Zaratustra Dogs.

Autor@: Miguel Ángel Rodrigo Jiménez

Ilustrador@: Rafa Mir

Corrector/a: Elsa Martínez Gómez

Género: Relato

Este relato es propiedad de Miguel Ángel Rodrigo Jiménez, y su ilustración es propiedad de Rafa Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Zaratustra Dogs.

«Los buenos, ¿son buenos porque tienen las garras tullidas, o a Nietzsche hay que escucharlo como se mira a Tarantino?» dijo su padre hace mucho tiempo, citando sin recitar un poema de Riechmann.

Max conduce despacio y piensa. Tanto piensa y tan despacio conduce que los peatones lo rebasan a él y a sus lentas cavilaciones de cuatro ruedas. No le importa. Va a lo suyo. De su expresión poco puede deducirse, pues algoritmos del tipo cara de póker la cifran: párpados levemente entornados, la vista extraviada en algún lugar de la calzada, una breve mordida sobre el labio inferior. Y es que, además de tener claro hacia dónde se dirige, Max va preparando su espíritu para lo que tiene que hacer allí: justicia. En realidad, se trata de una forma muy particular y subjetiva de justicia. De escuchar a Nietzsche del mismo modo en que se mira a Tarantino, se dice sin saber muy bien qué significa eso. Y es que Max no tiene la menor idea de quién narices es Nietzsche, sólo está seguro de que, con semejante apellido, no puede ser italiano. De Tarantino sabe que es director de cine y que ha visto nada más unos pocos minutos de Reservoir Dogs en Internet.  Suficiente para hacerse una idea, viene pensando desde entonces. Fue Gino quien le contó que aquella cinta tenía el récord de tiros pegados en una peli. «Ven, tienes que ver esto». Y Max prestó atención, pero no se impresionó demasiado. A ambos, a Gino y a Max, les parecía que Tarantino bien podría ser italiano.

Ilustración de Rafa Mir

Pero de aquel tiempo, de aquellas tardes fraternas, hace ya mucho. Gino, en aquel entonces, no lo había traicionado y Max no se planteaba, ni remotamente, tener que hacer lo que está a punto de hacer hoy. También ha pasado mucho tiempo, siglos, desde que su padre pronunciara aquella frase que, a pesar de no haber terminado de comprender jamás, le resulta tan inspiradora. Fue una tarde tras una comida de negocios entre ambas familias.

—Nápoles, Tulio, ¿Acaso no ves lo que está pasando con Nápoles? Y tú, aquí, llorando de resentimiento —había dicho el padre de Gino.

—¡Ah! Toni, Toni, Toni… Nihilismo. ¿Sabes qué es? —fue la respuesta de Tulio, el padre de Max.

Y Toni dio un trago de vino y negó con gesto agobiado. Gino y Max cruzaron una mirada. Sería mejor continuar callados.

—Comprendo. Entonces de Nietzsche ni hablamos, ¿verdad? A ver, cómo te lo explico. ¿Te gusta Tarantino?

Y Toni asintió sin mayor entusiasmo, torciendo la boca  y ladeando la cabeza. Tulio entonces endureció su voz hasta volverla acero. Se expresaba con una seguridad corrosiva, enfatizando el tono e intercalando en su discurso versos de un poema en prosa de Riechmann. Sólo hablaba él. Toni escuchaba con atención, asentía y parecía no atreverse a pestañear. Mientras tanto, Max y Gino no comprendían nada en absoluto; todas aquellas exclamaciones y aforismos les resultaban inconexos. «Tú, que vienes a mi casa, aceptas mi comida y me acusas. ¿De qué me acusas? ¿De llorar resentimiento?»; «No te equivoques. Nihilismo no es resentimiento»; «Ni te confundas o disimules. Nihilismo no es mirar hacia otro lado y no sentir nada, o sentirlo al ver que también sangran las heridas cerradas»; «Tampoco es una cuestión teórica que trate sólo de renovar los valores caducos o de ponerle bolitas de naftalina a la cretona de los espíritus»; «A ti y a todos os digo: esperad. La virtud del superhombre no es el resentimiento, es la venganza. Entonces habrá acabado este tiempo»; «Como se pregunta el poeta, te pregunto: “Los buenos, ¿son buenos porque tiene las garras tullidas, o a Nietzsche hay que escucharlo como se mira a Tarantino?”».

Max conduce con una sola mano, la izquierda, que es ahora una mano tensa. Insistentemente,  lleva la otra hasta la lúgubre presencia de una cajita de cartón. Dominado por una oscura pulsión, a cada minuto comprueba que sigue ahí. La siente y siente el frío de lo que guarda su interior. Ese frío es para Gino.

Siguen adelantándole los que caminan y a él sigue sin importarle. Piensa y recuerda. Gino hizo mal. Muy mal. Y  ahora Max no puede ignorar algo así y dejarlo pasar. Gino tuvo alternativas antes de ensuciarse las manos, sin duda. Pudo, sin ir más lejos, no haber cedido a la provocación, pasar de largo. Pero no, ¡maldito Gino!, tuviste que hacerlo, pincharlo, retorcerle dentro la muñeca y reventarlo hasta el vacío. Robarle el aliento. Y piensa y recuerda y se enfurece: Nietzsche, Tarantino, los buenos que podrían serlo sólo por sus garras tullidas, la venganza, el final de este tiempo. Cuando ya ve la casa.

Entra hasta el jardín y aparca allí mismo, sobre el césped. No vendrá de cuatro flores. Aferra con fuerza la caja y se dirige calmado hacia el porche. Allí, respira profundamente, se mira las manos; sus garras están afiladas. Toca el timbre.

Ilustración de Rafa Mir

—Hola, Max —lo saluda Miliota, la madre de Gino—. Cuántos días sin verte. ¿Buscas a Gino?

—Sí.

—Sube, está en la sala de billar.

Y Max se acerca peldaño a peldaño a su destino. Adviene en él el superhombre. Entra sin cuidado en la habitación del billar y allí encuentra a su amigo.

—Hola.

—Ey.

—¿Qué pasa?

—Mira.

Se hace un silencio que conmueve a Max. ¿Cómo puede ser? Gino está tranquilo, ausente de su propia culpa. Entonces, Max siente que en la venganza no hay lugar para la misericordia. Ha llegado la hora.

—Gino.

—¿Qué?

—¿Tú sabías que hay que achuchar al niche en las zarpas para ser bueno…? No espera… ¿sabías que hay que hablar del niche como si tuvieras las uñas del tantolino…? No, no era así tampoco. ¿Te acuerdas de la peli aquélla del record de tiros?

—¡Sí! ¿Quieres verla?

—No.

—¡Ah! Bueno.

—¿Y te acuerdas del sábado en mi fiesta  de cumple?

—Uy, sí. Hace tiempo ya.

—Ya. ¿Y te acuerdas de que me pinchaste la pelota de fútbol con unas tijeras?

Y Gino ríe entonces con la maldad propia de la indolencia. Se acuerda.

—Pues mira: —y Max abre la cajita de cartón y le muestra el interior— la cabeza de tu Gi&Joe.

Gino llora con el arrepentimiento esperable del cándido y Max rompe también en lágrimas porque le duele ver a su amigo sufrir tanto. Chillan y balbucean, sollozan y se atropellan sus respiraciones, moquean por la nariz y hacen burbujitas con algo viscoso y heterogéneo que nace en la tráquea, se ponen colorados y hasta emiten un calor insólito.  De repente, irrumpe en la sala de billar Miliota, que hecha una fiera exclama:

—¡Gino y Max!, el que me vuelva a dejar la bici en el jardín, se va a enterar de quién soy yo, ¿capite?… Y no me vengáis con lloriqueos ninguno de los dos. ¡Ah! Max, ha llamado tu madre, quiere que vayas a casa inmediatamente. Y pedaleando deprisita, ¿eh?, no remolonees que solo vives a dos calles.

La venganza a los seis años, cuando todavía se llevan las ruedecitas de apoyo en la bici, la percepción del paso del tiempo es tan lenta como el crecer de las uñas y el origen genético de las afrentas radica en un juguete, resulta deliciosamente cruel. En el pensamiento de Max ahora existe sólo una frase: «¡Ah, la familia!».

«Yo no soy un hombre, soy dinamita», (F. Nietzsche, Ecce Homo).

Miguel Ángel Rodrigo Jiménez

Octubre de 2012

 

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El destino era verdad.

Autor@: Miguel Ángel Rodrigo Jiménez

Ilustrador@: Verónica López

Corrector/a: Elsa Martínez

Género: Relato

Este relato es propiedad de Miguel Ángel Rodrigo Jiménez, y su ilustración es propiedad de  Verónica López. Quedan reservados todos los derechos de autor.

El destino era verdad.

«Ven», insistes. Llevas insistiendo desde que has llegado. Ven, vamos, sígueme… ¡Joder! ¿es que no sabes decir otra cosa? Te detienes, te vuelves y me miras. Te pregunto qué miras. «Sígueme», respondes. Qué locura. Vale, genial, sí, está bien, de acuerdo; te sigo, pero no voy a ir contigo, te digo como queriendo avisarte de que no resulto tan dócil, que estoy ahí y que pinto algo; sólo un trecho, ¿entiendes? Y empiezo a caminar detrás de ti. La noche es azul. El sonido del camino es el sonido del camino al pisar las piedras. Cuántas veces lo habré escuchado. Es un sonido que me gusta; así suena la soledad buscada en los senderos de montaña; así suena el silencio que no me asusta. Siempre lo he necesitado; torcer a derecha e izquierda, desoír los consejos de mi brújula, esquivar, romper, fintar. Dejar atrás los muros de humanidad y largarme lejos. Solo. Sólo un camino sin demasiadas opciones y el crujido de la tierra bajo mis pies. Pero ahora estás tú, delante mío, andando despacio, llevándome a no sé dónde. Me detengo. Lo has notado. «Vamos, ven» dices sin dejar de caminar. El caso es, te digo mientras trato de recordar por qué es que no puedo seguirte, que hay algo, continúo diciendo, vacilando, dando una vuelta de más porque me distraigo con la lámpara que sostienes o más bien con su luz que escapa de manera tan extraña como si en vez de luz fuera algodón, pues, el caso es, te decía, te digo, que no puedo seguirte; no recuerdo por qué, pero hay algo que tengo que hacer.  «Tú ven», es todo lo que respondes. Y yo no quiero, pero voy.

Esta mañana, en el espejo, me he quedado absorto contemplando mi rostro. Parecía fijo, inmutable, congeladas sus facciones. Pero no es así, lo sé bien; el tiempo lo cambia. He intentado evocar los otros rostros de mi rostro, los anteriores. Han tenido que ser muchos, tantos que seguramente me haya  dejado la mayoría en la cuneta del recuerdo. Porque los rostros previos, los que ya no podemos confirmar en el espejo, están asociados a recuerdos que lo son por haber sido fotografías: carita de bebé durmiendo en cuna azul y blanca; el entusiasmado soplido sobre las cinco velas de una tarta;  como marinero de agua bendita; de prepubescente saltarín en la función de algún fin de curso; los cinco largos años que hay que aguantarse el acné del primer DNI; entre amigos y fiestas, para el carnet de conducir, las vacaciones, el altar, la foto de perfil… Todos y cada uno rostros míos, sí, pero no todos mis rostros. Trato de imaginar el resto, los rostros perdidos o no registrados. Y así desfilan en mi mente versiones borrosas de cada uno. Mi rostro ante la pantalla del ordenador, en la cola del mercado, al volante; mi rostro a gritos, a lágrimas; mi rostro enfermo, mi rostro dormido. O mi rostro exhalando el éxtasis muy cerca de otro rostro. Nadie tomó fotografías de esos otros rostros míos.

La noche es azul y sigo caminando detrás de ti. Lo hago porque me gusta el sonido de las piedras que piso. Te lo digo. Aseguraría que no hemos dejado de ir en línea recta, pero estoy demasiado concentrado en recordar por qué es que no puedo seguirte. No hace frío o calor ni huele a nada. ¿Vamos a tardar mucho en llegar?, pregunto.  Responden las piedras del suelo, no tú. ¿Y en volver?, dime, ¿cuándo volveremos? Continúas ofreciéndome la espalda. Desnuda hasta el grito. Tintada de azul por la noche. Sobre ella, sobre tu espalda, acostada, una trenza. No veo tus pies al final del vestido. De hecho, el vestido parece no tener final y tú, pareces caminar sobre el aire. Tu andar es etéreo, suave, flotante. También tu piel. La piel que cubre tus tangencias y medias elipses. Me detengo para contemplarte. Tu cuerpo se aleja. «No te detengas. Sígueme», dices en la, cada vez mayor, distancia. Entonces me acuerdo. ¡No puedo! Ahora sé por qué no puedo. Te detienes. Esperas. Ya debe ser la hora, te explico, las pastillas, no puedo saltármelas.

Continúas quieta. Medio vuelta. Mirándome. No sé decir qué dicen tus ojos. Qué cuentan o qué quieren de mí; para mí. Si compasión o rutina o hasta deseo. Tal vez un poco de todo ello. Continúas ahí  y yo me aproximo. Te siento cerca. Respiro hacia ti. ¿No vas a decir nada?, pienso. Una cesta de luz en tu mano y la luz como agua cayendo.  Agrupándose en diminutas nebulosas de algodón que salpican tu órbita. Te revolotean. Cortejándote o protegiéndote. ¿De mí?, pienso. Me hago esclavo de tus labios cerrados y, poco a poco, voy  sintiendo que estoy rendido a ellos. A ti. Perdido. Las pastillas… murmuro. Tú me miras o no dejas de hacerlo. Yo respiro. Sí, para ti ya siempre. Y es entonces que comprendo quién eres.

Ilustración de Verónica López

Seguimos andando. No ha hecho falta que me digas nada, que me ordenes «Ven» o  «Sígueme». Y te lo digo. Intuyo que sonríes pero no puedo asegurarlo. Había oído hablar de ti antes. Había leído mucho sobre cómo eras y cómo lo hacías. Desde luego, no te pareces a lo que me habían hecho creer. ¿Puedo llevar un libro conmigo?, te pregunto por probar, sin albergar esperanza alguna. «No». Lo suponía. Y tu cuerpo de diosa se sigue alejando envuelto en vapor. Y cada vez me atraes más. Supongo que ése es el truco; porque hay truco, ¿verdad?; si no, nadie andaría este camino. Me sorprende mi propia calma, si es que se le puede llamar así: calma. En todo caso la lógica dice que debería estar aterrado. Nada más lejos. Lujuria y deseo son mis guardianes; tu hechizo, mi prisión. Así me siento, creo. Tú andas flotando. Mi imaginación vuela andando; desnuda tus hombros y me imagina imaginando tu vestido caer con la densidad de un gas. Despierto sueño que pienso tu pecho y tu vientre y tu sexo. Y no me atrevo a fabular darte la vuelta y enfrentar la hermosura infinita de tu rostro, porque me da miedo robarte un beso. ¿Sabes?, te pregunto, podría enamorarme de ti. Tu cuello se tensa. Y un instante. «Hazlo», dicen sin voz tus labios. No juegues conmigo, hace un rato que sé quién eres. «Sé que lo sabes». Ah, sabes que lo sé; bien; entonces dímelo tú, ¿quién eres? «Una mantis». No. Niego en voz alta y me río. ¡Maldita sea! Te he reconocido, sí, a pesar de que hayas cambiado la túnica negra por el vestido blanco, la guadaña por la lámpara. Ya no van a regalarme otro día esas pastillas, ¿no es cierto?, tan cierto como que tú eres la misma Muerte y has venido para llevarme. «Y ¿podrías?», me preguntas. ¿Qué?, ¿qué dices?, ¿si podría qué? «Enamorarte de mí». No lo sé, ¿acaso puede alguien? «¿Te atraigo?». Como nunca nadie me había atraído. En el horizonte la noche azul se hace más clara.  Parece ese horizonte el final del camino. Una salida a ningún sitio. «¿Qué libro habrías elegido?». Me desconciertas. No lo sé, te digo, alguno apropiado para la ocasión, supongo. Lo pienso. Ya lo tengo. Y te cuento: Del inconveniente de haber nacido. «Ciorán». Sí, Ciorán. Qué te parece, ¿es lo bastante apropiado? «No», niegas. ¿Por? «No hay tiempo». Tiene gracia, ¿es que acaso hay mucho que hacer allí? «El tiempo ha dejado de existir desde que nos hemos encontrado». Ah. Y sólo digo “Ah” y entiendo que esto va muy en serio. Que estoy fuera del tiempo. Siempre me han atraído irremediablemente las mujeres complicadas, digo con voz trémula que pretende resultar cómica, y comprometidas, añado con idéntica intención. No te ríes, es lógico. Y caminamos hacia la luz.

