24ª Convocatoria: Crimen Imperfecto

Crimen Imperfecto.

Ilustración de José Vicente Santamaría

 

Errare humanum est, dijeron los clásicos.

Durante años he compartido tertulias durante las comidas con un investigador de la Guardia Civil.  Siempre me ha sorprendido la serenidad con la que hablaba de las cosas hasta el punto donde el secreto sumarial le permitía. Había días que llegaba especialmente contento. Imposible no intuir que  habrían cerrado un caso. Entonces,  se sentaba a la mesa satisfecho y nos narraba el hecho criminal de forma sencilla y la reconstrucción del o de los posibles escenarios. A mí los crímenes sexuales me producían especial interés, por ser mujer, supongo: dónde la raptó, donde la torturó, dónde la mató y donde la escondió. Cómo entrevistaba a las personas para valorar su fiabilidad y veracidad. La psicología de la investigación criminal al servicio de la justicia… —yo ni parpadeaba,  me producía interés y admiración—. Pero también pensaba: «¡Para esto hay que valer!». Es como lo de ser cirujano. En nuestro país hay gente que hace cosas tan extraordinarias…

Allí, entre ensaladillas rusas y bacalao con tomate (plato estrella de los miércoles) empecé a oír hablar de la ciencia forense, de la criminalística, de cómo se procesa una escena del crimen o delito, de las miradas panorámicas y de lo que hay detrás de las decisiones de un criminal. Entre un pásame el pan y déjame la sal se hablaba de las variedades de criminales, del estudio del modus operandi, de las huellas, del placer del sádico, de los asesinos por venganza o de los pactos de sangre como si tal cosa.

Un día le pregunté por el caso que más repulsa le había causado. «Todos los de niños», me respondió. Y concretó que un tal Alexander Pichushkin les dijo a los jueces que había perpetrado 62 asesinatos y mi amigo lo recordaba por una frase que no pudo quitarse de la cabeza: «El primer asesinato nunca se olvida, es como el primer amor». «Fíjate el desorden mental que tenía el sujeto para mezclar dos cosas tan dispares», apuntó. Pichushkin fue un asesino en serie que buscaba notoriedad. Estaba obsesionado por descubrir vislumbrar a los más inteligentes utilizando la sed de poder y control como leitmotiv de su vida.

Los asesinos en serie ahora usan las redes sociales, internet y en concreto Youtube como elemento amplificador. También cuentan con los móviles, ya al alcance de cualquiera, y se graban y envían datos de forma instantánea. Por triangulación se puede saber dónde está una persona en un determinado momento. Así es que si el asesino lleva el móvil encima y el cuerpo del delito existe, será fácil demostrar que esa persona estaba allí a una hora determinada y que, cruzada con la hora en la que murió la víctima, puede involucrarle en el asesinato. Lo malo es cuando no aparece el cuerpo.

—Asesinar no es fácil —me explicaba el guardia—. Existe lo que llamamos “Ley de transferencia”. Nadie puede cometer un crimen con la intensidad y fuerza que la acción requiere sin dejar ni llevarse nada de la escena. Eso a cualquier asesino debería ponerle los pelos de punta. Hay pruebas que permiten esclarecer todo: huellas dactilares, huellas de pisadas, vehículos, ADN localizado en sangre, residuos, cigarros, etc. Por muy limpio que quiera dejarse todo, la ciencia está al servicio de la ley. Pero la verdad siempre sale.

—¿Sabes?, hace tiempo empecé un relato diciendo que los muertos hablan…

—Sí, así es… y muy fuerte —puntualizó—. Lo curioso es que a veces llevamos tapones y obviamos cosas, y aunque lo tenemos delante no lo vemos.

—¿Qué te parece el libro de Borges titulado Morir no es para tanto?

—Literario, profundísimo. Sí, lo conozco, pero no tiene que ver con esto. Si quieres leerte un libro sobre el tema, te recomiendo cualquiera del doctor Maples, un antropólogo forense que examinando un solo cráneo es capaz de saber la edad, el género, la etnia de la persona, si murió asesinado y quién pudo ser el asesino. Increíble, ¿verdad?

Llegados a los postres, y conocedores de que se acababa el tiempo de tertulia, rotábamos el tema hacia lo cómico: de cómo se delataban los testigos, de por qué habían hecho las cosas mal, de la ignorancia, la imprudencia, o la lealtad extrema, que a veces también resultaba cómica.

Lo cierto es que querría escribir un libro con todas esas historias que fui escuchando durante tantos miércoles. Y creo que lo haré. Pero, por el momento, os presento esta edición de Surcando Ediciona, tan cargada de crímenes imperfectos que no os dejará indiferentes. Y os dejo con una reflexión final de Buda: «Solo hay  tres cosas que no se pueden ocultar por mucho tiempo: el sol, la luna y la verdad».

A disfrutar.

Olga Ruiz Trinidad

Anuncios

El silencio se paga: pacto de sangre

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: Mariola Díaz-Cano Arévalo

Género: Relato corto

Rating: + 18

Este relato es propiedad de Olga Ruiz. La ilustración es propiedad de Paloma Muñoz.

Quedan reservados todos los derechos de autor.

El silencio se paga: pacto de sangre.

En la planta novena de un edificio ubicado al norte de Madrid, dedicado a la gestión del grupo Trip Hotels Blue, la mañana del diez de febrero de 2017 va a determinar el futuro de varios hombres malos. Y el que avisa no es traidor.

Define malo:

Adjetivo. De valor negativo, falto de las cualidades que cabe atribuirle por su naturaleza, función o destino// nocivo para la salud//que se opone a la lógica o a la moral, de mala vida y comportamiento//desagradable, doloroso// dicho de una cosa deteriorada o estropeada// Inhábil, torpe, especialmente  dirigido a su profesión// desfavorable// coloquialmente malvado.

—¿Algún nombre propio?:

—Muchos. Por ejemplo, el señor J., mi cuñado.

—¿Qué piensas hacer?

—No lo sé, dame un whisky doble y por el camino lo pienso.

—Aquí lo tienes.

*****************

—Señor  J. Donaldson, acaba de llegar su cuñado. —Avisa por el intercomunicador la eficiente secretaria Marisa. Una mujer de rictus serio, cetrino, extremadamente pálida con la piel transparente que muestra el lado más terrible en las venas de las manos. Allí está la fiel secretaria portando cincuenta primaveras tristísimas al Servicio de la Compañía.

