47ª Convocatoria: Error inventado

Error inventado.

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Ilustración de Susana Rosique

No nos gusta errar. Obviamente el error no es deseable, ni ideal y, sin embargo, sucede.  Y desde el inicio de los tiempos, e incluso a los Dioses: Epimeteo y Prometeo y al ángel Luzbel. Así que, si le ocurre a lo divino, ¿cómo no les va a pasar a los humanos?

Pero si algo nos cuesta todavía más que errar, es reconocerlo de forma pública y manifiesta, en cuyo caso tenemos dos opciones: optar por la humildad inmensamente desconcertante y triste, o por otra postura más orgullosa que es disfrazar el error. Es humano también ese instinto de protección.

Esta convocatoria de Surcando Ediciona es altamente inflamable porque hablar de errores «inventados» lleva aparejada la intención de minimización de daños colaterales y ciertas expiaciones propias. O no… Todo es posible. En realidad, ¿qué es correcto, acertado o verdadero si nuestra realidad es la gran falsa del espectáculo?

He encontrado un término en internet que me ha gustado especialmente y que voy a recuperar en esta intro:  El «errorismo» definido como una palabra acción, una filosofía de vida. La experiencia del error es la experiencia del conocimiento. El error educa, transforma y revoluciona.  Escribí esta frase hace años: «Los errores, las mejores flechas del camino» porque, en mi caso, si algo he aprendido es a abrazar el error como un elemento de guía y crecimiento y que tiene que ver, desde esa acción primigenia, con el acto de atreverse a dudar.

Pero inventar el error es otra cosa, es una mentira, una falta de respeto al resto de seres humanos y una forma de burlar al karma. Los errores de un árbitro pueden modificar el resultado de un partido, o los errores de invención en un juicio pueden dejar absuelto a un corrupto, los cuales, aunque se cometerían de forma involuntaria, producen un beneficio o disminuyen un perjuicio. Los errores involuntarios pueden ser causados por distintas razones: ignorancia, confusiones, prejuicios, distracciones, etc. En cualquier caso, un error inventado, para considerarse una mentira piadosa, deberá tener como ingredientes fundamentales, a mi juicio:

  1. Que sea creativo
  2. No dañino
  3. Que esté basado en el amor
  4. Autosuficiente
  5. Mejore o aporte algo beneficioso a la especie
  6. Independiente

Si crees que esto es imposible, date un paseo por los relatos e ilustraciones que han hecho mis compañeros, que son todos unos pedazos de artistas, basados en este tema. Déjate sorprender. Una convocatoria muy reflexiva. Seguro que la disfrutarás.

Por Olga RT, @Principio0

Cadena de errores

Autor@: Olga Ruiz
Ilustrador@: Rosa García
Corrector@: Mariola Díaz-Cano Arévalo
Género: Relato Ficción
Rating: +13 años
Este relato es propiedad de Olga Ruiz. La ilustración es propiedad de Rosa García. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Cadena de errores. 

Toda crisis es una oportunidad, un comienzo. Y hay que ser hábil para saber adaptarse al cambio. Yo, para eso, siempre he tenido mucho olfato. Así que mi nueva empresa se llama Roofbreaker. Sí, sí, un emprendimiento curioso y muy práctico también. Me explico: soy contratada por mujeres. Trabajo solo por y para sus intereses y mi encomienda es demostrar que sus maridos son infieles para proceder a un divorcio presionado y con ventajas a su favor. En realidad, yo no me considero una rompematrimonios —eso, evidentemente, ya está roto, si no, no me contratarían—, lo que rompo y dinamito es el techo en el que pretende seguir durmiendo el infiel que vuelve a casa como si nada

No fue un camino fácil, todo hay que decirlo, pero era una decisión muy firme la que tomé, así que durante más de un año estuve montando la estrategia empresarial para publicitarnos y, después, para conseguir clientas anónimas y generar la expectación del boca a oído. Mis primeras clientas salieron de la esfera política, diplomática y cultural del país, siempre usando canales muy discretos cuyo detalle no puedo poner aquí sobre el papel.

Empezamos tres amigas. Yo con el soporte base y la cara visible, Marta, que hacía las bazas de investigadora privada, y Ana, que hacía las veces de loca de la colina que se metía en todos los líos. Tras un estudio exhaustivo de redes y perfiles, empezamos a trabajar en mi imagen, una imagen discreta y absolutamente inadvertida. Una cara bonita, estatura normal, complexión media, no fumar, no beber, un discurso inteligente, no hablar demasiado ni cuestionar mucho las opiniones de ellos, una bonita sonrisa, buenas tetas y buen culo. No es necesario mucho más. A veces rubia, a veces morena, en función de los gustos del sujeto en cuestión. Pero sobre todo una chica digamos, en apariencia, normal.  No lo he dicho todavía, pero me llamo Carolina, Minerva, Penélope, o como ellas decidan, esto es un detalle que siempre dejo en sus manos porque saben cuál les llamaría más la atención a sus desamores. En realidad, mi verdadero nombre es Milagros. Pero eso no vende.

Estuve viendo todos y cada uno de los vídeos de YouTube donde se hablaba de: ¿Qué buscan los hombres? ¿Qué quieren los hombres? ¿Cómo dejar a un hombre con más ganas de ti? ¿Cómo conseguir que un hombre muera de amor? ¿Qué decir a un hombre para resultar interesante? ¿Qué no decir? En fin… Me volví una verdadera fanática de alguna/os gurús de la red en cuanto a convertirse en una experta en hombres a todos los niveles. Este tiempo, en realidad, de aprendizaje no fue todo lo fructífero que yo pensé en un principio. Estudiar cada estereotipo es mucho más intenso e interesante y para ello, por supuesto, tengo una aliada sin igual: su propia mujer. Ella es la que me da todas las pistas de las cosas que le gustan o le gustaron a su querido desamor: música, gastronomía, cultura, fotografía, pintura, deportes, viajes, aficiones, prototipos de mujeres, horarios para el sexo, etc. Ahí es donde está el verdadero valor de las relaciones humanas, en el análisis de la información previa. Por eso, es fundamental estar en contacto con mis «mujeres» al menos un mes antes del primer encuentro con las víctimas. Muy necesario este proceso de recopilación de información.

Después trabajé mi lado más espiritual y psicológico. El gabinete también tenía que preparar a las mujeres a la hora de irles suministrando la información una vez iniciado el servicio real y conseguir que no pusieran todo patas arriba en el proceso con una crisis de celos. Así que ese tema tenía que quedar perfectamente controlado desde el minuto cero. Las servíamos de estrategia como clase de yoga, pilates o psicoanálisis y los servicios se cobraban por sesión desde un mes antes de empezar a trabajar con ellos. Todo calculado, un ingreso por sesión en la cuenta a nombre de  SoftBody, que era la empresa pantalla, y todo arreglado.

Siempre había excepciones. Hay tipos que no confían en sus mujeres y no tienen sus cuentas en gananciales. En estos casos nuestra abogada nos aconsejaba la firma de un acuerdo previo e ir haciendo abonos a cuenta durante el proceso para la gestión de gastos mínima y, al final, liquidar una vez que ella hubiera recibido su parte económica de la liquidación de gananciales. O la compensación económica. Para ello, nuestra abogada servía también de abogada en su juicio en caso de no llegar al correspondiente acuerdo de divorcio. Todo estudiado para dar la mejor cobertura y para garantizarnos todos los ingresos. Que en este negocio, como en todos, no puede quedar ni un fleco suelto. En fin, que todo debía quedar perfectamente pactado y firmado.

Curiosamente, nunca se ha dado el caso de abortar ninguna misión. Y tampoco de no recibir mi salario. Las mujeres solemos ser, dadas las circunstancias, empáticas y agradecidas.

Solo hay dos cuestiones bastante complejas de explicar. La primera es que, una vez iniciado el proceso, ya no hay vuelta atrás. Así que, pasara lo que pasara, debían permanecer calladas. Y ahí es donde hacíamos mucho hincapié. En eso y en la necesidad de que no podrían volverse a enamorar de él porque eso reventaría todo el proceso. Y la segunda, que por mi parte, nunca, por nada del mundo, se produciría un encuentro sexual pleno. Porque para eso ya estaba la chica loca deseando liarla parda en cualquier situación.

Pero como en todas partes, no puedo decir que mis «clientas» fueran siempre trigo limpio. En realidad, me di cuenta de que, a veces, las infieles eran ellas, y que solo querían divorciarse y hacer sentir culpables a sus maridos. Ese punto siempre es una ventaja a la hora de conseguir mejores acuerdos de divorcio. Sí, sí, puedo parecer una «mierda» visto así, pero ya irás comprobando que no, que las cosas tienen siempre otras miradas. Al final, un negocio es un negocio, y si eso sucedía una vez iniciado el tema, pues la verdad, tenía que conseguir su finalización satisfactoria a toda costa porque si no, no cobraría la liquidación, que siempre era la parte más sustanciosa del contrato. Este tipo de casos me daban bastante asco, la verdad, pero… eran las lentejas de casa. Y cuando la rueda ya había empezado a girar, imposible pararla por los recursos económicos y de tiempo invertidos.

