12ª Convocatoria: Mitos y Leyendas

Mitos y leyendas

Ilustración de Miguel Carrasco

Ya era tarde para volver atrás. La bestia no dejaría que escapase.

No había escuchado a los ancianos cuando le recordaron las leyendas en las que se hablaba de aquellos monstruos. Leyendas que habían pasado de generación en generación desde el principio de los tiempos. Historias contadas por aquellos de sus antepasados que primero se habían cruzado con demonios como ese.

Había sido precisamente el paso del tiempo el que había hecho que alguno de los suyos comenzasen a cuestionarse si tenía sentido temer a criaturas que no se habían vuelto a ver en siglos. Eso había sido lo que al final lo había empujado a arriesgarse más allá de las fronteras conocidas por su pueblo. Eso y el arrojo irreflexivo que caracterizaba siempre a los más jóvenes. Y, de entre todos ellos, siempre había uno, el más valiente, que deseaba romper las reglas establecidas para ser el primero en volver con los suyos y decirles que los monstruos no existían, que solo eran un mito fruto de antiguos terrores que ya no tenían sentido.

Pero se había equivocado al no creer, y ese era un error que podía acabar pagando con su vida.

Aunque todavía podía salir victorioso de la contienda. Todavía podía volver con los suyos y ser parte de la leyenda. El que derrotó al monstruo. Necesitaba cortar la cabeza de la bestia para que todos creyesen de nuevo y nadie volviese a cometer el mismo error. Debía ser más rápido. Atacar en su punto débil. Todo tenía que acabar antes de que llegasen más de aquellos seres e inclinasen la balanza a su favor. Las dos heridas del costado eran dolorosas, pero nada que debiese preocuparle. En cuanto diese buena cuenta de aquella bestia que le cerraba el paso, quedaría de nuevo libre el camino para volver al mar, a las oscuras simas abisales que habitaba su pueblo. Allí se curaría de sus heridas y podría contar a los suyos la historia del día en el que había pasado a formar parte de la leyenda.

 

He aquí la 12ª Convocatoria de Surcando Ediciona bajo el lema “MITOS Y LEYENDAS”.

Esta ilustración pertenece a Miguel Carrasco Cerro y el texto a Roberto del Sol. Todos los derechos reservados.

El corazón del Rey

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Ilustrador@:  J

Género: Aventuras

Rating: + 13

Este relato es propiedad de Mariola Díaz-Cano Arévalo y sus ilustraciones correspondientes son propiedad de Jesús Rodríguez Redondo. Quedan reservados todos los derechos de autor.

El corazón del Rey.

CARDROSS. 7 DE ABRIL DE 1326.

—Elizabeth, ¿puedo entrar o estás ya descansando? —se oyó la voz grave tras la puerta.

La anciana doncella dejó de cepillarle el cabello ante el sobresalto de la reina.

—No, señor, aún estoy levantada —contestó ella rápidamente—. Aguardad un momento, por favor. Muchas gracias, querida Maud. Puedes retirarte.

La mujer, sin decir palabra y con una leve inclinación de cabeza, desapareció por el cortinaje en un recodo de la estancia.

¿El rey ahora? ¿Cuánto tiempo hacía?

—Os pido un instante más. Yo misma os abriré —dijo Elizabeth.

El espejo le devolvió un reflejo aceptable cuando parpadeó y se levantó. Ligera y ágil, todavía lozana. Él había sido veleidoso y seductor, ya no, pero ojalá que, aunque ya tampoco fuese ella la causa, hubiera seguido siéndolo.

—Perdonadme por haceros esperar. Pasad, os lo ruego —dijo bajando respetuosamente los ojos al tirar de la puerta y verlo en el umbral.

—Soy yo quien debería excusarse por venir sin haber avisado antes.

—Sabéis que podéis venir cuando queráis.

Él dio dos pasos para entrar y volverse hacia ella.

—¿Aún es posible que me humilles la mirada?

—Todos lo hacen.

—Ya es por otros motivos.

—Sois el rey. Esa es la mayor razón. Por favor, acomodaos.

—Hoy quiero quedarme, Elizabeth —murmuró él con un brillo tempestuoso pero empañado.

—Tampoco eso tenéis que anunciarlo.

—Mi voluntad a veces necesita permisos.

—Los míos han sido siempre los que queréis.

Él sonrió, hizo ademán de ir a cogerle el brazo para que caminara delante, pero la sonrisa se desvaneció amargada y la mano enguantada se quedó a medio camino. Ella no le dio tiempo a retirarla y la tomó suavemente con la suya.

—Claro que podéis quedaros, señor.

Él recuperó la curva en los labios agradeciendo el gesto, dejándose guiar hasta el lecho bajo el dosel. Ella lo invitó a sentarse.

—Parecéis cansado de un día muy largo.

—Y muy gris también.

—Estamos en Escocia, ¿qué podemos decir?

—Que lo que ocurre en realidad es que no tengo muy buen aspecto.

—Estas brumas nos quitan el color a todos. Dejad que os descalce.

Pero él la alzó al instante al verla arrodillarse.

—No tienes que hacerlo. Aún puedo quitarme las botas sin ayuda. Siéntate, o mejor, acuéstate. Yo me echaré en este lado y estaré bien.

—No, señor, vos necesitáis descansar cómodamente. Permitidme que recomponga los almohadones y eche ese manto a los pies. Avisaré para que aviven esas ascuas, el ambiente está poco caldeado. —Y se apartó presurosa a disponer todo. Él la dejó, la observó, suspiró, movió la cabeza negativamente.

—Muchas atenciones… Así que aún estoy peor de lo que pensaba.

—Sé por el conde que no habéis dormido mucho estos días pasados. Me mentís cuando os pregunto. —Ella habló sin mirarlo, extendiendo el manto.

—Y sabes también, además de por esas injerencias del bueno de Douglas, que no soy de mucho dormir.

—Ni de descansar como es debido.

—Me amonestas sin mirarme pero te ocupas de mí. Siempre atenta cuando yo nunca lo he hecho muy bien. Quizás por eso estoy cumpliendo mis últimos años así. Por eso y por descuidarte, ¿verdad? Hacía tanto que no venía aquí…

—Los dos hemos estado ocupados y vuestros quehaceres son para con un país entero.

—Jamás te has quejado y yo no hago otra cosa últimamente.

—No tengo por qué. Siempre hemos contado con vos para nuestro cuidado.

Entonces apareció un criado y ambos callaron. Elizabeth le dio las indicaciones y enseguida el fuego era vivo, templando rápidamente la estancia.

—Siempre no —matizó él cuando se quedaron solos otra vez—. Cuando os tuve tanto tiempo lejos de mi lado a mi querida hija Marjorie, que Dios la guarde en su gloria, a mi hermana y a ti, no os auxilié como hubiera querido. ¿Cómo pude dejar que pasaran ocho años?

—Eso ya es un mal recuerdo solamente.

—Pero no debería haber ocurrido, como tantas y tantas cosas más. Supongo que he de pagar con el otro reverso de la gloriosa moneda que sí he podido lograr.

—¿Qué os amarga hoy así, señor? ¿O es que continuáis con ese delirio de creer deber expiar culpas cargando contra el infiel?

Él le observó la mirada directa, segura y larga al fin, y se echó a reír desconcertándola.

—¡Por San Andrés que me tienes bien tomada la medida! —exclamó asintiendo—. Si cualquier otro me hubiera preguntado eso con ese tono y esos ojos, posiblemente le habría respondido con acero. Pero tú lo has dicho como es. Sí, sin duda un delirio, otro más de esta maldita enfermedad que ya me está alcanzando la cabeza.

—Ha sido una impertinencia que no he sabido contener. Os pido perdón.

—No, has dicho la verdad y eso es lo que a nadie le agrada oír, pero no hay que disculparse por ser sincero. Y no me mires así. Jamás has sido un animalillo asustado. ¿Puedes acercarte, por favor?

Ella obedeció quedándose de pie frente a él, quien esta vez no vaciló en cogerle de nuevo la mano. Elizabeth no se movió ni rechazó su contacto.

Nunca lo había hecho, ni dolida o herida cuando él estaba bien y peleaba con el bastardo inglés, y con los continuos escarnios de la iglesia al apartarlo de Dios cuando le servía con tanta sangre por su patria. O cuando, fascinador, fogoso y atraído por las mujeres tanto como por la guerra, engendró otros hijos con amantes y cortesanas; cuando lo enloqueció la ira y asesinó o lo ensombrecieron los sucesos de tantas desgracias y pérdidas tan cercanas; cuando lo asaltaron los recuerdos de la primera y muy amada esposa, Isabella, expirando solamente con diecinueve años al entregarle a la primogénita, a Marjorie que, después de ocho largos inviernos en manos del inglés —el malnacido de Longshanks pensó también en encerrarla en una jaula, como hizo con Elizabeth y su cuñada—, también se le fue con apenas veinte años, tras la desgraciada caída de un caballo, en el parto prematuro de su nieto. Y todo ese tiempo luchando hasta que bañó a los ingleses en los afeites del segundo Edward, aquel pusilánime invertido tan distinto al implacable padre, y los ahogó entre los ríos de sangre y fuego de Bannockburn. Luego, al fin se las devolvieron a cambio de cuatro de sus más miserables perros.

No, Elizabeth no lo rechazó. Ni ahora tampoco que el tiempo, inexorable y despiadado, había pasado por él trayéndole la peor y más cruel de las maldiciones que le carcomía la piel y la carne y le horadaba un corazón que, aun así, probablemente quedara ya medio salvaje. De otra forma nada lo hubiera doblegado. Hubiera seguido batallando sin perder un ápice de su legendaria bravura y sin descanso contra el inglés o el infiel, que para el caso eran lo mismo: enemigos de la libertad de una patria y de Dios todopoderoso. ¿Qué, si no, había más importante?

Ilustración de Jesús Rogríguez

Así que ella había permanecido ahí, en su papel, el que había querido al coronarse junto a él y porque él la había elegido.

—Acuéstate —le oyó—. Ya no te importuno más. Tienes razón en todo. Necesito descansar como es debido aunque no quiera y cada vez me asuste más la oscuridad, y porque hace tanto que no lo hago a tu lado.

—Siempre me habéis tenido aquí —contestó precisando al instante—. Pero no me interpretéis un reproche, señor.

—Aunque lo fuera, me lo merecería —apuntó él sin dudarlo—. Hay mucho que perdonarme, así que he de empezar por disculparme contigo en primer lugar.

—¿Por qué habláis así? ¿Qué es ese tono definitivo?

—No te asustes, mi preciosa Elizabeth. Ah, lo sigues siendo, siempre lo has sido. Joven y preciosa.

—¿Y ahora lisonjas? No conseguís distraerme. ¿Qué os ocurre? Sed claro, os lo suplico.

—No es nada más que cansancio.

—Echaos. —Y lo empujó levemente hacia los almohadones al tiempo que atisbaba aquel destello marchito aunque corajudo en sus ojos.

—Échate conmigo. Ya no puedo tocarte con las manos, pero puedo abrazarte sin dañarte en absoluto y si es que aún puedo pensar que me dejas.

—Soy de vos, señor. ¿Cómo no vais a tocarme?

—No, Elizabeth, nadie somos de nadie. Nos elegimos y eso ya es bastante.

—¿Me diréis entonces lo que os aflige?

Él asintió en silencio. Ella lo vio perdido, como a los niños pequeños en un trance inesperado o peligroso; como al hijo, porque David tenía su mismo aire audaz y meloso al mismo tiempo, temerario e inconstante pero auténtico. Aceptó la propuesta.

—Me acostaré entonces, pero hacedlo vos también. Ya os han curado, ¿verdad? Tendré cuidado en no causaros molestia alguna. —Se apartó un instante para despojarse de las prendas que le quedaban, dejándose solamente un largo canesú blanco y bordado.

Él se descalzó con algo de esfuerzo. Efectivamente las recientes curas eran un poco más largas cada día. La camisola hasta el cuello, los calzones cubriendo las piernas, tapando las infectas manchas. Antes la vida que propagar la mortal consunción, la maldición, a los seres más queridos o a los amigos más allegados.

¿Así me lo pagas, Dios mío? ¿Así lo he hecho de mal? ¿Por la sangre que he vertido, por mis actos infames? ¿Es por todos los cuerpos que también he visto consumidos, los que he mutilado y hendido? ¿Son todas esas preguntas y las miles que hay más? ¿Qué habré de hacer si no obtengo ninguna respuesta? ¿En verdad seguiré con mi delirio? ¿Probaré así mi fe y mi sacrificio? ¿Lo sabré alguna vez allí donde quieras enviarme con este destino? ¿Lo sabrán los míos o seguirán pagando también? Me has corrompido este cuerpo que en realidad ya se había de ir apagando, pero ¿también me vas a pudrir el alma o es que ya la tengo así? Y aunque ya no sirva justificarme por nada, ¿qué culpa han tenido los míos?, ¿de verdad no los he merecido? Tal vez no si es que ya no los puedo tocar.

Y Elizabeth vio sus sombríos pensamientos allí concentrados en los lánguidos ojos, límpidos en los días verdes, grises en las nieblas de invierno. Oyó sus silenciosos lamentos por primera vez de forma tan clara, y para desviarse de la súbita y creciente angustia que la invadió, mintió descarada con un comentario mordaz.

—Así que ese voceado rumor en toda la corte va a ser verdadero y estáis perdiendo la cordura con ese empeño en cruzar la espada con el infiel. Es eso lo que os agria el humor y os lleva mudando el gesto estas últimas semanas. —Se metió en el lecho abriéndoselo a él también. Él respiró fatigoso.

—Tal vez, pero ya no me quedan muchas fuerzas para blandir ninguna espada.

—No dice eso el conde Douglas.

—James diría y haría cualquier cosa por mí. —Él esbozó una sonrisa malévola—. Como yo por él.

—Sí, está más loco que vos si cabe.

—¡Ja, ja, ja! ¡Se lo diré!

—De mi parte, no lo olvidéis, aunque creo que ya lo sabe.

—Sin duda alguna, querida, y me estás haciendo reír. Te lo agradezco.

—Pero aún no me habéis contestado, aunque os dispensaré si es que en verdad os he agradado.

—Lo has hecho, Elizabeth, lo has hecho siempre aunque yo no lo haya sabido ver ni apreciártelo como te lo has merecido, y aunque el tiempo y mis caprichos te hayan alejado. Al menos, voy teniendo valor para sincerarme. Ven, todavía tengo el hombro fuerte y tu cabeza nunca me ha pesado.

Ella se compuso el pelo y no vaciló al acercarle el rostro, al apoyarlo en la fortaleza de aquella superficie. Le llegó una suave esencia a ungüento de aromáticas hierbas que, además de curativas, perfumaban la piel curtida, nunca enferma ni manchada, no para ella, ya no.

—Solamente estabais cansado —murmuró acoplándose con cuidado al perfil y buscando su mano—. Si ahora os dormís enseguida, mañana será otro buen día y tendréis las energías plenas otra vez. Ya lo veréis.

Pero él permaneció en silencio. Pensó que no había nada que le impidiera tocar los dedos que encontraba, que, pese a tantas otras mujeres, recordaba el tacto único de su tez tan rosada, de la piel cálida y turgente de la casi adolescente con la que se casó hacía… ¡Cristo bienaventurado, esos años ya! ¿Sería demasiado tarde para compensarla? Otra pregunta más.

Quizás no las vea respondidas pero mi corazón todavía las pueda encontrar. Quizás pueda dejarlo aquí, que no se pudra con mi carne, que James me ayude para conservarlo y salvarlo no por mí, sino por los míos.

—Claro que lo veré, Elizabeth, pero déjame pedirte una merced más esta noche.

—¿Cuál, señor? Decidme. —Se notó alterada, pero no quiso alarmarlo y permaneció expectante.

—Olvídame el tratamiento. Lo hacías antes cuando estábamos solos.

—Supongo que ha sido la costumbre. Perdonadme. Oh… —Había notado su frunce de labios sobre el pelo y enseguida rectificó—: Ha sido la costumbre. Ya no lo haré. —Y alzó entonces la cara inclinándola hacia él. Los frunces ya no estaban solamente en los labios ni alrededor de los ojos, sino que marcaban todo el rostro de mandíbula firme y rasgos tan nobles, que la miró sereno, consciente en pleno de un final que afrontaría con valor, como había hecho siempre—. No te tortures. Es tu cuerpo el que está enfermo, no tu alma. Has conseguido la libertad de este país y te concederán cualquier perdón y gracia. Mañana veremos un día nuevo y todo estará mejor. Duerme, Robert, descansa.

TEBA. REINO DE GRANADA. 25 DE AGOSTO DE 1330.

El caballero miró a la lejanía palmeando suavemente la crin de su montura.

El sol caía de pleno sobre el horizonte, destilando plomo fundido. ¿Era posible tanto calor? Así que esa tierra era tan árida y áspera, aunque también hubiera onduladas sierras alrededor. Pinares, encinas, sabinares, sauces, chopos, fresnos, tomillo, romero, retamas… Qué distinto a la lavanda, los verdes prados infinitos, la paz del bosque de Selkirk, de las Tierras Altas casi hasta el cielo, la lluvia, el barro, la bruma, el frío. Qué aliados tan contrarios ahora, tanto como el enemigo enfrente.

Una sombra también a caballo se puso al lado. La voz de Lockhart sonó seca como el polvo.

—Señor, el rey reclama su presencia.

Inconscientemente el caballero se llevó la mano al cuello y palpó la cadena de plata.

¿Robert? Pero si… Ah, por todas las cruces de San Andrés, este calor infernal me trae fantasmas.

—Bien, vamos —respondió sin más.

Un fugaz vistazo a la fortaleza del cerro. Hins Atiba lo llamaban quienes lo defendían. Para el resto de los diez mil soldados concentrados alrededor era el castillo de la Estrella.

¿Cuántos castillos, Robert? Old Byland, Berwick, Roxburgh, Rutherglen… Este es otro más. Habríamos encontrado la brecha hace mucho de haber tenido una buena niebla al amanecer, como tantas otras veces. Y nos quejábamos de ella, de la perenne humedad que nos vio nacer. Aquí este aire lo inflama todo. Ese aprendiz de río ahí abajo apenas tiene agua para beber. Agua. Por ella sí que merece la pena luchar en este secarral. 

El caballero espoleó a su montura tirando brevemente de las riendas. El animal, hermoso como pocos, obedeció levantando la testuz e iniciando un paso lento hacia la tienda real.

Un paje se aproximó al ver llegar a los dos jinetes y se ocupó de los caballos cuando los hombres desmontaron.

Antes de entrar a la tienda se oyó una primera llamada desde el castillo que se transformó en el cántico repetido cinco veces al día. El muecín. También se habían acostumbrado a aquellas letanías de ecos indescifrables que en realidad decían lo mismo que ellos a una cruz. El caballero se detuvo un momento, como si de repente aquel sonido hubiera apagado todos los demás.

No, esto es una promesa, la última voluntad no de un rey, sino de un amigo moribundo. Cincuenta y seis años te dieron para mucho, Robert. Yo tengo cuarenta y cuatro. ¿Cuánto tiempo llevo preguntándome si ya no cumpliré más?

Ilustración de Jesús Rogríguez

Entonces creyó oírlo: «Que me lo quiten y te lo den. Si ya no pelearé más con él, solamente tú podrás llevarlo a Tierra Santa y enterrarlo bajo el Santo Sepulcro».

Se había quedado perplejo. ¿Sería una última locura propiciada por aquel mal maldito? Pero Robert no solía bromear con un corazón como el suyo, lleno de excesos tan buenos como malos y de fuerza incontenible. Sin embargo, contemplándolo en el lecho mortal, los ojos aún fieros pero lejos, quizás en el Paso de Brander o en Bannockburn, no se pudo negar.

Bannockburn. 

Me permitiste luchar bajo mi propia bandera y con mis propios hombres, e ir tras ese perro cobarde hijo de Longshanks, que el infierno lo tenga ardiendo por toda la eternidad. ¡Cómo me hubiera gustado atraparlo! ¡Casi lo tuve en mis manos! Pero ¿llevarte el corazón a Tierra Santa? Querido amigo, solamente hemos podido llegar a este país de contrastes, a esta frontera sureña de una tierra que ya está quemada por este sol que has debido de enviar para que ase a esos infieles. Pero quizás te hayas excedido, como solías con tus caprichos, y también nos calcine a nosotros. No necesitaré hacer ninguna pira cuando hayamos entrado. Sin embargo, también es una tierra hermosa, a su manera, pero es hermosa. Y ¿qué somos nosotros sino barro de tierra moldeado para luchar en ella y por ella? 

Ilustración de Jesús Rodríguez

—Señor, ¿os encontráis bien?

Lockhart lo sacó del ensimismamiento.

—Sí, sí, entremos.

Un chambelán los anunció. La penumbra en el interior de la tienda recreó un espejismo de frescura, si es que una palabra así podía existir allí. Los hombres alrededor de una mesa levantaron las cabezas hacia los recién llegados y un joven casi imberbe se apartó de ellos acercándose. Sonrió y pareció aún más joven, pese a los ropajes de guerra y la contención en los gestos.

—Ah, señor conde, gracias por venir. Por favor, pasad y refrescaos.

El idioma, cortés y de sonidos llanos, ya les resultaba menos difícil después de haber viajado por el país. Devolvieron otra sonrisa y aceptaron el ofrecimiento. Los demás también saludaron.

—Caballeros, hay mucho que hacer pero tomémonos un descanso antes de seguir —añadió el joven, y el chambelán llamó a más criados.

Alfonso XI sin duda aparentaba los diecinueve años que tenía y en los que ya reinaba sin que le temblara el pulso.

Yo tenía veinte años cuando nos conocimos, Robert, pero sin duda luego la edad no nos matizó y aquí estamos, ¿verdad? Y al final querías seguir luchando, la causa cruzada, un modo de penitencia. ¿Tú arrepentido? Maldito canalla… Imposible creerte. No nos conformamos con los baños de sangre inglesa que nunca pudieron ahogarnos. Ni con todas las mujeres tan hermosas que gozamos, ni con los hijos que engendramos. Pues este lugar es tan bueno y tan malo como cualquiera para continuar el combate. De momento, tu corazón pende de mi cuello y el mío late por los dos. Después, ya veremos. 