¿Qué es la vida?, te pregunto. «Una pausa en la eternidad. La excepción de un camino». Siempre pensé que la vida era un camino de caminos vivos, capaces de cruzarse y alejarse entre sí. Un laberinto. «No puedes definir la vida como un camino de caminos vivos. No vivos precisamente. Pues ¿qué son caminos vivos? Caminos dotados del beneficio de la vida. Y ¿qué es la vida, según tú? Un camino de caminos vivos. ¿Lo ves?, no puedes explicar algo finito con una lógica que no tiene fin». Comprendo. Entonces, si los caminos no están vivos, todo está escrito. Determinado. El destino era verdad. «Algo así. Para vosotros, la vida es un laberinto, en eso aciertas. Pero yo, desde aquí, lo entiendo más como un entramado de un solo recorrido y una única salida; para cada cual, un camino prescrito, aunque parezca cierta esa percepción de poder elegir mientras se anda». Me alegro de no haberlo sabido hasta ahora. Suspiro. Pienso. Continúo deseándote. Se me ha ocurrido otro libro. «¿Cuál?» En busca del tiempo perdido. «Proust». Sí, Proust; respondo. Pero esta vez no pregunto si es adecuado para llevarlo allí, hasta donde tú me llevas.

«¿Recuerdas algo o a alguien de tu vida?». No, estoy en blanco. O puede que en negro, no sabría decirte. Vuelvo a intuir una sonrisa tuya. Pero vuelve a ser sólo eso, una intuición. «Tranquilo. El tránsito agota los recuerdos». Gracias. Por tranquilizarme, digo. «No hay de qué». ¿Siempre te tomas tantas molestias?, quiero decir, al principio apenas has abierto la boca, en cambio, cuando te he dicho qué sentía por ti, eso ha cambiado. Te has abierto,  te has interesado y hasta me has dejado jugar a seducirte. Lo has hecho. ¿Siempre es así? ¿Hablas con toda la gente a la que te llevas? «No». Mientes. «No miento». Ya. «Apenas hablo con nadie. Ya sabes quién soy». Lo sé. Y podría. «¿El que?» Enamorarme de ti. Poco a poco el final se acerca, haciendo blanca la noche azul. La luz de tu lámpara se apaga y ahora es de mí de donde empiezan a escapar pequeños haces. Diminutas esferas de luz que se desprenden de la materia que me forma, de lo que soy o de lo que fui. Y voy dejando de serlo. Me miras. Miras cómo me oscurezco. Y una lágrima tuya me cubre de miedo porque no sé qué significa. Ahora es cuando debería ver pasar la vida en un segundo; todos mis rostros a la vez: los registrados y los que se perdieron. Pero sólo veo uno, un sólo rostro, el mismo que vi esta mañana y que es mi único recuerdo. Un rostro que se ha detenido. Ya no conoceré su muda en otros rostros más envejecidos. Aquí termino. Entonces te vuelves. Desnuda. Bañada en luz. Tus brazos me apresan, tus muslos me acogen, tu cuerpo me absorbe. «Bésame». Y mi luz estalla. Se dispersa. Es nada. Me siento extinguir. Si pudiese recordar algo de este no-tiempo, lo último que recordaría es como, dulcemente, besé a la muerte en los labios.

«La muerte era desafío. La muerta era un intento de comunicarse, ya que la gente siente la imposibilidad de llegar al centro que, místicamente, se les escapa […]. Había una abrazo en la muerte».

Virgina Woolf, La señora Dalloway.

Miguel Ángel Rodrigo Jiménez

Navàs, 3, 4, 6, 14, 15, 16 de septiembre de 2012

El fin del mundo… o eso parece.

Autor@: Gabriel Madirolas

Ilustrador@: Rosa García

Corrector/a: Miguel Ángel Rodrigo

Género: Relato

Este relato es propiedad de Gabriel Madirolas , y su ilustración es propiedad de Rosa García . Quedan reservados todos los derechos de autor.

El fin del mundo… o eso parece.

Todo ha terminado, y no consigo entender, ni tan siquiera recordar, cómo ha sido posible que sucediera. Juraría que yo era feliz esta mañana, o mejor dicho, ayer por la mañana. Sin embargo estoy aquí sentado, hundido, en una butaca que a cualquiera repelería, a punto de caer en un sueño que no me importaría en absoluto que fuera el último.

Ilustración de Rosa García

Miro por la ventana a través de la fina rendija que dejan mis párpados. Deseo que se cierren para no abrirse más, pero un instinto de supervivencia, del que creía haberme deshecho, los mantiene a una distancia milimétrica el uno del otro. Más allá del cristal se adivinan destellos, y columnas que vagamente identifico como humaredas. No sé que estará pasando ahí fuera. Tampoco sé, ni me importa ya mucho, lo que pase aquí dentro. Tal vez se esté acabando el mundo por fin; ni siquiera voy a conseguir ser original en eso. Mejor así, ayudadme entre todos a eliminar las posibilidades de tener que arrastrarme por la vida si me diera por despertarme mañana, u hoy.

¿Cómo he llegado hasta aquí? No sé si llevo horas o minutos languideciendo en la penumbra, con un ron con limón que he acertado a prepararme tras apagar la tele. Recuerdo borrosamente haber oído hablar de incendios que están arrasando, ¿qué?, ¿la ciudad?, ¿el país?, ¿el mundo? Por lo visto, en las ciudades las hojas de los árboles caen a plomo, como si la vida diera por perdida la batalla de la perpetuación; y estamos a finales de agosto.

Creo que estamos a finales de agosto, aunque dado mi estado de ebriedad, no me extrañaría que estuviésemos en noviembre (y por eso las imágenes de hojas cayendo), o incluso en mayo. Un momento, yo no estoy ebrio. No recuerdo, ni mis tripas recuerdan, haber bebido más que el medio ron que le falta a la copa que reposa muerta de risa a escasos centímetros de mis dedos. No, algo me pasa que no puedo entender. Al llegar a casa, tras visitar el mueble bar y desplomarme en el sillón a contemplar el holocausto, me encontraba sobrio. Sobrio y destrozado, sin vida, como un extraño en mi propio ser. Nunca borracho.

Sé que he abierto sin ningún problema la endiablada cerradura de esta cutre habitación (es verdad, no estoy en mi casa), tras subir por las cutre escaleras, resueltamente, desde mi perfectamente aparcado cutre coche. Esto último no lo sé. Yo ya no tengo coche. Si lo tuviera sería cutre, pero ya ni eso. Tenía uno, creo que ayer tenía uno, pero no sé si lo he vendido, regalado, o ha sido robado por algún ciudadano histérico tratando de huir a no sé dónde.

Es probable entonces que me haya bajado del coche de mi gran y último amigo, lo último que me queda. Lo último que me quedaba. Me vienen flashes de una enorme discusión que manteníamos en su Golf blanco. ¿Golf blanco? Bueno, pongamos que Golf blanco, aunque no sé si queda algo blanco en el mundo. Todo parece cubierto de un velo gris, el velo de la culpa, que todo lo convierte en vergüenza, que todo lo afea, que a mí me ha avergonzado, afeado, anulado.

Mientras me caía un chaparrón de reproches memorizados y repetidos con más energía que convencimiento, yo sólo podía mirar por la ventanilla y preguntarme qué le había pasado a esta ciudad, a esta realidad. El eco machacando que yo había sido un completo desagradecido, que no estuve cuando otros me necesitaron; y yo preguntándome si es la ciudad o soy yo; si es la barbarie y la irracionalidad, o es que he abandonado toda esperanza de apreciar la escasa belleza que el mundo ofrece aún.

Desde que he subido al coche, y los ocupantes de los asientos traseros han comenzado a emitir un torrente de palabras confusas y atropelladas, las frases acusadoras y los comentarios entre el pesimismo y la catástrofe se superponían sin ninguna coherencia. ¿Qué es lo que nos vuelve antinaturales? Algo nos hace convertirnos en lo que más asco nos da; algo nos hace volver sobre lo que sabemos que sólo destruye; algo nos hace envenenar una relación que nos podría dar todo; algo nos hace enturbiar el aire que todo nos da.

Nadie en el asiento de atrás. No había nadie en el asiento de atrás. Ahora me explico la absoluta discrepancia entre los mensajes que me bombardeaban. Mientras desatendía la retahíla de improperios que llevaba años temiendo escuchar, la radio, a un volumen que competía con el de mi amigo, informaba sobre el impacto medioambiental de la absurda guerra que se libraba. Me ha parecido totalmente surrealista estar escuchando un monólogo digno de la telenovela peor escrita y actuada que a uno se le pueda ocurrir, mientras el altavoz iba emitiendo informes que uno nunca esperaría ver salir de otro lugar que no fuera una pantalla de cine o una página de best seller.

Entiendo perfectamente el enfado conmigo en lo referente a la hora a la que le he hecho venirme a buscar. Las cinco de la madrugada es una hora poco divertida; es la hora a la que sólo el amor, o algunas sustancias, pueden proporcionar un contenido que merezca la vigilia. Realmente ha venido a por mí como un rayo. Le he llamado a las tres y media, y ha atravesado la ciudad, y el tramo de carretera, en lo que el minutero completa un semicírculo. Debe de haberse saltado todos los semáforos. Eso, o que realmente no ha venido tan rápido. Es más que probable que yo haya salido, portazo incluido, de casa de mis padres a eso de las dos y media.

Cinco, tres y media, dos y media, soy incapaz de cuadrar los tiempos. Sólo sé que estaba totalmente fuera de mí, saturado de la interacción con mis padres en tan sólo unas horas, más por mi actitud que por la suya. Cuando dejo de ser encantador soy una alimaña. Mi plato preferido es la mano que me da de comer. ¿Qué desea el caballero? Hoy tomaré una de padres. Pero no se preocupe, los cocino yo mismo. Cada vez que se preocupen por mí, lo interpretaré como un reproche. Cada vez les pondré más a prueba. Al final todo explotará, y a las dos o tres de la madrugada me marcharé dando un portazo.

Mejor así. Lo habría hecho otra vez. Tendría la certeza de que me estaba aprovechando de su caridad en vez de disfrutando de su amor. En esos casos me paralizo. ¿Qué puedo hacer? No tengo fuerzas. No tengo ganas. No tengo valor. La misma historia. Me estancaría. Al principio tendría excusa: con un paro del cuarenta por ciento, y perteneciendo a un sector que ya no sirve para nada… Pero al final sería un espectro; un virus; un sumidero. Volverían a surgir los asuntos económicos. Sé que siempre hacen tremendos esfuerzos por no recordarme lo que les hice. Lo que hice con su dinero. Lo que hice con su confianza.

En cualquier caso, no me puedo arrepentir de haberlo intentado. Ha sido lo más valiente que he hecho últimamente. Plantarme en casa de la familia, en un pueblo a veinte kilómetros de la ciudad. Sí, me recibieron con lágrimas. Sí, que no habían sabido nada de mí desde hacía un año. Claro que les dolió todo. Claro que me quieren. Siempre queda la familia. Los amigos pueden dejar de ser los amigos, pero la familia no puede dejar de ser la familia. ¿O sí? ¿Puede tu padre querer, sentir, que no es tu padre? Y mucho peor, ¿puede tu madre?

Quizá debería haber llamado a mis amigos; o no sé si llamarlos ex-amigos. La verdad es que pienso que nunca me esforcé demasiado por mantenerlos. Dicen que los verdaderos amigos son capaces de esperarte cinco años, y cinco años son los que han pasado. Pero no estoy seguro de que ellos se sintieran siempre tenidos en cuenta. No sé, quizás fui soberbio, quizás lo contrario; nunca me paré a planteármelo.

Una esposa no espera cinco años. Estoy seguro de que la mía no esperaba ni un mes. Lo peor es pensar que me culpara por lo sucedido. Como ya no podría llevarla a sitios, ni conciertos, ni teatros, ni viajes, habría dejado de ser interesante para ella. Decidí que si no era capaz de amarme a pesar de todo, no quería vivir con ella. Mejor conseguir que me odiara de verdad. Un día desaparecería, y no sabría si se había marchado o tenía algo que ver con la guerra que estaba a punto de desatarse.

Sé que estaba muy disgustada. Nos teníamos que mudar, seguramente a la típica zona de bloques feos, donde no habría ni un parque y sólo árboles chuchurríos por la calle. Ni siquiera podíamos salvar de nuestra inminentemente antigua casa las obras de arte, ni mi colección de miniaturas de catedrales y edificios famosos. ¿Quién puede querer algo así con la que está cayendo? Qué pena de piso; tan céntrico; tan soleado; tan sereno.

Yo me he culpado porque me echaran del trabajo, a pesar de estar claro que se ha debido al crack de la economía mundial. Si tan sólo me hubiera quedado algunos días a hacer unas horas extra. Si hubiera asistido a aquel viaje de empresa. Si hubiera, y si no hubiera, no habría sido totalmente inviable mantenerlo.

Ilustración de Rosa García

Qué día más extraño. Me había despertado con una sonrisa. Había soñado que alguien me contaba un chiste hilarante. Al abrir los ojos, vi en penumbra a la mujer que amaba. La abracé. La besé. La tapé bien. Hasta hoy, hasta ayer, cada mañana era como el principio del mundo… o eso parecía.


El color del dinero.

Autor: Miguel Ángel Rodrigo

Ilustrador: Fernando Halcón

Género: Relato

Este relato es propiedad de  Miguel Ángel Rodrigo, y su ilustración es propiedad de Fernando Halcón. Quedan reservados todos los derechos de autor.

El color del dinero.

Un billete de quinientos era todo lo que me quedaba en este mundo. Tan reluciente y tan planito. Tan lila o tan malva o como quiera que se llame el color que se gastan los billetes de quinientos; me refiero al que tienen, claro; que gastarse, ya se gastan solos. Leí en una ocasión que España concentra el cuarenta y cinco por ciento de los billetes de quinientos emitidos por el Banco Central Europeo. Seguramente lo escuché, porque yo no leo. Soy más de escribir, porque soy poeta. En España no son lilas, que aquí, tierra de listillos y picaruelos, negro es el color del dinero. Y de entre todos los billetes de cinco centenas que campaban por España, aquél era mío. Reluciente y planito y lila o malva. Mas no negro. También calentito, por estar recién sacado del cajero. Visa Loro mediante, cuyas cuotas de crédito no tenía previsión alguna de cumplir, por supuesto, también. Porque aquel billete, abrigo último de mi pobreza, no me pertenecía. Y es que nada es completamente nuestro excepto el tiempo. El de cada uno. Y esto que afirmo, a pesar de ser yo muy poeta y creativo, lo he debido oír por ahí, porque suelo leer más bien poco.

No debemos encariñarnos demasiado con los bienes terrenales, especialmente con el parné. Porque el parné no es tiempo; es sólo parné y normalmente no nos pertenece. El billete de quinientos, siendo estrictos, era propiedad del presidente de la entidad financiera que, pese a querer ser mi banco, seguía cobrándome las comisiones de manera inmisericorde. Aurelio Motín, un picaruelo, también capitán del acorazado «rojo Ferrari», cuya orgullosa estampa puede contemplarse salvar la bravura del océano económico mundial. Un barco que es un banco, el Lucifer. Un banco pirata que, pese contarme entre sus clientes desde hacía quince años, continuaba empecinado en cobrarme las comisiones. Reparar en aquel detalle aumentaba la concentración de bromuro en mi estómago. El júbilo de saber que mi banco, el Lucifer, cerraba ejercicio, año tras año, declarando ingentes beneficios, no  me aliviaba. De vez en cuando pensaba en ello y sí, qué ganas de ¡¡aagudsfskka dsl kañs!! que me entraban.

