoco cabía esperar otra cosa. El picor iba en aumento y yo estaba seguro de que tarde o temprano sufriría un shock y moriría, o algo peor. Pensé en dejar al crío en el suelo y salir corriendo, y fantaseé con que crecería allí, criándose en la naturaleza. Seguro que a algún sector de la población le parecería bien.

Pero no podía hacerlo.

Delante de mí, Gustavo y Clara discutían. Ellos aparentaban que no, pero realmente estaban discutiendo. Gustavo y Clara son los padres del bebé, de cuya existencia yo no había tenido la menor constancia hasta esa mañana, y de la cual podía haber seguido siendo ignorante sin que me hubiese afectado lo más mínimo.

Discutían, como he dicho, aunque no quisieran aparentarlo. Son de esa clase de personas que piensan que no se debe discutir, que hay que hablarlo todo y que no hay que decir una palabra más alta que otra. Pero sí, discutían.

Clara lloraba. Mientras, Gustavo parecía consolarla poniéndole la mano en el hombro y diciéndole que no se preocupara, que realmente no era culpa suya haberse olvidado los pañales del bebé, que bastante lío tenía ella con todos los productos para el pelo que había llevado sin que se le olvidase ninguno, aunque tampoco sabía si allí, en el bosque, iba a tener ocasión de utilizarlos. Eso sí, en un tono comedido, tranquilo y yo diría que incluso cariñoso.

Ella gimoteaba y decía que sí, y que era una lástima que no pudieran utilizar el móvil de quinta generación para buscar una tienda que los vendiera, porque allí no había cobertura. Y que también era una pena que en cuanto se le acabara la batería no podrían ver ninguna de las cuatrocientas películas que había estado grabando durante todo el día anterior, porque allí no había un puto enchufe para cargarlo. Sí, dijo puto, eso sí, en un tono tan cariñoso y dulce que podía haberle dicho que si el masaje lo quería en la espalda o en los pies.

Él le dijo que quizá con la crema reacondicionadora que había llevado ella podrían limpiarle el culo al bebé y ella se quejó de que no hubiera cobertura para buscar en YouTube un tutorial de cómo hacerlo. Y que le había hecho mucha ilusión que la llevara allí como sorpresa, sin decirle ni una pista, aunque probablemente se le rompieran los tacones de los zapatos que le habían costado doscientos euros, aunque merecía la pena por estar allí juntos, con el bebé y nosotros.

Yo miré mis zapatos y pensé que tiraría a la basura el doble que ella.

No avanzábamos. El bebé seguía llorando y allí olía cada vez peor. Yo seguía rascándome sin parar y creí que ya había llegado al hueso cuando pasó.

El bebé se calló.

Me asusté, la verdad. No estaba preparado para que se callase, así sin ton ni son, tanto que casi se me cayó al suelo.

Elvira me miró con dulzura y dijo que qué mono, que yo le gustaba al bebé y que por eso había dejado de llorar.

Me gustó su comentario, tanto que incluso dejé de rascarme. No por la posibilidad de que yo le gustase al bebé, que no me importaba lo más mínimo, ni tampoco creía que tuviera razón, sino por la cara de Elvira, que me dio esperanzas de que aquella excursión mejorase notablemente a mi favor.

A Elvira sí la conocía antes de estar en el bosque. De hecho, si estaba allí era por ella. Nos conocimos unas semanas antes, en un súper en el que entré por casualidad de vuelta a casa, con un hambre atroz, en un barrio que dejaba bastante que desear. Yo estaba cogiendo una pizza en la cámara, al lado de las ensaladas que vienen envasadas y tiré una sin querer. No pensaba recogerla, por supuesto, pero sentí que alguien se acercaba y temí que podría haberme visto, así que me vi obligado a agacharme y cogerla. Cuando la tuve en la mano oí una voz de mujer que me preguntaba que si era la última, que si qué rabia, que si lo que le gustaba esa variedad en concreto. En cualquier otra circunstancia probablemente yo hubiera dicho que era la última y me la hubiera llevado para después dejarla en la caja, pero no era cualquier circunstancia. La voz de mujer tenía cara y cuerpo que tampoco eran habituales al menos en ese supermercado. Iba muy bien vestida, probablemente la mejor vestida que haya entrado allí jamás. Le dije que se la llevara ella, ella dijo que no, que la había cogido yo primero. Insistí en que si no podía permitirlo. Yo que sí y ella que no. Le dije que si hacíamos un trato, que se la llevara ella y que, a cambio, yo la invitaba a cenar. Que si risitas, que si no, que si sí.