Y comenzó la batalla.

Pendones de mil colores ondearon como llamas con aquella brisa de fuego. Espadas, caballos piafando, lanzas, picas, alfanjes, más calor, más sed, más hambre, más sudor, escudos brillantes tornándose opacos por el polvo, la media luna, la cruz, ojos enrojecidos en todas las caras. Y sobre todo, sonidos amortiguados por la sangre hirviendo y provocando aquella sensación de vacío alrededor. Concentración única en la vida y en la muerte, siempre de la mano bajo polvo asfixiante o gélida lluvia torrencial.

El rey nazarí de Granada, Muhammed IV, había enviado a su legendario y astuto general Ozmín, que comandaba las tropas sitiadas. Para no ser menos, en las filas cristianas también corrieron leyendas, como la de los temibles caballeros escoceses venidos de las frías tierras salvajes del norte, liderados por un colosal demonio de barba y pelo oscuro y hombros de hierro al que llamaban Douglas el Negro, que había incendiado, saqueado y ensangrentado media Inglaterra inspirando canciones y terroríficos cuentos. Al propio demonio el que más le gustaba era el que lo situaba descubriendo y quedándose escuchando a una madre inglesa que entonaba una famosa estrofa para ahuyentar el temor en el sueño de su hijo:

Calla, calla, mi pequeño,

calla, calla, no temas nada,

que Douglas el Negro no vendrá por ti…

Y entonces él aparecía diciendo: «Al menos no esta noche».

Leyendas. O no. Pero allí solamente habían llegado siete caballeros y veintiséis escuderos, más otros que se les unieron en su parada en Flandes, donde supieron de las luchas contra los musulmanes en el sur de la península ibérica. Y uno de ellos, sir William Keith, de Galston, yacía imposibilitado para combatir, con un brazo roto en la última escaramuza.

Alfonso ya había recibido informes sobre la estrategia enemiga: Muhammed había planeado un falso ataque de caballería mientras el grueso de su ejército intentaría atrapar por la espalda a la retaguardia cristiana. Así que Alfonso mantuvo a casi todas sus tropas allí mientras aguantaba la acometida de vanguardia. Y ahí también se mantuvieron los escoceses sin mayores problemas pese a las infernales condiciones.

Y ocurrió, se obtuvo el triunfo. El enemigo huyó, incapaz de resistir la fuerza de los diablos del norte. Y ellos los persiguieron, como habían hecho siempre sin dar tregua a ninguna retirada. Sin embargo…

Tantos años de añagazas en guerrillas y no previeron la maniobra por desconocerla y no esperarla. James Douglas el Negro no creyó haber cabalgado tan rápido, sin sentir el peso de la espada o el escudo, de la cota de malla, sin sentir el suelo, como si volara. Tampoco había escuchado nunca aquel silencio entre los gritos, la agonía y el fragor del acero. Ningún hombre tras él, acosando a todos delante hasta que ya no hubo a quien alcanzar. El breve descanso, la percepción inigualable de una nueva victoria, la media vuelta. Y entonces allí estaba William Saint Clair, rodeado de pronto por los enemigos, que se habían reagrupado.

“Torna e fuye” llamaban los castellanos a aquella táctica berebere de Ozmín, quien, se supo después, había caído enfermo.

Ni un instante de duda al azuzar a la veloz y poderosa montura. El demonio negro tenía los hombros y brazos de hierro y la espada presta en la mano, cortando el aire. Pero el enemigo se había multiplicado y los envolvió. Imposible descubrir de dónde habían salido. Al menos solamente eran ellos los únicos atrapados. Un mínimo consuelo…

Aquí es entonces. Bajo este sol despiadado, como la vida.

Y James Douglas, hijo de William el Fuerte, el fiero y cruel Negro para el odiado inglés, el Bueno para los suyos, el Guardián de Escocia, el más fiel y mejor amigo de un rey leproso, se tocó el cuello sin soltar la espada. La cadena tintineaba contra el peto ensangrentado, la urna plateada de repente estaba caliente, ni un momento le había pesado. Así que se la descolgó y el vacío lo dejó oír sus propias palabras que parecieron resonar por encima de aquel paraje, de las sierras, del abrasador sol incluso, hasta llegar a las frescas praderas que vio más verdes que nunca mientras lanzaba la urna frente al enemigo:

—¡Estamos en paz, Robert! ¡Ahora muéstranos el camino, ya que venciste siempre, y yo te sigo o muero!

Hallaron el brillante relicario al lado del guerrero de hierro. La noticia de que contenía un corazón embalsamado se extendió por todo el campo de batalla. El derrotado general Ozmín informó a Muhammed, quien, al saber de los avatares de aquel corazón y a quién había pertenecido, ordenó que una guardia de honor lo escoltara junto a los cuerpos de sus portadores caídos y los devolviera al rey cristiano. Cinco días más tarde rendía el castillo de la Estrella y perdía a su gran general.

Sir William Keith y sir Simon Lockhart fueron los únicos supervivientes de aquella empresa y retornaron a Escocia llevando los restos de Douglas, de sus compañeros y el corazón del Bruce, que entregaron al regente Moray, quien lo enterró en la abadía de Melrose. El cuerpo de Robert ya descansaba en Dunfermline junto al de su esposa Elizabeth. Y James Douglas el Negro regresó por fin a su hogar para reposar en el panteón familiar, en la capilla de St. Bride.

Nota:

Este relato es un pequeño homenaje a dos de mis personajes históricos preferidos: el rey Robert I, The Bruce (1274-1329), y su mano derecha y gran amigo, sir James Douglas (1286-1330).

La primera parte la escribí hace unos años a modo de repaso a la azarosa vida personal que tuvo este rey. Elizabeth de Burg fue su segunda esposa y estuvieron casados más de dos décadas hasta que ella murió en 1327 con treinta y ocho años. Él le sobrevivió casi dos años más, ya enfermo hacía tiempo de lo que se supone que fue lepra, que también padeció su padre. Es más probable que ambos sufrieran de algún tipo de psoriasis y más posible que él muriese por sífilis, la que era entonces la enfermedad de los reyes. Se llevaba quince años con Elizabeth. Tuvieron cuatro hijos y el último, David, único varón que sobrevivió, fue el que le sucedió.

Y la segunda parte la he añadido a propósito del tema de esta convocatoria.

Los hechos ocurridos en Teba (actualmente en la provincia de Málaga) son ciertos así como la muerte allí de Douglas y sus hombres, a quienes hay dedicado un monumento con una placa que recuerda y agradece la ayuda que prestaron y su sacrificio para liberar el castillo de la Estrella. Las poblaciones de Teba y Melrose están hermanadas y en Teba se celebran las Jornadas de Douglas, con festivales de música celta y diversos actos conmemorativos.

Para saber más hay muchas lecturas en la red, como el clásico de John Barbour, The Brus, o una magnífica novela (para mi gusto) del historiador y escritor Jesús Maeso de la Torre, La piedra del destino.

Y en el cine por supuesto está Braveheart, aunque William Wallace murió en 1305 y no coincidió con Robert Bruce, que accedió al trono en 1306. Sí coincidió con los padres de James Douglas y Robert. El de Robert, en la película, es el intrigante personaje entre sombras, de rostro deformado, que aconseja a su hijo, retratado con intenciones ambiguas para con Wallace y luego monstrándose profundamente imbuido de su espíritu libertador, sobre todo en la escena final de la carga en la batalla de Bannockburn. En realidad, quien se curró de verdad esa libertad fue él. Y gran parte de la culpa de mi inmediato interés por su figura la tuvo la fabulosa interpretación que hizo de él un poco conocido pero formidable actor escocés llamado Angus MacFadyen, que no sólo le mantuvo el tipo al épico Gibson sino que le robó más de un plano.

Y del que pasaron olímpicamente fue de la bestia parda de James Douglas, que desde luego se merece una película para él solito, sobre todo de su último episodio en Teba. Pero a ver quién es el guapo a quien se le ocurre conforme está el patio y todo el mundo se la coge con papel de fumar. Así que valga este humilde recuerdo a su memoria y sus colegas por haberse dejado el pellejo en estos terruños nuestros.

Mariola Díaz-Cano Arévalo

12-12-2012

Mitología a la luz de la luna

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Género:   Relato

Rating: Para todos los públicos

Este relato es propiedad de Paloma Muñoz. La ilustración es propiedad de Rosa García. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Mitología a la luz de la luna.

Cuando era más joven y vivía con mis padres, había algo que me encantaba hacer: me─ entusiasmaba estar con mi madre en la terraza del sexto piso en el que vivía y por las noches, en verano, contar historias, sobre todo, de la mitología griega.

A mi madre ─que me escuchaba embelesada─ le entretenía mi forma de narrar las aventuras y desventuras de dioses y diosas, de héroes y heroínas y de un sinfín de seres mitológicos y de leyenda.

Como hacía mucho calor, en la terraza se estaba más fresquito, y cuando se levantaba el aire nos traía un respiro a mi madre y a mí que sentadas, nos acomodábamos para pasar una larga velada, la una frente a la otra, a oscuras, con la única pequeña, pequeñísima luz que desprendían las brasillas de mi cigarrillo encendido.

Esto sucedía claro está, cuando no había luna y las estrellas se ocultaban tras unas nubes caprichosas de colores grises que impedían que éstas brillaran.

MI madre a veces me pedía que le repitiera la historia porque no entendía muy bien por qué tal o cual hecho ocurría y las consecuencias de los actos de los mortales que repercutían en sus descendientes, sobre todo, si se trataba de la venganza divina por alguna afrenta cometida contra un inmortal. Tampoco comprendía ciertos pasajes de la mitología en cuanto a sagas familiares, gestas heroicas o la creación del mundo o del universo, esto es: la cosmología.

Recuerdo que como hacía mucho calor en pleno mes de julio, a veces destapaban algún  contenedor de basura que estaba situado un poco apartado de nuestro edificio, detrás de unos jardines y se esparcía un olor un tanto nauseabundo que tratábamos de ignorar, imaginando los personajes mitológicos y las situaciones que vivían.

Mi fuente de información y conocimiento era principalmente, la obra de Ovidio: Las metamorfosis que, por otra parte, era lo que más le gustaba a mi madre.

El porqué de las transformaciones de las ninfas, o de las princesas y los disfraces de las diosas y los dioses cuando tenían que hacer mutis por el foro si se avecinaba una devastadora contienda contra enemigos codiciosos y desobedientes.

Yo comprendía que mi madre no había tenido una educación en literatura clásica porque las mujeres de su generación y de su estrato social, tan sólo  aprendían a leer, a escribir, a utilizar las cuatro reglas, a coser, bordar, hacer labores caseras y  taquigrafía, mecanografía y algo de francés como mucho para prepararse para trabajar en alguna oficina o fábrica. Pero ella era curiosa y se interesaba por el más fascinante de los universos como era el mitológico.

Había visto algunas películas que narraban  la historia de héroes muy celebrados, sus inmortales hazañas y le gustaban los documentales sobre el tema. Curiosamente ─que yo recuerde─ nunca se había quedado dormida a medio día cuando los proyectaban en la segunda cadena de la televisión. Algunas series sobre las obras de Homero que habían puesto en televisión, también había sido capaz de tragárselas enteras. Por supuesto que había leído algunos libros que yo consideraba menos complicados para ella, me refiero a las mencionadas Metamorfosis y algunos pasajes de la Ilíada y la Odisea.

Visitábamos con cierta asiduidad museos de pintura como el Prado que como todos sabemos, posee una colección de pinturas de temática mitológica y alegórica muy importante y le hablaba de lo que representaban esas alegorías y otras curiosidades relacionadas con los cuadros.

Mi madre se sentía fascinada por las historias o leyendas referidas a la creación de los astros, tales como el sol, la luna, las estrellas. Siempre me preguntaba por la vida amorosa del dios Helios, el dios del sol y por su hermana, Selene, la luna y por Eos, la otra hermana, la aurora de rosáceos dedos como la definió el gran Homero en su Ilíada y yo, siendo práctica, comenzaba por contarle curiosidades a cerca de las palabras que se derivaban de los nombres de los dioses, titanes y criaturas del amplio e inagotable universo mitológico.

Solía preguntarme  el porqué de muchos fenómenos geológicos como por ejemplo la formación de ciertas cadenas montañosas, el nombre de mares, de ríos, de lagos, de continentes y   me esforzaba en recordar todo lo que sabía de esos episodios de la mitología, ya que me resultaba relativamente fácil poder explicarlos utilizando mi memoria fotográfica (poseía libros con impresionantes ilustraciones que cada vez que los veía, me maravillaban aún más).

−Mira mamá, Selene era la hermana de Helios, un dios superguapo y superapasionado que solía enamorarse de ninfas y de alguna que otra princesa de la que se había prendado nada más verla. Date cuenta que Helios lo veía todo porque era la personificación del sol y Selene la de la luna y Selene también tuvo sus amoríos, no creas, a pesar de que no lucía tanto como su hermano.−

En este plan  narraba las aventuras amorosas de los dioses y mi madre ─que era insaciable─ quería seguir escuchando como se desarrollaba la historia, ─las más de las veces─ con un final trágico  y tremebundo.

Aprovechaba que en el cielo lucía una preciosa luna y así envolvía el relato en una atmósfera más ‹‹sugerente››.

Precisamente recuerdo que una noche de luna llena,  espléndida, de tonos amarillos y anaranjados, quiso que le contara cual fue el origen de la famosa guerra de Troya, y ahí me vi yo, retrocediendo hasta el momento en el que un oráculo había predicho que la nereida Tetis, la más hermosa y delicada de las hijas del dios marino Nereo, “el viejo del mar”, daría a luz un hijo que podría arrebatar el trono del universo al todopoderoso Zeus si este se casaba con ella, puesto que el rey de los dioses se sentía muy, pero que muy atraído por la belleza de Tetis.

Ilustración de Rosa García

A partir de ese momento, mi madre con los ojos abiertos de par en par (lo sé porque le brillaban con un fulgor inusual a causa de la emoción que parece ser que despertaba la impresionante historia), atendía a las causas de la guerra de Troya y su posterior destrucción a manos de los griegos, bueno, y de los dioses que ayudaron a los ejércitos helenos.

En esa época en la que mi madre y yo compartíamos muchas cosas, habíamos visto películas como “Helena de Troya”, “La Odisea” con el gran Kirk Douglas como Ulises, “Furia de Titanes”, la primera versión del conocido mito de Perseo, Andrómeda y el Kraken, “Jasón y los argonautas” y algunas obras trágicas de Eurípides que pasaban por la tele de aquellos tiempos.

Hay que reconocer que no es nada sencillo contar una tragedia griega porque resulta muy dificultoso situar a los personajes y sus tristes y penosos destinos: asesinatos, suicidios, raptos, destierros, violaciones, incestos, sacrificios humanos y calamidades sin fin. De eso se nutre principalmente la tragedia griega y la mitología clásica en general.

Pero a pesar de eso, mi madre, todos los viernes por la noche, (cuando mi hermano se había ido de juerga con sus amigos), al regresar, −algunas veces─  nos encontraba charlando en voz baja claro, para no molestar a los vecinos, ya que las ventanas de la terraza estaban abiertas y  el silencio se apoderaba de la noche. De cualquier manera, mi madre estaba deseando continuar con los relatos.

Algunas veces, mi padre se quedaba viendo algún programa de la tele o cuando televisaban un  partido de futbol, aprovechábamos para recoger la mesa y la cocina después de cenar, y nos quedábamos en la terraza.

Si  mi padre se acostaba y mi hermano no había regresado, era mejor: nos sentábamos con una bebida fresquita, mi caja de cigarrillos y comenzábamos la sesión.

− ¿Por dónde nos quedamos el otro día con lo de la guerra de Troya?−

Mi madre intentaba recordar el momento en el que Helena había sido raptada por el príncipe Paris: ─Paris, el de más hermosa figura. Mujeriego, seductor. Decía Héctor reprendiendo a su irresponsable hermano.

Hasta que conseguí llegar al final de la historia de la desdichada Troya y sus desdichados personajes: todos o casi todos muertos, mi madre no se quedó tranquila, aunque  algo decepcionada porque Helena volvía con Menelao, su marido, Paris moría y la romántica leyenda que tantos ríos de tinta había hecho correr desde hacía siglos, se había convertido en un espeluznante río de sangre que cubría el Escamandro, río divino que circundaba Troya.

Muchas noches de verano las pasé con mi madre mientras estudiaba en la universidad. De aquella época guardo el más grato y cariñoso de los recuerdos.

Aún hoy, a pesar de que han transcurrido muchos años ya, mi madre, que está un poco-bastante sorda, me pregunta por temas relacionados con la mitología, sobre todo cuando en la televisión ha visto el tráiler de alguna película actual que suele ser –las más de las veces− una copia muy farragosa y apabullante de la película original y en la que la esencia del encanto del cuento mitológico se diluye en efectos especiales espectaculares y en 3 D para un público de niñatos ignorantes.

Yo le contesto que es mejor que lea la historia en un libro o que vuelva a la peli original. Pero seguro que si anuncian “Furia de titanes 2” o “Ira de titanes”, la verá.

Estoy completamente segura, aunque termine loca de tanto Kraken con tentáculos.

Cuando me pase a verla, me preguntará por alguna escena y yo le contaré que hay que volver a la esencia de la historia que es mucho más simple y mucho menos aparatosa que lo que nos venden en Hollywood.

Mi madre, sonríe y con una expresión entre cariñosa y guasona me espeta:

−Me parece, hija, que has equivocado los estudios: tenías que haber estudiado mitología.−

Dedicado a mi madre

Paloma Múñoz

Madrid, 17 de diciembre de 2012

Una canción de ida y vuelta

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Género: Aventuras

Rating: Para todos los públicos.

Este relato es propiedad de David Gambero. La ilustración es propiedad de Miguel Carrasco. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Una canción de ida y vuelta.

Ilustración de Miguel Carrasco

Nunca esperé llegar a viejo. No con mis ambiciones. No con mis vivencias. No con mis errores. Y aun así aquí estoy. Con el paso del tiempo escrito a fuego en mi piel y la pillería de un niño que se cuela donde no debe. Y ese sitio es, precisamente, el Teatro Real de Londres.

—Espero que valga la pena —me dice mientras aviva su lámpara de aceite—. Y has prometido contarme esa loca historia que te tiene obsesionado. Pero dime, ¿por qué nos hemos tenido que colar en el concierto privado de año nuevo para el rey de Inglaterra?

—Porque Alemania nos acaba de declarar la guerra… otra vez. Ese enano bigotudo y su maldito Tercer Reich creen que van a triunfar donde otros fracasaron. Y en tiempos de guerra se suspenden los conciertos. Por eso nos estamos colando. Remmington-Smith, ese condenado director de orquesta, me prometió que me daría mi canción.

Helen asiente apesadumbrada. Lleva cuidando de este loco anciano casi seis años. No se lo he hecho pasar precisamente bien. Pero aun así ha accedido a ayudarme a colarme en el teatro a través de unas obras que su novio, que pronto acabará en el frente como todos los jóvenes que tengan el dedo del gatillo sano, estaba efectuando junto con su cuadrilla en uno de los palcos. Por eso estamos aquí tras una fatigosa subida: para escuchar el último concierto antes que la guerra termine. Si es que alguna vez lo hace. Nos acomodamos ante una enorme pared de ladrillo, a la luz de la lámpara. Escuchando los susurros de un concierto que no es para mí.

—Me dijo que la usaría para cerrar el concierto, así que tenemos tiempo para la dichosa historia. Trata de interrumpir lo menos posible, ¿de acuerdo?

Mis palabras capturan la mirada juvenil de Helen, que asiente esperanzada. Diecisiete años. Los mismos que tenía yo cuando me embarqué en mi loco sueño. Alzo las manos ante mi rostro y no las reconozco. Una vez estos dedos fueron capaces de crear magia de la nada. De coger al mundo por el cuello y zarandearlo hasta que soltara algo para mí. Mi historia empieza con estas manos. O mejor dicho, con un apretón de las mismas. Se las estreché a Lord Cardigan en un mercado apestoso en Constantinopla allá por 1854. A nuestro alrededor un puñado de jamelgos, flacos, encorvados y con una alarmante falta de dientes, relinchaban por el calor sofocante.

—¿Así que usted es el loco de la caja? —me dijo mientras sus ojos tan azules como fríos se clavaban en el enorme cajón que colgaba de mi espalda—. El alto mando me dio pocas instrucciones acerca de usted.

—Creo que a ambos nos dio las suficientes para que este encuentro fuera posible —le respondí mientras miraba a nuestro alrededor buscando ojos y, sobre todo, oídos indiscretos que pudieran estar escuchando nuestra conversación—. He oído que han tenido una travesía horrible.

Las medallas que pendían de su pecho tintinearon cuando se cuadró, tratando inútilmente de ocultar aquella verdad que llevaba circulando por la ciudad varios días. El hombre era una sombra de sí mismo. Bigote descuidado, uniforme apestoso y con varias manchas de vómito que ya nunca podría quitar. Un militar de pantomima en una guerra demasiado seria.

—Intuyo que la suya ha sido mucho mejor —me replicó mientras un rocín le lanzaba una dentellada a su espalda que falló por poco el blanco—. Los espías suelen tener mejores vidas que las de los soldados de verdad.

—Y más cortas. ¿Cuándo pretende su destacamento reemprender la marcha?

—Tan pronto entregue estos caballos a la caballería ligera. Hemos tenido ciertos… percances con nuestros propios caballos y ahora andamos algo cortos de ellos.

Aquellos ciertos percances habían incluido la muerte de casi la mitad de los caballos del regimiento por culpa de un viaje por mar fatigoso y casi inhumano. Los barcos de vela empleados, más económicos y necesitados de menor tripulación experta que los de vapor, se habían cobrado su precio merced a las olas y la desdicha del mar turco. De todo ello me enteré después. Y de mucho más. Y te puedo asegurar que esa travesía fue mucho más fatigosa que cualquier batalla que afrontamos después. Bueno, tal vez no de cualquier batalla, pues no hubo una batalla como la de Balaclava. Ni nunca la habrá si Dios tiene algo de misericordia aún para con su creación.

—Entonces debemos darnos prisa. Hay algo que deben saber.