La numeración de aquel billete estaba libre de toda sospecha. Sin mácula; como mi bienaventurada y augusta madre: la señora Inmaculada, en cuyo delantal jamás advirtiera nadie mancha o lamparón de salsa de tomate. ¡Qué poco orgullosa estaría de mí si pudiera verme así, tan acabado! Y lo peor es que no era de esos acabados «tipo» que vienen proliferando por la crisis económica: gente hecha de honra y esfuerzo que lo ha ido perdiendo todo porque cada vez queda menos que ganar, menos que conservar, en este país de billetes de quinientos reconcentrados. Sí, qué país. De oportunidades para los polvorillas. De pelotazos, patadones y reventones del sistema. No. Ellos, los acabados «tipo», han jugado limpio y nada cabe reprocharles. A mí, en cambio, dedicada la existencia a amar lo ajeno, se me puede acusar de haber fracasado entonces. De no haberme sabido manejar en la elección de compañías y negocios. Yo, Antón Pirulero, como todo ladrón de raza, debiera haber comprado el cielo. Ser rico y ser libre; y aplaudido por la masa, o por la parte más gregaria y miméticamente entusiasta de ésta. Ser gente guapa. Chula. Molona. Como lo era el mismo presidente Motín, del Lucifer, el banco de las comisiones pese a todo. O como Chicho Campos y Fajardo Playa, dueños de una simpática fortuna cultivada con esmero y mentirijillas de nada, allá en los arrozales de la corrompida –que no corrupta– Comunidad de Venecia. ¡Oh, Venecia! y sus calles anegadas. Inundadas.  Ahogadas estaban allí las gentes. Las más. Porque también la habitaban reductos autoprotegidos de una fauna resistente al encharcamiento. Un número majo de eminencias de exquisitez moral sin parangón y engordadas cuentas corrientes, capaces de flotar y navegar las turbulentas aguas venecianas. Sí, como Campos y Playa. O como Rica Barrabás, su alcalina alcaldesa, que además del paseo en góndola, gustaba de depositar sus lindos piececillos en tierra firme cada día al caer la tarde. Pisar fuerte. Enterrar los nobles pinreles en el frescor de los terrenos no inundados, expropiar, confundir valor con precio como haría todo necio. O como Sandro Cabra, rampante presidente de la Sobreputación de la Comunidad Veneciana, que es más de tener la cabeza en las nubes. En el cielo azul. Mientras sueña con cómo llenarlo de luces aromáticas y brillantes amapolas. En esta relación, no puedo dejar de mentar a Soberbio Crispo, expresidente de Camperra australiana, cuyo liderazgo se vio forzado a dejar por escasez de pobreza. Triste devenir. Afortunadamente, este hecho luctuoso acaeció allí, en Australia, país y continente de prestaciones generosas para con los ciudadanos imbricados en los tejidos sociales más débiles, más desfavorecidos. Gracias al cielo –ése azul soñado por Cabra–, sobrevive con una pensioncita de quinientos mil que, por supuesto, le viene del sector privado. Algo más del mínimo interprofesional, porque, no nos engañemos, hablemos de justicia laboral y plusvalía marxista: la complejidad de su trabajo en la Camperra era tal, que sin un cociente intelectual de nueve mil hubiera resultado imposible acometerla. Por no hablar de la responsabilidad inherente al cargo de Presidente Superchachi, que  hubiera echado atrás  al mismísimo Atlas. Un esfuerzo ingente se compensa con generosa recompensa. Con reconocimiento. Reconozcámoslo, pues: gracias a los madrugones y a su fuerza de trabajo, cada día amaneció un día más en España. Lástima, por eso –y no por ser puntilloso, sino por comentarlo un poco, ya que estamos–, que la Camperra terminase por quebrar. Mas no menos guapo entre todos estos guapos, a pesar de no ser veneciano, es Fénix Deumilmilet, catalán de buen oído y hombre capaz de fabricarse un negocio próspero con poco más que un par de violines y algún coleguita. Qué nómina de cracks. De catacrakcs. Todos tan listillos. Tan picaruelos. Todos tan todo y yo más nadie que ninguno. Qué bien.

Dos han sido las vocaciones de mi vida: poesía y hurto. Pero la dedicación que exige éste, me ha dejado sin tiempo para perfeccionarme en aquélla. Así que, en lo que ha poesía se refiere no soy más que un diletante. Como manguirulo, en cambio, me considero un profesional de largo recorrido. Empecé a los once años con sisas de poca monta, como robar a manos llenas los paquetes de Celtas sin boquilla en el estanco del barrio. Recuerdo la tarde en que mi emérita madre (no sabría decir emérita en qué, yo leo poco) me pilló. Después de haberme metido la preceptiva bronca, porque mira que traerlos sin boquilla, adán, que pareces un adán, se los fumó todos mientras daba buena cuenta de un pack de birras. Qué mona que era. El calor ebrio de su mirar me reconforta aún hoy. Ésa fue mi fortaleza. Sus palabras recriminatorias las que me instaron a seguir. A mejorar. Dios la tenga en su gloria. Y que en su gloria tenga también Dios alguna tabernilla para que pueda fumar la mujer. Me gusta imaginarla borracha perdida, allá en el cielo, ciega de todo; llenos los bolsillos de cartones de Winston y de güisqui on the rocks el vaso, y que así no sea testigo lúcido del hombre en que me he ido convirtiendo. Insulso. Lechuzo. Sin recursos. Insatisfecho con sus versos, que no riman bien pues mal riman. Mi segunda naturaleza, que tal vez debiera haber sido la primera, es una naturaleza muerta. Y eso me atormenta.

Un billete de quinientos y mi vieja petaca de güisqui sin güisqui; la había olvidado. Eso era cuanto me quedaba en este mundo. El billete. La petaca. Algunos versos malos. Y aquel pasado plagado de recuerdos que allí, a la vera de un cajero del Lucifer, me asaltaban. Para qué oponer resistencia. Me dispuse a evocar y evoqué. Toda mi biografía. Cada renglón añadido al descuidado currículo laboral.

En su día fui una joven promesa. Mi ascensión, meteórica. No lo digo yo, que lo decía mi arremolinada madre: «¡Hay que ver qué dedos más largos tiene el niño, será pianista o mangante!» . A una edad demasiado tierna y en menos de un año, pasé de los Celtas sin boquilla a controlar el tráfico de Winston que llegaba de Andorra. Así, me granjeé el respeto de los más chungos. Luego, llegó la comodidad. La vida sedentaria. El aburrimiento. La apatía. Me había apalancado. Es lo malo de dormirse en los laureles durante nueve años: termina uno fumándoselos. Y perdí la reputación. Qué reputada. Perdí los contactos, los buenos contactos. Alguno ya me había tentado con ofertas interesantes. Pero, tonto de mí, yo había seguido a lo mío. A lo más cómodo. Preferir siempre el tejano roto a la corbata prieta. El hurto rápido a la estafa fina. El trabajo físico al esfuerzo intelectual. El niño, al hombre. Concluyendo: los cuatro duros a la pasta gansa. En mi descargo, diré que era joven; que estaba lleno de ilusiones y bla bla y etcétera y toda la recámara de frases hechas de que se nutre la retórica juvenil de cada generación. O se nutría. Sentía tener el mundo a mis pies y las cosas del mundo, todas, en mis manos. Miraba Fama, bailaba como Coco y quería vivir para siempre. Porque estaba cargado de futuro. Yo era futuro en esencia. Los que teníamos veinte, entonces, pudimos ser así. Hoy el cuento es otro. Es peor.

Después del tabaco, aspirando ya el rebufo de los ochenta, resurgí convertido en un gurú de la techné tecnológica: radiocasetes extraíbles, consolas Atari 2600, teles en color sin Thomp ni Son, calculadoras Casio de fósforo verde, el cubo del Rubik, la leche Pascual… Sí, trabajé todos los artículos. Todos los robé. No había contenedor en el puerto que resistiera más de cinco minutos los encantos de mi ganzúa. Fueron tiempos de abundancia. De innovaciones y revoluciones electrodomésticas. Como la irrupción del vídeo: sistemas Beta, VHS, Beta 2000 colonizaron los hogares. Gracias a las ventanas, alivié cuanto pude aquella invasión doméstica. Qué buen cine se hacía en los ochenta, por cierto. Los albóndigas en remojo, la saga completa de Parchís o Red Scorpion de Dolph Lundgren, por citar algunos ejemplos representativos. Fue ese tipo de cine de culto el que hizo de mí un cinéfilo. Y un culto. Pero mis poemas seguían estando compuestos de versos que no lograba hacer rimar. Mi poesía era inorgánica. ¿Qué peor desdicha que la susodicha?

Y llegaron los noventa al son de Public Enemy. Y del Tractor Amarillo. Pronto eclosionó una crisis económica no pequeña que ya anticipaba lo que se escondía al doblar la centuria. Trabajadores honrados y raterillos de baja estopa fuimos las principales víctimas. La clase media y media baja, vamos. No así los verdaderos sabios  –Jurel de la Prosa, Mari O’Conde Mor, José Luís Coltán, Mariano Moreno Conmechas de Rubio (Cantinflas)–, que a pesar de ser pillados, procesados y condenados, supieron lo bastante de magia financiera como para preservar el botín. A día de hoy, alguno hasta tiene un librito publicado y todo, o habla de cosas «guays» en Interlobotomía. Fue una primera lección, para mí y para el Dioni y para tantos otros.  Entretanto, yo sólo me dediqué a sobrevivir. A ir trampeando. Una huida hacia delante hecha de trabajos pésimos, como el arranque o sustracción, destornillador mediante, de chapas de BMWs, Saabs y Mercedes; o la venta de un crecepelo que yo mismo fabricaba agitando (no mezclando) en un bote de fairy y a proporción 2-1-1-2: harina de garbanzo, musgo, miel y tirillas de hilo bien cortitas. Encontrar harina de garbanzo era complejo.

Aquel gobierno valeroso, con Graznar a la cabeza, no tardó en ventilar la crisis. Qué ingeniería económica más fina. Maquinaria suiza. Cremosa. De chocolate. Qué recalificaciones del suelo más convenientes. Todo muy goloso. De nuevo, la esperanza en el horizonte para los emprendedores como yo, pero sobre todo para los skyliners de la costa, como Rica y compañía.

Aprovechando que el siglo ya abrazaba su crepúsculo, y siendo como era un hombre informado de las necesidades de su tiempo, lancé al mercado un software para proteger a las empresas del efecto Y2K. Reconozco que fue una buena idea. Porque no era robar, sino perpetrar un fraude desde un nicho de negocio floreciente. Engañar en vez de sustraer, ésa era la auténtica clave. Y no es que supiese mucho de programación. Lo que yo sabía, en verdad, era que los demás no tenían ni papa. Así que se me ocurrió hacer un copy and paste en el Word de una novela de Frenando Achánchez Dragón que después puse en Webdings. El resto, puro marketing: «Esto, ejecutao, te protege hasta el tres mil. Si usas otro o ninguno, la empresa explotará», le decía yo a la peña. Y la peña flipaba. Compraban licencias como locos. Me las quitan de las manos, oiga, canturreaba por la calle. Hice con ello un buen dinerín. Hasta que se pinchó la burbuja tecnológica. Pluf.

Había que reinventarse. ¡Cuántas empresas tienen que hacerlo! La llegada de Internet trajo consigo el correo electrónico. Qué invento. Con él, renací. Hay que ver la cantidad de incautos que creyeron ser herederos del equivalente moldavo del príncipe Queflipe, e ingresaron en mi cuenta caimana el primer emolumento en euros. Los contactaba en estos términos: «Su graciosa majestad, Don Paco Pépez de Borbónez: tras el reciente fallecimiento por reventón del príncipe Silvester Estallón, y dándose la triste circunstancia de que no ha dejado herederos, se le comunica que es usted el primero en la línea de sucesión de la Corona Moldava. Le esperamos el jueves, entre doce y una, por aquí, en el aeropuerto de la capital de Moldavia. Quedamos a mano izquierda, verá usted muchos aviones. Nos distinguirá por nuestras ropas nobles. No por otra cosa pues somos muy de fenotipo “moldavo medio”. Por temor a posibles atentados, no le vamos a decir cuál es la capital, mírelo usted mismo en Yahoo! –Google Maps no existía–, o en algún atlas, no vaya a ser que intercepten el correo y le sigan. Y le maten, claro, lo que sería realmente inconveniente para todos. La Corona no soportaría su pérdida. En cuanto esté usted aquí, organizaremos todo lo referente a su seguridad. Ah, importantísimo, el importe del billete de avión se le abonará también a su llegada, no le quepa la menor duda, amigo majestad, pero ingrese entre tanto milquini en el número de cuenta adjunto, a fin de ahorrarle la molesta gestión de la compra». Pura mimesis aristotélica. Me lo curraba, para algo tengo alma lírica, que aunque no leo, escribo un montón. Hubo unos cuantos de Borbónez que accedieron, pero enseguida empezó a dejarse sentir la desconfianza de la gente en los mercados, el desánimo, la caída progresiva e imparable del consumo. Y cuando la miseria se aproxima, se afina la suspicacia. Pronto dejaron de creerme. Una pena, porque me sentía creativo con aquel proyecto.

El euro había hecho poca ilusión y mucho daño. Un café pasó a costar lo que antes nos costaban dos. Por tanto, habría que trabajar el doble para ganar lo mismo. Mala cosa. Ya entonces sabía que nos empezábamos a ir a la porra, pero me dejé arrastrar por la inercia de la empanadilla; por la esperanza de que no permitirían un retroceso en el estado del bienestar. ¿Quiénes? El gobierno, por supuesto. Confiaba en él. En ellos. Encontrarían algo que privatizar, algún parque de atracciones chorra que levantar o, ya nos dejaría dinero algún banco de algún país. Si total, España iba bien. O había ido. Y me arrellané en la confortable certeza de que si empeorábamos, como en los noventa, ya llegaría la providencia dispuesta a graznar y arreglarlo todo. Como graznan los cuervos, los grajos y los gansos. Absorto en todo ello estaba cuando sonó el móvil.

– Dígame –dije lógicamente.

Una voz bella y grave, rutilante y firme, capaz de infundir tranquilidad al cimbreo gelatinoso de un fideo chino, me dijo:

– Señor Antón Pirulero, ¿es usted?

– De los Pirulero de toda la vida, a mandar. ¿Quién le requiere?

– Mi nombre es Ñakañaki Unpoquitín. Represento a la oenejéaserejé «¿Nóosjode?», y soy el hijo de Dios.

– ¡Coño! –exclamé yo en mi pobreza de espíritu–. ¿En serio?

– Del todo.

Era firme. Era seductor.

– Pues qué quiere que le diga, oiga. Qué honor. Y qué se le ofrece, hijo de Zeus, deidad entre deidades.

– Bien tú hablas, Antón Pirulero, hijo de Ulises, héroe de Troya, por Polifemo temido y respetado por Aquiles, el bañado en Estigia, sobrino de tus tíos y llegado al fin de la Odisea hasta las tierras de Ítaca.

Me quedé flipando porque yo era hijo de doña Inmaculada, de quien nadie en su delantal jamás apreciara churrete o borrón de salsa de tomate.

– Caballero, –contesté– mi entendimiento no alcanza a comprender las palabras que escapan del vallar de su boca, mas creo no ser yo ése que dice. A ver, centrémonos un poquitín.

– Claro. Verá, señor Pirulero…

– Antón, por favor, llámeme Antón.

– Eres campechano, Antón, me gusta. Pero te informo que no me pilla de nuevas. Sé mucho sobre ti. ¿Sorprendido? – con la mente dije que sí y él pareció escucharlo a través del auricular– Es natural, hombre. Mira, no me andaré con misterios, te llamo porque he recibido un sms cuyo contenido te atañe.

Me dejó parado. Por fortuna soy un tipo sincero y lo reconocí.

– Me deja usted parado, sinceramente, lo reconozco.

– Normal –dijo, ampliamente–. Y por cierto, de tú, Antón, llámame de tú, que hay confianza. Y si no la hay, la va a haber. Pues sí, ya ves, estamos muy tecnificados para los asuntos importantes.

– ¿Estamos? ¿Quiénes?

– La paciencia es la madre de la ciencia, Antón, seguro que lo has leído en algún sitio. Según parece, acabas de sacar un billete de quinientos con tu Visa Loro, ¿cierto?  –esta vez traté de dejar la mente en blanco, pero aquel hombre era capaz de oír incluso aquello que yo había dejado de pensar–. No te dé vergüenza, Antón, ábrete a nóosotros, todos hemos sido pobres alguna vez. Te diré algo, tu billete es el último de quinientos libre, limpio e inocente de España. ¡Ea! ¿Cómo se te ha quedado el cuerpo?

– ¡Caramba carambola carambita olé!, –grité sin ambages a la par que hacía palmas– no salgo de mi asombro, Ñakañaki.

–Me hago cargo, estas cosas impresionan. Sobre todo a los pobres. Es ver veinte euros y arrancar por bulerías. Cómo es esta chusmilla proletaria, madre mía. Pero tranquilo, lo tuyo está a punto de cambiar. Canta, canta, Antón, desahógate. –Y yo cantaba. Bulerías, por cierto. Unas muy bonitas–. Te he llamado porque tengo algo grande que explicarte. Verás, no es una casualidad que lo hayas sacado tú.

– ¿Mande? –me interesé con audacia.

