¿Navidad?

Ilustrador: Rosa García
Género: relato, fantasía
 Este cuento es propiedad de Montse Augé, y su ilustración es propiedad de Rosa García. Quedan reservados todos los derechos de autor.

                                                              ¿NAVIDAD?

Respiraba con dificultad, con los músculos entumecidos, intentando despertar del largo letargo. Estaba desorientada, sin saber exactamente qué debía hacer. Un año más. Un año más de dudas. Siglos atrás simplemente habría abierto los ojos y sin ninguna pereza se hubiese puesto en marcha, hubiese desplegado inmediatamente todos sus encantos, haciendo acopio de enormes dosis de alegría, de generosidad, de…de todo aquello que se suponía que ella debía albergar para ofrecérselo a ellos. Pero hacía ya años que eso no sucedía, le costaba ponerse en pie de nuevo, totalmente desmoralizada después de tantos años de fracasos, uno detrás de otro, no habían entendido nada. Alguna vez estuvo a punto de abandonarlos, de sumirse en un sueño infinito. Pero siempre se arrepentía en el último momento. Y volvía a acompañarlos. Pero ahora no los disfrutaba, ahora los sufría. Cuando todo terminaba volvía a su refugio, totalmente destrozada, desanimada y triste, muy triste. Pero este año no pudo. Levantó la cabeza y… volvió a su sueño, tal vez eterno esta vez. Tal vez la echarían de menos. Tal vez no. Pero no podía más…

******

Los niños del pueblo esperaban impacientes la llegada  de las primeras nieves para empezar con sus batallas y para ver quién hacía el muñeco más grande. Pero este año estaba resultando meteorológicamente extraño. Nunca antes había sucedido: faltaban tres días para Navidad, hacía muchísimo frío pero… la nieve no aparecía. Nadie se lo explicaba, era un fenómeno extraño. El cambio climático decían unos. Pero los más viejos tenían una expresión de preocupación en sus rostros cuando miraban hacia el cielo: algo sucedía, algo sin ninguna explicación racional.

*****

Las ciudades habían olvidado sacar del armario su  disfraz navideño: nadie se había acordado de engalanar las calles con las típicas luces y adornos que anunciaban la llegada inminente de la Navidad. La verdad es que sí se habían acordado; la otra verdad es que les embargó tal desidia que fueron aplazando el trabajo hasta tal punto que el tiempo se les abalanzó casi encima y decidieron que no valía la pena esforzarse ya ese año. La pereza los envolvió y los convirtió en sus siervos. Y aquellos osados que lograron escapar de sus garras eran ahora noticia en la televisión: las imágenes de los infructuosos intentos por decorar el famoso árbol de Nueva York habían dado la vuelta al mundo. El árbol navideño más popular mostró su desnudez al resto del planeta que observó desilusionado como tan sólo era… un árbol, uno más y, como si no pudiera soportarlas, se desprendía sin cesar de las luces navideñas que intentaban colocarle. Lo que no había cambiado era el ritmo frenético de la sociedad consumista: regalos y más regalos, compras y más compras, el sonido incesante de la caja registradora, tarjetas de crédito cansadas de ser usadas y en los bancos las teclas ardientes de los cajeros…sacaban humo.

Ilustración de Rosa García

Ilustración de Rosa García

Los Reyes Magos y Santa Claus seguían conservando su trabajo… Pero ellos también se dieron cuenta de que algo extraño sucedía: habían perdido el contacto con la Navidad, no tenían noticias de ella ni  habían recibido el mensaje con el que los saludaba cada año dándoles la bienvenida e indicándoles que todo empezaba, como siempre en aquellas fechas.

-¡Algo pasa, algo pasa…!- Gaspar movía la cabeza con evidente signo de preocupación-. Este año pasa algo. Tengo una extraña sensación. Ella nunca actúa así, parece como si se hubiese olvidado…

Calló. Melchor y Baltasar lo miraron adivinando las palabras que quería pronunciar, dejando asomar en sus rostros una expresión que navegaba entre el miedo y la incertidumbre.

-¿No habrá perdido nuestro móvil?-. Melchor sonrió pensando que había encontrado la solución al enigma.

-¿Ella, ella perder algo? Tú sí que habrás perdido algún que otro regalo pero ella…imposible, nunca falla-. Gaspar elevó tanto el tono de voz que hizo sobresaltar a Baltasar, haciendo caer unos regalos de sus manos.

-¡Mira qué me has hecho hacer, todo por el suelo! Espero que ningún libro haya perdido ninguna página. ¡Por una vez que me piden libros! Fíjate qué bonitos son y qué historias más bellas deben esconder en su interior, maravillosos tesoros de letras: viajes increíbles, fantásticos dragones, temibles seres de la noche, historias bajo el mar, aventuras en los bosques…y hasta cuentos de Navidad. ¡Hay que repartir los regalos! A ver, a ver… ¿Pero cómo no nos hemos acordado? ¡Nuestro amigo, el de la barba, el de rojo! Papa…no, Santa…esta memoria, ¿cómo se llama?

– ¡Santa Claus! Rápido, el móvil, a ver qué sabe él-. Melchor empezó a buscar entre  sus ropajes de seda y oro su teléfono. De pronto se quedó inmóvil.

-¿Qué pasa?- corearon Gaspar y Baltasar al unísono.

– No podemos llamarlo, no tiene cobertura, vive en un pueblo de Laponia y nunca tiene cobertura. Pero…- Melchor fue directo al ordenador-.Sí podemos enviarle un correo. Santa, santa….pues no lo encuentro. Veamos si por Papa… ¡aquí está!: papa25@coldmail.fin.

“Querido Santa Claus,

Te escribimos totalmente desesperados porque nuestra queridísima amiga Navidad no aparece este año. No sabemos qué hacer con los regalos. Como tú vas antes     que nosotros te pedimos que nos des alguna noticia si es que la tienes.  Esperamos tu respuesta para preparar o no los camellos.

Te saludan afectuosamente,

Los Reyes Magos de Oriente”.

Ilustración de Rosa García

Ilustración de Rosa García


-¡Enviado! Espero que todavía esté en su casa.

Los tres reyes se pasaron toda la tarde mirando la pantalla del ordenador, esperando una señal…Y, finalmente, a  medianoche apareció la respuesta de Santa Claus:

“Queridos Reyes Magos,

Siento no tener ninguna noticia sobre la Navidad. Yo también estoy esperando su aviso. Estoy desesperado porque de los nervios he adelgazado veinte kilos y mi traje rojo me hace bolsas por todos los lados. Tendré que ponerme un relleno en la barriga, ¡qué vergüenza! Y mi barba… ¡la estoy perdiendo! A este paso tendré que usar una falsa. ¿Quién va a creerse que yo soy Santa Claus de verdad? Pero como hay que actuar rápido he decidido preparar el trineo con mis renos y repartir los regalos como cada año. ¡Este año voy cargado de libros! Os tengo que dejar porque tengo todavía mucho trabajo. ¡Feliz Na…! Bueno, dejémoslo.

Santa Claus”.

Los tres se miraron entre sí y asintieron con la cabeza. ¡Si Santa Claus repartía regalos ellos no iban a ser menos! ¡Los querían sacar del calendario…sólo faltaba que este año no aparecieran! Tantos años luchando por mantenerse…Entonces el  de los renos se haría dueño y señor de las navidades. ¡No señor! ¡A preparar los camellos!

Y aquel año, como todos los años, el veinticinco de Diciembre y el seis de Enero las calles se llenaron de cajas vacías de juguetes, los contenedores de vidrio se llenaron de botellas de vino, de cava, de champán. Las reuniones  familiares se sucedían en todos los hogares alrededor de una mesa en la que rebosaba la comida, dando la impresión de  que alguna parte del planeta vivía para comer y no comía para vivir .Se halagaba al que más engullía y al que conseguía llegar al final probando todos los suculentos manjares. Empezaban comiendo el veinticuatro de diciembre y seguían hasta el seis de enero. Se deseaban felicidad y otros calurosos deseos y no se volvían a ver…hasta las próximas Navidades.

El siete de Diciembre los Reyes Magos y Santa Claus descansaban en sus respectivos hogares. La Navidad no había aparecido. Pero ellos habían actuado exactamente igual que cada año. Ellos y todo el planeta. Todos habían notado algo, sucesos extraños e inusuales en esa época del año. Pero celebraron la Navidad como siempre. Como siempre pero sin ella. Ella no había acudido ese año. Entonces, los cuatro se preguntaban qué era realmente lo que habían celebrado ese año y los anteriores. La Navidad no…

****

Y ella soñaba…soñaba que algún día encontraría el mismo hilo mágico que usó Ariadna para ayudar a Teseo a salir del Laberinto.  Si ellos conseguían ver la magia del hilo,  agarrarse a él… tal vez conseguirían encontrar el camino, la salida del laberinto  en el que se habían perdido sus vidas. Si conseguían vencer al Minotauro volverían con ella.

Howling Christmas

Autor: David Gambero

Ilustradora: Verónica López

Correctora: Mary Esther Campusano 

Género: Ficción (a partir de 13 años)

Este cuento es propiedad de David Gambero, y su ilustración es propiedad de Verónica López. Quedan reservados todos los derechos de autor.

HOWLING CHRISTMAS

Los gritos. Todos en aquella trinchera creían haberse acostumbrado a ellos. A provocarlos. A proferirlos. A ignorarlos. A degradarlos a crueles arrullos de guerra.  Pero estaban equivocados. Cuando, hacía tres noches, el último fusil acalló su canto de muerte y comenzaron aquellos alaridos supieron cuan grave había sido su error. Cuán grande su arrogancia. Cuan sobrecogedor el miedo que todavía podían llegar a sentir.

-¿Por qué no se detienen?

La pregunta la profirió e iba destinado a todos y a ninguno. Pues aquel grito, aquella inenarrable muestra de dolor y desamparo, no había cesado de rasgar el aire de la trinchera, mohíno y pesado, desde hacía tres días exactos. Los mismos que ambos bandos llevaban sin encontrarse. Los mismos que la guerra llevaba respirando una paz inapropiada. Y aquello no podía ni debía ser. Todos eran conscientes de ello pero nadie decía nada. Pensamientos y palabras permanecían sosegados bajo aquel manto de sufrimiento que no cesaba en ningún instante de recordarles que allí fuera, en aquel campo de batalla bañado de barro, sangre y muerte, alguien había sido olvidado. Alguien que, entre lo obstinado y doliente, no hacía más que recordarles a cada uno de los que todavía quedaban atrapados entre las fauces de aquella guerra titánica cuan humano era el destino que les esperaba. Cuan poca gloria había en caer en combate. Cuan poca recompensa había en seguir fiel al valor y el deber. Cuan cruel era el destino.

Por desgracia para Matthew aquello no era ninguna revelación. Él lo había sabido nada más llegar a Ypres. Lo pudo leer claramente en los derrotados y al tiempo afortunados soldados que abandonaban el campo de batalla. Y aunque no cruzaron palabra alguna dejaron que sus miradas hablaran por ellos. Que contasen a aquellos bisoños vástagos de Gran Bretaña lo que les esperaba más allá de aquellos campos yermos de vida. Pero todos los refuerzos estaban entusiasmados con la idea de entrar en combate. De participar enla Gran Guerra.De entrar a formar parte de la historia. Todos menos Matthew. No. Él les miró. Uno por uno. Y aguantó con entereza aquellas miradas de guerra que mezclaban horror y pena. Y allí fue, precisamente, cuando supo que la gloria no estaba en luchar o en perseguir un ideal establecido por otros. No. La gloria estaba en jamás transmitir esa mirada. Que la verdadera victoria que podía conseguir era no abandonar un campo de batalla vacío. Y aún portando en lo más hondo de su ser aquella revelación había cumplido como el que más. Había respirado pólvora. Habría tragado barro. Había sangrado. Había hecho sangrar. Y, hasta ese momento, había sobrevivido con un bagaje militar más que aceptable. Doscientos noventa y ocho metros. Esos eran exactamente los metros que habían ganado. Unos metros que, a esas alturas, nadie sabía quien había ostentado en primer lugar. La sangre derramada era demasiado espesa como para poder distinguir las líneas que yacían bajo ella.

-Lo siento señor –dijo de pronto un joven cabo cuadrándose ante Matthew -.Ninguno de nuestros ojeadores es capaz de dar con él.

La voz temblorosa del joven devolvió a Matthew a un presente exento de silencios. Centenares de ojos habían batido aquel campo de batalla. Pero el resultado siempre había sido el mismo. Fuera, sobre la herida tierra, había demasiados muertos. Demasiada barbarie. Demasiada oscuridad. Demasiado para poder encontrar a alguien.

-Debe estar en algún foso –musitó Matthew lo que todos sabían.

-Debería estar muerto, señor –siguió con las verdades el soldado que se irguió tanto como el cansancio y el pesar le permitían -.Nadie puede sobrevivir tanto ahí fuera.

-Claro…descanse y vuelva a su puesto cabo. –ordenó con voz vacía Matthew.

Ambos intercambiaron un saludo gastado y Matthew volvió a quedarse en aquella soledad rodeada que únicamente podía vivirse en una trinchera. Sobre él un cielo de plata negra se dedicaba a recordarle cuán lejos estaban los días de paz. Cuán lejos estaba el silencio. Entonces, oculta bajo los gritos incesantes, aterrizó a su lado una paloma. El ave, grisácea como el humor del propio Matthew, comenzó a moverse repitiendo los mismos tres pasos una y otra vez. Incluso los animales sentían inquietud al estar en aquel lugar. De mala gana Matthew aferró al pájaro que, manso por entrenamiento, se dejó hacer. En su pata portaba órdenes. Unas de sobras conocías pero que, plasmadas en papel, daban cuerpo a los fantasmas de su alma. No necesitó leer ni la mitad de los engolados, regios y marciales términos que algún general a más de cincuenta yardas del primer casquillo de bala y desde un refugio seguro en el que no se puede escuchar ni el eco de la muerte había plasmado en aquel papel con caligrafía irregular. Una orden de ataque. Su posición, el sector Temperley, llevaba demasiado tiempo inactivo y el flanco derecho donde batallaban su pedazo de guerra las tropas francesas necesitaban urgentemente que les aliviasen la presión alemana. Obvió las palabras derrochadas de ánimo vacío antes de descubrir a qué hora se requerían su arrojo, valor y vidas.

-Al romper el día –repitió en voz alta como dándose el visto bueno.

Había pocos preparativos que hacer antes que la artillería rasgara el alba como preludio de su asalto a las posiciones enemigas. Tal vez los obuses acallaran aquellos gritos. Tal vez los avivaran. Matthew no podía saberlo. Lo único que sabía era que tenía frío. Y que el abrigo que llevaba en ese momento cubierto de barro y excrementos casi a partes iguales no era suyo. Igual que los galones que, como cicatrices extrañas, portaba en su hombro. Pues Matthew, que había llegado allí como uno más, había ido ascendiendo gracias a que otros caían a su alrededor. Por eso ahora mandaba sin mandar. Por eso ahora tenía que decirles a aquellos hombres cuyos corazones y oídos estaban inundados por aquellos bramidos incesantes que a la mañana siguiente tendrían que ser ellos los que gritaran una vez más. Los que lucharan en nombre de aquellos que, aún teniendo vigor y fuerza, sucumbían ante el miedo que ellos usaban de concubinas ocasionales. Tenía que decirles que mañana les tocaba morir por otros. Y lo peor de todo es que tenía que decírselo a sí mismo. Así pues, desfilando como el teniente que no era, fue afrontando uno a uno los rostros adustos, cansados y temerosos de cuántos soldados todavía se mantenían en sus puestos. Veteranos que todavía no se afeitaban, comidos por los gusanos y los pijos, asintieron ante lo esperado. Si tras su paso hubo lágrimas, Matthew no las vio. Si tras un leve apretón de manos estas temblaron, no lo sintió. Lo único que supo es que todos los que moraban aquella trinchera, aquella mala sutura que ellos mismos habían infringido a la tierra y en la cual sufrían y se desangraban, saltarían fuera de aquel parapeto y correrían a enfrentarse al enemigo una vez más. A recorrer esos cientos de metros eternos para, con suerte, quitar eso que trataban de defender. Para matar de la única forma que conocían. Para morir de maneras que desconocían.

-Tienes mal aspecto Vincent –le resaltó a Matthew una voz familiar.

Una sonrisa seca y rota escapó de sus labios al escuchar su nombre con destino al único escocés que permitía que lo nombrase con tal informalidad. Hugo Sullivan. El único con el que había llegado y seguía llamando amigo. Y el único doctor que todavía respiraba en aquel lado de la trinchera.

-Me gusta ir a la moda –respondió este sorprendido que, de todas las cosas que había logrado salvar de sí mismo, una de ellas fuese el humor -¿Qué se te ofrece?

-Se dice por ahí que mañana quieres llenarme la enfermería de heridos –fue directo al asunto -¿Pensabas decírmelo en algún momento?

-Supuse que te darías cuenta en cuanto vieras que faltamos para el desayuno.

-Vais a saltaros más que una comida si salís ahí fuera ahora mismo –contestó este con amargura -.Tus hombres no están preparados para un nuevo asalto.

-Ninguno estábamos preparados para esto cuando llegamos. Y aún así seguimos vivos.

-Si tú llamas a esto vida…-musitó este sacudiéndose una liendre del pelo al tiempo que cambiaba el gesto a uno más adusto -.Te advierto que ahora mismo todos están más dispuestos a morir que a vivir por su graciosa majestad.

-No quiero que mueran, quiero que ganen.

-Colega… me parece que eso va a ser un poco difícil con esos gritos retumbando día y noche en sus cabezas, ¿captas?

Matthew había llegado a donde no quería llegar. A la verdad. Una verdad que había ignorado como había podido. Pero era cierto que aquellos gritos incesantes les estaban cambiando a todos. Que aquella muestra infinita de horror había anulado su capacidad de pensar en la victoria final. O, al menos, en salir de allí enteros. Aquellos gritos sólo habían dejado espacio para los pensamientos más funestos. Unos que hasta Matthew ya no podía obviar y, mucho menos, combatir. Unos a los que había que poner fin.

-No puedo arriesgar hombres por un herido…

-Pues te arriesgas a perder tu preciosa guerra –le dijo el amigo y no el soldado -.Por lo que más quieras: desobedece. Sé que en cuanto los británicos os vestís para la guerra no os cabe en la cabeza ni el miedo ni el sentido común, pero esto va más allá. Quédate aquí hasta que ese desdichado se muera… Y luego haz lo que tenga que hacerse.

Entonces el teniente tomó aquellos pequeños galones que colgaban de su guerrera y que tanto pesaban, se los arrancó con sumo cuidado y se los tendió a su amigo. Este entendió el gesto, aunque no lo aceptó. Aquel símbolo de obligación quedó suspendido entre los dos el tiempo justo en el que las amistades decaen. Y aquella, forjada en el fuego de la guerra, estuvo a punto de quebrarse. Ambos lo supieron mientras escondían sus miradas en diferentes infinitos pues, de haberlas cruzado, hubiese sido el último gesto entre los dos. No lo fue.

-Alguien tiene que hacerlo… -resumió el teniente.

-Sabes que en cuanto pongas un pie fuera de la trinchera eres hombre muerto –gruñó Hugo mientras contenía aliento y rabia con un esfuerzo titánico -.No esperaba eso de ti.

-¿No esperaba que cumpliese con mi deber?

El tiempo de la respuesta se quedó sin esta. En su lugar Hugo hizo lo único que podía hacer. Le arrebató aquella insignia que su amigo había llevado con entereza todos aquellos días y lo apretó en su puño hasta que consiguió sangrar. Mas no sintió la tibieza de su vida al derramarse. Sintió frío. El frío de una soledad que ocuparía el lugar de Matthew cuando este no estuviese y el fuese teniente. Y cuando dejase de serlo.

-Si me matan, matarán a un soldado. No a un oficial.

-Ahí fuera solo buscan matar hombres, no rangos. Tal vez haya lugares donde la guerra sea así de frívola, pero tú y yo sabemos que este no es uno de ellos…

En menos de un minuto ambos habían comprendido completamente de qué iba la guerra. De que iba la vida. De tomar decisiones. De buscar excusas para actuar. Porque entre los vacíos de todas aquellas palabras dichas con pasión medida y verdad sesgada estaba la verdad. Y la verdad seguía gritando sin descanso sobre ellos. Y Matthew iba a tratar de acallar aquellos gritos. A tratar de dar la oportunidad a los suyos de a una batalla y no a una derrota. Al menos así lo entendieron ambos. Al menos así quisieron entenderlo. Hugo entonces rebuscó en su zurrón y sacó un pequeño fardo que le lanzó a su amigo. Esté lo cogió al vuelo. Una sensación extraña, cercana al miedo y la desazón, le recorrió la espalda cuando descubrió lo que tenía entre manos: Una máscara antigás.

-¿Para qué quiero esto? –preguntó el teniente.

-Es que eres demasiado guapo y no quiero que te disparen a la cara –repuso este con una mueca cercana a la sonrisa -.Y ahora en serio. La porquería que nos lanzaron los alemanes la otra vez puede que esté todavía rezumando ahí fuera. Además si no ven que eres un hijo dela GranBretañaigual se lo piensan dos veces antes de pegarte un tiro.

-Si lanzan una bengala y me ven ahí fuera seré pasto de los francotiradores…

-Si lanzan una bengala tírate al primer agujero que veas y espera a que devolvamos el fuego. Sé que es poco caballeroso disparar de noche, pero los escoceses nunca hemos sido demasiado considerados… o seguiríamos siendo ingleses.

La sonrisa de complicidad de Matthew se perdió al instante dentro de la asfixiante máscara antigás. Atrapado dentro de aquel pedazo de piel y filtros de aire todo se hacía más difícil. Respirar. Pensar. Ser humano incluso. Matthew dejó que su amigo se la ajustase correctamente y trato de acostumbrarse a su nueva piel de monstruo. Ya estaba todo lo listo que una persona podía estar para atravesar tierra de nadie en la oscuridad.

-Matthew, ¿sabes qué día es hoy? –preguntó Sullivan de pronto.

Este negó con la cabeza. Había dejado de contar los días desde el primer día. No tenía sentido contar lo que ya no le pertenecía. El escocés entonces hizo un gesto de reproche con la cabeza y le palmeó el hombro ya exento de insignias y responsabilidades.

-Ingleses… -le dijo el médico y le tendió su revólver Webley -.Feliz Navidad.

Sorprendido a partes iguales por el regalo y la fecha el teniente aceptó ambas acabando así las despedidas. Con ayuda del médico y al amparo de la oscuridad Matthew se alzó fuera de la trinchera en un patético espectáculo que, por suerte para la poca dignidad que conservaba, quedó en privado. Cuerpo a tierra dedicó una mirada empañada hacia atrás. Hacia el infierno que dejaba. Pero nada había ya tras de sí. Sólo oscuridad. La trinchera, que sabía estaba justo tras de sí, no estaba. No le importó demasiado. Si llegaba el momento de volver a ella encontraría el camino. Y para ello sólo contaba con su determinación y aquel revólver. Su mano, torpe dentro de un guante más lleno de barro que de carne, lo buscó a tientas dentro de su abrigo. Le quedaban dos balas. Sonrió. Esperaba que le sobrase una. Tal vez la necesitase más adelante para hacerse un último favor. Recorrió los primeros fatigosos metros con cautela. Dejando que sus ojos se acostumbrasen a la penumbra. Pronto comenzó a distinguir siluetas ante sí. Y aunque hubiese deseado quedar ciego ante ellas no dejó de mirarlas mientras los gritos se personificaban en las mudas expresiones de aquellos cuerpos caídos junto a los que caminaba.  La siembra de semanas de combates había sido generosa en muerte. Y ahora, con aquella lenta precaución, Matthew podía contemplarla en toda su inmensidad. Daba gracias a que sus deberes le habían ocultado aquella verdad. Aliados y enemigos se mezclaban en un descanso macabro. La máscara, al final, le resultó útil para encubrir los olores de la muerte que rezumaban a su alrededor. De otra manera habría vomitado. De otra manera les habría envidiado. Pero no. En su mente sólo cabían aquellos alaridos incesantes. Y su necesidad de acallarlos. Pero, por más que avanzaba, no conseguía dar con la procedencia del sufrimiento. Por más que se detenía y aguzaba el oído los gritos parecían venir de todas partes. Y lo que era peor: se iban desvaneciendo a medida que él avanzaba. Con menguada determinación siguió caminando hacia delante con la esperanza de encontrar algo de claridad. Entonces una silueta monstruosa se materializó ante él. Un cuadrado irregular de oscuridad del porte de una choza pequeña se recortaba a escasas yardas de su posición. Alzó el arma hacia ella y se acercó a pasos cautelosos hacia ella. Poco a poco el corpachón herido de un carro de combate británico Mark I coincidió con la silueta. Matthew lo reconoció sin problemas; la propia artillería aliada lo había abatido hacía dos semanas y desde entonces habían utilizado su cobertura para reagruparse en los sucesivos asaltos que se habían llevado a cabo. Hubiese sido de gran ayuda para tomar las trincheras enemigas, pero por desgracia en una guerra tan caótica como aquella el fuego amigo era tan común como el enemigo. Matthew decidió descansar bajo su abrigo, pero para su sorpresa alguien había pensado de igual manera. Sentado sobre el techo del mismo, con una rodilla recogida sobre sí mismo y el rostro alzado hacia un cielo opaco había un hombre. Un soldado. Un enemigo. Instintivamente Matthew alzó su pistola hacia él. Era un blanco fácil. Y un disparo difícil, pues la deflagración atraería toda la atención hacia su posición. Las dudas llevaron a sus pies a tropezar. A hacer ruido. A presentarse.

-No debería estar aquí –dijo de pronto una voz profunda y con acento forzado.

A Matthew no le quedaron dudas de que aquel hombre era alemán. Y aún así su inglés era sorprendentemente digerible.

-No se mueva –le dedicó Matthew de vuelta con una voz distorsionada por la máscara.

-No me he movido en toda la noche soldado –replicó este -.Y creo que he hecho bien en hacerlo. No me hubiese gustado encontrarme con usted ahí fuera. He tenido pesadillas con mejor aspecto que usted.

Lo cierto es que aquello no era complicado. Con la máscara antigás, el cuerpo cubierto de barro y el fantasmagórico brillo plateado del revólver, Matthew se había convertido en un perfecto heraldo de la muerte. Y era eso precisamente lo que evitaba que sucediera entre él y aquel hombre pues, aunque no veía que este fuese armado, un soldado no necesita armas para matar. Sólo intención.

-¿Qué está haciendo aquí fuera? –preguntó el inglés con franca curiosidad.

Como principio de respuesta el desconocido saltó al suelo dejándose ver mejor. Uniforme y rostro curtido le identificaban como alemán. Como a un enemigo. Mas sus ojos, de un verde abatido, le convertían en un igual a Matthew que, aún sintiendo que no había amenaza en ellos, no bajó el arma ni concedió un centímetro más a aquel hombre.

-Puede quitarse eso –le dijo el alemán cuyas palabras comenzaban a paladear el inglés con más suavidad -.El gas se disipó hace días.

-Tendrá que entender que no le crea.

-Ya…claro. Que yo esté aquí fuera sin máscara no le es prueba suficiente.

-¿Lo sería para usted si los papeles estuviesen invertidos?

