Animal imaginario

Autor@: 

Ilustrador@: Marta Herguedas

Corrector@: 

Género: Poesía

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Milagros Morales. La ilustración es propiedad de Marta Herguedas Quedan reservados todos los derechos de autor.

Animal imaginario.

Ilustración de Marta Herguedas

Si te aceptaras como eres
no te sentirías un animal imaginario
con una identidad indefinida
ni pasearías por un bosque con corbata.

Tu piel dejaría de ser verde
y no te sentirías fuera de lugar;
no librarías batallas que no te perteneces
y tendrías  a la paz como compañera.

Si realmente te conocieras
no dejarías que nadie te apartara o invadiera
ni te hiciera sentir mal.

Milagros Morales

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Reencarnación

Autor@: Olga Besolí

Ilustrador@: Marta Herguedas

Corrector/a: Elsa Martínez Gómez

Rating: +13

Género: Fantasía urbana

Este relato es propiedad de Olga Besolí. Las ilustraciones son propiedad de Marta Herguedas. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Reencarnación.

Yo fui aquel en cuyos dominios ningún invasor pudo nunca llegar a poner su pie. Aquel, cuyo ejército supo sofocar el terrible avance del imperio otomano sobre Europa. Aquel, bajo cuyo reinado nunca nadie osó sublevarse y cuya autoridad fue temida y respetada, tanto por la plebe como por la nobleza.

El cáliz de oro que deposité en medio de la plaza siguió allí, sobre la fuente, en los años que duró mi existencia terrenal. Todos pudieron utilizarlo para beber. Todos, sin excepción. Hasta yo lo hice. Nadie intentó nunca robarlo.

El respeto y el miedo al dolor que infundí sobre mi propio pueblo ante la mentira y la traición es el mismo que infligí sobre el enemigo sin piedad ni compasión. Utilice el empalamiento como medida redentora de las almas y disuasoria de las maldades. Ladrones, infieles y usureros se mantuvieron inactivos mientras viví. Ejércitos enteros de enemigos fueron clavados en estacas anunciando la espantosa muerte que les aguardaba a los que pretendieran entrar en mis tierras. Desayune más de una vez frente al bosque de estacas sangrantes y cuerpos agonizantes para que todos fueran testigos de que no había flaqueza alguna en mí. La debilidad es el cebo con el que se alimenta el espíritu del enemigo. Yo miné ese espíritu hasta convertir a los turcos en roedores asustados ante mis muros de despojos humanos. Yo salvé los tres reinos de ser tomados por los infieles; a los pueblos de los Cárpatos de ser destruidos, a todas sus gentes de perder todas sus posesiones para luego ser quemadas vivas. Y lo hice instaurando el terror y la justicia como nunca antes se había hecho, pero con todo el dolor del alma.

Mi espíritu no era tan oscuro como todos creían. No obtuve placer ninguno en torturar y matar. Contaran lo que contaran las leyendas sobre mí, hubo un tiempo en que mi corazón latía y mi sangre no estaba maldita. El corazón está hecho para el amor y no para el odio. Y yo amé mucho más de lo que llegué a odiar. Aunque fuera mi propia sangre la que me traicionara. La sangre… es tan fuerte, tan poderosa… No, no soy el monstruo despiadado que todos pensaban que fui. Hice lo necesario para salvar al pueblo del enemigo invasor; lo imprescindible para salvar a las gentes de su propia maldad. Yo fui el salvador de mi pueblo y en mi región me siguen recordando como un héroe. Yo fui Vlad Draculea, príncipe de Valaquia, señor de Transilvania y liberador de Moldavia.

Y para Cnaejna, mi princesa esposa, lo fui todo: señor, marido, amante, amigo y confidente. Nos amamos en lo bueno y en lo malo y no perdió la esperanza hasta el día en que mi hermano Radu, vil marioneta de los turcos, llevó mediante engaños a una avanzadilla de infieles a las puertas mismas de mi castillo en Transilvania. Mi querida princesa no pudo más que arrojarse al afluente que, desde entonces, es llamado Râul Doamnei, el río de la dama.

Mi alma lloró tan amargamente su pérdida que sólo pude arrancar el dolor de mi pecho vengando su muerte allí mismo, en medio de la plaza. Alcé con mis propias manos ese mismo cáliz de oro que había depositado sobre la fuente hacía tantísimos años, pero esta vez no estaba lleno de pura agua fresca de la fuente, sino de la negra sangre de la traición, la sangre todavía caliente de mi hermano, cuyo cuerpo yacía decapitado bajo mis pies.

Bebí y todo el pueblo fue testigo de cómo renuncié a Dios y a la fe católica que había adoptado y que me había acompañado en infinidad de batallas y victorias. Y con ello me desprendí también de la vida mortal y de la muerte. Cerré mis puertas al cielo y al infierno, pues me había sido arrebatado todo aquello que me importaba, y me juré a mi mismo que vagaría por este mundo hasta recuperarla, a mi princesa, a mi corazón.

Cuando se produjo el cambio, murió el hombre en mí y nació el monstruo. Mi corazón dejó de palpitar y la sangre se detuvo en mis venas. El color desapareció de mi rostro, el dolor abandonó mi cuerpo y mi mente se liberó del cansancio. Mi vista se agudizó. Mis oídos se afinaron. Mis dientes se afilaron y una sed, antes desconocida para mí, se apoderó de mi voluntad. Fuera de mí, ataqué a cuantos se hallaban presentes y con ello expandí mi maldición a través de las mordeduras que les causé y la sangre que de ellos bebí. La sangre, es tan dulce… Ellos fueron mi primera legión contra el mundo, contra el Dios que me lo quitó todo. Pero aún con el sabor de la sangre en mi boca, mi piel empezó a abrasarse bajo la luz del amanecer. Tuve que huir y ocultarme entre las sombras. En ellas me he refugiado desde entonces.

En estos ochocientos años he visto de todo. Se ha hablado mucho de mí, pero casi nada de lo que se ha contado es cierto. Algunos me pintaron como un ser deforme, una especie de engendro que se transforma en un animal, en un murciélago. Eso no es cierto. Mi porte es el mismo que tuve cuando fui un gran guerrero. Como ves, mi nariz es aguileña, mis ojos grandes y oscuros, mi cabello largo y ondulado. Soy el hombre que fui, pero también soy un ser inmortal, un demonio que domina los elementos y las bestias que acompañan a la noche. Mi carne se desgarra cuando la cortas y mis huesos se fracturan cuando los golpeas. Pero mis miembros cortados crecen de nuevo, las heridas se cierran y los huesos se recomponen durante mi sueño diurno. Hay una única forma de matarme y es atacando al corazón muerto que anida en mi pecho. Ese que dejó de latir la noche en que te perdí, en que la perdí a ella.

Por eso te explico lo que soy. No estoy vivo y, sin embargo, no muero. Soy un no-muerto que infecta con su sangre maldita a sus víctimas. Soy un criminal. Ahora mato y siento placer con ello. Y mi odio supera con creces lo que nunca sentí. Siglos enteros de rencor pudren todo lo que tocan.

Pero una luz se abrió en mi camino, cuando te vi. La vi y te reconocí a ti en ella. El siglo XIX trajo ante mí a la esposa que me fue arrebatada hacia cuatrocientos años. Respondía al nombre de Mina. Mi esposa guerrera y fuerte era ahora una joven londinense, frágil y pálida, pero sus ojos encerraban toda la pasión dentro de ellos. Con tan sólo tocarla nos recordó, y también a las frías aguas del rio en el que se ahogó.

No llegué a desposarla pues la maldad del hombre volvió a interferir y el destino quiso separarnos de nuevo. Ellos la mataron. Ese maldito Van Helsing le clavó una estaca en su corazón cálido y separó su preciosa cabeza de su cuerpo.

Perderla de nuevo me volvió loco. Aquella misma noche salí, acompañado de lobos y ratas, a masacrar a los habitantes de Londres, a destripar prostitutas, a arrasar con familias enteras. Pero terminé sentado, exhausto y derrotado, en la taberna The Angel & Crown, para contarle la terrible historia de mi vida a un escritor fracasado llamado Stoker, que solía acudir allí todas las noches en busca de inspiración y bebía hasta la madrugada. Hice mal al revelarle quién y qué era. Publicó mi vida de forma distorsionada y ese libro me persiguió a partir de entonces.

El guerrero que fui se convirtió para las gentes, de la mañana al día, en un conde con capa negra, capaz de convertirse en murciélago y con una incomprensible aversión a los ajos. Pero eso sólo fue el principio de la pesadilla que estaba por venir. La banalidad de la diversión se apoderó de las gentes del siglo xx y mi persona pasó a ser un disfraz de Halloween, un muñeco de la casa del terror, un monstruo más del panteón de la literatura siniestra, algo grotesco de lo que reírse y con lo que asustar a los niños.

Después de la novela de Stoker se escribieron otras muchas historias sobre mi vida, a cual peor, y todas ellas fueron maltratando mi imagen. Todo aquello que he sido y representado terminó convertido en un chiste de mal gusto. Me describieron como un monstruo deforme con colmillos, como un conde con capa negra, como un vampiro roquero que buscaba fama, como el hermano de un hombre lobo y, el peor de todos los casos, como un tonto y flacucho llamado Edward, al que le brillaba la piel al sol, que se enamoró de una humana insignificante e inadaptada. Con esa espeluznante caricatura de mí mismo inauguré el nuevo milenio.

Han pasado cien años desde entonces, un siglo entero en el que la estupidez se ha apoderado finalmente de la razón humana y los pocos dueños de este mundo os llevan a todos al matadero como si fuerais borregos. Ya no tembláis como hojas ante mi presencia, ni tampoco sois capaces de reíros como hacían vuestros abuelos.

Ahora, en vuestros textos holográficos, solamente soy una pobre víctima anónima más de una antigua enfermedad de la sangre incurable. En eso me han convertido los artistas de tu época, con el afán de seguir esa ley que os manda a todos y que no permite que nada altere el equilibrio y la paz reinantes.

Vivís en la falsa nube de felicidad que os proporcionan las drogas estatales que os suministra el Ministerio de Sanidad Pública, y aceptáis alegremente que os sometan y os utilicen como mano de obra gratis. Trabajáis sin daros cuenta hasta reventar porque esas drogas os insensibilizan. Y, cuando retiran a vuestros muertos de en medio de la calle, os olvidáis inmediatamente de que alguna vez existieron.

En vuestro mundo no existe la amistad, ni el enemigo. No sentís dolor, ni miedo, ni amor, ni odio, ni nada que se le parezca. Pero esos sentimientos pueden volverse a despertar. Volverán a despertar en ti. Y recordarás.

Porque te veo a ti, con la cabeza rapada igual que los demás y con el mismo mono plateado de los Trabajadores del Estado y veo una cáscara vacía, un monstruo despojado de corazón y alma. Pero te miro a los ojos y, bajo las pupilas dilatadas que acompañan a esa sonrisa estúpida y grotesca que siempre muestras, la veo a ella, mi princesa guerrera, que el destino ha traído ante mí de nuevo.

Ilustración de Marta Herguedas

Sé que piensas que no me conoces de nada, que altero tu paz y que quieres que desaparezca de tu vida. Sé que no entiendes prácticamente nada de lo que te he contado ni por qué te he alejado de tu gente y te he traído a este paraje remoto, a esta construcción antigua y medio en ruinas, y mucho menos por qué te mantengo encerrada y te he quitado tus drogas diarias.

Y la respuesta es que lo he hecho por ti. En cuanto el efecto de las drogas se pase, en cuanto tu sangre vuelva a estar limpia, volverás a ser tú. La sangre… es tan importante… Volverás a recordar. Volverás a sentir. Todo lo que te he contado sobre mí, sobre nosotros, adquirirá sentido. La confusión de tu mente se desvanecerá como la niebla que cubre el río Râul Doamnei. Y entenderás. Sabrás por qué yo he vagado por los mares del tiempo hasta que la sangre humana se ha vuelto imbebible. Hasta que el espíritu del hombre se ha destruido. Hasta que las guerras y la pasión han desaparecido de la faz de la tierra y solo quedan el hastío y la soledad. Entonces me pedirás, me suplicarás que unamos nuestras sangres y volvamos a ser uno, como hace siglos, pero esta vez para siempre.

Y aunque carezcas de nombre porque el Estado Mundial prohíbe su uso, yo te devuelvo el que siempre te ha pertenecido, Cnaejna.

