E08-El fantasma de los libros

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Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Drama-Fantasía

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Jesús Cernuda. La ilustración es propiedad de Nelle Caver (Noelia de la Torre). Quedan reservados todos los derechos de autor.

E08-El fantasma de los libros.

 

Aún recuerdo aquel momento en que su sombra, como salida de la nada y en un silencio que apenas me dejaba respirar, se cruzó ante mis ojos.

Acababa de cumplir ocho años y en la oscuridad de mi habitación pude ver cómo una silueta dejaba algo a los pies de mi cama y, del mismo modo que había llegado, desaparecía tras la puerta.

Ilustración de Nelle Caver

Tengo ya demasiados años para dejar que el pasado se cuele en mi vida. Pero aquella llamada golpeó en lo más profundo de mi ser, haciendo que aquel pasado removiera todo mi presente.

Como cada día estaba  sentado en mi ya viejo despacho, rodeado de cientos de libros que formaban unas pilas que parecían sujetar el mundo o, al menos,  lo  hacían con el mío.

Desde el día en que me fui de casa, decidido a encontrar eso que me ha convertido en lo que ahora soy, no había vuelto a hablar con mi madre más de cinco minutos seguidos. Escuchar al otro lado de la línea que ya no podría hacerlo me devolvió a la triste realidad, esa en la que había acusado a mis padres de sentirme solo durante toda mi infancia, esa en la que me negaba a dejar que los recuerdos formaran parte de mis días.

No puedo decir que en mi juventud no fuera feliz, mis padres hicieron todo lo posible para darme cuanto necesitaba y más. Supongo que entonces no lo aprecié. Ahora me doy cuenta de lo egoístas que podemos ser de niños.

Es curioso cómo hay cosas que pueden grabarse en la memoria para hacerse dueña de ella y, a pesar de encerrarlas bajo una enorme llave en lo más profundo de tu mente, siguen ahí. Una de esas cosas es ese olor a carbón que mi padre dejaba al llegar todas las noches a casa, tan tarde, que tan solo en un puñado de veces conseguí mantenerme despierto  para ver en su cansado rostro cómo me dedicaba una sonrisa.

Y yo me quejo ahora, sentado en mi despacho frente al ordenador, cuando él trabajaba más de quince horas al día para volver con las manos cortadas y poder sonreírle al mundo con la cabeza bien alta.

Y otra es ese día en que aquel olor no volvió jamás. Ese mismo día que acurrucado en la cama con lágrimas en los ojos, al saber que nunca volvería a ver la sonrisa de mi padre, algo se adentró en silencio para poner el primer paso de lo que sería mi vida.

Con las arrugas que dan los años, he comprendido lo duro que tuvo que ser para mi madre, dedicada a tiempo completo a perder su vida para poder darme la mía. Nunca supe ver cuánto sacrificio hacía por ello, cuánto le hubiera gustado pasar más tiempo conmigo. En cambio, mi único modo de pagarle fue irme y dejarla sola, más aún de lo que yo me había sentido durante años.

Como ya os dije, de niños o no tan niños podemos llegar a ser muy egoístas y lo que hice fue irme en busca de aquello que me ha hecho ser quien soy.

Fueron muchas las noches en que aquella misteriosa sombra se colaba en mi habitación. Aunque pude verla un par de veces más, de lo que estoy seguro es que tan solo yo podía hacerlo. Lo supe el día en que me armé de valor y se lo conté a mi madre.

—Pero tú estás loco, no existe el fantasma de los libros —sentenció de forma tajante.

Pero yo sabía que se equivocaba, porque en cada visita aquel extraño ser dejaba un libro a los pies de mi cama y se llevaba el que días antes había dejado.

Pasé años leyendo esos libros. Viajé con ellos a lugares increíbles, conocí a gente que nunca hubiera creído que existiera y viví con ellos mil y una aventuras. Me hicieron ser un apasionado de la lectura.

Pero lo que realmente me cambió fue el día en que aquel “fantasma de los libros” dejó a los pies de la cama uno que me desconcertó. Estaba totalmente en blanco.

Esperé paciente los siguientes días a que volviera y me regalara otra de aquellas historias con las que seguir soñando, pero nada. Siguió pasando el tiempo y ni rastro de mi fantasma.

Era tan solo un niño de catorce años cuando recorrí las bibliotecas de mi ciudad buscando alguno de aquellos libros que había leído. Me daba cuenta de que ni siquiera conocía a los autores. Encontré otras muchas historias que me hicieron seguir soñando, pero jamás ninguna de las que aquella sombra me había regalado por las noches.

Varios meses después comprendí el significado de aquel último libro, ese que estaba en blanco. Todas aquellas historias habían sido posiblemente mi única compañía (al menos eso pensaba) y ahora yo escribiría esas aventuras que tal vez otros podrían vivir desde sus casas. Aquel libro en blanco sería mi primera historia.

Justo al colgar el teléfono y pensar en todo aquello, no he podido evitar mirar a uno de los libros de mi despacho, ese que un día estuvo en blanco y que ahora guardaba entre sus páginas mi primera gran aventura.

Puedo decir que he tenido suerte, he publicado varias novelas por el camino y he conseguido hacer de ello mi modo de vida. Sin embargo, aquel primero nunca lo he intentado editar. Supongo que es algo que se quedará para mí por siempre.

Intento no pensar en mi madre. No quiero llorar al darme cuenta de que no he estado ahí para despedirme. Como el día que con apenas dieciocho años me fui y  solo dejé una nota. Ella nunca me lo echó en cara, ni siquiera salió de sus labios un porqué.

Pasé años viviendo de lo que podía y buscando en cada ciudad alguno de aquellos libros que me habían hecho soñar con mis propias historias. Nadie parecía conocerlos, lo que hizo que poco a poco fuera olvidándolo, llegando incluso a creer que todo había sido producto de la imaginación de un niño, que el “fantasma de los libros” como decía mi madre, no existía.

Estoy en aquella sala, rodeado de gente que ni siquiera conozco, pero que se acercan a decirme cuánto lo sienten. Me doy cuenta de que ellos tampoco me conocen. Lo único que quiero es que acabe todo, volver a mi casa y dejar que los libros sigan sosteniendo mi mundo.

Apenas queda nadie ya cuando un hombre se acerca.

—Sé que no me conoces. Tu madre me dijo antes de morir que te diera esto.

Creo que fue la única persona que no me dio el pésame. Tan solo dejó aquella caja en el suelo, me dio la mano y se fue igual de silencioso que había llegado.

Han pasado varios días desde el entierro de mi madre. He intentado no pensar en ella encerrándome en mis pequeñas historias, esas que sé que en el fondo solo intentan igualar a aquellas otras que se guardaron en mi mente cuando solo era un niño. Cuántas veces he deseado escribir algo que me hiciera sentir lo mismo que sentí leyéndolas. Supongo que no tengo el talento que haría falta, quizá nadie lo tenga y por eso nunca más volví a ver aquellos libros.

No he vuelto a pensar en aquella caja, que apartada en un rincón, parece llamarme. Creo que el miedo a lo que pueda encontrar en ella ha hecho que intente olvidarla.

Me armo de valor, esperando alguna carta en la que mi madre me dijera todo lo que no se atrevió a decirme en vida, a pesar de no ser más que verdades.

Dentro, un sobre pequeño encima de otra caja. Pienso que ahí está la carta que tanto miedo me daba, pero…

“Ojalá hayan suplido la falta de tiempo y veas en ellos el amor que nunca te pude demostrar”.

Abro la otra caja y todo a mí alrededor se retuerce. Me veo de nuevo como aquel niño de ocho años que, llorando en la cama, vio como aquel  “fantasma” entraba en su habitación, un fantasma que desde aquel mismo día tuvo que dejar su sueño a un lado para intentar formar el mío, un fantasma que desde entonces no encontró más huecos en su vida para seguir contando historias, pero que consiguió que yo, su hijo, soñara con contar las mías.

Ahora me doy cuenta de que todos esos días en que mi madre, esperando a que mi padre llegara, tecleaba aquella vieja máquina de escribir que desde su muerte no había vuelto a escuchar.

Con todos aquellos libros de nuevo en mi mano, me doy cuenta de que si he llegado a lo que soy es gracias a ese fantasma de los libros, a mi madre, que nunca vio su sueño cumplido, por dejar que yo lo hiciera.

—Mamá, tú sí que tenías ese talento.

Jesús Cernuda

E11-El fantasma de los libros

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Relato onírico

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Paloma Muñoz. La ilustración es propiedad de Nelle Caver (Noelia de la Torre). Quedan reservados todos los derechos de autor.

E11-El Fantasma de los libros.

UNA VIEJA LIBRERÍA

Había leído mal. Al principio creí que se trataba del fantasma de los libios. Una, que se siente con vista cansada y a veces le cuesta trabajo fijarse en las palabras.

Pero no, se trataba de «El fantasma de los libros». Vi el título en una librería muy antigua de la parte vieja de la ciudad y me quedé contemplando la portada: una bruma que envolvía las tapas de un libro y cuyo título, se hallaba  casi oculto entre los trazos de niebla.

Me acerqué y observé con toda la atención puesta en el curioso libro.

Ilustración de Nelle Caver

Me sentí tan alucinada e intrigada al mismo tiempo que decidí visitar esa librería de aspecto decimonónico.

Al entrar, percibí un extraño olor que no sabría definir. No había nadie.

Los quinqués estaban encendidos y situados en lugares estratégicos para que la luz amarilla diera de lleno en las estanterías y ensombreciera un poco el mostrador.

Me pareció que entraba en otro mundo, en un mundo inquietante, aunque conocido por mí a través de las muchas lecturas y películas que tanto me fascinaban del mundo victoriano.

Los cuadros, cuyos marcos relucían por el pan de oro que los cubría, las estampas del  Londres de finales del XIX, las escribanías de plata que se exhibían en una de las vitrinas del precioso mueble que se encontraba al fondo  junto a una puerta negra medio cubierta por una cortina de terciopelo rojo oscuro, las alfombras que cubrían el suelo de madera barnizada, el sillón de orejeras, los velones encendidos  sobre un pequeño aparador en cuyo centro  se erguía un bonito florero de cristal lleno de flores secas de distintos colores, ofrecían la auténtica estampa de un lugar detenido en el tiempo.

Me fijé en el mostrador y observé que había un timbre muy adornado. No sabía qué hacer, si tocarlo o sencillamente preguntar por el responsable de la librería.

Opté por lo segundo y alcé la voz para preguntar por el encargado del establecimiento. Esperé unos segundos pero nada. Nadie acudió a mi llamada. Miré hacia esa puerta con la cortina roja y esperé un poco más. Dirigí mis ojos hacia el timbre y lo apreté como se supone que haría una dama con la mano enguantada, impaciente por que la atendieran, haciendo ver a las claras que a ella no la hace nadie esperar.

Entonces escuché unos pasos que me  parecieron lentos y la puerta del fondo se abrió rechinando un poco. Confieso que se me pusieron los pelos de punta, pero más me impresionó la figura que surgía del rincón: un tipo con aspecto de hombre viejo, cansado y enfermo, con el cabello blanco, largo y lacio que le caía por los hombros, muy delgado, alto, huesudo y unas manos largas, grandes, enormes, diría yo, que parecían inertes como sus  brazos.

Me recordó a un personaje de cómic de terror muy conocido: el inefable tío Rufus, aunque sin la cara de calavera.

En realidad, me  estremecí porque el tipo se me antojaba la viva imagen de un santo, creo;  de una talla en madera conservada en un horripilante museo de escultura religiosa que me pareció tan horrendo y desagradable que me puse mala de la muerte al contemplarla.

Recuerdo el mal cuerpo que se me quedó.

El extraño y siniestro personaje se acercó lentamente al mostrador y me miró con ojos sin vida alguna, yo tragué saliva y me acerqué a él casi arrastrando los pies.