Total, que por una lechuga asquerosa conseguí una cita con un pibón.

Cenamos varias veces. Elvira era una mujer impresionante, incluso creo que inteligente. Lo cierto es que tampoco pude prestarle mucha atención a lo que decía, ni siquiera a lo que comía, porque me pasaba las citas imaginando la noche que pasaría en la cama con ella.

Pero siempre ocurría algo. Cuando no la llamaban del trabajo, era una amiga superagobiada por algo o un amigo a punto de suicidarse. En fin, que por cualquier tontería nunca terminábamos pasando la noche juntos.

Ya había pensado desistir y deshacerme de ella cuando me llamó y me preguntó que si me gustaba el campo. Pues claro, le dije, pensando que se refería al estadio Bernabéu. Y después me dijo que había preparado un fin de semana de lujo para los dos, que sería una experiencia increíble y así podía compensarme un poco por todas las veces que nuestras citas habían acabado precipitadamente.

Tendría que haber sido muy imbécil para no aceptar. Iba a pasarme un fin de semana haciendo todo lo imaginable y lo inimaginable.

Cuando pasé a recogerla debí mosquearme, hacerme el despistado, acelerar y desaparecer. Podría haberlo hecho si no fuese porque me acerqué a ella a preguntarle si conocía la dirección que buscaba, sin saber que era ella. Bajé la ventanilla y me sonrió y entonces me di cuenta de que la chica en chándal y un mochilón en la espalda era ella.

De camino hacia el bosque me explicó que íbamos a pasar el fin de semana en el campo, rodeados de naturaleza, respirando naturaleza, viviendo naturaleza. En ese momento empezó a picarme el pecho. Traté de imaginarme a los dos en pelotas por el campo, practicando sexo desaforadamente, y cuando termináramos aduciría que me encontraba fatal por la alergia y me iría a casa a dormir. Entonces me dijo que también iban Gustavo, un amigo suyo supermajo, y su mujer, Clara, que no lo estaban pasando un poco mal últimamente desde que nació el bebé y que les iba a venir bien pasar el fin de semana en la naturaleza. ¿Desde cuándo la Madre Teresa de Calcuta tenía ese cuerpazo? Eso era engañar.

Total, que por eso estaba yo sujetando a ese bebé cagado que se había callado de repente.

Me ofrecí a ir a la civilización a buscar pañales y así tener una excusa para salir de allí y no volver.

Pero entonces va Elvira y me dice que si qué majo, que si era un sol, y empezó que si me acaricia la cara, que si me da un beso, que si que no tarde en volver. Total, que fui por los pañales y no me fugué. A fin de cuentas solo tenía que aguantar esa noche. Nos meteríamos en una tienda de campaña y todo mi sacrificio habría merecido la pena.

Cuando volví el crío berreaba y sus padres seguían con su diálogo de no discutir. Elvira vino muy contenta hacia mí, me dio un beso en la mejilla y cogió los pañales.

Parecía que todo iba según lo previsto, pero había algo que me inquietaba, aunque no sabía qué era.

Cambiaron al bebé, algo realmente asqueroso, por cierto. Luego Gustavo dijo que fuésemos a hacer una ruta, lo cual fue recibido con alegría por Elvira y con la excusa de Clara de que ella mejor se quedaba con el bebé, que no podían llevarle por el campo en brazos. Elvira sacó de su mochila otra más pequeña, que era para transportar al bebé. Las gracias que le dio Clara intuí que no eran del todo sinceras y que había cierto rechazo, y no creo que fuese por que su marido fuese amigo de una tía tan buena.