—Cinco minutos. Termino de preparar unos papeles —apunta con voz tranquila desde el otro lado del intercomunicador el señor J.

—Perfecto.  Bueno, ya le ha escuchado —indica la secretaria dirigiéndose al familiar para añadir con un tono más conciliador—: Espere ahí un momento. Si le apetece puede sentarse en ese sofá, señor Nobody.

Son las siete y cinco y se abre la puerta del despacho principal.

—Adelante, puede pasar ya.

—¿Qué tal? ¿ Cómo se encuentra hoy mi cuñado preferido? —dice el señor Donaldson—. Venga, pasa…

El cuñado está desaliñado y huele a tabaco, alcohol y sudor en una mezcla insoportable. Ese olor hediondo de los mendigos que llevan días sin lavarse. Aunque lleve una camisa de Armani y un traje de Valentino impecable su aspecto es inmundo.

—Me siento muy mal —confirma.

—Ya, ya te veo… ¿Pero qué te pasa? —pregunta el señor Donalson.

—¿Qué me pasa? ¿Qué me pasa? ¿Qué me pasa…? —grita in crescendo.

—¡Ey! ¡Ey! Relax… —El señor Donalson le invita a calmarse con un gesto de palmas hacia el suelo y una sonrisa. Añade—: Con esa pinta no puedes ir a casa. Menuda se pondría mi hermana. Además, ahora mismo te pasas por el hotel del grupo, duermes, te aseas, te afeitas y vuelves a casa como si hoy hubiéramos estado todo el día juntos. Yo te cubro. Que para eso somos cuñados. Venga, arriba ese corazón y esa cabeza. —Anima a su cuñado dándole palmaditas en el hombro izquierdo y apretándole la mano con firmeza—: Pero, macho, ¿por qué estás así?

—Han reabierto el caso. Han aparecido nuevas pruebas. Creo que la Guardia Civil me está pinchando el teléfono. Me vigilan.

—Pero ¿de qué hablas? ¿Estás neurótico o qué?

—No, no estoy neurótico. Estoy agotado. No puedo quitarme toda esta mierda de la cabeza.

—Venga, hombre del norte. ¿Qué coño te está pasando? Tú eres el señor Nobody, no existes. ¿Sabes? No tengo que recordarte nada. Nobody else, nobody knows, nobody cares.

—Aquello fue una mierda. No estuvo bien. No tenía que haber participado en la barbarie.

—Oye, venga, ya, tío, ¡cállate! —le grita—. Este no es el sitio ni la hora. Estás empezando a preocuparme. Hay que mantener el pico cerrado. Tú deberías saberlo. No me comprometas, ¿eh?

El señor J. maneja perfectamente las situaciones de estrés, se levanta, se acerca al mueble bar y retira un vaso con hielos para servirse un café solo. A continuación saca un cigarrillo y lo enciende.

—¿Quieres uno? —Le ofrece.

—No, gracias. Estoy saturado de nicotina. He fumado más en este mes que en el último año —dice el cuñado, y con bastante enojo le reprocha—: Tú estás muy tranquilo… Tú sí. Siempre estás tranquilo. Controlando toda la situación.

—No me jodas. ¿Pero a ti qué te pasa?

—Los avances científicos han mejorado las técnicas de identificación por huella. No teníamos que haber dejado los guantes allí. Todos los tiramos encima de las chicas. Me han filtrado que están trabajando con ellos en Criminalística. Que a través de un pequeño fragmento incrustado en la parte interior de los guantes pueden identificarnos a todos. Nuestras huellas palmares ensangrentadas también están en las puertas, en las sillas, por todas partes del escenario del crimen. Sin contar el ADN. Están usando otra vez cámaras de alta resolución con no se qué productos químicos. Se lo llevaron todo. Tú lo sabes… Puertas, mesas, sillas, hay huellas por todas partes.

—¿Pero de qué coño hablas?

—Eres un cacho cabrón. Un cacho cabrón hijo de puta. Si tus empleados supieran lo que has hecho, si supieran quién eres realmente, te vomitarían en la cara. Y tu mujer, y tus encantadoras hijas.

—Y cállate ya que me estás poniendo negro.

El acaudalado empresario se acerca al cuñado y le propina un puñetazo en la cara, más o menos entre el pómulo derecho y el labio. El cuñado aterriza en el sofá de cuero azul. Le mira aterrorizado. Siente el miedo. Siente la ira del asesino, pero saca una pequeña sonrisa maliciosa y se dirige nuevamente a él.

—No me vas a acobardar… ya no.

—Mira, macho… —El señor J. se sienta a su lado, y en tono conciliador le dice—:  Aquello fue en un invernadero. Tú deberías saber ya que aunque las huellas permanecen en el tiempo, las condiciones medioambientales determinan su grado de conservación. La cresta en la humedad se expande y se pierde información. Deberías estar tranquilo. Y callado. El poder y el silencio se pagan. Deberías saberlo. 

Ilustración de Paloma Muñoz

—No. No lo sabía cuando llegué a esta familia. Yo era un hombre de pueblo, un tío normal y feliz con sus galgos y su ganado. Y me has convertido en una marioneta de tu empresa. No estoy tranquilo. Todo me supera.

—¡Venga ya! ¡Vas a comparar tu vida de mierda con la vida que tienes ahora! Puedes viajar todo lo que quieras, tienes a tu disposición todas las putas que quieras, tienes dinero, hoteles, coches, motos, casas por medio mundo, amigos, y la seguridad del poder. Ahora ya perteneces a un clan donde nos ayudamos y nos protegemos todos. Nunca lo olvides.

—Pero es que han vuelto a interrogarme. Han vuelto. Y han salido en las noticias nuevas pruebas. La sargento Juanito no para de salir en las noticias apuntando el tema de las huellas, que si hay muchísimas, que si todos los muertos hablan, que si su equipo está procesando nuevamente los datos y cotejándolos con las nuevas bases del SAID (un sistema automático de identificación dactilar). Y un tal sargento Domínguez, que asegura que se conseguirá la reconstrucción total de las huellas de las chicas. Y otro tal brigada Raúl que trabaja con los objetos y lo coteja con las palmares.

—No tienen ni idea. La Guardia Civil sabe que no hay nada de dónde tirar. Ninguno de nosotros está en su base de datos. No somos delincuentes. Por eso queman los cartuchos e intentan cerrar el cerco y lo publican en la prensa, para acojonar, para que alguno se vaya de la lengua, pero nadie se va a ir de la lengua. Estate seguro.