Disculpe, pero he llamado y como no aparecía nadie, he tocado el timbre y…

Con un movimiento ralentizado de la mano me indicó que aguardara. El anciano, porque era un hombre ya entrado en muchos años, extrajo unas lentes del bolsillo de su batín azul oscuro y las colocó sobre el puente de su huesuda nariz. No imaginaba que la voz que provenía de ese ser tan repulsivo fuera  tan armoniosa.

No importa, señorita. Estaba en el sótano ordenando unas cuantas cosas y he oído  el soniquete del timbre.

Con un nuevo gesto de la cadavérica mano de macilentos tonos, me indicó que me acercara para que pudiera contemplarme a la luz de los quinqués. Colocó uno de ellos cerca del timbre. Yo intenté sonreírle pero tenía unas enormes ganas de salir corriendo de ese  perturbador lugar.

No suele acercarse mucha gente a este rinconcito de la ciudad y pocos curiosean por aquí. Ahora, jovencita ¿podría decirme que es lo que le interesa de la librería?

Respiré hondo. Ese hombre me repelía, pero se mostraba amable y tranquilo. Me pareció que una incipiente sonrisa curvaba sus marchitos labios o ¿acaso lo imaginé?

He visto que tiene en el escaparate un libro que me ha llamado poderosamente la atención. Creo que lleva por título: «El fantasma de los libros» y su cubierta es la más original que he visto nunca.

¡Ah, desde luego!  Se trata de un libro muy singular. Tengo sólo dos ejemplares, el que ha visto usted expuesto en el escaparate y otro que tengo guardado bajo llave en el sótano. Son dos ejemplares muy valiosos ¿sabe?

Acercó el sarmentoso dedo índice hacia mi nariz e instintivamente eché la cabeza hacia atrás. No deseaba herir su sensibilidad, pero no me apetecía de ninguna manera que rozara mi piel con esa uña larga y amarillenta.

¿Quién es el autor? No he podido ver el nombre por la original cubierta de la niebla.

Me miró con curiosidad y me pareció atisbar algo de luz en esas cuencas tenebrosas. Si me preguntaran de qué color eran sus ojos (si es que los poseía), diría que eran vacíos y negros como los de una calavera.

No tiene autor. Nadie sabe quién lo escribió. Es uno de esos libros extraños que aparecen en el mundo como: El Necronomicón, Las nueve puertas del reino de las sombras,  El manuscrito  Voynich, El códice Gigas, El libro de Thoth y otros tantos más. ¿Desea verlo?

Mientras escuchaba su pausada charla, asentí. El anciano salió despacio del mostrador y se dirigió al escaparate. Alargó la mano y agarró el libro igual que si lo hubiera hecho un ave rapaz con su presa.

Con cuidado lo depositó sobre el mostrador.

Aquí lo tiene, joven. Tómese su tiempo. Yo voy al sótano. Me he dejado encendida la luz y no están las cosas para dispendios energéticos.

Echó unas risitas y tosió. Vi como abría la portezuela y la cerraba tras de sí. Creo que la había dejado abierta pero… ¿acaso no le preocupaba que me largara del establecimiento con el raro libro bajo el brazo? Puede que el siniestro vejestorio (que se me antojaba bastante amable y educado) confiara en mí por alguna extraña razón y no le importara dejarme sola en la librería decorada con motivos victorianos.

El libro no era muy grande. Podía sujetarlo fácilmente con ambas manos. No pesaba apenas. Los bordes de las tapas eran duros, la encuadernación suave como si  estuviera forrada de un terciopelo de color granate algo desgastado. El dibujo de la niebla cubría buena parte de la tapa y efectivamente  el título se dejaba entrever.

Era sin duda un libro alucinante que me producía una sensación desconocida o al menos, una sensación que mezclaba la fascinación, la curiosidad, la inquietud y el rechazo porque podía tratarse de un libro embrujado: el  anacrónico anciano repulsivo, la atmósfera morbosa y decadente, el olor indefinido a algo que está fuera del tiempo y de lugar.

 Me daba la sensación que ese libro guardaba secretos y  lo abrí.

Mis sentidos se embotaron, me sentí mareada. Un extraño olor se esparció por toda la sala y la cabeza comenzó a darme vueltas. Instintivamente me apoyé en el sofá cercano al mostrador. El libro resbaló de mis manos y caí al suelo, profundamente dormida.

Cuando abrí los ojos, me encontraba sentada en el sillón de orejas con la cabeza ladeada y frente a  mí el repelente anciano que me observaba como quién contempla un ejemplar curioso y desconocido en una vitrina de un viejo museo.

Me tranquilizó poniendo su mano sobre mi hombro.

Ha sufrido un desvanecimiento, jovencita. Afortunadamente no ha sido nada serio. Subí y la encontré sobre la alfombra sosteniendo aún el libro en las manos.

¿Ha podido levantarme usted? No es que pese demasiado pero no soy un alfeñique y usted es…bueno, parece frágil.

El anciano sonrió, pero su expresión era de ansiedad.

Hubo un tiempo en que yo era joven y agraciado y ahora me veo viejo, decrépito y sabedor de que mi presencia es rechazada por todo el mundo. No se preocupe, aún tengo fuerzas para alzar a una bella joven y colocarla en ese sillón.

La cabeza me da vueltas. Creo que debería marcharme.

¿Ha abierto el libro?

Me preguntó acercándose aún más, dejándome sentir su aliento nauseabundo.

No lo sé. No lo recuerdo.  Puede que sí. ¿Por qué lo pregunta?

Bueno, no ocurre nada. Tranquila. ¿Se marea con asiduidad?

Negué con la cabeza, aunque aclaré:

Suelo tener la tensión baja. Necesitaría tomar algo fuerte, un café algo cargado o un licor.

Puedo prepararle un té, si lo desea.

No me fiaba de ese hombre para nada. Pero hasta ahora se había mostrado inofensivo  conmigo. ¿Inofensivo?  Tendría que salir de esa librería tan extraña, de ese ambiente tan enrarecido. Me preguntaba por qué me había mareado de esa forma.

Creo que debería irme. Gracias por sus atenciones. No voy a molestarlo más.

Si no ha abierto el libro aún, tal vez pueda regresar en otro momento y verlo con más tranquilidad. Prometo que en ese momento no me ausentaré como he hecho hoy.

¡Qué insistencia con lo de abrir el libro! Pensé.

¿Qué se supone que me podría ocurrir o qué podría ocurrir si lo abriera?

Miré al anciano e intenté aparentar calma. Hasta creo que le sonreí.

¿Por qué insiste tanto en si he abierto el libro? ¿Qué tienen sus páginas de particular?

El anciano se acercó a mí tanto que me eché hacia atrás. Me daba la impresión de que su respuesta no iba a gustarme en absoluto.

Es un libro muy, muy especial. Usted misma ha podido comprobarlo porque le ha llamado la atención desde que lo vio por primera vez. Tal vez piense que ha sido  casual su visita a la librería, pero no es así. Este libro se nutre de seres humanos, o mejor dicho de su espíritu ¿Ha oído usted hablar del Ka? Es la fuerza  vital de las personas. Los antiguos egipcios así lo entendieron.

Me estremecí.

 No entiendo lo que quiere decir. ¿Por qué no es casual que haya llegado hasta  este rincón de la ciudad y haya deparado en ese libro tan extraño?

Me miró con una fijeza que me sobresaltó. Deseaba salir corriendo pero mi curiosidad pudo más que mi prudencia.:

Porque usted es una de las elegidas.

ALMAS GUARDADAS ENTRE AMARILLENTAS PÁGINAS

Hace cientos, incluso miles de años, existieron espíritus vitales: kas que  vivían en  ciertos seres humanos, aunque muchos de ellos no lo sabían o no lo conocían y que conformaron página tras página este libro tan especial y único: no hay otro como él en el mundo. Sólo yo poseo los dos únicos ejemplares. Aparece y desaparece de la historia por diversos motivos. Ahora está aquí junto a usted querida y lo ha tocado y acariciado con sus jóvenes y suaves manos. Pero este libro, antes que usted, fue tocado por otras manos, manos de personajes  conocidos y relevantes para la historia de la humanidad.  Desde los papiros egipcios hasta el papel impreso en fábricas de la era victoriana. Todo un recorrido de existencias que han llenado las páginas de «El fantasma de los libros». Usted, por alguna razón que yo desconozco, ha visto el libro y se ha sentido subyugada por él, porque el libro la ha elegido de entre otros que se han acercado a esta librería y han contemplado el ejemplar pero no han sido capaces de entrar y preguntar por él. ¿Por qué? Quién sabe.  Miedo, desconfianza,  ignorancia, cobardía, desinterés, prisas, escepticismo o sencillamente que sus kas no eran fuertes, limpios o armoniosos. Si supiera las manos que acariciaron la esencia de este libro y los espíritus que poblaron sus páginas, créame querida: se sentiría muy orgullosa de pertenecer a esa curiosa comunidad.

¿Quiénes fueron? ¿Personajes históricos relevantes, tal vez? Por favor, continúe. No me importa si es una fábula lo que me está contando, pero me resulta tan fascinante que no me importaría pasarme toda la tarde junto a usted en este lugar tan turbador.

¿A pesar de mi repelente aspecto? Sonrió y yo me estremecí de nuevo.

Supongo que usted no siempre tuvo este aspecto. Seguro que de joven fue un hombre interesante.

Me sonrojé.

En eso tiene razón señorita. Yo realmente soy un vigilante, un… guardián del libro aunque hubo otros antes que yo y habrá otros después.

¿Otros? ¿Cómo usted?

Asintió y tomó un poco de té sujetando con firmeza la taza. Sus manos huesudas y  macilentas, tan desagradables asían la taza y sus ojos me miraban con un indescriptible brillo demoníaco. Sin embargo, la calidez de su voz hizo que me contuviera sin dejar de mantener alerta todos mis sentidos.

Ha habido otros antes que yo, naturalmente. Igual que otras personas antes que usted. Ahora permítame continuar. Me ha preguntado por los personajes conocidos que tocaron el libro y cuyos kas impregnaron las amarillentas páginas. Desde la linda reina Nefertari, «por la que el brilla el sol» según su brioso marido, Ramsés II, (bueno, comprenderá que ella no conoció el libro tal y como usted lo ve ahora. Era un papiro de la época) hasta  ese irlandés  revolucionario del mundo de la literatura fantástica llamado Bram Stoker, pasando por el gran Rafael, el divino Rafael o por el magnífico orador y filósofo que fue Denis Diderot. Ya ve mi querida joven, el repertorio es amplio y además muy democrático Se rió, quebrándosele la voz.

Yo estaba tan maravillada y fascinada con el relato que casi se me escurrió la taza de los dedos.

Entiendo por qué dice lo de «democrático» porque en la sucesión de kas especiales hay  reinas, filósofos, escritores y una pléyade de personajes desconocidos, supongo.

Se movió y tomó el libro entre las manos. No estaba segura de haberlo abierto. Pero él me miraba como si supiera lo que pensaba hacer en todo momento.

Tanto si ha llegado a abrir las páginas del libro como si no lo ha hecho, usted le pertenece, es decir su ka, su espíritu joven, inquieto y valiente propio de su tiempo y puede formar parte de esa pléyade de espíritus especiales de los que el libro se nutre.

¿Y qué ventajas puede acarrearme el que mi ka pertenezca a «El fantasma de los libros», si es que posee alguna?

¿No le parece la inmortalidad la mayor ventaja?

¿La inmortalidad? ¿Está diciéndome que al pertenecer a esa curiosa cofradía, me convierto en inmortal?

No, usted no. Su espíritu. Su ka.

Está bien. Y ahora ¿qué me va a suceder? ¿No me convertiré en alguien tan tenebroso como usted, verdad?

Se rió siniestramente frunciendo la boca.