– El billete, me refiero al billete. Lo hemos puesto en el cajero para ti –hubiese dicho algo, en plan «jolín» o «jobar», pero por algún extraño hechizo no podía dejar de tararear los éxitos de Bordón Cuatro–. Ole, ole, ahí, ahí –animóme Unpoquitín–. Somos un grupo de empresarios más o menos honestos y más que menos destacados. Ricos todos, eso sí. Algo exagerado. Y estamos muy orgullosos de ello, claro. Porque para nosotros, el poder no sólo es poder. Es un fetiche. Nuestra comunidad trata de preservar esos valores que trascienden en mucho lo meramente económico. No nos mueve la ambición, como al lumpen.

– Qué bonito es todo esto, Ñakañaki. Cuánta pureza hay en vosotros.

– Pues sí. Te voy a confesar una intimidad: nos gusta designarnos como la Comunidad del Dinerillo. Siempre en petit comité. Qué graciosa inocencia. En el fondo somos como niños.

– Entrañable –afirmé abortando un estribillo de Isabel Pantera.

– Claro que esto es alto secreto, no lo cuentes o tendremos que matarte. Bueno, a lo que íbamos: ¿qué pintas tú en todo esto?, te preguntarás –lo hacía–. Llevamos quince años observándote. Estudiando cada movimiento. Cada estrategia. Tratando de predecir el siguiente paso. Siempre a una distancia prudencial, sin injerencias. Como en los reportajes sobre hienas de la Dos, ¿sabes? –claro que sabía, toda España ve la Dos–. Necesitamos sangre nueva, Antón, y debe ser la tuya. Porque tienes lo que hay que tener para ser de los nuestros. Algo que está a medio camino entre la escasa dotación intelectiva y la inhibición sistemática de los escrúpulos. Yo le llamo el duende. –¿escasa qué? A ver qué me has llamado, mamón, pensé y él no lo escuchó. Sí, Antón, tienes duende, amigo. Sé que  la suerte te ha sido esquiva hasta hoy. No imaginas los sacrificios que he tenido que hacer yo. Glups –dijo tragando saliva y recuerdos–. Pero tu desgracia ya es historia. La cúpula quiere formarte y hacer de ti un fetichista sanguinario.

– Ah, está bien esto.

– Te voy a tener que dejar, pero antes, escúchame, no lo repetiré: en menos de veinticuatro horas, debes realizar una donación de doscientos mil euros a la oeneejéaserejé que represento, «¿Nóosjode?». Es tu pase al Olimpo.

– ¡Doscientos mil euros! Yo no tengo tanto dinero –dije cantando y girando sobre mí mismo al compás del tema de María Montaña, Qué majo es el olivo.

– Lo sabemos, Pirulero. Utiliza el duende.

Ñakañaki colgó antes de que pudiera preguntarle si los Reyes son los padres. Creo que habría dicho que sí, que son los padres políticos. Qué cándido. Tanto incluso como para creer que yo iba a picar un anzuelo tan estúpido, robar doscientos mil euros para meterlos en «¿Nóosjode?». Estaba todo muy claro. Necesitaban un cabeza de turco; algún panoli con más narices que cerebro a quien colgar todas sus estafas. Ese panoli era yo. Ñakañaki no lo sabía aún, pero había cometido un fatal error de cálculo. No ha nacido hombre que le haga pirulas a Antón Pirulero.

Decidí seguirles el juego. A falta de nada mejor en qué ocuparme, probaría suerte. Entré en la Copistería Lucas y pedí seiscientas fotocopias de mi billete de quinientos. A doble cara. Perfectamente colocadas. Trecientos mil euros. No tardó ni veinte minutos. A tres billetes por página, viento en popa a toda vela, aquella fortuna con olor a tóner apenas ocupaba doscientos folios. Le pedí al encargado unas tijeritas y me entretuve recortándolos. Le pagué con los quinientos que había sacado de la Visa Loro y hasta luego, Lucas.

Observé el dinero. Era negro. Podía haberlas pedido a color. Pero eso no me arredró, sabía cómo blanquearlo o lilearlo o lo que sea que hiciese falta para colocar aquella pasta en el torrente del curso legal. En los telediarios no se decía, pero todos sabíamos qué país estaba comprando a España. Así que, chinochano, me fui a los chinos a por unas maletas y deuda española. Y le dije al chino de allí:

– ¿A cómo sale el bono?

Al cinco. Glacia. Bono bueno hoy. ¿Vale? Mañana lecalifica deuda pañola. Hoy paña paga meno. ¿Vale? Mañana tú vende tú hace dinelo. Paña paga má el bono. Glacia.

Me quedé mudis. En la vida, todo es tan dar and purs, pensé. Será porque yo no leo. En fin. La fortuna fotocopiada que obraba en mi poder me acababa de proporcionar información privilegiada de manera inopinada. Con las fotocopias, compré cuanta deuda me alcanzó y me retiré a descansar a un parque. Había olvidado llenar mi vieja petaca de güisqui, así que pasé la noche embriagado sólo por mis propias emociones y la contemplación de las estrellas.

La petaca de güisqui sin güisqui era todo lo que me quedaba en este mundo. La petaca, las maletas, algunos versos infaustos y los papelitos que me hacían acreedor de un ínfimo porcentaje de la deuda del país. Un pastón si se rebajaba su calificación, tal y como me había dicho mi confidente, Pah Lan Chin. Pensando en él me dormí, en las últimas palabras que había pronunciado cuando ya salía por la puerta y él rectificaba a boli la numeración idéntica de los billetes falsos: «mmm, dinelo neglo, tú tibulón, amigo».

Al día siguiente, el país se fue a la mierda. Mi cuenta corriente, en cambio, se había constelado de brotes verdes, azules, lilas.  Era asquerosamente rico. Unos cuantos miles de millones más rico. Me pasé a ver a Lucas. Ei Lucas, qué tal. Y fotocopié otros tantos miles de millones; no podría concretar. La mente humana no está preparada para ponderar grandes cifras: la edad del universo, las distancias interestelares, las fortunas obscenas del capitalismo neoliberal… Lo guardé todo en las maletas y llamé de nuevo a mi confidente chino. «Compla esto, vende aquello, quielo porcentaje, ah vale, glacia», decía el tío máquina. Aquella misma mañana puse en marcha diversas empresas y negocios a golpe de teléfono y talonario. Un par de aeropuertos en la cara sur del Mulhacén, muy convenientes para los oriundos de allí. El levantamiento de un puente de feldespato y zanahoria sobre la Sagrada Familia para que los niños pudieran jugar a fútbol encima y encima merendar. Llevar el mar a Puertollano. Lo típico.

El plazo dado por Unpoquitín y su cuadrilla estaba a punto de expirar. Qué poco esperaban que les hubiese salido tan listillo. Tan picaruelo. Como ellos. Me sentía bien; orgulloso de mí; y seguro de que el orgullo invadiría también las resacas celestiales de mi tornasolada madre. Tal era el bienestar, que me convertí en poesía misma y, espontáneamente, compuse estos versos de belleza sin par:

Al pasar la banca,

le dije al banquero,

soy un pobre hombre

y no tengo dinero.

 

Al volver la banca,

le volví a decir,

que mis moneditas

no son para ti.

 

Yo no soy un rico,

ni lo quiero ser,

y tan sólo espero

que con comisiones

me dejéis de joder.

 

Y si, aun así, siguen,

no las pagaré,

y que le den y mucho

al pirata Lucifer.

Así como estaba, imbuido de lirismo, atendí al señor de correos que se me había aproximado con unos paquetes. Los abrí. Dos trajes. De Zara. Una tarjeta. De Campos y de Playa. Rezaba: «Confiando en un futuro lleno de colaboraciones, le ruego acepte estos presentes que a nosotros no nos vienen». Qué generosidad. Pero, para mi sorpresa, los actos obsequiosos con mi persona acababan de empezar.

Me llegó un sms. De Rica Barrabás. Esta gente era así, muy de sms. Encabezaba con un saludo cariñoso y protocolario, «Apreciado amigo Antón Pirulero». Después me informaba de que había a mi nombre varias propiedades en la Comunidad de Venecia, porque a los hombres así, como yo –léase: y mi dinero–,  había que hacerlos sentir en Venecia como en casa. Vaya, pensé. Ya era uno de ellos. Inmediatamente recibí otro. De Sandro Cabra. Con él, su bienvenida y la noticia de que me convertía en socio de una promotora. Él y yo. Codo a codo. Pastón con pastón. Al parecer, íbamos a construir una lanzadera espacial en la Costa del Azafrahán, en la provincia de Caslimón de Naranja. Si todo salía bien, enviaríamos cohetes a Neptuno llenos de turistas. Cabra me contaba que estaba entusiasmado; «y si las naves no volan, pos ya quedan pa los nietos». Eso decía. Vaya, recuerdo que pensé. En el bolsillo guardaba el teléfono cuando el mismo empleado de correos acercóseme una vez más portando un sobre certificado. Era de Soberbio Crispo, el de la Camperra. Me hacía llegar otro afectuoso y encorsetado saludo y, con él, unos papelitos que leí y firmé al instante. Vaya, diría que exclamé. Y nada más estampar el autógrafo, mi cuenta bancaria acogió el primer pago de su regalito: una pensión vitalicia de siete millones de euros anuales y otros ochocientos mil en concepto de dietas. Me iba a poner tibio. Pero de entre todas aquellas generosidades, con la que casi me atraganto de veras fue con la exhibida por Aurelio Motín: mms mediante, pues era un tipo potentado, me hizo llegar una participación del 25% en el Lucifer. No tardé ni un segundo en recibir otro ingresito en cuenta, un avance de los beneficios del año en curso: mil trescientos milloncetes. A la saca. «Vaya, vaya, vaya», pensé por una y dos y tres veces más.

Pero, a pesar de mi fortuna, jamás iba a renunciar a lo que por encima de todo me constituía: mis principios de trabajador. Mangante, pero esforzado. Dicen que todo el mundo tiene un precio. Yo no. Yo soy sólo valor. Antón Pirulero no ha estado jamás en venta. No podía dejar de pensar que la auténtica función de la literatura es poner de manifiesto la injusticia. Alzar la voz ante la voz que acalla. Acortar las distancias entre clases. La literatura: un arma social. Esa misma concepción tenía Sartre. No sé por qué lo sé, porque yo no leo y un aserto semejante es raro de oír; pero lo sé, ése el caso. Y en esto estaba cuando llamó Pah Lan Chin, mi consejero. Compra. Construye. Destruye. Roba. Dispendia. Vilipendia. De acuerdo. Sí. Bien. Ahá. Okey. Le dije. Y colgué. Y todavía borracho de versos, entré en poética erupción. Era mi mente un volcán en cuya lava, rebelión y fuego se fundían. De mi aliento, irrespirable y pirolítico, manó esta maravilla:

Se alzó el proletariado

cuando el bono fue a la baja.

Y con el bono, el abono,

la faja y la caja

En aquel horizonte que la explosión de mi poética había teñido de añil, pude distinguir la figurilla del funcionario de correos cuyas nuevas me estaban cambiando la vida. Sonreí. Él, solemne, me entregó una carta certificada. Una vida tan honrada tenía que ser insoportable. Me fijé en su rostro. Rutinario. Gris. Firmé. Le di mil eurillos. Dos lilas o malvas o el que sea que tienen como color los billetes de marras. Se hizo luz. La cara lila o malva y roja. Me estrechó la mano. Nadie nunca había tenido gesto semejante con él. En el colegio lo inflaban a collejas por mendrugo. Así le llamaban; «¡fíjese, mendrugo me llamaban!», me contaba con audacia. Pero sucedió que, en algún momento, había dejado de escucharle. Sólo podía mirar aquella carta. ¿De qué se trataba? ¿Derechos de explotación de alguna mina de coltán? ¿Un cachito de Facebook cotizando en bolsa? ¡Cuánta intensidad! No cabía en mí de gozo. Abrí. Leí. Y cuando comprendí, maldije las muelas de unos cuantos. Y aquél –el gozo que queda cuatro frases atrás– cayó en un pozo. Profundo. Más negro que el dinero que de mis orejas brotaba. Era una denuncia por malversación que iba además acompañada por una citación de la Audiencia Irracional.

¿Malversación? Me negaba a aceptar tal cargo. Mis versos no rimaban, de acuerdo, pero yo, como poeta, era puro fulgor. En mis coplas podía apreciarse una  caleidoscópica visión del cosmos así como una sensibilidad exacerbada. Modestia aparte, era yo un rapsoda fuera de lo común. El mejor poeta en potencia desde Baudelarie. Ponle el segundo, lo más estirar. Por eso, yo no malversaba. Versaba estupendamente. No había duda, en este país nunca se ha soportado que talento y éxito vayan de la mano. Alguien me estaba haciendo la cama y creía saber quién. En la eñe de ñoquis encontré su número. Marqué y esperé que descolgara.

– Ñakañaki Unpoquitín, soy Antón Pirulero.

– ¡Ei, Antón! hijo de Ulises y todo. Zeus, el de larga mirada, está que flipa contigo. Con la boca abierta dejadonóos has. Ya formas parte de la Comunidad del Dinerillo. El patriarca Don Aurelio tiene muchas ganas de abrazarte. Eres como un hijo para él –dijo con aladas palabas.

Sabía ser dulce como una garrapiñada y zalamero como el hombre que sabe ser dulce cual garrapiñada. Pero tanto azúcar no era más que una cortina de humo. Azucarado.

– Te voy a hablar clarito, Ñakañaki –respondí–. ¿Qué sabes de la denuncia por malversación que me ha interpuesto Vafaltar Razón?

De repente, su voz rota. Un crujido de dolor la atravesaba cada tres palabras. Por ejemplo,  de haber dicho: «Caminante no hay camino…», un observador en reposo habría escuchado: «Catacrackminante no hay catacrackmino…». Ñakañaki se preocupó como sólo mi epistemológica (¡pffrr!) madre, blanca y pura de tomate,  lo había hecho a lo largo de mi existencia:

– ¿Razón? ¡Oh, no!  –lamentóse profundamente–. Lo lamento profundamente, Antón, jamás pensamos que llegaría a molestarte. ¿Cómo estás? Bueno, vamos a lo que interesa, desde que tengo memoria, Razón me persigue. Nos persigue a todos  respirando su aliento en nuestras nucas.

 – Un asco, sí.

– Ya sabes lo que dicen, todos tenemos un precio. Habrá que sacar al honorable juez del tablero de juego. El dinero es poder, Antón. Podemos callar a Razón. Extirpemos las injusticias que la Justicia comete.

Cuanta equidad supuraban aquellas palabras. Aun así, ya tanto me daba si me querían o no, si me acogían en su seno o tampoco. Tenía dinero y quería más. Qué fetiche ni qué ñiñiñí ñiñiñí. Dinero. Sólo dinero.

– ¿Sigues ahí, Antón?

Naturalmente que seguía ahí. Era uno de ellos y sabría aprovecharlo. Estaba decidido. Los iba a matar a todos.

– Ñaka, debemos reunirnos y decidir cómo sacar de en medio a Razón.

– Esa es la actitud que nos gusta de ti, Pirulero. Siempre dispuesto a entrar en acción.

No sabía bien cuánto. Habíamos quedado en la sede central del Lucifer. Fui en AVE y llegué volando a la capital. Aparecí a primera hora de la tarde con las maletas llenas de dinero fotocopiado. Ñakañaki ya estaba allí. Era igual que en las revistas. Tal que un titán. Sostenía una Fanta, hablaba por teléfono y tenía el semblante cruzado por una honda preocupación. Se explicaba: «A ver, llamo hoy para demostrar mi inocencia. Durante este ratito, he tomado decisiones de manera correcta y con total transparencia… No sé. No estoy al corriente. Que no lo sé. De eso yo no se nada. Sí. No. Eso, mi socio. A mi chati ni tocarla. Sólo sé que nada sé». Me preocupaba que Razón hubiese estrechado el círculo. Antes de deshacerme de ellos, los utilizaría para borrarlo del mapa. Además de rico, quería ser poeta, era necesario despejar cualquier bruma de malversación sobre mis composiciones. «¿Va todo bien, Ñaka?», le pregunté en voz bajita. «Sí, sí, tranquilo Antón –respondió tapando el auricular del móvil con su mano de oro anillada–, son los de la máquina de Fantas. He metido dos euros y no me ha devuelto los veinte céntimos del cambio. Cuando vas de bueno intentan engañarte. Y encima, dicen que es culpa mía. Anda, pasa, pasa, que tomaremos té con pastas. Yo voy enseguida».

Pasé. El despacho era tan grande como el universo conocido. El umbral de la puerta, un horizonte de sucesos. En el centro del despacho, el agujero negro más gordo de la galaxia económica: Don Aurelio Motín. Era igual que en las noticias. Se aproximó con la mano tendida.

– Hijo, eres como un hijo para mí. Anda, pasa, pasa, que tomaremos té con pastas.

– ¿Soy el primero?

– No, Pirulero. Hace un momento ha llegado Fénix Deumilmilet. Pasa, pasa, que os presentaré. Y tomaremos té con pastas.