—Y eso del tratado Prum… Comparten huellas con otros catorce países…

—Ya está bien. Le das demasiadas vueltas a las cosas. Relájate ya de una puta vez.

—No estuvo bien. Cada vez que veo a mis hijas me acuerdo de aquello. De aquellas dos chicas, de lo que les hicimos. No era necesario.

—Sí, sí lo era. Era una prueba de lealtad. Era una prueba para que tú hicieras lo que nosotros te dijimos. Para que lo hicieras, sin rechistar. Para saber hasta dónde podrías llegar para estar a nuestro lado. Las chicas fueron daños colaterales. Hay miles de chicas.

—Sí, pero eran chicas normales, como tus hijas, con toda una vida por delante.

—No digas majaderías. Eran unas pequeñas delincuentes. Carne de cañón. Carnaza de embarazos prematuros y vida entre drogas y churumbeles.

—Ya nunca lo sabremos.

—Oye, de verdad, o te callas de una vez o voy a tener que tomar medidas.

Entonces el señor J. se levanta, se dirige a su mesa de trabajo, pulsa el intercomunicador y dice:

—Marisa, por favor, dígale al doctor Perezuela, de la Clínica Mistral, el responsable de la vigilancia de la salud de nuestra empresa, que tengo una urgencia código 1, y que tiene que venir lo más rápido posible con el equipo.

Al otro lado se escucha:

—De acuerdo. Ahora mismo le digo que venga.

El señor J. se dirige a su cuñado, se pone a su altura, le mira a la cara y con cierto aire paternal le comenta:

—Mira, en serio, no estás bien. No puedes estar diciendo tantas tonterías a estas horas de la mañana. Te inventas cosas, te estás empezando a volver loco…

—No, no me invento nada. Tú sabes que no.

—De acuerdo. Vamos a hacer una cosa. Ahora cuando llegue el doctor Perezuela, te vas a ir con él unos días, a su casa, al campo, a respirar aire puro, ¿de acuerdo? Y después, a la vuelta, ya veremos si cursamos una baja laboral o seguimos adelante con tu internamiento.

—¿A mí?

—Sí, a ti. Es por tu bien —puntualiza el señor J.—. No debes hablar con nadie. No debes hablar simplemente…

El hombre delgado, el señor Nobody, casi cadavérico, se levanta, se quita la chaqueta, se remanga, se afloja aún más el nudo de la corbata, se desabrocha los dos botones superiores de la camisa, comienza a sudar, un sudor frío, un sudor de mierda que le corta la nuca… Algo va mal. Y apunta:

—Esto no es lo que esperaba de ti. ¿Me vas a internar en un manicomio? ¿En serio?

—Sí. No cabe otra… O eso, o te tiras ahora mismo por la ventana. O puede que mañana aparezcas muerto en tu Porsche descapotable por sobredosis. Pero no podemos permitir que un panoli como tú nos denuncie a todos. Porque eres un flojo de mente y de corazón. Y me avergüenzo. No debería haber contado contigo. No tienes cojones.

—¿Puedo irme? Necesito respirar, me ahogo —pregunta el señor Nobody dirigiéndose a la puerta. Entonces el gran hombre se interpone en su camino y le frena en seco.

—No. De aquí ya no sales a no ser acompañado y bajo supervisión médica. Siéntate en el sofá, abre las piernas, coloca la cabeza entre ellas, respira. Y si te mareas, túmbate.

—Pareces una buena persona pero eres un monstruo —bufa el señor Nobody y recula hacia el sofá nuevamente. Muy triste, con la mirada perdida en el gran ventanal desde la que se divisa todo Madrid añade—: Todavía puedo verte devorando los dedos de los pies de esas chicas, uno a uno, mientras lloraban desesperadas y gritaban de dolor, todavía vivas. Las chicas de Socuellamos, ¿lo recuerdas? Y a tu gran amigo, el Perezuela, arrancándole los pezones, y a todos los bárbaros destrozándolas por dentro y por fuera. De eso no me voy a olvidar nunca.

—No sé qué te has tomado, de verdad, cabrón, pero deja de decir todas esas gilipolleces o te daré otro puñetazo.

—Voy al baño, necesito lavarme la cara.

—Sí, por supuesto, pasa aquí, al aseo, y si quieres, en la estantería hay un poco de coca. Creo que necesitas relajarte. Tómate una rayita.

Entonces, el flojo, el débil, el poca cosa, el señor Nobody se arrastra hacia ese minúsculo cubículo llamado aseo, se mira en el espejo, observa lo poco que queda de aquel hombre que fue, no puede ni sonreír a su reflejo, saca su teléfono móvil Samsung S7 y pulsa la tecla roja con un cuadrado negro. Stop. Y para la grabación. Acto seguido la comparte en su Facebook. Millones de usuarios en red la escuchan y la comparten. Su mujer, sus hijas, sus amigos, sus empleados, todos perplejos.

Y después, después abre la ventana de aquel aseo minimalista y se tira al vacío.

*********

*Esta historia es pura ficción. Cualquier coincidencia con la realidad será un despropósito del  azar.

Olga Ruiz Trinidad.

Flash forward

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Relato reflexivo corto

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Olga Ruiz Trinidad. La ilustración con propiedad de Verónica López. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Flash forward.

La muerte es una vida vivida. La vida es una muerte que viene.
Jorge Luis Borges. 1899-1986.

La muerte me ronda. A ratos creo que me va a llevar al otro lado cogiéndome de los pies y dando un tirón. A ratos se muestra sumisa: me habla bajito, al oído, y me confunde. ¡No existes, vete, vete, hoy todavía no!

Me han incoado en un procedimiento propio y único. Dicen que tengo grandes zonas calibradas de interés cultural. La enfermera me mira y sonríe. Yo sé cuánto esfuerzo hace cada día por parecer tranquila. Ella es mi mujer. Me anima, me abraza, está ahí. Sólo eso: está. No te preocupes tanto. En realidad, te mueres cada día, justo después de comer, unos quince minutos. Y esboza una sonrisa. No puedes perder el sentido del humor.