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Sí, las ofertas me llovieron rápidamente. La verdad, no sé si ha sido suerte, pero por el momento, siempre lo hemos conseguido, así que esta bola crece cada día más y más. En menos de un año, somos seis en la plantilla. Y os aseguro que con muchos ingresos.

El trabajo de campo suele ser de una semana. En siete días da tiempo suficiente a ligarse a un tipo y llevárselo a la cama. Pero hay, al menos, un trabajo de uno o dos meses previo donde se escucha a la mujer y se le hace un seguimiento a él para conocer sus horarios y rutinas. Así que, en el más optimista de los casos, en mes y medio, tenemos el «techo roto». Qué gustazo me da pronunciarlo con una gran sonrisa cuando los planes salen bien.

Y ahora la pregunta del millón… ¿En qué basamos el método? En algo que hemos llamado «cadena de errores». Sí, lo habéis escuchado bien. ¿Pensáis que las cosas pasan por casualidad? Oh, el universo no es ni mucho menos tan generoso. Hay que salir a buscar la suerte. Piensa en todas las veces que has estado cerca de creerte la jodida frase: «Todo lo bueno te busca, todo lo que está para ti te encuentra». Y piensa también cuántas veces pudo ser verdad que no fuera una casualidad y sí un error inventado. ¿No te han llamado alguna vez preguntando por otra persona a las doce de la noche? ¿No te han felicitado por tu cumpleaños cuando no lo era? Estúpido, ¿verdad? Que una mujer aparece en tu ascensor con un problema de tacones y un vestido de fiesta y una borrachera increíble hasta el punto que tienes que acompañarla hasta su casa… —el efecto indefensa y frágil da mucho juego—. ¿O que de repente aparece una chica en la cafetería donde vas todos los días justo a la misma hora que tú en el mismo sitio que tú y dice que si le puedes pagar un café porque le han robado y te pide el teléfono para poder darte las gracias en otro momento porque, ahora, con los nervios es que no sabe ni lo que hacer? ¿O que una nueva vecina saca de paseo a su perro a la misma hora que tú? Error exacto perfectamente controlado.

Encontrar el nexo de conexión, como ya os he comentado, es difícil, porque cada ser humano es un mundo, sin embargo, todo parece más casual cuando tenemos información de primera mano directamente de la mujer. En realidad, ella también está trabajando para nosotras. Ella es la mejor empleada sin saberlo.

Una vez que se produce el primer contacto y se ha conseguido captar la atención es todo más fácil. Intercambio de teléfonos. Conversaciones subidas de tono. Un par de fotos insinuantes y puedes volver loco a cualquiera que tenga ganas de jugar un poco.

Al tercer día desapareces sin decir ni mú.

Eso, desgraciadamente, los vuelve todavía más locos y adictos a ti, y al cuarto día vuelves agradeciendo su cariño, ya que has estado enferma.

Pero como estructura base esto está bien, solo es cuestión de limar detalles en cada caso. Y después, la esperada cita, la esperada cena a la luz de las velas. Y dejar al cazador que, poco a poco, vaya cazando la presa sin que aprecie que el cazado es él.

Lo que viene detrás no importa mucho. A veces me lanzo a la piscina y disfruto un rato, a favor de las fotos que nos hará la loca de la colina desde cualquier ángulo.

Y, sobre todo, en el caso de que me busque o me llame, hay que negarlo todo. Y dejar constancia de que debe ser la loca de su mujer quien ha hecho todo eso.

Que no tengo ni idea de nada, y que si vamos a empezar con todos esos rollos, que lo siento mucho, que yo no quiero una relación así de tóxica.

Pobre vida… sin amante, sin mujer, con un divorcio millonario por delante.

¡Pobre hombre!

Quizás algún día la vida y su karma me pondrán contra las cuerdas y conoceré al peor de los obstáculos llamado amor. Por el momento, me conformo con mirar la puesta de sol desde Ibiza y disfrutar de un buen gin-tonic mientras me bronceo pensando en que ese, sí, el moreno de ojos verdes que está delante de mí, ya está mirándome y sonriendo. Mi próxima víctima preparada. Y yo a punto de dar el siguiente paso: tropezar con mi pañuelo blanco y aterrizar en sus piernas, previo mojado de mis pechos con el copazo. ¿Creéis que es fácil? Pues no. Os animo a intentarlo. Tiene muchas normas. Y el equilibrio personal no es algo cuestionable. Mi paz no se menea por estas minucias. Este digamos que es un mafioso italiano, bastante machista, dicho de paso. Ya he tenido alguno así. Fácil. Fácil.

Si entra en juego la duda, hay que salir de escena y dar paso a la opción dos, la loca de la colina, pero esa opción por el momento no se ha dado. Quizás porque observo mucho antes de tomar acción.

 En los últimos tiempos no paro. Creedme si os digo que cada vez son más las mujeres que optan por mis servicios. Y la verdad, yo encantada. Mejor que vivan solas que bajo una mentira de vida happy junto a un hombre que las engaña cada dos por tres. Así que, si quieres contratarme, ya sabes dónde estoy. Eso sí, los honorarios se fijan en función de la dificultad. Los hombres inteligentes son difíciles. Y, por supuesto, requieren más tiempo de estudio.

Cualquier duda, a mi buzón de contacto. Buscadme en internet: https:// roofbreaker.es. Estaré encantada de ayudarte. Y no lo dudes, este será el mejor negocio de tu vida.

Olga Ruiz
Julio 2021

36ª convocatoria: El Futuro

El futuro.

Ilustración de Paloma Muñoz

Futuro es…

Había noches en las que no dormíamos del ansia que teníamos de escucharnos y sentirnos. En la cama, o en el sofá, imaginábamos millones de historias. Esta fue una de ellas.

—¿Qué te sugiere la palabra futuro? —me preguntó.

—No sé, es algo que no me preocupa mucho. He aprendido a vivir el presente —respondí.

—¿Pero no tienes metas, no te interesa trabajar para llegar a algún sitio?

—Yo ya estoy en el mejor de los paraísos posibles cuando estoy en tus brazos, me sobran todos los futuros.

—Venga, va, tesoro, hablemos en serio…

—¿Te vendrías a vivir conmigo, querrías que nos casáramos, que tuviéramos hijos y formásemos una familia maravillosa?

—Pues no sé… A veces creo que todo eso está tan valorado y estereotipado que me da mucho vértigo no estar a la altura de lo que se espera y me parece más cómodo ni siquiera intentarlo.

—¿Pero a la altura de qué? No arriesgar, no ganar… Resignarse con lo que tienes es un sentimiento de cobardes o de víctimas del sistema.

—No, simplemente me salgo de los moldes, de lo que la sociedad espera de nosotros.

—Bueno, en realidad somos seres libres, no casarse es una opción como otra cualquiera, no tener hijos es otra opción. Dicen que las personas más inteligentes ni se casan ni tienen hijos. A mí la verdad es que me hacía ilusión… —dijo resignado.

—Anda, pon algo de música y tráeme un gin-tonic. ¡Esto no lo podríamos hacer si tuviéramos hijos!, o tendríamos que esperar a que estuvieran dormiditos —le animé sonriente—. Oye, de todos modos, ahora que lo pienso, tú no estás feliz, ¿no estás bien, así, conmigo, ahora?, me sorprende un poco tu pregunta.

—Me sorprende también tu respuesta. No te creas. Creía que me amabas.

—Y te amo, solo que no quiero casarme, me sentiría atada, como en una cárcel.

—No es atadura ni cárcel. Es compartir con respeto un compromiso de querernos y cuidarnos. Siento que todo lo nuestro es un castillo en el aire. Me gustaría crear una cimentación dura, sobre roca, donde edificarnos juntos. Solo eso, tampoco pido tanto, creo. ¿Sabes, cariño?, he soñado una cosa. De ahí la pregunta del futuro. He soñado que si hubiera un nuevo desastre natural, Noé nos metería en su gran arca como ejemplo del mejor hombre y la más inteligente mujer para ser los fundadores de la nueva Humanidad. Pero ahora entiendo que no estaríamos preparados para una empresa así.

—No creo que haya nadie preparado para algo así. Anda, ven, abrázame, tú eres mi mejor invento y el único recreo posible de mi inmensa humanidad.

—Ya… sí… pero estamos hablando idiomas diferentes. nena. Y creo que no estoy para perder el tiempo.  Me gustaría que te marchases.

Así que se despidieron como dos absolutos desconocidos y se abrazaron por última vez.

Enseguida él abrió su ordenador y se puso  buscar otro amor en una página de contactos. Todo ahora es muy fácil. El amor se encuentra a golpe de clic. Y no sirve porque la gente no se cuida, ni se compromete, ni se valora.

Ese es nuestro futuro: un clic adecuado en el momento correcto.

Olga Ruiz

Vidas cruzadas

Autor@:
Ilustrador@:
Corrector@: 
Género: Relato
Rating: Todos los públicos
Este relato es propiedad de Olga Ruiz. La ilustración es propiedad de Rafa Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Vidas cruzadas.