Lo de hacer una ruta consistía en andar por el bosque, rozándote con todo, tragándote mosquitos, apartándote bichos, para ir a ninguna parte y volver a donde habíamos salido. Clara se rompió los tacones y tres uñas, y yo arañé los zapatos y rasgué la camisa de tanto rascarme.

Pero al fin llegó la noche. Fingí sueño y bostecé varias veces con intención de contagiárselo a los demás y lo conseguí, aunque fue fácil con Clara, que llevaba tiempo insistiendo para irse a dormir.

Cuando vi que Clara y el bebé entraban en la tienda me di cuenta de lo que me inquietaba.

Solo había una tienda.

Le pregunté a Elvira que dónde estaba la nuestra. Me dijo que solo había una. Que nos estábamos fusionando con la naturaleza, que allí éramos solo uno y que compartiríamos los cinco la tienda.

Creo que nunca antes en mi vida había tenido tantas ganas de llorar.

Ilustración de Rosa García

Me metí en la tienda con Elvira pegada a mí en un lado y al otro el bebé, que decían que conmigo se calmaba y no lloraba, y a su lado Clara y luego Gustavo. Estaba tenso, sin moverme, preocupado por la proximidad del bebé, no por miedo a dormirme y aplastarlo, sino a que se cagase y me manchara.

Aunque hubiese querido moverme, tampoco había mucho espacio. Una hora después seguía sin dormirme, escuchando los ronquidos de Gustavo y de Elvira, que para entonces ya había perdido cualquier atractivo para mí. Si no me hubiese preocupado perderme por la noche, me habría ido de allí. Lo mejor sería esperar al día siguiente y desaparecer.

Se me estaba durmiendo el brazo, así que lo estiré por encima del bebe. Al apoyarlo noté algo blando. Apreté los dedos varias veces y me di cuenta de que era una teta, y tenía que ser de Clara. Ella se movió. Le pedí perdón, que se me había dormido el brazo, y ella me dijo que no me preocupara, que pensaba que había sido el bebé, que siempre la estaba buscando. Imaginé que para una madre estresada era difícil distinguir entre una mano de bebé y de adulto. Separé la mano y me dijo que no pasaba nada, que la dejara ahí, que había poco espacio, así que le hice caso. Luego me dijo que si se me había dormido, a lo mejor me venía bien mover los dedos. La mano no la tenía dormida, pero los moví.

Luego ella también movió su mano y yo la mía. Total, que salimos de la tienda y nos pusimos a hacerlo allí, fusionándonos con la naturaleza.

Cuando empezaba a cogerle el encanto a eso de la naturaleza, el bebé empezó a llorar y al instante salieron Gustavo y Elvira.

Gustavo le decía algo a Clara, que, por esa manía suya de no gritar, no pude escuchar porque su voz quedó apagada por los gritos de Elvira.

Que si era un cerdo, que cómo había sido capaz, que si no esperaba eso de mí, que si pensaba que yo era diferente, que si con las ilusiones que se había hecho.

Yo le dije que no sabía qué me había pasado, que sería cosa de la naturaleza.

De mi naturaleza.

Por cierto, de la alergia ya voy mejor.

Jorge Moreno.

Naturaleza muerta

Autor@: Olga Besolí
Ilustrador@:
Corrector@: Mariola Díaz-Cano Arévalo
Género: Fantasía urbana
Rating: + de 13 años
Este relato es propiedad de Olga Besolí. La ilustración es propiedad de Paloma Muñoz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Naturaleza muerta.

Ella siempre se decía a sí misma que no estaba en su naturaleza, que ella no fue hecha para devolver los golpes, sino para achicarse ante los problemas e inmovilizarse en las agresiones. Y allí estaba, hecha un ovillo,  rezando hasta que el escarnio se diluyera, los gritos se apagaran y esos puños se aflojaran. Y todo porque la tortilla se había enfriado y estaba demasiado jugosa.