Por aquí arriba en la cabeza tengo bosques de eucaliptos bajo mis pelos. Inmensos microcosmos llenos de bacterias que sobreviven comiéndose la piel. En el pecho ha surgido la nueva reserva del Río Tinto. Fluye caliente a ratos entre sollozos sin lágrimas ya. No te preocupes, amor, hoy todavía no. Quiero decírselo, pero no puedo: no tengo lengua, no tengo boca, no tengo garganta. Quiero decir muchas cosas a mucha gente. Pero he elegido hacerlo en un momento crítico en el que mi naturaleza me ha dado la espalda.

Ahora me comunico con una pizarrita de niños en la que escribo con tiza frecuentemente: No llores. Pero todos lloran… Primero me trajeron un ordenador con una e-pizarra y vi que podía escribir y grabar mensajes que siempre repetía. Durante las visitas. Bien. Al pulsar la b, texto predefinido, automáticamente: bien.

No cabe duda de que morirse es un destino esperable, pero no hace falta marcharse de aquí con tanto dolor. Yo hubiera deseado dormirme para siempre y no sufrir. No sufrir mi dolor, que es muy grande, sino el dolor de los que me quieren.  Yo también lloro mucho, a solas. Cuando creo que nadie me escucha, me desahogo. Pero las lágrimas escuecen mi pecho y todavía siento más dolor porque no brotan para fuera, sino para dentro.

Hablo en sueños, para que sepan que todavía no he muerto. Lo potente que es el subconsciente. Palabras sueltas, algunos sinsentidos o co-razones de existencia:

Protección cautelar. La nieta.
Licencia para habitar. El testamento de mi hijo.
Efectos colaterales. ¿Qué será de mi mujer tan joven y bella?
Indemnizables los perjuicios. Yo no quiero, pero lo harán.
Suspensión de licencia. El médico se equivocó.
Mi ruina es una realidad histórica. Error tras un juicio previo.
Deber de conservación del propietario. Donaré mi cuerpo a la ciencia.
Colectividad. No quiero admitirlo.
Acto de contenido imposible.
Manifiestamente obligado a la expropiación. De mi yo, de mi materia, de mi hoy en vida.
Medidas de garantías. Ya no hay recursos suficientes.
Todos nos consideramos los indispensables en un hogar. No hay nadie insustituible. Todo pasará.
Criterio de mínima intervención y la máxima garantía. ¡Mierda para todos!
Principio de restitución. Lo único irremplazable es la vida.
Día internacional del Despojo. Instáurenlo.
Todo lo aséptico que me rodea me obliga a sentirme cobaya.
Las dobles listas, esperas en hospitales, amorales.
El fondo, la superficie está sucia. Limpia y encontrarás.
El patrimonio inmaterial. Dejaré mis libros, mis poemas, pensamientos, etc.
Expresiones culturales. No di para tanto. Ni mucho menos.
El elemento humano: el miedo. No sólo existe dentro.
El húmedo, tenebroso y resonante corazón palpita aquí, y me aprieto con la palma izquierda el pecho. Todavía…

Resplandor devoto de una luz, la luz de la candela que no pudo ser sol. Y el sol seguía existiendo fuera, ajeno a todo siguiendo su propio ritmo.

Color áureo. Faz de la luna pálida y sobrenatural. He decidido estar para crear. Volver. Despierto.

Sea como sea, me muero quince minutos al día por culpa de las pastillas justo después de comer. Es el único momento  en el que cualquiera que me viese podría pensar que ya es un hecho la presencia inerte de mi cuerpo. Pero despierto cada tarde a las cinco y cuarto.

Luego escribo, ordeno y organizo muchas cosas, en la pizarrita, porque como ya les dije, no puedo hablar. Mi secretaria lo transcribe en el ordenador. Y todo fluye con cierta coherencia… Una vez a la semana me llevan desde mi casa hasta el hospital para las revisiones. En el camino, inevitablemente, circundamos el cementerio. Hoy queda un día menos…

Cada vez estoy más resignado y tengo menos miedo. Supongo que todo este tiempo ha sido un regalo para asumirlo todo y dejar todas mis cuentas pendientes al día. La muerte, al final, siempre gana, es lo único capaz de ganarme. Pero hoy todavía no.

Ilustración de Verónica López

Olga Ruiz Trinidad

El espíritu del viento tiene nombre de mujer

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Relato Fantástico-Dramático

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Olga Ruiz Trinidad. La ilustración con propiedad de Sonia del Sol. Quedan reservados todos los derechos de autor.

El espíritu del viento tiene nombre de mujer.

“La soledad agradece mi lamento

y baila conmigo en el páramo

soy su leve idolatría

sobre mí viaja el oxígeno que respiras

¿Lo ves?

Viento soy… y tú eres mi destino.”

José Cercas, extracto del poema A alguien que me llamó viento, de su libro Oxígeno.

—Ven conmigo, no te arrepentirás. —La chica del pelo azul y ojos ultramar me tendía la mano para acompañarla en su lancha. Nunca la había visto pero su ofrecimiento me pareció inoportuno, inesperado y me dio vértigo—. Venga, no te lo pienses más, anda —insistió animosa.

Estaba sentado en la playa al atardecer, reflexionando sobre qué cenar aquella noche, esperando a mi madre en el universo de las luces todavía apagadas de aquel cielo rosa, escuchando el viento y tragándome cientos de culpas como sapos. Me incorporé, me miré los pies descalzos, metí la mano en los bolsillos y conté el poco dinero que tenía. Si era el momento de tomar la decisión, no debía dudar.

—No te preocupes. No tengas miedo.

—Yo no tengo miedo. El que no tiene nada que perder ya nunca siente miedo.

—Pues venga. —Abrió la mano derecha y me ayudó a subir a la lancha motora. Luego me dio un chubasquero rojo y un chaleco salvavidas amarillo con una banda fluorescente—. Póntelo —me ordenó.

Era la primera vez que me ponía ropa así y me costó un poco ajustármela y sentirme cómodo. Luego miré alrededor. Había una pequeña nevera con agua, dos bidones de gasolina y un mar por delante.

Durante dos horas estuvimos navegando rumbo adentro. La sensación de sentirse rodeado de agua por todas partes era sobrecogedora. Yo nunca había estado tanto tiempo sin pisar tierra firme y comencé a sentirme mal, sentía frío y sudor en la cabeza y las manos, me temblaban las tripas como si tuviera el gusano de guinea dentro de mí. Sólo pensarlo me provocó la náusea en dos ocasiones. Después, como por arte de magia, el cuerpo se me estabilizó. La chica tenía unos ojos grandes del color del horizonte, en esa línea donde convergen cielo y mar, y la piel morena. No podía concretar de dónde era originaria, pero hablaba perfectamente mi lengua krio. Así que eso facilitó mucho las cosas.

