32ª Convocatoria: Mujeres

Mujeres.

Ilustración de Ana Carmen Kummerow

Al principio de los tiempos fui venerada como una diosa. Mis pechos caídos, mi vientre abultado y mi capacidad de dar la vida me hicieron poderosa y admirada a ojos de los hombres. Durante siglos permanecí en el panteón de los dioses y fui musa e inspiración de poetas, artistas y cazadores, y se me otorgó el poder de ser la dueña de la noche y la luna. Pero la noche inspira miedo y empecé a ser temida por aquellos que me enaltecían. La oscuridad se convirtió en un símbolo del diablo y la luz en el símbolo divino de un dios masculino que condenaba mi sabiduría ancestral. Fui recelada y señalada con el dedo. El recelo se tornó obsesión y fui perseguida y acusada de bruja por matasanos ignorantes que no entendían mis conocimientos. Me arrestaron bajo el mandato de un dios misógino que permitió que me torturaran y condenaran a morir quemada viva y ahogada. Fueron tiempos oscuros aquellos, que tuvieron un amanecer humanista en el que, bajo los auspicios de la ciencia, fui relegada a un discreto segundo plano, menoscabada y subestimada. Pasé a ser una propiedad, un bien con el que comerciar, una moneda de cambio entre un padre a un esposo concertado, mientras el mundo avanzaba y se industrializaba. No tuve ni voz ni voto. A nadie le importó mi opinión, y tuve que morir para que mis quejas fueran escuchadas. Me llamaron sufragista como palabra peyorativa, aunque yo la llevé con dignidad y agrado. Luego vinieron tiempos modernos que olían a libertad y fui tolerada con resignación, como un mal necesario, pero profundamente desdeñada e ignorada. Los historiadores se esforzaron en borrar mis huellas, en esconder mis logros, mis avances científicos, mis obras literarias. Cuando decidí pisar tan fuerte que dejé una impronta ineludible, me cosificaron y clasificaron como elemento decorativo. Me  convertí en musa de modistos y sex symbol, con la belleza como mi mejor mérito y mi única aliada. Fui tratada de comparsa, de florero, de animadora, de entregadora de premios, de eterna acompañante. Siempre sonriente y preciosa. Siempre con los labios sellados. Porque cuando abrí la boca el mundo me miró con cara de asco mientras me llamaba feminista. Mi valor como persona desde entonces ha consistido en ser hija de, madre de, esposa de, hermana de… como si mi ser fuera la extensión o el aplique de otra persona, siempre más importante que yo. Y he sido manipulada, física y mentalmente, no digamos ya sentimentalmente. Se me ha dicho que debo casarme y tener hijos, porque se supone que yo sola, por mí misma, no puedo sentirme realizada. Y a pesar de todo, me he abierto paso en un mundo laboral de hombres mientras me dicen cómo tengo que ser, qué aspecto debo tener, cómo tengo que actuar, cómo debería pensar, cómo se supone que tengo que sentir y, por supuesto, cómo he de vivir, qué aspiraciones debo tener, y con qué me debo conformar. Me han tenido tan ocupada con todos esos requisitos que ni siquiera he tenido tiempo para ver cómo mis compañeros, muchas veces menos cualificados, son promocionados y ascendidos en sus carreras mientras que yo nunca prospero. Como resultado me he estancado. Me he vuelto indecisa, sumisa y obediente, reflejando sus propios deseos de verme sometida y calificada como sexo débil. Hasta ahora. Hoy me he dado cuenta de que todavía nadie me ha preguntado qué es lo que yo quiero y cuando me he atrevido a explicarlo sin pedir permiso me han llamado feminazi. No importa. He cargado con orgullo con todos y cada uno de los nombres que me han impuesto sobre las espaldas desde que el mundo es mundo; el peso de uno más no me doblegará. Y aunque algunos oídos todavía no están preparados para lo que está por venir, yo les he gritado que basta.

Hoy me he lanzado a la calle para hacer oír mi voz de mujer, y decirle alto y fuerte a todos los hombres de este mundo: “Llamadme como queráis, pero ya no sois mis dueños. Hoy no tenéis ningún derecho sobre mí. Mi vida, mi mente y mi cuerpo son solamente míos y voy a hacer con ellos lo que a mí me dé la gana”.