El soldado asintió varias veces. De pronto los gritos, que se habían tornado en murmullos lastimeros, renovaron su intensidad. Por puro instinto Matthew desvió la mirada un segundo. Al momento supo que había sido un error. Y el cuchillo que se materializó a escasos centímetros de su cuello así se lo confirmó. El alemán se había movido rápido inmovilizándolo. Y él reaccionado lento dejándose atrapar.

-¿Está aquí por los gritos, no es así? –preguntó el alemán cuyo aliento alimentó la máscara antigás de Matthew.

Este, indefenso, asintió con sumo cuidado. De pronto la presión se aflojó y el inglés se vio libre de cuchillo y presa de su enemigo. El alemán alzó entonces ambas manos y, lentamente, guardó el cuchillo de combate en su funda oculta dentro de su guerrera. Matthew se sintió estúpido sujetando todavía el revólver. Aún así no hizo otro tanto. La guardia es una de las cosas que sólo se bajan una vez.

-No volveré a perdonarle la vida una próxima vez inglés –musitó el alemán -.Ahora, ¿qué le parece si deja de esconderse tras su máscara y hablamos de hombre a hombre?

-No somos hombres –le recordó Matthew aunque tiró con saña de la máscara liberándose de su yugo asfixiante con alegría contenida -.No mientras estemos aquí.

-He sido soldado antes que usted hombre, inglés. Y no hay lugares donde sólo se pueda ser uno de los dos. Elija usted lo que quiere ser aquí y ahora.

Desde que había comenzado la guerra era la primera vez que alguien le dejaba elegir algo. Matthew se sintió extraño ante tan difícil y sencillo dilema. Bajó el arma. Decidió ser un hombre. Al menos mientras la situación le permitiese serlo.

-¿Quién es usted? –inquirió paladeando el aire nocturno -¿Y cómo sabe inglés?

-Acaba usted de nombrar las dos únicas cosas que me dio mi madre –contestó el desconocido dejando escapar una sonrisa triste -.Mi nombre es Robert Hass y temo que mis orígenes maternos no difieren demasiado de los suyos. Por desgracia para nuestros caminos el resto de lo que soy me lo dio mi padre.

-¿Su madre se casó con un alemán?

-Nuestras naciones no han estado enfrentadas siempre. Y espero que no lo estén. Algún día me gustaría volver a su isla para poder llevarle flores a su tumba.

-Lo siento…

-No lo lamente. Que yo sepa usted no la mató –siseó Robert con amargura mientras se removía del sitio inquieto -.Además, no necesito su simpatía inglés. Aunque si me vendría muy bien su ayuda. Además de su nombre, si no tiene impedimento.

-Vincent T. Matthew –le concedió al alemán -.Soldado del 56 cuerpo de infantería de su majestad. Ya tiene mi nombre, así que deje de llamarme solamente inglés.

-¿No le gusta serlo o no le gusta como lo digo?

-Ahora mismo un poco de ambas –confesó este incapaz de leer entre las palabras de Robert -¿Así que usted también está aquí para hacer callar los gritos?

El alemán asintió al tiempo que recostaba su espalda sobre el cuerpo metálico del carro de combate. Matthew pudo observarlo mucho mejor entonces. Aquel hombre rezumaba verdadera veteranía. Fácilmente podía separarlos una veintena de años y conflictos y aún así no se sintió demasiado intimidado por este. Lo que de verdad le resultaba extraño es que hubiesen confluido allí con el mismo objetivo. La guerra es un lugar extraño, pero no conoce de coincidencias.

-No es agradable matarse con ese desdichado bramando a los cuatro vientos, ¿no es así?

-Ni sencillo encontrarlo –repuso Matthew dudando aún en si debía enfundar su arma -.Es como si los gritos proviniesen de todas partes…

-No. No es eso. Los gritos provienen de algún lugar. De alguien. Y voy a encontrarlo y hacerle callar –dijo con resolución y algo de crueldad -.Sin embargo ha sido una verdadera suerte que en su bando hubiese alguien tan loco como usted.

-¿Por qué dice eso?

-Porque no me gusta matar a los míos –respondió dejando entrever que era algo que no le resultaba extraño -.Por eso quisiera proponerle un trato…

-¿Quiere que le busquemos y conforme al bando al que sirva le matemos uno u otro?

Por primera vez Matthew supo que la sorpresa tenía cabida en aquel rostro curtido que tenía ante sí. Robert soltó una ronca risotada mientras entornaba su acerada mirada.

-Ahora sé porque no les hemos pasado por encima todavía –reconoció este en lo más parecido a un elogio que le podía conceder -¿Todos los de su trinchera son como usted?

-No. Yo soy de los peores –mintió el orgullo de Matthew por él -.Aún así creo que su idea no es desdeñable. ¿Aceptaría usted una tregua?

Las manos tardaron en alzarse para rubricar aquel pequeño acuerdo. Sin embargo finalmente dos palmas frías se encontraron para forjar un acuerdo cálido. Una pequeña paz en el corazón de la guerra. Aquello era lo último que Matthew hubiese esperado encontrar allí. Y gracias a ello sus esperanzas de encontrar al dueño de los gritos aumentaron varios enteros. Justo en ese momento los aullidos aumentaron su intensidad. Esta vez hasta hacerse ensordecedores. Crueles al oído y al alma. Ambos soldados se miraron. Aquello debía acabar. Y por suerte iba a hacerlo pues aquella vez, además de con dolor, los alaridos venían con una dirección concreta.

-No se separe de mí –dijo Robert mirando al sur de su posición -.Y tenga ese trasto listo.

-¿Es de los que piensa que un animal es más peligroso cuando está herido?

-Soy de los que piensa que cuantas más guerras ves, menos las conoces –contestó este encabezando la marcha -.Y si se tienen fuerzas para gritar, pueden tenerse para disparar.

Matthew se sintió extraño al ver como Robert le daba la espalda con tanta facilidad. Aún así no sintió deseo alguno de aprovechar tal ventaja. Honraría la tregua hasta que tuviese que dejar de hacerlo. Para su desgracia no habían especificado hasta cuándo sería aquello. Caminaron a través del erial de tinieblas a pasos medidos. Aguzando el oído para seguir el rumor de los gritos. No era difícil hacerlo. Lo difícil estaba por venir.

-¿Por qué ha salido sólo con un cuchillo? –venció la curiosidad a Matthew finalmente.

-No esperaba encontrarme con nada que no pudiese lidiar con él –confesó el soldado alemán-.Y hasta ahora así ha sido.

No pudo verla, pero sí sentir su sonrisa maliciosa ante la cual Matthew no se sintió demasiado ofendido. Sin embargo no se arrepentía de haber acudido con un revólver. Odiaba apuñalar a la gente. Todo tardaba demasiado con el acero de por medio. Y en aquella guerra todo duraba demasiado. Especialmente el dolor que trataban de acallar.

-¿De donde era su madre Hass?

-¿Qué más le da? –replicó este cortante –Usted no la conoció, Matthew. Ni yo mismo llegué a conocerla todo lo que me hubiese gustado. Además ¿por qué lo pregunta? ¿Acaso cree que en este lugar puede ganarse mi simpatía con sus preguntas?

-He encontrado amistades en lugares más extraños.

-En un campo de batalla uno se encuentra a sí mismo, no amigos. Si hubiese estado en unos cuantos más lo entendería perfectamente.

-Suena como si usted hubiese estado en unos cuantos.

-Llevo dos décadas distintas matando a hombres distintos por ideales distintos. En un campo de batalla es el único lugar donde sé estar. Fuera de él… sólo se sobrevivir.

Matthew supo que decía la verdad. La mentira no habría cabido en aquellas palabras tan cargadas de dolor. Porque todo lo que aquel hombre decía parecía impregnarse del mismo sufrimiento que llenaba el aire.

-¿Jamás encontró una razón para dejar de pelear?

-Encontré miles de ellas. Pero al final todas se acabaron y me hallé de vuelta en la batalla. Nada perdura tanto como la guerra.

-¿Ni siquiera el amor?

-Especialmente el amor porque cuando este se acaba se torna precisamente en esto –dijo señalando a un muerto cercano -.No me malinterprete Matthew. No estoy en contra de la paz y de los buenos deseos. Casi todo el mundo lucha por conseguirlos y mantenerlos. Y gracias a esos encontramos un lugar en el mundo hombres como yo.

Entonces Robert se detuvo en seco y se giró hacia el inglés que lo encontró cara a cara.

-¿A qué viene todo esto? ¿De qué tiene miedo realmente Matthew?

El teniente sabía que aquel no era el hombre para hablar de tales temas. Pero sabía que no habría nadie más allí que le comprendiera como él. Por eso se confesó.

-Tengo miedo a que matar se convierta en mi única manera de vivir –dijo finalmente.

-Matar es lo único que se vuelve más sencillo de hacer cuanto más lo haces. Y ambos hemos venido a caer en el mayor escenario que el ser humano ha creado para ello. Siento que haya escogido este momento para darse plena cuenta de donde está metido, pero hágame caso: matar no es la única manera que va a tener para vivir a partir de ahora. Sólo será…la más sencilla.

De pronto un ruido extraño les interrumpió arrebatándoles la atención y las palabras. Al momento descubrieron de donde provenía. Y no lo creyeron. Entre las sombras algo similar a un perro se removía entre cadáveres deteniéndose sobre los rostros de estos.

-¿Pero qué coño? –preguntó en un hilo de voz Matthew obviando todos sus modales.

Robert no contestó. Todo su ser estaba concentrado en aquel ser y sus acciones. Agazapados vieron como aquel extraño dogo abría la boca sobre los muertos y al momento un extraño humor negro abandonaba los cuerpos y era absorbido por este. Entonces el animal alzó su hocico al cielo y aulló. Sólo que no fue un aullido lo que profirió. No. Eran gritos. Alaridos humanos de dolor y angustia. Los mismos gritos que habían invadido el cielo esos tres días. Los mismos que ellos habían ido a acallar.

-No puede ser –dijo estupefacto Robert -.Es imposible.

Aquellas palabras sonaban extrañas en boca de aquel hombre. Igual de extrañas que lo que sucedía ante sus ojos y que Matthew no podía más que asistir atónito. Ahora podía verlo mejor. Y no era ningún perro lo que veían. Era un lobo. Uno grande, de pelaje pardo, cuartos traseros enormes y colmillos brillantes y amenazadores como cuchillos. Pero lo más extraño en él eran sus ojos. Aquellos ojos no eran los de un animal. Allí, bajo la imposible luz que les alumbraba, brillaban unos ojos humanos. Entonces el animal dejó de aullar, mas los gritos no dejaron de sonar, y miró directamente a los dos soldados que no tenían para guardarse más que una oscuridad que parecía ser el segundo pelaje del lobo. El animal caminó hasta ellos quedándose a escasos pasos de ambos y gruñó enseñándoles a ambos hombres que el final de sus caminos aguardaban entre aquellas fauces. Y ambos lo supieron. El terror, a veces, habla con palabras claras.

-¿Qué hacemos? –preguntó lo único que podía preguntarse Matthew.

Este sentía su revólver pequeño e inofensivo en su mano. Y lo peor era que, por alguna razón, sabía que hicieran lo que hicieran poco podría detener a aquel ser.

-Yo tengo la carne y usted el revólver inglés –volvió a llamarlo así Robert mientras sacaba su cuchillo -.No falle. No quiero que esa bestia me arrebate lo poco que soy.

El veterano ejerció como tal y con un valor que rozaba lo insensato tomó la iniciativa. Entonces todo sucedió a la velocidad de los sueños. Como si de otro animal se tratase Robert se agazapó ante Matthew. El lobo hizo otro tanto y cuando sus miradas se encontraron ambos saltaron hacia delante. El humano como un animal. El animal como un humano. Fauces y acero se hallaron en el medio. Igual que la sangre. La sacrificada para crear una oportunidad. Y en cuanto esta se presentó Matthew no vaciló. La noche, por fin, se llenó de otro sonido que no fuesen gritos. Y se vació con aquel único disparo. Animal y hombre se separaron. Ambos heridos. Ambos moribundos. Ambos derrotados. Matthew corrió hacia un Robert que yacía desmadejado sobre un charco de su propia sangre. El brazo derecho colgaba inerte a un lado totalmente destrozado en un amasijo de tendones y hueso. Y en su pecho un largo surco indicaba que había recibido de regalo un abrazo poco afectuoso. Robert trataba con todas sus fuerzas de no gritar. De no ceder al lacerante dolor que le sacudía. Y que no era el único que le mortificaba.

-Antes no le habría necesitado inglés –susurró -.Es un incordio hacerse viejo.

-Se hará más viejo…–prometió Matthew mientras evaluaba la herida. El brazo estaba perdido. Quedaba por ver si también lo estaría el hombre.

Matthew dirigió la mirada un poco más allá donde el lobo gemía con aquella voz que no le pertenecía. La bala le había alcanzado en el lomo, atravesándolo de parte a parte. Aún así parecía no haber quebrado lo suficiente pues trataba, infructuosamente, de levantarse una y otra vez descubriendo que únicamente le quedaba voluntad y no fuerzas. El teniente se acercó con cautela a la bestia todavía sin dar crédito a la naturaleza de esta. Allí, tirado sobre el barro y con su sangre manchando la noche, yacía un animal que arrebataba los gritos a los caídos para luego liberarlos. Allí, con aquella mirada que no le pertenecía, aquel ser pedía clemencia. Matthew se sintió tentado a concedérsela. Y lo habría hecho de no ser porque en cada respiración, cada bocanada lastimosa del animal, todavía resonaban los lamentos de los caídos. Igual que en su cabeza. Y aquello debía terminar. Él debía descansar. Alzó el revólver una última vez y dejó que el lobo lo contemplara. Que supiera quién y qué le iba a matar. Y entonces el lobo aulló. Y su voz fueron un centenar de gritos al unísono. Lagrimas que ya creía extintas asaltaron los ojos de Matthew mientras sentía su alma quebrarse por aquellos gritos. Entonces una mano se posó junto a la suya y otro índice aferró el gatillo. Era Robert. Un Robert igual de roto que él. Un Robert que, al igual que él, buscaba un final.

-¡Dispare!

Y lo hizo. Lo hicieron. Y los gritos callaron. La vida se vació de los ojos de aquel extraño animal. Y la noche, una vez más, volvió a ser silenciosa. Volvió a ser noche. Ambos se quedaron mirando al lobo sin saber que decir o que hacer. Como si aquel ser les hubiese arrebatado también la voz igual que hacía con los gritos de los caídos. Hasta que algo inesperado les hizo encontrar las palabras de nuevo.

Schnee… -musitó Robert alzando sin pretenderlo su brazo herido y cediendo al dolor.

Matthew aferró al hombre antes que este cayera al suelo. Lo acomodó tan bien como pudo usando el cuerpo del lobo para ello. Entonces algo frío le rozó el rostro y de pronto supo que significaba aquella palabra en alemán.

-Está nevando… -dijo alzando la mano hacia un cielo que lloraba blancura.

-Entonces también acabó con la nieve…

-¿Qué?

-No lo sabe inglés –respondió con voz cansada Robert -.La tregua de Navidad…

Matthew había oído historias sobre aquello. Cómo un contingente de soldados británicos y alemanes, cansados de batallar, habían rubricado una espontánea tregua por Navidad hacía un año. Pero el teniente siempre lo había creído que no eran más que eso: historias para llamar a la esperanza. Historias de trinchera. Historias huecas.

-¿Sucedió de verdad? –preguntó mientras la luz del alemán menguaba en sus ojos.

-Si ha sucedido hoy… ¿por qué no debiera haber sucedido hace un año? Je… Es cierto que tiene poca fe en sus semejantes inglés.

-Supongo que la misma que tengo en mí mismo –replicó este arrodillándose ante el herido – ¿Tiene idea de qué es esta bestia?

Robert miró de reojo y negó con la cabeza.

-Si hay alguna leyenda sobre lobos que gritan como humanos la desconozco inglés –respondió este -.Tal vez no la hay. Tal vez nunca la haya. Igual tal vez nos hemos intoxicado con los gases y lo hemos imaginado todo. Sea como sea ¿qué más da? ¿Cree que alguien nos creería? Nada tiene sentido aquí fuera. En la guerra todo es verdad y todo es mentira. Pero lo que realmente importa es lo que hemos hecho. Y es que por fin han cesado los gritos. Por fin todo ha acabado… Por fin todo vuelve a ser lo que era.

Matthew entonces se retiró asustado. Lo que decía el moribundo no podía ser. Él todavía escuchaba con los alaridos. Estos no habían cesado…al menos en su cabeza.

-¿Qué le sucede inglés? –preguntó Robert al que le costaba seguir despierto.

-Nada… -mintió aunque su miedo le traicionó -.Venga. Le llevaré con un médico.

-¿De los suyos o de los míos? –inquirió rechazando la mano que le tendía -.Me lleve al que me lleve para uno de los dos será su último viaje…o para ambos. Y ese no quiero que sea mi regalo de Navidad para usted. No después de haber pasado así la Navidad.

Con las pocas fuerzas que le restaban Robert metió la mano dentro de su guerrera y para sorpresa de Matthew extrajo de ella un arrugado paquete de tabaco.

-Felices Pascuas –le deseó tendiéndoselo a su enemigo.

Este lo aceptó mientras el cielo renovaba sus fuerzas por cubrirles con un manto nevado. Al día no le que restaba mucho por aparecer y pronto este tendría la obligación de teñir aquella nieve del color de la guerra. Del mismo que la teñía Robert.

-Siento mucho no tener nada para darle a cambio.

-Podría acabar con mi miseria… –musitó Robert con la mirada fija en el revólver.

Este levantó la mano efectuó un disparo al cielo. Sólo se escuchó un pequeño “clic” que indicaba lo vacío que se encontraba y lo poco que serviría para ese uso. Miró en derredor en busca del cuchillo del alemán, pero este se había esfumado en el forcejeo y si no se lo había tragado la oscuridad lo habría hecho la nieve.

-Lástima… Hubiese sido lo justo –se lamentó el alemán mientras tendía el encendedor a un Matthew que olisqueaba un cigarrillo con nostalgia -¿Me permite una pregunta?

Este asintió mientras se encendía el pitillo. El humo llegó a sus pulmones preñado de sensaciones cálidas de seguridad y buenos tiempos. Aún así los gritos no menguaron. Sólo se hicieron mínimamente tolerables.

-¿Cuál es su rango? –indagó finalmente Robert cada vez más débil -.El verdadero…

-¿Cómo sabe que no soy un simple soldado?

-Igual que sé que todavía sigue escuchando esos gritos –susurró este rebulléndose en su improvisado lecho -.Porque todo lo que hacemos y somos deja una marca en nosotros. Igual que la única parte de su abrigo que no está cubierta por completo de barro…Igual que ese miedo que no ha conseguido sacudirse de la mirada inglés.

Matthew miró hacia el lugar donde había descansado aquel símbolo de lo que era sin ser y rió al percatarse que tenía razón. Robert hizo otro tanto. Sólo que su risa era distinta.

-Teniente –concedió finalmente -.Supongo que soy teniente.

-Teniente…No sabía que les habíamos dejado alguno –dijo Robert gastando sus últimas palabras -.Bien…Disfrute de mi regalo teniente. Es la primera vez que puedo hacer uno como hombre y como soldado…

Y dicho aquello se fue. Todo lo que era aquel hombre se apagó ante Matthew. Al contrario que aquel cigarrillo, que aquel exiguo regalo y que todavía brillaba ante sí. Al igual que esos gritos que todavía resonaban y que temía le persiguieran por toda la eternidad. Aquellos con los que tendría que vivir. Miró al fallecido una vez más pensando en lo mucho que lo había conocido en el poco tiempo que habían compartido y lo desprovisto de recursos que se encontraba para concederle un reposo mejor. Lo único que podía hacer era cerrarle los ojos. Permitir que su descanso fuese plácido. Y así lo hizo. Y fue en ese preciso momento cuando descubrió que Robert se había ido con una sonrisa en el rostro. Una sonrisa dura. De forzada satisfacción. De victoria postrera. Y entonces lo comprendió todo. Aquel simple y doble regalo. Aquella luz que le marcaba en la oscuridad no podía haber sido más indicada. No podía haber recibido mejor y peor regalo. Y todo aquello lo supo antes que un francotirador alemán le alcanzara guiado por el deber y aquella colilla. Antes de caer abatido. Antes de convertirse en uno más con la guerra. Antes que, por fin, se apagasen los gritos junto con todo lo que era y sería. Había sido un buen regalo de Navidad. El único que alguien como Robert podía conceder. El único que Matthew, sin desearlo, había recibido. Un final. Poner un final a algo tan difícil como la guerra. Si. Había sido un buen regalo.

Ilustración de Verónica López

Ilustración de Verónica López

David Gambero 2011

Laberinto

Autora: Montse Augé

Ilustrador: Jesús Prieto Revuelta

Correctora: Mary Esther Campusano

Género: relato, fantasía

Este cuento es propiedad de Montse Augé, y su ilustración es propiedad de Jesús Prieto Revuelta. Quedan reservados todos los derechos de autor.

LABERINTO

Se quedó solo. Resistió, contra aquel ejército enfurecido, ardiente. Presenció cómo desaparecía todo a su alrededor, devorado por un infierno del cual era imposible escapar. Sólo el hombre fue capaz de liberarlo, justo cuando estaba a punto de ser devorado por las llamas. Era irónico: un hombre lo salvaba cuando apenas hacía unos instantes otro hombre ejercía de verdugo de aquel bosque. Sintió como aquel calor insoportable iba cediendo lentamente por el efecto del agua que caía sobre él. La fuerza del agua azotaba sus ramas, algunas de sus hojas cayeron, incapaces de soportar aquellas salvajes sacudidas. Sentía la humedad recorriendo su tronco, empapando la tierra, sus raíces. Podían haber sido sus lágrimas, lágrimas derramadas en memoria de aquellos que habían perecido, que estaban pereciendo, por el insoportable crepitar de las ramas atacadas por el fuego, lágrimas de dolor, de soledad, de impotencia…

***

Una eternidad. Tenía que haber pasado una eternidad. Ese tenía que haber sido el tiempo necesario para que el paisaje que lo rodeaba hubiese vuelto a la vida. Pero el tiempo no logró borrar la imagen de aquél que, erigiéndose en Dios, desafió a la naturaleza, borró todos los colores de aquel maravilloso cuadro en el que se veían árboles majestuosos, flores voluptuosas de colores tan maravillosos como indescriptibles y un manto verde protector de la vida que se ocultaba bajo tierra. La venganza. Había contado también con toda la eternidad para que los recuerdos dolorosos alimentases sus ansias de venganza. Los humanos también se vengaban: había asistido en silencio a las maquinaciones más perversas engendradas por la mente perturbada de algún humano enloquecido por los celos, el dolor, la ambición…Él se erigió en patriarca de aquel bosque renacido en el que convivían la sabiduría de lo antiguo y la frescura de lo nuevo. No fue difícil convencer al resto, bastó con recordarles que aquel incendio podía volver a repetirse, que podrían ser ellos las víctimas y desaparecer sufriendo la agonía de sus antecesores. Todo estaba preparado. Sólo tenían que esperar el momento propicio. Esperar. Ellos no iban a moverse de allí. Los pájaros, mariposas, luciérnagas…también esperaban, sin el bosque ellos tampoco eran nada. Serían soldados en aquella cruzada… a muerte, si era necesario.

***

Cuando asomaron sus cabecitas por la ventana sonrieron. Era un día ideal para una excursión al bosque. Era el primer verano que pasaban conviviendo tan cerca con la naturaleza. Sus padres, amigos de toda la vida, decidieron alquilar aquella casa rural tan estupenda. Era un lugar fantástico para vivir en libertad, sin coches, aire puro, olores nunca antes percibidos y aquel bosque espléndido que veían desde la ventana de sus habitaciones. Los cuatro niños se miraron con la complicidad dibujada en sus ojos: día en plena libertad, los cuatro, en el bosque, mochilas con bocadillos, agua…todo lo indispensable para convertirse en intrépidos exploradores.
– A las siete de vuelta, recordad.

Ellos asintieron, se despidieron y ya no volvieron más la vista atrás, sólo tenían ojos para contemplar la aventura que les esperaba entre aquellos árboles. Emprendieron la marcha por un sendero que poco a poco iba adentrándose en el bosque. Poco a poco también empezaron a notar el cambio de luz. Y también el silencio. Sólo el canto de algún pájaro. Aquel sendero poco a poco se fue estrechado obligándolos a caminar uno detrás de otro, en fila india. El último iba girando la cabeza, no quería confesar que empezaba a sentir algo parecido al miedo. ¡Tonterías! ¿Qué mal podía albergar aquel bosque maravilloso? Estaban tan acostumbrados a los incesantes ruidos de la ciudad que el silencio les podía llegar a impresionar. No era el único impresionado. Sus compañeros pensaban que había demasiado silencio. Y oscuridad. De lejos no parecía tan frondoso. Y poco espacio. Los árboles estaban prácticamente pegados los unos a los otros. Parecía como si les estuviesen marcando el camino:
– ¡Esto es un laberinto!
Las palabras del niño fueron una mezcla de sorpresa y terror. Efectivamente, se habían introducido sin darse cuenta en un laberinto. El bosque los había obligado a seguir el camino marcado por las filas de los árboles, filas siniestramente perfectas.
– ¿Vosotros lo sabíais? ¡Es estupendo! ¿No?
No. No lo era porque aquel laberinto era infinito, era una trampa. Las raíces, asomando furtivamente sobre la tierra, se enredaban en sus pies para hacerlos caer. Las hojas, afiladas e hirientes, intentaban rozar sus cuerpos para lastimarlos. El viento soplaba entonando una tenebrosa melodía, enviándoles ráfagas de un frío sobrecogedor. Aquel laberinto parecía que cada vez iba estrechándose más. Perdieron la noción del tiempo recorriéndolo, intentando escapar del ataque incomprensible pero real de aquella naturaleza que había cobrado vida, desatando su violencia sobre ellos. Intentaron retroceder pero fue inútil. Exhaustos y al borde del llanto se detuvieron derrotados. Se miraban entre ellos, impotentes, con las lágrimas nublándoles la vista. Habían perdido el habla, la ilusión, la esperanza. Estaban atrapados en una cárcel, prisioneros esperando a ser sentenciados. De pronto empezaron a notar como las hojas de los árboles empezaron a moverse al unísono, entonando casi una melodía de misteriosos susurros. Otra vez el silencio. Y a los lejos otra vez murmullo de hojas. La venganza de la naturaleza iba dirigida al hombre. Pero no pensaron en que sus primeras víctimas iban a ser precisamente unos niños, seguramente incapaces todavía de imaginar cualquier atrocidad o maltrato contra ellos. Los árboles más jóvenes no querían seguir. El gran árbol sí. Ése era el diálogo que escuchaban los niños, el susurro de las hojas mecidas por el viento.
Cayó la noche, tenebrosa como nunca, cómplice también en aquella conspiración. Y seguía la lucha entre el sí y el no, todo el bosque intentaba convencer al gran árbol. Éste apenas observaba a los niños aterrorizados, sentados sobre la tierra que intentaba asemejarse a un mullido cojín, apoyándose los unos en los otros, reclinados sobre los árboles del laberinto que intentaban esbozar con sus ramas abrazos maternales. No los observaba porque era sabio y sabía que aquellos inocentes estaban convirtiéndose en cabeza de turco de su venganza. ¿Pero cuántos inocentes sufrieron aquel terrible incendio? ¿Ya nadie lo recordaba? Él sí, nunca lo olvidaría, parecía como si sus raíces hubiesen absorbido aquella agonía y dolor y la hubiesen transmitido para siempre a su tronco, a sus ramas, a sus hojas.

