28ª Convocatoria: Miedo

Mami, ¿que es el miedo?

 

Ilustración de Rosa García

Mami, ¿qué es el miedo?
Cuando un trueno suena en el cielo y un escalofrío de punta te deja el pelo.
Mami, ¿qué es el miedo?
Cuando por la noche al despertar, sola crees estar.
Mami, ¿qué es el miedo?
Cuando un susto te das y tu cuerpo no para de temblar.
Mami, ¿qué es el miedo?
Cuando crees que de la pantalla va a salir un payaso vestido con un feo pijama de rayas.
Mami, ¿qué es el miedo?
Cuando el aire sopla fuerte y si no te agarras puedes caerte.
Mami, ¿qué es el miedo?
Cuando alrededor revolotea una abeja y crees que te va a picar en la oreja.
Mami, ¿qué es el miedo?
Cuando por la noche una pesadilla, hace que se te escapen las lagrimillas.
Mami, ¿qué es el miedo?
Cuando en un cuento ves una bruja piruja con una enorme nariz de aguja.
Mami, ¿qué es el miedo?
Cuando en carnaval un vampiro te enseña sus blancos y puntiagudos colmillos.
Mami, ¿qué es el miedo?
Cuando la puerta hace un crujido y tú pegas un fuerte chillido.
Cuando una araña gigante nos parece un elefante.
Mami, ¿qué es el miedo?
Cuando al oír una explosión, muy rápido empieza a latir tu corazón.
Mami, ¿tu tienes miedo?
¿Miedo? Con un valiente como tú a mi lado solo tengo amor en mi corazoncito guardado.

Raquel Bonilla

El nombre de la Cosa

Autor@: 

Corrector@: 

Género: Relato corto

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Paloma Muñoz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

El nombre de la Cosa.

Hace muchos años que vi una película horripilante cuyo título, La Cosa, me produjo una sensación de terror, asco, desasosiego y mal rollo impresionantes.

Nunca antes me había sentido tan mal. Bueno, me ocurrió algo parecido cuando vi Alien, el octavo pasajero, aunque no salí de la sala tan afectada.

Recuerdo que salí con las piernas que no me sostenían como Rambo.

Cuando vi Alien iba con unos amigos.

Durante  la proyección de La Cosa iba acompañada del que hoy es mi marido.

¡Pobre hombre, vaya tardecita que pasó!

Los dos salimos cagándonos en todo lo inimaginable después de asistir a ese espectáculo abominable de efectos especiales a cada cual más grotesco, espantoso, repulsivo y abyecto.

El director de esa “película de culto” según los expertos en la materia,  John Carpenter, dio el do de pecho con esa asquerosa película que copiaba la historia de la célebre El enigma del otro mundo de los años cincuenta.

Para nada se parecía.

Muy al contrario: el terror más deleznable y vomitivo se adueñaba de la historia que no escatimaba en escenas tan sumamente desagradables que herían cada dos por tres la sensibilidad del más pintado.

No voy a entrar en describir tales escenitas, basta con decir que en una ocasión me enviaron por el Facebook una publicación en la que, precisamente, se exhibían escenas de tan horrenda película pero hechas con ¡plastilina!

Pues aunque estuvieran hechas con plastilina seguían produciéndome un mal rollo indescriptible.

Recuerdo al presentador Florencio Solchaga presentando en la tele la película y diciendo muy serio y profesional:

‹‹ Las imágenes que van a presenciar son altamente violentas y terroríficas y pueden herir la sensibilidad de los telespectadores››  o algo así.

El bueno de Florencio Solchaga le hizo un gran favor a La Cosa porque la gente fue a verla a mansalva.

Además se presentó en el Festival de Sitges en el año 1982.

Pero a lo que voy, esta película me produjo mucho miedo y mucho asco.

Recuerdo que hubo gente que se salía de la sala. No me extraña. Yo casi salgo corriendo despavorida y ¡mira que me gustan las películas de terror y ciencia ficción! pero esta espeluznante “Cosa” me hizo odiar a John Carpenter.

No se trataba de lo que me hizo sentir Alien y su claustrofobia de peligrosos giros con esos pasillos y rincones tenebrosos de la nave Nostromo a la espera de que salga el jodido extraterrestre.

Porque  a pesar de lo repelente que era el  bicho, era eso… un bicho.

Pero esta cosa era un ser proteico que adoptaba  forma o formas terroríficas de pesadilla.

Y no quiero seguir dando más explicaciones que mala de la muerte me pongo.

Mucho miedo y mucho asco.

No volví a verla.

Eso me ahorré.

Por cierto, casi me alegro de que mi relato no tenga ilustración.

Gracias.

Paloma Muñoz

Madrid, 4 Octubre 2017

Luchar como los hombres

Autor@: Conchita Ferrando de la Lama

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Poesía

Rating: Todos los públicos

Esta poesía es propiedad de Conchita Ferrando de la Lama. La ilustración es propiedad de Paloma Muñoz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Luchar como los hombres.

Ilustración de Paloma Muñoz

Déjame luchar, Señor,
como lo hacen los hombres,
contra la furia enloquecida de tus olas.

Son tuyas, como lo soy yo
y como lo es el viento.

Formamos parte
de la grandeza del mar,
de su infierno y de su miedo…
Nacemos con el sol y la sal dulce
de las playas en calma.

Abrimos el pecho,
curtido de esencias y risas de faros
al volver a puerto.

Y cuando Tú decides «¡basta!»,
nos precipitamos
como bolas de acero pavonadas,
sin freno, allí donde la tempestad es
el arco que dispara
el valor de los más hombres…
¡Señor, el valor de los más hombres!

Junto a ellos estoy yo,
muy lejos de la costa,
lleno de miedo.

Y la mar, en lo más duro de la angustia,
nos arrebata el cielo
y lo tritura.

Los más hombres, Señor.
Los hombres.
Mas no olvides
que solo tengo doce años.

Que ayer jugaba entre las rocas,
en el puerto, en la playa,
y hoy he salido a la mar, lleno de miedo,
en busca de la aurora.

¡Señor, los hombres!
Mas no olvides
que tengo doce años
y… todavía soy un niño.

Conchita Ferrando (Jaloque)

El Señor del Miedo

Autor@: 

Corrector@: 

Género: Melancolía/Microrrelato

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Axel A. Giaroli. Quedan reservados todos los derechos de autor.

El Señor del Miedo.

Un sol seco y anaranjado recortaba un horizonte lleno de quietud. Bajo este, como si fuera en una pintura de trazo borroso, y desarrollada por la mano de una mente insana, se mecían hectáreas de espigas de maíz amarillentas y enfermizas. Apenas puedo oír unos graznidos en la lejanía, perdiéndose en el maizal, más allá de cualquier tipo de atisbo de humanidad, calor y amor posible. Y eso, cuando tengo suerte. Por norma es el silencio el que es soberano en aquellas tierras que me castigaban con la eterna soledad. Es un cuadro que siempre veo en otoño, condenado a observar, callar, esperar…

Sin duda, soy un maestro en mi arte. Y mi maestría sólo es superada por la pena que me produce el ejercerla. El desprecio que siento ante este, el… odio que termina embargándome.

Nadie merece ser el mejor en lo que más desprecia…

Pero no hay seres a los que culpar, el amo simplemente se limitó a crear un instrumento que pudiera servirle. Y en el proceso, le dio todo lo que era necesario para su ejercicio: tengo piernas largas y grotescas para aparentar una altura amenazante, brazos delgados que apenas pueden sujetar un oxidado tridente para mi ejercicio, un mono viejo, decrépito y desgarrado que simboliza mi condición de espuria y contranatura, y también, un rostro anaranjado y monstruoso con el que siempre consigo cumplir con mi labor.