Olga Besolí
Mayo 2018

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La cara sin rostro

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Relato romantico-misterio

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Jorge Pérez Rivero. La ilustración es propiedad de Olga Ruiz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La cara sin rostro.

Querido diario:

Hace tiempo que no nos sentamos tú y yo a charlar durante un rato y espero que no estés molesto por ello; soy consciente y te pido disculpas. Barcelona da para mucho y normalmente dedico unos minutos de mi tiempo, antes de dormir, para contarte mis penas o mis pensamientos, aunque esta vez se haya alargado demasiado nuestro reencuentro.
No quisiera aburrirte con estúpidos comentarios sobre problemas personales que no interesan a un ente como tú y por ello, para salvar estas semanas de ausencia y sufrimiento por tu supuesta parte, voy a regalarte uno de mis secretos mejor guardados y que supondría un gran descubrimiento si alguna vez llegase a ser un escritor mundialmente conocido.
Sí… Ya sé que lo he soñado muchas veces pero, aunque vaya con algo de retraso en mis escritos, aún tengo tiempo para alcanzar la cima si bien lo que vaya a relatarte ahora no tenga mucho que ver con mi futuro éxito y fortuna.
¿Preparado?
Todo comenzó hace ya muchos años, catorce creo recordar, y quizás lo que hago ahora sea un pequeño homenaje por aquella maravillosa época. Realmente no fueron los mejores de mi vida pero tuvieron algo de sentido a la hora de convertirme en escritor.
¿Qué? ¿Por qué llegué a decidirlo? Esa es una buena pregunta y has hecho muy bien en plantearla, ya que es parte fundamental en este relato; sin ello, nada de esto hubiera ocurrido.
Mi profesora de Historia había escrito varios libros y nadie en la clase tenía conocimiento sobre aquello: algunos versaban sobre la Guerra Civil española y otros abarcaban, también, el ámbito histórico. Aquello me impactó gratamente pues nunca antes había conocido a un escritor en persona, de mayor o menor nivel, pero seguía siendo mi primera vez. La conversación que mantuvo con nosotros sobre ello me dejó impresionado y, a mis catorce años de edad, comencé a reflexionar sobre el tema, pues mil y una historias rondaban en mi cabeza y descubrirlo quizás hubiera sido la acción que necesitaba para darme cuenta de que podía compartirlas con el resto del mundo igual que otros así lo había hecho ya.
Sí, esto no es ningún secreto, lo sé. Pero para que haya misterio, primero debía hablarte sobre esta parte o no lo habrías entendido. Dame unos minutos para pensar cómo contártelo y verás.
Iba a la misma clase que yo y así lo hizo hasta que acabé el instituto. Sí, estamos hablando de una compañera, aunque te sorprenda, pero había algo en ella que me marcó para siempre. ¿Amor? Quién sabe. Yo era joven e inexperto en esos temas y ni sabía siquiera lo que realmente me gustaba pero allí estaba, cada día, cada recreo, cada examen. Esperando que levantase la mano para escucharla hablar o que saliera a la pizarra y así verla más de cerca. Era de las más listas de la clase, ¿sabes?, y ello me fascinaba, pero yo era muy tímido y nunca dije nada. Qué podría decir, bastante traumas tenía ya y no me apetecía llamar la atención más de lo debido.
¿Que si ella tiene que ver con el secreto? Para ser un libro inanimado eres más listo de lo que pensaba. Sí, ella es realmente el secreto.
La última vez que la vi fue hace ocho años, creo recordar, y realmente nada cambió para con nuestra relación. Simplemente un saludo amable que no tornó en nada más. Es cierto que intenté de alguna forma acercarme más a ella durante nuestra etapa estudiantil en alguna de las fiestas que se organizaron, pero de poco sirvieron las breves conversaciones que mantuvimos. No existiría este secreto si todo hubiese ido a mejor, ya me entiendes.
Ya, ya, que vaya al grano, no me presiones más que terminaré en breve.
Como muy bien sabes, en 2011 publiqué mi primer libro pero, realmente, no fue el primero que escribí. Mi obra magna, que algún día verá la luz, la inicié justo el año en que mi profesora de Historia nos reveló su segunda profesión. Aquel momento, ya con quince años, y todas aquellas sensaciones revoloteando en mi cabeza, me llevó a recrear la única forma posible de poder estar con ella. Un personaje se enamoraba del actor principal y era algo muy puro que, en algún momento, le salvaría la vida. No, no voy a revelarte nada. Ya lo verás cuando se publique de aquí a unos años. Lo importante es el hecho de que esta relación no es tan ficticia y surgió por una razón real y ello me dio que pensar cuando tuve la oportunidad de publicar mi primer libro. Y ahora, con el segundo en camino y el tercero finalizándolo, todos tendrán algo en común.
¡Vaya! Sigues dejándome sin habla. ¡Muy bien! Lo has adivinado, aunque he de reconocer que te lo he puesto bien fácil.
Si alguna vez soy un escritor conocido y lees varias de mis obras, búscala entre mis páginas pues ella participará en cada una de las historias. Ya fuere de actor principal, secundario o un mero caminante que pasaba por allí y no sea piedra angular en momento alguno. Da igual si los libros tratan sobre ciencia ficción, policiacas, históricas o una mezcla de géneros, su simple recuerdo las hace importantes. Al releerlas aún tengo la sensación de que realmente sí que sabía que yo existía y que pudiera haber hecho algún movimiento tratando de ponerme en contacto con ella. Quién sabe, puede que se convierta en una fan y lo descubra por sí misma. Mientras tanto, su cara tendrá muchas descripciones, pero su rostro será único e invisible para todo el mundo menos para mí.

