30ª Convocatoria: ¿Donde viven los monstruos?

Amigo Monstruo.

 

Ilustración de Sergio Retamero

Andaba degustando mi bocadillo de chorizo a la salida del colegio y como siempre corriendo tras mamá a toda prisa porque llegábamos tarde a por mi hermano Iker a la guardería.

Al cruzar el paso de cebra… ¡plof! Adiós bocadillo. Quedó abierto y aplastado en medio del asfalto.

—Mamá, mamá, mi bocadillo…

—No hay tiempo que perder, Hugo. ¡Corre, corre!

Al agacharme a despedirme de mi bocadillo, allí estaba, mirándome tras los barrotes de la alcantarilla.

Siempre pensé que si alguna vez viera un monstruo gritaría, gritaría tan fuerte que me oirían hasta en Rusia. Y correría, correría tan rápido que quizá llegara también junto a mi grito.

Pero… no fue así. Vi sus ojos, sus ojos grandes tristes mirándome como dos luceros. Era raro, no se parecía en nada a mis amigos y su olor era apestoso, pero no me dio miedo, no grité, no corrí, me quedé allí mirando sin saber qué hacer.

—¡Corre, Hugo! ¡No llegamos a la guardería!

Levanté la vista para intentar decir a mi madre lo que estaba viendo, pero ninguna palabra salió de mi boca. Al volver la vista a la alcantarilla, estaba vacía. Aquel ser extraño que había provocado en mí una extrema ternura se había ido.

Esa noche no conseguí pegar ojo, no podía dormir, no podía dejar de pensar en mi monstruo, en su mirada, en su existencia.

Pasaron los días, y cada vez que pasaba por la alcantarilla me quedaba allí unos instantes esperando volver a verlo, pero nada, la alcantarilla estaba oscura y vacía.

Llegó el viernes y era día de parque. Todos los amigos quedábamos allí tras la salida del colegio para jugar con nuestro balón.

Cuando iba a marcar el golazo de la tarde mi tobillo me jugó una mala pasada y se dobló igual que un chicle.

Me senté en el césped y me puse a llorar. De repente sentí que una mano tocaba mi tobillo. El susto fue monumental cuando comprobé que aquella mano era verde y de unas dimensiones muy grandes.

Pero no grité, no corrí, no me asusté. Sabía que era él, mi monstruo. Allí estaba bajo la alcantarilla del parque. No hablaba, pero usaba gestos. Pronto comprendí que estaba atrapado bajo la ciudad y no sabía cómo salir. El parque me parecía un lugar demasiado concurrido y le indiqué la alcantarilla del final de la calle. Le esperé allí y ayudándome de un palo pude sacarlo.

Pasamos toda la tarde juntos, comiendo gusanitos. Su historia era muy triste. Viajaba con su familia bajo el asfalto y tras un ruido muy fuerte se asustó y se desorientó quedándose solo.

Le prometí que le ayudaría y él me pidió que fuera nuestro gran secreto. Todas las mañanas cogía de casa galletas y panecillos de leche y los echaba disimuladamente a la alcantarilla camino al colegio.

Por las tardes juntos conseguimos dibujar los planos de la ciudad bajo tierra y así mi amigo podía recorrerlas durante el día.

Al cabo de unas semana, al llegar del colegio mi alegría fue inmensa, mi amigo no estaba solo, allí estaba su familia. Estaban contentos .

No quería perder a mi nuevo amigo, pero él se tenía que marchar al bosque, a su casa, en la ciudad corría mucho peligro.

Subí corriendo a mi casa a por la cámara de fotos y juntos nos hicimos una foto que guardo con mucho cariño en mi caja fuerte. Es uno de mis mayores tesoros.

Raquel Bonilla Santander

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La torre de los monstruos

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Narración

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Conchita Ferrando de la Lama. La ilustración es propiedad de Paloma Muñoz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La torre de los monstruos.

Toc, toc…

—¿Viven aquí los monstruos?

—¿Quién va? Decid vuestra contraseña.

—Frankenstein.

Silencio tras la poterna de la altiva Torre de Sola, aislada tras el puente levadizo que la selló hace ya mucho, mucho tiempo…

¡Sshhhhrrisshhhh! Los goznes oxidados de la recia poterna chirrían al ser abierta por el jorobado portero de la Torre.

—¿Quién sois, señora?

—La creadora de una historia de mucho mucho miedo, récord Guiness de horrores y pesadillas.

—¡Bah! No será para tanto, noble dama.

—¡Sí, sí!  Gané con mi criatura monstruosa un reto de miedo y terror en un importante grupo de escritores, con una historia que no solo daba miedo, sino mucho mucho miedo.

—¿Sois entonces Mary Shelley, la creadora de Frankenstein, hecho con retales de cadáveres?

—Sí, y busco lugar adecuado para que mi hijo se sienta bien acompañado, pues su aspecto es monstruoso, pero su corazón es reflejo del mÍo, bondadoso y un poco hippy.

Mientras atraviesan el recinto de zonas amuralladas, una voz en off va relatando la historia de la abandonada Torre de Sola.

Se cuenta que una bella dama vivió aquí hace muchos años y que el viento susurra al atardecer poemas de antiguos guerreros que la custodiaron.

La dama, con su cucurucho medieval rematado por velos azules y fucsias, bordó junto a sus damas de honor gualdrapas y estandartes para sus paladines, que lucieron en batalla, en justas y palenques, con los escudos de la Torre de Sola sobre sedas, terciopelos y brocados refulgentes al sol.

Un día los caballeros tuvieron que marchar a la batalla. Ella los despidió desde lo alto de las almenas de la torre, pero jamás volvieron.

Allí quedó la dama silenciosa y triste, en su torre cercada por los fosos, perdida en el horizonte malva, cerrado el puente levadizo para siempre.

Cuentan que, a veces, desde lejos se ven los velos del cucurucho de la dama asomar por las almenas , y el ulular del viento trae sonidos extraños, como de música estruendosa, risas y gritos. Sobre las almenas aparecen monstruosas figuras de jorobados, demonios  y momias rodeando una gran marmita negra fuegos fatuos.

—¡Vale! Cortad el rollo y avisad a vuestra dama.

—¡Voy! ¡Quasimodo!, anda a pedir permiso a nuestra dama a ver si hay sitio para un monstruo más, aunque sea en las mazmorras.

La figura de una brujita surca el cielo acercándose a dar la bienvenida a la visitante. Monta una escoba-vaporetta y va vestida con pantaloncito corto, botines rojos y un gran gorro de copa picuda, dejando en el cielo una estela donde se lee «La Torre de Sola».