No soy más que la parodia de un hombre, un monigote clavado eternamente para una única función: el guardián del maizal, el Señor del Miedo…

Es trágico, pues siempre he querido conocer a los pájaros que tanto se afanan a alejarse de mí: «No te acerques a él; es el Señor del Miedo. Si lo haces, tu sangre ayudará a limpiar las capas de oxido que se acumula en las puntas de su fisga».

Eso me convierte en el mejor en lo mío, pero me condena a una soledad eterna…

Axel A. Giaroli

28/10/17

Ya lo sabes

Autor@: 

Ilustrador@: 

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Género: Relato Romántico

Rating: +13 años.

Este relato es propiedad de Olga Ruiz. La ilustración es propiedad de Rosa García. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Ya lo sabes.

Estábamos en el quinto pino. Bailábamos. Ya no éramos  adolescentes, entre la cuarentena y la cincuentena, más bien. Tampoco teníamos obligaciones más allá de volver a casa lo suficientemente lúcidos para no tropezar con las escaleras. Pero al menos ya no daríamos el  cante delante de una madre controladora. Había muchísima gente allí. Olía a sudorcillo de fiesta y se apreciaba a gente animada por todas partes. Los bailarines marcaban el ritmo desde el escenario y tenían incluso un presentador. Daba igual que hubiéramos estado en África bailando zulú o en Irlanda en agrupaciones de danzas céilís. Estábamos en la feria del pueblo; reíamos, bailábamos, bebíamos y hacíamos fotos sin parar. Creo que ese fue un momento de felicidad. Seguro.

A eso de las cinco nos fuimos a dormir a su casa. Todavía no vivíamos juntos, sólo compartíamos algunas noches. Éramos mucho más que novios y mucho menos que esclavos de rutinas. No sabría decir… En un punto intermedio entre lo uno y lo otro. Caímos rendidos  al primer minuto. Teníamos el alma molida.

Al día siguiente, al despertar, alargué la mano y consulté el teléfono. Dormíamos desnudos, abrazados, sonrientes, escuchando nuestros ronquidos, nuestro respirar sobre el pecho. Abrí la nueva convocatoria de Surcando Ediciona: Miedo. «¡Madre, qué título tan trascendental!». Y como soy de espíritu optimista, pensé que algo tendría que aprender yo de esto. Así que me quedé mirando el techo dos o tres minutos.

Después, me giré  hacia él y le acaricié la nuca. Cuando él estaba abriendo los ojos, le miré, le sonreí y le pregunté:

—Señor amor, ¿qué crees que es el miedo?

—¿Miedo? ¿Qué es eso? Me acabo de despertar… A ver… Déjame que piense… Lo primero: ¡Buenos días! Bien —carraspeó—, es lo que nos impide ser felices, o al menos eso dice Jorge Bucay. Espera, que recuerdo el pensamiento. Algo así: «las personas no son felices porque sienten miedo, culpa, o vergüenza, o en combinaciones de a dos, o  todo a la vez».

—No estoy segura, pero puede que tenga razón Jorge Bucay. Lo estudiamos, sí, es un tema muy interesante. Creo que nos ayudará a compartir algo más, a conocernos todavía más si cabe. ¡Buenos días, cielo! —contesté.

—¿Cómo te sientes tras los gintónics y la fiesta de anoche?

—Bien, tranquila, me gusta despertar a tu lado. Me gusta verte sonreír y necesito sentirte aquí, siempre, conmigo.

—Gracias, te digo lo mismo. Hoy estás cariñoso. Sí, lo noto.

—Sí, amor, hoy estoy cariñoso —me respondió cogiéndome de la cintura.

Y entonces nos apretamos con fuerza y nos hicimos el amor, como si fuera la primera vez y la última: mezcla de respeto e inocencia al principio y de locura al final. Luego nos duchamos y nos preparamos para desayunar cerca de la una de la tarde. Sin prisa. Seguro que la comida llegaría a las seis o más. No había prisa nunca, cuando estábamos juntos llevábamos nuestro propio ritmo.

En el desayuno, sentados con las tostadas de tomate y aceite y el café descafeinado, volví a preguntarle por el miedo. Estuvimos largo rato revisando los míos y los suyos, cosas bastante normales. Por mi parte tenía miedo a las serpientes, a las arañas, a los huesos que sobresalen más de un centímetro de la piel, a que pierda los dientes, a la enfermedad que te incapacite, al Alzehimer por ejemplo, también a que me roben con intimidación, a que se injurie mi persona, pero sobre todo, a la mentira. Ese es mi miedo más horrible. Que se construyan mentiras a mi alrededor.

Por su parte, miedo a quedarse calvo, miedo a los ruidos en la noche que no se pueden justificar, miedo a que le pase algo a su hija o no tenga un futuro digno, miedo a vivir situaciones extremas de dolor y enfermedad entre sus seres queridos, miedo a que le engañe y le deje, miedo a la soledad. Y aquí le brilló un recuerdo en el fondo del ojo, algo que ya había dolido antes. Lo vi.

Lo cierto es que había escuchado durante días la palabra miedo muchas veces. A veces tengo la sensación de que escribo cosas que de una manera o de otra forman parte activa de mi vida. Mi hija tenía pesadillas por la noche y no quería dormir sola, mi madre tenía miedo de operarse de la rodilla porque no había una garantía total de la recuperación, mi padre tenía miedo del examen médico para renovar el carnet de conducir porque de un tiempo a esta parte sentía que estaba peor de la vista y de los reflejos, y claro, no renovar el carnet era un varapalo a su autoestima. En fin, que de algún modo el miedo se instala en nuestras vidas, se instala y come a bocaditos la zona de confort y hace un agujero negro por donde se escapan la seguridad, la autoestima y la valentía de las personas. Miedo es lo contrario a vivir.

Empecé a escribir esto a las tres de la tarde, después de comer, en su ordenador, con una camiseta de Ávila puesta, unos calcetines y el pelo sujeto con un bolígrafo. Loco y despeinado.

Se acercó por detrás y leyó. Le gustaba mucho hacer eso. Y me sujetó la nuca y me besó en donde nace el pelo y detrás del lóbulo de la oreja. Y me arqueé hacia atrás. Ya no había forma de seguir escribiendo. Volvimos a hacer el amor.

Ilustración de Rosa García

A eso de las cinco de la tarde, mientras yo me daba otra ducha, recibió una llamada en su móvil. Entonces noté en el tono de su voz la incomprensión. Y un no, no puede ser…  ¿Cómo? ¿Dónde? ¿Cuándo? Y millones de kilos de tristeza resbalarle encima.

Me sequé corriendo. Era consciente de que algo malo acababa de pasar. Bajé la escalera del dúplex. Él estaba temblando con el teléfono en la mano.

—¿Qué ha pasado?

Inmóvil, con la mirada perdida en el infinito blanco de la pared, no podía ni contestar.

—¿Qué pasa? Venga, di algo, me estás poniendo nerviosa —le zarandeé el brazo.

Entonces tiró con furia el teléfono sobre el sofá y se giró hacia mí. Me abrazó. Me abrazó con fuerza y desesperación y me dijo:

—Cris ha tenido un accidente. Está muy mal… La llevan al hospital. No saben si va a salir de esta.

Permanecimos así, fundidos, en silencio, pensando que aquello no era verdad. Que esa noticia no podía ser verdad. Si habíamos estado juntos hasta las cinco de la madrugada, si estábamos llenos de vida, de amor, de alegría… Ese cuento no iba con nosotros. Nos acababan de contar algo ajeno. No podría ser. Lloramos en silencio. Sin poder hablar. No hacía falta tampoco.