Ilustración de Olga Ruiz

Buf, creo que ya ha estado bien por hoy. No te quejarás de todo lo que te he contado. Valdrá para compensar todo lo que no he escrito durante estas semanas.
No me mires así, sabes que mis palabras son ciertas y convencerían a cualquier tribunal que las juzgara. Ahora bien, solo tú y yo lo sabemos, así que mantén las cubiertas cerradas y no lo airees por ahí o se terminará la magia.
Bueno, es hora de dormir. Hablamos mañana, ¿vale?
Descansa y coge fuerzas para mis encontronazos del día.
Buenas noches.

Jorge Pérez Rivero
Barcelona, 13-02-2018

 

Arreglos de costura

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Género: Relato

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Olga Ruiz. La ilustración es propiedad de Rafa Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Arreglos de costura.

Los lunes y los miércoles por la tarde de siete a ocho damos la vuelta al valle. Es un recorrido de hora y cuarto, pero si aprietas el paso en una hora puedes hacerlo.  En ese camino ves el río Tajo, los árboles, mogollón de gente deportista, los patos, el parque, aprecias Toledo desde fuera de la ciudad, puedes disfrutar de uno de los atardeceres más bonitos del mundo y respiras. Pero lo que siempre nos pone los pelos de punta es acercarnos a la casa de los arreglos de costura. María y yo no tenemos miedo a casi nada. Vamos, creo que somos unas mujeres bastante valientes en general. Pero esta casa es una de esas casi nadas que se salen de nuestro entendimiento.

Hablaré de María primero. Ella es TTV (que significa que es de Toledo de toda la vida y a mucho orgullo). Conoce a otros muchos TTV y muchas leyendas de la ciudad. Es jovial, vivaracha y muy leal. Con ella doy esos dos paseos a la semana llueve o nieve, y son una buena dosis de alegría. Yo, por el contrario, soy de fuera, pero tengo un carácter extrovertido y curioso y me resultó muy fácil adaptarme al medio.

Para centrar la historia, explicaré que todo empezó hace un año o así. Uno de esos  días ella me obligó a fijarme en una casa que antes había pasado inadvertida. Era de piedra, de una sola planta, con una puerta central y dos ventanas ridículas a ambos lados, casi siempre cerradas a cal y canto y en un estado ruinoso de las cubiertas que cualquier día iban a vencerse. Estaba ubicada cerca del Puente de Alcántara, un poco camuflada a los pies de la muralla. María la señaló y me animó:

—Venga, tía, acércate ahí —dijo apuntando a la puerta que tenía unas contraventanas de madera abiertas hacia dentro.

Desde fuera se podía ver un pequeño cartel blanco con el título: Arreglos de costura. Pero no ponía ni un teléfono, ni un horario, sólo eso. Un cartel hecho de madera, pintado con pintura Titán blanca y serigrafiado en negro, adosado al cristal de la ventana por dentro.

—Voy —le contesté obedientemente. Pero ante su distancia, le pregunté—: ¿Pero qué te pasa?

—Nada… —pronunció un tanto nerviosa—. Acércate y pega la cabeza al cristal —me ordenó. ¿Qué ves?