— ¿Cómo te llamas? —me preguntó sonriente al cabo de un buen rato en el camino.

—Douda Adama.

—Ese nombre no es senegalés.

—No. Realmente yo no soy de aquí, estaba de paso, soy de una aldea pequeña cerca de Magburaka al norte de Sierra Leona. Es una historia muy larga.

—No me importa, tenemos mucho tiempo por delante.

—¿Dónde vamos?

—A una isla llamada Palma.

—¿Está muy lejos?

—No, está cerca. Si mis previsiones son las adecuadas, tenemos que aprovechar la contracorriente canaria, que hoy se dará durante la noche, para ser impulsados, y un poco del viento del Sáhara para llegar a nuestro destino con gasoil suficiente.

—Y tú, ¿quien eres? ¿Por qué me ayudas?

—Ni te lo imaginas. Aunque te lo explicara, nunca lo entenderías.

La chica sacó unos bocadillos y nos los comimos en silencio. Ella no quería hablar y yo estaba cansado y tampoco me apetecía mucho ni hablar ni comer. Hubo un momento que sentí ganas de orinar. Me dio vergüenza decírselo, pero ella, anticipándose a mis pensamientos, al ver que me tocaba la entrepierna, me alertó:

—Ni se te ocurra mear por la borda. Tendrás que hacerlo dentro de esta botella de plástico. —Y me la tiró a la cara.

De pronto sucedió algo inesperado. Un viento comenzó a empujarnos por la popa. La chica se rió.

—Aquí estabas, maldito Berg Winds, te esperábamos.

El viento azotaba la embarcación y yo me sentí cada vez peor por los pantocazos de la proa donde iba sentado justo enfrente de la chica que manejaba el timón. Era pleno agosto y ya se había cerrado la noche, por lo que deduje que serían más de las once. La temperatura subió progresivamente hasta los 48 ºC en menos de media hora. No se podía respirar. Estornudé varias veces y ella me indicó:

—Tienes que protegerte. Yo seguiré aquí, sujetando el timón.

—No veo nada.

—No hace falta. Túmbate, ponte la capucha del anorak, sujeta este trapo en la cara y respira a través de él, pronto llegará la calima en suspensión. ¡Agáchate ya, hazme caso o morirás!

—¿ Y tú?

—Tranquilo, estoy acostumbrada.

A mi dolor de barriga comenzó a sumarse el calor. Mi cuerpo sudaba por todas partes. Mares de toxinas emanaban de mi piel y creo que me desmayé dos o tres veces bajo la manta con la que me cubrió. Temía salir de aquella madriguera y morir. Pero el sonido del motor de la lancha me hacía pensar que todo iba bien. La chica del pelo azul me hablaba de vez en cuando para tranquilizarme: Sigo aquí. Todo bien. No mees. No levantes la manta. Cierra los ojos y sueña. Sueña con tu familia, con las estrellas del universo, con tu madre, tu hermana, tu novia o algún amigo fiel. Sueña…

Era imposible soñar, más bien tuve millones de pesadillas. Debí de hablar durante mi delirio, quizá pensé y dije muchas cosas que sólo se pueden pensar y decir cuando uno cree que morirá pronto. Ignoro el tiempo que permanecí oculto bajo la manta. Pudo ser un día, dos, tres… Allí estuve lo más inmóvil posible para no gastar energías. Cuando por fin decidí arriesgarme, enloquecido por la sed y al límite de mis fuerzas descubrí que estaba tan débil y anquilosado para realizar cualquier movimiento que mis extremidades no me respondían.

—Quiero salir. Necesito salir —intenté gritar reuniendo todas las fuerzas que pude.

Ella levantó la manta con mucho esfuerzo, pues estaba aplastado literalmente por kilos de arena, y la tiró en el océano. Luego, sonriente, me ayudó a incorporarme.

—Vaya, ha sido muy duro. No pensé que lo conseguirías… Pero has sido un valiente, un muchacho muy valiente.

Me dio un poco de agua que bebí a pequeños sorbos y luego me advirtió sobre la llegada de la lluvia:

—En agosto sólo llueve un día y será hoy por la tarde. Aquella noticia me alegró bastante. Pero ella no sonreía—. Me has contado muchas cosas y cada vez estoy más contenta de haberte elegido a ti.

—¿Cosas como qué? Déjame beber un poco más —le pedí sujetando la botella de plástico que me retiraba. ¿Elegido?

—Lo de tu hermana gemela, la muerte de tu madre, la venta de los dos a un perverso explotador llamado Kone para trabajar en los cafetales de Guinea, la vuelta a casa para buscar al resto de tus hermanos, tu ingreso en el ejército de Sierra Leona, tu huida al Sáhara y finalmente tu trabajo en Senegal. Lo has pasado muy mal, chico. ¿Qué edad tienes?

—Quince años.

—¡Vaya! Por tu aspecto pareces mayor.

—He visto muchas más cosas en ocho años que tú en toda tu vida.

—No lo dudo. —Pausa incómoda—. Por cierto, ¿quién era Alisi?

—Mi amor, mi único amor y motor de mi esperanza. La conocí en los campos de café. La violaban cada noche los capataces, cada día uno distinto o dos o tres, y luego venía a mi cabaña, se metía en mi catre, me abrazaba por la espalda y lloraba. A veces eran sólo quince minutos, otras casi una hora. Nunca he oído ni oiré un llanto tan triste. Ella era preciosa, la más bella de todas, pero cuando se quedó embarazada y ya no servía para calmar las ansias lujuriosas ni el estrés de los capataces, la mataron. Nunca sabré si el hijo que llevaba en su vientre era mío o no, pero aquello fue la alarma para intentar cambiar de nuevo el rumbo de mi vida. Siento furia al recordar todo esto. Siento un dolor profundísimo.

De repente, al levantar los ojos y terminar de acostumbrarlos al efecto extraño del mar, como de espejismo constante, me di cuenta de que la chica del pelo azul tenía mal aspecto. Su piel se había vuelto tan transparente que casi podía tocar sus venas y sentir el pálpito de su corazón bajo el armazón de las costillas. ¿Podría ser que se estuviera consumiendo, o esa sensación era objeto de una alucinación mía por el cansancio?