Ilustración de Paloma Muñoz

—Venid conmigo, noble señora. Os guiaré al comedor de la torre donde se reúnen los habitantes para cenar. Nuestro cocinero, Momia Desvendá, prepara deliciosos menús franceses en su gran marmita negra. Hoy toca sopa de gusarapos y chuleta de diplodocus. Es un poco desgarbado, con las vendas que le cuelgan rotas por el paso de los siglos, pero en Francia no hubo otro mejor y su alma destila belleza, rara, pero belleza.

Llegan al gran comedor de muros de piedra, en cuyo centro hay una antigua mesa redonda donde doce monstruos dan cuenta del menú.

En la presidencia, la dama de la Torre de Sola, con su singular cucurucho, recibe cordialmente a la visitante.

—¡Atención, queridos caballeros monstruitos! Os presento a la «mamá» de Frankenstein, que busca alojamiento entre nosotros para su «criatura».

Aquí, gentil señora Mary Shelley, todos volcarán sus nobles corazones para acoger a vuestro Frankenstein. Y si necesitáis más piezas de recambio para él, las encontrareis en nuestras mazmorras, donde se almacenan enemigos vencidos en otras épocas. Compartid nuestra cena y brindemos por vuestro gran éxito en el reto de crear el personaje de más miedo y horror que venció a tantos ilustres literatos de vuestro grupo.

»¡Alcemos nuestras copas con la mejor sangre Gran Reserva! y luego danzaremos todos en una gran Rueda Chospona.

Aquí todo el mundo baila, ríe y se divierte, muy al contrario de lo que pasa al otro lado de la poterna de esta Torre. Nuestros monstruos tienen todos pedigrí.

»A vuestro lado está Satancillo, un demonio caballeroso y muy ligón, que cuida de que ningún humano farsante y buscapleitos traspase esa puerta. Como veis, luce falda plisada escocesa, por su origen, y un gran espadón por si alguien se sobrepasa.

»Al otro lado Quasimodo, Quasi para los amigos, cuya sola apariencia es capaz de hacer desistir al más pintado de venir a incordiar con agresiones mundanales. Es jorobado, feo y con voz de trueno, pero vigila y cuida de todos nosotros como el mejor guerrero. Incluso mantiene a raya a los dragones del foso, cuyo fuego usamos para encender los leños de las hogueras que circundan las almenas y que tanto miedo dan a los tontos de allá fuera.

»La gente desconoce todo de los monstruos, pero realmente están en el interior de cada humano, y toman de este apariencias según las circunstancias. Rara vez afloran aspectos feroces, aunque ocurre, pero siempre hay corazones luminosos en todo humano que se encierran dentro de cada apariencia monstruosa. Y aquí las pueden exhibir con toda libertad y alegría.

»Esperaremos encantados a vuestra criatura, cuyo corazón tierno ya conocemos. Aquí se sentirá como en casa porque, noble señora, ¡AQUÍ VIVEN LOS MONSTRUOS!

Conchita Ferrando (Jaloque)

En el armario

Autor@: 

Ilustrador@: Jesús Rodríguez

Corrector@: 

Género: Fantasía urbana

Rating: +13

Este relato es propiedad de Olga Besolí. La ilustración es propiedad de Jesús Rodriguez Redondo. Quedan reservados todos los derechos de autor.

En el armario.

Primero fue el fuerte olor a rosas que invadió su habitación. Lilith lo dejó pasar a regañadientes, aun a sabiendas de quien había podido ser el único culpable. Pero no podía hacer nada al respecto, estaba alertada de que si armaba un nuevo alboroto antes de finalizar el curso, amonestada como estaba por sus notas mediocres, se pasaría todas las vacaciones en un maldito campamento. Y ella odiaba especialmente los campamentos de verano.

Claro que había muchas cosas que Lilith odiaba, algunas de ellas  especialmente —aparte, por supuesto, de la compañía, los exámenes, los profesores, los alumnos y el instituto en general; de las especias, entre las que destacaban el ajo y la cebolla ¡puagg!; de todos los colores que no fueran el negro, que en realidad no es un color; de toda la música que no fuera gótica, porque fuera de la música gótica todo lo demás podía considerarse ruido; de la alegría, de las flores, de la luz, del sol y de todas las demás cosas ñoñas de este mundo— y de entre todas ellas, la que más odiaba eran los campamentos. Tanto que en su lista personal de las cosas más nefastas e insoportables ocupaba un puesto por encima de su odioso hermano pequeño Nosfe, que, según ella, era el ser más molestoso e inútil que la tierra había tenido la desgracia de conocer.

Además, él era el culpable de todos sus males, entre ellos el pestazo a flores que había inundado su habitación. Pero no podía cargar contra él con toda su furia, como le habría gustado, porque si la pillaban en otra movida más, esta vez sí que se la cargaba de verdad.

Eso no la persuadió de propinarle una soberana colleja mientras bajaban la escalinata en dirección al salón.

—¡Ay!

—Eso por gilipollas, enano.

—¡Mamá! ¡Mamá!

—¿Qué pasa aquí?

—Llilith me ha pegado.

—No es verdad.

—Sí, sí lo ha hecho.

—No, no lo he hecho. Y él ha entrado en mi habitación.

—No es verdad.

—Sí que lo es.

—Mentirosa.

—Mentiroso tú.

—¡Basta los dos! —La voz profunda de su padre era autoritaria y no daba opción a réplicas, así que se hizo un silencio sepulcral que duró horas.

La velada pasó lenta y mortalmente aburrida como cualquier otra comida en familia y Lilith se escabulló a su guarida en cuanto tuvo ocasión. Allí era el único lugar donde se sentía relajada y a gusto, sola y a su rollo, porque su cuarto era su templo sagrado, donde nadie osaba poner un pie. Pero al abrir la puerta que se atrancó como de costumbre, vio algo diferente que la dejó petrificada.

Eso fue lo segundo que le hizo aquel día y esta vez ya no pudo dejarlo pasar. Toda la furia contenida se desató y tras arrancar de un manotazo el letrero de “si entras aquí, atente a las consecuencias” de la puerta de su habitación, voló hasta la de su hermano.

Como siempre, la había dejado abierta. Como siempre, el alelado estaba al ordenador, con los cascos puestos y de espaldas a la puerta. Como siempre, ni se enteró de que ella estaba allí, detrás de él. Podría haberlo estrangulado en ese momento, o pegarle un hachazo en la cabeza, pero ni tenía una hacha ni ganas de que la metieran en un correccional. Así que optó por lo fácil, que fue tirarle el cartel metálico afinando la puntería. Le acertó de lleno en el cogote.

—¡Ay! ¿Pero qué…?

—Lee lo que dice, so bobo.