—Puede entregarme el mensaje a mí —me dijo extendiendo la mano—. No hay necesidad de que me acompañe.

—¿Es porque no soy inglés o porque no soy un soldado?

—Es porque no me fío de usted —me contestó entornando la mirada, acerándola aún más—. La descripción que me fue dada coincide con lo que tengo delante. Pero el corazón me dice que usted no debería estar aquí.

—Haga caso a lo que quiera que tenga dentro del pecho si quiere, pero un soldado obedece antes las órdenes que a su corazón. Así que ahora le rogaría que me prestase uno de esos caballos para poder cargarlo con esto —me señalé la caja a mi espalda—. Puede no parecerlo, pero pesa como una vida de pecado y me lleva matando desde que el alto mando me mandara en su búsqueda.

Estoy seguro de que no quedó para nada convencido por mis palabras. Pero aun así obedeció. Con nuestra carga equina y uniéndonos al resto del destacamento enviado a Constantinopla a reabastecerse de caballos de guerra tomamos el camino hacia donde estaba asentada la tropa inglesa. El resto de oficiales hicieron la marcha un tanto tediosa. Pocos se dignaron a dirigirme la palabra y todos le dedicaban miradas golosas a mi misteriosa carga. Al final fue el propio Cardigan el que trató de saciar la curiosidad general.

—¿Qué lleva ahí dentro?

—A la reina de Inglaterra.

Un sable encontró mi cuello con sorprendente facilidad. No me lo rebanó, pues el brazo que lo blandía era experto. Sin embargo, he de reconocer que sentí que mis palabras me habían traicionado por última vez por cómo se me habían aguado los pantalones en un instante. La mirada gélida de Cardigan amenazaba con horadarme mientras apretaba con fuerza su mandíbula.

—No sé qué es lo que pretende, Temperley, pero le aseguro que a los británicos no nos gustan las bromas absurdas.

—Pues espero que les guste la verdad, pues es exactamente lo que llevo. Ahora, si no le importa, me gusta afeitarme por mi propia mano, sargento. No es que dude de su maestría… bueno, sí lo dudo. Ahora baje el arma, por favor.

No lo hizo. De hecho, noté cómo la sangre empezaba a correrme barbilla abajo. Mi caballo, un rocín del que me temía que sólo veía por el ojo derecho, comenzó a removerse nervioso al verse rodeado por el resto de caballos en actitud más que sospechosa. Entonces sucedió algo que me salvó la vida momentáneamente. Y digo momentáneamente puesto que fue el silbido de un mosquete cortando el aire y el pecho del oficial inglés más avanzado lo que les desvió de sus oscuros deseos. De repente, una horda de diez soldados rusos abandonó su escondite a un lado del camino y saltaron sobre nosotros. Sables brillando a la luz de la mañana y disparos quebrando la quietud. A punto estuve de caerme del caballo del susto y sólo acerté a retroceder mientras los ingleses ejercían de lo que eran. Los cinco hombres a caballo formaron rápidamente como si simulasen ser una flecha y cargaron, con más valor que sentido común, contra aquellas fieras del Báltico. No me da vergüenza reconocer que me quedé paralizado, aferrando las riendas de mi caballo con todas mis fuerzas mientras era testigo de una carga de caballería. Sin miedo a los disparos aquellos hombres se lanzaron contra sus enemigos sin dudar o romper la formación. Cuando estaban a escasos metros de encontrarse, los ingleses echaron mano a sus cintos, extrajeron sus revólveres y apuntaron con cuidado. No sé cómo lo hicieron pero cinco detonaciones sonaron al mismo tiempo. Cinco vidas se fueron segundos después. Fue una escena que jamás logró quitarme el olvido. Tampoco la del rostro del primer hombre al que maté. Era recio, tanto que lo confundí con un oso cuando se abalanzó sobre mí arrollando a mi caballo y lanzándome al suelo. Caí de bruces y todo comenzó a dar vueltas a mi alrededor. Me había golpeado la cabeza y el pánico únicamente me permitía gatear a ciegas. Me movía por instinto mientras, tras de mí, alguien balbucía palabras en ruso. La batalla seguía ajena a mi sufrimiento o destino. Pero por suerte aquella escaramuza tenía como objetivo arrebatarme mi caja. Y a ello se puso aquel hombre, dejándome por derrotado en el suelo. Cuando me percaté de que estaba forzando las correas que lo sujetaban al lomo del caballo que daba coces intentando quitarse de encima a aquella bestia, hice lo que cualquiera en mi lugar habría hecho para proteger no un secreto, sino el trabajo de una vida. Y es cierto que la mía era corta en esos momentos, pero era mi vida. Me topé con el malogrado cuerpo del oficial inglés abatido que todavía se revolvía en el suelo. No sé si grité o si me dijo algo. Lo único que recuerdo fue arrebatarle de la vaina su sable de asalto y abalanzarme contra el ruso. Le embestí con todas mis fuerzas. Lo inesperado ayudó a mi empresa. Y la suerte hizo que la espada le atravesara por entre las costillas asomando la punta por el otro lado de su torso. Me miró un segundo con mil preguntas escapando de su alma antes de ponerse flojo y caer al suelo arrastrándome con él. Cuando me hube desembarazado del cuerpo traté de sacar el sable y defender mi vida y trabajo. Pero la batalla había acabado. Los ingleses habían ahuyentado al resto de los asaltantes y un rosario de cuerpos yacían esparcidos por aquella estepa. Cardigan descabalgó, se plantó delante de mí mirándome de arriba abajo mientras yo buscaba algo de vocabulario con el que poder afrontar aquella situación cuando me dijo lo último que esperaba oír en aquel momento.

—Si hay rusos tan lejos del frío… Tal vez sea verdad que lleve a la reina de Inglaterra ahí dentro.

—¿Cómo es? —me interrumpe de pronto Helen, de la cual ya albergaba la esperanza de que se hubiese quedado muda.

—¿Cómo es qué?

—Matar a un hombre.

—¿Por qué me preguntas eso y no lo que había en la caja?

—Porque lo de la caja me lo vas a contar seguro —me dice mientras se me acerca tanto que puedo notar el calor de su cuerpo—.Así que dime, ¿qué se siente?

—¿Tienes planeado matar a alguien próximamente?

—A cierto viejecito cascarrabias… —me guiña el ojo como si no lo hubiese captado—. ¿Por qué todos los hombres sois tan proclives a contar hazañas y dejáis los sentimientos a un lado?

—Tal vez sea porque en esos momentos sintamos vergüenza de lo que sentimos, Helen… Y si quieres una respuesta, te diré que no dejé de temblar hasta que llegamos al campamento…

Me había ganado el respeto de aquellos hombres, aunque me costó numerosas pesadillas e incluso que me tuvieran que subir al caballo. Nos llevamos también el cuerpo del teniente Alberts, el fallecido en la escaramuza, y se le dio el mejor funeral que se pudo organizar en el campamento. Huelga decir que aquello no mejoró los ánimos de la soldadesca. Ya estaban bastante bajos después de su dura travesía hasta llegar a Crimea y ni siquiera la llegada de nuevos caballos ayudó. Mientras se le ofrecía el responso adecuado se me llevó ante la presencia del comandante de las operaciones, Lord Raglan. Tenía títulos, porte y ademanes de un británico de las colonias, de alguien que sólo sabe de su país por el nombre. Y, sin embargo, yo diría que allí era el más inglés de todos. Me recibió con cordialidad, pues me esperaba desde hacía tiempo. E incluso me ofreció de su propio té al enterarse de mi ayuda en la escaramuza por boca del propio Cárdigan.

—¿De dónde es usted, señor Temperley? —me preguntó cuando nos dejaron a solas. Bueno, a solas no. Estábamos él, yo y mi caja.

—De demasiadas partes… Y de ninguna. ¿Por qué lo pregunta?

—Porque por lo que conozco de usted, diría que no posee usted el espíritu necesario para guardar lealtad a ninguna facción de este conflicto. Así pues, ¿por qué está metido en este lío?

Le señalé con la cabeza la enorme caja, la cual no le había pasado desapercibida en ningún momento. Sin embargo, esperó a que fuese yo el que sacara el tema,  o mejor dicho, el tema de la caja.

—¿Podría usar una bayoneta? —le dije mirando con esperanza una de las cuantas que estaban apiladas en una esquina de la tienda donde nos encontrábamos.

Raglan me dio su permiso y con ella abrí la parte superior de la caja. Con cuidado y esmero saqué el invento que se me había llevado parte de mi juventud.

—¿Qué diantre es eso? —preguntó el Lord inglés dejando su silla intrigado e inclinándose sobre mí.

—Mi fonógrafo —le dije mostrándole el ingenio—. Lo que tiene ante usted es un sistema de grabación mecánica analógica, en el cual las ondas sonoras son transformadas en vibraciones mecánicas mediante un transductor acústico–mecánico. Estas vibraciones mueven un estilete que labra un surco helicoidal sobre este cilindro de fonógrafo… Y si se quiere reproducir únicamente ha de revertirse el proceso haciendo…

—¡Espera un momento! —dijo en su momento Raglan y ahora Helen interrumpiéndome.

—¿Sí? —me dirijo a ella, que está con la boca abierta.

—¿Un fonógrafo es algo parecido a un gramófono? —Asiento a la pregunta y ella continua—. No puede ser… Creía que lo había inventado Edison…

—Edison lo patentó bastantes años después de que yo consiguiera ensamblar el mío, que, todo sea dicho, era bastante distinto al suyo. Además, el mérito ni siquiera es suyo. Mi amigo Édouard–Léon Scott reprodujo mi invento años después, pero, claro, quiso hacerlo a su modo y…

—¡Robert! —me interrumpió de nuevo Helen visiblemente excitada—. ¡Eres inventor! ¡Inventor de verdad!

—Era, querida niña…, era. Y dejé de tratar de ponerle cuerpo a mis sueños tiempo atrás. Descubrí que no valía la pena hacerlo de la peor manera posible. Pero ahora trata de no interrumpirme más, ¿quieres? Me gustaría acabar esto antes de que se me congele el aliento.

Raglan no entendió que aquel cilindro unido a una suerte de caja llena de ruedas dentadas, agujas y membranas servía para algo. De hecho se rió creyendo que me estaba burlando de él.

—¿Pretendéis decirme que podéis capturar mi voz en ese pequeño cilindro y reproducirla a placer?

Entonces rebusqué en el interior de la caja y encontré los dos cilindros que, con tanto o más celo que el fonógrafo, había logrado traer conmigo desde el mismo corazón de Inglaterra. Uno era negro, y el otro blanco. Puse el negro en mi ingenio y comencé a darle cuerda con la manivela para ponerlo en marcha. Las palabras que salieron del cilindro dejaron sin las suyas al comandante de aquel ejército.

—No… No puede ser. ¿Es…?

—Ni más ni menos —le aseguré con gesto serio—. Ahora sería bueno que reunieseis a la tropa. Necesitan escuchar esto.

Era noche cerrada cuando me encontré rodeado por el grueso de las fuerzas inglesas destinadas a Crimea. Vi rostros mucho más jóvenes que yo. Más inocentes. Más ingenuos. Pero los había también que me miraban a mí y a mi ingenio como si fuésemos el mismo diablo. Sin embargo, Raglan había sido claro y no permitió a nadie poder escapar de aquel compromiso. Incluso dejó el perímetro sin guardar pidiendo a sus aliados turcos que guardaran las inmediaciones. Así que allí estaba yo… Frente a más de cinco mil soldados ingleses sucios, cansados y huraños, robándoles horas de sueño. ¿Y qué les iba a dar a cambio? Pues antes de que comenzaran los murmullos y las preguntas, volví a girar la palanca igual que lo había hecho ante su comandante y jefe. Y una voz clara y potente comenzó a hablar.

—¿Puedo hablar ya, señor Temperley? —dijo aquella voz. Me hubiese gustado poder obviar aquella parte, pero por aquel entonces no había perfeccionado mi invento y debía reproducir las grabaciones desde el principio—. Bien, vamos allá… Mis queridos soldados. Hijos de la Madre Bretaña. Os habla vuestra soberana, la reina Victoria por la gloria de Dios. Y… y, bueno, sólo quería desearos buena suerte.

Dejé de girar la palanca y todos los soldados comenzaron a mirarse los unos a los otros sin comprender nada. Raglan se adelantó, colocándose a mi lado, y con voz más potente y clara se dirigió a los suyos:

—La que acabáis de oír es la voz de vuestra reina. Yo mismo puedo dar fe de la veracidad de lo que acaban de escuchar. Así que no olviden que no sólo habitamos en el corazón de los que más nos quieren, sino también en la madre de todos los británicos. ¡Dios salve a la reina!

El “salve” que le siguió fue tímido. Extraño. Pocos podían creer lo que acababan de escuchar, y los que lo hacían no sabían cómo interpretarlo. Así, acabada mi labor, recogí mi ingenio y me retiré a una pequeña tienda que Lord Raglan había dispuesto para mí. Después de un viaje tan largo haber reproducido aquel mensaje me había dejado un regusto extraño en el paladar y la boca del estómago. Estaba guardando de nuevo el fonógrafo en la caja cuando apareció un hombre en mi tienda. Con unas pocas primaveras más que yo a sus espaldas me sonrió con franqueza. Pelo azabache, ojos grandes y brillantes a juego y faz agradable. En forma y con uniforme impoluto. Le reconocí de inmediato.

—¿Eso es todo? —me preguntó como si nos conociéramos desde siempre.

—Eso es todo lo que vuestra reina os quiso decir.

Penetró en mi humilde morada y se sentó sobre el cajón cruzando las piernas.

—¿Cómo lo habéis hecho? —me preguntó—. ¿Qué clase de brujería encierra esta caja que puede capturar y reproducir una voz?

—Es complicado de explicar pero no es en absoluto brujería. Es ciencia. Algo compleja pero ciencia al fin y al cabo. Y os aseguro que en el futuro, cuando consiga volver a algún lugar más civilizado que este, lograré meter uno de estos en cada hogar de Inglaterra y del mundo.

–¿Y por qué habéis requerido mi presencia? ¿Acaso nos conocíamos y os he olvidado?

Reí con ganas ante aquella pregunta. No. Por supuesto que no nos habíamos conocido nunca, le dije.

—Pero sí conozco a vuestro padre. Lord Remington–Smith. Fue él mismo el que me presentó a vuestra majestad y me permitió demostrarle lo que podía hacer mi ingenio. Podéis adivinar el revuelo que causó tal prodigio en la corte, aunque no tanto como en los estamentos militares. Ya casi estaban a punto de pedir las cabezas de cada una de las palomas mensajeras y los telegrafistas cuando pensaron lo que podía suponer mi ingenio dentro de una campaña bélica. Pero claro, ningún británico sale de casa sin antes haber probado hasta el último de sus logros. Por eso estoy aquí. Soy como un cartero, sólo que mis mensajes únicamente los pueden recibir personas que tengan un fonógrafo. Y ahora mismo soy el único que lo tiene… Hasta que vuelva con la misiva de Lord Raglan de que ha recibido el mensaje de ánimo de su majestad.

—¿Y por qué no estáis ya de camino si habéis obtenido lo que os proponíais?

—Porque no estoy aquí por el dinero o la fama. Estoy aquí por algo más: un sueño.

—¿Y qué lugar ocupo yo en vuestras ensoñaciones?

Rebusqué en mi bolsillo y le arrojé una vieja partitura a aquel joven. La cogió al vuelo y una sonrisa de niño acudió a sus labios.

—Casi la había olvidado… —susurró al verla—. La canción de la caballería ligera. Empecé esto antes siquiera de saber montar a caballo. ¿Por esto estáis aquí?

—Por eso y la palabra dada a vuestro padre. Arriesgó nombre y posición para darme la oportunidad de presentar mi invento ante la reina. He grabado mi voz y la de varias personas desde que lo inventé. Pero no he grabado ninguna canción. —Saqué el cilindro blanco y se lo mostré—. Quiero que la Historia sepa que la primera canción que se grabó y pudo ser reproducida es la vuestra. Me han interpretado la melodía. Es buena. Y llega a lugares del corazón que desconocía que existían. Sin embargo…

—Está incompleta —me dijo bajando la mirada—. Nunca llegué a terminarla pues la vida se interpuso en mi camino. Me estáis otorgando mucho valor y una honda responsabilidad, ¿lo sabíais?

—Me he jugado mucho para estar aquí. Nunca he desdeñado una buena aventura, pero si quiero que la Historia me recuerde, quiero que sea por algo de lo que esté orgulloso. Y lo estoy de mi fonógrafo, pero no de lo que he capturado con él. Así pues, ¿me ayudaréis?

Hubo un segundo largo entre nosotros. Uno en el que creía que se negaría, que se reiría de aquel requerimiento tan estúpido como imposible. Pero le había tentado con algo demasiado grande, algo excepcional.

—Dadme dos días —me dijo estrechándome la mano—. Tendréis la canción. Os lo juro.

—Y yo os prometo la eternidad, Matt.

Mi promesa me logró un lugar entre la tropa. Más concretamente entre el 93º Regimiento de Highlanders. Sin embargo, el regimiento de Cardigan, donde estaba encuadrado el joven Matt, no nos perdía de vista en ningún momento. Al parecer, la reina, me había incluido entre sus deseos que no sufriera daño y fuese tratado con la consideración oportuna, por lo que se me dejó hacer casi a mi antojo siempre que no disturbara la paz militar. Ni se me ocurrió hacerlo, más que nada porque la compañía de hombres rudos acostumbrados a los más duros pesares de la guerra como eran esos Highlanders, me imponía un hondo respeto. Coleccioné varias historias interesantes de aquellos hombres que me hubiese gustado grabar, la verdad. Pero mi cilindro tenía una única función y era grabar la canción de la caballería ligera.

Entonces llegamos al río Bulganek, donde los rusos nos estaban esperando. Las aguas se tiñeron de rojo, gracias en su mayor parte a la infantería de los Highlanders. Desde la distancia comprobé cómo aquellos hombres sabían matar tanto como morir. Ni siquiera los más jóvenes, pipiolos de no más de dieciséis años, caían tras recibir un par de balazos en su cuerpo. Seguían allí en pie, con el agua por las rodillas, batiéndose a sablazos y mosquetazos, subiendo el precio de sus vidas y cobrándose cuantas podían. Entonces, después de haber aguantado la feroz acometida rusa, la caballería se puso en marcha. Los vi cargar con el mismo orden de aquellos cinco hombres. Recortaron la colina con su galopada, sables en una mano y revólveres en la otra. Una pasada limpia, como la de una cuchilla de afeitar, y el campo quedó sembrado de tropas enemigas que se batieron en retirada. Justo en ese momento Cardigan alzó la voz desde su montura para ordenar perseguir al enemigo cuando Lord Raglan, junto al que me había quedado casi para servir de diana para las boñigas de su caballo, le gritó que detuviese la carga.

—¡Señor, podemos darles caza! —se quejó un Cardigan ensangrentado de pies a cabeza—. ¡Déjenos demostrar lo que valemos!

—Masacrar al enemigo que huye no es manera de demostrar nada —zanjó Raglan antes de volver grupas a su caballo—. Ordene detener el ataque y reúna a las tropas. Quiero cruzar el río antes del anochecer.

Así lo hicimos, sólo que bajo una marcha llena de desconfianza y rencor por parte de la caballería. La infantería se había batido con valor para lograr una victoria que debía rematar aquel cuerpo de élite pero, inexplicablemente, su comandante había declinado obtener una aplastante victoria. No sé si no consideraba aquella escaramuza importante o si ocultaba otros motivos, pero cuando llegamos a Balaclava y las huestes rusas llenaban aquella explanada, no dudé en saltarme cualquier tipo de protocolo y fui a buscar a Matt. Iba vestido totalmente de rojo. Del rojo del Dragón que él mismo representaba. A su lado y dispuesta en una enorme fila en la que Cardigan repartía órdenes a voz en grito, se encontraba la caballería ligera.

—¿Qué vienes a buscar, Robert? —me preguntó apresurado.

—Lo prometido… —Dudé incluso en pedirle aquello.

—Lo siento, amigo mío, pero aún no lo tengo… Tal vez cuando esto acabe lo tenga, pues estoy cerca. Pero ya has visto lo que nos aguarda.

—Toca pues. A los hombres no les vendrá mal una canción que alegre sus corazones y los libere del miedo unos instantes.

—¿Dudáis de que volvamos?

—Dudo incluso de que lleguéis a verles las barbas a los rusos…

Una expresión que no supe descifrar acudió al rostro del joven soldado. Bajó de su caballo, rebuscó en sus alforjas y sacó de ellas una guitarra.

—Deberías encender ese cacharro…

Creo que aquella fue la vez que más rápido puse en marcha mi fonógrafo. Mientras el joven Matt tañía suavemente las cuerdas de la guitarra tratando de calentar dedos y ánimo, coloqué el cilindro grabador en su lugar y me dispuse a accionar la manivela para comenzar a grabar cuando me detuve en seco, golpeado por mi propio sentido común.

—Matt… Si te equivocas, no podré volver a grabar tu canción con este cilindro… Una vez se graban los surcos ya no se puede deshacer el proceso.

—Lo sé —murmuró sombrío—. He tenido esta canción dentro de mí toda mi vida. Siempre conmigo y siempre incompleta. Cuando me la devolvisteis, una chispa nueva comenzó a arder en mi interior y encontré notas que se me habían resistido…

—¿Y?

—Sólo escúchala. ¡Escuchadla todos! —les gritó al resto de la compañía—. La marcha de la caballería ligera, camaradas. Esta canción habla de nosotros. Y ahora lo hará por siempre.

Se hizo uno de los silencios más intensos de mi vida. Comencé a girar la manivela al tiempo que asentí para que me ofreciese lo que tenía. La guitarra entonces comenzó a hablar por él. Suave. Melancólica. Verdadera. Retiraba el silencio con cada nota. Era una canción que quería ser triste pero no sabía. Una canción que parecía de otro tiempo, de otro lugar. Y, sin embargo, estaba ahí. Clavada en el corazón de aquel joven a fuego. Ni siquiera me di cuenta cuando acabó de tocar. Estaba como hechizado y con los ojos inundados en lágrimas. Incluso ahora, cuando ya creía que no me quedaban recuerdos por los que llorar, se me inunda la vista. En ese momento supe que había valido la pena. Todo aquel viaje. Todo. Y, sin embargo…

—Está incompleta —me dijo Matt antes de volver a dejar la guitarra y marcharse—. Si la escuchas detenidamente sabrás que le falta algo. Aún no sé lo que es, Robert, pero espero que la fortuna nos sea favorable y lo encuentre en el campo de batalla. Si no es así, entonces tienes grabado todo lo que soy y todo lo que pude dar.