Ilustración de Jesús Prieto Revuelta

Ilustración de Jesús Prieto Revuelta

Pero el bosque era ante todo hermoso, poblado de seres bellísimos. Las luciérnagas, estrellas de aquel frondoso bosque, divertidas y traviesas, aprovechando aquella confusión, se acercaron a los niños. Eran cuatro también y se presentaron ante ellos como un regalo. “Seguidnos”. Así hicieron los niños que, sin darse cuenta y como hipnotizados, llegaron finalmente a un claro del bosque. Allí, las hojas, cómplices en aquella inesperada sublevación, se convirtieron en improvisados lechos que los cobijaron y los cubrieron, consiguiendo que sus ojos se cerraran y se abandonasen al sueño del olvido.
La ofensiva había empezado. Y él lo sabía. Pero no su orgullo que lucharía hasta el final. El resto de los árboles abandonaron filas, deshaciendo aquel laberinto infernal. Era el turno de las más fuertes, las profundas raíces, dueñas de una fuerza infinita, asentadas bajo tierra, inamovibles. Poco a poco desplegaron sus tentáculos sobre la tierra, deslizándose lentamente hasta llegar a él, al gran árbol. Él también había puesto en pie de guerra a sus raíces, pero éstas fueron incapaces de resistir el asalto del resto del bosque, de aquella fuerza renovada y joven, de aquellos brazos que las aprisionaron, a ellas y a todo el árbol, enredándose en su tronco, asfixiándolo…
A la mañana siguiente el sol volvió a brillar con toda su fuerza. Encontraron a los cuatro niños durmiendo plácidamente. Fue imposible penetrar en el bosque durante la noche, toparon con una muralla de árboles indestructible. Todos juntos regresaron. Pero en el fondo del bosque había un enorme y viejo árbol extendido sobre el suelo, arrancado violentamente de sus raíces. Agonizante todavía, observaba desde aquella nueva perspectiva el bosque, su bosque. Era sólo una tregua, alguna de sus raíces resistieron el combate y, escondidas bajo tierra, prometieron cumplir algún día su venganza contra el hombre.

Una cabaña en el bosque

Autora: Mª Carmen Moreno Alférez

Ilustrador: Laura López

Correctora: Mary Esther Campusano

Género: relato, misterio (a partir de 13 años)

Este cuento es propiedad de Mª Carmen Moreno Alférez, y su ilustración es propiedad de Laura López. Quedan reservados todos los derechos de autor.

UNA CABAÑA EN EL BOSQUE

Como todos los jueves, los cinco jóvenes se reunieron en la cabaña del bosque para contar historias de terror. Carlos había sido el primero en llegar por lo que sería él el que contaría la historia hoy.

Los cinco chicos estaban sentados en el centro de la habitación, que hacía años que ya no era un salón, alumbrados por cinco velas colocadas simétricamente delante de ellos y que daban un aspecto aún más misterioso a la estancia.

Carlos comenzó su historia.

«Esta historia sucedió en este mismo bosque en el que nos encontramos hace ahora cien años. Esta casa pertenecía al marqués de Casalla. El marqués era un buen hombre. Era amable con todos sus vecinos, cariñoso con sus seres queridos, además de atento, compasivo y desinteresado. Trabajaba casi todo el día en una organización benéfica en un intento por ayudar a los más desfavorecidos. Tenía una esposa muy bella que estaba entregada en cuerpo y alma a su marido.

Así transcurrieron los años y, para Carla, la llama del amor que con tanto ímpetu ardía se fue apagando. Las jornadas de trabajo del marqués eran cada vez más largas y esto hacía que su bella esposa se sintiera cada vez más sola.

Un día, mientras paseaba por el bosque que rodeaba su mansión, se encontró con un joven montando a caballo. La mujer se sobresaltó. «¿Quién era ese hombre? ¿Y qué hacía en sus tierras?» Como si le hubiera leído el pensamiento el hombre se presentó. «Buenos días, señora marquesa. Me llamo Antonio Davide. Vivo en los terrenos que colindan con su propiedad. Hoy mi caballo no ha querido obedecerme y se ha adentrado en sus terrenos. Le  ruego disculpe mi osadía.» La marquesa se hizo la ofendida pero una incipiente sonrisa delataba su agrado ante la presencia del muchacho. Tras un intercambio de amables palabras, la marquesa lo invitó a que viniese a su propiedad cuando quisiera. Así, el joven volvió cada día a visitar a la dama. Lo que al principio fueron unas visitas de cortesía se fueron convirtiendo en citas para tomar un café, para jugar al ajedrez, pasear… hasta que los dos jóvenes se convirtieron en amantes.

En la aldea, las aventuras de la marquesa eran un secreto a voces. Todo el mundo sabía lo que ocurría menos el marqués ya que, como sabemos, el cornudo es el último en enterarse. Así pasaban los días. Mientras el marqués trabajaba más y más, su esposa se entregaba a su amante.

Quiso el destino que un día el marqués se encontrara mal y volviera pronto a casa. Los amantes estaban tan entusiasmados que no escucharon la puerta. Tampoco se percataron de unos pasos que subían por las escaleras. Cuando abrió la puerta no pudo dar crédito a lo que veía. Sin pensárselo, sacó del bolsillo de su chaqueta el pequeño revólver que llevaba siempre consigo y los mató. Desde entonces, cuenta la leyenda que el espíritu de la marquesa vaga por este bosque intentando recuperar la vida perdida.»

Los chavales acogieron con risas el final de la historia. Aunque algo recelosos no querían mostrar su temor. Todavía con los pelos de punta comenzaron a salir del caserón. Tenían que atravesar parte del bosque para llegar a la senda que les llevaba de vuelta a casa. Caminaban desternillándose de las ocurrencias de Carlos y bromeando sobre aquella dama que podía aparecer tras cualquier árbol o escondida tras alguna sombra. Así, broma tras broma, continuaron su camino.

Al día siguiente, una noticia sobresaltó a los habitantes del pueblo: «Desaparecen cinco jóvenes». Nadie supo explicar que les había pasado a los chicos. Tampoco encontraron sus cuerpos. Simplemente no volvieron a casa.

En la casa del marqués, emparedados, los jóvenes no paraban de gritar pero nadie escuchaba sus gritos. No sabían cómo habían llegado allí. Una joven y hermosa mujer sonreía desde el salón de la mansión.

Imagen de Laura López

Imagen de Laura López

Los padres, alertados por la desaparición de los muchachos, comenzaron la búsqueda. Tras preguntar a algunos de sus amigos se enteraron de las reuniones en la casa del bosque. Una patrulla se dirigió al lugar pero ni siquiera llegaron a entrar. Justo antes de la puerta de la mansión un extraño olor les alertó. «Debemos salir de aquí» -dijo uno de los padres.

A las pocas horas volvieron con unas mascarillas especiales. No sabían si ese olor les podría causar algún daño.

Una vez dentro del caserón observaron marcas en el suelo de la incursión de sus hijos. Pero esa no eran las únicas huellas que encontraron. En la cocina y en el dormitorio encontraron vestigios que indicaban que la casa estaba habitada. ¿Quién viviría allí? Nunca habían sabido que nadie habitara esa casa. La sorpresa fue mayúscula cuando vieron una sombra femenina atravesar corriendo la estancia. La siguieron hasta atraparla. Una mujer desquiciada luchaba por soltarse. Sus gritos eran estremecedores.

Al oír el alboroto, los chicos empezaron a gritar. Los padres acudieron a la llamada de auxilio rompiendo el muro para sacarlos. Entre besos y llantos se produjo el milagro.

Las investigaciones policiales descubrieron que la joven que habitaba la casa era una chica que se había escapado con su profesor de ciencias. Él había muerto fruto de unos gases tóxicos producidos por sus propios experimentos. Esos productos habían producido demencia en la bella joven que recorría los bosques cual fantasma en busca de su amor.

El bosque imposible

Autor: David Gambero

Ilustrador: Enric Valenciano

Correctora: Mary Esther Campusano

Género: ficción (a partir de 13 años)

Este cuento es propiedad de David Gambero, y su ilustración es propiedad de Enric Valenciano. Quedan reservados todos los derechos de autor.

El Bosque Imposible

Hay dos cosas que suelo saber con certeza nada más levantarme de la cama. Una es cuando me va a bajar la regla. La otra es cuando va a ser un día de mierda. Hoy tuve la impresión de que iba a ser de los segundos provocado por lo primero. Pero me equivoqué. Suerte para mí. Hoy sólo es un día de mierda. Sólo que la mierda no está donde debería estar. Y el puñado de ojos de cordero que siento escarbarme el cogote no lo están haciendo más llevadero.

-¿Hace mucho que lo echáis de menos?

-Lo suficiente como para haber acudido a ti Eve –me contesta el de siempre a mi espalda.

Thomas Conrad. Alias “el de siempre”. No ha parado de dar por saco desde que llegó al bosque. Y por más que he buscado el botón de freno en él no lo he encontrado. Hay gente que simplemente nace sin él. Conrad es un ejemplo vivo de eso. Ahogando un suspiro me doy la vuelta para encontrarme con sorpresa que no soy la princesa del baile pues todos andan mirando hacia el roble que tengo a escasos centímetros de mi cara y que huele a recuerdos amargos, que es como debe oler un roble. No sé que voy a encontrar aquí porque lo único que hay es un tronco indolente tan grueso como una cabina de teléfono e igual de útil en estos días, una tienda de campaña perfectamente ordenada y dos maletas hechas con una pulcritud que bordea el inicio de una enfermedad obsesivo-compulsiva. Ni Colombo sería capaz de sacar una conclusión plausible de esto. Bueno, él era más de atosigar al malo. Y así me siento yo: atosigada por mis deberes. Deberes que recayeron sobre mí cuando alguien, cuyo nombre todavía no conozco por lo que no puedo acordarme de sus muertos más frescos, decidió nombrarme cuidadora permanente de este bosque. Trato de no pensar en eso ahora porque la bilis ya está amenazando con subírseme a la cabeza.

-¿Veredicto? –pronuncia Thomas con voz tan melosa que podría ahogarlo en ella.

Ah, por si se me había olvidado mencionarlo Conrad es abogado. Y todavía ejerce de urraca de la mentira, según tengo entendido. Aquí únicamente ejerce de gilipollas. Y lo hace pro bono

-No hay nada –contesto exactamente lo que hay: nada.

El aire comienza a hacerse mucho más denso y fresco. La noche se nos viene encima. Mala señal. Las cenicientas deberían estar ya en sus casitas. Y yo solita en mi cabaña. Pero esta noche parece que toca estar donde no se debe.

-No… no nos podemos ir sin él –musita con timidez una vocecita de entre el grupo.

Lo peor es que esa herrumbrosa queja parece ser la vox populi del grupo. Sus miraditas de soslayo y sus pequeños murmullos así me lo hacen saber. Respira hondo Eve. Están asustados. Y el miedo les vuelve más idiotas de lo normal.

-Gente, el transporte sale pasado mañana y no va a haber otro hasta el mes que viene –les advierto -.Tal vez Norman haya decidido darse un paseo por el bosque para despejarse las ideas. No hay indicios que le haya sucedido nada malo. Aún así os prometo que voy a hacer todo lo que esté en mi mano para encontrarle…

Eso tal vez resulte un problema, porque, como constato casi sin querer, tengo las manos pequeñas.

-¿Sabéis qué? –toma de nuevo el mando Thomas. Por mí como si se ahoga en él -.Creo que estamos siendo terriblemente injustos con Eve. Todos sabemos que dentro de sus funciones está el cuidar por nuestro bienestar personal y que ella suele cumplir con bastante eficiencia tal aspecto. Así que ¿qué tal si dejamos que se encargue de encontrar a Norman? Mientras tanto propongo que volvamos a nuestros respectivos árboles y, en el caso que le avistemos, se lo indiquemos a la mayor brevedad a Eve para que así podamos dormir tranquilos, ¿No os parece?

Bonito discurso. Igual es el que tenía que haber esgrimido yo. Sea como sea me trago a regañadientes mis dolidos sentimientos y me deleito mientras la turba se calma, vuelve a su estado de docilidad latente y se marchan con viento fresco a donde les corresponde. Cada uno se interna en el bosque con sus pies descalzos desafiando cada piedra y cada rama traicionera de unos caminos que solo ellos transitan. Todos menos Thomas que, con ademanes de reverendo, despide a los últimos y consternados de sus compañeros. Sin comerlo ni beberlo nos quedamos a solas.

-¿Qué? –le suelto antes siquiera que abra la boca.

-¿Esto ha ocurrido antes?

-Si. Ya he estado cabreada y desconcertada antes –le contesto cortante.

Entonces Thomas se me acerca con una familiaridad que ni se ha ganado ni merece.

-¿Qué demonios está pasando? –vuelve a la carga con un tono casi humano. Seguramente lo practica delante del espejo para resultar plausible.

-¿Aparte de la desaparición de Norman?

-Evidentemente.

Se me detiene a una distancia que me permite olisquear con facilidad su limpio aliento a clorofila. Me relamo sin poder remediarlo ante el frescor de tal fragancia aunque no relajo el gesto. No porque no quiera, sino porque no puedo. La “normalidad” de mi vida hace un buen rato que se tambaleó y ahora está a punto de derrumbarse con Thomas como único testigo.

-Norman vino a verme hace unos días –le explico sabiendo que guardará el secreto por deformación profesional y porque todo lo que cae en su enorme ego no vuelve a ver la luz del sol –.Me dijo que tenía un extraño presentimiento que no le dejaba dormir.

-¿Un presentimiento? ¿De qué clase?

-Ni idea Algo parecido al cambio de estación… sólo que más funesto. Yo le dije que podía estar pasando por un proceso estacional prematuro…

-¿Mes y medio antes del invierno? –veo como tuerce la cabeza un poco mientras se entromete en mis palabras -¿Estás segura que te prepararon bien para este trabajo Eve?

Me dan ganas de echarme a reír en su cara. ¿Prepararme dice? ¿Quién podría estar preparado para esto? O mejor dicho ¿Quién iba siquiera a creer lo que pasa aquí dentro? Hay días que ni yo me lo creo.

-No es infrecuente en ciertas especies vegetales ir aclimatándose prematuramente al cambio de estación –me defiendo con la verdad y un poco de rencor ante su afirmación.

-Tal vez en un abeto o en un acebuche Eve. Pero en un roble… Te digo por experiencia propia que eso no suele suceder.

Mientras sus palabras me detienen aprovecha para sobrepasarme por mi derecha y se detiene a una distancia obscena del roble de Norman. Sin volver más que el cuello le miro para ver como se me hiela la sangre al ver su mano a escasos centímetros del tronco del árbol. Se me corta el desayuno, el almuerzo y la cena de golpe al verlo. Y me lanzo a cortarle yo.

-Tranquila Eve – me detiene y me detengo por la seguridad de sus palabras y, sobre todo, porque poco a poco va bajando la mano – Soy muchas cosas, pero no estúpido ni irrespetuoso. Sé que ninguno de nosotros tiene derecho a tocar el árbol de otro sin su consentimiento.

Aún así su mano sigue demasiado cerca del roble. Y mi vena cava demasiado cerca de estallarme.

-¡Vuelve a tu árbol y quédate en él! –le grito a pleno pulmón -.Y si quieres hacerme un favor no hagas otra cosa que contar los minutos que quedan hasta que te marches de aquí.

Por primera vez desde que lo conozco veo la sombra del miedo abatirse en su rostro. Y lo peor es que en lugar de sentir satisfacción por ello esta me contagia.

-Te recuerdo que somos un bosque, no un grupo de hippies de acampada –me dice mientras me da la espalda -.Y cuando hay algo mal en el bosque nosotros lo sabemos y tú no.

-¿Y que es lo que va mal si se puede saber?

-Tal vez deberías preguntárselo a Norman…si es que aparece -me dice mientras sus ojos brillan como dos esmeraldas recién pulidas -¿Sabías que es de los que más ha avanzado? ¿Sabes que casi han conseguido cortar el lazo con su roble? No. No tienes ni idea porque te importamos un comino Eve. Para ti sería más fácil que tuviésemos números en lugar de nombres. Nunca he sabido por qué estabas aquí. Ni me ha importado mucho. Pero más te vale que te pongas las pilas porque una cosa sí que sé: Nadie desaparece cuando tiene todo lo que el resto deseamos. Al menos no por voluntad propia.

Se marcha dejándome con la sensación de que, o bien había visto muchas películas de detectives o bien tenía más razón que un santo. Sea como sea lo cierto es que tengo un problema entre manos. Y según mi expediente no soy demasiado buena manejándolos. De no ser así no habría acabado aquí ni estaría paladeando el desastre.

Ilustración de Enric Valenciano

Ilustración de Enric Valenciano

En las siete horas siguientes hago desfilar la mayor cantidad de bosque posible ante mis ojos. Camino desde la colina hasta el arroyo. Me pateo hectáreas y hectáreas de bosque envuelta en las sombras de la noche con la única compañía de mi propio miedo y el nombre de Norman permanentemente escapando de mis labios. Pero nada. Tiendas de campaña. Ojos asustadizos y poco más. Al final y casi sin quererlo termino donde este tipo de situaciones me suelen llevar: Al calvero. El único lugar donde el verde no es el dueño y señor. El único lugar donde una persona como Robert podría vivir. Él y su retorcido y dañado eucalipto. Y allí están los dos. Reinando sobre aquel yermo. Uno muriéndose poco a poco de sus heridas. Y el otro matándose a propósito a base de fumar un cigarrillo tras otro.

-¿Que hay de Norman? –me pregunta Robert nada más verme llegar.

-¿Cómo sabes tú lo de Norman? –le digo tratando de no descargar prematuramente sobre él el saco de frustración y mala uva que llevo acumulada.

-El viento habla Eve –me dice mientras sus ojos negros y profundos me invitan a sentarme a su lado.

Me hago espacio entre las nudosas y corrompidas raíces del árbol y me acomodo en el lugar más incómodo dela Tierra.Yahora mismo no querría estar en otro sitio.

-¿Un cigarrillo? –me ofrece el paquete del cual asoman dos pitillos doblados y húmedos.

Tomo uno tratando de obviar el hecho que no he vuelto a fumar desde que llegué aquí. En cuanto el cigarro besa mis labios un aluvión de recuerdos añejos y tristes se descargan con él. Y la llama del mechero de Robert no hace más que alimentarlos.

-Sabes que no está permitido que tengáis elementos peligrosos –le recuerdo tras mi primera calada.

-Cómo si a ti te importase lo más mínimo que le pegase fuego a todo este maldito sitio –se defiende mientras se aparta un mechón de pelo lacio y negro que le cae por delante de la cara -.Además aquí lo único a lo que tengo acceso es a este viejo cabrón.

Le da un golpecito al tronco de su eucalipto y mi mirada se va con él. Jamás había visto a un árbol que hubiese sufrido más y todavía viviese. Aquel eucalipto era una visión de pesadilla. Sus ocho metros de nudoso y enfermo tronco se doblaban quejumbrosamente hacia la derecha merced a la enorme hendidura que le había provocado la caída de un rayo. Sus hojas, las pocas que conservaba, eran del color de la melancolía y el suelo al que se agarraba con desesperación era yermo y seco donde nada en cuarenta metros a la redonda se atrevía a crecer y sobrevivir. Y aún así Robert y su eucalipto seguían vivos. Era un testarudo milagro. Y mi tabla de salvación en más de un momento.

-¿Asustada?

-Acojonada –le confieso sin encontrar un lugar apropiado donde echar la ceniza -¿Y si le ha pasado algo?

-Ya le ha pasado algo Eve. Es un semilla.

-Me refería a algo malo –repongo.

-Claro, estar vinculado de por vida a un puto árbol es una bendición –me lanza con la fuerza de la razón –A ti te quería yo ver teniendo que cuidar de uno de estos de por vida.

Si hubiese tenido que hacerlo estoy más que segura que la hubiese diñado hace años. Igual que a tantos y tantos semillas cuyos padres no sabían que eran o no querían saberlo. Y es que no es sencillo enfrentarte al hecho que un niño recién nacido no nazca con un pan debajo del brazo, sino con una semilla de árbol en la mano. Y que si dicha semilla no se planta ni germina en el primer año de vida del niño este muere irremediablemente. Y que si el niño no está en contacto directo con su árbol cae enfermo hasta que él y su árbol perecen. Murieron muchos hasta que alguien comenzó a hacer las preguntas adecuadas. A mirar un poco más allá de la superstición y la lógica y encontró esa relación entre humano y árbol que hasta me da miedo hacer las matemáticas. Por suerte a veces el destino no hace distinciones entre los ricos y los pobres y un buen día le tocó la china a la hija pequeña de un tal Edward Christopher. Y aquella pequeña habría corrido la misma suerte que el resto de los de su clase si no fuese porque papi tenía dinero suficiente como para comprar milagros. O al menos fabricárselos. Aquel hombre dedicó toda su fortuna a los semillas. A la investigación sobre la relación simbiótica que unía a humano y árbol y, mucho más importante, a construir los Bosques Imposibles. Grandes extensiones de terreno donde daba cobijo a todo semilla y su árbol para que estuvieran a salvo del mundo exterior y del creciente temor que la leyenda de dicha maldición estaba propagando. Dentro sus árboles crecerían de la mejor manera posible: con las mínimas injerencias humanas y sus legítimos dueños siempre podrían ir a visitarlos, o a vivir allí si lo deseaban, hasta que se encontrase una cura para su situación. Si es que dicha cura existía.

-¡Nah! -repongo yo tratando de cambiar de tema -.Yo sería más de esos cabezones que están siempre fuera de los muros del bosque pidiendo libertad para los humanos y chorradas así.

-Bueno, en cierta manera sí que somos prisioneros de estos cachos de madera -me dice mientras le da una patada a una de las raíces del árbol -.Anda que si yo pudiera iba a estar malgastando mi vida aquí.

Pero no podía. Y Robert menos que nadie. El daño que su árbol había soportado también le había afectado a él. Y mientras existían personas que podían estar años sin tener contacto alguno con su árbol, si Robert se separaba de su lado aunque fuesen diez minutos enfermaba mortalmente. Aquel eucalipto le tenía cogido por las pelotas.

-¿Nunca me has contado que le pasó?

-Te he dicho cien veces que le cayó un rayo. ¿O es que no se le nota?

Era evidente que algo había tronchado aquel árbol de una manera brutal. Pero también era evidente que aquel eucalipto tenía más de una cicatriz. Y cada una parecía contar una historia diferente. Había cortes profundos, ramas quebradas y raíces que jamás llegaban a engullir la tierra que le circundaba.

-Un rayo no te convierte en un perfecto amargado.

-Pero ayuda que es un gusto -me dice sin añadir filo a sus palabras. Está siendo amable conmigo. Dios, tengo que parecer hoy más patética que de costumbre -.Además, si quieres preguntarme quien era o qué era antes que aquí el amigo y yo nos convirtiéramos en uña y madera simplemente dilo.

-Yo… es que no venía en tu expediente.

Y era cierto. Cada recién llegado viene con su árbol y sus credenciales para que yo sepa a que atenerme. En muchas se omiten algunos detalles menores sin importancia. En la de Robert sólo estaban escritos su nombre y que no le tocaran la moral. Desde ese día lo cierto es que no había aprendido mucho más de él.

-¿Y no te dice tu aguda mente femenina que si un hombre decide ocultar algo de su pasado es porque tiene mucho de lo que avergonzarse?

-¿Y tú lo tienes?

-Todos lo tenemos Eve. Aunque probablemente de los de aquí tú y yo seamos los que más guardamos en el corazón y menos decimos a los demás. Aunque claro, yo tengo excusa -su nuca aporreó con suavidad el tronco del árbol -¿Cuál es la tuya?

Yo tengo excusas en plural. Aunque más que excusas son pecados. Los suficientes como para saber que ni quitándole diez horas de su tiempo a un sacerdote iba a tener oportunidad de ir al cielo. Aunque trabajando aquí la verdad es que quizás el infierno no me parezca tan mal negocio después de todo. Aún así la mirada de Robert no deja de escudriñarme tras las pequeñas volutas de humo que salen de sus oquedades nasales.

-No soy mujer a la que le guste seguir el camino correcto. Y aún así la vida me brindó dos oportunidades para hacer las cosas bien. Las desperdicié y lo único que conseguí fue este trabajo y más remordimientos de los que nadie puede soportar.

El gesto extraño de la noche me llega de sopetón. De pronto la mano de Robert está sobre la mía apretándomela mientras mi cuerpo olvida como moverse. Yo le miro con una picazón en los ojos preludio a mi derrumbe emocional. Pero él lo impide. Sus dedos me quitan un cigarro que ya se ha tornado ceniza entre mis dedos, lo lanza lejos y me pasa el suyo que todavía tiene dos caladas aprovechables. Desperdicio la primera en la sorpresa. Devoro la segunda en la necesidad.

-Antes era médico. Doctorado en inmunología evolutiva, infectología y un par de cosas más acabadas en “gía” que hasta a mí me cuesta pronunciar. Tenía una vida. Un anillo en el dedo y una mujer a juego que me esperaba todas las noches y me preguntaba que tal me había ido antes de abandonarse a mis encantos y darle al ñaca ñaca hasta quedar exhaustos -me cuenta con un tono que esconde pocas dobleces -.Mi árbol era un tipo enrollado y no ponía trabas a mi felicidad. Pero un día de mierda todo eso se acabó y acabé aquí viviendo de prestado hasta que uno de los dos decida rendirse y llevarse al otro por delante.

-No… tenía ni idea.

-¿Y por qué ibas a tenerla? Tú y yo somos especialistas en mantener a los demás lejos de nosotros. Tal vez no poseas mi refinado sentido de la autodestrucción pasiva-agresiva pero claro, eso te lo da tener que regar tu alma para verla crecer y echar raíces en los lugares más inapropiados.

Me levanto con las piernas convertidas en sendos flanes y la cabeza inflada como un globo. No tengo nada que decirle u ofrecerle a Robert. Igual que a aquel bosque. Y si me apuras al mundo.

-Necesito saber qué hacer -le confieso ese pensamiento atragantado que no me deja respirar -.Necesito confiar en alguien.

-Pues confía en ti misma y procura no decepcionarte -me suelta junto con otra calada de humo -.Se vienen cambios Eve.

-Eres el segundo que me lo dice.

-Pues espero que no necesites a un tercero para creértelo. Norman puede ser el principio o puede ser una puta mierda. Pero el viento ha empezado a cantar y todos los jodidos árboles de este lugar no hacen más que mecerse con su canción. Casi me gustaría poder ayudarte monada, pero mis raíces están tan hundidas en la tierra que no te voy a servir de mucho.

En eso se equivoca. Sí que me sirve de mucho. Hablar ayuda. Y hablar con él más todavía. Cuando el dolor resuena en la misma sintonía es mucho más sencillo abrirse. Más sencillo compartirlo. Más llevadero el soportarlo. Pero de pronto mis flaquezas y sentimientos se espantan cuando un estruendo quiebra la quietud. Mierda. Con todo el lío de Norman he olvidado por completo que hoy llegaba uno nuevo. El enorme helicóptero de transporte abre el amanecer y aparece de pronto recortado sobre el rojo del horizonte.