Ya le comenté que  no siempre fui así. Cuando era joven era un hombre imponente.

¿De verdad? ¿Tiene alguna fotografía de aquella época? Debió de ser una época muy lejana entonces a  juzgar por los años que debe tener.

Ciertamente, hermosa joven, ciertamente. Una época muy lejana y casi olvidada.

Sus ojos parecieron iluminarse como una llama que aparecía cada vez más viva dentro de las insondables cuencas negras.

Se levantó despacio y lo imité. Anduve unos pasos y apoyé las manos sobre el mostrador.

Espere aquí un momento, por favor. No tardaré mucho. Quiero que vea algo. Le pediría que me acompañase al sótano, pero comprendo que no lo desee. Aunque una parte de usted arda en ganas de saber qué es lo que escondo allá abajo, ¿no es cierto? Sin embargo, su natural rechazo hacia mi persona le impide moverse de la librería. La salida está muy cerca y el sótano muy hundido dentro de la tierra.

Al cabo de un rato, sentí las pisadas de este extraño personaje que tan alucinada me tenía. Llevaba una especie de baldosa, apenas cubierta por un paño blanco. Parecía de barro.  No sabía qué iba a pasar y tampoco lo que debía hacer. Me mantuve en tensión hasta que acercándose a mí me sonrió débilmente y me indicó que me sentase.

De nuevo, frente «al tío Rufus», (al pensar en ese horrible ̶ pero simpático ̶ personaje), me invadió la fascinación de lo desconocido, de lo sorprendente, de lo increíble.

Desenvolvió la baldosa y contemplé  con estupefacción ¡qué se trataba de una pequeña estela de barro egipcia!

A juzgar por su expresión, parece que conoce algo sobre el arte egipcio.

Es una estela, desde luego. Estudié Bellas Artes y participé en varios seminarios sobre arte y arquitectura del antiguo Egipto.

¿Es posible que conozca al personaje que está representado en este relieve?

Observé la estela. No parecía muy desgastada por el tiempo. Al contrario, daba la impresión de que había sido secada al sol no hacía tanto. Suspiré y toqué el borde del relieve con los dedos temblorosos.

Imagino que el personaje  es alguien importante: un guerrero o un faraón o ambas cosas a la vez. No sé… por los jeroglíficos, la posición del personaje, desde luego era alguien importante.

Lo era. Lo fue. Era el príncipe  Amenhirjopshef, primogénito del gran faraón Ramsés II. La pequeña estela pertenece al templo de Luxor.

Abrí los ojos de par en par. Me quedé sin respiración. ¿Cómo un tipo tan espeluznante, un vejestorio tan raro y tan siniestro poseía semejante tesoro escondido en el sótano de esa extraña librería? ¿Y todo lo que me había contado a cerca del libro? Sin duda, fantasías de un viejo solitario que se entretenía en inventar historias para que alguien le hiciera compañía una  fría tarde de otoño.

Reaccioné: el primogénito de Ramsés II, el gran faraón ni más ni menos.

¿Cómo está tan seguro de que ese personaje es el heredero de Ramsés II?

Se acercó a mí y yo me tambaleé. Sentí miedo y algo que me atenazaba la garganta y no me dejaba respirar con normalidad. Las gotas de sudor comenzaron a empapar mi ropa interior.

Me miró y los ojos sin vida se iluminaron de tal forma que me dio la sensación de que su rostro iba a transformarse en otro muy diferente.

Con su habitual voz armoniosa me dijo bajando el tono:

Porque el príncipe Amenhirjopshef soy yo.

Lancé una exclamación y sentí como mis ojos se nublaban y como la consciencia me iba abandonando progresivamente, mientras unos fuertes y fríos brazos me sujetaban. Después todo se volvió gris, gris muy oscuro, negro azulado para finalmente convertirse en un profundo negro que me sumergió en un tibio y delicioso estado de placidez desconocido.

AQUEL RINCÓN DE LA VIEJA CIUDAD

La novela que estaba a punto de finalizar, me había hecho entrar en un estado de sopor en el que el sueño se adueñó de mi voluntad de tal manera que me fue imposible reincorporarme para saber cómo terminaba una de las más deleznables novelas de Anne Rice que llevaba el siniestro y manido título de «La momia» aunque el original era «La momia de Ramsés, el maldito». Y me preguntaba ¿cómo se le había ocurrido a esa juntaletras oportunista imaginar a un personaje tan glorioso como Ramsés el Grande montárselo con Cleopatra como si tal cosa para cientos de años después tirarse a una pija inglesa en la época eduardiana?

Pues es cierto. Decidí no finalizar la novela por respeto a los personajes históricos y por respeto al buen gusto del que esa supuesta escritora carece por completo, sobre todo en esta novela que me dieron ganas de quemar en la chimenea.

Ummm, momias, faraones, libros antiguos, ritos olvidados, amores inmortales y las típicas descripciones de sexo en la historia de  esta novelista yanqui que hablaba  de la primera vez que un hombre, en este caso un faraón reconvertido en un playboy que baila el vals y fuma puros, le hace el amor a una niñata pijolandia del Londres de principios de siglo y cuya «puerta de su virginidad es derrumbada por su potente embestida».

Bueno, si tenemos en cuenta que Ramsés era denominado  ̶ entre otros epítetos ̶   «El toro poderoso», podemos hacernos una idea de la descripción. Pero claro, cuando lees disparates semejantes y te entra la indignación para finalizar con un ataque de risa; después te calmas e intentas entrar en otra historia, en otra aventura que sea más reconfortante y no tan mortalmente aburrida como la historia de la momia de Ramsés, el maldito.

Por eso, sugestionada me dormí y cuando desperté, era sábado. No tenía que ir a ningún sitio especial, tal vez a echar un vistazo a las librerías antiguas de la parte vieja de la ciudad.

Por la tarde en noviembre con tan poca luz, vi el letrero de una antigua librería de la que no tenía idea de que existiese y me acerqué.

Tenía la sensación de haberla visto antes ¿en sueños, tal vez?  Daba la sensación de que en el interior del establecimiento no había nadie. Sentí una especie de «déjà-vu».

Pero sí que me fijé en un libro sobre la historia de un príncipe egipcio que era el heredero de un importante faraón. Recordaba vagamente algo referido a cierto personaje real del que alguien me habló.  Entonces lo comprendí: el sueño producido por el aburrido y bochornoso libro de Anne Rice del que había decidido deshacerme.

Intenté recordar el complicado nombre del personaje. No importa.

Pero sí que me vino a la memoria el título del libro misterioso con el que comenzó mi aventura onírica: «El fantasma de los libros». Un título muy sugestivo, sin duda, pero que no encontré en ese establecimiento.

Tal vez existiera en cierta librería antigua de la parte vieja de alguna ciudad.

Ninguno de los libros que estaban expuestos tenían nada que ver con el título y el curioso y  original aspecto que presentaba en mi sueño.

 También recordé algo sobre kas y elegidos. Espíritus que vivían eternamente y asuntos de índole fantástica.

Y desde luego espero que al pobre Ramsés II no le metan en ningún otro asunto lamentable y vergonzoso para vender libros como rosquillas y encima convertirlo en un objeto de best-seller en un libro con una ínfima calidad literaria.

Sin embargo, hay algo que deseo recordar: el nombre del príncipe y sobre todo lo que sucedió después de perder la consciencia y entrar en ese sopor tan maravilloso en el que me vi envuelta.  Todas las sensaciones más deliciosas las experimenté en una décima de segundo y aún conservo en una parte muy profunda de mi recuerdo algo único que sólo yo fui capaz de experimentar.

¿El tío Rufus? ¡Claro! No me gustaría encontrarme con un personaje así. Voy recordando poco a poco. Haciendo esfuerzos por vislumbrar su aspecto, pero no lo logro. ¿El príncipe? La imagen del guerrero en una descripción de un famoso templo egipcio. ¿Habría alguna conexión con ambos personajes?

Lo dejé estar y me calé aún más mi gorro de lana, apretando la bufanda en torno a mi cuello.  Comenzaba a refrescar. Estuve unos minutos más ante el escaparate antes de seguir por la calle para encontrar un café y tomarme una buena taza caliente.  ¡La hora de los sueños! únicos momentos en los que vivimos más que en el resto del día.

                                                            …………………………………………………

Ella caminaba hacia el café, mientras iba avanzando, alguien con el cabello blanco, largo que parecía una figura fantasmal, la observaba sonriente desde la ventana interior del escaparate de la vieja librería.

Paloma Muñoz

Madrid, 3 de mayo 2014

La bruja

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Género: Relato negro

Rating: +13

Este relato es propiedad de Carme Sanchis. La ilustración es propiedad de Nelle Carver. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La bruja.

El cuerpo de una joven pelirroja se consumía entre las llamas, iluminando el cielo de aquella noche sin luna. Sus gritos desgarradores inundaban las calles vacías de la zona industrial.

El humo golpeaba los cristales de la fábrica textil más próxima a la hoguera, y justo delante de la muchacha agonizante, una persona reía y lloraba al mismo tiempo, hipnotizada por la magia del fuego y la presencia de la muerte.

Hacía horas que los trabajadores se habían ido a sus casas, cansados de las largas jornadas de trabajo, deseando abrazar a sus familias o a una buena jarra de cerveza.

A las cinco de la mañana empezarían a llegar de nuevo, en silencio, frotando sus ojos con las manos. Para entonces, la muchacha ya no gritaría, ya no suplicaría ser salvada ni sentiría la lengua del fuego quemando su piel.

Pero seguiría allí, atada a aquel árbol quemado, esperando sin vida a que alguien la rescatase.

Ilustración de Nelle Carver

~***~

Cuando Vincent llegó a la zona industrial una ráfaga de viento le envolvió con un fuerte olor a humo, tan intenso que sintió náuseas. Estaba acostumbrado a ver escenas violentas, tristes, desgarradoras, pero jamás había aspirado un olor tan penetrante.

El agente Tejeda se cubrió el rostro con un pañuelo de tela blanca, para evitar aquel hedor que emanaba de las cenizas. Juntos, avanzaron con la cabeza gacha hasta los restos del árbol, rodeado por decenas de pruebas señaladas y técnicos que seguían rastreando.

Inspector, le estaba esperando, soy el agente Plana –se presentó. Era un hombre bajito, con una barriga muy pronunciada y un espeso bigote grisáceo, que parecía feliz, a pesar de la escena que tenía ante sus ojos–. Tenía muchas ganas de conocerle, señor.

Encantado. Mi compañero y yo hemos hecho un largo viaje para llegar hasta aquí, así que supongo que se trata de un caso importante.

–Sí, inspector. El cuerpo sin vida que tiene a sus espaldas es nada menos que el de una bruja de verdad.

¿Cómo dice? –replicó Vincent, boquiabierto, mirando los ojos grises de aquel desconocido.

Sí, una bruja. Llevaba años alardeando de sus poderes, y sabíamos que tarde o temprano alguien saldría herido. Pero, evidentemente, pensábamos que sería ella la que mataría a algún ciudadano.

¿Me está diciendo que esta persona ha sido quemada en la hoguera por ser una bruja? –preguntó sin salir de su asombro. Aquel no era el caso que esperaba, estaba harto de creencias y fe, tan ligadas al odio y la muerte. El agente asintió, mientras subía con ambas manos su cinturón hasta el centro de su redonda barriga–. ¿Cómo han podido reconocer a la víctima?

–Resulta bastante obvio que es ella. ¿Quién, si no?

El cuerpo está totalmente calcinado, y con la información que nos ha proporcionado, es imposible saber quién es. –Vincent sacó su libreta y siguió–: ¿Podría explicarme con detalle los hechos y las pruebas de que disponemos?