Entonces Lord Cardigan se me acercó al trote. Detuvo su montura junto a mí y me alargó la mano para que se la estrechara.

—Tengo que pedirle un último favor —me dijo—. Si la canción de mi oficial ha quedado grabada, por favor, reprodúzcala mientras cargamos.

—Dejarán de oírla en cuanto se alejen…

—Aquí dentro no dejaremos de oírla nunca. —Se apretó el puño contra el corazón—. Además, siempre será mejor que escuchar los cañones rusos.

—¿Qué pasó? —me pregunta Helen totalmente absorbida por mis palabras.

Balaclava. Eso fue lo que pasó. La última carga de la caballería ligera. A Cardigan le ordenaron cargar contra la artillería rusa en una cabalgada a la descubierta de kilómetro y medio. Fue una carnicería. Caballos y hombres volaban por los aires a cada impacto de la artillería. Y, sin embargo, ningún dragón o húsar inglés detuvo su avance. Todos cargaron. Y casi ninguno vivió para arrepentirse de ello. Superaron el infierno de los cañones únicamente para caer en brazos de la caballería cosaca. Los superaban cinco a uno. Y aun así, me consta que lucharon hasta que Lord Cardigan ordenó una retirada viendo perdido el asalto. Los vi volver, derrotados y ensangrentados, bajo una nueva lluvia de metralla. Y mientras tanto la canción de Matt sonaba. Una y otra vez. Fue todo tan rápido, tan absorbente, que si siquiera llegué a darme cuenta de que allí estaba yo como un estúpido girando la manivela. Entonces le vi llegar. A Matt. El pecho de su chaqueta agujereado y con la vida escapándosele por el mismo. Venía silbando. Tranquilamente, como si la muerte no fuese con él. No lograba entenderlo. Entonces, mi mano dejó de girar la manivela y fue como despertar a Matt de un sueño. Cayó por un costado del caballo, fulminado. Sus fuerzas agotadas. Su vida también. Me arrodillé a su lado tratando de no dejarle hacer el último viaje a solas cuando alzó su mano como un rayo y me cogió del brazo.

—¿La tienes? —susurró con un fino hilo de voz—. ¿La tienes ya?

No lograba entender lo que me decía. Entonces me di cuenta de todo. Sobre el rugido de la guerra. Sobre el caos y la desolación su canción no había dejado de sonar. Y yo no había podido grabarla. Ni tan siquiera escucharla. Lo vio en mis ojos antes de cerrar los suyos. Aun así sonrió antes de irse. Aun así tuvo tiempo para sentirse satisfecho.

—Así que completó la canción —musitó Helen—. ¿Y tú nunca pudiste recordarla o grabarla?

—No. No pude. Nunca la recordé —digo mientras mi cabeza se hunde en mi pecho—. Aquella canción se perdió entre la guerra. Y mi fonógrafo. Lo único que logré salvar fue aquel cilindro incompleto. Ni siquiera me salen las palabras para seguir explicándote el horror que viví. Balaclava únicamente fue el principio de una larga serie de pérdidas. Por eso quería estar aquí esta noche. Más allá de la mirada de la historia, únicamente quería volver a escuchar esa canción de nuevo. Pero de nuevo la guerra quiere arrebatármela otra vez…

Entonces sucede lo imposible y casi estoy a punto de ponerme en pie en la silla aun a sabiendas de que mis pies no me sostendrían. Me empujo contra la pared de ladrillo que han levantado los obreros para trabajar a gusto y comienzo a golpearla con saña esperando que hayan sido negligentes.

—¿Qué estás haciendo, Robert? —pregunta alarmada la buena de Helen, que teme seguro que haya perdido la cabeza.

—¡Ayúdame a abrir esto!

Dos ladrillos se sueltan ante nuestros esfuerzos. Lo suficiente para dejar entrar el sonido de la música. Lo suficiente como para dejar entrar aquella melodía. La última marcha de la caballería ligera. Y allí abajo, sobre el escenario, hay un joven que podría ser un calco del Matt de mis sueños. Silbándole a una guitarra desnuda mientras el resto de la orquesta apenas se atreve a seguirlo. Y antes siquiera de que pueda disfrutarlo se termina. De nuevo se acaba. La gente comienza a aplaudir a rabiar mientras grito a pleno pulmón. Quiero volverla a ver. No le di a ese idiota mi cilindro para que le regalase la canción al mundo. Se la di para que me la devolviese a mí.

—Acaban ustedes de escuchar La última carga de la caballería ligera —dice el muchacho, Arthur Remmington-Smith, el director de orquesta más joven de Inglaterra—. Esta fue la última canción que escuchó mi bisabuelo, la que le acompañó en su último responso. Una canción de valor y esperanza. Una canción que escucharon buenos británicos en  otra época convulsa. Una canción que he querido compartir con ustedes al igual que un gran hombre lo hizo conmigo…

Se vuelve hacia la banda y hace un gesto a la misma antes volver a repetir la tonada. Esta vez la saboreo por completo. Esta vez todo vuelve a mí. Mi juventud. Mis sueños. Mis pérdidas. Todo. De manos de esa canción. Una canción de ida y vuelta.

David Gambero 2012

La leyenda del Dios del mal

Autor@: J

Ilustrador@:  

Corrector@:

Género: Relato

Rating: Infantil – juvenil.

Este relato es propiedad de Jesús Rodríguez. La ilustración es propiedad de José Vicente Santamaría. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La leyenda del Dios del mal.

Las ramas que salían de su espalda se zarandeaban al compás de sus brazos. Era alto, muy alto. Se agachó para acercarse a mi altura. Su rostro era rudo, leñoso. Sus ojos brillantes y su gesto afable transmitían afecto y ternura.

Me quedé quieto, expectante. No sabía si sentir miedo o alegría por haberle conocido. Nunca había visto un gorleño tan grande. Sí, en ocasiones había visto imágenes en los árboles que hacían adivinar su gran tamaño pero nunca en mi vida había hablado con ninguno.

***

—¿Qué haces paseando por el bosque a estas horas de la tarde? —me preguntó el gorleño.
Decidí comportarme como si aquel fuera un encuentro rutinario, como si fuera Mael, el gorleño del gran árbol, quien me lo estuviera preguntando. Sabía que aunque por su gran tamaño y presencia pudiera parecer peligroso, no lo era. Un gorleño nunca haría daño a un, como ellos nos llaman, “cachorro de humano”.
—Hemos venido a pasar el fin de semana al bosque —le contesté—. La cabaña del molino es de un vecino de mi pueblo y nos ha dicho que podíamos pasar la noche en ella. Mis amigos están preparándola para dormir y yo he salido a buscar la fuente para coger agua.
Había invitado a mis dos amigos, Nacho y Jorge, para que me acompañaran ese fin de semana. La idea de pasar —a sus doce años— la noche en una cabaña les había convencido.
—¿Así que os vais a quedar esta noche? —preguntó el gorleño.
—Sí, esa es nuestra intención. ¿Por qué me lo preguntas tan extrañado?
—Parece que el pastor no os ha explicado lo que sucederá esta noche ¿verdad? —me indicó el gorleño.
—¿Qué va a suceder —le pregunté asustado— ¿Hay algún peligro? Mael, el gorleño del gran árbol, me ha dicho que hay una leyenda sobre esta cabaña y en especial en esta luna de verano, pero…
Mi voz temblaba al preguntar y el gorleño, que me vio tan asustado, me atajó diciendo:
—¡¡Es la Noche de la Luna de Agosto!! Estos humanos… Deberíais saber que esta noche, nunca, ningún humano desde hace más de doscientos años la ha pasado en las inmediaciones del bosque de Peloño y mucho menos en la cabaña del río. Dice la leyenda —comenzó a relatar el gorleño— que a las doce de la noche del día de la luna llena del mes de agosto de cada año, todos los seres malvados que habitan en este bosque se reúnen en el claro al lado de la cabaña. Desde hace cientos de años, ofrecen al dios del mal sacrificios de animales. Si su dios quedaba satisfecho con la ofrenda, les dejaba un año más disfrutando de sus privilegios. Un año, su dios se cansó de los presentes que le ofrecían. Les dijo que quería sangre fresca pero no de un animal del bosque. Tendrían que sacrificar a un cachorro humano si querían seguir disfrutando de la cómoda vida que les brindaba. Aquel año, al no conseguir el cachorro para el sacrificio, el dios del mal les despojó de todos sus privilegios privándoles de todas las gracias que hasta entonces les concedía. Fueron castigados a vagar errantes por los bosques sin otro fin, que el de esperar la siguiente luna de agosto para intentar localizar y dar caza a un cachorro humano. Año tras año se reunían en el mismo lugar y el mismo día. En todas las ocasiones pedían a su dios que les devolviera sus favores y en todas su dios les contestaba lo mismo: “¡Sacrificad a un cachorro de humano, dadme a beber su sangre y os devolveré los favores!”. Este año, como todos los anteriores, harán lo mismo. No tenéis escapatoria. Salen de todos lados y aunque quisiérais esconderos en otro lugar, alguno de ellos os verá, avisará a los demás de la presencia de humanos en el bosque, os darán caza y os sacrificarán.
—¿Nos matarán? —le pregunté
—Sí, os matarán, pero no rápidamente, mucho peor —me respondió.
—¿Y qué podemos hacer? —le pregunté visiblemente asustado.
—Nada —me contestó el gorleño con un gesto de indiferencia—. ¿Por qué no te reúnes con tus amigos y buscáis una solución?
—¡Pues muchas gracias! ¡Me has arreglado el día y servido de mucha ayuda! —le respondí enojado.
No me lo podía creer, me contaba una historia que pondría los pelos de punta al más valiente y después me decía que no podía hacer nada.
Me di la vuelta y me dirigí hacia la cabaña. Jorge y Nacho vaciaban las mochilas y preparaban los sacos de dormir colocándolos en los camastros. Lo que aún no sabían era que con un camastro tendríamos suficiente.
Corrí por el bosque sin atreverme a mirar atrás. Tenía la sensación de ir perseguido por las fieras. Al llegar al claro del molino grité llamando a mis amigos. Los dos salieron de la cabaña. Alarmados por mis gritos me preguntaron qué había pasado y tras calmarnos, se dispusieron a escuchar lo que me había sucedido.
Les comencé a relatar mi encuentro con el gorleño y lo que este me había contado. Las caras de Jorge y Nacho iban cambiando a medida que les narraba la historia. No se lo podían creer pero al mismo tiempo sabían que yo nunca me inventaría una historia así.
—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó Nacho.
—¡No lo sé, estoy pensando! —les dije.
Los tres nos quedamos en silencio. Al rato nos adentrábamos en el bosque. Llamábamos a gritos al gorleño que desde un árbol nos contestó preguntando:
—¿A qué vienen esas voces? ¿No os dais cuenta de que son casi las nueve y todos estamos ya en silencio y descansando?
—¡Tienes que ayudarnos! —le dije en tono autoritario—. ¡No puedes dejar que nos pase nada!
—¿Y por qué habría de hacerlo? —me contestó en tono irónico—. Mi misión es cuidar a los árboles y a los animales del bosque, no a unos cachorros de humano como vosotros.
El gorleño desde un principio tenía intención de ayudarnos, se separó del árbol y bajó al suelo. Nos dijo que estuviéramos muy atentos a lo que nos iba a contar:
—Si escucháis con atención este pequeño relato, sabréis lo que tendréis que hacer al filo de la media noche cuando llegue el peligro.

***

Hace ya muchos pero que muchos años y en este mismo molino, sucedió algo terrible. Un niño y una niña se habían aventurado solos por el bosque (Saúl y Jimena habían salido en busca de una de sus aventuras con nosotros los gorleños). Era el día de la Luna de Agosto de aquel año. Se perdieron, y cuando la tarde estaba a punto de dejar paso a la noche vieron la cabaña del molino. La puerta estaba abierta. En su interior había tres camastros, los mismos que habéis visto hoy. Tras la puerta una mesa, una silla y un candelabro con una vela; a su lado, una caja de cerillas. Se sentaron y se dispusieron a encender la vela. Al abrir la caja se percataron de que en su interior solamente había una cerilla. El temor de que se apagara sin llegar a encender la vela les hizo dudar, así que prefirieron quedar de momento a oscuras; si precisaban la luz, ya la encenderían más tarde. Se echaron en uno de los camastros y se quedaron dormidos.
Al filo de las doce… aullidos lastimeros, terribles rugidos de fieras enzarzadas en una cruel batalla y los pasos lentos de una terrible bestia que se acercaba a la puerta de la cabaña los hicieron despertar. Saúl se levantó del camastro y se dirigió hacia la mesa; quería encender la vela, la luz les haría sentirse más protegidos. Sacó la cerilla de la caja y por segunda vez dudó. <<
¿Si no se enciende?>> De todas formas no intentarlo no era la solución. Sin luz ya estaban, así que encender la cerilla era lo más sensato. El molino estaba totalmente a oscuras, solamente un pequeño haz de luz traspasaba el sucio cristal de la puerta. La caja en su mano izquierda, la cerilla en la derecha y en su mente la decisión tomada. En el preciso instante en que se disponía a rascar la cerilla… un ruido: alguien o algo rascaba el cristal de la puerta. Frenó su mano.<<No debo encenderla, la luz nos descubrirá>>, pensó el muchacho. Su mirada fija en la puerta, no se veía nada ni a nadie. Paralizado por el miedo deseó ser una estatua o una pieza del mobiliario de aquel viejo molino, no importaba el qué, algo que le hiciera invisible. La puerta se abrió lentamente, la sombra que se dibujaba en el suelo hacía adivinar que tras ella se escondía una terrible bestia. El terror le produjo un espasmo que recorrió todo su cuerpo, su mano tembló violentamente rascando el fósforo, la cerilla se encendió y la sombra con la luz de esta desapareció. Encendió la vela y, gracias a su luz, las bestias de la noche no se atrevieron a entrar. Los niños se salvaron gracias a la luz de aquella vela y sobre todo, gracias a que la única cerilla que había se encendió. Nunca se supo cuál de las terribles bestias del bosque se había acercado a su puerta pero… se dice que cada Luna de Agosto esa bestia vaga errante por todos los molinos de la zona en espera de sorprender al niño que no se atreva a encender la cerilla.

***

—¿Alguno de vosotros ha traído un mechero? —les preguntó el gorleño en un tono entre burlón y misterioso—. ¿O quizás… una caja de cerillas?
—¡Puf! Yo no duermo en ese molino ni en broma —dijo Nacho.
—¡Pues anda que yo! Sin fuego ni lo sueñes —afirmé.
—¿Qué pasa, que ninguno hemos traído fuego? Lo que nos faltaba… —concluyó Jorge.
—¿No se os ha ocurrido pensar —nos indicó el gorleño— que quizás, y sólo quizás, algún excursionista pudo dejar un mechero en la cabaña? O… ¿una caja de cerillas?
Los tres salimos corriendo hacia la cabaña del molino. Entramos en ella y comenzamos a rebuscar por todas partes, no dejamos ni un rincón sin mirar pero no había ningún mechero. De pronto, los tres nos quedamos mirando hacia la mesa. Encima de ella había un viejo y mugriento candelabro que sostenía una vela ya casi consumida. A su lado, una caja de cerillas; una caja grande, de cerillas grandes de esas que se usan para encender la chimenea. La cogí y antes de abrirla la agité. Los tres respiramos aliviados al adivinar por el sonido que en su interior había muchas cerillas.
—¡Déjame ver! —me dijo Nacho emocionado—. Yo la abro.
Nacho abrió la caja y comenzó a sacar las cerillas una a una, los tres las íbamos contando: una, dos, tres… diez, once…
Jorge paró de contar y se fue a sentar en uno de los camastros. Desde allí, se oyó su voz que en tono enojado decía:
—¿Qué hacemos? ¡Están todas usadas!
—Dieciséis, diecisiete. —Nacho levantó la mano que sostenía una cerilla a la vez que gritaba—: ¡¡ESTA NO ESTÁ USADA!!
Cogió la caja que había dejado sobre la mesa y se dispuso a rascar la cerilla.
—¡Pero qué haces! —le detuvo Jorge—. Si la enciendes y con ella la vela, con lo poco que le queda se consumirá antes de las doce de la noche y después ¿qué? ¿Cómo vamos a detener a la fiera?

***

Era una noche de luna llena. La luz de aquel satélite amigo de las sombras penetraba por los cristales de la puerta del viejo molino. Alumbraba tímidamente la estancia en la que los tres muchachos pasarían aquella espeluznante noche. Un viento frío del norte agitaba las ramas de los árboles que rozaban contra el tejado de la vieja cabaña. Un monstruo salvaje y sediento de sangre parecía estar apartando las tejas para introducir su brazo y de un solo, pero certero zarpazo, hacerse con su presa. Otras ramas se interponían entre la luna y los cristales de la puerta formando terroríficas sombras que la imaginación de los tres transformaba en criaturas salvajes… hambrientas.

***

Nos preparábamos para pasar la noche.
—¿Para qué necesitamos los tres camastros? —nos preguntó Nacho—. Seguro que más entrada la noche hará frío y estaremos mejor y más calientes los tres juntos, ¿no os parece?
Desde que nos conocemos, nunca habíamos estado tan de acuerdo en algo. La luna llena dibujando sombras, los árboles zarandeados por el viento y la leyenda que pesaba sobre aquella cabaña formaban el escenario perfecto.
Ninguno de los tres quisimos cenar, no teníamos hambre. Nunca sabré si la causa había sido el haber merendado tarde o… Los tres nos metimos en los sacos y muy juntos nos sentamos al fondo de uno de los camastros. Desde este se podía ver a través del cristal de la puerta lo que sucedía en el exterior.
—¿Habéis cerrado la puerta con el pestillo? —preguntó Jorge.
—Yo no —contestó Nacho—. ¿Y tú, Alejandro, la has cerrado?
—No —contesté—. Pensé que la habíais cerrado vosotros.
—Pues hay que asegurarse ¿no creéis? —afirmó Jorge.
Ninguno de los tres pronunciamos una sola palabra más. Yo no me acercaría a aquella puerta y estaba seguro de que ellos tampoco lo harían.
El viento soplaba con fuerza. Los sonidos del bosque penetraban por el tejado, las ranuras de la puerta e incluso por alguna de las rendijas de las paredes de la cabaña.
—¿Habéis oído eso? —dijo Nacho.
—Sí. ¿Qué ha sido? —preguntó Jorge.
Quedamos en silencio. Las ramas de un árbol golpeaban el tejado de la cabaña, su sonido tapaba las pisadas que hacían restallar las tejas y hundirse las vigas que las sujetaban. Algo o alguien caminaba por el tejado. Una enorme pata con garras afiladas apareció sobre nuestras cabezas. Nos quedamos quietos. Desapareció dejando un gran agujero a través del cual la luz de la luna descubría nuestras caras desencajadas por el terror.