Estás en nuestro castillo de Transilvania, tu hogar. Estas tierras que contemplas desde la ventana de tu alcoba son todas tuyas y esas chimeneas que ves en la lejanía corresponden a las últimas aldeas libres que quedan en toda la tierra, los pueblos de los Cárpatos, acogidos bajo mi protección a cambio de cederme una parte insignificante de su sangre pura para mi sustento. Porque yo fui, soy y seguiré siendo por toda la eternidad, Vlad Draculea, Príncipe de Valaquia y máximo defensor de estas tierras.

Olga Besolí

Octubre de 2014

22ª Convocatoria: Batman

Batman.

 

Ilustración de Marta Herguedas

Con alas de piel

Érase una vez un feudo de acero y hormigón en el que reinaba la paz. Sus gentes construían un futuro prometedor, los líderes gobernaban con decisión, los obreros manejaban la maquinaria, los economistas dirigían la banca, los chicos jugaban y aprendían, los agentes de seguridad hacían respetar la ley,… en general, el trabajo abundaba y la felicidad era una plato que todos compartían.

Sin embargo, poco a poco la estabilidad del feudo se fue colapsando. No de forma inmediata, pues una semilla pútrida florece con paciencia, como un cáncer que va avanzando bajo tierra y pudre todo lo que toca a su alrededor. Pero, para cuando todos se dieron cuenta, era demasiado tarde: los líderes realizaban tratos con el Diablo, los obreros comenzaron a despedazarse entre ellos, los economistas guardaban en sus bolsillos parte de las ganancias, los jóvenes se drogaban y prostituían, los señores de la ley se dejaban comprar e imponían su autoridad de forma desmedida… las huestes del Mal se hicieron con cada rincón del territorio, y este, fue llamado Gotham: el reino del caos y el pecado.

Mientras aquello ocurría un joven de sangre hidalga vivía alejado del pueblo, en una torre de cristal y de acero. Dicho joven no era otro que el joven Bruce, hijo de la noble casa de los Wayne. Su padre, era legendario en todo el Reino. Un campeón que con la fuerza de su voluntad y la filantropía más pura había mantenido en jaque al Mal que asolaba al territorio. Hombre de letras y de ciencias por igual, se había dedicado a la medicina, llegando incluso a convertirse en un caballero que luchaba armado con su pluma, la razón y las palabras, que utilizaba sus recursos en grandes fundaciones y había incluso tenido el honor de convertirse en el médico del Rey. Sus ojos eran de un brillo imbatible, una decisión que lo hacía merecedor de su título. Mas por desgracia, las fuerzas del Caos acabaron por devorarlo junto con su amada esposa, dejando al pobre heredero de los Wayne solo y aislado en lo más alto de su torre cristalina.

Un día, observando desde el techo el viejo cielo algo viciado, una criatura de origen diabólico aunque de ojos vidriosos, cayó herida e indefensa. La bestia era un cachorro que no había crecido, una idea engendrada bajo el sino corrupto y maléfico de una ciudad maldita. Con alas de piel rasgadas no podía volar, pues el Mal que le dio la vida lo había traicionado dejándolo caer en medio de la fría noche. El niño observó con curiosidad a la criatura, no podía evitar sentir un halo de miedo y repugnancia ante su figura jorobada, peluda y grotesca. Mas en el fondo de su corazón, había admiración, esperanza,… pues ¿no eran nobles los intentos de regresar y combatir el negro corazón de los cielos? Venciendo a su timidez, se acercó lentamente ante aquella bestia. Su cabeza giró, sus fauces se abrieron, un grito que parecía una maldición en la noche llenó el vacío del espacio, la criatura alzaba las garras: estaba herida, aunque no indefensa. Apenas escuchó el chico aquel canto de guerra, y se escondió en el interior de la torre sin atreverse a salir ni a mirar al exterior. Por primera vez vio a uno de los vástagos del Mal; sintió miedo, dolor y odio al mismo tiempo. Notaba como algo crecía en su interior… incapaz de saber la razón de aquella existencia. Las horas se sucedieron hasta que finalmente la curiosidad venció al temor, aquel ser seguía insistiendo en sus intentos de regresar al infinito. La compasión fue más fuerte que la repulsión. El chico llenó un cuenco de frutos secos, y por una abertura, se la ofreció al cachorro. Receloso, aunque hambriento, la pequeña bestia se acercó. Aceptó el regalo y comenzó así una relación que se fue cimentando con el tiempo. Ambos, criatura y niño, crecían mientras la ciudad se pudría en el exterior. En los ojos del ser, el joven noble encontraba algo que lo diferenciaba de otras muchas criaturas del exterior: un brillo que le resultaba del todo familiar, el reflejo invencible de un ente que nunca se rendía. Con el tiempo las alas del animal se hicieron grandes, diabólicas. Se curaron rápidamente, por lo que el chico lo llevó al tejado.

—Vuela, muerciélago —le dijo—. Vuela y piérdete en la noche.

Mas la bestia no podía obedecer a la petición, pues ya no formaba parte del Mal. En su interior no se sentía preparada para volar, veía ahora a las huestes como enemigos a combatir: aquellos que lo abandonaron y lo dejaron morir en medio de la nada.

El muchacho asintió y aceptó; todavía no estaba listo. Pasó el tiempo, el cachorro se convirtió en un concepto; un hecho contradictorio destinado a enfrentar con las mismas armas a aquello que lo engendró. El chico se convirtió en hombre, se dio cuenta de que nada conseguiría encerrado en aquella torre de cristal. Regresaron a los tejados, las alas se alzaban majestuosas, la lluvia era un bautizo.

—No podemos quedarnos aquí —exclamó el noble— . Hay que combatir contra toda esta podredumbre, debemos vencer al Mal cueste lo que cueste: el reino tendrá ahora un nuevo campeón.

Un chillido de guerra sonó aún más fuerte, el feudó tembló al darse cuenta de que había forjado la llave de su perdición. Wayne cabalgó sobre la bestia, la criatura alzó el vuelo; ambos eran leyenda.

—Somos uno, murciélago —dijo—. Somos el corazón de Gotham, somos el remedio que acabará con toda la corrupción, somos Batman.

Axel A.Giaroli

Batman, el alter ego

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Relato

Rating: +18

Este relato es propiedad de Inmaculada Ostos. La ilustración es propiedad de Marta Herguedas. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Batman, el alter ego.

Ilustración de Marta Herguedas

Ser Bruce Wayne nunca fue fácil. Nací en mayo de 1939, trayendo una dura competencia de cola, Clark Kent. Mis inicios fueron algo difusos, ya que jamás me sentí cómodo con la personalidad asignada. Ni siquiera nací de una idea original en sí misma como aquí mi compañero, sino más bien de un cúmulo de influencias de éxitos pasados tales como: la leyenda del zorro, al que debo mi rostro enmascarado y las magníficas acrobacias de las que hice gala durante todo mi estrellato; o la leyenda de Superman, de la que heredé sus botas rojas, ese traje entallado y una doble identidad. Y ni siquiera esa identidad secreta era pura en esencia, ya que mi nombre y apellidos se debieron a la fusión de dos personajes destacados, Robert Bruce, el gran patriota escocés y, Mad Anthony Wayne,  un reconocido aristócrata.

Mis padres, Bob Kane y Bill Finger, trabajaron duro para afianzar mi éxito, hicieron muchos cambios en los diseños originales, cambiaron mi edad, mi complexión e incluso el desarrollo de la historia; aunque el cambio que más me dolió fue el que le hicieron a Robin, mi adorada y preciosa Robin, nunca tuve la oportunidad de decirle lo que sentía, lo mucho que me importaba.

En principio ella iba a ser mi chica maravillas, compañera de aventuras y amada, pero al equipo directivo no le gustó la idea. Así que hacia 1940 decidieron crear su alter ego masculino, una estrategia de marketing que conseguiría atraer a los lectores más jóvenes, puesto que se sentirían identificados. Después de aquella suplantación colorista de lo que fue mi socia, el equipo creativo decidió desvelar mi identidad secreta y contar mi verdadera historia, aquella que me llevó a ser aquel superhéroe obcecado con acabar con el crimen de Gotham City. Y por supuesto crearon infinidad de villanos contra los que tendría que luchar, a cada cual más peculiar. Fue esto lo que me hizo subir en el ranking de ventas, los números de las revistas se multiplicaron, así como el número de fieles seguidores. Pero nada de esto me satisfacía, hacía tiempo que me sentía vacío, olvidado, relegado, no era yo. Jamás comprendí por qué mi creador se vendió por dinero, jamás entendí por qué prefirió gustar a centenares de personas traicionándose a sí mismo.

Y es que la historia de mi nacimiento surgió de una bonita colaboración junto con la adolescente que se convertiría en su esposa. En una aburrida tarde de verano, en la que descubrieron que no solo se compenetraban escribiendo y dibujando. Todas las creaciones tenemos algo de nuestros padres, digamos que vierten sentimientos escondidos, miedos incontrolados y deseos de ser capaces de vivir emociones que de otra forma no vivirían. Pero supongo que las ganas de luchar por sus propios ideales, las ganas de defender lo que le era genuino, se fueron en el mismo instante en que ella murió, y mi Robin desapareció como el fantasma del amor que había atormentado el corazón del escritor que una vez soñó su historia. Me sentí abatido y descorazonado, y cuando los dibujos animados y el cine hicieron su aparición y la gente dejó de interesarse por los cómics, me sentí muy perdido, abandonado, y pasé a ser una simple reliquia guardada en un polvoriento cajón.

Un buen día, algo pasó. La tienda de cómics donde descansaban centenares de ejemplares, incluso los números inauditos,se incendió dejando reducido a polvo todo aquello que fuimos. Pensé que había llegado el fin, pero por alguna extraña razón todos los personajes que habitaban en los cómics cobraron vida, y corrieron despavoridos y desconcertados entre las voraces llamas. En menos de cinco minutos, todos habían atravesado la puerta, perdiéndose entre la multitud. Yo tampoco esperé demasiado, no me apetecía mucho sufrir la agonía que producían las quemaduras en aquella nueva y humana piel. Así que, seguí el camino de lobezno, atravesé el maltrecho escaparate cuyos cristales habían reventado a causa del calor, me escondí en la ciudad y esperé. Tras una media hora de navegar a contracorriente en un estado de inopia e incertidumbre absoluta, la salvación me vino a buscar en forma de Albert, mi mayordomo. Al parecer, no solo nuestros poderes y nuestra persona había cobrado vida, sino también las historias y aquellos que las compartían con nosotros. Así que afortunadamente seguía siendo Bruce Wayne, un huérfano heredero asquerosamente rico.

Albert me ayudó a recomponerme y me hizo asimilar todo lo que había sucedido. Él pensaba que todo aquello debía tener una razón de ser, no había que desaprovechar aquel maravilloso tiempo que nos habían regalado intentando buscar explicaciones lógicas a lo que no las tenía. Ni siquiera aquel loco mundo pareció darse cuenta de las irregularidades causadas, a pesar de las similitudes que nuestro nuevo resurgir tuviese con la literatura ficticia del mundo de los cómics. Además, Albert tenía la teoría de que aquel renacer podría ser debido al hecho de que el coleccionista, que también fue mi creador, nos transfirió toda su energía vital antes de morir entre las voraces llamas del descomunal incendio, regalándonos lo poco que quedaba de su vida. El caso era que allí estaba yo, una versión imberbe del héroe en el que me convertí, o más bien del héroe que diseñaron. De nuevo era yo, la primera versión de mí, pero a pesar de estar tremendamente feliz por volver a ser  aquel joven de dieciocho años de grandes ojos oscuros y alborotado pelo castaño, estaba más asustado y perdido si cabe que cuando llegué a la cúspide de mi estrellato.

Después de recomponerme, mi primera labor en aquel nuevo mundo fue recuperar todas las cámaras existentes en un par de kilómetros a la redonda. Necesitaba comprobar que no sólo los que vi salimos de allí, necesitaba saber hacia dónde habían huido, por si aquello me podía dar alguna pista sobre dónde encontrarlos. Además, me inquietaba la idea de no haber visto a ningún villano en la huida, así que tras estudiar detenidamente las cámaras de seguridad de la propia tienda, pude comprobar que ninguno había sobrevivido o más bien revivido, ya que se convirtieron en cenizas junto al papel y la tinta que tantas veces los había mostrado. Después de asegurarme de todo aquello y entender que nunca más vería a mi Robin, empecé a inquietarme por el papel que se supone que debíamos jugar en aquel alocado mundo lleno de guerras, de maldad y de corrupción. ¿Cómo podríamos luchar contra todo eso, si miraras donde miraras, en todos los rincones se respiraba el egoísmo y la ambición?