-Ten los ojos abiertos por si ves algo ¿me haces ese favor?

Robert asiente y me hace un gesto para que me largue. Literalmente, me falta tiempo para hacerlo. Mientras desafío mi forma física y tropiezo contra todo lo tropezable el helicóptero da una pasada que provoca una densa lluvia de hojas. Las aparto a manotazos mientras trato de no perderme en la carrera. Por suerte para mí cavar un socavón de diez metros de profundidad refuerza la memoria de una manera increíble, así que no hay posibilidad de perderme. Llego al lugar donde dos pinsapos robustos y coloridos, un ciprés curtido por el tiempo y un tejo esperan a su compañero. Todos tienen a sus dueños fuera en esos momentos por lo que el novato tendrá un poco de privacidad bastante necesaria para hacer lo más llevadera su estancia aquí. La tercera pasada el helicóptero me vuela el gorro de lana de la cabeza. El piloto está impaciente por soltar su carga que se bambolea peligrosamente sujeta por dos cables de seguridad. No le hago esperar más. Me acerco al agujero, que está tal y como lo dejé hace dos días, y activo las pequeñas cargas lumínicas. Dos bengalas hienden el cielo mientras un pequeño círculo de luces, que me recuerdan a las de navidad, marcan el lugar donde tiene que hacer hoyo en uno. Me aparto y contemplo un espectáculo tan de película que nunca me canso de admirarlo. El helicóptero se detiene en el aire y con suavidad baja la carga que llora hojas por lo traumático del viaje. En lo que tardo en llenarme de tierra abalanzada por un batir de aspas el árbol es depositado en su lugar. Y a la primera. El piloto es condenadamente bueno. Vale. Ahora me queda únicamente que baje al inquilino. Cómo la arboleda en el bosque es tan densa ningún helicóptero puede aterrizar más que en el calvero de Robert. Y cuando lo hacen, porque tampoco es que sea moco de pavo aterrizar sin jugarse el pescuezo entre tanta rama baja, normalmente es para dejarme los víveres del mes. Por supuesto Robert se cobra su propio impuesto revolucionario cuando llego tarde a mi cita con los suministros. Pero ahora no están repartiendo comida y papel higiénico. Ahora lo que me espera es una persona que debería bajar por un cable de seguridad. Pero no baja. En su lugar el helicóptero asciende y se larga a toda mecha por donde ha venido. Me quedo con el amanecer entrándome a bocanadas en la boca que no consigo cerrar. ¿Qué diablos pasa aquí? Entonces un pequeño movimiento me alerta. Allí arriba, acurrucada entre las ramas más altas hay una niña pequeña de no más de ocho años y cuyo pelo negro le cae en cascadas por el rostro cual manto protector. De pronto siento un aguijonazo de ternura al ver su cuerpecito desvalido temblando mitad por el frío mitad por el miedo que tenía que haber pasado al bajar de esa manera.

-¿Estás bien cariño? –digo al tiempo que me percato que no he usado la palabra “cariño” en tres años.

La niña se aparta el cabello del rostro y me enseña su cara de angelito. No puedo más que encuadrarla en la categoría de niña asquerosamente preciosa. Ni mona ni atrayente. No. La jodida es guapa. Lo suficiente como para enternecerme al instante y considerar hasta darle un abrazo nada más bajarla de allí. Porque eso es lo que tengo que hacer. Bajarla de allí.

-Espera ahí. Voy a buscarte –uso mi registro más dulce para tal promesa.

Pero entonces, y para mi enorme sorpresa, la niña deja de temblar, deshace su presa desesperada de la rama y comienza a bajar por ellas como si nada. En menos de quince segundos está en el suelo tirándome una mirada tan cargada de sentimiento que casi me desarbola.

-¿Te encuentras bien?

La niña estira los brazos hacia mí. Ni un rasguño. Su piel de porcelana está inmaculada. Y el resto parece estar en perfecto estado. Un punto para la providencia. Aunque de todos modos no es para tirar cohetes. Ya tendrá aquí tiempo de sobra para hacerse daño.

-¿Es usted la señorita Evelyn? –me pregunta quitándole la voz a una brisa de verano.

-Soy sólo Eve cariño –y ahí estaba otra vez ese “cariño”. El puñetero ha llegado para quedarse -¿Cómo te llamas?

-Jennifer.

-Encantada de conocerte Jennifer –le digo mientras me arrodillo para quedar a su altura -¿Por qué has bajado abrazada a tu árbol? ¿No te han dicho que es peligroso?

-Cuando no estoy con él es cuando corro peligro –me dice con una sonrisa de dientes superiores puros y limpios -.Ginkgo cuida de mí.

-¿Ginkgo? ¿Así se llama tu amiguito?

Se me echa a reír cortando las carcajadas con el dorso de la mano. Me siento un poco estúpida viendo allí a una perfecta Madame Pompadour en miniatura mofándose claramente de mí. Aunque lo hace con una cualidad sorprendentemente no ofensiva.

-Él “es” un ginkgo –aclara.

Perfecto. Un ginkgo. Lo miro de arriba abajo para quedarme con su cara. Tronco cónico de unos siete metros de circunferencia. Unos diez y pico de alto. Ramas gruesas cargadas de hojas verdes en forma de espadañas y cuyos frutos parecen ser niñas resabiadas. Vale. Ahora sé lo que es un ginkgo. Aunque no voy a dormir mejor sabiéndolo. Total aquí dentro hay tantas especies de árboles y de lugares tan diversos que nadie que no disfrute con ellos es capaz de memorizarlos. Y yo no soy una de ellos.

-¿El señor del helicóptero –por no llamarlo irresponsable hijo de su santa madre – te dio unos papeles para mí?

Ella niega con la cabeza. Perfecto. Una indocumentada. ¿Cómo esperan que pueda cuidar de alguien apropiadamente si no me dicen a qué es alérgica o si le gusta jugar con cerillas? Porque por experiencia propia sé que preguntar a un desconocido es el mejor modo de conseguir una mentira plausible. Y lo peor es que los niños tienden a vivir entre ensoñaciones y medias verdades, lo que les convierte en los perfectos individuos para evadir a un detector de mentiras. Así que llegados a este punto confirmo que el día va mejorando poco a poco. Y son las seis de la mañana así que le queda un buen trecho para convertirse en algo memorable. Pero bueno, soy una profesional de lo que sea que yo haga, así que empiezo por lo básico.

-¿Te han explicado tus papis lo que es este sitio? –ella asiente. Bien, el paquete básico parece estar asentado en su cabecita -.Vale. Normalmente los que son como tú suelen preferir quedarse a dormir al pie de sus árboles en tiendas de campaña, pero como eres muy pequeña te quedarás conmigo.

-Estoy acostumbrada a dormir con ginkgo…

-En el jardín de tu casa tal vez. Pero esto es un bosque cariño –ya van tres. Al siguiente juro que me muerdo la lengua. – y es peligroso que te quedes aquí fuera.

-No tengo miedo.

Lo dice tal y como lo siente. O de verdad, o no sabe lo que es el miedo o está loca de remate. Sea como sea esto no es negociable. La combinación niña de ocho años, bosque oscuro y riesgo incipiente de desaparición no es algo que me guste probar. Se lo explico usando otras palabras. Luego las mismas. Luego elevo el tono hasta que al final ella mira su árbol, le asiente y me dice que acepta.

-Sólo voy a estar aquí hasta mañana –me explica finalmente lo que podía haber soltado desde un principio -.Me dijeron que me iría en el siguiente helicóptero con los demás pero que ginkgo estaría mucho mejor aquí ¿Es verdad?

-Ginkgo estará bien. Aquí hay un montón de árboles como él y yo los cuido a todos. Además siempre que quieras podrás venir a visitarlo.

-Pero no será lo mismo –se me queja mientras hace una caída de ojos de las que detienen balas.

-Crecer es básicamente que cada día nunca es igual al anterior Jennifer. Y tú querrás hacerte mayor ya ¿verdad?

Se encoge de hombros. Raro. Yo a su edad lo único que quería era hacerme mayor. Y ahora lo único que quiero es volver a su edad. El reloj siempre avanza en la dirección contraria a nuestros deseos. Que le vamos a hacer. Así es la vida.

-Bueno ¿tienes ganas de desayunar o quieres que te presente al resto?

-¡Quiero ver los árboles!

Lo grita con entusiasmo y de repente se despoja de sus zapatos lanzándolos a los pies de su árbol. Y aunque tengo sueño, estoy molida y probablemente en quince minutos mi estómago empiece a rugirme me pliego a sus deseos. Su inocencia y ganas son algo bastante contagioso y de pronto ya no me pesa tanto el corazón y los problemas no parecen tan acuciantes. Me tiende una mano que no tengo más remedio que agarrar y me preparo para llevarla a recorrer el tour completo del bosque. Mientras la mañana nace y nos calienta con su candor paseamos al tiempo que yo parloteo sobre cada árbol por el que pasamos y sus dueños. Este cedro pertenece a tal y aquel pino a cual. Que si cuando se le van a caer las hojas a este. Que cuanto mide un espécimen adulto de aquel. Tres años de trabajo me han dotado de un montón de datos inútiles que ningún adulto quiere o se esfuerza en escuchar cuando llega aquí. Para ellos es un “donde duermo, cuando comemos y donde están las letrinas más cercanas”. Pero para Jennifer no. Está en la edad de los descubrimientos. Todo a lo que apunta su dedito debe tener un por qué. Yo les doy los que puedo y a veces me invento los que no conozco. Por suerte descubro que es una buena compañía. Sus ojos resplandecen con las cosas más sencillas y cada palabra que sale de su boca está cargada de algo ya casi extinto: educación. Y no soy la única que opina lo mismo. Cada semilla con la que nos cruzamos da la bienvenida a la pequeña con un entusiasmo desmesurado. La abrazan y le presentan a su árbol. El problema es que el reparto de cariño no es equitativo porque mientras ella se lleva el azúcar yo me trago miradas saladas de reproche. Miradas con el nombre de Norman. Algunos me susurran que por qué estoy allí con aquella niña y no buscándolo. Otros que si poner en peligro a aquella criatura me hace feliz. Yo no digo nada. Ellos saben que yo no hago las normas. Que prácticamente no hago nada más que darles a cada uno lo que necesita y ni una pizca más. ¿Qué tu árbol necesita una pequeña poda? Sin problemas. ¿Qué te duele la cabeza y necesitas aspirinas? Toma dos frascos. ¿Qué quieres llorar en el hombro de alguien? Aquí me tienes, pero no esperes palmaditas en la espalda de vuelta. Estoy para lo que estoy. Para ellos igual que para esta niña. Lo que no sé es si a este paso voy a durar mucho. Entonces la memoria me traiciona y pasamos ante el roble de Norman. Y por primera vez en toda la mañana Jennifer se queda clavada ante el árbol.

-¿Qué te pasa? –pregunto tratando de no sonar demasiado preocupada

-El roble está triste –me dice con una voz afilada como un cuchillo.

-Los robles son árboles tristes –trato de huir hacia delante -.Creo que es porque viven demasiado tiempo. Y con los años todo se va apagando excepto la tristeza y la soledad.

Entonces se acerca al imponente tronco del árbol, extiende su manita y planta su palma en él.

-¡Jennifer! –le grito a cuatro metros más atrás de donde debería estar, que es quitándole la mano de allí -¡No puedes tocar un árbol sin permiso de su dueño!

Y sé que lo sabe. Se lo he dicho como unas cinco veces y estoy segura que venía preparada de fábrica. De hecho no ha tocado ningún árbol desde que ha llegado. Por eso me ha pillado de sorpresa que haya hecho eso. Y que siga haciéndolo mostrándome desafiante la espalda. Esto se ha acabado.

-¡Aparta las manos de ahí! –le grito bien alto mientras la cojo de la muñeca y la retiro del árbol.

Cuando lo hago me parece ver un brillo extraño en su mirada. Pero este se apaga tan rápido como las lágrimas acuden a sus ojitos. El llanto. El arma definitiva de un niño. Lástima por ella. Soy inmune.

-Yo… lo siento mucho –gime mientras trata de parar el escape de sentimientos -.Es que quería decirle que todo iba a ir bien.

-La próxima vez usa la boca. Normalmente esta se encuentra a la distancia adecuada de los problemas –le dijo tratando de no enternecerme por su frágil estampa -.Tocar el árbol de un semilla es una falta de respeto muy grande Jennifer.

-¿Soy mala?

Vale, si se va a poner a jugar con golpes por debajo de la cintura voy a tener que usar la artillería. Y conozco al tipo perfecto para ponerla en su sitio. Con un constante y subyacente arrullo de pena la llevo al lugar donde el suelo no es mullido ni el aire puro. Llegamos a los dominios áridos del eucalipto moribundo. Pero entonces algo inesperado sucede. Robert no está solo. Hay una figura más con él. Desde la distancia impido a Jennifer avanzar más y nos refugiamos tras la figura de un olivo. Desde allí las voces llegan amortiguadas pero claras. Dos voces enfrentadas. Dos voces familiares.

-¿Tanto te cuesta firmar? –es lo primero que escucho.

Y del último al que espero que estuviese allí. El último al que querría cruzarme. Thomas.

-Firmar no cuesta nada. Lo que me cuesta es reducir mi pasado a un simple garabato –escucho como contesta un Robert más alterado de la cuenta que ocupa su habitual asiento a los pies de su árbol.

-Esto ya lo habéis hablado muchas veces antes de que vinieras aquí Robert. Y siempre has estado de acuerdo.

-¿En que ya no estábamos juntos? Claro. Ni tiene sentido ni merecía estar ya con ella –contesta Robert mientras le lanza una vaharada de humo directamente a la cara de Thomas que la encaja con entereza -.Pero tú tampoco la mereces. Y no pienso firmar un puto papel hasta que ella misma venga y me lo diga por si misma.

-Te tenía por un gilipollas integral, pero no por un estúpido Robert. Sabes que nadie que no sea un semilla puede entrar aquí.

-¿Lo ha intentado siquiera? –le devuelve él y creo que sin más razón que la desesperación -¿Ha probado a pegar voces desde el otro lado del muro verde a ver si la escuchaba? Mucha gente lo hace y a veces el viento trae mierda desde muy lejos…no hay más que mirarte.

-¿Qué es el muro verde? –me pregunta Jennifer en un susurro que contempla la escena con rostro de no entender nada.

-Todo este bosque está circundado por una enorme muralla de muchos metros de alto que se llama el muro verde –le explico rápido pues no quiero perderme ninguna palabra de lo que están diciendo -.Por eso has tenido que venir en helicóptero.

-¿Es qué estamos encerrados aquí dentro? –vuelve la niña -¿Acaso fuera hay peligro?

-Fuera está el mundo Jennifer. Fuera siempre habrá peligro.

Va a decir algo más pero le hago un gesto para que se calle. En la distancia, Thomas le lanza unos papeles a Robert que ni se inmuta ante la lluvia de hojas blancas. Le devuelve una mirada que, hasta desde mi puesto de espía, reconozco como altamente desafiante.

-Ella ya no te quiere Robert. Acéptalo. Eres un semilla. Uno triste y enfermo cuya única ocupación es hacerse daño a sí mismo y a los demás.

Entonces Robert se levanta, lanza el cigarrillo a un lado y se planta a un suspiro de Thomas que aguanta el envite envarándose hasta el extremo. Pelea de gallos a la vista.

-Parece que eres muy bueno diciendo cosas a la cara abogaducho –le dice con un siseo de serpiente venenosa -¿Por qué no te dejas de tonterías entonces y hablas claro de una puta vez?

-Eres un amargado Robert –comienza Thomas aceptando el reto -.El tipo más retorcido y hecho polvo que he tenido la desgracia de cruzarme. Y créeme que me he cruzado con mucha mierda en mi camino. Has dedicado la mitad de tu vida a hacer daño a todos cuanto alguna vez tuvieron la desgracia de quererte y ahora te has quedado solo. Por eso no me extrañaría que cuando te enteraste de lo de Norman no se te pasaran ideas raras por la cabeza…

-¿insinúas que me he cargado a Norman?

-Insinúo que eres incapaz de soportar que la gente a tu alrededor sea feliz –contesta el abogado agachándose y recogiendo los papeles del suelo -.Por eso no puedes firmar. Porque no puedes volver a ser un ser humano decente. Porque ahora están tan vacío como tu eucalipto. Por eso no crece nada a tu alrededor. Ya solo sabes matar…

-Quítate de mi vista y llévate esa mierda –le dice Robert mientras le da la espalda. No me puedo creer que haya perdido a los puntos.

-No volveré a tener esta conversación contigo Robert.

-No debiste tenerla en primer lugar. Dile a Sarah que espero que sea feliz aunque con un mendrugo como tú lo va a tener complicado –gruñe mientras tiene su mirada fija en su árbol -.Y en cuanto a ti toma las medidas legales que creas oportunas para borrarme de su pasado. Pero no lo voy a hacer por mi propia mano. Para ella existí, y eso ni tú ni nadie puede cambiarlo.

Thomas entonces aprieta los dientes y los puños y se va. Aunque a mitad de camino se detiene con lo que creo la última palabra quemándole en el paladar. Típico de él.

-Por cierto Robert. Te agradecería que controlaras las raíces de tu eucalipto. No quiero volver a tener que desenredarlas del mío nunca más.

-Yo no puedo controlar lo que este viejo bastardo hace –contesta Robert con una sonrisa oscura -¿O acaso puedes hacerlo tú con el tuyo?

-No, pero sí sentir lo que le hace sentir incómodo. Y no me gusta estar incómodo.

-Curioso. Tener todo el día metido por el culo un palo de escoba siempre me ha parecido de lo más desagradable. Ahora lárgate y no vuelvas o la próxima vez descubrirás si soy capaz de cargarme a alguien.

Y extrañamente Thomas dejó las cosas así. Se marcha por el sedero opuesto del calvero y desaparece en la espesura. Ha sido una charla dura de la cual no he pillado ni la mitad, pero aún así ni yo tengo el valor de ir a molestar a Robert en ese estado.

-¡Ya podéis salir las dos de ahí! –chilla entonces Robert.

El corazón se me sube a la boca al sentirme descubierta. Encuentro el porqué. Jennifer está fuera del parapeto del árbol saludando inocentemente a un Robert que ya está encendiéndose otro cigarrillo. Cabizbaja voy a su encuentro siendo lo último que quiero en ese momento. Al parecer Jennifer no parece opinar lo mismo.

-¡Vaya! –exclama la niña nada más llegar ante el eucalipto -.Qué árbol más raro.

-Yo lo veo bastante normal –le contesta Robert como si nada hubiese pasado -¿Y tú quién eres peluche?

-Jennifer –Robert recibe la misma contestación que yo -¿Por qué fuma?

-Porque puedo, quiero y tengo tabaco.

-Pero el tabaco es malo para él.

-Y para mí. Pero a veces los adultos no hacemos lo que es mejor para nosotros mismos, sino lo que necesitamos para sentirnos mejor.

-¿Y por eso fumas? –intervengo yo ahora que parece que el ambiente no es tan gélido.

-¿Qué has escuchado? –me saca de mi error la pregunta cortante de Robert.

-Supongo que casi todo.

Robert desvía su mirada y la planta en la niña que está embelesada en la triste figura del eucalipto. Este se arrodilla a su lado y le susurra algo al oído de la pequeña.

-¿Seguro? –pregunta ella en respuesta.

Él asiente y esta corre y de repente comienza a trepar por el tronco hendido del árbol. No le resulta difícil pues la forma de este casi invita a hacerlo. Sin dejar de mirar de reojo me hace un gesto para que nos apartemos un momento.

-¿Sabes que le acabo de echar un bronca sobre no tocar árboles ajenos y vas tú y la dejas subir al tuyo?

-Entonces estamos empatados por haberme espiado –me dice y me ofrece un cigarrillo. Esta vez no acepto -¿Esa es la nueva?

-Si. Aunque va a ser un visto y no visto. Mañana se va con todo el mundo.

-Mejor. No soporto a los niños. Aunque hoy me ha pillado de buen humor.

-No lo parecías hasta hace un rato.

-Ya quisiera yo verte como reaccionas tú si el amante, barra abogado, de tu ex viniera con toda la jeta del mundo a pedirte que firmases los papeles del divorcio y les dieses tu bendición para que retozasen hasta la eternidad.

Me quedo de piedra cuando las últimas fichas del puzzle caen. Tanto que se me olvida respirar. Hasta que Robert no chasquea los dedos ante mi cara no reacciono. Y aún así me cuesta aterrizar de nuevo en el mundo real.

-¿Thomas?

-Las mujeres tenéis unos gustos raros. La mía parece que le gustan los semillas altamente engreídos. Y es bastante consecuente con ello.

-Por eso soy lesbiana. De una mujer puedes desconfiar. De un hombre debes. –le contesto algo que es verdad aunque las razones no son ni remotamente las mismas.

-Ya decía yo…-musita para sí mientras apura una calada hasta su máximo -.Dime una cosa ¿hay algo nuevo de Norman?

Niego con la cabeza. Jennifer ha ocupado todo mi tiempo y las preguntas que he hecho durante nuestro periplo siempre han obtenido las mismas respuestas. Nada. La cosa había pasado de preocupante a alarmante. Y el siguiente paso empezaba a estar claro en el horizonte.

-Pide ayuda –lo pone en palabras Robert.

-No puedo ponerme en contacto con el exterior a menos que sea una emergencia. Y Norman no lleva ni 48 horas fuera del radar. Además…

Además está el asunto de sentirme y confirmar que soy una inútil. Porque Norman puede aparecer y esto quedar en un susto. O puede que no…

-Norman es importante Eve. Ya sabes cuanto tiempo llevaban experimentando con él. Estaban a punto de cortar su vínculo con su árbol y si le ha sucedido algo vas a pagar el pato tú.

-¿Qué? ¿Cómo sabes tú eso?

-Parece que te has perdido la primera parte de mi conversación con Thomas. Mejor. Ahí apenas me había calentado –me descubre -.Si mañana cuando llegue el helicóptero no ha aparecido activa el protocolo de seguridad. Que los profesionales batan el bosque en su búsqueda. Hay un momento en el que hay que dejar de pretender que se es una cosa y simplemente ser lo que se es Eve.

-¿Y qué eres tú Robert? Siempre te he tenido por una persona que hacía lo que quería. Pero que hacía lo correcto ¿De verdad serías capaz de matar a alguien? -le digo tan rápido que mi autocontrol me presenta una hoja de disculpa un nanosegundo después.

Entonces un grito tras nosotros nos interrumpe. Jennifer se ha caído al suelo y desde allí gime sujetándose el brazo derecho. Robert llega antes que yo y se ocupa de ella. Los viejos hábitos. La examina y aunque tarda tanto y revisa tantas cosas que comienzo a ponerme nerviosa su diagnóstico no es del todo alarmante: clavícula dislocada.

-Te la tengo que volver a poner en tu sitio, pero va a doler –nos advierte a ambas.

Asiento sin esperar intervención por parte una Jennifer a la que la caída parece haberle arrebatado la voz. Con un rápido tirón la clavícula vuelve a su lugar y un nuevo grito sacude el silencio. La pobre casi se desmaya del dolor, pero su mirada no se apaga del todo. Es dura. Pero sólo es una niña pequeña, así que sus reservas deben estar ya bajo mínimos.

-¿Dónde tienes el botiquín? –pregunto a Robert para ir a hacerle un cabestrillo a la niña.

-En la tienda. Caja plateada. Dos ocho cuatro.

Entiendo la última parte cuando veo que la caja tiene una cerradura con combinación. Me quedo de piedra al abrirla pues dentro hay todo tipo de material médico. Y no sólo el habitual porque hay jeringuillas cargadas con todo tipo de etiquetas que van desde la inofensiva insulina a cosas que ni yo reconozco. Sin darle muchas vueltas uno dos vendas, hago el cabestrillo y dejo a Robert que se lo coloque. Extrañamente Jennifer no le mira en todo el proceso. Pareciera que el miedo se había instalado en su mente y todo a su alrededor le resultase peligroso.

-Llévate a tu cabaña, dale analgésicos y que se acueste. Mañana estará mejor –me vaticina Robert y entonces su tono cambia levemente -.Y me gustaría que luego volvieses aquí lo más rápido que puedas…

-¿Pasa algo?

Su rostro me muestra algo que no se leer. Algo que nunca había estado allí pero que consigue quitarme el aliento. Con el corazón encogido me marcho cargando con el menudo cuerpecito de Jennifer. Sólo cuando salimos del calvero se atreve a decir esta boca es mía. Y lo que dice no tiene sentido.

-Me ha tirado…Ese árbol me a tirado al suelo.

Yo quiero decirle que aquello era imposible. Pero de pronto me he quedado sin palabras. Están pasando demasiadas cosas demasiado deprisa. Y es evidente que no estoy preparada para ellas. Cuando dejo a Jennifer en mi cabaña ya hace rato que se ha quedado dormida en mis brazos. A la luz de la bombilla de mi habitación la descubro mucho más pálida y frágil que hace unas horas. No soy capaz de poner cara a unos padres capaces de dejar que una niña tan pequeña se enfrente sola a dejar a su árbol aquí. Las palabras de la fundación han debido de ser más que convincentes. O tal vez no. Por más que miro a Jennifer intentando encontrar en ella algo ordinario no lo consigo. Hasta dormida y herida parece especial. Aunque no sé en qué sentido. La arropo con toda la ternura de la que soy capaz y como el sentido común en un niño es escaso cierro la puerta de casa con llave para que cuando se despierte no se dedique a explorar por su cuenta. Con una caída creo que ya ha tenido más que suficiente. Ahora tengo varios asuntos que resolver y pocas manos con las que manejarlos. Lo cierto es que Robert me inquieta. Nunca le había visto así y lo peor es que tal y como están las cosas que se convierta en un obstáculo antes que en una ayuda no es lo que más me beneficia. Sea como sea a la escuálida luz del día le quedan las horas contadas así que vuelvo a coger la linterna con tanta mala suerte que mi mano encuentra una astilla de madera del soporte antes que el asa y esta se me clava como un mordisco en la piel. Me acuerdo de cuantos antepasados tengan los árboles de manera irrespetuosa mientras me quito el fragmento de madera y chupo la sangre que manda de la herida cual vampiro. Mientras lo hago se me escapa una sonrisa. Estos dos días nada me sale ni me sabe bien. Ni yo misma por lo ácida que me parece mi sangre al rasparme la garganta camino al estómago. Van a dar las diez y mañana está programado que el helicóptero aterrice con las primeras luces y se lleve a la gran mayoría de los semillas hasta su próxima visita, así que me toca volver a hacer recuento y recordarle a cada uno que más les vale estar en el calvero a su hora o se quedan en tierra. Me vuelvo a patear un bosque que a mis ojos se vuelve cada vez más y más sombrío y amenazador. Le perdí el miedo hacía mucho tiempo, pero no el respeto, así que mido mis pasos y cuido que tras cada esquina y cada recodo no haya sorpresa alguna. No la hay. Sólo sombras, pequeños ruidos y mucha, mucha soledad. Todos están más que preparados para la partida. Pronto será navidad y cada uno tiene a una buena bandada de seres queridos esperándoles fuera para celebrarlo con ellos. Suerte que tienen. Yo con que la nieve no me llegue hasta más allá de las rodillas me conformo. Aunque me conformaría con que apareciera Norman. Pero las noticias del fugitivo siguen siendo las mismas: cero. Ni rastro de él. Ya ni trato de calmarlos. No tiene sentido. Gasto suelas y una buena porción de mi tiempo en cumplir con mi deber hasta que en mi lista sólo quedan tres nombres. Y la verdad es que sólo me quisiera cruzar en estos momentos al único al que no puedo encontrar, que es Norman. Así pues tiro una moneda mental y esta cae del lado de Thomas. La conversación con él será corta. Y la verdad es que temo un poco volver a ver a Robert. Dejo atrás sauces, álamos y pinsapos que se mezclan y conviven en un equilibrio imposible mientras me dirijo hasta el corazón del bosque. El verde predomina aquí y el aire es tan fresco y puro que casi intoxica. A plena luz es un lugar magnífico. Un trocito del edén. Eso hasta yo lo puedo ver. Lo que no puedo ver ahora es a Thomas. Su árbol está aquí. Un algarrobo loco enorme, fuerte y sano y a su lado su enorme tienda de campaña. Pero nada más. Con cierto pudor grito su nombre. Mientras resuena entre cortezas y vuelve a mí sin respuesta empiezo a notar que ese idiota me importa. O más bien me importa que no haya desaparecido. Pero no está. Se me encoge el corazón nada más de pensarlo. Busco frenética por todos lados. Mi linterna barre todos los rincones sin éxito. ¿Dónde estás? me repite mi cabeza. No está, me susurra mi alma. Entonces me percato de algo que nunca ha estado ahí. Hay algo rodeando el tronco del algarrobo. Me acerco y descubro como una fina raíz nace a los pies de este y lo envuelve como una amante primeriza. Sigo la línea ascendente hasta el nacimiento de las ramas. De pronto se me cae la linterna. De pronto mi alma estalla en mis pedazos. De pronto comienzo a llorar sin hacer ruido. De pronto descubro un muerto. Allí, colgado de las ramas más altas hay un hombre ahorcado por el mismo árbol.