Y yo, nada prudente, me arrimé y posé la nariz en el cristal para acomodar la vista al interior que estaba más oscuro que la realidad exterior. Contesté relajada:

— Pues veo un salón.

—¿Qué más ves? ¡Carajo! —dijo alzando la voz y con un tono malhumorado.

—Pues un espacio antiguo. A la izquierda de la estancia hay una máquina de coser Singer con una silla de enea y un cojín de lunares desgastado. Al fondo veo un sillón de madera con tapicería de flores y delante una mesa camilla con una faldilla verde oscura y un tapete de ganchillo. En las paredes unos cuadros de ángeles, poca cosa. Al fondo a la derecha, también una cortina de rayas de acabado castellano sensiblemente recogida sobre una silla.

Ilustración de Rafa Mir

—¿Sólo eso? Y la mujer… ¿no hay una mujer?

—No. Sólo un espacio digno de una película de Almodóvar de una casa manchega de los años sesenta. —Y me retiré—. Venga, ¡mira tú! —La animé.

—Yo la vi muchas veces cuando era pequeña.

—Pero ¿a quién?

—A la costurera, ¡coña! No te enteras. Siempre me arreglaba los uniformes del colegio.

—¡Ostras!, pero de eso ya ha pasado mucho tiempo. Que ya vas camino de los cincuenta.

—Y tanto… Lo curioso es que siempre que paso miro por si la viese, pero soy incapaz de arrimar la cabeza como has hecho tú. Tenía un moño blanco y llevaba batas negras de luto riguroso. Era menuda y casi transparente. O al menos así la recuerdo.

—Y ¿por qué no llamas y la saludas?

—Me da miedo.

—¡Ah, venga! Arrima aquí la cabeza. No está. —La animé señalando el cristal.

—¡Te he dicho que no! —puntualizó molesta—. Es que no puedo…

—Pues sigamos entonces.

Llegamos al final del recorrido y cada una se marchó a su casa. No sé por qué se había puesto tan tensa. Ya no éramos niñas para películas de terror. Pero por alguna razón, ella vivía aquello con cierto respeto y miedo. En el tiempo que llevaba en la ciudad nunca había oído nada de esa casa, ni siquiera recordaba haber leído nada en periódicos locales o revistas de barrio, ningún suceso que me hiciera pensar que aquella casa estaba encantada o guardaba algún secreto. Entonces, se disparó algo dentro, como una necesidad de saber más al respecto. Una curiosidad malsana sobre una vida ajena.

Pasaron los días y los meses y siempre que pasábamos al lado de la casa era como si un silencio se hiciera a propósito y se produjese un efecto de eso que llaman una bajada de temperatura. No me gustaba mucho pasar por esa acera de piedra y sentir la humedad de las paredes y la sombra de las dudas.

Una tarde, cuando estábamos casi a la altura de la vivienda, vimos a una mujer entrar con una bolsa de plástico. Llamó a la puerta y la abrieron desde dentro. Ya tuvimos el primer indicio de que alguien habitaba allí todavía. Estuvimos fuera esperando a que saliese, pero pasaban los minutos y aquella mujer de camisa rosa de rayas y pantalones vaqueros de unos treinta años no salió. Entonces pensamos que si había ido a dejar un arreglo de costura tardaba mucho en salir. Pero no nos importó porque en ese tiempo estuvimos hablando de la vida y cómo mejorar el mundo. Pero tuvimos que marcharnos, no merecía la pena esperar tanto.

Imaginamos cómo sería la vida de aquella mujer, si vivía sola, si la ayudaban, si realmente recibía alguna pensión, si malvivía con los arreglos de costura, en fin…

Un día se me ocurrió la brillante idea de coger una falda y decirle a María que iba a llamar a la puerta con la excusa de que me arreglase el bajo, que prefería hacerla más corta. Ella se puso furiosa. No podía soportarlo. Dijo que bajo ningún concepto iba a ver a esa mujer mayor cuyo recuerdo le horripilaba. Y que si quería, que ella me la arreglaba y gratis. Así que se me cortó la ilusión de plan.

Otro día estuve buscando en la guía de teléfonos local por si fuera capaz de saber si tenía fijo y llamarla para ofrecerle algún tipo servicio a domicilio, comida, acompañamiento, etc. Sí, sí, era una excusa, pero es que me moría de ganas de saber quién vivía allí. Pero no tuve suerte. No aparecía en la guía amarilla nadie en esa dirección.