Alfred me veía tan abatido que un buen día me animó a encontrarme a mí mismo, me dijo que me despojase de todas mis ataduras, que desnudase mi alma y que mirase en mi interior. Y me lo tomé de forma literal, pues me fui al prado que estaba en una de mis propiedades de veraneo, me quité toda la ropa, me puse mi máscara y me tumbé entre las amapolas. Necesitaba hacer una locura, fundirme con la naturaleza, encontrar mi lugar en el mundo y, que mejor manera que fusionarme con la tierra, con el viento, con el universo.

A solas, en el prado, respiré hondo, cerré los ojos y escuché como el viento mecía las hojas de las amapolas muy suavemente. Poco a poco el zumbido que hacían las alas de los insectos al moverse y la brisa que acariciaba dulcemente mi cuerpo, hicieron que experimentara un estado de relajación y quietud como nunca había experimentado. Y entonces supe quién era realmente yo, y qué era lo que quería hacer con aquella, mi nueva vida. Entendí que aún podía hacer algo por esta sociedad  que estaba abocada al desastre. Decidí que si no podía luchar contra los criminales, no quería decir que no pudiera hacer algo para facilitarle las cosas a los menos afortunados. De hecho, habían  otros campos que explorar, campos que estaban abandonados, faltos de recursos y que necesitaban desesperadamente un padrino que ofreciera unas buenas inversiones o, en su defecto, a un tahúr cuya mente extraordinaria ayudará a buscar una ingeniosa solución para aquello que no la tenía. El mundo de la investigación, de la tecnología, de la sanidad, estaban faltos de recursos y esos serían mis objetivos. La investigación había sido mi vida y nunca se me había dado mal, así como la capacidad de crear avanzada tecnología, lo cual me había solucionado más de un problema. ¿Por qué no poner todos estos atributos a merced de la civilización?

Sí, yo era el verdadero Bruce Wayne, el joven soñador defensor de lo justo, el nuevo vengador, el Da Vinci de su época, aquel personaje de dieciocho años que se creó para luchar contra el mal de una manera distinta, aquel proyecto que se quedó en el cajón de su creador, aquel proyecto que evolucionó en el Batman que todos conocían. Aquel proyecto que era mucho mejor que todo aquello que fue  estipulado,  pues nacía de las más bellas y nobles intenciones. Andaba perdido en mis propias tribulaciones cuando, de repente, algo turbó mi paz sacándome de mi ensimismamiento. Una sombra había tapado los reconfortantes rayos de sol que calentaban mi rostro, así que abrí los ojos bastante molesto, esperando ver una nube cerrándole el paso al sol que regeneraba mi espíritu. Pero lo que ante mí se mostraba no era ninguna inoportuna nube sino una preciosa melena rubia que ondeaba al viento, mientras unos intensos ojos verdes me miraban con un extraño fulgor.

–¡Robin! exclamé, sin ni siquiera ser consciente de mi desnudez. Estaba nervioso, agitado, tremendamente feliz de verla allí a mi lado.

Me quité rápidamente y de un manotazo la vieja máscara de murciélago que había llevado para tener algo con lo que me pudiera definir. Mientras me incorporaba torpemente, ella me dedicó una  preciosa sonrisa, y se precipitó sobre mí dejándome a medio camino sentado sobre mis nalgas. Arrodillada, sujetó mi hombro con una mano y con la otra hizo un gesto que reclamó mi silencio.

Por fin te he encontrado, esta oportunidad no la voy a dejar escapar. Ha sido un largo camino y, no me refiero al que me ha llevado por fin hasta aquí…–me dijo.

Yo no entendí qué era lo que me quería decir hasta que se acercó a mí y me besó tenuemente en los labios. Entonces comprendí que ella también quiso siempre mucho más de mí y que nunca se le brindó la oportunidad de poder desarrollar lo que empezaba a sentir. No quería perder el tiempo, necesitaba reescribir su propia historia, nuestra propia historia. En aquel momento de sinceridad me sentí tremendamente feliz, y fui consciente por primera vez de mi desnudez y el rubor acudió a mi rostro como un torrente desbocado, sobre todo cuando me di cuenta de lo que aquel beso había provocado en partes que ahora mismo no deberían mostrarse. Robin debió de leer mis pensamientos puesto que su mirada se dirigió durante unos segundos de mi rostro sonrojado hacia aquello que provocaba mi  turbación, después dejó escapar una carcajada y se mordió el labio de forma coqueta, cómplice. Empezó a desnudarse muy lentamente mientras mis ojos hipnotizados y extasiados a un tiempo no podían dejar de mirar. Al cabo de unos minutos nuestros cuerpos se abrazaron dejando que los sentimientos afloraron desbocados, nuestras bocas hambrientas se buscaron y se deshicieron en besos voraces que recorrieron nuestros cuerpos sin prisa pero sin pausa. Nuestras manos, frenéticas, recorrieron cada íntimo recodo que nuestros preciosos seres guardaban, fundiendo de tal manera nuestras almas en una sola, que incluso fuimos capaces de emular el acompasado baile que desde hacía tiempo estaba interpretando el viento junto con la hierba y las amapolas, a las cuales deshojaba con el mismo cuidado y pasión, con la que se despojaba la soledad nuestros mutilados corazones.

Después de aquella muestra de amor, pasamos largo rato tumbados y abrazados el uno junto al otro, charlando y programando cual sería nuestro siguiente movimiento, ahora sí que nada ni nadie nos podría separar jamás. Robin estuvo de acuerdo conmigo en que si no podíamos luchar contra el villano en sí, al menos deberíamos poder mejorar la situación de aquellos que fuesen menos afortunados. Sin embargo, había una cosa en la que no estaba de acuerdo, y era que esto no podíamos hacerlo solos. Así que se le ocurrió una gran idea, crear una universidad para héroes en la que aprendieran a controlar sus poderes en aquella nueva vida y se dedicaran a encontrar la manera en que los mismos nos serían útiles para la causa. También trabajarían en sus identidades secretas y buscarían su lugar.

El primer día de universidad, el campus era un hervidero de adolescentes tremendamente hormonados y descontrolados, por desgracia todos ellos existían en sus versiones más jóvenes y primitivas. Además poseían un ego bastante subido debido a que sabían los poderes que cada uno poseía y no había nadie que intercediera en su lugar. Al parecer la naturaleza sólo había sido sabia conmigo, pues me había dotado de una inusual madurez. Así que, miré aterrado a mi alrededor arrepintiéndome sobremanera de haberme ofrecido a llevar a cabo todo aquello.

La escena que observaba desde mi posición era dantesca. Spiderman escalaba por las columnas del antiguo claustro de Oxford, Hulk intentaba aporrear al chico que le había roto las gafas llevándose unas cuantas columnas a su paso y dejando al descubierto sus desmesurados atributos.

–¡Bendita dotación! Seguro que la futura señora Hulk algún día se sentirá afortunada le susurré a Robin con sarcasmo. Esta me pegó un cariñoso puñetazo en el hombro a modo de reproche, aunque no pudiese ocultar su sonrisa divertida. Después se dirigió hacia Tony Stark, que había provocado una trifurca a propósito entre lobezno y superman para poder ganar el dinero que se había apostado.

De momento, las mujeres no habían llegado allí, así que siendo Robin la única fémina cercana y con autoridad en la zona, aparte de poseer un cuerpo escultural, se pueden imaginar el revuelo que se organizaba cada vez que ella se acercaba a alguno de los estudiantes para comunicarles el funcionamiento de nuestra organización secreta o, qué era lo que se escondía tras aquella facultad.    Afortunadamente los sabía manejar, pero yo no podía dejar de pensar en todo aquello que me llegaba a preocupar. Después de mirar más de cien veces a mi alrededor y reconocer casi a un centenar de súper héroes no encontré a ninguno que estuviese sano mentalmente, al menos era lo que parecía a simple vista. Aquella vuelta a sus inicios más viscerales, a aquella juventud perdida que había desatado la anarquía en su propia identidad, era tremendamente peligroso. Ni siquiera noté cuando Robin volvió a acercarse a mí y me besó dulcemente en el cuello mientras me susurraba:

No es tan malo como parece, lo podremos solucionar.

Pero ni siquiera esa aseveración consiguió convencerme, sabía que aún quedaba mucho por pelear e iba a ser más difícil de lo que alguna vez pude imaginar

Inmaculada Ostos Sobrino

La rebelión de las hadas

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Fantasía urbana

Rating: +13

Este relato es propiedad de Olga Besolí. La ilustración es propiedad de Marta Herguedas. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La rebelión de las hadas.

Se lo que hicisteis el último verano, parecía susurrarles el bosque en ruidos apenas perceptibles de ramas y hojas que cedían bajo el peso de sus pies. Lo sé, lo sé, siseaba una serpiente que cruzó por delante y se deslizó bajo una piedra. Todos, todos, parecían repetir las ardillas que vigilaban su avance desde los árboles. Lo vimos, lo vimos, cantaban con sus finas voces los pájaros desde el cielo.

Todo el bosque parecía hacerse eco de lo que allí había ocurrido, delator de lo que nadie más que ellas sabían. Incluso el rumor de las aguas del riachuelo reverberaban insistentemente lo hicisteis, hicisteis.

Aún así, el grupo de mujeres seguía avanzando, internándose en la espesura del bosque, entre canturreos de cancioncillas populares y risitas nerviosas por la cercanía de aquel lugar que algunas pisaron por primera vez hacía exactamente trescientos sesenta y cinco días.

El calor era sofocante. El sudor pegajoso adhería las ropas a esos cuerpos que ya no acostumbraban a ir ceñidos, evidenciando muchas redondeces y michelines, pistoleras, pechos caídos y vientres abultados, mientras que las mochilas cargadas con todo el peso del mundo presionaban unas espaldas aquejadas de rigidez debido a unas vidas demasiado sedentarias para los cuerpos y, a la vez, demasiado ajetreadas para las mentes.

El estrés, las responsabilidades y la tensión acumulada habían ido atenazando, día tras día, año tras año, esas cervicales que, paso a paso, y gracias al excesivo peso de las mochilas, se estaban recolocando y se liberaban de la tensión acumulada: por décadas de vivir enterradas entre papeleo unas; por tener que demostrar cada día sus aptitudes y profesionalidad mientras los compañeros de trabajo ascendían, otras; por estar en constante contacto con los clientes, a veces desagradables y machistas, algunas; por toda una vida intentando ser lo que la gente esperaba de ellas, bastantes; por esforzarse diariamente a ser la hija, la esposa, y luego la madre perfecta, la gran mayoría; por tener que aguantar los comentarios, consejos y órdenes no solicitados de todos aquellos que las consideraban frágiles, débiles e inferiores, muchas; por sentirse frustradas, impotentes y vapuleadas, como peces intentando nadar contra corriente sin conseguirlo, casi todas; por tener que sobrevivir y aguantarse dentro de una sociedad que solamente respeta la juventud y la extrema delgadez, y te bombardea la autoestima hasta que lloras frente al espejo por haber cumplido más de cuarenta y, encima,  aparentarlos, absolutamente todas.

De todos esos años de batallas libradas y perdidas no sólo habían resultado dañadas las cervicales; el sacrificio había obstruido también los corazones. Esas mujeres que habían empezado la vida con la ilusión y la esperanza que dan el futuro incierto y lleno de posibilidades se habían ido sumergiendo en la tristeza y el sopor que te entran cuando dejas de creer en ti misma. Hasta que una de ellas, el año anterior, despertó. Lo hizo y arrastró con ella a unas cuantas. Y esas pocas mujeres cometieron su primer crimen contra la sociedad establecida, contra el orden de todas las cosas, contra el estado de derecho, contra la estructura jerarquizada, contra el sistema patriarcal y contra todo lo que conocían. Esas pocas mujeres mintieron, extorsionaron, robaron, manipularon, chantajearon y utilizaron cualquier treta que tuvieron a mano. Y lejos de sentirse mal por ello, se sintieron mucho mejor, rozando casi la satisfacción.