-Thomas -susurro con el sabor amargo de mis lágrimas corriendo por mis labios.

Porque es él. Sin género de dudas. Muerto. Sus ojos vacíos y sus piernas balanceándose flácidas en una danza macabra. Muerto. La palabra no hace más que repetirse. Y la situación consolidarse.

-¿Sabes como llaman en algunos lugares a los algarrobos? -pregunta una voz a mi espalda con toda la calma del mundo -.El árbol de Judas. Al parecerla Bibliadice que fue en uno como este donde Judas se acabó colgando después de cometer su crimen.

No sé si el mundo se ha puesto en cámara lenta o si soy sólo yo. Lo único que sé es que cuando me giro me encuentro con un Robert calmado, frío y fumador que mira directamente al cadáver con nada más que vacío en la mirada.

-No… no puede ser… -acierta mi boca a decir.

-¿Qué es lo que no puede ser Evelyn? -me pregunta él calmadamente mientras apaga el cigarrillo a la mitad y se lo guarda para más tarde -¿Qué alguien tan egoísta como Thomas se suicide?

-No… ¿Cómo es que estás aquí?

Me sonríe. No comprendo cómo esto le puede resultar divertido. Yo estoy tan acojonada que lo que me extraña es que con el temblor de piernas y lo rota que estoy por dentro no me haya meado ya encima.

-Las raíces -me dice como si aquello lo explicara todo. No lo hace. Y por ello él prosigue -.Hay árboles cuyas raíces pueden extenderse por kilómetros y kilómetros de distancia en busca del sustento necesario para sobrevivir. Y como puedes imaginar hemos necesitado de mucho sustento para sobrevivir. Y el mejor lugar para buscarlo es de donde lo sacan el resto de árboles.

-¿Hemos? -pregunto mientras mi voz agarra una veta de ira que comienza a crecer sobre el desconcierto y el dolor -¿De quién estás hablando?

-De mi eucalipto y de mí, por supuesto.

-Pero tú… ¡Tú dijiste que no podías alejarte de tu árbol!

-Eso es cierto. Es cierto que no me puedo separar de mi árbol -entonces patea el suelo y comprendo. Ahora tampoco está separado de él. Una parte del mismo discurre bajo tierra a pocos metros de nosotros. Y otra muy importante abraza un algarrobo que comienza a secarse tras de mí a toda velocidad -.Y también es cierto que si no me he relacionado con nadie es porque nunca me ha hecho falta. Siempre que he querido una conversación tú ya estabas allí para dármela. De hecho tú has estado siempre allí para proporcionarme lo que necesitaba. Siempre me has cuidado. Lo quisieras o no siempre lo has hecho. Hasta hoy…

-¡Le has matado! -le grito mientras le acuso de lo que me resulta evidente.

-¿Qué? -me pregunta con una muy convincente y bien fingida sorpresa -¿Cómo que le he matado? ¿Cómo sugieres que haya podido colgarle a esa altura?

-¿Entonces por qué estás aquí?

-Había venido a hacer lo correcto…

Entonces mete la mano en su chaqueta y avanza hasta mí. Mi cabeza y mi sentido de auto conservación actúan al unísono y echo a correr. Necesito salir de allí. Necesito un lugar seguro donde refugiarme. Donde todo tenga sentido. O donde todo deje de tenerlo. No lo sé. Corro con el piloto automático y los pulmones pegados en el cielo de la boca. Me tropiezo, caigo, sangro y vuelvo a correr. Sin dirección. Sin esperanza. Nada de esto tiene sentido. El mundo se ha vuelto del revés y se ha olvidado de mandarme un aviso de cuando lo iba a hacer. Entonces recuerdo un nombre. Jennifer. Tengo que ponerla a salvo. Tengo que ponerlos a todos a salvo hasta que llegue el helicóptero. Sí. Cuando llegue todo se arreglará. Les diré lo que ha pasado. Lo que está pasando. Y ellos lo arreglarán. Sólo tengo que correr un poco más. Llego a mi cabaña al límite de mis fuerzas. Rota del cansancio abro la puerta y dentro me está esperando una nueva sorpresa. O más bien no me está esperando porque no hay ni rastro de Jennifer. Lo revuelvo todo pero no la encuentro por ninguna parte. Se me cortan todos los cafés que me he tomado en mi vida. El miedo da paso por fin a la rabia. Y una acida sensación toma posesión de mi cuerpo. Busco algo que me sirva de arma. Poca cosa tengo que resulte fácil y manejable de usar. Descarto la sierra para la poda pero no el machete. Una pistola me vendría cojonuda pero lo más parecido que tengo es una de bengalas. La tomo y me cercioro que esté cargada. Dicen que es peligroso dispararle esto a la cara a alguien. Espero que sea verdad porque si es lo que tengo que hacer lo haré. Salgo de la cabaña y voy en busca del resto de semillas. Fuera una enorme luna llena compite con la luz de mi linterna. Gana con facilidad la competición pero no me importa. Yo no estoy aquí para ganar. Sólo para sobrevivir. Y esa es mi misión. Pero esta noche el mundo parece haber conspirado contra mí pues nadie está en su árbol. No tengo ni idea de donde han podido ir pero al menos no están colgando de sus ramas como Thomas. Cada vez que esa imagen se me pasa por la cabeza mi cuerpo consigue encontrar una pizca más de fuerza para seguir adelante. Mientras grito de desesperación tratando de figurarme donde se han metido todas las semillas del bosque encuentro un rastro a mis pies. Lo sigo con cautela y me lleva hasta el último lugar donde esperaría encontrar a alguien. El roble de Norman. Para mi alivio allí están todos. Rodeando el enorme tronco del árbol y mirando al cielo. Me detengo en seco. No necesito nada más para saber que algo está mal. Miro en derredor buscando la figura ladina de Robert. Pero no hay nada. Sólo un árbol y una veintena de personas a su alrededor cautivadas por la luna y comportándose como si fuesen la secta de los últimos días. Machete en mano irrumpo en el lugar y comienzo a zarandearles a todos. Pero ninguno responde. Todos están como absorbidos por ese cielo de plata que yo ni me atrevo a mirar. Entonces veo el remate del día. Y casi me vuelvo loca del todo. Allí, en el corazón del tronco, está Norman. Y “está” es una forma de decirlo porque parece que él y el tronco se han fundido en uno. Su piel es del color ocre de la madera y sus brazos y piernas están fundidos con el árbol. Es como un grotesco mascarón de proa. Uno que me hace vomitar. Lo hago sin remilgos y casi agradeciendo que la bilis sea tan amarga. Eso la hace mucho más real. Y lo agradezco porque lo que hay a mí alrededor no lo es en absoluto.

-No tengas miedo Eve -dice una voz infantil -.No pasa nada.

Y allí está ella. La pequeña y frágil Jennifer. Sólo que ya no parece tan pequeña. Ni su mirada frágil. Camina hasta mí desde la sombra del árbol con una seguridad que me hace retroceder. Que sea la única que no está prendida de la luna me dice muchas cosas. La forma en la que me sonríe me dice el resto.

-¿Quién coño eres?

En mi vida he amenazado a un niño. Pero tampoco he estado tan acojonada, así que no me importa verme alzar el amenazador filo del cuchillo contra ella. Pero este no parece impresionarla nada.

-Soy yo. La pequeña Jennifer. ¿Quién sino iba a ser?

-Una asesina.

Otra voz nueva interviene. O más bien una voz vieja. Una que ha llenado mis silencios y mitigado mis soledades durante estos tres años. La voz de Robert.

-Vaya… el eucalipto -dice la niña mientras mira de reojo la recién emergida figura de Robert -.Me preguntaba donde estarías. No has acudido a mi llamada.

-¿Ah, pero era para mí también? -le contesta él mientras avanza colocarse justo a espaldas de la niña. -.Creía que era para todos los hijos de la madre tierra.

-Pues claro. Porque eso es lo que eres.

Robert ríe con un deje de nerviosismo en su voz. Tiene el semblante serio. Como si estuviese concentrado en algo. Por un momento nuestras miradas se cruzan. No sé si está intentado decirme que me largue de aquí o que todo va a salir bien. Tal vez ninguna de las dos y sólo sea mi mente tratando de decirme las dos opciones que más me convendrían.

-Mira niña -sigue Robert -.Mis padres se llamaban Mike y Edna. Y el máximo contacto que tuvieron con una planta fue con mi eucalipto y conmigo. Así que si te vas a poner a decir chorradas más te vale que tengas en cuenta que estás a un paso de que te cruce la cara de una buena hostia.

-¿Pegarías a una niña?

-Tú no eres ninguna niña.

Entonces Robert saca un pequeño estilete del bolsillo de su chaqueta y de un rápido ademán se hace un corte en la mano. La levanta en nuestra dirección y lo que mana de ella me deja sin aliento. Porque sangre no es. La sangre no es blanca ni pastosa. Y eso es precisamente lo que sangra su palma.

-Las niñas que se pasan toda su infancia subiendo y bajando de árboles se clavan astillas. Están llenas de pequeñas cicatrices y moratones frescos. Y lo más importante: sangran. Tú no sangraste por ninguna parte cuando te caíste. O lo hiciste pero tus heridas cerraron casi al instante. Sólo que no lo suficientemente rápido para esconderme esto. Además, y para aumentar la charada, te dislocaste un hombro al caer. Sólo que fallaste porque este quedó en un ángulo imposible -me quedo boquiabierta al escuchar aquello -.Y sin embargo te lo pude volver a colocar. Alabo al que te hizo pequeño monstruo, pero debió haber puesto el mismo interés por dentro que por fuera.

Estoy un poco fuera de juego. Aunque es algo lógico viendo lo que estoy viendo. No sé qué hacer si es que hay algo que pueda hacer, así que sigo adoptando el papel de espectadora. Una espectadora que acaricia con obsesión el mango de su machete.

-No puedo creerlo -contesta Jennifer de pronto -.No puedo creer que, de todos mis hijos, hayas sido tú el único que se haya tornado puro. ¿Cómo?

-Que te parta un rayo no te deja demasiadas alternativas monstruo -indica él -.Mi otro yo de madera quedó tan tocado y tan falto de fuerzas que tiró de lo único que tenía a mano: de mí. Así poco a poco fui perdiendo ciertas “cositas” esenciales que te hacen humano y me convertí en lo que sea que soy ahora. No creas que me lo tomé demasiado bien pero al final comprendí que yo hubiese hecho lo mismo para sobrevivir. Así que deje de darle por culo a él, le di todo lo que necesitaba y juntos nos vinimos a este exilio tan bonito a esperar que algún científico diese con la cura. Incluso les di mi sangre… o mi savia o lo que sea que corre por mis venas. Creo que eso hizo avanzar mucho la cosa.

Su mirada fue directa a la desdichada figura de Norman. Un Norman congelado en un grito tan mudo como infinito. Entonces todos los semillas que estaban allí dejaron de otear el cielo y volvieron sus miradas hacia nosotros. Unas miradas tan blancas como la misma luna. Una oleada de escalofríos me recorrió de punta a punta.

-¿Por qué le hiciste eso a Norman? -pregunto yo para probar que todavía tengo voz.

-El vínculo que tenía con su árbol ya casi había sido roto -me dice la niña aunque ni se molesta en mirarme -.Así que vine y lo reforcé. Igual que estoy haciendo con el del resto de mis niños aquí presentes.

-¿Vas a fundirlos a todos con sus árboles? -interviene Robert -Que discreto.

-No pretendo ser discreta. He sido discreta con vosotros demasiado tiempo. Os lo he dado todo sin pedir nada a cambio. Y sin embargo vosotros os habéis dedicado a apuñalarme sin descanso día tras día. Cada paso de vuestra evolución era una piedra más en mi tumba. Y no os percatáis que si yo caigo vosotros lo haréis conmigo. Por eso hago esto. Para que os deis cuenta que vosotros y yo somos lo mismo. Me habéis obligado a comportarme como vosotros para abriros los ojos. Y haré lo necesario para conseguirlo.

Ahora sí que aquello no podía ser. Porque si de verdad aquella niña era quien insinuaba entonces…

-Gaia -musito.

-Ah. Gaia. Veo que todavía hay quien se acuerda de mi nombre. Bueno, de uno de tantos, claro. Quizá si hubiese tenido un nombre perdurable esto no hubiese pasado. Los nombres a menudo vienen asociados a tantas cosas. Y eso es precisamente lo que quiero recuperar. Mi nombre. Y sus consecuencias.

Que la propia madre tierra me esté dando un discurso ecologista completa el cuadro de rarezas en el que me encuentro inmersa en estos momentos. De pronto Robert me hace un gesto casi imperceptible para que me enrolle. No tengo ni idea de que es lo que pretende pero sigue cargando con esa cara de concentración que me tiene escamada.

-Pero hay una cosa que no me explico –digo improvisando sobre la marcha -¿Cuándo le hiciste eso a Norman? Que yo sepa llegaste un día después de que desapareciese.

-Mi ginkgo llegó un día después y me permitió obtener una presencia corpórea que me ha hecho más fuerte. Pero siempre he estado aquí. En este bosque. Porque yo soy parte de él. Y cada uno de estos pequeños árboles son mis retoños. Unos que, sin importar especie o condición, pueden convivir entre ellos sin ningún problema. Eso es algo de lo que vosotros seréis incapaces de hacer. Y el problema es que soy yo la que suele pagar por las consecuencias de vuestros actos.

Tanto tiempo sin nadie que la escuchase parece haber desatado la lengua a Jennifer, Gaia o quien diablos quisiera que fuese. Por desgracia Robert todavía no había acabado y la mano con la que sujeto el machete ya me empieza a sudar de impaciencia y miedo.

-¿Y Thomas? ¿Qué te había hecho él? ¿Por qué lo mataste?

-Porque hay ciertos elementos, como tu desagradable amigo que de repente se ha quedado mudo, que se niegan a escuchar la verdad. Thomas se negó a obedecer. Así que yo me negué a escuchar sus súplicas de piedad mientras le colgaba de su propio árbol –y entonces hizo un gesto y las ramas de los árboles cercanos comienzan a moverse como impulsadas por un viento que no sopla -.Igual que te pasará a ti Eve.

Entonces estas dejan de mecerse y directamente se lanzan hacia mí como brazos de madera. Me defiendo como puedo, lanzando machetazos a discreción, pero no hay manera. Una se me enrosca en la cintura, otra me golpea en la cara dejándome medio grogui y se me escapa el machete de entre los dedos.

-¡Alto! –grita Robert en la lejanía. Las ramas no hacen ni puñetero caso.

-No puedo hacerlo –dice la niña con algo parecido a la tristeza -.Necesito que la gente se haga preguntas cuando vea lo que aquí ha sucedido. No la verdad.

-Es tú última oportunidad –amenaza él -.Suéltala.

Jennifer se echa a reír ante la amenaza. Yo habría hecho lo mismo pero un sabor ocre me ha llenado la boca y mi cabeza parece estar llena de algodones. El golpe del árbol ha sido de los buenos. Cuando se enfríe va a dolerme mucho. Aunque espero no quedar fría del todo. A veces el dolor nos recuerda que estamos vivos. Otras veces simplemente es dolor.

-Tú lo has querido.

De pronto algo extraño sucede. La presión de las ramas que me envuelven se afloja y veo como el semblante de Jennifer cambia por primera vez a algo tan reconocible como el miedo. Se queda muy rígida y su cara de porcelana empieza a ponerse colorada.

-¿Qué estás haciéndome? –le pregunta a Robert que avanza hacia ella despreocupado.

-Estrangulándote… o más bien estrangulando a tu árbol. No es agradable cuando te lo hacen a ti, ¿eh?

-¿Cómo?

Robert me libera del resto de las ramas y si no es por él me hubiese desparramado en el suelo ya que mis piernas parecen haber olvidado como sostenerme. Robert me guiña el ojo aunque su rostro está compungido y perlado en sudor.

-Tu truquito de las ramas es sencillo de reproducir niña. Yo puedo hacerlo con mis raíces. Igual que traté de salvarle la vida a Thomas…aunque llegué tarde.

Entonces por eso había una raíz de eucalipto envolviendo el árbol de Thomas. No quería matarlo con ella. Quería bajarlo. Y seguramente yo lo interrumpí. Gran jugada atontada.

-¿De verdad creías que yo había matado a ese idiota?

-Ahora mismo no creo que puedas culparme en creerme cualquier cosa –le digo en mi defensa -¿Qué diablos habías ido a hacer allí?

Entonces saca una hoja de papel manuscrita. Me la pone delante de la cara. Es un consentimiento escrito a mano para que Thomas actúe en su nombre en cualquier procedimiento legal.

-Ibas a…

-Ahora poco importa lo que iba a hacer. Preocúpate mejor de lo que hay que hacer –me susurra mientras Jennifer comienza a recuperar el color y a moverse con más comodidad -.Prométeme que harás lo que te diga y cuando te lo diga.

-No puedo hacer eso…

-Joder Eve. Pues entonces hazlo. No sé como me las arreglo pero no consigo sacarle una promesa duradera a una mujer.

Eso me hace sonreír. Supongo que de tensión pero se me escapa entre los labios. Entonces él me aprieta la mano fuertemente un segundo y se aleja. Las ramas comienzan nuevamente a moverse pero esta vez no soy yo su objetivo. Es él.

-¿Creías que tus raíces podrían con las mías?

-En absoluto –niega con la cabeza Robert mientras las ramas forman un círculo amenazador a su alrededor, aunque no se cierra -.De hecho no pretendía detenerte. Sino que mi colega se enredara contigo.

-¿Y para qué querías hacer eso?

Con toda la tranquilidad del mundo Robert mete la mano en su bolsillo. Saca su paquete de tabaco, desliza los cigarrillos en su mano y los aplasta en su puño. Me lanza una mirada de reojo que no comprendo. Lo siguiente tampoco lo pillo.

-Como tú bien has dicho a estas alturas soy uno con mi árbol. Y lo que me pase a mí le pasara a él, Así que –y levanta la mano donde  puedo ver un montoncito de cigarrillos aplastados y desmenuzados –Bon apetit.

Y de pronto se los mete todos en la boca y se los traga. Al segundo cae de rodillas agarrándose el estómago. A los dos Jennifer le acompaña. Ambos parecen compartir un dolor inmenso que les arranca un grito al unísono. Corro a prestar ayuda a Robert. Sus labios se han tornado carmesí de su propia sangre. Y descubro que la grotesca mueca que me muestra es lo que debería ser una sonrisa de triunfo.

-¿Qué has hecho? –pregunto yo desesperada -¿Te has envenenado con tabaco?

-No era sólo tabaco –me guiña un ojo y recuerdo las jeringuillas-.Ahora dispárale.

-¿Qué?

Mete la mano temblorosa en la parte trasera de mi pantalón y saca la pistola de bengalas que ya había olvidado que llevaba ahí. Un nuevo acceso de dolor le hace escupir un gran charco de sangre. Aún así no suelta la pistola.

-Es ahora o nunca Eve. Dispárale. Quema a esa zorra y luego tala su árbol.

-¡No puedo hacer eso! ¡No puedo matar a una niña!

-¡No es una niña! –me grita una verdad que niego escuchar -.Es una asesina.

Su temblorosa mano se acerca a la mía y sin pensarlo agarro la pistola. El tacto de Robert y el del arma comparten un frío glacial. Le miro para ver como sus pupilas empiezan a perder el brillo. Como se apaga. Entonces hace algo inesperado. Lleva el arma hacia su propio pecho.

-Dispárame a mí entonces.

-¡No! –bramo mientras lloro como una niña pequeña -.Mi labor aquí es manteneros a salvo…

-Esta es la manera de hacerlo –y me señala al resto de semillas que siguen mirándonos con sus ojos en blanco y sin mover un músculo -.Hay un momento en el que elegir que es lo que se es. Mírame. Yo ya sé lo que soy. Soy el peor camino que puede tomar el ser humano. De hecho apenas me siento humano. Así que por lo que más quieras déjame irme como lo que fui una vez. Déjame ser ahora el que cuide de ti.

Su sangre me distrae. Y la mía. Rojo y blanco. Tan diferentes y sin embargo aquel al que tengo ante mí es el mismo que me ha mantenido cuerda. El mismo que me ha impedido rendirme. El único al que llamé amigo. Por eso mismo no se quién de los dos lo hace. Sólo sé que nuestros dedos están juntos cuando el gatillo se dispara y la bengala se clava en el pecho de Robert. Entonces y sin explicación alguna comienza a arder. Como si su carne fuese madera. No grita pero veo como se debate contra un dolor al que no puede vencer.

-¡Nooooo! –grita Jennifer.

Y ella misma comienza a arder mientras yo contemplo como lo imposible brilla con la intensidad de unas llamas anaranjadas. Todo acaba en minutos. Minutos en los que me vacío por completo. En los que lloro paralizada. En los que revivo lo que es perder a alguien querido. En los que sé que he vuelto a fallar.

Entonces me llevo a los semillas que vuelven en sí al poco tiempo. Ninguno recuerda nada. Suerte que tienen porque cuando el helicóptero aterriza horas después una nueva yo está a los pies de un eucalipto carbonizado esperando impaciente por contar un cuento imposible. Es lo último que me queda por hacer. Luego que hagan lo que les salga de los cojones conmigo. Pero que hagan algo. Porque de ninguna manera voy a permitir que lo que ha pasado aquí sea en vano. Es mi hora de ser valiente. Es mi hora de hacer algo. Y lo pienso hacer. Cueste lo que cueste.

David Gambero 2011

Mar de luna

Autora: Montse Augé

Ilustrador: Benjamín Llanos

Correctora: Mary Esther Campusano

Género: relato, fantasía y drama (a partir de 16 años)

Este cuento es propiedad de Montse Augé, y su ilustración es propiedad de Benjamín Llanos. Quedan reservados todos los derechos de autor.

MAR DE LUNA

“Cuentan las leyendas de viejos pescadores narradas a orillas del mar, que bajo aquellas aguas se escondían los más increíbles secretos incapaces de ser imaginados por la mente de los hombres. El silencio bajo el mar era tan hermoso como la belleza de las criaturas que lo poblaban. Aquellos privilegiados que lo habían contemplado ya no encontrarían nada igual de bello sobre la faz de la tierra. Pero a medida que la luz pierde su poder e intensidad bajo las aguas, esa belleza es sustituida por algo a la vez inquietante y misterioso: la húmeda oscuridad, tan diferente en altamar, tan aterradora bajo el mar. El silencio, unido a las tinieblas, te engulle, te atrae de una manera inexplicable…es la fuerza del mar, inmensa. Seres monstruosos, de formas caprichosas adaptadas a aquella noche eterna, sirenas en busca de…..”.

 

– ¡Pero abuela! ¿Otra vez? Las sirenas no son monstruos, son bellas y amables, como la de mi cuento.

Luna se levantó corriendo y volvió llevando entre sus manos como un tesoro La sirenita de Hans Christian Andersen. Era lo único que conservaba de su madre. Su abuela Nora la observaba: Luna era su única nieta, desde los tres años le hizo de padre y de madre, ésta desapareció un buen día de sus vidas, las abandonó sin dar ninguna explicación. Realmente su huida se explicaba sola. Y su padre, su hijo, perteneciente a una estirpe sin fin de pescadores, o estaba en altamar o a años luz de Luna, siempre encerrado en sí mismo.

– Cielo, las sirenas, recuerda que ya te lo expliqué, también eran personajes horribles, mitad mujer, mitad ave. Con su hermosa voz atraían a los ilusos pescadores para hacerles naufragar…

De pronto calló. Miró con sus cansados ojos por la ventana. Miró aquel mar inmenso en el que ahora estaba el padre de Luna. Le daba miedo el mar, aquella criatura que mostraba sólo su parte más agradable, el color azul, las olas…pero el resto lo escondía en aquella inmensidad inavastable, oculto a los ojos humanos ¿Cuántos barcos, cuántos pescadores, marineros, permanecían ocultos y encadenados hasta la eternidad en el fondo de aquel abismo de agua? Muchos no volvían. Ella siempre se despedía de su hijo en su casa. Nunca lo acompañaba hasta el barco. Era incapaz de hacerlo desde que sucedió aquello. Sentía que vivía en tierra firme, pero su alma se sumergía continuamente en las profundidades de aquel mar embravecido, la arrastraba contra su voluntad. Tenía miedo. Sí. Miedo de lo que el mar no le dejaba ver. Pero ella sabía lo que escondía. No le hacía falta verlo.

– ¡Abuela! ¿Dónde estás? Fíjate-. Luna le mostraba el dibujo de una sirena-. Ahora dime que las sirenas son unos monstruos, ¿no ves qué hermosa es? No pueden ser malas.

*****

Después de dos semanas sin tener noticias, el barco pesquero del padre de Luna se dio por desaparecido. Ella se resistía a creerlo y cada tarde lo esperaba en la playa. Se sentaba en la arena, muy cerca de la orilla, casi sintiendo el agua acariciando sus pies. Sus ojos se perdían en el horizonte. “Ahora lo veré, ahora…”. Pasaba horas eternas haciendo apuestas consigo misma. Pero no aparecía. Lo más extraño de todo es que el barco desapareció sin dejar rastro, el equipo que estuvo peinando la zona no encontró nada. Parecía que se hubiese hecho invisible.