Deumilmilet estaba afinando una bandarra, que es un híbrido entre bandurria y guitarra. Se decía de él que tenía muy buen oído.

– El viaje ha ido muy bien, Antón, muchas gracias. A usted también espero –me dijo, así, de sopetón. Y, claro, flipé.

– Encantado, señor Deumilmilet. Soy Antón Pirulero y pretendía llegar aquí el primero. Ojalá el viaje haya sido de su agrado –dije después de que él ya me hubiese respondido.

– Sí. Es que tengo un problema de sonido. Lo llaman así: «un problema de sonido», tiene gracia, ¿no es cierto? Y es que el sonido se me adelanta. Nada, no hay cuidado –dijo en respuesta a algo que yo empezaba a exclamar.

– ¡Coño! –exclamé en referencia a su presentación previa– Pero ¿cómo ha podido saber qué le iba a decir? Disculpe el taco, son los nervios.

Había pillado la copla. Decidí no volver a hablarle. Entonces, de repente, se escuchó un tumulto. Agitación. Aplausos. Vivas y vítores. Algún petardo. Llegaba una estrella. Las puertas se abrieron. Envuelto en luz y Armani, se hizo corpóreo Campos. Playa le seguía sonriente. Me llamó la atención la perfección de su peinado. A Fajardo, aquel hombre noble, no le importaba cuánta gomina o brillantina u horas de secador hiciesen falta para erigir aquel tocado hecho de éter. Realmente era gente de dinero.

 – ¿Has visto a esos dos de la camiseta del Levante, Playa? –preguntó Campos.

– Sí, Campos. He percibido que no aplaudían con suficiente entusiasmo–respondió Playa.

– Eso mismo me ha parecido a mí, Playa. Asegúrate de que  no vuelvan a trabajar en toda Venecia. Ni de gondoleros. ¡A mí se me apoya, no hay más! –Sin perturbar aquella elegancia innata que había comprado el dinero, dijo:–. Caballeros, buenas tardes. Siento el retraso.

Un poquitín entro al momento. Tras él, de cerca, Soberbio Crispo, Sandro Cabra y Rica Barrabás, cuchicheaban. A un gesto de Motín, nos sentamos a la elíptica órbita de la mesa de reuniones.

– Señores –introdujo Motín, autoritario–, hay asuntos muy graves que requieren nuestra atención, pero antes, quisiera dar la bienvenida a Antón Pirulero, nuevo miembro de nuestra pequeña e inmodesta Comunidad.

«Te queremos Antón, básicamente por el pastón», entonaron al unísono. Acogí la bienvenida con una sonrisa bajo la que ocultaba mis verdaderas intenciones.

– Bien, dicho lo cual, revisemos el único punto del orden del día: el Juez Vafaltar Razón. Sois ya unos cuantos los que estáis hasta los mismísimos de tanta impertinencia. Su última lindeza ha sido imputar al pobre Pirulero por malversación. Este hombre no tiene ningún recato. Así que, a callarle la boca tocan. Venga, ¡brainstorming!.

– Yo le concedería una pensión –propuso Soberbio Crispo.

 – Bien pensado, Sober. Vaya, me acaba de tocar la lotería. Van nueve veces hoy. Seguimos blanqueando –informó Sandro Cabra.

– Si me permiten, don Aurelio, audiencia –intervino Campos–, me he encargado de todo. Ha sido ridículamente sencillo. Mucha gentecilla me debe favores en Venecia. Promesas, regalos, extorsiones… Preferiría no entrar en detalles, digamos que sé aprovechar mis encantos. En este momento se está celebrando un juicio. Se le acusa de juez. No sale de ésta –y sonó un Nokia Tune –. Mira, un sms –y lo miró–. Es de la Audiencia Irracional. Lo han declarado culpable. Inhabilitado. Listo. Un problema menos. Qué, ¿tomamos té con pastas?

Aquello era eficiencia. Campos era un superhéroe. Hasta me supo mal tener que matarlo. Trataría de parecerme en el futuro, un referente sólido hace mucho bien. Todos le aplaudíamos rabiosamente. Empezamos a llorar. Luego, nos fundimos en empalagosos abrazos. ¡Bravo!, se decía. ¡Viva!, se comentaba.

Era el momento. En mitad del ensueño de aquella explosión catártica, me acerqué a las maletas chinas con disimulo. Las abrí con gracia. Extraje los fajos de billetitos con salero. Y, dando paseítos circulares por el despacho, los fui esparciendo como si se tratase de alpiste. Titas, titas, dije después.

Ante la estampa de los billetes, la caterva de pajarracos comenzó a inflar el pecho, a encrespar el plumaje, a levantar una pata.  A hacer pío. Miradas de soslayo, sonrisas de codicia; No me gustaba ese ambiente. Salí del corro que habían formado, por lo que pudiera ser. Arremolinados alrededor del dinero falso, comenzaron a mujir, a croar y graznar. Llenaron el suelo de babas  y se tumbaron encima. Haciendo comando alcanzaron el montón de pasta. Cada uno de ellos comenzó a chupar su respectivo flanco. El proceso fue un asquito: salivas deshaciendo papel; la masticación triturándolo;  la deglución posterior de un bolo poco alimenticio, pues no sé, asquerosa también. Conforme el dinero se terminaba, se acercaban unos a otros. Hubo empujones. Mordiscos. Puñetazos. Navajas con hambre de riñón.

Terminado el festín, empezaron a alucinar, a perder la cabeza. Sangraban. Playa se despeinó un poco. Unpoquitín preguntaba «¿Nóosgusta? ¿Todo esto es Real?»; Fénix Deumilmilet agitaba las piernas mientras hacía solos de air guitar; Soberbio Crispo gritaba «¡La pensión! ¡No me bajen la pensión!»; Cabra, añorado de Duchamp, propuso: «Deconstruyamos algo, va». Y más apartados, disueltos en un abrazo latino, íntimo, Chicho y Rica entonaron un temita de jazz.

Luego, la digestión. Pesada. El desangramiento. Eterno. El roncar y el eructar y el bostezar. Y al fin, alcanzar la paz eterna. Habían fallecido por comer fotocopias de dinero. Qué cutre todo.

Saludé a las cámaras de seguridad y comencé a hacer llamadas. Y unté a todo quisqui mientras daba cuenta del té con pastas: guardias de seguridad, Gobierno, Justicia, los medios y hasta a los del Olimpo. Motín se había empeñado en ser un padre para mí, por lo que recibí una herencia infinita. ¡Era tan rico!

No fue un crimen limpio. Ni perfecto. Pero era hipermillonario y era libre. Salí a la calle. «¡Pirulero presidente!», berreaba mi prole. Era un superhéroe. Aprendí a sonreír, a vestir Armanis, compré Quetefónica y me puse a graznar de consejero. Como colofón, compuse el mejor de todos los poemas:

 Liba, corticóidea madre.

Liba tomate frito como no libaste en vida. 

 

Te recuerdo mamando a todas horas,

Con tu níveo delantal.

Cerveza, qüisqui  o calimocho

Que sólo el vodka

te sentaba mal.

 

Y no entendí tu halo bendito,

Que entre tantas cosas bellas

Decidió

comprar otro abrebotellas,

y ahorrar tomate frito.

 

Espero, oh madre estupenda,

que a tu ser todo celeste

mi idiotez no le moleste

y perdones a este menda.

La vieja petaca de güisqui sin güisqui es cuanto me queda en este mundo. Bueno, la petaca, una cantidad indecente de billetes de colores, algunas empresas fraudulentas y una multinacional de salsa de tomate que he dado en sacrificio a mi ignota madre. Es inmejorable. No por el dinero o la petaca vacía; no por mis rentas y negocios ni por los avances de mi psicoanalista en el trauma edíptico que vengo arrastrando. No. Es algo mucho más esencial. He concluido el poemario. Disipado toda duda de malversación. Hoy hago versos como churros y, al fin, lo he logrado: ¡que rimen perfecto!

NOTA DEL AUTOR:

Cualquier semejanza con la realidad es pura coincidencia. Vamos, hombre.


Ilustración de Fernando Halcón

Memoria

Autor: Miguel Ángel Rodrigo

Ilustrador: Laura López

Corrector: Elsa Martínez

Género: Relato

Este cuento es propiedad de Miguel Ángel Rodrigo, y su ilustración es propiedad de Laura López. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Memoria

Un plato del color del caramelo. La sopa caliente. Aroma con disfraz de caldo de verduras. Y soñando hacia el techo la utopía, un humo débil. Hilera sinuosa, hechizante. Diluida su danza en el ascenso. Porque ser humo es ser nada. Escapan del caramelo la hilera que sueña y el aroma que se disfraza. Es la sopa caliente una sopa blanca; del color del hielo. Es suave. Es sosa. Flotan pistones y estrellitas que tú y la cuchara andáis mareando. La habitación y la estufa de butano y tú. Yo también. Al menos hoy, yo también. La estufa y su calor y tú y yo y nuestros alientos. El cristal de la ventana perlado de nuestra condensación. Fuera no nieva. Ni llueve. No es gris este día. Ni es blanco ni es negro. Tampoco es del color del caramelo. Ni de ninguno. Sólo es un día. Hoy es cualquier día.

«No sé si te lo he contado alguna vez», me cuentas, «hasta los quince años estuve convencido de poder recordar mi vida entera. Cada detalle de cada día. Cada minuto. Entonces recordar era sencillo», dices. Y miras la sopa.

«Fue Sonia quien me hizo caer en la cuenta. Hablábamos de los veranos. De que ir al pueblo ya no se llevaba. De que ninguno de los dos había ido nunca de vacaciones a un pueblo. Es curioso, ¿verdad?, sobre todo teniendo en cuenta que nuestros padres sí. Imagínate lo hartos que debieron terminar de fiestas, de pandillas y de orquestas, que no regresaron ni para borrar las huellas. Por eso nunca fuimos. En cambio, y a cambio, cada año nos perdíamos en algún lugar desconocido.  Íbamos acumulando rincones del mundo en la mochila. Viajé mucho de crío. También Sonia. Debo reconocer que hubiese preferido otro tipo de vacaciones. Y es que éramos demasiado niños, y los niños están poco hechos a las esencias que aguardan al viajero. De niño, uno no comprende el valor de la distancia porque no ha aprendido todavía a añadir el peso específico que cobra un lugar cuando está lejos. Sí, pienso que fue un despilfarro cognitivo. Un prematuro exceso empírico. En realidad, nos daba igual la Plaza Roja que Port Aventura, el Gran Bazar que La Illa Diagonal. Tampoco la solera histórica de los enclaves nos importaba un pimiento; tardé años en comprender el embrujo que había ejercido sobre mis padres aquella pirámide de cinco mil años que más tarde supe o atendí o quise atender era la tumba de un faraón egipcio llamado Keops –terminas casi sin aliento y tomas aire y me da la sensación de que te vas a lamentar por algo–: Ay, el pueblo. –Te lamentas. Y suspiras–. Hubiera querido tener uno al que ir. Del pueblo (de los pueblos –matizas–) sólo sabíamos lo que explicaban cada septiembre aquéllos que conservaban allí la casa y aquí la costumbre. Sonia y yo escuchábamos con avidez sus castizas aventuras y admirábamos aquellos bronceados tan estupendos. Sanos. Casuales. Categóricos y genuinos. Correlativos al lugar y a la época, como los tonos amarillos son al otoño de montaña. Y así, cada septiembre, tras nuestros viajes respectivos, volvíamos a envidiar el cómo, sencillo y fascinante de los veranos de pueblo. De piscina con toboganes y ríos limpios; de bicicletas para todos y patines sin rodilleras; de amistades profundas y  protoamores previos a los amores primeros. Los padres de Sonia no eran mis padres, te lo aclaro –me aclaras– por si me he estado explicando mal –y asiento mientras pienso que en realidad no te has explicado mal, tampoco esta vez, pienso. Y retomas:– Pues eso, que rara vez coincidimos en el destino de nuestros viajes. Recuerdo el verano que nosotros pasamos en Noruega. Los padres de Sonia la habían llevado a Japón. Qué envidia llegué a sentir. Japón me fascinaba. Estaba deseando regresar del frío nórdico para encontrarme con ella y vivir su viaje a través de cada detalle que pudiera hacerle evocar. Y grabármelo a fuego. Claro que por aquel entonces mi idea de Japón y la mística que había construido a su alrededor eran consecuencia directa de aquella costumbre invariable que llegó a ser ver el Goku. Cada tarde después del colegio. –Te detienes y me miras con los ojos muy abiertos–. Vale, ya lo pillo, no hace falta que pongas esa cara –dices mientras tomo conciencia de ella, de mi cara, de su expresión. La examino y compruebo que es normal. Y pienso que me preparas algo. Una broma, tal vez–. A ti eso del Goku te suena a chino. Pero es japonés –te ríes y toses y te ahogas y me río yo también sin ahogarme ni toser–. Yo te explico, escucha con atención: “Hace mucho, mucho tiempo –tu voz es solmene–, en una época misteriosa de la cual nadie no ha visto ni oído hablar, en una montaña a kilómetros y kilómetros de la ciudad, vivía un niño completamente solo con la madre naturaleza como única compañíaˮ. Me acuerdo bien de cómo empezaba–dices. Pareces estar de buen humor ahora. Los recuerdos son caprichosos, pienso. La memoria una malcriada, maldigo. Y me explicas que el niño se llamaba Goku y que su pelo parecía la copa de una palmera. Me hablas de grandes maestros en artes marciales y de unas bolas mágicas que concentran el poder de conceder cualquier deseo». Querría encontrarlas. Pedirles que vuelvas.

La cuchara llena. Trémula. La acercas a tus labios. Temblones. Bajas la mirada y la fijas en ella. Un océano completa su concavidad. Inoxidable el fondo. Aséptico. Estéril. Un golpe de pulso rompe la tensión de la tensión superficial. Gotas de caldo se arrojan al vacío lleno de sopa que hay en el plato.  Cae un pistón y vuela una estrella y entonces estalla todo en un géiser de color blanco que huele a verduras. Tu apetito hecho de hielo. Bajas la cuchara de nuevo y la apoyas en el vidrio barato que es del color del caramelo. Me sigues contando: Que fue Sonia quien te hizo caer en la cuenta. Que hablabais de los veranos; de que ir al pueblo ya no se llevaba, me cuentas que hablabais. Y te escucho. Y te quiero.

«Y una tarde –prosigues tras haber dado toda la vuelta–, Sonia me preguntó: “¿te acuerdas de lo bien que lo pasamos aquel verano en Lyon con André?” Recordaba que habíamos coincidido en Lyon un par de años atrás. Sonia y sus padres y los míos y yo. Pero el tal André no tenía cajón alguno asignado en el archivador de mi memoria. “¿André? –inquirí–. No”. Fue terrorífico. No lo recordaba en absoluto. Sonia me enseñó unas fotos donde se nos veía a los tres juntos bañándonos en la piscina del hotel. Qué bonito era aquel hotel, por cierto. Guardé silencio. Aquellas fotos fueron un batacazo. No lo recordaba todo de mi vida, como hasta entonces había creído. No cada detalle de cada día. No cada minuto. ¿Qué otras cosas habrían escapado ya del baúl de los recuerdos?» –te miro y no digo nada. Tengo la respuesta pero no te gustaría. Resoplas y continúas.

«Al cabo de pocos días recordé a André. Vagamente al principio y con claridad después. Se lió en Lyon con Sonia. Aquel mismo verano. El único verano en Lyon. Ella y yo teníamos trece años y él tenía ya quince. Yo era muy niño y un niño parecía. Sonia era muy niña pero lo parecía menos. André tenía quince años y una voz más grave que la mía y se afeitaba y hablaba francés. Joder. Y sucedió la última noche. Después de haber bailado y reído y poco a poco haber comprendido que tres son multitud, me fui a no dormir a mi habitación mientras ellos no dormían en el vestuario de la piscina. Éramos unos niños pero no lo éramos tanto. Sucede cuando la vida despierta y se deja de dormir o ya se duerme menos, a deshoras. Vaya –suspiras–, reprimí ese recuerdo después del viaje. Qué te parece».

«¿Qué si me gustaba Sonia? –preguntas como si te lo hubiera preguntado yo–. A los trece te gusta lo lejano y desconocido. Sin remisión. Lo idealizas volviéndolo imposible. Y cuanto más imposible lo vuelves, más te gusta. Más lo deseas. Como Japón. Como también Sonia. Luego, el paso del tiempo cambia algunas cosas. La intensidad de las percepciones se ajusta a preferencias nuevas. Por ejemplo, Japón me gustó cuando lo visité, pero hoy elegiría vivir en Noruega, tocan muchos más metros cuadrados por habitante. –Ahora tus pupilas se dilatan–. A Sonia, sin embargo, no la he olvidado».