—¿Pero por qué me tiras cosas? ¿Qué haces aquí? ¡Vete!

Ella cogió el cartel del suelo y mientras le sujetaba la cabeza con la otra mano, se lo puso delante del teclado.

—He dicho que leas lo que pone, atontao.

—Ya sé lo que pone. Es el cartel de tu cuarto. Y déjame en paz o llamaré a mamá.

—Tú no vas a llamar a nadie. ¿Por qué has entrado en mi habitación?

—¿Qué? ¿Te has vuelto loca?

—Pues si no has sido tú, ya me dirás quién ha sido.

—Y yo qué sé. ¿Para qué iba yo a entrar en tu cuarto?

—Para lo de siempre. Para husmear en mi armario.

—Sí, claro, como que a mí tus cosas me importan un ajo.

—No lo niegues, mamón, que he encontrado la puerta abierta de mi armario.

—¿Y por qué tengo que haber sido yo, eh? ¿Por qué no puede haber sido mamá? ¿O papá? ¿O el abuelo?

—Porque yo soy la única que tiene la llave del armario y mira… ¿la ves? Sigue aquí, colgada de mi cuello.

—¿Y cómo se supone que la he abierto yo entonces? ¿Por arte de magia?

—Ni lo sé ni me importa. Pero te lo advierto, pedazo de trol, como vuelvas a entrometerte en mis cosas o asomes la cabeza por mi cuarto, te la cortaré, ¿entendido? Ah, y como te pille con la mierda esa de spray, te la cargas.

—¿Pero de qué spray…?

Ya no quiso oír más. Con esa amenaza y un portazo Lilith se largó victoriosa a su cuarto, convencida de haberle demostrado al mocoso de su hermano quién mandaba allí.

Pero la tranquilidad duró poco. Fue acostarse e inmediatamente la puerta del armario chirrió quedamente, abriéndose un pelín más. A Lilith le pareció escuchar un sonido lejano de algún tipo de música, una musiquilla rítmica, algo parecido al… ¿pop? El corazón se le desbocó y la hizo levantarse de un salto para abalanzarse sobre el armario. Cerró su puerta de golpe y, mientras la empujaba con su cuerpo, giró la llave que volvió a colgarse del cuello. Permaneció así un rato, con la espalda todavía apoyada contra la puerta del armario, el tiempo suficiente para que se le quitara ese ritmo infernal y pegadizo de la cabeza y se le pasara el susto.

Después volvió a acostarse, pero se quedó con los ojos abiertos de par en par, mirando fijamente la puerta del armario. Entonces lo oyó. Primero empezaron los susurros, luego las risitas agudas, como si algún tipo de monstruo histriónico dejara oír su voz chillona a través de la vieja madera de la puerta. Luego sonó un ¡clic! y la cerradura giró sin llave alguna. Más susurros y ruidos de fondo acompañaron el chirriar de la pesada puerta oscura al abrirse de nuevo y un cegador destello de luz rosada inundó la habitación.

Lilith no pudo soportarlo y se tapó completamente. Eso hizo que se sintiera un poco más segura, más a salvo. Entonces volvió a oler la pestilencia a rosas y no pudo más que gritar con todas sus fuerzas. El aullido desgarrador que emitió se entremezcló con una serie de estridentes chillidos que casi la dejan sorda, al tiempo que los crujidos de la escalinata le anunciaban que su padre iba al rescate y ya estaba en camino.

Cuando Vlad abrió la tapa del ataúd de su hija se la encontró despierta, temblorosa y encogida, con la fría piel sudada y el cabello negro pegajoso por el sofoco.

—¿Qué ocurre, mi pequeña? —Aunque Lilith era ya toda una adolescente de carácter beligerante, para Vlad siempre sería su pequeña. Y aunque Lilith odiaba que la tratasen como una niña, esta vez no le importó y se abrazó a su padre—. Dime, ¿has tenido una pesadilla?

—¡No! ¡Hay un monstruo en mi armario! —gritó sin querer mirar en esa dirección.

—Pero eso no puede ser. Los monstruos no existen.

—¡Que sí, papá! ¡Que lo he visto!

— ¿Ah, sí?  ¿Y cómo es, si puede saberse?

—Pues… yo… yo…. es que estaba oscuro… pero lo sentí…y… y…. apestaba.

—Ya…

—Te lo juro. Es verdad.

—Vale, vale, de acuerdo.

—¿No me crees?

—Hay una forma de averiguarlo. ¡Abramos el armario!

—No, espera.

—¿Y ahora qué ocurre?

—Es que… ya estaba abierto.

—¡Qué curioso! Pues ahora está cerrado y cuando lo abres…

Cuando Vlad giró el pomo del armario, como era natural, no se abrió.

—¿Ves? Está cerrado a cal y canto. ¿Me dejas tu llave un momento?

Ella se levantó de un salto y, con las piernas aún temblorosas, se acercó cuanto pudo para alargarle la cadena de la que pendía la llave.

—¿No quieres abrirla tú misma?

—No. Hazlo tú.

—¿Estás segura? Sé cuánto te molesta que toquen tus cosas…

—Eso no importa ahora. Ábrela y verás.

Al girar la llave Vlad notó una ráfaga repentina de aire ascendente. Era Lilith que se había refugiado tras la lámpara de araña. La puerta cedió emitiendo un largo chirrido y el armario mostró su contenido: un millar de prendas de color negro acompañadas de unas piezas sueltas color sangre, y abajo, entre los zapatos de punta y las botas de cuero, una par de cajas que contenían sus secretos más íntimos: su diario, pruebas de su última borrachera de sangría con amigos, su kit de maquillaje, su carnet falso, su protección solar… Nada más. Ni luz. Ni olor a rosas. Ni susurros. Ni voces. Ni ruidos. Ni monstruos.

Fue entonces cuando Nosfe asomó la cabeza y, sorprendido de que nadie se la rebanase, se aventuró a dejar pasar todo su cuerpo en la habitación. Cuando la pilló suspendida del techo, agarrada todavía de la lámpara, todo su orgullo vampírico se hizo añicos y la victoria que había conseguido sobre él hacia unos instantes se fue al traste. Mientras, Nosfe aprovechaba su ocasión y, henchido de satisfacción, preguntaba:

—¿Qué ha pasado aquí? He oído gritos.

—Nada, Nosferatu, no ha ocurrido nada —contestó Vlad quitándole importancia y cerrando la puerta del armario tras de sí—. Tu hermana, que ha tenido una pesadilla. Vete a dormir.

—¡Uhhhh! Miedica, eres una miedica, siempre lo he sabido —dijo apuntando a la araña en donde aún colgaba su hermana—. Esta noche en la excursión del cole a la villa se lo contaré a todos.