—¿Qué te pasa? ¿Te encuentras bien?

—Sí, cuestión de energía. Ha sido extenuante. Tranquilo, estoy bien, en serio, prosigue tu relato sobre Alisi.

—Me sacaba cinco años, pero me amaba tanto como yo a ella. Y sé que hubiéramos sido felices. El día que la asesinaron comprendí que tenía que marcharme de allí porque el siguiente sería yo. Y huí. Todavía me pregunto qué fuerzas planetarias se aliaron conmigo para conseguirlo porque hasta el momento nadie lo había logrado, pero yo lo hice ocultándome durante siete días dentro de un pozo. Luego, en Sierra Leona, volví a buscar a mi padre y a mis hermanos pero ya no estaban. Nadie que yo recordara con tan sólo ocho años parecía estar allí y tampoco nadie se acordaba de mí. Entonces me reclutaron para la estúpida guerra. He hecho cosas horribles que no quiero contar. Bueno, me han obligado a matar y torturar a seres humanos y animales. Muchas noches no puedo dormir. No comprendo cómo pude hacer todo aquello.

—No te sientas obligado a contarme nada. Lo comprendo.

Después hubo un largo silencio. Ella me miraba y esperaba quizás que yo le quisiera contar más. Pero no podía. Aquellos episodios homicidas no eran dignos de ser recordados ante aquella chica buena. Luego abrió la nevera portátil azul y me ofreció algo envuelto en papel de plata que llamaban chorizo. Me supo a gloria. Después, con la tripa llena, se levantó, se estiró y comenzó a hablar sobre la tormenta que se avecinaba.

—Mira, observa el inmenso océano, parece que nada se mueve, todo está detenido en un momento de calma y eso significa que la tormenta será copiosa. Pero, pase lo que pase, no te rindas, ¿entendido? Si muero, no debes tirarme por la borda. Si desaparezco, no debes abandonar la embarcación jamás. ¿Lo has entendido bien, Douda? La embarcación es tu única casa, tu única esperanza para sobrevivir. Entendido, ¿verdad?

Sólo pude afirmar con la cabeza. Y esperar.

A las siete y media de la tarde aproximadamente comenzó a llover. La lancha se llenaba de agua y trabajábamos a turnos para evacuarla. La chica del pelo azul cada vez estaba más pálida y me parecía todavía más delgada, pero seguía sonriendo vital y eso me tranquilizaba. Creo que me abrazó unas cuantas veces, y me besó la cabeza mientras trabajábamos y descansábamos a turnos.

Estuvo lloviendo varias horas, tres, cuatro, quizás cinco y después nos sorprendió el rayo. Nadie puede imaginarse un rayo en mitad del océano. Hasta que no lo has visto por primera vez, no conoces el alcance de la electricidad y sus partículas furiosas. Y la lancha se rompió en dos. Estuvimos un tiempo flotando en mitad del océano. Lo siguiente que recuerdo fue un bichero que me sujetaba el chaleco salvavidas y me subía sobre una lancha de aproximación. Después, a dos personas tirando de mí hacia arriba mientras me agarraban por los brazos. Me depositaron en la cubierta del pesquero. Alguien me lanzó un cubo de agua caliente encima y después me cubrieron con mantas y me hicieron tragar algo redondo y pequeño de color blanco, bastante amargo, para la fiebre. Cuando abrí los ojos sólo vi azul, el cielo azul y ocho caras mirándome alrededor. Aquella fue la primera vez que vi hombres blancos. Me pareció magia pura. Y los segundos se alargaron, ralentizando todo. Absorto por aquella visión, pensé incluso que aquello sería algún tipo de cielo.

—Chico, ¿de dónde vienes? ¿Cómo te llamas? ¿Qué edad tienes?

Me hablaban en una lengua que no entendía, me abofeteaban la cara para despabilarme pero me daba igual. Volvía a cerrar los ojos. Luego me dieron algo parecido a una sopa sin tropezones de pollo o gallina. Y me recuperé un poco más. Cuando ya fui capaz de incorporarme, la vi. La chica del pelo azul estaba entre ellos, pero una ráfaga de viento la convirtió en partículas o subpartículas de tiempo o espacio con gases en suspensión: nitrógeno, oxígeno, dióxido de carbono, neón, agua… Minúsculas partículas flotantes que circularon a mi alrededor y me susurraron al oído: I´m wind, you win. Ese viento se colocó encima de mi cabeza y ascendió en espiral hasta quedar reducido a un puntito azul en medio del cielo.

—Adiós, amiga. Y gracias —le contesté en krio.

Ilustración de Sonia del Sol

Los demás se pusieron muy contentos al ver que acababa de hablar. Dejaron atrás la incertidumbre y comenzaron a sonreír. Me seguían haciendo preguntas, muchas, pero yo no sabía ni qué me preguntaban ni qué contestar porque no les entendía; sin embargo, sonreía y eso les alegraba. Pese al cansancio y al dolor imposible de soportar, tomé una determinación. Quería vivir. Y cada vez que lo pensaba para mis adentros conseguía apretar más mis manos sobre las suyas y eso me agarraba a la vida y les hacía sonreír más.

—Ánimo chico. Te pondrás bien.

No sé si ella existió realmente o fue la excusa para reunir fuerzas y embarcarme en esa aventura. No sé si esto sucedió así o, debido a la acción del rayo, es lo único que soy capaz de recordar. Nunca llegué a la Palma. Me pasé media vida viajando de pesquero en pesquero por medio mundo y conocí a otros que también escaparon como yo de la barbarie de Sierra Leona. No hice muchos amigos, aprendí idiomas y conocí a millones de seres humanos a los que intenté ayudar siempre que pude para pagar mi deuda personal por todo el dolor que fui capaz de causar.

Pero si algo tengo muy claro es que el espíritu del viento tiene nombre de mujer. Ese viento que respiramos inconscientemente, portador de mensajes, de besos tardíos o perdidos, de recuerdos, cargado también de virus y bacterias, incluso; ese viento oxigenado vital para existir y que nos rodea cada día debe contener esencia de mujer, de madre, de amiga, de compañera, tiene que estar cargado de la misma energía cósmica que la mujer capaz de generar vida. Muchas veces recuerdo a aquella chica de pelo azul y ojos ultramar, la que desapareció de mi plano físico, de este que habitamos transitoriamente, porque su esencia regresa cada vez que una brisa cálida o una corriente gélida me acaricia el alma. Y eso es muy fácil en el mar.