Una de ellas simuló estar enferma en el trabajo para disponer de unos días sin tener que dar explicaciones; otra reclamó dos de sus días personales en la oficina; otra pegó un cartel de “cerrado por San Juan” en la puerta de su comercio; otra dejó a la enfermera a la cabeza de su consulta; otra le hizo “ojitos” a su jefe hasta que éste asintió y le adelantó las vacaciones; otra le explicó a su marido comprensivo que necesitaba dos días de soledad; otra le comentó al suyo, menos comprensivo, que le importaba un comino que él no estuviese de acuerdo, que se iría de todas maneras con sus amigas y que no pensaba decirle donde; otra envió a la porra a su pareja antes de cerrar la puerta tras de sí; otra desapareció sin más aprovechando que su marido se levantaba más temprano, tras dejarle una nota de “he dejado la nevera llena, que los niños no rompan nada”; otra cogió prestadas la mochila, la linterna, la cantimplora y la brújula de su nieto, por supuesto sin permiso; otra asaltó la bodega de su marido, de donde desaparecieron la botella de su mejor coñac y la de whisky añejo; otra le quitó el preciado mechero, regalo de sus empleados, al suyo; otra se llevó el coche familiar y la tienda de campaña de su hijo; otra robó el gorro de pesca y la nevera de los cebos, que llenó de tápers de comida.

Eso había ocurrido hacía exactamente un año, cuando aquel reducido primer grupo de mujeres, sin desvelar sus intenciones y su destino, se adentraron por la misma senda del bosque en un día soleado y caluroso como ese, con pasos inseguros pero con la frente bien alta. Y lo hicieron. Llegaron al enclave que una de ellas, guarda forestal, conocía a la perfección: un claro en medio de la espesura del bosque de difícil acceso para aquellos que no conozcan su posición exacta, escondido a la vista de los curiosos por árboles, matorrales y arbustos de espeso ramaje y bordeado por las frescas aguas del pequeño riachuelo virgen que baja directamente de la ladera de las montañas. Un espacio coronado por dos grandes rocas grabadas con símbolos: una espiral y un triángulo. Un paraíso terrenal con aires de celestial para ese grupo de trece mujeres que hacía un año llegaron hasta allí y que ahora repetían su hazaña viendo su número multiplicado por diez.

El centenar de mujeres tardó más de dos horas en recorrer el camino que les separaba del enclave: no porque estuviera lejos, sino porque las había de todas las condiciones y edades, algunas de ellas con artritis, otras con sobrepeso, otras con dolorosas varices en las piernas… incluso alguna con asma. Pero todas y cada una de ellas, con más o menos cansancio encima, según cada caso, llegó sonriente hasta el lugar dónde todo había ocurrido el verano anterior.

Todas se quedaron fascinadas ante el encanto del lugar, hasta las que lo habían visitado el año anterior, pues parecía que ese rincón del bosque no se subyugara al paso del tiempo. Estaba exactamente igual que cuando lo vieron por primera vez. Pero la admiración duró tan poco como el tiempo de descanso, porque todas se pusieron manos a la obra.

Como quien sigue un ritual de forma ceremoniosa, y con la calma de quien sabe que no tiene a su espalda a nadie observando dispuesto a evaluar y criticar cada movimiento, las mujeres fueron desplegando su campamento particular, de forma lenta pero armoniosa, arrulladas tan solo por el rumor de las aguas frescas y el eco de sus propias voces.

Los pequeños pajarillos del bosque se acercaban a escuchar la fuente de esas risas como campanillas y de las alegres canciones que surcaban el aire. Hacía un año que no habían vuelto a ver humanos por esa zona y estaban sorprendidos por tanto movimiento.

Unas mujeres se afanaban en allanar el suelo de piedras, otras montaban las tiendas sobre él, otras organizaban un fuego que cuidarían hasta bien entrada la madrugada, otras sacaban manteles, servilletas, cubiertos y platos, otras iban depositando aquí y allá envases repletos de suculenta comida casera, otras sacaban bebidas de mochilas, bolsas y neveras, otras mostraban sus instrumentos musicales y deleitaban al grupo con suaves melodías, otras se dedicaron a cocinar con las brasas del fuego… y todas en plena comunión. Nadie interfería en los asuntos de nadie, atareadas como estaban todas y cada una de ellas.

El día fue pasando y hubo tiempo de sobra para hacer lo que a cada una le vino en gana: leer, descansar, comer, bailar, cantar, hablar, escuchar, alejarse, reír, llorar, quejarse, estirar las piernas, pasear… Cada una tuvo su forma individual y diferenciada de expresarse y de sentir, libremente, sin que nadie se atreviera a juzgar a nadie por ello.

Los pequeños y escurridizos roedores que habitan en los árboles del bosque fueron acercándose, poco a poco, al olor de la comida y a la energía positiva que desprendía el campamento de aquellas mujeres. Algunos pequeños mamíferos también se acercaron a observarlas pero, temerosos de que hubiera depredadores por los alrededores, corrieron de vuelta a sus madrigueras.

Luego llegó el atardecer y, cuando el sol alumbró con su último rayo el día más largo del año y dio paso a la noche más corta, y a la vista de los animales nocturnos que salían de sus guaridas a la caza arropados por la creciente oscuridad, hicieron lo mismo que hicieran aquel primer grupo de mujeres del pueblo el año anterior: iniciaron su rebelión de las hadas.

Sin previo aviso, y sin ceremonias, se despojaron de sus ropas mientras dejaban caer al suelo sus miedos, sus tabús, sus traumas, sus frustraciones y sus complejos. Algunas miraban al suelo, otras elevaban la vista al cielo; todas evitaban mirarse. Fueron unos minutos tensos, de incertidumbre, hasta que se acostumbraron a su propia desnudez y fueron capaces de mirar al frente.

Primero con timidez y luego desterrando para siempre la vergüenza de sus vidas, se observaron unas a otras y se descubrieron como realmente eran: bellas. Los cuerpos por los que antes sentían rechazo, ahora, sin haber cambiado absolutamente en nada, les parecían más hermosos.

Fue su percepción de ellas mismas la que había cambiado, pues la perfección consiste precisamente en cada una de las marcas, señales y surcos que la vida te otorga. Cada arruga es el testigo de una experiencia vivida y el valor de la vida no era más que el valor de las experiencias acumuladas. Y sus cuerpos contaban todas aquellas vivencias como los tatuajes del marinero cuentan sus hazañas. Eso las convertía en mujeres completas. Ellas nunca habían sido los desechos humanos que les habían hecho creer que eran; ni los productos tarados e inútiles de esta gran fábrica de estereotipos imposibles de alcanzar que es este mundo. Ellas eran preciosas, femeninas y sublimes, tal como la naturaleza y la vida misma las había moldeado.

Un enjambre de mariposas nocturnas de fosforescentes alas azuladas alzaron el vuelo en torno a ellas y las rodearon, mientras ellas danzaban bombeando felicidad en sus corazones.

Ilustración de Marta Herguedas

La luna se alzó imponente en el cielo y el aullido de los lobos de las montañas corearon su agitado baile espontaneo. El dolor de las articulaciones ya no existía, el cansancio tampoco, ni la debilidad de los miembros, ni la pesadez, ni los ahogos, ni las taquicardias, si siquiera la sensación de peligro. Estaban acunadas por el bosque y sus habitantes.

Entonces fue cuando se obró el cambio: se sintieron tan fuertes, grandes, libres, poderosas y sabias como sus hermanas ancestrales, aquellas a las que antaño llamaban brujas, y que hacía ya una eternidad que habían bailado desnudas bajo la luz de la misma luna en ese mismo enclave, conjurando a su yo primitivo, ocultas a los amenazantes ojos inquisidores de los supersticiosos habitantes del pueblo.

Hacía demasiado que se había extinguido la memoria de lo que antiguamente solía suceder allí y que había renacido el año anterior. Nadie sabía nada de esas reuniones misteriosas salvo los anillos de los troncos de los árboles, que guardan la historia de los bosques, y las bestias que ahora presenciaban como el corazón del bosque volvía a latir con vida mágica, tras un milenio de silencio.

Sudadas y exhaustas de bailar con las mariposas, las mujeres se adentraron en el pequeño riachuelo a compartir su lecho con los pececillos. En vez de apartarse, estos se acercaban a sus manos, rozaban sus piernas, describían círculos a su alrededor. Ellas dejaron de sentir que nadaban contra corriente, sino que iban a favor de ella, porque la que estaban notando en esos momentos era la corriente verdadera de la vida, la de la naturaleza, y no aquella de la que creían provenir, la falsa corriente del pueblo, la de la sociedad, la de las empresas y productos, la de los anuncios, la del mundo que las instigaba a luchar contra el paso del tiempo, contra la evolución natural de los cuerpos, contra la vejez y contra ellas mismas.

Renunciaron a esa quimera impuesta por los demás cambiando el agua por el fuego purificador mientras, una tras otra, iban tirando a la hoguera su enemigo particular: su crema antiarrugas, su bote de tinte para las canas, su anticelulítico, su maquillaje corrector, su libro de dietas, su libro de ejercicio, su revista de moda, la de cotilleos, el número de teléfono de su dietista, la tarjeta del psicólogo, del gimnasio, del nutricionista, del gabinete de estética, del cirujano… todos aquellos enemigos que nunca las dejarían sentirse orgullosas de sí mismas. Hasta que la salida del sol anunció un nuevo día que inauguraba un nuevo ciclo anual repleto de ilusiones renovadas.

Pactaron no contar a nadie lo que allí había ocurrido, salvo a mujeres de confianza que merecieran beneficiarse del encuentro del año siguiente. El mundo debería seguir permaneciendo ignorante a todo aquello, no estaba preparado todavía para aceptar mujeres que vuelan con las mariposas y danzan con lobos.

Hacía unos pocos cientos de años el mundo todavía perseguía a las mujeres como ellas; hoy en día seguro que encontraría alguna nueva forma de aniquilarlas, pues una mujer satisfecha no es una buena consumidora y la sociedad consumista actual se basa y se abastece mediante la venta masiva de productos que prometen devolver la autoestima a sus clientes, aquella misma autoestima que las mismas empresas, con los medios de comunicación a su servicio, les quitan a las gentes para provocarles la necesidad de sus productos.

Así que el silencio y la complicidad entre ellas serían sus mejores aliados. Porque ahora, a ojos humanos, estas mujeres libres y liberadas se habían convertido en lo más peligroso, en un grupo de brujas desafiantes, que mantenían los ojos abiertos y las mentes despejadas, que se comunicaban con los animales y hablaban la lengua de la vida.

Aunque, a los ojos de los seres que habitan el bosque, ellas solamente eran las hadas que por fin habían regresado al hogar, después de una larga ausencia.

Olga Besolí

Junio 2014

E02-El fantasma de los libros

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Negro

Rating: +16

Este relato es propiedad de Juan Ramón Lorenzana. La ilustración es propiedad de Marta Herguedas. Quedan reservados todos los derechos de autor.

E02-El fantasma de los libros.

Me gusta pasearme entre los estantes de las pequeñas librerías y deslizar los dedos por las letras impresas en sus lomos. Me gusta perder mis pasos por las amplias y silenciosas estancias de las bibliotecas y sacar de su reposo volúmenes que cuentan historias de viajes, de amores y de aventuras en lugares lejanos. Me gustan, sobremanera, las ferias de libros, con esa multitud de pequeñas casetas donde se amontonan manuales de jardinería, clásicos de la literatura universal en formato de bolsillo y cuentos para niños, con algún que otro escritor que firma ejemplares de su última creación. Me gustan también las luminosas librerías de los centros comerciales, y hasta la pequeña y raquítica biblioteca del CPPA.

Yo tenía un novio al que también le gustaba mucho leer y que decía que algún día sería escritor. A mí no me escribía poemas o cartas de amor, como se supone que hace un poeta a su enamorada, pero era porque reservaba toda su energía creativa para su verdadera obsesión, que no era otra cosa que terminar la novela que se traía entre manos desde hacía años y que, decía, le llevaría a codearse de igual a igual con otros genios de la literatura de apellidos tan ilustres como Llosa, Márquez, Pamuk o Auster. Yo estaba convencida de su éxito y lo esperaba con tanta ilusión como él.