Ilustración de José Vicente Santamaría

Una hoguera se vislumbraba a través del cristal de la vieja puerta. Se comenzaron a oír chillidos salvajes de seres extraños que poco a poco iban tomando sitio alrededor de la fogata. Era casi media noche. Una sombra se interpuso entre la puerta y las fieras, separándose de la cabaña y acercándose a la hoguera. Era una criatura del bosque, la más grande y terrorífica de todas las que se reunían alrededor del fuego. Parecía ser la que oficiaría la ceremonia y se acercaba acarreando un gran oso que arrastraba tras de sí. Aquella bestia había pasado por encima de la cabaña destrozando en gran parte su tejado sin percatarse de nuestra presencia.
La hoguera formaba un círculo alrededor de un altar de piedra. Las bestias gritaban cánticos ceremoniales y representaban las escenas más cruentas que se pudieran imaginar. La gran bestia cogió al oso entre sus garras y lo depositó sobre el ara. Las fieras y todos los espíritus malignos del bosque se quedaron mudos, el viento cesó y todo el bosque quedó en absoluto silencio. El fuego se elevó como una gran columna envolviendo el altar. La gran llama comenzó a tomar forma hasta mostrar la imagen más terrorífica que uno pudiera imaginar. Su cuerpo se semejaba al de un gran dragón con grandes garras en sus patas y unos larguísimos brazos que alcanzaban las copas de los árboles. Su cabeza estaba coronada con un sinfín de cuernos de todos los tamaños y uno central larguísimo en el que insertaba a sus presas. Estaba realmente irritado. Sin duda era el dios del mal que tenía castigadas desde hacía muchísimos años a todas las fieras malignas del bosque. Al tocar con sus manos el cuerpo del oso rugió con furia y mirando hacia el cielo se dirigió a todas las bestias que esperaban su benevolencia.
—¡¡Un año más esperé por la sangre de un cachorro humano —les dijo— y una vez más me habéis defraudado!!
Su cólera era tal que la tierra temblaba y los árboles se retiraban caminando sobre sus raíces tratando de escapar de la ira de aquel ser diabólico.
—¡¡Antes del amanecer —les ordenó— me habéis de traer a un cachorro humano!! ¡¡Si no cumplís, os mandaré a las profundidades oscuras de la tierra de donde nunca más podréis salir!!
La terrible imagen desapareció fundiéndose en la misma hoguera de la que había surgido.
Las fieras se revolvían frenéticas, se alzaban sobre sus patas traseras estirando el cuello para poder percibir mejor los olores. No les importaba lo lejos que tuvieran que ir, tomarían el rumbo que su olfato les indicara. Estaban dispuestas a irrumpir si era preciso en algún recinto de humanos y robarles un cachorro mientras dormían. Esto lo tenían prohibido. Por su condición no podían salir del bosque. Ya no les importaba, preferían morir a ser enterradas para siempre en las profundidades de la tierra.
Las fieras comenzaron a acercarse oliendo todo a su alrededor. Percibían algo pero no sabían bien de dónde venía aquel aroma a sangre de tierno humano. Una de ellas se acercó a la puerta y comenzó a chillar, nos había descubierto. Sin pensarlo, los tres nos levantamos y cogimos la caja de cerillas. Nacho la sacó de la caja y la encendió. Jorge intentaba sacar la mecha de la vela que, al estar tan gastada se había quedado enterrada entre la cera. La cerilla se consumía y no conseguíamos liberar la mecha. La fiera miraba a través de la puerta pero no intentaba entrar, mientras la cerilla no se apagara…
La mecha estaba preparada cuando a Nacho la llama de la cerilla le quemó los dedos. Su reacción fue soltarla y esta cayó al suelo apagándose. La fiera abrió la puerta. Los tres habíamos saltado para refugiarnos en una esquina de la cabaña. Estábamos perdidos. Un inmenso árbol cayó encima de la fiera aplastándola y bloqueando la entrada. ¿El peligro había pasado? No. Por el agujero que con su pata había hecho la gran bestia, asomó un largo brazo y, en su extremo, una terrible garra lanzaba zarpazos al aire intentando atrapar a su presa. Las tejas se comenzaron a mover y se podían ver seres poseídos por un frenético deseo. Trabajaban a toda prisa apartando las tejas y las maderas que cubrían el tejado. Esta vez ya era imposible escapar, la salida estaba totalmente tapada por el gran árbol que se había derrumbado y no había ninguna ventana ni hueco por el que huir. Cuando ya nos veíamos en el altar de la hoguera, un estruendoso golpe nos alarmó. Las ramas del gran árbol barrieron de una sola pasada a todas las fieras que se encontraban en el tejado. Nos habían librado, por el momento, de aquella muerte segura.
Toda la cabaña estaba destrozada: tejas y trozos de madera del tejado cubrían el suelo y los camastros. Mirando hacia el techo de la cabaña pudimos ver cómo las ramas que habían barrido a las fieras, se entrelazaban formando una malla muy resistente que cubría todo el tejado. Las fieras pretendían entrar pero fue inútil, las ramas entrelazadas eran tan resistentes que ni la fiera que había portado al oso lo consiguió.
Un gorleño había sacrificado a su árbol para salvarnos la vida y antes de morir había entrelazado sus ramas para cerrar el tejado. Pensando en lo que había hecho me puse muy triste. Sabía que los gorleños mueren a la vez que su árbol y este había dado su vida para salvar la nuestra.
Hasta las cuatro de la madrugada duró el asedio de las fieras. Nacho, Jorge y yo, al poco rato, agotados nos quedamos dormidos, acurrucados en el mismo rincón en el que nos habíamos refugiado.
El primer rayo de sol que entró por el tejado de la cabaña despertó a Jorge, que nos llamó muy contento.
—¡Mirad, mirad, ya es de día! ¡Las fieras se han ido, hemos vencido y las ramas del tejado se han secado y separado lo suficiente como para poder salir!
Era un día radiante, el sol iluminaba todo el bosque. Alrededor de la cabaña se habían agrupado un montón de animales de todas las razas y colores. También habían venido los duendes, los elfos y las hadas del bosque que revoloteaban por todas partes felices y contentas. Los gorleños de los árboles cercanos nos saludaban. El gran gorleño que nos había recibido al llegar, el que nos había contado la leyenda que existía sobre aquel molino, no estaba. Al instante nos dimos cuenta de que su árbol era el que nos había salvado la vida y que él había sacrificado la suya no solamente por salvar a tres cachorros de humano, sino que lo había hecho también por librar al bosque de Peloño de la maldición que sobre él pesaba. Con su acto había conseguido que el dios del mal mandara a las profundidades de la tierra a todas las fieras y espíritus malignos que asolaban el bosque todas las noches. Desde este día nunca más ningún humano ni ninguna criatura del bosque pasaría más miedo ni se tendría que refugiar de la noche. Su sacrificio… había valido la pena.
En el bosque hay un gran árbol que los humanos llamamos “el Roblón”. Este fue elegido por todos los habitantes del bosque para ser el estandarte que recordaría a las generaciones venideras al gran gorleño de nombre “Soto” que había dado su vida para traer al bosque la paz y borrar para siempre la leyenda del dios del mal.
Se celebró una gran fiesta alrededor del gran roble de Peloño. A ella asistieron todos los animales del bosque, los gorleños, los elfos, las hadas y los duendes. Jorge, Nacho y yo también fuimos como invitados especiales. No podía quitarme de la cabeza la imagen del árbol caído, Soto nos había salvado la vida y traído la paz al bosque.
Me levanté y pedí a todos que guardaran silencio y pensaran en él. De pronto, se sintieron unos pasos que se acercaban. Todos miramos hacia la zona alta del sendero que conducía hasta el gran árbol. ¡¡Era Soto, estaba vivo y traía en sus brazos al oso que había sido sacrificado por las fieras hacía pocas horas!!
Todos nos quedamos expectantes. ¿Qué había pasado? ¿Cómo era posible?
El gorleño se acercó al árbol, dejó al oso en el suelo y se dispuso a hablar:
—Nuestro amigo el oso no ha muerto. El dios del mal no lo aceptó como presente. Solamente ha sufrido algunas quemaduras, pero con nuestra ayuda se recuperará y volverá a correr por el bosque.
—¿Y tú, cómo es qué estás vivo? Tu árbol se ha muerto —afirmó Jorge.
—No, mi árbol no se ha muerto: al caerse se rompieron sus raíces y este se murió, eso sí es cierto, pero una raíz quedó bien firme y prendida en la tierra. Con los primeros rayos del sol de esta mañana, salió una ramita y en esta brotó una diminuta hoja verde. Mi árbol no ha muerto, ha vuelto a nacer. Es cierto que va a pasar mucho tiempo hasta que pueda descansar abrazado a su tronco, pero no importa, tengo mucho tiempo, me sentaré a su lado… y lo cuidaré.

Jesús Rodríguez

Lo siento

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@:  

Género: Drama

Rating: Adulto.

Este relato es propiedad de Juan Ramón Lorenzana. La ilustración es propiedad de Paloma Muñoz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Lo siento.

Nunca pensé que esto me pudiera ocurrir a mí. La verdad es que ni siquiera imaginé que algo así pudiera sucederle a nadie. Estas cosas siempre les pasaban, creía, a personas desconocidas que se veían involucradas en un sorpresivo accidente de tráfico o a consecuencia de un mal golpe esquiando o saltando desde una roca para zambullirse en el mar. El caso es que a mí no me sucedió nada de eso.

Tenía frecuentes dolores de cabeza que siempre iban precedidos del agarrotamiento del cuello. El diagnóstico de la doctora fue claro: “Tienes artrosis cervical”, y añadió después, “eres muy joven para tener las vértebras tan deterioradas. Debes cuidarte mucho y no realizar esfuerzos ni trabajos repetitivos que pongan en riesgo la integridad de tu cuello. Te recomiendo que practiques natación y yoga; verás cómo notas una pronta mejoría, y si bien es probable que no se detenga del todo el proceso degenerativo,  al menos ralentizarás considerablemente el deterioro de tus vértebras”. Y fue verdad, al menos por un tiempo.

Seis meses después, los continuos dolores de cabeza pasaron a ser un recuerdo que muy rara vez asomaba a mi memoria. Me sentía mucho más ágil, ligero y vital. Caminaba con soltura y naturalidad, nada que ver con la postura rígidamente dolorosa que mi cuerpo se había obligado a adoptar. Y caminaba, como digo, suelto y ligero, cuando de improviso mi pie falló ante un suave desnivel de la acera del que no me había percatado. Una fuerte vibración atravesó mi cuerpo empezando por el talón, y recorriendo toda la espalda acabó en un latigazo ensordecedor en la base del cráneo. Seguí andando dos o tres pasos más, creo que por inercia, porque ya no sentía nada excepto miedo. Después, el suelo de la calle recogió mi cuerpo inerme e inconsciente.

Desperté en el hospital dos días después. Dos semanas más tarde aún sigo aquí. Me dicen que tendrán que volver a operarme. Al parecer, la primera vértebra cervical, denominada atlas, se ha desintegrado prácticamente y…  Pero el médico ha sido muy sincero y me ha dicho que las posibilidades de volver a tener movilidad son muy reducidas, aunque siempre hay que mantener la esperanza. Él no sabe que eso lo perdí hace mucho tiempo, mucho antes de este desgraciado suceso.

Y ahora vienes tú a verme. ¿Por qué?, ¿acaso quieres aplacar tu conciencia?, ¿convencerte del todo de que tomaste la decisión correcta? ¿O es sólo que quieres despedirte definitivamente de mí, enterrarme ya en un pasado que nunca más volverás a recordar? No te molestes. No tengas dudas ni sufras más; contestaré a las preguntas que no te atreves a hacer con un simple… sí.

Me dejaste en el momento más oportuno y conveniente, justo cuando estaba totalmente enamorado de ti y era absolutamente incapaz de encontrarte algún defecto; y por tanto, con tu ausencia sólo me quedaba la posibilidad de mitificarte. Para mí eras la mujer perfecta. Era yo el que fallaba, el error de la naturaleza, el inútil e incapaz de mantener a su lado una mujer que, en mi imaginación, cada vez se hacía más bella, más delicada, más… No me diste el tiempo suficiente para que esa fase de idolatría dejara paso a un amor más sereno, cabal y verdadero; que te viera tal y como eras en realidad, con virtudes y, seguro, encantadores y maravillosos defectos. ¡Defectos! ¡Cómo me hubiera gustado encontrarte defectos en aquel momento en que una simple llamada de teléfono sirvió para destruirme! Para mí, tus orejas eran encantadoras hojas frescas que algunos pajarillos no se habían resistido a picotear. Para mí, tu boca era perfecta: con tus perfectos y finos labios, con tus perfectos y desalineados dientes. Para mí, tus miopes ojos verdes, que se escondían coquetos tras unas gafas de colores, eran perfectos; tus pies perfectos, tus diminutos pechos para mí… para mí eran perfectos. Para mí, tu culo plano era perfecto, aquella cicatriz perfecta, tu manía de tocarte cada poco la nariz y de apretar la boca para no llorar, todo era para mí perfecto. Y tu manera de caminar, y de hablar, de sonreír y de mirar. Toda tú eras perfecta.

Y como sé cuán doloroso es quedar con la vida encallada en los recuerdos, un día decidí acabar con el mito que hizo de ti mi corazón muerto, y, mi cerebro tomó el mando para matar esa imagen ideal del amor romántico y escribir, a puñaladas, la leyenda de tus andanzas. Grabé en mi memoria tus quebrantos, reales o imaginarios, donde siempre eras fría, calculadora y de una cruel e interesada racionalidad. Utilizabas tu sexo como arma, como llave, y siempre estabas dispuesta a burlarte y traicionar al amor, la amistad, la verdad o a cualquier otro sentimiento sincero y auténtico que no fuera útil a tus deseos. Y siempre te salías con la tuya, siempre conseguías lo que pretendías; pero, cuantos más de tus ruines objetivos alcanzabas, más la angustia te alcanzaba y se oscurecía tu alma. No querías escuchar la verdad y corrías tras otro objetivo sin mirar la desolación que dejabas detrás. Pero todo tiene un final. Tarde o temprano, tanta traición, cobardía y miseria moral se notan en la piel, en la cara, en los ojos. Mi imaginación ya había escrito tu final con toda su sincera crueldad. Tu irremediable destino estaba meridianamente claro, y esa certidumbre era un delicioso bálsamo y una merecida conclusión para tu triste leyenda.

Tendrás una pronta vejez, pero la muerte se hará de rogar y tendrás que vivir constantemente con el mayor de tus miedos: estarás “SOLA”. Ni amigos ni familia te acompañarán en tus postreros años. Serás un fantasma al que nadie mira, una sombra, una fea y solitaria mancha que nadie toca, a la que nadie espera y de la que nadie se acordará cuando definitivamente desaparezcas.

¡Di algo! No te quedes ahí mirándome como un lloroso y patético pasmarote. ¡Di lo que quieras decir y vete de aquí para siempre! No me importa si crees que soy cruel o injusto contigo. Te maldigo, te maldeciré un millón de veces cada día en los días que me queden por vivir anclado a esta cama. Te odio… te odio sobre todo porque en los quince días que llevo aquí, ni una sola vez se me pasó por la cabeza el deseo de morirme; a pesar de no poder mover mis brazos ni mis piernas, a pesar de que sólo sea capaz de mirar y hablar, a pesar de que sea un cuerpo obscena y desagradablemente inútil; a pesar de todo eso, era incapaz de pensar en otra cosa que no fueras tú. Quince días preguntándome cuándo vendrías. Veinte días mirando hacia esa puerta con la esperanza de que fueras tú quien la cruzara. Veinte días soñando con volver a ver tus ojos, con volver a ver tus manos, tu boca, tu nariz. Ahora que ya estás aquí, me quiero morir porque…  Ahora no sé en qué podré pensar el resto de mi vida.

Silencio.

Gigantesco y aplastante silencio.

Y como la luz de una sola vela es capaz de romper la más impenetrable de las oscuridades.

Dos húmedas palabras fueron suficientes…

— ¡Lo siento…!

Ilustración de Paloma Muñoz

Juan Ramón Lorenzana Fernández

La sombra en los dibujos

Autor@:

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Relato negro

Rating: +14.

Este relato es propiedad de Carme Sanchis. La ilustración es propiedad de Rafa Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La sombra en los dibujos.

Habían pasado dos meses desde que decidió que había llegado el momento de hacer justicia y, aunque todo había empezado a mejorar en el cuerpo, todavía quedaba mucho por hacer.

El comisario había abierto una investigación secreta para encontrar al supuesto topo infiltrado, con tan buena intuición que Vincent estaba al mando. Desde aquella posición nadie dudaría de él, podría seguir trabajando y llevar a cabo su plan. Lo único por lo que temía era que inculparan a alguien inocente.

Pero, lo que realmente le preocupaba en ese momento eran las decenas de cartas que estaba recibiendo. Hacía dos semanas que habían empezado a llegar. Todas eran del mismo emisor anónimo y, en ellas solo enviaba dibujos hechos por niños. Dibujos aterradores en los que el protagonista era un hombre muy alto, vestido completamente de negro, como si fuese una sombra, con una sonrisa siniestra. Y a su alrededor, niños escondidos, con expresiones tristes.

Desde el mismo día en que comenzaron a llegar las cartas, niños de todos los pueblos vecinos habían empezado a desaparecer; los rumores asustaban a la gente.

La prensa hablaba de un hombre misterioso; algunos decían que era extranjero, otros que no tenía rostro y algunos decían que era un fantasma. Pero, todos se pusieron de acuerdo en llamarle “el hombre del saco”.

–Malditos sensacionalistas –Vincent cerró el periódico y dio la última calada de un cigarrillo demasiado apurado–. Están metiendo miedo a la gente, cuando deberían calmarles.

–No, señor. Ellos esperan que usted lo haga –respondió su ayudante desde la puerta–. La gente reza por que encuentre a ese hombre.

–Javi, pasa –apartó unas carpetas que tenía sobre la silla más cercana–. Siéntate, quiero hablar contigo en privado.

–Si necesita que cambie cualquier cosa de mi comportamiento, solo tiene que indicarlo.

Vincent observó a su compañero con una sonrisa en los labios. Aunque era mucho mayor que él siempre había estado a la sombra de un superior, merecía algo más que aquello. Por consiguiente, se mostraba un tanto reservado y siempre dispuesto a cumplir una orden.

–No te preocupes –continuó el Inspector–. Mi intención es darte un poco más de autoridad en esta oficina –el rostro de su ayudante se iluminó–. Empezando por ayudarme con la investigación del caso de las desapariciones.

–Le agradezco mucho la confianza que ha depositado en mí, señor. Le aseguro que estaré a la altura.

–Estoy seguro. Pero, ahora hablemos del caso. Las cartas que me están enviando se amontonan cada día sobre mi mesa, y no parece que saquemos nada de ellas.

–El emisor, aunque sea anónimo, debe ser “el hombre del saco”.

–Sí, debemos suponerlo. Aunque preferiría no llamarlo así, eso supondría darles alas a los periodistas.

–¿Secuestrador de niños? –propuso Javier.

–Dejémoslo en secuestrador. Lo que nos debería importar principalmente es intentar averiguar dónde están esos niños, cómo los embauca y porqué lo hace.

Vincent se levantó y sacó todos los dibujos que le habían enviado de una carpeta grisácea. Los colocó por orden de llegada en una de las paredes para analizarlos uno a uno.

–Los primeros eran más simples, ¿verdad? –puntualizó Javier.

–Efectivamente, en ellos solo hay un par de niños. Después, poco a poco aparecen más –se rascó la nuca con los dedos fríos, dándose un pequeño masaje–. Me gustaría que no fuese así, pero sospecho que obliga a los niños nuevos a dibujar la primera impresión que han tenido de aquel sitio.

–Eso explicaría el número ascendente de niños en los dibujos.

–Sí, pero ¿dónde puede estar escondiendo a tantos niños?

El comisario había dado órdenes a todos los agentes de que el caso era de máxima prioridad. Cientos de fábricas, almacenes, granjas y edificios habían sido inspeccionados, pero no encontraron nada.

»¡Aquí tiene que estar lo que buscamos! –exclamó, mientras inspeccionaba cada detalle– En estos dibujos debe haber algo que no estamos viendo.

–Es solo cuestión de tiempo, Inspector.

–Y de esfuerzo… –si quería encontrar a los niños debía ser práctico, empezar por descubrir dónde podían estar– Distribuye los dibujos entre los agentes, que cada uno se encargue como máximo de tres ilustraciones. Facilítales toda la información que tenemos, y si encuentran cualquier cosa, que me lo comuniquen personalmente de inmediato.

–Sí, señor –hizo una pequeña reverencia con la cabeza y salió por la puerta dando las instrucciones.

Todo el mundo hablaba del secuestrador, pero nadie lo había visto. Cada día que pasaba el número de desaparecidos aumentaba y, aunque los colegios extremaban las precauciones y muchos padres no dejaban salir a sus hijos de casa, seguía aumentando.

Desaparecían por la noche, cuando todo el mundo dormía. Sin gritos, sin llantos, sin ningún rastro de forcejeos.

–¿Acaso los niños quieren ir con él? ¿Qué les puede ofrecer? –murmuraba Vincent, mientras cientos de ideas volaban por su mente– No, debe suministrarles algún tipo de droga. Maldito canalla.

Ilustración de Rafa Mir

Se encendió otro pitillo, cada vez le duraban menos. Lanzó la cajetilla vacía hacía la papelera, pero cayó fuera. Al levantarse para recogerla, vio que una mujer lloraba desconsoladamente en la entrada de la comisaria.

Era muy joven, con el cabello ondulado de color castaño cobrizo y ojos oscuros enrojecidos por el llanto. Llevaba un abrigo tartán de tonos marrones que marcaba su figura esbelta. Vincent supo al instante por qué lloraba, por qué estaba allí y quien era el culpable. Se acercó hasta ella rápidamente:

–Señora, soy el Inspector Vincent Barrett. Acompáñeme, por favor.

Sin decir ni una sola palabra, asintió y siguió sus pasos. Los agentes ya trabajaban con los dibujos encima de las mesas, revisando los detalles de cada uno de ellos, gritando y anotando hallazgos evidentes.

Al entrar en su despacho, se dio cuenta de que necesitaba poner en orden todos los archivos, puesto que la mesita junto al sofá estaba llena de documentos. Cogió algunas carpetas y las movió a la silla que previamente había limpiado para su ayudante.

»Siéntese –dijo señalándole el sofá. La mujer todavía sollozaba, limpiando sus lágrimas con un pequeño pañuelo de color rosado. Apagó el cigarrillo en un recipiente repleto de colillas.

Los ojos de la mujer eran tan oscuros como una noche sin luna. Sus labios, brillantes por el carmín, estaban bañados por sus lágrimas. El Inspector preparó un vaso de agua de su jarra de vidrio y lo depositó en sus manos temblorosas.

–Beba un poco, verá cómo se tranquiliza –musitó. Desprendía un aroma dulzón, de alguna fruta exótica, y comprobó que en sus dedos no había alianza. Joven, guapa y aterrorizada–. Cuando recupere el aliento, puede usted explicarme todo lo que le preocupe.

–Mi hijo ha desaparecido –susurró entrecortadamente.

Vincent se sentó a su lado y puso su mano en el hombro de la joven. Temblaba, su respiración era irregular y las lágrimas no paraban de caer por sus mejillas.

–Sé que es una situación muy difícil, pero necesito que me explique todo lo que pueda saber. Supongo que ha oído hablar del secuestrador de niños –los ojos de la mujer se abrieron excesivamente–, no podemos confirmar que tenga también a su hijo, pero cualquier dato será indispensable para resolver el caso.

–Lo entiendo. Por eso he venido rápidamente al ver que mi hijo no estaba en casa. Las puertas estaban todas cerradas y nadie ha escuchado nada. La habitación está en perfecto estado…

–Todos los casos del secuestrador son así, señorita –la joven apartó la mirada, incómoda–. Pero no podemos descartar otros posibles culpables. ¿Sospecha usted de alguien?

–Creo que sí…

Vincent se levantó para coger su pequeña libreta y anotar todos los detalles. Había aprendido a apreciar los datos más importantes, pero sabía perfectamente que algunos pasaban desapercibidos al principio y, por eso, era importante apuntarlo todo. Se apoyó sobre su escritorio y prosiguió con la entrevista.

–Dígame cómo se llama su hijo.

–Dios mío, ni siquiera le he indicado mi nombre. ¡Discúlpeme! –ocultó su rostro con la palma de la mano. Acto seguido, se levantó y la tendió para presentarse– Mi nombre es Sofía Maymir, encantada de conocerle.

–Mucho gusto.

–Mi hijo se llama Hugo Maymir, tiene siete años –Vincent anotó el nombre mientras arqueaba una ceja. Sabía que en el presente no estaba casada por la falta de alianza, pero se preguntaba por qué estaba sola una mujer tan encantadora–. Por desgracia su padre murió meses antes de que él naciese, así que ni tan solo pude ponerle su apellido.

–Lo lamento. Es una crueldad que un hijo no conozca a su padre.