Ilustración de Rafa Mir

Ilustración de Rafa Mir

Cuando tenía veinte años me dijeron que escribía como Raymond Carver, y ni siquiera sabía parte de mi verdad en aquel momento cuando leí su libro Vidas Cruzadas.

Pues hoy estoy precisamente aquí. En ese punto de intersección donde se cruzan dos rectas, dos vidas, dos almas. Son las siete de la tarde, la cafetería Rojas está esperándome con sus sillones de terciopelo y sus mesas de mármol del siglo pasado. El camarero que tantas veces me ha visto hoy se va a encontrar la sorpresa de ver cómo mi hermana gemela llegará diez minutos antes y se dirigirá a ella como si fuera yo, y se producirá un absurdo debate entre la confusión de ella y la confusión de él. Bueno, estas y otras cosas siguen formando parte de mi estupidez existencial, para que me vayáis conociendo.

Hace veinte años que busco a mi hermana. Yo siempre había pensado que era hija única, pero cuando falleció mi madre me dijo que no. Que ella dio a luz a dos niñas, que incluso tenía una foto de recién parida con las dos en brazos y que me enseñó. Pero que en un momento determinado una de ellas falleció dentro de la maternidad y se supone que la quemaron porque mi madre solo recibió un bote pequeño con sus cenizas que metió en el panteón familiar de Cáceres en una ceremonia íntima muy triste. Nunca se habló de este tema porque nunca nadie conoció a la pequeña. Solo sus padres y ahora su hermana. Y no se quiso dar información a los demás, qué importaba, un ser humano menos en el mundo, nadie la había visto y nadie la echaría en falta. Y querían vivir la alegría de la que sí vivía, o sea, yo, y no convertir su vida  en un escaparate deprimente de culpa andante, como si ella hubiera hecho algo para merecer aquel castigo. Cosas de los pueblos, supongo. Sea como sea, ambos progenitores eligieron el silencio.

Pero yo, que siempre fui una persona inquieta, en el momento que supe de esta situación  decidí buscarme la vida. Coloqué en internet, en la portada de mi Facebook, una composición fotográfica con un evolutivo de mi vida: una foto de cuando tenía siete años con mi primera bicicleta, una a los nueve cuando hice la comunión, otra más a los catorce cuando terminé la EGB, otra a los dieciocho cuando comencé a estudiar en la facultad de Medicina, otra a los veinticinco cuando por fin conseguí tener un novio y estaba yo muy lozana y hermosa, otra a los treinta cuando me casé. Y acompañé las fotos con este texto: “Busco a mi hermana gemela. Contáctame”. Y añadí mi teléfono móvil, evidentemente.

Después me di de alta en varios perfiles de Google+, Instagram, Linkelind, Pinterest, Twitter,  etc. Todo me parecía poco. Usé esos perfiles solo para colgar y distribuir las fotos de mi vida y los mensajes de amor para mi hermana. Reconozco que llevo un año pegando las fotos por todos los grupos que he podido, compartiendo contenidos en todas las asociaciones de víctimas, niños robados, desaparecidos, etc. Ha sido una búsqueda agotadora. Pero ayer, después de todo ese tiempo, una mujer contactó conmigo. Solo descolgar el teléfono fue emocionante. Estaba tan nerviosa, lloraba tanto que ni siquiera la entendía. Me envió una foto por Whatsapp y realmente esa foto me hizo llorar a mí. Después de unos minutos de llanto conjunto me contó que su madre adoptiva, ya muy enferma de cáncer, le reveló toda la verdad justo antes de fallecer hacía unos meses. Supuestamente había nacido en Madrid, de una familia muy pobre que no podía hacerse cargo de ella, y terminó siendo adoptada por un matrimonio de Burgos. Toda su vida había sido lujo y alegría porque esta familia era muy pudiente, ya que eran dueños de una bodega y de una empresa constructora. Pero ahora, al fallecer ambos progenitores ya, se sabía muy sola en el mundo y había sido maravilloso encontrar que la estaban buscando.

Ambas queríamos conocernos. Así que, sin dudarlo, quedamos para vernos al día siguiente.

Y ese era el día, la hora, el lugar, donde dos almitas volverían a coincidir. Quizás para no separarse nunca más, quizás para ser vidas cruzadas. Quién lo sabe.

Allá voy.

Olga Ruiz

Las cartas nunca mienten

Autor@:
Ilustrador@:
Corrector@:
Género: Relato
Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Paloma Muñoz. La ilustración es propiedad de Olga Ruiz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Las cartas nunca mienten.

Lo que dice el título de esta nueva historia es cierto.

Puedo prometerlo y lo prometo.

Hace mucho tiempo una vidente  me dijo que encontraría a un hombre bueno y amable, trabajador y cariñoso con el que formaría una estupenda pareja.

Esto no ocurrió en una galaxia lejana sino en una visita que hice con una antigua compañera de trabajo a una vidente de cartas de tarot. También me desveló que pasta, lo que se dice pasta, no iba a tener nunca. Que viviría más o menos holgadamente pero sin engrosar las filas de los grandes rentistas y tipos con dinero de este gran país llamado España.

Me dijo algunas cosas más, y recuerdo que le comenté a mi compañera que una vez, una gitana  en el  Parque del Oeste de Madrid me paró e insistió en leerme las rayas de la mano.

Yo acepté no muy divertida, pero sí algo curiosa.

Me dijo prácticamente lo mismo aunque añadiendo que mi “hombre” sería rubio y guapo.

Bueno, pues aquí estoy un montón de años después recordando esas anécdotas.

Pero lo más curioso es que yo siempre he tenido interés por la lectura de las cartas del tarot.

Mi abuela materna poseía una antigua baraja de cartas envuelta en un pañuelo de seda.

No quiso regalármelas. Era un poco tacaña y desconfiada.

A mi abuelo no le hacía mucha gracia hablar de ese tema y siempre decía que eso eran gilipolleces de supersticiosos ignorantes.

Total que cuando comencé a trabajar me compré una baraja del tarot de Marsella que es el más conocido o usado por los iniciados.

Y no se me dio mal. Tanto es así que me dijeron y aconsejaron que me dedicara a la lectura de cartas en mi casa o poniendo un puesto en el Estanque del Retiro.

En mi casa recibí a algunas personas. Después de casarme recibí a otras pero algún tiempo después me cansé y mandé a las cartas al carajo.

Bueno, no exactamente.

Aún conservo la cajita de madera labrada en la que  envuelvo  la baraja en un pañuelo de seda.

Hace mucho que ni las saco, ni las miro, ni las leo.

A veces recuerdo aquellos años y me parece divertido e incluso osado porque  daba en el clavo con los aciertos y, por no meterme mucho en camisa de once varas,  no profundizaba demasiado en los asuntos que el interesado me preguntaba.

Supongo que se trataba de una regla de oro del quiromante o quiromántico que es el nombre común.

Conocía las reglas generales de la quiromancia y hasta donde podía llegar.

Había distintas formas de echar las cartas sobre la mesa en un tapete de seda con la orientación adecuada y el ambiente preparado para una lectura tranquila, sosegada y sin interrupciones externas.

Ilustración de Olga Ruiz

Una vez le eché las cartas a un chico que quería salir conmigo. Coincidíamos  en una biblioteca cercana a mi domicilio. Era muy agradable y guapete.

Se llamaba Oscar.

Siempre recordaré su expresión cuando le dije que veía un problema importante tirando a grave en su familia y que estaba relacionado con alguien de la misma.

Le dije que veía preocupación, ansiedad, nerviosismo.

No quería asustar al muchacho pero veía algo malo, muy malo.

Después de aquello no volví a coincidir con  Oscar hasta después de unos cuantos meses, entonces me contó que su madre había fallecido de cáncer.

Me quedé helada y me asusté un poco. Además, me comentó lo de aquella sesión de tarot en la que le dije lo del  problema importante de alguien de su familia.

Me confesó que su madre ya estaba haciéndose pruebas en los días de nuestras quedadas en la biblioteca.

Francamente, no supe que contestarle.

Anécdotas de  mi época de quiromántica tengo algunas más pero  hace ya mucho tiempo de eso.

Tal vez algún día me anime y vuelva a recuperar aquel curioso e intrigante espacio de las cartas de tarot como puro entretenimiento.

No me gustaría dar una imagen frívola de las cartas y de los echadores de cartas, ni tampoco de aquellos que se acercan para que  adivines su futuro.

Hay algo misterioso  en el rito y certero en las predicciones porque las cartas nunca mienten.

Paloma Muñoz
Madrid, 2 de mayo de 2019

34º Convocatoria: Promesas

Promesas.

Ilustración de Olga Ruiz

¿Qué son las promesas?

Las promesas son frágiles como las flores y volátiles como el polen que se lleva el viento, decepcionantes, mentirosas compulsivas, aterradoras cuando te das cuenta de que te enfrentas a la nada, volubles como la vida, solubles como el mal café, inalcanzables…

Las promesas son excusas baratas que se utilizan para no enfrentarse a los errores cometidos, son un aplazamiento a tiempo perdido, la frustración, la angustia, el miedo al fracaso, el yugo, el dominio, la hostilidad, el ansia de mejora, esos niños perdidos que no encuentran el regreso a casa. La represión del capitán Garfio, la deformidad de su mano perdida.