–Por supuesto, inspector. No hay testigos del suceso, pero coincidirá conmigo en que se trata de un asesinato premeditado. Han encontrado el cadáver las trabajadoras de esta fábrica textil, el inmueble más afectado por las llamas. Entran a trabajar a las cinco de la mañana, pero cuando ha llegado la primera ya estaba el fuego apagado. Nos han avisado, pero hasta hace unos veinte minutos no hemos podido empezar a trabajar, no había luz y, es difícil buscar pruebas a oscuras.

–Podrían haber utilizado linternas. Con el viento que hace es posible que algunas pruebas se hayan perdido –advirtió Javier, que seguía sujetando el pañuelo contra su boca.

–Trabajamos cuando las condiciones nos los permiten, agente.

¿Qué pruebas han encontrado por el momento? –pregunto Vincent.

Poca cosa… Entre las cenizas hemos encontrado restos que todavía no hemos identificado. Y lo más curioso que cabe destacar, es que justo delante de la hoguera había un pequeño muñeco medio quemado. Por la distancia que había entre las dos partes, parece que se quemaron por separado, y que éste no llegó a consumirse.

–¿Podría ver ese muñeco?

–Claro. ¡La prueba siete! –grito el hombre, con una sonrisa en los labios finos.

Un joven vestido con un mono azul corrió hacia ellos con una bolsa de plástico transparente en la mano, sorteando los obstáculos apresuradamente. Entregó la prueba a Vincent y volvió a su trabajo con la misma rapidez con la que había iniciado el camino.

En la bolsa había un muñeco cosido a mano, hecho con una tela que en otros días había sido blanca, unos botones que simulaban ojos y una sonrisa bordada. Las piernas se habían consumido por completo, y el fuego había llegado hasta los brazos, aunque seguían enteros. Vincent lo examinó con incredulidad y le pasó el paquete a su acompañante.

¿Crees que se trata de un muñeco vudú? –sugirió el agente Tejeda, mirando al inspector.

–Eso parece, aunque no tiene mucho sentido. No tenemos información en la oficina de este tipo de culto por esta zona.

–¿De qué está hablando, señor? –Preguntó el hombre rechoncho, con curiosidad.

–Este tipo de muñecos están asociados al culto del vudú, y algunos afirman que mediante una serie de rituales pueden ejercer control sobre una persona concreta. Aunque, ya sabe, con este tipo de cosas solo se trata de creencias.

Nunca había escuchado nada parecido, qué tontería. En este pueblo lo único raro que había era esta bruja, y por fin, se ha terminado.

–Debería cuidar su lenguaje, señor Plana. Está usted delante de una persona que ha sido asesinada de una manera atroz. Haga el favor de quedarse al margen. Nosotros nos encargaremos de esta investigación a partir de ahora.

–¿Quedarme a un lado? No puede hacerme eso. Yo soy el encargado de este pueblo.

–Perfecto, se encargará de resolver nuestras dudas, de llevarnos a los sitios y de mover a sus hombres –sacó su pitillera por un impulso, pero la guardó al ver la ceniza a sus pies–. Javi, tú te encargarás de hablar con la mujer que encontró el cuerpo, mientras yo reviso la escena y hablo con los técnicos. Usted, haga una lista de las personas que pueden tener información sobre esta supuesta joven. Si todo el mundo creía que era una bruja, supongo que tendría enemigos. Quiero conocerlos.

~***~

Los días pasaban y Vincent cada vez estaba más perdido. Después de preguntar a los trabajadores de la zona industrial, y no recibir ninguna respuesta reveladora, decidió llamar uno por uno a toda la población. Los sesenta y cuatro ciudadanos pasaron por la pequeña oficina del pueblo.

A simple vista, todos parecían igual de culpables, alegres por la muerte de aquella joven misteriosa. Algunos la culpaban de sus múltiples pérdidas o de su mala suerte, otros juraban haberla visto volar. Unos cuantos hombres declararon haber caído en sus garras alguna noche, y un par de mujeres confesaron lo mismo. ¿Dónde terminaba la leyenda y empezaba la verdad?

–Creo que por hoy no hay más testigos. Si quieres podemos irnos al hostal –anunció Javier, revisando la lista de personas llamadas a declarar.

–¿Cuánto más crees que va a durar esto? Llevamos aquí catorce días y todos parecen culpables.

–Pero tienen coartadas para aquella noche.

–Sí, pero sus coartadas son ridículas, Javi. A esa hora todo el pueblo estaba durmiendo, y evidentemente, cualquiera podría haberse levantado sin ser visto.

–Entonces, ¿qué podemos hacer? Quedan ya muy pocas personas por declarar. ¿De verdad crees que el culpable está entre ellas?

En este pueblo hay un asesino, y antes o después lo atraparemos.

Eso espero, pero ya no sé… –Javier no llegó a terminar la frase. La puerta se abrió de golpe y el agente Plana entró en la diminuta habitación, seguido por un hombre alto y delgado, con cara de asustado.

Se frotaba las manos, nervioso, rastreando con su mirada cada milímetro de la habitación. En su rostro se reflejaba la imagen del cansancio, por las ojeras marcadas y los ojos enrojecidos. Vestía un traje elegante, pero completamente arrugado. Y su cabello, decorado por las canas, necesitaba ser cortado de nuevo. El agente dejó caer una carpeta en la única mesa de la sala, tan pequeña que se tambaleó con el golpe.

El señor Losada, propietario de la fábrica textil Losada, ha venido a prestar declaración –anunció, señalando al hombre encorvado–. Y nos ha traído información bastante interesante.

–Debería haber venido hace días, señor. ¿Por qué no apareció cuando le llamamos?

Perdóneme, señor. Me fue imposible venir. He tenido mucho trabajo reparando los daños que ocasionó la hoguera en mi fábrica, y como soy el único propietario, no podía dejarlo para más tarde.

Pero sí podía hacernos esperar a nosotros –comentó Javier, indignado. Algunas personas creían que la policía era un grupo de héroes encargados de resolver crímenes, velar por la seguridad del ciudadano y ayudar a todo el que lo necesitase. Otros, creían que no servían para nada, y aquello le hacía pensar que todo su esfuerzo, las dificultades y el riesgo, no valían la pena–. Una persona ha sido asesinada y usted se preocupa más por una pared manchada de hollín.

Es la pared de mi fábrica, señor. Si yo no me encargo de ella, nadie se encargará –seguía temblando, y cuando hablaba, miraba fijamente al suelo–. Siento si le parece mal que me importe más la pared que esa persona, pero no la conocía de nada, y no me importa su muerte.

–¿Cómo puede decir algo así? –respondió Javi, irritado.

¡Basta! –Gritó Vincent, mientras hojeaba la carpeta que había traído su nuevo compañero–. Señor Losada, si la policía le llama a declarar, usted debe acudir rápidamente. Si no lo hace, está quebrantando la ley. Obstrucción a la justicia, ¿le suena ese término?

Yo, no sabía nada de eso. Pensaba que… Yo pensaba… –empezó a tartamudear, moviendo las manos para explicarse.

–No importa. Explíquenos lo que ha venido a explicar. La próxima vez estoy seguro de que acudirá rápido.

Sí, señor, lo juro. Yo solo quería explicar lo que sé. Sé quién es el culpable, no solo de la hoguera, sino de todo lo que ha estado pasando en este pueblo.

¿Sabe quién es el asesino? –preguntó el agente Tejeda, incrédulo–. ¿Y se espera catorce días para explicarlo? ¿Es usted estúpido?

–¡Tenía miedo! Estaba asustado por lo que pudiesen hacerme, esa es la verdad.

–¿Pudiesen? Explíquese, por favor –alentó Vincent.

–En mi fábrica hay cinco trabajadores, dos hombres y tres mujeres, que practican el culto al vudú. Hace meses que los observo en su tiempo de descanso confeccionando ese tipo de muñecos. Han sido ellos, estoy seguro.

–Ordenaré a los agentes que rodeen la fábrica y capturen a cinco alimañas.

–Un momento, agente Plana. Que cosan esos muñecos no los convierte en culpables de un asesinato –dictaminó el inspector, frotando su nuca con la mano izquierda–. ¿Tiene más pistas que les culpabilicen?

Sí, señor. Cuando se enteraron de que les observaba, me lanzaron una especie de maleficio. Desde entonces, no puedo dormir bien por las noches, durante el día estoy cansado, he perdido el apetito y me siento observado. Sé que están utilizando uno de esos muñecos conmigo, y me gustaría echarles, pero me da miedo lo que puedan hacerme, y mucho más después de esa hoguera.

¿Tiene ya suficientes motivos, inspector? ¿A qué espera para encerrarlos? –preguntó enfadado el agente rechoncho.

A tener una teoría sólida. Respóndame un par de preguntas, señor Losada. ¿Está su insomnio producido por la preocupación de que sus trabajadores le hiciesen daño con sus poderes?

Por supuesto, no puedo dormir pensando en sus manos cosiendo esos muñecos, sus rostros juiciosos observándome, y esas palabras ininteligibles que me persiguen…

–Y, todo el mundo sabe que si una persona no descansa lo suficiente por la noche, al día siguiente está cansada y no puede hacer las cosas bien.

–Claro, pero yo siento que me observan, y que algo muy fuerte me persigue.

Y no lo dudo, señor. Pero hay algo más fuerte que el vudú, la magia o los poderes. Todas esas cosas por si solas no sirven de nada, la persona debe creer en ellas para sentirlas. Y, en este caso, usted creyó en aquel “maleficio”, por eso le tortura. Es usted el culpable de sus males, si no creyese, no le afectaría.

–Eso es una estupidez –lanzó el agente del pueblo–. Aquí hace tiempo que pasan cosas extrañas, cosas que solo la brujería podría explicar.

Tiene razón, hay cosas que sola la brujería podría explicar… –concluyó Vincent, con una sonrisa en sus labios–. Muchas gracias por su declaración, señor Losada. Puede retirarse.

–¿No piensa ayudarme? ¿No va a arrestar a esa gente?

–Tranquilo, no se preocupe por nada. Pronto recibirá noticias mías. Hasta entonces.

El agente Plana salió de la habitación acompañando al propietario de la fábrica. Aquella declaración le había abierto los ojos. Si todos creían en el poder de la bruja, igual que aquel hombre creía en el poder del vudú, todos tenían un motivo para el asesinarla.

–Este caso parecía conducir a un callejón sin salida, pero podría resolverlo con un poco de magia –bromeó Vincent, encendiéndose un pitillo.

–¿De qué estás hablando?

Todos se mueven por la influencia que ejerce la magia en ellos. Igual que se mueven los católicos por las normas que rige su iglesia. Son normas sociales.

–No puedes compararlo…

–Por supuesto que puedo. Pero ahora vayámonos al hostal, necesito beber un par de copas y preparar la función de mañana.

–¿Necesitarás mi ayuda?

–Todo mago necesitado un ayudante, Javi. Recógelo todo, voy a darle un par de órdenes a nuestro compañero, y nos vamos.

–Perfecto.

~***~

Después de una noche en vela, una botella de orujo, media cajetilla de tabaco y una cafetera, habían conseguido un plan perfecto. Vincent se había puesto en contacto con el alcalde para organizar un comunicado en la plaza del pueblo, y como buenos ciudadanos, todos acudirían para saber qué quería explicarles su gobernador. Era domingo, así que justo después de ir a la iglesia, todos se dirigieron a la plaza que había a su salida, esperando, inquietos, el comunicado de su líder.

La cara de asombro de los espectadores fue evidente cuando vieron subir al escenario de piedra al inspector y su ayudante. Empezaron los susurros, que se convirtieron rápidamente en un murmullo general, repleto de preguntas y quejas.

Cuando el último ciudadano salió de la iglesia, acompañado por un bastón de madera, el agente Plana le hizo una señal a Vincent para que iniciase su discurso.

Todos me conocéis. Habéis estado en la oficina respondiendo mis preguntas, declarando vuestras experiencias y pidiendo ayuda. Ahora es mi turno. En base a todas vuestras respuestas y a los datos que hemos reunido, he llegado a la conclusión de que la joven que fue quemada en la hoguera, era realmente una bruja.