A finales de septiembre me pasé por el archivo regional en busca de algún periódico o alguna noticia antigua que tuviera que ver con esa casa. Pero tampoco encontré nada realmente vinculante. Una licencia de obras para construirla y poco más.

Así que, por más que me esforcé, no conseguí nada al respecto. Y María, pese a mi necesidad de conocer, no tenía la misma necesidad compartida, y no colaboraba dando luz a mis elucubraciones, con lo que desistí en el intento. Dejamos pasar los días y los meses. Siempre con un respeto extraño al pasar por la puerta de esa casa y con una curiosidad todavía más insana de mirar por la ventana. Era imposible no caer en la tentación de hacerlo. Vimos su casa en primavera, verano y otoño, a veces con las puertas entreabiertas, otras con todo cerrado.

Soñé incluso que una mujer menuda sacaba el brazo y nos pedía explicaciones de por qué observábamos su casa y qué pretendíamos con eso. Y es que, lo reconozco, se había convertido en una obsesión.

Una tarde me llamó María. Estaba en el tanatorio. Me dijo que fuera allí, que se encontraba muy triste y que no podía ni hablar por teléfono. Era un día soleado de principios de noviembre y yo acababa de salir del trabajo. Recuerdo perfectamente este detalle absolutamente intrascendente porque contesté a la llamada desde el bluetooth del coche y aproveché el camino que casi era el camino a casa, para acerarme a verla. Cuando llegué no podía creérmelo. Me presentó a su abuela fallecida. Estaba en el ataúd, con el cartelito de los arreglos de costura delante.

Me quedé pensando por un rato y en silencio. Luego me dirigí a ella furiosamente y le increpé:

—Me has estado tomando el pelo todo este tiempo. Eres una mala persona.

Y ella me contestó:

—No. Era la única forma de que contaras esta historia. Hazlo por ella. En su memoria. No tuvo una vida de película, pero gracias a ti, su recuerdo permanecerá entre nosotras.

Respiré, reflexioné y la abracé.

—¡Dios, eres la bomba en verso! Tienes razón, María. Nunca habría escrito esta historia. Lo siento por tu abuela, ya me darás detalles, o no… pero seguiremos pasando por esa casa cuando demos la vuelta al valle, y pensaré en lo capulla que fuiste por el engaño y en cómo activaste mi imaginación casi a partes iguales.

—Perdóname. Sé que lo entenderás.

—Te acompaño en el sentimiento, amiga. Lo entiendo.

Y aquí estoy contando esta historia: una historia de mujeres llena de empatía y complicidad. Y porque también hay en mí una necesidad de recordar mi  infancia entre ceras, pinturas y telas. Una infancia en la que vi a mi madre compartir horas de costura con sus vecinas y reír. Y ellas sí cambiaban el mundo con sus dedales.

Olga Ruiz

Invisible

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Relato corto

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Paloma Muñoz. La ilustración es propiedad de Ana Carmen Kummerow. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Invisible.

No se trata de que una mujer se haga invisible ante los ojos de los otros.
No se trata de que una mujer o unas mujeres desaparezcan del panorama cotidiano de otro o de otros.
No se trata de que una mujer o mujeres no den ninguna señal de que están vivas, escondidas, apartadas, desorientadas, encerradas, enclaustradas.
No.
Se trata de una mujer que se desvanece ante los ojos de otra y―en la mayoría de los casos― se aleja desapareciendo de su horizonte para siempre.
Esto suele suceder más a menudo de lo que creemos.
En cierta ocasión escuché una historia sobre celos.
Alguien estaba celoso de otro alguien porque ese alguien acaparaba la atención de la persona por la que sentía una fijación sospechosa. Bastante sospechosa. Muy sospechosa.
Ese alguien era una mujer. La fijación la sentía por otra mujer. Y esa mujer mantenía  una estupenda y enriquecedora relación amistosa con otra mujer.
Esta historia que escuché hace tiempo es una historia muy sencilla.
Los celos hacen daño. Claro que hacen daño. Mucho daño.
Los celos van unidos a la envidia y a la impotencia. Pero sobre todo a las ganas de joder  a la persona  que supone una amenaza.