Después de cinco largos años me empezaron a dejar salir: primero un día a la semana, más adelante, cuando vieron que me hacía mucho bien y que no era una amenaza para nadie, de lunes a viernes, pero debía volver sin falta antes de las diez de la noche. La primera mañana me bajé del autobús en la Plaza de los Luceros y, casi sin querer, mis pies me llevaron a la Librería 80 Mundos. Todo estaba igual que cinco años antes, el tiempo no había pasado en aquel lugar, pero sí lo había hecho por mí; mejor así, si no, seguro que el propietario me hubiera reconocido y no habría dudado un instante en llamar a la policía. No fue así, e incluso estuvo especialmente amable conmigo, tanto que dejó sobre el mostrador el ejemplar que estaba leyendo de “Orgullo, prejuicio y zombis” para atenderme. Pedí disculpas en voz baja a Jane Austen cuando salí con… no recuerdo su nombre —digamos que se llamaba Juan— para tomar un café tras cerrar la librería, y en compensación le prometí que no pasaría por alto tal vejación. Y ya no tienen nada más que suponer porque ocurrió lo que tiene que pasar a un hombre que no respeta a una mujer que escribe y a otra que sabe leer.

Mi novio, al que yo quería tanto, me había prometido que cuando terminara el libro al que tanto tiempo y esfuerzo estaba dedicando, yo sería la primera en leerlo, no solo porque yo era su novia y me amaba, sino porque respetaba mucho mi opinión sobre todas las cosas y máxime si se trataba de literatura.

Cada día que salía del CPPA necesitaba, como una drogadicta con el síndrome de abstinencia, rodearme de libros. Y entonces visitaba librerías como Logos, la de María de Puy, San Jorge o Maeva, y allí saciaba mi necesidad de tocar y pasar páginas llenas de historias. Otras veces prefería ir a la biblioteca, la de Benalua, el Cabo o la Diagonal. Pero tengo que reconocer que, para entonces, ya no me interesa tanto leer como saber qué era lo que leían las demás personas que entre los estantes abrían un libro y hojeaban las primeras frases o las últimas, que de todo hay, o las que se sentaban en los silenciosos cubículos de la biblioteca para leer ensimismados sin ser molestados. Tanto a unos como a otros me acercaba con disimulo y, casi siempre con éxito, lograba vislumbrar lo que leían.

En el FNAC hay de todo y, tengo que reconocer, que yo iba, como vulgarmente se suele decir, “con la mosca detrás de la oreja”. Llevaba tres días sorprendentemente perfectos: hombres, mujeres y niños que leían, jugaban e incluso compraban libros que se llamaban Las mil y una noches, Decamerón, El idiota, El tambor de hojalata, Moby Dick o Lolita. Todo me parecía demasiado perfecto para ser cierto y llegué a la conclusión de que no era posible de que en el país en el que vivo hubiera tantos lectores aplicados y justos. Pensé entonces que el error debía de estar en mi mirada, que sin yo darme cuenta solo tenía ojos para los libros bellos que tanto me gustaban y, por ende, en las personas que los llevaban en las manos. Hice un esfuerzo aquella mañana y me propuse, al atravesar la puerta automática del local, observar con atención sin dejarme llevar por mi necesidad. No tardó mucho en ocurrir —como suponía—, pero no me esperaba que fuera tan terrible ni tan rápido mi reencuentro con la realidad. Debería haberme preparado mejor para lo que se me avecinaba. Había señales que me decían que podía ocurrir algo horrible: un expositor de más de metro y medio de alto y repleto de libros me recibió en cuanto entré en el local. En la cúspide, la jeta —porque no puede ser cara— de uno que se hace llamar escritor y le pagan por ello. No quise mirarlo; me dolía demasiado, —él me obligó a romper un libro por primera vez en mi vida—.

Quise matarlo allí mismo. Ni siquiera intentó mirar entre los centenares de libros de las atestadas estanterías. Según entró, fue directamente al stand, cogió uno de aquellos panfletos y se fue a la caja a pagar. Muy cerca de allí brillaba unas letras doradas sobre fondo azul y me imaginé a mí misma como Ulises, abriéndole la cabeza al insensato con la obra maestra de Joyce. Pero no estoy loca, si lo hubiera hecho así no me hubieran dejado salir nunca más. Le seguí por la Avenida de la Estación y al detenerse para cruzar la Calle del General Lacy, recibí una señal en forma de un camión con matrícula de Zaragoza. Pensé: un camión de gran tonelaje que viene desde la ciudad donde nació el tipo que escribió esa basura que ahora lleva en una bolsa este desgraciado, y una cosa llevó a la otra y me pareció coherente y justo devolver de un empellón el libro y su inconsciente lector a la ciudad maña. Casi todo salió bien, por lo menos lo fundamental. Permítaseme la gracia de decir que fui muy “mañosa”, y solo con un leve y discreto empujón fue suficiente para que, pongámosle un nombre y digamos que se llamaba Juan,  saliera lanzado por los aires hasta que tocó de nuevo el suelo una decena de metros más allá. Había mucha gente en ese momento esperando para cruzar la calle, y la aglomeración previa y el posterior tumulto que se formó alrededor del inerte y ensangrentado cuerpo de Juan me permitieron pasar totalmente desapercibida. Y solamente digo que casi todo salió bien porque, si bien Juan ya no volvería a comprar basura, hubiera estado bien que el camión fuera cargado hasta los topes de excrementos y que con él se hubiese llevado a Juan y su recién estrenado librillo. Pero Juan se quedó esparcido por unas decenas de metros cuadrados del asfalto de Alicante y, para mí sorpresa, el maldito librito apareció, amenazante, a mis pies. No tuve piedad; no tuve más que darle un puntapié para que se colara en su lugar natural: el alcantarillado de la ciudad.

Yo tenía un novio al que quería mucho, no se puede explicar de otra manera ni sería posible entender el porqué pasaba los días y las noches con el perenne deseo de tocarlo, besarlo y, sobre todo, oírlo. Mi novio hablaba muy bien. Conocía a la perfección las palabras que a mí me gustaba escuchar y además las decía en el orden ideal para que yo me rindiera a todos sus deseos. Ya ganada para él, tengo que reconocer que en la cama era un poco desastre, pero no me importaba porque era muy tierno verlo palidecer e incluso llegar al desmayo cuando, tras breves minutos de torpes enviones, se deshacía en mí. Yo le quería mucho, aunque a estas alturas de mi historia seguramente nadie se lo crea.

A Juan —supongamos que se llamaba Juan— lo conocí en la Librería El Gato Blanco y me fijé en él porque era un chico muy guapo, o al menos de los guapos que a mí me gustan: delgado, alto, con una encantadoras gafitas rectangulares de color malva y una media melena recogida con una simple goma del mismo color que sus gafas. Llevaba puestos unos pantalones cortos vaqueros y una camisa blanca de manga corta que permitía ver, ligeramente, un pecho de hombre joven al que no le gustaba tomar el sol y que, ¡gracias a Dios!, no se depilaba. Una tiene sus necesidades, y aunque el sexo no es para mí una prioridad —como lo demuestra el hecho de haber tenido ese novio al que quería tanto— lo cierto es que me pareció oportuno y necesario relajar mi estricto estilo de vida y darme una satisfacción con aquel Juan que me recordó el mucho tiempo que llevaba sin sexo.

Pero casi nada es lo que parece y aunque sí hubo sexo, y del bueno, de ese que hace a una desear que jamás se canse el jinete y al que sin querer le dices que sí a todo aunque no te pregunte nada porque sabe que esa noche puede hacer lo que quiera contigo y… Pero no fue todo perfecto, simplemente por un error mío que me dejó descolocada y, aunque a lo largo de la noche que pasamos verificando la fortaleza de la cama se me fue en más de una ocasión la razón, recurrentemente volvía a mi cabeza el recuerdo de lo que tenía que hacer en cuanto el postrero sopor le llegara después de tantos besos, de tanto lamernos y de tanto derramar deseo. Juan debía morir; no le podía conceder el perdón por muy bien que follara y por muy cariñoso y gentil que se mostrara. Era imperdonable que el libro que llevara bajo el brazo cuando salimos de la librería llevara por título “¡Chúpate esa!”.

Me ofendía sobremanera que un chico tan majo, con esos pantalones que marcaban sin apretar y con esas gafas tras las que se escondían unos deliciosos y melancólicos ojos verdes, se hubiera dejado llevar por esa estúpida moda de las historias de vampiros y, en vez de leerse las cuatro o cinco buenas novelas del género, se dedicara a leer esa estupidez de Cristopher Moore.

Así que, aunque disfruté como nunca de aquel muchacho, no fue todo lo ideal que podría haber sido simplemente porque, lejos de lo que pueda parecer, no soy una psicópata y no mato por unos incontrolables deseos homicidas. Tengo razones para hacer lo que hago y sufro por tener que hacer lo hago; pero, si yo no lo hago, quién lo haría por mí. ¿Tú? Sí, tú. ¿Serías capaz de sustituirme en esta fundamental misión?

Comenzaba a llenarse el cielo de rojos y naranjas cuando Juan se quedó dormido. Estaba precioso, todo lo largo que era, con su bonito culito bañado por la tenue luz de la recién estrenada luna. Pero no quise mirarlo más y me fui directamente a la cocina a por el cuchillo que acabaría con su joven vida.

En el fregadero los platos sucios de al menos una semana. La nevera llena de luz y tan solo un envase de mortadela con aceitunas hacía compañía a una solitaria botella de vino. En un cajón, un cuchillo digno de una película de miedo. Sobre la mesa quince o veinte libros y uno montón de hojas desparramadas en un orden entendible solo para él, pero que llamó mi atención y al que dediqué no menos de una hora para conseguir sacar una conclusión.

Creo que fue el momento más feliz de mi vida, y se lo demostré a Juan llevando a la cama la mortadela y el vino y haciéndole cosas que dudo mucho que nadie antes le hubiera hecho, y dejándole hacerme cosas que seguro que nadie me había hecho y nunca nadie más que él me haría.

Juan era estudiante de antropología y estaba haciendo una tesis sobre el mito del vampirismo en diferentes culturas a lo largo de la historia. Para documentarse tenía sobre su mesa títulos como Drácula, Crónicas vampíricas, El manual del iniciado, Conceptos racionales y cristianos sobre vampiros o chupasangres, El mundo de los fantasmas, El vampiro en Europa o La novia de Corinto. No creo que haga falta decirlo, pero por si acaso hay alguien con pocas entendederas leyendo esta historia, le diré que, a día de hoy, este Juan sigue vivo.

Yo tenía un novio al que quería mucho y que un día me dio, como el que entrega su más preciado tesoro, el manuscrito de su primera novela. También yo, emocionada y exultante, recogí entre mis manos su presente sabiendo que era muy afortunada por ser la primera en leer una de las más bellas historias de la literatura. Juan, —que en verdad así se llamaba mi novio—, tan solo me dijo que le llamara en cuanto terminara de leerlo y, se fue dándome un tierno beso en los labios.

Eran las nueve de la noche cuando Juan se fue de mi casa y a las doce y media ya había terminado de leerlo; pero no le llamé. Me tomé un café. Me temblaban las manos. Me fumé seis o siete cigarrillos encendiendo el uno con el anterior y volví a leer la novela. Eran las cuatro de la madrugada cuando terminé de leer por segunda vez la novela y fueron las siete cuando la terminé de leer por tercera vez. Después de ducharme llamé a Juan.

Me dio tiempo a tomarme dos cafés y acabar el paquete de tabaco que había empezado la noche anterior antes de que Juan llamara al timbre. No me levanté de la silla de la cocina porque Juan tenía llave de mi casa y porque él tenía la rara costumbre de llamar antes de entrar —según me había explicado una vez, porque no soportaría entrar un día y encontrarme fornicando. Prefería llamar para dar tiempo a que mi posible amante se pusiera los pantalones—. El resto de la historia, o al menos la más sangrienta y morbosa, ya la conoce todo el mundo porque los medios de comunicación se hicieron eco de la noticia en el momento en el que sucedió, y además volvieron a contarla otra vez, con pelos y señales, un año después con motivo del juicio en el que se me condenó a quince años de reclusión en el Centro Psiquiátrico Penitenciario de Alicante, más conocido por sus siglas CPPA. Lo único que puedo añadir para completar esta historia es lo que no dijeron los medios de comunicación ni la sentencia del tribunal que me juzgó, que no es otra cosa que el porqué de las veinticinco cuchilladas con las que maté a Juan. Y no lo dijeron porque yo nunca se lo conté a nadie… hasta ahora.