Puede que pasaran cinco, diez, quince minutos, ¿quién sabe? Entonces sucedió algo. Algo inesperadísimo. Me cogió la cara con las manos, me levantó la cabeza, me ordenó:

—Mírame.

Y yo le obedecí sin casi ganas. De la tristeza que sentía…

—Creo que ya sé cuál es el miedo más grande. Amor, el miedo más horrible que no podría soportar, ese que no había tenido en cuenta por evidente y presente, es algo tan necesario en mi vida como respirar o comer. No he tenido en cuenta algo que puede pasar en cualquier momento. El miedo a perderte para siempre. No perderte porque me dejes y sepa que estás viva en otra parte del mundo, brindando o soñando o simplemente escribiendo lo que te hace tan feliz. No. Es el miedo a que desaparezcas de la faz de la tierra para siempre, a que la muerte te abrace y te lleve con ella.

—No pienses en eso. Somos jóvenes todavía. Tenemos mucha vida por delante.

—Sí, acabo de verlo. Es una revelación. Quiero cuidarte, quiero estar contigo siempre. Déjame, nena. Déjame disfrutarte y que me disfrutes. La muerte puede llegar en cualquier momento.

—Yo me cuido, ya ves. Como bien, hago deporte, no fumo —le animo.

—Pero que puede pasar en cualquier momento —repite.

—De acuerdo, pero no puedes vivir con ese miedo.

—No, no vivo con ese miedo. Vivo con la tranquilidad de haber disfrutado el día al cien por cien contigo. Y te diré todo lo que quiera decirte en cada momento, y te besaré y te abrazaré y te haré el amor siempre que quiera, y tú a mí.

—De acuerdo, así viviremos, con más alegría, supongo. —Y le di un beso largo y bonito.

—Te quiero, vida, así viva. No hagas tonterías. Piensa que aquí hay un hombre que se preocupa por ti, piensa antes de hacer las cosas. Eres demasiado impulsiva, demasiado osada. Y estás muy loca.

En la radio sonaba una canción de Marta Soto que escuchamos en silencio. Decía algo así:

Y estoy corriendo en dirección contraria a tu vivir

Y tú, que sabes bien que no hay final,

que no hay  final sino verdad que logré hablar,

y proponernos un vuelo libre sin ningún miedo (…)

Y me acordé de Cris. Y ahora sí, abrazados, lloramos de furia y de tristeza. Juntos. No creo que hubiera en el mundo otra pareja más enamorada y cómplice que nosotros en ese momento. Ni creo que la habrá jamás.

Olga Ruiz

El Miedo

Autor@: 

Corrector@: 

Género: Drama

Rating: + 18

Este relato es propiedad de Juan Ramón Lorenzana. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Continuación de “Aragecko”

El Miedo.

Sentada tras mi mesa me sorprendo llorando una vez más. Yo antes nunca lloraba y ahora… ahora cualquier contrariedad inunda mis ojos que, sin poder evitarlo, dejan que las lágrimas se suiciden torpemente deslizándose por las mejillas hasta la boca para luego, tras una breve duda, desprenderse en caída mortal hasta el suelo. Y ahora me da por reírme, y llorar y reírme a la vez, al recordar cómo nos divertía a Nerea y mí aquel anuncio. No recuerdo qué pretendían vender, pero sentadas en aquel sofá de nuestro primer año juntas donde abrazadas bajo una protectora manta hablábamos, tomábamos café, veíamos la tele y aquel anuncio en la televisión. Un chico feísimo escuchaba música romántica, de esa que a todos nos gusta pero que casi nadie es capaz de reconocerlo públicamente, y el chico feísimo estaba de un triste y un melancólico que daba pena. En eso que ve —no recuerdo bien si era una mariquita o un escarabajo pelotero— cómo el escarabajo mariquita se tropieza y acaba patas arriba, incapaz el pobre, por más que lo intenta, de darse la vuelta. El encantador feo que lo observa en su accidentado caminar se echa a llorar desconsoladamente. Toda esta triste historia sucede en apenas veinte segundos mientras suenan de fondo las más empalagosas y maravillosas canciones de amor para acompañar el incesante lagrimeo de aquel maravilloso feo. Recuerdo que Nerea lloraba siempre con ese anuncio. Y yo me reía y bebía sus lágrimas, lamía sus ojos y ella lloraba y gemía. Comía su boca y su nariz. Sus orejas eran mías al igual que sus gemidos, que ya no eran de pena sino de amor y gozo. Pero ahora soy yo la que no puede parar de llorar, nadie besa mis lágrimas, nadie lame mis heridas. No puedo parar de llorar, no puedo parar de llorar.

Alguien se acerca, oigo pasos pesados por el casi siempre silencioso pasillo que conduce a la sala de autopsias, justo antes está mi despacho. Alguien se detiene ante mi puerta y saca un cigarrillo y lo enciende. ¡Será imbécil! ¿No sabe que no se puede fumar aquí? Solo puede ser el idiota del teniente Linares. Solo él viene aquí a recoger los informes forenses, es inútil que le diga una y otra vez que se los enviaré por intranet a su despacho. Es el último de una especie en extinción y me ha tenido que tocar a mí soportar su patético final. ¡Pero no se dará cuenta de que el cristal esmerilado que no deja ver el interior permite desde mi posición ver claramente el perfil desdibujado de su desdichado cuerpo! ¿Y este dicen que fue uno de los mejores? Sería hace mucho tiempo, mucho antes de que el alcohol que ahora ya rezuma por sus poros hiciera de él el ridículo monigote que es ahora. ¿Y este es el encargado de encontrar al asesino de la hermosa muchacha que descansa en la nevera? Pero si este hace años que no es capaz de encontrarse el pene dentro de su bragueta. Como no se tropiece de morros con el asesino y este no se entregue voluntariamente, la justicia se puede ir dando por violada, apaleada y tirada a la cloaca una vez más. Y otro asesino que podrá respirar tranquilo y otra chica que, tarde o temprano, caerá bajo sus zarpas.

Solo se decide a entrar cuando por fin termina el maldito cigarrillo y lo tira al suelo. ¡Se creerá que esto es uno de esos prostíbulos que frecuenta! Me saluda sin mirarme y me pide el informe de la chica muerta, y una vez más le digo que se lo he enviado a su correo electrónico. Su única respuesta es quedarse como atontado mirándome con la boca entreabierta en una mueca que podría ser una sonrisa. Por un instante se instala en mi cerebro la idea de que el teniente podría encajar con el perfil tipo de un asesino de mujeres. Como un calambre recorriendo mi columna vertebral el miedo alcanza mi razón. Solo se disipa cuando en sus ojos creo ver la mirada triste de un niño que lleva mucho tiempo enfermo, de un niño que ya ha visto la muerte. ¡Qué tonta soy! Mi ansiedad, el estrés y quizá la depresión me hacen pasar sin pausa ni transición lógica de la alegría al miedo, seguido de la rabia y después a la tristeza. Sin duda esos ojos enrojecidos y húmedos del teniente son culpa del poco dormir y del mucho beber, o del tabaco, o de un puto glaucoma, ¡yo que sé! Solo quiero que se vaya y me deje aquí, sola, regodeándome en mi dolor, es solo mío y me hace mucha compañía. Es lo único que me queda de Nerea. Nerea, ¿dónde estás?

Se va como vino, arrastrando los pies y algo mucho más pesado que no alcanzo a ver.