Pero también son nunca jamás, idílicas, maravillosas, insinuantes, efímeras e intensas como la carcajada que provoca el nacimiento de sus hadas. Manifiesto de fe y esperanza, el rebelde cacareo de Peter y sus pensamientos alegres. Aquello que nos mantiene despiertos cuando todo está dormido, nuestro sino, nuestro locus amoenus cuando andamos necesitados.

Esta convocatoria está llena de mil y una noches de mágicas promesas que pueden hacer que alcances heroicamente el cielo o que te estrelles estrepitosamente contra la tierra. Os invito a descubrirlas, atesorarlas y alcanzar con ellas vuestros sueños.

                                                                                                                                Inma Ostos Sobrino

Promesas

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Poesia

Rating: +13

Este relato es propiedad de Olga Ruiz. La ilustración es propiedad de Paloma Muñoz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Promesas.

Y nos prometimos primaveras
con flores, colores,
risas, ilusión y vida.

Pero era verano…
Todo estaba seco.
Sentíamos sed
en las siestas de las cinco…
en nuestros encuentros.
Sudábamos sal…
Solo la noche nos traía algo
de frescor a la voz…

Después llegó el otoño
y se deslizaron
todas nuestras caricias
cuerpo abajo,
buscando los mejores versos.
Nunca viví otoños más bellos.

Y llegó el invierno…
Y un vendaval de nieve
lo arrastró todo.
El agua helada dejó nuestros cuerpos
mojados y paralizados,
congelado el esqueleto.

Y comprendimos que solo es primavera una vez al año.
Y que el ciclo de la vida se completa solo así.
Y que existe muerte en cada vida.
Y vida tras la muerte…
Y nos dejamos llevar por el destino.

Te amaré todas las estaciones de mi vida,
me dijo sonriente.
Te amaré todos los siglos de mis vidas,
respondí, prometiéndome.

Amén.

Olga Ruiz.

Ilustración de Paloma Muñoz

La promesa

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Fantasía urbana

Rating: +13

Este relato es propiedad de Olga Besolí. La ilustración es propiedad de Olga Ruiz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

 

La promesa.

«Nunca te abandonaré, pase lo que pase», le prometió.

Él nunca ha roto una promesa, y esta no iba a ser una excepción. Siempre ha sido un hombre fuera de su tiempo, como chapado a la antigua, de los que ofrecen su brazo como punto de apoyo, de los que creen en el poder de la palabra dada y de los que muestran una voluntad férrea e inquebrantable, ajena a las inclemencias del tiempo. Un hombre de los que ya no hay.

Por eso sigue allí, a su lado, a pesar de todo.

No lo tuvo nada fácil desde el principio. Luchó para convencer a sus futuros suegros —en contra desde el primer instante, nada más saber la noticia— de que él sería bueno para ella, de que no intentaría cambiarla y de que la ayudaría a lograr sus deseos. Pero ellos insistían en que su hija era demasiado joven e inocente para casarse con un divorciado como él y padre de dos adolescentes. El hecho de que ella tuviera solamente siete años más que el mayor de ellos no ayudó en convencerlos de que su amor era genuino, verdadero y entregado, capaz de traspasar todas las barreras y sortear todos los obstáculos que se presentasen en el camino.

Y su amor por ella ya ha cruzado todas las fronteras inimaginables.

La diferencia de edad no consiguió separarlos, ni la de razas ni la económica, ni la social, ni siquiera la ideológica. Convivieron transformando todo aquello que los distinguía en un motivo de admiración, y todo aquello que podía separarlos se convirtió en un juego cariñoso. Mientras sus triunfos deportivos subían el montante de sus cuentas bancarias, ella distribuía el dinero que podía en ayudas humanitarias; mientras ella lo llamaba «mi bombón» con mirada golosa, él se divertía agasajándola con regalos lujosos que sabía que ella cambiaría por mantas o bolsas de comida que repartir. No necesitaban más el uno del otro, porque les era suficiente con su amor y su compañía.

Una compañía que ahora ella ya no aprecia tanto.

Es diferente cuando las ausencias te hacen desear el regreso del ser amado. Y al ser un entrenador profesional, él tuvo que pasar largos periodos de tiempo lejos de su pequeño nido. Ella tampoco tuvo nunca la intención de acompañarlo a los partidos, excusándose de que la aburrían soberanamente y que su labor era vital para la organización, ya que continuamente llegaban nuevos refugiados a los que atender. Ella… tan humana y solidaria como siempre.

Es por eso que todavía le permite que siga a su lado.

Él es consciente de que ella ya no siente lo mismo que antes. Ahora que ya no hay ausencias, que todas las noches vuelve junto a ella, nota el distanciamiento, las miradas huidizas, la tirantez en las comisuras de los labios que convierten una sonrisa fingida en una mueca forzada. Aunque lo peor de todo son sus ojos. Ya no brillan con la chispa de la admiración, ni esos párpados se contornean mostrando ternura o deseo. Ahora hay un poso de compasión en su fondo, mezclada con algo de tristeza y melancolía. Lo mira como uno esperaría que mirase a uno de sus refugiados, a uno de los enfermos, o de los que están al borde de la muerte. Y últimamente sus ojos están llorosos, como si mirara a uno que acaba de morir en sus brazos.

Ella es su último refugio, si la pierde se queda sin nada.

Pero él sigue allí, enganchado a ella, aunque no tenga un hálito de vida ni pueda tomarla entre sus brazos, aunque enfríe la atmósfera con su presencia e infeste el aire con su cuerpo en descomposición. Su nido de amor ahora se convierte en un nido de insectos que lo siguen cuando él, cada noche, arrastra los pies fuera de su tumba y deja un reguero de tierra oscura y húmeda en el suelo del salón; allí donde ella lleva esperando de pie un sinfín de eternidades, que han ido minando su amor incondicional hasta reducirlo a pura compasión. Una compasión que la hace sufrir. Los sollozos y los gemidos lastimeros son una prueba de ello.

Él desearía no volver a verla sufrir.

Ya pasó demasiado con el incidente, cuando el infarto en pleno partido lo embarcó dentro de un ataúd rumbo a casa. Eran dos corazones a juego: el de él se detuvo, el de ella se rompió. Recuerda cómo se deshacía en lágrimas frente a su tumba, cómo se ahogaba y cómo el líquido salado penetró de alguna manera en la madera y humedeció sus miembros hasta entonces inertes. Fue su desgarrador reproche por la promesa incumplida, emitido con tanto dolor ante su féretro, el que lo obligó a regresar aquella misma noche, para apaciguarla, para decirle que todo iría bien a partir de entonces porque él seguiría a su lado, con ella.

Pero ahora es su compañía la que la hace llorar.

Hace ya demasiado que vive de pie, en el salón, su regreso cada noche. Que lo refugia, que lo compadece. En todo este tiempo él ha visto cómo sus carnes han ido cambiando, cómo algunas canas han asomado entre las antiguas mechas rojizas y cómo las curvas de su cuerpo han ido tomando redondez. Ya son demasiadas vueltas del reloj, demasiadas hojas de calendario arrancadas. Frente a él ya no se yergue la inocente jovencita que quería cambiar el mundo y con la que compartió el espacio más breve y feliz de su vida, sino una mujer madura y fuerte, independiente y dispuesta a ayudar a los demás, que lleva el propio mundo sobre las espaldas. Pero ante todo, frente a él está una mujer espléndida que tiene derecho a vivir. Que se merece rehacer su vida.

Ilustración de Olga Ruiz

Él no tiene derecho a estar entre los vivos.

Lo sabe. Ni tampoco pertenece al mundo de los muertos. Se ha quedado atrapado en una especie de limbo entre los dos mundos, moviéndose dentro de la fina línea que los separa, desterrado en tierra de nadie. Demasiado vivo para estar muerto, pero demasiado muerto para estar vivo. Es como un zombi que se arrastra por el lodo del cementerio todas las noches y que reposa en su tumba bajo la luz del sol, con el alma pegada a un cuerpo que se deshace lentamente. Sabe el camino de casa, pero ya no es su nido. Pero no puede aferrarse. No puede ser un eterno refugiado. No debe.

En la muerte debe tomar la decisión más dura de su vida.

No puede mantenerse atado a una simple promesa hecha en la plenitud de una vida que ya no le pertenece. Ni arrastrarla a ella al borde del abismo para contemplar la muerte, noche tras noche. ¿Qué vida hay en eso? «Nunca te abandonaré, pase lo que pase». Esas palabras otrora reconfortantes hoy tienen ecos de condena. Y la condena recae sobre ella, injustamente, egoístamente. Él debe liberarse de esa cadena perpetua y liberarla, aflojar el nudo que los ata y soltar los lazos que los unen, aunque eso signifique aceptar que no se puede luchar eternamente contra el tiempo, que no todos los obstáculos son salvables, y que hay fronteras que uno nunca debería traspasar.

Mañana, él romperá su promesa.