–Gracias, Inspector. Pero más cruel sería que yo no recuperase a mi hijo –se sentó de nuevo y bebió un poco de agua–. Ayer, Hugo me explicó que un hombre le había jurado que le llevaría con su padre, que estaba escondido en el bosque.

–¿Le dijo como era ese hombre? ¿Dónde hablaron?

–Solo dijo que era un hombre alto, vestido con un traje negro. Y, no sé dónde hablaron, no entiendo cómo pudo pasar. En el colegio tienen medidas de seguridad extremas desde que empezaron las desapariciones, y al salir vamos directos a casa.

–Entiendo. ¿Cómo reaccionó usted?

–Pues, cuando escuché aquellas palabras me horroricé. Había oído hablar del secuestrador de niños y en seguida me puse en lo peor. Le dije que no volviese a hablar con ese hombre, que era un mentiroso y tremendamente peligroso. Se echó a llorar y me juró que no lo haría… –respiró hondo antes de continuar su discurso– Pero, creo que ha sido él mismo el que ha salido de casa.

–¿Cree que Hugo se ha escapado?

–Sí, así es. Ver a su padre es lo que siempre ha deseado. Aunque me duela, sé que mis palabras no sirvieron de nada –sacó de nuevo el pañuelo y se secó las lágrimas–. Puede que me equivoque, pero lo único que me importa es recuperar a mi hijo.

Parecía tan fuerte, pero tan abatida al mismo tiempo, que Vincent no pudo evitar sentir una tristeza inconcebible. Observó a la mujer, todos sus detalles; su pelo, su ropa, sus manos. ¿Cómo una mujer sola podía cuidar de su hijo y de ella misma en aquellos tiempo? ¿Cómo conseguía salir adelante?

Un agente abrió la puerta sin previo aviso, con una carta en su mano y gotas de sudor cayendo por la frente. Su rostro estremecido reflejaba terror y sus ojos miraban fijamente a Sofía.

–Entre, por favor.

–Inspector, ha llegado otra carta –se la entregó con la mano temblorosa–. Anónima, como todas.

–Puede retirarse…

Dentro del sobre había un dibujo. Un dibujo como el resto, con una gran sombra central y niños a su alrededor. Pero, a diferencia de las otras ilustraciones, en esta había detalles de los niños dibujados; el color del cabello de los niños, su ropa. Uno de los niños llevaba una H en su camiseta, otro llevaba un animalito dibujado, detalles que podrían ayudar a su identificación.

–Este parece ser el niño nuevo –le dijo a Javier, que había entrado a la habitación–. Es la primera vez que aparecen detalles, y es mucho más bajo que el resto.

–¿Puedo verlo? –preguntó la mujer, apretando el pañuelo rosado entre sus manos. Si aquel era el niño nuevo, probablemente sería su hijo.

–No creo que sea una buena idea, señor.

–Por supuesto que lo es, podría reconocer a alguno de los niños. De hecho, uno de ellos podría ser su hijo.

Le entregó el dibujo, y observó cómo su rostro se descompuso rápidamente. Debía tener cuidado, sabía perfectamente que a veces las personas identificaban a sus seres queridos desaparecidos, aunque realmente no fuesen ellos. Pero, tenía que confiar en ella, era lo único que tenía para avanzar en el caso.

»¿Reconoce a alguien?

–Mi hijo… –susurró, señalando al niño de la camiseta con la inicial– Es Hugo, es su camiseta.

Vincent cogió de nuevo la libreta y anotó la información en ella. El niño tenía siete años, y la mayoría de los niños desaparecidos tenían entre 7 y 10, por lo tanto tenía sentido que su estatura fuese inferior. A pesar de ello, su dibujo estaba lleno de detalles, y por primera vez transmitía algo más que siempre terror.

»A Hugo siempre le ha gustado mucho dibujar –añadió Sofía, entre sollozos–. Incluso pintaba con los dedos en el suelo del jardín… No puedo creer que ese dibujo sea suyo, mi hijo –se cubrió el rostro con las manos y desahogó sus lágrimas.

–No se preocupe, señorita. Le prometo que encontraremos a Hugo, le prometo que volverá a dibujar en su jardín –Javier le miró, juzgando sus palabras. Sabía que nunca debía prometer algo que tal vez no pudiese cumplir, pero qué narices, su deber también era brindar apoyo a los familiares.

–Javi, enseña este dibujo a todos los agentes, que busquen similitudes con las ilustraciones que están analizando. Cualquier detalle similar nos puede ser de gran ayuda. Repasa los informes, busca la información de la ropa que llevaba cada niño, y llama a los padres de aquellos que no dieron esos datos.

»Quiero información sobre el color de cabello, ropa, gafas, cualquier elemento característico. Cuando la tengas pásala a los agentes, que hagan las comparaciones. Creo que este dibujo nos dará la verdad del caso.

–Señor, ¿quiere que le comunique las novedades al comisario? –preguntó el ayudante.

–No, yo mismo le llamaré. Quiero que envíe a unas cuantas partidas a inspeccionar el bosque. Tengo el presentimiento de que hemos pasado por alto algo importante; buscábamos un sitio grande, dimos por supuesto que los cogía por la fuerza, aunque no había pruebas de ello. Creo que simplemente les prometía aquello que deseaban, y ellos mismos le seguían.

Sofía le miró con los ojos llenos de lágrimas, repetía sus palabras, iba a buscar a su hijo allí dónde el hombre le juró que encontraría a su padre.

»Tal vez está en una simple casa de campo, más grande que un hogar común pero pequeño para llamar la atención. No debemos olvidar que son niños, pequeños, no ocupan mucho sitio y puede tener colchones en el suelo para que duerman todos juntos. Quizá sea como un campamento para ellos, esperando el momento de recibir lo prometido. ¿Y si es él mismo el que decide qué sale en los dibujos? ¿Por qué hoy hay detalles y hasta ahora no había?

–Señor… –intervino Javier sin poder seguir.

–De hecho, creo que él mismo ha decidido que ha llegado la hora de encontrarle. Y le encontraremos. Reparte el trabajo entre los agentes, por favor.

–Entendido, Inspector.

Su ayudante salió con el dibujo en la mano, y todos los agentes se levantaron al verle. Parecían un gran equipo, hacía tiempo que no les veía tan unidos. Los peores casos servían para aproximar a las personas, no solo del cuerpo, también del pueblo. Todos los padres se ayudaban para tener a los niños siempre vigilados, y aquellos que tenían a sus hijos desaparecidos se sentían respaldados por el resto de la población. Aunque no era el momento de pensar en aquello, Vincent se alegró porque todos estuviesen tan unidos.

–Señorita Maymir, su testimonio ha sido de vital importancia. Pero, lamento decirle que ahora necesito despedirme de usted. Le prometo que encontraremos a su hijo, muchísimas gracias por su ayuda –se acercó a ella y le tendió la mano, pero ella le ofreció un abrazo. Los brazos de la joven rodearon su cuello, y sintió con más intensidad aquel aroma tan embriagador. Todavía temblaba, y las lágrimas seguían acariciando sus mejillas, pero una sonrisa iluminaba su rostro.

–Muchas gracias, Inspector. Ojalá pueda encontrar a todos los niños.

Y se fue, atravesando la habitación con pasos tan delicados que parecía flotar. No pudo evitar observar como contorneaba sus caderas, pensando una vez más, que una mujer tan bonita y buena no debería vivir tan sola. Así era aquel país, aquel mundo, donde los hombres morían jóvenes y dejaban mujeres solas criando a sus pobres hijos.

Pasó todo el día en su despacho, hablando con el comisario, con su ayudante, con agentes que iban y venían enseñándole nuevos hallazgos. Cada vez estaban más cerca de descubrir el paradero de los niños, pero la búsqueda en el bosque sería larga. Vincent intentaba analizar cómo había podido ocurrir todo aquello. Era evidente que el hombre había utilizado una ilusión diferente para cada uno de los niños, por tanto, había podido observarlos o tenía información sobre todos ellos. Quizá era el conserje de alguno de los colegios, pero, ¿cómo tenía acceso a la información del resto de niños? Tal vez era maestro de música, de arte o de literatura. Pero, no podía suponer nada de todo aquello. Quizá era simplemente un hombre que observaba a los niños en el parque y se hacía amigo de ellos. O, tal vez era una mujer. Todas las hipótesis llenaban su cabeza y el humo de los cigarrillos que había fumado aquel día inundaba el ambiente de su despacho. Tenía los ojos rojizos cuando su ayudante entró con un plato de ensalada, un filete de carne, un trozo de pan y una pieza de fruta, acompañado con un vaso de vino y una jarra de agua fría.

–Muchas gracias, Javi. Esta noche me quedaré aquí, por si hay alguna novedad.

–Perfecto, señor. Si me necesita estaré en mi mesa repasando la información. Ya tenemos identificados a la mayoría de los niños de la última imagen, así que me quedaré para terminar el trabajo.

–Buen trabajo, merecías esta oportunidad. Eres capaz de dirigir al equipo, de dar órdenes y ser escuchado. Mereces tener esa autoridad, las cosas van a empezar a cambiar en esta comisaria, y tú vas a formar parte de las mejoras.

–Gracias por sus palabras, para mí es un honor tener su confianza.

Vincent pasó la noche dando cabezadas en el sofá de su despacho, abriendo los ojos de vez en cuando por si sonaba el teléfono, por si llegaba alguien para darle nueva información. Pero la alarma que esperaba no llegó hasta pasadas las siete de la mañana, cuando el comisario entró en la habitación con una carpeta llena de documentos.

–Vincent, despierte –gritó al entrar. Llevaba una gabardina grisácea, con los hombros oscurecidos por las gotas de lluvia. Su rostro, repleto de arrugas y manchas, lucía enfadado.

–Señor Comisario, discúlpeme, he pasado la noche en vela.

–Sí, sí, típico en usted. Debería descansar, no servirá de nada si no tiene la cabeza despejada. Le necesitamos –se sentó en una de las sillas del despacho, observando el desorden–. Tampoco le vendría mal ordenar un poco todo este desastre, esto parece una pocilga –odiaba sus cambios de humor, algunos días lo trataba como a un dios y otros le despreciaba, estaba claro que hoy no era su día.

–¿Hay alguna novedad? –se levantó y fue directo a llenar una de las tazas de café caliente que su ayudante le había llevado minutas atrás.

–No, ese es precisamente el problema. Sus ideas son muy buenas para escribir una novela, pero estamos en el mundo real. Deje de fantasear, no es ningún detective famoso, es un simple empleado que ha dejado volar demasiado la imaginación. Decenas de agentes revisaron el bosque, algunos vecinos del pueblo ayudaron en la búsqueda; no hemos encontrado nada.

–Señor, no creo que hayan inspeccionado todo el bosque, tan solo ha pasado un día.

–¿Me estás diciendo que sigues pensando que están allí? –cuando el Comisario le tuteaba, empezaban los problemas– Maldita sea, han desaparecido muchos niños, no pueden estar en una simple casa.

–El bosque envuelve la mayoría de pueblos en los que han desaparecido, es muy posible que se encuentren en él. Una de las madres en su testimonio afirmó que un hombre le había dicho al niño que le mostraría a su padre en el bosque. Si seguimos buscando, estoy seguro que pronto le encontraremos.

–Eres muy testarudo, Vincent. Pero no te juzgo, eso es lo que me gusta de ti. Seguiremos con la búsqueda un día más, pero te juro que si no encontramos nada tendrás que mover el culo y localizar tú mismo el maldito escondrijo de esa miserable rata.

–Puede estar seguro de que lo encontraran. Está en ese bosque, lo sé.

–Te traigo toda la información que pediste. Historiales de conserjes, profesores y personal docente en general de todos los pueblos implicados. No creo que ninguno de esos trabajadores esté relacionado con este caso, ¿qué es lo que buscas?

–Un posible culpable, o descartar a todos ellos. Solo intento poner las ideas en orden y creo que la mejor manera es clasificar la información que tenemos.

–Me gustaría ver los dibujos que han enviado, solo he visto el último y tengo curiosidad –Vincent señaló una carpeta, y cuando el Comisario la abrió, su rostro cambió por completo. Una mueca de horror se dibujó en su cara–. Esto es espantoso… Algunos de los niños llevan más de quince días desaparecidos, y nadie parece haber visto a ese malnacido. ¡Como haya matado a alguno de los niños!

–Señor, es mejor pensar que todos están bien. Este ha sido un caso muy extraño, ninguno de nosotros imaginaba que algo así pudiese pasar. Debemos mantener la esperanza y conseguir que los padres la mantengan.

–Muy bien, Inspector. Hace usted un buen trabajo, aunque sus métodos son un poco diferentes de lo habitual.

–Lo importante es el resultado, ¿no, señor?

–Sí, tiene razón. Haga que reanuden la búsqueda, si recibo alguna noticia, se la haré saber de inmediato.

–Hasta pronto, Comisario.

Un par de horas más tarde el teléfono del despacho sonó. Después de varios minutos de conversación, Vincent se levantó y abrió la puerta.  Javier se acercó corriendo, con cara de preocupación y el rostro pálido.

–Señor, ¿me necesita?

–Tenemos la casa, tenemos a los niños –las palabras surgieron volando, llenando de alegría, gritos y aplausos la comisaria. Por fin, después de semanas de angustia y trabajo, los niños estaban a salvo–. Estaban en una Masía restaurada en la cuna del bosque. En la casa tenían comida y camas suficientes para todos. No hay ningún niño ni herido ni enfermo.

–¿Y el secuestrador? –preguntó un agente joven.

–No estaba en la casa. Algunas patrullas siguen buscándolo. Pero, nos ha dejado un mensaje. Una carta escrita a mano por uno de los niños, donde parece que nos revela todo su plan.

–Y, ¿qué dice en ella? –pidieron varios de los hombres.

–Al parecer ni tan solo era vecino de ninguno de los pueblos. En la nota nos narra cómo su hijo murió cuando era muy pequeño; se cayó en un río y nadie hizo nada para salvarle. Cuando consiguió hacerse con su cuerpo empapado, estaba ya ahogado. Se sentía tan deprimido por aquella pérdida, que tuvo que irse de aquel sitio y empezar una nueva vida. Pero, no podía soportar ver como algunos niños vivían tristes, soñando con tener algo que no podían obtener, como un padre fallecido o un hermano perdido. La mayoría de los niños secuestrados habían perdido a algún familiar en los últimos años, y él les prometía reencontrarse con ellos. Promete que no quería hacerles daño, solo darles esperanzas y hacerles vivir en un sueño por unos días –todos los agentes quedaron en silencio. La historia era triste, sí, pero Vincent sabía cómo debía proseguir.

»No debemos olvidar que este miserable ha secuestrado a quince niños. Ha sacado de sus casas a menores de edad con engaños, los ha tenido retenidos. Ahora pueden creer que toda ha sido un dulce sueño, pero tarde o temprano regresará a ellos el recuerdo, y se sentirán horrorizados.

–Ese desgraciado nos quiere hacer creer que les ha hecho un favor –algunos aplaudieron aquella afirmación.

–Lo cierto es que los niños han regresado con sus padres llorando, porque anhelan que sus sueños prometidos se hagan realidad. Pero, pobrecillos, aprenderán muy pronto que jamás conseguirán ver a aquellos que perdieron.

»Creo que es el momento de reflexionar, señores. Todos nosotros hemos perdido a alguien, ya sea familiar o compañero. Seguramente, también habríamos seguido a alguien que nos prometiera reencontrarnos con nuestros seres queridos –el silenció reinó sobre los murmullos–. El hombre será buscado, encontrado y juzgado. Todos nosotros podemos perder a alguien que apreciamos, pero jamás debemos dejar que eso nos nuble la mente.

»El hombre del saco sigue siendo una simple leyenda, nuestro hombre es simplemente, un hombre. Formamos un gran equipo, chicos. Buen trabajo.

Días más tarde, Santiago Codina se entregó en una de las comisarias, dando pruebas de que había secuestrado a todos los niños desaparecidos. No tenía cómplices, solo las promesas de cumplir sueños. Antes de ser detenido, al terminar su juicio, masculló a los presentes:

–¡Volvería a hacerlo! Os lo juro –sus ojos parecían a punto de salir de sus orbitas, y sus labios dibujaban una sonrisa rota–. Volvería a hacerlo, solo para ver en los ojos de todos aquellos niños soñadores, el reflejo de mi pobre hijo muerto.

Carme Sanchis.

La momia

Escritor@:

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Gènero: Relato

Rating: Todos los públicos.

Este relato es propiedad de Olga Besolí. La ilustración es propiedad de Verónica López. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La momia.

1907 – MUSEO DEL CAIRO. SALA DE ANÁLISIS

–¿Qué tenemos aquí?

–Momia identificada como KV60B con su sarcófago, encontrada en la tumba KV60 tebana, del Valle de los Reyes.

–¿B? ¿Has dicho 60B?

–Sí. Eso mismo. Es lo que pone aquí.

–Entonces debe haber una momia A. ¿A dónde han llevado una momia identificada como KV60A?

–A ninguna parte. Corresponde a una mujer calva, vieja y obesa, hallada sobre el suelo y sin sarcófago. No debe ser nadie de importancia. Una criada de esta, quizás.

–Pero esta no puede ser noble. Mira la inscripción de este sarcófago: Nodriza real, In”. In, ¿De qué me suena ese nombre? ¿Quién ha sido su descubridor?

–A ver el informe… Sí, aquí está, traída por el equipo de Ayrton. Por lo visto han reabierto la misma tumba que hace cuatro años encontró Carter, la KV60, aquella que…

–Sí, me acuerdo. La tumba menor donde solo había momias de sexo femenino, seguramente destinadas a servir al faraón. Ni restos reales, ni oro. Desvalijada y revuelta por completo. Por eso nadie se molestó en traernos esto. ¡Típico de Carter!

–Sí, por lo visto Howard, al ver que carecía de valor, la selló nada más abrirla… Dicen que ahora anda metido en una nueva expedición. Pretende encontrar, según sus propias palabras el hallazgo más importante de la historia, una tumba sin saquear.

–Créeme, eso no ocurrirá jamás ¡Una tumba virgen! Eso es un mito tan falso como que las momias estén malditas. No queda ni un solo centímetro de arena por remover en todo Egipto. Pero dejémonos de tonterías y veamos qué sorpresa nos reserva el cuerpo de la pequeña In. Ayúdame a abrir la tapa.

1517a.d.C- PALACIO REAL DE TEBAS

–¡In! ¡In! ¡Inet! ¿Dónde estáis?

–Sitra es mi nombre.

–Pero In, o nodriza, vuestra condición.

–¿Me mandabais buscar?

–Sí, ¡Tened el bebé! El faraón acaba de confiármelo. Es su descendiente heredero, recién alumbrado por su primera esposa, al que deberéis alimentar y cuidar con especial esmero.

–Pero, señor, no puede ser el heredero al trono de Las Dos Tierras. Es una niña.

–Lo será hasta que Ahmosis alumbre de nuevo y de su vientre nazca un varón. El faraón quiere que, mientras eso no ocurra, ella reciba el mismo trato que corresponde al rango que ahora es suyo. Además, no debéis olvidar que esta pequeña es descendiente directa de los grandes faraones libertadores de los Icsos y portadora de la sangre sagrada de la reina Ahmose-Nefertari.

–¿Y cuál es su nombre de nacimiento?

–Hatshepsut, la primera de las grandes damas.

–Mm… Hatshepsut… me gusta su nombre. No cuidaré de ella como es mi deber, sino como el privilegio que me ha sido otorgado por los dioses. No me separaré de ella ni de día ni cuando caiga la noche. Y prometo defenderla ante cualquier peligro o daño, con mi propia muerte si hace falta.

–No esperaba menos. En cualquier caso, si falláis a vuestra palabra, lo pagaréis con vuestra propia vida.

2007 – MUSEO DEL CAIRO. SALA DE CONFERENCIAS.

–Señores y señoras de la prensa internacional, soy el doctor Hawass, director del Proyecto de Momias de Egipto y secretario del Consejo Supremo de Antiguedades de El Cairo. Sé que este ha sido el hallazgo más importante de la historia, después del descubrimiento de la tumba intacta del faraón Tuthankamon por Howard Carter en 1922, pero esa no es razón para que no podamos mantener el orden. Contestaré a todas sus preguntas pero, de una en una  y con calma. Veamos… Usted.

–¿Es verdad que la momia pertenece a un faraón?

–Efectivamente, se trata del cuerpo del faraón Hashepsut, hallado en la tumba KV60, redescubierta hace dos años. Aunque el mérito de su descubrimiento también se lo debemos a Carter, que encontró y abrió esta tumba por primera vez en 1903. ¿Siguiente pregunta?

–Hola. Soy Andrew Stone, de la revista Time. Mi pregunta es la siguiente: ¿Cómo es que la tumba ha permanecido sin investigar un siglo entero? ¿Y por qué no han encontrado hasta ahora el cuerpo?

–Bien, señor Stone, a partir de ahora agradeceré que formulen sus cuestiones directamente, sin presentaciones, porque hay mucho que comentar. Primero, decir que la tumba ha permanecido tanto tiempo oculta porque los planos de su ubicación fueron extraviados y aunque a principios del siglo pasado se documentó su descubrimiento, no hemos podido volver a localizarla hasta ahora. Hay que tener en cuenta que en su apertura inicial se encontraron dos momias en su interior. Una de ellas fue trasladada con su sarcófago directamente al museo de El Cairo para ser analizada. El cuerpo pertenecía a Sitra, también conocida como In o Inget, la nodriza real en tiempos de Tutmosis i. La otra momia, por circunstancias que todavía desconocemos, se dejó en la tumba. Nuestros técnicos la han recuperado y analizado. Ahora sabemos que pertenece a Hashepsut, la mujer faraón.

–¿Mujer-faraón? ¿Puede explicar eso?