Se esfuma el humo y llega el turrón. Blando el de Alicante y duro el de Jijona, pugnan ambos por escasear en un plato del color del hielo. El mismo color tiene la sopa que no te has tomado. Y también del hielo toma el frío ahora. Entonces, sopa y cuchara y frío se alejan en un platillo volador del color del caramelo. Y tú que lo observas querrías también escapar, pero no sabes de qué.

«En cambio, creo que Sonia me olvidó enseguida. ¡Qué coño! –protestas, carraspeas–. Pues claro que me olvidó, le faltó tiempo. La última vez que nos vimos teníamos veinte años. Un desastre absoluto. No habíamos hablado desde los diecisiete. Estaba preciosa. Yo idiota. No supe qué decirle. Ella me explicaba lo suyo y me preguntaba por lo mío. Fue muy dulce, eso sí. Pero percibí que su zalamería era fingida o estudiada. Hecha a medida para zanjar con solvencia aquel reencuentro inoportuno. Pesado. ¿Entiendes?» Te detienes. Me miras y esperas respuesta. Empatizo y te digo que claro, que lo entiendo. Asientes como si ahora ya pudieras continuar. Y, con seguridad, continúas: «Así que sólo pude sostener en el tiempo mi cara de idiota y contestar idioteces intemporales: que si sí, que si no, que si bueno, que si vale. Y no permitir que ella descubriese que yo había descubierto su prisa, su compromiso conmigo. Qué ridículo. Son curiosas las palabras, ¿no te parece?, pueden llegar a cobrar significados bien distintos. “Su compromiso conmigo”», repites con un susurro que es elegía sin métrica ni rima, pero que sí llora. Y qué será eso que llora, me pregunto. «La esperaban. Algún otro André que me pasaba por delante. ¿Sabes qué hice después?»  Te miento y te digo que no y me intereso. Tú esperas. Te significas. Y me lo cuentas: «Me monté en el coche y me ­­­fundí dos depósitos de gasolina hasta Lyon. Conduje escuchando todo el tiempo a Jamiroquai. Sí, ya lo sé, tu opinión de Jamiroquai es equivalente a la que yo tenía de Estrellita Castro a tu edad. Pero es que era tan funky», dices y te arrancas a cantar el bajo de Cosmic Girl.

Ilustración de Laura López

Ilustración de Laura López


Te observo y me pregunto si llega un momento en que sólo somos memoria. Y concluyo que sí. Que ni más ni menos. Y mirándote mirar lo duro que parece el turrón de Jijona, tengo la certeza de que, cuando la perdemos, termina lo que hemos sido aunque vivamos otras vidas en ficciones febriles. Enfermas. Por eso me hace tanto daño saber que Sonia no  existe ni ha existido y que nunca has ido más allá de los Pirineos. Que ni siquiera tenías carnet de conducir a los veinte y que has confundido desde siempre China con Japón. No sabes cuánto me duele decirte que sí mil veces mientras mil veces más te escucho con atención aparente y el alma rota. Me duelen cada día tus días cualquiera de sopa sin sal y turrón sin azúcar. Dependes de mí para existir. Para ser memoria. Porque cuando yo desaparezca y no quede nadie que sepa quién fuiste, ya no serás nada. Serás humo. Cómo decirte hoy que para mí lo has sido todo. Piensas en algo ahora. Tal vez en lo blando que parece el turrón de Alicante. Entonces te beso. Y te dejo en la mesita un paquete lleno de vacío con algo que es mi regalo. Y te digo que te quiero. Y que feliz navidad, papá.

Desde el umbral de la puerta te oigo hablar.

«No sé si te lo he contado alguna vez», cuentas a nadie, «hasta los quince años estuve convencido de poder recordar mi vida entera. Cada detalle de cada día. Cada minuto. Entonces recordar era sencillo», dices. Y miras nada.

 Miguel Ángel Rodrigo Jiménez

Noviembre de 2011

Bosquejando Ediciona. ¿Al bosque?, encantado

Autora: Miguel Ángel Rodrigo

Ilustrador: Pilar Puyana

Correctora: Elsa Martínez

Género: microrrelato

Este cuento es propiedad de Miguel Ángel Rodrigo, y su ilustración es propiedad de Pilar Puyana. Quedan reservados todos los derechos de autor.

BOSQUEJANDO EDICIONA

¿Al bosque?, encantado

¿Te vienes conmigo? ¿Adónde? Al bosque. ¿Al bosque? Sí, al bosque. Y ¿qué hay en el bosque? Pues de todo. Hombre, de todo no habrá. Que sí, mira: encinas y pinos; nogales y helechos; musgos y setas; caminos, recodos y hasta el curso del río. ¡Qué bonito suena! Es que lo es. ¿El qué? Bonito, el bosque es bonito. ¡Ah, claro! Entonces, ¿te vienes? Espera… y ¿qué más? ¿Qué más qué? Pues que qué más hay en tu bosque bonito. En mi bosque bonito hay de todo, ya te digo. ¿Por ejemplo? Pues por ejemplo: nos aguardan mandrágoras y muérdagos; casas de duendes y hechizos; las noches estrelladas salpicando al cielo dormido, bañado en luna y licor de frío. ¡Qué mágico suena! Es que lo es. ¿El qué? Mágico, el bosque es mágico. ¡Oh, por supuesto! Y bonito, también. ¡Ah, claro! Entonces, supongo que ahora ya sí, ¿te vienes conmigo? ¿Por qué? ¿Por qué qué? ¿Que por qué quieres que vaya contigo a tu bosque mágico y bonito? Verás, es que a pesar de las setas, los musgos, los nogales y los pinos; aun en las noches estrelladas, los duendes y los hechizos no bastan. ¿Para qué? Para completar su belleza y su magia. ¿Y qué es lo que le falta a tu bosque bonito y mágico para resultar un bosque mágico y bonito? Tú. ¿Yo? Sí, tú le faltas. ¿Y le falta algo más? Yo. ¿Tú? Sí, yo le falto también. Entonces faltamos los dos para completarlo del todo, para que tu bosque sea verdaderamente mágico y bonito. Eso es, tú y yo. Tú y yo y nuestros besos, querrás decir. Bueno, sí, a eso me refería también. Tú, yo, nuestros besos y amarte y que me ames sobre un lecho de sotobosque hasta que la noche estrellada se estrelle contra el nuevo día y nos salpique la luz que allí, en tu bosque tan mágico y tan bonito, se hace verde. Sí, exacto, yo no lo habría expresado mejor. Vaya, qué mágico y qué bonito es todo esto que me cuentas. Ya te lo decía yo, ¿te vienes? Pues iría, porque el cuento mola, pero es que ahora mismo no me va bien.

Ilustración de Pilar Puyana

Ilustración de Pilar Puyana

La tierra llover

Autora: Miguel Ángel Rodrigo

Ilustrador: Vicente Mateo Serra

Correctora: Elsa Martínez

Género: relato (a partir de 13 años)

Este cuento es propiedad de Miguel Ángel Rodrigo, y su ilustración es propiedad de Vicente Mateo Serra. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La tierra llover

«Fumamos para ir viviendo, Daniel», grita el señor Forés desde dentro. Daniel se relaja. Mira al cielo un instante. Está nublado. No parece que nadie se vaya a molestar hoy en planear un viaje. Se lo tomará con calma. «Sí, Forés, pero la virtud está en el término medio. Fume usted algo menos y verá que va viviendo también». Se enciende un John Player Special. Forés le ha dicho que están de oferta esta semana. Aspira su humo que debiera ser distinto, más suave. Y no le desagrada. De hecho, lo encuentra parecido. Le relaja. Abre la persiana de la agencia. No entrará todavía. «En cinco minutos», se dice. Enfrente, al otro lado de la carretera, Tessa está ocupada tras el cristal de su boutique. Una clienta se prueba un abrigo de paño. «Afortunada, Tessa. Tiene a quien despachar…», murmura. «Hace meses que no vendo ni un billete de autobús». La clienta de Tessa se queda con el abrigo. Paga con tarjeta. Después, Tessa la acompaña hasta la puerta. Daniel quiere pensar que lo hace para verlo a él, para acercársele un poquito. Para reducir en algún centímetro el abismo que los aleja. Que condena esas dos vidas a los polos del no hay nosotros. Y allí, separadas por seis metros de asfalto y una línea discontinua, sus miradas se traban. Ella sonríe para él. La clienta sonríe para Tessa. Daniel da una calada para sí. Expulsa el humo y le guiña un ojo. Eso hace. Es lo único que sabe hacer con Tessa. Tira el cigarrillo al suelo que rueda por la acera hasta caer sobre el asfalto. Enseguida la diminuta brasa se extingue. Llega el olor a filtro quemado. De repente, un camión atraviesa con estruendo la carretera del pueblo. Apenas dos kilómetros de bisectriz. «Un TIR», piensa por pensar en algo. «Irá hacia el norte», informa al vacío, «no hay donde descargar nada en dirección este», pronuncia en voz alta como si hubiese alguien escuchándole, «y menos aún, algo que este camionazo pueda cargar». Sabe que habla solo. No se ve un alma. Las gentes del pueblo existen en secreto. Incluso la clienta que ha salido hace un instante de la tienda de Tessa ha sido tragada por el desierto de su misma rutina. Tessa está dentro de nuevo. A lo suyo. También lo que ellos comparten existe en secreto: su nada. Una nada que ella no conoce pero sí conoce él. La nada entre ellos y nadie en la calle. «Esto es el culo del mundo». Suavemente, lo grita.

Un desconocido. Una esperanza y un reproche. Luego la espera. Nada más. Confía en que le llamará. Se lo ha asegurado. «¿Qué entenderá este tipo por “un grupo grande”?», se pregunta, «Cinco personas. Quizá veinte…», suspira, «Veinte, ojalá». Se concentra. Hace números. Repasa mentalmente los hoteles, las rutas, los vuelos, las tarifas. Las deudas. Sonríe. Sí. Podría salvarse. Salvar la agencia. De repente la puerta se abre y aparece Renfe. «Esta noche fiestón ¿no tío?», grita. Está en la entrada. Los brazos en cruz. Quieto. Un gesto de mártir le enmascara el rostro. Es un payaso y le gusta serlo. A Renfe le llaman Renfe porque de niño vivía fuera del pueblo. Y venía en Renfe. Así de fácil bautizan los niños. Así de inmediata y simple es la inocente condena a perpetuidad del sobrenombre impuesto. Daniel sonríe y niega al tiempo: «No, tío, espera al menos hasta el viernes». Renfe trabajaba en el aserradero del norte. Ya no. Y ahora, tal vez, tiene demasiado tiempo porque no tiene trabajo porque el aserradero cerró hace seis meses. Y es que el aserradero se vendió a la región como un proyecto sostenible de explotación de los recursos, aunque, a la postre, dicha sostenibilidad jamás se sostuvo. Jamás se procuró. En siete años, las abundantes zonas boscosas adyacentes fueron impunemente arrasadas. Renfe colaboró por algo más de mil euros al mes y una promesa de progreso. Firme. De porvenir asegurado. Y así, yendo y viniendo a diario a lomos de un Caterpillar, fue programado. Dirigido. Renfe, una hormiga soldado. Lo hizo engañado sin percibir –o querer percibir– el engaño. Trabajaba sin cuestionarse. Tampoco hoy lo hace. Tampoco hoy siente que le hayan robado algo más que un puesto. Sigue sin saber. Porque continúa sin hacerse preguntas. En la comodidad de su ceguera, en el confort de su ignorante incapacidad de reacción, sólo sabe que ahora está en paro y que ya no hay bosques. Y es que a Renfe le preocupa muy poco lo que queda más allá de su día de hoy. «Joder, macho. Eres un peñazo», se queja. Daniel levanta los hombros: «Claro, Renfe. Soy un muermo. Un muermo aburrido que casualmente tiene que ocuparse de un negocio, ¿recuerdas? Tal vez tenga algo que ver». «¡Vale, vale! Corta el rollo, vacacioneselenmar. No veo muchos signos de ocupación por aquí, la verdad. Tú sabrás. No nos hagamos mala sangre, tío. ¿Te hace un piti?». Daniel asiente y se levanta de su silla y salen ambos fuera de la agencia. Deja la puerta abierta para poder oír el teléfono. Espera la llamada del hombre anónimo. De esa llamada depende todo. Y fuman. «¿Qué es esta mierda?», se queja Renfe tras la primera calada, «no sabe a nada». «John Player Special», responde Daniel, «está de oferta. A Forés se le ha terminado el Lucky». A Renfe le es igual. No le escucha. Porque le preocupa muy poco lo que queda más allá de su día de hoy. Renfe, anti-empático, insiste: «Venga, Dani, joder… Mira, tío: pillamos el coche, bajamos a la city, un par de copas, un bailoteo y nos retiramos como campeones. Prometido. Nos vendrá bien un poquito de marcha, ¡diablo!… ». Pero tampoco Daniel escucha a Renfe. Tiene fija la atención en el lugar donde apenas una hora antes ha tirado la colilla. Justo allí, en la aridez del alquitrán, un pequeño brote ha roto el asfalto. Y crece. Desafía al cielo y a la lógica pues su tierra y su semilla no son sino dos venenos: alquitrán de boquilla sembrado en alquitrán de carretera. «La vida busca cualquier resquicio para ser. La existencia siempre parece dispuesta a presentar batalla. A cualquier precio. Le basta la mínima oportunidad. Cuando aparece, irrumpe, arrasa, destroza…», reflexiona Daniel. Nunca antes lo había visto de este modo. El concepto de vida siempre le había parecido correlativo al de creación. Pero ahora entiende que ese correlato tiene un coste. Y por más que trata de prestar atención a las palabas de Renfe, sólo puede pensar en que esa vida –la de ese tallo de dos hojitas de apariencia inocente, inocua, incluso frágil– es, en realidad, violencia en estado puro. Entonces, un escalofrío le recorre cada vértebra. Cada poro. «Déjalo, Renfe. El viernes. Salimos el viernes».

Daniel siempre es el primer cliente del estanco. Tampoco hoy es distinto. «Buenos días, Forés», saluda al entrar. «Buenos días, Dani», contesta secamente el estanquero, «¿te ha llamado ya Barrero?». No, Barrero todavía no ha llamado a Daniel. Y si lo ha hecho, Daniel no lo sabe porque aún no ha abierto la agencia. Le dice esto a Forés y le pregunta también que qué es lo que Barrero quería. «Ya te lo contará él. Está hablando con todos nosotros. Uno por uno. Parece que se acerca una tormenta muy fuerte». «Pues sí que debe ser fuerte si nos llama por teléfono para advertirnos de ella», se burla Daniel. «Lo bastante como para pensar en evacuarnos a todos, chaval». A Daniel no le sorprende la propuesta de evacuación de Barrero porque siempre le ha parecido que Barrero se comporta como el sheriff del condado de una película catastrófica. «La gran tormenta, starred by Sheriff Barrero», comenta mordaz. Pero Forés no participa de la broma y Daniel repara entonces en su rostro. Más enjuto. Profundas ojeras ensombrecen su mirada; bajo la piel trasluce un color gris pardo, pálido, enfermo. «¿Estás bien, Forés?» se interesa Daniel. «Sí, tranquilo. Hoy no tengo muy buen cuerpo. Soy muy sensible a los cambios de tiempo y el de hoy parece que va a ser de órdago». Forés sonríe y arranca un leve carraspeo: «¿Lo de siempre?», pregunta; y con la ceja arqueada contempla a Daniel mientras aguarda la segura confirmación de cada día: la entrega de los dos paquetes de tabaco que Daniel se va a meter entre pecho y espalda. Como en una ceremonia carente de emoción y rebosante de rutina, aburrida, consuetudinaria, Daniel asiente y confirma: «Sí, gracias, Forés. Un par de Luckys». Así son sus vidas. Forés busca en la estantería; luego bajo el cristal del mostrador. Pero no hay Lucky allí ni allá. Se extraña. Revuelve un armario. Rebusca en un par de cajas. Se disculpa y le pide un segundo a Daniel. «Y dos», concede éste. Se pierde tras la puerta del almacén unos minutos. Daniel está tranquilo. No hay prisa. No espera tener demasiados clientes hoy. «No. Tampoco hoy». Daniel lo escucha toser. Forés aparece con peor cara que la que llevaba cuando se fue al almacén. Mayor el surco de las ojeras y más grisácea la piel. Apagada y metálica. También así la voz: «Lo siento, Dani, no me queda Lucky. El camión debería haber pasado anteayer. Pensé que tenía más. Pero toma, puedes llevarte éste: John Player Special. Lo han traído hace una hora. Me han asegurado que sabe igual, aunque quizá sea algo más suave… Lo voy a tener de oferta toda la semana; si te gusta, está a buen precio». Forés le entrega tres paquetes de John Player Special por lo que cuestan dos paquetes de Lucky Strike. La tos de Forés crece por momentos. Se asfixia con cada golpe de pecho. Parece el cielo al tronar. «No fumes tanto, Forés, no te va nada bien. Hazme caso». El estanquero ríe mientras Daniel se marcha. Enciende un cigarrillo y entretanto piensa Forés en su paradoja: seguir fumando tabaco para llegar a viejo. A más viejo. La paradoja de Forés. Porque es incapaz de resistirse a fumar mientras su vida se gasta vendiendo, hablando de, sirviendo, en definitiva: tabaco; siempre tabaco; sus días perdidos en un laberinto de cartones y advertencias institucionales. Forés fuma para poder seguir siendo Forés. Su cara viste ahora un color cercano al del musgo. Se siente cansado. La piel del rostro comienza agrietársele. «Fumamos para ir viviendo, Daniel», grita el señor Forés desde dentro.