Olga Besolí
Diciembre 2018

El súcubo

Autor@: Inmaculada Ostos Sobrino

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Terror

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Inmaculada Ostos Sobrino. La ilustración es propiedad de Olga Ruiz . Quedan reservados todos los derechos de autor.

El súcubo.

Hacía algo de frío en la cabaña, pero no me apetecía encender la chimenea, así que me arrebujé un poquito más en el chal de pashmina que me hubiesen regalado aquella misma noche si no me hubiesen dejado tirada una vez más. Aunque no sé de qué me sorprendía, eran las segundas navidades que me quedaba sola, sobre todo, desde que el grifo se había cerrado y ya no invitaba a mis hijos y a sus respectivas familias a pasar las vacaciones de Navidad viajando por el mundo. Y a pesar de que la excusa seguía siendo la misma año tras año, me negaba a aceptar la cruda realidad, que hacía tiempo que no me querían, que hacía tiempo que nadie se preocupaban por mí, y eso me hacía sentirme bastante triste. Pegué un sorbo de mi gran copa de vino, intentando tragar con el ácido líquido parte de la pena que me corroía por dentro mientras intentaba recordar lo que había hecho mal para merecer aquel castigo divino.

 

Ilustración de Olga Ruiz

Así que, con la mirada fija en la pared de la cocina, y una mano descansando en la repisa de la isla que formaba la misma, intenté retroceder en el tiempo a través de mi memoria para recuperar el momento en el que se habían rotos nuestros lazos y comprobar si hubiese podido hacer las cosas de diferente manera para poder evitarlo. Pero los recuerdos que venían a mi mente eran muy duros, y siempre salía perdiendo en cada retazo que los componían. Tal vez mi historia, aquella historia que se había grabado en mi mente como un puñado de afilados e hirientes cristales rotos, solo fuera una parte distorsionada de un todo que podría ser observado desde distintos prismas, pero seguía siendo mi parte; esa parte angustiosa que me había destrozado una y mil veces por dentro, aquella parte en la que mi marido me reducía a la nada; aquella parte en la que una y mil veces me dije a mí misma, a modo de consuelo, que al menos no me pegaba, que al menos no bebía ni tenía vicios poco recomendables y que, además, a su manera, me quería.

Pero todo aquello no eran más que falacias que intentaban convencerme de que llevaba una vida digna. La realidad era que no me valoraba, que conforme nuestro matrimonio fue creciendo me quitaba autoridad delante de los niños, yo nunca hacía bien nada, si discutía con los chicos siempre era a mí a la que le reprochaba que se hubiese iniciado la pelea, independientemente de que los niños hubiesen hecho algo mal y yo solo les regañara. Además, siempre discutíamos por terceras personas, y lo peor de todo era que siempre estaba relegada a un segundo plano en cualquier ámbito de su vida, no importaba si era su trabajo, sus amigos o nuestro propio entorno familiar. Me había hecho creer que era un ser inservible, dependiente, que no iba a ser capaz de realizar nada por mí misma en toda mi vida. Y aquí estaba yo, fuerte, reveladora, liberada, con un trabajo que me permitía pagar mis gastos y los desmesurados gastos de mis hijos adultos. Pero lo más gracioso de todo esto no era que mis hijos solo se acordasen de mí cuando necesitaban dinero, no.

Lo más gracioso era que me echaban en cara que hubiese decidido poner fin a la amargura en la que se había convertido mi vida. Bastante aguanté hasta que ellos fueron autosuficientes para poner en orden mi vida y dejar de ser tan solo la chacha que les limpiaba y les servía.

Me puse a estudiar con los pocos ahorros que conservaba de lo que había heredado de mis padres, para poder labrarme un futuro y una profesión y poder ofrecerles una vida mejor, esa vida desahogada y sin preocupaciones que yo nunca tuve. Durante años yo había renunciado a mí misma sin pensar en nada más que no fueran ellos, dilapidé mi juventud cambiando pañales y atendiendo todas y cada una de las necesidades que los bebés requerían, mientras su padre se dedicaba a estudiar lo que a él le gustaba y yo a trabajar cuando podía. Cuando por fin terminó su carrera se puso a trabajar, y esa fue la excusa para delegar en mí también la casa y todas las responsabilidades que esto conllevaba. Después, y cuando las cosas se estabilizaron, me negó el derecho a trabajar, pues alguien tenía que quedarse con los niños y él no podía porque después de estar trabajando arduamente durante la semana necesitaba su tiempo de relax, su espacio, así que se iba a correr, o a tomar cervezas con sus amigos, mientras yo me tragaba las quejas de los niños porque no podían ver nunca a papá. Y con el tiempo todo empeoró, los escasos momentos en que la familia pasaba el día juntos llegaron a su fin cuando empezó a frecuentar reuniones y eventos que se hacían después del trabajo, a los que no era necesario ir, pero a los que él acudía religiosamente, empleando el  poco tiempo que hasta ahora nos pertenecía. ¡Y el sexo hacía años que ya no existía! Yo creo que se terminó en el mismo momento en que nació nuestro segundo hijo. De todas formas entre las peleas y las recriminaciones tampoco había demasiado tiempo para la reconciliación.

Aun así, la mala seguía siendo yo, a pesar de que el hecho de haber acabado mi carrera les hubiese ofrecido la cómoda vida que hasta ahora poseían. Y cuando decidí divorciarme, porque ya no aguantaba más, me llamaron histérica, exagerada, e incluso feminazi por el simple hecho de defender mis derechos y pedir la igualdad que me correspondía. Y eso fue lo que no les gustó, el hecho de que tuvieran que desenvolverse sin mí, el hecho de que se tuviese que delegar en los cuatro miembros de la familia todo el peso de lo que hasta ahora yo había llevado.

Y aquí estaba yo, en el único día del año en que, por obligación, me dejaban ver a mis nietos y podía pasar algún tiempo con mis hijos, completamente SOLA, olvidada, arrastrando un pesar que apenas me dejaba respirar.

De repente un cambio, al principio inapreciable, se apoderó de la estancia, fue como si el aire se tornase más pesado o como si de repente el tiempo se paralizara. Parecía que el silencio se había adueñado de la casa, pues ni siquiera pude apreciar el insistente y monótono canturreo de las manecillas del reloj de pared que estaba en la sala. Solo se escuchaba el mismo vacío que sentía en mi alma. Sonreí en mi mente ante esta irónica percepción cuando, de repente, un ruido apenas perceptible llamó mi atención. Era como si algo o alguien se estuviese arrastrando por algún lugar arenoso que pudiese desprender algún tipo de material así.

El ruido se hizo cada vez más fuerte y repetitivo, así que sin dejar la copa que estaba bebiendo y que llevaba ya por la mitad, me acerqué al lugar de donde parecía proceder el sonido. Venía del salón y más concretamente… ¡del hueco de la chimenea! Di un paso hacia atrás asustada ante aquella nueva revelación mientras un torbellino de ideas revoloteaban en mi mente: no tenía vecinos en un kilómetro a la redonda, las llaves de mi coche se encontraban en el piso superior, el teléfono solo tenía cobertura en el baño de la parte de atrás de la casa, y ni siquiera tenía un arma con la que defenderme.

El ruido se hizo más intenso para finalmente acallar su voz con un estruendoso golpe final, como si alguien o algo hubiese saltado desde una altura considerable y hubiese aterrizado en la base de la chimenea con su consiguiente nube de polvo y ceniza inundando el salón. Ahora temí más por una mala caída como consecuencia de un accidente que por una agresión, así que dejé la copa de vino encima de la mesita de sobremesa que tenía frente al sofá y me dirigí hacia lo que quiera que fuese que produjera aquel sonido.

Cuando la polvareda se dispersó, apenas pude ver dos botas negras y un traje rojo salir del hogar de la chimenea.

—Sorpresa —exclamó una voz, pero sin ningún tipo de cadencia o entonación en su materialización.

Tosí un poco antes de contestar intentando recuperar la limpidez que hasta ahora existía en mi garganta.

—Perdona, ¿quién eres tú y qué haces en mi casa?

La persona que tenía ante mí era un joven de aproximadamente unos treinta años, la misma edad que tenía en la actualidad el mayor de mis hijos. Iba vestido de Papá Noel y me miraba con gesto desconcertado a través de unos inquietantes ojos azules.

—¿Tu casa? ¿Desde cuándo…? Quiero decir… creo que no me he equivocado de dirección… ¿Y Rosalin? —me preguntó algo nervioso.

Entonces organicé en mi cabeza la situación y comprendí el absurdo de aquella incidencia.

—Ah… ¡vale, vale! Creo que puedo explicártelo, ya veo a quién buscas. Rosalin es la hija de mi mejor amiga y ella, como ves, no está, quiero decir que ya no vendrán nunca más aquí a no ser que las invite…, bueno, que quiero decir que me han vendido la cabaña.

—Justo hace dos años‚ ¿verdad? —me preguntó entonces entendiendo.

—Imagino que fue la última vez que la viste —sentencié—. ¿Eres un amigo del trabajo u os conocíais del grupo de escalada que tenía aquí?