Aquella noche, después de mirar un rato por la ventana de su habitación, Luna consiguió dormirse. La invadió un dulce y placentero letargo, se sentía ligera como nunca. ¿Dónde estaba? Abrió los ojos y notó que se ahogaba, su boca estaba inundada de agua, no podía respirar. ¡Estaba en el fondo del mar! Del miedo pasó a la sorpresa. Y de la sorpresa a la alegría. ¡Su sueño! Siempre le decía a la abuela Nora que sería buceadora, para ella era lo más parecido a una sirena. Y Nora la miraba siempre aterrorizada y le decía que se quitase esas estupideces de la cabeza. Pero ahora nadie la observaba. ¡Era libre! Consiguió controlar su respiración y empezó a nadar. ¡Parecía una sirena! Su cabellera se movía dentro del agua, al compás de su cuerpo. Se miró las piernas. No. Sus extremidades no se habían transformado en ninguna cola con escamas brillantes. Pero tenía que estar a punto de convertirse en un pez o en sirena, porque si no, ¿cómo estaba consiguiendo respirar tanto rato dentro del agua? En aquel improvisado paseo marino se cruzaba con peces de colores, con algas, anémonas… ¡qué bello era aquello! Era el tesoro del mar, celosamente guardado. De repente le pareció ver un pez enorme entre unas rocas. Cuando estaba a punto de alcanzarlo vio como salía huyendo, sólo pudo ver….una cola enorme de color verde… ¿sería una sirena? Empezó a seguirla. Se adentraba más y más en las profundidades. Cada vez había menos luz. Entonces recordó las historias de su abuela. Pero su curiosidad fue mayor que su miedo y siguió y siguió… Sin saber el motivo se detuvo, dejó de nadar. Apenas veía nada. Empezó a sentir frío. Si nadaba hacia arriba volvería a la superficie. Pero una luz fue acercándose hacia ella. A medida que se acercaba más, Luna descubrió lo que se ocultaba tras ella: era la sirena más hermosa que jamás hubiera podido imaginar, incluso más que la de su cuento. Una larga cabellera dorada, unos ojos azules y una cola preciosa y brillante de color verde. Le tendió la mano. Y Luna se la dio. Nadaron juntas, todavía avanzando más hacia las profundidades, protegidas por la luz que desprendía la sirena. De pronto se detuvo. Le señaló con la mano algo a Luna. Ella siguió con los ojos hacia donde señalaba y descubrió….

– ¡Abuela, abuela…!-. Luna se despertó llorando, presa del pánico. Tenía las ropas y las sábanas bañadas en sudor.

– ¿Qué pasa? Estoy aquí, cálmate…-Nora la abrazó.

– ¡He visto el barco de papá! ¡Está en el fondo del mar!

*****

 

Ni su abuela ni nadie la creyeron. Una pesadilla. ¡Pero tan real! Estaba segura de que ella lo había vivido, no lo había soñado.

Aquella tarde, un extraño e inexplicable impulso hizo que Luna le pidiese a su abuela que le dejase ver una foto de su madre.

– ¿Pero para qué la quieres? Mejor harás olvidándola para siempre, ella ya lo ha hecho contigo.

Pero tanto insistió que al final accedió. Había escondido una fotografía entre las páginas de un libro.

– Toma, pero devuélvela, si tu padre se entera…

Luna la miró, sus miradas se cruzaron, no hicieron falta palabras. Vio como a Nora se le inundaron los ojos de lágrimas. Su padre tampoco volvería. Se sentó cerca de la ventana desde donde siempre contemplaba el mar. Aquella foto, la única imagen que conservaba de su madre; su mente era incapaz de recordar los detalles de aquel rostro, tan lejano ya. Lo que no se había ido nunca fue el recuerdo de sus caricias. Contempló la foto… ¡El corazón le dio un vuelco cuando descubrió que su madre era la sirena de sus sueños! Se levantó precipitadamente, dejando caer la fotografía en el suelo. Empezó a correr hacia la playa. Cuando llegó, se dejó caer exhausta sobre la arena. Su corazón no latía, galopaba como un caballo salvaje. Se sentía cansada, muy cansada. Y confusa, desorientada en su propio mundo, un mundo que había empezado a teñirse de unas sombras inexplicables. Había aceptado todas las pérdidas de su vida, aceptar no era la palabra exacta pero era lo único que había podido hacer con ellas, asumirlas para seguir viviendo. Pero presentía que lo que ahora le estaba sucediendo tenía algún significado especial. Y las respuestas estaban ahí: bajo las aguas azules que ahora se le antojaban grises y frías. Recorrió con la mirada la orilla, dejándose llevar por el vaivén de las olas que danzaban y murmuraban secretos cuando llegaban a la playa. Algo llamó su atención, las olas habían traído algo con ellas: había un objeto sobre la arena. Luna se acercó, curiosa y excitada. Era un reloj. Lo cogió cuidadosamente y por segunda vez en aquella tarde su corazón volvió a duplicar sus latidos: ¡el reloj de su padre! Lo reconocería entre mil. Se lo había regalado ella y había grabado su nombre detrás. Lo giró:”LUNA”. Si se lo contaba a su abuela no se lo creería. “Tú padre se lo debía dejar en casa y tú que eres tan fantasiosa has simulado haberlo encontrado, como si un personaje de uno de esos cuentos tuyos te lo hubiese dejado…”.Ésas serían sus palabras. No, no se lo diría. Sería su secreto, suyo y del mar. Lo escondería en su cajita de música.

Al día siguiente volvió: antes de sentarse ya lo vio. En la arena de nuevo, justo en el sitio en el que siempre se sentaba, junto a las rocas: había un anillo. De su padre. Nunca se lo quitó. Luna lo había sorprendido en más de una ocasión acariciándolo: estaba segura de que echaba de menos a su madre, fue incapaz de odiarla.

Luna regresó de nuevo, segura de volver a encontrar algo más. Había otro anillo, idéntico al de su padre, pero más pequeño. En su interior había grabada una fecha. ¿Qué significaba aquello? Contempló el mar, segura de que bajo aquel manto azul había respuestas a sus preguntas. Corrió hacia su casa.

-¿Pero qué pasa…?- . Nora vio como un torbellino que debía ser su nieta subía las escaleras.

Buscó su caja de música. Cogió el anillo de su padre. Tenía un presentimiento, tenía que comprobar… ¡comprobó que las fechas coincidían! ¡Era el anillo de su madre! ¿Pero entonces…su madre…no se había ido…? ¿Le habían ocultado algo? Algunas lenguas viperinas del pueblo contaban que su madre se había ido con otro hombre, un pescador también. Nunca nadie le explicó nada, ella tampoco preguntó.

Mientras tanto, bajo aquel mar tan cercano a Luna, los barcos fantasmas surcaban el fondo marino, en busca de aventuras, de seres con los que compartir su eterna travesía. Sus lamentos eran respondidos por el silencio, sus ansias de ver por la oscuridad. Alzaban la vista y los ojos de aquellas almas anegados en lágrimas saladas eran incapaces de alcanzar la luz, ni tan siquiera un destello. En la orilla, aquella niña, ajena a esta vida oculta, intentaba buscar una explicación lógica a aquella locura que se estaba desencadenando en su interior. Pero hay cosas que no atienden a la razón: esa era la causa por la cual Luna creía estar viendo en ese momento a su sirena, inmensa sobre el mar. Y ésa era también la causa por que su cuerpo se encogió cuando detrás de ella apareció una ser con unas alas enormes que obligó a la sirena a huir bajo el mar.

Luna ya no volvió a encontrar más objetos en la playa. Decidió que había llegado el momento de hablar con su abuela. No sospechaba que las arrugas que surcaban el rostro de Nora y aquellas eternas ojeras ocultaban algún secreto cuya carga era cada vez más difícil de soportar.

Cuando abrió la puerta comprendió que había llegado tarde: su abuela sostenía entre sus manos la caja de música.

– ¿Qué es esto, Luna?

– ¿Que qué es? Dímelo tú, llegaron a mí, sin más. ¿Tú lo sabes, verdad?

– ¿Pero qué voy a saber yo?- su voz temblaba.

– El anillo de mi madre.

Su abuela suspiró.

– Hoy es la noche de San Lorenzo. Iremos a la playa a ver estrellas fugaces y nos daremos un baño, como siempre. Entonces te lo contaré todo.

Aquel ritual se repetía cada año: era la única vez que conseguía ver a su abuela en el mar. Desde que se fue su madre Luna asistía embelesada a aquel espectáculo estelar, pidiendo siempre el mismo deseo. Pero aquel año fue distinto: sabía que era ya inútil pedirlo. Permanecieron juntas mirando el cielo, pero ajenas a la aparición de cualquier estrella fugaz.

– Vamos- dijo Nora, invitándola a entrar al agua.

Y así, unidas de la mano, empezaron a sumergirse en el agua. Luna notaba como su abuela apretaba cada vez con más fuerza su mano. Sus pies ya casi habían perdido el contacto con la arena. Pero no podía nadar, su abuela se lo impedía. Tampoco podía respirar, también se lo impedía la mano de Nora. Empezó a luchar desesperadamente por deshacerse de aquel abrazo mortal. Las dos, bajo el agua…se iban hundiendo, abrazadas. Volvió a ver aquel ser con alas observándola desde la superficie. Fue lo último que vio. La oscuridad. El frío. Su sueño otra vez. Abrió los ojos. Estaba sola. Otra vez aquella cálida luz. Notó de nuevo una mano bajo la suya. Era ella, su sirena.

A la mañana siguiente encontraron el cuerpo sin vida de Nora en la playa. Se había ahogado y las olas la habían devuelto a la orilla. Pero ni rastro de Luna. La estuvieron buscando incansablemente durante días. Lo único que encontraron fueron dos cadáveres, el de un hombre y una mujer. Días más tarde fueron identificados: la madre de Luna y un pescador. Los dos con signos de violencia. Luna hubiese comprendido entonces que la tristeza que siempre veía en los rostros de su padre y de su abuela era también el peso de la culpa. Nora comprendió que su nieta estaba a punto de descubrir la verdad, no podría soportarlo, no entendía como habían llegado hasta ella aquellos objetos, quién…otra vez la sinrazón. La sirena con alas había estado al acecho desde aquella maldita noche en que el padre de Luna, loco de celos, hundió los dos cuerpos en el fondo del mar. Y Nora también se hundió en vida con ellos, aplastada por el peso insoportable del dolor, de la culpa. Aquel secreto la arrastró también a las profundidades, no hacía falta agua para ahogarla, ella perdió el aliento y las ganas de vivir la noche en la que el mar se convirtió en una tumba. La chantajeaba continuamente, haciéndole ver los cuerpos flotando en el mar, advirtiéndole que seguían allí, que en cualquier momento su secreto sería desvelado. Y así fue. Bastaron unos objetos para advertirle que las profundidades del mar habían decidido que aquellos cuerpos estaban en el lugar equivocado. Nora creyó que el sacrificio de ambas serviría para liberarlas.

Cuentan las leyendas que en las noches de San Lorenzo y en las noches de luna llena, las aguas del mar se reflejan en la luna y si observas bien verás a dos sirenas surcando el fondo del mar, aquel fondo de luz y calor, tan cercano al cielo. Sus largas cabelleras doradas y sus maravillosas colas verdes danzan en el agua, al ritmo incansable de las olas…Finalmente Luna confirmó que las sirenas eran buenas, y que es posible encontrar la felicidad en los lugares menos pensados, bajo el mar. Aunque a veces, cuando alzaba la vista a través de las aguas, sin saber si era un sueño o no, le parecía ver aquel ser alado, amenazante. Entonces volvía a sumergirse hasta lo más profundo de aquel mar, dejándose envolver por la caricia protectora de las aguas azules.

Ilustración de Benjamín Llanos

Ilustración de Benjamín Llanos

Evolución

Autora: Montse Augé

Ilustradora: Susana Rosique

Correctora: Mary Esther Campusano

Género: microrrelato,ciencia ficción.

Este cuento es propiedad de Montse Augé, y su ilustración es propiedad de Susana Rosique. Quedan reservados todos los derechos de autor.

EVOLUCIÓN

Noé se despertó. Sus ojos se abrieron con dificultad, atisbando tan sólo a ver visiones borrosas. Blanco. El color blanco. Paredes blancas, sábanas blancas, manos blancas. Sentía náuseas y un extraño sabor en la boca. Intentó moverse pero comprobó que no podía: tenía los brazos atados a ambos lados de la cama. Sí. Estaba en una cama. Poco a poco sus ojos recuperaron la visión: parecía la habitación de un hospital. Pero la percepción inicial del color blanco cambió a un gris azulado. Había ventanas redondas y fuera… agua. Entonces la puerta se abrió: dos personajes vestidos también de blanco (¿o era gris azulado?) entraron. Podría decirse que eran un médico y una enfermera.

Ilustración de Susana Rosique

Ilustración de Susana Rosique

– Buenos días. ¿Cómo está hoy nuestro náufrago?<strong></strong>

Noé intentó responder. No podía. Sentía un dolor espantoso en la garganta.

– No, ya sé que no puedes hablar. Es el primer paso a la adaptación. Todo va bien.

Noé se miró las cuerdas que le impedían moverse. Los miró a ellos, interrogándoles con la mirada.

– Es por tú bien. Cuando llegáis aquí estáis desorientados. Hay que volver a empezar, a reinventarse. Pero al final todos acabáis aceptándolo.

La enfermera y el doctor cruzaron una forzada sonrisa entre ellos y miraron hacia las ventanas. Acercaron una silla y se sentaron a su lado. La proximidad de aquellos cuerpos hizo que Noé empezará a sentir una oleada de olores imposible de asimilar por su olfato.

– Ya ha empezado-dijo el doctor dirigiéndose a la enfermera-.Al principio molesta, ¿verdad? Es tu sentido del olfato, cada vez más agudo. Empezaré… por contestar todas las preguntas que me estás haciendo con tus ojos. El cambio climático ha cumplido con sus amenazas y ha hecho imposible la vida fuera del mar. Los últimos supervivientes tuvisteis, tuvimos, que huir en barcos, buscando un nuevo futuro, un nuevo mundo que nos perpetuase. La única salida era el mar. Pero pronto nos dimos cuenta de que la superficie se había convertido también en un medio hostil para el hombre. Nuestra última esperanza era la vida bajo el mar. La historia nos ha demostrado que el hombre adapta su cuerpo a los cambios: la teoría de la evolución.

El doctor desató las cuerdas de sus brazos y le ayudó a incorporarse.

– Mira por la ventana. No hace falta que te levantes.

Noé observó a través de una ventana justo al lado de la cama. Estaban bajo el mar. Peces enormes surcaban el mar. Peces… observó detenidamente, abriendo la boca en señal de asombro y con el pánico dibujado en su rostro: ¡eran humanos convertidos en peces! ¿Qué era aquella aberración? Los miró a ellos, moviendo la cabeza de un lado a otro, queriendo negar la evidencia de aquel horror al que estaba asistiendo.

– ¿Te preguntas por qué nosotros seguimos siendo totalmente humanos? Somos los encargados de empezar y acabar con el proceso de transformación. Nosotros seremos los últimos. Cuando la nueva especie empieza a reproducirse entonces todo sucederá de forma natural… no harán falta más manipulaciones genéticas ni experimentos.

Noé entonces, con las manos libres, levantó poco a poco la sábana que le cubría las piernas. Ahogó un grito silencioso.

– Tranquilízate, tu proceso ha empezado. La pérdida de tu voz, tus piernas…pronto estarás ahí fuera, con los demás, en tu nuevo mundo.

La puerta se abrió y apareció una enfermera con una bandeja.

– Tu primera comida. Deliciosa…

Antes de saber qué había en aquella bandeja, su olfato hizo que las náuseas se volvieran a apoderar de él. Aquello era… repugnante: una mezcla de sangre, carne, restos de peces…Lo apartó violentamente haciendo caer la bandeja al suelo.

– Bueno, nadie te ha dicho que vaya a ser fácil. Pronto te parecerá un manjar suculento. Lo devorarás, ni tan solo lo masticarás. ¿Te fijaste en el color de tu cola? Ese gris azulado tan hermoso. Has tenido suerte. Serás uno de los más temidos del mar: un tiburón. Hasta mañana. Que sueñes con las sirenas.

Bajo el mar de la verdad

Autor: David Gambero

Ilustrador: Vicente Mateo Serra

Correctora: Mary Esther Campusano

Género: Ciencia ficción

Este cuento es propiedad de David Gambero, y su ilustración es propiedad de Vicente Mateo Serra. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Ilustración de Vicente Mateo Serra (Tico)

Ilustración de Vicente Mateo Serra (Tico)

BAJO EL MAR DE LA VERDAD

La explosión le arrancó de los piadosos brazos del sueño de éxtasis. Mientras la neblina etérea se disipaba a su alrededor trató de recuperar el aliento y borrar aquella terrible imagen de su mente. Consiguió lo primero. Lo segundo estaba seguro que no iba a lograrlo en mucho tiempo. Se encontraba en algún lugar bajo la constelación del Mar Carmesí. Y seguía llamándose Jonathan Campbell. Pero el resto no estaba nada claro. Cuando se dispuso a abandonar su lecho la nave le mostró automáticamente la figura gris y solitaria de un planeta de aspecto moribundo. Optó por hacerle caso omiso mientras se enfundaba su Biotraje de combate y estudiaba aquel mundo que era el destino final de su misión. Contra todas las normas militares, y casi el sentido común, envió un barrido de comunicaciones buscando el más mínimo signo de vida. Silencio y frustración recibió de vuelta lo cual no hizo sino enojarlo mucho más. No tenía más remedio: Iba a tener que bajar al planeta para completar su misión.

Todo se torció en cuanto entró en la atmósfera. De pronto una tormenta de arena se cernió sobre él. Campbell aferró los mandos con manos de desesperación y activó el radar holográfico para tratar de aterrizar lo mejor posible. Odiaba pilotar a ciegas. Confiando por completo su vida ya no a su habilidad, sino a los increíblemente precisos y poco humanos sensores de la nave. Maldiciendo por lo bajo resistió los envites de aquel viento que habría desgajado a naves menores y desesperado a pilotos peores y buscó un lugar donde posarse. Cualquiera le valía. Y cualquiera le ofreció la nave. Una enorme explanada al pie de una irregular cadena montañosa le acogió cuando realizó su aterrizaje más penoso desde que fuera un bisoño cadete enla Tierra.

Tras el aterrizaje Jonathan dedicó los siguientes cinco minutos a establecer un plan de acción. Y lo hizo sentado frente a frente con el pequeño cilindro que tenía gran parte de la culpa de encontrarse en aquel lugar. Desconocía lo que guardaba dentro pues su negra superficie opaca no dejaba pasar ni el más mínimo escáner. Nunca había visto nada igual. Y necesitaba respuestas. No. Necesitaba saber que lo que había hecho. Lo que había visto y lo que no había podido evitar eran actos con un fin específico. Lo necesitaba no por su misión sino porque de no ser así temía no volver a ser capaz de ser él mismo nunca más. De pronto una nueva pantalla holográfica nació ante sus ojos mostrándole un punto biológico en el radar. Campbell no podía dar crédito a sus ojos. Ahí fuera había alguien o algo vivo. No se explicaba cómo pero cuando pidió confirmación a la nave esta le dio un nuevo positivo. Diminuto en comparación con la superficie que dominaban los escaners de larga distancia de la nave pero claro como la luz del día. Sin dudarlo tomó el cilindro en sus manos, hizo que su Biotraje desplegara su casco protector y su escudo personal que lo envolvió en un aura magenta y ordenó a la nave que abriese la compuerta trasera para que pudiese salir. La tormenta le recibió con crueldad y hubo de necesitar de toda su fuerza nada más salir para no perder pie. Caminó dando traspiés con el cilindro bajo un brazo y el otro aferrado a su cadera donde dormitaba su pistola de plasma. Hubiese lo que hubiese ahí fuera estaría preparado para el encuentro. Pero para lo que no estaba preparado fue para la aparición de un centenar de brillantes puntos color fuego ante él. Asustado el piloto trató de averiguar lo que sucedía pero ni su radar ni su com-link con la nave estaban disponibles. Con el miedo naciendo en sus entrañas trató de escrutar más allá de lo que le permitía el aluvión de arena que le azotaba inmisericorde. De buscar siluetas para aquellos ojos.

-Ya iba siendo hora.

La voz, incluso amplificada por los sensores del casco de su Biotraje, le llegó amortiguada y lejana a Campbell. Pero humana. Entonces un par de aquellos fuegos esféricos avanzó hacia él y pudo comprobar que lo que había creído ojos no eran más que el iris de unas gafas de visión extrema tan antiguas que él sólo las había visto en museos. Y tras ellas no se movía ningún fantasma, sino un hombre.

-Me envía Hugo –dijo escuetamente Jonathan.

Entonces aquel desconocido hizo algo que este no esperaba. Lentamente se quitó las gafas protectoras y unos ojos esmeralda escudriñaron entornados tanto al piloto como al cilindro. Campbell pudo adivinar una sonrisa bajo aquella enorme bufanda.

-Ya le ha encontrado soldado.

-¿Cómo dice? –preguntó Jonathan de inmediato.

-A Robert Temperley. Al dueño de eso que sostiene en sus manos. Le tiene delante. Ahora déme eso. Ya ha cargado con ello demasiado tiempo.

Campbell entonces dio un paso atrás. Algo en su interior le decía que aquel hombre era exactamente a quien decía. Y algo mucho más en su interior e inexplicable le decía que no debía entregarle aquel cilindro.

-Voy a necesitar algo más que su palabra…

Y entonces la tormenta arreció. Lo suficiente como para poder apreciar los matices en la profunda mirada de aquel hombre. En descubrir cuan cansada parecía. Y como no dejaba de mirar a la mano del piloto en la que sostenía el cilindro.

-La cagó, ¿verdad?

-¿Quién?

-Hugo. Al final, cuando todo se vino abajo, cuando te entregó eso, te reconoció que la cagó, ¿verdad?

Campbell se quedó anonadado. No necesitaba recordar cada una de las palabras que el tal Hugo le había dicho. Todavía resonaban en su cabeza. Igual que explosión. Y los gritos que no había podido oír de ninguna manera pero que de todas maneras reverberaban en su cabeza.

-Ya es hora que dejes de cargar con los pecados de otros soldado.

-Tengo que volver… -susurró Jonathan y por primera vez desde hacía mucho tiempo no reconoció su propia voz –.Ha pasado mucho tiempo…

-Seguirá ahí soldado. Se lo aseguro. La guerra no se ha ido a ningún lado. Todavía seguimos seguros bajo el Mar Carmesí. No puedo asegurarle por cuanto tiempo pero si prometerle que mañana sus amigos seguirán matando amigos de otras personas.

De pronto se percató que una mano enérgica se había alzado ante él. Campbell suspiró hondo. Por fin había sucedido. Las fuerzas habían terminado de menguar. Ya no le quedaba nada. Hubiese deseado desplomarse. Dejarse caer y descansar incluso bajo aquel infierno de arena. Pero en su lugar le entregó el cilindro junto con las últimas palabras de Hugo.

-No cometa el mismo error que él.

-¿Eso te dijo Hugo? – preguntó Temperley todavía compartiendo el tacto del cilindro con el piloto -.Tranquilo muchacho, tengo por costumbre cometer mis propios errores.

En menos de media hora Jonathan quedó libre de aquella eterna tormenta de arena, a buen resguardo en una base subterránea y, lo más importante, al día de boca de otro ser humano. La guerra de la que Campbell era parte activa seguía desarrollándose por los derroteros habituales. Planetas se perdían y planetas se recuperaban cada día. Lo que si se perdía y nunca se recuperaban eran las vidas que habitaban dichos planetas. Temperley le dibujó en un mapa estelar los movimientos de ambas flotas, al menos de los que estaba al tanto, y Campbell no pudo más que dar la información como cierta. Como siempre la línea que separaba ambos imperios espaciales seguía siendo el Mar Carmesí. Una larga combinación de sistemas solares ricos en recursos naturales y en planetas terraformados que formaban per se un cinturón de defensa prácticamente inexpugnable. Y con ellos la mayoría de los cuarenta y dos nodos de saltos descubiertos.

-Ahora son cincuenta y ocho –indicó Robert mientras le servía un café recién hecho. Jonathan se preguntó de donde había sacado el grano -.En los últimos seis meses ha habido mucho movimiento en esa dirección.

-Eso sin contar los extra-oficiales…

Robert le guiñó el ojo cuando dijo aquello y alzó su taza metálica ante sus palabras. Nunca se contaban los extra-oficiales. Mayormente porque eran inestables, la deuda temporal que se adquiría al viajar por ellos solía ser más alta y, sobre todo, porque estos siempre daban a lugares del espacio poco transitados o desconocidos. Como aquel lugar. Como Dirac.

-¿Por qué no lo pregunta ya?

El piloto aguantó la respiración ante la pregunta de Temperley. Era la segunda vez que lo hacía. Que se anteponía a sus acciones o le leía el pensamiento. Y aquello le inquietaba. Y mucho.

-¿Qué hay ahí dentro?

Temperley arrastró con dos dedos el recipiente y lo interpuso entre los dos como si quisiera que esta fuese también testigo de la conversación. Entonces posó su agrietada mano sobre la superficie de este de pronto hubo un destello cegador. Cuando Campbell recobró la visión al completo no daba crédito a lo que estaba viendo.

-Una gota de agua –musitó Robert describiendo con exactitud lo que tenía ante sí -.La Flota quiere terraformar este planeta por completo muchacho. Colonizarlo como Dios manda y una vez lo hagan oficializar el nodo de salto por el que has venido para, seguidamente, lanzar un ataque a los Caminantes del Espacio que les coja por sorpresa. ¿Para qué tanto esfuerzo si no?

Tenía sentido. No era la primera vez que se hacía y siempre había acabado con una victoria segura para el atacante. Además el nodo que había atravesado era lo suficientemente grande como para que la integridad molecular de los destructores de masa pudiesen atravesarlos sin problemas. Y aún así…

-¿Y esto es la clave de todo? –señaló Campbell con la cabeza a la gota.

-Hasta el momento ningún planeta que no contuviese previamente reservas de H2o ha sido terraformado. Es la base de la conversión planetaria usar el agua para desarrollar el resto de elementos.

-Ya… ¿Acaso quiere convertir la arena en agua?

Temperley asintió con seguridad. Y Campbell le creyó. No conocía lo suficiente de la ciencia de la terraformación como para poder rebatir aquella aseveración. Sólo que no creía que fuese posible tal cosa. Sonaba más a alquimia que a ciencia.

-Ahora si me disculpas creo que tengo que ponerme a trabajar –dijo Temperley señalando a la gota -¿Por qué no vas a hacerles una visita a los mineros? Les alegrará ver una cara nueva. He cargado las coordenadas de cada punto importante en tu sistema y mi localizador personal. Hasta que recibas nuevas órdenes considérate un invitado de la colonia de Dirac.

Jonathan se levantó suspirando. Como se imaginaba apenas había obtenido nada útil de aquella charla y estaba seguro que no sacaría mucho más de aquel hombre.

-¿Qué es lo que están excavando? –fue la última pregunta que le hizo Campbell a un Temperley que le había dado ya la espalda y se alejaba a las entrañas de su complejo de investigación.

-Kelium. ¿O ya no se acuerda por qué empezamos a matarnos todos?

Ahora todo estaba un poco más claro. El material del que estaban hechos los milagros. El que hizo ganar el pulso a la humanidad contra el espacio. Claro.La Flotano se arriesgaría a montar aquella operación de no haber algo importante que ganar además de una batalla.

-Vamos muchacho, admítelo ¿dos minutos más y te habrías cagado de miedo dentro de ese elegante Biotraje, verdad?