—Eres débil —le escupía él—. Como todas. Todas sois unas putas inútiles que no valéis para una mierda. La naturaleza os ha hecho así, y la naturaleza es sabia ¿A qué venís ahora con esa mierda del feminismo? ¿Qué pasa, os vais a volver todas bolleras? ¡Ja! Ya me gustaría ver hasta dónde llegas sin mí. ¡Si no eres capaz ni de hacer bien una puta tortilla! Pero, claro, como la señora ha estado tan ocupada toda la santa mañana yendo de acá para allá…Que me pregunto yo si se puede tardar tanto en comprar una docena de huevos y cuatro patatas. ¿O es que has estado otra vez perdiendo el tiempo pintando esa mierda de bodegones que no sirven para nada? ¿Es este el cuenco de fruta que has pintado hoy? ¿Es este? ¡Pues toma cuenco!

Varias piezas de fruta rodaron a su lado a la vez que ella sintió el golpe de la cerámica sobre su espalda, rompiéndose en mil pedazos y soltando unas astillas que traspasarían la ropa y se clavarían en su piel como pequeños alfileres, mientras la lluvia de restos se precipitaba sobre el suelo como meteoritos.

—¿O te has estado viendo con algún hombre, so puta? Y claro, con todo eso, no te ha dado tiempo para preparar la comida que me merezco. ¿Qué es lo que me merezco, según tú? Porque yo creo que trabajando lo que trabajo en la oficina, y aguantando lo que tengo que aguantar del puto jefe de contabilidad que me tiene hasta los huevos, y trayendo el dinero que traigo a casa para que tú puedas ir a comprar la puta comida, me merezco mucho más que esta jodida bazofia, ¿no crees? Uy, ¿estás llorando? ¿De verdad te esperabas que me iba a tragar esta mierda? ¿De verdad crees que yo me merezco esta mierda? ¡Contesta!

Ella sabía que, en un momento así, replicar se convertía en un sinónimo de suicidarse, porque una sola mirada desafiante a los ojos o cualquier pequeño movimiento que él tomara como gesto de repulsa sería el detonante que hiciera estallar un nuevo alud de patadas y puñetazos. Y no creía que su espalda, maltrecha y dolorida, pudiera soportar ni un golpe más. Por eso seguía inmóvil a pesar del calambre que le subía por la pantorrilla y se mantenía replegada sobre sí misma, con las rodillas protegiéndole el pecho, la cabeza gacha sobre ellas, los ojos cerrados para no contemplar la baldosa manchada con su propia sangre y las manos cubriéndole la nuca para evitar que un siguiente golpe en la cabeza fuera el último y definitivo, el golpe de gracia que acabara con su miserable vida.

Pero ese golpe no llegó, porque al igual que un perro de presa cuando, después de desgarrar y zarandear a su víctima, ve que esta permanece inmóvil, pronto su verdugo perdió el interés y se alejó lo suficiente como para que la densidad a su alrededor fuera menor, el aire se tornara más liviano y ella pudiese inhalar un poco, que dolió como fuego dentro de sus pulmones y le hizo emitir un gemido amortiguado, casi imperceptible.

Pero está en la naturaleza del depredador el percibir cualquier atisbo de vida en su víctima, y el fino oído de perro de presa de su agresor lo captó. En un par de segundos una mano la agarró tan fuerte del pelo que le levantó la cabezay le hizo crujir las cervicales.

—¿Decías algo? ¿Me hablabas a mí?

No hubo más respuesta que un par de lágrimas deslizándose por el rabillo de los ojos cerrados y una cara de angustia ante lo que iba a venir. Pero otra vez el perro de presa perdió el interés.

—Bah… Ni siquiera vale la pena discutir contigo.

Y la mano soltó la cabeza con tal fuerza que esta se golpeó contra sus propias rodillas. El dolor fue punzante, pero esta vez ella no dejó escapar ningún gemido. Luego, el eco de un par de pasos, el sonido del cajón abriéndose, un chasquido y una aspiración profunda precedieron al olor inconfundible del tabaco en plena combustión. Era el pitillo de la victoria, el que se fumaba después de cada humillación y de cada paliza.