Olga Ruiz Trinidad

Queen of Rock

Autor@:

Ilustrador@:  

Corrector@: 

Género: Biografía

Rating: + 18

Este relato es propiedad de Olga Ruiz Trinidad. La ilustración es propiedad de Daniel Camargo. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Nota: Es importante explicar que esta entrevista es mezcla de ficción y realidad. Para evitar confusiones, si se quiere hacer uso de algún dato concreto, se debe contrastar con biografías oficiales.

Queen of Rock.

—Me llamo Anna Mae Bullock y nací en Nutbush, Tenessee, en el año 1939. Mi familia cultivaba algodón, recogía algodón, dormía y vivía por y para el algodón. Y yo lo odiaba: el sol picándome la piel, los labios agrietados, las manos arañadas, las hileras interminables de la plantación, y las extenuantes jornadas recolectando las malditas borras blancas. Acres pateados durante catorce horas diarias para conseguir la materia prima más limpia, a mano. En medio de todo, cantaba con la furia de una guerrera, gritaba a la tierra fértil y al cielo, a ratos, incluso aullaba. Así fue como comenzó todo: desde el fondo y con la rabia por bandera. Una mañana llené una maleta diminuta y subí a un carromato que circulaba por la antigua autopista 19. Había pensado tanto en ello que cuando me marché  no sentí el más mínimo remordimiento. Me hice una promesa: nunca más volvería a pisar esos campos pasara lo que pasara.

»Mi primer destino fue San Luis. Allí no tardé en matricularme en el Summer High School y comencé a cantar en pequeñas cafeterías y clubes nocturnos, de esos en los que de vez en cuando un negro le da un botellazo en la cabeza a otro. Lugares donde se gestaban leyendas urbanas como aquella que explicaba cómo a uno le habían cortado el pescuezo mientras meaba. ¿Sabes de qué hablo?

Moví la cabeza y seguí apuntando todo.

—Trabajar de noche en los clubes era peligroso, y sobre todo si vendían alcohol después del cierre, que era en la mayoría de los casos, intentaba que me escoltara a casa algún compañero de la banda. De San Luis no recuerdo mucho más que el ambiente nocturno. Cuando llegué era una ciudad en expansión, con rascacielos y gente viviendo en eso que llamaban manzanas de pisos. Muy ortogonal en cuanto a planeamiento urbanístico, muy evidente para pasear y situarse. Pero sobre todo, con unas maravillosas puestas de sol. Eso sí que lo recuerdo de una forma muy especial.

»Sucedieron muchas cosas en aquellos primeros años: contratos como cantante, compositora, bailarina y actriz. En general, espectáculos de poca monta, lo justo para empezar. Fue precisamente en el Club Imperial donde conocí a mi futuro marido Ike, con el que empecé a cantar a los dieciocho años en nuestro propio dúo. Éramos tan jóvenes y teníamos tanta vitalidad que no era extraño que actuáramos todos los días a cambio de un alojamiento lo suficientemente digno. Cuestión de ilusión y de amor, porque en aquellos días nos amábamos de lo lindo; podíamos pasarnos todo el tiempo debajo de las sábanas, sin comer, abandonándonos  locamente… En fin —gesto resignado—. Ike era muy temperamental y, sobre todo, mucho más decidido que yo, y eso ya era mucho decir. En el año 1960 presentamos nuestro primer sencillo, A fool in love, que fue un éxito de ventas en el mercado estadounidense y europeo. A partir de ahí, todo parecía sonreírnos. Éramos jóvenes y ganábamos mucho “money”. —Se ríe y ladea la cabeza atusándose el pelo.  Entonces coge una fotografía en blanco y negro con la mano derecha—.  Guapos, lo que se dice guapos, no éramos, pero lo compensábamos con nuestra puesta en escena  y el espectáculo rítmico de nuestras actuaciones. Nadie que nos conociera en aquella época podría decir lo contrario. ¿Sabías que en los primeros conciertos la gente estaba sentada?

—No, no tenía ni idea.

—Pues sí, pero cuando empezamos nosotros, no podían reprimirse y terminaban sobre las sillas de madera gritando, saltando, sudando, y algunos, los del fondo, incluso metiéndose mano. Madre mía, ¡qué tiempos!

»Un poco más tarde compusimos temas mucho más rockeros como Come Together, Honky Tonk Woman y I Want to Take You Higher. En general, el público no estaba acostumbrado a nuestros directos. Eran orgásmicos, incluso obscenos (según algunos medios conservadores y algo reprimidos). Yo sí creo, y viéndolo ahora con cierta perspectiva, que traspasaban la barrera del erotismo. Tuvimos muchas críticas en esa sociedad todavía un poco inhibida pero en rápida progresión —afortunadamente para mí—. Perdía totalmente el control cuando me subía a un escenario. Era una cuestión de sinergias y ahora no sabría decir quién arrastraba a quién. Ike estaba rebosante de testosterona en aquellos años y durante un viaje a Tijuana (México) en el año 1962, me pidió matrimonio y acepté. Con él tuve dos hijos: Michael y Craig. Y no recuerdo que fuera ni buena ni mala madre. Lo fui en la medida que la vida me enseñó. No podría ponerme buena nota, pero puede que ellos no piensen igual. Tal vez esa pregunta deberían contestarla ellos. ¿No te parece?

Yo afirmo con la cabeza. Llegado a este punto, Tina se sirve un poco de agua en uno de los vasos de cristal de la mesita de fumador, bebe y contesta una llamada de teléfono, para lo cual sale de la sala y se excusa. Al cabo de tres minutos vuelve y continuamos con su biografía.

—¿Por dónde íbamos? —se pregunta—. Ah, sí… En 1971, tras hacer una nueva versión de Proud Mary —¡qué temazo, chico!—, canción originalmente grabada por la banda Creedence Clearwater Revival, ganamos un “Premio Grammy” premio Grammy a la Mejor interpretación de un dúo o grupo de R&B.  Recuerdo la emoción cuando lo recogimos y las palabras nerviosas de una voz que nunca me había temblado. Pero después, sin saber muy bien por qué, las cosas se estancaron. Trabajé en algunas películas e incluso intenté una primera escapada en solitario con mi álbum de debut titulado Tina Turns the Country On en 1974. Intentando recuperar la popularidad también acepté interpretar el papel de la Reina del Ácido  en la película Tommy. Gracias a las críticas derivadas de esta película, mi segundo álbum como solista se tituló  Acid Queen y vio la luz en 1975. No fue mal. Pero, quizás, fue un detonante para Ike: los celos y las drogas le habían ido devorando por dentro. A veces me espetaba: ¡eh, tú, seguro que ya andas por ahí con algún tío que te pellizca los pezones y te saca la minga para que se la chupes!