Lilith en ese momento quiso matarlo y se deslizó de su escondite para hacerlo, pero Nosfe voló a su habitación, huyendo de ella como la rata que era.

—Bueno, esto ya está solucionado —dijo su padre devolviéndole la llave a Lilith—. Y tú también deberías tratar de dormir un poco. Ya es mediodía y tienes que descansar o si no en el instituto… ¿No te toca el examen ese de cambio de forma?

—Sí, papá. Y se llama transfiguración. Pero ya me lo sé. Está mordido.

—Pues entonces acuéstate y punto —dijo dirigiéndose a la puerta.

—¿Pero y si…?

—¿Si qué?

—Nada, da igual. Estaré bien… —El quejido de la puerta de la habitación al cerrarse la interrumpió—. O eso creo.

Cuando Lilith se quedó sola de nuevo, lo primero que hizo fue tratar de calmar sus nervios. Luego puso una silla atrancada en la puerta del armario, a modo de barrera. Tras eso miró debajo de su ataúd, pero lo único que salió de allí fue la vieja Peste, su rata, que movió los bigotes y se dejó acariciar antes de buscar otro escondrijo donde meterse. Ya sintiéndose un poco más a salvo, decidió echar un rápido vistazo a su alrededor, y la normal apariencia lúgubre de su habitación terminó por tranquilizarla.

Cuando ya casi estaba a punto de olvidar lo sucedido, se metió de nuevo en su ataúd, arregló un poco el acolchado rojo y entonces lo vio, allí, al lado de la puerta del armario, justo debajo del pesado y polvoriento cortinaje que tapaba la mortífera luz del sol, que de otro modo se colaría por el gran ventanal y la convertiría en cenizas. Allí estaba la prueba de que los monstruos existían y de que uno de ellos vivía en su armario. Allí mismo lo tenía, en su cuarto, y su visión le causó verdadero pavor, revolviéndole el estómago y produciéndole arcadas: una pequeña y delicada zapatilla de ir por casa afelpada de color rosa palo y con brillantitos fucsias en forma de mariposas.

Ilustración de Jesús Rodriguez

Olga Besolí
Enero 2018

El primogénito

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@:  

Género: Relato gótico

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Paloma Muñoz y la ilustración es propiedad de Rafa Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor.

El primogénito.

I
Abrí los ojos, y una claridad gris, pesada y decepcionante invadió mi mente y mis sentidos: otro día sin poder contemplar los rayos del sol. ¡Maldito Londres!

Sí, maldito Londres. Desde que llegué no he encontrado más que miseria, tristeza, pobreza y desolación. Las calles cubiertas eternamente de la espesa niebla que se adueña de todos y cada uno de los rincones de la ciudad y sobre todo, los intensos ─y cada vez más desagradables─ olores que inundan mi olfato me producen una repugnancia que debo disimular cada vez que salgo al exterior.

He vagado mucho por el mundo, pero mi destino es Londres y encontrar a ese hombre que me hizo como me hizo y que me abandonó de la forma más cruel y miserable que nadie pueda imaginar.

Su cobardía ha ido siempre pareja a su genio.

Pero eso a mí no me sirve.

Si encuentro a mi creador, me encontraré a mí mismo. Porque sus miedos son mis miedos y sus anhelos son también los míos.

He leído todo cuanto he encontrado en su laboratorio ginebrino. He podido constatar cómo sus experimentos han trascendido mucho más que el hecho de dar vida a cadáveres compuestos de restos humanos.

Sus experimentos no son famosos universalmente.

No ha podido publicar nada de lo que ha estado haciendo en ese laboratorio maldito durante aquellos años porque con toda seguridad hubiera sido arrestado y condenado a la cárcel para toda la vida.

Sin embargo, su secreto está a salvo conmigo a menos que lo haya contado a algún otro colega. Cuestión que dudo claramente.

La constatación de lo que hizo entonces, la sufro todos y cada uno de los tristes y miserables momentos de mi vida arrancada de huesos, órganos, músculos, tendones, carne y sangre de cadáveres con los que compuso mi blanquecino y desagradable cuerpo.

Mi creador quiso dar la vida a partir de la muerte. Yo soy el resultado.

Yo, Kaliyan, el nombre que me he dado a mí mismo ya que mi creador ni siquiera se preocupó de darme uno.

Kaliyan, el primer varón que apareció en la tierra en el Kali Yukam de nuestra era según la mitología hindú.

Os preguntaréis como conozco este dato.

Sonrío al pensar en vuestras reacciones.

He leído mucho y me instruido. Soy un auténtico autodidacta.

Mi creador me abandonó.

No imaginó que mi cerebro respondería a todos y cada uno de los edificantes estímulos que hacen que la vida (si esto que vivo puede llamarse así) sea más agradable.

Mi aspecto es turbador. Lo sé. La gente me rehúye. Se sienten incómodos ante mi presencia. Pero he aprendido a vivir en esta soledad día a día.

Me conformo con poca cosa: un pequeño rayo de luz, ver volar un pájaro hacia el cielo, ver crecer una flor, la sonrisa de un niño, la hermosura de una joven.

En esta horrible y odiosa ciudad he aprendido muchas cosas.

II
Me he preguntado muchas veces en lo que trabaja Victor Von Frankenstein.

Se me ocurrió imaginar que estaría inmerso en un nuevo experimento con el cadáver de algún desdichado y, que al haber conseguido dar vida anteriormente como hizo conmigo, repetiría su proeza.

Espero y deseo que se haya superado a sí mismo ─si es así─ y que cree un ser perfecto en cuerpo y alma.

Mi venganza entonces será aún más deliciosa.

Mientras estuve encerrado en el laboratorio de su castillo en Ginebra pude disfrutar a través de una de las ventanas del maravilloso espectáculo que se ofrecía a mis ojos.

Entonces supe que quería vivir siempre en ese lugar teniendo tan cerca las inmensas montañas evocadoras del poder de Dios.

Mi creador me hizo y me abandonó como si fuera un monstruo repugnante y contaminado de impurezas y putrefacción.

Más tarde, cuando fui algo consciente de la terrible realidad que me rodeaba, hice acopio de valor y me preparé para resistir esa espantosa soledad, ese miedo a lo que desconocía, y comencé a aprender.

Aprendí a ver en los libros que Frankenstein había dejado en el laboratorio muchas cosas del mundo y de los humanos.

Me fui familiarizando con lo más elemental. Mi cerebro funcionaba como una esponja. Después de todo ¿no era yo un recién nacido?

Ni siquiera tenía un nombre. Hasta los animales como los perros, gatos o los pájaros enjaulados lo tienen.