Ella volvió a respirar, pero esta vez suavemente, imperceptiblemente, con la cabeza aún embotada. Si se mantenía así el tiempo suficiente, si aguantaba un poco más sin moverse ignorando el entumecimiento y el dolor que se apoderaba de su pierna, ya todo acabaría en unos minutos, en cuanto él apagase el cigarrillo en el suelo o, si todavía le quedaba hiel por sacar, se lo apagase encima del cuerpo, probablemente en el mismo brazo en el que ella ya lucía un par de cicatrices de quemaduras anteriores, y diese el gran portazo final y definitivo.

Esperó pacientemente a su suerte, y la diosa Fortuna le sonrió esta vez. Oyó el refregar de la suela del zapato sobre el suelo y el repiquetear de las llaves en su mano.

—Y no te olvides de fregar todo esto, que tienes la casa como una pocilga. Y aunque tú seas una cerda, yo no lo soy.

Tras ese último insulto llegó el portazo que significaba la salvación. Y tras el portazo pudo permitirse aflojar los músculos y se dejó caer en el suelo, en posición fetal. Dejó que el dolor la invadiese, como otras veces. Pero las lágrimas no brotaron como solían hacerlo siempre en ese momento. No pudo dar rienda suelta al dolor, empaparse de él, liberarse. Esta vez se le enquistó dentro, atenazando el pecho, oprimiéndole la respiración, quemándola por dentro y despertando un fuego que no sabía que tenía.

Se levantó, como pudo y sin lamentos, sin sentir lástima de sí misma y sin dejarse corroer por la culpabilidad de pensar que era ella la que provocaba esa situación, siendo tan patosa e inepta, como llevaba años haciéndole creer él. Esta vez no se autocompadeció por ser de naturaleza débil y no saber cómo actuar, cómo responder, o cómo salir de esa situación en bucle, de la que no parecía haber escapatoria.

Porque no la había; por fin había captado el mensaje. Si bien ella era de naturaleza débil, él era un monstruo, un maldito monstruo de naturaleza agresiva y destructora. Así que, maltrecha y como pudo, goteando sangre por el pasillo, llegó hasta la cocina y sacó el filetero del taco de madera. Se sintió poderosa con él en la mano. Era perfecto, afilado, ancho de hoja y con una punta fina, de forma que una vez clavado, con un simple giro de mano bastaría para causar grandes destrozos. Además, su empuñadura era ergonómica y se adaptaba perfectamente. No había duda alguna de que había sido una buena compra: bien había valido la pena la paliza que se ganó cuando decidió llamar a la teletienda y se hizo con ese set de cuchillos usando la tarjeta de crédito que él tenía guardada en su escondrijo. Una sonrisa fugaz escapó de su cara, aunque, emborronada por la sangre y afectada por el dolor, parecía más una mueca que otra cosa. Pero ella no era consciente de ello. Solamente de su nueva naturaleza recién adquirida.

Tampoco fue consciente del rato que pasó antes de que lo oyera subir la escalera, detenerse ante la puerta, buscar las llaves, probablemente en el bolsillo, e introducir una en la cerradura. Tampoco sería plenamente consciente de todo lo que ocurrió luego. Solamente que, minutos después, él yacía agonizando en el suelo del salón, con una mano en el cuello que intentaba frenar los chorretones de sangre que salían como una fuente a cada latido del corazón, espaciándose cada vez más.

Ella, con un lienzo en la mano, recogía la sangre del suelo con el pincel y con ella plasmaba, en tonos rojizos, los restos del cuenco de cerámica hecho añicos, las manzanas pisoteadas y golpeadas, el cuchillo ensangrentado y las llaves, todo en medio de un gran charco de sangre que seguía aumentando de tamaño.

—¿Qué te parece? —le preguntó mientras se lo mostraba.

Él, en un último esfuerzo, le tiró el cuadro al suelo de un manotazo que se llevó sus últimas fuerzas y su última exhalación.

—Está bien —respondió ella—, acepto que no te guste, pero no vuelvas a llamarlo bodegón. Se llama Naturaleza muerta.