»Inconfundible… A las malas era un ser cruel y machista. Yo quería que se muriese, lo deseé muchas veces por su propio bien, pero Dios nunca me hizo caso… Habíamos quemado tantas mechas juntos que poco a poco nos estábamos destruyendo. No podía ser de otra manera, todo estalló y nos fuimos a la mierda, eso sí, cada uno por su lado. Fue en el verano de 1976. Casi no hablábamos; sólo una serie de gruñidos en respuesta a mis discretos intentos. Ike fue protagonista de un escándalo público cuando me golpeó y eso derivó en nuestra ruptura y separación legal. Lo cierto es que no era la primera vez, pero hacerlo tan en público y por todo lo alto fue la última. Respecto a nuestras carreras, suspendimos todos los conciertos que estaban previstos para los siguientes meses y, después, yo me lancé al vacío más sola que nunca sobre el escenario, pero a la vez muy arropada por un público fiel. Así que comencé mi carrera en solitario de verdad, no sé si corriendo en dirección a algo o huyendo de algo. Nunca lo tuve muy claro. Pero seguir cantando era mi única opción.

»Luego me dio un poco de nostalgia por mi tierra natal y compuse  —ahora no tengo claro si antes o después del incidente mediático de Ike— Nutbush City Limits (Los Límites de Nutbush), que versionaría de nuevo también en 1991. Una canción —para mí— de las más importantes de mi vida. Quizás fue a raíz de aquello, un poco antes o después, tampoco lo recuerdo muy bien, cuando alguien decidió renombrar la autopista 19 como Autopista Tina Turner en mi honor.

»Repasar una vida en una sola tarde es complejo. Soy consciente de que me olvidaré de cosas importantes que después tú tendrás que reordenar tirando de otras entrevistas, libros y películas, pero vamos, que tienes material suficiente para este pequeño curriculum que quieres presentar a tus compañeros de Ediciona; merecerá la pena el intento, ya verás. Pero realmente no me has contado algo vital: ¿en qué consiste tu proyecto?

Y ahora el entrevistador se ruboriza y es entrevistado ni más ni menos que por Tina Turner… En fin, veamos.

—Ediciona es un proyecto donde se dan cita dos disciplinas: la literatura y la ilustración. Cada dos meses, y a votación de los interesados en participar en la convocatoria, se propone un tema y se realiza el trabajo de la escritura. Trascurridas tres semanas se somete a corrección de puntuación, estilo, forma, etc., y finalmente el ilustrador —en función de la extensión del relato— decide si incorporar una o dos ilustraciones. Después, con todo montado, se cuelga en red para que la gente vea los trabajos y juzgue si merecen la pena o no. Lo cierto es que hay mucha ilusión detrás.

—Mucha ilusión y pocos medios.  Eso me suena… ¿Y os pagan?

—No, por el momento todo se hace por amor al arte. Pero es cuestión de tiempo, todo se andará. Tina, perdona que te tutee, pero, si no te importa, es vital para mí terminar esta entrevista para presentar mi trabajo en plazo y forma.

—No te preocupes, disfruta con todo lo que hagas.

—Sí, pero… es que estamos a 28 de febrero  y no he terminado, y estoy fuera de plazo.

—Bueno, ¿y qué más quieres que te cuente?

—Pues lo más grande que te ha pasado nunca como cantante.

Durante cinco segundos Tina se queda mirando el suelo y retira una pelusa de su botín acharolado. Entonces recuerda:

—¡Sí!, vale. Una cosa para mí muy emocionante. En el año 1990 —lo veo como si fuera ahora mismo y se me ponen los pelos de punta— la imagen del estadio de Maracaná en Río de Janerio con más de 180 000 personas. Creo que superé algún record Guiness, ¡qué más da eso ahora! ¡Qué estupidez!

—No, no fue ninguna estupidez —apunto—, fue glorioso.

—Lo mejor de las actuaciones es el vértigo de poner el pie derecho en el escenario y avanzar hacia el centro para mirar a tu público y sentir su calor. Eso es electrizante. Mira, ¿ves? —Y estira el brazo para que pueda observar su piel de gallina.

Ilustración de Daniel Camargo

—Bueno, si te parece, ya para ir rematando añadiré también que has vendido más de 200 millones de álbumes.Durante 2008 y 2009 abandonaste tu semi retiro para recorrer el mundo con tu gira Tina!: 50th Anniversary Tour, que se convirtió en uno de los más rentables de la historia del espectáculo.

—Efectivamente.

—Tus composiciones, grabaciones e interpretaciones te han hecho acreedora de diversos galardones y reconocimientos, entre ellos nueve  “Premios Grammy” premios Grammy. Tu nombre se halla en el  Paseo de la Fama de Hollywood. Fuiste nombrada por la revista Rolling Stone como «una de las más grandes intérpretes de todos los tiempos», y te colocaron en el puesto número 17, superando a músicos como Michael Jackson y Prince, entre muchos otros.

—¿Sí? Eso no lo sabía. Vaya, gracias por el dato, pero sé que Michael y Prince son grandes entre los grandes. Lo cierto es que sí quiero añadir algo ya para finalizar. Sólo espero que me recuerden por mis energéticas actuaciones en vivo, mis estrafalarios atuendos, la fuerza de mi voz y mi trayectoria musical. Y por encima de todas las cosas, quiero que me escuchen cantar con la misma furia con la que lo hacía con tan sólo quince años en los ya lejanos campos de algodón. —Y mirándome muy fijamente a los ojos añade—: No importa de dónde vienes, chico, sino a dónde quieres ir.

Y hasta aquí. Se levanta, se quita el micrófono, la petaca, los lanza sobre el sofá y me pregunta:

—¿Nos tomamos una cola Royal Crown con un chispazo de whisky?

No tengo ni idea de qué es eso ni de dónde lo pudo adquirir, pero contesto: afirmativo.

Olga Ruiz Trinidad