El que preguntaba se llamaba Henry. Y lo suyo era la minería y no los modales. Estaba al mando de la colonia minera que no era más que una enorme y tosca nave que hacía las veces de transporte espacial, barracones para los trabajadores y punta de lanza para la excavación. Una vez se posaba en tierra jamás volvía a despegar. Sólo podía ir hacia abajo.

-Eso nunca lo sabremos – desvió el tema Campbell -¿Hace mucho que estáis aquí?

-Dos añitos y medio llevamos tragando arena y mierda a partes iguales… pero el viejo creo que lleva más.

-¿Cómo lo sabes? –inquirió Campbell mientras Henry sacaba la taladradora de la pared.

-Cuando aterrizamos ya estaba aquí esperándonos con una bonita atmósfera respirable, una jodida gravedad suave como la seda y una órbita de lo más estable. El tipo es un genio. Un poco solitario pero en un planeta lleno de maromos la verdad es que yo también escogería esa opción.

Aquello no le cabía en la cabeza a Campbell. ¿Un solo hombre consiguiendo todos aquellos logros sin ayuda de nadie? Aquel Temperley debería ser una eminencia en el campo de la terraformación y sin embargo el no había escuchado hablar de él en su vida.

-¿Y vosotros que ganáis con todo esto? –preguntó mientras le pasaba una cantimplora al minero.

-Principalmente un lugar donde hacernos viejos. No somos tan tontos como parecemos, ¿sabes chaval?

todos los de aquí estábamos hasta los cojones de sacarle lo mejor al planeta de turno, verlo florecer y hacernos ilusiones con una vida de señoritos hasta que un buen día nos despertábamos con el cielo lleno de naves enemigas y la mierda hasta el cuello. Por eso cuando nos enteramos que nos iban a enviar fuera del radar, a un mundo a tomar por culo y con Kelium casi todos los de aquí nos apuntamos con los ojos cerrados. Extrae Loenio y no tendrás una maldita patrulla para cuidarte las espaldas. Pero saca Kelium y habrá más destructores que nubes en el cielo cuidando el planeta.

Henry tenía toda la razón. El valor del Kelium era incalculable. Los motores sub-lumínicos se alimentaban de él y lo que era más importante: los nodos de salto. No sabía que tenían aquellas piedras toscas de color azul cobalto pero si había algo que reaccionaba apropiadamente con las normas del espacio tiempo era el Kelium.

-A propósito chaval. ¿Tú has venido a través de un nodo de salto, no? ¿Cuántos años gastas?

-Veintitrés y medio –dijo con seguridad, aunque añadió por lo bajo -.Reales… unos setenta.

-¡Ja!, pues te conservas bien para ser un abuelote. Una curiosidad, ¿Cómo es verle las barbas a la verdad esquiva? ¿Cómo es hacerle trampa al espacio?

-Una putada…

Ni siquiera de noche la tormenta arreciaba. Unos cuantos mineros con los que había hablado le habían dicho que no se hiciera ilusiones. Mientras observaba la furia de la arena dentro del refugio en el que se había tornado su nave esta le advirtió que tenía una conexión entrante. Campbell creyó que debía ser Robert que quería comentarle algo, pero se sorprendió cuando el que apareció ante él fue el rostro adusto y serio de un Comandante. Lo reconoció en seguida y algo se removió en su interior. Era Edgar Christopher. Un piloto más que competente cuando ambos estudiaban enla Tierra. Ahoraera un condecorado cuarentón que parecía haber perdido la sonrisa.

-Ha pasado mucho tiempo –dijo Christopher sin el menor atisbo de sentimiento.

-Para algunos más que para otros… señor.

-Tiene buen aspecto… capitán.

-Disculpe señor, pero no soy capitán –le corrigió a sabiendas de lo que se jugaba.

-Ahora lo es Campbell. Felicidades por haber llegado a Dirac.

-Creo que se olvida de felicitarme por lo de Nueva Io, señor.

Christopher alzó una ceja algo molesto por la mención de aquel planeta. Pero Jonathan necesitaba mencionarlo. Y sacárselo de la cabeza de alguna manera.

-Nueva Io fue una tragedia capitán, de la cual usted no sólo no tuvo culpa alguna sino que contribuyó a que su sacrificio no fuese en vano.

-¡Me mandaron a un mundo a punto de desintegrarse sin decirme lo más mínimo! –comenzó a gritarle como si estuvieran en la cantina de la academia después de que este le robase la novia -¡Y yo hube de aterrizar no para ayudar a sus habitantes a escapar, sino para recoger una jodida gota de agua!

-Temíamos que no lo hubiese logrado –suspiró Christopher mientras se recolocaba el cuello del uniforme -El planeta estaba condenado Campbell. No había nada que pudiésemos hacer más que lo que hicimos. Además Hugo estuvo más que de acuerdo de quedarse y pagar por su fallo.

-¿Qué? ¿Me está diciendo que aquel hombre fue el causante de todo?

-Eso es información clasificada Campbell. Igual que la que le voy a dar en este momento. Cumpla con su cometido y a la vuelta le estará esperando el mando de una corbeta de asalto y dentro de dos años su propia flota. Será el hombre más joven en alcanzar tales logros.

-No soy joven Christopher y lo sabes.

-Yo tampoco, pero al menos tú todavía no tienes canas. ¿Ahora vas a dejar de quejarte como un infante de marina y escuchar a tu superior?

Campbell le dio la espalda con los brazos en jarras tratando de contener su rabia pero asintió. No le quedaba más remedio. Todo el mundo luchaba por alguna razón y la suya siempre había sido llegar lo más lejos posible tanto en el espacio como en el ejército. Y lo primero ya lo había logrado con creces.

-Le escucho señor.

-Temperley nos remitió informes hace años acerca de sus progresos de terraformación y de cuanto avanzaría en cuanto tuviera la muestra que necesitaba, así de cuanto Kelium consideraba que había realmente en el planeta. Y es mucho capitán. Tanto como para dar un golpe definitivo en la guerra y ahogar en el Mar Carmesí a los Caminantes del Espacio. Pero hay voces discordantes entre los altos mandos. Personas que no confían en Temperley.

-¿Y en que se fundamentan tales sospechas?

-En que no sabemos quién es en realidad. Hay sospechas de su verdadera identidad, pero nada concluyente…

-¿La Confederaciónteme que sea en realidad un espía de los Caminantes?

Christopher asintió. Si aquello era verdad entonces todo aquello podía tornarse de una victoria definitiva en algo mucho más aterrador.

-¿Qué quieren que haga?

-Si Temperley no es quién dice que es. Si tiene la más mínima sospecha de que está jugando a dos bandas queremos que lo elimine en el acto.

-Soy un piloto, no un asesino.

-Uno no sabe lo que es hasta que llega el momento adecuado de averiguarlo Campbell. Y usted se quedará en ese planeta hasta que lo descubra. Si no lo hace, no se moleste en volver.

-¿Debo entender eso por una orden, señor?

-Más bien por una realidad. Me gustaría poder enviar a alguien para hacer el trabajo pero por desgracia no viajamos tan rápido como la información Campbell. Y no puedo permitirme esperar meses hasta que alguien llegue a través de un nodo de salto. Y menos que Temperley no sospeche de ello. Así pues necesito saber que llegado el momento hará lo necesario.

Campbell no contestó. No había una respuesta correcta para ello. No después de lo que había pasado.

-Haré lo correcto señor.

Y cortó la comunicación quedándose nuevamente con aquella incansable tormenta como compañera de pensamientos. Campbell era un soldado. Sabía hacia que dirección había encaminado su vida. O al menos creía haberlo sabido. Pero lo que había pasado la última semana. La semana que era real para él y no los meses y casi años desde que saliera a cumplir con su misión atravesando aquellos nodos de salto, le pesaba demasiado. Y no estaba seguro si tendría fuerzas para cargar con aquel peso. Entonces, y más como rutina que para interrumpir su línea de sufrimiento más que de pensamiento, la nave le indicó que a los pies de la misma había alguien. El soldado hizo que la nave iluminara aquella sección y al momento distinguió una silueta conocida sentada en una piedra en mitad de aquella tormenta.

-Bonita noche –dijo un Campbell enfundado con su Biotraje a plena potencia cuando se acercó a la figura de Temperley cuya atención parecía robada por algún punto del horizonte.

A su lado descansaba el cilindro en cuyo centro orbitaba aquella gota de agua que brillaba como si fuese una luciérnaga.

-Lo es. Casi puedo ver la superficie –contestó este alzando la cabeza.

El soldado hizo un tanto y se encontró con la densa capa de la tormenta de arena impidiéndole ver nada que no fuera oscuridad.

-Somos como peces en el océano. Sabemos que hay un mundo inmenso ahí arriba. Soñamos con él, incluso algunos lo recorren, peor al final acabamos aquí. Bajo nuestro propio mar.

-Mi mar son las estrellas Robert.

-El mío también lo fue antaño –siguió melancólico el científico sin dejar de escrutar el cielo -.Y el de todos en algún momento. Pero ahí fuera hay demasiadas corrientes. Demasiadas encrucijadas. Y al final acabas nadando o contra corriente o peor, a favor de esta.

Campbell no entendía del todo las palabras de aquel hombre. No podía dejar de alternar su mirada entre el cielo encapotado de arena y aquella pequeña lágrima de agua que tanta importancia parecía tener.

-Te debo una disculpa muchacho.

-¿Una disculpas?

-Te había tomado por uno más. Por alguien traído aquí más por la suerte que por tu propia fuerza. Pero ahora se que eres alguien importante. O al menos lo serás. Dime, ¿Qué te han dicho?

A Campbell se le hizo un nudo en la garganta. ¿Cómo podía saber aquel hombre que acababa de recibir una transmisión del alto mando?

-No me contestes a eso si no quieres. Estás en tu derecho. Pero concédeme algo, ¿quieres? ¿Qué pasó al final en Nueva Io?

Si había algún rincón de su memoria donde no quería ahondar Campbell era aquel precisamente. Pero para su desgracia no encontró razón alguna para negarle aquel favor a aquel hombre.

-No lo sé a ciencia cierta. Recuerdo que mientras abandonaba el planeta era como si todo este se desgajara por mil lugares distintos. Como si la gravedad… la esencia misma de este dejase de existir hasta que al final no pudo más. Luego vino la implosión…

-¿Y Hugo? ¿Qué tal estaba él?

-Cuando llegué a él su Biotraje apenas podía contener las hemorragias. Parecía como si su cuerpo estuviese sufriendo lo mismo que el planeta. Y aún así tuvo la entereza de entregarme esa gota para usted y negarse a recibir cualquier tipo de ayuda. De hecho de no haber sido por él probablemente no estaríamos teniendo esta conversación.

Entonces Robert se levantó, cogió el cilindro y se encaminó hacia la tormenta, de vuelta a su laboratorio.

-Las guerra vienen y van Campbell, no vayas tu tras ellas. No vale la pena –viajó la voz del científico en el viento.

-¿Y qué vale la pena?

Entonces Robert se detuvo en seco y se giró brindándole una mirada severa.

-Todo aquello que sacrificamos muchacho. Dime, ¿qué has sacrificado tú para llegar hasta aquí? ¿Familia, mujer, hijos?

Campbell sonrió para sí mismo. No. No había sacrificado nada de eso pues nunca lo había tenido. Al menos no lo suficiente como para sentirlos reales. Ya ni sus nombres recordaba.

-Sólo mi tiempo Temperley –contestó el piloto.

-Entonces lo has sacrificado todo. Entonces… entonces has sacrificado demasiado. Nadie tiene el derecho de sacrificar tanto.

Y dicho eso se marchó, dejando con un amargo sabor de boca al piloto de la flota que se quedó viendo como la tormenta de arena volvía a engullir al científico borrando al instante sus huellas como si este nunca hubiese existido.

Al día siguiente volvió con los mineros. No se sentía con ánimos para seguir vigilando a Temperley. Encontró a Henry y a varios de sus compañeros dando grandes voces de júbilo mientras dejaban correr aquel sucedáneo de cerveza que les servía de válvula de escape.

-¿Qué sucede? –preguntó al minero cuando consiguió llegar hasta él.

-¡Kelium chaval! ¡A raudales! Eso sucede.

Campbell miró en una de las pantallas físicas que había repartidas por el lugar buscando respuestas. Y las encontró aunque no palabras para expresar su estupor por lo que se quedó con la boca abierta largo rato. Dirac no poseía una vasta veta de Kelium sino que el manto del planeta estaba compuesto en un 89% de Kelium convirtiéndolo en la mayor fuente conocida en todo el Universo de aquel material. De un futuro enclave estratégico aquel lugar se había convertido casi en la piedra angular del espacio humano.

-¡Somos ricos! –gritaban todos mientras se abrazaban y brindaban con sus copas -¡Somos puñeteramente ricos!

Campbell se apresuró a llevar a Henry a un aparte. Este se debatió lo justo pero ya iba lo suficientemente ebrio de cerveza y alegría como para resistirse.

-Henry escúchame… ¿qué es lo que vais a hacer ahora?

-¿Con ahora quieres decir hasta que me haya bebido hasta la última gota de todo lo que parezca cerveza?

-Quiero decir con respecto ala Confederación¿No estáis obligados a comunicarles el descubrimiento?

-Hablando de descubrimientos –desvió intencionadamente la conversación el minero con un brillo de cordura extraño en los ojos -¿Quieres ver algo que te va a dejar patidifuso?

Henry le hizo un gesto para que le acompañara. El minero abordó su exoesqueleto con más destreza de la que en esos momentos poseía y cogió a Jonathan con su mano mecánica subiéndolo al hombro de esta. En una ruidosa y caótica carrera recorrieron una suerte de túneles hasta que llegaron a un nuevo ramal de nuevo cuño. Estos brillaban con el fulgor del Kelium de manera casi hipnótica.

-Ahí lo tienes –señaló con la mano del taladro Henry.

Campbell bajó de un salto y se dirigió hacia donde apuntaba. Sus ojos no daban crédito. Ante él había una nave destrozada por completo en lo que debía haber sido un aterrizaje de emergencia pero lo suficientemente entera como para distinguir su enseña y diseño. Limpió con fruición la suciedad que se había adherido al emblema y casi se le paró el corazón. Era el dibujo del planeta Tierra.La Tierraoriginal. De cuando no existíanla Confederación Terranao los Caminantes del Espacio. De cuando no había disensiones sino sueños de exploración. Aquella nave debía tener más de trescientos años. Campbell buscó la manera de entrar pero las compuertas estaban totalmente destrozadas.

-¡Henry, haz un boquete en este cacharro! –gritó casi fuera de sí al minero.

-¿Seguro? Yo diría que ese trasto debería estar en un museo.

-¡Hazlo y tienes mi palabra que no diré nada a la flota del Kelium!

El minero tiró la cerveza a un lado y se secó con la mugrienta manga la comisura de los labios. En sus ojos chisporroteantes y vivarachos se podía leer la lucha interna que estaba librando.

-Como quieras. Pero que sepas que pensábamos matarte para que no dijeras nada –dijo con demasiada sinceridad.

El blindaje arrugado de la nave no fue rival para el taladro y en menos de treinta segundos Campbell había abordado la nave. Dentro las cosas estaban peor de lo que se había imaginado. Trató de conectarse con el ordenador de abordo pero alguien había borrado hasta el último bit de datos. Y el que lo había hecho debía ser la misma persona que faltaba en todo aquel desastre.

-¿Dónde diablos está el piloto? –se preguntó.

Entonces fue a buscarlo en el lugar donde debería encontrarse: En el lecho de éxtasis. Pero allí tampoco estaba. Pero en su lugar encontró algo que sólo había visto en los libros de historia. El A-01. El primer prototipo de lecho de éxtasis que se había construido para los viajes a través de los nodos de salto. El primero que permitía al ser humano sobrevivir a dicho viaje.

-¡Ostia puta! –blasfemó el ebrio minero que se había aventurado también dentro de la nave -¿Qué coño es esto? ¿La nave de los soñadores?

Campbell le miró sorprendido que alguien como aquel hombre supiera de aquello, aunque tampoco le extrañaba tanto. El primer vuelo tripulado por seres humanos a través de un nodo de salto se había convertido poco a poco y con el tiempo en una leyenda para asustar a los exploradores. Cuenta como la tripulación dela Ithiliense aventuró a través del primer nodo estabilizado sin nichos de éxtasis. Y cómo llegaron al otro lado aunque ninguno consciente. Todos habían caído en un coma irreversible y lo que era más curioso y aterrador: sus ojos habían quedado blancos y vacíos. Aquel sacrificio de pilotos y científicos sentó las bases del viaje interestelar moderno dejando claro que el ser humano podía atravesar grandes distancias entre nodos de salto a cambio de una considerable deuda temporal. Pero además sus conciencias no sobrevivían al viaje. Estas se perdían entre la antimateria generada por el vórtice de los nodos. Por eso se hubo de inventar el lecho de éxtasis. El útero protector del alma humana. Entonces algo se iluminó en la mente de Campbell. Algo demasiado extraño para ser verdad y que podía explicar todo aquello. Buscó en la base de aquella enorme cúpula de éxtasis y lo encontró.

-Hugo Pereyra… No… No puede ser…

-¿Qué te pasa ahora? Te has puesto blanco como un fantasma –dijo preocupado Henry.

Pero precisamente fantasmas es a lo que se estaba enfrentado Campbell. O mitos. O peor todavía: la verdad. Salió de allí a toda prisa con el corazón apuñalándole el pecho y la mente bulléndole a toda prisa. Llamó a su nave por control remoto y en cuanto salió de la instalación minera la abordó para ir a toda prisa al lugar donde se encontraba el bunker de Robert. Pero un barrido de su escáner le localizó mucho más lejos. En el corazón del desierto. Luchando contra las corrientes, pues no quería ascender por miedo a perder su señal, llegó justo al lugar donde este se encontraba rodeado de una cantidad ingente de maquinaria.

-Usted no es Robert Temperley –le dijo nada más plantase ante él apuntándolo con su pistola.

El científico, como parecía costumbre en él, le siguió dando la espalda. A su lado el cilindro yacía desechado. La gota ya no se encontraba en su interior. De hecho la descubrió flotando al lado de Robert entre dos enormes émbolos que desprendían una energía azul cobalto. Energía de Kelium.

-Me alegro que estés aquí muchacho.

Robert accionó algo en el control de su muñeca y toda la arena que había ante él comenzó a brillar con un fulgor fantasmagórico. Campbell no se dejó impresionar y avanzó hacia aquel hombre.

-¿Qué es lo que está tratando de lograr Hugo? –preguntó el piloto. -¿Para quién trabaja?

-Trabajar… Yo siempre he trabajado para ella.

Entonces el resplandor comenzó a intensificarse al tiempo que la tormenta perpetua arreciaba hasta desaparecer por completo. Fue en ese instante cuando la vio. Atrapada en un lecho de éxtasis y flotando sobre sus cabezas a gran distancia. Gracias a la visión aumentada de los sensores de su casco distinguió perfectamente a quién se refería pues dentro de aquel lecho había tendida una mujer. Descansaba con los ojos abiertos, las manos cruzadas sobre su pecho y una expresión de paz plena.

-Hubo un tiempo en que nos habrían confundido a ambos Campbell. Ambos obsesionados por el espacio. Por la conquista y la gloria. Ambos dispuestos a sacrificar lo que fuera por alcanzar nuestros sueños… pero los sueños son lugares solitarios si no dejamos a los demás entrar en ellos. Mi error y mi salvación fue dejarla entrar a ella.

Sabía a quién se refería. Igual que sabía quién debía ser aquella mujer. Erika Snow. La capitana dela Ithilien. ErikaS. Snow. La esposa del científico que descubrió los nodos de salto. Hugo Snow. El mismo hombre que debería llevar muerto ya más de una centuria. El mismo hombre que tenía ante sí Campbell.

-Ese era mi día. Debí haber sido yo el que atravesara el nodo de antimateria. El que debería haberse perdido en él, y no ella. Pero ella sabía lo de la deuda temporal. Dijo que me volvería loco si tenía que esperarla. Que no la querría cuando la viera vieja y arrugada. Cuanta razón tenía. Y cuan equivocado estaba yo.

Entonces Hugo hizo un gesto y dejó caer la gota. Esta se hundió en la arena y un estallido azul les envolvió. Pareciera que el recién despejado cielo se hubiese reflejado en el suelo. Pero no era así. El cielo seguía siendo el cielo. Y el suelo… el suelo ya no era de arena. Era agua. Un enorme mar de un azul puro y profundo se extendía ante ellos. Campbell bajó el arma maravillado. Aquel prodigio era impresionante. Y era seguro que había sido uno de los pocos que lo había contemplado.

-Campbell, ¿sabe como funcionan de verdad los nodos de salto? ¿Qué es realmente la antimateria?

El piloto sabía lo básico. Y lo básico equivalía a nada. Y por eso negó con la cabeza cuando llegó a la altura del científico. Este, por primera vez le dedicó una sonrisa amable.

-La antimateria no es más que una sombra de la materia misma. Es lo que hay tras el espejo de lo que somos.

-Creía que era algo más complicado que eso –reconoció Campbell mientras se agachaba y sentía la tibieza de un agua que se le escurría entre los dedos de la mano.

-Y lo es. Muchísimo más complicado. Infinitamente más pues tiempo y espacio también influyen en ella. Por eso cada vez que la atravesamos nos regala espacio a cambio de nuestro tiempo.

-La deuda temporal…

-Así es. Desde el día del desastre del vuelo de los soñadores no he dejado de buscar la verdad dentro de los nodos. De encontrar la manera de vencerlos. De domeñarlos para nuestros fines y no ser sus esclavos. Y de traerla de vuelta.

-¿Así es como acabó aquí?

-Hace mucho que acabé aquí. Asumo que, de alguna manera, ha visto mi nave, ¿no es cierto?

Campbell asintió. Hizo replegarse el casco de su Biotraje para que la cristalina agua dejase de mostrarle el reflejo de aquel monstruo del espacio y le enseñase a sí mismo. Lo que el azul le devolvió finalmente apenas le reconoció. Si. Al final tenía razón. Si que había sacrificado demasiado.

-Los mineros la encontraron al igual que el Kelium. Pero usted ya sabía que tarde o temprano descubrirían que estaban excavando en el planeta más valioso del universo. ¿Por qué todo esto entonces? ¿Por qué ellos? ¿Por qué yo?

-Necesitaba que alguien me trajese el material que precisaba para mi investigación. Por eso contacté conla Confederacióny camuflé mi pedido dentro del material de Terraformación con la promesa de Kelium y un nodo de salto seguro. Mientras llegaban sólo tuve que alterar las condiciones del planeta y crear una tormenta de arena que ocultara mis secretos el tiempo suficiente como para que la gota llegase aquí.

-¿Entonces quién diablos era aquel Hugo?

-Alguien que deseaba que esta empresa tuviera éxito. Alguien dispuesto a hacer creer a los pocos

escépticos dela Confederaciónque finalmente me había vuelto loco y había perecido junto con Nueva Io. Alguien que todavía recordaba como éramos antes que todo cambiara.

Entonces señaló con el dedo a Erika y la cúpula del lecho de esta se abrió por completo. De pronto el lecho al completo cayó al agua quedando el cuerpo de la mujer suspendido en el aire. Campbell se enderezó por completo. El agua había comenzado a agitarse. El planeta entero lo estaba haciendo. Y una sensación familiar le vino a la mente llenándola de un temor que ni siquiera había tenido tiempo de hacerse viejo en él.

-¿Qué es lo que pretende Hugo? –le gritó mientras alzaba de nuevo su arma plantándosela a menos de un palmo del científico.

-Traerla de vuelta. Y para eso necesitaba una gota. Un infinitesimal pedazo de pasado que no conseguí conservar. Aunque algo cambiado. Una gota de un mar de antimateria…

-¡De qué está hablando!

-De sus ojos muchacho. Para sumergirla en la antimateria necesito que esté exactamente igual que cuando entró en ella por primera vez. Pero ya no recordaba como eran sus ojos. En algún punto dejé de mirarlos y empezar a mirar hacia otro lado. Pero había alguien que si los recordaba. Su tono exacto. Su profundidad. “Son como el mar de Nueva Io”, me dijo. Y me prometió que me traería el mar hasta mí. Y cumplió…

Ahora todo estaba claro para Campbell. Aquel descabellado plan que iba a sumergirlos en un mar de antimateria para tratar de traer de vuelta la conciencia de aquella mujer. Pero…

-Eso hará inestable el planeta…. –susurró Campbell – ¡Va a suceder lo mismo que en Nueva Io!

Hugo entonces asintió con tranquilidad mientras su mirada estaba fija en el cuerpo de Erika que había descendido hasta casi rozar con sus pies el agua.

-No. Será mucho peor. Cuando ella entre en el agua el Kelium comenzará a resonar al unísono con la antimateria y probablemente resquebraje la esencia del espacio. No será como en Nueva Io. Aquí no habrá explosiones ni gritos. Sólo el nodo de salto más grande de toda la galaxia. Lo suficientemente como para que una armada pase de un solo salto.La Confederaciónpodrá ganar su guerra de un definitivo golpe y sin siquiera disparar un láser. Los Caminantes tendrán que rendirse y acabar con el conflicto. Y tú serás el héroe que hará eso posible. Sólo necesito que me prometas una cosa.

-¿Qué os saque de aquí a ti y a ella?

-No. Sólo a ella. Yo sólo la necesito unos segundos entre mis brazos. Pero ella merece la vida que mi error le arrebató. Prométeme que la llevarás lejos y no le contarás lo que hice.

Era un trato justo. Más que eso. Campbell sería el artífice de una paz que tanto se clamaba entre ambos bandos. Pero quedaba una cosa más. La más importante de todas.

-No tiene derecho a sacrificarlos –susurró Campbell entonces -.A los mineros. Al planeta. A usted. No tiene derecho a sacrificar tanto por tan poco.

Entonces Hugo cerró los ojos y bajó los brazos.

-Algún día lo comprenderás muchacho. Algún día encontrarás algo por lo que sacrificarlo todo…

Pero el disparo interrumpió su despedida. Los temblores. El futuro. Todo.

Con el tiempo le felicitaron. Le condecoraron. Le ascendieron. Pero nadie le preguntó por la verdad. Nadie era capaz de mirar más allá de aquel mar de Kelium. Nadie era capaz de ver más allá del sacrificio de un hombre que nadó, hasta el fin de sus días, bajo su mar de la verdad. Tratando de no ahogarse en él. Tratando de nadar contra la corriente de su destino.

David Gambero 2011

Un sueño de amor bajo el mar

Autor: Laura Vazval

Ilustradora:Rosa Garcia

Correctora : Mary Esther Campusano

Género: relato

Este cuento es propiedad de Laura Vazval, y sus ilustración es propiedad de Rosa García. Quedan reservados todos los derechos de autor.

UN SUEÑO DE AMOR BAJO EL MAR

-Dicen que  cuando uno tiene un deseo, es posible  que ocurra.

Dos estudiantes de biología unidos por el amor y por un sueño.

Un deseo ,una  idea ,una utopía, un pensamiento surgido de un sentimiento, condiciones  indispensables para el poder creativo y aquellas palabras resonando una y otra vez en mi mente.

-Ojala tuviéramos una varita mágica para estar  juntos para siempre.

-Entonces creo que vamos a necesitar  el elixir de la juventud porque si no…. 

Nos miramos y la respuesta fueron unas sonoras carcajadas…

-¿Estamos locos verdad?

-No, sólo estamos enamorados…

La idea de vivir cientos de años  para perpetuar nuestro amor  enraizó de tal manera en nosotros que llegó a convertirse en una obsesión.