Ilustración de Ana Carmen Kummerow

Cuando me contaron esta historia me hablaron de celos y de maquinaciones.
Las maquinaciones de  una mujer obsesionada con otra que va cavilando, diseñando, preparando un plan para acabar con esa relación que la estorba.
¿Problema de competitividad? Pudiera ser según lo que deduje  después.
Pero había otras cuestiones más complejas.
Tal vez problemas de identidad sexual.
Por la pinta de los hechos tiene mayor posibilidad de que fuera un asunto de enamoramiento lésbico.
Me comentaron que era un asunto de celos amorosos.
Pregunté por las características de esas dos personas y de la tercera en discordia y me hice una composición de lugar.
Lo vi claro.
La celosa era como una araña que iba tejiendo su red poco a poco a lo largo de los años y con una inteligencia, astucia y falsedad magistrales fue haciendo que esa relación se intoxicara poco a poco.
Intervino en voluntades ajenas.
Se hizo la comprensiva, la amistosa, la generosa y la bondadosa.
Sabía muy bien  que al final lo conseguiría. Conseguiría separar a las dos mujeres. Acabar con su amistad.
Claro que según me contaron intervinieron más factores.
Suele suceder así casi siempre.
La amenaza había que hacerla desaparecer y para ello se necesita ser paciente, perseverante, astuta. Una excelente manipuladora en definitiva.
Hay que conocer muy los puntos débiles de las personas. Estudiar el carácter o temperamento  de los actores del drama y seguir maquinando la mejor forma de acabar con esa relación preocupante que odias.
La celosa patológica que sólo quiere compartir con el objeto de su fijación todo lo que se puede compartir no va a tolerar que alguien le haga sombra.
Esto suena a toxicidad porque la conclusión es que esa celosa patológica y aduladora hasta la náusea podría engañar a cualquiera excepto a la persona a la que quería fastidiar.
Y eso es el retrato de una persona tóxica.
Ese término me lo repitieron y yo estuve totalmente de acuerdo.
Y así llegamos al quid de la cuestión.
Mientras me lo contaban,  comprendía el porqué de ciertos comportamientos  y las reacciones hacia alguien que está de más en una relación: dos son pareja y tres, multitud.
Al final todo se fue al carajo.
La imagen de la amistad y la complicidad desapareció para siempre.
Se hizo invisible.
Quien me contó esta historia terminó añadiendo:
No hay lealtad entre las mujeres como no la hay en una manada de lobos.
Eso creo que lo dijo Conan, el bárbaro en una de sus momentos filosóficos.

Paloma Muñoz
Madrid, 27 de mayo  2018

¿Puedes hacerlo tú?

Autor@: 

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Corrector@: 

Género: Relato

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Conchita Ferrando. La ilustración es propiedad de Rafa Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor.

¿Puedes hacerlo tú?

Esto no es un relato de mujeres, sino un relato donde hay mujeres y para todo tipo de lectores.

Nunca me gustaron los “apartados”, ni de mujeres, ni de hombres, ni de nada… Para mí el mundo es variado y ese es su principal atractivo.

Seas quien seas, SI SUEÑAS, SE PUEDE CUMPLIR.

Esta historia va de subir escaloncito por escaloncito, sin pretender metas inalcanzables, de una ilusión que un grupo de amigas, con formación, cultura y mucha decisión, pusieron un día sobre la mesa, sin saber muy bien dónde llegarían o dónde se quedarían: publicar una revista, de ámbito local, en la zona donde vivían. Algo inalcanzable en teoría, sin mecenas, sin apoyos de instituciones, sin una financiación segura. Todo un reto, pero sin dramas si no lo conseguían. ¡Tranquilas! ¡Un intento es bueno y si no sale a la primera, ya se verá!

No tenían ni local como sede de sus reuniones para armar el proyecto, pero se las arreglaron para que les prestasen un despacho en una Caja de Ahorros mientras se organizaban.

Iban contra reloj, pero con una energía enorme.

Lo primero fue crear las secciones básicas:  Arte, Actualidad, Cultura, Literaria, Anécdotas, Historia y Cocina Internacional. Todas a medida de cada una de las organizadoras y creadoras, en las que eran expertas de algún modo.

Diseño de una bonita portada, a cargo de una de ellas que era pintora con exposiciones.

Un nombre sonoro y de amplio espectro.

Una imprenta de amigos que maquetaba, ponía papel cuché y los pagos con facilidades.

Todo listo y… ¡A escribir!