Me voy a casa. El día ha sido muy duro y todavía me queda saber si al abrir la puerta la encontraré, como otras veces, sonriendo y preparando algo para comer. Contando historias de gente que no conozco y que ella habrá conocido la noche anterior, aunque ya sean superamigas y… y tanto hablar para no decir por qué otra vez desapareció sin avisar para luego volver como si nada hubiera ocurrido, como si hiciera apenas cinco minutos que nos hubiéramos visto. Pero esta vez no, esta vez no le rogaré que me diga a dónde ha ido, qué ha hecho o por qué no me ha avisado de su partida. Esta vez no se arreglará todo jurándome amor eterno y con un muy bien ensayado arrepentimiento. Me lo ha hecho ya tantas veces.  Pero esta vez no.

Giro la llave con miedo, me tiembla la mano y me juramento para no llorar, sobre todo para no llorar. ¡Pase lo que pase no pienso llorar! Si ha vuelto como si no, debo poner fin a esta agonía. Si la casa está vacía, así se quedará, me iré para nunca regresar. Sacaré mis cosas, apenas un par de maletas serán suficientes, entregaré las llaves a la propietaria y que se quede con la fianza si Nerea no vuelve o no se hace cargo del alquiler. Que ya está bien de que no se responsabilice de nada, y eso también es culpa mía. Yo me hacía cargo de todo porque ella se calificaba a sí misma como un alma libre y esas cosas de las facturas, las obligaciones y horarios eran cosas de las personas que se arrastran por la vida. Ella aspira a tocar el cielo con los dedos, a volar libre entre las nubes. Pues que viva, coma y duerma entre ellas si no es capaz de pagar el alquiler, que de mí ya no sacará nada más. Y si está… Si está, debo ser fuerte y decirle sin tapujos que lo nuestro se acabó, que nuestras vidas desde hace tiempo siguen rumbos diferentes, que ella es como es, que yo soy como soy, que el tiempo, la vida, no sé, pero… ante todo no debo llorar.

El pasillo está a oscuras pero no enciendo la luz, no quiero ver mi reflejo en los espejos y que la soledad pueda asomar su cabeza por encima de mi hombro enseñando su burlona sonrisa. Nada en el salón, ni en la cocina. En el cuarto de baño está todo igual que lo dejé esta mañana.

En el cuarto de baño ya no puedo más. No puedo evitar mirarme en el espejo y llorar. Sé a ciencia cierta que lloraré ya para siempre, que jamás mis lágrimas se acabarán, que… Me doy mucha pena, mucha pena, y ya no lloro por ella, lloro por mí, por aquella niña que un día fui y que quería ser feliz. Lloro por esa niña que creía que ser feliz era tan fácil como respirar, que solo había que vivir y dejar que ese amor que fluye por doquier se pegara a la piel y entonces se filtraría por los poros hasta llegar al flujo sanguíneo y de allí se distribuiría por músculos, huesos y órganos que disfrutarían de ese néctar de placer y reaccionarían gustosos al amor y… Yo era una niña, era una niña feliz.

Y ante el espejo una mujer que no puede dejar de llorar, que no dejará jamás de llorar. Una mujer que se desnuda y su cuerpo le da pena. ¡Me recuerda tanto al de la chica muerte!

¡Por qué no estaré muerta, bien muerta y enterrada! Quiero mor… Un ruido, y seguidamente mi visión periférica detecta un movimiento en la puerta del cuarto de baño. Me invade primero el miedo, luego la sorpresa que, inmediatamente, se difumina para dejar más espacio, pues todo el cuarto de baño no es suficiente para albergar tanto odio a punto de estallar.

En casa de Elena

Llueve y hace frío. No recuerdo la última vez que hizo sol en esta maldita ciudad. Quizás ayer, o tal vez no. Me he ido de la comisaría sin pasar por el despacho del Hijoputa. Esta vez no lo he hecho a posta, lo que pasa es que tengo que hacer algo urgente.

Ante un antiguo edificio del centro de la ciudad me detengo absorto. Está lleno de luz, de mármol, de acero inoxidable. Dos escaleras a derecha e izquierda parecen abrazar a un ascensor de los de antes, de esos que tenían rejas correderas y se podía ver el nervio del que pende su ser. Es un antiguo edificio restaurado y abrillantado para los ricos de siempre y los que no siendo de siempre ahora sí pueden y quieren recuperar el tiempo y perder la memoria. Un portero con su disfraz de portero y con aires de capitán general de todos los ejércitos me indica con gestos tan inequívocos como despreciativos que no soy bien recibido aquí. Al enseñarle mi placa sufre una inmediata transformación, no solo en su actitud gestual y en su lenguaje, que podría ser entendible, sino que muta incluso su anatomía. De inmediato, el largo y estirado servidor de sus amos se encorva, los hombros se le caen pareciendo que con las manos podría incluso tocarse los tobillos. Los ojos parecen hundirse y humedecerse, una sonrisa apenas perceptible esconde torpemente unos dientes pequeños y afilados diseñados para roer secretos. Me abre la puerta recitando una cansina y falsa retahíla de disculpas mezcladas con halagos y referencias al tiempo tan horroroso que hace hoy que <<me ha impedido reconocerle empañados como están los cristales de la portería>>. La verdad es que estoy mucho peor que cuando le detuve la primera vez. Han pasado diez, quizás quince años, y la verdad es que parezco un pordiosero buscando un lugar seco y caliente donde pasar la noche. Él ha prosperado, en cambio, yo soy un hombre en derribo, pero como no desaparezca de su cara esa estúpida sonrisa le voy a hostiar aquí mismo.

Fredi, que así se llama el portero, aunque aquí, según dice él, todo el mundo le llama don Alfredo, me invita a pasar al exiguo apartamento al que se accede directamente por una puerta detrás del mostrador de su portería. Nos tomamos unas copas y empieza a relajarse. Le pregunto por Esther y su novia, y su envenenada lengua se desliza alegre en la ensalivada boca. Me cuenta lo que sabe con el estilo que yo recordaba en él, con todo lujo de detalles, unos irrelevantes, otros curiosos y todos aderezados con rumores, insinuaciones y mucha mala baba. Me despido de él con la promesa de volver a hacerle una pronta visita y me dirijo al piso donde viven Esther y Nerea. Fredi hace mil y una reverencias acompañadas de palabras que cuentan mentiras sobre lo mucho que le apetecería volver a hablar conmigo, que esperará ansioso una nueva visita y lo encantadísimo que está de poder ayudar a la policía en todo lo que pueda. Solo sus dientes, asomando entre sus grises labios, desvelan sus deseos de rata.

Tercera planta, letra C. La puerta entreabierta y las luces apagadas. ¡Aquí pasa algo! No pierdo más el tiempo y entro empuñando mi arma. Primero un pequeño recibidor que da acceso a un largo pasillo. A derecha e izquierda puertas y cuando voy a entrar en la primera me sobresalta un grito roto que llega desde el fondo de aquel oscuro pasillo. Lo recorre en apenas tres segundos y me sobra uno para imaginarme a Esther siendo atacada por algún degenerado hijo de puta que pretende violarla, y entonces yo que le pego un certero tiro y Esther que me abraza, que me mira agradecida y me besa y… Llego hasta un dormitorio iluminado solamente por la luz que se escapa por otra puerta situada a mi izquierda. No escucho nada y amartillo el arma. Después un llanto ahogado de mujer. Al asomarme a la habitación puedo ver… Está desnuda, de rodillas en el cuarto de baño con la cara escondida entre las manos, llorando sin consuelo y llena de frío y miedo. Ella se da cuenta de mi presencia y me mira.