El pueblo enmudeció, observando fijamente al inspector, con la boca abierta. No podían creer lo que oían.

Siento haber dudado de sus palabras. Todo este tiempo han estado viviendo con una bruja. Compartiendo sus calles, sus tiendas, sus vidas. Pero alguien le hizo pagar por sus pecados, y por fin pueden vivir en paz. Al principio buscábamos a un asesino, pero nos hemos dado cuenta de que realmente estamos buscando a un héroe.

¡Sí, es un héroe! –gritó una anciana, apoyada en su hija.

–¡Nos ha salvado a todos! –gritó un niño, desde el fondo.

Las voces se fueron uniendo, hasta que toda la plaza aplaudió contenta por la liberación. Ya no tendrían que preocuparse por aquella bruja que hacía sus vidas difíciles. Ya podrían salir sin miedo.

Escúchenme, por favor –pidió Vincent, elevando su voz–. Si alguien conoce al héroe que salvó el alma de esa joven, condenando a la bruja a morir en la hoguera, que le señale. Que señale al héroe que les ha salvado a todos.

–Señalad al héroe –acompañó Javier.

Los aplausos terminaron, y los brazos empezaron a señalar a los responsables. Seis personas estaban siendo señaladas, cinco hombres y una mujer, que sonreían, orgullosos de ser los héroes. Saludaban al resto de la plaza, aceptando los cumplidos que gritaba la multitud.

Por favor, suban. Explíquennos cómo consiguieron reunir el valor para salvar al pueblo, poniendo sus vidas en peligro. Suban –continuó Vincent, interpretando su papel, mientras subían los peldaños de piedra–. Explíquele al pueblo cómo lo hicieron, señora –propuso, dando la palabra a la única mujer del grupo.

Vecinos, todos me conocéis –empezó la mujer, con los ojos brillantes y la respiración acelerada–. Hace meses que todos hablamos de cómo terminar con los problemas que esa bruja nos ocasionaba. Pero nadie hacía nada por ayudarnos, ni la policía, ni nosotros mismos. Así que, nos reunimos en casa de Juan para resolver, de una vez por todas, este problema. Y entre todos, nos organizamos para coger a la bruja y quemarla a las afueras. Pensábamos que nos acusaríais de asesinato, pero lo hicimos por el bien de todos –la gente asentía su discurso, mostrando su aprobación entre ovaciones–. Fuimos a su casa y la golpeamos. La llevamos hasta la zona industrial, donde habíamos preparado la hoguera, y esperamos a que recuperase la conciencia para poder juzgarla.

Se declaró inocente –continuó uno de los hombres, reclamando el protagonismo que pensaba merecer–. Se declaró inocente una y otra vez. Suplicó clemencia, nos pidió que la dejásemos escapar. Pero los hechos eran evidentes, era una bruja, y tenía que enfrentarse a la hoguera.

Encendimos el fuego con uno de esos muñecos esotéricos que vende aquella anciana rara–continuó la mujer–. Todos se fueron cuando empezó a gritar, pero yo me quedé hasta el final, observando su purificación. Se consumió entre gritos, y cuando ya no podía chillar, sentí que algo salía de su cuerpo. Su alma ascendía al cielo en busca de perdón.

El alcalde subió hasta el escenario, con una sonrisa agradable, y estrechó las manos de aquellos héroes.

Os doy las gracias en nombre de todo el pueblo. Nos habéis salvado. Declaro como alcalde, que el día en que fue quemada en la hoguera aquella bruja, será recordado como el Día de la Salvación de nuestro pueblo.

Un momento, señor –interrumpió Vincent–. Hace quince días la señorita María Miralles fue asesinada con tan solo veintitrés años. Acusada de brujería, promiscuidad, incitadora al adulterio y pecadora a los ojos de dios –regresaron los murmullos–. Así es como todos ustedes la han descrito, demostrándose que merecía ser quemada en una hoguera, por ser una bruja. No obstante, debajo de todas esas supuestas acusaciones, yo he encontrado a una joven como cualquier otra. Apartada por ser diferente, por venir de otro lugar y por seguir unas costumbres diferentes a las suyas. Estudiaba mecanografía en su casa, y preparaba ungüentos y medicinas naturales.

–¿De qué está hablando? –gritó la mujer del escenario, con una gesto de pánico en el rostro.

Todos ustedes son culpables, todas las personas de este pueblo son culpables de ese asesinato. Pensaban tan firmemente que se trataba de una bruja, que fueron incapaces de ver que era solo una muchacha triste, abandonada por todos. Su familia había muerto años atrás, por eso se refugió en este pueblo, intentando pasar página. Pero ustedes, la señalaron como bruja, y terminaron con su vida.

–Era una bruja, ¡usted mismo lo ha dicho! –exclamó Juan, uno de los culpables.

Solo porque era lo que querían oír. Desde el principio ha sido culpa suya creer en una bruja, porque no sabían cómo explicar los fallos de sus vidas. Era mucho más fácil pensar que había una bruja entorpeciendo su alegría que asumir que no eran felices. Creyeron en ella, la consideraron realmente una bruja, y dejaron que cargase con todas sus penas. Pero todo llegó tan lejos que tenían que pararle los pies. ¿Cómo se sienten ahora? Espero que se odien por lo que le han hecho a la joven María Miralles, porque todos son responsables de su destino. Sé que algunos luchaban por abrir los ojos de la gente, porque veían que toda esta historia era absurda. Aunque no llegaron a conseguirlo, pueden sentirse orgullosos por defender la verdad. El resto me dan lástima, porque si no asumen sus errores, jamás llegaran a ser nada –suspiró, observando el horror en la cara de los espectadores–. Agente Plana, ya puede llevarse a los culpables. Si realmente creen en esas cosas, piensen que su alma sí debería ser purificada –escupió las palabras, dirigiéndose a los asesinos–, y no creo que su dios los vaya a perdonar.

~***~

Después de medio mes compartiendo el ridículo despacho de la oficina de policía, y una húmeda habitación en el único hostal del pueblo, con su único amigo y compañero en aquel lugar, Vincent tenía ganas de llegar a casa. El caso estaba cerrado, y los ciudadanos seguían sus vidas, pensativos, avergonzados por su manera de actuar. Los seis detenidos serían trasladados al día siguiente a la comisaría más cercana, donde se encargarían de continuar el proceso penal.

El inspector decidió pasar una noche más en el pueblo, para asegurarse de que todo seguía su curso. Ya bien entrada la noche, esperaba a su compañero, sentado en una de las butacas de piel oscura del bar del hostal, totalmente vacío. En su mano sujetaba un vaso bajo, con tres cubitos y un chorrito de licor.

–Otro caso cerrado. Esta debe ser una de las confesiones más impresionantes que he podido escuchar nunca, Vincent.

Pues tú tienes parte del mérito. El plan fue organizado por los dos, así que, ven aquí. Te mereces una copa –le señaló el vaso que había en su mesa–. Y, no te olvides de llamar esta noche a tu mujer, estará preocupada.

Ya he hablado con ella. Se preocupa más por ti que por mí… No sé si eso debería perturbarme –bromeó su ayudante.

Es una mujer muy creyente, como la gente de este pueblo. A veces creo que ese tipo de personas son las más vulnerables, porque son capaces de creerse cualquier cosa, si se la dice alguien en quien confían –se encendió un cigarrillo, y reanudó el hilo de sus pensamientos–. Pasó lo mismo con el caso del párroco asesino, nadie quería creer que era el culpable, todos hubiesen jurado que era inocente, y todos se hubiesen equivocado. En este caso, el pueblo creyó estar bajo el dominio de una bruja, y aplaudieron a los asesinos de esa pobre joven, porque los consideraron realmente héroes. ¿Cómo es posible que el ser humano se deje llevar de ese modo, ignorando la racionalidad?

La mayoría de ellos todavía no puede creer que les engañaras en la plaza esta mañana. Pasarán días hasta que despierten de su engaño.

Y lo mismo le pasará al señor Losada. Creyó que sus trabajadores le hacían vudú, y simplemente cosían muñecos para ganar un dinero extra. ¿No es absurdo? Quien cree en esas cosas, termina afectado por ellas.

–Le dijiste que te pondrías en contacto con él, ¿qué le dirás?

–La verdad. Que sus trabajadores buscan un segundo empleo para llegar a fin de mes, y que no tienen poderes, solo hambre.

¿Crees que al comisario le gustará saber cómo hemos resuelto este caso? –se carcajeó Javier.

Supongo que no, pero a ese hombre no le parece bien nada. Así que, vamos a disfrutar de esta botella, y mañana ya nos preocuparemos si hace falta –levantó la copa, y sonrió–. Salud, compañero.

Carme Sanchis

Estoy convencido de que Marta es de esa clase

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Drama psicótico

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de  Juan Ramón Lorenzana. La ilustración es propiedad de Nelle Carver (Noelia de la Torre). Quedan reservados todos los derechos de autor.

Estoy convencido de que Marta es de esa clase.

Ilustración de Nelle Carver

Empezaré por el principio aunque estoy tentado de decir: “principiaré…” porque me suena muy bien, quizá demasiado bien para un tipo como yo que no es capaz de hacer nada bien. Aunque puede que esté exagerando y sea suficiente decir que no soy capaz, simplemente, de hacer nada de nada. Y estoy tan seguro de no saber hacer nada porque, aunque dudo constantemente de todo, la realidad me impone la verdad en cuanto abandono las ensoñaciones provocadas por los fármacos sin los cuales sería incapaz de alcanzar el sueño. Y si esta cansina perorata no fuera suficiente para convencer al fortuito lector de esta narración de mi incapacidad para hacer nada de nada, tan solo debe fijarse que llevo escritas ciento veinte palabras y todavía no he ni empezado, ni principiado, ni comenzado… este, mi relato.

Soy polifóbico, ¡por fin lo he dicho!, y lo soy desde que tengo memoria, que aunque escasa, como todo lo mío, no es lo suficientemente laxa como para olvidar una infancia llena de sinsabores, complejos y miedos. También diré, para dibujar un cuadro lo suficientemente nítido de mis circunstancias, que siempre pensé que las madres eran seres hermosos que no podían evitar llorar constantemente. Esa convicción se derrumbó en el momento que con seis años fui al colegio y pude ver a las madres de otros niños y comprobar que también existían madres feas y que sin embargo no lloraban cuando dejaban a sus hijos a la puerta del colegio y tampoco lo hacían cuando los recogían al finalizar las clases. Intuí entonces que tampoco llorarían en sus casas, que no se pasarían los días acostadas en la cama sollozando y las noches asomadas a la ventana llorando o en la cama, a solas, gimoteando. Hace mucho tiempo que ya no veo a mi madre, pero sigo oyéndola suspirar tras las blancas paredes de mi habitación.

No había sido mi primer ataque de pánico, y yo sabía que no debía asistir a la entrega del premio que le había concedido la Cámara de Comercio a mi padre y que tendría lugar en los lujosos salones de un hotel de la ciudad. Pero mi padre insistió en que “de una puta vez” me comportara como una persona normal, “esta noche”, me dijo, “iremos los tres a la ceremonia y daremos la imagen perfecta de una familia ideal”. Y así fue. Había prensa, mucha gente, mucha luz y muchas voces desconocidas que se fundían en el aire formando un denso ruido que bloqueaba mis sentidos. Pero no pasó nada y, cuando empezaron los discursos y el ruido desapareció, me relajé y pensé que pasaría esta prueba con éxito. Vana ilusión para un tarado como yo. Hablaron dos o tres personas antes de que le hicieran entrega de una placa honorífica a mi sonriente padre, y, cuando éste no había hecho más que empezar con los primeros agradecimientos de su discurso, no pude más y empecé a gritar. Grité sin parar y la absurda pretensión de mi madre de ponerme la mano en la boca para que callara solo sirvió para parecer locos los dos y que yo gritara aún más y me tirara al suelo pataleando como si estuviera poseído por un demonio. No recuerdo qué pasó después, solo sé que viajábamos en el coche de vuelta a casa, mi padre conducía en silencio, mi madre se tragaba los sollozos intentando inútilmente no hacer el menor ruido y yo, que solo quería disculparme con mi padre, buscaba urgentemente palabras con que romper el asfixiante silencio. Tras mucho pensar tan solo se me ocurrió decir “papá, lo siento”. Muy pocas y simples palabras para tanto pensar, pero fueron suficientes para que mi padre frenara bruscamente y dijera todo lo que tenía atravesado en la garganta. Nunca volví a hablar con él. Nunca más me volvió a dirigir la palabra ni yo lo intenté.