Yo ni siquiera poseía un nombre que me diera un sentido de identidad y de pertenencia a algo.

No te lo perdonaré jamás Victor Von Frankenstein.

Aún tengo pesadillas, y me despierto en medio de la noche aullando como un animal desesperado cubierto de sudor; temblando, sintiendo el miedo sobre mis hombros, deseando que se haga la luz.

Por eso duermo con algunas velas encendidas.

Sin embargo, confiaba en mi suerte.

Cualquier cosa era mejor que el estar solo en el lugar en el que desperté a la vida por primera vez chorreando sangre y atrozmente atormentado por el miedo, el dolor, la incertidumbre y lo desconocido.

Desde ese momento me propuse encontrar a mi creador y ajustar las cuentas con él.

III
Victor Von Frankenstein poseía una casa en Hillingham cerca de Hampstead Heath, una zona no muy alejada del centro de Londres.

Así que una fría tarde de invierno, y al amparo de la poca luz que había en las calles, tomé un carruaje y me dirigí a Hillingham. Encontré la casa y esperé.

Las luces de las ventanas del tercer piso estaban encendidas. Mi creador estaría trabajando, sin duda.

No sabía si vivía sólo.  De modo que esperé para comprobar sus movimientos.

Me coloqué junto a la puerta. Había escuchado pasos.

Era él. Era Frankenstein.

Apenas había introducido la llave, se dio cuenta de que algo andaba mal. De un violento tirón lo empujé hacia el centro de la habitación y cerré la puerta obstruyendo el paso con una mesa que arrastré con inusitada rapidez.

Lo miré con una fiereza que lo hizo retroceder, amedrantado.

Le hice la señal de silencio poniendo el dedo índice en mis labios.

Ilustración de Rafa Mir

― He vuelto, padre. Tu primogénito ha regresado para  saldar una vieja deuda.

Me miró con una absoluta sorpresa e incredulidad.

—Sí, creador mío. Pude sobrevivir a tantas calamidades y me hice con un bagaje cultural que me negaste junto con tantas otras cosas desde el mismo instante en que abrí los ojos a este mundo condenado.

Por cierto, ¿No sientes curiosidad por conocer mi nombre? Ni te molestaste en buscar un nombre para mí.

Calló. Su silencio me irritaba tan profundamente como el desprecio que seguía sintiendo por mí.

— ¿Qu… qué nombre tienes?

— Kaliyan— Dije sin más.

— ¿Qué quieres de mí, Kaliyan?

— ¿No tienes curiosidad por saber lo que significa tal nombre, padre?

― Dime lo que significa y terminemos con esto.

Sentí unas irremediables ganas de abofetearlo y arrojarlo al suelo propinándole las mismas patadas que unos energúmenos medio borrachos me propinaron cuando llegué a Londres.

— Significa <<El primer varón creado>> en un estadio concreto de la mitología hindú.

— Eres instruido.

No pareció muy emocionado o sorprendido.

Me acerqué a unos milímetros de su cara.

— Quiero cobrar mi venganza por tu abandono, tu crueldad conmigo y lo desdichado que me hiciste.

— ¿Y qué vas a hacer? ¿Vas a matarme?

Me aparté de él. Me acerqué a un aparador sobre el que reposaba el maletín del Dr. Frankenstein y extraje un delicado y reluciente escalpelo de plata.

— No. No voy a matarte.

Moví el escalpelo ante sus brillantes y enfebrecidos ojos.

― Voy a ser tu sombra todos los días de tu maldita vida. No voy a dejarte un respiro. Seré el peso amargo de tu conciencia y cada día que pase, cada noche que pase será aún más devastadora que la anterior.

Tiré al suelo el escalpelo y me cubrí con el gabán.

Salí al exterior.

La luna iluminó mi camino y mi sombra se perdió en medio de la oscuridad de la noche.

IV
Un nuevo día en la maldita ciudad de Londres.

Alguna vez llegué a pensar ─al principio─ que podría visitar lugares tan hermosos e idílicos como los jardines que rodeaban a los palacios reales o el gran invernadero. Pero no me atrevía a dejarme ver por el día.

Cuando llegué por primera vez y contemplé la miseria y suciedad de las calles, la pobreza y la desesperación, deseé con toda mi alma ser fuerte y poderoso para fulminar con un rayo de fuego a todos aquellos que se lucran de la sangre y el sudor de las gentes, de sus necesidades, rebajando sus dignidades a la condición de seres miserables que no merecen más que el castigo, la opresión y el dolor.

Veía de lejos las mansiones de los ricos. Observaba sus movimientos al entrar en los teatros, la ópera, los bailes, las fiestas. Y renacía en mí un asesino instinto que me provocaba un gran malestar y sobre todo una gran impotencia.

De buena gana los hubiera matado con mis propias manos.

Allí estaban: risueños, satisfechos, orgullosos. Viviendo en un mundo totalmente distinto al que vivían cientos, miles de personas que luchaban por sobrevivir a una noche infernal de frío y nieve sin tener apenas con qué abrigarse, sin tener que llevarse a la boca, sin poder cuidar y proteger a sus hijos.

Si algún día yo pudiera tener una familia. Tengo que volver a ver a Frankenstein.

Es preciso que sepa lo que deseo.

No quiero estar más tiempo solo.

Dedicado a Mary W. Shelley y a su inmortal creación
Dedicado a Rory Kinnear y a la maravillosa serie Penny Dreadful

Paloma Muñoz
Madrid, 22 de enero 2018

Monstruos capitales

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Ficción

Rating: +12

Este relato es propiedad de Olga Ruiz. La ilustración es propiedad de José Vicente Santamaría. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Monstruos capitales.

Corría. Tenía 15 años y corría con todas mis fuerzas para huir. Había salido de casa para tirar la basura y de repente me encontré corriendo porque un loco que iba en un coche salió y pretendió meterme en él. Y para evitar que supiera donde vivía comencé a correr calle abajo. Y me refugié en un antro cetrino y rancio. Escuchaba el ajetreo de gente dentro y una música extraña, casi tribal. Mi madre siempre me había advertido de que en caso de emergencia me arrimara a casas con luz, que buscara gente, que nunca bajo ningún concepto me quedara quieta, callada y sola. Mi primer pensamiento fue: «No puedo volver a casa». En mi casa no estaba mi madre, ella trabajaba esta noche puntualmente en un turno que había cambiado a su compañera del hospital y hubiera sido un suicidio retroceder. Además, me miré en el bolsillo de la chaqueta y tuve la precaución de haber echado la llave antes de salir. Todo eso se piensa cuando se está en alerta. No se sabe cómo, pero sucede rapidísimo en el cerebro. Se procesan datos en milésimas de segundo y se actúa.