Yo quería mucho a mi novio, y él me correspondió con engañó todos los años que estuvimos juntos. Juan había escrito un verdadero bodrio, un montón de palabras que imitaban con torpeza palabras escritas por otros mucho antes. Era pretencioso a ratos, para luego hundirse en un insufrible continuo de te quieros y besos sin sentido, para más tarde “ponerse estupendo” haciendo presuntas referencias cultas a ilustres escritores como Sam Savage o Stendhal. De este último incluso utilizó su nombre verdadero, Henri Beyle, para nominar a dos insulsos, absurdos y mediocres personajes de su libro. La historia no la voy a contar porque entonces yo también debería darme muerte y porque no creo que nadie más deba padecer lo que yo sufrí aquella noche leyendo, por tres veces, la patética novelita escrita por mi difunto novio.

Tan solo para prevenir al despistado lector que pudiera tropezarse con el libro de Juan —el muy sinvergüenza también me había mentido en eso y había mandado el manuscrito a una editorial que, con ocasión del juicio y aprovechando el tirón mediático de mi historia, había decidido publicarla— en alguna perdida librería y tuviera la peregrina intención de comprárselo, que el título del engendro es: “Amores mecidos por el viento. Amores perdidos. Amores eternos”. Pero si a pesar de todas mis advertencias aún insistiera en adquirirlo, recomendarles que miren antes a su alrededor porque puede que esa chica tan mona vestida de azul a la que usted todavía no ha prestado atención decida meterle el libro de Juan por semejante parte, ya sea antes o después de matarlo.

FIN

Juan Ramón Lorenzana Fernández

Ilustración de Marta Herguedas

19ª Convocatoria: Magia y hechicería

Magia y hechicería

Ilustración de Marta Herguedas

Calaveras y diablitos,
como cantan mis pulqueros,
vengan todos a mi encuentro
en el Día de los Muertos.

Postrarme a la Santa Muerte
agradecida y plena
por mis pecados negros
y por los que vengan.

Rendirme a la macumba
con velas, flores y cigarros
y un gallo de muerte herido
que resbala de mis brazos.

Clavar mi espada de costurera
una y mil veces, si quisiera
renacer de mis cenizas
y tomar tu alma entera.

Cortar mi mano hasta hacer sangre
para unirla con la tuya,
ser la voz que te susurra
que te calma, que te arrulla.

Habitar tus pesadillas,
beber todos tus sueños,
saber que solo yo
tengo el control de ellos.

Prometido el paraíso
a cambio de mi condena
una vida que a la tuya
quieras o no se encadena.

Devorado por hormigas
corazón envuelto en seda
es mi alma la que grita
a mi ansia… que no ceda.

Sandra Cuervo

Abracadabra

Autor@: 

Ilustrador@: Marta Herguedas

Corrector@: 

Género: Realismo mágico

Rating: +7

Este relato es propiedad de Daniel Camargo. La ilustración es propiedad de Marta Herguedas. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Abracadabra.

 

Las gotas se deslizan por la tubería lenta y rítmicamente…, cayendo a intervalos regulares, como si fueran un metrónomo improvisado. Tac, tac, tac. Y aunque ya no llueve, seguirán así durante un rato, hasta que todas hayan terminado inexorablemente en el suelo gris de baldosas sucias, formando un espejo en el que podrías ver reflejadas las nubes.

Hay poca luz y mucha presbicia, por lo que debes hacer un esfuerzo considerable para llegar a divisarlas en detalle. Bajan por el caño resignada y organizadamente, como hormigas que vuelven al hormiguero, como parados en la cola del INEM.

No debe de ser fácil ser agua, piensas. Por un momento te imaginas que las gotas tienen vida propia y que, mientras recorren ese improvisado tobogán, debido al empuje de la gravedad, desconocen lo que les va a pasar al llegar al final, cuando el brusco cambio de dirección del tubo haga que se acumulen imprevistamente en un punto, y terminen cayendo al vacío, estrellándose contra el suelo. El destino es así de implacable y no perdona ni a una mísera gotita.

Cuando dejas de observarlas, y vuelves a la realidad, notas de pronto todo el cansancio acumulado en tu cuerpo y te sientes como si acabaras de atravesar el desierto de Gobi. Son las nueve de la noche y es jueves. Un jueves como tantos, de derrota. El día no fue fácil, qué va. El año entero tampoco lo está siendo.

El último cliente de la tarde te dejó colgado, después de una hora y media de espera en un bar inmundo. No es el primero que lo hace, ni será el último. Y tú vas a comisión, por lo que esas ausencias te duelen en el corazón y en el bolsillo.

Pero no es sólo eso. Hoy todo ha ido mal. La ducha fría por culpa de la bombona, la discusión con Marta durante el desayuno, la inasumible factura de la luz en el buzón, la rueda pinchada en el aparcamiento… Y además, para completar la racha, anoche perdiste jugando por la Champions en el sofá de tu casa y aún no has podido recuperarte del golpe. Sabías de antemano que es casi imposible ganarle a los alemanes, pero igual te ha tocado en el alma.

Y esta noche, de pronto, te has quedado sin nada que hacer. Se han acabado por hoy los compromisos laborales. Deberías volver a casa, pero no tienes ganas…

Te invade una cierta sensación de insatisfacción. Sabes que necesitas un cambio, romper esquemas, hacer algo distinto, pero te falta práctica. Y la imaginación no es lo tuyo. La rutina se ha cebado en ti, y hasta te cuesta recordar cuáles eran las cosas que te gustaban.

Comienzas a caminar sin rumbo, recorres las calles de Madrid esperando descubrir algo nuevo, algo que te quite esta sensación de mierda, una sorpresa, un golpe de timón, algo que sacuda tu vida. Pero como tantas otras veces, no sabes que hacer para conseguirlo, y prefieres confiar en quesea el cambio el que venga hacia ti.

Y sigues caminando lentamente, pisando los charcos de tu ciudad, con la mente enmarañada, esperando que caiga una ficha, que surja la idea, que pase algo.

De pronto un cartel lejano te llama la atención. “Hoy 21.00 h. Gran Espectáculo de Magia de Dan Garin”. ¿Magia?, piensas, je, je, ¿todavía quedan magos?

Pero algo te hace dudar… ¿Y por qué no una noche de magia? Y empiezas a caminar hacia el cartel. Lo haces instintivamente, casi sin darte cuenta, mientras buscas en tu memoria recuerdos de tu niñez. Tal vez no hayas vuelto a ver un mago en vivo desde los siete u ocho años. Tu infancia, esa época ingenua en la que todo era posible. Cuando aún pensabas que un mago realmente tenía poderes extraordinarios que le permitían hacer cosas increíbles. Cuando la curiosidad y el asombro todavía presidían tu vida. Cuando aún admirabas a tu padre y lo comparabas con Mandrake.

Luego creciste, maduraste, y la propia vida, la dura lucha por la supervivencia, te fue erosionando, empujándote hacia el escepticismo. Ya te costaba más creer, te avergonzaba sentirte ingenuo, lo veías como una debilidad, como una desventaja evolutiva. Y mientras tanto los intentos de engaño se multiplicaban: algunos amigos, muchas mujeres, los políticos de turno, tu jefe de personal, los sucesivos directores de sucursal de tu banco… Todo eso te fue creando una costra protectora y ya no te sientes responsable de tu incredulidad. Ha sido un proceso lento e inexorable, y ha sido en defensa propia.

Pero esta es una noche rara, el capítulo final de un día difícil. Y la magia se ha vuelto a cruzar en tu vida. Casualmente, inesperadamente. Porque ella ha querido. Hoy tienes ganas de dejarte llevar por tus impulsos, como cuando tocabas todos los botones de los telefonillos de los bloques de vivienda en Móstoles y salías corriendo antes de que bajaran los vecinos.

Casi sin darte cuenta has llegado al cartel. Ya estás bajo la marquesina de uno de esos teatros pequeños y cutres que tiene Madrid. Nada del otro mundo. Al menos parece limpio, aunque no le vendría mal una mano de pintura. En una esquina, Dan Garin, el mago en cuestión, sonríe desde un cartel amarillento con una estética muy de los 80. Seguramente el cartel mismo es de esa década. Toda una reliquia.

Sin pensarlo mucho te acercas a la taquilla y sacas una entrada de primera fila porque hoy no te quieres perder nada. Y te quedas un rato fuera fumando, haciendo tiempo, preparándote para lo que va a venir, como hacen los buzos al volver de una inmersión muy profunda, para evitar la embolia. Descompresión lo llaman.

Cuando entras a la sala, oscura y fría, lo primero que notas es el penetrante aroma a desinfectante, y cuando la vista se va acostumbrando a la penumbra ves que sólo hay unas diez personas dispersas en una sala que en sus buenos tiempos albergaría unas doscientas.

Te sientas en tu butaca, incómoda como pocas, y cierras los ojos, mientras suena una música indefinida, como de hipermercado. En un par de minutos la intensidad de las luces aumenta, al igual que el volumen de la música, y finalmente sale el mago

Parece que fuera el padre del de la foto del cartel. Los años para él no han pasado… en vano. Indudablemente lleva una dentadura postiza, algo suelta tal vez, lo que confiere un tono pastoso a su alocución. Y una peluca, de un tono entre naranja y rojizo, como si se le hubiera oxidado el cerebro y ese óxido estuviera chorreando hacia afuera por algunos poros de su cuero cabelludo. Se mueve con aparente soltura bajo su capa dorada, la soltura que te dan años y años repitiendo los mismos trucos. Lo acompaña una ayudante en minifalda, bastante más joven que él, y algo gordita. Seguro que son amantes, piensas.

Durante la primera parte de la rutina te cuesta concentrarte. Todos los trucos son burdos y conocidos, y la verborrea del mago resulta insoportable. Así más o menos durante unos veinte minutos, en los que se alternan trucos malos con chistes malos, en los que comienzas a arrepentirte de tu decisión, y tratas de recordar qué peli había esta noche en Canal Plus.

Y de pronto sucede lo que nunca te hubieras imaginado. Bajan las luces y un único foco alumbra al mago, mientras su ayudante, por detrás, entra al escenario empujando algo así como una mesa con ruedas sobre la que hay una caja alargada.

­Ahora veréis algo increíble, pero para ello necesitamos un voluntario dice Mr. Garin, mientras clava sus ojos en los tuyos, con una sonrisa cómplice.

Al principio no entiendes el mensaje. Das vuelta la cabeza buscando alguien detrás pero no hay nadie. Claro, es que no hay nadie en las diez primeras filas. Eres tú el elegido, el “voluntario”. El único posible.

¿Se anima señor?insiste. No puedes ver tu propia cara, pero te la imaginas. Esta no era precisamente la idea que tenías de tu retorno como “público” al mundo del espectáculo. Ahora comprendes la magnitud del error cometido al elegir la fila uno. No te gusta el protagonismo, no es lo tuyo, pero una vez más, como en tantas ocasiones, alguien ha decidido por ti.

Corina…, ayude al señor a subir al escenario— dice Mr. Garin. Y ves asombrado cómo tus piernas, aparentemente desconectadas de tu intelecto, suben los seis escalones que te llevan hacia Corina.

Ya estás arriba, y el potente foco te deslumbra, impidiéndote ver las butacas de la sala. La situación te supera y tu enorme timidez te ha bloqueado. No sabes cómo actuar, estás algo mareado, y un zumbido en los oídos te impide escuchar lo que dice el mago, a tu izquierda. Sólo consigues descifrar algunas palabras sueltas: único, sorprendente, cortaremos su cuerpo en dos, volveremos a unirlo…

Mientras habla, y para recuperar tu autocontrol, tratas de concentrarte en su ayudante, Corina, cuya celulitis, ahora que estás más cerca, puedes apreciar en detalle. Ella, experta en estas lides, se muestra amable y simpática, y mientras te lleva hacia la mesa alargada en la que descansa la caja, te murmura al oído Tranquilo, no te preocupes, no tengas miedo que no pasa nada, es todo un truco Y tú querrías creerla, más que a nadie en el mundo, confiar en ella ciegamente, pero tu corazón galopa desbocado, y tu párpado izquierdo tiembla, como aquella vez en la que el guardia civil te quitó los puntos.

Te hacen acostar dentro de la caja horizontal, roja y dorada, que se nota que ha sido repintada unas cuantas veces y tiene unas ranuras marcadas en distintos sitios. Te cuesta hacerlo, porque ya no eres tan ágil como antes y además el miedo agarrota tus músculos. De hecho, Corina debe esmerarse en un par de oportunidades para evitar que caigas al suelo. Mientras tanto, el mago habla, y habla, y habla. No para de hablar, aunque tú ya hace un rato que has dejado de intentar comprender qué es lo que dice. Y antes de cubrirte con una tapa, alcanzas a ver cómo el mago muestra al público, al escasísimo público, un impresionante serrucho de metro y medio de longitud cuyo filo brilla a la luz del foco.