El muchacho me dirigió una mirada perdida, se le veía bastante afectado, igual era un rollo de la chiquilla que esta no había sabido cómo gestionar o algo así. Por eso intentaría no comentarle que se había casado hacía dos meses con su novio de toda la vida.

—Ni lo uno ni lo otro. ¿Por qué te vendieron la casa a ti?

—Pues porque estoy sola y necesitaba un lugar en donde esconderme del mundo y olvidar todas mis  miserias —le dije sinceramente sin saber por qué. El muchacho cambió entonces su expresión por completo y me dirigió una extraña sonrisa mientras se erguía y su figura, que sería aproximadamente de un metro ochenta, pareció inundar la habitación.

—Espera un momento, como que ni lo uno ni lo otro —hablé de nuevo turbada intentando distraerle, ya que la incesante mirada que ahora me manifestaba me ponía muy nerviosa y no supe por qué.

—Que no conozco a Rosalin de la universidad ni tampoco de su grupo de escalada. De hecho, no creo que Rosalin, a pesar de la agilidad que demuestra, pudiese escalar en estos momentos.

Le miré realmente desconcertada ante aquellas declaraciones. El chico se permitió soltar una carcajada bastante divertido.

—Creo que te has confundido de Rosalin al aseverar que era mi… podríamos llamarlo ¿fuente de interés?

—No puede ser… ¿Es Rose tu… tu… amiga? —le pregunté entonces entendiendo la complejidad del asunto. Mi amiga Rosalin, Rose para mí, tenía una hija a la que le puso su mismo nombre por tradición familiar.

El muchacho enarcó una ceja de forma irónica antes de contestar:

—Me gustan mayores, y tú también me sirves.

—¿Cómo que te sirvo? —le pregunté indignada.

—Pues que me pareces muy atractiva —me contestó con picardía mientras se quitaba los restos de ceniza que ensuciaban su oscuro pelo.

—¿No estarás insinuando que … tú y yo…?

—¿Por qué no?, los dos estamos solos, no hay nada que nos ate y es obvio que nos sentimos atraídos. ¿O acaso no te parezco atractivo?

Esta atrevida parrafada me dejó descolocada, sin saber muy bien qué decir, pero el chico me seguía mirando con un extraño destello febril en los ojos.

—No estoy loco, si es lo que estás pensando, lo que pasa es que mi sinceridad suele causar este efecto, no me gusta ir con rodeos. Es por eso que he de reconocer que cuando no he visto a tu Rose, mi Rosalin, me había decepcionado un poco. Llevábamos algún tiempo viéndonos así, me había acostumbrado, pero…

—¿Quieres decir que Rose y tú quedáis para…? —le pregunté entonces escandalizada. Él se limitó a sonreírme de nuevo y a encogerse de hombros mientras se quitaba la parte de arriba del disfraz ante mi estupefacta mirada. Seguidamente se quitó el resto y se quedó con la ropa que llevaba debajo, que eran unos vaqueros y una camisa negra que resaltaba aún más el azul de sus ojos.

—Veo que eres de las que piensan como antaño, por lo tanto antes de continuar te lo volveré a preguntar. ¿Acaso no soy de tu agrado?

Lo miré boquiabierta, estaba totalmente traumatizada, no sabía qué pensar de aquel muchacho que en principio me había parecido coherente en su historia y que ahora parecía ser bastante anormal, aunque por otro lado sí era cierto que hacía tiempo que me había fijado en sus atractivas facciones e incluso me había tomado la libertad de fantasear. ¡Hay que ver cómo se comporta la mente humana en algunas extrañas situaciones como esta! Así que al recalcarme de nuevo su pregunta no pude hacer otra cosa que ruborizarme y ponerme a divagar:

—Yo no pienso nada… ¡Y dices que no estás loco! De verdad, deberías marcharte. Yo…

—Aún no has contestado a mi pregunta. Sé que te gusto, pero necesito que me lo digas tú de verdad, si no, no podré actuar.

—¿Actuar? ¿Tú… qué pretendes? Bueno, da igual, creo que voy a llamar a la policía.

—Sabes que solo tienes cobertura en el cuarto de baño de atrás y encima tu móvil está en el piso de arriba. Además, tardarían demasiado en llegar. Para cuando lo hicieran podría haberte matado.

Lo miré indignada, había olvidado que él conocía esta casa mucho mejor que yo, sobre todo si llevaba tanto tiempo manteniendo una relación con Rose. ¡Maldita Rose! ¿Por qué no me había contado nada? ¡Claro, por eso la veía últimamente tan animada! ¡Pájara! Ahora entendía el porqué.

—– Disculpa, te estoy asustando, solo bromeaba, no tengo intención alguna de dañarte, pero sí que es cierto que no me importaría pasar esta noche contigo si tú también lo deseases. Pero como veo que te estoy incomodando, me iré, al fin y al cabo tan solo somos dos extraños. —–me dijo entonces el muchacho remarcando de una forma inusual esta palabra mientras me miraba fijamente a los ojos.

Y, entonces, un excitante hormigueo recorrió todo mi ser, sensación que desde hacía décadas creía tener extinta. El chico se dirigió a la puerta y cuando la abrió el paisaje que se reveló en el exterior fue desolador. Una tremenda tormenta estaba cayendo en esos momentos y yo apenas me había dado cuenta.

—¡Espera! —le dije—¡No puedes irte así!

—¿Acaso te lo has pensado mejor? —me dijo de forma pícara.

Fui a protestar mostrándole mi indignación y decirle algo así como que no podía dejar que se aventurara con aquella tormenta porque era una locura, pero en vez de ello me sorprendí devolviéndole el coqueteo.

—No te hagas ilusiones… ¡de momento!

El chico entonces cerró teatralmente la puerta de un solo manotazo mientras me dirigía una amplia sonrisa de complicidad, después me dedicó una reverencia y me contestó:

—Tus deseos son órdenes para mí y cualquier cosa que desees me encargaré de hacerla realidad…

Y dicho esto, y tras volverme a hacer ruborizar, me acompañó hasta el salón. Después de esta última y turbadora expresión de interés, la conversación resultó más civilizada, le dejé mi teléfono para que pudiese llamar a un taxi que lo pudiera acercar hasta su casa. A los tres minutos volvió del baño de detrás de la casa con el móvil en la mano y una sonrisa. Le habían dicho que a causa de la tormenta el servicio de taxis se podría retrasar de cuatro a cinco horas como mínimo, pero que le avisarían en cuanto lo enviaran.

—El destino quiere que pasemos esta noche juntos —alegó.

Después todo vino rodado. Preparamos juntos la cena, cenamos y charlamos tomando unas copas de vino. El ambiente se había vuelto mucho más distendido y tenía que reconocer que me sentía bastante cómoda en su presencia. Era un joven encantador y el halo de misterio que lo envolvía le hacía parecer más interesante. Al principio hablamos de cosas triviales, pero luego, y dada la irresistible atracción que crecía cada vez más en mí, intenté averiguar cosas de su vida. Pero mi investigación se terminó en cuanto él me contestó de forma evasiva que si me contaba algo, aunque simplemente fuera su nombre, la magia se rompería y se perdería esa complicidad que habíamos construido. Y tenía razón, pues por otro lado yo tampoco necesitaba saber más. Lo único que tenía claro era que gracias a él esta no formaría parte de esas nefastas navidades que hasta ahora había tenido en mi vida, y eso era lo único que me importaba. Así que terminé hablándole, sin poder evitarlo, sobre mi vida, tanto de los buenos como de los malos momentos que había pasado. Y él me escuchó atento, paciente, cercano… Hubo algunos momentos de cierta tensión emotiva que él supo lidiar dándome pequeñas muestras de cariño como palabras amables o el roce de nuestras manos. Y poco a poco me fui relajando. Reímos juntos, lloré, bromeamos, nos tocamos fraternalmente, coqueteamos, y entonces comprendí que ya estaba decidida, pues me sentía tan compenetrada y en cierto modo querida que no me importaron los años que nos separaban, ni que mi cuerpo fuera una vieja reliquia, sino solo las personas que se encontraban una frente a la otra y lo que esas personas sentían. Así que, armándome de valor, apreté sus manos que ahora se entrelazaban con las mías y le dije:

—El momento ya ha llegado.

Y no hubo que explicar nada más.  Él me sonrió ampliamente mientras nuestros rostros se desdibujaban lentamente. Después, nuestros labios se encontraron y crearon cascadas de dicha que jamás pensé que sentiría mientras nuestras manos revoltosas exploraban cada centímetro de la piel de la persona que teníamos al lado. Y nos desinhibimos, y nos desatamos, expresando nuestras sentimientos con la misma ferocidad que la tormenta que nos había aislado.

Ni siquiera me di cuenta de cuántas horas habían pasado, pues cuando me desperté la tormenta había cesado, así como la pasión que hacía tan solo unas horas habíamos descargado. Me atreví a mirar su rostro mientras apartaba un mechón rebelde que le caía de lado sobre sus preciosos mares azules. Él también me miraba, y ese brillo febril que había mantenido mientras estábamos entrelazados seguía estando agazapado en el brillo de sus ojos, en la comisura de sus labios. El estómago se me encogió de dicha y le sonreí como una quinceañera le sonríe a su amor de verano. Entonces el teléfono se iluminó y él se giró para leer lo que lo había avivado.