Abrí la puerta del garito, estaba sofocada, entré rápido y cerré. Resoplé apoyada en la hoja por dentro, extenuada por la carrera. La mujer del ropero me dijo:

—No deberías estar aquí. Son más de las once de la noche. Eres una menor. Vete a tu casa —me ordenó.

—No puedo irme ahora. Hay un loco ahí fuera. Tengo miedo.

La mujer siguió colocando abrigos en el perchero trasero y no reaccionó a mi comentario, como si no lo hubiese escuchado. Solo puntualizó:

—Pero deberías irte a tu casa, aquí solo verás monstruos.

—No creo que me asuste, ya tengo quince años —afirmé con aplomo.

—Te equivocas. No tienes ni la más remota idea de dónde te acabas de meter. Hoy precisamente hay una conferencia. Una reunión anual para compartir sus logros y progresos. Se ponen al día de sus malvadas acciones y se dan premios para animarse a seguir haciendo perrerías a los humanos. Ya han llegado casi todos. En serio, márchate ya.

—Por favor, ¿Puedo verlo? —rogué ansiosa.

—No deberías, ya te aviso. Pero hazlo bajo tu responsabilidad. Creo que ya estás muerta de todos modos. A ver, acércate, respira, observa, mira, aquí, desde aquí si puedes —apuntó en la pantalla plana de última generación con su dedo índice—. No nos dejan estar en contacto con ellos. No podemos ni mirarlos a los ojos. Todo esto tiene reglas. Lo comprendes, ¿verdad?

No tenía ni la más remota idea de lo que me estaba hablando. Pero aquella mujer diminuta de ojos como almendras, arrugas en la frente y voz maternal, me miraba como si fuera capaz de leerme el pensamiento. Aquello me asustó un poco, pero le contesté lo más rápida que pude: —Me imagino….

Y me arrimé al plasma donde se vertían imágenes desde las tres cámaras de seguridad del antro. Me quedé igual. Eran seres humanos como todos.

—No veo nada extraordinario. De verdad, son gente muy bien vestida y muy guapos en general, pero gente… ¿Se graba? —pregunté curiosa.

—No. Imposible —negó ella mientras se sonaba los mocos—. Aquí está prohibido grabar. Solo se ve por si hubiera algún altercado, o si rompieran algo. Tenemos que decirles el qué. Yo lo voy apuntando todo en este cuaderno. Pero son generosos y luego dejan grandes propinas tanto en el ropero como a mi jefe. Perdona —me repitió nuevamente—, creo que debes marcharte. De verdad, si te quedas aquí y te descubren, me causarás un gran problema.

—Solo necesito esperar un rato. Solo un rato. Por favor. Si me marcho a casa ahora, puede sucederme algo malo.

—De acuerdo, una hora nada más. Cuando den las doce te marcharás de aquí.

Todo fluía con normalidad. Siguieron entrando a la fiesta personas muy arregladas. La mujer del ropero se mostraba seria y fría y no hablaba con ellas. Solo cogía el abrigo y les daba una ficha sin mirarlas a la cara. Luego, cuando ya estaba segura de que habían entrado en la sala, me iba describiendo la situación.

—Mira, ¿ves esta? —Y la señalaba en la pantalla—. Esta se llama Soberbia. Va de color violeta. Se pasea entre los demás con la cabeza altiva, con ese sentimiento de superioridad. Tiene un trato distante y despreciativo. Ella es la presidenta de este tinglado. Luego dará premios a Avaricia y Envidioso como hace todos los años. Es muy amiga de ellos. A los demás casi ni los mira.

Yo la observaba de arriba abajo, pero todo lo veía normal. Una mujer con un traje de lentejuelas ajustado y el pelo rubio, pero no me aportaba nada extraño y tampoco me atrevía a llevarla la contraria a aquella mujer. Simplemente atendía a sus explicaciones con cierta curiosidad y escepticismo.

—Te señalo aquí. Observa, niña. Esta es la segunda peor de todos. Es Lujuria, la del vestido rojo. Se pasará toda la noche suscitando el deseo de los asistentes. Tiene una actividad sexual exacerbada y necesita estímulos constantes que exciten sus sentidos. Le da igual tocarle a una mujer que a un hombre o a varios a la vez. Terminarán en una cama redonda unos cuantos con ella. Gula es su archienemiga. No soporta que haya gente gorda en su cama. Y la insulta mucho. En la anterior ocasión hasta se pegaron bofetones y se arañaron la cara. Gula tampoco se queda atrás, no te la pierdas de vista. Menudo genio tiene…

Seguía mirando con detenimiento la pantalla y al margen de una mujer extremadamente exuberante y bella que llevaba puesto un vestido rojo yo no podía ver nada más.

Ilustración de José Vicente Santamaría

—Mira —señaló con el dedo—, ¿ves esta otra? , justo, aquí, ¡esta! Ella es Gula, la que lleva un vestido tipo saco de color naranja. Siempre está comiendo. Y no siente ninguna vergüenza. Si se descuidan los de alrededor se lo come todo. Normalmente está sentada al lado de Pereza. Esta otra no habla, duerme mucho y no molesta. Pero es como llevar un saco de patatas encima que ni aporta ni se emociona con nada. Es la nada más absoluta. Pereza es casi trasparente, puedes verle las venas en las manos. Su compañía es peor que el vacío. Normalmente viste de azul cielo o blanco. Pero hoy se ha puesto un vestido negro noche para pasar más desapercibida y supongo que dormirse en cualquier sofá de algún reservado sin ser molestada. Estar con ella es desquiciante. Es saber que estás sola en compañía y que siempre te dará la razón como a los tontos. Puedes enloquecer con Pereza. Aunque disfrace tu mundo de paz en un principio, al final te asfixia su falta de motivación y sueños.

—Vaya, realmente los conoces a todos muy bien. —Y le esbocé una sonrisa.

—Y aquí está Envidioso. Hoy se ha puesto de color verde. Es muy amigo de Soberbia, ya te lo dije antes. Casi diría que podrían ser hasta amantes. Se entienden a la perfección, ríen mucho y comparten todas sus maldades divinamente. Se nota que están compenetrados. Emanan eso, casi perfecto, que emanan los enamorados… No sé, magia… Pero en su caso una magia tóxica.

—¿Y esta? —pregunté señalando con el dedo—: ¿Quién es la que lleva este vestido estrecho con tonalidades de color fuego?