«Esto es el culo del mundo». Suavemente, lo grita. Mira al cielo. Despejado. «Aquí nunca pasa nada». Levanta la persiana de la agencia. Da las luces y enciende el servidor. En el contestador hay dos mensajes: «Daniel, soy Barrero. Llámame en cuanto llegues. Gracias». Pulsa «2» para borrar. Y siguiente. «Hola, Daniel. Soy yo otra vez. Por favor, llámame. Es importante». Y «2» de nuevo. «Luego le llamo», piensa. «O no», se sincera, pícaro, consigo mismo, y sonríe.
Nada en el correo electrónico. Tampoco spam. El Amazonas es su nuevo reclamo y su nuevo fracaso. Nadie buscó el sol de Punta Cana y nadie busca ahora la aventura amazónica. Porque aquí no hay nadie. Pronto tendrá que cerrar. Para siempre. En el escaparate todavía tiene los «clicks» de famóbil, la palmera, la arena de playa y el papel azul con que maquetó la oferta navideña: «Fin de año en el Caribe por sólo…». No era tanto dinero en realidad. Daniel ha viajado poco. De todos los destinos que trata de vender sólo ha estado en uno: París. Y ha estado solo. Le hubiese gustado ir con Tessa. Tomar un café en un café parisino con Tessa. El atardecer de un beso reflejado en el Sena. De Tessa; de él. Pero ni siquiera se lo propuso. Cada uno en su lado de la carretera. Y entonces repara de nuevo en el contestador: hay un mensaje. No ha escuchado el teléfono sonar. Debería sentirse inquieto, pero no se sorprende, nada le extraña. Se agobia: «Debe ser Barrero». Resignado, empieza a escucharlo. La cinta sólo entrega el sonido de un silencio largo. Incómodo. Luego, irrumpe una voz de hombre. Aguda. Chirriante. A medio formar. Y no. No se trata de Barrero: «Buenos días. Me interesa su producto al Amazonas. Me interesa mucho», empieza diciendo. «En verdad, somos un grupo grande, caballero». Entonces el silencio de nuevo lastrando los segundos. Parece que el hombre hubiera estado pensándose si continuar o no. Daniel se acerca al altavoz como si así pudiese influir en el anónimo cliente. Como si fuese capaz de hacer que éste prosiguiera. De repente, éste prosigue: «Pero no está usted en su puesto. Debería estar. Es un negocio lo que tiene entre manos. Piénselo. Piense en ello. Pero no se preocupe ahora. Yo le llamaré más tarde. Espero que esté usted». Un desconocido. Una esperanza y un reproche. Luego la espera. Nada más.

No queda nadie en el pueblo. Tampoco Tessa. Se pregunta cuándo se ha ido. A dónde. No le ha dicho nada. Sencillamente ya no está. «Yo hice lo mismo cuando fui a París», lamenta. «No somos más que el compañero de la tienda que hay al otro lado de la carretera. Eso significamos el uno para el otro. Esa es la esencia de nuestra complicidad. Sólo que yo la amo». Tal vez soñarla haya sido un error. Un error quererla. Porque querer en silencio no sólo es doloroso sino inútil. «Amor no es más que Roma al revés. Y yo me fui solo a París», se dice con pesar e ironía. Y estupidez. La del que sabe que está solo. Y es que a Tessa sólo ha sabido guiñarle el ojo. De lejos. Estúpidamente. Desde la seguridad de su lado de la carretera. Confiar en que ella acertase a leer en esa mirada a seis metros el deseo de él. Y desearlo también. Sólo ha sabido expulsar humo de Luckys y de John Players y poner cara de póker. Un estúpido juego de seducción amortiguado por la ausencia de indicios. Ni tan siquiera la más leve insinuación jamás en sus palabras. En sus gestos nunca la menor trampa: un roce accidental, un suspiro sobre su piel, un abrazo furtivo y breve y ligero, o una mirada sostenida por un segundo de más hasta llegar a lo inconveniente pero significativo. No sabe cómo ser con Tessa. Cuando hablan, su voz se transforma. Se afila; pierde virilidad, intención y cualquier partícula con núcleo y carga de sexappeal. Parece tonto y dice tonterías. Cosas sin malicia ni brillo ni impacto. Y claro, ella se ha ido. Barrero ha sido la última persona con la que ha hablado. Una llamada breve. Ha preferido no escucharlo. No escuchar sus advertencias. Y aunque éstas se van cumpliendo, a Daniel le trae sin cuidado la tormenta. El cielo se ha oscurecido en pocos minutos. Enciende otro cigarrillo. Ha fumado mucho hoy y se siente cada vez más embotado. «Debe ser este tabaco». Tiene por delante una larga espera, pero ha decidido permanecer ahí. Wood le ha prometido visitarlo antes de que amanezca. Durante la noche, en algún momento. Sobre la mesa están los dosieres de las distintas actividades. Ha llamado ya a algunos hoteles; ha confirmado la posibilidad de fletar más de una avioneta para desplazar hasta la jungla a un grupo numeroso. Y los párpados le pesan. El pensamiento se le enreda. Se disuelven las ideas en un remolino de nadas amazónicas. Entonces, algo comienza a repiquetear sobre el techo. Con fuerza. Rítmicamente. «Llueve…», balbucea cansado. Es una lluvia inusual. Demasiado densa. Querría ir hasta la ventana para contemplar la tormenta o lo que sea que esté cayendo; porque rompe demasiado fuerte para ser sólo lluvia. Pero le cuesta moverse. Esperará. Unos minutos. Y el sueño los vence a él y a la curiosidad.

Entonces, un escalofrío le recorre cada vértebra. Cada poro. «Déjalo, Renfe. El viernes. Salimos el viernes». El teléfono arranca a sonar. A Daniel le parece que lo hace con más intensidad de lo normal. Se apresura y descuelga. «Buenos días. ¿Daniel P.?». Es él. Es su voz. Aguda. Vibrante. Destemplada. Le resulta molesta y antipática. Le resulta irreal. «Sí. Soy yo». «Bien. Me llamo Wood Bush. He llamado esta mañana pero usted no estaba. ¿Dónde estaba?». Daniel se traba. No esperaba esa pregunta. Se contiene. Improvisa. «En verdad, ha llamado usted antes de que abriera. No empiezo hasta las ocho. Seguramente es la agencia de viajes más madrugadora de todo el país». «Precisamente por eso le he llamado: porque tengo cierta premura. Y lo he hecho a las ocho y media, por cierto. También a las nueve menos cuarto. Y usted no estaba. No sé dónde estaba. Ahora ya todas las agencias están abiertas. Dígame, señor P.: ¿por qué debería hacer este negocio precisamente con la suya?». Daniel siente un prurito de soberbia que no puede permitirse. «¡Qué se habrá creído éste! Tendría que mandarlo a la mierda», piensa, «pero me conviene más que él y su grupito se larguen al Amazonas. Respira, Daniel». Y reacciona: «Porque estoy dispuesto a hacer lo que sea con tal de que usted tenga su viaje a punto hoy mismo, señor Bush. Lo que sea». «Bien, Daniel. Eso es exactamente lo que pensaba que usted haría. Y, por supuesto, lo que yo quería escuchar. Por eso he vuelto a llamarle. Ah, y llámeme Wood. Sólo Wood». Daniel cierra el puño; dobla el brazo. Satisfacción silenciosa. Ya es suyo. Ha jugado bien sus cartas «Usted dirá, Wood. Le escucho». «No por teléfono. El trato conmigo le va a cambiar la vida, se lo aseguro. Dará un nuevo sentido a su negocio. Pero he de verle. En este instante estoy viajando. Me dirijo hacia su pueblo. Llegaré durante la noche, en algún momento. Espero que esté usted ahí. No haga como esta mañana. No desaparezca. Sería inconveniente». La noche traerá los cambios. Traerá a Wood. Daniel sostiene el auricular y mira a través del cristal. No se ha dado cuenta de la marcha de Renfe. De pronto, ve a Forés pasar despacio frente al escaparate. Un cigarrillo en la boca. Camina encogido. Los brazos tan resecos que parecen de madera; se adivinan esqueléticas las piernas bajo los pantalones. Parece tener prisa en su lentitud y horror en el rostro. Daniel le saluda con la mano pero Forés no lo advierte. Entonces, Daniel concluye al teléfono: «Descuide, no me moveré». Por supuesto que va a estar ahí. Esperando a Wood.

Unos minutos. Y el sueño los vence a él y a la curiosidad. Después, no sabe cuánto después, despierta. Siente pegajosa la consciencia. Traslúcida. Al rumor de esa lluvia extraña y densa se une el desagradable ulular de una sirena. Entreabre los ojos. Ve mal. El anochecer es rojizo. Del color de la tierra. Se incorpora y por fin se asoma. La vista se aclara y ve entonces la tormenta y su densidad. El horror. Y comprende ahora el porqué del color rojizo de la luz. El color que lo invade todo. Es el color de la tierra. Porque es precisamente tierra lo que está lloviendo. Toneladas de ella cayendo del cielo, negro de noche y rojo de tierra, sepultando los coches, la carretera y las tiendas. Su vida. Contempla la tierra llover. La vista se nubla de nuevo. Duda de la veracidad de lo que le muestran sus sentidos. Ve tierra; escucha tierra; huele tierra. Opaca húmeda y espesa. La toca. Traga saliva. Todo sabe a tierra. Distingue entre la fantasmagórica lluvia el coche patrulla de Barrero. Parcialmente enterrado. Ahogado el motor frente a la agencia. La sirena aullando. En el interior del coche sólo sombras. «Barrero podría estar dentro», piensa. Entonces, junto al coche, una imagen más aterradora que imaginar a Barrero en ese automóvil condenado a sepultura: ve a Forés quieto. Paralizado. Desde el suelo crecen enredaderas en infinita espiral abrazando sus piernas y su tronco y sus brazos. De su boca, insólitamente abierta, brotan grupos de ramas. Desordenadas. Histéricamente finas. Jalonadas de pequeños nudos. No. No puede permitirse dar crédito a sus percepciones. Está dormido y eso que ve, en realidad, tiene que estar soñándolo. Trata de convencerse de ello.

Ilustración de Vicente Mateo Serra

Ilustración de Vicente Mateo Serra

Por supuesto que va a estar ahí. Esperando a Wood. Cualquier señal que Wood quiera enviarle. Por eso contesta de nuevo al teléfono. Pero ahora no es Wood. Es Barrero: «Daniel, ya era hora…». Daniel lo interrumpe: «No pierdas el tiempo, Barrero. Sé lo de la tormenta. No pienso moverme de la agencia. Tengo mucho trabajo y espero a un cliente». «¿Esperas a un cliente, dices? El pueblo va a quedar aislado de aquí a una hora. Nadie va a poder entrar ni salir de él. Daniel, en verdad, el pueblo va a desaparecer. Por lo que más quieras, hazme caso. Lo que se nos viene encima supera todo lo que seas capaz de imaginar». «De acuerdo, Barrero, gracias por la advertencia. Has cumplido». Daniel cuelga. No hay en él el menor rastro de duda. Sabe, cree; piensa que ha decidido lo correcto. Echa una ojeada a la calle. No queda nadie en el pueblo. Tampoco Tessa.

Está dormido y eso que ve, en realidad, tiene que estar soñándolo. Trata de convencerse de ello. Despierta de nuevo cuando la noche ya es negra y rojo el cielo sólo en el recuerdo de un sueño. Se siente bien. Despejado. Recuerda a Wood; todavía ni rastro de él. No hay mensajes en el contestador. Nada en el correo electrónico. Tampoco spam. Siente frío. La puerta de la agencia está abierta. Se acerca para cerrarla. Entonces descubre el horror: No hay asfalto ni tiendas ni carretera. No hay pueblo. Sólo bosque. Está rodeado por árboles, arbustos y vegetación que no conoce. Todo ha crecido de manera violenta. Tras la lluvia de tierra. Tan atroz ha sido su fertilidad, que sobre las copas de los árboles alcanza a distinguir otros árboles arrancados por el empuje incansable de los nuevos. Empuje violento. Consecutivo. Formidable. Recuerda entonces el pequeño brote rompiendo el asfalto. «La vida es violencia en estado puro». Y rememora al momento la pesadilla. La tierra llover. En el lugar en que ha visto a Forés hay ahora un árbol. Triste. Quebradizo. A merced de cualquier soplo. Y otro destrozando el techo del coche de Barrero, allí donde debiera estar el conductor. Robusto. Desafiante. Estatuario. «No puede ser», se dice, «tengo que aplicar la lógica». Y Daniel aplica su lógica formal al sistema imposible en que se ha convertido el pequeño mundo que conformaban la calle y la carretera y las tiendas, y Barrero y Renfe y Forés y Tessa; y concluye que si no lo ha imaginado, si no lo ha soñado como creía, entonces, todo y todos se han transformado en una parte del horror que le encierra. Todos son bosque. El bosque es todo ahora. Y lo entiende. El señor Wood ya le ha visitado. Lo ha hecho durante la noche. En algún momento. Como le prometió. Y, efectivamente, ha sido para cambiarle la vida. Para darle un nuevo sentido a su negocio. Y así, absurdamente, la tierra llovida y él y su agencia en un claro.

El pueblo es sólo una calle; es sólo una carretera. Sólo son cuatro tiendas. El pueblo es poca cosa. Es casi nada. Todavía es temprano. La mayoría de comercios están cerrados. Como lo está el aserradero por falta de materia prima. De bosque. De vida que extinguir para adornar otras vidas. Detiene el camión frente al estanco. Lleva un par de cajas. «Buenos días, le traigo el tabaco». Forés no lo conoce, «Buenos días. ¿Y Frankie?». «No lo sé. Aquí se lo dejo, si es tan amable de firmarme el albarán…». Forés asiente. Firma. No reconoce la marca ni recuerda haber hecho el pedido. «¿Qué tabaco es éste?». «John Player Special. Su sabor es suave, cálido. Si me lo permite, le diré que hay quien lo encuentra sedante. Claro que la casa niega ese efecto. Precisamente ahora lo están promocionando. Para usted es sin coste. Téngalo en oferta esta semana. Verá». Forés no pregunta. «Por eso no hay pedido previo. Es una promoción», piensa. Le basta. No se encuentra demasiado bien hoy. Se siente frágil. «Gracias, lo haré». «Bien, debo seguir mi camino. Voy a ver si la chica de la boutique ha abierto ya. Tengo que entregarle unos abrigos de paño que también están en promoción. Sin coste, por supuesto». De este modo, abandona el estanco. Escucha desde el umbral el timbre del teléfono de Forés. Es Barrero que llama para advertirle de la tormenta inminente. Wood monta en el camión y se dirige hacia la tienda de Tessa. Está satisfecho. Ha salido a tiempo. Tenía que despachar rápido al estanquero y dejar allí el John Player. No se cruzará con Daniel. Tardará todavía una hora en llegar. Daniel siempre es el primer cliente del estanco. Tampoco hoy es distinto.

Del azul al negro

Autor: Miguel Ángel Rodrigo

Ilustrador: Fernando Halcón

Corrector: Elsa Martínez

Género: Relato

Este cuento es propiedad de Miguel Ángel Rodrigo, y su ilustración correspondiente es propiedad de Fernando Halcón. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Bajo la tierra que sirve de suelo al mar hay enterrado un océano.

Del azul al negro.