Parecía una locura, pero ¿Acaso no hay que tener ese grado de locura para plantearse retos que la gente normal no se propone?

Fernando y yo en  nuestros ratos libres   rastreábamos información sobre  animales que vivieran más tiempo de lo que uno considera normal, cien, doscientos, cuatrocientos  y más años si cabe.

Conseguimos hacer una lista de  los animales más longevos del planeta hasta ahora conocidos:

Las tortugas marinas podían vivir más de 200 años.

Los erizos rojos de mar entre 100 y 300 años.

Las almejas de las costas de Islandia unos  400 años

Las esponjas marinas, que no hacia mucho habían encontrado los biólogos alemanes Susanne  Gatti y Thomas Brey  ,concretamente un  ejemplar perteneciente a la especie Scolymastra Joubini de unos 10000 años de antigüedad.

También encontramos árboles  muy longevos, como una especie de pino americano  de casi 5000 años de antigüedad, pero nuestra especialidad era la biología marina y ahí pusimos nuestro empeño.

¿Qué tenían en común estos animales?, nos preguntábamos una y otra vez.

– ¿De qué se alimentaban?

-¿Cómo metabolizaban?

-¿Tendrían algo que ver sus lentos ritmos cardiacos y respiratorios?

Nuestra ansia de conocimiento nos llevaba a pasar horas y horas indagando.

Cualquier pista era importante,  anotábamos cuanto nos parecía interesante.

Las preguntas preceden a las respuestas como el trueno precede al relámpago, con esta premisa sabíamos que nuestras preguntas  tendrían respuesta segura, solo teníamos que esperar y adquirir los suficientes conocimientos que nos llevaran a buen puerto.

Recién  licenciados fuimos en busca de nuestro objetivo, teníamos una idea, muchos apuntes y largas  horas de trabajo detectivesco. Ahora  nuestro pensamiento se dirigía como bala directa a la diana.

A sabiendas de que los sueños podían  hacerse realidad no dudamos en llamar a las puertas de los laboratorios más famosos del mundo.

Necesitábamos que alguien confiara en nosotros, obtener una generosa  financiación, formar el mejor  equipo de trabajo  posible  que  permitiera realizar nuestro  anhelado sueño.

¿Por qué iba a confiar nadie  en una pareja de biólogos recién licenciados?

¿Y porque no?

Tanta constancia al final obtuvo sus frutos y ¡que frutos!

Se interesaron en el proyecto  uno de los mejores  laboratorios de biocosmética  del mundo, directivos  innovadores que perseguían precisamente eso” sueños”.

 Nos pusimos manos a la obra agradecidos de que nunca intervinieran en nuestra forma de trabajar. Conseguimos formar un buen equipo, acorde a lo que buscábamos y  unos presupuestos que dieron a entender la fe depositada en nosotros. Estábamos  a punto de hacer nuestro proyecto realidad.

La playa de Jamursba Medi en  Isla Papua fue la elegida donde instalar nuestro laboratorio. Decidimos este emplazamiento porque era la  playa que la mayoría de las tortugas laúd escogían para su anidamiento.

 

Ilustración de Rosa García

Ilustración de Rosa García

Nuestro cuartel general no era más que una cabaña de madera, echa de troncos de palmeras y con el tejado encapuchado de hojas secas que se camuflaba con el entorno. Por fuera no aparentaba nada mas que eso, una  construcción típica de la zona, pero en su interior se entremezclaban  un  sin fin de cables, aparatos eléctricos, monitores de seguimiento y un macro ordenador que era nuestra joya.

En los momentos de descanso que no eran muchos  Fernando, yo y el resto del equipo buscábamos el  inmenso placer de dejarnos mecer por las suaves olas  que derivaban a esta playa.

¡Por Dios! ¡Que sensación de paz! Sólo el sonido del mar, el canto de las aves y una suave brisa cálida que nos acariciaba la piel

Fueron momentos  de un relax que nunca olvidaré.

Ahora, transcurridos 6 años desde el inicio de esta aventura,  seguimos trabajando con  con nuestra mascota Rita, una enorme y bellísima tortuga laúd, negra con motitas blancas, una “dermochelys coriacea”, nuestra estrella, el alma de este ambicioso sueño.

 La bautizamos con ese nombre por el empecinamiento de Alex, biólogo del equipo, enamorado platónicamente  de ese bellezón que fué Rita Hayworth .

Es,  inmensa, majestuosa, casi 2 metros de largo y unos 600 Kg. de peso y  con una edad de 195 años calculada  por la prueba del carbono 14.

Nació  aquí, en esta misma playa y cada tres o cuatro años regresa  para depositar los frutos de su instinto en un hoyo que ella misma escarba justo donde acababa el nivel de la marea.

Nuestra bellísima Rita, era una buena madre. Se esforzaba mucho  en cada puesta, Cuidaba muy bien de que su prole quedara bien protegida justo  a 60 cm de profundidad.

Al final de cada deposición llegaba  a la extenuación, sus ojos lloraban  por la sequedad del aire. Apenas podía respirar presionada por su propio peso. El regreso al agua siempre  lento y muy costoso, era el último trance  que salvaba  antes de adentrarse de nuevo en la mar.

Creo que nuestra intuición fue la  más acertada al  escogerla a ella entre otras candidatas, y ahora  ya era  como de la familia.

Los ingenieros del equipo diseñaron a Don Quijote, símbolo de todo un  torbellino de locura creativa  .Sería la sombra de Rita ,como su clon. Decidieron darle su misma forma  anatómica.

Imitar a la Naturaleza nos pareció la idea más perfecta, el diseño ya existía, sólo teníamos que copiarla.

Siempre recordaré con gracia  la curiosidad que Rita sintió al ver por primera vez a su clonado Don Quijote.

Se le acercó, lo tanteó, estuvo dando vueltas a su alrededor y debió de pensar que no era gran cosa porque nunca más volvió a sentir curiosidad por él y eso que lo tenia constantemente pegado a ella  a  tan solo medio metro.

Rita se alimentaria sola, pero ¿quién alimentaba a nuestro submarino robot?

El movimiento de las corrientes marinas seria suficiente para  aportarle la energía que necesitaba.

Don Quijote, grabaría cada acción, cada actividad que Rita estuviera dispuesta a ofrecer  en su  desinteresada colaboración. Un chip de seguimiento sujetado a su especial caparazón nos daba los resultados deseados.

Ya habían transcurrido 2 años desde que les dimos salida en esta misma playa  y de momento todo marchaba según lo previsto.

Seguiríamos a Rita hasta que ella misma decidiera regresar  como siempre hacia.

Desde las pantallas de los monitores íbamos  presenciando  todos los movimientos de Don  Quijote, perseguidor tenaz, cual  macho celoso en espera de  una buena recompensa  amorosa.

No había día que no quedáramos absortos por la belleza que Don Quijote nos regalaba  del paisaje submarino, un mundo silencioso, algas y especies marinas camufladas en su entorno  que se mecían armónicamente al compás de las olas.

Días y días de  seguimiento, de anotaciones, de datos fichados enviados fielmente por Don Quijote, temperatura  y salinidad del agua  , corrientes  existentes, la comida  que Rita escogía, que cantidad ingería  y a que intervalos  lo hacía,  ,cuanto tiempo descansaba, y donde se cobijaba.

Los datos recibidos nos hicieron ver que descansaba en cavidades  lo suficientemente grandes para alojarla  al abrigo de depredadores, pues las tortugas marinas no pueden replegar ni la cabeza ni las patas dentro de su caparazón como lo  hacen las tortugas terrestres y mucho menos Rita , que por ser  una tortuga laúd , carecía de caparazón rígido,  muy al contrario tenia una  consistencia como la del cuero pero era preciosa con ese color negro con manchitas blancas y siete estrías con abultamientos que recorrían como cuerdas de un laúd ,de ahí su nombre, todo el largo de su blando caparazón.

Don Quijote se colocaba a la par con ella  con la retaguardia protegida y la cabeza hacia delante.

Mientras Rita descansaba Don Quijote, siempre  vigilante, nos otorgaba la  espectacular danza de las medusas que se presentaba ante él. Llegaban por oleadas de miles y miles,  trasparentes,  luminiscentes,  movimientos  lentos y sinuosos que nos relajaban  dejándonos absortos  y pensativos.

Cuando Rita despertaba de su descanso hacia buena cuenta de ellas pues era su alimento favorito junto a otros tunicados, esponjas y erizos de mar.

¡Que curioso que su alimentación estuviera basada precisamente en animales dentro de la lista de los  mas longevos que otros laboratorios  interesados en este mismo tema también analizaban.

Por la mente se me pasó el  dicho “Somos lo que comemos”, lo apunté en mi bloc de notas . Debería de reflexionar sobre ello.

Los días seguían transcurriendo en solitario para Rita, solo podíamos esperar.

Entre los muchos peligros que  le podían acechar, estaba el del consumo de bolsas de plástico que ella podría confundir con medusas, esa era nuestra mayor preocupación, pues miles de tortugas mueren al año precisamente por este grave problema medioambiental y una vez introducidas en la boca les es imposible no tragarlas por la posición de unos pinchos que tienen en la garganta con inclinación hacia el esófago.

Pasaron los  meses sin que nada especial ocurriera, pero aquel sábado por la mañana  un aviso sonoro en el  monitor nos alertó.

Don Quijote avisaba  de un posible peligro para Rita.

Todo el equipo se arremolinó en torno al monitor.

Surgido de la oscuridad del abismo vimos emerger como una mole impresionante por su envergadura una tortuga  que calculamos de unos 800 o 900 Kg., nada visto igual hasta el momento, era también  una tortuga laúd, majestuosa e imponente.

Rita pareció  reconocerle  porque  rápidamente como no era habitual en ella se escapó  a  nadar a su alrededor con sorpresiva ligereza, volteándose una encima de la otra como felices del reencuentro.

Ilustración de Rosa García

Ilustración de Rosa García

 La nueva tortuga que sospechamos macho por sus insinuaciones de cortejo, embrujó a nuestra querida Rita y los dos se dieron a la fuga para preservar su intimidad.

Reprogramamos de nuevo a Don Quijote para que se acercara al particular Romeo .Una pequeña incisión, muestra de su tejido, seria suficiente para analizarlo cuando regresara…

Don Quijote, indiscreto  por fuerza,  no cesó en su empeño de incordio, así que no tuvieron mas remedio que adaptarse a su incomoda presencia.

Fernando me abrazó por la espalda  e hizo un comentario gracioso que  desató en mi una sonrisa cómplice.

Pasaron unos días de enlace amoroso, pero su misma naturaleza le recordó a Romeo otros menesteres  pendientes y nuevamente  se alejó para perderse  en el abismo del océano por donde había surgido.

Rita nadando de nuevo en soledad, daba  la vuelta  para nuestra agradable sorpresa, poniendo nuevamente rumbo hacia nosotros, hacia  su playa natal con el instinto natural de perpetuar su especie.

Por fin regresaba.

Todo el equipo se apiño en un abrazo. Estábamos muy contentos. Nuestra “niña volvía a casa”.

Se nos humedecieron los ojos de emoción.

Le habíamos cogido cariño a aquella mole de carne de mas de 600 Kg. de peso.

La búsqueda de pruebas que determinase la longevidad de nuestra tortuga llegaba a su fin.

Ella regresaba acompañada por nuestro inseparable Don Quijote cargado de muestras. Estábamos ansiosos por analizar los resultados y cotejarlos  con los de otros  laboratorios  del mundo que seguían una misma línea de experimentación con almejas, erizos de mar rojos y otras muchas especies marinas con similares características  de longevidad.

Algún día  llegaríamos a conclusiones determinantes.

Fernando y yo estábamos seguros de ello.

¿Cuánto tiempo pasaría hasta entonces?

La tortuga laúd, estaba en grave peligro de extinción, los especialistas no eran optimistas, 15 años como máximo eran sus mejores pronósticos.

No teníamos mucho tiempo.

Pero los estudios continuaban y la pregunta era.

¿Qué generación seria la primera en disfrutar de estos conocimientos?

¿Sería la nuestra?,

Fernando se encogió de brazos y con ternura me abrazó en silencio.

Todavía no era momento de respuestas.

Nuestro sueño  sólo acababa de comenzar y la humanidad estaba a punto de dar un paso de gigante en su evolución.

¿Quién querría unas piernas?

Autor:Virginia Wollstein

IlustradorJessica Sánchez

Corrector: Mary Esther Campusano

Género: relato

Este cuento es propiedad de Virginia Wollstein, y su ilustración es propiedad de Jessica Sánchez. Quedan reservados todos los derechos de autor.

¿Quién querría unas piernas?

Penélopez odiaba casi con todas sus fuerzas el brillo de Felipez cuando llegaban los rayos de sol desde la superficie. Y pensar que estaba destinada a estar con él. Si no fuera por esa insignificante circunstancia seguramente no le odiaría, o al menos no tanto. Las ondas que aquel jurel le dedicaba cuando pasaba junto a ella le molestaban casi tanto como las melosas poesías que le recitaba al lado de la anémona naranja que había cerca de su casa.

La pez decidió que aquella tarde iría a su lugar favorito en el mundo, el coral rojo del arrecife. Se podía ver la superficie tan bien que uno juraría que desde ahí el aire fuera transparente, y el agua que respiraba no estaba tan viciada como las de otras playas de arrecife atestadas de turistas. Los niños siempre molestaban con sus cubos de agua dispuestos a capturar cualquier pez desprevenido, un pez que los humanos transformarían en pescado, y esa era la muerte más horrible del mundo, todo ser con aletas podría jurarlo.

Pero el coral rojo era un lugar seguro, al menos hasta que Felipez se acercaba por detrás. Penélopez sabía que aquella tarde no la molestaría. El pez con el cual su madre quería que se casara tenía una clase magistral que impartir en el internado peciférico que se encontraba a aletadas de distancia, así que no había de qué preocuparse.

Había más razones por las cuales ese rincón era su favorito. Algunos días en el momento en que el sol se ponía por el horizonte y las luces naranjas y rosas relampagueaban también bajo el agua. Ese era el momento en que alguien bajaba desde la superficie. Era un ser de tamaño enorme con cuatro aletas de forma extraña y alargada que no le ayudaban para nada a impulsarse en el agua y unos ojos extraños que se quedaban mirándola atentamente.

La primera vez que Penélopez le vio, huyó como una pececilla ante un tiburón, pero se dio cuenta de que no quería comerla ni matarla, ni siquiera molestarla. Solo observaba el arrecife y después la observaba a ella. Su forma de moverse, su forma de acercarse a él…

Durante la últimas semanas se habían visto casi a diario, y la pez ya se acercaba a rodearle y ondearle el agua cuando nadaba cerca. No es como si aquel extraño comprendiera las formas de acercamiento tradicionales de los peces, pero de algún modo ya no era ningún extraño. Ambos habían adquirido su peculiar forma de comunicarse y ella solía llevar al humano de aletas extrañas a arrecifes más escondidos, pero más hermosos. A veces Penélopez tenía miedo de que Felipez apareciera por allí, ya que él tenía un miedo espantoso a todo lo que venía de la superficie. La primera vez que Felipez siguió a su prometida hasta allí y vio a la criatura nadó tan rápido de vuelta que se olvidó hacer las aletadas de cortejo de despedida.

Ella no paraba de preguntarse si aquella tarde llegaría su amigo, pero el tiempo pasaba nadando y nada sucedía.

—¿A quién estás esperado?

Penélopez se dio la vuelta para ver quién hablaba. Eran Cintia y Vela las dos morenas del arrecife. Vela era quien había hablado, con su característica voz fina como el plancton. De hecho sus voces era lo único que tenían diferente, incluso la mancha blanca debajo de su aleta izquierda la tenían repetida. Y por supuesto ambas eran igual de sibilinas, nada de fiar.

—Es broma, sé a quién estás esperando, no hace falta que contestes —prosiguió Cintia.

—Es el monstruos del arrecife —completó Vela.

—No es ningún monstruo y además no estoy esperando a nadie —dijo Penélopez intentando defenderse.

Lo que sí tenía claro la pez es que las morenas sabían algo que ella no sabía. Aún así no les satisfizo su interés y se dedicó a esperar con más intimidad tras una anémona cercana. Cintia y Vela la siguieron y la rodearon.

—Tienes razón en que ya no es un monstruo —dijo Cintia misteriosa.

—Ahora solo se queda a la mitad —completó su hermana.

—¿De qué estáis hablado? —preguntó Penélopez sin poder contenerse.

Las dos alargadas peces se rieron sonoramente dejando escapar una gran cantidad de burbujas hacia el aire.

—Pronto descubrirás qué ha pasado —dijo la primera.

—Ah —dijo Vela levantando la vista mirando detrás de la jurel—, ahí viene tu amigo, pero no seguro que no es tan caballeroso como tu pretendiente. Él no te cantará serenatas para que tengas dulces sueños.

Cuando Penélopez se giró las morenas huyeron y al mismo tiempo descubrió a su amigo, pero diferente. Le habían desaparecido sus extrañas aletas posteriores para tener una cola larga y hermosa, muy escamosa. Aunque la mitad superior de su cuerpo seguía siendo extraña para ella. La pez se acercó a él despacio ¿podría ser de verdad ese su amigo? Definitivamente tenía la misma cara, pero no era el mismo.

—Eres Penélopez, ¿verdad? —dijo amigo con un brillo especial en los ojos y oyéndole por primera vez su voz bajo el mar—. Con este cuerpo te veo diferente, pero sigues siendo la misma.

—¿Qué te ha pasado? —preguntó la pececilla.

—Tenía ganas de conocerte —y su sonrisa inundó todo el arrecife.

Aquella tarde la pasaron toda juntos. Se dijeron todo lo que no pudieron haber dicho antes. Víctor, que era así como se llamaba el humano, le contó cosas inimaginables de la superficie, y Penélopez por su parte relató algunas de las costumbres marinas. Parecía como si se conocieran de toda la vida, y sin embargo no sabía nada el uno del otro; pero de algún modo había adquirido mucha confianza todo el tiempo que habían estado juntos antes, sin decirse una palabra.

Antes de caer la noche Víctor expresó su deseo de encontrar un sitio donde dormir de aguas más frescas y la jurel le llevó hasta una zona de mayor profundidad que solían frecuentarla peces de mucho mayor tamaño que ella, pero nada comparado con su amigo recién aleteado.

Penélopez no sabía que era lo que se comía arriba en la superficie, pero por suerte se dio cuenta de que Víctor se alimetaba de plancton como ella, así como de pequeñas algas marinas. Cuando ya no quedó un rayo de luz y ambos se hubieron saciado Penélopez volvió a su casa siguiendo el camino que se sabía de memoria.

—¿Tarde llegas, amada mía? —entonó Felipez cantarinamente.

—Felipez —respondió la pez a modo de respuesta. En un momento se puso nerviosa y aleteó fuerte, como queriendo escapar de allí, pero medio paralizada—. ¿Qué tal el día?

—El mío ha ido tal y como yo esperaba. En cambio parece que tú has hecho planes especiales, ¿no?

—Me encontré con Cintia y Vela y me entretuve por el camino —respondió Penélopez sintiéndose un poco estúpida por tener que justificarse. De todas formas no había dicho una sola mentira.

Felipez no dijo más, solo se apartó de camino de su prometida dejándola pasar. Ella fue directa a la cama, aunque aquella noche apenas pudo dormir.

A la mañana siguiente no perdió el tiempo en nada, desayunó tan rauda como una corriente oceánica y nadó hasta donde se encontraba Víctor. Él la sorprendió por detrás y le trajo un ramo de albas de colores. Era el más bonito que había visto nunca. Nadó por entre las algas para darle las gracias y se posó en su mano finalmente, admirando lo que él había llamado “manos”. Eran totalmente fantásticas. Lo que su amigo le había contado que servían para moverse sobre la superficie, los “pies”, no les veía demasiada utilidad, pero las “manos” eran fascinantes.

Felipez apareció por encima del hombro de Víctor como un torbellino.

—¡Felipez! ¿Qué haces aquí? —dijo Penélopez abriendo mucho los ojos.

—Yo también me contré con Cintia y Vela ayer, y me dijeron dónde te encontrabas.

Víctor creyó prudente apartarse de allí y se alejó un poco de la escena. Los dos jureles comenzaron a hablar rápido y enfadados. Víctor se apartó lo suficiente como para que las ondas del sonido en el agua no llegarán a sus oídos mejorados después de la transformación.

Fue nadando hasta el arrecife dónde había conocido a Penélopez. Él también se había encontrado con las morenas, ya las había visto antes, pero no eran ni la mitad de interesantes que su amiga, y una vez que pudo hablar con ellas sus sospechas se confirmaron. De cualquier modo el arrecife desde la perspectiva piscífora era muchísimo más hermoso. Los colores, las formas e incluso los olores eran diferentes, con las gafas de buzo nunca habría conseguido percibir tantos detalles.

Estuvo admirando el paisaje y se le pasó el tiempo volando hasta que se reunió con Penélopez. El medio día había quedado atrás hacía tiempo y había llenado su estómado con algas frescas y plancton. La jurel se acercó a donde estaba Víctor y se quedó en silencio todavía pensando en la pelea que había tenido con Felipez.

¿De verdad será capaz Felipez de hacerme eso?, pensó Penélopez. Seguramente sí sea capaz, le conozco demasiado bien. El medio pez rompió el silencio después de algunos minutos.

—Me encanta ser medio-pez —dijo Víctor—. Uno siente tanta libertad en el mar. Puede ir y hacer lo que uno quiera.

—No existe tanta libertad como a mí me gustaría —comentó Penélopez confesándole por primera vez quién estaba destinado a ser el padre de sus huevos, le habló de Felipez y de su horrible forma de ser y de exhibirse por todas partes—. Mi padre es el jurel rey de nuestro banco, y mi madre no tolera que salga con cualquier pez. En cuanto lleguen las aguas cálidas de la primavera Felipez y yo procrearemos juntos, uno de nuestros pececillos sustituirá a mi padre algún día.

—Suena horrible el no poder elegir tu pareja —respondió Víctor congraciándose con su amiga.

—A menos que… —dijo Penélopez pensando en algo.

—¿A menos que qué?

—A menos que me haga medio humana como tú.

Por un instante su cara se iluminó, quizá por el rayo del sol que se reflejó en sus escamas o quizá por la maravillosa idea que había tenido. Si no era pez cuando llegara la primavera podría librarse de tener que aguantar a Felipez.

—¿Cómo te convertiste en medio pez? —preguntó—. En realidad mi transformación es mucho más fácil, solo tengo que añadirme las manos esas y hacerme un poco más grande, no saldré del medio acuoso.

Ilustración de Jessica Sánchez

Ilustración de Jessica Sánchez

Nadaban a toda velocidad dirigiéndose al otro lado del atolón. Sortearon toda clase de obstáculos, bancos de peces en las zonas de mayor profundidad y corales y anémonas en los lugares donde el arrecife se extendía casi rozando la superficie. Víctor nadaba mucho más rápido que ella, pero en ningún momento quiso invitar a Penélopez a subir a su mano. Esas cosas no las hacían los peces, y ahora que tenía escamas podía entenderlo. Así que le tocaba nadar a su ritmo ligeramente más lento, pero no menos feroz.

—Esta es la roca luna —explicó Víctor al llegar a una roca de forma circular que se elevaba hacia la superficie.

—Ahora que lo pienso —dijo Penélopez— todavía no es luna lleva, ¿habrá algún problema?

—Pues que te convertirás tan solo en medio-humana, es decir medio-pez, como yo. Yo tendría que haber esperado hasta la luna llena para haber sido como tú, pero no podía esperar más.

Estuvieron recogiendo un tipo de algas marinas fosforescentes, Penélopez no lo vio al principio ya que llegaba la luz del sol y le costaba distinguir las algas normales de las luminosas mágicas durante el día, conforme el sol iba bajando podían apreciar mejor los tonos irisados. Víctor los iba cogiendo e iba haciendo un montón encima de una roca.

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Penélopez vio de refilón a Cintia y a Vela, permanecían escondidas tras una roca cubierta de musgo bajo el agua, pero sus colores vivos no podían pasar desapercibidos en ese ambiente. Tardó un tiempo más hasta que Felipez apareció en el jardín de algas con cara de enfadado y gritando a los cuatro mares.

—¡Penélopez!

La jurel se acercó a Felipez molesta por la interrupción.

—Estoy ocupada ahora.

—Creí que había dejado claro que no te quería cerca de ese… —titubeó mirando a Víctor— de ese tritón.

—Resulta que yo no soy de tu propiedad. Ve a procrear jureles con otra pez más interesante que yo, o más estúpida.

Felipez se puso rojo de furia por esa contestación y intentó contenerse sin éxito. Fue nadando hasta embestir a Víctor en su recién estrenada cola. Penélopez se sintió más molesta que enfadada, pero enfocó su ira, tenía un solo objetivo ya que la luna comenzaba a alzarse alta y aunque no llena sí esplendorosa en el cielo.

Nadó con todas sus fuerzas no a salvar a su amigo, sino a saltar a la superficie seca de la roca-luna. Las algas pararon su caída como un almohadón y se metió rápidamente entre ellas aguantando la respiración tanto tiempo como pudo.

El primer minuto fue el peor, pues veía que no podía respirar y sentía una agonía en su interior. Pasó el primer minuto, y luego pasó el segundo, y después de cinco minutos así se dio cuenta que ya no le costaba tanto respirar, ya no le ardían las branquias, sino que metía aire por su boca y la respiraban sus pulmones y poco a poco se dio cuenta de que no utilizaba la boca, sino la nariz.

Penélopez se llevo la mano a su nariz y se extrañó de tener una mano. Estiró dedo a dedo y se dio cuenta de que los veía bien. No veía tan borroso como cuando miraba a la superficie desde debajo del agua.

Ha funcionado, pensó emocionada. Estiró la cola y se impulsó para volver otra vez al mar, tan fresco después de su agonía que sus pulmones y el agua respirada con sus branquias fue la respiración más saludable del mundo. Y todo parecía tan pequeño ahora. O quizá fuera que ahora ella era más grande.

Sus problemas también parecían más pequeño. No hay nada como un cambio de perspectiva, siguió pensando. Durante toda la transformación las cosas no se habían parado abajo. Cintia y Vela retenían a Felipez que se había quedado petrificado al verla como al

—Eres una sirena—dijo en un susurro cuando al fin pudo articular palabra.

—Un monstruo de las profundidades… —dijo Vela.

—Ya hay dos por estos lares —completó Cintia—. Ves, Felipez, nosotras también sabemos rimar.

—No somos monstruos de las profundidades. Mi nombre es Tritón. A partir de ahora me conoceréis así, y a ella la conoceréis por Penélope, pues ya no es un jurel.

El jurel siguió sin moverse mientras observaba cómo Penélopez miraba a su nuevo semejante. Ahora le miraba diferente, le veía diferente. Ahora podía comprenderle mejor. Extendió su mano, estrenando por primera vez el sentido del tacto, y acarició el pelo sedoso de Víctor que dibujaba ondas en el agua. Él extendió su mano para tocar el pelo de ella. Sí ella también tenía pelo, para ser exactos una melena larga y castaña que tan pronto le rozaba los hombros como molestaba a pececillos desprevenidos que se ocultaban en él como si fueran algas.

El primer sireno y la primera sirena se miraron y se vieron diferentes a todos los seres, pero unidos hasta el final.