—¡Ah, sí, localizada!, esa es Ira. Simplemente busca la destrucción más absoluta de todo. Nunca está conforme con la realidad. Nunca está conforme con las opiniones ajenas, por sistema a todo le encuentra el lado feo. Es terrible mantener una conversación con ella. Solo se escucha a sí misma. Y para explicarme, si no sabes jugar, se enfada. Si juegas, también se enfada porque no sabes jugar como ella. Si juegas a su juego, te hace trampas, y si consigues hacerle trampas tú, definitivamente te mata. Salir de la ira sin lesiones medulares es muy complicado. Por eso es mejor no entrar en flirteos con ella.

—¿Y sabes cómo son todos?

—Sí.

—¿Pero cómo los puedes conocer hasta ese punto? Si solo los ves una vez al año.

— Soy muy observadora, lo escribo todo aquí, en mi cuaderno de notas.

—Antes has dicho que no se los puede mirar a los ojos.

—Eso es…

—¿Por qué?

—Porque les abres la puerta de tu alma.

—¿Cómo es eso?

—Entran por ahí. Pero sobre todo, porque ellos tienen sus reglas. Y aprovechan que bajas la guardia y te ríes mientras los miras fijamente. Ese es el momento para entrar en tu cuerpo. Cuando estás relajado y confiado. Entonces te demonizan.

—Yo los veo muy normales, la verdad —dije encogiéndome de hombros.

—No lo son. Espera que lleguen las doce. Se quitan sus trajes humanos y empieza su verdadera fiesta. Soberbia se convierte en un pavo real con un espejo colgando. Ira nos enseña sus colmillos afilados, sus verrugas y sus pelos en una cara amarilla y huesuda. Gula se convierte en una especie de células madre gigantes a punto de reventar. Lujuria se llena de serpientes y agujeros. Envidioso se convierte en un pez enorme que arrastra una mucosa verde. Y así te podría describir uno a uno, pero vamos, que me están dando ganas de vomitar. Yo, en ese punto, apago la cámara y que Dios nos proteja.

—¡Hala… Qué alucinante! ¿Podría verlo yo? ¿Y hasta qué hora es la fiesta?

—No. Definitivamente no. Es repugnante. Solo ellos disfrutan así. En cuanto a la hora del cierre es a las seis de la mañana. Pero no lo sé. Depende del día. Unas veces a las cinco, otras a las seis y media, lo que sí tienen claro es que no se quedan hasta que amanece. Se colocan otra vez los trajes humanos y salen uno a uno delante de mí como en un desfile, saludando, con la manita mal colocada o un ojo caído, o la peluca como un sarmiento, y no recogen ni los abrigos.

—¿Y eso?

—No, no los recogen, en serio, salen tan acalorados y borrachos que ni se acuerdan. Así que al día siguiente tengo que colocarlos en el patio y quemarlos. No puede quedar ningún resto. Ah, no te lo he dicho. A todos los monstruos les encantan todos los tipos de drogas.

—Ya me imagino. Si es que tiene que ser muy fuerte lo que pasa ahí dentro. Y cambiando de tema, tú ¿cómo has llegado hasta aquí? Me refiero a por qué tienes este trabajo. Esto es lo más extraño que he vivido nunca. Aquí, en una urbanización cerca del mar. Ni podía imaginarme que pasaran estas cosas.

—Bueno, este sitio es muy especial. En principio, está definido como el Fin del Mundo en los mapas. Es mágico y ancestral. Tiene mucha energía negativa. Es muy propicio a estos encuentros. Y no son los únicos. Hay otras ligas similares, de brujas, políticos, etc. Los monstruos no son una excepción, lo que pasa es que la gente normal, me refiero a los humanos, no lo saben. Para poder trabajar aquí tuve que pasar las siete pruebas capitales. Durante un mes los dejé habitar a cada uno de ellos en mi cuerpo. Te he dicho que tienen sus reglas. Nunca pueden habitar dos monstruos el mismo cuerpo a la vez. A cambio, tengo un trabajo y gozo de su protección porque nunca más volverán a poseerme.

—¿Perdona? ¿Cómo es eso? —pregunté estupefacta.

—Lo dicho, durante siete meses los siete pecados capitales uno a uno fueron habitándome. Cada mes uno diferente, claro está. No recuerdo nada de lo que hice o dije durante esos meses porque se encargaron muy bien los unos y los otros de resetearme entera. Así que me dejaron sin sentimientos ni pasado. Y sin dolor, afortunadamente. Ninguno de ellos volverá a hacerlo. Jamás. Ya pagué un caro peaje. Único en la vida.

—¿Y entonces? ¿Entonces ahora qué eres, me refiero, en qué te has convertido?

—En Soledad. Eso es lo que queda cuando ya no hay ningún monstruo dentro.

—¿Eres feliz?

—A ratos. Es un estado complejo. Puedes estar maravillosamente bien y sin saber por qué sentirte extrañamente mal. Al principio duele un poco pero luego te acostumbras. Y te puedo asegurar que es lo mejor que le puede pasar a un ser humano. Vivir tranquilo con su soledad después de haber convivido con todos los monstruos y conseguir que se marchasen fuera uno a uno, dedicarse a quererse a sí mismo, a vivir por y para sí mismo. Egoista dejó mucho dentro de mi Soledad. Y entonces, ¿qué has aprendido, muchacha? —me preguntó dándome una palmadita en la espalda.

—¡Que estás majara! —dije sonriente y guiñando un ojo.

—No, en serio, ¿qué has aprendido?

—¿Que los solitarios son supervivientes de los monstruos capitales?

—Sí, perfecto, pero también, y esto te lo digo yo, que son los más tristes porque ya no tienen ninguna emoción dentro.

—Bueno, visto así, si tú lo dices… —suspiré levantando los hombros, después miré el reloj negro gigante del vestíbulo. Eran las doce. Sentí un picotazo profundo en la base del cráneo. Los ojos se me cerraban pesadamente, como un sueño inesperado, profundo, extraño, quizá una droga, y le pregunté—: ¿Te importa que me quede aquí a dormir?

—Anda, ven, métete debajo del mostrador. Te echaré un abrigo por encima.
A la mañana siguiente la alarma de un móvil olvidado sonó en algún sitio del local. Desperté y no quedaba nada allí: ni televisión de plasma, ni abrigos, ni gente monstruosa. Solo un extraño olor a hipoclorito y piel quemada en una mezcla hedionda. Me incorporé y comprobé que la mujer del ropero tampoco estaba ya. Me levanté pero no me levanté. Me refiero a que mi cuerpo seguía allí acurrucado, como congelado. ¿Qué acababa de pasar? No comprendía nada. Quizá estuviera drogada…Tenía que salir pitando a casa. Un único pensamiento de preocupación por si mi madre había regresado del hospital y no me había encontrado en la casa me invadía y una extraña sensación de ligereza. Debía escribir esta historia antes de que se me olvidara algo y pese a que nadie me creyese. Todo aquello sucedió. Antes de cruzar la puerta del garito para salir, me giré y me miré en un espejo del hall pero ya no era yo.