Todo era actividad desbordante en aquellas reuniones en el despacho prestado, que daba una enorme impresión de “profesionales importantes”.

La primera revista iba a salir con muy pocas páginas porque no había para más. Los acuerdos se hacían como pactos entre todas y, a pesar de algunos contrastes de pareceres, siempre íbamos avanzando “en grupo”.

Mi página sería la dedicada a Literatura: comentario de libros, anécdotas sobre escritores, fotos, algunas poesías de las que yo escribía y, si tenía material para apoyar las secciones de mis compañeras, se los pasaría.

Ya estaba la portada y era una preciosidad. Aquello crecía y nos empujaba a todas.

De repente, en una de las reuniones, cuando ya estaba cerca el plazo de lanzar la primera revista, alguien sugirió la conveniencia de poner una entrevista a alguien conocido de aquella zona para darle más atractivo.

A todas nos encantó esa idea, pero la mayoría no se atrevían, o no tenían muchos contactos, o no tenían tanto empuje y tanto tiempo para dedicarle, ya que eso lleva muchos enlaces, llamadas, etc. Y se me quedaron mirando ante mi horror.

—¡Podrías hacerlo tú! Todas te ayudaremos para los contactos, buscaremos información, amistades, familiares, lo que sea. Lo lograremos y la entrevista la harás tú, que dominas muy bien la comunicación con la gente.

Dicho y hecho. Ese día salí nombrada para hacer entrevistas.

Nuestras amistades comunes nos sugirieron nada menos que la visita de la directora de la revista Telva, que vendría a nuestra ciudad a un evento.

Había que lograr llegar hasta ella y una buena amiga hizo de intermediaria, llevándole  la pequeña presentación del proyecto que redacté: una Revista hecha por un grupo de mujeres-amigas que fuese muy atractiva a todo el mundo sin casi medios para publicarla: UN RETO.

Siempre he agradecido la generosidad de Covadonga O’Shea que aceptó que la entrevistase, con fotos y todo, y que me ayudó a encontrar los titulares de más impacto.

Y salió nuestra primera revista, con poquitas páginas, pero muy bien presentada y con una distribución a cargo de otras amigas que tenían modo de llevarlas a muchísima gente de la zona. Una ilusión que ya era realidad puesta en marcha.

Mi sección de entrevistas se llamó GENIO Y FIGURA, en recuerdo al refrán español.

Llegó a manos del Papa, a quien se la presentó Covadonga O’Shea en el avión en que viajaba como directora de Telva acompañando el viaje papal. ¡Ya habíamos saltado fronteras desde el número uno de publicación!

Ilustración de Rafa Mir

Había que seguir con los escaloncitos, y ahora con una seguridad enorme en nuestro proyecto. Nuevas reuniones en aquel despacho prestado, incluso con felicitaciones de la Caja de Ahorros que nos lo facilitó. Y ahora con el propósito de aumentar alguna página, más fotos y ampliación de todos los temas.

Mi obsesión cada día era buscar a quién entrevistar, con mayor tirón si era posible, para la siguiente revista que era mensual. El teléfono de casa echaba humo. Comprendo que abusaba descaradamente de mis amistades, familiares e incluso inventaba modos de llegar a alguien interesante casi al asalto.

Y así fue.  Casi al asalto telefónico pude contactar con una gran persona, mujer culta, importante periodista y autora de una serie de televisión, que era Natalia Figueroa. ¡Sí, la famosa periodista que hizo los guiones de la serie Si las piedras hablasen!

No nos conocíamos de nada, pero mi explicación por teléfono del proyecto de nuestra recién nacida revista le gustó y accedió a que la entrevistase. Aquello fue para mí como entrar al Paraíso. Grabé la conversación durante una hora, y ella fue encantadora. Al final, cuando le di las gracias, me dijo algo: “Yo le agradezco a usted que me haya hecho una entrevista muy completa SIN preguntarme en ningún momento por Raphael, mi marido. Eso ha sido lo mejor”.

Aquel número dos de nuestra querida revista nos puso ya en circulación con un éxito que nunca imaginamos. La radio nos llamó para entrevistarnos, la gente por la calle me preguntaba por Natalia y por Covadonga. Todo el mundo quería tener nuestra revista. Y no sabíamos cómo atender tanta demanda porque no teníamos distribuidor.