Ilustración de Marta herguedas

Una vez que estás dentro, y con la tapa puesta, la claustrofobia te lleva a recordar textos de Poe leídos en tu adolescencia. Comprendes que no te puedes bajar de este asunto como de un autobús, y tratas de rebobinar la última hora de tu vida, buscando desesperadamente entender cómo es que has llegado a ese sitio, a esa situación, a esa posición (decúbito supino). Cómo carajo fue que se produjo esa transición desde un cliente ausente, a un mago presente y provisto de una portentosa arma blanca. Tu hemisferio derecho, más intuitivo, trata de calmarte, argumentando que esto es un truco muy manido, que probablemente tenga siglos de antigüedad, y que si el espectáculo se repite en ese teatro regularmente, es porque, de momento, no han tenido víctimas. Mientras tanto, tu hemisferio izquierdo, más racional y pragmático, te dice que no puedes confiar en un desconocido, y menos si está armado, y que no hay a la vista elementos de escape viables…

Desesperado, miras a tu alrededor, dentro de la caja, y ves las rajas, previstas para alojar la hoja del serrucho, pero no ves ningún dispositivo que pueda desviarla para proteger tu cuerpo. Tampoco ves una puerta secreta que te permita escapar ante una señal de Corina. Ella tampoco te ha explicado nada al respecto en el breve momento en el que te ayudaba a subir a la caja. No entiendes lo que está pasando, pero la cosa no tiene buena pinta. En absoluto.

En medio de tu creciente desesperación, notas que el mago finalmente se ha callado y escuchas algo así como un redoble de tambor, que te indica que ha llegado el momento de la verdad. La impotencia y el miedo te llevan a cerrar los ojos. Aprietas los puños y rezas. Si, tú, precisamente tú, rezas para que todo salga bien…

Pero va a ser que no. Segundos después sientes la hoja del serrucho desgarrando tu vientre. Una punzada de dolor inimaginable te atraviesa de la cabeza a los pies y notas un líquido caliente que chorrea por tus manos.

En un instante desfila ante tus ojos una catarata de imágenes de tu pasado. Antiguas novias, tu primer coche, algunos amigos, tu madre preparándote el desayuno, algún partido del Atleti… Es un torbellino que parece arrastrar todo aquello que alguna vez fue tuyo. Como si se te hubiera caído el móvil al inodoro y el maldito remolino de agua arrastrara con él a todos tus contactos, tu agenda, tu vida. Para siempre.

Y te olvidas de todo. Del mago, del público, de este jueves de mierda, tan igual a tantos otros y tan distinto. Piensas que el dolor es ahora lo único que te ata a la vida y que mientras lo sientas significará que aún tienes alguna posibilidad. Pero en el fondo sabes que ya te queda poco y que, de un modo inesperado, ridículo, te ha llegado el momento. Que una maldita carambola te llevó al punto en el que un absoluto desconocido te ha quitado lo poco que tenías. Y una extraña lucidez sobrevenida te hace comprender que ya nada se puede hacer, y es hora de soltar ese cuerpo que alguien te alquiló hace ya tantos años y nunca te preocupaste de cuidar…

Y con la resignación llega la calma. La calma total.

Ya no sientes nada. Absolutamente nada. No hay dolor, ni recuerdos, ni preocupaciones. Estás como flotando. Y te invade una gran paz.

Sientes una agradable tibieza, y una luz muy blanca y muy intensa te deslumbra, impidiéndote descifrar donde te encuentras. No tienes miedo. Sientes el impulso de dirigirte hacia la luz, un impulso incontenible.

Poco a poco tus ojos se van acostumbrando a ese resplandor, y ves unas sombras, unas figuras conocidas que se recortan contra la luz. Son tres siluetas familiares, que parecen conocerte, que te hacen gestos amistosos.

Que parecen dirigirse a ti. Que te hablan…

Papá, papá. Nos vamos a jugar en las olas con los primos.

Y dice mamá que cuides el bolso, y que si vas a seguir durmiendo al sol, al menos te pongas algo de protector solar.

 

Daniel Camargo. 2014

 

Equivocados

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Humor

Rating: +14

Este relato es propiedad de Jorge Moreno. La ilustración es propiedad de Marta Herguedas. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Equivocados.

—Lo siento, tengo senofobia.

Y va y me lo dice así, tan tranquilo, como el que dice que tiene conjuntivitis. Después de estar saliendo casi un año juntos ya intuía yo que había algo raro. Mucho “mi Diosa de ébano”, pero su comportamiento no era normal. A mí estas cosas ya me tienen un poco frita, así que estallo.

—¡Racista de mierda! Yo te…

Seno, cariño, seno, con ese, no con equis —me dice corrigiéndome, como si no supiera lo que me molesta ese tonito que utiliza cada vez que quiere remarcar que las cosas no son como yo las digo.

—¡Pues con ese, racista de mierda!

—Que no, cariño, que no, y tápate las tetas, por favor. A mí me encanta tu raza, la adoro. Eres exuberante, me encanta acariciar tu piel. Y tu país, desearía vivir allí. —Esto también me molesta y mucho, estoy cansada de decirle que nací en Talavera y que por mucho que mis padres sean de muy lejos me siento tan española o más que él que no para de meterse con todos, bien porque sean vascos, catalanes o andaluces. Pero la discusión me está desconcertando y solo atino a cubrirme el pecho con la camisa.

—Las tetas.

—¡Pero si ya me las he tapado!, ¿Qué pasa, que ahora te has hecho ultra religioso? —Que para otras cosas no lo parece.

—No, no, mi amor. Las tetas. Tengo fobia a las tetas. Senofobia.

—Esa palabra no existe.

—Sí existe.

—¡Que no!

—Bueno, me da igual, la cuestión es que no puedo con ellas.

—¡Mis tetas! —exclamo indignada—. ¿Qué les pasa a mis tetas? —interrogo, a la vez que las saco de la camisa y las sopeso en mis manos. Este tío es un majadero, pero si son perfectas. Grandes y redondas. Si en el gimnasio los tíos no paran de mirarme y las tías cuchichean que tienen que ser operadas.

¡Ahg! Tápate, por Dios —dice con cara de asco—. No son las tuyas, son las tetas, en general. No las soporto. Es verlas y se me reseca la boca, me pongo nervioso, me falta el aire y tengo que huir. —Me tapo y parece serenarse.

—Tú estás de coña. Me tomas el pelo.

—Que no, cari. No puedo evitarlo. Es ver unas y creo que me van a dar arcadas.

No puede ser. Llevamos casi un año juntos y el sexo no ha sido una anécdota, desde el primer día ya estábamos dándole. Pero ahora que lo pienso, siempre me había parecido rara su preocupación por que no cogiera frío.

—Por eso insistías en que no me desnudara.

—Sí, lo reconozco.

—¿Y en verano? En verano siempre me decías que me diera la vuelta. ¡Y yo que me pensaba que te gustaba así porque eras un poco flojito!

—¿Cómo un poco flojito?

—Ya sabes, flojito, que me ponías de espaldas para buscar “otras rutas” y fantasear que lo hacías con un tío.

—¡Pero qué dices, si yo soy muy macho!

—Muy macho, muy macho… Acabas de confesar que te dan asco las tetas.

—¡Fobia, es una fobia! Y no tiene nada que ver.

—Bueno, ya, pero reconoce que tu insistencia en hacerlo por ahí atrás era un poco sospechosa.

—¡Una vez! ¡Fue solo una vez! Siempre con lo mismo. Ya te dije que me equivoqué, que tenéis eso que es un lío.

—Sí, ya, una vez —digo conteniendo la risa. Pues debía de ser que todas las demás no le daba para llegar más lejos.

—Bueno, da igual, corazón —continua templando el ánimo—. Lo que quería decirte con esto, amor mío…

—¿Con qué?

—Cómo que con qué.

—Con qué querías decírmelo.

—Con esto, con lo de la fobia a tus tetas.

—¡Ah, no ves! Lo reconoces. Son mis tetas

—¡Que no! Las… las tetas. Déjame continuar. Pues, mi vida, quería decirte que ya llevamos un tiempo juntos y siento cosas por ti. —Sí, eso me ha quedado claro, básicamente asco a mis tetas—. Y quería sincerarme contigo y no podía pasar más tiempo sin confesarte mi fobia.

—Pues, hala, ya está confesado y al lío, yo me abrocho la camisa y al tema, que aunque estamos en verano casi que lo prefiero. —A veces me arrepiento de ser tan sincera, pero es que las discusiones me ponen brutísima.

—Pero hay algo más. Te quería pedir algo. —Creo que no me libro de morder la almohada.

—Dispara —respondo, dudando entre terminar de abotonar la camisa o quitármela.

—Te quería pedir que hicieras algo por mí. —Entendido, toca quitarse la camisa y girarse—. Es algo de tu físico, algo que querría que cambiaras. —¡A que me pide que me deje barba!—. Tú ¿te reducirías las mamas por mí?

Juro que al principio no le entendí con eso de mamas, pero en cuanto lo asimilé me salió espontáneo.

—Sí, claro.

—¿Sí? De verdad, mi amor.

—Claro, siempre que tú te agrandes la polla.

—¿Qué tiene de malo mi polla? Es grande, ¿no?

—Enorme —ironizo, pero creo que no lo pilla. ¿Acaso se cree que si no fuese tan pequeña, le iba a dejar todo el verano la puerta trasera?

—Ah. Pero entonces, ¿te las reduces o no?

—Ni de coña, hombre elefante.

Parece disgustado. Pobre. Me muero de calor. Me quito la camisa y me tumbo boca abajo. Enseguida parece olvidar su pena y se acuesta sobre mí.

Casi que prefería que tuviera xenofobia.

Esta mañana he oído un programa en la radio sobre fobias raras y me he acordado de un chico con el que salí que decía que tenía fobia a mis tetas y me pidió que me las quitara. Era muy majo, pero no tuve más remedio que cortar. Me fue fácil, le dije que yo tenía gilipollofobia y que no soportaba estar en el mismo planeta que él. En la radio decían que las fobias influyen muchísimo a las persona que rodean a los que las sufren y que, incluso, les dejan secuelas de por vida. Por suerte, yo no me encariñé mucho con él y lo superé fácilmente. Ahora que lo pienso no he vuelto a tener ninguna relación con un chico desde entonces, pero es porque la madurez me ha hecho más selectiva.

Ahora mismo voy a una cita con el primo de una amiga mía.

Ahí está. Vaya, sí que está bueno, no le recordaba tan guapo. Esto promete.

—Hola.

¡Qué voz! Me he enamorado. Y además creo que tiene un puestazo. Y mira cómo se le caen los ojos hacia mi escote. Sí, pequeño, no llevo sujetador. Este es mío. Pero no puedo arriesgarme, estoy harta de tarados, todos los hombres son iguales. He hecho bien en no ponerme sostén, me facilitará la maniobra. Cojo las solapas de mi camisa y tiro con fuerza, descubriendo los senos.

—¿Pero qué haces? ¡Tápate! —grita, para mi desolación, con el pánico reflejado en su rostro.

—¡Serás senófobo, cabrón!

—Pero… pero… si yo también soy negro.

—¡Con ese, senófobo de mierda!

Jorge Moreno

Ilustración de Marta Herguedas

¿Recuerdas, padre?

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Género: Relato corto

Rating: +14

Este relato es propiedad de Ricardo González. La ilustración con propiedad de Marta Herguedas. Quedan reservados todos los derechos de autor.

¿Recuerdas, padre?

¿ Recuerdas, padre, aquella mañana?

El día fetén, decías. Principios de noviembre. Cielo tapizado de nubes altas, de un blanco sucio. Húmedo sin lluvia. Frescor sin frío. Brisa sin viento. Como a ti y al Ron os gustaba. ¿Recuerdas al Ron, padre? Blanco y negro, cruce de setter y pachón. Con el pelo y la nariz larga de su padre. Con el tesón y el cazar corto de su madre. Compañero fiel de cazatas y de juegos infantiles. El mejor amigo de padre e hijo. Hasta se ganó el cariño de madre, que al principio no quería perro y al final le separaba las sobras con mimo. Y sin darle una caricia, le hablaba suave para que supiera que ella también lo quería.