Me escupe y me grita. No tiene pudor o tal vez no se ha dado cuenta de que está desnuda. No sé exactamente lo que me dice porque solo escucho un eco lejano y mi corazón galopando a punto de reventar. El estrés de entrar en una casa empuñando un arma y el ver a Esther llorando arrodillada en el baño me ha agitado sobremanera el corazón. El ruido de mi cabeza empieza a desaparecer, el corazón poco a poco se tranquiliza —hoy no me moriré de un infarto, mañana quizá tenga más suerte—. Escucho ahora algo parecido a <<cerdo degenerado de mierda>> y luego Esther, que mira de soslayo a su izquierda como intentando que yo no me dé cuenta de algo. No sé lo que pretende o ha visto, pero su mirada ha cambiado. Creo que debería decirle lo que hago en su casa o al menos decir algo, lo que sea, pero no me salen las palabras. Ahora la rabia bañada en lágrimas se ha transformado en ojos ardientes, en decisión asesina. Se abalanza sobre sus ropas tiradas en el suelo junto al retrete y coge su arma.

Me apunta. Ahora oigo perfectamente como dice: <<Te voy a matar, hijo de puta>>. No reacciono, estoy demasiado ocupado soñando con morir entre sus manos. Me parece un bonito final. Ya que nunca anidará su pecho entre mis brazos estaría bien morir a manos de ella, que sean sus ojos lo último que vean los míos, que sea su cuerpo mi último recuerdo y luego… se me escapa sin querer un <<yo no soy tu enemigo>>. Para luego decir muy despacio, mientras tiembla su revólver, la mano y el dedo en el gatillo: <<Busco a tu novia. Ella conocía a la chica muerta>>.

Buscando a Nerea

Esta pena me oprime el alma, me aplasta contra el suelo y apenas me deja respirar. Nerea ha desaparecido y me sorprendo suplicando a Dios que se haya ido con alguna chica con la que se haya encaprichado. Pero no puedo evitar que me invada una terrible certeza: <<Estoy convencida de que Nerea está muerta>>.

He intentado matar al teniente Linares y después me he pasado la noche hablando con él. Me ha dicho que, al parecer, Nerea estaba matriculada en un curso de poesía española al que también asistía la chica a la que he hecho la autopsia esta mañana. Yo sabía, le dije, que su penúltima vocación había sido la de ser escritora, aunque más bien dirigido hacia el guion de películas y series de televisión. <<Lo mío es el mundo del espectáculo>>, me dijo aquella vez. Pero ya para entonces yo sabía que esa última afición se terminaría en cuanto la chica que ahora era el centro de sus desvelos se dejara amar o rechazara sus proposiciones. Entonces, tanto en un caso como en el otro, pronto el hastío anidaría en su corazón, a este le seguiría el desánimo y el remordimiento hasta que nuevamente una sonrisa, unas piernas o un buen par de tetas la hicieran creer que se abre para ella un mundo nuevo lleno de posibilidades puestas ahí, por no se sabe quién, para que alguien como ella, valiente y sin prejuicios ni ataduras, lo coja y sea completamente feliz. Y se lo cree una y otra vez.

Esta noche hablé con el teniente Linares y me sentí bien. Yo con tanta pena y sin embargo me reconfortaba ver en sus ojos una tristeza tan inabarcable. Está acabado y lo sabe, pero su final llegó hace mucho tiempo, no sé cuándo, no sé cómo, probablemente ni él lo recuerde. Pero su maltrecho cuerpo sigue a duras penas arrastrando su pesada sombra.

Me hace reír. Es extraño que me sienta tan cómoda con él. ¡Debo estar un poco trastornada! Demasiadas emociones y ni un minuto de sueño han conseguido que hasta me parezca a ratos encantador y un poco infantil, como si dentro de ese corpachón embrutecido un niño luchara por salir a jugar.

Son las seis de la mañana y entro a trabajar a las ocho. Me despido del teniente después de darle las gracias por su ayuda y quedando con él al mediodía para tomar un café y que me cuente cómo van las investigaciones. Yo le he dicho todo lo que sé de Nerea, y me he sorprendido al darme cuenta de lo poco que la conozco. Trece años juntas y no rellenaría ni un folio con lo que sé de ella, pero me harían falta muchas hojas y aún más palabras para expresar todo lo que por ella siento.

Soy un viejo patético

Hubo un tiempo en que solo deseaba morir, aunque solo fuera para descansar. Ahora ni siquiera tengo esa ilusión, tan solo espero que sea con dolor, dolor breve pero intenso. Sí, no me he equivocado, quiero que el dolor acompañe mis últimos instantes, no quisiera irme sin darme cuenta de que todo se acabó, o que me queden dudas sobre lo bueno, justo y necesario que es que por fin llegue el final.

Me abrazó, después de querer matarme me abrazó. Me abrazó y, desnuda como estaba, me dijo entre apagados sollozos que desde hacía varios días no sabía nada de su novia. Escondida su cara en mi pecho, con mis brazos colgando como peces muertos sin saber qué hacer. Se dejó caer al suelo derrotada y entonces me arrodillé a su lado y la besé. No fue un beso lascivo en los labios ni uno de amigo en la frente tratando de consolarla. Fue uno…, fueron dos en sus rotos ojos tratando de beber su dolor y que este fuera mío y no suyo. Después… después se vistió y tomamos un café en la cocina y hablamos. Nos sorprendieron los primeros rayos del amanecer hablando ella de su novia y yo mintiendo sobre una que tuve hace ya un millón de años. La vi reír y fui feliz. Me gustaría morirme ya, pero primero tendré que encontrar al hijoputa que mató a esa chica y encontrar a la novia de Esther.

Son las diez de la mañana y nada más cruzar la puerta de la oficina uno de los lameculos del jefe me dice, como dictando una sentencia fatal: <<Deja todo lo que estés haciendo y sube al despacho del capitán Cantalapiedra>>.

Me recibe con una sonrisa llena de dientes perfectamente alineados de un blanco desagradablemente blanco. Me dice que me siente y luego me pregunta cómo va el caso del la chica. <<¿Qué chica?>>, le digo, y el muy gilipollas se echa a reír. Sé lo que pretende y estoy a punto de saltar sobre su mesa y partirle la cara de galán años cincuenta. Me aguanto. Me invita a sentarme y me siento. Me ofrece una copa y la acepto. Me dice que me eche un cigarrito y me lo fumo. Me cuenta que está recibiendo muchas presiones, que hay mucho interés en resolver este caso lo antes posible, que utilice a cuantos hombres necesite en esta investigación, que… bla, bla, bla. Y al final de toda esa palabrería me dice que confía plenamente en mi capacidad, que está a mi disposición para todo lo que necesite y que solo tengo que pedir el material o personal que considere oportuno y de inmediato se me concederá.

Salgo del despacho completamente alucinado. No solo no me ha echado del caso, sino que me apoya en todo lo que necesite. Me ha tratado como nunca, como a nadie, pero si hasta me ha dejado fumar en su despacho, ¡Él!, que es un puto integrista antitabaco. Y yo que nunca lo había visto tomarse una copa y, sin embargo, saca una botella de whisky y me invita a un trago. Pero si siempre me ha tratado con el mayor de los desprecios y ahora… ¡No me toques los cojones, esto no es normal!

Me doy media vuelta y abro la puerta del despacho del Hijoputa sin llamar, pero no está. Cuando me dispongo a irme oigo un leve ruido, como un quejido. Miro a mi alrededor, miro en el pasillo, pero nada y lo vuelvo a oír claramente. Esta vez me doy cuenta de la puerta ligeramente entreabierta que da acceso al aseo privado del capitán directamente desde su despacho. Algo me dice que tengo que mirar, pero podría perfectamente estar empujando alguna idea importante en su trono y entonces la situación sería un tanto incómoda, pero no sé por qué creo que ese no es el caso. Me asomo y lo veo de espaldas, con los pantalones y los calzoncillos por los tobillos. Dijera lo que dijera mi padre, no soy del todo imbécil, es evidente que se está haciendo una paja. ¡Será cabronazo! Igual es maricón y se ha excitado conmigo y, claro, tiene que desahogarse el muy hijo… Sobre el lavabo llama mi atención un pequeño bote transparente con tapa roja como esos donde te mandan mear para hacer un análisis. ¿Qué hay dentro? Me cuesta enfocar la mirada, estoy muy mayor pero <<es un cigarrillo>>. Se ha dado cuenta de mi presencia y se gira. En su mano derecha su pene marchito, en la izquierda otro bote transparente que gotea pesadamente. Él no dice nada. Yo tampoco.