Olga Ruíz

Donde viven los monstruos

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Poema

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Milagros Morales. La ilustración es propiedad de Rafa Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Donde viven los monstruos.

Ilustración de Rafa Mir

Los monstruos no viven en las pesadillas
ni en cuevas oscuras,
no son productos de cinematografía
ni divertidos personajes de cuento.
Viven entre nosotros como corderos disfrazados.

No respiran una atmósfera insana
ni está distorsionada su genética:
nadan como los peces, vuelan como los pájaros…
Nada ni nadie puede controlarlos.
Solo podemos generar bondad por ver si los aleja.

Milagros Morales

Los monstruos de mi imaginación

Autor@: Raquel Bonilla

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Poesía Infantil

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Raquel Bonilla. La ilustración es propiedad de Rosa García. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Los monstruos de mi imaginación.

Ilustración de Rosa García

Los niños del mundo tenemos un gran don,
es un bonito secreto
y se llama imaginación.

Podemos ser piratas de noche
caballeros al atardecer
y conducir un mágico coche.

Los conocí con mi don,
son pequeños, divertidos y coloridos
y me divierten un montón.

Son pequeños y coloridos
saltan, bailan y vuelan
y tienen cara de pillos.

Si tengo fiebre o sarampión,
todos me hacen compañía
jugando en mi habitación.

Les gusta hacer dibujos
jugar al balón
y contar cuentos de brujos.

El más divertido es Tristón,
un monstruo naranja
al que le encanta el salchichón.

Leo parece un león,
tiene melenas marrones
y vigila cada rincón.

Azul es el más gracioso
es cariñoso y blandito
y de peluche, parece un oso.

Rojo es el más listo,
tiene gafas redondas
y le encanta comer pisto.

Gracias a mi imaginación
conozco monstruos divertidos
con un enorme corazón.

Raquel Bonilla Santander

 

Ellos

Autor@: 

Ilustrador@:  

Corrector@: 

Género: Microrrelato

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Daniel Camargo. La ilustración es propiedad deSergio “Gan” Retamero. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Ellos.

Es difícil describir el horror.

Están ahí. Lo sé, a pesar de la oscuridad impenetrable que me impide ver mi propia mano a centímetros de mi cara.

Sí, ellos están ahí, estoy segura. Lo noto por el olor. Por ese tufo penetrante y fétido, tan característico. Un olor a organismo podrido, a animal muerto. Al principio me provocaba un rechazo casi imposible de superar, hasta el punto de hacerme vomitar, pero poco a poco me he ido acostumbrando.

Avanzo lentamente, en medio de esa negrura pestilente. A tientas, con riesgo a tropezarme, presintiendo lo peor. Mi sentido común me impulsa a retroceder y marcharme, pero tengo que hacerlo… Es mi obligación.

Sé que el suelo está lleno de trampas, por eso voy tan lenta, cuidando cada movimiento en ese laberinto, temerosa de tropezar y caer. Como un ciego en medio de una mudanza o un comando atravesando un campo minado.

Ahora escucho un sonido grave, acompasado, rítmico. Como el ronquido de una fiera dormida. Y ese sonido me estremece, me transporta al pasado, me recuerda otros momentos… Trato de usarlo como referencia para orientarme en la oscuridad, pero no lo consigo. El ambiente enrarecido dificulta la respiración, y la falta de oxígeno en mi cerebro me impide pensar con claridad.

Pero poco a poco, a medida que avanzo, mis ojos se van acostumbrando algo a esa pertinaz oscuridad. Creo detectar formas múltiples, diversas y abigarradas, como bultos acumulados, un caos absoluto. En realidad, no tengo claro hasta qué punto es real lo que veo, o si es mi mente la que me está jugando una mala pasada. Me restriego los ojos y vuelvo a mirar. En medio de esas sombras fantasmagóricas intento divisar algún movimiento, alguna señal de vida. Pero no consigo descifrar el enigma.

Y ese olor, mezcla de almizcle y sudor, que tal vez nunca consiga eliminar de mi recuerdo.

Tengo que avanzar, no puedo distraerme, tengo un objetivo, más allá de mi curiosidad. De pronto piso algo, algo orgánico, blando, pegajoso. En mi mente se disparan mil asociaciones, pero me esfuerzo por salir de ese bucle y sigo adelante. Me pongo a rezar para tener la mente entretenida. Prefiero no saber de qué se trata.

Y continúo. Lenta, torpe, temerosa… Continúo.

El ronquido es cada vez más cercano y persistente, y el hedor más intenso, lo que me indica que voy en la dirección correcta.

No es la primera vez que entro, qué va, ya son muchas. Muchas más de las que hubiera querido. Ni tampoco será la última, claro. Pero nunca es igual. Siempre es distinto. Siempre es peor.

Ellos tienen esa extraña capacidad de sorprenderme siempre de algún modo. De aumentar mi ansiedad y mi angustia.

Al avanzar, algo me roza la pierna. Algo fláccido. Creo detectar un movimiento pendular, como si fuera la cabeza de un pollo muerto. Qué asco…

Dios mío, como tantas otras veces, estoy a punto de abandonar, de dejarlo, de retroceder. Pero la responsabilidad puede más. Tengo que hacerlo. Si no lo hago yo, no lo hará nadie.

Y sigo, muy a mi pesar, sigo. A pesar del olor, ese olor repugnante que se mete en mi nariz como un cuchillo impregnado en orín de zorrino.

El avance es lento, pero ya falta poco. No podría calcular cuánto he caminado, ni cuánto tiempo ha pasado desde que entré, pero sé que falta poco.

Ya los tengo cerca, muy cerca. No llego a verlos, pero lo noto. El calor y la humedad son sofocantes. Y el zumbido se ha detenido.

Ahora oigo su respiración, profunda, acompasada. Y noto más que nunca ese hedor fétido.

Estiro el brazo y toco la pared, caliente y húmeda. Voy palpando esa superficie lisa hasta que la encuentro. Toco la cuerda, vertical y tensa como una serpiente cobra a punto de atacar.

La rodeo con mano y la aprieto con fuerza. Como otras veces. Respiro hondo y tiro hacia abajo, en un único movimiento rápido y preciso.

Y la persiana sube…

—¡¡Mamá!! ¡¡Baja esoooo!! ¿No ves que estamos durmiendo, coño?

—¡Que no! ¡Que ya es hora de comer! ¡Se acabó! ¡Se levantan y se duchan! ¡Y a ordenar la habitación, que es un caos!

Ilustración de Sergio “Gan” Retamero

Daniel Camargo