—El taxi está aquí, será mejor que me vista —me dijo en un susurro.

—¡No te vayas! ¡Quédate, y dile que te lo has pensado! —le ronroneé como un gato, y su respuesta fue un beso apasionado.

—Al menos deja que baje a darle algo por haberse acercado —me contestó triunfante.

Y después, levantándose y poniéndose los pantalones, desapareció por la puerta del cuarto, cosa que aproveché para tumbarme de espaldas y estirar mi cuerpo aletargado. El móvil se volvió a iluminar, y no una vez sino cuatro, de una manera tan insistente que temí que hubiera pasado algo. Así que me levanté a regañadientes y lo desbloqueé esperando encontrarme como primera conversación el mensaje que el taxista había mandado, pero en vez de eso quien reclamaba mi atención febrilmente era el whatsapp de la hija de Rose, que no paraba de escribir transcribiendo lo que su madre le iba dictando.

Me preguntaba en primer lugar si todo iba bien, y luego que si podía hacer el favor de llamarla en cuanto lo leyera, que su madre estaba muy preocupada por si me había pasado algo, que le estaba diciendo no sé qué cosa sobre las navidades y que era peligroso que estuviera sin nadie, y que si mis hijos habían llegado. Iba a contestar cuando mi salvador de navidades entró de nuevo en el cuarto. Vestía los mismos pantalones con los que se había marchado, pero al cuello llevaba un medallón con una especie de piedra iridiscente que brillaba a cada paso.

—¿Se lo has dicho? —le pregunté ansiosa.

—Sabes que no. Nunca llamé a un taxi y el mensaje que sonó no era para mí, Claire.

—¿Qué quieres decir? —le pregunté un tanto aturdida.

—Dímelo tú —me respondió de una manera un tanto inquietante.

Y entonces me puse a pensar en nuestro encuentro y sobre todo en las conversaciones que habíamos mantenido los dos, en esos pequeños detalles que yo había pasado por alto como el hecho de que supiera que no había cobertura si no te ibas al baño de atrás y que mi móvil estaba en la habitación de arriba, que a mi mejor amiga yo la llamaba Rose como muy bien él apuntó, «[…] tu Rose, mi Rosalin», y sobre todo esta última revelación: ¡Sabía mi nombre cuando yo jamás se lo había dicho! «¿Qué demonios estaba pasando?», me pregunté mientras toqueteaba enloquecida el móvil en busca de las pruebas que lo delataban, y en efecto, allí estaban igual de ausentes que mi propia consciencia.

—Tenía que inventar una excusa para que me permitieras estar aquí, al fin y al cabo aún no había sido invitado.

—¿Invitado a qué? —le pregunté cada vez más asustada.

—A entrar en la casa, a quedarme aquí para poder poseer lo que ahora es mío —me dijo acercándose peligrosamente.

Intenté moverme, pero estaba paralizada, y no solo de miedo sino literalmente paralizada. No podía apartar la vista de sus ojos, que ahora brillaban con un maligno fulgor mientras venía hacia mí. Entonces sus manos se transformaron en una especie de garras con largas uñas y mientras echaba  mi rostro hacia atrás para inmovilizarlo con su mano izquierda, con su mano derecha acercó una larguísima uña meñique a mi garganta y la dejó apoyada sin más, presionando contra mi piel pero sin atravesarla.

—Te he dado esta noche todo aquello que se te negó a lo largo de tu vida, te he devuelto por unos breves instantes la juventud que se te arrebató por la maternidad. Te he dado ese protagonismo que tanto anhelabas al ser antepuesta a todo lo demás, independientemente de que hubiese más hembras de tu especie que pudieran tentarme. Te he despojado de tu pudor carnal para poder expresarte sin restricciones como el ser sensual que eres. Y sobre todo, te he liberado de tu carga emocional para que no tengas que sufrir como has estado sufriendo durante todos estos años.

—¿Qué eres? —le pregunté vislumbrando mi pronto final.

—Un súcubo, aunque soy un bicho raro en mi especie, ya que normalmente son mujeres las que ostentan este cargo. Nos alimentamos de la desesperación y de la soledad, y sobre todo de la energía de aquellas personas que están tan atormentadas y decepcionadas de la vida como tú.

—¿Y por qué Rachel se te escapó?

El súcubo chasqueó la lengua para luego contestar:

—Apareció Rosalin y se la llevó antes de que terminase mi trabajo. Tú mejor que nadie deberías saber que pasó muchos años intentando superar su duelo por la pérdida de su esposo. Tuve que estar trabajándomela dos años para que lo olvidase y empezase a confiar en mí, pero justo cuando íbamos a consumir nuestra unión su hija vino y la alejó de mí. Por eso pensé que al haber de nuevo luz en su casa ella habría vuelto.

—¿Por qué lo del traje? —pregunté intentando alargar el tiempo para ver si se me ocurría alguna forma de no morir.

—Pues eso era simplemente un jueguecito que ambos nos traíamos entre manos, aunque no creo

que te interesen mucho los detalles ya que vas a morir. Si no estuviese tan exangüe después de estos últimos dos años de ayuno, me esforzaría incluso hasta en mostrártelo o disfrutaría un poco más de ti. Pero ahora sí que ha llegado el momento.

Y dicho esto clavó su uña en mi cuello atravesando mi piel como una finísima aguja. El dolor intenso y embriagador se deslizó por mi cuerpo como un efectivo veneno, pues segundos después solo pude sentir la oscuridad…

Inmaculada Ostos

Y ellos querían ir a Viena

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Relato

Rating: +12 años

Este relato es propiedad de Olga Ruiz. La ilustración es propiedad de Paloma Muñoz . Quedan reservados todos los derechos de autor.

Y ellos querían ir a Viena.

Ilustración de Paloma Muñoz

Paula y yo nos conocimos en el primer curso de Medicina en la Ciudad Universitaria de Madrid en el año 1998. Conectamos muy bien desde el principio. Los dos pertenecíamos a una clase media con ganas de progresar y podíamos permitirnos algunos lujos. Éramos inteligentes, jóvenes y guapos. Aunque creo que con lo de ser inteligentes habría bastado para nosotros, que nos hacíamos el amor con el cerebro en cualquier sitio.

Yo era de un pueblo de Toledo pero vivía junto con dos compañeros en un piso de alquiler en Moncloa y, algunas mañanas, ambos nos saltábamos las clases y retozábamos hasta el almuerzo en mi cama. Éramos amantes de la literatura, de la poesía, y nos emocionaba el auge social de las redes. Un día, en el puente de diciembre, se nos ocurrió organizar el primer viaje por Europa juntos. Tras duras negociaciones con nuestros padres por el tema económico, finalmente conseguimos reunir el dinero suficiente y organizarnos: ida el día quince  de diciembre y vuelta, el treinta, con la intención de pasar la navidad en Viena.

El Gran Tour: París – Bruselas – Ámsterdam – Frankfurt – Viena nos esperaba. Era fácil ir conectando destinos a través del Interrail Youth universitario. Salimos de la estación de Chamartín en Madrid y fuimos haciendo escalas en Barcelona, Carcasona, Toulouse, donde visitamos algunos palacetes del Siglo de Oro, el Capitolio y la Basílica de San Sernín, y nos hicimos muchas fotos con una cámara que tenía Paula que llevaba incorporado un disquete y tenía el tamaño de un sándwich. A mí aquello me llamaba mucho la atención porque se podían desechar en el momento, la era digital estaba entrando en nuestras vidas. Desde allí salimos a Montpellier y perdimos el tren con destino Nimes.

Si no llegábamos al siguiente destino a tiempo, ya habríamos perdido las conexiones que tan cabalísticamente habíamos hecho para que todo fuera programado. Así que, ante la adversidad, no se nos ocurrió otra cosa mejor que hacer autostop.

Eran las siete de la tarde, hacía bastante frío y caminábamos con la esperanza de que alguien nos recogiera. Un señor de unos ochenta años paró y nos animó a subir a su coche. Enseguida nos habló en español. Resultó ser un profesor universitario que había impartido clases de lengua y literatura hispana y que vivía relativamente cerca. Tras una media hora de coche en un increíble jaguar rojo de asientos de cuero blancos llegamos al sitio más inesperado donde nos invitaba a pasar la noche. Su casa era un castillo.