Esto no es lo que parece

Que a mi edad y con cuarenta años en el Cuerpo tenga que escuchar de la boca de mi capitán la frase más estúpida que jamás se pudo inventar es demasiado. ¡Joder! Que nunca he sido muy listo y las neuronas que me quedan están esperando el desahucio, pero que me diga: <<Esto no es lo que parece>>. No, por ahí no paso.

Su cara es un verdadero drama de gestos inconexos: ahora palidece y luego parece intentar sonreír a la vez que un tic en la ceja parece querer dejar entrar más luz en unos ojos que no se creen lo que ven y que en cualquier momento se le van a caer de las cuencas. Disfruto de este instante con regocijo lascivo. Siempre que capturo sorpresivamente a uno de los malos su cara de estupor es mi mejor recompensa.

Cuando mejor lo estoy pasando se rehace, toma conciencia de quién es y dónde está. Calcula sus posibilidades y… comienza la negociación.

No quiero hacerme el listo a estas alturas, pero sabía que esto pasaría. La única duda es por dónde empezará.

Muy despacio deposita el bote con su esencia sobre el pequeño lavabo y se sube los pantalones. Me doy cuenta de que él también está calculando y analizando cuál será mi punto débil, con qué podrá sobornarme o amedrentarme. Seguro que empieza, ahora que tiene los pantalones en su sitio, a recordarme quien es Él y quién soy yo: joven y prometedor capitán de la Guardia Civil, hijo de un general del Cuerpo condecorado en no sé cuántas ocasiones, hasta por el mismísimo presidente del Gobierno y, antes que él, su abuelo fue como uña y mierda con el Caudillo de España. Y así, generación tras generación, la familia de este cabrón siempre ha ocupado generalatos, ya estuviéramos en república o monarquía, con gobiernos de derechas o de izquierdas, en guerra o en paz. Seguro que al lado del duque de Ahumada había un antepasado de este degenerado lamiéndole el culo. Tienen todas las influencias, muchos contactos políticos y judiciales y… —mírate tú— me dirá: <<Eres un viejo policía fracasado carcomido por el alcohol y con los pulmones carbonizados. No será difícil demostrar que tienes algún tipo de demencia. Tengo acceso a tus archivos personales donde constan, desde hace años, informes psicológicos de tu precario estado mental>>. Quizá me tiente después de la primera amenaza con una salida honorable tras cuarenta años de servicio, tal vez una medalla y un sobresueldo para que descanse tranquilamente tomando el sol en Benidorm.

Es increíble lo que consigue un buen traje y el estar acostumbrado a llevarlo. El miserable degenerado que sopesaba su triste pene ahora parece un caballero sin tacha alguna. Hasta él mismo se percata de ello y se mueve y habla con total aplomo, seguro de sí mismo, seguro de que saldrá de esta. De repente me sorprende diciendo: <<Tengo otra chica preparada. Puedes jugar tú también con ella o detenerme y ella entonces morirá>>.

Estoy atónito. Su cara muestra una amplia sonrisa que no puede ni siquiera intenta disimular su soberbia. <<Pero si escoges detenerme>> —me dice—, <<lo más probable es que uno de tus propios compañeros te pegue un tiro al creer, y no estaría muy equivocado, ¿verdad?, que te habías vuelto loco de remate. Yo diré que te retiraba del caso por incompetencia, que te dio un ataque de ira y perdiste el control. Improvisaré un poco, se me da muy bien. Más tarde las pruebas de ADN que se harán a tu cadáver apuntarán hacia ti como asesino. Pero no tenemos por qué tomarnos las cosas tan a la tremenda. Solo era otra puta del este, no vamos a arruinar nuestras vidas por ella. ¿Por qué no te das el último gusto de tu vida?, te lo ofrezco casi gratis. Será casi como follarte a la mujer de tus sueños. Mejor aún, te follarás a la misma chica que ella>>.

¡Tiene a Nerea! ¡El Hijoputa tiene a Nerea! Tengo delante al demonio y voy a negociar la venta de mi alma. Intentaré sacarle un buen precio.

—Creí que iba a morirme sin poder saciar mi odio.

Sus ojos se iluminan con mis palabras.

—Ninguna mujer me ha tratado nunca como yo necesito y merezco, ninguna ha sabido apreciarme ni valorarme. ¿No has visto el desprecio con que me mira Esther? Esa puta bollera se cree superior a mí. Y yo que estaría dispuesto a ser su perro y ella ni despojos de sentimientos me echa.

—Todos nos hemos dado cuenta —me contesta.

—Pero no me fio de ti, eres una puta rata y me la puedes jugar en cualquier momento. En cuanto te deje salir de aquí puedes hacer que me detengan y las pruebas que has colocado para inculparme… ¿Por qué a mí? ¿Por qué precisamente a mí?

—¿Por qué no? Era fácil implicarte. Eres un tipo gris, sin amigos, ni siquiera te relacionas con tus compañeros de trabajo, todos te consideran un bicho raro. Si mañana te murieras nadie te echaría de menos. En el fondo te hacía un favor. Si al final te pillaban por esto todo el mundo se acordaría de ti durante mucho tiempo. Además, ahora que nos estamos sincerando, ¡tú siempre me has caído mal! Hueles como un puto cenicero y vas siempre dejando tus putas colillas por todas partes y…

Es más listo que yo, lo sé y él lo sabe también. Tengo que cerrar el trato con una oferta que no pueda rechazar.

—Yo tampoco me fio de ti —me dice—. Eres un perdedor nato, lleno de prejuicios y limitaciones morales que te han hecho el hombre amargado que eres. Yo te ofrezco la posibilidad de liberar tus instintos, de saciar tus deseos, de vengar ese rencor que te ahoga. Te ofrezco la felicidad tardía. Sin embargo, temo que después de consumar tus deseos los remordimientos aprendidos recobren el dominio de ti y te conduzcan a arruinar tu vida y, por ende, la mía.

—Capitán —le digo mientras enciendo otro cigarrillo—, parece que no se da cuenta de que usted no puede escoger. Soy yo el que decidirá si acepto su ofrecimiento o cumplo con mi deber y le detengo por asesinato y secuestro.

—Tú ya has decidido, si no, ¿por qué ibas a perder el tiempo hablando conmigo? Disfrutarías mucho más poniéndome las esposas y, a puntapiés, llevarme al calabozo. Tú has decidido ya y yo solo te voy a poner una condición.

—¿Condiciones? Valiente gilipollas.

—Sí, y no acepto una negativa. Mi condición es que puedes hacer con la chica lo que quieras. Pero matarla lo haré yo.

Inspiro profundamente la primera calada de un nuevo cigarrillo que me quema la tráquea. Él sonríe y yo afirmo con la cabeza mientras mis ojos miran al suelo. Solo tengo un pensamiento, solo me falta girar la llave.

—Solo te pido un favor. No creo que sea ningún sacrificio para ti, y para mí sería el mejor final.

—¿Cuál?

—Después me pegarás un tiro a mí.

—¡Pero…!