Leí en algún libro la historia de aquellos jóvenes. O eso creo. Chico y chica. Él todavía niño y ella ya adolescente. Se divertían jugando en el agua de alguna playa de no sé dónde; tampoco sé a qué jugaban. Lo que sí sé es que el chico, tras golpearse la cabeza contra una roca del fondo, perdió el conocimiento. Un desgraciado y fortuito lance. Entonces su cuerpo liviano comenzó a aflojarse; a hundirse ante la mirada de ella. Atónita y desesperada. Lo hizo muy despacio, tragado por una cadencia tan irreal como inexorable.  Sé también que la chica ya adolescente reaccionó a tiempo y se lanzó bajo las olas decidida a dar con él. Los nervios la atenazaban. Estaba rígida y se movía torpemente bajo el agua. Por eso, en el fondo del mar de aquella playa de no sé dónde, el cuerpo del chico todavía niño le pareció tan pesado como el de un hombre adulto. Iba a necesitar más que un esfuerzo para remontarlo hasta la superficie. Aun así, lo logró. Y lo llevó hasta la arena donde, a salvo de olas y corrientes, trató de reanimarlo. El niño entregó su boca y confió su alma al aliento de ella. Y llegó la tos y volvió la vida. Después de un par de estertores de agua con sal, un torrente de oxígeno alcanzó hasta el último de los alveolos de él. Ella lloró de alegría. Besó aquellas mejillas de niño que recobraban por momentos su color. Él lloró de desconcierto y de miedo ante la certeza de que algo grave había estado a punto de suceder. Se abrazaron en mitad de la sorda quietud que les envolvía. Un silencio sólo roto por el murmullo de las olas. Casi completo. Aún tardarían un tiempo en comprender que, durante su accidentada inmersión, por alguna causa inexplicable, toda la gente en todo el planeta había muerto. A partir de entonces, estarían solos los dos en el mundo.

He olvidado el título del libro y también el nombre de su autor. Pero esta historia ha pasado a ser esencial para mí. Tanto que desde hace tres días o, mejor dicho, dos noches, he decidido no volver a dormir más. Nunca. Sé que a priori esta vigilia autoimpuesta no parece guardar relación alguna con el hilo de la novela. Lo sé. Pero es que hay más. Es también desde hace tres días que el argumento de esa ficción es mi único recuerdo. El resto está en blanco.

Vago por esta ciudad que he olvidado o que quizá ni conozco; pero  ya no me desespero. Tampoco hoy he visto u oído a nadie. A nada que tuviera la vocación del movimiento. Ha sido mi tercer día aquí. Muy parecido a  los dos primeros: solitario; polvoriento. Aunque ciertamente, más tranquilo. Más reposado. Quizá porque ya he asumido esta nueva realidad. Nueva y también única para mí porque es la que conozco. Pánico y desconcierto al principio. Ni siquiera hubo un despertar, un primer instante. De repente, estaba ahí. Arrojado. Deambulando por una gran avenida desierta. Examinaba las calles nerviosamente; andaba escudriñando  a conciencia las esquinas y hasta los rincones de las esquinas, los bajos de los edificios y el espacio íntimo entre los coches quietos y el asfalto seco. Y  sólo un recuerdo en la memoria: dos chavales, un chico aún niño y una niña ya adolecente, descubriendo un mundo aniquilado que se olvidó de aniquilarlos también a ellos; el recuerdo huérfano de una lectura. Y sólo una intuición certera en el alma: ‘no te duermas’. Así se fue quemando el primer día y su correlativa noche y la subsiguiente mañana del segundo día: sin tiempo siquiera de hacerme preguntas. Sólo ocupándome y preocupándome de dar con otras presencias. Preguntándole al vacío si había alguien más allí. Y como sola respuesta el vacío mismo.

La segunda noche experimenté el horror de rendirme al sueño. Conforme el cansancio aumentaba, iba menguando mi conciencia de alarma. Empecé a caminar más despacio, a relajar mis sentidos, a sentirme en exceso relajado. Mi percepción del riesgo se volvió brumosa. Diluida entre bostezos. Terminé por sentarme en el suelo, junto a una cabina de teléfono en la que recosté la espalda. Necesitaba detenerme. Estaba roto. Extenuados el ánimo y la conciencia. Y, poco a poco, me abatió el agotamiento y mis ojos se cerraron. La pesadilla arrancó de inmediato. No podía respirar. Lo intenté con toda mis fuerzas, pero una dificultad insólita me impedía llenar los pulmones de aire, como si estos estuviesen anegados de cemento líquido. Después, el mareo y la náusea. Desperté al límite. De haberse prolongado un segundo más aquella asfixia, habría muerto. Estaba seguro de eso. Abrí cuanto pude boca y pulmones y cogí aire aspirando todo a mi alrededor. Tomé oxígeno y tragué polvo de alquitrán. Sentí lágrimas resbalar por las mejillas, probablemente, fruto del prurito que hacía arder mis ojos. Mi piel estaba seca y el pensamiento algo embotado. Tal y como me había aconsejado la intuición, no me volvería a dormir. Nunca.

Es ya la tercera noche que no duermo y que no sé responder a nada. Quién, qué, por qué. Cómo. Sólo y solo camino. Y oigo algo. Son pasos que me siguen lo que escucho. Sin duda. Pasos de alguien. Alguien al fin. Pero estoy tan reventado como contento, y por eso, de momento, no me giro. Prefiero no saber aún. Temo la desilusión de un espejismo. Andaré un poco más. Un rato sabiendo o creyendo que no estoy solo aquí. La ciudad desierta y los pasos que me siguen todavía siguen tras de mí. Me arrulla el ritmo de sus pisadas. Por primera vez desde que empecé a ser en esta irrealidad, recupero la agradable sensación de estar acompañado. La recuerdo en abstracto; algo es algo. No hay viento ni luna ni hace frío o calor. Sólo es de noche y no tengo sueño. Porque sé que no ando solo sino en compañía de unos pasos que son mi sombra. De repente una voz surge y deja de ser sólo pasos: ‘¡Eh, tú!’. Voz de niño o de niña. Me vuelvo. Es una niña. No es la misma niña de mi recuerdo. No se le parece. No la conozco pero ella me mira con fastidio, igual que lo hace quien guarda un reproche para el pariente o el amigo. ‘Ya era hora’, dice como si le molestase el tiempo que ha invertido en seguirme o el que haya podido pasar buscándome. ‘¿Te conozco?’, le digo yo. La pregunta es estúpida. Sé la respuesta: no la conozco porque no la reconozco ni la recuerdo. Más bien debería haberle preguntado si ella me conoce a mí. ‘Pues claro que no,  idiota. Aquí no conoces a nadie.’ Su seguridad me hiela. Parece que sí me conociera o conociera al menos mi situación o el entorno árido en el que vengo habitando. No es el tipo de ayuda que esperaba encontrar pero  es la ayuda que he encontrado. Me aventuro: ‘¿Sabes quién soy?, ¿tú me conoces a mí?’. Sonríe ahora como la niña que es. ‘Que sí, tonto. Tengo sed. ¿Me compras algo?’.

‘¡Eh!, despierta. No debes dormirte.’ Siento la rigidez fría de la muerte y siento después la vida volver en el último instante. Aspiro, tomo, devoro bocanadas de aire como si acabara de nacer. De nuevo las lágrimas y los ojos irritados. También de nuevo seca la piel y la razón desperezándose. La niña me mira y sonríe como si yo fuera el niño y ella la adulta. ‘¿Mejor?’, pregunta. Afirmo con un movimiento de cabeza. Pero estoy hecho polvo. Me doy cuenta de que habría muerto de no ser por ella. Estamos en la terraza de algún bar. Frente a mí una cerveza helada que nadie ha servido. Ella bebe sin interés un refresco de color imposible. Estamos solos. Le pregunto que qué ciudad es ésta. ‘Cualquiera.’, responde también sin interés ni misticismo. No voy a sacar nada de ella. Da otro traguito. ‘Vamos, bebe. No tenemos toda la noche.’, dice.

–No tengo sed.

No me apetece preguntarle nada más. No es por la ambigüedad de sus respuestas, ni por la poca fe que tengo en lo que una niña friki pueda aclararme sobre mi presencia en este lugar absurdo. No, nada de eso. Es más bien desgana. Desidia. Una suerte de indolencia me impide averiguar nada porque no sabré después qué hacer con ello. Ni al lado de qué ubicarlo. Porque para qué descubrir mi nombre si ni siquiera sé quién soy. Para qué; si aunque averigüe mi edad o estado civil seguiré sin conocer mi color favorito o en qué gasto el tiempo libre o si amo a alguien. Para qué si siempre seguiré incompleto. Son demasiadas las cosas que hay que saber para vivir la propia vida. Me aturde la inmensidad de lo que ignoro. Es más fácil seguir sin identidad. Y es que la identidad se sustenta en los recuerdos. Las vivencias, la nostalgia o el amor; todo son recuerdos. Incluso la esperanza y el deseo se basan en ellos. Sobre ellos calculamos, planeamos y finalmente edificamos las hipótesis sensibles del porvenir. Los recuerdos son las fotografías de verdades y mentiras que nos han atrapado a lo largo de nuestros días. Las retocamos según conveniencia y así certezas y falsedades se adecuan a nuestras necesidades. Éstas, a su vez, son condición sine qua non para estar vivo. La condición de posibilidad de la existencia. Y es que la vida, en definitiva, es un repertorio más o menos ordenado de recuerdos. Un álbum de fotografías retocadas. No sé quién soy ni sé nada, pero eso sí lo sé. He dejado de sentir mi vida en riesgo porque mi vida no es nada que yo quiera. Que yo añore. Porque no la conozco ni la echo de menos ni extraño a nadie en ella. Mi vida es poco más que un azar fisiológico.

–¿Hay algo que quieras saber?

–No.

No quiero. Me basta con saber que debo estar despierto para evitar el sufrimiento. Miro el  asfalto pero presiento su sonrisa condescendiente. Compasiva. ‘¿Cuánto crees que podrás resistir despierto?’. Sabe en qué pienso. ‘¡¿Qué?!’, grito. Estoy harto de este todo. De ella. ‘A ver, sí, explícame una cosa: ¿quién narices se supone que eres, niña?: ¿Un espécimen reducido de Cicerón? ¿Eres acaso el mesías? ¿El que ha de venir?  ¿Me vas a leer la mano o a echarme las cartas a ver qué pasa? ¿O sólo eres una niñita entrometida que ha venido aquí a tocarme…’, respiro profundamente y recuerdo que tiene menos años que yo dedos en las manos, ’…a tocarme la moral?  Bien, dime: ¿quién?’.

–Soy tú. Una parte tuya que no conoces. No tengo conciencia. No sé que existo; coincidimos en eso. Pero sí sé dónde estás tú en realidad.

Siento entonces la ropa pesada y húmeda; y aligerarse el cuerpo. La visión se hace borrosa igual que si estuviese mirando a través de unas lentes inadecuadas. La niña se difumina. La ciudad vacía se disuelve. Yo me desvanezco.

–Ya no puedes más. Tranquilo, esto tenía que llegar.

Mis brazos se mecen. Livianos. Ingrávidos. Los distingo elevarse sobre mi rostro. Con un movimiento suave los devuelvo a su reposo. Balbuceo un ‘por qué’.

–Ahora sí: duérmete. Déjate llevar y hasta resultará agradable. Me refiero al tránsito. Vamos, cierra los ojos, no te opongas. Yo te explico. No han pasado tres días desde que empezaras a vagar por esta ciudad: han sido apenas un par de minutos. No te lo ha parecido porque te estás ahogando. Te mueres. Ya sabes lo que se dice, que es un final dulce; un alivio con que obsequia la privación de oxígeno. Así que duérmete. No temas. Porque en realidad, cuando duermes, despiertas. Cierras tus ojos aquí y los abres en la vida que sí es tuya. La que está extinguiéndose. Tu cuerpo, el  de verdad, está bajo el mar, sentado al volante de un coche que nunca debería haber dejado el asfalto. La asfixia, el fuego en los ojos, los pulmones llenos de líquido, la tirantez de la piel o el embotamiento… Todas las sensaciones que te sacudían al dormirte eran reales. Terribles. Las primeras que provoca el ahogamiento. Y las sentías aquí, bajo el mar. Al poco, tu cerebro ha dejado de recibir oxígeno. Es un tiempo breve el que se resiste, pero suficiente para a alucinar y evadirte. Has moldeado el tiempo a placer. Lo has estirado como si  fuera un chicle y construido este mundo vacío. Y te has ido a él. Supongo que por eso recuerdas ese libro. O quizás recuerdas el libro a causa del mundo sin nadie que has recreado. No puedo saberlo. Sólo sé aquello que tú me permites saber. Ah, por cierto, el recuerdo que conservas se basa es una novela de Manuel de Pedrolo. El título te lo llevarás contigo. Igual que todo lo que no he podido contestar. Te vas con quién eres; con todo ese equipaje, pero sin conocerlo.

Recuerdo caer del azul al negro. Siento el agua inundando las fosas, la garganta, los pulmones y el estómago. Dulcemente me abandono. Me alejo. Frente a mí, caminan un chico todavía niño y una chica ya adolescente. Pasean bajo el mar. Hago un gesto con la mano. Quizá el último. Y saludo.

 Ilustración de Fernando Halcón

Ilustración de Fernando Halcón

Miguel Ángel Rodrigo Jiménez.

Navàs, 29 de julio de 2011.

Tú orilla, yo océano

Autor: Miguel Ángel Rodrigo

Ilustrador: Rafael Mir

Corrector: Elsa Martínez

Género: Microrelato

Este cuento es propiedad de Miguel Angel Rodrigo, y su ilustración, de Rafael Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Tú orilla, yo océano

Huyo del mar porque no me gusta. Porque no lo entiendo. Conforme me aproximo, su solo olor me alerta, me eriza el lomo y afila los dientes. Respirar salitre y yodo. No. A mí no me gusta el mar. No lo comprendo. El vaivén de su tempo. El retumbar de su voz lejana. Ni en la evocación diminuta de una caracola lo quiero. Dios mío. ¡Tiemblo! Sé que después vendrá la brisa. Marina. Cargada. Hiriente. Salina. Llegará enseguida a molestar mi rostro así baje del coche. Se empeñará en llenarlo de arena y de sal. Cerraré los ojos para protegerme de sus golpes repetidos, microscópicos. Insolentes. Secando el humor y la sonrisa. Maldita brisa de mar. Muérete. Y el sol. Él y la ira  y su fuego abrasándome. La piel ardiendo y doliendo. Maldito sol. Apágate. Déjame frío. El mar tan azul y tan gris y tan negro; de metal. Tan hondo y tan rico y tan lleno de versos. A mí ese mar de rapsodas nada me evoca. Él no me trae. Mas yo me acerco. Cuando entonces la veo. Es por ella que vengo. Cada tarde hasta que la noche se extiende y aniquila al día. Ella. Rosada. Dorada. La siento distinta hoy. Quieta y mecida. En ella la paz y también la brisa. Ruge el mar. Se sonroja el cielo. El pelo largo y fino y rubio como la arena. Seco y cálido el regalo del viento: Arena y cabello. Y su caricia picante en mis mejillas. Atravesándome la piel y la piel quemando. No por el sol y sí por mi fuego.

 ilustración de Rafael Mir

ilustración de Rafael Mir

Extrañamente, la beso. Sobre la redondez de un hombro. La violencia de un suspiro. El mar susurrando un deseo. Es su piel salada y se vuelven mis labios sedientos. De su agua. De su aliento. Su respiración es oleaje. Me arrastra la marea de su pecho sin yo quererlo. O yo queriéndolo. Su boca. Mar adentro me pierdo. Me ahogo y respiro. Jadeo. El cielo y el sol y yo abrasando. Dunas de mujer navego. A la deriva de aromas y vellos me entrego. Entonces, naufrago sin remedio en la cala de venus. Un recodo de cuerpo en que la arena es más fina y más oscuro se siente el océano. Profundo y vivo. Ahora sí. Salvajes son allí los arrebatamientos. De tempestades el sexo. Voluptuosas se hacen las noches queriendo. De placeres eternos me visto; y me desnudo en su cala. Sola de nadie aunque suya y mía. Nuestra ahora. Y a pulmón me sumerjo. Sin luz y sin vista. Porque eso que siento dicen que es ciego. Un ocaso y un beso. Tenerla y ser ya siempre de ella. O serlo ahora al menos. Y un crepúsculo de nuevo. Le cuento un susurro: Podría amarte todo el tiempo que dura un instante. La vida. Ser yo mar y tu orilla. Como el océano cubrirte. Y temblar en el vaivén infinito de su tempo. Ése que hasta hoy no quise. No supe. Ése ahora pretendo. Ese tempo contigo y la eternidad para darte. Sólo quiero ya parar el tiempo. El tuyo y el mío. Y así, para siempre, bajo el mar amarte.

Miguel Ángel Rodrigo Jiménez

Barcelona, 18 de julio de 2011