La verdad es que aquella noche, a mis trece años, le conté a mi almohada mi profundo deseo de morir.

Creo que fui normal hasta los seis años. Ya entonces era tímido, creo, y no me relacionaba mucho con otros niños, a excepción de Marta, que era, sin duda, el ser más bonito que había visto en toda mi vida, y aunque a esa corta edad mi tiempo de vida no era significativo, ahora que tengo treinta años sigo pensando exactamente lo mismo. Marta y yo fuimos los mejores amigos hasta que empezamos al colegio. Ese primer día iba muy asustado sin saber lo que me iba a encontrar allí, y, cuando vi la angelical cara de Marta, me dirigí a ella como si fuera un náufrago que divisa el único y anaranjado toroide al que poder asirse para salvar su vida en un frío e inmenso océano. Fui corriendo, y ella y su grupo de amigos en cuanto me vieron salieron corriendo también. Creí que era un juego y volví a correr tras ellos, pero otra vez, en cuanto me acercaba, salían corriendo nuevamente en otra dirección. Ya dije al principio que me cuesta un poco pensar y mucho más llegar a conclusiones, por eso no les debe extrañar que aquella escena se repitiera una y otra vez hasta que conseguí alcanzar a Marta… No sigo contando lo que pasó después porque, sencillamente, no lo recuerdo. Sí que recuerdo que desperté en el hospital y que lo primero que vi fue la llorosa cara de mi madre. También recuerdo que estuve unos días sin volver al colegio hasta que los médicos convencieron a mi madre de que simplemente había tenido un brote epiléptico que, casi con toda seguridad, no se volvería a producir.

Después de aquel episodio tuve otros muchos momentos de histeria, pánico, epilepsia u otros muchos nombres que le dieron los muchos médicos que visité durante los siguientes años; pero, poco a poco, se fueron definiendo las causas de mis ataques y también, poco a poco, fui haciendo más pequeño mi mundo hasta reducirlo a las cuatro paredes de mi habitación (siete si contamos el aseo y excluimos la pared lindera de ambas estancias) y más grandes mis miedos: a los espacios abiertos, a los ruidos, al dolor, al contacto físico, a los espejos, a dormir… Toda mi vida es un miedo continuo. Todo en mi vida está en un precario equilibrio que amenaza con derrumbarse a cada instante. Todos mis pensamientos lo ocupan difusos temores que solo se desvanecen los pequeños instantes en los que veo a Marta desde mi ventana:

Marta yendo al colegio cada mañana. Marta que me saluda con la mano. Marta jugando en la calle. Marta besándose a la puerta de su casa con su novio. Marta que me dice adiós mientras pasa como una exhalación hacia la universidad subida en su Vespa amarilla. Marta que sale de fiesta. Marta que vuelve de fiesta en el coche de su enésimo novio. Marta que se compra un coche, también amarillo, y me lanza un beso cuando lo aparca frente a mi ventana. Marta que se va de Erasmus a Noruega. Marta que regresa con un vikingo del que dice estar perdidamente enamorada. Marta que se compra un piso en el bloque justo enfrente del mío para vivir con su nórdico novio. Marta que me sonríe cada madrugada antes de irse a trabajar. Marta lanzando por la ventana las pertenencias de su novio porque se ha enterado de que se ha follado a su ex mejor amiga, Raquel. Marta con otro novio. Marta con otro novio. Marta con otro novio… Marta que se casa y sale radiante, vestida de blanco, un domingo por la mañana. Marta que regresa, ese mismo domingo, conduciendo su coche amarillo y chocando al aparcarlo con una de las nuevas y elegantes farolas que instaló recientemente el ayuntamiento. Marta que sale del coche llorando y a toda prisa se mete en su casa. Marta que no quiere abrir la puerta de su casa, ni se asoma a la ventana ni contesta a las llamadas de teléfono de sus padres, de su plantado novio o de sus amigas. Marta que dice desde el telefonillo del portal: “no me caso. No me caso y punto. ¡Dejadme en paz!”. Marta que a las tres de la madrugada enciende la luz de su habitación. Marta que abre la puerta del portal y sale vestida únicamente con un fino camisón amarillo. Marta que se queda parada en medio de la calle mirando a mi ventana mientras una fina lluvia la empapa. Marta que coge una piedra y… me rompe la ventana.

Debo dejar de escribir en este preciso momento porque Marta me reclama nuevamente en la cama, y es normal porque ya dije al principio que no sé hacer nada bien, y aunque lo he intento con todas mis fuerzas las cuatro veces que hemos copulado esta noche, y  que por unos breves minutos tuve la ilusión del triunfo cuando tras el último encuentro se quedara adormecida abrazando con brazos y piernas mi almohada, está claro que esa ilusión era falsa porque ahora mismo se ha acercado por mi espalda y al oído me ha dicho palabras sucias mientras se reía (sin duda de mí) y me mete en la boca dos amargos dedos. Si no fuera porque el raro soy yo, pensaría que Marta está un poco loca, y que una chica normal no es capaz de salir a la calle medio desnuda una noche de lluvia y tirar una piedra a la ventana de un chico para luego escalar como una araña hasta una habitación sita en un segundo piso. He dicho que se asemejaba a una araña y me he dado cuenta de que tengo pavor a esos bichos; dicen los libros que las hembras de algunas especies de esos invertebrados se comen a los machos después de la cópula, y yo estoy convencido de que Marta es de esa clase porque ya ha empezado a engullirme.

FIN

Soledad

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Terror

Rating: +18

Este relato es propiedad de Roberto del Sol. La ilustración es propiedad de Nelle Carver (Noelia de la Torre). Quedan reservados todos los derechos de autor.

Soledad.

Nathan se sirvió un poco más de vichyssoise y colocó el plato con delicadeza frente a él. Después respiró hondo, se quitó una inexistente mota de polvo de la manga del esmoquin y levantó la vista con timidez para mirar a los ojos al resto de comensales. Las notas de Brahms flotaban con delicadeza en el aire y la luz de las velas hacían que el comedor temblase con una calidez acogedora, pero lo que tenía que decir era tan importante que, a pesar de que sentía el agradable calor de la cocaína recorriendo su cuerpo, no podía evitar estar un poco nervioso. Había llegado el momento y todavía no estaba preparado. Y no era una cuestión de tiempo. A pesar de las veces que había ensayado el discurso, no se sentía cómodo abriendo el corazón ante los demás, aunque se tratase de su familia. Sentía los ojos de todos clavados en él, expectantes. Aclaró la voz con un pequeño carraspeo y bebió un sorbo de agua. Tomó la mano de Manuel para coger fuerzas y empezó:

—Lo… Lo primero que quiero hacer es agradecer vuestra presencia aquí en esta noche tan especial. Esto significa mucho para mí. Nada más que falta Sami —comentó con cierto pesar mientras dirigía la vista a la silla vacía a su derecha—, pero ya sabíamos que por ese trabajo que absorbe todo su tiempo y la enorme distancia que la separa de nosotros no iba a ser fácil que pudiese estar con la familia. —Tomó aire. No se le daba bien hablar en público y quizás lo estaba haciendo un poco atropelladamente. Sentía la boca seca—. Tengo ya treinta y siete años, y creo que es el momento de acometer algún cambio en mi vida que aporte cierta estabilidad. Todos sabéis que no estoy preparado para vivir solo. Nunca lo estuve y nunca lo estaré. No podría soportarlo. He pasado muchos años de mi vida buscando respuestas a ese problema. Desde niño he visitado médicos que nada más que se mostraban interesados en tu chequera, madre. Personas sin escrúpulos que me recetaban pastillas para intentar que dejase de ser yo mismo. Hasta que por fin comprendí que no todos tenemos por qué ser iguales. Algunos nacemos con una sensibilidad especial, somos de naturaleza más delicada, de espíritu más puro, y necesitamos estar siempre protegidos, rodeados por aquellos que más queremos. Por eso agradezco el enorme esfuerzo que has hecho, madre, al aceptar por fin entre nosotros a Manuel —miró a su izquierda y volvió a apretar la mano de la persona con la que había decidido pasar el resto de su vida, ¿acaso era una pequeña lágrima eso que asomaba en su ojo?—. Sé que no ha sido fácil y que has puesto mucho de tu parte. Y también sé que lo has hecho solo por el amor que sientes hacia mí. Por eso te doy las gracias. —Le dio la impresión de que esas palabras habían ablandado el gesto siempre duro de su madre—. En cuanto a ti, padre, no sé cómo agradecerte que hayas decidido volver con la familia precisamente esta noche. No quiero perderos a ninguno; no podría soportarlo. —Ahora era él el que comenzaba a sentir la humedad en sus ojos—. Ya por último, me gustaría también tener unas palabras de agradecimiento para Manuel, la persona que mejor me conoce y me entiende. Sé que tenías muchas dudas y, a pesar de lo que sientes por mí, estuviste a punto de arrojar la toalla por todo lo que me rodeaba. Pero eso se acabó. Ya ves que ha merecido la pena. Ahora eres un miembro más de mi familia y voy a compensarte por todo lo mal que lo has pasado. Te lo prometo…

El timbre de la entrada comenzó a sonar con insistencia. Nathan no podía creerlo. ¿Quién sería el maleducado que se atrevía a interrumpir una cena de Navidad? ¿Qué asunto podía ser tan importante como para no poder esperar al día siguiente?

—Nathan, ve a abrir la puerta —dijo imitando la voz de su madre—. Quizás se trate de Samantha, que al final haya podido cancelar sus compromisos y quiera darnos una sorpresa.

Nathan separó ligeramente la silla de la mesa, estiró la chaqueta del smoking y se dirigió a la puerta de la entrada con paso ceremonioso.

Las luces azules y rojas atravesaban las cristaleras y rompían con estridencia la magia del momento. Estaban fuera de lugar, eran de mal gusto. No casaban con la decoración que su madre había ordenado que se colocase en la entrada. Nathan abrió la puerta y un hombre, en apariencia demasiado joven para llevar uniforme, se presentó con voz temblorosa y preguntó por su madre. La cocaína hacía que las palabras llegaran hasta sus oídos amortiguadas, como con sordina. No entendía qué era lo que pretendían de él y por qué querían ver a su madre.

—¿Mi madre? —les respondió—. Será mejor que no la molesten en una noche como esta.

Pero el hombre-niño no le hizo caso, y con toda la educación del mundo le pidió que se hiciese a un lado mientras otros hombres uniformados entraban en la casa. Parecía que flotasen en vez de caminar.

Alguien con voz desagradable comenzó a gritar cosas sin sentido. Dos de los hombres se abalanzaron sobre él, le dieron la vuelta y lo tumbaron en el suelo. Las esposas mordieron la piel de las muñecas. El hombre-niño comenzó a recitar de forma automática las mismas frases que en las películas les decían a los malos cuando los arrestaban. Él, con la mejilla aplastada contra la alfombra, solo acertaba a balbucear incrédulo. El mundo se derrumbaba a cámara lenta a su alrededor como un castillo de arena demasiado seca, pero ahora que padre había vuelto por fin a casa, se encargaría de todo. Él lo arreglaría.