–Sí, creo que sí. Hashepsut pertenecía a la xviii dinastía. Nació como primogénita de Tutmosis i y su primera esposa y, por tanto, heredera al trono de Egipto. Además, sus dos hermanos menores no llegaron a edad adulta. A la muerte de Tutmosis i, una conspiración de palacio en su contra y encabezada por el chatty, o arquitecto real, colocó en el trono a su hermanastro, Tutmosis ii, hijo del faraón con una concubina. Hatshepsut, como era costumbre en aquella época, se casó con su hermanastro para acceder al trono. De ese matrimonio nació una hija. A la muerte de Tutmosis ii, Hashepsut reclamó su derecho de ser proclamada faraón, e hija de Ra por su descendencia directa por vía materna con los antiguos faraones. Por lo que sabemos reinó en Egipto por más de veinte años y murió entre los cuarenta y cincuenta años, lo que es una edad considerable para aquellos tiempos y el elevado índice de mortalidad.

–Perdone, pero, si fue tan importante, ¿Por qué no hemos tenido noticias sobre su existencia hasta ahora?

–Porque no sabíamos prácticamente nada de ella. Su nombre  y su historia aparecían en algunos escritos, de forma fragmentada, pero lo tomamos  más como un mito o una leyenda que como un hecho real. Verán, parece ser que durante su reinado hizo esculpir su efigie como un faraón masculino, con su tocado y su barba postiza, figuras que hemos confundido con las de Tutmosis iii, su sucesor. Por otro lado, tanto Tutmosis iii como sus descendientes intentaron destruir todo rastro de Hashepsut. El recuerdo de su mandato fue condenado en esta vida y en la otra, borrado de los anales y de la historia de Egipto. Así lo confirman la falta de algunas efigies y de estatuas en su templo, papiros hallados en los que se ha borrado su nombre, estelas con el cartucho real destrozado y, finalmente, su cuerpo, hallado en la tumba perteneciente a su nodriza, tirado en el suelo, aunque embalsamado correctamente y con el brazo izquierdo sobre el pecho como símbolo de realeza. Además, el cuerpo mostraba signos de haber sido desplazado de su ubicación original, que creemos que es la gran tumba de Tutmosis i, situada cerca del actual Luxor y que supuestamente mandó ampliar para compartir la vida eterna junto a su padre, como hemos podido descifrar con lo que queda de escritura en sus paredes. Allí fueron encontrados los vasos canopes que contenían sus órganos, de ahí que hemos deducido que esa era la tumba donde la enterraron tras su muerte.

–¿Con qué datos apoya la teoría de que el cuerpo hallado, entonces, pertenece a Hashepsut?

En los vasos canopes de su tumba había un diente molar con una sola raíz, el mismo que le falta a la momia estudiada. Las pruebas aplicadas al cuerpo identifican como suya esa pieza dental. Y las pruebas de ADN son concluyentes.

–Pero aunque así fuera…

–Es así, señor. Le aseguro que si no fuera así, no estaríamos en esta rueda de prensa.

–Está bien, doctor. Siendo así, entonces, eso todavía no demuestra que ella llegase a ser faraón. Podría tratarse, sencillamente, de la reina consorte. ¿Qué le hace pensar lo contrario?

–Estimado señor, nadie se toma tantas molestias por aniquilar el recuerdo de un consorte. Me temo que Hashepsut fue mucho más importante que eso, aunque a usted le cueste tanto creerlo como a los conspiradores que intentaron borrar su recuerdo. Por suerte, mucha información se salvó de la destrucción. Se han hallado grabados intactos como el del obelisco de Karnak, que detalla el momento de su coronación. También se sabe que hizo muchas obras durante su reinado, como  la construcción del templo funerario en Deir el-Bahari, diseñado por su fiel arquitecto Senenmut, su supuesto amante, si tomamos en cuenta algunos de los dibujos esculpidos en sus muros, que muestran al faraón manteniendo relaciones con el arquitecto real. Pero queda mucho todavía por descubrir sobre ella y su reinado. Las tierras de Egipto aún esconden muchos secretos bajo la arena. Así que, señores, si no les importa, daremos ya por finalizado el turno de preguntas.

–Perdone, pero tengo una última cuestión.

–Dígame, señora.

–Señorita, señorita Judith Wislat, de la magazine Mujeres de nuestro tiempo ¿Cuál pudo ser la razón para que los sucesores de Hashepsut pusieran tanto esmero en intentar borrar sus huellas? Quiero decir ¿qué pudo hacer tan grave para que la condenasen de esa manera?

–Lo cierto es que no lo sabemos. No tenemos ni idea. Durante su reinado Egipto prosperó y no entendemos qué pudo merecer un castigo tan severo.

1477 a.d.C- PALACIO REAL DE TEBAS

–Todavía hay esperanza.

–No la hay, mi buen consejero y amigo. Mi plan de instaurar una dinastía femenina de reyes ha muerto con mi amada hija Neferura, ¡Ya no hay sucesora al trono! ¡Mirad su cadáver! Mi descendiente y única heredera ha muerto repentinamente, de forma extraña. Veo en ello la mano ansiosa de Tutmosis iii y su conjura palaciega por usurparme el trono.

Ilustración de Verónica López

–Pero todavía sois Maatkara Hatshepsut-Jenemetamón, faraón de Egipto por mérito propio. Sois los ojos de Ra, la hija predilecta, la descendiente de…

–Sí, lo sé. Sé quién soy y quién he sido. Pero quiero dejar de serlo. Estoy enferma y sin fuerzas. Mi vida y mi reinado se acaban. El pueblo ya no me acompaña. Tutmosis iii lo ha vuelto contra mí. La vida de aquellos que me han querido y apoyado ha sido arrebatada de sus cuerpos de forma violenta y sospechosa: Hapuseneb, mi mano derecha y mi querido Senenmut, a quien todavía lloro como lloro la muerte de la hija que tuve con él y que acabo de perder. ¡Haced llamar al bastardo de Tutmosis y decidle que ya no lucharé por conservar mi trono, que ya puede proclamarse faraón!

–No os dejéis vencer…

–Estoy vencida en esta vida terrena, pero no en la otra, en la vida eterna. Mi reinado ya ha forjado el destino de Egipto y mi nombre forma parte de su historia. La leyenda de la mujer-faraón ha sido inscrita en sus muros y ha llegado al corazón de sus gentes. Nadie puede arrebatarme eso. Ni el mismo Tutmosis iii puede borrarlo, aunque quisiera. Y, puede, mi querido consejero, el último de mis aliados que queda con vida, que en un tiempo que todavía está por venir, llegue a suceder que, por fin, una verdadera dinastía de mujeres pueda reinar en Egipto.

–Qué sus palabras sean tan ciertas como que baja agua en el Nilo.

–Y que el dios chacal Anubis maldiga a mis enemigos y a todos aquellos que osen romper mi descanso eterno o el de los míos.

Olga Besolí

Diciembre 2012

Dos coronas murales por Carthago Nova

Autor@: Conchita Ferrando de la Lama

Ilustrador@:

Corrector@:

Género: Relato

Rating: Todos los públicos.

Este relato es propiedad de Conchita Ferrando de la Lama. La ilustración es propiedad de Pilar Puyana. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Dos coronas murales por Carthago Nova.

Un joven de veinticinco años se levantó en medio de la Asamblea de Roma y exclamó con arrogante acento: “Yo soy Escipión. Pido ser nombrado Procónsul en la Hispania. Seré el vengador de mi familia y del nombre de Roma. Ante las tumbas de Publio, mi padre, y Cneo, mi tío, prometo que sabré ganar victorias. Tengo todo lo que se necesita para vencer”

Y Publio Cornelio Escipión fue nombrado Procónsul.

¿Quién era ese orgulloso y prepotente joven?

¿Era tan solo un miembro de una prestigiosa e influyente familia que forjó sus laureles militares muriendo en batallas en suelo hispano?

¿Había algo más en él?

A lo largo de la historia y la leyenda, los grandes personajes lo han sido siempre por ese “algo más”.

Ese “algo más” es lo que, quien persigue la leyenda, debe tratar de descifrar, puesto que siempre deja una huella en la que están el porqué y el cómo que explican por qué  logró lo que nadie habría imaginado.

Todo personaje de leyenda se mueve en el mismo terreno que la mayoría de mortales, pero no de la misma manera ni con los mismos recursos.

Ellos lo aprovechan todo por su gran capacidad, intuición, perseverancia y un don especial para “la puesta en escena” que supera todo lo concebible.

En esta historia-leyenda coinciden dos grandes personajes, parecidos, contemporáneos y enemigos a muerte: Publio Cornelio Escipión y Aníbal Barca. Uno de los dos debía vencer al otro.

Ambos vivían en un convulso mundo en crisis de poder.

Aníbal en la cumbre de poder de una Carthago que había logrado extenderse a ambos lados del Mare Nostrum y que pretendía, desde ambos lados, hacer una tenaza para asfixiar a Roma, su gran competidora, desde su nueva base en la península Ibérica: Quart Hadast, tan bien fortificada por Asdrúbal, convertida en “taller de guerra” para Aníbal, que había jurado “odio eterno a los romanos”.

Comenta Polibio que Escipión tenía fama de una gran madurez en sus decisiones desde muy joven.

Pertenecía a una familia políticamente  muy influyente y adoptaba poses de gran personaje allí donde iba.

Su voz era uno de sus fuertes cuando hablaba en público. Era de un tono profundo y llamaba la atención por su gravedad y fuerza.

Le gustaba fomentar ciertas leyendas que corrían sobre las excepcionales circunstancias de su nacimiento, referentes a que nueve meses antes de nacer, se vio a un gran dragón en casa de su madre.

Era muy introvertido y mantenía las distancias en su modo de actuar.

Subía con frecuencia al Capitolio, haciendo creer que conversaba con Júpiter.

Respetaba las leyes… o se reía de ellas según conviniera a sus propósitos.

¿Cómo iba a desaprovechar el poder utilizar todo este ambiente de culto a su persona, unido a su inteligencia, en la misión más importante de su vida?

Sabía que, para vencer a Aníbal, tendría que apoderarse antes de su base fuerte de Quart Hadast (Carthago Nova).

El momento justo llegó cuando Aníbal, para vencer definitivamente a Roma a la que tenía ya a su merced, se alejó de su gran fortaleza, donde tenía todo su arsenal de guerra, sus grandes riquezas a buen recaudo, los rehenes de todos los caudillos iberos sometidos y una ciudad inexpugnable rodeada de mar por todas partes, excepto por un pequeño istmo fortificado.

No imaginaba Aníbal que Escipión estaba muy bien informado de toda esta situación, a través de los nativos que debían pacto a Roma.

Solo había una forma de vencer a Aníbal: que se alejase de su ciudad fortificada de Quart Hadast confiado en que nadie la atacaría, en un momento en que los otros tres ejércitos cartagineses estaban distantes, en misiones distintas a más de diez días de camino, y no llegarían a tiempo de ayudar a los que quedaban en Quart Hadast.

Esto requería una enorme paciencia, una planificación minuciosa y fría, y una rapidez de ejecución perfecta y medida para caer sobre la gran metrópoli de Carthago Nova sin que Aníbal lo sospechase y en tiempo record para que no diese tiempo a ninguno de sus ejércitos alejados a correr en su auxilio.

Para eso tenía que descubrir el “talón de Aquiles” de la inexpugnable Quart Hadast, la ciudad de Aníbal.

Se jugaría el todo por el todo ya que, si no conseguía conquistarla en ese tiempo, por sorpresa,  sin que pudieran reaccionar con suficiente fuerza sus defensores, la batalla final por el poder entre Roma y Carthago habría terminado con la victoria total de Carthago sobre Roma.

La historia juzgaría.

Ilustración de Pilar Puyana

Escipión, con un ejército bastante numeroso, desembarcó en Tarraco.

Allí esperó a la primavera en la que sabía que los ejércitos de Aníbal se alejarían de la base para solucionar asuntos de supervisión de los territorios.

En su plan, totalmente secreto, solamente contaba su gran amigo y almirante de la flota, Lelio, pues la complicidad entre ambos era vital para la victoria.

Nadie debía sospechar lo que realmente se proponía Escipión, pues nunca se sabe quien podría dar el aviso a las tropas de Aníbal y eso desbarataría totalmente el plan de ataque y supondría la terrible reacción del mismo y de sus ejércitos cercanos, quedando cercado de espaldas al mar por un ejército mucho mayor al suyo y derrotados para siempre.

Trazó un itinerario desde Tarraco hasta Quart Hadast que debería recorrer él con su ejército por tierra, en jornadas rápidas, casi en paralelo al  que seguiría la flota mandada por Lelio en días posteriores, para confluir ambos ejércitos al tiempo, frente a Quart Hadast (Carthago Nova).

Tenía, Escipión, un buen servicio de informadores nativos que le habían puesto al corriente de las mareas y reflujos de la zona donde se encontraba la ciudad, parecidos a los que los pescadores de zonas cercanas, como Sagunto  y el delta del Ebro, conocían con detalle.

Había una época en que esos reflujos se hacían más intensos combinados con ciertos vientos que los pescadores conocían, pues en esos momentos el Lago o Almarjal se podía vadear por ciertos lugares.

Escipión solo tuvo que atar cabos y reunir la máxima información sobre la zona pantanosa del Almarjal, que guardaba la espalda de Quart Hadast (Carthago Nova) por el norte.

Su puerto era el mejor de todo el Mare Nostrum, envidiado por todos los pueblos de entonces, y a eso se unía la gran riqueza mineral de toda esa zona, básica para la maquinaria de guerra.

Además, allí había reunido Asdrúbal toda la riqueza de sus botines de guerras triunfantes en la península ibérica, y había construido en lo alto de una colina un gran palacio o ciudadela donde reunió a varios cientos de caciques nativos como rehenes políticos de gran categoría, en prenda de pactos de paz. Había también 15 senadores de Carthago

El arsenal de guerra del ejército cartaginés se guardaba también en la ciudadela de Quart Hadast.

Era la más codiciada joya. Lo reunía todo, incluso unos campos fértiles que la rodeaban, capaces de abastecer de alimentos a las ciudades aledañas y al ejército.

Guarnecían la ciudad en esos momentos 1.000  soldados, confiados en su inexpugnabilidad, que Aníbal había confiado a su general Magón.

También se armó a muchos artesanos de los que trabajaban en la ciudad, al menos con armas suficientes para su defensa en caso de gran peligro. El resto de la populosa ciudad debería estar como refuerzo en los lugares donde se les necesitara si llegaba el momento, pero no estaban adiestrados para la guerra. En total en la ciudad había unas 2.000 personas

Aníbal había dejado todo bien preparado para que su ausencia no fuese un reclamo para el enemigo.

Lelio era, además de almirante de la flota, un guerrero muy inteligente, maduro  y dominador de técnicas en el mar y en tierra.

Su amistad con Escipión formaba un equipo que funcionó en secreto y con eficacia

Lelio admiraba en el joven Escipión la combinación de la inteligencia aplicada que aprovechaba el elemento teatral para sus planes.

Cuando Escipión llegó delante de Quart Hadast, situó su ejército cerca de sus altas y fuertes murallas frente al mar, en el lateral donde estaba el istmo, junto a la colina de Ares, para tener más terreno donde poder montar el campamento y tener más movilidad con sus tropas.

Escipión reunió a sus soldados, antes de la batalla, y les habló en tono profético anunciando que los dioses Neptuno y Boreas habían prometido su ayuda  con un prodigio que abriría aquellas aguas para que ellos pasaran.

El rumor se extendió entre la tropa. Todos consideraban a Escipión como un gran militar y en cierto modo cercano a los dioses que siempre le protegían y con los que se comunicaba.

Se porte, su inteligencia, su voz grave y poderosa, su valentía y estrategia en el combate, le hacían parecer un elegido.

Escipión formó un destacamento con 500 hombres de su confianza y lo reservó para el final de su plan secreto.

El día era claro, radiante. Parecía una locura un ataque con esas condiciones.

Las naves de Lelio ya habían llegado y estaban dispuestas y bloqueaban la bahía frente a la muralla principal de la ciudad, alta e imponente.

Escipión dirigía el ataque desde una zona apartada, dominando la escena  desde una colina cercana a la de Ares.

En su mente dos opciones: una, la de ganar esa complicadísima batalla que había diseñado con ataques terribles a las murallas, por mar y por tierra, y la baza secreta del ataque oculto por el Almarjal o lago de la zona posterior, si era posible.

Otra, la de que la superioridad de la fortaleza, a pesar de estar con poca guarnición, fuera tan eficaz que ellos no pudieran abrir ninguna brecha, y por tanto se encontrasen en una ratonera con el mar a su espalda,  atacados por otros aliados cartagineses cercanos que les encerrarían. Entonces las naves de Lelio serían su salvación para embarcar lo que pudiese de su ejército y salvarlo.

Lelio comenzó un ataque frontal desde el mar, al tiempo que Escipión mandó a 2.000 soldados contra la puerta principal de la muralla, la más cercana al istmo.

La altura de las murallas era enorme, pero la fuerza del ataque de los romanos lo era también.

Los defensores se concentraron en esa zona de muralla, mientras Magón se quedó con 500 soldados para defender la ciudadela donde se guardaban los tesoros, los rehenes, los senadores y las armas.

No esperaban los cartagineses de Quart Hadast un ataque en esos momentos.

El gobernador Magón mandó a sus mejores soldados salir por la puerta para impedir que toda esa tropa lograse asaltarla y entrar a la ciudad.

Las escalas que usaban los soldados romanos para trepar la muralla, por largas que fueran, no llegaban a lo alto y se rompían con el peso de varios soldados subiendo.

Las que lograban colocarse bien, por la verticalidad, eran empujadas desde arriba y caían fácilmente.

Los soldados de Magón salieron por esa puerta atacada, con furia, y persiguieron a los soldados de Escipión logrando que huyesen y se replegaran en su campamento.

Un error, pues Escipión sacó tropa de refresco y los cartagineses tuvieron que retroceder hacia la muralla, lejos de la puerta de la ciudad,  con grandes bajas y en desorden.

Se atropellaban para entrar por tan estrecho lugar. Muchos murieron aplastados.

Ilustración de Pilar Puyana

Escipión tenía prisa: volvió a ordenar un nuevo ataque a lo largo de toda la muralla principal.

Parecía increíble que mandara a tantos soldados por un sitio tan inexpugnable y fortificado, pero  tenía en su mente un plan muy concreto, solo conocido por él y por Lelio, que con su escuadra mantenía bloqueado el puerto y disparaba en altura contra la fortaleza.

Al atardecer, tal y como Escipión había pronosticado a sus soldados, se levantó un viento racheado “maestral”.

Era el momento esperado. Si salía bien, entrarían en la Leyenda.

Escipión dio orden a sus 500 soldados elegidos para que se dirigiesen al lado opuesto de la muralla, a espaldas de la ciudad, en la orilla del lago, frente a dos de las colinas que cercaban la ciudad, Hephaistos y Asklepios y que se internasen en el agua sin temor, pues el dios Boréas estaba soplando para que las aguas retrocedieran y ellos pudieran vadearlo y llegar a la parte de atrás de la muralla, que estaba poco protegida al no esperar ningún ataque por esa zona.

Los soldados obedecieron ciegamente a su general y se introdujeron en el lago, caminando con el agua hasta el pecho hacia las murallas posteriores de la ciudad sin ser vistos, a través del Almarjal.

Pudieron colocar las escalas sin que les descubrieran y escalar la muralla sin apenas encontrar defensores en ella.

En esos momentos, por el lado opuesto, Escipión ordenó un nuevo ataque aun más fuerte contra las puertas de la muralla central, ayudado por los disparos de la flota, y con sus legiones en formación de tortuga cubiertos por sus escudos.

A ellos se unieron las fuerzas de los barcos del almirante Leilo, con él al frente, que reforzaron a los que trataban de abrir brecha en la muralla.

A hachazos, furiosos, intentaban romper y derribar la puerta que se les resistía.

Los defensores, que ahora eran escasos en comparación con la fuerza que les atacaba, acudían a toda la zona delantera en desorden, y se encontraron con que ya, por la muralla trasera, habían entrado soldados romanos y estaban intentando abrir las puertas a los invasores de fuera.

Todo se precipitó. Los soldados se mezclaron unos con otros en una lucha atroz, sin cuartel.

La matanza, una vez que lograron entrar en tropel los soldados romanos, fue sangrienta, cruel, sin misericordia para los defensores, que en su mayoría eran ciudadanos civiles, pero que intervinieron en la forma que podían para impedir el asalto.

Magón intentó defender la ciudadela, con menos de 1.000 soldados, pero ya era imposible. La masacre se había extendido por toda la ciudad y decidió rendirse.

Escipión había ganado para Roma la supremacía en el Mare Nostrum, a través de Hispania, en Quart Hadast, que desde ese momento los romanos llamarán Carthago Nova.

La matanza propia de las leyes de la guerra de entonces, cesó por orden de Escipión al serle entregada la ciudadela, donde se había refugiado el gobernador Magón y en cuya fortaleza se hallaban, entre otros notables, las hijas de Indivil y la joven esposa de Mandonio, caudillos enemigos suyos a las que respetó y liberó junto a otros nativos allí refugiados.

Su deseo, en la hora de la victoria, era ganarse el favor de los notables hispanos que estaban en la fortaleza, y en lugar de hacerles sus esclavos, los liberó  restituyéndoles sus bienes.

Ya era dueño de la ciudad-fortaleza de Aníbal, de su emporio comercial, su almacén de provisiones, su arsenal, sus rehenes y su cofre de fabulosos tesoros.

Llegado el momento de los honores a los soldados que destacaron en la batalla, como era costumbre, se dio la circunstancia de que un marino y un centurión rivalizaron en el honor de ser el primero en la toma de la ciudad. El primero en el asalto final desde la muralla del mar; el segundo en haber escalado la muralla por la parte de detrás.

Escipión mandó que se dieran, de manera excepcional, sendas coronas murales, símbolo del triunfo, una a cada  uno de los combatientes, delante de todo el ejército. Hecho insólito que no se volvió a repetir jamás.

Carthago Nova bien valía dos coronas murales

El dominio de Roma sobre Carthago se firmaba al dejar a Aníbal, sin su plaza fuerte, aislado en Italia.

Original de Conchita Ferrando de la Lama  (Jaloque)

Buscando a Artie, una leyenda de nuestro tiempo.

Autor@: Daniel Camargo

Ilustrador@: Rafael Mir

Corrector@: Mariola Díaz-Cano Arévalo

Género: Pseudo periodístico

Rating: Todos los públicos.