—Me pegarás un tiro en la cabeza y ya está. No será difícil para ti inventar una historia para justificarte. Si lo haces bien, probablemente consigas una medalla y tu papá estará orgulloso, por una vez, de su niño.

Aprieta la mandíbula y casi puedo oír el crujido de sus dientes. Sus ojos son rodeados de pequeñas serpientes rojas y con todo su desprecio me escupe su respuesta.

—Me encantaría pegarte un tiro en tu puta cabeza, pero me resultaría difícil justificar tu presencia en mi casa.

—Pues me puedes sacar de la misma manera que has planeado sacar a la chica, así de fácil.

—No me gusta cambiar mis planes. Improvisar, aunque es tentador y muy divertido, suele acarrear consecuencias desagradables. Pero a veces el destino pone ante ti, sin previo aviso, el más inverosímil de los sueños. Ya ves, quién me iba a decir a mí que, después de meses planeando mi febril deseo de matar con mis propias manos a una mujer inerme, de improviso una estúpida niñata hija de un embajador me asaltaría en la recepción que los Reyes ofrecieron en el Palacio Real y me suplicara como una puta barata que me la follara y…

—Pero no te la follaste…

—¡No! Era repugnante. Le di su merecido. Vi cómo se apagaban poco a poco sus ojos, cómo balbuceaba mientras apretaba su garganta. Fue lo mejor que he hecho en toda mi vida. Lo demás fue pura estrategia: el lupanar más concurrido y sucio, el implicarte con la colilla. Nunca me había excitado tanto. Fue maravilloso depositar mi semen en su ombligo.

—Hace años que no me corro —le digo.

—Yo nunca me había corrido y… fue increíble. Me has convencido. Haré un esfuerzo contigo y te mataré. Tú te lo mereces. ¿Vamos?

—Vamos.

Pasa delante de mí y se detiene en la puerta. Se vuelve y me observa extrañado cómo marco un número en mi teléfono móvil. Escucha la conversación completamente alucinado, pero enseguida sale de su asombro y, en un grito aterrorizado, me espeta un <<hijo de puta>>. Yo le enseño apenas un segundo el cañón de mi arma reglamentaria. Después, un ruido ensordecedor seguido de una nube gris de rojo entreverado lo inunda todo.

Continuará…

Juan Ramón Lorenzana

¡A por ellos!

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Corrector@: 

Género: Fantasía urbana

Rating: +13 años

Este relato es propiedad de Olga Besolí. Quedan reservados todos los derechos de autor.

¡A por ellos!

—¡No hay de qué tener miedo! —le increpó.

—¡Que no, que me lo dejo y ya está! Estoy harto de tratar con ellos. ¡Son insoportables!

—Pues dicen que el cliente siempre tiene la razón.

—¡Qué fácil es decirlo desde la comodidad del almacén! —le contestó con amargura—. Tú estás aquí a tus anchas, sin tener que vértelas con el cliente. Si yo fuese tú, también llevaría una eternidad en la empresa. Pero no es el caso. Yo trato directamente con él y me expongo a quejas, abusos y demás —dijo tocándose la cicatriz de la oreja—. No, tú no tienes ni idea de cómo está el patio allá afuera. Si lo supieras no me dirías eso.

El encargado del almacén dejó en el estante la caja que llevaba en las manos y, desde arriba de la escalera, lo miró enfadado.

—Oye, sin faltar al respeto, que yo no siempre he trabajado en el almacén. Este, amigo mío, es un privilegio que se gana con la edad. Empecé en la empresa en atención al cliente, como tú. Y tengo que reconocer que a mí me gustaba. O eso creo recordar.

Y dicho esto se atusó el bigote y empezó su lento descenso por la escalera de mano. Ya a pie de tierra abrazó a su joven amigo y se lo llevó a la vieja mesa que les esperaba con sus dos sillas carcomidas. Un suculento surtido de quesos destacaba a modo de centro.

—Vamos, al menos come algo.

El joven royó un trocito de parmesano sin hambre. Su cabeza era un torbellino de sensaciones mezcladas de angustia, pavor, impotencia y arrepentimiento. Las imágenes de lo sucedido lo perseguían como sombras y se introducían en sus sueños. Cuando una gota de sudor frío cayó sobre su plato, intentó huir de sus propios pensamientos.

—Y si el trabajo en atención al cliente era tan bueno, ¿por qué lo dejaste? —dijo, arrepintiéndose casi de inmediato del tono utilizado.

El otro casi se atragantó por la inesperada pregunta. Escupió una pequeña bola de mozzarella y respondió:

—Yo no he dicho que fuera un trabajo bueno, el trato con el cliente nunca lo es, y soy consciente de que el turno de noche tiene sus riesgos como todo, pero de eso a ponerse a temblar cada vez que atisbas a un cliente a la distancia hay un abismo. Claro, que yo no he pasado por lo que tú.

—No, claro que no.

—En mis tiempos los jóvenes éramos unos atrevidos, no le temíamos a nada. O quizás era inconsciencia, no lo sé. Pero cumplíamos la labor que nos encomendaran sin quejas, fuera cual fuera.

—Pero ¿por qué lo dejaste?

—Y no lo dejé. Si quieres saber la verdad, un día me trasladaron aquí sin darme explicaciones. Fue como una especie de prejubilación, o reubicación, o algo así. Tampoco es que sea muy importante cómo los jefazos le llamen a esto. La cuestión es que me retiraron del público y me metieron aquí, en este almacén. Supongo que por culpa de todo eso del marketing y de la imagen corporativa. Yo ya soy perro viejo y barrigón, y para la calle necesitan jóvenes apuestos que den la cara.

—Para que se la partan. ¡Si vieses cuánta agresividad hay! A la que te descuidas te dan con la puerta en las narices, o peor. Incluso se cuenta por ahí que hubo uno al que atacaron a escobazos. Tuvo que ir al hospital, todo magullado.

—Eso es una leyenda urbana. No te creas todos los rumores que circulan por ahí. Además, por cada cliente descontento hay cien que quedan satisfechos. Y también depende de la gracia y agilidad de cada uno. No todos valen para el puesto. Yo, sin ir más lejos, nunca tuve un enfrentamiento con ningún cliente, y mira que de visitas a domicilio, en los quince años que estuve en tu puesto, hice unas cuantas…

—¿Nunca?

—¡Nunca! Pero come, que te hará bien.

—Es que no tengo hambre. Pues en los seis meses que llevo en la empresa ya he tenido tres encontronazos. Y en dos he tenido que salir por patas. El tercero, bueno, ya sabes lo que sucedió. La clientela se ha vuelto agresiva y maleducada, se cree que tiene la razón en todo y está acostumbrada a exigir que las cosas se hagan a su manera y no según las normas de la empresa. Y lo malo es que suele salirse con la suya. No escucha y no se puede hablar con ella. Y así no hay quien trabaje.

—Quizá llevas un poco de razón. En mis tiempos todo era más tranquilo y el cliente confiaba en ti, se dejaba hacer y con eso obtenía más de lo que quería ¡y todos contentos! Ellos salía ganando y la empresa también. No eran tan ambiciosos como ahora.

—¿Ambiciosos? ¡Ambiciosos es poco! ¿Cuántas quejas ha habido al día siguiente de la entrega? ¿Cuántas devoluciones? ¿Cuántas reclamaciones de dinero?

—Muchas, supongo.

—Exactamente doce mil trescientas catorce en lo que va de mes, según me dijeron de contabilidad. Y esta situación no es viable. O nos falla el producto o el verdadero problema está en la relación con nuestros clientes.