***

Bruce O’Malley conducía el coche mientras pensaba que en Nochebuena no deberían suceder ese tipo de cosas. Todos los malos del mundo tendrían que estar obligados a firmar una tregua hasta que pasara la Navidad. O mejor aún, hasta Año Nuevo.

Al dejar atrás el pequeño bosque de hayas, silbó de forma inconsciente cuando vio la silueta de la imponente casa iluminada por las luces de los coches patrulla.

—Así que es verdad —susurró por encima de la música navideña que sonaba por la radio—, los ricos también lloran.

El teniente entró en la casa con pasos grandes para esquivar cada una de las pruebas que estaban numeradas en el suelo. Demasiados números puestos por chicos novatos que lo catalogaban todo por inexperiencia y por miedo a meter la pata, pensó mientras pasaba revista a sus hombres con la mirada e intentaba recordar si alguna vez, en la prehistoria, él había sido tan joven.

—Buenas noches, teniente —gritó casi cuadrándose a su paso uno de los chicos.

Bruce los saludó a todos con un gesto de la mano.

—¿Dónde está el forense? —preguntó.

—En el comedor, señor —respondieron de inmediato varias voces, a la vez que uno de los que tenía más acné señalaba el camino.

Bruce agradeció la respuesta con otro gesto de la mano y siguió la indicación.

En el comedor la mesa estaba suntuosamente puesta para cinco personas, y alrededor estaban sentadas tres. Un hombre rechoncho exploraba los cuerpos con delicadeza.

—Hola, Ambrose —saludó con cansancio a su amigo al entrar en la sala—. ¿Feliz Navidad? —preguntó con duda.

—Pues mucho me temo que para estos miembros de la especie humana eso poco importa ya. En cuanto a ti y a mí, me parece que, por desgracia, ya estamos acostumbrados a este tipo de cosas, aunque siempre llego a la escena del crimen con la esperanza de que alguien todavía sea capaz de sorprenderme. —Ambrose se vio obligado a justificarse ante la mirada de su amigo—. Una vez que el mal ya está hecho, que por lo menos nos plantee algún tipo de reto, ¿no? —dijo mientras deslizaba los lentes hasta la punta de la nariz.

—Si tú lo dices…

El teniente comenzó a caminar alrededor de la mesa para intentar ponerse en situación.

—Por cierto —comentó Ambrose divertido mientras señalaba la puerta—, ¿ya no te quedan veteranos? Dos de tus chicos salieron a vomitar al jardín nada más entrar por esa puerta.

—¿En Nochebuena? No te imaginas cómo está el tema del personal esta noche —respondió quejándose—. Aguarda un instante, voy a pedir que nos hagan unos cafés con mucho azúcar, parece que la noche va a ser larga…

—No te lo recomiendo por tres motivos: el primero es que parece que soy el único de los dos que se preocupa por tu salud, amigo. Estoy obligado a recordarte lo que sabemos sobre los perniciosos efectos del azúcar en tu organismo. El segundo es que la legión de abogados de esta familia estaría encantada de saber que te hiciste un aromático café en la cocina, estableciendo dudas razonables sobre la contaminación de las posibles pruebas. Y el tercero, y puede que el más importante, porque en la cocina hay dos fiambres más, quizás miembros del servicio que, a juzgar por el color de los labios, probablemente hayan sido envenenados. Así que, por la amistad que nos une, creo que lo mejor será que intentes superar tu adicción al café aunque sea solo por esta noche.

—Jooooder —suspiró Bruce abatido. Odiaba cuando su amigo se ponía tan pedante—. Vamos a hacer esto lo más breve posible entonces. ¿Vas a presentarme a tus amigos?

—¡Oh, sí! Disculpa mi falta de modales. Demasiados años de hamburguesa y donuts contigo. Se trata de los Fallon, la tercera generación de unos ricachones que hicieron su fortuna con…

—Farmacia.

—… y cosmética —terminó la frase sorprendido—. ¡Guau! No hay quien te pille desprevenido.

—Ya me conoces, siempre alerta.

—Bien, mi parte es la más sencilla. Tres cuerpos atados post mortem en las sillas con bonitos lazos de Navidad para obligarlos a mantener esa posición tan digna. La mujer —señaló a la anciana que presidía la mesa— es la todopoderosa Catherine Fallon, y tiene toda la pinta de haber muerto del mismo modo que los de la cocina. El chico, sin embargo, falleció de forma violenta, tiene el cuello roto y de eso hace por lo menos un par de días. En cuanto al caballero —señaló a la momia vestida con frac negro—, está irreconocible, pero lleva un anillo con las iniciales V y F, por lo que tiene toda la pinta de ser Vernon Fallon, el marido de Catherine, fallecido, si no me falla la memoria, hace más de cuatro años.

Ilustración de Nelle Carver

—¿Estás intentando decirme que guardaban una momia en la casa?

—No. Hay restos de tierra desde la entrada hasta aquí, y también en el cuerpo, así que lo que creo que pasó es que el muchacho lo desenterró en un intento de reunir de nuevo a toda su familia.

—¡Madre mía! No tendrás queja. Puede que no te haya sorprendido, pero no podrás negar que por lo menos lo ha intentado.

—Sí, sí, tienes razón —asintió varias veces con la cabeza, divertido. Hacía muchos años que conocía a Bruce, y esa amistad era la que hacía el trabajo un poco más soportable—. Ahora es tu turno de arrojar un poco de luz acerca de la investigación. Me intriga saber cómo habéis llegado a descubrir esta agradable reunión familiar de zombis.

—Pues el azar, querido Ambrose, en su versión más pura y dura, es lo que ha hecho que hayamos llegado hasta aquí. Y reconozco que solo ahora empiezan a encajar todas las piezas del rompecabezas. Si no me equivoco, el del cuello roto es Manuel Jackson, un chapero de poca monta que vivía en el East Side. Hace un par de días que denunciaron su desaparición y el agente de turno escribió en su informe que, entre la interminable lista de ex novios conocidos, figuraba Nathan Fallon. Y digo ex novio, porque en el informe también figuran las declaraciones de varios “amigos” de Manuel, que afirmaban sin rubor que solo estaba con Nathan por dinero, pero que aun así había decidido acabar con la relación. Sin que esto sirva de crítica al fabuloso sistema policial americano, y a pesar de los claros indicios, todo eso hubiese quedado en el limbo de los casos sin resolver sin duda alguna, porque en esta tierra de las oportunidades nadie se preocupa por los chaperos de poca monta y nadie molestaría al heredero de los Fallon con preguntas incómodas. Fue Samantha, la hermana ausente, la que agitó el avispero. Hace más o menos un mes recibió una carta de su madre invitándola a la cena familiar de Nochebuena. Hasta ahí todo sería lógico y normal, de no ser porque Samantha no se llevaba bien con ella desde la muerte de su padre, y ese había sido precisamente el motivo por el que se había mudado a la otra punta del país. Como los problemas de Samantha con su madre eran del tipo guerra nuclear, la rompió y se olvidó del asunto sin más. Hasta hoy, día en el que el fantasma de las Navidades pasadas la hizo arrepentirse de su acto y en un arranque de espíritu navideño llamó para intentar acercar posiciones. Pero lo que oyó al otro lado de la línea no le gustó nada. Al parecer Samantha siempre había tenido una relación muy especial con su hermano pequeño, Nathan, así que lloró al volver a hablar con él después de tanto tiempo, pero cuando hizo de tripas corazón y le pidió que le pasase con su madre, Nathan retomó la conversación haciéndose pasar por la vieja. Samantha al principio pensó que se trataba de una broma, pero después se asustó al darse cuenta de que su hermano iba muy en serio al intentar suplantar a su madre. Nada más colgar llamó a uno de sus abogados que, mira tú por donde, resulta que juega al golf con un pez gordo que conoce al alcalde, que a su vez llamó al capitán y este a su vez a nosotros, el último eslabón de la cadena alimenticia. —Ambrose sonrió—. Así que ya ves, desaparece alguien, sea gay o no, y no pasa nada; sin embargo, el heredero de una fortuna incalculable gasta una broma a su hermana y se moviliza todo el departamento de policía.

—Suena como si hoy hubieses visto por fin la luz de la revelación divina.

—¡Joder!, Marsha y yo estábamos a punto de trinchar el pavo cuando recibí la llamada de mi “amigo”, el capitán. Hasta aprovechó para felicitarme las fiestas… ¿Se puede saber qué mosca le pica a un chico que lo tiene todo para montar un follón como este?

—Aunque te parezca increíble, me parece que a este chico sí le faltaba algo. No lo sé, porque no soy un experto en el comportamiento humano, pero creo que el muchacho sufre algún tipo de fobia a la soledad. Casi os destroza el coche patrulla cuando los agentes lo dejaron solo unos minutos, y lo que me cuentas encajaría con ese diagnóstico: un novio que lo abandona, una madre ya mayor, un padre fallecido, una hermana en la que se apoyaba y que también lo deja. Solo estaría tratando de reunir a su alrededor a las personas que daban estabilidad a su vida… Y esta vez para siempre.

—¿Acaso estás justificando a ese chiflado?

—No, solo digo que a veces no tenemos elección. Somos lo que somos, y desgraciadamente no siempre estamos preparados para vivir en sociedad.

—Con sus abogados y nuestro sistema penal, cuatro años en un sanatorio mental y estará de nuevo en la calle —se lamentó Bruce.

—Siempre estás quejándote. Encima que te invito a una fastuosa cena de la que no han tocado ni los entrantes…

—Me parece que acabo de perder el apetito. Saca las fotos que tengas que sacar y llévate a estos señores, que yo haré lo propio con el muchacho.

—Recuerda no dejarlo solo en la celda…

—Verás, tenía pensado llevarlo a tu casa para que os ayudase a trinchar el pavo.

—Muy gracioso, yo también te quiero. Feliz Navidad, Bruce. Recuerdos a Marsha.

—Se los daré, no lo dudes. Feliz Navidad, amigo. —Bruce salió de la habitación pensando si ahora los malos les dejarían trinchar el pavo con tranquilidad de una vez por todas.

Roberto del Sol

Hechos inaceptables

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Drama

Rating: Adultos

Este relato es propiedad de Juan Ramón Lorenzana. La ilustración con propiedad de Nelle Carver (Noelia de la Torre). Quedan reservados todos los derechos de autor.

Hechos inaceptables.

“No sé por qué lo hice”, eso le digo. “Lo recuerdo pero estaba fuera de mí, como si fuera otra persona”, de tanto repetirlo, lo digo ya con gran convicción. “No lo volveré a hacer nunca”. “Tomaré la medicación y seguiré todos sus consejos”, le repito al imbécil de mi psiquiatra mirándole fijamente con ojos tiernos. “Ya estoy bien”. Necesito convencerle para que me dé el alta y pueda salir de esta puta cárcel acolchada. “No lo volvería a hacer, ¡estaría loco! Fue un trastorno, una… ¿Cuál es el nombre ese que usted tanto dice…? Crisis psicótica, una disociación transitoria de personalidad. Nadie en su sano juicio haría eso con su propio cuerpo…”

Desde hace semanas me obliga a contar, una vez tras otra, el cómo de mi comportamiento aquel día. Él dice que así podrá decirme el por qué y, justo en ese momento, empezaré a curarme de verdad. Pero yo sí puedo ver la verdad que se esconde tras el oscuro cristalino de sus ojos. Puedo ver sus sádicas miradas escondidas tras su aparente e interesada compasión, y el gusto que le produce que le relate, minuciosamente, cada segundo, cada milímetro que recorrió el filo del cuchillo sobre mi piel:

Cogí el cuchillo con el que habitualmente pelo las patatas, uno pequeño de filo curvo y mango rojo, y situé su punta en la glabela. Es casi imposible fallar con ella porque es ese punto en el entrecejo que simplemente con colocar un dedo a un centímetro de ella se produce un efecto de atracción muy parecido al dolor. 