Para la siguiente entrevista logré contactar con el Cronista Oficial de la ciudad, gracias a que era compañero de uno de mis tíos, y me dio un material interesantísimo sobre dichos y habla de la zona, costumbres curiosas, tradiciones, y además cintas magnetofónicas con publicaciones suyas que podría usar en las secciones de Local.

Aquello gustó mucho. La radio se hizo eco de aquella entrevista con el Cronista, que era muy valorado allí.

La gente ya nos conocía y había demanda de revistas que no lograba cubrir la tirada de la imprenta amiga.

Esa misma semana recibimos una llamada de una empresa de publicidad, que nos ofrecía hacerse cargo de todos los gastos de edición y distribución, y la ampliación a más páginas, si aceptábamos que ellos pusieran algunos anuncios en la revista.

Lo sopesamos bien, con la seguridad de que podría ser algo estupendo, y aceptamos con la única condición de que supervisaríamos los anuncios, por si alguno no lo considerásemos adecuado. Y aceptamos.

Así, pasito a pasito, avanzábamos y llegábamos más lejos. Ahora teníamos ya presupuesto, ¡dinero!, y los medios nos hacían caso, relativamente, pero sobre todo, teníamos un distribuidor que no nos cobraba nada y llevaba nuestra revista a todos sus clientes.

Era tiempo de Navidad, así que incluimos una sección especial con trabajos sobre la Navidad, de todo tipo, con muchas fotos, incluso con ideas que nos daban a pie de calle, como el concurso de Belenes, cuyo ganador fotografié para sacarlo en primer plano y que estaba hecho todo con herramientas vestidas con chapa metálica. Muy original.

El Destino iba a nuestro favor, y otro imposible se puso ante nuestra vista: el nombramiento de la primera mujer Académica de la Lengua de España. Carmen Conde, nacida en la ciudad donde nosotras estábamos, aunque lejana en distancia, ya que vivía en Madrid. ¡Aquello sería más que difícil! Pero nada nos parecía imposible. Movimos cielo y tierra para acceder a ella, que tenía fama de un carácter terrible y estaba tan solicitada, pero el Destino quiso que tuviese un evento importante cerca, y sin tener cita previa, casi a puerta gayola, me presenté en su hotel con el único mérito de venir de su tierra con un proyecto humilde, hecho por mujeres, para poder llevar a nuestra revista sus opiniones sobre su tierra y algunas preguntas. Di en el blanco porque me recibió esa tarde en el hotel, en exclusiva, y grabé más de hora y media de conversación agradabilísima con aquella gran escritora. Me contó anécdotas de su infancia, sus preferencias navideñas, sus miedos, sus salidas de su tierra, sus recuerdos más preciados… Mujeres en comunicación que llegaría muy lejos.

De esa conversación salieron tres entrevistas que llevé a los tres periódicos más importantes de la zona, con fotos regaladas por la propia Carmen Conde, y la más entrañable fue para nuestra revista.

Esa fue la guinda del pastel de nuestra querida revista. Los directores de los periódicos de la zona ya me conocían. Sabían que éramos capaces de muchas cosas y de gustar a muchos lectores.

Nueva ampliación con nuevas secciones, una de las cuales también fue mía y la titulé  Cartagena de los mil nombres, con ocho capítulos que salían mensualmente, para lo que me documenté intensamente con la ayuda de muchos conocidos sobre historia antigua, arqueología y riquezas mineras de más de dos mil años de aquella zona.

Cada día sacaba más horas de las que tenía la jornada, pero con unas fuerzas que desconocía tener. Era la ilusión que se hacía real para todas nosotras.

De allí para adelante todo fue crecer, soñar, cumplir sueños y disfrutar.

¡Ojo! ¡Si sueñas, se puede cumplir!

Conchita Ferrando (Jaloque)

Supernovas

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Poesía

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Milagros Morales. La ilustración es propiedad de Paloma Muñoz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Supernovas.

Ilustración de Paloma Muñoz

Nos educaron
para que nuestra vida fuera un lienzo
lleno de luces, sombras y matices
pero que no pudiera salirse de un marco.
Nos educaron para ser pintura
en manos de pinceles,
para ser carboncillo
que se difumina con los dedos.
Pero la obra que resultó
al modelar nuestra terneza
transcendió al ser contemplada
y salió a la vida.
Nuestros brazos acunaron el futuro.
Hoy somos supernovas.

Milagros Morales