—Sé a lo que te refieres. Tú, como todos los jóvenes, ansías que haya cambios en la empresa, que se modernice y que adapte sus productos a los nuevos tiempos. ¡A que estabas pensando a invertir en tecnología! ¿Me equivoco? Pero tienes que saber que aunque grande, enorme diría yo, esta empresa sigue siendo familiar y muy tradicional, de las que apuestan por el trabajo directo, personal, sencillo y artesanal. Y eso no va a cambiar. No mientras el señor Pérez siga al mando de la empresa.

—O hasta que hunda la empresa por una mala política de gestión.

—Pues nos hundiremos con ella a mucha honra y pasaremos a engrosar la lista del paro.

—Claro, por lo que te queda a ti…

—A ti debería preocuparte menos que a nadie. ¿No quieres dejarlo? Pues si la empresa quiebra lo tendrás todavía más fácil ¡Fíjate! Yo no querría dejarlo por nada de este mundo, me encanta mi trabajo aquí, en el almacén y, sin embargo, no me preocupa en absoluto que todos nosotros desaparezcamos. He visto cosas peores en mi vida.

—Yo también —dijo el joven acariciándose la cicatriz.

—No puedes dejar de pensar en ello ¿verdad?

—¿Cómo olvidarlo?

—Deberías. Es poco probable que vuelva a sucederte algo así. ¿Quieres más queso o recojo ya la mesa?

—No, yo ya estoy. Gracias por la cena.

—De nada. Darte de comer a ti es como alimentar a un pajarito. Si sigues así te quedarás en los huesos.

El viejo, con la parsimonia que lo caracterizaba, empezó a recoger todos los bártulos de la cena y los restos de comida. Mientras, el joven, como hipnotizado, no podía dejar de contemplar el reloj de la pared, cuya saeta larga miraba al suelo.

—Sólo me queda media hora para empezar mi turno y ya me estremezco sólo de pensarlo.

—Tu problema es que le das demasiadas vueltas a la cabeza. ¿Que los tiempos son difíciles? Pues sí. ¿Que el trabajo es un asco? También. Pero es lo que hay. Y es lo que tú mejor sabes hacer. Debes pensar en positivo. Lo que te ocurrió no te volverá a pasar. Y hay clientes buenos que contratan nuestros servicios y a los que les gustan nuestros productos. Y a ellos no podemos decepcionarlos. ¿Qué probabilidad hay de que vuelvas a encontrarte cara a cara con un psicópata que te encierre con su mascota asesina? ¿Y quién demonios tiene a una jodida serpiente como mascota? ¡Nadie! Y a ese hijo de puta la empresa lo va a hundir a querellas y, de momento, ha roto relaciones con él. —Y diciendo esto se acercó y le miró directamente a los ojos—. Mira, campeón, tú eres muy bueno en tu trabajo y tienes un futuro prometedor. No puedes ni debes abandonar ahora.

—Pero tengo mucho miedo.

—Lo sé. Y deberás afrontarlo para seguir adelante. Piensa en tus mejores clientes. ¿A cuántos has dejado satisfechos?

—A muchos.

—¿Y no vale la pena seguir por ellos?

—Sí, pero están los otros.

—¡A los otros que les zurzan! En cuanto veas un atisbo de peligro, sales cagando leches y te limitas a redactar un informe para la empresa.

—¿Sin entregar el paquete?

—Sin entregarlo.

—¿Y sin cobrarlo?

—Bueno, si puedes lo cobras, pero sin riesgos. Y si no te da tiempo, que le den también a la empresa. Para eso hay un seguro que lo cubre todo. Lo importante eres tú, y luego, en un segundo plano, están los clientes buenos. Los otros no les importan a nadie.

—¡Pero es que no hay manera de saber qué cliente es bueno y cuál no hasta que es demasiado tarde! Todos parecen iguales al principio.

—De acuerdo, machote, digámoslo así: los buenos son aquellos que permanecen tranquilamente dormidos. A la que se agiten, murmuren en sueños o abran un ojo, echas a correr y los mandas a la mierda.

—Es que últimamente duermen como gatos, cualquier ruido los despierta.

—¡Coño, no compares, que son sólo niños! ¡Me gustaría verte a ti lidiando con gatos!

En ese momento el reloj de la pared tocó las diez en punto de la noche y al joven se le rizaron los bigotes.

—Es la hora. ¿Qué hago? —preguntó temblando.

—¿Pues qué vas a hacer? ¡Ir a por ellos y cumplir con tu trabajo!

—¿Pero y si…?

—Y si nada. ¡Ánimo, que tú puedes! Todo saldrá bien. Es sólo una noche más.

—Está bien, lo haré, pero sólo por hoy. Una vez más, una sólo, esta noche. Mañana lo dejo.

—De acuerdo, tú ganas. Sólo por esta noche, una única vez. Y mañana hablamos de tu renuncia. ¿Te parece?

—¡Uff! Vale.

—¿Estás preparado?

—Creo que no.

—¡Eh! Mírame a los ojos y confía. Sí que estás preparado, por supuesto que lo estás.

—Sí, vale, estoy preparado.

—¡Así me gusta, valiente! Porque ¿qué eres?

—Yo soy…

—¡Un valiente, coño, un valiente! ¿Y qué vas a hacer esta noche?

—¿Sobrevivir?

—¡Vamos, joder! ¡Esos ánimos! Grita conmigo: «¡Esta noche voy a hacer mi trabajo!». ¡Vamos, grítalo!

—¡Esta noche voy a hacer mi trabajo!

—¡Porque es lo que mejor sé hacer!

—Sí, ¡Y soy un gran profesional!

—¡Bravo! ¡Así me gusta! Porque ¿para quién trabajamos?

—¿Eh?

—Contesta, soldado, ¿para quién trabajamos?

—Trabajamos para el señor Pérez.

—¿Y quiénes somos?

—¡Somos el ratoncito Pérez!

—Y ¿qué hacemos?

—¡Cambiar dientes por regalos!

—¡Pues al ataque, muchacho, corre a por ellos!

Una vez que el joven ratón se fue corriendo, la vieja y cansada rata de almacén se sentó en silencio a la mesa. Se sentía orgulloso de su amigo pero, poco a poco, una intensa sensación de inquietud y una inmensa tristeza se iban apoderando de él. Miró el reloj, que marcaba las diez y cinco, y cuya manecilla corta debería dar otras ocho vueltas antes de que su amigo terminase su turno y se encontrara a salvo de nuevo.

Ocho horas de dura jornada laboral acababan de iniciarse para él, no exentas de peligros. ¿Qué niños le aguardarían al pequeño ratoncito Pérez esa noche? ¿Cuántos de los que duermen placenteramente y reciben su regalo con alegría a la mañana siguiente? ¿Cuántos de los que lloran y patalean porque no recibieron dinero a cambio de su diente? ¿Cuántos de los que se despiertan repentinamente, te gritan y te lanzan objetos? ¿Y cuántos de los que permanecen agazapados en un rincón oscuro de la habitación, armados y a la espera, preparados para darte caza y torturarte?

—Pobrecillo —dijo finalmente, soltando un gran suspiro.

Olga Besolí

Miedo

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Ilustrador@: 

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Género: Poesía

Rating: Todos los públicos

Esta poesía es propiedad de Milagros Morales. La ilustración es propiedad de Rafa Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Miedo.

Ilustración de Rafa Mir

Sólo una pulsera me identificaba
en un círculo gélido y tembloroso
entre ruedas de corto itinerario,
sábanas con angustias anteriores,
venas escondidas por el miedo.
Buscaba una fuente,
pero no podía beber agua.
La paz en un gotero me liberó de ti.
Cuando desperté todo era nuevo.
El ascensor me abrió sus puertas
en la planta del cariño.

Te dejé, miedo, disecando mariposas.

Milagros Morales