Ilustración de Paloma Muñoz

 

Olga Besolí
Octubre 2019

Medicina del bosque

Autor@:
Ilustrador@:
Corrector@:
Género: Poesía
Rating: Todos los públicos
Este relato es propiedad de Ainhoa Ollero Naval. La ilustración es propiedad de Bárbara González de Murillo. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Medicina del bosque.

Ilustración de Bárbara González

Ilustración de Bárbara González

Murmullos entre las hojas:
soy yo, y también vosotros,
y toda esta paz donde puedo
abandonarme a las horas
que, normalmente,
me persiguen con culpa,
demasiado lentas,
demasiado rápidas,
con tantísimas exigencias…
Falta tiempo
y sobran pruebas,
y yo, que me he bajado
del tren en marcha,
circulo por la cañada
de las ovejitas negras.

Pájaros que me responden
cuando silbo esa canción
antigua y misteriosa
que recordé por casualidad,
y que siempre me acompaña
cuando me abandono
en estas tierras.
Batir de alas en el cielo,
las plumas que me encuentro
en medio del sendero de arena
y que atesoro en secreto
para construir altares,
telarañas mágicas,
monumentos a la desnudez,
a la caída de las máscaras,
al aquí y al ahora,
que es lo único que me mantiene
con los pies medio en el suelo,
el corazón encendido
y la risa, alerta.

Encuentros fortuitos
con el zorro, el jabalí, el corzo,
la nutria, la jineta.
Todos los gatos
que he malacostumbrado,
y los que todavía
me miran con extrañeza.
Los cangrejos extranjeros
que he de devolver al agua
para que no se pierdan.
El cuervo, el gorrión, la cigüeña
y, ahí arriba, las rapaces
que todo lo ven
y, si les preguntas,
te lo cuentan.

El sendero alternativo
que a veces me sirve de puerta
a dimensiones paralelas,
a la ruta de los elefantes,
a la fuente de fuego del dragón,
a los cantos dulces de las sirenas,
a la ninfa de las margaritas en el pelo,
a todos los que pueblan estos parajes
y nos tienden una mano,
y celebran con nosotros
nuestras ganas de volar libres,
de soltar lastre
y tocar, como nos corresponde,
las estrellas,
de vaciar de penas el corazón
y de miedo, la cabeza.

Mis árboles,
que me abrazan en silencio
y que hablan entre ellos
entrecruzando sus raíces,
nos cobijan a todos
como amorosas madres de madera.
Tiran de nosotros hacia el suelo
ayudándonos a llegar
al núcleo del planeta,
a construir nuestra casa,
a dejar de flotar sin rumbo
cuando volar demasiado
nos desconcierta.

La vuelta a casa, desperezándome,
a la vez en el aire y en la tierra,
con la mente en silencio
y una sonrisa que me guardo,
porque me he concedido
el derecho a la pausa y a la tregua,
aunque las vecinas no me entiendan,
y hablen de mí cuando piensan
que no me doy cuenta.
Su cháchara me recuerda, cada vez más,
a la cantinela de las gallinitas cluecas.

Ainhoa Ollero Naval

38ª convocatoria: El karma

El Karma.

Ilustración de Rafa Mir

El Karma.

El karma se mueve en dos direcciones. Si actuamos de forma virtuosa, la semilla que plantamos resultará en nuestra felicidad. Si actuamos de forma no virtuosa, sufriremos resultados.

 Sakyong Mipham Rinpoche

 

Dicen que todos estamos sujetos a la ley del karma, y que cosechamos en esta vida lo que sembramos en las anteriores, al igual que recogeremos en las futuras el fruto de lo que cultivamos en la presente.

Y me pregunto qué será de nuestro futuro si en vidas posteriores vamos a tener que tragar con las consecuencias de nuestro comportamiento actual.