La sensación en ese momento fue magnífica: había empezado de una vez el largo camino para acabar con el monstruo que se escondía dentro de mí. Él tenía miedo, lo notaba, esta vez le había acertado de pleno; pero aún herido, intentaba convencerme de que dejara el cuchillo quieto y no continuara el recorrido que acabaría con él. No lo consiguió.

Continué por la ceja muy despacio y sin levantar ni por un instante el cuchillo que, sorprendentemente, cortaba con suma facilidad la carne, para luego descender por la apófisis frontal y después la temporal hasta llegar al agujero infraorbitario. De ahí, por debajo del pómulo, atravesar la complicada carnosidad que te obliga a hincar más el cuchillo y a que la mano sea firme en su intención hasta llegar a la articulación de la mandíbula. Llega ahora el camino más fácil y satisfactorio porque el cuchillo se desliza fácilmente por todo el perfil de la base mandibular hasta llegar al agujero del mentón. Y está bien que sea así de fácil porque lo que viene después te exige tomar una decisión trascendental de la que depende el éxito de toda la misión.

Mientras veía mi imagen desnuda en el espejo del aseo, el cuchillo esperaba vibrante una decisión hincado en la barbilla. Dudé un tanto por dónde seguir. De equivocarme, me desangraría rápidamente sin tiempo para terminar…

—¿Terminar qué? ¿Terminar dónde? —me pregunta mi psiquiatra cada vez que le cuento esta parte de la historia, y yo no le puedo decir la verdad.

Hay en mí algo erróneo, un defecto insoportable, tan evidente y obsceno que me parece mentira que nadie parezca verlo. ¿Estáis ciegos? Si me miraran de verdad, se darían cuenta del horror que intenta ocultarse tras una piel, unos ojos y unas manos aparentemente normales y sanas. Un poquito por debajo, tan solo con rascar un poco la blanca piel y se puede ver la horrenda superficie, la real, la del ser que soy en verdad, pulsando ahora por salir rompiendo la ridícula cascara donde se esconde, ahora por esconderse sin dejar la menor grieta y penetrar en mí como si aún quedara algo ahí dentro, libre de su putrefacción.

No soporto mirarme en los espejos, tan mentirosos ellos, pero a los que si les sostienes la mirada durante el suficiente tiempo, puedes ver reflejados los ojos del verdadero rostro del monstruo.

Tiempo atrás me había rascado, arañado y masturbado, todo con el mismo decepcionante final. También me había hecho multitud de pequeños cortes por los brazos y piernas, y unos pocos en el pecho y las nalgas; pero no conseguía revelar a la bestia y expulsarla de mí, no conseguía que la luz la iluminara por completo dejándola sin máscara e inerme a la vista del mundo entero.

Hay varias posibilidades. Todas arriesgadas. La única opción no disponible, por su demostrada ineficacia, es levantar la mano y con ella el cuchillo que aún espera ansioso en mi barbilla.

La decisión está tomada pero la mano duda y tiembla, no de miedo, sino de emoción, y al emprender de nuevo el camino la presión es excesiva y el salto de la nuez es más que suficiente para que el cuchillo atraviese la tráquea. Aun así intento acabar mi trabajo a toda prisa antes de que la inconsciencia me lo impida. Pero las prisas no son buenas, sobre todo si uno mismo está a ambos extremos del cuchillo y la sangre te impide ver con claridad el camino. Mi pulso no es el de un cirujano y la carótida está demasiado cerca. Lo inevitable sucede y un chorro de sangre salpica el espejo. Intento limpiarlo con la mano libre, pero el resultado es aún peor y… me desmayo con sabor a fracaso en la boca pero, al menos, con el consuelo de la liberadora muerte tiñendo de rojo el frio suelo, o al menos eso creí yo en ese momento.

No sorprenderá que diga que sobreviví, a cuento de qué estaría escribiendo esto si no. Un par de semanas en la unidad de cuidados intensivos y tres más recuperándome en la planta de psiquiatría del hospital atado como un animal a las cuatro esquinas de mi cama. Ya no me atan por las noches, pero las ventanas no son tales porque carecen de manillas con las que abrirlas, y la puerta solo se abre desde el control del pasillo. Así que estoy encerrado todo el día como si fuera un criminal, solo me dejan salir para ir a las sesiones con el loquero. No sé cuándo me dejaran salir de aquí, pero ya no aguanto mucho más, tengo que convencerles de que ya estoy curado, y si no, tendré que escapar de aquí como sea, el monstruo ha estado calmado últimamente pero siento que vuelve a coger confianza y empieza a llenar todo el vacío bajo mi suturada piel.

No sé por qué me pasa esto. No sé por qué hago esto. No sé por qué quiero morirme. No sé por qué me repugna el sabor de la comida en la boca, por qué la gente me da miedo y no quiero que nadie me toque. No sé, pero recuerdo que una vez no fui así… Debo sacar al monstruo que está dentro de mí y volver a sentir cosas buenas. Debo volver a escribir poemas de amor como los que una vez escribí para ti. ¡Para ti! ¿Quién eres tú? No entiendo nada de lo que me pasa, pero he robado el abrecartas del despacho de mi psiquiatra y ahora mismo voy a terminar el trabajo que empecé.

Hilillos de sangre coagulada que, 
como incandescente tela de araña,
unen mis dedos, me cuentan
que ya falta poco para estar muerto.
 
La lengua se seca
se agrietan los labios,
cruelmente cosidos por silencios obligados.
Llevo demasiado tiempo esperando.

Ilustración de Nelle Carver

FIN

Juan Ramón Lorenzana

La casa de mis abuelos

Autor@: 

Ilustrador@:  

Corrector@: 

Género: Autobiográfico

Rating: + 13

Este relato es propiedad de Mariola Díaz-Cano Arévalo. La ilustración es propiedad de Noelia de la Torre (Nelle Carver). Quedan reservados todos los derechos de autor.

La casa de mis abuelos.

Ilustración de Nelle Carver

La casa de mis abuelos tenía los techos muy altos, o al menos así me lo parecía, pero desde mi perspectiva de entonces todos los techos llegaban al cielo. Además, la bola dorada que coronaba el comienzo de la balaustrada en la escalera refulgía en miles de destellos, sobre todo cuando le daba la luz entrante desde el patio y le pegabas los ojos estrábicos para verlos mejor. Ahora lo he hecho alguna vez, pero ya no es lo mismo ni está aquella luz más que en el recuerdo. Tampoco la barandilla es de piedra ni la adornan rebuscadas filigranas en círculos y ochos, ni los peldaños son grises ni llevan a las cámaras ni al baúl lleno de sal.

Cuando miras las imágenes reales congeladas en fotos y diapositivas se pierde la magia del enfoque nebuloso que impregna las que ve tu memoria, como si se superpusieran y las de tu cabeza superaran con creces las de los ojos. En los recuerdos ni a las caras ni a las cosas les afecta el tiempo porque no lo hay, solo fallan en esa borrosa percepción que difumina contornos y desvirtúa los rostros queridos y perdidos que siempre desearías ver tan nítidos como fueron y te miraron a ti.

Así que allí, en ese espacio, la casa de mis abuelos era enorme, con mil rincones y mil historias, con mil olores. Al delicioso papel antiguo de los libros del pequeño baúl de cuentos de mis tías y mi padre. A humedad y gatos en el patio descubierto y repleto de macetas. A oscuridad fresca de las cuevas, la de las patatas y la mucho más tétrica de la leña, dueña de fantasías y temores sin fin. A sal y carne curada en el cuartito en penumbra donde colgaban los jamones. A polvo espeso y esencias rancias en las cámaras con todos los secretos de sus cajas apiladas. A guiso y especias en la lumbre de la cocina. A magdalenas en el horno, a rosquillos en aceite friéndose en la sartén. A aromas indescriptibles dentro de los armarios y aparadores, las sábanas sobre los blandos colchones de las altas camas con cabeceros dorados de forja. A lápices, tintas y madera de plumieres en el despacho de mi abuelo. A cualquier cosa de definición desconocida y sin capacidad de evocación porque eso solamente lo da la vuelta atrás que significa la edad, porque es la evocación la que procura el valor a ese olor y esa imagen, la que forma ese sentimiento de pérdida y de suerte por haberlos tenido y que se convirtieran en los mejores recuerdos.

Ahora esos olores siguen existiendo pero ya no son los mismos, el tiempo no les ha puesto punto y final, pero sí se ha ido llevando rostros y ya de ninguna forma pueden ser los de la infancia.

El corredor de la galería entre las cámaras, los gatos por los tejados, por el patio, rayados y grises, anaranjados y negros, huidizos e inalcanzables. El agujero a la calle con el hueco justo de asomar la cara. Las gallinas cluecas en el palo del corral. Mi leche con cacao de los sábados por la mañana. Los preciosos juguetes de mis tías: los cacharritos de loza, la cocinita de latón…, y los míos, los del aguinaldo de la feria que se quedaban guardados allí. Las perdices labradas tan finamente en la madera del aparador. Los grandes espejos de la sala y el comedor. La máquina de coser en el rincón de la ventana. La cadena negra del candado en la puerta. La mesa de mi bisabuelo con los cajones largos y estrechos para meter las herramientas de guarnicionería. El gramófono. La radio en el anaquel, el almanaque al lado. El sabor gaseoso y medicinal del vino tinto con litines que se tomaba mi abuelo después de comer. La botella de anís con el dulce jarabe rojo de fresa que tomábamos en la calle, en las noches al fresco del árido e implacable verano manchego. La aguja de ganchillo entre los dedos gordezuelos, tan hábiles y sabios de mi abuela, tan buenos y tan dulces, porque estaban hechos de catas de pan blanco con nata y azúcar que ya nunca he vuelto a tomar.

Cuando se recuerda a veces no es bueno y, sin embargo, uno se deja llevar, lo consiente. Yo suelo hacerlo. Trato de experimentar, mezclar distancias y ánimos, trazar nostalgias con presentes tan diametralmente opuestos. Pero la mayoría de esas veces no sale bien porque la balanza se inclina demasiado y el bagaje de un tiempo feliz no se puede pesar porque no tiene peso, solamente volumen lleno de todo lo que, más que bueno, fue mejor.

La palabra escrita fija esa romana porque sabe equilibrar el instante, lo distribuye, acuerda ese espacio perfectamente, destila pasos justos, delimita lo que se quedó y lo que hay, ayuda a no confundir el tempo del camino que se ha hecho y nos ha hecho. La palabra escrita es mi medio, los otros no los manejo bien, no los atempero ni modulo, no los empleo de forma tan amplia ni tan sincera, no me sirven mucho para describir mundos o hacer viajes en el tiempo como lo son estos recuerdos.

Mi casa, porque es la de los míos, la que más quiero, ahora está construida de todo esto, sobre el mismo suelo seco y duro, sobre la cueva ciega ya de terrores negros, pero donde hay la misma calidez húmeda en recovecos de piedra parda. Ya no tiene la misma forma ni color porque sus espacios se cortaron de otra manera; ya no está la galería aunque sí un patio con macetas y un gato siamés ya muy viejo. Pero el halo atemporal no ha desaparecido y me mira desde arriba, como lo hacía antes.

Mi casa ahora tiene otros olores, los de este turno, y cuando este pase también los añoraré, los sentiré fortuna, los despojaré de las láminas grises que tapan vetas de reflejos que no fueron tan buenos, para que edifiquen también acolchadas almohadas de existencia. Si entonces vuelvo a enlistarlos, si entonces los filtro de nuevo por el inacabable tamiz, seguiré obteniendo la recompensa que tengo ahora: la dicha inmensa de haber vivido una infancia feliz.

Mariola Díaz—Cano Arévalo