Nos contó la historia de aquel lugar de ensueño. La primera parte, bastante evidente: señores, familias nobles incluso un chambelán del rey Luis XI, una etapa de auge intelectual gracias al Marqués de Chandoiseau, en 1650, incluso un poeta llamado Léonard Frizon que visitó el castillo en 1650 y que hizo una descripción preciosa en uno de sus poemas, titulado Motha Candeneria, del sitio. Luego un rico empresario parisino, François Hennecart, lo compró en 1809 y restauró el castillo y sus aledaños, donde se excavaron canales, se trazaron avenidas y se plantó un viñedo. Vamos, que urbanizó el sitio.  En 1870 se produjo una nueva reconstrucción de gusto romántico​ que terminó en un castillo rodeado de agua. A principios de 1932 se produjo un incendio inmenso cuando se estaba instalando la calefacción central. Los bomberos, venidos de toda la región, no pudieron evitar el desastre y solo se salvaron la capilla, las dependencias y el palomar. Las pérdidas fueron tales que los propietarios no pudieron reconstruirlas. La biblioteca contenía libros muy escasos, tapices de Gobelins, muebles antiguos y cuadros de gran valor que se perdieron. En 1963, después de la guerra de Argelia, el industrial retirado Jules Cavroy compró la propiedad (dos mil hectáreas de las que mil doscientas son bosque y ochocientas eran tierra agrícola) a la viuda del barón Lejeune. Repatriados de Argelia, explotan las tierras de la Mothe (quinientas hectáreas en torno a las ruinas del castillo) hasta que a principios de los años ochenta el Crédit Lyonnais compró los bosques para después venderlos en diferentes lotes a varios dueños.

Escuchamos toda la historia como pasmarotes durante la cena. Lo narró divinamente, pero nosotros teníamos bastante hambre y sueño y la verdad es que hicimos de pésimos huéspedes.

El último propietario fue nuestro hospitalario profesor, el señor Claude-Alain Demeyer.

Paula se sintió incómoda desde el primer momento. Le notaba demasiado educado, demasiado cortés, desconfiaba.

—Carlos, macho, a mí esto no me gusta… —me dijo—. ¿Por qué vive aquí solo?

—Venga, venga, no empieces…

Nos dio de cenar como si nos conociera de toda la vida, nos enseñó nuestra habitación y se retiró a dormir a eso de las ocho y media de la noche.

Cuando llegamos a la habitación Paula no quería quedarse allí. Me amenazó incluso con marcharse sola.

— ¡Paula, por Dios, no digas majaderías! ¿Estás mal de la cabeza o qué? Sé inteligente. Vamos a cerrar la puerta por dentro, vamos a amarnos un ratito y vamos a despertar mañana descansados y tranquilos para continuar nuestro viaje a Viena, ¿de acuerdo?

—No, de verdad, no puedo… estoy asustada. Se me han pasado por la cabeza mil cosas mientras cenábamos y veía cómo cortaba la carne y cómo chupaba el cuchillo. Era espantoso. Estaba disfrutando de cada bocado, del vino, y nos miraba con ojos extraterrestres.

La abracé fuerte y la besé mucho aquella noche. Hicimos el amor salvajemente, lo recuerdo, después me levanté, abrí la ventana y me fumé un cigarro. Se puso a llorar. Realmente estaba asustada. Me acerqué a ella y la envolví con mis brazos.

—Nena, venga, ¿qué te pasa?

—¿No te has parado a pensar por qué tenía la mesa puesta para tres?

—No, no le he dado ninguna importancia, el hombre lo ha explicado. Siempre tiene la mesa puesta porque casi siempre tiene invitados, aunque tú estabas detrás viendo los tapices y puede que no te enterases.

—¿Y por qué no tiene servicio viviendo en un sitio tan gigantesco?

—Yo creo que no se lo puede permitir. Es mayor y es posible que esto le haya superado un poco.

—¿Y su familia, sus hijos, su gente?

—No ha dicho nada de eso. Supongo que mañana se lo podríamos preguntar en el desayuno. Ayer casi ni abrimos la boca. Estábamos demasiado impactados por el encuentro con este sitio tan increíble.

—¿Y todos esos gatos…? ¿Por qué habrá más de veinte gatos aquí en este castillo? Maúllan como bebés demandantes y enfermos. Es insoportable.

La abracé nuevamente y conseguí calmarla con cariños en la frente, tocándole el pelo y acariciándole la espalda. Dormimos poco por la noche, pero nos sorprendió un mediodía radiante y desconocido.

—Creo que es muy tarde, Paula, vamos a levantarnos —le dije besándole la mejilla. ¡Buenos días, amor!

—Sí. Efectivamente, son las dos de la tarde, lo acabo de ver en el reloj. No puede ser… ¿Y este hombre no nos ha despertado? Anda, dame un besito, tesoro. ¡Buenos días! Finalmente hemos conseguido descansar.

—Sí. Lo mismo está trabajando en la parte incendiada del castillo. Yo no he oído nada en toda la mañana. Pero dijo que tenía que ponerse en serio ya con los deshollinados de las piedras. A saber dónde estará…

—Anda, vistámonos y bajemos a despedirnos de él. Si no le parece muy mal, podría acercarnos con el coche a la estación de tren.

—De acuerdo, pero no te vayas, yo me ducho y salimos juntos.

—No hay agua caliente, ya lo he comprobado, y encima tiene un color arcilloso terrible. Estas tuberías no se han usado en años. Así que tendrás que conformarte.

—Ok. No me ducho entonces. No lo soportaría…

Nos vestimos, cogimos los abrigos y las mochilas ya preparadas para partir. Hacía mucho frío en los pasillos, pero no se veía a los gatos ni se oían sus maullidos. Buscamos al profesor por el castillo: pasillos, cocinas, salones, biblioteca… Le llamamos a grito pelado, pero no contestaba. Al menos recorrimos las tres plantas del castillo dos veces. El lugar, de día, era mucho más hermoso y cálido. Pero no había señales de él. No podíamos irnos sin despedirnos, así que decidimos esperar un poco más porque ya eran casi las tres y al menos tendría que ir a comer estuviera donde estuviera. Y también porque no sabíamos ni dónde estábamos, lo que nos devolvía una realidad poco atractiva de nuestra situación. Y no queríamos empezar a enfadarnos entre nosotros. Observamos que el coche estaba aparcado y entendimos que el profesor no andaría muy lejos. Llegadas las cuatro de la tarde, y tras haber comido un bocado de pan, chorizo y queso de camembert, decidimos entrar en su habitación, por si tuviera allí un teléfono de línea fija que no habíamos encontrado en ninguna parte y algún número de contacto que nos permitiera preguntar dónde castañas estábamos.

Llamamos a la puerta. No contestó y decidimos abrirla. Cuando entramos, una luz cenicienta se colaba por la cortina y millones de motas de polvo revoloteaban en el espacio. Allí se encontraba el profesor, tumbado en la cama. Nos acercamos cada uno por un lado y le vimos con la boca y los ojos entreabiertos en un tránsito extraño. En la mesilla había un montón de envoltorios médicos y dos frascos vacíos de pastillas. Se había suicidado clarísimamente. Sin articular palabra, le cogimos la mano y estaba ya rígida. En ella dos notas: una nota escrita en español y otra en francés —idioma que desconocíamos—. La escrita en español era para nosotros. Una carta muy larga y llena de amor y buenos consejos que guardé durante mis ocho mudanzas. En resumen explicaba lo que había aprendido durante su vida, exponía que no podía marcharse solo al otro lado y argumentaba que de morirse solo en el castillo, se lo terminarían comiendo los gatos y nadie le echaría en falta. Que lo sentía por nosotros, que lo sentía tremendamente, porque tendríamos que pasar alguna dificultad para explicar la situación. Que únicamente pedía que no le dejásemos solo, que lo enterrásemos en el jardín, bajo un chopo, y que después fuésemos a la policía con las dos notas para que les quedase muy clara la situación. Que a todos los efectos, ya éramos propietarios de su coche y que hiciésemos con él lo que quisiéramos.

Paula vomitó y yo estuve a punto de hacerlo.

Cogimos la llave del coche. Menos mal que yo me había sacado el carnet justo el verano antes de empezar la universidad, y tenía cierta destreza en conducir porque iba de Madrid a mi pueblo varias veces al mes. Nos fuimos de allí para cursar la denuncia y que fuese un juez quien levantase el cadáver. Ni Paula ni yo nos atrevíamos a un acto así que podría ser considerado como ocultamiento de pruebas.

Aquello tuvo una repercusión bestial: en menos de dos horas había un despliegue de medios atosigándonos y preguntándonos de todo. Nuestras imágenes dieron la vuelta al mundo junto con el titular: Y ellos querían ir a Viena…

Yo me había olvidado por completo de este suceso extraño que nos truncó las vacaciones de Navidad de aquel año si no hubiera sido porque el destino quiso que, justo hace un año, leyese un titular de la prensa donde se animaba a los ciudadanos a comprar un castillo por un sistema de multipropiedad. El precio de compra de salida alcanzaba la suma de quinientos mil euros y estaba en perfecta ruina. Y pensé si tal vez, por esas concordancias del azar, fuese ese el castillo…

Días después recibí un mensaje de Paula, que me había localizado a través de Facebook. Debo aclarar que Paula y yo no pasamos más que unos meses juntos tras el incidente, y que ahora era una mujer de éxito, casada y con dos hijos, que me buscó y me animó a hacer aquella locura. Su llamada me sorprendió mucho más que la compra del castillo, la verdad. Ahora, por estas cosas de la vida, somos propietarios junto a otros trescientos dos románticos gilipollas de un castillo y de las múltiples derramas que tendremos que pagar hasta que aquello se recupere. Y cómo  no, somos propietarios también de una nueva aventura. Nunca se sabe…

Olga Ruiz