Este relato es propiedad de Daniel Camargo. La ilustración es propiedad de Rafa Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Buscando a Artie, una leyenda de nuestro tiempo.

En el extremo más septentrional del planeta, junto al mismísimo Polo Norte, y rodeado por las masas terrestres de Europa, Asia, América del Norte y Groenlandia, se halla el Océano Glacial Ártico, un territorio inhóspito y casi inaccesible, congelado durante una gran parte del año, en el cual la vida es muy dura, con temperaturas por debajo de los -50 ºC.

A esta zona arribó, en el mes de octubre de 2010, la expedición auspiciada por el First Heated Bank of Greenland, para tratar de desentrañar uno de los mayores enigmas de nuestro tiempo: confirmar la existencia del animal popularmente conocido como Dragón del Ártico, criatura huidiza e indescifrable, una especie de monstruo marino semejante al del lago Ness, y que junto con éste último, Bigfoot y el Yeti, conforman el póker de misterios más difundidos de la criptozoología.

Dicho animal, que oscila entre el mito y la leyenda, aparece en muchas sagas y antiguos poemas rúnicos, aunque su existencia nunca pudo ser fehacientemente comprobada por medios científicos. Se trataría de un ser enorme que se asemeja a los extintos plesiosauros, criaturas acuáticas prehistóricas del mesozoico, de las cuales se supone que podría haber sobrevivido algún ejemplar aislado, que habitaba en las profundidades marinas.

Según la tradición mítica inuit, el dragón es hijo del Sol y de la Estrella Polar y suele aparecer en ciertas noches claras preanunciando la salida de la Aurora Boreal. Al agitar su largo cuello fuera del agua helada produce chispas que, al quedar flotando en el aire, originan la aurora. Los lapones ya han incorporado esta figura a sus rituales cotidianos y la honran, junto a Sedna y a Sila, llegando a realizarle ofrendas en un altar natural con aspecto de tronco fosilizado que, según ellos, consiste en una deposición sagrada del dragón.

La expedición estaba integrada por Jimmy Olsen, paleontólogo de la Universidad de Uppsala, Giovanna Pechugoni, bióloga de la Universidad de Módena, Sidney Clutch, fotógrafo australiano especializado en temas de la naturaleza, y Ramiro Obdulio Fuentes, natural de Quito, como sherpa, becario y asistente; y fue denominada desde un principio como Seekin’Artie (Buscando a Artie), ya que éste es el nombre familiar con el que la prensa norteamericana, tan dada a estas cuestiones, bautizó al animalito desde un principio.

El grupo llegó a Hammerfest en avioneta y posteriormente se trasladó mediante trineos de perros hasta las proximidades de la que se denominó “zona de previsible avistamiento”, donde se establecieron con sus equipos y tiendas, intentando alterar al mínimo las condiciones de un entorno natural extremo y altamente protegido. Rápidamente comprendieron que se enfrentaban a un doble desafío: por un lado el delicado equilibrio que deberían lograr en la relación con los esquimales de la tribu de los Ojibwa, dueños y señores de esa enorme planicie helada que, curiosos, se acercaron inmediatamente a rodear los trineos a su llegada; y por otro, las bajísimas temperaturas y sobre todo el viento huracanado, que les impedía montar las tiendas de campaña, e incluso mantenerse en pie con cierta dignidad.

El profesor Olsen, que fue inmediatamente considerado por los aborígenes como líder del grupo visitante, recibió regalos consistentes en pieles de caribú y vasijas con aceite de hígado de bacalao y, además, un generoso ofrecimiento por parte de Amaguk (el chamán de la tribu que hacía las veces de anfitrión), para compartir lecho, tal y como indica la tradición lapona, con su esposa, la voluminosa Uglyk, de singulares facciones y aproximadamente unos ciento veinte kilos de peso. Olsen, educadamente, agradeció los regalos y rechazó el singular ofrecimiento, tras lo cual todos se pusieron manos a la obra para establecer el campamento antes de la llegada de la noche.

Horas después, el equipo, cansado ya de luchar infructuosamente contra el viento y dando por perdidas las tiendas y algunas mochilas que habían volado a varios kilómetros de distancia, se concentraba en seguir contra reloj las indicaciones del servicial Amaguk para tratar de construir al menos un precario iglú que les diera cobijo antes de la llegada de la noche cerrada.

Pero las diferencias entre el habla occidental y la lengua inuit son abismales, lo que dificulta enormemente la comprensión mutua, cosa que los expedicionarios pudieron comprobar por sí mismos, ya que tras varios intentos fallidos por interpretar las instrucciones del esquimal, sólo obtuvieron como resultado una burda construcción que se asemejaba más a un helado de stracciatella aplastado que a un iglú propiamente dicho, e incluso necesitaron utilizar a algunos pingüinos pequeños para taponar las oquedades. Mientras tanto, veían a lo lejos cómo un gesticulante profesor Olsen no podía evitar ser arrastrado por un grupo de esquimales hacia el iglú de Amaguk, iluminado con antorchas, donde lo esperaba una ansiosa y exuberante Uglyk, vestida con la túnica ritual y embadurnada en grasa de foca.

«El recuerdo de esa primera noche en el Ártico será imborrable», comentaría luego Ramiro Obdulio al periódico ecuatoriano Paralelo Cero. «No nos quedó otra opción que compartir entre todos ese improvisado iglú que habíamos construido con nuestras propias manos. Para combatir el frío decidimos que los veinticuatro perros también durmieran dentro con nosotros, lo que hizo que el ambiente se tornara irrespirable y se caldeara por momentos hasta límites insoportables. Además, al escuchar en medio de la noche los gritos desgarradores del profesor Olsen, los cánidos comenzaron a aullar al unísono, lo que impidió toda posibilidad de descanso».

Una vez superado este primer y conflictivo contacto de la expedición con el territorio helado, y recuperado el profesor de sus contusiones y, sobre todo, del shock emocional sufrido, se empezaron a establecer ciertas rutinas que favorecían los procesos de adaptación. El plazo previsto para llevar a cabo la búsqueda de Artie estaba condicionado por el creciente congelamiento del mar cercano, donde aún flotaban enormes icebergs, ya que a partir del momento en el que el hielo cubriera totalmente las frías aguas, impediría la salida al exterior del animal. Por otra parte, las noches eran cada vez más prolongadas, lo que sólo dejaba unas pocas horas de luz natural para las tareas cotidianas. Por ello, en el campamento se trabajaba contra reloj por el día, y durante las largas noches se establecieron estrictos turnos de guardia para evitar perder cualquier eventual aparición del animal.

Lamentablemente, al revisar sus pertenencias, la impactante doctora Pechugoni comprobó que, por la ansiedad y las prisas previas a la partida de la expedición, se había confundido de maleta, llevando por error la de sus recientes vacaciones en Cancún. O sea, que sólo disponía de  ropa de verano consistente en diminutos bikinis, minifaldas, camisetas de tirantes y algunas chanclas. En un primer momento intentó resolver el problema del imprescindible abrigo mediante la superposición de capas de ropa sucesivas, pero este método se demostró insuficiente, al dejar amplios sectores de su generosa anatomía al descubierto, lo que era peligroso, no tanto por el riesgo de enfriamiento, sino por un previsible intento de violación por parte de los libidinosos lapones.  Incluso intentó tejer algún tipo de abrigo utilizando como materia prima los delgados hilos de sus tangas y, como agujas, dos colmillos de lobo marino que le facilitó Amaguk. Pero ante la enorme dificultad de la tarea, incrementada por el principio de congelación de algunos de sus dedos, desistió, recurriendo a las pieles de caribú que había recibido como regalo el profesor y algunas ropas prestadas generosamente por las mujeres de la tribu.

Ilustración de Rafa Mir

Pero estos incidentes eran sólo un botón de muestra. Poco a poco, los integrantes de la expedición iban tomando conciencia de la dificultad que implica la vida en el Ártico y la magnitud del desafío humano y científico al que se enfrentaban.

«La información disponible sobre el mal llamado dragón del ártico es muy escasa y generalmente contradictoria», admite el profesor Olsen en una entrevista realizada para la revista Unseen Creatures. «Evidentemente se trata de un animal de un gran volumen corporal, pero, a pesar de ello, huidizo y excesivamente tímido, lo que lo ha mantenido alejado del conocimiento científico e incluso del contacto con otros animales de carácter retraído, como el koala y el oso panda. Las únicas pautas de evaluación de su comportamiento con las que contamos provienen de los escasos vestigios de su actividad que se transcriben en los mitos, leyendas y sagas de la zona. Nuestra tarea consiste, por lo tanto, en uno de los grandes desafíos de la ciencia del siglo XXI. Y precisamente por ello, resulta indignante la forma en la que el conjunto de la humanidad continúa ignorando cuestiones como ésta, mientras los grandes líderes mundiales se centran en combatir la crisis económica y financiera, dando la espalda a esta parte de la realidad».

Para matizar la espera previa a la aparición de Artie, el fotógrafo se dedicó a filmar los hábitos reproductivos de focas y lobos marinos, para lo cual debió untarse de excrementos procedentes de estos animales, evitando así que su olor corporal los pusiera sobre aviso y precipitara su huída. Luego tocaba esperar pacientemente durante horas en un refugio confeccionado con bloques de hielo y parcialmente camuflado con pieles de foca.

«Mi actividad requiere una infinita paciencia y cuidado por los detalles», reconocería luego Sidney en su autobiografía titulada Persiguiendo Bichos, «cosa que he aprendido desde mis inicios. Recuerdo que mi primer trabajo para National Geographic consistió en filmar un documental sobre la vida del perezoso en plena selva centroamericana. Nos habían informado sobre la exasperante lentitud de este filófago, pero lo que no sabíamos era que compartía el entorno con el mono aullador. Tratar de captar un desplazamiento de apenas unos metros del perezoso podía llevar semanas, y mientras tanto los continuos y monocordes aullidos del primate eran una prueba de fuego para mis nervios. Tuve que recurrir al consulado australiano en Costa Rica para aclarar con las autoridades medioambientales que la muerte de los seis ejemplares se había debido a un lamentable accidente, y finalmente terminamos editando unas imágenes de Youtube para cubrir el compromiso con NAT GEO.

»Pero aquí en el Ártico el problema consistió en que, después de estar un rato prolongado apostado en el refugio junto a los lobos marinos, el terrible frío reinante me provocaba el temblor descontrolado de mis manos, y aunque hiciera mis tomas con la máxima velocidad de obturación, era imposible evitar que las fotos salieran movidas. Intenté solventar el problema mediante el uso del flash, pero al utilizarlo por primera vez el fogonazo provocó el pánico del macho dominante que, sintiéndose atacado, reaccionó, arrasando la precaria instalación y originando una estampida del conjunto de la manada que continuó su enloquecida carrera justamente en dirección al asentamiento aborigen.

Llevó semanas reparar los daños causados, y el incidente conocido hoy como La Noche de los Colmillos Largos dio origen incluso a una reclamación diplomática en toda regla, que estuvo a punto de provocar el retorno inmediato de la expedición.

«For God’s Sake, do not continue bothering those animals!», fue el lacónico SMS recibido en su móvil por la doctora Pechugoni directamente de la dirección europea de Greenpeace desde el MV Arctic Sunrise.

Luego de los primeros días de lento aprendizaje, Ramiro Obdulio había conseguido manejar con destreza el equipo de sonar, herramienta esencial para la búsqueda de grandes masas sólidas que se desplazaran eventualmente dentro del área de avistamiento. Pero algunas veces la señal era alterada por falsas alarmas, como en una ocasión en la que un cachalote perdido atravesó la zona, o en otra en la que fue la mismísima Uglyk la que cruzó por la noche, con un grupo de amigas, lo que hizo que sonaran las alarmas, se encendieran los reflectores y algunas redes de pesca cayeran sobre ellas.

Uglyk, a pesar de su contundente físico, tal vez demasiado contundente para los cánones occidentales, representaba de algún modo el ideal estético esquimal. Y aunque Olsen dijera de ella que era una de esas mujeres que demuestran la belleza por el absurdo, había llegado a ser chica de portada de la revista Walrus & Whales, y gozaba de bastante predicamento entre los hombres de la tribu. Por eso, incidentes como el del sonar ponían sobre el tapete las indudables diferencias culturales existentes y llegaban a resquebrajar la comunión y la confianza mutua entre nativos y occidentales.

«Nunca entenderemos el rechazo del profesor ése para con mi Uglik», sentenciaba un enfadado Amaguk. «Al fin y al cabo, lo agasajé con el regalo más preciado dentro de nuestra tradición de hospitalidad para con los visitantes. ¡Llegó a decirme que prefería pasar la noche con uno de los perros! Y ahora ocurre esto de las alarmas… No admito que comparen a mi esposa con un monstruo marino. Son los blancos los que horadan la paz del ártico, y son ellos los que deben adaptarse a nuestras prácticas, o se arrepentirán».

Las costumbres sexuales de los esquimales resultaron toda una sorpresa para los miembros de la expedición, ya que a medida que fueron tomando confianza, descubrieron que el relajo y la promiscuidad estaban a la orden del día y que el intercambio de parejas era algo habitual, tal vez como recurso para combatir la rutina e incluso el frío reinante. De hecho, contaban con un lugar específico para llevar a cabo tales permutas: un iglú que no era ocupado por ninguna familia y se adjudicaba por sorteo entre los interesados, el cual fue inmediatamente bautizado por Sidney como el “putiglú”.

En una charla informal con la doctora Pechugoni una integrante de la tribu reconocía abiertamente estas prácticas atribuyéndolas a las largas noches, el frío constante, la falta de televisión y a un ejemplar del Kamasutra que había sido olvidado hace años por otra expedición de “hombres blancos”, y que los inuit confundieron con un curso de yoga, llegando a analizar al detalle cada postura y movimiento y transmitiendo ese conocimiento luego de generación en generación.

El tiempo pasaba en el campamento muy lentamente, como se desliza un glaciar. La espera era tensa, sin que Artie diera ninguna señal visible. Y a pesar de lo esperado, la adaptación al frío por parte de los científicos no se producía, sino que, por el contrario, cada vez les costaba más sobrellevar las bajas temperaturas, dado que cada vez las horas de sol eran menos y, por lo tanto, las temperaturas descendían sensiblemente.

Algunos, como Sidney o Ramiro, oriundos de zonas cálidas, a duras penas soportaban el gélido ambiente. «¿Calentamiento global?», ironizaba el ecuatoriano entre temblores. «Que me vengan a explicar a mí eso del calentamiento global. Yo soy de Guayaquil, viejo, donde la temperatura no baja de veinticinco grados ¡y anoche aquí estábamos a cincuenta y seis grados bajo cero! Después, uno ve a un ecologista en la tele hablando de lo del agujero de ozono y diciendo que se van a descongelar los polos. ¡Aquí me gustaría a mí verlos a esos! Y ese maldito bicho que no aparece…»

Era evidente que la tensión se palpaba en el ambiente y resultaba muy difícil para el profesor Olsen, como líder del grupo, mantener la cohesión en una situación tan extrema. Por ello, trataba de motivar continuamente a los miembros del equipo y reforzar los objetivos que los habían llevado allí, para lo cual les solía poner música en un antiguo gramófono a manivela que Amaguk había cambiado por varios odres de aceite de hígado de bacalao en uno de sus escasos viajes a la ciudad.   Lamentablemente sólo disponía para ello de unos pocos discos de pasta, entre los que se encontraban la ópera Madame Butterfly, y una recopilación de grandes éxitos de Antonio Molina.

Una parte muy importante de la argumentación a favor de la existencia de Artie se basaba en el testimonio de Kanut, el más anciano de los pobladores de la región e integrante del Consejo de la Tribu, un ser enjuto y encorvado, con el rostro poblado de arrugas, quien proclamaba haber presenciado, años ha, una aparición del monstruo.

Más allá de las antiguas runas escritas con delicados trazos sobre piel de foca disecada (documentos históricos que los inuit atesoraban con devoción), no había otro testimonio de la existencia de Artie además de la tradición oral. Y ésta última se basaba en historias que habían pasado de padres a hijos durante siglos, con el riesgo de distorsión en el mensaje que eso conlleva. Pero allí, a escasos pasos dentro de un iglú elíptico, se hallaba la única persona viva que aseguraba haberlo visto. Y hacia allí se dirigió el profesor Olsen para entrevistar a Kanut con la ayuda de Ramiro Obdulio, que portaba un grabador.

Al llegar al iglú, Kanut se hallaba tallando pequeñas estatuillas en huesos de morsa. «Es su hábito desde hace muchos años», comentó el joven Tuk, su biznieto. «Así se entretiene durante horas. Él dice que talla reproducciones del monstruo que vio, pero hace tiempo que le falla el pulso, y con el tembleque resulta imposible reconocer exactamente qué es lo que representan. Yo me he quedado con algunas que me parecieron interesantes. Mire, ¿ve? Ésta se parece bastante a Messi. Y esta otra es clavada al Red Bull de Vettel».

Mientras tanto, Kanut, que había dejado de tallar, miraba al suelo sin decir palabra. Estuvo así un lapso prolongado, sumido en profundas cavilaciones, como remontándose a un tiempo pretérito, para hacer memoria, para recordar cada detalle… Así se mantuvo, abstraído, hermético, hasta que Tuk le informó al profesor  de que la cuota por la entrevista era de doscientos euros, pagados los cuales comenzó a hablar.

«Sí, claro que lo vi», aseveró el anciano. «La noche era clara y la estrella Polar brillaba como nunca. Yo era joven aún, y luego de una jornada de pesca me encontraba sentado sobre un esqueleto de narval, esperando la aparición de la Aurora, cuando vi como el bicho ése asomaba un largo cuello por fuera del agua, con una cabeza negra del tamaño de un reno y una enorme joroba por detrás. Su figura se reflejaba gigantesca en el agua y en el hielo, con colores muy intensos. No había duda de que era el Rey del Ártico. Por tamaño y poder nadie podría hacerle frente…, y luego de un rato nadando en círculos, se volvió a sumergir levantando una enorme ola».

Dicho lo cual, el anciano volvió a entrar en el mutismo y, ante la perspectiva de tener que soltar otros doscientos euros, Olsen y su ayudante optaron por abandonar el iglú.

A medida que transcurrían las semanas, la situación se hacía cada vez más insostenible para los expedicionarios. A la ausencia de cualquier rastro de la presencia de Artie, se sumó un grave problema con un envío de víveres que debía llegar desde Qagortoq, en Groenlandia, y que quedó bloqueado debido a que, por un error de traducción en un telegrama (en el que se hablaba en realidad del estado de los miembros del equipo), el banco había “congelado” los fondos disponibles para la expedición. Cuando finalmente Olsen y su gente comprendieron que no se trataba de un retraso sino de un rechazo y que ya no llegarían nuevos envíos, asumieron, como mal menor, que deberían adaptarse a la dieta esquimal.

La entrada en el duro invierno, con muchos animales migrando al sur y otros ocultos hibernando, y la lógica escasez de comida, sumada a la poca predisposición de los aborígenes a compartir sus raciones con los “hombres de piel clara”, complicaron aún más las cosas. Ya no era cuestión de adaptar el paladar al recio sabor de la carne de caribú cruda, o a la rugosa textura de la lengua de ballena, ni tampoco de masticar incansablemente el duro y nudoso garrón de foca. Había que ir pensando en alimentarse mediante raíces y algunas bayas. O ensaladas de  líquenes y musgo a lo sumo. Olsen, un líder nato, pretendía mientras tanto mantener la cohesión del grupo alabando las virtudes cardiosaludables de la dieta esquimal.

—¡Me dan igual el Omega 3 y el 6! ¡En mi vida he pasado tanta hambre! —gritaba un enfurecido Sidney mientras perseguía a uno de los perros de trineo con un típico arpón esquimal.

Lamentablemente, la concatenación de circunstancias fue minando la moral de los expedicionarios y la tensión con los nativos iba en aumento. Ya no se trataba de episodios aislados, sino de constantes enfrentamientos, la mayoría de las veces por nimiedades.

Artie seguía sin aparecer, y sin dinero, con los biorritmos alterados por la noche polar y las constantes guardias nocturnas, la moral por los suelos, muertos de hambre y frío, nuestros hombres sólo se aferraban al testimonio de Kanut, único dato más o menos concreto de la existencia del enigmático animal.

—¿Kanut? —se rió Amaguk—. ¿De verdad fueron a entrevistar a Kanut? Si en la tribu todos saben que ese viejo está completamente loco.

Y Amaguk se explayó en la descripción del anciano, que vivía de vender historias a los incautos visitantes que llegaban cada tanto. Les comentó su afición por el consumo de bayas alucinógenas desde su más tierna juventud, por lo que su opinión quedaba totalmente desacreditada. Incluso les comentó que el Consejo de la Tribu estaba considerando seriamente la posibilidad de que fuera llevado al encuentro con el Gran Hermano Oso, como pasaba con todos aquellos ancianos en el momento en el que dejaban de ser útiles o productivos para la comunidad, para cumplir con la Ley del Ártico y responder al llamado del Espíritu de la Ausencia Justificada.

Y continuando con su rapto de sinceridad, Amaguk les confesó que nadie que él supiera había visto jamás a Artie, que tanto él como sus compañeros sabían perfectamente que no ha existido nunca ni existirá, y que le daba igual de dónde viniese ese cuento, ya que mientras trajera visitantes e ingresos a la zona, (que el denominó como “Kuglysmmund”, término que luego aclaramos que significa en inuit algo así como “el culo del mundo”) ellos seguirían jugando a este juego. Y agregó, para más datos, que la tribu estaba en realidad subvencionada por el Patronato de Turismo de la Mancomunidad de Laponia, y que al igual que viaja gente todos los años a tratar de ver a Papá Noel, existen otros locos que viajan para tratar de ver a Artie.

—Los hombres blancos son así —agregó—. Parece que les sobra el dinero.

La noche polar se cierne sobre el Ártico cubriendo sus enigmas. La existencia de Artie continúa siendo un misterio no desvelado para la civilización occidental. Su aspecto, su origen, sus costumbres, continuarán ocultos, seguramente durante mucho tiempo, y la humanidad deberá esperar aún para escribir este capítulo imprescindible de las ciencia naturales. El hielo continuará protegiendo su secreto, como un gran sarcófago blanco.

Daniel Camargo