¿Qué recogerá ese joven que a media mañana deambula absorto en su pantalla, que ni trabaja ni estudia, y cuya única ambición es llegar algún día a amasar dinero sin pegar palo al agua como hacen los influencers o los tronistas, pero que, como de momento va seco y su vieja es del puño cerrado, intenta chupar del wifi abierto del edificio del ayuntamiento?  ¿Y ese político que, maletín en mano, saluda a los transeúntes antes de entrar sonriente por el portalón del ayuntamiento a sabiendas de que en su próximo proyecto despilfarrará el dinero de los impuestos de la comunidad en una obra amañada de la que, por supuesto, cobrará una suculenta comisión? ¿Y esa señora que, tras cruzarse con el regidor de urbanismo, al que encuentra encantador porque la acaba de saludar, vuelve del mercado, carrito en mano, y se mete en el bar a jugarse a las tragaperras todo el dinero que ha escatimado de la compra, y que para encubrirlo pondrá a su marido en contra del frutero de toda la vida con la mentira flagrante de que es un usurero que pone los precios por las nubes? ¿Y el amo del bar en el que la mujer le pide cambio en monedas de un billete de cincuenta, que además de monedas lleva un tiempo cambiando el contenido de las botellas de las bebidas alcohólicas de marca por puro garrafón del que te destroza el estómago, alegando que los jóvenes que beben cubatas no se enteran, lo cual es cierto, y que la culpa es del ayuntamiento, que no deja margen de negocio con tanto impuesto, y de los clientes, que se pasan media mañana en el bar sin consumir nada más que un café, que casi no le reportan ningún beneficio? ¿Y de ese cliente que sentado solo ocupando una mesa de cuatro ni se inmuta ni se mueve cuando los que entran se quedan de pie por falta de mesas libres, o van a parar a la barra porque él está allí desde primera hora de la mañana, como todos los días, con su café, el único que tomará, trabajando en su ordenador aprovechando su conexión a la wifi del bar y que, además, se cree con derecho de tratar al barman como a un criado y de menospreciar con la mirada al pobre hombre que, de pie en la barra, pide su segundo tequila después de beberse el primero de un solo trago hace menos de un minuto? ¿Y de aquel cliente que sale del bar con dos tequilas de garrafón en su estómago, que ha disimulado no conocer de nada a la mujer de la tragaperras, y que esconde su alcoholismo y sus infidelidades en horario laboral utilizando el tiempo de reparto a domicilio, alegando mucho tráfico y continuas demoras, mientras su esposa lo cubre en su puesto de frutas del mercado? ¿Y qué hay de esa chica, que está con medio cuerpo dentro del contenedor de ropa para los pobres que la ONG ha dispuesto en el mercado, con las risitas de sus amigas de comparsa, y que acaba de sacar de ahí unos vaqueros que se supone que son para los necesitados, por el puro placer de robar, cuando en casa tiene todo lo que necesita? ¿Y de los mandamases de la ONG que han dispuesto los puntos de recogida de ropa en los mercados aunque que saben que el único destino que les espera a estas ropas donadas es el de ser vendidas por kilos a las mafias que luego las distribuyen a los puestos del mercadillo que ofrecerán a los consumidores increíbles precios a dos y tres euros la pieza? ¿Y qué será del banquero, en cuya institución se ocultan y protegen las cuentas millonarias de varias ONG, muchas de ellas en paraísos fiscales, y que encima sabe que su banco cobra una buena comisión por cada ingreso monetario en forma de donativo para el tercer mundo, dinero que se supone destinado a salvar la vida de pobres niños hambrientos que nos hacen saltarlas lágrimas en los anuncios de televisión y que, por otro lado, no tiene ninguna consideración en embargar el pisito en el que vive una pobre familia que intenta sobrevivir? ¿Y qué será de esa madre de familia que intenta sobrevivir porque tiene un aviso de embargo del banco y no llega de ninguna forma a fin de mes, ni aun cobrando de manera fraudulenta la pensión de su padre, que en paz descanse, y que lleva fallecido más de cinco años, porque además tiene un hijo nini que mantener, que ni trabaja ni estudia pero que sí es dado a los gastos de peluquería, gimnasio y telefonía porque dice que ahí está su futuro, en convertirse en tronista o influencer y que el trabajo duro pero honrado es para los pringaos?

Olga Besolí
Agosto 2019