Esos días era incansable. No se le secaba la nariz, ni jadeaba como en aquellas otras mañanas de polvo, rastrojo y codornices. Aquellos domingos grises laceaba paciente, con aquel trote vivo o aquel galope corto y rasante que alternaba traicionando sus orígenes. Los mejores días, decías. Porque el perro trabaja y el cazador no suda. Y así, coronábamos cerros y bajábamos regueras. Lo mismo cada bota se convertía en un pesado zapatón anaranjado al cruzar un barbecho, que los pantalones se raían contra jaras y retamas. Yo con aquel morral que madre llenaba la noche anterior de pan, queso, salchichón. A veces una tortilla, otras unos filetes empanados. Siempre unas manzanas, también vino con gaseosa para ti y agua para mí. Tú con tu AYA. La vieja escopeta que los hermanos de tu padre te habían regalado al terminar el bachillerato y que nunca abandonaste. Tres y una estrellas, eras un tirador fino, y más de una vez te vi largarle el izquierdo a una perdiz de esas que arrancan más allá de la casa del demonio y bajarla como un trapo.

Habíamos matado una liebre a poco de salir, en una tierra cerca del río. Era un matacán hermoso y no quisiste cargar con ella, ni que lo hiciera yo. Por eso volvimos a donde Germán había dejado el coche y la dejaste debajo medio tapada con un jersey. Para que el olor a hombre no dejara acercarse a la raposa, dijiste.

Antes de media mañana levantamos el bando de perdices en un alto, al lado del crestón de roca donde habían pasado la noche. Te quedaste con una tras la arrancada, un pollo del año que no anduvo atento a volar con los suyos y se dejó bloquear por el Ron, que le hizo una muestra de aquellas que a mí me ponían el corazón en un puño. Te recuerdo recogiéndola de su boca, estirándole las plumas y colgándola de la canana. Te comenzó a golpear en el muslo cuando echamos a andar otra vez. Ahora a zancadas.

  • Hay que apretarlas, a ver si las metemos en las riegas de encima del pueblo- dijiste, y no miraste hacia atrás para ver si yo te seguía sabedor de que hubiera trotado tras de ti sin balbucir una queja hasta el fin del mundo, en aquella mañana

Bajamos al fondo de una quebrada y sentimos dos escopetazos lejanos, muy seguidos. Supusimos que Germán y aquel par de podencos chalados suyos habrían apiolado un conejo allá abajo.

Tú no hubieras cambiado una perdiz por una docena de gazapos.

Y al trepar por la otra ladera, llegando arriba, el Ron pegó la nariz a tierra trotando nervioso y meneando la cola. Se volvió a mirarte y supo sin palabras que tenía que esperar, que no debía coronar antes que tú.

Había retomado el rastro de las perdices y sería fácil volver a tirarles en la asomada. Las más darían otro vuelo, pero tal vez alguna alcanzara a despistarse, y a quedarse achantada confiando en que el peligro pasara a su lado dejándola atrás. Por eso avivamos el paso, y yo trepé aquella cuesta a pocos metros de ti, jadeando, con la boca seca y casi arrastrando aquel morral que se me antojaba como lleno de piedras.

Entonces fue cuando te vi caer de rodillas y dejar la escopeta en el suelo. El Ron dejó de menear el rabo y te miró extrañado, con aquella mirada de miel que tal parecía que fuera a empezar a hablar. Yo también llegué a tu lado. Te iba a preguntar, pero no lo hice y supe que algo no iba bien. Tu mano izquierda apretaba tu pecho. La diestra, con la palma hacia abajo, me hacía señas: no preguntes, no hables, no te muevas. Solo espera. Tus labios, apretados uno contra otro, intentaron dedicarme una sonrisa imposible. Y en tus ojos entrecerrados apareció una mirada que en aquel momento no entendí. Una mirada que solo con los años he logrado descifrar.

Me arrodillé y sujeté al Ron, que no paraba de querer arrimarse a ti. El sudor que la caminata no había conseguido arrancarte comenzaba ahora a perlar tu frente. Pasó un tiempo eterno que no supe medir. Solo aferrar aquel collar con fuerza y tirar de él hacia atrás, sin atreverme a hacer nada más, ni siquiera a pensar. Allá abajo en el pueblo la campana de la iglesia llamó a misa. El Ron se resignó al fin a sentarse. Tú mirabas al suelo, muy quieto.

Y entonces, al final de aquella eternidad, empezaste a respirar hondo, y la expresión de tu rostro se suavizó. Te volviste para sentarte en la hierba rala y amarillenta, y por fin conseguiste sonreírme.

  • ¿Qué te pasa, padre?
  • Nada, tú tranquilo

Y el gesto de tu mano volvió a decirme que debía seguir teniendo paciencia. Seguí aferrando aquel collar unos minutos ya menos interminables. Tu expresión volvía a ser, poco a poco, casi normal.

  • Vámonos

Te vi levantarte, recoger la escopeta del suelo y quitarle los cartuchos, que volviste a la canana. Enfilaste el camino ladera abajo. Pregunté inocente.

  • ¿Las perdices, padre?
  • Hoy han ganado ellas. Venga, suelta al perro

Echamos a andar despacio. Tú, yo y el Ron pegado a mis talones, como si supiera que la cazata había terminado. Tal vez lo sabía.

Nos deteníamos con frecuencia, y en una ocasión te doblaste para vomitar. No hablábamos, pero un par de veces te volviste a sonreírme, aunque yo supe ver tristeza en tus ojos . Sonaron dos tiros más.

No sé cuanto tiempo había pasado cuando llegamos al coche. Me señalaste en dirección al pueblo.

  • Germán anda allí, en aquellos carrizos. Ve a buscarlo y dile que se venga. Llévate al Ron. ¡Anda!

Asentí, asombrado de que me dejaras ir solo, y comencé a trotar los pocos centenares de metros que me separaban de allí. Encontré a Germán enseguida, guiado por los jipíos de los podencos.

  • ¿Tu padre?
  • En el coche. Dice que vayas. Creo que se ha puesto enfermo
  • ¿De qué?
  • No sé. Se cayó de rodillas y como si le doliera en el pecho

Pequeño y grueso como era, nunca había visto a Germán caminar tan rápido. Con aquellas piernas que no serían mucho más largas que las mías de entonces, me obligó a correr para no quedarme atrás.

  • ¿Qué te pasa?

Contestaste con un gesto, llevándote una mano al corazón y haciendo una mueca. Él no dijo nada y comenzó a desarmar las escopetas y a echarlas al asiento de atrás. Metió los perros al maletero mientras tú te acomodabas en el sitio del copiloto.

  • Venga, sube, chaval- y su mirada era una mezcla de preocupación y cariño. El cientoventicuatro comenzó a traquetear por el camino, buscando salir a la carretera. Recordé la liebre y el jersey pero no me atreví a decir nada.
  • ¿A la casa de socorro?
  • No, a casa. Luego llamas al Servando, que se pase a verme

Madre y Charín no estaban. Seguramente habían ido a misa. Don Servando vino al poco de llegar ellas, con sus gruesas gafas de pasta negras y sus enormes patillas. Charín hizo un puchero, pensando que venía a ponerle una inyección, pero él se encerró en el cuarto contigo y con madre un buen rato. Cuando se marchó, quedabas acostado.

Pasaste unos días en casa, casi todo el rato en cama, y a mediados de semana ya te fuiste para la imprenta. Pensé que todo había sido un mal sueño, pero al domingo siguiente no fuimos de caza, ni al otro. Ni ninguno más.

Una tarde llegué del colegio y madre me tenía la rebanada de pan con mantequilla y azúcar. Me asomé a la ventana del patio, dispuesto a echarle al Ron, como siempre, parte de mi merienda sin que ella se diera cuenta. El Ron no estaba. Se lo habías regalado a otro cazador. Lloré de pena y de rabia, sin que mis años me dejaran saber que tu tristeza sin llanto era mucho más honda que la mía. Ni siquiera me consolé cuando a los pocos días llegaste a casa con una bicicleta, una flamante Orbea de color rojo.

Y otra tarde, ya en primavera, el director del colegio entró en mitad de clase de dibujo y me ordenó salir con él. El tío Jaime nos esperaba muy serio, y fuimos a casa. Sentía su enorme mano en mi hombro, muy pesada. Madre estaba allí, toda de negro, sentada con sus hermanas. Me abrazó, pero solo me enseñó sus ojos de vidrio y su pañuelo empapado. Era dura como la roca, dura como lo habías sido tú. No lloraba, y yo no quise llorar, como tú me habías enseñado que debía hacer un hombre. Y lo conseguí durante un buen rato hasta que llegó Germán y se vino directamente a mí, arrancando a sollozar. Entonces aquel torrente de lágrimas que me empeñaba en mantener oculto comenzó a brotar de repente, como si la presa de mis ojos se hubiera roto. Abrazados, Germán lloró casi como un niño, y yo lo hice casi como un hombre.

Vinieron unos años malos. Madre limpiaba las casas de otras mujeres, luego venía y nos remendaba la ropa. Yo estudiaba y me sentía muy solo. Pero poco a poco fui aprendiendo a vivir sin añoranza sin ti, sin el Ron, sin aquellos domingos de otoño ni aquellos amaneceres de agosto. Aprendí muchas cosas por mí mismo, hasta aprendí a afeitarme sin que me enseñaras.

Charín se casó, madre empezó a trabajar en la tintorería y yo seguí estudiando. Te recordé cuando terminé la carrera. También el día de la boda, aunque seguro que no tanto como madre. Eva te hubiera gustado, padre. Es pequeña y valiente. Cómo te hubiera gustado vernos llegar a casa con tus nietos, con Beatriz primero y con Rodrigo después. La vida daba una tregua, yo ganaba dinero y a madre conseguí arreglarle lo de la pensión. Vivimos felices un tiempo, volví a tener un perro y a salir al campo. Con tu vieja escopeta, que Germán guardó hasta que yo pude tenerla a mi nombre.

En el entierro de Germán había poca gente. Ceferino, Vidal y algún que otro cazador, de los que yo recordaba parados a charlar contigo cuando te acompañaba a dar una vuelta por la Plaza Mayor los sábados por la tarde. Y unos cuantos sobrinos a los que nunca había visto, supongo que ansiosos de liquidar las migajas de lo poco que pudiera haber dejado. Fui, creo, quien más lo sintió.

Madre se nos fue hace dos inviernos, sin una queja, como era ella. Y dejó un hueco que no sabíamos que había estado llenando hasta entonces.

Más tarde, hace unos meses, otra mano me señaló a mí. El diagnóstico fue como una sentencia y las apelaciones a la ciencia no han hecho sino diferir unos meses su ejecución, ya cercana. He intentado luchar, y sobre todo he pensado mucho en muchas cosas. Y he recordado, padre, aquella mirada tuya que entonces no entendí.

Ahora sé que cuando aquel trueno horadó tu pecho, cuando aquella mano invisible estrujaba tu corazón en una orgía de dolor, me implorabas perdón. Perdón por dejarme solo. Perdón por morirte a mi lado en medio de aquel páramo. Perdón por irte sin verme crecer…

Te aferraste a la vida. No te hubiera importado morir haciendo lo que más te gustaba, pero tú no eras tú, llevabas tu deber a cuestas como una pesada mochila, y en aquella mañana le dijiste a aquella mano que te soltara, que aún tenías cosas que hacer. Por eso pudimos volver al coche, y a casa.

Pero esa mano había marcado tu pecho con la cruz del cardiópata y antes o después debía volver. Sabedor de ello, hiciste con pesar cosas que entonces no entendí, como regalar al Ron, vender la casa y las fincas del abuelo, u olvidar la idea de comprar aquel Citroën que nos habías llevado a ver.

He entendido esa mirada, padre, porque yo también he mirado así a mi hijo.

Eva ha estado aquí hace un rato. Es fuerte, como erais tú y madre. Ha estado serena, aunque seguro que ahora llora. Hemos hablado. Yo he resistido cuanto he podido, he querido exprimir mi tiempo cambiando lucidez por dolor, pero ya no puedo más. Mi frente está sudorosa, como la tuya aquella mañana. Sufro, y me invade un agotamiento enorme. No es el cansancio que nos hacía sentir vivos aquellos domingos. Este es lúgubre, húmedo. Sin esperanza.

Han empezado a sedarme, y al fin descansaré. Pronto dormiré, atrapado por alguna especie de sueño que no conozco. No me importa. Sé que voy a despertar en una mañana nublada de otoño, tras de ti y con el Ron a nuestra vera.

Vamos, padre. Tenemos que seguir apretando a esas perdices…

Ilustración de Marta Herguedas

Ricardo González